La oración de Jesús y la misa


Ramiro Pellitero
23 enero 2012


Muchos cristianos no saben qué es la misa. Piensan, quizá, que es cosa de los sacerdotes, y viven ajenos a ella. Otros asisten a lo que tal vez miran como una ceremonia de carácter más o menos social, donde, con ciertas oraciones y gestos, se recuerda la figura de Jesucristo y se anima a la gente a preocuparse por los demás.

Frente a esas y otras visiones empobrecidas de la Eucaristía, Benedicto XVI la ha explicado de modo sencillo y profundo, poniéndola en relación con la oración de Jesús. A la oración del Señor, según los relatos de los Evangelios, le viene dedicando el Papa varias Audiencias. Veamos por orden las enseñanzas de estos días.

La oración de Jesús durante su Bautismo

Tras los largos años de Nazaret, la oración de Jesús durante su Bautismo (cf. Audiencia general del 30-XI-2011) inaugura su ministerio público. En ella se muestra plenamente dispuesto a cumplir la voluntad del Padre. Una oración que es prolongación de tantas oraciones anteriores y preludio de las que luego sostendrá, en esa “fuente secreta” que es su “oración filial perfecta”. La oración de Jesús es, cada vez más intensamente, como el núcleo de donde brota la energía de su vida, y el corazón de su misión. El Papa nos invitaba a preguntarnos: ¿Cómo rezamos nosotros? ¿Qué tiempo dedicamos? ¿Cómo es nuestra preparación y formación para la oración?

La oración de “júbilo” del Señor

Más adelante, Benedicto XVI se detuvo en la oración de “júbilo” de Jesús (cf. Audiencia general, 7-XII-2011). El Señor abre su corazón en acción de gracias a su Padre (cf Mt 11,25-30 y Lc 10, 21-22), alegrándose al comprobar cómo los “pequeños” y los sencillos se hacen como niños, se abren al Espíritu Santo y llegan a ser, como Jesús, mansos y humildes de corazón. Y acaba diciendo: “Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre, como nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Lc 10, 22).

La oración de Jesús en el contexto de las curaciones milagrosas

La semana siguiente el Papa contempló la oración de Jesús en el contexto de las curaciones milagrosas (cf. Audiencia general del 14-XII-2011). “Jesús se deja implicar con gran participación humana en el sufrimiento de sus amigos, por ejemplo Lázaro y su familia, o de los muchos pobres y enfermos que Él quiso ayudar concretamente”. Subraya cómo la acción sanadora del Señor está siempre en relación con su Padre (cf. Mc 7, 34; Jn 11, 4 y 41s): la relación humana de compasión o de amistad con el hombre, entra en la comunión de Jesús con Dios Padre, y se convierte así en curación.

Con ello, Jesús quiere llevarnos, de un lado, a la confianza total en el Dios de la vida y su plan de salvación; y al mismo tiempo, “la oración nos enseña a salir constantemente a de nosotros mismos para ser capaces de acercarnos a los demás –nuestros hermanos, hijos en el Hijo–, especialmente en los momentos de la prueba, para llevarles consuelo, esperanza y luz”.

La oración de Jesús durante la última Cena

Ya en 2012, Benedicto XVI se ha referido a la oración del Señor durante la Última Cena (cf. Audiencia general del 11-I-2012), que a veces se denomina “oración sacerdotal”. Por su importancia para comprender el sentido de la misa, nos detendremos aquí.

El trasfondo de esa oración es la despedida del Señor y la inminencia de su pasión. Desde hacía tiempo venía explicándoselo a sus discípulos, para que comprendieran sus consecuencias (por ejemplo Mc. 8, 31). En aquellos días se aproximaba la Pascua judía, que celebraba el recuerdo de la liberación de Egipto. Es en contexto, dice el Papa, donde se enmarca la última Cena de Jesús, pero con una novedad especial: “Es su Cena, en la cual ofrece algo totalmente nuevo: a Él mismo. Y de este modo, Jesús celebra su Pascua, anticipa su Cruz y su Resurrección”. Es significativo que según San Juan, Jesús murió en la cruz a la hora que en el templo de Jerusalén se inmolaban los corderos de la Pascua.

En la última Cena del Señor destacan sus gestos (parte el pan y lo distribuye, comparte el vino), junto con las palabras que los acompañan y el marco de la oración. Todo ello constituye la institución de la Eucaristía. Y la Eucaristía, según Benedicto XVI, debe considerarse como “la gran oración de Jesús y de la Iglesia”.

Cuando el Nuevo Testamento (en los Evangelios sinópticos y en la primera carta a los Corintios) relata este acontecimiento, usa unos verbos determinados, que expresan la acción de gracias y la alabanza. Así se refleja la oración judía, que hacía el cabeza de familia (la berakha), acogiendo en casa a algunos extranjeros, al principio de las grandes fiestas. En esa oración se reconocían los dones recibidos de Dios (las cosechas y los frutos de la tierra), y se entendía que Dios respondía enriqueciendo los mismos dones.

Todo ello adquiere, en la última Cena de Jesús, una profundidad totalmente nueva. “Él da una señal visible de acogida a la mesa en la cual Dios se da. Jesús en el pan y en el vino se ofrece y se transmite a Sí mismo”.

Se pregunta Benedicto XVI cómo pudo Jesús darse a sí mismo. Había dicho que él tenía poder para dar su vida y recobrarla de nuevo, de acuerdo con el mandato de su Padre (cf. Jn 10, 17s). Ahora “Él ofrece de antemano la vida que le será quitada, y de este modo transforma su muerte violenta en un acto libre de donación de sí para los demás y a los demás”.

Desde el interior de su oración, en el diálogo con su Padre, brota la entrega a los suyos: “Vemos claramente que la relación íntima y constante con el Padre es el lugar donde Él realiza el gesto de dejar a los suyos, y a cada uno de nosotros, el Sacramento del amor, el”Sacramentum Caritatis”. Así Jesús se convierte en el verdadero Cordero que lleva a la plenitud el antiguo culto y nos invita a participar de su entrega (cf. 1 Co 11. 24.25).

Al mismo tiempo se preocupa por cada uno aquella noche (concretamente por Pedro: Lc 22, 31s; 22, 60s). “La oración de Jesús cuando se acerca la prueba también para sus discípulos, los sostiene en su debilidad”. Y ahora, en nuestro caso, “La Eucaristía es el alimento de los peregrinos que se convierte en fuerza también para el que está cansado, agotado y desorientado”.


La misa: participar de la oración de Jesús

Pues bien, esto se renueva con la misa en la que participamos nosotros: “Participando de la Eucaristía, vivimos de una manera extraordinaria la oración que Jesús ha hecho y hace continuamente por cada uno, a fin de que el mal, que todos enfrentamos en la vida, no logre vencer, y actúe así en nosotros el poder transformador de la muerte y resurrección de Cristo”.

Por tanto, al celebrar cada misa, en la Eucaristía, nos unimos a la oración de Jesús, especialmente a la de aquella noche: “Desde el principio, la Iglesia ha comprendido las palabras de la consagración como parte de la oración realizada junto a Jesús; como una parte central de la alabanza llena de gratitud, a través de la cual el fruto de la tierra y del trabajo del hombre, nos viene nuevamente donados como cuerpo y sangre de Jesús, como auto donación de Dios mismo en el amor acogedor del Hijo (cf. Jesús de Nazaret, II, p. 146.)”.

Concluyendo. Los frutos de la misa de cada día, cuando la celebramos con la debida preparación (lo que incluye si es necesario recibir el Sacramento de la Penitencia), son el resultado de la entrega de Jesús, que se nos aplica personalmente, para nuestra vida y nuestra misión como cristianos: luz y fortaleza, fidelidad y renovación. Y esos frutos de la oración de Jesús se nos aplican “para que nuestra vida no se pierda, a pesar de nuestra debilidad y de nuestras infidelidades, sino que sea transformada”. Para que sea, de verdad, como la suya, ofrenda al Padre y sacrificio de amor a Dios y al prójimo.

encuentra.com

Sobre el sentido del sufrimiento


de: Ramiro Pellitero


Sufriento inter
El comienzo de un nuevo año aviva en nosotros la conciencia del paso del tiempo. Y esto, unido a la cuesta de enero (el esfuerzo del vivir), puede suscitar la pregunta de si es razonable buscar un sentido al sufrimiento. Se lo plantea Robert Spaemann en un excelente texto (Über den Sinn des Leidens, en el libroEinsprüche, christliche Reden. Einsiedeln, 1977). No se cuestiona si podemos disminuirlo, sino “qué sentido tiene aquella situación en la que todos nuestros esfuerzos para disminuirlo o evitarlo llegan a un límite”. Pues, en efecto, ¿qué sentido puede tener algo que no queremos, que nadie puede querer para sí mismo?

El sufrimiento aparece habitualmente como un sinsentido. Aparece ya así en el miedo a sufrir, y en la pregunta misma sobre el sentido del sufrimiento.


Comparación entre la sociedad moderna y las sociedades primitivas

La sociedad moderna no sabe qué hacer ni qué decir ante el sufrimiento. Sólo intenta evitarlo, y, como no consigue hacerlo del todo, silencia hasta la interpretación de su sentido (una manera extrema de hacerlo es la eutanasia). Crecemos con poca tolerancia a la frustración. Y así, al evitar todos los valles nos incapacitamos para disfrutar de las montañas: somos menos felices, tenemos menos alegría. Se intenta ocultar la muerte, pero no se enseña a morir.

En cambio, en las sociedades primitivas, observa Spaemann, el dolor estaba “previsto”, y tenía una función que realizar, como se ve en ciertas figuras como la del mendigo o la viuda. El mendigo no sólo era receptor de la beneficencia pública, sino que representaba su papel dignamente, tenía algo que dar (prometía rezar por aquél que le daba algo). El dolor y la muerte eran realidades aceptadas y hasta dramatizadas, con un cierto ceremonial que los situaba en el contexto de la sociedad y del cosmos.

 

Materialismo, estoicismo, budismo

¿Qué respuestas hay –a nivel meramente natural– para el sentido del sufrimiento? Spaeman encuentra básicamente dos (que ofrecen soluciones parecidas): el materialismo y el estoicismo con el budismo como variante. Según el materialismo, ni siquiera debe plantearse el sentido del sufrimiento, porque el sufrimiento es algo que pertenece a la naturaleza, que es el ámbito de lo necesario. Lo único que tiene sentido es el obrar solidario a favor del “género humano”, que es lo verdaderamente digno (y no tanto la persona). Ante el dolor sólo cabe la resignación.

Según el estoicismo, el dolor puede evitarse aceptando lo que no puedo cambiar, llegando a la apatía o la impasibilidad. Pero esto, advierte Spaemann, es difícil de lograr en la práctica, sobre todo ante un dolor intenso. En esa perspectiva sólo quedaría la salida del suicidio, pero así se destruye lo que se quería respetar: la persona tal como es. El budismo, por su parte, intenta suprimir el sufrimiento anulando la voluntad, el yo, que es el origen de la voluntad y de la libertad.

En realidad, nota justamente nuestro autor, estas posiciones no son respuestas al sentido del sufrimiento, sino intentos fallidos de suprimirlo.

 

La respuesta de la Biblia al sufrimiento

¿Qué dice la Biblia sobre el sentido del sufrimiento? Podría resumirse así: el sufrimiento tiene sentido sólo si todo tiene sentido (que lo tiene). Esto no suprime el misterio del sufrimiento ante lo que, a los ojos humanos, parece privado de sentido. Jesús mismo lo experimentó, asumiendo en la Pasión su papel central en el drama de la historia, después de luchar contra su propia voluntad. Así se manifiesta en la oración que tuvo lugar en el Huerto de los Olivos.

Todos, por tener la naturaleza humana, llevamos las huellas de una injusticia, de una desobediencia (pecado original), que reactivamos cuando cometemos un pecado personal. Nos rebelamos contra el director del drama o de la sinfonía, querríamos imponer nuestra propia partitura en lugar de ejecutar la parte que nos toca (aquí cabría recordar el principio de “El Silmarillion”, de Tolkien).

De esta manera, entiende Spaemann, reproducimos en nosotros la desobediencia, palabra que viene de dejar de oír. Así nos incapacitamos para escuchar el sentido del todo. Y de ese modo nos situamos en el “estado en que cada cual busca convertirse en el punto central del mundo”. El sufrimiento es como el reverso de ese mal (diríamos nosotros: la luz roja que nos avisa para rectificar; el altavoz de Dios, o su sombra en el mundo, diría C.S. Lewis: recuérdese la película “Tierra de penumbras”, Shadowlands, R. Attenborough, 1993). El sufrimiento nos ayuda a caer en la cuenta de que “sólo puede representar bien su papel quien presta atención a las órdenes del director y escucha el papel de los otros”; porque no vivimos en solitario, hay un director y están los otros. Y así el sufrimiento nos facilita colaborar en la reparación de ese mal, madurar con ello y ayudar a los otros; pues según Spaemann, “la verdadera solidaridad significa ayudar a encontrar el sentido del sufrimiento”.

 

Aprovechar el sufrimiento

Por lo demás, no todo en el sufrimiento es oscuridad y sinsentido. A la vez que intentamos aliviar el sufrimiento, muchas veces nos damos cuenta que nos va enseñando, o nos ha enseñado, cosas valiosas: jerarquizar los valores, descubrir que las cosas pequeñas son importantes, no poner las metas en el éxito profesional, preocuparnos más por los que nos rodean, abrirnos a Dios.

Por ejemplo, como dice el autor, podemos pensar: Si Dios puede curarme y no lo hace (Jesús tampoco curó a todos), esto debe tener un sentido, y así el sufrimiento es consuelo. Incluso, en la medida en que nos descubre nuestra necesidad de Dios, el sufrimiento puede convertirse en un medio de salvación.

 

El sufrimiento de los inocentes

Finalmente, dos cuestiones difíciles. En primer lugar, el sufrimiento de los que no pueden alcanzar un sentido (los niños pequeños, los que mueren en el seno materno, los animales), lo que amplía el misterio del sufrimiento. En segundo lugar, con palabras de nuestro autor, “el sufrimiento de quien en sí mismo no es culpable, sino que padece por otros” (cabría evocar la película “La milla verde”,The Green Mile, F. Darabont 1999). Hay de esto una importante experiencia en el cristianismo, comenzando por Cristo mismo, que fue inmolado en la Cruz.

El sentido del sufrimiento sólo puede existir si no tiene la última palabra. Por eso la resurrección de Cristo es, según Spaemann, “la última respuesta del cristianismo a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento”, porque nos abre las puertas a la Vida nueva, donde ya no hay sufrimiento alguno.

 

Sufrimiento y madurez cristiana

Efectivamente, pues sólo el Cielo acaba con todos los sufrimientos, también los de los niños inocentes, y los transforma en alegría. Y entonces desaparece el sinsentido del sufrimiento. Así se explican las palabras de Benedicto XVI en su encíclica Spe salvi: “Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito” (n. 37). Esto lo sabe bien el cristiano, llamado a “ofrecer” las “pequeñas contrariedades diarias” en unión con Cristo (cf. n. 40). También cuentan, en su sufrimiento, con la ayuda de Dios los creyentes de todas las religiones, que le imaginan de diversas maneras y le invocan a través de muchas voces.

iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com/

 

Hacerse cargo


Ramiro Pellitero

12 diciembre 2011

Hacerse Cargo

Los especialistas suelen decir que es difícil comprender a un enfermo mental, a menos que hayas pasado por su enfermedad. Esto puede suceder no sólo con los enfermos mentales, sino con todos los enfermos y aún los sanos. Cada uno es muy sensible a lo que le afecta de verdad, pero a veces ¡tan poco! sensible por lo que afecta a los demás. Pero no hay que caer en el pesimismo: es difícil comprender, no imposible, sobre todo para un cristiano que se esfuerce en vivir la caridad.

Comprender: tarea difícil, pero no imposible

Según el diccionario, “hacerse cargo” significa tomar sobre sí un asunto, formarse la idea de algo, considerar todas las circunstancias de un caso. Cuando se trata de personas hay que suponer que, en principio, no terminamos de “hacernos cargo” totalmente de la situación de las otros, aunque hayamos vivido largo tiempo con ellos. Y es que somos diferentes de carácter, quizá hemos sido educados de forma diferente, tenemos experiencias diferentes, ilusiones diferentes y las heridas nos han dejado cicatrices diferentes. Por eso nos enfadamos con frecuencia si nos llevan la contraria, o al menos, nos desconcertamos. No comprendemos.

Atención, oración, acción

Por eso, antes de juzgar a una persona –suele citarse como proverbio indio–, hay que caminar tres lunas en sus mocasines. Se requiere un esfuerzo continuo –que no cuesta tanto si uno la quiere de verdad– apoyado en la oración, para ponerse en el lugar del otro. Y seguir luego reflexionando y observando, ¡rezando y actuando!, quizá en detalles que él o ella no percibirán, para poder ayudarle de verdad. Y tal vez pasado el tiempo se puede llegar a comprender mejor aquello que no se comprendía, porque no se sabían los antecedentes, las circunstancias, los contextos. Y entonces puede que se descubra que aquella persona no podía pensar de otra forma, o debía actuar así y tenía mucho mérito al hacerlo. O no se descubre del todo, porque una parte de ese misterio que cada uno lleva dentro sólo la conoce Dios y cuenta con eso (¡la cruz!), para cambiar cosas que no pueden ser cambiadas de otra manera.

En cuanto a los enfermos, decía el doctor don Eduardo (Ortíz de Landázuri) que el paciente siempre tiene razón. Y así es, porque, aunque no se tratara de un problema orgánico, su dolencia puede ser psicológica, o tal vez espiritual. En todo caso necesita ayuda y se la deben especialmente quienes le atienden en un hospital o en su casa.

Respeto a los demás, coherencia personal, responsabilidad

La educación, la experiencia y una vida coherente contribuyen mucho en este “hacerse cargo” de las personas y sus situaciones. Esto se espera, desde luego, de un cristiano que hace oración. Escribe Gustave Thibon: “Cuando te digo: ‘rezo por ti’, esto no significa que de vez en cuando musite algunas palabras pensando en tu recuerdo, sino que quiero cargar sobre mis espaldas con toda tu responsabilidad, que te llevo dentro de mí como una madre lleva a su hijo, que deseo compartir, y no sólo compartir, sino atraer enteramente sobre mí todo el mal, todo el dolor que te amenaza, y que ofrezco a Dios toda mi noche para que Él te la devuelva transformada en luz”. ¿No es eso lo que hizo Cristo?

Josemaría Escrivá señalaba: “Hemos de conducirnos de tal manera, que los demás puedan decir, al vernos: éste es cristiano, porque no odia, porque sabe comprender, porque no es fanático, porque está por encima de los instintos, porque es sacrificado, porque manifiesta sentimientos de paz, porque ama”. Sin pretender una exclusividad, el “hacerse cargo” es característico del cristianismo coherente.

En su segunda encíclica, sobre la esperanza (Spe salvi), dice Benedicto XVI: “La capacidad de aceptar el sufrimiento y a los que sufren es la medida de la humanidad que se posee”.

Publicado en http://www.ssbenedictoxvi.org -Mexico- el 17-IX-2008

Reproducido en el libro “Al hilo de un pontificado: el gran sí de Dios” ed. Eunsa, 2010

 

Política y santidad


Política y santidad

Ramiro Pellitero 17 noviembre 2011

Sección Reflexiones

politica y santidad

En época de elecciones viene bien reflexionar sobre la relación entre política y santidad. Decía Max Weber que al político le corresponde la “ética de la responsabilidad” (actuar previendo todas las consecuencias), mientras que al santo le conviene la “ética de la convicción” (actuar según lo que piensa que debe hacerse o Dios le pide, sin mirar las consecuencias); dos opciones que, en su opinión, son irreconciliables.

Pero Spaemann observa que así se pasa por alto un hecho fundamental: que han existido políticos que han sido santos o santos que han sido políticos, y buenos políticos, con éxito; pues ambas cosas no están reñidas (cf. Ética: Cuestiones fundamentales, cap. V).

Vale la pena preguntarse en qué consiste la santidad y cómo sería posible alcanzarla no a pesar de la política, sino “también” siendo político.

 

La llamada universal a la santidad

Todas las personas están llamadas a la santidad. De un modo más concreto, todos los bautizados. Lo ha recordado Benedicto XVI con ocasión de la fiesta de todos los santos: “Todos los estados de vida, de hecho, se pueden convertir, con la acción de la gracia y con el compromiso y la perseverancia de cada uno, en vías de santificación” (Angelus, 1-XI-2011). La Iglesia, añadía, es la llamada concreta de todos los bautizados a la “comunión de los santos”, por el Bautismo; para ello hemos de superar la fragilidad y vencer el pecado. La santidad, es pues, la meta. Pero ¿cuándo y cómo se logra? ¿Y qué relación tiene con las actividades ordinarias de la vida? ¿Hay que dejar aparte las cosas que amamos para buscar la santidad?

La meta de la santidad sólo se alcanza definitivamente en el Cielo. Tal es la gran esperanza cristiana, única que da sentido a la muerte. Todos buscamos que perviva lo bello y grande que hayamos podido realizar. Dice el Papa: “Sobre todo, sentimos que el amor reclama y pide eternidad, y no es posible que sea destruido por la muerte en un solo momento” (Audiencia general, 2-XI-2011). Ni el hombre ni la muerte ni el amor pueden afrontarse con puros métodos “científicos” o experimentales, pues la dimensión del Amor de Dios trasciende el espacio y el tiempo. Según la fe cristiana, la vida en unión con Cristo y la fe en Él, por decirlo en una palabra, la santidad (que se incoa en esta vida), es la garantía de Vida eterna.

La santidad lleva a trabajar por el futuro y la esperanza

Pues bien, la fe cristiana y la santidad no nos apartan del interés por todo lo que es bueno para el hombre y el trabajo en la tierra para incrementarlo, ni hacen inútiles nuestras esperanzas de alcanzarlo y transmitirlo. Señala Benedicto XVI: “La fe en la vida eterna da al cristiano el valor para amar aún más intensamente esta tierra nuestra y trabajar para construirle un futuro, para darle una esperanza verdadera y segura” (Ibid). Esto nos interesa para nuestro tema. Trabajar por el futuro y la esperanza, ¿no es lo que, con vistas al bien común, deben hacer los políticos?

Los últimos domingos del año litúrgico han sido ocasión para volver a subrayar que el amor es el camino y la puerta del Cielo (cf. Mt 25, 34-36). Por una parte, el amor y las obras de misericordia son el “aceite” para encender la lámpara que conduce al Reino de Dios (cf. Mt 25, 1-13). El amor, observa el Papa, “no se puede comprar, pero se recibe como regalo, se conserva en la intimidad y se practica en las obras”. Por eso “quien cree en Dios-Amor lleva en sí una esperanza invencible, como una lámpara con la que atravesar la noche más allá de la muerte, y llegar a la gran fiesta de la vida” (Angelus, 6-XI-2011)

De otro lado, el amor es también el “talento” (cf. Mt 25, 14-30) más importante que Dios nos ha concedido, para hacerlo fructificar durante nuestra vida. “La caridad es el bien fundamental que nadie puede dejar de hacer fructificar y sin el cual todo otro don es vano (cf. 1 Co 13, 3)” (Angelus, 13-XI-2011).

 

La política, tarea impulsada por la justicia y el amor

¿Qué decir, en este marco, acerca de la tarea política? ¿Será un lugar donde la fe hay que dejarla fuera o no tiene consecuencias? ¿Será una actividad donde la luz no ilumina o el amor no da fruto?

A finales de 2002 la Congregación de la Fe publicó un documento sobre los católicos y la vida política, donde se decía que los cristianos laicos no pueden abdicar de su participación en la política, entendida como “la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común”. La encíclica Caritas in veritate afirma que todas las personas tienen la vocación de comprometerse a favor de la verdad y el amor, y, por tanto, de trabajar por el desarrollo integral de los demás.

Ciertamente, no todos lo harán como trabajo profesional. Los políticos de profesión, a la luz de los principios expuestos, han de tener una conciencia viva de que su tarea debe ser impulsada por la justicia y el amor. Laicismo intolerante sería negar a los cristianos la legitimidad de actuar en política de acuerdo con las propias convicciones acerca del bien común, entre ellas las que corresponden a la ética natural.

La política, como todas las tareas de esta vida, necesita del amor. La justicia sola, aún siendo imprescindible, no basta para hacer “justicia total” a la realidad del hombre y del mundo. La propuesta cristiana se centra en el amor, como gran “secreto” para llegar a la santidad y servir máximamente a Dios y a los demás. Esto es posible en todas las condiciones, situaciones y trabajos de la vida. También en la política.

Por Ramiro Pellitero

 

http://iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com/

El domingo, la razón y la libertad


Ramiro Pellitero

Versión moderna del icono de la Anástasis
(Descenso a los infiernos y Resurrección)

La religión se sitúa en el origen, en el centro y en el desarrollo de toda auténtica cultura

¿Qué tiene que ver el domingo, con la razón y la libertad? Pues tiene todo que ver, porque el domingo celebramos que Dios –el mismo que nos ha creado y que se ha hecho hombre para darnos la Vida verdadera– es el garante de la razón y de la libertad.

La explicación de Benedicto XVI es diáfana. Dios ha creado el mundo y el hombre, y Cristo es el artífice de la nueva creación, al liberarnos del pecado y su principal consecuencia: la muerte definitiva.

El relato bíblico de la creación termina con el sábado, diciendo pedagógicamente que en el séptimo día Dios descansó, y por eso el hombre debe descansar y alabar a Dios en ese día. Así se expresa la Alianza del hombre con Dios. “Dios ha hecho el mundo para que exista un lugar donde pueda comunicar su amor y desde el que la respuesta de amor regrese a Él” (Homilía en la Vigilia Pascual, 23-IV-2011).

Cristo resucita el primer día de la semana. Para los cristianos, desde la Iglesia naciente, el día más importante ya no será el último de la semana, sino el primero. Y por eso se comienza a celebrar la misa precisamente el “domingo”, que quiere decir “día del Señor”, invitando al encuentro con el Resucitado.

La conexión del domingo con la creación la expresa San Juan en el prólogo de su Evangelio. Señala que desde toda la eternidad el Verbo era Dios y estaba con Dios, era el Logos, es decir, la Palabra, la Razón, el sentido de las cosas que serían creadas. Dios creó todo, según el Génesis, con su Palabra (“Y dijo Dios…”) y con su amor (“Y vio Dios que era bueno”). Su Razón es una Razón creadora y amorosa. Por eso dice el Papa: “El principio de todas las cosas es la Razón creadora, es el amor, es la libertad”.

Y añade: “Si el hombre fuese solamente un producto casual de la evolución en algún lugar al margen del universo, su vida estaría privada de sentido o sería incluso un trastorno de la naturaleza”. Pero no procedemos de la irracionalidad, de la falta de libertad o de la casualidad, sino de la razón, de la libertad y del amor. “Y como de la libertad se puede hacer un uso inadecuado, existe también aquello que es contrario a la creación” (el mal, el pecado).

Pero la creación sigue siendo buena, la vida sigue siendo buena y “es bueno ser una persona humana”. Y con Cristo podemos superar el mal, recuperar el sentido de la vida humana y de su libertad.

Podemos concluir que la religión no es un mero producto residual de la cultura, como cierta sociología reduccionista parece defender. Al contrario, la religión se sitúa en el origen, en el centro y en el desarrollo de toda auténtica cultura. Y de ello es signo el domingo.

De esta forma, si alguien nos preguntara: ¿Por qué vas a misa el domingo? ¿Qué sentido tiene el domingo? Una respuesta sencilla y profunda, muy adecuada al momento actual, a sus crisis y problemas, sería ésta: “Lo celebramos porque ahora, gracias al Resucitado, se manifiesta definitivamente que la razón es más fuerte que la irracionalidad, la verdad más fuerte que la mentira, el amor más fuerte que la muerte”.

(publicado en http://www.analisisdigital.com, 27-IV-2011)
http://iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com/

Oración y vida corriente


Jean Corbon (1924-2001) fue profesor de liturgia en el Líbano. Escribió la cuarta parte del Catecismo de la Iglesia Católica (sobre la oración), en una época (finales de los años ochenta) en que eran frecuentes los bombardeos sobre Beirut. A veces, cuando sonaban las alarmas y debía ir al sotano junto con otras personas, seguía allí trabajando. Es lógico imaginar que quien recibió, en aquellas circunstancias, el encargo de explicar qué y cómo es la oración de los cristianos, lo haría pidiendo la paz de Cristo para todos.
La oración es básicamente el diálogo personal con Dios, realizado con palabras espontáneas o con fórmulas cristianas tradicionales (el Padrenuestro, el Avemaría, etc.), o incluso con pocas palabras, pues basta una mirada de afecto, una sonrisa agradecida, un ofrecimiento de una pena.

La oración presupone y demuestra la fe, y también la fortalece. Y siempre, de alguna manera, se traduce en compromiso de servicio: no tiene nada que ver con una huída de la vida, de las necesidades de los demás o de los asuntos cotidianos, la mayoría bien normales o corrientes, y de los otros no tan corrientes, pero que la vida trae consigo en forma de dificultades o crisis.

En casa de su amigo Lázaro, Jesús le dice a Marta: “Marta, Marta, tú te preocupas y te inquietas por muchas cosas. Pero una sola cosa es necesaria: María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada” (Lc 10, 38-42). Esto no significa que Marta tuviera que abandonar sus tareas para sentarse como su hermana a escuchar al Maestro. Significa que el activismo sin la oración no sirve de mucho, y puede convertirse en un obstáculo para uno mismo y para los otros. Se trata de una llamada a la prioridad de la oración como raíz y alimento, impulso y alma de la vida ordinaria. Y, para la mayor parte de los cristianos (los fieles laicos), es una exhortación a la contemplación de Dios, suma belleza, bien y verdad; no “al margen de” lo ordinario, sino “en y por” las mismas tareas familiares, profesionales y sociales de cada día.

Esto en la práctica se consigue si se dedican ratos diarios, concretos y exclusivos a la oración (sin hacer otra cosa); y con un esfuerzo, sostenido por la dirección espiritual, para convertir el día en una relación con Dios que tenga por centro y raíz la Eucaristía. Todo ello, sin salirse cada uno de su sitio, de las actividades normales y de los propios deberes con los demás, con el convencimiento de que la oración es garantía de una vida humana y cristiana plena.

De esta manera, el cristiano corriente (que no es sacerdote ni religioso en el sentido canónico) que busca la amistad con Dios y lucha contra el pecado, está llamado a vivir con Cristo, gracias al Espíritu Santo, principio de unidad y vida en la Iglesia. Desde esa íntima vida y unión con su Señor, el cristiano lleva a cabo el diálogo con Dios Padre (la oración), bajo el impulso del mismo Espíritu Santo que llenaba de amor el trato filial de Jesús con su Padre.

Y así el cristiano poco a poco va aprendiendo a contemplar cuanto le rodea con los ojos de Cristo, a amar con Su corazón, a cultivar el espíritu de servicio y entrega por el bien de todos: Por Cristo, con El y en El (final de la Plegaria Eucarística) “nos implicamos en la dinámica de su entrega” (Deus caritas est, n. 13).

Por tanto la oración se vincula estrechamente a la Misa; de ella surge y en ella desemboca siempre, porque la Eucaristia es la actualización de la entrega de Cristo en la Cruz y su resurrección gloriosa. Por eso la Misa es centro y culmen de la vida cristiana, y escuela primera de la oración. En prolongación de la Misa y preparación de la siguiente, la oración cristiana se despliega a lo largo del día en acción de gracias y alabanza a Dios, petición e intercesión por todos, y reparación por los pecados del mundo.

Todos los cristianos, y no sólo unos pocos elegidos, estamos llamados a una oración auténtica, que haga plena nuestra vida, aspirando a una unión con Dios más alta que la que pudiera lograr cualquier “mística” meramente humana.

Es importante darse cuenta de que la relación personal con Dios a través de la oración y los sacramentos, nos une con todos los miembros de la familia de Dios que es la Iglesia, a la que están llamadas todas las personas: “La unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que él se entrega. No puedo tener a Cristo sólo para mí; únicamente puedo pertenecerle en unión con todos los que son suyos o lo serán”. Así se entiende que “el amor a Dios y al prójimo están realmente unidos: el Dios encarnado nos atrae a todos hacia sí” (ib. 14). Y por eso la oración (junto con la Eucaristía) se vincula esencialmente al ejercicio práctico del amor, a una vida y un trabajo movido y finalizado por el amor.

En definitiva, nunca la oración cristiana auténtica es un “ensimismamiento” individualista. Esto se cumple incluso en oraciones tan “subidas” como la que puede mostrarse en el poema “Noche oscura” de San Juan de la Cruz: una canción del alma que busca a Dios, en medio de ciertas dificultades y pruebas (que todos, de una manera u otra, hemos de pasar). Ese poema se puede interpretar también, en un plano aún más profundo, como la canción de la Iglesia que anhela unirse aún más con Cristo, y comunicar su amor al mundo. Expresa, por tanto, el horizonte de la oración de todo cristiano, también de los niños y los sencillos.

La oración personal, si es verdadera, es oración en comunión de amor con Dios y los demás; y brota siempre de nuevo –desde esa comunión– para convertir la propia vida (las alegrías y las penas, el trabajo y el descanso, todas las tareas y actividades) en amor.

Este es el fundamento –expresado en la Biblia y en los escritos de los santos con el símbolo del amor esponsal– de la inseparable unidad entre oración y vida, contemplación y acción, amor a Dios y amor al prójimo, vocación cristiana (laical, sacerdotal, religiosa) y misión de la Iglesia en el mundo y para el mundo.

Ramiro Pellitero
iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com
(publicado en wwww.analisisdigital.com, 8-III-2011)

Sacerdotes de hoy


Sacerdotes no sólo por un tiempo sino siempre, que sirven con humildad, anunciando “toda” la voluntad de Dios y confíando en el Señor. Sacerdotes capaces de renovarse continuamente, velando por su propia vida espiritual para atender a los fieles que el Espíritu Santo ha puesto a su cargo. Sacerdotes que pasan en medio de las dificultades llevando el consuelo de Dios, cuidando especialmente de los pobres y los débiles. Y para todo eso, sacerdotes que se apoyan en la oración.

Tal es el perfil del sacerdote que Benedicto XVI ha trazado ante el clero romano (10-III-2011), a partir de un pasaje de los Hechos de los Apóstoles, que recoge la despedida de San Pablo de los presbíteros de Éfeso (cf. Hch 20, 17-38).

1. Ante todo, disponibilidad plena, servicio y humildad, anuncio “integral” de la voluntad de Dios y confianza en Él. Aunque a veces haya que realizar tareas no demasiado espirituales, “no se es sacerdote sólo por un tiempo; se es siempre, con toda el alma, con todo el corazón. Este ser con Cristo y ser embajador de Cristo, este ser para los demás, es una misión que penetra nuestro ser y debe penetrar cada vez más en la totalidad de nuestro ser”. Servicio y humildad son dos palabras claves. Servir quiere decir “no buscar mis preferencias, mis prioridades, sino realmente ‘ponerme al servicio del otro’. Y la verdadera humildad consiste en no buscar ante todo que nos vean ni dejarse llevar por el qué dirán; “no aparecer ante los hombres, sino estar en la presencia de Dios y trabajar con humildad por Dios, y de esta manera servir realmente también a la humanidad y a los hombres”.

Así se entiende que el sacerdote deba predicar no las preferencias personales, sino asumir el “compromiso de anunciar toda la voluntad de Dios, también la voluntad incómoda, incluidos los temas que personalmente no agradan tanto”. ¿Cómo saber dónde está la voluntad de Dios?: “La doctrina, la liturgia, la moral y la oración — las cuatro partes del Catecismo de la Iglesia católica indican esta totalidad de la voluntad de Dios”. He ahí la sencillez y la riqueza de la fe, donde encontramos la verdad, la belleza, la bondad de Dios.

2. También el sacerdote ha de renovarse de continuo, con el paso de los años, convirtiéndose hacia la verdadera realidad, que es Dios y no las cosas materiales, y dejando que esa realidad integre la personalidad, la inteligencia y el corazón. Y por eso es necesario “dejarme transformar, con toda mi vida, por la Palabra de Dios”, por la oración, por la unidad con la Iglesia. Esto ayuda a “tener las prioridades justas”, sin una preocupación excesiva sobre la salud o las condiciones del trabajo pastoral; sin permitir que un activismo de buenas intenciones destruya la vida espiritual por falta de oración; porque todo esto es condición para velar por la grey que se nos ha confiado.

3. Sacerdotes que, a la vez, no se sorprenden por las dificultades, sino que van adelante con alegría y esperanza, cuidando especialmente de los más necesitados. “La opción preferencial por los pobres, el amor por los débiles, es fundamental para la Iglesia, es fundamental para el servicio de cada uno de nosotros: estar atentos con gran amor a los débiles, aunque tal vez no sean simpáticos, sino difíciles”.

Estas actitudes se resumen en la oración. San Pablo se despidió de Éfeso rezando con los presbíteros de rodillas: “Orar de rodillas quiere decir adorar la grandeza de Dios en nuestra debilidad, dando gracias al Señor porque nos ama precisamente en nuestra debilidad”.

Así se perfila la sencillez y la grandeza del sacerdocio, que es don y tarea, yugo y alegría. Así son los sacerdotes que requiere la nueva evangelización.

Ramiro Pellitero,
Universidad de Navarra iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com
(publicado en http://www.religionconfidencial.com, 21-III-11)