Moniciones de la celebracion de la Transfiguración del Señor


LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR CICLO A

Video con la liturgia de este dia

MONICION DE ENTRADA

(Saludo) Hoy en esta celebración contemplamos la transfiguración del Señor.  Agradezcámosle a Dios la oportunidad que nos da de estar cerca de su hijo amado y escuchémosle. Nos disponemos con gozo a participar en esta santa misa.

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA: Dan 7, 9-10.13-14

Salmo 96

Segunda Lectura: 2 Pe 16-19

Evangelio: 17, 1-9

 

MONICION A LAS LECTURAS (unica)

En las lecturas de este día, recordamos el momento de la transfiguración del Señor que hoy se nos invita a contemplar. Dios quiso darnos una pequeña prueba de su gloria y nos presenta a Jesús como su hijo amado. Escuchemos

MONICION A LAS LECTURAS (Individual)

Primera Lectura:

Dentro de una impresionante liturgia celestial, el profeta contempla a Dios en la figura de un venerable Anciano que trasmite sus poderes a un misterioso “Hijo de Hombre”… Éste vendrá a ser luego uno de los títulos mesiánicos preferidos por Jesús al hablar de sí mismo.

Segunda Lectura:

San Pedro evocando la inolvidable experiencia de la Transfiguración, nos la presenta como algo que supera en esplendor a la ley y a los profetas… Esta revelación ha de ser “como una lampara” que ha de iluminar nuestros pasos en la oscuridad de la existencia

Evangelio:

La Transfiguración tiene lugar en un momento crítico, una vez que Jesús ha anunciado a sus discípulos su pasión y su muerte… Este hecho extraordinario que anticipa la gloria de la Pascua, viene a devolverles la confianza a Él.

 

MONICION A LAS OFRENDAS

Iluminados por la gracia y divinidad de Cristo, acerquemos al altar estos dones de pan y vino junto a nuestros esfuerzos por mejorar constantemente según sus enseñanzas.

 

MONICION A LA COMUNION

El amor de Cristo se ha manifestado en su sacrificio santo, para quedarse siempre en nosotros. Movidos por este amor, acerquémonos a recibirle con fe y agradecimiento.

 

MONICION DE DESPEDIDA

Vayamos a nuestros hogares con la alegría de seguir a Jesucristo,  que   ilumina nuestro camino con su luz.

 

ORACION DE LOS FIELES

Invoquemos a Dios, nuestro Padre, que al revelarnos la gloria de su Hijo amado nos muestra, además, la firme esperanza a la que todos estamos llamados:

1.- Para que Dios conceda a las Iglesias de Oriente, que hoy celebran con gran solemnidad la Transfiguración de Jesucristo, gozarse en la luz esplendorosa de la gloria que el Señor hace resplandecer hoy sobre ellas. Roguemos al Señor

2.- Para que quienes empiezan a sentirse atraídos por Jesús y su Evangelio encuentren quien os ayude a transformar la simple admiración en una fe plena en Jesucristo, el Hijo muy amado del Padre. Roguemos al Señor

3.- Para que Dios fortalezca a los enfermos con la esperanza de que su frágil condición será transformada según el modelo de la condición gloriosa de Jesucristo, nuestro Salvador. Roguemos al Señor

4.- Para que el Dios de la gloria, que nos llama a vivir continuamente en su presencia, nos conceda el espíritu de contemplación y de oración, de manera que gustemos, ya desde ahora, el gozo que Él nos prepara en el cielo. Roguemos al Señor

Escucha nuestra oración, Dios todopoderoso y eterno, e ilumínanos con tu gracia, para que vivamos siempre a la espera de la manifestación definitiva de nuestro Redentor Jesucristo. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

 

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Transfiguración, lo que Cristo es


Autor: P. Cipriano Sánchez LC | Fuente: Catholic.net
Transfiguración, lo que Cristo es
Segundo domingo Cuaresma. ¿Sabemos nosotros llenar esos pozos de tristeza con la auténtica felicidad, que es Cristo?
Transfiguración, lo que Cristo es

La Transfiguración del Señor es particularmente importante para nosotros por lo que viene a significar. Por una parte, significa lo que Cristo es; Cristo que se manifiesta como lo que Él es ante sus discípulos: como Hijo de Dios. Pero,además, tiene para nosotros un significado muy importante, porque viene a indicar lo que somos nosotros, a lo que estamos llamados, cuál es nuestra vocación.

Cuando Pedro ve a Cristo transfigurado, resplandeciente como el sol, con sus vestiduras blancas como la nieve, lo que está viendo no es simplemente a Cristo, sino que, de alguna manera, se está viendo a sí mismo y a todos nosotros. Lo que San Pedro ve es el estado en el cual nosotros gloriosos viviremos por la eternidad.

Es un misterio el hecho de que nosotros vayamos a encontrarnos en la eternidad en cuerpo y alma. Y Cristo, con su verdadera humanidad, viene a darnos la explicación de este misterio. Cristo se convierte, por así decir, en la garantía, en la certeza de que, efectivamente, nuestra persona humana no desaparece, de que nuestro ser, nuestra identidad tal y como somos, no se acaba.
Está muy dentro del corazón del hombre el anhelo de felicidad, el anhelo de plenitud. Muchas de las cosas que hacemos, las hacemos precisamente para ser felices. Yo me pregunto si habremos pensado alguna vez que nuestra felicidad está unida a Jesucristo; más aún, que la Transfiguración de Cristo es una manifestación de la verdadera felicidad.

Si de alguna manera nosotros quisiéramos entender esta unión, podríamos tomar el Evangelio y considerar algunos de los aspectos que nos deja entrever. En primer lugar, la felicidad es tener a Cristo en el corazón como el único que llena el alma, como el único que da explicación a todas las obscuridades, como dice Pedro: “¡Qué bueno es estar aquí contigo!”. Pero, al mismo tiempo, tener a Cristo como el único que potencia al máximo nuestra felicidad.

Las personas humanas a veces pretendemos ser felices por nosotros mismos, con nosotros mismos, pero acabamos dándonos cuenta de que eso no se puede. Cuántas veces hay amarguras tremendas en nuestros corazones, cuántas veces hay pozos de tristeza que uno puede tocar cuando va caminando por la vida.

¿Sabemos nosotros llenar esos pozos de tristeza, de amargura o de ceguera con la auténtica felicidad, que es Cristo? Cuando tenemos en nuestra alma una decepción, un problema, una lucha, una inquietud, una frustración, ¿sabemos auténticamente meter a Jesucristo dentro de nuestro corazón diciéndole: «¡Qué bueno es estar aquí!»?

Hay una segunda parte de la felicidad, la cual se ve simbolizada en la presencia de Moisés y de Elías. Moisés y Elías, para la mentalidad judía, no son simplemente dos personaje históricos, sino que representan el primero la Ley, y el segundo a los Profetas. Ellos nos hablan de la plenitud que es Cristo como Palabra de Dios, como manifestación y revelación del Señor a su pueblo. La plenitud es parte de la felicidad. Cuando uno se siente triste es porque algo falta, es porque no tiene algo. Cuando una persona nos entristece, en el fondo, no es por otra cosa sino porque nos quitó algo de nuestro corazón y de nuestra alma. Cuando una persona nos defrauda y nos causa tristeza, es porque no nos dio todo lo que nosotros esperábamos que nos diera. Cuando una situación nos pone tristes o cuando pensamos en alguien y nos entristecemos es porque hay siempre una ausencia; no hay plenitud.

La Transfiguración del Señor nos habla de la plenitud, nos habla de que no existen carencias, de que no existen limitaciones, de que no existen ausencias. Cuántas veces las ausencias de los seres queridos son tremendos motivos de tristeza y de pena. Ausencias físicas unas veces, ausencias espirituales otras; ausencias producidas por una distancia que hay en kilómetros medibles, o ausencias producidas por una distancia afectiva.

Aprendamos a compartir con Cristo todo lo que Él ha venido a hacer a este mundo. El saber ofrecernos, ser capaces de entregarnos a nuestro Señor cada día para resucitar con Él cada día. “Si con Él morimos -dice San Pablo- resucitaremos con Él. Si con Él sufrimos, gozaremos con Él”. La Transfiguración viene a significar, de una forma muy particular, nuestra unión con Cristo.

Ojalá que en este día no nos quedemos simplemente a ver la Transfiguración como un milagro más, tal vez un poquito más espectacular por parte de Cristo, sino que, viendo a Cristo Transfigurado, nos demos cuenta de que ésa es nuestra identidad, de que ahí está nuestra felicidad. Una felicidad que vamos a ser capaces de tener sola y únicamente a través de la comunión con los demás, a través de la comunión con Dios. Una felicidad que no va a significar otra cosa sino la plenitud absoluta de Dios y de todo lo que nosotros somos en nuestra vida; una felicidad a la que vamos a llegar a través de ese estar con Cristo todos los días, muriendo con Él, resucitando con Él, identificándonos con Él en todas las cosas que hagamos.

Pidamos para nosotros la gracia de identificarnos con Cristo como fuente de felicidad. Pidámosla también para los que están dentro de nuestro corazón y para aquellas personas que no son capaces de encontrar que estar con Cristo es lo mejor que un hombre o que una mujer pueden tener en su vida.

la Transfiguración de Jesús


Autor: P Juan Pablo Menéndez | Fuente: Catholic.net
La Transfiguración de Jesús
Marcos 9, 2-13. En la Eucaristía, podemos decirle a Jesús “que bien se está aquí”.
La Transfiguración de Jesús

Del santo Evangelio según san Marcos 9, 2-13

En aquel tiempo Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún batanero en la tierra sería capaz de blanquearlos de ese modo. Se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Toma la palabra Pedro y dice a Jesús: «Rabbí, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías»; – pues no sabía qué responder ya que estaban atemorizados.. Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: «Este es mi Hijo amado, escuchadle» Y de pronto, mirando en derredor, ya no vieron a nadie más que a Jesús solo con ellos. Y cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.

Oración introductoria

Qué a gusto estoy contigo en oración, Señor y Padre mío. Pero qué fácil es que convierta mi oración en un necio monólogo, en palabrería centrada en mí mismo… Por eso te pido, humildemente, la luz y la fuerza de tu Espíritu Santo que pueden transfigurar esta meditación en un auténtico momento de contemplación.

Petición

Señor, dame la gracia de tener una fuerte experiencia de tu presencia en este oración.

Meditación del Papa

Según los sentidos, la luz del sol es la más intensa que se conoce en la naturaleza, pero, según el espíritu, los discípulos vieron, por un breve tiempo, un esplendor aún más intenso, el de la gloria divina de Jesús, que ilumina toda la historia de la salvación. San Máximo el Confesor afirma que “los vestidos que se habían vuelto blancos llevaban el símbolo de las palabras de la Sagrada Escritura, que se volvían claras, transparentes y luminosas” […] La Transfiguración no es un cambio de Jesús, sino que es la revelación de su divinidad, “la íntima compenetración de su ser con Dios, que se convierte en luz pura. En su ser uno con el Padre, Jesús mismo es Luz de Luz”. Pedro, Santiago y Juan, contemplando la divinidad del Señor, se preparan para afrontar el escándalo de la cruz, como se canta en un antiguo himno: “En el monte te transfiguraste y tus discípulos, en la medida de su capacidad, contemplaron tu gloria, para que, viéndote crucificado, comprendieran que tu pasión era voluntaria y anunciaran al mundo que tú eres verdaderamente el esplendor del Padre”. Queridos amigos, participemos también nosotros de esta visión y de este don sobrenatural, dando espacio a la oración y a la escucha de la Palabra de Dios» (Benedicto XVI, 20 de marzo de 2011).

Reflexión

Hoy parece ser el día de la revelación del Señor. Nos ha asegurado que algunos de los presentes no morirían sin ver la gloria de Dios. Pues bien, ya nos lo ha mostrado el evangelio: “…y se transfiguró delante de sus discípulos…”

Durante su vida terrena, no sólo hubo una sola transfiguración, sino que hubo más revelaciones o manifestaciones de su divinidad: el Nacimiento anunciado a los pastores, la voz que clama al salir Él de las aguas después de su bautismo, la entrada en Jerusalén, la Eucaristía, su muerte en la Cruz, su resurrección y ascensión a los cielos…

Pero, ¿cuáles son las transfiguraciones de Cristo en estos días? Parece ser que hay una que todos los días se lleva acabo: la Consagración del pan y del vino en su Cuerpo y su Sangre. Esa es la mayor manifestación que hay en nuestros días. Allí no están presentes ni Elías ni Moisés, sino solamente la Trinidad que nos da la certeza de estar presenciando un acto misterioso y milagroso a la vez.

Cristo nos invita a verle en la Eucaristía con ojos de fe, y decirle como Pedro: ¿qué bien se está aquí, Señor? Él nos está esperando para que le encontremos en el sagrario. Él está allí, y se te transfigurará sólo si estás dispuesto a seguirle con humildad y amor.

Propósito

Invocar a la Virgen María, para que me ayude a escuchar y seguir siempre al Señor Jesús, hasta la pasión y la cruz, para participar también en su gloria.

Diálogo con Cristo

Jesús, gracias por invitarme a subir al monte alto de la oración, porque quieres transfigurarte para que pueda comprender la grandeza de tu gloria y pueda así convertirme en ese discípulo y misionero, que con tu gracia, acerca a otras personas, especialmente de mi familia, a experimentar la luz de tu Palabra, el consuelo de tu cercanía, lo maravilloso de tu amor.
Permite que salga de esta oración configurado contigo para revestir con tu amor mis pensamientos, palabras y obras.

Monición para el Segundo Domingo de Cuaresma Ciclo B


MONICION PARA EL SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA CICLO B

Escuchando al Hijo Amado…

M.R. Pág. 67  /  Lecc. I Pág. 179

 

MONICION DE ENTRADA

(Saludo) Hoy en esta celebración contemplamos la transfiguración del Señor.  Agradezcámosle a Dios la oportunidad que nos da de estar cerca de su hijo amado y escuchémosle. Nos disponemos con gozo a participar en esta santa misa.

 

Ó

 

(Saludo) El Señor nos invita hoy a renovar nuestra vida, siguiéndolo en el camino de la cruz. Este es el único camino que conduce a la gloria del Hijo de Dios. Iniciemos esta celebración

 

Ó

 

Este segundo domingo de cuaresma estamos invitados a poner  los ojos en Jesús, fijemos nuestra mirada en su vida, en sus obras. porque en Jesús  encontramos un modelo para alcanzar la meta de nuestra alegría y vida cristiana.

 

LITURGIA DE LA PALABRA

Primera Lectura: Gen 22, 1-2 . 9-13 . 15-18

Salmo115

Segunda Lectura: Rom 8, 31-34

Evangelio: Mc 9, 2-10

 

MONICION A LAS LECTURAS (Única)

La fe de Abraham y el amor de Dios se manifiesta en Jesucristo. Él el hijo amado es nuestro motivo de reunión cada semana para celebrar su triunfo sobre la muerte y el pecado.

 

ó

 

La gloria de Dios se hace presente en la persona que lo acepta, ama y obedece. Cristo transfigurado es un ejemplo que gran amor que Dios tiene por nosotros.

 

Ó

 

Las lecturas, nos ponen como ejemplo la fe de Abraham y el amor de Dios que se manifiesta en la persona de Jesucristo. Un amor y una fe que, ante las adversidades, nos vendrán bien para hacerles frente.

 

Ó

 

 

 Jesús en su Transfiguración nos hace pensar en la definitiva Resurrección que nos espera gracias a su muerte. 

 

MONICION A LAS LECTURAS(Individual)

 

Primera Lectura

Abraham tuvo que afrontar una situación incomprensible, más allá de su entender humano. Él nos enseña a aceptar los designios divinos desde la oscuridad de la fe, segundo de que Dios nunca nos defrauda.

 

Ó

 

La fe de Abraham era total. Obedecía a Dios por encima de todo. Él va dispuesto a hacer lo que Dios le pidió sin cuestionar nada y confiando plenamente en el creador.

 

Ó

 

Dios pone a prueba la fe de Abraham pidiéndole que sacrifique a su único hijo para agradarle. Abraham obediente y confiado al final recibe de Dios paz y consuelo por pasar la prueba de fe

 

Segunda Lectura

San Pablo reconoce con gran entusiasmo el amor sin límites que el Padre nos ha regalado en su Hijo Jesucristo. En Él podremos tener la certeza inquebrantable de que siempre seremos reconciliados.

 

Ó

 

Pablo corrobora que Dios permitirá la muerte de su Hijo para la salvación de todos por ese amor ilimitado que Él tiene por nosotros,

 

Ó

 

El amor de Dios por nosotros es tan grande que fue capaz de entregar a su único hijo para nuestra salvación y perdonar nuestros pecados.

 

Evangelio

 

Nos transportamos a lo alto del monte para contemplar al Hijo amado del Padre que nos da una muestra de la gloria.

 

ó

 

El mensaje de esperanza para los apóstoles es precisamente ese trozo de gloria que verían en lo alto del monte.

 

ó

 

En el evangelio, Jesús sorprende a tres de sus amigos cuando los invita a subir a la montaña, mostrándoles un poco de su gloria.

 

 

MONICION AL OFERTORIO

Junto con nuestros dones, pongamos en el altar nuestra firme determinación de perseverar en el camino de nuestra conversión.

 

Ó

 

Ofrezcamos al Señor este pan y vino, sin olvidar que Él siempre está con nosotros y convierte la soledad de nuestro desierto, en un lugar mucho más hermoso

 

Ó

 

Con el pan y el vino traemos hasta el altar nuestro deseo de seguir a Cristo que nos sana y nos salva.

 

ó

 

Hermanos: con los dones de pan y vino para la Eucaristía, ofrezcamos al Señor nuestros esfuerzos cuaresmales para celebrar la Pascua con nuestros corazones convertidos por el amor que sólo Él puede darnos.

 

ó

 

Con el Pan y vino traemos hasta el altar nuestro deseo de no perdernos, ni un solo domingo, la Palabra de Dios que nos salva y nos sana. Háblanos, Señor, y que nunca nos cansemos de celebrar tu presencia. 

 

MONICION A LA COMUNION

En cada comunión, nuestro Padre Dios nos quiere seguir dando el mejor regalo. Alimentados por este pan de vida eterna, confiemos en que nada ni nadie nos podrá apartar de la amistad con su amado Hijo Jesucristo.

 

Ó

 

Acerquémonos a recibir a Cristo en el sacramento de la eucaristía sin olvidar que él habita en cada uno de nosotros.

 

ó

 

El amor de Cristo se ha manifestado en su sacrificio santo, para quedarse siempre en nosotros. Movidos por este amor, acerquémonos a recibirle con fe y agradecimiento.

 

MONICION DE SALIDA

Fortalecidos por la fe en Cristo, vayamos también nosotros a transfigurar los ambientes problemáticos en los que con frecuencia nos toca vivir.

 

Ó

 

Vayamos a nuestro hogar con la alegría que nos comunica Jesucristo. Recordemos que su luz debe ser la que ilumine nuestro camino y con esa misma luz nosotros guiar al que camina en tinieblas.

 

ORACION DE LOS FIELES  /  ORACION UNIVERSAL

 

Oremos al Padre de la misericordia y pidámosle que escuche la oración de su pueblo:

 

1.- Para que Dios conceda a sus fieles vivir estos días de Cuaresma con verdadero espíritu de penitencia y prepararse a celebrar con fruto el sacramento del perdón, roguemos al Señor

 

2.- Para que quienes se han apartado del camino del bien y han muerto a causa del pecado, escuchen en estos días la voz del Hijo de Dios y vivan, roguemos al Señor

 

3.- Para que Dios inspire sentimientos de caridad a los que tienen riquezas y multiplique los bienes de la tierra en bien de todos, roguemos al Señor

 

4.- Para que la penitencia cuaresmal aleje de nosotros el amor desordenado a los bienes visibles y sane nuestra aridez espiritual con el deseo de los bienes del Cielo, roguemos al Señor

 

Padre santo, que entregaste a tu Hijo para salvarnos, fortalécenos en la obediencia a la fe, para que seamos transfigurados con Él en la luz de la gloria, por Jesucristo, nuestro Señor

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Transfiguración


Autor: José Fernández de Mesa | Fuente: Catholic.net
La Transfiguración
Mateo 17, 1-9. Pidamos a Dios que realice en nosotros una “transfiguración interior”que nos permita contemplar su divinidad.
La Transfiguración

Mateo 17, 1-9

En aquel tiempo toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: «Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle». Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: «Levantaos, no tengáis miedo». Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos». 

Reflexión

Jesús se aparta con tres de sus apóstoles para orar, y lo hace en un monte alto. ¿Qué sentido tiene este detalle para Él? Sin duda alguna Jesucristo escogió un lugar adecuado para ofrecer una señal de su divinidad.

Jesús, para sus apóstoles, es el maestro y el guía de sus vidas, pero es fácil comprender que con el transcurrir del tiempo y las largas horas en su compañía perdieran de vista que Jesús era también el Mesías. En el capítulo 16 de este mismo evangelio podemos leer cómo Pedro realiza su confesión de fe, y manifiesta por primera vez que Cristo es el Mesías, el enviado por Dios para redimir al mundo. Probablemente los milagros y curaciones no lograban mantener esta llama de fuego interior, que es la fe, en el corazón de los apóstoles, y Jesús quiso transfigurarse delante de ellos, es decir, mostrarse en toda su divinidad.

También nosotros podemos ser como los apóstoles. Los hechos extraordinarios o milagrosos no son suficientes para mantener viva nuestra fe. En ocasiones pueden ayudarnos, pero la realidad es que a Cristo, a Dios, se le conoce en el diálogo, es decir, en la oración. Pidamos a Dios que realice en nosotros una “transfiguración interior” que nos permita contemplar su divinidad con el fin de conocerle y amarle cada día con más intensidad.

Se Transfiguró en su presencia


Autor: Roberto Villatoro | Fuente: Catholic.net
Se transfiguró en su presencia
Mateo 17, 1-9. Cuaresma. El Señor se nos va a revelar, se nos va a transfigurar en la Eucaristía y de nosotros depende dejarnos impresionar.
 
Se transfiguró en su presencia

Evangelio

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 17, 1-9

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el hermano de éste, y los hizo subir a solas con él a un monte elevado. Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús.
Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quiere, haremos aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.
Cuando aún estaba hablando, una nube los cubrió y de ella salió una voz que decía: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”. Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de un gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: “Levántense y no teman”. Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: “No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos”.

Oración introductoria

Jesús mío, como los discípulos quiero verte transfigurado. Es más, necesito verte. Si no te veo, ¿a dónde iré? ¿Qué motivos tendré para seguir luchando? No permitas que vaya al Calvario, si no te he visto primero. Transfigúrate y que al verte, no me detenga en este camino hacia el cielo, sino que me ilumines más la senda y pueda tenerte a ti sólo como mi ley y mi actuar.

Petición

Señor, ¡qué bien se está contigo! Concédeme la gracia de verte transfigurado en la Eucaristía.

Meditación

Los discípulos ya no están frente a un rostro transfigurado, ni ante un vestido blanco, ni ante una nube que revela la presencia divina. Ante sus ojos está “Jesús solo” (v. 36). Jesús está solo ante su Padre, mientras reza, pero, al mismo tiempo, “Jesús solo” es todo lo que se les da a los discípulos y a la Iglesia de todos los tiempos: es lo que debe bastar en el camino. Él es la única voz que se debe escuchar, el único a quien es preciso seguir, él que subiendo hacia Jerusalén dará la vida y un día “transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo” (Flp 3, 21).
“Maestro, qué bien se está aquí” (Lc 9, 33): es la expresión de éxtasis de Pedro, que a menudo se parece a nuestro deseo respecto de los consuelos del Señor. Pero la Transfiguración nos recuerda que las alegrías sembradas por Dios en la vida no son puntos de llegada, sino luces que él nos da en la peregrinación terrena, para que “Jesús solo” sea nuestra ley y su Palabra sea el criterio que guíe nuestra existencia. (Benedicto XVI, ángelus, 28 de febrero de 2010).

Reflexión apostólica

San Pedro en su segunda carta recuerda el momento en que subió al monte Tabor con el Señor. “Nosotros mismos escuchamos esta voz, venida del cielo, estando con él en el monte santo”. Para él, ese recuerdo le daba fuerzas, le alentaba. El Señor se nos va a revelar, se nos va a transfigurar en la Eucaristía y de nosotros depende dejarnos impresionar. Los que se han dejado impresionar saben que ese no fue un momento más, sino una vivencia que se repite en la Eucaristía y en su corazón, “luces que Él nos da”.
¡Qué necesario es en nuestras vidas contemplar al Señor transfigurado! Al verle a Él tal cual es, todo lo demás es secundario. Jesús se les mostró a los discípulos y después les anunció que iba a padecer. En esta cuaresma, tenemos más que nunca la oportunidad de contemplar al Señor en la Eucaristía. Luego podremos padecer junto con él. Pero primero “Jesús sólo”.

Propósito

Acercarme a Jesús con la fe, en una visita al Santísimo Sacramento.

Diálogo con Cristo

¡Gracias Jesús, porque me has escogido a mí también como a tus discípulos amados para verte resplandeciente! No soy digno, pero me es necesario. Que tu rostro resplandeciente, no sea una “luz” más. Que tu rostro sea una verdadera “antorcha” en mi casa, en mi colegio o trabajo. Que así disipe las tinieblas que abundan en mi vida. Que no tenga miedo de escucharte.
“Quiero subrayar que la Transfiguración de Jesús fue esencialmente una experiencia de oración (cf. Lc 9, 28-29). En efecto, la oración alcanza su culmen, y por tanto se convierte en fuente de luz interior, cuando el espíritu del hombre se adhiere al de Dios y sus voluntades se funden como formando una sola cosa”. Benedicto XVI, Angelus 8 de marzo de 2009.

Un Franca Relacion con Dios


Día 6 de AgostoFiesta: La Transfiguración del Señor
        Evangelio: Mt 17, 1-9 Seis días después, Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan su hermano, y los condujo a un monte alto, a ellos solos. Y se transfiguró ante ellos, de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol, y sus vestidos blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías hablando con él. Pedro, tomando la palabra, le dijo a Jesús:
        —Señor, qué bien estamos aquí; si quieres haré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
        Todavía estaba hablando, cuando una nube de luz los cubrió y una voz desde la nube dijo:
        —Éste es mi Hijo, el Amado, en quien me he complacido: escuchadle.
        Los discípulos al oírlo cayeron de bruces llenos de temor. Entonces se acercó Jesús y los tocó y les dijo:
        —Levantaos y no tengáis miedo.
        Al alzar sus ojos no vieron a nadie: sólo a Jesús. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó:
        —No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado de entre los muertos.
 
Una franca relación con Dios

Dios mismo mantiene una relación real con los hombres. La iniciativa es suya, como la existencia misma de la humanidad, de cada ser humano. Estas personas –sujetos individuales, inteligentes con capacidad de amar– que somos cada uno y los que junto a nosotros conviven, hemos sido objeto de cierto “toque” muy especial divino. Para empezar, Él quiso nuestra existencia –ninguno hemos tenido semejante iniciativa–, y no una existencia sin más, como lo que nosotros producimos y simplemente está ahí, sin decir nada ni pretender nada: los coches, por ejemplo. No somos tampoco las personas como los árboles, pongamos por caso, que son como los hombres obras del Creador y vendrían a ser respecto a Él como los coches de algún modo respecto a nosotros: tampoco los árboles le pueden decir nada ni sienten nada respecto a su Creador: no tienen conciencia de sí mismos y mucho menos de su Causa.

        Es patente que el hombre es un ser con conciencia: es consciente de sí mismo y se pregunta el porqué de su existencia: por su Creador y por su destino. Pero los versículos de san Mateo que consideramos en la fiesa de la Transfiguración de Nuestro Señor, nos ponen de manifiesto –así lo ha previsto el Espíritu Santo, principal autor de la Escritura– que Dios ha querido convivir con los hombres, haciéndonos partícipes de su vida divina. Se narra en este pasaje que dos hombres hablaban con Jesús: En esto, se les aparecieron Moisés y Elías hablando con él. Debemos admirarnos –sin querer acostumbrarnos a esa admiración– al considerar que los hombres llegan a tener forma gloriosa, según afirma el evangelista –de modo expreso san Lucas– y trascienden la realidad del tiempo: se les aparecieron bastantes años después de su tránsito terreno. Dos personas, de sobra conocidas por todo israelita por su lealtad a Dios, aparecen en perfecta sintonía con la divinidad. Tratan con Jesús de palabra –el Verbo de Dios encarnado, no lo olvidemos ni por un instante–, como la cosa más normal en ellos.

        Se hace necesario considerar repetidamente esta verdad decisiva en nuestra existencia. Recordemos que incluso aquellos discípulos de Jesús elegidos para acompañarle en aquel decisivo momento, Pedro, Juan y Santiago, al poco tiempo parecen haber olvidado el suceso del que fueron testigos de excepción. El ajetreo de lo cotidiano con sus afanes les lleva valorar poco que Dios se interesa por los hombres, hasta el extremo de mostrarles el esplendor de su vida, hasta hacerles posible vivir su eternidad. Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el Reino de Israel?, le preguntarán instantes antes de ascender a los cielos. No terminaban de comprender que el Reino de Israel y todas las realidades de este mundo, no pasan de ser un medio: que lo que Él vino a establecer en el mundo y la empresa que les encomendaba difundir, era el Reino de Dios, el Reino de los Cielos, la Vida de Dios con los hombres. Fue precisa la Pentecostés, para que la Gracia divina iluminara sus mentes y sus corazones y entendieran, por asombroso que pareciera, que la vida humana puede y debe ser una vida con Dios, pues así lo quiso nuestro Creador y Señor.

        ¿En qué se nota, en el quehacer cotidiano –en el mío– esa dimensión propia y específica que nos trasciende de la existencia terrena? No es lo nuestro casi únicamente esforzarnos en un intento para que transcurran nuestras jornadas más gratamente cada día, con más influencia personal en el entorno o más satisfechos de los logros conseguidos: no se trata de conseguir esos objetivos. Pedro, junto a Santiago y Juan, tuvo por un instante la experiencia incomparable de aquella vida enteramente sobrenatural e intentó permanecer de modo definitivo en aquel estado que Dios quiso que apenas gozara: Señor, qué bien estamos aquí; si quieres haré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Comprobó, en efecto, que el hombre está pensado para la vida en Dios: qué bien estamos aquí, declaró con sencilla espontaneidad. Hasta entonces no se había sentido tan bien: aquello era un anticipo de la Eterna Bienaventuranza, para la que todos los hombres hemos sido creados.

        Ahora ya debemos conducirnos de acuerdo con esa vida –la vida de los hijos de Dios–, que es la propia y específica para nosotros, como nos ha revelado el mismo Dios haciéndose hombre. La Redención imprescindible de los pecados, con los medios sobrenaturales que nos conducen a esa Vida, nos llega también de Jesucristo; concretamente de su Pasión y muerte en la Cruz, que es su precio. ¿Vivimos de una vida sacramental que nos nutre espiritualmente haciéndonos crecer en la vida divina? Los sacramentos, medios por antonomasia para la vida de Dios, son el fruto de la Cruz de Jesucristo. Sin ellos no puede el cristiano alcanzar la plenitud que le corresponde: si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. Así se expresa Nuestro Señor, de modo inequívoco, para que tuviéramos los hombres muy claro que no es la nuestra una existencia meramente terrenal, y que la Eucaristía, a la que conducen los demás sacramentos, es imprescindible para la salvación.

        La invocación frecuente a Nuestra Madre es medio que desarrolla la vida sobrenatural y manifestación de el.

Luis de Moya