BOLETIN DE PRENSA En torno a una Hostia consagrada


Fuente: http://informacionconcriterio.blogspot.mx

LCC Jairo Cesar Olivo

cristo vivo y presente en la eucaristia
Nos hemos enterado, por diversos medios, que el señor Cura D. J. Dolores Castellanos Gudiño, Párroco en la comunidad de María, Madre de la Iglesia, en esta ciudad de Guadalajara, y dicho por él mismo, ha tenido una manifestación en la que una Hostia consagrada -que para los católicos es el Cuerpo de Cristo-, quedó teñida de una sustancia que, aparentemente, es sangre.
La Iglesia, en estos casos, pide que se juzgue con mucha prudencia y mesura, tal acontecimiento, con la finalidad de dar certeza a lo sucedido. La Iglesia actuará con mucho escrúpulo para llegar a confirmar que, en realidad, se pueda hablar de un milagro Eucarístico.
No es imposible que se manifieste Jesús de esta forma, pero debemos considerar que no se trata de algo ordinario y sencillo de discernir. Son pocos, a lo largo de la Historia y Geografía de la Iglesia, los prodigios en los que se ha comprobado la presencia del Señor de este modo.
Lo que procede en este caso es, en primer lugar, es que se retire del culto público la Hostia consagrada, en la que, efectivamente, para los creyentes católicos, está Jesús Sacramentado, y se deposite en el lugar destinado para ello, que es el Sagrario. Por lo que ya no será posible verLa como cientos de personas lo pudieron hacer el día de ayer miércoles.
El Cardenal J. Francisco Robles Ortega, Arzobispo de Guadalajara, ha pedido a Mons. Ramiro Valdés, Vicario General en esta Arquidiócesis, que haga la investigación que llegue a conclusiones ciertas, para que nadie quede desilusionado, confundido, engañado o algo semejante.
Independientemente de la objetividad de este acontecimiento, tenemos que ver en él la Providencia de Dios, en primer lugar para fortalecer nuestra fe y devoción, para los que somos católicos, en Jesús Eucaristía, que se hace presente en cada Misa, y valorar este prodigio cotidiano. Y, en segundo lugar, para que, delante de esta presencia sacramental del Señor, nos comprometamos a ser mejores cristianos con una caridad ejemplar.
Conforme se vayan haciendo la investigación correspondiente, encomendada a peritos, se darán a conocer las conclusiones.
Ofna. de Prensa y Comunicación Social.
Arzobispado de Guadalajara.
Nota: esto aconteció en Guadalajara el 24 de Julio del 2013
como es de esperarse la autoridad Eclesial no dará su opinión hasta que se hagan las pruebas
necesarias para corroborar y confirmar el suceso.

La vida cristiana es bella . La Trinidad y yo


Autor: P Evaristo Sada LC | Fuente: http://www.la-oracion.com
La vida cristiana es bella . La Trinidad y yo
El próximo domingo celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad, misterio central de nuestra fe.
La vida cristiana es bella . La Trinidad y yo

Es muy diferente un pozo seco a un manantial. El manantial tiene vida. El pozo seco o con agua estancada es muerte. Cuando nos referimos a la relación del hombre con Dios puesta en acto, hablamos de vida, vida espiritual.

¿Cuál es la fuente de la vida espiritual? ¿De dónde viene esta vida? ¿Quién da vida? La fuente de la vida espiritual es la vida de Dios, nuestra participación en la vida de la Santísima Trinidad por la gracia a través de los sacramentos y la oración.

Eso es lo que se mueve allá adentro de nosotros, esa es la sangre que corre por nuestras venas desde el día de nuestro bautismo. Desde entonces, el manantial que ocupa el centro de nuestro ser es la Trinidad. ¡Qué maravilla!

Una verdad existencial

El próximo domingo celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad, misterio central de nuestra fe. Para mí esta fiesta es una invitación a poner en acto en la oración eso que creo por la fe, en forma de relación personal, de trato, con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. No basta el conocimiento del misterio, la Iglesia nos invita a través de la teología y de la liturgia a profundizar en su significado, pero profundizar de una manera no sólo intelectual, sino afectiva, existencial.

El bautismo: una llamada al amor

Al recibir en el bautismo el don de la gracia santificante, que nos hizo hijos de Dios, recibimos de parte de Él una llamada al amor. Después de esto nuestra vida cristiana consiste en responder al don recibido de Dios: “Si alguien me ama, guardará mi palabra y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él.” (Jn 14, 23) Dios que puso amor, espera una respuesta de amor.

“La respuesta de la fe nace cuando el hombre descubre, por gracia de Dios, que creer significa encontrar la verdadera vida, la “vida en plenitud”. Uno de los grandes padres de la Iglesia, san Hilario de Poitiers, escribió que se convirtió en creyente cuando comprendió, al escuchar en el Evangelio, que para alcanzar una vida verdaderamente feliz eran insuficientes tanto las posesiones, como el tranquilo disfrute de los bienes y que había algo más importante y precioso: el conocimiento de la verdad y la plenitud del amor entregados por Cristo (Cf. De Trinitate 1,2).”(Benedicto XVI 13 de junio 2011)

Intimidad con Dios 

Dios nos invita a participar de su vida íntima, de esa vida que consiste en el amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Se dice fácil, pero este es un misterio grandioso, algo sobrehumano, sobrenatural, y en el cual estamos sumergidos.

Cada vez que intimamos con Dios en la oración entramos en el misterio. Es fe orante. En ella nos dirigimos a Dios como Padre. Padre es el nombre propio de Dios. Así nos lo reveló Jesucristo, quien vive contemplándolo permanentemente. “El Padre, que me ha enviado, posee la vida, y yo vivo por él. Así también el que me come vivirá por mí” (Jn 6, 57).

En Jesucristo contemplamos la belleza del Padre, él es “resplandor de Su gloria” (Hb. 1,3), el que está con nosotros, Dios-con-nosotros (Is 7, 14) Su misión es nuestra salvación. Tratamos con Cristo como nuestro salvador, nuestro redentor: “Padre, yo deseo que todos estos que tú me has dado puedan estar conmigo donde esté yo” (Jn 17, 24). Somos pecadores rescatados por la sangre de Cristo y en la oración cristiana nos dirigimos a Él como nuestro Redentor para darle las gracias, pedirle perdón, aprender de Él.

Y tratamos con el Espíritu Santo cuya misión es nuestra santificación. A partir del bautismo tenemos toda una vida por delante para crecer y asemejarnos como hijos que somos, al Hijo con mayúscula. Esa labor paciente de transformación conforme a la imagen de Cristo la va realizando el Espíritu Santo en nosotros poco a poco, como el agua sobre la piedra de río, a medida que cooperamos con Él. El Espíritu Santo es el Santificador, el Huésped de nuestra alma, nuestro Socio con el que trabajamos para realizarnos en plenitud como hombres y como cristianos. Él es amor y derrama el amor de Dios en nuestros corazones. (Rom 5, 5)

La vida espiritual, la vida de oración, es simplemente maravillosa. ¡Qué gozada poder tratar como hijo con EL PADRE, como pecador rescatado con su mismo REDENTOR; como buscador con su GUÍA! Francamente, ¡qué maravilla!

La vida cristiana es bella.

N.B. Si un espectáculo de agua, luz y sonido (no dejes de verlo) puede ser tan armónico y bello, ¡qué será la belleza de la vida trinitaria que llevamos dentro!

Con María…esperado Pentecostés


Autor: María Susana Ratero | Fuente: Catholic.net
Con María…esperado Pentecostés
¿Cómo reconoceré la Espíritu Santo, Señora? Porque Él te dará la fuerza que necesites para cumplir la Voluntad de Dios.
Con María...esperado Pentecostés

Aquí te espero, Señora mía, en este punto de mi vida y unos días antes de Pentecostés para que tú, Madre querida, me enseñes, me expliques, me acompañes a recibir al que nos ha prometido Jesús…

Quiero encontrarte hoy Señora, mas, ¿dónde te busco?… mi alma comienza a susurrarte amorosamente un Ave María: Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo… Sí, Madre, el Señor es contigo y eres llena de gracia… llena de gracia, esa gracia que enamora al mismo Dios, y ha sido sembrada en tu alma por el Espíritu Santo… tú le conoces bien, Señora, háblanos de El…

Y mi corazón te busca, y tú, siempre atenta, te llegas a mi alma y a mis sueños y me cuentas… me enseñas… me amas…

– Hija querida, para que tu corazón entienda lo que significa albergar al Espíritu Santo, lo primero y mas necesario es que sea un corazón de puertas abiertas… un corazón que espera, un corazón que confía mas allá de los límites, un corazón que pide a Jesús a cada instante “Señor, aumenta mi fe”…

– Es bien cierto Señora, tú has hallado gracia delante de Dios por tu oración silenciosa, perseverante, confiadísima, y por tus virtudes, delicadamente sembradas en el alma de quien debía recibir al Salvador del mundo, y aceptadas por ti con alegría, y vividas con fe, no como carga u obligación, sino como signo de amor… Señora, tú conoces bien al Espíritu… no en vano la Iglesia nos dice que eres su fiel esposa…

– Así es hija, el Espíritu llego a mí el día de la Encarnación como propuesta de amor… Y me inundó el alma… mi vida no fue la misma a partir de aquel día, es que las personas ya no son las mismas luego que El entra en sus almas…

– ¿Cómo es esto, Señora? ¿Cómo sabemos que El ha llegado a nuestra alma?, lo sabemos por fe, sí, que lo hemos recibido en el Bautismo y en la Confirmación, pero… ¿como nos damos cuenta en nuestra vida diaria, en la rutina, de que nos estamos dejando guiar por El o si hacemos oídos sordos a sus consejos, a las santas inclinaciones que sugiere a nuestra alma?

– No eres la primera que me hace esta pregunta… Hace ya tiempo me la hizo Tomas… sí, Tomas, el Mellizo, el Apóstol, el que no había creído cuando Jesús se presentó a sus compañeros…, pero ven, vamos a Jerusalén, así lo ves por ti misma…

Mi corazón cierra los ojos al mundo y te sigue, es una sensación hermosa, seguirte, adondequiera que vayas, seguirte, no hay camino más hermoso, María, no hay camino mas seguro…

Jerusalén se presenta ante nuestros ojos quieto y sin ruido, apenas está por salir el sol, uno que otro habitante va saliendo a sus diarias tareas, entramos las dos a la ciudad sin ser vistas… Llegamos a una construcción de dos plantas, que en nada se diferenciaba del resto de las viviendas… Allí se reunían los Apóstoles y algunas mujeres… Quizás era la misma casa en que se celebró la Ultima Cena, pero no quise preguntar…, era demasiado fuerte toda la situación, preferí seguirte sin preguntas…

Entraste, delicadamente, como entras en las almas de los que te aman, te sigo…, era el día de Pentecostés, la fiesta de la cosecha, la plenitud y la abundancia, habían transcurrido 50 días desde el Domingo de Pascua…, los Apóstoles estaban ya reunidos en oración en el piso superior…Te dedicaste a prepararles unos alimentos, te ayudé en lo poco que yo sabía, en realidad, solo atinaba a mirarte, extasiada… Cuando todo estuvo listo, subiste a alimentar a tus amigos, a tus hijos… y recordé como alimentas a todos tus hijos, proporcionando a tus devotos todo lo necesario para el cuerpo y el alma…

Los hombres habían hecho un alto en la oración y agradecieron tu gesto maternal… Cuando bajaste, noté que te seguía Tomas, el Mellizo… el hombre estaba un poco turbado y sus ojos denotaban una gran preocupación…

Señora mía- te dijo, y su voz rebosaba de amor y respeto- necesito preguntaros algo…

Dime hijo, te escucho…

Señora, bien sabes lo que me ha sucedido con el Maestro, cuando me negué a creer en su Resurrección… cuando se presentó ante mí yo me sentí avergonzado a causa de mi incredulidad y lo que más me dolió fue la expresión de sus ojos cuando me dijo “En adelante no seas incrédulo sino hombre de fe”… su mirada reflejaba dolor por mi falta de fe… Señora, no quiero fallarle de nuevo al Maestro, Él nos dijo que nos enviaría el Paráclito, el Espíritu Santo y yo… yo tengo miedo de no reconocerlo… tu sabes, Madre…

Madre… la palabra revoloteaba en el aire y lo perfumaba, sí Madre, Madre nuestra, Madre de la Iglesia, Madre que escucha y aconseja, Madre que calma y consuela… Madre

Tomas, hijo, no temas…-contestó la llena de gracia- no temas… tu corazón debe tener abierta sus puertas al amor de Dios, confiar… Él conoce tus debilidades, pero también conoce tu amor… solo pide, hijo mío, solo pide a Dios luz para el alma, luz para tu corazón, y el Espíritu te dará todo lo que pides y más, mucho más…

¿Cómo lo reconoceré, Señora?

Porque El te dará la fuerza que necesites para cumplir la Voluntad de Dios…

¿Cómo sabré que es lo que Dios espera de mí?

Hijo, lo que Dios espera de ti es que ames como Jesús te ama… el amor, además de mandamiento es camino, y es mandamiento porque es camino… ama, hijo, pero ama como Jesús te ama, con esa intensidad…. No esperes realizar grandes milagros u obras para sentir que estás cumpliendo la voluntad de Dios…. Se puede cumplir la voluntad del Padre en las cosas más sencillas, y se puede desobedecer al Padre también en las cosas más sencillas… La madre, cumple la voluntad de Dios amando, cuidando, alimentando a sus hijos, siendo su amiga y serena consejera…. El padre, cumple la voluntad de Dios protegiendo a su familia, velando por su unidad, siendo faro en las tormentas del alma, llevando calma y paz… un trabajador cumple la voluntad de Dios siendo fiel en su labor, respetando a los demás, buscando siempre la paz…

Tomas te miró con rostro aliviado, te abrazó con infinita ternura y vi como gruesas lágrimas surcaban el rostro del hombre… qué hermosa imagen me regalabas al corazón, Madre querida, un hombre que se abraza a ti y puede llorar… toda la angustia del alma, se transforma en lágrimas y caen sobre tu manto… Y retornan al hombre hechas consejo y camino…

Subimos nuevamente al piso superior, y Pedro comenzó nuevamente las oraciones… De repente vino del cielo un ruido, como el de una violenta ráfaga de viento, que llenó toda la casa, y aparecieron unas lenguas, como de fuego, que se repartieron y fueron posándose sobre cada uno de ellos… Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía que se expresaran…

Los hombres estaban entre maravillados y emocionados, y comenzó a escucharse el griterío de la gente que había llegado atraída por el ruido del viento y se agolpaba fuera de la casa… Los Apóstoles bajaron y se acercaron a las personas que allí estaban y comenzaron a proclamar las maravillas de Dios en distintos idiomas, así, cada uno de los presentes les escuchaba en su propia lengua nativa…

Tan opuesta esta escena a la de la Torre de Babel, donde el orgullo de los hombres provocó el nacimiento de las distintas lenguas y no podían entenderse… aquí, gracias al Espíritu, las diferentes lenguas no eran obstáculo para el mensaje, sino canal por el que llegar a todo hombre…

Tú, Señora mía, te quedaste arriba… yo te pregunté, tímidamente…

¿Y ahora, Madre?

Pues, acabas de presenciar el nacimiento de la Iglesia… Una Iglesia que proclama el amor de Dios en toda lengua y a toda cultura… Una Iglesia de puertas abiertas y corazón orante… una Iglesia que es cuerpo de Cristo… y, como todo cuerpo, tiene muchos miembros…

Explícame esto, Señora…

Hija, todos acaban de ser bautizados en el único Espíritu, y así lo serán los que vayan creyendo el mensaje de Jesús… pero cada uno tiene un lugar dentro del cuerpo Místico de Cristo… para que entiendas… un cuerpo no es solo ojos, o manos, o pies, eso no seria un cuerpo, un cuerpo esta formado por muchos miembros, unos mas notables, otros menos notables, pero todos igualmente necesarios y dignos… algunas personas piensan que porque no es evidente en ellos alguna habilidad especial, no pueden encontrar la voluntad de Dios para ellos, nada más lejos de la realidad… mira, no se trata de las cosas que se hacen, sino del amor con que se hacen…. Tiene mas mérito a los ojos de Dios una mamá que sirve un plato de arroz a sus hijos con infinito amor en la intimidad del hogar, que una persona que alimenta a diez solo para que los demás vean su generosidad…, no se trata de las escalas del mundo sino de las escalas de Dios ¿puedes entenderlo? Todos los bautizados han recibido un don especial del Espíritu Santo… Encontrar ese don, a veces dormido dentro del alma, es todo un esfuerzo, implica idas y venidas en el interior de uno mismo, pero luego de la búsqueda y del esfuerzo, el don despliega las alas… todas las personas son muy capaces para algo, según los dones del Espíritu, algunos serán favorecidos con el don de la sabiduría, otros de la inteligencia, otros de la fortaleza, otros del consejo, para otros habrá espíritu de ciencia y en otros de piedad, y para otros habrá un santo temor de Dios…, pero encontrar esos dones dentro del alma, supone un esfuerzo, nadie pretenda descubrirlos mágicamente… además, luego de encontrarlos hay que hacerlos dar fruto, pues recuerda lo que dijo Jesús “Al que tiene se le dará más y al no tiene, aun lo poco que posee le será quitado” se refería aquí a los dones del Espíritu…

Te acercas a mí, tu mirada me da paz, mucha paz… bajamos, la gente se agolpa a la puerta de la casa, salimos sin ser vistas… Un hombre reparó en ti y te reconoció, se acercó y te dijo…

Señora… Señora…

Me alejé para que hablaran solos… Cuando te retiraste, el hombre tenía la mirada como iluminada, y una sonrisa llena de paz… Los primeros devotos tuyos, Señora, los primeros sencillos y fieles devotos…

Volvemos juntas a mi realidad de todos los días… se acerca el domingo de Pentecostés, quiero esperarlo en oración y con las puertas de mi corazón abiertas, como tu me enseñaste… Debemos despedirnos…

-Gracias, Madre -susurra mi alma sin ganas de dejarte- gracias… cada vez que mi corazón te encuentra termina fortalecido, gracias…

– Nos vemos, querida, nos vemos en la misa de Pentecostés, te estaré esperando…

Vuelvo a mi realidad, mientras mi corazón te da el último abrazo y se despide de ti…

Tú susurras algo, que no alcanzo a escuchar… Me quedo con la duda ¿Qué dijiste María, que mi apuro no me dejó oír?… Un pensamiento me viene al corazón, quizás dijiste…“Hija, algún día comprenderás que no hay despedidas entre nosotras, que siempre estamos juntas, que siempre estoy a tu lado, aunque muchas veces, tu angustia, tu soledad, tu tristeza, no te permita verme”….

Amigo que lees estas líneas… espero que tengas un hermoso domingo de Pentecostés… que tu corazón se llene de fuerza para multiplicar los hermosos dones con que el Espíritu ha adornado tu alma…

NOTA:

“Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón y en mi imaginación por el amor que siento por ella, basados en lo que he leído. Pero no debe pensarse que estos relatos sean consecuencia de revelaciones o visiones o nada que se le parezca. El mismo relato habla de “Cerrar los ojos y verla” o expresiones parecidas que aluden exclusivamente a la imaginación de la autora, sin intervención sobrenatural alguna.”

  • Preguntas o comentarios al autor
María Susana Ratero.

La pobreza de Cristo


fragmento del libro Meditaciones sobre la fe

del Padre Tadeusz Dajczer.

La fe, en la forma de pobreza de espíritu, tiene su modelo en la vida y figura de Jesús. Ser pobre significa ser dependiente. En la vida de Jesús vemos tres momentos en los que su pobreza llega al colmo, cuando él, Dios, se convierte en un ser totalmente dependiente, y se muestra, por su impotencia, en un aparente fracaso: en Belén, en el Calvario y en el Santísimo Sacramento.

Si ser pobre significa ser dependiente, Jesús era totalmente dependiente desde Belén, donde hubo impotencia, y se puede decir que incluso hubo fracaso; porque Jesús no fue recibido por los suyos, y tuvo que nacer en condiciones infrahumanas. Todas tus experiencias de impotencia, todas las cosas para las que resultas incapaz, son tu participación en la impotencia de Jesús.
El Calvario fue la segunda situación en la que Jesús estuvo sumido en un terrible despojamiento. Allí tampoco puede ayudarse con nada, porque sus manos, las manos que dieron la bendición a la muchedumbre, están clavadas en la cruz y sangran. Tampoco puede ayudarse con los pies, porque aquellos pies que llevaban el amor y la buena nueva a todas partes, ahora están clavados. En el Calvario Jesús se vio despojado de todo. La cruz es la expresión de la locura del amor de Dios. El despojamiento a que se vio sometido Jesús llegó aquí al colmo.

La otra expresión del despojamiento de Jesús es el Santísimo Sacramento. En él también hay impotencia y fracaso, aunque, naturalmente, se trata de una impotencia y de un fracaso aparentes, como ocurrió en el Calvario. En el Santísimo Sacramento, Jesús guarda silencio, también cuando la gente se dirige a él. En el tabernáculo se ve despojado de todo, de tal manera, que cualquiera puede sacarlo y trasladarlo a su antojo, puede recibirlo, pero también puede profanarlo. Puede, pues, hacer con él lo que se le antoje, exactamente eso, lo que le dé la gana. Y ese es el estremecedor misterio del despojamiento de Cristo, de su kénosis y de su pobreza, de su entrega total al hombre.
Esas tres situaciones: Belén, el Calvario y el Santísimo Sacramento, son momentos en los que el amor de Jesús llega hasta la locura, hasta los límites de la pobreza. Pero es precisamente gracias a esa locura y a esa pobreza como Jesús te trae la redención, te trae la fe. El silencio de Dios, su impotencia y su «fracaso, son para el mundo, que desearía un Dios pleno de poder visible, un escándalo. La cruz fue y sigue siendo un escándalo para aquellos que no creen; pero para aquellos que creen, es el poder supremo. TU cruz, que son las privaciones y la pobreza que sufres, crea en ti el sitio necesario para la gracia; para la gracia de la fe.

Descubrir a Cristo como amigo


Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net
Descubrir a Cristo como Amigo
Su presencia suaviza las penas, enciende alegrías, da fortaleza para afrontar una vida llena de sorpresas y de pruebas.
Descubrir a Cristo como Amigo

Tal vez lo hemos leído muchas veces: Jesús no quiere llamarnos siervos. Su deseo consiste en que seamos y vivamos como amigos (cf. Jn 15,14-15).

La vida, sin embargo, nos arrastra con mil problemas, mil angustias, mil miedos, mil placeres que llegan y que pasan. Estamos más preocupados por el trabajo o por la pintura del techo que por lo que le ocurre a nuestro Amigo.

Jesús, sin embargo, mantiene su mano tendida, su Corazón abierto, su mirada llena de cariño. Sabemos que nos espera, con una presencia humilde y acogedora, en la Eucaristía. Sabemos que anhela perdonarnos en el encuentro de la misericordia que se produce en cada confesión bien hecha.

Si dejamos un poco de espacio a su amor de Amigo, si le abrimos, aunque sea una simple rendija, la puerta del alma, entrará con gusto. Así podremos cenar juntos (cf. Ap 3,20).

Es entonces cuando descubriremos que su presencia suaviza las penas, enciende alegrías, da fortaleza para afrontar una vida llena de sorpresas y de pruebas.

Tener a Cristo cerca cambia completamente la existencia humana. El mundo adquiere un color distinto. El que es verdadero amigo del Amigo eterno entiende pronto que hemos nacido para Él, y que nuestro corazón, como el de san Agustín y el de tantos santos del pasado y del presente, sólo podrá estar tranquilo y sereno cuando lo encontremos.

Uno de los amigos de Jesús, Robert Benson, escribió, hace ya muchos años, unas líneas poéticas que reflejan lo que significa encontrarse con el Señor, en la intimidad alegre del amor verdadero. Llevan como título Así es mi amigo.

Te diré cómo le conocí:
había oído hablar mucho de Él, pero no hice caso.
Me cubría constantemente de atenciones y regalos, pero nunca le di las gracias.
Parecía desear mi amistad, y yo me mostraba indiferente.
Me sentía desamparado, infeliz, hambriento y en peligro, y Él me ofrecía refugio, consuelo, apoyo y serenidad; pero yo seguía siendo ingrato.
Por fin, se cruzó en mi camino y, con lágrimas en los ojos, me suplicó:
ven y mora conmigo.
Te diré cómo me trata ahora: satisface todos mis deseos.
Me concede más de lo que me atrevo a pedir.
Se anticipa a mis necesidades.
Me ruega que le pida más.
Nunca me reprocha mis locuras pasadas.
Te diré ahora lo que pienso de Él:
es tan bueno como grande.
Su amor es tan ardiente como verdadero.
Es tan pródigo en Sus promesas como fiel en cumplirlas.
Tan celoso de mi amor como merecedor de él.
Soy su deudor en todo, y me invita a que le llame amigo
.

(Robert Benson, “La amistad de Cristo”).

Padre, Hijo y Espíritu Santo


Autor: P. Alberto Ramírez Mozqueda | Fuente: Catholic.net
Padre, Hijo y Espíritu Santo
Vivir inmersos en ese Amor de Dios manifestado en su Hijo y en el Espíritu Santo
Padre, Hijo y Espíritu Santo

El espejo es implacable con nuestra belleza y nuestras imperfecciones. A todos podemos engañar, menos al espejo… y a Dios.

Podemos disimular, podemos recubrir las cicatrices, podemos usar los mejores ungüentos, las mejores pinturas, podemos poner aspecto juvenil con ropa nueva, con un nuevo peinado, con unos buenos lentes, podemos sonreír a diestra y siniestra, pero a la hora de la verdad, al enfrentarnos al espejo, todo eso pasa y nos encontramos la figura y la imagen de nosotros mismos ante quien no podemos definitivamente fingir ni disimular. Y el espejo es implacable con el paso del tiempo. Algún día llega en que nos volvemos irreconocibles a nosotros mismos, pues hicieron presencia las arrugas y las canas, y llegamos a preguntarnos: ¿Este soy yo? ¿Tanto tiempo ha pasado? ¿Verdaderamente éste soy yo?

Pero además de reflejarnos a nosotros mismos el espejo nos revela la semejanza y el parecido con nuestros progenitores. Somos figura de nuestros padres. De esa misma manera, el espejo nos tendría que decir que cada día nos parecemos más a Dios si en verdad somos imagen y semejanza suya. Cada día tendríamos que parecernos más a Dios si en verdad somos hijos suyos.

Tendremos que reflejar en nuestro rostro y en nuestra vida la creatividad, el ingenio, la alegría, el amor para mejorar este mundo maravilloso y encantador en el que nos ha tocado vivir, y emplear toda nuestra capacidad para mejorar este mundo que salió bello y armónico de las manos de Dios. Somos hechura del Padre que se complació en nosotros e hizo este mundo bello como el teatro en que tenemos que ir realizando nuestro papel cocreador con nuestro Dios, engendrando un mundo en que la armonía entre las cosas y los seres humanos sea la nota distintiva, empleando toda nuestra capacidad para desterrar la basura, el desorden, el destrozo de la naturaleza, y realzar la armonía entre los mismos seres humanos, que tenemos entre otras muchas cosas bellas que Dios nos ha dado, la capacidad de engendrar nuevos seres para este mundo. No le tengamos miedo a la vida. Es el distintivo de nuestro Creador y tiene que ser también el distintivo de los humanos. Cuando viene la primavera los tallos de las plantas que habían estado inactivos, como muertos, cobran nueva vida y aparecen los botones y enseguida las flores vario-pintas y fragantes. Así tiene que ser la primavera de nuestra vida que se prolonga de día en día.

Pero también tenemos que parecernos cada día un poquito más a Cristo el Señor, a Jesús, al Salvador, al Hijo de Dios, que tiene su delicia estar con los hombres, hermanarlos, hacerlos una sola familia, acercarlos los unos a los otros, de manera que las barreras que nos dividen, el color, la raza, el dinero, las comodidades, los bienes materiales nos lleguen a parecer ridículos y tendamos puentes para que la miseria, los vicios, los crímenes, las violaciones, la maldad, la división y la muerte se nos conviertan en cosa del pasado. Parece difícil, ¿pero no nos dijo Jesús: “Yo estaré todos los días con ustedes hasta el fin del mundo?” ¿A qué tenerle miedo? Aún un vaso de agua dado en el nombre de Jesús no quedará sin recompensa, ¿qué pasará si empeñamos toda nuestra vida en lograr la unidad y la paz entre todos los hombres?

Pero ya que hemos seguido esta línea, algo que siempre denotará nuestro espejo invisible, será el amor con que Dios nos ha adornado, y que tendrá que ser perfectamente reconocible cuando nos presentemos al tribunal de Dios. Y no tendrá que ser cualquier amor, hecho según las dimensiones del corazón humano, sino el Amor mismo de Dios manifestado en la persona de Cristo Hijo de Dios que se entregó por nosotros y también por el Espíritu Santo de Dios al que llamamos el Espíritu de Amor, y que se refleja en cada uno de los que nos rodean, sobre todo en los más pequeños: “Todo lo que hiciste con el más pequeño de mis hermanos a mí me lo hiciste”, nos dice Jesús. Ver a Jesús en los pequeños, en los pobres, en los necesitados hasta verlos como mis propios hermanos, será fruto de la presencia del Espíritu Santo en nosotros, y así seremos más parecidos al Dios que nos ha dado la vida.

Por cierto, al llegar a este punto, debo decirles que estamos celebrando la Fiesta de la Santísima Trinidad, ante la que no caben sino dos actitudes: en primer lugar, la contemplación, la acción de gracias, la alabanza, la alegría por Dios que se nos ha manifestado en su intimidad porque nos quiere y nos ama, y segundo, una vida nueva, de entrega, de generosidad, de amor a todos los que nos rodean y a todo lo que nos rodea, pretendiendo vivir inmersos en ese Amor de Dios manifestado en su Hijo y en el Espíritu Santo, hasta ser como los pececillos en el agua.

Felicidades, Oh Trinidad Santa, Oh Trinidad inmaculada, Felicidades Oh Dios Creador, Felicidades Oh Espíritu de Amor, Felicidades Oh Jesús, Hijo de Dios que nos has metido a la inmensidad del Amor de nuestro Dios, hasta lanzarnos la invitación a vivir en ese seno de amor y de esperanza.

Felicidades a todos mis amigos, porque en cada uno de ustedes veo el rostro de mi Señor, de mi Creador, del Dios que nos ama a todos con locura.

Fraternidad: Icono de la Trinidad


La fraternidad, el mejor icono de la Trinidad

Al monje pintor ruso Andrés Roublev le pidieron que decorase una iglesia de la Trinidad, en pleno siglo XV, cuando toda la población vivía en un clima de guerra e invasiones de los tártaros, en medio de fuego, hambre y matanzas.

El iconógrafo Roublev no pintó el Juicio final, que tal vez habría sido lo más cercano a la realidad que el pueblo vivía, sino el icono de la Trinidad. Los tres misteriosos ángeles que visitan a Abraham y Sara junto a la encina de Mambré (/Gn/18/01-15), son representados como símbolo de la Trinidad. En una atmósfera de profunda serenidad, las tres figuras, esbeltas y alargadas, iguales en sus colores básicos (azul y dorado) y diferentes en sus posturas y colores propios, centran su atención sobre una mesa, donde hay un cáliz con un cordero degollado. Es la Trinidad, que se abre al mundo creado.

En un clima de comunión y de mutua circularidad entre los tres personajes, el ángel pintado en el centro del icono , con su túnica roja, color de sangre, representa al Hijo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Toda la Trinidad es un diálogo de amor sobre la salvación y la vida que el Hijo va a derramar sobre el mundo, creado por amor. El Padre envía al Hijo, el Espíritu fecundará y hará posible esta misión audaz: el Hijo se hace hombre y entra en nuestra historia como primogénito de muchos hermanos (Rm 8, 29), para reunir a los hijos de Dios dispersos por el pecado y la división (Jn 11, 51-52), para superar la división de Babel (Gn 11).

En el icono de Roublev, junto al Hijo hay una viña, símbolo del árbol de la vida y de la cruz, vid verdadera que da vida al mundo.

Junto al Espíritu hay una roca, símbolo de la nueva creación, que tiene que pasar del caos a una nueva tierra. Junto al Padre hay una edificación: la casa del Padre.

Del Padre surge la creación y la vida; a la casa del Padre retorna todo. El Padre es la raíz última de toda fraternidad, de quien procede toda paternidad y fraternidad en la tierra, de quien toma su nombre toda familia en el cielo y en la tierra (Ef 3,14-15).

Este icono de Roublev nos muestra de forma gráfica, como evangelio en color, la raíz última de toda fraternidad: el misterio de comunión de la Trinidad; una verdadera ecología divina de la fraternidad que brota de la casa del Padre.

Si somos hermanos, es porque tenemos un Padre común al que podemos llamar «Padre Nuestro». Si somos hermanos, es porque tenemos una casa común.

VÍCTOR Codina

SAL TERRAE 1994, 9

http://www.mercaba.org

Fiesta de la Santísima Trinidad


Puede extrañar que se haya instituido una fiesta específica en honor de la Santísima Trinidad. Hay peligro de que esta fiesta parezca una abstracción. En efecto, la teología latina presenta la Trinidad de un modo bastante metafísico, precisando los conceptos de Persona y Naturaleza. Tres personas distintas con una personalidad completa, pero una sola naturaleza divina. Por muchos esfuerzos que se haga, esto sigue siendo muy abstracto. Pues bien, la liturgia, lo mismo la latina que la oriental, no cesa de mostrar la actividad de las Tres Personas divinas en la obra de la salvación y la reconstrucción del mundo. Pero la teología griega tiene la prerrogativa de exponer de una manera vital lo que es la Trinidad.

De tal modo ama el Padre al mundo que, para salvarlo, envía a su Hijo que da su vida por nosotros, resucita, sube al cielo y envía al Espíritu. El Padre traza en nosotros la imagen de su Hijo, de manera que al vernos, ve en nosotros a su propio Hijo. Esta visión de la Trinidad, denominada “económica”, nos permite situar mejor la Trinidad y situarnos mejor nosotros con respecto a ella, haciendo que entendamos mejor cómo el bautismo y toda nuestra actividad cristiana nos insertan en esta Trinidad que no es una mera abstracción.

La misma prerrogativa tiene la liturgia: mostrarnos la actividad de las Personas divinas. Tanto la liturgia sacramental como la eucológica, ya desde los primeros tiempos de la Iglesia, hacen hincapié en la actividad de la Trinidad o en nuestra alabanza en su honor. Así lo hacen las doxologías, como el Gloria Patri…, algunos himnos antiguos tales como el Gloria in excelsis, el Te Deum, etc. Aunque en el siglo IX encontramos iglesias dedicadas a la Trinidad, como en el caso del monasterio de san Benito de Aniano, aunque se tiene un oficio debido a Esteban, obispo de Lieja (+920), que compuso un oficio votivo en honor de la Trinidad, nada encontramos acerca de la institución de una fiesta. Sin embargo, en el año 1030 encontramos establecida una fiesta de la Trinidad, el primer domingo después de Pentecostés, que no tarda en extenderse. El que conozcamos el hecho mejor que sus orígenes, se debe a la oposición con que tropieza, hasta llegar a oponerse a dicha fiesta el propio Papa Alejandro II (+1181). A pesar de todo, la fiesta sigue celebrándose y gusta cada vez más a los fieles, tanto que el Papa Juan XXII la aprueba en 1334 y extiende su celebración a la Iglesia universal, quedando fijada en el domingo después de Pentecostés.

Cabría pensar que, al cerrar con Pentecostés las solemnidades pascuales con la celebración del envío del Espíritu, se ha querido sintetizar la obra de las Tres Personas divinas después de haber venido celebrando su actividad de modo particular. Sin embargo, no todas las iglesias mantuvieron la fecha indicada, celebrando algunas de ellas esta fiesta el último domingo después de Pentecostés.

Hay que reconocer que una celebración de este género sólo podría tener cierto éxito en el momento en que se acentuaban la vida de la liturgia y la pérdida del sentido bíblico. Pues un estrecho contacto con la Escritura proclamada en Iglesia y con la liturgia, toda ella impregnada de la Trinidad y que a cada momento expresa la actividad de las Tres Personas, no habría provocado el deseo de una celebración que, por otro lado, no podía por menos de resultar grata a la mentalidad teológica de la época en que dicha celebración se universalizó. Sin embargo esta fiesta puede atraer nuestra atención durante todo el año sobre la Trinidad operante en toda celebración.

 

ADRIEN NOCENT

EL AÑO LITURGICO:

CELEBRAR A JC 5 TIEMPO ORDINARIO

SAL TERRAE SANTANDER 1982, p. 61 s.

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Domingo de la Santísima Trinidad

El domingo después de pentecostés se dedica a la Santísima Trinidad. Es el lugar más apropiado del año litúrgico para esta celebración. El papa san León, en sus sermones de pentecostés, gustaba detenerse a considerar la Trinidad. Y es lógico, puesto que por el Espíritu Santo llegamos a creer y a reconocer la trinidad de personas en el único Dios. Habiendo celebrado todos los misterios de Cristo, la Iglesia echa una mirada retrospectiva de agradecimiento a la obra completa de la redención. Desde la contemplación de las obras maravillosas de Dios nos volvemos a considerar la vida interna de la Divinidad.

Historia de la fiesta

Comenzó a celebrarse esta fiesta hacia el año 1000, tal vez un poco antes. Parece ser que fueron los monjes los que asignaron el domingo después de pentecostés para su celebración. Anteriormente existía misa votiva y oficio en honor de la Trinidad, pero no día de su fiesta como tal. Las iglesias diocesanas comenzaron a seguir el ejemplo de los benedictinos y los cistercienses, y, en los dos siglos siguientes, la celebración se extendió por toda Europa. Roma, siempre tan conservadora en cuestión de liturgia, tardó en admitir la nueva fiesta. Por fin, en 1334, el papa Juan XXII la introdujo como fiesta de la Iglesia universal.

El domingo de la Santísima Trinidad es de institución relativamente tardía, pero fue precedido por siglos de devoción al misterio que celebra. Tal devoción arranca del mismo Nuevo Testamento; pero lo que le dio especial impulso fue la lucha de la Iglesia contra las herejías de los siglos IV y V. El arrianismo negaba la divinidad de Cristo. En 325, el concilio de Nicea afirmó que Cristo es coeterno y consustancial con el Padre, y así condenó el arrianismo. Esto fue reafirmado en el concilio de Constantinopla, en 381, que declaró además que el Espíritu Santo es distinto del Padre y del Hijo, pero consustancial, igual y coeterno con ellos.

Significado de la fiesta

El objeto de la fiesta no es una realidad abstracta. Lo que adoramos es el Dios vivo, el Dios en que vivimos, nos movemos y existimos. Las personas divinas de la Trinidad no son extrañas. Por el bautismo participamos en la vida de Dios; entramos en relación personal con el Dios uno y trino. La gracia bautismal nos incorpora a Cristo, nos llena con su Espíritu, nos hace hijos de Dios. En una meditación sobre la Trinidad, santo Tomás de Aquino afirma que por la gracia no sólo el Hijo, sino también el Padre y el Espíritu Santo vienen a morar en la mente y el corazón. El Padre viene fortaleciéndonos con su poder; el Hijo, iluminándonos con su sabiduría; el Espíritu Santo, con su bondad llena de amor nuestros corazones.

La Santísima Trinidad es ciertamente un misterio, pero un misterio en el cual nosotros estamos inmersos. Es un océano que no podemos esperar abarcar en esta vida. Incluso la eternidad entera será insuficiente para agotar sus riquezas. A la luz de la gloria veremos a Dios cara a cara; pero no será una visión estática, sino una exploración sin fin.

¿De qué manera hemos de aproximarnos a este misterio? ¿Comenzaremos por la unidad de naturaleza o por la trinidad de personas? Probablemente nos inclinaremos a comenzar por lo primero. Durante siglos la enseñanza de la Iglesia ha acentuado la unidad del ser. Así se hacía también en la catequesis popular. Una oración popular irlandesa, traducida por Tomás Kinsella, ilustra esta idea:

Tres pliegues en una sola tela,

pero no hay más que una tela.

Tres falanges en un dedo,

pero no hay más que un dedo.

Tres hojas en un trébol,

pero no hay más que un trébol.

Escarcha, nieve, hielo…,

los tres son agua.

Tres personas en Dios

son asimismo un solo Dios.

En contraste con esta idea podemos considerar el famoso icono ruso de la Trinidad pintado por Rublev. Representa la escena descrita en Gén 18,1-18 en la que Yavé se aparece a Abrahán bajo la forma de tres ángeles. Es éste un hermoso retrato místico de la Trinidad, en el que la distinción de las personas y sus relaciones mutuas se transmiten utilizando gran delicadeza de colores y formas.

El padre Cipriano Vagaggini, en su gran obra Las dimensiones teológicas de la liturgia, sostiene esta última aproximación, que, según él, es más escriturística y tradicional. Se comienza, dice, por la trinidad de personas. Así se encuentra básicamente en la liturgia, como se desprende de la Escritura y de los más antiguos padres de la Iglesia. Las polémicas antiarrianas de lo s siglos IV y V cambiaron este punto de vista, ya que se juzgó sumamente necesario acentuar más y más la unidad de naturaleza de la Divinidad. Esto tuvo como resultado que la distinción de personas retrocediera, en cierta medida, a un segundo término de la consciencia cristiana. En su nueva forma, la fiesta de la Santísima Trinidad tiende, en cierto modo, a restablecer un equilibrio.

Según el punto de vista escriturístico y litúrgico, el centro del interés no es tanto la Santísima Trinidad en sí misma cuanto en sus relaciones con el mundo y la historia sagrada. Se intenta determinar cuál es el papel específico de cada una de las personas divinas en la historia de la salvación. Esa historia abraza la vida de cada uno de nosotros. El padre Vagaggini ha pergeñado una fórmula para expresar la forma en que el Dios uno y trino actúa fuera de sí mismo:

 

Todo bien nos viene del Padre, por mediación de su Hijo encarnado, Jesucristo, por medio de la presencia del Espíritu Santo en nosotros; y del mismo modo, por la presencia en nosotros del Espíritu Santo, a través de la mediación del Hijo de Dios encarnado, Jesucristo, todo retorna al Padre.

 

Este modo de considerar la Trinidad puede decirse más dinámico, comparado con el otro, que era más estático. Es como un proceso de vida y movimiento. La Trinidad no es una realidad remota y abstracta, algo que está “ahí fuera”. Está mucho más aquí, abrazando y penetrando mi vida. Para san Pablo y los otros escritores del Nuevo Testamento, la vida cristiana y moral es profundamente trinitaria hasta la médula. Todo cuanto tenemos lo recibimos del Padre, que es la fuente de nuestro ser; pero lo recibimos por Jesucristo, nuestro mediador. El Espíritu Santo es quien nos une a Cristo, y sin él no podemos acercarnos al Padre ni volver a él como a nuestro fin último.

 

La liturgia

Consideremos ante todo la Liturgia de las horas. El texto escriturístico del oficio de lecturas es de la primera carta de san Pablo a los Corintios (2,1-16). Bien elegido para introducirnos en el meollo de esta celebración, san Pablo habla de “una sabiduría divina, misteriosa, escondida”, que se le ha encomendado impartir. Nos insinúa cosas que Dios nos ha revelado a través del Espíritu, “pues el Espíritu lo escudriña todo, aun las profundidades divinas”.

Podemos recordar aquí nuestra analogía del océano. La naturaleza divina es como un mar profundo, insondable para la mente humana. Pero el Espíritu Santo, que está en nosotros, es como un buceador que penetra las profundidades y nos revela sus misterios. Por la luz del Espíritu Santo y por la revelación de Jesús se nos da un indicio del misterio, porque, como dice el Apóstol concluyendo este pasaje, “nosotros tenemos la mente de Cristo”.

La lectura patrística es de san Atanasio. Este padre de la Iglesia es un testigo auténtico de la fe católica. Defendió la ortodoxia católica contra el arrianismo y otros errores, y jugó un papel preponderante en los concilios que definieron las doctrinas verdaderas de la encarnación y la trinidad. Sufrió persecución y exilio por su fe. En esta lectura, el santo describe la luz, esplendor y gracia en la Trinidad y desde la Trinidad. Por eso nos dice: “Como la gracia se nos da por el Padre, a través del Hijo, así también no podemos recibir ningún don si no es en el Espíritu Santo, ya que, hechos partícipes del mismo, poseemos el amor del Padre, la gracia del Hijo y la comunión del Espíritu Santo”. En términos similares exclama una de las antífonas: “El Padre es amor, el Hijo es gracia, el Espíritu Santo es comunión, oh santa Trinidad”. El responsorio de la primera lectura contiene la oración de san Pablo del capítulo primero a los Efesios: “El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, nos dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo”. Nada hay tan misterioso como la Trinidad; y, sin embargo, no estamos completamente a oscuras. Tenemos la revelación de Jesús, la luz del Espíritu Santo y el magisterio de la Iglesia. Con fe y humildad podemos también investigar este misterio.

Los textos de la misa declaran no lo que Dios ha ocultado al hombre, sino lo que le ha revelado. A través de las Escrituras aprendemos quién es Dios. Es un Dios de amor. En la lectura del Antiguo Testamento para el ciclo A tenemos la maravillosa revelación a Moisés en el monte Sinaí: “Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad”. En el evangelio de san Juan para el mismo ciclo, Jesús dice a Nicodemo: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”.

La vida de la comunidad cristiana debería ser un reflejo de la comunidad de vida de la Santísima Trinidad. En la segunda lectura del ciclo A, san Pablo exhorta a los corintios: “Tened un mismo sentir y vivid en paz, y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros”. Se da testimonio de Dios y se lo reconoce en las comunidades donde hay unidad de mente y corazón y se practica la tolerancia. San Pablo cierra su exhortación con una bendición hermosa: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con todos vosotros”.

También se encuentra en la misa el tema de la revelación. La oración colecta nos indica que por Jesucristo y por su Espíritu se nos da la capacidad de conocer los misterios de la vida de Dios. El prefacio, que es la fórmula más antigua de esta misa (del siglo V o del VI), declara: “Lo que creemos de tu gloria, porque tú lo revelaste, lo afirmamos también de tu Hijo y también del Espíritu Santo”.

Creemos en un Dios, pero nuestro Dios no es solitario ni aislado. Es un Dios que desea compartir su vida; es pura bondad, y la propiedad de la bondad es comunicarse. El creó el universo e hizo al hombre a su imagen y semejanza. Entró en diálogo con sus criaturas, eligió a Israel y estableció con él una alianza. Por eso Moisés pregunta en la lectura del Deuteronomio (ciclo B): “¿Hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo…? ¿Algún dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras?”

No, no es un Dios remoto. En la lectura del libro de los Proverbios (ciclo C), la sabiduría personificada grita: “Yo estaba junto a él, como aprendiz, yo era su encanto cotidiano, todo el tiempo jugaba en \\’su presencia: jugaba con la bola de la tierra, gozaba con los hijos de los hombres”. Dios está tan cerca de nosotros, por su Espíritu, que bien podemos gritar: “Abba, Padre” (lectura segunda, ciclo B); su amor ha sido derramado en nuestros corazones por ese mismo Espíritu (lectura de la carta a los Romanos, ciclo C).

Vincent Ryan

Pascua, Fiestas del Señor

Paulinas, Madrid-1987, págs. 98-105

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Para la oración Litúrgica

SANTÍSIMA TRINIDAD

La solemnidad de la Santísima Trinidad nos remonta a la intimidad de Dios a partir de la historia de la salvación. La exclamación de quien ha vivido la Pascua paso a paso sólo puede ser esta: «Bendito sea Dios Padre, y su Hijo Unigénito, y el Espíritu Santo, porque ha tenido misericordia de nosotros». Es desde la realidad del obrar amoroso de Dios que necesitamos decir cordialmente: «Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo».

Pensar que uno está simplemente ante un misterio alambicado supone una visión equivocada teológicamente. En realidad, el discurso teológico debe encajar perfectamente con la contemplación y la acción de gracias. Leo que «el origen de esta confesión no son especulaciones ajenas al mundo. Al contrario, procede de la experiencia de Jesucristo y de su Espíritu, que sigue actuando en la Iglesia. El mismo mandato del bautismo, en boca del Señor resucitado, recoge la revelación de Dios Trino: «Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19)». Y en otro lugar: «En definitiva, la confesión de un Dios trino no es más que un desarrollo de la expresión: «Dios es amor» (1 Jn 4, 8. 16b)».

Admirable misterio

La oración colecta describe así el itinerario de la salvación: «Dios, Padre todopoderoso, que has enviado al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio». La petición es esta: «concédenos profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su unidad todopoderosa».

Sitúese hoy la meditación ante el misterio. Misterio implica las intervenciones de Dios en la instauración de su reino, su sabiduría escondida pero manifestada en Cristo. Misterio revelado que es la amistad de Dios comunicándonos su intimidad. Por ello adoramos el misterio y lo sentimos vivo en nosotros, hechos hijos de Dios en el bautismo que recibimos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La Iglesia, en efecto, ha conocido la Trinidad a través de la economía de la salvación. Por la revelación clarísima del mismo Cristo que transparentaba en su vida la vivencia de esta realidad.

Este misterio es llamada a los hombres para participar en él. Se lee en el catecismo del episcopado francés: «El Dios Trinidad se revela para comunicarse. Dios nos introduce en su propia vida de comunión. El amor es la razón esencial y el cumplimiento total de nuestra existencia humana. Así es la salvación. Dios Padre engendra a su Hijo que, tomando carne de la Virgen María, le permite darse hijos; envía también el Espíritu de amor para hacernos vivir su propia vida. Por el bautismo, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, devenimos hijos adoptivos del Padre (cf. Rm 8,1 S), hermanos del Hijo (cf. Rm 8, 29) y templos del Espíritu Santo (cf.1 Co 6,19). Lo que vale para cada uno de nosotros vale para la Iglesia entera, «pueblo que saca su unidad de la unidad del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo» (LG 4, citando a san Cipriano). Por esta razón la liturgia hacer remontar la plegaria al Padre, por el Hijo en el Espíritu».

La petición de la colecta merece ser considerada. No es poco pedir el profesar la verdadera fe. La fe es verdad. Por ello mismo debe ser una fe correcta, ortodoxa, garantizada. ¡No faltaría más! Una fe no correcta es mucho más difícil y aleja del verdadero Dios. Debe ser así porque la fe, estallando en la visión del Dios verdadero, debe brindar coherencia total y absoluta con lo que es el mismo Dios. Profesar la fe verdadera es un don y al mismo tiempo debe ser la dinámica de nuestra inteligencia en la búsqueda de esta fe.

Hay también la demanda de conocer la gloria de la eterna Trinidad. La gloria de Dios es Dios mismo en tanto que se manifiesta. Miremos la espléndida manifestación recapitulada en esta solemnidad. Gloria que está también en nosotros. Nosotros somos gloria de Dios. Lo reconocemos. Y la cantamos con una conciencia agradecida y comprometida. Porque la gloria suscita una respuesta de oración y de vida.

La tercera realidad suplicada es adorar la unidad todopoderosa. Es nuestro deber. Hay que hacerlo en espíritu y en verdad. Es el preámbulo de lo que será el quehacer siempre nuevo en el cielo. Implica el total sometimiento al querer de Dios.

El salmo responsorial -sirva aquí de inclusión- hace cantar. «¡Señor, dueño nuestro, que admirable es tu nombre en toda la tierra!»

 

El camino hacia Dios

La marcha hacia Dios, en expresión paulina, la hacemos por «medio de Cristo, en el amor derramado en nuestros corazones por el Espíritu». Asoma aquí el tema de la justificación por la fe y se muestra como, por Cristo, tenemos la paz con Dios. Hay gracia del Señor y una gran esperanza desde nuestra filiación divina. Un hijo no puede hacer otra cosa que esperarlo todo del Padre. Con verdadera razón, si uno tiene bien grabada en el alma que la obra de la salvación ha sido el actuar del corazón de Dios todopoderoso. Siendo esto así, somos capaces de acoger las tribulaciones con la seguridad de que son engendradoras de constancia, la cual a su vez es causa de verdadera virtud por el mismo hecho de ser probada. El Espíritu nos asegura que la esperanza cristiana no defrauda, sino que es la mejor áncora para sostenerse en medio del mar de la vida.

Jesús, en el evangelio, habla del misterio trinitario en términos muy vitales. La comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu es plena. Es de tal modo, que la Trinidad deviene modelo de la misma Iglesia. En efecto, su misterio se enraíza en el de la Santísima Trinidad. El lenguaje sobre Dios trino manifiesta como esta verdad es verdad de vida. Y llega a conmovernos, puesto que nos hace valorar el fundamento vital de nuestra existencia cristiana como hijos de Dios en la Iglesia.

Una plegaria

Recitar pausadamente el «Gloria al Padre» o el «Gloria a Dios en el cielo» o el «Credo».

 

J. GUITERAS

ORACIÓN DE LAS HORAS 1992, 5. Pág. 149 ss.

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A los necesitados de luz y consolación


Autor: P Evaristo Sada LC | Fuente: http://www.la-oracion.com
A los necesitados de luz y consolación
Qué saludable es sentirnos vulnerables y que no nos dé vergüenza reconocerlo. Y luego, tener la humildad y el valor de pedirle a Dios consolación y fortaleza.
A los necesitados de luz y consolación

Me ha llamado la atención la cantidad de personas que busca en internet “frases de consolación”. De las personas que llegan a este blog a través de búsquedas en Google, que es el 40% de las visitas diarias, la búsqueda de mayor impacto es “frases de consolación”. Está claro, en la vida hay sufrimiento y agradecemos aquello que contribuya a disminuir la intensidad de una pena.

Es saludable reconocernos vulnerables

Todos o casi todos conocemos el sufrimiento físico y moral, el peso profundo del propio pecado, la oscuridad del misterio de Dios, la incógnita del futuro, lo difícil que es encajar el sufrimiento en la familia, la soledad, la enfermedad, la traición, las humillaciones, la incomprensión de los seres queridos, etc. Así es la condición humana. Así es la vida… Por eso buscamos consolación. Esta vida es maravillosa pero tiene luces y sombras.

Qué saludable es sentirnos vulnerables y que no nos dé vergüenza reconocerlo. Y luego, tener la humildad y el valor de pedirle a Dios consolación y fortaleza.

El consolador tiene un nombre

Jesucristo, al volver al Padre, no quiso dejarnos solos; vio que necesitaríamos compañía y consuelo para nuestra peregrinación camino al cielo. ¿Qué fue lo último que hizo en su vida terrena? Expiró. Exhaló el Espíritu”, refiere san Mateo. (Mt 27, 50) Nos dejó su Espíritu.

“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de Verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce” (Jn 14,16) “Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuese, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré” (Jn 16,7).

Lo más común en la oración es dirigirse a Dios Padre y a Dios Hijo. Al Espíritu Santo se le llama “el Gran Desconocido”. Pero Jesucristo le llamó: “Paráclito”, que significa “Consolador”. Esa consolación que tanto buscamos tiene un nombre: Espíritu Santo. La consolación, más que un estado anímico, es el fruto de una presencia, la presencia de una Persona: la tercera persona de la Trinidad.

Cuando el Espíritu Santo se derrama sobre nosotros y nosotros lo acogemos como el “dulce huésped del alma” y somos fieles a sus inspiraciones, Él va produciendo sus frutos. Su presencia se demuestra con frutos. El don de Consolación abarca toda la realidad que Pablo enumera cuando habla de los frutos del Espíritu: caridad, gozo, paz, paciencia, afabilidad, bondad, longanimidad, fidelidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, castidad. (cf Gál 5, 22-23) Por eso, si buscamos consolación, debemos acudir a la fuente y origen de todo consuelo.

El inicio de la meditación diaria

La meditación diaria se inicia con la invocación al Espíritu Santo, para pedir luz y consuelo. Les comparto las dos invocaciones al Espíritu Santo que yo utilizo al comenzar mi meditación. Con mi comunidad canto el Veni Creator. Cuando estoy solo me gusta cantar interiormente el himno Veni Sancte Spiritus, que es un himno de consolación.

Si te sucede que al leer este himno del Espíritu Santo dices: “ya lo conozco” o “ya lo leí”, y vas adelante con otra cosa, te sugiero hacer un alto y reflexionar. El hombre de oración o que quiere progresar en la oración, gusta y saborea estas cosas. Cada vez que entra en contacto con ellas se detiene y las disfruta. Si tu oración suele ser cerebral, tal vez pases adelante. Si tu oración es más contemplativa, podrás disfrutarlo más, saboreándolo interiormente. No se trata de saber o de conocer, sino de gustar interiormente las cosas del espíritu. ¡Que lo disfrutes

Ven, Espíritu Santo,
y envía desde el cielo
un rayo de tu luz.

Ven, Padre de los pobres;
ven, dador de las gracias;
ven, lumbre de los corazones.

Consolador óptimo,
dulce Huésped del alma,
dulce refrigerio.

Descanso en el trabajo,
en el ardor tranquilidad,
consuelo en el llanto.

O Luz santísima,
llena lo más íntimo
de los corazones de tus fieles.

Sin tu ayuda,
nada hay en el hombre,
nada que sea inocente.

Lava lo que está manchado,
riega lo que es árido,
cura lo que está enfermo.

Doblega lo que es rígido,
calienta lo que es frío,
dirige lo que está extraviado.

Concede a tus fieles
que en ti confían,
tus siete sagrados dones.

Dales el mérito de la virtud,
dales el puerto de la salvación
dales el eterno gozo.

El Misterio de la Santísima Trinidad


Ricardo Sada Fernández

¿Por qué es un Misterio? ¿Es verdad que el hombre no puede llegar a comprenderlo? Un breve artículo para conocer la explicación que da la teología al respecto.
Muy conocida es la anécdota de la vida de San Agustín cuando, meditando cierto día sobre el misterio de la Santísima Trinidad, se encontró a un niño que pretendía con una concha vaciar el mar en un pequeño agujero. Dios le daba a entender así la desproporción de querer penetrar en la profundidad de Sus Misterios con la capacidad de una mente creada.

Hay un límite a lo que la razón humana -aun en condiciones óptimas- puede captar y entender. Dado que Dios es un Ser infinito, ningún intelecto creado, por dotado que esté, puede abarcar su insondable grandeza.

La más profunda de las verdades de fe es ésta: habiendo un solo Dios, existen en Él tres Personas distintas -Padre, Hijo y Espíritu Santo-. Hay una sola naturaleza divina, pero tres Personas divinas. En lo creado, a cada “naturaleza” corresponde siempre una “persona”. Si hay cuatro personas en una oficina, cuatro naturalezas humanas están presentes; si sólo está una naturaleza humana presente, hay una sola persona. Así, cuando tratamos de pensar en Dios como tres Personas con una y la misma naturaleza, nos encontramos como dando de topes contra la pared.

Aunque esta verdad (y otras que después veremos) no quepan dentro de lo limitado de nuestras facultades, no por eso dejan de ser verdades y realidades. Las creemos no porque las descubra la razón, sino porque Dios nos las ha manifestado, y Él es infinitamente sabio y veraz. Para captarlas mejor tenemos que esperar a que Él se nos manifieste del todo en el cielo.

Sin embargo, los teólogos se han esforzado para explicarnos algunas cosas. Nos dicen que la distinción entre las tres Personas divinas se basa en la relación que existe entre ellas. Veamos cómo razonan.

En primer lugar, consideremos a Dios Padre. Éste, con su infinita sabiduría, al conocerse a Sí mismo, formula un pensamiento de Sí mismo. Tú y yo, muchas veces, hacemos una cosa parecida. Cuando piensas en ti (o yo en mí), lo que haces es formarte un concepto sobre el propio yo “Juan López”, o “María Pérez”, es decir, “aquello que eres tú para ti mismo”.

Sin embargo, hay una diferencia muy grande entre nuestro propio conocimiento y el de Dios sobre Sí mismo. Nuestro conocimiento propio es imperfecto, incompleto (“nadie es buen juez en causa propia”). E incluso, si nos conociéramos perfectamente, -es decir, si nuestro concepto sobre el propio yo fuera una clarísima reproducción de nosotros mismos-, tan sólo sería un pensamiento que no saldría de nuestro interior, sin existencia independiente, sin vida propia. El pensamiento cesaría de existir, aun en mi mente, tan pronto como volviera mi atención a otro asunto.

Tratándose de Dios, las cosas son muy distintas. Su pensamiento sobre Sí mismo es perfectísimo: abarca completamente todos y cada uno de los aspectos de su infinitud. Pero un pensamiento perfectísimo, para que de verdad lo sea, ha de tener existencia propia (si puede desaparecer, le faltaría esa perfección). Tal fuerza tiene Su pensamiento, es tan infinitamente completo y perfecto, que lo ha re-producido con existencia propia. La imagen que Dios ve de Sí mismo, la Palabra silenciosa con que eternamente se expresa a Sí mismo, debe tener una existencia propia, distinta. A este Pensamiento vivo en que Dios se expresa a Sí mismo perfectamente lo llamamos Dios Hijo. Dios Padre es Dios conociéndose a Sí mismo; Dios Hijo es la expresión del conocimiento que Dios tiene de Sí. Por ello, la segunda Persona de la Santísima Trinidad es llamada Hijo, precisamente porque es generado por toda la eternidad, engendrado en la mente divina del Padre.

Además, como esa generación es intelectual, se le llama “Verbo” es decir, “Palabra”. Dios Hijo es la “Palabra interior” que Dios Padre pronuncia cuando su infinita sabiduría conoce su esencia infinita.

Aunque en este punto ya habremos tenido necesidad de poner a trabajar la mente un poco más que de ordinario, hagamos un esfuerzo adicional para ver cómo nos explican los teólogos la realidad del Espíritu Santo.

Dios Padre (Dios conociéndose a Sí mismo) y Dios Hijo (el conocimiento de Dios sobre Sí mismo) contemplan la naturaleza que ambos poseen en común. Al verse (estamos hablando, claro está, de modo humano), contemplan en esa naturaleza lo bello y lo bueno en grado infinito. Y como lo bello y lo bueno producen amor, la Voluntad divina mueve a ambas Personas a un acto de amor infinito, de la Una hacia la Otra. Ya que el amor de Dios a Sí mismo, como el conocimiento de Dios de Sí mismo, son de la misma naturaleza divina, tiene que ser un amor vivo. Este amor infinitamente perfecto, infinitamente intenso, que dimana eternamente del Padre y del Hijo es el que llamamos Espíritu Santo “que procede del Padre y del Hijo”. Es la tercera persona de la Santísima Trinidad. El Espíritu Santo es el “Amor Subsistente”, el “Amor hecho Persona”.

Tal es el misterio de la Santísima Trinidad: tres Personas distintas en un solo Dios verdadero.

El mayor misterio

Indudablemente, la Trinidad es un misterio. Si no se nos hubiera hablado de ella, jamás habríamos sospechado su existencia. Ahora que sabemos que existe, no podemos comprenderla. Aquel que tratara de penetrar este misterio sería como un pobre miope que tratara de divisar las costas africanas desde las brasileñas. No, no es posible penetrar las profundidades del Océano de la divinidad con nuestra limitada inteligencia.

Puede parecer digno a una mente contemporánea adoptar una actitud altiva contra el misterio, empuñar una maza y lanzarse, como un cruzado, a destrozar las vidrieras celestes tras las cuales se oculta. Ahora bien, ¿por qué no empezar la cruzada por la propia casa? Antes de que termináramos nuestra tarea en el mundo, la maza estaría rota, nuestro brazo agarrotado y nuestro espíritu lo suficientemente humillado como para comprender que el misterio nos rodea por todas partes, que no sólo se oculta tras los ventanales del cielo. ¿Qué sabemos, por ejemplo, de la electricidad, aparte de sus efectos? ¿Qué de las hondas hertzianas, aparte de que nos permiten oír la radio?…

Sabemos que una luz roja está compuesta de 132 millones de vibraciones por segundo, pero esto no nos sirve de mucho cuando la luz roja de un semáforo nos obliga a detenernos. Sabemos también que un cultivo desarrollado a partir del cerebro o de la médula espinal de un perro loco detiene la rabia, pero no sabemos por qué lo hace. Y así podríamos multiplicar los ejemplos. ¿No es, pues, un poco absurdo, que nos sorprendamos de que Dios pueda proponernos verdades que superan la capacidad de nuestro intelecto? ¿No hay rayos de luz invisibles para nosotros, sonidos inaudibles? Son limitaciones que aceptamos. Pues bien, con el intelecto ocurre lo mismo: hay verdades que no comprendemos, que no captamos, porque rebasan nuestra capacidad de conocimiento.

Dentro del misterio trinitario debemos estar prevenidos contra un error: el de pensar en Dios Padre como el que “apareció primero”, en Dios Hijo como el que vino después y en Dios Espíritu Santo como quien llegó al final. Los tres son igualmente eternos, ya que poseen la misma y única naturaleza divina; el Verbo de Dios y el Amor de Dios son tan sin tiempo como la Naturaleza de Dios. El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio de tres Personas co-iguales, co-eternas y consustanciales, realmente distintas, que tienen la misma naturaleza divina y constituyen un único y solo Dios.

No obstante, a cada Persona divina se le atribuyen ciertas actividades u obras, que parecen más apropiadas a la particular relación de tal o cual Persona divina. Por ejemplo, a Dios Padre se le adscribe la obra de la creación, ya que pensamos en Él como “el principio”, el arranque, el motor de todas las cosas. Como Dios Hijo es la Sabiduría o Conocimiento del Padre, le apropiamos las obras de sabiduría; es Él quien vino a la Tierra para mostrarnos la verdad. Por último, como el Espíritu Santo es el Amor Sustancial, le atribuimos las obras de amor, particularmente la acción santificadora de las almas.

Dios Padre es el Creador, Dios Hijo es el Redentor, Dios Espíritu Santo es el Santificador. Y, sin embargo, lo que Una Persona hace, lo hacen todas; donde Una está, están las tres.

El misterio de la Santísima Trinidad es el mayor misterio que existe. La fuente de la que procede nuestro conocimiento de él es la autoridad de Dios, porque sólo Él lo conoce y sólo Él podría revelarlo. Nos lo ha revelado y nuestras mentes se inclinan a Dios con gratitud. En ese misterio está la culminación de toda vida, su cima más alta y también sus raíces más profundas, el principio que es también la meta.
Dios escondido

Cuenta un autor inglés la anécdota de cierto muchacho, procedente de un arrabal de Londres, que fue a confesarse y redujo su confesión a lo siguiente: “Perdóneme, Padre, porque he pecado; he tirado piedras a los autobuses y no creo en el Espíritu Santo”. No sé si a alguien, pero a mí personalmente, nunca me ha asaltado la tentación de lanzar proyectiles a los autobuses y, por tanto, no puedo decir qué justificación tendría el penitente para esta conducta tan desconsiderada hacia la propiedad pública. Sí encuentro justificación, en cambio, para acusarme de no tener demasiada fe en el Espíritu Santo. Porque es, para mí y para el común de los católicos, “el Gran Desconocido”. Dios Padre es el Creador, el interlocutor del Padre Nuestro. El Hijo es, ni más ni menos, quien se hizo hombre para salvarnos. Pero, ¿qué sabemos del Espíritu Santo?

Por principio de cuentas, sabemos que es una de las tres Personas divinas que, con el Padre y el Hijo, constituyen la Santísima Trinidad. Sabemos también que se le llama Paráclito (palabra griega que significa “Consolador”). Se le llama además Espíritu de verdad, Espíritu de Dios, Espíritu de Amor. Sabemos también que llega a nuestra alma en el bautismo, y que continúa morando en ella mientras no lo echemos por el pecado mortal.

Y a esto se reduce el conocimiento del Espíritu Santo para muchos católicos, que les hace a no tener más que una somera comprensión del proceso interior de santificación que desarrolla, precisamente, el Espíritu Santo.

Hasta que Cristo la reveló, la existencia del Espíritu Santo -y, por supuesto, la de la Santísima Trinidad- era desconocida para la humanidad. Dios quería sobre todo insistir en la idea de Su Unidad, ya que los judíos estaban rodeados de naciones politeístas. Más de una vez dejaron el culto al Dios único, por la idolatría de los muchos dioses de su vecinos. En consecuencia, Dios, por medio de sus profetas, les inculcaba insistentemente la idea de Su Unidad. No complicó las cosas revelando al hombre pre-cristiano que hay tres Personas en Dios. Había de ser Jesucristo quien nos comunicara este maravilloso vislumbre de la íntima naturaleza divina.

Pues bien, ya que nosotros creemos en el Espíritu Santo, además del Padre y del Hijo, sería bueno que recordásemos qué queremos decir con esto. Quizá nos convenga no olvidar que el Espíritu Santo ha existido desde toda la eternidad, y la Trinidad no sería tal sin el Espíritu Santo. Remontémonos hasta el mismo inicio de todas las cosas, imaginemos a Dios existiendo fuera del tiempo, independiente de los mundos e incluso de los ángeles. Desde toda la eternidad ha habido una riqueza infinita de vida dentro de la simplicísima unidad de la Divinidad.

Explicábamos antes que Dios, el Padre, desde la eternidad ha dicho una Palabra; o, si queremos expresarlo de una manera más luminosa, ha producido un Pensamiento de Sí mismo. Cuando tú y yo pensamos, el pensamiento no tiene existencia alguna fuera de nuestras mentes; pero cuando la Mente eterna piensa en Sí misma, produce un Pensamiento tan eterno y tan perfecto como Ella, y ese Pensamiento es, como la Mente eterna, una Persona divina. Así que tenemos ya dos Personas dentro de la Santísima Trinidad: la Mente eterna y su eterno Pensamiento. Ahora bien, es imposible que esas dos Personas divinas existiendo juntas resulten mutuamente indiferentes: debe haber una actitud de la una hacia la otra, que no es difícil adivinar cual será: se amarán recíprocamente.

El Amor que brota tanto de la Mente eterna como de su eterno Pensamiento, como un lazo mutuo, es el Espíritu Santo. Por eso decimos que el Espíritu Santo “procede del Padre y del Hijo”. El es la respuesta consciente del Amor que surge entre ellos, que va del uno al otro.

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Misterio trinitario y espiritualidad cristiana

Toda la vida cristiana se edifica sobre un hecho fundamental: Dios se nos ha dado y nos invita a responder a su donación. Dios, Uno y Trino, nos crea, nos eleva al orden sobrenatural y nos lleva a la santidad, es decir, a conocer y participar de su vida trinitaria; esto no simplemente como algo de futuro sino como algo que comienza ya en la tierra con la infusión de la gracia santificante en el alma, infusión a la que Santo Tomás llama “nueva creación”.

La criatura elevada al orden sobrenatural, revestida por el don de la gracia que la asemeja a Dios, recibe en lo más profundo de su ser una disposición estable, como una nueva naturaleza, que le permite ser sujeto de acciones sobrenaturales. En virtud de ella se da una especial presencia de Dios en el hombre, a la que la teología llama “inhabitación”, por la que el hombre pasa a ser verdaderamente semejante a Dios y puede tratar con cada una de las tres Personas divinas individualmente (cosa que de hecho no puede hacer el hombre que no está en gracia). El hombre elevado por la gracia conoce y ama a Dios de modo semejante a como ƒl se conoce y ama a Sí mismo. Lo que caracteriza esa inhabitación es que Dios Trino no solamente está en nosotros sino que se da a nosotros para que podamos gozarle. ƒl es el principio mismo de nuestra vida interior, la causa eficiente y ejemplar de ella.

La vida espiritual aparece así en su auténtica dimensión: como el esfuerzo personal por ser consecuentes con la acción de Dios Trino en nosotros. Vida que pide docilidad al Esp. Sto., espíritu de oración y filiación, y aceptación positiva y alegre de la Cruz de Cristo. Los actos del cristiano tienen su más profundo valor en que verdaderamente conducen por Dios a ƒl mismo; de que están vivificados e impulsados por el Esp. Sto. y tienden a la semejanza con Cristo; de que, en definitiva, nacen y acaban en un encuentro personal con nuestro Padre Dios.

Cuando se guarda dentro de sí tesoro de tanto precio como la Santísima Trinidad, es menester pensar en ello con frecuencia; de esta consideración nacen tres afectos principales:

A. La adoración – ¿Cómo no dar gloria, bendecir y hacer acciones de gracias al huésped divino que hace de nuestra alma un verdadero santuario?

B. El amor – Dios, a pesar de su infinitud, baja hasta nosotros como el más amoroso padre hasta su hijo, ¿cómo no corresponder a su amor? Este amor será penitente, agradecido, de amistad y generoso.

C. La imitación – El amor nos llevará a la imitación de la Santísima Trinidad, según cabe a nuestra flaqueza.

 

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Dios Trinidad

AMOR-COMUNICACIÓN TOTAL

 

La Iglesia, la comunidad cristiana, tiene conciencia de que, si es verdad lo que el Nuevo Testamento dice, que Dios envió a su propio Hijo, que Dios habló por medio de su Palabra, que Dios se ha revelado en su imagen, quiere decir que Dios es una realidad comunicable. Los diversos títulos que se otorgan a Jesús expresan de diversas maneras que éste es comunicación de Dios. Como Hijo, es la comunicación de vida del Padre. Como Palabra, es la comunicación de sus designios. Como Imagen, es la comunicación de la estructura divina.

En estas expresiones hay una necesidad de expresar esta realidad: Dios no es alguien que no se comunica; no es alguien cerrado sobre sí mismo; no es alguien como estéril, muerto.

En los catecismos se decía: “Dios es el ser perfectísimo, absoluto, inmutable, simple, impasible”. La Biblia dice otra cosa: Dios es amor, Dios es comunicación, Dios es donación, Dios no es un absoluto autosuficiente y cerrado, sino que es un absoluto de comunicación.

Si Dios es comunicación, si Dios es un absoluto de amor, es el amor total, perfecto, la comunicación total, perfecta. El ama eternamente, se comunica eternamente, habla eternamente, se refleja a sí mismo eternamente. «Luz, resplandor de la Luz». Todas las otras expresiones del Credo son otra forma de decir esto mismo: que la realidad de Dios, por sí misma, es comunicación, amor, donación, manifestación. Y lo es por su misma esencia, por su misma manera de ser.

Nosotros no tenemos por esencia ser comunicación. Somos seres mezclados de comunicación e incomunicación. Somos espíritu y materia; somos amor y egoísmo; somos cerrados y abiertos. Por eso tenemos momentos de comunicación y momentos de no comunicación; tenemos momentos de palabra y momentos de silencio; momentos en que hacemos hijos y momentos en que no hacemos nada, sino más bien devoramos los hijos de los otros, y los propios; tenemos una imagen, pero la imagen no representa adecuadamente lo que somos, y no acabamos de ser capaces de representarnos. Si pudiéramos comprender lo que puede ser un amor total, alguien que es todo amor; una comunicación total, alguien que es todo comunicación; una palabra total, que expresara todo lo que hay, comprenderíamos qué es la Trinidad: Tres en una misma realidad comunicada totalmente.

Son Dios tanto el Uno como el Otro y el Otro. Porque cuando la comunicación es total, todo lo que tiene el Padre lo tiene el Hijo, y el Padre no se queda con nada que no le dé al Hijo. El Evangelio de San Juan subraya esto: “No tengo nada que el Padre no me haya dado”; «todo lo que tiene el Padre me lo ha dado a mí»; «el Padre y yo somos una misma cosa»; “quien me ve a mí, ve al Padre”.

Si pudiéramos imaginar un amor total, si pudiéramos darnos del todo al que amamos, de manera que yo fuese el otro, y el otro fuese yo, comprenderíamos lo que son el Padre y el Hijo y el Espíritu. El Padre es tan Dios como el Hijo, y el Hijo es tan Dios como el Padre; y el Espíritu que es la comunión que hay entre ambos, es tan Dios como el uno y el otro. No hay más. Es el amor total, la comunicación total.

Si, por un imposible, un papa dijese que dejáramos correr el creer en la Trinidad, tendríamos que dejar de creer en Dios. En un Dios que no sea Trinidad no se puede creer, porque sería un Dios cerrado sobre sí mismo; sería un Dios que no puede salir de sí mismo, que no puede interesar a nadie, que no puede entrar en relación, que no puede crear, porque ha de crear por su Palabra. ¿Por qué, hace unos años, estaba de moda hablar de la muerte de Dios? Porque un Dios que no sea Trinidad -y ahora la gente parece haber perdido el sentido del Dios trinitario, quizá porque no hemos sabido predicarlo- es un Dios que está muerto de hastío, de soledad, de esterilidad. Un Dios así no sabe qué hacer en toda la eternidad; es un Dios estéril que no puede hacer nada; no tiene actividad. Es un Dios muerto.

La Trinidad es la vida de Dios, y la vida es comunicación. Y nuestra dificultad ante la Trinidad se debe, sencillamente, a que tenemos una metafísica implícita de Dios, aunque la gente no lo sepa. Es la metafísica del ser estático, “cósico”, que no nos deja captar que el principio de todo es la vida y que la vida es comunicación. Dios no es un absoluto de ser sino un absoluto de comunicación, de amor. La Biblia dice bien claro que Dios es amor. Pero parece que se nos ha gastado la palabra.

El Padre está toda la eternidad engendrando al Hijo. «Nacido del Padre antes de todos los siglos». Es tan eterno como el Padre, es la vida de Dios. «Dios nacido de Dios, Luz resplandor de la Luz». Esta palabra, «Luz», es de San Atanasio, y quizá es la manera más bonita de decir lo que es muy difícil de expresar. Entre la luz y su resplandor hay diferencia y no la hay. Quizá es la imagen que encontraban más aproximada: veían que la luz y el resplandor es lo mismo y no es lo mismo; es decir, la luz tiene una entidad en sí, pero hacia fuera es el resplandor. Es como si dijéramos «Dios hacia dentro» y «Dios hacia afuera». «Luz resplandor de la Luz, Dios verdadero nacido de Dios verdadero. Engendrado, no creado”. Con esta imagen se quería combatir la concepción arriana. Se quería contraponer el nivel del «hacer» (fabricación de algo extrínseco) y el nivel del “engendrar” (que surge de la misma vida interna): la creación temporal y la generación eterna. El Hijo es «engendrado, no creado». El lenguaje es convencional, como siempre. También lo será después la oposición entre naturaleza-persona. Querían decir: al hablar de “engendrar” queremos expresar la generación eterna, y al hablar de «creado» nos referimos a la creación en el tiempo. Sólo las criaturas son creadas; la generación de Dios es eterna. El lenguaje es muy insuficiente, pero es la única manera que hay de intentar entrar en la inefable realidad de Dios.

Un principio de la teología trinitaria moderna es que “Dios se manifiesta tal como es y es tal como se manifiesta”. A nosotros Dios se nos manifiesta realmente como Padre, Hijo y Espíritu. El Nuevo Testamento nos habla de los tres. Entonces, si se nos ha manifestado como Padre, Hijo y Espíritu, es que Dios es Padre, Hijo y Espíritu. Si no, el Nuevo Testamento sería un engaño. Dios nos habría engañado. Ninguno de nosotros puede decir: «yo me manifiesto tal como soy y soy tal como me manifiesto», porque mi capacidad de manifestarme es muy limitada. Yo sólo me puedo manifestar a trozos, por partes. Tengo la ilusión de pensar que sé más cosas de las que soy capaz de decir o expresar. Pero en Dios no pasa así: si El se manifiesta como Padre, Hijo y Espíritu, es que El es Padre, Hijo y Espíritu. Siempre como algo provisional, no del todo adecuado, ya que todas estas denominaciones no son más que aproximativas, y por eso en el Nuevo Testamento se dan distintos modos de hablar: Hijo, Palabra, Imagen, Resplandor… Lo importante es que con estas expresiones, tan imperfectas, lo que queremos confesar es la realidad de la encarnación y de la salvación, la diferencia entre un Dios personal y comunicativo y un Dios impersonal; entre un Dios vivo y un Dios muerto, reducido quizá a una ciega fuerza cósmica.

El cristiano cree en el Dios viviente, que vive en la vida trinitaria y que es capaz de comunicarnos su propia vida trinitaria con la comunicación del Hijo y del Espíritu.

 

JOSEP VIVES

CREER EL CREDO

EDIT. SAL TERRAE

COL. ALCANCE 37 SANTANDER 1986, págs. 78-83