El primer precepto: Amarás a Dios


Autor: Andrés González Cristóbal, LC | Fuente: Catholic.net
El primer precepto: Amarás a Dios
Marcos 12, 28-34. Cuaresma. En esta Cuaresma, sigamos el camino de Cristo a su Pascua, de entrega, de amor total.
El primer precepto: Amarás a Dios

Del santo Evangelio según san Marcos 12, 28-34

En aquel tiempo, uno de los letrados se acercó a Jesús y le preguntó: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos? Jesús le contestó: El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos. Le dijo el escriba: Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: No estás lejos del Reino de Dios. Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.

Oración introductoria

Hola, Jesús, aquí estoy para dialogar contigo. A mí me gusta estar a tu lado y agradarte. Y para hacerlo, quiero amarte más y vivir la caridad con mis próximos. Ya que Tú me pides que no sólo te ame a ti, sino que también ame a mi prójimo. Por eso, te doy las gracias, Jesús, amigo mío, porque me has hecho caer en la cuenta de la primacía que tiene el amor en mi vida: amor a ti y amor a mi prójimo. Sólo te pido que me enseñes a amar como Tú me has amado.

Petición

Enséñame a amar a mi prójimo y a tener una amistad con él, al igual que la tengo contigo.

Meditación del Papa

La Palabra del Señor, que acaba de resonar en el Evangelio, nos ha recordado que toda la ley divina se resume en el amor. El evangelista san Mateo narra que los fariseos, después de que Jesús respondiera a los saduceos dejándolos sin palabras, se reunieron para ponerlo a prueba (cf. 22, 34-35). Uno de estos interlocutores, un doctor de la ley, le preguntó: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?». A esa pregunta, decididamente insidiosa, Jesús responde con total sencillez: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero». De hecho, la exigencia principal para cada uno de nosotros es que Dios esté presente en nuestra vida. Como dice la Escritura, él debe penetrar todos los estratos de nuestro ser y llenarlos completamente: el corazón debe saber de él y dejarse tocar por él; e igualmente el alma, las energías de nuestro querer y decidir, como también la inteligencia y el pensamiento. Es poder decir, como san Pablo: «No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20).(Benedicto XVI, Domingo 23 de octubre de 2011)

Reflexión

Gracias a la pregunta del letrado sabemos a cuál de las numerosas normas que tenían los judíos -tenían más de seiscientas- le daba más importancia Jesús. La respuesta no se hace esperar y responde claramente: “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y a tu prójimo como a ti mismo”.

No sin razón el Papa Benedicto XVI recalca en sus mensajes para cuaresma la necesidad urgente de defender el derecho a la vida de los no nacidos, de los ancianos, de los enfermos y de todo hombre sobre esta tierra. Porque también ellos son nuestro prójimo y como tal debemos respetarlos y amarlos.

Por ello, vale la pena recordar que, antes de ir a comulgar se nos invita a dar la paz a los que tenemos al lado, como representantes de todos los que encontraremos a lo largo del día. Tomemos conciencia por tanto de que recibimos a Cristo, modelo de cómo hay que amar y darnos a nuestros hermanos. Modelo de cómo debemos entregarnos a los demás y ser pan partido para ellos.

La cuaresma consiste en seguir el camino de Cristo a su Pascua. Y ese camino es de entrega, de amor total.

El Santo Padre nos ha mencionado que tenemos que llenarnos completamente del amor de Dios. Esto se puede lograr, ya que San Pablo nos da un gran ejemplo cuando dice: «No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí». Es verdad. Todos los que están con Jesús y saben amarlo al igual que al prójimo, pueden parecerse a Jesús, que siempre nos muestra un gran ejemplo de amor al Padre y a los demás. Por eso, en este día, Cristo nos quiere invitar a acercarnos más al Reino de los cielos sabiendo amarle por medio del prójimo.

Propósito

Hoy viviré la caridad con mi prójimo y rezaré un Padrenuestro por todos los que buscan ser amados por Dios para que Él los cuide.

Diálogo con Cristo

Señor Jesús, después de meditar a tu lado cómo puedo amarte a través de mi prójimo, te doy gracias por enseñarme a amar, sabiendo que no sólo necesito amar a aquella persona que menos quiero, sino que también puedo amar al que lo necesita.

“No basta con que digamos: Yo amo a Dios pero no amo a mi prójimo”. (Madre Teresa de Calcuta)

La Ley es Libertad y Felicidad


sobre el primer mandamiento.. continuacion….

El ateísmo de finales del siglo XX perdió en intensidad doctrinal y teórica, pero está ganando en la batalla de la vida y de la conducta. Reviste un modo menos llamativo, pero más sutil; no forma a la persona en ninguna postura definida, no le proporciona bases conceptuales sólidas, pero está a punto de dominar la sociedad.

Si algún calificativo le conviene a la realidad de nuestro mundo es el de “humanismo ateo”. El dios de hoy es el hombre. El “boom” económico en el capitalismo, la irrefrenada búsqueda de liberación, y los progresos científicos y tecnológicos orientados al más puro consumismo, crearon la consigna que afirma: el hombre no tiene rey ni amo.

Y vino, entonces, el olvido o el rechazo de la trascendencia, es decir, de todo aquello que pueda significar o parezca significar un límite al hombre y a la omnímoda libertad que para él se reivindica. Por ello, y con acentos de dolor, Juan Pablo II dice que el hombre moderno “acusa” a Dios. Rabiosamente lo ha colocado en el banquillo de los acusados, tachándolo de ser el causante de la limitación de su libertad. Dios tiene la culpa de que el hombre no sea dios, de que no tenga la irrestricta libertad para hacer siempre y en todo lo que le plazca.

Ante estos signos de los tiempos, entendamos de una vez por todas que la ley de Dios no se compone de arbitrarios “haz esto”, “no hagas aquello”, con el objeto de contrariarnos. Es cierto que sus preceptos a veces conllevan sacrificios, pero no es ese su principal objetivo. Dios no es un ser caprichoso. No ha establecido sus preceptos como el que pone piedras en el camino.

Dios no es un cazador apostado, esperando al primero de los mortales que se descuide para asestarle un golpe.

Lo que en realidad sucede es exactamente lo contrario. La ley de Dios es manifestación de lo mucho que ama a sus criaturas. Quizá un ejemplo trivial nos ayude a entender por qué los preceptos divinos son para nuestro bien y nuestra felicidad.

Cuando compramos un refrigerador, si tenemos la más elemental prudencia, lo utilizaremos según las indicaciones del instructivo. Damos por supuesto que el fabricante sabe mejor que nadie cómo usarlo para que funcione bien y dure. Por eso, si tenemos sentido común, supondremos que Dios -nuestro “fabricante”- conoce mejor que nadie lo que es más conveniente para nuestra felicidad y la de la humanidad. Hablando de modo sencillo diríamos que su ley moral (resumida en los diez mandamientos del decálogo) es simplemente el folleto de instrucciones con que cada niño, noble producto de Dios, llega a la existencia. Gracias a ese instructivo, aquella vida quedará regulada, de modo tal que alcance su fin y su perfección.

El conjunto de preceptos que, de diversos modos, ha dado Dios al hombre para que ordene su conducta, se llama ley moral. Ésta se distingue de las leyes físicas en un punto fundamental: la libertad humana. Las leyes de la biología, de la mecánica, de la electricidad o de la fisiología actúan de modo necesario sobre la naturaleza creada. Si fallan los motores del avión en que vuelas, la ley de la gravedad actúa irremisiblemente y te desplomarás. Si bebes cianuro de potasio, las leyes fisiológicas determinarán un serio daño en tu organismo. Pero la ley moral impera de modo distinto. Actúa dentro del ámbito de la libertad humana. No nos obliga a seguirla, sólo nos invita a hacerlo. Si nos obligara, no tendríamos mérito al obedecerla, pues lo haríamos coaccionados. Y donde hay coacción no hay amor. Si no tuviéramos libertad, no podría ser un acto de amor nuestra obediencia.

De ahí que la ley moral se resuma en el amor. “Si me amáis, dice Jesús, cumpliréis mis mandamientos” (Jn. 14, 15). Si lo amamos, lo obedeceremos, toda nuestra vida estará condicionada por sus preceptos de amor, que nos colmarán de felicidad.

Una pregunta clave

Quizá todos podríamos responder a quien nos preguntara cuál es el principal de todos los mandamientos. Pero antes que Jesús respondiera al escriba que -con un cierto dejo de mala intención- lo cuestionó al respecto, era asunto debatido en las escuelas rabínicas. Amigos de disquisiones y sutilezas, no habían caído en cuenta de la claridad y reiteración con que Yahvé-Dios lo había señalado en el capítulo VI del libro del Deuteronomio. Nos vendría muy bien saborear lentamente la bellísima formulación de ésta nuestra norma básica de vida y acción: “Escucha Israel. Yahvé nuestro Dios es el único Señor. Amarás a Yahvé tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que hoy te ordeno han de permanecer en tu corazón. Las enseñarás a tus hijos, y meditarás sobre ellas estando sentado en tu casa y cuando estés de viaje, cuando te acuestes y cuando te levantes. Las atarás como recuerdo a tu mano, y las tendrás siempre presentes ante tus ojos, y las escribirás en los postes de tu casa y en los dinteles de tus puertas”.

Ésa fue la cita que, de modo resumido, empleó Jesús para responder al doctor de la ley: “amarás al Señor, tú Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden la ley y los profetas” (Mc. 22, 35-40). Estos dos mandamientos se desglosan, también de modo sintético y compendiado, en los diez preceptos que se llaman “Decálogo” o “Diez Mandamientos”.

De ellos, los tres primeros declaran nuestros deberes con Dios, los otros siete, aquellos que tenemos hacia nuestro prójimo e indirectamente, hacia nosotros mismos. Los Diez Mandamientos fueron dados originalmente por Dios a Moisés en el monte Sinaí, hace aproximadamente 3500 años, durante el éxodo de los judíos por el desierto, grabados en dos tablas de piedra. Fueron ratificados por N.S. Jesucristo: “no penséis que he venido a abrogar la ley o los profetas; no he venido a abrogarla sino a consumarla” (Mt. 5, 17). Consumarla y perfeccionarla; dejando que su Iglesia -gozando de la asistencia del Espíritu- la custodie e interprete a todos los hombres de todos los tiempos.

Ricardo Sada Fernandez

La Gravedad del Pecado


El castigo en el exterior

Además de las consecuencias que ocasiona el pecado en el interior de quien lo comete, no debemos dejar pasar de largo aquellas otras que le acontecen en su exterior, y en la sociedad misma. Veámoslo por ejemplo en el siguiente caso.

Con frecuencia en nuestros días las parejas jóvenes de recién casados deciden no tener hijos hasta que mejore su situación económica y utilizan, para lograrlo, procedimientos que violan el orden natural. Pasan unos cuantos años y, cuando deciden tener el primero, el matrimonio ya está al borde del fracaso, porque es una suma de dos egoísmos irreconciliables. La naturaleza se ha vengado de ese abuso del amor, de esa desviación de su cauce, y, por mucho que lo lamenten y lo sientan, el castigo -el fracaso- es inevitable. Un castigo que, en éste como en muchos otros casos, lleva además el zarpazo del remordimiento, la pérdida del respeto propio, la inclinación a nuevos pecados, la aridez en la práctica de la virtud y la esclavitud de los sentidos, con la consiguiente pérdida de la capacidad de amar, de estar alegre y de tener la creatividad que procede de la paz interior.

A veces el pecado tiene consecuencias desagradables, que en parte son como un castigo o pena por la misma infracción de la ley divina. Por ejemplo, cuando quien intenta realizar un pecado ha de vencer innumerables dificultades para cometerlo. Al fin y al cabo, el ladrón la pasa realmente mal saltando por las azoteas, pasando horas y horas a la intemperie o escondiéndose permanentemente de la policía (claro, esto sin contar lo mal que la pasaría en la cárcel si lo atraparan). San Pablo habla, con sobrada razón de “las tribulaciones de la carne”, y de ellas podrían dar testimonio los que hayan sido atrapados en el devastador fuego de la pasión.

San Gregorio nos explica los efectos corporales que produce la envidia (pensemos por un momento en la quinceañera que ve cómo su príncipe azul ha preferido bailar la primera pieza con su rival): “la tez palidece, los ojos se ensombrecen, el espíritu se inflama, los miembros se agarrotan, el corazón se extravía, los dientes rechinan…” Por su parte, incontables médicos de hoy nos podrán asustar explicándonos las enfermedades que se siguen del alcoholismo, la drogadicción y, bien lo sabe nuestro mundo actual, de los devastadores efectos de la sexualidad sin freno.


El castigo eterno

Desde un punto sobrenatural, el pecado, al destruir el reflejo de Dios en el alma, la priva de la comunicación con Él. Eso lleva implícito que, de morir en ese estado, el alma no podrá estar con Dios. Esa alma estará en el infierno.

El tema del infierno se trata con amplitud en la segunda parte de este libro, al hablar de los novísimos o postrimerías. Aquí nos limitaremos a explicar por qué el pecado conlleva un castigo eterno.

La idea del infierno es odiosa para muchos hombres, porque piensan que no hay proporción entre el pecado y su castigo. Les parece injusto que un acto temporal conlleve una pena sin fin, un castigo eterno. La realidad es que no existe tal desproporción, sino una exacta correspondencia. Veamos por qué.

La duración del castigo se mide por la duración del pecado, y -una vez muerto el hombre- el pecado nunca cesa. Si el individuo muere con él, su voluntad quedó fija en el pecado, y no existe para ella la oportunidad de retractarse. Quedó para siempre determinada en el rechazo de Dios y Él, con todo su poder, no actúa contra la libre determinación de la persona. Rechazó durante su existencia terrena -cuando podía no hacerlo- la mano amorosa que su Creador le tendía, y ahora no puede ya retractarse, pues su voluntad quedó fijada, definitivamente determinada, en el momento de morir.

Así, pues, para comprender bien el castigo debemos ir a su origen, al momento inicial en que se incurre en el castigo. Ese momento es aquel en que se comete el acto pecaminoso. Puede ser un momento brevísimo, pero en ese mismo instante la belleza del alma desaparece y sobreviene el castigo. La conexión entre una cosa y otra es absoluta e íntima: mientras dura el pecado, mientras el pecador se niega a volverse a Dios, el alma permanece sucia y sometida al castigo. Sólo cuando se vuelve hacia Dios y el pecado cesa, el alma recobra su belleza, y el castigo en cuanto tal -como un mal no deseado, pero inevitable- se levanta.


Gravedad de los pecados

Para todos resulta evidente que en la vida corporal las enfermedades pueden adquirir toda una gama de peligrosidad. Hay un abismo entre un simple catarro y un cáncer de pulmón, entre un esguince de tobillo y la ruptura de la médula espinal. Lo mismo sucede en la vida del espíritu con los males que denominamos pecados.

Aquellos pecados que ocasionan la muerte del alma se les llama, precisamente por eso, mortales. Un pecado mortal desafía la razón divina y la humana, traiciona a Dios y se burla de sus leyes. Son aquellos que conllevan el eterno castigo del infierno. Los pecados leves -llamados también veniales- no apartan de la recta razón divina y humana, y no suponen una traición al amor de Dios. Sí, hay un abismo entre una ligera burla y un asesinato, entre una oración distraída y el odio a Dios, entre una inocente mentirilla y un adulterio.

Ahora bien, ¿dónde está el límite que hace grave o leve una acción pecaminosa? En otras palabras, ¿cuáles son las condiciones que debe reunir un acto para considerarlo pecado mortal?

Esas condiciones son tres. Se precisan tres elementos para que un acto pueda ser considerado pecado mortal. Si faltara cualquiera de las tres, no habría pecado mortal.

En primer lugar, y antes que nada, aquello que se hace debe tener un cierto grado de negatividad, lo que los teólogos llaman “materia grave”. La razón divina y la humana nos dicen que el hurto de un caramelo no implica gravedad moral de peso, pero sí el prender fuego a la industria de la competencia. No es materia grave decir una mentira infantil, pero sí lo es quitar la vida a alguien o cometer un acto contrario a la castidad.

En segundo lugar, debo saber que lo que hago está mal, muy mal. No puedo pecar por ignorancia inculpable. Si he olvidado que hoy es día de abstinencia y como carne, para mí no habría pecado. Esto presupone, claro está, que esa ignorancia no sea por culpa mía. Si no quiero saber algo por miedo a que estropee mis planes, sería culpable de ese pecado.

En tercer lugar, no puedo cometer un pecado mortal a no ser que libremente quiera realizar esa acción pecaminosa o mala a sabiendas. Si, por ejemplo, alguien más robusto que yo me fuerza de modo irresistible a apretar el gatillo para matar a otro, no me ha hecho cometer un pecado mortal. Tampoco puedo pecar mortalmente por accidente, como cuando al disparar en una caseta de feria erré el tiro y lesioné al dueño, pues no tuve voluntad de hacerlo.

Tres son, pues, las condiciones que una acción requiere para que se le considere pecado mortal: materia grave, conocimiento pleno y consentimiento perfecto.

Si alguna de esas tres condiciones falla, por ejemplo, si la materia es leve o la advertencia o el consentimiento no son totales, el pecado entonces es venial.

El pecado venial no priva de la amistad con Dios, pero enfría la caridad, no desfigura completamente la belleza del alma, pero la ensucia. No destruye su esplendor, pero lo empaña. Es como el polvo que, acumulado en las vidrieras de una catedral, no deja pasar los rayos del sol, o como una densa niebla que envuelve el automóvil. Podrían compararse también con una mampara colocada delante de una chimenea, entre el fuego y el que quiere calentarse; la mampara de los pecados veniales no apaga el fuego de la caridad (el fuego de la gracia del amor divino), pero impide que su calor llegue franco al alma. Y así, en ese principio de frialdad, el pecado venial desliza hacia su más terrible peligro: acerca el alma al pecado mortal.

¿Qué pecados están en el fondo?

En su origen, todo pecado es un acto de egoísmo. El pecador prefiere aquel bien parcial que se le ofrece aquí y ahora relegando el Bien Absoluto que preceptúa un orden de cosas. Por eso los teólogos enseñan que todo pecado incluye dos elementos: la aversión o rechazo de Dios (al desobedecer su ley), por la conversión a las criaturas (disfrutando de ellas). Con su acción pecaminosa, el hombre ha preferido el goce inmediato y parcial, aun a costa de pasar por alto la ley divina que lo ordenaba.

Hay, por tanto, un sólido punto de partida que marca el comienzo del fracaso humano: el orgullo, o apetito desordenado de la propia excelencia. A continuación, y por debajo de él se alinean los demás pecados llamados capitales, llamados así porque suelen ser fuente o “cabeza” de muchos pecados. Por ejemplo, el pecado capital de la avaricia (pensemos en aquel que no para en mientes para lograr enriquecerse) produce mentiras y engaños, cuando no asesinatos, sobornos o cohechos. La lujuria -quizá habremos sido testigos de algunos penosos casos- es causa de incontables perjuicios: abortos, riñas, hogares deshechos, y muchos más. Por no decir nada de la pereza, la ira, la gula o la envidia.

Al ser tan peligrosos estos pecados, tiene gran valor para el cristiano reconocer cuáles de ellos están en el origen de sus acciones pecaminosas. Hay personas que aceptan ser murmuradores y criticones, pero no se han percatado que detrás de eso está la envidia. Otros dicen ser “de carácter fuerte”, pero en realidad son unos orgullosos incorregibles. Los pecados que reconocen son meros síntomas, y sólo cuando es advertido su origen verdadero se puede atacar la enfermedad moral en el foco de infección, y obtener la curación rápidamente. Por el contrario, si sólo se combaten los síntomas, apenas se logra nada porque la causa real del desorden sigue intacta, al quedar inadvertida.

Terminemos ya de hablar del pecado. Quizá el panorama nos haya parecido algo sombrío, pero no hemos de olvidarnos de Belén, de Nazaret, ni de los largos y fatigosos años que terminaron en el clímax del Calvario. Tampoco hemos de olvidarnos que lo primero que hizo Jesús luego de resucitar fue instituir un sacramento perenne para perdonar nuestros pecados, ni olvidarnos del Pan de los Ángeles con el que somos alimentados con el Cuerpo y la Sangre del Maestro, ni de los torrentes de gracia que fluyen de la Cruz… En una palabra, estaríamos ciegos si nos aplastara la realidad del pecado, pues nos habríamos negado a contemplar la evidencia del amor divino y de la justicia divina, de reconocer que Dios no sólo nos ha tratado como a hombres libres sino como a entrañables amigos.

Como Vivimos el Primer Mandamiento?


Primer mandamiento: Amarás a Dios sobre todas las cosas

No deja de ser una enorme superficialidad el comentario de aquellos que, con ganas de polemizar, dicen que Dios es egoísta porque nos ha hecho para darle gloria. Olvidan que otro fin hubiera sido indigno de Él, al grado de quedar subordinado a aquella otra finalidad y dejar, por ello, de ser Dios.

Ya dijimos que, al darle gloria encontramos nuestra felicidad. Es, pues, correcto afirmar que Dios nos ha hecho para ser eternamente felices con Él. Y que esa felicidad se gana a través de los actos libres, pues sólo en la libertad cabe el amor. Nada debe, pues, estar subordinado al Amor que nos dará esa eterna dicha: ni las cosas del mundo, ni los seres queridos, ni la propia salud o la vida. “Con todo el corazón, el alma, la mente, las fuerzas”: consecuencia ineludible de ser Dios el Ser Supremo, Infinitamente Bueno, que nos ha hecho para comunicarnos su inefable felicidad.

Resulta claro que de este precepto se derivarán muchísimas consideraciones. Incluso es válido afirmar que resume a todos los demás: si amo a Dios honraré su nombre, le daré culto, amaré a mis padres, serviré a mi prójimo, controlaré mis tendencias rebeldes, etcétera. Pero los moralistas van por orden: nos dicen que, bajo este primer mandamiento, hemos de incluir ante todo aquellas virtudes que más directamente se relacionan con Dios: la fe -hemos de creer en Él para amarlo-; la esperanza -debemos confiar que alcanzaremos a poseer el objeto de nuestro amor-; la caridad, que es la virtud específica de este precepto, y, por último, la virtud de la religión, reguladora de las relaciones entre Dios y el hombre.


La fe: para amar debo empezar por creer

La fe es el primer contacto con Dios. El inicio de toda posible comunicación se da con esta virtud por la que, como dice San Agustín, “tocamos a Dios”.

Esta virtud se infunde en nuestra alma, junto con la gracia, al ser bautizados. Y crece si recibimos debidamente dispuestos los sacramentos, somos almas de oración y llevamos una vida coherente entre la fe y las obras. Pero es muy oportuno, para que la virtud crezca, ejercitarnos haciendo actos de fe. Esta virtud podría quedar anquilosada, “vieja”, si no la vitalizamos haciendo actos de fe. Hacemos un acto de fe cada vez que asentimos conscientemente a las verdades reveladas por Dios; no precisamente porque nos hayan sido demostradas y convencido científicamente, sino primordialmente porque Dios las ha revelado. Dios, al ser infinitamente sabio, no puede equivocarse. Dios, al ser infinitamente veraz, no puede mentir. Por eso, si cuando Dios dice que algo es de una manera, no se puede pedir certidumbre mayor. La palabra divina contiene más certeza que todos los razonamientos filosóficos, pruebas de computación y demostraciones matemáticas posibles.

Por otra parte, para nosotros que ya poseemos la fe, es muy importante no dormirnos en nuestros laureles. No podemos estar tranquilos pensando que, porque de niños se nos enseñó el catecismo, ya sabemos todo lo que nos hace falta sobre religión. Una inteligencia adulta necesita una comprensión de adulto de las verdades divinas. Oír con atención homilías y pláticas, leer libros y folletos doctrinales, asistir a cursos o conferencias, no son simples aficiones, actividades sólo para quienes tengan esa “especial” sensibilidad. Éstas no son prácticas “devotas” para “personas peculiares”.

Para todos los hombres es un deber procurarnos un adecuado grado de conocimiento de nuestra fe, deber que establece el primero de los mandamientos. No podemos hacer actos de fe sobre una verdad o verdades que ni siquiera conocemos, pues fides ex auditu, dice San Pablo, la fe viene del oír. Nuestras dudas contra la fe desaparecerían si nos tomáramos la molestia de estudiar un poco más el contenido de sus verdades.

Ahora bien, es en nuestro interior donde comienzan los deberes para con la fe. En nuestra mente Dios nos pide que hagamos actos de fe, que le demos culto por el asentimiento explícito a sus dogmas. ¿Con qué frecuencia hay que hacer actos de fe? No hace falta decir que a menudo, pero especialmente debo hacerlos cuando llega a mi conocimiento una verdad de fe que antes ignoraba. Debo hacer un acto de fe (por ejemplo, rezando el Credo) cada vez que se presente una tentación contra esta virtud u otra cualquiera en que la fe esté implicada. Debo hacer un acto de fe cada vez que paso delante del Sagrario, o cuando el sacerdote muestra la Sagrada Hostia en la Consagración. Debo hacer actos de fe frecuentemente en la vida, para que no quede inactiva por falta de ejercicio.

Los deberes hacia la fe no sólo se refieren al ámbito interior. Hace falta que esa fe se manifieste, es decir, que hagamos profesión externa de nuestra fe. Este deber resulta imperativo cuando lo exijan el honor de Dios o el bien del prójimo. El honor de Dios lo exige cuando omitir esta profesión de fe equivaldría a su negación. Este deber no obliga sólo en las circunstancias extremas, como en la Roma de Nerón o en la Rusia de Stalin. Se aplica también a la vida cotidiana de cada uno de nosotros cuando, por ejemplo, sentimos vergüenza de manifestar nuestra fe por miedo a que eso perjudique nuestros negocios, por miedo a llamar la atención, a las ironías o al ridículo. El católico que asiste a un espectáculo inmoral, aquel que estudia en la universidad agnóstica, la católica que tiene reuniones sociales, y miles de ocasiones parecidas, pueden dar lugar a que disimular nuestra fe equivalga a su negación, con menoscabo del honor que a Dios se le debe.

Además, si dejamos de profesar nuestra fe por cobardía, es frecuente que el prójimo también resulte perjudicado. Muchas veces el católico o la católica menos fuertes en la fe, observan nuestra conducta antes de decidir su forma de actuar. Tendremos muchas ocasiones en que la necesidad concreta de dar testimonio de nuestra fe surgirá de la obligación de sostener con nuestro ejemplo el valor de otros. Nadie se salva ni se condena solo.

Esperanza y Amor a Dios


Sobre el Primer Mandamiento de la Ley de Dios
¿Nos abandonamos en manos de Dios? ¿Confiamos en su ayuda y misericordia? ¿Realmente conocemos como vivir la esperanza?

Es ocioso hablar a un niño pequeño de la importancia de su padre o de su madre. Cuando se aventura a dar sus primeros pasos no tiene ningún temor: alegre y confiadamente esos inseguros malabarismos tienen la garantía de unos brazos fuertes y unos ojos vigilantes que se antepondrán a cualquier percance. Luego, ya mayores, ante los apuros les basta pensar: “mi papá lo arreglará”. O, para manifestar su dignidad o sus méritos -si bien no propios-, consideran suficiente decir: “soy hijo de fulano”, “mi papá puede hacerlo todo”, “Se lo preguntaré a papá, él lo sabe todo”.

De esta actitud del hijo con su padre -y, para nuestro asunto, la actitud de la criatura con su Creador-, resulta muy fácil ver por qué un acto de esperanza es un acto de culto a Dios: expresa nuestra confianza total en Él, como Padre amoroso, sabio y omnipotente. Al hacer un acto de esperanza afirmamos nuestro convencimiento de que el amor de Dios es tan grande que Él se ha obligado con promesa solemne a llevarnos al cielo (…”confío en vuestra bondad y misericordia infinitas”). Afirmamos también nuestra convicción de que su misericordia sin límites sobrepasa las debilidades y extravíos humanos (… “que me perdonaréis y me daréis gracia para enmendarme y perseverar hasta el último instante y fin de mi vida”). Para ello una sola condición es necesaria, condición que se presupone aunque no llegue a expresarse: “siempre y cuando ponga yo lo que esté de mi parte”. No tengo que hacer todo lo absolutamente posible, pues eso muy pocos, si es que hay alguno, lo consiguen. Pero sí es necesario que haga yo el esfuerzo de asir la mano que Dios me tiende.

Dicho de otro modo, al hacer un acto de esperanza reconozco que no perderé el cielo a no ser por culpa mía. Si me condeno no será por “mala suerte”, no será por casualidad o porque Dios me haya abandonado. Si voy al infierno será por haber antepuesto mi voluntad a la de Dios. Si me veo apartado de Él por toda la eternidad será porque deliberadamente, aquí y ahora, rechazo a Dios con los ojos bien abiertos, he rechazado la mano que Dios me tendía.

Sabiendo qué es un acto de esperanza, resulta fácil deducir cuáles son los pecados contra esta virtud. Podemos pecar contra ella por “esperanza excesiva”, si fuera posible hablar así. Sería mejor decir por “esperanza mal entendida” o “esperanza desvergonzada”, o sea, esperándolo todo de Dios, en vez de casi todo. Dios da a cada uno las gracias que necesita para ir al cielo, pero espera que cooperemos con su gracia. Como el buen padre provee a sus hijos de casa, alimento y atención médica, pero espera que, al menos, se cobijen en el hogar que construyó, lleven la ropa que les proporciona, y se tomen las medicinas para recuperar la salud, así Dios espera de cada uno que utilice la gracia y los dones que nos proporciona.

Ese pecado es el pecado de presunción, y admite muchos matices. En su grado más desvergonzado caería quien dijera: “goza tu juventud, ya tendrás tiempo de portarte bien cuando seas viejo”. O, si no, algo como “Dios no puede permitir que me condene, es demasiado bueno. Por ahora, no dejaré pasar esta oportunidad. Al cabo después me confieso”. También la actitud de aquel que cínicamente afirmara: “puedo portarme de cualquier modo pues ya cumplí los nueve primeros viernes y tengo asegurado que me salvaré”.

El descaro no será por lo regular tan patente como en los casos anteriores. Veamos algunos ejemplos más disimulados. Un hombre sabe que, cada vez que entra en cierto bar, acaba borracho; ese lugar es para él ocasión de pecado, y es consciente de que debe apartarse de allí. Pero, si al pasar delante de él, se dice: “Hoy entraré, nada más para saludar a los amigos, y, si acaso, tomaré una copita tan solo”, ese hombre se coloca innecesariamente en ocasión de pecado. Incluso aunque en esta ocasión no termine borracho, es culpable de un pecado de presunción al exponerse imprudentemente al peligro. Otro ejemplo sería el de aquel que pasa por un periodo de tentaciones fuertes, y sabiendo que debe rezar más y recibir los sacramentos con más frecuencia (puesto que éstas son las ayudas que Dios provee para vencer las tentaciones), descuida culpablemente sus oraciones, y es muy irregular en la recepción de los sacramentos. De nuevo un pecado de presunción, presunción que es más frecuente de lo que parece.

En el extremo opuesto a la presunción se sitúa el otro tipo de pecados contra la virtud de la esperanza: la desesperación. Mientras uno espera demasiado de Dios, otro espera demasiado poco. El caso más frecuente del pecado de desesperación es el del que dice: “He pecado tanto en mi vida como para pretender que Dios me perdone ahora. No puede perdonar a los que son como yo”. La tristeza, el abatimiento, e incluso los pensamientos de suicidio se ciernen sobre el desesperado. La gravedad de esta actitud estriba en el insulto que se hace a la infinita misericordia de Dios por dudar de ella. Judas Iscariote, ahorcado de la rama de un árbol, es la imagen perfecta del pecador desesperado: del que tiene remordimiento pero no dolor por la ofensa a Dios.

Posiblemente para la mayoría de nosotros la desesperación constituye un peligro remoto; nos es más fácil caer en el pecado de presunción. Pero, cada vez que pecamos para evitar un mal real o imaginario -engañar a otro para salir de una situación comprometida, usar anticonceptivos para evitar tener otro hijo- está implicado en ello cierta dosis de falta de esperanza. No acabamos de convencernos de que, si hacemos lo que Dios quiere, todo, absolutamente todo, será siempre para nuestro bien.

El amor verdadero

Hacemos un acto de amor a Dios cada vez que manifestamos -internamente con la mente y el corazón, o externamente con palabras u obras- el hecho que amamos a Dios sobre todas las cosas y personas.

En esto de amar a Dios, quizá consuele a los de “corazón frío” pensar que ese amor reside primariamente en la voluntad y no en los sentimientos. Es muy posible que alguien se sienta frío hacia Dios en un nivel puramente emotivo, y, sin embargo, posea un amor profundo hacia Él. Lo que constituye el verdadero amor a Dios es la determinación de la voluntad. Si tenemos el deseo habitual de hacer todo lo que Él nos pida (tan sólo porque Él lo pide), y la determinación de evitar todo lo que no quiere (por la sencilla razón que a Él no le agrada), tenemos entonces amor a Dios independientemente de cuál sea la sensibilidad emocional del momento.

Cuando el amor a Dios es auténtico y real, resulta natural amar a todos los que Él ama. Esto quiere decir que amamos a todas las almas que Él ha creado y por las que Cristo ha muerto, sin racismos, clasismos, nacionalismos o discriminaciones de ninguna tonalidad. De ahí que, si amamos a nuestro prójimo (es decir, a todos) por amor a Dios, no tendrá mayor importancia que este prójimo sea naturalmente amable o no. Ayuda, y mucho, si lo es, pero, entonces, nuestro amor tiene menos mérito. Sea éste guapo o feo, blanco o negro, simpático o pesado, nuestro amor a Dios nos lleva a desearle todo bien, pues son hijos de Dios, amados por Él. Y nosotros tenemos que hacer todo lo que podamos para ayudarles a conseguir la salvación a la que Él los ha destinado.

Pasemos ahora a estudiar algunos pecados concretos contra la caridad. El primero de todos es el odio. El odio, como hemos visto, no es lo mismo que sentir disgusto hacia una persona, que sentir pena cuando abusan de nosotros de la forma que sea. El odio es un espíritu de rencor, de venganza. Odiar es desear mal a otro, es buscar la desgracia ajena.

El más grave tipo de odio es, claro está, el odio a Dios: el deseo (ciertamente absurdo) de causarle daño, la disposición para frustrar Su Voluntad, el gozo diabólico en el pecado por ser un insulto a Dios. Los demonios y los condenados odian a Dios, pero, afortunadamente, no es éste un pecado muy corriente entre los hombres, ya que es el peor de todos los pecados, aunque, a veces, uno sospeche que ciertos ateos declarados más que no creer en Él lo que hacen es odiarlo. Del odio a Dios proceden la blasfemia, las maldiciones, los sacrilegios, las persecuciones a la Iglesia…

El odio al prójimo reviste muchas formas. Una de ellas es la antipatía. Para nuestra tranquilidad, convendrá aclarar que la antipatía natural que podamos sentir hacia una persona no es pecado sino cuando es voluntaria o nos dejamos llevar por ella. Lo que va en detrimento de la verdadera caridad no es sentir simpatía o antipatía, sino manifestarlas externamente, haciendo acepción de personas o mostrando rechazo e indiferencia.

La envidia es otro pecado contra la caridad. Consiste en el disgusto o tristeza ante el bien del prójimo, considerado como mal personal, ya que disminuye (real o imaginariamente) la propia excelencia, felicidad, bienestar o prestigio. La caridad, por el contrario, se alegra del bien de los demás y une a las almas, mientras que la envidia entristece y con frecuencia deshace amistades. Convendría que pensáramos lo que sentimos al ver el coche o el vestido nuevo de la vecina, o los continuos ascensos profesionales del compañero de escuela, para determinar los momentos en que la envidia puede hacer mella en nuestro ánimo.

Por último, y más grave aún, es el pecado de escándalo, por el que, con nuestras palabras o nuestro ejemplo, inducimos a otro a pecar o lo ponemos en ocasión de pecado, aunque éste no se siga necesariamente. Éste es un pecado que en la actualidad reviste proporciones masivas, por ejemplo a través de la difusión de la pornografía, las campañas antinatalistas, la corrupción motivada por funcionarios públicos, la difusión de ideas anticristianas en los medios de comunicación social, en las modas, etcétera.

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Causas de la Infelicidad


Continuación:sobre el Primer Mandamiento de la Ley de Dios……

De Ricardo Sada Fernandez

Todo niño -noble producto de Dios- llega a la existencia con un “instructivo” que le asegura su felicidad, y que ese instructivo no es otro que la ley de Dios. Dijimos también que esa ley, para distinguirla de otras, se llama ley moral. Veremos ahora, a través de una sencilla comparación, lo que ocurre cuando ese instructivo se ignora o se rechaza.

El mayor temor de una niñera inexperta cuando los padres se ausentan de casa por la noche es que se despierte el bebé. Si eso ocurre, lo más probable será que esa misteriosa criatura se limite a mirar de hito en hito a su desconocida guardián mientras berrea sin cesar. ¡Si al menos pudiera hablar y decir lo que le pasa, en lugar de llorar como descosido!.

La niñera intentará calmarlo trayendo ante su vista un montón de juguetes y objetos variadísimos, pero será en vano. A continuación le cantará alguna canción de cuna, intentará darle algún alimento o algo de beber, le hará cucamonas y desplegará toda su fantasía sin lograr otra cosa que desesperar a la criatura y hartarse ella misma. Sin embargo, al minuto de llegar la madre y tomar en sus brazos al niño, el llanto cesa. Y un minuto después, el anterior energúmeno es ahora un angelito que duerme plácidamente.

La civilización contemporánea tiene a un niño en sus brazos, pero ese niño, en lugar de sentirse feliz, sigue llorando con inmenso desconsuelo, y todos los juguetes que le ha mostrado no han logrado calmarlo. Le ha cantado canciones, le ha contado cuentos, lo ha halagado, lo ha mimado… pero el niño sigue haciendo pucheros.

Ha intentado variados recursos para contentarlo: le ha dicho que era una máquina, un animal, un producto de la evolución de la materia, un periodo e incluso un paréntesis del universo; que era eterno e infalible, que llegaría a dominar la enfermedad y la muerte.

Le ha ofrecido riquezas, libertinaje, sensualidad, poder y gloria, pero el hombre sigue siendo desgraciado y su infelicidad se contagia al mundo. No, la civilización contemporánea no ha logrado hacer feliz al hombre, porque no sabe que el secreto de su felicidad está en el instructivo que le dio Aquel que lo hizo ser lo que es.

El pensamiento moderno no descubrirá dónde reside la felicidad del hombre mientras siga empeñado en ignorar lo que el hombre es. Porque la infelicidad humana no puede explicarse con las razones que aclaran por qué se marchita una flor o por qué languidece un caballo sediento. Hay vida vegetal y animal en el hombre, por supuesto, y ambas pueden ser dañadas; pero la cuestión fundamental es que el hombre tiene también alma, alma humana, y ésta puede ser dañada. Y ese daño es pecado.

Tal es la raíz de la humana infelicidad. No hay otra. Otras cosas pueden hacer la vida del hombre ingrata, desagradable, incluso dificilísima, pero no necesariamente infeliz, desgraciada. Porque se puede hallar la felicidad en medio de la más absoluta pobreza, enfermedad o ignorancia, en medio del cansancio más atroz o de las tareas más duras, pero no allí donde reina el pecado. No, no puede haber felicidad en el corazón de un pecador. Puede cubrirse con la máscara del placer y aparentar alborozo, pero la música no la lleva dentro. Nadie mejor que un sacerdote sabe que un pecador arrepentido no necesita que se le incite a la vergüenza y al pesar, porque ha bebido hasta las heces la copa del desconsuelo y conoce su amargura.

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Puedo Perder la fe?


Ricardo Sada Fernandez

Sobre el primer mandamiento de la ley de Dios: Amaras a Dios sobre todas las cosas

Incumpliré el mandamiento de amor a Dios si, voluntariamente, mi fe flaquea, se hace vacilante o la pongo en peligro de perderla. El primer pecado contra la fe es el pecado de apostasía. Un apóstata es aquel que abandona su fe. La forma más común de apostasía es, en la sociedad de hoy, el postcristiano: aquel que dirá que fue cristiano, pero que ya no cree en nada. Muchas veces la apostasía es consecuencia de un mal comportamiento. Por ejemplo, cuando un católico vive en unión libre. O cuando uno de los cónyuges se une civilmente con un divorciado. Al excluirse del flujo de la gracia divina, la fe del católico se angosta y muere, viéndose al final del proceso sin fe alguna.

Además del rechazo total de la fe en que consiste el pecado de apostasía, existe el rechazo parcial, que es el pecado de herejía, y quien lo comete se llama hereje. Un hereje es el bautizado que rehusa creer una o más verdades reveladas por Dios y enseñadas por la Iglesia Católica. El conjunto de verdades -o dogmas- forman el tapiz de la fe católica. Pero es un tapiz tan especial que si un hilo se desprende acaba por quedar deshilachado del todo. Rechazar un dogma significa rechazarlos todos. Si Dios, que habla por su Iglesia, puede errar en un punto de la doctrina, no hay razón alguna para creerle en los demás. Así que como en el fondo todo hereje es apóstata, resultará indistinto, a efectos prácticos, referirnos a uno o a otro.

Una manera de inclinarse a la apostasía es la laxitud, o “manga ancha”. Puede haber un católico laxo que cumpla con el precepto dominical sólo esporádicamente. El origen de su descuido será, ordinariamente, pura pereza. “Trabajo mucho toda la semana, y tengo derecho a descansar los domingos”, dirá seguramente. Si le preguntáramos cuál es su religión, contestaría: “Católica, por supuesto”. Generalmente se defenderá diciendo que es mejor católico que “muchos que van a misa todos los domingos”. Es ya una excusa, argumento que todo sacerdote ha oído una y otra vez. Sin embargo, es habitual que la laxitud acabe en apostasía. Uno no puede ir viviendo de espaldas a Dios, mes tras mes, año tras año; uno no puede vivir indefinidamente en pecado mortal, rechazando constantemente la gracia de Dios, sin que al fin se encuentre sin fe, o por lo menos, con la fe muy menguada. La fe es un don de Dios, y llegará el tiempo en que Dios, que es tan infinitamente justo como infinitamente misericordioso, no permita que su don siga despreciándose, su amor rehusándose. Cuando la mano de Dios se retira, la fe muere. Un hombre no puede vivir en continuo conflicto consigo mismo. Si sus acciones chocan con su fe, una de las dos partes tiene que ceder. Si descuida la gracia, es fácil que sea la fe y no el pecado lo que arroje por la ventana. Muchos que justifican la pérdida de su fe por dificultades intelectuales, en realidad tratan de cubrir el conflicto más íntimo y menos noble que tienen con sus pasiones. Los problemas de fe son, en la mayoría de los casos, problemas de conducta: se arreglan con un buen lavado en el sacramento de la confesión.

Las lecturas imprudentes suelen ser terreno abonado para la apostasía. Cualquier talento medio puede ser fácil presa de las arenas movedizas de autores refinados e ingeniosos, cuya actitud hacia la religión es de suave ironía o altivo desprecio. Leyendo tales autores es probable que la mente superficial comience a poner en dudas sus creencias religiosas. Al no saber sopesar las pruebas, al no buscar los apoyos doctrinales sólidos, el lector incauto cambia su fe por los sofismas brillantes y los absurdos paradigmas que va leyendo.

Por eso, el aprecio que tenemos a nuestra fe nos llevará a alejarnos de la literatura que pueda amenazarla. Por muchos premios que un libro reciba, por muy culta que una revista nos parezca, si se oponen a la fe católica, no son para nosotros.

La objeción que algunos suelen oponer a lo anterior es la siguiente: “¿Por qué tienes miedo?”, dicen. “¿Temes acaso que te hagan ver que estabas equivocado? No tengas una mente tan estrecha. Hay que ver siempre todos los aspectos de una cuestión. Si tu fe es firme, puedes leerlo todo sin miedo a que te haga daño”.

A este planteamiento podríamos contestar, con toda sencillez, que sí, que tenemos miedo. No es un miedo a que nos demuestren que nuestra fe es errónea, es miedo a nuestra debilidad. El pecado original ha oscurecido nuestra razón y debilitado nuestra voluntad. Vivir nuestra fe implica negaciones, a veces muchas. Suele Dios pedirnos cosas que a nosotros, humanamente, no nos gustan. El cosquilleo del egoísmo nos inclina a pensar que la vida sería más agradable si no tuviéramos fe. Sí, con toda sinceridad, tenemos miedo de tropezar con algún escritor de ingenio que infle nuestro yo hasta el punto en que, como Adán, decidamos ser dioses. Y sabemos que rechazar el veneno de la mente no es una limitación, exactamente igual que no lo es rechazar el veneno del estómago. Para probar que nuestro aparato digestivo es bueno no es necesario beber un litro de sosa cáustica.

Cada vez se observa con mayor frecuencia otro tipo de herejía especialmente peligrosa: el error del “indiferentismo”. El indiferentismo postula que todas las religiones son igualmente gratas a Dios, que tan buena es una como la otra, y que es cuestión de preferencias tanto profesar una religión determinada como no tener religión alguna. En su base, el indiferentismo yerra al suponer que la verdad y el error son igualmente gratos a Dios; o en suponer que la verdad absoluta no existe, que la verdad es lo que uno cree. Si supusiéramos que una religión es tan buena como cualquier otra, el siguiente paso lógico concluiría que ninguna es de Dios, puesto que Él no se ha pronunciado sobre ella.

La herejía del indiferentismo puede predicarse tanto con acciones como con palabras. Ésta es la razón que desaconseja la participación de un católico en ceremonias no católicas, la asistencia, por ejemplo, a servicios luteranos o ceremonias budistas. Participar activamente en tales ritos es un pecado contra la virtud de la fe. Nosotros conocemos cómo Dios quiere que le demos culto y, por ello, es gravemente pecaminoso dárselo según formas creadas por los hombres en vez de las dictadas por Él mismo. Esto no significa que los católicos no puedan orar con personas de otra fe, como lo hizo Su Santidad Juan Pablo II en el histórico encuentro de Asís, con los líderes de las más importantes confesiones religiosas. Pero una cosa bien distinta es participar en un acto de culto de una religión extraña.

Un católico puede, por supuesto, asistir (sin participación activa) a un servicio religioso no católico cuando haya razón suficiente. Por ejemplo, la caridad justifica nuestra asistencia al funeral o la boda de un pariente, amigo o vecino no católico. En casos de esta índole todos saben el motivo de nuestra presencia allí.

La razón de todo lo anterior es evidente: cuando alguien está convencido de poseer la verdad religiosa, no puede en conciencia transigir con una falacia religiosa. Cuando un protestante, un judío o un mahometano da culto a Dios en su templo, cumple lo que él entiende como voluntad de Dios, y por errado que esté (supuesta la rectitud de su conciencia) hace algo grato a Dios. Pero nosotros no podemos agradar a Dios si con nuestra participación damos a entender que el error no importa.

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