Fidelidad es creer, querer y ser


Publicado en web el 6 de junio, 2013

Profa. Elizabeth Sánchez Luna
Colaboradora de Pastoral Juvenil

En la vida, los seres humanos transcurrimos por diversas etapas. Lo inevitable es que nacemos, crecemos, nos desarrollamos y morimos. También ineludible es que somos seres sociables, unos más que otros, pero el ser parte de una comunidad, o hablando de una manera más concreta, siendo parte de una familia, nos exige moralmente que manejemos la socialización, y ésta conlleva un cierto compromiso.
Pero, “¿comprometerme, yo, si apenas soy un joven talentoso que tengo mucho por vivir?”; “La vida ya no está para comprometerse”; “Ser fiel ya no está de moda”. Éstas y otras frases las encontramos en el ambiente donde los adolescentes y jóvenes se desenvuelven, y con ellas debemos luchar a contracorriente.
Es cierto que tenemos amistades con las que queremos divertirnos y socializar, dándonos cuenta de los horizontes a los que podemos llegar, pues para esto, Dios nos regaló una vida para disfrutarla; pero, al mismo tiempo, nos dotó de maravillosas capacidades y habilidades que ameritan un compromiso fiel y valioso a los ojos de nuestro Creador, y debemos responderle con absoluta fidelidad.

Qué implica y a dónde nos lleva

Hablemos un poco de esta FIDELIDAD. Como definición del término, entendemos que es la “lealtad u observancia de la fe que alguien debe a otra persona” (Real Academia Española de la Lengua). Aquí nos encontramos con una palabra de dos letras, pero con gran sentido y trabajo personal: la FE, que es tan difícil incrementar, ya que, en muchas ocasiones, es menester rogarle a Dios diciendo: “Creo, Señor, pero aumenta mi Fe”. Y ciertamente es difícil tener fe en las personas y los proyectos en los que nos comprometemos, pero cuando creemos que Jesucristo está de nuestro lado, podremos confiar en que aquella labor será todo un éxito.
Visto y comprendido lo anterior, notamos que la fidelidad y la Fe van ligadas íntimamente, y que como jóvenes católicos y asistentes regulares a un Grupo Parroquial, las tenemos en mente durante nuestra labor pastoral, sabiendo también que Jesucristo nos mira y agradece esa fidelidad, devolviéndonos al ciento por uno. Se impone, por tanto, el ser leales y tener fe en lo que hacemos.
Por otra parte, siendo jóvenes, la Sociedad espera mucho de nosotros, y cada vez que nos comprometemos a algo, cuando “DAMOS NUESTRA PALABRA” de que cumpliremos, la Sociedad aguarda lo máximo de nosotros, pero el punto en el que deberíamos centrarnos es: ¿Qué es lo que nosotros esperamos hacer con el compromiso que acabamos de adquirir? Si vamos a fallar porque al final no resultó satisfactorio o aburrido, o lo contrario, seremos fieles al compromiso adquirido, derramaremos sobre él todas nuestras habilidades y nos sentiremos orgullosos del trabajo que hacemos, puesto que hay gente que cuenta con nosotros y confía en nuestra palabra.
Ya no estamos en tiempos de simplemente decir que sí cumpliremos con algo, para al final, fallar con el compromiso. Eso sería muy egoísta de nuestra parte, pues equivaldría a quedarnos con las habilidades otorgadas por el Señor, sin hacerlas producir algo positivo.

Cumplimiento y apoyos

Además, hay no hay que olvidar que Dios está en todos lados, que camina con nosotros por nuestras calles, que nos acompaña, tal como mencionó el señor Cardenal José Francisco Robles Ortega durante la homilía de la Peregrinación del Corpus Diocesano; entonces, no podemos darnos el lujo de fallarle, sabiendo que Él mismo nos ve y escucha.
Y, también a propósito de compromisos, qué podemos decir del noviazgo, esa etapa tan bonita que nos permite conocer a nuestra pareja de tal manera que, si Dios nos da la Gracia de que nos compaginemos en nuestras similitudes y nos toleremos y apoyemos en nuestras diferencias, podamos llegar algún día al Altar, frente a Nuestro Señor, y ante Él comprometernos a un amor eterno y a vivir juntos hasta que la muerte nos separe. A esa pareja, en el noviazgo, debemos también serle fiel en todos aspectos, en la inteligencia de que será la etapa propicia para conocer a nuestro futuro esposo (a) y no un juego que cuando nos aburramos simplemente lo dejaremos de jugar.
Debemos de aceptar y cumplir nuestros compromisos siempre, sean estos pequeños o sean grandes, pues como Jesucristo nos dice a través del Evangelio de San Mateo 25,21: “¡Bien, siervo bueno y fiel; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor!” Esa es una invitación no solamente a ser comprometidos y fieles en lo poco y en lo mucho, sino también nos motiva a saber que si hacemos lo correcto y practicamos la fidelidad, participaremos del Gozo eterno de Dios Nuestro Señor.
En conclusión, viéndolo desde este lado de la moneda, conviene ser fieles y tener fe en todo lo que hacemos, ¿verdad?

You Cat

Si somos infieles, Él permanece fiel, porque no puede negarse a Sí mismo. 2Tim 2,13

fuente:semanario.com.mx

Juventud de Espiritu


Se asombró el niño de que un animal tan corpulento no fuera capaz de liberarse de aquella pequeña estaca. Lo estuvo contemplando durante un buen rato. Le sorprendió sobre todo que el elefante no hiciera el mas mínimo esfuerzo por soltarse.

Decidió preguntar al hombre que lo cuidaba. Este le respondió: “Es muy sencillo, desde pequeño ha estado amarrado a una estaca como esa, y como entonces no era capaz de liberarse, ahora no sabe que esa estaca es muy poca cosa para él. Lo único que recuerda es que durante mucho tiempo no podía escaparse, y por eso ya ni siquiera lo intenta”.

Algo parecido nos sucede quizá a todos, en algún aspecto de nuestra vida. Hay barreras que nos tienen sujetos, porque durante mucho tiempo las hemos visto como infranqueables, y aunque quizá ahora tengamos fuerzas suficientes para superarlas, no lo hacemos porque seguimos viendo esos obstáculos como algo fuera de nuestras posibilidades.

Tenemos que cultivar una sana capacidad de descubrir nuestros falsos convencimientos, las servidumbres que nos encadenan, las ideas simples que no nos queremos cuestionar porque ponen en peligro viejas concesiones a las pocas ganas de luchar. Hemos de desechar esa soberbia sutil que envuelve nuestra mente y la enmaraña en reacciones tontas de envidia, celos o resentimientos, que también nos encadenan. O poner más esfuerzo para salir de las redes de la murmuración, la ira o el malhumor. O reconocer adicciones quizá menos honrosas, al alcohol, el sexo o los videojuegos. Se podrían poner muchos ejemplos de pequeñas ataduras que inmovilizan grandes voluntades, de hombres que no se deciden a liberarse de ellas porque desconocen la magnitud de lo que les frena y no se dan cuenta de que esas ataduras son pequeñeces de las que podrían perfectamente prescindir.

La ignorancia sobre lo que nos ata es la atadura más grave, pues si no advertimos algo no luchamos contra ello y por tanto nunca nos liberamos. Por eso hemos de agradecer que nos lo hagan ver, aunque nos duela un poco oírlo. Es más, si nos escuece un poco quizá es síntoma de que hay un particular acierto.

Otro gran enemigo es la falta de esperanza en que podamos liberarnos, aunque a lo mejor nos suceda como a aquella águila encadenada que llevaba tiempo intentando elevar el vuelo y romper así su atadura, y ya lo había conseguido en su último intento, pero se cansó y se resignó a su encerramiento sin darse cuenta de que ya estaba libre.

Olvidamos demasiadas veces que los grandes logros se alcanzan casi siempre después de muchos intentos fallidos. Tendemos a conformarnos, a acomodarnos a nuestras cadenas porque nos cuesta romperlas y entonces nos autoconvencemos de que no existen o de que no nos importa que existan.

Hay un tipo de esperanza —ha escrito Josef Pieper— que surge de la energía juvenil pero se agota con los años, al ir declinando la vida: el recuerdo se vuelve hacia el “ya no” en lugar de dirigirse hacia el “aún no”. Sin embargo, la verdadera esperanza otorga al hombre un “aún no” que triunfa sobre el declinar de las energías naturales. Da al hombre tanto futuro que el pasado aparece como “poco pasado”, por larga y rica que haya sido la vida. La esperanza es la fuerza del anhelo hacia un “aún no” que se dilata tanto más cuanto más cerca estamos de él.

Por eso, la verdadera esperanza produce una eterna juventud. Comunica al hombre elasticidad y ligereza, suelta y tirante al mismo tiempo, que es frescura propia de un corazón fuerte. Es una despreocupada y confiada valentía, que caracteriza y distingue al hombre de espíritu joven y lo hace un modelo tan atractivo. La esperanza da una juventud que es inaccesible a la vejez y a la desilusión. Así, aunque día a día perdemos un poco la juventud natural, podemos día a día renovar nuestra juventud de espíritu. En vez de dar culto a la juventud del cuerpo, de modo exterior y forzado, y que además produce desesperanza al ver cómo se va marchando, se ponen a la vista las cimas más altas a las que se puede remontar la esperanza del hombre que rejuvenece día a día su espíritu.

Hacer Familia nº 152, XI.06

Autor: Alfonso Aguiló