Obligaciones y deberes de padres e hijos


cuarto mandamiento, continuación…..

de: Ricardo Sada Fernández

Obligaciones de los padres

¿Cuáles son en detalle los principales deberes de los padres hacia sus hijos? Dejando a un lado lo obvio (alimento, vestido, etcétera), en primer lugar está lo referente a sus necesidades espirituales y sobrenaturales. Y ya que el fin de los hijos es alcanzar la vida eterna, éste es el más importante de los deberes paternos. Tienen, por tanto, obligación de bautizarlos en las primeras semanas luego de su nacimiento. Después, cuando la mente infantil comienza a abrirse, surge el deber de hablarles de Dios, especialmente de su amor y su cuidado paterno, y de la obediencia que le debemos. Y, en cuanto comienzan a hablar, deben los padres enseñarlos a rezar, mucho antes de que tengan edad de ir al colegio.

Cuando no haya seguridad de que en su escuela se dé una buena formación religiosa, debe procurarse que vayan regularmente a clases de catecismo, o bien enseñarles en el propio hogar los rudimentos de la doctrina cristiana, preparándolos adecuadamente para los sacramentos de la Confirmación y la Primera Comunión. El niño aprenderá a amar la Misa dominical y a frecuentar la confesión y comunión no porque se le mande, sino porque entiende que haciéndolo así es capaz de aumentar su unión con Dios.

A medida que el niño crece, los padres mantendrán una actitud vigilante hacia los amigos de sus hijos, sus lecturas, sus diversiones y la forma de emplear sus ratos de ocio. Junto a ello, se suma el grave deber de formarlos en las virtudes humanas. ¡Cuántas veces son los padres débiles, que todo lo consecuentan, la causa de la ruina humana y espiritual de los suyos! Como ellos mismos tendrían que prescindir de su actitud aburguesada, no la piden a sus hijos y enervan su carácter y vigor naturales. La madre de María Goretti podría darles buenos consejos: la reciedumbre, el espíritu de servicio, la sobriedad y el olvido de sí habrían de ser virtudes claves en cada hogar cristiano. Así se lograría hacer de lo hijos buenos ciudadanos: útiles, económicamente solventes, bien educados y patriotas inteligentes.

Por otra parte, y aunque parezca una paradoja, ser buenos padres no comienza con la disposición hacia los hijos, sino con el amor mutuo y verdadero que los esposos se tienen entre sí. Aquellos padres que dependen de los hijos para satisfacer su necesidad de cariño, rara vez consiguen una adecuada relación de afecto con ellos. Cuando los esposos no se quieren lo suficiente es muy posible que su amor de padres sea ese amor posesivo y celoso que busca la propia satisfacción más que el verdadero bien del hijo. Y amores así hacen a los hijos egoístas y débiles.

Sin embargo, los padres que se aman el uno al otro en Dios, y a los hijos como dones de Dios, pueden quedarse tranquilos: tienen todo lo que necesitan para ser buenos padres, aunque no hayan tomado cursos de educación familiar (cosa, por otro lado, muy aconsejable). Quizá cometan errores, pero no causarán a los hijos daño permanente, porque, en un hogar así, el hijo se siente amado, querido, seguro; crecerá ecuánime de espíritu y recio de carácter.


Deberes de los hijos

Las obligaciones con nuestros padres nos alcanzan a todos sin excepción. Si ya han muerto, nuestros deberes son sencillos: recordarlos en nuestras oraciones y, periódicamente, ofrecer alguna Misa por el eterno descanso de sus almas. Si aún viven, estos deberes dependerán de nuestra edad y situación, y de la suya. Quizá sería más apropiado decir que la manera de cumplir estas obligaciones varía con la edad y situación, pero lo que es verdadero es que nadie está excluido de amar y respetar a los padres, incluidos los hijos que han formado ya su propia familia.

La obligación de amar a los padres no es de ordinario un deber difícil de cumplir. Pero, incluso en aquellos casos en que no salga natural quererlos a nivel humano (porque el padre haya abandonado el hogar, o la madre sea neurasténica, por ejemplo), el deber obliga. Los hijos deben amarlos con ese amor sobrenatural que Cristo nos manda tener también a quienes nos resulte difícil amar naturalmente. Debemos desear su bienestar temporal y su salvación eterna. No importa cual sea el perjuicio que nos hayan ocasionado, son nuestros padres, y la deuda que tenemos con ellos es impagable.

Otra obligación derivada del amor filial es el respeto: hemos de tratar a nuestros padres con reverencia, con estima y atención. Faltaríamos a este deber filial si les echamos en cara sus defectos o rarezas, dirigiéndoles palabras altaneras, o no dándoles las muestras usuales de cortesía (como son el saludo al llegar o salir de casa, por la mañana y al final del día). También faltaríamos si los tratamos con palabras y acciones tales que los harían parecer como iguales nuestros, por la desfachatez o vulgaridad de las expresiones. Recuerdo a una joven muchacha que me decía: “Oiga, si me llevo tan bien con mi papá, no entiendo por qué se enoja cuando le hablo con los modismos que empleo para tratar a mis compañeros”. Busqué explicarle que su papá es su papá, no su compañero; es su superior y no su igual. Merece, por ello, un trato distinto, de sincera veneración y respeto.

Al tratar del matrimonio, hablaremos del importante papel que desempeñan los padres cuando su hijo se va a casar. Por ahora baste mencionar que es muy sano buscar su consejo en decisiones importantes, como la elección del estado de vida o la idoneidad de un posible matrimonio. Pero hay que recordar a los padres que en los asuntos que se refieren a la elección de estado pueden aconsejar, pero no mandar. Por ejemplo, los padres no pueden obligar a un hijo a casarse si prefiere quedarse soltero, o que sea médico en lugar de abogado, ni prohibir que se haga sacerdote o ingrese en un convento.

Quizá no debiéramos mencionar siquiera que odiar a los padres, golpearlos, insultarlos, amenazarlos o ridiculizarlos seriamente, maldecirlos o negarles nuestra ayuda si estuvieran en grave necesidad, o hacer alguna otra cosa que les pudiera causar ira o grave dolor, constituyen pecado mortal. Si lo anterior es ya pecado dirigido a un extraño, si se hace en contra de los padres resulta un pecado de doble malicia.

Antes de terminar el estudio del cuarto mandamiento mencionaremos la obligación de amar a nuestra patria (nuestra familia a gran nivel); de preocuparnos verdaderamente por su desarrollo, de respetar y obedecer a sus autoridades legítimas. Decimos autoridades “legítimas”, porque los ciudadanos tienen, claro está, el derecho de defenderse de las que no lo son, o bien, de aquellas que siendo legítimas preceptúan leyes contrarias a los derechos humanos fundamentales. Ningún gobierno debe dictar leyes contrarias a los derechos del individuo o de la familia. Un gobierno -lo mismo que un padre- no tiene derecho a mandar lo que Dios prohíbe, o a impedir que se realice lo que Dios desea.

Exceptuando estos casos, un buen católico será necesariamente un buen ciudadano. Como sabe que la razón iluminada por la fe le pide que trabaje por el bien de su nación, cumplirá ejemplarmente todos sus deberes cívicos; obedecerá las leyes de su país y pagará sus impuestos como justa contribución a los gastos de un buen gobierno; defenderá a su patria en caso de guerra justa (las condiciones de guerra justa las explicamos en el capítulo siguiente), con el servicio de las armas si a ello fuera requerido. Y todo esto lo hará no sólo por motivos de patriotismo natural, sino porque su conciencia de católico le dice que el servicio a la legítima autoridad del país es en último término sumisión a Dios, de quien de toda autoridad emana.

La Importancia del Hogar


Cuarto Mandamiento, Continuación….

de Ricardo Sada Fernández

El día 7 de julio de 1902, perdida entre las páginas de un periódico, se publicaba esta noticia: la campesina María Goretti, de escasos 12 años de edad, fue acribillada a puñaladas por el también campesino Alejandro Serenelli, debido a que ella resistió a las torpes pretensiones de éste. Aparentemente, uno de tantos crímenes pasionales.

Pero a la vuelta de pocos años, María Goretti había conquistado la admiración y la veneración de millones de corazones en el mundo. Y el 24 de junio del Año Santo 1950 tuvo lugar su canonización, la más emotiva de la historia, no sólo por la enorme concurrencia de fieles, sino, sobre todo, porque aún vivían su madre y su asesino. Asunción Carlini, una ancianita de 84 años de edad, de manos encallecidas por el duro trabajo del campo, presenció la exaltación de su hija y compartió con ella los aplausos y los vivas de la multitud delirante, enternecida hasta las lágrimas, cuando la descubrió acomodada en su silla de ruedas en un balcón del Vaticano. Al día siguiente el Papa Pío XII la recibió en audiencia privada, con los honores reservados a los Jefes de Estado y quiso que descansara unos días en el lugar destinado a las vacaciones de los Papas.

¿Por qué tantos honores a una pobre viejecita analfabeta? Porque el pueblo católico, lo mismo que el Papa, veían en ella a la forjadora de una gran santa y de una mártir extraordinaria. Habiendo quedado viuda antes del nacimiento de su última hija, hubo de trabajar como hombre en el campo y como mujer en la casa para alimentar y educar a sus seis hijos. Ella no sabría responder a la pregunta de cuál había sido el secreto para formar a Santa María Goretti. Pero el Papa respondió por ella:

“María Goretti… es un fruto maduro del hogar doméstico donde se reza, donde los hijos son educados en el santo temor de Dios, en la obediencia a sus padres, en el amor, en el pudor, en la pureza; donde los niños se acostumbran a contentarse con poco, a prestar bien pronto su ayuda en la casa y en el trabajo; donde las condiciones naturales de la vida y la atmósfera religiosa que los rodean, cooperan poderosamente a hacerlos una cosa en Cristo y a crecer en su gracia”.

Si María Goretti es la prueba, Alejandro Serenelli es la contraprueba. Huérfano de madre desde muy niño, creció al lado de un padre irresponsable, que todo le consentía, que colaboraba inconscientemente a que alimentara sus pasiones con lecturas inmorales. De aquí le nació la idea, según confesó el mismo Alejandro, de cometer un crimen de aquellos que había leído.

El ámbito de los deberes y derechos familiares se sitúa dentro del cuarto precepto del Decálogo. “Honrarás a tu padre y a tu madre” se refiere de modo principal a todos aquellos deberes que conlleva la relación familiar: padres-hijos, hijos-padres y hermanos entre sí. Abarca también, por semejanza, las relaciones con las sociedades superiores: con la Iglesia, la patria y, en general, de todo súbdito con su superior, y viceversa. Pero siendo el hogar y la familia la célula básica de toda sociedad y la primera que Jesucristo nos enseñó a santificar -su primer ejemplo es ser buen hijo-, nos detendremos más pausadamente a tratar este aspecto clave en la vida humana.

Crisis generacionales

Salomón, al principio de su esplendoroso reinado, recibió la visita de su madre Betsabeé, “y el rey se levantó de su trono, le salió al encuentro, le hizo profunda reverencia, sentóse en su trono, y fue puesto un trono para la madre del rey, que se sentó a su derecha” (III Reyes 2, 19). ¿Después de tres mil años, mantiene esta actitud nuestra sociedad “civilizada”?

Tanto los padres como los hijos tienen necesidad de examinar regularmente su fidelidad al cuarto mandamiento de la ley de Dios. En él, Dios se dirige explícitamente a los hijos: “Honrarás a tu padre y a tu madre”, mandándoles amar y respetar a sus padres, obedecerlos en todo lo que no sea una ofensa a Dios y atenderlos en sus necesidades. Pero, mientras se dirige a ellos, mira de reojo a los padres, mandándoles implícitamente que se hagan acreedores al amor y respeto que pide a los hijos.

El fundamento de las obligaciones que establece el cuarto mandamiento, tanto las de los padres como las de los hijos, es el hecho de que toda autoridad viene de Dios. Sea ésta la del padre, la de una potestad judicial o académica, en último extremo, su autoridad es la autoridad de Dios, que Él se digna compartir con ellos. La sumisión que se les debe (siempre, claro está, dentro de sus atribuciones), es sumisión al mismo Dios, y así debe ser considerada. De ahí se sigue que los constituidos en autoridad tienen, como agentes y delegados de Dios, obligación grave de ser leales a la confianza que el Creador ha depositado en ellos.

Esta idea básica debe tener presente la madre con título universitario que anhela trabajar fuera de casa; el padre irascible que descarga en su familia la tensión nerviosa acumulada durante la jornada. La misma idea básica deben tener presente los padres que delegan el cuidado de sus hijos en otras personas debido a sus ocupaciones o distracciones; los padres que invitan a casa a parejas divorciadas o a amigos bebedores y de lengua suelta; los padres que disputan a menudo delante de sus hijos.

Esta idea básica debe tener el patrón o el maestro que abusa de su autoridad y es déspota con sus súbditos o con sus alumnos. Esta idea básica debe tener el gobernante que aprovecha su potestad en favor de su utilidad pecunaria. En resumen, es éste un punto que deberá tener siempre presente aquel que está constituido en autoridad: que Dios se la delegó, y de ella le pedirá cuentas.

Cuarto Mandamiento


Cuarto mandamiento (continuacion…..)

Aurelio Fernandez

Con la exposición del cuarto mandamiento iniciamos el estudio de los siete preceptos que se recogen en la «segunda tabla»; es decir, los referidos a la convivencia con los demás hombres. El Antiguo Testamento los simplifica y resume en uno: «Amarás al prójimo como a ti mismo ». Tal es la formula que repite Jesucristo en respuesta al fariseo que le pregunta por la esencia de la moral. Jesús precisa que los tres primeros preceptos se resumen en uno: «amar a Dios» y que los siete restantes -a modo de segundo precepto- se concretan en el «amor al prójimo». y Jesús concluye: «No existe otro mandamiento mayor que éstos» (Mc 12,29-31).

El primer mandamiento de esta «segunda tabla» es la práctica del amor en el ámbito de la familia. Ello indica el orden de la caridad que se inicia con aquellos «prójimos» que están más «próximos», o sea los que tienen la misma sangre. En este mandamiento se integra el amor de los esposos entre si, el amor de los padres a los hijos y de estos a sus padres, el amor compartido de los hermanos, y se alarga hasta el amor entre los demás miembros de la familia (abuelos, tíos, etc). Por extensión, se estudia en este mandamiento la relación con las autoridades civiles (maestros, gobernantes, magistrados, etc.), que ejercen una respuesta cuidadosa vigilancia sobre los ciudadanos.

El Decálogo en enuncia este mandamiento en los siguientes términos: « Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar » (Ex 20,12). Una fórmula semejante se encuentra en el Deuteronomio (Dt 5,16).


El matrimonio cristiano

El hombre nace en una familia y él mismo está orientado a vivir en un ámbito familiar. El Génesis describe el origen de la vida human a en el seno de una pareja, unida en matrimonio. Bajo el relato de Adán y Eva, la historia de la humanidad es la crónica del desarrollo de esta primera familia.

La familia es una institución natural. Mas aun, cabe decir que es la mas natural de las instituciones, pues responde a las exigencias del ser humano. De hecho, la constitución somático y psíquica del hombre y de la mujer están no solo orientados el uno al otro, sino que tienden a formar una pareja estable. De este modo, el matrimonio monogámico y permanente es la realidad más común y sólida de la historia humana, pues se encuentra en todos los tiempos y en las más diversas culturas. Este dato es confirmado por los estudios de la historia primitiva y de la etnología. Es una tesis comúnmente aceptada que la poligamia y el divorcio no son fenómenos originarios, sino originados, que aparecen en el tiempo por causas bien distintas.

Para el cristiano este dato histórico está corroborado expresamente por la Revelación. Pues, si bien es cierto que muy pronto esa primera página de la Biblia se oscurece, primero con la poligamia (Gn 4, 19) y más tarde con el divorcio (Dt 24, 1-4) , sin embargo, nos consta que esas malas costumbres se introdujeron «por la malicia del corazón». Jesucristo lo confirma en respuesta a una pregunta que se le hace sobre este tema: “¿Es lícito al marido repudiar a su mujer?”. Y Jesús responde: «Al principio de la creación los hizo Dios varón y hembra; por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y serán los dos una sola carne. De manera que no son dos, sino una sola carne» (Mc 10,5-9).

Este testimonio de Jesús es tan esclarecedor, que con esta doctrina apela al plan originario de Dios, tal como se describe en el Génesis. Además, Cristo se detiene en condenar la ruptura del matrimonio, pues añade: «El que repudia a su mujer y se casa con otra, adultera contra aquella, y si la mujer repudia al marido y se casa con otro, comete adulterio». Y Jesucristo rubrica esta enseñanza tan lúcida con esta sentencia final que perdura a lo largo de la historia como un foco de verdad: «Lo que Dios unió, no lo puede separar el hombre». Por consiguiente, romper el matrimonio no está en manos de los esposos.

La reacción de los Apóstoles confirma que esta expresión ha de entenderse en sentido literal. Ellos, conforme a la costumbre de la época, admitían un cierto divorcio por parte del marido, de aquí que, extrañados, comentaron al Maestro: «Si tal es la condición del hombre con la mujer, no conviene casarse» (Mt 19, 10). Por consiguiente, Jesús expone la verdadera doctrina sobre el matrimonio: lo hace de modo reiterado, rechaza el divorcio vigente en Israel y aclara las ideas a sus propios discípulos. Esta enseñanza es repetida por San Pablo a los cristianos de Corinto:

“En cuanto a los casados, el precepto no es mío, sino del Señor: que la mujer no se separe del marido, y de separarse, que no vuelva a casarse o se reconcilie con el marido y que el marido no repudie a su mujer” (1 Cor7,11).

Y esta misma doctrina es la que enseña reiteradamente el magisterio a lo largo de la historia. El Concilio Vaticano II enseña:

«El marido y la mujer, que por el pacto conyugal ya no son dos, sino una sola carne (Mc 19,6), con la unión intima de sus “personas y actividades se ayudan y se sostienen mutuamente, adquieren conciencia de su unidad y la logran cada vez más plenamente. Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad» (GS 48).

En este texto, el Concilio recoge la enseñanza de Jesús y como tal lo profesa la Iglesia Católica: el matrimonio es uno e indisoluble; es decir «uno con una y para siempre».

La familia en el plan de Dios

Desde el inicio del relato bíblico, las relaciones entre Adán y Eva se prolongan en los hijos, de forma que esta original y primera familia cumple el proyecto inicial Dios. En efecto, el Señor «les bendijo» y les dio el mandato de «creced y multiplicaos» (Gn 1, 28). Precisamente, la bendición divina iba orientada a este fin: la procreación de los hijos. Con ello los esposos expresaban la fecundidad de su amor esponsal.

Del matrimonio, pues, se origina la familia. La familia es el ámbito en el que cabe pronunciar con la mayor verdad y más puro afecto, los términos «esposa», «esposo», «madre», «padre», «hija», «hijo», «hermana», «hermano»… En la familia originada en el matrimonio es donde el amor de los esposos se materializa en el hijo, fruto fecundo del amor esponsalicio. Los hijos son como la plasmación de su propia persona. En este sentido, la convivencia familiar se traduce en una comunión de sentimientos y afectos que, cuando oran y se relacionan con Dios, eleva y aumenta el espíritu de convivencia de los padres entre sí y de estos con los hijos. Tal comunión entre los distintos miembros de la familia refleja la comunión de Dios en la mismidad de su ser trinitario. Así lo expresa el Catecismo de la Iglesia. Católica.:

«La familia cristiana es una comunión de personas, reflejo e imagen de la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo. Su actividad procreadora y educativa es reflejo de la obra creadora de Dios. Es llamada a participar en la oración y el sacrificio de Cristo. La oración cotidiana, la lectura de la Palabra de Dios fortalecen en ella la caridad. La familia cristiana es evangelizadora y misionera» (CEC 2205).

La familia cristiana tiene también relación con la grandeza de la Iglesia. Si el matrimonio, en expresión de san Pablo, refleja la unión de Cristo con su Iglesia (Ef 5, 32). en lógica consecuencia, la familia tiene una especial dimensión eclesial. Por eso se habla de la familia como «Iglesia doméstica». Así se expresa el Papa Juan Pablo II:

«La familia cristiana está llamada a hacer la experiencia de una nueva y original comunión que confirma y perfecciona la natural y humana (…). Una revelación y actuación específica de la comunión eclesial está constituida por la familia cristiana, que también por esto puede y debe decirse ‘Iglesia doméstica’» (FC21).

Por su grandeza y por las amplias significaciones que aúna en relación a Cristo y a la Iglesia, cabe deducir que el matrimonio es para el hombre y la mujer una verdadera vocación. Por eso el amor entre los esposos se sella con un sacramento. O sea, con una cualificada presencia de Jesucristo entre ellos. El sacramento del matrimonio es, pues, un designio de Dios por el que concede a los esposos la gracia de caminar juntos hacia la santidad:

«Es muy importante que el sentido vocacional del matrimonio no falte nunca tanto en la catequesis y en la predicación, como en la conciencia de aquellos a quienes Dios quiera en ese camino, ya que están llamados a incorporarse a los designios divinos para la salvación de rodos los hombres»1.

Tal grandeza del matrimonio ha sido reconocida siempre por la Iglesia, también ha sido alabada por los santos y ha sido vivida por muchos matrimonios cristianos, los cuales, a lo largo de la historia, han sido ejemplo de entrega, de fidelidad y de servicio a la convivencia social. Por eso afirmo el Concilio Vaticano II que “la salvación de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligado a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar» (GS 47).

Deberes de los esposos entre sí

La teología moral enseña las obligaciones éticas que origina el matrimonio. Estas son muchas e importantes, pues se corresponden con la grandeza de este sacramento. Cabe desglosarlas en dos ámbitos: deberes de caridad y deberes de justicia.

a) Deberes de caridad

La santidad del matrimonio demanda que los esposos se amen mutuamente. Al casarse, la Iglesia, con palabras de San Pablo, les recordó que debían amarse como «Cristo ama a su Iglesia». Se trata no solo de amarse, ciertamente, con amor humano, sino también con un amor sobrenatural. Es preciso aclarar que el hombre y la mujer se casan porque se aman con amor sensible (eros) y con amor afectivo (filia). Pero el sacramento eleva ese doble amor sensible-sentimental a amor sobrenatural (ágape)2. De esa novedad sacramental se siguen, entre otras, dos consecuencias:

– los esposos deben conservar, fomentar y aumentar el amor humano;

– siempre, pero sobre todo cuando el amor humano decrece, los esposos han de recurrir al amor sobrenatural mediante la oración y la recepción de los sacramentos.

Los esposos pueden pecar contra los deberes del matrimonio de modo diverso:

– por omisión, en caso de que desatiendan el cuidado del afecto mutuo;

– internamente, cuando fomentan pensamientos y sentimientos malos, contrarios a la caridad, de enemistad uno contra otro;

– externamente, cuando se insultan y no se respetan mutuamente.

b) Deberes de justicia

El matrimonio es un compromiso que origina deberes y obligaciones que comprometen la vida de los cónyuges. El primer deber de justicia es superar las dificultades que se pueden presentar en la vida conyugal y que obliga a poner los medios adecuados para custodiar la fidelidad conyugal. La «unidad» e «indisolubilidad» del matrimonio exigen que se tomen las cautelas necesarias para mantener estas dos cualidades esenciales del matrimonio.

Algunos derechos-deberes reciben garantía jurídica en los diversos Códigos Civiles. Pero, además de la ley civil, vinculan la conciencia de los esposos, de forma que, si no se cumplen ocasionan -aun en caso de que no sea delito civil- una falta moral; es decir, los esposos cometen un pecado cuando conculcan esos derechos y no cumplen los respectivos deberes. Los pecados más frecuentes de los esposos contra la justicia son los siguientes:

– Negarse a prestar el debito conyugal

San Pablo precisa: «El marido otorga lo que es debido a la mujer, e igualmente la mujer al marido» (1 Cor 7,3). Puede darse una causa justa para negarse, tal puede ser si uno de los cónyuges en ese momento estuviese bajo el efecto del alcohol o de la droga.

– Respeto a los bienes propios

Los esposos deben respetar los bienes patrimoniales y, en caso de separación de bienes, han de reconocer y acatar, según justicia, los bienes de cada uno.

– Respeto a otros bienes personales

Entre los esposos existen otros derechos que deben ser respetados. Por ejemplo, la intimidad psicológica, la vida religiosa personal, los derechos de conciencia y aquellos ámbitos de libertad que no se incluyen en los deberes propios de esposo o esposa, como son los gustos y aficiones personales, los ideales políticos y culturales, etc. Si bien, por la paz del hogar, en ocasiones, se puede ceder en favor de una convivencia conyugal armoniosa.

Deberes de los padres para con los hijos

Es normal que estos deberes no resulten demasiado enojosos para los padres, puesto que existe en ellos un sentimiento muy íntimo para cumplirlos. Cabe distinguir deberes de caridad y de justicia, aunque no es fácil delimitar este doble campo, pues en los padres justicia y caridad casi siempre se identifican.

a) Deberes de caridad

El deber fundamental es amarlos con amor materno-paterno-filial. Es un «fácil deber» que brota espontáneo del corazón de la madre y del padre desde el momento de la concepción. Pero en ocasiones tendrán que esforzarse en manifestarles ese amor. Tal puede ser en épocas de adolescencia e incluso de madurez, cuando los hijos no hayan tenido un comportamiento adecuado con ellos. En todo caso, los padres lo son durante toda la existencia de sus hijos, y de un modo u otro han de manifestarles su amor. En verdad, siempre, pero más en estas situaciones difíciles, los padres tienen la obligación de rezar por sus hijos.

Pero la virtud de la caridad integra -como virtud que la acompaña- la fortaleza. De aquí la obligación que incumbe a los padres de corregir a sus hijos. Un amor sin fortaleza es una caricatura de amor, por eso, precisamente, los padres tienen obligación de educarlos y de corregirlos.

Por amor a los hijos, los padres pueden orientar y aconsejar la vocación de sus hijos, pero también han de respetarla sin coacción. La vocación profesional responde a la naturaleza del hijo, nace con el y en su ejercicio se descubre la voluntad de Dios. Este respeto ha de ser más esmerado cuando el hijo descubre la vocación de entregarse a Dios, bien sea en el sacerdocio, en el estado religioso o en un determinado apostolado en el mundo. Los padres no pueden entorpecer, mas aún deben facilitar la respuesta generosa del hijo a la vocación divina, sin emplear la coacción.


b) Deberes de justicia

La obligación mas grave de los padres es la de educar a sus hijos. Es un deber que no pueden delegar totalmente ni en el Estado, ni en la sociedad, ni en la escuela, ni siquiera en la parroquia. Juan Pablo II califica este derecho de los padres con estos calificativos:

“El derecho-deber educativo de los padres se califica como esencial, relacionado como están con la transmisión de la vida humana; como original y primario, respecto al deber educativo de los demás, por la unicidad de la relación de amor que subsiste entre padres e hijos; como insustituible e inalienable y que, por consiguiente, no puede ser totalmente delegado o usurpado por otros” (PC 36).

En resumen, según Juan Pablo II, el deber de los padres de educar a sus hijos goza de estas cinco notas: esencial, original, primario, insustituible e inalienable.

Los ámbitos de la educación son todos aquellos que integran la unidad de la persona humana. En concreto: la salud y el bienestar del cuerpo, el desarrollo intelectual, la fortaleza de la voluntad, la madurez afectiva, el sentido social y la formación moral y religiosa. Es, en verdad, una tarea amplia y difícil para la cual apenas hay recetas. Según el Papa Juan Pablo II, el recurso imprescindible es el amor:

« El elemento más radical que determina el deber educativo de los padres, es el amor paterno a materno que encuentra en la acción educativa su realización, al hacer pleno y perfecto el servicio a la vida. El amor de los padres se transforma de fuente en alma, y por consiguiente, en norma, que inspira y guía toda acción educativa concreta, enriqueciéndola con los valores de dulzura, constancia, bondad, servicio, desinterés, espíritu de sacrificio, que son el fruto mas precioso del amor » (PC 36).

En este texto, se enuncian las normas mas eficaces de la pedagogía. Son las siguientes: la dulzura, la constancia, la bondad; la actitud de servicio, el desinterés y el espíritu de sacrificio. Todas ellas actitudes son difíciles de tener y de cumplir, pero para llevarlas a la práctica los padres cuentan con la gracia de Dios.


Obligaciones de los hijos para con los padres

La Biblia las enuncia solemnemente y con esta promesa:

“Honra a tu padre ya tu madre, para que se prolongue tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar” (Ex 20,12). El mismo precepto se repite en el Deuteronomio (Dt 5,16). Los textos sobre las obligaciones de los hijos con los padres menudean en otros muchos textos bíblicos. Por ejemplo, el libro de los Proverbios enseña: «Guarda, hijo mío, el mandato de tu padre y no desprecies la lección de tu madre» (Prov 6,20-21). El libro del Eclesiástico sentencia: “Quien honra a su padre expía sus pecados, como el que atesora es quien da gloria a su madre. Quien honra a sus padres recibirá contento con sus hijos» (Ecles 3,2-3). San Pablo en la carta a los Colosenses insiste:

«Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que esto es grato al Señor» (Col 3,20). Ya los cristianos de Éfeso, les escribe: «Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor, porque esto es justo. ‘Honra a tu padre y a tu madre’, tal es el primer mandamiento que lleva consigo una promesa: para que seas feliz y se prolongue tu vida sobre la tierra» (Ef6,1-2).

La obligación de los hijos de amar a padres responde a los imperativos del amor y de la justicia. Son tan claros, que no es posible detenerse a enunciarlos. Quizás sea preciso subrayar que el deber de los hijos para con sus padres no se reduce a la obediencia cuando son menores de edad, sino que les obliga a amarlos y atenderlos cuando los hijos son mayores. Sobre el tema, baste mencionar esta enseñanza del Catecismo de la Iglesia Católica:

«El cuarto mandamiento recuerda a los hijos mayores de edad sus responsabilidades para con los padres. En la medida en que ellos pueden, deben prestarles ayuda material y moral en los años de la vejez y durante sus enfermedades, y en momentos de soledad o de abatimiento. Jesús recuerda ese deber de gratitud (cf Mc7,10-12),) (CEC 2218).

Ante la situación actual, en una sociedad envejecida y unas condiciones sociales que fomentan la «familia reducida», se hace más urgente la necesidad de recordar a los hijos la obligación de atender a sus padres ancianos. A este respecto, la Exhortación Apostólica Familiaris consortio lamenta «el abandono o la insuficiente atención de que los ancianos son objeto por parte de los hijos y de los parientes» (FC 77).

La familia y la sociedad

La familia es el valor primario y más decisivo de la vida social y política de un pueblo. Es ya clásico el principio de que la «familia es la célula original de la sociedad», en el sentido de que, al modo como la vida del individuo se constituye desde un primer tejido celular especifico, de modo semejante, la primera célula del tejido social es la familia. Un viejo filósofo griego, Sócrates sentenció: «Quien es bueno en la familia es también un buen ciudadano». Y es que la sociedad no es más que la continuidad de la familia: si el individuo es moralmente sano en la familia, así se comportará en la vida social, pero, si sale corrompido, entrará corrompido en la sociedad. El Concilio Vaticano II enseña:

«La salvación de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligada a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar» (GS 47).

En efecto, ya des de que aparece la vida humana, el individuo nace, crece y se perfecciona como tal en la familia, dado que es el núcleo donde la persona es reconocida por si misma y no por 1o que vale o representa (cfr. GS 24). Pues bien, es precisamente en la familia donde el hijo -ciudadano de la sociedad política de un pueblo- recibe los fundamentos de toda educación: el sentido de la libertad y de la responsabilidad, el desarrollo de las virtudes humanas y sociales, la importancia de la vida moral y de la convivencia, etc. Es un derecho de los padres, reconocido por el Concilio Vaticano II:

«El papel de los padres en la educación es de tal peso que, en lo que falta la acción de ellos, difícilmente pueden ser sustituidos. Pues de los padres es crear en la familia los hombres que favorezcan a la educación integra personal y social de los hijos. La familia es, por tanto, la primera escuela de las virtudes sociales, de que todas las sociedades necesitan. Sobre todo en la familia cristiana (…) los hijos sienten la primera experiencia de una sana sociedad humana y de la Iglesia. Por medio de la familia, en fin, se van introduciendo suavemente en la sociedad civil (GE 3).

Por todo ello, la familia es la verdadera escuela de la formación de los ciudadanos. De ahí, el deber de los Estados de ayudar a la familia y de prestarle los auxilios necesarios para que cumpla con facilidad y éxito su misión educadora: de las buenas familias salen los mejores ciudadanos, pues en el seno de la familia se inicia la vida en sociedad.

Este deber es aún más urgente en nuestra época en la que la institución familiar sufre una profunda transformación. La atención a la familia ha de ser más decisiva, por cuanto, en medio de los cambios, se corre el peligro de perder elementos que le son esenciales y por ello no pueden estar sujetos a revisión.

– Sobre el tema llamó la atención el Concilio Vaticano II:

“La dignidad de esta institución no brilla en todas partes-con el mismo esplendor, puesto que esta oscurecida por la poligamia, la epidemia del divorcio, el llamado amor libre y otras deformaciones; es mas, el amor matrimonial queda frecuentemente profanado por el egoísmo, el hedonismo y los usos ilícitos contra la generación. Por otra parte, la actual situación económica, socio-psicológica y civil son origen de fuertes perturbaciones para la familia” (GS 47).

-Ahora bien, la situación actual de la familia es aún más oscura que la descrita en este texto conciliar del año 1965. A esos datos, hay que añadir el aumento del divorcio, la convivencia marital sin vínculo social alguno tan extendida, las «familias monoparentales», las nuevas corrientes en torno a la procreación y sobre todo el hecho de que se desdibuje la verdad sobre el matrimonio. Es el caso de las «parejas de hecho», que desfiguran y perturban la relación hombre-mujer, con el agravante de que se pretende identificar la familia, nacida del matrimonio, con este otro tipo artificial de convivencia marital. Y más grave todavía, por cuanto algunos Estados reconocen ya jurídicamente, en igualdad de derechos, la familia matrimonial y esas parejas de convivencia que niegan obviedades sobre el ser propio del hombre y de mujer y su relación mutua.

Por todo ello, es apremiante que los Estados esmeren su atención alas familias mas comunes, que son las que tienen su origen en el matrimonio. Esa atención debe cubrir diversos campos, entre otros, los siguientes: facilidad para contraer matrimonio en edad adecuada, apoyos para obtener una vivienda digna, ayuda econ6mica a las familias numerosas, mejoras fiscales, garantía para ejercer el derecho de elegir .para sus hijos la educación mas acorde a con sus creencias, etc. Se esta llegando a la convicción de que la justicia en los Estados modernos se mide, fundamentalmente, por la equidad con que se considera la institución familiar.


Las autoridades civiles y la familia

La Iglesia no deja de recordar la obligación que tienen los gobernantes de cuidar, proteger y ayudar alas familias. En consecuencia, la política educativa debe ser la tarea prioritaria de los Estados. El Catecismo de la Iglesia Católica, siguiendo la enseñanza de Juan Pablo II (FC 46), fija los deberes más urgentes de la comunidad política con las familias en los siguientes puntos:

1. Facilitar el ejercicio de la libertad para fundar un hogar, tener hijos y educarlos de acuerdo con sus convicciones morales y religiosas.

2. Proteger la estabilidad del vínculo conyugal y de la institución familiar.

3. Hacer posible la libertad de profesar su fe, transmitirla, educar a sus hijos en ella, con los medios y las instituciones necesarios.

4. Garantizar el derecho a la propiedad privada, la libertad de iniciativa, de tener un trabajo, una vivienda y el derecho de emigrar.

5. Legislar de forma que se proteja la atención medica, la asistencia de las personas mayores y de los subsidios familiares.

6. Proteger la seguridad y la salud de los ciudadanos, y de modo especial evitar los peligros de la droga, la pornografía, el alcoholismo, etc.

7. Fomentar las asociaciones familiares y la creación de entidades intermedias entre la familia y el Estado.

Y, después de asentar estos principios, el Catecismo concluye formulado el siguiente deseo:

“Las comunidades humanas están compuestas de personas. Gobernarlas bien no puede limitarse simplemente a garantizarlos derechos y el cumplimiento de deberes, como tampoco a la sola fidelidad a los compromisos. Las justas relaciones entre patronos y empleados, gobernantes y ciudadanos, suponen la benevolencia natural conforme a la dignidad de personas humanas deseosas de justicia y fraternidad” (CEC 2213).

Para defender los derechos de la familia y advertir a los Estados sobre la ayuda que deben prestar para cumplir tales derechos, la Iglesia ha promulgado la Carta de los Derechos de la Familia. En ella recoge una lista de derechos familiares que deben ser reconocidos y defendidos, puesto que, como se afirma en la introducción, no son exclusivos de los que profesan la fe católica, sino que derivan del ser propia del hombre:

«Los derechos enunciados en esta Carta están impresos en la conciencia del ser humano y en los valores de toda la humanidad. La visión cristiana está presente en .esta Carta como luz de la Revelación divina que esclarece la realidad natural de la familia. Estos derechos derivan en definitiva de la ley inscrita en el corazón de todo ser humano».

Esta es la valiosa aportación de la Iglesia a la sociedad y a la cultura de nuestro tiempo, puesto que algunos sectores están desorientados e incluso parece que han perdido las directrices que ha de seguir la familia para ser la verdadera escuela de la felicidad personal y del bienestar social.

Las autoridades en la sociedad civil

Al cuarto mandamiento pertenece también el estudio ético de las relaciones entre la autoridad civil y los ciudadanos (cf. CEC 2244-2246). Además de 10 que se expone en el capítulo X, dedicado al estudio de la justicia, el tema está ampliamente tratado en otro volumen de esta Colección: Cristianos en la Sociedad (D. Melé).

Aquí solo resaltamos la función de la autoridad de atender en todo momento la consecución del bien común de la sociedad. Por su parte, los súbditos también han de contribuir al bien de común con el cumplimiento de cuatro obligaciones graves:

– cumplimiento de las leyes justas

– la participación en la vida pública

– el compromiso de cumplir con el ejercicio del voto

– el deber ciudadano de pago de impuesto.

Sobre estos temas es abundante la enseñanza magisterial, tanto a nivel pontificio como episcopal. A este respecto, conviene recordar la Nota Doctrinal de la Congregación para la Doctrina de la Fe, «Sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida pública, (24-XI-2002).

Es de admirar la grandeza del matrimonio, tal como lo enseña la Revelación y lo propone la moral cristiana. Frente a otros modelos que ofrecen algunos ámbitos de la vida social, es evidente que el matrimonio cristiano responde a la naturaleza del ser humano y ofrece al hombre y a la mujer un estilo de vida que engrandece su existencia. Es en el ámbito de la familia, nacida del matrimonio, donde las grandes palabras como «esposa» y «esposo», «madre» y «padre», «hija» o «hijo», «hermana» o «hermano» adquieren su sentido propio, porque respetan el vínculo nacido de la sangre y porque responden a los sentimientos más profundos del ser humano.

Cuarto Mandamiento de la Ley de Dios


Los Mandamientos (Continuación)…..

CAPÍTULO SEGUNDO:

2196 En respuesta a la pregunta que le hacen sobre cuál es el primero de los mandamientos, Jesús responde: “El primero es: `Escucha Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. El segundo es: `Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No existe otro mandamiento mayor que estos” (Mc 12,29-31).

El apóstol S. Pablo lo recuerda: “El que ama al prójimo ha cumplido la ley. En efecto, lo de: no adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás y todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud” (Rm 13,8-10).

Artículo 4 EL CUARTO MANDAMIENTO

Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar (Ex 20,12).

Vivía sujeto a ellos (Lc 2,51).

El Señor Jesús recordó también la fuerza de este “mandamiento de Dios” (Mc 7,8-13). El apóstol enseña: “Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor; porque esto es justo. `Honra a tu padre y a tu madre”, tal es el primer mandamiento que lleva consigo una promesa: `para que seas feliz y se prolongue tu vida sobre la tierra”” (Ef 6,1-3; cf Dt 5,16).

2197 El cuarto mandamiento encabeza la segunda tabla. Indica el orden de la caridad. Dios quiso que, después de él, honrásemos a nuestros padres, a los que debemos la vida y que nos han transmitido el conocimiento de Dios. Estamos obligados a honrar y respetar a todos los que Dios, para nuestro bien, ha investido de su autoridad.

2198 Este precepto se expresa de forma positiva, indicando los deberes que se han de cumplir. Anuncia los mandamientos siguientes que contienen un respeto particular de la vida, del matrimonio, de los bienes terrenos, de la palabra. Constituye uno de los fundamentos de la doctrina social de la Iglesia.

2199 El cuarto mandamiento se dirige expresamente a los hijos en sus relaciones con sus padres, porque esta relación es la más universal. Se refiere también a las relaciones de parentesco con los miembros del grupo familiar. Exige que se dé honor, afecto y reconocimiento a los ancianos y antepasados. Finalmente se extiende a los deberes de los alumnos respecto a los maestros, de los empleados respecto a los patronos, de los subordinados respecto a sus jefes, de los ciudadanos respecto a su patria, a los que la administran o la gobiernan.

Este mandamiento implica y sobreentiende los deberes de los padres, tutores, maestros, jefes, magistrados, gobernantes, de todos los que ejercen una autoridad sobre otros o sobre una comunidad de personas.

2200 El cumplimiento del cuarto mandamiento comporta su recompensa: “Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar” (Ex 20,12; Dt 5,16). La observancia de este mandamiento procura, con los frutos espirituales, frutos temporales de paz y de prosperidad. Y al contrario, la no observancia de este mandamiento entraña grandes daños para las comunidades y las personas humanas.

I LA FAMILIA EN EL PLAN DE DIOS

Naturaleza de la familia

2201 La comunidad conyugal está establecida sobre el consentimiento de los esposos. El matrimonio y la familia están ordenados al bien de los esposos y a la procreación y educación de los hijos. El amor de los esposos y la generación de los hijos establecen entre los miembros de una familia relaciones personales y responsabilidades primordiales.

2202 Un hombre y una mujer unidos en matrimonio forman con sus hijos una familia. Esta disposición es anterior a todo reconocimiento por la autoridad pública; se impone a ella. Se la considerará como la referencia normal en función de la cual deben ser apreciadas las diversas formas de parentesco.

2203 Al crear al hombre y a la mujer, Dios instituyó la familia humana y la dotó de su constitución fundamental. Sus miembros son personas iguales en dignidad. Para el bien común de sus miembros y de la sociedad, la familia implica una diversidad de responsabilidades, de derechos y de deberes.


La familia cristiana

2204 “La familia cristiana constituye una revelación y una actuación específicas de la comunión eclesial; por eso…puede y debe decirse iglesia doméstica” (FC 21, cf LG 11). Es una comunidad de fe, esperanza y caridad, posee en la Iglesia una importancia singular como aparece en el Nuevo Testamento (cf Ef 5,21-6,4; Col 3,18-21; 1 P 3, 1-7).

2205 La familia cristiana es una comunión de personas, reflejo e imagen de la comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo. Su actividad procreadora y educativa es reflejo de la obra creadora de Dios. Es llamada a participar en la oración y el sacrificio de Cristo. La oración cotidiana y la lectura de la Palabra de Dios fortalecen en ella la caridad. La familia cristiana es evangelizadora y misionera.

2206 Las relaciones en el seno de la familia entrañan una afinidad de sentimientos, afectos e intereses que provienen sobre todo del mutuo respeto de las personas. La familia es una “comunidad privilegiada” llamada a realizar un “propósito común de los esposos y una cooperación diligente de los padres en la educación de los hijos” (GS 52,1).

II LA FAMILIA Y LA SOCIEDAD

2207 La familia es la “célula original de la vida social”. Es la sociedad natural donde el hombre y la mujer son llamados al don de sí en el amor y en el don de la vida. La autoridad, la estabilidad y la vida de relación en el seno de la familia constituyen los fundamentos de la libertad, de la seguridad, de la fraternidad en el seno de la sociedad. La familia es la comunidad en la que, desde la infancia, se puede aprender los valores morales, comenzar a honrar a Dios y a usar bien de la libertad. La vida de familia es iniciación a la vida en sociedad.

2208 La familia debe vivir de manera que sus miembros aprendan el cuidado y la atención de los jóvenes y ancianos, de los enfermos o disminuidos, y de los pobres. Numerosas son las familias que en ciertos momentos no se hallan en condiciones de prestar esta ayuda. Corresponde entonces a otras personas, a otras familias, y subsidiariamente a la sociedad, proveer a sus necesidades. “La religión pura e intachable ante Dios Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en su tribulación y conservarse incontaminado del mundo” (St 1,27).

2209 La familia debe ser ayudada y defendida mediante medidas sociales apropiadas. Donde las familias no son capaces de realizar sus funciones, los otros cuerpos sociales tienen el deber de ayudarlas y de sostener la institución familiar. De conformidad con el principio de subisidiariedad, las comunidades más vastas deben abstenerse de privar a las familias de sus propios derechos y de inmiscuirse en sus vidas.

2210 La importancia de la familia para la vida y el bienestar de la sociedad (cf GS 47,1) entraña una responsabilidad particular de ésta en el sostén y fortalecimiento del matrimonio y de la familia. El poder civil ha de considerar como deber grave “el reconocimiento de la auténtica naturaleza del matrimonio y de la familia, protegerla y fomentarla, asegurar la moralidad pública y favorecer la prosperidad doméstica” (GS 52,2).

2211 La comunidad política tiene el deber de honrar a la familia, asistirla, y asegurarle especialmente:

– la libertad de fundar un hogar, de tener hijos y de educarlos de acuerdo con sus propias convicciones morales y religiosas;

– la protección de la estabilidad del vínculo conyugal y de la institución familiar;

– la libertad de profesar su fe, transmitirla, educar a sus hijos en ella, con los medios y las instituciones necesarios;

– el derecho a la propiedad privada, la libertad de iniciativa, de tener un trabajo, una vivienda, el derecho a emigrar;

– conforme a las instituciones del país, el derecho a la atención médica, a la asistencia de las personas de edad, a los subsidios familiares;

– la protección de la seguridad y la higiene, especialmente por lo que se refiere a peligros como la droga, la pornografía, el alcoholismo, etc;

– la libertad para formar asociaciones con otras familias y de estar así representadas ante las autoridades civiles (cf FC 46).

2212 El cuarto mandamiento ilumina las demás relaciones en la sociedad. En nuestros hermanos y hermanas vemos a los hijos de nuestros padres; en nuestros primos, los descendientes de nuestros abuelos; en nuestros conciudadanos, los hijos de nuestra patria; en los bautizados, los hijos de nuestra madre, la Iglesia; en toda persona humana, un hijo o una hija del que quiere ser llamado “Padre nuestro”. Así, nuestras relaciones con nuestro prójimo son reconocidas como de orden personal. El prójimo no es un “individuo” de la colectividad humana; es “alguien” que por sus orígenes, siempre “próximos” por una u otra razón, merece una atención y un respeto singulares.

2213 Las comunidades humanas están compuestas de personas. Gobernarlas bien no puede limitarse simplemente a garantizar los derechos y el cumplimiento de deberes, como tampoco a la fidelidad a los compromisos. Las justas relacione entre patronos y empleados, gobernantes y ciudadanos, suponen la benevolencia natural conforme a la dignidad de las personas humanas deseosas de justicia y fraternidad.


II DEBERES DE LOS MIEMBROS DE LA FAMILIA


Deberes de los hijos

2214 La paternidad divina es la fuente de la paternidad humana (cf. Ef 3,14); es el fundamento del honor de los padres. El respeto de los hijos, menores o mayores de edad, hacia su padre y hacia su madre (cf Pr 1,8; Tb 4,3-4), se nutre del afecto natural nacido del vínculo que los une. Es exigido por el precepto divino (cf Ex 20,12).

2215 El respeto a los padres (piedad filial) está hecho de gratitud para quienes, mediante el don de la vida, su amor y su trabajo, han traído sus hijos al mundo y les han ayudado a crecer en estatura, en sabiduría y en gracia. “Con todo tu corazón honra a tu padre, y no olvides los dolores de tu madre. Recuerda que por ellos has nacido, ¿cómo les pagarás lo que contigo han hecho?” (Si 7,27-28).

2216 El respeto filial se revela en la docilidad y la obediencia verdaderas. “Guarda, hijo mío, el mandato de tu padre y no desprecies la lección de tu madre…en tus pasos ellos serán tu guía; cuando te acuestes, velarán por ti; conversarán contigo al despertar” (Pr 6,20-22). “El hijo sabio ama la instrucción, el arrogante no escucha la reprensión” (Pr 13,1).

2217 Mientras vive en el domicilio de sus padres, el hijo debe obedecer a todo lo que estos dispongan para su bien o el de la familia. “Hijos, obedeced en todo a vuestros padres, porque esto es grato a Dios en el Señor” (Col 3,20; cf Ef 6,1). Los hijos deben obedecer también las prescripciones razonables de sus educadores y de todos aquellos a quienes sus padres los han confiado. Pero si el hijo está persuadido en conciencia de que es moralmente malo obedecer esa orden, no debe seguirla.

Cuando sean mayores, los hijos deben seguir respetando a sus padres. Deben prever sus deseos, solicitar dócilmente sus consejos y aceptar sus amonestaciones justificadas. La obediencia a los padres cesa con la emancipación de los hijos, pero no el respeto que permanece para siempre. Este, en efecto, tiene su raíz en el temor de Dios, uno de los dones del Espíritu Santo.

2218 El cuarto mandamiento recuerda a los hijos mayores de edad sus responsabilidades para con los padres. En cuanto puedan deben prestarles ayuda material y moral en los años de vejez y durante los tiempos de enfermedad, de soledad o de abatimiento. Jesús recuerda este deber de gratitud (cf Mc 7,10-12).

El Señor glorifica al padre en los hijos, y afirma el derecho de la madre sobre su prole. Quien honra a su padre expía sus pecados; como el que atesora es quien da gloria a su madre. Quien honra a su padre recibirá contento de sus hijos, y en el día de su oración será escuchado. Quien da gloria al padre vivirá largos días, obedece al Señor quien da sosiego a su madre (Si 3,12-13.16).

Hijo, cuida de tu padre en su vejez, y en su vida no le causes tristeza. Aunque haya perdido la cabeza, se indulgente, no le desprecies en la plenitud de tu vigor…Como blasfemo es el que abandona a su padre, maldito del Señor quien irrita a su madre (Si 3,12.16).

2219 El respeto filial favorece la armonía de toda la vida familiar; atañe también a las relaciones entre hermanos y hermanas. El respeto a los padres irradia en todo el ambiente familiar. “Corona de los ancianos son los hijos de los hijos” (Pr 17,6). “Soportaos unos a otros en la caridad, en toda humildad, dulzura y paciencia” (Ef 4,2).

2220 Los cristianos están obligados a una especial gratitud para con aquellos de quienes recibieron el don de la fe, la gracia del bautismo y la vida en la Iglesia. Puede tratarse de los padres, de otros miembros de la familia, de los abuelos, de los pastores, de los catequistas, de otros maestros o amigos. “Evoco el recuerdo de la fe sincera que tú tienes, fe que arraigó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice, y sé que también ha arraigado en ti” (2 Tm 1,5).


Deberes de los padres

2221 La fecundidad del amor conyugal no se reduce a la sola procreación de los hijos, sino que debe extenderse también a su educación moral y a su formación espiritual. El papel de los padres en la educación “tiene tanto peso que, cuando falta, difícilmente puede suplirse” (GE 3). El derecho y el deber de la educación son para los padres primordiales e inalienables (cf FC 36).

2222 Los padres deben mirar a sus hijos como a hijos de Dios y respetarlos como a personas humanas. Han de educar a sus hijos en el cumplimiento de la ley de Dios, mostrándose ellos mismos obedientes a la voluntad del Padre del cielo.

2223 Los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos. Testimonian esta responsabilidad ante todo por la creación de un hogar, donde la ternura, el perdón, el respeto, la fidelidad y el servicio desinteresado son norma. El hogar es un lugar apropiado para la educación de las virtudes. Esta requiere el aprendizaje de la abnegación, de un sano juicio, del dominio de sí, condiciones de toda libertad verdadera. Los padres han de enseñar a los hijos a subordinar las dimensiones “materiales e instintivas a las interiores y espirituales” (CA 36). Es una grave responsabilidad para los padres dar buenos ejemplos a sus hijos. Sabiendo reconocer ante sus hijos sus propios defectos, se hacen más aptos para guiarlos y corregirlos:

El que ama a su hijo, le azota sin cesar…el que enseña a su hijo, sacará provecho de él (Si 30, 1-2).

Padres, no exasperéis a vuestros hijos, sino formadlos más bien mediante la instrucción y la corrección según el Señor (Ef 6,4).

2224 El hogar constituye un medio natural para la iniciación del ser humano en la solidaridad y en las responsabilidades comunitarias. Los padres deben enseñar a los hijos a guardarse de los riesgos y las degradaciones que amenazan a las sociedades humanas.

2225 Por la gracia del sacramento del matrimonio, los padres han recibido la responsabilidad y el privilegio de evangelizar a sus hijos. Desde su primera edad, deberán iniciarlos en los misterios de la fe de los que ellos son para sus hijos los “primeros anunciadores de la fe” (LG 11). Desde su más tierna infancia, deben asociarlos a la vida de la Iglesia. La forma de vida en la familia puede alimentar las disposiciones afectivas que, durante la vida entera, serán auténticos preámbulos y apoyos de una fe viva.

2226 La educación en la fe por los padres debe comenzar desde la más tierna infancia. Esta educación se hace ya cuando los miembros de la familia se ayudan a crecer en la fe mediante el testimonio de una vida cristiana de acuerdo con el evangelio. La catequesis familiar precede, acompaña y enriquece las otras formas de enseñanza de la fe. Los padres tienen la misión de enseñar a sus hijos a orar y a descubrir su vocación de hijos de Dios (cf LG 11). La parroquia es la comunidad eucarística y el corazón de la vida litúrgica de las familias cristianas; es un lugar privilegiado para la catequesis de los niños y de los padres.

2227 Los hijos, a su vez, contribuyen al crecimiento de sus padres en la santidad (cf GS 48,4). Todos y cada uno se concederán generosamente y sin cansarse los perdones mutuos exigidos por las ofensas, las querellas, las injusticias, y las omisiones. El afecto mutuo lo sugiere. La caridad de Cristo lo exige (cf Mt 18,21-22; Lc 17,4).

2228 Durante la infancia, el respeto y el afecto de los padres se traducen ante todo por el cuidado y la atención que consagran en educar a sus hijos, en proveer a sus necesidades físicas y espirituales. En el transcurso del crecimiento, el mismo respeto y la misma dedicación llevan a los padres a enseñar a sus hijos a usar rectamente de su razón y de su libertad.

2229 Los padres, como primeros responsables de la educación de sus hijos, tienen el derecho de elegir para ellos una escuela que corresponda a sus propias convicciones. Este derecho es fundamental. En cuanto sea posible, los padres tienen el deber de elegir las escuelas que mejor les ayuden en su tarea de educadores cristianos (cf GE 6). Los poderes públicos tienen el deber de garantizar este derecho de los padres y de asegurar las condiciones reales de su ejercicio.

2230 Cuando llegan a la edad correspondiente, los hijos tienen el deber y el derecho de elegir su profesión y su estado de vida. Estas nuevas responsabilidades deberán asumirlas en una relación confiada con sus padres, cuyo parecer y consejo pedirán y recibirán dócilmente. Los padres deben cuidar no violentar a sus hijos ni en la elección de una profesión ni en la de su futuro cónyuge. Este deber de no inmiscuirse no les impide, sino al contrario, ayudarles con consejos juiciosos, particularmente cuando se proponen fundar un hogar.

2231 Hay quienes no se casan para poder cuidar a sus padres, o sus hermanos y hermanas, para dedicarse más exclusivamente a una profesión o por otros motivos dignos. Estas personas pueden contribuir grandemente al bien de la familia humana.


IV LA FAMILIA Y EL REINO DE DIOS

2232 Los vínculos familiares, aunque son muy importantes, no son absolutos. A la par el hijo crece, hacia una madurez y autonomía humanas y espirituales, la vocación singular que viene de Dios se afirma con más claridad y fuerza. Los padres deben respetar esta llamada y favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla. Es preciso convencerse de que la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús (cf Mt 16,25): “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mi” (Mt 10,37).

2233 Hacerse discípulo de Jesús es aceptar la invitación a pertenecer a la familia de Dios, a vivir en conformidad con su manera de vivir: “El que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, éste es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt 12,49).

Los padres deben acoger y respetar con alegría y acción de gracias el llamamiento del Señor a uno de sus hijos para que le siga en la virginidad por el Reino, en la vida consagrada o en el ministerio sacerdotal.

V LAS AUTORIDADES EN LA SOCIEDAD CIVIL

2234 El cuarto mandamiento de Dios nos ordena también honrar a todos los que, para nuestro bien, han recibido de Dios una autoridad en la sociedad. Este mandamiento determina los deberes de quienes ejercen la autoridad y de quienes están sometidos a ella.

Deberes de las autoridades civiles

2235 Los que ejercen una autoridad deben ejercerla como un servicio. “El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro esclavo” (Mt 20,26). El ejercicio de una autoridad está moralmente regulado por su origen divino, su naturaleza racional y su objeto específico. Nadie puede ordenar o instituir lo que es contrario a la dignidad de las personas y a la ley natural.

2236 El ejercicio de la autoridad ha de manifestar una justa jerarquía de valores con el fin de facilitar el ejercicio de la libertad y de la responsabilidad de todos. Los superiores deben ejercer la justicia distributiva con sabiduría teniendo en cuenta las necesidades y la contribución de cada uno y atendiendo a la concordia y la paz. Deben velar porque las normas y disposiciones que establezcan no induzcan a tentación oponiendo el interés personal al de la comunidad (cf CA 25).

2237 El poder político está obligado a respetar los derechos fundamentales de la persona humana. Y administrar humanamente justicia en el respeto al derecho de cada uno, especialmente de las familias y de los desheredados.

Los derechos políticos inherentes a la ciudadanía pueden y deben ser concedidos según las exigencias del bien común. No pueden ser suspendidos por los poderes públicos sin motivo legítimo y proporcionado. El ejercicio de los derechos políticos está destinado al bien común de la nación y de la comunidad humana.

Deberes de los ciudadanos

2238 Los que están sometidos a la autoridad deben mirar a sus superiores como representantes de Dios que los ha instituido ministros de sus dones (cf Rm 13,1-2): “Sed sumisos, a causa del Señor, a toda institución humana… Obrad como hombres libres, y no como quienes hacen de la libertad un pretexto para la maldad, sino como siervos de Dios” (1 P 2,13.16). Su colaboración leal entraña el derecho, a veces el deber, de ejercer una justa reprobación de lo que les parece perjudicial para la dignidad de las personas o el bien de la comunidad.

2239 Deber de los ciudadanos es contribuir con la autoridad civil al bien de la sociedad en un espíritu de verdad, justicia, solidaridad y libertad. El amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad. La sumisión a las autoridades legítimas y el servicio del bien común exigen de los ciudadanos que cumplan con su responsabilidad en la vida de la comunidad política.

2240 La sumisión a la autoridad y la corresponsabilidad en el bien común exigen moralmente el pago de los impuestos, el ejercicio del derecho al voto, la defensa del país:

Dad a cada cual lo que se le debe: a quien impuestos, impuestos; a quien tributo, tributo; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor (Rm 13,7).

Los cristianos residen en su propia patria, pero como extranjeros domiciliados. Cumplen todos sus debe res de ciudadanos y soportan todas sus cargas como extranjeros…Obedecen a las leyes establecidas, y su manera de vivir está por encima de las leyes…Tan noble es el puesto que Dios les ha asignado, que no les está permitido desertar (Epístola a Diogneto, 5,5.10; 6,10).

El apóstol nos exhorta a ofrecer oraciones y acciones de gracias por los reyes y por todos los que ejercen la autoridad, “para que podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad” (1 Tm 2,2).

2241 Las naciones más prósperas tienen obligación de acoger, en cuanto sea posible, al extranjero que busca la seguridad y los medios de vida que no puede encontrar en su país de origen. Los poderes públicos deben velar para que se respete el derecho natural que coloca al huésped bajo la protección de quienes lo reciben.

Las autoridades civiles, atendiendo al bien común de aquellos que tienen a su cargo, pueden subordinar el ejercicio del derecho de inmigración a diversas condiciones jurídicas, especialmente en lo que concierne a los deberes de los emigrantes respecto al país de adopción. El inmigrante está obligado a respetar con gratitud el patrimonio material y espiritual del país que lo acoge, a obedecer sus leyes y contribuir a sus cargas.

2242 El ciudadano tiene obligación en conciencia de no seguir las prescripciones de las autoridades civiles cuando estos preceptos son contrarios a las exigencias del orden moral, a los derechos fundamentales de las personas o a las enseñanzas del evangelio. El rechazo de la obediencia a las autoridades civiles, cuando sus exigencias son contrarias a las de la recta conciencia, tiene su justificación en la distinción entre el servicio de Dios y el servicio de la comunidad política. “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,21). “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29):

Cuando la autoridad pública, excediéndose en sus competencias, oprime a los ciudadanos, éstos no deben rechazar las exigencias objetivas del bien común; pero les es lícito defender sus derechos y los de sus conciudadanos contra el abuso de esta autoridad, guardando los límites que señala la ley natural y evangélica (GS 74,5).

2243 La resistencia a la opresión de quienes gobiernan no podrá recurrir legítimamente a las armas sino cuando se reúnan las condiciones siguientes: (1) en caso de violaciones ciertas, graves y prolongadas de los derechos fundamentales; (2) después de haber agotado todos los otros recursos; (3) sin provocar desórdenes peores; (4) que haya esperanza fundada de éxito; (5) si es imposible prever razonablemente soluciones mejores.


La comunidad política y la Iglesia

2044 Toda institución se inspira, al menos implícitamente, en una visión del hombre y de su destino, de la que saca sus referencias de juicio, su jerarquía de valores, su línea de conducta. La mayoría de las sociedades han configurado sus instituciones conforme a una cierta preeminencia del hombre sobre las cosas. Sólo la religión divinamente revelada ha reconocido claramente en Dios, Creador y Redentor, el origen y el destino del hombre. La Iglesia invita a las autoridades civiles a juzgar y decidir a la luz de la Verdad sobre Dios y sobre el hombre:

Las sociedades que ignoran esta inspiración o la rechazan en nombre de su independencia respecto a Dios se ven obligadas a buscar en sí mismas o a tomar de una ideología sus referencias y finalidades; y, al no admitir un criterio objetivo del bien y del mal, ejercen sobre el hombre y sobre su destino, un poder totalitario, declarado o velado, como lo muestra la historia (cf CA 45; 46).

2245 La Iglesia, que por razón de su misión y su competencia, no se confunde en modo alguno con la comunidad política, es a la vez signo y salvaguarda del carácter transcendente de la persona humana. La Iglesia “respeta y promueve también la libertad y la responsabilidad política de los ciudadanos” (GS 76,3).

2246 Pertenece a la misión de la Iglesia “emitir un juicio moral también sobre cosas que afectan al orden político cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas, aplicando todos y sólo aquellos medios que sean conformes al evangelio y al bien de todos según la diversidad de tiempos y condiciones” (GS 76,5).

RESUMEN

2247 “Honra a tu padre y a tu madre” (Dt 5,16; Mc 7,10).

2248 Según el cuarto mandamiento, Dios quiere que, después que a él, honremos a nuestros padres y a los que él reviste de autoridad para nuestro bien.

2249 La comunidad conyugal está establecida sobre la alianza y el consentimiento de los esposos. El matrimonio y la familia están ordenados al bien de los cónyuges, a la procreación y a la educación de los hijos.

2250 “La salvación de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligada a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar” (GS 47,1).

2251 Los hijos deben a sus padres respeto, gratitud, justa obediencia y ayuda. El respeto filial favorece la armonía de toda la vida familiar.

2252 Los padres son los primeros responsables de la educación de sus hijos en la fe, en la oración y en todas las virtudes. Tienen el deber de atender, en la medida de lo posible, las necesidades físicas y espirituales de sus hijos.

2253 Los padres deben respetar y favorecer la vocación de sus hijos. Han de recordar y enseñar que el primer mandamiento del cristiano es seguir a Jesús.

2254 La autoridad pública está obligada a respetar los derechos fundamentales de la persona humana y las condiciones de ejercicio de su libertad.

2255 El deber de los ciudadanos es trabajar con las autoridades civiles en la edificación de la sociedad en un espíritu de verdad, justicia, solidaridad y libertad.

2256 El ciudadano está obligado en conciencia a no seguir las prescripciones de las autoridades civiles cuando son contrarias a las exigencias del orden moral. “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5,29).

2257 Toda sociedad refiere sus juicios y su conducta a una visión del hombre y de su destino. Sin la luz del evangelio sobre Dios y sobre el hombre, las sociedades se hacen fácilmente totalitarias.