Catequesis sobre los Sacramentos: Confirmación


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PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 29 de enero de 2014

Vídeo

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En esta tercera catequesis sobre los sacramentos nos detenemos en la Confirmación, que se entiende en continuidad con el Bautismo, al cual está vinculado de modo inseparable. Estos dos sacramentos, juntamente con la Eucaristía, forman un único evento salvífico, que se llama —«iniciación cristiana»—, en el que somos introducidos en Jesucristo muerto y resucitado, y nos convertimos en nuevas creaturas y miembros de la Iglesia. He aquí por qué en los orígenes estos tres sacramentos se celebraban en un único momento, al término del camino catecumenal, normalmente en la Vigilia pascual. Así se sellaba el itinerario de formación y de inserción gradual en la comunidad cristiana que podía durar incluso algunos años. Se hacía paso a paso para llegar al Bautismo, luego a la Confirmación y a la Eucaristía.

Comúnmente [en italiano] se habla de sacramento de la «Cresima», palabra que significa «unción». Y, en efecto, a través del óleo llamado «sagrado Crisma» somos conformados, con el poder del Espíritu, a Jesucristo, quien es el único auténtico «ungido», el «Mesías», el Santo de Dios. El término «Confirmación» nos recuerda luego que este sacramento aporta un crecimiento de la gracia bautismal: nos une más firmemente a Cristo; conduce a su realización nuestro vínculo con la Iglesia; nos concede una fuerza especial del Espíritu Santo para difundir y defender la fe, para confesar el nombre de Cristo y para no avergonzarnos nunca de su cruz (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1303).

Por esto es importante estar atentos para que nuestros niños, nuestros muchachos, reciban este sacramento. Todos nosotros estamos atentos de que sean bautizados y esto es bueno, pero tal vez no estamos muy atentos a que reciban la Confirmación. De este modo quedarán a mitad de camino y no recibirán el Espíritu Santo, que es tan importante en la vida cristiana, porque nos da la fuerza para seguir adelante. Pensemos un poco, cada uno de nosotros: ¿tenemos de verdad la preocupación de que nuestros niños, nuestros chavales reciban la Confirmación? Esto es importante, es importante. Y si vosotros, en vuestra casa, tenéis niños, muchachos, que aún no la han recibido y tienen la edad para recibirla, haced todo lo posible para que lleven a término su iniciación cristiana y reciban la fuerza del Espíritu Santo. ¡Es importante!

Naturalmente es importante ofrecer a los confirmandos una buena preparación, que debe estar orientada a conducirlos hacia una adhesión personal a la fe en Cristo y a despertar en ellos el sentido de pertenencia a la Iglesia.

La Confirmación, como cada sacramento, no es obra de los hombres, sino de Dios, quien se ocupa de nuestra vida para modelarnos a imagen de su Hijo, para hacernos capaces de amar como Él. Lo hace infundiendo en nosotros su Espíritu Santo, cuya acción impregna a toda la persona y toda la vida, como se trasluce de los siete dones que la Tradición, a la luz de la Sagrada Escritura, siempre ha evidenciado. Estos siete dones: no quiero preguntaros si os recordáis de los siete dones. Tal vez todos los sabéis… Pero los digo en vuestro nombre. ¿Cuáles son estos dones? Sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Y estos dones nos han sido dados precisamente con el Espíritu Santo en el sacramento de la Confirmación. A estos dones quiero dedicar las catequesis que seguirán luego de los sacramentos.

Cuando acogemos el Espíritu Santo en nuestro corazón y lo dejamos obrar, Cristo mismo se hace presente en nosotros y toma forma en nuestra vida; a través de nosotros, será Él, Cristo mismo, quien reza, perdona, infunde esperanza y consuelo, sirve a los hermanos, se hace cercano a los necesitados y a los últimos, crea comunión, siembra paz. Pensad cuán importante es esto: por medio del Espíritu Santo, Cristo mismo viene a hacer todo esto entre nosotros y por nosotros. Por ello es importante que los niños y los muchachos reciban el sacramento de la Confirmación.

Queridos hermanos y hermanas, recordemos que hemos recibido la Confirmación. ¡Todos nosotros! Recordémoslo ante todo para dar gracias al Señor por este don, y, luego, para pedirle que nos ayude a vivir como cristianos auténticos, a caminar siempre con alegría conforme al Espíritu Santo que se nos ha dado.


Saludos

Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, venidos de España, Chile, Argentina, México y otros países latinoamericanos. Invito a todos a recordar que hemos recibido la Confirmación, a dar gracias a Dios por él y a pedirle que nos ayude a vivir como verdaderos cristianos y a caminar siempre con alegría, según el Espíritu Santo que hemos recibido.

Muchas gracias.

fuente: vatican.va

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Espíritu Santo / Dones del Espíritu Santo


Tema para Sacramento de la Confirmación

El Espíritu Santo es persona real.

Segunda Parte: Estudio del Espíritu Santo.
TEMA 8: EL ESPÍRITU SANTO Y SU ACCIÓN SANTIFICADORA
8.1 El Espíritu Santo es una Persona divina
8.2 El Espíritu Santo y su acción santificadora en la Iglesia
8.3 ¿Cómo se realiza en el interior del hombre el proceso de santificación?
8.4 Virtudes infusas y dones del Espíritu Santo
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“Creemos en el Espíritu Santo,
Señor y dador de vida,
que procede del Padre y del Hijo,
que con el Padre y el Hijo
recibe una misma adoración y gloria”
(Credo Niceno-constantinopolitano)
El efecto principal del sacramento de la Confirmación es transformarnos en perfectos cristianos, es decir, en imágenes vivas de Jesús, en otros Cristos. Viene a consolidar nuestras energías espirituales y nos eleva a un estado tal que nos da derecho a todas las gracias necesarias para realizar, en toda ocasión, los actos de un perfecto cristiano.
El signo sensible de este sacramento también refleja lo anterior. Se trata de una unción. En el Antiguo Testamento se ungía a los reyes, a los profetas, a los sacerdotes. Pensemos en alguna de esas unciones, la del rey David, por ejemplo. Llega hasta él el hombre de Dios y, al reconocerlo como elegido del Señor, lo unge. Dice así el libro de Samuel, capítulo 16:
10 Hizo pasar Jesé a sus siete hijos ante Samuel, pero Samuel dijo: “A ninguno de éstos ha elegido Yahvé.”
11 Preguntó, pues, Samuel a Jesé: “¿No quedan ya más muchachos?” El respondió: “Todavía falta el más pequeño, que está guardando el rebaño.” Dijo entonces Samuel a Jesé: “Manda que lo traigan, porque no comeremos hasta que haya venido.”
12 Mandó, pues, que lo trajeran; era rubio, de bellos ojos y hermosa presencia. Dijo Yahvé: “Levántate y úngelo, porque éste es.”
13 Tomó Samuel el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. Y a partir de entonces, vino sobre David el espíritu de Yahvé. Samuel se levantó y se fue a Ramá.
El muchacho ha quedado lleno de aceite, empapado de él. El aceite le ha comunicado suavidad y fortalecimiento, pero sobre todo luz. Su rostro y sus miembros brillan con el resplandor del óleo que ha recibido en abundancia sobre su cabeza. David resplandece. Esa realidad visible es imagen de lo que ocurre en el alma del joven, y es también imagen de lo que ocurre en la del confirmado cuando es ungido por las manos episcopales. Su alma, desde ese momento, está hecha para brillar. Abierto al don de Dios, si se manifiesta fiel al proyecto divino, comenzará el resplandor de su alma, brillará con luz propia y podrá alumbrar a los demás. Ha sido capacitado para convertirse en perfecto cristiano, en santo. Nada le impide llegar a la cumbre de la vida espiritual, a la transformación en Cristo que le otorgará la Eucaristía.
La gracia de la Confirmación es, pues, disposición para la plenitud de vida interior y santificación personal, cuya realidad consumará la Eucaristía, y cuyos efectos derivarán en acciones sociales y frutos apostólicos.
En otras palabras, esta gracia sacramental hace posible que la acción santificadora del Espíritu divino pueda hacerse más y más intensa en nuestra alma, y nos capacita para realizar nuestras acciones como si se tratara de las mismas acciones de Cristo. Por ello, buscaremos en este capítulo, presentar nociones básicas sobre el Espíritu Santo y su acción santificadora.
Del Espíritu Santo nos habla Jesucristo: antes de Él nada sabíamos de la Tercera Persona divina. Los textos de la Sagrada Escritura en que aparece esta revelación los expusimos ya al tratar de la Santísima Trinidad (ver 3.1). Pero hemos de reconocer, sin embargo, que a pesar de la claridad de esa revelación, se suele hablar poco del Espíritu Santo, a pesar del movimiento carismático de renovación que se da en la Iglesia católica y en las Iglesias protestantes. Para muchos se trata de una cuestión ajena e incomprensible. ¿Qué, o quién es el Espíritu Santo?
Puestos a considerar razones por las que el Espíritu Santo es la Persona divina menos conocida, podríamos señalar:
1. Porque su acción propia (santificación) es una acción invisible.
2. Porque a nosotros nos resultan más familiares las nociones de padre y de hijo.
3. Porque el Espíritu Santo es quien revela a las otras dos Personas divinas: Él no se revela a Sí mismo.
4. Porque su nombre propio es el de Amor, que siempre es silencioso.
8.1 El Espíritu Santo es una Persona divina
La primera afirmación sobre el Espíritu Santo es designarlo como persona real. No es sólo una fuerza que nos permite actuar, sino también es un Ser activo. No es algo, sino alguien: es persona.
Que el Espíritu Santo sea persona se prueba con los siguientes datos de la Revelación:
-la fórmula trinitaria del Bautismo ,
-el nombre que le da Jesucristo (Paráclito = consolador, abogado), (Juan 14, 16 y 26; 15, 26; 16, 7)
-el hecho de que al Espíritu Santo se le aplican atributos personales, como ser maestro de la verdad (cf. Juan 14, 26), dar testimonio de Cristo (cf. Juan 15, 26); distribuir sus dones según quiere (cf. I Cor 12, 11); hablar y pedir (cf. Rom 8, 26-27); e incluso es posible entristecerlo (cf. Ef. 4, 30).
En efecto, el Espíritu Santo posee la plenitud del saber: es maestro de toda verdad, predice las cosas futuras (Juan 16, 13), escudriña los más profundos arcanos de la divinidad (I Cor 2, 10), inspira a los profetas del Antiguo Testamento (II Pedro 1, 21); su poder divino se manifiesta en el prodigio de la encarnación del Verbo (Lucas 1, 35; Mateo 1, 20) y en el milagro de Pentecostés (Lucas 24, 49; Hechos 2, 2-4); es el dispensador de la gracia: concede los dones extraordinarios de la gracia (I Cor 12, 11) y la gracia de la justificación en el Bautismo (Juan 3, 5) y en el sacramento de la Penitencia (Juan 20, 22); cf. también Romanos 5, 5; Gálatas 4, 6; 5, 22; etc.
Además de ser persona, el Espíritu Santo es Persona distinta del Padre y del Hijo, como se prueba por la fórmula trinitaria del sacramento del Bautismo, por la aparición del Espíritu Santo en el bautismo de Jesús bajo un símbolo especial y, sobre todo, por el discurso de despedida de Jesús, donde el Espíritu Santo se distingue del Padre y del Hijo, puesto que éstos son los que lo envían, y Él es el enviado:
“Si me aman, conservarán mis mandamientos, y Yo rogaré al Padre, y Él les dará otro Intercesor, que quede siempre con ustedes, el Espíritu de verdad” (Juan 14 15-17)
“El intercesor, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, Él les enseñará todo, recordándoles todo cuanto Yo les he dicho” (Juan 14, 26)
“Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28, 19)
8.2 El Espíritu Santo y su tarea santificadora
“Mirad qué difícil cosa hubiera sido a cada uno de nosotros salir de nuestra niñez natural sólo por nosotros mismos; pues esto mismo, tan difícil de lograr en lo que toca a nosotros, nos ha sido cosa fácil salir de ella a la sombra y amparo de una madre que Dios nos dio, que nos cuidó y nunca nos dejó de amparar, hasta que con sus cuidados y desvelos hemos logrado llegar a nuestro completo desarrollo…
Bien sabía el Divino Verbo, sabiduría infinita, que sin el Espíritu Santo de poco nos valiera que el Padre nos criara y que Él, habiéndose hecho hombre, nos redimiera; sin el Espíritu Santo no podríamos llegar a conseguir el fin para el que habíamos sido criados y redimidos, porque sin el Espíritu Santo no podemos conocer a Jesucristo, y menos amarlo” (F. J. DEL VALLE, Decenario al Espíritu Santo, MINOS, México 1983, p. 87, p. 90).
Como Amor personal entre el Padre y el Hijo, como suma expresión de la entrega y comunión entre ambos, la acción del Espíritu Santo en el mundo se ordena a la formación de una gran comunidad en la humanidad regenerada. De Cristo nace esta nueva comunidad cuya alma, principio de vida y corazón, es el Espíritu Santo. El Espíritu Santo vive primariamente en esta comunidad porque los individuos que la integran están llamados a llenarse de Él y participar de sus dones. Esta comunidad es la Iglesia.
“La misión de Cristo y del Espíritu Santo se realiza en la Iglesia, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo” (Catecismo, 737).
En ella realiza el Espíritu Santo su tarea santificadora, transformando en Cristo a los que creen en Él. Y es que en el Espíritu Santo está Cristo próximo a los suyos, porque no ha sido su redención distante cuestión histórica y geográfica, ajena a la realidad personal e íntima de los que habríamos de creer. Mientras Jesús estuvo en la tierra, su cuerpo, su voz, sus acciones eran para nosotros la fuente de la gracia. Pero desde que su cuerpo fue glorificado por el Espíritu Santo, Jesús está al margen de las leyes del tiempo y del espacio; y arde del amor que es el Espíritu Santo que lo llena. Jesús puede así aproximarse a nosotros, estar entre nosotros con una nueva intimidad y nosotros podemos estar en Él:
“El que tiene el Espíritu no sólo se llamará cristiano, sino que tendrá al mismo Cristo. No es posible que estando en el Espíritu no esté también en Cristo” (SAN JUAN CRISÓSTOMO, Hom. 13, s. Ep. Ad Rom, sec. 8).
San Pablo dijo a los Gálatas: “Todos ustedes son uno en Cristo Jesús”(3, 28). Tal identidad la expresó el mismo Jesús diciendo: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos” (Juan 15, 5). Esta afirmación es contundente; la unión de los cristianos con su Señor no es meramente de cariño y obediencia: es una unidad viva y orgánica. Los sarmientos no son simplemente una semilla que se saca de la vid para llevarla lejos de ella. La vid vive en los sarmientos y los sarmientos en la vid, por la misma vida de ésta. Así, nuestra unión con Cristo es tal, que Él vive en nosotros y nosotros en Él, por su misma vida.
Sería una pena ser católico y no percatarse de lo que eso significa, por lo mucho que nos estaríamos perdiendo: somos uno en Cristo, y nuestras acciones adquieren así un particular valor y una particular belleza. A partir de nuestro bautismo, ningún pensamiento, ningún afecto, ningún acto tienen ya el derecho de ser desgajados de ese nuevo yo que nació en cada uno. Nuestro obrar es propio, sí, pero mejor aún y en un sentido más pleno, es del Espíritu de Cristo, es de Dios. Así venimos a resultar nosotros -porque todo lo de Él es nuestro- poseedores del Universo entero, incluido este mundo terreno, el celestial y todos los posibles: “Todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios”(I Cor 3, 23).
“Míos son los cielos y mía es la tierra;
mías son las gentes,
los justos son míos y míos los pecadores;
los ángeles son míos,
y la Madre de Dios y todas las cosas son mías,
y el mismo Dios es mío y para mí,
porque Cristo es mío y todo para mí”
(S. JUAN DE LA CRUZ, Dichos de luz y amor, n. 26)
Esta profunda realidad hace que el Magisterio enseñe, fundándose en la revelación, que la Iglesia, más allá de su realidad visible, jerárquica e institucional (así determinada también por Cristo)[1] sea un misterio que trasciende la razón: la Iglesia es el mismo Cristo que permanece en el mundo; el Cuerpo de Cristo, un cuerpo tan especial, que debe tener un nombre especial: el Cuerpo Místico de Cristo. Cristo es la Cabeza del Cuerpo; cada miembro bautizado es una parte viva, un miembro de ese Cuerpo, cuya alma es el Espíritu Santo.
“Felicitémonos y demos gracias por lo que hemos llegado a ser, no solamente cristianos sino el propio Cristo… Llénense de admiración y regocijo: hemos sido hechos Cristo” (S. AGUSTÍN , ev. Jo., 21, 8).
8.3 ¿Cómo se realiza en el interior del hombre el proceso de santificación?
El Espíritu Santo, santificador de los hombres, no se conforma como los artistas de la tierra con esculpir su ideal sobre la materia que transforma. Él mismo se introduce en aquel que quiere santificar, y habita y permanece en él, y lo mueve y compenetra. La historia sobrenatural de cada alma comienza con la llegada de ese Huésped al alma, pues su primer don no es otro que Él mismo, como lo asegura san Pablo: El Amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, por el Espíritu Santo que nos ha sido dado (Romanos 5, 5).
Dios en cierto modo se ha visto obligado a venir Él mismo para llevar a efecto en nosotros su obra santificadora, involucrándose personalmente en ella. No es un artífice extraño y ajeno que guía desde lejos, sino Alguien que se compromete en una misteriosa solidaridad por la que actúa con nosotros, por nosotros y en nosotros. Vino a unirse a nuestras frágiles potencias para hacernos capaces de “realizar obras de vida eterna”. El resultado de esa presencia suya en el alma es la deificación que en ella produce, siendo la gracia el efecto creado de la realidad increada que nos habita.
¿Cómo actúa en el psiquismo humano esa realidad del Espíritu y, por tanto, de la gracia que recibimos como efecto de su presencia? Quizá lo primero sea señalar que la gracia infundida en el alma no resulta algo ajeno al modo propio del ser del hombre.
No es como una prótesis o un cuerpo extraño, algo así como un diamante colocado en el centro de una nuez. No. La gracia es donada para animar una naturaleza viva, poseedora de una vida sensitiva y de una vida intelectual, y ella, la gracia, viene a injertarse respetando plenamente la realidad concreta del organismo vivo en el que inhiere. Luego de asimilarse a él, lo sublima. Pero antes la gracia se ha asimilado a él, porque la gracia es también vida, vida que se hace presente, vivificando todos los ámbitos del psiquismo que la recibe.
La gracia arraiga en la esencia del alma, que es principio vital y que actúa a través de sus miembros, de sus potencias operativas. Al injertarse en el psiquismo humano, la gracia (que es también, como dijimos, vida y movimiento), tiene también sus miembros propios, sus potencias para la acción. Ella cubre cada facultad y cada sentido natural con sus propias facultades y sentidos. Entonces la persona avanza hacia la meta, que es la unión en la Trinidad, precisamente mediante esa nueva actividad de sus facultades naturales actuadas por otras que pertenecen a ese orden recién inaugurado.
Esos miembros y facultades nuevas son las virtudes infusas y los dones: la gracia viene siempre acompañada de ellos y se llama, precisamente por eso, gracia de las virtudes y de los dones [2]. El proceso es claro: Dios llega al alma y su efecto creado es la gracia que, injertada en una concreta realidad natural, vivifica con una nueva vida todo el psiquismo a través de sus facultades, que son las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo [3].
8.4 Virtudes infusas y dones del Espíritu Santo
Dijimos que la gracia santificante es el efecto creado de la presencia de Dios en el alma. A ella la acompañan las virtudes infusas, tanto las teologales como las morales. Con las primeras, fe, esperanza y caridad, accedemos a Dios, que es su objeto propio; con las segundas, prudencia, justicia, fortaleza y templanza, logramos la armonía necesaria para dirigirnos hacia Él. Pero Dios quiso en su bondad enriquecernos por encima de las virtudes, y nos proporciona otros carismas que disponen nuestras facultades para ser dóciles instrumentos del Artista divino. Es entonces cuando decimos que operan los dones, como regalos suyos. Si con las virtudes morales nos adecentamos para estar con Dios, y con las teologales llegamos a su presencia, con los dones es Él quien nos inunda. En el primer caso nos es posible ejercitarnos en actos de fe, esperanza o amor y de cualquier virtud moral; en el segundo no nos ejercitamos nosotros, son los dones los que operan. Como si luego de nuestros intentos por tocar un techo electrificado al fin lo logramos, y comenzamos entonces a recibir el fluido eléctrico.
Así, pues, la actividad santificadora del Espíritu Santo en nuestro interior se desarrolla a través de las virtudes infusas y de los dones. La diferencia fundamental entre unas y otros no procede del objeto al que se dirigen, o de su campo de acción, que en realidad es el mismo (por ejemplo, tanto la fortaleza como virtud como la fortaleza como don hacen relación a las empresas arduas), sino del diferente modo en que obran en nuestra alma. Santo Tomás lo explica diciendo que Dios puede intervenir en nosotros de dos maneras. En la primera, Él actúa a través de las virtudes infusas, acomodándose al modo humano de obrar de nuestras potencias. Con nuestras capacidades naturales buscamos los medios mejores para alcanzar nuestro fin, y para tal efecto tomamos decisiones en ese sentido. Dios sobrenaturaliza esas operaciones dándonos gracias actuales, pero deja en nuestras manos la iniciativa que procede de las reglas de la prudencia o de la razón humana. Si bien es cierto que en las virtudes infusas nos mueve la gracia, también lo es que estamos actuando al modo humano, según la forma de ser propia de nuestras potencias. Entonces -siempre, repetimos, con la ayuda de la gracia- investigamos, discurrimos, resolvemos, nos decidimos por los medios mejores que nos llevan a Dios.
Sin embargo, para la unión con Dios necesitamos ir más allá de lo humano. Es entonces cuando intervienen los dones del Espíritu Santo [“Dona a virtutibus distinguuntur in hoc quod virtutes perficiunt ad actus modo humano, sed dona ultra humanum modum” (III Sent., d. 34, q. 1, a. 1)]. Los dones resultan necesarios para la unión con Dios porque las facultades humanas sobre las que descansan las virtudes infusas no disponen sino de medios de obrar inferiores a su objeto divino. Con las virtudes no trascendemos el estilo humano, y procedemos por razonamiento, reflexión, consideración de oportunidades, conveniencias, licitud, según las medidas humanas en torno a las cuales emitimos un juicio o llegamos a una convicción interior, siempre a través de búsquedas y valoraciones y, por tanto, con cierta lentitud y cautela. Dios obra en nosotros también de otro modo, el modo de los dones, modo que resulta superior al humano [4]. Podemos identificar tal acción por su carácter repentino, por una percepción apoyada en razones superiores, captadas casi sin discurso previo. Podemos descubrirla también en la facilidad de la intuición que se revela en la decisión y fortaleza del obrar, así como también en una sublimidad de la piedad que aparece eventualmente en la dulzura, la suavidad y el transporte en la oración.
Las virtudes se quedan, por decirlo así, en la superficie, en la corteza; la acción de los dones es íntima, penetrante, transformadora. Si hasta el más encumbrado de los serafines es indigno de la intimidad divina, ¿qué decir de nuestra naturaleza herida, manchada, enferma y pecadora? Si los grandes maestros, como san Juan de la Cruz, describen con mano precisa y visión de místico hasta los menores defectos que impiden llegar a Dios, ¿no será necesaria la acción del Espíritu Santo para descubrirlos, extirparlos y arrancarlos? De nuestra alma ha de surgir una perfectísima obra de arte, y el fin de los dones no es sino hacer posible en nosotros la acción del Artista divino.
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[1] “Cristo, el único Mediador, estableció en este mundo su Iglesia santa, comunidad de fe, esperanza y amor, como un organismo visible… La Iglesia es a la vez:
-sociedad dotada de órganos jerárquicos y el Cuerpo Místico de Cristo;
-el grupo visible y la comunidad espiritual;
-la Iglesia de la tierra y la Iglesia llena de bienes del cielo” (Catecismo, 771).
[2] Ver S. Th., III, q. 62, a. 2: ‘Utrum gratia sacramentalis aliquid addat super gratiam virtutum et donorum’, donde enseña el santo que la gracia santificante perfecciona la esencia del alma y con ella descienden a las potencias las virtudes infusas y los siete dones del Espíritu Santo.
[3] Esas virtudes se llaman infusas precisamente porque se infunden juntamente con la gracia santificante.
[4]Martín Descalzo los llama suplemento de alma: “Sólo el Espíritu Santo daría a los creyentes aquel suplemento de alma que sería necesario para entenderle (a Jesús)” (Vida y misterio de Jesús de Nazaret, Sígueme, Salamanca 1998, p. 283).
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Los Dones del Espíritu Santo

El sacramento de la Confirmación otorga al bautizado una intensificación de los dones del Espíritu Santo.

Segunda Parte: Estudio del Espíritu Santo.
TEMA 9. LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO
9.1 ¿Qué son los dones del Espíritu Santo?
9.2 El don de temor de Dios
9.3 El don de piedad
9.4 El don de fortaleza
9.5 El don de consejo
9.6 El don de entendimiento o inteligencia
9.7 El don de ciencia
9.8 El don de sabiduría
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El sacramento de la Confirmación otorga al bautizado una intensificación de los dones del Espíritu Santo. Es para nosotros lo que Pentecostés fue para los Apóstoles. A pesar de que Jesucristo ya les había dado el Espíritu Santo (cf. Juan. 20, 22), los Apóstoles permanecían tímidos, ignorantes e imperfectos. Dios (que todo lo hace bien) procedió por grados sucesivos en la comunicación de sus dones. Los Apóstoles tenían ya el Espíritu Santo, pero aún no habían recibido la dotación que los hacía capaces de manifestar la fuerza del amor de Cristo: ésta la recibieron el día de Pentecostés. También nosotros recibimos por primera vez al Espíritu Santo en el Bautismo, pero es hasta la Confirmación donde recibimos la plenitud de sus dones.
9.1 ¿Qué son los dones del Espíritu Santo?
De acuerdo a la definición de santo Tomás, los dones del Espíritu Santo son “unos hábitos o cualidades sobrenaturales permanentes, que perfeccionan al hombre y lo disponen a obedecer con prontitud a las inspiraciones del Espíritu Santo” (S. Th., I-II, q. 68, a. 3). Son fundamentalmente instrumentos receptivos -al modo de los aparatos que captan las ondas electromagnéticas, inaccesibles para los sentidos naturales-, pero se tornan animados por el soplo actual de Dios, y resultan a un tiempo flexibilidades y energías, docilidades y fuerzas que hacen al alma más pasiva bajo el influjo de Dios y, simultáneamente, más activa para seguirlo y secundar sus obras.
Van surgiendo en el alma como efecto de la caridad sobrenatural o gracia santificante que, por ser amor de amistad, engendra relaciones de reciprocidad, de intercambios, entre Dios y el alma. Como cualidades receptivas, los dones reciben y transmiten las inspiraciones, las mociones, la acción del Espíritu Santo, y permiten de este modo las intervenciones directas y personales de Dios en la vida moral y espiritual de nuestra alma hasta en sus menores detalles. “Eres al modo mío”, podría entonces decir Dios al alma sometida dócilmente a su influjo, porque se ha establecido la connaturalidad.
Estas intervenciones de Dios por los dones del Espíritu Santo no tienen otra finalidad que la de identificarnos con Nuestro Señor Jesucristo, haciéndonos uno con Él. Esto es así porque los dones del Espíritu Santo son, ante todo y sobre todo, una riqueza del alma de Cristo. A nadie puede darse el Espíritu Santo como al alma de Cristo, por la unión íntima del alma de Cristo con el Verbo, del cual procede. Por esta razón san Pablo llama al Espíritu Santo, el Espíritu de Cristo (Gálatas 4, 6). Si toda alma en estado de gracia santificante es templo de Dios (I Cor 3, 16-17), lo es sobre todo el alma humana de Jesús, porque al estar unida al Verbo, el Espíritu le ha sido dado verdaderamente sin medida. El alma de Jesús vive de Él, se inspira en Él, es guiada y gobernada por Él. Del mismo modo nosotros, los hijos adoptivos de Dios, llamados a ser el mismo Cristo, estamos destinados a ser movidos por las luces santas y por los santos impulsos del Espíritu. Nuestra alma ha de permanecer entonces habitualmente despierta bajo la acción de Dios y cooperar a ella por un suave abandono.
Los siete dones del Espíritu Santo podrían compararse a siete puertas que se abren al infinito y por las que nos llega el suave soplo del santificador que trae consigo la luz y la vida. A nosotros no se nos pide comprender su modo de actuar ni abarcar la inagotable riqueza de su despliegue, pero sí se nos pide mantener abiertas las puertas de acceso a nuestro corazón. El soplo divino se ingeniará para servirse de esas puertas abiertas frente a él y se precipitará en ellas como un torrente, como un ‘río caudaloso’ para enriquecer al alma sobre todos sus méritos. Entonces Dios podrá realizar en ella el querer y el obrar, perfeccionar las virtudes, ejercer su acción progresivamente o de un solo tirón, según el modo y medida de su beneplácito. Santa Teresita del Niño Jesús comprueba un día que Dios la ha tomado y la ha colocado ahí donde está. San Pablo declara, por su parte, que él es lo que es por la acción del Espíritu.
Resulta entonces que el camino hacia la santidad no es sino la solución al problema de cómo atraer el soplo del Espíritu, y cómo entregarse y cooperar después a su acción irruptora. Aunque con la Confirmación se recibe una intensificación del actuar del Espíritu Santo, éste ha de encontrar un alma abierta, dispuesta, receptiva, deseosa y dócil a su acción.
Una hermosa leyenda rabínica en torno al Rey David puede ilustrar esta necesidad de disponer nuestro interior para esa tarea. David fue, para su tiempo, lo que hoy llamaríamos un ‘cantautor’: redactaba los textos de los salmos, les ponía música y los cantaba, acompañándose del arpa.
La leyenda dice que cada noche, antes de acostarse, David templaba cuidadosamente las cuerdas del arpa, que luego colgaba a la cabecera de su lecho. Dejaba entreabierta la ventana que daba al jardín y así, cuando el céfiro del amanecer entraba en la habitación, rozaba las cuerdas del arpa, y al suave son que ese roce producía, el Rey Profeta se despertaba y entonaba jubiloso las alabanzas al Señor.
Así nosotros: templadas por la purificación del corazón las cuerdas del alma y dejando abiertas las ventanas al jardín del recogimiento interior, seremos capaces de extasiarnos con la música inefable del Artista divino. Las disposiciones imprescindibles, pues, para una más intensa acción de los dones del Espíritu Santo consistirán en la limpieza interior y en el cultivo de la vida de oración.
Dios lleva a cabo su plan sin arañar siquiera nuestra libertad, actuando gradualmente, de acuerdo a nuestra naturaleza humana y a la generosidad de nuestra respuesta. Su acción es una y única, pero nosotros -dada la rudeza de nuestra percepción- tenemos que dividirla a fin de vislumbrar un poco menos mal sus variados matices [Como dice santo Tomás, la bondad de Dios, que en Dios existe simpliciter et uniformiter, en lo creado existe multipliciter et divisim (S. Th., I, q. 47, a. 1). Así la acción del Espíritu Santo que de suyo es única adopta en las almas diversas formas, según las necesidades del hombre y en correspondencia con las facultades que ha de perfeccionar. Se le ha por ello comparado al agua, que siendo una produce múltiples efectos: “¿Por qué llamó el Señor agua a la gracia del Espíritu? Porque ella se derrama de una sola manera y en una sola forma, pero produce múltiples efectos: existe de un modo particular en la palmera, y de otro en la vid…” (S. CIRILO DE JERUSALÉN, Cateq., PG 33, 935)]. Sobre la base de la revelación de Isaías [“Brotará -dice el Profeta- un tronco de la raíz de Jessé, una flor nacerá de esta raíz, y descansará en ella el Espíritu de Sabiduría y de Entendimiento, el Espíritu de Consejo y de Fortaleza, el Espíritu de Ciencia y de Piedad, y la llenará el Espíritu del Temor del Señor” (11, 1-3)]. Lo que Isaías llama ‘espíritus’ es lo que en el tecnicismo teológico se llama ‘dones’., la enseñanza de la Iglesia ha distinguido siete dones, y los explica comenzando habitualmente por el citado al final en el Profeta: el don de temor de Dios, para culminar en el más perfecto: el de sabiduría. Los estudiaremos a continuación por separado.
9.2 El don de temor de Dios
En las etapas iniciales de la vida espiritual, las intervenciones personales del Espíritu de Dios se ordenan sobre todo a arrancar el pecado de nuestras almas, y a consolidarlas en el bien. De ahí que el primero de los dones nos lleve a experimentar el contraste entre la santidad de Dios y nuestra miseria de pecadores. Una persona “temerosa de Dios” es aquella que posee la convicción de la infinita grandeza de “Aquel que es”; logrando con dicho don descubrir el sentido de lo sagrado y de postrarse ante él. En otras palabras, el don de temor de Dios nos otorga la especial finura del alma que hace al hombre un ser religioso. Quizá la tremenda despersonalización de nuestra sociedad contemporánea produzca, por una parte, la trivialización de lo realmente importante -es decir, de lo divino- y, por otra, el oscurecimiento de la realidad de Dios como Persona, como interlocutor de tremenda majestad al que todo se le debe, y dejamos entonces de reconocer su trascendencia y su gobierno sobre cada ser y cada cosa.
Nosotros podemos advertir la ausencia de este don, por ejemplo, en nuestras plegarias rutinarias, o cuando transcurre nuestra existencia en una frívola superficialidad, sin advertir la presencia y la importancia de Aquel que es el Creador y Ser Supremo, así como también en la desacralización de los ritos litúrgicos. Podemos también advertir la ausencia de actuación de este don en aquellas personas que, aun estando en gracia, no terminan de ‘despegar’ en su vida espiritual. Carecen de autonomía propia en lo que a la piedad se refiere y, si rezan, lo hacen bien porque lo consideran un deber, bien porque se han estacionado en el mínimo rutinario que les viene de costumbre inveterada. No se da en su interior descubrimiento alguno, ni interés particular, ni afecto de piedad que pueda considerarse estrictamente personal. A pesar de poseer al completo – por la infusión de la gracia santificante- el organismo sobrenatural, éste no funciona debidamente. La falta de correspondencia no ha permitido que el Espíritu divino comience su tarea: se halla como encapsulado. Cuando, por el contrario, el alma abre sus compuertas con una actitud deseosa de búsqueda, el don de temor la introduce en una religiosidad profunda, sincera, en una adoración a Dios que resulta verdaderamente de corazón. Ha logrado la ‘personalización’, el proceso de santificación único, irrepetible e intransferible.
Quizá en este punto nos surja la cuestión referida al término temor de Dios, y nos preguntemos cómo es posible que exista una acción especial del Espíritu Santo referida al temor. ¿No resulta contradictorio hablar del ‘temor’ como don del Espíritu Santo? Si el Espíritu Santo es el Amor Sustancial, ¿puede darse temor en el amor? En realidad sí: hay un temor que procede del amor. En este punto de actuación del don de temor se vislumbra un nuevo matiz, que ha ido más allá del inicial, el que anotábamos antes como punto de arranque de una vida interior propia y autónoma. En este punto se da una actuación más intensa que la señalada arriba. Porque, como dijimos, los dones no son lineales y unívocos, sino que adoptan diferentes coloraciones e intensidades. En este caso, otro de los destellos de este don consistirá precisamente en el temor de perder el amor. Con este don, el Espíritu Santo logra que el alma advierta que es terrible y gravísimo (en realidad, lo más terrible de todo) la pérdida de aquello que constituye el objeto único de su vida y de su amor.
Esto es así porque el alma ha experimentado la dulzura del amor del Amado, y entonces el don le infunde un horror instintivo, profundísimo, que le hace decir: todo menos apartarme de Ti; todo menos perder nuestra unión estrechísima, nuestra mutua intimidad. Es un temor filial, es un temor nobilísimo que brota de las entrañas mismas del amor, y que experimenta todo aquel que ama: Da mihi amantem et sentit quod dico, escribió san Agustín (“Dame uno que haya amado y comprenderá lo que digo”: Tr. 26, sup. Ioann). Y santa Teresa lo refleja en el diálogo entre Dios y el alma:
-Alma, ¿qué queréis de Mí?
-Dios mío, no más que verte.
-¿Y qué temes más de ti?
-Lo que más temo es perderte.
(Poesías: ‘Coloquio de Amor’)
Sometida al don de temor, el alma se abandona a su Dios, entregándose totalmente en sus manos: -Señor, le dice, tómame, apodérate de mí; te pertenezco, átame, estréchame, para que no nos separemos jamás. Todo su afán será agradarlo, y si para ello hace falta –dada su torpeza y la dureza de su corazón- entregarle su libertad, no tendrá reparo alguno en hacerlo: no quiere ser libre de perderlo. La expresión más acabada de esta etapa del don de temor es la respuesta de María al Ángel: He aquí la esclava del Señor. Ella ha hecho entrega de su libre determinación y no busca sino ser un instrumento dócil a cualquier invitación divina: que se haga en mí según tu palabra. Cuando nos abrimos de este modo a la acción del Espíritu Santo, Él se posesiona, se apodera de nuestro yo, porque nuestro yo quiso pertenecerle.
9.3 El don de fortaleza
Juntamente con la gracia santificante recibida en el bautismo, Dios nos otorga las virtudes infusas, teologales y morales. Cuando llegamos al uso de razón no estamos a merced de todos los vientos porque Dios nos ha dado la provisión necesaria para sortearlos. A nosotros no nos toca sino desarrollar eficazmente tal provisión. De modo particular, y en orden a superar las dificultades y esquivar los peligros, Dios nos provee de un conjunto de virtudes que se agrupan en torno a la virtud cardinal de la fortaleza. Son la paciencia, la perseverancia, la fidelidad, la magnanimidad…; virtudes sobrenaturales eficacísimas para acometer empresas arduas.
Pero estas virtudes no son suficientes para la meta más alta de todas las posibles, porque llevan el sello nuestro, es decir, el sello humano, caracterizado por la debilidad y la deficiencia. Entonces interviene Dios dando el don de fortaleza, que no tiene el sello humano sino el divino: es Él ahora quien nos presta su fortaleza y nos lleva a exclamar con el Apóstol: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Filipenses 4, 13). Esta frase sintetiza claramente lo que el don de fortaleza produce en nuestras almas.
A primera vista, la afirmación de san Pablo ‘todo lo puedo’ podría parecer jactanciosa, porque no establece limitación alguna, ya que poderlo todo es lo propio de Dios. Pero el alma en la que actúa este don con lo que cuenta es precisamente con la Fuerza de Dios, que es la que la con-forta, la hace fuerte. Quizá más que en otros, en el don de fortaleza resalta, como contraste para nuestra debilidad, la necesidad de la connaturalidad. El fuerte es Dios, no nosotros. Seremos fuertes porque participamos de su fortaleza, no porque la tengamos nosotros. La nuestra, en todo caso, es prestada (Camino 728: “Toda nuestra fortaleza es prestada”).
Este don nos hará incluso a ser capaces de ofrendar nuestra vida, sin que nos invada el miedo, como ocurría en los primeros siglos del cristianismo con las niñas mártires, que manifestaban una capacidad de padecer los tormentos y la muerte con una entereza muy superior a su edad y a su sexo, tal como se lee en las actas de sus martirios: “Hasta las niñas van a la muerte cantando”. A santa Gema Galgani le otorgaba la capacidad de realizar su propia inmolación: necesito víctimas, le decía Jesús, y en esa petición encontraba ella la fuerza para realizar el holocausto de su vida en cada jornada. Dios está con nosotros y nos da como una parte de sí, una fuerza divina que cumple en cada uno: “lo acaba todo en todos” (Efesios 1, 23).
Otro hermoso ejemplo de la conciencia de este don nos lo ofrece la respuesta de santa Felícitas al guardián de la prisión en que ella se preparaba para el martirio. Al oírla él gemir entre los dolores del parto le dijo: ‘Si tú ahora que estás dando a luz gritas de ese modo, ¿qué será mañana, cuando te despedacen los leones?’ La joven madre replicó: ‘Ahora soy yo la que sufre; mañana, Otro sufrirá por mí’. De modo patente actuó el don de fortaleza en los Apóstoles de Jesucristo: amaban sin duda a su Señor, pero su amor tenía más de humano y natural que de efecto del actuar del Santificador. Por eso, al verlo preso, su amor no fue suficiente y huyeron y lo abandonaron (Marcos 14, 50). Pero cuando el Espíritu Santo encendió sus corazones comunicándoles la intensidad de su don, lo confesarán, intrépidos, hasta dar la vida por Aquel mismo que antes abandonaron. Tal es el motivo formal del don de fortaleza, como de todos los dones del Espíritu Santo. El hombre actúa directamente inspirado y personalmente impulsado por la Inteligencia, la Ciencia, la Sabiduría, el Consejo y el Poder de Dios.
9.4 El don de piedad
El don de piedad actúa dándonos un recogimiento cada vez mayor que garantiza a nuestra vida una oración genuina. Esta oración genuina es una oración superior, iluminada, y no resulta como efecto de la gracia ordinaria. Por la gracia ordinaria deliberamos, de manera discursiva o racional, pongamos por caso, sobre el rezar el rosario o leer el Evangelio a la hora acostumbrada. Nos movemos nosotros mismos, por más o menos explícita deliberación, a ese acto de piedad. Pero si en el rezo o en la lectura algo nos lleva a orar desde lo profundo de modo previo, es decir, anterior a la deliberación discursiva, hemos de comprender agradecidos que el Espíritu Santo actuó por medio del don de piedad.
Este don suple las imperfecciones de la virtud de la religión, la cual busca dar a Dios el culto debido según lo entiende la razón esclarecida por la fe. No traspasaríamos entonces la barrera de la relación distante, formal, genérica. El don de piedad nos hace, por el contrario, interlocutores directos, singulares, rodeados del personalismo y la familiaridad que caracteriza a los íntimos.
Tal oración genuina no es ya la del siervo, sino la del hijo, y el trato con Dios discurre habitualmente por los cauces de una confiadísima familiaridad. Por este don nuestras relaciones con Él van mucho más allá de la mera justicia, y le ofrecemos nuestra vida personal y todas nuestras fuerzas sin reserva alguna al egoísmo. Porque estamos ahora en la viña de nuestro Padre, al que deseamos honrar y engrandecer, sencillamente porque es nuestro Padre.
Así es como el don de piedad nos introduce en el campo de la confianza ilimitada con Dios, a quien reconocemos como Padre infinitamente bueno que despliega sobre cada uno de sus hijos lo infinito de su Amor. Nada puede robar la paz al corazón de los hijos que experimentan el poder y la bondad de un Padre así. Es el camino del abandono en el amor, que Dios quiso recordar al mundo a través de santa Teresa de Lisieux. La confianza ilimitada que ella tenía en Dios era una confianza filial, efecto del don de piedad, era una entrega absoluta por la cual dejaba en las manos de su Padre todo lo que era y poseía [1].
Pero el don de piedad irradia. No permanece en la conciencia de una filiación aislada de la filiación de todos los hijos, sino que el don de piedad proyecta hacia la fraternidad. Comunica la dulzura que hace ver en los demás no a ‘otros’, a extraños, sino a consanguíneos, a familiares, a los hijos muy amados de un Padre común. Surge entonces, como efecto del don de piedad, la caridad fraterna,: si no amamos a los hijos, ¿cómo decimos que amamos al Padre? [2]. Surge también el afán apostólico y redentor: queremos que los hijos del Padre lo sean ‘en espíritu y en verdad’, pues con ello Él será glorificado, encontrará la plenificación de su gozo y su plan.
Un matiz particularmente significativo del don de piedad se manifiesta en el descubrimiento de la bondad del Padre en medio de las pruebas, del dolor, de la contrariedad, e incluso en medio de la aparente ausencia suya y de su Amor. Dios no quiere el sufrimiento por el sufrimiento, sino como un medio corto de acercarnos a nuestro fin, a la manera de un remedio o una operación quirúrgica. Es un medio pasajero que logra resultados de otro orden: eternos, incomparables [“Porque nuestra tribulación momentánea y ligera va labrándonos un eterno peso de gloria cada vez más inmensamente” (II Cor. 4, 17)].
Pero aquí en la vida terrena el sufrimiento es necesario y Dios, dice santa Teresa de Lisieux, sufre con nuestro sufrimiento; Él nos lo envía volviendo a otro lado la cabeza: “El buen Dios, que nos ama tanto, ya tiene bastante con estar obligado a dejarnos cumplir nuestro tiempo de prueba en la tierra, sin que vengamos constantemente a decirle que estamos mal en ella; no hemos de adoptar el aspecto de que nos damos cuenta de ello” (Carta a Celina. Consejos y recuerdos de la hermana Genoveva, n. 58).
El don de piedad hace adivinar que el Dios de los cristianos no es un Dios duro y temible, sino un Amor eterno, educador, prudente y sabio que, lejos de multiplicar las penas, se las ingenia para abreviarlas, suspenderlas y reducirlas, en la medida en que ello es divinamente posible para satisfacer su justicia. Cuando lo vemos así descubrimos que el sufrimiento no es obra de Dios, del Padre bueno, porque de Él procede todo bien: el sufrimiento es fruto de la desgracia original y de todos los pecados sucesivos, pero que la admirable misericordia divina ha transformado el fruto amargo en remedio salvífico.
La finura del alma invadida por el don de piedad descubre un corazón paterno que se conmueve ante cualquier pena de los suyos, por pequeña que sea, y busca el modo de evitársela. Es la doctora de Lisieux renovadora de la ciencia de los dones del Espíritu Santo, pero muy particularmente del don de piedad. Para ella Dios es un padre misericordioso que tiene necesidad (no dudemos en emplear esa palabra), tiene necesidad de amarnos. Dice ella: “Conozco a Dios; es un padre, es una madre que para ser feliz necesita tener a su hijo en sus rodillas, en su seno” (Ms B, 1 r.). Un padre experimenta esa exigencia de amor. Teresa conocía el amor profundo y la dulce ternura de su padre por ella, que necesitaba tener cerca a su hija. Para la santa, ir a estar con Dios, cerca de Dios, era motivado por una audaz intuición: “No estoy aquí por mí, sino por Él. Voy a ver a Dios porque eso le gusta, porque se alegra de verme” (Ms A, 79 v.). Esto es una enorme verdad, pues en los encuentros es siempre más feliz aquel que ama más: es una intuición teologal, basada en la misma naturaleza de Dios, Amor infinito.
Estar como un niño pequeño y muy amado ante un Padre todo bondad: el don de piedad adquiere en Teresa delicadezas admirables dirigidas a un Padre así. Dice ella: “Si por casualidad el cielo no fuera tan bonito como creo, trataría de disimular mi sorpresa para no disgustar a Dios” (Cuaderno Amarillo de la Madre Inés, 15-5-2). O bien, en invierno, cuando tenía frío pensaba: “Dios me ama; no le gusta que yo tenga frío y que sufra así”, y por eso intentaba ocultarle ese sufrimiento, cuando se frotaba las manos, decía: “Lo hago a hurtadillas para que Dios no me vea y no se disguste” (Procés apostolique, 279). Esa manera de tratarlo, esa manera de entenderlo y de ser delicados con Él a tal extremo, no puede ser sino una expresión maravillosa del don de piedad.
9.5 El don de consejo
En la mutua interconexión de los dones interviene el de consejo, que nos hace transitar del plano especulativo al práctico. Hemos logrado movernos de modo más connatural en el mundo de Dios, y buscamos entonces su querer hasta en lo más minúsculo de nuestra existencia, para ajustarnos a él. Porque el don de consejo no consiste en la capacidad de dar nosotros buenos consejos a los demás, sino de recibirlos de Dios. Entonces ya estaremos nosotros en buenas condiciones de darlos a los demás.
Nosotros aceptamos consejos dependiendo de la cualidad de la persona. Los consejos que nos vienen del Espíritu Santo, del Padre y del Hijo, son el fruto del Consejo de la Trinidad. Pero, ¿existen para todos esos consejos, o están reservados sólo a aquellos que tienen un papel de protagonismo en la vida del mundo o de la Iglesia? Y, en caso afirmativo, ¿cómo conocerlos?
La experiencia de los santos asegura la existencia de tales consejos. Si nosotros vamos siendo más y más sensibles a la intimidad divina (es decir, si crece la connaturalidad), los podremos advertir en nuestra propia conciencia.
Santa Juana de Arco lo afirmó explícitamente ante sus jueces: ‘Ustedes se han reunido en su Consejo; yo he tenido también el mío’. Hablaba, es verdad, de sus voces, pero esas voces eran la voz de Dios. Oponía los consejos de Dios a los consejos de los hombres.
En realidad, este auxilio de lo alto no le falta a ningún alma cristiana, aunque a veces nuestra rudeza interior nos impida reconocerlo. Por eso importa abrirse a este don creyendo que Dios está muy interesado en iluminarnos de continuo y que de hecho lo hace. Dios es máximamente comunicable, y se comunica de muchos modos, también con palabras humanas. ¿No nos asegura Nuestro Señor que el Espíritu Santo sería nuestro gran inspirador? Yo les enviaré al Espíritu Santo, que les enseñará todo y les traerá a la memoria todo lo que Yo les he dicho (Juan 14, 26).
Esta seguridad prometió Jesús a sus Apóstoles en el Huerto de Getsemaní, pocos minutos antes de ser apresado. ¿No valdría la pena que nosotros tratáramos de creernos con más frecuencia que nos habla? Más vale que a veces nos equivoquemos en nuestra apreciación a pensar que sólo se dirigirá a nosotros una o dos veces en la vida.
9.6 El don de entendimiento o inteligencia
Los dones contemplativos resultan del todo necesarios para ser introducidos en la intimidad divina. En primer lugar porque nuestra inteligencia requiere una adecuada provisión para adentrarse en este mundo de verdades sublimes y profundas. De aquí surge la necesidad del don de entendimiento o inteligencia, que permite al Espíritu Santo dirigir por Sí mismo esta nueva actividad mental que vamos poseyendo.
Al igual que la virtud de la fe, a la que perfecciona, el don de inteligencia es, sobre todo, contemplativo. Pero, a diferencia de la fe, cuando recibimos el don de entendimiento no sólo asentimos a la verdad propuesta -eso lo hacemos con la fe-, sino que percibimos de algún modo experimentalmente esa verdad. Puede decirse que la sentimos, no con sentimiento sensible sino por adecuación de nuestra mente actuada pasivamente por ese don: “la fe –explica santo Tomás- importa sólo el asentimiento a las cosas que se proponen, pero el don de entendimiento importa cierta percepción de la verdad” (S. Th., II-II, q. 8, a. 5, ad 3).
Por este don el Espíritu Santo nos eleva a la contemplación, que es una mirada singular y profunda de Dios y de las cosas divinas. Se podría decir que la contemplación es la luz bellísima de los que se aman. Con este don somos capaces de ver el orden sobrenatural, de penetrar en lo oculto, como si se nos adaptara un aparato espiritual de Rayos X que nos permitiera descifrar el interior de las verdades. Entonces nuestra alma se fascina contemplando a Dios en la infinitud de sus perfecciones y en los abismos de su Trinidad, y desde ahí descubre el sentido de las intervenciones divinas en las personas y los acontecimientos. No son sino las mismas verdades de fe que hemos creído siempre, pero el don de inteligencia nos hace ahora capaces de penetrarlas de un modo más profundo, con una mayor amplitud visual y con una agudeza de análisis antes desconocida. Es la revelación de los secretos de Jesús, que éste confía a sus íntimos: A ustedes los he llamado amigos, porque les hice conocer todo cuanto oí de mi Padre (Juan 15, 15).
Cuando un bautizado confiesa por la fe a Dios como Padre dice exactamente lo mismo que manifiesta el contemplativo cuando se encuentra arrebatado por la cercanía y la bondad del Padre celestial. El bautizado lo dice impulsado por la fe, y lo mismo el contemplativo. Pero éste tiene además la penetración del misterio por el don de entendimiento, y el arrebato del gozo en el amor del Padre, connaturalidad con lo divino, que le otorga el don de sabiduría. El niño que recibe la hostia por vez primera dice que Jesús está en Él, afirmando lo mismo que san Pablo y que san Juan cuando hablan del vivir Cristo en lugar nuestro. La diferencia entre ambas imágenes es la mayor o menor capacidad de percepción, otorgada por el don de entendimiento, y la mayor o menor connaturalidad con el misterio, otorgada por el don de sabiduría. El objeto contemplado es idéntico en cualquier caso, porque es el misterio de Dios, pero nuestro paladar, sin una ayuda especial del Espíritu Santo, no puede gustar plenamente su dulzura, ni nuestra mirada captar cumplidamente su belleza.
Pongamos otro ejemplo: el de hacer un acto de fe en la presencia de inhabitación de la Trinidad Beatísima que mora en nuestra alma. Cuando nos disponemos a fijar nuestra atención en esa verdad dogmática buscando encontrar en ella materia para nuevas incursiones en esa intimidad, brota, de pronto, en medio de la oscuridad del misterio, un sabor, una luz confusa, un algo que cautiva y que invita a permanecer sosegadamente en la contemplación de esa oscuridad (que, dicho sea de paso, no se disipa nunca del todo). Podemos afirmar entonces que el Espíritu Santo nos ha regalado una moción del don de entendimiento. Otro ejemplo más: la enfermera que, atendiendo maternalmente a un enfermo descubre de pronto, de modo luminoso, concreto y vital, que ese enfermo no es sino un miembro doliente de Cristo. Ya no ve en él sino a su Señor amado y, empujada dulcemente por el hallazgo de un amor que no reconocía apenas, continúa su abnegada misión con una bondad y delicadeza incomparables. El Espíritu Santo volvió a actuar con su don de entendimiento [3].
9.7 El don de ciencia
Con el don de ciencia nuestra alma logra situar en su justa dimensión el orden de las causas segundas. Este don nos impide caer en el deslumbramiento efímero de las criaturas, así como también nos libra del error de despreciarlas como ajenas al plan de Dios. Caminamos entre ellas sin inclinarnos ni a derecha ni a izquierda, sin desorbitarlas, midiéndolas según su orientación al fin. Con el don de ciencia ubicamos el sentido de los medios, sabemos de su vanidad y advertimos su grandeza en cuanto reflejos del semblante divino. Tiene, pues, un doble aspecto: hacernos descubrir que las cosas creadas llevan a Dios (aspecto que podríamos llamar positivo), y otro (calificado como negativo) que nos permite advertir el peligro del mundo como posible obstáculo al plan de Dios, o mejor dicho, que las cosas creadas son nada en comparación a su Creador.
Comencemos por el primer aspecto: las realidades creadas en cuanto escalas que conducen a Dios.
La ciencia es un don contemplativo por el que somos capaces de vislumbrar al Creador a través de lo creado, como cuando Jesús nos invita a descubrir a su Padre en los lirios del campo y las aves del cielo. Con este don, todo es teofanía: advertimos entonces que en el más pequeño átomo del universo se proclama la infinitud de Dios, y que Él está presente también dentro de nosotros, en cada uno de los impulsos de nuestro corazón y de nuestra mente, aun el más mínimo, en cada uno de nuestros prójimos y en los sucesos de nuestra existencia toda, así como en cada cosa y cada acción [Cabodevilla ha escrito un ensayo en el que vislumbra los modos inagotables de estar Dios presente en cada realidad creada. Es su libro póstumo, y lleva el significativo título de Orar con las cosas (BAC, Madrid 2004)].
Gracias a la actuación del Espíritu Santo a través del don de ciencia, cualquier realidad nos habla ahora de Aquel a quien amamos. Ocurre algo semejante a lo que les pasa a los enamorados: para ellos ciertos objetos resultan especialmente evocadores de momentos de especial intensidad o relevancia para su mutuo amor. El contemplativo entiende que existe una ininterrumpida línea de continuidad en el orden del ser, y entonces la minúscula hierba o el soplar del viento será luz indicadora para recordarle a Aquel que ama, porque esas realidades de Él proceden y a Él manifiestan [Observando una noche con su padre el cielo estrellado, santa Teresita de Lisieux señaló la constelación de Orión (que guarda cierto parecido a una T) y dijo: “Mira, papá, Dios escribió mi nombre en el cielo”. Otra actuación del don de ciencia en su alma se refleja en el siguiente episodio: “Me acuerdo un día en que el hermoso cielo azul de la campiña se cubrió de nubes; y muy pronto se empezó a sentir una furiosa tormenta con grandes truenos y relámpagos y rayos. Y yo me volvía a derecha e izquierda, para no perder nada de este espectáculo majestuoso: en fin, vi caer el granizo, y lejos de sentir el menor miedo, estaba encantada: ¡ME PARECÍA QUE DIOS ESTABA MUY CERCA DE MÍ!” (Ms, A 14v)].
En este aspecto primero del don de ciencia, el testimonio de los santos es elocuente: “Una palabra oída de paso, la vista de una flor, de un objeto cualquiera, un sueño, un canto, etc., le descubre a su Dios, envuelto u oculto en esas cosas que le revelan su hermosura, su poder, su grandeza y, sobre todo, su bondad. ¡Más de una vez el canto de un pájaro me ha hecho sentir la presencia de Dios! ¡Triste, infeliz y desgraciado aquel que no encuentra a Dios en todas partes, y no le hablan de Él todas las cosas, ni le muestran su amor, ni le hacen sentir su presencia y oír su voz! Yo no podría vivir; para mí sería insoportable la vida” (M. MAGDALENA DE JESÚS SACRAMENTADO, Carta al P. Arintero, en La mística del amor, BAC, Madrid 1998, pp. 232-3).
Hay quien dijo que antes de que las criaturas tuvieran nombre propio todas se llamaban igual: ‘reflejos de la Bondad divina’; ‘escalas para ir a Dios’. Para el alma en que actúa el don de ciencia todas las criaturas son reflejos de Dios, reflejos de divina Hermosura, medios adecuadísimos para llegar hasta Él. Y lo mismo ocurre no ya con las cosas, sino con nuestra propia actividad, pues de alguna manera lo descubrimos a Él actuando en nosotros y por medio de nosotros, y cada hora de nuestro trabajo será una hora para estar con Él [(“Una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración” (Camino, 335)], y la mesa del escritorio o el campo de labranza serán los altares donde se glorifique a Dios. Y lo mismo sucederá en el ámbito familiar y social, pues cada uno de los que nos rodean será manifestación de Cristo, su icono [“En cada niño que nace y en cada hombre que vive y que muere reconocemos la imagen de la gloria de Dios, gloria que celebramos en cada hombre, signo del Dios vivo, icono de Jesucristo” (JUAN PABLO II, Ex. Ap. Evangelium vitae, n. 84)]. Y tendrá relevancia incluso cada habitación de nuestra casa, y hasta cada rincón, pues todo nos hace referencia a su inexhausto Amor. Estaremos entonces comprobando que en todo “hay un algo santo, divino, que toca a cada uno de vosotros descubrir” (SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ, Homilía, Campus de la Universidad de Navarra, mayo de 1968. En Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, Ed. Rialp, Madrid 1980, n. 114).
La antítesis del don de ciencia aparece en el materialista. A éste las realidades creadas lo aplastan, porque llenan del todo el panorama de su horizonte. A veces quisiera librarse de ese embrujo, y suspira en lo profundo por los bienes verdaderos, pero vuelve pronto a caer en el hechizo y es arrastrado hasta el fondo de ese efímero atractivo. Quisiera librarse de él, pero piensa que ya es demasiado tarde. Lleva muchos años gustando un sabor que le resulta casi asemejado a él: su corazón se ha endurecido, cosificándose.
Nadie está del todo libre de este peligro; nadie es conducido en totalidad por el don de ciencia pues difícilmente alcanzamos a desentrañar plenamente la nada de la criatura. Pero también es cierto que a medida que colaboramos con la acción del Espíritu Santo a base del desprendimiento interior, a base de la liberalización de ataduras en nuestro corazón, la luz del Santificador produce una inmensa decepción de las criaturas, porque vemos de manera distinta la nada de ellas. Cuando éramos niños dábamos mucha importancia a ciertos juguetes, que ahora vemos sólo con la simpatía del recuerdo, pero que carecen ya para nosotros de interés en cuanto tales juguetes. Al alma poseída por el don de ciencia los juguetes materiales, todos ellos, no son sino futilerías.
Hay, pues, un doble aspecto del don de ciencia. Ambos se refieren a las cosas creadas, pero mientras uno de ellos desenmascara su vanidad, su existencia efímera, su señuelo, el otro encuentra la manera de que las criaturas lleven a Dios.
Podemos comprobar la acción de este doble aspecto del don de ciencia en el alma de san Agustín cuando, ya convertido pero todavía catecúmeno, sentado en la Catedral de Milán y escuchando las grandes homilías de san Ambrosio, repasa su vida íntima y ve la miseria en que lo han sumido las criaturas que él buscaba como fin: el placer, la retórica, los honores. Pero también advierte que han sido las criaturas quienes le revelaron a Dios: en primer lugar, Mónica, su santa madre, en la que vislumbra reflejos de la ternura y la solicitud divinas; luego, Ambrosio, que le representa la palabra y la santidad de Dios. Y se pone a llorar copiosamente. ‘Me hacían bien esas lágrimas’, escribe.
En esos grados crecientes de intensidad con que actúan los dones, el de ciencia tiene un efecto hermosísimo y a la vez extraño. Las almas que lo poseen miran los sufrimientos, las enfermedades, las contrariedades, las penas y las humillaciones de una manera distinta. Para ellos ahora el sacrificio es una preciosa realidad que contiene de manera inequívoca el destello de lo divino, porque experimentan de modo personal y vivo que en el sufrimiento y la humillación nos asemejamos a Cristo, y nada hay sobre la tierra tan divino como todo lo que nos asemeja a Él; nada tan eficaz, por tanto, para alejarnos de las vanidades de la tierra.
Es lo que llevaba a santa Teresa a exclamar: “O padecer o morir”. Y a san Juan de la Cruz, aquel día que Jesús le habló y le dijo: “¿Qué recompensa deseas por todo lo que has hecho por Mí?”, él contestó: “¡Señor, padecer y ser despreciado por amor a Ti!”.
Con el don de ciencia el hombre ve y experimenta que toda su razón de ser está en Dios. Es en esta polarización y sólo en ella donde sitúa el atractivo de las cosas, sin que se produzca tensión íntima, sin que se dé el desgarramiento doloroso por presiones contrarias instaladas en su corazón. La única fuerza que se deja sentir, que solicita al hombre, que ‘padece’ el hombre, es Dios.
Santa Teresa lo refiere con frase dura cuando Dios arranca del todo su alma y la lanza hacia Él: “Parece vive contra natura, pues ya no quería vivir en sí, sino en Vos” (Vida 16, 5). Esta tensión irrefrenable se apodera de su alma, como consecuencia de su desasimiento, y aumenta conforme la acción divina se produce a niveles más profundos, hasta hacerle gritar a Dios “con gran furor” (Cuentas de Conciencia 1, 3).
9.8 El don de sabiduría
El don de sabiduría lo concede Dios como cima de la vida espiritual. Si en la base de la pirámide se coloca el don de temor, en la cúspide está la sabiduría. “El principio de la sabiduría es el temor de Yahvé”, enseña el salmo 110. Y san Agustín apostilla: “el temor es el principio de la sabiduría, mas la caridad es su perfección”. Y, en efecto, es al amor mutuo entre Dios y el alma a lo que de modo directo atiende este don.
La sabiduría como don se distingue de la sabiduría teológica porque no proviene, como ésta, por conceptualización y razonamiento discursivo, sino por experiencia de las cosas divinas a través del amor: es la sabiduría de los santos. Ambas proceden de la fe, y están llamadas a ayudarse mutuamente: el cristiano lleno del Espíritu de Dios no desprecia, como los espiritualistas, la ciencia teológica, la enseñanza de los doctores. Sabe que las verdades divinas se someten al conocimiento conceptual, y entiende que en la sana Teología se apoya el don de sabiduría. Pero sabe también que el don añade a la ciencia la afectividad concreta, experimental; conocimiento amoroso, por connaturalidad. Y es que el cristiano, cuando ha sido introducido en la vida íntima de Dios, no recibe sólo una adjudicación extrínseca de los méritos de Cristo, según la concepción protestante, sino que es sujeto pasivo de una fusión amorosa, es decir, experimenta una verdadera transformación interior, realizándose en él una renovación profunda que lo diviniza en su misma esencia y crea en él hábitos nuevos.
Quien posee el don de sabiduría conoce porque ama. Dios y las cosas divinas le son ya no sólo conceptualmente interiorizadas, como le ocurría con las luces provenientes del don de entendimiento, sino que además resultan ahora gustadas en una dulce e íntima experiencia de amor. El don de sabiduría actúa, como todos los demás dones, por connaturalidad, pero alcanzando aquí su grado máximo: Dios es percibido experimentalmente por sus efectos en el alma, a través de una percepción ya no abstracta y por meras nociones, sino penetrada y transfigurada por una inclinación afectiva que hace a Dios el Objeto supremo de la felicidad y de la fruición. Son experiencias de cielo adelantadas.
Pero, ¡cuánto cuesta comprar semejante gozo del Espíritu Santo! Es necesario que nuestro interior se disloque, que sea dilatado hasta distenderse, para tener un instante de contacto divino. Hay en ese proceso momentos terribles, que los místicos llaman gran tiniebla o nube del desconocimiento, pues todo lo que era luz desaparece. Ha sido preciso renunciar a los procedimientos naturales de nuestro espíritu, que se ve constreñido a no razonar, él tan razonador. Esta docilidad total que lleva hasta el extremo del renunciamiento confiere a Dios el homenaje de nuestro yo profundo.
El don de sabiduría conduce al alma a abismarse en Dios, presente en el fondo de ella. Se da entonces el contacto; ya no hay idea o representación que separe, ya no hay –en la indivisibilidad del Espíritu- sino un alma en adoración al Dios infinito presente en su interior, objeto de un contacto y una experiencia inmediata. Se produce entonces la llamada ‘oración de unión’. Santa Teresa salía de esta oración con la certeza de que había estado con Dios, presente en ella.
Es así como gracias a este don, que nos aúna en Dios –nos hace uno en Él-, se nos concede el pensar como Dios, el amar y el obrar a la manera de Dios, a semejanza del Dios hecho carne que habitó entre nosotros. Ha llegado a desplegarse la fuerza del bautismo que nos hace ser otro Cristo, el mismo Cristo, y con ello “vemos por los ojos del Amado”, porque el amor nos ha unido tan estrechamente a Él que a Él nos hemos adherido, y con Él hemos formado un solo espíritu [“El que se adhiere a Dios, se hace un espíritu con Él” (I Cor 6, 17)].
No pensemos que este don se otorga sólo a almas muy avanzadas en el camino de la santidad. Con el estado de gracia poseemos todos los dones, incluido el de sabiduría, con su capacidad de hacernos experimentar dichos goces. Están hechos para nosotros, están dentro de la capacidad de la gracia ordinaria y destinados a desarrollar las virtualidades de esa misma gracia.
Sin embargo, no son sólo los tres dones propiamente contemplativos los que intervienen en el alma dócil a las inspiraciones divinas. Los demás dones y las virtudes teologales y morales crecen siempre proporcionalmente en el alma, como los dedos de una mano, armónicamente, como las notas de una sinfonía, concertadamente, según el dinamismo indisociable de una misma personalidad. Cada uno de nuestros actos sobrenaturales procede a la vez de la actividad convergente de varias virtudes y de varios dones. El don de temor, por ejemplo, facilita nuestra vida contemplativa mediante la convicción profunda de nuestra miseria ante la grandeza de Dios. El don de fortaleza nos asegura la perseverancia en la búsqueda del Amado, así como la capacidad de responder adecuadamente cada vez que Él decida probar lo genuino de nuestro amor. El don de piedad, por su clima de confianza filial, ayuda al despliegue sosegado de los dones contemplativos, siempre en el marco del completo abandono a los inescrutables caminos previstos por un Padre bueno. El don de consejo nos ayuda en la deliberación de los medios para obtener la libertad plena de nuestro corazón, de modo que se conserve entero para Dios. Entonces el don de inteligencia encuentra el camino despejado para alimentar nuestra contemplación con la penetración cada vez más profunda de los misterios divinos; el don de ciencia nos eleva sobre lo efímero dándonos la certeza del actuar de Dios detrás de los más minúsculos acontecimientos y, por fin, la sabiduría nos da la experiencia de un Dios entrañable que lleva al recogimiento de todo nuestro psiquismo en el silencio del Amor.
Terminamos con la síntesis de fray Luis de Granada, que resume en una palabra la acción de cada uno de estos regalos del Paráclito. El vocablo elegido no agota la riqueza del don, pero sí acierta con su matiz esencial. Reza así el dominico español:
“Ven, Oh Espíritu Santísimo, y envíanos desde el cielo un rayo de tu luz…
Ven, Dios mío, y aparéjame para Ti con toda la riqueza de tus dones y misericordias.
Embriágame con el don de sabiduría,
alúmbrame con el de entendimiento,
rígeme con el de consejo,
confírmame con el de fortaleza,
enséñame con el de ciencia,
hiéreme con el de piedad y
traspasa mi corazón con el don de temor”.
(Memorial, tr. 5.)
————–
[1] Este modo de confiada familiaridad que procede del don de piedad parece ser (de acuerdo a las revelaciones que Dios se digna hacer a los santos), de particular agrado para Él. A la Sierva de Dios Benigna Consolata le dirigió estas significativas palabras: “¿Sabes quién disfruta más de esta bondad mía? Aquellos que me tienen más confianza. Las almas confiadas son las ladronas de mis gracias. Me las roban con tanta habilidad, que Yo me quedo mirándolas, y por cierto que no las molesto gritando: ¡ladrón!; al contrario, las animo a que tomen más. Para las almas confiadas, siempre hay gracias” (Revelaciones del Corazón de Jesús a Benigna Consolata, Granada, Misioneras Hijas del Corazón de Jesús, 1952, p. 20)
[2] La Madre Teresa de Calcuta cuenta el asombro de un dirigente del Partido Comunista Chino que, en su visita a ese país en 1989 le preguntó: “-Madre Teresa, ¿qué es un comunista para usted? Yo le contesté: -Un hijo de Dios, un hermano mío. -¡Vaya! Tiene usted una opinión elevada de nosotros. ¿De dónde la ha sacado? –De Dios mismo, le contesté”. En otra ocasión decía ella misma: “No debemos servir a los pobres como si fuesen Jesús. Debemos servirlos porque son Jesús” El don de piedad hace ver en cada hombre un hijo del Padre, es decir, Cristo. (MADRE TERESA DE CALCUTA. Orar. Su pensamiento espiritual. Barcelona 1997, pp. 74 y 58)
[3] La madre Teresa relata de una joven novicia el siguiente suceso: “Los leprosos, los moribundos, los hambrientos, los enfermos de sida: todos son Jesús. Una de nuestras novicias lo sabía muy bien. Acababa de ingresar en nuestra Congregación, tras finalizar los estudios en la Universidad. Al día siguiente tenía que acompañar a otra Hermana a la Casa del Moribundo que tenemos en Kalighat. Antes de irse, les recordé: “Habéis visto durante la misa con qué delicadeza el sacerdote tocaba el cuerpo de Cristo. No olvidéis que ese mismo Cristo es el que vosotras tocáis en los pobres”.
Las dos Hermanas fueron a Kalighat. A las tres horas estaban de vuelta. Una de ellas, la joven novicia, llamó a mi puerta. Me dijo, llena de gozo: “Madre, durante tres horas he estado tocando el cuerpo de Cristo”.
Su rostro estaba radiante: “¿Qué es lo que hiciste?”, le pregunté.
“Nada más llegar nosotras”, contestó, “trajeron a un hombre cubierto de llagas. Lo habían sacado de entre unos escombros. Tuve que ayudar a que le curaran las heridas. Nos llevó tres horas. Es por lo que le digo que estuve en contacto con el cuerpo de Cristo durante ese tiempo. ¡Estoy segura: era Él!”
La joven novicia había comprendido que Cristo no nos puede engañar cuando afirma: “Estaba enfermo y me curasteis” (Mateo 25, 36)” (MADRE TERESA DE CALCUTA, Escritos esenciales, Sal Terrae, Santander 2002, p. 72)
Un ejemplo último: el del campesino de Ars que veía, a través de las paredes del Sagrario, a Aquel que, oculto en la Hostia consagrada, no hacía sino mirarlo a él. Con un acto de fe -sin la ilustración de los dones- podremos afirmar también la presencia real de Jesús en el Sagrario, pero no percibiremos esa realidad de modo personal y vivo.

La Santísima Trinidad


Dios, Trino en Personas.

Trinidad de Personas, Unidad de Sustancia
Muy conocida es la anécdota de la vida de San Agustín cuando, meditando cierto día sobre el misterio de la Santísima Trinidad, se encontró a un niño que pretendía con una concha vaciar el mar en un pequeño agujero. Dios le daba a entender así la desproporción de querer penetrar en la profundidad de Sus Misterios con la capacidad de una mente creada.
Hay un límite a lo que la razón humana -aun en condiciones óptimas- puede captar y entender. Dado que Dios es un Ser infinito, ningún intelecto creado, por dotado que esté, puede abarcar su insondable grandeza.
La más profunda de las verdades de fe es ésta: habiendo un solo Dios, existen en Él tres Personas distintas -Padre, Hijo y Espíritu Santo-. Hay una sola naturaleza divina, pero tres Personas divinas. En lo creado, a cada “naturaleza” corresponde siempre una “persona”. Si hay cuatro personas en una oficina, cuatro naturalezas humanas están presentes; si sólo está una naturaleza humana presente, hay una sola persona. Así, cuando tratamos de pensar en Dios como tres Personas con una y la misma naturaleza, nos encontramos como dando de topes contra la pared.
Aunque esta verdad (y otras que después veremos) no quepan dentro de lo limitado de nuestras facultades, no por eso dejan de ser verdades y realidades. Las creemos no porque las descubra la razón, sino porque Dios nos las ha manifestado, y Él es infinitamente sabio y veraz. Para captarlas mejor tenemos que esperar a que Él se nos manifieste del todo en el cielo.
Sin embargo, los teólogos se han esforzado para explicarnos algunas cosas. Nos dicen que la distinción entre las tres Personas divinas se basa en la relación que existe entre ellas. Veamos cómo razonan.
En primer lugar, consideremos a Dios Padre. Éste, con su infinita sabiduría, al conocerse a Sí mismo, formula un pensamiento de Sí mismo. Tú y yo, muchas veces, hacemos una cosa parecida. Cuando piensas en ti (o yo en mí), lo que haces es formarte un concepto sobre el propio yo “Juan López”, o “María Pérez”, es decir, “aquello que eres tú para ti mismo”.
Sin embargo, hay una diferencia muy grande entre nuestro propio conocimiento y el de Dios sobre Sí mismo. Nuestro conocimiento propio es imperfecto, incompleto. E incluso, si nos conociéramos perfectamente, -es decir, si nuestro concepto sobre el propio yo fuera una clarísima reproducción de nosotros mismos-, tan sólo sería un pensamiento que no saldría de nuestro interior, sin existencia independiente, sin vida propia. El pensamiento cesaría de existir, aun en mi mente, tan pronto como volviera mi atención a otro asunto.
Tratándose de Dios, las cosas son muy distintas. Su pensamiento sobre Sí mismo es perfectísimo: abarca completamente todos y cada uno de los aspectos de su infinitud. Pero un pensamiento perfectísimo, para que de verdad lo sea, ha de tener existencia propia (si puede desaparecer, le faltaría esa perfección). Tal fuerza tiene Su pensamiento, es tan infinitamente completo y perfecto, que lo ha re-producido con existencia propia. La imagen que Dios ve de Sí mismo, la Palabra silenciosa con que eternamente se expresa a Sí mismo, debe tener una existencia propia, distinta. A este Pensamiento vivo en que Dios se expresa a Sí mismo perfectamente lo llamamos Dios Hijo. Dios Padre es Dios conociéndose a Sí mismo; Dios Hijo es la expresión del conocimiento que Dios tiene de Sí. Por ello, la segunda Persona de la Santísima Trinidad es llamada Hijo, precisamente porque es generado por toda la eternidad, engendrado en la mente divina del Padre.
Además, como esa generación es intelectual, se le llama “Verbo” es decir, “Palabra”. Dios Hijo es la “Palabra interior” que Dios Padre pronuncia cuando su infinita sabiduría conoce su esencia infinita. Aunque en este punto ya habremos tenido necesidad de poner a trabajar la mente un poco más que de ordinario, hagamos un esfuerzo adicional para ver cómo nos explican los teólogos la realidad del Espíritu Santo.
Dios Padre (Dios conociéndose a Sí mismo) y Dios Hijo (el conocimiento de Dios sobre Sí mismo) contemplan la naturaleza que ambos poseen en común. Al verse (estamos hablando, claro está, de modo humano), contemplan en esa naturaleza lo bello y lo bueno en grado infinito. Y como lo bello y lo bueno producen amor, la Voluntad divina mueve a ambas Personas a un acto de amor infinito, de la Una hacia la Otra. Ya que el amor de Dios a Sí mismo, como el conocimiento de Dios de Sí mismo, son de la misma naturaleza divina, tiene que ser un amor vivo. Este amor infinitamente perfecto, infinitamente intenso, que dimana eternamente del Padre y del Hijo es el que llamamos Espíritu Santo “que procede del Padre y del Hijo”. Es la tercera persona de la Santísima Trinidad. El Espíritu Santo es el “Amor Subsistente”, el “Amor hecho Persona”.
Tal es el misterio de la Santísima Trinidad: tres Personas distintas en un solo Dios verdadero.
El mayor misterio
Indudablemente, la Trinidad es un misterio. Si no se nos hubiera hablado de ella, jamás habríamos sospechado su existencia. Ahora que sabemos que existe, no podemos comprenderla. Aquel que tratara de penetrar este misterio sería como un pobre miope que tratara de divisar las costas africanas desde las brasileñas. No, no es posible penetrar las profundidades del Océano de la divinidad con nuestra limitada inteligencia.
Puede parecer digno a una mente contemporánea adoptar una actitud altiva contra el misterio, empuñar una maza y lanzarse, como un cruzado, a destrozar las vidrieras celestes tras las cuales se oculta. Ahora bien, ¿por qué no empezar la cruzada por la propia casa? Antes de que termináramos nuestra tarea en el mundo, la maza estaría rota, nuestro brazo agarrotado y nuestro espíritu lo suficientemente humillado como para comprender que el misterio nos rodea por todas partes, que no sólo se oculta tras los ventanales del cielo. ¿Qué sabemos, por ejemplo, de la electricidad, aparte de sus efectos? ¿Qué de las hondas hertzianas, aparte de que nos permiten oír la radio?… Sabemos que una luz roja está compuesta de 132 millones de vibraciones por segundo, pero esto no nos sirve de mucho cuando la luz roja de un semáforo nos obliga a detenernos. Sabemos también que un cultivo desarrollado a partir del cerebro o de la médula espinal de un perro loco detiene la rabia, pero no sabemos por qué lo hace. Y así podríamos multiplicar los ejemplos. ¿No es, pues, un poco absurdo, que nos sorprendamos de que Dios pueda proponernos verdades que superan la capacidad de nuestro intelecto? ¿No hay rayos de luz invisibles para nosotros, sonidos inaudibles? Son limitaciones que aceptamos. Pues bien, con el intelecto ocurre lo mismo: hay verdades que no comprendemos, que no captamos, porque rebasan nuestra capacidad de conocimiento.
Dentro del misterio trinitario debemos estar prevenidos contra un error: el de pensar en Dios Padre como el que “apareció primero”, en Dios Hijo como el que vino después y en Dios Espíritu Santo como quien llegó al final. Los tres son igualmente eternos, ya que poseen la misma y única naturaleza divina; el Verbo de Dios y el Amor de Dios son tan sin tiempo como la Naturaleza de Dios. El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio de tres Personas co-iguales, co-eternas y consustanciales, realmente distintas, que tienen la misma naturaleza divina y constituyen un único y solo Dios.
No obstante, a cada Persona divina se le atribuyen ciertas actividades u obras, que parecen más apropiadas a la particular relación de tal o cual Persona divina. Por ejemplo, a Dios Padre se le adscribe la obra de la creación, ya que pensamos en Él como “el principio”, el arranque, el motor de todas las cosas. Como Dios Hijo es la Sabiduría o Conocimiento del Padre, le apropiamos las obras de sabiduría; es Él quien vino a la Tierra para mostrarnos la verdad. Por último, como el Espíritu Santo es el Amor Sustancial, le atribuimos las obras de amor, particularmente la acción santificadora de las almas.
Dios Padre es el Creador, Dios Hijo es el Redentor, Dios Espíritu Santo es el Santificador. Y, sin embargo, lo que Una Persona hace, lo hacen todas; donde Una está, están las tres.
El misterio de la Santísima Trinidad es el mayor misterio que existe. La fuente de la que procede nuestro conocimiento de él es la autoridad de Dios, porque sólo Él lo conoce y sólo Él podría revelarlo. Nos lo ha revelado y nuestras mentes se inclinan a Dios con gratitud. En ese misterio está la culminación de toda vida, su cima más alta y también sus raíces más profundas, el principio que es también la meta.

Guia de Misa de confirmación con rúbricas y moniciones


Esta misa se dice cuando en la misma celebración eucarística o inmediatamente antes o después de ella, se administra el sacramento de la confirmación

Puede utilizarse cualquier día del año fuera de los domingos de adviento, de cuaresma y de pascua, de las solemnidades, del miércoles de ceniza y de la semana santa.

Color litúrgico Blanco o Rojo

***Monición de Entrada:

Hermanos: nos hemos reunido para celebrar la Confirmación de algunos miembros de nuestra comunidad de bautizados. La Confirmación es uno de los tres sacramentos de la iniciación Cristiana. El Obispo, como representante principal de Jesucristo en la diócesis, preside esta asamblea, en la cual el Espíritu Santo, que ya habita en el corazón de los bautizados, se les infundirá con mayor plenitud, a fin de hacerlos madurar y crecer como cristianos. Renovemos nuestra fe en la presencia del Espíritu del Señor en medio de su asamblea, y dispongámonos a recibir, tanto los que se han de confirmar como los que ya lo estamos, una nueva efusión de sus dones…

Para las lecturas debemos ponernos de acuerdo con el Sr Obispo, porque ellos pueden decidir si se proclamarán las lecturas del Domingo o las del Ritual, en caso que sean las de el ritual la monición a las lecturas que está enseguida es la indicada, si son las de el domingo, se leerán las moniciones al domingo correspondiente.

***Monición de las Lecturas…

Escucharemos que desde el antiguo testamento el Espíritu Santo esta prefigurado en la unción. El Espíritu Santo ha llegado para quedarse, es el que nos impulsa a iniciar y continuar nuestra misión como bautizados. Anunciar la buena nueva con nuestros actos y palabras.

Primera Lectura

Lectura del Libro del Profeta Isaías: 61, 1-3.6.8-9

El espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido y me ha enviado para anunciarla Buenanueva a los pobres, a curar a los de corazón quebrantado, a proclamar el perdón a los cautivos y la libertad  a los prisioneros; a pregonar el año de gracia del Señor, el día de la venganza de nuestro Dios.

El Señor me ha enviado a consolar a los afligidos, los afligidos de Sión, a cambiar su ceniza en diadema, su traje de luto, en perfume de alegría y su abatimiento, en canticos. Vosotros seréis llamados “Sacerdotes del Señor”, “ministros de nuestro Dios” se os llamara.

Salmo 103

Envía Señor tu espíritu a renovar el aspecto de la tierra

Bendice al Señor, alma mía

Señor y Dios mío, inmensa es tu grandeza.

Que numerosas son tus obras, Señor,

Y todas las hiciste con maestría.

La tierra está llena de tus creaturas.

R

Todos los vivientes aguardan

Que les des de comer a su tiempo;

Les da el alimento y lo recogen,

Abres tu mano y se sacian de bienes.

R

Cuando envias tu espíritu, que da diva,

Renuevas el aspecto de la tierra.

Que Dios sea glorificado para siempre

Y se goce en sus creaturas

R

Mientras viva al Señor he de cantarle,

Mientras yo exista alabar{e a mi Dios.

Ojalá que le agraden mis palabras,

Y yo me alegrare en el Señor.

R

Segunda Lectura

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles   8, 1.4.14-17

El mismo día de la muerte de Esteban, se desato una violenta persecución contra la comunidad Cristiana de Jerusalén, y todos, menos los apóstoles, se dispersaron por Judea y por Samaria. Los que se habían dispersado, al pasar de un lugar a otro, iban difundiendo la Buena nueva.

Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén se enteraron de que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan. Estos, l llegar, oraron por los que se habían convertido, para que recibieran al Espíritu Santo, porque aún no lo habían recibido y solamente habían sido bautizados en el Señor Jesús. Entonces Pedro y Juan impusieron las manos sobre ellos y ellos recibieron al Espíritu Santo.

Aclamación antes del Evangelio

R. Aleluya, aleluya.

El espíritu de verdad dará testimonio de m{I, dice el Señor, y también vosotros seréis mis testigos.

R. Aleluya.

Lectura del Santo Evangelio Según san Juan   14, 23-26

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:   “El que me ama cumpliría mi palabra, y mi Padre lo amara y haremos en el nuestra morada. El que no me ama, no cumplirá mis palabras. La palabra que estáis oyendo no es mía, sino del padre, que me envió. Os he hablado de esto ahora que estoy con vosotros, pero el Consolador, el Espíritu Santo que mi Padre os enviara en mi nombre, os enseñara todas las cosas y os recordara todo cuanto yo os he dicho.

Después del Evangelio, el párroco, presbítero, diacono o catequista presenta al Obispo a los que han de ser confirmados. Si es posible, cada uno de los confirmandos, es llamado por su nombre, y sube al presbiterio; si los confirmandos son niños, les acompaña uno de los padrinos, o uno de los padres, y se quedan de pie ante el celebrante.

Si los confirmandos son muchos, no es necesario llamar a cada uno de ellos por su nombre, sino que es suficiente que se coloquen en un lugar oportuno ante el obispo.

El párroco o el catequista responsable puede decir estas o semejantes palabras:

Estos niños fueron bautizados con la promesa de que serian “educados en la fe”, y de que “un día recibirían por la confirmación la plenitud del Espíritu Santo”. Ese fue el compromiso que sus papas y padrinos adquirieron en el Bautismo. Como Responsable de la instrucción catequética, tengo la satisfacción de poder decir a toda la comunidad aquí presente (y también a su pastor, nuestro padre y Obispo) que estos niños han recibido la catequesis conveniente a su edad

 

Luego el obispo hace una breve homilía, explicando las lecturas proclamadas, a fin de preparar a los que se van a confirmar, a sus papas  y padrinos y a todos los fieles reunidos para que entiendan más profundamente el significado del sacramento de la confirmación.

REVONVACION DE LAS PROMESAS BAUTISMALES

Renuncia y profesión de fe

El ritual marca cuatro formas distintas de profesión de fe, el obispo decide cual usar.…

Imposición de manos

Monición a la Imposición de Manos

El día de Pentecostés, los apóstoles recibieron una presencia muy especial del Espíritu Santo. Los obispos, sus continuadores, trasmiten desde entonces el Espíritu Santo como un don personal por medio del sacramento de la confirmación, que ahora se va a comenzar con la imposición de manos del Obispo. La imposición de manos es uno de los gestos que aparecen habitualmente en la historia de la salvación y en la liturgia para indicar la trasmisión de un poder o de una fuerza o de unos derechos.

O bien

Después de la profesión de fe de los confirmandos, el Obispo, repitiendo el mismo gesto que usaban los apóstoles, va a imponer sus manos sobre ellos pidiendo al Espíritu Santo que los consagre como piedras vivas de la iglesia. Unámonos a su plegaria y oremos en silencio al Señor.

El obispo (teniendo a ambos lados a los presbíteros que junto con el administraran la confirmación) de pie, con las manos juntas y de cara al pueblo dice:

Oremos, hermanos, a Dios Padre todopoderoso por estos hijos suyos, que renacieron ya a la vida eterna en el bautismo, para que envíe abundantemente sobre ellos al Espíritu Santo, a fin de que este mismo Espíritu los fortalezca con la abundancia de sus dones, los consagre con su unción espiritual y haga de ellos imagen fiel de Jesucristo

Todos oran en silencio unos instantes. Después el obispo (y los presbíteros que junto con el administraran la confirmación) imponen las manos sobre todos los confirmandos. Mientras tanto, solamente el obispo dice:

Dios todo poderoso Padre de nuestro Señor Jesucristo, que has hecho nacer de nuevo a estos hijos tuyos por medio del agua y del Espíritu Santo, librándolos del pecado, escucha nuestra oración y envía sobre ellos al Espíritu Santo consolador: Espíritu de sabiduría y de inteligencia, Espíritu de consejo y de fortaleza, Espíritu de ciencia, de piedad y de su Santo temor. Por Jesucristo nuestro señor.

R. Amen

Crismación

Monición a la crismación

Hemos llegado al momento culminante de la celebración. El Obispo les impondrá la mano y los marcara con la cruz gloriosa de Cristo para significar que son propiedad del Señor. Los ungirá con oleo perfumado. Ser crismado es lo mismo que ser cristo, ser mesías, ser ungido. Y ser mesías y cristo comporta la misma misión que el señor: dar testimonio de la verdad y ser, por el buen olor de las buenas obras, fermento de santidad en el mundo.

 

 

En seguida el diacono presenta el Santo crisma al obispo. Se acercan al obispo los confirmandos  bien el propio obispo, va pasando ante cada un de ellos. El que presenta al confirman do coloca su mano derecha sobre el hombro de éste y dice al obispo el nombre del presentado, a no ser que el mismo confirmando sea quien diga su propio nombre. El obispo moja el dedo pulgar de su mano derecha en el Santo crisma y hace con el mismo la señal de la cruz sobre la frente del confirmando diciendo

(Nombre), recibe por esta señal (señal de la cruz) el don del Espíritu Santo

El confirmando responde

Amen

El obispo añade:

La paz sea contigo

El confirmando Responde:

Y con tu Espíritu

Si ayudan algunos presbíteros a administrar el sacramento de la confirmación, los diáconos o los ministros dan al obispo todos los vasos del Santo crisma a fin de que el obispo entregue personalmente el crisma a cada uno de los presbíteros; así aparece visiblemente que los presbíteros actúan en nombre del obispo.

Los confirmandos se acercan al obispo, o bien a los presbíteros, o bien, si se prefiere, el obispo y los presbíteros van pasando ante cada uno de los confirmandos, los cuales son ungidos del modo que se ha indicado más arriba.

Mientras dura la unción de los confirmandos puede cantarse algún canto apropiado. Terminada la unción, el obispo (y los presbíteros) se lava(n) las manos.

Continúa la oración de los fieles

Terminada la unción de todos los confirmandos se hace la oración de los fieles con el formulario siguiente u otro parecido debidamente aprobado.

 

ORACIÓN UNIVERSAL o DE LOS FIELES

Obispo: Queridos hermanos: Oremos a Dios Padre todopoderoso, unidos en la misma fe, en la misma esperanza, en la misma caridad, que proceden del Espíritu Santo. Todos respondemos después de cada invocación: Te Rogamos, Señor

1.- Por la Iglesiade Dios congregada por el Espíritu Santo para que en comunión con el Papa Benedicto XVI, nuestro obispo (nombre) los obispos auxiliares, en especial el Obispo (Nombre.) que preside esta celebración, se dilate y crezca en la unidad de la fe y del amor hasta que el Señor vuelva

2.- Por nosotros, los que acabamos de ser confirmados, para que el don del Espíritu Santo que nos ha hecho miembros más perfectos del pueblo de Dios, nos arraigue en la fe y nos haga crecer en el amor, y así demos con nuestra vida testimonio de Jesucristo. Roguemos al Señor.

3.- Por nuestros padres y padrinos, para que, con su palabra y ejemplo, nos ayuden a segur a Cristo y a ser fieles a la fe. Roguemos al Señor.

4.- Por todo el mundo, para que los hombres que tienen un mismo creador y padre, se reconozcan hermanos, sin discriminación de raza o de nación, y busquen con un corazón sincero el reino, que es paz y gozo en el Espíritu Santo. Roguemos al Señor

Obispo: Señor, que enviaste a tus apóstoles el Espíritu Santo y quisiste que por medio de ellos y sus sucesores, ese mismo Espíritu fuera comunicado a los demás creyentes: Te rogamos que estos nuevos confirmados puedan difundir en el mundo los mismos frutos que produjo la primera predicación evangélica.

R Amén

Otro formulario de oración de los fieles

Oremos a Dios padre, por mediación de su hijo, Jesucristo, para que conserve su Espíritu en estos confirmandos.  Respondemos Te rogamos Señor

1.- por nosotros los confirmados, para que el sacramento recibido sea en nosotros fuente de santidad, roguemos al Señor

2.- Por nuestros padres, padrinos y catequistas, para que continúen siendo ejemplo, consejo y aliento de nuestra vida cristiana. Roguemos al Señor.

3.- Por la comunidad (nombre), para que el Espíritu Santo sea realmente su corazón, su fuerza y su guía. Roguemos al Señor.

4.- Porla Iglesiaextendida por toda la tierra, para que el Espíritu Santo sea en ella lazo de unión y de caridad, y así pueda dar al mundo luz y testimonio de Cristo. Roguemos al Señor.

5.- Por el mundo entero, para que el Espíritu Santo mueva los corazones de tantos hombre que inculpablemente no le conoce, pero que quieren obrar en la vida con buena voluntad. Roguemos al Señor.

6.- Por todos los hombres que están en pecado para que el Espíritu Santo les haga comprender lo equivocado de su camino, se conviertan y vuelvan a la gracia de Dios. Roguemos al Señor

Dios nuestro, que aumentas siempre tu Iglesia con nuevos hijos, y a los que han nacido del agua del bautismo les das también la plenitud de tu Espíritu: concede a cuantos han completado hoy su iniciación cristiana, y a toda tu familia santa, manifestar en su vida los sacramentos que con la fe han recibido. Por Jesucristo nuestro señor

R Amén.

Otro formulario de oración de los fieles

ORACIÓN UNIVERSAL

Obispo: Queridos hermanos: Oremos a Dios Padre todopoderoso, unidos en la misma fe, en la misma esperanza, en la misma caridad, que proceden del Espíritu Santo. Todos respondemos después de cada invocación: Te Rogamos, Señor

–      Por estos hijos de Dios que han sido confirmados por el Espíritu Santo: Para que arraigados en la fe y edificados en el amor, den verdadero testimonio de Cristo. Roguemos al Señor.

–      Por sus padres y por sus padrinos que se ofrecieron como responsables de su fe: Para que no dejen de animarlos con la palabra y el ejemplo a seguir los pasos de Cristo. Roguemos al Señor.

–      Por la santa iglesia de Dios congregada por el Espíritu Santo, para que en comunión con el papa Benedicto XVI, nuestro obispo Juan y todos los obispos, se dilate crezca en la unidad de la fe y del amor. Roguemos al Señor.

–      Por todo el mundo, para que los hombres que tienen un mismo creador y padre, se reconozcan hermanos, sin discriminación de raza o de nación y busquen con un corazón sincero el reino, que es paz y gozo en el Espíritu Santo. Roguemos al Señor

Obispo: Señor, que enviaste a tus apóstoles el Espíritu Santo y quisiste que por medio de ellos y sus sucesores, ese mismo Espíritu fuera comunicado a los demás creyentes: Te rogamos que estos nuevos confirmados puedan difundir en el mundo los mismos frutos que produjo la primera predicación evangélica.

R Amén

PRESENTACION DE OFRENDAS

Junto con este pan y vino ofrezcamos al Señor el nuestro ser renovado y dispuesto a seguirle en este caminar hacia su reino celestial.

MONICION A LA COMUNION

Llenos de gozo y unidos por un mismo Espíritu acerquémonos a recibir a Cristo que es nuestra fortaleza y camino a la salvación.

MONICION DE DESPEDIDA

La comunidad de la parroquia de (Nombre) agradece al Sr. Obispo (N)  por aceptar la invitación a celebrarla Eucaristíajunto con nosotros.

Vayamos con alegría a dar testimonio de lo que aquí hemos vivido

¿Qué efectos produce en nosotros la Confirmación?


la confirmación, continuación…

El efecto primordial del sacramento de la Confirmación es transformarnos en perfectos cristianos, es decir, en imágenes vivas de Jesús, en otros Cristos. Nos hace pasar de la fragilidad de la infancia a la consistencia de la madurez. Es el sacramento de la virilidad cristiana. Santo Tomás de Aquino no cesa de repetir en su Suma Teológica que este sacramento, complemento del Bautismo, acaba por hacernos alcanzar ‘la edad perfecta’ (III, q. 72, a. 1, a. 2, a. 5, a. 8). No es sólo la virtud de la fortaleza sino todo el organismo sobrenatural de las virtudes y de los dones, recibidos en el Bautismo, lo que alcanza su pleno desenvolvimiento. La Confirmación viene a consolidar nuestras energías espirituales y nos eleva a un estado tal que nos da derecho a todas las gracias necesarias para realizar, en toda ocasión, los actos de un perfecto cristiano.
Así, la gracia de la Confirmación es, ante todo, una plenitud de vida interior y de santificación personal, cuyos efectos derivarán en acciones sociales y actos de servicio a la Iglesia. En otras palabras, esta gracia sacramental hace posible que la acción santificadora del Espíritu divino pueda hacerse más y más intensa en nuestra alma, y nos capacite para realizar nuestras acciones como si se tratara de las mismas acciones de Cristo. Los dones que derrama entonces el Espíritu Santo nos permiten recibir continuamente los impulsos y directrices de Dios para vivir ya en la tierra, aun en medio de las acciones más ordinarias y aparentemente intrascendentes, de una manera verdaderamente divina.

La Confirmación es para nosotros lo que Pentecostés fue para los Apóstoles


Este sacramento otorga al bautizado una intensificación de los dones del Espíritu Santo para que, de palabra y de obra, sea testigo de Cristo y propague y defienda la fe.
La Confirmación es para nosotros lo que Pentecostés fue para los Apóstoles. A pesar de que Jesucristo ya les había dado el Espíritu Santo (cf. Juan. 20, 22), los Apóstoles permanecían tímidos, ignorantes e imperfectos. Dios (que todo lo hace bien) procedió por grados sucesivos en la comunicación de sus dones. Los Apóstoles tenían ya el Espíritu Santo, pero aún no habían recibido la dotación que los hacía capaces de manifestar la fuerza del amor de Cristo: ésta la recibieron el día de Pentecostés. También nosotros recibimos por primera vez al Espíritu Santo en el Bautismo, pero es hasta la Confirmación donde recibimos la plenitud de sus dones. El sacramento de la Confirmación nos confiere una gracia y un poder especiales. Igual que la marca del Bautismo nos hace participar en el Sacerdocio de Cristo dándonos la capacidad de unirnos a Él en el culto a su Padre, la Confirmación hace que participemos con Cristo en su misión de implantar su Reino. Este sacramento nos impulsa a trabajar con Él en su tarea de añadir nuevos miembros a su Cuerpo Místico, y de hacer más fervorosos a los que ya lo son. Nuestras palabras y nuestras acciones ya no se orientan tan sólo a nuestra personal santificación, van además a hacer que la verdad de Cristo se haga real y viva en quienes nos rodean. El cristiano confirmado -llámesele soldado espiritual o adulto espiritual- se lanza gozoso al cumplimiento de su vocación. Fuerte en la fe y lleno de ardiente amor por todo hombre que nace de su amor a Cristo, siente un cuidado constante por los demás. Experimenta una inquieta insatisfacción si no hace algo que valga la pena, algo que contribuya a aliviar a otros las cargas de la vida, algo que contribuya a asegurarles la promesa de la vida eterna. Sus hechos y sus palabras proclaman a los demás: Cristo vive, y vive para ti.
Es fácil saber si hemos entendido este sacramento y obramos en consecuencia. Basta con preguntarnos: ¿Pienso cada día en mi deber de llevar a las mentes y a los corazones el conocimiento y el amor de Dios? En mi vida ordinaria, ¿doy testimonio de Cristo? En mi actitud con el prójimo, en mi trato con los que me rodean, en mis acciones todas proclamo: esto es lo que significa ser cristiano, esto quiere decir vivir según el Evangelio. Si la respuesta es no, entonces he de confesar que he venido desperdiciando un torrente de gracia: la gracia sacramental de la Confirmación. Es una gracia que tengo abundantemente a mi disposición si quiero utilizarla: la gracia de superar mi absurda mezquindad, mi pereza para trabajar por Dios, mi cobardía ante los respetos humanos, mi egoísta dedicación tan sólo a lo que me apetece…

El Sacramento del Bautismo


Primera Parte: Estudio del Signo Sacramental.
 
TEMA 3: EL SACRAMENTO DEL BAUTISMO
3.1 Noción
3.2 El Bautismo, sacramento de la Nueva Ley
3.3 El signo externo del Bautismo
3.3.1 La materia
3.3.2 La forma
3.4 Efectos del Bautismo
3.4.1 La justificación
3.4.2 La gracia sacramental
3.4.3 El carácter bautismal
3.4.4 Remisión de las penas debidas por los pecados
3.5 Necesidad de recibir el Bautismo
3.6 El ministro del Bautismo
3.7 Los padrinos del Bautismo
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¿Por qué resulta oportuno estudiar el sacramento del Bautismo en un curso de preparación a la Confirmación?
La Confirmación es el sacramento que otorga desarrollo y consolidación a la vida divina que llevamos en nuestra alma. Esa vida se originó cuando fuimos bautizados. Prepararnos a recibir la Confirmación exige una más profunda comprensión del sacramento del Bautismo, punto de partida de aquello que ahora queremos reafirmar.
 
3. EL SACRAMENTO DEL BAUTISMO
Dios, al crear al hombre, le concedió el don de la gracia santificante, elevándolo a la dignidad de hijo suyo y heredero del cielo. Con el pecado original el hombre rompió su amistad con Dios, perdiendo la vida de la gracia y los dones preternaturales . A partir de ese momento, todos los hombres -con la sola excepción de la Bienaventurada Virgen María- somos concebidos con el alma manchada por el pecado y privada de la vida sobrenatural.
Por dones preternaturales (del latín praeter, además) se entienden los cuatro dones añadidos a la naturaleza humana que Dios otorgó a nuestros primeros padres: dos para el alma (ciencia e inmunidad a la concupiscencia), y dos para el cuerpo (impasibilidad e inmortalidad).
La misericordia de Dios, sin embargo, es infinita: compadecido de nuestra triste situación, envió a su Hijo a la tierra para devolvernos la amistad perdida, haciéndonos nuevamente dignos de entrar en la gloria del cielo: el pecado puede ahora ser borrado y somos capaces de vivir una vida nueva, que es participación de la misma vida de Dios.
3.1 NOCIÓN
El Bautismo es el sacramento por el cual el hombre nace a la vida sobrenatural, mediante la ablución del agua y la invocación de la Santísima Trinidad.
Nominalmente, la palabra “bautizar (‘baptizein’ en griego) significa ‘sumergir’, ‘introducir dentro del agua’; la ‘inmersión’ en el agua simboliza el acto de sepultar al catecúmeno en la muerte de Cristo de donde sale por la resurrección con Él como ‘nueva criatura’ (2 Co. 5, 17; Ga. 6, 15)” (Catecismo, n. 1214).
“Con Él hemos sido sepultados por el Bautismo, para participar en su muerte, de modo que así como Él resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una nueva vida’’ (Romanos 6, 4).
El Magisterio de la Iglesia enseña que:
“El Bautismo no solamente purifica de todos los pecados, hace también al neófito ‘una nueva creación’ , un hijo adoptivo de Dios que ha sido hecho partícipe de la naturaleza divina , miembro de Cristo , coheredero con Él y templo del Espíritu Santo ” (Catecismo, n. 1265)
Entre los sacramentos, ocupa el primer lugar porque “es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos” (Catecismo , n. 1213).
-San Pablo lo denomina “baño de regeneración y renovación del Espíritu Santo” (Tit. 3, 5);
-San León Magno compara la regeneración del Bautismo con el seno virginal de María;
-Santo Tomás, asemejando la vida espiritual con la vida corporal, ve en el Bautismo el nacimiento a la vida sobrenatural.
3.2 EL BAUTISMO, SACRAMENTO DE LA NUEVA LEY
El Magisterio de la Iglesia declara dogma de fe que el Bautismo es un verdadero sacramento de la Nueva Ley instituido por Jesucristo (DS 860; 1310; 1601; ver Catecismo, 1113).
En la Sagrada Escritura también se prueba que el Bautismo es uno de los sacramentos instituidos por Jesucristo:
a) En el Nuevo Testamento aparecen textos tanto de las notas esenciales del sacramento como de su institución por Jesucristo:
-el mismo Señor explica a Nicodemo la esencia y la necesidad de recibir el Bautismo: “En verdad te digo que quien no naciere del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de los cielos” (Juan 3, 3-5);
-Jesucristo da a sus discípulos el encargo de administrar el Bautismo (cf. Juan 4, 2);
-ordena a sus Apóstoles que bauticen a todas las gentes: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; id, pues, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28, 18-19). “Id por todo el mundo, predicad el Evangelio a toda criatura. El que creyere y se bautizare, se salvará’’ (Marcos 16, 15-16);
-los Apóstoles, después de haber recibido la fuerza del Espíritu Santo, comenzaron a bautizar: ver Hechos 2, 38 y 41.
b) En el Antiguo Testamento aparecen ya figuras del Bautismo, es decir, hechos o palabras que, de un modo velado, anuncian aquella realidad que de modo pleno se verificará en los siglos venideros.
Son figuras del Bautismo, según la doctrina de los Apóstoles y de los Padres, el Arca de Noé , el paso del mar Rojo (cf. I Cor. 10, 12) , el diluvio universal (I Pedro 3, 20ss.) , y, “finalmente, el Bautismo es prefigurado en el paso del Jordán, por el que el pueblo de Dios recibe el don de la tierra prometida a la descendencia de Abraham, imagen de la vida eterna” . En Ezequiel 36, 25, hallamos una profecía formal del Bautismo: “Esparciré sobre ustedes agua limpia y serán limpiados de todas sus inmundicias y de todos sus ídolos los limpiaré”. Cf. también Isaías 1, 16ss.; 4, 4; Zac. 13, 1; etc.
Además, el bautismo que confería san Juan Bautista antes del inicio de la vida pública de Jesucristo, fue una preparación inmediata para el Bautismo que Cristo instituiría (Mateo 3, 11). El bautismo de Juan, sin embargo, no confería la gracia, tan sólo disponía a ella moviendo a la penitencia (cf. S. Th. III, q. 38, a. 3).
Sobre el momento de institución, santo Tomás de Aquino (cf. S. Th. III, q. 66, a. 2) explica que Jesucristo instituyó el sacramento del Bautismo precisamente cuando fue bautizado por Juan (Mateo 3, 13ss.), al ser entonces santificada el agua y haber recibido la fuerza santificante. La obligación de recibirlo la estableció después de su muerte (Marcos 16, 15, citado arriba). Lo mismo enseña el Catecismo Romano, parte II, cap. 2, n. 20.
3.3 EL SIGNO EXTERNO DEL BAUTISMO
3.3.1 La materia
La materia del Bautismo es el agua natural (Catecismo, 1239, 1240).
Las pruebas son:
1o. Sagrada Escritura: lo dispuso el mismo Cristo (Juan 3, 5: “quien no naciere del agua…”, y así lo practicaron los apóstoles (Hechos 8, 38; “llegados donde había agua, Felipe lo bautizó…”; Hechos 10, 44-48).
2o. Magisterio de la Iglesia: lo definió el Concilio de Trento: “Si alguno dijere que el agua verdadera y natural no es necesaria para el Bautismo… sea anatema”. Trento hizo esta definición contra la doctrina de Lutero, que juzgaba lícito emplear cualquier líquido apto para realizar una ablución. Sería materia inválida, por ejemplo, el vino, el jugo de frutas, la tinta, el lodo, la cerveza, la saliva, el sudor y, en general, todo aquello que no sea agua verdadera y natural.
3o. La razón teológica encuentra además los siguientes argumentos de conveniencia para emplear el agua:
-el agua lava el cuerpo; luego, es muy apta para el Bautismo, que lava el alma de los pecados;
-el Bautismo es el más necesario de todos los sacramentos: convenía, por lo mismo, que su materia fuera
fácil de hallar en cualquier parte: agua natural (cf. S. Th. III, q. 66, a. 3).
La ablución del bautizado puede hacerse ya sea por infusión (derramando agua sobre la cabeza) o por inmersión (sumergiendo totalmente al bautizado en el agua):
Para que el Bautismo sea válido:
a) debe derramarse el agua al mismo tiempo que se pronuncian las palabras de la forma;
b) el agua debe resbalar o correr sobre la cabeza, tal que se verifique un lavado efectivo (en caso de necesidad -p. ej., Bautismo de un feto- bastaría derramar el agua sobre cualquier parte del cuerpo).
3.3.2 La forma
La forma del Bautismo son las palabras del que lo administra, las cuales acompañan y determinan la ablución. Esas palabras son: “Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”.
Esta fórmula expresa las cinco cosas esenciales:
1o. La persona que bautiza (ministro): Yo
2o. La persona bautizada (sujeto): te
3o. La acción de bautizar, el lavado: bautizo
4o. La unidad de la divina naturaleza: en el nombre (en singular; no ‘en los nombres’, lo que sería erróneo)
5o. La distinción de las tres Personas divinas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
3.4 EFECTOS DEL BAUTISMO
Los efectos del Bautismo son cuatro: la justificación, la gracia sacramental, la impresión del carácter en el alma y la remisión de las penas.
3.4.1 La justificación
La justificación es el paso del estado de pecado al estado de gracia.
Consiste, según su faceta negativa, en la remisión de los pecados y, según su faceta positiva, en la santificación y renovación interior del hombre (cf. Catecismo, n. 1989).
No son dos efectos, sino uno solo, pues la gracia santificante se infunde de modo inmediato al desaparecer el pecado; estas dos realidades no pueden coexistir y, además, no hay una tercera posibilidad: el alma o está en pecado o está en gracia.
Así pues, al recibirse con las debidas disposiciones, el Bautismo consigue:
a) la remisión del pecado original y -en los adultos- la remisión de todos los pecados personales, sean mortales o veniales;
b) la santificación interna, por la infusión de la gracia santificante, con la cual siempre se reciben también las virtudes teologales -fe, esperanza y caridad-, las demás virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo. Puede decirse que Dios toma posesión del alma y dirige el movimiento de todo el organismo sobrenatural, que está ya en condiciones de obtener frutos de vida eterna.
Estos dos efectos se resumen, por ejemplo, en el texto de la Sagrada Escritura que dice: “Bautícense en el nombre de Jesucristo para remisión de sus pecados (perdón de los pecados), y recibirán el don del Espíritu Santo (santificación interior)” (Hch 2, 38). Otros textos: I Cor. 6, 11; Hechos 22, 16; Rom, 6, 3ss.; Tit. 3, 5; Juan 3, 5, etc.
El Magisterio de la Iglesia explica así la realidad del organismo sobrenatural que recibe el bautizado:
“La Santísima Trinidad da al bautizado la gracia santificante, la gracia de la justificación que:
-lo hace capaz de creer en Dios, de esperar en Él y de amarlo mediante las virtudes teologales;
-le concede poder vivir y obrar bajo la moción del Espíritu Santo mediante los dones del Espíritu Santo;
-le permite crecer en el bien mediante las virtudes morales.
Así todo el organismo de la vida sobrenatural del cristiano tiene su raíz en el santo Bautismo” (Catecismo, n. 1266)
3.4.2 La gracia sacramental
El Bautismo –como TODOS los sacramentos- confiere gracia sacramental. Sin embargo, ¿cuál es el sentido propio de esa gracia sacramental del Bautismo? Es la gracia que supone un derecho especial a recibir los auxilios espirituales que sean necesarios para vivir cristianamente, como hijo de Dios en la Iglesia, hasta alcanzar la salvación.
Con ella, el cristiano es capaz de vivir dignamente su ‘nueva existencia’, pues ha renacido, cual nueva criatura. La gracia específica del Bautismo le hace posible alcanzar la santidad a la que todos somos llamados.
3.4.3 El carácter bautismal
El Bautismo recibido válidamente imprime en el alma una marca espiritual indeleble, el carácter bautismal, y por eso este sacramento no se puede repetir (De fe, Conc. de Trento, DS 1609; Catecismo, n. 1121).
Como hemos dicho (cf. 1.4.3), el carácter sacramental realiza el hecho de ser ‘especialmente’ de Cristo, algo de su propiedad: el sello con que se designa a ese hombre como particularmente suyo. Esta pertenencia que implica una semejanza con Jesucristo supone, en el caso del Bautismo, la incorporación del bautizado al Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia.
El bautizado pasa a formar parte de la comunidad de todos los fieles, que constituyen el Cuerpo Místico de Cristo, cuya cabeza es el mismo Señor.
De la unidad del Cuerpo Místico de Cristo -uno e indivisible- se sigue que todo aquel que recibe válidamente el Bautismo (aunque sea bautizado fuera de la Iglesia Católica, por ejemplo en la Iglesia Ortodoxa o en algunas confesiones protestantes) se convierte en miembro de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, fundada por Nuestro Señor Jesucristo.
3.4.4 Remisión de las penas debidas por los pecados
Es verdad de fe (Concilio de Trento, DS 1316¸Catecismo, 1263), que el Bautismo produce la remisión de todas las penas debidas por el pecado.
Se supone, naturalmente, que en caso de recibirlo un adulto, debe aborrecer internamente todos sus pecados, incluso los veniales.
Por esto, san Agustín enseña que el bautizado que partiera de esta vida inmediatamente después de recibir el sacramento, entraría directamente en el cielo (cf. De peccatorum meritis et remissione, II, 28, 46).
Santo Tomás explica el porqué de este efecto con las siguientes palabras:
“La virtud o mérito de la pasión de Cristo obra en el Bautismo a modo de cierta generación, que requiere indispensablemente la muerte total a la vida pecaminosa anterior, con el fin de recibir la nueva vida; y por eso quita el Bautismo todo el reato de pena que pertenece a la vida anterior. En los demás sacramentos, en cambio, la virtud de la pasión de Cristo obra a modo de sanación, como en la Penitencia. Ahora bien: la sanación no requiere que se quiten al punto todas las reliquias de la enfermedad” (In Ep. ad Romanos, c. 2, lect. 4).
3.5 NECESIDAD DE RECIBIR EL BAUTISMO
El Bautismo es absolutamente necesario para salvarse, de acuerdo a las palabras del Señor: “El que creyere y se bautizare, se salvará” (Marcos 16, 16).
La razón teológica es clara: sin la incorporación a Cristo -la cual se produce en el Bautismo- nadie puede salvarse, ya que Cristo es el único camino de vida eterna, sólo Él es el Salvador de los hombres (cf. Juan 14, 9; Hechos 4, 12. Ver S. Th. III, q. 68, aa. 1-3).
Sin embargo, este medio necesario para la salvación puede ser suplido en casos extraordinarios, cuando sin culpa propia no se puede recibir el Bautismo de agua, por el martirio (llamado también bautismo de sangre), y por la contrición o caridad perfecta (llamada también bautismo de deseo) para quienes tienen uso de razón.
1o. El bautismo de deseo es el anhelo explícito (p. ej., catecúmeno) o implícito (en cualquier no cristiano) de recibir el Bautismo, deseo que debe ir unido a la contrición perfecta.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que “a los catecúmenos que mueren antes de su Bautismo, el deseo explícito de recibir el Bautismo, unido al arrepentimiento de sus pecados y a la caridad, les asegura la salvación que no han podido recibir por el sacramento” (n. 1259). Ver también CIC, c. 849.
Para aquel que ha conocido la revelación cristiana, el deseo de recibirlo ha de ser explícito. Por el contrario, para el que no tenga ninguna noticia del sacramento basta el deseo implícito. De esta forma, la misericordia infinita de Dios ha puesto la salvación eterna al alcance real de todos los hombres.
Es, pues, conforme al dogma, creer que los no cristianos que de buena fe invocan a Dios (sin fe es imposible salvarse), están arrepentidos de sus pecados (no puede cohabitar el pecado con la gracia), tienen el deseo de hacer todo lo necesario para salvarse (cumplen la ley natural e ignoran inculpablemente a la verdadera Iglesia), pueden quedar justificados por el bautismo de deseo (cf. Lumen gentium, n. 16).
Scholium.- ¿Cuál es el destino eterno de los niños que mueren sin recibir el Bautismo?
El Magisterio de la Iglesia contesta así: “En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir ‘Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis’ (Marcos 10, 14), nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo. Por esto es más apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños vengan a Cristo por el don del santo Bautismo” (Catecismo, n. 1261).
2o. El bautismo de sangre es el martirio de una persona que no ha recibido el Bautismo, es decir, el soportar pacientemente la muerte violenta por haber confesado la fe cristiana o practicado la virtud cristiana.
Jesús mismo dio testimonio de la virtud justificativa del martirio: “A todo aquel que me confesare delante de los hombres yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 10, 32); “El que perdiere su vida por amor mío, la encontrará” (Mateo 10, 39); etc.
La Iglesia venera como mártir a la niña santa Emereciana, que antes de ser bautizada fue martirizada sobre el sepulcro de su amiga santa Inés, al que había ido a orar. De Valentiniano II, que fue asesinado mientras se dirigía a Milán para recibir el Bautismo, dijo san Anselmo: “Su deseo lo ha purificado” (De obitu Valent. 51). Conforme al testimonio de la Tradición y la liturgia (por ejemplo, la festividad de los Santos Inocentes), también los niños que no han llegado al uso de razón pueden recibir el bautismo de sangre.
3.6 EL MINISTRO DEL BAUTISMO
“El ministro ordinario del Bautismo es el Obispo, el presbítero y el diácono” (CIC, c. 861, & 1). Sin embargo, “en caso de necesidad, toda persona puede bautizar, con tal que tenga la intención de hacer lo que hace la Iglesia, y que derrame agua sobre la cabeza del candidato diciendo: “Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Catecismo, 1284).
Si el que fue bautizado permanece vivo tras el Bautismo de emergencia, se debe notificar al párroco correspondiente, el cual averiguará la validez del sacramento, registrándolo en los archivos parroquiales y completando las ceremonias adicionales. Fuera de caso de necesidad, el Bautismo administrado por una persona cualquiera sería válido, pero gravemente ilícito (cf. CIC, c. 862).
3.7 LOS PADRINOS DEL BAUTISMO
Padrinos son las personas designadas por los padres del niño -o por el bautizado, si es adulto-, para hacer en su nombre la profesión de fe, y que “procuran que después lleve una vida cristiana congruente con el Bautismo y cumpla fielmente las obligaciones del mismo” (CIC, c. 872).
La legislación de la Iglesia en torno a los padrinos del Bautismo estipula que:
– “ha de tenerse un solo padrino o una madrina, o uno y una” (CIC, c. 873);
– para que alguien sea admitido como padrino, es necesario que:
tenga intención y capacidad de desempeñar esta misión;
haya cumplido 16 años;
sea católico, esté confirmado, haya recibido el sacramento de la Eucaristía y lleve una vida congruente con la fe y la misión que va a asumir;
no esté afectado por una pena canónica;
no sea el padre o la madre de quien se bautiza (cf. CIC, c. 874 & 1).