Iglesia: Quinto Mandamiento


ÍNDICE:

21.1 Razón de este precepto.
21.2 Forma como se concreta este precepto.
21.1 RAZÓN DE ESTE PRECEPTO

La Iglesia, al ser Madre y preocuparse de las necesidades espirituales y materiales de sus hijos, reclama de ellos oraciones, sacrificios y limosnas.

Con éstas puede ayudar a los más necesitados: los poderes, las misiones, los seminarios, etc.

Además, la ayuda material que los cristianos tienen obligación de prestar a la Iglesia sirve también para el digno sustento de los ministros y para atender al esplendor del culto: edificios, vasos sagrados, ornamentos, etc.

Por las razones expuestas, es lógico que la Iglesia pida a sus hijos algunas contribuciones, e indica que: “los fieles tienen el deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades, de modo que disponga de lo necesario para el culto divino, las obras apostólicas y de caridad y el conveniente sustento de los ministros” (CIC, c. 222 & 1).

La obligación de ayudar económicamente a la Iglesia deriva del hecho de que ésta, aunque es divina por razón de su origen y de su finalidad, se compone de elementos humanos y tiene necesidad de recursos para cumplir su altísimo fin; el mismo Cristo dijo a su discípulos: “el que trabaja tiene derecho a la recompensa” (Lc. 10, 7), y San Pablo: Dios ha ordenado que los que predican el Evangelio, vivan del Evangelio (I Cor. 9, 14).


21.2 FORMA COMO SE CONCRETA ESTE PRECEPTO

En épocas pasadas este deber se concretaba en la entrega de diezmos -la décima parte- o las primicias -las primeras recolecciones- de los frutos de la tierra y de los animales. Actualmente se ha dispuesto de manera distinta, variando las indicaciones de región en región.

Así, para el sostenimiento del culto y del clero en la Arquidiócesis de México, la indicación se concreta en aportar el equivalente de un día de trabajo al año; los que tienen ingresos iguales o menores que el salario mínimo, no están obligados a hacer ninguna aportación.

Conviene notar que este precepto no se cumple con la entrega de limosnas eventuales, sino que ha de hacerse una aportación especial cuya finalidad sea el cumplimiento de este precepto.

Ayudar a la Iglesia obliga en conciencia y en justicia, porque de otra manera no puede atender a los gastos que demanda la dignidad del culto debido a Dios. Esta obligación urge sobre todo en los países en que el Estado no otorga subvenciones a la Iglesia.

Iglesia: Tercer Mandamiento


ÍNDICE:

19.1
 Razón y características de este precepto.
19.2 Disposiciones para el cumplimiento del precepto.
19.3 Otros puntos de interés.
19.3.1 La primera comunión.
19.3.2 La comunión frecuente.
19.3.3 La comunión bajo las dos especies.
19.3.4 El viático.

19.1 RAZÓN Y CARACTERÍSTICAS DE ESTE PRECEPTO

Comprender en toda su profundidad el misterio de la Eucaristía es imposible para una inteligencia creada. Sin embargo, iluminada por la fe, puede percibir la gran importancia que -en sí mismo y en orden a la salvación- tiene este augusto Sacramento. En virtud de su infinito valor per se y de su importancia, la Iglesia señala el precepto de comulgar al menos anualmente.

Su valor intrínseco estriba en el dogma de la Presencia real: en la Eucaristía se contiene verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Los otros sacramentos, la liturgia, la predicación y toda la acción apostólica y misionera de la Iglesia miran a la Eucaristía como su vértice y culmen.

Que sea necesario para la vida eterna se desprende de las mismas palabras del Señor: en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo lo resucitaré en el último día.(Jn. 6, 53-54).

Por todo lo anterior es lógico que la Iglesia promulgue este tercer mandamiento, pues supondría indiferencia ante el Cuerpo y la Sangre del Señor -y tendría por ello razón de pecado- el caso de quien no se acercara, al menos una vez al año, a recibirlo.

Así pues, incumplir este precepto lleva consigo la comisión de pecado mortal.

19.2 DISPOSICIONES PARA EL CUMPLIMIENTO DEL PRECEPTO

La legislación señala que “todo fiel después de la primera comunión, está obligado a comulgar por lo menos una vez al año. Este precepto debe cumplirse durante el tiempo pascual, a no ser que por causa justa se cumpla en tiempo ordinario dentro del año”. (CIC, c. 920). Señalamos considerandos de interés:

1) Es obvio, en primer lugar, que este precepto sólo se cumple si se comulga en estado de gracia. Quien se encuentra en pecado mortal no puede comulgar sin haberse confesado antes, porque cometería un sacrilegio: no basta la contrición, por muy arrepentido que se considere el sujeto.

El Concilio de Trento enseña que “nadie, con conciencia de pecado mortal, por más contrito que esté se acerque a la Sagrada Eucaristía sin haber hecho una confesión sacramental”.(Dz.880).

Explícitamente lo dice San Pablo: “por tanto examínese a sí mismo el hombre; y de esta suerte coma de aquel pan y beba de aquel cáliz. Porque quien lo come y bebe indignamente, se come y bebe su propia condenación, no haciendo el debido discernimiento del Cuerpo del Señor. De aquí es que hay entre vosotros muchos enfermos y sin fuerzas, y muchos que mueren” (I Cor. 11, 28-30).

2) La comunión anual debe hacerse durante el tiempo de pascua, es decir, del domingo de Resurrección hasta el domingo de Pentecostés. Sin embargo, haciendo uso de la facultad otorgada por el Código de Derecho Canónico (cfr. c. 920), en algunos lugares se ha ampliado el tiempo hábil para cumplir este deber.

La Conferencia Episcopal de México determinó alargar el tiempo en que puede cumplirse el precepto: desde el 2 de febrero hasta la fiesta de la Santísima Virgen del Carmen (16 de julio).

3) Por parte del cuerpo se requiere, por precepto, el ayuno eucarístico. La disciplina actual sobre el ayuno eucarístico es la siguiente (cfr. CIC, c. 919):

a) El ayuno -abstención de cualquier alimento y bebida- ha de ser desde una hora antes de la comunión.

b) El agua y las medicinas no rompen el ayuno.

c) Los enfermos o personas de edad avanzada pueden comulgar aunque hayan tomado algo en la hora inmediatamente anterior a la comunión.

d) En el caso anterior se encuentran también las personas que cuidan a los enfermos o a los ancianos.

Como es lógico, la reverencia que debemos al Santísimo Sacramento se debe manifestar especialmente al recibir la comunión, y por eso se hacen necesarias otras disposiciones:

1) La mejor preparación para comulgar es la asistencia a la Santa Misa, y por eso en el Código de Derecho Canónico (c. 918) se aconseja a los fieles que procuren recibir la sagrada comunión dentro de la Santa Misa; sin embargo, aclara también que cuando alguien pide la comunión con causa justa, se le debe administrar fuera de la celebración eucarística.

Esa causa justa es, según la interpretación de los canonistas, la simple satisfacción de la devoción de comulgar diariamente, de tal manera que, cuando se solicita en el lugar y en el momento adecuado, cualquier fiel tiene el derecho de que se le dé la comunión.

2) La adoración debida al Cuerpo de Cristo tiene también otras manifestaciones externas; por eso, aunque esté permitido comulgar de pie, es más acorde a la dignidad del Sacramento comulgar de rodillas (cfr. Instrucción Eucharisticum mysterium, 25-V-1967, n. 34, b).

3) Por el mismo motivo de reverencia y adoración, el modo tradicional de comulgar ha sido, durante muchos siglos, recibiendo la Sagrada Hostia directamente en la lengua, porque es el modo más apto de evitar cualquier peligro de profanación o irreverencia (cfr. Instrucción Memoriale Domini, 29-V-1969: AAS 61 (1969) p. 545).

Por indulto de la Santa Sede, hay lugares donde el Obispo puede autorizar que se comulgue recibiendo la Hostia en la mano. En este caso, para distribuir así la comunión ha de evitarse cualquier peligro de irreverencia hacia el Santísimo Sacramento, y el que se pueda introducir algún error sobre la Presencia real y permanente del Señor en la Eucaristía (cfr. Instr. Inmensae caritatis, 29-I-1973; AAS 65, (1973), p. 270; Notificación de la S.C. para el Culto divino, 3-IV-1985).

Se indica también que “el fiel que ha recibido la Eucaristía en su mano, la llevará a la boca, antes de regresar a su lugar, retirándose lo suficiente para dejar paso al que sigue, permaneciendo siempre de cara al altar” (Notificación…, n. 3).

Además, hay que garantizar eficazmente que no caigan o se dispersen fragmentos de las especies eucarísticas y que las manos estén convenientemente limpias (cfr. Instr. Memoriale Domini, p. 547; Notificación…, n. 6).

Por último, está indicado que “no se obligará a los fieles a adaptar la práctica de la comunión en la mano dejando a cada persona la necesaria libertad para comulgar en la mano o en la boca” (Notificación…, n. 7).

19.3 OTROS PUNTOS DE INTERÉS

19.3.1 LA PRIMERA COMUNIÓN

La Iglesia hace un llamado a los padres o a los que hacen sus veces –e igualmente a los párrocos- para que procuren que todos los niños, al llegar al uso de razón, se preparen y, previa confesión, hagan cuanto antes la primera comunión (cfr. CIC c. 914).

Lógicamente, una vez que el niño tiene uso de razón, la falta de la debida preparación sólo podrá ser imputada a los padres, padrinos o parientes.

19.3.2 LA COMUNIÓN FRECUENTE

La Iglesia ha recomendado vivamente a todos los fieles -sobre todo en los últimos años- la práctica de la comunión frecuente e incluso diaria.

San Pío X enseñaba que “Jesucristo y su Iglesia desean que todos los fieles cristianos se acerquen diariamente al Sagrado convite, principalmente para que unidos con Dios por medio del sacramento, en él tomen fuerzas para refrenar las pasiones, purificarse de las culpas leves cotidianas, e impedir los pecados graves a que está expuesta la debilidad humana” (Decreto Sancta Tridentina Synodus, 20-X-1905).

Actualmente la Iglesia permite recibir una segunda vez el mismo día la Eucaristía, siempre que esta segunda ocasión sea dentro de la Santa Misa en la que participa, puesto que las razones que lo justifican están precisamente en las circunstancias que caracterizan esa celebración (cfr. CIC, c. 917, y la respuesta de la Pontificia Comisión para la interpretación auténtica del Código de Derecho Canónico del 11 -VII- 1984, indicando que sólo se puede comulgar una segunda vez al día, y no más veces).

La única excepción a esta norma es el peligro de muerte, en el que se puede comulgar otra vez fuera de la celebración eucarística.

Para la comunión frecuente y aun diaria no se requiere otra cosa que las disposiciones de precepto (estado de gracia y ayuno eucarístico), y la rectitud de intención, de modo que se haga para agradar a Dios y no por fines humanos o por rutina.

19.3.3 LA COMUNIÓN BAJO LAS DOS ESPECIES

La comunión bajo las dos especies sólo es necesaria para el sacerdote que celebra la Santa Misa.

Lo anterior es verdad de fe, definida en le Conc. de Trento (sesión XXI, can. 1: Dz. 934).

El sacerdote celebrante debe comulgar bajo ambas especies, ya que debe haber hecho la doble consagración para que se realice la inmolación incruenta del Sacrificio de la Misa, y este sacramento debe consumirse, sumiéndole como alimento del alma.

La Iglesia por causas justas introdujo la costumbre de distribuir la comunión a los fieles sólo bajo la especie de pan, y condenó los ataques de los husitas y de los protestantes contra esta costumbre (cfr. Dz. 934-5).

La fe nos dice que bajo cada una de las especies consagradas se contiene Jesucristo entero, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, y al comulgar bajo una especie nadie queda defraudado de ningún efecto del sacramento.

Además, al dar a los fieles la comunión con el vino, hay el peligro de que se derrame algo de Sangre, lo que supondría una injuria a tan gran misterio.

En algunos casos determinados, la Iglesia ha concedido la facultad de distribuir a los fieles en la Misa la comunión bajo ambas especies.

Estos casos están expresamente enumerados en el n. 242 de la Institutio Generalis Missalis Romani. En el n. 240 de este mismo documento se señala que, cuando se da la comunión bajo ambas especies, hay obligación de garantizar que los fieles conocen bien, sin peligro de error, la doctrina de la Iglesia sobre este tema, y que no hay riesgo de falta de reverencia al Santísimo Sacramento.

19.3.4 EL VIÁTICO

La comunión se llama viático cuando se recibe en peligro de muerte.

La palabra viático significa “provisión” para el viaje, y en efecto, la comunión del enfermo en peligro de muerte es ayuda para el gran viaje de la eternidad.

La Iglesia, llena de amor por todas las almas, establece que “se debe administrar el Viático a los fieles que, por cualquier motivo, se hallan en peligro de muerte” (CIC, c. 921).

Iglesia: Segundo Mandamiento


ÍNDICE:

18.1 Razón del precepto.
18.2 Cumplimiento del precepto.
A. Edad.
B. Tiempo en que se ha de cumplir.
C. Otras consideraciones.
D. Advertencia.
18.3 La confesión frecuente o por devoción.


18. SEGUNDO MANDAMIENTO:


CONFESAR LOS PECADOS MORTALES AL MENOS UNA VEZ AL AÑO

El cristiano, liberado del pecado por el Bautismo, al estar dotado de libertad, puede volver a pecar y de hecho peca, de forma que su vida se convierte de algún modo en un recomenzar muchas veces, ya que necesita constantemente convertirse a Dios, con el que ha roto sus relaciones por el pecado mortal, o ha hecho que se enfriaran por el pecado venial. De aquí que la solicitud de la Iglesia por los pecadores se manifiesta principalmente en su interés porque se reconcilien con Dios, y preceptúa desde antiguo este mandamiento. Busca así animar al pecador para que obtenga con frecuencia el perdón de Dios.

Lo ha recordado el Papa Paulo VI, calificando el precepto anual de la confesión como uno de los más graves de la Iglesia “… (el deber anual de confesarnos) es deber de acercarnos sinceros y personalmente al sacramento de la penitencia, acusando los propios pecados con humilde y sincero arrepentimiento y con propósito de enmienda… Es éste uno de los preceptos más graves de la Iglesia: un precepto en todo su rigor; una ley difícil, pero muy saludable, sabia y liberadora” (Alocución, 23-III-1977).

Nótese que el Papa señala la necesidad de la confesión personal para el cumplimiento del precepto; también menciona las condiciones de contrición y propósito de enmienda, indispensables para la confesión válida.


18.1 RAZÓN DEL PRECEPTO

¿Cuál es la razón por la que la Iglesia ordena que el fiel se confiese por lo menos anualmente? ¿No es gravar más la conciencia del pecador haciendo que, por cada año transcurrido, se incrementen en uno sus pecados mortales?

Sin embargo, al observar las cosas detenidamente, encontraremos el motivo: aquel que ha pecado gravemente manifestaría poco aprecio por la gracia santificante si en un tiempo prudencial que la Iglesia benévolamente determinó en un año, no busca la reconciliación con Dios. Por tanto, pecaría gravemente por el hecho de ser remiso en la búsqueda de la liberación del pecado.

De lo anterior se sigue que este precepto es una de tantas concreciones del mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas: fallaría en el amor que es unión, comunicación aquel que voluntariamente permanezca largo tiempo desunido del objeto de su amor.

En virtud de la importancia de los motivos antes expuestos, ya desde antiguo (IV Concilio de Letrán, año de 1215), la Iglesia estableció el deber de la confesión anual de los pecados mortales.


18.2 CUMPLIMIENTO DEL PRECEPTO

A. Edad

Como alrededor de los siete años comienza el uso de la razón, y se pueden cometer ya pecados mortales, la Iglesia señala la necesidad de acercarse al sacramento de la penitencia a partir de esa edad, por lo menos una vez al año: todo fiel que haya llegado al uso de razón está obligado a confesar fielmente sus pecados graves, al menos una vez al año (CIC, c. 989).

Es un precepto que obliga a todos los que han llegado al uso de razón, independientemente de si tienen o no siete años puede ser incluso antes, pues llegado al uso de razón el niño es consciente de hacer una cosa mala, y entonces debe arrepentirse y confesarse de ella.

De acuerdo a la doctrina enseñada por S. Pío X (cfr. Decr. Quam singulari, I), la Iglesia ha vuelto a indicar que los niños reciban desde esa temprana edad el sacramento de la penitencia (cfr. AAS 64(1972) 173-176; AAS 65(1973) 410), saliendo al paso de falsas teorías que niegan que los niños a esta edad puedan pecar y necesiten de este sacramento. Estas teorías puestas en práctica privarían a los niños de la gracia sacramental para luchar contra el pecado, produciéndoles graves daños.


B. Tiempo en que se ha de cumplir

La esencia de este mandamiento es la confesión de los pecados mortales, abriendo al cristiano, separado de Dios por el pecado, la posibilidad de reanudar la vida de la gracia y la participación de la vida divina en su alma, de acuerdo a las siguientes consideraciones:

1) Una vez al año: en el mandamiento se prescribe, en primer lugar, la confesión anual de los pecados mortales. El precepto obliga gravemente, y no cesa la obligación de confesarse aun cuando haya pasado el año; en ese caso hay obligación de hacerlo cuanto antes.

2) Periodo: la Iglesia no ha determinado el tiempo de la confesión anual; pero es costumbre verificarla en el tiempo de cuaresma, ya por ser tiempo de especial contrición, ya porque alrededor de él obliga el precepto de la comunión anual.

C. Otras consideraciones

1) Como la confesión ha de estar bien hecha, no cumple con el mandamiento quien realiza una confesión sacrílega.

2) Teóricamente, este precepto no obligaría al fiel que, al cabo de un año, no tuviera ningún pecado mortal que confesar, pues los pecados veniales se perdonan también por otros medios.

Sin embargo, parece difícil que eso suceda con aquél que no busca de modo habitual el auxilio de la confesión frecuente para vencer en la lucha contra el pecado.

3) Sobre las normas relativas a las absoluciones generales, vid CIC, cc. 961-3.

D. Advertencia

Este precepto se sitúa al margen de la necesidad de la confesión para recibir los sacramentos que exigen el estado de gracia, pues determina una obligación más primaria ante Dios, que es la de reconciliarnos con Él. Recordamos que también hay obligación grave de confesarse:

1) En peligro de muerte: todo cristiano está obligado en el momento de su muerte a disponer su alma para que se presente ante Dios para ser juzgado. Si en este momento tuviera pecados mortales, está obligado a confesarlos y, pudiendo hacerlo, no le bastaría el acto de contrición.

Quien no pueda confesarse en caso de peligro de muerte, debe moverse a un acto de contrición perfecta, con propósito de confesarse en la primera oportunidad.

2) Si se va a recibir alguno de los sacramentos de vivos (Confirmación, Unción de Enfermos, Orden Sacerdotal, Matrimonio y Eucaristía). Quien tuviera conciencia de estar en pecado mortal debe antes confesarse: no basta hacer un acto de contrición.

Es particularmente grave recibir la Eucaristía en pecado mortal, pues supone recibir indignamente el mismo Cuerpo y la misma Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Lo ha vuelto a recordar la legislación eclesiástica: Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave, no celebre la Misa ni comulgue el Cuerpo del Señor, sin acudir antes a la confesión sacramental, a no ser que ocurra un motivo grave y no haya posibilidad de confesarse; y en este caso, tenga presente que está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de confesarse cuanto antes (CIC, c. 916).

18.3 LA CONFESIÓN FRECUENTE O POR DEVOCIÓN

La Iglesia, al decir que al menos una vez al año se debe recibir el sacramento de la confesión, manifiesta su deseo de que los fieles se acerquen a él con más asiduidad.

La confesión frecuente es un medio necesario para que el pecador venza el pecado; no sólo es el camino ordinario para obtener el perdón y la remisión de los pecados graves cometidos después del bautismo, sino que es además muy útil para la perseverancia en el bien. Resulta muy difícil que viva alejado de culpa grave quien rara vez se confiesa.

En este sentido, cabe también recordar que aquel que no hubiese cometido pecados mortales, no estaría, en rigor de ley, obligado a confesarse, ya que los pecados veniales se perdonan también por otros caminos, en especial por la recepción devota de la Eucaristía. Sin embargo, la Iglesia recomienda la confesión frecuente de los pecados, aunque no se tengan pecados mortales:

“Para progresar cada día con mayor fervor en el camino de la virtud, queremos recomendar con mucho encarecimiento el piadoso uso de la confesión frecuente, introducido por la Iglesia no sin una inspiración del Espíritu Santo: con él se aumenta justo conocimiento propio, crece la humildad cristiana, se hace frente a la tibieza e indolencia espiritual, se purifica la conciencia, se robustece la voluntad, se lleva a cabo la saludable dirección de las conciencias y aumenta la gracia en virtud del Sacramento mismo” (Pío XII, Enc. Mystici Corporis, AAS 35, 1943, p. 234).

El mismo Papa se lamentaba de errores que desaconsejan la confesión frecuente: “ciertas opiniones que algunos propagan sobre la frecuente confesión de los pecados son enteramente ajenas al Espíritu de Jesucristo, y de su inmaculada Esposa, y realmente funestas para la vida espiritual” (Enc. Mediator Dei, AAS 39, 1947, p. 585).

No debe olvidarse, en efecto, que los pecados veniales, recta y provechosamente y lejos de toda presunción, pueden decirse en confesión (Conc. de Trento: DZ. 899), ya que aunque no es necesario confesarlos para que el sacramento sea válido, y pueden ser también perdonados por otros medios, no ha de caerse en las falsas opiniones de los que aseguran que no hay que hacer tanto caso de la confesión frecuente de los pecados veniales, cuando tenemos aquella más aventajada confesión general que la Esposa de Cristo hace cada día, con sus hijos unidos a ella en el Señor, por medio de los sacerdotes, cuando están para ascender al altar de Dios (Pío XII, Enc. Mystici Corporis: AAS 35, 1943, p. 235).

La confesión frecuente es una recomendación sancionada por el Código de Derecho Canónico para los sacerdotes, para los religiosos y para los seminaristas (cfr. CIC, can. 276, 5°; 246 & 4).

El Concilio Vaticano II nos recuerda que todos estamos llamados a la santidad, y para alcanzar esa plenitud de vida cristiana hay que recibir con frecuencia los sacramentos: “es de suma importancia que los fieles… reciban con la mayor frecuencia posible aquellos sacramentos que han sido instituidos para alimentar la vida cristiana” (Const. Sacrosanctum Concilium, n. 59).

Por eso está prohibido taxativamente disuadir a los fieles de la práctica de la confesión frecuente: “por lo que se refiere a la confesión frecuente o de devoción, los sacerdotes no osen disuadir de ella a los fieles” (Normae pastorales circa absolutionem sacramentalem generali modo impertiendam, 16-VI-1972: AAS 64, 1972, p. 514).

Es claro que si no sólo no se fomenta, sino que de algún modo esa confesión frecuente se dificulta, el sacramento quedará reservado a los casos de estricta necesidad, para la remisión de los pecados mortales, con el consiguiente y grave riesgo de difamación:

“absolutamente se ha de evitar que la confesión individual se reserve sólo para los pecados graves; pues esto privaría a los fieles del mejor fruto de la confesión y dañaría la fama de aquellos que individualmente se acercan a este Sacramento” (Normae pastorales circa absolutionem sacramentalem…, p. 514).

Primer mandamiento de la Iglesia


ÍNDICE:

17.1 Modo de cumplirlo.
A. Día previsto.
B. Presencia corporal.
C. Integridad.
D. Atención exterior.
E. Devoción.
17.2 Causas que dispensan de la Misa.
A. Imposibilidad física.
B. Grave necesidad privada o pública.
C. Grave daño.


17. PRIMER MANDAMIENTO: OÍR MISA ENTERA LOS DOMINGOS Y FIESTAS DE PRECEPTO

La obligación que tenemos de emplear parte de nuestro tiempo para consagrarlo al culto de Dios, es una ley escrita en el corazón, por lo que la conoceríamos aun cuando Dios no nos hubiera dado el precepto en el Monte Sinaí. Para ayudarnos a cumplir esa ley natural, Dios se reservó para Él un día a la semana, el sábado, que después la Iglesia cambió al domingo.

“El domingo y las demás fiestas de precepto -nos señala el canon 1247 del CIC- los fieles tienen obligación de participar en la Misa”.

a) La razón de este precepto eclesiástico tiene su claro fundamento, como ya señalamos, en el derecho divino: es de ley natural rendir culto a Dios, y la Santa Misa es el acto fundamental del culto católico.

b) A la Iglesia le ha parecido oportuno concretar el tercer mandamiento del decálogo del modo arriba indicado, y en el cumplimiento de ese precepto encuentran los cristianos no sólo un deber, sino sobre todo un inmenso privilegio y honor:

Conviene, pues, venerables hermanos, que todos los fieles se den cuenta de que su principal deber y mayor dignidad consiste en la participación en el sacrificio eucarístico (Pío XII, Enc. Mediator Dei, n. 22).

c) Queda manifiesta la sublime dignidad de la Misa si consideramos detenidamente las palabras con que el CIC la define:

“El sacrificio eucarístico, memorial de la muerte y resurrección del Señor, en el cual perpetúa a lo largo de los siglos el Sacrificio de la Cruz, es el culmen y la fuente de todo el culto y de toda la vida cristiana” (c. 897).

Para santificar los domingos y otros días festivos, tributamos a Dios el culto de adoración más digno de Él.

Ya los primeros cristianos entendieron que el culto más apropiado para esos días era la Misa, y la Iglesia no necesitaba obligarlos a asistir al Santo Sacrificio, puesto que ya ellos lo consideraban la realidad más importante de su vida.

Pero cuando por efecto del arrianismo y de las invasiones de los bárbaros se perdió ese espíritu primitivo, la Iglesia se vio obligada, en el siglo V, a decretar el precepto de la asistencia a Misa.

Este mandamiento obliga -bajo pecado mortal- a todos los fieles que tienen uso de razón y han cumplido los siete años. De ésta manera la Iglesia determina y facilita el cumplimiento del tercer mandamiento de la ley de Dios. Además pedagógicamente enseña la importancia de la Misa para que asistamos con más frecuencia.

17.1 MODO DE CUMPLIRLO

A. Día previsto. Este precepto hay que cumplirlo precisamente el día que está mandado, pasado el cual cesa de obligar. Y así, el que dejó de oír Misa ese día, aunque sea culpablemente, no está obligado a ir al día siguiente, ni cumple con el precepto por ir otro día.

Sin embargo, como es sabido, actualmente este precepto puede vivirse asistiendo a la Misa vespertina del sábado o del día anterior a la fiesta (cfr. Instr. Eucharisticum Mysterium, n. 28; CIC, c. 1248).


Además de todos los domingos del año, son días de precepto en la República Mexicana:

1) 12 de diciembre: Solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe.

2) 25 de diciembre: Natividad de Nuestro Señor Jesucristo.

3) 1 de enero: Maternidad Divina de María.

4) La Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor (Corpus Christi), el jueves posterior a la Solemnidad de la Santísima Trinidad.

B. Presencia corporal. La asistencia a la Santa Misa debe ser real, es decir, el fiel ha de hallarse en el interior de la Iglesia o, si no le es posible entrar, estar unido a quienes están dentro.

Por tanto, no cumple el precepto el que sigue la Misa por radio o televisión, ni el que permanece tan alejado del grupo que no se le puede considerar como formando parte de los asistentes.

No se requiere sin embargo estar estrictamente dentro del recinto del templo; basta que forme parte de los que asisten a Misa -aunque sea en la misa calle, si la iglesia está abarrotada- y puede seguirlos, de algún modo, por el sonido de la campanilla o las actitudes de los demás, etc.


C. Integridad.
 Por este término se designa la obligación de asistir a la Misa entera, lo que significa que, supuesta la intención recta, no debe omitirse una parte notable para cumplir el precepto.

Se omite una parte notable si no se asiste a la llamada “parte sacrificial” de la Misa, es decir, que al menos se ha de estar presente del ofertorio a la comunión del sacerdote.

El que ha omitido una parte notable de la Misa debe oír Misa entera, o, al menos, suplir lo que le falte en otra Misa posterior. Es lícito oír dos medias Misas, sucesivas no simultáneas, con tal de que la Consagración y la Comunión pertenezcan a la misma (cfr. Dz. 1203).

D. Atención exterior. Para comprender este requisito, antes hemos de señalar que la atención a la Misa puede ser:

– Exterior: consiste en evitar acciones incompatibles con la Misa a la que se asiste: por ejemplo, leer un libro que no tenga relación con el Santo Sacrificio, platicar con un amigo, contemplar las vidrieras, dormirse, etc.

– Interior: consiste en advertir el Sacrificio al que se asiste y darse cuenta de sus partes diversas.

El que asista materialmente a Misa guardando al menos atención y compostura externa (es decir, con atención exterior) -aunque con la mente esté en otra cosa (falta de atención interior)-, cumple lo esencial del precepto para no incurrir en falta grave.

No cumplir, sin embargo, la finalidad intentada por la Iglesia en orden a dar culto a Dios mediante la participación en el Santo Sacrificio de la Misa, ya que se busca “que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que, comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada” (Conc. Vaticano II, Const. Sacrosanctum Conciliu, n. 48).

E. Devoción. Para obtener buen fruto de la Misa debemos no sólo atender a ella, sino asistir con espíritu de fe y sentimientos de piedad. Basta que pensemos que la Misa es la renovación del Sacrificio de la Cruz, para darnos cuenta que no puede haber nada más divino y digno de nuestro esfuerzo, ni más útil para conseguir el aumento de la gracia.


Los medios más aconsejados para asistir a Misa con devoción son:

1) unir nuestra intención a las intenciones con que Jesucristo se ofrece en ella;

2) seguir al sacerdote en las diversas partes del Sacrificio, por ejemplo, a través de un adecuado devocionario o Misal;

3) recitar en voz alta todas aquellas oraciones en las que debamos intervenir;

4) pedir ayuda a la Santísima Virgen, que asistió a Cristo al pie de la Cruz, pues es el mismo Sacrificio.

Resulta evidente que mientras más nos empapemos del espíritu e intenciones de Cristo al inmolarse en el altar, y mientras más nos unamos a su Sacrificio, tanto más fruto sacaremos de él.


17.2 CAUSAS QUE DISPENSAN DE LA MISA

En general, las circunstancias que pueden dispensar de asistir a Misa son: la imposibilidad física, una grave necesidad privada o pública y el grave daño que se pueda seguir para sí mismo o para el prójimo.

A. Imposibilidad física: si se está enfermo, por ejemplo, y no puede razonablemente levantarse para asistir a Misa; los débiles y convalecientes están dispensados si les supone un grave inconveniente; el que vive muy lejos de la Iglesia y emprender el viaje le produce serios problemas (no puede determinarse la distancia, pues depende de los medios de transporte con los que se cuente).

B. Grave necesidad privada o pública: puede igualmente dispensarnos de asistir a Misa. Los que cuidan enfermos o niños muy pequeños, por ejemplo, los que están obligados a trabajos urgentes y no pueden hacerse reemplazar. Los trabajadores podrán estar dispensados de asistir a Misa, pero deben hacer lo posible por modificar su situación.

C. Grave daño: si por asistir a Misa se sigue un grave daño, para sí mismo o para el prójimo, existe razón suficiente para faltar a ella. La razón la hemos explicado antes (cfr. 2.4.2): en leyes puramente eclesiásticas, el legislador no tiene intención de obligar si de ahí se sigue un grave incómodo.

Las reglas generales dadas arriba no resultan siempre fácilmente aplicables por la multitud de situaciones que pueden darse en la vida ordinaria (por ejemplo, si hay razón suficiente para faltar ante una enfermedad leve, ante un viaje largo, etc.). En estos casos de duda hay que tratar de salir de ellas consultando, haciendo oración, etc.