Fiesta de San José Obrero


Autor: Jesús Martí Ballester
Fiesta de San José Obrero
Creación y trabajo: Dios creador y el hombre colaborando con él por amor. Meditación sobre el trabajo
Inmenso Dios creando como un torbellino inmóvil y amoroso, afanándose en su obra para su gloria en el hombre. Y cuando pasó revista a todo, montes y espesuras, estrellas, mares, calandrias y elefantes, aves del paraíso y águilas reales, altísimas montañas, palomas raudas, palmeras y cipreses, colibríes y elefantes… el hombre y la mujer…, dijo:

¡Bien, Todo está bien!

¡Me ha quedado todo estupendo!…

Es obra de mi amor.

Y vio Dios que lo había hecho bien.

Maravillas de amor del trigo verde.

Maravillas de amor de los ríos caudalosos.

De los hondos mares bravíos.

De las altas montañas escarpadas.

Del ondular de las colchas de sangre de amapolas.

De los rosarios rosados del maíz.

Del néctar de los melones deliciosos.

De los crujientes cacahuetes.

De los prados de verduras

De los racimos de los plátanos.

Y vio Dios que lo había hecho bien. 

Riquezas de amor del oro pálido.

De los diáfanos diamantes.

De los zafiros y de los topacios.

De las aguas marinas románticas.

De los rojos corales.

De las amatistas y rubíes de sangre.

De la plata rutilante.

Y vio Dios que lo había hecho bien. 

El regalo de amor de la vida animal.

De los ágiles caballos.

De las gacelas tímidas.

De los jilgueros y de los gorriones cantarines.

De los locuaces periquitos.

De los toros solemnes y orgullosos.

De las ballenas como casas.

De los leones regios.

De los pavos reales de ensueño.

De las altísimas jirafas.

De los canarios melodiosos.

Y vio Dios que lo había hecho bien. 

Y el lujo de los jardines.

Las rosaledas lujuriantes, jaspeadas.

Los jazmines embriagadores.

Las madreselvas de embrujo.

Los claveles rojos, naranja, blancos, amarillos.

Los tulipanes de nácar.

Y vio Dios que lo había hecho bien. 

Maravillas de amor.

Y el hombre ¡ay! insatisfecho.

Porque los hizo: hombre y mujer.

Y Adán no encontraba la respuesta a su amor

en las otras bellezas de criaturas.

Al tener ante él a la mujer, maravilla de ser,

dice Adán: Ahora encuentro eco a mi amor.

Y el paraíso sin dolor.

La chispa primera de la inteligencia.

El latido de la primera emoción, del primer amor.

Y vio Dios que lo había hecho bien.

Misterio de amor.

Y la Redención.

Hijos en el Hijo.

Vida de Dios. Como si a las hormigas

las eleváramos a la vida humana,

inteligente y voluntaria.

Como si les pudiéramos decir:

¡Hormigas, qué alegría,

sois hombres, siendo a la vez hormigas!

Hombres – dioses.

Y vio Dios que lo había hecho bien. 

Al animal con suplemento

de inteligencia: hombre.

Al hombre con la gracia = dios.

Divinizado.

Pero comprado con Sangre divina.

La Sangre del Cordero.

Y ese hombre, ya liberado en general,

tiene que ser liberado en concreto.

Tú, yo, él, todos.

La Iglesia.

La humanidad.

La humanidad en el crisol.

Y vio Dios que lo había hecho bien.

Y le dijo a Adán: Prolonga tú ahora mi obra creadora, toma mis fuerzas y sigue creando, yo estaré contigo y descansaré. Trabaja conmigo, que es tu oficio. Trabajar para Adán era hermoso, era «coser y cantar», siempre con el corazón henchido de alegría, porque crear deleita. El sudor vino después; la amargura y el cansancio y la fatiga fueron posteriores al pecado. «Con el sudor de tu frente», la tierra se te resistirá, y las ideas se te irán escurridizas, y se bloqueará el ordenador, y los cardos y las espinas, son, pueden ser, expiación y penitencia. “Existe, dice Juan Pablo II en la “Laborem exercens”, una dimensión esencial del trabajo humano, en la que la espiritualidad fundada sobre el evangelio, penetra profundamente. Todo trabajo —tanto manual como intelectual— está unido inevitablemente a la fatiga.

El libro del Génesis lo expresa de manera verdaderamente penetrante, contraponiendo a aquella originaria bendición del trabajo, contenida en el misterio mismo de la creación, y unida a la elevación del hombre como imagen de Dios, la maldición, que el pecado ha llevado consigo: «Por ti será maldita la tierra. Con trabajo comerás de ella todo el tiempo de tu vida» (Gén 3,17). Este dolor unido al trabajo señala el camino de la vida humana sobre la tierra y constituye el anuncio de la muerte: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra; pues de ella has sido hecho…» (Gén 3,19).

LA ESPIRITUALIDAD DEL TRABAJO HUMANO

Casi como un eco de estas palabras, se expresa el autor de uno de los libros sapienciales: «Entonces miré todo cuanto habían hecho mis manos y todos los afanes que al hacerlo tuve…» (Ecl 2,11). No existe un hombre en la tierra que no pueda hacer suyas estas palabras. El Evangelio pronuncia, en cierto modo, su última palabra, en el misterio pascual de Jesucristo. Y aquí también es necesario buscar la respuesta a estos problemas tan importantes para la espiritualidad del trabajo humano. En el misterio pascual está contenida la cruz de Cristo, su obediencia hasta la muerte, que el Apóstol contrapone a aquella desobediencia, que ha pesado desde el comienzo a lo largo de la historia del hombre en la tierra (Rm 5,19). Está contenida en él también la elevación de Cristo, el cual mediante la muerte de cruz vuelve a sus discípulos con la fuerza del Espíritu Santo en la resurrección. El sudor y la fatiga, que el trabajo necesariamente lleva en la condición actual de la humanidad, ofrecen al cristiano y a cada hombre, que ha sido llamado a seguir a Cristo, la posibilidad de participar en el amor en la obra que Cristo ha venido a realizar (Jn 17,4).

Esta obra de salvación se ha realizado a través del sufrimiento y de la muerte de cruz. Soportando la fatiga del trabajo en unión con Cristo crucificado por nosotros, el hombre colabora en cierto modo con el Hijo de Dios en la redención de la humanidad. Se muestra verdadero discípulo de Jesús llevando a su vez la cruz de cada día en la actividad que ha sido llamado a realizar. Cristo, sufriendo la muerte por todos nosotros, pecadores, nos enseña con su ejemplo a llevar la cruz que la carne y el mundo echan sobre los hombros que buscan la paz y la justicia»; pero, al mismo tiempo, «constituido Señor por su resurrección, Cristo, al que le ha sido dada toda potestad en la tierra, obra ya por la virtud de su Espíritu en el corazón del hombre purificando y robusteciendo también, con ese deseo, aquellos generosos propósitos con los que la familia humana intenta hacer más llevadera su propia vida y someter la tierra a este fin».

En el trabajo cristiano descubre una pequeña parte de la cruz de Cristo y la acepta con el mismo espíritu de redención, con el cual Cristo ha aceptado su cruz por nosotros. En el trabajo, merced a la luz que penetra dentro de nosotros por la resurrección de Cristo, encontramos siempre un tenue resplandor de la vida nueva, del nuevo bien, casi como un anuncio de los «nuevos cielos y otra tierra nueva», los cuales precisamente mediante la fatiga del trabajo, son participados por el hombre y por el mundo. A través del cansancio y jamás sin él. Esto confirma, por una parte, lo indispensable de la cruz en la espiritualidad del trabajo humano; pero, por otra parte, se descubre en esta cruz y fatiga un bien nuevo que comienza con el mismo trabajo: con el trabajo entendido en profundidad y bajo todos sus aspectos, y jamás sin él.

LA TIERRA NUEVA

¿No es ya este nuevo bien —fruto del trabajo humano— una pequeña parte de la «tierra nueva», en la que mora la justicia? ¿En qué relación está ese nuevo bien con la resurrección de Cristo, si es verdad que la múltiple fatiga del trabajo del hombre es una pequeña parte de la cruz de Cristo? También a esta pregunta intenta responder el Concilio, tomando las mismas fuentes de la Palabra revelada: «Se nos advierte que de nada le sirve al hombre ganar todo el mundo, si se pierde a sí mismo (Lc 9,25). (Vaticano II, Gaudium et Spes, 38). No obstante, la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios». El cristiano que está en actitud de escucha de la palabra del Dios vivo, uniendo el trabajo a la oración, sepa el puesto que ocupa su trabajo no sólo en el progreso terreno, sino también en el desarrollo del Reino de Dios, al que todos somos llamados con la fuerza del Espíritu Santo y con la palabra del Evangelio”.Y así, trabajando, es como el hombre se convierte en dominador de la materia y concreador del mundo, que le estará sometido en la medida de su trabajo; y pondrá a su servicio todas las criaturas, inferiores a él. Y así se dignifica y crece.

TRABAJO BALUARTE

«El que no quiera trabajar que no coma», dice san Pablo; quien ha de comer tiene que trabajar. El deber de trabajar arranca de la misma naturaleza. «Mira, perezoso, mira la hormiga…», y mira la abeja, y aprende de ellas a trabajar, a ejercitar tus cualidades desarrollando y haciendo crecer y perfeccionando la misma creación. Que por eso naciste desnudo y con dos manos para que cubras tu desnudez con el trabajo de tus manos y te procures la comida con tu inventiva eficaz.

El trabajo será también tu baluarte, será tu defensa, contra el mundo porque te humilla, cuando la materia o el pensamiento se resisten a ser dominados y sientes que no avanzas. Te defenderá del demonio, que no ataca al hombre trabajador y ocupado en su tarea con laboriosidad. Absorbido y tenaz. Te defenderá del ataque de la carne, porque el trabajo sojuzga y amortigua las pasiones, y con él expías tu pecado y los pecados del mundo con Cristo trabajador, creando gracia con El y siendo redentor uniendo tu esfuerzo al suyo, de carpintero y de predicador entregado a la multitud y comido vorazmente por ella. Así es cómo el trabajo cristiano, se convierte en fuente de gracia y manantial de santidad. Pero si el hombre debe continuar creando con Dios, su trabajo debe ser entregado a la Iglesia y a la comunidad humana, llamada toda al Reino. El que trabaja, cumple un deber social. Ahora bien, si el trabajo es un deber, si el hombre debe trabajar, el hombre tiene el derecho ineludible de poder trabajar, de tener la posibilidad de ejercer el deber que le viene impuesto por la propia naturaleza, por el mismo Dios Creador, Trabajador, Redentor y Santificador. El derecho social al trabajo es consecuencia del deber del trabajo. Pío XII en la “Sponsa Christi” recuerda incluso a las monjas de clausura el deber de trabajar con eficacia.

Pero la realidad es que, así como hay en el mundo una injusticia social en el reparto de la riqueza, la hay también en el reparto del trabajo. Mientras haya parados, no puede haber hombres pluriempleados; por dos razones: primera, porque sus varios empleos quitan, roban, puestos de trabajo a los que de él carecen; segunda, porque los que tienen varios empleos difícilmente los cumplirán bien y a tope. El “enchufismo” no es sinónimo de perfección, sino todo lo contrario. Se habla de estructuras injustas en órdenes diversos; pero la estructura injusta, y había que revisarla si es injusta, se da también en la distribución del trabajo. Que un sacerdote, y son muchos, no tengan nada que hacer, en todo el día, salvo celebrar la misa, cuando hay también muchos que no pueden abarcar todas las misiones que se les encomiendan, puede ser consecuencia de unas estructuras, o de una interpretación de las mismas, que en todo caso, deberán ser, en justicia, revisadas. La sociedad no puede desperdiciar energías, pero la Iglesia tiene que aprovechar todas las piedras vivas, para edificar el Cuerpo de Cristo.

San José obrero


Autor: . | Fuente: Archidiócesis de Madrid
José Obrero, Santo
Fiesta, Mayo 1
José Obrero, Santo
José Obrero, Santo

Obrero
Mayo 1

Se cristianizó una fiesta que había sido hasta el momento la ocasión anual del trabajador para manifestar sus reivindicaciones, su descontento y hasta sus anhelos. Fácilmente en las grandes ciudades se observaba un paro general y con no menos frecuencia se podían observar las consecuencias sociales que llevan consigo la envidia, el odio y las bajas pasiones repetidamente soliviantadas por los agitadores de turno. En nuestro occidente se aprovechaba también ese momento para lanzar reiteradas calumnias contra la Iglesia que era presentada como fuerza aliada con el capitalismo y consecuentemente como el enemigo de los trabajadores.

Fue después de la época de la industrialización cuando toma cuerpo la fiesta del trabajo. Las grandes masas obreras han salido perjudicadas con el cambio y aparecen extensas masas de proletarios. También hay otros elementos que ayudan a echar leña al fuego del odio: la propaganda socialista-comunista de la lucha de clases.

Era entonces una fiesta basada en el odio de clases con el ingrediente del odio a la religión. Calumnia dicha por los que, en su injusticia, quizá tengan vergüenza de que en otro tiempo fuera la Iglesia la que se ocupó de prestar asistencia a sus antepasados en la cama del hospital en que murieron; o quizá lanzaron esas afirmaciones aquellos que un tanto frágiles de memoria olvidaron que los cuidados de la enseñanza primera los recibieron de unas monjas que no les cobraban a sus padres ni la comida que recibían por caridad; o posiblemente repetían lo que oían a otros sin enterarse de que son la Iglesia aquellas y aquellos que, sin esperar ningún tipo de aplauso humano, queman sus vidas ayudando en todos los campos que pueden a los que aún son más desafortunados en el ancho mundo, como Calcuta, territorios africanos pandemiados de sida, o tierras americanas plenas de abandono y de miseria; allí estuvieron y están, dando del amor que disfrutan, ayudando con lo que tienen y con lo que otros les dan, consolando lo que pueden y siendo testigos del que enseñó que el amor al hombre era la única regla a observar. Y son bien conscientes de que han sido siempre y son hoy los débiles los que están en el punto próximo de mira de la Iglesia. Quizá sean inconscientes, pero el resultado obvio es que su mala propaganda daña a quien hace el bien, aunque con defectos, y, desde luego, deseando mejorar.

El día 1 de Mayo del año 1955, el Papa Pío XII, instituyó la fiesta de San José Obrero. Una fiesta bien distinta que ha de celebrarse desde el punto de partida del amor a Dios y de ahí pasar a la vigilancia por la responsabilidad de todos y de cada uno al amplísimo y complejo mundo de la relación con el prójimo basada en el amor: desde el trabajador al empresario y del trabajo al capital, pasando por poner de relieve y bien manifiesta la dignidad del trabajo -don de Dios- y del trabajador -imagen de Dios-, los derechos a una vivienda digna, a formar familia, al salario justo para alimentarla y a la asistencia social para atenderla, al ocio y a practicar la religión que su conciencia le dicte; además, se recuerda la responsabilidad de los sindicatos para logro de mejoras sociales de los distintos grupos, habida cuenta de las exigencias del bien de toda la colectividad y se aviva también la responsabilidad política del gobernante. Todo esto incluye ¡y mucho más! la doctrina social de la Iglesia porque se toca al hombre al que ella debe anunciar el Evangelio y llevarle la Salvación; así mantuvo siempre su voz la Iglesia y quien tenga voluntad y ojos limpios lo puede leer sin tapujos ni retoques en Rerum novarum, Mater et magistra, Populorum progressio, Laborem exercens, Solicitudo rei socialis, entre otros documentos. Dar doctrina, enseñar donde está la justicia y señalar los límites de la moral; recordar la prioridad del hombre sobre el trabajo, el derecho a un puesto en el tajo común, animar a la revisión de comportamientos abusivos y atentatorios contra la dignidad humana… es su cometido para bien de toda la humanidad; y son principios aplicables al campo y a la industria, al comercio y a la universidad, a la labor manual y a la alta investigación científica, es decir, a todo el variadísimo campo donde se desarrolle la actividad humana.

Nada más natural que fuera el titular de la nueva fiesta cristiana José, esposo de María y padre en funciones de Jesús, el trabajador que no lo tuvo nada fácil a pesar de la nobilísima misión recibida de Dios para la Salvación definitiva y completa de todo hombre; es uno más del pueblo, el trabajador nato que entendió de carencias, supo de estrecheces en su familia y las llevó con dignidad, sufrió emigración forzada, conoció el cansancio del cuerpo por su esfuerzo, sacó adelante su responsabilidad familiar; es decir, vivió como vive cualquier trabajador y probablemente tuvo dificultades laborales mayores que muchos de ellos; se le conoce en su tiempo como José «el artesano» y a Jesús se le da el nombre descriptivo de «el hijo del artesano». Y, por si fuera poco, los designios de Dios cubrían todo su compromiso.

Fiesta sugiere honra a Dios, descanso y regocijo. Pues, ánimo. Honremos a Dios santificando el trabajo diario con el que nos ganamos el pan, descansemos hoy de la labor y disfrutemos la alegría que conlleva compartir lo nuestro con los demás.

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Autor: Jesús Martí Ballester
Fiesta de San José Obrero
Creación y trabajo: Dios creador y el hombre colaborando con él por amor. Meditación sobre el trabajo
Inmenso Dios creando como un torbellino inmóvil y amoroso, afanándose en su obra para su gloria en el hombre. Y cuando pasó revista a todo, montes y espesuras, estrellas, mares, calandrias y elefantes, aves del paraíso y águilas reales, altísimas montañas, palomas raudas, palmeras y cipreses, colibríes y elefantes… el hombre y la mujer…, dijo:

¡Bien, Todo está bien!

¡Me ha quedado todo estupendo!…

Es obra de mi amor.

Y vio Dios que lo había hecho bien.

Maravillas de amor del trigo verde.

Maravillas de amor de los ríos caudalosos.

De los hondos mares bravíos.

De las altas montañas escarpadas.

Del ondular de las colchas de sangre de amapolas.

De los rosarios rosados del maíz.

Del néctar de los melones deliciosos.

De los crujientes cacahuetes.

De los prados de verduras

De los racimos de los plátanos.

Y vio Dios que lo había hecho bien. 

Riquezas de amor del oro pálido.

De los diáfanos diamantes.

De los zafiros y de los topacios.

De las aguas marinas románticas.

De los rojos corales.

De las amatistas y rubíes de sangre.

De la plata rutilante.

Y vio Dios que lo había hecho bien. 

El regalo de amor de la vida animal.

De los ágiles caballos.

De las gacelas tímidas.

De los jilgueros y de los gorriones cantarines.

De los locuaces periquitos.

De los toros solemnes y orgullosos.

De las ballenas como casas.

De los leones regios.

De los pavos reales de ensueño.

De las altísimas jirafas.

De los canarios melodiosos.

Y vio Dios que lo había hecho bien. 

Y el lujo de los jardines.

Las rosaledas lujuriantes, jaspeadas.

Los jazmines embriagadores.

Las madreselvas de embrujo.

Los claveles rojos, naranja, blancos, amarillos.

Los tulipanes de nácar.

Y vio Dios que lo había hecho bien. 

Maravillas de amor.

Y el hombre ¡ay! insatisfecho.

Porque los hizo: hombre y mujer.

Y Adán no encontraba la respuesta a su amor

en las otras bellezas de criaturas.

Al tener ante él a la mujer, maravilla de ser,

dice Adán: Ahora encuentro eco a mi amor.

Y el paraíso sin dolor.

La chispa primera de la inteligencia.

El latido de la primera emoción, del primer amor.

Y vio Dios que lo había hecho bien.

Misterio de amor.

Y la Redención.

Hijos en el Hijo.

Vida de Dios. Como si a las hormigas

las eleváramos a la vida humana,

inteligente y voluntaria.

Como si les pudiéramos decir:

¡Hormigas, qué alegría,

sois hombres, siendo a la vez hormigas!

Hombres – dioses.

Y vio Dios que lo había hecho bien. 

Al animal con suplemento

de inteligencia: hombre.

Al hombre con la gracia = dios.

Divinizado.

Pero comprado con Sangre divina.

La Sangre del Cordero.

Y ese hombre, ya liberado en general,

tiene que ser liberado en concreto.

Tú, yo, él, todos.

La Iglesia.

La humanidad.

La humanidad en el crisol.

Y vio Dios que lo había hecho bien.

Y le dijo a Adán: Prolonga tú ahora mi obra creadora, toma mis fuerzas y sigue creando, yo estaré contigo y descansaré. Trabaja conmigo, que es tu oficio. Trabajar para Adán era hermoso, era «coser y cantar», siempre con el corazón henchido de alegría, porque crear deleita. El sudor vino después; la amargura y el cansancio y la fatiga fueron posteriores al pecado. «Con el sudor de tu frente», la tierra se te resistirá, y las ideas se te irán escurridizas, y se bloqueará el ordenador, y los cardos y las espinas, son, pueden ser, expiación y penitencia. “Existe, dice Juan Pablo II en la “Laborem exercens”, una dimensión esencial del trabajo humano, en la que la espiritualidad fundada sobre el evangelio, penetra profundamente. Todo trabajo —tanto manual como intelectual— está unido inevitablemente a la fatiga.

El libro del Génesis lo expresa de manera verdaderamente penetrante, contraponiendo a aquella originaria bendición del trabajo, contenida en el misterio mismo de la creación, y unida a la elevación del hombre como imagen de Dios, la maldición, que el pecado ha llevado consigo: «Por ti será maldita la tierra. Con trabajo comerás de ella todo el tiempo de tu vida» (Gén 3,17). Este dolor unido al trabajo señala el camino de la vida humana sobre la tierra y constituye el anuncio de la muerte: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra; pues de ella has sido hecho…» (Gén 3,19).

LA ESPIRITUALIDAD DEL TRABAJO HUMANO

Casi como un eco de estas palabras, se expresa el autor de uno de los libros sapienciales: «Entonces miré todo cuanto habían hecho mis manos y todos los afanes que al hacerlo tuve…» (Ecl 2,11). No existe un hombre en la tierra que no pueda hacer suyas estas palabras. El Evangelio pronuncia, en cierto modo, su última palabra, en el misterio pascual de Jesucristo. Y aquí también es necesario buscar la respuesta a estos problemas tan importantes para la espiritualidad del trabajo humano. En el misterio pascual está contenida la cruz de Cristo, su obediencia hasta la muerte, que el Apóstol contrapone a aquella desobediencia, que ha pesado desde el comienzo a lo largo de la historia del hombre en la tierra (Rm 5,19). Está contenida en él también la elevación de Cristo, el cual mediante la muerte de cruz vuelve a sus discípulos con la fuerza del Espíritu Santo en la resurrección. El sudor y la fatiga, que el trabajo necesariamente lleva en la condición actual de la humanidad, ofrecen al cristiano y a cada hombre, que ha sido llamado a seguir a Cristo, la posibilidad de participar en el amor en la obra que Cristo ha venido a realizar (Jn 17,4).

Esta obra de salvación se ha realizado a través del sufrimiento y de la muerte de cruz. Soportando la fatiga del trabajo en unión con Cristo crucificado por nosotros, el hombre colabora en cierto modo con el Hijo de Dios en la redención de la humanidad. Se muestra verdadero discípulo de Jesús llevando a su vez la cruz de cada día en la actividad que ha sido llamado a realizar. Cristo, sufriendo la muerte por todos nosotros, pecadores, nos enseña con su ejemplo a llevar la cruz que la carne y el mundo echan sobre los hombros que buscan la paz y la justicia»; pero, al mismo tiempo, «constituido Señor por su resurrección, Cristo, al que le ha sido dada toda potestad en la tierra, obra ya por la virtud de su Espíritu en el corazón del hombre purificando y robusteciendo también, con ese deseo, aquellos generosos propósitos con los que la familia humana intenta hacer más llevadera su propia vida y someter la tierra a este fin».

En el trabajo cristiano descubre una pequeña parte de la cruz de Cristo y la acepta con el mismo espíritu de redención, con el cual Cristo ha aceptado su cruz por nosotros. En el trabajo, merced a la luz que penetra dentro de nosotros por la resurrección de Cristo, encontramos siempre un tenue resplandor de la vida nueva, del nuevo bien, casi como un anuncio de los «nuevos cielos y otra tierra nueva», los cuales precisamente mediante la fatiga del trabajo, son participados por el hombre y por el mundo. A través del cansancio y jamás sin él. Esto confirma, por una parte, lo indispensable de la cruz en la espiritualidad del trabajo humano; pero, por otra parte, se descubre en esta cruz y fatiga un bien nuevo que comienza con el mismo trabajo: con el trabajo entendido en profundidad y bajo todos sus aspectos, y jamás sin él.

LA TIERRA NUEVA

¿No es ya este nuevo bien —fruto del trabajo humano— una pequeña parte de la «tierra nueva», en la que mora la justicia? ¿En qué relación está ese nuevo bien con la resurrección de Cristo, si es verdad que la múltiple fatiga del trabajo del hombre es una pequeña parte de la cruz de Cristo? También a esta pregunta intenta responder el Concilio, tomando las mismas fuentes de la Palabra revelada: «Se nos advierte que de nada le sirve al hombre ganar todo el mundo, si se pierde a sí mismo (Lc 9,25). (Vaticano II, Gaudium et Spes, 38). No obstante, la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo. Por ello, aunque hay que distinguir cuidadosamente progreso temporal y crecimiento del reino de Cristo, sin embargo, el primero, en cuanto puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, interesa en gran medida al reino de Dios». El cristiano que está en actitud de escucha de la palabra del Dios vivo, uniendo el trabajo a la oración, sepa el puesto que ocupa su trabajo no sólo en el progreso terreno, sino también en el desarrollo del Reino de Dios, al que todos somos llamados con la fuerza del Espíritu Santo y con la palabra del Evangelio”.Y así, trabajando, es como el hombre se convierte en dominador de la materia y concreador del mundo, que le estará sometido en la medida de su trabajo; y pondrá a su servicio todas las criaturas, inferiores a él. Y así se dignifica y crece.

TRABAJO BALUARTE

«El que no quiera trabajar que no coma», dice san Pablo; quien ha de comer tiene que trabajar. El deber de trabajar arranca de la misma naturaleza. «Mira, perezoso, mira la hormiga…», y mira la abeja, y aprende de ellas a trabajar, a ejercitar tus cualidades desarrollando y haciendo crecer y perfeccionando la misma creación. Que por eso naciste desnudo y con dos manos para que cubras tu desnudez con el trabajo de tus manos y te procures la comida con tu inventiva eficaz.

El trabajo será también tu baluarte, será tu defensa, contra el mundo porque te humilla, cuando la materia o el pensamiento se resisten a ser dominados y sientes que no avanzas. Te defenderá del demonio, que no ataca al hombre trabajador y ocupado en su tarea con laboriosidad. Absorbido y tenaz. Te defenderá del ataque de la carne, porque el trabajo sojuzga y amortigua las pasiones, y con él expías tu pecado y los pecados del mundo con Cristo trabajador, creando gracia con El y siendo redentor uniendo tu esfuerzo al suyo, de carpintero y de predicador entregado a la multitud y comido vorazmente por ella. Así es cómo el trabajo cristiano, se convierte en fuente de gracia y manantial de santidad. Pero si el hombre debe continuar creando con Dios, su trabajo debe ser entregado a la Iglesia y a la comunidad humana, llamada toda al Reino. El que trabaja, cumple un deber social. Ahora bien, si el trabajo es un deber, si el hombre debe trabajar, el hombre tiene el derecho ineludible de poder trabajar, de tener la posibilidad de ejercer el deber que le viene impuesto por la propia naturaleza, por el mismo Dios Creador, Trabajador, Redentor y Santificador. El derecho social al trabajo es consecuencia del deber del trabajo. Pío XII en la “Sponsa Christi” recuerda incluso a las monjas de clausura el deber de trabajar con eficacia.

Pero la realidad es que, así como hay en el mundo una injusticia social en el reparto de la riqueza, la hay también en el reparto del trabajo. Mientras haya parados, no puede haber hombres pluriempleados; por dos razones: primera, porque sus varios empleos quitan, roban, puestos de trabajo a los que de él carecen; segunda, porque los que tienen varios empleos difícilmente los cumplirán bien y a tope. El “enchufismo” no es sinónimo de perfección, sino todo lo contrario. Se habla de estructuras injustas en órdenes diversos; pero la estructura injusta, y había que revisarla si es injusta, se da también en la distribución del trabajo. Que un sacerdote, y son muchos, no tengan nada que hacer, en todo el día, salvo celebrar la misa, cuando hay también muchos que no pueden abarcar todas las misiones que se les encomiendan, puede ser consecuencia de unas estructuras, o de una interpretación de las mismas, que en todo caso, deberán ser, en justicia, revisadas. La sociedad no puede desperdiciar energías, pero la Iglesia tiene que aprovechar todas las piedras vivas, para edificar el Cuerpo de Cristo.

 

San Jose Obrero: El Trabajo


6. CLARETIANOS 2004


Queridos amigos y amigas:

Acabamos la semana celebrando la fiesta de San José Obrero, instituida por Pío XII en 1955 para resaltar cristianamente el trabajo humano. A los que rezamos laudes, hoy se nos invita a comenzar la oración con la siguiente frase: “Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que quiso ser tenido como el hijo del carpintero. Aleluya”. Que quiso ser tenido como el hijo del carpintero. No sé a vosotros, pero a mí me resulta muy sugerente esta frase. Jesús fue muchas otras cosas más importantes y, sin embargo, de nada alardeó, al contrario, quiso ser tenido como el hijo del carpintero, aunque eso le restara méritos o dignidad ante los ojos de la gente de su tierra para ser considerado profeta, como vemos en el evangelio de hoy. Esto me lleva a preguntarme: ¿como qué quiero ser tenida yo por los demás?

Es fácil en este día del año plantearse solidariamente que hay que seguir luchando para que todo el mundo tenga acceso a un trabajo, para que las condiciones laborales sean justas, dignas, para que se acabe con todo el tema de la esclavitud laboral infantil, de la subcontratación, etc. Todo esto es fundamental. Pero, al mismo tiempo, creo que también es hoy un buen día para reflexionar sobre nuestra experiencia personal respecto al trabajo. Me refiero a plantearnos de qué manera el trabajo que cada uno de nosotros lleva a cabo cada día nos realiza como personas y nos dignifica. Y con trabajo me refiero a las diferentes actividades a las que nos dedicamos, sean remuneradas o no, por cuenta propia o ajena, estudios, labores del hogar, trabajo en oficina, en tienda, en parroquia, cuidado de personas, etc. Ojalá seamos capaces de profundizar en el sentido de todo lo que hacemos, de convencernos que cualquier actividad, por pequeña que sea, puede ser buena, útil para algo o alguien, generadora de vida, si se hace desde las actitudes que nos presenta la lectura de Colosenses: desde el amor, desde la paz de Cristo, desde la actitud agradecida, haciendo todo de corazón, como para el Señor y no para los hombres.
Vuestra hermana en la fe,

Lidia Alcántara Ivars, misionera claretiana (lidiamst@hotmail.com)
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Evangelio: Mt 13, 54-58 El valor del Trabajo

Y al llegar a su ciudad se puso a enseñarles en su sinagoga, de manera que se quedaban admirados y decían:

—¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos poderes? ¿No es éste el hijo del artesano? ¿No se llama su madre María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas ¿no viven todas entre nosotros? ¿Pues de dónde le viene todo esto?

Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo:

—No hay profeta que no sea menospreciado en su tierra y en su casa.

Y no hizo allí muchos milagros por su incredulidad.

El valor del trabajo

Celebramos hoy con toda la Iglesia a San José, esposo de la Santísima Virgen y, según la ley judía, padre de Jesús, aunque no lo fuera por la generación habitual de la carne. No era, sin embargo, Jesús menos hijo de su corazón que los hijos comunes lo son de sus padres. Sin temor a exagerar, podemos afirmar que José es padre de Jesús, el hijo de María siempre Virgen, con una paternidad excelsa y muy superior a la de los padres que engendran según la carne. Como afirma san Agustín, a José no sólo se le debe el nombre de padre, sino que se le debe más que a otro alguno (…), ¿cómo era padre? Tanto más profundamente padre, cuanto más casta fue su paternidad. Algunos pensaban que era padre de Nuestro Señor Jesucristo, de la misma forma que son padres los demás, que engendran según la carne, y no sólo reciben a sus hijos como fruto de su afecto espiritual. Por eso dice San Lucas: se pensaba que era padre de Jesús. ¿Por qué dice sólo se pensaba? Porque el pensamiento y el juicio humanos se refieren a lo que suele suceder entre los hombres. Y el Señor no nació del germen de José. Sin embargo, a la piedad y a la caridad de José, le nació un hijo de la Virgen María, que era Hijo de Dios.

José amaba a Jesús como no somos capaces de amar los demás hombres. Entregó al Hijo de Dios encarnado lo mejor de sí mismo, incluyendo el trabajo que llenaba su vida y sustentaba a la Familia que quiso Dios para nacer, crecer y alcanzar su madurez entre los hombres. Por eso Nuestro Señor que era conocido como artesano: el hijo del artesano. Y nos lo imaginamos durante muchos años –tenía Jesús al comenzar unos treinta años, cuando comenzó su vida pública, según nos cuenta san Lucas– en el taller de su padre, José, y más tarde posiblemente al frente del mismo. Jesús pasó la mayor parte de sus días sobre la tierra trabajando, como todos los hombres y mujeres de bien. Se ocupaba en una tarea corriente, sin más relieve la mayoría de las veces que el sobrenatural, por el amor y la perfección que ponía en cada detalle.

El trabajo ocupa la mayor parte de nuestro tiempo. Trabajo no es exclusivamente la ocupación profesional en sentido estricto. Trabajo es asimismo cualquier otra actividad productiva en sentido amplio, que, por lo general, requiere un cierto esfuerzo por parte de quien la realiza: desde responder el correo a leer un artículo cultural que contribuye a la propia formación o charlar con un hijo o con un amigo, tratando de ayudarle.

El esfuerzo: he aquí la dificultad. Dificultad añadida al trabajo como consecuencia del pecado. Ganarás el pan con el sudor de tu frente, advirtió Dios en nuestros Primeros Padres en el Paraíso Terrenal, después de la desobediencia. Habiendo perdido al desobedecer la inocencia original, el trabajo, desde entonces, es en cierto sentido una pena, un castigo a la rebeldía humana. Ahora trabajar cuesta. Cualquier actividad –hasta la más pequeña– que emprende el hombre en beneficio propio le supone esfuerzo: es trabajosa, decimos, para indicar que de algún modo nos pesa.

De modo espontáneo el trabajo no se realiza con gusto y constancia. Es preciso casi siempre un empeño por mantener la decisión –que cuesta– del orden, de la puntualidad, del cuidado del detalle… Sucede, por el contrario, que lo fácil es generalmente de poco valor y no cubre las expectativas y requerimientos personales. Todo lo que vale es trabajososo, decimos: ningún ideal se hace realidad sin sacrificio…, leemos en Camino. Se trata, en todo caso, de un esfuerzo, de un sacrificio, de una renuncia incluso –si queremos llamarlo así–, aunque sea llevadera. De ordinario, en efecto, lo que se espera de cada persona en el terreno profesional y en sus deberes familiares y sociales es algo posible, razonable.

Sin embargo, el hombre trabajaba antes de pecar. Como dice el libro del Génesis, tomó, pues, Yahveh Dios al hombre y le dejó en al jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase. Sólo después del pecado sintió el hombre la dificultad del esfuerzo. El trabajo de la tierra no sería en adelante una tarea confortable: espinas y abrojos te producirá, aseguró Dios a Adán. Lo cual, en modo alguno privó al trabajo de su grandeza original, por la que el hombre había sido constituido Señor de la naturaleza: llenad la tierra y sometedla, dijo Dios al hombre haciéndolo señor de toda la creación terrena. El trabajo aparece, pues, como un designio y don de Dios a los hombres, por el que los constituye en señores del mundo que había creado para ellos.

La actividad humana, por tanto, ya que puede ser trabajo casi siempre, es una permanente ocasión de configurar nuestra existencia según el querer divino, de amar a Dios agradecidamente y del más pleno desarrollo personal: aquel querido desde el principio por nuestro Creador.

Pedimos a Santa María que contemplemos en cada instante esa ocasión irrepetible de vivir según Dios. Con su ayuda maternal no nos faltará la fuerza necesaria y sabremos superar la debilidad y falta de constancia que son consecuencia del pecado.

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El Trabajo Santifica

Mt. 13, 54-58. El Hijo de Dios es considerado por los judíos como el Hijo del carpintero. Jesús no vino a quitarnos la carga del trabajo, sino a santificarlo, especialmente cuando Él cumple con la obra que el Padre Dios le confió.

Cada uno de nosotros tiene también su propia labor en el mundo. Quienes creemos en Cristo Jesús realizamos nuestros quehaceres diarios con la máxima responsabilidad colaborando en la realización de la ciudad terrena, no como el lugar de nuestra felicidad definitiva, sino como el lugar desde el que se inicia el Reino de Dios entre nosotros por propiciar una vida basada en relaciones realmente nacidas del amor fraterno.

Por eso debemos trabajar constantemente porque en verdad caminemos en una auténtica justicia social. Quien se confiesa cristiano y se dedica a explotar o a causar injusticias a su prójimo no puede, por ningún motivo, llamarse hijo de Dios.

El trabajo de cada día debe ayudarnos a santificarnos por no convertirlo en nuestro dios, sino en una de la formas como nosotros servimos a nuestro prójimo para su propio bien.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María y de Señor San José, la gracia de saber colaborar con nuestro esfuerzo a que se viva cada día con mayor dignidad, esforzándonos no sólo de los bienes temporales, sino también colaborando para que la salvación llegue a todos. Amén.

http://www.mercaba.org

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Debilidad por acercarse al Obrero Jose

De siempre he tenido debilidad por acercarme al obrero José, humilde hombre de Nazaret, como no podía ser de otra manera para llegar a santo, que puso dignidad a las obras realizadas por personas. Con justicia le nombraron guardián de los trabajadores; o sea de los que tienen callos en las manos, cicatrices por todo el cuerpo y el alma endurecida de tanto tragarse sapos. No podían tener mejor defensor los peones, braceros, jornaleros y demás gentucia que dicen los burgueses. El obrero ha sido elevado, con José, a lo más alto de lo alto del ascendiente verso. Esto es hacer justicia. El obrero tiene más necesidad de respeto que de pan, dijo Karl Marx. Por consiguiente, estimo que siempre son saludables estas subidas interiores, de puesta en verdad. Es buena manera de unir al obrero mundo con el mundo obrero.

Poner la nobleza del trabajo humano en su lugar, ennoblece y destierra la pomposidad de los procesos productivos actuales. Detesto esa maquinaria de producción que no tiene corazón. De igual modo, el aluvión de empleos en precario. Se los tragan siempre las mismas personas, los marginales. Aquí, en este desbarajuste de precariedades, si que le demando a San José que nos eche una mano. La precariedad no es una realidad natural, es una construcción social de la que somos pioneros en estos muros de la patria mía. Qué tristeza más dolorosa de que después de tantos avances, la cultura obrera liberadora no reine, ni gobierne ¿Por qué esa incapacidad de enmendarnos la página del alarmante deterioro de las condiciones de trabajo? Cuando el sistema de producción se organiza de espaldas al ser humano, a la familia, se producen otros frutos; desde luego, no se acrecienta dignidad alguna.

Es cierto. La sociedad, sin embargo, necesita de la obra de los obreros para crecer y conquistar futuros. Los dormidos sindicatos, bien nutridos con los presupuestos de los obreros, piden un empleo estable en igualdad. Ya nos gustaría que así fuese. Lo primero ha de creerse lo que se dice ¿Se lo creen? ¿O es más de lo mismo? Tener un empleo con derechos es lo mínimo que se puede exigir, cuestión que debiera ser afán y desvelo de todo sindicalista que se precie. Pienso que va en el cargo esa lucha. Además, creo que estamos en edad de merecerlo como demócratas de un Estado social. Cuando la acción sólo se queda en palabra, la reacción es de verlas pasar y quedarse a salvo. Se habla de superar la precariedad por un empleo digno y, a pesar de ello, la siniestralidad laboral ya no es noticia porque nos hemos acostumbrado al suceso, por repetitivo. Oiga que se mueren personas, no cosas. Realmente cuesta entender, tal y como está el patio de abusos, que no exista fuerza social que avive el movimiento obrero, una fuerza hábil que lo despierte del falso encandilamiento. Algo falla o alguien quiere que esto falle, la fuerza de construir una comunidad obrera con derechos, puesto que las obligaciones las tienen todas en sus hojas de servicios.

Debemos, sin duda, promover deseos distintos al mero consumo, valores que nos conciencien en otros estilos de vida. Nada es imposible Ahí tenemos a San José, en su camino de gloria. De una ciudad desacreditada como Nazaret surge una historia que nos trasciende. La labor desarrollada por José en su pequeño taller de carpintero, mientras Jesús, a su lado, “crecía en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres”, nos reafirma que el trabajo es un medio de participar en la tarea creadora de Dios, para el que crea. Y para el que no crea, en la tarea humanizadora y humanista. En consecuencia, hemos de reivindicar la dignidad de ser y sentirse obrero. ¿Cuántos maldicen la palabra? Realmente, los obreros cuentan bien poco en este mundo de honores y cargos, apenas pueden decidir sobre el cómo y el para qué de su trabajo. Esta es la pura realidad. Con estos parámetros resulta improbable vivirlo como algo propio y como algo que nos debiera realizar.

El mundo obrero, para salir de esos tremendos túneles de explotación y dependencia, necesita abrir salidas, ventanas a una cultura que permita otras respiraciones más humanas y otras aspiraciones más libres. Buscar el interés de cada uno es muy del capital y poco de seres pensantes. Consumir mucho para vivir lo mejor posible, tampoco es garantía de felicidad. Despreocuparse de cómo se organiza la sociedad, que para eso están los políticos, es como firmarle un cheque en blanco a los burros y ponerle a buscar camino por si mismo. Pensar que el trabajo no es más que un medio de ganar dinero, es una actitud mísera que a nada conduce. Para vivir humanamente y crecer, necesitamos más que nunca volver a aquel pequeño poblado situado en las últimas estribaciones de los montes de Galilea, donde residió aquella familia excelsa, cuando pasado ya el peligro había podido volver de su destierro en Egipto. Y allí es donde José, viviendo y sobreviviendo a todas las fatigas, a veces en un taller de carpintero y otras en una choza en la ladera del monte, desarrolla su función de cabeza de familia, con la mayor de las dignidades . Como todo obrero, mantiene a los suyos con el trabajo de sus manos: toda su fortuna está radicada en su brazo, y la reputación de que goza está integrada por su probidad ejemplar y por el prestigio alcanzado en el ejercicio de su oficio.

En este reino de pillos, esta es la gran lección del buen obrero José, el varón justo, la de compenetrarse con sus conciudadanos. Que diferente situación a la que vivimos hoy, donde todo el mundo parece estar ausente de todo, lo que se traduce en pasotismo y en pérdida de valores propios de la cultura obrera: la solidaridad, la justicia, la igualdad; y lo que es peor, está generando una profunda desesperanza. Un año más, el gentío que no suele ejercer como obrero saldrá a la calle el primero de mayo para mostrar su mejor sonrisa y, así, por lo menos despistar de que somos los europeos que más en precario trabajamos. Por eso, prefiero citarme con los trabajadores que acuden a revivir el espectáculo de santidad del obrero José, especial protector ante Dios, y escudo para tutela y defensa en las penalidades y en los riesgos del trabajo. ¡Viva San José en el primero de mayo!