Llamado a los Párrocos


Publicado en web el 8 de agosto, 2013

A los Párrocos:
Hay que salir a la calle, ser visionarios y generosos

Éstas son las recomendaciones que hizo el Arzobispo de Guadalajara a los homenajeados señores Curas, recordando así las exigencias y el estilo del Papa Francisco.

Mónica Livier Alcalá Gómez

IMG 7472El viernes 2 de agosto, dos días antes de la Fiesta de San Juan Bautista María Vianney, el Santo Cura de Ars, se reunieron en el Seminario Diocesano Menor los Párrocos, Cuasipárrocos, Capellanes y Encargados de Templos para festejar a su Santo Patrono, y también para escuchar el mensaje que el Cardenal José Francisco Robles Ortega les tenía preparado, como cada año, según una tradición que ya es muy propia en nuestra Arquidiócesis.
El festejo comenzó con las palabras del señor Cura Guillermo Ricardo Chávez Aguayo, Párroco de San Juan Diego y Decano del Decanato de Zapopan, quien recordó a los Sacerdotes que su finalidad vocacional es “identificarse cada vez más con Cristo y tener sus mismos sentimientos”, tal como lo ha recomendado el Papa Francisco, pues tienen de ejemplo a un Santo, el Cura de Ars, que se configuró de tal manera con el Salvador, que logró la conversión de un pueblo “indiferente” y logró la santidad.
Asimismo, afirmó que lo que se considera valioso se cuida; por lo tanto, su ministerio es algo que debe cuidarse y pulirse: “Tal vez hemos vivido experiencias en nuestra vida que nos han hecho descuidados y malhumorados; tal vez hemos almacenado los dones que Dios nos ha dado, pero ahora yo los invito a que dejemos que nuestra vida se identifique cada vez más con el Señor”.
Igualmente, advirtió que la Nueva Evangelización apremia, por lo que es necesario caminar juntos para lograrla y cambiar así el entorno pastoral, que tantos retos conlleva.

Ir a los más alejados

IMG 7469Por su parte, el Cardenal Francisco Robles, después de escuchar la “Glosa” del Objetivo del VI Plan Diocesano de Pastoral, asentó que el desempeño de cada Párroco para la vida diocesana “es una importante labor, sobre todo por la población tan variada a la que está dirigida, y con tan abundantes problemas”.
Exhortó luego a cada Sacerdote a tomar en cuenta la Glosa recién escuchada y a realizar un ejercicio informativo de este objetivo diocesano en cada una de sus comunidades y en cada Grupo comprometido con la Parroquia. A este respecto, también les recomendó no ir siempre a los mismos Grupos, dejando fuera de esta planeación a los que no participan: “Desde este primer paso de nuestro Plan debemos pensar cómo sensibilizar y comprometer a los bautizados, se acerquen o no a los Sacramentos y a la Pastoral; tenemos que llegar a todos”.
Recalcó que el territorio parroquial tiene una finalidad, no sólo en lo que atañe a su delimitación geográfica, sino que tiene como objetivo el que los Sacerdotes asuman el compromiso de atender a todos los fieles de su jurisdicción: “Todos, subrayó el Arzobispo, deben tener garantizada la atención pastoral”.
Lamentó que muchos Párrocos y Vicarios han venido conformándose con los que ya tienen, sin pensar en los que no se acercan: “Laboramos siempre con y para los mismos Grupos, con las mismas personas de siempre… Mas, la Misión Continental, la Nueva Evangelización, mira preferentemente a estos sectores que hemos hasta hoy descuidado y no tocamos… el Papa fue muy claro en su señalamiento: ¡Debemos salir a la calle!”
Además, indicó que muchas veces se corre el riesgo de preocuparse más por la Institución que por las personas: “La Iglesia no tiene que ser autorreferencial”.
Finalmente, reconoció la labor que cada día llevan a cabo los Párrocos, pero quiso motivarlos a que sean más visionarios y generosos, tal como lo exige la Sociedad actual, involucrando y tomando en cuenta también a los Vicarios que les han sido asignados.

Algunas normativas

Respondiendo a algunos cuestionamientos de los asistentes, el Cardenal Robles Ortega dio algunas normativas que es necesario tomar en cuenta:

Los cohetes
Dado que las quejas van en aumento, y pensando en los enfermos, ancianos o en posibles accidentes, exhortó a los Sacerdotes a tomar conciencia de que deben disminuir el uso de pólvora en la celebración de Fiestas Patronales u otros momentos festivos; de ser posible, deben ir eliminando estos recursos, sobre todo en las Parroquias urbanas.

Mujeres acólitas
También recordó que acólitos y acólitas bien formados son semillero no sólo de vocaciones, sino de buenas familias cristianas: “Una niña acólita puede después ser una mujer que ha crecido con un grande amor a la Eucaristía e inculcará esto a su familia”. Por lo tanto, dado que no se encuentra fundamento para no asumir esta condición, abrió la posibilidad de que en la Arquidiócesis de Guadalajara se preste el servicio al Altar por parte de las niñas, aunque recomendó que, tanto niñas como niños, requieren de una buena y consciente formación.

Celebraciones Sacramentales
En cuanto a las Celebraciones especiales fuera de los Templos, nuestro Pastor Diocesano fue tajante y les recordó que el espacio para la administración de los Sacramentos debe ser siempre un lugar sagrado, por lo que permanece la norma de que la Celebración de cualquier Sacramento sea llevada a efecto dentro de los Templos y no en otros lugares como casinos o jardines de eventos.

Objetivo del VI Plan Diocesano de Pastoral
La Nueva Evangelización, al Servicio del Reino

Aprovechando la afluencia de Sacerdotes en el Festejo por el Día del Párroco, organizado por la Comisión Diocesana de Formación Permanente, la Vicaría de Pastoral presentó la Glosa del Sexto Plan Diocesano, con la finalidad de que vaya tomando forma en las comunidades.

Mónica Livier Alcalá Gómez

El señor Cura Héctor López Alvarado, Párroco de María Madre del Redentor y Vicario Episcopal de Nuestra Señora del Rosario, Toluquilla, dividió la exposición de la Glosa en tres partes, tal como se divide el propio Objetivo:

¿Qué se quiere lograr?
¿Mediante qué lo lograremos?
¿Para qué?

IMG 7517El Qué, es, ante todo, impulsar la Nueva Evangelización: “Nos indica que somos herederos y continuadores de los esfuerzos pastorales realizados desde la primera Evangelización de estas tierras… por ello, impulsar significa darle un nuevo vigor, nuevo entusiasmo y nuevos métodos a una acción eclesial que ya está en movimiento”.
Además, la Nueva Evangelización habla de un nuevo modo de expresar y difundir el Mensaje Evangélico, “que permita hacerlo comprensible para el hombre de hoy y de sus diferentes culturas. Se trata no sólo de injertar la Fe en las culturas, sino también de devolver la vida a un mundo descristianizado…”
Ante este reto, la Glosa presenta diferentes escenarios donde la Nueva Evangelización más urge:
Escenario de la familia.
Los adolescentes y los jóvenes.
El escenario cultural.
El escenario social de la migración a la ciudad y la globalización.
El escenario económico.
El escenario político.
De la investigación científica y tecnológica.
De la Comunicación.
El escenario de la Religión.
De la inseguridad y la violencia.

El Kerigma

Para contestar la pregunta de ¿”Mediante qué se logrará el objetivo?”, debe recordarse “el alegre anuncio del Mensaje Evangélico, la Buena Noticia de las intervenciones salvíficas de Dios en la Historia”.
Los elementos del Kerigma implican el acto de anunciar la Proclamación de un Mensaje o contenido y el Acontecimiento de Salvación vivido por quien encuentra a Jesús; es decir, la conversión.
La Formación Integral Permanente es el medio; esto es, hay que implementar “un proceso continuo, permanente y participativo que logre desarrollar, armónica y coherentemente, todas y cada una de las dimensiones del ser humano…” Es decir, que considere estas dimensiones:
Espiritual.
Humana.
Cultural.
Social.
Comunitaria.
Intelectual.
Pastoral.
Misionera.
Ante esto, es indispensable, sin duda, la conversión personal y pastoral. “La conversión personal es el primer fruto del encuentro con Jesús. Impacta toda la vida y dispone al converso a asimilar y vivir el Evangelio”.
“La conversión pastoral implica escuchar con atención y discernir lo que el Espíritu Santo está diciendo a la Iglesia a través de los signos de los tiempos”. Presupone “recomenzar” desde Cristo, iniciar una verdadera revisión y renovación eclesial, “que implicará reformas espirituales, pastorales y también institucionales”.

¿Para qué?

Todo esto demanda fortalecer las comunidades eclesiales: “Es necesario darles nuevo vigor, infundirles nueva vitalidad, garantizarles mayor eficacia”.
El hablar de “comunidades eclesiales” hace referencia no sólo a la Parroquia, sino también a las comunidades presentes en los Movimientos, en la Vida Consagrada y el Seminario.
La finalidad es que “nuestro pueblo, en Cristo tenga vida”; es decir, impulsados por la conversión personal y pastoral, no sólo hay que aceptar la Buena Noticia y ponerla en práctica de manera individual, sino que, conforme a los signos de los tiempos, debe transmitirse, mediante la palabra y el testimonio, “la vida en Cristo”. El destinatario de esta vida nueva, “fruto de la Formación Integral, del Anuncio del Kerigma y de la Nueva Evangelización” es el pueblo.

Objetivo Esencial del VI Plan Diocesano

Impulsar la Nueva Evangelización mediante el Anuncio del Kerigma a todos, y la Formación Integral Permanente para fortalecer nuestras comunidades eclesiales y que nuestro pueblo, en Cristo, tenga vida.

El instrumento de trabajo para conocer, entender y asumir el Objetivo Diocesano, se encauza en tres momentos que pueden distribuirse en tres Jornadas a nivel parroquial.

Primer momento: Impulsar la Nueva Evangelización. El “Qué”.
Segundo momento: Mediante el Anuncio del Kerigma a todos y la Formación Integral Permanente. El “Cómo”.
Tercer momento. Para fortalecer nuestras comunidades eclesiales y que nuestro pueblo, en Cristo tenga vida. “Para qué”.

A fin de adquirir el texto completo de la Glosa del Objetivo Diocesano, los interesados pueden comunicarse a la Vicaría de Pastoral:
Calle Jarauta No. 520-A, Sector Libertad, entre las Calles Industria y Federación.
Guadalajara, Jal.
Tel. 36 18 60 84.
info@vicariapastoralgdl.org

Fuente:Semanario.com.mx

Anuncios

Sacerdote, ¿un hijo mío?


Publicado en web el 23 de mayo, 2013

Lupita:

Cuando tenía 18 años, cometí el gran error de someterme a un aborto y, desgraciadamente, quedé sin poder tener tener hijos nunca más. Desde ese día no volví a ser la misma. A los 27 años me casé, adoptamos un niño, pero nos divorciamos; el niño se quedó conmigo y he vivido sola con él. Hemos llevado juntos una vida difícil, de muchas pérdidas materiales, especialmente. Ahora tiene 18 años, y hace unos meses me dijo que quiere ser Sacerdote. Hemos hecho todos los trámites y ya entrará al Seminario. No sé si es una bendición, y me duele pensar que me quedaré sola. ¿Cómo debo sentirme?; a veces estoy contenta, pero también desconsolada.

Estela

Querida Estelita:

hijo joven besa mamaSomos ciudadanos del Cielo; vivimos en este mundo, pero no pertenecemos a él. Nacimos para la eternidad, para ser felices plenamente en presencia de Dios. ¡Cuánto cambiarían nuestros criterios si recordáramos esta verdad contundente!
Tener un hijo Sacerdote se convertiría en una fuente inagotable de alegría, nos sentiríamos elegidos como familia. Tener un hijo Sacerdote es “prenda del Cielo”, anticipo de eternidad. Las dificultades terrenas que esto pudiera acarrear se convierten en “peccata minuta”, en una nadería; comprenderíamos nuestro compromiso de oración por él, por su santidad y por la propia.
Los grandes místicos han sabido valorar el sacerdocio, y han dicho a este respecto:
Santo Cura de Ars: El Sacerdocio es el Amor del Corazón de Jesús.
San Francisco de Asís: Si tuviese que ver a un Ángel del Paraíso y a un Sacerdote, antes doblaría mi rodilla ante el Sacerdote, luego ante el Ángel.
Santo Tomás de Aquino: La dignidad del Sacerdote supera a la de los Ángeles.
San Ambrosio: La dignidad del Sacerdote difiere de aquella del Rey, como difiere el oro del plomo.
San Ignacio, Mártir: El Sacerdocio es la dignidad suma entre todas las dignidades creadas.
San Dionisio llama al Sacerdote “hombre divino”; para él, el Sacerdocio es “dignidad divina”.
Fue el mismísimo Señor Jesucristo quien dijo a los Apóstoles que el Sacerdote debe ser tratado como si fuera Él mismo: “Quien a vosotros os escucha, a Mí me escucha. Quien a vosotros os desprecia, a Mí me desprecia.” (Lc 10,16).
Qué gran bendición te ha dado el Señor al hacer sentir este llamado a tu hijo. Qué manera de sanar tu corazón herido por el flagelo del aborto. Él te ha dado el trato que dio a Pedro, quien habiéndolo negado tres veces, fue confirmado tres veces en el Primado de la Iglesia. Pedro falló, y Cristo le otorgó la oportunidad de reparar su falta.
Dices que después de aquel aborto a los 18 años, tu vida no ha sido la misma. Esta experiencia tuya debes compartirla a tantas mujeres que hoy están convencidas de que abortar es fácil y no tiene consecuencias. ¡Diles que se trata de una mentira! Conviértete en valiente defensora de la vida.
Quiero felicitarte y felicitar a los Neosacerdotes que en la Arquidiócesis de Guadalajara recibieron la investidura en el marco de la Fiesta de Pentecostés. Nuestra Iglesia local debe sentirse regocijada con los abundantes frutos que cosecha su Seminario. Un abrazo fraterno también para las dichosas familias que cuentan ya con un Sacerdote en su seno; bendición inefable.

Lupita Venegas

valora ac

fuente:semanario.com.mx

Conversión de Andrey Kuraev


14 noviembre, 2012

“Mi hijo, licenciado en Ateísmo Científico, quiere entrar en el seminario” – Conversión de Andrey Kuraev

 

Andrey Kuraev

Andrey Kuraev nació en 1963 en Moscú. Siendo niño a principio de los años 70, “yo soñaba con el comunismo“, explica. “Me lo imaginaba como una gran tienda llena de juguetes donde uno podía coger gratis cualquier cosa, sin dinero y sin que los padres dijesen que no se lo podían permitir”.

Los padres de Andrey no eran creyentes. Tampoco eran especialmente militantes del ateísmo. Su padre era filósofo y trabajaba en el Presidium de la Academia de Ciencias. El niño creció con un gusto por la filosofía. En el colegio fue redactor de un periodico escolar llamado “El Ateo”. A la hora de elegir carrera universitaria, se apuntó a la licenciatura más ideológica de todas: Teoría e Historia del Ateísmo Científico.

Y allí, en la licenciatura de ateísmo, por primera vez el joven Kuraev tomó contacto con los textos reales del Evangelio.

Mucha mentira y mucha incompetencia

En los libros soviéticos, con sus comentarios acerca de la historia del cristianismo, empezó a ver que la crítica materialista no cuajaba. “Muy pronto me di cuenta de que en esos libros había mucha mentira, muchas conjeturas y un sinfín de la más simple incompetencia. En mi época, ninguno de los profesores conocía hebreo ni griego, pero eso no les impedía hablar de una crítica científica a la Biblia. Eso me decepcionó mucho”.

De esa decepción académica vino la decepción de lo práctico. La misma atmósfera de la sociedad socialista de los años 80 le hacía mirar a la Iglesia. El joven Andrey se dijo: “Si ves que tu querido Partido te miente en lo pequeño y en lo grande, quizás tampoco tiene razón en lo que él mismo proclama como la cuestión principal de la filosofía: ¿Existe Dios? ¿Qué prevalece, la materia o la razón?”

Dostoyevskiy y el diablo

En 1981, con 18 años, Kuraev leyó “Los Hermanos Karamazov” de Dostoevskiy. Allí descubrió al demonio… y también a Cristo como Dios, Creador, Salvador y Juez del día final.

“Entendí que las tentaciones ofrecidas por Satán a Cristo en el desierto fueron la elección más extrema, exacta y global. Y por eso acepté la característica del demonio, espíritu de sabiduría y maldad sobrehumanas. Así que primero admití la existencia del demonio. Y de allí, por lógica, si Cristo pudo rechazar las tentaciones, Él también era de sabiduría sobrehumana, pero también de bondad. Supe que Cristo era Salvador, y mi sensación de vacío interior desapareció”.

La KGB y los estudiantes de ateísmo

Por esas fechas fue cuando Andrey colaboró con la KGB sin saberlo. “A nosotros, los estudiantes especializados en ateísmo, el director de cátedra nos dijo que el Comité de los Jóvenes Comunistas de Moscú estaba realizando una investigación sociológica sobre la religiosidad juvenil. Nos pedían hacer el trabajo de campo en forma de observación directa: visitar las iglesias moscovitas cada domingo y luego rellenar los cuestionarios. Teníamos que indicar el nombre del sacerdote, el contenido de su sermón (detallando si se dirigía específicamente a la juventud, si citaba sólo la Biblia y Padres de la Iglesia o también la prensa y literatura contemporáneas, a qué llamaba al pueblo, etc.). También teníamos que indicar, a ojo, el número de feligreses, cuántos jóvenes había y si reconocíamos a alguien, indicarlo, pero sin especificar los nombres, lo que ya sería una delación abierta”, explicó años después Kuraev.

“Yo no era capaz ni de distinguir la lectura del Evangelio del sermón y cuando intenté preguntar a los feligreses, la gente me trató de mala gana. Preferían no dar ninguna información a un desconocido curioso. Los sermones no me impresionaron. En ellos, al igual que en mis informes, no había nada de política. Pero me dediqué a falsificar las cifras descaradamente. Para chinchar al poder soviético, yo aumentaba el número de feligreses, sobre todo jóvenes. Indiqué que los sacerdotes combinaban perfectamente el conocimiento de la patrística con la cultura clásica y contemporánea. Así creía que ayudaba a la Iglesia… Pasado un año, ya me di cuenta que era justo al revés. Que para el poder lo de tener feligreses jóvenes en un templo era una señal para ir a aplicar sus medidas de persuasión a los sacerdotes demasiado activos”.

En clase de Incompatibilidad Ciencia-Fe

Andrey decidió bautizarse, y lo hizo en el templo ortodoxo más lejano de su casa y de la universidad, para evitar que alguien le reconociera y denunciase. Si lo supieran en la universidad, ¡en la carrera de Ateísmo Científico!, le expulsarían y sus padres tendrían problemas. Eso le asustaba. Pero en la ceremonia, mientras se bendecía el agua bautismal, oyó “no con el oído sino con el corazón” unas palabras: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?”. Y dejó de temblar.

Al salir del bautizo, fue directamente a la universidad, llegó a la tercera clase del día. Era un curso de “Incompatibilidad de la ciencia natural contemporánea y la religión”. El profesor recitaba con una voz monótona su charla para un grupito de estudiantes. Andrey no podía controlar su sonrisa de felicidad. Como a los enamorados, se le notaba en la cara. Al final el profesor no pudo más: “Kuraev, ¿a qué se debe su risa durante la clase?” Andrey imaginó que le contaba la causa de su alegría, su bautizo clandestino, se imaginó la reacción del profesor y por poco estalló en carcajadas.

Cuando te pillan tus padres…

Para poder ir a la iglesia, les decía a sus padres que iba a la discoteca. Comprendía que la verdad les sería dolorosa porque sabían mejor que su hijo cómo su conversión iría a destrozar su carrera.

Los padres lo supieron todo por sorpresa. Un día regresaron a casa demasiado temprano y encontraron un librito de oraciones y un par de iconos de papel que Andrey no tuvo tiempo para esconder. Hubo lágrimas, explicaciones. Lo que preocupaba de verdad a los padres era el futuro laboral de su hijo. Al ver que no pretendía dejar la universidad para irse al desierto, se tranquilizaron. Y, de hecho, un par de días después, su padre le dijo a Andrey: “¿Sabes?, a fin de cuentas estoy contento de que te hayas bautizado… Ahora tienes en tus manos la llave de toda la cultura europea”.

Sorpresas bajo el sistema

El joven Kuraev terminó su tesis de fin de carrera, pensando que nadie se la leería detenidamente. Parece que se dejó llevar demasiado. Su director académico le llamó y le regañó: “¡En vez de una tesis de ateísmo científico esto parece un tratado carismático!” El estudiante replicó: “Pero ya no tendré tiempo para reescribirlo, ahora no puedo! ¡Con la Semana Santa…ups…!” Había hablado demasiado. Pero el profesor no movió ni una ceja: “Yo a su edad tenía tiempo para todo: ¡para el diploma y para el templo!”

Pasados dos años, Andrey anunció a sus padres su deseo de ingresar en el seminario ortodoxo. Más lágrimas. Entonces, los padres quisieron llevar a su hijo a hablar con su maestro de literatura, alguien muy respetado y querido por Andrey. Y así, después de algo de conversación intrascendente, la madre le dijo: “¿Sabe usted?, tenemos un problema. Andrey quiere ingresar en el seminario. ¿Qué le puede aconsejar?”

El profesor estuvo un rato pensativo.

“¿Qué te puedo decir, Andrey?”, respondió al fin. “¡Que Dios te ayude a hacer aquello con que yo he soñado toda mi vida y no me he atrevido a hacer!”

Acoso al seminarista y a su familia

Así que Andrey llevó sus documentos al seminario, pidiendo el ingreso. Nada más entregarlos, a su padre le “pidieron” dejar su cargo en el Presidium de la Academia de Ciencias. Las autoridades bloquearon también el acceso de su padre a un trabajo importante en la UNESCO. Y la Academia de Ciencias presionó al Ministerio de Defensa para que llamasen al joven a realizar el servicio militar para alejarle del seminario.

Pero aquí se dio una de las extrañas paradojas del mundo soviético. En la URSS, los licenciados universitarios automáticamente se consideraban tenientes al entrar en el Ejército, y se les daba un cargo según su especialidad. A un licenciado en Ateísmo Científico le tocaba ser ¡teniente comisario político! Alguien en el Ejército decidió que no querían tener un seminarista como comisario político y nadie le llamó a filas.

La KGB y los seminaristas

Habían pasado sólo dos días desde que llevó sus documentos al seminario, cuando un agente del KGB le hizo una visita. Primero intentaron disuadirle del ingreso en el seminario. Como no lo consiguieron, una vez dentro intentaron convertirlo en informador. Lo mismo hacían con todos sus compañeros de curso, que ese año eran casi todos universitarios e intelectuales. De aquella promoción salieron cuatro de los actuales obispos ortodoxos. A veces los agentes esperaban a los seminaristas descaradamente a la salida, los llevaban a sitios apartados: en el hotel cercano, en el registro civil municipal, en el museo del mismo monasterio…allí había una habitación para “trabajar” con los monjes que no salían fuera.

Al principio no te pedían nada. Charlaban. Te domesticaban. Te hacían preguntas sin importancia. Luego ya sacaban fotos de algún compañero del seminario preguntándote quién era. Seguro que lo sabían, pero lo importante era que tú les dijeras algo, cualquier tontería. Lo cuento porque no estoy seguro de que no vaya a repetirse”, recuerda hoy Kuraev.

“Es importante que la gente de iglesia que ha pasado por aquello cuente cómo los kagebistas trabajan con la gente y cómo es posible oponerse. No se puede ahora decir que todos los sacerdotes colaboraban con el KGB. Si hubo algún pecado en la conciencia de los jerarcas, es su problema, Sólo Cristo está sin pecado. Tampoco son culpables los sacerdotes que no traicionaron a nadie. Si ahora la gente diera la espalda a esos sacerdotes, sería un triunfo póstumo de la KGB”.

Filósofo de prestigio y misionero popular

Hoy, el protodiácono ortodoxo Andrey Kuraev (http://kuraev.ru) es el personaje más joven que figura en el “Diccionario de Filosofía Rusa de los siglos XIX-XX”. Y fue el más joven (a los 35 años) profesor de teología ortodoxa en la historia de Rusia. Aún no se considera teólogo, pero sí un periodista ortodoxo y misionero. Es autor de varios libros y centenares de publicaciones de carácter divulgativo. Participa en programas de televisión y radio. Da charlas, conferencias y cursos por toda la geografía rusa y su portal de misión ortodoxa en Internet reúne hasta 1.700 personas simultáneamente y es toda una referencia para la evangelización en el país. No está mal para un licenciado en Ateísmo Científico.

¿Y qué fue del niño que soñaba con el comunismo y su abundancia? “Ya no busco soldaditos de plomo. Pero respecto a lo que de verdad necesito hoy, sí, mi sueño comunista se ha cumplido”. ¿Y en vez de soldaditos? “Unos regalos extraordinarios: el don de la oración, del amor, sabiduría, pureza. Dios te los ofrece gratis. Sólo tienes que cogerlos.”

ReligionenLibertad.com

 

La espiritualidad sacerdotal.


Juan Francisco Pozo (Almudi, 2002)

 

 

Lunes, 16 de junio de 2003

 

 

Una espiritualidad para el clero diocesano:

 

“la sociedad sacerdotal de la santa cruz”

 

El hilo conductor de esta comunicación es una afirmación de San Josemaría en la que resumía lo que los sacerdotes diocesanos encuentran en el Opus Dei, que es, sobre todo, «la ayuda ascética continuada que desean recibir, con espiritualidad secular y diocesana» [1] .

 

 

Las páginas siguientes sólo pretenden ser una reflexión acerca del significado de esos conceptos tal como se perciben a través del espíritu del Opus Dei y de la vida de los sacerdotes diocesanos que se sirven del mismo para alimentar su vida espiritual.

 

 

1. La cuestión de la espiritualidad sacerdotal

 

 

«La afirmación y búsqueda de una espiritualidad presbiteral que sea a la vez específica, sólida y estimuladora, se ha intensificado notablemente en nuestros días.

 

 

Se postula, en primer lugar, una espiritualidad específica, que no sea una mera asimilación mimética de la propia de los monjes, de los religiosos de vida activa o de los laicos.

 

 

Se requiere, en segundo lugar, una espiritualidad sólida, arraigada en la Escritura, en la teología y en la genuina experiencia del presbiterado en ejercicio.

 

 

Se reclama, en tercer lugar, una espiritualidad estimuladora, capaz de motivar vitalmente la concreta existencia y ministerio de los presbíteros» [2] .

 

 

Estas demandas así formuladas en el Congreso sobre Espiritualidad Sacerdotal celebrado en Madrid, del 11 al 15 de septiembre de 1989 [3] , se pueden encontrar de modo generalizado en la amplia literatura teológica dedicada a esta cuestión publicada después del Concilio Vaticano II [4] . Con enfoques diversos en temas que siguen sujetos a debate, puede afirmarse que hay una coincidencia de fondo: la necesidad de precisar los rasgos esenciales de una espiritualidad para el clero diocesano, radicada en su condición y ministerio, de modo que sea luz e impulso para alcanzar la santidad personal en el desempeño de su tarea pastoral en la diócesis. Con palabras de la Pastores Dabo Vobis el Magisterio lo ha afirmado de modo claro: los sacerdotes están llamados a santificarse «no sólo en cuanto bautizados, sino también y específicamente en cuanto presbíteros, es decir, con un nuevo título y con modalidades originales que derivan del sacramento del Orden» [5].

 

 

Las modalizaciones que el sacramento del orden da a la espiritualidad del presbítero, y que pueden considerarse ya doctrina común, sancionada en el Decreto Presbyterorum ordinis [6] , son las siguientes: la consagración como compromiso de santidad, la misión como fruto de la consagración, la relevancia espiritual de la diocesaneidad, la comunión con el propio obispo y con el presbiterio, y la consideración del ministerio pastoral como fuente primordial de santificación, que se concreta en el concepto de caridad pastoral como criterio unificador de la vida espiritual del sacerdote [7] .

 

 

2. Pluralidad de espiritualidades

 

 

Ahora bien, si a partir de esta base sólida, se da un paso más con vistas a determinar un programa concreto en que se plasmen todos estos contenidos, la cuestión se torna compleja. ¿Es posible sintetizarlo todo en un solo modelo de vida espiritual? O dicho de otro modo: el hecho de la diversidad de espiritualidades que se presentan como caminos de santificación para el sacerdocio diocesano ¿es algo negativo? ¿Es inevitable, como simple dato de un pluralismo legítimo? ¿O debe considerarse fruto de la multiforme actuación del Espíritu Santo que suscita carismas en orden al desarrollo y crecimiento de la Iglesia?

 

 

Para ofrecer una respuesta lo más completa posible, hay que remitirse a algunas consideraciones fundamentales acerca de la naturaleza y misión de la Iglesia, que permiten situar adecuadamente la diversidad de posiciones y vocaciones que pueden darse dentro de ella [8] , y comprender su complementariedad y mutua implicación en orden su misión universal [9] .

 

 

La Iglesia «no es una comunidad inorgánica o amorfa, sino una comunidad estructurada, y esto implica que cumple la misión que Cristo le ha confiado gracias precisamente al confluir y entrecruzarse de una pluralidad de vocaciones y tareas, distintas las unas de las otras, pero necesarias todas para la vitalidad y la acción del conjunto. Estos tres datos ?diversidad, unidad y confluencia- son, en suma, esenciales en el ser y el vivir de la Iglesia» [10].

 

 

En primer lugar, unidad. A este respecto escribía A. del Portillo:

 

 

«Lo mismo que la llamada a la santidad y la santificación misma es una y universal, lo es también la espiritualidad: la esencia y el dinamismo de esa vida espiritual divina, que comienza en el Bautismo y tendrá su plenitud en la Gloria. Espiritualidad que es la vida de Cristo, la acción santificadora del Espíritu Santo, de virtualidad infinita, que abarca cualquier situación personal, cualquier estado, todo ministerio» [11] .

 

 

Pero la unidad se conjuga con la diversidad, es decir, con la existencia de diferentes caminos concretos:

 

 

«Esa unidad fontal y radical de la santificación y, en consecuencia, de la espiritualidad cristiana, se puede ir diversificando ?manteniéndose idéntica en lo esencial- según la variedad de situaciones humanas y eclesiales, la pluralidad de los carismas y de los ministerios, la multiforme riqueza del don de Dios» [12] .

 

 

Es decir, la diversidad de misiones, tareas y vocaciones no puede considerarse un simple dato puramente fáctico, resultado de unas circunstancias históricas, marcado por tanto con el sello de la provisionalidad y con la contingencia de todo lo humano, que debería dar paso a una etapa posterior en la que se habrá superado toda diversidad . Mas bien hay que considerar que ningún grupo de cristianos, ninguna concreta vocación, estado o condición de vida «es capaz, por sí sola, de manifestar adecuadamente la perfección de Cristo, reflejo a su vez de la infinita riqueza de Dios (…): sólo la Iglesia, considerada en su conjunto, expresa de algún modo la plenitud de Cristo y contribuye eficazmente a su difusión» [13] , mediante esa variedad de vocaciones.

 

 

Estas consideraciones acerca de la interrelación unidad-pluralidad, aplicables a la Iglesia en su conjunto, son trasladables a la vocación y espiritualidad del sacerdote, y del sacerdote diocesano más concretamente. En efecto. Por una parte, la necesidad y la existencia de una espiritualidad del sacerdote basada en su condición en la Iglesia, está claramente señalada en los documentos conciliares así como en los documentos posteriores al respecto [14]:

 

 

«Los sacerdotes están obligados a adquirir esa perfección con especial motivo, puesto que, consagrados a Dios de un nuevo modo por la recepción del Orden, se convierten en instrumentos vivos de Cristo Eterno Sacerdote» [15] .

 

 

Ya se ha hecho constar la coincidencia de fondo respecto a las líneas de fuerza que deben configurar dicha espiritualidad. También existe el mismo acuerdo respecto a las dimensiones de que debe constar la vida sacerdotal: dimensión teologal -trinitaria-, dimensión eclesial, en su relación con el Obispo, con los demás sacerdotes y con los fieles a los que es enviado (es decir, la condición diocesana), y la dimensión mariana.

 

 

Sin embargo, esta homogeneidad teológica sobre el contenido de la espiritualidad sacerdotal no se transforma isomórficamente en una única vivencia espiritual entre el clero diocesano.

 

 

La primera cuestión se refiere a la terminología: ¿?espiritualidad del clero diocesano? o ¿espiritualidad diocesana?? El teólogo belga G. Thils empleó habitualmente la primera expresión, lo que a mi entender, es un acierto, pues ofrece con claridad la orientación por donde hay que buscar dicha espiritualidad, que es -como ya se ha indicado- el sacerdocio y el ministerio. En cambio, la noción de espiritualidad diocesana es un concepto bastante más complejo, acerca de cuyo contenido cabe discutir, y de hecho se sigue haciendo, sin que se haya alcanzado una unanimidad plena [16] .

 

 

Sobre este tema apunta Illanes una consideración sobre el significado de espiritualidad de una Iglesia particular que aporta claridad al respecto. Las iglesias particulares, afirma, «pueden tener, y tienen de hecho, un patrimonio espiritual propio, que contribuye a configurar la vida espiritual de sus miembros, pero no tanto una espiritualidad, especialmente si damos a este término el sentido fuerte que tiene en los usos con que se emplea según su origen carismático, o según las diversas posiciones o misiones en la Iglesia» [17].

 

 

Unas breves referencias históricas pueden ser útiles para ilustrar algunos hitos del progreso doctrinal de la teología y espiritualidad del sacerdocio, especialmente durante el siglo pasado [18].

 

 

3. Una breve mirada a la historia

 

 

 

El tema de la exigencia de santidad del sacerdocio así como los caminos para lograrla ha estado presente en la vida de la Iglesia a lo largo de toda su historia, con más insistencia en algunas etapas, en las que se ha planteado con mayor vigor la necesidad de una vida espiritual que aspirase a la santidad plena [19].

 

 

En la época moderna, el impulso renovador de Trento, se traduce, entre otras cosas, en un llamamiento apremiante a la santidad del clero. La tarea de procurar a este clero, que ya está mayoritariamente disperso por los pueblos, medios de santificación en su ministerio, se plasma en iniciativas de diversos santos y figuras relevantes en la vida de la Iglesia, que están en el origen de nuevas corrientes de espiritualidad sacerdotal, que con diverso éxito y difusión van a abrirse camino en siglos posteriores [20] .

 

 

Entre ellos se puede destacar un sacerdote secular, Juan de Avila, por su doctrina sacerdotal y sus iniciativas para la formación de los sacerdotes. Puntos fundamentales de su doctrina eran, junto a la consideración del Misterio de Cristo, Sacerdote y Buen Pastor, la unidad de los sacerdotes entre sí y con el propio obispo de la diócesis.

 

 

En el mismo s. XVI destaca también la figura de S. Felipe Neri, que creó la congregación del Oratorio, con la finalidad principal de asegurar a los sacerdotes las ventajas de la vida común y de la colaboración fraterna. S. Felipe Neri siempre sostuvo la forma secular de su instituto; nunca fue partidario de votos para sus discípulos, porque quería que los sacerdotes del Oratorio no tuvieran otras condiciones de vida que las del clero secular.

 

 

En Italia, S. Carlos Borromeo, arzobispo de Milán, proyecta establecer en Milán una iniciativa semejante al Oratorio. Pero, a diferencia de S. Felipe, S. Carlos sí introduce los votos, concretamente el de obediencia. El resultado serán los Oblatos de S. Ambrosio (posteriormente llamados de S. Carlos) [21] .

 

 

La escuela francesa de espiritualidad tiene en Pedro de Bérulle, fundador del Oratoire de Notre-Seigneur Jésus-Christ, una de sus figuras más representativas. Su propósito, semejante al de S. Felipe, fue reunir sacerdotes que busquen la perfección sin hacer profesión de votos religiosos. La búsqueda de la perfección sacerdotal se basará en la vivencia del sacerdocio de Cristo, a partir de la consideración del misterio de la Encarnación [22].

 

 

Hay otras iniciativas, todas ellas interesantes [23] . Especial importancia reviste en las primeras décadas del s. XX la figura y el pensamiento de J. D. Mercier. Su preocupación como obispo en favor de la promoción espiritual del clero diocesano se manifestó primero en una fuerte llamada a la exigencia de santidad del sacerdote, mayor que la del religioso o del laico, que debería llevarse a cabo sin necesidad de recurrir a los medios propios del estado religioso, porque su estado es superior [24] .

 

 

Mercier sancionó la expresión clero diocesano como opción disyuntiva frente a clero secular, con un argumento en el que se advierte todavía el peso de la historia, en la alusión explícita a quienes solían ser la referencia de santidad para el clero diocesano, que eran los religiosos. Así se expresaba el Cardenal Mercier:

 

 

«Como quiera que la expresión corriente clero secular que comúnmente se opone a clero regular hace creer a muchos (…) la idea de que vosotros estáis obligados a menor regularidad de vida (con lo cual quiere decir a menor perfección religiosa) que los habitantes de los monasterios, yo os propongo (…) que queráis llamaros con un nombre que no hace recordar las execrables obras de ?secularización? y de ?laicismo? y que os tituléis, por ejemplo, por lo menos en vuestro fuero interior y entre nosotros, clero diocesano» [25] .

 

 

Es interesante ver cómo, desde su perspectiva de Obispo, la fuerte llamada a la santidad que propone para el sacerdote diocesano, no la ve realizable sino a través de la constitución de una fraternidad sacerdotal, cual fue la Fraternité des Amis de Jésus, sociedad de ámbito diocesano, que propone la práctica de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, con la profesión de votos ante el propio obispo, en la medida en que su práctica es conciliable con el régimen de vida del clero secular. Las palabras sumamente respetuosas del cardenal ponen de manifiesto su conciencia de la delicadeza de la cuestión:

 

 

«Está abierta a todos los sacerdotes de la diócesis, los invita a todos sin excepción» [26].

 

 

 Pero acto seguido precisa que la respuesta pertenecía a la libre decisión de cada uno, y que en modo alguno pensaba

 

 

«Subestimar a los que no se creen llamados por la gracia del Espíritu Santo a seguir nuestro programa (?). Todo lo que pedimos de nuestros hermanos de la diócesis es que no nos atribuyan intenciones separatistas que están en las antípodas de nuestro pensamiento y de nuestra Institución.

 

 

Que ellos nos concedan por sus oraciones caritativas la gracia de la perseverancia, mientras que nosotros les prometemos rezar fraternalmente por ellos a fin de que el buen Dios bendiga nuestra común familia diocesana. Todos nosotros tenemos, por otra parte, un programa fundamental idéntico, el propuesto por Nuestro Señor a los Apóstoles y desarrollado en la Liturgia (?). Lo esencial está ahí. El resto es asunto de libre elección y de métodos de aplicación en la unidad de la caridad» [27] .

 

 

Es decir, existe una identidad fundamental en lo que significa el sacerdocio, pero luego queda la incorporación de sus valores teológicos objetivos a la vida espiritual personal, para la cual Mercier ve conveniente la vía de los consejos evangélicos mediante votos, adaptados a la vida del sacerdote diocesano, no por vía institucional sino por libre asociación.

 

 

 Una corriente paralela de revalorización del sacerdote diocesano se desarrolla también en Francia, de la que es exponente el canónigo Masure, autor de un ensayo de notable influjo, De l?éminente dignité du sacerdoce diocésain, y Mons. Delacroix, el animador de la Union apostolique.

 

 

Poco después, por los años 40, comienza su aportación en esta historia el teólogo belga Thils, con una decidida intervención a favor de una espiritualidad para el sacerdote diocesano que se radique precisamente en su condición. El teólogo belga se pregunta:

 

 

« ¿Es afortunado hablar de una espiritualidad del clero diocesano? Se habla de espiritualidad benedictina, dominicana, carmelitana, ignaciana, salesiana, y hasta de espiritualidad laica, escutista, jocista, etc. ¿No acabaremos por olvidar la sana espiritualidad cristiana, cuyos rasgos están inscritos en los libros inspirados? No cabe negar el peligro del movimiento centrífugo que apunta actualmente en este terreno; pero no se podrá tachar de exagerado en este punto al clero diocesano. Más bien habría que llenar una laguna. Por lo demás, téngase bien presente lo que queremos significar al hablar de la espiritualidad del clero diocesano. Lejos de pensar en construir a priori una teoría artificial -escribía monseñor E. Guerry muy juiciosamente- pedimos por el contrario que se caiga en la cuenta de una realidad existente, que se comprenda la originalidad positiva del estado del clero diocesano, a fin de fundar, sobre la naturaleza misma de su vocación particular en la Iglesia, una manera de promover su santidad y ayudarle a cumplir mejor, dentro de la gran vida de la Iglesia la misión que le está especialmente reservada?» [28]

 

 

Respecto a la denominación del sacerdote (diocesano o secular), Thils asume la opción adoptada por Mercier, pero ya no es por el matiz negativo que el adjetivo ?secular? tenía para el cardenal, sino por motivos de orden práctico: «clero diocesano más bien que clero secular. Cierto que el término ?secular? no contiene de suyo nada peyorativo y su empleo en los documentos eclesiásticos tiene incluso ciertas ventajas. Mas en el terreno de la espiritualidad, parece haber dado origen a determinadas malas inteligencias y errores» [29]. Hay que esperar, sin embargo, al Concilio Vaticano II para una plena clarificación terminológica: en los documentos conciliares se llama diocesano al sacerdote secular, para distinguirlo del sacerdote religioso [30] , y esto es ya lo habitual tanto en el lenguaje común como en el teológico. La Exhortación Apostólica Pastores Dabo Vobis es una buena muestra de ello [31] .

 

 

En definitiva, podríamos concluir esta sucinta mirada a la historia subrayando el hecho de que la necesidad de la santidad del sacerdote secular se ha hecho presente en la historia de la Iglesia, pero las propuestas de un camino espiritual preciso han discurrido por cauces muy diversos.

 

 

4. Dos niveles del concepto de espiritualidad

 

 

La cuestión de la diversidad es consecuencia del doble plano en el que se mueve el concepto mismo de espiritualidad: el plano objetivo [32] y el subjetivo [33] .

 

 

En este segundo nivel es donde se desarrolla la tarea de la apropiación vital de lo que la consagración y misión contienen objetivamente. Citando de nuevo palabras de A. del Portillo:

 

 

«Las propias circunstancias, en cuanto respondan al querer de Dios, han de ser asumidas y vitalizadas sobrenaturalmente por un determinado modo de desarrollar la vida espiritual, desarrollo que ha de alcanzarse precisamente en y a través de aquellas circunstancias». [34]

 

 

El texto del congreso que se citaba al comienzo hablaba de una espiritualidad específica, sólida (consideraciones en el nivel objetivo del concepto de espiritualidad), y estimuladora, «capaz de motivar vitalmente la concreta existencia y ministerio de los presbíteros» (nivel subjetivo del concepto de espiritualidad).

 

 

En esta distinción, y en la consiguiente posibilidad de discordancia entre la santidad de lo que contiene el ministerio y la falta de ella en el ministro, se enmarcan algunas dificultades bien conocidas en la historia de la espiritualidad sacerdotal [35] . Asimismo, la cuestión de la diversidad de itinerarios existenciales en el vivir el único sacerdocio de Cristo encuentra aquí su condición de posibilidad.

 

 

La apropiación existencial de los valores de santificación con los que el ministro es capacitado al ser ordenado, no se produce mecánicamente por el simple ejercicio del ministerio, sino que es necesaria una disposición de espíritu personal, unas determinaciones de orden ascético y un esfuerzo de profundización de la verdad de fe (con unos medios adecuados) que se traducen en un estilo de vida y un empeño pastoral en el que se refleja la vida de Cristo. Aquí tienen su lugar dos observaciones.

 

 

La primera, es el papel absolutamente insustituible de la libertad personal. Hay un ámbito de conciencia en el que cada uno responde personalmente ante Dios. Esto no debe ser entendido como reclamación de una privacidad para disponer de un espacio interior que ?en el caso del sacerdote diocesano- de alguna manera quedaría fuera de su entrega a la diócesis [36] . Más bien habría que verlo como el lugar desde el que se desarrolla la respuesta personal a la llamada divina hacia la única santidad presbiteral.

 

 

Tampoco debería verse ?esta es la segunda observación- como si el ministerio sacerdotal no tuviese la capacidad de configurar completamente la vida del presbítero, y necesitase de asistencias paralelas. Parece necesario subrayar que de lo que ahora se trata es de la apropiación existencial de lo recibido ontológicamente en la consagración.

 

 

Cuando en los documentos más recientes se hace mención de los medios tradicionales para sostener la vida espiritual [37] , no es con una finalidad de suplir algo que el ministerio no pueda dar, sino justamente con la de ofrecer medios para captar, profundizar y llevar a la práctica lo que significa la condición sacerdotal [38] .

 

 

5. La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz: un camino de santidad en el ministerio del clero diocesano

 

 

El ejercicio del ministerio es el eje sobre el que debe girar y desarrollarse la vida espiritual del presbítero secular. ¿Cómo se conjugan e integran en la vida del sacerdote secular diocesano que pide la admisión en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz [39] su ministerio en la diócesis y su pertenencia a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz?

 

 

Para verlo con una perspectiva completa, hay que remitirse al origen del Opus Dei, su naturaleza y misión en la Iglesia. Ya son numerosas las publicaciones que se ocupan de ello [40]. Aquí nos interesa retener que es una iniciativa, que se sitúa entre los carismas con que el Espíritu Santo vivifica la Iglesia, que Dios hace nacer en el alma de un sacerdote secular diocesano con un contenido preciso: fundar el Opus Dei, como camino de santificación en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano.

 

 

Por tanto, vistas las cosas desde su raíz, ¿qué lleva a un sacerdote diocesano a pedir la admisión en la Obra? Por encima de todo, el descubrir que es llamado por Dios a un camino vocacional que le alienta a vivir su vida sacerdotal en plenitud.

 

 

El Fundador del Opus Dei utilizaba en ocasiones una comparación: el espíritu de la Obra es como una inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad. Con ella quería ilustrar que no consistía en una especie de estructura espiritual externa que se sobrepone a la existencia de los fieles corrientes [41] . Análogamente, en el caso del sacerdote diocesano, la vocación a la Obra no es mas que la determinación o especificación existencial que estimula a vivir en plenitud el único sacerdocio de Cristo, en unión con el Obispo y los demás miembros del presbiterio diocesano. El espíritu de la Obra confirma y robustece el amor de los sacerdotes a la propia diócesis, su unión al Obispo, su celo pastoral por las tareas que tiene encomendadas, su formación doctrinal, su preocupación por las vocaciones para el seminario, la fraternidad respecto a los demás sacerdotes.

 

 

En definitiva. La pertenencia a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, ¿qué añade a la condición sacerdotal del presbítero diocesano? Con las palabras citadas al inicio de esta comunicación, se trata de un impulso y unos medios concretos para tratar de vivir santamente lo que ya tiene obligación de vivir. «Prácticamente nada más. Y nada menos: un espíritu -el del Opus Dei- que anima amablemente y enseña positivamente a buscar la santidad en lo ordinario, en lo concreto y práctico, a luchar con amor día a día; y unos medios ascéticos y de ayuda fraterna que se han demostrado útiles para vivir el sacerdocio con el amor y el espíritu de servicio de un alma enamorada» [42].

 

 

5. 1. Santificación del ministerio. Unidad de vida

 

 

La comprensión del ministerio como realidad que debe alimentar la vida espiritual del presbítero se ilumina hondamente desde un rasgo determinante del espíritu de la Obra, que es la santificación en y a través del trabajo profesional, en las circunstancias de la vida ordinaria [43] . Y el ministerio sacerdotal es trabajo con unas exigencias y virtualidades potencialmente inagotables, capaz de llenar la vida de contenido convirtiéndolo en materia de santificación. Esto es inseparable de un concepto que está presente en la enseñanza del Fundador del Opus Dei, la unidad de vida, es decir, la integración del trabajo y los demás quehaceres ordinarios en la propia vida espiritual. En uno de sus primeros escritos lo sintetizaba así San Josemaría:

 

 

«Unir el trabajo profesional con la lucha ascética y con la contemplación ?cosa que puede parecer imposible, pero que es necesaria, para contribuir a reconciliar el mundo con Dios-, y convertir ese trabajo ordinario en instrumento de santificación personal y de apostolado. ¿No es éste un ideal noble y grande por el que vale la pena dar la vida?» [44].

 

 

Se trata de un rasgo capital del espíritu que Dios le había hecho comprender para enseñarlo y transmitirlo a personas de todas las condiciones. Y así lo hizo. Los textos que se pueden citar serían muy numerosos; baste para nuestro propósito uno bien conocido, correspondiente a la homilía Amar al mundo apasionadamente: hablando de aprender a «materializar» la vida espiritual, ponía en guardia frente al riesgo de llevar como una doble vida:

 

 

«La vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades terrenas.

 

 

¡Que no, hijos míos! Que no puede haber una doble vida, que no podemos ser como esquizofrénicos, si queremos ser cristianos: que hay una única vida, hecha de carne y espíritu, y ésa es la que tiene que ser -en el alma y en el cuerpo- santa y llena de Dios: a ese Dios invisible, lo encontramos en las cosas más visibles y materiales» [45] .

 

 

Esta perspectiva encuentra en el sacerdote diocesano de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz una resonancia y una sintonía muy específicas a la hora de vivir su ministerio. Por eso se encuentra en el Opus Dei con toda holgura, sintiéndose en su sitio, ya que percibe que el espíritu del Opus Dei no es algo heterogéneo respecto a su ministerio sacerdotal ni a su condición diocesana, sino que asume y estimula desde dentro, de modo connatural, las líneas de fuerza del mismo [46] .

 

 

5. 2. Condición diocesana

 

 

Cuando un sacerdote se adscribe a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, no cambia su condición diocesana. En palabras de su Fundador:

 

 

«No modifica ni abandona en nada su vocación diocesana -dedicación al servicio de la Iglesia local a la que está incardinado, plena dependencia del propio Ordinario, espiritualidad secular, unión con los demás sacerdotes, etc.-, sino que, por el contrario, se compromete a vivir esa vocación con plenitud, porque sabe que ha de buscar la perfección precisamente en el mismo ejercicio de sus obligaciones sacerdotales, como sacerdote diocesano» [47].

 

 

Precisamente es esencial a quien recibe la vocación a la Obra el buscar la santidad en sus circunstancias, allí donde ha descubierto la llamada divina. En el sacerdote diocesano esto se concreta en que no sólo no hay variaciones de su condición sino que procura con empeño renovado santificarse en ella.

 

 

Y para conseguirlo se sirve de medios de formación clásicos: meditaciones, círculos de estudio, convivencias, charlas fraternas de acompañamiento espiritual… Esa ayuda no interfiere sino que secunda la dirección espiritual colectiva que da el Obispo de cada diócesis: se trata de «una dirección espiritual personal solícita y continua en cualquier lugar donde se encuentren, que complementa -respetándola siempre, como un deber grave- la dirección común impartida por el mismo Obispo» [48].

 

 

Al hablar de completar la dirección espiritual colectiva del Obispo en la diócesis, hay que recordar algo ya apuntado. No se trata de completar algo incompleto, porque se sitúa en otro plano, el de la asimilación en la propia vida espiritual de lo que supone su condición de sacerdote diocesano. Todos los presbíteros deben plasmar en su existencia personal los contenidos de la consagración, misión, caridad pastoral, comunión con la Iglesia, con el propio ordinario y el presbiterio, etc., pero cada uno lo hará siguiendo la orientación espiritual que realmente le ayude. Quien es del Opus Dei lo hace según su espíritu.

 

 

Por esta razón no sería adecuado a la realidad plantear un problema de compatibilidad entre la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y la diócesis. Ninguna tradición espiritual, ningún valor que pueda considerarse perteneciente a la diócesis queda fuera del horizonte de santificación del presbítero que se asocia a la Obra. La vida entregada al ministerio en su diócesis de los ya numerosos sacerdotes que recorren este camino es el mejor testimonio de que el espíritu se hace realidad tal como es, rectamente vivido y comprendido.

 

 

Otra posible cuestión que puede plantearse, es si a quien recibe orientación y ayuda espiritual de una asociación presente en numerosas diócesis de todo el mundo, como la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, no estaría de alguna manera disminuyendo en algo su particular diocesaneidad, o al menos cambiando su contenido, al entrar en combinación con algo a lo que ciertamente se le reconoce validez espiritual, pero no exclusivo de la diócesis.

 

 

En la base de esta objeción teórica, en mi opinión está operando la tesis de ?una espiritualidad diocesana?, en el sentido de propugnar la existencia de ?una sola espiritualidad diocesana?, característica de una determinada diócesis. Desde el punto de vista terminológico pienso que es preferible hablar de espiritualidad para el clero diocesano, en vez de espiritualidad diocesana.

 

 

Teniendo presente el doble nivel del concepto de espiritualidad al que se ha aludido antes, habría que reconocer la riqueza eclesiológica y espiritual de la pluralidad ?posible teóricamente, y real en la existencia histórica- de espiritualidades que se presentan como caminos de santidad para los sacerdotes de la diócesis.

 

 

Esta diversidad es un bien para la Iglesia universal, y por tanto también para la Iglesia particular en cuando se hace presente en ella el misterio de la Iglesia universal. Y es que lo que nace, por acción del Espíritu Santo, al servicio de la Iglesia universal, no es, en esencia, extraño o ajeno a una Iglesia particular.

 

 

5. 3. Secularidad

 

 

Ciñéndonos al dominio de la teología espiritual, el concepto que más puede convenirle a una espiritualidad para el clero diocesano es el de secularidad: sacerdote secular diocesano [49]. El significado de tal concepto sigue siendo objeto de reflexión; aquí interesa subrayar que un sacerdote diocesano, lo mismo que cualquier persona que desea incorporarse al Opus Dei, lo hace buscando un fin preciso:

 

 

«La santidad en medio del mundo según el espíritu del Opus Dei y a través de sus medios ascéticos. En ese espíritu, el trabajo profesional es tomado como eje de la propia santificación; el sacerdote diocesano ha de tomar en el mismo sentido y con la misma urgencia el ejercicio de su ministerio sacerdotal, que a estos efectos puede considerarse verdadero trabajo» [50].

 

 

Con palabras del Santo Escrivá de Balaguer, «si cabe hablar así, para los sacerdotes su trabajo profesional, en el que se han de santificar y con el que han de santificar a los demás, es el sacerdocio ministerial del Pan y de la Palabra» [51]. La condición secular, por tanto, es conditio sine qua non de la posibilidad de tener vocación al Opus Dei.

 

 

A este respecto, es necesario poner de relieve que en los sacerdotes y laicos del Opus Dei hay una unidad de espíritu. Dentro de ella no cabe contraposición entre la ¿espiritualidad del sacerdote secular? y la ¿espiritualidad laical? Ciertamente hay una especificidad en la espiritualidad del sacerdote, pero ésta viene dada en razón de la materia de su santificación, el ministerio, que tiene unas características y exigencias morales propias. Este género de especificidad no impide hablar de un espíritu común por razón de la común vocación y misión secular [52].

 

 

6. Conclusión

 

 

La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz se inscribe entre las asociaciones para fomentar la santidad del clero diocesano que las enseñanzas magisteriales recientes han refrendado de modo reiterado [53], proporcionando un estímulo eficaz y concreto, el que resulta del espíritu del Opus Dei, para vivir a fondo su condición de sacerdote diocesano.

 

 

Las palabras de San Josemaría que constituyen el hilo conductor de estas reflexiones, describían el espíritu de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz como una «espiritualidad secular y diocesana», entre otras, que surge como fruto de la acción del Espíritu Santo. Cincuenta años después de su nacimiento, Mons. Álvaro del Portillo escribía una carta a todos aquellos sacerdotes que a lo largo de esos años recorrían ese camino, recordándoles lo que debe constituir el impulso para vivir plenamente su vocación:

 

 

«Meditad que estáis en la Obra porque habéis respondido a una llamada divina, y que el Señor os concede las gracias necesarias para que respondáis plenamente. En vuestra vida habéis seguido primero la llamada al sacerdocio y después habéis descubierto la vocación a la Obra, que ha reforzado la primera y os ha señalado el camino y los medios ?en primer lugar las Normas y Costumbres de nuestro plan de vida- dispuestos por Dios para que seáis sacerdotes heroicamente santos» [54].

 

 

Como una de las expresiones de esa llamada, señalaba a continuación: «Una tarea apostólica espera el Señor particularmente de vosotros: que trabajéis para promover muchas vocaciones sacerdotales, y que os ocupéis de vuestros hermanos en todas las diócesis, siendo fermento de santidad y de unidad dentro de vuestro presbiterio» [55] ; fermento de unidad, «porque la vocación a la Obra no os enquista ni os separa de nadie» [56] , sino que lleva a vivir los vínculos con el Obispo, sus hermanos sacerdotes y toda la diócesis con todo el amor del que es capaz .

 

 

 

 

 

 

 

 

——————————————————————————–

 

 

[1] San JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, 15 ed., Rialp, Madrid 1986, n. 16. Es decir, se adscriben a la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz «porque desean recibir una ayuda espiritual personal de manera en todo compatible con los deberes de su estado y ministerio: de otra manera, esa ayuda no sería tal ayuda, sino complicación, estorbo y desorden» (Id.).

 

 

[2] COMISIÓN EPISCOPAL DEL CLERO, Espiritualidad sacerdotal y ministerio. Documento de trabajo, Actas del ?Congreso de Espiritualidad Sacerdotal?, Edice, Madrid 1989, p. 627.

 

 

[3] Este volumen seguía al que había aparecido tres años antes, con las intervenciones del simposio Espiritualidad del Presbítero Diocesano Secular, COMISIÓN EPISCOPAL DEL CLERO, Madrid, 1987.

 

 

[4] Cfr. E. DE LA LAMA ? L. F. MATEO?SECO, Espiritualidad del presbítero secular, Scripta Theologica, 21 (1989), pp. 227-287, Sobre la espiritualidad del sacerdote secular, «Scripta theologica» 31 (1999) 159-180, y Boletín sobre espiritualidad sacerdotal (tesis doctorales en torno a la vocación sacerdotal y a su espiritualidad), «Scripta theologica» 31 (1999) 957-979.

 

 

[5] Ex. Ap. Pastores Dabo Vobis, n. 19.

 

 

[6] Cfr. CONCILIO VATICANO II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 12.

 

 

[7] Cfr. Id., n. 14.

 

 

[8] En este tema he seguido las observaciones de J. L. ILLANES, Espiritualidad y sacerdocio, Rialp, Madrid 1978, pp. 41 ss.

 

 

[9] «Para comprender a fondo cualquier vocación o condición (…) es necesario situarla en el interior de la Iglesia en cuanto cuerpo al que Cristo hace partícipe de su vida y al que envía al mundo como signo y sacramento del designio divino de salvación. Es esa Iglesia, una y, a la vez intrínseca y orgánicamente diversificada, formada por una pluralidad de fieles y estructurada en una pluralidad de vocaciones y tareas, la que da razón de todos y cada uno de los elementos que la integran. Sólo desde esa perspectiva, en efecto, las vocaciones y ministerios se nos manifiestan con su plena razón de ser y sentido» (J. L. ILLANES, o. c., p. 61).

 

 

[10] Id., p. 60.

 

 

[11] A. DEL PORTILLO, Escritos sobre el sacerdocio, Palabra, Madrid 1970, p. 124.

 

 

[12] Id., p. 125.

 

 

[13] J. L. ILLANES, o. c., p. 60.

 

 

[14] Cfr. Ex. Ap. Pastores Dabo Vobis, n. 19.

 

 

[15] CONCILIO VATICANO II, Decr. Presbyterorum Ordinis, n. 12.

 

 

[16] Un testimonio, relevante por su papel en el movimiento de Vitoria, es el de J. GOICOECHAUNDIA, Perfección del clero diocesano, en AA. VV., Sobre la perfección cristiana, I Semana de Espiritualidad, Salamanca (21-26 abril de 1952), ed. Flors, Barcelona 1954, pp. 324-325. Goicoechaundía apunta hacia el concepto de espiritualidad diocesana entendida como escuela de espiritualidad.

 

 

[17] J. L. ILLANES, o. c., pp. 34-38.

 

 

[18] Para una historia de la espiritualidad sacerdotal, cfr. J. ESQUERDA-BIFFET, Historia de la espiritualidad sacerdotal, en «Teología del sacerdocio», vol. 19, ed. Aldecoa, Burgos 1985.

 

 

[19] Cfr. I. OÑATIBIA, La espiritualidad presbiteral en su evolución histórica, COMISIÓN EPISCOPAL DEL CLERO, Espiritualidad del Presbítero Diocesano Secular, Madrid, 1987, pp. 25-58.

 

 

[20] A. M. CHARUE, El clero diocesano tal como lo ve y lo desea un Obispo, Vitoria, 1961.

 

 

[21] El hecho de que en sus circunstancias históricas concretas, S. Carlos haya visto necesario ese voto, al que en cambio se oponía el Oratorio, es significativo de que hay cuestiones -como la necesidad o no de votos- que se han planteado de modo recurrente en la historia de la espiritualidad sacerdotal.

 

 

[22] «La Escuela francesa insiste, como no lo había hecho ninguna otra escuela, en las relaciones de comuníón e intimidad de lo sacerdotes con Cristo, de identificación con sus estados sacerdotales, hasta convertirse en vivas imágenes del Hijo de Dios en la tierra, en Cristos vivientes» (I. OÑATIBIA, o. c., p. 50).

 

 

[23] Por ejemplo, la iniciativa del Venerable Bartolomé Holzhauser, orientada a la finalidad de proporcionar a los sacerdotes una forma de vida espiritual, de formación y de empeño pastoral parroquial, sin votos, con una organización que preveía un reglamento con superiores internos y estaban bajo la autoridad de los obispos del lugar. Tuvo una existencia breve.

 

 

Acabaría por reaparecer, en 1862, a iniciativa de Lebeurier, canónigo de Orleans. Sin embargo la fundación de Monseñor Lebeurier, con un estatuto más adaptado a la condición del clero de la época, terminó por llamarse L?Union Apostolique des Prêtres séculiers du Sacré-Coeur.

 

 

La corriente de revalorización del sacerdote diocesano de la Union Apostolique tendrá eco y será compartida, en las primeras décadas del s. XX, por un buen grupo de autores (en Francia y también en España) que unen sus reflexiones y su esfuerzo con vistas al mismo objetivo. Cfr. S. GAMARRA-MAYOR, S., Origen y contexto del movimiento sacerdotal de Vitoria. Lección inaugural del curso 1981-1982, Eset, Vitoria 1981.

 

 

En fechas muy cercanas al nacimiento de la Union, en 1860, Antonio Chevrier, sacerdote de la diócesis de Lyon, fundó la Societé des Prêtres du Prado. El proyecto inicial del fundador no era una congregación religiosa, sino una asociación de sacerdotes, que permaneciendo sacerdotes seculares, llevaran sin embargo una vida regular en los ministerios de las parroquias a ellos confiadas. Su itinerario posterior conducirá a su transformación en instituto secular en 1954.

 

 

Hay que mencionar también el pensamiento espiritual de A. Gréa. Dom Gréa fundó, en 1871, los Chanoines réguliers de l?Immaculée Conception, con el estímulo de Pío IX. Llevaban hábito blanco y tonsura monacal. Según su ideal, la comunidad debía integrarse con el clero diocesano, bajo la autoridad del obispo del lugar y con el minimum estrictamente indispensable de exenciones.

 

 

Columba Marmion ejerció un influjo notable por sus escritos centrando la vida interior del alma, del monje y del sacerdote, en Cristo. También es relevante su figura en razón de su relación con Mercier, del que fue director espiritual en la época en que éste era profesor en Lovaina.

 

 

[24] Es bien conocida su afirmación de dicha exigencia en unas conferencias predicadas al clero de su diócesis. Allí afirmaba que el sacerdote diocesano es el verdadero religioso en el sentido más elevado de la palabra: «Vosotros pertenecéis a la primera orden religiosa establecida en la Iglesia; vuestro fundador es el mismo Jesucristo; los primeros religiosos de su orden fueron los Apóstoles, sus sucesores son los obispos, y en unión con ellos los sacerdotes, los ministros todos del orden sagrado (…). Vosotros pues, sois religiosos y lo sois en sumo grado» (J. D. MERCIER, La vie intérieure. Appel aux âmes sacerdotales. Retraite prêchée à ses prêtres, E. Warny, Lovaina, 1934, p. 196).

 

 

[25] Id., p. 196.

 

 

[26] J. D. MERCIER, La Fraternité sacerdotale des Amis de Jésus: Rapport de S. É. le card. Mercier à la S. Congrégation du Concile, Desclée de Brouwer, Bruges, 1927, p. 109.

 

 

[27] Id., p. 110.

 

 

[28] G.THILS, Naturaleza y espiritualidad del clero diocesano, Sígueme, Salamanca 1961, pp.201-202.

 

 

[29] Id., p. 9.

 

 

[30] «Todos los sacerdotes, tanto diocesanos como religiosos (…)» (CONCILIO VATICANO II, Const. Ap. Lumen gentium, n. 28); cfr. asimismo Decr. Presbyterorum ordinis, n. 8.

 

 

[31] «Cada sacerdote, tanto diocesano como religioso, está unido a los demás miembros de este presbiterio, gracias al sacramento del Orden (…)» (Ex. Ap. Pastores Dabo Vobis, n. 17; cfr. también n. 71).

 

 

[32] Al que alude la Exhortación Apostólica Pastores Dabo Vobis, n. 19, al afirmar que el contenido del ministerio, tanto de la palabra, como de los sacramentos o el cuidado pastoral de la comunidad es Jesucristo mismo, fuente de santidad y llamada a la santificación.

 

 

[33] Se trata, con palabras de la misma Exhortación Apostólica, del ethos de la vida sacerdotal resultante de la asunción de la realidad del ministerio.

 

 

[34] A. DEL PORTILLO, Escritos sobre el sacerdocio, p. 126.

 

 

[35] No podemos extendernos en este tema. Nos limitamos a aludir a la separación entre ejercicio del ministerio y santidad personal, que llevaba a suponer una insuficiencia del ministerio para santificar al presbítero, y esto, a su vez, a buscar remedios externos a la propia condición presbiteral. Sobre la hipótesis de un ministerio y una santidad concebidas como heterogéneas, cfr. J. FRISQUE, El Decr. ?Presbyterorum ordinis?. Historia y comentario, en J. FRISQUE e Y. CONGAR (dir), Vaticano II. Los sacerdotes. Decretos ?Presbyterorum ordinis? y ?Optatam totius?, Madrid, 1969, pp. 170 ss.

 

 

[36] En ese caso, se podría llegar a afirmar que el sacerdote diocesano no puede buscar aliento y estímulo espiritual en la universalidad de los carismas con que el Espíritu Santo vivifica y renueva constantemente la Iglesia.

 

 

[37] Cfr. CONCILIO VATICANO II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 18; Ex. Ap. Pastores Dabo Vobis, nn. 26, 33; Directorio para el ministerio y vida de los presbíteros, n. 39.

 

 

[38] Cfr. J. L. ILLANES, Espiritualidad y sacerdocio, p. 136.

 

 

[39] Para conocer con más detalle los aspectos esenciales de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, cfr. San JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER DE BALAGUER, Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, ed. Rialp, 17ª ed., Madrid 1989; Mons. J. ECHEVARRÍA, Qué es la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, «Palabra» 337 (1992) 173-178; L. F. MATEO-SECO ? R. RODRÍGUEZ-OCAÑA, Sacerdotes en el Opus Dei, Eunsa, Pamplona, 1994; También J. MOLINERO, Qué es la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz?, Suplemento informativo, Basílica Pontificia de San Miguel, http://www.edunet.es/forosacerdotal/sss.html.

 

 

[40] Cfr. ante todo, las biografías de San Josemaría: A. VAZQUEZ DE PRADA, El Fundador del Opus Dei, ed. Rialp, Madrid 1997. Entre las monografías, A. DE FUENMAYOR- V. GÓMEZ-IGLESIAS- J. L. ILLANES, El itinerario jurídico del Opus Dei. Historia y defensa de un carisma, Eunsa, Pamplona 1989; P. RODRÍGUEZ- F. OCÁRIZ- J. L. ILLANES, El Opus Dei en la Iglesia. Introducción eclesiológica a la vida y el apostolado del Opus Dei, Rialp, Madrid 1993. Sobre la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, el ya citado de LUCAS F. MATEO-SECO, Sacerdotes en el Opus Dei.

 

 

[41] «El ideal de la santidad, único y común a todos los cristianos es accesible a través de los distintos estados o géneros de vida, sin salirse de ellos, porque son otros tantos caminos que nos llevan al Señor. Basta cumplir en cada estado y oficio, los deberes que el propio estado y el propio trabajo imponen» (San JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Carta, Roma 2-11- 1945, en Rendere amabile la veritá. Raccolta di scritti di Mons. Álvaro del Portillo, Librería Editrice Vaticana 1995, p. 287).

 

 

[42] Cfr. J. MOLINERO, o. c.

 

 

[43] Cfr. sobre este tema L. F. MATEO-SECO, Sacerdotes en el Opus Dei, pp. 125 ss.

 

 

[44] San JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Instrucción, 19-III- 1934, n. 33, en El itinerario jurídico del Opus Dei, p. 43.

 

 

[45] ID., Conversaciones, n. 114.

 

 

[46] Cfr. L. F. MATEO-SECO, o. c., p. 123.

 

 

[47] San JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Conversaciones , n. 15.

 

 

[48] Id., n. 16.

 

 

[49] Cfr. J. R. VILLAR, Clero secular, clero diocesano, clero religioso, clero extradiocesano. Anotaciones terminológicas, AA. VV., La formación de los sacerdotes en las circunstancias actuales. XI Simposio Internacional de Teología (6-8 abril de 1988), Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra.

 

 

[50] L. F. MATEO? SECO, En las bodas de oro de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, «Romana», Estudios 1985-1996, p. 208.

 

 

[51] San JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Carta, 24-XII-1951, en El itinerario jurídico del Opus Dei, p. 289.

 

 

[52] El texto transcrito al principio, p. 1, ref nota 2, & 2, puede ser comprendido en esta clave, porque en el espíritu del Opus Dei no hay contraposición entre espiritualidad del sacerdote secular y espiritualidad laical.

 

 

[53] «Han de estimarse grandemente y ser diligentemente promovidas aquellas asociaciones que, con estatutos reconocidos por la competente autoridad eclesiástica, fomenten la santidad de los sacerdotes en el ejercicio de su ministerio» (CONCILIO VATICANO II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 8). Cfr. sobre este tema, J. ESQUERDA BIFET, Asociaciones y espiritualidad sacerdotal, en COMISIÓN EPISCOPAL DEL CLERO, Espiritualidad del Presbítero Diocesano Secular, Madrid, 1987, pp. 599-607.

 

 

En el caso de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, hay que tener presente que está inseparablemente unida a la Prelatura del Opus Dei.

 

 

[54] A. DEL PORTILLO. Carta, 9-I-93, AGP, P17, n. 404.

 

 

[55] Id., n. 405.

 

 

[56] Id., n. 407.

 

Por qué no ordenación de mujeres y otras preguntas


Mujeres no necesitan ordenarse sacerdotes para alcanzar plenitud de hombres.

Viernes, 05 de diciembre de 2003

 

Aciprensa

 

 

MADRID, 28 Nov. 03 (ACI).-Durante la conferencia inaugural del curso 2003-2004 en la Universidad Católica San Antonio (UCAM) de Murcia, el Obispo de Ratisbona, Mons. Gerhard L. Müller, declaró que las mujeres no necesitan recibir la ordenación sacerdotal para llegar a la misma plenitud que los hombres.

 

 

Mons. Müller, experto en cuestiones relacionadas con el papel de las mujeres en la Iglesia Católica, remarcó la constitución sacramental del Pueblo de Dios y la voluntad instituyente de Cristo como motivos por los que no existe una ordenación femenina. Sin embargo, resaltó que su función llega a la misma plenitud que la del hombre.

 

 

“Bajo el epígrafe ?democratización de la Iglesia?, parece que algunas cuestiones de fe se han convertido en objeto de decisiones por mayoría”, explicó Mons. Müller. Sin embargo, “que seamos la comunidad de los que creen en Cristo y formemos su Iglesia no significa que el Credo deba ser aprobado siempre de nuevo.”

 

 

El Obispo hizo alusión a un “cisma mental” cuando se enfocan estas cuestiones sin la perspectiva sacramental, una visión obligada para referirse a la condición de “servicio” y no de “derecho” que implica el acceso al sacerdocio ministerial.

 

 

La complementariedad entre varón y hembra no se reñiría en absoluto con la eminente igualdad entre sexos. “En la reciprocidad de la relación se realiza plenamente su condición de persona y se manifiesta la semejanza del hombre con Dios.”

 

 

Los arquetipos predominantes, sin embargo, no permiten en ocasiones examinar los profundos condicionamientos que llevan a poder imponer el sacramento del Orden sólo a varones. “Los paganos se mofaban de los primitivos cristianos porque entre éstos las mujeres estaban en pie de igualdad con los hombres”, explicó Mons. Müller.

 

 

Ellas “contribuían en buena medida a acuñar el fenotipo demográfico y espiritual de la Iglesia”. Pero “no podemos cometer el error de concebir el sacramento del Orden como incremento de la condición de cristiano” y agregó que la mujer, con su papel de laica o consagrada, cumple, como el hombre laico o sacerdote, la misión y figura de la Iglesia que proceden del bautismo, la confirmación y la eucaristía.
********************************************************************

Preguntas y respuestas sobre el sacerdocio

seminariobogota.org

 

 

¿Por qué ser sacerdote?

 

 

Los cristianos católicos sabemos que en esta vida hay mucho más que las cosas materiales y los placeres. Por tanto, en la vida de un sacerdote, él busca la manera de servir a Dios y a los demás. La mayoría de las personas le sirven a Dios en el estado de vida matrimonial o siendo solteros, y esas son vocaciones maravillosas. Pero algunos son llamados de manera especial a servir a Dios y a la comunidad. Son llamados a ser sacerdotes. Son llamados a ser instrumentos de la gracia de Dios, portadores de su perdón, predicadores de la Palabra que da la vida eterna, celebrantes de los misterios de Dios en los momentos más significativos y en los ordinarios de la vida de las personas. Ellos son llamados a seguir a Jesús totalmente con la misma generosidad y perseverancia que Él demostró durante su vida. Esta llamada al sacerdocio viene de Dios. ¿La has oído alguna vez en tu vida?

 

 

 

¿Qué es un sacerdote?

 

 

Él es un ser humano como tú. Pero con la gracia de Dios ha encontrado la fuerza para dedicar su vida a anunciar a Cristo y a actuar como un «embajador de Cristo», como diría san Pablo. Esto significa que él predica la palabra a tiempo y a destiempo; él representa a Cristo en aquellos momentos en que Él está sacramentalmente presente, Bautismo, Eucaristía, Confirmación, Reconciliación, Matrimonio, Orden sacerdotal y en la Unción de los Enfermos. Los sacerdotes hacen presente a Cristo como cabeza de Su Iglesia. Mediante su cuidado y celo pastoral, él es un poderoso signo de la presencia de Cristo en una comunidad específica del pueblo de Dios. Es una vida que se plantea como todo un desafío para el cristiano.

 

 

¿Qué es un sacerdote diocesano?

 

 

Un sacerdote diocesano o «secular» trabaja en una diócesis o arquidiócesis particular normalmente como párroco. Él está «casado» con los fieles del territorio de su parroquia, gastando su vida con ellos y por ellos para acercarlos a Dios y trabajando por su santificación. Un sacerdote religioso trabaja adondequiera que el Superior de su orden religiosa lo envíe.

 

 

 ¿Es fácil llegar a ser sacerdote?

 

 

Las cosas más valiosas en la vida no son «fáciles» de conseguir. Para prepararse al sacerdocio un hombre debe dedicar una porción significativa de su vida: Primero debe vincularse a un proceso de discernimiento durante un año, después ingresa al año introductorio o propedéutico, que lo prepara para asumir su formación en el seminario. En seguida vienen los estudios de Filosofía durante dos años. Después de eso, vienen los estudios de Teología, durante cuatro años, en la mitad de los cuales está inserto un año de prácticas pastorales como parte del proceso de formación. Es un camino bastante largo y a veces difícil, pero no imposible. Si uno va a servir a la gente como sacerdote, debe prepararse muy bien para ser un instrumento idóneo. Además, si Dios quiere que seas sacerdote, te dará todas las gracias necesarias para alcanzar dicha meta.

 

 

¿Cuánto tiempo se necesita para llegar a ser sacerdote?

 

 

Después del Bachillerato, un año de propedéutico, dos años de Filosofía, cuatro de Teología y uno de experiencia pastoral. Después de ser ordenado, se espera que el sacerdote continúe actualizándose buscando especializarse.

 

 

¿Qué cualidades busca la Iglesia en un candidato?

 

 

La Iglesia busca un varón de buena reputación. El candidato debe ser un creyente católico practicante, que participe en la Santa Misa con regularidad, que esté empeñado en algún tipo de oración diaria, que observe los mandamientos y tenga un fuerte deseo de servir a los demás. Debe ser mental, emocional y físicamente sano. Debe tener niveles normales de inteligencia y sobre todo, debe estar abierto a la voluntad de Dios.

 

 

 

¿Es interesante la vida diaria de un sacerdote?

 

 

¡Por supuesto que sí! Hay momentos de rutina, como en cualquier tipo de vida, pero no ha dos días que sean iguales en la vida de un sacerdote. El sacerdote ayuda a la gente a buscar a Dios, y el trabajo con la gente es interesante e impredecible. Pocas vocaciones ofrecen tanto como lo hace el sacerdocio. Más aún, el sacerdote que ama a sus fieles y se compromete con ellos entregándose a su servicio sabrá que está realizando la obra del Señor.

 

 

¿Qué es una vocación?

 

 

Una vocación es una invitación, una llamada de Dios a servirlo de una manera específica. La vocación primaria y común de todo bautizado católico es a ser santo. A amar a Dios y a los demás. Pero un candidato al sacerdocio está llamado a ir más allá de lo «ordinario» y a convertirse en pastor de otros mientras que peregrinan hacia Dios.

 

 

¿Cómo saber a qué me está llamando Dios?

 

 

Primero, pregúntale a Dios en la oración lo que Él quiere que tú hagas, luego ábrete y dispónte a responderle con generosidad. El llamado puede llegar de maneras sorprendentes o inesperadas: puede ser a través de comentarios o sugerencias o estímulos de otros, mediante una invitación específica, por medio de un incidente de gracia, cualquier cosa. Dios es el que llama y Él puede llamarte de la manera que Él escoja. Si un hombre es llamado al sacerdocio, él debe también someter esa llamada a la Iglesia en la persona del obispo diocesano o del Superior religioso. Para discernir la validez de una vocación, el obispo trabajará en estrecha comunicación con el sacerdote director de la Pastoral vocacional y con los formadores del seminario.

 

 

 ¿Soy lo suficientemente santo como para ser sacerdote?

 

 

 

 

Cuando san Pedro fue llamado por Jesús a seguirlo, su reacción inmediata fue un rechazo: «Señor, apártate de mí, que soy un pecador». Pedro tenía la razón en esa ocasión, pero Jesús no invita a personas perfectas a seguirlo de cerca. Él llama a personas humildes, honestas, que se dejan guiar y enseñar, a aceptar su propuesta y a seguirlo. No hay un solo sacerdote que se haya sentido alguna vez digno del don del sacerdocio, ni siquiera después de años de servicio fiel a Cristo y a los demás. Todo sacerdote sabe que no es más que una «vasija de barro»; Cristo lo sabe también. Pero nosotros creemos que la gracia de Jesucristo nos dará aquello que nos falta para responder a su llamado. «No temas ?dice Jesús? busca primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se te dará por añadidura».

 

 

¿Qué es un voto religioso?

 

 

Un voto es una promesa solemne hecha libremente por un hombre o mujer que le entrega su vida a Dios. Los miembros de las comunidades religiosas hacen votos de pobreza, castidad y obediencia. Un sacerdote diocesano no hace un voto, sino una promesa, aunque con la misma solemnidad, de guardar la castidad y él promete solemnemente obediencia a su obispo local y a sus sucesores. Y a pesar de que no hace un voto de pobreza, se espera que viva un vida sencilla, modesta y libre de todo interés material y de todo apego al dinero y a los bienes.

 

 

¿Qué decir del celibato?

 

 

El sacerdote célibe se consagra por completo con un corazón indiviso al servicio de Dios y al servicio de su pueblo. Para hacerlo, él renuncia al derecho de casarse y de tener una familia, no para permanecer solo y amargado, sino para tener como familia a la Iglesia. Él no renuncia a la amistad ni a la compañía de buenos amigos, tanto hombres como mujeres. De hecho se le estimula para que cultive amigos leales y dignos de confianza. El sacerdote puede vivir una vida célibe fructuosa y fecunda, si es un hombre de oración, si ama a Dios y a su pueblo. El sacerdote es llamado a una forma particular de renuncia a sí mismo siguiendo las huellas de Cristo, que se entregó a sí mismo por nosotros.

 

 

 

¿Son los sacerdotes felices?

 

 

Sí que lo son. Es verdad que pueden tener días malos y períodos difíciles, como toda persona, pero la mayoría de los sacerdotes te dirán que son muy felices como sacerdotes. Ellos reconocerán, no obstante, que so siempre es fácil ser sacerdote, pero las recompensas personales y espirituales son inmensas y profundas. A veces los medios de comunicación difunden la impresión de que los sacerdotes sufren de infelicidad crónica, que son hombres frustrados y amargados. Eso simplemente no es verdad en la inmensa mayoría de los sacerdotes. El sacerdote que se entrega de lleno a Cristo y a vivir su ministerio sin reservas, encuentra que Cristo es la fuente cristalina y fresca de su felicidad.

 

 

 

La llamada

 

 

Como en el pasado, Dios sigue llamando hoy a hombres como tú para servirlo como sacerdotes en la Iglesia Católica. A lo largo de la historia, muchos han sido llamados al sacerdocio. Ellos han vivido vidas ejemplares y han continuado la misión de Cristo de extender el Reino de Dios en el mundo. Hay muchas historias heroicas y ejemplares sobre sacerdotes que le han entregado plenamente la vida a Cristo.

 

 

Sin embargo, hoy es más difícil que en el pasado discernir la llamada de Dios, en medio de tantas maneras valiosas que una persona puede escoger vivir su vida. Hay también tantas distracciones que hacen difícil discernir la voz de Dios. Discernir una vocación es un reto, no hay duda de ello. Puede ser particularmente duro hoy en día porque los otros, incluso los padres y los amigos, no siempre brindan su apoyo ni su estímulo. Este sitio web del Seminario Mayor de Bogotá está destinado para que aprendas más acerca de la vocación al sacerdocio y encuentres respuestas para algunas de tus preguntas. Esta página te permitirá al mismo tiempo conocer personas que pueden ayudarte a explorar si Dios te está llamando a servirlo como sacerdote.

 

 

En todo el mundo en este tercer milenio, muchos tienen vivos deseos de encontrar una vida que los llene plenamente, anhelan descubrir un horizonte para sus vidas. La vida de un sacerdote se enfoca a ayudar a la gente a plantearse las preguntas más profundas sobre el sentido de su vida. Hoy se necesitan los sacerdotes más que nunca. Quizás el Señor te está llamando a ti a ser sacerdote. No lo sabrás con certeza a menos que consideres esa posibilidad. Si sientes su llamada, ¡no te dé miedo responderle!

 

 

En el seminario siempre encontrarás un sacerdote dispuesto a ayudarte en tu proceso de discernimiento.

 

 

Misión específica del sacerdote


El sacerdote no es sólo el animador de una comunidad, advierte el Papa

Miércoles, 26 de noviembre de 2003

 

Zenit

 

 

 Al recibir a los obispos de Bélgica al término de su visita «Ad limina»

 

 

CIUDAD DEL VATICANO, 23 noviembre 2003 (ZENIT.org).- Ante los prelados de Bélgica, Juan Pablo II subrayó el sábado la misión específica del obispo y del sacerdote en una «sociedad que pierde sus referencia tradicionales y favorece voluntariamente un relativismo generalizado».

 

 

Encabezados por el cardenal Godfried Danneels, los obispos belgas fueron recibidos por el Santo Padre al término de su visita «Ad limina».

 

 

En el encuentro, el Papa expresó su preocupación por la situación de la Iglesia en Bélgica y recalcó que el «primer deber es dar a conocer a Cristo y el Evangelio».

 

 

«No se puede ocultar -afirmó- una real inquietud frente a la significativa caída de la práctica religiosa», relativa tanto a las eucaristías dominicales como a la celebración de sacramentos como el bautismo y el matrimonio.

 

 

La «crisis persistente de vocaciones» también se hace presente en un proceso de secularización que puede hacer pensar que la sociedad belga «ha dado la espalda a sus raíces cristianas».

 

 

En este contexto, Juan Pablo II calificó de «inquietante» la nueva legislación nacional que «afecta a las dimensiones fundamentales de la vida humana y social, como el nacimiento, el matrimonio, la familia y también la enfermedad y la muerte».

 

 

Ante estos cambios legislativos que «inciden profundamente en la dimensión ética de la vida humana», los prelados deben «reafirmar la visión cristiana de la existencia», advirtió el Papa.

 

 

De aquí la necesidad de desarrollar la formación teológica, espiritual y moral de los fieles, empezando por los jóvenes.

 

 

Sin embargo, el Santo Padre observó que la renovación de la vida cristiana no puede venir sólo de una reforma exterior, sino más bien «de una renovación interior de la vida de fe».

 

 

Precisamente en ello, el ministerio sacerdotal «encuentra su verdadero significado», puesto que el sacerdote no debe solamente «ser el animador o el coordinador de la comunidad», sino que debe «representar espiritualmente, en la sociedad, a Cristo Salvador».

 

 

Juan Pablo II invitó también a los obispos, «en unión con las parroquias», a «difundir la Biblia entre las familias», profundizando por otro lado en «la importancia de la Eucaristía» para la vida personal y comunitaria.

 

 

Finalmente, se detuvo en la educación de los jóvenes. Las «riquezas de la identidad católica» ofrecen a las jóvenes generaciones «la mejor tradición educativa de la Iglesia» junto a los «principios morales indispensables para avanzar con serenidad y responsabilidad en el camino de la vida», destacó.

 

 

ZS03112303
**********************************************************

Sacerdote, sólo sacerdote


Intervención del Prelado del Opus Dei en el Seminario de Logroño sobre el sacerdocio.

Lunes, 20 de enero de 2003

 

opusdei.org

 

 

“Sacerdote, sólo sacerdote. San Josemaría Escrivá, modelo de vida sacerdotal”. Título de las palabras que Mons. Javier Echevarría, prelado del Opus Dei, pronunció en el seminario de Logroño.

 

 

20 de enero de 2003

 

 

Agradezco a mi querido hermano en el episcopado, don Ramón Búa, su cariñosa invitación a dirigir unas palabras al clero riojano. Me sugirió que hablara de la llamada a la santidad en el sacerdocio ministerial, siguiendo el ejemplo y las enseñanzas de San Josemaría Escrivá de Balaguer, recientemente canonizado por Juan Pablo II, y lo hago con muchísimo gusto.

 

 

En efecto, evocar la figura y las enseñanzas de este santo sacerdote constituye para mí un gozo muy grande. Si, además, las personas que me escuchan son presbíteros, mi alegría se multiplica, pues conozco bien el entrañable amor -más aún, veneración- que el Fundador del Opus Dei dispensaba a sus hermanos en el sacerdocio. ¡Cómo gozaba cuando tenía la ocasión de reunirse con ellos! Aprendía de todos y, a quienes se lo pedían, no tenía reparos en abrirles su corazón para hablarles de los grandes amores de su vida: Cristo con María, la Iglesia y el Papa, las almas todas. Solía decir que, en esas ocasiones, se sentía como quien va a vender miel al colmenero. Pero era la suya una miel de tanta calidad, que los que le escuchaban salían de esas reuniones con renovados deseos de fidelidad a la vocación, con el alma rebosante de optimismo, decididos a gastarse con gozo en la tarea pastoral y apostólica.

 

 

Identidad del sacerdote

 

 

Comenzaré mi intervención con unas palabras que San Josemaría solía dirigir a los recién ordenados, pero que nos sirven también -y quizá más especialmente- a quienes llevamos muchos años de sacerdocio. Decía: sed, en primer lugar, sacerdotes; después, sacerdotes; siempre y en todo, sólo sacerdotes. En esta afirmación se transparenta su altísimo concepto del sacerdocio ministerial, por el que unos pobres hombres -que eso somos todos delante del Señor- son constituidos ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios (1 Cor 4, l). Tan firme era su fe en la identificación sacramental con Cristo que se lleva a cabo en el sacramento del Orden, que su único timbre de gloria, al lado del cual palidecían todos los honores de la tierra, era sencillamente ser sacerdote de Jesucristo.

 

 

Los santos, desde los tiempos más antiguos, se han detenido a comentar la dignidad del sacerdocio. Varios Papas -entre los que recuerdo especialmente a San Pío X, a Pío XI y al actual Romano Pontífice- han escrito documentos inolvidables, que han alimentado y continúan alimentando nuestra vida sacerdotal. También San Josemaría nos ha dejado su enseñanza. En una homilía de 1973, cuando se difundían voces confusas sobre la identidad del sacerdote y el valor del sacerdocio ministerial, resumía su pensamiento con las siguientes palabras: ésta es la identidad del sacerdote: instrumento inmediato y diario de esa gracia salvadora que Cristo nos ha ganado. Si se comprende esto, si se ha meditado en el silencio activo de la oración, ¿cómo considerar el sacerdocio una renuncia? Es una ganancia que no es posible calcular. Nuestra Madre Santa María, la más santa de las criaturas -más que Ella sólo Dios- trajo una vez al mundo a Jesús; los sacerdotes lo traen a nuestra tierra, a nuestro cuerpo y a nuestra alma, todos los días: viene Cristo para alimentarnos, para vivificarnos, para ser, ya desde ahora, prenda de la vida futura (1).

 

 

El sentido de la grandeza del sacerdocio le llevaba a cuidar con esmero su vocación sacerdotal, de la que se hallaba cada vez más enamorado. Cuando, para atender los ruegos de quienes estábamos a su lado, se refería a veces al proceso de su vocación, siempre recalcaba la iniciativa de Dios, que le salió al encuentro cuando tenía quince o dieciséis años. Como bien sabéis, fue en Logroño, en diciembre de 1917 o enero de 1918, donde el adolescente Josemaría Escrivá tuvo los primeros. presentimientos -de barruntos, los calificaba- de que el Señor le llamaba para algo que no sabía lo que era. No se le había pasado por la cabeza la posibilidad del sacerdocio. Sin embargo, ante esa acción de Dios, con el fin de prepararse mejor para cumplir la Voluntad divina, decidió ingresar en el Seminario. Con toda verdad podía afirmar, pasados los años, que el arranque de su vocación sacerdotal había sido una llamada de Dios, un barrunto de amor, un enamoramiento de un chico de quince o dieciséis años (2).

 

 

En el Seminario de Logroño recibió la primera formación sacerdotal, que luego completaría en Zaragoza. Dios quería que la semilla que iba a lanzar sobre la tierra el 2 de octubre de 1928, encontrase un corazón de sacerdote preparado a fondo para acogerla y hacerla fructificar. Por eso, con agradecimiento a Nuestro Señor, San Josemaría afirmaba que su vocación era -dejadme que insista- la de ser sacerdote, sólo sacerdote, siempre sacerdote. Amaba con locura esta condición que, configurándolo con Cristo, le había preparado para ser instrumento, en manos de Dios, para la fundación del Opus Dei.

 

 

 

Don y tarea

 

 

Al enumerar las condiciones de los candidatos al sacerdocio, antiguamente se prescribía que deberían elegirse entre hombres que condujesen una vida honesta. Esta formulación, minimalista y ya superada, le parecía muy pobre a San Josemaría. Entendemos, con toda la tradición eclesiástica -escribía en 1945-, que el sacerdocio pide -por las funciones sagradas que le competen- algo más que una vida honesta: exige una vida santa en quienes lo ejercen, constituidos -como están- en mediadores entre Dios y los hombres (3).

 

 

Josemaría Escrivá había recibido, en el seno de su familia y en el colegio, una formación profundamente cristiana, que comprendía el conocimiento de la doctrina, la frecuencia de sacramentos, la preocupación concreta por las necesidades espirituales y materiales de las personas, como ponen de relieve testigos de aquella época. Al recibir la llamada divina al sacerdocio, su existencia dio un cambio radical, en el sentido de que aumentó la intensidad y frecuencia de su trato con Dios y su preocupación apostólica por los demás. Esto le llevó a una madurez impropia de los años pero sobrenaturalmente lógica. Se cumplía en su vida lo que afirma la Sagrada Escritura: super senes intellexi quia mandata tua servavi (4), he adquirido más prudencia que los ancianos porque he guardado fielmente tus mandamientos. Desde aquellos barruntos, el adolescente Josemaría empezó a tomarse en serio la santidad, tratando de conocer y cumplir fidelísimamente la Voluntad de Dios.

 

 

Cuando el Concilio Vaticano II, en el capítulo V de la Constitución dogmática Lumen gentium, afronta el tema de la vocación de los bautizados a la santidad, afirma: «Los seguidores de Cristo, llamados por Dios no en razón de sus obras, sino en virtud del designio y gracia divinos, y justificados en el Señor Jesús, han sido hechos por el Bautismo, sacramento de la fe, verdaderos hijos de Dios y participes de la naturaleza divina y, por lo mismo, realmente santos. En consecuencia, es necesario que con la ayuda de Dios conserven y perfeccionen en su vida la santificación que recibieron» (5).

 

 

En cuanto miembros del Cuerpo Místico de Cristo, en el que hemos sido injertados por el Bautismo, todos hemos sido santificados radicalmente: llevamos en nosotros mismos el germen e inicio de la vida nueva que Cristo nos ha ganado con su Muerte y su Resurrección. La consagración bautismal es la realidad fundante de la llamada a la santidad en todos los géneros de vida. Desde este punto de vista, atendiendo a la absoluta gratuidad de lo que hemos recibido, la santificación aparece claramente en su dimensión de don: un regalo inmerecido que nuestro Padre-Dios nos otorga, en Cristo, por el Espíritu Santo. Al mismo tiempo, la santificación es una llamada personal, una tarea que se encomienda a la responsabilidad de cada cristiano. San Josemaría dirá que es obra de toda la vida (6).

 

 

La santidad es, pues, don y tarea. Entrega gratuita de un bien inmerecido y, al mismo tiempo, encargo que hay que llevar a término con esfuerzo personal, con correspondencia heroica, empeñándose en un verdadero compromiso de vida cristiana.

 

 

La santidad sacerdotal como don

 

 

Al ser una y la misma la condición radical de todos los bautizados, todos -sacerdotes y seglares- estamos convocados de igual modo a la plenitud de la vida cristiana. No hay santidad de segunda categoría: o existe una lucha constante por estar en gracia de Dios y ser conformes a Cristo, nuestro Modelo, o desertamos de esas batallas divinas. A todos invita el Señor para que se santifique en su propio estado (7).

 

 

Estamos ante una de las intuiciones fundamentales que San Josemaría Escrivá predicó, por encargo divino, desde 1928. Al fundar el Opus Dei, el Señor le mostró que cada persona ha de procurar santificarse en el propio estado, en el género de vida en el que ha sido llamada, en su propio trabajo y a través de su propio trabajo, según la conocida expresión de San Pablo: unusquisque, in qua vocatione vocatus est, in ea permaneat (8).

 

 

La santidad, en los sacerdotes y en los seglares, se edifica, por tanto, sobre el mismo fundamento: la consagración originaria del Bautismo, perfeccionada por la Confirmación. Sin embargo, resulta evidente que el deber de tender a la santidad urge especialmente al sacerdote, que ha sido escogido entre los hombres y constituido en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados (Hb 5, 1).

 

 

«En contacto continuo con la santidad de Dios -ha escrito Juan Pablo II-, el sacerdote debe llegar a ser él mismo santo. Su mismo ministerio lo compromete a una opción de vida inspirada en el radicalismo evangélico» (9). Y añade en el libro Don y misterio, escrito con ocasión del quincuagésimo aniversario de su ordenación sacerdotal: «Si el Concilio Vaticano II habla de la vocación universal a la santidad, en el caso del sacerdote es preciso hablar de una especial vocación a la santidad. ¡Cristo tiene necesidad de sacerdotes santos! ¡El mundo actual reclama sacerdotes santos! Solamente un sacerdote santo puede ser, en un mundo cada vez más secularizado, un testigo transparente de Cristo y de su Evangelio. Solamente así el sacerdote puede ser guía de los hombres y maestro de santidad» (10).

 

 

El sacerdote ha sido consagrado dos veces para Dios: en el Bautismo, como todos los cristianos, y en el sacramento del Orden. Por eso, si bien no puede hablarse de santidad de primera o segunda categoría -porque todos estamos invitados a la perfección con la que el mismo Padre celestial es perfecto (cfr. Mt 5, 48)-, no cabe duda de que sobre los sacerdotes recae especialmente el deber de tender a la santidad. Releamos unas palabras del Fundador del Opus Dei que resultan especialmente clarificadoras. Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya alter Christus, sino ipse Christus: otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente de forma sacramental (11).

 

 

En el ejercicio del ministerio para el que ha sido ordenado, encuentra el sacerdote el alimento de su vida espiritual, el material que le hace arder en el amor de Dios. Por eso, sería un grave error si otras aspiraciones u otras tareas desdibujaran en su alma lo que, para él, se concreta en algo indispensable para alcanzar la santidad: la celebración cuidadosa y llena de amor del Sacrificio de la Misa, la predicación de la Palabra de Dios, la administración de los sacramentos a los fieles, especialmente el de la Penitencia; una vida de oración constante y de penitencia alegre; el cuidado de las almas que se le han confiado, junto con los mil servicios que una caridad vigilante sabe dispensar.

 

 

Desde que percibió la Ramada al sacerdocio, y mas explícitamente, desde que fue ordenado sacerdote, San Josemaría quiso identificarse con Cristo, ser el mismo Cristo, en el ejercicio del ministerio sacerdotal y en toda su existencia. De ahí su vida de oración, su celebración pausada de la Misa, su ?necesidad? de permanecer largos ratos junto al Sagrario; y, al mismo tiempo, su urgencia por buscar a las almas para conducirlas, en Cristo, por caminos de santidad. Comprendió que se puede y se debe llevar una conducta santa en todos los estados de vida, y concretamente en el matrimonio; por eso, desde sus primeros años como pastor, además de encaminar a muchas personas por las vías del celibato apostólico asumido con verdadera alegría, alentó a muchas otras a descubrir la dignidad de la vocación matrimonial.

 

 

Escribe Juan Pablo II: «El sentido del propio sacerdocio se redescubre cada día más en el Mysterium fidei. Ésta es la magnitud del don del sacerdocio y es también la medida de la respuesta que requiere tal don. ¡El don es siempre más grande! Y es hermoso que sea así. Es hermoso que un hombre nunca pueda decir que ha respondido plenamente al don. Es un don y también una tarea: ¡siempre! Tener conciencia de esto es fundamental para vivir plenamente el propio sacerdocio» (12).

 

 

San Josemaría Escrivá celebraba cada día la Santa Misa con pasión de enamorado, bien consciente de que por el Sacramento del Orden, el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser (13). Escuchad cómo describía en una reunión familiar ese misterioso eclipse de la personalidad humana del presbítero, que en esos momentos se convierte en instrumento vivo de Dios:

 

 

Llego al altar y lo primero que pienso es: Josemaría, tú no eres Josemaría Escrivá de Balaguer (?): eres Cristo. Todos los sacerdotes somos Cristo. Yo le presto al Señor mi voz, mis manos, mi cuerpo, mi alma: le doy todo. Es Él quien dice: esto es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre, el que consagra. Si no, yo no podría hacerlo. Allí se renueva de modo incruento el divino Sacrificio del Calvario. De manera que estoy allí in persona Christi, haciendo las veces de Cristo. El sacerdote desaparece como persona concreta: don Fulano, don Mengano o Josemaría… ¡No señor! Es Cristo (14).

 

 

La santidad sacerdotal como tarea

 

 

La grandeza incomparable del sacerdote se fundamenta en su identificación sacramental con Cristo, que le lleva a ser ipse Christus y a actuar in persona Christi capitis, sobre todo en la celebración eucarística y en el ministerio de la Reconciliación. Una grandeza prestada -comentaba San Josemaría Escrivá-, compatible con la poquedad mía. Yo pido a Dios Nuestro Señor -añadía- que nos dé a todos los sacerdotes la gracia de realizar santamente las cosas santas, de reflejar, también en nuestra vida, las maravillas de las grandezas del Señor (15).

 

 

Cada cristiano ha de procurar que su condición de seguidor de Jesucristo se refleje en toda su conducta: la familia, la profesión, la actividad social, pública, deportiva… También en la existencia concreta del sacerdote, en su vida diaria, ha de manifestarse su específica pertenencia a Cristo. Por el carácter indeleble recibido en la ordenación, se es sacerdote las veinticuatro horas del día, no sólo en los momentos en los que se ejercita expresamente el ministerio. Conviene tenerlo muy presente en la época actual, cuando van desapareciendo -de nuestra sociedad multicultural y multirreligiosa- tantos signos que recordaban a nuestros antepasados la primacía de Dios y de la vida sobrenatural. No lo digo con pesimismo, sino con ánimo de que todos nos esforcemos para que no se pierdan las raíces cristianas de nuestro pueblo, que se manifiestan también en tradiciones piadosas, en elementos de la cultura, del arte y de las costumbres.

 

 

A la meta de la santidad, el sacerdote ha de llegar como por un plano inclinado, bajo la dirección del Espíritu Santo, que es quien modela en los hijos adoptivos de Dios los rasgos de Jesucristo. En este proceso, que dura toda la vida, junto a la acción sobrenatural de la gracia, resulta decisiva la respuesta dócil de la criatura.

 

 

Sin esfuerzo por practicar las virtudes, sin lucha por desarrollarlas cotidianamente, con constancia, no es posible la santidad. ¿En qué se centran los hábitos virtuosos que han de vertebrar la santidad del sacerdote? En lo mismo que en los demás fieles, puesto que todos estamos llamados a idéntica meta -la unión con Dios- y disponemos de los mismos medios para alcanzarla. La diferencia estriba en el modo de ejercitar esas virtudes. En el sacerdote, todo debe cumplirse sacerdotalmente; es decir, teniendo siempre presente la finalidad de su vocación especifica, el servicio a las almas. Hemos de seguir el ejemplo del Señor, que afirmó de sí mismo: Pro eis ego sanctifico meipsum, ut sint et ipsi sanctificati in veritate (Jn 17, 19).

 

 

No cabe, en este breve tiempo, exponer tan siquiera un elenco completo de las virtudes sacerdotales. Me limitaré a presentar algunas que considero capitales en la enseñanza y en el ejemplo de San Josemaría.

 

 

Virtudes humanas del sacerdote

 

 

Utilizando la metáfora de la construcción -imagen de raíces bíblicas-, lo primero que se busca es un terreno sólido. El mismo Cristo alude a esta necesidad, en la conclusión del Sermón de la Montaña, cuando habla del hombre prudente que edificó su casa sobre roca, de modo que cuando llegaron los vientos y las lluvias nada pudieron contra esa mansión (cfr. Mt 7, 24-25).

 

 

En la vida espiritual del cristiano, el terreno sólido del edificio espiritual se configura por las virtudes humanas, pues la gracia presupone siempre la naturaleza. Conviene no olvidar que el sacerdote no deja de ser hombre al recibir la ordenación. Por el contrario, precisamente por haber sido sacado de entre los hombres y constituido mediador entre los hombres y Dios (cfr. Hb 5, l), necesita cuidar su preparación humana, que le capacita para servir mejor a las almas.

 

 

«Comprende esta formación -escribe Mons. Álvaro del Portillo- el conjunto de virtudes humanas que se integran directa o indirectamente en las cuatro virtudes cardinales, y el bagaje de cultura no eclesiástica indispensable para que el sacerdote pueda ejercitar con facilidad -ayudado, desde luego, por la gracia- su apostolado» (16). Mi predecesor al frente de la Prelatura del Opus Dei subraya los motivos principales que han de impulsar al sacerdote a adquirir y desarrollar estas virtudes: «El primero, como parte de la lucha ascética normalmente necesaria para llegar a la perfección; el segundo, como medio para ejercitar con mayor eficacia el apostolado» (17).

 

 

En la vida y en las enseñanzas de San Josemaría, destaca este aspecto basilar de la formación cristiana y de la específicamente sacerdotal. Tenemos numerosas pruebas de esta afirmación, desde su infancia hasta su fallecimiento en 1975. Los testigos de su labor pastoral se manifiestan concordes en describirle como un sacerdote enamorado de Jesucristo, entregado al servicio de las almas, con una personalidad fuerte y armónica, en la que lo humano y lo sobrenatural se fundían estrechamente en unidad de vida. Por lo que se refiere a sus enseñanzas, resulta paradigmática la homilía ?Virtudes humanas?, recogida en el libro Amigos de Dios, donde se asienta el fundamento teológico de la necesidad de cultivar las virtudes humanas: la hondura de la Encarnación del Verbo, perfecto Hombre sin dejar de ser perfecto Dios. En esa homilía analiza las principales virtudes que un cristiano y un sacerdote deben cultivar: la reciedumbre, la serenidad, la paciencia, la laboriosidad, el orden, la diligencia, la veracidad, el amor a la libertad, la sobriedad, la templanza, la audacia, la magnanimidad la lealtad, el optimismo, la alegría.

 

 

Sobre el fundamento de la humildad

 

 

La humildad es el fundamento de nuestra vida, medio y condición de eficacia (18), escribe San Josemaría, en sintonía con la tradición espiritual del Cristianismo. Evidentemente se refiere al fundamento moral, pues el teologal -como predicó con su conducta y con sus enseñanzas- se centra en la fe teologal, que nos conduce a asumir con hondura el sentido de nuestra filiación divina en Cristo. Esta convicción pone de relieve ante los hombres la verdad más profunda sobre nosotros mismos y, por tanto, potencia necesariamente la humildad, que no refleja otra cosa que aquel ?andar en verdad? de la Santa de Ávila: el caminar en la fe.

 

 

Con una fe recia, como base de la respuesta cristiana, se soslaya el error de presentar la humildad como falta de decisión o de iniciativa, como renuncia al ejercicio de derechos que son deberes. Nada más lejos del pensamiento del Fundador del Opus Dei. Ser humildes -predicaba en una ocasión- no es ir sucios, ni abandonados; ni mostrarnos indiferentes ante todo lo que pasa a nuestro alrededor, en una continua dejación de derechos. Mucho menos es ir pregonando cosas tontas contra uno mismo. No puede haber humildad donde hay comedia e hipocresía, porque la humildad es la verdad (19).

 

 

Tan importante es esta virtud en la vida cristiana, que San Josemaría aseguraba que, lo mismo que se condimentan con sal los alimentos, para que no sean insípidos, en la vida nuestra hemos de poner siempre la humildad (20). Y acudía a una comparación clásica: no vayáis a hacer como esas gallinas que, apenas ponen un solo huevo, atronan cacareando por toda la casa. Hay que trabajar, hay que desempeñar la labor intelectual o manual, y siempre apostólica, con grandes intenciones y grandes deseos -que el Señor transforma en realidades- de servir a Dios y pasar inadvertidos (21).

 

 

Pero volvamos a considerar el fundamento teologal, es decir, la fe, y con la fe, la esperanza: no hay santidad si no se desarrolla una fe omnicomprensiva de la realidad, si no se fomenta -como la fuerza que impulsa el peregrinar terreno- la virtud de la esperanza. Desde el primer momento, el Fundador del Opus Dei fue bien consciente de que la misión que Dios le había confiado era inmensamente superior a sus fuerzas. Por eso acudió con insistencia, sin abandonarlos jamás, a los únicos medios capaces de poner a nuestro alcance la omnipotencia divina: la oración y el sacrificio. Son innumerables los testimonios que documentan cómo fue mendigando, por los hospitales y los barrios marginados de Madrid, como si se tratase de un tesoro, la plegaria y el ofrecimiento a Dios del dolor de muchas gentes abandonadas, a las que llevaba el consuelo y el aliento de su asistencia sacerdotal.

 

 

¡Cuánta necesidad tenemos los sacerdotes de que nuestra fe y nuestra esperanza aumenten más y más! Nos hallamos metidos en una labor donde lo que más cuenta, lo único absolutamente necesario (cfr. Lc 10, 42), son los medios sobrenaturales. Se requieren verdaderos milagros, para conducir a las almas hasta Dios. Sin embargo, se oye a veces decir que actualmente son menos frecuentes los milagros. ¿No será que son menos las almas que viven vida de fe? (22). Estas palabras de San Josemaría resuenan en nuestros oídos como un toque de atención, una llamada a nuestro sentido de responsabilidad, porque el sacerdote ha de ser, ante todo, un hombre de fe y un hombre esperanzado. «Por medio de la fe -escribe el Papa-, accede a los bienes invisibles que constituyen la herencia de la Redención del mundo llevada a cabo por el Hijo de Dios» (23).

 

 

La fe es fundamento de las cosas que se esperan, prueba de las que no se ven (Hb 11, l). Y es «en la oración perseverante de cada día, con facilidad o con aridez, donde el sacerdote, como todo cristiano, recibe de Dios (?) luces nuevas, firmeza en la fe, segura esperanza en la eficacia sobrenatural de su trabajo pastoral, amor renovado: en una palabra, el impulso para perseverar en ese trabajo y la raíz de la efectiva eficacia del trabajo mismo» (24). En estas palabras de Mons. del Portillo, el más estrecho colaborador del Fundador del Opus Dei durante muchos años, podemos descubrir una delicada alusión a la vida espiritual de San Josemaría, que recibió de Dios la gracia de ser contemplativo en medio de las tareas más absorbentes. Añade don Álvaro: «Sin oración, y sin oración que se esfuerza por ser continua, en medio de todos los quehaceres, no hay identificación con Cristo en lo que ésta tiene de tarea, fundamentada en lo que tiene de don. Más aún, me atrevo a decir que un sacerdote sin oración, si no falsea la imagen que da de Cristo -Modelo para todos-, la presenta como una nebulosa que ni atrae ni orienta, que no sirve de norte al pueblo que nos ve o nos oye» (25).

 

 

 

Caridad pastoral

 

 

Llegamos así a la virtud más definitiva y característica de la vida cristiana: la caridad, que en el sacerdote adquiere unos contornos precisos: es caridad pastoral. En pocas palabras, nace de la conciencia de ser representante de Jesucristo, el Pastor supremo (1 Pe 5, 4) de las almas, que ha dado la vida por sus ovejas (cfr. Jn 10, 1 l). Esta convicción sobrenatural ha de impulsar al sacerdote a gastarse hasta el extremo en el ejercicio de su ministerio, pues le urge la caridad de Cristo (cfr. 2 Cor 5, 14). Una caridad pastoral, fuerte y perseverantemente alimentada en la Eucaristía y en la oración, dará eficacia de frutos a su ministerio.

 

 

La figura de San Josemaría aparece muy ilustrativa a este respecto. Desde los primeros momentos de su vocación, no se ahorró ningún trabajo en el servicio de las almas. Antes he aludido brevemente a sus andanzas por los barrios extremos del Madrid de los años 20 y 30, en perenne contacto con la pobreza y la enfermedad, atendiendo a los moribundos, confortando a los enfermos, ilustrando a los niños y a los adultos con la doctrina cristiana. Puedo asegurar -porque lo he contemplado con mis ojos- que así gastó el resto de su existencia, hasta la última jornada: siempre pendiente de los demás, cercanos y lejanos, conocidos y desconocidos: rezaba y se sacrificaba gustosamente por todas las almas, sin excepción.

 

 

La peculiar asunción de la persona por Dios, que se lleva a cabo en la ordenación sacerdotal, hace que el presbítero se vincule y consagre íntegramente al servicio y al amor total de Cristo. Con tal envergadura se presenta la riqueza de este don, que puede asumir como suyas -en un sentido particularmente profundo- las palabras del Apóstol: mihi vivere Christus est (F1p 1, 21), vivo autem iam non ego, vivit vero in me Christus (Gal 2, 20). Por otra parte, la misión recibida tiene un carácter universal: el sacerdote viene enviado al mundo entero, como instrumento vivo de Cristo, que se entregó a si mismo por nosotros para redimimos de toda iniquidad, y para purificar para sí un pueblo escogido, celoso por hacer el bien (Tt 2, 14).

 

 

La identificación sacramental con Cristo, junto con la misión recibida, se hallan en el fundamento de las peculiares exigencias de la caridad pastoral, y colocan al sacerdote en una situación especial en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Comentando la profundización doctrinal operada a este propósito por el Concilio Vaticano II, Mons. Álvaro del Portillo escribe: «Si se considera que el Amor encarnado entre los hombres evitó cualquier atadura humana -por justa y noble que fuese- que pudiera en algún momento dificultar o restar plenitud a su total dedicación ministerial, se comprende bien la conveniencia de que el sacerdote haga lo mismo, renunciando libremente -por el celibato- a algo en sí bueno y santo, para unirse más fácilmente a Cristo con todo el corazón, y por Él y en Él dedicarse con más libertad al entero servicio de Dios y de los hombres» (26).

 

 

El celibato sacerdotal se configura como manifestación de la completa oblación de su vida que el sacerdote, libremente, ofrece a Cristo y a la Iglesia. En esta óptica, se entienden bien las palabras de San Josemaría en un rato de conversación familiar, en 1969. El sacerdote, si tiene verdadero espíritu sacerdotal, si es hombre de vida interior, nunca se podrá sentir solo. ¡Nadie como él podrá tener un corazón tan enamorado! Es el hombre del Amor, el representante entre los hombres del Amor hecho hombre. Vive por Jesucristo, para Jesucristo, con Jesucristo y en Jesucristo. Es una realidad divina que me conmueve hasta las entrañas, cuando todos los días, alzando y teniendo en las manos el Cáliz y la Sagrada Hostia, repito despacio, saboreándolas, estas palabras del Canon: Per Ipsum, et cum Ipso et in Ipso…. Por El, con El, en El, para El y para las almas vivo yo. De su Amor y para su Amor vivo yo, a pesar de mis miserias personales. Y a pesar de esas miserias, quizá por ellas, es mi Amor un amor que cada día se renueva (27).

 

 

 

Fraternidad sacerdotal

 

 

Amando a todas las almas sin excepción, San Josemaría reservaba un amor de predilección a sus hermanos los sacerdotes. Ya he aludido a su gozo cuando podía reunirse con ellos, para aprender de su entrega -tantas veces heroica- y para transmitirles al mismo tiempo algo de su experiencia personal. Pero no puedo dejar de recordar sus desvelos concretos por los presbíteros, especialmente durante los años que residió en España. En la década de los 40, por ejemplo, a petición de los Obispos diocesanos, predicó muchos cursos de retiro al clero, que se encontraba necesitado de ayuda espiritual después de la terrible prueba de la persecución religiosa de los años anteriores. San Josemaría se dio de lleno a esa tarea, y llegó a atender, a veces, a más de mil presbíteros en un solo año.

 

 

Hasta el final de su vida, alimentó una petición urgente al Señor, para que Dios enviase a la Iglesia muchas vocaciones sacerdotales. Personalmente, preparó y encaminó a los seminarios a un gran número de jóvenes con inquietudes vocacionales hacia el sacerdocio. E impulsaba a los fieles laicos a rezar con insistencia al Dueño de la mies, para que mande muchos obreros a su campo (cfr. Mt 9, 37-38). Para San Josemaría, el pulso de la vitalidad sobrenatural de una Diócesis viene medido por el número de vocaciones sacerdotales, de las que los primeros responsables son los mismos sacerdotes.

 

 

¡Cómo le entristecía encontrarse con alguno que se había despreocupado de esta labor! Porque ese descuido constituye una señal clara de que el mismo sacerdote no está contento con su llamada. Viene a mi memoria su respuesta inmediata a una pregunta sobre las causas de la escasez de vocaciones para los seminarios: Quizá la primera razón sea que muchas veces los sacerdotes no valoramos bien el tesoro que tenemos en las manos y, por eso, no encendemos en el deseo de poseer este tesoro a la gente joven. Los seminarios estarían llenos, si nosotros amáramos más nuestro sacerdocio (28).

 

 

Su preocupación por la santidad del clero procedía de mucho tiempo atrás. Tenía muy claro que el primer apostolado de los sacerdotes han de ser los mismos sacerdotes: no dejarles solos en sus penas, compartir sus alegrías, animarles en la dificultad, fortalecerlos en los momentos de duda… Conservó grabadas a fuego en su alma aquellas palabras de la Escritura Santa: frater, qui adiuvatur a fratre, quasi civitas firma (Prv 18, 19), el hermano ayudado por sus hermanos es fuerte como ciudad amurallada.

 

 

Tan intensamente crecía su afán de ayudar a sus hermanos en el sacerdocio, que en 1950, cuando el Opus Dei había recibido ya la aprobación definitiva de la Santa Sede, pensó dedicarse de lleno a los sacerdotes diocesanos. Cuando ya había ofrecido al Señor el sacrificio de Abrahán -pues estaba decidido a dejar la Obra, si hubiera sido necesario-, el Cielo le mostró que no era preciso ese sacrificio. En el espíritu del Opus Dei, que enseña a los cristianos a santificarse en medio del mundo, cada uno en la propia ocupación o tarea, también había el mismo lugar de encuentro con Dios para los sacerdotes diocesanos; bastaba que, en plena comunión con su propio Ordinario y con el presbiterio de la Diócesis, buscasen la santidad en el ejercicio de los deberes ministeriales, tratando con especial veneración al Obispo diocesano, unidos entrañablemente a sus hermanos en el sacerdocio. Las puertas de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, a la que pertenecían ya los clérigos incardinados en el Opus Dei, se ensanchaban para dar acogida a los sacerdotes diocesanos que recibiesen esta específica llamada divina.

 

 

Hoy, en estas tierras de La Rioja, donde la labor del Opus Dei se encuentra perfectamente integrada en la Diócesis desde hace muchos años, elevo mi corazón agradecido a la Trinidad Beatísima por los copiosos frutos que también la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz ha producido y sigue produciendo, en servicio de la Iglesia universal y de las Iglesias particulares. Todo es fruto de la gracia que Dios nos otorga por medio de su Santísima Madre; gracia a la que San Josemaría correspondió plenamente hace ochenta y cinco años, cuando -precisamente en Logroño- recibió la llamada al sacerdocio.

 

 

 

Notas

 

 

(1) San Josemaría, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV- 1973.

 

 

(2) San Josemaría, Apuntes tomados en una reunión familiar, 28-111- 1966.

 

 

(3) San Josemaría, Carta 2-11-1945, n. 4.

 

 

(4) Sal 118/119, 100.

 

 

(5) Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 40.

 

 

(6) San Josemaría, Camino, n. 285.

 

 

(7) San Josemaría, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-1V- 1973.

 

 

(8) 1 Cor 7, 20.

 

 

(9) Juan Pablo II, Don y misterio.

 

 

(10) Ibid.

 

 

(11) San Josemaría, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV- 1973.

 

 

(12) Juan Pablo II, Don y misterio.

 

 

(13) San Josemaría, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV- 1973.

 

 

(14) San Josemaría, Apuntes tomados en una reunión familiar, 10-V-1974.

 

 

(15) San Josemaría, Homilía Sacerdote para la eternidad, 13-IV- 1973.

 

 

(16) Álvaro del Portillo, Escritos sobre el sacerdocio, 6ª ed., Rialp 1991, p. 23.

 

 

(17) Ibid., p. 27

 

 

(18) San Josemaría, Carta 24-111-1930, n. 20.

 

 

(19) San Josemaría, Apuntes tomados en una meditación, 25-XII-1972.

 

 

(20) Ibid.

 

 

(21) Ibid.

 

 

(22) San Josemaría, Amigos de Dios, n. 190.

 

 

(23) Juan Pablo II, Don y misterio.

 

 

(24) Álvaro del Portillo, Escritos sobre el sacerdocio, 6ª ed., Rialp 1991, pp. 188.

 

 

(25) Ibid., pp. 188-189.

 

 

(26) Álvaro del Portillo, Escritos sobre el sacerdocio, 6ª ed., Rialp 1991, pp. 84-85.

 

 

(27) San Josemaría, Apuntes tomados en una reunión familiar, 10-IV-1969.

 

 

(28) San Josemaría, Apuntes tomados en una reunión con sacerdotes, 3-XI-1972.

 

 

© 2003, Oficina de información del Opus Dei en Internet