Sufrimientos y enfermedades



“En aquel mismo momento Jesús curo a muchas personas de sus enfermedades y sufrimientos, y de los espíritus malignos, y dio la vista a muchos ciegos” (Lucas 7,2).

El dolor por la enfermedad, lo tiene postrado en una cama, derrotado y sin esperanzas. En su enfermedad reina: el dolor y el sufrimiento. La palabra más pronunciada que sale de sus labios es: ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Que dolor!

No preguntemos el por qué de la enfermedad, debemos preguntar ¿Para que esta enfermedad?

Otras veces Dios corrige al hombre con enfermedades, con fuertes dolores en todo su cuerpo. (Job 33,19)

Tenemos que aprender a ver nuestra enfermedad como un examen en la Universidad de Dios. A través del sufrimiento Dios nos corrige, sabemos que la prueba ejercita la paciencia, la paciencia nos hace madurar y que la madurez aviva la esperanza. (Romanos 5,3-4)

¿Para que la enfermedad? Esta viene a nuestra vida para purificarnos:

“Yo te purifique, pero no como se hace con la plata, sino que te probé en el horno del sufrimiento” (Isaías 48,10)

Dios quiere a través de nuestro sufrimiento, mostrar su victoria: Jesús al oírlo dijo: “Esta enfermedad no va a terminar en muerte, sino que ha de servir para mostrar la gloria de Dios, y también la gloria del hijo de Dios “(Juan 11,4)

Cuando llega la enfermedad muchos caemos derrotados, estamos abatidos:

El ánimo del hombre soporta la enfermedad, pero al ánimo abatido ¿Quién podrá levantarlo? (Proverbios 18,14)

Si viene luchando durante días, meses y años contra la enfermedad, probablemente el ánimo suyo este aniquilado aquí tiene que preguntarse y ahora ¿Quién podrá levantarme?

La respuesta usted la encuentra en la palabra del concierto de órganos que decía el niño. Usted tiene dos opciones vivir con ¡Ay! O vivir diciendo ¡HAY!

¿Cuál es la diferencia?

La diferencia está en la letra H. Con la que se escribe Hijo. Es decir vivir nuestra enfermedad solo diciendo ¡ay! Es vivir solos y sin esperanza. Pero vivir el dolor y la enfermedad con un “Hay” es vivir acompañados del Hijo de Dios, así se vive diciendo: “Hay esperanza en Cristo”. Esto marca la diferencia, esto nos hace vivir con esperanza, y esta esperanza no quedara defraudada porque ya se nos ha dado el Espíritu santo, y por el amor de Dios se va derramando en nuestros corazones (Romanos 5,5)

Al terminar esta reflexión, lo invito a leer y proclamar lo siguiente:

Considero que los sufrimientos del tiempo presente no son nada si los comparamos con la gloria que habremos de ver después. (Romanos 8,18)

Por eso no me desanimo; al contrario, aunque mi exterior está decayendo y deteriorando, el hombre interior se va renovando de día en día en nosotros. (2da Corintios 4,16)

Bendeciré al Señor con toda mi alma; no olvidare ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas mis maldades, quien sana todas mis enfermedades. (Salmo 103,3) Amen.

 

Envió: Beatriz Cecilia Gomez de Borda

¿Por qué Dios, siendo tan Bueno, permite el sufrimiento?


Publicado en web el 24 de Mayo, 2012

Lic. Lupita:

Soy estudiante de Psicología y realicé mis prácticas en zonas muy pobres de nuestra ciudad. Me siento impotente ante tanto sufrimiento. He conocido problemáticas para las que no se ve solución alguna. He sentido en el estómago un dolor inexplicable cuando constato que existe tanto mal en el mundo. Vi niños de ocho años perdidos ya en las drogas, con una madre que no sabe cómo orientarlos, un padre o padrastro que está buscándolos para abusarlos, rodeados de pobreza, hedor, ignorancia y maltrato. ¿Cómo es que hablamos de un Dios bueno si permite que estos niños sufran tantas injusticias?
Quisiera poder cambiar todo eso, pero, ¿qué puedo hacer yo?

Ana Gloria M.


Muy estimada Gloria:

Ciertamente la cuestión del Mal en el mundo es una de las más difíciles de responder en forma contundente. Compartiré contigo un extracto de lo que responde el Catecismo de la Iglesia Católica en sus Puntos 309 al 311, 314, 324 y 400.
“Al interrogante, tan doloroso como misterioso, sobre la existencia del Mal, solamente puede darse respuesta desde el conjunto de la fe cristiana. Dios no es, en modo alguno, ni directa ni indirectamente, la causa del Mal. Él ilumina el Misterio del Mal en su Hijo Jesucristo, que ha muerto y ha resucitado para vencer el gran mal moral, que es el pecado de los hombres, y que es la raíz de los restantes males.
“La fe nos da la certeza de que Dios no permitiría el Mal si no hiciera salir el Bien del Mal mismo. Esto Dios lo ha realizado ya admirablemente con ocasión de la Muerte y Resurrección de Cristo. En efecto, del mayor mal moral, la Muerte de su Hijo, Dios ha sacado el mayor de los bienes: la glorificación de Cristo y nuestra Redención”.
Cristo no vino a abolir el sufrimiento, sino a darle sentido. La cosmo-visión cristiana es la única que nos permite encontrar luces en medio de las sombras.
Esta impotencia que experimentas puede ser una fuerte motivación para que hagas algo. Encontrarás el sentido de tu vida al buscar soluciones o ayudas para estos pequeños que sufren.
Tú estás en el punto en que puedes elegir si te resientes con Dios y con el mundo para mantenerte en la amargura y el rencor eternos, o te decides a “ser las manos de Dios” y amas a esos niños dándoles tu tiempo, tu sonrisa, tu orientación, y todos los medios a los que puedas recurrir en su beneficio. Existen historias inspiradoras en las que se muestra un grupo vulnerable de la población, que pudo sobresalir gracias a un buen maestro o a alguna persona que los inició en un arte, un deporte, una actividad de servicio.
No es tiempo de reclamarle a Dios sino de fortalecerse en El y presentarlo a los que sufren, para transformarlos con SU poder.
El gran maestro cubano José de la Luz y Caballero, decía esta verdad lapidaria: “Una persona no muere cuando deja de existir, sino cuando deja de amar”.

Lupita Venegas

Sobre el sentido del sufrimiento


de: Ramiro Pellitero


Sufriento inter
El comienzo de un nuevo año aviva en nosotros la conciencia del paso del tiempo. Y esto, unido a la cuesta de enero (el esfuerzo del vivir), puede suscitar la pregunta de si es razonable buscar un sentido al sufrimiento. Se lo plantea Robert Spaemann en un excelente texto (Über den Sinn des Leidens, en el libroEinsprüche, christliche Reden. Einsiedeln, 1977). No se cuestiona si podemos disminuirlo, sino “qué sentido tiene aquella situación en la que todos nuestros esfuerzos para disminuirlo o evitarlo llegan a un límite”. Pues, en efecto, ¿qué sentido puede tener algo que no queremos, que nadie puede querer para sí mismo?

El sufrimiento aparece habitualmente como un sinsentido. Aparece ya así en el miedo a sufrir, y en la pregunta misma sobre el sentido del sufrimiento.


Comparación entre la sociedad moderna y las sociedades primitivas

La sociedad moderna no sabe qué hacer ni qué decir ante el sufrimiento. Sólo intenta evitarlo, y, como no consigue hacerlo del todo, silencia hasta la interpretación de su sentido (una manera extrema de hacerlo es la eutanasia). Crecemos con poca tolerancia a la frustración. Y así, al evitar todos los valles nos incapacitamos para disfrutar de las montañas: somos menos felices, tenemos menos alegría. Se intenta ocultar la muerte, pero no se enseña a morir.

En cambio, en las sociedades primitivas, observa Spaemann, el dolor estaba “previsto”, y tenía una función que realizar, como se ve en ciertas figuras como la del mendigo o la viuda. El mendigo no sólo era receptor de la beneficencia pública, sino que representaba su papel dignamente, tenía algo que dar (prometía rezar por aquél que le daba algo). El dolor y la muerte eran realidades aceptadas y hasta dramatizadas, con un cierto ceremonial que los situaba en el contexto de la sociedad y del cosmos.

 

Materialismo, estoicismo, budismo

¿Qué respuestas hay –a nivel meramente natural– para el sentido del sufrimiento? Spaeman encuentra básicamente dos (que ofrecen soluciones parecidas): el materialismo y el estoicismo con el budismo como variante. Según el materialismo, ni siquiera debe plantearse el sentido del sufrimiento, porque el sufrimiento es algo que pertenece a la naturaleza, que es el ámbito de lo necesario. Lo único que tiene sentido es el obrar solidario a favor del “género humano”, que es lo verdaderamente digno (y no tanto la persona). Ante el dolor sólo cabe la resignación.

Según el estoicismo, el dolor puede evitarse aceptando lo que no puedo cambiar, llegando a la apatía o la impasibilidad. Pero esto, advierte Spaemann, es difícil de lograr en la práctica, sobre todo ante un dolor intenso. En esa perspectiva sólo quedaría la salida del suicidio, pero así se destruye lo que se quería respetar: la persona tal como es. El budismo, por su parte, intenta suprimir el sufrimiento anulando la voluntad, el yo, que es el origen de la voluntad y de la libertad.

En realidad, nota justamente nuestro autor, estas posiciones no son respuestas al sentido del sufrimiento, sino intentos fallidos de suprimirlo.

 

La respuesta de la Biblia al sufrimiento

¿Qué dice la Biblia sobre el sentido del sufrimiento? Podría resumirse así: el sufrimiento tiene sentido sólo si todo tiene sentido (que lo tiene). Esto no suprime el misterio del sufrimiento ante lo que, a los ojos humanos, parece privado de sentido. Jesús mismo lo experimentó, asumiendo en la Pasión su papel central en el drama de la historia, después de luchar contra su propia voluntad. Así se manifiesta en la oración que tuvo lugar en el Huerto de los Olivos.

Todos, por tener la naturaleza humana, llevamos las huellas de una injusticia, de una desobediencia (pecado original), que reactivamos cuando cometemos un pecado personal. Nos rebelamos contra el director del drama o de la sinfonía, querríamos imponer nuestra propia partitura en lugar de ejecutar la parte que nos toca (aquí cabría recordar el principio de “El Silmarillion”, de Tolkien).

De esta manera, entiende Spaemann, reproducimos en nosotros la desobediencia, palabra que viene de dejar de oír. Así nos incapacitamos para escuchar el sentido del todo. Y de ese modo nos situamos en el “estado en que cada cual busca convertirse en el punto central del mundo”. El sufrimiento es como el reverso de ese mal (diríamos nosotros: la luz roja que nos avisa para rectificar; el altavoz de Dios, o su sombra en el mundo, diría C.S. Lewis: recuérdese la película “Tierra de penumbras”, Shadowlands, R. Attenborough, 1993). El sufrimiento nos ayuda a caer en la cuenta de que “sólo puede representar bien su papel quien presta atención a las órdenes del director y escucha el papel de los otros”; porque no vivimos en solitario, hay un director y están los otros. Y así el sufrimiento nos facilita colaborar en la reparación de ese mal, madurar con ello y ayudar a los otros; pues según Spaemann, “la verdadera solidaridad significa ayudar a encontrar el sentido del sufrimiento”.

 

Aprovechar el sufrimiento

Por lo demás, no todo en el sufrimiento es oscuridad y sinsentido. A la vez que intentamos aliviar el sufrimiento, muchas veces nos damos cuenta que nos va enseñando, o nos ha enseñado, cosas valiosas: jerarquizar los valores, descubrir que las cosas pequeñas son importantes, no poner las metas en el éxito profesional, preocuparnos más por los que nos rodean, abrirnos a Dios.

Por ejemplo, como dice el autor, podemos pensar: Si Dios puede curarme y no lo hace (Jesús tampoco curó a todos), esto debe tener un sentido, y así el sufrimiento es consuelo. Incluso, en la medida en que nos descubre nuestra necesidad de Dios, el sufrimiento puede convertirse en un medio de salvación.

 

El sufrimiento de los inocentes

Finalmente, dos cuestiones difíciles. En primer lugar, el sufrimiento de los que no pueden alcanzar un sentido (los niños pequeños, los que mueren en el seno materno, los animales), lo que amplía el misterio del sufrimiento. En segundo lugar, con palabras de nuestro autor, “el sufrimiento de quien en sí mismo no es culpable, sino que padece por otros” (cabría evocar la película “La milla verde”,The Green Mile, F. Darabont 1999). Hay de esto una importante experiencia en el cristianismo, comenzando por Cristo mismo, que fue inmolado en la Cruz.

El sentido del sufrimiento sólo puede existir si no tiene la última palabra. Por eso la resurrección de Cristo es, según Spaemann, “la última respuesta del cristianismo a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento”, porque nos abre las puertas a la Vida nueva, donde ya no hay sufrimiento alguno.

 

Sufrimiento y madurez cristiana

Efectivamente, pues sólo el Cielo acaba con todos los sufrimientos, también los de los niños inocentes, y los transforma en alegría. Y entonces desaparece el sinsentido del sufrimiento. Así se explican las palabras de Benedicto XVI en su encíclica Spe salvi: “Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito” (n. 37). Esto lo sabe bien el cristiano, llamado a “ofrecer” las “pequeñas contrariedades diarias” en unión con Cristo (cf. n. 40). También cuentan, en su sufrimiento, con la ayuda de Dios los creyentes de todas las religiones, que le imaginan de diversas maneras y le invocan a través de muchas voces.

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Temas morales que se originan en el estadio final de la vida, antes de consumarse en la muerte


de Aurelio Fernández

La eutanasia

La vida del hombre sobre la tierra esta determinada en el tiempo. El hombre y la mujer clausuran su estadio terrestre con la muerte. Al colofón de la muerte, con frecuencia, le acompaña la enfermedad y el dolor. El dolor representa una de las grandes aporías de la existencia del hombre, hasta el punto que, como enseña el Concilio Vaticano II, «la violenta protesta contra el mal es una de las causas del ateismo moderno (GS 19).

Dado que la enfermedad y el dolor son un hecho frecuente en la vida humana, cada persona ha de saber asumir los ritmos de salud y enfermedad que se alternan a lo largo de su biografía. La imitación de Jesucristo y su invitación para seguirle en la cruz es el camino que debe guiar al cristiano cuando le sorprenda la enfermedad y con ella aparezca el dolor.

Pero es un hecho que, si en todas las épocas el dolor ha sido un enigma y una sobrecarga, parece que nuestra época –falta de fe y con una palpable pasión por el placer- está menos preparada para descubrir el sentido del sufrimiento. Así se apuesta por eliminarlo cuando la existencia propia o ajena empieza a deteriorarse. De ahí, la defensa de la «muerte dulce», tal como se entiende la eutanasia.

La Encíclica «Evangelium vitae» define así la eutanasia: «Es una acción o una omisión que, por su naturaleza y en la intención, causa la muerte con el fin de eliminar cualquier dolor» (EV 65). Y este documento magisterial concluye: «La eutanasia se sitúa, pues, en el nivel de las intenciones o de los métodos usados». En consecuencia, para que pueda hablarse de eutanasia se requiere:

– tener la intención de provocar la muerte del enfermo y que se pongan los medios adecuados para conseguirla;

– aplicar los mecanismos que causen la muerte o que se omitan los medios normales y proporcionados para obtener la salud del enfermo;

– que estas medidas se tomen, precisamente, para eliminar el dolor.

Cabe distinguir la «autoeutanasia», que es la que reclama el mismo paciente, bien se la aplique a si mismo el sujeto o autorice a otra persona (incluido el medico) para que su muerte se lleve a término en las condiciones por él dispuestas.


La «heteroeutanasia» es la provocada por otro, sin la autorización del sujeto.

La «autoeutanasia» provocada es siempre un mal y un pecado grave, por cuanto el hombre se constituye en dueño absoluto de su vida, cuya pertenencia es exclusiva de Dios. La “heteroeutanasia”, además de ser un pecado grave, lesiona también gravemente la justicia, dado que se dispone de la vida de otra persona.

Es claro que el hombre tiene derecho a vivir y a morir dignamente, por cuanto no todo acto decisorio sobre el último momento de la existencia terrena puede considerarse como «eutanasia». En efecto, cuando la vida está seriamente amenazada y se inicia el estado terminal, el enfermo no está obligado a emplear medios desproporcionados, aunque, al rehuir tales medios, puede adelantar el momento de su óbito. Tal situación, cuando se dan las condiciones debidas, no se considera como eutanasia, sino que en este caso entra en juego el principio ético de “morir dignamente”. El derecho a morir con dignidad se fundamenta en la propia condición de la persona. Es el rechazo de la «distanasia», que así se denomina el intento de alargar la vida más de lo debido con medios extraordinarios o desproporcionados. La moral católica rechaza el «ensañamiento terapéutico» (EV 65).

Ante el riesgo de una mentalidad favorable a la eutanasia, alimentada por argumentaciones que conmueven la sensibilidad, la Iglesia -que subraya el derecho que tiene el hombre a una muerte digna- condena de continuo la eutanasia. Juan Pablo II lo hizo con esta fórmula tan solemne:

“De acuerdo con el Magisterio de mis Predecesores y en comunión con los Obispos de la Iglesia Católica, confirmo que la eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario universal» (EV65).

Esta doctrina ha de considerarse coma una verdad enseñada coma definitiva, que coma tal debe ser profesada por el cristiano” (1).


Respeto debido a los muertos

La dignidad del hombre, tal como es reconocida por la antropología cristiana, y la grandeza de la vida vivida, son las razones por las que el cristianismo mantiene el respeto al cadáver. Además, el cristianismo profesa como dogma central la resurrección de los cuerpos. Por ello, afirma que los «cuerpos de los difuntos deben ser tratados con respeto y caridad en la fe y la esperanza de la resurrección» (CEC 2300).

De ahí la costumbre de enterrar piadosamente a los muertos, tal como se menciona ya en el libro de Tobías (Tb 1,16-18). La Iglesia interpreta este gesto como «una obra de misericordia corporal».

En cuanto a los nuevos usos de la incineración, el Catecismo de la Iglesia Católica enseña: «La Iglesia permite la incineración cuando con ella no se cuestiona la fe en la resurrección del cuerpo» (CEC2301).

Si la vida concebida y aun no nacida merece el respeto máximo, es lógico que tanto el individuo como la colectividad social respeten también la vida nacida. De ahí la condena de cualquier violación de la existencia humana. Por ello no se debe «objetivar» al hombre, tratándole como a un objeto, aunque se le considere un «objeto valioso». Consecuentemente, cualquier tipo de violación de la dignidad de la persona humana ha de ser juzgado como un acto inmoral por excelencia.



Nota:

(1) Cf. Carta Apostólica Ad tuendam fidem, n. 3 y 4-2° (18-V-1998).

SIGLAS:

CEC: Catecismo Iglesia Católica
HV: Humanae Vitae
DV: Instrucción Donum vitae
EV: Evangelium Vitae

Si Dios Permite el Sufrimiento es por un Bien Mas Grande


“Si Dios permite el sufrimiento, es por un bien más grande”, dice el Papa
En la introducción al rezo del Ángelus del domingo

CIUDAD DEL VATICANO, domingo 7 de marzo de 2010 (ZENIT.org).- Dios no quiere el mal de sus hijos, y si permite el sufrimiento – que debe representar siempre un momento de reflexión y conversión – es solo de cara a un bien más grande. Así lo afirmó Benedicto XVI hablando ante miles de peregrinos reunidos en la plaza de San Pedro para el tradicional Ángelus del domingo.

De vuelta a su visita a la parroquia romana de San Juan de la Cruz en el Colle Salario, el Papa se asomó a mediodía desde la ventana de su estudio privado para la oración, y para ofrecer algunos puntos de reflexión sobre las lecturas dominicales.

En su comentario, el Papa partió del relato bíblico de la zarza ardiente, recordando que Dios invitó a Moisés a “tomar conciencia de su indignidad” mandándole que se quitara las sandalias.

“Dios – dijo el Papa – se manifiesta de diversas formas también en la vida de cada uno de de nosotros”, pero “para poder reconocer su presencia es necesario que nos acerquemos a él conscientes de nuestra miseria y con profundo respeto”.

Retomando después las lecturas del Evangelio de hoy, sobre el asesinato de algunos Galileos por orden de Poncio Pilato y el derrumbe de una torre sobre algunos viandantes, el Papa subrayó que “frente a la fácil conclusión de considerar el mal como efecto de un castigo divino, Jesús restituye la verdadera imagen de Dios, que es bueno y que no puede querer el mal”.

Al contrario, prosiguió el Pontífice, “poniendo en guardia contra el pensar que las desgracias sean el efecto inmediato de las culpas personales de quien las padece”, Jesús invita “a hacer una lectura distinta de estos hechos, colocándolos en la perspectiva de la conversión”.

De hecho, observó, “las desgracias, los acontecimientos trágicos” deben “representar ocasiones para reflexionar, para vencer la ilusión de poder vivir sin Dios”, y para reforzar, con la ayuda del Señor, el compromiso de cambiar de vida”.

Con todo, prosiguió el Papa, “la posibilidad de conversión exige que aprendamos a leer los hechos de la vida en la perspectiva de la fe, es decir, animados por el santo temor de Dios”.

“Ante sufrimientos y lutos, la verdadera sabiduría es dejarse interpelar por la precariedad de la existencia” y “leer la historia humana con los ojos de Dios, el cual, queriendo siempre y solo el bien de sus hijos, por un designio inescrutable de su amor, a veces permite que sean probados por el dolor para conducirlos a un bien más grande”.

Al concluir el Ángelus, el Papa se dirigió a los peregrinos franceses presentes en la Plaza de San Pedro, expresando su propia cercaníaa cuantos han sufrido a causa de Xynthia, la tempestad que se abatió hace pocos días sobre el sur de Francia, matando a 53 personas y provocando ingentes daños materiales.

“¡Que la Virgen María – concluyó – ayude a todas las familias, sobre todo a aquellas que están en dificultades, para que no desesperen nunca del amor de su Hijo!”

El Encanto de la Vejez


«Al atardecer se levantará para ti una especie de luz meridiana, y cuando creyeres que estás acabado, te levantarás cual estrella matinal. Estará lleno de confianza por la esperanza que te aguarda»
(Job 11, 17-18)

SER ANCIANO implica haber vivido una prolongada existencia, encontrarse al final de un largo viaje, quizá demasiado cansado. La ancianidad es también tiempo de despedidas. Las cosas y los afanes le van dejando a uno. También la gente querida que ha partido antes que nosotros. Con frecuencia, como recuerda Ovidio, se siente el abandono de quienes más nos debían. La ancianidad es antesala natural de la muerte y del juicio divino; antesala, según el plan de Dios, del gozo y descanso eternos. Pero no se puede olvidar que la ancianidad pertenece todavía al tiempo del peregrinaje terreno. Es, por tanto, tiempo de prueba, tiempo de hacer el bien, tiempo de labrar nuestro destino eterno, tiempo de siembra. No puede concebirse la vejez como una época fácil de nuestra vida. A los trabajos propios del peregrinaje sobre la tierra —eso es la vida humana— se suman la progresiva pérdida de fuerzas, la inercia de cuanto se ha obrado anteriormente, los característicos defectos de la vejez contra los que es necesario luchar, los inconvenientes que plantea este siglo nuestro tan inhumano.

Es inevitable envejecer; pero no se puede ser buen anciano —y son tan necesarios— sin mucha gracia de Dios y sin una continua lucha personal. Por ello, la vejez, que es tiempo de serena recogida de frutos, puede ser también tiempo de naufragios. Se atribuye al general De Gaulle esta descripción amarga de la ancianidad: «La vejez es un naufragio.» La frase debe calificarse en ocasiones como de muy justa. No es sólo un naufragio de las fuerzas físicas o una disminución paulatina de las mismas fuerzas morales: inteligencia y voluntad. Es un naufragio de todo el hombre. Digamos que en la vejez puede revelarse con todas sus fuerzas —y sin piadosas vendas que lo oculten—el naufragio de toda una vida. Tantas veces el estrepitoso derrumbamiento moral de la vejez muestra que se naufragó en la adolescencia, en la juventud, en la madurez. Metido en la corriente de la vida, se intentó almacenar, como el cocodrilo, las pequeñas piezas cobradas en sórdidas cacerías, y el paso del tiempo lo único que hace es difundir su olor a podrido.

En oposición a la adolescencia —que es tiempo de promesas y de esperanzas, tiempo en que el ensueño desdibuja los perfiles de las cosas y de las acciones—, la ancianidad es tiempo de recuento, de verdad desnuda, de examen de conciencia. Y aquí radica no poco de su utilidad y de su grandeza. Digamos que la misma debilidad de la vejez es su mayor fuerza y, a una mirada cristiana, uno de sus principales encantos.

Y no es que sea aceptable la concepción heideggeriana del hombre como un ser-para-la-muerte, un ser que alcanzase su realización en la propia destrucción. Quédese esto para quienes conciben al hombre como un ser vomitado con la amargura de quien se cree hijo del azar y no de una omnipotente y amable sabiduría creadora. E1 hombre no es fruto del azar. Su misma estructura material ha sido delineada por la sabiduría amorosa del Creador; infundióle Dios un alma inmortal, capaz de conocer y de amar trascendiendo lo efímero, capaz de desear una vida y un amor eternos. El hombre fue creado para vivir, y no para envejecer o morir.

Y. sin embargo, la misma debilidad de la vejez —que es un mal, en cuanto que es carencia de vida— es su mayor fuerza. Lejanos ya los sueños de la adolescencia y los delirios de la juventud, el anciano puede enfrentarse a la verdad con una sobriedad y con un realismo superiores a los de las demás épocas de la vida. Se hace así más fácil descubrir con una nueva nitidez lo que es importante y lo que es intrascendente, distinguir lo fugaz de lo que permanece. La ancianidad pertenece al ciclo vital humano. Antesala de la muerte, la vejez prepara para el encuentro definitivo con Dios, para ese juicio divino que va a recaer sobre toda nuestra existencia.

La debilidad inherente a la vejez ayuda a despojarse de todo vano afán, de toda estúpida soberbia. Si a lo largo de la existencia el hombre superficial ha podido olvidarse de su humilde origen, de que ha sido hecho, de que es una débil criatura, la vejez le otorga una oportunidad inmejorable para volver al sentido común, a la contemplación de las realidades elementales. La ancianidad facilita el cumplimiento de aquella primera regla del ideal apolíneo —conócete a ti mismo—, expresión que en su sentido inicial quería decir: conoce tus limitaciones, tu condición mortal respecto a los inmortales, para que no te rebeles contra ellos. En definitiva, es buena época la ancianidad para que Dios siga colmando aquel deseo suplicante que formulaba San Agustín: Domine, noverim me, noverim te; que me conozca a mí, que te conozca a Ti, Señor.

La ancianidad es tiempo de recoger frutos y tiempo de siembra. Siendo un mal, Dios la ha permitido, porque de ella pueden surgir bienes superiores. E1 dolor, la soledad, la sensación de impotencia, se convierten —tantas veces— en imprescindible colirio para curar los ojos del alma y abrirlos a las realidades trascendentes. También la ancianidad está bajo la mano providente y amorosa de nuestro Padre Dios.

La medicina divina es enérgica, pero el hombre sigue siendo hombre y libre: puede no aprovecharla. Es posible que quien naufragó a lo largo de toda su vida naufrague también en esta última época, ya cercana la última batalla entre el pecado y Dios, en que se juega la suerte eterna. El proceso de involución, que se inició con el primer pecado y que ha podido irse acelerando —generalmente por la pereza y la soberbia—, puede seguir avanzando, y la egolatría terminar en un lamento estéril por el ídolo caído. Se avanzaría así, casi inexorablemente, hacia el endurecimiento total del corazón, precursor del infierno. Y es que la ancianidad, como toda época de la vida, puede ser bien vivida o mal vivida; pero es una época quizá fatigosa —¿cuál no lo es?—, en la que Dios nos espera, nos asiste, llama a la puerta de nuestro corazón, y en la que tiene más importancia de lo que a veces sospechamos la respuesta de nuestras libres decisiones.

No es la vejez una época vacía o inútil. Es época de lucha ascética, de heroísmo, de santidad. A pesar de la decadencia física, la gracia de Dios rejuvenece el alma con fuerzas sobrenaturales, hacienda la santidad tan asequible como en la adolescencia.

Pero decíamos que, a una mirada cristiana, la ancianidad tiene un encanto especial, como la niñez, la enfermedad o la pobreza. En efecto, si cada hombre es Cristo, los débiles lo son especialmente. Dios, que es misericordioso con todas sus criaturas, siente una ternura especial por las más desamparadas. Los enfermos, los niños, los ancianos son de una forma especial el mismo Cristo que nos sale al encuentro. Resuenan con fuerza eterna aquellas palabras del Maestro en la descripción del juicio final: «Venid, benditos de mi Padre, entrad a poseer el reino que os está preparado desde el principio del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber (…); estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; (…) En verdad os digo, cuantas veces se lo habéis hecho a uno de los más pequeños de estos mis hermanos, a mí me lo habéis hecho» (Mt. 25, 34-40)

Los ancianos constituyen en realidad una parte importante del tesoro humano y sobrenatural de la humanidad entera. La picaresca de un mundo deshumanizado —precio inherente al ateísmo— se esfuerza en poner de relieve que los ancianos son una carga, subrayando sus defectos. A este triste materialismo hedonista sólo hay un yugo que no le parece insoportable: la esclavitud a placeres desnaturalizados en un frenesí cada vez más insaciable.

No es verdad que los ancianos sean inútiles o constituyan una carga difícil de soportar, aunque a veces su misma debilidad material les convierta en ocasión de que los hombres y la sociedad entera practiquen con ellos la virtud de la caridad en cumplimiento de unas dulces obligaciones que, casi siempre, dimanan de estricta justicia. ¡Ellos, en cambio, aportan tantas cosas con su presencia! Nos dieron mucho, cuando se encontraban en plena fuerza; nos lo dan ahora, en el ocaso de su vida, con su presencia venerable, con su sufrimiento silencioso, con su palabra acogedora. Privar a la humanidad de los ancianos sería tan bárbaro como privarle de los niños. Dios cuenta con los ancianos para el bien de todos nosotros. Ellos son útiles en tantas cosas humanas; son útiles, sobre todo, en el aspecto sobrenatural. Forman parte del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, y lo enriquecen con su santidad, con su oración, con sus sacrificios. Si ninguna vida es inútil a los ojos de Dios, mucho menos puede serlo la de aquellos que sufren física o moralmente. Estas vidas, en las que se refleja con especial vigor la Cruz de Cristo, adquieren a la mirada divina un relieve y un valor inexpresables.

Los ancianos, vivificados par la gracia de Dios, pueden ejercer ese «sacerdocio real» de que habla San Pedro (1 Pedr 2, 5 ), ofreciendo su vida —unidos a Cristo— como acción de gracias, como impetración, como reparación. La vida, entonces, se ennoblece, y el alma descubre horizontes de universalidad insospechados. Se puede palpar lo certero de esta afirmación de monseñor Escrivá de Balaguer: «Si sientes la Comunión de los Santos —si la vives— serás gustosamente hombre penitente. Y entenderás que la penitencia es gaudium etsi laboriosum —alegría, aunque trabajosa—, y te sentirás aliado de todas las almas penitentes que han sido, y son y serán» (Camino, n. 548~.

Es la vejez tiempo de sufrimiento, tiempo de santidad, tiempo de hacer el bien. Es la vejez, también, tiempo de despedida; y en las despedidas se suelen decir las cosas más importantes. No es la vejez —no puede ser— tiempo de jubilación en lo que se refiere a la ayuda humana y sobrenatural a los demás. Aunque las circunstancias han cambiado, permanecen en su sustancia las mismas obligaciones y los mismos lazos entrañables que fuimos adquiriendo durante la vida. Ningún bien nacido puede recordar a sus padres, ya ancianos, sin conmoverse. Cuando la muerte nos los arrebata, sentimos una irreparable pérdida, nos duele la orfandad, aunque les sabemos en el cielo. No es sólo la sensación lógica de haber perdido la tierra donde hundíamos nuestras raíces; es, por encima de eso, el claro convencimiento de que con ellos se nos ha ido el cariño más desinteresado, de que hemos perdido nuestra mejor custodia. Nos damos cuenta, quizá demasiado tarde, de que, a pesar de su invalidez, eran nuestro mejor tesoro, de que con su presencia nos hacían mucho bien. Nos conforta la seguridad de que, ahora de una forma invisible, nos siguen custodiando desde el cielo, de que conservamos los mismos vínculos, ahora más queridos y beneficiosos. Y nos queda el orgullo de que en ningún momento, ni siquiera en los de su mayor postración, nos fueron inútiles. Su rostro deseado, surcado por las arrugas de tantos sufrimientos, es ahora una de esas pequeñas luces que iluminan indeficientemente la noche de nuestra vida. De su mano —que antaño nos enseñó a andar— y de la mano de Santa María, que es Madre del Amor Hermoso, del temor, de la ciencia y de la santa esperanza (cfr Eccli. 24, 24), podemos aprender —aún en nuestra misma ancianidad— esas lecciones que son las que más importan, las que orientan toda la vida hacia su verdadero centro: hacia esa Hermosura, esa Bondad y ese Poder indeficientes de nuestro Padre-Dios; hacia esa fecundidad del espíritu que no mengua cuando el vigor de la carne muere.

Fuente:Encuentra.com