MONICION PARA LA FESTIVIDAD DE EL BAUTISMO DEL SEÑOR CICLO B


MONICION PARA LA FIESTA DE EL BAUTISMO DEL SEÑOR CICLO B

El padre nos manifiesta la misión del Hijo

M.R. Pág. 188  /  Lecc I Pág. 148

MONICION DE ENTRADA

Hermanos: Celebramos hoy la fiesta del Bautismo del Señor, hecho que Manifiesta la identidad Divina de Jesús y señala su misión. Nosotros también, en virtud de nuestro Bautismo, estamos llamados a continuar la misión de Cristo en el mundo de hoy.

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA:  Is 42,1-4 . 6-7
SALMO   28
SEGUNDA LECTURA  Hc 10, 34-38
EVANGELIO  Lc 3, 15-16 . 21-22

MONICION A LAS LECTURAS (UNICA)

En las Lecturas escucharemos una revelación más de Jesús como Mesías. Aquel que ha venido a salvarnos inicia su misión de darnos a conocer a Dios como nuestro Padre. Escuchemos

MONICION A LAS LECTURAS (INDIVIDUAL)

PRIMERA LECTURA

Escucharemos el Cantico del Siervo de Yahve, que tendran su cumplimiento en Jesús

SEGUNDA LECTURA

San Pedro nos da una síntesis de la fe en Jesucristo, el Ungido de Dios con la fuerza del ser para todos, sin distinción de personas

EVANGELIO

Jesús se acerca a Juan Bautista que está en el Jordan para ser bautizado. Ahí recibe la confirmación de su misión profética por medio de la voz del Padre y la presencia visible del Espíritu Santo

ORACION DE LOS FIELES  /  ORACION UNIVERSAL

Oremos a nuestro Salvador, que quiso ser bautizado para santificar nuestro bautismo y pidámosle que se compadezca de quienes ha querido que fueran sus hermanos:

1.- Para que Cristo, en quien el Padre se complace, mire con amor a todos los que se preparan para el bautismo o la confirmación o preparan el bautismo de sus hijos, Roguemos al Señor

2.- Para que Cristo ilumine a los que busquen a Dios con sinceridad de corazón y les haga oir la voz del Padre que los llama a escuchar a su Hijo amado, y los conduzca hacia el baño de regeneración, roguemos al Señor

3.- Para que Cristo el enviado del Padre, que no quiebra la caña resquebrajada ni apaga la mecha que aun humea, conceda la salud a los que viven oprimidos por los poderes del enemigo malo, roguemos al Señor

4.- Para que Cristo el Hijo amado, que quiso ser bautizado en el Jordán, nos haga descubrir y amar la grandeza del bautismo cristiano, don del amor de Dios a los hombres, roguemos al Señor

Padre todopoderoso, que haces resonar tu voz magnifica en las aguas del bautismo y en la unción de la confirmación, escucha nuestras oraciones, y concede a los renacidos del agua y del espiritu ser testigos valientes de la fe que profesan, por Jesucristo, nuestro Señor

PRESENTACIÓN DE LAS OFRENDAS

Junto al pan y al vino, ofrezcamos a Dios nuestros deseos de llevar coherentemente nuestra vida cristiana

COMUNION

El Cuerpo de Cristo es alimento espiritual que renueva nuestras fuerzas en el camino hacia el Padre.

MONICION DE DESPEDIDA

Recordando el día de nuestro bautismo, abramos nuestro espiritu para escuchar siempre al Hijo muy amado del Padre. Gocémonos de vivir en plena comunion con la Trinidad Santa

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Catequesis sobre los sacramentos: Bautismo


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PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 15 de enero de 2014

Vídeo

Queridos hermanos y hermanas:

El miércoles pasado hemos comenzado un breve ciclo de catequesis sobre los Sacramentos, comenzando por el Bautismo. Y en el Bautismo quisiera centrarme también hoy, para destacar un fruto muy importante de este Sacramento: el mismo nos convierte en miembros del Cuerpo de Cristo y del Pueblo de Dios. Santo Tomás de Aquino afirma que quien recibe el Bautismo es incorporado a Cristo casi como su mismo miembro y es agregado a la comunidad de los fieles (cf. Summa Theologiae, III, q. 69, a. 5; q. 70, a. 1), es decir, al Pueblo de Dios. En la escuela del Concilio Vaticano II, decimos hoy que el Bautismo nos hace entrar en el Pueblo de Dios, nos convierte en miembros de un Pueblo en camino, un Pueblo que peregrina en la historia.

En efecto, como de generación en generación se transmite la vida, así también de generación en generación, a través del renacimiento en la fuente bautismal, se transmite la gracia, y con esta gracia el Pueblo cristiano camina en el tiempo, como un río que irriga la tierra y difunde en el mundo la bendición de Dios. Desde el momento en que Jesús dijo lo que hemos escuchado en el Evangelio, los discípulos fueron a bautizar; y desde ese tiempo hasta hoy existe una cadena en la transmisión de la fe mediante el Bautismo. Y cada uno de nosotros es un eslabón de esa cadena: un paso adelante, siempre; como un río que irriga. Así es la gracia de Dios y así es nuestra fe, que debemos transmitir a nuestros hijos, transmitir a los niños, para que ellos, cuando sean adultos, puedan transmitirla a sus hijos. Así es el Bautismo. ¿Por qué? Porque el Bautismo nos hace entrar en este Pueblo de Dios que transmite la fe. Esto es muy importante. Un Pueblo de Dios que camina y transmite la fe.

En virtud del Bautismo nos convertimos en discípulos misioneros, llamados a llevar el Evangelio al mundo (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 120). «Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador… La nueva evangelización debe implicar un nuevo protagonismo» (ibid.) de todos, de todo el pueblo de Dios, un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados. El Pueblo de Dios es un Pueblo discípulo —porque recibe la fe— y misionero —porque transmite la fe—. Y esto hace el Bautismo en nosotros: nos dona la Gracia y transmite la fe. Todos en la Iglesia somos discípulos, y lo somos siempre, para toda la vida; y todos somos misioneros, cada uno en el sitio que el Señor le ha asignado. Todos: el más pequeño es también misionero; y quien parece más grande es discípulo. Pero alguno de vosotros dirá: «Los obispos no son discípulos, los obispos lo saben todo; el Papa lo sabe todo, no es discípulo». No, incluso los obispos y el Papa deben ser discípulos, porque si no son discípulos no hacen el bien, no pueden ser misioneros, no pueden transmitir la fe. Todos nosotros somos discípulos y misioneros.

Existe un vínculo indisoluble entre la dimensión mística y la dimensión misionera de la vocación cristiana, ambas radicadas en el Bautismo. «Al recibir la fe y el bautismo, los cristianos acogemos la acción del Espíritu Santo que lleva a confesar a Jesús como Hijo de Dios y a llamar a Dios “Abba”, Padre. Todos los bautizados y bautizadas… estamos llamados a vivir y transmitir la comunión con la Trinidad, pues la evangelización es un llamado a la participación de la comunión trinitaria» (Documento conclusivo de Aparecida, n. 157).

Nadie se salva solo. Somos comunidad de creyentes, somos Pueblo de Dios y en esta comunidad experimentamos la belleza de compartir la experiencia de un amor que nos precede a todos, pero que al mismo tiempo nos pide ser «canales» de la gracia los unos para los otros, a pesar de nuestros límites y nuestros pecados. La dimensión comunitaria no es sólo un «marco», un «contorno», sino que es parte integrante de la vida cristiana, del testimonio y de la evangelización. La fe cristiana nace y vive en la Iglesia, y en el Bautismo las familias y las parroquias celebran la incorporación de un nuevo miembro a Cristo y a su Cuerpo que es la Iglesia (cf. ibid., n. 175 b).

A propósito de la importancia del Bautismo para el Pueblo de Dios, es ejemplar la historia de la comunidad cristiana en Japón. Ésta sufrió una dura persecución a inicios del siglo XVII. Hubo numerosos mártires, los miembros del clero fueron expulsados y miles de fieles fueron asesinados. No quedó ningún sacerdote en Japón, todos fueron expulsados. Entonces la comunidad se retiró a la clandestinidad, conservando la fe y la oración en el ocultamiento. Y cuando nacía un niño, el papá o la mamá, lo bautizaban, porque todos los fieles pueden bautizar en circunstancias especiales. Cuando, después de casi dos siglos y medio, 250 años más tarde, los misioneros regresaron a Japón, miles de cristianos salieron a la luz y la Iglesia pudo reflorecer. Habían sobrevivido con la gracia de su Bautismo. Esto es grande: el Pueblo de Dios transmite la fe, bautiza a sus hijos y sigue adelante. Y conservaron, incluso en lo secreto, un fuerte espíritu comunitario, porque el Bautismo los había convertido en un solo cuerpo en Cristo: estaban aislados y ocultos, pero eran siempre miembros del Pueblo de Dios, miembros de la Iglesia. Mucho podemos aprender de esta historia.


Saludos

Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a los Padres Agustinos Recoletos y a las Religiosas de María Inmaculada, así como a los demás grupos venidos de España, Uruguay, Argentina, México y otros países latinoamericanos. Invito a todos a tomar en serio su bautismo, siendo discípulos y misioneros del Evangelio, con la palabra y con el propio ejemplo. Que Jesús os bendiga y la Virgen Santa os cuide. Muchas gracias.

(A los fieles de lengua árabe)

Queridos hermanos y hermanas de lengua árabe procedentes de Jordania y de Tierra Santa: aprended de la Iglesia japonesa, que a causa de las persecuciones del siglo XVII se retiró en lo oculto por casi dos siglos y medio, transmitiendo de una generación a la otra la llama de la fe siempre encendida. Las dificultades y las persecuciones, cuando se viven con entrega, confianza y esperanza, purifican la fe y la fortalecen. Sed verdaderos testigos de Cristo y de su Evangelio, auténticos hijos de la Iglesia, dispuestos siempre a dar razón de vuestra esperanza, con amor y respeto. Que el Señor custodie vuestra vida y os bendiga.


© Copyright – Libreria Editrice Vaticana

Catequesis sobre los Sacramentos: Papa Francisco


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PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 8 de enero de 2014

Vídeo

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy iniciamos una serie de catequesis sobre los Sacramentos, y la primera se refiere al Bautismo. Por una feliz coincidencia, el próximo domingo se celebra precisamente la fiesta del Bautismo del Señor.

El Bautismo es el sacramento en el cual se funda nuestra fe misma, que nos injerta como miembros vivos en Cristo y en su Iglesia. Junto a la Eucaristía y la Confirmación forma la así llamada «Iniciación cristiana», la cual constituye como un único y gran acontecimiento sacramental que nos configura al Señor y hace de nosotros un signo vivo de su presencia y de su amor.

Puede surgir en nosotros una pregunta: ¿es verdaderamente necesario el Bautismo para vivir como cristianos y seguir a Jesús? ¿No es en el fondo un simple rito, un acto formal de la Iglesia para dar el nombre al niño o a la niña? Es una pregunta que puede surgir. Y a este punto, es iluminador lo que escribe el apóstol Pablo: «¿Es que no sabéis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte? Por el Bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6, 3-4). Por lo tanto, no es una formalidad. Es un acto que toca en profundidad nuestra existencia. Un niño bautizado o un niño no bautizado no es lo mismo. No es lo mismo una persona bautizada o una persona no bautizada. Nosotros, con el Bautismo, somos inmersos en esa fuente inagotable de vida que es la muerte de Jesús, el más grande acto de amor de toda la historia; y gracias a este amor podemos vivir una vida nueva, no ya en poder del mal, del pecado y de la muerte, sino en la comunión con Dios y con los hermanos.

Muchos de nosotros no tienen el mínimo recuerdo de la celebración de este Sacramento, y es obvio, si hemos sido bautizados poco después del nacimiento. He hecho esta pregunta dos o tres veces, aquí, en la plaza: quien de vosotros sepa la fecha del propio Bautismo, que levante la mano. Es importante saber el día que fui inmerso precisamente en esa corriente de salvación de Jesús. Y me permito daros un consejo. Pero más que un consejo, una tarea para hoy. Hoy, en casa, buscad, preguntad la fecha del Bautismo y así sabréis bien el día tan hermoso del Bautismo. Conocer la fecha de nuestro Bautismo es conocer una fecha feliz. El riesgo de no conocerla es perder la memoria de lo que el Señor ha hecho con nosotros; la memoria del don que hemos recibido. Entonces acabamos por considerarlo sólo como un acontecimiento que tuvo lugar en el pasado —y ni siquiera por voluntad nuestra, sino de nuestros padres—, por lo cual no tiene ya ninguna incidencia en el presente. Debemos despertar la memoria de nuestro Bautismo. Estamos llamados a vivir cada día nuestro Bautismo, como realidad actual en nuestra existencia. Si logramos seguir a Jesús y permanecer en la Iglesia, incluso con nuestros límites, con nuestras fragilidades y nuestros pecados, es precisamente por el Sacramento en el cual hemos sido convertidos en nuevas criaturas y hemos sido revestidos de Cristo. Es en virtud del Bautismo, en efecto, que, liberados del pecado original, hemos sido injertados en la relación de Jesús con Dios Padre; que somos portadores de una esperanza nueva, porque el Bautismo nos da esta esperanza nueva: la esperanza de ir por el camino de la salvación, toda la vida. Esta esperanza que nada ni nadie puede apagar, porque, la esperanza no defrauda. Recordad: la esperanza en el Señor no decepciona. Gracias al Bautismo somos capaces de perdonar y amar incluso a quien nos ofende y nos causa el mal; logramos reconocer en los últimos y en los pobres el rostro del Señor que nos visita y se hace cercano. El Bautismo nos ayuda a reconocer en el rostro de las personas necesitadas, en los que sufren, incluso de nuestro prójimo, el rostro de Jesús. Todo esto es posible gracias a la fuerza del Bautismo.

Un último elemento, que es importante. Y hago una pregunta: ¿puede una persona bautizarse por sí sola? Nadie puede bautizarse por sí mismo. Nadie. Podemos pedirlo, desearlo, pero siempre necesitamos a alguien que nos confiera en el nombre del Señor este Sacramento. Porque el Bautismo es un don que viene dado en un contexto de solicitud y de compartir fraterno. En la historia, siempre uno bautiza a otro y el otro al otro… es una cadena. Una cadena de gracia. Pero yo no puedo bautizarme a mí mismo: debo pedir a otro el Bautismo. Es un acto de fraternidad, un acto de filiación en la Iglesia. En la celebración del Bautismo podemos reconocer las líneas más genuinas de la Iglesia, la cual como una madre sigue generando nuevos hijos en Cristo, en la fecundidad del Espíritu Santo.

Pidamos entonces de corazón al Señor poder experimentar cada vez más, en la vida de cada día, esta gracia que hemos recibido con el Bautismo. Que al encontrarnos, nuestros hermanos puedan hallar auténticos hijos de Dios, auténticos hermanos y hermanas de Jesucristo, auténticos miembros de la Iglesia. Y no olvidéis la tarea de hoy: buscar, preguntar la fecha del propio Bautismo. Como conozco la fecha de mi nacimiento, debo conocer también la fecha de mi Bautismo, porque es un día de fiesta.


Saludos

Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España —veo la Diócesis de Cuenca, allí— de Argentina, de Bolivia, Venezuela, México y los demás países latinoamericanos. Invito a todos a experimentar en la vida de cada día la gracia que recibimos en el Bautismo, siendo verdaderos hermanos, verdaderos miembros de la Iglesia. Feliz año a todos.


© Copyright – Libreria Editrice Vaticana

fuente: Vatican.va

¿Qué es el Bautismo?


GabrielGonzález Nares

 
El Bautismo es el sacramento  fundamental de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu  y el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión


El Evangelio más antiguo, el de Marcos, comienza con el encuentro entre Jesús y Juan el Bautista. Jesús baja al Jordán para recibir el bautismo a fin de comenzar su vida pública como Mesías y predicador. No es coincidencia que Jesús haya comenzado su misión salvífica con el bautismo, ya que este era un símbolo de purificación y renacimiento por aquél tiempo. Así como Cristo, los hombres están llamados a comenzar su vida en Cristo del mismo modo que él: a través del bautismo.  Analicemos la naturaleza del bautismo, su significado e importancia en la vida de los cristianos.

1 El bautismo es un sacramento

Un sacramento es un signo sensible que nos comunica la vida divina a través de la gracia. Los sacramentos tienen como fin la reconciliación de los hombres con Dios, así como su santificación. (Cfr. CIC 774, 1084, 1140) Los sacramentos “nutren” la vida espiritual del cristiano, pues lo mantienen conectado al principio Óptimo de plenitud que es Dios. Pero, para iniciar a recibir la gracia por estos medios sensibles, es necesario ingresar a la familia de Dios. Así como el día en que Jesús se bautizó, el Padre se manifestó como tal sobre el Hijo en el amor del Espíritu Santo, así son reconocidos los hombres como hijos de Dios. Es decir, el bautismo nos hace miembros de la familia de Dios, tal como esto se hizo patente con Cristo en su bautismo.

El  Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu (“vitae spiritualis ianua“) y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión (cfr. CIC 1213)

2 Finalidad del sacramento ¿Para qué bautizarse?

El sacramento del bautismo debe entenderse a la luz de la doctrina del pecado original y de la redención en Cristo. Si se pretende entender el sacramento desde otra perspectiva, se corre el riesgo de entender mal su naturaleza.

Originalmente, la palabra “bautismo” viene del griego “baptizein”, que significa sumergir. Ya se ha mencionado que el bautismo nos “lava” el pecado original y nos introduce en la familia de Dios para nuestra salvación. Ahora bien, a veces esta limpieza de los pecados a través del bautismo se mal entiende, pues ¿Cómo puede lavar un poco de agua un afrenta contra Dios? Para declarar que el bautismo lava el pecado original hay que detenernos brevemente en algunos puntos de la teología de la salvación.

2.1 El bautismo nos sumerge en Cristo y nos lava del Pecado Original

El pecado original, según el pensamiento de algunos padres de la Iglesia, no fue la desobediencia de Adán y Eva al comer el fruto prohibido, sino desconfiar de la alianza que Dios ofreció, pues el hombre quiso hacerse como Él, de un modo inapropiado. Por tanto, el pecado original alejó a los hombres de Dios. Sin embargo, Dios, que es eterno Bien, creó las cosas a su imagen, y por tanto buenas, por lo que también creó bueno al hombre. El pecado del hombre no aniquiló su naturaleza buena, pero sí la hirió, por lo que el hombre ya no estaba en posibilidad de acercarse a Dios para ser salvado.

La salvación debe entenderse como la plenitud de la naturaleza humana. El hombre, por el pecado, hirió su naturaleza, así que ya no estaba en plenitud. Por tanto, necesitaba un salvador u optimador, el cual sólo podía ser Dios, pues sólo Dios es bueno en plenitud. Además Él creó a los hombres a su imagen y semejanza, según la capacidad de amar, reflexionar y conocer. Es entonces que la reconciliación de Dios y el hombre la comienza y plenifica Dios a través de la venida de Cristo.

Jesucristo, siendo la Razón amorosa y eterna del Padre, habiendo estado en su seno desde la eternidad, toma la naturaleza humana para reconciliarla con el Padre. La salvación en Cristo es perfecta porque: proviene óptimamente de Dios, ya que Cristo es la Segunda Persona de la Trinidad, y ha plenificado la naturaleza humana.

Cristo se ha “sumergido” en nuestra naturaleza humana para hacerla óptima. A propósito de esto, Joseph Ratzinger, el Papa Benedicto XVI, propone que el sacramento (misterio) del bautismo se puede resumir así “Dios ha querido salvarnos yendo Él mismo hasta el fondo del abismo de la muerte, con el fin de que todo hombre (…) pueda encontrar la mano de Dios a la cual asirse a fin de subir desde las tinieblas y volver a ver la luz para la que ha sido creado. Todos sentimos, todos percibimos interiormente que nuestra existencia es un deseo de vida que invoca una plenitud, una salvación. Esta plenitud de vida se nos da en el bautismo” (1)

2.2 El Bautismo nos da vida nueva

Es así que el bautismo nos sumerge en la vida divina que Cristo nos ha revelado cuando tomó la naturaleza humana. En el agua del bautismo se toma parte de la muerte y resurrección de Cristo. En el agua queda sepultado el viejo hombre Adán y sale el hombre nuevo, plenificado en la gracia de Cristo.

Esta doctrina está clara desde las enseñanzas de Pablo, pues escribe en la carta a los romanos: ” Como ustedes saben, todos nosotros, al ser bautizados en Cristo Jesús, hemos sido sumergidos en su muerte. Por este bautismo en su muerte fuimos sepultados con Cristo, y así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la Gloria del Padre, así también nosotros empezamos una vida nueva. Una representación de su muerte nos injertó en él, pero compartiremos también su resurrección.” (Cfr. Rom 6, 3-5)

Es por esto que ” La “inmersión” en el agua simboliza el acto de sepultar al catecúmeno en la muerte de Cristo, de donde sale por la resurrección con Él (cfRm 6,3-4; Col 2,12) como “nueva criatura” (2 Co 5,17; Ga 6,15).” (CIC 1214)

Debemos aclarar  que sumergirse en Cristo significa también recibir su gracia. Ya hemos dicho que Cristo hace óptima nuestra naturaleza al tomarla y reconciliarla con el Padre, pero no sólo Cristo se sumerge en nuestra naturaleza, sino que también nos sumerge hacia la intimidad de la vida trinitaria. Esto significa que, por el bautismo, ya no somos siervos ni sólo criaturas, sino que somos herederos de la gracia de Dios, junto con su felicidad bienaventurada. Esto es lo que se recibe en el bautismo: la gracia de ser hijos de Dios, reconciliados con Él a través de Cristo, por lo que somos copartícipes de la vida divina, vida nueva que nos hace, en verdad, bienaventurados.

En la carta a los Gálatas, el Apóstol Pablo se dirige a los que han aceptado a Cristo como salvador y seguido su doctrina. Por tanto, podemos suponer que se dirige a los cristianos bautizados, a los cuales dice “Ustedes ahora son hijos, por lo cual Dios ha mandado a nuestros corazones el Espíritu de su propio Hijo que clama al Padre: ¡Abbá! o sea: ¡Papá! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo, y siendo hijo, Dios te da la herencia.” (Gal, 4, 6-7)

3 La materia y la forma del sacramento

Ya hemos mencionado que, en ocasiones, el bautismo es malentendido, pues se piensa que un poco de agua lava los pecados. Ante esto hay que decir que el agua es la materia, o el símbolo material del lavado de los pecados. Lo que realmente borra el pecado original es la gracia de Cristo, representada por las palabras del ministro celebrante. El bautismo no es sólo el derramamiento de agua. Esto es sólo el símbolo material de la limpieza de los pecados.

El bautismo tiene tres consideraciones como sacramento: el signo sacramental, la realidad y el signo, y la realidad sola.  El signo sólo es algo visible y externo, señal del efecto interior. Los sacramentos existen para la santificación de la vida interior, así que, si no hay una recepción interna de la gracia, el símbolo externo no está plenificado.

4 El bautismo, puerta de la verdadera libertad

Algunos Padres de la Iglesia relacionaron el bautismo con el cruce pascual del Mar Rojo. Así como los israelitas pasaron de la esclavitud a la libertad cruzando por el agua, así los cristianos vamos hacia la verdadera libertad a través del agua del bautismo. Pues, antes de recibir la gracia plenificadora, no somos más que creaturas que no han encontrado su optimación en el Bien divino, no tenemos libertad, pues esta existe sólo en función de la plenitud. A lo sumo tenemos libre arbitrio, pero no verdadera libertad. Esta llega con el bautismo, pues al recibir la gracia, nos enfocamos con claridad hacia la plenitud y podemos usar óptimamente todas nuestras facultades.

5 Algunas características del Bautismo

Para finalizar, veamos algunas características del Bautismo que uno de los primeros Padres de la Iglesia, San Gregorio Nacianceno, esclarece para su comprensión:

El Bautismo «es el más bello y magnífico de los dones de Dios […] lo llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura de incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo más precioso que hay. Don, porque es conferido a los que no aportan nada; gracia, porque es dado incluso a culpables; bautismo, porque el pecado es sepultado en el agua; unción, porque es sagrado y real (tales son los que son ungidos); iluminación, porque es luz resplandeciente;vestidura, porque cubre nuestra vergüenza; baño, porque lava; sello, porque nos guarda y es el signo de la soberanía de Dios» (San Gregorio Nacianceno,Oratio 40,3-4).

(1) “Se sumergió para sumergirnos” en Homilías de Benedicto XVI, Benedicto XVI, Ed. Cobel, Madrid, 2009, p. 151

El bautismo fuente del cristianismo



Bautismo Inter
En su homilía en la misa final del Sínodo de América, el Santo Padre planteó con palabras breves y enfáticas el reto que tiene delante el Pueblo de Dios en nuestras tierras: “Ha llegado el tiempo de la Nueva Evangelización, una ocasión providencial para guiar al Pueblo de Dios que está en América hacia el umbral del tercer milenio con renovada esperanza” (1).

La Iglesia en nuestro continente está abocada, pues, a asumir con generosidad la tarea de la Nueva Evangelización que ha de llevar a que los cristianos que peregrinan en estas tierras puedan, renovada su vida cristiana, dar razón de su esperanza (ver 1Pe 3,15) anunciando la Buena Nueva, y construir su vida y su plenitud sobre las bases firmes que se encuentran sólo en el Evangelio de Jesucristo.

Para ello, resulta particularmente importante detenerse a reflexionar acerca del Bautismo y el lugar que ocupa como fundamento sacramental de la vida cristiana y de la misión de la Iglesia. Los múltiples desafíos que plantea la Nueva Evangelización de nuestro continente requieren de respuestas sólidamente cimentadas. Por ello es importante centrar nuestra atención en el sustrato óntico de la existencia reconciliada en el Señor Jesús que es precisamente el Bautismo. Así el Pueblo de Dios podrá caminar con pasos seguros a la hora de ofrecer las respuestas que requiere la Nueva Evangelización.

En estas páginas vamos a buscar ahondar simultáneamente en dos direcciones: por un lado, en la transformación operada en el cristiano al recibir el Bautismo, y, por el otro, en la dinámica del desarrollo del don seminal de este sacramento. Se trata de profundizar en el fundamento ontológico de la vida cristiana, preguntándonos al mismo tiempo acerca del modo en que éste se va haciendo vida concreta, buscando iluminar el camino por el que el cristiano está llamado a responder a la vocación y misión que están presentes en su consagración bautismal.

Vamos a tratar pues de ir poniendo de relieve, desde distintas aproximaciones, estos dos aspectos, tomando conciencia de aquello que ya está presente en el bautizado por el mismo hecho de haber participado en el misterio reconciliador al recibir el sacramento, así como de las exigencias que implica para la cooperación humana el dinamismo que el sacramento origina y fundamenta.

El Bautismo, fundamento de la vida cristiana

La ontología de la vida cristiana

En los tiempos de crisis de la verdad, de nihilismo antropológico y espiritual que nos ha tocado vivir, está siempre presente el riesgo de perder de vista el realismo de la vida cristiana. En un contexto en el cual la cultura está marcada por el agnosticismo funcional, la opción por la vida de fe empieza muchas veces a aparecer como una más entre las varias alternativas que se le ofrecen al “consumidor” de satisfactores espirituales, las cuales, por su mismo carácter de productos de consumo, se consideran como carentes de todo lazo ontológico con la realidad, suscitadas más bien por los “gustos del cliente”. La afirmación de que nuestra vida cristiana es algo “dado”, que los cristianos acogemos y que entraña un contacto con la realidad y en particular con la ontología del ser humano, aparece en ese contexto como una pretensión inaudita que suscita rechazo.

También muchos cristianos pueden empezar insensiblemente a vivir su fe de ese modo, perdiendo la convicción de que su opción vital supone la acogida de una verdad válida para todo ser humano. Esto se da particularmente cuando se entiende la fe cristiana como una serie de prácticas personales o de un pequeño grupo, y se reduce el compromiso cristiano a una opción personal e individualista, perdiendo dinamismo apostólico y evangelizador. La incapacidad de muchos cristianos para situarse críticamente frente al mundo y la cultura parece ser una consecuencia de este debilitamiento de la conciencia de la dimensión ontológica y antropológica de la fe, que se fundamenta en el realismo sacramental del Bautismo. Esta pérdida de conciencia parece subyacer también a algunas propuestas pastorales que plantean la Nueva Evangelización -dirigida a personas y grupos humanos que ya han recibido la iniciación sacramental- como una tarea que empieza prácticamente “desde cero”, prescindiendo de la gracia sacramental ya presente, y también con frecuencia de los elementos tradicionales de catequesis y vida cristiana que siguen operantes en la cultura aunque puedan estar debilitados o faltos de sustento.

Reflexionar sobre el Bautismo como fuente de vocación y misión del cristiano significa recordar la verdad fundamental de que nuestra vida cristiana tiene en su fundamento un acontecimiento sacramental, es decir un hecho concreto, histórico, real incluso en el sentido físico, que ha acontecido en un momento determinado de nuestras vidas. La vida cristiana se origina en el acontecimiento del Bautismo, el cual -nos enseña el Catecismo- “significa y realiza la muerte al pecado y la entrada en la vida de la Santísima Trinidad a través de la configuración con el misterio pascual de Cristo” (2). Sin la transformación de nuestro interior que opera el signo sacramental del agua acompañada por las palabras del ministro, nuestra vida cristiana carecería de fundamento ontológico y antropológico; la vida de fe no tendría base suficiente en nuestra realidad personal. De allí la necesidad del Bautismo para la vida cristiana. Sin la vida de gracia que aquél inaugura, ésta sería imposible, porque la conformación con Cristo excede nuestras fuerzas y capacidades sin esa gracia sacramental: “todo el organismo de la vida sobrenatural del cristiano tiene su raíz en el santo Bautismo” (3).

Esto significa también que la vida cristiana no se basa en primer lugar en la decisión humana de emprender el camino del seguimiento de las enseñanzas evangélicas, sino que tiene su primer fundamento en la iniciativa de Dios que sale al encuentro del ser humano mediante un signo eficaz específico, que como hecho histórico, concreto y real, transforma su existencia y funda una vida nueva. La acción cooperadora con la que el ser humano corresponde a la gracia santificante supone el don ontológico original del Bautismo, y surge precisamente como respuesta a él. La vida cristiana no es, pues, producto de la invención del ser humano, sino fruto de la apertura consciente y libre a una transformación real que Dios ha efectuado en su ser por medio de la gracia.

El hecho de que la vida cristiana tiene un fundamento ontológico sacramental se puede percibir también en la transformación que el Bautismo causa en el ser de la persona que lo recibe. Por la recepción del sacramento, el neófito es transformado interiormente, “participa en la muerte de Cristo; es sepultado y resucita con Él” (4), y por ello es “revestido de Cristo” (Gál 3,27). El bautizado se diferencia del no bautizado en su misma constitución ontológica, porque, como enseña el Catecismo, “el Bautismo imprime en el cristiano un sello espiritual indeleble (character) de su pertenencia a Cristo” (5). Esta huella ontológica es tan radical que no se ve afectada en lo sustancial ni siquiera por la opción libre del cristiano en contra de su condición de tal: “Este sello no es borrado por ningún pecado, aunque el pecado impida al Bautismo dar frutos de salvación” (6). La huella del Bautismo permanece presente en el cristiano, incluso a pesar de sus pecados personales; es un principio de vida más fuerte que las traiciones e infidelidades, porque toca la realidad más profunda del ser humano que es el fundamento de toda su vida y actividad. Por eso, el cristiano obra siempre desde su dignidad de hijo de Dios, ya sea que obre conforme a esa dignidad que se le ha conferido, ya sea que la traicione.

Ahora bien, si el Bautismo transforma ontológicamente al ser humano, es necesario afirmar al mismo tiempo que lo presupone, como capaz de acoger la gracia de la filiación, y que lo conduce a la plenitud a la que está llamado. Esta afirmación no es más que la verificación en el plano sacramental de la antropología desarrollada por el Concilio Vaticano II. En efecto, si es verdad que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”, y que sólo Él “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (7), entonces es necesario afirmar que la naturaleza humana sólo puede encontrar su verdadera plenitud a partir de la gracia bautismal. Por eso la Iglesia enseña la necesidad radical del Bautismo para que el ser humano alcance su realización: “El Señor mismo afirma que el Bautismo es necesario para la salvación (ver Jn 3,5)… La Iglesia no conoce otro medio que el Bautismo para asegurar la entrada en la bienaventuranza eterna” (8).

Si la búsqueda del ser humano halla respuesta a todas sus inquietudes y anhelos sólo en el encuentro con Jesucristo Revelador y Reconciliador, el Bautismo es el sello sacramental y la garantía ontológica con que la iniciativa de Dios sale al encuentro no sólo de las preguntas que el ser humano se hace, sino de todas las hambres que brotan de lo más profundo de su ser. Por el don del Bautismo, acogido por el ser humano desde su naturaleza dotada de libertad y abierta a la comunión, se abre para él la posibilidad de afianzar su permanencia en la realización de su vocación y dignidad, y de desplegar su ser acogiendo y haciendo efectiva la misión a la que está llamado desde toda la eternidad. La vida humana verdadera es precisamente la vida cristiana, y por eso el Bautismo es la respuesta sacramental de Dios al hambre de plenitud presente en la naturaleza misma del ser humano.

La superación de la situación actual de crisis de verdad que prescinde del realismo de la vida cristiana supone hacer, pues, dos afirmaciones fundamentales. En primer lugar, que la vida cristiana hunde sus raíces en el mismo fundamento ontológico de la vida humana, y se basa no sólo en una elección de la persona, sino en primer término en la realidad ontológica del Bautismo. En segundo lugar, que el don del Bautismo nos es ofrecido por Dios -a través de la Iglesia- como respuesta concreta a las hambres fondales inscritas en nuestra naturaleza humana, como posibilidad realista de realización de los dinamismos fundamentales presentes en ella con anterioridad al Bautismo. Es pues un don gratuito, pero de ninguna manera extrínseco, porque responde a la misma naturaleza humana, llamada a la comunión.

El sacramento del Bautismo

Ahondar en la naturaleza del sacramento bautismal y abrirse al dinamismo al que da fundamento será pues una exigencia ineludible de la vida cristiana, y una condición imprescindible para que los esfuerzos por responder a la Nueva Evangelización den fruto. El Catecismo de la Iglesia Católica presenta de la siguiente manera los elementos fundamentales del Bautismo: “El santo Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión: “Baptismus est sacramentum regenerationis per aquam in verbo” (“El Bautismo es el sacramento del nuevo nacimiento por el agua y la palabra” (9))” (10).

En esta definición se pueden distinguir tres elementos fundamentales. En el acápite anterior nos hemos referido ya a un aspecto del primero, según el cual el Bautismo es “el fundamento de toda la vida cristiana”. El Catecismo añade, precisando los alcances de esta afirmación, que es “el pórtico de la vida en el espíritu y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos”. Toda la vida espiritual y la participación de la vida sacramental dependen del Bautismo.

En segundo lugar, el Catecismo indica que “por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios”. El Bautismo da lugar a la vida nueva en el Señor Jesús. Ésta es la vocación del cristiano que tiene su raíz en el Bautismo: la filiación divina que recibe al ser liberado del pecado, y que debe hacerse vida concreta con su cooperación. Todas las vocaciones específicas a las que el Señor llama son participación de esta vocación a ser regenerados en el Hijo, el “Hombre nuevo”, cuya gloria se manifiesta en cada cristiano de una manera única e irrepetible.

Esta vida nueva no es únicamente una transformación interior, sino que está ligada a la “obra” que cada fiel está llamado a realizar. Por eso, en tercer lugar, el Catecismo señala que por el Bautismo “llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión”. El Bautismo, pues, hace al cristiano partícipe de la misión del Pueblo de Dios de ir por todo el mundo y proclamar la Buena Nueva a toda la creación (ver Mc 16,15).

La misión depende, como indica el Catecismo, de la incorporación a la Iglesia, que es uno de los efectos del Bautismo. De esta incorporación brota también una ineludible exigencia de comunión, que nace de la misma naturaleza del Bautismo: “Como la Iglesia es la comunión entre todos aquellos que profesan la única fe y viven en la caridad, la obligación primaria que brota del Bautismo es la de conservar la comunión con la misma Iglesia (11) y con Dios” (12).

La figura del cuerpo que el Espíritu inspira a San Pablo para expresar la realidad de la Iglesia ilumina ambas dimensiones de la comunión. Expresa por un lado la unidad de todos los miembros del cuerpo con la Cabeza que es el Señor, de quien todos reciben la vida. Participamos de la vida cristiana como miembros de la Iglesia, en la medida en que permanecemos unidos “a la Cabeza, de la cual todo el Cuerpo, por medio de junturas y ligamentos, recibe nutrición y cohesión, para realizar su crecimiento en Dios” (Col 2,19). La figura del cuerpo expresa también la unidad en la pluralidad de servicios que están llamados a desempeñar los cristianos en la Iglesia: “Pues, así como nuestro cuerpo, en su unidad, posee muchos miembros, y no desempeñan todos los miembros la misma función, así también nosotros, siendo muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo, siendo cada uno por su parte los unos miembros de los otros” (Rom 12,4-5). La unidad del cuerpo se fortalece cuando cada uno construye la comunión, acogiendo la reconciliación en la vida personal y comunitaria, y entregándose generosamente al “ministerio de la reconciliación”, que se nos ha confiado en el Bautismo: “Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación” (2Cor 5,18). Esta unidad tiene su fundamento en la gracia bautismal: “El Bautismo constituye el fundamento de la comunión entre todos los cristianos,…”constituye un vínculo sacramental de unidad, vigente entre los que han sido regenerados por él” (13) ” (14).

La vida cristiana

Esta plenitud de la unidad y la comunión tiende a la perfección de la caridad, que es la esencia de la vida cristiana. Por el Bautismo, como nos recuerda el Concilio, “todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (15).. El Bautismo es, así, el “fundamento de la existencia cristiana” (16).. Esta vida cristiana que los hijos de la Iglesia acogen por el Bautismo es la única vida verdaderamente humana: “Dios nos ha dado vida eterna y esta vida está en su Hijo. Quien tiene al Hijo, tiene la vida; quien no tiene al Hijo, no tiene la vida” (1Jn 5,11-12).

Para comprender la transformación de la existencia humana que significa esta vida cristiana, la Iglesia ha mirado siempre a María, la primera en recibir en sí los frutos de la reconciliación. Ella es paradigma de esa vida de la que los cristianos participamos por el Bautismo. Manifiesta en su propio ser indiviso la plenitud de vida que se da en la comunión con la Trinidad creadora, que es la fuente de la reconciliación con uno mismo, con los demás y con toda la creación. La vocación a la vida cristiana, que María acoge plenamente, se manifiesta en Ella precisamente como la coronación y la plenitud de la vocación a la vida humana, y por lo tanto como la verdadera vida humana, vida reconciliada, existencia en la cual ha dado fruto la reconciliación que el Señor nos ha obtenido con su Encarnación, Muerte y Resurrección. En María se percibe claramente que la vida cristiana es la que se centra en el Señor Jesús, nutriéndose de Él, que ha venido para que tengamos vida y para que la tengamos en abundancia (ver Jn 10,10).

En Ella resulta claro también cómo la vocación a la vida cristiana, que alcanza una especificación particular en cada persona llamada a reflejar la gloria del Señor (17) de una manera única e irrepetible, no se queda en el ser, sino que está indesligablemente unida a un quehacer, a una obra, a una misión concreta y personal. María, que es la Inmaculada, la llena de gracia, la sierva del Señor, tiene, como enseña el Santo Padre, “un lugar preciso en el plan de la salvación”, una “presencia activa y ejemplar en la vida de la Iglesia” (18). Al igual que Ella todos los cristianos tienen, junto a su vocación a la santidad, una misión a cumplir: “Cada ser humano, junto a esta vocación que venimos llamando “fundamental” tiene también, por designio divino, un llamado a realizar en este terreno peregrinar una misión propia. Así, el horizonte de la vocación pasa a una especificidad más individual con el llamado personal a una misión concreta, cuya huella lleva en su mismidad, según la divina Providencia” (19).

El Bautismo y la vocación a la santidad

La vida cristiana que proviene del Bautismo incluye pues tanto la vocación del cristiano a participar plenamente de esa vida en su persona, como el llamado a cumplir una misión apostólica. Ahondaremos ahora en el primero de estos aspectos, que no es otro que la vocación de cada cristiano a vivir la plenitud de la santidad.

La vocación a la santidad

El Papa Juan Pablo II afirma en la Christifideles laici que “la vocación a la santidad hunde sus raíces en el Bautismo” (20), señalando que esa vocación, que debe ser considerada “como un signo luminoso del infinito amor del Padre que les ha regenerado a su vida de santidad” es “una componente esencial e inseparable de la nueva vida bautismal, y, en consecuencia, un elemento constitutivo de su dignidad” (21). El Santo Padre recoge así la enseñanza del Concilio Vaticano II, el cual, al recordar al Pueblo de Dios la universal vocación a la santidad, la fundamentaba precisamente en la consagración bautismal: “Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el Bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y partícipes de la divina naturaleza, y por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron” (22).

En el texto conciliar la santidad aparece en primer lugar como un hecho: los cristianos son ya “realmente santos” por el Bautismo. Hay un fundamento ontológico de santidad, en el cual se basa el desarrollo de la santidad del cristiano: la vida nueva en el Señor que le ha sido conferida al bautizado por su participación sacramental en el acto reconciliador del Señor Jesús. El Catecismo ahonda en esta realidad subrayando la radical novedad de la condición del bautizado: “El Bautismo no solamente purifica de todos los pecados, hace también del neófito “una nueva creación” (2Cor 5,17), un hijo adoptivo de Dios (ver Gál 4,5-7) que ha sido hecho “partícipe de la naturaleza divina” (2Pe 1,4), miembro de Cristo (ver 1Cor 6,15; 12,27), coheredero con Él (Rom 8,17) y templo del Espíritu Santo (ver 1Cor 6,19)” (23).

Pero el Concilio no se queda en afirmar que la santidad es ya real en los bautizados. También nos dice que “es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron”.. La vida cristiana acogida en el Bautismo constituye un principio dinámico de crecimiento, que no ha alcanzado todavía la plenitud. En realidad, toda la existencia cristiana es despliegue de la novedad cristiana acogida en el Bautismo, como lo señala la Christifideles laici con respecto a los laicos: “No es exagerado decir que toda la existencia del fiel laico tiene como objetivo el llevarlo a conocer la radical novedad cristiana que deriva del Bautismo, sacramento de la fe, con el fin de que pueda vivir sus compromisos bautismales según la vocación que ha recibido de Dios” (24).

Los obispos latinoamericanos en Medellín enseñaron por eso que “por el Bautismo el cristiano inició su configuración con Cristo que luego, por la acción de Dios y la fidelidad del hombre, ha de ir creciendo hasta llegar a la edad perfecta de la plenitud de Cristo” (25). El esfuerzo del hombre por responder con fidelidad parte de la conciencia del don inmenso del Bautismo, es decir, del misterio de haber muerto a la muerte para nacer a la vida nueva en el Señor Jesús. Esta conciencia lleva al cristiano a descubrir que la semilla de vida que ha sido depositada en su corazón debe madurar por la gracia y por la fe.

Si el don del Bautismo es como una semilla de vida llamada a crecer y exige un esfuerzo de cooperación, también lo exige la presencia, aun después del Bautismo, de las consecuencias del pecado: “En el bautizado permanecen ciertas consecuencias temporales del pecado, como los sufrimientos, la enfermedad, la muerte o las fragilidades inherentes a la vida como las debilidades de carácter, etc., así como una inclinación al pecado que la Tradición llama concupiscencia, o “fomes peccati”: “La concupiscencia, dejada para el combate, no puede dañar a los que no la consienten y la resisten con coraje por la gracia de Jesucristo. Antes bien \\’el que legítimamente luchare, será coronado\\’ (2Tim 2,5)” (CC. de Trento: DS 1515)” (26).

El desarrollo del don de la vida cristiana recibido por el Bautismo supone pues un esfuerzo consciente de lucha y combate, como lo sugieren las esperanzadoras palabras del Concilio de Trento que cita el Catecismo. Este combate requiere de una cooperación activa con la gracia recibida. No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos (ver Mt 7,21), sino aquel que cumple con el designio divino. No basta con ser bautizado, sino que es necesario abrirse al dinamismo del Bautismo para, cooperando con la gracia recibida, irse transformando cada vez más, “hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo” (Ef 4,13), en cuya muerte hemos participado para nacer a la nueva vida.

La dinámica bautismal

La dinámica fundamental de ese camino de combate interior y cooperación que conduce al despliegue del don de la vida de gracia, y al progresivo vencimiento de la concupiscencia, viene señalada también por la naturaleza misma del Bautismo: se trata del paso de la muerte del pecado a la vida nueva en el Señor Jesús.

El Papa Juan Pablo II enseña que mediante el Bautismo “Jesús une al bautizado con su muerte para unirlo a su resurrección (ver Rom 6,3-5); lo despoja del “hombre viejo” y lo reviste del “hombre nuevo”, es decir, de Sí mismo” (27). Nuevamente, se trata ante todo de una realidad objetiva, presente ya en el bautizado por la misma recepción del sacramento. Pero esa realidad ontológica ha de ir haciéndose vida concreta en la vida espiritual del cristiano.

Esto implica asumir en la propia vida un doble dinamismo por el cual nos vamos asemejando cada vez más al Señor Jesús: despojarse del hombre viejo y revestirse del nuevo. Ambos procesos son simultáneos y complementarios. Por un lado, ir rompiendo con el pecado, con los conflictos y rupturas en todas las dimensiones de nuestro ser, y sobre todo con la mentira, que nos hace esclavos de las concupiscencias del poder, el tener y el placer (ver 1Jn 2,16). Por el otro, ir revistiéndonos del hombre nuevo, acogiendo la gracia divina que el Padre derrama en nuestros corazones por el Espíritu Santo, para irnos asemejando cada vez más al Señor Jesús y poder repetir con el Apóstol: “es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20).

Ese camino progresivo de conformación con el Señor Jesús no es otro que el camino de crecimiento en la fe, como se puede deducir -una vez más- del sacramento del Bautismo.

El camino de la fe

En efecto, como enseña el Catecismo, “el Bautismo es el sacramento de la fe”. “La fe que se requiere para el Bautismo -añade- no es una fe perfecta y madura, sino un comienzo que está llamado a desarrollarse” (28). Por ello, “en todos los bautizados, niños o adultos, la fe debe crecer después del Bautismo”. Esto lo manifiesta el hecho de que “la Iglesia celebra cada año en la noche pascual la renovación de las promesas del Bautismo” (29). La fe debe pues renovarse y aumentar cada día: “¡Creo, ven en ayuda de mi poca fe!” (Mc 9,24).

La fe, “garantía de lo que se espera; prueba de las realidades que no se ven” (Heb 11,1) es, como enseña San Juan de la Cruz, medio proporcionado de unión con Dios (30) y, como tal, principio dinámico de la maduración cristiana. Todo el proceso de crecimiento de la vida cristiana ha de entenderse como un desarrollo de la fe, que en la esperanza conduce hacia la plenitud de la caridad.

Esa exigencia de crecimiento en la fe se manifiesta en primer término como una exigencia de integralidad. Se trata de vivir una fe que abarque todas las dimensiones del ser humano: su mente, su corazón y su acción. La fe -enseña el Santo Padre en la Veritatis splendor- “no es simplemente un conjunto de proposiciones que se han de acoger y ratificar con la mente, sino un conocimiento de Cristo vivido personalmente, una memoria viva de sus mandamientos, una verdad que se ha de hacer vida. Pero, una palabra no es acogida auténticamente si no se traduce en hechos, si no es puesta en práctica. La fe es una decisión que afecta a toda la existencia; es encuentro, diálogo, comunión de amor y de vida del creyente con Jesucristo, Camino, Verdad y Vida (ver Jn 14,6). Implica un acto de confianza y abandono en Cristo, y nos ayuda a vivir como él vivió (ver Gál 2,20), o sea, en el mayor amor a Dios y a los hermanos” (31).

Para que la fe se haga integral debe ir creciendo, hasta ir transformando a la persona en toda su realidad. Para ello es necesario un esfuerzo consciente y sistemático por ir abriéndose y respondiendo al dinamismo transformante de la fe. Un testimonio claro de esta dinámica es la llamada “Dirección de San Pedro” que el Espíritu inspiró al Apóstol en su segunda carta: “Poned el mayor empeño en añadir a vuestra fe la virtud, a la virtud el conocimiento, al conocimiento la templanza, a la templanza la tenacidad, a la tenacidad la piedad, a la piedad el amor fraterno, al amor fraterno la caridad” (2Pe 1,5b-7).

No basta con la fe inicial. San Pedro nos enseña que a ella hay que añadir progresivamente -poniendo “el mayor empeño” (2Pe 1,10)- todas las demás virtudes que va enumerando en una cadena que concluye con la consumación en la caridad. Se trata de una dinámica de cooperación activa, para no quedarse “inactivos ni estériles para el conocimiento perfecto de nuestro Señor Jesucristo” (2Pe 1,8). Caminando por esa senda, la fe irá desplegándose en la vivencia de las otras dos virtudes teologales. La fe es el fundamento sobre el cual se asientan la esperanza y la caridad, pero al mismo tiempo sin la esperanza, que sostiene el esfuerzo de crecimiento, y la caridad, que es la plenitud hacia la que tiende la vida cristiana, la fe queda vacía (ver 1Cor 13,2).

Este camino de crecimiento de la fe tiene como fundamento el Bautismo. La huella ontológica de la incorporación a Jesucristo ordena todos los dinamismos de la naturaleza humana hacia la vida cristiana. Por eso el camino de la fe es también de alguna manera el camino del encuentro con uno mismo: el bautizado ha sido renovado radicalmente, y es una nueva creación, participa de la naturaleza divina como hijo adoptivo de Dios y miembro de Cristo y es templo del Espíritu Santo. Además, recibe la gracia santificante, que le permite vivir las virtudes teologales y acoger los dones del Espíritu Santo (32) que lo sostienen en el caminar.

El Bautismo y la misión apostólica

El camino de desarrollo de la fe no se refiere únicamente al perfeccionamiento personal del cristiano, a su vocación a la santidad. Este crecimiento de la fe personal está, como indicamos más arriba, indesligablemente unido a la misión que el Señor encomienda a cada uno en la Iglesia. La gloria que el cristiano está llamado a dar al Padre junto con el Señor no se puede desligar del cumplimiento de la obra apostólica que se le encomienda a cada uno: “Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar” (Jn 17,4).

Con el Bautismo el fiel empieza a participar de la misión del Pueblo de Dios. Esta dimensión apostólica del Bautismo se manifiesta de manera más plena en la Confirmación, que concluye la iniciación cristiana, y en la cual los cristianos “se comprometen mucho más, como auténticos testigos de Cristo, a extender y defender la fe con sus palabras y sus obras” (33).

La misión apostólica forma parte del Bautismo

En la Christifideles laici el Papa Juan Pablo II señala con claridad la consagración apostólica que nace del Bautismo: “Con esta “unción” espiritual, el cristiano puede, a su modo, repetir las palabras de Jesús: “El Espíritu del Señor está sobre mí; por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, y a proclamar el año de gracia del Señor” (Lc 4,18-19; ver Is 61,1-2). De esta manera, mediante la efusión bautismal y crismal, el bautizado participa en la misma misión de Jesús el Cristo, el Mesías Salvador” (34).

La identidad apostólica marca pues al bautizado tan profundamente como el Bautismo mismo. La incorporación a la Iglesia supone la obligación de “confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios mediante la Iglesia” (35). La legislación de la Iglesia, al precisar quiénes son los fieles cristianos, da un lugar central a esa misión apostólica: “Son fieles cristianos quienes, incorporados a Cristo por el Bautismo, se integran en el Pueblo de Dios, y hechos partícipes a su modo por esta razón de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, cada uno según su propia condición, son llamados a desempeñar la misión que Dios encomendó cumplir a la Iglesia en el mundo” (36).

La misión que forma parte de la identidad de todo bautizado implica y exige el cumplimiento de la misión propia a la que cada uno está llamado en el servicio de la Iglesia. El compromiso activo con la misión apostólica del Pueblo de Dios se hace vida en la entrega a los horizontes concretos de servicio apostólico a los cuales el Señor convoca a cada uno.

Esta misión común pero encomendada a cada uno de manera singular da lugar a unos deberes apostólicos específicos, pero supone también el derecho de trabajar en el servicio evangelizador, tanto personal como asociadamente, como lo recuerda el Código de Derecho Canónico con respecto a los laicos (37).. Como respuesta a la conciencia de ese deber y en ejercicio de ese derecho han surgido en los últimos tiempos múltiples formas de apostolado laical, tanto personal como sobre todo asociado, entre las cuales hay que destacar de forma particular los movimientos eclesiales. El derecho de asociación nace de la misma naturaleza de comunión de la Iglesia, que hunde sus raíces en el Bautismo, y en particular de la misión apostólica que forma parte de la consagración bautismal. Lo recuerda claramente el Santo Padre: “Ante todo debe reconocerse la libertad de asociación de los fieles laicos en la Iglesia. Tal libertad es un verdadero y propio derecho que no proviene de una especie de “concesión” de la autoridad, sino que deriva del Bautismo, en cuanto sacramento que llama a todos los fieles laicos a participar activamente en la comunión y misión de la Iglesia” (38).

El surgimiento de nuevas formas asociativas en el empeño apostólico surge de la misma naturaleza del Bautismo. El empeño apostólico de cada bautizado, así como de las distintas asociaciones en que se integran, realiza la misión de la Iglesia toda, en la cual participan todos los fieles cristianos. Por ello la misión de cada bautizado, aunque en las distintas formas que adquiere revista características y acentos particulares, nunca es individual ni meramente grupal, sino eclesial, pues es participación en la misión de la Iglesia.

“Partícipes del oficio sacerdotal, profético y real de Jesucristo”

La misión apostólica que proviene del Bautismo confiere la participación en el oficio sacerdotal, profético y real de Jesucristo. Esta participación vale para todos los fieles cristianos en cuanto bautizados, y es necesario afirmarla de manera particular con respecto a los laicos, “fieles incorporados a Cristo por el Bautismo, que forman parte del Pueblo de Dios ejerciendo desde su propia vocación la función sacerdotal, profética y real de Cristo, y que en tal sentido ejercen tanto en la Iglesia, así como en el mundo, la misión común: “propagar el reino de Cristo en toda la tierra para gloria de Dios Padre, y hacer así a todos los hombres partícipes de la redención salvadora y por medio de ellos ordenar realmente todo el universo hacia Cristo” (39) ” (40).

La participación en el oficio sacerdotal se da ante todo por la unión de los fieles al sacrificio de Jesucristo en “el ofrecimiento de sí mismos y de todas sus actividades (ver Rom 12,1-2)” (41), que se plenifica en la participación de la oblación eucarística. Exige vivir una espiritualidad de la vida cotidiana, en la cual “todas sus obras, sus oraciones e iniciativas apostólicas, la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso espiritual y corporal…, e incluso las mismas pruebas de la vida”, vividos en el Espíritu, “se convierten en sacrificios espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo (ver 1Pe 2,5)” (42).

Por la participación en el oficio sacerdotal, “la vocación a la santidad está ligada íntimamente a la misión” (43). La santidad es la condición de todo apostolado eficaz, porque nadie da lo que no tiene, y porque una predicación del Evangelio que no tenga sustento en el testimonio de vida no tiene credibilidad. Como enseña Santo Domingo, “el mejor evangelizador es el santo, el hombre de las bienaventuranzas” (44).. El primer campo de apostolado ha de ser siempre el evangelizador mismo, permanentemente evangelizado, porque el primer servicio evangelizador que el fiel le debe a la Iglesia y a los demás es el esfuerzo por su propia santidad.

Pero la dimensión apostólica de la santidad personal sería incompleta sin la predicación activa del Evangelio. La participación en el oficio profético del Señor Jesús se da en el testimonio explícito de la verdad evangélica, en la participación eficaz de todos los fieles en la acción evangelizadora de la Iglesia, no sólo mediante “el testimonio de la vida”, sino también “con el poder de la palabra” (45).. A lo largo de toda la historia de la Iglesia este testimonio ha ido adquiriendo formas siempre renovadas para hacer presente el Evangelio a todos los hombres y a todas las realidades humanas. En los últimos tiempos vienen siendo particularmente importantes las formas asociadas de apostolado, particularmente en el ámbito laical.

El esfuerzo por responder al reto de la evangelización presupone y exige una formación constante en la fe, para poder responder a los retos concretos de los hombres y mujeres de cada tiempo y dar un testimonio eficaz en la cultura. A su vez, la actividad evangelizadora conduce a un crecimiento en la fe, porque “la misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece dándola!” (46).

La participación en el oficio real convoca a los bautizados a “servir al Reino de Dios y difundirlo en la historia. Los cristianos participan de este oficio del Siervo sufriente, antes que nada, mediante la lucha espiritual para vencer en sí mismos el reino del pecado (ver Rom 6,12); y después en la propia entrega para servir, en la justicia y en la caridad, al mismo Jesús presente en todos sus hermanos, especialmente en los más pequeños (ver Mt 25,40)” (47). Aquí entra en juego con toda su radicalidad la exigencia de un servicio solidario a los pobres. Al mismo tiempo, el horizonte del Reino manifiesta que la misión apostólica no queda en el ámbito personal, sino que se trata de transformar todo lo humano mediante la “palabra de la reconciliación” (2Cor 5,19), buscando “dar de nuevo a la entera creación todo su valor originario” (48). En este empeño cobra toda su importancia la evangelización de la cultura, que conduce a la Civilización del Amor.

Conclusión: el Bautismo y el reto de la Nueva Evangelización

Para terminar, es importante volver a la cuestión que nos planteábamos al comienzo. ¿Qué aporta una reflexión en torno al Bautismo de cara a los retos de la Nueva Evangelización?

En primer lugar, suscita una conciencia renovada del fundamento antropológico realista que tiene la vida cristiana, y por lo tanto imprime nuevas fuerzas para evangelizar y sobreponerse al relativismo en que pretende sumir al cristianismo el agnosticismo funcional. La conciencia del Bautismo como don recibido y de las raíces ontológicas de la vida cristiana dan al apóstol vigor, confianza y esperanza en el empeño por hacer llegar la luz y la vida del Evangelio a todos los hombres y a todas las realidades humanas.

En segundo lugar, y como consecuencia de ello, la reflexión en torno al Bautismo nos da una conciencia clara de la grandeza del don recibido. El Santo Padre nos exhorta a mantener esa conciencia: “Es particularmente importante que todos los cristianos sean conscientes de la extraordinaria dignidad que les ha sido otorgada mediante el santo Bautismo” (49). Esta conciencia conducirá a un renovado sentido de la urgencia de ser fieles a sus exigencias, viviendo una vida cada vez más santa, y asumiendo con generosidad la misión apostólica por la cual todos participamos de la misión de la Iglesia.

En tercer lugar -y quizás sea éste el aspecto más importante de cara a los retos específicos de la Nueva Evangelización, que se dirige fundamentalmente a personas que ya han recibido el Bautismo y a ámbitos culturales en los que está todavía presente la huella de la evangelización-, ahondar en la conciencia del fundamento sacramental de la vida cristiana nos dará una conciencia clara de que en este empeño evangelizador se trata no de suscitar una fe inexistente, sino de conducir a los cristianos, entibiados por diversas razones en su compromiso cristiano, a hacer eficaces en sus vidas las consecuencias de un don que ya sella lo más profundo de su ser. El reto no es el de conducir a los destinatarios de la Nueva Evangelización hacia una novedad inédita (50), sino a reconocer en sí el don siempre nuevo de la vida cristiana, recibido en el Bautismo, y a encontrar la reconciliación que anhelan en el renovado encuentro con esta huella que marca su identidad más profunda, dando forma cristiana -y por ello verdaderamente humana- a sus hambres fundamentales, para los cuales han olvidado dónde habían de buscar el alimento verdadero e imperecedero.

Esto supone en los forjadores de la Nueva Evangelización una sensibilidad evangélica para percibir los efectos transformadores del Bautismo y de la primera evangelización en las personas y realidades que buscan transformar con el Evangelio. Los evangelizadores tendrán que realizar un discernimiento penetrante que permita encontrar los medios para sacar a la luz ese don originario -oscurecido quizás a la conciencia personal- con respeto y reverencia, tocando aquellas fibras donde laten los frutos de la transformación sacramental y de la primera catequesis. Junto con ello será necesario un esfuerzo por mantener una fina conciencia de todas las manifestaciones culturales que portan las huellas del Evangelio. Fortaleciéndolas con un renovado contacto vivo con la luz que emana de Jesucristo, el mismo ayer, hoy y siempre (ver Heb 13,8), la cultura se revitalizará para convertirse verdaderamente en una cultura cristiana, es decir una cultura en cuyo seno los hombres y mujeres de nuestro continente tengan al Señor Jesús, Hijo de Dios y de Santa María, en su boca y en su corazón.

Miguel Salazar Steiger, laico peruano, es miembro del Centro de Estudios para la Persona y la Cultura de la Universidad San Pablo. Ha publicado: Persona humana y reconciliación.

Notas

1. Juan Pablo II, Homilía durante la misa de clausura de la Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos, 12/12/1997, 2.

2. Catecismo de la Iglesia Católica, 1239.

3. Catecismo de la Iglesia Católica, 1266.

4. Catecismo de la Iglesia Católica, 1227.

5. Catecismo de la Iglesia Católica, 1272. Ver Gianfranco Ghirlanda, S.J., El derecho en la Iglesia misterio de comunión, Paulinas, Madrid 1992, p. 103: “El carácter bautismal expresa este carácter definitivo de la consagración por parte del Padre, consagración divina, que afecta a las dimensiones más profundas del ser y supone una transformación ontológica, que es como una nueva creación”.

6. Lug. cit.

7. Gaudium et spes, 22.

8. Catecismo de la Iglesia Católica, 1257

9. Catecismo Romano, 2,2,5.

10. Catecismo de la Iglesia Católica, 1213.

11. Ver C.I.C., c. 209, § 1.

12. Gianfranco Ghirlanda, S.J., ob. cit., pp. 73-74.

13. Unitatis redintegratio, 22.

14. Catecismo de la Iglesia Católica, 1271.

15. Lumen gentium, 40.

16. Tertio millennio adveniente, 41.

17. Ver 2Cor 3,18: “Mas todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos: así es como actúa el Señor, que es Espíritu”.

18. Redemptoris Mater, 1.

19. Luis Fernando Figari, María y la vocación a la vida cristiana, Fondo Editorial, Lima 1995, p. 17. El subrayado es nuestro.

20. Christifideles laici, 16.

21. Christifideles laici, 17.

22. Lumen gentium, 40.

23. Catecismo de la Iglesia Católica, 1265.

24. Christifideles laici, 10.

25. Medellín, Religiosos, 1.

26. Catecismo de la Iglesia Católica, 1264.

27. Christifideles laici, 12.

28. Catecismo de la Iglesia Católica, 1253.

29. Catecismo de la Iglesia Católica, 1254.

30. Un amplio elenco de las referencias en que San Juan de la Cruz expresa esta idea puede encontrarse en Karol Wojtyla, La fe según San Juan de la Cruz, Librería Editrice Vaticana – Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1979, pp. 19-21.

31. Veritatis splendor, 88.

32. Ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1265-1266.

33. Lumen gentium, 11.

34. Christifideles laici, 13.

35. Lumen gentium, 11.

36. C.I.C., c. 204, § 1.

37. Ver C.I.C., c. 225, § 1: “Puesto que, en virtud del bautismo y de la confirmación, los laicos, como todos los demás fieles, están destinados por Dios al apostolado, tienen la obligación general, y gozan del derecho, tanto personal como asociadamente, de trabajar para que el mensaje divino de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres en todo el mundo”.

38. Christifideles laici, 29.

39. Apostolicam actuositatem, 2.

40. Luis Fernando Figari, Horizontes de Reconciliación, Vida y Espiritualidad, Lima 1996, p. 67.

41. Christifideles laici, 14.

42. Lumen gentium, 34.

43. Christifideles laici, 17.

44. Santo Domingo, 28.

45. Ver Lumen gentium, 35.

46. Redemptoris missio, 2.

47. Christifideles laici, 14.

48. Lug. cit.

49. Christifideles laici, 64.

50. Ver Santo Domingo, 24: “Hablar de Nueva Evangelización no quiere decir reevangelizar. En América Latina no se trata de prescindir de la primera evangelización sino de partir de los ricos y abundantes valores que ella ha dejado para profundizarlos y complementarlos, corrigiendo las deficiencias anteriores”.

El Sacramento del Bautismo


Primera Parte: Estudio del Signo Sacramental.
 
TEMA 3: EL SACRAMENTO DEL BAUTISMO
3.1 Noción
3.2 El Bautismo, sacramento de la Nueva Ley
3.3 El signo externo del Bautismo
3.3.1 La materia
3.3.2 La forma
3.4 Efectos del Bautismo
3.4.1 La justificación
3.4.2 La gracia sacramental
3.4.3 El carácter bautismal
3.4.4 Remisión de las penas debidas por los pecados
3.5 Necesidad de recibir el Bautismo
3.6 El ministro del Bautismo
3.7 Los padrinos del Bautismo
—————————————————————-
¿Por qué resulta oportuno estudiar el sacramento del Bautismo en un curso de preparación a la Confirmación?
La Confirmación es el sacramento que otorga desarrollo y consolidación a la vida divina que llevamos en nuestra alma. Esa vida se originó cuando fuimos bautizados. Prepararnos a recibir la Confirmación exige una más profunda comprensión del sacramento del Bautismo, punto de partida de aquello que ahora queremos reafirmar.
 
3. EL SACRAMENTO DEL BAUTISMO
Dios, al crear al hombre, le concedió el don de la gracia santificante, elevándolo a la dignidad de hijo suyo y heredero del cielo. Con el pecado original el hombre rompió su amistad con Dios, perdiendo la vida de la gracia y los dones preternaturales . A partir de ese momento, todos los hombres -con la sola excepción de la Bienaventurada Virgen María- somos concebidos con el alma manchada por el pecado y privada de la vida sobrenatural.
Por dones preternaturales (del latín praeter, además) se entienden los cuatro dones añadidos a la naturaleza humana que Dios otorgó a nuestros primeros padres: dos para el alma (ciencia e inmunidad a la concupiscencia), y dos para el cuerpo (impasibilidad e inmortalidad).
La misericordia de Dios, sin embargo, es infinita: compadecido de nuestra triste situación, envió a su Hijo a la tierra para devolvernos la amistad perdida, haciéndonos nuevamente dignos de entrar en la gloria del cielo: el pecado puede ahora ser borrado y somos capaces de vivir una vida nueva, que es participación de la misma vida de Dios.
3.1 NOCIÓN
El Bautismo es el sacramento por el cual el hombre nace a la vida sobrenatural, mediante la ablución del agua y la invocación de la Santísima Trinidad.
Nominalmente, la palabra “bautizar (‘baptizein’ en griego) significa ‘sumergir’, ‘introducir dentro del agua’; la ‘inmersión’ en el agua simboliza el acto de sepultar al catecúmeno en la muerte de Cristo de donde sale por la resurrección con Él como ‘nueva criatura’ (2 Co. 5, 17; Ga. 6, 15)” (Catecismo, n. 1214).
“Con Él hemos sido sepultados por el Bautismo, para participar en su muerte, de modo que así como Él resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una nueva vida’’ (Romanos 6, 4).
El Magisterio de la Iglesia enseña que:
“El Bautismo no solamente purifica de todos los pecados, hace también al neófito ‘una nueva creación’ , un hijo adoptivo de Dios que ha sido hecho partícipe de la naturaleza divina , miembro de Cristo , coheredero con Él y templo del Espíritu Santo ” (Catecismo, n. 1265)
Entre los sacramentos, ocupa el primer lugar porque “es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos” (Catecismo , n. 1213).
-San Pablo lo denomina “baño de regeneración y renovación del Espíritu Santo” (Tit. 3, 5);
-San León Magno compara la regeneración del Bautismo con el seno virginal de María;
-Santo Tomás, asemejando la vida espiritual con la vida corporal, ve en el Bautismo el nacimiento a la vida sobrenatural.
3.2 EL BAUTISMO, SACRAMENTO DE LA NUEVA LEY
El Magisterio de la Iglesia declara dogma de fe que el Bautismo es un verdadero sacramento de la Nueva Ley instituido por Jesucristo (DS 860; 1310; 1601; ver Catecismo, 1113).
En la Sagrada Escritura también se prueba que el Bautismo es uno de los sacramentos instituidos por Jesucristo:
a) En el Nuevo Testamento aparecen textos tanto de las notas esenciales del sacramento como de su institución por Jesucristo:
-el mismo Señor explica a Nicodemo la esencia y la necesidad de recibir el Bautismo: “En verdad te digo que quien no naciere del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de los cielos” (Juan 3, 3-5);
-Jesucristo da a sus discípulos el encargo de administrar el Bautismo (cf. Juan 4, 2);
-ordena a sus Apóstoles que bauticen a todas las gentes: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; id, pues, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28, 18-19). “Id por todo el mundo, predicad el Evangelio a toda criatura. El que creyere y se bautizare, se salvará’’ (Marcos 16, 15-16);
-los Apóstoles, después de haber recibido la fuerza del Espíritu Santo, comenzaron a bautizar: ver Hechos 2, 38 y 41.
b) En el Antiguo Testamento aparecen ya figuras del Bautismo, es decir, hechos o palabras que, de un modo velado, anuncian aquella realidad que de modo pleno se verificará en los siglos venideros.
Son figuras del Bautismo, según la doctrina de los Apóstoles y de los Padres, el Arca de Noé , el paso del mar Rojo (cf. I Cor. 10, 12) , el diluvio universal (I Pedro 3, 20ss.) , y, “finalmente, el Bautismo es prefigurado en el paso del Jordán, por el que el pueblo de Dios recibe el don de la tierra prometida a la descendencia de Abraham, imagen de la vida eterna” . En Ezequiel 36, 25, hallamos una profecía formal del Bautismo: “Esparciré sobre ustedes agua limpia y serán limpiados de todas sus inmundicias y de todos sus ídolos los limpiaré”. Cf. también Isaías 1, 16ss.; 4, 4; Zac. 13, 1; etc.
Además, el bautismo que confería san Juan Bautista antes del inicio de la vida pública de Jesucristo, fue una preparación inmediata para el Bautismo que Cristo instituiría (Mateo 3, 11). El bautismo de Juan, sin embargo, no confería la gracia, tan sólo disponía a ella moviendo a la penitencia (cf. S. Th. III, q. 38, a. 3).
Sobre el momento de institución, santo Tomás de Aquino (cf. S. Th. III, q. 66, a. 2) explica que Jesucristo instituyó el sacramento del Bautismo precisamente cuando fue bautizado por Juan (Mateo 3, 13ss.), al ser entonces santificada el agua y haber recibido la fuerza santificante. La obligación de recibirlo la estableció después de su muerte (Marcos 16, 15, citado arriba). Lo mismo enseña el Catecismo Romano, parte II, cap. 2, n. 20.
3.3 EL SIGNO EXTERNO DEL BAUTISMO
3.3.1 La materia
La materia del Bautismo es el agua natural (Catecismo, 1239, 1240).
Las pruebas son:
1o. Sagrada Escritura: lo dispuso el mismo Cristo (Juan 3, 5: “quien no naciere del agua…”, y así lo practicaron los apóstoles (Hechos 8, 38; “llegados donde había agua, Felipe lo bautizó…”; Hechos 10, 44-48).
2o. Magisterio de la Iglesia: lo definió el Concilio de Trento: “Si alguno dijere que el agua verdadera y natural no es necesaria para el Bautismo… sea anatema”. Trento hizo esta definición contra la doctrina de Lutero, que juzgaba lícito emplear cualquier líquido apto para realizar una ablución. Sería materia inválida, por ejemplo, el vino, el jugo de frutas, la tinta, el lodo, la cerveza, la saliva, el sudor y, en general, todo aquello que no sea agua verdadera y natural.
3o. La razón teológica encuentra además los siguientes argumentos de conveniencia para emplear el agua:
-el agua lava el cuerpo; luego, es muy apta para el Bautismo, que lava el alma de los pecados;
-el Bautismo es el más necesario de todos los sacramentos: convenía, por lo mismo, que su materia fuera
fácil de hallar en cualquier parte: agua natural (cf. S. Th. III, q. 66, a. 3).
La ablución del bautizado puede hacerse ya sea por infusión (derramando agua sobre la cabeza) o por inmersión (sumergiendo totalmente al bautizado en el agua):
Para que el Bautismo sea válido:
a) debe derramarse el agua al mismo tiempo que se pronuncian las palabras de la forma;
b) el agua debe resbalar o correr sobre la cabeza, tal que se verifique un lavado efectivo (en caso de necesidad -p. ej., Bautismo de un feto- bastaría derramar el agua sobre cualquier parte del cuerpo).
3.3.2 La forma
La forma del Bautismo son las palabras del que lo administra, las cuales acompañan y determinan la ablución. Esas palabras son: “Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”.
Esta fórmula expresa las cinco cosas esenciales:
1o. La persona que bautiza (ministro): Yo
2o. La persona bautizada (sujeto): te
3o. La acción de bautizar, el lavado: bautizo
4o. La unidad de la divina naturaleza: en el nombre (en singular; no ‘en los nombres’, lo que sería erróneo)
5o. La distinción de las tres Personas divinas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
3.4 EFECTOS DEL BAUTISMO
Los efectos del Bautismo son cuatro: la justificación, la gracia sacramental, la impresión del carácter en el alma y la remisión de las penas.
3.4.1 La justificación
La justificación es el paso del estado de pecado al estado de gracia.
Consiste, según su faceta negativa, en la remisión de los pecados y, según su faceta positiva, en la santificación y renovación interior del hombre (cf. Catecismo, n. 1989).
No son dos efectos, sino uno solo, pues la gracia santificante se infunde de modo inmediato al desaparecer el pecado; estas dos realidades no pueden coexistir y, además, no hay una tercera posibilidad: el alma o está en pecado o está en gracia.
Así pues, al recibirse con las debidas disposiciones, el Bautismo consigue:
a) la remisión del pecado original y -en los adultos- la remisión de todos los pecados personales, sean mortales o veniales;
b) la santificación interna, por la infusión de la gracia santificante, con la cual siempre se reciben también las virtudes teologales -fe, esperanza y caridad-, las demás virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo. Puede decirse que Dios toma posesión del alma y dirige el movimiento de todo el organismo sobrenatural, que está ya en condiciones de obtener frutos de vida eterna.
Estos dos efectos se resumen, por ejemplo, en el texto de la Sagrada Escritura que dice: “Bautícense en el nombre de Jesucristo para remisión de sus pecados (perdón de los pecados), y recibirán el don del Espíritu Santo (santificación interior)” (Hch 2, 38). Otros textos: I Cor. 6, 11; Hechos 22, 16; Rom, 6, 3ss.; Tit. 3, 5; Juan 3, 5, etc.
El Magisterio de la Iglesia explica así la realidad del organismo sobrenatural que recibe el bautizado:
“La Santísima Trinidad da al bautizado la gracia santificante, la gracia de la justificación que:
-lo hace capaz de creer en Dios, de esperar en Él y de amarlo mediante las virtudes teologales;
-le concede poder vivir y obrar bajo la moción del Espíritu Santo mediante los dones del Espíritu Santo;
-le permite crecer en el bien mediante las virtudes morales.
Así todo el organismo de la vida sobrenatural del cristiano tiene su raíz en el santo Bautismo” (Catecismo, n. 1266)
3.4.2 La gracia sacramental
El Bautismo –como TODOS los sacramentos- confiere gracia sacramental. Sin embargo, ¿cuál es el sentido propio de esa gracia sacramental del Bautismo? Es la gracia que supone un derecho especial a recibir los auxilios espirituales que sean necesarios para vivir cristianamente, como hijo de Dios en la Iglesia, hasta alcanzar la salvación.
Con ella, el cristiano es capaz de vivir dignamente su ‘nueva existencia’, pues ha renacido, cual nueva criatura. La gracia específica del Bautismo le hace posible alcanzar la santidad a la que todos somos llamados.
3.4.3 El carácter bautismal
El Bautismo recibido válidamente imprime en el alma una marca espiritual indeleble, el carácter bautismal, y por eso este sacramento no se puede repetir (De fe, Conc. de Trento, DS 1609; Catecismo, n. 1121).
Como hemos dicho (cf. 1.4.3), el carácter sacramental realiza el hecho de ser ‘especialmente’ de Cristo, algo de su propiedad: el sello con que se designa a ese hombre como particularmente suyo. Esta pertenencia que implica una semejanza con Jesucristo supone, en el caso del Bautismo, la incorporación del bautizado al Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia.
El bautizado pasa a formar parte de la comunidad de todos los fieles, que constituyen el Cuerpo Místico de Cristo, cuya cabeza es el mismo Señor.
De la unidad del Cuerpo Místico de Cristo -uno e indivisible- se sigue que todo aquel que recibe válidamente el Bautismo (aunque sea bautizado fuera de la Iglesia Católica, por ejemplo en la Iglesia Ortodoxa o en algunas confesiones protestantes) se convierte en miembro de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, fundada por Nuestro Señor Jesucristo.
3.4.4 Remisión de las penas debidas por los pecados
Es verdad de fe (Concilio de Trento, DS 1316¸Catecismo, 1263), que el Bautismo produce la remisión de todas las penas debidas por el pecado.
Se supone, naturalmente, que en caso de recibirlo un adulto, debe aborrecer internamente todos sus pecados, incluso los veniales.
Por esto, san Agustín enseña que el bautizado que partiera de esta vida inmediatamente después de recibir el sacramento, entraría directamente en el cielo (cf. De peccatorum meritis et remissione, II, 28, 46).
Santo Tomás explica el porqué de este efecto con las siguientes palabras:
“La virtud o mérito de la pasión de Cristo obra en el Bautismo a modo de cierta generación, que requiere indispensablemente la muerte total a la vida pecaminosa anterior, con el fin de recibir la nueva vida; y por eso quita el Bautismo todo el reato de pena que pertenece a la vida anterior. En los demás sacramentos, en cambio, la virtud de la pasión de Cristo obra a modo de sanación, como en la Penitencia. Ahora bien: la sanación no requiere que se quiten al punto todas las reliquias de la enfermedad” (In Ep. ad Romanos, c. 2, lect. 4).
3.5 NECESIDAD DE RECIBIR EL BAUTISMO
El Bautismo es absolutamente necesario para salvarse, de acuerdo a las palabras del Señor: “El que creyere y se bautizare, se salvará” (Marcos 16, 16).
La razón teológica es clara: sin la incorporación a Cristo -la cual se produce en el Bautismo- nadie puede salvarse, ya que Cristo es el único camino de vida eterna, sólo Él es el Salvador de los hombres (cf. Juan 14, 9; Hechos 4, 12. Ver S. Th. III, q. 68, aa. 1-3).
Sin embargo, este medio necesario para la salvación puede ser suplido en casos extraordinarios, cuando sin culpa propia no se puede recibir el Bautismo de agua, por el martirio (llamado también bautismo de sangre), y por la contrición o caridad perfecta (llamada también bautismo de deseo) para quienes tienen uso de razón.
1o. El bautismo de deseo es el anhelo explícito (p. ej., catecúmeno) o implícito (en cualquier no cristiano) de recibir el Bautismo, deseo que debe ir unido a la contrición perfecta.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que “a los catecúmenos que mueren antes de su Bautismo, el deseo explícito de recibir el Bautismo, unido al arrepentimiento de sus pecados y a la caridad, les asegura la salvación que no han podido recibir por el sacramento” (n. 1259). Ver también CIC, c. 849.
Para aquel que ha conocido la revelación cristiana, el deseo de recibirlo ha de ser explícito. Por el contrario, para el que no tenga ninguna noticia del sacramento basta el deseo implícito. De esta forma, la misericordia infinita de Dios ha puesto la salvación eterna al alcance real de todos los hombres.
Es, pues, conforme al dogma, creer que los no cristianos que de buena fe invocan a Dios (sin fe es imposible salvarse), están arrepentidos de sus pecados (no puede cohabitar el pecado con la gracia), tienen el deseo de hacer todo lo necesario para salvarse (cumplen la ley natural e ignoran inculpablemente a la verdadera Iglesia), pueden quedar justificados por el bautismo de deseo (cf. Lumen gentium, n. 16).
Scholium.- ¿Cuál es el destino eterno de los niños que mueren sin recibir el Bautismo?
El Magisterio de la Iglesia contesta así: “En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir ‘Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis’ (Marcos 10, 14), nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo. Por esto es más apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños vengan a Cristo por el don del santo Bautismo” (Catecismo, n. 1261).
2o. El bautismo de sangre es el martirio de una persona que no ha recibido el Bautismo, es decir, el soportar pacientemente la muerte violenta por haber confesado la fe cristiana o practicado la virtud cristiana.
Jesús mismo dio testimonio de la virtud justificativa del martirio: “A todo aquel que me confesare delante de los hombres yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 10, 32); “El que perdiere su vida por amor mío, la encontrará” (Mateo 10, 39); etc.
La Iglesia venera como mártir a la niña santa Emereciana, que antes de ser bautizada fue martirizada sobre el sepulcro de su amiga santa Inés, al que había ido a orar. De Valentiniano II, que fue asesinado mientras se dirigía a Milán para recibir el Bautismo, dijo san Anselmo: “Su deseo lo ha purificado” (De obitu Valent. 51). Conforme al testimonio de la Tradición y la liturgia (por ejemplo, la festividad de los Santos Inocentes), también los niños que no han llegado al uso de razón pueden recibir el bautismo de sangre.
3.6 EL MINISTRO DEL BAUTISMO
“El ministro ordinario del Bautismo es el Obispo, el presbítero y el diácono” (CIC, c. 861, & 1). Sin embargo, “en caso de necesidad, toda persona puede bautizar, con tal que tenga la intención de hacer lo que hace la Iglesia, y que derrame agua sobre la cabeza del candidato diciendo: “Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Catecismo, 1284).
Si el que fue bautizado permanece vivo tras el Bautismo de emergencia, se debe notificar al párroco correspondiente, el cual averiguará la validez del sacramento, registrándolo en los archivos parroquiales y completando las ceremonias adicionales. Fuera de caso de necesidad, el Bautismo administrado por una persona cualquiera sería válido, pero gravemente ilícito (cf. CIC, c. 862).
3.7 LOS PADRINOS DEL BAUTISMO
Padrinos son las personas designadas por los padres del niño -o por el bautizado, si es adulto-, para hacer en su nombre la profesión de fe, y que “procuran que después lleve una vida cristiana congruente con el Bautismo y cumpla fielmente las obligaciones del mismo” (CIC, c. 872).
La legislación de la Iglesia en torno a los padrinos del Bautismo estipula que:
– “ha de tenerse un solo padrino o una madrina, o uno y una” (CIC, c. 873);
– para que alguien sea admitido como padrino, es necesario que:
tenga intención y capacidad de desempeñar esta misión;
haya cumplido 16 años;
sea católico, esté confirmado, haya recibido el sacramento de la Eucaristía y lleve una vida congruente con la fe y la misión que va a asumir;
no esté afectado por una pena canónica;
no sea el padre o la madre de quien se bautiza (cf. CIC, c. 874 & 1).

La alegria de estar bautizados


Autor: SS Benedicto XVI | Fuente: Catholic.net
La alegría de estar bautizados
Redescubrir la belleza de estar bautizados y pertenecer a la gran familia de Dios, dando gozoso testimonio de nuestra fe
 
La alegría de estar bautizados

¡Queridos hermanos y hermanas!

La Iglesia celebra el Bautismo del Señor, fiesta que concluye el tiempo litúrgico de la Navidad. Este misterio de la vida de Cristo muestra visiblemente que su venida a la carne es el acto sublime de amor de las Tres Personas divinas.

Podemos decir que de este solemne acontecimiento la acción creadora, redentora y santificadora de la Santísima Trinidad será cada vez más manifiesta en la misión pública de Jesús, en su enseñanza, en los milagros, en su pasión, muerte y resurrección.

Leemos, de hecho, en el Evangelio según san Mateo, que “bautizado Jesús, salió luego del agua; y he aquí que se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como paloma y venir sobre él, mientras una voz del cielo decía: “´Éste es mi hijo amado, en quien tengo mis complacencias´» (3,16-17).

El Espíritu Santo “mora” en el Hijo y da testimonio de la divinidad, mientras la voz del Padre, procedente de los cielos, expresa la comunión de amor. “La conclusión de la escena del bautismo nos dice que Jesús ha recibido esta “unción” auténtica, que Él es el Ungido (el Cristo) esperado” (Jesús de Nazaret, Milán 2007, 47-48), como confirmación de la profecía de Isaías: “He aquí mi Siervo, a quien sostengo yo; mi elegido, en quien se complace mi alma” (Is 42,1).

Es verdaderamente el Mesías, el Hijo del Altísimo que, saliendo de las aguas del Jordán, establece la regeneración en el Espíritu y abre, a los que lo quieran, la posibilidad de convertirse en hijos de Dios.

No es por casualidad, de hecho, que todo bautizado adquiera el carácter de hijo a partir del nombre cristiano, signo inconfundible de que el Espíritu Santo hace nacer “de nuevo” al hombre desde el seno de la Iglesia.

El beato Antonio Rosmini afirma que “el bautizado sufre una secreta pero potentísima operación, por la cual es elevado al orden sobrenatural, es puesto en comunicación con Dios (Del principio supremo de la metódica, Turín 1857, n. 331).

Queridos amigos, el Bautismo es el inicio de la vida espiritual, que encuentra su plenitud por medio de la Iglesia. En la hora propicia del Sacramento, mientras la Comunidad eclesial reza y confía a Dios a un nuevo hijo, los padres y los padrinos se comprometen a acoger al recién bautizado sosteniéndolo en la formación y en la educación cristiana. ¡Y ésta es una gran responsabilidad, que deriva de un gran don! Por eso, deseo alentar a todos los fieles a redescubrir la belleza de estar bautizados y pertenecer a la gran familia de Dios, y a dar gozoso testimonio de su fe, para que ésta genere frutos de bien y de concordia.

Lo pedimos por intercesión de la Bienaventurada Virgen María, Auxilio de los cristianos, a quien confiamos a los padres que se están preparando para el Bautismo de sus hijos, así como a los catequistas. ¡Que toda la comunidad participe en la alegría del renacimiento del agua y del Espíritu Santo!

Palabras que dirigió SS Benedicto XVI el domingo 9 de enero al rezar la oración mariana del Ángelus.

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