¿Es necesaria la Unción de los Enfermos?


En el sufrimiento está contenida la grandeza de un misterio específico.

 

 

 

El hombre difícilmente puede huir de la enfermedad, del dolor, del mal. Sin embargo, ha tenido dificultad en asumir y asimilar la enfermedad como parte de la existencia humana. Y es que la enfermedad, además de ser una alteración de las estructuras y funciones orgánicas, es también una situación antropológica especial que limita y condiciona el comportamiento humano; en ella, el hombre adquiere una experiencia especial de sí mismo, siente una cierta alienación del propio cuerpo que “le duele”, no le obedece y le hace presentir, al menos inconscientemente, la posibilidad de la muerte. También adquiere una experiencia especial de sus relaciones con el mundo, se siente alineado del propio ambiente, separado de las relaciones normales con los demás, más necesitados de ellos, sin poder corresponder a sus atenciones ni renunciar a ellas, así, el enfermo constata que se halla “a merced” de los demás. Finalmente, el enfermo realiza la experiencia límite: experimentar su propia relatividad y contingencia. Por ello la UNCIÓN DE LOS ENFERMOS es un sacramento que la Iglesia celebra en situación de enfermedad, con el fin de significar la oferta y la presencia de Dios en el momento del dolor, y para mostrar la solidaridad de la Iglesia con el mismo enfermo, en un momento en que realmente se necesita. Además de pedir, que de acuerdo a la voluntad de Dios el enfermo se restablezca y recobre plenamente la salud. “Con la sagrada unción de los enfermos y con la oración de los presbíteros, toda la Iglesia entera encomienda a los enfermos al Señor sufriente y glorificado para que los alivie y los salve. Incluso los anima a unirse libremente a la pasión y muerte de Cristo; y contribuir, así, al bien del Pueblo de Dios” CIC 1499

 

 

Jesús sabia de la tragedia “tragedia humana”, de este “choque existencial” que el hombre experimenta en la enfermedad; y por eso no pudo dejar de ofrecernos un ejemplo y una respuesta, al asumir él mismo todo lo que supone la enfermedad y el dolor de los enfermos con los que se encontraba y además, en su propia carne. También conocía Jesús la tentación de los hombres, de ayer y hoy, de olvidar y marginar al enfermo, de considerarle un estorbo, alguien improductivo e inútil, por lo que las páginas del Evangelio nos muestran la solicitud que él siempre tuvo para con los enfermos. Hoy, al recuperarse el verdadero sujeto de la Unción, que son los enfermos y no los moribundos, es necesario que situemos tal acción sacramental en la línea de la misma situación de Jesús con los enfermos, y del ejercicio de la misión que la Iglesia ha recibido de Cristo al respecto. “Esta unción santa de los enfermos fue instituida por Cristo nuestro Señor como un sacramento del Nuevo Testamento, verdadero y propiamente dicho, insinuado por Marcos (cf. Mc 6,13), y recomendado a los fieles y promulgado por Santiago, apóstol y hermano del Señor (cf. St 5, 14-15; DS 1695.).” CIC 1511

 

 

Ya desde el Antiguo Testamento, el Pueblo de Israel creía en un Dios que busca la vida. Esta idea la vemos expresada ya desde el Génesis, en donde el autor nos dice que el Dios en el que creemos es un Dios bueno, y que todas las cosas han sido creadas buenas por El (Gn l-2). Sin embargo, al experimentar el dolor, la injusticia…la muerte, se pregunta: Si Dios es bueno y quiere la vida, ¿por qué la enfermedad y la muerte?; si Dios está con los justos y los ama, ¿por qué son estos los que muchas veces padecen, mientras los injustos disfrutan de la vida? La reflexión del pueblo y su fe lo llevaron a darse cuenta que el mal, la enfermedad y la muerte no pueden ser atribuidos a Dios. Tienen su origen en la historia humana y son consecuencias del pecado, de manera particular del pecado original (Gn 3), sin excluir definitivamente que éstos son producto de los pecados personales del hombre (Is l6,l4; 2Re 20,l-20; Dn 4,28-30). ¿Es entonces el pecado un castigo? Si la enfermedad es castigo del pecado, ¿por qué padecen los justos? “Israel experimenta que la enfermedad, de una manera misteriosa, se vincula al pecado y al mal; y que la fidelidad a Dios, según su Ley, devuelve la vida: “Yo, el Señor, soy el que te sana” (Ex 15, 26)” CIC 1502

 

 

La Sagrada Escritura nos ilustra en el libro de Job el drama de la enfermedad. Job, en un primer momento ve el sufrimiento como algo trágico, misterioso, le parece como si Dios jugara con el hombre. Después se da cuenta de que es una prueba que Yahveh le pone para provocar una purificación de su fe (Job l-2). Finalmente, ante la presencia del sufrimiento, Job comprende que el sufrimiento es un misterio y que ante él no nos queda más que el abandono y la confianza. Por otro lado en el libro de Isaías nos presenta al Siervo de Yahveh como la figura del A.T. que mejor explica el sufrimiento, la enfermedad y el dolor (Is 53), y su relación con la redención. El sufrimiento no es un absurdo, tiene sentido porque sufre cargando los pecados de los demás convirtiéndose ante el dolor en oblación y servicio; porque tiene como motivo principal el amor; y porque confía en que no acabará en la muerte, sino con la victoria y el triunfo en la resurrección. La enfermedad será vencida y Dios hará justicia (Is 26,l9; 35,4-6; Jer 33,6), y el justo vivirá aún después de la muerte. “De aquí deriva también esta reflexión, precisamente en el Año de la Redención: la reflexión sobre el sufrimiento. El sufrimiento humano suscita COMPASION, suscita también RESPETO, y a su manera ATEMORIZA. En efecto, en él está contenida la grandeza de un misterio específico.” (Doloris Salvifici) DSal 4

 

 

En el Nuevo Testamento nos encontramos no solo con la enseñanza de Jesús respecto a la enfermedad y al dolor, sino con su actitud ante estos. Podemos ver como Jesús no quiere aparecer como curandero, ni mago y mucho menos hacer gala de su compasión con los necesitados para recibir aplausos. Los milagros de Jesús, más en concreto sus curaciones son signos mesiánicos, por los cuales muestra que los últimos tiempos han llegado y que el Reino de Dios está presente, y al mismo tiempo son signos eficaces que manifiestan que ésta realidad está sucediendo al hacer realidad lo que se anuncia; son además signos que fundamentan la esperanza, de que el mal está vencido, por la victoria sobre el pecado que ya ha comenzado a realizarse; y finalmente manifiestan la actitud de Cristo ante los enfermos, actitud de lucha y liberación, de cercanía y de consuelo. Jesús estará siempre cerca de ellos para servirles y ayudarles, los paralíticos, los leprosos…. encuentran acogida en Cristo. Todos los enfermos encontraron en Cristo consuelo y respuesta a su sufrimiento. “En su actividad mesiánica en medio de Israel, Cristo se acercó incesantemente AL MUNDO DEL SUFRIMIENTO HUMANO. “Pasó haciendo bien” (Hech.10, 38), y este obrar suyo se dirigía, ante todo, a los enfermos y a quienes esperaban ayuda. Curaba los enfermos, consolaba a los afligidos, alimentaba a los hambrientos, liberaba a los hombres de la sordera, de la ceguera, de la lepra, del demonio y de diversas disminuciones físicas; tres veces devolvió la vida a los muertos. Era sensible a todo sufrimiento humano, tanto al del cuerpo como al del alma.” DSal 16

 

 

Por la forma como se aplicó este sacramento a lo largo de muchos años, éste se asoció con la muerte, tanto así que hasta antes del Concilio Vaticano II formaba parte de los “Ritos Finales” y se le conocía como “Extrema Unción”, la cual era aplicada al enfermo cuando se presumía que la muerte era inminente. Esto causaba un rechazo natural a participar del sacramento pues el enfermo lo identificaba con la inminencia de la muerte. Además hacia que su administración fuera muy complicada, sobre todo para el presbítero quien era llamado a altas horas de la noche para que se le administrara el sacramente al “moribundo”. Hoy el Concilio, la Renovación Litúrgica y Pastoral le han devuelto el sentido pretendido por Jesús, que está expresado en la Carta de Santiago (St 5,l4-l5): “¿Está alguno enfermo? Llame a los presbíteros de la Iglesia para que oren por él y lo unjan con aceite en el nombre del Señor. La oración hecha con fe le devolverá la salud al enfermo y el Señor lo levantará y si ha cometido pecados se le perdonarán”. De manera que la unción es para LOS ENFERMOS y NO solo para los moribundos. “El Señor Jesucristo, médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos, que perdonó los pecados al paralítico y le devolvió la salud del cuerpo, quiso que su Iglesia continuase, con la fuerza del Espíritu Santo, su obra de curación y de salvación, incluso en sus propios miembros. Esta es la finalidad de los dos sacramentos de curación: del sacramento de la Penitencia y de la Unción de los enfermos.” CIC 1421

 

 

Si bien es cierto que el sacramento de la Unción de los enfermos no es para los moribundos únicamente, debemos recordar que la Iglesia ha entendido su uso para los enfermos que tienen una enfermedad GRAVE (con ello se excluyen las enfermedades que padecemos comúnmente como son las gripas, el dolor de cabeza, etc.). Sin embargo, no debemos esperar a que la enfermedad avance y llegue a un estado crítico para solicitar el sacramento. Desde las primeras etapas, un enfermo con un padecimiento grave, es sujeto de la Unción. Por otro lado, la Iglesia ha considerado que las personas ancianas, aun estando con salud, son sujetos de la Unción una vez al año, como ayuda a su vejez, que muchas veces viene acompañada de dolor y sufrimiento. Lo mismo podemos decir de las mujeres que están prontas a dar a luz, ya que el proceso del parto siempre es doloroso y puede en ocasiones ser difícil. El Sacramento de la Unción de los enfermos es un sacramento que da fuerza al enfermo (o al anciano) y en la medida en que es voluntad de Dios, puede restablecerlo totalmente. “La Unción de los enfermos “no es un sacramento sólo para aquellos que están a punto de morir. Por eso, se considera tiempo oportuno para recibirlo cuando el fiel empieza a estar en peligro de muerte por enfermedad o vejez” CIC 1514 “Es apropiado recibir la Unción de los enfermos antes de una operación importante” CIC 1515 “El sacramento de la Unción de los enfermos tiene por fin conferir una gracia especial al cristiano que experimenta las dificultades inherentes al estado de enfermedad grave o de vejez.” CIC 1527

 

 

Recordando lo que dice el apóstol Santiago sobre este sacramento, la oración, debe ser hecha con fe, tanto por aquel que ora como por aquel sobre quien se ora. Como todos los sacramentos, después de la reforma Litúrgica, el sacramento de la Unción es un sacramento que ha de tener carácter comunitario y participativo. De manera ordinaria, salvo que las circunstancias lo impidan, la familia debe participar de este momento y todos orar con fe, pidiendo al Señor la fortaleza, no solo para el enfermo, sino incluso por aquellos que lo atienden y que sufren por su estado de salud. Por otra lado es importante que se respete la libertad del enfermo y que no se aproveche este momento para “forzarlo” a recibir el sacramento. Recordemos que este sacramento por muchos años ha estado ligado a la muerte y esto causa un rechazo del enfermo. Se debe por ello, preparar al enfermo para que comprenda el sentido del sacramento. Además es un momento oportuno para invitarlo a una conversión más profunda, y en muchos casos, para la Reconciliación sacramental que lo reintegre a la vida de la gracia. La preparación al sacramento es una gran oportunidad para la evangelización desde la misericordia de Dios, que envió a su Hijo a salvarnos y a darle sentido al sufrimiento humano. “Como en todos los sacramentos, la Unción de los enfermos se celebra de forma litúrgica y comunitaria, que tiene lugar en familia, en el hospital o en la iglesia, para un solo enfermo o para un grupo de enfermos. Es muy conveniente que se celebre dentro de la Eucaristía, memorial de la Pascua del Señor. Si las circunstancias lo permiten, la celebración del sacramento puede ir precedida del sacramento de la Penitencia y seguida del sacramento de la Eucaristía.” CIC 1517

 

 

Terminamos nuestra catequesis sobre este sacramento recordando que de acuerdo al Texto Sagrado que lo sostiene, el ministro de éste es el sacerdote y el Obispo, quienes lo administran en una pequeña celebración litúrgica, en la cual están invitados a participar todos los familiares y a unirse a su oración para pedir la salud y la fortaleza para el enfermo y para todos los que lo atienden. En esta celebración, después de la lectura de la Palabra de Dios, el Sacerdote impone las manos sobre el enfermo y lo unge con el aceite propio del sacramento (el cual ha sido consagrado por el obispo) y ora por él en comunión con todos los presentes. El sacramento termina con la oración del Padrenuestro y la bendición a todos los presentes. Es muy recomendable que de ser posible el enfermo participe primero del sacramento de la Reconciliación y que se concluya con la Sagrada Comunión. “El sacramento de la Unción de los enfermos se administra a los gravemente enfermos ungiéndolos en la frente y en las manos con aceite de oliva debidamente bendecido o, según las circunstancias, con otro aceite de plantas, y pronunciando una sola vez estas palabras: “Per istam sanctam unctionem et suam piissimam misericordiam adiuvet te Dominus gratia Spiritus Sancti ut a peccatis liberatum te salvet atque propitius allevet” (“Por esta santa unción, y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo, para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad”).” CIC 1513.

 

 

 

Comentarios al autor

 

 

El P. Ernesto María Caro Osorio fue ordenado sacerdote en el Seminario de Monterrey el 15 de agosto 1991. Licenciado en Espiritualidad por la Universidad Gregoriana de Roma y Doctorado en Mariología por la Universidad Marianum de Roma, es director de la página Evangelización Activa, que busca llevar la palabra de Dios a todos los rincones del mundo mediante el uso de los medios electrónicos, especialmente el correo electrónico.

 

 

Autor: Ernesto María Caro, Sac. | Fuente: Evangelización.org

Unción de los Enfermos


El sacramento que tiene por fin conferir una gracia especial al cristiano que experimenta las dificultades inherentes al estado de enfermedad y vejez.

6.1 NOCIÓN

 

 

La unción de los enfermos es el sacramento que “tiene por fin conferir una gracia especial al cristiano que experimenta las dificultades inherentes al estado de enfermedad y vejez” (Catecismo, n. 1527).

 

 

Tal como deseaba el Concilio Vaticano II (cfr. Sacrosanctum concilium, n. 73), en lugar del nombre de Extremaunción se usa ahora el de unción de los enfermos, intentando hacer patente que no es sólo un sacramento para quienes se encuentran en el último momento de su vida, sino para aquellos cristianos que empiezan a estar en peligro de muerte, por enfermedad o vejez. 

 

Se llama ‘unción’ porque al sujeto se le unge con óleo sagrado. 

 

 

6.2 LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS COMO SACRAMENTO DE LA NUEVA LEY 

 

 

 

La Iglesia cree y confiesa que, entre los siete sacramentos, existe un sacramento especialmente destinado a reconfortar a los atribulados por la enfermedad: la Unción de los enfermos:

 

 

Esta unción santa de los enfermos fue instituida por Cristo nuestro Señor como un sacramento del Nuevo Testamento, verdadero y propiamente dicho, insinuado por Marcos (cfr. Mc. 6, 13), y recomendado a los fieles y promulgado por Santiago, apóstol y hermano del Señor (Catecismo, n. 1511). 

 

 

 

El Texto de Mc. 6, 13 es: 

 

“Saliendo a predicar, exhortaban a que hiciesen penitencia, y lanzaban a muchos demonios, y ungían a muchos enfermos con óleo y los sanaban. En este texto se encontraría una insinuación o una preparación para la futura institución del sacramento” (Catecismo Romano, p. 2, cap. 6, n. 8). 

 

El segundo texto -Sant. 5, 14-15- es citado por el Concilio como el momento de la promulgación del sacramento: “¿Alguno de vosotros enferma? Haga llamar a los presbíteros de la Iglesia y oren sobre él, ungiéndole con óleo en el nombre del Señor, y la oración de la fe salvará al enfermo y el Señor le aliviará, y los pecados que hubiere cometido le serán perdonados”. 

 

Varios datos del texto merecen consideración. Primeramente se trata de una enfermedad de relativa importancia, que impide al enfermo salir de casa, pues hace llamar a los presbíteros. Los presbíteros acuden, oran sobre el enfermo (tal vez con una imposición de manos sugerida por la preposición ‘sobre’) y lo ungen en nombre del Señor. Esa oración y esa unción tienen como efectos un alivio del enfermo y un perdón de sus pecados. Nos hallamos claramente con todas las características de un sacramento: signo sensible (materia: unción; forma: oración) y efectos espirituales (perdón de los pecados) sin que se desdeñen en ese caso los corporales (alivio). 

 

Con estas palabras, Santiago pone de relieve la eficacia sacramental del rito: el perdón de los pecados y la salud corporal son producidos por un acto que en sí mismo no tendría eficacia ni para una ni para otra cosa, si Dios no se la hubiera dado.

 

 

 

6.3 EL SIGNO EXTERNO DE LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS 

 

 

 

La unción de los enfermos, “con la que la Iglesia encomienda a los fieles gravemente enfermos al Señor doliente y glorificado, para que los alivie y salve, se administra ungiéndolos con óleo, y diciendo las palabras prescritas en los libros litúrgicos” (CIC, c. 998).

 

 

El Código, con palabras de la Const. Lumen gentium (n. 11), indica la finalidad del sacramento, a la vez que precisa la materia y la forma, reguladas definitivamente por Paulo VI en la Const. Sacram Unctionem Infirmorum del 30-XI-1972. 

 

 

6.3.1 La materia 

 

 

La materia remota es el aceite de oliva bendecido por el obispo en la Misa Crismal del Jueves Santo (cfr. CIC, c. 1000).

 

 

En caso necesario, es materia apta cualquier otro aceite vegetal, sobre todo porque en algunas regiones falta o es difícil de conseguir el aceite de oliva. 

 

Aunque el obispo es quien habitualmente bendice el óleo que se emplea en la unción, pueden también hacerlo los que jurídicamente se equiparan a él, o en caso de necesidad cualquier presbítero, pero dentro de la celebración del Sacramento (cfr. CIC, c. 999 & 1).

 

 

La materia próxima es la unción con el óleo santo. 

 

Están previstas por las normas litúrgicas unciones en la frente y en las manos, y por tanto, estas unciones son las exigidas para la licitud. 

 

En caso de necesidad, para la validez basta una sola unción en la frente o en otra parte del cuerpo.

 

 

El Catecismo Romano señala razones de conveniencia sobre el uso del aceite en este sacramento:

 

 

“así como el aceite sirve mucho para aplacar los dolores del cuerpo, así también la virtud de este sacramento disminuye la tristeza y el dolor del alma. El aceite además restituye la salud, causa dulce sensación y sirve como de alimento a la luz; y, por otra parte, es muy a propósito para reparar las fuerzas del cuerpo fatigado. Todo lo cual da a entender los efectos que se producen en el enfermo por virtud divina cuando se administra este sacramento” (p. 2, cap. 6, n. 5). 

 

 

 

6.3.2 La forma 

 

La forma del sacramento son las siguientes palabras, prescritas por el ritual y pronunciadas por el sacerdote: “Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo, para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad” (cfr. Catecismo, n. 1513).

 

 

Estas palabras determinan el sentido de lo que se hace para que, junto con la unción, se expresa el significado del rito, se realice el signo sacramental y se produzca la gracia. 

 

 

6.4 EFECTOS DEL SACRAMENTO 

 

 

 

Enseña Santo Tomás de Aquino que la unción de los enfermos es “como una inmediata preparación para la entrada en la gloria” (S. Th., III, q. 65, a. 1, ad. 4).

 

 

El enfermo, abandonado a sus solas fuerzas, estaría tentado a desesperar; pero, en ese momento supremo, viene Cristo, El mismo, a reconfortar a sus fieles con su omnipotencia redentora y con la proximidad de su presencia. El ha instituido, para la hora de los últimos combates, un sacramento especial para acabar en nosotros su obra de purificación, para sostener a los ‘suyos’ hasta el fin, para arrancarlos de la influencia invisible del demonio e introducirlos sin tardanza en la casa del Padre. La unción es el sacramento de la partida. Allí está el sacerdote, in persona Christi, a la cabecera del enfermo para perdonarle sus faltas y conducir su alma al paraíso. 

 

Los efectos que produce este sacramento son: 

 

– aumento de gracia santificante;

 

– gracia sacramental específica;

 

– la salud corporal, cuando conviene a la salvación del alma;

 

– el perdón de los pecados veniales y la desaparición de las reliquias del pecado.

 

– Secundariamente, puede producir el efecto de remitir los pecados mortales. 

 

 

6.4.1 Aumento de gracia santificante 

 

 

 

Como todo sacramento de vivos, la unción de enfermos produce un incremento de la gracia santificante en el alma del que lo recibe. Como veremos después (cfr. 6.4.5), secundariamente o per accidens, puede causar la infusión de la gracia al alma en pecado mortal.

 

 

 

6.4.2 Concesión de la gracia sacramental

 

 

La gracia sacramental específica de la unción de los enfermos es una gracia de consuelo, de paz y de ánimo para vencer las dificultades propias del estado de enfermedad grave o de la fragilidad de la vejez.

 

 

Esta gracia es un don del Espíritu Santo que renueva la confianza y la fe en Dios y fortalece contra las tentaciones del maligno, especialmente la tentación de desaliento y de angustia ante la muerte (Catecismo, n. 1520). 

 

 

6.4.3 La salud corporal, cuando conviene a la salvación del alma 

 

 

 

La gracia sacramental propia de la unción tiene como efecto la curación, si ésta conviene a la salud del cuerpo. “Esta asistencia del Señor por la fuerza de su Espíritu quiere conducir al enfermo a la curación del alma, pero también a la del cuerpo, si tal es la voluntad de Dios” (Catecismo, n. 1520).

 

 

La unción de los enfermos no produce la salud corporal en virtud de las propiedades naturales de su materia, sino por el poder de Dios, que actúa de modo razonable; y como un agente dotado de inteligencia nunca induce un efecto secundario sino en cuanto ordenado al efecto principal, de ahí que no siempre se consiga la salud del cuerpo, sino sólo cuando conviene para la salud espiritual (S. Th., Supp., q. 30, a. 2).

 

 

También por este motivo no se debe esperar el último momento para administrar este sacramento, porque equivaldría a poner un óbice a este aspecto de su eficacia, ya que los sacramentos no existen para causar milagros. 

 

 

6.4.4 El perdón de los pecados veniales y la remisión de las penas del purgatorio 

 

 

 

Ambas cosas son obstáculos para la inmediata entrada del alma en el cielo; aunque este efecto depende de la debida disposición, es decir, del sincero dolor por los pecados veniales.

 

 

La indulgencia plenaria, que suele acompañar al sacramento, perdona la pena temporal (cfr. 5.9). 

 

 

6.4.5 Indirectamente puede perdonar los pecados mortales 

 

 

 

La unción de los enfermos es un sacramento de vivos y, por tanto, no ha sido instituido para devolver al alma la gracia perdida. Su finalidad no es, pues, perdonar los pecados mortales, para lo que ya está el sacramento de la penitencia. Sin embargo, si no es posible recibir la confesión y la persona está arrepentida, aunque sólo sea con contrición imperfecta, la unción también perdona los pecados mortales:

 

 

– así lo enseña el Magisterio de la Iglesia (cfr. Concilio de Trento, Dz. 909); 

 

– así lo insinúan la Sagrada Escritura (cfr. el texto ya citado de Sant. 5, 16, donde la expresión griega amartía traducido como pecados, se usa habitualmente en la Escritura para designar los pecados graves) y la Tradición, atestiguada por diversos textos de los Padres.

 

 

Se puede, por tanto, decir que la unción es primariamente un sacramento de vivos, pero que consecuentemente, por su específica razón de ser, es también un sacramento de muertos. 

 

Si más adelante se supera la imposibilidad de acudir a la confesión, el enfermo está obligado a confesar íntegramente los pecados. 

 

 

6.5 NECESIDAD DE RECIBIR ESTE SACRAMENTO 

 

 

 

Este sacramento no es necesario por sí mismo para la salvación del alma, pero a nadie le es lícito desdeñar su recepción, y por tanto ha de procurarse con esmero y diligencia que los enfermos lo reciban cuando están en plenitud de sus facultades mentales.

 

 

Esta obligación se considera leve ya que no hay ninguna indicación en contrario en la Sagrada Escritura, en la Tradición o en el derecho de la Iglesia; sin embargo, si se rechazara con peligro de escándalo o con desprecio se puede llegar a cometer un pecado grave. 

 

Es obligación de todo cristiano prepararse del mejor modo para la muerte, y los que rodean a un enfermo tienen el deber -que es grave- de darle a conocer su situación peligrosa y de sugerirle la conveniencia de recibir el sacramento. Ha de administrarse en un momento prudente: ni demasiado pronto, ni demasiado tarde, obrando con sentido común y caridad cristiana. 

 

El temor a asustar, que puede proceder de una visión poco cristiana de la muerte, se demuestra además infundado, porque la experiencia hace ver que los únicos que se asustan son los que rodean al enfermo, el cual recibe con gran serenidad la noticia y que con el auxilio del sacramento, obtiene una mayor paz. 

 

El cristiano debe recordar, y hacer ver a los demás, que “en la unción de los enfermos. . . asistimos a una amorosa preparación para el viaje, que terminar en la casa del Padre” (Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, n. 80).

 

 

 

De lo anterior se sigue que no debe aguardarse al último momento para recibir la unción: 

 

1) Porque en la inminencia de la muerte las facultades están debilitadas, y no se obtiene el mismo fruto, pues faltan las disposiciones ex opere operantis que aumentan la eficacia del sacramento: el Ordo Unctionis Infirmorum insiste que no se retrase para que el enfermo con plena fe y devoción de espíritu pueda robustecerse con la fuerza del sacramento en plena lucidez (n. 13; cfr. n. 27). 

 

2) Porque la curación corporal no se hace por milagro, sino que el fortalecimiento del espíritu estimula el proceso corporal de curación o Dios favorece tal proceso mediante una ayuda especial. Por tanto, el estado del enfermo ha de ser tal que aún sea posible la curación naturalmente (SCHMAUS, M., Teología dogmática, VI, p. 655). El Catecismo Mayor de San Pío X dice que no ha de aguardarse a que el enfermo está desahuciado (n. 812).

 

 

Por último, “a los que van a dejar esta vida, la Iglesia ofrece, además de la Unción de los enfermos, la Eucaristía como viático. Recibida en este momento del paso hacia el Padre, la Comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo tiene una significación y una importancia particulares”.

 

 

Es semilla de vida eterna y poder de resurrección, según las palabras del Señor: ‘El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitar‚ el último día’ (Jn. 6, 54). Puesto que es sacramento de Cristo muerto y resucitado, la Eucaristía es aquí sacramento del paso de la muerte a la vida, de este mundo al Padre (Catecismo, n. 1524). 

 

 

6.5.1 Reiteración del sacramento 

 

 

 

La unción de los enfermos no imprime carácter, y por lo tanto puede repetirse, teniendo en cuenta lo siguiente

 

 

Si un enfermo que recibió la unción recupera la salud, puede, en caso de una nueva enfermedad grave, recibir de nuevo este sacramento. En el curso de la misma enfermedad, el sacramento puede ser reiterado si la enfermedad se agrava (Catecismo, n. 1515). 

 

 

6.6 MINISTRO DEL SACRAMENTO DE LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS 

 

 

 

“Todo sacerdote, y sólo él, administra válidamente la unción de los enfermos” (CIC, c. 1003).

 

 

Consta así tanto por las palabras de la Epístola de Santiago, como por las definiciones que citan e interpretan este texto de los Concilios de Florencia (Dz. 700) y de Trento (Dz. 910 y 919). 

 

Ordinariamente son los sacerdotes con cura de almas quienes tienen la obligación y el derecho de administrarlo a los fieles que tienen encomendados. 

 

Sin embargo, por una causa razonable cualquier otro sacerdote puede dar la unción, con el consentimiento al menos presunto del sacerdote que tiene la cura de esa alma. 

 

Para facilitar la administración del sacramento, todo sacerdote puede llevar consigo el óleo bendito. 

 

 

6.7 SUJETO DEL SACRAMENTO DE LA UNCIÓN DE LOS ENFERMOS 

 

 

 

“Se puede administrar la unción de los enfermos al fiel que, habiendo llegado al uso de razón, comienza a estar en peligro por enfermedad o vejez” (CIC, c. 1004 & 1; Catecismo, n. 1514).

 

 

Ha habido una cierta evolución en la praxis de este sacramento, porque ahora basta que un fiel comience a estar en peligro, no que está a punto de morir. La Constitución Sacram Unctionem Infirmorum del 30-XII-1972 dice que este sacramento “se confiere a los que sufren una enfermedad peligrosa”. 

 

Para juzgar la gravedad de la enfermedad, basta con tener un dictamen prudente y probable de peligro de muerte, aunque no sea necesariamente inminente el desenlace.

 

 

 

Las condiciones que ha de reunir el sujeto son: 

 

a) estar bautizado,

 

b) haber llegado al uso de razón,

 

c) tener intención de recibirlo, y

 

d) peligro de muerte por enfermedad o vejez.

 

 

a) Quien vaya a recibir el sacramento, como en el caso de todos los demás, debe estar bautizado.

 

 

Si se hubiera bautizado en aquel momento, podría recibir inmediatamente la unción pues de esa manera se recibe un aumento de gracia que es muy necesaria para resistir a las posibles tentaciones. 

 

 

 

b) También es necesario que el sujeto tenga uso de razón y, por eso, capacidad de cometer pecado personal. 

 

No se ha de Administrar a los niños menores de 7 años, pues este sacramento se ordena a robustecer al enfermo frente a las tentaciones de desesperanza por los pecados pasados, haciendo desaparecer las reliquias de ellos. Al infante, el bautismo le es suficiente para que alcance la vida eterna. 

 

En la duda sobre si el enfermo ha alcanzado el uso de razón, se le debe administrar el sacramento (cfr. CIC, c. 1005).

 

 

c) Para recibirlo válidamente, es necesario en el sujeto la intención. Si se trata de un enfermo que carece ya del uso de razón, se le debe administrar si, cuando estaba en posesión de sus facultades, lo pidió al menos de manera implícita (cfr. CIC, c. 1006). 

 

Aunque ordinariamente es necesaria la intención habitual, es decir, la que se ha tenido una vez y no ha sido retractada, en estos casos basta la intención habitual implícita, es decir, la que se incluye en la práctica de la vida cristiana; por tanto, esta intención debe siempre presumirse en cualquier bautizado católico, mientras no se demuestre lo contrario. 

 

En cambio, no se le debe administrar el sacramento a quienes persisten obstinadamente en un pecado grave manifiesto, o a quienes rechazaron explícitamente el sacramento antes de perder la conciencia (cfr. CIC, c. 1007). Si alguno de estos elementos es dudoso, debe administrársele sub conditione.

 

 

d) No hace falta, como ya dijimos, que el peligro de muerte sea grave y cierto, basta que comience. 

 

En cambio sí hace falta que ese peligro se deba a enfermedad o vejez. Podemos precisar un poco más esta idea:

 

 

puede darse la santa unción a un enfermo que va a ser operado, con tal de que una enfermedad grave sea la causa de la intervención quirúrgica; también a los ancianos, cuyas fuerzas se debilitan seriamente, aunque no padezcan una enfermedad grave; e igualmente a los niños, a condición de que comprendan el significado del sacramento.

 

 

No es sujeto del sacramento el hombre sano, aunque esté en inminente peligro de muerte por causa externa, por ejemplo, el soldado antes de entrar en batalla. 

 

La razón de lo anterior la clarifica Santo Tomás de Aquino: Aunque haya quien esté en peligro de muerte sin enfermedad (. . .) este sacramento sólo se ha de administrar al enfermo, puesto que se administra como una medicina corporal, la cual corresponde únicamente a quien está corporalmente enfermo, pues es conveniente observar la significación del sacramento (C.G., 4, q. 73). Vale la pena recordar aquí que la ‘significación’ de cada sacramento es de institución divina, y como tal, inalterable (ver 1.1.1.B). 

 

Si se duda que el enfermo aún viva, o ha sido muy reciente su fallecimiento, se le debe administrar de cualquier modo la unción.

 

En estos casos se conferir ‘bajo condición’, que se expresar en los términos ‘Si vives. . .’ 

 

Es praxis comúnmente admitida conferir este sacramento hasta dos horas después de la muerte aparentemente sobrevenida.