Palmas / Martirio


La liturgia de hoy se abre con la procesión de Ramos. Más que la bendición de los ramos mismos, lo importante es la participación de la comunidad agitando los ramos en esta procesión. Se trata de un homenaje a Cristo, que entra en Jerusalén como Rey de los mártires. La procesión expresa de manera sensible lo que ha sido nuestro peregrinar de Cuaresma: es la culminación de subir con Cristo a Jerusalén para vivir con él la Pascua. Por eso la segunda lectura de la misa (Filipenses 2, 6-11) es una llamada a compartir los sentimientos y actitudes de Cristo que actuando como un hombre cualquiera se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz.

La liturgia del domingo de Ramos incluye los dos polos del Misterio Pascual: rechazo y aceptación, sombra y luz, muerte y vida. De la alegría de la procesión, pasaremos a la contemplación de la Pasión. Estos dos polos encuentran su expresión más completa y perfecta en el altar de la eucaristía que, al mismo tiempo que sacrificio, es banquete festivo de los hijos de Dios. En el Oficio de Lecturas de hoy, la segunda, de san Andrés de Creta, nos propone muy bien los sentimientos espirituales con que debemos participar en la celebración hoy:

“…Ea, pues, corramos a una con quien se apresura a su pasión, e imitemos a quienes salieron a su encuentro. Y no para extender por el suelo, a su paso, ramos de olivo, vestiduras o palmas, sino para prosternarnos nosotros mismos, con la disposición más humillada de que seamos capaces y con el más limpio propósito, de manera que acojamos al Verbo que viene, y así logremos captar a aquel Dios que nunca puede ser totalmente captado por nosotros.

.. Y si antes, teñidos como estábamos de la escarlata del pecado, volvimos a encontrar la blancura de la lana gracias al saludable baño del bautismo, ofrezcamos ahora al vencedor de la muerte no ya ramas de palma, sino trofeos de victoria”.

 

PARA PARTICIPAR MEJOR EN LA LITURGIA DE HOY

Si es preciso, la procesión de Ramos puede hacerse en la Misa vespertina del sábado o del propio domingo por la tarde. Para evitar el desorden, conviene repartir los ramos a la entrada de la Iglesia, pues los fieles deben tenerlos en sus manos cuando se bendicen. Así se evitará también bendecir ramos que no se utilicen por los fieles en la procesión porque sobren. Los ramos que se lleven a lasa casas, son más importantes porque recuerden la procesión que porque estén bendecidos. En esta línea estará muy bien que el párroco haga llegar a las casas de los enfermos de la feligresía algunos ramos que se hayan utilizado en la procesión.

Al elegir los cantos para la procesión, lo mejor es cantar el salmo 23 y el 46 y otros en honor de Cristo Rey. Será muy oportuno ensayarlos mientras se va congregando la asamblea.

 

ÁNGEL GOMEZ

MISA DOMINICAL 1992, 5

http://www.mercaba.org

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Persecucion y Martirio


San Ponciano

 
Cuando en julio del año 230 fue elegido Ponciano obispo de Roma, su ciudad natal, proseguía Hipólito su resistencia apoyado por una buena parte de la población. El emperador Alejandro Severo se había mantenido al margen del conflicto. En el 235 tomó el poder Maximino Tracio, lo que significó el principio de la anarquía militar y la reanudación de las persecuciones. Ponciano e Hipólito fueron deportados a Cerdeña. Y, como ya se ha visto, aquella situación reconcilió a ambos adversarios. El 28 de septiembre del año 235, Ponciano renunció oficialmente a su cargo e Hipólito a su rebeldía. En la historia del papado esta fecha fue la primera que se pudo determinar con seguridad absoluta.
 
El 30 de octubre siguiente murió Ponciano. Su cuerpo, llevado a Roma, fue sepultado en la catacumba de san Calixto el 13 de agosto del 236, el mismo día en que también fue inhumado el cuerpo de san Hipóiito.
 
San Antero
 
El 21 de noviembre del 235, griego verosímilmente, sucedió a Ponciano que, deportado a Cerdeña, había renunciado el 28 de septiembre de aquel año. Apenas le quedaban seis semanas de vida. En tan escaso tiempo bastante hizo con mandar que se recopilaran las actas de los mártires. Murió el 3 de enero del 236 y fue el primer obispo de Roma que se inhumó en la cripta preparada para los papas en la catacumba de san Calixto.
 
San Fabián
 
El 10 de enero del 236 daba Roma un sucesor a Antero. un desconocido. Fabián era todavía un simple laico, casi según una leyenda, cuando se hallaba entre los romanos reunidos para elegir su obispo, una paloma se posó sobre su cabeza. El pueblo vio en ello una señal y escogió a Fabián.
 
La persecución del 235 se apaciguó pronto. Entre el 238 y el 249 los cuatro sucesores de Maximino Tracio estuvieron demasiado ocupados en disputarse el imperio como para hostigar a los cristianos. Fabián aprovechó aquel período de bonanza para restaurar en la Iglesia el orden y la disciplina, tan quebrantados por el largo cisma de Hipólito. Eminente organizador, puso las bases administrativas de una Roma cristiana. Dividió la ciudad en siete distritos, confiando cada uno de ellos a un diácono. Se ocupó de la conservación y cuidado de las catacumbas. Una de sus primeras preocupaciones consistió en que se repatriaran los cuerpos de su predecesor Ponciano y del infortunado Hipólito. Mandó proseguir la redacción de las actas de los mártires, comenzada por Antero. Y actuó con energía contra Privat, un obispo africano culpable de diversas faltas. Su prestigio desbordó con creces los límites de Roma. Tanto, que Orígenes, el célebre escritor y teólogo, desterrado de Alejandría por el patriarca Demetrios, recurrió a Fabián para justificarse. A fines del año 249 se apoderó Decio del poder y desencadenó una de las más violentas persecuciones.
 
El 10 de enero del 250 fue Fabián una de las primeras víctimas. Le enterraron en la catacumba de san Calixto. Su sarcófago se volvió a hallar en 1915.
 
San Cornelio
 
Durante todo el año 250 Decio desató su odio contra los cristianos. Pasarían dieciséis meses sin que pudieran reunirse para elegir un nuevo obispo de Roma. Y fue en esa circunstancia hostil cuando la reforma administrativa realizada por Fabián demostró su eficacia y utilidad. El clero designado por él gobernó la Iglesia colectivamente en espera de que terminara el período de sede vacante.
 
Sin embargo, el primado de la Iglesia de Roma era ya un hecho incontrovertible, hasta el punto de que, incluso en aquel tiempo en que estuvo sin obispo, las demás Iglesias recurrían a Roma para resolver sus problemas. Y había que contestar. Se confíó tal tarea a Novaciano, que, entre los eclesiásticos de la urbe, era un escritor prestigioso que ya había desempeñado numerosas misiones. Esta nueva responabilidad aumentó su influencia todavía más. No había duda: el próximo obispo no podía ser nadie más que él.
 
Grande y amarga tuvo, por tanto, que ser su decepción cuando en marzo del año 251 la mayoría de los votos recayeron sobre el sacerdote Comelio. Y no sin razón: Cornelio era partidario de adoptar una actitud indulgente hacia aquellos desgraciados cristianos que, torturados por Decio, terminaron por doblegarse. Habían permanecido renegados durante algún tiempo y solicitaban ahora volver al seno de la Iglesia. Novaciano, en cambio, prefería aplicar medidas rigurosas. La minoría de intransigentes que le apoyaba le enfrentó a Cornelio, el legítimo obispo ya elegido, y hasta encontró tres obispos italianos con suficiente inconsciencia como para consagrar a Novaciano. Surgía así un nuevo cisma, como había sucedido poco antes con Hipólito.
 
En este caso, sin embargo, Cornelio contaba con el firme apoyo de todas las Iglesias. En el otoño del 251, más de sesenta obispos, entre los que estaban Dionisio de Alejandría y Cipriano de Cartago, reunidos en sínodo, aprobaron sus medidas magnánimas en relación con los arrepentidos y excomulgaron a Novaciano. El patriarca de Antioquía, Fabiano, no estuvo presente en la asamblea. Se sabía que era partidario del uso del rigor, como otros obispos orientales que no habían visto de cerca los horrores de la persecución. Cornelio le escribió una carta para exponerle y defender su criterio. Se han hallado fragmentos de esta epístola, gracias a los cuales se ha podido conocer que en aquella época contaba Roma con 46 sacerdotes, 7 diáconos, 7 subdiáconos, 42 acólitos y 52 exorcistas, lectores y ostiarios.
 
En el transcurso de aquellos altercados y tensiones se forjó una profunda amistad entre el obispo de Roma y su colega Cipriano de Cartago, quien quedó consternado al conocer la noticia, en el año 252, de que Cornelio había sido apresado. El emperador Galo le hizo deportar a Centumcellae (Civita Vecchia): allí murió Cornelio de muerte natural, -parece- algún día del mes de junio. Trasladado el cadáver a Roma, fue depositado en la catacumba de san Calixto.
 
Hasta el siglo XIX san Cornelio fue objeto de un culto muy vivo, particularmente en Renania y en determinadas regiones de Bélgica. Era el patrono protector de los rebaños y el Santo al que se recurría para que curara las enfermedades nerviosas. ¿Qué hechos hubo en su vida para que se le adjudicara esa doble misión?
 
Vale la pena relatar relación tan curiosa.
 
En Bretaña, los ganaderos paganos adoraban a un tal Corneno, un horrible ídolo con cuernos. Los misioneros de la región de Carnac no lograban alejarlos de esa superchería y que se convirtieran al catolicismo. Basándose en el sabio principio de que nunca se termina de suprimir lo que no se reemplaza, eligieron de entre la relación de santos cristianos el nombre que tenía más posibilidades de sustituir a Corneno. Y el escogido fue Comelio: no eran tiempos para que los bravos bretones se fijaran en cuestiones de ortografía… aunque quedaba el problema de los cuernos, que, como es natural, no cabían en la figura de un papa. La solución consistió en que, en lugar de ponerlos en su cabeza, se los pusieron en las manos. De ese modo aceptaron los bretones a san Cornelio y le confiaron sus ganados. En cuanto al segundo patronazgo del santo, surgiría en la Edad Media.
 
En aquella época se intentaba calmar a los epilépticos haciéndoles oler aromas imposibles, como por ejemplo la de cuerno quemado. Siendo así que a san Cornelio se le representaba con un cuerno en la mano, se hizo de él una especie de caja mágica para sanar toda clase de enfermedades nerviosas. Sin investigar con mayor detenimiento la telación entre ambas cosas se le «confió» la mencionada especialización suplementaria. Y todavía hoy, en el día de la fiesta, el 16 de septiembre, los cristianos de la región llevan a sus familiares afectados de convulsiones para que sean bendecidos por los sacerdotes de la parroquia. (El bueno de Cornelio, sin duda rendido ante la fe de los que invocan su favor ante Dios, les corresponde con su intercesión).

La celebracion del Domingo de Ramos


I. El contenido de la celebración. Hoy celebramos una Eucaristía marcada por dos peculiaridades: por una parte, la aclamación a Jesucristo, que empieza su misterio pascual y al que nosotros reconocemos ya como Señor; por otra, la contemplación del camino de este Señor que aclamamos, un camino que es de dolor y de abandono, el camino de la cruz. De hecho, pues, podríamos decir que hoy contemplamos la pasión del Señor con la fe de los que creemos en su resurrección.

II. Las asambleas masivas de hoy. En las misas del mediodía de hoy, los asistentes que se reúnen acostumbran a ser en buena parte gente que no asistirán a ningún acto de la Semana Santa.

Este hecho puede ser una invitación a convertir la bendición, la procesión y la misma misa en un acto de anuncio y proclamación de lo que creemos los cristianos: seguimos a Jesucristo, porque creemos que de su muerte, su entrega, nace la Vida. Estas celebraciones más masivas es preciso que tengan, más bien, un tono popular, con cantos vibrantes y conocidos, sin pretensión de muchos silencios, asegurando mucho la megafonía y la buena lectura (lo mismo en la bendición que en la lectura de la pasión)…

III. Las asambleas de asistentes habituales. Algunas misas de este día (las vespertinas del sábado y domingo, las del domingo a primera hora de la mañana) tendrán, a diferencia de las otras, una asamblea más habitual, de gente que ha ido siguiendo el camino de la Cuaresma y que ahora vivirá los próximos días santos con intensidad. Convendría evitar que, ocupados por el atolondramiento de las misas masivas, estas misas de gente más habitual quedasen poco preparadas. Cuando podría ser precisamente al revés: vivir, en estas misas, todos los ritos del día (incluyendo la entrada solemne con los ramos), con una profundidad que en las misas masivas no será tan posible.

IV. Dejar hablar a la Palabra. Hoy, todos los elementos de la celebración, si se hacen bien y adaptados al tipo de asamblea, resultan más expresivos que muchas reflexiones muy elaboradas.

Para ello hay que procurar una buena realización de la celebración . En la bendición, en la procesión, en la Liturgia de la Palabra. Concretamente, en la Palabra, es preciso atender especialmente dos elementos: el salmo responsorial (Hay que aprender la música del “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” que resonará en el evangelio, y no sustituirlo por otra antífona; e intentar cantar las estrofas del salmo), y la lectura de la Pasión (con tres lectores con el texto fotocopiado para cada uno, con una aclamación a Jesucristo antes de comenzar, con interrupciones con breves antífonas, haciendo sentarse a la asamblea antes, por ejemplo, de “El primer día de los ázimos” y haciendo que se levante desde “Y llevaron a Jesús al Gólgota” hasta el final, y acabando la lectura con el canto de la antífona “Victoria”; si no se sabe otra, puede cantarse también el “Victoria” antes de comenzar la lectura).

PALMAS Y MARTIRIO

La liturgia de hoy se abre con la procesión de Ramos. Más que la bendición de los ramos mismos, lo importante es la participación de la comunidad agitando los ramos en esta procesión. Se trata de un homenaje a Cristo, que entra en Jerusalén como Rey de los mártires. La procesión expresa de manera sensible lo que ha sido nuestro peregrinar de Cuaresma: es la culminación de subir con Cristo a Jerusalén para vivir con él la Pascua. Por eso la segunda lectura de la misa (Filipenses 2, 6-11) es una llamada a compartir los sentimientos y actitudes de Cristo que actuando como un hombre cualquiera se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz.

La liturgia del domingo de Ramos incluye los dos polos del Misterio Pascual: rechazo y aceptación, sombra y luz, muerte y vida. De la alegría de la procesión, pasaremos a la contemplación de la Pasión. Estos dos polos encuentran su expresión más completa y perfecta en el altar de la eucaristía que, al mismo tiempo que sacrificio, es banquete festivo de los hijos de Dios. En el Oficio de Lecturas de hoy, la segunda, de san Andrés de Creta, nos propone muy bien los sentimientos espirituales con que debemos participar en la celebración hoy:

“…Ea, pues, corramos a una con quien se apresura a su pasión, e imitemos a quienes salieron a su encuentro. Y no para extender por el suelo, a su paso, ramos de olivo, vestiduras o palmas, sino para prosternarnos nosotros mismos, con la disposición más humillada de que seamos capaces y con el más limpio propósito, de manera que acojamos al Verbo que viene, y así logremos captar a aquel Dios que nunca puede ser totalmente captado por nosotros.

.. Y si antes, teñidos como estábamos de la escarlata del pecado, volvimos a encontrar la blancura de la lana gracias al saludable baño del bautismo, ofrezcamos ahora al vencedor de la muerte no ya ramas de palma, sino trofeos de victoria”.

PARA PARTICIPAR MEJOR EN LA LITURGIA DE HOY

Si es preciso, la procesión de Ramos puede hacerse en la Misa vespertina del sábado o del propio domingo por la tarde. Para evitar el desorden, conviene repartir los ramos a la entrada de la Iglesia, pues los fieles deben tenerlos en sus manos cuando se bendicen. Así se evitará también bendecir ramos que no se utilicen por los fieles en la procesión porque sobren. Los ramos que se lleven a lasa casas, son más importantes porque recuerden la procesión que porque estén bendecidos. En esta línea estará muy bien que el párroco haga llegar a las casas de los enfermos de la feligresía algunos ramos que se hayan utilizado en la procesión.

Al elegir los cantos para la procesión, lo mejor es cantar el salmo 23 y el 46 y otros en honor de Cristo Rey. Será muy oportuno ensayarlos mientras se va congregando la asamblea.

ÁNGEL GOMEZ
MISA DOMINICAL 1992, 5

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EL SENTIDO DE ESTE DOMINGO
El sexto domingo de Cuaresma recibe el nombre especial de Domingo de Ramos o de Pasión, y constituye el pórtico solemne de la Semana Santa, que culminará en la celebración del Triduo Pascual. En su estructura litúrgica, encontramos una a modo de anticipación de lo que celebraremos en el referido Triduo.

Efectivamente, la celebración del misterio pascual contiene los dos aspectos de muerte y vida, fracaso y triunfo. De la misma manera, los ritos del Domingo de Ramos se estructuran alrededor de dos ejes: la procesión aclamatoria en honor de Cristo y la lectura solemne de su Pasión en la misa. Estos dos aspectos no son contemplados independientemente uno de otro, sino íntimamente entrelazados: en el cortejo triunfal aclamamos a Cristo redentor, que se dispone a iniciar el camino que le conducirá a la cruz, y la lectura de la Pasión se inserta en la celebración de la Eucaristía, memorial de la resurrección del Señor. Daremos unas breves indicaciones para hacer resaltar ambos aspectos, tanto en el modo de organizar los ritos como en la predicación (que forzosamente hoy tiene que ser muy breve).

DOMINGO DE RAMOS

La bendición de los ramos continúa siendo para mucha gente el elemento más típico de este domingo, que algunos llaman el “Día de la Palma”. Conviene hacer un esfuerzo pedagógico para hacer comprender que la verdadera importancia recae en los gestos comunitarios de aclamación en honor de Cristo Rey, más que en el hecho de la bendición y, menos aún, en los ramos, palmas o palmones en sí mismos.

Sea cual sea la forma que se escoja (procesión, entrada solemne, entrada sencilla), de acuerdo con las posibilidades del lugar de celebración, hay que hacer vivir la actitud de homenaje a Cristo Rey, que se dispone a entrar de una manera decidida y voluntaria en el camino que le llevará, primero, al sufrimiento y a la muerte, y, después, al triunfo y a la vida.

Para conseguir esta finalidad, no hace falta necesariamente atacar con dureza ciertas prácticas que, en estricta pureza litúrgica, deberían considerarse espúreas (como la ornamentación extravagante de palmas y palmones, agitarlos con excesiva vehemencia, golpearlos contra el suelo hasta dejar el extremo inferior convertido en “escoba”, etc.). Más bien, se tendría que hallar la manera de reconducir todas estas prácticas a fin de que puedan convertirse en signos alegres de la aclamación popular a Cristo. Personalmente, no me parece mal que, como un elemento más de la aclamación, se invite al pueblo a dirigir un fuerte aplauso a la cruz de Cristo, a modo de rúbrica final de todo el rito conmemorativo de la entrada de Jesús en Jerusalén: así es como acostumbramos a homenajear a los victoriosos .

DOMINGO DE PASIÓN

La lectura solemne de la Pasión de Cristo -precedida por las otras dos lecturas y el salmo responsorial (que sólo se tendrían que suprimir en casos muy excepcionales)- constituye el otro polo de la celebración de este domingo.

La homilía debe ser muy breve, a fin de inculcar al pueblo que el relato de la Pasión es suficiente por sí mismo para hacernos sintonizar con la actitud profunda de Jesús ante el sufrimiento y la muerte.

Todos los relatos evangélicos de la Pasión -y de manera especial el que leemos este año, de san Marcos- sobrecogen por su sobriedad, sinceridad y emoción contenida. De hecho, constituyen el punto álgido del Evangelio: algunos exegetas dicen que cada uno de los evangelios no es más que un relato de la Pasión precedido de una introducción, más o menos larga. Estos relatos, sin embargo, no son una mera crónica de los hechos ocurridos: forman parte de la Buena Nueva del Evangelio, aunque se distingan -en estilo y contenido- del anuncio pascual propiamente dicho. Como dice Bernardo Sesboué (Les récits du salut, París 1991, p. 187), “hablando con propiedad, la resurrección no es objeto de un relato, sino de un anuncio. Eso no introduce ninguna exterioridad entre las dos caras del acontecimiento pascual. Al contrario, se da una interpenetración entre el relato de la pasión del Resucitado y el anuncio de la resurrección del Crucificado. Efectivamente, la pasión es narrada por unos testigos que creen en la resurrección y que justifican el anuncio que hacen de ella mediante el relato de los sufrimientos de Jesús. Únicamente los testigos de la pasión pueden convertirse en los apóstoles del mensaje de la resurrección”.

JOAN LLOPIS
MISA DOMINICAL 1994, 5

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SE ENTRE CRUZAN LOS SENTIDOS

Siempre que celebramos el Domingo de Ramos, se entrecruzan dos sentimientos bien diferentes; por un lado la alegría de recibir a Jesús en el pórtico de la Semana Santa y, por otro lado, la visión que tenemos de que, la pasión, es lo que al final le espera.

Es como aquel turista que iba felizmente en un viaje pero, en la última etapa, veía que existía un muro ante el cual, tenía que detenerse. Un final de viaje, triste.

Pero la Pasión de Jesús, no será un muro infranqueable. Lo recibimos con palmas los mismos que, en Viernes Santo, gritaremos ¡crucifícale! ¡crucifícale!

La vida está sembrada de contradicciones. Alimentada por adhesiones y deserciones. Probada por fidelidades e infidelidades. Y, nosotros, en el Domingo de Ramos, manifestamos que ciertamente, la Pasión, sólo la puede retar alguien como Jesucristo. Alguien que, como El, esté dispuesto a perdonar, olvidar ofensas, cobardías y falsos juicios.

En un mundo en el que vivimos como reyes (por lo menos parte de él) resulta un desafío (o incluso para algunos algo sin sentido) un Jesús montado en un pollino y aclamado, ¡para más INRI! como rey.

Lo cierto es que, el Domingo de Ramos, es el ascenso hacia la Pascua. Aquel que viene en el nombre del Señor, incita muchos sentimientos en aquellos que le acompañamos con ramos y palmas en esta mañana.

¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!

Y, es verdad. La Semana Santa, si algo tiene, es que sigue cristalizando los deseos de un Dios que en Jesús, quiere acercarse y donarse por los hombres.

¡Pero qué ingenuo! Pensarían algunos de los que contemplaron el auténtico cortejo que se dio en la Jerusalén de entonces. ¿Un rey en pollino? Así es Dios. Nos desconcierta. Habla desde el camino de la sencillez. Nos aturde cuando de, una forma casi provocadora, empuja a Jesús a iniciar un viaje feliz a Jerusalén, con un final triste: con un amigo usurero, de la mano de otro que le niega y, sentándose con algunos más, que le abandonan en las horas de más angustia y de soledad.

Interviene Dios, en el Domingo de Ramos, desde la alegría que nos debe de producir un Jesús que sabe lo que le aguarda, a la vuelta de la esquina, por haber apostado por la salvación del hombre.

Habla Dios, en el Domingo de Ramos, para los que tenemos fragilidad e incoherencia: hoy decimos que sí, pero mañana diremos que no.

Se hace presente Dios, en el Domingo de Ramos, como lo hizo desde el mismo nacimiento de Jesús en Belén: con pobreza y sin miedo al ridículo. Fue adorado por los pobres en la gruta de Belén, y es aclamado por el pueblo sencillo y llano, en su entrada a Jerusalén.

¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!

Y la Iglesia, sigue adentrándose en este tercer milenio, en ciudades y conciencias porque sabe que viene y habla en el nombre del Señor. Su sola presencia a unos dejará indiferentes, en otros acarreará aplausos y en otros más, enojo.

La historia se repite. La sociedad, a veces dominada no precisamente por el bien común, se resiente en sus cimientos cuando alguien le recuerda una instancia superior o un bien supremo; una fuerza poderosa, más definitiva y eterna que otorgue un poco más de orden y de solera a la realidad tan enrevesada que padecemos.

Por ello mismo, en el Domingo de Ramos, la iglesia debe de recuperar la fuerza para seguir caminando con ilusión, convencimiento y fortaleza hacia la mañana de resurrección. Siendo consciente de que, por medio, está la cruz, la persecución, las traiciones desde dentro de casa, la blandura de algunos de sus miembros y la incomprensión de otros tantos que tan pronto le aplauden como la apedrean.

Y es que, la vida cristiana, en algunos momentos puede ser así: un encantador viaje con un triste final. Eso sí, la última Palabra por ser de Dios, pondrá a esa tristeza un choque: la resurrección de Cristo. Y, eso, ya no es final triste. Es una traca con destellos de eternidad y de felicidad eterna.

Javier Leoz

EL SIGNO DEL DOMINGO DE RAMOS

Es el último domingo de Cuaresma, que sirve de pórtico a la Semana Santa. La liturgia y la piedad popular se unen en la síntesis de este día, verdadera celebración dominical de la Pasión y, a la vez, conmemoración de la entrada de Jesús en Jerusalén. El título del domingo “de Ramos y de Pasión del Señor” revela bien el carácter paradójico y de contraste que asocia el triunfo de la entrada con el drama de la pasión. Importa, pues, reflexionar brevemente sobre los “signos” que pone de relieve la liturgia para comprender su significado.

1. La reunión. El primer signo es el de una reunión inhabitual en el exterior de la iglesia . Es una convocatoria de los fieles que debe resaltar por su carácter festivo y popular.

2. El desarrollo. A diferencia de otros domingos, el de Ramos tiene un desenvolvimiento original y pedagógico para introducir en la dinámica del misterio pascual: bendición de los ramos, proclamación de la entrada solemne en Jerusalén, procesión a la iglesia, lectura de la pasión, para terminar en la Eucaristía del Resucitado.

3. Los ramos. Como indican las oraciones de bendición, los ramos son destinados ante todo a festejar a Cristo Rey y a aclamar el triunfo de Cristo. Habría que resaltar con algún gesto festivo, por ejemplo levantando los ramos uniformemente en algunos momentos del canto, su significado de aclamación. El altar o la cruz podrían estar adornados con algunos ramos.

4. La cruz. En torno a ella se reúnen los fieles. Podría ser una cruz grande, artística, bella, que sería llevada por varias personas, adultos y niños.

5. La procesión. Es una de las raras veces que este gesto colectivo se propone a los cristianos en domingo. Si no es posible realizar la procesión con toda la asamblea, al menos debe hacerse en alguna representación de sus componentes: niños, jóvenes, adultos, ancianos, religiosas, etc. Es la procesión litúrgica más significativa de toda la semana santa .

6. La Pasión. Es parte muy importante de la celebración. Puede ayudar a su recta proclamación la diversidad de lectores, las diferentes actitudes de la asamblea (sentados de pie, inclinados, de rodillas), las aclamaciones cantadas en algunas partes, incluso donde sea posible, los distintos lugares de lectura: ambón, altar, junto a la cruz.

Andrés Pardo

Eucaristia y el Martirio


La Eucaristía
Autor: P Antonio Rivero LC

Capítulo 21: Eucaristía y martirio

Uno de los objetivos del Año Santo fue el recuerdo de los mártires. ¿Cuántos han sido mártires de la Eucaristía?

Todos conocemos al niño Tarsicio. Es el año 302, en plena persecución del emperador Diocleciano. En Roma, un niño, de nombre Tarsicio, participa de la Eucaristía en las catacumbas de San Calixto. El Papa de entonces le entrega el Pan Consagrado y envuelto en un lino blanco, para que lo lleve a los cristianos que están en la cárcel (¡era para esa ocasión ministro extraordinario de la Comunión!). Sus hermanos cristianos en la cárcel esperan dar pronto su vida por Dios. ¡La Eucaristía engendra mártires!

Tarsicio oculta cuidadosamente el Pan Eucarístico sobre su pecho. Solícito se encamina hacia las cárceles. En el camino encuentra a algunos compañeros no cristianos que juegan y se divierten. Al verlo tan serio sospechan que algo importante está guardando. Al descubrir que Tarsicio lleva los “Misterios”, el odio estalla en sus corazones y en todos los miembros de sus cuerpos. Con puñetazos, puntapiés y pedradas esos muchachos paganos tratan de arrebatarle lo que él aprieta contra su corazón. Aún herido de muerte no suelta la Eucaristía.

Providencialmente pasa por el lugar un soldado cristiano llamado Cuadrato y lo rescata. Lo toma en sus fuertes brazos y lo lleva de regreso a la comunidad cristiana. Allí, ya en agonía, Tarsicio abre sus brazos y devuelve la Eucaristía al Papa que se la había entregado. Tarsicio muere feliz, pues le ha demostrado a Cristo su propia fidelidad hasta la muerte. ¡La Eucaristía engendra mártires!

Para los primeros cristianos la Eucaristía estaba unida a la capacidad de martirio. Tanto para Tarsicio como para esos cristianos ya encarcelados, la Eucaristía les daba fuerzas para soportar todo dolor y sufrimiento.

Es de todos también conocido el ejemplo de san Ignacio de Antioquía que decía a sus hermanos cristianos:”Dejadme ser pan molido para las fieras”. Y así murió, devorado por las fieras. ¡La Eucaristía engendra mártires!

Tenemos también a los famosos mártires de 1934, fusilados en el norte de España, entre ellos san Héctor Valdivielso, argentino. Después de la misa los apresan y los conducen a la cárcel, y a los tres o cuatro días los fusilan.

En México muchos sacerdotes en tiempo de la Guerra Cristera de 1926 a 1929, murieron mártires, entre ellos el padre Agustín Pro, porque no obedecieron la orden masónica del presidente Plutarco Elías Calles: “prohibido celebrar la Eucaristía y todo culto católico, bajo pena de muerte”. Y estos sacerdotes desafiaron esta inhumana y atea orden, porque sentían el deber sagrado de honrar a la Eucaristía y fortalecer al pueblo. No podían vivir sin la Eucaristía. Y murieron mártires.

El beato Karl Leisner, ordenado sacerdote en el campo de concentración de Dachau en Alemania, fue apresado y encarcelado. Tenía como lema “Cristo, tú eres mi pasión”. Celebró su primera y única misa en un barracón del campo de concentración. Sus últimas palabras fueron “Amor, perdón, oh Dios, bendice a mis enemigos”. ¡La Eucaristía engendra mártires!

¿Por qué la Eucaristía da fuerzas para el martirio? Porque en la Eucaristía recibimos el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que murió mártir, y que nos llena de bravura, de fuerza para afrontar cualquier situación adversa. Quien comulga con frecuencia tendrá en sus venas la misma Sangre de Cristo, siempre dispuesta a entregarla y derramarla cuando sea necesario por la salvación del mundo.

Si hoy claudican tantos cristianos, si hay tanto miedo en demostrar que somos cristianos, si hay tanto cálculo, miramiento, cobardía en la defensa de la propia fe, si hoy se pierde con relativa facilidad la propia fe y se duda de ella o se pasa a sectas, ¿no será porque nos falta recibir con más conciencia, fervor y alma pura la Eucaristía?

El efecto número uno de la Eucaristía es la capacidad de sufrir cualquier cosa por Cristo.