Décimo Mandamiento


2534 El décimo mandamiento desdobla y completa el noveno, que versa sobre la concupiscencia de la carne. Prohíbe la codicia del bien ajeno, raíz del robo, de la rapiña y del fraude, proscritos por el séptimo mandamiento. La “concupiscencia de los ojos” (cf 1 Jn 2,16) lleva a la violencia y la injusticia prohibidas por el quinto precepto (cf Mi 2,2). La codicia tiene su origen, como la fornicación, en la idolatría condenada en las tres primeras prescripciones de la ley (cf Sb 14,12). El décimo mandamiento atañe a la intención del corazón; resume, con el noveno, todos los preceptos de la Ley.

I EL DESORDEN DE LA CODICIA

2535 El apetito sensible nos impulsa a desear las cosas agradables que no tenemos. Así, desear comer cuando se tiene hambre, o calentarse cuando se tiene frío. Estos deseos son buenos en sí mismos; pero con frecuencia no guardan la medida de la razón y nos empujan a codiciar injustamente lo que no es nuestro y pertenece, o es debido a otro.

2536 El décimo mandamiento proscribe la avaricia y el deseo de una apropiación inmoderada de los bienes terrenos. Prohíbe el deseo desordenado nacido de lo pasión inmoderada de las riquezas y de su poder. Prohíbe también el deseo de cometer una injusticia mediante la cual se dañaría al prójimo en sus bienes temporales:

Cuando la Ley nos dice: “No codiciarás”, nos dice, en otros términos, que apartemos nuestros deseos de todo lo que no nos pertenece. Porque la sed del bien del prójimo es inmensa, infinita y jamás saciada, como está escrito: “El ojo del avaro no se satisface con su suerte” (Si 14,9) (Catec. R. 3,37)

2537 No se quebranta este mandamiento deseando obtener cosas que pertenecen al prójimo siempre que sea por justos medios. La catequesis tradicional señala con realismo “quiénes son los que más deben luchar contra sus codicias pecaminosas” y a los que, por tanto, es preciso “exhortar más a observar este precepto”:

Los comerciantes, que desean la escasez o la carestía de las mercancías, que ven con tristeza que no son los únicos en comprar y vender, pues de lo contrario podrían vender más caro y comprar a precio más bajo; los que desean que sus semejantes estén en la miseria para lucrarse vendiéndoles o comprándoles…Los médicos, que desean tener enfermos; los abogados que anhelan causas y procesos importantes y numerosos… (Cat. R. 3,37).

2538 El décimo mandamiento exige que se destierre del corazón humano la envidia. Cuando el profeta Natán quiso estimular el arrepentimiento del rey David, le contó la historia del pobre que sólo poseía una oveja, a la que trataba como una hija, y del rico, a pesar de sus numerosos rebaños, envidiaba al primero y acabó por robarle la cordera (cf 2 S 12,1-4). La envidia puede conducir a las peores fechorías (cf Gn 4,3-7; 1 R 21,1-29). La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo (cf Sb 2,24).

Luchamos entre nosotros, y es la envidia la que nos arma unos contra otros…Si todos se afanan así por perturbar el Cuerpo de Cristo, ¿a dónde llegaremos? Estamos debilitando el Cuerpo de Cristo…Nos declaramos miembros de un mismo organismo y nos devoramos como lo harían las fieras (S. Juan Crisóstomo, hom. in 2 Co, 28,3-4).

2539 La envidia es un pecado capital. Designa la tristeza experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de poseerlo, aunque sea indebidamente. Cuando desea al prójimo un mal grave es un pecado mortal:

San Agustín veía en la envidia el “pecado diabólico por excelencia” (ctech. 4,8). “De la envidia nacen el odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría causada por el mal del prójimo y la tristeza causada por su prosperidad” (s. Gregorio Magno, mor. 31,45).

2540 La envidia representa una de las formas de la tristeza y, por tanto, un rechazo de la caridad; el bautizado debe luchar contra ella mediante la benevolencia. La envidia procede con frecuencia del orgullo; el bautizado ha de esforzarse por vivir en la humildad:

¿Querríais ver a Dios glorificado por vosotros? Pues bien, alegraos del progreso de vuestro hermano y con ello Dios será glorificado por vosotros. Dios será alabado -se dirá- porque su siervo ha sabido vencer la envidia poniendo su alegría en los méritos de otros (S. Juan Crisóstomo, hom. in Rom. 7,3).

II LOS DESEOS DEL ESPÍRITU

2541 La economía de la Ley y de la Gracia aparta el corazón de los hombres de la codicia y de la envidia: lo inicia en el deseo del Soberano Bien; lo instruye en los deseos del Espíritu Santo, que sacia el corazón del hombre.

El Dios de las promesas puso desde el comienzo al hombre en guardia contra la seducción desde lo que ya entonces, aparece como “bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría” (Gn 3,6).

2542 La Ley confiada a Israel nunca bastó para justificar a los que le estaban sometidos; incluso vino a ser instrumento de la “concupiscencia” (cf Rm 7,7). La inadecuación entre el querer y el hacer (cf Rm 7,10) manifiesta el conflicto entre la “ley de Dios” que es la “ley de la razón” y otra ley que “me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros” (Rm 7,23).

2543 “Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen” (Rm 3,21-22). Por eso, los fieles de Cristo “han crucificado la carne con sus pasiones y sus apetencias” (Gál 5,24); “son guiados por el Espíritu” (Rm 8,14) y siguen los deseos del Espíritu (cf Rm 8,27).

III LA POBREZA DE CORAZÓN

2544 Jesús exhorta a sus discípulos a preferirle a todo y a todos y les propone “renunciar a todos sus bienes” (Lc 14,33) por él y por el Evangelio (cf Mc 8,35). Poco antes de su pasión les mostró como ejemplo la pobre viuda de Jerusalén que, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir (cf Lc 21,4). El precepto del desprendimiento de las riquezas es obligatorio para entrar en el Reino de los cielos.

2545 “Todos los cristianos…han de intentar orientar rectamente sus deseos para que el uso de las cosas de este mundo y el apego a las riquezas no les impidan, en contra del espíritu de pobreza evangélica, buscar el amor perfecto” (LG 42).

2546 “Bienaventurados los pobres en el espíritu” (Mt 5,3). Las bienaventuranzas revelan un orden de felicidad y de gracia, de belleza y de paz. Jesús celebra la alegría de los pobres de quienes es ya el Reino (Lc 6,20):

El Verbo llama “pobreza en el Espíritu” a la humildad voluntaria de un espíritu humano y su renuncia; el Apóstol nos da como ejemplo la pobreza de Dios cuando dice: “Se hizo pobre por nosotros” (2 Co 8,9) (S. Gregorio de Nisa, beat, 1).

2547 El Señor se lamenta de los ricos porque encuentran su consuelo en la abundancia de bienes (Lc 6,24). “El orgulloso busca el poder terreno, mientras el pobre en espíritu busca el Reino de los Cielos” (S. Agustín, serm. Dom. 1,1). El abandono en la Providencia del Padre del Cielo libera de la inquietud por el mañana (cf Mt 6,25-34). La confianza en Dios dispone a la bienaventuranza de los pobres: ellos verán a Dios.

IV “QUIERO VER A DIOS”

2548 El deseo de la felicidad verdadera aparta al hombre del apego desordenado a los bienes de este mundo, y se realizará en la visión y la bienaventuranza de Dios. “La promesa de ver a Dios supera toda felicidad. En la Escritura, ver es poseer. El que ve a Dios obtiene todos los bienes que se pueden concebir” (S. Gregorio de Nisa, beat. 6).

2549 Corresponde, por tanto, al pueblo santo luchar, con la gracia de lo alto, para obtener los bienes que Dios promete. Para poseer y contemplar a Dios, los fieles cristianos mortifican sus concupiscencias y, con la ayuda de Dios, vencen las seducciones del placer y del poder.

2550 En el camino de la perfección, el Espíritu y la Esposa llaman a quienes les escuchan (cf Ap 22,17), a la comunión perfecta con Dios:

Allí se dará la gloria verdadera; nadie será alabado allí por error o por adulación; los verdaderos honores no serán ni negados a quienes los merecen ni concedidos a los indignos; por otra parte, allí nadie indigno pretenderá honores, pues allí sólo serán admitidos los dignos.

Allí reinará la verdadera paz, donde nadie experimentará oposición ni de sí mismo ni de otros. La recompensa de la virtud será Dios mismo, que ha dado la virtud y se prometió a ella como la recompensa mejor y más grande que puede existir: “Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo” (Lv 26,12)…Este es también el sentido de las palabras del apóstol: “para que Dios sea todo en todos” (1 Co 15,28). El será el fin de nuestros deseos, a quien contemplaremos sin fin, amaremos sin saciedad, alabaremos sin cansancio. Y este don, este amor, esta ocupación serán ciertamente, como la vida eterna, comunes a todos (S. Agustín, civ. 22,30).


RESUMEN

2551 “Donde está tu tesoro allí estará tu corazón” (Mt 6,21).

2552 El décimo mandamiento prohíbe el deseo desordenado, nacido de la pasión inmoderada de las riquezas y del poder.

2553 La envidia es la tristeza experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de apropiárselo. Es un pecado capital.

2554 El bautizado combate la envidia mediante la caridad, la humildad y el abandono en la providencia de Dios.

2555 Los fieles cristianos “han crucificado la carne con sus pasiones y sus concupiscencias” (Gal 5,24); son guiados por el Espíritu y siguen sus deseos.

2556 El desprendimiento de las riquezas es necesario para entrar en el Reino de los cielos. “Bienaventurados los pobres de corazón”.

2557 El hombre que anhela dice: “Quiero ver a Dios”. La sed de Dios es saciada por el agua de la vida (cf Jn 4,14).

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El Noveno y el Décimo Mandamientos


Aurelio Fernandez

 

La forma mas primitiva de la exposición de los mandamientos, tal coma se consigna en el Éxodo y se repite en el Deuteronomio, es negativa. Los diez mandamientos ordenan y legislan sobre asuntos que son proscritos para todos los humanos. Con ello se quiere indicar la radicalidad de las prohibiciones que incluyen sus enunciados. En cierto modo, se usa un método pedagógico -sobre todo para un pueblo primitivo cual era Israel- que pone de relieve el mal a evitar, al cual es tan proclive la persona humana, herida por el pecado de origen.

Asimismo, esas formulaciones negativas de los ocho mandamientos ya estudiados, en primer lugar, prohíben las acciones externas, que son las que mas fácilmente se detectan en la convivencia humana: blasfemar, matar, robar, fornicar, mentir, etc.

Pues bien, estos dos últimos mandamientos dan un giro y se fijan en el interior del hombre. Suponen un avance en la exposición de los deberes morales de la persona humana. En efecto, como indicó el Señor (Mt 15,18-20), es del interior, de donde surge el bien y el mal: en el corazón del hombre y de la mujer se libran las verdaderas batallas éticas. Estos dos mandamientos son, pues, una llamada a que se cuide lo más intimo de la persona, a que conserve la pureza de espíritu, de modo que sus pensamientos y sus deseos, purificados de todo mal, se orienten a la práctica del bien.

Aquí se estudian, pues, los pecados internos de pensamiento y de deseo en relación al sexto y séptimo mandamientos.

Jesucristo consignó que el hombre puede «adulterar también en el corazón». Asimismo, advirtió acerca del riesgo de las riquezas cuando se pone en ellas el corazón, de modo que se ambicione poseer desordenadamente las cosas terrenas. Es decir, estos dos mandamientos condenan los malos pensamientos y deseos contra las virtudes de la castidad y de la pobreza. Pero, indirectamente, se contemplan también los pecados internos contra las demás virtudes, especialmente, contra la caridad y la humildad, como son el odio y el rencor, la envidia y el afán la venganza, que son los ámbitos en los que los pensamientos y los deseos desordenados se manifiestan más frecuentemente.

Noveno mandamiento: «No desear la mujer de tu prójimo»

El Éxodo enuncia el noveno mandamiento en estos términos: «No codiciarás la mujer de tu prójimo, (Ex 20,17). La versión del Deuteronomio es similar: «No desearas la mujer de tu prójimo» (Dt 5,21), pero en el contexto implica una ligera variante1. Por su parte, Jesucristo explica e introduce en este mandamiento una importante reforma: “Habéis oído que se dijo a los antiguos: No adulterarás. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró en su corazón” (Mt 5,27).

La novedad de Jesús apunta a que no se trata ya del casado -o del soltero- que desea la mujer de otro, sino de cualquiera que desea licenciosamente a una mujer. Es obvio que lo que se dice del hombre en relación a la mujer, se ha de entender lo mismo de la mujer respecto al hombre. En este noveno mandamiento no se trata ya solo de condenar el adulterio o la fornicación, como se prohíbe en el sexo, sino de regular la sexualidad y de señalar que el interior -la fantasía, la imaginación, los sentimientos, el deseo, etc.- es el origen de todos los desórdenes sexuales. Esta generalización es lo que permite a los nuevos Catecismos formular el contenido de este mandamiento en estos términos: «No consentirás en pensamientos y deseos impuros».

Este mandamiento trata de fijar claramente el ámbito moral de la sexualidad humana, que no es otro que el de regular el apetito sexual -incluso en el pensamiento y en el deseo-, de forma que se viva la templanza como medio para practicar la virtud de la castidad, cada uno según su estado. Para ello, se requiere no sólo evitar los actos externos de lujuria, sino ordenar y fomentar la pureza de corazón. En este sentido, será preciso entender las palabras de Jesús en el Sermón de la Montaña: «Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8).

Cuando la virtud de la pureza se inicia en el corazón y en él se arraiga, las pasiones sexuales no pasan de ser instintos biológicos que son más fácil reconducir. De este modo, es posible no solo dominar el instinto sexual, sino valorar y vivir la virtud cristiana de la pureza. Según san Pablo, el «limpio de corazón» debe reconocer que «ha sido llamado por Dios no a la impureza, si no a la santidad» (1 Tes 4,7); tiene que estar prevenido en contra de «la impureza y de las pasiones juveniles» (2 Tim 2,20); ha de evitar caer en «la lascivia y en todo género de impureza» (Ef 4, 19) y ha llegar al convencimiento de que «la fornicación, la impureza, la liviandad y la concupiscencia son una especie de idolatría» (Col 3,5).

Liberado del desenfreno de la vida sexual, el «limpio de corazón» goza también de una especial aptitud para descubrir a Dios en las diversas facetas de la vida y, a su vez, sabe valorar el sentido real de la sexualidad humana. Por ello, considerará el cuerpo propio y ajeno, no solo bajo el prisma de la sexualidad, sino como «templo del Espíritu Santo» (1 Cor 6,19), por lo que es capaz de amar al otro sexo y gozarse de la capacidad de engendrar nuevas vidas. Juan Pablo II ha acuñado la expresión «teología del cuerpo», a la que añade otras imágenes referidas a la vida conyugal, tales como «gesto amoroso», «lenguaje del cuerpo», «profetismo del cuerpo», «llamada del amor», etc. En parecido sentido se expresa también el Catecismo de la Iglesia Católica:

«A los limpios de corazón se les promete que verán a Dios cara a cara y que serán semejantes a Él (cf l Co 13,12; 1 Jn 3,2). La pureza de corazón es el preámbulo de la visión. Ya desde ahora esta pureza nos concede ver según Dios, recibir al otro como un “prójimo”; nos permite considerar el cuerpo humano, el nuestro y el del prójimo, como un templo del Espíritu Santo, una manifestación de la belleza divina» (CEC 2519).

Jesucristo, proclamando como bienaventurados a los «limpios de corazón» -como también enseña el Catecismo-, «vino a restaurar la creación en la pureza de sus orígenes» (CEC 236). En efecto, el noveno mandamiento -unido al sexto- incluye una interpretación nueva de la sexualidad humana y aporta la doctrina completa sobre el sentido y el ejercicio de la sexualidad, que es noble y merece exaltación en el ámbito del matrimonio, el cual es la única cuna de la vida. La relación conyugal entre el hombre y la mujer esta orientada a salvaguardar la santidad del matrimonio, a ensalzar el amor esponsalicio, a elevar el gozo del encuentro entre el hombre y la mujer y a valorar la procreación. Esta es la grandeza de la concepción cristiana de la sexualidad.

Décimo Mandamiento: No desear los bienes ajenos

El décimo mandamiento se formula así en el Éxodo: «No codiciarás los bienes del prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno ni nada que le pertenezca a tu prójimo» (Ex 20,17) .Por su parte, la tradición del Deuteronomio lo enuncia apenas sin variante alguna: «No desearás su casa, ni su campo, ni su siervo ni su sierva, ni su buey ni su asno, ni nada de lo que pertenezca a tu prójimo» (Dt 5,21).

Este mandamiento trata de introducir la templanza en la posesión de bienes, puesto que, tal como admite el séptimo mandamiento, el hombre tiene derecho a disponer de las cosas en propiedad. No obstante, la posesión de bienes, tal como propugna ese mandamiento, debe atemperarse con la pobreza de espíritu, no deseando poseer desmesuradamente, de forma que surja el deseo de apropiarse de los bienes que pertenecen a otro.

Ahora bien, la gran novedad en este mandamiento la introduce Jesús en el Sermón de la Montaña. Primero, el Señor advierte acerca de la fragilidad de los bienes terrenos, y previene contra el afán de poseerlos, pues, si se absolutizan, el deseo de poseer se apodera del corazón:

“No alleguéis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín los corroen y donde los ladrones horadan y roban. Atesorad tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín los corroen ni horadan ni roban. Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón”(Mt6,19-21).

Seguidamente, Jesús llama la atención acerca del peligro de que se idolatren las cosas que se poseen, hasta el punto de ponerlas en competencia con Dios. Así añade: «Nadie puede servir a dos señores, pues o bien, aborreciendo al uno, amará al otro, o bien, adhiriéndose al uno, menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas» (Mt6,24).

Pero la enseñanza de Cristo va mis allá, pues enseña la disposición interior que ha de tener el creyente en relación a los bienes materiales: no debe inquietarse en tenerlos y disponer de ellos, sino que ha de manifestar en codo su confianza en la providencia amorosa de Dios:

«Por eso os digo: No os inquietéis por vuestra vida, por lo que habéis de comer o beber, ni por vuestro cuerpo, por lo que habéis de vestir». (Mt 6,25).

Finalmente, Jesús ilustra su enseñanza recordando el cuidado que Dios tiene de las plantas y de los pájaros, para concluir con esta enseñanza que regula la relación del hombre con las cosas:

“Los gentiles se afanan por todo eso; pero bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso tenéis necesidad. Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura. No os inquietéis, pues, por el mañana; porque el día de mañana ya tendrá sus propias inquietudes; bástale a cada día su afán» (Mt 6,32-34).

De este modo, la relación hombre-cosas se armoniza: desde el interior, el hombre y la mujer usarán de ellas, pero, al mismo tiempo vivirán el espíritu de pobreza porque ni las absolutizan ni están inquietos en poseerlas. Por ello, respetarán también el derecho de todos a poseerlas y no pecarán deseando y sustrayendo los bienes ajenos.

Los pecados internos de pensamiento y de deseo

Puede sorprender a algunos que la moral cristiana juzgue los pensamientos y deseos, donde, a primera vista, podría imaginarse que cada persona humana es autónoma y tiene derecho a que se respete su intimidad. Además, suele aducirse que no se tiene pleno dominio de esos primeros movimientos internos. Otros señalan que ¡ni los pensamientos ni los deseos hacen daño a nadie! Sin embargo, no es así, y precisamente, en el hecho de elevar la moral al ámbito de los pensamientos y de los deseos, se descubre la grandeza de la moral cristiana, pues es tan profunda y humana, que trata de elevar lo más íntimo del hombre. Con ello se destaca que la moral del Evangelio responde a la totalidad de la persona. O sea, el Evangelio manifiesta la profunda relación que existe entre antropología y moral. En efecto, también la Psicología y la Antropología filosófica afirman que el hombre se perfecciona en la medida en que adquiere el dominio de su interior.

Según diversas escuelas psicológicas, parece que la actividad psíquica se realiza por medio de imágenes. Y esas imágenes que constituyen la vida más intima de la persona no son estáticas, sino dinámicas, por lo que tienden a realizarse. Es los que se denomina «principio de motricidad de las imágenes».

Esta teoría se corrobora con facilidad, puesto que es un dato de comprobación diaria. En efecto, un pensamiento o un deseo de animadversión contra alguien no sólo se inicia en la inteligencia y en el corazón, sino que se manifiesta instintivamente en leves gestos perceptibles. Y no es inusual que de inmediato se objetive en un acto de ira. Lo mismo acontece con los pensamientos y deseos de orgullo, de envidia o de pereza; y también es preciso tener un gran dominio de si mismo para que no se materialice en actos externos de impaciencia, de orgullo, de envidia o de pereza.

Pues bien, este dato primero se cumple plenamente en el instinto sexual. Es bien conocido que un pensamiento o un deseo libidinosos provocan de inmediato excitaciones sexuales. Por este motivo, el dominio de los pensamientos y de los deseos desordenados facilita adquirir un poder sobre el instinto sexual, tan decisivo para vivir la continencia en la práctica de la virtud de la castidad.

Esta teoría -al menos en su intuición primera- tiene garantía de verdad, puesto que, en la práctica moral procedemos siempre desde el interior hacia la actividad externa: los actos y las acciones morales se inician en la intimidad interior antes de realizarse externamente. Por ello, educar y tener dominio de esa motricidad de las imágenes que acabarían en acciones concretas, lleva consigo que el hombre y la mujer, al ser dueños de su actividad más íntima como son los pensamientos y los deseos, también serán señores de sus acciones.

Esta doctrina psicológica tiene pleno cumplimiento en la enseñanza moral de Jesucristo. El Maestro, con extrañeza de los discípulos, les adoctrina acerca de la importancia de mantener limpio el interior, puesto que, precisamente, del corazón brota el bien y el mal moral:

“Y llamando a sí a la muchedumbre, les dijo: oíd y entended: No es lo que entra por la boca; que hace impuro al hombre; mas lo que sale de su boca, eso es lo que al hombre le hace impuro. Entonces se le acercaron los discípulos y le dijeron: ¿Sabes que los fariseos al oírte se han escandalizado? Les respondió y dijo: Toda planta que no ha plantado mi Padre celestial será arrancada. Dejadlos, son guías ciegos; si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en la hoya. Tomando Pedro la palabra, le dijo. Explícanos esa parábola. Dijo Él: ¿Tampoco vosotros entendéis? ¿No comprendéis que lo que entra por la boca va al vientre y se expele en la letrina? Pero lo que sale de la boca procede del corazón, y eso hace impuro al hombre. Porque del corazón provienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las blasfemias. Esto es lo que contamina al hombre, pero comer sin lavarse las manos, eso no contamina al hombre” (Mt 15, 10-20; Mc 7, 1-23).

Los pecados internos no son sólo producto de la imaginación, sino que en ellos intervienen también el entendimiento, la voluntad y la memoria. Por ello son graves y el hombre debe combatirlos. Es fácil que la persona se acostumbre y no les dé la importancia ética que tienen. Un medio para combatirlos es la sinceridad.

Pero, para el dominio del corazón, es preciso que el hombre sea dueño de sus apetencias más primarias; es decir, de las pasiones que llevan al pecado. Es lo que pasamos a desarrollar.

Los movimientos del apetito sensible

Es una verdad de fe que el pecado original ha causado la debilidad y la enfermedad de la concupiscencia, y con ello las pasiones humanas pueden alterarse, de forma que rehúsan someterse a la luz de la razón y al imperio de la voluntad. Como consecuencia, el interior del hombre siente una inclinación natural al mal. La moral católica afirma que la «concupiscencia» no es pecado, pero es el principio de todo pecado2. El Catecismo de la Iglesia Católica desarrolla esta verdad en los siguientes términos:

«En sentido etimológico la concupiscencia puede designar toda forma vehemente de deseo humano. La teología cristiana le ha dado el sentido particular de un movimiento del apetito sensible que contraria la obra de la razón humana. El apóstol S. Pablo la identifica con la lucha que la carne sostiene contra el espíritu (cf Ga 5,16.17.24; Ef2,3). Procede de la desobediencia del primer pecado (Gn 3,11). Desordena las facultades morales del hombre y, sin ser una falta en si misma, le inclina a cometer pecados» (CEC 2515).

A partir del pecado original, según las enseñanzas del Concilio de Trento, el hombre esta herido, de forma que las pasiones le presionan e incitan a hacer el mal. La unidad radical de la persona no logra alcanzar siempre la armonía entre el cuerpo y el alma. Lo que da lugar a la lucha entre el «espíritu» y la «carne», tal como enseña san Pablo y constatan los autores de la vida ascética.

Cada hombre y cada mujer experimentan en lo más íntimo de su persona la queja de san Pablo, que descubre en si mismo la raíz de la inclinación al mal:

«Entonces ya no soy yo quien obra esto, sino el pecado que habita en mí, pues yo se que no hay, esto es, en mi carne, cosa buena, porque el querer el bien está en mí, pero el hacerlo, no. En efecto, no hago el bien que quiero, si no el mal que no quiero. Pero, si hago lo que no quiero, ya no soy quien lo hace, sino el pecado que habita en mí» (Ram 7,17 -20).

Según la enseñanza del Nuevo Testamento, la concupiscencia se opone al cumplimiento de la voluntad de Dios (1 Pr 4,2); es un impulso impetuoso ante el cual se cede (2 Tim 3,6); azuza a las pasiones (Ef2,3-4); es más fuerte en la juventud (2 Tim,22); es un tirano que esclaviza (Tit 3,3); tiende y exige satisfacerse (1 US 4,5); inclina a la avaricia (1 Tim 6,9); en ocasiones se combina con la sexualidad (2 Tim 3,6); es distinta en cada persona (Sant 1,14), pero siempre lleva a la esclavitud (Tit 3,3).

Por su parte, el apóstol Santiago describe el origen del pecado del hombre, el cual sigue el siguiente proceso:

«Cada uno es tentado por sus propias concupiscencias que le atraen y le seducen. Luego, la concupiscencia, cuando ha concebido, pare el pecado y el pecado, una vez consumado, engendra la muerte» (Sant 1,14-15).

La consideración del ser del hombre, debilitado por el pecado y azuzado por la concupiscencia, explica la importancia que adquiere el hecho de que el hombre cuide su interior. Precisamente los pecados internos, de pensamiento y de deseo, justifican que Jesús nos haya advertido de que la fuente del bien y del mal está en nuestro propio corazón. Por eso se han de cuidar el interior que es la fuente del actuar moral.

Una última consideración: Para que los malos pensamientos y los malos deseos puedan considerarse pecado, se requiere que sean consentidos por la voluntad; es decir, es necesario que los malos pensamientos y deseos sean queridos por el sujeto. Pero, mientras no haya consentimiento, no cabe hablar de pecado.

Los clásicos aplicaban a los pecados internos este sabio principio moral: «Sentir no es consentir». Esta doctrina es de excepcional importancia, por cuanto en ocasiones es difícil eliminar totalmente los pensamientos y los malos deseos que se suscitan en el interior.

Rechazo del «fariseísmo»

Con la enseñanza acerca del origen interior de mal y del bien moral, Jesucristo abrió una perspectiva nueva en la conducta ética de la humanidad. Al menos, eliminó de cuajo una tentación sutil que amenaza a todo programa ético: quedarse en una moral externa, de «lo que se ve», sólo de aprecio o negativa social. Esta fue, en verdad, la etapa final de la grandeza de la moral revelada, en el Antiguo Testamento. En efecto, las exigencias éticas del Éxodo, sin ser muy elevadas -puesto que Dios no podía exigir una altura moral a un pueblo primitivo que procedía de la esclavitud y que aun no estaba redimido por la muerte de Cristo-, se habían convertido en una moral externa, de pura apariencia. Por ello, Jesús mantuvo fuertes diatribas con sus representantes los fariseos (Lc 13,10-16).

Desde esta condena, el termino «fariseísmo» designa un estilo de vida moral externo y vacío de valores éticos verdaderos. Jesús denominó a los fariseos «sepulcros blanqueados» y les lanzó otros apelativos Con los que rechazaba el programa moral sociológico que ellos proponían (Mt 12,1-8). El hecho es que la valoración moral de los fariseos se oponía al juicio que a esas mismas acciones les daba Jesús.

Es una constatación histórica que los sistemas éticos exclusivamente externos suelen acabar en una «moral de clase». No es pues ajeno a la historia de la moral que las «morales de clase» suelan elevar a categoría de bien, los vicios de la propia clase social. Es el caso de las denominadas éticas de la burguesía de la clase obrera: casi siempre califican de «buenos» los defectos de su clase y de «males» los que no están bien vistos en su entorno social, pero sin referencia a la objetividad de las acciones que se realizan.

Por el contrario, el retorno al interior del hombre, es conquistar el alma, que es la que alienta el actuar ético de la persona. Asimismo, empezar la vida moral por los pensamientos y los es sanar en la propia raíz el sujeto moral, dado que, según las enseñanzas cristianas, el hombre nace con la herida del pecado original y sus potencias superiores están dominadas por la concupiscencia. Por ello, descubrir la herida del corazón es iniciar un camino moral que conducirá al hombre y a la mujer a alcanzar altas cotas de moralidad.

De este modo, la vida cristiana goza de una gran coherencia se inicia en el Credo, que señala las verdades que se creen; en ellas se descubren los principios que deben guiar su conducta y, al final, si el creyente lleva un comportamiento moral, entiende con mayor rigor las verdades que profesa. De este modo, se aúnan creencias y conducta, fe y vida. Es lo que bellamente enseña san Agustín:

«Los fieles deben creer los artículos del Símbolo para que, creyendo, obedezcan a Dios; obedeciéndole, vivan bien; viviendo bien, purifiquen su corazón; y purificando su corazón, comprendan lo que creen3.

La virtud del desprendimiento

El cultivo del interior -de la inteligencia y del corazón- rescata al hombre y a la mujer de su egoísmo y los enriquece, puesto que, liberados de la tiranía de las pasiones, les es más fácil comunicarse con los demás y entregarse a si mismos con generosidad. Esto se cumple en los diversos ámbitos que prescriben estos dos mandamientos.

a) Respecto a la virtud de la pureza

En efecto, en la vida matrimonial, los esposos que viven la y castidad conyugal, no sólo evitan los pecados externos e internos contra la castidad -«no desear la mujer de tu prójimo»-, sino que, al misma tiempo, no buscan en exclusividad sus propias satisfacciones.

El Concilio Vaticano II distingue y elogia las relaciones conyugales que se conducen por la generosidad de las esposos, que se caracterizan por estar ausentes de egoísmo y las compara con otras que buscan eróticamente la complacencia propia y no la donación mutua de los esposos.

«Este amor (de los esposos), por ser eminentemente humano, ya que va de persona a persona con el afecto de la voluntad, abarca el bien de toda la persona y, por tanto, es capaz de enriquecer con una dignidad especial las expresiones del cuerpo y del espíritu y de ennoblecerlas como elementos y señales específicas de la amistad conyugal. El Señor se ha dignado sanar el amor, perfeccionarlo y elevarlo con el don especial de la gracia y la caridad. Un tal amor, asociando a la vez lo humano y lo divino, lleva a los esposos a un don libre y mutuo de si mismos, comprobado por sentimientos y actos de ternura, e impregna toda su vida; mas aun, por su misma generosa actividad crece y se perfecciona. Supera, por tanto, con mucho la inclinación puramente erótica, que, por ser cultivo del egoísmo, se desvanece rápida y lamentablemente» (GS 49).

Es claro que esa perfección de la entrega matrimonial supone la atención generosa de uno al otro, lo cual supone la pureza de espíritu que facilita el ejercicio de la virtud de la castidad en el matrimonio.

b) Respecto a la virtud de la pobreza

Efectos semejantes se producen también en relación a la virtud de la pobreza. El desprendimiento afectivo y efectivo de los bienes terrenos, da al espíritu del hombre una lejanía de las cosas que las sitúa en su propio ámbito. Lo contrario es la avaricia que conduce a las personas a la prosecución de bienes sin reparar en los medios. Aquí surge el peligro de las riquezas, tal como se consigna en el Nuevo Testamento.

A este respecto, no cabe olvidar las graves advertencias que hace Jesús sobre el riesgo de la riqueza. Entre Los numerosos textos de los Evangelios no cabe silenciar esta rigurosa sentencia contra los ricos:

“¡Que difícilmente entra un rico en el reino de los cielos! De nuevo as digo: es mas fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que entre un rico en el reino de los cielos. Oyendo esto, los discípulos se quedaron estupefactos y dijeron:

¿Quién, pues, podrá salvarse? Mirándolos, Jesús les dijo: Para los hombres, imposible, más para Dios todo es posible» (Mt 19,23-26).

Las riquezas son, pues, un obstáculo para entrar en el reino de Dios, pero tampoco las condena abso1utamente, dado que “para Dios todo es posible”. Las razones que dificultan que los ricos sigan las consignas del reino son profundas. No residen en las cosas mismas, sino en el sujeto que posee la riqueza. El Nuevo Testamento enumera algunas causas. Por ejemplo, porque las riquezas ahogan la palabra de Dios, tal como asevera la parábola del sembrador, en la que compara la riqueza con “las espinas” (Mt 13,22). El riesgo de absolutizarlas y convertirlas en ídolos. Es lo que Jesús condena Con el dicho «no podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24). Porque es fácil que el rico quede atrapado por la avaricia, y, en palabras de san Pablo, “la avaricia es una especie de idolatría” (Col3,5). Y sobre todo por el riesgo de que la riqueza lleve a la soberbia: es el caso de la parábola del hombre rico: « Yo Soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad» (Apoc 3,17). De hecho, riqueza y soberbia frecuentemente van juntas. Más aun, bíblicamente, se identifican y en la existencia diaria se confunden. La fina percepción de Teresa de Jesús lo expresa en estos términos:

“Tengo para mi que honras y dinero, casi siempre andan juntos, y quien quiere honra no aborrece dineros, y quien aborrece dineros es que se le da poco la honra”4.

Pero la verdadera pobreza se inicia en el corazón, lo mismo que la riqueza empieza a elaborarse en el alma. Este es el sentido de la bienaventuranza. San Mateo precisa literalmente: “Bienaventurados los pobres de espíritu» (Mt 5,3). Es cierto que san Lucas omite el término «espíritu» y llama bienaventurados a los «pobres» (Lc 6,20). Pero, parece que el texto griego cabría traducirlo por «bienaventurados aquellos que tienen el alma pobre»5.

Es decir, pobreza y riqueza se ventilan en el alma: se tiene el corazón pobre o rico. Ahora bien, esa pobreza interior ha de manifestarse externamente con signos reales de pobreza. Primero, de desprendimiento real y segundo, con generosidad para repartir los bienes que se poseen. Una riqueza que no se comunique es señal de que esta muy metida en el corazón; es decir, que se es «rico» en el alma, y tales «ricos», según las enseñanzas de Jesús, es «difícil que se salven».

San Pablo tampoco condena las riquezas, pero encomienda a Timoteo que a los ricos les dé estos sabios y cristianos consejos:

«A los ricos de este mundo encárgales que no sean altivos ni pongan su confianza en la incertidumbre de las riquezas, si no en Dios, que abundantemente nos provee de todo para que lo disfrutemos, practicando el bien, enriqueciéndonos de buenas obras, siendo liberales y dadivosos y atesorando para el futuro, con que alcanzar la verdadera vida» (1 Tim 6,17-19).

La búsqueda de la santidad

El cumplimiento de los diez mandamientos lleva al creyente en Cristo a alcanzar la santidad. Como es sabido, el Concilio Vaticano II señala que la vocación cristiana tiene como metano una vida más o menos ética, sino el logro de la perfección:

«Es, pues, completamente claro que todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, y esta santidad suscita un nivel de vida mas humano incluso en la sociedad terrena. En el logro de esta perfección empeñen los fieles las fuerzas recibidas según la medida de la donación de Cristo, a fin de que, siguiendo sus huellas y hechos conformes a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, se entreguen con toda su alma a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Así, la santidad del Pueblo de Dios producirá abundantes frutos, como brillantemente lo demuestra la historia de la Iglesia con la vida de tantos santos» (LG 40).

En efecto, la santidad personal significa que el individuo consigue la perfección como hombre y como creyente. La vida moral contribuye como ningún otro saber a que el individuo logre su propia perfección. Este objetivo se alcanza especialmente en la moral cristiana. Y es así porque la moral de los diez mandamientos no es una moral de «mínimos éticos», sino de «máximos morales». Por eso, el cumplimiento amoroso de los mandamientos lleva a término la aspiración mas común a todos los hombres: el logro de la propia perfección. Asimismo, la vida moral vivida de acuerdo con las exigencias morales contenidas en los diez mandamientos, colma las ansias de felicidad que están escritas en el corazón mismo del hombre.

Pero, al mismo tiempo, la santidad del individuo produce un bien extraordinario en la Iglesia, entendida como el Pueblo de Dios. Cabe decir aún más: la santidad de los cristianos, como afirma el Concilio y confirma la historia de los pueblos, repercute en la entera sociedad. Muestra de ello son los santos, muchos de los cuales, a la ejemplaridad de sus vidas, es preciso añadir la ingente labor que han dejado en la historia de los distintas naciones y pueblos. La vida de los santos, sus obras sociales y sus escritos son focos de cultura y de civilización.

Los pecados externos añaden a la malicia interior la ejecución de las acciones, también los malos efectos que se siguen y en ocasiones el escándalo de quienes son testigos del mal actuar del prójimo. Pero la primera batalla de la moralidad tiene lugar en el corazón. De ahí el interés porque el hombre y la mujer cultiven el bien en su interior, porque es, precisamente, en el corazón donde la persona se encuentra consigo misma y donde decide el bien y el mal de que es capaz de crear y llevar a término. Consiguientemente, es en el interior donde se decide ser buena o ser mala persona.

NOTAS:

1 «Es una formulación que varia ligeramente con respecto a la de Ex 20,17. Mientras que en éste la mujer aparece como una pertenencia más del hombre, aquí en el Deuteronomio, se distingue claramente de los otros bienes del prójimo, situándola en primer lugar. Esta variante del Deuteronomio indica un claro progreso moral”. Biblia de la Universidad de Navarra. Eunsa. Pamplona 1997. 1,786-787.

2 Concilio de Trento, DS 1515.

3 San AGUSTÍN. Sobre la fe y el Símbolo, X. 25. PL 40, 196.

4 Santa TERESA DE JESÚS, Camino de perfección 11, 5.

5 Es la conocida traducción de M. OSTY, Les Evangiles Synoptiques. Ed. Silvé, París 1948, 20.