Moniciones de la celebracion de la Transfiguración del Señor


LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR CICLO A

Video con la liturgia de este dia

MONICION DE ENTRADA

(Saludo) Hoy en esta celebración contemplamos la transfiguración del Señor.  Agradezcámosle a Dios la oportunidad que nos da de estar cerca de su hijo amado y escuchémosle. Nos disponemos con gozo a participar en esta santa misa.

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA: Dan 7, 9-10.13-14

Salmo 96

Segunda Lectura: 2 Pe 16-19

Evangelio: 17, 1-9

 

MONICION A LAS LECTURAS (unica)

En las lecturas de este día, recordamos el momento de la transfiguración del Señor que hoy se nos invita a contemplar. Dios quiso darnos una pequeña prueba de su gloria y nos presenta a Jesús como su hijo amado. Escuchemos

MONICION A LAS LECTURAS (Individual)

Primera Lectura:

Dentro de una impresionante liturgia celestial, el profeta contempla a Dios en la figura de un venerable Anciano que trasmite sus poderes a un misterioso “Hijo de Hombre”… Éste vendrá a ser luego uno de los títulos mesiánicos preferidos por Jesús al hablar de sí mismo.

Segunda Lectura:

San Pedro evocando la inolvidable experiencia de la Transfiguración, nos la presenta como algo que supera en esplendor a la ley y a los profetas… Esta revelación ha de ser “como una lampara” que ha de iluminar nuestros pasos en la oscuridad de la existencia

Evangelio:

La Transfiguración tiene lugar en un momento crítico, una vez que Jesús ha anunciado a sus discípulos su pasión y su muerte… Este hecho extraordinario que anticipa la gloria de la Pascua, viene a devolverles la confianza a Él.

 

MONICION A LAS OFRENDAS

Iluminados por la gracia y divinidad de Cristo, acerquemos al altar estos dones de pan y vino junto a nuestros esfuerzos por mejorar constantemente según sus enseñanzas.

 

MONICION A LA COMUNION

El amor de Cristo se ha manifestado en su sacrificio santo, para quedarse siempre en nosotros. Movidos por este amor, acerquémonos a recibirle con fe y agradecimiento.

 

MONICION DE DESPEDIDA

Vayamos a nuestros hogares con la alegría de seguir a Jesucristo,  que   ilumina nuestro camino con su luz.

 

ORACION DE LOS FIELES

Invoquemos a Dios, nuestro Padre, que al revelarnos la gloria de su Hijo amado nos muestra, además, la firme esperanza a la que todos estamos llamados:

1.- Para que Dios conceda a las Iglesias de Oriente, que hoy celebran con gran solemnidad la Transfiguración de Jesucristo, gozarse en la luz esplendorosa de la gloria que el Señor hace resplandecer hoy sobre ellas. Roguemos al Señor

2.- Para que quienes empiezan a sentirse atraídos por Jesús y su Evangelio encuentren quien os ayude a transformar la simple admiración en una fe plena en Jesucristo, el Hijo muy amado del Padre. Roguemos al Señor

3.- Para que Dios fortalezca a los enfermos con la esperanza de que su frágil condición será transformada según el modelo de la condición gloriosa de Jesucristo, nuestro Salvador. Roguemos al Señor

4.- Para que el Dios de la gloria, que nos llama a vivir continuamente en su presencia, nos conceda el espíritu de contemplación y de oración, de manera que gustemos, ya desde ahora, el gozo que Él nos prepara en el cielo. Roguemos al Señor

Escucha nuestra oración, Dios todopoderoso y eterno, e ilumínanos con tu gracia, para que vivamos siempre a la espera de la manifestación definitiva de nuestro Redentor Jesucristo. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

 

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Porque los Católicos no llevamos Biblia a la Misa?


Fuente: http://lanzadediosblog.wordpress.com

¿PORQUE LOS CATÓLICOS NO LLEVAMOS BIBLIA A LA MISA?

12 junio, 2013 · por  · en Iglesia Catolica
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Esta es una pregunta que hacen muchos no católicos para inferir que los católicos no leemos la Biblia en la Misa, o que la tenemos en muy baja estima. Pero lo cierto es que los católicos si leemos la Biblia en la Misa, y no solo eso, estamos cumpliendo mas perfectamente el modo bíblico de leer la Biblia en comunidad como se hacia en el Antiguo y Nuevo Testamento, donde había un lector que leía de los libros sagrados a la comunidad.
Encima de esto, si atendemos a Misa todos los domingos habremos leído o mas bien escuchado que se lee, en un periodo de tres años la Biblia entera. Obviamente esto no significa que no debamos leer la Biblia en nuestras casas personalmente.  Cabe aquí añadir que debemos oír la Palabra de Dios con la actitud de quien se interroga ¿qué es lo que Dios me está pidiendo a mí en esta Misa en concreto? ¿qué es lo que Dios me quiere decir a mí en esta liturgia de la Palabra?
Pero la razón principal por la cual los católicos no llevamos Biblia a la Misa porque la misma Misa esta sumergida en la Biblia. Como diría Scott Hahn, teólogo protestante quien e convirtió al catolicismo en su primer Misa a la cual llevo su Biblia, “la Biblia ya no estaba junto a mi estaba frente a mi”. (1) De ahí que todas las partes de la Misa son bíblicas, como veremos a continuación.
Inicio:
Iniciamos invocando a la Santísima Trinidad signándonos en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Esta parte esta tomada de (Mt 28:19) “Vayan y hagan discípulos entre todos los pueblos, bautícenlos consagrándolos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo”. Por medio de este signo recordamos nuestro bautismo, y que somos pertenencia de Dios, a la vez que invitamos a las Tres divinas personas de que hagan de nosotros su templo durante la celebración y durante nuestra vida.
Saludo del celebrante
“Que el Señor esté con ustedes”  o también: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con ustedes” esto esta tomado de:
2ª  Corintios 13, 14: La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros.
2ª Timoteo 4:22  El Señor esté con tu espíritu. Gracia a todos vosotros.
Yo confieso.
Hacemos una confesión pública a Dios de nuestras faltas de modo que podamos iniciar la celebración con humildad, reconociéndonos faltos de la gracia divina y de la intercesión de la comunidad a favor nuestro antes Dios iniciando con las palabras: “Yo confieso ante Dios Todopoderoso y ante ustedes hermanos que he pecado mucho…” Esto esta tomado de:
Salmo 32, Mi pecado te reconocí, y no te oculté mi culpa; dije: «Confesaré a Yahvé de mis rebeldías.» Y tú absolviste mi culpa, perdonaste mi pecado.
Señor ten piedad.
Seguidamente imploramos a Dios tenga piedad y misericordia de nosotros, esta parte de la Misa esta en:
Salmo 6, 3: Ten piedad de mí, Yahvé, que estoy sin fuerzas.
Salmo 27:7  Escucha, Señor, mi voz que te llama, ten piedad de mí, respóndeme.
Baruc 3:2  Escucha, Señor, ten piedad, porque hemos pecado contra ti.
Lucas 17:13  y alzando la voz, dijeron: Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros.
El Gloria.
Cuando glorificamos a Dios, entonamos el himno que los ángeles cantaron la primera nochebuena:
Lucas 2:14  ¡Gloria a Dios en lo alto y en la tierra paz a los hombres que él ama!
Liturgia de la Palabra.
En la liturgia de la Palabra se reproduce aquella escena de Nazaret, cuando Cristo asiste un sábado a la sinagoga: “se levantó para hacer la lectura” de un texto de Isaías; y al terminar, “cerrando el libro, se sentó. Los ojos de cuantos había en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír” (Lc 4:16-21). Con la misma realidad le escuchamos nosotros en la Misa, es Cristo el que nos habla atreves de las lecturas, principalmente cuando el sacerdote lee el Evangelio.
El aleluya.
Antes de que se lee el Evangelio se dice o se cante el Aleluya que es una adaptación de la expresión hebrea hallelú Yah, que significa “alaben ustedes a Yah” o “alabad a Yah”. Esto se encuentra en:
Salmo 135:1  Aleluya ¡Alabad el nombre del Señor, alabadlo, siervos del Señor
Salmo 150:1  ¡Aleluya! Alabad al Señor en su templo, alabadlo en su fuerte firmamento.
Apoc 19:1  Después escuché en el cielo un rumor como de una gran multitud que decía: ¡Aleluya! A nuestro Dios corresponden la victoria y la gloria y el poder,
Apoc 19:3  Y repitieron: ¡Aleluya! El humo de ella asciende por los siglos de los siglos.
La Homilía.
Para la confección de la homilía suelen elegirse varias fuentes privilegiadas como son los textos bíblicos recién leídos, textos de los Padres de la Iglesia o de doctores y santos de la Iglesia católica. Esto se encuentra en:
Hechos 2:42  Eran asiduos en escuchar la enseñanza de los apóstoles…
Profesión de fe, también es bíblico.
Creo en Dios, Padre Todopoderoso,
Gen 17:1  Cuando Abrán tenía noventa y nueve años, se le apareció el Señor y le dijo: Yo soy Dios Todopoderoso. Procede de acuerdo conmigo y sé honrado,
Creador del cielo y de la tierra.
Gen 1,1 En el principio creó Dios los cielos y la tierra.
de todo lo visible y lo invisible
Colosenses 1, 16: porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por él y para él…
Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor,
Jn 3,16 Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Nacido del Padre antes de todos los siglos,
Heb 7:3  Figura sin padre ni madre, sin genealogía, sin principio ni fin de su vida.
Dios de Dios Luz de Luz, Dios verdadero de Dios  verdadero,
Col 1:15 “El es la imagen de Dios invisible”.
Engendrado no creado,
Salmo 2:7  Voy a recitar el decreto del Señor: Me ha dicho: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy.
De la misma naturaleza del Padre por quien todo fue hecho,
Heb 1:3 Él es el reflejo de su gloria y la representación exacta de su mismo ser..”
que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre,
Lc 1,35 El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios.
Mt 1,22,23 Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: = Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, = que traducido significa: «Dios con nosotros.»
padeció bajo el poder de Poncio Pilato,
Jn 19,1-2 Pilato entonces tomó a Jesús y mandó azotarle. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura;
fue crucificado, muerto y sepultado,
Jn 19,17-19 y él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos.»
Lc 23,46 y Jesús, dando un fuerte grito, dijo: «Padre, = en tus manos pongo mi espíritu» = y, dicho esto, expiró.
Lc 23,53 y, después de descolgarle, le envolvió en una sábana y le puso en un sepulcro excavado en la roca en el que nadie había sido puesto todavía.
descendió a los infiernos,
1Pe 3,18-19 Pues también Cristo, para llevarnos a Dios, murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, muerto en la carne, vivificado en el espíritu. En el espíritu fue también a predicar a los espíritus encarcelados,
al tercer día resucitó de entre los muertos,
1Co 15,3-4 Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras;
subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso,
Mc 16,19 Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios.
Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos,
Hch 10,42 Y nos mandó que predicásemos al Pueblo, y que diésemos testimonio de que él está constituido por Dios juez de vivos y muertos.
Creo en el Espíritu Santo.
Rom 5,5 y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.
Como será de importante creer en el Espíritu Santo, que el mismo Jesús nos dice que el único pecado que no será perdonado, ni en este mundo ni en el otro es el pecado contra el Espíritu Santo.
la santa Iglesia católica,
Efe 5,25-27 Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada.
Mt 16,18 Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.
Mt 28,19 Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,
la comunión de los santos,
Apo 7,9 Después de esto vi un gentío inmenso, imposible de contar, de toda nación y raza, pueblo y lengua, que estaban de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos,
el perdón de los pecados,
Jn 20,23 a quienes descarguen de sus pecados, serán liberados, y a quienes se los retengan, les serán retenidos.
la resurrección de la carne
Rom 8,11 Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos está en ustedes, el mismo que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también vida a sus cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que habita en ustedes.
y la vida eterna.
Apo 22,5 No necesitarán luz de lámpara ni de sol, porque Dios mismo será su luz, y reinarán por los siglos para siempre.
Amén.
Apo 22,20 El que da fe de estas palabras dice: “Sí, vengo pronto. Amén. Ven, Señor Jesús.
Liturgia eucarística. 
El sacerdote se acerca al altar, tras recibir las ofrendas del pan y del vino, de manos de los fieles y dice: “Bendito seas Señor, Dios del universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos; él será para nosotros pan de vida”. Esto esta en las siguientes citas bíblicas: (cf. 1 Crónicas 29:10; Salmo 72:18-19, 119:10; Lucas 1:68; Jn 6,23) “Bendito seas, Señor, Dios del universo por este vino, fruto de la vid y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos; él será para nosotros bebida de salvación”. (cf. Lc 22:17-18; Jn 6:55).
Seguidamente el sacerdote se lava las manos, mientras dice en voz baja: “Lava del todo mi delito limpia todo mi pecado”. Las palabras se remontan al Salmo 51,4: “Lávame a fondo de mi culpa, y de mi pecado purifícame.”
Acto seguido el sacerdote dice: “Orad, hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro sea agradable a Dios Padre todopoderoso”. Esto esta en:
Oseas 14,2: “Llevad con vosotros palabras de súplica, y volved a Dios, y decidle: Quita toda iniquidad, y acepta el bien, y te ofreceremos la ofrenda de nuestros labios”.
Levítico 22,19: “Y cuando ofrezcáis sacrificio de acción de gracias a Dios, lo sacrificaréis de manera que sea aceptable”.
Santo. 
Tras el prefacio tiene lugar el canto del “Sanctus” esto esta en: Isa 6:3 Y clamaban alternándose: ¡Santo, santo, santo, el Señor Todopoderoso, la tierra está llena de su gloria! Ap 4:8 Cada uno de los seres vivientes tenía seis alas, cubiertas por dentro y en torno de ojos. Ni de día ni de noche descansan diciendo: Santo, santo, santo, Señor Dios Todopoderoso, el que era y es y será.
Consagración. 
La víspera de su pasión tomó el pan en sus santas y venerables manos y levantando los ojos al cielo, a ti, Padre todopoderoso, te dio gracias lo partió lo dio a sus discípulos, diciendo: Tomad esto, todos ustedes, y comed: esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros. Esto esta en:
Mat 26:26 Mientras cenaban, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad y comed, esto es mi cuerpo.
1ª Cor 11:23-24 Pues yo recibí del Señor lo que os transmití: que el Señor, la noche que era entregado, tomó pan, dando gracias lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.
Del mismo modo, acabada la cena, tomó el cáliz una vez más, dándote gracias te bendijo, y la dio a sus discípulos, y dijo: Tomad esto, todos ustedes, y beber de él, porque éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna que será derramada por vosotros y por todos, para que los pecados pueden ser perdonados. Haced esto en memoria mía. Esto esta en:
Mat 26:27-28 Tomando la copa, pronunció la acción de gracias y se la dio diciendo: Bebed todos de ella, porque ésta es mi sangre de la alianza, que se derrama por todos para el perdón de los pecados.
1ªCor 11:25 Lo mismo, después de cenar, tomó la copa y dijo: Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre. Haced esto cada vez que la bebáis en memoria mía.
Después, oramos a nuestro Padre en las palabras que Nuestro Señor nos dio: (cf. Mt. 6:9-13).
Luego le reconocemos con las palabras de San Juan el Bautista: “He ahí el Cordero de Dios…” (cf. Jn. 1:29,36).
Ósculo de la paz 
“Señor Jesucristo, que dijiste a tus Apóstoles: Mi paz os dejo, mi paz os doy”. Esto esta en:
Juan 14, 27: Mi paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo.
Comunión. 
Sacerdote: Este es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo dichosos los invitados a la cena del Señor (Apocalipsis 19:9).
Y antes de recibirlo en la comunión, respondemos con las palabras del centurión: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, mas una palabra tuya, bastará para sanarme.” Esto esta en:
Mateo, 8, 8: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa. Di una sola palabra y mi siervo quedará sano.
Rito de conclusión 
El Señor esté con ustedes.
El pueblo responde: Y con tu espíritu.
El sacerdote bendice al pueblo, diciendo: La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y descienda sobre ustedes: Esto esta en:
2ª Cor 13:13 La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté con todos vosotros.
El pueblo responde: Amén.
Id en la paz de Cristo Congregación: Demos gracias a Dios. Esto esta en:
2ª Cor 9:15 Demos gracias a Dios por su don inefable.
Conclusión: 
Los católicos no llevamos la Biblia a la Misa porque lo que decimos y escuchamos en la Misa nos viene de la Biblia y lo que “hacemos” en la Misa, lo hacemos porque se hacía en la Biblia. Nos arrodillamos (cf. Sal. 95:6; Hech. 21:5) y cantamos himnos (cf. 1 Mac. 10:7, 38; Hech. 16:25); nos ofrecemos la señal de la paz (cfr. 1 Sam. 25:6; 1 Tes. 5:26). Nos juntamos alrededor de un altar (cf. Gen. 12:7; Ex. 24: 4; 2 Sam. 24:25; Apoc. 16:7), con incienso (cf. Jer. 41:5; Apoc. 8:4), servido por sacerdotes (cf. Ex. 28:3-4; Apoc. 20:6). Ofrecemos una acción de gracias con pan y vino (cf. Gen. 14:18; Mt. 26:26-28). Desde la primera señal de la cruz hasta el último amén (cf. Neh. 8:6; 2 Cor. 1:20), la Misa es un tapiz de sonidos y sensaciones, tejido con palabras, acciones y accesorios tomados de la Biblia.
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Extraído de http://conocetufe.blogspot.com.es

(1) La cena del cordero pg. 28
Sitios web consultados:

Intercesiones


La misa explicada, continuación….

Ya vimos, al hablar de la oración de los fieles, que la Iglesia en la eucaristía sostiene a la humanidad y al mundo entero en la misericordia de Dios, por la sangre de Cristo Redentor. Pues bien, las mismas plegarias eucarísticas incluyen una serie de oraciones por las que nos unimos a la Iglesia del cielo, de la tierra y del purgatorio. Suelen ser llamadas intercesiones.

 

 

«Con ellas se da a entender que la eucaristía se celebra en comunión con toda la Iglesia celeste y terrena, y que la oblación se hace por ella y por todos sus miembros, vivos y difuntos, miembros que han sido todos llamados a participar de la salvación y redención adquiridas por el cuerpo y la sangre de Cristo» (OGMR 55g).

 

 

En la plegaria eucarística III, por ejemplo, se invoca

 

 

-primero la ayuda del cielo, de la Virgen María y de los santos, «por cuya intercesión confiamos obtener siempre tu ayuda»;

 

 

-en seguida se ruega por la tierra, pidiendo salvación y paz para «el mundo entero» y para «tu Iglesia, peregrina en la tierra», especialmente por el Papa y los Obispos, pero también, con una intención misionera, por «todos tus hijos dispersos por el mundo»;

 

 

-y finalmente se encomienda las almas del purgatorio a la bondad de Dios, es decir, se ofrece la eucaristía por «nuestros hermanos difuntos y cuantos murieron en tu amistad».

 

 

Así, la oración cristiana -que es infinitamente audaz, pues se confía a la misericordia de Dios- alcanza en la eucaristía la máxima dilatación de su caridad: «recíbelos en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria».

 

 

Ofrecer misas por los difuntos

 

 

La caridad cristiana, si ha de ser católica, ha de ser universal, ha de interesarse, pues, por los vivos y por los difuntos, no sólo por los vivos. La Iglesia, nuestra Madre, que nos hace recordar diariamente a los difuntos, al menos, en la misa y en la última de las preces de vísperas, nos recomienda ofrecer misas en sufragio de nuestros hermanos difuntos. Es una gran obra de caridad hacia ellos, como lo enseña el Catecismo:

 

 

«El sacrificio eucarístico es también ofrecido por los fieles difuntos, “que han muerto en Cristo y todavía no están plenamente purificados” (Conc. Trento), para que puedan entrar en la luz y la paz de Cristo:

 

 

«”Oramos [en la anáfora] por los santos padres y obispos difuntos, y en general por todos los que han muerto antes que nosotros, creyendo que será de gran provecho para las almas, en favor de las cuales es ofrecida la súplica, mientras se halla presente la santa y adorable víctima… Presentando a Dios nuestras súplicas por los que han muerto, aunque fuesen pecadores…, presentamos a Cristo, inmolado por nuestros pecados, haciendo propicio para ellos y para nosotros al Dios amigo de los hombres” (S. Cirilo de Jerusalén [+386])» (Catecismo 1371; +1032, 1689).

 

 

Doxología final

 

 

La gran plegaria eucarística llega a su fin. El arco formidable, que se inició en el prefacio levantando los corazones hacia el Padre, culmina ahora solemnemente con la doxología final trinitaria. El sacerdote, elevando la Víctima sagrada, y sosteniéndola en alto, por encima de todas las realidades temporales, dice:

 

 

«Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos».

 

 

Este acto, por sí solo, justifica la existencia de la Iglesia en el mundo: para eso precisamente ha sido congregado en Cristo el pueblo cristiano sacerdotal, para elevar en la eucaristía a Dios la máxima alabanza posible, y para atraer en ella en favor de toda la humanidad innumerable bienes materiales y espirituales. De este modo, es en la eucaristía donde la Iglesia se expresa y manifiesta totalmente.

 

 

El pueblo cristiano congregado hace suya la plegaria eucarística, y completa la gran doxología trinitaria diciendo: Amén. Es el Amén más solemne de la misa.

 

 

(Adviértase aquí, por otra parte, que es el sacerdote, y no el pueblo, quien recita las doxologías que concluyen las oraciones presidenciales. Y esto tanto en la oración colecta -«Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina», etc.-, como en la plegaria eucarística -«Por Cristo, con Él y en Él», etc.-. Y que es el pueblo quien, siguiendo una tradición continua del Antiguo y del Nuevo Testamento, contesta con la aclamación del Amén.).

La oración de Jesús y la misa


Ramiro Pellitero
23 enero 2012


Muchos cristianos no saben qué es la misa. Piensan, quizá, que es cosa de los sacerdotes, y viven ajenos a ella. Otros asisten a lo que tal vez miran como una ceremonia de carácter más o menos social, donde, con ciertas oraciones y gestos, se recuerda la figura de Jesucristo y se anima a la gente a preocuparse por los demás.

Frente a esas y otras visiones empobrecidas de la Eucaristía, Benedicto XVI la ha explicado de modo sencillo y profundo, poniéndola en relación con la oración de Jesús. A la oración del Señor, según los relatos de los Evangelios, le viene dedicando el Papa varias Audiencias. Veamos por orden las enseñanzas de estos días.

La oración de Jesús durante su Bautismo

Tras los largos años de Nazaret, la oración de Jesús durante su Bautismo (cf. Audiencia general del 30-XI-2011) inaugura su ministerio público. En ella se muestra plenamente dispuesto a cumplir la voluntad del Padre. Una oración que es prolongación de tantas oraciones anteriores y preludio de las que luego sostendrá, en esa “fuente secreta” que es su “oración filial perfecta”. La oración de Jesús es, cada vez más intensamente, como el núcleo de donde brota la energía de su vida, y el corazón de su misión. El Papa nos invitaba a preguntarnos: ¿Cómo rezamos nosotros? ¿Qué tiempo dedicamos? ¿Cómo es nuestra preparación y formación para la oración?

La oración de “júbilo” del Señor

Más adelante, Benedicto XVI se detuvo en la oración de “júbilo” de Jesús (cf. Audiencia general, 7-XII-2011). El Señor abre su corazón en acción de gracias a su Padre (cf Mt 11,25-30 y Lc 10, 21-22), alegrándose al comprobar cómo los “pequeños” y los sencillos se hacen como niños, se abren al Espíritu Santo y llegan a ser, como Jesús, mansos y humildes de corazón. Y acaba diciendo: “Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre, como nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Lc 10, 22).

La oración de Jesús en el contexto de las curaciones milagrosas

La semana siguiente el Papa contempló la oración de Jesús en el contexto de las curaciones milagrosas (cf. Audiencia general del 14-XII-2011). “Jesús se deja implicar con gran participación humana en el sufrimiento de sus amigos, por ejemplo Lázaro y su familia, o de los muchos pobres y enfermos que Él quiso ayudar concretamente”. Subraya cómo la acción sanadora del Señor está siempre en relación con su Padre (cf. Mc 7, 34; Jn 11, 4 y 41s): la relación humana de compasión o de amistad con el hombre, entra en la comunión de Jesús con Dios Padre, y se convierte así en curación.

Con ello, Jesús quiere llevarnos, de un lado, a la confianza total en el Dios de la vida y su plan de salvación; y al mismo tiempo, “la oración nos enseña a salir constantemente a de nosotros mismos para ser capaces de acercarnos a los demás –nuestros hermanos, hijos en el Hijo–, especialmente en los momentos de la prueba, para llevarles consuelo, esperanza y luz”.

La oración de Jesús durante la última Cena

Ya en 2012, Benedicto XVI se ha referido a la oración del Señor durante la Última Cena (cf. Audiencia general del 11-I-2012), que a veces se denomina “oración sacerdotal”. Por su importancia para comprender el sentido de la misa, nos detendremos aquí.

El trasfondo de esa oración es la despedida del Señor y la inminencia de su pasión. Desde hacía tiempo venía explicándoselo a sus discípulos, para que comprendieran sus consecuencias (por ejemplo Mc. 8, 31). En aquellos días se aproximaba la Pascua judía, que celebraba el recuerdo de la liberación de Egipto. Es en contexto, dice el Papa, donde se enmarca la última Cena de Jesús, pero con una novedad especial: “Es su Cena, en la cual ofrece algo totalmente nuevo: a Él mismo. Y de este modo, Jesús celebra su Pascua, anticipa su Cruz y su Resurrección”. Es significativo que según San Juan, Jesús murió en la cruz a la hora que en el templo de Jerusalén se inmolaban los corderos de la Pascua.

En la última Cena del Señor destacan sus gestos (parte el pan y lo distribuye, comparte el vino), junto con las palabras que los acompañan y el marco de la oración. Todo ello constituye la institución de la Eucaristía. Y la Eucaristía, según Benedicto XVI, debe considerarse como “la gran oración de Jesús y de la Iglesia”.

Cuando el Nuevo Testamento (en los Evangelios sinópticos y en la primera carta a los Corintios) relata este acontecimiento, usa unos verbos determinados, que expresan la acción de gracias y la alabanza. Así se refleja la oración judía, que hacía el cabeza de familia (la berakha), acogiendo en casa a algunos extranjeros, al principio de las grandes fiestas. En esa oración se reconocían los dones recibidos de Dios (las cosechas y los frutos de la tierra), y se entendía que Dios respondía enriqueciendo los mismos dones.

Todo ello adquiere, en la última Cena de Jesús, una profundidad totalmente nueva. “Él da una señal visible de acogida a la mesa en la cual Dios se da. Jesús en el pan y en el vino se ofrece y se transmite a Sí mismo”.

Se pregunta Benedicto XVI cómo pudo Jesús darse a sí mismo. Había dicho que él tenía poder para dar su vida y recobrarla de nuevo, de acuerdo con el mandato de su Padre (cf. Jn 10, 17s). Ahora “Él ofrece de antemano la vida que le será quitada, y de este modo transforma su muerte violenta en un acto libre de donación de sí para los demás y a los demás”.

Desde el interior de su oración, en el diálogo con su Padre, brota la entrega a los suyos: “Vemos claramente que la relación íntima y constante con el Padre es el lugar donde Él realiza el gesto de dejar a los suyos, y a cada uno de nosotros, el Sacramento del amor, el”Sacramentum Caritatis”. Así Jesús se convierte en el verdadero Cordero que lleva a la plenitud el antiguo culto y nos invita a participar de su entrega (cf. 1 Co 11. 24.25).

Al mismo tiempo se preocupa por cada uno aquella noche (concretamente por Pedro: Lc 22, 31s; 22, 60s). “La oración de Jesús cuando se acerca la prueba también para sus discípulos, los sostiene en su debilidad”. Y ahora, en nuestro caso, “La Eucaristía es el alimento de los peregrinos que se convierte en fuerza también para el que está cansado, agotado y desorientado”.


La misa: participar de la oración de Jesús

Pues bien, esto se renueva con la misa en la que participamos nosotros: “Participando de la Eucaristía, vivimos de una manera extraordinaria la oración que Jesús ha hecho y hace continuamente por cada uno, a fin de que el mal, que todos enfrentamos en la vida, no logre vencer, y actúe así en nosotros el poder transformador de la muerte y resurrección de Cristo”.

Por tanto, al celebrar cada misa, en la Eucaristía, nos unimos a la oración de Jesús, especialmente a la de aquella noche: “Desde el principio, la Iglesia ha comprendido las palabras de la consagración como parte de la oración realizada junto a Jesús; como una parte central de la alabanza llena de gratitud, a través de la cual el fruto de la tierra y del trabajo del hombre, nos viene nuevamente donados como cuerpo y sangre de Jesús, como auto donación de Dios mismo en el amor acogedor del Hijo (cf. Jesús de Nazaret, II, p. 146.)”.

Concluyendo. Los frutos de la misa de cada día, cuando la celebramos con la debida preparación (lo que incluye si es necesario recibir el Sacramento de la Penitencia), son el resultado de la entrega de Jesús, que se nos aplica personalmente, para nuestra vida y nuestra misión como cristianos: luz y fortaleza, fidelidad y renovación. Y esos frutos de la oración de Jesús se nos aplican “para que nuestra vida no se pierda, a pesar de nuestra debilidad y de nuestras infidelidades, sino que sea transformada”. Para que sea, de verdad, como la suya, ofrenda al Padre y sacrificio de amor a Dios y al prójimo.

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III. Liturgia del sacrificio


La misa explicada, Continuación…..
A. Preparación de los dones. -B. Plegaria eucarística. -C. Rito de la comunión.
A. Preparación de los dones

 

 

-El pan y el vino -Oraciones de presentación -Súplicas -Lavabo -Oración sobre las ofrendas.

 

 

El pan y el vino

 

 

La acción litúrgica queda centrada desde ahora en el altar, al que se acerca el sacerdote. A él se llevan, en forma simple o procesional, el pan y el vino, y quizá también otros dones. En el pan y el vino, que se han de convertir en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, va actualizarse a un tiempo la Cena última y la Cruz del Calvario.

 

 

«Es conveniente que la participación de los fieles se manifieste en la presentación del pan y del vino para la celebración de la eucaristía, o de dones con los que se ayude a las necesidades de la Iglesia o de los pobres» (OGMR 101). Es éste, pues, el momento más propio, y más tradicional, para realizar la colecta entre los fieles.

 

 

Oraciones de presentación

 

 

El sacerdote toma primero la patena con el pan, «y con ambas manos la eleva un poco sobre el altar, mientras dice la fórmula correspondiente»; y lo mismo hace con el vino (OGMR 102). Las dos oraciones que el sacerdote pronuncia, en alta voz o en secreto, casi idénticas, son muy semejantes a las que empleaba Jesús en sus plegarias de bendición, siguiendo la tradición judía (berekáh; +Lc 10,21; Jn 11,41). Primero sobre el pan, y después sobre el vino, como lo hizo Cristo, el sacerdote dice:

 

 

-«Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan [vino], fruto de la tierra [vid] y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos; él será para nosotros pan de vida [bebida de salvación]».

 

 

-«Bendito seas por siempre, Señor» (+Rm 9,5; 2Cor 11,31).

 

 

Súplicas del sacerdote y del pueblo

 

 

Después de presentar el pan y el vino, el sacerdote se inclina ante el altar orando en secreto:

 

 

-«Acepta, Señor, nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde; que éste sea hoy nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia, Señor, Dios nuestro».

 

 

Ahora puede realizarse la incensación de las ofrendas, del altar, del celebrante y de todo el pueblo. En seguida, el sacerdote lava sus manos, procurando así su «purificación interior» (OGMR 52), y vuelto al centro del altar solicita la súplica de todos:

 

 

-«Orad, hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro sea agradable a Dios, Padre todopoderoso».

 

 

-«El Señor reciba de tus manos este sacrificio para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia» (OGMR 107).

 

 

Las oraciones de los fieles, uniéndose a la de Cristo, se elevan aquí a Dios como el incienso (+Sal 140,2; Ap 5,8; 8,3-4). Y el pueblo asistente, uniéndose a Cristo víctima, se dispone a ofrecerse a Dios «en oblación y sacrificio de suave perfume» (+Ef 5,2).

 

 

 

Oración sobre las ofrendas

 

 

El rito de preparación al sacrificio concluye con una oración sacerdotal sobre las ofrendas. Es una de las tres oraciones propias de la misa que se celebra. La oración sobre las ofrendas suele ser muy hermosa, y expresa muchas veces la naturaleza mistérica de lo que se está celebrando. Valga un ejemplo:

 

 

«Acepta, Señor, estas ofrendas en las que vas a realizar con nosotros un admirable intercambio, pues al ofrecerte los dones que tú mismo nos diste, esperamos merecerte a ti mismo como premio. Por Jesucristo nuestro Señor» (29 dicm.).

El leccionario


Desde el comienzo de la Iglesia, se acostumbró leer las Sagradas Escrituras en la primera parte de la celebración de la eucaristía. Al principio, los libros del Antiguo Testamento. Y en seguida, también los libros del Nuevo, a medida que éstos se iban escribiendo (+1Tes 5,27; Col 4,16).

 

 

Al paso de los siglos, se fueron formando leccionarios para ser usados en la eucaristía. El leccionario actual, formado según las instrucciones del Vaticano II (SC 51), es el más completo que la Iglesia ha tenido, pues, distribuido en tres ciclos de lecturas, incluye casi un 90 por ciento de la Biblia, y respeta normalmente el uso tradicional de ciertos libros en determinados momentos del año litúrgico. De este modo, la lectura continua de la Escritura, según el leccionario del misal -y según también el leccionario del Oficio de Lectura-, nos permite leer la Palabra divina en el marco de la liturgia, es decir, en ese hoy eficacísimo que va actualizando los diversos misterios de la vida de Cristo.

 

 

Esta lectura de la Biblia, realizada en el marco sagrado de la Liturgia, nos permite escuchar los mensajes que el Señor envía cada día a su pueblo. Por eso, «el que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu dice [hoy] a las iglesias» (Ap 2,11). Así como cada día la luz del sol va amaneciendo e iluminando las diversas partes del mundo, así la palabra de Cristo, una misma, va iluminando a su Iglesia en todas las naciones. Es el pan de la palabra que ese día, concretamente, y en esa fase del año litúrgico, reparte el Señor a sus fieles. Innumerables cristianos, de tantas lenguas y naciones, están en ese día meditando y orando esas palabras de la sagrada Escritura que Cristo les ha dicho. También, pues, nosotros, como Jesús en Nazaret, podemos decir: «Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oir» (Lc 4,21).

 

 

Por otra parte, «en la presente ordenación de las lecturas, los textos del Antiguo Testamento están seleccionados principalmente por su congruencia con los del Nuevo Testamento, en especial del Evangelio, que se leen en la misma misa» (Orden de lecturas, 1981, 67). De este modo, la cuidadosa distribución de las lecturas bíblicas permite, al mismo tiempo, que los libros antiguos y los nuevos se iluminen entre sí, y que todas las lecturas estén sintonizadas con los misterios que en ese día o en esa fase del Año litúrgico se están celebrando.

 

 

Profeta, apóstol y evangelista

 

 

Los días feriales en la misa hay dos lecturas, pero cuando los domingos y otros días señalados hay tres, éstas corresponden a «el profeta, el apóstol y el evangelista», como se dice en expresión muy antigua.

 

 

-El profeta, u otros libros del Antiguo Testamento, enciende una luz que irá creciendo hasta el Evangelio.

 

 

En efecto, «muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas; últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo… el resplandor de su gloria, la imagen de su propio ser» (Heb 1,1-3). Es justamente en el Evangelio donde se cumple de modo perfecto lo que estaba escrito acerca de Cristo «en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos» (Lc 24,44; +25.27).

 

 

-El apóstol nos trae la voz inspirada de los más íntimos discípulos del Maestro: Juan, Pedro, Pablo…

 

 

-El salmo responsorial da una respuesta meditativa a la lectura -a la lectura primera, si hay dos-. La Iglesia, con todo cuidado, ha elegido ese salmo con una clara intención cristológica. Así es como fueron empleados los salmos frecuentemente en la predicación de los apóstoles (+Hch 1,20; 2,25-28.34-35; 4,25-26). Y ya en el siglo IV, en Roma, se usaba en la misa el salmo responsorial, como también el Aleluya -es decir, «alabad al Señor»-, que precede al Evangelio.

 

 

-El Evangelio es el momento más alto de la liturgia de la Palabra. Ante los fieles congregados en la eucaristía, «Cristo hoy anuncia su Evangelio» (SC 33), y a veinte siglos de distancia histórica, podemos escuchar nosotros su palabra con la misma realidad que quienes le oyeron entonces en Palestina; aunque ahora, sin duda, con más luz y más ayuda del Espíritu Santo. El momento es, de suyo, muy solemne, y todas las palabras y gestos previstos están llenos de muy alta significación:

 

 

«Mientras se entona el Aleluya u otro canto, el sacerdote, si se emplea el incienso, lo pone en el incensario. Luego, con las manos juntas e inclinado ante el altar, dice en secreto el Purifica mi corazón [y mis labios, Dios todopoderoso, para que anuncie dignamente tu Evangelio]. Después toma el libro de los evangelios, y precedido por los ministros, que pueden llevar el incienso y los candeleros, se acerca al ambón. Llegado al ambón, el sacerdote abre el libro y dice: El Señor esté con vosotros, y en seguida: Lectura del santo Evangelio, haciendo la cruz sobre el libro con el pulgar, y luego sobre su propia frente, boca y pecho. Luego, si se utiliza el incienso, inciensa el libro. Después de la aclamación del pueblo [Gloria a ti, Señor] proclama el evangelio, y, una vez terminada la lectura, besa el libro, diciendo en secreto: Las palabras del Evangelio borren nuestros pecados. Después de la lectura del evangelio se hace la aclamación del pueblo», Gloria a ti, Señor Jesús (OGMR 93-95).

 

 

-La homilía, que sigue a las lecturas de la Escritura, ya se hacía en la Sinagoga, como aquella que un sábado hizo Jesús en Nazaret (Lc 4,16-30). Y desde el principio se practicó también en la liturgia eucarística cristiana, como hacia el año 153 testifica San Justino (I Apología 67). La homilía, que está reservada al sacerdote o al diácono (OGMR 61; Código 767,1), y que «se hace en la sede o en el ambón» (OGMR 97), es el momento más alto en el ministerio de la predicación apostólica, y en ella se cumple especialmente la promesa del Señor: «El que os oye, me oye» (Lc 10,16).

 

 

«La homilía es parte de la liturgia, y muy recomendada, pues es necesaria para alimentar la vida cristiana. Conviene que sea una explicación o de algún aspecto particular de las lecturas de la Sagrada Escritura, o de otro texto del Ordinario, o del Propio de la misa del día, teniendo siempre presente el misterio que se celebra y las particulares necesidades de los oyentes» (OGMR 41).

 

-Un silencio, meditativo y orante, puede seguir a las lecturas y a la predicación

II. Liturgia de la palabra


La misa explicada, continuación….

 

-Lecturas -Evangelio -Homilía -Credo -Oración de los fieles.
Cristo, Palabra de Dios

 

 

Nos asegura la Iglesia que Cristo «está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la sagrada Escritura, es él quien nos habla» (SC 7a). En efecto, «cuando se leen en la iglesia las Sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su pueblo, y Cristo, presente en su palabra, anuncia el Evangelio. Por eso, las lecturas de la palabra de Dios, que proporcionan a la liturgia un elemento de la mayor importancia, deben ser escuchadas por todos con veneración» (OGMR 9).

 

 

«En las lecturas, que luego desarrolla la homilía, Dios habla a su pueblo, le descubre el misterio de la redención y salvación, y le ofrece alimento espiritual; y el mismo Cristo, por su palabra, se hace presente en medio de los fieles. Esta palabra divina la hace suya el pueblo con los cantos y muestra su adhesión a ella con la Profesión de fe; y una vez nutrido con ella, en la oración universal, hace súplicas por las necesidades de la Iglesia entera y por la salvación de todo el mundo» (OGMR 33).

 

 

Recibir del Padre el pan de la Palabra encarnada

 

En la liturgia es el Padre quien pronuncia a Cristo, la plenitud de su palabra, que no tiene otra, y por él nos comunica su Espíritu. En efecto, cuando nosotros queremos comunicar a otro nuestro espíritu, le hablamos, pues en la palabra encontramos el medio mejor para transmitir nuestro espíritu. Y nuestra palabra humana transmite, claro está, espíritu humano. Pues bien, el Padre celestial, hablándonos por su Hijo Jesucristo, plenitud de su palabra, nos comunica así su espíritu, el Espíritu Santo.

 

 

Siendo esto así, hemos de aprender a comulgar a Cristo-Palabra como comulgamos a Cristo-pan, pues incluso del pan eucarístico es verdad aquello de que «no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Dt 8,3; Mt 4,4).

 

 

En la liturgia de la Palabra se reproduce aquella escena de Nazaret, cuando Cristo asiste un sábado a la sinagoga: «se levantó para hacer la lectura» de un texto de Isaías; y al terminar, «cerrando el libro, se sentó. Los ojos de cuantos había en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír» (Lc 4,16-21). Con la misma realidad le escuchamos nosotros en la misa. Y con esa misma veracidad experimentamos también aquel encuentro con Cristo resucitado que vivieron los discípulos de Emaús: «Se dijeron uno a otro: ¿No ardían nuestros corazones dentro de nosotros mientras en el camino nos hablaba y nos declaraba las Escrituras?» (Lc 24,32).

 

 

Si creemos, gracias a Dios, en la realidad de la presencia de Cristo en el pan consagrado, también por gracia divina hemos de creer en la realidad de la presencia de Cristo cuando nos habla en la liturgia. Recordemos aquí que la presencia eucarística «se llama real no por exclusión, como si las otras [modalidades de su presencia] no fueran reales, sino por antonomasia, ya que es substancial» (Mysterium fidei).

 

 

Cuando el ministro, pues, confesando su fe, dice al término de las lecturas: «Palabra de Dios», no está queriendo afirmar solamente que «Ésta fue la palabra de Dios», dicha hace veinte o más siglos, y ahora recordada piadosamente; sino que «Ésta es la palabra de Dios», la que precisamente hoy el Señor está dirigiendo a sus hijos.

 

 

 

La doble mesa del Señor

 

 

En la eucaristía, como sabemos, la liturgia de la Palabra precede a la liturgia del Sacrificio, en la que se nos da el Pan de vida. Lo primero va unido a lo segundo, lo prepara y lo fundamenta. Recordemos, por otra parte, que ése fue el orden que comprobamos ya en el sacrificio del Sinaí (Ex 24,7), en la Cena del Señor, o en el encuentro de Cristo con los discípulos de Emaús (Lc 24,13-32).

 

 

En este sentido, el Vaticano II, siguiendo antigua tradición, ve en la eucaristía «la doble mesa de la Sagrada Escritura y de la eucaristía» (PO 18; +DV 21; OGMR 8). En efecto, desde el ambón se nos comunica Cristo como palabra, y desde el altar se nos da como pan. Y así el Padre, tanto por la Palabra divina como por el Pan de vida, es decir, por su Hijo Jesucristo, nos vivifica en la eucaristía, comunicándonos su Espíritu.

 

 

Por eso San Agustín, refiriéndose no sólo a las lecturas sagradas sino a la misma predicación -«el que os oye, me oye» (Lc 10,16)-, decía: «Toda la solicitud que observamos cuando nos administran el cuerpo de Cristo, para que ninguna partícula caiga en tierra de nuestras manos, ese mismo cuidado debemos poner para que la palabra de Dios que nos predican, hablando o pensando en nuestras cosas, no se desvanezca de nuestro corazón. No tendrá menor pecado el que oye negligentemente la palabra de Dios, que aquel que por negligencia deja caer en tierra el cuerpo de Cristo» (ML 39,2319). En la misma convicción estaba San Jerónimo cuando decía: «Yo considero el Evangelio como el cuerpo de Jesús. Cuando él dice «quien come mi carne y bebe mi sangre», ésas son palabras que pueden entenderse de la eucaristía, pero también, ciertamente, son las Escrituras verdadero cuerpo y sangre de Cristo» (ML 26,1259).

 

 

 

Lecturas en el ambón

 

 

El Vaticano II afirma que «la Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo, pues sobre todo en la sagrada liturgia, nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la palabra de Dios y del cuerpo de Cristo» (DV 21). En efecto, al Libro sagrado se presta en el ambón -como al símbolo de la presencia de Cristo Maestro- los mismos signos de veneración que se atribuyen al cuerpo de Cristo en el altar. Así, en las celebraciones solemnes, si el altar se besa, se inciensa y se adorna con luces, en honor de Cristo, Pan de vida, también el leccionario en el ambón se besa, se inciensa y se rodea de luces, honrando a Cristo, Palabra de vida. La Iglesia confiesa así con expresivos signos que ahí está Cristo, y que es Él mismo quien, a través del sacerdote o de los lectores, «nos habla desde el cielo» (Heb 12,25).

 

 

((Un ambón pequeño, feo, portátil, que se retira quizá tras la celebración, no es, como ya hemos visto, el signo que la Iglesia quiere para expresar el lugar de la Palabra divina en la misa. Tampoco parece apropiado confiar las lecturas litúrgicas de la Palabra a niños o a personas que leen con dificultad. Si en algún caso puede ser esto conveniente, normalmente no es lo adecuado para simbolizar la presencia de Cristo que habla a su pueblo. La tradición de la Iglesia, hasta hoy, entiende el oficio de lector como «un auténtico ministerio litúrgico» (SC 29a; +Código 230; 231,1).))

 

 

Podemos recordar aquí aquella escena narrada en el libro de Nehemías, en la que se hace en Jerusalén, a la vuelta del exilio (538 a.C.), una solemne lectura del libro de la Ley. Sobre un estrado de madera, «Esdras abrió el Libro, viéndolo todos, y todo el pueblo estaba atento… Leía el libro de la Ley de Dios clara y distintamente, entendiendo el pueblo lo que se le leía» (Neh 8,3-8).

 

 

Otra anécdota significativa. San Cipriano, obispo de Cartago, en el siglo III, reflejaba bien la veneración de la Iglesia antigua hacia el oficio de lector cuando instituye en tal ministerio a Aurelio, un mártir que ha sobrevivido a la prueba. En efecto, según comunica a sus fieles, le confiere «el oficio de lector, ya que nada cuadra mejor a la voz que ha hecho tan gloriosa confesión de Dios que resonar en la lectura pública de la divina Escritura; después de las sublimes palabras que se pronunciaron para dar testimonio de Cristo, es propio leer el Evangelio de Cristo por el que se hacen los mártires, y subir al ambón después del potro; en éste quedó expuesto a la vista de la muchedumbre de paganos; aquí debe estarlo a la vista de los hermanos» (Carta 38).
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