Noveno Mandamiento


Los Mandamientos, continuación….

Catecismo de la Iglesia Católica

El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón (Mt 5,28)

2514 San Juan distingue tres especies de codicia o concupiscencia: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida (cf 1 Jn 2,16). Siguiendo la tradición catequética católica, el noveno mandamiento proscribe la concupiscencia de la carne; el décimo prohíbe la codicia del bien ajeno.

2515 En sentido etimológico, la “concupiscencia” puede designar toda forma vehemente de deseo humano. La teología cristiana le ha dado el sentido particular del movimiento del apetito sensible que contraría la obra de la razón humana. El apóstol S. Pablo la identifica a la lucha que la “carne” sostiene contra el “espíritu” (cf Gal 5,16.17.24; Ef 2,3). Procede de la desobediencia del primer pecado (Gn 3,11). Trastorna las facultades morales del hombre y, sin ser una falta en sí misma, le inclina a cometer pecados (cf Cc Trento: DS 1515).

2516 En el hombre, por que es un ser compuesto de espíritu y cuerpo, existe cierta tensión, tiene lugar una lucha de tendencias entre el “espíritu” y la “carne”. Pero, en realidad, esta lucha pertenece a la herencia del pecado. Es una consecuencia de él, y al mismo tiempo una confirmación. Forma parte de la experiencia cotidiana del combate espiritual:

Para el Apóstol no se trata de discriminar o condenar el cuerpo, que con el alma espiritual constituye la naturaleza del hombre y su subjetividad personal, sino que trata de las obras -mejor dicho, de las disposiciones estables-, virtudes y vicios, moralmente buenas o malas, que son fruto de sumisión (en el primer caso) o bien de resistencia (en el segundo caso) a la acción salvífica del Espíritu Santo. Por ello el apóstol escribe: “si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu” (Gál 5,25) (Juan Pablo II, DeV 55).


I LA PURIFICACIÓN DEL CORAZÓN

2517 El corazón es la sede de la personalidad moral: “de dentro del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones” (Mt 15,19). La lucha contra la codicia de la carne pasa por la purificación del corazón:

Mantente en la simplicidad, la inocencia y serás como los niños pequeños que ignoran el mal destructor de la vida de los hombres (Hermas, mand. 2,1).

2518 La sexta bienaventuranza proclama: “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8). Los “corazones limpios” designan a los que han ajustado su inteligencia y su voluntad a las exigencias de la santidad de Dios, principalmente en tres dominios: la caridad (cf 1 Tm 4,3-9; 2 Tm 2,22), la castidad o rectitud sexual (cf 1 Ts 4,7; Col 3,5; Ef 4,19), el amor de la verdad y la ortodoxia de la fe (cf Tt 1,15; 1 Tm 3-4; 2 Tm 2, 23-26). Existe un vínculo entre la pureza del corazón, del cuerpo y de la fe:

Los fieles deben creer los artículos del Símbolo “para que, creyendo, obedezcan a Dios; obedeciéndole, vivan bien; viviendo bien, purifiquen su corazón; y purificando su corazón, comprendan lo que creen” (S. Agustín, fid. et symb. 10,25).

2519 A los “limpios de corazón” se les promete que verán a Dios cara a cara y que serán semejantes a él (cf 1 Co 13,12; 1 Jn 3,2). La pureza de corazón es el preámbulo de la visión. Ya desde ahora esta pureza nos concede ver según Dios, recibir a otro como un “prójimo”; nos permite considerar el cuerpo humano, el nuestro y el del prójimo, como un templo del Espíritu Santo, una manifestación de la belleza divina.

II EL COMBATE POR LA PUREZA

2520 El Bautismo confiere al que lo recibe la gracia de la purificación de todos los pecados. Pero el bautizado debe seguir luchando contra la concupiscencia de la carne y los apetitos desordenados. Con la gracia de Dios lo consigue

– mediante la virtud y el don de la castidad, pues la castidad permite amar con un corazón recto e indiviso,

– mediante la pureza de intención, que consiste en buscar el fin verdadero del hombre: con un ojo simple el bautizado se afana por encontrar y realizar en todo la voluntad de Dios (cf Rm 12,2; Col 1,10);

– mediante la pureza de la mirada exterior e interior; mediante la disciplina de los sentidos y la imaginación; mediante el rechazo de toda complacencia en los pensamientos impuros que inclinan a apartarse del camino de los mandamientos divinos: “la vista despierta la pasión de los insensatos” (Sb 15,5);

– mediante la oración:

Creía que la continencia dependía de las propias fuerzas, las cuales no sentía en mí; siendo tan necio que no entendía lo que estaba escrito (Sb 8,21): que nadie puede ser continente, si tú no se lo das. Y cierto que tú me lo dieras, si con interior gemido llamase a tus oídos, y con fe sólida arrojase en ti mi cuidado (S. Agustín, conf. 6,11,20).

2521 La pureza exige el pudor. Este es una parte integrante de la templanza. El pudor preserva la intimidad de la persona. Designa la negativa a mostrar lo que debe permanecer oculto. Está ordenado a la castidad, cuya delicadeza proclama. Ordena las miradas y los gestos según la dignidad de las personas y de su unión.

2522 El pudor protege el misterio de las personas y de su amor. Invita a la paciencia y a la moderación en la relación amorosa; exige que se cumplan las condiciones del don y del compromiso definitivo del hombre y de la mujer entre sí. El pudor es modestia, inspira la elección del vestido. Mantiene el silencio o la reserva donde se adivina el riesgo de una curiosidad malsana; se convierte en discreción.

2523 Existe un pudor de los sentimientos como también un pudor del cuerpo. Este pudor rechaza, por ejemplo, los exhibicionismos del cuerpo humano propios de cierta publicidad o las incitaciones de algunos medios de comunicación a hacer pública toda confidencia íntima. El pudor inspira una manera de vivir que permite resistir a las solicitaciones de la moda y a la presión de las ideologías dominantes.

2524 Las formas que adquiere el pudor varían de una cultura a otra. Sin embargo, en todas partes constituye la intuición de una dignidad espiritual propia al hombre. Nace con el despertar de la conciencia del sujeto. Educar en el pudor a niños y adolescentes es despertar en ellos el respeto de la persona humana.

2525 La pureza cristiana exige una purificación del clima social. Obliga a los medios de comunicación social a una información cuidadosa del respeto y de la discreción. La pureza de corazón libera del erotismo difuso y aparta de los espectáculos que favorecen el exhibicionismo y la ilusión.

2526 Lo que se llama permisividad de las costumbres se basa en una concepción errónea de la libertad humana; para edificarse, ésta necesita dejarse educar previamente por la ley moral. Conviene pedir a los responsables de la educación que impartan a la juventud una enseñanza respetuosa de la verdad, de las cualidades del corazón y de la dignidad moral y espiritual del hombre.

2527 “La buena nueva de Cristo renueva continuamente la vida y la cultura del hombre caído; combate y elimina los errores y males que brotan de la seducción, siempre amenazadora, del pecado. Purifica y eleva sin cesar las costumbres de los pueblos. Con las riquezas de lo alto fecunda, consolida, completa y restaura en Cristo, como desde dentro, las bellezas y cualidades espirituales de cada pueblo o edad” (GS 58,4).

RESUMEN

2528 “Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón” (Mt 5,28).

2529 El noveno mandamiento pone en guardia contra la codicia o concupiscencia de la carne.

2530 La lucha contra la concupiscencia de la carne pasa por la purificación del corazón y la práctica de la templanza.

2531 La pureza del corazón nos alcanzará el ver a Dios: nos da desde ahora la posibilidad de ver todo según Dios.

2532 La purificación del corazón exige la oración, la práctica de la castidad, la pureza de intención y de mirada.

2533 La pureza del corazón requiere el pudor, que es paciencia, modestia y discreción. El pudor preserva la intimidad de la persona.

Séptimo Mandamiento


No robarás (Ex 20,15; Dt 5,19).

No robarás (Mt 19,18).

2401 Prescribe la justicia y la caridad en la gestión de los bienes terrenos y los frutos del trabajo de los hombres. Con miras al bien común exige el respeto del destino universal de los bienes y del derecho de propiedad privada. La vida cristiana se esfuerza por ordenar a Dios y a la caridad fraterna los bienes de este mundo.

I EL DESTINO UNIVERSAL Y LA PROPIEDAD PRIVADA DE LOS BIENES

2402 Al comienzo Dios confió la tierra y sus recursos a la administración común de la humanidad para que tenga cuidado de ellos, los domine mediante su trabajo y se beneficie de sus frutos (cf Gn 1,26-29). Los bienes de la creación están destinados a todo el género humano. Sin embargo, la tierra está repartida entre los hombres para dar seguridad a su vida, expuesta a la penuria y amenazada por la violencia. La apropiación de bienes es legítima para garantizar la libertad y la dignidad de las personas, para ayudar a cada uno a atender sus necesidades fundamentales y las necesidades de los que están a su cargo. Debe hacer posible que se viva una solidaridad natural entre los hombres.

2403 El derecho a la propiedad privada, adquirida o recibida de modo justo, no anula la donación original de la tierra al conjunto de la humanidad. El destino universal de los bienes continúa siendo primordial, aunque la promoción del bien común exija el respeto de la propiedad privada, de su derecho y de su ejercicio.

2404 “El hombre, al servirse de esos bienes , debe considerar las cosas externas que posee legítimamente, no sólo como suyas, sino también como comunes, en el sentido de que han de aprovechar no sólo a él, sino también a los demás” (GS 69,1). La propiedad de un bien hace de su dueño un administrador de la providencia para hacerlo fructificar y comunicar sus beneficios a otros, ante todo a sus próximos.

2405 Los bienes de producción -materiales o inmateriales- como tierras o fábricas, profesiones o artes, requieren los cuidados de sus posesores para que su fecundidad aproveche al mayor número de personas. Los poseedores de bienes de uso y consumo deben usarlos con templanza reservando la mejor parte al huésped, al enfermo, al pobre.

2406 La autoridad política tiene el derecho y el deber de regular en función del bien común el ejercicio legítimo del derecho de propiedad (cf GS 71,4; SRS 42; CA 40; 48).


II EL RESPETO DE LAS PERSONAS Y DE SUS BIENES

2407 En materia económica el respeto de la dignidad humana exige la práctica de la virtud de la templanza, para moderar el apego a los bienes de este mundo; de la justicia, para preservar los derechos del prójimo y darle lo que le es debido; y de la solidaridad, siguiendo la regla de oro y según la liberalidad del Señor, que “siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza” (2 Co 8,9).


El respeto de los bienes ajenos

2408 El séptimo mandamiento prohíbe el robo, es decir, la usurpación del bien ajeno contra la voluntad razonable de su dueño. No hay robo si el consentimiento puede ser presumido o si el rechazo es contrario a la razón y al destino universal de los bienes. Es el caso de la necesidad urgente y evidente en que el único medio de remediar las necesidades inmediatas y esenciales (alimento, vivienda, vestido…) es disponer y usar de los bienes ajenos (cf GS 69,1).

2409 Toda forma de tomar o retener injustamente el bien ajeno, aunque no contradiga las disposiciones de la ley civil, es contraria al séptimo mandamiento. Así, retener deliberadamente bienes prestados u objetos perdidos, defraudar en el ejercicio del comercio (cf Dt 25, 13-16), pagar salarios injustos (cf Dt 24,14-15; St 5,4), elevar los precios especulando con la ignorancia o la necesidad ajenas (cf Am 8,4-6).

Son también moralmente ilícitos, la especulación mediante la cual se pretende hacer variar artificialmente la valoración de los bienes con el fin de obtener un beneficio en detrimento ajeno; la corrupción mediante la cual se vicia el juicio de los que deben tomar decisiones conforme a derecho; la apropiación y el uso privados de los bienes sociales de una empresa; los trabajos mal hechos, el fraude fiscal, la falsificación de cheques y facturas, los gastos excesivos, el despilfarro. Infligir voluntariamente un daño a las propiedades privadas o públicas es contrario a la ley moral y exige reparación.

2410 Las promesas deben ser cumplidas, y los contratos rigurosamente observados en la medida en que el compromiso adquirido es moralmente justo. Una parte notable de la vida económica y social depende del valor de los contratos entre personas físicas o morales. Así, los contratos comerciales de venta o compra, los contratos de alquiler o de trabajo. Todo contrato debe ser hecho y ejecutado de buena fe.

2411 Los contratos están sometidos a la justicia conmutativa, que regula los intercambios entre las personas y entre las instituciones, en el respeto exacto de sus derechos. La justicia conmutativa obliga estrictamente; exige la salvaguarda de los derechos de propiedad, el pago de las deudas y la prestación de obligaciones libremente contraídas. Sin justicia conmutativa no es posible ninguna otra forma de justicia.

La justicia conmutativa se distingue de la justicia legal, que se refiere a lo que el ciudadano debe equitativamente a la comunidad, y de la justicia distributiva que regula lo que la comunidad debe a los ciudadanos en proporción a sus contribuciones y a sus necesidades.

2412 En virtud de la justicia conmutativa, la reparación de la injusticia cometida exige la restitución del bien robado a su propietario:

Jesús bendijo a Zaqueo por su resolución: “si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo” (Lc 19,8). Los que, de manera directa o indirecta, se han apoderado de un bien ajeno, están obligados a restituirlo o a devolver el equivalente en naturaleza o en especie si la cosa ha desaparecido, así como los frutos y beneficios que su propietario hubiera obtenido legítimamente. Están igualmente obligados a restituir, en proporción a su responsabilidad y al beneficio obtenido, todos los que han participado de alguna manera en el robo, o se han aprovechado de él a sabiendas; por ejemplo, quienes lo hayan ordenado o ayudado o encubierto.

2413 Los juegos de azar (de cartas, etc.) o las apuestas no son en sí mismos contrarios a la justicia. No obstante, resultan moralmente inaceptables cuando privan a la persona de lo que le es necesario para atender a sus necesidades o las de los demás. La pasión del juego corre peligro de convertirse en una grave servidumbre. Apostar injustamente o hacer trampas en los juegos constituye una materia grave, a no ser que el daño infligido sea tan leve que quien lo padece no pueda razonablemente considerarlo significativo.

2414 El séptimo mandamiento proscribe los actos o empresas que, por una u otra razón, egoísta o ideológica, mercantil o totalitaria, conduce a esclavizar seres humanos, a menospreciar su dignidad personal, a comprarlos, a venderlos y a cambiarlos como mercancía. Es un pecado contra la dignidad de las personas y sus derechos fundamentales reducirlos por la violencia a un objeto de consumo o a una fuente de beneficio. S. Pablo ordenaba a un amo cristiano que tratase a su esclavo cristiano “no como esclavo, sino…como un hermano…en el Señor” (Flm 16).


El respeto de la integridad de la creación

2415 El séptimo mandamiento exige el respeto de la integridad de la creación. Los animales, como las plantas y los seres inanimados, están naturalmente destinados al bien común de la humanidad pasada, presente y futura (cf Gn 1,28-31). El uso de los recursos minerales, vegetales y animales del universo no puede ser separado del respeto a las exigencias morales. El dominio concedido por el Creador al hombre sobre los seres inanimados y los seres vivos no es absoluto; está regulado por el cuidado de la calidad de la vida del prójimo comprendidas las generaciones venideras; exige un respeto religioso de la integridad de la creación (cf CA 37-38).

2416 Los animales son criaturas de Dios, que los rodea de su solicitud providencial (cf Mt 6,16). Por su simple existencia, lo bendicen y le dan gloria (cf Dn 3,57-58). También los hombres les deben aprecio. Recuérdese con qué delicadeza trataban a los animales S. Francisco de Asís o S. Felipe Neri.

2417 Dios confió los animales a la administración del que fue creado por él a su imagen (cf Gn 2,19-20; 9,1-4). Por tanto, es legítimo servirse de los animales para el alimento y la confección de vestidos. Se los puede domesticar para que ayuden al hombre en sus trabajos y en sus ocios. Los experimentos médicos y científicos en animales son prácticas moralmente aceptables, si se mantienen dentro de límites razonables y contribuyen a curar o salvar vidas humanas.

2418 Es contrario a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a los animales y gastar sin necesidad sus vidas. Es también indigno invertir en ellos sumas que deberían más bien remediar la miseria de los hombres. Se puede amar a los animales; pero no se puede desviar hacia ellos el afecto debido únicamente a los seres humanos.


III LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

2419 “La revelación cristiana…nos conduce a una comprensión más profunda de las leyes de la vida social” (GS 23,1). La Iglesia recibe del evangelio la plena revelación de la verdad del hombre. Cuando cumple su misión de anunciar el evangelio, enseña al hombre, en nombre de Cristo, su dignidad propia y su vocación a la comunión de las personas; y le descubre las exigencias de la justicia y de la paz, conformes a la sabiduría divina.

2420 La Iglesia expresa un juicio moral, en materia económica y social, “cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas” (GS 76,5). En el orden de la moralidad, la Iglesia ejerce una misión distinta de la que ejercen las autoridades políticas: ella se ocupa de los aspectos temporales del bien común a causa de su ordenación al soberano Bien, nuestro fin último. Se esfuerza por inspirar las actitudes justas en el uso de los bienes terrenos y en las relaciones socioeconómicas.

2421 La doctrina social de la Iglesia se desarrolló en el siglo XIX cuando se produce el encuentro entre el evangelio y la sociedad industrial moderna, sus nuevas estructuras para producción de bienes de consumo, su nueva concepción de la sociedad, del Estado y de la autoridad, sus nuevas formas de trabajo y de propiedad. El desarrollo de la doctrina de la Iglesia en materia económica y social da testimonio del valor permanente de la enseñanza de la Iglesia, al mismo tiempo que del sentido verdadero de su Tradición siempre viva y activa (cf. CA 3).

2422 La enseñanza social de la Iglesia comprende un cuerpo de doctrina que se articula a medida que la Iglesia interpreta los acontecimientos a lo largo de la historia, a la luz del conjunto de la palabra revelada por Cristo Jesús con la asistencia del Espíritu Santo (cf SRS 1; 41). Esta enseñanza resulta tanto más aceptable para los hombres de buena voluntad cuanto más inspira la conducta de los fieles.

2423 La doctrina social de la Iglesia propone principios de reflexión, extrae criterios de juicio, da orientaciones para la acción:

Todo sistema, según el cual las relaciones socia les estarían determinadas enteramente por los factores económicos es contrario a la naturaleza de la persona humana y de sus actos (cf CA 24).

2424 Una teoría que hace del lucro la norma exclusiva y el fin último de la actividad económica es moralmente inaceptable. El apetito desordenado de dinero no deja de producir efectos perniciosos. Es una de las causas de los numerosos conflictos que perturban el orden social (cf GS 63,3; LE 7; CA 35).

Un sistema que “sacrifica los derechos fundamentales de la persona y de los grupos en aras de la organización colectiva de la producción” es contrario a la dignidad del hombre (cf GS 65). Toda práctica que reduce a las personas a no ser más que medios de lucro esclaviza al hombre, conduce a la idolatría del dinero y contribuye a difundir el ateísmo. “No podéis servir a Dios y al Dinero” (Mt 6,24; Lc 16,13).

2425 La Iglesia ha rechazado las ideologías totalitarias y ateas asociadas en los tiempos modernos al “comunismo” o “socialismo”. Por otra parte, ha reprobado en la práctica del “capitalismo” el individualismo y la primacía absoluta de la ley de mercado sobre el trabajo humano (cf CA 10, 13.44). La regulación de la economía únicamente por la planificación centralizada pervierte en la base los vínculos sociales; su regulación únicamente por la ley de mercado quebranta la justicia social, porque “existen numerosas necesidades humanas que no tienen salida en el mercado” (CA 34). Es preciso promover una regulación razonable del mercado y de las iniciativas económicas, según una justa jerarquía de valores y atendiendo al bien común.

IV LA ACTIVIDAD ECONÓMICA Y LA JUSTICIA SOCIAL

2426 El desarrollo de las actividades económicas y el crecimiento de la producción están destinados a remediar las necesidades de los seres humanos. La vida económica no tiende solamente a multiplicar los bienes producidos y a aumentar el lucro o el poder; está ante todo ordenada al servicio de las personas, del hombre entero y de toda la comunidad humana. La actividad económica dirigida según sus propios métodos, debe moverse dentro de los límites del orden moral, según la justicia social, a fin de responder al plan de Dios sobre el hombre (cf GS 64).

2427 El trabajo humano procede directamente de personas creadas a imagen de Dios y llamadas a prolongar, unidas y para mutuo beneficio, la obra de la creación dominando la tierra (cf Gn 1,28; GS 34; CA 31). El trabajo es, por tanto, un deber: “Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma” (2 Ts 3,10; cf. 1 Ts 4,11). El trabajo honra los dones del Creador y los talentos recibidos. Puede ser también redentor. Soportando el peso del trabajo (cf Gn 3,14-19), en unión con Jesús, el carpintero de Nazaret y el crucificado del Calvario, el hombre colabora en cierta manera con el Hijo de Dios en su Obra redentora. Se muestra discípulo de Cristo llevando la Cruz cada día, en la actividad que está llamado a realizar (cf LE 27). El trabajo puede ser un medio de santificación y una animación de las realidades terrenas en el espíritu de Cristo.

2428 En el trabajo, la persona ejerce y aplica una parte de las capacidades inscritas en su naturaleza. El valor primordial del trabajo pertenece al hombre mismo, que es su autor y su destinatario. El trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo (cf LE 6).

Cada uno debe poder sacar del trabajo los medios para sustentar su vida y la de los suyos, y para prestar servicio a la comunidad humana.

2429 Cada uno tiene el derecho de iniciativa económica, y podrá usar legítimamente de sus talentos para contribuir a una abundancia provechosa para todos, y para recoger los justos frutos de sus esfuerzos. Deberá ajustarse a las reglamentaciones dictadas por las autoridades legítimas con miras al bien común (cf CA 32; 34).

2430 La vida económica se ve afectada por intereses diversos, con frecuencia opuestos entre sí. Así se explica el surgimiento de conflictos que la caracterizan (cf LE 11). Será preciso esforzarse para reducir estos últimos mediante la negociación, que respete los derechos y los deberes de cada parte: los responsables de las empresas, los representantes de los trabajadores, por ejemplo, organizaciones sindicales y, en caso necesario, los poderes públicos.

2431 La responsabilidad del Estado. “La actividad económica, en particular la economía de mercado, no puede desenvolverse en medio de un vacío institucional, jurídico y político. Por el contrario supone una seguridad que garantiza la libertad individual y la propiedad, además de un sistema monetario estable y servicios públicos eficientes. La primera incumbencia del Estado es, pues, la de garantizar esa seguridad, de manera que quien trabaja y produce pueda gozar de los frutos de su trabajo y, por tanto, se sienta estimulado a realizarlo eficiente y honestamente…Otra incumbencia del Estado es la de vigilar y encauzar el ejercicio de los derechos humanos en el sector económico; pero en este campo la primera responsabilidad no es del Estado, sino de cada persona y de los diversos grupos y asociaciones en que se articula la sociedad” (CA 48).

2432 Los responsables de las empresas ostentan ante la sociedad la responsabilidad económica y ecológica de sus operaciones (CA 37). Están obligados a considerar el bien de las personas y no solamente el aumento de las ganancias. Sin embargo, estas son necesarias; permiten realizar las inversiones que aseguran el porvenir de las empresas, y garantizan los puestos de trabajo.

2433 El acceso al trabajo y a la profesión debe estar abierto a todos sin discriminación injusta, hombres y mujeres, sanos y disminuidos, autóctonos e inmigrados (cf. LE 19; 22-23). En función de las circunstancias, la sociedad debe por su parte ayudar a los ciudadanos a procurarse un trabajo y un empleo (cf. CA 48).

2434 El salario justo es el fruto legítimo del trabajo. Negarlo o retenerlo puede constituir una grave injusticia (cf Lv 19,13; Dt 24,14-15; St 5,4). Para determinar la remuneración justa se han de tener en cuenta a la vez las necesidades y las contribuciones de cada uno. “El trabajo debe ser remunerado de tal modo que se den al hombre posibilidades de que él y los suyos vivan dignamente su vida material, social, cultural y espiritual, teniendo en cuenta la tarea y la productividad de cada uno, así como las condiciones de la empresa y el bien común” (GS 67,2). El acuerdo de las partes no basta para justificar moralmente el importe del salario.

2435 La huelga es moralmente legítima cuando se presenta como un recurso inevitable, si no necesario para obtener un beneficio proporcionado. Resulta moralmente inaceptable cuando va acompañada de violencias o también cuando se lleva a cabo en función de objetivos no directamente vinculados a las condiciones de trabajo o contrarios al bien común.

2436 Es injusto no pagar a los organismos de seguridad social las cotizaciones establecidas por las autoridades legítimas.

La privación de empleo a causa de la huelga es casi siempre para su víctima un atentado contra su dignidad y una amenaza para el equilibrio de la vida. Además del daño personal padecido, de esa privación se derivan riesgos numerosos para su hogar (cf. LE 18).


V JUSTICIA Y SOLIDARIDAD ENTRE LAS NACIONES

2437 En el plano internacional la desigualdad de los recursos y de los medios económicos es tal que crea entre las naciones un verdadero “abismo” (SRS 14). Por un lado están los que poseen y desarrollan los medios de crecimiento, y por otro, los que acumulan deudas.

2438 Diversas causas, de naturaleza religiosa, política, económica y financiera, confieren hoy a la cuestión social “una dimensión mundial” (SRS 9). La solidaridad es necesaria entre las naciones cuyas políticas son ya interdependientes. Es todavía más indispensable cuando se trata de acabar con los “mecanismos perversos” que obstaculizan el desarrolla de los países menos avanzados (cf SRS 17; 45). Es preciso sustituir los sistemas financieros abusivos, si no usureros (cf CA 35), las relaciones comerciales inicuas entre las naciones, la carrera de armamentos, por un esfuerzo común para movilizar los recursos hacia objetivos de desarrollo moral, cultural y económico “fijando de nuevo las prioridades y las escalas de valores” (CA 28).

2439 Las naciones ricas tienen una responsabilidad moral grave respecto a las que no pueden por sí mismas asegurar los medios de su desarrollo, o han sido impedidas de realizarlo por trágicos acontecimientos históricos. Es un deber de solidaridad y de caridad; es también una obligación de justicia si el bienestar de las naciones ricas procede de recursos que no han sido pagados justamente.

2440 La ayuda directa constituye una respuesta apropiada a necesidades inmediatas, extraordinarias, causadas por ejemplo por catástrofes naturales, epidemias, etc. Pero no basta para reparar los graves daños que resultan de situaciones de indigencia ni para remediar de forma duradera las necesidades. Es preciso también reformar las instituciones económicas y financieras internacionales para que promuevan mejor relaciones equitativas con los países menos desarrollados (cf SRS 16). Es preciso sostener el esfuerzo de los países pobres que trabajan por su crecimiento y su liberación (cf CA 26). Esta doctrina exige ser aplicada de manera muy particular en el ámbito del trabajo agrícola. Los campesinos, sobre todo en el Tercer Mundo, forman la masa preponderante de los pobres.

2441 Acrecentar el sentido de Dios y el conocimiento de sí mismo constituye la base de todo desarrollo completo de la sociedad humana. Este multiplica los bienes materiales y los pone al servicio de la persona y de su libertad. Disminuye la miseria y la explotación económicas. Hace crecer el respeto de las identidades culturales y la apertura a la trascendencia (cf SRS 32; CA 51).

2442 No corresponde a los pastores de la Iglesia intervenir directamente en la actividad política y en la organización de la vida social. Esta tarea forma parte de la vocación de los fieles laicos, que actúan por su propia iniciativa con sus conciudadanos. La acción social puede implicar una pluralidad de vías concretas. Deberá atender siempre al bien común y ajustarse al mensaje evangélico y a la enseñanza de la Iglesia. Pertenece a los fieles laicos “animar, con su compromiso cristiano, las realidades y, en ellas, procurar ser testigos y operadores de paz y de justicia” (SRS 47; cf 42).

VI EL AMOR DE LOS POBRES

2443 Dios bendice a los que ayudan a los pobres y reprueba a los que se niegan a hacerlo: “a quien te pide da, al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda” (Mt 5,42). “Gratis lo recibisteis, dadlo gratis” (Mt 10,8). Jesucristo reconocerá a sus elegidos en lo que hayan hecho por los pobres (cf Mt 25,31-36). La buena nueva “anunciada a los pobres” (Mt 11,5; Lc 4,18) es el signo de la presencia de Cristo.

2444 “El amor de la Iglesia por los pobres…pertenece a su constante tradición ” (CA 57). Está inspirado en el Evangelio de las bienaventuranzas (cf Lc 6,20-22), en la pobreza de Jesús (cf Mt 8,20), y en su atención a los pobres (cf Mc 12,41-44). El amor a los pobres es también uno de los motivos del deber de trabajar, con el fin de “hacer partícipe al que se halle en necesidad” (Ef 4,28). No abarca sólo la pobreza material, sino también las numerosas formas de pobreza cultural y religiosa (cf CA 57).

2445 El amor a los pobres es incompatible con el amor desordenado de las riquezas o su uso egoísta:

Ahora bien, vosotros, ricos, llorad y dad alaridos por las desgracias que están para caer sobre vosotros. Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos están apolillados; vuestro oro y vuestra plata están tomados de herrumbre y su herrumbre será testimonio contra vosotros y devorará vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado riquezas en estos días que son los últimos. Mirad: el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido sobre la tierra regaladamente y os habéis entregado a a los placeres; habéis hartado vuestros corazones en el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste (St 5,1-6).

2446 S. Juan Crisóstomo lo recuerda vigorosamente: “No hacer participar a los pobres de los propios bienes es robarles y quitarles la vida. Lo que tenemos no son nuestros bienes, sino los suyos” (Laz. 1,6). “Satisfacer ante todo las exigencias de la justicia, de modo que no se ofrezca como ayuda de caridad lo que ya se debe a título de justicia” (AA 8):

Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia (S. Gregorio Magno, past. 3,21).

2447 Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales (cf. Is 58,6-7; Hb 13,3). Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras de misericordia espiritual, como perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporal consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos (cf Mt 25,31-46). Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres (cf Tb 4, 5-11; Si 17,22) es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios (cf Mt 6,2-4):

El que tenga dos túnicas que las reparta con el que no tiene; el que tenga para comer que haga lo mismo (Lc 3,11). Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para vosotros (Lc 11,41). Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: “id en paz, calentaos o hartaos”, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? (St 2,15-16; cf. 1 Jn 3,17).

2448 “Bajo sus múltiples formas -indigencia material, opresión injusta, enfermedades físicas o síquicas y, por último, la muerte- la miseria humana es el signo manifiesto de la debilidad congénita en que se encuentra el hombre tras el primer pecado y de la necesidad de salvación. Por ello, la miseria humana atrae la compasión de Cristo Salvador, que la ha querido cargar sobre sí e identificarse con los `más pequeños de sus hermanos” . También por ello, los oprimidos por la miseria son objeto de un amor de preferencia por parte de la Iglesia, que, desde los orígenes, y a pesar de los fallos de muchos de sus miembros, no ha cesado de trabajar para aliviarlos, defenderlos y liberarlos. Lo ha hecho mediante innumerables obras de beneficencia, que siempre y en todo lugar continúan siendo indispensables” (CDF, instr. “Libertatis conscientia” 68).

2449 En el Antiguo Testamento, toda una serie de medidas jurídicas (año jubilar, prohibición del préstamo a interés, retención de la prenda, obligación del diezmo, pago del jornalero, derecho de rebusca después de la vendimia y la siega) responden a la exhortación del Deuteronomio: “Ciertamente nunca faltarán pobres en este país; por esto te doy yo este mandamiento: debes abrir tu mano a tu hermano, a aquel de los tuyos que es indigente y pobre en tu tierra” (Dt 15,11). Jesús hace suyas estas palabras: “Porque pobres siempre tendréis con vosotros; pero a mí no siempre me tendréis” (Jn 12,8). Con esto, no hace caduca la vehemencia de los oráculos antiguos: “comprando por dinero a los débiles y al pobre por un par de sandalias…” (Am 8,6), sino nos invita a reconocer su presencia en los pobres que son sus hermanos (cf Mt 25,40):

El día en que su madre le reprendió por atender en la casa a pobres y enfermos, Santa Rosa de Lima le contestó: “cuando servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús. No debemos cansarnos de ayudar a nuestro prójimo, porque en ellos servimos a Jesús”.


RESUMEN

2450 “No robarás” (Dt 5,19). “Ni los ladrones, ni los avaros…ni los rapaces heredarán el Reino de Dios” (1 Co 6,10).

2451 El séptimo mandamiento prescribe la práctica de la justicia y de la caridad en el uso de los bienes terrenos y los frutos del trabajo de los hombres.

2452 Los bienes de la creación están destinados a todo el género humano. El derecho a la propiedad privada no anula el destino universal de los bienes.

2453 El séptimo mandamiento prohíbe el robo. El robo es la usurpación del bien ajeno contra la voluntad razonable del dueño.

2454 Toda manera de tomar y de usar injustamente el bien ajeno es contraria al séptimo mandamiento. La injusticia cometida exige reparación. La justicia conmutativa impone la restitución del bien robado.

2455 La ley moral proscribe los actos que, con fines mercantiles o totalitarios, llevan a esclavizar a los seres humanos, a comprarlos, venderlos y cambiarlos como mercancías.

2456 El dominio, concedido por el Creador, sobre los recursos minerales, vegetales y animales del universo, no puede ser separado del respeto de las obligaciones morales frente a todos los hombres, incluidos los de las generaciones venideras.

2457 Los animales están confiados a la administración del hombre que les debe aprecio. Pueden servir a la justa satisfacción de las necesidades del hombre.

2458 La Iglesia pronuncia un juicio en materia económica y social cuando lo exigen los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas. Se cuida del bien común temporal de los hombres en razón de su ordenación al soberano Bien, nuestro fin último.

2459 El hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económica y social. El punto decisivo de la cuestión social consiste en que los bienes creados por Dios para todos lleguen de hecho a todos, según la justicia y con la ayuda de la caridad.

2460 El valor primordial del trabajo atañe al hombre mismo que es su autor y su destinatario. Mediante su trabajo, el hombre participa en la obra de la creación. Unido a Cristo, el trabajo puede ser redentor.

2461 El desarrollo verdadero es el del hombre entero. Se trata de hacer crecer la capacidad de cada persona de responder a su vocación, por tanto, a la llamada de Dios (cf CA 29).

2462 La limosna hecha a los pobres es un testimonio de caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios.

2463 En la multitud de seres humanos sin pan, sin techo, sin patria, hay que reconocer a Lázaro, el mendigo hambriento de la parábola (cf Lc 16,19-31). En dicha multitud hay que oír a Jesús que dice: “Cuanto dejásteis de hacer con uno de estos, también conmigo dejásteis de hacerlo” (Mt 25,45).

La Vida Don de Dios


quinto mandamiento, continuacion…..

Autor:; Ricardo Sada Fernandez

Johnathan Swift, el conocido autor de “Los viajes de Gulliver”, se ponía de luto y ayunaba el día de su cumpleaños. Haber nacido le parecía una auténtica desgracia. Pero como millones y millones de personas celebran su cumpleaños, no parece que hayamos de darle la razón el señor Swift. Haber nacido es una cosa buena y positiva; aún más, la vida no sólo es un bien, sino que es el bien más alto en el orden natural. El sentimiento contrario es pasajero, debido quizá a la enfermedad física o mental, o a las injusticias que los demás nos han causado.

Además, la vida no sólo es un bien, sino que además es un don, un regalo. Ese don nos ha sido dado (a través de nuestros padres) por Dios: sólo Dios es dueño de la vida. Cada alma es individual y personalmente creada por Dios y sólo Dios tiene derecho a decidir cuándo la infunde a un cuerpo y cuándo su tiempo de estancia en la tierra ha terminado.

Que la vida humana pertenece a Dios es tan evidente que la gravedad del homicidio -quitar injustamente la vida a otro- es aceptada universalmente por la sola ley de la razón entre los hombres de buena voluntad. La gravedad del pecado de suicidio -quitarse la vida de modo voluntario- es igualmente evidente.

Aunque la vida sea un bien tan grande, no es un bien absoluto. Por gravísimas razones, es lícito matar a otro, quitarle justamente su vida. Por ejemplo, si un agresor injusto amenaza mi vida o la de un tercero, y matarlo es el único modo de detenerlo, no peco si lo hago. De hecho, es permisible matar también cuando el criminal amenaza con tomar o destruir bienes de gran valor y no hay otra forma de pararlo. De ahí se sigue que los policías no atentan contra este mandamiento cuando, no pudiendo disuadir al delincuente de otra manera, lo privan de la existencia.

Está claro que el principio de defensa propia sólo se aplica cuando se es víctima de una agresión injusta. Nunca es lícito quitar la vida a un inocente para salvar la propia. Si estoy perdido con otro en el desierto y sólo hay agua para una persona, no puedo matarlo para conseguir así llegar hasta el oasis. Tampoco puede matarse directamente al niño en gestación para salvar la vida de su madre. El niño aún no nacido no es agresor injusto de la madre, y tiene derecho a vivir todo el tiempo que Dios le conceda. Destruir directa y deliberadamente su vida es un pecado de suma gravedad; es un asesinato y tiene, además, la malicia añadida del envío a la eternidad de un alma sin oportunidad de bautismo. Éste es otro de los pecados que la Iglesia trata de contener imponiendo la excomunión a todos los que sin su ayuda no se hubiera cometido el delito: no sólo a la madre, también a los médicos o enfermeras que lo realicen, a quien convenza a la madre o le facilite el dinero para ese fin.

Una extensión del principio de defensa personal se aplica a las naciones. Por ello, el soldado que combate por su país en una guerra justa no peca si mata. Una guerra es justa: a) si es una guerra defensiva, es decir, si la nación ve sus derechos o su territorio injustamente violados; b) si se recurre a ella en último extremo, una vez agotados todos los demás medios de dirimir la disputa; c) si se lleva a cabo según los dictados de la ley natural y la leyes internacionales, y d) si se suspende tan pronto como la nación agresora ofrece la satisfacción debida.

En la práctica resulta a veces muy difícil para el ciudadano medio decidir si la guerra en que su nación se embarca es justa o no. El ciudadano común suele no conocer todos los intríngulis de una situación internacional. De ahí que muchas veces deba esperar el juicio de la autoridad competente (los obispos o el Papa), para saber cómo actuar. No ha de olvidar, en todo caso, que incluso en una guerra justa se puede pecar por el uso injusto de los medios bélicos, como en caso de emplear armas biológicas que causen estragos al margen de objetivos de valor militar.

Ya que la vida no es nuestra, hemos de poner todos los medios razonables para preservar tanto la propia como la del prójimo. Es a todas luces evidente que pecamos si causamos deliberado daño físico a otros; y el pecado se hace mortal si el daño fuera grave. Por ello, las disputas en que se llega a las manos -a no ser que se trate de una agresión injusta-, son una falta contra el quinto mandamiento de la ley de Dios.

Lo que directa o indirectamente se relacione con la vida cae en el ámbito del quinto mandamiento. Podemos ir deduciendo de ello muchas consecuencias prácticas. Por ejemplo, es evidente que quien conduce un vehículo de modo imprudente, comete pecado grave, pues expone su vida y la de otros a un riesgo innecesario. Esto también se aplica al conductor que se encuentra atarantado por el alcohol. El conductor ebrio es criminal además de borracho. Ambos son pecados contra el quinto mandamiento, pues beber en exceso, igual que comer excesivamente, contraviene este precepto porque perjudica la salud, y porque la destemplanza causa fácilmente otros efectos nocivos. El pecado de embriaguez se hace mortal cuando de tal modo afecta al bebedor que ya no sabe lo que hace. Pero beber sin llegar a ese extremo también puede ser un pecado mortal por sus consecuencias malas: perjudicar la salud, revelar secretos o descuidar los deberes profesionales o familiares. Quien habitualmente toma bebidas alcohólicas en exceso y se considera libre de pecado porque conservó la noción de lo que hizo, normalmente se engaña a sí mismo; raras veces las bebidas alcohólicas no producen daño grave en el prójimo o en uno mismo.

El drogadicto peca gravemente contra este precepto de la ley de Dios. Ingiere la droga con el fin de recibir sensaciones o experiencias sin otro objeto que la satisfacción personal. Implica un arbitrario y arriesgado peligro, que priva al individuo de la función rectora de la razón y le produce perjuicios fisiológicos y psicológicos casi siempre graves e irreversibles. Es, sin ninguna justificación, un atentado contra la vida.

Al ser responsables ante Dios por la vida que nos ha dado, tenemos obligación de cuidar la salud dentro de límites razonables. Exponernos a peligros deliberados o innecesarios (como el alpinismo sin precauciones debidas), descuidar la atención médica (cuando sospechamos tener una enfermedad seria), descuidar el necesario descanso (no dormir o no comer lo debido), es faltar a nuestros deberes como administradores de algo que es de Dios.

Un principio básico sobre este precepto es que la vida de todo el cuerpo es más importante que la de cualquiera de sus partes. En consecuencia, es lícito extirpar un órgano para conservar la vida. La amputación de un brazo gangrenado o de una matriz cancerosa está justificada moralmente. Sin embargo, mutilar el cuerpo innecesariamente es pecado, y pecado mortal si la mutilación es seria en sí o en sus efectos. Aquella persona que voluntariamente se somete a una intervención quirúrgica con el único fin de quedar estéril, incurre en un pecado mortal, igual que el cirujano que la realiza, sean cuales fueren las circunstancias del caso concreto. También se incluye dentro de este precepto la “eutanasia” (matar a un enfermo incurable para acabar con sus sufrimientos). La eutanasia es pecado grave, aunque el mismo paciente la pida. Si una enfermedad incurable es parte de la providencia de Dios para mí, ni yo ni nadie tiene derecho a impugnarla. La vida es de Dios, y sólo Él determina cuando llega a su fin.

¿Fecundación igual a procreación?


Del quinto mandamiento. Continuación…..

Ricardo Sada Fernandez

El 25 de julio de 1978 vio la luz del mundo en la clínica Oldham de Londres, tras un parto cesáreo, Louise Brown, el primer ser humano fecundado en probeta. Pocos meses después nace en Australia por el mismo método otra niña; en mayo de 1981 nace Amandine -el primer caso en Francia-, y en diciembre del mismo año tiene lugar un hecho similar en Estados Unidos. Desde entonces, el método de la fecundación del óvulo humano y de la posterior transferencia de ese óvulo fecundado al útero de la madre (FIVET= Fecundación in vitro con embryo transfer) ha originado ya millares de nacimientos.

En un primer momento podríamos pensar que se trata de un gozoso acontecimiento para la humanidad: sería ésta la solución para algunos matrimonios incapaces de procrear por métodos naturales. Pero las implicaciones morales, psicológicas, sociales y legales nos vendrán a decir que en realidad se trata de una de las mayores aberraciones que se han llevado a cabo en la historia de la humanidad. Veamos por qué.

La FIVET implica de hecho, en varias de sus fases y bajo diversas modalidades, la muerte de embriones humanos. Esa pérdida de vidas humanas se produce tanto en los primeros momentos del embrión, como cuando se transfiere, pero no se llega a implantar, en el útero de la mujer. Deliberadamente el equipo médico lo aborta si ese embrión se ha producido con malformaciones. Sabemos que la vida humana no puede ser objeto de experimentación (como si se tratara de ratones de hámster) para el progreso de la medicina ni para el beneficio de terceras personas. Este principio moral se extiende a toda la vida humana inocente a partir del mismo instante en que comienza.

Al principio, la FIVET se presentó como una técnica para solucionar los casos límites de infertilidad. Buscando no herir la sensibilidad de la gente, se hablaba sólo de FIVET homóloga (es decir, usando sólo gametos de los esposos para la fecundación in vitro e implantando el embrión en el útero de la esposa) -que tampoco es lícita moralmente-, pero ahora se usa indiscriminadamente todo tipo de combinaciones entre gametos del marido o del donante, el óvulo de la esposa o de la donante, implantación en el útero de la madre o el recurso a una “madre alquiler” (en total, si tenemos tiempo de contar, nos saldrían ocho posibles combinaciones). Junto a ello, se plantea el gran desorden moral de los métodos utilizados para las fases previas de la fecundación (por ejemplo, la masturbación, e incluso prácticas aberrantes como unir -destruyéndolos a continuación- gametos masculinos con óvulos de hámster, para determinar si la infertilidad se debe al hombre o a la mujer).

Naturalmente se siguen de esas prácticas tres formas de manipulación biológica o genética que no alcanzarían a imaginar hace unas décadas los autores de ciencia-ficción o los médicos de Hitler: no sólo, como dijimos, intentos de fecundación entre gametos humanos y animales (¿un hombre lobo real?), o gestación de embriones en úteros de animales (¿a alguien le agradaría haber sido llevado y parido por una yegua o una chimpancé?), sino también las intervenciones sobre el patrimonio cromosómico con el fin de seleccionar ciertas cualidades que los padres desearían ver en sus hijos (o los monstruos incontrolables que se originarían por fallas técnicas).

Veintidós años antes de que naciera Louise Brown, el Papa Pío XII alzó su voz para frenar esos intentos que apenas iniciaban. Dijo entonces: “Respecto a los intentos de fecundación in vitro, nos basta observar que se los debe excluir como inmorales y absolutamente ilícitos” (Discurso, 19-V-1956). Y desde entonces, como lo que está en juego es la dignidad e inviolabilidad de la vida humana, la Iglesia no ha callado su voz. Juan Pablo II fue concluyente: “Condeno del modo más explícito y formal las manipulaciones experimentales del embrión humano, porque el ser humano, desde su concepción hasta la muerte, nunca puede ser instrumentalizado para ningún fin” (Discurso, 23-X-1982). Y, como esta aberración no ha hecho más que proliferar abundantemente en los cinco continentes, el Magisterio emitió un documento concluyente el 22 de febrero de 1987: “Donum vitae, sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación”.

“De acuerdo”, podría decirnos un médico progresista con restos de sentido común, “pero dentro de poco las técnicas estarán a tal grado perfeccionadas que ya no se perderán los embriones ni se producirán malformaciones en ellos. Entonces sí la moral no tendrá nada que objetar al FIVET”. Suponiendo que lo anterior se llegara a dar, Dios (no la Iglesia) aún seguiría condenando tal práctica. Veamos la razón.

El hombre es la única criatura de este mundo a la que Dios quiere por sí mismo. Es tal su dignidad que llega a la existencia gracias al acto creador de Dios que infunde un alma espiritual e inmortal al cuerpo concebido por los padres. El amor divino concurre al amor humano de modo que éste es elevado al orden mismo de la creación. Por eso se habla de pro-creación. La sexualidad humana se distingue de la sexualidad animal en que no sólo se ordena a la trasmisión de la vida, sino también al amor. La unión sexual en el hombre es la expresión de una previa unión afectiva y espiritual, por la que el hombre y la mujer se entregan mutuamente de modo total, exclusivo y definitivo. La donación física sería falsa y egoísta si no respondiera a una previa donación afectiva y espiritual, de la que se excluye todo tipo de reserva presente o futura, y por la que el hombre y la mujer -antes de ser una sola carne, como dice crudamente el libro del Génesis- son un solo espíritu, un solo corazón, una sola vida, un solo destino.

Así pues, la procreación y la unión conyugal son dos bienes que funden sus raíces en el valor de la persona. La inseparabilidad de estos dos aspectos pertenece a la ley natural y al orden moral revelado por Dios: “En el acto conyugal no es lícito separar artificialmente el significado unitivo del significado procreador, porque uno y otro pertenecen a la verdad íntima del acto conyugal: uno se realiza juntamente con el otro y, en cierto sentido el uno a través del otro” (Juan Pablo II, Alocución, 22-VIII-84).

En la fecundación in vitro el acto que origina la vida humana no es el acto de amor conyugal, no procede de la unión psicológica y espiritual de las dos personas sino que depende de los operadores técnicos. El niño que va a nacer ha de ser respetado y reconocido como igual en dignidad personal a aquellos que le dan la vida, ya que ha de ser fruto de la auténtica donación de sus padres y no producto de la tecnología científica, objeto de producción y adquisición, sujeto al control de calidad, al uso o al rechazo.

Problemas éticos que se originan para conservar la vida ya nacida


Del Quinto Mandamiento….. No mataras

Continuacion…..

Autor: Aurelio Fernández

Homicidio

Homicidio es producir voluntariamente la muerte injusta del inocente. Causar voluntariamente la muerte de un inocente es siempre una injusticia, por ello es el género de muerte que prohíbe, directamente, el quinto mandamiento. Si la vida es el don personal por excelencia, es lógico que nadie pueda disponer de la vida ajena. Es de admirar la contundencia con que la Biblia condena la muerte de un inocente, hasta el punto que ya el Génesis advierte que “quien vierte la sangre inocente, verá su propia sangre vertida” (Gn 9,6).

La gravedad del pecado de homicidio fue siempre recordada a los cristianos de todos los tiempos. La primera tradición condenó este tipo de crimen, al cual, junto con la idolatría, se le denominaba «pecado imperdonable». Incluso, cuando se admitía la pena de muerte, se prohibía que un particular pretendiese aplicar justicia, porque tal acto sería un homicidio. San Agustín escribió:

“El que matare al malhechor sin tener administración pública, será juzgado como homicida; y tanto más, cuanto que no temió usurpar una potestad que Dios no le había concedido”(1).

Y el Catecismo de la Iglesia Católica enseña:

«El quinto mandamiento condena como gravemente pecaminoso el homicidio directo y voluntario. El que mata y los que cooperan voluntariamente con el cometen un pecado que clama venganza del cielo» (CEC 2268).

El terrorismo

Cercano a la gravedad del homicidio se sitúa el terrorismo, máxime cuando va acompañado de la muerte de uno o muchos inocentes. Como enseña el Catecismo de la: Iglesia Católica, «el terrorismo que amenaza, hiere y mata sin discriminación es gravemente contrario a la justicia y a la caridad» (CEC 2297).

La Conferencia Episcopal Española define el terrorismo: «El propósito de matar y destruir indistintamente hombres y bienes, mediante el uso sistemático del terror con una intención ideológica totalitaria».

Además los obispos españoles hacen constar que un elemento fundamental de la actividad terrorista es tratar de eludir el juicio moral justificándolo ideológicamente. Y añaden que el terrorismo es intrínsecamente perverso, nunca justificable, y genera una estructura de pecado que busca dos efectos directos y negativos: el miedo y el odio.

A estos graves delitos que causa el terrorismo -secuestros, heridos, muertes,-, hay que añadir otra serie de males que le acompañan: inseguridad social, amenaza a la libertad ciudadana, odio, venganza, etc. Por eso, nada hay que pueda justificar este fenómeno que cabe calificar como delito público, pues es especialmente perturbador de la convivencia social. Juan Pablo II lo condena con estas gravísimas acusaciones:

«La violencia es una mentira, porque va contra la verdad de nuestra fe, la verdad de nuestra humanidad. La violencia destruye lo que pretende defender: la dignidad; la vida, la libertad del ser humano. Este lenguaje no es ambiguo ni equívoco: la violencia es un error, es una mentira, es un engaño, es un crimen, es indigna del hombre y quienes tratan de justificarla carecen de sentido moral»(2).

En la condena y lucha contra el terrorismo se ha de practicar justicia y se ha de evitar la venganza. Es claro que la maldad intrínseca del terrorismo y las graves injusticias que puede provocar en el individuo yen la colectividad social el deseo de reprimirlo por medios ilícitos, con lo que se corre el riesgo de dar rienda suelta al sentimiento de venganza. Pero, si algo está claro en el Evangelio es el amor al enemigo, lo que invalida cualquier justificación del recurso a la fuerza vengativa para luchar contra el terrorismo. El Evangelio no deja lugar alguno para la venganza, dado que Jesús eliminó la vieja “ley del talión”, (Mt 5, 38-42).

Tortura

Tortura es el uso de la fuerza física o de la violencia moral para arrancar confesiones, castigar a los culpables, intimidar a los que se oponen o satisfacer el odio.

El juicio moral sobre la tortura, históricamente, ha ido unido al tema sobre la licitud de la pena de muerte. Por eso, al ritmo en que se admitía la condena a la pena capital, también se reconocía que, en ciertas circunstancias, se justificaba la tortura. Incluso, la moral cristiana la legitimó con el fin de obtener información o de infringir un castigo.

Por el contrario, entre los autores actuales de la moral católica se da plena unanimidad en condenarla sin paliativos. El Catecismo de la Iglesia Católica emite este juicio, en el que hace historia de esta doctrina y enuncia las razones de este cambio sobre la valoración moral de la tortura:

«En tiempos pasados, se recurrió de modo ordinario a prácticas crueles por parte de autoridades legítimas para mantener la ley y el orden, con frecuencia sin protesta de los pastores de la Iglesia, que incluso adoptaron en sus propios tribunales las prescripciones del derecho romano sobre la tortura. Junto a estos hechos lamentables, la Iglesia ha enseñado siempre el deber de clemencia y misericordia; prohibió a los clérigos derramar sangre. En tiempos recientes se ha hecho evidente que estas prácticas crueles no eran ni necesarias para el orden público ni conformes a los derechos legítimos de la persona humana. Al contrario, estas prácticas conducen a las peores degradaciones. Es preciso esforzarse por su abolición, y orar por las víctimas y sus verdugos” (CEC 2298).

El recurso ala tortura para alcanzar confesiones es considerado por la moral cristiana como una grave ofensa hecha al hombre que la padece, como también enseña el Catecismo:

«La tortura, que usa de violencia física o moral, para arrancar confesiones, para castigar a los culpables, intimidar a los que se oponen, satisfacer el odio, es contraria al respeto de la persona y de la dignidad humana» (CEC 2297).

La legítima defensa

Al imperativo «no matar» del quinto mandamiento no se opone la «legítima defensa», de la cual puede seguirse la muerte del injusto agresor. El hombre no es dueño absoluto de su vida, si no que debe conservarla y defenderla. De ahí que, cuando sea atacado con peligro de su propia vida, tenga la obligación de defenderse contra el agresor. Ahora bien, en la autodefensa puede ocasionar la muerte del que injustamente le agrede.


Para que pueda hablarse la “legítima defensa” se requieren estas condiciones:

1. Que el agresor intente causar un mal muy grave, por ejemplo, la muerte, heridas o mutilación importantes, la violación sexual, intento de secuestro, pérdida de bienes cuantiosos de fortuna… No se considera «agresión injusta» la calumnia, aunque comporte la pérdida de la fama.

2. Debe tratarse de verdadera agresión física; no son suficientes las amenazas, a no ser que se este seguro de que tales amenazas son el preludio de la agresión. Tampoco vale la defensa de una agresión futura.

3. Que la agresión sea, en verdad, “injusta”; no lo es, si quien “arremete” es un miembro de la policía, por ejemplo, dado que lo hace por deber y no injustamente.

4. Para defenderse legítimamente no se requiere que el agresor lo haga de modo voluntario. Cabe la legitima defensa contra un loco, un borracho o un drogadicto.

5. La defensa es legítima si el agredido no tiene otro medio para defenderse, pero no se justifica si, por ejemplo, puede huir.

6. Que la reacción defensiva sea inmediata a la agresión, pues si se hace después, ya no es «defensa», sino que se convierte en venganza.

7. Finalmente, se requiere que no se exceda en causar daño al agresor, de forma que, si puede herirle, no debe ocasionarle la muerte. Es decir, la propia defensa debe guardar “la moderación debida”. Esta última condición no es fácil de precisar, dado que el estado de miedo y nerviosismo impide hacer un juicio ecuánime de la situación.

La muerte del injusto agresor no supone una excepción al quinto mandamiento, pues el «no matarás» se entiende sólo causar voluntariamente la muerte de un inocente; es decir, condena el «homicidio».


Los trasplantes

Desde hace ya bastantes años, los avances de la medicina logran la sustitución de miembros enfermos por otros sanos. Pues bien, el deber de mantener y defender la vida personal, permite al individuo someterse a la operación de un trasplante de órgano.

Existen diversos tipos de trasplantes: Autotrasplante o implantación de tejido u órganos del mismo cuerpo del paciente. Heterotrasplante o implantación de un órgano de un cuerpo ajeno al propio. Este tipo de trasplante puede ser homólogo, o sea, de un miembro de un hombre a otro hombre y heterólogo, es decir, de un animal al hombre. También es preciso distinguir entre el trasplante de un órgano vital o de un órgano secundario del cuerpo humano. Finalmente, el trasplante puede ser entre vivos o de muerto a vivo, según que el órgano trasplantado procede de una persona aun viva o se asuma de un cadáver.

La ética admite toda esta clase de trasplantes. Sin embargo, se rechaza el trasplante de órganos de animales que puedan influir directamente en el organismo humano, como pueden ser las glándulas sexuales. También puede haber reparos en trasplantes de partes decisivas del cerebro. Para el trasplante de una persona viva se requiere que ofrezca total garantía, máxime si se trata de trasplantar un órgano vital.

La licitud de este género de operaciones ha sido confirmada desde el momento en que la medicina logró los primeros trasplantes. Pío XII se adelantó no sólo a admitir la licitud, sino que los justifica a partir de este principio: «El cadáver ya no es, en sentido propio, un sujeto de derechos…, porque se halla privado de personalidad» (3). Perfeccionada la técnica, se multiplican los testimonios magisteriales que afirman su licitud. Por ejemplo, La Comisión Pastoral de la Conferencia Episcopal Española escribe:

«Esto que decimos hoy, y que ya anteriormente otros obispos dispusieron, no es ninguna novedad en el pensamiento de la Iglesia: lo expreso ya Pío XII en el momento en que los primeros trasplantes o transfusiones se hicieron. Lo han repetido los pontífices posteriores. Muy recientemente, Juan Pablo II ha dicho que vela en ese gesto de la donación no solo la ayuda a un paciente concreto, sino «un regalo al Señor paciente, que en su pasión se ha dado en su totalidad y ha derramado su sangre para la salvación de los hombres”. Es, ciertamente, al mismo Cristo a quien toda donación se hace, ya que El nos aseguró que «lo que hiciéramos a uno de estos mis pequeñuelos conmigo lo hacéis» (Mt 25,40). ¿Y quién mas pequeñuelo que el enfermo?».

Seguidamente, los obispos de España animan a los cristianos a que faciliten el trasplante de órganos y a que vivan una cristiana solidaridad:

«Cumplidas esta condiciones, no solo no tiene la fe nada contra tal donación, sino que la Iglesia ve en ella una preciosa forma de imitar a Jesús, que dio la vida por los demás. Tal vez en ninguna otra acción se alcancen tales niveles de ejercicio de fraternidad. En ella nos acercamos al amor gratuito y eficaz que Dios siente hacia nosotros. Es un ejemplo vivo de solidaridad. Es la prueba visible de que el cuerpo de los hombres puede morir, pero que el amor que los sostiene no muere jamás”(4).

Investigación científica

La ciencia médica en buena medida avanza al ritmo en que se llevan a cabo las experiencias clínicas. A este respecto, los diversos Códigos Éticos regulan estas investigaciones con el fin de evitar algunos excesos que cabe llevar a término. Por ejemplo, la Declaración de Tokio (1975) dicta las siguientes criterios éticos:

“La investigación biomédica en seres humanos no puede legítimamente realizarse a menos que la importancia de su objetivo mantenga una proporción con el riesgo inherente al individuo” (I, 4).

«Cada proyecto de investigación biomédica en seres humanos debe ser precedido por un cuidadoso estudio de los riesgos predecibles, en comparación con los beneficios posibles para el individuo o para otros individuos. La preocupación por el interés del individuo debe siempre prevalecer sobre los intereses de la ciencia y de la sociedad» (I, 6).

“Los médicos deben abstenerse de realizar proyectos de investigación en seres humanos si los riesgos inherentes son impronosticables. Deben asimismo interrumpir cualquier experimento que señale que los riesgos son mayores que los posibles beneficios” (I, 7).

«Cualquier investigación en seres humanos debe ser precedida por la: información adecuada a cada voluntario de los objetivos, métodos, posibles beneficios, riesgos previsibles e incomodidades que el experimento puede implicar (…). El médico debiera entonces obtener el consentimiento voluntario y consciente del individuo, preferiblemente por escrito” (I, 9).

«En la investigación en seres humanos, jamás debe darse precedencia a los intereses de la ciencia y de la sociedad antes que al bienestar del individuo” (III, 4).

Esta normativa de la Asamblea Mundial de Tokio se repite en otros Documentos posteriores. España emitió un Real Decreto acerca de la experimentación de medicamentos(5).

En este tema se aúnan la legalidad y la moralidad. En efecto, la Teología Moral asume y en parte se ajusta a estos criterios éticos de los científicos y apenas tiene que añadir a esos principios técnicos más que el fundamento moral, el cual deriva de la peculiar concepción del hombre, como criatura hecha a imagen de Dios. Además, en ocasiones ayuda al medico a emitir un juicio ético mas seguro. Ya Pío XII lo ponía de relieve:

«El medico serio y competente veri con frecuencia con una especie de incuici6n espontánea la licitud moral de la acción que se propone y obrar según su conciencia. Pero se presentan cambien posibilidades de acción en que no existe esta seguridad, o cal vez el ve o cree ver con certeza lo contrario; o bien duda y oscila entre el “si” y el “no”. El «hombre» dentro del «médico», en lo que tiene de mas serio y de mis profundo, no se contenta con examinar desde el punto de vista médico lo que puede intentar y conseguir; quiere cambien ver claro en la cuestión de las posibilidades y obligaciones morales»(6).

Pero, en la medida en que los experimentos médicos siguieron otra ruta, el magisterio insistió en que debía atenderse no sólo a las posibilidades técnicas, sino que el científico también ha de considerar si se adecuan a no a los principios éticos. Para alcanzar este fin, ya Pío XII asentó tres principios que deben regular la experimentación médica: el interés de la ciencia, el bien del paciente y el beneficio que reporta para el bien común de la humanidad.

– El interés de la ciencia medica como justificación de fa investigación. El Papa subraya el valor de los adelantos científicos, pero señala que el simple avance de la ciencia no es un valor absoluto, pues «la ciencia misma, igual que su investigación y su adquisición, deben asentarse en el orden de los valores». En efecto, en la escala de la salud el lugar supremo lo ocupa no el saber científico, sino el hombre, a quien la ciencia medica debe servir. Esta graduación es el aval de toda axiología (nn. 5-6).

– El bien del paciente puede justificar los nuevos métodos médicos de investigación tratamiento. Si bien la experimentación científica ha de estar a favor de la salud del enfermo, este principio tiene también una limitación, pues «no es por si mismo ni suficiente ni determinante». El Papa aduce aquí un principio de la antropología cristiana: el hombre no es dueño absoluto de su vida, por lo que no puede disponer a capricho de ella: «El paciente está ligado a la teleología inmanente fijada por la Naturaleza. El posee el derecho de «uso» limitado por la finalidad natural de las facultades y de las fuerzas de su naturaleza humana. Porque es usufructuario y no propietario, no tiene poder ilimitado para poner actos de carácter anatómico o funcional». (nn. 8-10).

– El interés de fa comunidad. Es decir, la aplicación de nuevas técnicas está también subordinada al bien común de la entera sociedad. En efecto, se han de valorar los bienes físicos y morales que se seguirán para el futuro de la humanidad. Juan Pablo II insiste en que todas las experiencias médicas han de tener a la vista la dignidad de la persona humana, o sea, han de valorar la consideración del hombre como hijo de Dios (7).

El respeto de la salud. El alcoholismo y la drogadicción

El hombre y la mujer tienen la grave obligación de cuidar la salud: la vida es un don de Dios que el hombre debe agradecer y cuidar con esmero. Este deber es doble: poner los medios necesarios para recuperar la salud en caso de enfermedad y evitar los excesos que le causan algún deterioro al cuerpo o a la propia psicología.

Fuera de las comunes enfermedades que afectan al organismo y al psiquismo humanos, las causas mas frecuentes que ocasionan mal a la salud son el alcoholismo y el uso de las drogas. En efecto, estos dos abusos son hoy ocasión frecuente del quebranto de la salud, especialmente entre los jóvenes.

Ya el Antiguo Testamento prevenía contra el abuso del alcohol. El Profeta Isaías advertía de los riesgos del alcoholismo:

“También los sacerdotes y profetas desatinan por el licor, se ahogan en vino, divagan por causa del licor, desatinan en sus visiones, titubean en sus decisiones. Porque todas sus mesas están cubiertas de vómito asqueroso sin respetar sitio» (Is 28,7-8).

Además, el abuso del vino es origen de no pocos desencantos familiares y es ocasión de la pobreza: el Eclesiástico sentenció: “Un obrero bebedor nunca se enriquecerá» (Eccl 19,1).

El alcoholismo es un pecado grave, por cuanto daña la salud y disminuye o anula las facultades intelectuales del hombre y de la mujer. Además, cuando se adquiere el hábito, facilita el acceso a otras experiencias mas graves, como es la drogadicción y constituye un riesgo para la procreación. Finalmente, el individuo puede ser responsable de los daños que provoca en el estado de embriaguez.

Más peligroso que el alcoholismo, es el uso de la droga. Consumir drogas es un pecado especialmente grave. Además de disminuir o anular las facultades psíquicas, la droga causa en el individuo verdaderos estragos físicos y psíquicos. También crea fácilmente la drogodependencia, con codas las secuelas personales, familiares y sociales que conlleva. Finalmente, la drogadicción es una de las causas que facilita contraer la enfermedad del SIDA.

El magisterio se ha ocupado reiteradamente de este tema. Pero a la doctrina magisterial, se junta la atención pastoral. Con este fin, no pocas instituciones de la Iglesia se están dedicando pastoralmente a desarrollar diversos programas para la prevención y la recuperación de las personas afectadas por la droga.

Pero, para atemperar sus efectos, se han de sumar todas las instancias sociales, incluida la legislación oportuna. Este es el objetivo que marca Juan Pablo II:

«La droga es un mal, y ante el mal no caben concesiones. Las legislaciones, incluso parciales, además de ser por lo menos discutibles en relación a lo que debe ser una ley, no surten los efectos que se habían prefijado. Una experiencia ya común lo confirma. Prevención, represión, rehabilitación: he aquellos puntos focales de un programa que, concebido y llevado a cabo a la luz de la dignidad del hombre y apoyado en unas correctas relaciones entre los pueblos, suscita la confianza y el apoyo de la Iglesia» (8).

Suicidio

El cuidado de la salud y el respeto a la integridad corporal supone que el hombre no tiene un dominio absoluto sobre su vida: es un inteligente administrador y un libre poseedor de la misma, pero no puede disponer de ella a capricho. Así se expresa Dios en el Antiguo Testamento: «Ved ahora que yo, sólo yo soy, y no existe otro dios frente a mi. Yo doy la muerte y yo doy la vida, yo hago la herida y yo mismo la curo, y no hay quien pueda librar de mi mano (Dt 32,39). La Biblia y la Tradición es unánime en la condena de todo tipo de suicidio.

El acabar con la propia vida no es fruto de una opción valiente y decisiva de la persona, al contrario, significa una debilidad y falta de voluntad, dado que el suicida no es capaz de asumir las grandes dificultades que pueden acontecer en su existencia. Para el creyente significa además una falta de confianza en Dios. Con frecuencia, el suicidio se consuma cuando el individuo esta sometido a profundas debilidades psicológicas que le impiden asumir valientemente las dificultades que entraña la vida. Además, el suicidio supone un desprecio de la propia persona y causa un grave mal a la convivencia social.

Ante el aumento del fenómeno social del suicidio, la Santa Sede emitió un documento, en el cual enjuicia las causas que lo provocan, ofrece los remedios para evitarlo, argumenta sobre su no licitud y finaliza con la condena en estos términos:

«La muerte voluntaria, o sea, el suicidio, es, por consiguiente, tan inaceptable como el homicidio; semejante acción constituye, en efecto, por parte del hombre, el rechazo de la Soberanía de Dios y de su designio de amor. Además, el suicidio es a menudo un rechazo del amor hacia sí mismo, una negación de la natural aspiración a la vida, una renuncia frente a los deberes de justicia y caridad hacia el prójimo, hacia las diversas comunidades y hacia la sociedad entera, aunque a veces intervengan, como se sabe, factores psicológicos que pueden atenuar o incluso quitar la responsabilidad» (9).

La defensa de la paz: evitar la guerra

La guerra es siempre un mal. Es un profundo fracaso en la convivencia humana. Además, origina múltiples males a diversos y muy amplios niveles: desde los desórdenes individuales, hasta la ruptura de las relaciones entre las diversas naciones e incluso de las distintas culturas de la geografía mundial. Por ello, la guerra significa casi siempre la derrota del hombre y de la humanidad.

La tradición teológica expuso detalladamente las condiciones para la licitud de la guerra. Pero las circunstancias históricas y el masivo poder destructor de las armas modernas ha motivado que el Concilio Vaticano II haya limitado notablemente las condiciones de licitud, de forma que existe un consenso generalizado en negar legitimidad moral a la guerra ofensiva. Incluso la guerra, entendida como legítima defensa, está sometida a estas condiciones restrictivas:

«Mientras exista el riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente y prevista de la fuerza correspondiente, una vez agotadas todas las medias de acuerda pacifica, no se podrá negar a los gobiernos el derecho a la legítima defensa» (GS 79).

El Catecismo de la Iglesia Católica concreta la doctrina acerca de la guerra defensiva justa en estas cuatro condiciones:

• Que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierro.

• Que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficaces.

• Que se reúnan las condiciones serias de éxito.

• Que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar.

El poder de los medios modernos de destrucción obliga a una prudencia extrema en la apreciación de esta condición (CEC 2309).

Pero la superación de la guerra, en buena medida, está condicionada a una cultura de la paz. Si el cristianismo es la religión de la paz, se impone a la moral cristiana educar a las nuevas generaciones en los valores de la paz y desacreditar los posibles logros de la guerra. Como enseña Juan Pablo II: “El comienzo de la guerra marca una grave derrota del derecho internacional y de la comunicación internacional. La guerra no puede ser un medio adecuado para resolver completamente los problemas existentes entre las naciones. No lo ha sido nunca y no lo será jamás” (10). Y, en otra ocasión, al Cuerpo Diplomático, el Papa sentenció: “La guerra es la decadencia de toda la humanidad”.



NOTAS:

1 San AGUSTÍN. La Ciudad de Dios, 1,2.1. PL 41, 35.
2 JUAN PABLO 11, Discurso en lrlanda (29-.IX-1979), «Ecclesia” 1953 (1979) 1261-1962.
3 PÍO XII, Discurso a la Asociación Italiana de donadores de córnea ( 14-V-1956), «Ecclesia»776 (1956) 6-7.
4 COMISIÓN EPISCOPAL PASTORAL, Exhortación sobre la donación de órganos (25-X-1984), «Ecclesia» 2195 (1984) 1331.
5 Real Decreto 561/1993, “BOE” 13-V-1993.
6 Pío XII, Discurso sobre los límites morales de los métodos médicos, 3 (13-IX-1952), “Ecclesia” 585 (1952) 342.
7 JUAN PABLO II, Mensaje para fa jornada mundial del enfermo (11-II-1993), «Ecclesia» 2614-15 (1993) 64-65.
8 JUAN PABLO II, Discurso al VIII Congreso Mundial de las Comunidades Terapéuticas, 6 (8-IX-1984), en “DP”,1984, 193.
9 CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Declaración sobre la eutanasia, 1,3. Vaticano 27.VI.1980.
10 JUAN PABLO II, Alocución 17-1-1991, “Ecclesia” 2512 (1991) 151.

SIGLAS:

CEC: Catecismo Iglesia Católica
HV: Humanae Vitae
DV: Instrucción Donum vitae
EV: Evangelium Vitae

Cuarto Mandamiento


Cuarto mandamiento (continuacion…..)

Aurelio Fernandez

Con la exposición del cuarto mandamiento iniciamos el estudio de los siete preceptos que se recogen en la «segunda tabla»; es decir, los referidos a la convivencia con los demás hombres. El Antiguo Testamento los simplifica y resume en uno: «Amarás al prójimo como a ti mismo ». Tal es la formula que repite Jesucristo en respuesta al fariseo que le pregunta por la esencia de la moral. Jesús precisa que los tres primeros preceptos se resumen en uno: «amar a Dios» y que los siete restantes -a modo de segundo precepto- se concretan en el «amor al prójimo». y Jesús concluye: «No existe otro mandamiento mayor que éstos» (Mc 12,29-31).

El primer mandamiento de esta «segunda tabla» es la práctica del amor en el ámbito de la familia. Ello indica el orden de la caridad que se inicia con aquellos «prójimos» que están más «próximos», o sea los que tienen la misma sangre. En este mandamiento se integra el amor de los esposos entre si, el amor de los padres a los hijos y de estos a sus padres, el amor compartido de los hermanos, y se alarga hasta el amor entre los demás miembros de la familia (abuelos, tíos, etc). Por extensión, se estudia en este mandamiento la relación con las autoridades civiles (maestros, gobernantes, magistrados, etc.), que ejercen una respuesta cuidadosa vigilancia sobre los ciudadanos.

El Decálogo en enuncia este mandamiento en los siguientes términos: « Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar » (Ex 20,12). Una fórmula semejante se encuentra en el Deuteronomio (Dt 5,16).


El matrimonio cristiano

El hombre nace en una familia y él mismo está orientado a vivir en un ámbito familiar. El Génesis describe el origen de la vida human a en el seno de una pareja, unida en matrimonio. Bajo el relato de Adán y Eva, la historia de la humanidad es la crónica del desarrollo de esta primera familia.

La familia es una institución natural. Mas aun, cabe decir que es la mas natural de las instituciones, pues responde a las exigencias del ser humano. De hecho, la constitución somático y psíquica del hombre y de la mujer están no solo orientados el uno al otro, sino que tienden a formar una pareja estable. De este modo, el matrimonio monogámico y permanente es la realidad más común y sólida de la historia humana, pues se encuentra en todos los tiempos y en las más diversas culturas. Este dato es confirmado por los estudios de la historia primitiva y de la etnología. Es una tesis comúnmente aceptada que la poligamia y el divorcio no son fenómenos originarios, sino originados, que aparecen en el tiempo por causas bien distintas.

Para el cristiano este dato histórico está corroborado expresamente por la Revelación. Pues, si bien es cierto que muy pronto esa primera página de la Biblia se oscurece, primero con la poligamia (Gn 4, 19) y más tarde con el divorcio (Dt 24, 1-4) , sin embargo, nos consta que esas malas costumbres se introdujeron «por la malicia del corazón». Jesucristo lo confirma en respuesta a una pregunta que se le hace sobre este tema: “¿Es lícito al marido repudiar a su mujer?”. Y Jesús responde: «Al principio de la creación los hizo Dios varón y hembra; por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y serán los dos una sola carne. De manera que no son dos, sino una sola carne» (Mc 10,5-9).

Este testimonio de Jesús es tan esclarecedor, que con esta doctrina apela al plan originario de Dios, tal como se describe en el Génesis. Además, Cristo se detiene en condenar la ruptura del matrimonio, pues añade: «El que repudia a su mujer y se casa con otra, adultera contra aquella, y si la mujer repudia al marido y se casa con otro, comete adulterio». Y Jesucristo rubrica esta enseñanza tan lúcida con esta sentencia final que perdura a lo largo de la historia como un foco de verdad: «Lo que Dios unió, no lo puede separar el hombre». Por consiguiente, romper el matrimonio no está en manos de los esposos.

La reacción de los Apóstoles confirma que esta expresión ha de entenderse en sentido literal. Ellos, conforme a la costumbre de la época, admitían un cierto divorcio por parte del marido, de aquí que, extrañados, comentaron al Maestro: «Si tal es la condición del hombre con la mujer, no conviene casarse» (Mt 19, 10). Por consiguiente, Jesús expone la verdadera doctrina sobre el matrimonio: lo hace de modo reiterado, rechaza el divorcio vigente en Israel y aclara las ideas a sus propios discípulos. Esta enseñanza es repetida por San Pablo a los cristianos de Corinto:

“En cuanto a los casados, el precepto no es mío, sino del Señor: que la mujer no se separe del marido, y de separarse, que no vuelva a casarse o se reconcilie con el marido y que el marido no repudie a su mujer” (1 Cor7,11).

Y esta misma doctrina es la que enseña reiteradamente el magisterio a lo largo de la historia. El Concilio Vaticano II enseña:

«El marido y la mujer, que por el pacto conyugal ya no son dos, sino una sola carne (Mc 19,6), con la unión intima de sus “personas y actividades se ayudan y se sostienen mutuamente, adquieren conciencia de su unidad y la logran cada vez más plenamente. Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad» (GS 48).

En este texto, el Concilio recoge la enseñanza de Jesús y como tal lo profesa la Iglesia Católica: el matrimonio es uno e indisoluble; es decir «uno con una y para siempre».

La familia en el plan de Dios

Desde el inicio del relato bíblico, las relaciones entre Adán y Eva se prolongan en los hijos, de forma que esta original y primera familia cumple el proyecto inicial Dios. En efecto, el Señor «les bendijo» y les dio el mandato de «creced y multiplicaos» (Gn 1, 28). Precisamente, la bendición divina iba orientada a este fin: la procreación de los hijos. Con ello los esposos expresaban la fecundidad de su amor esponsal.

Del matrimonio, pues, se origina la familia. La familia es el ámbito en el que cabe pronunciar con la mayor verdad y más puro afecto, los términos «esposa», «esposo», «madre», «padre», «hija», «hijo», «hermana», «hermano»… En la familia originada en el matrimonio es donde el amor de los esposos se materializa en el hijo, fruto fecundo del amor esponsalicio. Los hijos son como la plasmación de su propia persona. En este sentido, la convivencia familiar se traduce en una comunión de sentimientos y afectos que, cuando oran y se relacionan con Dios, eleva y aumenta el espíritu de convivencia de los padres entre sí y de estos con los hijos. Tal comunión entre los distintos miembros de la familia refleja la comunión de Dios en la mismidad de su ser trinitario. Así lo expresa el Catecismo de la Iglesia. Católica.:

«La familia cristiana es una comunión de personas, reflejo e imagen de la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo. Su actividad procreadora y educativa es reflejo de la obra creadora de Dios. Es llamada a participar en la oración y el sacrificio de Cristo. La oración cotidiana, la lectura de la Palabra de Dios fortalecen en ella la caridad. La familia cristiana es evangelizadora y misionera» (CEC 2205).

La familia cristiana tiene también relación con la grandeza de la Iglesia. Si el matrimonio, en expresión de san Pablo, refleja la unión de Cristo con su Iglesia (Ef 5, 32). en lógica consecuencia, la familia tiene una especial dimensión eclesial. Por eso se habla de la familia como «Iglesia doméstica». Así se expresa el Papa Juan Pablo II:

«La familia cristiana está llamada a hacer la experiencia de una nueva y original comunión que confirma y perfecciona la natural y humana (…). Una revelación y actuación específica de la comunión eclesial está constituida por la familia cristiana, que también por esto puede y debe decirse ‘Iglesia doméstica’» (FC21).

Por su grandeza y por las amplias significaciones que aúna en relación a Cristo y a la Iglesia, cabe deducir que el matrimonio es para el hombre y la mujer una verdadera vocación. Por eso el amor entre los esposos se sella con un sacramento. O sea, con una cualificada presencia de Jesucristo entre ellos. El sacramento del matrimonio es, pues, un designio de Dios por el que concede a los esposos la gracia de caminar juntos hacia la santidad:

«Es muy importante que el sentido vocacional del matrimonio no falte nunca tanto en la catequesis y en la predicación, como en la conciencia de aquellos a quienes Dios quiera en ese camino, ya que están llamados a incorporarse a los designios divinos para la salvación de rodos los hombres»1.

Tal grandeza del matrimonio ha sido reconocida siempre por la Iglesia, también ha sido alabada por los santos y ha sido vivida por muchos matrimonios cristianos, los cuales, a lo largo de la historia, han sido ejemplo de entrega, de fidelidad y de servicio a la convivencia social. Por eso afirmo el Concilio Vaticano II que “la salvación de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligado a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar» (GS 47).

Deberes de los esposos entre sí

La teología moral enseña las obligaciones éticas que origina el matrimonio. Estas son muchas e importantes, pues se corresponden con la grandeza de este sacramento. Cabe desglosarlas en dos ámbitos: deberes de caridad y deberes de justicia.

a) Deberes de caridad

La santidad del matrimonio demanda que los esposos se amen mutuamente. Al casarse, la Iglesia, con palabras de San Pablo, les recordó que debían amarse como «Cristo ama a su Iglesia». Se trata no solo de amarse, ciertamente, con amor humano, sino también con un amor sobrenatural. Es preciso aclarar que el hombre y la mujer se casan porque se aman con amor sensible (eros) y con amor afectivo (filia). Pero el sacramento eleva ese doble amor sensible-sentimental a amor sobrenatural (ágape)2. De esa novedad sacramental se siguen, entre otras, dos consecuencias:

– los esposos deben conservar, fomentar y aumentar el amor humano;

– siempre, pero sobre todo cuando el amor humano decrece, los esposos han de recurrir al amor sobrenatural mediante la oración y la recepción de los sacramentos.

Los esposos pueden pecar contra los deberes del matrimonio de modo diverso:

– por omisión, en caso de que desatiendan el cuidado del afecto mutuo;

– internamente, cuando fomentan pensamientos y sentimientos malos, contrarios a la caridad, de enemistad uno contra otro;

– externamente, cuando se insultan y no se respetan mutuamente.

b) Deberes de justicia

El matrimonio es un compromiso que origina deberes y obligaciones que comprometen la vida de los cónyuges. El primer deber de justicia es superar las dificultades que se pueden presentar en la vida conyugal y que obliga a poner los medios adecuados para custodiar la fidelidad conyugal. La «unidad» e «indisolubilidad» del matrimonio exigen que se tomen las cautelas necesarias para mantener estas dos cualidades esenciales del matrimonio.

Algunos derechos-deberes reciben garantía jurídica en los diversos Códigos Civiles. Pero, además de la ley civil, vinculan la conciencia de los esposos, de forma que, si no se cumplen ocasionan -aun en caso de que no sea delito civil- una falta moral; es decir, los esposos cometen un pecado cuando conculcan esos derechos y no cumplen los respectivos deberes. Los pecados más frecuentes de los esposos contra la justicia son los siguientes:

– Negarse a prestar el debito conyugal

San Pablo precisa: «El marido otorga lo que es debido a la mujer, e igualmente la mujer al marido» (1 Cor 7,3). Puede darse una causa justa para negarse, tal puede ser si uno de los cónyuges en ese momento estuviese bajo el efecto del alcohol o de la droga.

– Respeto a los bienes propios

Los esposos deben respetar los bienes patrimoniales y, en caso de separación de bienes, han de reconocer y acatar, según justicia, los bienes de cada uno.

– Respeto a otros bienes personales

Entre los esposos existen otros derechos que deben ser respetados. Por ejemplo, la intimidad psicológica, la vida religiosa personal, los derechos de conciencia y aquellos ámbitos de libertad que no se incluyen en los deberes propios de esposo o esposa, como son los gustos y aficiones personales, los ideales políticos y culturales, etc. Si bien, por la paz del hogar, en ocasiones, se puede ceder en favor de una convivencia conyugal armoniosa.

Deberes de los padres para con los hijos

Es normal que estos deberes no resulten demasiado enojosos para los padres, puesto que existe en ellos un sentimiento muy íntimo para cumplirlos. Cabe distinguir deberes de caridad y de justicia, aunque no es fácil delimitar este doble campo, pues en los padres justicia y caridad casi siempre se identifican.

a) Deberes de caridad

El deber fundamental es amarlos con amor materno-paterno-filial. Es un «fácil deber» que brota espontáneo del corazón de la madre y del padre desde el momento de la concepción. Pero en ocasiones tendrán que esforzarse en manifestarles ese amor. Tal puede ser en épocas de adolescencia e incluso de madurez, cuando los hijos no hayan tenido un comportamiento adecuado con ellos. En todo caso, los padres lo son durante toda la existencia de sus hijos, y de un modo u otro han de manifestarles su amor. En verdad, siempre, pero más en estas situaciones difíciles, los padres tienen la obligación de rezar por sus hijos.

Pero la virtud de la caridad integra -como virtud que la acompaña- la fortaleza. De aquí la obligación que incumbe a los padres de corregir a sus hijos. Un amor sin fortaleza es una caricatura de amor, por eso, precisamente, los padres tienen obligación de educarlos y de corregirlos.

Por amor a los hijos, los padres pueden orientar y aconsejar la vocación de sus hijos, pero también han de respetarla sin coacción. La vocación profesional responde a la naturaleza del hijo, nace con el y en su ejercicio se descubre la voluntad de Dios. Este respeto ha de ser más esmerado cuando el hijo descubre la vocación de entregarse a Dios, bien sea en el sacerdocio, en el estado religioso o en un determinado apostolado en el mundo. Los padres no pueden entorpecer, mas aún deben facilitar la respuesta generosa del hijo a la vocación divina, sin emplear la coacción.


b) Deberes de justicia

La obligación mas grave de los padres es la de educar a sus hijos. Es un deber que no pueden delegar totalmente ni en el Estado, ni en la sociedad, ni en la escuela, ni siquiera en la parroquia. Juan Pablo II califica este derecho de los padres con estos calificativos:

“El derecho-deber educativo de los padres se califica como esencial, relacionado como están con la transmisión de la vida humana; como original y primario, respecto al deber educativo de los demás, por la unicidad de la relación de amor que subsiste entre padres e hijos; como insustituible e inalienable y que, por consiguiente, no puede ser totalmente delegado o usurpado por otros” (PC 36).

En resumen, según Juan Pablo II, el deber de los padres de educar a sus hijos goza de estas cinco notas: esencial, original, primario, insustituible e inalienable.

Los ámbitos de la educación son todos aquellos que integran la unidad de la persona humana. En concreto: la salud y el bienestar del cuerpo, el desarrollo intelectual, la fortaleza de la voluntad, la madurez afectiva, el sentido social y la formación moral y religiosa. Es, en verdad, una tarea amplia y difícil para la cual apenas hay recetas. Según el Papa Juan Pablo II, el recurso imprescindible es el amor:

« El elemento más radical que determina el deber educativo de los padres, es el amor paterno a materno que encuentra en la acción educativa su realización, al hacer pleno y perfecto el servicio a la vida. El amor de los padres se transforma de fuente en alma, y por consiguiente, en norma, que inspira y guía toda acción educativa concreta, enriqueciéndola con los valores de dulzura, constancia, bondad, servicio, desinterés, espíritu de sacrificio, que son el fruto mas precioso del amor » (PC 36).

En este texto, se enuncian las normas mas eficaces de la pedagogía. Son las siguientes: la dulzura, la constancia, la bondad; la actitud de servicio, el desinterés y el espíritu de sacrificio. Todas ellas actitudes son difíciles de tener y de cumplir, pero para llevarlas a la práctica los padres cuentan con la gracia de Dios.


Obligaciones de los hijos para con los padres

La Biblia las enuncia solemnemente y con esta promesa:

“Honra a tu padre ya tu madre, para que se prolongue tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar” (Ex 20,12). El mismo precepto se repite en el Deuteronomio (Dt 5,16). Los textos sobre las obligaciones de los hijos con los padres menudean en otros muchos textos bíblicos. Por ejemplo, el libro de los Proverbios enseña: «Guarda, hijo mío, el mandato de tu padre y no desprecies la lección de tu madre» (Prov 6,20-21). El libro del Eclesiástico sentencia: “Quien honra a su padre expía sus pecados, como el que atesora es quien da gloria a su madre. Quien honra a sus padres recibirá contento con sus hijos» (Ecles 3,2-3). San Pablo en la carta a los Colosenses insiste:

«Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que esto es grato al Señor» (Col 3,20). Ya los cristianos de Éfeso, les escribe: «Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor, porque esto es justo. ‘Honra a tu padre y a tu madre’, tal es el primer mandamiento que lleva consigo una promesa: para que seas feliz y se prolongue tu vida sobre la tierra» (Ef6,1-2).

La obligación de los hijos de amar a padres responde a los imperativos del amor y de la justicia. Son tan claros, que no es posible detenerse a enunciarlos. Quizás sea preciso subrayar que el deber de los hijos para con sus padres no se reduce a la obediencia cuando son menores de edad, sino que les obliga a amarlos y atenderlos cuando los hijos son mayores. Sobre el tema, baste mencionar esta enseñanza del Catecismo de la Iglesia Católica:

«El cuarto mandamiento recuerda a los hijos mayores de edad sus responsabilidades para con los padres. En la medida en que ellos pueden, deben prestarles ayuda material y moral en los años de la vejez y durante sus enfermedades, y en momentos de soledad o de abatimiento. Jesús recuerda ese deber de gratitud (cf Mc7,10-12),) (CEC 2218).

Ante la situación actual, en una sociedad envejecida y unas condiciones sociales que fomentan la «familia reducida», se hace más urgente la necesidad de recordar a los hijos la obligación de atender a sus padres ancianos. A este respecto, la Exhortación Apostólica Familiaris consortio lamenta «el abandono o la insuficiente atención de que los ancianos son objeto por parte de los hijos y de los parientes» (FC 77).

La familia y la sociedad

La familia es el valor primario y más decisivo de la vida social y política de un pueblo. Es ya clásico el principio de que la «familia es la célula original de la sociedad», en el sentido de que, al modo como la vida del individuo se constituye desde un primer tejido celular especifico, de modo semejante, la primera célula del tejido social es la familia. Un viejo filósofo griego, Sócrates sentenció: «Quien es bueno en la familia es también un buen ciudadano». Y es que la sociedad no es más que la continuidad de la familia: si el individuo es moralmente sano en la familia, así se comportará en la vida social, pero, si sale corrompido, entrará corrompido en la sociedad. El Concilio Vaticano II enseña:

«La salvación de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligada a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar» (GS 47).

En efecto, ya des de que aparece la vida humana, el individuo nace, crece y se perfecciona como tal en la familia, dado que es el núcleo donde la persona es reconocida por si misma y no por 1o que vale o representa (cfr. GS 24). Pues bien, es precisamente en la familia donde el hijo -ciudadano de la sociedad política de un pueblo- recibe los fundamentos de toda educación: el sentido de la libertad y de la responsabilidad, el desarrollo de las virtudes humanas y sociales, la importancia de la vida moral y de la convivencia, etc. Es un derecho de los padres, reconocido por el Concilio Vaticano II:

«El papel de los padres en la educación es de tal peso que, en lo que falta la acción de ellos, difícilmente pueden ser sustituidos. Pues de los padres es crear en la familia los hombres que favorezcan a la educación integra personal y social de los hijos. La familia es, por tanto, la primera escuela de las virtudes sociales, de que todas las sociedades necesitan. Sobre todo en la familia cristiana (…) los hijos sienten la primera experiencia de una sana sociedad humana y de la Iglesia. Por medio de la familia, en fin, se van introduciendo suavemente en la sociedad civil (GE 3).

Por todo ello, la familia es la verdadera escuela de la formación de los ciudadanos. De ahí, el deber de los Estados de ayudar a la familia y de prestarle los auxilios necesarios para que cumpla con facilidad y éxito su misión educadora: de las buenas familias salen los mejores ciudadanos, pues en el seno de la familia se inicia la vida en sociedad.

Este deber es aún más urgente en nuestra época en la que la institución familiar sufre una profunda transformación. La atención a la familia ha de ser más decisiva, por cuanto, en medio de los cambios, se corre el peligro de perder elementos que le son esenciales y por ello no pueden estar sujetos a revisión.

– Sobre el tema llamó la atención el Concilio Vaticano II:

“La dignidad de esta institución no brilla en todas partes-con el mismo esplendor, puesto que esta oscurecida por la poligamia, la epidemia del divorcio, el llamado amor libre y otras deformaciones; es mas, el amor matrimonial queda frecuentemente profanado por el egoísmo, el hedonismo y los usos ilícitos contra la generación. Por otra parte, la actual situación económica, socio-psicológica y civil son origen de fuertes perturbaciones para la familia” (GS 47).

-Ahora bien, la situación actual de la familia es aún más oscura que la descrita en este texto conciliar del año 1965. A esos datos, hay que añadir el aumento del divorcio, la convivencia marital sin vínculo social alguno tan extendida, las «familias monoparentales», las nuevas corrientes en torno a la procreación y sobre todo el hecho de que se desdibuje la verdad sobre el matrimonio. Es el caso de las «parejas de hecho», que desfiguran y perturban la relación hombre-mujer, con el agravante de que se pretende identificar la familia, nacida del matrimonio, con este otro tipo artificial de convivencia marital. Y más grave todavía, por cuanto algunos Estados reconocen ya jurídicamente, en igualdad de derechos, la familia matrimonial y esas parejas de convivencia que niegan obviedades sobre el ser propio del hombre y de mujer y su relación mutua.

Por todo ello, es apremiante que los Estados esmeren su atención alas familias mas comunes, que son las que tienen su origen en el matrimonio. Esa atención debe cubrir diversos campos, entre otros, los siguientes: facilidad para contraer matrimonio en edad adecuada, apoyos para obtener una vivienda digna, ayuda econ6mica a las familias numerosas, mejoras fiscales, garantía para ejercer el derecho de elegir .para sus hijos la educación mas acorde a con sus creencias, etc. Se esta llegando a la convicción de que la justicia en los Estados modernos se mide, fundamentalmente, por la equidad con que se considera la institución familiar.


Las autoridades civiles y la familia

La Iglesia no deja de recordar la obligación que tienen los gobernantes de cuidar, proteger y ayudar alas familias. En consecuencia, la política educativa debe ser la tarea prioritaria de los Estados. El Catecismo de la Iglesia Católica, siguiendo la enseñanza de Juan Pablo II (FC 46), fija los deberes más urgentes de la comunidad política con las familias en los siguientes puntos:

1. Facilitar el ejercicio de la libertad para fundar un hogar, tener hijos y educarlos de acuerdo con sus convicciones morales y religiosas.

2. Proteger la estabilidad del vínculo conyugal y de la institución familiar.

3. Hacer posible la libertad de profesar su fe, transmitirla, educar a sus hijos en ella, con los medios y las instituciones necesarios.

4. Garantizar el derecho a la propiedad privada, la libertad de iniciativa, de tener un trabajo, una vivienda y el derecho de emigrar.

5. Legislar de forma que se proteja la atención medica, la asistencia de las personas mayores y de los subsidios familiares.

6. Proteger la seguridad y la salud de los ciudadanos, y de modo especial evitar los peligros de la droga, la pornografía, el alcoholismo, etc.

7. Fomentar las asociaciones familiares y la creación de entidades intermedias entre la familia y el Estado.

Y, después de asentar estos principios, el Catecismo concluye formulado el siguiente deseo:

“Las comunidades humanas están compuestas de personas. Gobernarlas bien no puede limitarse simplemente a garantizarlos derechos y el cumplimiento de deberes, como tampoco a la sola fidelidad a los compromisos. Las justas relaciones entre patronos y empleados, gobernantes y ciudadanos, suponen la benevolencia natural conforme a la dignidad de personas humanas deseosas de justicia y fraternidad” (CEC 2213).

Para defender los derechos de la familia y advertir a los Estados sobre la ayuda que deben prestar para cumplir tales derechos, la Iglesia ha promulgado la Carta de los Derechos de la Familia. En ella recoge una lista de derechos familiares que deben ser reconocidos y defendidos, puesto que, como se afirma en la introducción, no son exclusivos de los que profesan la fe católica, sino que derivan del ser propia del hombre:

«Los derechos enunciados en esta Carta están impresos en la conciencia del ser humano y en los valores de toda la humanidad. La visión cristiana está presente en .esta Carta como luz de la Revelación divina que esclarece la realidad natural de la familia. Estos derechos derivan en definitiva de la ley inscrita en el corazón de todo ser humano».

Esta es la valiosa aportación de la Iglesia a la sociedad y a la cultura de nuestro tiempo, puesto que algunos sectores están desorientados e incluso parece que han perdido las directrices que ha de seguir la familia para ser la verdadera escuela de la felicidad personal y del bienestar social.

Las autoridades en la sociedad civil

Al cuarto mandamiento pertenece también el estudio ético de las relaciones entre la autoridad civil y los ciudadanos (cf. CEC 2244-2246). Además de 10 que se expone en el capítulo X, dedicado al estudio de la justicia, el tema está ampliamente tratado en otro volumen de esta Colección: Cristianos en la Sociedad (D. Melé).

Aquí solo resaltamos la función de la autoridad de atender en todo momento la consecución del bien común de la sociedad. Por su parte, los súbditos también han de contribuir al bien de común con el cumplimiento de cuatro obligaciones graves:

– cumplimiento de las leyes justas

– la participación en la vida pública

– el compromiso de cumplir con el ejercicio del voto

– el deber ciudadano de pago de impuesto.

Sobre estos temas es abundante la enseñanza magisterial, tanto a nivel pontificio como episcopal. A este respecto, conviene recordar la Nota Doctrinal de la Congregación para la Doctrina de la Fe, «Sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida pública, (24-XI-2002).

Es de admirar la grandeza del matrimonio, tal como lo enseña la Revelación y lo propone la moral cristiana. Frente a otros modelos que ofrecen algunos ámbitos de la vida social, es evidente que el matrimonio cristiano responde a la naturaleza del ser humano y ofrece al hombre y a la mujer un estilo de vida que engrandece su existencia. Es en el ámbito de la familia, nacida del matrimonio, donde las grandes palabras como «esposa» y «esposo», «madre» y «padre», «hija» o «hijo», «hermana» o «hermano» adquieren su sentido propio, porque respetan el vínculo nacido de la sangre y porque responden a los sentimientos más profundos del ser humano.

Tercer Mandamiento


“El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado. De suerte que el Hijo del hombre también es señor del sábado” (Mc 2,27-28).

I EL DÍA DEL SÁBADO

2168 El tercer mandamiento del Decálogo proclama la santidad del sábado: “El día séptimo será día de descanso completo, consagrado al Señor” (Ex 31,15).

2169 La Escritura hace a este propósito memoria de la creación: “Pues en seis días hizo el Señor el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto contienen, y el séptimo descansó; por eso bendijo el Señor el día del sábado y lo hizo sagrado” (Ex 20,11).

2170 La Escritura ve también en el día del Señor un memorial de la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto: “Acuérdate de que fuiste esclavo en el país de Egipto y de que el Señor tu Dios te sacó de allí con mano fuerte y tenso brazo; por eso el Señor tu Dios te ha mandado guardar el día del sábado” (Dt 5,15).

2171 Dios confió a Israel el Sábado para que lo guardara como signo de la alianza inquebrantable (cf Ex 31,16). El Sábado es para el Señor, santamente reservado a la alabanza de Dios, de su obra de creación y de sus acciones salvíficas en favor de Israel.

2172 El obrar de Dios es el modelo del obrar humano. Si Dios “tomó respiro” el día séptimo (Ex 31,17), también el hombre debe “holgar” y hacer que los otros, sobre todo los pobres, “recobren aliento” (Ex 23,12). El Sábado interrumpe los trabajos cotidianos y concede un respiro. Es un día de protesta contra las servidumbres del trabajo y el culto al dinero (cf Ne 13, 15-22; 2 Cro 36,21).

2173 El evangelio relata numerosos incidentes en que Jesús es acusado de quebrantar la ley del sábado. Pero Jesús nunca falta a la santidad de este día (cf Mc 1,21; Jn 9,16). Da con autoridad la interpretación auténtica de la misma: “El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2,27). Con compasión, Cristo proclama que “es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla” (Mc 3,4). El sábado es el día del Señor de las misericordias y del honor de Dios (cf Mt 12,5; Jn 7,23). “El Hijo del hombre es señor del sábado” (Mc 2,28).

II EL DÍA DEL SEÑOR

¡Este es el día que ha hecho el Señor, exultemos y gocémonos en él! (Sal 118,24).

El día de la Resurrección: la nueva creación

2174 Jesús resucitó de entre los muertos “el primer día de la semana” (Mt 28,1; Mc 16,2; Lc 24,1; Jn 20,1). En cuanto “primer día”, el día de la Resurrección de Cristo recuerda la primera creación. En cuanto “octavo día”, que sigue al sábado (cf Mc 16,1; Mt 28,1), significa la nueva creación inaugurada con la resurrección de Cristo. Para los cristianos vino a ser el primero de todos los días, la primera de todas las fiestas, el día del Señor (“Hè kyriakè hèmera”, “dies dominica”), el “domingo”:

Nos reunimos todos el día del sol porque es el primer día (después del sábado judío, pero también el primer día), en que Dios, sacando la materia de las tinieblas, creó al mundo; ese mismo día, Jesucristo nuestro Salvador resucitó de entre los muertos (S. Justino, Apol. 1,67).

El domingo, plenitud del sábado

2175 El Domingo se distingue expresamente del sábado, al que sucede cronológicamente cada semana, y cuya prescripción litúrgica reemplaza para los cristianos. Realiza plenamente, en la Pascua de Cristo, la verdad espiritual del sábado judío y anuncia el descanso eterno del hombre en Dios. Porque el culto de la ley preparaba el misterio de Cristo, y lo que se practicaba en ella prefiguraba algún rasgo relativo a Cristo (cf 1 Co 10,11):

Los que vivían según el orden de cosas antiguo han venido a la nueva esperanza, no observando ya el sábado, sino el día del Señor, en el que nuestra vida es bendecida por él y por su muerte (S. Ignacio de Antioquía, Magn. 9,1).

2176 La celebración del domingo observa la prescripción moral, inscrita en el corazón del hombre, de ” dar a Dios un culto exterior, visible, público y regular bajo el signo de su bondad universal hacia los hombres” (S. Tomás de Aquino, s. th. 2-2, 122,4). El culto dominical realiza el precepto moral de la Antigua Alianza, cuyo ritmo y espíritu recoge celebrando cada semana al Creador y Redentor de su pueblo.

La eucaristía dominical

2177 La celebración dominical del Día y de la Eucaristía del Señor tiene un papel principalísimo en la vida de la Iglesia. “El domingo en el que se celebra el misterio pascual, por tradición apostólica, ha de observarse en toda la Iglesia como fiesta primordial de precepto” (CIC, can. 1246,1).

“Igualmente deben observarse los días de Navidad, Epifanía, Ascensión, Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Santa María Madre de Dios, Inmaculada Concepción y Asunción, San José, Santos Apóstoles Pedro y Pablo y, finalmente, todos los Santos” (CIC, can. 1246,1).

2178 Esta práctica de la asamblea cristiana se remonta a los comienzos de la edad apostólica (cf Hch 2,42-46; 1 Co 11,17). La carta a los Hebreos dice: “no abandonéis vuestra asamblea, como algunos acostumbran hacerlo, antes bien, animaos mutuamente” (Hb 10,25).

La tradición conserva el recuerdo de una exhortación siempre actual: “Venir temprano a la Iglesia, acercarse al Señor y confesar sus pecados, arrepentirse en la oración…Asistir a la sagrada y divina liturgia, acabar su oración y no marchar antes de la despedida…Lo hemos dicho con frecuencia: este día os es dado para la oración y el descanso. Es el día que ha hecho el Señor. En él exultamos y nos gozamos (Autor anónimo, serm. dom.).

2179 “La parroquia es una determinada comunidad de fieles constituida de modo estable en la Iglesia particular, cuya cura pastoral, bajo la autoridad del Obispo diocesano, se encomienda a un párroco, como su pastor propio” (CIC, can. 515,1). Es el lugar donde todos los fieles pueden reunirse para la celebración dominical de la eucaristía. La parroquia inicia al pueblo cristiano en la expresión ordinaria de la vida litúrgica, la congrega en esta celebración; le enseña la doctrina salvífica de Cristo. Practica la caridad del Señor en obras buenas y fraternas:

No puedes orar en casa como en la Iglesia, donde son muchos los reunidos, donde el grito de todos se dirige a Dios como desde un solo corazón. Hay en ella algo más: la unión de los espíritus, la armonía de las almas, el vínculo de la caridad, las oraciones de los sacerdotes (S. Juan Crisóstomo, incomprehens. 3,6).

La obligación del Domingo

2180 El mandamiento de la Iglesia determina y precisa la ley del Señor: “El domingo y las demás fiestas de precepto los fieles tienen obligación de participar en la Misa” (CIC, can. 1247). “Cumple el precepto de participar en la Misa quien asiste a ella, dondequiera que se celebre en un rito católico, tanto el día de la fiesta como el día anterior por la tarde” (CIC, can. 1248,1)

2181 La eucaristía del Domingo fundamenta y ratifica toda la práctica cristiana. Por eso los fieles están obligados a participar en la eucaristía los días de precepto, a no ser que estén excusados por una razón seria (por ejemplo, enfermedad, el cuidado de niños pequeños) o dispensados por su pastor propio (cf CIC, can. 1245). Los que deliberadamente faltan a esta obligación cometen un pecado grave.

2182 La participación en la celebración común de la eucaristía dominical es un testimonio de pertenencia y de fidelidad a Cristo y a su Iglesia. Los fieles proclaman así su comunión en la fe y la caridad. Testimonian a la vez la santidad de Dios y su esperanza de la salvación. Se reconfortan mutuamente, guiados por el Espíritu Santo.

2183 “Cuando falta el ministro sagrado u otra causa grave hace imposible la participación en la celebración eucarística, se recomienda vivamente que los fieles participen en la liturgia de la palabra, si ésta se celebra en la iglesia parroquial o en otro lugar sagrado conforme a lo prescrito por el Obispo diocesano, o permanezcan en oración durante un tiempo conveniente, solos o en familia, o, si es oportuno, en grupos de familias” (CIC, can. 1248,2).


Día de gracia y de descanso

2184 Así como Dios “cesó el día séptimo de toda la tarea que había hecho” (Gn 2,2), la vida humana sigue un ritmo de trabajo y descanso. La institución del Día del Señor contribuye a que todos disfruten del tiempo de descanso y de solaz suficiente que les permita cultivar su vida familiar, cultural, social y religiosa (cf GS 67,3).

2185 Durante el domingo y las otras fiestas de precepto, los fieles se abstendrán de entregarse a trabajos o actividades que impidan el culto debido a Dios, la alegría propia el día del Señor, la práctica de las obras de misericordia, la distensión necesaria del espíritu y del cuerpo (cf CIC, can. 1247). Las necesidades familiares o una gran utilidad social constituyen excusas legítimas respecto al precepto del descanso dominical. Los fieles deben cuidar que legítimas excusas no introduzcan hábitos perjudiciales a la religión, a la vida de familia y a la salud.

El amor de la verdad busca el santo ocio, la necesidad del amor acoge el justo trabajo (S. Agustín, civ. 19,19).

2186 Los cristianos que disponen de ocio deben acordarse de sus hermanos que tienen las mismas necesidades y los mismos derechos y no pueden descansar a causa de la pobreza y la miseria. El domingo está tradicionalmente consagrado por la piedad cristiana a obras buenas y a servicios humildes con los enfermos, débiles y ancianos. Los cristianos deben santificar también el domingo dedicando a su familia el tiempo y los cuidados difíciles de prestar los otros días de la semana. El domingo es un tiempo de reflexión, de silencio, de cultura y de meditación, que favorecen el crecimiento de la vida interior y cristiana.

2187 Santificar los domingos y los días de fiesta exige un esfuerzo común. Cada cristiano debe evitar imponer sin necesidad a otro lo que le impediría guardar el día del Señor. Cuando las costumbres (deportes, restaurantes, etc.) y los compromisos sociales (servicios públicos, etc.) requieren de algunos un trabajo dominical, cada uno tiene la responsabilidad de un tiempo suficiente de descanso. Los fieles cuidarán con moderación y caridad evitar los excesos y las violencias engendrados a veces por espectáculos multitudinarios. A pesar de las presiones económicas, los poderes públicos deben asegurar a los ciudadanos un tiempo destinado al descanso y al culto divino. Los patronos tienen una obligación análoga respecto a sus empleados.

2188 En el respeto de la libertad religiosa y del bien común de todos, los cristianos deben reclamar el reconocimiento de los domingos y días de fiesta de la Iglesia como días festivos legales. Deben dar a todos un ejemplo público de oración, de respeto y de alegría, y defender sus tradiciones como una contribución preciosa a la vida espiritual de la sociedad humana. Si la legislación del país u otras razones obligan a trabajar el domingo, este día debe ser al menos vivido como el día de nuestra liberación que nos hace participar en esta “reunión de fiesta”, en esta “asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos” (Hb 12,22-23).

RESUMEN

2189 “Guardarás el día del sábado para santificarlo” (Dt 5,12). “El día séptimo será día de descanso completo, consagrado al Señor” (Ex 31,15).

2190 El sábado, que representaba la coronación de la primera creación, es sustituido por el domingo que recuerda la nueva creación, inaugurada en la resurrección de Cristo.

2191 La Iglesia celebra el día de la Resurrección de Cristo el octavo día, que es llamado con pleno derecho día del Señor, o domingo (cSC 106).

2192 “El domingo…ha de observarse en toda la Iglesia como fiesta primordial de precepto” (CIC, can 1246,1). “El domingo y las demás fiestas de precepto, los fieles tienen obligación de participar en la Misa” (CIC, can. 1247).

2193 “El domingo y las demás fiestas de precepto…los fieles se abstendrán de aquellos trabajos y actividades que impidan dar culto a Dios, gozar de la alegría propia del día del Señor o disfrutar del debido descanso de la mente y del cuerpo” (CIC, can 1247).

2194 La institución del domingo contribuye a que todos disfruten de un “reposo y ocio suficientes para cultivar la vida familiar, cultural, social y religiosa” (GS 67,3).

2195 Todo cristiano debe evitar imponer, sin necesidad, a otro impedimentos para guardar el Día del Señor.