Catequesis sobre los sacramentos: La Reconciliación


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PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 19 de febrero de 2014

Vídeo

 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

A través de los sacramentos de iniciación cristiana, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, el hombre recibe la vida nueva en Cristo. Ahora, todos lo sabemos, llevamos esta vida «en vasijas de barro» (2 Cor 4, 7), estamos aún sometidos a la tentación, al sufrimiento, a la muerte y, a causa del pecado, podemos incluso perder la nueva vida. Por ello el Señor Jesús quiso que la Iglesia continúe su obra de salvación también hacia los propios miembros, en especial con el sacramento de la Reconciliación y la Unción de los enfermos, que se pueden unir con el nombre de «sacramentos de curación». El sacramento de la Reconciliación es un sacramento de curación. Cuando yo voy a confesarme es para sanarme, curar mi alma, sanar el corazón y algo que hice y no funciona bien. La imagen bíblica que mejor los expresa, en su vínculo profundo, es el episodio del perdón y de la curación del paralítico, donde el Señor Jesús se revela al mismo tiempo médico de las almas y los cuerpos (cf. Mc 2, 1-12; Mt 9, 1-8; Lc 5, 17-26).

El sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación brota directamente del misterio pascual. En efecto, la misma tarde de la Pascua el Señor se aparece a los discípulos, encerrados en el cenáculo, y, tras dirigirles el saludo «Paz a vosotros», sopló sobre ellos y dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20, 21-23). Este pasaje nos descubre la dinámica más profunda contenida en este sacramento. Ante todo, el hecho de que el perdón de nuestros pecados no es algo que podamos darnos nosotros mismos. Yo no puedo decir: me perdono los pecados. El perdón se pide, se pide a otro, y en la Confesión pedimos el perdón a Jesús. El perdón no es fruto de nuestros esfuerzos, sino que es un regalo, es un don del Espíritu Santo, que nos llena de la purificación de misericordia y de gracia que brota incesantemente del corazón abierto de par en par de Cristo crucificado y resucitado. En segundo lugar, nos recuerda que sólo si nos dejamos reconciliar en el Señor Jesús con el Padre y con los hermanos podemos estar verdaderamente en la paz. Y esto lo hemos sentido todos en el corazón cuando vamos a confesarnos, con un peso en el alma, un poco de tristeza; y cuando recibimos el perdón de Jesús estamos en paz, con esa paz del alma tan bella que sólo Jesús puede dar, sólo Él.

A lo largo del tiempo, la celebración de este sacramento pasó de una forma pública —porque al inicio se hacía públicamente— a la forma personal, a la forma reservada de la Confesión. Sin embargo, esto no debe hacer perder la fuente eclesial, que constituye el contexto vital. En efecto, es la comunidad cristiana el lugar donde se hace presente el Espíritu, quien renueva los corazones en el amor de Dios y hace de todos los hermanos una cosa sola, en Cristo Jesús. He aquí, entonces, por qué no basta pedir perdón al Señor en la propia mente y en el propio corazón, sino que es necesario confesar humilde y confiadamente los propios pecados al ministro de la Iglesia. En la celebración de este sacramento, el sacerdote no representa sólo a Dios, sino a toda la comunidad, que se reconoce en la fragilidad de cada uno de sus miembros, que escucha conmovida su arrepentimiento, que se reconcilia con Él, que le alienta y le acompaña en el camino de conversión y de maduración humana y cristiana. Uno puede decir: yo me confieso sólo con Dios. Sí, tú puedes decir a Dios «perdóname», y decir tus pecados, pero nuestros pecados son también contra los hermanos, contra la Iglesia. Por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia, a los hermanos, en la persona del sacerdote. «Pero padre, yo me avergüenzo…». Incluso la vergüenza es buena, es salud tener un poco de vergüenza, porque avergonzarse es saludable. Cuando una persona no tiene vergüenza, en mi país decimos que es un «sinvergüenza». Pero incluso la vergüenza hace bien, porque nos hace humildes, y el sacerdote recibe con amor y con ternura esta confesión, y en nombre de Dios perdona. También desde el punto de vista humano, para desahogarse, es bueno hablar con el hermano y decir al sacerdote estas cosas, que tanto pesan a mi corazón. Y uno siente que se desahoga ante Dios, con la Iglesia, con el hermano. No tener miedo de la Confesión. Uno, cuando está en la fila para confesarse, siente todas estas cosas, incluso la vergüenza, pero después, cuando termina la Confesión sale libre, grande, hermoso, perdonado, blanco, feliz. ¡Esto es lo hermoso de la Confesión! Quisiera preguntaros —pero no lo digáis en voz alta, que cada uno responda en su corazón—: ¿cuándo fue la última vez que te confesaste? Cada uno piense en ello… ¿Son dos días, dos semanas, dos años, veinte años, cuarenta años? Cada uno haga cuentas, pero cada uno se pregunte: ¿cuándo fue la última vez que me confesé? Y si pasó mucho tiempo, no perder un día más, ve, que el sacerdote será bueno. Jesús está allí, y Jesús es más bueno que los sacerdotes, Jesús te recibe, te recibe con mucho amor. Sé valiente y ve a la Confesión.

Queridos amigos, celebrar el sacramento de la Reconciliación significa ser envueltos en un abrazo caluroso: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre. Recordemos la hermosa, hermosa parábola del hijo que se marchó de su casa con el dinero de la herencia; gastó todo el dinero, y luego, cuando ya no tenía nada, decidió volver a casa, no como hijo, sino como siervo. Tenía tanta culpa y tanta vergüenza en su corazón. La sorpresa fue que cuando comenzó a hablar, a pedir perdón, el padre no le dejó hablar, le abrazó, le besó e hizo fiesta. Pero yo os digo: cada vez que nos confesamos, Dios nos abraza, Dios hace fiesta. Sigamos adelante por este camino. Que Dios os bendiga. 


Saludos

Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a los participantes en el Curso Internacional de Animación Misionera, así como a los grupos provenientes de España, México, Argentina y otros países latinoamericanos. Invito a todos a acercarse con frecuencia al sacramento de la Penitencia, a confesarse y recibir así el abrazo de la infinita misericordia del Padre, que nos está esperando para darnos un fuerte abrazo. Gracias.

Llamamiento por Ucrania

Con el ánimo preocupado sigo cuanto sucede en estos días en Kiev. Aseguro mi cercanía al pueblo ucranio y rezo por las víctimas de la violencia, por sus familiares y por los heridos. Invito a todas las partes a cesar toda acción violenta y a buscar la concordia y la paz en el país.

 


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La bendita vergüenza de la confesión


El confesionario no es ni una “lavandería” que elimina las manchas de los pecados, ni una “sesión de tortura”, donde se infligen golpes. La confesión es, más bien, un encuentro con Jesús donde se toca de cerca su ternura. Pero hay que acercarse al sacramento sin trucos o verdades a medias, con mansedumbre y con alegría, confiados y armados con aquella “bendita vergüenza”, la “virtud del humilde” que nos hace reconocer como pecadores.

 

Así se ha expresado el papa Francisco sobre la reconciliación, en la homilía pronunciada durante la misa celebrada este lunes 29 de abril, en la capilla de la Domus Sanctae Marthae, según informa hoy el diario vaticano L’Osservatore Romano.

Entre los concelebrantes estaban el cardenal Domenico Calcagno, presidente de la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (APSA), con el secretario, monseñor Luigi Mistò; el arzobispo Francesco Gioia, presidente de la Opera Peregrinatio ad Petri Sedem, el arzobispo de Owerri, monseñor Anthony Obinna, y el procurador general de los Verbitas, padre Giancarlo Girardi. También concelebraron monseñor Eduardo Horacio García, obispo auxiliar y provicario general de Buenos Aires. Entre los presentes, las hermanas Pías Discípulas del Divino Maestro, que sirven en el Vaticano y un grupo de empleados de APSA.

El papa inició su homilía con una reflexión sobre la primera carta de San Juan (1, 5-2, 2), en la que el apóstol «se dirige a los primeros cristianos, y lo hace con sencillez: “Dios es luz y en Él no hay tiniebla alguna”. Pero “si decimos que estamos en comunión con Él”, amigos del Señor, “y andamos en tinieblas, somos mentirosos y no practicamos la verdad”. Y a Dios se le debe adorar en espíritu y en verdad».

“¿Qué quiere decir –preguntó el papa–, caminar en la oscuridad? Porque todos tenemos oscuridad en nuestras vidas, incluso momentos en los que todo, incluso en la propia conciencia, es oscuro, ¿no? Caminar en la oscuridad significa estar satisfecho consigo mismo. Estar convencidos de no necesitar salvación. ¡Esas son las tinieblas!”.

Y, continuó, “cuando uno avanza en este camino de la oscuridad, no es fácil volver atrás. Por lo tanto Juan continúa, tal vez esta manera de pensar lo ha hecho reflexionar: “Si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros”. Miren sus pecados, nuestros pecados: todos somos pecadores, todos. Este es el punto de partida”.

“Si confesamos nuestros pecados –dijo el papa–, Él es fiel, es justo tanto para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad. Y se presenta a nosotros, ¿no es así?, este Señor tan bueno, tan fiel, tan justo que nos perdona. Cuando el Señor nos perdona hace justicia. Sí, hace justicia primero a sí mismo, porque Él ha venido a salvar, y cuando nos perdona hace justicia a sí mismo. «Soy tu salvador» y nos acoge”.

Lo hace en el espíritu del Salmo 102: “Como un padre es tierno con sus hijos, así es el Señor, y tierno con los que le temen”, con los que vienen a Él. La ternura del Señor. Siempre nos entiende, pero no nos deja hablar: Él lo sabe todo. «No te preocupes, vete en paz», la paz que sólo Él da”.

Esto es lo que “sucede en el sacramento de la reconciliación. Tantas veces –dijo el papa–, pensamos que ir a la confesión es como ir a la lavandería. Pero Jesús en el confesionario no es una lavandería”.

La confesión «es un encuentro con Jesús que nos espera como somos. “Pero, Señor, mira, yo soy así”. Estamos avergonzados de decir la verdad: hice esto, pensé en aquello. Pero la vergüenza es una verdadera virtud cristiana, e incluso humana. La capacidad de avergonzarse: no sé si en italiano se dice así, pero en nuestra tierra a los que no pueden avergonzarse le dicen “sinvergüenza”. Este es uno sin “vergüenza”, porque no tiene la capacidad de avergonzarse. Y avergonzarse es una virtud del humilde».

Seguido a esto, el papa Francisco retomó la carta de san Juan. Estas palabras, dijo, que nos invitan a confiar: “El Paráclito está de nuestro lado y nos sostiene ante el Padre. Él sostiene nuestra vida débil, nuestro pecado. Nos perdona. Él es nuestra defensa, porque nos sostiene. Ahora, ¿cómo debemos ir hasta el Señor, así, con nuestra realidad de pecadores? Con confianza, incluso con alegría, sin maquillaje. ¡Nunca debemos maquillarnos delante de Dios! Con la verdad. ¿Con vergüenza? Bendita vergüenza, esta es una virtud”.

«Jesús nos espera a cada uno de nosotros, reiteró citando el evangelio de Mateo (11, 25-30): “Vengan a mí todos los que están fatigados y sobrecargados”, incluso del pecado, “y yo les daré descanso. Lleven sobre ustedes mi yugo, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Esta es la virtud que Jesús nos pide: la humildad y la mansedumbre».

“La humildad y la mansedumbre –prosiguió el papa–, son como el marco de una vida cristiana. Un cristiano siempre va así, en la humildad y en la mansedumbre. Y Jesús nos espera para perdonarnos. ¿Puedo hacerles una pregunta?: ¿ir ahora a confesarse, no es ir a una sesión de tortura? ¡No! Es ir a alabar a Dios, porque yo pecador he sido salvado por Él. ¿Y Él me espera para golpearme? No, sino con ternura para perdonarme. ¿Y si mañana hago lo mismo? Vas de nuevo, y vas, y vas, y vas… Él siempre nos espera. Esta ternura del Señor, esta humildad, esta mansedumbre”.

El papa invitó a confiar en las palabras del apóstol Juan: “Si alguno ha pecado, tenemos un Paráclito ante el Padre”.

Y concluyó: “Esto nos da aliento. Es bello, ¿no? ¿Y si tenemos vergüenza? Bendita vergüenza porque eso es una virtud. Que el Señor nos dé esta gracia, este valor de ir siempre a Él con la verdad, porque la verdad es la luz. Y no con la oscuridad de las verdades a medias o de las mentiras delante de Dios”.

Traducido por José Antonio Varela V.

La confesión, sacramento del amor misericordioso de Dios


Discurso que dirigió Benedicto XVI al recibir en audiencia al cardenal James F. Stafford, penitenciario mayor de la Penitenciaría Apostólica, con los prelados y oficiales de este tribunal, así como a los padres penitenciarios de las basílicas papales de Roma

Ciudad del Vaticano, 19 de febrero de 2007.

 

 

El sábado de la historia

 

Joseph Ratzinger y William Congdon

 

 

 Queridos hermanos:

 

 

        Con alegría os doy la bienvenida y os saludo con afecto, comenzando por el cardenal James Francis Stafford, penitenciario mayor, a quien doy las gracias por las corteses palabras que me acaba de dirigir. Saludo además al regente, monseñor Gianfranco Girotti, y a los miembros de la Penitenciaría Apostólica.

 

 

        Este encuentro me ofrece la oportunidad de expresar mi profundo aprecio sobre todo a vosotros, queridos padres penitenciarios de las basílicas papales de la Urbe, por el precioso ministerio pastoral que desempeñáis con entrega. Al mismo tiempo, quiero extender mi cordial saludo a todos los sacerdotes del mundo que se dedican con empeño al ministerio del confesionario.

 

 

        El sacramento de la penitencia, que tanta importancia tiene para la vida del cristiano, hace actual la eficacia redentora del misterio pascual de Cristo. En el gesto de la absolución, pronunciada en nombre y por cuenta de la Iglesia, el confesor se convierte en el medio consciente de un maravilloso acontecimiento de gracia. Al adherir con docilidad al Magisterio de la Iglesia, se convierte en ministro de la consoladora misericordia de Dios, pone de manifiesto la realidad del pecado y al mismo tiempo la desmesurada potencia renovadora del amor divino, amor que vuelve a dar la vida. La confesión se convierte, por tanto, en un renacimiento espiritual, que transforma al penitente en una nueva criatura. Este milagro de gracia sólo puede realizarlo Dios, y lo cumple a través de las palabras y de los gestos del sacerdote. Al experimentar la ternura y el perdón del Señor, el penitente reconoce más fácilmente la gravedad del pecado, y refuerza su decisión para evitarlo y para permanecer y crecer en la reanudada amistad con Él.

 

 

        En este misterioso proceso de renovación interior, el confesor ya no es espectador pasivo, sino «persona dramatis», es decir, instrumento activo de la misericordia divina. Por tanto, es necesario que junto a una buena sensibilidad espiritual y pastoral tenga una seria preparación teológica, moral y pedagógica que le permita comprender lo que vive la persona. Le es sumamente útil, además, conocer los ambientes sociales, culturales y profesionales de quienes se acercan al confesionario para poder ofrecer consejos adecuados y orientaciones tanto espirituales como prácticas. No hay que olvidar que el sacerdote, en este sacramento, está llamado a desempeñar el papel de padre, juez espiritual, maestro y educador. Esto exige una actualización constante, a la que pretenden contribuir también los cursos sobre el «foro interno» promovidos por la Penitenciaría Apostólica.

 

 

        Queridos sacerdotes, vuestro ministerio tiene sobre todo un carácter espiritual. Por tanto, es necesario unir a la sabiduría humana y a la preparación teológica, una profunda espiritualidad, alimentada por el contacto orante con Cristo, Maestro y Redentor. En virtud de la ordenación presbiteral, de hecho, el confesor desempeña un peculiar servicio «in persona Christi», con una plenitud de dotes humanas que son reforzadas por la Gracia. Su modelo es Jesús, el enviado del Padre, el manantial abundante al que acude es el soplo vivificante del Espíritu Santo. Ante una responsabilidad tan elevada las fuerzas humanas son sin duda inadecuadas, pero la humilde y fiel adhesión a los designios salvíficos de Cristo nos hace, queridos hermanos, testigos de la redención universal que Él actúa, aplicando la admonición de san Pablo, quien dice: «En Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo…, poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación» (2 Corintios 5, 19).

 

 

        Para cumplir con esta tarea tenemos que hacer que penetre en nosotros mismos este mensaje de salvación y dejar que nos transforme profundamente. No podemos predicar el perdón y la reconciliación a los demás, sino no estamos personalmente penetrados por él. Si bien es verdad que en nuestro ministerio hay varias maneras y medios de comunicar a los hermanos el amor misericordioso de Dios, en la celebración de este Sacramento podemos hacerlo de la forma más completa y eminente. Cristo nos ha escogido, queridos sacerdotes, para ser los únicos que pueden perdonar los pecados en su nombre: se trata, por tanto, de un servicio eclesial específico al que tenemos que dar prioridad.

 

 

        ¡Cuántas personas en dificultad buscan el apoyo y el consuelo de Cristo! ¡Cuántos penitentes encuentran en la confesión la paz y la alegría que perseguían desde hace tiempo! ¿Cómo no reconocer que también en nuestra época, marcada por tantos desafíos religiosos y sociales, hay que redescubrir y reproponer este sacramento?

 

 

        Queridos hermanos, sigamos el ejemplo de los santos, en particular de quienes, como vosotros, se dedicaban casi exclusivamente al ministerio del confesionario. Entre otros, san Juan María Vianney, san Leopoldo Mandic, y más recientemente, san Pío de Pietrelcina. Que ellos nos ayuden desde el cielo para que sepáis dispensar con abundancia la misericordia y el perdón de Cristo. Que María, refugio de los pecadores, os alcance la fuerza, el aliento y la esperanza para continuar generosamente con vuestra indispensable misión. Os aseguro de corazón mi oración, mientras os bendigo con afecto a todos.

 

 

 

 

En la confesión se manifiesta el amor inagotable de Dios


Viernes, 16 de marzo de 2007
VIS
CIUDAD DEL VATICANO, 16 MAR 2007 (VIS).-El Papa recibió este mediodía a los participantes en el curso sobre el foro interno, que promueve anualmente la Penitenciaría Apostólica.
En su discurso, Benedicto XVI ofreció unas reflexiones sobre la importancia del sacramento de la Penitencia y la necesidad de que los sacerdotes se preparen para administrarlo con devoción y fidelidad a Dios y para la santificación del pueblo cristiano.
“Todos -aseguró el Santo Padre- tenemos necesidad de beber de la fuente inagotable del amor divino, que se manifiesta totalmente en el misterio de la Cruz, para hallar la auténtica paz con Dios, con nosotros mismos y con el prójimo. Sólo es posible obtener de esta fuente espiritual aquella energía interior indispensable para vencer el mal y el pecado en la lucha sin pausa, que marca nuestro peregrinaje terreno hacia la patria celestial”.
El Papa puso de relieve que en el mundo actual “vemos una humanidad que desearía ser autosuficiente, donde muchos consideran casi poder prescindir de Dios para vivir bien; sin embargo, ¡cuántos parecen estar tristemente condenados a afrontar dramáticamente situaciones de vacío existencial, cuánta violencia existe todavía en la tierra, cuánta soledad pesa sobre el ánimo del ser humano de la era de la comunicación! En una palabra, parece que se haya perdido el “sentido del pecado”, pero para compensar, han aumentado los “complejos de culpa””.
“Que el sacerdote, ministro del sacramento de la Reconciliación -continuó-, sienta siempre como tarea suya la de transmitir con las palabras y en el modo de acercarse al penitente, el amor misericordioso de Dios. Que como el padre de la parábola del hijo pródigo, acoja al pecador arrepentido, le ayude a liberarse del pecado, le anime a enmendarse sin pactar con el mal, sino retomando siempre el camino hacia la perfección evangélica”.
Tras subrayar que el sacerdote debe tender a la santidad, Benedicto XVI afirmó que para llevar a cabo su “importante misión” como confesor, “siempre unido interiormente al Señor, debe mantenerse fiel al Magisterio de la Iglesia en lo que concierne a la doctrina moral, consciente de que la ley del bien y del mal no está determinada por las situaciones, sino por Dios”.
El Santo Padre concluyó pidiendo a la Virgen, Madre de Misericordia, que “sostenga el ministerio de los sacerdotes confesores y que ayude a cada comunidad cristiana a comprender cada vez más el valor y la importancia del sacramento de la Penitencia para el crecimiento espiritual de todos los fieles”.

Todo sobre el sacramento de la reconciliación, confesión, penitencia


El perdón de los pecados cometidos después del Bautismo es concedido por un sacramento propio llamado sacramento de la conversión, de la confesión, de la penitencia o de la reconciliación .

La grandeza de la misericordia de Dios se pone particularmente de relieve ante la consideración de la negatividad insondable del pecado. En efecto, la malicia que supone el quebranto de la Voluntad divina por parte de la criatura, ofende a la Majestad de Dios y alcanza por ello gravedad infinita. Sin embargo, es Dios mismo quien ofrece su perdón, porque no desea la muerte del hombre sino que se convierta de su camino y viva (Ez. 33, 11). Su inagotable misericordia obra pacientemente con vosotros, no queriendo que algunos perezcan sino que todos vengan a penitencia (I Pe. 3, 9).

 

 

Al ofrecer su perdón, Dios pide a cambio una conversión en el interior del hombre, un cambio de vida un retornar de nuevo hacia El: y es precisamente este requerimiento divino lo que engloba el concepto de penitencia. 

 

 

5.1 NOCIÓN DE PENITENCIA 

 

 

 

Etimológicamente, penitencia viene del verbo latino poenitere = tener pena, dolerse, arrepentirse. En teología se usa indistintamente el término para designar tanto una virtud como un sacramento.

 

 

 

a) La penitencia, virtud moral (cfr. Catecismo, nn. 1430-2).

 

 

Como virtud, la penitencia lleva al pecador:

 

 

a) a arrepentirse de los pecados cometidos, 

 

b) a tener el propósito de no volver a cometerlos, 

 

c) a imponerse por ellos el debido castigo o satisfacción. 

 

En el lenguaje común, al decir que alguien hace penitencia suele entenderse tan sólo la fase final de la virtud, es decir, el cumplimiento de las obras costosas impuestas como castigo. Esos sacrificios, sin embargo, no se entenderían al margen del motivo que los ocasiona: el arrepentimiento de acciones pecaminosas, que incluyen implícitamente la enmienda. Así, pues, la virtud de la penitencia en teología engloba causas y efectos, y no sólo las obras penitenciales. 

 

Lo propio de esta virtud es el dolor del alma que se entristece por sus pecados, y que tiene como motivo saber que son ofensas a Dios, y no, p. ej., los males que el pecado suele acarrear (cfr. S. Th. III, q. 85, ad. 2, ad. 3). Por tanto, no sería virtud la del ladrón que se arrepiente del hurto porque lo encarcelaron, o porque fue golpeado, etc.

 

 

 

b) La penitencia como sacramento 

 

Como sacramento, la penitencia o reconciliación es uno de los siete sacramentos de la Nueva Ley instituidos por Nuestro Señor Jesucristo.

 

 

Es ésta una verdad de fe definida por el Concilio de Trento (cfr. Dz. 911). 

 

De acuerdo a esta segunda acepción, el perdón de los pecados cometidos después del Bautismo es concedido por un sacramento propio llamado sacramento de la conversión, de la confesión, de la penitencia o de la reconciliación (Catecismo, n. 1486). 

 

 

El sacramento de la penitencia se une íntimamente a la virtud de la penitencia, por dos razones:

 

 

lo. Porque el sacramento de la penitencia requiere, como condición necesaria para que sea válido, la virtud de la penitencia: no se daría el perdón de los pecados en la confesión, si el pecador no estuviera arrepentido de haberlos cometido.

 

 

2o. Porque el verdadero arrepentimiento de los pecados conlleva el deseo de confesarlos: se dudaría del dolor de haber ofendido a Dios si no se pusieran en práctica los medios fijados por Dios mismo para perdonar pecados.

 

 

 

5.2 LA PENITENCIA, SACRAMENTO DE LA NUEVA LEY

 

 

La penitencia es un verdadero sacramento, pues en ella se dan los elementos esenciales de todo sacramento:

 

 

a) el signo sensible, que está constituido por los actos del penitente: contrición, confesión y satisfacción (cfr. Catecismo Romano, II, cap. V, n. 13; Concilio de Trento, sess. XIV, caps. 3-4), y las palabras de la absolución;

 

 

b) la institución por Cristo, de la que se habla con toda claridad en la Sagrada Escritura: Recibid al Espíritu Santo dijo Jesús a los Apóstoles; a quienes perdonareis los pecados les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos (Jn. 20, 22);

 

 

c) la producción de la gracia, tanto la santificante que se infunde al ser remitidos los pecados, como la sacramental específica, que da la fuerza para no volver a cometer los pecados acusados.

 

  

 

 

5.2.1 Herejías opuestas

 

 

Para contrastar la riqueza de la doctrina católica sobre este sacramento, resulta útil detenerse en las interpretaciones equivocadas que se han suscitado en la historia de la Iglesia:

 

 

a) La herejía llamada de los montanistas (siglo II), limitaba el poder de la Iglesia para perdonar los pecados, diciendo que había algunos -la idolatría, el adulterio y el homicidio- que no podrían ser perdonados. 

 

b) Los novacianos (siglo III) afirmaban que la Iglesia debía estar formada sólo por hombres puros, y negaban la reconciliación a todos aquellos que hubieran cometido pecado mortal. Lo mismo afirmaron los donatistas (siglo IV).

 

 

c) Abelardo (siglo XII) afirmó que Cristo confirió a sus Apóstoles la potestad de atar y de desatar, pero esa potestad no la concedió a los sucesores de ellos (cfr. Dz. 379).

 

 

d) Las sectas espiritualistas (valdenses y cátaros) así como los seguidores de Wicleff y de Hus, rechazaron la jerarquía eclesiástica y, en consecuencia, defendían la tesis de que todos los cristianos buenos y piadosos tienen sin distinción el poder de absolver los pecados.

 

 

e) Los reformadores protestantes negaron totalmente el poder de la Iglesia para perdonar los pecados. Aunque al principio admitieron la penitencia como sacramento (junto al bautismo y a la ‘cena’; cfr. Lutero), Apol. Conf. Aug., art. 13), su concepto de justificación les llevó necesariamente a negar todo poder real de perdonar los pecados.

 

 

En efecto, si la justificación no es, según ellos, verdadera y real extinción del pecado, sino una mera no imputación externa o cubrimiento de los pecados por la fe fiducial. entonces la absolución no es verdadera remisión del pecado, pues los pecados permanecen a pesar de todo.

 

 

Contra los protestantes, el Concilio de Trento declaró que Cristo comunica a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores, la potestad de perdonar realmente los pecados (cfr. Dz. 894 y 913).

 

 

f) En la ‚poca actual, el error consiste en la desacralización del sacramento, al grado de ser equiparado a técnicas puramente humanas o psicológicas, como si se tratara de relaciones interpersonales, perdiéndose de vista que la confesión es el medio para obtener la realidad sobrenatural de la gracia santificante.

 

 

 

5.2.2 Doctrina del Magisterio 

 

 

 

Sobre los puntos atacados por los herejes, la Iglesia se ha visto obligada a predicar la doctrina católica. 

 

 

A. Institución del sacramento por Jesucristo

 

 

La primera y radical conversión del hombre tiene lugar en el sacramento del bautismo: por él se nos perdona el pecado original, nos convertirnos en hijos de Dios, y entramos a formar parte de la Iglesia. Sin embargo, como el hombre a lo largo de su vida puede descaminarse no una, sino innumerables veces, quiso Dios darnos un camino por el que pudiéramos llegar a Él. 

 

Como era tan sorprendente la divina misericordia dispuesta a perdonar, el Señor fue preparando a sus Apóstoles y a sus discípulos, perdonando El mismo los pecados al paralítico de Cafarnaúm (cfr. Lc. 5, 18-26), a la mujer pecadora (cfr. Lc. 7, 37-50), etc., y prometiendo, además, a los Apóstoles, la potestad de perdonar o de retener los pecados: “En verdad os digo: todo cuanto atareis en la tierra ser atado en el cielo, y cuanto desatareis en la tierra, será desatado en los cielos” (cfr. Mt. 18, 18). 

 

Para que no hubiera duda de que los poderes que había prometido a San Pedro personalmente (cfr. Mt. 16, 19) y a los demás Apóstoles con él (cfr. Mt. 18, 18), incluían el de perdonar los pecados, en la tarde del primer día de la resurrección, apareciéndose Jesús a sus Apóstoles, los saluda y les muestra sus manos y su costado diciendo: recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quiénes se los retuviereis, les serán retenidos (Jn. 20, 21 ss.). De otra manera, si la Iglesia no tuviera esa potestad, no podría explicarse la voluntad salvífica de Dios.

 

 

 

B. Universalidad del poder de perdonar los pecados

 

 

La potestad de perdonar se extiende absolutamente a todos los pecados. Consta por la amplitud ilimitada de las palabras de Cristo a los Apóstoles: Todo lo que desatareis… (Mt. 18, 18), y por la práctica universal de la Iglesia que, aun en las épocas de máximo rigor disciplinar, absolvía los pecados más aborrecibles -llamados ad mortem- una vez en la vida, y siempre en el momento de la muerte; señal evidente de que la Iglesia tenía plena conciencia de su ilimitada potestad sobre toda clase de pecados (cfr. Dz. 43, 52a, 57 III, 430, 894, 903).

 

 

Por eso señalaba recientemente Juan Pablo II empleando una expresión de San Pablo (cfr. I Tim. 3, 15ss.) que a ese designio salvífico de Dios se le ha de llamar mysterium o sacramentum pietatis: es, en efecto, el misterio de la infinita piedad de Dios hacia nosotros, que penetra hasta las raíces más profundas de nuestra iniquidad mysterium iniquitatis, llama también San Pablo al pecado (cfr. II Tes. 2, 7), para provocar en el alma la conversión y dirigirla a la reconciliación (cfr. Exhort. Apost. Reconciliatio et paenitentia, nn. 19-20).

 

 

 

C. Potestad conferida a la Iglesia

 

 

Esa potestad fue conferida sólo a la Iglesia jerárquica, no a todos los fieles, ni sólo a los carismáticos. En la persona de los Apóstoles se contenía la estructura jerárquica de la Iglesia, que se había de continuar en todas las épocas (cfr. Dz. 902 y 920).

 

 

Unida íntimamente a la misión de Cristo está la misión de la Iglesia, pues a ella sólo otorgó su potestad y prometió su asistencia hasta el fin de los siglos.

 

 

 

D. La potestad de perdonar los pecados es judicial

 

 

La potestad de perdonar los pecados que tiene la Iglesia es judicial; es decir, el poder conferido por Cristo a los Apóstoles y a sus sucesores implica un verdadero acto judicativo: hay un juez, un reo y una culpa. Se realiza un juicio, se pronuncia una sentencia y se impone un castigo.

 

 

Esto significa que, cuando el sacerdote imparte el perdón no lo hace como “si declarara que los pecados están perdonados. sino a modo de acto Judicial, en el que la sentencia es pronunciada por él mismo como juez” (Concilio de Trento: cfr. Dz. 902 ). Por esta razón, la forma se dice con carácter indicativo y en primera persona: “Yo te absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. 

 

El sacerdote, sin embargo, dicta la sentencia en nombre y con la autoridad de Cristo, y por tanto, es el mismo Jesucristo -representado por el sacerdote- quien perdona los pecados en un juicio cuya sentencia es siempre de perdón, si el penitente está bien dispuesto. Sirviéndose del ministro como instrumento, es el propio Jesucristo quien absuelve. 

 

Como señala Juan Pablo II, la confesión es siempre un encuentro personal con Cristo: La Iglesia, observando la praxis plurisecular del sacramento de la penitencia -la práctica de la confesión individual, unida al acto personal de dolor y al propósito de la enmienda y satisfacción-, defiende el derecho particular del alma. Es el derecho a un encuentro personal del hombre con Cristo crucificado que perdona, con Cristo que dice, por medio del ministro del sacramento de la Reconciliación: `Tus pecados te son perdonados” (Mc. 2, 5) (Enc. Redemptor hominis, n. 20). 

 

Precisamente por estas razones la Iglesia ordena la práctica de este sacramento como personal y auricular, tolerando sólo por graves motivos -como señalaremos más adelante-, la práctica de la absolución general, que no reúne las características de verdadero juicio.

 

 

 

5.3 EL SIGNO SACRAMENTAL DE LA PENITENCIA

 

 

De acuerdo a la explicación que da Santo Tomás (cfr. S. Th. III, q. 84, a. 2), reafirmada por el Concilio de Trento (cfr. Dz. 699, 896, 914, ver también Catecismo, n. 1448), el signo sensible lo componen la absolución del sacerdote y los actos del penitente:

 

 

la actuación del ministro que imparte el perdón en nombre de Cristo se resume en las palabras de la absolución, que constituyen la forma del sacramento; la actuación del penitente se concreta en las disposiciones con que se prepara para recibir la absolución, y constituyen la materia del sacramento: esas disposiciones son la contrición o dolor de los pecados, la confesión o manifestación de los mismos, y la satisfacción para compensarlos de algún modo.

 

 

 

5.3.1 Los actos del penitente

 

 

El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda en el n. 1450 que la penitencia mueve al pecador a sufrir todo voluntariamente; en su corazón, contrición; en la boca, confesión; en la obra, toda humildad y fructífera satisfacción.

 

 

De los tres actos del penitente el más importante es la contrición es decir, el rechazo claro y decidido del pecado cometido, junto con el propósito de no volver a cometerlo. Esta contrición es el principio de la conversión, de la metanoia que devuelve al hombre a Dios, y que tiene su signo visible en el sacramento de la penitencia. 

 

Por voluntad de Dios, forma parte del signo sacramental la acusación de los pecados, que tiene tal realce que de hecho el nombre usual de este sacramento es el de confesión. Acusar los propios pecados es una exigencia de la necesidad de que el pecador sea conocido por quien en el sacramento es a la vez juez -que debe valorar la gravedad de los pecados y el arrepentimiento del pecador-, y médico, que debe conocer el estado del enfermo para ayudarlo y curarlo.

 

 

La satisfacción es el acto final del signo sacramental, que en muchos sitios se llama precisamente penitencia. No es, obviamente, un precio que se paga por el perdón recibido, porque nada puede pagar lo que es fruto de la Sangre de Cristo. Es un signo del compromiso que el hombre hace de comenzar una nueva vida, combatiendo con la propia mortificación física y espiritual las heridas que el pecado ha dejado en las facultades del alma.

 

 

 

 

A. Contrición

 

 

El primer acto del penitente, la contrición, “es el dolor del alma y detestación del pecado cometido, juntamente con el propósito de no volver a pecar” (Concilio de Trento, Dz. 897: ‘animi dolor ac detestatio de peccato comisso, cum propósito non pecandi de cetero’) (Catecismo, n. 1451).

 

 

Constituye la parte más importante del sacramento de la penitencia. Etimológicamente viene del verbo contere, que significa destrozar, triturar: con el dolor y la detestación, el alma busca destruir los pecados cometidos.

 

 

Lo propiamente específico de la contrición es el dolor del alma por el pecado cometido, lo cual necesariamente implica el propósito de no volver a cometer pecados. Este propósito, además de ser propósito de no pecar más, incluye también el propósito de confesar los pecados cometidos, y de satisfacer por ellos, de modo que no se puede hablar de verdadera contrición, si no hay al menos implícitamente este doble propósito. 

 

No es necesario, ni siempre ser posible, que el dolor de contrición se manifieste con sentimientos sensibles de dolor -lágrimas, angustia, etc.-: es un acto de la voluntad, que no procede del sentimiento sino de la razón, iluminada por la gracia.

 

 

 

 

a) Características

 

 

La contrición requerida para el perdón de los pecados ha de ser: interna, sobrenatural, universal y máxima en cuanto a la valoración.

 

 

a.1) La contrición es interna si proviene de la inteligencia y de la voluntad libre del penitente, y no tan sólo fingida exteriormente. La Sagrada Escritura lo afirma, por ejemplo cuando dice: “Rasgad vuestros corazones, no vuestras vestiduras”.

 

Por otra parte, al ser la contrición parte del signo externo del sacramento, ha de manifestarse también al exterior, acusando los propios pecados.

 

 

a.2) La contrición ha de ser sobrenatural, tanto en su principio Dios que mueve al pecador al arrepentimiento, como por los motivos o razones que la provocan: la ofensa a Dios, la contemplación de Jesús crucificado, la pérdida del cielo, etc.

 

 

No puede originarse por un motivo meramente natural, como sería el temor a las consecuencias naturales del pecado: la enfermedad, la cárcel, el menosprecio, etc.

 

 

a.3) Es universal la verdadera contrición, pues se extiende a todos los pecados graves cometidos. No es posible que se perdone un pecado mortal desligado de los demás, ya que no sería verdadero el arrepentimiento de uno pero no de otro, pues la causa formal de la contrición es la ofensa a Dios, sin que importe la razón de que provenga.

 

 

a.4) Es, además, máxima en cuanto a la valoración (la fórmula tradicional se refiere a esta condición con el término appreciative summa), lo que significa que el pecador aborrece el pecado como el mayor mal, y está dispuesto a sufrir cualquier inconveniente antes de ofender de nuevo a Dios con una culpa grave.

 

 

En otras palabras, no apreciaría el pecado como el mayor mal quien no estuviera dispuesto a sufrir cualquier otra contrariedad -pobreza, pérdida del empleo, humillación e incluso la misma vida- antes de cometer un pecado grave.

 

 

Sin embargo, no se requiere, como ya señalamos, que el dolor sea sumo en cuanto a la sensibilidad, sino en la apreciación de la mente y la firmeza de la voluntad.

 

 

 

b) El propósito

 

 

Por último, y como se desprende de la definición de contrición, para que ésta sea verdadera ha de incluir el propósito de no pecar en adelante.

 

 

El propósito puede ser:

 

 

Explícito y formal, cuando es en sí mismo un acto del penitente distinto de la contrición o arrepentimiento;

 

Implícito y virtual, cuando se contiene en toda sincera contrición. 

 

Para la validez de la confesión, se requiere el propósito al menos implícito. Sus cualidades son tres: 

 

 

b.1) Firme, porque en el momento de hacerlo el penitente se propone, con voluntariedad actual, no volver a ofender a Dios. Esta firmeza no ha de confundirse con la constancia, que hace más bien relación al futuro; en otras palabras, la sinceridad del propósito es compatible con la duda sobre el cumplimiento posterior, dada la propia debilidad. 

 

b.2) Eficaz, porque debe llevar a poner los medios necesarios para evitar el pecado, a evitar las ocasiones de pecado en la medida de las propias posibilidades, y a reparar el daño que pueda haberse hecho a los demás por el pecado cometido.

 

 

Si el propósito no es eficaz el sujeto carecería de las disposiciones mínimas para recibir la absolución sacramental. Sería el caso de quien no evitara la ocasión próxima voluntaria de pecar, por ejemplo, no alejándose de las amistades que le llevan a ofender a Dios.

 

 

b.3) Universal, es decir, se ha de extender a todo pecado mortal porque, al igual que la contrición, el propósito verdadero rechaza el pecado en cuanto tal.

 

 

 

c) Contrición perfecta e imperfecta

 

 

Enseña la Iglesia (cfr. Catecismo, nn. 1452 y 1453) que hay dos clases de dolor y detestación de los pecados: contrición perfecta es aquella fruto del amor -dolor de amor- a Dios ofendido, y tan grata que nos reconcilia con El. La contrición imperfecta o atrición, no da la gracia si no va acompañada de la recepción del sacramento, pero basta como disposición para recibirlo.

 

 

Se llama imperfecta porque no proviene de un amor puro a Dios, sino de algún otro motivo sobrenatural como el temor al infierno.

 

Cuando el dolor de atrición va acompañado por la absolución, el penitente de atrito se hace contrito, quedando justificado por la virtud del sacramento. De todos modos, debe excluir la voluntad de pecar, con la esperanza del perdón, como enseña la Iglesia.

 

 

 

Por tanto, estas dos clases de contrición difieren por razón de su motivo y de sus efectos:

 

 

Por razón de su motivo, porque la perfecta es fruto de una ardiente caridad hacia Dios ofendido, y la imperfecta viene determinada por un motivo distinto del amor.

 

 

Por razón de sus efectos, porque la perfecta justifica al pecador antes de la confesión, con tal de que se tenga el deseo de hacer lo que Dios ha ordenado y, por tanto, también el deseo de confesarse. La imperfecta, en cambio, basta para obtener el perdón en el sacramento, pero no fuera de él.

 

 

Ante esta verdad, alguien podría preguntarse: ‘Si con la contrición perfecta se perdonan los pecados, ¿cuál es la razón de confesarlos?’. La razón es que ese tipo de contrición presupone el deseo de confesarlos: sería contradictorio un dolor perfecto de los pecados unido al rechazo del precepto divino de confesarlos al sacerdote. Además, su efectiva confesión también es necesaria porque nadie puede estar completamente seguro de que su contrición es absolutamente perfecta. 

 

Con todo lo dicho, se entiende que quien muriese en pecado grave, habiendo hecho un acto de contrición imperfecta pero sin haber recibido la absolución, no puede salvarse. En cambio, la contrición perfecta, unida al deseo de confesarse en cuanto sea posible, es suficiente para obtener el perdón. Quien ama a Dios de modo que detesta profundamente el pecado, no puede condenarse. Si alguno muriese sin haber podido recibir ningún sacramento, pero teniendo contrición perfecta, obtendría el cielo.

 

 

Es por ello de gran utilidad dolerse con frecuencia de los pecados; la conciencia se hace más sensible de las ofensas a Dios, y se esforzar por repararlos, preparando mejor la confesión, viviendo con más confianza en Dios y luchando por evitarlos.

 

 

 

B. Confesión

 

 

La acusación de los propios pecados constituye el segundo acto que debe realizar el penitente. Este deber viene implícito en las palabras de Cristo: “…A quienes perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos” (Jn. 20, 22-23). Para poder emitir un juicio acertado -perdonar o retener-, el sacerdote debe conocer el estado del penitente, lo cual no es posible si éste no declara sus pecados y sus disposiciones, a través de la confesión.

 

 

La confesión de todos los pecados cometidos después del bautismo, con objeto de obtener de Dios el perdón, a través de la absolución del sacerdote, no se puede reducir a un intento de autoliberación psicológica, aunque corresponde a la necesidad legítima y natural de abrirse a alguno, que es connatural al corazón humano; es un gesto litúrgico, solemne en su dramaticidad, humilde y sobrio en la grandeza de su significado. Es el gesto del hijo pródigo que vuelve al padre y es acogido por él con el beso de la paz; gesto de lealtad y de valentía; gesto de entrega de sí mismo, por encima del pecado, a la misericordia que perdona (Juan Pablo II, Exhor. Ap. Reconciliatio et paenitentia, n. 31). 

 

Es, en efecto, un requisito establecido por el mismo Dios la manifestación o confesión de los pecados por parte del penitente, para que el ministro conozca la causa y pueda dictar sentencia. 

 

El difundido error de considerar que basta la contrición para obtener el perdón de los pecados, nos lleva a estudiar más detenidamente la necesidad de acusar ante el sacerdote todos los pecados mortales. 

 

Es usual oír expresiones como éstas: ‘Si ya estoy arrepentido, ¿para qué me confieso?’; o bien, ‘yo me confieso sólo ante Dios’, etc., que manifiestan confusión de ideas y profunda ignorancia.

 

 

El Magisterio de la Iglesia declaró solemnemente en el Concilio de Trento: “Si alguno dijere que para la remisión de los pecados en el sacramento de la penitencia no es necesario por derecho divino confesar todos y cada uno de los pecados mortales, sea anatema” (Dz. 917). 

 

La claridad de esta formulación viene dada por la misma institución divina: Jesucristo confiere explícitamente a sus Apóstoles el poder de perdonar los pecados (cfr. Jn. 20, 21-23); como esa potestad no pueden ejercitarla sus ministros de forma arbitraria, es evidente que necesitan conocer las causas sobre las que debe emitirse el juicio que eso es la confesión, y esto no de modo general sino con detalle y precisión (cfr. S. Th. III, q. 6). 

 

La acusación de los pecados debe reunir dos características: ha de ser sincera e íntegra.

 

 

 

a) Sinceridad

 

 

La confesión es sincera cuando se manifiestan los pecados como la conciencia los muestra sin omitirlos, disminuirlos, aumentarlos o variarlos.

 

 

Omitir a sabiendas un pecado grave todavía no confesado, hace inválida la confesión (es decir, no quedan perdonados los pecados ahí confesados), y se comete, además, un grave sacrilegio. Esto mismo se aplica al hecho de omitir voluntariamente circunstancias que mudan la especie del pecado.

 

 

Los pecados no confesados por olvido o por ignorancia invencible no invalidan la confesión, y quedan implícitamente perdonados, pero han de ser acusados en la siguiente confesión si el penitente es consciente de ellos posteriormente.

 

 

Enseña el Magisterio de la Iglesia (cfr. Instrucción de la Sagrada Penitenciaría del 25-III-1944, nn. 4-5) que no debe admitirse ninguna inquietud si, después de la confesión y de haber hecho el conveniente examen de conciencia, se reparase en el olvido de algún pecado grave. Sin embargo, estos pecados recordados más tarde, deben manifestarse en la siguiente confesión que se realice. 

 

Para lograr que la confesión sea sincera, ya desde el momento mismo de su preparación a través del examen, ha de tenerse en cuenta que la acusación de los pecados debe ser natural, sencilla, clara y completa, como recomienda el Catecismo Romano (cfr. II, V, 50):

 

 

Natural: conviene emplear pocas palabras, las justas, a fin de decir con humildad lo que culpablemente hemos hecho y omitido;

 

 

Sencilla: no divagar, ni perderse en generalidades y detalles superfluos, señalando dónde radicó nuestra voluntad de pecar;

 

 

Clara: sin manifestar circunstancias innecesarias, guardando la oportuna modestia en el modo de hablar, pero permitiendo que el sacerdote entienda bien el pecado cometido;

 

 

Completa: abarcando todos y cada uno de los pecados mortales cometidos desde la última confesión bien hecha.

 

 

 

 

b) Integridad

 

 

Como ya dijimos, el sacramento de la penitencia tiene la estructura de un juicio, y el confesor -en su función de juez- necesita conocer todos los datos pertinentes para emitir la sentencia y determinar la pena. Por eso, la confesión de los pecados ha de ser integra: esto es, debe abarcar todos los pecados mortales no confesados desde la última confesión bien hecha, con su número y con las circunstancias que modifican la especie. Veremos ahora con más detenimiento cada uno de los elementos necesarios para la integridad de la confesión.

 

 

b.1) Se deben confesar todos los pecados mortales, y el número de veces que se cometieron. Por tanto, la acusación abarca necesariamente todos y cada uno de los pecados mortales cometidos después del bautismo que no han sido perdonados anteriormente; de ahí que se hable de materia necesaria, porque su omisión culpable haría inválido el sacramento.

 

 

Quedan, pues, exceptuados de la obligación de confesarlos, los pecados veniales, y se exceptúan igualmente los pecados dudosos. En el caso de los pecados dudosos la actitud más aconsejable, no tratándose de escrupulosos, es la de confesarlos como dudosos: al someter su conciencia al juicio del confesor, manifiestan eficazmente su deseo de cumplir con la voluntad de Cristo al instituir, como imprescindible, la integridad de la confesión. 

 

Es importante que la integridad de la confesión quede asegurada a través del examen de conciencia hecho con una diligencia proporcionada al número y gravedad de las culpas, y al tiempo transcurrido desde la última confesión.

 

 

b.2) Se deben confesar los pecados mortales según su especie moral ínfima. Como se estudió en el ‘Curso de Teología Moral’ (cfr. 5.1.2), los pecados se distinguen por su especie o naturaleza. Para la integridad de la confesión, ha de declararse la ‘especie moral ínfima’, es decir, el pecado ha de ser expresado de forma tal que no admita inferiores subdivisiones en especies distintas. 

 

No basta, por tanto, acusarse de modo genérico de un pecado contra alguna virtud, p. ej., contra la justicia o contra la caridad, ya que contra la justicia puede pecarse por calumnia o por hurto, y contra la caridad por escándalo, por envidia, por juicio temerario, por odio, etc.

 

La confesión, pues, debe hacerse con claridad y exactitud, explicando la especie o clase de pecado, su número y, como veremos enseguida, las circunstancias que puedan modificar su gravedad, como el lugar, el fin, etc.

 

 

b.3) Se deben confesar los pecados mortales y las circunstancias que cambian la especie del pecado o su gravedad. Este tema quedó ya explicado al estudiar que la moralidad de los actos humanos viene dada por el objeto, el fin y las circunstancias (cfr. ‘Curso de Teología Moral’, cap. 2). 

 

Cabe aclarar que los pecados han de ser indicados, no descritos: señalar qué se hizo, no cómo, a menos de que el modo de hacerlo añada alguna consideración moral (p. ej., si al robar se empleó la violencia, porque entonces el hurto se transforma en rapiña, y se añade nueva gravedad). 

 

La confesión numérica y específica de los pecados mortales y de las circunstancias que pueden haber cambiado su calificación moral, es un medio prácticamente insustituible, para que la conciencia de un cristiano se forme cada vez mejor. Se evitan los escrúpulos, pues el alma cuenta con la ayuda del sacerdote pata distinguir lo que es pecado de lo que no lo es, y se reciben las orientaciones y los consejos oportunos de acuerdo con la situación y condiciones personales.

 

 

No hay motivo razonable, por tanto, para la vergüenza o el temor: es Dios mismo quien escucha, aconseja o perdona.

 

 

b.4) La integridad de la confesión puede disculparse en caso de imposibilidad física (p. ej., si el penitente está privado de los sentidos, en caso de mudez, en peligro de muerte y por falta de tiempo, por desconocimiento del idioma e imposibilidad de encontrar un confesor que hable la misma lengua, etc.) o de imposibilidad moral (p. ej., si el penitente está gravemente enfermo y no puede confesarse íntegramente sin daño para su salud, en caso de escrúpulos, etc.). 

 

b.5) Es materia suficiente de la confesión la que permite recibir válidamente la absolución: cualquier pecado ciertamente cometido, mortal o venial, aunque ya haya sido perdonado: siempre es posible actualizar la contrición y, ordinariamente, queda parte de la pena temporal, que puede disminuirse a través del nuevo acto de dolor expresado en la confesión.

 

 

b.6) La materia libre de la confesión es decir, no obligatoria la constituyen todos los pecados mortales ya perdonados anteriormente, y los pecados veniales, confesados o no. Cuando una persona no encuentra pecados mortales, hace muy bien en no diferir la confesión: además de los defectos e imperfecciones que tiene, conviene acusarse de algún pecado mortal de la vida pasada, ya perdonado, o de faltas cometidas contra una determinada virtud o precepto del decálogo.

 

 

 

C. Satisfacción

 

 

La absolución del sacerdote perdona la culpa y la pena eterna (infierno), y también parte de la pena temporal debida por los pecados (penas del purgatorio), según las disposiciones del penitente. No obstante, por ser difícil que las disposiciones sean tan perfectas que supriman todo el débito de pena temporal, el confesor impone una penitencia que ayuda a la atenuación de esa pena.

 

 

Por tanto, la confesión oral de los pecados no termina el acto sacramental en lo que al penitente se refiere. Pertenece a la sustancia de sus disposiciones el aceptar la satisfacción impuesta por el confesor para resarcir a la justicia divina; esas obras satisfactorias adquieren valor sobrenatural porque se insertan en la eficacia del sacramento.

 

 

Es éste el tercero de los actos del penitente, y su efectivo cumplimiento -cuanto antes, mejor- tiene eficacia reparadora en virtud del sacramento mismo, aunque mayor o menor según las disposiciones personales. Antiguamente las penitencias sacramentales eran muy severas; en la actualidad son muy benignas. Podrían ser proporcionadas a la gravedad de los pecados, pero en la práctica el confesor suele acomodarlas a nuestra flaqueza. 

 

La satisfacción puede consistir en la oración, en ofrendas, en obras de misericordia, servicios al prójimo, privaciones voluntarias, sacrificios, y sobre todo, la aceptación paciente de la cruz que debemos llevar (Catecismo, n. 1460).

 

 

c.1) Normalmente, el confesor deberá imponer la penitencia antes de la absolución. El objeto y la cuantía de la penitencia deberán acomodarse a las circunstancias del penitente, de modo que repare el daño causado y sea curado con la medicina adecuada a la enfermedad que padece. 

 

Conviene, por eso, que la penitencia impuesta sea realmente un remedio oportuno al pecado cometido, y que ayude, de alguna manera, a la renovación de la vida. 

 

Sobre la cuantía de la pena impuesta no hay reglas fijas. La práctica pastoral y el derecho de la Iglesia determinan que guarde cierta proporción en relación con número y el tipo de pecados cometidos. En consecuencia, los pecados graves requieren una penitencia mayor -oír la Santa Misa, rezar un Rosario completo, ayunar un día, etc..- 

 

Sin embargo, la enfermedad corporal, la poca formación del penitente, su habitual alejamiento de la vida cristiana o la intensa contrición de los pecados, aconseja que se disminuya la satisfacción. En todo caso, el confesor puede cumplir él mismo la parte de la penitencia que debería imponer al penitente. 

 

c.2) El penitente ha de aceptar la penitencia que razonablemente le impone el confesor, y después cumplirla. Si considera que es difícil de cumplir, debe manifestarlo antes de recibir la absolución, para que el confesor, si lo juzga prudente, la conmute. 

 

 

El cumplimiento de la satisfacción impuesta obliga gravemente al penitente:

 

 

si se trata de una penitencia por los pecados mortales no perdonados en anteriores confesiones; 

 

si la materia de la penitencia es grave en sí misma: p. ej., oír Misa un día de precepto; 

 

si el confesor obliga gravemente al penitente con la satisfacción que le impuso. 

 

Cuando el sacerdote no determina con exactitud el tiempo del cumplimiento de la penitencia, se aconseja cumplirla cuanto antes, para evitar que se olvide.

 

 

 

5.3.2 La forma

 

 

La forma del sacramento de la penitencia son las palabras de la absolución (verdad de fe definida por el Concilio de Trento: cfr. Dz. 896), que el sacerdote pronuncia luego de la confesión de los pecados y de haber impuesto la penitencia. Esas palabras son: Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

 

 

Como los sacramentos producen lo que significan, estas palabras manifiestan que el penitente queda libre de los pecados. 

 

Estudiaremos a continuación dos incisos relacionados con la forma sacramental: el rito y las absoluciones colectivas. 

 

A. El rito sacramental

 

 

 

El rito del sacramento incluye también otras oraciones que, sin formar parte esencialmente de la forma, muestran el profundo sentido de la penitencia y facilitan la contrición y el propósito de enmienda; por eso pueden ser objeto de algunas modificaciones, a diferencia de las palabras esenciales de la forma, que no las admite.

 

 

 

Hay tres ritos de celebración de este sacramento:

 

 

rito para reconciliar a un solo penitente, con confesión y absolución individual;

 

rito para reconciliar a varios penitentes con confesión y absolución individual;

 

rito pata reconciliar a muchos penitentes con confesión y absolución colectiva (trataremos con detalle este rito en el inciso B).

 

En cualquiera de estos tres ritos, debe recordarse que la confesión individual e íntegra y la absolución continúan siendo el único modo ordinario para que los fieles se reconcilien con Dios y la Iglesia (Catecismo, n. 1484).

 

 

 

B. La absolución colectiva

 

 

La Iglesia enseña al respecto que:

 

 

“En caso de necesidad grave se puede recurrir a la celebración comunitaria de la reconciliación con confesión general y absolución general” (Catecismo, n. 1483).

 

 

Aclara a continuación que semejante necesidad grave puede presentarse cuando hay un peligro inminente de muerte sin que el sacerdote o los sacerdotes tengan tiempo suficiente para oír la confesión de cada penitente. La necesidad grave puede existir también cuando, teniendo en cuenta el número de penitentes, no hay bastantes confesores para oír debidamente las confesiones individuales en un tiempo razonable, de manera que los penitentes, sin culpa suya, se verían privados durante largo tiempo de la gracia sacramental o de la sagrada comunión. En este caso, los fieles deben tener, para la validez de la absolución, el propósito de confesar individualmente sus pecados en el debido tiempo. Al obispo diocesano corresponde juzgar si existen las condiciones requeridas para la obsolución general. Una gran concurrencia de fieles con ocasión de grandes fiestas o de peregrinaciones no constituyen por su naturaleza ocasión de la referida necesidad grave (Id.).

 

 

El abuso sobre esta materia atenta contra el precepto divino de la confesión individual, y es preciso valorarlo bien en cada caso; p. ej.:

 

 

si realmente existen las circunstancias excepcionales de imposibilidad física o moral de confesarse individualmente, y si hay grave necesidad de recibir la absolución, pero el sacerdote no cuenta con el permiso del Obispo del lugar y, pudiendo hacerlo, no lo consulta, el sacerdote absolvería ilícitamente, pero la absolución sería válida porque los penitentes ignoran que el sacerdote no tiene autorización; si no existieran las circunstancias de imposibilidad y de grave necesidad, el ministro actúa ilícitamente y la absolución sería inválida, pues en los penitentes falta la materia necesaria para el sacramento (cfr. Normas pastorales sobre la absolución sacramental general, 16-VI-1972, de la S. C. de la Fe, n. XIII).

 

 

Cuando se dan las condiciones para perdonar los pecados de esta manera, al desaparecer la imposibilidad física o moral para confesarse de modo auricular y secreto, los pecados perdonados de este modo han de ser confesados individualmente. Por eso la Iglesia siempre insiste en que la acusación o confesión personal, y la absolución individual es, por ley divina, el único modo ordinario.

 

Los recordaba recientemente Juan Pablo II, al afirmar que la enseñanza inalterada que la Iglesia ha recibido de la m s antigua Tradición, y la ley con la que ella ha codificado la antigua praxis penitencial…, es que la confesión individual e íntegra de los pecados con la absolución igualmente individual constituye el único modo ordinario, con el que el fiel, consciente de pecado grave, es reconciliado con Dios y con la Iglesia (Exhor. apost. Reconciliatio et Paenitentia, n. 33).

 

 

A través de la lícita absolución general, el penitente obtiene el perdón de los pecados que no ha confesado personalmente al sacerdote, sólo si: 

 

– tiene arrepentimiento y propósito de no pecar,

 

– de reparar los daños y el escándalo causados,

 

– y está dispuesto a hacer la confesión individual de los pecados así absueltos a su debido tiempo; es decir, en la primera confesión que haga. 

 

Además, ha de tener también en cuenta que mientras no se confiese individualmente, no puede recibir otra absolución colectiva, y que hay obligación de confesarse privadamente al menos una vez al año.

 

 

 

5.4 EFECTOS DEL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA

 

 

“Si el impío hiciese penitencia de todos los pecados que ha cometido, y observase todos mis preceptos, y obrase según derecho y justicia, tendrá vida verdadera, y no morir eternamente; de todas las maldades que haya cometido, yo no me acordar‚ más” (Ez. 18, 21).

 

Es muy triste la condición del alma después del pecado mortal: poseía la gracia sobrenatural y la amistad de Dios; se encaminaba al cielo y tenía el tesoro de los méritos obtenidos por sus obras buenas: todo eso lo ha perdido por el pecado mortal. Sin embargo, mediante la virtud y el sacramento de la penitencia, el alma consigue la absolución de sus pecados, y todo lo que había perdido le es restituido.

 

  

 

 

La reconciliación trae al alma un maravilloso caudal de bienes:

 

 

1. Infunde en el alma la gracia santificante (o la aumenta, si ya se poseía), devolviendo la amistad con Dios.

 

2. Perdona los pecados, la pena eterna y la temporal (esta última, en todo o en parte).

 

3. Restituye las virtudes y los méritos.

 

4. Confiere la gracia sacramental específica.

 

5. Reconcilia con la Iglesia.

 

 

Consideremos ahora en particular cada uno de estos efectos.

 

 

 

5.4.1 Infusión de la gracia santificante

 

 

La penitencia infunde en el alma la gracia santificante que se había perdido con el pecado. En efecto, el sacramento de la reconciliación con Dios produce una verdadera ‘resurrección espiritual’, una restitución de la dignidad y de los bienes de la vida de los hijos de Dios, el más precioso de los cuales es la amistad de Dios (Catecismo, n. 1468).

 

 

Se trata, por tanto, de una verdadera reconciliación interior con Dios, y no de una mera imputación externa de los pecados por parte del Señor, como erróneamente afirmaba Lutero. Este proceso se llama justificación.

 

 

A través del sacramento de la penitencia, el hombre deja de ser injusto y enemigo, y es hecho justo y amigo de Dios. Lutero se apartó de la fe de la Iglesia, que enseñó en el Concilio de Trento que no es sólo remisión de los pecados, sino también santificación y renovación del hombre interior, por la voluntaria recepción de la gracia y de los dones; de donde el hombre se convierte de injusto en justo y de enemigo en amigo, para ser heredero según la esperanza de la vida eterna. (Dz. 799).

 

 

 

5.4.2 Perdona los pecados, la pena eterna y la temporal, en todo o en parte

 

 

Al infundirse la gracia desaparece el pecado mortal, pues no es posible el consorcio de ambas realidades: la una excluye necesariamente la otra. Se perdonan, asimismo, los pecados veniales confesados.

 

 

Señala Santo Tomás de Aquino que, “cuando se perdona la culpa a través de la gracia, desaparece la aversión del alma a Dios y consecuentemente, el reato de pena eterna; aunque puede quedar algún reato de pena temporal” (S. Th. III, q. 86, a. 4).

 

 

 

En todo pecado se puede distinguir:

 

 

la culpa, que es la mancha que queda en el alma después del pecado;

 

la pena, que es el castigo que se merece al haber pecado. 

 

A través de la confesión se perdona la culpa, borrándose eficazmente todo pecado, mortal o venial, pero no sucede lo mismo con la pena:

 

la pena que es eterna a causa del pecado mortal, se cambia en pena temporal;

 

la pena que es temporal por ser el castigo del pecado venial, se perdona sólo en parte, a la medida del dolor del penitente, es decir, de sus personales disposiciones (actuación ex opere operantis).

 

 

Por tanto, al que había cometido pecado mortal, se le abren de nuevo las puertas del cielo, conmutándose la pena eterna en temporal. Se disminuye también la pena temporal debida por los pecados veniales y por los pecados mortales ya perdonados, más o menos según las disposiciones del alma. 

 

5.4.3 Restituye las virtudes y los méritos

 

 

Como una consecuencia de la reconciliación del alma con Dios a través de la gracia, le son restituidas por este sacramento las virtudes infusas perdidas -teologales y morales-, y los méritos de las buenas obras hechas antes de cometer el pecado mortal; o bien se le aumentan, si no había cometido pecado mortal, sino solamente pecados veniales.

 

 

 

5.4.4 Confiere la gracia sacramental específica

 

 

La confesión produce la gracia santificante y borra los pecados, como ya hemos dicho, aunque no borra del todo las huellas que el pecado deja en el alma: el apegamiento desordenado a las criaturas. Sin embargo, la gracia fortalece la voluntad, haciéndola más firme y decidida en su lucha contra las tentaciones. 

 

La gracia sacramental es precisamente esta fortaleza que recibe el cristiano para la lucha interior, a fin de evitar los pecados en lo sucesivo, especialmente aquellos de los que se acusa, ya que con la recepción frecuente de este sacramento se robustece toda la vida espiritual. 

 

La gracia sacramental específica es precisamente una gracia para no recaer en los pecados acusados. El penitente recibe de Dios como remedios preventivos, contra las sucesivas recaídas en esas faltas. 

 

Por el contrario, cuando no se acude a este remedio saludable de la penitencia, resulta más fácil que las dificultades en que se debate el alma lleguen a apagar o debilitar extraordinariamente incluso la luz de la fe. El alma que no procura salir del pecado con facilidad acaba por negar los fundamentos mismos de la ley moral, tratando así de justificar, más o menos conscientemente, su actuación.

 

 

 

5.4.5 Reconcilia con la Iglesia

 

 

El pecado, siendo esencialmente personal, daña también a la Iglesia, por lo que el pecador tiene una responsabilidad ante ella: El pecado menoscaba o rompe la comunión fraterna. El sacramento de la Penitencia la repara o la restaura. En este sentido, no cura solamente al que se reintegra en la comunión eclesial, tiene también un efecto vivificante sobre la vida de la Iglesia que ha sufrido por el pecado de uno de sus miembros (Catecismo, n. 1469).

 

 

En este sentido se puede hablar de pecado social, ya que el pecado de cada uno repercute en cierta manera en los demás. Es ésta señala Juan Pablo II la otra cara de aquella solidaridad que, a nivel religioso, se desarrolla en el misterio profundo y magnífico de la comunión de los santos, merced a la cual se ha podido decir que ‘toda alma que se eleva, eleva al mundo’. A esta ley de la elevación corresponde, por desgracia, la ley del descenso, de suerte que se puede hablar de una comunión del pecado, por el que un alma que se abaja por el pecado abaja consigo a la Iglesia y, en cierto modo, al mundo entero (Exhort. Apost. Reconciliatio et Paenitentia, n. 16).

 

 

 

5.5 NECESIDAD DE LA CONFESIÓN

 

 

Para los que han caído en pecado mortal después del bautismo, el sacramento de la penitencia es tan necesaria como lo es el bautismo para los no regenerados.

 

 

¿No bastaría -“se preguntan algunos”- una oración al Señor que le manifestara nuestro arrepentimiento? Habría que responder que no es suficiente, porque el Señor entregó a los Apóstoles -y a sus sucesores- el poder y la responsabilidad de discernir sobre la sinceridad del arrepentimiento; sin duda que esa disposición interna de dolor que se manifiesta en la oración es la más importante: pero es a la Iglesia, comunidad visible, a quien Cristo entregó la potestad de perdonar los pecados, en la persona de sus Pastores: “Cuanto atareis en la tierra será atado en el cielo, y cuanto desatareis en la tierra será desatado en el cielo” (Mt. 18, 18). 

 

Es una verdad de fe definida que, para lograr la salvación, tienen necesidad de este sacramento todos los que hubieren caído en pecado mortal después de recibido el bautismo (Concilio de Trento, cfr. Dz. 895). 

 

Resulta, pues, condición imprescindible para salvarse, hecha la única excepción quien muere luego de un acto de contrición perfecta sin haber podido recibir el sacramento (cfr. 5.3.1, A, c). 

 

Precisamente para facilitar a los fieles el precepto divino de confesar los pecados en orden a obtener el perdón, la Iglesia establece la ley que obliga a confesarse al menos una vez al año a partir de la edad en que se comienza a tener uso de razón (cfr. CIC, c. 989; vid también Dz. 437, 918 y 2137). 

 

Este mandamiento de la Iglesia se refiere sólo a los pecados mortales. El precepto no se cumple con una confesión sacrílega o voluntariamente mala (ver ‘Curso de Teología Moral’, cap. 18). 

 

A. Para el perdón de los pecados mortales 

 

 

Los bautizados que han cometido algún pecado mortal -como hemos dicho ya- necesitan confesarse para obtener el perdón divino. Es una necesidad de derecho divino impuesta por Dios mismo, que ha querido vincular el perdón de esos pecados a este sacramento: A quienes perdonareis los pecados les ser n perdonados (Jn. 20, 23).

 

 

Si no es posible acercarse al sacramento, puede alcanzarse el perdón de los pecados con un acto de contrición perfecta que incluye el deseo de confesarse cuanto antes. Sin el deseo de confesarse sería imposible que el pecador tuviera contrición perfecta, porque éste es el camino expresamente querido por Jesucristo para conceder el perdón. 

 

Esta confesión debe abarcar todos y cada uno de los pecados mortales no confesados, que se recuerden después de haber hecho un diligente examen (cfr. 5.3.1, B.b), y es necesaria hacerla antes de acercarse a recibir la Comunión.

 

 

El Concilio de Trento declara que nadie debe acercarse a la Sagrada Eucaristía con conciencia de pecado mortal, por muy contrito que le parezca estar, sin preceder la confesión sacramental (Dz. 880). 

 

Juan Pablo II lo decía recientemente: Es necesario recordar que la Iglesia, guiada por la fe en este augusto Sacramento, enseña que ningún cristiano, consciente de pecado grave, puede recibir la Eucaristía antes de haber obtenido el perdón de Dios (Exhort. apost. Reconciliatio et Paenitentia, n. 27).

 

 

El Código de Derecho Canónico lo prescribe explícitamente: Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave, no celebre la Misa ni comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental (c. 196).

 

 

En este sentido, y sin prejuzgar, la Iglesia aconseja que los niños en edad de razón reciban el sacramento de la penitencia antes de recibir la primera comunión (S. C. para la Disciplina de los Sacramentos, Decl. de praemittendo sacramento Paenitentiae primae puerorum Communionis, 24-V-1973). 

 

Sería un error pensar que, al comienzo del uso de razón no se pueden cometer pecados mortales y que no hace falta la confesión. Como también lo sería pensar que, estando en pecado mortal y en circunstancias normales, basta un acto de contrición para acercarse a comulgar: hacerlo así, es sacrilegio, es decir, el pecado de hacer mal uso de una cosa sagrada. 

 

B. Perdón de los pecados veniales 

 

 

Los pecados veniales se pueden perdonar de muchas maneras, y no es necesario confesarlos, aunque puede hacerse y de hecho es muy útil.

 

 

Son tan grandes los efectos saludables de la confesión (ver 5.7.2), que la Iglesia exhorta vivamente a todos a acudir a ella con frecuencia: la práctica de acudir al sacramento de la Reconciliación no puede reducirse a la sola hipótesis de pecado grave: aparte de las consideraciones de orden dogmático que se podrían hacer a este respecto, recordemos que la confesión renovada periódicamente, llamada de devoción, siempre ha acompañado en la Iglesia el camino de la santidad (Juan Pablo II, A las S. P. Ap. y a los penitenciarios de las Basílicas Patriarcales romanas, 30-I-1981, m, n).

 

 

Este tema se trata con m s amplitud en el inciso 5.7.2.

 

 

 

5.6 EL MINISTRO DEL SACRAMENTO

 

 

Un día, en Cafarnaúm, se agolpaba la gente en la casa donde estaba Jesús: Vinieron unos trayéndole un paralítico que llevaban entre cuatro. No pudiendo presentárselo a causa de la muchedumbre, descubrieron la terraza por donde El estaba, y hecha una abertura, descolgaron la camilla en que yacía el paralítico. Viendo Jesús su fe, dijo al paralítico: tus pecados te son perdonados (Mc. 2, 3-6). Los escribas se asombraron ante esta afirmación: ¿Cómo habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios? (Ib. 2, 7-8). Y como dando la razón a aquellos hombres, Jesús manifestó su divinidad curando inmediatamente a aquel paralítico. 

 

La Iglesia enseña que la potestad de perdonar los pecados -propia de Dios: “¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?”- fue entregada por Cristo a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores en el sacerdocio; de tal manera que, sin la intervención de los sacerdotes, no es posible obtener el perdón en el sacramento de la penitencia. 

 

“Sólo el sacerdote es ministro del sacramento de la penitencia” (CIC, c. 965). Es una verdad de fe definida en el Concilio de Trento contra Lutero, que afirmaba en todo bautizado la capacidad de absolver pecados (cfr. Dz. 920, 670, 753).

 

 

Cristo prometió sólo a los Apóstoles el poder de perdonar (cfr. Mt. 18, 18), y tan sólo a ellos confirió tal potestad (cfr. Jn. 20, 23). De los Apóstoles pasó este poder a sus sucesores en el sacerdocio, continuándose así la obra salvadora.

 

 

La esencia misma de la institución jerárquica de la Iglesia, exige que no todos los fieles sin distinción posean el poder judicial de absolver, sino que únicamente lo tengan los miembros de la jerarquía. 

 

Muy importante es, pues, el papel del sacerdote, aunque él dicta la sentencia en nombre y con la autoridad de Cristo. De hecho es el mismo Jesucristo -representado por el sacerdote- quien perdona los pecados en un juicio cuya sentencia es siempre de perdón, si el penitente está bien dispuesto. 

 

Sirviéndose del ministro como instrumento, es el propio Jesucristo quien absuelve, para garantizar que la gracia, cuyo cauce ordinario son los sacramentos, llegue con seguridad a las almas, con tal de que están bien dispuestas y exista verdaderamente el sacramento.

 

 

 

5.6.1 Requisitos para administrar el sacramento de la penitencia

 

 

El Concilio de Trento calificó de falsas y totalmente ajenas a la verdad del Evangelio, las doctrinas que afirmaban que los obispos y los sacerdotes no son los ministros exclusivos del sacramento de la penitencia (cfr. Dz. 1684 y 1710).

 

 

Sin embargo, para absolver válidamente los pecados se requiere que el ministro, además de la potestad de orden es decir, haber sido ordenado válidamente, tenga facultad de ejercerla sobre los fieles a quienes da la absolución (CIC, c. 966). 

 

 

Por tanto, el carácter sacerdotal es necesario pero no suficiente para administrar este sacramento. Esa facultad de ejercer la potestad recibida en la Ordenación para la absolución de los pecados que también es necesaria, la recibe el sacerdote: 

 

ipso iure, es decir, en virtud del oficio: p. ej., el Papa, los Cardenales y los Obispos, los canónigos penitenciarios y los párrocos;

 

por concesión de la autoridad competente. Son competentes para otorgar al sacerdote esa facultad el Ordinario, y los superiores de un instituto religioso o de una sociedad de vida apostólica (cfr. CIC, c. 969).

 

 

La potestad de orden es necesaria porque Cristo, Autor de todos los sacramentos, quiso que la penitencia sólo pudieran administrarla los sacerdotes. Se requiere, además, la facultad de ejercerla, porque este sacramento es a la vez un juicio, también por institución divina; y en todo juicio se requiere que el juez tenga facultad de juzgar al acusado o, en otras palabras, que el acusado sea por algún motivo súbdito del juez. 

 

En peligro de muerte todo sacerdote puede absolver válida y lícitamente a cualquier penitente de cualquier pecado y censura (cfr. CIC, c. 976). Incluso a un sacerdote excomulgado, al que est prohibido celebrar sacramentos, se le suspende la prohibición en este caso (cfr. CIC, c. 1335). 

 

5.6.2 Lugar y sede para oír las confesiones 

 

 

El lugar propio para administrar el sacramento de la penitencia es la iglesia o el oratorio (cfr. CIC, c. 964 & 1); la razón de este precepto est en el carácter sacro que tiene la confesión que, al ser también una acción eclesial, aconseja para su administración un lugar sagrado.

 

 

Respecto a la sede confesional, el CIC confiere la facultad de dar las normas oportunas a las Conferencias Episcopales. Esta facultad, sin embargo, está unida al precepto según el cual debe haber, en un lugar patente, un confesionario provisto de rejilla fija (cfr. CIC, c. 964 & 2). 

 

Esta rejilla sirve para salvaguardar la necesaria discreción, y para garantizar el derecho de todos los fieles a confesar sus pecados sin que tengan que revelar necesariamente su identidad personal.

 

 

Si no hay una causa justa, no se deben oír confesiones fuera del confesionario (cfr. CIC, c. 964 & 3). 

 

Quizá alguna persona pueda manifestar extrañeza ante esta práctica de la Iglesia; sin embargo, hay profundas razones para actuar de esa manera, como lo confirma la experiencia multisecular: la principal de ellas es ver el confesionario como una prolongación del sigilo sacramental que permite la custodia de la intimidad de los penitentes; pero también hay otras razones de prudencia. El confesionario es, en efecto, un medio necesario para mantener el carácter sobrenatural de la confesión: un encuentro personal con Dios en el que el sacerdote es sólo un instrumento, que debe evitar convertirse en un obstáculo para las almas.

 

 

 

5.6.3 Obligaciones del confesor

 

 

A. Preparación necesaria

 

 

 

a) Ciencia

 

 

El confesor debe tener la ciencia suficiente para resolver los casos más corrientes, y para dudar prudentemente de los casos m s difíciles y complicados.

 

 

Por eso, ha de continuar sus estudios, repasar con frecuencia las disposiciones de la Iglesia y consultar a salvo siempre el sigilo sacramental a sacerdotes más doctos y con mayor experiencia, cuando el caso lo requiera. 

 

 

b) Prudencia 

 

 

La prudencia del confesor se manifiesta, sobre todo, en el modo de interrogar, al emitir juicios sobre algunas situaciones o circunstancias del penitente, al sugerir remedios, al aconsejar y al imponer la necesaria satisfacción.

 

 

La naturaleza judicial de este sacramento implica la obligación del confesor de interrogar al penitente -cuando y en la medida en que lo considere necesario-, para asegurar la integridad de la confesión (cfr. 5.3.1, B.b). 

 

Cuando es necesario interrogar, sobre todo tratándose de determinadas materias, la Iglesia aconseja al sacerdote especial discreción (cfr. CIC, c. 979). 

 

c) Santidad

 

 

Lógicamente para que el sacerdote sea juez y médico, ministro de justicia y a la vez de misericordia divina, para que provea al honor de Dios y a la salud de las almas (cfr. CIC, c. 978), debe tener una profunda vida interior, celo apostólico, paciencia, gran fortaleza y guarda del corazón.

 

  

 

 

B. Obligación de oír confesiones

 

 

“Los sacerdotes deben alentar a los fieles a acceder al sacramento de la penitencia y deben mostrarse disponibles a celebrar este sacramento cada vez que los cristianos lo pidan de manera razonable” (cfr. CIC, c. 986; Catecismo, n. 1464).

 

 

El don de la salvación y del perdón ofrecidos en este sacramento es un acto gratuito de la misericordia divina, y en este sentido no se puede hablar de un derecho de los fieles a recibirlo. Pero Cristo ha confiado este don salvífico a la jerarquía, convirtiéndola en su dispensadora, y es aquí donde surge el derecho del fiel y el correlativo deber de los obispos y sacerdotes de hacerlo posible. 

 

Por eso, en caso de necesidad todo confesor est obligado a confesar a quien lo requiera (cfr. CIC, c. 968 & 2).

 

 

El Concilio Vaticano II recuerda que los sacerdotes han de estar dispuestos siempre y absolutamente -sin condiciones- a oír las confesiones de los fieles (cfr. Decr. Presbyterorum ordinis, n. 13). 

 

C. Actitudes al administrar el sacramento (cfr. Catecismo, no. 1465 y 1466)

 

 

 

En la confesión los sacerdotes han de:

 

 

a) Enseñar, no sólo las verdades necesarias para recibir dignamente el sacramento, sino también todas aquellas que pertenecen a la contrición, propósito, confesión y satisfacción. Muchas veces deberán también instruir sobre los deberes del propio estado y aclarar, en los casos en que sea necesario, los verdaderos preceptos de la ley de Dios. 

 

b) Amonestar, es decir, animar a la rectificación de la vida y, siempre que sea preciso, a la restitución y a evitar las ocasiones graves de pecado.

 

c) Como también es médico, debe curar las enfermedades del alma, sugiriendo los remedios oportunos para cada situación.

 

d) En algunos casos, podría verse en la necesidad de denegar la absolución a quienes no tienen las debidas disposiciones (p. ej., por no querer evitar las ocasiones graves de pecado, o por no querer restituir) o no son capaces (p. ej., por no estar bautizados o estar ya muertos). O bien de diferirla por un breve tiempo para fomentar las debidas disposiciones en el penitente.

 

 

No hay que olvidar, sin embargo, que no debe negarse ni retrasarse la absolución si el confesor no duda de la buena disposición del penitente y éste pide ser absuelto (CIC, c. 980). 

 

D. El sigilo sacramental 

 

 

“Dada la delicadeza y la grandeza de este ministerio y el respeto debido a las personas, la Iglesia declara que todo sacerdote que oye confesiones está obligado a guardar un secreto absoluto sobre los pecados que sus penitentes le han confesado, bajo penas muy severas” (cfr. CIC, c. 1388).

 

 

Tampoco puede hacer uso de los conocimientos que la confesión le da sobre la vida de los penitentes. Este secreto, que no admite excepción, se llama sigilo sacramental, porque lo que el penitente ha manifestado al sacerdote queda sellado por el sacramento (Catecismo, n. 1467). 

 

No hay motivo razonable, por tanto, para la vergüenza o el temor a confesarse, ya que el sacerdote guarda fidelísimamente esa grave obligación. Son materia del sigilio sacramental: los pecados confesados y todo cuanto a ellos se refiere, con las circunstancias que se hayan declarado al confesarlos.

 

 

 

5.6.4 Modo de actuar en algunos casos concretos

 

 

A. Los ocasionarios

 

 

Se les llama así a quienes se encuentran habitualmente en ocasión de pecar, entendiendo la ocasión como algo extrínseco que incita al pecado o lo facilita. Como regla general, se pueden establecer tres principios en relación a los ocasionarios:

 

 

 

1. No se les debe negar la absolución si se trata de una ocasión remota, es decir, de leve peligro de pecar. 

 

2. No se les debe negar la absolución si se encuentran en una ocasión próxima necesaria, siempre que están realmente arrepentidos y dispuestos a poner los medios que el confesor les aconseje.

 

 

3. Habría que negarles la absolución cuando se resisten a alejar la ocasión voluntaria, próxima y contra de pecado grave, porque en ese caso no habría un sincero propósito de enmienda.

 

 

 

 

B. Los habituados y los reincidentes 

 

 

Se llama habituados a quienes han contraído un determinado hábito de pecar, por lo que resulta lógico pensar que ese hábito les llevará a recaer en el mismo pecado poco después de confesarse. Son reincidentes quienes se han confesado una o m s veces del mismo pecado, y sin embargo vuelven a caer en él. La diferencia, en realidad, es que el habituado se acusa por primera vez de su vicio.

 

 

Los habituados, en general, pueden y deben ser absueltos si están arrepentidos y con sinceros propósitos de poner los medios para desarraigar el mal hábito contraído. 

 

Los reincidentes pueden ser absueltos cuando dan signos de verdadera contrición: p. ej., diligencia en huir de las ocasiones, continuo recurso a los medios sobrenaturales, voluntad firme de evitar los pecados, etc.

 

  

 

 

5.7 SUJETO DEL SACRAMENTO

 

 

El sujeto de este sacramento es todo bautizado que haya cometido algún pecado, mortal o venial (De fe definida en el Concilio de Trento: cfr. Dz. 911 y 917). Basta, por tanto, cualquier acción que tenga realidad de pecado, y no bastan, en cambio, otras acciones que no fueran al menos pecado venial, porque en ese caso propiamente no habría materia en el sacramento (p. ej., imperfecciones, descuidos, etc.).

 

 

Debe ser una persona bautizada porque el bautismo es la puerta de entrada a la Iglesia; si no lo hubiera recibido, esa persona no es apta para los otros sacramentos. 

 

Y como, además, es necesario haber cometido algún pecado, mortal o venial, un fiel cristiano puede ser sujeto de este sacramento desde el uso de razón, cuando ya es capaz de responder de sus propios actos libres.

 

 

 

5.7.1 Condiciones para una buena confesión

 

 

Son cinco: examen de conciencia, dolor de los pecados, propósito de enmienda, decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia. 

 

a) Examen de conciencia 

 

 

Primero, recordar y reconocer los propios pecados: es la tarea del examen de conciencia en la que, con la misma diligencia que pone un hombre en un negocio importante, se ha de revisar el comportamiento personal con valentía y sinceridad, de frente a las grandes exigencias del amor de Dios y del prójimo.

 

 

El examen es, pues, la diligente inquisición que el sujeto realiza acerca de los pecados que cometió desde la última confesión bien hecha. Su necesidad se explica por la naturaleza misma del sacramento: han de ser presentadas ante el tribunal de Dios todas las faltas en que se ha incurrido, pues se trata de emitir un juicio. Esta necesidad está declarara expresamente en el Concilio de Trento (cfr. Dz. 900 y 917).

 

 

La diligencia en el examen ha de ser proporcionada al tiempo transcurrido del de la última confesión, y a las circunstancias de vida del sujeto. El confesor no sólo puede, sino que debe ayudar al penitente, en caso de que el examen realizado sea defectuoso. 

 

 

Para que el examen est‚ bien hecho, se ha de inquirir:

 

sobre el cumplimiento de los mandamientos de la ley de Dios y de la Iglesia;

 

sobre las obligaciones del propio estado: de hijo, de padre, de esposo, de estudiante, de empleado, de profesionista, etc.;

 

si la ofensa a Dios ha sido de pensamiento, deseo, palabra, obra u omisión. 

 

Cuando se ha de hacer una confesión general (cfr. 5.7.3), ayuda mucho tener a la vista un ‘elenco’ o ‘catálogo’ de pecados que suelen encontrarse en los devocionarios. 

 

También es necesario averiguar -y después confesar- el número de los pecados mortales cometidos, y las circunstancias que mudan la especie del pecado (cfr. CIC, c. 988).

 

 

 

 

b) Dolor de los pecados y propósito de enmienda

 

 

En segundo lugar, hemos de dolernos de nuestras faltas: es el arrepentimiento o, mejor aún, la contrición. Este dolor del alma por haber ofendido a Dios es lo más importante para la reconciliación sacramental.

 

 

No es necesario que sea sensible, pero sí se ha de procurar que la contrición tenga como motivo el haber ofendido a Dios, Bondad infinita, digno de ser amado sobre todas las cosas. 

 

Luego, hay que tomar la decisión de ‘levantarse’, como el hijo pródigo: es el propósito de enmienda que, de hecho, está ya incluido en el dolor de contrición, pero conviene hacerlo explícito. Es decir, hace falta la firme resolución de no volver a cometer nuestras faltas, aunque la debilidad de la naturaleza humana no nos permita tener la certeza de no reincidir en ellas (cfr. 5.3.1.A). 

 

c) Acusarse de los pecados y cumplir la penitencia

 

 

Ya hablamos también de estos actos del penitente (cfr. 5.3.1. B y C), por lo que no es necesario detenernos nuevamente en ellos.

 

 

 

5.7.2 La confesión frecuente

 

 

Respecto a la llamada confesión de devoción, importa recordar que el sacramento de la penitencia no sólo es instrumento directo para destruir el pecado -aspecto negativo-, sino ejercicio precioso de virtud, expiación por el pecado, labor profunda de regeneración de las almas.

 

 

Precisamente por esto la práctica de acudir a la confesión no puede reducirse sólo a los pecados mortales. Si un alma lucha por evitar las faltas graves y comete sólo pecados leves, no por eso queda privada de los beneficios del sacramento, que le comunica las gracias específicas para vencer también los pecados veniales y las malas inclinaciones.

 

 

La Iglesia siempre ha recomendado la práctica de la confesión frecuente, como queda de manifiesto en las siguientes palabras del Papa Pío XII: Cierto que, como bien sabéis, estos pecados veniales se pueden expiar de muchas y loables maneras, pero para progresar cada día con más fervor en el camino de la virtud, queremos recomendar con mucho encarecimiento el piadoso uso de la confesión frecuente, introducido en la Iglesia no sin una inspiración del Espíritu Santo, con el que: 

 

– aumenta el justo conocimiento propio,

 

– crece la humildad cristiana,

 

– se desarraigan las malas costumbres,

 

– se hace frente a la tibieza espiritual,

 

– se purifica la conciencia,

 

– se robustece la voluntad,

 

– se consigue una sana dirección de las conciencias,

 

– se aumenta la gracia sacrificante.

 

 

Adviertan, pues, los que disminuyen y rebajan el aprecio a la confesión frecuente, que cometen una empresa extraña al espíritu de Cristo y funestísima para el Cuerpo Místico de Nuestro Salvador (Enc. Mystici Corporis, 29-VI-1943).

 

 

En este sentido merece ser destacada la conveniencia de acudir ordinariamente al mismo confesor, porque aunque los fieles tienen plena libertad para confesarse con cualquier sacerdote que tenga la debida facultad (cfr. 5.6.1), redundar en bien del alma acudir a un sacerdote determinado que pueda proporcionar con solicitud los remedios más oportunos para un penitente concreto. 

 

Cabe aclarar que los actos penitenciales colectivos, y también el reto del Yo confieso o Confiteor al inicio de la Misa, sirven sólo para fomentar la contrición, perdonar los pecados veniales y disponer al alma para asistir con más fruto al sacrificio eucarístico, pero no tienen ninguna eficacia en lo que se refiere a la remisión de los pecados mortales. 

 

En relación a la confesión de los niños, San Pío X reprobó cualquier costumbre de no admitir a la confesión o de no absolver a los niños que hayan llegado al uso de razón (cfr. Decreto Quam singulari, 8-VIII-1910). Posteriormente, una declaración de las Sagradas Congregaciones para la disciplina de los Sacramentos y para el Clero (24-V-1973), volvió a recordar que hay que someterse a lo preceptuado por San Pío X.

 

 

 

5.7.3 La confesión general

 

 

Es aquella que se extiende a todos los pecados de la vida, o al menos a un periodo grande de tiempo.

 

 

En algunos casos es necesaria, porque conste que un penitente ha hecho anteriormente confesiones sacrílegas, al no haber acusado voluntariamente algún pecado mortal, o no haber tenido contrición. 

 

Puede también aprovechar a quienes han decidido emprender con nuevos bríos el camino de la santidad, y desean renovar el dolor por los pecados pasados que quizá no valoraban suficientemente. Al proceder así pueden evitarse posibles complicaciones posteriores, o enredos del demonio sobre la sinceridad de esa decisión.

 

 

En general, por tanto, una confesión general será útil sólo si por medio de ella se busca una mayor contrición y un mejor conocimiento propio; pero si de ahí pueden originarse escrúpulos o ansiedad para el alma, la confesión general será nociva y, por tanto, desaconsejable.

 

 

 

5.8 LAS INDULGENCIAS

 

 

Leemos en el Evangelio que, en muchas ocasiones, Jesucristo perdonó a algunas personas las penas temporales, en atención a determinadas buenas obras (al buen ladrón, p. ej., le perdonó toda la pena: cfr. Lc. 23, 43). Este poder lo quiso dejar también a la Iglesia (cfr. Mt. 18, 18) que, en virtud de esa autoridad puede conceder indulgencias a los fieles que se encuentran bien dispuestos y cumplen determinadas condiciones. 

 

Se trata, por tanto, de algo muy sobrenatural, que nos manifiesta la misericordia de Dios con los pecadores, y est en consonancia con la fe católica sobre la importancia de las obras meritorias.

 

 

La indulgencia es la remisión de la pena temporal debida por los pecados, que la Iglesia concede, bajo ciertas condiciones, a quienes están en gracia (cfr. Paulo VI, Indulgentiarum doctrina, n. 1). 

 

La doctrina de las indulgencias se fundamentan en la existencia del llamado Tesoro de la Iglesia, que est formado por las satisfacciones sobreabundantes de Jesucristo, de María Santísima y de los Santos (cfr. Cat. Mayor de S. Pío X, n. 798). Los m‚ritos sobrenaturales conseguidos por Cristo, junto con los de la Santísima Virgen y todos los santos, constituyen un tesoro que la Iglesia administra. Por medio de la indulgencias, la Iglesia distribuye ese tesoro a los fieles que todavía peregrinan en la tierra para que, en su propia utilidad o en favor de las ánimas del Purgatorio, se complete la satisfacción que debe pagarse por los pecados (cfr. Catecismo, nn. 1474 a 77). 

 

Según la disciplina vigente de la Iglesia, hay dos tipos de indulgencia (cfr. CIC, c. 993): 

 

 

1. Plenaria, que perdona toda la pena temporal debida por los pecados; 

 

2. Parcial, que sólo perdona una parte. 

 

La indulgencia se concede sólo a los fieles debidamente dispuestos. Estas disposiciones personales consisten, para la indulgencia plenaria, en: 

 

1. El estado de gracia y exclusión de todo afecto al pecado, aun venial;

 

2. Realizar la obra prescrita con intención de lucrar la indulgencia;

 

3. Confesión sacramental, comunión y oración por las intenciones del Papa.

 

Este último requisito puede cumplirse varios días antes o después de la obra prescrita; conviene, sin embargo, que la comunión y la oración por el Sumo Pontífice se hagan el mismo día en que se práctica la obra (Indulgentiarum doctrina, Norma 8).

 

 

 

Para lucrar la indulgencia parcial se requiere: 

 

 

1. El estado de gracia y el arrepentimiento.

 

2. La realización de la obra prescrita.

 

La indulgencia plenaria se convierte en parcial cuando falta la plena disposición o no se cumplen las tres condiciones establecidas. 

 

 

Se indican algunas indulgencias para la Iglesia universal que los fieles pueden lucrar del modo establecido (cfr. Enchiridium indulgentiarum, Typis Polyglottis Vaticanis, 1968): 

 

 

– rezo del Angelus o el Regina coeli: parcial; 

 

– bendición papal Urbi et Orbi aun la recibida por el radio o por televisión: plenaria;

 

 

– una comunión espiritual: parcial;

 

 

– al menos tres días completos de retiro espiritual: plenaria;

 

 

– retiro mensual: parcial;

 

 

– rezo de las Letanías completas: parcial;

 

 

– rezo del Acordaos: parcial;

 

 

– uso de un objeto piadoso (p. ej., crucifijo, medalla, escapulario, rosario, etc.) bendecido por un sacerdote: parcial;

 

 

– oración mental: parcial;

 

 

– rezo del Santo Rosario en una iglesia, u oratorio o en familia: plenaria; en otro caso: parcial;

 

 

– lectura de la Sagrada Escritura; parcial, etc.

Materiales para un examen de conciencia


En mis enseñanzas sobre espiritualidad enfatizo mucho el examen de conciencia.  Y hasta he llegado a afirmar que es una obligación impuesta por el Primer Mandamiento.  También afirmo que el producto del examen de conciencia es material para la Confesión sacramental, que como sabemos es el medio ordinario prescrito por Cristo para que nos reconciliemos con Él.

 

A continuación se exponen algunas ideas para ayudarnos a realizar el examen de conciencia.

 

 

Guía para el examen de conciencia

 

 

Faltas en relación con:

 

A.- Los Diez Mandamientos.

B.- Los Siete Pecados Capitales.

C.- Los defectos de carácter.

D.- Las virtudes, actitudes y responsabilidades.

1.- Consideración honrada y cabal de los cuatro puntos arriba mencionados, relacionándolos a nuestro pasado y a nuestro presente.

 

2.- No omitir nada por el hecho de que nos cause vergüenza o miedo. La manera más fácil de empezar es preguntándonos: ¿Qué es lo más grave que he hecho?

3.- Determinar en particular las actitudes, los deseos y los móviles que nos causan malestar.

4.- El inventario ha de hacerse por escrito. Queremos enfrentarnos a él. Puede ser destruido después si nos parece.

5.- Hacer una relación de lo que corresponde al Debe, así como al Haber. Reedificaremos basándonos en nuestro Haber.

 

Por ejemplo:

a) Saber distinguir entre el bien y el mal.

b) Tener buen corazón y amar a nuestro prójimo.

c) Tener deseos de obrar bien.

d) Ver con claridad nuestros deseos y nuestros fracasos.

 

 

El examen de conciencia

 

Examen de conciencia consiste en recordar los pecados cometidos desde la última confesión bien hecha.

 

Naturalmente, el examen se hace antes de la confesión para decir después al confesor todos los pecados que se han recordado; y cuántas veces cada uno, si se trata de pecados graves.

 

El examen debe hacerse con diligencia, seriedad y sinceridad; pero sin angustiarse . La confesión no es un suplicio ni una tortura, sino un acto de confianza y amor a Dios. No se trata de atormentar el alma, sino de dar a Dios cuenta filial.

 

El examen de conciencia se hace procurando recordar los pecados cometidos de pensamiento, palabra y obra, o por omisión, contra los mandamientos de la ley de Dios, de la Iglesia o contra las obligaciones particulares. Todo desde la última confesión bien hecha.

 

A.- Los Diez Mandamientos.

 

Examina tu conciencia.

Se recuerdan los pecados preguntándose sin prisa lo que se ha hecho en contra de los mandamientos de la Ley de Dios y de la Iglesia, con plena advertencia y pleno consentimiento.

 

Primer Mandamiento

 

• ¿He admitido en serio alguna duda contra las verdades de la fe? ¿He llegado a negar la fe o algunas de sus verdades, en mi pensamiento o delante de los demás?

• ¿He desesperado de mi salvación o he abusado de la confianza en Dios, presumiendo que no me abandonaría, para pecar con mayor tranquilidad?

• ¿He murmurado interna o externamente contra el Señor cuando me ha acaecido alguna desgracia?

• ¿He abandonado los medios que son por sí mismos absolutamente necesarios para la salvación? ¿He procurado alcanzar la debida formación religiosa?

• ¿He hablado sin reverencia de las cosas santas, de los sacramentos, de la Iglesia, de sus ministros?

• ¿He abandonado el trato con Dios en la oración o en los sacramentos?

• ¿He practicado la superstición o el espiritismo? ¿Pertenezco a alguna sociedad o movimiento ideológico contrario a la religión?

• ¿Me he acercado indignamente a recibir algún sacramento?

• ¿He leído o retenido libros, revistas o periódicos que van contra la fe o la moral? ¿Los di a leer a otros?

• ¿Trato de aumentar mi fe y amor a Dios?

• ¿Pongo los medios para adquirir una cultura religiosa que me capacite para ser testimonio de Cristo con el ejemplo y la palabra?

• ¿He hecho con desgana las cosas que se refieren a Dios?

 

 

Segundo Mandamiento

 

• ¿He blasfemado? ¿Lo he hecho delante de otros?

• ¿He hecho algún voto, juramento o promesa y he dejado de cumplirlo por mi culpa?

• ¿He honrado el santo nombre de Dios? ¿He pronunciado el nombre de Dios sin respeto, con enojo, burla o de alguna manera poco reverente?

• ¿He hecho un acto de desagravio, al menos interno, al oír alguna blasfemia o al ver que se ofende a Dios?

• ¿He jurado sin verdad? ¿Lo he hecho sin necesidad, sin prudencia o por cosa de poca importancia?

• ¿He jurado hacer algún mal? ¿He reparado el daño que haya podido seguirse de mi acción?

 

 

Tercer Mandamiento 

 

(1º al 4º Mandamientos de la Iglesia)

• ¿Creo todo lo que enseña la Iglesia Católica? ¿Discuto sus mandatos olvidando que son mandatos de Cristo?

• ¿He faltado a Misa los domingos o fiestas de guardar? ¿Ha sido culpa mía? ¿Me he distraído voluntariamente o he llegado tan tarde que no he cumplido con el precepto?

• ¿He impedido que oigan la Santa Misa los que dependen de mí?

• ¿He guardado el ayuno una hora antes del momento de comulgar?

• ¿He trabajado corporalmente o he hecho trabajar sin necesidad urgente un día de precepto, por un tiempo considerable, por ejemplo, más de dos horas?

• ¿He observado la abstinencia durante los viernes de Cuaresma?

• ¿He rezado alguna oración o realizado algún acto de penitencia los demás viernes del año en los que no he guardado la abstinencia? ¿He ayunado y guardado abstinencia el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo?

• ¿Cumplí la penitencia que me impuso el sacerdote en la última confesión? ¿He hecho penitencia por mis pecados? ¿Me he confesado al menos una vez al año?

• ¿Me he acercado a recibir la Comunión en el tiempo establecido para cumplir con el precepto pascual? ¿Me he confesado para hacerlo en estado de gracia?

• ¿Excuso o justifico mis pecados?

• ¿He callado en la confesión, por vergüenza, algún pecado grave? ¿He comulgado después alguna vez?

 

Cuarto Mandamiento

(Hijos)

• ¿He desobedecido a mis padres o superiores en cosas importantes?

• ¿Tengo un desordenado afán de independencia que me lleva a recibir mal las indicaciones de mis padres simplemente porque me lo mandan? ¿Me doy cuenta de que esta reacción está ocasionada por la soberbia?

• ¿Les he entristecido con mi conducta?

• ¿Les he amenazado o maltratado de palabra o de obra, o les he deseado algún mal grave o leve?

• ¿Me he sentido responsable ante mis padres por el esfuerzo que hacen para que yo me forme, estudiando con intensidad?

• ¿He dejado de ayudarles en sus necesidades espirituales o materiales?

• ¿Me dejo llevar del mal genio y me enfado con frecuencia y sin motivo justificado?

• ¿Soy egoísta con las cosas que tengo, y me duele dejarlas a los demás hermanos?

• ¿He reñido con mis hermanos?

• ¿He dejado de hablarme con ellos y no he puesto los medios necesarios para la reconciliación?

• ¿Soy envidioso y me duele que otros destaquen más que yo en algún aspecto?

• ¿He dado mal ejemplo a mis hermanos?

 

(Padres)

• ¿Desobedezco a mis superiores en cosas importantes?

• ¿Permanezco indiferente ante las necesidades, problemas y sufrimientos de la gente que me rodea, singularmente de los que están cerca de mí por razones de convivencia o trabajo?

• ¿Soy causa de tristeza para mis compañeros de trabajo por negligencia, descortesía o mal carácter?

• ¿He dado mal ejemplo a mis hijos no cumpliendo con mis deberes religiosos, familiares o profesionales? ¿Les he entristecido con mi conducta?

• ¿Les he corregido con firmeza en sus defectos o se los he dejado pasar por comodidad? ¿Corrijo siempre a mis hijos con justicia y por amor a ellos, o me dejo llevar por motivos egoístas o de vanidad personal, porque me molestan, porque me dejan mal ante los demás o porque me interrumpen?

• ¿Les he amenazado o maltratado de palabra o de obra, o les he deseado algún mal grave o leve?

• ¿He descuidado mi obligación de ayudarles a cumplir sus deberes religiosos y de evitar las malas compañías?

• ¿He abusado de mi autoridad y ascendiente forzándoles a recibir los sacramentos, sin pensar que por vergüenza o excusa humana, podrían hacerlo sin las debidas disposiciones?

• ¿He impedido que mis hijos sigan la vocación con que Dios les llama a su servicio? ¿Les he puesto obstáculos o les he aconsejado mal?

• Al orientarles en su formación profesional, ¿me he guiado por razones objetivas de capacidad y medios, o he seguido más bien los dictados de mi vanidad o egoísmo?

• ¿Me preocupo de modo constante por su formación en el aspecto religioso?

• ¿Me he preocupado también de la formación religiosa y moral de las otras personas que viven en mi casa o que dependen de mí?

• ¿Me he opuesto a su matrimonio sin causa razonable?

• ¿Permito que trabajen o estudien en lugares donde corre peligro su alma o su cuerpo? ¿He descuidado la natural vigilancia en las reuniones de chicos y chicas que se tengan en casa evitando dejarles solos? ¿Soy prudente a la hora de orientar sus diversiones?

• ¿He tolerado escándalos o peligros morales o físicos entre las personas que viven en mi casa?

• ¿Sacrifico mis gustos, caprichos y diversiones para cumplir con mi deber de dedicación a la familia?

• ¿Procuro hacerme amigo de mis hijos? ¿He sabido crear un clima de familiaridad evitando la desconfianza y los modos que impiden la legítima libertad de los hijos?

• ¿Doy a conocer a mis hijos el origen de la vida, de un modo gradual, acomodándome a su mentalidad y capacidad de comprender, anticipándome ligeramente a su natural curiosidad?

• ¿Evito los conflictos con los hijos quitando importancia a pequeñeces que se superan con un poco de perspectiva y sentido del humor?

• ¿Hago lo posible por vencer la rutina en el cariño a mi esposo(a)?

• ¿Soy amable con los extraños y me falta esa amabilidad en la vida familiar?

• ¿He reñido con mi consorte? ¿Ha habido malos tratos de palabra o de obra? ¿He fortalecido la autoridad de mi cónyuge, evitando reprenderle, contradecirle o discutirle delante de los hijos?

• ¿Le he desobedecido o injuriado? ¿He dado con ello mal ejemplo?

• ¿Me quejo delante de la familia de la carga que suponen las obligaciones domésticas?

• ¿He dejado demasiado tiempo solo a mi consorte?

• ¿He procurado avivar la fe en la Providencia y ganar lo suficiente para poder tener o educar a más hijos?

• ¿Pudiendo hacerlo he dejado de ayudar a mis parientes en sus necesidades espirituales o materiales?

 

Quinto Mandamiento

 

• ¿Tengo enemistad, odio o rencor hacia alguien?

• ¿He dejado de hablarme con alguien y me niego a la reconciliación o no hago lo posible por conseguirla?

• ¿Evito que las diferencias políticas o profesionales degeneren en indisposición, malquerencia u odio hacia las personas?

• ¿He deseado un mal grave al prójimo? ¿Me he alegrado de los males que le han ocurrido?

• ¿Me he dejado dominar por la envidia?

• ¿Me he dejado llevar por la ira? ¿He causado con ello disgusto a otras personas?

• ¿He despreciado a mi prójimo? ¿Me he burlado de otros o les he criticado, molestado o ridiculizado?

• ¿He maltratado de palabra o de obra a los demás? ¿Pido las cosas con malos modales, faltando a la caridad?

• ¿He llegado a herir o quitar la vida al prójimo? ¿He sido imprudente en la conducción de vehículos?

• ¿He practicado o colaborado en la realización de algún aborto? ¿He abortado o inducido a alguien a abortar, sabiendo que constituye un pecado gravísimo que lleva consigo la excomunión?

• ¿He contribuido a adelantar la muerte a algún enfermo con pretextos de evitar sufrimientos o sacrificios, sabiendo que la eutanasia es un homicidio?

• Con mi conversación, mi modo de vestir, mi invitación a presenciar algún espectáculo o con el préstamo de algún libro o revista, ¿he sido la causa de que otros pecasen? ¿He tratado de reparar el escándalo?

• ¿He descuidado mi salud? ¿He atentado contra mi vida?

• ¿Me he embriagado, bebido con exceso o tomado drogas?

• ¿Me he dejado dominar por la gula, es decir, por el placer de comer y beber más allá de lo razonable?

• ¿Me he deseado la muerte sin someterme a la Providencia de Dios?

• ¿Me he preocupado del bien del prójimo, avisándole del peligro material o espiritual en que se encuentra o corrigiéndole como pide la caridad cristiana?

• ¿He descuidado mi trabajo, faltando a la justicia en cosas importantes? ¿Estoy dispuesto a reparar el daño que se haya seguido de mi negligencia?

• ¿Procuro acabar bien el trabajo pensando que a Dios no se le deben ofrecer cosas mal hechas? ¿Realizo el trabajo con la debida pericia y preparación?

• ¿He abusado de la confianza de mis superiores? ¿He perjudicado a mis superiores o subordinados o a otras personas haciéndoles un daño grave?

• ¿Facilito el trabajo o estudio de los demás, o lo entorpezco de algún modo, por ejemplo, con rencillas, derrotismos e interrupciones?

• ¿He sido perezoso en el cumplimiento de mis deberes?

• ¿Retraso con frecuencia el momento de ponerme a trabajar o estudiar?

• ¿Tolero abusos o injusticias que tengo obligación de impedir?

• ¿He dejado, por pereza, que se produzcan graves daños en mi trabajo? ¿He descuidado mi rendimiento en cosas importantes con perjuicio de aquellos para quienes trabajo? materiales?

 

Sexto y Noveno Mandamientos

• ¿Me he entretenido con pensamientos o recuerdos deshonestos?

• ¿He traído a mi memoria recuerdos o pensamientos impuros?

• ¿Me he dejado llevar de malos deseos contra la virtud de la pureza, aunque no los haya puesto por obra? ¿Había alguna circunstancia que los agravase: parentesco, matrimonio o consagración a Dios en las personas a quienes se dirigían?

• ¿He tenido conversaciones impuras? ¿Las he comenzado yo?

• ¿He asistido a diversiones que me ponían en ocasión próxima de pecar? (ciertos bailes, cines o espectáculos inmorales, malas lecturas o compañías). ¿Me doy cuenta de que ponerme en esas ocasiones es ya un pecado?

• ¿Guardo los detalles de modestia que son la salvaguardia de la pureza? ¿Considero esos detalles ñoñería?

• Antes de asistir a un espectáculo, o leer un libro, ¿me entero de su calificación moral para no ponerme en ocasión próxima de pecado evitando así las deformaciones de conciencia que pueda producirme?

• ¿Me he entretenido con miradas impuras?

• ¿He rechazado las sensaciones impuras?

• ¿He hecho acciones impuras? ¿Solo o con otras personas? ¿Cuántas veces? ¿Del mismo o distinto sexo? ¿Había alguna circunstancia de parentesco o afinidad que le diera especial gravedad? ¿Tuvieron consecuencias esas relaciones? ¿Hice algo para impedirlas? ¿Después de haberse formado la nueva vida? ¿He cometido algún otro pecado contra la pureza?

• ¿Tengo amistades que son ocasión habitual de pecado? ¿Estoy dispuesto a dejarlas?

• En el noviazgo, ¿es el amor verdadero la razón fundamental de esas relaciones? ¿Vivo el constante y alegre sacrificio de no convertir el cariño en ocasión de pecado? ¿Degrado el amor humano confundiéndolo con el egoísmo y con el placer?

• El noviazgo debe ser una ocasión de ahondar en el afecto y en el conocimiento mutuo; ¿mis relaciones están inspiradas no por afán de posesión, sino por el espíritu de entrega, de comprensión, de respeto, de delicadeza?

• ¿Me acerco con más frecuencia al sacramento de la Penitencia durante el noviazgo para tener más gracia de Dios? ¿Me han alejado de Dios esas relaciones?

 

(Esposos)

• ¿He usado indebidamente el matrimonio? ¿He negado su derecho al otro cónyuge? ¿He faltado a la fidelidad conyugal con deseos o de obra?

• ¿Hago uso del matrimonio solamente en aquellos días en que no puede haber descendencia? ¿Sigo este modo de control de la natalidad sin razones graves?

• ¿He usado preservativos o tomado fármacos para evitar los hijos? ¿He inducido a otras personas a que los tomen? ¿He influido de alguna manera —consejos, bromas o actitudes— en crear un ambiente antinatalista?

 

Séptimo y Décimo Mandamientos

• ¿He robado algún objeto o alguna cantidad de dinero? ¿He reparado o restituido pudiendo hacerlo? ¿Estoy dispuesto a realizarlo? ¿He cooperado con otros en algún robo o hurto? ¿Había alguna circunstancia que lo agravase, por ejemplo, que se tratase de un objeto sagrado? ¿La cantidad o el valor de los apropiado era de importancia?

• ¿Retengo lo ajeno contra la voluntad de su dueño?

• ¿He perjudicado a los demás con engaños, trampas o coacciones en los contratos o relaciones comerciales?

• ¿He hecho daño de otro modo a sus bienes? ¿He engañado cobrando más de lo debido? ¿He reparado el daño causado o tengo la intención de hacerlo?

• ¿He gastado más de lo que me permite mi posición?

• ¿He cumplido debidamente con mi trabajo, ganándome el sueldo que me corresponde?

• ¿He dejado de dar lo conveniente para ayudar a la Iglesia?

• ¿Hago limosna según mi posición económica?

• ¿He llevado con sentido cristiano la carencia de cosas superfluas, o incluso necesarias?

• ¿He defraudado a mi consorte en los bienes?

• ¿Retengo o retraso indebidamente el pago de jornales o sueldos?

• ¿Retribuyo con justicia el trabajo de los demás?

• En el desempeño de cargos o funciones públicas, ¿me he dejado llevar del favoritismo, acepción de personas, faltando a la justicia?

• ¿Cumplo con exactitud los deberes sociales, v. gr., pago de seguros sociales, con mis empleados? ¿He abusado de la ley, con perjuicio de tercero, para evitar el pago de los seguros sociales?

• ¿He pagado los impuestos que son de justicia?

• ¿He evitado o procurado evitar, pudiendo hacerlo desde el cargo que ocupo, las injusticias, los escándalos, hurtos, venganzas, fraudes y demás abusos que dañan la convivencia social?

• ¿He prestado mi apoyo a programas inmorales y anticristianos de acción social y política?

 

Octavo Mandamiento

• ¿He dicho mentiras? ¿He reparado el daño que haya podido seguirse? ¿Miento habitualmente porque es en cosas de poca importancia?

• ¿He descubierto, sin justa causa, defectos graves de otra persona, aunque sean ciertos, pero no conocidos? ¿He reparado de alguna manera, v. gr., hablando de modo positivo de esa persona?

• ¿He calumniado atribuyendo a los demás lo que no era verdadero? ¿He reparado el daño o estoy dispuesto a hacerlo?

• ¿He dejado de defender al prójimo difamado o calumniado?

• ¿He hecho juicios temerarios contra el prójimo? ¿Los he comunicado a otras personas? ¿He rectificado ese juicio inexacto?

• ¿He revelado secretos importantes de otros, descubriéndolos sin justa causa? ¿He reparado el daño seguido?

• ¿He hablado mal de otros por frivolidad, envidia, o por dejarme llevar del mal genio?

• ¿He hablado mal de los demás —personas o instituciones— con el único fundamento de que “me contaron” o de que “se dice por ahí”? Es decir, ¿he cooperado de esta manera a la calumnia y a la murmuración?

• ¿Tengo en cuenta que las discrepancias políticas, profesionales o ideológicas no deben ofuscarme hasta el extremo de juzgar o hablar mal del prójimo, y que esas diferencias no me autorizan a descubrir sus defectos morales a menos que lo exija el bien común?

• ¿He revelado secretos sin justa causa? ¿He hecho uso en provecho personal de lo que sabía por silencio de oficio? ¿He reparado el daño que causé con mi actuación?

• ¿He abierto o leído correspondencia u otros escritos que por su modo de estar conservados, se desprende que sus dueños no quieren darlos a conocer?

• ¿He escuchado conversaciones contra la voluntad de los que las mantenían?

 

B.- Los siete Pecados Capitales.

1.- La Soberbia:

 

Opinión demasiado buena que tiene uno de sí mismo. Admiración excesiva del propio yo. El orgullo hace que uno sea su propia ley, su propio juez en cuestiones de moral y su propio Dios. El orgullo engendra la censura, la maledicencia, las frases hirientes y la difamación de la personalidad de otros, que infla más nuestro “EGO”. El orgullo hace que califique uno de imbéciles a quienes no están de acuerdo con uno. Preguntémonos:

¿Asumo actitudes de jactancia o vanagloria?

¿Me produce engreimiento que se hable de mi?

¿Soy acaso hipócrita?

¿Pretendo ser lo que no soy?

¿Soy terco?

¿Rehúso renunciar a mi voluntad o capricho?

¿Nunca doy mi brazo a torcer?

¿Soy voluntarioso/a? ¿Me causa resentimiento todo lo que contraría mi voluntad?

¿Me peleo cada vez que mis deseos son amenazados?

¿Soy desobediente? ¿Soy renuente a someterme a las decisiones de quienes legítimamente son mis superiores?

¿Rehuso someterme a la Voluntad de Dios?

2.- La avaricia:

 

Apego desordenado a las riquezas. Perversión del derecho que Dios nos ha concedido de poseer cosas.

¿Quiero tener dinero como una finalidad en sí?

¿Deseo tenerlo como un medio para lograr una finalidad, como satisfacer necesidades de mi espíritu y de mi organismo?

¿Carezco de honradez? ¿ Hasta qué grado y en qué forma?

¿Correspondo con toda honradez, con mi trabajo al pago que por desempeñarlo se me da ?

¿Cómo empleo el dinero que gano?

¿Soy tacaño (a) con mi familia?

¿Siento apego al dinero en sí?

¿Hasta qué grado llega mi amor al lujo?

¿En qué forma ahorro dinero?

¿Me valgo de trampas ó no me detiene el hecho de que un negocio no sea limpio con tal de hacer y ganar dinero?

¿Trato de engañarme a mí mismo (a) y cierro los ojos en casos como estos?

¿Le llamo ahorro a lo que sé que es tacañería?

Cuando se trata de negocios que pueden dejarme utilidades considerables, pero que obviamente son de mala fe, ¿trato de justificarme diciendo que “son negocios de gran envergadura”?

¿Confundo lo que es un atesoramiento irrazonable, con lo que es asegurar el porvenir propio y de mi familia?

Si en la actualidad no tengo dinero, ni ningún bien económico, ¿qué me propongo hacer para llegar a tenerlo?

¿Me valdría de medios poco limpios para lograrlo?

3.- La lujuria:

Afición desordenada a los placeres de la carne. Deseo excesivo de los placeres de la carne.

¿Soy culpable de Lujuria en cualquiera de sus formas?

¿Trato de justificarme cuando doy rienda suelta a mi apetito sexual, diciéndome que mis desmanes son “necesarios para la salud” o la expresión de mi individualidad?

¿Tengo relaciones sexuales extra-maritales?

Si soy casado, ¿me conduzco como un hombre o como una bestia? ¿Realmente creo que la lujuria es amor?

¿Sé en el fondo de mí mismo que la lujuria no es amor y que el amor no se reduce al sexo?

¿Creo que la cuestión sexual no es mas que una parte del amor, una de las formas en que se manifiesta y que moralmente se limita al matrimonio?

¿He cometido excesos de lujuria que hayan afectado a mi razón en alguna de las siguientes formas:

a.- Pervirtiendo mi modo de ver y de entender, hasta hacer que no pueda discernir la verdad?

b.- Menguando mi prudencia y por consiguiente dañando mi sentido de los valores, con el resultado de cometer desatinos?

c.- Amando mi egoísmo y como consecuencia, falta de consideración de mi parte?

d.- Debilitando mi voluntad hasta llegar a perder la facultad para tomar una decisión y convertirme en un ser voluble?

¿Es posible que Dios, tal como lo concibo, le conceda lo que le pida a una persona relajada en sus costumbres sexuales, dentro o fuera del matrimonio?

¿Aprobaría Dios mis hábitos sexuales?

4.- La envidia:

 

Disgusto ó pesar del bien ajeno.

¿Me molesta que otros sean felices o tengan éxitos tal cómo si esa felicidad o ese éxito, fuese algo que me lo hubiesen quitado a mí?

¿Me causan resentimiento aquellos que son más inteligentes que yo, porque envidio que lo sean?

¿Censuro lo que hacen otros porque para mis adentros, quisiera haberlo hecho yo, por el honor o el prestigio que eso trae?

¿Soy envidioso al grado de tratar de menguar la personalidad de alguien intrigando insidiosamente contra él?

¿Propago chismes?

¿Creo que son envidiosos aquellos que llaman hipócritas a quienes aunque sujetos a error como todo ser humano, tratan de cumplir con los preceptos de su religión? ¿ Soy culpable en ese sentido?

¿Califico de presumidos a quienes son bien educados o instruidos, porque les envidio esas ventajas?

¿Es real el aprecio que manifiesto por otros?

¿Envidio a alguien por alguno de los motivos mencionados o por cualquier otro?

5.-La ira:

 

Cólera, enojo, apetito de venganza. Irritación, movimiento desordenado del alma ofendida. Molestia.

¿Me dejo llevar por la ira?

¿Tengo arranques de cólera?

¿Siento deseos de venganza?

¿Juro que: “esto me lo pagarán”?

¿Recurro a la violencia?

¿Soy susceptible, sensitivo o impaciente con exceso?

¿Me molesto por cualquier cosa?

¿Murmuro o refunfuño?

¿Ignoro que la ira es un obstáculo para el equilibrio de la personalidad y para el desarrollo espiritual?

¿Me doy cuenta de que la ira rompe el equilibrio mental y por consiguiente, impide juzgar acertadamente?

¿Dejo que me maneje la ira, cuando sé que me ciega a los derechos de los demás?

¿Como puedo justificarme ni el más insignificante berrinche, cuando sé que la ira rompe la concentración que necesito para poder cumplir con la voluntad de Dios?

¿Me contagia la ira de otros que por su debilidad se molestan conmigo?

¿Puedo esperar que la Serenidad de Dios llegue a mi alma, mientras ésta está sujeta a mis accesos de ira, motivados a veces por insignificancias?

6.- La gula:

 

Falta de moderación con la comida o en la bebida. Abuso del placer que Dios ha conferido de comer y beber lo que necesitamos para nuestra subsistencia.

¿Me debilito moral o intelectualmente debido a mis excesos con la comida o con la bebida?

¿Acostumbro a comer con exceso, esclavizándome así a los placeres de la mesa?

¿Creo que el hecho de comer o beber con exceso no afecta a la moral en mi vida?

¿He bebido o comido con tal exceso que haya vomitado, para luego seguir bebiendo o comiendo?

Bebo con tal exceso que esto llega a afectarme en alguna de las siguientes formas:

a) Deteriorando mi mente y mi personalidad?

b) Afectando directamente mi capacidad para concentrarme, mi memoria y mi manera de juzgar las cosas?

c) Perdiendo mi dignidad y mi responsabilidad social?

d) Llegando a ser un estado crónico en mi vida la desesperación?

e) Debilitando considerablemente mi voluntad?

f) Llegando a predominar en mí un concepto materialista de la vida?

7.- La pereza:

 

Vicio que nos aleja del trabajo, del esfuerzo. Enfermedad de la voluntad que nos hace descuidar nuestro deber.

¿Soy perezoso (a)?

¿Soy dado a la holganza o indiferente cuando se trata de cosas de orden material?

¿Soy tibio o descuidado en mis oraciones?

¿Desprecio la disciplina?

¿Prefiero leer una novela que algo que requiera un esfuerzo mental?

¿Soy pusilánime para llevar a cabo lo que moral o espiritualmente es difícil?

¿Soy descuidado (a)?

¿Siento aversión por lo que signifique esfuerzo?

¿Me distraen fácilmente las cosas de orden temporal de las que son espirituales?

¿Llega mi indolencia al grado de desempeñar descuidadamente mi trabajo?

 

C.- Los defectos de carácter

1.- Egoísmo:

 

Inmoderado amor de uno mismo que le hace pensar únicamente en su interés personal. Egocentrismo.

Tendencia a considerarse el centro del Universo. (Aquí se hace lo que yo diga y punto.) Al egocéntrico le parece que el mundo gira a su alrededor. Le gustaría bailar pero no se atreve a hacerlo, porque siente temor a parecer torpe. Al acometer cualquier empresa, siente pánico de dar una impresión desventajosa de sí mismo, porque podría perjudicar la fachada postiza que le presenta a la gente.

¿Estoy siempre únicamente pensando en mi interés personal?

¿Me creo el centro del Universo?

¿Atiendo primero mis necesidades que las de mi familia?

¿En las reuniones me siento la persona más importante?

¿Siento excesivo temor cuando me dispongo a bailar?

¿Pretendo aparecer ante los demás como una persona importante?

¿Presento ante otros una “fachada” postiza?

2.- La auto justificación:

 

Tendencia a justificarse a sí mismo, a probarse a uno mismo que tiene la razón. Alto grado del arte de justificar la manera de beber, de comer y la conducta de uno, haciendo malabarismos mentales. Pretextos que llamamos razones.

¿Me estoy justificando constantemente a mi mismo por errores, aduciendo algunas de estas razones o pretextos?

a) A partir de mañana, vida nueva…

b) Si no fuera por mi mujer ( esposo) y mis hijos…

c) Si no fuera por mi suegra…

d) Si pudiera empezar de nuevo…

e) Una copa me ayudará a pensar sobre este asunto..

f) Es que hay gente que me ataca los nervios, no las soporto…

g) Si en un principio hubiera hecho las cosas de otra manera…

3.- Falta de honradez en la manera de pensar:

 

Carencia de probidad, de integridad en las reflexiones que uno hace. Es otra forma de mentir, hasta es posible que usemos como base una hipótesis de hechos y verdades, pero a través de una serie de malabarismos mentales, llegamos precisamente a la conclusión que nos habíamos propuesto llegar.

l. ¿Uso algunos de estos malabarismos o racionalizaciones?

a) Si rompo con esa querida que tengo, me va a hacer un escándalo y mi mujer que nada sabía, se va a enterar del enredo en que estaba yo metido.

b) No es justo que mi mujer tenga un disgusto, así es que mejor deje que las cosas sigan igual.

c) La “otra” no tiene ninguna culpa…

d) Si le digo a mi esposa cuánto fue lo que realmente me dieron de gratificación, todo el dinero se va a ir en pagar cuentas atrasadas, así que mejor no se lo digo y que viva en paz.

e) Mi esposa viste bien; en la casa no falta nada, mis hijos van a un buen colegio; qué más quieren?

4.- Engreimiento

 

Envanecimiento, orgullo (1 de los 7 pecados capitales)

Cuando cometo una falta y me lo señalan, ¿cuál es mi reacción? ¿Me molesto?

¿Siento lastimado mi amor propio cuando admito mi impotencia ante algo?

¿Hace el orgullo que yo sea mi propia ley, mi propio juez en cuestiones de moral, mi propio Dios?

¿Es para mí el orgullo una fuente de censura, de murmuración mal intencionada, de difamación y de destrucción de carácter?

¿El orgullo hace que yo trate de justificar mis faltas, porque estoy renuente a admitir que estoy equivocado?

5. – Resentimiento

 

Disgusto que se experimenta por algo. Es el desagrado emanado de un daño, real o imaginario, que va acompañado de exacerbación, de odio. Es uno de los defectos que más nos perjudica.

¿He sentido odio contra el patrón cuando me han despedido del trabajo?

¿Me he encolerizado contra aquellas personas que me advertían que estaba obrando mal en algo?

¿He odiado a alguien a quien se le reconozca el cabal desempeño de sus obligaciones?

¿Tengo resentimiento contra alguna persona?

¿Tengo resentimiento contra a1gún grupo de personas?

¿Contra instituciones?

¿Contra religiones?

¿Contra ideas?

El resentimiento saca a relucir lo peor de nuestra inmadurez emocional y causa aflicciones tanto a uno mismo como a otros.

6.- Intolerancia

 

Falta de indulgencia hacia lo que no se puede impedir. Renuncia a transigir con creencias (religiosas o políticas), ideas, costumbres, etc., que difieren de las de uno.

Odio a otros por el hecho de ser:

a) ¿Judíos? ¿Negros? ¿Indios?

b) ¿Por pertenecer a otra religión que no es la mía?

c) ¿O porque son ciudadanos de determinado país?

d) ¿Ha escogido alguien el color de la piel con que ha nacido?

7.- Impaciencia

 

Carencia de la cualidad de saber esperar con tranquilidad las cosas que tardan.

¿Cuando alguien me hace esperar, recuerdo mis impuntualidades?

¿Soy paciente en 1as reuniones, en el cine, en la Iglesia, en el mercado, en el tráfico, etc. ?

8.- Envidia

 

a) Mi vecino cambia de auto cada año porque le está yendo bien en los negocios, pero yo siento que me está haciendo quedar mal a mí; para tratar de salvar las apariencias, ¿hago lo posible por ridiculizarlo?

b) Mi cuñado es un hombre dedicado a su familia, trabajador y decente. ¿Digo yo de él que es un tipo infuloso porque quisiera ser como él?

c) ¿No me he dicho alguna vez: “Si yo hubiese tenido las oportunidades que fulano de tal ha tenido, estaría tan bien o mejor que el”?

9.- Hipocresía

 

Vicio que consiste en la afectación de una virtud o cualidad que uno no tiene.

a) ¿Hago obsequios valiosos para calmar la tormenta que desato con mis malas acciones?

b) Me compro cosas diciéndome que las necesito, pero a mis hijos, esposo o alguna persona cercana, ¿no les habría podido resolver una real necesidad?

c) ¿Soy de los que deja pasmada a la gente con sus profundos conocimientos, pero no tiene un minuto de su tiempo para dedicarlo a la familia?

d) ¿Hasta qué grado es real lo que pretendo ser ante los demás?

10.-Morosidad

 

Lentitud, tardanza en hacer una cosa. Posponer las cosas que uno sabe que tiene que hacer. Dejar las cosas para mañana.

a) ¿Ha habido cosas sin importancia, pero que tenía que hacer, las cuales dejé para después, hasta llegar el momento en que me fue imposible hacerlas?

b) ¿Me mimo haciendo las cosas “a mi modo” o trato que haya orden y disciplina en el desempeño de mis obligaciones cotidianas?

c) ¿Desempeño a gusto los encargos que se me hacen?

d) ¿Creo que me están cargando la mano o es que soy demasiado f1ojo y orgulloso?

1) ¿Creo que las cosas triviales se vuelven importantes, cuando se hacen por amor a Dios?

11.- Auto – conmiseración

 

Compasión, sensibilidad excesiva por el mal que padece uno mismo. Defecto insidioso de la personalidad y señal de peligro, al que se debe estar muy alerta.

a) ¿He dicho “Si yo tuviera dinero no tendría que preocuparme”?

b) ¿Me estoy lamentando constantemente de mi situación económica?

c) ¿Me conmisero demasiado en mis asuntos emotivos?

d) ¿Tengo la idea de que a mí nadie me quiere?

Cuando alguien siente auto-conmiseración, conviene visitar la sala de cancerosos de un hospital, para poder tener en cuenta las bendiciones y beneficios que uno ha recibido.

12.- Susceptibilidad excesiva

 

Exceso de delicadeza, de genio. Nimiedad de carácter.

a) Saludo a un conocido, pero este no me contesta. ¿Me siento entonces desairado y molesto sin pensar que tal vez no me haya visto o reconocido?

b) Si no me invitan a una reunión o si no se me invita a hablar en una sesión, entonces ¿entra en juego mi imaginación y llego a la conclusión, de que es por que les soy antipático?

13.- Miedo

 

Sentimiento de inquietud por un peligro real o imaginario. Si aceptamos ponernos en las manos de Dios y encaramos con honradez lo que realmente somos, entonces el fantasma del miedo desaparece.

a) ¿Siento temor en determinados días, sin que haya motivo justificado?

b) ¿Siento miedo de quedarme sin trabajo, de quedarme solo, sin razón para ello?

c) ¿Me invade la inquietud por peligros irreales?

d) ¿He puesto mi vida y mi voluntad al cuidado de Dios?

e) ¿Qué hago cuando me invade el temor, el miedo, la inquietud?

D.- Las virtudes, actitudes y responsabilidades (corrigiéndonos)

Cuando estamos mal espiritualmente, emocionalmente, existe un vacío en nuestras vidas, ese vacío para ser llenado requiere que nos volvamos hacia adentro de nosotros mismos, nos analicemos, reflexionemos y entremos en contacto con Dios, sea cual sea la forma en que concibamos a Dios. El nos irá llenando y nos indicara l0 que debemos hacer.

Y para entrar en contacto con Dios debemos “limpiarnos” lo más posible, nosotros mismos, eliminar esos defectos de carácter y reemplazarlos con elementos mas apropiados para llevar una vida mas satisfactoria. No luchemos contra nuestros defectos, reemplacémoslos.

Lo que sigue a continuación, que no solo sirva para proseguir en el análisis de la personalidad, sino como guía para la formación de una nueva personalidad. No se trata de adquirir perfección ni ningún estado ideal, sino sencillamente de poder llevar una vida que de por resultado: respeto por sí mismo, afecto y respeto de los demás para con uno y seguridad en que Dios dirige nuestra vida.

 

 

1.- Las virtudes teologales: Fe, esperanza y caridad.

A. Virtud de la fe

Creencia, confianza, el acto de dejar al cuidado de Dios o de un Poder Superior, si se prefiere, aquella parte de nuestro destino que no podemos regir, teniendo la seguridad de que todo resultará en bien de nosotros mismos. Débil al principio, llega a convertirse después en una profunda convicción.

 

 

1) La fe es un don, pero un don que se adquiere dedicándose a adquirirlo a través de la aceptación, la meditación y la oración diaria (orar es hablar con Dios) y del esfuerzo que pone uno de su parte.

2) De hecho, dependemos de la fe: tenemos confianza en que tendremos comida al llegar a casa, que al accionar el botón de la luz, ésta se prende, en que cada persona desempeñe el trabajo que le corresponde; de otra manera reventaríamos.

3) El grado de confianza que es la fe espiritual, significa la aceptación de nuestros dones, limitaciones, problemas y de las pruebas a que estarnos sometidos con igual gratitud, sabiendo que Dios tiene sus designios para con nosotros.

Teniendo como norma diaria “Hágase tu voluntad”, perderemos el miedo y encontrándonos a nosotros mismos, encontraremos nuestro destino.

 

 

B) Virtud de la esperanza

 

La fe implica confianza; la esperanza supone fe, pero también tiende hacia objetivos determinados. Esperanza en el amor, el progreso, el respeto de si mismo y de sus allegados. La esperanza se traduce en la fuerza motriz que hace que nuestra vida tenga y adquiera propósito.

1) La esperanza es la fuerza que nos conduce en la dirección que nos indica la fe.

2) La esperanza refleja nuestra actitud. Cuando no tenemos esperanza nuestra actitud es opaca.

C) Virtud de la caridad

 

“Ahora permanecen estas cosas: la fe, la esperanza y la caridad; pero la más excelente de ellas, es la caridad” – ( 1 Corintios-13).

1) “La caridad es paciente, es benigna; no es envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha, no es descortés, no es interesada, no se irrita, no piensa mal: no se alegra de la injusticia, se complace en la verdad: todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera (1- Corintios-13).

2) En su sentido más profundo, la caridad es el arte de vivir de una manera realista y plena, guiados por la conciencia espiritual de nuestras responsabilidades y de nuestra deuda de gratitud a Dios y a nuestros semejantes.

Análisis: ¿He hecho uso de la fe, la esperanza y la caridad en mi vida hasta el presente?

¿Cómo puedo aplicarlas en mi nuevo vivir?

 

2.- Las pequeñas virtudes 

 

 

a) Cortesía:

¿En realidad tengo miedo de ser gentil, atento?

¿Prefiero actuar con frialdad, con rudeza?

 

 

b) Jovialidad:

¿Creo que no son las circunstancias, sino yo mismo lo que determina mi estado de ánimo?

¿Puedo sentirme alegre si me fijo en lo bello que hay en mi vida, en la vida?

 

 

c) Orden:

¿Vivo el día de hoy y organizo el día de hoy?

¿Creo que el orden es una Ley Suprema en los cielos?

 

 

d) Lealtad:

¿Creo que la lealtad es la prueba del sentido de obligación que tiene el hombre?

e) Empleo adecuado del tiempo:

¿Hago que el tiempo sea productivo para mí?

¿Abuso del tiempo de que dispongo? ¿En qué forma?

¿Violo el tiempo de que dispongo? ¿En qué forma?

 

 

f) Puntualidad:

¿Tengo autodisciplina? ¿Tengo orden? ¿Tengo consideración para los demás?

¿Soy puntual en mis reuniones, en mi trabajo, en mis clases?

¿Soy puntual en mis oraciones?

 

 

g) Sinceridad:

¿Tengo respeto de mí mismo? ¿De los demás?

¿Soy íntegro conmigo mismo? ¿Con los demás?

¿Es mi sinceridad convincente? ¿Genera entusiasmo?

¿Es contagiosa a otros?

 

 

h) Comedimiento al hablar:

¿Soy hiriente al hablar? ¿Soy irreflexivo al hablar?

¿Se han derivado consecuencias irreparables de mi hablar?

 

 

i) Bondad:

¿Creo que la bondad es una de las mayores satisfacciones que pueden tenerse en la vida?

¿Creo que para saber realmente qué significa la bondad, debo practicarla?

 

 

j) Paciencia:

¿Creo que la paciencia es el antídoto para los resentimientos?

¿Para la auto-conmiseración? ¿Para la impulsividad?

 

 

k) Tolerancia:

¿Creo que es esta una cualidad que implica cortesía?

¿Valor? ¿Vivir y dejar vivir?

 

 

l) Integridad:

¿Soy honrado conmigo mismo? ¿Con los demás?

¿Soy leal conmigo mismo? ¿Con los demás?

¿Soy sincero conmigo mismo? ¿Con los demás?

 

 

m) Equilibrio:

¿Me tomo a mí mismo muy en serio?

¿Creo que cuando uno aprende a reírse de si mismo, está en mejores condiciones para ver las cosas, de acuerdo a su verdadero tamaño?

 

 

n) Gratitud:

La falta de gratitud en una persona es seña1 de estupidez o de arrogancia o de ambas. La gratitud es sencillamente el honrado reconocimiento de la ayuda que uno ha recibido.

¿Soy agradecido con mi familia?

¿Con mis compañeros, amigos?

¿Con la gente que me tendió la mano?

¿Soy agradecido en mis oraciones?

 

Análisis:

Considerando las “pequeñas virtudes” ¿en cuales fallé y cómo contribuyeron mis fallas a mi problema acumulativo?

¿A cuales de estas “pequeñas virtudes” necesito prestar particular atención para formar mi nueva personalidad?

¿Las he aplicado con mis allegados?

El mejor día para empezar a aplicarlas es hoy. La mejor manera de empezar, es practicar tres o cuatro hoy mismo. Es preferible empezar con unas cuantas, porque si tratamos de hacerlo con todas, puede dar por resultado que el día siguiente estemos tan agobiados, que decidamos descansar.

 

 

3.- Actitudes

A) Actitudes hacia Dios:

 

1) ¿He basado mi aceptación o rechazo de Dios o de un Poder Superior, en lo que se me inculcó de niño? ¿En lo que he oído decir? ¿En lectura superficial? ¿En acercamientos emocionales de mi parte? ¿Podría prepararme para una carrera universitaria o siquiera para una simple afición o hobbie basándome en lo mismo? ¿Realmente he hecho algo para buscar a Dios?

2) ¿Aprecio la magnitud de lo espiritual en su aplicación a:

a) ¿Mi vida diaria?

b) ¿Mis problemas?

c) ¿Mis frustraciones?

d) ¿Mis angustias?

e) ¿Mis amarguras?

f) ¿Mis ocupaciones?

 

Teniendo en cuenta la necesidad que tengo de cambiar, ¿puedo aceptar el juicio de Dios, por estimarlo que es mejor que el mío?

3) ¿Si soy de los que manifiestan pertenecer a una religión, ¿quién ha estado en primer lugar en mi vida, Dios? ¿O yo?

4) Concediendo la posible importancia del desarrollo espiritual, ¿he dedicado tiempo y he estudiado por buscarlo? ¿Me he despabilado? ¿O estoy dejándome llevar por la corriente y sigo posponiendo lo que tengo que hacer?

5) ¿Realmente estoy dispuesto a poner mi vida y mi voluntad, al cuidado de Dios?

 

B) Actitudes hacia mí mismo:

1) ¿Me he enfrentado a mí mismo honradamente?

¿Lo he evadido soñando despierto, racionalizando mis deseos, llenándome de resentimientos, conmiserándome? ¿Bebiendo?

2) ¿Estoy satisfecho de mí mismo?

Creo que son satisfactorios: ¿Mi sentido de responsabilidad? ¿Mi sentido de la moral? ¿El ejemplo que doy?

¿Estoy satisfecho de mis relaciones familiares? ¿No me he engañado a mí mismo por falta de honradez?

3) ¿He intentado cambiar mi actitud de “ya no puedo con esto” por la de “solo por hoy” puedo con esto y con mucho más?

 

 

C) Actitudes hacia la familia:

1) ¿Me acuerdo de los votos que hice cuando me casé?

¿He cumplido con ellos? (Hay que tener mucho cuidado aquí de no empezar a hacer el inventario de la esposa(o) de uno.

2) ¿Me he granjeado y he conservado el cariño de mis hijos? ¿Quiero que sean honorables, bien adaptados a la vida y felices?

¿Han contribuido a que cuajen esas cualidades, mi ejemplo y lo que les he inculcado? ¿Cómo ha afectado a mis hijos mi manera de vivir?

¿Me he hecho merecedor de la confianza y del cariño de mis allegados, por mi desprendimiento, por mi dedicación a ellos y por mi ejemplo?

¿Soy un dictador en el seno de mi familia?

¿Me gustaría que mis hijos llegaran a ser como soy yo?

3) Actitudes hacia mi trabajo:

 

1) ¿Soy de los que llevan a cabo concienzudamente cualquier cosa que tengan que hacer, por trivial que sea?

2) ¿Estoy cumpliendo con mi trabajo de acuerdo con mi capacidad? ¿O solo a la mitad de mi capacidad? ¿Estoy produciendo o simplemente vegeto?

3) ¿He puesto sinceramente algo de mi parte para que sean satisfactorias mis relaciones con mi patrón (o con mis empleados)? ¿Con mis compañeros de trabajo? ¿Con las personas con quien tengo negocios? ¿Han entorpecido esas relaciones mi resentimiento, mi aspereza, mis engaños y mi auto-conmiseración? 4) ¿He cumplido mis compromisos con mis clientes, socios, u otras personas con quienes tengo negocios? 5) ¿Hay aspectos de mi trabajo que están en desacuerdo con mi sentido de la moral, pero que los paso por alto diciéndome que “los negocios son negocios”?

 

 

 

E) Actitudes hacia mis amigos, vecinos y mi comunidad:

1) ¿Cultivo amistades por lo que puedan producirme?

¿Le pongo una etiqueta con su precio a la amistad?

2) ¿Siento verdadero interés por el bienestar de mis vecinos?

¿Por el de la escuela de mi comunidad?

¿Por el de 1a Iglesia de mi comunidad?

¿O me tienen todas esas cosas sin cuidado?

3) ¿Considero que soy un ciudadano digno?

¿Soy respetado en mi comunidad?

4) ¿Se norman en principios de moral mis relaciones interpersonales? ¿O es su norma mi “Yo”?

4.- Responsabilidad:

 

A) Responsabilidad con Dios

1) ¿Busco diariamente una fe más profunda?

¿Practico la que ya tengo a través de la oración, la meditación y mi actitud?

2) Diariamente ¿aplico poner mi voluntad y mi vida al cuidado de Dios?

3) ¿Practico los principios espirituales como son: la veneración, el amor al prójimo, el sentido de la obligación de cumplir con la moral?

4) ¿He aprendido a sentir gratitud, gracia suprema y clave de la felicidad?

5) ¿Me levanto a mí mismo el ánimo cuando lo tengo decaído?

6) ¿Me intereso por el bienestar de otros?

7) ¿Venero a Dios en la Iglesia del culto a que pertenezco?

 

B) Responsabilidades conmigo mismo:

1) ¿He determinado lo que quiero en la vida?

¿He buscado la ayuda necesaria para lograrlo?

¿Para lograr lo anterior he puesto a funcionar mi entendimiento, mi honradez, mi esfuerzo y mi tiempo?

2) ¿Cumplo con mis obligaciones diarias, reconociendo que ello es esencial para mi tranquilidad?

3) ¿Cumplo con el axioma: “Lo primero es lo primero”?

¿Acepto lo que se tiene que aceptar?

¿Me hago trampas engañándome a mi mismo?

4) ¿Trato de ver lo bello que hay en la vida?

¿Me obstino en ver únicamente el aspecto negativo de la vida?

 

C) Responsabilidad con mi familia:

1) Cuidarla: Se trata de los míos y son parte mía.

¿Realmente quiero yo a mi familia? ¿Los guío? ¿Les doy buen ejemplo?

¿Los reprendo sin dureza? ¿Tengo yo la iniciativa en mi casa? ¿Los encauzo espiritualmente? ¿Satisfago todas sus necesidades materiales?

¿Dios ha puesto en mis manos parte del destino de ellos?

2) Quererla: ¿Quiero a mi familia, no con la clase de cariño que entraña una excesiva complacencia de sí mismo, sino con el cariño que me impulse a hacer por su porvenir, luchando y sacrificándome por su bien? 3) Sostenerla: Los míos siempre antes que yo.

¿Antepongo sus necesidades, preocupaciones e intereses a los que yo tengo?

4) Disfrutarla: ¿Comparto con mi fami1ia sus diversiones y paseos? ¿Rezo y voy a la Iglesia con ellos?

 

 

D) Responsabilidades con mi trabajo:

1) Necesito ante todo, equilibrio.

¿Soy flojo en el trabajo? ¿O soy ordenado y me esfuerzo en él? ¿Trabajo demasiado? ¿Soy talentoso, hago buen uso de ese don?

¿Tengo siempre en cuenta mis obligaciones espirituales y de mi familia y las que tengo conmigo mismo?

2) ¿Estoy convencido de que el dinero, como un fin en sí mismo y como un medio para adquirir autoridad o renombre, tiene resultados espirituales fatales?

3) ¿Actúo en mi trabajo con la misma ética de mi actuación en las demás fases de mi vida, si es que quiero estar en paz conmigo mismo?

4) ¿Soy menos exigente y más productivo en mi trabajo?

¿Creo que siempre hay oportunidades de mejorar económicamente para quien se supera?

¿Creo que las recompensas dependen de uno?

5) ¿Estoy desempeñando mi trabajo como esperaría que lo desempeñara alguien que trabaja para mí?

 

 

Fernando Casanova, Ph.D.

Presidente

Instituto Teológico Mundial

 

http://www.institutotm.org

http://www.fernandocasanova.org

 

Twitter: @FernandoEWTN

 

787-999-6828

Satisfacción o penitencia impuesta


El Sacramento de la Penitencia.

Sabemos que quien muriera inmediatamente después de confesarse no iría enseguida al cielo necesariamente. Mientras el castigo eterno del infierno debido por el pecado se le perdona todo gracias a la confesión, la cantidad del castigo temporal (del purgatorio) que quede cancelada dependerá de la perfección del dolor que el penitente tenga. Cuanto más profunda sea su contrición, menos satisfacción le quedará por ofrecer aquí o en el purgatorio.

 

 

La penitencia que se nos asigne -siempre benigna y medicinal- dependerá en principio de la gravedad de los pecados confesados; cuanto mayor sea el número y su gravedad, es lógico esperar una penitencia más grande. Pero el confesor buscará no imponer una penitencia que supere la capacidad del penitente. Si alguna vez se nos dejara una penitencia que nos resultara muy difícil de cumplir debemos indicarlo al sacerdote, sea cual fuere esta dificultad, y él ajustará convenientemente la penitencia prescrita. Luego de escuchar la penitencia, estamos obligados en conciencia a cumplirla y, de ser posible, a cumplirla cuanto antes. Incumplir ‘deliberadamente’ nuestra penitencia sería pecado mortal si fuera una penitencia grave impuesta por pecados graves. Está claro que olvidarse de ella no es pecado, pues nadie puede pecar a causa de una memoria débil. Si nos olvidamos de cumplir la penitencia lo que ocurre es, sencillamente, que la deuda temporal de la que nos hubiera librado la penitencia queda todavía en nuestro debe. Por esta razón, deberíamos acostumbraron a cumplirla inmediatamente después de confesarnos, a no ser que el sacerdote nos indique otra ocasión distinta para hacerlo.