Quitar la vida o no darla


El quinto mandamiento, no mataras… Continuación

Ricardo Sada Fernandez

Y ya que la vida es de Dios (y no de los padres o del Estado), se han de respetar las leyes divinas sobre su transmisión. Por eso, dentro de este precepto se incluye la anticoncepción. Se entiende por ella cualquier modificación introducida en el acto sexual, con objeto de impedir la fecundación. Los procedimientos van desde la esterilización, de la que ya hablamos, hasta la utilización de productos farmacológicos, como las píldoras, pasando por la interrupción del acto sexual (onanismo), o el empleo de dispositivos mecánicos, tanto por parte del hombre (preservativos), como de la mujer (por ejemplo, el dispositivo intrauterino).

La doctrina de la Iglesia ha sido siempre muy clara en este punto. Encuentra su fundamento no sólo en la naturaleza propia de las cosas (como los ojos son para ver, el acto sexual es para procrear), sino también en la Sagrada Escritura. Veamos el caso de Onán, que nos narra el libro del Génesis. Este personaje de triste memoria que ha dado su nombre al pecado de onanismo, usaba de su mujer evitando la descendencia. Pues bien, “era malo a los ojos de Yahvé lo que hacía Onán, y lo mató también a él” (Gen. 38, 10). Dios lo mató, porque lo que hacía era un crimen a sus ojos. Ahora ya no actúa enviando castigos sobre la vida perecedera, pero la advertencia de Dios sigue resonando y mira, sobre todo, a la vida eterna.

Por pertenecer a las enseñanzas, siempre en el mismo sentido que la Iglesia ha hecho en esta materia, apoyada en las verdades de fe, esta doctrina no ha variado ni puede variar en la Iglesia. Ella enseña que es Dios, y no una autoridad humana, quien de modo expreso, rotundo y absoluto condena cualquier método anticonceptivo. Ya en el siglo XVI, el Magisterio declaró: “es gravísimo el pecado de los que unidos en matrimonio, o impiden la concepción o promueven el aborto” (Catecismo Romano). El Papa Pío XI a su vez, enseñó que “cualquier uso del matrimonio, en el que maliciosamente quede el acto destituido de su propia natural virtud procreativa, va contra la ley de Dios y contra la ley natural, y los que tal cometen se hacen culpables de un grave delito” (Enc. Casti Connubii). Y el texto clave de la Encíclica Humanae Vitae afirma que es intrínsecamente deshonesta “toda acción que, o en previsión del acto conyugal o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación” (n. 14).

Sin embargo, con su Sabiduría infinita, Dios dispuso que no de todo acto conyugal se siguiera una nueva vida. La decisión de hacer uso del matrimonio sólo en los periodos infecundos de la mujer no contraría la función propia de las cosas -no atenta al orden natural- y es, por tanto, el único medio lícito para evitar la procreación dentro del matrimonio. Es un reto para los investigadores (no para la Iglesia), descubrir el método con el que los esposos puedan saber cuándo empieza y cuándo termina un periodo infecundo. Según el testimonio de muchos matrimonios, esto ya se logra con el sistema del doctor Billings y otros métodos, también naturales, y las fallas habría que atribuirlas no al método, sino a quienes lo emplean sin el cuidado y la paciencia que requiere.

Pero es importante evitar las generalizaciones. La Iglesia enseña que “para espaciar los nacimientos” es necesario que haya “serios motivos, derivados de las condiciones físicas o psicológicas de los cónyuges o de las circunstancias externas”. “Entonces, es lícito tener en cuenta los ritmos naturales inherentes a las funciones generadoras para usar el matrimonio sólo en los periodos infecundos y así regular la natalidad sin violar los principios morales” (Humanae Vitae, n. 16). En documentos análogos la Iglesia utiliza expresiones del tenor siguiente: “causas de fuerza mayor”, “motivos morales suficientes y seguros”, “inconvenientes notables”, “razones graves personales o derivadas de circunstancias externas”, etcétera.

En resumen, la decisión de recurrir al acto conyugal sólo en periodos infecundos es lícita si existen serios motivos. Pero, ¿cuál es la causa por la que la continencia periódica sea lícita sólo con razones graves? Quizá nos ayude a comprenderla al pensar que Dios, en su Providencia, tiene dispuesto desde toda la eternidad el número de hijos que cada matrimonio debe tener. Si Él es infinito, y nada escapa a sus planes, mucho menos algo de tanta importancia como el número de almas que están destinadas a un fin imperecedero, es decir, que “serán” por toda la eternidad. Es por ello que Santo Tomás de Aquino hablando del incumplimiento de este deber llega a afirmar que “después del pecado de homicidio, que destruye la naturaleza humana ya formada, tal género de pecado parece seguirle, por impedir la generación de ella” (Contra Gentiles, III, 122).

Los esposos habrán de responder ante Dios de cómo han facilitado la obra creadora y habrán de dar cuenta del empeño que han puesto u omitido para que se cumplan los designios divinos. Lo “natural” es que los matrimonios reciban con generosidad los hijos que Dios les envíe, y que si se presentan circunstancias graves que aconsejen los medios naturales de evitar un nuevo hijo, esas circunstancias se reciban como algo extraordinario y con el ánimo de poner los medios para que desaparezcan los obstáculos. De lo contrario habría falta de rectitud, de intención, es decir, el ánimo de no aceptar la Voluntad de Dios.

Y nunca habrá que olvidar lo que enseña el Concilio Vaticano II: “Entre los cónyuges que cumplen la misión que Dios les ha confiado, son dignos de mención muy especial los que, de común acuerdo bien ponderado, aceptan con magnanimidad una prole más numerosa para educarla dignamente” (Gaudium et spes, 50). Dios asiste ciertamente, de modo muy especial, a las familias numerosas, que ven siempre compensado su esfuerzo con una alegría honda y duradera.

Aborto


Aurelio Fernández

Ello exige que se proteja y defienda también la concebida y aún no nacida. En consecuencia, la moral cristiana defiende siempre la protección del feto antes de nacer. Lo contrario, es el “aborto”.

El término aborto deriva de «ab-ortus», o sea, etimológicamente, significa «privar de nacimiento». Pero el verbo latina «aborior» significa también «matar». Par consiguiente, abortar significa matar a un ser de la especie humana. Consecuentemente, por exigencias de rigor intelectual, se ha de rechazar otra terminología falsa, cargada de eufemismo, tal como «interrupción voluntaria del embarazo», pues «interrumpir» significa que algo, después de interrumpirse, puede ser nuevamente reanudado. Lo contrario del aborto, que «suprime» una vida sin posibilidad alguna de «reanudarla».

El fenómeno del aborto es bien conocido y practicado en todas las épocas des de la antigüiedad. Pero, en nuestro tiempo tiene dos características nuevas: Primera: la cantidad enorme de abortos provocados. Segunda: que la práctica del aborto este legitimada por las instancias jurídicas de los Estados. Ambas circunstancias gravan la práctica del aborto hasta el punto de que no pocos hombres de nuestro tiempo juzgan la práctica del aborto y su legalización como uno de los errores y de los horrores mas graves de nuestro tiempo.

Esta condena no puede considerarse ni exagerada ni extemporánea, dado que desde el inicio de la ética y de la ciencia médica ha sido condenada. Por ejemplo, en el primer Código Ético de la Medicina, el Juramento Hipocrático (siglo V antes de Cristo), lo condena en los siguientes términos: «Jamás daré a nadie medicamento mortal, por mucho que me lo soliciten; ni administraré abortivo a mujer alguna».

Como es lógico, a esta condena se suma la entera tradición de la Iglesia desde su inicio y también el magisterio de todos los tiempos. En efecto, los escritos de los Padres abundan en testimonios de condena. Se contiene ya en el primer documenta conocido: La Didajé sentencia: «No matarás a tu hijo en el seno de la madre»(1) 8. Y Tertuliano escribe: «Es un homicidio anticipado el impedir el nacimiento; poco importa que se suprima la vida ya nacida o que se la haga desaparecer al nacer. Es un hombre el que está en camino de serlo» (2) 9.

Con la misma contundencia, se repiten los testimonios del magisterio a lo largo de la historia. Baste con citar este de Juan Pablo II, que destaca por el tono magisterial con que se expresa:

«Con la autoridad que Cristo confirió a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con todos los Obispos -que en varias ocasiones han condenado el aborto y que en la consulta citada anteriormente sobre esta doctrina han concordado unánimemente-, declaro que el aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave, en cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal» (EV 62).

El aborto es un hecho tan grave, que está prohibido y castigado como un delito en los diversos Códigos Civiles de los Estados. La «ley del aborto» en si misma injusta- sólo lo despenaliza en algunos supuestos igualmente injustos. Como es lógico, a partir de que todo aborto mata la vida de un ser humano, la Iglesia lo condena y lo agrava con una censura, la «excommunion latae senrenciae»; es decir, que se cae en excomunión por el hecho mismo de procurar el aborto, si se ha producido (cf CIC, 1398). El rigor de esta pena se aclara por los obispos de España con estas palabras:

“La excomunión significa que un cató1ico queda privado de recibir los sacramentos mientras no le sea levantada la pena: no se puede confesar válidamente, no puede acercarse a comulgar, no se puede casar por la Iglesia, etc. El excomulgado queda también privado de desempeñar cargos en la organización de la Iglesia”(3) 10.

La condena del aborto es ya una demanda científica, dado que los avances de la medicina muestran que, desde la concepción, el cigoto tiene su propio código genético, de forma que constituye un individuo distinto de su madre. Esto indica que el aborto elimina un ser de la especie humana. Del tema nos ocupamos más ampliamente en el Capítulo IX.

Es preciso dejar claro que el aborto no es sólo una cuestión religiosa, sino también un problema de civilización y de cultura, tal como señala Julián Marías:

“Creo que es un grave error plantear esta cuestión (el aborto) desde una perspectiva religiosa: se esta difundiendo la actitud que considera que para los cristianos (o acaso «para los católicos») el aborto es reprobable con lo cual se supone que para los que no lo son puede ser aceptable y lícito. Pero la ilicitud del aborto nada tiene que ver con la fe religiosa, ni aun con la mera creencia en Dios; se funda en meras razones antropológicas, y en esta perspectiva hay que plantear la cuestión. Los cristianos pueden tener un par de razones más para rechazar el aborto; pueden pensar que, además de un crimen, es un pecado. En el mundo en que vivimos hay que dejar esto -por importante que sea- en segundo lugar, y atenerse por lo pronto a lo que es válido para todos, sea cualquiera su religión o irreligión. Y pienso que la aceptación social del aborto es lo más grave moralmente que ha ocurrido, sin excepción, en el siglo XX”(4) 11.

La doctrina cristiana parte de este elemental supuesto: Es incuestionable que la vida humana es un don que por si misma tiene un valor inestimable. Por ello se ha de juzgar que también s estimable cuando va acompañada de ciertas limitaciones, como son, por ejemplo, la vida del enfermo, del minusválido, el anciano, o la de un adulto desesperanzado que vive en situación calamitosa… Estas y otras circunstancias -si bien en ocasiones son en si dolorosas- permiten concluir que los adjetivos «nacido-no nacido», «sano-enfermo», «normal-subnormal», «joven-anciano» no hacen mas que calificar la vida, pero en ningún caso se puede renegar de ella. Esta consideración es aún más de ponderar cuando se cree en la vida eterna. En efecto, toda existencia humana, aún la del mayor discapacitado, desde que ha tocado la existencia, está destinada a vivir eternamente feliz en una vida posmortal en la presencia y en la felicidad eterna y amorosa de Dios.

Una evidencia se manifiesta en este mandamiento: la apuesta por la vida. En efecto, la moral cristiana defiende, sin fisura ni excepción alguna, la grandeza de la vida humana. La dignidad del hombre y de la mujer se inicia desde el momento de la concepción: allí donde surge la vida humana, como fruto del amor esponsalicio, se da una íntima cooperación entre Dios y el hombre. Por ello, la vida concebida, aún antes de nacer, merece siempre y en cualquier circunstancia el mayor respeto por parte de todos y este bien debe ser reconocido y garantizado por un sistema jurídico justo.

NOTAS:

(1) Didajé, v, 2.
(2)TERTULIANO, Apologeticum IX. 8. PL I, 320.
(3)CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA. Comité Episcopal para la defensa de la vida, El aborto.100 cuestiones y respuestas sobre la defensa de la vida, 83 Madrid 1991.
(4) J.. MARÍAS. Problemas del Cristianismo. BAC. Madrid 1979,61-62. Las noticias confirman cada día con más insistencia que crece entre los juristas y políticos la idea de frenar la escalada del aborto legislado.

SIGLAS:

CEC: Catecismo Iglesia Católica
HV: Humanae Vitae
DV: Instrucción Donum vitae
EV: Evangelium Vitae

Intervenciones sobre la fecundación o procreación humana


Quinto mandamiento… Continuación….

Intervenciones sobre la fecundación o procreación humana

Sección: Quinto Mandamiento de la Ley de Dios

La vida se crea, no se fabrica; es una persona, no un artilugio.

El origen de la vida humana va unida a la fecundidad del amor esponsalicio. El inicio de una nueva vida es un misterio en el que, junto a los esposos, Dios interviene con la creación individual del alma. Este misterioso concurso del amar humano y del querer divino ensalza el comienzo de la vida de cualquier hombre. Ahora bien, tal grandioso origen empieza a desdibujarse desde el momento en que esa acción creadora se convierte en un artificio productor de vida, pues la vida se crea, no se fabrica; es una persona, no un artilugio.

Esta afirmación no es una mera consideración poética, sino que, además de responder a la enseñanza de la revelación cristiana, está de acuerdo con la tradición de todos los pueblos y con la reflexión filosófica sobre la singularidad del ser humano.

Por ello, son muy fundadas las razones que demuestran que es en el ámbito del matrimonio donde debe asentarse el origen de una nueva vida:«La tradición de la Iglesia y la reflexión antropológica reconocen en el matrimonio y en su unidad indisoluble el único lugar digno de una procreación verdaderamente responsable» (DVII, 1).

La Instrucción DV reconoce y encomia los avances realizados en esta materia, pero para su empleo, adelanta este criterio moral: se ha de tener en cuenta el valor de la vida humana y la originalidad con que esa vida es transmitida en el matrimonio.

Procreación o fecundación artificial (FlV-FIVET) (1)

La “procreación artificial” propiamente dicha es la que se lleva a cabo separando el acto conyugal y la fecundación. El juicio moral que condena este tipo de inseminación se rige por este principio ético: «Cuando la intervención técnica sustituye al acto conyugal, es moralmente ilícita» (DV II, 6), La terminología no es unánime en todos los autores. Aquí seguimos la que enuncia la Instrucción Donum vitae, que distingue entre FlVET e inseminación artificial (2). Cabe distinguir dos métodos de realizarla:

a) Fecundación o procreación artificial homóloga: La Instrucción entiende que se trata de una técnica dirigida a lograr la concepción humana a partir de los gametos de dos esposos unidos en matrimonio. Puede realizarse de dos métodos diversos:

– FIVET homologa: es la técnica encaminada al logro de una concepción humana mediante la unión in vitro (en el laboratorio) de gametos de los esposos unidos en matrimonio.

– Inseminación artificial homóloga: es la técnica dirigida al logro de una concepción humana mediante la transferencia a las vías genitales de una mujer casada del semen previamente tomado del marido.

b) Fecundación o procreación artificial heteróloga: es la técnica ordenada a obtener artificial mente una concepción humana, a partir de gametos procedentes de al menos un donador diverso de los esposos unidos en matrimonio. Estas técnicas pueden ser de dos tipos:

– FIVET heteróloga: es la técnica encaminada a lograr una concepción humana a través de la unión in vitro de gametos extraídos de al menos un donador diverso de los esposos unidos en matrimonio.

– Inseminación artificial heteróloga: es la técnica dirigida a obtener una concepción humana mediante la transferencia a las vías genitales de la mujer del semen previamente recogido de un donador diverso del marido.

La razón por la que la moral rechaza este tipo de fecundación asistida es porque desnaturaliza el acto conyugal, que encierra dos realidades, íntimamente relacionadas entre si: la significación unitiva y la procreadora. Ahora bien, según la más sana antropología, en la cual se apoya la moral católica, no es lícito, éticamente, separar ambas dimensiones:

«La inseminación artificial sustitutiva del acto conyugal se rechaza en razón de la disociación voluntariamente causada entre los dos significados del acto conyugal (…), le falta la relación sexual requerida por el orden moral, que realiza el sentido íntegro de la mutua donación y de la procreación humana, en un contexto de amor verdadero» (DVII, 6).

«La FlVET homóloga se realiza fuera del cuerpo de los cónyuges por media de gestas de terceras personas, cuya competencia y actividad técnica determina el éxito de la intervención; confía la vida y la identidad del embrión al poder de los médicos y de los biólogos, e instaura un dominio de la técnica sobre el origen y sobre el destino de la persona humana. Una tal relación de dominio es en si contraria a la dignidad y a la igualdad que debe ser común a padres e hijos (…). Por estas razones, el así llamado «caso simple», esto es, un procedimiento de FlVET homóloga libre de toda relación con la praxis abortiva de la destrucción de los embriones y con la masturbación, sigue siendo una técnica moralmente ilícita, porque priva a la procreación humana de la dignidad que le es propia y connatural”. (DVII,5).

Este mismo juicio moral se recoge en el Catecismo de la Iglesia Católica:

“Practicadas dentro de la pareja, estas técnicas (inseminación y fecundación artificiales homólogas) son quizá menos perjudiciales, pero no dejan de ser moralmente reprobables. Disocian el acto sexual del acto procreador. El acto fundador de la existencia del hijo ya no es un acto por el que das personas se dan una a otra, sino que confía la vida y la identidad del embrión al poder de los médicos y de los biólogos, e instaura un dominio de la técnica sobre el origen y sobre el destino de la persona humana. Una tal relación de dominio es en sí contraria a la dignidad e igualdad que debe ser común a padres e hijos” (CEC 2377).

Con mas razón, el Magisterio rechaza la «fecundación artificial heteróloga»:

«La fecundación artificial heteróloga es contraria a la unidad del matrimonio, a la dignidad de los esposos, a la vocación propia, de los padres r al derecho de los hijos a ser concebidos y traídos al mundo en el matrimonio y por el matrimonio. El respeto de la unidad del matrimonio de la fidelidad conyugal exige que los hijos sean concebidos en el matrimonio; el vínculo existente entre los cónyuges atribuye a los esposos, de manera objetiva e inalienable; el derecho exclusivo de ser padre y madre solamente el uno a través del otro. El recurso a los gametos de una tercera persona, para disponer de esperma o del óvulo constituye una violación del compromiso recíproco de los esposos es una falta grave contra aquella propiedad esencial del matrimonio que es la unidad. La fecundación heteróloga lesiona los derechos del hijo, lo priva de la relación filial con sus orígenes paternos y puede dificultar la maduración de su identidad personal» (DV II, 2).

No se considera “fecundación artificial” la ayuda médica bien sea para superar las dificultades que impiden que el acto conyugal se realice plenamente. o para que se facilite el encuentro del óvulo y el espermatozoide. En este caso, se trata de una asistencia técnica que vence algún obstáculo para que se alcance la finalidad del acto conyugal de los esposos. Esta asistencia médica está de acuerdo con la doctrina moral:

«El acto medico es respetuoso de la dignidad de las personas cuando se dirige a ayudar el acto conyugal, sea para facilitar su realización, sea para que el acto normalmente realizado consiga su fin. Sucede a veces, por el contrario, que la intervención médica sustituye técnicamente al acto conyugal, para obtener una procreación que no es ni su resultado ni su fruto: en este caso el acto médico no está como debería, al servicio de la unión conyugal, sino que se apropia de la función procreadora y contradice de ese modo la dignidad y los derechos inalienables de los esposos y de quien ha de nacer” (DVII,7).

La «fecundación artificial» propiamente dicha es, pues, la que se lleva a cabo separando el acto conyugal y la fecundación. La norma moral que condena este tipo de inseminación se rige por este principio ético: «Cuando la intervención técnica sustituye al acto conyugal,

es moral mente ilícita» (DVII, 6).

Además de la inmoralidad de las técnicas empleadas, la «inseminación in vitro» conlleva -por exigencias de seguridad- la implantación de varios óvulos, lo cual facilita la practica de «reducción embrionaria», o sea, la eliminación de uno o más óvulos fecundados. Asimismo, fomenta la práctica de la congelación de los óvulos sobrantes, la denominada «maternidad sustitutiva o de alquiler», etc. Es decir, una serie de prácticas que lesionan gravemente la dignidad de la vida humana. La Encíclica Evangelium vitae resume así el conjunto de razones que acreditan el juicio negativo sobre la reproducción artificial:

«Las distintas técnicas de reproducción artificial, que parecían puestas al servicio de la vida y que son practicadas no pocas veces con esta intención, en realidad dan pie a nuevos atentados contra la vida. Mas allá del hecho de que son moralmente inaceptables desde el momento en que separan la procreación del contexto integralmente humano del acto conyugal, estas técnicas registran altos porcentajes de fracaso. Este afecta no tanto a la fecundación como al desarrollo posterior del embrión, expuesto al riesgo de muerte por lo general en brevísimo tiempo.

Además, se producen con frecuencia embriones en número superior al necesario para su implantación en el seno de la mujer; y estos así llamados embriones supernumerarios son posteriormente suprimidos o utilizados para investigaciones que, bajo el pretexto del progreso científico o médico, reducen en realidad la vida humana a simple material biológico del que se puede disponer libremente» (EV 14).


NOTAS:

(1) Se la denomina FIV; abreviatura a partir de las letras titulares: Fecundacíón In Vitro o FlVET: Fecundación In Vitro Embrion Transfer.

(2) Cf. DVII. 51, en nota.

SIGLAS:

DV: Instrucción Donum vital

EV: Evangelium Vital

CEC: Catecismo Iglesia Católica

La Vida Don de Dios


quinto mandamiento, continuacion…..

Autor:; Ricardo Sada Fernandez

Johnathan Swift, el conocido autor de “Los viajes de Gulliver”, se ponía de luto y ayunaba el día de su cumpleaños. Haber nacido le parecía una auténtica desgracia. Pero como millones y millones de personas celebran su cumpleaños, no parece que hayamos de darle la razón el señor Swift. Haber nacido es una cosa buena y positiva; aún más, la vida no sólo es un bien, sino que es el bien más alto en el orden natural. El sentimiento contrario es pasajero, debido quizá a la enfermedad física o mental, o a las injusticias que los demás nos han causado.

Además, la vida no sólo es un bien, sino que además es un don, un regalo. Ese don nos ha sido dado (a través de nuestros padres) por Dios: sólo Dios es dueño de la vida. Cada alma es individual y personalmente creada por Dios y sólo Dios tiene derecho a decidir cuándo la infunde a un cuerpo y cuándo su tiempo de estancia en la tierra ha terminado.

Que la vida humana pertenece a Dios es tan evidente que la gravedad del homicidio -quitar injustamente la vida a otro- es aceptada universalmente por la sola ley de la razón entre los hombres de buena voluntad. La gravedad del pecado de suicidio -quitarse la vida de modo voluntario- es igualmente evidente.

Aunque la vida sea un bien tan grande, no es un bien absoluto. Por gravísimas razones, es lícito matar a otro, quitarle justamente su vida. Por ejemplo, si un agresor injusto amenaza mi vida o la de un tercero, y matarlo es el único modo de detenerlo, no peco si lo hago. De hecho, es permisible matar también cuando el criminal amenaza con tomar o destruir bienes de gran valor y no hay otra forma de pararlo. De ahí se sigue que los policías no atentan contra este mandamiento cuando, no pudiendo disuadir al delincuente de otra manera, lo privan de la existencia.

Está claro que el principio de defensa propia sólo se aplica cuando se es víctima de una agresión injusta. Nunca es lícito quitar la vida a un inocente para salvar la propia. Si estoy perdido con otro en el desierto y sólo hay agua para una persona, no puedo matarlo para conseguir así llegar hasta el oasis. Tampoco puede matarse directamente al niño en gestación para salvar la vida de su madre. El niño aún no nacido no es agresor injusto de la madre, y tiene derecho a vivir todo el tiempo que Dios le conceda. Destruir directa y deliberadamente su vida es un pecado de suma gravedad; es un asesinato y tiene, además, la malicia añadida del envío a la eternidad de un alma sin oportunidad de bautismo. Éste es otro de los pecados que la Iglesia trata de contener imponiendo la excomunión a todos los que sin su ayuda no se hubiera cometido el delito: no sólo a la madre, también a los médicos o enfermeras que lo realicen, a quien convenza a la madre o le facilite el dinero para ese fin.

Una extensión del principio de defensa personal se aplica a las naciones. Por ello, el soldado que combate por su país en una guerra justa no peca si mata. Una guerra es justa: a) si es una guerra defensiva, es decir, si la nación ve sus derechos o su territorio injustamente violados; b) si se recurre a ella en último extremo, una vez agotados todos los demás medios de dirimir la disputa; c) si se lleva a cabo según los dictados de la ley natural y la leyes internacionales, y d) si se suspende tan pronto como la nación agresora ofrece la satisfacción debida.

En la práctica resulta a veces muy difícil para el ciudadano medio decidir si la guerra en que su nación se embarca es justa o no. El ciudadano común suele no conocer todos los intríngulis de una situación internacional. De ahí que muchas veces deba esperar el juicio de la autoridad competente (los obispos o el Papa), para saber cómo actuar. No ha de olvidar, en todo caso, que incluso en una guerra justa se puede pecar por el uso injusto de los medios bélicos, como en caso de emplear armas biológicas que causen estragos al margen de objetivos de valor militar.

Ya que la vida no es nuestra, hemos de poner todos los medios razonables para preservar tanto la propia como la del prójimo. Es a todas luces evidente que pecamos si causamos deliberado daño físico a otros; y el pecado se hace mortal si el daño fuera grave. Por ello, las disputas en que se llega a las manos -a no ser que se trate de una agresión injusta-, son una falta contra el quinto mandamiento de la ley de Dios.

Lo que directa o indirectamente se relacione con la vida cae en el ámbito del quinto mandamiento. Podemos ir deduciendo de ello muchas consecuencias prácticas. Por ejemplo, es evidente que quien conduce un vehículo de modo imprudente, comete pecado grave, pues expone su vida y la de otros a un riesgo innecesario. Esto también se aplica al conductor que se encuentra atarantado por el alcohol. El conductor ebrio es criminal además de borracho. Ambos son pecados contra el quinto mandamiento, pues beber en exceso, igual que comer excesivamente, contraviene este precepto porque perjudica la salud, y porque la destemplanza causa fácilmente otros efectos nocivos. El pecado de embriaguez se hace mortal cuando de tal modo afecta al bebedor que ya no sabe lo que hace. Pero beber sin llegar a ese extremo también puede ser un pecado mortal por sus consecuencias malas: perjudicar la salud, revelar secretos o descuidar los deberes profesionales o familiares. Quien habitualmente toma bebidas alcohólicas en exceso y se considera libre de pecado porque conservó la noción de lo que hizo, normalmente se engaña a sí mismo; raras veces las bebidas alcohólicas no producen daño grave en el prójimo o en uno mismo.

El drogadicto peca gravemente contra este precepto de la ley de Dios. Ingiere la droga con el fin de recibir sensaciones o experiencias sin otro objeto que la satisfacción personal. Implica un arbitrario y arriesgado peligro, que priva al individuo de la función rectora de la razón y le produce perjuicios fisiológicos y psicológicos casi siempre graves e irreversibles. Es, sin ninguna justificación, un atentado contra la vida.

Al ser responsables ante Dios por la vida que nos ha dado, tenemos obligación de cuidar la salud dentro de límites razonables. Exponernos a peligros deliberados o innecesarios (como el alpinismo sin precauciones debidas), descuidar la atención médica (cuando sospechamos tener una enfermedad seria), descuidar el necesario descanso (no dormir o no comer lo debido), es faltar a nuestros deberes como administradores de algo que es de Dios.

Un principio básico sobre este precepto es que la vida de todo el cuerpo es más importante que la de cualquiera de sus partes. En consecuencia, es lícito extirpar un órgano para conservar la vida. La amputación de un brazo gangrenado o de una matriz cancerosa está justificada moralmente. Sin embargo, mutilar el cuerpo innecesariamente es pecado, y pecado mortal si la mutilación es seria en sí o en sus efectos. Aquella persona que voluntariamente se somete a una intervención quirúrgica con el único fin de quedar estéril, incurre en un pecado mortal, igual que el cirujano que la realiza, sean cuales fueren las circunstancias del caso concreto. También se incluye dentro de este precepto la “eutanasia” (matar a un enfermo incurable para acabar con sus sufrimientos). La eutanasia es pecado grave, aunque el mismo paciente la pida. Si una enfermedad incurable es parte de la providencia de Dios para mí, ni yo ni nadie tiene derecho a impugnarla. La vida es de Dios, y sólo Él determina cuando llega a su fin.

¿Fecundación igual a procreación?


Del quinto mandamiento. Continuación…..

Ricardo Sada Fernandez

El 25 de julio de 1978 vio la luz del mundo en la clínica Oldham de Londres, tras un parto cesáreo, Louise Brown, el primer ser humano fecundado en probeta. Pocos meses después nace en Australia por el mismo método otra niña; en mayo de 1981 nace Amandine -el primer caso en Francia-, y en diciembre del mismo año tiene lugar un hecho similar en Estados Unidos. Desde entonces, el método de la fecundación del óvulo humano y de la posterior transferencia de ese óvulo fecundado al útero de la madre (FIVET= Fecundación in vitro con embryo transfer) ha originado ya millares de nacimientos.

En un primer momento podríamos pensar que se trata de un gozoso acontecimiento para la humanidad: sería ésta la solución para algunos matrimonios incapaces de procrear por métodos naturales. Pero las implicaciones morales, psicológicas, sociales y legales nos vendrán a decir que en realidad se trata de una de las mayores aberraciones que se han llevado a cabo en la historia de la humanidad. Veamos por qué.

La FIVET implica de hecho, en varias de sus fases y bajo diversas modalidades, la muerte de embriones humanos. Esa pérdida de vidas humanas se produce tanto en los primeros momentos del embrión, como cuando se transfiere, pero no se llega a implantar, en el útero de la mujer. Deliberadamente el equipo médico lo aborta si ese embrión se ha producido con malformaciones. Sabemos que la vida humana no puede ser objeto de experimentación (como si se tratara de ratones de hámster) para el progreso de la medicina ni para el beneficio de terceras personas. Este principio moral se extiende a toda la vida humana inocente a partir del mismo instante en que comienza.

Al principio, la FIVET se presentó como una técnica para solucionar los casos límites de infertilidad. Buscando no herir la sensibilidad de la gente, se hablaba sólo de FIVET homóloga (es decir, usando sólo gametos de los esposos para la fecundación in vitro e implantando el embrión en el útero de la esposa) -que tampoco es lícita moralmente-, pero ahora se usa indiscriminadamente todo tipo de combinaciones entre gametos del marido o del donante, el óvulo de la esposa o de la donante, implantación en el útero de la madre o el recurso a una “madre alquiler” (en total, si tenemos tiempo de contar, nos saldrían ocho posibles combinaciones). Junto a ello, se plantea el gran desorden moral de los métodos utilizados para las fases previas de la fecundación (por ejemplo, la masturbación, e incluso prácticas aberrantes como unir -destruyéndolos a continuación- gametos masculinos con óvulos de hámster, para determinar si la infertilidad se debe al hombre o a la mujer).

Naturalmente se siguen de esas prácticas tres formas de manipulación biológica o genética que no alcanzarían a imaginar hace unas décadas los autores de ciencia-ficción o los médicos de Hitler: no sólo, como dijimos, intentos de fecundación entre gametos humanos y animales (¿un hombre lobo real?), o gestación de embriones en úteros de animales (¿a alguien le agradaría haber sido llevado y parido por una yegua o una chimpancé?), sino también las intervenciones sobre el patrimonio cromosómico con el fin de seleccionar ciertas cualidades que los padres desearían ver en sus hijos (o los monstruos incontrolables que se originarían por fallas técnicas).

Veintidós años antes de que naciera Louise Brown, el Papa Pío XII alzó su voz para frenar esos intentos que apenas iniciaban. Dijo entonces: “Respecto a los intentos de fecundación in vitro, nos basta observar que se los debe excluir como inmorales y absolutamente ilícitos” (Discurso, 19-V-1956). Y desde entonces, como lo que está en juego es la dignidad e inviolabilidad de la vida humana, la Iglesia no ha callado su voz. Juan Pablo II fue concluyente: “Condeno del modo más explícito y formal las manipulaciones experimentales del embrión humano, porque el ser humano, desde su concepción hasta la muerte, nunca puede ser instrumentalizado para ningún fin” (Discurso, 23-X-1982). Y, como esta aberración no ha hecho más que proliferar abundantemente en los cinco continentes, el Magisterio emitió un documento concluyente el 22 de febrero de 1987: “Donum vitae, sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación”.

“De acuerdo”, podría decirnos un médico progresista con restos de sentido común, “pero dentro de poco las técnicas estarán a tal grado perfeccionadas que ya no se perderán los embriones ni se producirán malformaciones en ellos. Entonces sí la moral no tendrá nada que objetar al FIVET”. Suponiendo que lo anterior se llegara a dar, Dios (no la Iglesia) aún seguiría condenando tal práctica. Veamos la razón.

El hombre es la única criatura de este mundo a la que Dios quiere por sí mismo. Es tal su dignidad que llega a la existencia gracias al acto creador de Dios que infunde un alma espiritual e inmortal al cuerpo concebido por los padres. El amor divino concurre al amor humano de modo que éste es elevado al orden mismo de la creación. Por eso se habla de pro-creación. La sexualidad humana se distingue de la sexualidad animal en que no sólo se ordena a la trasmisión de la vida, sino también al amor. La unión sexual en el hombre es la expresión de una previa unión afectiva y espiritual, por la que el hombre y la mujer se entregan mutuamente de modo total, exclusivo y definitivo. La donación física sería falsa y egoísta si no respondiera a una previa donación afectiva y espiritual, de la que se excluye todo tipo de reserva presente o futura, y por la que el hombre y la mujer -antes de ser una sola carne, como dice crudamente el libro del Génesis- son un solo espíritu, un solo corazón, una sola vida, un solo destino.

Así pues, la procreación y la unión conyugal son dos bienes que funden sus raíces en el valor de la persona. La inseparabilidad de estos dos aspectos pertenece a la ley natural y al orden moral revelado por Dios: “En el acto conyugal no es lícito separar artificialmente el significado unitivo del significado procreador, porque uno y otro pertenecen a la verdad íntima del acto conyugal: uno se realiza juntamente con el otro y, en cierto sentido el uno a través del otro” (Juan Pablo II, Alocución, 22-VIII-84).

En la fecundación in vitro el acto que origina la vida humana no es el acto de amor conyugal, no procede de la unión psicológica y espiritual de las dos personas sino que depende de los operadores técnicos. El niño que va a nacer ha de ser respetado y reconocido como igual en dignidad personal a aquellos que le dan la vida, ya que ha de ser fruto de la auténtica donación de sus padres y no producto de la tecnología científica, objeto de producción y adquisición, sujeto al control de calidad, al uso o al rechazo.

Diagnóstico Prenatal


Aurelio Fernandez

El quinto mandamiento de la ley de Dios.. continuación….

Los avances médicos permiten detectar algunas anormalidades del feto, que en ocasiones pueden ser tratadas y mejoradas con el auxilio de la medicina. Es valido que, si la técnica dispone de medios para mejorar y sanar al ser humano aun antes de nacer, deben ser aplicados, con tal de que se respete la vida del no nacido y se busque su salud. En consecuencia, por motivos terapéuticos cabe llevar a cabo investigaciones prenatales en caso de que no suponga riesgos desproporcionados ni para el feto ni para la madre.

Como es lógico, esas condiciones deben ser juzgadas por la recta conciencia del médico, previo consentimiento de los padres. Los criterios éticos los explicita la Encíclica HV. Evangelium vitae lo hace en estos términos:

«Una atención especial merece la valoración moral de las técnicas de diagnostico prenatal que permiten identificar precozmente eventuales anomalías del niño por nacer. En efecto, por la complejidad de esta valoración debe hacerse muy cuidadosa y articuladamente. Estas técnicas son moralmente lícitas cuando están exentas de riesgos desproporcionados para el niño la madre y están orientadas a posibilitar una terapia precoz o también a favorecer una serena y consciente aceptación del niño por nacer. Pero, dado que las posibilidades de curación antes del nacimiento son hoy todavía escasas, sucede no pocas veces que estas técnicas se ponen al servicio de una mentalidad eugenésica, que acepta el aborto selectivo para impedir el nacimiento de niños afectados por varios tipos de anomalías.

Semejante mentalidad es ignominiosa y totalmente reprobable, porque pretende medir el valor de una vida humana siguiendo solo parámetros de ‘normalidad’ y de bienestar físico, abriendo así el camino a la legitimación incluso del infanticidio y de la eutanasia» (EV 63; cfr. 14) (1).

La mujer que solicita un diagnóstico con la decidida intención de proceder al aborto, en el caso de que haya malformación, comete una acción gravemente ilícita (cf. DV 34).

Pero la denominada «ingeniería genética» puede llevar a cabo algunos experimentos que manipulen la vida del embrión y lesionen su dignidad, por lo que deben ser rechazados. También de este tema se ha ocupado el Magisterio:

«Las técnicas de fecundación in vitro pueden hacer posibles otras formas de manipulación biológica o genética de embriones humanos, como son.: los intentos y proyectos de fecundación entre gametos humanos y animales; y la gestación de embriones humanos en útero de animales; y la hipótesis y el proyecto de construcci6n de úteros artificiales para el embrión humano. Estos procedimientos son contrarios a la dignidad del ser humano propia del embrión y, al mismo tiempo, lesionan el derecho de la persona a ser concebida y a nacer en el matrimonio y del matrimonio. También los intentos y las hipótesis de obtener un ser humano sin conexión alguna con la sexualidad mediante “fisión gemelar”, clonación, partenogénesis, deben ser considerados contrarios a la moral en cuanto que están en contraste con la dignidad tanto de la procreación humana como de la unión conyugal” (DV 1,6).


Nota:

(1) Como enseña Juan Pablo II, “el medico, antes de todo. Deberá valorar atentamente las posibles consecuencias negativas que el uso necesario de una determinada técnica de exploración puede tener sobre el ser concebido, y evitará el recurso a procedimientos diagnósticos de cuya honesta finalidad y sustancial inocuidad no se poseen suficientes garantías”. DV, nota 25. Cf. Discurso de Juan Pablo II 3-Xl-1982.


SIGLAS:

CEC: Catecismo Iglesia Católica
HV: Humanae Vitae
DV: Instrucción Donum vitae
EV: Evangelium Vitae

El respeto a la integridad corporal: la Esterilización


de Aurelio Fenandez

Esterilizar es la intervención en algunos de los órganos de reproducción con el fin de privar al hombre o a la mujer de la facultad procreativa.

La esterilización puede ser directa o indirecta; física y química; temporal y perpetua.

a) Esterilización indirecta

Es la que se sigue, tanto en el hombre como en la mujer, de una intervención quirúrgica o de terapias químicas que es preciso llevar a cabo porque peligra su salud. Para la licitud se requiere que concurran estas tres condiciones:

-que el órgano produzca un daño serio o sea una amenaza para el organismo;

-que dicho daño no se pueda evitar mas que mediante la extirpación o anulación de dicho órgano;

-que la mutilación compense el bien que se espera alcanzar.

La razón de la licitud es el «principio de totalidad»; es decir, es lícito eliminar un miembro en favor de la salud de todo el cuerpo. A este principio recurre Pío XII, y concluye: «Esta extirpación no ocasiona objeción alguna bajo el punto de vista moral» (1)

b) Esterilización directa

La esterilización directa es la que tiene como objetivo eliminar un órgano productivo con el fin de evitar la generación de una nueva vida. Puede llevarse a cabo de diversos modos. La más común en el varón se realiza mediante la vasectomía o simple sección o interrupción del conducto deferente que imposibilita la emisión de esperma fértil. La esterilidad directa femenina se hace mediante el ligamento de las trompas de Falopio que impide el encuentro entre el espermatozoide y el óvulo.

La vasectomía es una intervención de microcirugía, pues se lleva a cabo en ambulatorios, con anestesia local. El ligamento de trompas es también una simple operación quirúrgica. Ello explica que cada día sea mas frecuente entre quienes evitan tener hijos. Pero la esterilización, además de representar una verdadera mutilación, priva al hombre y a la mujer de su capacidad procreadora. De aquí la condena por parte del Magisterio.


Así se expresaba Pío XII:

«Sería mucho más que una simple falta de prontitud para el servicio de la vida si el atentado del hombre no fuera solo contra un acto singular, sino que atacase al organismo mismo, con el fin de privarlo, por medio de la esterilización, de la facultad de procrear una nueva vida. También aquí tenéis para vuestra conducta interna y externa una clara norma en las enseñanzas de la Iglesia. La esterilización directa -esto es, la que tiende, como medio o como fin, a hacer imposible la procreación- es una grave violación de la ley moral y por lo tanto, ilícita» (2).

Algunos moralistas se separan de esta enseñanza magisterial, pues juzgan que, cuando fallan otros medios para vivir la «paternidad responsable»; los esposos podrían recurrir a la esterilización como ultimo recurso. Pues bien, la Congregación para la Doctrina de la Fe emitió un documento en que rechaza esta teoría y condena todo tipo de esterilización directa:

«Cualquier esterilización que por sí misma o por su naturaleza y condiciones propias, tiene por objeto inmediato que la facultad generativa quede incapacitada para la procreación, se debe retener como esterilización directa (…). Por lo tanto queda absolutamente prohibida, independientemente de la recta intención subjetiva de los agentes para proveer la salud o para prevenir un mal físico o psíquico que se prevé o se teme derivará en embarazo. Ciertamente está mas gravemente prohibida la esterilización de la misma facultad que la de un acto, ya que la primera conlleva un estado de esterilidad, casi siempre irreversible. Y la autoridad publica no puede invocar, de ninguna manera, su necesidad para el bien común, porque sería lesivo para la dignidad e inviolabilidad de la persona humana. Igualmente, no se puede invocar en este caso el principio de totalidad, por el que se justifican las intervenciones sobre los órganos para un mayor bien de la persona; de hecho, la esterilidad por sí misma no se dirige al bien integral rectamente entendido de la persona (…), si no que daña su bien ético, que es supremo, al privar deliberadamente de un elemento esencia la prevista y libremente elegida actividad sexual» (3).


NOTAS:

(1) (PÍO XII, Discurso 8-X-1953, «Ecclesia» 641 (1953) 461. Pero, según las enseñanzas del Papa, no está permitida la mal llamada «esterilización preventiva», o sea en previsión de un embarazo en una mujer afectada, por ejemplo, de una cardiopatía.)

(2) (PÍO XII, Alocución a las comadronas, 20. (29-X-1951), “Ecclesia” 539 (1951) 520. La misma enseñanza se repite en documentos posteriores.)

(3) CONGREGACIÓN PARA LA DCCTRINA DE LA FE, Sobre la esterilización (13-111-1975). «Ecclesia,. 1821 (1977) 71. Cf. «Humanae vitae, 14.