Castidad o pureza


Por Ricardo Sada Fernandez

La castidad -o pureza- se define como “la virtud moral que regula rectamente toda voluntaria expresión de placer sexual dentro del matrimonio, y la excluye totalmente fuera del estado matrimonial”.

Si nos ponemos a pensar un poco en esta definición, podremos resolver con conciencia recta la mayoría de los planteamientos que se nos hagan en esta materia. Para el soltero y para el casado, para los actos internos y para los externos, para nuestras propias dudas o para resolver la duda de un tercero, esta definición nos despejará las incógnitas.

Ahora bien, importa mucho hacer una aclaración: los pecados contra esta virtud difieren de los que van contra la mayoría de las demás virtudes en un punto importante: los pensamientos, palabras y acciones contra la virtud de la castidad, si son plenamente consentidos, son siempre pecado mortal. Podemos fallar en otras virtudes, incluso voluntariamente y, sin embargo, nuestro pecado no es mortal, ya que se trata de un asunto de poca monta. Una persona puede ser ligeramente corajuda, mentirosa o injusta. Pero nadie puede cometer un pecado ligero contra la castidad si su transgresión es plenamente voluntaria.

Tanto en pensamientos como en palabras o acciones, no hay materia pequeña respecto a esta virtud, toda es grave. El motivo es muy claro: la facultad de engendrar es el más sagrado de los dones físicos del hombre, aquél más directamente relacionado con Dios. Ese carácter sagrado hace que su transgresión tenga mayor malicia. Si a ello añadimos que el acto sexual es la fuente de la vida humana, comprenderemos que si se contamina la fuente, se envenena la humanidad. Este motivo ha hecho que Dios proteja la dignidad del acto sexual castigando severamente cualquier atentado contra él. Dios insiste en custodiar su plan creador de nuevas vidas humanas, y en evitar que el hombre lo degrade al reducir la capacidad sexual a instrumento de placer y de excitación perversa. La única ocasión en que un pecado contra la castidad puede ser pecado venial es cuando falte plena advertencia o plena voluntariedad.

Una virtud muy relacionada con la castidad es la modestia. Podríamos decir que es su guardiana, centinela que protege los accesos a la fortaleza. La modestia es la virtud que sabe evitar toda acción, palabra o mirada que pueda ser ocasión de pecado contra esta virtud. Estas acciones pueden consistir en besos, abrazos o caricias imprudentes; pueden ser formas de vestir atrevidas, como usar “bikinis”. Las palabras pueden ser conversaciones de color subido, canciones obscenas o chistes de doble sentido. Estas miradas pueden ser aquellas que se realizan desde una ventana indiscreta, o las dirigidas a las bañistas en una piscina, o la contemplación de escenas morbosas en la televisión o en el cine.

Es verdad que “todo puede verse con ojos limpios”, pero también es verdad que quien quiera ser limpio debe evitar todo aquello que amenace su pureza, toda ocasión de acercarse al pecado. Y recordemos que la ocasión próxima y voluntaria de pecar es, en sí misma, ya un pecado.

Un aspecto más de la cuestión debe tenerse en cuenta. Nuestro Creador, al proveer los medios para perpetuar la especie humana, ha hecho al varón el principio activo del acto de procrear. Por esta razón los deseos masculinos se despiertan, normalmente, con mucha más facilidad que en la mujer.

Suele ocurrir que una mujer, con toda inocencia, atente contra la modestia en el vestir sin intención, simplemente por juzgar la fuerza de los instintos sexuales masculinos por los propios. O que una chica se permita unos escarceos cariñosos que, para ella, no serán más que un rato romántico a la luz de la luna, mientras para su joven compañero serán ocasión de pecado mortal. De ahí que las trilladas justificaciones entre novios al realizar actos de pasión, empujados por sus instintos (“no tiene nada de malo, pues lo hacemos por amor”) sean un péndulo que oscila entre la hipocresía de él y la ingenuidad de ella.

La corrupción de las costumbres y de la conciencia moral comienza, no rara vez, por los pecados contra la pureza. La experiencia enseña que el abandono de la lucha que lleva a contrarrestarlas trae consigo una gran cantidad de situaciones deplorables, como enseña San Pablo en el primer capítulo de la carta a los romanos. Nosotros debemos ver en esta lucha un reto, no un obstáculo. Sabemos que toda prueba es para fortalecernos, que no se da virtud auténtica ni bondad verdadera sin verdadera lucha.

Una persona que no tuviera tentaciones no crecería en la virtud. Dios puede, por supuesto, conceder a alguien un grado excelso de virtud sin prueba de la tentación, como en el caso de Nuestra Madre Santa María. Pero lo habitual es que precisamente por sus victorias sobre las tentaciones que Dios permite que una persona se fortalezca y consiga méritos para la vida eterna.

No debemos olvidar que cuanto mayor sea la tentación que Dios permita, mayor será su ayuda para vencerla. San Pablo dice que “fiel es Dios, que no permite que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas”. Pero también pide que sepamos huir de la ocasión, poner tierra de por medio. A los novios, por ejemplo, contando siempre con su intención recta, se les pedirá huir de la oscuridad, la soledad y el coche. A todos, de aquello que para una persona normal y bien constituida, es excitativo de la sexualidad. Y, como siempre, ser constantes en la oración, especialmente en nuestros momentos de debilidad; acudir a la dirección espiritual; frecuentar la Misa y la Sagrada Comunión; tener una profunda y sincera devoción a Santa María, Madre Inmaculada.

La sexualidad en el plan de Dios


Sexto mandamiento, continuación…..

de: Ricardo Sada Fernandez

Las actitudes equivocadas en la concepción de la sexualidad suelen situarse en dos extremos. Por un lado está el común hedonista, aquel cuyo mayor anhelo en la vida es el placer.

El hedonista entiende lo sexual como un derecho personal, del que no hay que rendir cuentas a nadie. Para él (o ella), los órganos genitales sirven para su satisfacción individual, su gratificación física y nada más. Esta actitud -casi identificada con la del animal- es, por ejemplo, la de la joven de fácil “ligue”, que tiene amoríos, pero jamás amor. Es también la actitud de ciertos respetables maridos, que vergonzosamente ocultos andan siempre en busca de nuevos mundos de placer que conquistar.

En el otro extremo está la actitud del timorato, que considera lo sexual como algo sucio y vergonzoso, un mal necesario con el que la raza humana está manchada. Entiende, claro, que el poder de procrear debe usarse para perpetuar la humanidad, pero para él la unión física entre los esposos es algo torpe, una realidad que a duras penas se tolera. Tal actitud mental se adquiere de ordinario en la niñez, por la educación equivocada de padres y maestros. En su timidez o pereza por tratar el tema, los adultos se conforman con manifestar a los niños que las partes íntimas del cuerpo son realidades vergonzosas, en vez de hacerles comprender que son una dádiva divina que se ordena limpiamente a la vida, al amor, a la fecundidad.

En la información obtenida en conversaciones turbias de amigos mayores, el niño adquiere la noción de lo sexual como algo sórdido y bajo, y esa actitud tenderá a perpetuarse: el niño así deformado lo transmitirá a su vez a sus hijos. Tal concepción errónea del sexo turba a más de un matrimonio, armónico en los demás aspectos.

La concepción recta de la sexualidad -es decir, lo que Dios ha señalado- consiste en saber que el poder de procrear es un don maravilloso que Dios ha regalado al hombre. Podía haber dado la existencia a cada cuerpo (igual que hace con el alma) por un acto directo de su voluntad. En vez de esto, Dios en su bondad se dignó hacer partícipe al hombre y la mujer de su poder creador, por eso el acto de engendrar lo llamamos pro-creación; creación conjunta. Debemos, pues, comprender, y comprender a fondo, que así es el sexo, así es el matrimonio.

Al ser obra de Dios, el sexo es, por naturaleza, bueno, santo, sagrado. No es algo turbio, no es una cosa mala y sórdida. La degradación de lo sexual aparece cuando se arranca del marco divino de la paternidad potencial y del matrimonio. La capacidad de engendrar y los órganos genitales no llevan el estigma del mal: ése lo marca la voluntad cuando los desvía de su fin, cuando los usa como mero instrumento de placer y gratificación, como un cerdo que se atiborra de comida, tragándola aunque esté ya ahíto de comer.

Así pues, no es pecado el ejercicio de la facultad de procrear por los esposos (únicos a quienes pertenece este ejercicio); tampoco lo es buscar y gozar el placer de la unión marital. Dios ha dado un gran placer físico a este acto para asegurar la perpetuación del género humano. Si no existiera ese impulso del deseo físico ni hubiera la gratificación del placer inmediato, sería habitual que los esposos se mostraran reacios a usar de esa facultad dada por Dios al tener que afrontar las cargas de una posible paternidad. Podría frustrarse el mandamiento divino de “creced y multiplicaos”. Al ser un placer dado por Dios, gozar de él no es pecado para el esposo y la esposa, siempre que no se excluya de él voluntariamente el fin propio de la unión sexual.

No obstante, como consecuencia del daño en la naturaleza causado por el pecado original, para mucha gente -y en alguna ocasión para la mayoría- ese placer dado por Dios puede hacerse motivo de tropiezo. El dominio perfecto sobre el cuerpo que la razón debía ejercer está seriamente dañado. Bajo el impulso acuciante de la carne rebelde, surge un ansia de placer sexual al margen del plan de Dios. En otras palabras, somos tentados contra la virtud de la pureza.

Los cerrojos del corazón


del Sexto mandamiento, Continuación….

De Ricardo Sada Fernandez
Quizá con demasiada frecuencia se centra la lucha por la pureza de una persona en los aspectos relativos al sexto mandamiento. Y quizá también con demasiada frecuencia esa lucha no se centra en vivir el noveno. Y este mandamiento, bien vivido, valga decirlo, es la clave para vivir el sexto.

El noveno nos habla de los pecados interiores: “no consentirás pensamientos ni deseos impuros”. Si la lucha se ha ganado en el corazón, la victoria exterior está asegurada, ya que toda acción humana está siempre antecedida por un propósito interior. Si la lucha se perdió allá dentro, la derrota -total o parcial, de obra o de palabra-, también se ha producido ya: “en verdad os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón” (Mt. 5, 18), pues “es del interior del hombre de donde proceden”, nos sigue diciendo Jesús, “los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos…” (Mt 15, 8).

Pero la pureza interior que se nos manda en este precepto -importa mucho entenderlo-, va más allá de lo puramente sexual, ya que prescribe también el orden en los afectos del corazón. Al corazón hay que guardarlo, cuidarlo, orientarlo. Siete cerrojos necesita, pues su fuerza -que es el amor- es la mayor de todas: bien encauzada, nos santifica; desbocada, nos destruye. ¡Cuántos matrimonios deshechos, cuántas vocaciones frustradas, por descorrer los cerrojos! ¡Cuántos enamoramientos, y cuántos sufrimientos, por los descuidos en la afectividad!.

El corazón, como todo en el hombre, debe estar regido por la recta razón, iluminada por la fe. Necesita una educación que lo oriente y lo lleve a madurar, como el niño necesita que lo enseñen a usar el tenedor y la cuchara. Y esa educación empieza -más que por evitar que se cuele algún amor malo-, por evitar que se salga el bueno. Nuestro corazón tiene una enorme necesidad de amar, y de amar sin limitaciones. Y cuando no está enamorado de quien debe -de Dios, en primer lugar- busca otros amores, que muchas veces no serán sino amoríos. Por eso, el noveno mandamiento (y todos) se vive viviendo el primero: “amarás, al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”.

Enseguida, debemos considerar que el amor verdadero viene con el sacrificio y la entrega, después de mucho tiempo de haberse probado, y es el que busca el bien de la persona amada. El sacrificio es la piedra de toque del amor (aunque, bien lo sabemos, mucho se ha distorsionado esta palabra, la más grande, pues Dios es amor).

El amor repentino -los enamoramientos juveniles- no son de ordinario sino amores egoístas: se quiere a una persona, es verdad, pero sólo por los beneficios -reales o imaginarios- que se piensa obtener de ella: presencia agradable, comprensión, sentirse amado, compañía y consuelo…

Los afectos se ordenan, el corazón encuentra su paz cuando busca no lo que halaga la vanidad y exacerba el egoísmo, sino cuando se vacía del yo para que lo llene Dios, cuando de verdad se le sirve a Él en nuestro prójimo. Y entonces sí, el cristiano podrá empezar a entender que debe tener puestos los cerrojos para no enamorarse de quien no debe, o que no debe enamorarse de tal modo y con tal falta de control que ese amor lo obceque y le impida reaccionar como cristiano, hijo de un Dios que es Padre y a quien debe dar su mayor y mejor amor.

El valor de la sexualidad y su integridad en la persona


Los mandamientos, Sexto Mandamiento, continuación….

Autor: Aurelio Fernandez

La sexualidad es fuente de la vida y, si la vida representa el valor supremo de la existencia, en lógica conclusión, la facultad generadora de la vida humana es digna del mismo elogio y alabanza.

Además la sexualidad esta íntimamente unida al amor entre la mujer y el hombre. Por estas razones, la sexualidad, entendida como origen de vida y plasmación del amor humano, ha merecido un gran respeto a lo largo de la historia de la teología moral y ha disfrutado de tanta excelencia.

Pero esta esplendidez de la sexualidad humana representa además un instinto primario en el ser del hombre y de la mujer, del cual pueden originarse verdaderos desórdenes morales.

Más aún, la sexualidad mal practicada es causa de no pocos vicios que llegan a provocar diversas enfermedades e incluso da lugar a frecuentes crímenes pasionales. Si las páginas mas bellas de la literatura universal se han escrito para exaltar la historia del amor entre el hombre y la mujer, también consta que la literatura mas sórdida es la que narra las pasiones y los vicios que ocasiona la sexualidad cuando se vive desordenadamente y se practica separada del amor.

«No cometerás adulterio»

Con estas palabras enuncian el Éxodo y el Deuteronomio el sexto mandamiento del Decálogo (Ex 20,14; Dt 5,17). Y Jesús recoge estas mismas palabras, pero enriquece el contenido de este precepto con este breve, pero decisivo comentario: «Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5,27-28). De este modo, el Señor indica todos los aspectos del sexto mandamiento no sólo en relación al cuerpo, sino que alarga su significado incluyendo en la sexualidad la relación con el interior del hombre y de la mujer.

En efecto, la sexualidad, al constituir una dimensión esencial del ser humano, abarca no sólo el cuerpo, sino también el espíritu. Por ello, no se reduce al ámbito de la pasión adúltera entre varón y hembra, sino que, dado que se es hombre y mujer desde la propia estructura del ser de cada uno, la relación sexual integra la intimidad de la persona. En este sentido, la sexualidad humana hace referencia al amor mutuo entre el hombre y la mujer, por lo que demanda el respeto debido al otro sexo. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica:

“La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y de su alma. Concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de amar y de procrear y, de manera mas general, a la actitud para establecer vínculos de comunión con otro” (CEC 2332).

La creación del hombre y de la mujer

La primera descripción de la Biblia habla del varón solo, antes de la creación de la mujer(1). Pero allí mismo, Dios deja consignado este principio: «No es bueno que el hombre este sólo» (Gn 2, 18) .Por ello, de inmediato, se relata la decisión divina de crear a la mujer: «Voy a hacerle una ayuda adecuada para el (…). El Señor formo a la mujer y la presentó al hombre» (Ex 2, 18-22).

Es digno de admirar el asombro gozoso del hombre cuando vio a la mujer y descubre que es semejante a el: «Esta si es hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Ex 2,23). Y Dios sentencio este encuentro con estas palabras que describen la naturaleza del matrimonio: «Por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne» (Ex 1 2,24). Pues bien, de esta primera pareja proceden todas las generaciones humanas. Juan Pablo II, en comentario a esta página de la revelación en la que se manifiesta la alegría del hombre (Adán) al ver a la mujer (Eva), comenta:

“De esta forma, el hombre (varón) manifiesta por vez primera gozo y hasta exaltación para lo que anteriormente no tenía motivo, a causa de la falta de un ser semejante a el. La alegría por otro ser humano, por el segundo “yo”, domina en las palabras del hombre (varón) pronunciadas a la vista de la mujer. Todo esto ayuda a fijar el significado pleno de la unidad originaria. Aquí son pocas las palabras, pero cada una es de gran peso»(2).

En efecto, en ambas narraciones -tan sobrias, recogidas en los dos primeros capítulos del Génesis- se describe con lenguaje arcaico el origen del hombre y de la mujer y se les presenta en pareja; mas aún, el relato los contempla unidos en matrimonio. Como también escribe, Juan Pablo II, «varón y mujer han sido creados para el matrimonio» de forma tal que llega a definir al ser humano como «un ser esponsalicio»(3). Y el Papa añade:

“Cuando el Génesis habla de “ayuda”, no se refiere solamente al ámbito del obrar, sino también al del ser. Femineidad y masculinidad son entre si complementarios no solo desde el punto de vista físico y psíquico, sino ontológico. Sólo gracias a la dualidad de lo “masculino” y de lo “femenino”, lo “humano” se realiza plenamente (…). La ‘unidad’ relacional que permite a cada uno sentir la relación interpersonal y recíproca como un don enriquecedor y responsabilizante»(4).

Con la definición del hombre «como ser esponsalicio», el Papa quiere interpretar que la revelación muestra que la vocación original del hombre y de la mujer es el matrimonio, de forma que los que no se casan lo deciden por razones bien diversas. Y algunos merecen el elogio de Jesucristo porque renuncian al matrimonio por motivos tan nobles, como es el amor al reino de Dios (Mt 19, 12):

«Si Cristo ha revelado al hombre y a la mujer por encima de la vocación al matrimonio, otra vocación -la renuncia al matrimonio por el Reino de los cielos-, con esta vocación ha puesto de relieve la misma verdad sobre la persona humana. Si un varón o una mujer son capaces de darse en don por el Reino de los cielos, esto prueba a su vez (y quizás aun más) que existe la libertad del don en el cuerpo humano. Quiere decir que este cuerpo posee un pleno significado “esponsalicio”»(5).

Amplitud y sentido de la sexualidad humana

Como hemos dicho, la sexualidad abarca la totalidad de la persona: se es hombre o mujer desde la realidad más profunda del propio ser. En efecto, un estudio integro de la sexualidad humana no se queda en la genitalidad, ni tiene por fin único el placer, sino que abarca, al menos, estos siete amplios campos:

– cromosómico: ser hombre y mujer depende de la combinación de pares de cromosomas que se integran en su constitución embrionaria;

– morfológico: los cuerpos masculino y femenino difieren en los respectivos miembros, no solo los genitales, sino también en otras marcadas diferencias somáticas;

– racional: el ser humano vive la sexualidad no sólo a nivel instintivo, sino también racional, tanta es la carga racional de la condición sexuada del ser humano, que incluso ha hecho ciencia de la sexualidad;

– voluntaria: por ello, el hombre y la mujer son responsables de su práctica sexual y de sus consecuencias;

– afectivo-sentimental: la sexualidad humana no es puramente biológica, sino que hace relación muy directa al amor;

– plancentera: el ejercicio de la sexualidad es fuente de uno de los mayores placeres del hombre y de la mujer, y no solo de placer sensitivo, sino también efectivo y emocional;

– procreadora: una de las finalidades más marcada de la sexualidad es la procreación de nuevas vidas.

Estos siete elementos se integran en unidad en la sexualidad humana, de forma que no cabe disociarlos sin violentar su significación mas profunda. Por ello, separar uno de esos elementos de los restantes es vulnerarla y adulterarla. Por ejemplo, renunciar a la racionalidad y a la emoción afectiva, es caer en la irracionalidad del instinto; pero eliminar al placer es mutilar su sentido y vivirlo de una forma inhumana. Asimismo, excluir la procreación es violarla y negar en su raíz el fruto natural que acompaña su ejercicio.

El hombre y la mujer viven esas diversas dimensiones de la sexualidad entre sí, cada uno en su especificidad, pero de modo complementario: masculinidad y femineidad hacen relación uno a la otra, de forma que la sexualidad perfecta se vive en pareja, en el ámbito del matrimonio, del cual se origina la familia.

Así se expresa el Catecismo de la Iglesia Católica:

«Corresponde a cada uno, hombre y mujer, reconocer y aceptar su identidad sexual. La diferencia y la complementariedad físicas, morales y espirituales, están orientadas a los bienes del matrimonio y al desarrollo de la vida familiar. La armonía de la pareja humana y de la sociedad depende en parte de la manera en que son vividas entre los sexos la complementariedad, la necesidad y el apoyo mutuo» (CEC 2333).

La virtud de la castidad

«La castidad es una virtud moral» (CEC 2345). Por ello, es una virtud humana y cristiana. Como «virtud humana» no se reduce al dominio de la sexualidad, de forma que el instinto esté sometido a la razón y a la voluntad, sino que además significa su integración en la unidad de la persona, entendida como ser corporal y espiritual. Como virtud cristiana incluye esa integración en la unidad de la persona, pero subraya la dimensión del amor, como un don divino, que vocaciona al hombre y a la mujer para la entrega amorosa en el matrimonio.

De ahí que cabe afirmar que la castidad es propia de todo hombre y mujer, si bien se vive de modo distinto entre las personas célibes y los casados. El soltero/ a viven la castidad en cuanto el dominio de la sexualidad integrada en la unidad de la persona se orienta al amor entre el hombre y la mujer que se sellará en el futuro matrimonio. Y en caso de que decida no casarse por el «reino de Dios», el célibe/a entregan su amor indiviso a Dios por las exigencias de ese Reino. Por su parte, la castidad en el matrimonio se concreta en la conyugalidad vivida como unión amorosa esponsalicia. En resumen, la castidad tanto de los solteros como de los casados hace relación al amor.

Esta doctrina ha sido profesada siempre por la Iglesia. De acuerdo con las situaciones más comunes de su tiempo, San Ambrosio escribe:

“Existen tres formas de la virtud de la castidad: una de los esposos, otra de las viudas, la tercera de la virginidad. No alabamos a una con exclusión de las otras. En esto la disciplina de la Iglesia es rica”6.

Esta misma enseñanza es recogida por el Magisterio actual El Catecismo de la Iglesia Católica con texto de la Declaración «Persona humana» enseña:

«Todos los fieles en Cristo son llamados a una vida casta según su estado de vida particular. En el momento de su Bautismo, el cristiano se compromete a dirigir su afectividad en la castidad. La castidad califica a las personas según los diferentes estados de vida: a unas, en la virginidad o en el celibato consagrado, manera eminente de dedicarse mas fácilmente a Dios solo con corazón indiviso; a otras, de la manera que determina para ellas la ley moral, según sean casadas o celibatarias» (PH 11).

Y un autor moderno, relaciona la castidad con el amor, que se vive de modo distinto en los diversos estados y situaciones:

«La castidad -no simple continencia, sino afirmación decidida de una voluntad enamorada- es una virtud que mantiene la juventud del amor en cualquier estado de vida. Existe una castidad de los que sienten que se despierta en ellos el desarrollo de la pubertad, una castidad de los que se preparan para casarse, una castidad de los que Dios llama al celibato, una castidad de los que han sido escogidos por Dios para vivir en el matrimonio»(7).

Educación de la pureza

Dado que la sexualidad es un instinto primario, exige, como señala el Catecismo de la Iglesia Católica, una fuerte ascesis «para controlar las pasiones», también demanda «un aprendizaje del dominio de sí», de forma que la persona esté dispuesta a «resistir a las tentaciones poniendo los medios adecuados para ello».

Por eso, el Catecismo añade que la virtud de la castidad forma parte de la virtud cardinal de la templanza». Y advierte que «el dominio de sí es una obra que dura toda la vida. Nunca se la considera adquirida de una vez para siempre. Supone un esfuerzo reiterado en todas las edades de la vida (cf Tt 2,1-6). El esfuerzo requerido puede ser más intenso en ciertas épocas, como cuando se forma la personalidad, durante la infancia y la adolescencia» (CEC 2338-2342).

Para vivir la castidad es preciso educar la pureza, lo que supone, además del dominio de la sexualidad, el cuidado de la integridad personal y el cultivo del amor a aquella persona que es o que en el futuro será su esposo o esposa. A su vez, exige la práctica de otras virtudes que están íntimamente relacionadas con la pureza, como es la templanza y la fortaleza. Asimismo, exige fomentar las disposiciones del pudor y de la modestia porque el instinto sexual tiene una gran fuerza compulsiva. Finalmente, se requiere la ayuda de los medios sobrenaturales, los cuales son la oraci6n, la devoci6n a la Virgen y la recepción de los sacramentos.

No obstante, el empeño por la conquista de la castidad no es fácil y supone el esfuerzo de toda la vida. Así lo enseña también el Catecismo de la Iglesia Católica:

«La castidad tiene unas leyes de crecimiento; este pasa por grados marcados por la imperfección y, muy a menudo, por el pecado” (CEC 2343).

Las ofensas a la castidad

Los pecados contra la castidad son de diversa índole. Todos ellos son pecados por cuanto constituyen una falta de fidelidad al amor, y por ello lesionan la virtud de la castidad. Los pecados más comunes son los que en la moral cristiana se integran en las diversas especies de lujuria. El papa Pablo VI publicó un importante documento sobre algunos aspectos de la ética sexual8. En este documento se condenan tres pecados contra la castidad que se consideran graves, los cuales, a su vez, son especialmente frecuentes y además su moralidad es negada por algunos. Estas circunstancias son las que mueven a la Iglesia a ocuparse de ellos:

«La Iglesia no puede permanecer indiferente ante semejante confusión de los espíritus y relajación de las costumbres. Se trata, en efecto, de una cuestión de máxima importancia para la vida personal de los cristianos y para la vida social de nuestro tiempo» (PH2).

La Declaración magisterial «no se propone tratar de todos los abusos de la facultad sexual ni de todo 1o que implica la práctica de la castidad», sino que, «a la vista urgente de errores graves sobre conducta aberrante, ampliamente difundidos» (n.6), se detiene a estudiar los tres casos siguientes más comunes: las relaciones prematrimoniales, la homosexualidad y la masturbación.

a) Las relaciones prematrimoniales

La moral cristiana mantiene como principio permanente que la relación sexual lícita es la que tiene lugar en el ámbito del matrimonio. La razón es obvia: es el matrimonio el estado que garantiza el sentido pleno de la sexualidad entre el hombre y la mujer, dado que la donación plena de la persona que entraña la vida conyugal solo está protegida en el matrimonio, puesto que supone el compromiso de entrega mutua, estable y exclusiva entre un hombre y una mujer.

Y es un hecho constatado que, cuando aún no se ha sellado la entrega mutua con un compromiso irrevocable, cualquier relación no definitiva es frágil y está expuesta al capricho de uno o de los dos. El documento hace esta advertencia:

«Porque por firme que sea el propósito de quienes se comprometen en estas relaciones prematuras, es indudable que tales relaciones no garantizan que la sinceridad y la fidelidad de la relación interpersonal entre un hombre y una mujer quedan aseguradas, y sobre todo protegidas, contra los vaivenes y las veleidades de las pasiones” (PH7).

En efecto, la experiencia diaria demuestra que la ruptura del noviazgo es un hecho frecuente. Y tales casos conllevan casi siempre efectos muy perniciosos, pues, además de las malas consecuencias físicas y psíquicas que se siguen para ambos, se corre el riesgo de que de esa relación se siga un embarazo.

El Catecismo de la Iglesia Católica subraya la obligación de la castidad entre los novios y destaca las ventajas de retrasar la entrega mutua hasta el matrimonio:

«Los novios están llamados a vivir la castidad en la continencia. En esta prueba han de ver un descubrimiento del mutuo respeto, un aprendizaje de la fidelidad y de la esperanza de recibirse el uno el otro de Dios. Reservarán para el tiempo del matrimonio las manifestaciones de ternura específica del amor conyugal. Deben ayudarse mutuamente a crecer en la castidad» (CEC 2350).

En efecto, la unidad y la indisolubilidad del matrimonio es lo que justifica que la esposa dé al marido toda su realidad como mujer y, a su vez, el marido entregue a su esposa su especificidad como hombre. Es en el matrimonio y sólo en el matrimonio donde se justifica que hombre y mujer se entreguen amorosa y mutuamente lo que tienen como específico en su ser de varón y mujer.


b) La homosexualidad

El pecado de la homosexualidad o de lesbianismo es un hecho contra natura, pues violenta el sentido mismo de la sexualidad humana. La razón de este pecado contra la naturaleza es que tanto la estructura del cuerpo humano, como de la psicología del hombre y de la mujer es de alteridad entre lo masculino y lo femenino, pues ambos se complementan en el cuerpo y en la afectividad.

En el Antiguo Testamento la homosexualidad es denominada «abominación» (Lev 18, 22) y es castigada con la muerte. (Lev 20,13; Dt 22,5). San Pablo sostiene que este pecado ha sido una de las causas de la corrupción del pueblo romano, hasta afirmar que tal promiscuidad sexual significó una «torpeza», pues hombres entre sí y mujeres con mujeres desahogaron «pasiones vergonzosas», y así “actuaron «contra la naturaleza” (Rom 1,26-28).

Pero la homosexualidad es un fenómeno complejo que, además de la moral, toca zonas relacionadas con la medicina y la psicología. El documento alude a este tema en los siguientes términos:

«Se hace una distinción, que no parece infundada entre los homosexuales, cuya tendencia, proviniendo de una educación falsa, de falta de normal evolución sexual, de hábito contraído, de malos ejemplos y de otras causas análogas, es transitoria o, al menos, no incurable, y aquellos otros homosexuales que son irremediablemente tales por una especie de instinto innato o de constitución patológica que se tienen por incurable».

La Declaración contempla este segundo caso y, dado que se trata de una tendencia no culpable, ¿no cabe emitir un juicio ético favorable, puesto que se trata de algo involuntario? La respuesta de la Declaración es negativa:

«Indudablemente, esas personas homosexuales deben ser acogidas, en la acción pastoral, con comprensión y deben ser sostenidas en la esperanza de superar sus dificultades personales y su inadaptación social. Pero no se puede emplear ningún método pastoral que reconozca una justificación moral a estos actos por considerarlos conformes a la condición de esas personas. Según el orden moral objetivo, las relaciones homosexuales son actos privados de su regla esencial e indispensable» (PH8).

Consecuentemente, apoyado en razones bíblicas, el Magisterio reprueba el ejercicio de la homosexualidad y la considera como intrínsecamente inmoral:

«En la Sagrada Escritura están condenados como graves depravaciones e incluso presentados como la triste consecuencia de una repulsa de Dios. Este juicio de la Escritura no permite concluir que todos los que padecen de esta anomalía son del todo responsables, personalmente, de sus manifestaciones, pero atestigua que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados y que no pueden recibir aprobación en ningún caso» (PH 8)9.

c) La masturbación

Se define como “la excitación voluntaria de los órganos genitales con el fin de obtener el placer venéreo» (CEC 2351).

El instinto sexual busca la satisfacción placentera que acompaña a la excitación de los órganos sexuales. La razón del pecado consiste en que la masturbación no atiende ni a la integridad de la sexualidad en la unidad de la persona, ni hace, referencia alguna al otro, sino que se consuma en el placer individual sin relación al amor. Los documentos del magisterio insisten directa o indirectamente en estos argumentos. La Declaración «Persona humana» declara que la masturbación es acto intrínsecamente grave y escribe que este juicio negativo ha sido constante en la doctrina magisterial:

“Tanto el Magisterio de la Iglesia, de acuerdo con una tradición constante, como el sentido moral de los fieles, han afirmado sin ninguna duda que la masturbación es un acto intrínseca y gravemente desordenado”

Y la Declaración añade el fundamento de esta gravedad:

“El uso deliberado de la facultad sexual fuera de las relaciones conyugales normales contradice a su finalidad, sea cual fuere el motivo que lo determine”. Al mismo tiempo, declara que el placer solitario desnaturaliza la relación amorosa debida entre el hombre y la mujer, pues se busca el placer al margen de «la relación sexual requerida por el orden moral; aquella relación que realiza el sentido íntegro de la mutua entrega y de la procreación humana en el contexto de un amor verdadero» (PH 9).

No obstante, también en algunas personas, especialmente entre los jóvenes, pueden coincidir algunas circunstancias que deben tenerse en cuenta al momento de emitir un juicio moral. Así lo destaca la Declaración:

«La psicología moderna ofrece diversos datos válidos y útiles en el tema de la masturbación para formular un juicio equitativo sobre la responsabilidad moral y para orientar la acción pastoral. Ayuda a ver como la inmadurez de la adolescencia, que a veces puede prolongarse mas allá de esta edad, el desequilibrio psíquico o el hábito contraído pueden influir sobre la conducta, atenuando el carácter deliberado del acto, y hacer que no haya siempre falta subjetivamente grave. Sin embargo, no se puede presumir como regla general la ausencia de responsabilidad grave. Esto sería desconocer la capacidad moral de las personas» (PH 9).

El Catecismo de la Iglesia Católica repite esta misma enseñanza y se expresa casi en los mismos términos:

«Para emitir un juicio justo acerca de la responsabilidad moral de los sujetos y para orientar la acción pastoral, ha de tenerse en cuenta la inmadurez afectiva, la fuerza de los hábitos contraídos, el estado de angustia u otros factores psíquicos o sociales que pueden atenuar o tal vez reducir al mínimo la culpabilidad moral (CEC 2352).

Otros pecados contra la castidad

Además de estos tres pecados estudiados a lo largo de la tradición teológica y denunciados por Pablo VI, existen otros actos que lesionan gravemente la virtud de la castidad. Cabe añadir los siguientes:

a) La fornicación

La fornicación es la unión sexual entre el hombre y la mujer fuera del matrimonio. La moral católica señala que el pecado deriva de dos principios éticos fundamentales: 1º. La fornicación niega la relación esencial de la sexualidad humana, puesto que, por su propia naturaleza, está orientada a la intimidad del matrimonio y con un fin procreador. 2º. La fornicación es también un escándalo para la vida social y es contraria a la dignidad de las personas, pues se prostituyen ya que no están casados; además, si se engendra una nueva vida, se enturbia el origen de los hijos nacidos de una relación no esponsalicia.

b) La pornografía

Pornografía es exhibir la intimidad sexual con el fin de excitarla en el individuo yen la colectividad. La pornografía indica una profunda degeneración del valor sexual de la persona humana reduciéndola a puro placer. Además, provoca el ejercicio trivial del sexo, incita a embarcarse en un mundo de bajos fondos humanos y provoca un tráfico injusto que negocia con valores que no deben ser prostituidos. Prueba de los males que se siguen es que el fomento de la pornografía es perseguido y castigado por las autoridades civiles. El Catecismo de la Iglesia Católica califica la pornografía con esta penosa descripción y los condena severamente:

«La pornografía consiste en dar a conocer actos sexuales, reales o simulados, puesto que queda fuera de la intimidad de los protagonistas, exhibiéndolos ante terceras personas de manera deliberada. Ofende la castidad porque desnaturaliza la finalidad del acto sexual. Atenta gravemente a la dignidad de quienes se dedican a ella (actores, comerciantes, público), pues cada uno viene a ser para otro objeto de un placer rudimentario y de un mundo ficticio. Es una falta grave. Las autoridades civiles deben impedir la producción y la distribución de material pornográfico» (CEC 2354).

Lo contrario a la pornografía es el pudor, que defiende y protege la intimidad de la persona y la distancia de la caída en la trivialización del sexo. Un autor pagano, Cicerón escribe: «Quien ha faltado una vez al pudor, termina forzosamente siendo un desvergonzado». Es preciso constatar como no pocos hombres de ciencia, especialmente los psicólogos y pedagogos, denuncian que las aberraciones sexuales se inician en la falta de pudor. El Catecismo de la Iglesia Católica trata con cierta extensión el tema y apunta estos principios:

“La pureza exige el pudor. Este es parte integrante de la templanza. El pudor preserva la intimidad de la persona. Designa el rechazo a mostrar lo que debe permanecer velado. Está ordenado a la castidad, cuya delicadeza proclama. Ordena las miradas y los gestos en conformidad con la dignidad de las personas y con la relación que existe entre ellas” (CEC 2521)10.

Cuando se habla de la sexualidad humana, hablamos del ser hombre y del ser mujer, del matrimonio y de la familia, de la afectividad y del amor, de la procreación y de los hijos. Todo ello evoca una dignidad que desdice de la vulgaridad con que la sexualidad es tratada en amplios sectores de la cultura de nuestro tiempo. De forma que, cuando no se respeta la totalidad de los elementos que integran la vida sexual del hombre y de la mujer, cabría concluir que no sólo se trata de un error puntual, sino que amplios sectores de la sociedad se encuentra en estado de error.


NOTAS:

1 En el capítulo I del Génesis se narra la creación simultánea del hombre y de la mujer (Gn 1,27-28). Se trata, coma es sabido, de das narraciones distintas, si bien son complementarias.
2 JUAN PABLO II, Audiencia general 7-XI.1979, “Ecclesia” 1959 (1979) 1479.
3 JUAN PABLO II, El hombre-persona se entrega con la libertad del amor (16-I-1980), “Ecclesia” 1967 (1980) 87.
4 JUAN PABLO 11, Carta a las mujeres con ocasión de la IV Conferencia de Pekín, 7-8 (29-VI-1995) “Ecclesia”. 1967 (1980) 87
5 JUAN PABLO II, El hombre-persona se entrega con la libertad del amor (16-1-1980), “Ecclesia” 1967 (1980) 87.
6 San AMBROSIO, Sobre las viudas; IV, 23. PL 16,241.
7 J. ESCRIVA DE BALAGUER, Es Cristo que pasa. Ed. Rialp. Madrid 1973. n.25.
8 CONGREGACION PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Persona humana. Declaración acerca de algunas cuestiones de ética sexual. Vaticano 29-XII-1975.
9 Posteriormente, una Carta a los obispos de la Congregación para la Doctrina de la Fe subraya nuevamente la condena bíblica, pues, a pesar de la diversidad de cultura, «existe una evidente coherencia dentro de las Escrituras mismas sobre el comportamiento homosexual». CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Carta Pastoral a todos los obispos sobre la atención pastoral a los homosexuales, 5 (1-X-1986), “Ecclesia” 2293 (1986) 1581. A pesar de la defensa jurídica de los homosexuales, la misma doctrina se repite en otro Documento de la Congregación de la Doctrina para la Fe, Algunas consideraciones a la respuesta sobre la no discriminación de las personas homosexuales, “Ecclesia” 2594-95 (1992) 1288-1290.
10 Otras reflexiones se contienen en los nn. 2522-2527.

Sexto y Noveno Mandamiento


I “HOMBRE Y MUJER LOS CREO…”

2331 “Dios es amor y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen … Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación, y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión” (FC 11).

“Dios creó el hombre a imagen suya…hombre y mujer los creó” (Gn 1,27). “Creced y multiplicaos” (Gn 1,28); “el día en que Dios creó al hombre, le hizo a imagen de Dios. Los creó varón y hembra, los bendijo, y los llamó “Hombre” en el día de su creación” (Gn 5,1-2).

2332 La sexualidad afecta a todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su cuerpo y su alma. Concierne particularmente a la afectividad, la capacidad de amar y de procrear y, de manera más general, a la aptitud para establecer vínculos de comunión con otro.

2333 Corresponde a cada uno, hombre y mujer, reconocer y aceptar su identidad sexual. La diferencia y la complementariedad físicas, morales y espirituales, están orientadas a los bienes del matrimonio y al desarrollo de la vida familiar. La armonía de la pareja y de la sociedad depende en parte de la manera en que son vividas entre los sexos la complementariedad, la necesidad y el apoyo mutuos.

2334 “Creando al hombre ‘varón y mujer’, Dios da la dignidad personal de igual modo al hombre y a la mujer” (FC 22; cf GS 49,2). “El hombre es una persona, y esto se aplica en la misma medida al hombre y a la mujer, porque los dos fueron creados a imagen y semejanza de un Dios personal” (MD 6).

2335 Cada uno de los sexos es, con una dignidad igual, aunque de manera distinta, imagen del poder y de la ternura de Dios. La unión del hombre y de la mujer en el matrimonio es una manera de imitar en la carne la generosidad y la fecundidad del Creador: “el hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne” (Gn 2,24). De esta unión proceden todas las generaciones humanas (cf Gn 4,1-2.25-26; 5,1).

2336 Jesús vino a restaurar la creación en la pureza de sus orígenes. En el Sermón de la montaña interpreta de manera rigurosa el plan de Dios: “Habéis oído que se dijo: `no cometerás adulterio”. Pues yo os digo: `todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón”” (Mt 5,27-28). El hombre no debe separar lo que Dos ha unido (cf Mt 19,6).

La Tradición de la Iglesia ha entendido el sexto mandamiento como una regulación completa de la sexualidad humana.

II LA VOCACIÓN A LA CASTIDAD

2337 La castidad significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual. La sexualidad, en la que se expresa la pertenencia del hombre al mundo corporal y biológico, se hace personal y verdaderamente humana cuando está integrada en la relación de persona a persona, en el don mutuo entero y temporalmente ilimitado del hombre y de la mujer.

La virtud de la castidad, por tanto, entraña la integridad de la persona y la integralidad del don.

La integridad de la persona

2338 La persona casta mantiene la integridad de las fuerzas de vida y de amor depositadas en ella. Esta integridad asegura la unidad de la persona; se opone a todo comportamiento que la lesionaría. No tolera ni la doble vida ni el doble lenguaje (cf Mt 5,37).

2339 La castidad comporta un aprendizaje del dominio de sí, que es una pedagogía de la libertad humana. La alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado (cf Si 1,22). “La dignidad del hombre requiere, en efecto, que actúe según una elección consciente y libre, es decir, movido e inducido personalmente desde dentro y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa. El hombre logra esta dignidad cuando, liberándose de toda esclavitud de las pasiones, persigue su fin en la libre elección del bien y se procura con eficacia y habilidad los medios adecuados” (GS 17).

2340 El que quiere permanecer fiel a las promesas de su bautismo y resistir las tentaciones debe poner los medios para ello: el conocimiento de sí, la práctica de una ascesis adaptada a las situaciones encontradas, la obediencia a los mandamientos divinos, la práctica de las virtudes morales y la fidelidad a la la oración. “La castidad nos recompone; nos devuelve a la unidad que habíamos perdido dispersándonos” (S. Agustín, conf. 10,29; 40).

2341 La virtud de la castidad forma parte de la virtud cardinal de la templanza, que tiende a impregnar de razón las pasiones y los apetitos de la sensibilidad humana.

2342 El dominio de sí es una obra que dura toda la vida. Nunca se la considerará adquirida de una vez para siempre. Supone un esfuerzo repetido en todas las edades de la vida (cf Tt 2,1-6). El esfuerzo requerido puede ser más intenso en ciertas épocas, como cuando se forma la personalidad, durante la infancia y la adolescencia.

2343 La castidad tiene unas leyes de crecimiento; éste pasa por grados marcados por la imperfección y, muy a menudo, por el pecado. “Pero, el hombre, llamado a vivir responsablemente el designio sabio y amoroso de Dios, es un ser histórico que se construye día a día con sus opciones numerosas y libres; por esto él conoce, ama y realiza el bien moral según las diversas etapas de crecimiento” (FC 34).

2344 La castidad representa una tarea eminentemente personal; implica también un esfuerzo cultural pues “el desarrollo de la persona humana y el crecimiento de la sociedad misma están mutuamente condicionados” (GS 25,1). La castidad supone el respeto de los derechos de la persona, en particular, el de recibir una información y una educación que respeten las dimensiones morales y espirituales de la vida humana.

2345 La castidad es una virtud moral. Es también un don de Dios, una gracia, un fruto de la obra espiritual (cf Gál 5,22). El Espíritu Santo concede, al que ha sido regenerado por el agua del bautismo, imitar la pureza de Cristo (cf 1 Jn 3,3).

La integralidad del don de sí

2346 La caridad es la forma de todas las virtudes. Bajo su influencia, la castidad aparece como una escuela de donación de la persona. El dominio de sí está ordenado al don de sí mismo. La castidad conduce al que la practica a ser ante el prójimo un testigo de la fidelidad y de la ternura de Dios.

2347 La virtud de la castidad se desarrolla en la amistad. Indica al discípulo cómo seguir e imitar al que nos eligió como sus amigos (cf Jn 15,15), se dio totalmente a nosotros y nos hace participar de su condición divina. La castidad es promesa de inmortalidad.

La castidad se expresa especialmente en la amistad con el prójimo. Desarrollada entre personas del mismo sexo o de sexos distintos, la amistad representa un gran bien para todos. Conduce a la comunión espiritual.

Los diversos regímenes de la castidad

2348 Todo bautizado es llamada a la castidad. El cristiano se ha “revestido de Cristo” (Gal 3,27), modelo de toda castidad. Todos los fieles de Cristo son llamados a una vida casta según su estado de vida particular. En el momento de su Bautismo, el cristiano se compromete a dirigir su afectividad en la castidad.

2349 La castidad “debe calificar a las personas según los diferentes estados de vida: a unas, en la virginidad o en el celibato consagrado, manera eminente de dedicarse más fácilmente a Dios solo con corazón indiviso; a otras, de la manera que determina para ellas la ley moral, según sean casadas o celibatarias” (CDF, decl. “Persona humana” 11). Las personas casadas son llamadas a vivir la castidad conyugal; las otras practican la castidad en la continencia.

Existen tres formas de la virtud de la castidad: una de los esposos, otra de las viudas, la tercera de la virginidad. No alabamos a una con exclusión de las otras. En esto la disciplina de la Iglesia es rica (S. Ambrosio, vid. 23).

2350 Los novios están llamados a vivir la castidad en la continencia. En esta prueba han de ver un descubrimiento del mutuo respeto, un aprendizaje de la fidelidad y de la esperanza de recibirse el uno y el otro de Dios. Reservarán para el tiempo del matrimonio las manifestaciones de ternura específicas del amor conyugal. Deben ayudarse mutuamente a crecer en la castidad.

Las ofensas a la castidad

2351 La lujuria es un deseo o un goce desordenados del placer venéreo. El placer sexual es moralmente desordenado cuando es buscado por sí mismo, separado de las finalidades de procreación y de unión.

2352 Por la masturbación se ha de entender la excitación voluntaria de los órganos genitales a fin de obtener un placer venéreo. “Tanto el Magisterio de la Iglesia, de acuerdo con una tradición constante, como el sentido moral de los fieles, han afirmado sin ninguna duda que la masturbación es un acto intrínseca y gravemente desordenado”. “El uso deliberado de la facultad sexual fuera de las relaciones conyugales normales contradice a su finalidad, sea cual fuere el motivo que lo determine”. Así, el goce sexual es buscado aquí al margen de “la relación sexual requerida por el orden moral; aquella relación que realiza el sentido íntegro de la mutua entrega y de la procreación humana en el contexto de un amor verdadero” (CDF, decl. “Persona humana” 9).

Para emitir un juicio justo sobre la responsabilidad moral de los sujetos y para orientar la acción pastoral, ha de tenerse en cuenta la inmadurez afectiva, la fuerza de los hábitos contraídos, el estado de angustia u otros factores síquicos o sociales que pueden atenuar o tal vez reducir al mínimo la culpabilidad moral.

2353 La fornicación es la unión carnal entre un hombre y una mujer fuera del matrimonio. Es gravemente contraria a la dignidad de las personas y de la sexualidad humana, naturalmente ordenada al bien de los esposos así como a la generación y educación de los hijos. Además, es un escándalo grave cuando se da corrupción de menores.

2354 La pornografía consiste en dar a conocer actos sexuales, reales o simulados, fuera de la intimidad de los protagonistas, exhibiéndolos ante terceras personas de manera deliberada. Ofende la castidad porque desnaturaliza la finalidad del acto sexual. Atenta gravemente a la dignidad de quienes se dedican a ella (actores, comerciantes, público), pues cada uno viene a ser para otro objeto de un placer rudimentario y de una ganancia ilícita. Introduce a unos y a otros en la ilusión de un mundo ficticio. Es una falta grave. Las autoridades civiles deben impedir la producción y la distribución de material pornográfico.

2355 La prostitución atenta contra la dignidad de la persona que se prostituye, reducida al placer venéreo que se saca de ella. El que paga peca gravemente contra sí mismo: quebranta la castidad a la que lo comprometió su bautismo y mancha su cuerpo, templo del Espíritu Santo (cf 1 Co 6, 15-20). La prostitución constituye una lacra social. Habitualmente afecta a las mujeres, pero también a los hombres, los niños y los adolescentes (en estos dos últimos casos el pecado entraña también un escándalo). Es siempre gravemente pecaminoso dedicarse a la prostitución, pero la miseria, el chantaje, y la presión social pueden atenuar la imputabilidad de la falta.

2356 La violación es forzar o agredir con violencia la intimidad sexual de una persona. Atenta contra la justicia y la caridad. La violación lesiona profundamente el derecho de cada uno al respeto, a la libertad, a la integridad física y moral. Produce un daño grave que puede marcar a la víctima para toda la vida. Es siempre un acto intrínsecamente malo. Más grave todavía es la violación cometida por parte de los padres (cf incesto) o de educadores con los niños que les están confiados.

Castidad y homosexualidad

2357 La homosexualidad designa las relaciones entre hombres o mujeres que experimentan una atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia personas del mismo sexo. Reviste formas muy variadas a través de los siglos y las culturas. Su origen síquico permanece ampliamente inexplicado. Apoyándose en la Sagrada Escritura que los presenta como depravaciones graves (cf Gn 19,1-29; Rm 1,24-27; 1 Co 6,10; 1 Tm 1,10), la Tradición ha declarado siempre que “los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados” (CDF, decl. “Persona humana” 8). Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una complementariedad afectiva y sexual verdadera. No pueden recibir aprobación en ningún caso.

2358 Un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales profundamente radicadas. Esta inclinación, objetivamente desordenada, constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor, las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición.

2359 Las personas homosexuales están llamadas a la castidad. Mediante las virtudes de dominio, educadoras de la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana.

III EL AMOR DE LOS ESPOSOS

2360 La sexualidad está ordenada al amor conyugal del hombre y de la mujer. En el matrimonio, la intimidad corporal de los esposos viene a ser un signo y una garantía de comunión espiritual. Entre bautizados, los vínculos del matrimonio están santificados por el sacramento.

2361 “La sexualidad, mediante la cual el hombre y la mujer se dan uno a otro con los actos propios y exclusivos de los esposos, no es algo puramente biológico, sino que afecta al núcleo íntimo de la persona humana en cuanto tal. Ella se realiza de modo verdaderamente humano solamente cuando es parte integral del amor con el que el hombre y la mujer se comprometen totalmente entre sí hasta la muerte” (FC 11):

Tobías se levantó del lecho y dijo a Sara: “Levántate, hermana, y oremos y pidamos a nuestro Señor que se apiade de nosotros y nos salve”. Ella se levantó y empezaron a suplicar y a pedir el poder quedar a salvo. Comenzó él diciendo: “¡Bendito seas tú, Dios de nuestros padres…tú creaste a Adán, y para él creaste a Eva, su mujer, para sostén y ayuda, y para que de ambos proviniera la raza de los hombres. Tú mismo dijiste: `no es bueno que el hombre se halle solo; hagámosle una ayuda semejante a él”. Yo no tomo a esta mi hermana con deseo impuro, mas con recta intención. Ten piedad de mí y de ella y podamos llegar juntos a nuestra ancianidad”. Y dijeron a coro: “Amén, amén”. Y se acostaron para pasar la noche (Tb 8, 4-9).

2362 “Los actos con los que los esposos se unen íntima y castamente entre sí son honestos y dignos, y, realizados de modo verdaderamente humano, significan y fomentan la recíproca donación, con la que se enriquecen mutuamente con alegría y gratitud” (GS 49,2). La sexualidad es fuente de alegría y de placer:

El Creador…estableció que en esta función (de generación) los esposos experimentasen un placer y una satisfacción del cuerpo y del espíritu. Por tanto, los esposos no hacen nada malo procurando este placer y gozando de él. Aceptan lo que el Creador les ha destinado. Sin embargo, los esposos deben saber mantenerse en los límites de una justa moderación (Pío XII, discurso 29 Octubre 1951).

2363 Por la unión de los esposos se realiza el doble fin del matrimonio: el bien de los esposos y la transmisión de la vida. No se pueden separar estas dos significaciones o valores del matrimonio sin alterar la vida espiritual de la pareja ni comprometer los bienes del matrimonio y el porvenir de la familia.

Así, el amor conyugal del hombre y de la mujer queda situado bajo la doble exigencia de la fidelidad y la fecundidad.

La fidelidad conyugal

2364 El matrimonio constituye una “íntima comunidad de vida y amor conyugal, fundada por el Creador y provista de leyes propias”. Esta comunidad “se establece con la alianza del matrimonio, es decir, con un consentimiento personal e irrevocable” (GS 48,1). Los dos se dan definitiva y totalmente el uno al otro. Ya no son dos, ahora forman una sola carne. La alianza contraída libremente por los esposos les impone la obligación de mantenerla una e indisoluble (cf CIC, can. 1056). “Lo que Dios unió, no lo separe el hombre” (Mc 10,9; cf Mt 19,1-12; 1 Co 7,10-11).

2365 La fidelidad expresa la constancia en el mantenimiento de la palabra dada. Dios es fiel. El sacramento del matrimonio hace entrar al hombre y la mujer en la fidelidad de Cristo para con su Iglesia. Por la castidad conyugal dan testimonio de este misterio ante el mundo.

S. Juan Crisóstomo sugiere a los jóvenes esposos hacer este razonamiento a sus esposas: “te he tomado en mis brazos, te amo y te prefiero a mi vida. Porque la vida presente no es nada, mi deseo más ardiente es pasarla contigo de tal manera que estemos seguros de no estar separados en la vida que nos está reservada… pongo tu amor por encima de todo, y nada me será más penoso que no tener los mismos pensamientos que tú tienes” (hom. in Eph. 20,8).

La fecundidad del matrimonio

2366 La fecundidad es un don, un fin del matrimonio, pues el amor conyugal tiende naturalmente a ser fecundo. El niño no viene de fuera a añadirse al amor mutuo de los esposos; brota del corazón mismo de ese don mutuo, del que es fruto y cumplimiento. Por eso la Iglesia, que “está en favor de la vida” (FC 30), enseña que todo “acto matrimonial, en sí mismo, debe quedar abierto a la transmisión de la vida” (HV 11). “Esta doctrina, muchas veces expuesta por el magisterio, está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador” (HV 12; cf Pío XI, enc. “Casti connubii”).

2367 Llamados a dar la vida, los esposos participan del poder creador y de la paternidad de Dios (cf Ef 3,14; Mt 23,9). “En el deber de transmitir la vida humana y educarla, que han de considerar como su misión propia, los cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios Creador y en cierta manera sus intérpretes. Por ello, cumplirán su tarea con responsabilidad humana y cristiana” (GS 50,2).

2368 Un aspecto particular de esta responsabilidad concierne a la “regulación de la procreación”. Por razones justificadas, los esposos pueden querer espaciar los nacimientos de sus hijos. En este caso, deben cerciorarse de que su deseo no nace del egoísmo, sino que es conforme a la justa generosidad de una paternidad responsable. Por otra parte, ordenarán su comportamiento según los criterios objetivos de la moralidad:

El carácter moral de la conducta, cuando se trata de conciliar el amor conyugal con la transmisión responsable de la vida, no depende sólo de la sincera intención y la apreciación de los motivos, sino que debe determinarse a partir de criterios objetivos, tomados de la naturaleza de la persona y de sus actos; criterios que conserven íntegro el sentido de la donación mutua y de la procreación humana en el contexto del amor verdadero; esto es imposible si no se cultiva con sinceridad la virtud de la castidad conyugal (GS 51,3).

2369 “Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad” (HV 12).

2370 La continencia periódica, los métodos de regulación de nacimientos fundados en la autoobservación y el recurso a los períodos infecundos (cf HV 16) son conformes a los criterios objetivos de la moralidad. Estos métodos respetan el cuerpo de los esposos, fomentan el afecto entre ellos y favorecen la educación de una libertad auténtica. Por el contrario, es intrínsecamente mala “toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga como fin o como medio, hacer imposible la procreación” (HV 14):

“Al lenguaje natural que expresa la recíproca donación total de los esposos, el anticoncepcionismo impone un lenguaje objetivamente contradictorio, es decir, el de no darse al otro totalmente: se produce no sólo el rechazo positivo de la apertura a la vida, sino también una falsificación de la verdad interior del amor conyugal, llamado a entregarse en plenitud personal”. Esta diferencia antropológica y moral entre la anticoncepción y el recurso a los ritmos periódicos “implica… dos concepciones de la persona y de la sexualidad humana irreconciliables entre sí” (FC 32).

2371 Por otra parte, “sea claro a todos que la vida de los hombres y la tarea de transmitirla no se limita a este mundo sólo y no se puede medir ni entender sólo por él, sino que mira siempre al destino eterno de los hombres” (GS 51,4).

2372 El Estado es responsable del bienestar de los ciudadanos. Por eso es legítimo que intervenga para orientar el incremento de la población. Puede hacerlo mediante una información objetiva y respetuosa, pero no mediante una decisión autoritaria y coaccionante. No puede legítimamente suplantar la iniciativa de los esposos, primeros responsables de la procreación y educación de sus hijos (cf HV 23; PP 37). E Estado no está autorizado a favorecer medios de regulación demográfica contrarios a la moral.

El don del hijo

2373 La Sagrada Escritura y la práctica tradicional de la Iglesia ven en las familias numerosas un signo de la bendición divina y de la generosidad de los padres (cf GS 50,2).

2374 Grande es el sufrimiento de los esposos que se descubren estériles. Abraham pregunta a Dios: “¿qué me vas a dar, si me voy sin hijos…?” (Gn 15,2). Y Raquel dice a su marido Jacob: “Dame hijos, o si no me muero” (Gn 30,1).

2375 Las investigaciones que intentan reducir la esterilidad humana deben alentarse, a condición de que se pongan “al servicio de la persona humana, de sus derechos inalienables, de su bien verdadero e integral, según el plan y la voluntad de Dios” (CDF, instr. “Donum vitae”, 9).

2376 Las técnicas que provocan una disociación de la paternidad por intervención de una persona extraña a los cónyuges (donación del esperma o del óvulo, préstamo de útero) son gravemente deshonestas. Estas técnicas (inseminación y fecundación artificiales heterólogas) lesionan el derecho del niño a nacer de un padre y una madre conocidos de él y ligados entre sí por el matrimonio. Quebrantan “su derecho a llegar a ser padre y madre exclusivamente el uno a través del otro” (CDF, instr. “Donum vitae” 58).

2377 Practicadas dentro de la pareja, estas técnicas (inseminación y fecundación artificiales homólogas) son quizá menos perjudiciales, pero no dejan de ser moralmente reprobables. Disocian el acto sexual del acto procreador. El acto fundador de la existencia del hijo ya no es un acto por el que dos personas se dan una a otra, “confía la vida y la identidad del embrión al poder de los médicos y de los biólogos, e instaura un dominio de la técnica sobre el origen y sobre el destino de la persona humana. Una tal relación de dominio es en sí contraria a la dignidad e igualdad que debe ser común a padres e hijos” (cf CDF, instr. “Donum vitae” 82). “La procreación queda privada de su perfección propia, desde el punto de vista moral, cuando no es querida como el fruto del acto conyugal, es decir, del gesto específico de la unión de los esposos…solamente el respeto de la conexión existente entre los significados del acto conyugal y el respeto de la unidad del ser humano, consiente una procreación conforme con la dignidad de la persona” (CDF, instr. “Donum vitae” 74.76).

2378 El hijo no es un derecho sino un don. El “don más excelente del matrimonio” es una persona humana. El hijo no puede ser considerado como un objeto de propiedad, a lo que conduciría el reconocimiento de un pretendido “derecho al hijo”. A este respecto, sólo el hijo posee verdaderos derechos: El de “ser el fruto del acto específico del amor conyugal de sus padres, y tiene también el derecho a ser respetado como persona desde el momento de su concepción” (CDF, instr. “Donum vitae” 96).

2379 El evangelio enseña que la esterilidad física no es un mal absoluto. Los esposos que, tras haber agotado los recursos legítimos de la medicina, padecen de esterilidad, deben asociarse a la Cruz del Señor, fuente de toda fecundidad espiritual. Pueden manifestar su generosidad adoptando hijos abandonados o realizando servicios sacrificados en beneficio del prójimo.

IV LAS OFENSAS A LA DIGNIDAD DEL MATRIMONIO

2380 El adulterio. Esta palabra designa la infidelidad conyugal. Cuando un hombre y una mujer, de los cuales al menos uno está casado, establecen una relación sexual, aunque ocasional, cometen un adulterio. Cristo condena incluso el deseo del adulterio (cf Mt 5,27-28). El sexto mandamiento y el Nuevo Testamento proscriben absolutamente el adulterio (cf Mt 5,32; 19,6; Mc 10,11; 1 Co 6,9-10). Los profetas denuncian su gravedad; ven en el adulterio la figura del pecado de idolatría (cf Os 2,7; Jr 5,7; 13,27).

2381 El adulterio es una injusticia. El que lo comete falta a sus compromisos. Lesiona el signo de la Alianza que es el vínculo matrimonial. Quebranta el derecho del otro cónyuge y atenta contra la institución del matrimonio, violando el contrato que le da origen. Compromete el bien de la generación humana y de los hijos, que necesitan la unión estable de los padres.

El divorcio

2382 El Señor Jesús insiste en la intención original del Creador que quería un matrimonio indisoluble (cf Mt 5,31-32; 19,3-9; Mc 10,9; Lc 16,18; 1 Co 7,10-11), y abroga la tolerancia que se había introducido en la ley antigua (cf Mt 19,7-9).

Entre bautizados, “el matrimonio rato y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano ni por ninguna causa fuera de la muerte” (CIC, can 1141).

2383 La separación de los esposos con mantenimiento del vínculo matrimonial puede ser legítima en ciertos casos previstos por el Derecho canónico (cf CIC, can. 1151-55).

Si el divorcio civil representa la única manera posible de asegurar ciertos derechos legítimos, el cuidado de los hijos o la defensa del patrimonio, puede ser tolerado sin constituir una falta moral.

2384 El divorcio es una ofensa grave a la ley natural. Pretende romper el contrato, aceptado libremente por los esposos, de vivir juntos hasta la muerte. El divorcio atenta contra la Alianza de salvación de la cual el matrimonio sacramental es un signo. El hecho de contraer una nueva unión, aunque reconocida por la ley civil, aumenta la gravedad de la ruptura: el cónyuge casado de nuevo se haya entonces en situación de adulterio público y permanente:

Si el marido, tras haberse separado de su mujer, se une a otra mujer, es adúltero, porque hace cometer un adulterio a esta mujer; y la mujer que habita con él es adúltera, porque ha atraído a sí al marido de otra (S. Basilio, moral. regla 73).

2385 El divorcio adquiere también su carácter inmoral por el desorden que introduce en la célula familiar y en la sociedad. Este desorden entraña daños graves: para el cónyuge, que se ve abandonado; para los hijos, traumatizados por la separación de los padres, y a menudo viviendo en tensión a causa de sus padres; por su efecto de contagio, que hace de él una verdadera plaga social.

2386 Puede ocurrir que uno de los cónyuges sea la víctima inocente del divorcio dictado por la ley civil; entonces no contradice el precepto moral. Existe una diferencia considerable entre el cónyuge que se ha esforzado con sinceridad por ser fiel al sacramento del matrimonio y se ve injustamente abandonado y el que, por una falta grave de su parte, destruye un matrimonio canónicamente válido (cf FC 84).

Otras ofensas a la dignidad del matrimonio

2387 Es comprensible el drama del que, deseoso de convertirse al evangelio, se ve obligado a repudiar una o varias mujeres con las que ha compartido años de vida conyugal. Sin embargo, la poligamia no se ajusta a la ley moral, pues contradice radicalmente la comunión conyugal. La poligamia “niega directamente el designio de Dios, tal como es revelado desde los orígenes, porque es contraria a la igual dignidad personal del hombre y de la mujer, que en el matrimonio se dan con un amor total y por lo mismo único y exclusivo” (FC 19; cf GS 47,2). El cristiano que había sido polígamo está gravemente obligado en justicia a cumplir los deberes contraídos respecto a sus antiguas mujeres y sus hijos.

2388 Incesto es la relación carnal entre parientes dentro de los grados en que está prohibido el matrimonio (cf Lv 18,7-20). S. Pablo condena esta falta particularmente grave: “Se oye hablar de que hay inmoralidad entre vosotros… hasta el punto de que uno de vosotros vive con la mujer de su padre…en nombre del Señor Jesús…sea entregado ese individuo a Satanás para destrucción de la carne…” (1 Co 5,1.4-5). El incesto corrompe las relaciones familiares y representa una regresión a la animalidad.

2389 Se puede equiparar al incesto los abusos sexuales perpetrados por adultos en niños o adolescentes confiados a su guarda. Entonces esta falta adquiere una mayor gravedad por atentar escandalosamente contra la integridad física y moral de los jóvenes que quedarán así marcados para toda la vida, y por ser una violación de la responsabilidad educativa.

2390 Hay unión libre cuando el hombre y la mujer se niegan a dar forma jurídica y pública a una unión que implica la intimidad sexual.

La expresión en sí misma es engañosa: ¿qué puede significar una unión en la que las personas no se comprometen entre sí y testimonian con ello una falta de confianza en el otro, en sí mismo, o en el porvenir?

Esta expresión abarca situaciones distintas: concubinato, rechazo del matrimonio en cuanto tal, incapacidad de unirse mediante compromisos a largo plazo (cf FC 81). Todas estas situaciones ofenden la dignidad del matrimonio; destruyen la idea misma de la familia; debilitan el sentido de la fidelidad. Son contrarias a la ley moral: el acto sexual debe tener lugar exclusivamente en el matrimonio; fuera de éste constituye siempre un pecado grave y excluye de la comunión sacramental.

2391 Muchos reclaman hoy una especie de “unión a prueba” cuando existe intención de casarse. Cualquiera que sea la firmeza del propósito de los que se comprometen en relaciones sexuales prematuras, éstas “no garantizan que la sinceridad y la fidelidad de la relación interpersonal entre un hombre y una mujer queden aseguradas, y sobre todo protegidas, contra los vaivenes y las veleidades de las pasiones” (CDF, decl. “Persona humana” 7). La unión carnal sólo es moralmente legítima cuando se ha instaurado una comunidad de vida definitiva entre el hombre y la mujer. El amor humano no tolera la “prueba”. Exige un don total y definitivo de las personas entre sí (cf FC 80).

RESUMEN

2392 “El amor es la vocación fundamental e innata de todo ser humano” (FC 11).

2393 Al crear al ser humano hombre y mujer, Dios confiere la dignidad personal de manera idéntica a uno y a otra. A cada uno, hombre y mujer, corresponde reconocer y aceptar su identidad sexual.

2394 Cristo es el modelo de la castidad. Todo bautizado es llamado a llevar una vida casta, cada uno según su estado de vida.

2395 La castidad significa la integración de la sexualidad en la persona. Entraña el aprendizaje del dominio personal.

2396 Entre los pecados gravemente contrarios a la castidad se deben citar la masturbación, la fornicación, las actividades pornográficas, y las prácticas homosexuales.

2397 La alianza que los esposos contraen libremente implica un amor fiel. Les confiere la obligación de guardar indisoluble su matrimonio.

2398 La fecundidad es un bien, un don, un fin del matrimonio. Dando la vida, los esposos participan de la paternidad de Dios.

2399 La regulación de la natalidad representa uno de los aspectos de la paternidad y la maternidad responsables. La legitimidad de las intenciones de los esposos no justifica el recurso a medios moralmente reprobables (p.e., la esterilización directa o la anticoncepción).

2400 El adulterio y el divorcio, la poligamia y la unión libre son ofensas graves a la dignidad del matrimonio.