Quitar la vida o no darla


El quinto mandamiento, no mataras… Continuación

Ricardo Sada Fernandez

Y ya que la vida es de Dios (y no de los padres o del Estado), se han de respetar las leyes divinas sobre su transmisión. Por eso, dentro de este precepto se incluye la anticoncepción. Se entiende por ella cualquier modificación introducida en el acto sexual, con objeto de impedir la fecundación. Los procedimientos van desde la esterilización, de la que ya hablamos, hasta la utilización de productos farmacológicos, como las píldoras, pasando por la interrupción del acto sexual (onanismo), o el empleo de dispositivos mecánicos, tanto por parte del hombre (preservativos), como de la mujer (por ejemplo, el dispositivo intrauterino).

La doctrina de la Iglesia ha sido siempre muy clara en este punto. Encuentra su fundamento no sólo en la naturaleza propia de las cosas (como los ojos son para ver, el acto sexual es para procrear), sino también en la Sagrada Escritura. Veamos el caso de Onán, que nos narra el libro del Génesis. Este personaje de triste memoria que ha dado su nombre al pecado de onanismo, usaba de su mujer evitando la descendencia. Pues bien, “era malo a los ojos de Yahvé lo que hacía Onán, y lo mató también a él” (Gen. 38, 10). Dios lo mató, porque lo que hacía era un crimen a sus ojos. Ahora ya no actúa enviando castigos sobre la vida perecedera, pero la advertencia de Dios sigue resonando y mira, sobre todo, a la vida eterna.

Por pertenecer a las enseñanzas, siempre en el mismo sentido que la Iglesia ha hecho en esta materia, apoyada en las verdades de fe, esta doctrina no ha variado ni puede variar en la Iglesia. Ella enseña que es Dios, y no una autoridad humana, quien de modo expreso, rotundo y absoluto condena cualquier método anticonceptivo. Ya en el siglo XVI, el Magisterio declaró: “es gravísimo el pecado de los que unidos en matrimonio, o impiden la concepción o promueven el aborto” (Catecismo Romano). El Papa Pío XI a su vez, enseñó que “cualquier uso del matrimonio, en el que maliciosamente quede el acto destituido de su propia natural virtud procreativa, va contra la ley de Dios y contra la ley natural, y los que tal cometen se hacen culpables de un grave delito” (Enc. Casti Connubii). Y el texto clave de la Encíclica Humanae Vitae afirma que es intrínsecamente deshonesta “toda acción que, o en previsión del acto conyugal o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación” (n. 14).

Sin embargo, con su Sabiduría infinita, Dios dispuso que no de todo acto conyugal se siguiera una nueva vida. La decisión de hacer uso del matrimonio sólo en los periodos infecundos de la mujer no contraría la función propia de las cosas -no atenta al orden natural- y es, por tanto, el único medio lícito para evitar la procreación dentro del matrimonio. Es un reto para los investigadores (no para la Iglesia), descubrir el método con el que los esposos puedan saber cuándo empieza y cuándo termina un periodo infecundo. Según el testimonio de muchos matrimonios, esto ya se logra con el sistema del doctor Billings y otros métodos, también naturales, y las fallas habría que atribuirlas no al método, sino a quienes lo emplean sin el cuidado y la paciencia que requiere.

Pero es importante evitar las generalizaciones. La Iglesia enseña que “para espaciar los nacimientos” es necesario que haya “serios motivos, derivados de las condiciones físicas o psicológicas de los cónyuges o de las circunstancias externas”. “Entonces, es lícito tener en cuenta los ritmos naturales inherentes a las funciones generadoras para usar el matrimonio sólo en los periodos infecundos y así regular la natalidad sin violar los principios morales” (Humanae Vitae, n. 16). En documentos análogos la Iglesia utiliza expresiones del tenor siguiente: “causas de fuerza mayor”, “motivos morales suficientes y seguros”, “inconvenientes notables”, “razones graves personales o derivadas de circunstancias externas”, etcétera.

En resumen, la decisión de recurrir al acto conyugal sólo en periodos infecundos es lícita si existen serios motivos. Pero, ¿cuál es la causa por la que la continencia periódica sea lícita sólo con razones graves? Quizá nos ayude a comprenderla al pensar que Dios, en su Providencia, tiene dispuesto desde toda la eternidad el número de hijos que cada matrimonio debe tener. Si Él es infinito, y nada escapa a sus planes, mucho menos algo de tanta importancia como el número de almas que están destinadas a un fin imperecedero, es decir, que “serán” por toda la eternidad. Es por ello que Santo Tomás de Aquino hablando del incumplimiento de este deber llega a afirmar que “después del pecado de homicidio, que destruye la naturaleza humana ya formada, tal género de pecado parece seguirle, por impedir la generación de ella” (Contra Gentiles, III, 122).

Los esposos habrán de responder ante Dios de cómo han facilitado la obra creadora y habrán de dar cuenta del empeño que han puesto u omitido para que se cumplan los designios divinos. Lo “natural” es que los matrimonios reciban con generosidad los hijos que Dios les envíe, y que si se presentan circunstancias graves que aconsejen los medios naturales de evitar un nuevo hijo, esas circunstancias se reciban como algo extraordinario y con el ánimo de poner los medios para que desaparezcan los obstáculos. De lo contrario habría falta de rectitud, de intención, es decir, el ánimo de no aceptar la Voluntad de Dios.

Y nunca habrá que olvidar lo que enseña el Concilio Vaticano II: “Entre los cónyuges que cumplen la misión que Dios les ha confiado, son dignos de mención muy especial los que, de común acuerdo bien ponderado, aceptan con magnanimidad una prole más numerosa para educarla dignamente” (Gaudium et spes, 50). Dios asiste ciertamente, de modo muy especial, a las familias numerosas, que ven siempre compensado su esfuerzo con una alegría honda y duradera.

Aborto


Aurelio Fernández

Ello exige que se proteja y defienda también la concebida y aún no nacida. En consecuencia, la moral cristiana defiende siempre la protección del feto antes de nacer. Lo contrario, es el “aborto”.

El término aborto deriva de «ab-ortus», o sea, etimológicamente, significa «privar de nacimiento». Pero el verbo latina «aborior» significa también «matar». Par consiguiente, abortar significa matar a un ser de la especie humana. Consecuentemente, por exigencias de rigor intelectual, se ha de rechazar otra terminología falsa, cargada de eufemismo, tal como «interrupción voluntaria del embarazo», pues «interrumpir» significa que algo, después de interrumpirse, puede ser nuevamente reanudado. Lo contrario del aborto, que «suprime» una vida sin posibilidad alguna de «reanudarla».

El fenómeno del aborto es bien conocido y practicado en todas las épocas des de la antigüiedad. Pero, en nuestro tiempo tiene dos características nuevas: Primera: la cantidad enorme de abortos provocados. Segunda: que la práctica del aborto este legitimada por las instancias jurídicas de los Estados. Ambas circunstancias gravan la práctica del aborto hasta el punto de que no pocos hombres de nuestro tiempo juzgan la práctica del aborto y su legalización como uno de los errores y de los horrores mas graves de nuestro tiempo.

Esta condena no puede considerarse ni exagerada ni extemporánea, dado que desde el inicio de la ética y de la ciencia médica ha sido condenada. Por ejemplo, en el primer Código Ético de la Medicina, el Juramento Hipocrático (siglo V antes de Cristo), lo condena en los siguientes términos: «Jamás daré a nadie medicamento mortal, por mucho que me lo soliciten; ni administraré abortivo a mujer alguna».

Como es lógico, a esta condena se suma la entera tradición de la Iglesia desde su inicio y también el magisterio de todos los tiempos. En efecto, los escritos de los Padres abundan en testimonios de condena. Se contiene ya en el primer documenta conocido: La Didajé sentencia: «No matarás a tu hijo en el seno de la madre»(1) 8. Y Tertuliano escribe: «Es un homicidio anticipado el impedir el nacimiento; poco importa que se suprima la vida ya nacida o que se la haga desaparecer al nacer. Es un hombre el que está en camino de serlo» (2) 9.

Con la misma contundencia, se repiten los testimonios del magisterio a lo largo de la historia. Baste con citar este de Juan Pablo II, que destaca por el tono magisterial con que se expresa:

«Con la autoridad que Cristo confirió a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con todos los Obispos -que en varias ocasiones han condenado el aborto y que en la consulta citada anteriormente sobre esta doctrina han concordado unánimemente-, declaro que el aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave, en cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal» (EV 62).

El aborto es un hecho tan grave, que está prohibido y castigado como un delito en los diversos Códigos Civiles de los Estados. La «ley del aborto» en si misma injusta- sólo lo despenaliza en algunos supuestos igualmente injustos. Como es lógico, a partir de que todo aborto mata la vida de un ser humano, la Iglesia lo condena y lo agrava con una censura, la «excommunion latae senrenciae»; es decir, que se cae en excomunión por el hecho mismo de procurar el aborto, si se ha producido (cf CIC, 1398). El rigor de esta pena se aclara por los obispos de España con estas palabras:

“La excomunión significa que un cató1ico queda privado de recibir los sacramentos mientras no le sea levantada la pena: no se puede confesar válidamente, no puede acercarse a comulgar, no se puede casar por la Iglesia, etc. El excomulgado queda también privado de desempeñar cargos en la organización de la Iglesia”(3) 10.

La condena del aborto es ya una demanda científica, dado que los avances de la medicina muestran que, desde la concepción, el cigoto tiene su propio código genético, de forma que constituye un individuo distinto de su madre. Esto indica que el aborto elimina un ser de la especie humana. Del tema nos ocupamos más ampliamente en el Capítulo IX.

Es preciso dejar claro que el aborto no es sólo una cuestión religiosa, sino también un problema de civilización y de cultura, tal como señala Julián Marías:

“Creo que es un grave error plantear esta cuestión (el aborto) desde una perspectiva religiosa: se esta difundiendo la actitud que considera que para los cristianos (o acaso «para los católicos») el aborto es reprobable con lo cual se supone que para los que no lo son puede ser aceptable y lícito. Pero la ilicitud del aborto nada tiene que ver con la fe religiosa, ni aun con la mera creencia en Dios; se funda en meras razones antropológicas, y en esta perspectiva hay que plantear la cuestión. Los cristianos pueden tener un par de razones más para rechazar el aborto; pueden pensar que, además de un crimen, es un pecado. En el mundo en que vivimos hay que dejar esto -por importante que sea- en segundo lugar, y atenerse por lo pronto a lo que es válido para todos, sea cualquiera su religión o irreligión. Y pienso que la aceptación social del aborto es lo más grave moralmente que ha ocurrido, sin excepción, en el siglo XX”(4) 11.

La doctrina cristiana parte de este elemental supuesto: Es incuestionable que la vida humana es un don que por si misma tiene un valor inestimable. Por ello se ha de juzgar que también s estimable cuando va acompañada de ciertas limitaciones, como son, por ejemplo, la vida del enfermo, del minusválido, el anciano, o la de un adulto desesperanzado que vive en situación calamitosa… Estas y otras circunstancias -si bien en ocasiones son en si dolorosas- permiten concluir que los adjetivos «nacido-no nacido», «sano-enfermo», «normal-subnormal», «joven-anciano» no hacen mas que calificar la vida, pero en ningún caso se puede renegar de ella. Esta consideración es aún más de ponderar cuando se cree en la vida eterna. En efecto, toda existencia humana, aún la del mayor discapacitado, desde que ha tocado la existencia, está destinada a vivir eternamente feliz en una vida posmortal en la presencia y en la felicidad eterna y amorosa de Dios.

Una evidencia se manifiesta en este mandamiento: la apuesta por la vida. En efecto, la moral cristiana defiende, sin fisura ni excepción alguna, la grandeza de la vida humana. La dignidad del hombre y de la mujer se inicia desde el momento de la concepción: allí donde surge la vida humana, como fruto del amor esponsalicio, se da una íntima cooperación entre Dios y el hombre. Por ello, la vida concebida, aún antes de nacer, merece siempre y en cualquier circunstancia el mayor respeto por parte de todos y este bien debe ser reconocido y garantizado por un sistema jurídico justo.

NOTAS:

(1) Didajé, v, 2.
(2)TERTULIANO, Apologeticum IX. 8. PL I, 320.
(3)CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA. Comité Episcopal para la defensa de la vida, El aborto.100 cuestiones y respuestas sobre la defensa de la vida, 83 Madrid 1991.
(4) J.. MARÍAS. Problemas del Cristianismo. BAC. Madrid 1979,61-62. Las noticias confirman cada día con más insistencia que crece entre los juristas y políticos la idea de frenar la escalada del aborto legislado.

SIGLAS:

CEC: Catecismo Iglesia Católica
HV: Humanae Vitae
DV: Instrucción Donum vitae
EV: Evangelium Vitae

Intervenciones sobre la fecundación o procreación humana


Quinto mandamiento… Continuación….

Intervenciones sobre la fecundación o procreación humana

Sección: Quinto Mandamiento de la Ley de Dios

La vida se crea, no se fabrica; es una persona, no un artilugio.

El origen de la vida humana va unida a la fecundidad del amor esponsalicio. El inicio de una nueva vida es un misterio en el que, junto a los esposos, Dios interviene con la creación individual del alma. Este misterioso concurso del amar humano y del querer divino ensalza el comienzo de la vida de cualquier hombre. Ahora bien, tal grandioso origen empieza a desdibujarse desde el momento en que esa acción creadora se convierte en un artificio productor de vida, pues la vida se crea, no se fabrica; es una persona, no un artilugio.

Esta afirmación no es una mera consideración poética, sino que, además de responder a la enseñanza de la revelación cristiana, está de acuerdo con la tradición de todos los pueblos y con la reflexión filosófica sobre la singularidad del ser humano.

Por ello, son muy fundadas las razones que demuestran que es en el ámbito del matrimonio donde debe asentarse el origen de una nueva vida:«La tradición de la Iglesia y la reflexión antropológica reconocen en el matrimonio y en su unidad indisoluble el único lugar digno de una procreación verdaderamente responsable» (DVII, 1).

La Instrucción DV reconoce y encomia los avances realizados en esta materia, pero para su empleo, adelanta este criterio moral: se ha de tener en cuenta el valor de la vida humana y la originalidad con que esa vida es transmitida en el matrimonio.

Procreación o fecundación artificial (FlV-FIVET) (1)

La “procreación artificial” propiamente dicha es la que se lleva a cabo separando el acto conyugal y la fecundación. El juicio moral que condena este tipo de inseminación se rige por este principio ético: «Cuando la intervención técnica sustituye al acto conyugal, es moralmente ilícita» (DV II, 6), La terminología no es unánime en todos los autores. Aquí seguimos la que enuncia la Instrucción Donum vitae, que distingue entre FlVET e inseminación artificial (2). Cabe distinguir dos métodos de realizarla:

a) Fecundación o procreación artificial homóloga: La Instrucción entiende que se trata de una técnica dirigida a lograr la concepción humana a partir de los gametos de dos esposos unidos en matrimonio. Puede realizarse de dos métodos diversos:

– FIVET homologa: es la técnica encaminada al logro de una concepción humana mediante la unión in vitro (en el laboratorio) de gametos de los esposos unidos en matrimonio.

– Inseminación artificial homóloga: es la técnica dirigida al logro de una concepción humana mediante la transferencia a las vías genitales de una mujer casada del semen previamente tomado del marido.

b) Fecundación o procreación artificial heteróloga: es la técnica ordenada a obtener artificial mente una concepción humana, a partir de gametos procedentes de al menos un donador diverso de los esposos unidos en matrimonio. Estas técnicas pueden ser de dos tipos:

– FIVET heteróloga: es la técnica encaminada a lograr una concepción humana a través de la unión in vitro de gametos extraídos de al menos un donador diverso de los esposos unidos en matrimonio.

– Inseminación artificial heteróloga: es la técnica dirigida a obtener una concepción humana mediante la transferencia a las vías genitales de la mujer del semen previamente recogido de un donador diverso del marido.

La razón por la que la moral rechaza este tipo de fecundación asistida es porque desnaturaliza el acto conyugal, que encierra dos realidades, íntimamente relacionadas entre si: la significación unitiva y la procreadora. Ahora bien, según la más sana antropología, en la cual se apoya la moral católica, no es lícito, éticamente, separar ambas dimensiones:

«La inseminación artificial sustitutiva del acto conyugal se rechaza en razón de la disociación voluntariamente causada entre los dos significados del acto conyugal (…), le falta la relación sexual requerida por el orden moral, que realiza el sentido íntegro de la mutua donación y de la procreación humana, en un contexto de amor verdadero» (DVII, 6).

«La FlVET homóloga se realiza fuera del cuerpo de los cónyuges por media de gestas de terceras personas, cuya competencia y actividad técnica determina el éxito de la intervención; confía la vida y la identidad del embrión al poder de los médicos y de los biólogos, e instaura un dominio de la técnica sobre el origen y sobre el destino de la persona humana. Una tal relación de dominio es en si contraria a la dignidad y a la igualdad que debe ser común a padres e hijos (…). Por estas razones, el así llamado «caso simple», esto es, un procedimiento de FlVET homóloga libre de toda relación con la praxis abortiva de la destrucción de los embriones y con la masturbación, sigue siendo una técnica moralmente ilícita, porque priva a la procreación humana de la dignidad que le es propia y connatural”. (DVII,5).

Este mismo juicio moral se recoge en el Catecismo de la Iglesia Católica:

“Practicadas dentro de la pareja, estas técnicas (inseminación y fecundación artificiales homólogas) son quizá menos perjudiciales, pero no dejan de ser moralmente reprobables. Disocian el acto sexual del acto procreador. El acto fundador de la existencia del hijo ya no es un acto por el que das personas se dan una a otra, sino que confía la vida y la identidad del embrión al poder de los médicos y de los biólogos, e instaura un dominio de la técnica sobre el origen y sobre el destino de la persona humana. Una tal relación de dominio es en sí contraria a la dignidad e igualdad que debe ser común a padres e hijos” (CEC 2377).

Con mas razón, el Magisterio rechaza la «fecundación artificial heteróloga»:

«La fecundación artificial heteróloga es contraria a la unidad del matrimonio, a la dignidad de los esposos, a la vocación propia, de los padres r al derecho de los hijos a ser concebidos y traídos al mundo en el matrimonio y por el matrimonio. El respeto de la unidad del matrimonio de la fidelidad conyugal exige que los hijos sean concebidos en el matrimonio; el vínculo existente entre los cónyuges atribuye a los esposos, de manera objetiva e inalienable; el derecho exclusivo de ser padre y madre solamente el uno a través del otro. El recurso a los gametos de una tercera persona, para disponer de esperma o del óvulo constituye una violación del compromiso recíproco de los esposos es una falta grave contra aquella propiedad esencial del matrimonio que es la unidad. La fecundación heteróloga lesiona los derechos del hijo, lo priva de la relación filial con sus orígenes paternos y puede dificultar la maduración de su identidad personal» (DV II, 2).

No se considera “fecundación artificial” la ayuda médica bien sea para superar las dificultades que impiden que el acto conyugal se realice plenamente. o para que se facilite el encuentro del óvulo y el espermatozoide. En este caso, se trata de una asistencia técnica que vence algún obstáculo para que se alcance la finalidad del acto conyugal de los esposos. Esta asistencia médica está de acuerdo con la doctrina moral:

«El acto medico es respetuoso de la dignidad de las personas cuando se dirige a ayudar el acto conyugal, sea para facilitar su realización, sea para que el acto normalmente realizado consiga su fin. Sucede a veces, por el contrario, que la intervención médica sustituye técnicamente al acto conyugal, para obtener una procreación que no es ni su resultado ni su fruto: en este caso el acto médico no está como debería, al servicio de la unión conyugal, sino que se apropia de la función procreadora y contradice de ese modo la dignidad y los derechos inalienables de los esposos y de quien ha de nacer” (DVII,7).

La «fecundación artificial» propiamente dicha es, pues, la que se lleva a cabo separando el acto conyugal y la fecundación. La norma moral que condena este tipo de inseminación se rige por este principio ético: «Cuando la intervención técnica sustituye al acto conyugal,

es moral mente ilícita» (DVII, 6).

Además de la inmoralidad de las técnicas empleadas, la «inseminación in vitro» conlleva -por exigencias de seguridad- la implantación de varios óvulos, lo cual facilita la practica de «reducción embrionaria», o sea, la eliminación de uno o más óvulos fecundados. Asimismo, fomenta la práctica de la congelación de los óvulos sobrantes, la denominada «maternidad sustitutiva o de alquiler», etc. Es decir, una serie de prácticas que lesionan gravemente la dignidad de la vida humana. La Encíclica Evangelium vitae resume así el conjunto de razones que acreditan el juicio negativo sobre la reproducción artificial:

«Las distintas técnicas de reproducción artificial, que parecían puestas al servicio de la vida y que son practicadas no pocas veces con esta intención, en realidad dan pie a nuevos atentados contra la vida. Mas allá del hecho de que son moralmente inaceptables desde el momento en que separan la procreación del contexto integralmente humano del acto conyugal, estas técnicas registran altos porcentajes de fracaso. Este afecta no tanto a la fecundación como al desarrollo posterior del embrión, expuesto al riesgo de muerte por lo general en brevísimo tiempo.

Además, se producen con frecuencia embriones en número superior al necesario para su implantación en el seno de la mujer; y estos así llamados embriones supernumerarios son posteriormente suprimidos o utilizados para investigaciones que, bajo el pretexto del progreso científico o médico, reducen en realidad la vida humana a simple material biológico del que se puede disponer libremente» (EV 14).


NOTAS:

(1) Se la denomina FIV; abreviatura a partir de las letras titulares: Fecundacíón In Vitro o FlVET: Fecundación In Vitro Embrion Transfer.

(2) Cf. DVII. 51, en nota.

SIGLAS:

DV: Instrucción Donum vital

EV: Evangelium Vital

CEC: Catecismo Iglesia Católica

La Vida Don de Dios


quinto mandamiento, continuacion…..

Autor:; Ricardo Sada Fernandez

Johnathan Swift, el conocido autor de “Los viajes de Gulliver”, se ponía de luto y ayunaba el día de su cumpleaños. Haber nacido le parecía una auténtica desgracia. Pero como millones y millones de personas celebran su cumpleaños, no parece que hayamos de darle la razón el señor Swift. Haber nacido es una cosa buena y positiva; aún más, la vida no sólo es un bien, sino que es el bien más alto en el orden natural. El sentimiento contrario es pasajero, debido quizá a la enfermedad física o mental, o a las injusticias que los demás nos han causado.

Además, la vida no sólo es un bien, sino que además es un don, un regalo. Ese don nos ha sido dado (a través de nuestros padres) por Dios: sólo Dios es dueño de la vida. Cada alma es individual y personalmente creada por Dios y sólo Dios tiene derecho a decidir cuándo la infunde a un cuerpo y cuándo su tiempo de estancia en la tierra ha terminado.

Que la vida humana pertenece a Dios es tan evidente que la gravedad del homicidio -quitar injustamente la vida a otro- es aceptada universalmente por la sola ley de la razón entre los hombres de buena voluntad. La gravedad del pecado de suicidio -quitarse la vida de modo voluntario- es igualmente evidente.

Aunque la vida sea un bien tan grande, no es un bien absoluto. Por gravísimas razones, es lícito matar a otro, quitarle justamente su vida. Por ejemplo, si un agresor injusto amenaza mi vida o la de un tercero, y matarlo es el único modo de detenerlo, no peco si lo hago. De hecho, es permisible matar también cuando el criminal amenaza con tomar o destruir bienes de gran valor y no hay otra forma de pararlo. De ahí se sigue que los policías no atentan contra este mandamiento cuando, no pudiendo disuadir al delincuente de otra manera, lo privan de la existencia.

Está claro que el principio de defensa propia sólo se aplica cuando se es víctima de una agresión injusta. Nunca es lícito quitar la vida a un inocente para salvar la propia. Si estoy perdido con otro en el desierto y sólo hay agua para una persona, no puedo matarlo para conseguir así llegar hasta el oasis. Tampoco puede matarse directamente al niño en gestación para salvar la vida de su madre. El niño aún no nacido no es agresor injusto de la madre, y tiene derecho a vivir todo el tiempo que Dios le conceda. Destruir directa y deliberadamente su vida es un pecado de suma gravedad; es un asesinato y tiene, además, la malicia añadida del envío a la eternidad de un alma sin oportunidad de bautismo. Éste es otro de los pecados que la Iglesia trata de contener imponiendo la excomunión a todos los que sin su ayuda no se hubiera cometido el delito: no sólo a la madre, también a los médicos o enfermeras que lo realicen, a quien convenza a la madre o le facilite el dinero para ese fin.

Una extensión del principio de defensa personal se aplica a las naciones. Por ello, el soldado que combate por su país en una guerra justa no peca si mata. Una guerra es justa: a) si es una guerra defensiva, es decir, si la nación ve sus derechos o su territorio injustamente violados; b) si se recurre a ella en último extremo, una vez agotados todos los demás medios de dirimir la disputa; c) si se lleva a cabo según los dictados de la ley natural y la leyes internacionales, y d) si se suspende tan pronto como la nación agresora ofrece la satisfacción debida.

En la práctica resulta a veces muy difícil para el ciudadano medio decidir si la guerra en que su nación se embarca es justa o no. El ciudadano común suele no conocer todos los intríngulis de una situación internacional. De ahí que muchas veces deba esperar el juicio de la autoridad competente (los obispos o el Papa), para saber cómo actuar. No ha de olvidar, en todo caso, que incluso en una guerra justa se puede pecar por el uso injusto de los medios bélicos, como en caso de emplear armas biológicas que causen estragos al margen de objetivos de valor militar.

Ya que la vida no es nuestra, hemos de poner todos los medios razonables para preservar tanto la propia como la del prójimo. Es a todas luces evidente que pecamos si causamos deliberado daño físico a otros; y el pecado se hace mortal si el daño fuera grave. Por ello, las disputas en que se llega a las manos -a no ser que se trate de una agresión injusta-, son una falta contra el quinto mandamiento de la ley de Dios.

Lo que directa o indirectamente se relacione con la vida cae en el ámbito del quinto mandamiento. Podemos ir deduciendo de ello muchas consecuencias prácticas. Por ejemplo, es evidente que quien conduce un vehículo de modo imprudente, comete pecado grave, pues expone su vida y la de otros a un riesgo innecesario. Esto también se aplica al conductor que se encuentra atarantado por el alcohol. El conductor ebrio es criminal además de borracho. Ambos son pecados contra el quinto mandamiento, pues beber en exceso, igual que comer excesivamente, contraviene este precepto porque perjudica la salud, y porque la destemplanza causa fácilmente otros efectos nocivos. El pecado de embriaguez se hace mortal cuando de tal modo afecta al bebedor que ya no sabe lo que hace. Pero beber sin llegar a ese extremo también puede ser un pecado mortal por sus consecuencias malas: perjudicar la salud, revelar secretos o descuidar los deberes profesionales o familiares. Quien habitualmente toma bebidas alcohólicas en exceso y se considera libre de pecado porque conservó la noción de lo que hizo, normalmente se engaña a sí mismo; raras veces las bebidas alcohólicas no producen daño grave en el prójimo o en uno mismo.

El drogadicto peca gravemente contra este precepto de la ley de Dios. Ingiere la droga con el fin de recibir sensaciones o experiencias sin otro objeto que la satisfacción personal. Implica un arbitrario y arriesgado peligro, que priva al individuo de la función rectora de la razón y le produce perjuicios fisiológicos y psicológicos casi siempre graves e irreversibles. Es, sin ninguna justificación, un atentado contra la vida.

Al ser responsables ante Dios por la vida que nos ha dado, tenemos obligación de cuidar la salud dentro de límites razonables. Exponernos a peligros deliberados o innecesarios (como el alpinismo sin precauciones debidas), descuidar la atención médica (cuando sospechamos tener una enfermedad seria), descuidar el necesario descanso (no dormir o no comer lo debido), es faltar a nuestros deberes como administradores de algo que es de Dios.

Un principio básico sobre este precepto es que la vida de todo el cuerpo es más importante que la de cualquiera de sus partes. En consecuencia, es lícito extirpar un órgano para conservar la vida. La amputación de un brazo gangrenado o de una matriz cancerosa está justificada moralmente. Sin embargo, mutilar el cuerpo innecesariamente es pecado, y pecado mortal si la mutilación es seria en sí o en sus efectos. Aquella persona que voluntariamente se somete a una intervención quirúrgica con el único fin de quedar estéril, incurre en un pecado mortal, igual que el cirujano que la realiza, sean cuales fueren las circunstancias del caso concreto. También se incluye dentro de este precepto la “eutanasia” (matar a un enfermo incurable para acabar con sus sufrimientos). La eutanasia es pecado grave, aunque el mismo paciente la pida. Si una enfermedad incurable es parte de la providencia de Dios para mí, ni yo ni nadie tiene derecho a impugnarla. La vida es de Dios, y sólo Él determina cuando llega a su fin.

¿Fecundación igual a procreación?


Del quinto mandamiento. Continuación…..

Ricardo Sada Fernandez

El 25 de julio de 1978 vio la luz del mundo en la clínica Oldham de Londres, tras un parto cesáreo, Louise Brown, el primer ser humano fecundado en probeta. Pocos meses después nace en Australia por el mismo método otra niña; en mayo de 1981 nace Amandine -el primer caso en Francia-, y en diciembre del mismo año tiene lugar un hecho similar en Estados Unidos. Desde entonces, el método de la fecundación del óvulo humano y de la posterior transferencia de ese óvulo fecundado al útero de la madre (FIVET= Fecundación in vitro con embryo transfer) ha originado ya millares de nacimientos.

En un primer momento podríamos pensar que se trata de un gozoso acontecimiento para la humanidad: sería ésta la solución para algunos matrimonios incapaces de procrear por métodos naturales. Pero las implicaciones morales, psicológicas, sociales y legales nos vendrán a decir que en realidad se trata de una de las mayores aberraciones que se han llevado a cabo en la historia de la humanidad. Veamos por qué.

La FIVET implica de hecho, en varias de sus fases y bajo diversas modalidades, la muerte de embriones humanos. Esa pérdida de vidas humanas se produce tanto en los primeros momentos del embrión, como cuando se transfiere, pero no se llega a implantar, en el útero de la mujer. Deliberadamente el equipo médico lo aborta si ese embrión se ha producido con malformaciones. Sabemos que la vida humana no puede ser objeto de experimentación (como si se tratara de ratones de hámster) para el progreso de la medicina ni para el beneficio de terceras personas. Este principio moral se extiende a toda la vida humana inocente a partir del mismo instante en que comienza.

Al principio, la FIVET se presentó como una técnica para solucionar los casos límites de infertilidad. Buscando no herir la sensibilidad de la gente, se hablaba sólo de FIVET homóloga (es decir, usando sólo gametos de los esposos para la fecundación in vitro e implantando el embrión en el útero de la esposa) -que tampoco es lícita moralmente-, pero ahora se usa indiscriminadamente todo tipo de combinaciones entre gametos del marido o del donante, el óvulo de la esposa o de la donante, implantación en el útero de la madre o el recurso a una “madre alquiler” (en total, si tenemos tiempo de contar, nos saldrían ocho posibles combinaciones). Junto a ello, se plantea el gran desorden moral de los métodos utilizados para las fases previas de la fecundación (por ejemplo, la masturbación, e incluso prácticas aberrantes como unir -destruyéndolos a continuación- gametos masculinos con óvulos de hámster, para determinar si la infertilidad se debe al hombre o a la mujer).

Naturalmente se siguen de esas prácticas tres formas de manipulación biológica o genética que no alcanzarían a imaginar hace unas décadas los autores de ciencia-ficción o los médicos de Hitler: no sólo, como dijimos, intentos de fecundación entre gametos humanos y animales (¿un hombre lobo real?), o gestación de embriones en úteros de animales (¿a alguien le agradaría haber sido llevado y parido por una yegua o una chimpancé?), sino también las intervenciones sobre el patrimonio cromosómico con el fin de seleccionar ciertas cualidades que los padres desearían ver en sus hijos (o los monstruos incontrolables que se originarían por fallas técnicas).

Veintidós años antes de que naciera Louise Brown, el Papa Pío XII alzó su voz para frenar esos intentos que apenas iniciaban. Dijo entonces: “Respecto a los intentos de fecundación in vitro, nos basta observar que se los debe excluir como inmorales y absolutamente ilícitos” (Discurso, 19-V-1956). Y desde entonces, como lo que está en juego es la dignidad e inviolabilidad de la vida humana, la Iglesia no ha callado su voz. Juan Pablo II fue concluyente: “Condeno del modo más explícito y formal las manipulaciones experimentales del embrión humano, porque el ser humano, desde su concepción hasta la muerte, nunca puede ser instrumentalizado para ningún fin” (Discurso, 23-X-1982). Y, como esta aberración no ha hecho más que proliferar abundantemente en los cinco continentes, el Magisterio emitió un documento concluyente el 22 de febrero de 1987: “Donum vitae, sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación”.

“De acuerdo”, podría decirnos un médico progresista con restos de sentido común, “pero dentro de poco las técnicas estarán a tal grado perfeccionadas que ya no se perderán los embriones ni se producirán malformaciones en ellos. Entonces sí la moral no tendrá nada que objetar al FIVET”. Suponiendo que lo anterior se llegara a dar, Dios (no la Iglesia) aún seguiría condenando tal práctica. Veamos la razón.

El hombre es la única criatura de este mundo a la que Dios quiere por sí mismo. Es tal su dignidad que llega a la existencia gracias al acto creador de Dios que infunde un alma espiritual e inmortal al cuerpo concebido por los padres. El amor divino concurre al amor humano de modo que éste es elevado al orden mismo de la creación. Por eso se habla de pro-creación. La sexualidad humana se distingue de la sexualidad animal en que no sólo se ordena a la trasmisión de la vida, sino también al amor. La unión sexual en el hombre es la expresión de una previa unión afectiva y espiritual, por la que el hombre y la mujer se entregan mutuamente de modo total, exclusivo y definitivo. La donación física sería falsa y egoísta si no respondiera a una previa donación afectiva y espiritual, de la que se excluye todo tipo de reserva presente o futura, y por la que el hombre y la mujer -antes de ser una sola carne, como dice crudamente el libro del Génesis- son un solo espíritu, un solo corazón, una sola vida, un solo destino.

Así pues, la procreación y la unión conyugal son dos bienes que funden sus raíces en el valor de la persona. La inseparabilidad de estos dos aspectos pertenece a la ley natural y al orden moral revelado por Dios: “En el acto conyugal no es lícito separar artificialmente el significado unitivo del significado procreador, porque uno y otro pertenecen a la verdad íntima del acto conyugal: uno se realiza juntamente con el otro y, en cierto sentido el uno a través del otro” (Juan Pablo II, Alocución, 22-VIII-84).

En la fecundación in vitro el acto que origina la vida humana no es el acto de amor conyugal, no procede de la unión psicológica y espiritual de las dos personas sino que depende de los operadores técnicos. El niño que va a nacer ha de ser respetado y reconocido como igual en dignidad personal a aquellos que le dan la vida, ya que ha de ser fruto de la auténtica donación de sus padres y no producto de la tecnología científica, objeto de producción y adquisición, sujeto al control de calidad, al uso o al rechazo.

Diagnóstico Prenatal


Aurelio Fernandez

El quinto mandamiento de la ley de Dios.. continuación….

Los avances médicos permiten detectar algunas anormalidades del feto, que en ocasiones pueden ser tratadas y mejoradas con el auxilio de la medicina. Es valido que, si la técnica dispone de medios para mejorar y sanar al ser humano aun antes de nacer, deben ser aplicados, con tal de que se respete la vida del no nacido y se busque su salud. En consecuencia, por motivos terapéuticos cabe llevar a cabo investigaciones prenatales en caso de que no suponga riesgos desproporcionados ni para el feto ni para la madre.

Como es lógico, esas condiciones deben ser juzgadas por la recta conciencia del médico, previo consentimiento de los padres. Los criterios éticos los explicita la Encíclica HV. Evangelium vitae lo hace en estos términos:

«Una atención especial merece la valoración moral de las técnicas de diagnostico prenatal que permiten identificar precozmente eventuales anomalías del niño por nacer. En efecto, por la complejidad de esta valoración debe hacerse muy cuidadosa y articuladamente. Estas técnicas son moralmente lícitas cuando están exentas de riesgos desproporcionados para el niño la madre y están orientadas a posibilitar una terapia precoz o también a favorecer una serena y consciente aceptación del niño por nacer. Pero, dado que las posibilidades de curación antes del nacimiento son hoy todavía escasas, sucede no pocas veces que estas técnicas se ponen al servicio de una mentalidad eugenésica, que acepta el aborto selectivo para impedir el nacimiento de niños afectados por varios tipos de anomalías.

Semejante mentalidad es ignominiosa y totalmente reprobable, porque pretende medir el valor de una vida humana siguiendo solo parámetros de ‘normalidad’ y de bienestar físico, abriendo así el camino a la legitimación incluso del infanticidio y de la eutanasia» (EV 63; cfr. 14) (1).

La mujer que solicita un diagnóstico con la decidida intención de proceder al aborto, en el caso de que haya malformación, comete una acción gravemente ilícita (cf. DV 34).

Pero la denominada «ingeniería genética» puede llevar a cabo algunos experimentos que manipulen la vida del embrión y lesionen su dignidad, por lo que deben ser rechazados. También de este tema se ha ocupado el Magisterio:

«Las técnicas de fecundación in vitro pueden hacer posibles otras formas de manipulación biológica o genética de embriones humanos, como son.: los intentos y proyectos de fecundación entre gametos humanos y animales; y la gestación de embriones humanos en útero de animales; y la hipótesis y el proyecto de construcci6n de úteros artificiales para el embrión humano. Estos procedimientos son contrarios a la dignidad del ser humano propia del embrión y, al mismo tiempo, lesionan el derecho de la persona a ser concebida y a nacer en el matrimonio y del matrimonio. También los intentos y las hipótesis de obtener un ser humano sin conexión alguna con la sexualidad mediante “fisión gemelar”, clonación, partenogénesis, deben ser considerados contrarios a la moral en cuanto que están en contraste con la dignidad tanto de la procreación humana como de la unión conyugal” (DV 1,6).


Nota:

(1) Como enseña Juan Pablo II, “el medico, antes de todo. Deberá valorar atentamente las posibles consecuencias negativas que el uso necesario de una determinada técnica de exploración puede tener sobre el ser concebido, y evitará el recurso a procedimientos diagnósticos de cuya honesta finalidad y sustancial inocuidad no se poseen suficientes garantías”. DV, nota 25. Cf. Discurso de Juan Pablo II 3-Xl-1982.


SIGLAS:

CEC: Catecismo Iglesia Católica
HV: Humanae Vitae
DV: Instrucción Donum vitae
EV: Evangelium Vitae

El respeto a la integridad corporal: la Esterilización


de Aurelio Fenandez

Esterilizar es la intervención en algunos de los órganos de reproducción con el fin de privar al hombre o a la mujer de la facultad procreativa.

La esterilización puede ser directa o indirecta; física y química; temporal y perpetua.

a) Esterilización indirecta

Es la que se sigue, tanto en el hombre como en la mujer, de una intervención quirúrgica o de terapias químicas que es preciso llevar a cabo porque peligra su salud. Para la licitud se requiere que concurran estas tres condiciones:

-que el órgano produzca un daño serio o sea una amenaza para el organismo;

-que dicho daño no se pueda evitar mas que mediante la extirpación o anulación de dicho órgano;

-que la mutilación compense el bien que se espera alcanzar.

La razón de la licitud es el «principio de totalidad»; es decir, es lícito eliminar un miembro en favor de la salud de todo el cuerpo. A este principio recurre Pío XII, y concluye: «Esta extirpación no ocasiona objeción alguna bajo el punto de vista moral» (1)

b) Esterilización directa

La esterilización directa es la que tiene como objetivo eliminar un órgano productivo con el fin de evitar la generación de una nueva vida. Puede llevarse a cabo de diversos modos. La más común en el varón se realiza mediante la vasectomía o simple sección o interrupción del conducto deferente que imposibilita la emisión de esperma fértil. La esterilidad directa femenina se hace mediante el ligamento de las trompas de Falopio que impide el encuentro entre el espermatozoide y el óvulo.

La vasectomía es una intervención de microcirugía, pues se lleva a cabo en ambulatorios, con anestesia local. El ligamento de trompas es también una simple operación quirúrgica. Ello explica que cada día sea mas frecuente entre quienes evitan tener hijos. Pero la esterilización, además de representar una verdadera mutilación, priva al hombre y a la mujer de su capacidad procreadora. De aquí la condena por parte del Magisterio.


Así se expresaba Pío XII:

«Sería mucho más que una simple falta de prontitud para el servicio de la vida si el atentado del hombre no fuera solo contra un acto singular, sino que atacase al organismo mismo, con el fin de privarlo, por medio de la esterilización, de la facultad de procrear una nueva vida. También aquí tenéis para vuestra conducta interna y externa una clara norma en las enseñanzas de la Iglesia. La esterilización directa -esto es, la que tiende, como medio o como fin, a hacer imposible la procreación- es una grave violación de la ley moral y por lo tanto, ilícita» (2).

Algunos moralistas se separan de esta enseñanza magisterial, pues juzgan que, cuando fallan otros medios para vivir la «paternidad responsable»; los esposos podrían recurrir a la esterilización como ultimo recurso. Pues bien, la Congregación para la Doctrina de la Fe emitió un documento en que rechaza esta teoría y condena todo tipo de esterilización directa:

«Cualquier esterilización que por sí misma o por su naturaleza y condiciones propias, tiene por objeto inmediato que la facultad generativa quede incapacitada para la procreación, se debe retener como esterilización directa (…). Por lo tanto queda absolutamente prohibida, independientemente de la recta intención subjetiva de los agentes para proveer la salud o para prevenir un mal físico o psíquico que se prevé o se teme derivará en embarazo. Ciertamente está mas gravemente prohibida la esterilización de la misma facultad que la de un acto, ya que la primera conlleva un estado de esterilidad, casi siempre irreversible. Y la autoridad publica no puede invocar, de ninguna manera, su necesidad para el bien común, porque sería lesivo para la dignidad e inviolabilidad de la persona humana. Igualmente, no se puede invocar en este caso el principio de totalidad, por el que se justifican las intervenciones sobre los órganos para un mayor bien de la persona; de hecho, la esterilidad por sí misma no se dirige al bien integral rectamente entendido de la persona (…), si no que daña su bien ético, que es supremo, al privar deliberadamente de un elemento esencia la prevista y libremente elegida actividad sexual» (3).


NOTAS:

(1) (PÍO XII, Discurso 8-X-1953, «Ecclesia» 641 (1953) 461. Pero, según las enseñanzas del Papa, no está permitida la mal llamada «esterilización preventiva», o sea en previsión de un embarazo en una mujer afectada, por ejemplo, de una cardiopatía.)

(2) (PÍO XII, Alocución a las comadronas, 20. (29-X-1951), “Ecclesia” 539 (1951) 520. La misma enseñanza se repite en documentos posteriores.)

(3) CONGREGACIÓN PARA LA DCCTRINA DE LA FE, Sobre la esterilización (13-111-1975). «Ecclesia,. 1821 (1977) 71. Cf. «Humanae vitae, 14.

Temas morales que se originan en el estadio final de la vida, antes de consumarse en la muerte


de Aurelio Fernández

La eutanasia

La vida del hombre sobre la tierra esta determinada en el tiempo. El hombre y la mujer clausuran su estadio terrestre con la muerte. Al colofón de la muerte, con frecuencia, le acompaña la enfermedad y el dolor. El dolor representa una de las grandes aporías de la existencia del hombre, hasta el punto que, como enseña el Concilio Vaticano II, «la violenta protesta contra el mal es una de las causas del ateismo moderno (GS 19).

Dado que la enfermedad y el dolor son un hecho frecuente en la vida humana, cada persona ha de saber asumir los ritmos de salud y enfermedad que se alternan a lo largo de su biografía. La imitación de Jesucristo y su invitación para seguirle en la cruz es el camino que debe guiar al cristiano cuando le sorprenda la enfermedad y con ella aparezca el dolor.

Pero es un hecho que, si en todas las épocas el dolor ha sido un enigma y una sobrecarga, parece que nuestra época –falta de fe y con una palpable pasión por el placer- está menos preparada para descubrir el sentido del sufrimiento. Así se apuesta por eliminarlo cuando la existencia propia o ajena empieza a deteriorarse. De ahí, la defensa de la «muerte dulce», tal como se entiende la eutanasia.

La Encíclica «Evangelium vitae» define así la eutanasia: «Es una acción o una omisión que, por su naturaleza y en la intención, causa la muerte con el fin de eliminar cualquier dolor» (EV 65). Y este documento magisterial concluye: «La eutanasia se sitúa, pues, en el nivel de las intenciones o de los métodos usados». En consecuencia, para que pueda hablarse de eutanasia se requiere:

– tener la intención de provocar la muerte del enfermo y que se pongan los medios adecuados para conseguirla;

– aplicar los mecanismos que causen la muerte o que se omitan los medios normales y proporcionados para obtener la salud del enfermo;

– que estas medidas se tomen, precisamente, para eliminar el dolor.

Cabe distinguir la «autoeutanasia», que es la que reclama el mismo paciente, bien se la aplique a si mismo el sujeto o autorice a otra persona (incluido el medico) para que su muerte se lleve a término en las condiciones por él dispuestas.


La «heteroeutanasia» es la provocada por otro, sin la autorización del sujeto.

La «autoeutanasia» provocada es siempre un mal y un pecado grave, por cuanto el hombre se constituye en dueño absoluto de su vida, cuya pertenencia es exclusiva de Dios. La “heteroeutanasia”, además de ser un pecado grave, lesiona también gravemente la justicia, dado que se dispone de la vida de otra persona.

Es claro que el hombre tiene derecho a vivir y a morir dignamente, por cuanto no todo acto decisorio sobre el último momento de la existencia terrena puede considerarse como «eutanasia». En efecto, cuando la vida está seriamente amenazada y se inicia el estado terminal, el enfermo no está obligado a emplear medios desproporcionados, aunque, al rehuir tales medios, puede adelantar el momento de su óbito. Tal situación, cuando se dan las condiciones debidas, no se considera como eutanasia, sino que en este caso entra en juego el principio ético de “morir dignamente”. El derecho a morir con dignidad se fundamenta en la propia condición de la persona. Es el rechazo de la «distanasia», que así se denomina el intento de alargar la vida más de lo debido con medios extraordinarios o desproporcionados. La moral católica rechaza el «ensañamiento terapéutico» (EV 65).

Ante el riesgo de una mentalidad favorable a la eutanasia, alimentada por argumentaciones que conmueven la sensibilidad, la Iglesia -que subraya el derecho que tiene el hombre a una muerte digna- condena de continuo la eutanasia. Juan Pablo II lo hizo con esta fórmula tan solemne:

“De acuerdo con el Magisterio de mis Predecesores y en comunión con los Obispos de la Iglesia Católica, confirmo que la eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario universal» (EV65).

Esta doctrina ha de considerarse coma una verdad enseñada coma definitiva, que coma tal debe ser profesada por el cristiano” (1).


Respeto debido a los muertos

La dignidad del hombre, tal como es reconocida por la antropología cristiana, y la grandeza de la vida vivida, son las razones por las que el cristianismo mantiene el respeto al cadáver. Además, el cristianismo profesa como dogma central la resurrección de los cuerpos. Por ello, afirma que los «cuerpos de los difuntos deben ser tratados con respeto y caridad en la fe y la esperanza de la resurrección» (CEC 2300).

De ahí la costumbre de enterrar piadosamente a los muertos, tal como se menciona ya en el libro de Tobías (Tb 1,16-18). La Iglesia interpreta este gesto como «una obra de misericordia corporal».

En cuanto a los nuevos usos de la incineración, el Catecismo de la Iglesia Católica enseña: «La Iglesia permite la incineración cuando con ella no se cuestiona la fe en la resurrección del cuerpo» (CEC2301).

Si la vida concebida y aun no nacida merece el respeto máximo, es lógico que tanto el individuo como la colectividad social respeten también la vida nacida. De ahí la condena de cualquier violación de la existencia humana. Por ello no se debe «objetivar» al hombre, tratándole como a un objeto, aunque se le considere un «objeto valioso». Consecuentemente, cualquier tipo de violación de la dignidad de la persona humana ha de ser juzgado como un acto inmoral por excelencia.



Nota:

(1) Cf. Carta Apostólica Ad tuendam fidem, n. 3 y 4-2° (18-V-1998).

SIGLAS:

CEC: Catecismo Iglesia Católica
HV: Humanae Vitae
DV: Instrucción Donum vitae
EV: Evangelium Vitae

Problemas éticos que se originan para conservar la vida ya nacida


Del Quinto Mandamiento….. No mataras

Continuacion…..

Autor: Aurelio Fernández

Homicidio

Homicidio es producir voluntariamente la muerte injusta del inocente. Causar voluntariamente la muerte de un inocente es siempre una injusticia, por ello es el género de muerte que prohíbe, directamente, el quinto mandamiento. Si la vida es el don personal por excelencia, es lógico que nadie pueda disponer de la vida ajena. Es de admirar la contundencia con que la Biblia condena la muerte de un inocente, hasta el punto que ya el Génesis advierte que “quien vierte la sangre inocente, verá su propia sangre vertida” (Gn 9,6).

La gravedad del pecado de homicidio fue siempre recordada a los cristianos de todos los tiempos. La primera tradición condenó este tipo de crimen, al cual, junto con la idolatría, se le denominaba «pecado imperdonable». Incluso, cuando se admitía la pena de muerte, se prohibía que un particular pretendiese aplicar justicia, porque tal acto sería un homicidio. San Agustín escribió:

“El que matare al malhechor sin tener administración pública, será juzgado como homicida; y tanto más, cuanto que no temió usurpar una potestad que Dios no le había concedido”(1).

Y el Catecismo de la Iglesia Católica enseña:

«El quinto mandamiento condena como gravemente pecaminoso el homicidio directo y voluntario. El que mata y los que cooperan voluntariamente con el cometen un pecado que clama venganza del cielo» (CEC 2268).

El terrorismo

Cercano a la gravedad del homicidio se sitúa el terrorismo, máxime cuando va acompañado de la muerte de uno o muchos inocentes. Como enseña el Catecismo de la: Iglesia Católica, «el terrorismo que amenaza, hiere y mata sin discriminación es gravemente contrario a la justicia y a la caridad» (CEC 2297).

La Conferencia Episcopal Española define el terrorismo: «El propósito de matar y destruir indistintamente hombres y bienes, mediante el uso sistemático del terror con una intención ideológica totalitaria».

Además los obispos españoles hacen constar que un elemento fundamental de la actividad terrorista es tratar de eludir el juicio moral justificándolo ideológicamente. Y añaden que el terrorismo es intrínsecamente perverso, nunca justificable, y genera una estructura de pecado que busca dos efectos directos y negativos: el miedo y el odio.

A estos graves delitos que causa el terrorismo -secuestros, heridos, muertes,-, hay que añadir otra serie de males que le acompañan: inseguridad social, amenaza a la libertad ciudadana, odio, venganza, etc. Por eso, nada hay que pueda justificar este fenómeno que cabe calificar como delito público, pues es especialmente perturbador de la convivencia social. Juan Pablo II lo condena con estas gravísimas acusaciones:

«La violencia es una mentira, porque va contra la verdad de nuestra fe, la verdad de nuestra humanidad. La violencia destruye lo que pretende defender: la dignidad; la vida, la libertad del ser humano. Este lenguaje no es ambiguo ni equívoco: la violencia es un error, es una mentira, es un engaño, es un crimen, es indigna del hombre y quienes tratan de justificarla carecen de sentido moral»(2).

En la condena y lucha contra el terrorismo se ha de practicar justicia y se ha de evitar la venganza. Es claro que la maldad intrínseca del terrorismo y las graves injusticias que puede provocar en el individuo yen la colectividad social el deseo de reprimirlo por medios ilícitos, con lo que se corre el riesgo de dar rienda suelta al sentimiento de venganza. Pero, si algo está claro en el Evangelio es el amor al enemigo, lo que invalida cualquier justificación del recurso a la fuerza vengativa para luchar contra el terrorismo. El Evangelio no deja lugar alguno para la venganza, dado que Jesús eliminó la vieja “ley del talión”, (Mt 5, 38-42).

Tortura

Tortura es el uso de la fuerza física o de la violencia moral para arrancar confesiones, castigar a los culpables, intimidar a los que se oponen o satisfacer el odio.

El juicio moral sobre la tortura, históricamente, ha ido unido al tema sobre la licitud de la pena de muerte. Por eso, al ritmo en que se admitía la condena a la pena capital, también se reconocía que, en ciertas circunstancias, se justificaba la tortura. Incluso, la moral cristiana la legitimó con el fin de obtener información o de infringir un castigo.

Por el contrario, entre los autores actuales de la moral católica se da plena unanimidad en condenarla sin paliativos. El Catecismo de la Iglesia Católica emite este juicio, en el que hace historia de esta doctrina y enuncia las razones de este cambio sobre la valoración moral de la tortura:

«En tiempos pasados, se recurrió de modo ordinario a prácticas crueles por parte de autoridades legítimas para mantener la ley y el orden, con frecuencia sin protesta de los pastores de la Iglesia, que incluso adoptaron en sus propios tribunales las prescripciones del derecho romano sobre la tortura. Junto a estos hechos lamentables, la Iglesia ha enseñado siempre el deber de clemencia y misericordia; prohibió a los clérigos derramar sangre. En tiempos recientes se ha hecho evidente que estas prácticas crueles no eran ni necesarias para el orden público ni conformes a los derechos legítimos de la persona humana. Al contrario, estas prácticas conducen a las peores degradaciones. Es preciso esforzarse por su abolición, y orar por las víctimas y sus verdugos” (CEC 2298).

El recurso ala tortura para alcanzar confesiones es considerado por la moral cristiana como una grave ofensa hecha al hombre que la padece, como también enseña el Catecismo:

«La tortura, que usa de violencia física o moral, para arrancar confesiones, para castigar a los culpables, intimidar a los que se oponen, satisfacer el odio, es contraria al respeto de la persona y de la dignidad humana» (CEC 2297).

La legítima defensa

Al imperativo «no matar» del quinto mandamiento no se opone la «legítima defensa», de la cual puede seguirse la muerte del injusto agresor. El hombre no es dueño absoluto de su vida, si no que debe conservarla y defenderla. De ahí que, cuando sea atacado con peligro de su propia vida, tenga la obligación de defenderse contra el agresor. Ahora bien, en la autodefensa puede ocasionar la muerte del que injustamente le agrede.


Para que pueda hablarse la “legítima defensa” se requieren estas condiciones:

1. Que el agresor intente causar un mal muy grave, por ejemplo, la muerte, heridas o mutilación importantes, la violación sexual, intento de secuestro, pérdida de bienes cuantiosos de fortuna… No se considera «agresión injusta» la calumnia, aunque comporte la pérdida de la fama.

2. Debe tratarse de verdadera agresión física; no son suficientes las amenazas, a no ser que se este seguro de que tales amenazas son el preludio de la agresión. Tampoco vale la defensa de una agresión futura.

3. Que la agresión sea, en verdad, “injusta”; no lo es, si quien “arremete” es un miembro de la policía, por ejemplo, dado que lo hace por deber y no injustamente.

4. Para defenderse legítimamente no se requiere que el agresor lo haga de modo voluntario. Cabe la legitima defensa contra un loco, un borracho o un drogadicto.

5. La defensa es legítima si el agredido no tiene otro medio para defenderse, pero no se justifica si, por ejemplo, puede huir.

6. Que la reacción defensiva sea inmediata a la agresión, pues si se hace después, ya no es «defensa», sino que se convierte en venganza.

7. Finalmente, se requiere que no se exceda en causar daño al agresor, de forma que, si puede herirle, no debe ocasionarle la muerte. Es decir, la propia defensa debe guardar “la moderación debida”. Esta última condición no es fácil de precisar, dado que el estado de miedo y nerviosismo impide hacer un juicio ecuánime de la situación.

La muerte del injusto agresor no supone una excepción al quinto mandamiento, pues el «no matarás» se entiende sólo causar voluntariamente la muerte de un inocente; es decir, condena el «homicidio».


Los trasplantes

Desde hace ya bastantes años, los avances de la medicina logran la sustitución de miembros enfermos por otros sanos. Pues bien, el deber de mantener y defender la vida personal, permite al individuo someterse a la operación de un trasplante de órgano.

Existen diversos tipos de trasplantes: Autotrasplante o implantación de tejido u órganos del mismo cuerpo del paciente. Heterotrasplante o implantación de un órgano de un cuerpo ajeno al propio. Este tipo de trasplante puede ser homólogo, o sea, de un miembro de un hombre a otro hombre y heterólogo, es decir, de un animal al hombre. También es preciso distinguir entre el trasplante de un órgano vital o de un órgano secundario del cuerpo humano. Finalmente, el trasplante puede ser entre vivos o de muerto a vivo, según que el órgano trasplantado procede de una persona aun viva o se asuma de un cadáver.

La ética admite toda esta clase de trasplantes. Sin embargo, se rechaza el trasplante de órganos de animales que puedan influir directamente en el organismo humano, como pueden ser las glándulas sexuales. También puede haber reparos en trasplantes de partes decisivas del cerebro. Para el trasplante de una persona viva se requiere que ofrezca total garantía, máxime si se trata de trasplantar un órgano vital.

La licitud de este género de operaciones ha sido confirmada desde el momento en que la medicina logró los primeros trasplantes. Pío XII se adelantó no sólo a admitir la licitud, sino que los justifica a partir de este principio: «El cadáver ya no es, en sentido propio, un sujeto de derechos…, porque se halla privado de personalidad» (3). Perfeccionada la técnica, se multiplican los testimonios magisteriales que afirman su licitud. Por ejemplo, La Comisión Pastoral de la Conferencia Episcopal Española escribe:

«Esto que decimos hoy, y que ya anteriormente otros obispos dispusieron, no es ninguna novedad en el pensamiento de la Iglesia: lo expreso ya Pío XII en el momento en que los primeros trasplantes o transfusiones se hicieron. Lo han repetido los pontífices posteriores. Muy recientemente, Juan Pablo II ha dicho que vela en ese gesto de la donación no solo la ayuda a un paciente concreto, sino «un regalo al Señor paciente, que en su pasión se ha dado en su totalidad y ha derramado su sangre para la salvación de los hombres”. Es, ciertamente, al mismo Cristo a quien toda donación se hace, ya que El nos aseguró que «lo que hiciéramos a uno de estos mis pequeñuelos conmigo lo hacéis» (Mt 25,40). ¿Y quién mas pequeñuelo que el enfermo?».

Seguidamente, los obispos de España animan a los cristianos a que faciliten el trasplante de órganos y a que vivan una cristiana solidaridad:

«Cumplidas esta condiciones, no solo no tiene la fe nada contra tal donación, sino que la Iglesia ve en ella una preciosa forma de imitar a Jesús, que dio la vida por los demás. Tal vez en ninguna otra acción se alcancen tales niveles de ejercicio de fraternidad. En ella nos acercamos al amor gratuito y eficaz que Dios siente hacia nosotros. Es un ejemplo vivo de solidaridad. Es la prueba visible de que el cuerpo de los hombres puede morir, pero que el amor que los sostiene no muere jamás”(4).

Investigación científica

La ciencia médica en buena medida avanza al ritmo en que se llevan a cabo las experiencias clínicas. A este respecto, los diversos Códigos Éticos regulan estas investigaciones con el fin de evitar algunos excesos que cabe llevar a término. Por ejemplo, la Declaración de Tokio (1975) dicta las siguientes criterios éticos:

“La investigación biomédica en seres humanos no puede legítimamente realizarse a menos que la importancia de su objetivo mantenga una proporción con el riesgo inherente al individuo” (I, 4).

«Cada proyecto de investigación biomédica en seres humanos debe ser precedido por un cuidadoso estudio de los riesgos predecibles, en comparación con los beneficios posibles para el individuo o para otros individuos. La preocupación por el interés del individuo debe siempre prevalecer sobre los intereses de la ciencia y de la sociedad» (I, 6).

“Los médicos deben abstenerse de realizar proyectos de investigación en seres humanos si los riesgos inherentes son impronosticables. Deben asimismo interrumpir cualquier experimento que señale que los riesgos son mayores que los posibles beneficios” (I, 7).

«Cualquier investigación en seres humanos debe ser precedida por la: información adecuada a cada voluntario de los objetivos, métodos, posibles beneficios, riesgos previsibles e incomodidades que el experimento puede implicar (…). El médico debiera entonces obtener el consentimiento voluntario y consciente del individuo, preferiblemente por escrito” (I, 9).

«En la investigación en seres humanos, jamás debe darse precedencia a los intereses de la ciencia y de la sociedad antes que al bienestar del individuo” (III, 4).

Esta normativa de la Asamblea Mundial de Tokio se repite en otros Documentos posteriores. España emitió un Real Decreto acerca de la experimentación de medicamentos(5).

En este tema se aúnan la legalidad y la moralidad. En efecto, la Teología Moral asume y en parte se ajusta a estos criterios éticos de los científicos y apenas tiene que añadir a esos principios técnicos más que el fundamento moral, el cual deriva de la peculiar concepción del hombre, como criatura hecha a imagen de Dios. Además, en ocasiones ayuda al medico a emitir un juicio ético mas seguro. Ya Pío XII lo ponía de relieve:

«El medico serio y competente veri con frecuencia con una especie de incuici6n espontánea la licitud moral de la acción que se propone y obrar según su conciencia. Pero se presentan cambien posibilidades de acción en que no existe esta seguridad, o cal vez el ve o cree ver con certeza lo contrario; o bien duda y oscila entre el “si” y el “no”. El «hombre» dentro del «médico», en lo que tiene de mas serio y de mis profundo, no se contenta con examinar desde el punto de vista médico lo que puede intentar y conseguir; quiere cambien ver claro en la cuestión de las posibilidades y obligaciones morales»(6).

Pero, en la medida en que los experimentos médicos siguieron otra ruta, el magisterio insistió en que debía atenderse no sólo a las posibilidades técnicas, sino que el científico también ha de considerar si se adecuan a no a los principios éticos. Para alcanzar este fin, ya Pío XII asentó tres principios que deben regular la experimentación médica: el interés de la ciencia, el bien del paciente y el beneficio que reporta para el bien común de la humanidad.

– El interés de la ciencia medica como justificación de fa investigación. El Papa subraya el valor de los adelantos científicos, pero señala que el simple avance de la ciencia no es un valor absoluto, pues «la ciencia misma, igual que su investigación y su adquisición, deben asentarse en el orden de los valores». En efecto, en la escala de la salud el lugar supremo lo ocupa no el saber científico, sino el hombre, a quien la ciencia medica debe servir. Esta graduación es el aval de toda axiología (nn. 5-6).

– El bien del paciente puede justificar los nuevos métodos médicos de investigación tratamiento. Si bien la experimentación científica ha de estar a favor de la salud del enfermo, este principio tiene también una limitación, pues «no es por si mismo ni suficiente ni determinante». El Papa aduce aquí un principio de la antropología cristiana: el hombre no es dueño absoluto de su vida, por lo que no puede disponer a capricho de ella: «El paciente está ligado a la teleología inmanente fijada por la Naturaleza. El posee el derecho de «uso» limitado por la finalidad natural de las facultades y de las fuerzas de su naturaleza humana. Porque es usufructuario y no propietario, no tiene poder ilimitado para poner actos de carácter anatómico o funcional». (nn. 8-10).

– El interés de fa comunidad. Es decir, la aplicación de nuevas técnicas está también subordinada al bien común de la entera sociedad. En efecto, se han de valorar los bienes físicos y morales que se seguirán para el futuro de la humanidad. Juan Pablo II insiste en que todas las experiencias médicas han de tener a la vista la dignidad de la persona humana, o sea, han de valorar la consideración del hombre como hijo de Dios (7).

El respeto de la salud. El alcoholismo y la drogadicción

El hombre y la mujer tienen la grave obligación de cuidar la salud: la vida es un don de Dios que el hombre debe agradecer y cuidar con esmero. Este deber es doble: poner los medios necesarios para recuperar la salud en caso de enfermedad y evitar los excesos que le causan algún deterioro al cuerpo o a la propia psicología.

Fuera de las comunes enfermedades que afectan al organismo y al psiquismo humanos, las causas mas frecuentes que ocasionan mal a la salud son el alcoholismo y el uso de las drogas. En efecto, estos dos abusos son hoy ocasión frecuente del quebranto de la salud, especialmente entre los jóvenes.

Ya el Antiguo Testamento prevenía contra el abuso del alcohol. El Profeta Isaías advertía de los riesgos del alcoholismo:

“También los sacerdotes y profetas desatinan por el licor, se ahogan en vino, divagan por causa del licor, desatinan en sus visiones, titubean en sus decisiones. Porque todas sus mesas están cubiertas de vómito asqueroso sin respetar sitio» (Is 28,7-8).

Además, el abuso del vino es origen de no pocos desencantos familiares y es ocasión de la pobreza: el Eclesiástico sentenció: “Un obrero bebedor nunca se enriquecerá» (Eccl 19,1).

El alcoholismo es un pecado grave, por cuanto daña la salud y disminuye o anula las facultades intelectuales del hombre y de la mujer. Además, cuando se adquiere el hábito, facilita el acceso a otras experiencias mas graves, como es la drogadicción y constituye un riesgo para la procreación. Finalmente, el individuo puede ser responsable de los daños que provoca en el estado de embriaguez.

Más peligroso que el alcoholismo, es el uso de la droga. Consumir drogas es un pecado especialmente grave. Además de disminuir o anular las facultades psíquicas, la droga causa en el individuo verdaderos estragos físicos y psíquicos. También crea fácilmente la drogodependencia, con codas las secuelas personales, familiares y sociales que conlleva. Finalmente, la drogadicción es una de las causas que facilita contraer la enfermedad del SIDA.

El magisterio se ha ocupado reiteradamente de este tema. Pero a la doctrina magisterial, se junta la atención pastoral. Con este fin, no pocas instituciones de la Iglesia se están dedicando pastoralmente a desarrollar diversos programas para la prevención y la recuperación de las personas afectadas por la droga.

Pero, para atemperar sus efectos, se han de sumar todas las instancias sociales, incluida la legislación oportuna. Este es el objetivo que marca Juan Pablo II:

«La droga es un mal, y ante el mal no caben concesiones. Las legislaciones, incluso parciales, además de ser por lo menos discutibles en relación a lo que debe ser una ley, no surten los efectos que se habían prefijado. Una experiencia ya común lo confirma. Prevención, represión, rehabilitación: he aquellos puntos focales de un programa que, concebido y llevado a cabo a la luz de la dignidad del hombre y apoyado en unas correctas relaciones entre los pueblos, suscita la confianza y el apoyo de la Iglesia» (8).

Suicidio

El cuidado de la salud y el respeto a la integridad corporal supone que el hombre no tiene un dominio absoluto sobre su vida: es un inteligente administrador y un libre poseedor de la misma, pero no puede disponer de ella a capricho. Así se expresa Dios en el Antiguo Testamento: «Ved ahora que yo, sólo yo soy, y no existe otro dios frente a mi. Yo doy la muerte y yo doy la vida, yo hago la herida y yo mismo la curo, y no hay quien pueda librar de mi mano (Dt 32,39). La Biblia y la Tradición es unánime en la condena de todo tipo de suicidio.

El acabar con la propia vida no es fruto de una opción valiente y decisiva de la persona, al contrario, significa una debilidad y falta de voluntad, dado que el suicida no es capaz de asumir las grandes dificultades que pueden acontecer en su existencia. Para el creyente significa además una falta de confianza en Dios. Con frecuencia, el suicidio se consuma cuando el individuo esta sometido a profundas debilidades psicológicas que le impiden asumir valientemente las dificultades que entraña la vida. Además, el suicidio supone un desprecio de la propia persona y causa un grave mal a la convivencia social.

Ante el aumento del fenómeno social del suicidio, la Santa Sede emitió un documento, en el cual enjuicia las causas que lo provocan, ofrece los remedios para evitarlo, argumenta sobre su no licitud y finaliza con la condena en estos términos:

«La muerte voluntaria, o sea, el suicidio, es, por consiguiente, tan inaceptable como el homicidio; semejante acción constituye, en efecto, por parte del hombre, el rechazo de la Soberanía de Dios y de su designio de amor. Además, el suicidio es a menudo un rechazo del amor hacia sí mismo, una negación de la natural aspiración a la vida, una renuncia frente a los deberes de justicia y caridad hacia el prójimo, hacia las diversas comunidades y hacia la sociedad entera, aunque a veces intervengan, como se sabe, factores psicológicos que pueden atenuar o incluso quitar la responsabilidad» (9).

La defensa de la paz: evitar la guerra

La guerra es siempre un mal. Es un profundo fracaso en la convivencia humana. Además, origina múltiples males a diversos y muy amplios niveles: desde los desórdenes individuales, hasta la ruptura de las relaciones entre las diversas naciones e incluso de las distintas culturas de la geografía mundial. Por ello, la guerra significa casi siempre la derrota del hombre y de la humanidad.

La tradición teológica expuso detalladamente las condiciones para la licitud de la guerra. Pero las circunstancias históricas y el masivo poder destructor de las armas modernas ha motivado que el Concilio Vaticano II haya limitado notablemente las condiciones de licitud, de forma que existe un consenso generalizado en negar legitimidad moral a la guerra ofensiva. Incluso la guerra, entendida como legítima defensa, está sometida a estas condiciones restrictivas:

«Mientras exista el riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente y prevista de la fuerza correspondiente, una vez agotadas todas las medias de acuerda pacifica, no se podrá negar a los gobiernos el derecho a la legítima defensa» (GS 79).

El Catecismo de la Iglesia Católica concreta la doctrina acerca de la guerra defensiva justa en estas cuatro condiciones:

• Que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierro.

• Que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficaces.

• Que se reúnan las condiciones serias de éxito.

• Que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar.

El poder de los medios modernos de destrucción obliga a una prudencia extrema en la apreciación de esta condición (CEC 2309).

Pero la superación de la guerra, en buena medida, está condicionada a una cultura de la paz. Si el cristianismo es la religión de la paz, se impone a la moral cristiana educar a las nuevas generaciones en los valores de la paz y desacreditar los posibles logros de la guerra. Como enseña Juan Pablo II: “El comienzo de la guerra marca una grave derrota del derecho internacional y de la comunicación internacional. La guerra no puede ser un medio adecuado para resolver completamente los problemas existentes entre las naciones. No lo ha sido nunca y no lo será jamás” (10). Y, en otra ocasión, al Cuerpo Diplomático, el Papa sentenció: “La guerra es la decadencia de toda la humanidad”.



NOTAS:

1 San AGUSTÍN. La Ciudad de Dios, 1,2.1. PL 41, 35.
2 JUAN PABLO 11, Discurso en lrlanda (29-.IX-1979), «Ecclesia” 1953 (1979) 1261-1962.
3 PÍO XII, Discurso a la Asociación Italiana de donadores de córnea ( 14-V-1956), «Ecclesia»776 (1956) 6-7.
4 COMISIÓN EPISCOPAL PASTORAL, Exhortación sobre la donación de órganos (25-X-1984), «Ecclesia» 2195 (1984) 1331.
5 Real Decreto 561/1993, “BOE” 13-V-1993.
6 Pío XII, Discurso sobre los límites morales de los métodos médicos, 3 (13-IX-1952), “Ecclesia” 585 (1952) 342.
7 JUAN PABLO II, Mensaje para fa jornada mundial del enfermo (11-II-1993), «Ecclesia» 2614-15 (1993) 64-65.
8 JUAN PABLO II, Discurso al VIII Congreso Mundial de las Comunidades Terapéuticas, 6 (8-IX-1984), en “DP”,1984, 193.
9 CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Declaración sobre la eutanasia, 1,3. Vaticano 27.VI.1980.
10 JUAN PABLO II, Alocución 17-1-1991, “Ecclesia” 2512 (1991) 151.

SIGLAS:

CEC: Catecismo Iglesia Católica
HV: Humanae Vitae
DV: Instrucción Donum vitae
EV: Evangelium Vitae

Testimonio biblico sobre el valor de la vida


Más que cualquier antropología filosófica, es la Revelación la que destaca la significación, el alcance, la calidad y la trascendencia de la vida. En efecto, la Biblia se inicia con la narración del origen del mundo y del hombre: Dios llama a la existencia a codas las criaturas y en ese relato se destaca el comienzo de los seres vivos, especialmente del hombre y de la mujer, como corona y reyes de la entera creación. Jesús afirmará, como tesis fundamental de la revelación, que el Dios cristiano «no es el Dios de muertos, sino de vivos» (Mc 12,27).

A partir de este dato inicial, la Revelación destaca en todo momento ese valor trascendente de la vida humana. Por eso, ante la muerte violenta de Abel, Dios lanza al asesino Caín esta dolorosa pregunta: «Que has hecho?». Y el Señor clausuró su discurso con esta condena radical de la muerte: «La voz de la sangre de tu hermano clama hacia mi desde la tierra. Ahora, maldito seas, márchate e esta tierra que ha a abierto su boca para recibir la sangre que has derramado de tu hermano». (Gn 4,10-11).

Esa significación valiosa de la vida y de la condena de la muerte violenta quedan consignadas gráficamente en el dato de que en el Paraíso solo se hace mención de dos árboles: uno es el «árbol de la vida» (Gn 2,9), el otro es el: árbol del «bien y del mal», del cual el hombre no debe comer, pues si come de él morirá (Gn 2,17).

Pero, según la Revelación, Dios no ha creado al hombre para la muerte, sino para la vida (Sap 2,22-23); de ahí que se alegre con la vida y «no se recrea en la destrucción de los vivientes, pues todo lo creó para que subsistiera» (Sap 1,11). Dios asegura: «no me complazco en la muerte de nadie» (Ez 18,32). Al contrario, el ideal divino es que el hombre goce de una larga vida. Por eso, se elogia la longevidad de Abraham, que murió

“lleno de años” (Gn 25,8) y Dios premia a los buenos con una vida larga (Dt 4,40; Ecl 11,8-11). En consecuencia, quien desee vivir debe acudir a Yavéh, el cual «es la fuente de la vida» (Prov 14,27).

Pero es en el Nuevo Testamento en donde sobresale aun más la valoración de la vida. Jesús es «el Verbo de la vida» (1 In 1,1); Él posee la vida desde la eternidad Jn 1,4); dispone de la vida (]n 5,26) y vino, precisamente, para dar una vida abundante (Jn 10,10). El mismo es “la vida” (Jn 14,6), Él puede comunicar una vida que «salta hasta la vida eterna» (]n 4,14). Y el Señor Jesús hace esta solemne promesa: «El que crea en mi no morir para siempre» (]n 11,25). En resumen, el tema de la vida es un recurso habitual del Nuevo Testamento. De ahí la abundancia de milagros en la vida histórica de Jesús dando la salud a muchos enfermos y aun devolviéndola a algunos muertos.

A la vista de estos datos, se entiende que el quinto precepto del Decálogo se enuncie con este grave y tajante imperativo: «No matarás» (Ex 20,13). Y Dios amenaza que quien mata a un hombre, será llamado asesino, y por ello merecerá la muerte: «Pediré cuentas de vuestra sangre y de vuestras vidas… si uno derrama sangre de hombre, otro hombre derramara su sangre; porque a imagen de Dios fue hecho el hombre» (Gn 9,5-6). De acuerdo con estas enseñanzas bíblicas, el Magisterio de la Iglesia enseña que toda vida humana es digna y sagrada:

“La vida humana es sagrada, porque desde su inicio es fruto de la acción de Dios y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin. Solo Dios es Señor de la vida desde el comienzo basta su término; nadie, en ninguna circunstancia, puede atribuirse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente” (1).

Según el pensar cristiano, en el origen y en el ser mismo de la vida humana se rastrea y se encuentra siempre a Dios. En consecuencia, la luz que brota de este postulado muestra la grandiosidad de la doctrina moral cristiana sobre el valor de la vida. Por el contrario, otras corrientes de pensamiento laicas y más aún las laicistas -sobre todo si son negadoras de Dios-, parten no del valor de la vida humana en si misma, si no de la vida adjetivada como productiva, útil, placentera… Por eso, aunque aparentemente defiendan la vida, sin embargo solo protegen la “vida sana” y “útil” y en su perspectiva la vida débil queda indefensa. En rigor, pese a sus protestas, son meros «biologistas», pero no humanistas.


(1) CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Instrucción «Donum vitae”, intr. 5.