Papa Francisco:Sacramento del Orden


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PAPA FRANCISCOAUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 26 de marzo de 2014

Vídeo

Queridos hermanos y hermanas:

La catequesis de hoy está centrada en el sacramento del Orden, que comprende el episcopado, el presbiterado y el diaconado.

¿Qué significa esto concretamente en las vidas de los que son ordenados? Quienes son ordenados son puestos a la cabeza de la comunidad como servidores, como lo hizo y lo enseñó Jesús. El obispo, el sacerdote y el diácono están al servicio de la comunidad, si no lo hacen no está bien. El sacramento les ayuda también a amar apasionadamente a la Iglesia, dedicando todo su ser y amor a la comunidad, que no la han de considerar de su propiedad: ni el obispo es el propietario de su diócesis, ni el sacerdote es el propietario de su parroquia, ni el diácono de su diaconía; es propiedad del Señor, al que tienen que servir.

Y, por último, han de procurar reavivar el don recibido en el sacramento por la oración. Cuando no se alimenta el ministerio ordenado con la oración, la escucha de la Palabra, la celebración cotidiana de la Eucaristía y la recepción frecuente del sacramento de la Penitencia se termina perdiendo el sentido auténtico del propio servicio y la alegría que deriva de una profunda comunión con el Señor.

 

Saludos

Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España, México, Argentina y otros países latinoamericanos. Invito a todos a rezar al Señor por los ministros ordenados de su Iglesia, en particular por aquellos que se encuentran en dificultad o que necesitan recuperar el valor y la frescura de su vocación. Pidamos también para que nunca falten en nuestras comunidades pastores auténticos, según el Corazón de Cristo. Muchas gracias.

 

© Copyright – Libreria Editrice Vaticana

Fuente: Vatican.va

Misión específica del sacerdote


El sacerdote no es sólo el animador de una comunidad, advierte el Papa

Miércoles, 26 de noviembre de 2003

 

Zenit

 

 

 Al recibir a los obispos de Bélgica al término de su visita «Ad limina»

 

 

CIUDAD DEL VATICANO, 23 noviembre 2003 (ZENIT.org).- Ante los prelados de Bélgica, Juan Pablo II subrayó el sábado la misión específica del obispo y del sacerdote en una «sociedad que pierde sus referencia tradicionales y favorece voluntariamente un relativismo generalizado».

 

 

Encabezados por el cardenal Godfried Danneels, los obispos belgas fueron recibidos por el Santo Padre al término de su visita «Ad limina».

 

 

En el encuentro, el Papa expresó su preocupación por la situación de la Iglesia en Bélgica y recalcó que el «primer deber es dar a conocer a Cristo y el Evangelio».

 

 

«No se puede ocultar -afirmó- una real inquietud frente a la significativa caída de la práctica religiosa», relativa tanto a las eucaristías dominicales como a la celebración de sacramentos como el bautismo y el matrimonio.

 

 

La «crisis persistente de vocaciones» también se hace presente en un proceso de secularización que puede hacer pensar que la sociedad belga «ha dado la espalda a sus raíces cristianas».

 

 

En este contexto, Juan Pablo II calificó de «inquietante» la nueva legislación nacional que «afecta a las dimensiones fundamentales de la vida humana y social, como el nacimiento, el matrimonio, la familia y también la enfermedad y la muerte».

 

 

Ante estos cambios legislativos que «inciden profundamente en la dimensión ética de la vida humana», los prelados deben «reafirmar la visión cristiana de la existencia», advirtió el Papa.

 

 

De aquí la necesidad de desarrollar la formación teológica, espiritual y moral de los fieles, empezando por los jóvenes.

 

 

Sin embargo, el Santo Padre observó que la renovación de la vida cristiana no puede venir sólo de una reforma exterior, sino más bien «de una renovación interior de la vida de fe».

 

 

Precisamente en ello, el ministerio sacerdotal «encuentra su verdadero significado», puesto que el sacerdote no debe solamente «ser el animador o el coordinador de la comunidad», sino que debe «representar espiritualmente, en la sociedad, a Cristo Salvador».

 

 

Juan Pablo II invitó también a los obispos, «en unión con las parroquias», a «difundir la Biblia entre las familias», profundizando por otro lado en «la importancia de la Eucaristía» para la vida personal y comunitaria.

 

 

Finalmente, se detuvo en la educación de los jóvenes. Las «riquezas de la identidad católica» ofrecen a las jóvenes generaciones «la mejor tradición educativa de la Iglesia» junto a los «principios morales indispensables para avanzar con serenidad y responsabilidad en el camino de la vida», destacó.

 

 

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Sacerdote, sólo sacerdote


Intervención del Prelado del Opus Dei en el Seminario de Logroño sobre el sacerdocio.

Lunes, 20 de enero de 2003

 

opusdei.org

 

 

“Sacerdote, sólo sacerdote. San Josemaría Escrivá, modelo de vida sacerdotal”. Título de las palabras que Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, pronunció en el seminario de Logroño.

 

 

20 de enero de 2003

 

 

Agradezco a mi querido hermano en el episcopado, don Ramón Búa, su cariñosa invitación a dirigir unas palabras al clero riojano. Me sugirió que hablara de la llamada a la santidad en el sacerdocio ministerial, siguiendo el ejemplo y las enseñanzas de San Josemaría Escrivá de Balaguer, recientemente canonizado por Juan Pablo II, y lo hago con muchísimo gusto.

 

 

En efecto, evocar la figura y las enseñanzas de este santo sacerdote constituye para mí un gozo muy grande. Si, además, las personas que me escuchan son presbíteros, mi alegría se multiplica, pues conozco bien el entrañable amor -más aún, veneración- que el Fundador del Opus Dei dispensaba a sus hermanos en el sacerdocio. ¡Cómo gozaba cuando tenía la ocasión de reunirse con ellos! Aprendía de todos y, a quienes se lo pedían, no tenía reparos en abrirles su corazón para hablarles de los grandes amores de su vida: Cristo con María, la Iglesia y el Papa, las almas todas. Solía decir que, en esas ocasiones, se sentía como quien va a vender miel al colmenero. Pero era la suya una miel de tanta calidad, que los que le escuchaban salían de esas reuniones con renovados deseos de fidelidad a la vocación, con el alma rebosante de optimismo, decididos a gastarse con gozo en la tarea pastoral y apostólica.

 

 

Identidad del sacerdote

 

 

Comenzaré mi intervención con unas palabras que San Josemaría solía dirigir a los recién ordenados, pero que nos sirven también -y quizá más especialmente- a quienes llevamos muchos años de sacerdocio. Decía: sed, en primer lugar, sacerdotes; después, sacerdotes; siempre y en todo, sólo sacerdotes. En esta afirmación se transparenta su altísimo concepto del sacerdocio ministerial, por el que unos pobres hombres -que eso somos todos delante del Señor- son constituidos ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios (1 Cor 4, l). Tan firme era su fe en la identificación sacramental con Cristo que se lleva a cabo en el sacramento del Orden, que su único timbre de gloria, al lado del cual palidecían todos los honores de la tierra, era sencillamente ser sacerdote de Jesucristo.

 

 

Los santos, desde los tiempos más antiguos, se han detenido a comentar la dignidad del sacerdocio. Varios Papas -entre los que recuerdo especialmente a San Pío X, a Pío XI y al actual Romano Pontífice- han escrito documentos inolvidables, que han alimentado y continúan alimentando nuestra vida sacerdotal. También San Josemaría nos ha dejado su enseñanza. En una homilía de 1973, cuando se difundían voces confusas sobre la identidad del sacerdote y el valor del sacerdocio ministerial, resumía su pensamiento con las siguientes palabras: ésta es la identidad del sacerdote: instrumento inmediato y diario de esa gracia salvadora que Cristo nos ha ganado. Si se comprende esto, si se ha meditado en el silencio activo de la oración, ¿cómo considerar el sacerdocio una renuncia? Es una ganancia que no es posible calcular. Nuestra Madre Santa María, la más santa de las criaturas -más que Ella sólo Dios- trajo una vez al mundo a Jesús; los sacerdotes lo traen a nuestra tierra, a nuestro cuerpo y a nuestra alma, todos los días: viene Cristo para alimentarnos, para vivificarnos, para ser, ya desde ahora, prenda de la vida futura (1).

 

 

El sentido de la grandeza del sacerdocio le llevaba a cuidar con esmero su vocación sacerdotal, de la que se hallaba cada vez más enamorado. Cuando, para atender los ruegos de quienes estábamos a su lado, se refería a veces al proceso de su vocación, siempre recalcaba la iniciativa de Dios, que le salió al encuentro cuando tenía quince o dieciséis años. Como bien sabéis, fue en Logroño, en diciembre de 1917 o enero de 1918, donde el adolescente Josemaría Escrivá tuvo los primeros. presentimientos -de barruntos, los calificaba- de que el Señor le llamaba para algo que no sabía lo que era. No se le había pasado por la cabeza la posibilidad del sacerdocio. Sin embargo, ante esa acción de Dios, con el fin de prepararse mejor para cumplir la Voluntad divina, decidió ingresar en el Seminario. Con toda verdad podía afirmar, pasados los años, que el arranque de su vocación sacerdotal había sido una llamada de Dios, un barrunto de amor, un enamoramiento de un chico de quince o dieciséis años (2).

 

 

En el Seminario de Logroño recibió la primera formación sacerdotal, que luego completaría en Zaragoza. Dios quería que la semilla que iba a lanzar sobre la tierra el 2 de octubre de 1928, encontrase un corazón de sacerdote preparado a fondo para acogerla y hacerla fructificar. Por eso, con agradecimiento a Nuestro Señor, San Josemaría afirmaba que su vocación era -dejadme que insista- la de ser sacerdote, sólo sacerdote, siempre sacerdote. Amaba con locura esta condición que, configurándolo con Cristo, le había preparado para ser instrumento, en manos de Dios, para la fundación del Opus Dei.

 

 

 

Don y tarea

 

 

Al enumerar las condiciones de los candidatos al sacerdocio, antiguamente se prescribía que deberían elegirse entre hombres que condujesen una vida honesta. Esta formulación, minimalista y ya superada, le parecía muy pobre a San Josemaría. Entendemos, con toda la tradición eclesiástica -escribía en 1945-, que el sacerdocio pide -por las funciones sagradas que le competen- algo más que una vida honesta: exige una vida santa en quienes lo ejercen, constituidos -como están- en mediadores entre Dios y los hombres (3).

 

 

Josemaría Escrivá había recibido, en el seno de su familia y en el colegio, una formación profundamente cristiana, que comprendía el conocimiento de la doctrina, la frecuencia de sacramentos, la preocupación concreta por las necesidades espirituales y materiales de las personas, como ponen de relieve testigos de aquella época. Al recibir la llamada divina al sacerdocio, su existencia dio un cambio radical, en el sentido de que aumentó la intensidad y frecuencia de su trato con Dios y su preocupación apostólica por los demás. Esto le llevó a una madurez impropia de los años pero sobrenaturalmente lógica. Se cumplía en su vida lo que afirma la Sagrada Escritura: super senes intellexi quia mandata tua servavi (4), he adquirido más prudencia que los ancianos porque he guardado fielmente tus mandamientos. Desde aquellos barruntos, el adolescente Josemaría empezó a tomarse en serio la santidad, tratando de conocer y cumplir fidelísimamente la Voluntad de Dios.

 

 

Cuando el Concilio Vaticano II, en el capítulo V de la Constitución dogmática Lumen gentium, afronta el tema de la vocación de los bautizados a la santidad, afirma: «Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos, y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el Bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y participes de la naturaleza divina y, por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron» (5).

 

 

En cuanto miembros del Cuerpo Místico de Cristo, en el que hemos sido injertados por el Bautismo, todos hemos sido santificados radicalmente: llevamos en nosotros mismos el germen e inicio de la vida nueva que Cristo nos ha ganado con su Muerte y su Resurrección. La consagración bautismal es la realidad fundante de la llamada a la santidad en todos los géneros de vida. Desde este punto de vista, atendiendo a la absoluta gratuidad de lo que hemos recibido, la santificación aparece claramente en su dimensión de don: un regalo inmerecido que nuestro Padre-Dios nos otorga, en Cristo, por el Espíritu Santo. Al mismo tiempo, la santificación es una llamada personal, una tarea que se encomienda a la responsabilidad de cada cristiano. San Josemaría dirá que es obra de toda la vida (6).

 

 

La santidad es, pues, don y tarea. Entrega gratuita de un bien inmerecido y, al mismo tiempo, encargo que hay que llevar a término con esfuerzo personal, con correspondencia heroica, empeñándose en un verdadero compromiso de vida cristiana.

 

 

La santidad sacerdotal como don

 

 

Al ser una y la misma la condición radical de todos los bautizados, todos -sacerdotes y seglares- estamos convocados de igual modo a la plenitud de la vida cristiana. No hay santidad de segunda categoría: o existe una lucha constante por estar en gracia de Dios y ser conformes a Cristo, nuestro Modelo, o desertamos de esas batallas divinas. A todos invita el Señor para que se santifique en su propio estado (7).

 

 

Estamos ante una de las intuiciones fundamentales que San Josemaría Escrivá predicó, por encargo divino, desde 1928. Al fundar el Opus Dei, el Señor le mostró que cada persona ha de procurar santificarse en el propio estado, en el género de vida en el que ha sido llamada, en su propio trabajo y a través de su propio trabajo, según la conocida expresión de San Pablo: unusquisque, in qua vocatione vocatus est, in ea permaneat (8).

 

 

La santidad, en los sacerdotes y en los seglares, se edifica, por tanto, sobre el mismo fundamento: la consagración originaria del Bautismo, perfeccionada por la Confirmación. Sin embargo, resulta evidente que el deber de tender a la santidad urge especialmente al sacerdote, que ha sido escogido entre los hombres y constituido en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados (Hb 5, 1).

 

 

«En contacto continuo con la santidad de Dios -ha escrito Juan Pablo II-, el sacerdote debe llegar a ser él mismo santo. Su mismo ministerio lo compromete a una opción de vida inspirada en el radicalismo evangélico» (9). Y añade en el libro Don y misterio, escrito con ocasión del quincuagésimo aniversario de su ordenación sacerdotal: «Si el Concilio Vaticano II habla de la vocación universal a la santidad, en el caso del sacerdote es preciso hablar de una especial vocación a la santidad. ¡Cristo tiene necesidad de sacerdotes santos! ¡El mundo actual reclama sacerdotes santos! Solamente un sacerdote santo puede ser, en un mundo cada vez más secularizado, un testigo transparente de Cristo y de su Evangelio. Solamente así el sacerdote puede ser guía de los hombres y maestro de santidad» (10).

 

 

El sacerdote ha sido consagrado dos veces para Dios: en el Bautismo, como todos los cristianos, y en el sacramento del Orden. Por eso, si bien no puede hablarse de santidad de primera o segunda categoría -porque todos estamos invitados a la perfección con la que el mismo Padre celestial es perfecto (cfr. Mt 5, 48)-, no cabe duda de que sobre los sacerdotes recae especialmente el deber de tender a la santidad. Releamos unas palabras del Fundador del Opus Dei que resultan especialmente clarificadoras. Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya alter Christus, sino ipse Christus: otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente de forma sacramental (11).

 

 

En el ejercicio del ministerio para el que ha sido ordenado, encuentra el sacerdote el alimento de su vida espiritual, el material que le hace arder en el amor de Dios. Por eso, sería un grave error si otras aspiraciones u otras tareas desdibujaran en su alma lo que, para él, se concreta en algo indispensable para alcanzar la santidad: la celebración cuidadosa y llena de amor del Sacrificio de la Misa, la predicación de la Palabra de Dios, la administración de los sacramentos a los fieles, especialmente el de la Penitencia; una vida de oración constante y de penitencia alegre; el cuidado de las almas que se le han confiado, junto con los mil servicios que una caridad vigilante sabe dispensar.

 

 

Desde que percibió la Ramada al sacerdocio, y mas explícitamente, desde que fue ordenado sacerdote, San Josemaría quiso identificarse con Cristo, ser el mismo Cristo, en el ejercicio del ministerio sacerdotal y en toda su existencia. De ahí su vida de oración, su celebración pausada de la Misa, su ?necesidad? de permanecer largos ratos junto al Sagrario; y, al mismo tiempo, su urgencia por buscar a las almas para conducirlas, en Cristo, por caminos de santidad. Comprendió que se puede y se debe llevar una conducta santa en todos los estados de vida, y concretamente en el matrimonio; por eso, desde sus primeros años como pastor, además de encaminar a muchas personas por las vías del celibato apostólico asumido con verdadera alegría, alentó a muchas otras a descubrir la dignidad de la vocación matrimonial.

 

 

Escribe Juan Pablo II: «El sentido del propio sacerdocio se redescubre cada día más en el Mysterium fidei. Ésta es la magnitud del don del sacerdocio y es también la medida de la respuesta que requiere tal don. ¡El don es siempre más grande! Y es hermoso que sea así. Es hermoso que un hombre nunca pueda decir que ha respondido plenamente al don. Es un don y también una tarea: ¡siempre! Tener conciencia de esto es fundamental para vivir plenamente el propio sacerdocio» (12).

 

 

San Josemaría Escrivá celebraba cada día la Santa Misa con pasión de enamorado, bien consciente de que por el Sacramento del Orden, el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser (13). Escuchad cómo describía en una reunión familiar ese misterioso eclipse de la personalidad humana del presbítero, que en esos momentos se convierte en instrumento vivo de Dios:

 

 

Llego al altar y lo primero que pienso es: Josemaría, tú no eres Josemaría Escrivá de Balaguer (?): eres Cristo. Todos los sacerdotes somos Cristo. Yo le presto al Señor mi voz, mis manos, mi cuerpo, mi alma: le doy todo. Es Él quien dice: esto es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre, el que consagra. Si no, yo no podría hacerlo. Allí se renueva de modo incruento el divino Sacrificio del Calvario. De manera que estoy allí in persona Christi, haciendo las veces de Cristo. El sacerdote desaparece como persona concreta: don Fulano, don Mengano o Josemaría… ¡No señor! Es Cristo (14).

 

 

La santidad sacerdotal como tarea

 

 

La grandeza incomparable del sacerdote se fundamenta en su identificación sacramental con Cristo, que le lleva a ser ipse Christus y a actuar in persona Christi capitis, sobre todo en la celebración eucarística y en el ministerio de la Reconciliación. Una grandeza prestada -comentaba San Josemaría Escrivá-, compatible con la poquedad mía. Yo pido a Dios Nuestro Señor -añadía- que nos dé a todos los sacerdotes la gracia de realizar santamente las cosas santas, de reflejar, también en nuestra vida, las maravillas de las grandezas del Señor (15).

 

 

Cada cristiano ha de procurar que su condición de seguidor de Jesucristo se refleje en toda su conducta: la familia, la profesión, la actividad social, pública, deportiva… También en la existencia concreta del sacerdote, en su vida diaria, ha de manifestarse su específica pertenencia a Cristo. Por el carácter indeleble recibido en la ordenación, se es sacerdote las veinticuatro horas del día, no sólo en los momentos en los que se ejercita expresamente el ministerio. Conviene tenerlo muy presente en la época actual, cuando van desapareciendo -de nuestra sociedad multicultural y multirreligiosa- tantos signos que recordaban a nuestros antepasados la primacía de Dios y de la vida sobrenatural. No lo digo con pesimismo, sino con ánimo de que todos nos esforcemos para que no se pierdan las raíces cristianas de nuestro pueblo, que se manifiestan también en tradiciones piadosas, en elementos de la cultura, del arte y de las costumbres.

 

 

A la meta de la santidad, el sacerdote ha de llegar como por un plano inclinado, bajo la dirección del Espíritu Santo, que es quien modela en los hijos adoptivos de Dios los rasgos de Jesucristo. En este proceso, que dura toda la vida, junto a la acción sobrenatural de la gracia, resulta decisiva la respuesta dócil de la criatura.

 

 

Sin esfuerzo por practicar las virtudes, sin lucha por desarrollarlas cotidianamente, con constancia, no es posible la santidad. ¿En qué se centran los hábitos virtuosos que han de vertebrar la santidad del sacerdote? En lo mismo que en los demás fieles, puesto que todos estamos llamados a idéntica meta -la unión con Dios- y disponemos de los mismos medios para alcanzarla. La diferencia estriba en el modo de ejercitar esas virtudes. En el sacerdote, todo debe cumplirse sacerdotalmente; es decir, teniendo siempre presente la finalidad de su vocación especifica, el servicio a las almas. Hemos de seguir el ejemplo del Señor, que afirmó de sí mismo: Pro eis ego sanctifico meipsum, ut sint et ipsi sanctificati in veritate (Jn 17, 19).

 

 

No cabe, en este breve tiempo, exponer tan siquiera un elenco completo de las virtudes sacerdotales. Me limitaré a presentar algunas que considero capitales en la enseñanza y en el ejemplo de San Josemaría.

 

 

Virtudes humanas del sacerdote

 

 

Utilizando la metáfora de la construcción -imagen de raíces bíblicas-, lo primero que se busca es un terreno sólido. El mismo Cristo alude a esta necesidad, en la conclusión del Sermón de la Montaña, cuando habla del hombre prudente que edificó su casa sobre roca, de modo que cuando llegaron los vientos y las lluvias nada pudieron contra esa mansión (cfr. Mt 7, 24-25).

 

 

En la vida espiritual del cristiano, el terreno sólido del edificio espiritual se configura por las virtudes humanas, pues la gracia presupone siempre la naturaleza. Conviene no olvidar que el sacerdote no deja de ser hombre al recibir la ordenación. Por el contrario, precisamente por haber sido sacado de entre los hombres y constituido mediador entre los hombres y Dios (cfr. Hb 5, l), necesita cuidar su preparación humana, que le capacita para servir mejor a las almas.

 

 

«Comprende esta formación -escribe Mons. Álvaro del Portillo- el conjunto de virtudes humanas que se integran directa o indirectamente en las cuatro virtudes cardinales, y el bagaje de cultura no eclesiástica indispensable para que el sacerdote pueda ejercitar con facilidad -ayudado, desde luego, por la gracia- su apostolado» (16). Mi predecesor al frente de la Prelatura del Opus Dei subraya los motivos principales que han de impulsar al sacerdote a adquirir y desarrollar estas virtudes: «El primero, como parte de la lucha ascética normalmente necesaria para llegar a la perfección; el segundo, como medio para ejercitar con mayor eficacia el apostolado» (17).

 

 

En la vida y en las enseñanzas de San Josemaría, destaca este aspecto basilar de la formación cristiana y de la específicamente sacerdotal. Tenemos numerosas pruebas de esta afirmación, desde su infancia hasta su fallecimiento en 1975. Los testigos de su labor pastoral se manifiestan concordes en describirle como un sacerdote enamorado de Jesucristo, entregado al servicio de las almas, con una personalidad fuerte y armónica, en la que lo humano y lo sobrenatural se fundían estrechamente en unidad de vida. Por lo que se refiere a sus enseñanzas, resulta paradigmática la homilía ?Virtudes humanas?, recogida en el libro Amigos de Dios, donde se asienta el fundamento teológico de la necesidad de cultivar las virtudes humanas: la hondura de la Encarnación del Verbo, perfecto Hombre sin dejar de ser perfecto Dios. En esa homilía analiza las principales virtudes que un cristiano y un sacerdote deben cultivar: la reciedumbre, la serenidad, la paciencia, la laboriosidad, el orden, la diligencia, la veracidad, el amor a la libertad, la sobriedad, la templanza, la audacia, la magnanimidad la lealtad, el optimismo, la alegría.

 

 

Sobre el fundamento de la humildad

 

 

La humildad es el fundamento de nuestra vida, medio y condición de eficacia (18), escribe San Josemaría, en sintonía con la tradición espiritual del Cristianismo. Evidentemente se refiere al fundamento moral, pues el teologal -como predicó con su conducta y con sus enseñanzas- se centra en la fe teologal, que nos conduce a asumir con hondura el sentido de nuestra filiación divina en Cristo. Esta convicción pone de relieve ante los hombres la verdad más profunda sobre nosotros mismos y, por tanto, potencia necesariamente la humildad, que no refleja otra cosa que aquel ?andar en verdad? de la Santa de Ávila: el caminar en la fe.

 

 

Con una fe recia, como base de la respuesta cristiana, se soslaya el error de presentar la humildad como falta de decisión o de iniciativa, como renuncia al ejercicio de derechos que son deberes. Nada más lejos del pensamiento del Fundador del Opus Dei. Ser humildes -predicaba en una ocasión- no es ir sucios, ni abandonados; ni mostrarnos indiferentes ante todo lo que pasa a nuestro alrededor, en una continua dejación de derechos. Mucho menos es ir pregonando cosas tontas contra uno mismo. No puede haber humildad donde hay comedia e hipocresía, porque la humildad es la verdad (19).

 

 

Tan importante es esta virtud en la vida cristiana, que San Josemaría aseguraba que, lo mismo que se condimentan con sal los alimentos, para que no sean insípidos, en la vida nuestra hemos de poner siempre la humildad (20). Y acudía a una comparación clásica: no vayáis a hacer como esas gallinas que, apenas ponen un solo huevo, atronan cacareando por toda la casa. Hay que trabajar, hay que desempeñar la labor intelectual o manual, y siempre apostólica, con grandes intenciones y grandes deseos -que el Señor transforma en realidades- de servir a Dios y pasar inadvertidos (21).

 

 

Pero volvamos a considerar el fundamento teologal, es decir, la fe, y con la fe, la esperanza: no hay santidad si no se desarrolla una fe omnicomprensiva de la realidad, si no se fomenta -como la fuerza que impulsa el peregrinar terreno- la virtud de la esperanza. Desde el primer momento, el Fundador del Opus Dei fue bien consciente de que la misión que Dios le había confiado era inmensamente superior a sus fuerzas. Por eso acudió con insistencia, sin abandonarlos jamás, a los únicos medios capaces de poner a nuestro alcance la omnipotencia divina: la oración y el sacrificio. Son innumerables los testimonios que documentan cómo fue mendigando, por los hospitales y los barrios marginados de Madrid, como si se tratase de un tesoro, la plegaria y el ofrecimiento a Dios del dolor de muchas gentes abandonadas, a las que llevaba el consuelo y el aliento de su asistencia sacerdotal.

 

 

¡Cuánta necesidad tenemos los sacerdotes de que nuestra fe y nuestra esperanza aumenten más y más! Nos hallamos metidos en una labor donde lo que más cuenta, lo único absolutamente necesario (cfr. Lc 10, 42), son los medios sobrenaturales. Se requieren verdaderos milagros, para conducir a las almas hasta Dios. Sin embargo, se oye a veces decir que actualmente son menos frecuentes los milagros. ¿No será que son menos las almas que viven vida de fe? (22). Estas palabras de San Josemaría resuenan en nuestros oídos como un toque de atención, una llamada a nuestro sentido de responsabilidad, porque el sacerdote ha de ser, ante todo, un hombre de fe y un hombre esperanzado. «Por medio de la fe -escribe el Papa-, accede a los bienes invisibles que constituyen la herencia de la Redención del mundo llevada a cabo por el Hijo de Dios» (23).

 

 

La fe es fundamento de las cosas que se esperan, prueba de las que no se ven (Hb 11, l). Y es «en la oración perseverante de cada día, con facilidad o con aridez, donde el sacerdote, como todo cristiano, recibe de Dios (?) luces nuevas, firmeza en la fe, segura esperanza en la eficacia sobrenatural de su trabajo pastoral, amor renovado: en una palabra, el impulso para perseverar en ese trabajo y la raíz de la efectiva eficacia del trabajo mismo» (24). En estas palabras de Mons. del Portillo, el más estrecho colaborador del Fundador del Opus Dei durante muchos años, podemos descubrir una delicada alusión a la vida espiritual de San Josemaría, que recibió de Dios la gracia de ser contemplativo en medio de las tareas más absorbentes. Añade don Álvaro: «Sin oración, y sin oración que se esfuerza por ser continua, en medio de todos los quehaceres, no hay identificación con Cristo en lo que ésta tiene de tarea, fundamentada en lo que tiene de don. Más aún, me atrevo a decir que un sacerdote sin oración, si no falsea la imagen que da de Cristo -Modelo para todos-, la presenta como una nebulosa que ni atrae ni orienta, que no sirve de norte al pueblo que nos ve o nos oye» (25).

 

 

 

Caridad pastoral

 

 

Llegamos así a la virtud más definitiva y característica de la vida cristiana: la caridad, que en el sacerdote adquiere unos contornos precisos: es caridad pastoral. En pocas palabras, nace de la conciencia de ser representante de Jesucristo, el Pastor supremo (1 Pe 5, 4) de las almas, que ha dado la vida por sus ovejas (cfr. Jn 10, 1 l). Esta convicción sobrenatural ha de impulsar al sacerdote a gastarse hasta el extremo en el ejercicio de su ministerio, pues le urge la caridad de Cristo (cfr. 2 Cor 5, 14). Una caridad pastoral, fuerte y perseverantemente alimentada en la Eucaristía y en la oración, dará eficacia de frutos a su ministerio.

 

 

La figura de San Josemaría aparece muy ilustrativa a este respecto. Desde los primeros momentos de su vocación, no se ahorró ningún trabajo en el servicio de las almas. Antes he aludido brevemente a sus andanzas por los barrios extremos del Madrid de los años 20 y 30, en perenne contacto con la pobreza y la enfermedad, atendiendo a los moribundos, confortando a los enfermos, ilustrando a los niños y a los adultos con la doctrina cristiana. Puedo asegurar -porque lo he contemplado con mis ojos- que así gastó el resto de su existencia, hasta la última jornada: siempre pendiente de los demás, cercanos y lejanos, conocidos y desconocidos: rezaba y se sacrificaba gustosamente por todas las almas, sin excepción.

 

 

La peculiar asunción de la persona por Dios, que se lleva a cabo en la ordenación sacerdotal, hace que el presbítero se vincule y consagre íntegramente al servicio y al amor total de Cristo. Con tal envergadura se presenta la riqueza de este don, que puede asumir como suyas -en un sentido particularmente profundo- las palabras del Apóstol: mihi vivere Christus est (F1p 1, 21), vivo autem iam non ego, vivit vero in me Christus (Gal 2, 20). Por otra parte, la misión recibida tiene un carácter universal: el sacerdote viene enviado al mundo entero, como instrumento vivo de Cristo, que se entregó a si mismo por nosotros para redimimos de toda iniquidad, y para purificar para sí un pueblo escogido, celoso por hacer el bien (Tt 2, 14).

 

 

La identificación sacramental con Cristo, junto con la misión recibida, se hallan en el fundamento de las peculiares exigencias de la caridad pastoral, y colocan al sacerdote en una situación especial en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Comentando la profundización doctrinal operada a este propósito por el Concilio Vaticano II, Mons. Álvaro del Portillo escribe: «Si se considera que el Amor encarnado entre los hombres evitó cualquier atadura humana -por justa y noble que fuese- que pudiera en algún momento dificultar o restar plenitud a su total dedicación ministerial, se comprende bien la conveniencia de que el sacerdote haga lo mismo, renunciando libremente -por el celibato- a algo en sí bueno y santo, para unirse más fácilmente a Cristo con todo el corazón, y por Él y en Él dedicarse con más libertad al entero servicio de Dios y de los hombres» (26).

 

 

El celibato sacerdotal se configura como manifestación de la completa oblación de su vida que el sacerdote, libremente, ofrece a Cristo y a la Iglesia. En esta óptica, se entienden bien las palabras de San Josemaría en un rato de conversación familiar, en 1969. El sacerdote, si tiene verdadero espíritu sacerdotal, si es hombre de vida interior, nunca se podrá sentir solo. ¡Nadie como él podrá tener un corazón tan enamorado! Es el hombre del Amor, el representante entre los hombres del Amor hecho hombre. Vive por Jesucristo, para Jesucristo, con Jesucristo y en Jesucristo. Es una realidad divina que me conmueve hasta las entrañas, cuando todos los días, alzando y teniendo en las manos el Cáliz y la Sagrada Hostia, repito despacio, saboreándolas, estas palabras del Canon: Per Ipsum, et cum Ipso et in Ipso…. Por El, con El, en El, para El y para las almas vivo yo. De su Amor y para su Amor vivo yo, a pesar de mis miserias personales. Y a pesar de esas miserias, quizá por ellas, es mi Amor un amor que cada día se renueva (27).

 

 

 

Fraternidad sacerdotal

 

 

Amando a todas las almas sin excepción, San Josemaría reservaba un amor de predilección a sus hermanos los sacerdotes. Ya he aludido a su gozo cuando podía reunirse con ellos, para aprender de su entrega -tantas veces heroica- y para transmitirles al mismo tiempo algo de su experiencia personal. Pero no puedo dejar de recordar sus desvelos concretos por los presbíteros, especialmente durante los años que residió en España. En la década de los 40, por ejemplo, a petición de los Obispos diocesanos, predicó muchos cursos de retiro al clero, que se encontraba necesitado de ayuda espiritual después de la terrible prueba de la persecución religiosa de los años anteriores. San Josemaría se dio de lleno a esa tarea, y llegó a atender, a veces, a más de mil presbíteros en un solo año.

 

 

Hasta el final de su vida, alimentó una petición urgente al Señor, para que Dios enviase a la Iglesia muchas vocaciones sacerdotales. Personalmente, preparó y encaminó a los seminarios a un gran número de jóvenes con inquietudes vocacionales hacia el sacerdocio. E impulsaba a los fieles laicos a rezar con insistencia al Dueño de la mies, para que mande muchos obreros a su campo (cfr. Mt 9, 37-38). Para San Josemaría, el pulso de la vitalidad sobrenatural de una Diócesis viene medido por el número de vocaciones sacerdotales, de las que los primeros responsables son los mismos sacerdotes.

 

 

¡Cómo le entristecía encontrarse con alguno que se había despreocupado de esta labor! Porque ese descuido constituye una señal clara de que el mismo sacerdote no está contento con su llamada. Viene a mi memoria su respuesta inmediata a una pregunta sobre las causas de la escasez de vocaciones para los seminarios: Quizá la primera razón sea que muchas veces los sacerdotes no valoramos bien el tesoro que tenemos en las manos y, por eso, no encendemos en el deseo de poseer este tesoro a la gente joven. Los seminarios estarían llenos, si nosotros amáramos más nuestro sacerdocio (28).

 

 

Su preocupación por la santidad del clero procedía de mucho tiempo atrás. Tenía muy claro que el primer apostolado de los sacerdotes han de ser los mismos sacerdotes: no dejarles solos en sus penas, compartir sus alegrías, animarles en la dificultad, fortalecerlos en los momentos de duda… Conservó grabadas a fuego en su alma aquellas palabras de la Escritura Santa: frater, qui adiuvatur a fratre, quasi civitas firma (Prv 18, 19), el hermano ayudado por sus hermanos es fuerte como ciudad amurallada.

 

 

Tan intensamente crecía su afán de ayudar a sus hermanos en el sacerdocio, que en 1950, cuando el Opus Dei había recibido ya la aprobación definitiva de la Santa Sede, pensó dedicarse de lleno a los sacerdotes diocesanos. Cuando ya había ofrecido al Señor el sacrificio de Abrahán -pues estaba decidido a dejar la Obra, si hubiera sido necesario-, el Cielo le mostró que no era preciso ese sacrificio. En el espíritu del Opus Dei, que enseña a los cristianos a santificarse en medio del mundo, cada uno en la propia ocupación o tarea, también había el mismo lugar de encuentro con Dios para los sacerdotes diocesanos; bastaba que, en plena comunión con su propio Ordinario y con el presbiterio de la Diócesis, buscasen la santidad en el ejercicio de los deberes ministeriales, tratando con especial veneración al Obispo diocesano, unidos entrañablemente a sus hermanos en el sacerdocio. Las puertas de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, a la que pertenecían ya los clérigos incardinados en el Opus Dei, se ensanchaban para dar acogida a los sacerdotes diocesanos que recibiesen esta específica llamada divina.

 

 

Hoy, en estas tierras de La Rioja, donde la labor del Opus Dei se encuentra perfectamente integrada en la Diócesis desde hace muchos años, elevo mi corazón agradecido a la Trinidad Beatísima por los copiosos frutos que también la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz ha producido y sigue produciendo, en servicio de la Iglesia universal y de las Iglesias particulares. Todo es fruto de la gracia que Dios nos otorga por medio de su Santísima Madre; gracia a la que San Josemaría correspondió plenamente hace ochenta y cinco años, cuando -precisamente en Logroño- recibió la llamada al sacerdocio.

 

 

 

Notas

 

 

(1) San Josemaría, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV- 1973.

 

 

(2) San Josemaría, Apuntes tomados en una reunión familiar, 28-111- 1966.

 

 

(3) San Josemaría, Carta 2-11-1945, n. 4.

 

 

(4) Sal 118/119, 100.

 

 

(5) Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 40.

 

 

(6) San Josemaría, Camino, n. 285.

 

 

(7) San Josemaría, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-1V- 1973.

 

 

(8) 1 Cor 7, 20.

 

 

(9) Juan Pablo II, Don y misterio.

 

 

(10) Ibid.

 

 

(11) San Josemaría, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV- 1973.

 

 

(12) Juan Pablo II, Don y misterio.

 

 

(13) San Josemaría, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV- 1973.

 

 

(14) San Josemaría, Apuntes tomados en una reunión familiar, 10-V-1974.

 

 

(15) San Josemaría, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV- 1973.

 

 

(16) Álvaro del Portillo, Escritos sobre el sacerdocio, 6ª ed., Rialp 1991, p. 23.

 

 

(17) Ibid., p. 27

 

 

(18) San Josemaría, Carta 24-111-1930, n. 20.

 

 

(19) San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 25-XII-1972.

 

 

(20) Ibid.

 

 

(21) Ibid.

 

 

(22) San Josemaría, Amigos de Dios, n. 190.

 

 

(23) Juan Pablo II, Don y misterio.

 

 

(24) Álvaro del Portillo, Escritos sobre el sacerdocio, 6ª ed., Rialp 1991, pp. 188.

 

 

(25) Ibid., pp. 188-189.

 

 

(26) Álvaro del Portillo, Escritos sobre el sacerdocio, 6ª ed., Rialp 1991, pp. 84-85.

 

 

(27) San Josemaría, Apuntes tomados en una reunión familiar, 10-IV-1969.

 

 

(28) San Josemaría, Apuntes tomados en una reunión con sacerdotes, 3-XI-1972.

 

 

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Orden Sacerdotal


El sacramento por el que algunos de entre los fieles quedan constituidos ministros sagrados, al ser marcados con un carácter indeleble, y así son consagrados y destinados a apacentar el pueblo de Dios según el grado de cada uno, desempeñando en la persona de Cristo Cabeza las funciones de enseñar, santificar y regir.

 

 

7.1 NOCION

 

 

El orden es el sacramento por el que “algunos de entre los fieles quedan constituidos ministros sagrados, al ser marcados con un carácter indeleble, y así son consagrados y destinados a apacentar el pueblo de Dios según el grado de cada uno, desempeñando en la persona de Cristo Cabeza las funciones de enseñar, santificar y regir” (CIC, c. 1008).

 

 

Del texto anterior se pueden deducir algunas ideas básicas sobre este sacramento, que después serán ampliadas:

 

 

a) De entre la totalidad de los fieles, algunos son constituidos ministros sagrados.

 

 

Todo bautizado participa del sacerdocio de Cristo y está por tanto, capacitado para colaborar en la misión de la Iglesia. El orden, sin embargo, imprime una especial configuración -carácter indeleble- que distingue esencialmente a quien lo recibe de los demás fieles, capacitándolo también para funciones especiales. Por eso se afirma que el sacerdote posee el sacerdocio ministerial, distinto del sacerdocio real o sacerdocio común a todos los fieles.

 

 

En efecto, la Iglesia es una comunidad sacerdotal, ya que todos los fieles participan de alguna manera del sacerdocio de Cristo -de su oficio profético, sacerdotal y regio- y de la misión única de la Iglesia; todos están llamados a la santidad; todos deben buscar la gloria de Dios y trabajar en el apostolado, dando con su vida testimonio de la fe que profesan.

 

Esta participación en el sacerdocio de Cristo es doble y difiere esencialmente (ver Catecismo, nn. 1546 y 1547).

 

Hay un sacerdocio común a todos los fieles, que confieren el bautismo y la confirmación, y un sacerdocio ministerial que sólo tienen quienes reciben el sacramento del orden. Así lo enseña el Concilio Vaticano II en el n. 10 de la Const. Lumen gentium:

 

 

“A los fieles laicos, por tanto, les corresponde actuar como ciudadanos corrientes en medio del mundo, tratando de dirigir a Dios todos los asuntos temporales de acuerdo a sus propias circunstancias personales, y cooperando así con Cristo en la renovación del mundo (cfr. Lumen gentium, nn. 31-38). Lo propio de los sacerdotes, en cambio, es celebrar el Santo Sacrificio de la Misa, predicar la palabra divina, administrar los sacramentos y guiar a los hombres en orden a conseguir la salvación eterna.”

 

 

b) El sacerdote actúa ‘en la persona de Cristo Cabeza’, es decir, actúa en el nombre y con el poder de Cristo.

 

 

La identidad del sacerdote no puede ser otra que la de Cristo: Que los hombres nos consideren como ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios (I Cor. 4, 1). Así lo Recordaba Juan Pablo II a los sacerdotes en Czestochowa: Este servicio alto y exigente no podrá ser prestado sin una clara y arraigada convicción acerca de vuestra identidad como sacerdotes de Cristo, depositarios y administradores de los misterios de Dios, instrumento de salvación para los hombres, testigos de un reino que se inicia en este mundo, pero que se completa en el más allá (Discurso, 6-VI-1979).

 

Todo esto significa que, si cada fiel es otro Cristo, y Cristo mismo se identifica con los miembros de su Cuerpo Místico (cfr. Hechos 9, 4-5) con mayor razón hay que afirmarlo del sacerdote, cuya consagración y misión son una específica identificación con Jesucristo, a quien representa.

 

 

c) Las funciones que desempeña se resumen en una triple potestad: enseñar, santificar y regir.

 

 

De los sacerdotes -otros Cristos- depende en gran parte la vida sobrenatural de los fieles, ya que solamente ellos pueden hacer presente a Jesucristo sobre el altar y perdonar los pecados. Aunque éstas son las dos funciones principales del ministerio sacerdotal, su misión no se agota ahí: administra también los otros sacramentos, predica la palabra divina, dirige espiritualmente, etc. Es decir, participa del triple poder de Cristo:

 

 

1) Poder de santificar, administrando los sacramentos, sobre todo el de la Penitencia y el de la Eucaristía.

 

2) Poder de regir, dirigiendo a las almas, orientando su vida hacia la santidad.

 

3) Poder de enseñar, anunciando a los hombres el Evangelio.

 

 

d) Según el grado de cada uno significa que el sacramento consta de diversos grados, y por eso se llama orden. Esto lo estudiaremos después con detalle.

 

 

 

7.2 SACRAMENTO DE LA NUEVA LEY

 

 

Jesucristo es el verdadero y supremo Sacerdote de la Nueva Ley, pues sólo El nos reconcilió con Dios por medio de su Sangre derramada en la Cruz (cfr. Hebr. 8, 1; 9, 15). Sin embargo, quiso Jesús que algunos hombres, escogidos por El, participaran de la dignidad sacerdotal de modo que llevaran los frutos de la redención a todos los demás. Con ese fin instituyó el sacerdocio de la Nueva Alianza (cfr. Lc. 22, 19). A su vez los Apóstoles, inspirados por Dios, sabían que el encargo de Jesús no acabaría con ellos, y por eso transmitían el ministerio mediante el sacramento del orden, que administraban por la imposición de las manos y la oración (cfr. Hechos 14, 23-24). De este modo, comunicaban a otros hombres el poder de regir, santificar y enseñar que ellos habían recibido directamente del Señor.

 

Es dogma de fe explícitamente definido (cfr. Dz. 949, 961, 963, 2049, 2050) que el sacramento del orden sacerdotal es uno de los siete sacramentos de la Nueva Ley instituidos por Nuestro Señor Jesucristo.

 

Los protestantes niegan este sacramento: para ellos no hay distinción entre los sacerdotes y los laicos; todos los fieles son sacerdotes, y para ejercitar el ministerio sólo requieren un nombramiento o delegación de la comunidad.

 

 

a) Consta expresamente en la Sagrada Escritura que Cristo hizo de los Apóstoles una elección especial: “Subió a un monte y llamando a los que quiso, vinieron a El, y designó a doce para que le acompañaran y para enviarlos a predicar” (Mc. 3, 13-15); “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros” (Jn. 15, 16).

 

b) Al elegirlos, les confió una misión y les dio unos poderes particulares; en concreto:

 

 

poder de perdonar los pecados: “A quienes perdonareis los pecados les serán perdonados” (Jn. 20, 23; cfr. Mt. 16, 19; 18, 18);

 

poder de administrar los demás sacramentos y de predicar la palabra de Dios: “Id y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto os he mandado” (Mt. 28, 19-20); “Como mi Padre me envió, así yo os envío a vosotros” (Jn. 20, 21);

 

poder sobre el Cuerpo real de Cristo, para renovar incruentemente el sacrificio de la Cruz, hasta el fin de los siglos (cfr. Lc. 22, 19; I Cor. 11, 23-25). Este es el principal poder que reciben los presbíteros, pues el sacerdocio se ordena primariamente al sacrificio.

 

 

c) Estos poderes fueron dados por el Señor a sus Apóstoles con una finalidad: continuar su misión redentora hasta el fin de los siglos (cfr. Mt. 28, 20; Jn. 17, 18). Esta finalidad sería inalcanzable si los poderes terminaran con la muerte de los doce Apóstoles, y por eso Cristo les mandó que los transmitieran, y así lo entendieron y practicaron desde el principio:

 

impusieron las manos sobre algunos, elegidos específicamente (cfr. Hechos 6, 6; 13, 13);

 

constituyeron presbíteros y obispos para gobernar las iglesias locales (cfr. Hechos 14, 23; 20, 28), para administrar los sacramentos (cfr. I Cor. 4, 1), para fomentar las buenas costumbres y vigilar la recta doctrina (cfr. I Tes. 3, 2).

 

 

Este sacramento se llama orden sagrado porque, como veremos más adelante, consiste en grados ordenados, jerárquicamente subordinados entre sí, de los que resulta la jerarquía eclesiástica:

 

“orden, si atendemos a su etimología y concepto, es cierta disposición de cosas superiores e inferiores que están entre sí tan ajustadas, que una se relaciona con otra. Por tanto, habiendo en este ministerio muchos grados y cargos distintos, y estando todos distribuidos y dispuestos por un sistema determinado, es claro que muy bien y propiamente se le ha dado el nombre de orden” (Catecismo Romano, p. 2, cap. 7, n. 9).

 

 

 

7.3 EL SIGNO EXTERNO DEL SACRAMENTO

 

 

7.3.1 La materia

 

 

En 1947, después de una larga controversia sobre el tema, Pío XII declaró que la materia del sacramento del orden es la imposición de las manos (cfr. Dz. 2301; y también CIC, c. 1009 & 2).

 

 

La controversia tuvo su origen en que, al conferir las sagradas órdenes, al rito de origen apostólico de la imposición de las manos se añadió, en los siglos X, XI y XII, la traditio instrumentorum, es decir, la entrega de los instrumentos de los que se sirve el sacerdote en su ministerio (el cáliz y la patena, el libro de los Evangelios, etc.). Esta entrega de instrumentos, tomada de las costumbres civiles romanas, llegó a considerarse con cierta frecuencia como algo necesario para la validez del sacramento, hasta que Pío XII dejó fuera de toda duda que no era algo esencial.

 

En otros sacramentos la materia es una res (cosa) -p. ej., el agua, aceite, etc.- porque el efecto del sacramento no deriva de algo que tenga el ministro; en cambio en el sacramento del orden se comunica una potestad espiritual que viene de Dios, pero que es participada por quien lo confiere: por eso la fuerza de la materia está en el ministro y no en un elemento material.

 

7.3.2 La forma

 

 

La forma es la oración consecratoria que los libros litúrgicos prescriben para cada grado (cfr. CIC, c. 1009 & 2).

 

 

En la ordenación de presbíteros son las palabras de la oración que el obispo dice después de que el ordenado ha recibido la imposición de las manos. Las esenciales son: Te pedimos, Padre todopoderoso, que confieras a estos siervos tuyos la dignidad del presbiterado; renueva en sus corazones el Espíritu de santidad; reciban de Ti el sacerdocio de segundo grado y sean, con su conducta, ejemplo de vida (Ritual de Ordenación de Presbíteros, n. 22).

 

 

7.4 EFECTOS DEL SACRAMENTO DEL ORDEN

 

 

Por la ordenación sagrada, el sacerdote es constituido ministro de Dios y dispensador de los tesoros divinos (cfr. I Cor. 4, 1). Con este sacramento recibe una serie de efectos sobrenaturales que le ayudan a cumplir su misión, siendo los principales: a) el carácter indeleble, b) la potestad espiritual, c) el aumento de gracia santificante y d) la concesión de la gracia sacramental.

 

 

7.4.1 El carácter

 

 

Este sacramento imprime carácter indeleble, distinto al del bautismo y al de la confirmación, que constituye al sujeto en sacerdote para siempre: Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec (Ps. 109: cfr. Hebr. 5, 5-6).

 

 

En el caso de los tres sacramentos que lo imprimen, el carácter es una cierta capacitación para el culto, que en el sacramento del orden constituye la más plena participación en el sacerdocio de Cristo:

 

 

– lleva a su plenitud el sacerdotal (esse sacerdotale),

 

– perfecciona el poder sacerdotal (posse sacerdotale),

 

 

– corona la capacidad de ejercer fácilmente ese poder sacerdotal (bene posse sacerdotale) que el fiel ya tiene por el bautismo y la confirmación.

 

 

El carácter realiza todo esto a través de una configuración del que se ordena con Cristo, Cabeza del Cuerpo Místico, que le faculta para participar de un modo muy especial en su sacerdocio y en su triple función. Por eso el sacerdote se convierte en:

 

 

a) ministro autorizado de la palabra de Dios, participando del munus docendi (poder de enseñar);

 

 

b) ministro de los sacramentos, participando del munus sanctificandi (poder de santificar); de modo especial se convierte en ministro de la Eucaristía, por lo que su oficio principal es la celebración del Santo Sacrificio del Altar, donde se renueva sacramentalmente la obra de nuestra Redención y se aplican sus frutos, y donde el ministerio sacerdotal encuentra su plenitud, su centro y su eficacia (cfr. Concilio Vaticano II, Presbyterorum ordinis, n. 5);

 

 

c) ministro del pueblo de Dios, participando del munus regendi (poder de gobernar); así, entra a formar parte de la jerarquía eclesiástica, de modo distinto según su grado propio: adquiere una potestad espiritual para conducir a los fieles a su fin sobrenatural eterno. Este efecto se explica por separado a continuación.

 

 

 

7.4.2 La potestad espiritual

 

 

En la jerarquía de la Iglesia, de la que se forma parte en virtud del sacramento del orden, podemos distinguir dos planos:

 

 

La jerarquía de orden: está formada por los obispos, presbíteros y diáconos, su finalidad es ofrecer el Santo Sacrificio y administrar los sacramentos;

 

La jerarquía de jurisdicción (que supone la anterior): está formada por el Papa y los obispos en comunión con él (o quienes, en el derecho canónico, se equiparan a los obispos); los presbíteros y di conos se insertan en ella a través de su colaboración con el Ordinario respectivo.

 

 

7.4.3 La gracia santificante y la sacramental

 

 

Al igual que los demás sacramentos de vivos, el sacramento del orden aumenta la gracia santificante (cfr. Dz. 701).

 

 

Otorga, además, la gracia sacramental; es decir, la ayuda sobrenatural necesaria para poder ejercer debidamente las funciones correspondientes al grado recibido (cfr. Dz. 2301).

 

 

 

7.5 DIVERSIDAD DE GRADOS EN EL SACRAMENTO DEL ORDEN

 

 

El ministerio eclesiástico, instituido por Dios, está ejercido en diversos órdenes que ya desde antiguo reciben los nombres de obispos, presbíteros y diáconos.

 

 

La doctrina católica, expresada en la liturgia, el magisterio y la práctica constante de la Iglesia, reconoce que existen dos grados de participación ministerial en el sacerdocio de Cristo: el episcopado y el presbiterado. El diaconado está destinado a ayudarles y a servirles. Por eso, el término ‘sacerdos’ designa, en el uso actual, a los obispos y a los presbíteros, pero no a los diáconos. Sin embargo, la doctrina católica enseña que los grados de participación sacerdotal (episcopado y presbiterado) y el grado de servicio (diaconado) son los tres conferidos por un acto sacramental llamado ‘ordenación’, es decir, por eso sacramento del Orden (Catecismo, n. 1554).

 

No son, por tanto, sacramentos diversos (cfr. Concilio Vaticano II: Christus Dominus, n. 15; Lumen gentium, n. 21; Presbyterorum ordinis, n. 2).

 

 

7.5.1 El episcopado

 

 

“Entre los diversos ministerios que existen en la Iglesia, ocupa el primer lugar el ministerio de los obispos que, a través de una sucesión que se remota hasta el principio, son los transmisores de la semilla apostólica” (LG 20) (Catecismo, n. 1555).

 

 

En orden a la consagración de la Eucaristía su potestad no excede a la de los presbíteros, pero sí la excede en:

 

 

– conferir el sacramento del orden (cfr. Dz. 967; CIC, c. 1012);

 

– terminar el ciclo de la iniciación cristiana confiriendo el sacramento de la confirmación (cfr. CIC c. 882);

 

– de ordinario, se reserva también a los obispos la consagración de los santos óleos (cfr. CIC, cc. 857 y 880);

 

– el derecho a predicar en cualquier lugar (cfr. CIC, c. 763);

 

– el ser colocados al frente de las diócesis o Iglesias locales y gobernarlas con potestad ordinaria, bajo la autoridad del Romano Pontífice (cfr. CIC, cc. 375-376); pero tiene al mismo tiempo con todos sus hermanos en el episcopado colegialmente, la solicitud de todas las Iglesias (Catecismo, n. 1566).

 

– le corresponde, en su diócesis, dictar normas sobre el seminario (cfr. CIC, c. 259), sobre la predicación (c. 772), sobre la liturgia (c. 838), etc.

 

Además, son los obispos quienes conceden a los presbíteros cualquier poder de r‚gimen que puedan tener sobre los demás fieles, y el encargo de predicar la palabra divina.

 

 

 

7.5.2 El presbiterado

 

 

 

Los presbíteros (del griego presbyterós = anciano), aunque no tienen la plenitud del sacerdocio y dependen de los obispos en el ejercicio de su potestad, tienen el poder de:

 

 

– consagrar el Cuerpo y la Sangre de Cristo;

 

– perdonar los pecados;

 

– ayudar a los fieles con las obras y la doctrina;

 

– administrar aquellos otros sacramentos que no requieran necesariamente el orden episcopal.

 

 

7.5.3 El diaconado

 

 

El diácono (del griego diaconós = servidor) asiste al sacerdote en determinados oficios; p. ej.:

 

 

– en las funciones litúrgicas, en conformidad con los respectivos libros;

 

– administrando el bautismo solemne;

 

– reservando y distribuyendo la Eucaristía, llevando el Viático a los moribundos y dando la bendición con el Santísimo;

 

– asistir al Matrimonio donde no haya sacerdote, etc. (cfr. el Motu proprio Sacrum diaconatus ordinem de Pablo VI, del 18-VI-1967).

 

El diáconado que fue y sigue siendo un escalón previo al presbiterado, es también ahora un grado permanente y propio de la jerarquía (cfr. Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, n. 29; y Motu proprio Ad pascendam de Paulo VI, del 15-VIII-1972).

 

 

7.6 MINISTRO DEL SACRAMENTO DEL ORDEN

 

 

Se entiende por ministro del orden sacerdotal aquel que tiene potestad para administrarlo.

 

Es ministro de la ordenación sagrada en todos sus grados, el obispo consagrado (cfr. CIC, c. 1012); así consta en el Concilio de Florencia (cfr. Dz. 701) y en el de Trento (cfr. Dz. 967).

 

“Dado que el sacramento del Orden es el sacramento del ministerio apostólico, corresponde a los obispos, en cuanto sucesores de los apóstoles, transmitir el don espiritual; la semilla apostólica” (Catecismo, n. 1576).

 

 

Según la Sagrada Escritura, los Apóstoles (cfr. Hechos 6, 6; 14, 22; II Tim. 1, 6) o los discípulos de los Apóstoles consagrados por éstos como obispos (cfr. I Tim. 5, 22; Tit. 1, 25), aparecen como los ministros de la ordenación.

 

7.6.1 Condiciones para administrarlo válidamente

 

Para la validez basta que el obispo tenga la intención requerida y observe el rito externo de ordenación (cfr. Dz. 855, 860), aunque sea hereje, cismático, simoníaco, o se halle excomulgado.

 

 

A los muchos datos que nos proporciona en este sentido la historia de la Iglesia, hay que añadir documentos papales muy antiguos que explícitamente afirman la validez de las ordenaciones conferidas por verdaderos obispos, aunque fueran cismáticos o herejes: p. ej., carta del Papa Anastasio II al emperador Anastasio I, del año 496 (cfr. Dz. 169), carta del Papa Gregorio I a los obispos de Georgia, del año 601 (cfr. Dz. 249), una decisión en el Concilo de Guastalla, celebrado en 1106 (cfr. Dz. 358).

 

Por otra parte, en 1896, el Papa León XIII, siguiendo la opinión que ya habían mantenido sus predecesores desde que se planteó el problema a mediados del siglo XVI, declaró explícitamente que eran inválidas las ordenaciones conferidas por los anglicanos. Pero esto no se debía a que el obispo fuera cismático o hereje, sino a que la forma que usaron durante siglos era incapaz de significar lo que es el sacramento y, por tanto, el mismo sacramento era inválido. A lo cual se añadía la duda sobre si el ministro tenía la intención de hacer lo que hace la Iglesia, ya que se rechazaba expresamente el carácter sacrificial de la Misa, fin propio de la ordenación sacerdotal (cfr. Dz. 1963-1966).

 

 

7.6.2 Condiciones para administrarlo lícitamente

 

 

A. Para la consagración de obispos

 

 

Para ordenar obispos lícitamente se requiere ser obispo y tener constancia del mandato (o nombramiento) del Romano Pontífice (cfr. CIC, c. 1013). Además, en la ordenación deben estar presentes al menos otros dos obispos (cfr. CIC, c. 1014).

 

 

En efecto, está reservada al Romano Pontífice la facultad de autorizar, mediante una Bula, la consagración episcopal. El canon 1382 prevé una excomunión reservada a la Santa Sede tanto al obispo que sin esa autorización consagra a otro obispo, como al que permite ser consagrado sin ese mandato del Papa.

 

B. Para la ordenación de presbíteros y diáconos

 

Respecto a la lícita ordenación de los presbíteros y los diáconos, el ministro es el propio obispo, o bien cualquier otro obispo con legítimas dimisorias es decir, autorización (cfr. 7.7.2.B.a) del Ordinario propio. El ministro, además, debe estar en estado de gracia.

 

 

El obispo que ordena debe cerciorarse debidamente de la idoneidad del candidato, de acuerdo a las normas establecidas por el derecho (cfr. CIC, cc. 1050-1052), que vienen a ser una concreción de aquella recomendación de San Pablo: No seas precipitado en imponer las manos a nadie, no vengas a participar en los pecados ajenos (I Tim. 5, 22).

 

 

Cuando el obispo ordena a un súbdito propio él debe asegurarse de la idoneidad; si se trata de un súbdito ajeno, ha de recibir esta información escrita del mismo que envía las letras dimisorias. Estos certificados escritos reciben el nombre de cartas testimoniales

 

 

 

7.7 SUJETO DEL SACRAMENTO DEL ORDEN

 

 

 

7.7.1 Condiciones para recibirlo válidamente

 

 

a) “Sólo el varón bautizado recibe válidamente la ordenación” (CIC, c. 1024).

 

 

Queda claro, por tanto, que si no ha habido válida recepción del bautismo, tampoco es válida la ordenación, ya que el bautismo es ianua sacramentorum: puerta de entrada a todos los demás sacramentos.

 

Sobre la cuestión de la admisión de las mujeres al sacerdocio ministerial, la Iglesia siempre ha enseñado que Jesucristo quiso que quienes habían de ejercer visiblemente el oficio sacerdotal en su nombre, fueran varones:

 

El eligió a los Apóstoles sólo entre los discípulos varones aunque también las mujeres le seguían en muchas ocasiones, e incluso se mostraron más fieles y más fuertes que los hombres.

 

Ni los Apóstoles que al salir del mundo hebreo para entrar al griego se encontraron con la existencia de sacerdotisas en algunos cultos paganos, ni tampoco sus sucesores, administraron el sacramento del orden a las mujeres.

 

 

En la Iglesia antigua se tomó como inaceptable la costumbre introducida por algunas sectas, especialmente las gnósticas, de ordenar mujeres; ya en la segunda mitad del siglo II lo atestigua San Irineo (cfr. Adversus haerases PG 7, 580-581).

 

 

Puede, por tanto, tomarse como una norma perpetua lo hecho por Cristo y por los Apóstoles, ya que la Iglesia no tiene ninguna potestad sobre la esencia de los sacramentos, es decir, sobre lo que Cristo mismo estableció (cfr. Dz. 2301).

 

El 22 de mayo de 1994 el Papa Juan Pablo II declaró como definitiva la decisión de la Iglesia de no admitir a las mujeres a la ordenación sacerdotal: Con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a mis hermanos (cfr. Lucas 22, 32), declaro que la Iglesia no tiene modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia (Carta Apostólica del Papa Juan Pablo II sobre la Ordenación Sacerdotal reservada sólo a los hombres, 22-V-1994).

 

 

Como un argumento de conveniencia de esta reserva del sacramento del orden al varón, se puede considerar que el sacerdote tiene que representar a Cristo al celebrar el Sacrificio de la Misa y confeccionar la Eucaristía. Por el simbolismo sacramental, tiene que darse una semejanza natural entre Cristo y sus ministros, lo que sólo sucede si éstos son varones, como lo es Cristo.

 

 

No se rebaja de ningún modo la dignidad de la mujer por el hecho de que no pueda recibir este sacramento:

 

 

la criatura más excelsa ha sido la Santísima Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra, que no recibió el sacerdocio ministerial;

 

si se exceptúa esta limitación, a la mujer han de reconocerse plenamente, en la Iglesia, los mismos derechos y deberes que a los hombres.

 

 

En su primer viaje a Estados Unidos, Juan Pablo II volvió a repetir estas ideas a un grupo de sacerdotes que se reunieron con él en Filadelfia: El hecho de que haya una llamada personal individual al sacerdocio por el Señor, a los hombres ‘a quienes El ha decidido llamar’, está de acuerdo con la tradición profética. Esto debería ayudarnos a comprender también que la decisión tradicional de la Iglesia de no llamar a mujeres, no entraña ninguna afirmación acerca de los derechos humanos, ni es exclusión de las mujeres de la santidad y misión de la Iglesia. Esta decisión expresa bien la convicción de la Iglesia acerca de esta dimensión particular del don del sacerdocio, por cuyo medio Dios ha elegido pastorear a su grey (Homilías, 4-X-1979). Véanse, además, los escritos de Pablo VI al Arzobispo de Canterbury de 30-XI-1975 y el 23-III-1975 (AAS 68, 599-600) y la Declaración de la S.C. para la Doctrina de la Fe del 15-X-1976 (AAS 69, 89-116, Catecismo, n. 1577).

 

 

b) En cuanto a la intención, se requiere al menos habitual (la que se tenía antes y no se retractó), aunque en la práctica ser intención actual (es decir, en el momento de recibir el sacramento), por comportar el sacramento un nuevo estado de vida y, por tanto, nuevas y graves obligaciones.

 

Si no hubo libertad, y por esto se excluyó la intención de recibir el sacramento, la ordenación es nula y consecuentemente no se tiene tampoco ninguna obligación (cfr. CIC, c. 1026).

 

 

Podría suceder que una coacción por miedo grave no lleve a excluir la intención de recibir el orden sacerdotal, en cuyo caso la ordenación es válida.

 

Antes de recibir la ordenación, los candidatos deben entregar al superior legítimo una declaración escrita de puño y letra, en la que hagan constar que reciben el orden espontánea y libremente (cfr. CIC, c. 1036).

 

 

7.7.2 Condiciones para recibirlo lícitamente

 

 

A. Cualidades requeridas por derecho divino

 

 

Para la lícita ordenación se requiere, por voluntad divina, vocación y estado de gracia.

 

 

a) Vocación o llamada de Dios (cfr. CIC, c. 1029)

 

 

Para llegar al sacerdocio es necesaria una llamada específica de Dios:

 

 

“¡Hemos sido llamados! Esta es la verdad fundamental, que nos debe infundir aliento y alegría! Jesús mismo dijo a los Apóstoles: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he puesto para que vayáis y dáis fruto, y vuestro fruto permanezca” (Jn. 15, 16). . . Ninguno, efectivamente, se atrevería a llegar a ser ministro de Cristo, en contacto permanente con el Altísimo. ¡Nadie tendría la audacia de cargar sobre sí el peso de las conciencias, y de aceptar una soledad sagrada y mística! La llamada nos da fuerza para ser, con constancia y fidelidad, lo que somos: en los momentos de serenidad, pero sobre todo en los momentos de crisis y de debilidad, digámonos a nosotros mismos: “¡Animo! He sido llamado! Heme aquí, envíame!” (Is. 6, 8). (Juan Pablo II, Discurso a un grupo de sacerdotes milaneses, 21-IV-1979.)

 

Esa vocación comprende, como signos, la recta intención y la probidad de vida:

 

– recta intención: consiste en buscar de manera exclusiva, o al menos de modo principal, la gloria de Dios, el bien de las almas y la propia santificación;

 

– virtud probada: es decir, sólida vida de piedad y de mortificación, afán de servicio, constancia de ánimo, porque el sacerdote es mediador entre Dios y los hombres, dispensador de los misterios divinos (cfr. I Cor. 4, 1. Ver Documento de Puebla, nn. 862-891).

 

 

b) Estado de gracia

 

 

Es necesario para recibir lícitamente el sacramento del orden, por la misma razón que lo es para recibir los demás sacramentos de vivos.

 

 

B. Cualidades requeridas por derecho eclesiástico

 

 

Por disposición de la Iglesia se requiere en el ordenando los siguientes requisitos:

 

 

a) Letras dimisorias (cfr. CIC, c. 1018).

 

 

Dimisoria es el acto por el que se autoriza la ordenación de alguien, realizado por quien tiene la facultad de dar esa autorización. Como de ordinario ese acto se realiza por escrito, se habla de ‘letras o cartas dimisorias’.

 

 

b) Ciencia suficiente (cfr. CIC, c. 1027), que incluye el debido conocimiento de todo lo que se refiere al sacramento del orden, y a las obligaciones que lleva consigo (cfr. CIC, c. 1028).

 

 

La Iglesia exige a los ordenandos una declaración, reforzada por juramento, suscrita de puño y letra por el interesado, de que se conocen las obligaciones del grado que se va a recibir.

 

Para quienes van a recibir el diaconado, es necesario haber terminado el quinto año del ciclo de estudios filosófico-teológicos (cfr. CIC, c. 1032 & 1). Nada se dice de los estudios que han de haberse cursado para recibir el presbiterado, aunque parece deducirse que hay que tenerlos todos (cfr. CIC, c. 1032 & 2). Para el episcopado es necesario el Doctorado, o al menos la Licenciatura en Sagradas Escrituras, Teología o Derecho Canónico; o, en su defecto, pericia en esas materias (cfr. CIC, c. 378 & 1, 5o.).

 

 

c) Edad: 25 años para poder recibir el presbiterado (cfr. CIC, c. 1031 & l) y 35 para el episcopado (cfr. CIC, c. 378 & 1, 3o.).

 

En el caso del diaconado caben dos posibilidades:

 

 

si el diácono va a ser destinado al presbiterado necesita tener al menos 23 años (cfr. CIC, c. 1031 & 1);

 

si el diácono va a ser destinado permanentemente y está casado, necesita al menos 35 años y el consentimiento de su mujer (cfr. CIC, c. 1031 & 2).

 

d) Observar un intersticio de al menos seis meses entre el diaconado y el presbiterado (cfr. CIC, c. 1031 & 1).

 

El intersticio es un espacio de tiempo que debe existir entre los dos primeros grados del sacramento del orden, con la finalidad de que se pueda ejercitar el orden recibido.

 

 

e) Haber recibido el sacramento de la confirmación (cfr. CIC, c. 1033).

 

 

f) Rito de admisión (cfr. CIC, c. 1034 & 1)

 

 

Antes de recibir el diaconado o el presbiterado, los interesados han de ser admitidos como candidatos por la autoridad competente con un rito litúrgico establecido, habiendo previamente hecho la solicitud escrita y firmada de puño y letra.

 

 

g) Haber hecho ejercicios espirituales, al menos durante cinco días, antes de recibir la ordenación (cfr. CIC, c. 1039).

 

 

h) Ausencia de irregularidades e impedimentos (cfr. CIC, c. 1040). La irregularidad es una clase de impedimento que se caracteriza por la perpetuidad, mientras que al impedimento que no es perpetuo se le clasifica de simple impedimento.

 

 

Los impedimentos e irregularidades han de interpretarse estrictamente (cfr. CIC, c. 18); su numeración constituye un numerus clausus número cerrado, por lo que no cabe apreciar la existencia de algunos más por analogía.

 

Las irregularidades, pues, son impedimentos perpetuos que impiden recibir lícitamente el orden sagrado. Han sido establecidas por la Iglesia en atención a la reverencia que se debe a los ministros sagrados. Son las siguientes (cfr. CIC, c. 1041):

 

– padecer alguna forma de amnesia u otra enfermedad psíquica;

 

– haber caído en apostasía, herejía o cisma;

 

 

– haber atentado (intentado) matrimonio, aun sólo civil, estando impedido por vínculo, orden sacerdotal o voto público perpetuo de castidad;

 

 

– haber cometido homicidio voluntario;

 

 

– haber procurado o cooperado positivamente en un aborto, habiéndose éste verificado;

 

 

– mutilarse a sí mismo o a otro, dolosa y gravemente;

 

 

– haber intentado suicidarse;

 

 

– realizar un acto de potestad de orden reservado a los obispos o a los presbíteros.

 

 

Los simples impedimentos son (cfr. CIC, c. 1042):

 

– estar casado;

 

– desempeñar un cargo o tarea de administración prohibido a los clérigos;

 

 

– haber sido bautizado recientemente y, por tanto, no estar suficientemente probado.

 

 

 

7.8 LAS OBLIGACIONES DE LOS CLERIGOS

 

 

No trataremos aquí de la obligación de celebrar la Santa Misa y de administrar los sacramentos que tienen los sacerdotes, ya que eso se estudia en los tratados correspondientes al hablar del ministro del sacramento.

 

7.8.1 El celibato sacerdotal

 

Por razones convenientemente fundadas en el misterio de Cristo y de su misión, el derecho impone el celibato a todos los sacerdotes de la Iglesia latina (cfr. CIC, c. 277; Catecismo, n. 1579).

 

 

En 1965, dos documentos del Concilio Vaticano II trataron el tema del celibato sacerdotal (cfr. Presbyterorum ordinis, n. 16; Optatam totius, n. 10).

 

En 1967, en su Encíclica Sacerdotalis coelibatus, Pablo VI vuelve a hablar del mismo tema. Junto a un breve esquema de la historia de la institución del celibato y a otras consideraciones de interés, expone una a una las posibles razones en pro y en contra, basando íntegramente su Magisterio en la doctrina ya recogida en el Concilio Vaticano II.

 

 

En 1971, en el II Sínodo de los Obispos se preparó un nuevo documento en el mismo sentido, aprobado y promulgado luego por Pablo VI: De sacerdocio ministeriali, 30-XI-1971.

 

 

En 1979 el celibato fue objeto de una nueva reafirmación del Magisterio ordinario de Juan Pablo II: ¿Por qué es un tesoro? ¿Queremos tal vez con esto disminuir el valor del matrimonio y la vocación a la vida familiar? ¿O bien sucumbimos al desprecio maniqueo por el cuerpo humano y por sus funciones? ¿Queremos tal vez despreciar de algún modo el amor, que lleva al hombre y a la mujer al matrimonio y a la unión conyugal del cuerpo, para formar así una sola carne? ¿Cómo podremos pensar y razonar de tal manera, si sabemos, creemos y proclamamos, siguiendo a San Pablo, que el matrimonio es un ‘sacramento magno’? Ninguno, sin embargo, de los motivos con los que a veces se intenta ‘convencernos’ acerca de la inoportunidad del celibato, corresponde a la verdad que la Iglesia proclama y que trata de realizar en la vida a través de un empeño concreto, al que se obligan los sacerdotes antes de la ordenación sagrada. Al contrario, el motivo esencial, propio y adecuado está contenido en la verdad que Cristo declaró, hablando de la renuncia al matrimonio por el Reino de los Cielos, y que San Pablo proclamaba, escribiendo que cada uno en la Iglesia tiene su propio don. El celibato es precisamente un ‘don del Espíritu’. Un don semejante, aunque diverso, se contiene en la vocación al amor conyugal verdadero y fiel, orientado a la procreación según la carne, en el contexto tan amplio del sacramento del matrimonio. Es sabido que este don es fundamental para construir la gran comunidad de la Iglesia, Pueblo de Dios. Pero si esta comunidad quiere responder plenamente a su vocación en Jesucristo, ser necesario que se realice también en ella, en proporción adecuada, ese otro ‘don’, el don del celibato ‘por el Reino de los Cielos’ (Carta Novo incipiente, 8-IV-1979, n. 63).

 

 

Esta insistencia es un signo claro, tanto de los ataques a que se ve sometida esta institución, como de la decidida voluntad de la Iglesia de mantener la praxis antiquísima, pues aunque el celibato por el Reino de los Cielos no viene exigido por la naturaleza misma del sacerdocio, le es muy conveniente.

 

Siguiendo el esquema de la Encíclica Sacerdotalis coelibatus, podemos señalar algunas razones que manifiestan esta especial conveniencia del celibato para los sacerdotes:

 

 

– Razones cristológicas:

 

 

con el celibato los sacerdotes se entregan de modo m s excelente a Cristo, uniéndose a El con corazón indiviso;

 

el contenido y la grandeza de su vocación, lleva al sacerdote a abrazar en su vida esa perfecta continencia, de la que es prototipo y ejemplo la virginidad de Cristo Sacerdote;

 

 

si se considera que Cristo no quiso para sí otro vínculo nupcial que el que contrajo con todos los hombres en la Iglesia, se ve en qué medida el celibato sacerdotal significa y facilita esa participación del ministro de Cristo en el amor universal de su Maestro.

 

 

– Razones eclesiológicas:

 

con el celibato, los sacerdotes se dedican más libremente, en Cristo y por Cristo, al servicio de los demás hombres;

 

la persona y la vida del sacerdote son posesión de la Iglesia, que hace las veces de Cristo su esposo;

 

 

el celibato dispone al sacerdote para recibir y ejercer con amplitud la paternidad de Cristo.

 

 

El celibato es, en verdad, un don de Dios, dado por El gratuitamente y libremente por el hombre. La autoridad eclesiástica no puede imponerlo a nadie, pero sí puede establecerlo como condición para acceder al sacerdocio (cfr. Alvaro del Portillo, Escritos sobre el sacerdocio, Ed. Palabra, pp. 83-101).

 

El celibato también se prescribe para los diáconos que llegarán al sacerdocio. Y los diáconos casados, una vez muerta su mujer, son inhábiles para contraer un nuevo matrimonio (cfr. Sacrum diaconatus ordinem de Pablo VI).

 

 

7.8.2 Santidad de vida

 

 

En el Código de Derecho Canónico, al hablarse de los derechos y deberes de los clérigos, se hace especial énfasis en el deber que tienen de buscar la santidad, de modo especial por haberse convertido en administradores de los misterios del Señor al servicio de su pueblo (cfr. c. 276).

 

 

El mismo Código (cfr. c. 246) se ocupa en señalar detalles concretos que son indispensables para alcanzar esa santidad de vida que se pide al sacerdote:

 

 

– alimentar la vida espiritual con la lectura de la Sagrada Escritura;

 

– hacer de la celebración de la Misa el centro de toda su vida; la Iglesia invita encarecidamente al sacerdote a celebrar cada día el Sacrificio de la Eucaristía;

 

 

– rezar cotidianamente la liturgia de las horas;

 

 

– hacer todos los días un rato de oración mental;

 

 

– acudir con frecuencia al sacramento de la penitencia, siendo recomendable que cada sacerdote tenga un director espiritual;

 

 

– asistir a los retiros espirituales prescritos por la autoridad legítima;

 

 

– tener peculiar veneración a la Madre de Dios, fomentando el rezo del Santo Rosario, etc.

 

 

Es necesario, dice el Concilio Vaticano II (cfr. Presbyterorum ordinis, n. 12) que el sacerdote luche por ser santo, si desea cumplir adecuadamente sus deberes ministeriales.

 

“Yo pido a Dios Nuestro Señor que nos dé a todos los sacerdotes la gracia de realizar santamente las cosas santas, de reflejar, también en nuestra vida, las maravillas de las grandezas del Señor” (Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, Homilía Sacerdote para la eternidad, Folletos Minos-70).

 

7.8.3 Obediencia al Ordinario

 

Los clérigos tienen especial obligación de mostrar respeto y obediencia al Sumo Pontífice y a su Ordinario propio (cfr. CIC, c. 273).

 

 

Este deber de obediencia y de disponibilidad para asumir responsablemente las tareas encomendadas por el propio Ordinario, tiene su fundamento inmediato en la incardinación a una diócesis, prelatura, instituto de vida consagrada o en la sociedad que goce de esta facultad, y su fundamento mediato en la condición de clérigo.

 

En este sentido, establece el Código de Derecho Canónico que, a no ser que haya un legítimo impedimento, los clérigos deben aceptar y desempeñar fielmente la tarea que les encomiende su Ordinario propio (cfr. CIC, 274 c. 2).

 

 

 

7.8.4 Uso del traje eclesiástico

 

 

 

Los clérigos han de vestir un traje eclesiástico, de acuerdo con las normas de la Conferencia Episcopal (cfr. CIC, c. 284).

 

 

El valor de este signo distintivo no está sólo en que contribuye al decoro del sacerdote en su comportamiento externo, sino, sobre todo, en que es un signo que evidencia en el seno de la comunidad el testamento público que cada sacerdote está llamado a dar de la propia identidad y especial pertenencia a Dios (cfr. Carta de Juan Pablo II al Cardenal Vicario de Roma, 8-IX-1982).

 

 

7.8.5 Otras obligaciones

 

 

Además, en razón de la misión y dignidad de que está revestido el sacerdote, la Iglesia no permite que ejerza ciertos trabajos o actividades que podrían desdecir de su ministerio, o al menos obstaculizarlo (cfr. CIC, cc. 285-289):

 

 

– aceptar cargos públicos que suponen una participación en el ejercicio de la potestad civil;

 

– administrar bienes pertenecientes a laicos, o intervenir en tareas en las que sea necesario rendir cuentas;

 

 

– ser fiadores o firmar letras de cambio;

 

 

– ejercer la negociación o el comercio;

 

 

– participar activamente en partidos políticos o en organizaciones sindicales;

 

 

– presentarse voluntarios al servicio militar.

 

 

7.8.6 La formación de los sacerdotes

 

 

Por todo lo que hemos ido diciendo, se ve la necesidad que tienen los sacerdotes de una formación especial que les permita desempeñar adecuadamente las funciones que les son propias.

 

 

Esta formación, con vertientes culturales en el terreno religioso y en el profano, ha de estar centrada en lo que es fundamental a su misión: enseñar el Evangelio, administrar los sacramentos.

 

Así lo hizo el Señor con sus Apóstoles, fomentando su piedad y su amor a Dios (cfr. Lc. 11, 1; Mc. 16, 23), instruyéndolos en el contenido de la predicación (cfr. Mc. 4, 10; Mt. 10, 27), e iniciándolos en el trabajo pastoral (cfr. Mc. 6, 3ss.).

 

 

La Iglesia, a lo largo de su historia, ha sentido la urgencia de esta formación, que con frecuencia se hace en instituciones especiales.