El Valor de una Madre


A todas las mamis del mundo… Gracias!

no necesitas un día en especial para agradecer a tu mamá todo lo que ha hecho por ti, cada día agradécele, porque ella cada día se levanta para hacerte tu desayuno, te prepara tu comida y tu cena, cada día te espera, cada día te ama… cada día ella pide a Dios por ti, no sólo el 10 de mayo… Emoticón heart Valoremos a nuestras mamis SIEMPRE….

 

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el valor de una madre

De Jesús Para Ti


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¿Por qué te confundes y te agitas ante las situaciones de la vida?

Déjame al cuidado de tus cosas y todo te irá mejor, cuando te abandones a mi, todo se resolverá con tranquilidad según mis designios.

No te desesperes, no me dirijas una oración agitada, como si quisieras exigirme el cumplimiento de tus deseos.

Cierra los ojos del corazón y dime con calma; Señor, yo confío en Ti.

Evita las preocupaciones angustiosas y los pensamientos sobre lo que puede suceder después, no estropees mis planes queriéndome imponer tus ideas. Déjame ser Dios y actuar con libertad.
Abandónate confiadamente, reposa en mi y deja en mis manos tu futuro. Dime frecuentemente, “Señor yo confío en Ti”.

Lo que más daño te hace es tu razonamiento, tus propias ideas y querer resolver las cosas a tu manera.

Cuando me dices, “Señor yo confío en Ti”, no seas como el paciente que pide al médico que lo cure, pero le sugiere el modo de hacerlo. Déjate llevar en mis brazos divinos, no tengas miedo. Yo te amo.

Si crees que las cosas empeoran o se complican a pesar de tu oración sigue confiando. Cierra los ojos del corazón y confía. Continua diciéndome a toda hora “Señor, yo confío en Ti”.

Necesito las manos libres para poder obrar. No me ates a tus preocupaciones inútiles. Las fuerzas del mal quieren sólo eso; agitarte, angustiarte, quitarte la paz. Confía sólo en Mi. Yo hago los milagros en la proporción del abandono y la confianza que tienes en Mi. Así que no te preocupes deja en mi todas tus angustias y duerme tranquilo.

Dime siempre “Señor, yo confío en Ti” y verás grandes milagros. Te lo prometo por mi amor

¡Dejemos que el Señor nos guíe en este nuevo día!

El tejido de la vida


Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net
El tejido de la vida
El hilo negro de las tristezas se cruza con el hilo blanco de las alegrías. A veces quisiéramos controlarlos, pero nos superan.
El tejido de la vida

La marcha de la vida nos llena de acontecimientos. Hay momentos en los que todo parece ir mal. Un accidente, una muerte extraña de un familiar, el inicio de un juicio, problemas y discusiones por parte de la herencia, una calumnia lanzada al vuelo por quien antes parecía un amigo, tal vez un secuestro o un crimen. Se asoman, detrás de cualquier esquina, peligros y amenazas, enfermedades y accidentes. Nadie puede sentirse seguro: ni los jóvenes ni los ancianos, ni los “buenos” ni los “malos”, ni los ricos ni los pobres.

A la vez, se suceden momentos de alegría, de éxito, de conquista. Unos esposos ven nacer a un hijo después de años de espera. Un joven deja el vicio de la droga para cuidar su salud y dedicar el dinero a ayudar a los pobres. Una chica consigue un trabajo después de llamar a muchas puertas y superar negativas y cansancios. Un anciano recibe la carta de un hijo que vive lejos y le avisa que acaba de rehacer su matrimonio.

A través de todos los acontecimientos, buenos o malos, se escribe una sinfonía que no acabamos de escuchar del todo, que comprendemos de modo parcial e incompleto. Nos ocurre como al violinista que, en medio de la orquesta, se preocupa sólo de su parte en la partitura; se concentra en que su violín encaje en el conjunto con más o menos armonía (aunque a veces se escape alguna nota discordante).

Cada acontecimiento entra a formar parte de la sinfonía de la vida. O en la composición de un vestido muy complejo. El hilo negro de las tristezas se cruza con el hilo blanco de las alegrías. A veces no nos damos cuenta de que una alegría fue posible gracias a un sacrificio o una renuncia. Esa enfermedad nos hizo más bondadosos y atentos a los otros. Aquella muerte que no comprendimos apartó a un amigo de un posible pecado grave. Esa herida de un soldado permitió el encuentro con una enfermera y el inicio de una familia fecunda, llena de esperanzas.

Los dos hilos siguen su trabajo. A veces quisiéramos controlarlos, pero nos superan. Un tejedor divino lleva la trama. Quizá al final, cuando crucemos la frontera de la muerte, comprenderemos el lugar de cada cosa, veremos que el bien fue la última palabra, que tantos males eran sólo pruebas e invitaciones a caminar con humildad, confianza y amor hacia un encuentro definitivo, hacia la casa donde un Padre bueno nos espera con los brazos abiertos.

Comprenderemos que los dos hilos estaban tan unidos que la alegría de la Pascua no era posible sin pasar antes por el caliz de la Cruz…

  • Preguntas o comentarios al autor
P. Fernando Pascual LC

Liturgia de Pentecostés


Monición de entrada

El Don del Espiritu para la Iglesia. El Espiritu presente en el inicio de la vida pública de Jesús, está presente también en el inicio de la actividad misionera de la Iglesia (1ª lect), y distribuye generosamente sus dones para el bien común (2ª lect).Es portador del don de la paz y es mensajero del perdón y del amor del Señor (Ev).

Canto de entrada. La alianza nueva. Danos, Señor, un corazón nuevo, derrama en nosotros un espíritu nuevo.

(Cantoral LitiirgicoNacional: nº 253).

Aspersión

o bien:

Acto Penitencial

· Tú, que eres el Ungido por el Espiritu.

· Tú, que pasaste haciendo el bien.

· Tú, que nos envias a ser tus testigos.

LITURGIA DE LA PALABRA

Primera Lectura. Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar Hech 2,1-11.

Se líénaron del Espiritu Santo. La Iglesia naciente experimenta la efusión del Espiritu Santo y desde este momento se lanza al mundo para anunciar el mensaje de salvación rompiendo las fronteras de pueblos, razas y lenguas.

Salmo responsorial. (Sal l03, l a-b y 4ac.29bc-30.31 y 34)

R/. Envía tu Espíritu, Señor y repuebla la faz de la tierra (ó Aleluya) (Libro del Sahnista: págs. 172-173)

Segunda Lectura. Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo I Cor 12,3b-7.12-13.

Los dones del Espiritu al servicio del bien común. Los carismas, gracias dadas para el bien de la comunidad eclesial, son también obra del Espiritu. Ponerlos ante Dios, para que los haga instrumentos eficaces de su gracia.

Evangelio. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo Jn 20,19-23.

El Espiritu dado para el perdón de los pecados. El Espiritu Santo comunica gozo y paz, el Espiritu conduce a los discípulos de Jesús a continuar su misión, la que É1 recibió del Padre: reconciliar a los hombres con Dios. E1 Espiritu Santo confiere la fuerza para perdonar los pecados y reconciliar.

LITURGIA EUCARISTICA

Canto de Comunión. Oh Señor, envía tu Espíritu.

Oh Señor, envia tu Espíritu

que renueve la faz de la tierra.

(Cantoral Lisúrgico Nacional: n° 252)

Reflexión

Cristo ha sido glorificado y sigue presente y operante en el mundo por el Espiritu Santo. Los dones del Espíritu superan lenguas y razas, diferencias y divisiones. Sus dones que ayudan a crear actitudes de comunidad, de plegaria y de servicio. “En cada uno se manifiesta el Espiritu para el bien común”.

El cristiano es un enviado, “como el Padre me ha enviado así también os envio yo”. ¿Y a qué nos envia?:

1. A vivir y a contagiar la paz. Es un don precioso y ausente muchas veces en el mundo. Cristo y su Espíritu son fuentes de paz para que el mundo crea.

2. A experimentar el perdón y la misericordia. Todo tiene remedio y el mal puede ser vencido. El perdón y la misericordia son las actitudes de la Iglesia ante el mundo.

3. A ser constructores de la comunidad. El Espíritu de Dios se ha derramado en cada uno para lograr la unidad de todos en el amor.

Fuego vivo

“Viendo aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían posándose encima de cada unó ” (Act 2,3)

Cuando Jesús se había marchado les prometió que el Espíritu vendría para estar siempre con ellos. Una luz de esperanza quedó brillando en el corazón rudo y amedrentado de aquellos hombres. Estaban escondidos, rezando y esperando, con mucho miedo, con las puertas cerradas, atentos a cualquier ataque por sorpresa. Pero ante la fuerza de Dios no cabe cerrar las puertas. Un fuego vivo llegó como viento salvaje, abriendo violentamente las ventanas. El soplo de Dios se había desencadenado de nuevo. En la primera creación había aleteado suave sobre las aguas y sobre la faz del hombre. La luz brotó en las tinieblas y en la mirada apagada de Adán. Ahora, en la segunda creación, su aleteo es violento, de fuego incandescente. Y esos hombres, cobardes y huidizos, son abrasados por el beso de Dios, sacudidos por el Espíritu. La luz ha brillado también en las sombras de sus ojos. Y enardecidos se lanzan a la calle a proclamar las maravillas de Dios, anunciando la Buena Nueva, lo más sorprendente que jamás se haya oído.

“Enormemente sorprendidos preguntaban: ¿No son galileos todos esos que están hablando?” (Act 2, 7)

Toda Jerusalén se ha conmovido ante aquel remolino arrollador. Una multitud corre hacia el lugar donde el viento de fuego desgajó puertas y ventanas. La sorpresa aumenta por momentos. Aquellos hombres han roto las fronteras de la lengua, y sus voces se oyen claras y sencillas en el corazón de cada hombre.

Te lo suplicamos, Señor, haz que de nuevo venga el Espíritu Santo, que de nuevo llueva del cielo ese fuego vivo que transforma y enardece. Es la única forma que existe para que tu vida, la Vida, brote otra vez en nuestro mundo corrompido y muerto… Ven, sigue soplando donde quieras, mueve a la Iglesia hacia el puerto fijado por Cristo, fortalécela, ilumínala, para que sea siempre la Esposa fiel del Cordero. Desciende de nuevo sobre un puñado de hombres que griten ebrios de tu amor. Hombres que sean realmente profetas de los tiempos modernos. Sigue viniendo siempre, aletea sobre las aguas muertas de nuestras charcas, danos fuerza para seguir llenando de luz la oscuridad de nuestro pobre y viejo mundo.

La vida del espiritu

“¡Dios mio, qué grandes eres!” (Ps 103,1)

Quisiéramos, Señor, hacer nuestras esas exclamaciones de entusiasmo que muchas veces brotan del salmista. Quisiéramos participar de su fe, de su esperanza, de su amor. Y llenarnos de exultación al mirar la grandeza de tu obra divina y prorrumpir también en exclamaciones gozosas, en bellas canciones que celebren la formidable realidad de lo divino. Sobre todo al pensar en el mundo de lo espiritual, en ese mundo invisible que, sin embargo, está ahí, a nuestro lado; con una grandeza sin parangón alguno con todo lo demás, ya que el menor bien del espíritu rebasa con mucho el mayor bien del mundo sensible y material. Para descubrir esos valores y poder gozar con su contemplación es preciso tener la mirada limpia, es necesaria la luz de Dios, la luminosa claridad del Espíritu Santo. Hoy, día de Pentecostés, repitamos con la liturgia: Ven, padre de los pobres; ven, dador de todo bien; ven, luz de los corazones.

“Les retiras el aliento y expiran ” (Ps 103,29)

Todo ser viviente, tanto animal como vegetal, participa del hálito vital que tú nos transmites. Al igual que el hombre comenzó a cobrar vida cuando tú echaste el aliento sobre su rostro, así también todo cuanto existe con vida la recibe de continuo de tu poder misterioso y sin límites. Recordemos que basta un mínimo y rápido instante para que, si Dios lo quisiera todo vuelva a la nada de donde salió. Puesto que es así, vamos a ser agradecidos con el Señor por la vida que nos ha dado, por el aliento que nos presta. Vamos a gozar de este don maravilloso con vistas a la eternidad, vamos a utilizarlo para el bien y no para el mal. Resulta horrible pensar que la mano que se mueve, gracias al movimiento que Dios le presta, se vuelva contra Él. Por último, tengamos en cuenta que por medio del Espíritu Santo se nos da la vida de la gracia, la vida misma de Dios. Por el bautismo nos ha hecho partícipes el Señor de su grandeza, de su bondad, de su alegría sin límites. El Espíritu Santo ha sido infundido en nuestros corazones para enseñarnos a querer, para suscitar en lo más íntimo de nuestro ser una persuasión tan grande de nuestra condición de hijos de Dios que, casi necesariamente digamos con ternura y emoción: ¡Abba, Padre!

Hasta rebosar

“Nadie puede decir Jesús es Señor, si no es bajo la acción del Espíritu Santó” (l Cor 12,3)

De nuevo la liturgia nos introduce en las regiones inaccesibles de la divinidad. Después de seis dominicas dedicadas a recordar, y a revivir en cada uno el triunfo de Cristo sobre la muerte, la Iglesia nos presenta y nos ofrece la fuerza y el aliento de Dios; el Espíritu que vuelve a sacudir con violencia los cimientos del cenáculo donde se encierran los tímidos apóstoles de Cristo, el Espíritu Santo que desciende otra vez para que los enviados del Evangelio se llenen de valentía y de coraje al pro- clamar el divino mensaje.

Nuevo Pentecostés que repita el prodigio del primer día, nuevos vientos que abran las puertas cerradas de nuestro egoísmo y de nuestra sensualidad, nuevo fuego que queme y cauterice nuestras conciencias dormidas y apáticas. Nueva luz que alumbre nuestros oscuros senderos, que descubra la bajeza de tantas vidas ocultas bajo piel de cordero, nuevas fuerzas que nos empujen con vigor por los caminos de la verdad y del amor.

“En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común” (l Cor 12, 7)

Muchos son los dones del Espíritu Santo. Isaías ve a Cristo como un retoño que brota del tronco de Jesé, como una rama verde que crece en la raíz de David. Y sobre ese vástago -nos dice- se posará el Espíritu de Yavé, la sabiduría y la inteligencia, el consejo y la fortaleza, en entendimiento y el santo temor de Dios. San Pablo por su parte nos dice que los frutos del Espíritu Santo son la caridad, el gozo, la paz, la bondad, la afabilidad, la longanimidad, la fe, la mansedumbre y la templanza. Es como una lluvia abundante y oportuna que no cesa de mantener fresca la tierra, es como el sol que calienta y vitaliza la siembra, como la luz que da calor a los campos, la fuerza intangible que sazona los frutos. Sí, el Espíritu Santo sigue actuando en la Iglesia de Cristo, sigue presente en los creyentes, en los fieles cristianos. Pero no olvidemos que cuanto nos transmite el Espíritu Santo con generosidad sin límites está destinado al bien común. Él nos llena de gozo y de paz para que llevemos esa paz y ese gozo a cuantos nos rodean. Somos como vasos que el Espíritu Santo llena hasta rebosar nuestra medida, para que nosotros vertamos ese amor sobre los demás.

Me Estoy Haciendo Viejo?


Autor: Marcelino de Andrés, L. C. y Juan Pablo Ledesma, L. C. | Fuente: Catholic.net
¿Me estoy haciendo viejo?
¡Cuántos personajes, cuántos seres queridos, de repente, han comenzado a desfilar en la pantalla de mi corazón!
 
¿Me estoy haciendo viejo?

Revisando algunos cajones, he dado con este pensamiento. En la misma página aparecía un abuelo fumando en pipa. De sus frente cuelgan los años en arrugas. Su mirada es cansina, pero segura. Por momentos me parecía el protagonista de “El viejo y el mar”.

No me he podido resistir y he soltado en mi interior las palomas de los recuerdos. ¡Cuántos personajes, cuántos seres queridos, de repente, han comenzado a desfilar en la pantalla de mi corazón! Y es que me parece un canto a la juventud fresca de nuestros mayores. Léelo despacio, con bastón, si lo necesitas. Percibirás una mirada más profunda, más luminosa de esa etapa final de la existencia terrestre. Son líneas de ilusión y de esperanza.

Me dicen que me estoy
haciendo viejo:
les diré que no es así.
La “casa” en que vivo,
ya sé, se está
deteriorando.
Eso ya lo sé.
Es que hace mucho
tiempo que la habito.
Ha pasado conmigo
muchas tormentas.
Ya está algo débil.

El techo está
cambiando de color.
Las ventanas ya están
un poco empañadas:
ya no se ve bien
hacia afuera.
Las paredes se sienten
débiles, quebradizas:
es que los cimientos ya
no están tan sólidos
como hace unos
cuantos años.
Mi “morada” se ha
vuelto temblorosa,
la estremecen el frío
del invierno, las noches
sin sueño.

Siento que estoy en
plena juventud,
ya que la Eternidad está
a un paso de mí,
una vida llena de vida,
sin posibilidad
de tristezas que
envejecen,
sin ausencias que nos
sacan canas,
sin dolor que atenta
contra la verticalidad
de nuestra existencia.

La Eternidad está a un
paso de mí.
Sin embargo mi “casa”
no soy todo yo.
Mis años, transcurridos
velozmente,
no me pueden hacer
viejo a mí,
alma siempre joven,
lozana y alegre.

Una inacabable vida de
gozo y de verdad.
Yo viviré allá
para siempre,
amando sin temor
de perder el Amor.
Y el Amor es la Vida:
¡que siga la vida!

¿Y decían que me
estoy haciendo viejo?
El que habita en mi
pequeña “casa”
está joven, lleno de luz
y de alegría,
principiando
justamente una vida
que durará, durará,
durará…
Ustedes solamente me ven
por fuera
y me repiten lo que
todos dicen:
anciano arrugado,
cabizbajo, trémulo,
lento…

Parece que se terminan
los horizontes.
No confundan mi
“casa” con lo que soy yo,
conmigo:
un nuevo amanecer,
horizonte con luz
indeficiente,
cielo de azul
indeclinable.
¡Que siga la vida!

¿Todavía dicen que me
estoy haciendo viejo?

Aprendiendo de la soledad


A veces vemos la soledad como un gran mal, sin saber que estar solos también es una oportunidad para crecer, entendernos y tratar más a Dios.

La tentación del hombre –hoy más que nunca- es la superficialidad, es decir, el vivir en la superficie de sí mismo. En lugar de enfrentarse con su propio misterio, muchos prefieren cerrar los ojos, apretar el paso, escaparse de sí mismos, y buscar el refugio en personas, instituciones o diversiones.

Es agradable y sobre todo más fácil la dispersión que la concentración. «Y ¡ he ahí el hombre, en alas de la dispersión, eterno fugitivo de sí mismo, buscando cualquier refugio con tal de escaparse de su propio misterio y problema!» menciona Ignacio Larrañaga, en su libro «Sube conmigo».

Sabemos que «El hombre es, por íntima naturaleza un ser social, y no puede vivir ni desplegar sus cualidades, sin relacionarse con los demás» (Gaudium et Spes no.12). Sin embargo, «Por su interioridad (soledad) el hombre es superior al universo entero. A estas profundidades (de sí mismo) retorna, cuando entra dentro de su corazón… (GS no.14).

Ahora bien, los fugitivos nunca aman, no pueden amar porque siempre se buscan a sí mismos; y si buscan a los demás no es para amarlos sino para encontrar un refugio en ellos. El fugitivo es individualista, es superficial ¿Qué riqueza puede tener y compartir?


La riqueza está en las profundidades.

Porque se vive en la superficie es el motivo por el que hay tan poco amor, igual en la gran sociedad, en el trabajo, en la escuela, en la familia, en el matrimonio. La medida de la entrada a nuestro propio misterio será la medida de nuestra apertura a los demás.

Nuestra crisis profunda -afirma Larrañaga- es la crisis de la evasión; escapamos de nosotros mismos, de los demás. Es preciso iniciar con la propia persona, interiorizar y descubrirse, para aceptarse y amarse abriendo así un canal de verdadera comunicación, apertura y donación a los demás.

No se trata de aislarse y de ser solitario, se trata de ser soledad y ser relación para amarse y amar.


Amar: interioridad y apertura

Amar, es una palabra que es corta en letras, pero la más profunda en significado y al ser persona, tengamos la profesión que tengamos, se elige la carrera del amor, cuestión nada fácil, pero posible sin duda. Al elegir la carrera del amor uno opta por recorrer un camino de sacrificio, de lucha, de renuncia y a la vez de profunda alegría pues la meta a alcanzar es convertirse en experto del arte más sublime que el ser humano puede crear pues a la vez le realiza en lo más íntimo de su naturaleza, ya que con el amor da vida a cada instante de su existencia y a la de los demás. Amar, es en palabras de Michel Quoist, citando su libro «Triunfo»: «enriquecer todo tu ser para poderte dar a otro; es olvidarte, para ofrecerte a otro; es abrirte a los demás; es aceptarles, comprenderles, relacionarte con ellos; para poder así acoger a otro; es unirte a Dios, para poderte unir en Dios a los otros».

Este oficio de amar, el real oficio de amar incondicionalmente, sin buscar recompensa no es nada fácil al contrario, para amar de verdad es preciso dejar todo, despojarse de egoísmos y seguir el camino casi desconocido que se abra ante nuestros ojos. Un camino en el que nos podemos encontrar solos muchas veces ante una tarea enorme que realizar en casa, en el trabajo, en la escuela…

A veces esta soledad puede desanimarnos, entristecernos; sin embargo, la soledad la sentimos todos alguna vez, es más, si vamos al fondo del alma, nos encontramos totalmente solos, nacimos solos y nos iremos de este mundo solos. Si estamos rodeados de muchas personas o no hay nadie junto a nosotros, a veces es lo mismo, en el interior a menudo, podemos encontrar que se está solo. Sin embargo, la soledad puede ser positiva o negativa, según cada quien la valore y según como esta sea.

Si uno ve la soledad como un momento de dolor y desesperación es negativa porque no nos lleva a ningún lado más que a la tristeza, al abatimiento. Pero si la soledad la vemos como la oportunidad de adentrarse en uno mismo, de darse cuenta de quién es uno, de dónde viene y a dónde va, es uno de los mejores regalos que uno puede tener… tiempo para uno mismo.

Solo en el silencio encontramos la paz, la verdad, la maravilla de haber sido creado, tomamos conciencia del tiempo, del espacio. Valoramos las cosas ante nosotros mismos y ante Dios, encontrando las respuestas a los interrogantes de nuestra vida y de las personas que nos rodean que se acercan en busca de soluciones.


El silencioso ejemplo que vivifica

Al estar solos estamos con nosotros mismos, y más importante, estamos con Dios. Por tanto no estamos realmente solos. Estamos en un momento propicio para orar, para pensar, para meditar, para descansar, para reflexionar sobre el pasado, el presente, el futuro.

Además hemos de aprender a estar solos, estarlo es un arte si sabemos aprovechar la soledad, es así como se da un tiempo inadvertido muchas veces, sin agitación, sin ruido, en silencio…

Y es en silencio como los grandes hombres andan el camino; pensemos por ejemplo, cómo era San José, el Santo Patrono de la Iglesia Católica y considerado tal vez el más grande santo de la historia; si aquel hombre silencioso, del que casi no se habla, del que quizá pocas veces se nombra en las homilías, aquel que pasa por el Evangelio como una sombra, el que en todo el tiempo no pronuncia ni una sola palabra.

Federico Suárez, en su libro «José, Esposo de María», nos habla de San José y lo describe diciendo: «José, un hombre que, a solas con Dios y con su propia conciencia, examina con serenidad una situación; y sin lamentarse, sin buscar apoyo en el que descargar una parte de su responsabilidad, hace frente con lucidez a las circunstancias y carga con sus propias decisiones». Sin una queja, San José afronta la tarea que le fue encomendada y que decidió aceptar, sin excusas, sin retraso; su tarea como la de cada uno de nosotros, difícil, de principio a fin, extraordinaria y destinada a aquellos que Dios ha escogido desde siempre para confiarles su Creación.

Así mismo, el autor menciona a Ernesto Hello, quien dijo de José: «este hombre envuelto en el silencio inspira silencio». Pero no un silencio vacío, una simple ausencia de personas, de palabras y de pensamiento, una especie de hueco sin nada que lo ocupe, simplemente mutismo; por el contrario, es un silencio denso, un «silencio profundo en el que están contenidas todas las palabras», un silencio «vivificante, refrescante, apaciguante, saciante: el silencio substancial».

En el blanco están contenidos todos los colores

Es el silencio no un vacío o una ausencia, sino la plenitud; como en el color blanco se contienen todos los colores, así en el silencio se contienen todos los sonidos. Las personas dedicadas a la contemplación lo saben bien, no se habla cuando se está en la contemplación de lo divino, cuando la grandeza de lo que se contempla es tal que cualquier palabra resulta trivial, puesto que el acontecimiento sobrepasa ampliamente a la persona y a cuanto ella pueda decir.

Por tanto, hemos de reconocer, que hay un silencio que nos beneficia, una soledad que no proviene de la ausencia, sino de la plenitud interior, que es la condición para que la interioridad sea posible. Un hombre que vive la soledad cuando ha de vivirla, puede escuchar y está en condición de aprender muchas cosas; Suárez menciona que por su silencio, José pudo oír al ángel que en su sueño le descubrió el secreto que cambiaría su vida y la de todo el género humano.

En la soledad y en el silencio de ésta también se aprende la fortaleza, sobrellevar las cargas sin quejarse y sin hacer de ello partícipe a todo el mundo, afrontar los problemas personales sin arrojarlos en hombros ajenos, responder de los propios actos y decisiones.
En la soledad y en el silencio uno no está solo, ni está callado. Estos, cito aquí a Suárez, «son como los ojos que penetran a través de la niebla que confunde los objetos y difumina las verdades, y al atravesarla nos permite llegar a lo que verdaderamente es y a lo que verdaderamente importa, pues significa acallar toda clase de voces confusas y discordantes para que se pueda oír la Palabra viva, clara y penetrante!».

No tengamos miedo a la soledad, más bien busquémosla y descubramos ¡Cuántas cosas encierra la soledad!

Rosario G. Prieto Eibl

Cristo viene a cumplir la voluntad del Padre


Autor: P. Cipriano Sánchez LC | Fuente: Catholic.net
Cristo viene a cumplir la voluntad del Padre
Adviento. En este Adviento, es necesario tener puesta nuestra alma en Dios; es necesario edificar la casa sobre la Roca.
 
Cristo viene a cumplir la voluntad del Padre

Conforme se acerca el 24 de Diciembre, las situaciones exteriores van haciéndose recargadas, con más bienes y preocupaciones de tipo material. En contraste con esta riqueza superficial que vemos a nuestro alrededor, la Iglesia, en el Adviento, nos insiste en que la pobreza espiritual es el verdadero camino de acercamiento al Señor. Y la Iglesia lo hace para que no olvidemos que quien construye la Navidad en nuestro corazón no es sólo el esfuerzo, sino la espera de Dios, la actitud que tenemos de cara a Él.

La Escritura nos habla de dos ciudades: Una es la ciudad fuerte, a la que ha puesto el Señor murallas y baluartes para salvarla. Y la otra, la ciudad excelsa, a la que Dios humilló. Tendríamos que preguntarnos si cada uno de nosotros es como la primera ciudad: la que Dios construye, a la que el Señor para salvarla le pone murallas y baluartes. Porque una de dos: o permitimos que Dios nuestro Señor construya esta ciudad en nuestro corazón o, tristemente, vamos a acabar como la ciudad que no estaba construida sobre Dios: la ciudad excelsa, a la que Dios humilló, a la que arrojó hasta el polvo.

Este tema de las dos ciudades: la ciudad que Dios construye —en la cual vive el pueblo justo que se mantiene fiel, el de ánimo firme para conservar la paz porque en Él confía—, y la ciudad soberbia —que se cree excelsa porque está en la altura, porque está protegida—, en el fondo representa dos almas o dos modos de enfrentarse con la vida. La primera, representa a quien se pone del lado de Dios; y la segunda, a quien se pone del lado de las prerrogativas, de los comportamientos humanos.

Adviento es un tiempo en el que, una y otra vez, todo esto tiene que ir resonando en nuestro espíritu. La preparación de la Navidad debe ser un momento en el que vamos quitando de nuestra alma y dejando de lado todo aquello que son simples confianzas y seguridades humanas, para así poder alcanzar las grandes certezas de tipo sobrenatural.

El Evangelio nos repite esta misma idea desde otro punto de vista. Dice el Evangelio: “Jesús dijo a sus discípulos: No todo el que dice: ‘¡Señor, Señor!’, entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos”. Cuántas veces nos puede suceder lo que les pasaba a los judíos, que pensaban que con repetir una oración varias veces al día tenían la salvación asegurada. Sin embargo, Jesucristo les dice a los judíos que la salvación no se obtiene con nuestras seguridades o con nuestras certezas, sino que para salvarnos es necesario ponernos en manos de Dios y hacer lo que el Señor nos va pidiendo.

¿Por qué en nuestras vidas hay situaciones que nos mueven de una forma tan violenta? ¿Por qué hay momentos en los que sentimos que todo se tambalea, que todo se cae, que todo se viene abajo? En el fondo, es porque no somos la ciudad que confía en Dios, sino que con frecuencia somos la ciudad que está en la altura, y que tarde o temprano, acaba siendo humillada y pisada por los pies de los pobres, de los humildes. No hay otro camino, o vamos por el camino de Dios Nuestro Señor en un esfuerzo constante de cercanía, de apoyo, de total confianza en Él, o tarde o temprano todos nuestros «castillitos» acaban cayéndose uno detrás de otro.

¿En qué podemos fincarnos, enraizarnos? Para nosotros, la voluntad de Dios está manifestada en Cristo: “la casa sobre la roca”, sobre la cual van a venir lluvias, vientos y sin embargo no se va a mover. ¿Cómo podemos lograr que nuestra vida sea la casa sobre la roca? Todo el día está lleno de esos momentos: la oración, la vida sacramental, las situaciones en las que podemos dar testimonio cristiano, pero sobre todo, están los momentos en los que podemos llegar a serenar nuestra alma en Nuestro Señor.

Yo les invito a que en este Adviento reflexionemos seriamente que, para no trabajar en vano, es necesario tener puesta nuestra alma en Dios; es necesario edificar la casa sobre la Roca, ser la ciudad que confía y se afianza en el Señor.