Papa Francisco:Sacramento del Orden


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PAPA FRANCISCOAUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 26 de marzo de 2014

Vídeo

Queridos hermanos y hermanas:

La catequesis de hoy está centrada en el sacramento del Orden, que comprende el episcopado, el presbiterado y el diaconado.

¿Qué significa esto concretamente en las vidas de los que son ordenados? Quienes son ordenados son puestos a la cabeza de la comunidad como servidores, como lo hizo y lo enseñó Jesús. El obispo, el sacerdote y el diácono están al servicio de la comunidad, si no lo hacen no está bien. El sacramento les ayuda también a amar apasionadamente a la Iglesia, dedicando todo su ser y amor a la comunidad, que no la han de considerar de su propiedad: ni el obispo es el propietario de su diócesis, ni el sacerdote es el propietario de su parroquia, ni el diácono de su diaconía; es propiedad del Señor, al que tienen que servir.

Y, por último, han de procurar reavivar el don recibido en el sacramento por la oración. Cuando no se alimenta el ministerio ordenado con la oración, la escucha de la Palabra, la celebración cotidiana de la Eucaristía y la recepción frecuente del sacramento de la Penitencia se termina perdiendo el sentido auténtico del propio servicio y la alegría que deriva de una profunda comunión con el Señor.

 

Saludos

Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España, México, Argentina y otros países latinoamericanos. Invito a todos a rezar al Señor por los ministros ordenados de su Iglesia, en particular por aquellos que se encuentran en dificultad o que necesitan recuperar el valor y la frescura de su vocación. Pidamos también para que nunca falten en nuestras comunidades pastores auténticos, según el Corazón de Cristo. Muchas gracias.

 

© Copyright – Libreria Editrice Vaticana

Fuente: Vatican.va

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Llamado a los Párrocos


Publicado en web el 8 de agosto, 2013

A los Párrocos:
Hay que salir a la calle, ser visionarios y generosos

Éstas son las recomendaciones que hizo el Arzobispo de Guadalajara a los homenajeados señores Curas, recordando así las exigencias y el estilo del Papa Francisco.

Mónica Livier Alcalá Gómez

IMG 7472El viernes 2 de agosto, dos días antes de la Fiesta de San Juan Bautista María Vianney, el Santo Cura de Ars, se reunieron en el Seminario Diocesano Menor los Párrocos, Cuasipárrocos, Capellanes y Encargados de Templos para festejar a su Santo Patrono, y también para escuchar el mensaje que el Cardenal José Francisco Robles Ortega les tenía preparado, como cada año, según una tradición que ya es muy propia en nuestra Arquidiócesis.
El festejo comenzó con las palabras del señor Cura Guillermo Ricardo Chávez Aguayo, Párroco de San Juan Diego y Decano del Decanato de Zapopan, quien recordó a los Sacerdotes que su finalidad vocacional es “identificarse cada vez más con Cristo y tener sus mismos sentimientos”, tal como lo ha recomendado el Papa Francisco, pues tienen de ejemplo a un Santo, el Cura de Ars, que se configuró de tal manera con el Salvador, que logró la conversión de un pueblo “indiferente” y logró la santidad.
Asimismo, afirmó que lo que se considera valioso se cuida; por lo tanto, su ministerio es algo que debe cuidarse y pulirse: “Tal vez hemos vivido experiencias en nuestra vida que nos han hecho descuidados y malhumorados; tal vez hemos almacenado los dones que Dios nos ha dado, pero ahora yo los invito a que dejemos que nuestra vida se identifique cada vez más con el Señor”.
Igualmente, advirtió que la Nueva Evangelización apremia, por lo que es necesario caminar juntos para lograrla y cambiar así el entorno pastoral, que tantos retos conlleva.

Ir a los más alejados

IMG 7469Por su parte, el Cardenal Francisco Robles, después de escuchar la “Glosa” del Objetivo del VI Plan Diocesano de Pastoral, asentó que el desempeño de cada Párroco para la vida diocesana “es una importante labor, sobre todo por la población tan variada a la que está dirigida, y con tan abundantes problemas”.
Exhortó luego a cada Sacerdote a tomar en cuenta la Glosa recién escuchada y a realizar un ejercicio informativo de este objetivo diocesano en cada una de sus comunidades y en cada Grupo comprometido con la Parroquia. A este respecto, también les recomendó no ir siempre a los mismos Grupos, dejando fuera de esta planeación a los que no participan: “Desde este primer paso de nuestro Plan debemos pensar cómo sensibilizar y comprometer a los bautizados, se acerquen o no a los Sacramentos y a la Pastoral; tenemos que llegar a todos”.
Recalcó que el territorio parroquial tiene una finalidad, no sólo en lo que atañe a su delimitación geográfica, sino que tiene como objetivo el que los Sacerdotes asuman el compromiso de atender a todos los fieles de su jurisdicción: “Todos, subrayó el Arzobispo, deben tener garantizada la atención pastoral”.
Lamentó que muchos Párrocos y Vicarios han venido conformándose con los que ya tienen, sin pensar en los que no se acercan: “Laboramos siempre con y para los mismos Grupos, con las mismas personas de siempre… Mas, la Misión Continental, la Nueva Evangelización, mira preferentemente a estos sectores que hemos hasta hoy descuidado y no tocamos… el Papa fue muy claro en su señalamiento: ¡Debemos salir a la calle!”
Además, indicó que muchas veces se corre el riesgo de preocuparse más por la Institución que por las personas: “La Iglesia no tiene que ser autorreferencial”.
Finalmente, reconoció la labor que cada día llevan a cabo los Párrocos, pero quiso motivarlos a que sean más visionarios y generosos, tal como lo exige la Sociedad actual, involucrando y tomando en cuenta también a los Vicarios que les han sido asignados.

Algunas normativas

Respondiendo a algunos cuestionamientos de los asistentes, el Cardenal Robles Ortega dio algunas normativas que es necesario tomar en cuenta:

Los cohetes
Dado que las quejas van en aumento, y pensando en los enfermos, ancianos o en posibles accidentes, exhortó a los Sacerdotes a tomar conciencia de que deben disminuir el uso de pólvora en la celebración de Fiestas Patronales u otros momentos festivos; de ser posible, deben ir eliminando estos recursos, sobre todo en las Parroquias urbanas.

Mujeres acólitas
También recordó que acólitos y acólitas bien formados son semillero no sólo de vocaciones, sino de buenas familias cristianas: “Una niña acólita puede después ser una mujer que ha crecido con un grande amor a la Eucaristía e inculcará esto a su familia”. Por lo tanto, dado que no se encuentra fundamento para no asumir esta condición, abrió la posibilidad de que en la Arquidiócesis de Guadalajara se preste el servicio al Altar por parte de las niñas, aunque recomendó que, tanto niñas como niños, requieren de una buena y consciente formación.

Celebraciones Sacramentales
En cuanto a las Celebraciones especiales fuera de los Templos, nuestro Pastor Diocesano fue tajante y les recordó que el espacio para la administración de los Sacramentos debe ser siempre un lugar sagrado, por lo que permanece la norma de que la Celebración de cualquier Sacramento sea llevada a efecto dentro de los Templos y no en otros lugares como casinos o jardines de eventos.

Objetivo del VI Plan Diocesano de Pastoral
La Nueva Evangelización, al Servicio del Reino

Aprovechando la afluencia de Sacerdotes en el Festejo por el Día del Párroco, organizado por la Comisión Diocesana de Formación Permanente, la Vicaría de Pastoral presentó la Glosa del Sexto Plan Diocesano, con la finalidad de que vaya tomando forma en las comunidades.

Mónica Livier Alcalá Gómez

El señor Cura Héctor López Alvarado, Párroco de María Madre del Redentor y Vicario Episcopal de Nuestra Señora del Rosario, Toluquilla, dividió la exposición de la Glosa en tres partes, tal como se divide el propio Objetivo:

¿Qué se quiere lograr?
¿Mediante qué lo lograremos?
¿Para qué?

IMG 7517El Qué, es, ante todo, impulsar la Nueva Evangelización: “Nos indica que somos herederos y continuadores de los esfuerzos pastorales realizados desde la primera Evangelización de estas tierras… por ello, impulsar significa darle un nuevo vigor, nuevo entusiasmo y nuevos métodos a una acción eclesial que ya está en movimiento”.
Además, la Nueva Evangelización habla de un nuevo modo de expresar y difundir el Mensaje Evangélico, “que permita hacerlo comprensible para el hombre de hoy y de sus diferentes culturas. Se trata no sólo de injertar la Fe en las culturas, sino también de devolver la vida a un mundo descristianizado…”
Ante este reto, la Glosa presenta diferentes escenarios donde la Nueva Evangelización más urge:
Escenario de la familia.
Los adolescentes y los jóvenes.
El escenario cultural.
El escenario social de la migración a la ciudad y la globalización.
El escenario económico.
El escenario político.
De la investigación científica y tecnológica.
De la Comunicación.
El escenario de la Religión.
De la inseguridad y la violencia.

El Kerigma

Para contestar la pregunta de ¿”Mediante qué se logrará el objetivo?”, debe recordarse “el alegre anuncio del Mensaje Evangélico, la Buena Noticia de las intervenciones salvíficas de Dios en la Historia”.
Los elementos del Kerigma implican el acto de anunciar la Proclamación de un Mensaje o contenido y el Acontecimiento de Salvación vivido por quien encuentra a Jesús; es decir, la conversión.
La Formación Integral Permanente es el medio; esto es, hay que implementar “un proceso continuo, permanente y participativo que logre desarrollar, armónica y coherentemente, todas y cada una de las dimensiones del ser humano…” Es decir, que considere estas dimensiones:
Espiritual.
Humana.
Cultural.
Social.
Comunitaria.
Intelectual.
Pastoral.
Misionera.
Ante esto, es indispensable, sin duda, la conversión personal y pastoral. “La conversión personal es el primer fruto del encuentro con Jesús. Impacta toda la vida y dispone al converso a asimilar y vivir el Evangelio”.
“La conversión pastoral implica escuchar con atención y discernir lo que el Espíritu Santo está diciendo a la Iglesia a través de los signos de los tiempos”. Presupone “recomenzar” desde Cristo, iniciar una verdadera revisión y renovación eclesial, “que implicará reformas espirituales, pastorales y también institucionales”.

¿Para qué?

Todo esto demanda fortalecer las comunidades eclesiales: “Es necesario darles nuevo vigor, infundirles nueva vitalidad, garantizarles mayor eficacia”.
El hablar de “comunidades eclesiales” hace referencia no sólo a la Parroquia, sino también a las comunidades presentes en los Movimientos, en la Vida Consagrada y el Seminario.
La finalidad es que “nuestro pueblo, en Cristo tenga vida”; es decir, impulsados por la conversión personal y pastoral, no sólo hay que aceptar la Buena Noticia y ponerla en práctica de manera individual, sino que, conforme a los signos de los tiempos, debe transmitirse, mediante la palabra y el testimonio, “la vida en Cristo”. El destinatario de esta vida nueva, “fruto de la Formación Integral, del Anuncio del Kerigma y de la Nueva Evangelización” es el pueblo.

Objetivo Esencial del VI Plan Diocesano

Impulsar la Nueva Evangelización mediante el Anuncio del Kerigma a todos, y la Formación Integral Permanente para fortalecer nuestras comunidades eclesiales y que nuestro pueblo, en Cristo, tenga vida.

El instrumento de trabajo para conocer, entender y asumir el Objetivo Diocesano, se encauza en tres momentos que pueden distribuirse en tres Jornadas a nivel parroquial.

Primer momento: Impulsar la Nueva Evangelización. El “Qué”.
Segundo momento: Mediante el Anuncio del Kerigma a todos y la Formación Integral Permanente. El “Cómo”.
Tercer momento. Para fortalecer nuestras comunidades eclesiales y que nuestro pueblo, en Cristo tenga vida. “Para qué”.

A fin de adquirir el texto completo de la Glosa del Objetivo Diocesano, los interesados pueden comunicarse a la Vicaría de Pastoral:
Calle Jarauta No. 520-A, Sector Libertad, entre las Calles Industria y Federación.
Guadalajara, Jal.
Tel. 36 18 60 84.
info@vicariapastoralgdl.org

Fuente:Semanario.com.mx

La espiritualidad sacerdotal.


Juan Francisco Pozo (Almudi, 2002)

 

 

Lunes, 16 de junio de 2003

 

 

Una espiritualidad para el clero diocesano:

 

“la sociedad sacerdotal de la santa cruz”

 

El hilo conductor de esta comunicación es una afirmación de San Josemaría en la que resumía lo que los sacerdotes diocesanos encuentran en el Opus Dei, que es, sobre todo, «la ayuda ascética continuada que desean recibir, con espiritualidad secular y diocesana» [1] .

 

 

Las páginas siguientes sólo pretenden ser una reflexión acerca del significado de esos conceptos tal como se perciben a través del espíritu del Opus Dei y de la vida de los sacerdotes diocesanos que se sirven del mismo para alimentar su vida espiritual.

 

 

1. La cuestión de la espiritualidad sacerdotal

 

 

«La afirmación y búsqueda de una espiritualidad presbiteral que sea a la vez específica, sólida y estimuladora, se ha intensificado notablemente en nuestros días.

 

 

Se postula, en primer lugar, una espiritualidad específica, que no sea una mera asimilación mimética de la propia de los monjes, de los religiosos de vida activa o de los laicos.

 

 

Se requiere, en segundo lugar, una espiritualidad sólida, arraigada en la Escritura, en la teología y en la genuina experiencia del presbiterado en ejercicio.

 

 

Se reclama, en tercer lugar, una espiritualidad estimuladora, capaz de motivar vitalmente la concreta existencia y ministerio de los presbíteros» [2] .

 

 

Estas demandas así formuladas en el Congreso sobre Espiritualidad Sacerdotal celebrado en Madrid, del 11 al 15 de septiembre de 1989 [3] , se pueden encontrar de modo generalizado en la amplia literatura teológica dedicada a esta cuestión publicada después del Concilio Vaticano II [4] . Con enfoques diversos en temas que siguen sujetos a debate, puede afirmarse que hay una coincidencia de fondo: la necesidad de precisar los rasgos esenciales de una espiritualidad para el clero diocesano, radicada en su condición y ministerio, de modo que sea luz e impulso para alcanzar la santidad personal en el desempeño de su tarea pastoral en la diócesis. Con palabras de la Pastores Dabo Vobis el Magisterio lo ha afirmado de modo claro: los sacerdotes están llamados a santificarse «no sólo en cuanto bautizados, sino también y específicamente en cuanto presbíteros, es decir, con un nuevo título y con modalidades originales que derivan del sacramento del Orden» [5].

 

 

Las modalizaciones que el sacramento del orden da a la espiritualidad del presbítero, y que pueden considerarse ya doctrina común, sancionada en el Decreto Presbyterorum ordinis [6] , son las siguientes: la consagración como compromiso de santidad, la misión como fruto de la consagración, la relevancia espiritual de la diocesaneidad, la comunión con el propio obispo y con el presbiterio, y la consideración del ministerio pastoral como fuente primordial de santificación, que se concreta en el concepto de caridad pastoral como criterio unificador de la vida espiritual del sacerdote [7] .

 

 

2. Pluralidad de espiritualidades

 

 

Ahora bien, si a partir de esta base sólida, se da un paso más con vistas a determinar un programa concreto en que se plasmen todos estos contenidos, la cuestión se torna compleja. ¿Es posible sintetizarlo todo en un solo modelo de vida espiritual? O dicho de otro modo: el hecho de la diversidad de espiritualidades que se presentan como caminos de santificación para el sacerdocio diocesano ¿es algo negativo? ¿Es inevitable, como simple dato de un pluralismo legítimo? ¿O debe considerarse fruto de la multiforme actuación del Espíritu Santo que suscita carismas en orden al desarrollo y crecimiento de la Iglesia?

 

 

Para ofrecer una respuesta lo más completa posible, hay que remitirse a algunas consideraciones fundamentales acerca de la naturaleza y misión de la Iglesia, que permiten situar adecuadamente la diversidad de posiciones y vocaciones que pueden darse dentro de ella [8] , y comprender su complementariedad y mutua implicación en orden su misión universal [9] .

 

 

La Iglesia «no es una comunidad inorgánica o amorfa, sino una comunidad estructurada, y esto implica que cumple la misión que Cristo le ha confiado gracias precisamente al confluir y entrecruzarse de una pluralidad de vocaciones y tareas, distintas las unas de las otras, pero necesarias todas para la vitalidad y la acción del conjunto. Estos tres datos ?diversidad, unidad y confluencia- son, en suma, esenciales en el ser y el vivir de la Iglesia» [10].

 

 

En primer lugar, unidad. A este respecto escribía A. del Portillo:

 

 

«Lo mismo que la llamada a la santidad y la santificación misma es una y universal, lo es también la espiritualidad: la esencia y el dinamismo de esa vida espiritual divina, que comienza en el Bautismo y tendrá su plenitud en la Gloria. Espiritualidad que es la vida de Cristo, la acción santificadora del Espíritu Santo, de virtualidad infinita, que abarca cualquier situación personal, cualquier estado, todo ministerio» [11] .

 

 

Pero la unidad se conjuga con la diversidad, es decir, con la existencia de diferentes caminos concretos:

 

 

«Esa unidad fontal y radical de la santificación y, en consecuencia, de la espiritualidad cristiana, se puede ir diversificando ?manteniéndose idéntica en lo esencial- según la variedad de situaciones humanas y eclesiales, la pluralidad de los carismas y de los ministerios, la multiforme riqueza del don de Dios» [12] .

 

 

Es decir, la diversidad de misiones, tareas y vocaciones no puede considerarse un simple dato puramente fáctico, resultado de unas circunstancias históricas, marcado por tanto con el sello de la provisionalidad y con la contingencia de todo lo humano, que debería dar paso a una etapa posterior en la que se habrá superado toda diversidad . Mas bien hay que considerar que ningún grupo de cristianos, ninguna concreta vocación, estado o condición de vida «es capaz, por sí sola, de manifestar adecuadamente la perfección de Cristo, reflejo a su vez de la infinita riqueza de Dios (…): sólo la Iglesia, considerada en su conjunto, expresa de algún modo la plenitud de Cristo y contribuye eficazmente a su difusión» [13] , mediante esa variedad de vocaciones.

 

 

Estas consideraciones acerca de la interrelación unidad-pluralidad, aplicables a la Iglesia en su conjunto, son trasladables a la vocación y espiritualidad del sacerdote, y del sacerdote diocesano más concretamente. En efecto. Por una parte, la necesidad y la existencia de una espiritualidad del sacerdote basada en su condición en la Iglesia, está claramente señalada en los documentos conciliares así como en los documentos posteriores al respecto [14]:

 

 

«Los sacerdotes están obligados a adquirir esa perfección con especial motivo, puesto que, consagrados a Dios de un nuevo modo por la recepción del Orden, se convierten en instrumentos vivos de Cristo Eterno Sacerdote» [15] .

 

 

Ya se ha hecho constar la coincidencia de fondo respecto a las líneas de fuerza que deben configurar dicha espiritualidad. También existe el mismo acuerdo respecto a las dimensiones de que debe constar la vida sacerdotal: dimensión teologal -trinitaria-, dimensión eclesial, en su relación con el Obispo, con los demás sacerdotes y con los fieles a los que es enviado (es decir, la condición diocesana), y la dimensión mariana.

 

 

Sin embargo, esta homogeneidad teológica sobre el contenido de la espiritualidad sacerdotal no se transforma isomórficamente en una única vivencia espiritual entre el clero diocesano.

 

 

La primera cuestión se refiere a la terminología: ¿?espiritualidad del clero diocesano? o ¿espiritualidad diocesana?? El teólogo belga G. Thils empleó habitualmente la primera expresión, lo que a mi entender, es un acierto, pues ofrece con claridad la orientación por donde hay que buscar dicha espiritualidad, que es -como ya se ha indicado- el sacerdocio y el ministerio. En cambio, la noción de espiritualidad diocesana es un concepto bastante más complejo, acerca de cuyo contenido cabe discutir, y de hecho se sigue haciendo, sin que se haya alcanzado una unanimidad plena [16] .

 

 

Sobre este tema apunta Illanes una consideración sobre el significado de espiritualidad de una Iglesia particular que aporta claridad al respecto. Las iglesias particulares, afirma, «pueden tener, y tienen de hecho, un patrimonio espiritual propio, que contribuye a configurar la vida espiritual de sus miembros, pero no tanto una espiritualidad, especialmente si damos a este término el sentido fuerte que tiene en los usos con que se emplea según su origen carismático, o según las diversas posiciones o misiones en la Iglesia» [17].

 

 

Unas breves referencias históricas pueden ser útiles para ilustrar algunos hitos del progreso doctrinal de la teología y espiritualidad del sacerdocio, especialmente durante el siglo pasado [18].

 

 

3. Una breve mirada a la historia

 

 

 

El tema de la exigencia de santidad del sacerdocio así como los caminos para lograrla ha estado presente en la vida de la Iglesia a lo largo de toda su historia, con más insistencia en algunas etapas, en las que se ha planteado con mayor vigor la necesidad de una vida espiritual que aspirase a la santidad plena [19].

 

 

En la época moderna, el impulso renovador de Trento, se traduce, entre otras cosas, en un llamamiento apremiante a la santidad del clero. La tarea de procurar a este clero, que ya está mayoritariamente disperso por los pueblos, medios de santificación en su ministerio, se plasma en iniciativas de diversos santos y figuras relevantes en la vida de la Iglesia, que están en el origen de nuevas corrientes de espiritualidad sacerdotal, que con diverso éxito y difusión van a abrirse camino en siglos posteriores [20] .

 

 

Entre ellos se puede destacar un sacerdote secular, Juan de Avila, por su doctrina sacerdotal y sus iniciativas para la formación de los sacerdotes. Puntos fundamentales de su doctrina eran, junto a la consideración del Misterio de Cristo, Sacerdote y Buen Pastor, la unidad de los sacerdotes entre sí y con el propio obispo de la diócesis.

 

 

En el mismo s. XVI destaca también la figura de S. Felipe Neri, que creó la congregación del Oratorio, con la finalidad principal de asegurar a los sacerdotes las ventajas de la vida común y de la colaboración fraterna. S. Felipe Neri siempre sostuvo la forma secular de su instituto; nunca fue partidario de votos para sus discípulos, porque quería que los sacerdotes del Oratorio no tuvieran otras condiciones de vida que las del clero secular.

 

 

En Italia, S. Carlos Borromeo, arzobispo de Milán, proyecta establecer en Milán una iniciativa semejante al Oratorio. Pero, a diferencia de S. Felipe, S. Carlos sí introduce los votos, concretamente el de obediencia. El resultado serán los Oblatos de S. Ambrosio (posteriormente llamados de S. Carlos) [21] .

 

 

La escuela francesa de espiritualidad tiene en Pedro de Bérulle, fundador del Oratoire de Notre-Seigneur Jésus-Christ, una de sus figuras más representativas. Su propósito, semejante al de S. Felipe, fue reunir sacerdotes que busquen la perfección sin hacer profesión de votos religiosos. La búsqueda de la perfección sacerdotal se basará en la vivencia del sacerdocio de Cristo, a partir de la consideración del misterio de la Encarnación [22].

 

 

Hay otras iniciativas, todas ellas interesantes [23] . Especial importancia reviste en las primeras décadas del s. XX la figura y el pensamiento de J. D. Mercier. Su preocupación como obispo en favor de la promoción espiritual del clero diocesano se manifestó primero en una fuerte llamada a la exigencia de santidad del sacerdote, mayor que la del religioso o del laico, que debería llevarse a cabo sin necesidad de recurrir a los medios propios del estado religioso, porque su estado es superior [24] .

 

 

Mercier sancionó la expresión clero diocesano como opción disyuntiva frente a clero secular, con un argumento en el que se advierte todavía el peso de la historia, en la alusión explícita a quienes solían ser la referencia de santidad para el clero diocesano, que eran los religiosos. Así se expresaba el Cardenal Mercier:

 

 

«Como quiera que la expresión corriente clero secular que comúnmente se opone a clero regular hace creer a muchos (…) la idea de que vosotros estáis obligados a menor regularidad de vida (con lo cual quiere decir a menor perfección religiosa) que los habitantes de los monasterios, yo os propongo (…) que queráis llamaros con un nombre que no hace recordar las execrables obras de ?secularización? y de ?laicismo? y que os tituléis, por ejemplo, por lo menos en vuestro fuero interior y entre nosotros, clero diocesano» [25] .

 

 

Es interesante ver cómo, desde su perspectiva de Obispo, la fuerte llamada a la santidad que propone para el sacerdote diocesano, no la ve realizable sino a través de la constitución de una fraternidad sacerdotal, cual fue la Fraternité des Amis de Jésus, sociedad de ámbito diocesano, que propone la práctica de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, con la profesión de votos ante el propio obispo, en la medida en que su práctica es conciliable con el régimen de vida del clero secular. Las palabras sumamente respetuosas del cardenal ponen de manifiesto su conciencia de la delicadeza de la cuestión:

 

 

«Está abierta a todos los sacerdotes de la diócesis, los invita a todos sin excepción» [26].

 

 

 Pero acto seguido precisa que la respuesta pertenecía a la libre decisión de cada uno, y que en modo alguno pensaba

 

 

«Subestimar a los que no se creen llamados por la gracia del Espíritu Santo a seguir nuestro programa (?). Todo lo que pedimos de nuestros hermanos de la diócesis es que no nos atribuyan intenciones separatistas que están en las antípodas de nuestro pensamiento y de nuestra Institución.

 

 

Que ellos nos concedan por sus oraciones caritativas la gracia de la perseverancia, mientras que nosotros les prometemos rezar fraternalmente por ellos a fin de que el buen Dios bendiga nuestra común familia diocesana. Todos nosotros tenemos, por otra parte, un programa fundamental idéntico, el propuesto por Nuestro Señor a los Apóstoles y desarrollado en la Liturgia (?). Lo esencial está ahí. El resto es asunto de libre elección y de métodos de aplicación en la unidad de la caridad» [27] .

 

 

Es decir, existe una identidad fundamental en lo que significa el sacerdocio, pero luego queda la incorporación de sus valores teológicos objetivos a la vida espiritual personal, para la cual Mercier ve conveniente la vía de los consejos evangélicos mediante votos, adaptados a la vida del sacerdote diocesano, no por vía institucional sino por libre asociación.

 

 

 Una corriente paralela de revalorización del sacerdote diocesano se desarrolla también en Francia, de la que es exponente el canónigo Masure, autor de un ensayo de notable influjo, De l?éminente dignité du sacerdoce diocésain, y Mons. Delacroix, el animador de la Union apostolique.

 

 

Poco después, por los años 40, comienza su aportación en esta historia el teólogo belga Thils, con una decidida intervención a favor de una espiritualidad para el sacerdote diocesano que se radique precisamente en su condición. El teólogo belga se pregunta:

 

 

« ¿Es afortunado hablar de una espiritualidad del clero diocesano? Se habla de espiritualidad benedictina, dominicana, carmelitana, ignaciana, salesiana, y hasta de espiritualidad laica, escutista, jocista, etc. ¿No acabaremos por olvidar la sana espiritualidad cristiana, cuyos rasgos están inscritos en los libros inspirados? No cabe negar el peligro del movimiento centrífugo que apunta actualmente en este terreno; pero no se podrá tachar de exagerado en este punto al clero diocesano. Más bien habría que llenar una laguna. Por lo demás, téngase bien presente lo que queremos significar al hablar de la espiritualidad del clero diocesano. Lejos de pensar en construir a priori una teoría artificial -escribía monseñor E. Guerry muy juiciosamente- pedimos por el contrario que se caiga en la cuenta de una realidad existente, que se comprenda la originalidad positiva del estado del clero diocesano, a fin de fundar, sobre la naturaleza misma de su vocación particular en la Iglesia, una manera de promover su santidad y ayudarle a cumplir mejor, dentro de la gran vida de la Iglesia la misión que le está especialmente reservada?» [28]

 

 

Respecto a la denominación del sacerdote (diocesano o secular), Thils asume la opción adoptada por Mercier, pero ya no es por el matiz negativo que el adjetivo ?secular? tenía para el cardenal, sino por motivos de orden práctico: «clero diocesano más bien que clero secular. Cierto que el término ?secular? no contiene de suyo nada peyorativo y su empleo en los documentos eclesiásticos tiene incluso ciertas ventajas. Mas en el terreno de la espiritualidad, parece haber dado origen a determinadas malas inteligencias y errores» [29]. Hay que esperar, sin embargo, al Concilio Vaticano II para una plena clarificación terminológica: en los documentos conciliares se llama diocesano al sacerdote secular, para distinguirlo del sacerdote religioso [30] , y esto es ya lo habitual tanto en el lenguaje común como en el teológico. La Exhortación Apostólica Pastores Dabo Vobis es una buena muestra de ello [31] .

 

 

En definitiva, podríamos concluir esta sucinta mirada a la historia subrayando el hecho de que la necesidad de la santidad del sacerdote secular se ha hecho presente en la historia de la Iglesia, pero las propuestas de un camino espiritual preciso han discurrido por cauces muy diversos.

 

 

4. Dos niveles del concepto de espiritualidad

 

 

La cuestión de la diversidad es consecuencia del doble plano en el que se mueve el concepto mismo de espiritualidad: el plano objetivo [32] y el subjetivo [33] .

 

 

En este segundo nivel es donde se desarrolla la tarea de la apropiación vital de lo que la consagración y misión contienen objetivamente. Citando de nuevo palabras de A. del Portillo:

 

 

«Las propias circunstancias, en cuanto respondan al querer de Dios, han de ser asumidas y vitalizadas sobrenaturalmente por un determinado modo de desarrollar la vida espiritual, desarrollo que ha de alcanzarse precisamente en y a través de aquellas circunstancias». [34]

 

 

El texto del congreso que se citaba al comienzo hablaba de una espiritualidad específica, sólida (consideraciones en el nivel objetivo del concepto de espiritualidad), y estimuladora, «capaz de motivar vitalmente la concreta existencia y ministerio de los presbíteros» (nivel subjetivo del concepto de espiritualidad).

 

 

En esta distinción, y en la consiguiente posibilidad de discordancia entre la santidad de lo que contiene el ministerio y la falta de ella en el ministro, se enmarcan algunas dificultades bien conocidas en la historia de la espiritualidad sacerdotal [35] . Asimismo, la cuestión de la diversidad de itinerarios existenciales en el vivir el único sacerdocio de Cristo encuentra aquí su condición de posibilidad.

 

 

La apropiación existencial de los valores de santificación con los que el ministro es capacitado al ser ordenado, no se produce mecánicamente por el simple ejercicio del ministerio, sino que es necesaria una disposición de espíritu personal, unas determinaciones de orden ascético y un esfuerzo de profundización de la verdad de fe (con unos medios adecuados) que se traducen en un estilo de vida y un empeño pastoral en el que se refleja la vida de Cristo. Aquí tienen su lugar dos observaciones.

 

 

La primera, es el papel absolutamente insustituible de la libertad personal. Hay un ámbito de conciencia en el que cada uno responde personalmente ante Dios. Esto no debe ser entendido como reclamación de una privacidad para disponer de un espacio interior que ?en el caso del sacerdote diocesano- de alguna manera quedaría fuera de su entrega a la diócesis [36] . Más bien habría que verlo como el lugar desde el que se desarrolla la respuesta personal a la llamada divina hacia la única santidad presbiteral.

 

 

Tampoco debería verse ?esta es la segunda observación- como si el ministerio sacerdotal no tuviese la capacidad de configurar completamente la vida del presbítero, y necesitase de asistencias paralelas. Parece necesario subrayar que de lo que ahora se trata es de la apropiación existencial de lo recibido ontológicamente en la consagración.

 

 

Cuando en los documentos más recientes se hace mención de los medios tradicionales para sostener la vida espiritual [37] , no es con una finalidad de suplir algo que el ministerio no pueda dar, sino justamente con la de ofrecer medios para captar, profundizar y llevar a la práctica lo que significa la condición sacerdotal [38] .

 

 

5. La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz: un camino de santidad en el ministerio del clero diocesano

 

 

El ejercicio del ministerio es el eje sobre el que debe girar y desarrollarse la vida espiritual del presbítero secular. ¿Cómo se conjugan e integran en la vida del sacerdote secular diocesano que pide la admisión en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz [39] su ministerio en la diócesis y su pertenencia a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz?

 

 

Para verlo con una perspectiva completa, hay que remitirse al origen del Opus Dei, su naturaleza y misión en la Iglesia. Ya son numerosas las publicaciones que se ocupan de ello [40]. Aquí nos interesa retener que es una iniciativa, que se sitúa entre los carismas con que el Espíritu Santo vivifica la Iglesia, que Dios hace nacer en el alma de un sacerdote secular diocesano con un contenido preciso: fundar el Opus Dei, como camino de santificación en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano.

 

 

Por tanto, vistas las cosas desde su raíz, ¿qué lleva a un sacerdote diocesano a pedir la admisión en la Obra? Por encima de todo, el descubrir que es llamado por Dios a un camino vocacional que le alienta a vivir su vida sacerdotal en plenitud.

 

 

El Fundador del Opus Dei utilizaba en ocasiones una comparación: el espíritu de la Obra es como una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad. Con ella quería ilustrar que no consistía en una especie de estructura espiritual externa que se sobrepone a la existencia de los fieles corrientes [41] . Análogamente, en el caso del sacerdote diocesano, la vocación a la Obra no es mas que la determinación o especificación existencial que estimula a vivir en plenitud el único sacerdocio de Cristo, en unión con el Obispo y los demás miembros del presbiterio diocesano. El espíritu de la Obra confirma y robustece el amor de los sacerdotes a la propia diócesis, su unión al Obispo, su celo pastoral por las tareas que tiene encomendadas, su formación doctrinal, su preocupación por las vocaciones para el seminario, la fraternidad respecto a los demás sacerdotes.

 

 

En definitiva. La pertenencia a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, ¿qué añade a la condición sacerdotal del presbítero diocesano? Con las palabras citadas al inicio de esta comunicación, se trata de un impulso y unos medios concretos para tratar de vivir santamente lo que ya tiene obligación de vivir. «Prácticamente nada más. Y nada menos: un espíritu -el del Opus Dei- que anima amablemente y enseña positivamente a buscar la santidad en lo ordinario, en lo concreto y práctico, a luchar con amor día a día; y unos medios ascéticos y de ayuda fraterna que se han demostrado útiles para vivir el sacerdocio con el amor y el espíritu de servicio de un alma enamorada» [42].

 

 

5. 1. Santificación del ministerio. Unidad de vida

 

 

La comprensión del ministerio como realidad que debe alimentar la vida espiritual del presbítero se ilumina hondamente desde un rasgo determinante del espíritu de la Obra, que es la santificación en y a través del trabajo profesional, en las circunstancias de la vida ordinaria [43] . Y el ministerio sacerdotal es trabajo con unas exigencias y virtualidades potencialmente inagotables, capaz de llenar la vida de contenido convirtiéndolo en materia de santificación. Esto es inseparable de un concepto que está presente en la enseñanza del Fundador del Opus Dei, la unidad de vida, es decir, la integración del trabajo y los demás quehaceres ordinarios en la propia vida espiritual. En uno de sus primeros escritos lo sintetizaba así San Josemaría:

 

 

«Unir el trabajo profesional con la lucha ascética y con la contemplación ?cosa que puede parecer imposible, pero que es necesaria, para contribuir a reconciliar el mundo con Dios-, y convertir ese trabajo ordinario en instrumento de santificación personal y de apostolado. ¿No es éste un ideal noble y grande por el que vale la pena dar la vida?» [44].

 

 

Se trata de un rasgo capital del espíritu que Dios le había hecho comprender para enseñarlo y transmitirlo a personas de todas las condiciones. Y así lo hizo. Los textos que se pueden citar serían muy numerosos; baste para nuestro propósito uno bien conocido, correspondiente a la homilía Amar al mundo apasionadamente: hablando de aprender a «materializar» la vida espiritual, ponía en guardia frente al riesgo de llevar como una doble vida:

 

 

«La vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas.

 

 

¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser -en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales» [45] .

 

 

Esta perspectiva encuentra en el sacerdote diocesano de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz una resonancia y una sintonía muy específicas a la hora de vivir su ministerio. Por eso se encuentra en el Opus Dei con toda holgura, sintiéndose en su sitio, ya que percibe que el espíritu del Opus Dei no es algo heterogéneo respecto a su ministerio sacerdotal ni a su condición diocesana, sino que asume y estimula desde dentro, de modo connatural, las líneas de fuerza del mismo [46] .

 

 

5. 2. Condición diocesana

 

 

Cuando un sacerdote se adscribe a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, no cambia su condición diocesana. En palabras de su Fundador:

 

 

«No modifica ni abandona en nada su vocación diocesana -dedicación al servicio de la Iglesia local a la que está incardinado, plena dependencia del propio Ordinario, espiritualidad secular, unión con los demás sacerdotes, etc.-, sino que, por el contrario, se compromete a vivir esa vocación con plenitud, porque sabe que ha de buscar la perfección precisamente en el mismo ejercicio de sus obligaciones sacerdotales, como sacerdote diocesano» [47].

 

 

Precisamente es esencial a quien recibe la vocación a la Obra el buscar la santidad en sus circunstancias, allí donde ha descubierto la llamada divina. En el sacerdote diocesano esto se concreta en que no sólo no hay variaciones de su condición sino que procura con empeño renovado santificarse en ella.

 

 

Y para conseguirlo se sirve de medios de formación clásicos: meditaciones, círculos de estudio, convivencias, charlas fraternas de acompañamiento espiritual… Esa ayuda no interfiere sino que secunda la dirección espiritual colectiva que da el Obispo de cada diócesis: se trata de «una dirección espiritual personal solícita y continua en cualquier lugar donde se encuentren, que complementa -respetándola siempre, como un deber grave- la dirección común impartida por el mismo Obispo» [48].

 

 

Al hablar de completar la dirección espiritual colectiva del Obispo en la diócesis, hay que recordar algo ya apuntado. No se trata de completar algo incompleto, porque se sitúa en otro plano, el de la asimilación en la propia vida espiritual de lo que supone su condición de sacerdote diocesano. Todos los presbíteros deben plasmar en su existencia personal los contenidos de la consagración, misión, caridad pastoral, comunión con la Iglesia, con el propio ordinario y el presbiterio, etc., pero cada uno lo hará siguiendo la orientación espiritual que realmente le ayude. Quien es del Opus Dei lo hace según su espíritu.

 

 

Por esta razón no sería adecuado a la realidad plantear un problema de compatibilidad entre la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y la diócesis. Ninguna tradición espiritual, ningún valor que pueda considerarse perteneciente a la diócesis queda fuera del horizonte de santificación del presbítero que se asocia a la Obra. La vida entregada al ministerio en su diócesis de los ya numerosos sacerdotes que recorren este camino es el mejor testimonio de que el espíritu se hace realidad tal como es, rectamente vivido y comprendido.

 

 

Otra posible cuestión que puede plantearse, es si a quien recibe orientación y ayuda espiritual de una asociación presente en numerosas diócesis de todo el mundo, como la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, no estaría de alguna manera disminuyendo en algo su particular diocesaneidad, o al menos cambiando su contenido, al entrar en combinación con algo a lo que ciertamente se le reconoce validez espiritual, pero no exclusivo de la diócesis.

 

 

En la base de esta objeción teórica, en mi opinión está operando la tesis de ?una espiritualidad diocesana?, en el sentido de propugnar la existencia de ?una sola espiritualidad diocesana?, característica de una determinada diócesis. Desde el punto de vista terminológico pienso que es preferible hablar de espiritualidad para el clero diocesano, en vez de espiritualidad diocesana.

 

 

Teniendo presente el doble nivel del concepto de espiritualidad al que se ha aludido antes, habría que reconocer la riqueza eclesiológica y espiritual de la pluralidad ?posible teóricamente, y real en la existencia histórica- de espiritualidades que se presentan como caminos de santidad para los sacerdotes de la diócesis.

 

 

Esta diversidad es un bien para la Iglesia universal, y por tanto también para la Iglesia particular en cuando se hace presente en ella el misterio de la Iglesia universal. Y es que lo que nace, por acción del Espíritu Santo, al servicio de la Iglesia universal, no es, en esencia, extraño o ajeno a una Iglesia particular.

 

 

5. 3. Secularidad

 

 

Ciñéndonos al dominio de la teología espiritual, el concepto que más puede convenirle a una espiritualidad para el clero diocesano es el de secularidad: sacerdote secular diocesano [49]. El significado de tal concepto sigue siendo objeto de reflexión; aquí interesa subrayar que un sacerdote diocesano, lo mismo que cualquier persona que desea incorporarse al Opus Dei, lo hace buscando un fin preciso:

 

 

«La santidad en medio del mundo según el espíritu del Opus Dei y a través de sus medios ascéticos. En ese espíritu, el trabajo profesional es tomado como eje de la propia santificación; el sacerdote diocesano ha de tomar en el mismo sentido y con la misma urgencia el ejercicio de su ministerio sacerdotal, que a estos efectos puede considerarse verdadero trabajo» [50].

 

 

Con palabras del Santo Escrivá de Balaguer, «si cabe hablar así, para los sacerdotes su trabajo profesional, en el que se han de santificar y con el que han de santificar a los demás, es el sacerdocio ministerial del Pan y de la Palabra» [51]. La condición secular, por tanto, es conditio sine qua non de la posibilidad de tener vocación al Opus Dei.

 

 

A este respecto, es necesario poner de relieve que en los sacerdotes y laicos del Opus Dei hay una unidad de espíritu. Dentro de ella no cabe contraposición entre la ¿espiritualidad del sacerdote secular? y la ¿espiritualidad laical? Ciertamente hay una especificidad en la espiritualidad del sacerdote, pero ésta viene dada en razón de la materia de su santificación, el ministerio, que tiene unas características y exigencias morales propias. Este género de especificidad no impide hablar de un espíritu común por razón de la común vocación y misión secular [52].

 

 

6. Conclusión

 

 

La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz se inscribe entre las asociaciones para fomentar la santidad del clero diocesano que las enseñanzas magisteriales recientes han refrendado de modo reiterado [53], proporcionando un estímulo eficaz y concreto, el que resulta del espíritu del Opus Dei, para vivir a fondo su condición de sacerdote diocesano.

 

 

Las palabras de San Josemaría que constituyen el hilo conductor de estas reflexiones, describían el espíritu de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz como una «espiritualidad secular y diocesana», entre otras, que surge como fruto de la acción del Espíritu Santo. Cincuenta años después de su nacimiento, Mons. Álvaro del Portillo escribía una carta a todos aquellos sacerdotes que a lo largo de esos años recorrían ese camino, recordándoles lo que debe constituir el impulso para vivir plenamente su vocación:

 

 

«Meditad que estáis en la Obra porque habéis respondido a una llamada divina, y que el Señor os concede las gracias necesarias para que respondáis plenamente. En vuestra vida habéis seguido primero la llamada al sacerdocio y después habéis descubierto la vocación a la Obra, que ha reforzado la primera y os ha señalado el camino y los medios ?en primer lugar las Normas y Costumbres de nuestro plan de vida- dispuestos por Dios para que seáis sacerdotes heroicamente santos» [54].

 

 

Como una de las expresiones de esa llamada, señalaba a continuación: «Una tarea apostólica espera el Señor particularmente de vosotros: que trabajéis para promover muchas vocaciones sacerdotales, y que os ocupéis de vuestros hermanos en todas las diócesis, siendo fermento de santidad y de unidad dentro de vuestro presbiterio» [55] ; fermento de unidad, «porque la vocación a la Obra no os enquista ni os separa de nadie» [56] , sino que lleva a vivir los vínculos con el Obispo, sus hermanos sacerdotes y toda la diócesis con todo el amor del que es capaz .

 

 

 

 

 

 

 

 

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[1] San JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, 15 ed., Rialp, Madrid 1986, n. 16. Es decir, se adscriben a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz «porque desean recibir una ayuda espiritual personal de manera en todo compatible con los deberes de su estado y ministerio: de otra manera, esa ayuda no sería tal ayuda, sino complicación, estorbo y desorden» (Id.).

 

 

[2] COMISIÓN EPISCOPAL DEL CLERO, Espiritualidad sacerdotal y ministerio. Documento de trabajo, Actas del ?Congreso de Espiritualidad Sacerdotal?, Edice, Madrid 1989, p. 627.

 

 

[3] Este volumen seguía al que había aparecido tres años antes, con las intervenciones del simposio Espiritualidad del Presbítero Diocesano Secular, COMISIÓN EPISCOPAL DEL CLERO, Madrid, 1987.

 

 

[4] Cfr. E. DE LA LAMA ? L. F. MATEO?SECO, Espiritualidad del presbítero secular, Scripta Theologica, 21 (1989), pp. 227-287, Sobre la espiritualidad del sacerdote secular, «Scripta theologica» 31 (1999) 159-180, y Boletín sobre espiritualidad sacerdotal (tesis doctorales en torno a la vocación sacerdotal y a su espiritualidad), «Scripta theologica» 31 (1999) 957-979.

 

 

[5] Ex. Ap. Pastores Dabo Vobis, n. 19.

 

 

[6] Cfr. CONCILIO VATICANO II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 12.

 

 

[7] Cfr. Id., n. 14.

 

 

[8] En este tema he seguido las observaciones de J. L. ILLANES, Espiritualidad y sacerdocio, Rialp, Madrid 1978, pp. 41 ss.

 

 

[9] «Para comprender a fondo cualquier vocación o condición (…) es necesario situarla en el interior de la Iglesia en cuanto cuerpo al que Cristo hace partícipe de su vida y al que envía al mundo como signo y sacramento del designio divino de salvación. Es esa Iglesia, una y, a la vez intrínseca y orgánicamente diversificada, formada por una pluralidad de fieles y estructurada en una pluralidad de vocaciones y tareas, la que da razón de todos y cada uno de los elementos que la integran. Sólo desde esa perspectiva, en efecto, las vocaciones y ministerios se nos manifiestan con su plena razón de ser y sentido» (J. L. ILLANES, o. c., p. 61).

 

 

[10] Id., p. 60.

 

 

[11] A. DEL PORTILLO, Escritos sobre el sacerdocio, Palabra, Madrid 1970, p. 124.

 

 

[12] Id., p. 125.

 

 

[13] J. L. ILLANES, o. c., p. 60.

 

 

[14] Cfr. Ex. Ap. Pastores Dabo Vobis, n. 19.

 

 

[15] CONCILIO VATICANO II, Decr. Presbyterorum Ordinis, n. 12.

 

 

[16] Un testimonio, relevante por su papel en el movimiento de Vitoria, es el de J. GOICOECHAUNDIA, Perfección del clero diocesano, en AA. VV., Sobre la perfección cristiana, I Semana de Espiritualidad, Salamanca (21-26 abril de 1952), ed. Flors, Barcelona 1954, pp. 324-325. Goicoechaundía apunta hacia el concepto de espiritualidad diocesana entendida como escuela de espiritualidad.

 

 

[17] J. L. ILLANES, o. c., pp. 34-38.

 

 

[18] Para una historia de la espiritualidad sacerdotal, cfr. J. ESQUERDA-BIFFET, Historia de la espiritualidad sacerdotal, en «Teología del sacerdocio», vol. 19, ed. Aldecoa, Burgos 1985.

 

 

[19] Cfr. I. OÑATIBIA, La espiritualidad presbiteral en su evolución histórica, COMISIÓN EPISCOPAL DEL CLERO, Espiritualidad del Presbítero Diocesano Secular, Madrid, 1987, pp. 25-58.

 

 

[20] A. M. CHARUE, El clero diocesano tal como lo ve y lo desea un Obispo, Vitoria, 1961.

 

 

[21] El hecho de que en sus circunstancias históricas concretas, S. Carlos haya visto necesario ese voto, al que en cambio se oponía el Oratorio, es significativo de que hay cuestiones -como la necesidad o no de votos- que se han planteado de modo recurrente en la historia de la espiritualidad sacerdotal.

 

 

[22] «La Escuela francesa insiste, como no lo había hecho ninguna otra escuela, en las relaciones de comuníón e intimidad de lo sacerdotes con Cristo, de identificación con sus estados sacerdotales, hasta convertirse en vivas imágenes del Hijo de Dios en la tierra, en Cristos vivientes» (I. OÑATIBIA, o. c., p. 50).

 

 

[23] Por ejemplo, la iniciativa del Venerable Bartolomé Holzhauser, orientada a la finalidad de proporcionar a los sacerdotes una forma de vida espiritual, de formación y de empeño pastoral parroquial, sin votos, con una organización que preveía un reglamento con superiores internos y estaban bajo la autoridad de los obispos del lugar. Tuvo una existencia breve.

 

 

Acabaría por reaparecer, en 1862, a iniciativa de Lebeurier, canónigo de Orleans. Sin embargo la fundación de Monseñor Lebeurier, con un estatuto más adaptado a la condición del clero de la época, terminó por llamarse L?Union Apostolique des Prêtres séculiers du Sacré-Coeur.

 

 

La corriente de revalorización del sacerdote diocesano de la Union Apostolique tendrá eco y será compartida, en las primeras décadas del s. XX, por un buen grupo de autores (en Francia y también en España) que unen sus reflexiones y su esfuerzo con vistas al mismo objetivo. Cfr. S. GAMARRA-MAYOR, S., Origen y contexto del movimiento sacerdotal de Vitoria. Lección inaugural del curso 1981-1982, Eset, Vitoria 1981.

 

 

En fechas muy cercanas al nacimiento de la Union, en 1860, Antonio Chevrier, sacerdote de la diócesis de Lyon, fundó la Societé des Prêtres du Prado. El proyecto inicial del fundador no era una congregación religiosa, sino una asociación de sacerdotes, que permaneciendo sacerdotes seculares, llevaran sin embargo una vida regular en los ministerios de las parroquias a ellos confiadas. Su itinerario posterior conducirá a su transformación en instituto secular en 1954.

 

 

Hay que mencionar también el pensamiento espiritual de A. Gréa. Dom Gréa fundó, en 1871, los Chanoines réguliers de l?Immaculée Conception, con el estímulo de Pío IX. Llevaban hábito blanco y tonsura monacal. Según su ideal, la comunidad debía integrarse con el clero diocesano, bajo la autoridad del obispo del lugar y con el minimum estrictamente indispensable de exenciones.

 

 

Columba Marmion ejerció un influjo notable por sus escritos centrando la vida interior del alma, del monje y del sacerdote, en Cristo. También es relevante su figura en razón de su relación con Mercier, del que fue director espiritual en la época en que éste era profesor en Lovaina.

 

 

[24] Es bien conocida su afirmación de dicha exigencia en unas conferencias predicadas al clero de su diócesis. Allí afirmaba que el sacerdote diocesano es el verdadero religioso en el sentido más elevado de la palabra: «Vosotros pertenecéis a la primera orden religiosa establecida en la Iglesia; vuestro fundador es el mismo Jesucristo; los primeros religiosos de su orden fueron los Apóstoles, sus sucesores son los obispos, y en unión con ellos los sacerdotes, los ministros todos del orden sagrado (…). Vosotros pues, sois religiosos y lo sois en sumo grado» (J. D. MERCIER, La vie intérieure. Appel aux âmes sacerdotales. Retraite prêchée à ses prêtres, E. Warny, Lovaina, 1934, p. 196).

 

 

[25] Id., p. 196.

 

 

[26] J. D. MERCIER, La Fraternité sacerdotale des Amis de Jésus: Rapport de S. É. le card. Mercier à la S. Congrégation du Concile, Desclée de Brouwer, Bruges, 1927, p. 109.

 

 

[27] Id., p. 110.

 

 

[28] G.THILS, Naturaleza y espiritualidad del clero diocesano, Sígueme, Salamanca 1961, pp.201-202.

 

 

[29] Id., p. 9.

 

 

[30] «Todos los sacerdotes, tanto diocesanos como religiosos (…)» (CONCILIO VATICANO II, Const. Ap. Lumen gentium, n. 28); cfr. asimismo Decr. Presbyterorum ordinis, n. 8.

 

 

[31] «Cada sacerdote, tanto diocesano como religioso, está unido a los demás miembros de este presbiterio, gracias al sacramento del Orden (…)» (Ex. Ap. Pastores Dabo Vobis, n. 17; cfr. también n. 71).

 

 

[32] Al que alude la Exhortación Apostólica Pastores Dabo Vobis, n. 19, al afirmar que el contenido del ministerio, tanto de la palabra, como de los sacramentos o el cuidado pastoral de la comunidad es Jesucristo mismo, fuente de santidad y llamada a la santificación.

 

 

[33] Se trata, con palabras de la misma Exhortación Apostólica, del ethos de la vida sacerdotal resultante de la asunción de la realidad del ministerio.

 

 

[34] A. DEL PORTILLO, Escritos sobre el sacerdocio, p. 126.

 

 

[35] No podemos extendernos en este tema. Nos limitamos a aludir a la separación entre ejercicio del ministerio y santidad personal, que llevaba a suponer una insuficiencia del ministerio para santificar al presbítero, y esto, a su vez, a buscar remedios externos a la propia condición presbiteral. Sobre la hipótesis de un ministerio y una santidad concebidas como heterogéneas, cfr. J. FRISQUE, El Decr. ?Presbyterorum ordinis?. Historia y comentario, en J. FRISQUE e Y. CONGAR (dir), Vaticano II. Los sacerdotes. Decretos ?Presbyterorum ordinis? y ?Optatam totius?, Madrid, 1969, pp. 170 ss.

 

 

[36] En ese caso, se podría llegar a afirmar que el sacerdote diocesano no puede buscar aliento y estímulo espiritual en la universalidad de los carismas con que el Espíritu Santo vivifica y renueva constantemente la Iglesia.

 

 

[37] Cfr. CONCILIO VATICANO II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 18; Ex. Ap. Pastores Dabo Vobis, nn. 26, 33; Directorio para el ministerio y vida de los presbíteros, n. 39.

 

 

[38] Cfr. J. L. ILLANES, Espiritualidad y sacerdocio, p. 136.

 

 

[39] Para conocer con más detalle los aspectos esenciales de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, cfr. San JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER DE BALAGUER, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, ed. Rialp, 17ª ed., Madrid 1989; Mons. J. ECHEVARRÍA, Qué es la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, «Palabra» 337 (1992) 173-178; L. F. MATEO-SECO ? R. RODRÍGUEZ-OCAÑA, Sacerdotes en el Opus Dei, Eunsa, Pamplona, 1994; También J. MOLINERO, Qué es la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz?, Suplemento informativo, Basílica Pontificia de San Miguel, http://www.edunet.es/forosacerdotal/sss.html.

 

 

[40] Cfr. ante todo, las biografías de San Josemaría: A. VAZQUEZ DE PRADA, El Fundador del Opus Dei, ed. Rialp, Madrid 1997. Entre las monografías, A. DE FUENMAYOR- V. GÓMEZ-IGLESIAS- J. L. ILLANES, El itinerario jurídico del Opus Dei. Historia y defensa de un carisma, Eunsa, Pamplona 1989; P. RODRÍGUEZ- F. OCÁRIZ- J. L. ILLANES, El Opus Dei en la Iglesia. Introducción eclesiológica a la vida y el apostolado del Opus Dei, Rialp, Madrid 1993. Sobre la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, el ya citado de LUCAS F. MATEO-SECO, Sacerdotes en el Opus Dei.

 

 

[41] «El ideal de la santidad, único y común a todos los cristianos es accesible a través de los distintos estados o géneros de vida, sin salirse de ellos, porque son otros tantos caminos que nos llevan al Señor. Basta cumplir en cada estado y oficio, los deberes que el propio estado y el propio trabajo imponen» (San JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Carta, Roma 2-11- 1945, en Rendere amabile la veritá. Raccolta di scritti di Mons. Álvaro del Portillo, Librería Editrice Vaticana 1995, p. 287).

 

 

[42] Cfr. J. MOLINERO, o. c.

 

 

[43] Cfr. sobre este tema L. F. MATEO-SECO, Sacerdotes en el Opus Dei, pp. 125 ss.

 

 

[44] San JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Instrucción, 19-III- 1934, n. 33, en El itinerario jurídico del Opus Dei, p. 43.

 

 

[45] ID., Conversaciones, n. 114.

 

 

[46] Cfr. L. F. MATEO-SECO, o. c., p. 123.

 

 

[47] San JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Conversaciones , n. 15.

 

 

[48] Id., n. 16.

 

 

[49] Cfr. J. R. VILLAR, Clero secular, clero diocesano, clero religioso, clero extradiocesano. Anotaciones terminológicas, AA. VV., La formación de los sacerdotes en las circunstancias actuales. XI Simposio Internacional de Teología (6-8 abril de 1988), Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra.

 

 

[50] L. F. MATEO? SECO, En las bodas de oro de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, «Romana», Estudios 1985-1996, p. 208.

 

 

[51] San JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Carta, 24-XII-1951, en El itinerario jurídico del Opus Dei, p. 289.

 

 

[52] El texto transcrito al principio, p. 1, ref nota 2, & 2, puede ser comprendido en esta clave, porque en el espíritu del Opus Dei no hay contraposición entre espiritualidad del sacerdote secular y espiritualidad laical.

 

 

[53] «Han de estimarse grandemente y ser diligentemente promovidas aquellas asociaciones que, con estatutos reconocidos por la competente autoridad eclesiástica, fomenten la santidad de los sacerdotes en el ejercicio de su ministerio» (CONCILIO VATICANO II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 8). Cfr. sobre este tema, J. ESQUERDA BIFET, Asociaciones y espiritualidad sacerdotal, en COMISIÓN EPISCOPAL DEL CLERO, Espiritualidad del Presbítero Diocesano Secular, Madrid, 1987, pp. 599-607.

 

 

En el caso de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, hay que tener presente que está inseparablemente unida a la Prelatura del Opus Dei.

 

 

[54] A. DEL PORTILLO. Carta, 9-I-93, AGP, P17, n. 404.

 

 

[55] Id., n. 405.

 

 

[56] Id., n. 407.

 

Por qué no ordenación de mujeres y otras preguntas


Mujeres no necesitan ordenarse sacerdotes para alcanzar plenitud de hombres.

Viernes, 05 de diciembre de 2003

 

Aciprensa

 

 

MADRID, 28 Nov. 03 (ACI).-Durante la conferencia inaugural del curso 2003-2004 en la Universidad Católica San Antonio (UCAM) de Murcia, el Obispo de Ratisbona, Mons. Gerhard L. Müller, declaró que las mujeres no necesitan recibir la ordenación sacerdotal para llegar a la misma plenitud que los hombres.

 

 

Mons. Müller, experto en cuestiones relacionadas con el papel de las mujeres en la Iglesia Católica, remarcó la constitución sacramental del Pueblo de Dios y la voluntad instituyente de Cristo como motivos por los que no existe una ordenación femenina. Sin embargo, resaltó que su función llega a la misma plenitud que la del hombre.

 

 

“Bajo el epígrafe ?democratización de la Iglesia?, parece que algunas cuestiones de fe se han convertido en objeto de decisiones por mayoría”, explicó Mons. Müller. Sin embargo, “que seamos la comunidad de los que creen en Cristo y formemos su Iglesia no significa que el Credo deba ser aprobado siempre de nuevo.”

 

 

El Obispo hizo alusión a un “cisma mental” cuando se enfocan estas cuestiones sin la perspectiva sacramental, una visión obligada para referirse a la condición de “servicio” y no de “derecho” que implica el acceso al sacerdocio ministerial.

 

 

La complementariedad entre varón y hembra no se reñiría en absoluto con la eminente igualdad entre sexos. “En la reciprocidad de la relación se realiza plenamente su condición de persona y se manifiesta la semejanza del hombre con Dios.”

 

 

Los arquetipos predominantes, sin embargo, no permiten en ocasiones examinar los profundos condicionamientos que llevan a poder imponer el sacramento del Orden sólo a varones. “Los paganos se mofaban de los primitivos cristianos porque entre éstos las mujeres estaban en pie de igualdad con los hombres”, explicó Mons. Müller.

 

 

Ellas “contribuían en buena medida a acuñar el fenotipo demográfico y espiritual de la Iglesia”. Pero “no podemos cometer el error de concebir el sacramento del Orden como incremento de la condición de cristiano” y agregó que la mujer, con su papel de laica o consagrada, cumple, como el hombre laico o sacerdote, la misión y figura de la Iglesia que proceden del bautismo, la confirmación y la eucaristía.
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Preguntas y respuestas sobre el sacerdocio

seminariobogota.org

 

 

¿Por qué ser sacerdote?

 

 

Los cristianos católicos sabemos que en esta vida hay mucho más que las cosas materiales y los placeres. Por tanto, en la vida de un sacerdote, él busca la manera de servir a Dios y a los demás. La mayoría de las personas le sirven a Dios en el estado de vida matrimonial o siendo solteros, y esas son vocaciones maravillosas. Pero algunos son llamados de manera especial a servir a Dios y a la comunidad. Son llamados a ser sacerdotes. Son llamados a ser instrumentos de la gracia de Dios, portadores de su perdón, predicadores de la Palabra que da la vida eterna, celebrantes de los misterios de Dios en los momentos más significativos y en los ordinarios de la vida de las personas. Ellos son llamados a seguir a Jesús totalmente con la misma generosidad y perseverancia que Él demostró durante su vida. Esta llamada al sacerdocio viene de Dios. ¿La has oído alguna vez en tu vida?

 

 

 

¿Qué es un sacerdote?

 

 

Él es un ser humano como tú. Pero con la gracia de Dios ha encontrado la fuerza para dedicar su vida a anunciar a Cristo y a actuar como un «embajador de Cristo», como diría san Pablo. Esto significa que él predica la palabra a tiempo y a destiempo; él representa a Cristo en aquellos momentos en que Él está sacramentalmente presente, Bautismo, Eucaristía, Confirmación, Reconciliación, Matrimonio, Orden sacerdotal y en la Unción de los Enfermos. Los sacerdotes hacen presente a Cristo como cabeza de Su Iglesia. Mediante su cuidado y celo pastoral, él es un poderoso signo de la presencia de Cristo en una comunidad específica del pueblo de Dios. Es una vida que se plantea como todo un desafío para el cristiano.

 

 

¿Qué es un sacerdote diocesano?

 

 

Un sacerdote diocesano o «secular» trabaja en una diócesis o arquidiócesis particular normalmente como párroco. Él está «casado» con los fieles del territorio de su parroquia, gastando su vida con ellos y por ellos para acercarlos a Dios y trabajando por su santificación. Un sacerdote religioso trabaja adondequiera que el Superior de su orden religiosa lo envíe.

 

 

 ¿Es fácil llegar a ser sacerdote?

 

 

Las cosas más valiosas en la vida no son «fáciles» de conseguir. Para prepararse al sacerdocio un hombre debe dedicar una porción significativa de su vida: Primero debe vincularse a un proceso de discernimiento durante un año, después ingresa al año introductorio o propedéutico, que lo prepara para asumir su formación en el seminario. En seguida vienen los estudios de Filosofía durante dos años. Después de eso, vienen los estudios de Teología, durante cuatro años, en la mitad de los cuales está inserto un año de prácticas pastorales como parte del proceso de formación. Es un camino bastante largo y a veces difícil, pero no imposible. Si uno va a servir a la gente como sacerdote, debe prepararse muy bien para ser un instrumento idóneo. Además, si Dios quiere que seas sacerdote, te dará todas las gracias necesarias para alcanzar dicha meta.

 

 

¿Cuánto tiempo se necesita para llegar a ser sacerdote?

 

 

Después del Bachillerato, un año de propedéutico, dos años de Filosofía, cuatro de Teología y uno de experiencia pastoral. Después de ser ordenado, se espera que el sacerdote continúe actualizándose buscando especializarse.

 

 

¿Qué cualidades busca la Iglesia en un candidato?

 

 

La Iglesia busca un varón de buena reputación. El candidato debe ser un creyente católico practicante, que participe en la Santa Misa con regularidad, que esté empeñado en algún tipo de oración diaria, que observe los mandamientos y tenga un fuerte deseo de servir a los demás. Debe ser mental, emocional y físicamente sano. Debe tener niveles normales de inteligencia y sobre todo, debe estar abierto a la voluntad de Dios.

 

 

 

¿Es interesante la vida diaria de un sacerdote?

 

 

¡Por supuesto que sí! Hay momentos de rutina, como en cualquier tipo de vida, pero no ha dos días que sean iguales en la vida de un sacerdote. El sacerdote ayuda a la gente a buscar a Dios, y el trabajo con la gente es interesante e impredecible. Pocas vocaciones ofrecen tanto como lo hace el sacerdocio. Más aún, el sacerdote que ama a sus fieles y se compromete con ellos entregándose a su servicio sabrá que está realizando la obra del Señor.

 

 

¿Qué es una vocación?

 

 

Una vocación es una invitación, una llamada de Dios a servirlo de una manera específica. La vocación primaria y común de todo bautizado católico es a ser santo. A amar a Dios y a los demás. Pero un candidato al sacerdocio está llamado a ir más allá de lo «ordinario» y a convertirse en pastor de otros mientras que peregrinan hacia Dios.

 

 

¿Cómo saber a qué me está llamando Dios?

 

 

Primero, pregúntale a Dios en la oración lo que Él quiere que tú hagas, luego ábrete y dispónte a responderle con generosidad. El llamado puede llegar de maneras sorprendentes o inesperadas: puede ser a través de comentarios o sugerencias o estímulos de otros, mediante una invitación específica, por medio de un incidente de gracia, cualquier cosa. Dios es el que llama y Él puede llamarte de la manera que Él escoja. Si un hombre es llamado al sacerdocio, él debe también someter esa llamada a la Iglesia en la persona del obispo diocesano o del Superior religioso. Para discernir la validez de una vocación, el obispo trabajará en estrecha comunicación con el sacerdote director de la Pastoral vocacional y con los formadores del seminario.

 

 

 ¿Soy lo suficientemente santo como para ser sacerdote?

 

 

 

 

Cuando san Pedro fue llamado por Jesús a seguirlo, su reacción inmediata fue un rechazo: «Señor, apártate de mí, que soy un pecador». Pedro tenía la razón en esa ocasión, pero Jesús no invita a personas perfectas a seguirlo de cerca. Él llama a personas humildes, honestas, que se dejan guiar y enseñar, a aceptar su propuesta y a seguirlo. No hay un solo sacerdote que se haya sentido alguna vez digno del don del sacerdocio, ni siquiera después de años de servicio fiel a Cristo y a los demás. Todo sacerdote sabe que no es más que una «vasija de barro»; Cristo lo sabe también. Pero nosotros creemos que la gracia de Jesucristo nos dará aquello que nos falta para responder a su llamado. «No temas ?dice Jesús? busca primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se te dará por añadidura».

 

 

¿Qué es un voto religioso?

 

 

Un voto es una promesa solemne hecha libremente por un hombre o mujer que le entrega su vida a Dios. Los miembros de las comunidades religiosas hacen votos de pobreza, castidad y obediencia. Un sacerdote diocesano no hace un voto, sino una promesa, aunque con la misma solemnidad, de guardar la castidad y él promete solemnemente obediencia a su obispo local y a sus sucesores. Y a pesar de que no hace un voto de pobreza, se espera que viva un vida sencilla, modesta y libre de todo interés material y de todo apego al dinero y a los bienes.

 

 

¿Qué decir del celibato?

 

 

El sacerdote célibe se consagra por completo con un corazón indiviso al servicio de Dios y al servicio de su pueblo. Para hacerlo, él renuncia al derecho de casarse y de tener una familia, no para permanecer solo y amargado, sino para tener como familia a la Iglesia. Él no renuncia a la amistad ni a la compañía de buenos amigos, tanto hombres como mujeres. De hecho se le estimula para que cultive amigos leales y dignos de confianza. El sacerdote puede vivir una vida célibe fructuosa y fecunda, si es un hombre de oración, si ama a Dios y a su pueblo. El sacerdote es llamado a una forma particular de renuncia a sí mismo siguiendo las huellas de Cristo, que se entregó a sí mismo por nosotros.

 

 

 

¿Son los sacerdotes felices?

 

 

Sí que lo son. Es verdad que pueden tener días malos y períodos difíciles, como toda persona, pero la mayoría de los sacerdotes te dirán que son muy felices como sacerdotes. Ellos reconocerán, no obstante, que so siempre es fácil ser sacerdote, pero las recompensas personales y espirituales son inmensas y profundas. A veces los medios de comunicación difunden la impresión de que los sacerdotes sufren de infelicidad crónica, que son hombres frustrados y amargados. Eso simplemente no es verdad en la inmensa mayoría de los sacerdotes. El sacerdote que se entrega de lleno a Cristo y a vivir su ministerio sin reservas, encuentra que Cristo es la fuente cristalina y fresca de su felicidad.

 

 

 

La llamada

 

 

Como en el pasado, Dios sigue llamando hoy a hombres como tú para servirlo como sacerdotes en la Iglesia Católica. A lo largo de la historia, muchos han sido llamados al sacerdocio. Ellos han vivido vidas ejemplares y han continuado la misión de Cristo de extender el Reino de Dios en el mundo. Hay muchas historias heroicas y ejemplares sobre sacerdotes que le han entregado plenamente la vida a Cristo.

 

 

Sin embargo, hoy es más difícil que en el pasado discernir la llamada de Dios, en medio de tantas maneras valiosas que una persona puede escoger vivir su vida. Hay también tantas distracciones que hacen difícil discernir la voz de Dios. Discernir una vocación es un reto, no hay duda de ello. Puede ser particularmente duro hoy en día porque los otros, incluso los padres y los amigos, no siempre brindan su apoyo ni su estímulo. Este sitio web del Seminario Mayor de Bogotá está destinado para que aprendas más acerca de la vocación al sacerdocio y encuentres respuestas para algunas de tus preguntas. Esta página te permitirá al mismo tiempo conocer personas que pueden ayudarte a explorar si Dios te está llamando a servirlo como sacerdote.

 

 

En todo el mundo en este tercer milenio, muchos tienen vivos deseos de encontrar una vida que los llene plenamente, anhelan descubrir un horizonte para sus vidas. La vida de un sacerdote se enfoca a ayudar a la gente a plantearse las preguntas más profundas sobre el sentido de su vida. Hoy se necesitan los sacerdotes más que nunca. Quizás el Señor te está llamando a ti a ser sacerdote. No lo sabrás con certeza a menos que consideres esa posibilidad. Si sientes su llamada, ¡no te dé miedo responderle!

 

 

En el seminario siempre encontrarás un sacerdote dispuesto a ayudarte en tu proceso de discernimiento.

 

 

Misión específica del sacerdote


El sacerdote no es sólo el animador de una comunidad, advierte el Papa

Miércoles, 26 de noviembre de 2003

 

Zenit

 

 

 Al recibir a los obispos de Bélgica al término de su visita «Ad limina»

 

 

CIUDAD DEL VATICANO, 23 noviembre 2003 (ZENIT.org).- Ante los prelados de Bélgica, Juan Pablo II subrayó el sábado la misión específica del obispo y del sacerdote en una «sociedad que pierde sus referencia tradicionales y favorece voluntariamente un relativismo generalizado».

 

 

Encabezados por el cardenal Godfried Danneels, los obispos belgas fueron recibidos por el Santo Padre al término de su visita «Ad limina».

 

 

En el encuentro, el Papa expresó su preocupación por la situación de la Iglesia en Bélgica y recalcó que el «primer deber es dar a conocer a Cristo y el Evangelio».

 

 

«No se puede ocultar -afirmó- una real inquietud frente a la significativa caída de la práctica religiosa», relativa tanto a las eucaristías dominicales como a la celebración de sacramentos como el bautismo y el matrimonio.

 

 

La «crisis persistente de vocaciones» también se hace presente en un proceso de secularización que puede hacer pensar que la sociedad belga «ha dado la espalda a sus raíces cristianas».

 

 

En este contexto, Juan Pablo II calificó de «inquietante» la nueva legislación nacional que «afecta a las dimensiones fundamentales de la vida humana y social, como el nacimiento, el matrimonio, la familia y también la enfermedad y la muerte».

 

 

Ante estos cambios legislativos que «inciden profundamente en la dimensión ética de la vida humana», los prelados deben «reafirmar la visión cristiana de la existencia», advirtió el Papa.

 

 

De aquí la necesidad de desarrollar la formación teológica, espiritual y moral de los fieles, empezando por los jóvenes.

 

 

Sin embargo, el Santo Padre observó que la renovación de la vida cristiana no puede venir sólo de una reforma exterior, sino más bien «de una renovación interior de la vida de fe».

 

 

Precisamente en ello, el ministerio sacerdotal «encuentra su verdadero significado», puesto que el sacerdote no debe solamente «ser el animador o el coordinador de la comunidad», sino que debe «representar espiritualmente, en la sociedad, a Cristo Salvador».

 

 

Juan Pablo II invitó también a los obispos, «en unión con las parroquias», a «difundir la Biblia entre las familias», profundizando por otro lado en «la importancia de la Eucaristía» para la vida personal y comunitaria.

 

 

Finalmente, se detuvo en la educación de los jóvenes. Las «riquezas de la identidad católica» ofrecen a las jóvenes generaciones «la mejor tradición educativa de la Iglesia» junto a los «principios morales indispensables para avanzar con serenidad y responsabilidad en el camino de la vida», destacó.

 

 

ZS03112303
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Sacerdote, sólo sacerdote


Intervención del Prelado del Opus Dei en el Seminario de Logroño sobre el sacerdocio.

Lunes, 20 de enero de 2003

 

opusdei.org

 

 

“Sacerdote, sólo sacerdote. San Josemaría Escrivá, modelo de vida sacerdotal”. Título de las palabras que Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, pronunció en el seminario de Logroño.

 

 

20 de enero de 2003

 

 

Agradezco a mi querido hermano en el episcopado, don Ramón Búa, su cariñosa invitación a dirigir unas palabras al clero riojano. Me sugirió que hablara de la llamada a la santidad en el sacerdocio ministerial, siguiendo el ejemplo y las enseñanzas de San Josemaría Escrivá de Balaguer, recientemente canonizado por Juan Pablo II, y lo hago con muchísimo gusto.

 

 

En efecto, evocar la figura y las enseñanzas de este santo sacerdote constituye para mí un gozo muy grande. Si, además, las personas que me escuchan son presbíteros, mi alegría se multiplica, pues conozco bien el entrañable amor -más aún, veneración- que el Fundador del Opus Dei dispensaba a sus hermanos en el sacerdocio. ¡Cómo gozaba cuando tenía la ocasión de reunirse con ellos! Aprendía de todos y, a quienes se lo pedían, no tenía reparos en abrirles su corazón para hablarles de los grandes amores de su vida: Cristo con María, la Iglesia y el Papa, las almas todas. Solía decir que, en esas ocasiones, se sentía como quien va a vender miel al colmenero. Pero era la suya una miel de tanta calidad, que los que le escuchaban salían de esas reuniones con renovados deseos de fidelidad a la vocación, con el alma rebosante de optimismo, decididos a gastarse con gozo en la tarea pastoral y apostólica.

 

 

Identidad del sacerdote

 

 

Comenzaré mi intervención con unas palabras que San Josemaría solía dirigir a los recién ordenados, pero que nos sirven también -y quizá más especialmente- a quienes llevamos muchos años de sacerdocio. Decía: sed, en primer lugar, sacerdotes; después, sacerdotes; siempre y en todo, sólo sacerdotes. En esta afirmación se transparenta su altísimo concepto del sacerdocio ministerial, por el que unos pobres hombres -que eso somos todos delante del Señor- son constituidos ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios (1 Cor 4, l). Tan firme era su fe en la identificación sacramental con Cristo que se lleva a cabo en el sacramento del Orden, que su único timbre de gloria, al lado del cual palidecían todos los honores de la tierra, era sencillamente ser sacerdote de Jesucristo.

 

 

Los santos, desde los tiempos más antiguos, se han detenido a comentar la dignidad del sacerdocio. Varios Papas -entre los que recuerdo especialmente a San Pío X, a Pío XI y al actual Romano Pontífice- han escrito documentos inolvidables, que han alimentado y continúan alimentando nuestra vida sacerdotal. También San Josemaría nos ha dejado su enseñanza. En una homilía de 1973, cuando se difundían voces confusas sobre la identidad del sacerdote y el valor del sacerdocio ministerial, resumía su pensamiento con las siguientes palabras: ésta es la identidad del sacerdote: instrumento inmediato y diario de esa gracia salvadora que Cristo nos ha ganado. Si se comprende esto, si se ha meditado en el silencio activo de la oración, ¿cómo considerar el sacerdocio una renuncia? Es una ganancia que no es posible calcular. Nuestra Madre Santa María, la más santa de las criaturas -más que Ella sólo Dios- trajo una vez al mundo a Jesús; los sacerdotes lo traen a nuestra tierra, a nuestro cuerpo y a nuestra alma, todos los días: viene Cristo para alimentarnos, para vivificarnos, para ser, ya desde ahora, prenda de la vida futura (1).

 

 

El sentido de la grandeza del sacerdocio le llevaba a cuidar con esmero su vocación sacerdotal, de la que se hallaba cada vez más enamorado. Cuando, para atender los ruegos de quienes estábamos a su lado, se refería a veces al proceso de su vocación, siempre recalcaba la iniciativa de Dios, que le salió al encuentro cuando tenía quince o dieciséis años. Como bien sabéis, fue en Logroño, en diciembre de 1917 o enero de 1918, donde el adolescente Josemaría Escrivá tuvo los primeros. presentimientos -de barruntos, los calificaba- de que el Señor le llamaba para algo que no sabía lo que era. No se le había pasado por la cabeza la posibilidad del sacerdocio. Sin embargo, ante esa acción de Dios, con el fin de prepararse mejor para cumplir la Voluntad divina, decidió ingresar en el Seminario. Con toda verdad podía afirmar, pasados los años, que el arranque de su vocación sacerdotal había sido una llamada de Dios, un barrunto de amor, un enamoramiento de un chico de quince o dieciséis años (2).

 

 

En el Seminario de Logroño recibió la primera formación sacerdotal, que luego completaría en Zaragoza. Dios quería que la semilla que iba a lanzar sobre la tierra el 2 de octubre de 1928, encontrase un corazón de sacerdote preparado a fondo para acogerla y hacerla fructificar. Por eso, con agradecimiento a Nuestro Señor, San Josemaría afirmaba que su vocación era -dejadme que insista- la de ser sacerdote, sólo sacerdote, siempre sacerdote. Amaba con locura esta condición que, configurándolo con Cristo, le había preparado para ser instrumento, en manos de Dios, para la fundación del Opus Dei.

 

 

 

Don y tarea

 

 

Al enumerar las condiciones de los candidatos al sacerdocio, antiguamente se prescribía que deberían elegirse entre hombres que condujesen una vida honesta. Esta formulación, minimalista y ya superada, le parecía muy pobre a San Josemaría. Entendemos, con toda la tradición eclesiástica -escribía en 1945-, que el sacerdocio pide -por las funciones sagradas que le competen- algo más que una vida honesta: exige una vida santa en quienes lo ejercen, constituidos -como están- en mediadores entre Dios y los hombres (3).

 

 

Josemaría Escrivá había recibido, en el seno de su familia y en el colegio, una formación profundamente cristiana, que comprendía el conocimiento de la doctrina, la frecuencia de sacramentos, la preocupación concreta por las necesidades espirituales y materiales de las personas, como ponen de relieve testigos de aquella época. Al recibir la llamada divina al sacerdocio, su existencia dio un cambio radical, en el sentido de que aumentó la intensidad y frecuencia de su trato con Dios y su preocupación apostólica por los demás. Esto le llevó a una madurez impropia de los años pero sobrenaturalmente lógica. Se cumplía en su vida lo que afirma la Sagrada Escritura: super senes intellexi quia mandata tua servavi (4), he adquirido más prudencia que los ancianos porque he guardado fielmente tus mandamientos. Desde aquellos barruntos, el adolescente Josemaría empezó a tomarse en serio la santidad, tratando de conocer y cumplir fidelísimamente la Voluntad de Dios.

 

 

Cuando el Concilio Vaticano II, en el capítulo V de la Constitución dogmática Lumen gentium, afronta el tema de la vocación de los bautizados a la santidad, afirma: «Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos, y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el Bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y participes de la naturaleza divina y, por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron» (5).

 

 

En cuanto miembros del Cuerpo Místico de Cristo, en el que hemos sido injertados por el Bautismo, todos hemos sido santificados radicalmente: llevamos en nosotros mismos el germen e inicio de la vida nueva que Cristo nos ha ganado con su Muerte y su Resurrección. La consagración bautismal es la realidad fundante de la llamada a la santidad en todos los géneros de vida. Desde este punto de vista, atendiendo a la absoluta gratuidad de lo que hemos recibido, la santificación aparece claramente en su dimensión de don: un regalo inmerecido que nuestro Padre-Dios nos otorga, en Cristo, por el Espíritu Santo. Al mismo tiempo, la santificación es una llamada personal, una tarea que se encomienda a la responsabilidad de cada cristiano. San Josemaría dirá que es obra de toda la vida (6).

 

 

La santidad es, pues, don y tarea. Entrega gratuita de un bien inmerecido y, al mismo tiempo, encargo que hay que llevar a término con esfuerzo personal, con correspondencia heroica, empeñándose en un verdadero compromiso de vida cristiana.

 

 

La santidad sacerdotal como don

 

 

Al ser una y la misma la condición radical de todos los bautizados, todos -sacerdotes y seglares- estamos convocados de igual modo a la plenitud de la vida cristiana. No hay santidad de segunda categoría: o existe una lucha constante por estar en gracia de Dios y ser conformes a Cristo, nuestro Modelo, o desertamos de esas batallas divinas. A todos invita el Señor para que se santifique en su propio estado (7).

 

 

Estamos ante una de las intuiciones fundamentales que San Josemaría Escrivá predicó, por encargo divino, desde 1928. Al fundar el Opus Dei, el Señor le mostró que cada persona ha de procurar santificarse en el propio estado, en el género de vida en el que ha sido llamada, en su propio trabajo y a través de su propio trabajo, según la conocida expresión de San Pablo: unusquisque, in qua vocatione vocatus est, in ea permaneat (8).

 

 

La santidad, en los sacerdotes y en los seglares, se edifica, por tanto, sobre el mismo fundamento: la consagración originaria del Bautismo, perfeccionada por la Confirmación. Sin embargo, resulta evidente que el deber de tender a la santidad urge especialmente al sacerdote, que ha sido escogido entre los hombres y constituido en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados (Hb 5, 1).

 

 

«En contacto continuo con la santidad de Dios -ha escrito Juan Pablo II-, el sacerdote debe llegar a ser él mismo santo. Su mismo ministerio lo compromete a una opción de vida inspirada en el radicalismo evangélico» (9). Y añade en el libro Don y misterio, escrito con ocasión del quincuagésimo aniversario de su ordenación sacerdotal: «Si el Concilio Vaticano II habla de la vocación universal a la santidad, en el caso del sacerdote es preciso hablar de una especial vocación a la santidad. ¡Cristo tiene necesidad de sacerdotes santos! ¡El mundo actual reclama sacerdotes santos! Solamente un sacerdote santo puede ser, en un mundo cada vez más secularizado, un testigo transparente de Cristo y de su Evangelio. Solamente así el sacerdote puede ser guía de los hombres y maestro de santidad» (10).

 

 

El sacerdote ha sido consagrado dos veces para Dios: en el Bautismo, como todos los cristianos, y en el sacramento del Orden. Por eso, si bien no puede hablarse de santidad de primera o segunda categoría -porque todos estamos invitados a la perfección con la que el mismo Padre celestial es perfecto (cfr. Mt 5, 48)-, no cabe duda de que sobre los sacerdotes recae especialmente el deber de tender a la santidad. Releamos unas palabras del Fundador del Opus Dei que resultan especialmente clarificadoras. Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya alter Christus, sino ipse Christus: otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente de forma sacramental (11).

 

 

En el ejercicio del ministerio para el que ha sido ordenado, encuentra el sacerdote el alimento de su vida espiritual, el material que le hace arder en el amor de Dios. Por eso, sería un grave error si otras aspiraciones u otras tareas desdibujaran en su alma lo que, para él, se concreta en algo indispensable para alcanzar la santidad: la celebración cuidadosa y llena de amor del Sacrificio de la Misa, la predicación de la Palabra de Dios, la administración de los sacramentos a los fieles, especialmente el de la Penitencia; una vida de oración constante y de penitencia alegre; el cuidado de las almas que se le han confiado, junto con los mil servicios que una caridad vigilante sabe dispensar.

 

 

Desde que percibió la Ramada al sacerdocio, y mas explícitamente, desde que fue ordenado sacerdote, San Josemaría quiso identificarse con Cristo, ser el mismo Cristo, en el ejercicio del ministerio sacerdotal y en toda su existencia. De ahí su vida de oración, su celebración pausada de la Misa, su ?necesidad? de permanecer largos ratos junto al Sagrario; y, al mismo tiempo, su urgencia por buscar a las almas para conducirlas, en Cristo, por caminos de santidad. Comprendió que se puede y se debe llevar una conducta santa en todos los estados de vida, y concretamente en el matrimonio; por eso, desde sus primeros años como pastor, además de encaminar a muchas personas por las vías del celibato apostólico asumido con verdadera alegría, alentó a muchas otras a descubrir la dignidad de la vocación matrimonial.

 

 

Escribe Juan Pablo II: «El sentido del propio sacerdocio se redescubre cada día más en el Mysterium fidei. Ésta es la magnitud del don del sacerdocio y es también la medida de la respuesta que requiere tal don. ¡El don es siempre más grande! Y es hermoso que sea así. Es hermoso que un hombre nunca pueda decir que ha respondido plenamente al don. Es un don y también una tarea: ¡siempre! Tener conciencia de esto es fundamental para vivir plenamente el propio sacerdocio» (12).

 

 

San Josemaría Escrivá celebraba cada día la Santa Misa con pasión de enamorado, bien consciente de que por el Sacramento del Orden, el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser (13). Escuchad cómo describía en una reunión familiar ese misterioso eclipse de la personalidad humana del presbítero, que en esos momentos se convierte en instrumento vivo de Dios:

 

 

Llego al altar y lo primero que pienso es: Josemaría, tú no eres Josemaría Escrivá de Balaguer (?): eres Cristo. Todos los sacerdotes somos Cristo. Yo le presto al Señor mi voz, mis manos, mi cuerpo, mi alma: le doy todo. Es Él quien dice: esto es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre, el que consagra. Si no, yo no podría hacerlo. Allí se renueva de modo incruento el divino Sacrificio del Calvario. De manera que estoy allí in persona Christi, haciendo las veces de Cristo. El sacerdote desaparece como persona concreta: don Fulano, don Mengano o Josemaría… ¡No señor! Es Cristo (14).

 

 

La santidad sacerdotal como tarea

 

 

La grandeza incomparable del sacerdote se fundamenta en su identificación sacramental con Cristo, que le lleva a ser ipse Christus y a actuar in persona Christi capitis, sobre todo en la celebración eucarística y en el ministerio de la Reconciliación. Una grandeza prestada -comentaba San Josemaría Escrivá-, compatible con la poquedad mía. Yo pido a Dios Nuestro Señor -añadía- que nos dé a todos los sacerdotes la gracia de realizar santamente las cosas santas, de reflejar, también en nuestra vida, las maravillas de las grandezas del Señor (15).

 

 

Cada cristiano ha de procurar que su condición de seguidor de Jesucristo se refleje en toda su conducta: la familia, la profesión, la actividad social, pública, deportiva… También en la existencia concreta del sacerdote, en su vida diaria, ha de manifestarse su específica pertenencia a Cristo. Por el carácter indeleble recibido en la ordenación, se es sacerdote las veinticuatro horas del día, no sólo en los momentos en los que se ejercita expresamente el ministerio. Conviene tenerlo muy presente en la época actual, cuando van desapareciendo -de nuestra sociedad multicultural y multirreligiosa- tantos signos que recordaban a nuestros antepasados la primacía de Dios y de la vida sobrenatural. No lo digo con pesimismo, sino con ánimo de que todos nos esforcemos para que no se pierdan las raíces cristianas de nuestro pueblo, que se manifiestan también en tradiciones piadosas, en elementos de la cultura, del arte y de las costumbres.

 

 

A la meta de la santidad, el sacerdote ha de llegar como por un plano inclinado, bajo la dirección del Espíritu Santo, que es quien modela en los hijos adoptivos de Dios los rasgos de Jesucristo. En este proceso, que dura toda la vida, junto a la acción sobrenatural de la gracia, resulta decisiva la respuesta dócil de la criatura.

 

 

Sin esfuerzo por practicar las virtudes, sin lucha por desarrollarlas cotidianamente, con constancia, no es posible la santidad. ¿En qué se centran los hábitos virtuosos que han de vertebrar la santidad del sacerdote? En lo mismo que en los demás fieles, puesto que todos estamos llamados a idéntica meta -la unión con Dios- y disponemos de los mismos medios para alcanzarla. La diferencia estriba en el modo de ejercitar esas virtudes. En el sacerdote, todo debe cumplirse sacerdotalmente; es decir, teniendo siempre presente la finalidad de su vocación especifica, el servicio a las almas. Hemos de seguir el ejemplo del Señor, que afirmó de sí mismo: Pro eis ego sanctifico meipsum, ut sint et ipsi sanctificati in veritate (Jn 17, 19).

 

 

No cabe, en este breve tiempo, exponer tan siquiera un elenco completo de las virtudes sacerdotales. Me limitaré a presentar algunas que considero capitales en la enseñanza y en el ejemplo de San Josemaría.

 

 

Virtudes humanas del sacerdote

 

 

Utilizando la metáfora de la construcción -imagen de raíces bíblicas-, lo primero que se busca es un terreno sólido. El mismo Cristo alude a esta necesidad, en la conclusión del Sermón de la Montaña, cuando habla del hombre prudente que edificó su casa sobre roca, de modo que cuando llegaron los vientos y las lluvias nada pudieron contra esa mansión (cfr. Mt 7, 24-25).

 

 

En la vida espiritual del cristiano, el terreno sólido del edificio espiritual se configura por las virtudes humanas, pues la gracia presupone siempre la naturaleza. Conviene no olvidar que el sacerdote no deja de ser hombre al recibir la ordenación. Por el contrario, precisamente por haber sido sacado de entre los hombres y constituido mediador entre los hombres y Dios (cfr. Hb 5, l), necesita cuidar su preparación humana, que le capacita para servir mejor a las almas.

 

 

«Comprende esta formación -escribe Mons. Álvaro del Portillo- el conjunto de virtudes humanas que se integran directa o indirectamente en las cuatro virtudes cardinales, y el bagaje de cultura no eclesiástica indispensable para que el sacerdote pueda ejercitar con facilidad -ayudado, desde luego, por la gracia- su apostolado» (16). Mi predecesor al frente de la Prelatura del Opus Dei subraya los motivos principales que han de impulsar al sacerdote a adquirir y desarrollar estas virtudes: «El primero, como parte de la lucha ascética normalmente necesaria para llegar a la perfección; el segundo, como medio para ejercitar con mayor eficacia el apostolado» (17).

 

 

En la vida y en las enseñanzas de San Josemaría, destaca este aspecto basilar de la formación cristiana y de la específicamente sacerdotal. Tenemos numerosas pruebas de esta afirmación, desde su infancia hasta su fallecimiento en 1975. Los testigos de su labor pastoral se manifiestan concordes en describirle como un sacerdote enamorado de Jesucristo, entregado al servicio de las almas, con una personalidad fuerte y armónica, en la que lo humano y lo sobrenatural se fundían estrechamente en unidad de vida. Por lo que se refiere a sus enseñanzas, resulta paradigmática la homilía ?Virtudes humanas?, recogida en el libro Amigos de Dios, donde se asienta el fundamento teológico de la necesidad de cultivar las virtudes humanas: la hondura de la Encarnación del Verbo, perfecto Hombre sin dejar de ser perfecto Dios. En esa homilía analiza las principales virtudes que un cristiano y un sacerdote deben cultivar: la reciedumbre, la serenidad, la paciencia, la laboriosidad, el orden, la diligencia, la veracidad, el amor a la libertad, la sobriedad, la templanza, la audacia, la magnanimidad la lealtad, el optimismo, la alegría.

 

 

Sobre el fundamento de la humildad

 

 

La humildad es el fundamento de nuestra vida, medio y condición de eficacia (18), escribe San Josemaría, en sintonía con la tradición espiritual del Cristianismo. Evidentemente se refiere al fundamento moral, pues el teologal -como predicó con su conducta y con sus enseñanzas- se centra en la fe teologal, que nos conduce a asumir con hondura el sentido de nuestra filiación divina en Cristo. Esta convicción pone de relieve ante los hombres la verdad más profunda sobre nosotros mismos y, por tanto, potencia necesariamente la humildad, que no refleja otra cosa que aquel ?andar en verdad? de la Santa de Ávila: el caminar en la fe.

 

 

Con una fe recia, como base de la respuesta cristiana, se soslaya el error de presentar la humildad como falta de decisión o de iniciativa, como renuncia al ejercicio de derechos que son deberes. Nada más lejos del pensamiento del Fundador del Opus Dei. Ser humildes -predicaba en una ocasión- no es ir sucios, ni abandonados; ni mostrarnos indiferentes ante todo lo que pasa a nuestro alrededor, en una continua dejación de derechos. Mucho menos es ir pregonando cosas tontas contra uno mismo. No puede haber humildad donde hay comedia e hipocresía, porque la humildad es la verdad (19).

 

 

Tan importante es esta virtud en la vida cristiana, que San Josemaría aseguraba que, lo mismo que se condimentan con sal los alimentos, para que no sean insípidos, en la vida nuestra hemos de poner siempre la humildad (20). Y acudía a una comparación clásica: no vayáis a hacer como esas gallinas que, apenas ponen un solo huevo, atronan cacareando por toda la casa. Hay que trabajar, hay que desempeñar la labor intelectual o manual, y siempre apostólica, con grandes intenciones y grandes deseos -que el Señor transforma en realidades- de servir a Dios y pasar inadvertidos (21).

 

 

Pero volvamos a considerar el fundamento teologal, es decir, la fe, y con la fe, la esperanza: no hay santidad si no se desarrolla una fe omnicomprensiva de la realidad, si no se fomenta -como la fuerza que impulsa el peregrinar terreno- la virtud de la esperanza. Desde el primer momento, el Fundador del Opus Dei fue bien consciente de que la misión que Dios le había confiado era inmensamente superior a sus fuerzas. Por eso acudió con insistencia, sin abandonarlos jamás, a los únicos medios capaces de poner a nuestro alcance la omnipotencia divina: la oración y el sacrificio. Son innumerables los testimonios que documentan cómo fue mendigando, por los hospitales y los barrios marginados de Madrid, como si se tratase de un tesoro, la plegaria y el ofrecimiento a Dios del dolor de muchas gentes abandonadas, a las que llevaba el consuelo y el aliento de su asistencia sacerdotal.

 

 

¡Cuánta necesidad tenemos los sacerdotes de que nuestra fe y nuestra esperanza aumenten más y más! Nos hallamos metidos en una labor donde lo que más cuenta, lo único absolutamente necesario (cfr. Lc 10, 42), son los medios sobrenaturales. Se requieren verdaderos milagros, para conducir a las almas hasta Dios. Sin embargo, se oye a veces decir que actualmente son menos frecuentes los milagros. ¿No será que son menos las almas que viven vida de fe? (22). Estas palabras de San Josemaría resuenan en nuestros oídos como un toque de atención, una llamada a nuestro sentido de responsabilidad, porque el sacerdote ha de ser, ante todo, un hombre de fe y un hombre esperanzado. «Por medio de la fe -escribe el Papa-, accede a los bienes invisibles que constituyen la herencia de la Redención del mundo llevada a cabo por el Hijo de Dios» (23).

 

 

La fe es fundamento de las cosas que se esperan, prueba de las que no se ven (Hb 11, l). Y es «en la oración perseverante de cada día, con facilidad o con aridez, donde el sacerdote, como todo cristiano, recibe de Dios (?) luces nuevas, firmeza en la fe, segura esperanza en la eficacia sobrenatural de su trabajo pastoral, amor renovado: en una palabra, el impulso para perseverar en ese trabajo y la raíz de la efectiva eficacia del trabajo mismo» (24). En estas palabras de Mons. del Portillo, el más estrecho colaborador del Fundador del Opus Dei durante muchos años, podemos descubrir una delicada alusión a la vida espiritual de San Josemaría, que recibió de Dios la gracia de ser contemplativo en medio de las tareas más absorbentes. Añade don Álvaro: «Sin oración, y sin oración que se esfuerza por ser continua, en medio de todos los quehaceres, no hay identificación con Cristo en lo que ésta tiene de tarea, fundamentada en lo que tiene de don. Más aún, me atrevo a decir que un sacerdote sin oración, si no falsea la imagen que da de Cristo -Modelo para todos-, la presenta como una nebulosa que ni atrae ni orienta, que no sirve de norte al pueblo que nos ve o nos oye» (25).

 

 

 

Caridad pastoral

 

 

Llegamos así a la virtud más definitiva y característica de la vida cristiana: la caridad, que en el sacerdote adquiere unos contornos precisos: es caridad pastoral. En pocas palabras, nace de la conciencia de ser representante de Jesucristo, el Pastor supremo (1 Pe 5, 4) de las almas, que ha dado la vida por sus ovejas (cfr. Jn 10, 1 l). Esta convicción sobrenatural ha de impulsar al sacerdote a gastarse hasta el extremo en el ejercicio de su ministerio, pues le urge la caridad de Cristo (cfr. 2 Cor 5, 14). Una caridad pastoral, fuerte y perseverantemente alimentada en la Eucaristía y en la oración, dará eficacia de frutos a su ministerio.

 

 

La figura de San Josemaría aparece muy ilustrativa a este respecto. Desde los primeros momentos de su vocación, no se ahorró ningún trabajo en el servicio de las almas. Antes he aludido brevemente a sus andanzas por los barrios extremos del Madrid de los años 20 y 30, en perenne contacto con la pobreza y la enfermedad, atendiendo a los moribundos, confortando a los enfermos, ilustrando a los niños y a los adultos con la doctrina cristiana. Puedo asegurar -porque lo he contemplado con mis ojos- que así gastó el resto de su existencia, hasta la última jornada: siempre pendiente de los demás, cercanos y lejanos, conocidos y desconocidos: rezaba y se sacrificaba gustosamente por todas las almas, sin excepción.

 

 

La peculiar asunción de la persona por Dios, que se lleva a cabo en la ordenación sacerdotal, hace que el presbítero se vincule y consagre íntegramente al servicio y al amor total de Cristo. Con tal envergadura se presenta la riqueza de este don, que puede asumir como suyas -en un sentido particularmente profundo- las palabras del Apóstol: mihi vivere Christus est (F1p 1, 21), vivo autem iam non ego, vivit vero in me Christus (Gal 2, 20). Por otra parte, la misión recibida tiene un carácter universal: el sacerdote viene enviado al mundo entero, como instrumento vivo de Cristo, que se entregó a si mismo por nosotros para redimimos de toda iniquidad, y para purificar para sí un pueblo escogido, celoso por hacer el bien (Tt 2, 14).

 

 

La identificación sacramental con Cristo, junto con la misión recibida, se hallan en el fundamento de las peculiares exigencias de la caridad pastoral, y colocan al sacerdote en una situación especial en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Comentando la profundización doctrinal operada a este propósito por el Concilio Vaticano II, Mons. Álvaro del Portillo escribe: «Si se considera que el Amor encarnado entre los hombres evitó cualquier atadura humana -por justa y noble que fuese- que pudiera en algún momento dificultar o restar plenitud a su total dedicación ministerial, se comprende bien la conveniencia de que el sacerdote haga lo mismo, renunciando libremente -por el celibato- a algo en sí bueno y santo, para unirse más fácilmente a Cristo con todo el corazón, y por Él y en Él dedicarse con más libertad al entero servicio de Dios y de los hombres» (26).

 

 

El celibato sacerdotal se configura como manifestación de la completa oblación de su vida que el sacerdote, libremente, ofrece a Cristo y a la Iglesia. En esta óptica, se entienden bien las palabras de San Josemaría en un rato de conversación familiar, en 1969. El sacerdote, si tiene verdadero espíritu sacerdotal, si es hombre de vida interior, nunca se podrá sentir solo. ¡Nadie como él podrá tener un corazón tan enamorado! Es el hombre del Amor, el representante entre los hombres del Amor hecho hombre. Vive por Jesucristo, para Jesucristo, con Jesucristo y en Jesucristo. Es una realidad divina que me conmueve hasta las entrañas, cuando todos los días, alzando y teniendo en las manos el Cáliz y la Sagrada Hostia, repito despacio, saboreándolas, estas palabras del Canon: Per Ipsum, et cum Ipso et in Ipso…. Por El, con El, en El, para El y para las almas vivo yo. De su Amor y para su Amor vivo yo, a pesar de mis miserias personales. Y a pesar de esas miserias, quizá por ellas, es mi Amor un amor que cada día se renueva (27).

 

 

 

Fraternidad sacerdotal

 

 

Amando a todas las almas sin excepción, San Josemaría reservaba un amor de predilección a sus hermanos los sacerdotes. Ya he aludido a su gozo cuando podía reunirse con ellos, para aprender de su entrega -tantas veces heroica- y para transmitirles al mismo tiempo algo de su experiencia personal. Pero no puedo dejar de recordar sus desvelos concretos por los presbíteros, especialmente durante los años que residió en España. En la década de los 40, por ejemplo, a petición de los Obispos diocesanos, predicó muchos cursos de retiro al clero, que se encontraba necesitado de ayuda espiritual después de la terrible prueba de la persecución religiosa de los años anteriores. San Josemaría se dio de lleno a esa tarea, y llegó a atender, a veces, a más de mil presbíteros en un solo año.

 

 

Hasta el final de su vida, alimentó una petición urgente al Señor, para que Dios enviase a la Iglesia muchas vocaciones sacerdotales. Personalmente, preparó y encaminó a los seminarios a un gran número de jóvenes con inquietudes vocacionales hacia el sacerdocio. E impulsaba a los fieles laicos a rezar con insistencia al Dueño de la mies, para que mande muchos obreros a su campo (cfr. Mt 9, 37-38). Para San Josemaría, el pulso de la vitalidad sobrenatural de una Diócesis viene medido por el número de vocaciones sacerdotales, de las que los primeros responsables son los mismos sacerdotes.

 

 

¡Cómo le entristecía encontrarse con alguno que se había despreocupado de esta labor! Porque ese descuido constituye una señal clara de que el mismo sacerdote no está contento con su llamada. Viene a mi memoria su respuesta inmediata a una pregunta sobre las causas de la escasez de vocaciones para los seminarios: Quizá la primera razón sea que muchas veces los sacerdotes no valoramos bien el tesoro que tenemos en las manos y, por eso, no encendemos en el deseo de poseer este tesoro a la gente joven. Los seminarios estarían llenos, si nosotros amáramos más nuestro sacerdocio (28).

 

 

Su preocupación por la santidad del clero procedía de mucho tiempo atrás. Tenía muy claro que el primer apostolado de los sacerdotes han de ser los mismos sacerdotes: no dejarles solos en sus penas, compartir sus alegrías, animarles en la dificultad, fortalecerlos en los momentos de duda… Conservó grabadas a fuego en su alma aquellas palabras de la Escritura Santa: frater, qui adiuvatur a fratre, quasi civitas firma (Prv 18, 19), el hermano ayudado por sus hermanos es fuerte como ciudad amurallada.

 

 

Tan intensamente crecía su afán de ayudar a sus hermanos en el sacerdocio, que en 1950, cuando el Opus Dei había recibido ya la aprobación definitiva de la Santa Sede, pensó dedicarse de lleno a los sacerdotes diocesanos. Cuando ya había ofrecido al Señor el sacrificio de Abrahán -pues estaba decidido a dejar la Obra, si hubiera sido necesario-, el Cielo le mostró que no era preciso ese sacrificio. En el espíritu del Opus Dei, que enseña a los cristianos a santificarse en medio del mundo, cada uno en la propia ocupación o tarea, también había el mismo lugar de encuentro con Dios para los sacerdotes diocesanos; bastaba que, en plena comunión con su propio Ordinario y con el presbiterio de la Diócesis, buscasen la santidad en el ejercicio de los deberes ministeriales, tratando con especial veneración al Obispo diocesano, unidos entrañablemente a sus hermanos en el sacerdocio. Las puertas de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, a la que pertenecían ya los clérigos incardinados en el Opus Dei, se ensanchaban para dar acogida a los sacerdotes diocesanos que recibiesen esta específica llamada divina.

 

 

Hoy, en estas tierras de La Rioja, donde la labor del Opus Dei se encuentra perfectamente integrada en la Diócesis desde hace muchos años, elevo mi corazón agradecido a la Trinidad Beatísima por los copiosos frutos que también la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz ha producido y sigue produciendo, en servicio de la Iglesia universal y de las Iglesias particulares. Todo es fruto de la gracia que Dios nos otorga por medio de su Santísima Madre; gracia a la que San Josemaría correspondió plenamente hace ochenta y cinco años, cuando -precisamente en Logroño- recibió la llamada al sacerdocio.

 

 

 

Notas

 

 

(1) San Josemaría, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV- 1973.

 

 

(2) San Josemaría, Apuntes tomados en una reunión familiar, 28-111- 1966.

 

 

(3) San Josemaría, Carta 2-11-1945, n. 4.

 

 

(4) Sal 118/119, 100.

 

 

(5) Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 40.

 

 

(6) San Josemaría, Camino, n. 285.

 

 

(7) San Josemaría, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-1V- 1973.

 

 

(8) 1 Cor 7, 20.

 

 

(9) Juan Pablo II, Don y misterio.

 

 

(10) Ibid.

 

 

(11) San Josemaría, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV- 1973.

 

 

(12) Juan Pablo II, Don y misterio.

 

 

(13) San Josemaría, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV- 1973.

 

 

(14) San Josemaría, Apuntes tomados en una reunión familiar, 10-V-1974.

 

 

(15) San Josemaría, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV- 1973.

 

 

(16) Álvaro del Portillo, Escritos sobre el sacerdocio, 6ª ed., Rialp 1991, p. 23.

 

 

(17) Ibid., p. 27

 

 

(18) San Josemaría, Carta 24-111-1930, n. 20.

 

 

(19) San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 25-XII-1972.

 

 

(20) Ibid.

 

 

(21) Ibid.

 

 

(22) San Josemaría, Amigos de Dios, n. 190.

 

 

(23) Juan Pablo II, Don y misterio.

 

 

(24) Álvaro del Portillo, Escritos sobre el sacerdocio, 6ª ed., Rialp 1991, pp. 188.

 

 

(25) Ibid., pp. 188-189.

 

 

(26) Álvaro del Portillo, Escritos sobre el sacerdocio, 6ª ed., Rialp 1991, pp. 84-85.

 

 

(27) San Josemaría, Apuntes tomados en una reunión familiar, 10-IV-1969.

 

 

(28) San Josemaría, Apuntes tomados en una reunión con sacerdotes, 3-XI-1972.

 

 

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Orden Sacerdotal


El sacramento por el que algunos de entre los fieles quedan constituidos ministros sagrados, al ser marcados con un carácter indeleble, y así son consagrados y destinados a apacentar el pueblo de Dios según el grado de cada uno, desempeñando en la persona de Cristo Cabeza las funciones de enseñar, santificar y regir.

 

 

7.1 NOCION

 

 

El orden es el sacramento por el que “algunos de entre los fieles quedan constituidos ministros sagrados, al ser marcados con un carácter indeleble, y así son consagrados y destinados a apacentar el pueblo de Dios según el grado de cada uno, desempeñando en la persona de Cristo Cabeza las funciones de enseñar, santificar y regir” (CIC, c. 1008).

 

 

Del texto anterior se pueden deducir algunas ideas básicas sobre este sacramento, que después serán ampliadas:

 

 

a) De entre la totalidad de los fieles, algunos son constituidos ministros sagrados.

 

 

Todo bautizado participa del sacerdocio de Cristo y está por tanto, capacitado para colaborar en la misión de la Iglesia. El orden, sin embargo, imprime una especial configuración -carácter indeleble- que distingue esencialmente a quien lo recibe de los demás fieles, capacitándolo también para funciones especiales. Por eso se afirma que el sacerdote posee el sacerdocio ministerial, distinto del sacerdocio real o sacerdocio común a todos los fieles.

 

 

En efecto, la Iglesia es una comunidad sacerdotal, ya que todos los fieles participan de alguna manera del sacerdocio de Cristo -de su oficio profético, sacerdotal y regio- y de la misión única de la Iglesia; todos están llamados a la santidad; todos deben buscar la gloria de Dios y trabajar en el apostolado, dando con su vida testimonio de la fe que profesan.

 

Esta participación en el sacerdocio de Cristo es doble y difiere esencialmente (ver Catecismo, nn. 1546 y 1547).

 

Hay un sacerdocio común a todos los fieles, que confieren el bautismo y la confirmación, y un sacerdocio ministerial que sólo tienen quienes reciben el sacramento del orden. Así lo enseña el Concilio Vaticano II en el n. 10 de la Const. Lumen gentium:

 

 

“A los fieles laicos, por tanto, les corresponde actuar como ciudadanos corrientes en medio del mundo, tratando de dirigir a Dios todos los asuntos temporales de acuerdo a sus propias circunstancias personales, y cooperando así con Cristo en la renovación del mundo (cfr. Lumen gentium, nn. 31-38). Lo propio de los sacerdotes, en cambio, es celebrar el Santo Sacrificio de la Misa, predicar la palabra divina, administrar los sacramentos y guiar a los hombres en orden a conseguir la salvación eterna.”

 

 

b) El sacerdote actúa ‘en la persona de Cristo Cabeza’, es decir, actúa en el nombre y con el poder de Cristo.

 

 

La identidad del sacerdote no puede ser otra que la de Cristo: Que los hombres nos consideren como ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios (I Cor. 4, 1). Así lo Recordaba Juan Pablo II a los sacerdotes en Czestochowa: Este servicio alto y exigente no podrá ser prestado sin una clara y arraigada convicción acerca de vuestra identidad como sacerdotes de Cristo, depositarios y administradores de los misterios de Dios, instrumento de salvación para los hombres, testigos de un reino que se inicia en este mundo, pero que se completa en el más allá (Discurso, 6-VI-1979).

 

Todo esto significa que, si cada fiel es otro Cristo, y Cristo mismo se identifica con los miembros de su Cuerpo Místico (cfr. Hechos 9, 4-5) con mayor razón hay que afirmarlo del sacerdote, cuya consagración y misión son una específica identificación con Jesucristo, a quien representa.

 

 

c) Las funciones que desempeña se resumen en una triple potestad: enseñar, santificar y regir.

 

 

De los sacerdotes -otros Cristos- depende en gran parte la vida sobrenatural de los fieles, ya que solamente ellos pueden hacer presente a Jesucristo sobre el altar y perdonar los pecados. Aunque éstas son las dos funciones principales del ministerio sacerdotal, su misión no se agota ahí: administra también los otros sacramentos, predica la palabra divina, dirige espiritualmente, etc. Es decir, participa del triple poder de Cristo:

 

 

1) Poder de santificar, administrando los sacramentos, sobre todo el de la Penitencia y el de la Eucaristía.

 

2) Poder de regir, dirigiendo a las almas, orientando su vida hacia la santidad.

 

3) Poder de enseñar, anunciando a los hombres el Evangelio.

 

 

d) Según el grado de cada uno significa que el sacramento consta de diversos grados, y por eso se llama orden. Esto lo estudiaremos después con detalle.

 

 

 

7.2 SACRAMENTO DE LA NUEVA LEY

 

 

Jesucristo es el verdadero y supremo Sacerdote de la Nueva Ley, pues sólo El nos reconcilió con Dios por medio de su Sangre derramada en la Cruz (cfr. Hebr. 8, 1; 9, 15). Sin embargo, quiso Jesús que algunos hombres, escogidos por El, participaran de la dignidad sacerdotal de modo que llevaran los frutos de la redención a todos los demás. Con ese fin instituyó el sacerdocio de la Nueva Alianza (cfr. Lc. 22, 19). A su vez los Apóstoles, inspirados por Dios, sabían que el encargo de Jesús no acabaría con ellos, y por eso transmitían el ministerio mediante el sacramento del orden, que administraban por la imposición de las manos y la oración (cfr. Hechos 14, 23-24). De este modo, comunicaban a otros hombres el poder de regir, santificar y enseñar que ellos habían recibido directamente del Señor.

 

Es dogma de fe explícitamente definido (cfr. Dz. 949, 961, 963, 2049, 2050) que el sacramento del orden sacerdotal es uno de los siete sacramentos de la Nueva Ley instituidos por Nuestro Señor Jesucristo.

 

Los protestantes niegan este sacramento: para ellos no hay distinción entre los sacerdotes y los laicos; todos los fieles son sacerdotes, y para ejercitar el ministerio sólo requieren un nombramiento o delegación de la comunidad.

 

 

a) Consta expresamente en la Sagrada Escritura que Cristo hizo de los Apóstoles una elección especial: “Subió a un monte y llamando a los que quiso, vinieron a El, y designó a doce para que le acompañaran y para enviarlos a predicar” (Mc. 3, 13-15); “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros” (Jn. 15, 16).

 

b) Al elegirlos, les confió una misión y les dio unos poderes particulares; en concreto:

 

 

poder de perdonar los pecados: “A quienes perdonareis los pecados les serán perdonados” (Jn. 20, 23; cfr. Mt. 16, 19; 18, 18);

 

poder de administrar los demás sacramentos y de predicar la palabra de Dios: “Id y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto os he mandado” (Mt. 28, 19-20); “Como mi Padre me envió, así yo os envío a vosotros” (Jn. 20, 21);

 

poder sobre el Cuerpo real de Cristo, para renovar incruentemente el sacrificio de la Cruz, hasta el fin de los siglos (cfr. Lc. 22, 19; I Cor. 11, 23-25). Este es el principal poder que reciben los presbíteros, pues el sacerdocio se ordena primariamente al sacrificio.

 

 

c) Estos poderes fueron dados por el Señor a sus Apóstoles con una finalidad: continuar su misión redentora hasta el fin de los siglos (cfr. Mt. 28, 20; Jn. 17, 18). Esta finalidad sería inalcanzable si los poderes terminaran con la muerte de los doce Apóstoles, y por eso Cristo les mandó que los transmitieran, y así lo entendieron y practicaron desde el principio:

 

impusieron las manos sobre algunos, elegidos específicamente (cfr. Hechos 6, 6; 13, 13);

 

constituyeron presbíteros y obispos para gobernar las iglesias locales (cfr. Hechos 14, 23; 20, 28), para administrar los sacramentos (cfr. I Cor. 4, 1), para fomentar las buenas costumbres y vigilar la recta doctrina (cfr. I Tes. 3, 2).

 

 

Este sacramento se llama orden sagrado porque, como veremos más adelante, consiste en grados ordenados, jerárquicamente subordinados entre sí, de los que resulta la jerarquía eclesiástica:

 

“orden, si atendemos a su etimología y concepto, es cierta disposición de cosas superiores e inferiores que están entre sí tan ajustadas, que una se relaciona con otra. Por tanto, habiendo en este ministerio muchos grados y cargos distintos, y estando todos distribuidos y dispuestos por un sistema determinado, es claro que muy bien y propiamente se le ha dado el nombre de orden” (Catecismo Romano, p. 2, cap. 7, n. 9).

 

 

 

7.3 EL SIGNO EXTERNO DEL SACRAMENTO

 

 

7.3.1 La materia

 

 

En 1947, después de una larga controversia sobre el tema, Pío XII declaró que la materia del sacramento del orden es la imposición de las manos (cfr. Dz. 2301; y también CIC, c. 1009 & 2).

 

 

La controversia tuvo su origen en que, al conferir las sagradas órdenes, al rito de origen apostólico de la imposición de las manos se añadió, en los siglos X, XI y XII, la traditio instrumentorum, es decir, la entrega de los instrumentos de los que se sirve el sacerdote en su ministerio (el cáliz y la patena, el libro de los Evangelios, etc.). Esta entrega de instrumentos, tomada de las costumbres civiles romanas, llegó a considerarse con cierta frecuencia como algo necesario para la validez del sacramento, hasta que Pío XII dejó fuera de toda duda que no era algo esencial.

 

En otros sacramentos la materia es una res (cosa) -p. ej., el agua, aceite, etc.- porque el efecto del sacramento no deriva de algo que tenga el ministro; en cambio en el sacramento del orden se comunica una potestad espiritual que viene de Dios, pero que es participada por quien lo confiere: por eso la fuerza de la materia está en el ministro y no en un elemento material.

 

7.3.2 La forma

 

 

La forma es la oración consecratoria que los libros litúrgicos prescriben para cada grado (cfr. CIC, c. 1009 & 2).

 

 

En la ordenación de presbíteros son las palabras de la oración que el obispo dice después de que el ordenado ha recibido la imposición de las manos. Las esenciales son: Te pedimos, Padre todopoderoso, que confieras a estos siervos tuyos la dignidad del presbiterado; renueva en sus corazones el Espíritu de santidad; reciban de Ti el sacerdocio de segundo grado y sean, con su conducta, ejemplo de vida (Ritual de Ordenación de Presbíteros, n. 22).

 

 

7.4 EFECTOS DEL SACRAMENTO DEL ORDEN

 

 

Por la ordenación sagrada, el sacerdote es constituido ministro de Dios y dispensador de los tesoros divinos (cfr. I Cor. 4, 1). Con este sacramento recibe una serie de efectos sobrenaturales que le ayudan a cumplir su misión, siendo los principales: a) el carácter indeleble, b) la potestad espiritual, c) el aumento de gracia santificante y d) la concesión de la gracia sacramental.

 

 

7.4.1 El carácter

 

 

Este sacramento imprime carácter indeleble, distinto al del bautismo y al de la confirmación, que constituye al sujeto en sacerdote para siempre: Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec (Ps. 109: cfr. Hebr. 5, 5-6).

 

 

En el caso de los tres sacramentos que lo imprimen, el carácter es una cierta capacitación para el culto, que en el sacramento del orden constituye la más plena participación en el sacerdocio de Cristo:

 

 

– lleva a su plenitud el sacerdotal (esse sacerdotale),

 

– perfecciona el poder sacerdotal (posse sacerdotale),

 

 

– corona la capacidad de ejercer fácilmente ese poder sacerdotal (bene posse sacerdotale) que el fiel ya tiene por el bautismo y la confirmación.

 

 

El carácter realiza todo esto a través de una configuración del que se ordena con Cristo, Cabeza del Cuerpo Místico, que le faculta para participar de un modo muy especial en su sacerdocio y en su triple función. Por eso el sacerdote se convierte en:

 

 

a) ministro autorizado de la palabra de Dios, participando del munus docendi (poder de enseñar);

 

 

b) ministro de los sacramentos, participando del munus sanctificandi (poder de santificar); de modo especial se convierte en ministro de la Eucaristía, por lo que su oficio principal es la celebración del Santo Sacrificio del Altar, donde se renueva sacramentalmente la obra de nuestra Redención y se aplican sus frutos, y donde el ministerio sacerdotal encuentra su plenitud, su centro y su eficacia (cfr. Concilio Vaticano II, Presbyterorum ordinis, n. 5);

 

 

c) ministro del pueblo de Dios, participando del munus regendi (poder de gobernar); así, entra a formar parte de la jerarquía eclesiástica, de modo distinto según su grado propio: adquiere una potestad espiritual para conducir a los fieles a su fin sobrenatural eterno. Este efecto se explica por separado a continuación.

 

 

 

7.4.2 La potestad espiritual

 

 

En la jerarquía de la Iglesia, de la que se forma parte en virtud del sacramento del orden, podemos distinguir dos planos:

 

 

La jerarquía de orden: está formada por los obispos, presbíteros y diáconos, su finalidad es ofrecer el Santo Sacrificio y administrar los sacramentos;

 

La jerarquía de jurisdicción (que supone la anterior): está formada por el Papa y los obispos en comunión con él (o quienes, en el derecho canónico, se equiparan a los obispos); los presbíteros y di conos se insertan en ella a través de su colaboración con el Ordinario respectivo.

 

 

7.4.3 La gracia santificante y la sacramental

 

 

Al igual que los demás sacramentos de vivos, el sacramento del orden aumenta la gracia santificante (cfr. Dz. 701).

 

 

Otorga, además, la gracia sacramental; es decir, la ayuda sobrenatural necesaria para poder ejercer debidamente las funciones correspondientes al grado recibido (cfr. Dz. 2301).

 

 

 

7.5 DIVERSIDAD DE GRADOS EN EL SACRAMENTO DEL ORDEN

 

 

El ministerio eclesiástico, instituido por Dios, está ejercido en diversos órdenes que ya desde antiguo reciben los nombres de obispos, presbíteros y diáconos.

 

 

La doctrina católica, expresada en la liturgia, el magisterio y la práctica constante de la Iglesia, reconoce que existen dos grados de participación ministerial en el sacerdocio de Cristo: el episcopado y el presbiterado. El diaconado está destinado a ayudarles y a servirles. Por eso, el término ‘sacerdos’ designa, en el uso actual, a los obispos y a los presbíteros, pero no a los diáconos. Sin embargo, la doctrina católica enseña que los grados de participación sacerdotal (episcopado y presbiterado) y el grado de servicio (diaconado) son los tres conferidos por un acto sacramental llamado ‘ordenación’, es decir, por eso sacramento del Orden (Catecismo, n. 1554).

 

No son, por tanto, sacramentos diversos (cfr. Concilio Vaticano II: Christus Dominus, n. 15; Lumen gentium, n. 21; Presbyterorum ordinis, n. 2).

 

 

7.5.1 El episcopado

 

 

“Entre los diversos ministerios que existen en la Iglesia, ocupa el primer lugar el ministerio de los obispos que, a través de una sucesión que se remota hasta el principio, son los transmisores de la semilla apostólica” (LG 20) (Catecismo, n. 1555).

 

 

En orden a la consagración de la Eucaristía su potestad no excede a la de los presbíteros, pero sí la excede en:

 

 

– conferir el sacramento del orden (cfr. Dz. 967; CIC, c. 1012);

 

– terminar el ciclo de la iniciación cristiana confiriendo el sacramento de la confirmación (cfr. CIC c. 882);

 

– de ordinario, se reserva también a los obispos la consagración de los santos óleos (cfr. CIC, cc. 857 y 880);

 

– el derecho a predicar en cualquier lugar (cfr. CIC, c. 763);

 

– el ser colocados al frente de las diócesis o Iglesias locales y gobernarlas con potestad ordinaria, bajo la autoridad del Romano Pontífice (cfr. CIC, cc. 375-376); pero tiene al mismo tiempo con todos sus hermanos en el episcopado colegialmente, la solicitud de todas las Iglesias (Catecismo, n. 1566).

 

– le corresponde, en su diócesis, dictar normas sobre el seminario (cfr. CIC, c. 259), sobre la predicación (c. 772), sobre la liturgia (c. 838), etc.

 

Además, son los obispos quienes conceden a los presbíteros cualquier poder de r‚gimen que puedan tener sobre los demás fieles, y el encargo de predicar la palabra divina.

 

 

 

7.5.2 El presbiterado

 

 

 

Los presbíteros (del griego presbyterós = anciano), aunque no tienen la plenitud del sacerdocio y dependen de los obispos en el ejercicio de su potestad, tienen el poder de:

 

 

– consagrar el Cuerpo y la Sangre de Cristo;

 

– perdonar los pecados;

 

– ayudar a los fieles con las obras y la doctrina;

 

– administrar aquellos otros sacramentos que no requieran necesariamente el orden episcopal.

 

 

7.5.3 El diaconado

 

 

El diácono (del griego diaconós = servidor) asiste al sacerdote en determinados oficios; p. ej.:

 

 

– en las funciones litúrgicas, en conformidad con los respectivos libros;

 

– administrando el bautismo solemne;

 

– reservando y distribuyendo la Eucaristía, llevando el Viático a los moribundos y dando la bendición con el Santísimo;

 

– asistir al Matrimonio donde no haya sacerdote, etc. (cfr. el Motu proprio Sacrum diaconatus ordinem de Pablo VI, del 18-VI-1967).

 

El diáconado que fue y sigue siendo un escalón previo al presbiterado, es también ahora un grado permanente y propio de la jerarquía (cfr. Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, n. 29; y Motu proprio Ad pascendam de Paulo VI, del 15-VIII-1972).

 

 

7.6 MINISTRO DEL SACRAMENTO DEL ORDEN

 

 

Se entiende por ministro del orden sacerdotal aquel que tiene potestad para administrarlo.

 

Es ministro de la ordenación sagrada en todos sus grados, el obispo consagrado (cfr. CIC, c. 1012); así consta en el Concilio de Florencia (cfr. Dz. 701) y en el de Trento (cfr. Dz. 967).

 

“Dado que el sacramento del Orden es el sacramento del ministerio apostólico, corresponde a los obispos, en cuanto sucesores de los apóstoles, transmitir el don espiritual; la semilla apostólica” (Catecismo, n. 1576).

 

 

Según la Sagrada Escritura, los Apóstoles (cfr. Hechos 6, 6; 14, 22; II Tim. 1, 6) o los discípulos de los Apóstoles consagrados por éstos como obispos (cfr. I Tim. 5, 22; Tit. 1, 25), aparecen como los ministros de la ordenación.

 

7.6.1 Condiciones para administrarlo válidamente

 

Para la validez basta que el obispo tenga la intención requerida y observe el rito externo de ordenación (cfr. Dz. 855, 860), aunque sea hereje, cismático, simoníaco, o se halle excomulgado.

 

 

A los muchos datos que nos proporciona en este sentido la historia de la Iglesia, hay que añadir documentos papales muy antiguos que explícitamente afirman la validez de las ordenaciones conferidas por verdaderos obispos, aunque fueran cismáticos o herejes: p. ej., carta del Papa Anastasio II al emperador Anastasio I, del año 496 (cfr. Dz. 169), carta del Papa Gregorio I a los obispos de Georgia, del año 601 (cfr. Dz. 249), una decisión en el Concilo de Guastalla, celebrado en 1106 (cfr. Dz. 358).

 

Por otra parte, en 1896, el Papa León XIII, siguiendo la opinión que ya habían mantenido sus predecesores desde que se planteó el problema a mediados del siglo XVI, declaró explícitamente que eran inválidas las ordenaciones conferidas por los anglicanos. Pero esto no se debía a que el obispo fuera cismático o hereje, sino a que la forma que usaron durante siglos era incapaz de significar lo que es el sacramento y, por tanto, el mismo sacramento era inválido. A lo cual se añadía la duda sobre si el ministro tenía la intención de hacer lo que hace la Iglesia, ya que se rechazaba expresamente el carácter sacrificial de la Misa, fin propio de la ordenación sacerdotal (cfr. Dz. 1963-1966).

 

 

7.6.2 Condiciones para administrarlo lícitamente

 

 

A. Para la consagración de obispos

 

 

Para ordenar obispos lícitamente se requiere ser obispo y tener constancia del mandato (o nombramiento) del Romano Pontífice (cfr. CIC, c. 1013). Además, en la ordenación deben estar presentes al menos otros dos obispos (cfr. CIC, c. 1014).

 

 

En efecto, está reservada al Romano Pontífice la facultad de autorizar, mediante una Bula, la consagración episcopal. El canon 1382 prevé una excomunión reservada a la Santa Sede tanto al obispo que sin esa autorización consagra a otro obispo, como al que permite ser consagrado sin ese mandato del Papa.

 

B. Para la ordenación de presbíteros y diáconos

 

Respecto a la lícita ordenación de los presbíteros y los diáconos, el ministro es el propio obispo, o bien cualquier otro obispo con legítimas dimisorias es decir, autorización (cfr. 7.7.2.B.a) del Ordinario propio. El ministro, además, debe estar en estado de gracia.

 

 

El obispo que ordena debe cerciorarse debidamente de la idoneidad del candidato, de acuerdo a las normas establecidas por el derecho (cfr. CIC, cc. 1050-1052), que vienen a ser una concreción de aquella recomendación de San Pablo: No seas precipitado en imponer las manos a nadie, no vengas a participar en los pecados ajenos (I Tim. 5, 22).

 

 

Cuando el obispo ordena a un súbdito propio él debe asegurarse de la idoneidad; si se trata de un súbdito ajeno, ha de recibir esta información escrita del mismo que envía las letras dimisorias. Estos certificados escritos reciben el nombre de cartas testimoniales

 

 

 

7.7 SUJETO DEL SACRAMENTO DEL ORDEN

 

 

 

7.7.1 Condiciones para recibirlo válidamente

 

 

a) “Sólo el varón bautizado recibe válidamente la ordenación” (CIC, c. 1024).

 

 

Queda claro, por tanto, que si no ha habido válida recepción del bautismo, tampoco es válida la ordenación, ya que el bautismo es ianua sacramentorum: puerta de entrada a todos los demás sacramentos.

 

Sobre la cuestión de la admisión de las mujeres al sacerdocio ministerial, la Iglesia siempre ha enseñado que Jesucristo quiso que quienes habían de ejercer visiblemente el oficio sacerdotal en su nombre, fueran varones:

 

El eligió a los Apóstoles sólo entre los discípulos varones aunque también las mujeres le seguían en muchas ocasiones, e incluso se mostraron más fieles y más fuertes que los hombres.

 

Ni los Apóstoles que al salir del mundo hebreo para entrar al griego se encontraron con la existencia de sacerdotisas en algunos cultos paganos, ni tampoco sus sucesores, administraron el sacramento del orden a las mujeres.

 

 

En la Iglesia antigua se tomó como inaceptable la costumbre introducida por algunas sectas, especialmente las gnósticas, de ordenar mujeres; ya en la segunda mitad del siglo II lo atestigua San Irineo (cfr. Adversus haerases PG 7, 580-581).

 

 

Puede, por tanto, tomarse como una norma perpetua lo hecho por Cristo y por los Apóstoles, ya que la Iglesia no tiene ninguna potestad sobre la esencia de los sacramentos, es decir, sobre lo que Cristo mismo estableció (cfr. Dz. 2301).

 

El 22 de mayo de 1994 el Papa Juan Pablo II declaró como definitiva la decisión de la Iglesia de no admitir a las mujeres a la ordenación sacerdotal: Con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a mis hermanos (cfr. Lucas 22, 32), declaro que la Iglesia no tiene modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia (Carta Apostólica del Papa Juan Pablo II sobre la Ordenación Sacerdotal reservada sólo a los hombres, 22-V-1994).

 

 

Como un argumento de conveniencia de esta reserva del sacramento del orden al varón, se puede considerar que el sacerdote tiene que representar a Cristo al celebrar el Sacrificio de la Misa y confeccionar la Eucaristía. Por el simbolismo sacramental, tiene que darse una semejanza natural entre Cristo y sus ministros, lo que sólo sucede si éstos son varones, como lo es Cristo.

 

 

No se rebaja de ningún modo la dignidad de la mujer por el hecho de que no pueda recibir este sacramento:

 

 

la criatura más excelsa ha sido la Santísima Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra, que no recibió el sacerdocio ministerial;

 

si se exceptúa esta limitación, a la mujer han de reconocerse plenamente, en la Iglesia, los mismos derechos y deberes que a los hombres.

 

 

En su primer viaje a Estados Unidos, Juan Pablo II volvió a repetir estas ideas a un grupo de sacerdotes que se reunieron con él en Filadelfia: El hecho de que haya una llamada personal individual al sacerdocio por el Señor, a los hombres ‘a quienes El ha decidido llamar’, está de acuerdo con la tradición profética. Esto debería ayudarnos a comprender también que la decisión tradicional de la Iglesia de no llamar a mujeres, no entraña ninguna afirmación acerca de los derechos humanos, ni es exclusión de las mujeres de la santidad y misión de la Iglesia. Esta decisión expresa bien la convicción de la Iglesia acerca de esta dimensión particular del don del sacerdocio, por cuyo medio Dios ha elegido pastorear a su grey (Homilías, 4-X-1979). Véanse, además, los escritos de Pablo VI al Arzobispo de Canterbury de 30-XI-1975 y el 23-III-1975 (AAS 68, 599-600) y la Declaración de la S.C. para la Doctrina de la Fe del 15-X-1976 (AAS 69, 89-116, Catecismo, n. 1577).

 

 

b) En cuanto a la intención, se requiere al menos habitual (la que se tenía antes y no se retractó), aunque en la práctica ser intención actual (es decir, en el momento de recibir el sacramento), por comportar el sacramento un nuevo estado de vida y, por tanto, nuevas y graves obligaciones.

 

Si no hubo libertad, y por esto se excluyó la intención de recibir el sacramento, la ordenación es nula y consecuentemente no se tiene tampoco ninguna obligación (cfr. CIC, c. 1026).

 

 

Podría suceder que una coacción por miedo grave no lleve a excluir la intención de recibir el orden sacerdotal, en cuyo caso la ordenación es válida.

 

Antes de recibir la ordenación, los candidatos deben entregar al superior legítimo una declaración escrita de puño y letra, en la que hagan constar que reciben el orden espontánea y libremente (cfr. CIC, c. 1036).

 

 

7.7.2 Condiciones para recibirlo lícitamente

 

 

A. Cualidades requeridas por derecho divino

 

 

Para la lícita ordenación se requiere, por voluntad divina, vocación y estado de gracia.

 

 

a) Vocación o llamada de Dios (cfr. CIC, c. 1029)

 

 

Para llegar al sacerdocio es necesaria una llamada específica de Dios:

 

 

“¡Hemos sido llamados! Esta es la verdad fundamental, que nos debe infundir aliento y alegría! Jesús mismo dijo a los Apóstoles: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he puesto para que vayáis y dáis fruto, y vuestro fruto permanezca” (Jn. 15, 16). . . Ninguno, efectivamente, se atrevería a llegar a ser ministro de Cristo, en contacto permanente con el Altísimo. ¡Nadie tendría la audacia de cargar sobre sí el peso de las conciencias, y de aceptar una soledad sagrada y mística! La llamada nos da fuerza para ser, con constancia y fidelidad, lo que somos: en los momentos de serenidad, pero sobre todo en los momentos de crisis y de debilidad, digámonos a nosotros mismos: “¡Animo! He sido llamado! Heme aquí, envíame!” (Is. 6, 8). (Juan Pablo II, Discurso a un grupo de sacerdotes milaneses, 21-IV-1979.)

 

Esa vocación comprende, como signos, la recta intención y la probidad de vida:

 

– recta intención: consiste en buscar de manera exclusiva, o al menos de modo principal, la gloria de Dios, el bien de las almas y la propia santificación;

 

– virtud probada: es decir, sólida vida de piedad y de mortificación, afán de servicio, constancia de ánimo, porque el sacerdote es mediador entre Dios y los hombres, dispensador de los misterios divinos (cfr. I Cor. 4, 1. Ver Documento de Puebla, nn. 862-891).

 

 

b) Estado de gracia

 

 

Es necesario para recibir lícitamente el sacramento del orden, por la misma razón que lo es para recibir los demás sacramentos de vivos.

 

 

B. Cualidades requeridas por derecho eclesiástico

 

 

Por disposición de la Iglesia se requiere en el ordenando los siguientes requisitos:

 

 

a) Letras dimisorias (cfr. CIC, c. 1018).

 

 

Dimisoria es el acto por el que se autoriza la ordenación de alguien, realizado por quien tiene la facultad de dar esa autorización. Como de ordinario ese acto se realiza por escrito, se habla de ‘letras o cartas dimisorias’.

 

 

b) Ciencia suficiente (cfr. CIC, c. 1027), que incluye el debido conocimiento de todo lo que se refiere al sacramento del orden, y a las obligaciones que lleva consigo (cfr. CIC, c. 1028).

 

 

La Iglesia exige a los ordenandos una declaración, reforzada por juramento, suscrita de puño y letra por el interesado, de que se conocen las obligaciones del grado que se va a recibir.

 

Para quienes van a recibir el diaconado, es necesario haber terminado el quinto año del ciclo de estudios filosófico-teológicos (cfr. CIC, c. 1032 & 1). Nada se dice de los estudios que han de haberse cursado para recibir el presbiterado, aunque parece deducirse que hay que tenerlos todos (cfr. CIC, c. 1032 & 2). Para el episcopado es necesario el Doctorado, o al menos la Licenciatura en Sagradas Escrituras, Teología o Derecho Canónico; o, en su defecto, pericia en esas materias (cfr. CIC, c. 378 & 1, 5o.).

 

 

c) Edad: 25 años para poder recibir el presbiterado (cfr. CIC, c. 1031 & l) y 35 para el episcopado (cfr. CIC, c. 378 & 1, 3o.).

 

En el caso del diaconado caben dos posibilidades:

 

 

si el diácono va a ser destinado al presbiterado necesita tener al menos 23 años (cfr. CIC, c. 1031 & 1);

 

si el diácono va a ser destinado permanentemente y está casado, necesita al menos 35 años y el consentimiento de su mujer (cfr. CIC, c. 1031 & 2).

 

d) Observar un intersticio de al menos seis meses entre el diaconado y el presbiterado (cfr. CIC, c. 1031 & 1).

 

El intersticio es un espacio de tiempo que debe existir entre los dos primeros grados del sacramento del orden, con la finalidad de que se pueda ejercitar el orden recibido.

 

 

e) Haber recibido el sacramento de la confirmación (cfr. CIC, c. 1033).

 

 

f) Rito de admisión (cfr. CIC, c. 1034 & 1)

 

 

Antes de recibir el diaconado o el presbiterado, los interesados han de ser admitidos como candidatos por la autoridad competente con un rito litúrgico establecido, habiendo previamente hecho la solicitud escrita y firmada de puño y letra.

 

 

g) Haber hecho ejercicios espirituales, al menos durante cinco días, antes de recibir la ordenación (cfr. CIC, c. 1039).

 

 

h) Ausencia de irregularidades e impedimentos (cfr. CIC, c. 1040). La irregularidad es una clase de impedimento que se caracteriza por la perpetuidad, mientras que al impedimento que no es perpetuo se le clasifica de simple impedimento.

 

 

Los impedimentos e irregularidades han de interpretarse estrictamente (cfr. CIC, c. 18); su numeración constituye un numerus clausus número cerrado, por lo que no cabe apreciar la existencia de algunos más por analogía.

 

Las irregularidades, pues, son impedimentos perpetuos que impiden recibir lícitamente el orden sagrado. Han sido establecidas por la Iglesia en atención a la reverencia que se debe a los ministros sagrados. Son las siguientes (cfr. CIC, c. 1041):

 

– padecer alguna forma de amnesia u otra enfermedad psíquica;

 

– haber caído en apostasía, herejía o cisma;

 

 

– haber atentado (intentado) matrimonio, aun sólo civil, estando impedido por vínculo, orden sacerdotal o voto público perpetuo de castidad;

 

 

– haber cometido homicidio voluntario;

 

 

– haber procurado o cooperado positivamente en un aborto, habiéndose éste verificado;

 

 

– mutilarse a sí mismo o a otro, dolosa y gravemente;

 

 

– haber intentado suicidarse;

 

 

– realizar un acto de potestad de orden reservado a los obispos o a los presbíteros.

 

 

Los simples impedimentos son (cfr. CIC, c. 1042):

 

– estar casado;

 

– desempeñar un cargo o tarea de administración prohibido a los clérigos;

 

 

– haber sido bautizado recientemente y, por tanto, no estar suficientemente probado.

 

 

 

7.8 LAS OBLIGACIONES DE LOS CLERIGOS

 

 

No trataremos aquí de la obligación de celebrar la Santa Misa y de administrar los sacramentos que tienen los sacerdotes, ya que eso se estudia en los tratados correspondientes al hablar del ministro del sacramento.

 

7.8.1 El celibato sacerdotal

 

Por razones convenientemente fundadas en el misterio de Cristo y de su misión, el derecho impone el celibato a todos los sacerdotes de la Iglesia latina (cfr. CIC, c. 277; Catecismo, n. 1579).

 

 

En 1965, dos documentos del Concilio Vaticano II trataron el tema del celibato sacerdotal (cfr. Presbyterorum ordinis, n. 16; Optatam totius, n. 10).

 

En 1967, en su Encíclica Sacerdotalis coelibatus, Pablo VI vuelve a hablar del mismo tema. Junto a un breve esquema de la historia de la institución del celibato y a otras consideraciones de interés, expone una a una las posibles razones en pro y en contra, basando íntegramente su Magisterio en la doctrina ya recogida en el Concilio Vaticano II.

 

 

En 1971, en el II Sínodo de los Obispos se preparó un nuevo documento en el mismo sentido, aprobado y promulgado luego por Pablo VI: De sacerdocio ministeriali, 30-XI-1971.

 

 

En 1979 el celibato fue objeto de una nueva reafirmación del Magisterio ordinario de Juan Pablo II: ¿Por qué es un tesoro? ¿Queremos tal vez con esto disminuir el valor del matrimonio y la vocación a la vida familiar? ¿O bien sucumbimos al desprecio maniqueo por el cuerpo humano y por sus funciones? ¿Queremos tal vez despreciar de algún modo el amor, que lleva al hombre y a la mujer al matrimonio y a la unión conyugal del cuerpo, para formar así una sola carne? ¿Cómo podremos pensar y razonar de tal manera, si sabemos, creemos y proclamamos, siguiendo a San Pablo, que el matrimonio es un ‘sacramento magno’? Ninguno, sin embargo, de los motivos con los que a veces se intenta ‘convencernos’ acerca de la inoportunidad del celibato, corresponde a la verdad que la Iglesia proclama y que trata de realizar en la vida a través de un empeño concreto, al que se obligan los sacerdotes antes de la ordenación sagrada. Al contrario, el motivo esencial, propio y adecuado está contenido en la verdad que Cristo declaró, hablando de la renuncia al matrimonio por el Reino de los Cielos, y que San Pablo proclamaba, escribiendo que cada uno en la Iglesia tiene su propio don. El celibato es precisamente un ‘don del Espíritu’. Un don semejante, aunque diverso, se contiene en la vocación al amor conyugal verdadero y fiel, orientado a la procreación según la carne, en el contexto tan amplio del sacramento del matrimonio. Es sabido que este don es fundamental para construir la gran comunidad de la Iglesia, Pueblo de Dios. Pero si esta comunidad quiere responder plenamente a su vocación en Jesucristo, ser necesario que se realice también en ella, en proporción adecuada, ese otro ‘don’, el don del celibato ‘por el Reino de los Cielos’ (Carta Novo incipiente, 8-IV-1979, n. 63).

 

 

Esta insistencia es un signo claro, tanto de los ataques a que se ve sometida esta institución, como de la decidida voluntad de la Iglesia de mantener la praxis antiquísima, pues aunque el celibato por el Reino de los Cielos no viene exigido por la naturaleza misma del sacerdocio, le es muy conveniente.

 

Siguiendo el esquema de la Encíclica Sacerdotalis coelibatus, podemos señalar algunas razones que manifiestan esta especial conveniencia del celibato para los sacerdotes:

 

 

– Razones cristológicas:

 

 

con el celibato los sacerdotes se entregan de modo m s excelente a Cristo, uniéndose a El con corazón indiviso;

 

el contenido y la grandeza de su vocación, lleva al sacerdote a abrazar en su vida esa perfecta continencia, de la que es prototipo y ejemplo la virginidad de Cristo Sacerdote;

 

 

si se considera que Cristo no quiso para sí otro vínculo nupcial que el que contrajo con todos los hombres en la Iglesia, se ve en qué medida el celibato sacerdotal significa y facilita esa participación del ministro de Cristo en el amor universal de su Maestro.

 

 

– Razones eclesiológicas:

 

con el celibato, los sacerdotes se dedican más libremente, en Cristo y por Cristo, al servicio de los demás hombres;

 

la persona y la vida del sacerdote son posesión de la Iglesia, que hace las veces de Cristo su esposo;

 

 

el celibato dispone al sacerdote para recibir y ejercer con amplitud la paternidad de Cristo.

 

 

El celibato es, en verdad, un don de Dios, dado por El gratuitamente y libremente por el hombre. La autoridad eclesiástica no puede imponerlo a nadie, pero sí puede establecerlo como condición para acceder al sacerdocio (cfr. Alvaro del Portillo, Escritos sobre el sacerdocio, Ed. Palabra, pp. 83-101).

 

El celibato también se prescribe para los diáconos que llegarán al sacerdocio. Y los diáconos casados, una vez muerta su mujer, son inhábiles para contraer un nuevo matrimonio (cfr. Sacrum diaconatus ordinem de Pablo VI).

 

 

7.8.2 Santidad de vida

 

 

En el Código de Derecho Canónico, al hablarse de los derechos y deberes de los clérigos, se hace especial énfasis en el deber que tienen de buscar la santidad, de modo especial por haberse convertido en administradores de los misterios del Señor al servicio de su pueblo (cfr. c. 276).

 

 

El mismo Código (cfr. c. 246) se ocupa en señalar detalles concretos que son indispensables para alcanzar esa santidad de vida que se pide al sacerdote:

 

 

– alimentar la vida espiritual con la lectura de la Sagrada Escritura;

 

– hacer de la celebración de la Misa el centro de toda su vida; la Iglesia invita encarecidamente al sacerdote a celebrar cada día el Sacrificio de la Eucaristía;

 

 

– rezar cotidianamente la liturgia de las horas;

 

 

– hacer todos los días un rato de oración mental;

 

 

– acudir con frecuencia al sacramento de la penitencia, siendo recomendable que cada sacerdote tenga un director espiritual;

 

 

– asistir a los retiros espirituales prescritos por la autoridad legítima;

 

 

– tener peculiar veneración a la Madre de Dios, fomentando el rezo del Santo Rosario, etc.

 

 

Es necesario, dice el Concilio Vaticano II (cfr. Presbyterorum ordinis, n. 12) que el sacerdote luche por ser santo, si desea cumplir adecuadamente sus deberes ministeriales.

 

“Yo pido a Dios Nuestro Señor que nos dé a todos los sacerdotes la gracia de realizar santamente las cosas santas, de reflejar, también en nuestra vida, las maravillas de las grandezas del Señor” (Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, Homilía Sacerdote para la eternidad, Folletos Minos-70).

 

7.8.3 Obediencia al Ordinario

 

Los clérigos tienen especial obligación de mostrar respeto y obediencia al Sumo Pontífice y a su Ordinario propio (cfr. CIC, c. 273).

 

 

Este deber de obediencia y de disponibilidad para asumir responsablemente las tareas encomendadas por el propio Ordinario, tiene su fundamento inmediato en la incardinación a una diócesis, prelatura, instituto de vida consagrada o en la sociedad que goce de esta facultad, y su fundamento mediato en la condición de clérigo.

 

En este sentido, establece el Código de Derecho Canónico que, a no ser que haya un legítimo impedimento, los clérigos deben aceptar y desempeñar fielmente la tarea que les encomiende su Ordinario propio (cfr. CIC, 274 c. 2).

 

 

 

7.8.4 Uso del traje eclesiástico

 

 

 

Los clérigos han de vestir un traje eclesiástico, de acuerdo con las normas de la Conferencia Episcopal (cfr. CIC, c. 284).

 

 

El valor de este signo distintivo no está sólo en que contribuye al decoro del sacerdote en su comportamiento externo, sino, sobre todo, en que es un signo que evidencia en el seno de la comunidad el testamento público que cada sacerdote está llamado a dar de la propia identidad y especial pertenencia a Dios (cfr. Carta de Juan Pablo II al Cardenal Vicario de Roma, 8-IX-1982).

 

 

7.8.5 Otras obligaciones

 

 

Además, en razón de la misión y dignidad de que está revestido el sacerdote, la Iglesia no permite que ejerza ciertos trabajos o actividades que podrían desdecir de su ministerio, o al menos obstaculizarlo (cfr. CIC, cc. 285-289):

 

 

– aceptar cargos públicos que suponen una participación en el ejercicio de la potestad civil;

 

– administrar bienes pertenecientes a laicos, o intervenir en tareas en las que sea necesario rendir cuentas;

 

 

– ser fiadores o firmar letras de cambio;

 

 

– ejercer la negociación o el comercio;

 

 

– participar activamente en partidos políticos o en organizaciones sindicales;

 

 

– presentarse voluntarios al servicio militar.

 

 

7.8.6 La formación de los sacerdotes

 

 

Por todo lo que hemos ido diciendo, se ve la necesidad que tienen los sacerdotes de una formación especial que les permita desempeñar adecuadamente las funciones que les son propias.

 

 

Esta formación, con vertientes culturales en el terreno religioso y en el profano, ha de estar centrada en lo que es fundamental a su misión: enseñar el Evangelio, administrar los sacramentos.

 

Así lo hizo el Señor con sus Apóstoles, fomentando su piedad y su amor a Dios (cfr. Lc. 11, 1; Mc. 16, 23), instruyéndolos en el contenido de la predicación (cfr. Mc. 4, 10; Mt. 10, 27), e iniciándolos en el trabajo pastoral (cfr. Mc. 6, 3ss.).

 

 

La Iglesia, a lo largo de su historia, ha sentido la urgencia de esta formación, que con frecuencia se hace en instituciones especiales.