El sacramento de la unción de enfermos



Parte I: De los Sacramentos

 

 

 

Autor: Promulgado por Juan Pablo II

 

 

Título V Del Sacramento de Unción de los enfermos

 

 

C998 La unción de los enfermos, con la que la Iglesia encomienda los fieles gravemente enfermos al Señor doliente y glorificado, para que los alivie y salve, se administra ungiéndolos con óleo y diciendo las palabras prescritas en los libros litúrgicos.

 

 

 

Capítulo I De la celebración del sacramento

 

 

C999 Además del Obispo, pueden bendecir el óleo que se emplea en la unción de los enfermos: 1º. quienes por derecho se equiparan al Obispo diocesano; 2º. en caso de necesidad, cualquier presbítero, pero dentro de la celebración del sacramento.

 

 

C1000 P1 Las unciones han de hacerse cuidadosamente, con las palabras, orden y modo prescritos en los libros litúrgicos; sin embargo, en caso de necesidad, basta una sola unción en la frente, o también en otra parte del cuerpo, diciendo la fórmula completa.

 

P2 El ministro ha de hacer las unciones con la mano, a no ser que una razón grave aconseje el uso de un instrumento.

 

 

C1001 Los pastores de almas y los familiares del enfermo deben procurar que sea reconfortado en tiempo oportuno con este sacramento.

 

 

C1002 La celebración común de la unción de los enfermos para varios enfermos al mismo tiempo, que estén debidamente preparados y rectamente dispuestos, puede hacerse de acuerdo con las prescripciones del Obispo diocesano.

 

 

Capítulo II Del ministro de la unción de los enfermos

 

 

C1003 P1 Todo sacerdote, y sólo él, administra válidamente la unción de los enfermos.

 

P2 Todos los sacerdotes con cura de almas tienen la obligación y el derecho de administrar la unción de los enfermos a los fieles encomendados a su tarea pastoral; pero, por una causa razonable, cualquier otro sacerdote puede administrar este sacramento, con el consentimiento al menos presunto del sacerdote al que antes se hace referencia.

 

P3 Está permitido a todo sacerdote llevar consigo el óleo bendito, de manera que, en caso de necesidad, pueda administrar el sacramento de la unción de los enfermos.

 

 

Capítulo III De aquellos a quienes se ha de administrar la unción de los enfermos

 

 

C1004 P1 Se puede administrar la unción de los enfermos al fiel que, habiendo llegado al uso de la razón, comienza a estar en peligro por enfermedad o vejez.

 

P2 Puede reiterarse este sacramento si el enfermo, una vez recobrada la salud, contrae de nuevo una enfermedad grave, o si, durante la misma enfermedad, el peligro se hace más grave.

 

 

C1005 En la duda sobre si el enfermo ha alcanzado el uso de razón, sufre una enfermedad grave o ha fallecido ya, adminístresele este sacramento.

 

 

C1006 Debe administrarse este sacramento a los enfermos que, cuando estaban en posesión de sus facultades, lo hayan pedido al menos de manera implícita.

 

 

 

C1007 No se dé la unción de los enfermos a quienes persisten obstinadamente en un pecado grave manifiesto.

 

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Historia para tus hijos

 

Con su Sangre se pintó una Cruz en el suelo

Por Gabriel Marañon Baigorrí

 

 

Francisco Pizarro fue uno de los grandes conquistadores españoles en tierras de América. Con su bizarría, valor e inteligencia conquistó el Perú para España y llevó a aquellas tierras la cultura y la civilización.

 

Francisco Pizarro, hombre ya mayor, vivía en Lima y tenía bastantes enemigos entre los españoles. Corría el año 1541, el último año de su vida. Los amigos fieles le advirtieron que sus enemigos intentaban asesinarle, y que estuviera dispuesto a defenderse en cualquier momento. El conquistador no podía creerlo.

 

 

Llegó el domingo, 26 de Junio de 1541. Pizarro se levantó de la cama y se vistió para oír la santa Misa. Después pasó a desayunar con los amigos que estaban con él. Cuando de pronto entró en el comedor un leal caballero, y sin aliento, le dijo: “¡Armaos, que vienen a mataros!”. La turba de asesinos se lanzaron dentro de la estancia espada en mano contra Pizarro y sus pocos amigos que le rodeaban. Estos pronto cayeron muertos. Sólo quedó Pizarro ante sus enemigos. Pero se defendió con bravura y destreza, llegando a matar el solo, en su propia defensa, a cinco de sus atacantes. Era increíble que aquel anciano de setenta años pudiera luchar con tan juvenil valor. Pero en un momento dado abrió la guardia y uno de sus enemigos aprovechó la ocasión y le lanzó una estocada al cuello, abriéndole una arteria. Empezó a arrojar abundante sangre. Cayó al suelo y allí le acribillaron de heridas. Ya moribundo, pronunció el dulce nombre de Jesús, y mojando su dedo en su propia sangre, pintó en el suelo una cruz y cuando intentaba besarla cayó muerto.

 

 

Explicación Doctrinal:

 

 

Todos hemos de morir. Pero la Iglesia nos dice que no tengamos miedo a la muerte, que la vida cambia por otra mejor, que es el Cielo. La muerte para el justo es el encuentro gozoso con Cristo.

 

Jesucristo no quiso dejarnos solos en el instante de la muerte. Nos dio el Sacramento de la Unción de los Enfermos. Este es un sacramento que nos aumenta la gracia, perdona los pecados veniales y aun los mortales si el enfermo está arrepentido y no ha podido confesarse. Le da fuerzas para resistir a las tentaciones en el momento de la muerte y concede la salud del cuerpo si le conviene.

 

 

Jesús nos llama la atención indicándonos que estemos preparados: “Velad, pues, porque no sabéis cuándo llegará vuestro Señor.» (Mateo, 24.)

 

 

Norma de Conducta:

 

 

Cuando vaya a entrar en una cirugía o esté gravemente enfermo pediré este sacramento de la Unción de los Enfermos para entrar con gozo en el cielo.

La Confirmación: El Padre Kolbe en un Campo de Concentración


la Confirmación… continuación……
 
Sucedió durante la segunda guerra mundial. Los ejércitos alemanes habían ocupado Polonia. El 17 de febrero de 1941 llegó la Policía alemana al convento de Niepokalanow. El padre Maximiliano Kolbe fue deportado a la prisión de Pawtak, en Varsovia, y encerrado en un barracón.
 
Un día visitaba el oficial jefe el barracón. El odio de aquel hombre se encendió en cuanto vio al religioso con su rosario y crucifijo pendientes del cíngulo. Y, cogiendo entre sus manos el crucifijo, dándole tirones, le decía: “Pero ¿tú crees en esto?” El padre Kolbe, con gran mansedumbre y serenidad, le dijo: “Sí, señor, creo en esto”. El oficial alemán, pálido de ira, le dio una bofetada. Tres veces le, hizo la misma pregunta y tres veces le contestó el franciscano: “Creo, sí, señor”. Otras tantas bofetadas le dio el oficial.
 
El padre Kolbe fue trasladado más tarde al campo de concentración de Auschwitz. Primero se le ocupó como peón para la construcción de un muro. Después se le mandó a la tala de troncos a cuatro kilómetros del barracón. El jefe le cargaba los más pesadísimos troncos. Una de las veces el padre Kolbe, por el peso que llevaba, cayó a tierra, y el oficial le pateó el rostro y el vientre; le azotó con el látigo y le dijo: “¿No quieres trabajar, miserable?”.

Pocos días después, uno de los prisioneros huyó del campamento. En aquel imperio de tiranía estaba decretado que al un prisionero huía, diez de los que pertenecían a su barracón debían morir, en el subterráneo de la muerte, de hambre y sed.
 
Al atardecer se formó a todos los prisioneros del barracón. El comandante, con voz dura, dijo: “Como el prisionero de ayer no ha aparecido, diez de vosotros iréis a la muerte”. Se formaron diez filas con ellos. El comandante pasó frente a la primera fila y eligió un prisionero, al azar. Después pasó a la segunda fila y señaló a otro prisionero. Así hasta diez. Los condenados estaban horrorizados de angustia. Uno de ellos se despidió de sus amigos. Otro, el sargento Frank Gajownieczek, gemía de dolor, diciendo: “¡Adiós mi pobre esposa, adiós mis hijitos huérfanos”. Estas palabras hirieron los nobles sentimientos del padre Kolbe. Sintió una gran pena por aquel padre de familia y se propuso ayudarle. Dirigiéndose al comandante, le dijo: “Quiero ir a la muerte en sustitución de ese padre de familia”. El comandante, mirándole de arriba a abajo, le dijo fríamente: “¿Quién eres?”. “Soy sacerdote católico”, respondió. “¿Por qué haces esto?”. El padre Kolbe le contestó: «Porque este padre es necesario a su familia”. El comandante dijo: “Aceptado”. Al padre se le introdujo en el grupo de los condenados y al sargento en el de los salvados.

Los diez prisioneros fueron llevados al subterráneo para que se cumpliera su triste destino. Todos los días se oían plegarias recitadas en voz alta. Al cabo de varios días las oraciones eran un pequeño rumor. Los prisioneros comenzaban a extenuarse. Algunos centinelas alemanes los miraban con respeto, pues comprendían que aquel castigo era injusto. Al cabo de tres semanas sólo vivían el padre Kolbe y dos prisioneros. Entonces el jefe de la enfermería inyectó a cada uno de los supervivientes una inyección de ácido muriático. Al poco rato los tres murieron.

El padre Kolbe quedó sentado en el suelo, muerto, apoyada la espalda en el muro, con los ojos abiertos, con una expresión de paz y serenidad.
 

Explicación Doctrinal:
 
En esta emocionante historia vemos la fortaleza del padre Kolbe en afirmar su fe católica delante del oficial alemán y su valor en dar la vida por salvársela a un padre de familia. Esta maravillosa fortaleza nos la da el sacramento de la Confirmación.
 
El sacramento de la Confirmación nos aumenta la gracia recibida en el Bautismo, nos confiere otras muchas gracias y nos comunica los dones del Espíritu Santo: Sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios.

La Confirmación nos da firmeza en confesar a Jesucristo. Nos da fuerza para luchar contra el demonio, el mundo y la carne. Por la Confirmación nos hacemos soldados de Cristo
 
Jesucristo, para animarnos a ser fieles en la fe, nos dice: “A todo el que me confesare delante de los hombres, le confesaré delante de mi Padre que está en los Cielos.”
 

Norma de Conducta:
 
Cuando tenga que luchar por la fe en el mundo, reflexionaré: Soy soldado de Cristo y el Espíritu Santo me fortalecerá.
de Gabriel Marañon Baigorri