El nuevo sentido de la fiesta


Un Ejemplo para explicar el Tercer mandaliento de la Ley de Dios

De Carlos Goñi

Dimitri Pitterman, presidente del Deportivo Alavés, criticó a los jugadores del Real Madrid por la forma como celebraron el segundo gol que encajó su equipo. Los tres jugadores brasileños del equipo blanco se tiraron al suelo e hicieron “la cucaracha” ante los pitidos de la afición local. Este tipo de actuaciones son frecuentes en nuestros campos de fútbol. Ha cambiado la forma de celebrar los goles. ¿No será un signo de que ha cambiado también la manera que tenemos de celebrar las fiestas?

Ya he dicho que el gol es la culminación del fútbol. Todos los esfuerzos se ven recompensados si el balón llega a tocar la red de la portería contraria. Un partido sin goles resulta, también lo he dicho, en cierto modo, decepcionante. No es de extrañar, por tanto, que los jugadores celebren con tanta vehemencia cada uno de los tantos que consiguen. La forma y la razón de la celebración de los goles en un campo de fútbol nos puede ayudar a entender el sentido de la fiesta en nuestros días.

Cuando un jugador consigue un gol, sufre un arrebato de alegría, que le saca de sí y le hace correr alocadamente, saltar, gritar, abrazarse con otros compañeros, bailar, gesticular, quitarse la camiseta, cubrirse la cabeza, hacer el avión o el pájaro, disparar… y un sinfín de gestos que, sacados de contexto, resultan absolutamente ridículos. Porque en la liturgia futbolística, tan importante es marcar un gol como celebrarlo. De hecho, en los múltiples resúmenes de goles que nos proporcionan las cadenas de televisión, siempre se incluye la imagen de su festejo. En muy raras ocasiones se deja de manifestar alborozo tras obtener un tanto: suele ocurrir cuando lo causa un jugador en su propia puerta, cuando se trata del antiguo equipo del goleador, cuando el gol ya no sirve para nada… No siempre, ni mucho menos, se cumplen estas excepciones, sino que, más bien, la celebración tiene valor por sí misma. Incluso creo que los jugadores no sólo ensayan jugadas, sino también la forma de festejar los goles.

Si observamos la actuación de los jugadores en esta circunstancia, nos daremos cuenta de que prevalece un cierto individualismo que antaño no existía. Me refiero a que antes los goles se celebraban con más espontaneidad y en grupo. Consistían casi exclusivamente (quitando las piruetas de Hugo Sánchez) en formar un gran abrazo colectivo, una melé futbolística, como si el protagonista se fundiera con todo el equipo. Pero, de un tiempo a esta parte, los jugadores celebran los goles en solitario, incluso a veces apartan a sus propios compañeros de su camino para situarse en un punto determinado, desde donde poder realizar la pirueta preparada. Y todo el mundo lo aclama y se alegra con él porque ha sido capaz de culminar una jugada. La razón de la fiesta, de la alegría, de la celebración, es el mismo individuo que lo celebra.

Pero lo que sucede en los campos de fútbol, también ocurre fuera. Hace tiempo que hemos cambiado la razón, el sentido y la forma de la fiesta. Quizá nunca como ahora se haya dado tanta importancia a las múltiples formas de celebración, que generalmente se traducen en diversión. Ese individualismo que observamos en los terrenos de juego, lo vivimos también en nuestra manera de celebrar: claro que no excluimos a los demás, pero tampoco, en sentido propio, compartimos con ellos, sino que buscamos más nuestra propia diversión, para la cual los otros resultan “interesantes”. Nosotros somos el centro de atención porque la única razón de la fiesta somos nosotros. Hemos marcado un gol y merecemos disfrutarlo. La fiesta ya no es un premio inmerecido, sino un derecho exigido; ya no tiene la forma de acción de gracias, sino de gratificación interna; ya no encierra un sentido religioso (que nos “religa” con el Absoluto), sino un ritual de egolatría.

En la fiesta todo está permitido. Es cuestión de cubrirse la cabeza con la camiseta y dejarse llevar por los sentimientos: se trata de volar, de saltar, de gritar, de bailar. Aun a riesgo de ser multados, debemos, de tanto en tanto, quitarnos la camiseta para manifestar que en esos momentos estamos por encima del bien y del mal.[1] Debemos, en fin, dejarnos arrebatar por la explosión de alegría que supone marcar un gol.

A mi modo de ver, en los instantes que dura la celebración del gol queda resumida la manera que tiene el hombre de hoy de vivir la fiesta. Por desgracia, demasiado individualista, demasiado autocomplaciente.


[1] La última normativa del fútbol profesional ha despenalizado la acción de quitarse la camiseta cuando se celebra un gol. Este es un signo más de que lo festivo puede llegar a justificarlo todo. Vamos por el camino de eximir a la celebración de cualquier norma, como si no pudiéramos celebrar algo estando sujetos a obligaciones morales, sociales, educativas e, incluso, jurídicas.


Tomado de Arvo Net

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La Fiesta


Ssobre el Tercer Mandamiento
Ricardo Yepes Stork
La fiesta ha sido ya varias veces presentada como el momento para la acción lúdica y la celebración de la plenitud, en el cual se hace presente una realidad trascendente, definitivamente verdadera, seriamente valiosa, en una síntesis peculiar de lo serio y lo lúdico.

La fiesta tiene cierto carácter de ápice de la vida humana. Por eso es menester descubrir su sentido profundo, tantas veces adormecido en la percepción ordinaria que se tiene de ella, como si sólo fuera lo que tantas veces es: un puro acto social, destinado a la ostentación y la diversión. De ser sólo eso, no merecería mayor atención. Sin embargo, no es el caso: la felicidad verdaderamente humana tiene forma y contenido de fiesta. No puede ser de otra manera. Esto puede parecer una idea peregrina, pero sin embargo es así. Cuáles pueden ser las razones es precisamente lo que vamos a tratar de mostrar. En el fondo, no es otra cosa que llevar hasta sus últimas consecuencias las afirmaciones de este capítulo, y las anteriores que las fundamentan.

Todos los elementos de la fiesta están interrelacionados. Podemos dividirlos en «menores» y «mayores». Los «menores» comienzan con la pausa en el trabajo, una ruptura de lo cotidiano que la sitúa en el mismo ámbito del ocio, pero añadiendo un cierto carácter «extraordinario», es decir, la cualidad de salirse de lo ordinario. Una fiesta es un tiempo distinto, una ocasión excepcional, que ocurre sólo de vez en cuando, incluso rara vez. Un día de fiesta no se trabaja. No se trata sólo de no acudir a la oficina, sino de algo más: interrumpir el esfuerzo y la fatiga, la lucha por la supervivencia. La fiesta exige suspender la actividad comercial, laboral y competitiva para que en la ciudad haya paz, descanso, fraternidad, libertad; y así puedan desplegarse los elementos de la fiesta, imposibles en un clima agresivo y serio. Sin paz y seguridad no puede haber verdadera fiesta.

Por otra parte, la fiesta es un acontecimiento en el que se participa, un quehacer común, que tiene sentido por sí mismo; y en donde se crea belleza, y se disfruta de ella, junto con otros: toda fiesta es una sinfonía. Es un tiempo de contemplar en común, que excluye por tanto la soledad y la mera utilidad. En efecto, no es concebible una fiesta solitaria. Acudir a ella exige ser invitado, y supone entrar en relación amistosa y amorosa con los que están allí para celebrarla. Hay un clima cálido y amable, porque se excluye el interés; en la fiesta participamos de un bien compartible por excelencia: la felicidad.

El carácter común de la fiesta hace de ella la diversión racional por excelencia, frente a la diversión irracional que es la afirmación eufórica de la vida y de lo dionisíaco. En efecto, en el primer caso la fiesta es aquel «despertar al mundo común» que decía Heráclito; en ella la conciencia de los bienes compartidos y la participación en ellos producen una «alegría esencialmente comunitaria», mientras que en el segundo caso, la pura euforia vital es irracional, subjetiva, y no va más allá de sí misma. «La imagen de la felicidad racional es la fiesta», frente a la felicidad irracional de la pura vida sensible y biológica, inconsciente de sí misma y de los demás.

Por otra parte, la consecuencia inmediata de la exclusión de la utilidad es que en toda fiesta haya «una pérdida de ganancia útil», un derroche, un gasto en apariencia superfluo y redundante, condición del adorno: «se consuma una ofrenda gratuita del producto del trabajo. No sólo acontece una inutilidad, sino algo así como un sacrificio, es decir, lo más opuesto a la utilidad que pueda pensarse. «La fiesta es esencialmente una manifestación de riqueza, no precisamente de dinero, sino de riqueza existencial. Entre sus elementos se cuenta la carencia de cálculo, incluso la dilapidación». Toda fiesta es generosa con los bienes materiales porque los emplea como regalo, como algo que se da libre y amorosamente a los demás. En la fiesta adquiere pleno sentido el gasto que deja un poco de lado el cálculo, tan presente en la vida ordinaria Lo festivo es sobreabundante, «mana» riqueza.

Esto nos lleva naturalmente al primero de los elementos «mayores» o sustanciales de la fiesta, en el que todo el mundo está de acuerdo: «Fiesta es alegría», y alegría con motivo. Y «el motivo de la alegría es siempre el mismo, aunque presente mil formas concretas: uno posee o recibe lo que ama». Sabemos que el sí es propio del amor porque con él aceptamos al ser amado. Y de esta aceptación nace la alegría de estar con él: amar es afirmar, y alegrarse. Por eso, «la fiesta vive de la afirmación», o, dicho con la sentencia de Juan Crisóstomo: «Ubi caritas gaudet, ibi est festivitas», donde se alegra el amor, allí hay fiesta. La fiesta es la celebración del sí, que conlleva alegría, aprobación, posesión de lo amado. Esto es lo que hace que una fiesta sea de verdad, y no una pseudofiesta: una alegría con motivo, no sin él. Si falta el motivo, aquello a lo que damos el sí festivo, lo más que puede ver es una simulación de alegría o una euforia provocada, y por tanto una fiesta sin sustancia.

Ahora bien, la alegría y el motivo de la fiesta no los pone uno, sino que vienen dados por un don, por un regalo que se recibe y que es precisamente lo que se celebra. «La fiesta es fiesta si el hombre reafirma la bondad del ser mediante la respuesta de la alegría». La bondad del ser se refiere a lo recibido, al don, que puede ser cualquier cosa, desde el nacimiento propio o de un hijo (el cumpleaños) hasta el logro de una meta difícil, desde una victoria o un hecho importante hasta el mero reconocimiento de la bondad del mundo, desde el regreso al hogar de un hijo hasta el recuerdo de los héroes.

Fiesta es el reconocimiento alegre del don recibido, la forma suprema de afirmación y de manifestación de sentido del mundo. Con la alegría por el don recibido, la actitud humana se vuelve afirmativa respecto de la totalidad de lo real. El mundo se muestra entonces como bueno y su existencia queda plenamente justificada: en la fiesta hay una plenitud de sentido que se desborda, que nos enriquece. Es precisamente de ella de lo que participamos. La mayor felicidad posible sólo es pensable como fiesta precisamente porque sólo en ella acontece una plenitud que se desborda, y que es capaz de colmamos.

Entonces sucede que el mismo vivir humano se hace festivo: «la fiesta auténtica inunda todas las dimensiones de la vida humana» pero nace sobre todo de una de ellas: la religiosa. Desde hace veinticinco siglos la fiesta se ha definido corno «un tiempo sagrado», algo separado de lo ordinario y destinado al culto, a la ceremonia religiosa. Así se han vivido las fiestas en la humanidad desde el principio. Incluso Platón afirma que son de fundación divina.

La razón más profunda de ello es que la forma suprema de afirmar el mundo es reconocer la bondad y trascendencia de sus orígenes: «no puede pensarse una fundamentación más radical, más yendo a la raíz, de la bondad existencial de todo lo real que Dios mismo, pues al traer las cosas a la existencia, afirma y ama esas mismas cosas, sin excepción». Si crear es un modo de afirmar y querer algo, no cabe, respecto del mar, la tierra, el cielo, la vida, los astros, el hombre y todo lo humano, una afirmación mayor que la de crearlos. Cuando el hombre se percata de esa acción de Dios, y despierta a esa realidad definitivamente real, y la acepta y reconoce, dejándose embargar por los sentimientos que suscita en él lo sagrado, entonces brota una fiesta no simplemente humana o social, sino ante todo religiosa: «celebrar una fiesta significa ponerse en presencia de la divinidad» (Odo Casel), reconocer su obra y su manifestación en el mundo, «decir sin límites: sí y amén».

Un hindú explicaba así el motivo de la fiesta: «es la alegría de ser una criatura, de que Dios nos haya creado movido por la alegría». Cuanto más se acerque el hombre al fundamento último y trascendente de lo real, más sentido tiene celebrar «el don de haber sido creado», puesto que «no puede darse una afirmación del mundo en su conjunto más radical que la glorificación de Dios, que la alabanza del creador de ese mismo mundo». Por eso «la fiesta litúrgica es la forma más festiva de la fiesta», pues en ella se venera y alaba a Dios por lo que ha hecho, y por lo que es.

Si la alegría consiguiente a la afirmación del mundo es el primer elemento sustancial de la fiesta, el segundo es la ceremonia, el acontecimiento real afirmativo en que consiste la fiesta misma. Más atrás se dijo que las acciones simbólicas suelen realizarse mediante las ceremonias, y que ellas expresan la entrega y/o recepción de bienes inmateriales, tales como la autoridad, el perdón, la promesa, la dignidad o el honor, la sabiduría, la excelencia, el amor, etc. También se aludió al modo en que hoy se ha debilitado la percepción de su sentido. Ahora se trata de añadir algún rasgo de las ceremonias festivas.

Lo decisivo en ellas es la acción simbólica, que expresa, reproduce o realiza la entrega y/o recepción de los bienes espirituales de los que participan los asistentes al acto, entre los cuales está desde luego la alegría. Estamos hablando, por ejemplo, de los aplausos a quien apaga las velas de una tarta de cumpleaños, el desearse «¡ Felicidades! » como modo de querer un don para el felicitado, las palabras y anillos con los que se promete y realiza en una boda la fusión de dos vidas y la fundación de una familia, etc.

La acción simbólica, para llevarse a cabo, exige un escenario: toda fiesta tiene un espectáculo festivo central, en torno al cual se sitúan los asistentes, como espectadores que participan identificados con lo que ocurre. El escenario y el desarrollo de la ceremonia exigen la presencia del arte y del símbolo: «la emanación de lo festivo sólo puede darse mediante el arte» (F. Scheleiermacher); «nos han sido dadas las Musas como compañeras de la fiesta». No se puede imaginar ésta sin adorno, pintura, canto, música y danza, puesto que todas ellas representan, y ayudan a apropiarse, los bienes celebrados, al tiempo que conducen y elevan los sentimientos de los presentes hacia lo trascendente, la región de donde mana el sentido, que se hace presente en la fiesta.

Aquí se manifiesta el sentido profundo del canto. En efecto, siempre que los hombres han querido expresar los sentimientos que les embargan en situaciones solemnes e importantes lo han hecho mediante el canto. Cuando esos sentimientos son amorosos y alegres, cantar se transforma en una afirmación festiva de lo real, en un dar amorosa y festivamente nombre a las cosas. El canto descifra el ser íntimo del destinatario de la canción, y, más allá del interés, significa un hablar musical y sentimentalmente de lo afirmado: «la razón no puede sino hablar, es el amor el que canta», «sin amor no es de esperar una canción». Cantar es la actitud más creadora y profundamente expresiva de la fiesta, porque es nombrar amando.

El ámbito de la ceremonia festiva está todo él embellecido por el arte y por el acontecimiento mismo. Por eso, en los asistentes a la fiesta ha de producirse también un embellecimiento previo, una cierta transformación, que les adorne y disponga a entrar en ese escenario extraordinario: se necesita el arreglo, el adorno personal, el traje de fiesta, una limpieza externa e interna, una elevación de sentimientos que esté acorde con la «purificación» o «catarsis» que es propia de la experiencia artística, festiva y religiosa, y de la contemplación. El encuentro directo con las grandes verdades, y la cierta participación en la trascendencia que se da en las ceremonias religiosas y las fiestas, suscitan en quienes participan en ellas sentimientos de elevación, emociones y conmociones intensas, que después se desbordan en una celebración «menos seria», que complementa necesariamente la ceremonia previa. Si la fiesta auténtica inunda todas las dimensiones de la vida humana, después se precisa el banquete, la euforia, los regalos, el baile, la verbena, la confección de recuerdos e imágenes grabadas, etc.

Es fácil, a la vista de todo lo dicho, advertir que una fiesta artificial no es una fiesta verdadera, puesto que falta en ella el don, esa realidad no disponible ni creada por el hombre que es su verdadero motivo: «el hombre bien puede hacer la celebración, pero no lo que se celebra, el motivo y fundamento por el que se celebra». Cuando el hombre «fabrica» la fiesta sin motivo verdadero, los asistentes no tienen más remedio que ser «ellos mismos el espectáculo festivo», y la ceremonia, si llega a haberla, no pasa de ser una mera diversión o un simulacro de acción simbólica. No son fiestas serias. Por eso, para legitimarse, buscan lo dionisíaco.

Quizá hoy hemos sustituido las fiestas por las vacaciones porque no tenemos nada que celebrar: «sin la aprobación del mundo no puede en modo alguno vivirse ya festivamente; todas las artes se quedan sin patria», y la seriedad crece tanto que hay que huir de ella. «Cuando, sea por lo que sea, no se celebran fiestas, aumenta, inevitable, en igual medida, la proclividad por la fiesta artificial». Esto es, no sólo pero también, una consecuencia de la pérdida del sentido religioso de la vida humana, sin el cual, como se ha visto, se debilita mucho la sustancia misma de la fiesta. Como se dijo más atrás, la única manera de saber reír de verdad es tomarse en serio la trascendencia: «la verdadera fiesta no tiene lugar aquí. Sólo aparentemente acontece aquí y ahora… En realidad acontece más allá del tiempo».


Ricardo Yepes Stork, “Fundamentos de antropología”, Eunsa, Pamplona 1996

 

El Dia del Señor


De: Ricardo Sada Fernandez

Tercer mandamiento: La obligación semanal

Domingo significa “día del Señor”. Y que haya un día del Señor es una consecuencia lógica de la ley natural (es decir, de la obligación de actuar de acuerdo con nuestra naturaleza), que exige que reconozcamos nuestra absoluta dependencia de Dios y agradezcamos su bondad con nosotros.

Por otra parte, sabemos que en la práctica es imposible para el hombre mantenerse en constante actitud de adoración, y es por ello natural que se determine el tiempo o tiempos de cumplir este deber absolutamente necesario. En relación con esta necesidad se ha señalado un día de cada siete para que todos los hombres, en todos los lugares, rindan a Dios ese homenaje consciente y deliberado que le pertenece por derecho.

Yahvé dijo en la ley: “Mantendrás santo el día del Señor”. “De acuerdo”, replicamos, “pero, de qué modo?”. La Iglesia, en la tarea legisladora que su Fundador le confió, contesta a esa pregunta diciendo que, sobre todo, santificaremos el día del Señor asistiendo al santo Sacrificio de la Misa. La Misa es el acto de culto perfecto que nos dio Jesús para que, con Él, pudiéramos ofrecer a Dios la alabanza adecuada.

Por sacrificio se entiende aquí el ofrecimiento a Dios de una víctima que se destruye, ofrecida en nombre de un grupo por alguien que tiene derecho a representarlo. El sacrificio ha sido la manera como el hombre, desde sus orígenes, ha buscado rendir culto a Dios. El grupo puede ser una familia, un pueblo, un clan, una nación. El sacerdote puede ser el padre, el patriarca o el rey; o, como señaló Dios a los hebreos, los hijos de la tribu de Leví. La víctima (el don ofrecido) puede ser un cordero, una paloma, unos granos o unos frutos. Pero todos estos sacrificios tienen una carencia original: ninguno es digno de Dios, en primer lugar, porque Él mismo lo ha hecho todo, todo es suyo.

Sin embargo, con el Sacrificio de la Misa, Jesús nos ha dado una ofrenda realmente digna de Dios, un don perfecto de valor adecuado a Él: el don del mismo Hijo de Dios, consustancial al Padre. Jesús, el Sumo y Eterno Sacerdote, se ofreció a Sí mismo como Víctima en el Calvario, de una vez para siempre, al ser ejecutado por los romanos. Pero nosotros no estábamos ahí, al pie de la Cruz, para unirnos con Jesús en su ofrenda a Dios.

Por esta razón, el mismo Señor nos dejó el santo Sacrificio de la Misa, en el que el pan y el vino se mudan en su propio Cuerpo y Sangre, separados al morir en el Calvario, y por el que renueva incesantemente el don de Sí mismo al Padre, proporcionándonos la manera de unirnos con Él en su ofrecimiento, dándonos la oportunidad de formar parte de la Víctima que se ofrece. En verdad, no puede haber modo mejor de santificar el día del Señor (y, por cierto, también de santificar los otros seis días de la semana), que participando en la Misa.

Todos y cada uno de los instantes de nuestra vida pertenecen a Dios. Pero Dios y su Iglesia son muy tolerantes con nosotros. Nos dan seis días de cada siete sin establecer nada fijo, un total de 168 horas a la semana en que trabajar, recrearnos y dormir. La Iglesia es muy tolerante incluso con el día que reserva para Dios. De lo que es pertenencia absoluta de Dios nos pide solamente una hora: la que se requiere para asistir al santo Sacrificio de la Misa. Las otras 167 Dios nos las retorna para nuestro uso y recreación. Dios agradece que destinemos más tiempo exclusivamente a Él o a su servicio, pero la única obligación estricta en materia de culto es asistir a la Santa Misa los domingos y fiestas de precepto.

Si pensamos un poco en lo anterior, comprenderemos por qué es pecado mortal no ir a Misa los domingos. Captaremos la radical ingratitud que supone la actitud del individuo “tan ocupado” o “tan cansado” para no ir a Misa, para dedicar a Dios esa única hora que Él nos pide; esa persona que, no contenta con las ciento sesenta y siete horas que ya tiene, roba a Dios la única que Él se ha reservado para Sí. Esa actitud refleja una falta total de amor, más aún, de un mínimo de decencia. No hay derecho a supeditar esa ocasión maravillosa de unión con Cristo y alabanza a la Trinidad por nuestras acomodaticias justificaciones.

Omitir la Misa nos coloca en el papel de quien no comprende ni su significado, ni su importancia, ni el desdén que comporta su omisión. Quizá nos ayude saber que en las épocas de mayor fervor (por ejemplo, en el tiempo de los primeros cristianos), no era necesario obligar a los cristianos a asistir a Misa, puesto que ya ellos lo consideraban un gran honor y la realidad más importante de su vida. Pero cuando por efecto del arrianismo y de las invasiones de los bárbaros se perdió ese espíritu primitivo, el Papa se vio obligado, en el siglo V, a decretar el precepto de la asistencia a Misa. Por esto la Iglesia juzga que, si ni de eso somos capaces, entonces no amamos a Dios y cometemos pecado mortal.

Condiciones de validez

La obligación de asistir a Misa implica que se asista a una Misa entera. Y esto significa que debe asistirse a ella desde el Rito Inicial: “En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”; hasta la Bendición Final y Despedida: “Podéis ir en paz”. Quien culpablemente omitiera una parte de la Misa, cometería pecado. Y éste sería venial o mortal, según la importancia de dicha parte. Por ejemplo, quien llegara a la Misa ya iniciado el Ofertorio -el ofrecimiento del pan y del vino, con las palabras: “Bendito seas, Señor, Dios del Universo…”-, tendría obligación de asistir en otra Misa a la parte que omitió, bajo pecado mortal. Y quien llegara a la hora de la Consagración tendría obligación grave de oír otra Misa entera. Lógicamente no se trata de llegar cada domingo a la Misa en el momento en que “no es pecado grave”, sino de cumplir con amor este precepto, participando en la Misa de principio a fin.

Además, tenemos que estar físicamente presentes en Misa para cumplir esta obligación. No se puede satisfacer este deber siguiendo la Misa por televisión o desde el atrio del templo cuando nos hemos fastidiado un poco porque se alargó el sermón. En alguna ocasión puede suceder que la iglesia esté tan repleta que no nos quede más remedio que estar fuera de ella, junto a la puerta. En este caso, asistimos a Misa porque formamos parte de la asamblea, estamos tan cerca como nos es posible, estamos físicamente presentes.

Además de la presencia física también se requiere que estemos presentes mentalmente. Es decir, debemos tener intención -al menos implícita- de asistir a Misa, y cierta idea de lo que se está celebrando. Aquel que, deliberadamente, se disponga a dormitar en la Misa o que esté platicando con el vecino todo el tiempo no cumplirá con el precepto. Las distracciones menores o las faltas de atención, si fueran deliberadas, constituyen un pecado venial. Las distracciones involuntarias son enfermedad incurable y, cuando luchamos por evitarlas, no suponen falta alguna.

Resulta claro que nuestro amor a Dios nos llevará a tener un nivel de aprecio de la Misa por encima de lo que es pecado. Nos llevará a llegar unos minutos antes de que se inicie la Misa, y a permanecer en el recinto sagrado para dar gracias luego de que termine. Nos llevará a unirnos con la Sagrada Víctima y a seguir con atención las oraciones de la Misa, ayudándonos con un Misal si nos es preciso. Nuestras omisiones solamente acontecerán cuando haya una razón grave: la enfermedad, tanto propia como de alguien a quien debamos cuidar, la falta de medios de transporte, o una situación imprevista y urgente que tengamos que resolver; en una palabra, la imposibilidad física o moral, o un grave deber de caridad.

Aparte de la obligación de asistir a Misa, este mandamiento nos exige que nos abstengamos de trabajos que impidan el debido descanso y el culto a Dios. La Iglesia ha hecho del domingo un día de descanso por varias razones. La primera, para preservar la santidad del domingo y permitir que el hombre disponga de tiempo para el culto a Dios y dedicarse más fácilmente a la oración. La segunda, para que el hombre pueda atender más de lleno a su familia. Pero también porque nadie conoce mejor que ella (que es Madre) las limitaciones de sus hijos, criaturas de Dios; su necesidad de esparcimiento que los cure de la rutina diaria, de un tiempo para poder gozar de este mundo que Dios nos ha dado, lleno de belleza, recreo, compañerismo y actividad creativa.

Santificar las Fiestas


Aurelio Fernandez

La observancia del sábado fue un precepto especialmente recordado y urgido a los judíos en el Antiguo Testamento. La narración del Génesis, que relata la creación del mundo en seis días, hizo que Israel conservase muy fresco y apremiante el mandato de Yavéh de observar el descanso del sábado. De este modo, la guarda del «Shabat» judío aparece reiteradamente urgida en la Biblia. Desde la promulgación del Decálogo, este mandato se formula así: «El día séptimo será día de descanso completo, consagrado al Señor» (Ex 31,15).

Con este precepto, Dios desea que el pueblo tenga muy claro que Él es el Señor de todo lo creado, por lo que debe dedicar un día para el culto divino: El sábado es un «día consagrado al Señor». Al mismo tiempo, se manda el descanso de todo tipo de trabajo, Lo que servirá de ayuda para el que hombre no desgaste en exceso sus fuerzas. De ahí que el sábado tenga dos fines de honda raíz teológica y antropológica: ocuparse religiosamente del culto a Dios y desocuparse del agobio del trabajo para dedicarse a tareas que le faciliten un descanso creador (CEC 2172).

Con el tiempo, la moral judía apremió la obligación de no trabajar hasta el punto que se prohibía coda clase de labores, llegando a considerar el descanso como un peso abrumador, casi como nueva esclavitud. Por eso Jesús condena el rigorismo de los fariseos y sentencia que «no es hombre para el sábado, si no el sábado para el hombre» (Mc 2,27).

Después de Pentecostés, el sábado judío se convirtió muy pronto en el domingo cristiano. La razón mas poderosa que motivó el cambio del sábado al domingo fue el hecho de la resurrección de Cristo. Es claro que el acontecimiento fundamental del cristianismo debía influir incluso en la elaboración del nuevo calendario. Desde muy pronto, los cristianos celebraban con gozo la resurrección del Señor. Al principio, guardaban el sábado como verdaderos observantes judíos, y, al mismo tiempo, celebraban también la Eucaristía el «primer día de la semana», es decir, el domingo. Pero ya desde finales del siglo I tenemos noticias de que los cristianos judíos habían abandonado la practica del sábado y celebraban solo el Domingo, al que denominaban «día primero de la semana», “día del sol” y «día del Señor».

La Iglesia urge con suma insistencia la importancia del domingo para la vida del creyente. El Concilio Vaticano II enseña:

“La Iglesia, por una tradición apostólica que trae su origen del mismo día de la resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que es llamado con razón “día del Señor” o domingo. En este día, los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando la pasión, la resurrección y la gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios, que los hizo renacer a la viva esperanza por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos (1 Petr 1,3). Por esto, el domingo es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles, de modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo. No se le antepongan otras solemnidades, a no ser que sean, de veras, de suma importancia, puesto que el domingo es el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico” (SC 106).

Asimismo, el Papa Juan Pablo II, con fecha 31-V-1998 publicó la Carta Apostólica «Dies Domini», en la que trata extensamente de la importancia del Domingo.


El texto de Vaticano II y la Carta «Dies Domini» destacan las siguientes verdades respecto al origen y sentido del domingo cristiano:

– su origen es de tradición apostólica y enlaza con el mismo día de la resurrección de Jesucristo; de aquí su nombre de “día del Señor”;

– es un día dedicado a que los bautizados recuerden su vocación, para que den gracias por haber sido salvados y a que se empleen en la instrucción religiosa y en la plegaria cristiana, especialmente en la participación de la Eucaristía;

– el domingo es la fiesta primordial del calendario cristiano; por eso es un día dedicado a la piedad y a la alegría cristiana;

– finalmente, el domingo, para cumplir todos esos objetivos, se ha de dedicar al descanso, por lo que se prohíbe el trabajo.


Pecados contra el tercer mandamiento

En relación a la observancia del domingo y de los días festivos, el Código prescribe las siguientes obligaciones:

«El domingo y las demás fiestas de precepto los fieles tienen obligación de participar en la Misa, y se abstengan además de aquellos trabajos y actividades que impidan dar culto a Dios, gozar de la alegría propia del día del Señor o disfrutar del debido descanso de la mente y del cuerpo” (c. 1247).


a) Respecto a asistir a fa Eucaristía

El Catecismo de la Iglesia Católica concreta que “los que deliberadamente faltan a esta obligación (asistir a la Santa Misa) cometen un pecado grave” (CEC 2181). Por consiguiente, quien no asiste a la Eucaristía el Domingo o las Fiestas peca mortalmente, a no ser que tenga una causa justa que le dispense de esta obligación.

b) Respecto al descanso

El Catecismo de la Iglesia Católica recoge la doctrina del Código y explica que se prohíben los trabajos que «impiden dar el culto debido a Dios», es decir, asistir a la Misa y otros trabajos penosos, o sea, los que son impedimento para vivir “la alegría cristiana” u obstaculizan «el debido descanso de la mente y del cuerpo» (CEC 2185).

Esta doctrina se reitera en diversas enseñanzas de los Papas y de los obispos. Juan Pablo II la repite en la Encíclica Ecclesia de Eucharistia, en donde resume su magisterio anterior:

«Sobre la importancia de la Misa dominica! y sobre las razones por las que es fundamental para la vida de la Iglesia y de cada uno de los fieles, me he ocupado en la Carta Apostólica sobre la santificación del domingo Dies Domini, recordando, además, que participar en la Misa es una obligación para los fieles, a menos que tengan un impedimento grave, lo que impone a los Pastores el correspondiente deber de ofrecer a todos la posibilidad efectiva de cumplir este precepto.

Mas recientemente, en la Carta Apostólica Novo millennio ineunte, al trazar el camino pastoral de la Iglesia a comienzos del tercer milenio, he querido dar un relieve particular a la Eucaristía dominical, subrayando su eficacia creadora de comunión. Ella –decía- es el lugar privilegiado donde la comunión es anunciada constantemente. Precisamente a través de la participación eucarística, el Día del Señor se concierte también en el día de la Iglesia, que puede desempeñar así de manera eficaz su papel de sacramento de unidad» (EdE 41).

Tercer Mandamiento


“El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado. De suerte que el Hijo del hombre también es señor del sábado” (Mc 2,27-28).

I EL DÍA DEL SÁBADO

2168 El tercer mandamiento del Decálogo proclama la santidad del sábado: “El día séptimo será día de descanso completo, consagrado al Señor” (Ex 31,15).

2169 La Escritura hace a este propósito memoria de la creación: “Pues en seis días hizo el Señor el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto contienen, y el séptimo descansó; por eso bendijo el Señor el día del sábado y lo hizo sagrado” (Ex 20,11).

2170 La Escritura ve también en el día del Señor un memorial de la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto: “Acuérdate de que fuiste esclavo en el país de Egipto y de que el Señor tu Dios te sacó de allí con mano fuerte y tenso brazo; por eso el Señor tu Dios te ha mandado guardar el día del sábado” (Dt 5,15).

2171 Dios confió a Israel el Sábado para que lo guardara como signo de la alianza inquebrantable (cf Ex 31,16). El Sábado es para el Señor, santamente reservado a la alabanza de Dios, de su obra de creación y de sus acciones salvíficas en favor de Israel.

2172 El obrar de Dios es el modelo del obrar humano. Si Dios “tomó respiro” el día séptimo (Ex 31,17), también el hombre debe “holgar” y hacer que los otros, sobre todo los pobres, “recobren aliento” (Ex 23,12). El Sábado interrumpe los trabajos cotidianos y concede un respiro. Es un día de protesta contra las servidumbres del trabajo y el culto al dinero (cf Ne 13, 15-22; 2 Cro 36,21).

2173 El evangelio relata numerosos incidentes en que Jesús es acusado de quebrantar la ley del sábado. Pero Jesús nunca falta a la santidad de este día (cf Mc 1,21; Jn 9,16). Da con autoridad la interpretación auténtica de la misma: “El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2,27). Con compasión, Cristo proclama que “es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal, salvar una vida en vez de destruirla” (Mc 3,4). El sábado es el día del Señor de las misericordias y del honor de Dios (cf Mt 12,5; Jn 7,23). “El Hijo del hombre es señor del sábado” (Mc 2,28).

II EL DÍA DEL SEÑOR

¡Este es el día que ha hecho el Señor, exultemos y gocémonos en él! (Sal 118,24).

El día de la Resurrección: la nueva creación

2174 Jesús resucitó de entre los muertos “el primer día de la semana” (Mt 28,1; Mc 16,2; Lc 24,1; Jn 20,1). En cuanto “primer día”, el día de la Resurrección de Cristo recuerda la primera creación. En cuanto “octavo día”, que sigue al sábado (cf Mc 16,1; Mt 28,1), significa la nueva creación inaugurada con la resurrección de Cristo. Para los cristianos vino a ser el primero de todos los días, la primera de todas las fiestas, el día del Señor (“Hè kyriakè hèmera”, “dies dominica”), el “domingo”:

Nos reunimos todos el día del sol porque es el primer día (después del sábado judío, pero también el primer día), en que Dios, sacando la materia de las tinieblas, creó al mundo; ese mismo día, Jesucristo nuestro Salvador resucitó de entre los muertos (S. Justino, Apol. 1,67).

El domingo, plenitud del sábado

2175 El Domingo se distingue expresamente del sábado, al que sucede cronológicamente cada semana, y cuya prescripción litúrgica reemplaza para los cristianos. Realiza plenamente, en la Pascua de Cristo, la verdad espiritual del sábado judío y anuncia el descanso eterno del hombre en Dios. Porque el culto de la ley preparaba el misterio de Cristo, y lo que se practicaba en ella prefiguraba algún rasgo relativo a Cristo (cf 1 Co 10,11):

Los que vivían según el orden de cosas antiguo han venido a la nueva esperanza, no observando ya el sábado, sino el día del Señor, en el que nuestra vida es bendecida por él y por su muerte (S. Ignacio de Antioquía, Magn. 9,1).

2176 La celebración del domingo observa la prescripción moral, inscrita en el corazón del hombre, de ” dar a Dios un culto exterior, visible, público y regular bajo el signo de su bondad universal hacia los hombres” (S. Tomás de Aquino, s. th. 2-2, 122,4). El culto dominical realiza el precepto moral de la Antigua Alianza, cuyo ritmo y espíritu recoge celebrando cada semana al Creador y Redentor de su pueblo.

La eucaristía dominical

2177 La celebración dominical del Día y de la Eucaristía del Señor tiene un papel principalísimo en la vida de la Iglesia. “El domingo en el que se celebra el misterio pascual, por tradición apostólica, ha de observarse en toda la Iglesia como fiesta primordial de precepto” (CIC, can. 1246,1).

“Igualmente deben observarse los días de Navidad, Epifanía, Ascensión, Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Santa María Madre de Dios, Inmaculada Concepción y Asunción, San José, Santos Apóstoles Pedro y Pablo y, finalmente, todos los Santos” (CIC, can. 1246,1).

2178 Esta práctica de la asamblea cristiana se remonta a los comienzos de la edad apostólica (cf Hch 2,42-46; 1 Co 11,17). La carta a los Hebreos dice: “no abandonéis vuestra asamblea, como algunos acostumbran hacerlo, antes bien, animaos mutuamente” (Hb 10,25).

La tradición conserva el recuerdo de una exhortación siempre actual: “Venir temprano a la Iglesia, acercarse al Señor y confesar sus pecados, arrepentirse en la oración…Asistir a la sagrada y divina liturgia, acabar su oración y no marchar antes de la despedida…Lo hemos dicho con frecuencia: este día os es dado para la oración y el descanso. Es el día que ha hecho el Señor. En él exultamos y nos gozamos (Autor anónimo, serm. dom.).

2179 “La parroquia es una determinada comunidad de fieles constituida de modo estable en la Iglesia particular, cuya cura pastoral, bajo la autoridad del Obispo diocesano, se encomienda a un párroco, como su pastor propio” (CIC, can. 515,1). Es el lugar donde todos los fieles pueden reunirse para la celebración dominical de la eucaristía. La parroquia inicia al pueblo cristiano en la expresión ordinaria de la vida litúrgica, la congrega en esta celebración; le enseña la doctrina salvífica de Cristo. Practica la caridad del Señor en obras buenas y fraternas:

No puedes orar en casa como en la Iglesia, donde son muchos los reunidos, donde el grito de todos se dirige a Dios como desde un solo corazón. Hay en ella algo más: la unión de los espíritus, la armonía de las almas, el vínculo de la caridad, las oraciones de los sacerdotes (S. Juan Crisóstomo, incomprehens. 3,6).

La obligación del Domingo

2180 El mandamiento de la Iglesia determina y precisa la ley del Señor: “El domingo y las demás fiestas de precepto los fieles tienen obligación de participar en la Misa” (CIC, can. 1247). “Cumple el precepto de participar en la Misa quien asiste a ella, dondequiera que se celebre en un rito católico, tanto el día de la fiesta como el día anterior por la tarde” (CIC, can. 1248,1)

2181 La eucaristía del Domingo fundamenta y ratifica toda la práctica cristiana. Por eso los fieles están obligados a participar en la eucaristía los días de precepto, a no ser que estén excusados por una razón seria (por ejemplo, enfermedad, el cuidado de niños pequeños) o dispensados por su pastor propio (cf CIC, can. 1245). Los que deliberadamente faltan a esta obligación cometen un pecado grave.

2182 La participación en la celebración común de la eucaristía dominical es un testimonio de pertenencia y de fidelidad a Cristo y a su Iglesia. Los fieles proclaman así su comunión en la fe y la caridad. Testimonian a la vez la santidad de Dios y su esperanza de la salvación. Se reconfortan mutuamente, guiados por el Espíritu Santo.

2183 “Cuando falta el ministro sagrado u otra causa grave hace imposible la participación en la celebración eucarística, se recomienda vivamente que los fieles participen en la liturgia de la palabra, si ésta se celebra en la iglesia parroquial o en otro lugar sagrado conforme a lo prescrito por el Obispo diocesano, o permanezcan en oración durante un tiempo conveniente, solos o en familia, o, si es oportuno, en grupos de familias” (CIC, can. 1248,2).


Día de gracia y de descanso

2184 Así como Dios “cesó el día séptimo de toda la tarea que había hecho” (Gn 2,2), la vida humana sigue un ritmo de trabajo y descanso. La institución del Día del Señor contribuye a que todos disfruten del tiempo de descanso y de solaz suficiente que les permita cultivar su vida familiar, cultural, social y religiosa (cf GS 67,3).

2185 Durante el domingo y las otras fiestas de precepto, los fieles se abstendrán de entregarse a trabajos o actividades que impidan el culto debido a Dios, la alegría propia el día del Señor, la práctica de las obras de misericordia, la distensión necesaria del espíritu y del cuerpo (cf CIC, can. 1247). Las necesidades familiares o una gran utilidad social constituyen excusas legítimas respecto al precepto del descanso dominical. Los fieles deben cuidar que legítimas excusas no introduzcan hábitos perjudiciales a la religión, a la vida de familia y a la salud.

El amor de la verdad busca el santo ocio, la necesidad del amor acoge el justo trabajo (S. Agustín, civ. 19,19).

2186 Los cristianos que disponen de ocio deben acordarse de sus hermanos que tienen las mismas necesidades y los mismos derechos y no pueden descansar a causa de la pobreza y la miseria. El domingo está tradicionalmente consagrado por la piedad cristiana a obras buenas y a servicios humildes con los enfermos, débiles y ancianos. Los cristianos deben santificar también el domingo dedicando a su familia el tiempo y los cuidados difíciles de prestar los otros días de la semana. El domingo es un tiempo de reflexión, de silencio, de cultura y de meditación, que favorecen el crecimiento de la vida interior y cristiana.

2187 Santificar los domingos y los días de fiesta exige un esfuerzo común. Cada cristiano debe evitar imponer sin necesidad a otro lo que le impediría guardar el día del Señor. Cuando las costumbres (deportes, restaurantes, etc.) y los compromisos sociales (servicios públicos, etc.) requieren de algunos un trabajo dominical, cada uno tiene la responsabilidad de un tiempo suficiente de descanso. Los fieles cuidarán con moderación y caridad evitar los excesos y las violencias engendrados a veces por espectáculos multitudinarios. A pesar de las presiones económicas, los poderes públicos deben asegurar a los ciudadanos un tiempo destinado al descanso y al culto divino. Los patronos tienen una obligación análoga respecto a sus empleados.

2188 En el respeto de la libertad religiosa y del bien común de todos, los cristianos deben reclamar el reconocimiento de los domingos y días de fiesta de la Iglesia como días festivos legales. Deben dar a todos un ejemplo público de oración, de respeto y de alegría, y defender sus tradiciones como una contribución preciosa a la vida espiritual de la sociedad humana. Si la legislación del país u otras razones obligan a trabajar el domingo, este día debe ser al menos vivido como el día de nuestra liberación que nos hace participar en esta “reunión de fiesta”, en esta “asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos” (Hb 12,22-23).

RESUMEN

2189 “Guardarás el día del sábado para santificarlo” (Dt 5,12). “El día séptimo será día de descanso completo, consagrado al Señor” (Ex 31,15).

2190 El sábado, que representaba la coronación de la primera creación, es sustituido por el domingo que recuerda la nueva creación, inaugurada en la resurrección de Cristo.

2191 La Iglesia celebra el día de la Resurrección de Cristo el octavo día, que es llamado con pleno derecho día del Señor, o domingo (cSC 106).

2192 “El domingo…ha de observarse en toda la Iglesia como fiesta primordial de precepto” (CIC, can 1246,1). “El domingo y las demás fiestas de precepto, los fieles tienen obligación de participar en la Misa” (CIC, can. 1247).

2193 “El domingo y las demás fiestas de precepto…los fieles se abstendrán de aquellos trabajos y actividades que impidan dar culto a Dios, gozar de la alegría propia del día del Señor o disfrutar del debido descanso de la mente y del cuerpo” (CIC, can 1247).

2194 La institución del domingo contribuye a que todos disfruten de un “reposo y ocio suficientes para cultivar la vida familiar, cultural, social y religiosa” (GS 67,3).

2195 Todo cristiano debe evitar imponer, sin necesidad, a otro impedimentos para guardar el Día del Señor.