Los Buenos y los Malos Usos del Nombre de Dios


Segundo Mandamiento:

El segundo mandamiento nos lleva a honrar el nombre de Dios y pedir perdón por las faltas de respeto que contra Él se cometan.

Ricardo Sada Fernandez

Cuando uno se pregunta cuáles serán las formas más frecuentes en que el precepto de honrar el nombre de Dios queda conculcado en la sociedad de hoy, quizá la respuesta sería que en la utilización de su Nombre Santo en las banderías humanas o en las facciones políticas.

Por ejemplo, en ciertos ambientes se habla de Jesucristo como de un guerrillero revolucionario, de la Eucaristía como de la reunión del pueblo en lucha, de que el verdadero bautismo consiste en liberarse del opresor capitalista… mezcolanza de Biblia, de cristología, política, sociología y economía. Para todos resulta patente que es un indebido abuso de la utilización del nombre de Dios y lo que a Él se refiera -sus valores absolutos y sagrados-, en vista a la sustentación de un orden sociopolítico.

Tal desacralización del orden divino contrasta con la reverencia suma que los judíos rendían al nombre de Dios. Los israelitas llamaban a Dios Yahvé y también Adonai (Señor), pero, por respeto, ni siquiera osaban pronunciar su nombre. Al leer la Biblia y encontrar en ella el nombre de Yahvé, hacían una pausa silenciosa e inclinaban la cabeza. Para escribirlo solían poner solamente consonantes -YHVH-, que se conocen como el “tetragrama sagrado”. Los israelitas entendían (como debemos entender nosotros) que al pronunciar un nombre no se trata sólo de unas letras o sonidos, sino de lo que está detrás, es decir, de Dios Uno y Trino.

El Apocalipsis nos presenta la adoración que recibe Dios de los ángeles y de los santos: “No se daban reposo día y noche, diciendo: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios todopoderoso, el que era, el que es, el que viene (…) Digno eres, Señor, Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú creaste todas las cosas y por tu voluntad existen y fueron creadas” (Ap. 4, 8-11).

En el Nuevo Testamento, San Pablo repite en sus Epístolas el nombre de Jesús más de doscientas veces y nos dice: “Todo cuanto hagáis de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por Él” (Col. 3,17).

Existen muchas formas de atentar contra la reverencia debida al nombre de Dios. La más corriente es el simple pecado de falta de respeto: usar su santo nombre como excusa para dar salida a nuestras emociones. “¡Sí, por Dios!”; “Te aseguro, por Dios, que me la vas a pagar”. O a veces, por utilizarlo como protagonista para chistes o ironías, que por el sólo empleo del nombre de Dios, o de Jesucristo, o de los santos, resultan de muy escaso buen gusto. Todos conocemos a personas que usan el nombre de Dios con la misma actitud con que mencionarían ajos y cebollas, lo que siempre da testimonio cierto de lo pobre de su amor a Él.

Por lo general, esta clase de irreverencia es falta leve, porque no se tiene la intención deliberada de deshonrar a Dios o despreciar su nombre; si esta intención existiera, se convertiría en pecado mortal, pero, de ordinario, es una forma de hablar debida a la ligereza y al descuido más que a la malicia. Este tipo de irreverencia puede hacerse grave, sin embargo, en caso de ser ocasión de escándalo: por ejemplo, si con ella el profesor menoscabara en sus alumnos el respeto que al nombre de Dios se le debe.

Otra forma de incumplir este precepto es a través del juramento. Jurar es poner a Dios por testigo de la verdad de lo que se dice o promete. No hace falta decir “te lo juro por Dios”, pues siempre que se jura, Dios es el testigo. Está claro que jurar no es un pecado necesariamente; por el contrario, un respetuoso juramento es agradable a Dios, siempre y cuando reúna tres condiciones, de las que trataremos enseguida.

En primer lugar, para jurar ha de haber un motivo serio. No se puede invocar a Dios como testigo de algo fútil. Podemos jurar cuando tenemos que declarar como testigos de algún hecho especialmente grave para uno o para el prójimo. Otras veces, es la Iglesia quien pide juramentos, como en el caso de haberse perdido los registros bautismales, a los padrinos del bautizo. Pero jurar sin motivo o necesidad, salpicar nuestra conversación con frases como “júramelo”, “te juro por Dios que es verdad” y otras parecidas, es pecado. Normalmente, si decimos la verdad, ese pecado no será grave, porque, como en el caso anterior, no es producto de malicia, sino de inconsideración.

Ahora bien, si lo que decimos es falso y sabemos que lo es, ese pecado es mortal. Ésta es la segunda condición para un legítimo juramento: que al hacerlo, digamos la verdad estricta, tal cual es. Poner a Dios por testigo de una mentira es una deshonra grave a quien es la misma Santidad. Cometemos el pecado de perjurio, y el perjurio deliberado es siempre falta grave.

Un tercer requisito debe tener un juramento para que sea meritorio y agradable a Dios: afirmar o prometer sólo lo que está permitido y no es pecado. Si alguien jurara, por ejemplo, vengarse de una afrenta que le hicieron, resulta claro que tal juramento es malo, como lo es cumplirlo. En este caso la obligación es precisamente no cumplir el juramento hecho.

Con este mandamiento se relacionan los votos. Un voto es prometerle algo a Dios, con intención de obligarnos. Si fallamos en el voto, pecamos contra este precepto. Por eso resulta necesario subrayar que estos votos privados (por ejemplo, el de no beber alcohol) jamás pueden hacerse con ligereza. Un voto obliga bajo pena de pecado, y violarlo implica pecado mortal o venial, dependiendo de la intención del que lo hace y de la importancia de la materia. De ahí que hacer un voto sea una obligación demasiado seria para tomarla a la ligera. Nadie debería hacer voto privado alguno sin consultar previamente a su confesor. Habitualmente lo mejor será sólo hacer buenos propósitos.

Así como el voto privado se hace sólo ante Dios (Coram Deo) el voto público se hace Coram Ecclesia, es decir, es un voto que la Iglesia acepta por medio del Superior legítimo, que actúa en su nombre. Los votos públicos más conocidos son los de pobreza, castidad y obediencia, dentro de una comunidad religiosa. De quien hace estos tres votos públicamente se dice que “entra en religión”; y con ellos una mujer se hace monja o hermana, y un hombre fraile, monje o hermano; a través del voto se dice que ha abrazado el estado religioso.

Otro pecado contra el segundo mandamiento es la blasfemia, consistente en el absurdo deseo de injuriar o deshonrar el nombre de Dios. La blasfemia admite distintos grados. A veces es la reacción instantánea ante la contrariedad, dolor o impaciencia: “Si Dios me ama, ¿cómo permite que esto ocurra?”, “Si Dios fuera bueno no me dejaría sufrir tanto”. Otras veces se blasfema por insensatez: “Ése sabe más que Dios”, “A fulano, ya ni Dios lo detiene”. Pero también puede ser claramente antirreligiosa e, incluso, proceder del odio a Dios: “Los Evangelios son un mito oriental”, “La Misa es un engaño”, “Dios es un invento, una fábula”. En este último tipo de blasfemia hay, además, un pecado de herejía o infidelidad. Cada vez que una expresión blasfema implica negación de una determinada verdad de fe como, por ejemplo, la virginidad de María o la existencia de los ángeles, además del pecado de blasfemia hay un pecado de herejía.

En sí misma, la blasfemia es siempre pecado mortal, porque siempre lleva implícita la intención de inferir a Dios una grave deshonra. Tan sólo cuando carece de suficiente premeditación o consentimiento es venial, como sería el caso de proferirla bajo un sufrimiento intenso o una pena atroz.

El catálogo de las transgresiones al segundo mandamiento es, pues, pronunciar sin respeto el nombre de Dios, jurar innecesaria, indebida o falsamente, hacer votos frívolamente o quebrantarlos, y blasfemar. Al estudiar los mandamientos es preciso analizar el lado negativo de éstos para adquirir una conciencia rectamente formada. Sin embargo, en este mandamiento, como en todos, abstenerse de pecado es sólo una de las dos mitades. La otra es la positiva: también debemos hacer lo que le agrada. De otro modo, nuestra religión sería como un pájaro con una sola ala.

De ahí que el segundo mandamiento nos lleve a honrar el nombre de Dios siempre que tengamos que hacer un juramento necesario. Y lo mismo sucede con los votos: aquel que se obliga con un voto prudente bajo pena de pecado a hacer algo grato a Dios, realiza un acto de culto divino que le es agradable, un acto de la virtud de la religión. Y cada acto derivado de ese voto es también un acto de religión.

Muchos acontecimientos de nuestra vida pueden darnos la oportunidad de honrar el nombre de Dios. Por ejemplo, es una excelente costumbre de hacer una discreta reverencia cada vez que pronunciamos u oímos el nombre de Jesús y de María. O el laudable hábito de hacer un acto de reparación interior cuando seamos testigos de alguna falta de respeto al nombre de Dios, por ejemplo, cuando estamos de espectadores en alguna película, conferencia o representación teatral. Honramos públicamente el nombre de Dios en el acto de reparación que hacemos siempre que nos unimos a las alabanzas que se rezan en la Bendición con el Santísimo Sacramento expuesto en la Custodia.

Honramos el nombre de Dios en procesiones, peregrinaciones y otras reuniones organizadas en ocasiones especiales. Son testimonios públicos de cuya participación no deberíamos retraernos. Elocuente ejemplo nos ha dado Juan Pablo II, restableciendo la procesión del Corpus por las calles de Roma. Cuando la divinidad de Cristo o la gloria de su Madre es la razón primordial de tales manifestaciones públicas, nuestra activa participación honra a Dios y a su santo nombre, y Él la bendice.

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Viviendo el Segundo Mandamiento


Aurelio Fernandez

Del segundo Mandamiento tenemos, al menos, dos formulaciones en el Antiguo Testamento: «No tomarás el nombre del Señor, tu Dios, en falso, pues el Señor no dejará impune al que tome su nombre en falso» (Ex 20,7). La misma fórmula se repite literalmente en el Deuteronomio (Dt 5,11). A su vez, Jesucristo las interpreta en estos términos: «Habéis oído que se dijo a los antepasados: No perjuraras, antes cumplirás al Señor tus juramentos. Pues yo os digo que no juréis en modo alguno» (Mt 5,33-34).

El segundo mandamiento enriquece los contenidos del primero, pues prescribe no solo adorar a Dios, sino que destaca otros actos de la virtud de la religión que la engrandece. En efecto, además de los cuatro actos propios que la caracterizan, el hombre religioso tanto valora a Dios, que le toma por testigo en las grandes deliberaciones y hasta es capaz de comprometer su vida mediante promesas y votos. En consecuencia, en este mandamiento se incluye también el estudio del juramento y del voto.

No tomarás en falso el nombre del Señor, tu Dios

El «nombre» alude a la persona: designar el «nombre» es referirse a la persona que lo ostenta, por 1o que el nombre de «Dios» evoca la misma persona divina. Cuando Moisés quiso conocer quien era el Señor que le hablaba, le preguntó por su nombre: «Cuando me acerque a los hijos de Israel y les diga: El Dios de vuestros padres me envía a vosotros, y me pregunten cuál es su nombre, ¿que he de decirles? Y le dijo: Yo soy el que soy». Este relato del Éxodo concluye con estas palabras de Yavéh: «Este es mi nombre para siempre; así seré invocado de generación en generación» (Ex 3 , 13-15) (1). Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica:

“Entre todas las palabras de la revelación hay una singular, que es la revelación de su Nombre. Dios confía su Nombre a los que creen en Él; se revela a ellos en su misterio personal. El don del Nombre pertenece al orden de la confidencia y la intimidad. El nombre de Dios es santo. Por eso el hombre no puede usar mal de él. Lo debe guardar en la memoria en un silencio de adoración amorosa (cf. Za 2,17). No lo empleará en sus propias palabras, si no para bendecirlo y glorificarlo (cf. Sal 29,2; 96,2; 113,1-2)” (CEC2143).

En efecto, la Biblia recuerda al judío creyente que el nombre de Dios es “glorioso y temible” (Dt 28,58), por lo que no puede «ser profanado» (Ez 20,9). Pero también ese nombre es «poderoso» (Jos 7,9) y sobre todo es «santo» en consecuencia, debe ser «santificado» (Is 29,23). El nombre de Dios «es amado por todos» (Sal5, 13), es «alabado y ensalzado (Sal 7, 18) y «es para siempre, pues se pronunciará de “edad en edad” (Sal 135,13). El salmista formula esta exclamación que ha sido repetida por judíos y cristianos de todos los tiempos: «Señor, Dios Nuestro, ¡que admirable es tu nombre en toda la tierra!» (Sal 8,2). Y, en meditación cristiana, San Agustín comenta:

“El Nombre de Dios es grande allí donde se pronuncia con el respeto debido a su grandeza y a su Majestad. El nombre de Dios es santo allí donde se le nombra con veneración y temor de ofenderle” (2).

Esta es la razón por la que los cristianos comenzamos la jornada y de ordinario iniciamos los actos de culto Con la señal de la cruz, y a ese signo le acompaña esta breve oración: “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.


Lo «sacro» y lo «profano»

La grandeza, la majestad y la santidad de Dios evocan el sentido de lo sagrado: Dios es sagrado y también introduce al hombre en el ámbito de lo «sacro» o «sagrado». Lo «sacro» es una categoría que caracteriza aquellas realidades que participan de algún modo de la santidad de Dios, en razón de que se dedican a Él «consagrándose» a su culto o servicio (3). Por ello, existen cosas sagradas, por ejemplo, los cálices consagrados (4.) Especialmente, son sagrados los templos dedicados al culto divino. También existe el tiempo sagrado: así se define al domingo dedicado de modo muy especial a dar culto a Dios. Asimismo, son sagradas las personas que se consagran al servicio de Dios y de la Iglesia. Pero la categoría de «sagrado» corresponde más directamente a los sacramentos y de forma singular a la Eucaristía: la Sagrada Eucaristía es el «sacrum» (lo «sagrado») por excelencia.

Todo lo que es «sacro» (cosas, edificios, tiempo, personas, sacramentos) está dedicado de modo eminente a Dios y por ello manifiesta eficazmente y favorece la práctica de la virtud de la religión. Así 1o enseña el Catecismo de la Iglesia Cató1ica: «El sentido de lo sagrado pertenece a la virtud de la religión» (CEC 2144).

Lo opuesto a «sagrado» es lo «profano». Es preciso distinguir claramente entre «sacro» y «profano». En ocasiones ha sido difícil señalar los límites entre esas dos categorías y no siempre la diferencia se ha hecho con el debido rigor. En concreto, hubo épocas en las que se «sacralizaron» realidades que en si mismos son profanas, llegando con ello a una exagerada «sacralización».

En este sentido, se proclama con rigor que el mundo, la ciencia, la técnica y las diversas instituciones sociales son «profanas».

Por el contrario, existen épocas -y tal puede clasificarse a nuestro tiempo-, en las que parece que se quiere borrar todo ámbito de lo sagrado, hasta pretender «desacralizar» todo. De este modo, se niega que haya realidades sagradas, por lo que se llega a una cultura de «secularización» generalizada, la cual rechaza o al menos descuida la atención a los diversos ámbitos de lo sagrado. En estos casos, se dice, que se «profana» lo que es «sagrado»; es decir, que se comete un «sacrilegio» por el maltrato que se hace contra algo que está especialmente dedicado a Dios.

La «secularización» es pertinente cuando se refiere a aquellas realidades que en sí mismas son “profanas”. Es el caso, por ejemplo, de la ciencia, la economía, la política, etc., todas estas realidades que rigen la vida de los hombres son «profanas».Pero, si se niega la calidad de «sacro» a las realidades arriba señaladas y se defiende una secularización absoluta, se corre el riesgo de acabar en el «secularismo», el cual rechaza coda referencia a Dios. Como escribe el filósofo Jean Guitton: «Una de las cosas importantes hoy es trabajar por la regeneración del sentido de los sagrado» (5). Y el papa Pablo VI lamentaba que «algunos escritores católicos» apoyasen «cierta desacralización de lugares, tiempos y personas», lo cual va «contra la tradición bimilenaria de la Iglesia» (6.)


El juramento

«Jurar es tomar a Dios por testigo de la verdad». San Agustín escribe que «jurar es devolver a Dios el derecho que tiene a toda verdad» (7).

a) Importancia

La trascendencia: de Dios en la historia humana permite al hombre que acuda a Él para tomarlo como testigo de la verdad que se expresa o como garante de ciertas decisiones importantes para su vida. El juramento se cataloga como «un acto extraordinario de la virtud de la religión». En efecto, quien jura pone a Dios por testigo de que lo que dice es verdad y con ello reconoce su superioridad. Santo Tomás de Aquino escribe:

“El que hace juramento alega al testimonio divino para Confirmar sus propias palabras. Esta confirmación ha de venir de alguien que posea en sí mismo más certeza y seguridad. De ahí que el hombre, al jurar poniendo a Dios por testigo, confiesa la excelencia superior de Dios, cuya verdad es infalible y su conocimiento universal. Por lo que tributa a Dios de alguna manera reverencia,” (8).

Las palabras de Jesús sobre la costumbre de jurar parece que condenan toda clase de juramentos (Mt 5,33-37). Entonces, ¿por que la Iglesia lo sigue practicando y alienta a que algunas situaciones especialmente solemnes se sellen con juramento? La razón es que Jesús condenó sólo la práctica abusiva del pueblo judío de su tiempo, en el que menudeaban los juramentos: Se hacían sin necesidad y se descuidaba cumplirlos. El libro de Eclesiástico advierte:

“Al juramento no acostumbres tu boca, no te habitúes a nombrar al Santo (…). Hombre muy jurador, lleno está de iniquidad, y no se apartará de su casa el látigo. Si se descuida, su pecado cae sobre él” (EccI23,7-11).

El hecho es que el mismo Jesús no rechaza aquel juramento solemne, ante el cual le emplaza el Sumo Sacerdote en el juicio del Sanedrín (Mt 26,63-64). Más tarde, los escritos del Nuevo Testamento prodigan la práctica de juramentos entre los cristianos. El mismo san Pablo los hace y los cumple repetidamente: «Os declaro ante Dios que no miento» (Gal 1,20). «Pongo a Dios por testigo sobre mi alma de que por consideración con vosotros no he ido todavía a Corinto» (2 Cor 1,23), etc. Con cita expresa de estos textos, el Catecismo de la Iglesia Católica enseña la licitud de hacer juramentos:

«Siguiendo a San Pablo (cf2 Cor 1,23; Gal 1,20), la tradición de la Iglesia ha comprendido las palabras de Jesús en el sentido de que no se oponen al juramento cuando este se hace por una causa justa (por ejemplo, ante tribunal)» (CEC 2154).


b) Clases de juramento

Se distingue entre «juramento asertorio» y «juramento promisorio». Se hace un «juramento asertorio» cuando se pone a Dios por testigo de algo que se afirma en el presente. La fórmula más común es: «Juro por Dios que tal cosa es verdad». El «juramento promisorio», por el contrario, hace referencia a una promesa de futuro. Es el caso en que alguien se comprometa con juramento a cumplir algo determinado: «Juro ante Dios que haré tal cosa».

Para que el juramento sea válido se requieren dos condiciones: Que se tenga intención de jurar y que se use una formula debida, o sea que exprese verdadero juramento. Y para jurar lícitamente es necesario que se jure por algo que sea lícito y honesto («con justicia»); que haya un motivo suficiente para hacerlo («con necesidad») y, sobre todo, que lo jurado responda a la verdad («con verdad»). Cuando se jura algo que es falso, se comete un «perjurio».

Especial importancia tienen los juramentos públicos que se hacen ante los tribunales. Y más significativo aun cuando se le denomina «solemne»; o sea, si se jura ante el Crucifijo o los Evangelios. Por eso, cuando se miente en este tipo de juramentos, el perjurio es especialmente grave.

Voto y su cumplimiento

También el voto es un acto extraordinario de la virtud de la religión. En razón de la grandeza de Dios Y. que se le reconoce su bondad a favor de los hombres, estos pueden comprometerse con Dios, realizando en su honor algo a lo que no están obligados hacer. Se trata de que la persona, para ensalzar la majestad y sobre todo la bondad de Dios, va más allá de lo que se le pide. En este sentido, el voto supera al juramento, pues éste es un simple recurso a la autoridad de Dios y el voto supone una entrega personal más amorosa a Él.

Definición: «Voto es la promesa deliberada y libre hecha a Dios de un bien posible y mejor que su contrario».

De esta definición se siguen las siguientes notas que le caracterizan:

– el voto se emite en honor a Dios. Cuando se hace a la Virgen o a los santos se entiende que se hacen a Dios, si bien bajo la intercesión de la Virgen o de tal santo;

– para su validez se requiere que se delibere con libertad plena acerca de lo que se promete, pues es necesario que el que lo emite pueda cumplirlo a su tiempo;

– la materia de lo prometido, además de ser algo bueno en sí mismo, debe ser mejor que lo contrario; es decir, se hace voto de realizar algo que en si es óptimo.

Si bien en ocasiones se identifican «voto» con «promesa». Es conveniente diferenciarlos: el «voto» supone un compromiso serio con Dios, lo cual origina la obligación grave de cumplirlo. Son especialmente cualificados los «votos» que emiten los miembros -hombres y mujeres- de las Órdenes y Congregaciones Religiosas.

Por el contrario, las «promesas», son algo que se propone hacer en honor de Dios por haber obtenido de El alguna gracia especial para alcanzarla. Es evidente que también deben cumplirse, si bien es mas fácil obtener la dispensa de cumplirla, tal como se indica mas abajo. La obligación de cumplir las promesas se fundamenta en la virtud de la religión, por lo que se falta al honor debido a Dios si se dejan de cumplir. Esto sirve además para las promesas hechas en nombre de Dios a otras personas. Esta es la doctrina del Catecismo de la Iglesia Católica:

«Las promesas hechas a otro en nombre de Dios comprometen el honor, la fidelidad, la veracidad y la autoridad divinas. Deben ser respetadas en justicia. Ser infiel a ellas es abusar del nombre de Dios y, en cierta manera, hacer a Dios un mentiroso” (CEC2147).

San Agustín elogia los votos emitidos por los cristianos y les recuerda la obligación -y también la consiguiente alegría- de cumplirlos:

“Como ya lo has prometido, ya te has atado y no te es lícito hacer otra cosa. Si no cumples lo que prometiste, no quedarás en el mismo estado que tuvieras si nada hubieses prometido. Entonces hubiese sido no peor, sino mejor tu estado. En cambio, si ahora quebrantas la fe que debes a Dios -Él es libre de ello-, serás mas feliz si se la mantienes” (9).

Los votos y las promesas se pueden dispensar en algunas ocasiones. El Código de Derecho Canónico especifica los siguientes modos:

«Cesa el voto por transcurrir el tiempo prefijado para cumplir la obligación, por cambio sustancial de la materia objeto de la promesa, por no verificarse la condición de la que depende el voto o por venir a faltar su causa final, por dispensa y por conmutación» (CIC 1194).


Pecados contra segundo mandamiento

El cristiano ha de sentirse orgulloso de su Dios, por lo que siente la necesidad de respetar y venerar su nombre. Al mismo tiempo, tiene la facilidad de recurrir a Él para mostrar su veracidad, tomándole corno el testigo mas cualificado de su vida. Pero también puede caer en la tentación de prescindir de Dios y faltarle al respeto que se le debe. Entonces se inicia la ruta del pecado. Estos son los pecados mas frecuentes contra el segundo mandamiento:

1. Abusar del nombre de Dios. Tiene lugar cuando se usa el nombre de Dios sin reverencia alguna y se pronuncia con ligereza y sin necesidad. La santidad de Dios exige no recurrir a él por motivos fútiles (CEC2146; 2155).

2. Blasfemia: Es la injuria directa de pensamiento, palabra u obra contra Dios y los santos. La blasfemia contra Dios, la Virgen y los Santos es un pecado mortal muy grave. El Apóstol Santiago reprueba a «los que blasfeman el hermoso Nombre de Jesús que ha sido invocado sobre ellos» (Sant 2,7). Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica:

«La blasfemia se opone directamente al segundo mandamiento. Consiste en proferir contra Dios -interior o exteriormente- palabras de odio, de reproche, de desafío; en injuriar a Dios, faltarle al respeto en las expresiones, en abusar del nombre de Dios… la prohibición de la blasfemia se extiende a las palabras contra la Iglesia de Cristo, los santos y las cosas sagradas. Es también blasfemo recurrir al nombre de Dios para justificar prácticas criminales, reducir pueblos a servidumbre, torturar o dar muerte» (CEC2148).

La blasfemia es un pecado especial mente grave. De ordinario, se lo cataloga como un «pecado intrínsecamente malo». Es decir, una blasfemia es siempre y de suyo un pecado mortal de excepcional gravedad.

3. Sacrilegio: Es la profanación o lesión de una persona, cosa o lugar sagrado (CEC2120).

Se comete pecado mortal cuando se profana una cosa sagrada, por ejemplo, si un cáliz consagrado se usa para fines profanos. También cuando no se administran bien o se reciben sin las condiciones debidas cualquiera de los Sacramentos. Un sacrilegio especialmente grave es la recepción de la Eucaristía en pecado mortal. El Papa Juan Pablo hizo estas serias advertencias:

“Frecuentemente se oye poner de relieve con satisfacción el hecho de que los creyentes hoy se acercan con mayor frecuencia a la Eucaristía. Es de desear que semejante fenómeno corresponda a una auténtica madurez de fe y de caridad. Pero queda en pié la advertencia de San Pablo: «El que come y bebe sin discernir el Cuerpo del Señor, come y bebe su propia condenación» (1 Cor 11,26). «Discernir el Cuerpo del Señor significa, para la doctrina de la Iglesia, predisponerse a recibir la Eucaristía con una pureza de espíritu que, en caso de pecado grave, exige previa recepción del sacramento de la Penitencia. Sólo así nuestra vida cristiana puede encontrar en el sacrificio de la cruz su plenitud y llegar a experimentar esa «alegría cumplida» que Jesucristo prometió a todos los que están en comunión con Él» (10).

4. Perjurio. Se peca mortalmente cuando se jura en falso. Mentir al jurar se denomina «perjurio». El «perjurio» es siempre pecado mortal, pues equivale a poner a Dios por testigo de la mentira (CEC 2150-2153).

5. Incumplimiento de los votos. Se peca cuando no se cumplen los votos y promesas hechas a Dios. Especialmente grave pueden ser los pecados cometidos cuando no se observan los votos del estado religioso (CEC 2102-2103).


NOTAS:

1 A partir de entonces, el pueblo de Israel venera el nombre de Dios hasta límites inusuales, pues, con el tiempo, los israelitas dejan de nombrar a “Yahveh” y le llaman “Elohim” o “Adonai” (Señor). Por ello, cuando la Biblia se traduce a la lengua griega só1o se menciona el nombre “Kyrios” (Señor=Adonai). Más tarde, se le denomina “Jeovah”. Este término es el resultado de un curioso truco de palabras: se toman las vocales de “Adonai” y las consonantes de Yahveh y resulta el nombre de Jeováh. Este nuevo nombre no significa nada. Todavía hoy, el judío, cuando en la lectura de la Biblia tropieza con el término “Yahveh”, automáticamente, lee «Jeováh».
2 San AGUSTÍN, Sermón sobre el Señor en el monte II, 5.19. PL 34, 1278.
3 Algunos prefieren hablar de “santo” en lugar de “sacro”, dado que lo “sacro” también figura en otras religiones. Aquí no entramos en esas teorías.
4 El Código de Derecho Can6nico determina: «Se han de tratar con reverencia las cosas sagradas destinadas al culto mediante dedicación o bendición, y no deben emplearse para un uso profano o impropio, aunque pertenezcan a particulares. (c.1171) El Código legisla acerca del modo de adquirir estos objetos sagrados (c. 1269) y afirma que incurre en penas can6nicas quien “profane una cosa sagrada” (c. 1376).
5 J. GUITTON, Memoria de un siglo, en J. ANTUNEZ ALDUNATE, Crónica de Las ideas. Ed. Encuentro. Madrid 200 I, 28.
6 Pablo VI, Discurso al II Congreso Internacional del Apostolado de los Laicos, «Ecclesia» 1362 (1967) 1561.
7 San AGUSTÍN, Sermón 180, VI. 7. PL 38.975.
8 Santo TOMÁSDE AQUINO, Suma Teológica 11-11, q. 89, a. 4.
9 San AGUSTÍN; Carta a Armentario y a Paulina 127,8. PL 33, 487.
10 JUAN PABLO II, Confesión y Comunión. Audiencia 18-IV-1984, “Ecclesia” 2172 (1984) 535.

Segundo Mandamiento de la Ley de Dios


ÍNDICE:

8.1 Deberes que impone este mandamiento.
8.1.1 Honrar el nombre de Dios y todo lo que a Él se refiere.
8.1.2 Respetar todo lo consagrado a Dios.
8.1.3 El juramento.
8.1.4 El voto.

8.2 Pecados opuestos.
8.2.1 Pronunciar con ligereza o sin necesidad el nombre de Dios.
8.2.2 Blasfemar.
8.2.3 Juramento falso, injusto o innecesario.
8.2.4 Incumplimiento del voto.

8.1 DEBERES QUE IMPONE ESTE MANDAMIENTO

El segundo mandamiento de la ley de Dios se cumple honrando el nombre de Dios (y todo lo que a Él haga referencia). Estudiaremos a continuación el cumplimiento de cada uno de estos deberes.

8.1.1 HONRAR EL NOMBRE DE DIOS Y TODO LO QUE A ÉL SE REFIERE

Dios es santo, y su nombre lo es porque el nombre representa a la persona: hay una relación íntima entre la persona y su nombre, como la hay entre el país, su gobierno y el embajador que lo representa. Cuando se honra o menosprecia a un embajador, se honra o menosprecia al país que representa. Igualmente, cuando nombramos a Dios, no debemos pensar simplemente en unas letras, sino en el mismo Dios, Uno y Trino. Por eso hemos de santificar su nombre y pronunciarlo con gran respeto y reverencia.

San Pablo, por ejemplo, afirma que al pronunciar el nombre de Jesús se dobla toda rodilla en la tierra, en el cielo y en los infiernos (cfr. Fil. 2, 10). Los milagros más grandes se han hecho en nombre de Jesús: En el nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda (Hechos 3, 1-7). Los ángeles y los santos en el cielo alaban continuamente el nombre de Dios, proclamando: Santo, Santo, Santo. Nosotros mismos pedimos en el Padrenuestro: Santificado sea tu nombre y hemos de esforzarnos para que el nombre de Dios sea glorificado en toda la tierra.

Mutatis mutandis, ha de ser honrado el nombre de la Santísima Virgen María, de San José, de los ángeles y de los santos.

8.1.2 RESPETAR TODO LO CONSAGRADO A DIOS

Hemos de respetar lo que está consagrado a Dios, es decir, aquellas cosas, personas o lugares que han sido dedicados a Él por designación pública de la Iglesia:

a) Son lugares sagrados las iglesias y los cementerios; en ellos ha de observarse un comportamiento respetuoso y digno.

b) Son cosas sagradas el altar, el cáliz, la patena, el copón y otros objetos dedicados al culto.

c) Son personas sagradas los ministros de Dios, los sacerdotes y los religiosos, que merecen respeto por lo que representan, y de quienes nunca se debe hablar mal.

8.1.3 EL JURAMENTO

El juramento es otra manera de honrar el nombre de Dios, ya que es poner a Dios como testigo de la verdad de lo que se dice o de la sinceridad de lo que se promete.

A veces es necesario que quien hace una declaración sobre lo que ha hecho, visto u oído, haya de reforzarla con un testimonio especial. En ocasiones muy importantes, sobre todo ante un tribunal, se puede invocar a Dios como testigo de la verdad de lo que se dice o promete: eso es hacer un juramento.

Fuera de estos casos no se debe jurar nunca, y hay que procurar que la convivencia humana se establezca con base en la veracidad y honradez. Cristo dijo: “Sea, pues, vuestro modo de hablar sí, sí, o no, no. Lo que exceda de esto, viene del Maligno” (Mt. 5, 37).

Hay diversos modos de jurar:

a) Invocando a Dios expresamente. Por ejemplo: juro por Dios, por la Sangre de Cristo, etc.

b) Invocando el nombre de la Virgen o de algún santo.

c) Nombrando alguna criatura en la que resplandezcan diversas perfecciones. Por ejemplo: jurar por el Cielo, por la Iglesia, por la Cruz, etc.

d) Jurando sin hablar, poniendo la mano sobre los Evangelios, el Crucifijo, el altar, etc.

El juramento bien hecho es no sólo lícito, sino honroso a Dios, porque al hacerlo declaramos implícitamente que es infinitamente sabio, todopoderoso y justo. Para que esté bien hecho se requiere:

1) Jurar con verdad: afirmar sólo lo que es verdad y prometer sólo lo que se tiene intención de cumplir.

2) Jurar con justicia: afirmar o prometer sólo lo que esté permitido y no es pecaminoso.

3) Jurar con necesidad: sólo cuando es realmente importante que se nos crea, o cuando lo exige la autoridad eclesiástica o civil.

8.1.4 EL VOTO

Otra manera de honrar el nombre de Dios es el voto, que es la promesa hecha a Dios de una cosa buena que no impide otra mejor, con intención de obligarse. Para que realmente se trate de un voto requiere:

– Por parte del que lo hace, que la promesa hecha a Dios sea:

a) Formal: el compromiso de cumplirlo se hace expresamente, considerando que hacemos un voto ante Dios, y no un mero propósito.

b) Deliberada: no fruto de una ocurrencia repentina.

c) Libre: de coacción física o moral.

– Por otra parte de la cosa prometida, que sea razonable y posible, buena y mejor que su contraria.

Sería en sí mismo inválido hacer voto de algo malo (por ejemplo, de no perdonar una injuria) o hacer voto de algo cuya realidad opuesta sea preferible (por ejemplo, hacer voto de ir a una peregrinación cuando el hecho de no ir resuelve una grave necesidad ajena).

Puede hacer votos quien tenga uso de razón y suficiente conocimiento de la cosa que promete, y una vez hecho lícitamente hay obligación grave de cumplirlo: Si hiciste algún voto a Dios, no tardes en cumplirlo porque a Dios le desagrada la promesa necia e infiel. Es mucho mejor no hacer voto que después de hacerlo no cumplirlo (Eccli. 5, 3-4).

En la Sagrada Escritura se relata el voto imprudente que hizo Jefté, Juez de Israel: “Si entregas en mis manos a los hijos de Amón, te ofreceré‚ en sacrificio al primero que salga a recibirme cuando regrese victorioso”. Al volver Jefté y salir a su encuentro, antes que nadie su hija única, rasgó sus vestiduras y comprendió su imprudencia (cfr. Jueces 11, 30-40).

En general, es mejor acostumbrarse a hacer propósitos que nos ayuden a mejorar, sin necesidad de votos ni promesas, a no ser que Dios así nos lo pida. Si alguna vez se requiere hacer una promesa a Dios, es prudente preguntar antes al confesor para asegurarnos de que sea oportuna.


8.2 PECADOS OPUESTOS

Son pecados contra este mandamiento:

8.2.1 PRONUNCIAR CON LIGEREZA O SIN NECESIDAD EL NOMBRE DE DIOS

“El segundo mandamiento prohíbe abusar del nombre de Dios, es decir, todo uso inconveniente del nombre de Dios, de Jesucristo, de la Virgen María y de todos los santos” (Catecismo, n. 2146).

Este empleo vano del nombre de Dios es pecado (cfr. Eclo. 23, 9-11), en general venial, porque no afecta grandemente el honor de Dios.

Conviene evitar el mezclar con frecuencia en las conversaciones los nombres de Dios, de la Virgen o de los santos, para evitar de esta manera irreverencias.


8.2.2 BLASFEMAR

La blasfemia se opone directamente al segundo mandamiento. Consiste en proferir contra Dios -interior o exteriormente- palabras de odio, de reproche, de desafío; en injuriar a Dios, faltarle al respeto en las expresiones, en abusar del nombre de Dios (Catecismo, n. 2148).

“La prohibición de la blasfemia se extiende a las palabras contra la Iglesia de Cristo, los santos y las cosas sagradas. Es también blasfemo recurrir al nombre de Dios para justificar prácticas criminales, reducir pueblos a servidumbre, torturar o dar muerte” (Id.).

Siempre que haya plena advertencia y deliberada voluntad, la blasfemia es pecado grave, que no admite parvedad de materia. Supone una subversión total del orden moral, el cual culmina en el honor de Dios, y la blasfemia intenta presuntuosamente deshonrar a la divinidad.

Se comprende la gravedad de este pecado al considerar los castigos que Dios infligía al blasfemo. En el Levítico (cfr. 24,10-16) se lee que en una riña, el hijo de una mujer israelita blasfemó contra el santo nombre de Dios. Moisés le puso al culpable en una obscura prisión y entretanto preguntó al Señor qué debía hacer. La respuesta de Yahvé fue la siguiente: “Saca de la cárcel al impío blasfemo; y todos los que escucharon el insulto contra Mí, levanten la mano sobre él para protestar contra su delito y después sea apedreado por todo el pueblo”. La lapidación era el suplicio decretado por Dios contra los blasfemos.

8.2.3 JURAMENTO FALSO, INJUSTO O INNECESARIO

Son los tres casos en que el juramento es pecado, porque falta alguna de las condiciones para su licitud:

1) La verdad: siempre hay grave irreverencia en poner a Dios como testigo de una mentira. En esto precisamente consiste el perjurio, que es pecado gravísimo que acarrea el castigo de Dios (cfr. Zac. 5, 3-8,17; Eclo. 23,14).

2) La justicia: es grave ofensa utilizar el nombre de Dios al jurar algo que no es lícito, por ejemplo, la venganza o el robo. Si el juramento tiene por objeto algo gravemente malo, el pecado es mortal.

3) La necesidad: no se puede jurar sin prudencia, sin moderación, o por cosas de poca importancia sin cometer un pecado venial que podría ser mortal, si hubiera escándalo o peligro de perjurio.

El juramento que hizo Herodes a Salomé fue vano o innecesario (cfr. Mc. 6, 17-26).

Jurar por hábito ante cualquier tontería es un vicio que se ha de procurar desterrar, aunque de ordinario no pase de pecado venial.

8.2.4 INCUMPLIMIENTO DEL VOTO

Es pecado grave o leve, según los casos, pues es faltar a una promesa hecha a Dios.