Con María…esperado Pentecostés


Autor: María Susana Ratero | Fuente: Catholic.net
Con María…esperado Pentecostés
¿Cómo reconoceré la Espíritu Santo, Señora? Porque Él te dará la fuerza que necesites para cumplir la Voluntad de Dios.
Con María...esperado Pentecostés

Aquí te espero, Señora mía, en este punto de mi vida y unos días antes de Pentecostés para que tú, Madre querida, me enseñes, me expliques, me acompañes a recibir al que nos ha prometido Jesús…

Quiero encontrarte hoy Señora, mas, ¿dónde te busco?… mi alma comienza a susurrarte amorosamente un Ave María: Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo… Sí, Madre, el Señor es contigo y eres llena de gracia… llena de gracia, esa gracia que enamora al mismo Dios, y ha sido sembrada en tu alma por el Espíritu Santo… tú le conoces bien, Señora, háblanos de El…

Y mi corazón te busca, y tú, siempre atenta, te llegas a mi alma y a mis sueños y me cuentas… me enseñas… me amas…

– Hija querida, para que tu corazón entienda lo que significa albergar al Espíritu Santo, lo primero y mas necesario es que sea un corazón de puertas abiertas… un corazón que espera, un corazón que confía mas allá de los límites, un corazón que pide a Jesús a cada instante “Señor, aumenta mi fe”…

– Es bien cierto Señora, tú has hallado gracia delante de Dios por tu oración silenciosa, perseverante, confiadísima, y por tus virtudes, delicadamente sembradas en el alma de quien debía recibir al Salvador del mundo, y aceptadas por ti con alegría, y vividas con fe, no como carga u obligación, sino como signo de amor… Señora, tú conoces bien al Espíritu… no en vano la Iglesia nos dice que eres su fiel esposa…

– Así es hija, el Espíritu llego a mí el día de la Encarnación como propuesta de amor… Y me inundó el alma… mi vida no fue la misma a partir de aquel día, es que las personas ya no son las mismas luego que El entra en sus almas…

– ¿Cómo es esto, Señora? ¿Cómo sabemos que El ha llegado a nuestra alma?, lo sabemos por fe, sí, que lo hemos recibido en el Bautismo y en la Confirmación, pero… ¿como nos damos cuenta en nuestra vida diaria, en la rutina, de que nos estamos dejando guiar por El o si hacemos oídos sordos a sus consejos, a las santas inclinaciones que sugiere a nuestra alma?

– No eres la primera que me hace esta pregunta… Hace ya tiempo me la hizo Tomas… sí, Tomas, el Mellizo, el Apóstol, el que no había creído cuando Jesús se presentó a sus compañeros…, pero ven, vamos a Jerusalén, así lo ves por ti misma…

Mi corazón cierra los ojos al mundo y te sigue, es una sensación hermosa, seguirte, adondequiera que vayas, seguirte, no hay camino más hermoso, María, no hay camino mas seguro…

Jerusalén se presenta ante nuestros ojos quieto y sin ruido, apenas está por salir el sol, uno que otro habitante va saliendo a sus diarias tareas, entramos las dos a la ciudad sin ser vistas… Llegamos a una construcción de dos plantas, que en nada se diferenciaba del resto de las viviendas… Allí se reunían los Apóstoles y algunas mujeres… Quizás era la misma casa en que se celebró la Ultima Cena, pero no quise preguntar…, era demasiado fuerte toda la situación, preferí seguirte sin preguntas…

Entraste, delicadamente, como entras en las almas de los que te aman, te sigo…, era el día de Pentecostés, la fiesta de la cosecha, la plenitud y la abundancia, habían transcurrido 50 días desde el Domingo de Pascua…, los Apóstoles estaban ya reunidos en oración en el piso superior…Te dedicaste a prepararles unos alimentos, te ayudé en lo poco que yo sabía, en realidad, solo atinaba a mirarte, extasiada… Cuando todo estuvo listo, subiste a alimentar a tus amigos, a tus hijos… y recordé como alimentas a todos tus hijos, proporcionando a tus devotos todo lo necesario para el cuerpo y el alma…

Los hombres habían hecho un alto en la oración y agradecieron tu gesto maternal… Cuando bajaste, noté que te seguía Tomas, el Mellizo… el hombre estaba un poco turbado y sus ojos denotaban una gran preocupación…

Señora mía- te dijo, y su voz rebosaba de amor y respeto- necesito preguntaros algo…

Dime hijo, te escucho…

Señora, bien sabes lo que me ha sucedido con el Maestro, cuando me negué a creer en su Resurrección… cuando se presentó ante mí yo me sentí avergonzado a causa de mi incredulidad y lo que más me dolió fue la expresión de sus ojos cuando me dijo “En adelante no seas incrédulo sino hombre de fe”… su mirada reflejaba dolor por mi falta de fe… Señora, no quiero fallarle de nuevo al Maestro, Él nos dijo que nos enviaría el Paráclito, el Espíritu Santo y yo… yo tengo miedo de no reconocerlo… tu sabes, Madre…

Madre… la palabra revoloteaba en el aire y lo perfumaba, sí Madre, Madre nuestra, Madre de la Iglesia, Madre que escucha y aconseja, Madre que calma y consuela… Madre

Tomas, hijo, no temas…-contestó la llena de gracia- no temas… tu corazón debe tener abierta sus puertas al amor de Dios, confiar… Él conoce tus debilidades, pero también conoce tu amor… solo pide, hijo mío, solo pide a Dios luz para el alma, luz para tu corazón, y el Espíritu te dará todo lo que pides y más, mucho más…

¿Cómo lo reconoceré, Señora?

Porque El te dará la fuerza que necesites para cumplir la Voluntad de Dios…

¿Cómo sabré que es lo que Dios espera de mí?

Hijo, lo que Dios espera de ti es que ames como Jesús te ama… el amor, además de mandamiento es camino, y es mandamiento porque es camino… ama, hijo, pero ama como Jesús te ama, con esa intensidad…. No esperes realizar grandes milagros u obras para sentir que estás cumpliendo la voluntad de Dios…. Se puede cumplir la voluntad del Padre en las cosas más sencillas, y se puede desobedecer al Padre también en las cosas más sencillas… La madre, cumple la voluntad de Dios amando, cuidando, alimentando a sus hijos, siendo su amiga y serena consejera…. El padre, cumple la voluntad de Dios protegiendo a su familia, velando por su unidad, siendo faro en las tormentas del alma, llevando calma y paz… un trabajador cumple la voluntad de Dios siendo fiel en su labor, respetando a los demás, buscando siempre la paz…

Tomas te miró con rostro aliviado, te abrazó con infinita ternura y vi como gruesas lágrimas surcaban el rostro del hombre… qué hermosa imagen me regalabas al corazón, Madre querida, un hombre que se abraza a ti y puede llorar… toda la angustia del alma, se transforma en lágrimas y caen sobre tu manto… Y retornan al hombre hechas consejo y camino…

Subimos nuevamente al piso superior, y Pedro comenzó nuevamente las oraciones… De repente vino del cielo un ruido, como el de una violenta ráfaga de viento, que llenó toda la casa, y aparecieron unas lenguas, como de fuego, que se repartieron y fueron posándose sobre cada uno de ellos… Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía que se expresaran…

Los hombres estaban entre maravillados y emocionados, y comenzó a escucharse el griterío de la gente que había llegado atraída por el ruido del viento y se agolpaba fuera de la casa… Los Apóstoles bajaron y se acercaron a las personas que allí estaban y comenzaron a proclamar las maravillas de Dios en distintos idiomas, así, cada uno de los presentes les escuchaba en su propia lengua nativa…

Tan opuesta esta escena a la de la Torre de Babel, donde el orgullo de los hombres provocó el nacimiento de las distintas lenguas y no podían entenderse… aquí, gracias al Espíritu, las diferentes lenguas no eran obstáculo para el mensaje, sino canal por el que llegar a todo hombre…

Tú, Señora mía, te quedaste arriba… yo te pregunté, tímidamente…

¿Y ahora, Madre?

Pues, acabas de presenciar el nacimiento de la Iglesia… Una Iglesia que proclama el amor de Dios en toda lengua y a toda cultura… Una Iglesia de puertas abiertas y corazón orante… una Iglesia que es cuerpo de Cristo… y, como todo cuerpo, tiene muchos miembros…

Explícame esto, Señora…

Hija, todos acaban de ser bautizados en el único Espíritu, y así lo serán los que vayan creyendo el mensaje de Jesús… pero cada uno tiene un lugar dentro del cuerpo Místico de Cristo… para que entiendas… un cuerpo no es solo ojos, o manos, o pies, eso no seria un cuerpo, un cuerpo esta formado por muchos miembros, unos mas notables, otros menos notables, pero todos igualmente necesarios y dignos… algunas personas piensan que porque no es evidente en ellos alguna habilidad especial, no pueden encontrar la voluntad de Dios para ellos, nada más lejos de la realidad… mira, no se trata de las cosas que se hacen, sino del amor con que se hacen…. Tiene mas mérito a los ojos de Dios una mamá que sirve un plato de arroz a sus hijos con infinito amor en la intimidad del hogar, que una persona que alimenta a diez solo para que los demás vean su generosidad…, no se trata de las escalas del mundo sino de las escalas de Dios ¿puedes entenderlo? Todos los bautizados han recibido un don especial del Espíritu Santo… Encontrar ese don, a veces dormido dentro del alma, es todo un esfuerzo, implica idas y venidas en el interior de uno mismo, pero luego de la búsqueda y del esfuerzo, el don despliega las alas… todas las personas son muy capaces para algo, según los dones del Espíritu, algunos serán favorecidos con el don de la sabiduría, otros de la inteligencia, otros de la fortaleza, otros del consejo, para otros habrá espíritu de ciencia y en otros de piedad, y para otros habrá un santo temor de Dios…, pero encontrar esos dones dentro del alma, supone un esfuerzo, nadie pretenda descubrirlos mágicamente… además, luego de encontrarlos hay que hacerlos dar fruto, pues recuerda lo que dijo Jesús “Al que tiene se le dará más y al no tiene, aun lo poco que posee le será quitado” se refería aquí a los dones del Espíritu…

Te acercas a mí, tu mirada me da paz, mucha paz… bajamos, la gente se agolpa a la puerta de la casa, salimos sin ser vistas… Un hombre reparó en ti y te reconoció, se acercó y te dijo…

Señora… Señora…

Me alejé para que hablaran solos… Cuando te retiraste, el hombre tenía la mirada como iluminada, y una sonrisa llena de paz… Los primeros devotos tuyos, Señora, los primeros sencillos y fieles devotos…

Volvemos juntas a mi realidad de todos los días… se acerca el domingo de Pentecostés, quiero esperarlo en oración y con las puertas de mi corazón abiertas, como tu me enseñaste… Debemos despedirnos…

-Gracias, Madre -susurra mi alma sin ganas de dejarte- gracias… cada vez que mi corazón te encuentra termina fortalecido, gracias…

– Nos vemos, querida, nos vemos en la misa de Pentecostés, te estaré esperando…

Vuelvo a mi realidad, mientras mi corazón te da el último abrazo y se despide de ti…

Tú susurras algo, que no alcanzo a escuchar… Me quedo con la duda ¿Qué dijiste María, que mi apuro no me dejó oír?… Un pensamiento me viene al corazón, quizás dijiste…“Hija, algún día comprenderás que no hay despedidas entre nosotras, que siempre estamos juntas, que siempre estoy a tu lado, aunque muchas veces, tu angustia, tu soledad, tu tristeza, no te permita verme”….

Amigo que lees estas líneas… espero que tengas un hermoso domingo de Pentecostés… que tu corazón se llene de fuerza para multiplicar los hermosos dones con que el Espíritu ha adornado tu alma…

NOTA:

“Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón y en mi imaginación por el amor que siento por ella, basados en lo que he leído. Pero no debe pensarse que estos relatos sean consecuencia de revelaciones o visiones o nada que se le parezca. El mismo relato habla de “Cerrar los ojos y verla” o expresiones parecidas que aluden exclusivamente a la imaginación de la autora, sin intervención sobrenatural alguna.”

  • Preguntas o comentarios al autor
María Susana Ratero.

A los necesitados de luz y consolación


Autor: P Evaristo Sada LC | Fuente: http://www.la-oracion.com
A los necesitados de luz y consolación
Qué saludable es sentirnos vulnerables y que no nos dé vergüenza reconocerlo. Y luego, tener la humildad y el valor de pedirle a Dios consolación y fortaleza.
A los necesitados de luz y consolación

Me ha llamado la atención la cantidad de personas que busca en internet “frases de consolación”. De las personas que llegan a este blog a través de búsquedas en Google, que es el 40% de las visitas diarias, la búsqueda de mayor impacto es “frases de consolación”. Está claro, en la vida hay sufrimiento y agradecemos aquello que contribuya a disminuir la intensidad de una pena.

Es saludable reconocernos vulnerables

Todos o casi todos conocemos el sufrimiento físico y moral, el peso profundo del propio pecado, la oscuridad del misterio de Dios, la incógnita del futuro, lo difícil que es encajar el sufrimiento en la familia, la soledad, la enfermedad, la traición, las humillaciones, la incomprensión de los seres queridos, etc. Así es la condición humana. Así es la vida… Por eso buscamos consolación. Esta vida es maravillosa pero tiene luces y sombras.

Qué saludable es sentirnos vulnerables y que no nos dé vergüenza reconocerlo. Y luego, tener la humildad y el valor de pedirle a Dios consolación y fortaleza.

El consolador tiene un nombre

Jesucristo, al volver al Padre, no quiso dejarnos solos; vio que necesitaríamos compañía y consuelo para nuestra peregrinación camino al cielo. ¿Qué fue lo último que hizo en su vida terrena? Expiró. Exhaló el Espíritu”, refiere san Mateo. (Mt 27, 50) Nos dejó su Espíritu.

“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de Verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce” (Jn 14,16) “Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuese, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré” (Jn 16,7).

Lo más común en la oración es dirigirse a Dios Padre y a Dios Hijo. Al Espíritu Santo se le llama “el Gran Desconocido”. Pero Jesucristo le llamó: “Paráclito”, que significa “Consolador”. Esa consolación que tanto buscamos tiene un nombre: Espíritu Santo. La consolación, más que un estado anímico, es el fruto de una presencia, la presencia de una Persona: la tercera persona de la Trinidad.

Cuando el Espíritu Santo se derrama sobre nosotros y nosotros lo acogemos como el “dulce huésped del alma” y somos fieles a sus inspiraciones, Él va produciendo sus frutos. Su presencia se demuestra con frutos. El don de Consolación abarca toda la realidad que Pablo enumera cuando habla de los frutos del Espíritu: caridad, gozo, paz, paciencia, afabilidad, bondad, longanimidad, fidelidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, castidad. (cf Gál 5, 22-23) Por eso, si buscamos consolación, debemos acudir a la fuente y origen de todo consuelo.

El inicio de la meditación diaria

La meditación diaria se inicia con la invocación al Espíritu Santo, para pedir luz y consuelo. Les comparto las dos invocaciones al Espíritu Santo que yo utilizo al comenzar mi meditación. Con mi comunidad canto el Veni Creator. Cuando estoy solo me gusta cantar interiormente el himno Veni Sancte Spiritus, que es un himno de consolación.

Si te sucede que al leer este himno del Espíritu Santo dices: “ya lo conozco” o “ya lo leí”, y vas adelante con otra cosa, te sugiero hacer un alto y reflexionar. El hombre de oración o que quiere progresar en la oración, gusta y saborea estas cosas. Cada vez que entra en contacto con ellas se detiene y las disfruta. Si tu oración suele ser cerebral, tal vez pases adelante. Si tu oración es más contemplativa, podrás disfrutarlo más, saboreándolo interiormente. No se trata de saber o de conocer, sino de gustar interiormente las cosas del espíritu. ¡Que lo disfrutes

Ven, Espíritu Santo,
y envía desde el cielo
un rayo de tu luz.

Ven, Padre de los pobres;
ven, dador de las gracias;
ven, lumbre de los corazones.

Consolador óptimo,
dulce Huésped del alma,
dulce refrigerio.

Descanso en el trabajo,
en el ardor tranquilidad,
consuelo en el llanto.

O Luz santísima,
llena lo más íntimo
de los corazones de tus fieles.

Sin tu ayuda,
nada hay en el hombre,
nada que sea inocente.

Lava lo que está manchado,
riega lo que es árido,
cura lo que está enfermo.

Doblega lo que es rígido,
calienta lo que es frío,
dirige lo que está extraviado.

Concede a tus fieles
que en ti confían,
tus siete sagrados dones.

Dales el mérito de la virtud,
dales el puerto de la salvación
dales el eterno gozo.

El Espíritu Santo sobre los apóstoles


Autor: P. Sergio Cordova LC | Fuente: Catholic.net
El Espíritu Santo sobre los apóstoles
Juan 20, 19-23. Pentecostés. El Espíritu Santo es todo: el fuego de la fe, del amor, de la fuerza y de la vida.
El Espíritu Santo sobre los apóstoles

Del santo Evangelio según san Juan 20, 19-23

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». 

Oración introductoria

Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón y enciende el fuego de tu amor. Envía tu Espíritu Creador y renueva la faz de la tierra. Oh Dios, que has iluminado los corazones de tus hijos con la luz del Espíritu Santo; hazme dócil a tus inspiraciones para gustar siempre el bien y gozar de su consuelo. Por Cristo nuestro Señor.

Petición

Espíritu Santo, mira mi vacío si Tú faltas, por eso te suplico vengas hacer en mi tu morada.

Meditación del Papa

Finalmente, el Evangelio de hoy nos entrega esta bellísima expresión: “Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor”. Estas palabras son profundamente humanas. El Amigo perdido está presente de nuevo, y quien antes estaba turbado se alegra. Pero dicen mucho más. Porque el Amigo perdido no viene de un lugar cualquiera, sino de la noche de la muerte; ¡y la ha atravesado! No es uno cualquiera, sino que es el Amigo y al mismo tiempo Aquel que es la Verdad y que hace vivir a los hombres; y lo que da no es una alegría cualquiera, sino la propia alegría, don del Espíritu Santo. Sí, es hermoso vivir porque soy amado, y es la Verdad la que me ama. Se alegraron los discípulos, viendo al Señor. Hoy, en Pentecostés, esta expresión está destinada también a nosotros, porque en la fe podemos verle; en la fe Él viene entre nosotros, y también a nosotros nos enseña las manos y el costado, y nosotros nos alegramos. Por ello queremos rezar: ¡Señor, muéstrate! Haznos el don de tu presencia y tendremos el don más bello, tu alegría. Amén. Benedicto XVI, 12 de junio de 2011.

Reflexión

En cierta ocasión se encontraba una maestra en clase de religión con sus alumnos de tercero de primaria. Y les pregunta: – “Quién de ustedes me sabe decir quién es la Santísima Trinidad?” Y uno de los niños, el más despierto, grita: – “¡Yo, maestra! La Santísima Trinidad son el Padre, el Hijo ¡y… la Paloma!”

Para cuántos de nosotros el Espíritu Santo es precisamente eso:¡una paloma! De esa forma descendió sobre Cristo el día de su bautismo en el Jordán y así se le ha representado muchas veces en el arte sagrado. Pero ¡el Espíritu Santo no es una paloma! ¿Cómo se puede tener un trato humano, profundo y personal con un animalito irracional? La paloma es, a lo mucho, un bello símbolo de la paz, y nada más. Y, sin embargo, el Espíritu Santo es la tercera Persona de la Trinidad Santísima y Dios verdadero.

En la solemnidad de hoy celebramos la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles el día de Pentecostés. Pero en las lecturas de la Misa de hoy nos volvemos a encontrar con la misma dificultad de antes: el problema del lenguaje. En el pasaje de los Hechos de los Apóstoles se nos narra que el Espíritu Santo bajó del cielo “en forma de un viento impetuoso que soplaba”. ¡Otra imagen! Como el viento que mandó Dios sobre el Mar Rojo para secarlo y hacer pasar a los israelitas por en medio del mar, liberándolos de la esclavitud del faraón y de Egipto (Ex 14, 21-31); o como ese viento que el mismo Dios hizo soplar sobre un montón de huesos áridos para traerlos a la vida, según nos refiere el profeta Ezequiel (Ez 37, 1-14). El mismo Cristo en el Evangelio de hoy usa también la imagen del viento para hablarnos del Espíritu Santo: “Jesús sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo”. La misma palabra espíritu significa, etimológicamente, viento: procede del latín, spíritus (del verbo spiro, es decir soplar). El vocablo hebreo, ruah, tiene el mismo significado. Y la palabra latina que se usaba para decir alma era ánima, que a su vez viene del griego ánemos, viento.

El libro del Génesis nos narra que, cuando Dios creó al hombre modelándolo del barro, “le sopló en las narices y así se convirtió en un ser vivo” (Gén 2,7). Por eso también Cristo, como el Padre, sopla su Espíritu sobre sus apóstoles para transmitirles la vida. Sin el aliento
vital nada existe. Así como el cuerpo sin el alma es un cadáver, el hombre sin el Espíritu Santo está muerto y se corrompe. Por eso, en la profesión de fe, decimos que “creemos en el Espíritu Santo, que es Señor y Dador de vida”. ¿Y cómo nos comunica esa vida? Cristo lo dice a continuación: “a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados…” Es la vida de la gracia santificante, que producen los sacramentos: el bautismo, la confesión, la Eucaristía y los otros cuatro. Él es el Espíritu Santificador, que da vida, alienta todo y “anima” todo. Es esto lo que Cristo nos quiere significar con esta imagen del viento.

En la Sagrada Escritura se nos habla del Espíritu Santo a través de muchas otras imágenes, dada nuestra pobre inteligencia humana, incapaz de abarcar y de penetrar en el misterio infinito de Dios. En la primera lectura misma que acabamos de referir, se nos dice que descendió “como lenguas de fuego” que se posaban sobre cada uno de los discípulos.

La imagen del fuego es también riquísima a lo largo de toda la Biblia. Es el símbolo de la luz, del calor, de la energía cósmica, de la fuerza. El Espíritu Santo es todo eso: el fuego de la fe, del amor, de la fuerza y de la vida.

Pero, además de las mil representaciones, el Espíritu Santo es, sobre todo, DIOS. Es Persona divina, como el Padre y el Hijo. Es el Dios-Amor en Persona, que une al Padre y al Hijo en la intimidad de su vida divina por el vínculo del amor, que es Él mismo. Vive dentro de nosotros, como el mismo Cristo nos aseguró: “Si alguno me ama, guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a hacer en él nuestra morada” (Jn 14,23).

Podemos decir que una persona que amamos vive dentro de nosotros por el amor. Y si esto es posible en el amor humano, con mucha mayor razón lo es para Dios. El Espíritu Santo y la Trinidad Santísima viven dentro de nosotros por el amor, la fe, la vida de gracia, los sacramentos y las virtudes cristianas. El “dulce Huésped del alma” es otro de sus nombres; y san Pablo nos recuerda: “¿No saben que son templos de Dios y que el Espíritu Santo habita dentro de ustedes?” (I Cor 3,16).

Podríamos decir tantísimas cosas del Espíritu Santo y nunca acabaríamos. Pero lo más importante no es saber mucho, sino dejar que Él viva realmente dentro de nosotros. Y esto será posible sólo si le dejamos cabida en nuestro corazón a través de la gracia santificante: donde reina el pecado no hay vida. Es imposible que convivan juntos el día y la noche, o la vida y la muerte. Dios vivirá en nosotros en la medida en que desterremos el pecado y los vicios para que Él verdaderamente sea el único Señor de nuestra existencia. ¿Por qué no comienzas ya desde este mismo momento?

EL HIMNO AL ESPIRITU SANTO

Ven Espíritu Creador,
visita las almas de tus fieles,
Llena de gracia celestial
Los pechos que tu creaste.

Te llaman Paráclito,
Don de Dios altísimo,
Fuente viva, fuego, amor
Y unción espiritual.

Tú, don septenario,
Dedo de la diestra del Padre,
Por ]El prometido a los hombres
Con palabras solemnes.

Enciende luz a los sentidos
Infunde amor en los corazones,
Y las debilidades de nuestro cuerpo
Conviértelas en firme fortaleza.

Manda lejos al enemigo,
Y danos incesantemente la paz,
Para que con tu guía
Evitemos todo mal.

Danos a conocer al Padre,
Danos a conocer al Hijo
Y a Ti, Espíritu de ambos,
Creamos en todo tiempo.

Que la gloria sea para Dios Padre,
Y para el Hijo, de entre los muertos
Resucitado, y para el Paráclito,
Por los siglos de los siglos. Amén.

Efectos del Espíritu Santo el día de Pentecostés


I/ES I/FUNDACIÓN

1. Si queremos entender correctamente la relación entre el Espíritu Santo y la Iglesia, debemos detenernos en los efectos que tuvo su venida el día de Pentecostés. Los discípulos fueron transformados. Hasta entonces los discípulos no comprendían la obra de Cristo; poco antes de su Ascensión se vio que todavía no entendían la misión de Cristo (Act. 1, 6; véanse además Mc. 4, 13. 40; 6, 50-52; 7, 18; 8, 16-21; 9, 9. 32; 14, 37-41; Lc.`18, 34, lo. 2, 22; 12, 16; 13, 7. 28; 14, 5. 8; 16, 12. 17). El día de Pentecostés el Espíritu Santo les reveló el misterio de Cristo y del reino de Dios; ahora ven a Cristo a la luz del Antiguo Testamento, entendido de nuevo (Lc. 24, 25-47; Jo. 2, 22; 12, 16; 20, 9; Act. 2, 25-35; 3, 13. 22-25; 4, 11. 24-28; 10, 43; I Cor. 15, 3). Desde ahora el testimonio a favor de Cristo se les impone como ineludible deber; ni los peligros ni los tormentos les eximen de ese deber. Con alegría, confianza y constancia predican a Cristo como Hijo de Dios crucificado y resucitado, delante del Sanedrín y delante de todo el pueblo; no lo hacen por la excitación o el entusiasmo de un momento; los acontecimientos de Pentecostés crearon un estado duradero y los apóstoles no temen ninguna amenaza ni mandato.

Todos los varones y mujeres que estaban reunidos al ocurrir la venida del Espíritu Santo fueron inundados de El (Act. 2, 4). El Espíritu Santo reveló a los oyentes el sentido del testimonio de los apóstoles; lo entendieron y se convirtieron y se hicieron bautizar.

Más de tres mil se sumaron a la Iglesia en la primera hora gracias al servicio de Pedro (Act. 2, 41). Consecuencia y efecto de la presencia del Espíritu Santo en la joven Iglesia es la vida floreciente descrita en Act. 2, 42-47. Los miembros de la Iglesia de las primicias estaban tan unidos que repartían sus bienes (cfr. Act. 4, 31-32).

2. El día de Pentecostés puede, por tanto, ser llamado el día del nacimiento de la Iglesia. Todo lo anterior fue preparación y trabajo previo. En la mañana de Pentecostés puso Dios el sello a la obra de su Hijo. La Iglesia fue consecuencia de la efusión y derramamiento del Espíritu (Act. 2, 42). Ahora se cumplen las promesas hechas por Cristo, ahora se cumple su misión; antes no había ni bautismo ni perdón de los pecados, no había predicación del Evangelio ni administración de sacramentos. Ahora entran en vigencia los poderes y deberes concedidos e impuestos por Cristo a sus apóstoles. Aquella mañana apareció por vez primera como comunidad la reunión de los cristianos; esa comunidad está conformada y configurada por el Espíritu Santo, da testimonio a favor de Cristo, perdona los pecados y concede la gracia. Aunque ya existía se parecía al primer hombre hecho de barro antes de serle alentada la vida; era un cuerpo muerto que esperaba la chispa de la vida.

«¿Cuándo empezó la Iglesia a vivir y a actuar? El día de Pentecostés. Ya antes existían sus elementos esenciales y estaban reunidos, organizados y dotados de los poderes necesarios; la doctrina había sido predicada, los apóstoles elegidos, los sacramentos instituidos y organizada la jerarquía, pero la Iglesia no vivía ni se movía. Las fuerzas divinas dormitaban, nadie predicaba ni bautizaba ni perdonaba los pecados y nadie ofrecía el santo sacrificio; impacientes esperaban ante las puertas el mundo judío y el mundo gentil, pero nadie abría; la Iglesia estaba en un estado parecido al sueño, como Adán antes de que le fuera alentada la vida… Así estaba la Iglesia hasta la hora nona del día de Pentecostés, en que el Espíritu Santo descendió sobre ella en el ruido del viento y en las lenguas llameantes. Este fue el momento de empezar a vivir; todo empezó a moverse y a actuar» (Meschler, Die Gabe des hl. Pfingstfestes, 103).

También Schell dice: «Efecto de la efusión y derramamiento del Espíritu de Dios fue la fundación de la primera Iglesia cimentada en la doctrina apostólica, unida por la constitución jerárquica y cuidadosa de la vida del renacimiento mediante la celebración del misterio eucarístico.» Santo Tomás de Aquino dice que el día de Pentecostés es el día de la fundación de la Iglesia (Sententiarum I d. 16, q. 1, a. 2; M. Grabmann, Die Lehre des hefligen Tharnas von Aquirz von der Kirche AIs Gotteswerk, 1903, 125). San Buenaventura dice: «La Iglesia fue fundada por el Espíritu Santo descendido del cielo» (Primera Homilía de la fiesta de la Circuncisión del Señor, edición Quaracchi IX, 135).

3 La tesis de los Santos Padres de que la Iglesia nació de la herida del costado de Cristo no está en contradicción con la doctrina de que la Iglesia fue fundada el día de Pentecostés, porque Muerte, Resurrección, Ascensión y venida del Espíritu Santo forman una totalidad. La muerte, resurrección y ascensión están ordenadas a enviar el Espíritu Santo y sólo en esa misión logran su plenitud de sentido. Viceversa: la misión del Espíritu Santo presupone los tres sucesos anteriores. Es el Hijo del hombre introducido en la gloria de Dios mediante su muerte y resurrección quien envía al Espíritu Santo: por eso es, en definitiva, Cristo quien funda la Iglesia mediante el Espíritu Santo el día de Pentecostés. Dice San Juan Crisóstomo en el primer sermón de Pentecostés comentando a /Jn/07/30 (PG 50, 457): «Mientras no fue crucificado no le fue dado al hombre el Espíritu Santo. La palabra «glorificado» significa lo mismo que «crucificado». Porque aunque el hecho mismo de ser crucificado es ignominioso por naturaleza, Cristo lo llamó gloria, porque era causa de la gloria de lo que El amaba. ¿Por qué, pues -pregunto-, no fue dado el Espíritu Santo antes de la Pasión? Porque la tierra yacía en pecado y perdición, en odio y vergüenza, hasta que fue sacrificado el Cordero que quitó los pecados del mundo.»

La vinculación de la Iglesia a la muerte de Cristo destaca especialmente el carácter cristológico de la Iglesia. Digamos una vez más que la Iglesia no es ni sólo la Iglesia del Espíritu ni sólo la Iglesia del Resucitado, sino la Iglesia del Cristo total, cuyo misterio abarca la vida terrestre y la vida glorificada del Señor, de El recibe su estructura mientras que del Espíritu Santo recibe la vida. Es significativo que San Agustín diga unas veces que la Iglesia procede de la Pasión y otras que procede del Espíritu Santo. Dice, por ejemplo, en el Trat. 120 sobre el Evangelio de San Juan: «Uno de los soldados abrió su corazón con una lanza e inmediatamente brotó sangre y agua (/Jn/19/34). El evangelista escogió cuidadosamente la palabra y no dijo: traspasó o hirió su costado, sino: «abrió», para que fueran como abiertas las puertas de la vida, por las que fueran derramados los sacramentos de la Iglesia sin los que no se entra en la verdadera vida. La sangre fue derramada para perdón de los pecados y el agua suaviza el cáliz salvador y concede a la vez baño y bebida. Prefiguración de esto fue la puerta que Noé abrió al costado del arca para que entraran en ella los animales liberados del diluvio; por la Iglesia fue extraída la primera mujer del costado del dormido Adán y fue llamada vida y madre de lo viviente; pues significaba un gran bien antes del pecado que es el mayor mal. Aquí durmió el segundo Adán con la cabeza reclinada sobre la cruz para serle formada una esposa de lo que manó de su costado. ¡Oh muerte que resucita a los muertos! ¿Qué cosa hay más pura que esta sangre y más saludable que esta herida?».

La relación entre la pasión de Cristo y la misión del Espíritu Santo puede ser comparada a la que hay entre la creación del primer hombre y la infusión de la vida en él. Según la descripción de la Sagrada Escritura el cuerpo del primer hombre fue formado sin vida. Entonces el Señor sopló sobre él y le alentó la vida y el hombre se convirtió en viviente (Gen. 2, 7). Algo parecido es atribuido al Espíritu en la visión de Ezequiel; vio un cementerio lleno de huesos y oyó que el Señor le decía: «Profetiza al espíritu, profetiza, hijo de hombre, y di al espíritu: Así habla el Señor, Yavé: Ven, ¡oh espíritu!, ven de los cuatro vientos, y sopla sobre estos huesos muertos y vivirán. Profeticé yo como se me mandaba, y entró en ellos el espíritu, y revivieron» (Ez. 37, 9-10).

Continua actividad del Espíritu Santo en la Iglesia

La actividad que desarrolló el Espíritu Santo al descender sobre los reunidos en el cenáculo de Jerusalén no se limitó a la mañana de Pentecostés primero; desde aquel día se está realizando sin pausa hasta la vuelta de Cristo. La Iglesia está convencida de que está continuamente bajo la influencia decisiva del Espíritu Santo y, por tanto, de que todo lo que hace lo hace en el Espíritu Santo.

 

A. La actividad del Espíritu en general ES/ACTIVIDAD:

1. La actividad del Espíritu fue profetizada por Cristo en sus palabras de despedida: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo rogaré al Padre, y os dará otro Abogado, que estará con vosotros para siempre, el Espíritu de verdad, que el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce; vosotros le conocéis, porque permanece con vosotros y está en vosotros» (lo. 14, 15-17). De El dice Cristo: «Os he dicho estas cosas mientras permanezco entre vosotros; pero el Abogado, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, ése os enseñará todo y os traerá a la memoria todo lo que yo os he dicho» (Jo. 14, 25-26). «Cuando venga el Abogado, que yo os enviaré de parte del Padre, el Espíritu de verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí, y vosotros daréis también testimonio, porque desde el principio estáis conmigo» (lo. 15, 26-27). Cristo dice también a los discípulos: «Mas ahora voy al que me ha enviado y nadie de vosotros me pregunta ¿Adónde vas? Antes, porque os hablé estas cosas, vuestro corazón se llenó de tristeza. Pero os digo la verdad, os conviene que yo me vaya. Porque si no me fuere, el Abogado no vendrá a vosotros; pero si me fuere, os le enviaré. Y en viniendo éste argüirá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, porque no creyeron en mí; de justicia, porque voy al Padre y no me veréis más; de juicio, porque el príncipe de este mundo está ya juzgado. Muchas cosas tengo aún que deciros, más no podéis llevarlas ahora; pero cuando viniere Aquél, el Espíritu de verdad, os guiará hacia la verdad completa, porque no hablará de sí mismo, sino que hablará lo que oyere y os comunicará las cosas venideras. El me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo dará a conocer. Todo cuanto tiene el Padre es mío; por esto os he dicho que tomará de lo mío y os lo hará conocer» (lo. 16, 5-15).

En estas palabras Cristo reprende a los discípulos porque se han entristecido al decirles que se marcha sin preguntar las ventajas que podía tener su vuelta al Padre. Si El no marchara no vendría el Paráclito. La venida del Espíritu es de trascendental importancia porque la actividad del Paráclito es ineludible si se quiere entender correctamente la relación de los discípulos a Cristo. Da la impresión de que Cristo no pudiera abrir los ojos de los apóstoles y de que tuviera que ser necesariamente e] Espíritu Santo quien les hiciera comprenderlo todo. Pero como esa comprensión es decisiva para la auténtica y verdadera vida, la venida del Espíritu Santo a los discípulos es también fundamental. La marcha de Cristo es, en realidad, un bien para los discípulos (Jo. 16, 7) porque es la condición de la venida del Espíritu Santo.

2. Las funciones del Espíritu Santo son enumeradas por Cristo en ]as palabras de despedida. El Espíritu Santo hace que los discípulos recuerden a Cristo; este recuerdo tiene fuerza psicológica y ontológica. El Espíritu Santo hace que los discípulos no se olviden de Jesús; pero a la vez les actualiza continuamente a Cristo. La función memorativa del Espíritu Santo es función actualizadora y su fin es que los discípulos tengan a Cristo como interna posesión. Cristo debe actuar en ellos. El Espíritu Santo crea la «presencia activa» de Cristo en los discípulos, el ser de Cristo en ellos.

El Espíritu Santo introduce a los discípulos en la verdad hasta que ellos reconocen la riqueza y profundidad de la sabiduría de Dios; da además testimonio de Cristo de forma que ese testimonio desarrolla lo que Cristo ha predicado y abre a la vez su sentido. Esta función iluminadora y explicativa es tan importante que el Espíritu Santo recibe nombre de ella: es el Espíritu de verdad. El hecho de que Cristo diga dos veces que el Espíritu Santo tomará de lo suyo y lo anunciará, demuestra que Cristo habla aquí no de verdades nuevas y no predicadas, sino del testimonio de la verdad predicada ya por El (cfr. I Jo. 4, 1; Apoc. 19, 10).

3. Lo que Cristo promete del Espíritu Santo lo vemos cumplido en los Hechos de los Apóstoles y en las Epístolas. La actividad del Espíritu Santo se desarrolla siempre en torno a Cristo. En el Apocalipsis de San Juan vemos hasta qué punto está vinculada a Cristo la actividad del Espíritu Santo, en las cartas a las siete iglesias se dice constantemente que se las invita a oír lo que el Espíritu dice (2, 7. 11. 17. 29; 3, 6. 13. 22); sin embargo, al principio de cada carta se dice que es Cristo quien habla a las iglesias (2, 1. 8. 12. 18; 3, 1. 7. 14). Evidentemente es Cristo quien habla por medio del Espíritu Santo. Cristo es también descrito como el Señor que dirige la historia; es también el «Cordero sacrificado», que en una grandiosa escena es convocado a ser Señor de la historia y del mundo (Apoc. 5).

4. En los textos de San Juan antes citados se enumeran algunas funciones más del Espíritu Santo. Frente al mundo aparece en el papel de acusador; sobre este tema dice A. Wikenhauser (Das Evangelium nach lohannes, 1948, 242): «Detrás de las difíciles palabras de Jesús está la idea de un proceso desarrollado ante Dios. El mundo descreído que ha rechazado a Cristo y le ha llevado a la cruz es el acusado y el Paráclito es el acusador. La misión definitiva del Espíritu consiste en argüir al mundo, lo que no quiere decir que lo convencerá de su culpa, sino sólo que pondrá en claro su culpa, es decir, que demostrará que no tiene razón. Pero este proceso no ocurrirá al fin de los tiempos (en el juicio final), sino en todo el proceso de la historia que transcurre desde la Resurrección.

El argumento del Paráclito consiste en dar testimonio a favor de Cristo delante del mundo (15, 26), es decir, en la predicación cristiana inspirada por el Espíritu, que pone en claro la culpa y la sinrazón del mundo. Al decir que arguye de pecado, de justicia y de juicio quiere decir que el Paráclito pondrá en claro qué significan el pecado, la justicia y el juicio, con lo que a la vez responde a la cuestión (como indican los versículos 9-11) de a qué parte hay que buscar el pecado la justicia y el juicio. Pecado significa la incredulidad frente a la revelación de Dios ocurrida en Cristo. El verdadero pecado del mundo es haberse cerrado a la predicación de Jesús y el cerrarse obstinadamente a la predicación cristiana (/Jn/15/21-25). La palabra «justicia» debe ser entendida en sentido jurídico como justificación o declaración de inocencia ante la ley; debe ser considerada como justicia hecha en un proceso, porque los argumentos son una acusación o polémica jurídica. Su vuelta al Padre y su glorificación significan que la victoria está de parte de Cristo (cfr. 1 Tim. 3, 16 y la interpolación apócrifa de Mc. 16, 14: revela ahora tu justicia=victoria). La vuelta al Padre es expresión típica de San Juan para decir lo que los demás escritores del Nuevo Testamento enuncian como elevación o glorificación de Cristo por Dios (cfr. Act. 2, 33, 5, 31; Eph. 1, 20; Phil. 2, 9; Hebr. 1, 3). El argumento contra el mundo consiste en que el Paráclito demuestra testificando (15, 26) que Cristo ha vuelto al Padre. El Espíritu pondrá en claro finalmente qué es el juicio y quién será juzgado. El mundo creyó que había juzgado a Cristo, pero de hecho en la muerte de Cristo se cumplió el juicio de Dios contra el dominador del mundo que había crucificado a Cristo (cfr. 13, 2. 27); en su muerte precisamente venció Cristo al diablo, porque a través de la muerte volvió al Padre y fue glorificado. Desde entonces el diablo no tiene poder; es el sometido, el juzgado (cfr. 12, 31; Col. 2, 15).»

SCHMAUS

TEOLOGIA DOGMATICA IV

LA IGLESIA

RIALP. MADRID 1960.Págs. 331-337

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Al Espíritu Santo

Publicado en web el 24 de Mayo, 2012

La montaña de nieve se corona,
y le basta la nieve y tiene voz.
Cuando muere la tarde es sacrificio,
y cuando nace la mañana es flor.

Mejor abrir las venas, y la sangre,
en arroyos, que cante tu canción.
Mejor sellar los labios, y que hable
en su propio lenguaje, el corazón.

¡Mucho más elocuente es el silencio,
cuando habla la lengua del amor!
Dicen más nuestros ojos cuando lloran
y miran, de la Cruz, pendiente a Dios…

Pero hemos de cantar y agradecerte,
todos, gracia por gracia y don por don.
En cinco lustros se han multiplicado
por siete, en cada uno, tu favor.

Divina Luz de nuestra mente has sido;
jamás nos ha faltado nuestro Sol.
Que prenda en las montañas una aurora
y nos deje en la tarde un arrebol.

Ha sido vida, y Vida verdadera;
porque, en las almas, vida es el amor;
porque nos das la vida y la conservas
con la esperanza del eterno don.

Eres también, del alma, fortaleza:
le prestas Tú la espada y das valor.
Ni la dicha le aparta del camino
ni la cumbre la aparta del dolor.

Y vamos por la vida siempre unidos,
y Tú mantienes firme nuestra unión:
amando a los amigos y enemigos,
amando todos, sobre todo, a Dios.

Por eso es nuestro anhelo que Tú reines
en tu Familia, en esta población;
y nuestro lema: amarte y que te amen,
porque amor es el precio del amor.
Pbro. J. Jesús Rubio.

semanario.com.mx

Liturgia de Pentecostés / Para motivar la fiesta de Pentecostés


Liturgia, Pentecostés

Conoce la liturgia de Pentecostés y algunas reflexiones de utilidad para este día

Monición de entrada

El Don del Espiritu para la Iglesia. El Espiritu presente en el inicio de la vida pública de Jesús, está presente también en el inicio de la actividad misionera de la Iglesia (1ª lect), y distribuye generosamente sus dones para el bien común (2ª lect).Es portador del don de la paz y es mensajero del perdón y del amor del Señor (Ev).

Canto de entrada. La alianza nueva. Danos, Señor, un corazón nuevo, derrama en nosotros un espíritu nuevo.

(Cantoral LitiirgicoNacional: nº 253).

Aspersión

o bien:

Acto Penitencial

· Tú, que eres el Ungido por el Espiritu.

· Tú, que pasaste haciendo el bien.

· Tú, que nos envias a ser tus testigos.

LITURGIA DE LA PALABRA

Primera Lectura. Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar Hech 2,1-11.

Se líénaron del Espiritu Santo. La Iglesia naciente experimenta la efusión del Espiritu Santo y desde este momento se lanza al mundo para anunciar el mensaje de salvación rompiendo las fronteras de pueblos, razas y lenguas.

Salmo responsorial. (Sal l03, l a-b y 4ac.29bc-30.31 y 34)

R/. Envía tu Espíritu, Señor y repuebla la faz de la tierra (ó Aleluya) (Libro del Sahnista: págs. 172-173)

Segunda Lectura. Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo I Cor 12,3b-7.12-13.

Los dones del Espiritu al servicio del bien común. Los carismas, gracias dadas para el bien de la comunidad eclesial, son también obra del Espiritu. Ponerlos ante Dios, para que los haga instrumentos eficaces de su gracia.

Evangelio. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo Jn 20,19-23.

El Espiritu dado para el perdón de los pecados. El Espiritu Santo comunica gozo y paz, el Espiritu conduce a los discípulos de Jesús a continuar su misión, la que É1 recibió del Padre: reconciliar a los hombres con Dios. E1 Espiritu Santo confiere la fuerza para perdonar los pecados y reconciliar.

LITURGIA EUCARISTICA

Canto de Comunión. Oh Señor, envía tu Espíritu.

Oh Señor, envia tu Espíritu

que renueve la faz de la tierra.

(Cantoral Lisúrgico Nacional: n° 252)

Reflexión

Cristo ha sido glorificado y sigue presente y operante en el mundo por el Espiritu Santo. Los dones del Espíritu superan lenguas y razas, diferencias y divisiones. Sus dones que ayudan a crear actitudes de comunidad, de plegaria y de servicio. “En cada uno se manifiesta el Espiritu para el bien común”.

El cristiano es un enviado, “como el Padre me ha enviado así también os envio yo”. ¿Y a qué nos envia?:

1. A vivir y a contagiar la paz. Es un don precioso y ausente muchas veces en el mundo. Cristo y su Espíritu son fuentes de paz para que el mundo crea.

2. A experimentar el perdón y la misericordia. Todo tiene remedio y el mal puede ser vencido. El perdón y la misericordia son las actitudes de la Iglesia ante el mundo.

3. A ser constructores de la comunidad. El Espíritu de Dios se ha derramado en cada uno para lograr la unidad de todos en el amor.

Fuego vivo

“Viendo aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían posándose encima de cada unó ” (Act 2,3)

Cuando Jesús se había marchado les prometió que el Espíritu vendría para estar siempre con ellos. Una luz de esperanza quedó brillando en el corazón rudo y amedrentado de aquellos hombres. Estaban escondidos, rezando y esperando, con mucho miedo, con las puertas cerradas, atentos a cualquier ataque por sorpresa. Pero ante la fuerza de Dios no cabe cerrar las puertas. Un fuego vivo llegó como viento salvaje, abriendo violentamente las ventanas. El soplo de Dios se había desencadenado de nuevo. En la primera creación había aleteado suave sobre las aguas y sobre la faz del hombre. La luz brotó en las tinieblas y en la mirada apagada de Adán. Ahora, en la segunda creación, su aleteo es violento, de fuego incandescente. Y esos hombres, cobardes y huidizos, son abrasados por el beso de Dios, sacudidos por el Espíritu. La luz ha brillado también en las sombras de sus ojos. Y enardecidos se lanzan a la calle a proclamar las maravillas de Dios, anunciando la Buena Nueva, lo más sorprendente que jamás se haya oído.

“Enormemente sorprendidos preguntaban: ¿No son galileos todos esos que están hablando?” (Act 2, 7)

Toda Jerusalén se ha conmovido ante aquel remolino arrollador. Una multitud corre hacia el lugar donde el viento de fuego desgajó puertas y ventanas. La sorpresa aumenta por momentos. Aquellos hombres han roto las fronteras de la lengua, y sus voces se oyen claras y sencillas en el corazón de cada hombre.

Te lo suplicamos, Señor, haz que de nuevo venga el Espíritu Santo, que de nuevo llueva del cielo ese fuego vivo que transforma y enardece. Es la única forma que existe para que tu vida, la Vida, brote otra vez en nuestro mundo corrompido y muerto… Ven, sigue soplando donde quieras, mueve a la Iglesia hacia el puerto fijado por Cristo, fortalécela, ilumínala, para que sea siempre la Esposa fiel del Cordero. Desciende de nuevo sobre un puñado de hombres que griten ebrios de tu amor. Hombres que sean realmente profetas de los tiempos modernos. Sigue viniendo siempre, aletea sobre las aguas muertas de nuestras charcas, danos fuerza para seguir llenando de luz la oscuridad de nuestro pobre y viejo mundo.

La vida del espiritu

“¡Dios mio, qué grandes eres!” (Ps 103,1)

Quisiéramos, Señor, hacer nuestras esas exclamaciones de entusiasmo que muchas veces brotan del salmista. Quisiéramos participar de su fe, de su esperanza, de su amor. Y llenarnos de exultación al mirar la grandeza de tu obra divina y prorrumpir también en exclamaciones gozosas, en bellas canciones que celebren la formidable realidad de lo divino. Sobre todo al pensar en el mundo de lo espiritual, en ese mundo invisible que, sin embargo, está ahí, a nuestro lado; con una grandeza sin parangón alguno con todo lo demás, ya que el menor bien del espíritu rebasa con mucho el mayor bien del mundo sensible y material. Para descubrir esos valores y poder gozar con su contemplación es preciso tener la mirada limpia, es necesaria la luz de Dios, la luminosa claridad del Espíritu Santo. Hoy, día de Pentecostés, repitamos con la liturgia: Ven, padre de los pobres; ven, dador de todo bien; ven, luz de los corazones.

“Les retiras el aliento y expiran ” (Ps 103,29)

Todo ser viviente, tanto animal como vegetal, participa del hálito vital que tú nos transmites. Al igual que el hombre comenzó a cobrar vida cuando tú echaste el aliento sobre su rostro, así también todo cuanto existe con vida la recibe de continuo de tu poder misterioso y sin límites. Recordemos que basta un mínimo y rápido instante para que, si Dios lo quisiera todo vuelva a la nada de donde salió. Puesto que es así, vamos a ser agradecidos con el Señor por la vida que nos ha dado, por el aliento que nos presta. Vamos a gozar de este don maravilloso con vistas a la eternidad, vamos a utilizarlo para el bien y no para el mal. Resulta horrible pensar que la mano que se mueve, gracias al movimiento que Dios le presta, se vuelva contra Él. Por último, tengamos en cuenta que por medio del Espíritu Santo se nos da la vida de la gracia, la vida misma de Dios. Por el bautismo nos ha hecho partícipes el Señor de su grandeza, de su bondad, de su alegría sin límites. El Espíritu Santo ha sido infundido en nuestros corazones para enseñarnos a querer, para suscitar en lo más íntimo de nuestro ser una persuasión tan grande de nuestra condición de hijos de Dios que, casi necesariamente digamos con ternura y emoción: ¡Abba, Padre!

Hasta rebosar

“Nadie puede decir Jesús es Señor, si no es bajo la acción del Espíritu Santó” (l Cor 12,3)

De nuevo la liturgia nos introduce en las regiones inaccesibles de la divinidad. Después de seis dominicas dedicadas a recordar, y a revivir en cada uno el triunfo de Cristo sobre la muerte, la Iglesia nos presenta y nos ofrece la fuerza y el aliento de Dios; el Espíritu que vuelve a sacudir con violencia los cimientos del cenáculo donde se encierran los tímidos apóstoles de Cristo, el Espíritu Santo que desciende otra vez para que los enviados del Evangelio se llenen de valentía y de coraje al pro- clamar el divino mensaje.

Nuevo Pentecostés que repita el prodigio del primer día, nuevos vientos que abran las puertas cerradas de nuestro egoísmo y de nuestra sensualidad, nuevo fuego que queme y cauterice nuestras conciencias dormidas y apáticas. Nueva luz que alumbre nuestros oscuros senderos, que descubra la bajeza de tantas vidas ocultas bajo piel de cordero, nuevas fuerzas que nos empujen con vigor por los caminos de la verdad y del amor.

“En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común” (l Cor 12, 7)

Muchos son los dones del Espíritu Santo. Isaías ve a Cristo como un retoño que brota del tronco de Jesé, como una rama verde que crece en la raíz de David. Y sobre ese vástago -nos dice- se posará el Espíritu de Yavé, la sabiduría y la inteligencia, el consejo y la fortaleza, en entendimiento y el santo temor de Dios. San Pablo por su parte nos dice que los frutos del Espíritu Santo son la caridad, el gozo, la paz, la bondad, la afabilidad, la longanimidad, la fe, la mansedumbre y la templanza. Es como una lluvia abundante y oportuna que no cesa de mantener fresca la tierra, es como el sol que calienta y vitaliza la siembra, como la luz que da calor a los campos, la fuerza intangible que sazona los frutos. Sí, el Espíritu Santo sigue actuando en la Iglesia de Cristo, sigue presente en los creyentes, en los fieles cristianos. Pero no olvidemos que cuanto nos transmite el Espíritu Santo con generosidad sin límites está destinado al bien común. Él nos llena de gozo y de paz para que llevemos esa paz y ese gozo a cuantos nos rodean. Somos como vasos que el Espíritu Santo llena hasta rebosar nuestra medida, para que nosotros vertamos ese amor sobre los demás.

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Para motivar la fiesta de Pentecostés

Eliana Araneda de Palet

 

1.- Jesús, antes de padecer y resucitar, les hizo una hermosa promesa a sus discípulos-amigos. Que Él y su Padre les enviarían su Espíritu para que jamás sintieran que estaban abandonados o solos sobre la Tierra.

2.- También les pidió que se quedaran en Jerusalén todos reunidos hasta que se cumpliera su promesa.

3.- 10 días estuvieron junto a la Virgen Madre, encerrados en una casa, rezando y conversando de Jesús. Eran hombres cobardes, con miedo, que no se atrevían a hablarle a la gente de su maestro. Todavía sentían que les podía pasar lo mismo que a Jesús: que los mataran por ser amigos del Crucificado.

4.- Jesús cumplió su promesa, siempre las cumple. Cuando recibieron el Espíritu Santo estos hombres se transformaron: se llenaron de coraje, sabiduría, se les aclararon todas las cosas que no habían entendido mientras habían estado con Jesús. Salieron a las calles y a toda voz empezaron a hablar de Jesús y a explicar su mensaje.

5.- ¿Cómo explicar quién es el Espíritu Santo? Es alguien que no podemos ver, pero que existe. Es como el amor; más bien es el Amor que no vemos, pero sentimos.

6.- Cuando amamos a alguien estamos alegres, andamos con deseos de ayudar, de cantar, de hacer cosas buenas. A la persona que queremos, (mamá, papá, amigo, compañero) la tenemos siempre cerca aunque no esté con nosotros y no se nos ocurre hacerle daño, ni decirle pesadeces.

7.- El Espíritu Santo que recibimos el día en que nos bautizaron nos hace personas buenas, generosas, solidarias, alegres, cariñosas y valientes. Cuando actuamos con amor, valentía, generosidad y alegría es seguro que el Espíritu Santo está en nuestros corazones. También Dios nos manda el Espíritu Santo en la Eucaristía, en la confirmación, y en otras ocasiones especiales. Cuando seamos más grandes lo vamos a entender.

8.- Imaginarse que nuestro corazón es como un nido. Al Espíritu Santo le gusta que le ofrezcamos un lugar en nuestro corazón para vivir en él.

Dulce huesped del alma


Autor: Pa´que te salves | Fuente: Catholic.net
Dulce huésped del alma
El Espíritu Santo es el Gran Desconocido, pues si realmente lo conociéramos viviríamos con permanente paz en el alma.
Dulce huésped del alma

Dios, Nuestro Señor, es tan amoroso con todos nosotros que nos ha dado la conciencia. Esa voz de Dios que nos habla internamente. Ahí donde nada más estás tú y Dios, ahí es donde el Espíritu Santo te hablará. Sus llamadas amorosas no son con gritos, sino con suavidad. Se necesita que haya silencio para que podamos oírlo. Pero, nuestro mundo de hoy hace tanto ruido que no nos permitimos escuchar esa voz de Dios. Dejemos que Dios nos hable. Escuchemos sus gemidos de amor por nosotros. Esforcémonos por escucharle..

Leamos la Secuencia de la Misa de Pentecostés, que nos dice:

Ven, Dios Espíritu Santo, y envíanos desde el Cielo tu luz, para iluminarnos.
Ven ya, padre de los pobres,
luz que penetra en las almas,
dador de todos los dones.
Fuente de todo consuelo, amable huésped del alma, paz en las horas de duelo.
Eres pausa en el trabajo; brisa, en un clima de fuego; consuelo, en medio del llanto.
Ven luz santificadora, y entra hasta el fondo del alma de todos los que te adoran.
Sin tu inspiración divina los hombres nada podemos y el pecado nos domina.
Lava nuestras inmundicias, fecunda nuestros desiertos y cura nuestras heridas.
Doblega nuestra soberbia, calienta nuestra frialdad, endereza nuestras sendas.
Concede a aquellos que ponen en ti su fe y su confianza tus siete sagrados dones.
Danos virtudes y méritos, danos una buena muerte y contigo el gozo eterno.

Esta hermosa oración ha sido rezada por la Iglesia durante cientos de años. Ahí vemos la dulzura de Dios que, por medio del Espíritu Santo, inunda a las almas. Escuchemos una y otra vez esas hermosas palabras que decimos del Espíritu Santo, ese dulce huésped de nuestra alma.

Lo nombramos Padre de los pobres, pues Él es quien se identifica con ellos, con los que más necesitan, con los que tienen hambre y sed de Dios. Por eso, Santa Teresa decía: “quien a Dios tiene, nada le falta”. Ahí estaba presente el Espíritu Santo.

Luz que penetra las almas: ¡Cuántas veces vivimos en la oscuridad del pecado, de la angustia y de la tristeza! Parece que nunca se va a hacer de día. Sin embargo, si pedimos a Dios que, por medio del Espíritu Santo nos ilumine, pronto las tinieblas de nuestro corazón se llenarán de esa luz amorosa de Dios.

Dador de todos los dones: Todos los dones que pueda recibir una persona, un alma, son originados por el Espíritu Santo quien, con el fuego de su amor, piensa personalmente en cada uno de nosotros.

Fuente de todo consuelo. ¡Cuántas veces parece que estamos inconsolables porque todo lo humano está en nuestra contra!

Dificultades con los miembros de la familia, los hijos, el cónyuge; en el trabajo, en la sociedad. Nada, parece, que nos puede consolar. Sin embargo, ahí está Dios quien, por medio del Espíritu Santo está en espera para consolarnos.

Amable huésped del alma. Sí, ese es el Espíritu Santo, ese amable, dulce y tierno visitante de nuestra alma, que habita en ella si nosotros se lo permitimos. Pero, nuestro egoísmo lo expulsa cada vez que optamos por el pecado. Dulce huésped, ¡quédate conmigo! No permitas que nada me separe de ti.

Paz en las horas de duelo. ¿Quién será quien nos levante el corazón cuando el dolor es fuerte? Ahí está el dulce huésped del alma, buscando consolar y dar paz en los momentos de duelo. Pero, ¿por qué no queremos escucharle?, ¿por qué nos hacemos sordos a su voz? Cuando el alma está atribulada, cansada, fatigada, ahí se presenta quien es pausa en el trabajo; brisa, en un clima de fuego; consuelo, en medio del llanto. ¡Sí! Ahí está el Espíritu Santo quien ha de confortar en todo momento.

Así podríamos ir hablando del Espíritu Santo, escuchando las palabras de esta oración que la Iglesia durante cientos de años ha recitado.

Sin embargo, esta maravillosa realidad del Espíritu Santo es muy poco conocida. Por algo se suele afirmar que el Espíritu Santo es el Gran Desconocido, pues si realmente lo conociéramos viviríamos con permanente paz en el alma. Dediquemos un tiempo para conversar amorosa e íntimamente con el Espíritu Santo, amable y dulce huésped del alma.

Recordemos algunas palabras que la Iglesia, por medio del Credo, nos dice sobre el Espíritu Santo. Recordemos que es el Señor y dador de vida. Por medio de Él, Dios vivifica al mundo, nos comunica la vida y lo santifica todo.

Los siete dones del Espíritu Santo son:
1. Sabiduría
2. Inteligencia
3. Consejo
4. Fortaleza
5. Ciencia
6. Piedad
7. Santo Temor de Dios

Los frutos del Espíritu Santo nos ayudan a saborear la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce:
1. Caridad
2. Gozo
3. Paz
4. Paciencia
5. Generosidad
6. Bondad
7. Benignidad
8. Mansedumbre
9. Fidelidad
10. Modestia
11. Continencia
12. Castidad

El pecado mortal es el peor enemigo del Espíritu Santo, pues si lo cometemos expulsamos de nuestra alma a su dulce huésped.

No tengamos miedo de ser testigos de Dios en la sociedad, pues si contamos con el Espíritu Santo, toda dificultad será vencida, todo cansancio refrescado y cada tristeza consolada.

Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía tu Espíritu Creador. Y renueva la faz de la Tierra. Oh Dios, que has iluminado los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo, haznos dóciles a sus inspiraciones para gustar siempre el bien y gozar de su consuelo.
Amén. 

María dentro de la Iglesia de Jerusalén en los días de Pentecostés


En He 1.14 Lucas es puntual en decirnos que después de la ascensión de Jesús “todos ellos [o sea, los once apóstoles] perseveraban unánimes en la oración con las mujeres y con María, la madre de Jesús, y con sus hermanos”. Es muy significativo que, además de los apóstoles (v. 13), se recuerde solamente a la Virgen con su nombre propio (María), acompañado de su máximo titulo funcional (la madre de Jesús). Pero ella no está separada del resto de la iglesia. Aunque tuvo una misión excepcional y única, María está en la iglesia y con la iglesia apostólica de Jerusalén, madre de todas las iglesias cristianas. Poco después, Pedro recordará que Judas “guió a los que prendieron a Jesús” (v. 16). El recuerdo de esa defección, a la que siguió luego la del mismo Pedro (Lc 22,34.54-62), hace también de la comunidad de Jerusalén un cenáculo de misericordia, de perdón: María está rodeada de los que abandonaron al Maestro en la hora de las tinieblas (cf Lc 22,53). Esta reflexión no constituye el punto focal de la narración de Lucas. Pero tampoco podría decirse totalmente extraña a ella. Una tenue sugerencia en su favor puede verse en el discurso de Pedro para la sustitución de Judas (He 1,15-22) y en la negación del mismo apóstol, tal como nos lo narra también el tercer evangelio (Lc 22,34.54-62).

 

Realmente Lucas, desde el primer capítulo de los Hechos, polariza la atención en el tema del testimonio que hay que rendir del Señor Jesús. En este horizonte también la presencia de María tiene una finalidad perfectamente comprensible. Lo señalaremos articulando nuestra exposición en tres cuestiones relativas a su persona en He 1,14.

 

a) Los destinatarios del don del Espíritu en pentecostés. Empecemos por preguntarnos: ¿quienes son esos todos reunidos juntos el día de pentecostés (He 2,1), investidos del soplo del Espíritu que los capacitó para promulgar en otras lenguas las grandes obras de Dios (He 2,4.11)? Este interrogante afecta también a la figura de María: ¿hemos de contarla o no entre aquellos todos?

 

Los componentes de la comunidad jerosolimitana, aquella mañana de pentecostés, podrían ser: el colegio apostólico, mencionado inmediatamente antes para la elección de Matías en lugar de Judas (He 1,1526); o los 120 hermanos que se recuerdan en He 1,15 70, o bien los tres grupos especificados en los vv. 13-14: los apóstoles (aún en número de once), las mujeres (probablemente las señaladas por Lc 8,2-3 23,55-56 24,1-11), María madre de Jesús y sus hermanos.

 

NU/120-HERMANOS: La mayor parte de los autores está por los 120 hermanos que representan a todos los miembros de la iglesia de Jerusalén, reunida en torno a los doce. El mismo Lucas ofrece indicios válidos para esta opción. En efecto: 1) según Lc 24, Jesús resucitado promete la efusión del Espíritu (v. 49) a los once y a cuantos estaban con ellos (v. 33); 2) la profecía de Joel, invocada por Pedro para hacer la exégesis del acontecimiento, anunciaba una efusión del Espíritu sobre toda carne (persona): hijos e hijas, jóvenes y ancianos, siervos y siervas (He 2,17-18); 3) en su discurso Pedro explica también que el don del Espíritu sería recibido por todos los que se arrepintiesen y pidieran el bautismo en el nombre de Jesucristo (He 2,38). Y las personas que acogieron la palabra de Pedro fueron “unos tres mil” (v. 41).

 

Así pues, si el Espíritu se concedió a todos los recién convertidos en tan gran número, sería poco congruente pensar que ese mismo don no bajase sobre todos los 120 que creían ya en Jesús.

 

b) Pentecostés y testimonio. En el cuadro de la doctrina lucana, el Espíritu prometido por Jesús resucitado iba ordenado a una finalidad muy concreta, es decir, al testimonio. En efecto, decía Jesús: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en SaMaría y hasta los confines de la tierra” (He 1,8).

 

Revestidos de la fuerza del Espíritu Santo (I c 24,49), los once y los que había con ellos (Lc 24,33.36) estarán en disposición de dar testimonio (Lc 24,48) de los acontecimientos de la historia de la salvación, que culminan en Jesús. En concreto: que el Cristo tenía que padecer y resucitar el tercer día (v. 46b); que en su nombre se predicaría a todos los pueblos la conversión y el perdón de los pecados, empezando por Jerusalén (v. 47); que todas esas cosas estaban anunciadas de antemano sobre él en las Escrituras (vv. 45.46a) y que, por tanto, todo aquello tenía que cumplirse (vv. 44b.46b).

 

El Espíritu Santo, decían los oráculos de los profetas, habría hecho de Israel un pueblo de testigos (Is 43,10.12.21;44,3.8;Jl 3,1-2). Con la efusión pentecostal del Espíritu, enviado por Jesús resucitado (He 2,32-33), esa efusión se convirtió en herencia de “toda la casa de Israel” (cf He 2,36), que es ahora la iglesia de Cristo (cf He 20,28).

 

Por ello los que formaban parte de la iglesia de Jerusalén (los apóstoles, las mujeres, María y los hermanos de Jesús), después de que todos se llenaron del Espíritu (He 2,14a), se hicieron idóneos para dar testimonio del Señor Jesús, cada uno según su disposición. Desde aquel día también María se vio plenamente iluminada por el Espíritu sobre todo lo que había hecho y dicho Jesús. Desde entonces es razonable pensar que ella comenzó a derramar sobre la iglesia los tesoros que hasta entonces había tenido encerrados en el archivo de sus meditaciones sapienciales. Así también la Virgen se convirtió en testigo de las cosas vistas y oídas (cf Lc 1,2).

 

Comenta X. Pikaza: “Ella dio testimonio del nacimiento de Jesús, del camino de su infancia; Jesús no habría sido acogido por la iglesia en la integridad de su ser hombre si le hubiera faltado el testimonio vivo de una madre que lo había engendrado y criado. Dentro de la iglesia, María es una parte de Jesús… Hay algo que ni los apóstoles ni las mujeres ni los hermanos habrían podido atestiguar. Le corresponde a María consignar esa palabra única e insustituible al misterio de la iglesia. Por eso aparece ella en He I,14” (María y el Espíritu Santo… ).

 

c) Pentecostés y anunciación. PENT/ANUNCIACION : Lucas deja vislumbrar una no débil analogía entre la bajada del Espíritu Santo sobre María en la anunciación y sobre la iglesia en pentecostés. (Ver el paralelismo entre ambas situaciones en el cuadro siguiente, que correlaciona los textos respectivos).

 

 

 

 

 

 

 

ANUNCIACIÓN

 

PENTECOSTÉS

 

El Espíritu Santo, energía del Altísimo (Lc 1, 35: dýnamis ypsistu). La energía del Espíritu Santo, desde lo alto (Lc 24, 29: ex ýsous dínamin).
viene sobre María (Lc 1, 35a: epeléusetai epì sé). baja sobre los apóstoles (Hch 1, 8:epelthóntos aph\\’ ymâs); todos quedaron llenos. (Hch 2, 4).
“Y María dijo (éipen): y empezaron a anunciar (laléin: 

Hch 2,4.6.7.11; apophthénguesthai:

vv 4.12) en otras lenguas

\\’Mi alma engrandece [megalýnei] al Señor…(v. 46);… grandes cosas [megáka] ha hecho en mí el Poderoso…“(v. 49a) las grandes obras de Dios (v. 11: ta megaléia toú Theoû), como el Espíritu les daba expresarse (v. 4). 

 

 

Los puntos de contacto entre los dos grandes acontecimientos parece que son éstos. Por una parte está María: alumbrada por el Espíritu en la intimidad de su propia persona (Lc I,35), irrumpe casi hacia fuera, a las montañas de Judea (v. 39), para anunciar las grandes cosas realizadas en ella por el Omnipotente (vv. 4649). Por la otra parte está la iglesia apostólica de Jerusalén: corroborada por el vigor del Espíritu (Lc 24,49; He 1,8) mientras estaban reunidos dentro de la casa (He 2,2), deja su retiro para proclamar públicamente las grandes obras del Señor (He 2,4.6.7.11.12). La iluminación del Espíritu permite tanto a María como a la iglesia ser testigos proféticos de lo que Dios ha hecho por su pueblo (cf He 2,4.11.17.18).

 

CONCLUSIÓN

 

En la anunciación, el ángel había revelado a la Virgen que el niño que daría a luz por obra del Espíritu Santo reinaría eternamente en la casa de Jacob (Lc 1,3133); su misión maternal respecto al rey-mesías contraía, por tanto, unos vínculos especiales con el pueblo de Dios de la nueva alianza. Y, en efecto, el día en que el Espíritu suscita la iglesia de Cristo como una asamblea de testigos (cf Lc 24,48-29; He 1,8), María se sienta entre los discípulos como “madre de Jesús” (He 1,14 2, 1 -4). Lucas, que tanto se había prodigado a propósito de la vocación de María en la génesis humana del Salvador, se contenta con un solo versículo para ella a la hora de describir la intervención del Espíritu en el nacimiento de la iglesia. Sin embargo, en ese fragmento estaba todo. En efecto, guiada por el mismo Espíritu, la nueva comunidad de los creyentes se verá urgida a confrontar He 1,14 con el conjunto narrativo del evangelio de Lucas. El resultado será el reconocimiento de la filogénesis de la iglesia en la historia de María. La iglesia es el calco de María. (·SERRA-A. _DICC-DE-MARIOLOGIA. Págs. 344-347)

fuente:encuentra.com

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El tiempo de la Iglesia: Pentecostés


Hablar de Pentecostés y del Espíritu Santo es hablar de la Iglesia, pues los Apóstoles comenzaron a cumplir la misión que Cristo les confió el mismo día de Pentecosté

Pentecostés constituye la fase de manifestación y promulgación de la Iglesia.

Los Apóstoles comenzaron a cumplir la misión que Cristo les confió el mismo día de Pentecostés, con éxito tan admirable que San Pedro convierte ese día a 3,000 personas con su primera predicación (cfr. Act, 2, 41), y más adelante a 5,000 con la segunda (cfr. Act. 4, 4).

Luego los Apóstoles se esparcieron por todo el mundo, e iban fundando comunidades cristianas donde predicaban. Estas comunidades eran regidas por Obispos consagrados por ellos, y estaban unidas entre sí por una misma fe, unos mismos sacramentos y un mismo jefe común: San Pedro y sus sucesores.

Pentecostés constituye la fase de manifestación y promulgación de la Iglesia.

“La Iglesia que Cristo ha fundado en si mismo por su pasión sufrida por nosotros, la funda ahora en nosotros y en el mundo mediante el envío de su Espíritu” (Yves Congar, Esquisses du inystere de l”Eglise, p. 24).

Es esencialmente, un misterio de culminación (cfr. Act. 2, 32-33): consumado definitivamente el Sacrificio de Cristo y conseguida la salvación, se completa ahora el misterio con su universalización y su comunicación a los hombres.

“¿Dónde comenzó la Iglesia de Cristo? Allí donde el Espíritu Santo bajó del cielo y llenó a 120 residentes un solo lugar” (San Agustín, In Ep. Ioa. ad Parthos)

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Para motivar la fiesta de Pentecostés

Eliana Araneda de Palet

 

1.- Jesús, antes de padecer y resucitar, les hizo una hermosa promesa a sus discípulos-amigos. Que Él y su Padre les enviarían su Espíritu para que jamás sintieran que estaban abandonados o solos sobre la Tierra.

2.- También les pidió que se quedaran en Jerusalén todos reunidos hasta que se cumpliera su promesa.

3.- 10 días estuvieron junto a la Virgen Madre, encerrados en una casa, rezando y conversando de Jesús. Eran hombres cobardes, con miedo, que no se atrevían a hablarle a la gente de su maestro. Todavía sentían que les podía pasar lo mismo que a Jesús: que los mataran por ser amigos del Crucificado.

4.- Jesús cumplió su promesa, siempre las cumple. Cuando recibieron el Espíritu Santo estos hombres se transformaron: se llenaron de coraje, sabiduría, se les aclararon todas las cosas que no habían entendido mientras habían estado con Jesús. Salieron a las calles y a toda voz empezaron a hablar de Jesús y a explicar su mensaje.

5.- ¿Cómo explicar quién es el Espíritu Santo? Es alguien que no podemos ver, pero que existe. Es como el amor; más bien es el Amor que no vemos, pero sentimos.

6.- Cuando amamos a alguien estamos alegres, andamos con deseos de ayudar, de cantar, de hacer cosas buenas. A la persona que queremos, (mamá, papá, amigo, compañero) la tenemos siempre cerca aunque no esté con nosotros y no se nos ocurre hacerle daño, ni decirle pesadeces.

7.- El Espíritu Santo que recibimos el día en que nos bautizaron nos hace personas buenas, generosas, solidarias, alegres, cariñosas y valientes. Cuando actuamos con amor, valentía, generosidad y alegría es seguro que el Espíritu Santo está en nuestros corazones. También Dios nos manda el Espíritu Santo en la Eucaristía, en la confirmación, y en otras ocasiones especiales. Cuando seamos más grandes lo vamos a entender.

8.- Imaginarse que nuestro corazón es como un nido. Al Espíritu Santo le gusta que le ofrezcamos un lugar en nuestro corazón para vivir en él.

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¿Qué es la Renovación en el Espíritu Santo?

 

El día de Pentecostés, se cumplió la promesa de Jesús; fue derramado el Espíritu Santo sobre los discípulos que en compañía de María, la madre de Jesús estaban reunidos en oración.

Desde el comienzo de la Iglesia, es el Espíritu la fuerza que la mueve y que le da poder de hacer las cosas que Jesús hizo en su Nombre y es quien la capacita para realizar su misión.

A lo largo de toda la historia de la Iglesia el Espíritu Santo ha dirigido su desarrollo y su caminar, renovándola y reavivando en distintos momentos el espíritu de aquella primera Iglesia nacida el día de Pentecostés.

En este momento de la historia, Dios está derramando el Espíritu Santo de una manera nueva. Estamos experimentando una actualización del fuego de Pentecostés.

“Para un mundo así, cada vez más secularizado, no hay nada más necesario que el testimonio de esta renovación espiritual que el Espíritu suscita hoy visiblemente en las regiones y ambientes más diversos”. (Pablo VI, 19 de mayo de 1975).

“El vigor y la fecundidad de la Renovación atestiguan ciertamente la poderosa presencia del Espíritu Santo que actúa en la Iglesia… la Renovación Carismática es una elocuente manifestación de esta vitalidad hoy”. (Juan Pablo II, mayo de 1987).

La Renovación en el Espíritu Santo -podemos afirmar- es una acción del Espíritu Santo hoy renovando a toda la Iglesia.

 

¿QUÉ ESTÁ HACIENDO HOY EL ESPÍRITU SANTO?

Está llevando a las personas a un encuentro y a una relación personal profunda con Cristo Vivo Señor y Salvador.

Jesús sigue enriqueciendo a su Iglesia con sus dones y carismas. El primero y mayor de todos los dones es el mismo Espíritu Santo. La Iglesia es enriquecida con estos dones y carismas para transformar la faz de la tierra.

NACIMIENTO Y EXPANSIÓN DE LA RENOVACIÓN

 

El 29 de enero de 1959 el Papa Juan XXIII hacía una declaración sorprendente. El Espíritu Santo le había inspirado convocar un concilio, el Segundo Concilio Vaticano. En Pentecostés de ese mismo año terminaba su alocución con esta oración:

“Oh Espíritu Santo! tu presencia conduce infaliblemente a la Iglesia. Derrama, te lo pedimos, la plenitud de tus dones sobre este Concilio Ecuménico. Renueva tus maravillas en nuestros días como en un nuevo Pentecostés”.

El 8 de diciembre de 1965 terminó el Concilio. Los acontecimientos que sobrevinieron después se han valorado diversamente. El programa de renovación propuesto por el Concilio comenzó a ponerse en práctica no sin serias dificultades que llevaron la duda y la angustia a muchos.

En 1966, varios hombres católicos de la Universidad de Duquesne del Espíritu Santo, en Pittsburgh, se reunían frecuentemente para conversar acerca de la vitalidad de su vida de fe y para orar en común.

Aquellos profesores se habían dedicado durante muchos años al servicio de Cristo, entregándose a varias actividades apostólicas… A pesar de todo eso, iban sintiendo que algo faltaba en su vida cristiana personal.

Aunque no podían especificar el porqué, cada uno reconocía que había un cierto vacío, una falta de dinamismo, una debilidad espiritual en sus oraciones y actividades. Era como si su vida cristiana dependiera demasiado de sus propios esfuerzos, como si avanzaran bajo su propio poder y motivados por su propia voluntad… Decidieron hacer un compromiso: cada día orarían unos por otros con la Secuencia de la Misa dePentecostés:”Ven Espíritu Divino…”

Corría el mes de febrero de 1967 cuando vieron sus deseos realizados al recibir una nueva efusión del Espíritu Santo.

La Renovación Carismática o Renovación en el Espíritu Santo había nacido. Todo comenzó con una chispa en Pittsburgh, a partir de agosto de 1966. Gracias a la fuerza incontenible del Espíritu, esa chispa se ha propagado como incendio sobre paja y ha invadido los cinco continentes. En 1992, Veinticinco años después, se calcula que más de 10 millones de católicos se reúnen semanalmente en grupos de oración alrededor de todo el mundo. De oriente a occidente y de norte a sur se proclama con el poder del Espíritu, que Jesús está vivo, que es el Señor, que está en medio de nosotros, que nos derrama su Espíritu Santo y que con Él glorificamos al Padre de los cielos.

La Renovación en el Espíritu Santo, como corriente de gracias, suscitada por el Espíritu Santo en la Iglesia de nuestros días, existe y vive para la Iglesia y en la Iglesia, de ahí la comunión estrecha con sus legítimos Pastores y el deseo de servir unidos a ellos para la renovación de las Comunidades Católicas. La Renovación pues, se sitúa en la Iglesia; en el mismo corazón de la Iglesia.

FINALIDAD DE LA RENOVACIÓN

El Espíritu ha suscitado esta renova-ción para fortalecer y servir a la misión de la misma Iglesia: “evangelizar con el poder del Espíritu Santo”, equipándola con los carismas que le son necesarios.

La Renovación dejará de ser cuando toda la Iglesia haya sido renovada y viva plenamente la nueva vida que Cristo ofrece.

¿QUÉ ES LA EFUSIÓN DEL ESPÍRITU SANTO?

La Efusión del Espíritu Santo NO es un Sacramento. Es sencillamente la actualización de los Sacramentos de la iniciación cristiana. Es una gracia para “liberar” en nosotros -en oración- al Espíritu Santo que desde nuestro bautismo hemos recibido, de modo que tome la dirección de nuestra vida, transformándonos desde lo profundo. Es en otras palabras una experiencia de Pentecostés a nivel personal, donde se da el encuentro con Jesús vivo, recibiendo comúnmente la capacidad del uso de los carismas. Es decir, dones gratuitamente dados por el Espíritu Santo a los creyentes, para la edificación de la Comunidad Cristiana, para el bien de los demás y para potenciar la evangelización.

 

¿COMO TENER LA EXPERIENCIA DE LA EFUSIÓN DEL ESPÍRITU SANTO?

No se necesita nada especial, ni ningún lugar particular para la efusión del Espíritu Santo, pero una manera eficaz de prepararse para ello es participar en un Retiro de Renovación Espiritual o en los Seminarios de Vida en el Espíritu Santo. Estos son instrumentos a través de los cuales el Señor va realizando su plan de salvación en muchas personas en la Renovación Carismática.

Esta experiencia está al alcance de toda persona que sinceramente lo desee y tenga la conciencia de que necesita ser renovada por el poder del Espíritu Santo.

“…dice Dios, derramaré mi Espíritu sobre toda la humanidad” (Hch.2,17).

¿QUÉ ES UN GRUPO DE ORACIÓN?

Es una reunión de creyentes que se reúnen con regularidad para alabar, dar gracias, gloria y honor a Cristo Jesús como Señor y Salvador. Jesús mismo es el centro de estas reuniones de oración, donde al impulso del Espíritu se alaba a Dios, se acoge la Palabra de Dios, se canta al Señor, y experimentamos el amor de Dios actuando en medio del grupo a través de los carismas. Testimonios, compartir de hermanos, docilidad al Espíritu, apertura y entrega al Señor son elementos normales de estas reuniones de oración.

¿QUÉ ES EL CENTRO NACIONAL DE SERVICIOS DE LA R.C.C.?

Este Centro situado en la Parroquia del Corpus Christi: Calle 146 esquina a 9na. Playa, Ciudad de la Habana, es lugar de coordinación de toda las actividades y grupos de la Renovación en el Espíritu Santo en nuestro país. Este servicio está organizado por el Equipo de Coordinación (E.CO.) aprobado por S.E.R. Cardenal Jaime Ortega A., Arzobispo de la Habana y presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba.

Entre otras cosas, el Centro ofrece servicios de Biblioteca (libros, revistas, cassettes de música religiosa y de conferencias), publicaciones como el Boletín de la Renovación JESUS VIVE, Cantorales, Folletos de formación para Grupos de Oración, etc.

Desde aquí se programan los Encuentros Arquidiocesanos, Retiros, Asambleas de Oración y otras actividades de la Renovación en el Espíritu Santo. Si desea más información o nuestros servicios puede comunicarse con nosotros:

 

Centro Nacional de Servicios

Calle 146 # 904 esq. a 9na. Playa. Ciudad de La Habana.

Teléfono: (537) 28-3387, Fax: (537) 33-7175.

Autor: Diácono Luis Entrialgo.

Novena al Espíritu Santo


Autor: Catholic.net | Fuente: Catholic.net
Novena al Espíritu Santo
Oraciones para cada día.
Novena al Espíritu Santo
Novena al Espíritu Santo

Por la señal, etc.

Señor mío Jesucristo, etc.

ORACIONES PARA EMPEZAR TODOS LOS DÍAS

¡Dios mío! Dios de amor y de verdad. Autor de la santificación de nuestras almas, postrado humildemente ante vuestra soberana Majestad, detesto en la amargura de mi corazón todos mis pecados, como ofensas hechas a Vos, digno de ser amado sobre todas las cesas. ¡Oh bondad infinita!

¡Quién jamás os hubiera ofendido! Perdonadme, Señor, Dios de gracia y de misericordia, perdonadme mis continuas infidelidades; el no haber tenido valor para ejecutar cosa alguna buena, después que tantas veces vuestra misericordia y gracia me han solicitado, reprendido, amenazado e inspirado amorosamente.

Me pesa, me arrepiento de la ingrata correspondencia e indigna ceguedad con que he resistido incesantemente a vuestros dulces y divinos llamamientos. Mas propongo firmemente con vuestro auxilio de no ser ya rebelde a Vos, de seguir en adelante vuestras tiernas inspiraciones con suma docilidad. A este fin, alumbrad, oh fuente de luz, mi entendimiento, fortaleced mi voluntad, purificad mi corazón, arreglad todos mis pensamientos, deseos y afectos, y hacedme digno de gustar los frutos bienaventurados que vuestros dones producen en las almas que os poseen. Concededme las gracias que os pido en esta Novena, si han de ser para mayor gloria vuestra, y para que yo os vea, ame y alabe sin fin en vuestra gloria.

Amén.

Invocación al Espíritu Santo

Ven a nuestras almas
¡ Oh Espíritu SANTO!
y del cielo envía
de tu luz un rayo.

Ven, padre de pobres,
ven, de dones franco,
ven, de corazones
lucido reparo.

Ven, consolador,
dulce y soberano,
huésped de las almas,
suave regalo.

En los contratiempos
descanso al trabajo,
templanza en lo ardiente
consuelo en el llanto.

Santísima luz de
todo cristiano,
lo intimo del pecho,
llena de amor casto.

En el hombre nada
se halla sin tu amparo,
y nada haber puede
sin Ti, puro y santo.

Con tus aguas puras
lava lo manchado,
riega lo que es seco
pon lo enfermo sano.

Al corazón duro
doblegue tu mano,
y ablande las almas
que manchó el pecado.

Vuelve al buen camino
al extraviado,
y al helado enciende
en tu fuego santo.

Concede a tus fieles
en Ti confiados
de tus altos dones
sacro setenario.

Aumento en virtudes
haz que merezcamos,
del eterno gozo
el feliz descanso.

Amén.

ORACIONES FINALES PARA TODOS LOS DÍAS
(excepto el último día)

Himno al Espíritu Santo

¡Ven, oh Criador Espíritu!
nuestras almas visitad,
los pechos, que Vos criasteis,
llene gracia celestial.

Pues sois Paráclito Espíritu,
Don del Padre celestial,
fuente viva, sacro fuego,
unción santa, espiritual.

En tus dones setiforrnes,
tu promesa paternal,
dedo eterno de Dios Padre
nuestras lenguas inflamad.

Ilustrad nuestros sentidos,
el corazón inflamad,
nuestros cuerpos, que son flacos,
con vuestra virtud armad.

Apartad los enemigos,
danos la divina paz
y siendo Vos nuestra guía
huyamos toda maldad.

Par Vos al Padre y al Hijo,
en esta vida mortal
conozcamos, y creamos
siempre tu Divinidad.

A Dios PADRE sea gloria,
al HIJO gloria inmortal
y al Espíritu PARÁCLITO
por toda la Eternidad.

Amén.

Oración

¡Oh Espíritu Santo! Divinísimo consolador de mi alma, fuego, luz y celestial ardor de los corazones humanos, si es para gloria de vuestra Majestad que yo consiga lo que deseo y pido en este día, dignáos concedérmelo benignamente; y sino dirigid mi petición, dándome las gracias que ha de ser para vuestra mayor gloria y bien de la salvación de mi alma. Amén.

Ahora cada uno se recogerá interiormente y pedirá la gracia que más necesite.
Hecha la petición, se concluirá todos los días con antífona, verso, respuesta y oración siguientes:

Antífona

No os dejaré huérfanos, aleluya; voy y vengo a vosotros, aleluya; y se alegrará vuestro corazón, aleluya, aleluya.

V. Enviad, Señor, vuestro Santo Espirito, y serán creados.
R. Y renovaréis la faz de la tierra.

Oración

Oh Dios, que habéis instruido los corazones de los fieles con la ilustración del Espíritu Santo, dadnos el sentir rectamente con este mismo Espíritu, y gozar siempre de su consolación. Por Jesucristo Señor nuestro, tu Hijo, que vive contigo y reina en la unidad del mismo Espíritu Santo, Dios por todos los siglos de los siglos. Amén.

A continuación rezar la oración del día que corresponda:

DÍA PRIMERO

Comenzar con la oraciones preparatorias para todos los días.

¡Oh Espíritu Santo! Fuente viva de divinas aguas que, en la creación del mundo, santificasteis las inmensas que rodeaban el mundo y las aguas del Jordán en el bautismo de Jesucristo, Señor nuestro; yo os suplico que seáis en mi espíritu, tan árido y seco, la Sagrada fuente de aguas vivas, que jamás se agote y salte hasta la vida eterna; y la gracia que os pido en esta Novena, si es para mayor gloria vuestra y bien de mi alma. Amén.

Rezar tres veces el Padre nuestro y el Ave María en honor de la Santísima TRINIDAD, y terminar con la oraciones finales para todos los días.

DÍA SEGUNDO

Comenzar con la oraciones preparatorias para todos los días.

¡Oh Espíritu Santo! Que haciendo sombra con vuestra virtud altísima a la purísima Virgen María, y llenándola al mismo tiempo de gracia, obrasteis de un modo inefable y omnipotente la obra infinita de la Encarnación del Verbo eterno, en el seno virginal de vuestra celestial Esposa: haced sombra a mi alma y concededme la gracia necesaria para que yo sea digno de recibir al mismo Verbo divino hecho hombre y sacramentado por mi amor, y también la especial que os pido en esta Novena, si es para mayor gloria vuestra, y bien de mi alma. Amén.

Rezar tres veces el Padre nuestro y el Ave María en honor de la Santísima TRINIDAD, y terminar con la oraciones finales para todos los días.

DÍA TERCERO

Comenzar con la oraciones preparatorias para todos los días.

¡Oh Espíritu Santo! Celestial paloma que, abriendo de par en par los cielos, bajasteis sobre Jesús ya bautizado en el Jordán, simbolizando: que desde cl momento en que tomó la naturaleza humana, habitaba en él la plenitud de la Divinidad; bajad sobre la mía pobre y miserable y llenadla del don de sabiduría de consejo, de entendimiento y fortaleza, de ciencia, piedad y temor de Dios; y dadme la gracia que pido en esta Novena, si es para mayor gloria vuestra y bien de mi alma. Amén.

Rezar tres veces el Padre nuestro y el Ave María en honor de la Santísima TRINIDAD, y terminar con la oraciones finales para todos los días.

DÍA CUARTO

Comenzar con la oraciones preparatorias para todos los días.

¡Oh Espíritu Santo! Nube lúcida que haciendo en el Tabor sombra a Jesús transfigurado y glorioso, ilustrasteis aquel Santo monte, y amparasteis en su excesivo temor a los Apóstoles, comunicándoles después de la Ascensión de su Divino Maestro mucha luz, fervor y gracia; ilustrad, proteged y fecundad mi alma para que yo sea digno discípulo de Jesús, y dadme la gracia que os pido en esta Novena, si es para mayor gloria vuestra y bien de mi alma. Amén.

Rezar tres veces el Padre nuestro y el Ave María en honor de la Santísima TRINIDAD, y terminar con la oraciones finales para todos los días.

DÍA QUINTO

Comenzar con la oraciones preparatorias para todos los días.

¡Oh Espíritu Santo! Suave viento que llenó el Cenáculo y dio fuerza y valor a los corazones de cuantos os esperaban, orando fervorosamente unidos con una alma y un corazón: ocupad ¡oh Espíritu de vida y amor! toda la casa de mi pequeño espíritu, mí memoria, entendimiento y voluntad: y dadme la gracia que os pido en esta Novena, si es para mayor gloria vuestra y bien de mi alma. Amén.

Rezar tres veces el Padre nuestro y el Ave María en honor de la Santísima TRINIDAD, y terminar con la oraciones finales para todos los días.

DÍA SEXTO

Comenzar con la oraciones preparatorias para todos los días.

Oh Espíritu Santo! Luz clarísima que ilustró el entendimiento de los santos Apóstoles, comunicándoles, como Sol divino, toda la luz que necesitaban para su perfección y para la conversión del mundo: llenad ¡oh luz beatísima! todos los senos tenebrosos de mi interior, para que os conozca y dé a conocer a todo el mundo; y la gracia que os pido en esta Novena, si es para mayor gloria vuestra y bien de mi alma. Amén.

Rezar tres veces el Padre nuestro y el Ave María en honor de la Santísima TRINIDAD, y terminar con la oraciones finales para todos los días.

DÍA SÉPTIMO

Comenzar con la oraciones preparatorias para todos los días.

¡Oh Espíritu Santo! Sagrado fuego que apareciendo visible sobre los Apóstoles el día de Pentecostés, inflamasteis divinamente sus corazones para que, abrasados en vuestro amor, encendiesen después a todo el mundo en las mismas sagradas llamas: encended en vuestros santísimos ardores mi corazón helado, para que, abrasado mi espíritu en ellos, encienda en vuestro divino amor a cuantos tratare; y dadme la gracia que os pido en esta Novena, si es para mayor gloria vuestra y bien de mi alma. Amén.

Rezar tres veces el Padre nuestro y el Ave María en honor de la Santísima TRINIDAD, y terminar con la oraciones finales para todos los días.

DÍA OCTAVO

Comenzar con la oraciones preparatorias para todos los días.

¡Oh Espíritu Santo! Llama ardiente de caridad que con el fuego de vuestro amor inflamando el corazón de los santos Apóstoles y de todos los hombres Apostólicos, les comunicasteis el don de lenguas para la conversión del mundo; inflamad sagrado fuego de amor a mi corazón y mi lengua para que siempre hable gobernado por vuestro Espíritu, y fervoroso en la caridad, inflame a todos para que observen fielmente vuestros divinos mandamientos; y dadme la gracia que pido en esta Novena, si es para mayor gloria vuestra y bien de mi alma. Amén.

Rezar tres veces el Padre nuestro y el Ave María en honor de la Santísima TRINIDAD, y terminar con la oraciones finales para todos los días.

DÍA NOVENO

Comenzar con la oraciones preparatorias para todos los días.

¡Oh Espíritu Santo! Caridad esencial que, difundida en los corazones humanos, los divinizáis comunicándoles todas las divinas gracias que se incluyen en nuestros siete dones, y comprenden cuanto necesita la vida espiritual, propia de cada uno, y la que deseáis se comunique a todos los hombres: difundidlos, ¡oh Caridad santísima! en mi corazón tan pobre de vuestros siete dones, y que con ellos publique vuestras grandezas. ¡Oh Dios misericordioso! Vos, que antiguamente llenasteis en este dichoso día los pechos apostólicos de vuestra gracia, llenad los nuestros de vuestros divinos carismas, concedednos tranquilos tiempos, confirmad las gracias que os hemos pedido en esta Novena, si son para mayor gloria vuestra y bien de nuestras almas. Amén.

Después de esta oración, en lugar de la antífona, verso, respuesta y oración de todos los días, se dirán las siguientes:

Antífona para el DÍA NOVENO

Hoy se completaron los días de Pentecostés, aleluya; hoy se reproducen los felices gozos, cuando el Espíritu Consolador bajó sobre sus Apóstoles, aleluya; hoy, rayando el resplandor del divino fuego, reposó el Espíritu Santo en forma de lenguas sobre ellos, aleluya; hoy les hace fecundos en palabras, les inflama de su amor y les llena de´ sus innumerables carismas, aleluya, aleluya.

V. Fueron todos llenos del Espíritu Santo, aleluya.
R. Y comenzaron a hablar en varias lenguas, aleluya.

Oración

Oh Dios, que habéis instruido en este día los Corazones de los fieles con la ilustración del Espíritu Santo, dadme el sentir rectamente con este mismo Espíritu, y gozar siempre de su consolación. Por Jesucristo Señor nuestro, tu Hijo, que vive contigo y reina en la unidad del mismo Espíritu Santo, Dios por todos los siglos de los siglos.
Amén.

Espíritu Santo / Dones del Espíritu Santo


Tema para Sacramento de la Confirmación

El Espíritu Santo es persona real.

Segunda Parte: Estudio del Espíritu Santo.
TEMA 8: EL ESPÍRITU SANTO Y SU ACCIÓN SANTIFICADORA
8.1 El Espíritu Santo es una Persona divina
8.2 El Espíritu Santo y su acción santificadora en la Iglesia
8.3 ¿Cómo se realiza en el interior del hombre el proceso de santificación?
8.4 Virtudes infusas y dones del Espíritu Santo
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“Creemos en el Espíritu Santo,
Señor y dador de vida,
que procede del Padre y del Hijo,
que con el Padre y el Hijo
recibe una misma adoración y gloria”
(Credo Niceno-constantinopolitano)
El efecto principal del sacramento de la Confirmación es transformarnos en perfectos cristianos, es decir, en imágenes vivas de Jesús, en otros Cristos. Viene a consolidar nuestras energías espirituales y nos eleva a un estado tal que nos da derecho a todas las gracias necesarias para realizar, en toda ocasión, los actos de un perfecto cristiano.
El signo sensible de este sacramento también refleja lo anterior. Se trata de una unción. En el Antiguo Testamento se ungía a los reyes, a los profetas, a los sacerdotes. Pensemos en alguna de esas unciones, la del rey David, por ejemplo. Llega hasta él el hombre de Dios y, al reconocerlo como elegido del Señor, lo unge. Dice así el libro de Samuel, capítulo 16:
10 Hizo pasar Jesé a sus siete hijos ante Samuel, pero Samuel dijo: “A ninguno de éstos ha elegido Yahvé.”
11 Preguntó, pues, Samuel a Jesé: “¿No quedan ya más muchachos?” El respondió: “Todavía falta el más pequeño, que está guardando el rebaño.” Dijo entonces Samuel a Jesé: “Manda que lo traigan, porque no comeremos hasta que haya venido.”
12 Mandó, pues, que lo trajeran; era rubio, de bellos ojos y hermosa presencia. Dijo Yahvé: “Levántate y úngelo, porque éste es.”
13 Tomó Samuel el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. Y a partir de entonces, vino sobre David el espíritu de Yahvé. Samuel se levantó y se fue a Ramá.
El muchacho ha quedado lleno de aceite, empapado de él. El aceite le ha comunicado suavidad y fortalecimiento, pero sobre todo luz. Su rostro y sus miembros brillan con el resplandor del óleo que ha recibido en abundancia sobre su cabeza. David resplandece. Esa realidad visible es imagen de lo que ocurre en el alma del joven, y es también imagen de lo que ocurre en la del confirmado cuando es ungido por las manos episcopales. Su alma, desde ese momento, está hecha para brillar. Abierto al don de Dios, si se manifiesta fiel al proyecto divino, comenzará el resplandor de su alma, brillará con luz propia y podrá alumbrar a los demás. Ha sido capacitado para convertirse en perfecto cristiano, en santo. Nada le impide llegar a la cumbre de la vida espiritual, a la transformación en Cristo que le otorgará la Eucaristía.
La gracia de la Confirmación es, pues, disposición para la plenitud de vida interior y santificación personal, cuya realidad consumará la Eucaristía, y cuyos efectos derivarán en acciones sociales y frutos apostólicos.
En otras palabras, esta gracia sacramental hace posible que la acción santificadora del Espíritu divino pueda hacerse más y más intensa en nuestra alma, y nos capacita para realizar nuestras acciones como si se tratara de las mismas acciones de Cristo. Por ello, buscaremos en este capítulo, presentar nociones básicas sobre el Espíritu Santo y su acción santificadora.
Del Espíritu Santo nos habla Jesucristo: antes de Él nada sabíamos de la Tercera Persona divina. Los textos de la Sagrada Escritura en que aparece esta revelación los expusimos ya al tratar de la Santísima Trinidad (ver 3.1). Pero hemos de reconocer, sin embargo, que a pesar de la claridad de esa revelación, se suele hablar poco del Espíritu Santo, a pesar del movimiento carismático de renovación que se da en la Iglesia católica y en las Iglesias protestantes. Para muchos se trata de una cuestión ajena e incomprensible. ¿Qué, o quién es el Espíritu Santo?
Puestos a considerar razones por las que el Espíritu Santo es la Persona divina menos conocida, podríamos señalar:
1. Porque su acción propia (santificación) es una acción invisible.
2. Porque a nosotros nos resultan más familiares las nociones de padre y de hijo.
3. Porque el Espíritu Santo es quien revela a las otras dos Personas divinas: Él no se revela a Sí mismo.
4. Porque su nombre propio es el de Amor, que siempre es silencioso.
8.1 El Espíritu Santo es una Persona divina
La primera afirmación sobre el Espíritu Santo es designarlo como persona real. No es sólo una fuerza que nos permite actuar, sino también es un Ser activo. No es algo, sino alguien: es persona.
Que el Espíritu Santo sea persona se prueba con los siguientes datos de la Revelación:
-la fórmula trinitaria del Bautismo ,
-el nombre que le da Jesucristo (Paráclito = consolador, abogado), (Juan 14, 16 y 26; 15, 26; 16, 7)
-el hecho de que al Espíritu Santo se le aplican atributos personales, como ser maestro de la verdad (cf. Juan 14, 26), dar testimonio de Cristo (cf. Juan 15, 26); distribuir sus dones según quiere (cf. I Cor 12, 11); hablar y pedir (cf. Rom 8, 26-27); e incluso es posible entristecerlo (cf. Ef. 4, 30).
En efecto, el Espíritu Santo posee la plenitud del saber: es maestro de toda verdad, predice las cosas futuras (Juan 16, 13), escudriña los más profundos arcanos de la divinidad (I Cor 2, 10), inspira a los profetas del Antiguo Testamento (II Pedro 1, 21); su poder divino se manifiesta en el prodigio de la encarnación del Verbo (Lucas 1, 35; Mateo 1, 20) y en el milagro de Pentecostés (Lucas 24, 49; Hechos 2, 2-4); es el dispensador de la gracia: concede los dones extraordinarios de la gracia (I Cor 12, 11) y la gracia de la justificación en el Bautismo (Juan 3, 5) y en el sacramento de la Penitencia (Juan 20, 22); cf. también Romanos 5, 5; Gálatas 4, 6; 5, 22; etc.
Además de ser persona, el Espíritu Santo es Persona distinta del Padre y del Hijo, como se prueba por la fórmula trinitaria del sacramento del Bautismo, por la aparición del Espíritu Santo en el bautismo de Jesús bajo un símbolo especial y, sobre todo, por el discurso de despedida de Jesús, donde el Espíritu Santo se distingue del Padre y del Hijo, puesto que éstos son los que lo envían, y Él es el enviado:
“Si me aman, conservarán mis mandamientos, y Yo rogaré al Padre, y Él les dará otro Intercesor, que quede siempre con ustedes, el Espíritu de verdad” (Juan 14 15-17)
“El intercesor, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, Él les enseñará todo, recordándoles todo cuanto Yo les he dicho” (Juan 14, 26)
“Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28, 19)
8.2 El Espíritu Santo y su tarea santificadora
“Mirad qué difícil cosa hubiera sido a cada uno de nosotros salir de nuestra niñez natural sólo por nosotros mismos; pues esto mismo, tan difícil de lograr en lo que toca a nosotros, nos ha sido cosa fácil salir de ella a la sombra y amparo de una madre que Dios nos dio, que nos cuidó y nunca nos dejó de amparar, hasta que con sus cuidados y desvelos hemos logrado llegar a nuestro completo desarrollo…
Bien sabía el Divino Verbo, sabiduría infinita, que sin el Espíritu Santo de poco nos valiera que el Padre nos criara y que Él, habiéndose hecho hombre, nos redimiera; sin el Espíritu Santo no podríamos llegar a conseguir el fin para el que habíamos sido criados y redimidos, porque sin el Espíritu Santo no podemos conocer a Jesucristo, y menos amarlo” (F. J. DEL VALLE, Decenario al Espíritu Santo, MINOS, México 1983, p. 87, p. 90).
Como Amor personal entre el Padre y el Hijo, como suma expresión de la entrega y comunión entre ambos, la acción del Espíritu Santo en el mundo se ordena a la formación de una gran comunidad en la humanidad regenerada. De Cristo nace esta nueva comunidad cuya alma, principio de vida y corazón, es el Espíritu Santo. El Espíritu Santo vive primariamente en esta comunidad porque los individuos que la integran están llamados a llenarse de Él y participar de sus dones. Esta comunidad es la Iglesia.
“La misión de Cristo y del Espíritu Santo se realiza en la Iglesia, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo” (Catecismo, 737).
En ella realiza el Espíritu Santo su tarea santificadora, transformando en Cristo a los que creen en Él. Y es que en el Espíritu Santo está Cristo próximo a los suyos, porque no ha sido su redención distante cuestión histórica y geográfica, ajena a la realidad personal e íntima de los que habríamos de creer. Mientras Jesús estuvo en la tierra, su cuerpo, su voz, sus acciones eran para nosotros la fuente de la gracia. Pero desde que su cuerpo fue glorificado por el Espíritu Santo, Jesús está al margen de las leyes del tiempo y del espacio; y arde del amor que es el Espíritu Santo que lo llena. Jesús puede así aproximarse a nosotros, estar entre nosotros con una nueva intimidad y nosotros podemos estar en Él:
“El que tiene el Espíritu no sólo se llamará cristiano, sino que tendrá al mismo Cristo. No es posible que estando en el Espíritu no esté también en Cristo” (SAN JUAN CRISÓSTOMO, Hom. 13, s. Ep. Ad Rom, sec. 8).
San Pablo dijo a los Gálatas: “Todos ustedes son uno en Cristo Jesús”(3, 28). Tal identidad la expresó el mismo Jesús diciendo: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos” (Juan 15, 5). Esta afirmación es contundente; la unión de los cristianos con su Señor no es meramente de cariño y obediencia: es una unidad viva y orgánica. Los sarmientos no son simplemente una semilla que se saca de la vid para llevarla lejos de ella. La vid vive en los sarmientos y los sarmientos en la vid, por la misma vida de ésta. Así, nuestra unión con Cristo es tal, que Él vive en nosotros y nosotros en Él, por su misma vida.
Sería una pena ser católico y no percatarse de lo que eso significa, por lo mucho que nos estaríamos perdiendo: somos uno en Cristo, y nuestras acciones adquieren así un particular valor y una particular belleza. A partir de nuestro bautismo, ningún pensamiento, ningún afecto, ningún acto tienen ya el derecho de ser desgajados de ese nuevo yo que nació en cada uno. Nuestro obrar es propio, sí, pero mejor aún y en un sentido más pleno, es del Espíritu de Cristo, es de Dios. Así venimos a resultar nosotros -porque todo lo de Él es nuestro- poseedores del Universo entero, incluido este mundo terreno, el celestial y todos los posibles: “Todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios”(I Cor 3, 23).
“Míos son los cielos y mía es la tierra;
mías son las gentes,
los justos son míos y míos los pecadores;
los ángeles son míos,
y la Madre de Dios y todas las cosas son mías,
y el mismo Dios es mío y para mí,
porque Cristo es mío y todo para mí”
(S. JUAN DE LA CRUZ, Dichos de luz y amor, n. 26)
Esta profunda realidad hace que el Magisterio enseñe, fundándose en la revelación, que la Iglesia, más allá de su realidad visible, jerárquica e institucional (así determinada también por Cristo)[1] sea un misterio que trasciende la razón: la Iglesia es el mismo Cristo que permanece en el mundo; el Cuerpo de Cristo, un cuerpo tan especial, que debe tener un nombre especial: el Cuerpo Místico de Cristo. Cristo es la Cabeza del Cuerpo; cada miembro bautizado es una parte viva, un miembro de ese Cuerpo, cuya alma es el Espíritu Santo.
“Felicitémonos y demos gracias por lo que hemos llegado a ser, no solamente cristianos sino el propio Cristo… Llénense de admiración y regocijo: hemos sido hechos Cristo” (S. AGUSTÍN , ev. Jo., 21, 8).
8.3 ¿Cómo se realiza en el interior del hombre el proceso de santificación?
El Espíritu Santo, santificador de los hombres, no se conforma como los artistas de la tierra con esculpir su ideal sobre la materia que transforma. Él mismo se introduce en aquel que quiere santificar, y habita y permanece en él, y lo mueve y compenetra. La historia sobrenatural de cada alma comienza con la llegada de ese Huésped al alma, pues su primer don no es otro que Él mismo, como lo asegura san Pablo: El Amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Romanos 5, 5).
Dios en cierto modo se ha visto obligado a venir Él mismo para llevar a efecto en nosotros su obra santificadora, involucrándose personalmente en ella. No es un artífice extraño y ajeno que guía desde lejos, sino Alguien que se compromete en una misteriosa solidaridad por la que actúa con nosotros, por nosotros y en nosotros. Vino a unirse a nuestras frágiles potencias para hacernos capaces de “realizar obras de vida eterna”. El resultado de esa presencia suya en el alma es la deificación que en ella produce, siendo la gracia el efecto creado de la realidad increada que nos habita.
¿Cómo actúa en el psiquismo humano esa realidad del Espíritu y, por tanto, de la gracia que recibimos como efecto de su presencia? Quizá lo primero sea señalar que la gracia infundida en el alma no resulta algo ajeno al modo propio del ser del hombre.
No es como una prótesis o un cuerpo extraño, algo así como un diamante colocado en el centro de una nuez. No. La gracia es donada para animar una naturaleza viva, poseedora de una vida sensitiva y de una vida intelectual, y ella, la gracia, viene a injertarse respetando plenamente la realidad concreta del organismo vivo en el que inhiere. Luego de asimilarse a él, lo sublima. Pero antes la gracia se ha asimilado a él, porque la gracia es también vida, vida que se hace presente, vivificando todos los ámbitos del psiquismo que la recibe.
La gracia arraiga en la esencia del alma, que es principio vital y que actúa a través de sus miembros, de sus potencias operativas. Al injertarse en el psiquismo humano, la gracia (que es también, como dijimos, vida y movimiento), tiene también sus miembros propios, sus potencias para la acción. Ella cubre cada facultad y cada sentido natural con sus propias facultades y sentidos. Entonces la persona avanza hacia la meta, que es la unión en la Trinidad, precisamente mediante esa nueva actividad de sus facultades naturales actuadas por otras que pertenecen a ese orden recién inaugurado.
Esos miembros y facultades nuevas son las virtudes infusas y los dones: la gracia viene siempre acompañada de ellos y se llama, precisamente por eso, gracia de las virtudes y de los dones [2]. El proceso es claro: Dios llega al alma y su efecto creado es la gracia que, injertada en una concreta realidad natural, vivifica con una nueva vida todo el psiquismo a través de sus facultades, que son las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo [3].
8.4 Virtudes infusas y dones del Espíritu Santo
Dijimos que la gracia santificante es el efecto creado de la presencia de Dios en el alma. A ella la acompañan las virtudes infusas, tanto las teologales como las morales. Con las primeras, fe, esperanza y caridad, accedemos a Dios, que es su objeto propio; con las segundas, prudencia, justicia, fortaleza y templanza, logramos la armonía necesaria para dirigirnos hacia Él. Pero Dios quiso en su bondad enriquecernos por encima de las virtudes, y nos proporciona otros carismas que disponen nuestras facultades para ser dóciles instrumentos del Artista divino. Es entonces cuando decimos que operan los dones, como regalos suyos. Si con las virtudes morales nos adecentamos para estar con Dios, y con las teologales llegamos a su presencia, con los dones es Él quien nos inunda. En el primer caso nos es posible ejercitarnos en actos de fe, esperanza o amor y de cualquier virtud moral; en el segundo no nos ejercitamos nosotros, son los dones los que operan. Como si luego de nuestros intentos por tocar un techo electrificado al fin lo logramos, y comenzamos entonces a recibir el fluido eléctrico.
Así, pues, la actividad santificadora del Espíritu Santo en nuestro interior se desarrolla a través de las virtudes infusas y de los dones. La diferencia fundamental entre unas y otros no procede del objeto al que se dirigen, o de su campo de acción, que en realidad es el mismo (por ejemplo, tanto la fortaleza como virtud como la fortaleza como don hacen relación a las empresas arduas), sino del diferente modo en que obran en nuestra alma. Santo Tomás lo explica diciendo que Dios puede intervenir en nosotros de dos maneras. En la primera, Él actúa a través de las virtudes infusas, acomodándose al modo humano de obrar de nuestras potencias. Con nuestras capacidades naturales buscamos los medios mejores para alcanzar nuestro fin, y para tal efecto tomamos decisiones en ese sentido. Dios sobrenaturaliza esas operaciones dándonos gracias actuales, pero deja en nuestras manos la iniciativa que procede de las reglas de la prudencia o de la razón humana. Si bien es cierto que en las virtudes infusas nos mueve la gracia, también lo es que estamos actuando al modo humano, según la forma de ser propia de nuestras potencias. Entonces -siempre, repetimos, con la ayuda de la gracia- investigamos, discurrimos, resolvemos, nos decidimos por los medios mejores que nos llevan a Dios.
Sin embargo, para la unión con Dios necesitamos ir más allá de lo humano. Es entonces cuando intervienen los dones del Espíritu Santo [“Dona a virtutibus distinguuntur in hoc quod virtutes perficiunt ad actus modo humano, sed dona ultra humanum modum” (III Sent., d. 34, q. 1, a. 1)]. Los dones resultan necesarios para la unión con Dios porque las facultades humanas sobre las que descansan las virtudes infusas no disponen sino de medios de obrar inferiores a su objeto divino. Con las virtudes no trascendemos el estilo humano, y procedemos por razonamiento, reflexión, consideración de oportunidades, conveniencias, licitud, según las medidas humanas en torno a las cuales emitimos un juicio o llegamos a una convicción interior, siempre a través de búsquedas y valoraciones y, por tanto, con cierta lentitud y cautela. Dios obra en nosotros también de otro modo, el modo de los dones, modo que resulta superior al humano [4]. Podemos identificar tal acción por su carácter repentino, por una percepción apoyada en razones superiores, captadas casi sin discurso previo. Podemos descubrirla también en la facilidad de la intuición que se revela en la decisión y fortaleza del obrar, así como también en una sublimidad de la piedad que aparece eventualmente en la dulzura, la suavidad y el transporte en la oración.
Las virtudes se quedan, por decirlo así, en la superficie, en la corteza; la acción de los dones es íntima, penetrante, transformadora. Si hasta el más encumbrado de los serafines es indigno de la intimidad divina, ¿qué decir de nuestra naturaleza herida, manchada, enferma y pecadora? Si los grandes maestros, como san Juan de la Cruz, describen con mano precisa y visión de místico hasta los menores defectos que impiden llegar a Dios, ¿no será necesaria la acción del Espíritu Santo para descubrirlos, extirparlos y arrancarlos? De nuestra alma ha de surgir una perfectísima obra de arte, y el fin de los dones no es sino hacer posible en nosotros la acción del Artista divino.
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[1] “Cristo, el único Mediador, estableció en este mundo su Iglesia santa, comunidad de fe, esperanza y amor, como un organismo visible… La Iglesia es a la vez:
-sociedad dotada de órganos jerárquicos y el Cuerpo Místico de Cristo;
-el grupo visible y la comunidad espiritual;
-la Iglesia de la tierra y la Iglesia llena de bienes del cielo” (Catecismo, 771).
[2] Ver S. Th., III, q. 62, a. 2: ‘Utrum gratia sacramentalis aliquid addat super gratiam virtutum et donorum’, donde enseña el santo que la gracia santificante perfecciona la esencia del alma y con ella descienden a las potencias las virtudes infusas y los siete dones del Espíritu Santo.
[3] Esas virtudes se llaman infusas precisamente porque se infunden juntamente con la gracia santificante.
[4]Martín Descalzo los llama suplemento de alma: “Sólo el Espíritu Santo daría a los creyentes aquel suplemento de alma que sería necesario para entenderle (a Jesús)” (Vida y misterio de Jesús de Nazaret, Sígueme, Salamanca 1998, p. 283).
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Los Dones del Espíritu Santo

El sacramento de la Confirmación otorga al bautizado una intensificación de los dones del Espíritu Santo.

Segunda Parte: Estudio del Espíritu Santo.
TEMA 9. LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO
9.1 ¿Qué son los dones del Espíritu Santo?
9.2 El don de temor de Dios
9.3 El don de piedad
9.4 El don de fortaleza
9.5 El don de consejo
9.6 El don de entendimiento o inteligencia
9.7 El don de ciencia
9.8 El don de sabiduría
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El sacramento de la Confirmación otorga al bautizado una intensificación de los dones del Espíritu Santo. Es para nosotros lo que Pentecostés fue para los Apóstoles. A pesar de que Jesucristo ya les había dado el Espíritu Santo (cf. Juan. 20, 22), los Apóstoles permanecían tímidos, ignorantes e imperfectos. Dios (que todo lo hace bien) procedió por grados sucesivos en la comunicación de sus dones. Los Apóstoles tenían ya el Espíritu Santo, pero aún no habían recibido la dotación que los hacía capaces de manifestar la fuerza del amor de Cristo: ésta la recibieron el día de Pentecostés. También nosotros recibimos por primera vez al Espíritu Santo en el Bautismo, pero es hasta la Confirmación donde recibimos la plenitud de sus dones.
9.1 ¿Qué son los dones del Espíritu Santo?
De acuerdo a la definición de santo Tomás, los dones del Espíritu Santo son “unos hábitos o cualidades sobrenaturales permanentes, que perfeccionan al hombre y lo disponen a obedecer con prontitud a las inspiraciones del Espíritu Santo” (S. Th., I-II, q. 68, a. 3). Son fundamentalmente instrumentos receptivos -al modo de los aparatos que captan las ondas electromagnéticas, inaccesibles para los sentidos naturales-, pero se tornan animados por el soplo actual de Dios, y resultan a un tiempo flexibilidades y energías, docilidades y fuerzas que hacen al alma más pasiva bajo el influjo de Dios y, simultáneamente, más activa para seguirlo y secundar sus obras.
Van surgiendo en el alma como efecto de la caridad sobrenatural o gracia santificante que, por ser amor de amistad, engendra relaciones de reciprocidad, de intercambios, entre Dios y el alma. Como cualidades receptivas, los dones reciben y transmiten las inspiraciones, las mociones, la acción del Espíritu Santo, y permiten de este modo las intervenciones directas y personales de Dios en la vida moral y espiritual de nuestra alma hasta en sus menores detalles. “Eres al modo mío”, podría entonces decir Dios al alma sometida dócilmente a su influjo, porque se ha establecido la connaturalidad.
Estas intervenciones de Dios por los dones del Espíritu Santo no tienen otra finalidad que la de identificarnos con Nuestro Señor Jesucristo, haciéndonos uno con Él. Esto es así porque los dones del Espíritu Santo son, ante todo y sobre todo, una riqueza del alma de Cristo. A nadie puede darse el Espíritu Santo como al alma de Cristo, por la unión íntima del alma de Cristo con el Verbo, del cual procede. Por esta razón san Pablo llama al Espíritu Santo, el Espíritu de Cristo (Gálatas 4, 6). Si toda alma en estado de gracia santificante es templo de Dios (I Cor 3, 16-17), lo es sobre todo el alma humana de Jesús, porque al estar unida al Verbo, el Espíritu le ha sido dado verdaderamente sin medida. El alma de Jesús vive de Él, se inspira en Él, es guiada y gobernada por Él. Del mismo modo nosotros, los hijos adoptivos de Dios, llamados a ser el mismo Cristo, estamos destinados a ser movidos por las luces santas y por los santos impulsos del Espíritu. Nuestra alma ha de permanecer entonces habitualmente despierta bajo la acción de Dios y cooperar a ella por un suave abandono.
Los siete dones del Espíritu Santo podrían compararse a siete puertas que se abren al infinito y por las que nos llega el suave soplo del santificador que trae consigo la luz y la vida. A nosotros no se nos pide comprender su modo de actuar ni abarcar la inagotable riqueza de su despliegue, pero sí se nos pide mantener abiertas las puertas de acceso a nuestro corazón. El soplo divino se ingeniará para servirse de esas puertas abiertas frente a él y se precipitará en ellas como un torrente, como un ‘río caudaloso’ para enriquecer al alma sobre todos sus méritos. Entonces Dios podrá realizar en ella el querer y el obrar, perfeccionar las virtudes, ejercer su acción progresivamente o de un solo tirón, según el modo y medida de su beneplácito. Santa Teresita del Niño Jesús comprueba un día que Dios la ha tomado y la ha colocado ahí donde está. San Pablo declara, por su parte, que él es lo que es por la acción del Espíritu.
Resulta entonces que el camino hacia la santidad no es sino la solución al problema de cómo atraer el soplo del Espíritu, y cómo entregarse y cooperar después a su acción irruptora. Aunque con la Confirmación se recibe una intensificación del actuar del Espíritu Santo, éste ha de encontrar un alma abierta, dispuesta, receptiva, deseosa y dócil a su acción.
Una hermosa leyenda rabínica en torno al Rey David puede ilustrar esta necesidad de disponer nuestro interior para esa tarea. David fue, para su tiempo, lo que hoy llamaríamos un ‘cantautor’: redactaba los textos de los salmos, les ponía música y los cantaba, acompañándose del arpa.
La leyenda dice que cada noche, antes de acostarse, David templaba cuidadosamente las cuerdas del arpa, que luego colgaba a la cabecera de su lecho. Dejaba entreabierta la ventana que daba al jardín y así, cuando el céfiro del amanecer entraba en la habitación, rozaba las cuerdas del arpa, y al suave son que ese roce producía, el Rey Profeta se despertaba y entonaba jubiloso las alabanzas al Señor.
Así nosotros: templadas por la purificación del corazón las cuerdas del alma y dejando abiertas las ventanas al jardín del recogimiento interior, seremos capaces de extasiarnos con la música inefable del Artista divino. Las disposiciones imprescindibles, pues, para una más intensa acción de los dones del Espíritu Santo consistirán en la limpieza interior y en el cultivo de la vida de oración.
Dios lleva a cabo su plan sin arañar siquiera nuestra libertad, actuando gradualmente, de acuerdo a nuestra naturaleza humana y a la generosidad de nuestra respuesta. Su acción es una y única, pero nosotros -dada la rudeza de nuestra percepción- tenemos que dividirla a fin de vislumbrar un poco menos mal sus variados matices [Como dice santo Tomás, la bondad de Dios, que en Dios existe simpliciter et uniformiter, en lo creado existe multipliciter et divisim (S. Th., I, q. 47, a. 1). Así la acción del Espíritu Santo que de suyo es única adopta en las almas diversas formas, según las necesidades del hombre y en correspondencia con las facultades que ha de perfeccionar. Se le ha por ello comparado al agua, que siendo una produce múltiples efectos: “¿Por qué llamó el Señor agua a la gracia del Espíritu? Porque ella se derrama de una sola manera y en una sola forma, pero produce múltiples efectos: existe de un modo particular en la palmera, y de otro en la vid…” (S. CIRILO DE JERUSALÉN, Cateq., PG 33, 935)]. Sobre la base de la revelación de Isaías [“Brotará -dice el Profeta- un tronco de la raíz de Jessé, una flor nacerá de esta raíz, y descansará en ella el Espíritu de Sabiduría y de Entendimiento, el Espíritu de Consejo y de Fortaleza, el Espíritu de Ciencia y de Piedad, y la llenará el Espíritu del Temor del Señor” (11, 1-3)]. Lo que Isaías llama ‘espíritus’ es lo que en el tecnicismo teológico se llama ‘dones’., la enseñanza de la Iglesia ha distinguido siete dones, y los explica comenzando habitualmente por el citado al final en el Profeta: el don de temor de Dios, para culminar en el más perfecto: el de sabiduría. Los estudiaremos a continuación por separado.
9.2 El don de temor de Dios
En las etapas iniciales de la vida espiritual, las intervenciones personales del Espíritu de Dios se ordenan sobre todo a arrancar el pecado de nuestras almas, y a consolidarlas en el bien. De ahí que el primero de los dones nos lleve a experimentar el contraste entre la santidad de Dios y nuestra miseria de pecadores. Una persona “temerosa de Dios” es aquella que posee la convicción de la infinita grandeza de “Aquel que es”; logrando con dicho don descubrir el sentido de lo sagrado y de postrarse ante él. En otras palabras, el don de temor de Dios nos otorga la especial finura del alma que hace al hombre un ser religioso. Quizá la tremenda despersonalización de nuestra sociedad contemporánea produzca, por una parte, la trivialización de lo realmente importante -es decir, de lo divino- y, por otra, el oscurecimiento de la realidad de Dios como Persona, como interlocutor de tremenda majestad al que todo se le debe, y dejamos entonces de reconocer su trascendencia y su gobierno sobre cada ser y cada cosa.
Nosotros podemos advertir la ausencia de este don, por ejemplo, en nuestras plegarias rutinarias, o cuando transcurre nuestra existencia en una frívola superficialidad, sin advertir la presencia y la importancia de Aquel que es el Creador y Ser Supremo, así como también en la desacralización de los ritos litúrgicos. Podemos también advertir la ausencia de actuación de este don en aquellas personas que, aun estando en gracia, no terminan de ‘despegar’ en su vida espiritual. Carecen de autonomía propia en lo que a la piedad se refiere y, si rezan, lo hacen bien porque lo consideran un deber, bien porque se han estacionado en el mínimo rutinario que les viene de costumbre inveterada. No se da en su interior descubrimiento alguno, ni interés particular, ni afecto de piedad que pueda considerarse estrictamente personal. A pesar de poseer al completo – por la infusión de la gracia santificante- el organismo sobrenatural, éste no funciona debidamente. La falta de correspondencia no ha permitido que el Espíritu divino comience su tarea: se halla como encapsulado. Cuando, por el contrario, el alma abre sus compuertas con una actitud deseosa de búsqueda, el don de temor la introduce en una religiosidad profunda, sincera, en una adoración a Dios que resulta verdaderamente de corazón. Ha logrado la ‘personalización’, el proceso de santificación único, irrepetible e intransferible.
Quizá en este punto nos surja la cuestión referida al término temor de Dios, y nos preguntemos cómo es posible que exista una acción especial del Espíritu Santo referida al temor. ¿No resulta contradictorio hablar del ‘temor’ como don del Espíritu Santo? Si el Espíritu Santo es el Amor Sustancial, ¿puede darse temor en el amor? En realidad sí: hay un temor que procede del amor. En este punto de actuación del don de temor se vislumbra un nuevo matiz, que ha ido más allá del inicial, el que anotábamos antes como punto de arranque de una vida interior propia y autónoma. En este punto se da una actuación más intensa que la señalada arriba. Porque, como dijimos, los dones no son lineales y unívocos, sino que adoptan diferentes coloraciones e intensidades. En este caso, otro de los destellos de este don consistirá precisamente en el temor de perder el amor. Con este don, el Espíritu Santo logra que el alma advierta que es terrible y gravísimo (en realidad, lo más terrible de todo) la pérdida de aquello que constituye el objeto único de su vida y de su amor.
Esto es así porque el alma ha experimentado la dulzura del amor del Amado, y entonces el don le infunde un horror instintivo, profundísimo, que le hace decir: todo menos apartarme de Ti; todo menos perder nuestra unión estrechísima, nuestra mutua intimidad. Es un temor filial, es un temor nobilísimo que brota de las entrañas mismas del amor, y que experimenta todo aquel que ama: Da mihi amantem et sentit quod dico, escribió san Agustín (“Dame uno que haya amado y comprenderá lo que digo”: Tr. 26, sup. Ioann). Y santa Teresa lo refleja en el diálogo entre Dios y el alma:
-Alma, ¿qué queréis de Mí?
-Dios mío, no más que verte.
-¿Y qué temes más de ti?
-Lo que más temo es perderte.
(Poesías: ‘Coloquio de Amor’)
Sometida al don de temor, el alma se abandona a su Dios, entregándose totalmente en sus manos: -Señor, le dice, tómame, apodérate de mí; te pertenezco, átame, estréchame, para que no nos separemos jamás. Todo su afán será agradarlo, y si para ello hace falta –dada su torpeza y la dureza de su corazón- entregarle su libertad, no tendrá reparo alguno en hacerlo: no quiere ser libre de perderlo. La expresión más acabada de esta etapa del don de temor es la respuesta de María al Ángel: He aquí la esclava del Señor. Ella ha hecho entrega de su libre determinación y no busca sino ser un instrumento dócil a cualquier invitación divina: que se haga en mí según tu palabra. Cuando nos abrimos de este modo a la acción del Espíritu Santo, Él se posesiona, se apodera de nuestro yo, porque nuestro yo quiso pertenecerle.
9.3 El don de fortaleza
Juntamente con la gracia santificante recibida en el bautismo, Dios nos otorga las virtudes infusas, teologales y morales. Cuando llegamos al uso de razón no estamos a merced de todos los vientos porque Dios nos ha dado la provisión necesaria para sortearlos. A nosotros no nos toca sino desarrollar eficazmente tal provisión. De modo particular, y en orden a superar las dificultades y esquivar los peligros, Dios nos provee de un conjunto de virtudes que se agrupan en torno a la virtud cardinal de la fortaleza. Son la paciencia, la perseverancia, la fidelidad, la magnanimidad…; virtudes sobrenaturales eficacísimas para acometer empresas arduas.
Pero estas virtudes no son suficientes para la meta más alta de todas las posibles, porque llevan el sello nuestro, es decir, el sello humano, caracterizado por la debilidad y la deficiencia. Entonces interviene Dios dando el don de fortaleza, que no tiene el sello humano sino el divino: es Él ahora quien nos presta su fortaleza y nos lleva a exclamar con el Apóstol: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Filipenses 4, 13). Esta frase sintetiza claramente lo que el don de fortaleza produce en nuestras almas.
A primera vista, la afirmación de san Pablo ‘todo lo puedo’ podría parecer jactanciosa, porque no establece limitación alguna, ya que poderlo todo es lo propio de Dios. Pero el alma en la que actúa este don con lo que cuenta es precisamente con la Fuerza de Dios, que es la que la con-forta, la hace fuerte. Quizá más que en otros, en el don de fortaleza resalta, como contraste para nuestra debilidad, la necesidad de la connaturalidad. El fuerte es Dios, no nosotros. Seremos fuertes porque participamos de su fortaleza, no porque la tengamos nosotros. La nuestra, en todo caso, es prestada (Camino 728: “Toda nuestra fortaleza es prestada”).
Este don nos hará incluso a ser capaces de ofrendar nuestra vida, sin que nos invada el miedo, como ocurría en los primeros siglos del cristianismo con las niñas mártires, que manifestaban una capacidad de padecer los tormentos y la muerte con una entereza muy superior a su edad y a su sexo, tal como se lee en las actas de sus martirios: “Hasta las niñas van a la muerte cantando”. A santa Gema Galgani le otorgaba la capacidad de realizar su propia inmolación: necesito víctimas, le decía Jesús, y en esa petición encontraba ella la fuerza para realizar el holocausto de su vida en cada jornada. Dios está con nosotros y nos da como una parte de sí, una fuerza divina que cumple en cada uno: “lo acaba todo en todos” (Efesios 1, 23).
Otro hermoso ejemplo de la conciencia de este don nos lo ofrece la respuesta de santa Felícitas al guardián de la prisión en que ella se preparaba para el martirio. Al oírla él gemir entre los dolores del parto le dijo: ‘Si tú ahora que estás dando a luz gritas de ese modo, ¿qué será mañana, cuando te despedacen los leones?’ La joven madre replicó: ‘Ahora soy yo la que sufre; mañana, Otro sufrirá por mí’. De modo patente actuó el don de fortaleza en los Apóstoles de Jesucristo: amaban sin duda a su Señor, pero su amor tenía más de humano y natural que de efecto del actuar del Santificador. Por eso, al verlo preso, su amor no fue suficiente y huyeron y lo abandonaron (Marcos 14, 50). Pero cuando el Espíritu Santo encendió sus corazones comunicándoles la intensidad de su don, lo confesarán, intrépidos, hasta dar la vida por Aquel mismo que antes abandonaron. Tal es el motivo formal del don de fortaleza, como de todos los dones del Espíritu Santo. El hombre actúa directamente inspirado y personalmente impulsado por la Inteligencia, la Ciencia, la Sabiduría, el Consejo y el Poder de Dios.
9.4 El don de piedad
El don de piedad actúa dándonos un recogimiento cada vez mayor que garantiza a nuestra vida una oración genuina. Esta oración genuina es una oración superior, iluminada, y no resulta como efecto de la gracia ordinaria. Por la gracia ordinaria deliberamos, de manera discursiva o racional, pongamos por caso, sobre el rezar el rosario o leer el Evangelio a la hora acostumbrada. Nos movemos nosotros mismos, por más o menos explícita deliberación, a ese acto de piedad. Pero si en el rezo o en la lectura algo nos lleva a orar desde lo profundo de modo previo, es decir, anterior a la deliberación discursiva, hemos de comprender agradecidos que el Espíritu Santo actuó por medio del don de piedad.
Este don suple las imperfecciones de la virtud de la religión, la cual busca dar a Dios el culto debido según lo entiende la razón esclarecida por la fe. No traspasaríamos entonces la barrera de la relación distante, formal, genérica. El don de piedad nos hace, por el contrario, interlocutores directos, singulares, rodeados del personalismo y la familiaridad que caracteriza a los íntimos.
Tal oración genuina no es ya la del siervo, sino la del hijo, y el trato con Dios discurre habitualmente por los cauces de una confiadísima familiaridad. Por este don nuestras relaciones con Él van mucho más allá de la mera justicia, y le ofrecemos nuestra vida personal y todas nuestras fuerzas sin reserva alguna al egoísmo. Porque estamos ahora en la viña de nuestro Padre, al que deseamos honrar y engrandecer, sencillamente porque es nuestro Padre.
Así es como el don de piedad nos introduce en el campo de la confianza ilimitada con Dios, a quien reconocemos como Padre infinitamente bueno que despliega sobre cada uno de sus hijos lo infinito de su Amor. Nada puede robar la paz al corazón de los hijos que experimentan el poder y la bondad de un Padre así. Es el camino del abandono en el amor, que Dios quiso recordar al mundo a través de santa Teresa de Lisieux. La confianza ilimitada que ella tenía en Dios era una confianza filial, efecto del don de piedad, era una entrega absoluta por la cual dejaba en las manos de su Padre todo lo que era y poseía [1].
Pero el don de piedad irradia. No permanece en la conciencia de una filiación aislada de la filiación de todos los hijos, sino que el don de piedad proyecta hacia la fraternidad. Comunica la dulzura que hace ver en los demás no a ‘otros’, a extraños, sino a consanguíneos, a familiares, a los hijos muy amados de un Padre común. Surge entonces, como efecto del don de piedad, la caridad fraterna,: si no amamos a los hijos, ¿cómo decimos que amamos al Padre? [2]. Surge también el afán apostólico y redentor: queremos que los hijos del Padre lo sean ‘en espíritu y en verdad’, pues con ello Él será glorificado, encontrará la plenificación de su gozo y su plan.
Un matiz particularmente significativo del don de piedad se manifiesta en el descubrimiento de la bondad del Padre en medio de las pruebas, del dolor, de la contrariedad, e incluso en medio de la aparente ausencia suya y de su Amor. Dios no quiere el sufrimiento por el sufrimiento, sino como un medio corto de acercarnos a nuestro fin, a la manera de un remedio o una operación quirúrgica. Es un medio pasajero que logra resultados de otro orden: eternos, incomparables [“Porque nuestra tribulación momentánea y ligera va labrándonos un eterno peso de gloria cada vez más inmensamente” (II Cor. 4, 17)].
Pero aquí en la vida terrena el sufrimiento es necesario y Dios, dice santa Teresa de Lisieux, sufre con nuestro sufrimiento; Él nos lo envía volviendo a otro lado la cabeza: “El buen Dios, que nos ama tanto, ya tiene bastante con estar obligado a dejarnos cumplir nuestro tiempo de prueba en la tierra, sin que vengamos constantemente a decirle que estamos mal en ella; no hemos de adoptar el aspecto de que nos damos cuenta de ello” (Carta a Celina. Consejos y recuerdos de la hermana Genoveva, n. 58).
El don de piedad hace adivinar que el Dios de los cristianos no es un Dios duro y temible, sino un Amor eterno, educador, prudente y sabio que, lejos de multiplicar las penas, se las ingenia para abreviarlas, suspenderlas y reducirlas, en la medida en que ello es divinamente posible para satisfacer su justicia. Cuando lo vemos así descubrimos que el sufrimiento no es obra de Dios, del Padre bueno, porque de Él procede todo bien: el sufrimiento es fruto de la desgracia original y de todos los pecados sucesivos, pero que la admirable misericordia divina ha transformado el fruto amargo en remedio salvífico.
La finura del alma invadida por el don de piedad descubre un corazón paterno que se conmueve ante cualquier pena de los suyos, por pequeña que sea, y busca el modo de evitársela. Es la doctora de Lisieux renovadora de la ciencia de los dones del Espíritu Santo, pero muy particularmente del don de piedad. Para ella Dios es un padre misericordioso que tiene necesidad (no dudemos en emplear esa palabra), tiene necesidad de amarnos. Dice ella: “Conozco a Dios; es un padre, es una madre que para ser feliz necesita tener a su hijo en sus rodillas, en su seno” (Ms B, 1 r.). Un padre experimenta esa exigencia de amor. Teresa conocía el amor profundo y la dulce ternura de su padre por ella, que necesitaba tener cerca a su hija. Para la santa, ir a estar con Dios, cerca de Dios, era motivado por una audaz intuición: “No estoy aquí por mí, sino por Él. Voy a ver a Dios porque eso le gusta, porque se alegra de verme” (Ms A, 79 v.). Esto es una enorme verdad, pues en los encuentros es siempre más feliz aquel que ama más: es una intuición teologal, basada en la misma naturaleza de Dios, Amor infinito.
Estar como un niño pequeño y muy amado ante un Padre todo bondad: el don de piedad adquiere en Teresa delicadezas admirables dirigidas a un Padre así. Dice ella: “Si por casualidad el cielo no fuera tan bonito como creo, trataría de disimular mi sorpresa para no disgustar a Dios” (Cuaderno Amarillo de la Madre Inés, 15-5-2). O bien, en invierno, cuando tenía frío pensaba: “Dios me ama; no le gusta que yo tenga frío y que sufra así”, y por eso intentaba ocultarle ese sufrimiento, cuando se frotaba las manos, decía: “Lo hago a hurtadillas para que Dios no me vea y no se disguste” (Procés apostolique, 279). Esa manera de tratarlo, esa manera de entenderlo y de ser delicados con Él a tal extremo, no puede ser sino una expresión maravillosa del don de piedad.
9.5 El don de consejo
En la mutua interconexión de los dones interviene el de consejo, que nos hace transitar del plano especulativo al práctico. Hemos logrado movernos de modo más connatural en el mundo de Dios, y buscamos entonces su querer hasta en lo más minúsculo de nuestra existencia, para ajustarnos a él. Porque el don de consejo no consiste en la capacidad de dar nosotros buenos consejos a los demás, sino de recibirlos de Dios. Entonces ya estaremos nosotros en buenas condiciones de darlos a los demás.
Nosotros aceptamos consejos dependiendo de la cualidad de la persona. Los consejos que nos vienen del Espíritu Santo, del Padre y del Hijo, son el fruto del Consejo de la Trinidad. Pero, ¿existen para todos esos consejos, o están reservados sólo a aquellos que tienen un papel de protagonismo en la vida del mundo o de la Iglesia? Y, en caso afirmativo, ¿cómo conocerlos?
La experiencia de los santos asegura la existencia de tales consejos. Si nosotros vamos siendo más y más sensibles a la intimidad divina (es decir, si crece la connaturalidad), los podremos advertir en nuestra propia conciencia.
Santa Juana de Arco lo afirmó explícitamente ante sus jueces: ‘Ustedes se han reunido en su Consejo; yo he tenido también el mío’. Hablaba, es verdad, de sus voces, pero esas voces eran la voz de Dios. Oponía los consejos de Dios a los consejos de los hombres.
En realidad, este auxilio de lo alto no le falta a ningún alma cristiana, aunque a veces nuestra rudeza interior nos impida reconocerlo. Por eso importa abrirse a este don creyendo que Dios está muy interesado en iluminarnos de continuo y que de hecho lo hace. Dios es máximamente comunicable, y se comunica de muchos modos, también con palabras humanas. ¿No nos asegura Nuestro Señor que el Espíritu Santo sería nuestro gran inspirador? Yo les enviaré al Espíritu Santo, que les enseñará todo y les traerá a la memoria todo lo que Yo les he dicho (Juan 14, 26).
Esta seguridad prometió Jesús a sus Apóstoles en el Huerto de Getsemaní, pocos minutos antes de ser apresado. ¿No valdría la pena que nosotros tratáramos de creernos con más frecuencia que nos habla? Más vale que a veces nos equivoquemos en nuestra apreciación a pensar que sólo se dirigirá a nosotros una o dos veces en la vida.
9.6 El don de entendimiento o inteligencia
Los dones contemplativos resultan del todo necesarios para ser introducidos en la intimidad divina. En primer lugar porque nuestra inteligencia requiere una adecuada provisión para adentrarse en este mundo de verdades sublimes y profundas. De aquí surge la necesidad del don de entendimiento o inteligencia, que permite al Espíritu Santo dirigir por Sí mismo esta nueva actividad mental que vamos poseyendo.
Al igual que la virtud de la fe, a la que perfecciona, el don de inteligencia es, sobre todo, contemplativo. Pero, a diferencia de la fe, cuando recibimos el don de entendimiento no sólo asentimos a la verdad propuesta -eso lo hacemos con la fe-, sino que percibimos de algún modo experimentalmente esa verdad. Puede decirse que la sentimos, no con sentimiento sensible sino por adecuación de nuestra mente actuada pasivamente por ese don: “la fe –explica santo Tomás- importa sólo el asentimiento a las cosas que se proponen, pero el don de entendimiento importa cierta percepción de la verdad” (S. Th., II-II, q. 8, a. 5, ad 3).
Por este don el Espíritu Santo nos eleva a la contemplación, que es una mirada singular y profunda de Dios y de las cosas divinas. Se podría decir que la contemplación es la luz bellísima de los que se aman. Con este don somos capaces de ver el orden sobrenatural, de penetrar en lo oculto, como si se nos adaptara un aparato espiritual de Rayos X que nos permitiera descifrar el interior de las verdades. Entonces nuestra alma se fascina contemplando a Dios en la infinitud de sus perfecciones y en los abismos de su Trinidad, y desde ahí descubre el sentido de las intervenciones divinas en las personas y los acontecimientos. No son sino las mismas verdades de fe que hemos creído siempre, pero el don de inteligencia nos hace ahora capaces de penetrarlas de un modo más profundo, con una mayor amplitud visual y con una agudeza de análisis antes desconocida. Es la revelación de los secretos de Jesús, que éste confía a sus íntimos: A ustedes los he llamado amigos, porque les hice conocer todo cuanto oí de mi Padre (Juan 15, 15).
Cuando un bautizado confiesa por la fe a Dios como Padre dice exactamente lo mismo que manifiesta el contemplativo cuando se encuentra arrebatado por la cercanía y la bondad del Padre celestial. El bautizado lo dice impulsado por la fe, y lo mismo el contemplativo. Pero éste tiene además la penetración del misterio por el don de entendimiento, y el arrebato del gozo en el amor del Padre, connaturalidad con lo divino, que le otorga el don de sabiduría. El niño que recibe la hostia por vez primera dice que Jesús está en Él, afirmando lo mismo que san Pablo y que san Juan cuando hablan del vivir Cristo en lugar nuestro. La diferencia entre ambas imágenes es la mayor o menor capacidad de percepción, otorgada por el don de entendimiento, y la mayor o menor connaturalidad con el misterio, otorgada por el don de sabiduría. El objeto contemplado es idéntico en cualquier caso, porque es el misterio de Dios, pero nuestro paladar, sin una ayuda especial del Espíritu Santo, no puede gustar plenamente su dulzura, ni nuestra mirada captar cumplidamente su belleza.
Pongamos otro ejemplo: el de hacer un acto de fe en la presencia de inhabitación de la Trinidad Beatísima que mora en nuestra alma. Cuando nos disponemos a fijar nuestra atención en esa verdad dogmática buscando encontrar en ella materia para nuevas incursiones en esa intimidad, brota, de pronto, en medio de la oscuridad del misterio, un sabor, una luz confusa, un algo que cautiva y que invita a permanecer sosegadamente en la contemplación de esa oscuridad (que, dicho sea de paso, no se disipa nunca del todo). Podemos afirmar entonces que el Espíritu Santo nos ha regalado una moción del don de entendimiento. Otro ejemplo más: la enfermera que, atendiendo maternalmente a un enfermo descubre de pronto, de modo luminoso, concreto y vital, que ese enfermo no es sino un miembro doliente de Cristo. Ya no ve en él sino a su Señor amado y, empujada dulcemente por el hallazgo de un amor que no reconocía apenas, continúa su abnegada misión con una bondad y delicadeza incomparables. El Espíritu Santo volvió a actuar con su don de entendimiento [3].
9.7 El don de ciencia
Con el don de ciencia nuestra alma logra situar en su justa dimensión el orden de las causas segundas. Este don nos impide caer en el deslumbramiento efímero de las criaturas, así como también nos libra del error de despreciarlas como ajenas al plan de Dios. Caminamos entre ellas sin inclinarnos ni a derecha ni a izquierda, sin desorbitarlas, midiéndolas según su orientación al fin. Con el don de ciencia ubicamos el sentido de los medios, sabemos de su vanidad y advertimos su grandeza en cuanto reflejos del semblante divino. Tiene, pues, un doble aspecto: hacernos descubrir que las cosas creadas llevan a Dios (aspecto que podríamos llamar positivo), y otro (calificado como negativo) que nos permite advertir el peligro del mundo como posible obstáculo al plan de Dios, o mejor dicho, que las cosas creadas son nada en comparación a su Creador.
Comencemos por el primer aspecto: las realidades creadas en cuanto escalas que conducen a Dios.
La ciencia es un don contemplativo por el que somos capaces de vislumbrar al Creador a través de lo creado, como cuando Jesús nos invita a descubrir a su Padre en los lirios del campo y las aves del cielo. Con este don, todo es teofanía: advertimos entonces que en el más pequeño átomo del universo se proclama la infinitud de Dios, y que Él está presente también dentro de nosotros, en cada uno de los impulsos de nuestro corazón y de nuestra mente, aun el más mínimo, en cada uno de nuestros prójimos y en los sucesos de nuestra existencia toda, así como en cada cosa y cada acción [Cabodevilla ha escrito un ensayo en el que vislumbra los modos inagotables de estar Dios presente en cada realidad creada. Es su libro póstumo, y lleva el significativo título de Orar con las cosas (BAC, Madrid 2004)].
Gracias a la actuación del Espíritu Santo a través del don de ciencia, cualquier realidad nos habla ahora de Aquel a quien amamos. Ocurre algo semejante a lo que les pasa a los enamorados: para ellos ciertos objetos resultan especialmente evocadores de momentos de especial intensidad o relevancia para su mutuo amor. El contemplativo entiende que existe una ininterrumpida línea de continuidad en el orden del ser, y entonces la minúscula hierba o el soplar del viento será luz indicadora para recordarle a Aquel que ama, porque esas realidades de Él proceden y a Él manifiestan [Observando una noche con su padre el cielo estrellado, santa Teresita de Lisieux señaló la constelación de Orión (que guarda cierto parecido a una T) y dijo: “Mira, papá, Dios escribió mi nombre en el cielo”. Otra actuación del don de ciencia en su alma se refleja en el siguiente episodio: “Me acuerdo un día en que el hermoso cielo azul de la campiña se cubrió de nubes; y muy pronto se empezó a sentir una furiosa tormenta con grandes truenos y relámpagos y rayos. Y yo me volvía a derecha e izquierda, para no perder nada de este espectáculo majestuoso: en fin, vi caer el granizo, y lejos de sentir el menor miedo, estaba encantada: ¡ME PARECÍA QUE DIOS ESTABA MUY CERCA DE MÍ!” (Ms, A 14v)].
En este aspecto primero del don de ciencia, el testimonio de los santos es elocuente: “Una palabra oída de paso, la vista de una flor, de un objeto cualquiera, un sueño, un canto, etc., le descubre a su Dios, envuelto u oculto en esas cosas que le revelan su hermosura, su poder, su grandeza y, sobre todo, su bondad. ¡Más de una vez el canto de un pájaro me ha hecho sentir la presencia de Dios! ¡Triste, infeliz y desgraciado aquel que no encuentra a Dios en todas partes, y no le hablan de Él todas las cosas, ni le muestran su amor, ni le hacen sentir su presencia y oír su voz! Yo no podría vivir; para mí sería insoportable la vida” (M. MAGDALENA DE JESÚS SACRAMENTADO, Carta al P. Arintero, en La mística del amor, BAC, Madrid 1998, pp. 232-3).
Hay quien dijo que antes de que las criaturas tuvieran nombre propio todas se llamaban igual: ‘reflejos de la Bondad divina’; ‘escalas para ir a Dios’. Para el alma en que actúa el don de ciencia todas las criaturas son reflejos de Dios, reflejos de divina Hermosura, medios adecuadísimos para llegar hasta Él. Y lo mismo ocurre no ya con las cosas, sino con nuestra propia actividad, pues de alguna manera lo descubrimos a Él actuando en nosotros y por medio de nosotros, y cada hora de nuestro trabajo será una hora para estar con Él [(“Una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración” (Camino, 335)], y la mesa del escritorio o el campo de labranza serán los altares donde se glorifique a Dios. Y lo mismo sucederá en el ámbito familiar y social, pues cada uno de los que nos rodean será manifestación de Cristo, su icono [“En cada niño que nace y en cada hombre que vive y que muere reconocemos la imagen de la gloria de Dios, gloria que celebramos en cada hombre, signo del Dios vivo, icono de Jesucristo” (JUAN PABLO II, Ex. Ap. Evangelium vitae, n. 84)]. Y tendrá relevancia incluso cada habitación de nuestra casa, y hasta cada rincón, pues todo nos hace referencia a su inexhausto Amor. Estaremos entonces comprobando que en todo “hay un algo santo, divino, que toca a cada uno de vosotros descubrir” (SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Homilía, Campus de la Universidad de Navarra, mayo de 1968. En Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, Ed. Rialp, Madrid 1980, n. 114).
La antítesis del don de ciencia aparece en el materialista. A éste las realidades creadas lo aplastan, porque llenan del todo el panorama de su horizonte. A veces quisiera librarse de ese embrujo, y suspira en lo profundo por los bienes verdaderos, pero vuelve pronto a caer en el hechizo y es arrastrado hasta el fondo de ese efímero atractivo. Quisiera librarse de él, pero piensa que ya es demasiado tarde. Lleva muchos años gustando un sabor que le resulta casi asemejado a él: su corazón se ha endurecido, cosificándose.
Nadie está del todo libre de este peligro; nadie es conducido en totalidad por el don de ciencia pues difícilmente alcanzamos a desentrañar plenamente la nada de la criatura. Pero también es cierto que a medida que colaboramos con la acción del Espíritu Santo a base del desprendimiento interior, a base de la liberalización de ataduras en nuestro corazón, la luz del Santificador produce una inmensa decepción de las criaturas, porque vemos de manera distinta la nada de ellas. Cuando éramos niños dábamos mucha importancia a ciertos juguetes, que ahora vemos sólo con la simpatía del recuerdo, pero que carecen ya para nosotros de interés en cuanto tales juguetes. Al alma poseída por el don de ciencia los juguetes materiales, todos ellos, no son sino futilerías.
Hay, pues, un doble aspecto del don de ciencia. Ambos se refieren a las cosas creadas, pero mientras uno de ellos desenmascara su vanidad, su existencia efímera, su señuelo, el otro encuentra la manera de que las criaturas lleven a Dios.
Podemos comprobar la acción de este doble aspecto del don de ciencia en el alma de san Agustín cuando, ya convertido pero todavía catecúmeno, sentado en la Catedral de Milán y escuchando las grandes homilías de san Ambrosio, repasa su vida íntima y ve la miseria en que lo han sumido las criaturas que él buscaba como fin: el placer, la retórica, los honores. Pero también advierte que han sido las criaturas quienes le revelaron a Dios: en primer lugar, Mónica, su santa madre, en la que vislumbra reflejos de la ternura y la solicitud divinas; luego, Ambrosio, que le representa la palabra y la santidad de Dios. Y se pone a llorar copiosamente. ‘Me hacían bien esas lágrimas’, escribe.
En esos grados crecientes de intensidad con que actúan los dones, el de ciencia tiene un efecto hermosísimo y a la vez extraño. Las almas que lo poseen miran los sufrimientos, las enfermedades, las contrariedades, las penas y las humillaciones de una manera distinta. Para ellos ahora el sacrificio es una preciosa realidad que contiene de manera inequívoca el destello de lo divino, porque experimentan de modo personal y vivo que en el sufrimiento y la humillación nos asemejamos a Cristo, y nada hay sobre la tierra tan divino como todo lo que nos asemeja a Él; nada tan eficaz, por tanto, para alejarnos de las vanidades de la tierra.
Es lo que llevaba a santa Teresa a exclamar: “O padecer o morir”. Y a san Juan de la Cruz, aquel día que Jesús le habló y le dijo: “¿Qué recompensa deseas por todo lo que has hecho por Mí?”, él contestó: “¡Señor, padecer y ser despreciado por amor a Ti!”.
Con el don de ciencia el hombre ve y experimenta que toda su razón de ser está en Dios. Es en esta polarización y sólo en ella donde sitúa el atractivo de las cosas, sin que se produzca tensión íntima, sin que se dé el desgarramiento doloroso por presiones contrarias instaladas en su corazón. La única fuerza que se deja sentir, que solicita al hombre, que ‘padece’ el hombre, es Dios.
Santa Teresa lo refiere con frase dura cuando Dios arranca del todo su alma y la lanza hacia Él: “Parece vive contra natura, pues ya no quería vivir en sí, sino en Vos” (Vida 16, 5). Esta tensión irrefrenable se apodera de su alma, como consecuencia de su desasimiento, y aumenta conforme la acción divina se produce a niveles más profundos, hasta hacerle gritar a Dios “con gran furor” (Cuentas de Conciencia 1, 3).
9.8 El don de sabiduría
El don de sabiduría lo concede Dios como cima de la vida espiritual. Si en la base de la pirámide se coloca el don de temor, en la cúspide está la sabiduría. “El principio de la sabiduría es el temor de Yahvé”, enseña el salmo 110. Y san Agustín apostilla: “el temor es el principio de la sabiduría, mas la caridad es su perfección”. Y, en efecto, es al amor mutuo entre Dios y el alma a lo que de modo directo atiende este don.
La sabiduría como don se distingue de la sabiduría teológica porque no proviene, como ésta, por conceptualización y razonamiento discursivo, sino por experiencia de las cosas divinas a través del amor: es la sabiduría de los santos. Ambas proceden de la fe, y están llamadas a ayudarse mutuamente: el cristiano lleno del Espíritu de Dios no desprecia, como los espiritualistas, la ciencia teológica, la enseñanza de los doctores. Sabe que las verdades divinas se someten al conocimiento conceptual, y entiende que en la sana Teología se apoya el don de sabiduría. Pero sabe también que el don añade a la ciencia la afectividad concreta, experimental; conocimiento amoroso, por connaturalidad. Y es que el cristiano, cuando ha sido introducido en la vida íntima de Dios, no recibe sólo una adjudicación extrínseca de los méritos de Cristo, según la concepción protestante, sino que es sujeto pasivo de una fusión amorosa, es decir, experimenta una verdadera transformación interior, realizándose en él una renovación profunda que lo diviniza en su misma esencia y crea en él hábitos nuevos.
Quien posee el don de sabiduría conoce porque ama. Dios y las cosas divinas le son ya no sólo conceptualmente interiorizadas, como le ocurría con las luces provenientes del don de entendimiento, sino que además resultan ahora gustadas en una dulce e íntima experiencia de amor. El don de sabiduría actúa, como todos los demás dones, por connaturalidad, pero alcanzando aquí su grado máximo: Dios es percibido experimentalmente por sus efectos en el alma, a través de una percepción ya no abstracta y por meras nociones, sino penetrada y transfigurada por una inclinación afectiva que hace a Dios el Objeto supremo de la felicidad y de la fruición. Son experiencias de cielo adelantadas.
Pero, ¡cuánto cuesta comprar semejante gozo del Espíritu Santo! Es necesario que nuestro interior se disloque, que sea dilatado hasta distenderse, para tener un instante de contacto divino. Hay en ese proceso momentos terribles, que los místicos llaman gran tiniebla o nube del desconocimiento, pues todo lo que era luz desaparece. Ha sido preciso renunciar a los procedimientos naturales de nuestro espíritu, que se ve constreñido a no razonar, él tan razonador. Esta docilidad total que lleva hasta el extremo del renunciamiento confiere a Dios el homenaje de nuestro yo profundo.
El don de sabiduría conduce al alma a abismarse en Dios, presente en el fondo de ella. Se da entonces el contacto; ya no hay idea o representación que separe, ya no hay –en la indivisibilidad del Espíritu- sino un alma en adoración al Dios infinito presente en su interior, objeto de un contacto y una experiencia inmediata. Se produce entonces la llamada ‘oración de unión’. Santa Teresa salía de esta oración con la certeza de que había estado con Dios, presente en ella.
Es así como gracias a este don, que nos aúna en Dios –nos hace uno en Él-, se nos concede el pensar como Dios, el amar y el obrar a la manera de Dios, a semejanza del Dios hecho carne que habitó entre nosotros. Ha llegado a desplegarse la fuerza del bautismo que nos hace ser otro Cristo, el mismo Cristo, y con ello “vemos por los ojos del Amado”, porque el amor nos ha unido tan estrechamente a Él que a Él nos hemos adherido, y con Él hemos formado un solo espíritu [“El que se adhiere a Dios, se hace un espíritu con Él” (I Cor 6, 17)].
No pensemos que este don se otorga sólo a almas muy avanzadas en el camino de la santidad. Con el estado de gracia poseemos todos los dones, incluido el de sabiduría, con su capacidad de hacernos experimentar dichos goces. Están hechos para nosotros, están dentro de la capacidad de la gracia ordinaria y destinados a desarrollar las virtualidades de esa misma gracia.
Sin embargo, no son sólo los tres dones propiamente contemplativos los que intervienen en el alma dócil a las inspiraciones divinas. Los demás dones y las virtudes teologales y morales crecen siempre proporcionalmente en el alma, como los dedos de una mano, armónicamente, como las notas de una sinfonía, concertadamente, según el dinamismo indisociable de una misma personalidad. Cada uno de nuestros actos sobrenaturales procede a la vez de la actividad convergente de varias virtudes y de varios dones. El don de temor, por ejemplo, facilita nuestra vida contemplativa mediante la convicción profunda de nuestra miseria ante la grandeza de Dios. El don de fortaleza nos asegura la perseverancia en la búsqueda del Amado, así como la capacidad de responder adecuadamente cada vez que Él decida probar lo genuino de nuestro amor. El don de piedad, por su clima de confianza filial, ayuda al despliegue sosegado de los dones contemplativos, siempre en el marco del completo abandono a los inescrutables caminos previstos por un Padre bueno. El don de consejo nos ayuda en la deliberación de los medios para obtener la libertad plena de nuestro corazón, de modo que se conserve entero para Dios. Entonces el don de inteligencia encuentra el camino despejado para alimentar nuestra contemplación con la penetración cada vez más profunda de los misterios divinos; el don de ciencia nos eleva sobre lo efímero dándonos la certeza del actuar de Dios detrás de los más minúsculos acontecimientos y, por fin, la sabiduría nos da la experiencia de un Dios entrañable que lleva al recogimiento de todo nuestro psiquismo en el silencio del Amor.
Terminamos con la síntesis de fray Luis de Granada, que resume en una palabra la acción de cada uno de estos regalos del Paráclito. El vocablo elegido no agota la riqueza del don, pero sí acierta con su matiz esencial. Reza así el dominico español:
“Ven, Oh Espíritu Santísimo, y envíanos desde el cielo un rayo de tu luz…
Ven, Dios mío, y aparéjame para Ti con toda la riqueza de tus dones y misericordias.
Embriágame con el don de sabiduría,
alúmbrame con el de entendimiento,
rígeme con el de consejo,
confírmame con el de fortaleza,
enséñame con el de ciencia,
hiéreme con el de piedad y
traspasa mi corazón con el don de temor”.
(Memorial, tr. 5.)
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[1] Este modo de confiada familiaridad que procede del don de piedad parece ser (de acuerdo a las revelaciones que Dios se digna hacer a los santos), de particular agrado para Él. A la Sierva de Dios Benigna Consolata le dirigió estas significativas palabras: “¿Sabes quién disfruta más de esta bondad mía? Aquellos que me tienen más confianza. Las almas confiadas son las ladronas de mis gracias. Me las roban con tanta habilidad, que Yo me quedo mirándolas, y por cierto que no las molesto gritando: ¡ladrón!; al contrario, las animo a que tomen más. Para las almas confiadas, siempre hay gracias” (Revelaciones del Corazón de Jesús a Benigna Consolata, Granada, Misioneras Hijas del Corazón de Jesús, 1952, p. 20)
[2] La Madre Teresa de Calcuta cuenta el asombro de un dirigente del Partido Comunista Chino que, en su visita a ese país en 1989 le preguntó: “-Madre Teresa, ¿qué es un comunista para usted? Yo le contesté: -Un hijo de Dios, un hermano mío. -¡Vaya! Tiene usted una opinión elevada de nosotros. ¿De dónde la ha sacado? –De Dios mismo, le contesté”. En otra ocasión decía ella misma: “No debemos servir a los pobres como si fuesen Jesús. Debemos servirlos porque son Jesús” El don de piedad hace ver en cada hombre un hijo del Padre, es decir, Cristo. (MADRE TERESA DE CALCUTA. Orar. Su pensamiento espiritual. Barcelona 1997, pp. 74 y 58)
[3] La madre Teresa relata de una joven novicia el siguiente suceso: “Los leprosos, los moribundos, los hambrientos, los enfermos de sida: todos son Jesús. Una de nuestras novicias lo sabía muy bien. Acababa de ingresar en nuestra Congregación, tras finalizar los estudios en la Universidad. Al día siguiente tenía que acompañar a otra Hermana a la Casa del Moribundo que tenemos en Kalighat. Antes de irse, les recordé: “Habéis visto durante la misa con qué delicadeza el sacerdote tocaba el cuerpo de Cristo. No olvidéis que ese mismo Cristo es el que vosotras tocáis en los pobres”.
Las dos Hermanas fueron a Kalighat. A las tres horas estaban de vuelta. Una de ellas, la joven novicia, llamó a mi puerta. Me dijo, llena de gozo: “Madre, durante tres horas he estado tocando el cuerpo de Cristo”.
Su rostro estaba radiante: “¿Qué es lo que hiciste?”, le pregunté.
“Nada más llegar nosotras”, contestó, “trajeron a un hombre cubierto de llagas. Lo habían sacado de entre unos escombros. Tuve que ayudar a que le curaran las heridas. Nos llevó tres horas. Es por lo que le digo que estuve en contacto con el cuerpo de Cristo durante ese tiempo. ¡Estoy segura: era Él!”
La joven novicia había comprendido que Cristo no nos puede engañar cuando afirma: “Estaba enfermo y me curasteis” (Mateo 25, 36)” (MADRE TERESA DE CALCUTA, Escritos esenciales, Sal Terrae, Santander 2002, p. 72)
Un ejemplo último: el del campesino de Ars que veía, a través de las paredes del Sagrario, a Aquel que, oculto en la Hostia consagrada, no hacía sino mirarlo a él. Con un acto de fe -sin la ilustración de los dones- podremos afirmar también la presencia real de Jesús en el Sagrario, pero no percibiremos esa realidad de modo personal y vivo.