Fiesta de San José Obrero


Autor: Jesús Martí Ballester
Fiesta de San José Obrero
Creación y trabajo: Dios creador y el hombre colaborando con él por amor. Meditación sobre el trabajo
Inmenso Dios creando como un torbellino inmóvil y amoroso, afanándose en su obra para su gloria en el hombre. Y cuando pasó revista a todo, montes y espesuras, estrellas, mares, calandrias y elefantes, aves del paraíso y águilas reales, altísimas montañas, palomas raudas, palmeras y cipreses, colibríes y elefantes… el hombre y la mujer…, dijo:

¡Bien, Todo está bien!

¡Me ha quedado todo estupendo!…

Es obra de mi amor.

Y vio Dios que lo había hecho bien.

Maravillas de amor del trigo verde.

Maravillas de amor de los ríos caudalosos.

De los hondos mares bravíos.

De las altas montañas escarpadas.

Del ondular de las colchas de sangre de amapolas.

De los rosarios rosados del maíz.

Del néctar de los melones deliciosos.

De los crujientes cacahuetes.

De los prados de verduras

De los racimos de los plátanos.

Y vio Dios que lo había hecho bien. 

Riquezas de amor del oro pálido.

De los diáfanos diamantes.

De los zafiros y de los topacios.

De las aguas marinas románticas.

De los rojos corales.

De las amatistas y rubíes de sangre.

De la plata rutilante.

Y vio Dios que lo había hecho bien. 

El regalo de amor de la vida animal.

De los ágiles caballos.

De las gacelas tímidas.

De los jilgueros y de los gorriones cantarines.

De los locuaces periquitos.

De los toros solemnes y orgullosos.

De las ballenas como casas.

De los leones regios.

De los pavos reales de ensueño.

De las altísimas jirafas.

De los canarios melodiosos.

Y vio Dios que lo había hecho bien. 

Y el lujo de los jardines.

Las rosaledas lujuriantes, jaspeadas.

Los jazmines embriagadores.

Las madreselvas de embrujo.

Los claveles rojos, naranja, blancos, amarillos.

Los tulipanes de nácar.

Y vio Dios que lo había hecho bien. 

Maravillas de amor.

Y el hombre ¡ay! insatisfecho.

Porque los hizo: hombre y mujer.

Y Adán no encontraba la respuesta a su amor

en las otras bellezas de criaturas.

Al tener ante él a la mujer, maravilla de ser,

dice Adán: Ahora encuentro eco a mi amor.

Y el paraíso sin dolor.

La chispa primera de la inteligencia.

El latido de la primera emoción, del primer amor.

Y vio Dios que lo había hecho bien.

Misterio de amor.

Y la Redención.

Hijos en el Hijo.

Vida de Dios. Como si a las hormigas

las eleváramos a la vida humana,

inteligente y voluntaria.

Como si les pudiéramos decir:

¡Hormigas, qué alegría,

sois hombres, siendo a la vez hormigas!

Hombres – dioses.

Y vio Dios que lo había hecho bien. 

Al animal con suplemento

de inteligencia: hombre.

Al hombre con la gracia = dios.

Divinizado.

Pero comprado con Sangre divina.

La Sangre del Cordero.

Y ese hombre, ya liberado en general,

tiene que ser liberado en concreto.

Tú, yo, él, todos.

La Iglesia.

La humanidad.

La humanidad en el crisol.

Y vio Dios que lo había hecho bien.

Y le dijo a Adán: Prolonga tú ahora mi obra creadora, toma mis fuerzas y sigue creando, yo estaré contigo y descansaré. Trabaja conmigo, que es tu oficio. Trabajar para Adán era hermoso, era «coser y cantar», siempre con el corazón henchido de alegría, porque crear deleita. El sudor vino después; la amargura y el cansancio y la fatiga fueron posteriores al pecado. «Con el sudor de tu frente», la tierra se te resistirá, y las ideas se te irán escurridizas, y se bloqueará el ordenador, y los cardos y las espinas, son, pueden ser, expiación y penitencia. “Existe, dice Juan Pablo II en la “Laborem exercens”, una dimensión esencial del trabajo humano, en la que la espiritualidad fundada sobre el evangelio, penetra profundamente. Todo trabajo —tanto manual como intelectual— está unido inevitablemente a la fatiga.

El libro del Génesis lo expresa de manera verdaderamente penetrante, contraponiendo a aquella originaria bendición del trabajo, contenida en el misterio mismo de la creación, y unida a la elevación del hombre como imagen de Dios, la maldición, que el pecado ha llevado consigo: «Por ti será maldita la tierra. Con trabajo comerás de ella todo el tiempo de tu vida» (Gén 3,17). Este dolor unido al trabajo señala el camino de la vida humana sobre la tierra y constituye el anuncio de la muerte: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra; pues de ella has sido hecho…» (Gén 3,19).

LA ESPIRITUALIDAD DEL TRABAJO HUMANO

Casi como un eco de estas palabras, se expresa el autor de uno de los libros sapienciales: «Entonces miré todo cuanto habían hecho mis manos y todos los afanes que al hacerlo tuve…» (Ecl 2,11). No existe un hombre en la tierra que no pueda hacer suyas estas palabras. El Evangelio pronuncia, en cierto modo, su última palabra, en el misterio pascual de Jesucristo. Y aquí también es necesario buscar la respuesta a estos problemas tan importantes para la espiritualidad del trabajo humano. En el misterio pascual está contenida la cruz de Cristo, su obediencia hasta la muerte, que el Apóstol contrapone a aquella desobediencia, que ha pesado desde el comienzo a lo largo de la historia del hombre en la tierra (Rm 5,19). Está contenida en él también la elevación de Cristo, el cual mediante la muerte de cruz vuelve a sus discípulos con la fuerza del Espíritu Santo en la resurrección. El sudor y la fatiga, que el trabajo necesariamente lleva en la condición actual de la humanidad, ofrecen al cristiano y a cada hombre, que ha sido llamado a seguir a Cristo, la posibilidad de participar en el amor en la obra que Cristo ha venido a realizar (Jn 17,4).

Esta obra de salvación se ha realizado a través del sufrimiento y de la muerte de cruz. Soportando la fatiga del trabajo en unión con Cristo crucificado por nosotros, el hombre colabora en cierto modo con el Hijo de Dios en la redención de la humanidad. Se muestra verdadero discípulo de Jesús llevando a su vez la cruz de cada día en la actividad que ha sido llamado a realizar. Cristo, sufriendo la muerte por todos nosotros, pecadores, nos enseña con su ejemplo a llevar la cruz que la carne y el mundo echan sobre los hombros que buscan la paz y la justicia»; pero, al mismo tiempo, «constituido Señor por su resurrección, Cristo, al que le ha sido dada toda potestad en la tierra, obra ya por la virtud de su Espíritu en el corazón del hombre purificando y robusteciendo también, con ese deseo, aquellos generosos propósitos con los que la familia humana intenta hacer más llevadera su propia vida y someter la tierra a este fin».

En el trabajo cristiano descubre una pequeña parte de la cruz de Cristo y la acepta con el mismo espíritu de redención, con el cual Cristo ha aceptado su cruz por nosotros. En el trabajo, merced a la luz que penetra dentro de nosotros por la resurrección de Cristo, encontramos siempre un tenue resplandor de la vida nueva, del nuevo bien, casi como un anuncio de los «nuevos cielos y otra tierra nueva», los cuales precisamente mediante la fatiga del trabajo, son participados por el hombre y por el mundo. A través del cansancio y jamás sin él. Esto confirma, por una parte, lo indispensable de la cruz en la espiritualidad del trabajo humano; pero, por otra parte, se descubre en esta cruz y fatiga un bien nuevo que comienza con el mismo trabajo: con el trabajo entendido en profundidad y bajo todos sus aspectos, y jamás sin él.

LA TIERRA NUEVA

¿No es ya este nuevo bien —fruto del trabajo humano— una pequeña parte de la «tierra nueva», en la que mora la justicia? ¿En qué relación está ese nuevo bien con la resurrección de Cristo, si es verdad que la múltiple fatiga del trabajo del hombre es una pequeña parte de la cruz de Cristo? También a esta pregunta intenta responder el Concilio, tomando las mismas fuentes de la Palabra revelada: «Se nos advierte que de nada le sirve al hombre ganar todo el mundo, si se pierde a sí mismo (Lc 9,25). (Vaticano II, Gaudium et Spes, 38). No obstante, la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios». El cristiano que está en actitud de escucha de la palabra del Dios vivo, uniendo el trabajo a la oración, sepa el puesto que ocupa su trabajo no sólo en el progreso terreno, sino también en el desarrollo del Reino de Dios, al que todos somos llamados con la fuerza del Espíritu Santo y con la palabra del Evangelio”.Y así, trabajando, es como el hombre se convierte en dominador de la materia y concreador del mundo, que le estará sometido en la medida de su trabajo; y pondrá a su servicio todas las criaturas, inferiores a él. Y así se dignifica y crece.

TRABAJO BALUARTE

«El que no quiera trabajar que no coma», dice san Pablo; quien ha de comer tiene que trabajar. El deber de trabajar arranca de la misma naturaleza. «Mira, perezoso, mira la hormiga…», y mira la abeja, y aprende de ellas a trabajar, a ejercitar tus cualidades desarrollando y haciendo crecer y perfeccionando la misma creación. Que por eso naciste desnudo y con dos manos para que cubras tu desnudez con el trabajo de tus manos y te procures la comida con tu inventiva eficaz.

El trabajo será también tu baluarte, será tu defensa, contra el mundo porque te humilla, cuando la materia o el pensamiento se resisten a ser dominados y sientes que no avanzas. Te defenderá del demonio, que no ataca al hombre trabajador y ocupado en su tarea con laboriosidad. Absorbido y tenaz. Te defenderá del ataque de la carne, porque el trabajo sojuzga y amortigua las pasiones, y con él expías tu pecado y los pecados del mundo con Cristo trabajador, creando gracia con El y siendo redentor uniendo tu esfuerzo al suyo, de carpintero y de predicador entregado a la multitud y comido vorazmente por ella. Así es cómo el trabajo cristiano, se convierte en fuente de gracia y manantial de santidad. Pero si el hombre debe continuar creando con Dios, su trabajo debe ser entregado a la Iglesia y a la comunidad humana, llamada toda al Reino. El que trabaja, cumple un deber social. Ahora bien, si el trabajo es un deber, si el hombre debe trabajar, el hombre tiene el derecho ineludible de poder trabajar, de tener la posibilidad de ejercer el deber que le viene impuesto por la propia naturaleza, por el mismo Dios Creador, Trabajador, Redentor y Santificador. El derecho social al trabajo es consecuencia del deber del trabajo. Pío XII en la “Sponsa Christi” recuerda incluso a las monjas de clausura el deber de trabajar con eficacia.

Pero la realidad es que, así como hay en el mundo una injusticia social en el reparto de la riqueza, la hay también en el reparto del trabajo. Mientras haya parados, no puede haber hombres pluriempleados; por dos razones: primera, porque sus varios empleos quitan, roban, puestos de trabajo a los que de él carecen; segunda, porque los que tienen varios empleos difícilmente los cumplirán bien y a tope. El “enchufismo” no es sinónimo de perfección, sino todo lo contrario. Se habla de estructuras injustas en órdenes diversos; pero la estructura injusta, y había que revisarla si es injusta, se da también en la distribución del trabajo. Que un sacerdote, y son muchos, no tengan nada que hacer, en todo el día, salvo celebrar la misa, cuando hay también muchos que no pueden abarcar todas las misiones que se les encomiendan, puede ser consecuencia de unas estructuras, o de una interpretación de las mismas, que en todo caso, deberán ser, en justicia, revisadas. La sociedad no puede desperdiciar energías, pero la Iglesia tiene que aprovechar todas las piedras vivas, para edificar el Cuerpo de Cristo.

¿Para qué trabajas?


Edgardo Flores Herrera nos responde a la interrogante sobre el sentido del trabajo

“Así como no existen personas pequeñas

ni vidas sin importancia,

tampoco existe trabajo insignificante”.

Elena Bonner

Inicio de semana. De vuelta al trabajo. Sin embargo, en el ambiente se respira pesadumbre, disgusto, tristeza y demás. ¿Qué sucede? ¿Por qué tantas caras largas?

Hablar del trabajo es hablar sobre un aspecto sumamente importante en la vida de cualquier mujer u hombre de esta sociedad, sin embargo éste ha sido conceptualizado, desde tiempos remotos, como una carga que hay que tener que sobrellevar, un aspecto de la vida que no se realiza por gusto, sino por necesidad.

¿Por qué trabajas tú? En la respuesta podríamos encontrar la motivación de muchos de nosotros: “para poder vivir mejor, para darle lo mejor a mis hijos, para comprar lo que me gusta, por necesidad, porque no queda de otra, etcétera, etcétera y más etcéteras”, todas respuestas enfocadas a motivaciones extrínsecas.

Por otro lado, tenemos una historia que pesa y ha pesado en la vida del ser humano. Si hacemos una revisión rápida acerca del concepto del trabajo, nos encontraremos con que se le ha dado una connotación negativa.

Las diferentes interpretaciones que se han hecho de la Biblia con respecto a la expulsión del Paraíso hacen hincapié en el “castigo” que se le impone al hombre: la de trabajar la tierra a causa del pecado original, que desencadenó en la expulsión del paraíso.

En Grecia, el trabajo era una actividad no tan preciada por sus habitantes; se prefería que ésta se delegara a los esclavos, quienes como ciudadanos no libres, tenían que estar al servicio de los demás. Los seres “libres” habrían de enfocar su tiempo de ocio hacia la reflexión u otras artes que llevaran al crecimiento; el trabajo, para lo griegos, constituía un obstáculo para ello.

En la época medieval, el trabajo siguió manteniendo el estatus de pesadumbre. El ser humano debía trabajar para sobrevivir, pero no todos trabajaban, ya que había ciertas personas “elegidas” que estaban destinadas a gobernar o liderar.

La Revolución Industrial trajo consigo una visión del hombre-máquina, destinado a laborar para obtener las mayores ganancias. Y es entonces que, con el surgimiento de las economías, el trabajo toma la concepción más fuerte de ser un medio para conseguir un capital personal que me permita adquirir las mayores comodidades. “Mientras lo necesite, trabajaré para conseguir más”. El ideal sigue siendo, al final de cuentas, tener el suficiente dinero como para no trabajar.

Mientras el trabajo siga siendo visto como medio, seguirá siendo una carga que hay que sobrellevar. ¿En qué momento nosotros, los seres humanos, podremos ver el trabajo como un fin, como un legado?

Si bien es cierto que una parte de la población no tiene la oportunidad de elegir en qué trabajar, dada las circunstancias que le ha tocado vivir, sí es cierto que tiene la posibilidad de elegir cómo vivir su trabajo; es decir, el contexto no lo ha determinado en la cuestión de elección personal sobre la manera en que hará el trabajo: podrá hacerlo lamentándose de su condición o dando lo mejor de sí.

Es triste escuchar o leer comentarios de personas que dicen: “estoy en el trabajo, ¡qué flojera!”, o derivaciones semejantes. Entonces, ¿qué haces ahí? ¡Qué torpeza es luchar contra una realidad como el trabajo! Se quiera o no, el trabajo es una necesidad para subsistir en nuestra sociedad actual, entonces, si a pesar de todo voy a trabajar, ¿por qué no hacerlo con la mejor actitud y dando lo mejor de uno mismo?

Sin embargo, hallamos día con día ejemplos de todo lo contrario. Personas que realizan lo mínimo o lo que únicamente les piden. Individuos que se sienten cómodos y seguros con el puesto que tienen, y por lo tanto, sólo hacen lo que sea necesario para seguir manteniéndolo.

Hombres y mujeres de reacción y no de acción, que se desviven en lo urgente al no ser capaces de ser propositivos, sino únicamente trabajando para lo que se tenga que hacer en ese momento. Seres humanos que, al final de cuentas, terminan siendo unos simples mendigos que piden caridad para poder comer y vestirse… eso sí, la mejor comida y el mejor vestido, si no, caen en angustia.

El trabajo se ha de ver como un legado, como una oportunidad de servir, no únicamente como un simple medio de donde trataré de obtener lo mejor para mí con el menor esfuerzo posible. El trabajo tiene la virtud de presentarse como un legado, donde se tienen muy diversas oportunidades de trascender, ya sea en el servicio o en la convivencia con mis compañeros.

Una sonrisa, una palabra de aliento, un servicio con atención, una palmada, un regaño en tiempo, una palabra de ánimo, hacer tu trabajo lo mejor posible, ¡todo ello es trascendencia! La alegría en el trabajo no se encontrará nunca en lo externo, más bien, se ha de hallar en lo poco o mucho que yo esté haciendo bien en el lugar donde laboro; de eso dependerá mi satisfacción o insatisfacción con el trabajo.

Claro está que existirán momentos en que el cansancio se presente, por eso tampoco hay que olvidar la importancia del descanso o de pasatiempos en los cuales nos dediquemos a una actividad que nos agrade y que también nos lleve a ser mejores seres humanos, a hallar nuestro sentido de vida.

Si la vida, y por ende también el trabajo, carecen de sentido, se presentará como algo aburrido, como una carga, como un tormento; pero si está lleno de razones para hacerlo, el trabajo será un legado.

Al final de cuentas, el amor que le tienes a tu trabajo es un reflejo del amor que te tienes a ti mismo.

Autor: Edgardo Flores Herrera | Fuente: Yoinfluyo.com

Trabajo y Laboriosidad


Los pasos que te ayudaran a trabajar con orden, aprovechar mejor tu tiempo y estar siempre disponible para realizar cualquier actividad.


Cualquier persona en constante actividad productiva, llama poderosamente la atención por su dinamismo, ingenio para tener una ocupación y el empeño que tiene por hacer bien las cosas. Esta inquietud tan evidente, no es otra cosa sino el valor de la laboriosidad aplicado en la vida cotidiana, lo cual significa:

Hacer con cuidado y esmero las tareas, labores y deberes que son propios de nuestras circunstancias personales.
La persona laboriosa tiene como notas características:

– Especial dedicación para realizar cualquier actividad o trabajo con la mayor perfección posible y concluirlas en el tiempo previsto.

– Hacer cosas que beneficien a los demás en su persona o sus bienes, sea en el hogar, la oficina o la escuela.

– Organización del tiempo para mantener un equilibrio entre el descanso y la actividad, evitando el ocio y la pereza o el activismo.

– Aunque su disposición al trabajo es continua, evita llenarse de actividades para cumplir adecuadamente con todos sus compromisos.


Ahora que hemos recordado los antecedentes del valor de la laboriosidad, conviene detenernos un momento a revisar nuestras actitudes y disposición para vivirlo:

– ¿Sé aprovechar el tiempo y trabajar con intensidad evitando las distracciones voluntarias?

– ¿Procuro terminar mis trabajos cuidando los detalles de presentación, calidad y entrega oportuna?

– ¿Pongo todo el esfuerzo y dedicación en mis labores, aunque no me agraden?

– ¿Qué hago cuando “me sobra tiempo”? ¿me informo, leo, estudio, ayudo a los demás o busco alguna actividad creativa que requiera menor esfuerzo intelectual o físico?

– ¿Utilizo el trabajo o el estudio como excusa para evitar otros compromisos o las obligaciones en casa?

– ¿Organizo mi tiempo, actividades y elementos materiales cada día?

– ¿Descanso lo necesario para recuperar ánimo y energía, sin caer en la pereza y el ocio?

Para hacer de la laboriosidad un valor constante en nuestra vida, puedes tomar como punto de partida las siguiente sugerencias:

– Comienza y termina de trabajar en las horas previstas.

– Termina en orden y de acuerdo a su importancia todo lo que has iniciado: encargos, trabajos, reparaciones, etc.

– Evita dejar las cosas inconclusas, salvo que exista un imprevisto o impedimento grave.

– Cumple con todos tus deberes, aunque no te gusten o impliquen un poco más de esfuerzo.

– Ordena tu material y equipo de trabajo antes de iniciar cualquier actividad. Así evitarás las distracciones.

– Descubre el motivo por lo que no te alcanza el tiempo: falta de organización, pláticas superficiales, demasiadas actividades, pretextos para estar fuera de tu lugar…

– No te limites a “cumplir” con tu trabajo. Busca colaborar con quienes te rodean en el trabajo, la escuela, familiares y amigos.

– Procura que la limpieza y el orden sean el sello característico de tus labores.

– Establece un horario y una agenda de actividades en casa: incluye estudio, descanso, tiempo para cultivar aficiones, convivencia familiar y las obligaciones domésticas o encargos.

– En casa corta el pasto, ayuda a los hijos o hermanos en sus deberes escolares; pon aceite en la puerta que rechina; tira los papeles y cosas inútiles que guardas en tus cajones; ordena tu ropa… Siempre hay mucho que hacer.

– Fija un horario para dormir que te permita descansar debidamente. Tal vez la TV, la lectura, la diversión, etc. se vean afectados, pero es un esfuerzo que vale la pena realizar.

Al mantenernos en constante actividad, adquirimos una mayor capacidad de esfuerzo, nos hacemos más responsables y llevamos una vida con orden; conscientes que la laboriosidad no es un valor para lucirse en un escaparate, sino un medio para ser más productivos, eficientes y participativos en todo lugar.