El primer precepto: Amarás a Dios


Autor: Andrés González Cristóbal, LC | Fuente: Catholic.net
El primer precepto: Amarás a Dios
Marcos 12, 28-34. Cuaresma. En esta Cuaresma, sigamos el camino de Cristo a su Pascua, de entrega, de amor total.
El primer precepto: Amarás a Dios

Del santo Evangelio según san Marcos 12, 28-34

En aquel tiempo, uno de los letrados se acercó a Jesús y le preguntó: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos? Jesús le contestó: El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos. Le dijo el escriba: Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: No estás lejos del Reino de Dios. Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.

Oración introductoria

Hola, Jesús, aquí estoy para dialogar contigo. A mí me gusta estar a tu lado y agradarte. Y para hacerlo, quiero amarte más y vivir la caridad con mis próximos. Ya que Tú me pides que no sólo te ame a ti, sino que también ame a mi prójimo. Por eso, te doy las gracias, Jesús, amigo mío, porque me has hecho caer en la cuenta de la primacía que tiene el amor en mi vida: amor a ti y amor a mi prójimo. Sólo te pido que me enseñes a amar como Tú me has amado.

Petición

Enséñame a amar a mi prójimo y a tener una amistad con él, al igual que la tengo contigo.

Meditación del Papa

La Palabra del Señor, que acaba de resonar en el Evangelio, nos ha recordado que toda la ley divina se resume en el amor. El evangelista san Mateo narra que los fariseos, después de que Jesús respondiera a los saduceos dejándolos sin palabras, se reunieron para ponerlo a prueba (cf. 22, 34-35). Uno de estos interlocutores, un doctor de la ley, le preguntó: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?». A esa pregunta, decididamente insidiosa, Jesús responde con total sencillez: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero». De hecho, la exigencia principal para cada uno de nosotros es que Dios esté presente en nuestra vida. Como dice la Escritura, él debe penetrar todos los estratos de nuestro ser y llenarlos completamente: el corazón debe saber de él y dejarse tocar por él; e igualmente el alma, las energías de nuestro querer y decidir, como también la inteligencia y el pensamiento. Es poder decir, como san Pablo: «No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20).(Benedicto XVI, Domingo 23 de octubre de 2011)

Reflexión

Gracias a la pregunta del letrado sabemos a cuál de las numerosas normas que tenían los judíos -tenían más de seiscientas- le daba más importancia Jesús. La respuesta no se hace esperar y responde claramente: “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y a tu prójimo como a ti mismo”.

No sin razón el Papa Benedicto XVI recalca en sus mensajes para cuaresma la necesidad urgente de defender el derecho a la vida de los no nacidos, de los ancianos, de los enfermos y de todo hombre sobre esta tierra. Porque también ellos son nuestro prójimo y como tal debemos respetarlos y amarlos.

Por ello, vale la pena recordar que, antes de ir a comulgar se nos invita a dar la paz a los que tenemos al lado, como representantes de todos los que encontraremos a lo largo del día. Tomemos conciencia por tanto de que recibimos a Cristo, modelo de cómo hay que amar y darnos a nuestros hermanos. Modelo de cómo debemos entregarnos a los demás y ser pan partido para ellos.

La cuaresma consiste en seguir el camino de Cristo a su Pascua. Y ese camino es de entrega, de amor total.

El Santo Padre nos ha mencionado que tenemos que llenarnos completamente del amor de Dios. Esto se puede lograr, ya que San Pablo nos da un gran ejemplo cuando dice: «No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí». Es verdad. Todos los que están con Jesús y saben amarlo al igual que al prójimo, pueden parecerse a Jesús, que siempre nos muestra un gran ejemplo de amor al Padre y a los demás. Por eso, en este día, Cristo nos quiere invitar a acercarnos más al Reino de los cielos sabiendo amarle por medio del prójimo.

Propósito

Hoy viviré la caridad con mi prójimo y rezaré un Padrenuestro por todos los que buscan ser amados por Dios para que Él los cuide.

Diálogo con Cristo

Señor Jesús, después de meditar a tu lado cómo puedo amarte a través de mi prójimo, te doy gracias por enseñarme a amar, sabiendo que no sólo necesito amar a aquella persona que menos quiero, sino que también puedo amar al que lo necesita.

“No basta con que digamos: Yo amo a Dios pero no amo a mi prójimo”. (Madre Teresa de Calcuta)

Décimo Mandamiento


2534 El décimo mandamiento desdobla y completa el noveno, que versa sobre la concupiscencia de la carne. Prohíbe la codicia del bien ajeno, raíz del robo, de la rapiña y del fraude, proscritos por el séptimo mandamiento. La “concupiscencia de los ojos” (cf 1 Jn 2,16) lleva a la violencia y la injusticia prohibidas por el quinto precepto (cf Mi 2,2). La codicia tiene su origen, como la fornicación, en la idolatría condenada en las tres primeras prescripciones de la ley (cf Sb 14,12). El décimo mandamiento atañe a la intención del corazón; resume, con el noveno, todos los preceptos de la Ley.

I EL DESORDEN DE LA CODICIA

2535 El apetito sensible nos impulsa a desear las cosas agradables que no tenemos. Así, desear comer cuando se tiene hambre, o calentarse cuando se tiene frío. Estos deseos son buenos en sí mismos; pero con frecuencia no guardan la medida de la razón y nos empujan a codiciar injustamente lo que no es nuestro y pertenece, o es debido a otro.

2536 El décimo mandamiento proscribe la avaricia y el deseo de una apropiación inmoderada de los bienes terrenos. Prohíbe el deseo desordenado nacido de lo pasión inmoderada de las riquezas y de su poder. Prohíbe también el deseo de cometer una injusticia mediante la cual se dañaría al prójimo en sus bienes temporales:

Cuando la Ley nos dice: “No codiciarás”, nos dice, en otros términos, que apartemos nuestros deseos de todo lo que no nos pertenece. Porque la sed del bien del prójimo es inmensa, infinita y jamás saciada, como está escrito: “El ojo del avaro no se satisface con su suerte” (Si 14,9) (Catec. R. 3,37)

2537 No se quebranta este mandamiento deseando obtener cosas que pertenecen al prójimo siempre que sea por justos medios. La catequesis tradicional señala con realismo “quiénes son los que más deben luchar contra sus codicias pecaminosas” y a los que, por tanto, es preciso “exhortar más a observar este precepto”:

Los comerciantes, que desean la escasez o la carestía de las mercancías, que ven con tristeza que no son los únicos en comprar y vender, pues de lo contrario podrían vender más caro y comprar a precio más bajo; los que desean que sus semejantes estén en la miseria para lucrarse vendiéndoles o comprándoles…Los médicos, que desean tener enfermos; los abogados que anhelan causas y procesos importantes y numerosos… (Cat. R. 3,37).

2538 El décimo mandamiento exige que se destierre del corazón humano la envidia. Cuando el profeta Natán quiso estimular el arrepentimiento del rey David, le contó la historia del pobre que sólo poseía una oveja, a la que trataba como una hija, y del rico, a pesar de sus numerosos rebaños, envidiaba al primero y acabó por robarle la cordera (cf 2 S 12,1-4). La envidia puede conducir a las peores fechorías (cf Gn 4,3-7; 1 R 21,1-29). La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo (cf Sb 2,24).

Luchamos entre nosotros, y es la envidia la que nos arma unos contra otros…Si todos se afanan así por perturbar el Cuerpo de Cristo, ¿a dónde llegaremos? Estamos debilitando el Cuerpo de Cristo…Nos declaramos miembros de un mismo organismo y nos devoramos como lo harían las fieras (S. Juan Crisóstomo, hom. in 2 Co, 28,3-4).

2539 La envidia es un pecado capital. Designa la tristeza experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de poseerlo, aunque sea indebidamente. Cuando desea al prójimo un mal grave es un pecado mortal:

San Agustín veía en la envidia el “pecado diabólico por excelencia” (ctech. 4,8). “De la envidia nacen el odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría causada por el mal del prójimo y la tristeza causada por su prosperidad” (s. Gregorio Magno, mor. 31,45).

2540 La envidia representa una de las formas de la tristeza y, por tanto, un rechazo de la caridad; el bautizado debe luchar contra ella mediante la benevolencia. La envidia procede con frecuencia del orgullo; el bautizado ha de esforzarse por vivir en la humildad:

¿Querríais ver a Dios glorificado por vosotros? Pues bien, alegraos del progreso de vuestro hermano y con ello Dios será glorificado por vosotros. Dios será alabado -se dirá- porque su siervo ha sabido vencer la envidia poniendo su alegría en los méritos de otros (S. Juan Crisóstomo, hom. in Rom. 7,3).

II LOS DESEOS DEL ESPÍRITU

2541 La economía de la Ley y de la Gracia aparta el corazón de los hombres de la codicia y de la envidia: lo inicia en el deseo del Soberano Bien; lo instruye en los deseos del Espíritu Santo, que sacia el corazón del hombre.

El Dios de las promesas puso desde el comienzo al hombre en guardia contra la seducción desde lo que ya entonces, aparece como “bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría” (Gn 3,6).

2542 La Ley confiada a Israel nunca bastó para justificar a los que le estaban sometidos; incluso vino a ser instrumento de la “concupiscencia” (cf Rm 7,7). La inadecuación entre el querer y el hacer (cf Rm 7,10) manifiesta el conflicto entre la “ley de Dios” que es la “ley de la razón” y otra ley que “me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros” (Rm 7,23).

2543 “Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen” (Rm 3,21-22). Por eso, los fieles de Cristo “han crucificado la carne con sus pasiones y sus apetencias” (Gál 5,24); “son guiados por el Espíritu” (Rm 8,14) y siguen los deseos del Espíritu (cf Rm 8,27).

III LA POBREZA DE CORAZÓN

2544 Jesús exhorta a sus discípulos a preferirle a todo y a todos y les propone “renunciar a todos sus bienes” (Lc 14,33) por él y por el Evangelio (cf Mc 8,35). Poco antes de su pasión les mostró como ejemplo la pobre viuda de Jerusalén que, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir (cf Lc 21,4). El precepto del desprendimiento de las riquezas es obligatorio para entrar en el Reino de los cielos.

2545 “Todos los cristianos…han de intentar orientar rectamente sus deseos para que el uso de las cosas de este mundo y el apego a las riquezas no les impidan, en contra del espíritu de pobreza evangélica, buscar el amor perfecto” (LG 42).

2546 “Bienaventurados los pobres en el espíritu” (Mt 5,3). Las bienaventuranzas revelan un orden de felicidad y de gracia, de belleza y de paz. Jesús celebra la alegría de los pobres de quienes es ya el Reino (Lc 6,20):

El Verbo llama “pobreza en el Espíritu” a la humildad voluntaria de un espíritu humano y su renuncia; el Apóstol nos da como ejemplo la pobreza de Dios cuando dice: “Se hizo pobre por nosotros” (2 Co 8,9) (S. Gregorio de Nisa, beat, 1).

2547 El Señor se lamenta de los ricos porque encuentran su consuelo en la abundancia de bienes (Lc 6,24). “El orgulloso busca el poder terreno, mientras el pobre en espíritu busca el Reino de los Cielos” (S. Agustín, serm. Dom. 1,1). El abandono en la Providencia del Padre del Cielo libera de la inquietud por el mañana (cf Mt 6,25-34). La confianza en Dios dispone a la bienaventuranza de los pobres: ellos verán a Dios.

IV “QUIERO VER A DIOS”

2548 El deseo de la felicidad verdadera aparta al hombre del apego desordenado a los bienes de este mundo, y se realizará en la visión y la bienaventuranza de Dios. “La promesa de ver a Dios supera toda felicidad. En la Escritura, ver es poseer. El que ve a Dios obtiene todos los bienes que se pueden concebir” (S. Gregorio de Nisa, beat. 6).

2549 Corresponde, por tanto, al pueblo santo luchar, con la gracia de lo alto, para obtener los bienes que Dios promete. Para poseer y contemplar a Dios, los fieles cristianos mortifican sus concupiscencias y, con la ayuda de Dios, vencen las seducciones del placer y del poder.

2550 En el camino de la perfección, el Espíritu y la Esposa llaman a quienes les escuchan (cf Ap 22,17), a la comunión perfecta con Dios:

Allí se dará la gloria verdadera; nadie será alabado allí por error o por adulación; los verdaderos honores no serán ni negados a quienes los merecen ni concedidos a los indignos; por otra parte, allí nadie indigno pretenderá honores, pues allí sólo serán admitidos los dignos.

Allí reinará la verdadera paz, donde nadie experimentará oposición ni de sí mismo ni de otros. La recompensa de la virtud será Dios mismo, que ha dado la virtud y se prometió a ella como la recompensa mejor y más grande que puede existir: “Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo” (Lv 26,12)…Este es también el sentido de las palabras del apóstol: “para que Dios sea todo en todos” (1 Co 15,28). El será el fin de nuestros deseos, a quien contemplaremos sin fin, amaremos sin saciedad, alabaremos sin cansancio. Y este don, este amor, esta ocupación serán ciertamente, como la vida eterna, comunes a todos (S. Agustín, civ. 22,30).


RESUMEN

2551 “Donde está tu tesoro allí estará tu corazón” (Mt 6,21).

2552 El décimo mandamiento prohíbe el deseo desordenado, nacido de la pasión inmoderada de las riquezas y del poder.

2553 La envidia es la tristeza experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de apropiárselo. Es un pecado capital.

2554 El bautizado combate la envidia mediante la caridad, la humildad y el abandono en la providencia de Dios.

2555 Los fieles cristianos “han crucificado la carne con sus pasiones y sus concupiscencias” (Gal 5,24); son guiados por el Espíritu y siguen sus deseos.

2556 El desprendimiento de las riquezas es necesario para entrar en el Reino de los cielos. “Bienaventurados los pobres de corazón”.

2557 El hombre que anhela dice: “Quiero ver a Dios”. La sed de Dios es saciada por el agua de la vida (cf Jn 4,14).

El Noveno y el Décimo Mandamientos


Aurelio Fernandez

 

La forma mas primitiva de la exposición de los mandamientos, tal coma se consigna en el Éxodo y se repite en el Deuteronomio, es negativa. Los diez mandamientos ordenan y legislan sobre asuntos que son proscritos para todos los humanos. Con ello se quiere indicar la radicalidad de las prohibiciones que incluyen sus enunciados. En cierto modo, se usa un método pedagógico -sobre todo para un pueblo primitivo cual era Israel- que pone de relieve el mal a evitar, al cual es tan proclive la persona humana, herida por el pecado de origen.

Asimismo, esas formulaciones negativas de los ocho mandamientos ya estudiados, en primer lugar, prohíben las acciones externas, que son las que mas fácilmente se detectan en la convivencia humana: blasfemar, matar, robar, fornicar, mentir, etc.

Pues bien, estos dos últimos mandamientos dan un giro y se fijan en el interior del hombre. Suponen un avance en la exposición de los deberes morales de la persona humana. En efecto, como indicó el Señor (Mt 15,18-20), es del interior, de donde surge el bien y el mal: en el corazón del hombre y de la mujer se libran las verdaderas batallas éticas. Estos dos mandamientos son, pues, una llamada a que se cuide lo más intimo de la persona, a que conserve la pureza de espíritu, de modo que sus pensamientos y sus deseos, purificados de todo mal, se orienten a la práctica del bien.

Aquí se estudian, pues, los pecados internos de pensamiento y de deseo en relación al sexto y séptimo mandamientos.

Jesucristo consignó que el hombre puede «adulterar también en el corazón». Asimismo, advirtió acerca del riesgo de las riquezas cuando se pone en ellas el corazón, de modo que se ambicione poseer desordenadamente las cosas terrenas. Es decir, estos dos mandamientos condenan los malos pensamientos y deseos contra las virtudes de la castidad y de la pobreza. Pero, indirectamente, se contemplan también los pecados internos contra las demás virtudes, especialmente, contra la caridad y la humildad, como son el odio y el rencor, la envidia y el afán la venganza, que son los ámbitos en los que los pensamientos y los deseos desordenados se manifiestan más frecuentemente.

Noveno mandamiento: «No desear la mujer de tu prójimo»

El Éxodo enuncia el noveno mandamiento en estos términos: «No codiciarás la mujer de tu prójimo, (Ex 20,17). La versión del Deuteronomio es similar: «No desearas la mujer de tu prójimo» (Dt 5,21), pero en el contexto implica una ligera variante1. Por su parte, Jesucristo explica e introduce en este mandamiento una importante reforma: “Habéis oído que se dijo a los antiguos: No adulterarás. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró en su corazón” (Mt 5,27).

La novedad de Jesús apunta a que no se trata ya del casado -o del soltero- que desea la mujer de otro, sino de cualquiera que desea licenciosamente a una mujer. Es obvio que lo que se dice del hombre en relación a la mujer, se ha de entender lo mismo de la mujer respecto al hombre. En este noveno mandamiento no se trata ya solo de condenar el adulterio o la fornicación, como se prohíbe en el sexo, sino de regular la sexualidad y de señalar que el interior -la fantasía, la imaginación, los sentimientos, el deseo, etc.- es el origen de todos los desórdenes sexuales. Esta generalización es lo que permite a los nuevos Catecismos formular el contenido de este mandamiento en estos términos: «No consentirás en pensamientos y deseos impuros».

Este mandamiento trata de fijar claramente el ámbito moral de la sexualidad humana, que no es otro que el de regular el apetito sexual -incluso en el pensamiento y en el deseo-, de forma que se viva la templanza como medio para practicar la virtud de la castidad, cada uno según su estado. Para ello, se requiere no sólo evitar los actos externos de lujuria, sino ordenar y fomentar la pureza de corazón. En este sentido, será preciso entender las palabras de Jesús en el Sermón de la Montaña: «Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8).

Cuando la virtud de la pureza se inicia en el corazón y en él se arraiga, las pasiones sexuales no pasan de ser instintos biológicos que son más fácil reconducir. De este modo, es posible no solo dominar el instinto sexual, sino valorar y vivir la virtud cristiana de la pureza. Según san Pablo, el «limpio de corazón» debe reconocer que «ha sido llamado por Dios no a la impureza, si no a la santidad» (1 Tes 4,7); tiene que estar prevenido en contra de «la impureza y de las pasiones juveniles» (2 Tim 2,20); ha de evitar caer en «la lascivia y en todo género de impureza» (Ef 4, 19) y ha llegar al convencimiento de que «la fornicación, la impureza, la liviandad y la concupiscencia son una especie de idolatría» (Col 3,5).

Liberado del desenfreno de la vida sexual, el «limpio de corazón» goza también de una especial aptitud para descubrir a Dios en las diversas facetas de la vida y, a su vez, sabe valorar el sentido real de la sexualidad humana. Por ello, considerará el cuerpo propio y ajeno, no solo bajo el prisma de la sexualidad, sino como «templo del Espíritu Santo» (1 Cor 6,19), por lo que es capaz de amar al otro sexo y gozarse de la capacidad de engendrar nuevas vidas. Juan Pablo II ha acuñado la expresión «teología del cuerpo», a la que añade otras imágenes referidas a la vida conyugal, tales como «gesto amoroso», «lenguaje del cuerpo», «profetismo del cuerpo», «llamada del amor», etc. En parecido sentido se expresa también el Catecismo de la Iglesia Católica:

«A los limpios de corazón se les promete que verán a Dios cara a cara y que serán semejantes a Él (cf l Co 13,12; 1 Jn 3,2). La pureza de corazón es el preámbulo de la visión. Ya desde ahora esta pureza nos concede ver según Dios, recibir al otro como un “prójimo”; nos permite considerar el cuerpo humano, el nuestro y el del prójimo, como un templo del Espíritu Santo, una manifestación de la belleza divina» (CEC 2519).

Jesucristo, proclamando como bienaventurados a los «limpios de corazón» -como también enseña el Catecismo-, «vino a restaurar la creación en la pureza de sus orígenes» (CEC 236). En efecto, el noveno mandamiento -unido al sexto- incluye una interpretación nueva de la sexualidad humana y aporta la doctrina completa sobre el sentido y el ejercicio de la sexualidad, que es noble y merece exaltación en el ámbito del matrimonio, el cual es la única cuna de la vida. La relación conyugal entre el hombre y la mujer esta orientada a salvaguardar la santidad del matrimonio, a ensalzar el amor esponsalicio, a elevar el gozo del encuentro entre el hombre y la mujer y a valorar la procreación. Esta es la grandeza de la concepción cristiana de la sexualidad.

Décimo Mandamiento: No desear los bienes ajenos

El décimo mandamiento se formula así en el Éxodo: «No codiciarás los bienes del prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno ni nada que le pertenezca a tu prójimo» (Ex 20,17) .Por su parte, la tradición del Deuteronomio lo enuncia apenas sin variante alguna: «No desearás su casa, ni su campo, ni su siervo ni su sierva, ni su buey ni su asno, ni nada de lo que pertenezca a tu prójimo» (Dt 5,21).

Este mandamiento trata de introducir la templanza en la posesión de bienes, puesto que, tal como admite el séptimo mandamiento, el hombre tiene derecho a disponer de las cosas en propiedad. No obstante, la posesión de bienes, tal como propugna ese mandamiento, debe atemperarse con la pobreza de espíritu, no deseando poseer desmesuradamente, de forma que surja el deseo de apropiarse de los bienes que pertenecen a otro.

Ahora bien, la gran novedad en este mandamiento la introduce Jesús en el Sermón de la Montaña. Primero, el Señor advierte acerca de la fragilidad de los bienes terrenos, y previene contra el afán de poseerlos, pues, si se absolutizan, el deseo de poseer se apodera del corazón:

“No alleguéis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín los corroen y donde los ladrones horadan y roban. Atesorad tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín los corroen ni horadan ni roban. Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón”(Mt6,19-21).

Seguidamente, Jesús llama la atención acerca del peligro de que se idolatren las cosas que se poseen, hasta el punto de ponerlas en competencia con Dios. Así añade: «Nadie puede servir a dos señores, pues o bien, aborreciendo al uno, amará al otro, o bien, adhiriéndose al uno, menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas» (Mt6,24).

Pero la enseñanza de Cristo va mis allá, pues enseña la disposición interior que ha de tener el creyente en relación a los bienes materiales: no debe inquietarse en tenerlos y disponer de ellos, sino que ha de manifestar en codo su confianza en la providencia amorosa de Dios:

«Por eso os digo: No os inquietéis por vuestra vida, por lo que habéis de comer o beber, ni por vuestro cuerpo, por lo que habéis de vestir». (Mt 6,25).

Finalmente, Jesús ilustra su enseñanza recordando el cuidado que Dios tiene de las plantas y de los pájaros, para concluir con esta enseñanza que regula la relación del hombre con las cosas:

“Los gentiles se afanan por todo eso; pero bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso tenéis necesidad. Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura. No os inquietéis, pues, por el mañana; porque el día de mañana ya tendrá sus propias inquietudes; bástale a cada día su afán» (Mt 6,32-34).

De este modo, la relación hombre-cosas se armoniza: desde el interior, el hombre y la mujer usarán de ellas, pero, al mismo tiempo vivirán el espíritu de pobreza porque ni las absolutizan ni están inquietos en poseerlas. Por ello, respetarán también el derecho de todos a poseerlas y no pecarán deseando y sustrayendo los bienes ajenos.

Los pecados internos de pensamiento y de deseo

Puede sorprender a algunos que la moral cristiana juzgue los pensamientos y deseos, donde, a primera vista, podría imaginarse que cada persona humana es autónoma y tiene derecho a que se respete su intimidad. Además, suele aducirse que no se tiene pleno dominio de esos primeros movimientos internos. Otros señalan que ¡ni los pensamientos ni los deseos hacen daño a nadie! Sin embargo, no es así, y precisamente, en el hecho de elevar la moral al ámbito de los pensamientos y de los deseos, se descubre la grandeza de la moral cristiana, pues es tan profunda y humana, que trata de elevar lo más íntimo del hombre. Con ello se destaca que la moral del Evangelio responde a la totalidad de la persona. O sea, el Evangelio manifiesta la profunda relación que existe entre antropología y moral. En efecto, también la Psicología y la Antropología filosófica afirman que el hombre se perfecciona en la medida en que adquiere el dominio de su interior.

Según diversas escuelas psicológicas, parece que la actividad psíquica se realiza por medio de imágenes. Y esas imágenes que constituyen la vida más intima de la persona no son estáticas, sino dinámicas, por lo que tienden a realizarse. Es los que se denomina «principio de motricidad de las imágenes».

Esta teoría se corrobora con facilidad, puesto que es un dato de comprobación diaria. En efecto, un pensamiento o un deseo de animadversión contra alguien no sólo se inicia en la inteligencia y en el corazón, sino que se manifiesta instintivamente en leves gestos perceptibles. Y no es inusual que de inmediato se objetive en un acto de ira. Lo mismo acontece con los pensamientos y deseos de orgullo, de envidia o de pereza; y también es preciso tener un gran dominio de si mismo para que no se materialice en actos externos de impaciencia, de orgullo, de envidia o de pereza.

Pues bien, este dato primero se cumple plenamente en el instinto sexual. Es bien conocido que un pensamiento o un deseo libidinosos provocan de inmediato excitaciones sexuales. Por este motivo, el dominio de los pensamientos y de los deseos desordenados facilita adquirir un poder sobre el instinto sexual, tan decisivo para vivir la continencia en la práctica de la virtud de la castidad.

Esta teoría -al menos en su intuición primera- tiene garantía de verdad, puesto que, en la práctica moral procedemos siempre desde el interior hacia la actividad externa: los actos y las acciones morales se inician en la intimidad interior antes de realizarse externamente. Por ello, educar y tener dominio de esa motricidad de las imágenes que acabarían en acciones concretas, lleva consigo que el hombre y la mujer, al ser dueños de su actividad más íntima como son los pensamientos y los deseos, también serán señores de sus acciones.

Esta doctrina psicológica tiene pleno cumplimiento en la enseñanza moral de Jesucristo. El Maestro, con extrañeza de los discípulos, les adoctrina acerca de la importancia de mantener limpio el interior, puesto que, precisamente, del corazón brota el bien y el mal moral:

“Y llamando a sí a la muchedumbre, les dijo: oíd y entended: No es lo que entra por la boca; que hace impuro al hombre; mas lo que sale de su boca, eso es lo que al hombre le hace impuro. Entonces se le acercaron los discípulos y le dijeron: ¿Sabes que los fariseos al oírte se han escandalizado? Les respondió y dijo: Toda planta que no ha plantado mi Padre celestial será arrancada. Dejadlos, son guías ciegos; si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en la hoya. Tomando Pedro la palabra, le dijo. Explícanos esa parábola. Dijo Él: ¿Tampoco vosotros entendéis? ¿No comprendéis que lo que entra por la boca va al vientre y se expele en la letrina? Pero lo que sale de la boca procede del corazón, y eso hace impuro al hombre. Porque del corazón provienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las blasfemias. Esto es lo que contamina al hombre, pero comer sin lavarse las manos, eso no contamina al hombre” (Mt 15, 10-20; Mc 7, 1-23).

Los pecados internos no son sólo producto de la imaginación, sino que en ellos intervienen también el entendimiento, la voluntad y la memoria. Por ello son graves y el hombre debe combatirlos. Es fácil que la persona se acostumbre y no les dé la importancia ética que tienen. Un medio para combatirlos es la sinceridad.

Pero, para el dominio del corazón, es preciso que el hombre sea dueño de sus apetencias más primarias; es decir, de las pasiones que llevan al pecado. Es lo que pasamos a desarrollar.

Los movimientos del apetito sensible

Es una verdad de fe que el pecado original ha causado la debilidad y la enfermedad de la concupiscencia, y con ello las pasiones humanas pueden alterarse, de forma que rehúsan someterse a la luz de la razón y al imperio de la voluntad. Como consecuencia, el interior del hombre siente una inclinación natural al mal. La moral católica afirma que la «concupiscencia» no es pecado, pero es el principio de todo pecado2. El Catecismo de la Iglesia Católica desarrolla esta verdad en los siguientes términos:

«En sentido etimológico la concupiscencia puede designar toda forma vehemente de deseo humano. La teología cristiana le ha dado el sentido particular de un movimiento del apetito sensible que contraria la obra de la razón humana. El apóstol S. Pablo la identifica con la lucha que la carne sostiene contra el espíritu (cf Ga 5,16.17.24; Ef2,3). Procede de la desobediencia del primer pecado (Gn 3,11). Desordena las facultades morales del hombre y, sin ser una falta en si misma, le inclina a cometer pecados» (CEC 2515).

A partir del pecado original, según las enseñanzas del Concilio de Trento, el hombre esta herido, de forma que las pasiones le presionan e incitan a hacer el mal. La unidad radical de la persona no logra alcanzar siempre la armonía entre el cuerpo y el alma. Lo que da lugar a la lucha entre el «espíritu» y la «carne», tal como enseña san Pablo y constatan los autores de la vida ascética.

Cada hombre y cada mujer experimentan en lo más íntimo de su persona la queja de san Pablo, que descubre en si mismo la raíz de la inclinación al mal:

«Entonces ya no soy yo quien obra esto, sino el pecado que habita en mí, pues yo se que no hay, esto es, en mi carne, cosa buena, porque el querer el bien está en mí, pero el hacerlo, no. En efecto, no hago el bien que quiero, si no el mal que no quiero. Pero, si hago lo que no quiero, ya no soy quien lo hace, sino el pecado que habita en mí» (Ram 7,17 -20).

Según la enseñanza del Nuevo Testamento, la concupiscencia se opone al cumplimiento de la voluntad de Dios (1 Pr 4,2); es un impulso impetuoso ante el cual se cede (2 Tim 3,6); azuza a las pasiones (Ef2,3-4); es más fuerte en la juventud (2 Tim,22); es un tirano que esclaviza (Tit 3,3); tiende y exige satisfacerse (1 US 4,5); inclina a la avaricia (1 Tim 6,9); en ocasiones se combina con la sexualidad (2 Tim 3,6); es distinta en cada persona (Sant 1,14), pero siempre lleva a la esclavitud (Tit 3,3).

Por su parte, el apóstol Santiago describe el origen del pecado del hombre, el cual sigue el siguiente proceso:

«Cada uno es tentado por sus propias concupiscencias que le atraen y le seducen. Luego, la concupiscencia, cuando ha concebido, pare el pecado y el pecado, una vez consumado, engendra la muerte» (Sant 1,14-15).

La consideración del ser del hombre, debilitado por el pecado y azuzado por la concupiscencia, explica la importancia que adquiere el hecho de que el hombre cuide su interior. Precisamente los pecados internos, de pensamiento y de deseo, justifican que Jesús nos haya advertido de que la fuente del bien y del mal está en nuestro propio corazón. Por eso se han de cuidar el interior que es la fuente del actuar moral.

Una última consideración: Para que los malos pensamientos y los malos deseos puedan considerarse pecado, se requiere que sean consentidos por la voluntad; es decir, es necesario que los malos pensamientos y deseos sean queridos por el sujeto. Pero, mientras no haya consentimiento, no cabe hablar de pecado.

Los clásicos aplicaban a los pecados internos este sabio principio moral: «Sentir no es consentir». Esta doctrina es de excepcional importancia, por cuanto en ocasiones es difícil eliminar totalmente los pensamientos y los malos deseos que se suscitan en el interior.

Rechazo del «fariseísmo»

Con la enseñanza acerca del origen interior de mal y del bien moral, Jesucristo abrió una perspectiva nueva en la conducta ética de la humanidad. Al menos, eliminó de cuajo una tentación sutil que amenaza a todo programa ético: quedarse en una moral externa, de «lo que se ve», sólo de aprecio o negativa social. Esta fue, en verdad, la etapa final de la grandeza de la moral revelada, en el Antiguo Testamento. En efecto, las exigencias éticas del Éxodo, sin ser muy elevadas -puesto que Dios no podía exigir una altura moral a un pueblo primitivo que procedía de la esclavitud y que aun no estaba redimido por la muerte de Cristo-, se habían convertido en una moral externa, de pura apariencia. Por ello, Jesús mantuvo fuertes diatribas con sus representantes los fariseos (Lc 13,10-16).

Desde esta condena, el termino «fariseísmo» designa un estilo de vida moral externo y vacío de valores éticos verdaderos. Jesús denominó a los fariseos «sepulcros blanqueados» y les lanzó otros apelativos Con los que rechazaba el programa moral sociológico que ellos proponían (Mt 12,1-8). El hecho es que la valoración moral de los fariseos se oponía al juicio que a esas mismas acciones les daba Jesús.

Es una constatación histórica que los sistemas éticos exclusivamente externos suelen acabar en una «moral de clase». No es pues ajeno a la historia de la moral que las «morales de clase» suelan elevar a categoría de bien, los vicios de la propia clase social. Es el caso de las denominadas éticas de la burguesía de la clase obrera: casi siempre califican de «buenos» los defectos de su clase y de «males» los que no están bien vistos en su entorno social, pero sin referencia a la objetividad de las acciones que se realizan.

Por el contrario, el retorno al interior del hombre, es conquistar el alma, que es la que alienta el actuar ético de la persona. Asimismo, empezar la vida moral por los pensamientos y los es sanar en la propia raíz el sujeto moral, dado que, según las enseñanzas cristianas, el hombre nace con la herida del pecado original y sus potencias superiores están dominadas por la concupiscencia. Por ello, descubrir la herida del corazón es iniciar un camino moral que conducirá al hombre y a la mujer a alcanzar altas cotas de moralidad.

De este modo, la vida cristiana goza de una gran coherencia se inicia en el Credo, que señala las verdades que se creen; en ellas se descubren los principios que deben guiar su conducta y, al final, si el creyente lleva un comportamiento moral, entiende con mayor rigor las verdades que profesa. De este modo, se aúnan creencias y conducta, fe y vida. Es lo que bellamente enseña san Agustín:

«Los fieles deben creer los artículos del Símbolo para que, creyendo, obedezcan a Dios; obedeciéndole, vivan bien; viviendo bien, purifiquen su corazón; y purificando su corazón, comprendan lo que creen3.

La virtud del desprendimiento

El cultivo del interior -de la inteligencia y del corazón- rescata al hombre y a la mujer de su egoísmo y los enriquece, puesto que, liberados de la tiranía de las pasiones, les es más fácil comunicarse con los demás y entregarse a si mismos con generosidad. Esto se cumple en los diversos ámbitos que prescriben estos dos mandamientos.

a) Respecto a la virtud de la pureza

En efecto, en la vida matrimonial, los esposos que viven la y castidad conyugal, no sólo evitan los pecados externos e internos contra la castidad -«no desear la mujer de tu prójimo»-, sino que, al misma tiempo, no buscan en exclusividad sus propias satisfacciones.

El Concilio Vaticano II distingue y elogia las relaciones conyugales que se conducen por la generosidad de las esposos, que se caracterizan por estar ausentes de egoísmo y las compara con otras que buscan eróticamente la complacencia propia y no la donación mutua de los esposos.

«Este amor (de los esposos), por ser eminentemente humano, ya que va de persona a persona con el afecto de la voluntad, abarca el bien de toda la persona y, por tanto, es capaz de enriquecer con una dignidad especial las expresiones del cuerpo y del espíritu y de ennoblecerlas como elementos y señales específicas de la amistad conyugal. El Señor se ha dignado sanar el amor, perfeccionarlo y elevarlo con el don especial de la gracia y la caridad. Un tal amor, asociando a la vez lo humano y lo divino, lleva a los esposos a un don libre y mutuo de si mismos, comprobado por sentimientos y actos de ternura, e impregna toda su vida; mas aun, por su misma generosa actividad crece y se perfecciona. Supera, por tanto, con mucho la inclinación puramente erótica, que, por ser cultivo del egoísmo, se desvanece rápida y lamentablemente» (GS 49).

Es claro que esa perfección de la entrega matrimonial supone la atención generosa de uno al otro, lo cual supone la pureza de espíritu que facilita el ejercicio de la virtud de la castidad en el matrimonio.

b) Respecto a la virtud de la pobreza

Efectos semejantes se producen también en relación a la virtud de la pobreza. El desprendimiento afectivo y efectivo de los bienes terrenos, da al espíritu del hombre una lejanía de las cosas que las sitúa en su propio ámbito. Lo contrario es la avaricia que conduce a las personas a la prosecución de bienes sin reparar en los medios. Aquí surge el peligro de las riquezas, tal como se consigna en el Nuevo Testamento.

A este respecto, no cabe olvidar las graves advertencias que hace Jesús sobre el riesgo de la riqueza. Entre Los numerosos textos de los Evangelios no cabe silenciar esta rigurosa sentencia contra los ricos:

“¡Que difícilmente entra un rico en el reino de los cielos! De nuevo as digo: es mas fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que entre un rico en el reino de los cielos. Oyendo esto, los discípulos se quedaron estupefactos y dijeron:

¿Quién, pues, podrá salvarse? Mirándolos, Jesús les dijo: Para los hombres, imposible, más para Dios todo es posible» (Mt 19,23-26).

Las riquezas son, pues, un obstáculo para entrar en el reino de Dios, pero tampoco las condena abso1utamente, dado que “para Dios todo es posible”. Las razones que dificultan que los ricos sigan las consignas del reino son profundas. No residen en las cosas mismas, sino en el sujeto que posee la riqueza. El Nuevo Testamento enumera algunas causas. Por ejemplo, porque las riquezas ahogan la palabra de Dios, tal como asevera la parábola del sembrador, en la que compara la riqueza con “las espinas” (Mt 13,22). El riesgo de absolutizarlas y convertirlas en ídolos. Es lo que Jesús condena Con el dicho «no podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24). Porque es fácil que el rico quede atrapado por la avaricia, y, en palabras de san Pablo, “la avaricia es una especie de idolatría” (Col3,5). Y sobre todo por el riesgo de que la riqueza lleve a la soberbia: es el caso de la parábola del hombre rico: « Yo Soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad» (Apoc 3,17). De hecho, riqueza y soberbia frecuentemente van juntas. Más aun, bíblicamente, se identifican y en la existencia diaria se confunden. La fina percepción de Teresa de Jesús lo expresa en estos términos:

“Tengo para mi que honras y dinero, casi siempre andan juntos, y quien quiere honra no aborrece dineros, y quien aborrece dineros es que se le da poco la honra”4.

Pero la verdadera pobreza se inicia en el corazón, lo mismo que la riqueza empieza a elaborarse en el alma. Este es el sentido de la bienaventuranza. San Mateo precisa literalmente: “Bienaventurados los pobres de espíritu» (Mt 5,3). Es cierto que san Lucas omite el término «espíritu» y llama bienaventurados a los «pobres» (Lc 6,20). Pero, parece que el texto griego cabría traducirlo por «bienaventurados aquellos que tienen el alma pobre»5.

Es decir, pobreza y riqueza se ventilan en el alma: se tiene el corazón pobre o rico. Ahora bien, esa pobreza interior ha de manifestarse externamente con signos reales de pobreza. Primero, de desprendimiento real y segundo, con generosidad para repartir los bienes que se poseen. Una riqueza que no se comunique es señal de que esta muy metida en el corazón; es decir, que se es «rico» en el alma, y tales «ricos», según las enseñanzas de Jesús, es «difícil que se salven».

San Pablo tampoco condena las riquezas, pero encomienda a Timoteo que a los ricos les dé estos sabios y cristianos consejos:

«A los ricos de este mundo encárgales que no sean altivos ni pongan su confianza en la incertidumbre de las riquezas, si no en Dios, que abundantemente nos provee de todo para que lo disfrutemos, practicando el bien, enriqueciéndonos de buenas obras, siendo liberales y dadivosos y atesorando para el futuro, con que alcanzar la verdadera vida» (1 Tim 6,17-19).

La búsqueda de la santidad

El cumplimiento de los diez mandamientos lleva al creyente en Cristo a alcanzar la santidad. Como es sabido, el Concilio Vaticano II señala que la vocación cristiana tiene como metano una vida más o menos ética, sino el logro de la perfección:

«Es, pues, completamente claro que todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, y esta santidad suscita un nivel de vida mas humano incluso en la sociedad terrena. En el logro de esta perfección empeñen los fieles las fuerzas recibidas según la medida de la donación de Cristo, a fin de que, siguiendo sus huellas y hechos conformes a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, se entreguen con toda su alma a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Así, la santidad del Pueblo de Dios producirá abundantes frutos, como brillantemente lo demuestra la historia de la Iglesia con la vida de tantos santos» (LG 40).

En efecto, la santidad personal significa que el individuo consigue la perfección como hombre y como creyente. La vida moral contribuye como ningún otro saber a que el individuo logre su propia perfección. Este objetivo se alcanza especialmente en la moral cristiana. Y es así porque la moral de los diez mandamientos no es una moral de «mínimos éticos», sino de «máximos morales». Por eso, el cumplimiento amoroso de los mandamientos lleva a término la aspiración mas común a todos los hombres: el logro de la propia perfección. Asimismo, la vida moral vivida de acuerdo con las exigencias morales contenidas en los diez mandamientos, colma las ansias de felicidad que están escritas en el corazón mismo del hombre.

Pero, al mismo tiempo, la santidad del individuo produce un bien extraordinario en la Iglesia, entendida como el Pueblo de Dios. Cabe decir aún más: la santidad de los cristianos, como afirma el Concilio y confirma la historia de los pueblos, repercute en la entera sociedad. Muestra de ello son los santos, muchos de los cuales, a la ejemplaridad de sus vidas, es preciso añadir la ingente labor que han dejado en la historia de los distintas naciones y pueblos. La vida de los santos, sus obras sociales y sus escritos son focos de cultura y de civilización.

Los pecados externos añaden a la malicia interior la ejecución de las acciones, también los malos efectos que se siguen y en ocasiones el escándalo de quienes son testigos del mal actuar del prójimo. Pero la primera batalla de la moralidad tiene lugar en el corazón. De ahí el interés porque el hombre y la mujer cultiven el bien en su interior, porque es, precisamente, en el corazón donde la persona se encuentra consigo misma y donde decide el bien y el mal de que es capaz de crear y llevar a término. Consiguientemente, es en el interior donde se decide ser buena o ser mala persona.

NOTAS:

1 «Es una formulación que varia ligeramente con respecto a la de Ex 20,17. Mientras que en éste la mujer aparece como una pertenencia más del hombre, aquí en el Deuteronomio, se distingue claramente de los otros bienes del prójimo, situándola en primer lugar. Esta variante del Deuteronomio indica un claro progreso moral”. Biblia de la Universidad de Navarra. Eunsa. Pamplona 1997. 1,786-787.

2 Concilio de Trento, DS 1515.

3 San AGUSTÍN. Sobre la fe y el Símbolo, X. 25. PL 40, 196.

4 Santa TERESA DE JESÚS, Camino de perfección 11, 5.

5 Es la conocida traducción de M. OSTY, Les Evangiles Synoptiques. Ed. Silvé, París 1948, 20.

Noveno Mandamiento


Los Mandamientos, continuación….

Catecismo de la Iglesia Católica

El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón (Mt 5,28)

2514 San Juan distingue tres especies de codicia o concupiscencia: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida (cf 1 Jn 2,16). Siguiendo la tradición catequética católica, el noveno mandamiento proscribe la concupiscencia de la carne; el décimo prohíbe la codicia del bien ajeno.

2515 En sentido etimológico, la “concupiscencia” puede designar toda forma vehemente de deseo humano. La teología cristiana le ha dado el sentido particular del movimiento del apetito sensible que contraría la obra de la razón humana. El apóstol S. Pablo la identifica a la lucha que la “carne” sostiene contra el “espíritu” (cf Gal 5,16.17.24; Ef 2,3). Procede de la desobediencia del primer pecado (Gn 3,11). Trastorna las facultades morales del hombre y, sin ser una falta en sí misma, le inclina a cometer pecados (cf Cc Trento: DS 1515).

2516 En el hombre, por que es un ser compuesto de espíritu y cuerpo, existe cierta tensión, tiene lugar una lucha de tendencias entre el “espíritu” y la “carne”. Pero, en realidad, esta lucha pertenece a la herencia del pecado. Es una consecuencia de él, y al mismo tiempo una confirmación. Forma parte de la experiencia cotidiana del combate espiritual:

Para el Apóstol no se trata de discriminar o condenar el cuerpo, que con el alma espiritual constituye la naturaleza del hombre y su subjetividad personal, sino que trata de las obras -mejor dicho, de las disposiciones estables-, virtudes y vicios, moralmente buenas o malas, que son fruto de sumisión (en el primer caso) o bien de resistencia (en el segundo caso) a la acción salvífica del Espíritu Santo. Por ello el apóstol escribe: “si vivimos según el Espíritu, obremos también según el Espíritu” (Gál 5,25) (Juan Pablo II, DeV 55).


I LA PURIFICACIÓN DEL CORAZÓN

2517 El corazón es la sede de la personalidad moral: “de dentro del corazón salen las intenciones malas, asesinatos, adulterios, fornicaciones” (Mt 15,19). La lucha contra la codicia de la carne pasa por la purificación del corazón:

Mantente en la simplicidad, la inocencia y serás como los niños pequeños que ignoran el mal destructor de la vida de los hombres (Hermas, mand. 2,1).

2518 La sexta bienaventuranza proclama: “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8). Los “corazones limpios” designan a los que han ajustado su inteligencia y su voluntad a las exigencias de la santidad de Dios, principalmente en tres dominios: la caridad (cf 1 Tm 4,3-9; 2 Tm 2,22), la castidad o rectitud sexual (cf 1 Ts 4,7; Col 3,5; Ef 4,19), el amor de la verdad y la ortodoxia de la fe (cf Tt 1,15; 1 Tm 3-4; 2 Tm 2, 23-26). Existe un vínculo entre la pureza del corazón, del cuerpo y de la fe:

Los fieles deben creer los artículos del Símbolo “para que, creyendo, obedezcan a Dios; obedeciéndole, vivan bien; viviendo bien, purifiquen su corazón; y purificando su corazón, comprendan lo que creen” (S. Agustín, fid. et symb. 10,25).

2519 A los “limpios de corazón” se les promete que verán a Dios cara a cara y que serán semejantes a él (cf 1 Co 13,12; 1 Jn 3,2). La pureza de corazón es el preámbulo de la visión. Ya desde ahora esta pureza nos concede ver según Dios, recibir a otro como un “prójimo”; nos permite considerar el cuerpo humano, el nuestro y el del prójimo, como un templo del Espíritu Santo, una manifestación de la belleza divina.

II EL COMBATE POR LA PUREZA

2520 El Bautismo confiere al que lo recibe la gracia de la purificación de todos los pecados. Pero el bautizado debe seguir luchando contra la concupiscencia de la carne y los apetitos desordenados. Con la gracia de Dios lo consigue

– mediante la virtud y el don de la castidad, pues la castidad permite amar con un corazón recto e indiviso,

– mediante la pureza de intención, que consiste en buscar el fin verdadero del hombre: con un ojo simple el bautizado se afana por encontrar y realizar en todo la voluntad de Dios (cf Rm 12,2; Col 1,10);

– mediante la pureza de la mirada exterior e interior; mediante la disciplina de los sentidos y la imaginación; mediante el rechazo de toda complacencia en los pensamientos impuros que inclinan a apartarse del camino de los mandamientos divinos: “la vista despierta la pasión de los insensatos” (Sb 15,5);

– mediante la oración:

Creía que la continencia dependía de las propias fuerzas, las cuales no sentía en mí; siendo tan necio que no entendía lo que estaba escrito (Sb 8,21): que nadie puede ser continente, si tú no se lo das. Y cierto que tú me lo dieras, si con interior gemido llamase a tus oídos, y con fe sólida arrojase en ti mi cuidado (S. Agustín, conf. 6,11,20).

2521 La pureza exige el pudor. Este es una parte integrante de la templanza. El pudor preserva la intimidad de la persona. Designa la negativa a mostrar lo que debe permanecer oculto. Está ordenado a la castidad, cuya delicadeza proclama. Ordena las miradas y los gestos según la dignidad de las personas y de su unión.

2522 El pudor protege el misterio de las personas y de su amor. Invita a la paciencia y a la moderación en la relación amorosa; exige que se cumplan las condiciones del don y del compromiso definitivo del hombre y de la mujer entre sí. El pudor es modestia, inspira la elección del vestido. Mantiene el silencio o la reserva donde se adivina el riesgo de una curiosidad malsana; se convierte en discreción.

2523 Existe un pudor de los sentimientos como también un pudor del cuerpo. Este pudor rechaza, por ejemplo, los exhibicionismos del cuerpo humano propios de cierta publicidad o las incitaciones de algunos medios de comunicación a hacer pública toda confidencia íntima. El pudor inspira una manera de vivir que permite resistir a las solicitaciones de la moda y a la presión de las ideologías dominantes.

2524 Las formas que adquiere el pudor varían de una cultura a otra. Sin embargo, en todas partes constituye la intuición de una dignidad espiritual propia al hombre. Nace con el despertar de la conciencia del sujeto. Educar en el pudor a niños y adolescentes es despertar en ellos el respeto de la persona humana.

2525 La pureza cristiana exige una purificación del clima social. Obliga a los medios de comunicación social a una información cuidadosa del respeto y de la discreción. La pureza de corazón libera del erotismo difuso y aparta de los espectáculos que favorecen el exhibicionismo y la ilusión.

2526 Lo que se llama permisividad de las costumbres se basa en una concepción errónea de la libertad humana; para edificarse, ésta necesita dejarse educar previamente por la ley moral. Conviene pedir a los responsables de la educación que impartan a la juventud una enseñanza respetuosa de la verdad, de las cualidades del corazón y de la dignidad moral y espiritual del hombre.

2527 “La buena nueva de Cristo renueva continuamente la vida y la cultura del hombre caído; combate y elimina los errores y males que brotan de la seducción, siempre amenazadora, del pecado. Purifica y eleva sin cesar las costumbres de los pueblos. Con las riquezas de lo alto fecunda, consolida, completa y restaura en Cristo, como desde dentro, las bellezas y cualidades espirituales de cada pueblo o edad” (GS 58,4).

RESUMEN

2528 “Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón” (Mt 5,28).

2529 El noveno mandamiento pone en guardia contra la codicia o concupiscencia de la carne.

2530 La lucha contra la concupiscencia de la carne pasa por la purificación del corazón y la práctica de la templanza.

2531 La pureza del corazón nos alcanzará el ver a Dios: nos da desde ahora la posibilidad de ver todo según Dios.

2532 La purificación del corazón exige la oración, la práctica de la castidad, la pureza de intención y de mirada.

2533 La pureza del corazón requiere el pudor, que es paciencia, modestia y discreción. El pudor preserva la intimidad de la persona.

Difamación y calumnia


Del octavo mandamiento, continuación….

Ricardo Sada Fernandez

 

Cuando se agrava la mentira

Mayor gravedad reviste el pecado de calumnia, ya que combina tres pecados: uno contra la veracidad (mentir), otro contra la justicia (herir el buen nombre ajeno), y el tercero contra la caridad (fallar en el amor debido al prójimo). La calumnia hiere al prójimo en lo más delicado: su reputación.

Si a un hombre le robamos su reloj, puede enojarse o entristecerse, pero normalmente al cabo del tiempo quizá compre otro. Pero si lo perdido es su buen nombre, lo privamos de algo que no podrá comprar con dinero. Es fácil entender, pues, que el pecado de calumnia es mortal si con él dañamos gravemente el honor del prójimo, aunque sea en la estimación de unas pocas gentes. Y esto es así incluso aunque ese mismo prójimo no se entere del daño que le hemos causado.

Lo anterior se aplica también cuando deliberada e injustamente dañamos la reputación del prójimo sólo en nuestra propia mente. Esto es el juicio temerario, un pecado que nos afecta a todos y al que muy posiblemente demos poca importancia. Si alguien inesperadamente realiza una buena acción, y yo me sorprendo pensando: “eso lo hizo sólo por presumir”, he cometido un pecado de juicio temerario. Si alguien hace un acto de generosidad, y yo me digo: “¿a quién tratará de impresionar?”, pecó contra el octavo mandamiento.

Contra este mandamiento se peca también a través de la difamación. Consiste en dañar la fama ajena manifestando sin causa justa pecados y defectos que son verdad. Por ejemplo, cuando comunico a los amigos los pleitos que tiene el matrimonio vecino cuando el marido llega borracho a casa.

Puede que haya ocasiones en que, con el fin de prevenir males mayores, deba revelar los pecados ajenos. Será una obligación hacer ver a mi hijo que su nuevo amigo es drogadicto, o que convenga informar a la autoridad pública las actividades sospechosas en la oficina contigua. Puede ser necesario advertir a los profesores del colegio la deshonesta actitud mostrada por un compañero de mi hijo. Pero lo más usual es que cuando hablamos mal de alguien lo hagamos llevados por una intención poco recta. Por eso, si no tenemos una causa justa, aunque lo que digamos sea verdad, es ilícito difundir sin necesidad los defectos ajenos.

Ahora bien, si el hecho peyorativo que menciono es algo público, algo que resulta del conocimiento de todos, no es pecado, como el caso de crímenes pasionales que publican todos los periódicos. Pero, aun en estos casos, la caridad nos llevará a condolernos y a rezar por el pecador, más que cebarnos en su desgracia.

No sólo se falta al octavo mandamiento con la palabra y la mente, sino que también hay pecados de oído. Escuchar con gusto la calumnia y difamación, aunque no digamos una palabra, fomenta la difusión de murmuraciones maliciosas. Nuestro deber cuando se ataque la fama de alguien en nuestra presencia, es cambiar la conversación, e incluso intentar sacar a relucir las virtudes del difamado.

Afrentar la dignidad de una persona, es decir, lesionar su honor, es el pecado de contumelia. En los pecados anteriores el prójimo está ausente, en éste el prójimo está presente. Este pecado de contumelia adopta distintas modalidades. Una de ellas sería, por ejemplo, negarnos a dar al prójimo las muestras de respeto y amistad que le son debidas, como no contestar su saludo o ignorar su presencia, como hablarle de modo altanero o ponerle apodos humillantes. Un pecado parecido de grado menor es esa crítica despreciativa, ese encontrar faltas en todo, que para algunas personas -por ejemplo, para la esposa con su marido; para el marido con su suegra- parece constituir una arraigada costumbre.

Otro posible modo de ir contra el octavo mandamiento es revelar secretos que nos han sido confiados. La obligación de guardar un secreto puede surgir de una promesa hecha, de la misma profesión (políticos, médicos, investigadores, etcétera), o, simplemente, porque la caridad me lleva a no divulgar lo que pueda dañar o herir al prójimo. Se incluyen en este tipo de pecados leer la correspondencia ajena sin permiso, o escuchar conversaciones privadas atrás de la puerta o por la extensión telefónica. La gravedad del pecado dependerá en estos casos del daño o perjuicios ocasionados por nuestra actitud.

Conviene recordar por último que este mandamiento, igual que el séptimo, nos obliga a reparar los males causados. Si perjudicamos a un tercero con alguna mentira, lo difamamos, lo humillamos o revelamos sus secretos, nuestra falta no estará saldada hasta que compensemos los perjuicios lo mejor posible. Y debemos hacerlo aunque hacer esa reparación nos exija humillarnos o sufrir un perjuicio nosotros mismos.

Si he calumniado, debo decir que me había equivocado radicalmente; si he murmurado, tengo que compensar mi difamación hablando cosas buenas del afectado; si he insultado, debo pedir disculpas, públicamente, si el insulto fue público; si he revelado un secreto, debo reparar lo mejor que pueda las consecuencias que se sigan de mi imprudencia.

Ojalá que la comprensión de la Verdad como atributo divino nos ayude a aborrecer todo lo que sepa a doblez, simulación, charlatanería y murmuración. “Que sea tu sí, sí; y tu no, no” (Mt. 5, 37); abrir la boca sólo para decir lo que estamos seguros de que es cierto y que es oportuno para el bien de nuestro interlocutor. Que nunca hablemos del prójimo si no es para alabarlo, y, si tenemos que decir de él algo negativo, lo hagamos obligados por una razón grave y suavizando nuestras palabras con el aceite de la caridad.

Mentiras Piadosas


Ricardo Sada Fernandez

 

Mucha gente no tiene inconveniente en pensar que, en ciertas circunstancias, lo mejor que puede hacer es mentir. Engañar sobre una enfermedad grave, inventar el motivo de haber llegado tarde a la cita, atribuirnos méritos inexistentes, modificar las cifras a las notas de consumo y mil situaciones más. Pero los moralistas dicen de modo categórico que “nunca es lícito mentir”. ¿Nunca? ¿Ni para evitar daños mayores? ¿Ni para salvar a la humanidad con una pequeña mentira? Así parece, pues el adverbio “nunca” no admite excepciones. Pero vendrán de nuevo los moralistas en nuestra ayuda para tranquilizarnos: “de que nunca sea lícito mentir, no se sigue que haya siempre obligación de decir la verdad”. Ocultar la verdad es a veces no sólo conveniente, sino incluso obligatorio, por ejemplo, cuando se debe guardar un secreto.

Dejemos por el momento lo anterior e intentemos profundizar sobre la importancia de la veracidad. Esta virtud lleva a manifestar, con las palabras o los hechos, aquello que el individuo piensa en su interior. Sabemos que “la palabra es la expresión oral de la idea”. De ahí que, por ley natural, aquello que yo expreso es algo que debe coincidir con lo que pienso. Si mi palabra no refleja la idea, estoy violentando el orden natural de las cosas, voy contra la ley de Dios. Por eso se dice que la mentira es intrínsecamente mala, es decir, no es mala porque alguien la prohíba, sino que es mala en sí misma. Y algo de suyo malo no puede producir nada bueno, aunque sean muy buenas las intenciones de quien actúa.

Pero aún podemos profundizar en nuestro razonamiento sobre la veracidad, hasta que alcancemos su razón más alta: la verdad es algo divino, un atributo de Dios. “Yo soy la verdad”, dijo Jesucristo (Jn. 14, 6). No sólo “anuncia” la verdad, no sólo explica lo verdadero -que también lo hace- sino que por Sí y en Sí “es” la verdad misma: posee la verdad en la totalidad de su plenitud. Y, a partir de ahí, el contrapunto: Jesús dice que Satanás es “el padre de la mentira” (Jn. 8, 44), pues en sí mismo niega a Dios-Verdad y todo en su actuación tiende a oscurecer o a apartar de la verdad.

Quizá lo anterior nos aclare por qué no existen “mentiras piadosas”, ni mentiras inocuas. Un mal moral, aun el mal moral de un pecado venial, es mayor que cualquier mal físico. No es lícito cometer un pecado venial ni siquiera para salvar de su destrucción un país entero. Mentir es ir contra Dios.

Sin embargo, decíamos que, con la restricción mental, puedo no decir la verdad cuando injustamente traten de averiguar algo de mí. Lo que diga en ese caso podrá ser una respuesta no exacta, evasiva o confusa, con un sentido verdadero y otro falso, pero no una mentira. Podríamos decir que la restricción mental es un medio lícito de autodefensa cuando no queda otra salida. El político que sabe cómo esquivar a los periodistas que buscan acorralarlo es prototipo de quienes practican este difícil arte.

Todos sabemos que en este mundo hay demasiados entrometidos que preguntan lo que no tienen derecho a saber. Es del todo válido dar a tales individuos una respuesta evasiva. Si un oliscón me pregunta cuánto dinero traigo, y yo le respondo que traigo mil pesos cuando, en realidad, llevo diez mil, no miento. Tengo mil pesos, pero no menciono los otros nueve mil que también tengo. Pero sería una mentira, claro está, afirmar que tengo diez mil pesos cuando sólo tengo mil.

En ese mismo sentido, hay frases que al parecer son mentiras, pero no lo son en realidad, pues se usan convencionalmente en sentido ambiguo. “No está” es un ejemplo de esas frases. Cualquier persona medianamente perspicaz sabe que decir “no está” cuando preguntan por alguien en el teléfono puede significar “no está para usted”, o “no está disponible en este momento”, pues la niña no tiene por qué manifestar que mamá se está arreglando o haciendo la sopa. Quien piensa que le mienten si le contestan con frases como ésta (u otras parecidas de uso corriente) se equívoca: es un convencionalismo social que resulta para todos un valor entendido.

Igual principio se aplica al que acepta como cierto un relato que se cuenta en plan de broma, o una frase que se dice con manifiesta exageración. Por ejemplo, si afirmo que el jabón que yo fabrico es el mejor del mundo, quien lo tome literalmente se está engañando a sí mismo. Sin embargo, esas afirmaciones pueden hacerse verdaderas mentiras si no aparece claramente ante el auditorio que lo que cuento es un chiste o una exageración.

El Octavo Mandamiento


De  Aurelio Fernández

 

La palabra es el signo más visible de la racionalidad. El hombre piensa, pero también articula sonidos, de forma que emite palabras que son portadoras de sus ideas. Por la palabra, la persona expresa su pensar y su querer, incluso las emociones repercuten en el tono de voz con que emite la palabra. «Ser hombre de palabra» es asegurar que ofrece garantía de hombría de bien y de fidelidad, puesto que es capaz de llevar a término el compromiso hecho. Mediante la palabra, el hombre y la mujer pueden alabar a Dios, pero también blasfemar su nombre. De modo semejante, con la palabra cabe amar y ensalzar al hermano o insultarle y despreciarle.

En efecto, la palabra puede ser vehículo del bien y del mal que el hombre y la mujer encierran en su corazón. Como enseña el Apóstol Santiago: «La lengua, con ser un miembro pequeño, se gloria de grandes cosas. Ved que un poco de fuego basta para quemar todo un gran bosque. También la lengua es un fuego, un mundo de iniquidad. Colocada entre nuestros miembros, la lengua contamina todo el cuerpo, e inflamada por el infierno, inflama a su vez toda nuestra vida. Todo género de fieras, de aves, de reptiles y animales marinos es domable y ha sido domado por el hombre, pero a la lengua nadie es capaz de domarla; es un mal turbulento y está llena de mortífero veneno. Con ella bendecimos al Señor y Padre nuestro y con ella maldecimos a los hombres, que han sido hechos a imagen de Dios. De la misma lengua proceden la bendición y la maldición. Y esto, hermanos, no debe ser así» (Sant 3, 5-10).

El octavo Mandamiento enseña, precisamente, como debe usarse la lengua, de forma que sea vehículo de la verdad y no de la mentira. En el se estudia la obligación de practicar la veracidad. En consecuencia, se prohíbe el mal uso de la palabra que puede mentir y maldecir. Asimismo, se prescribe que no se use la palabra cuando deba guardarse silencio para mantener un secreto. Asimismo, en la sociedad actual, en la que los medios de comunicación son tantos y tan plurales, se acentúa su importancia, pero, al mismo tiempo, se advierte que se han de evitar los daños que pueda ocasionar el uso indiscriminado de los medios de comunicación social. Finalmente, la palabra dada tiene un especial eco en los tribunales, en donde es garantía y testigo de la verdad. Por eso se condena como especialmente grave el pecado de perjurio.

«No dirás falso testimonio ni mentirás»

La formula del Éxodo sobre el contenido moral del octavo mandamiento es mas limitada. Dice así: «No darás falso testimonio contra tu prójimo» (Ex20,16). Esta misma expresión se repite, literalmente, en el Deuteronomio (Dt 5,20). Pero en el Levítico se enuncia así: «No mentiréis, ni os engañaréis unos a otros» (Lev 19,11). De este modo, la mentira se unió a la calumnia, pues ambas van con frecuencia unidas. Así lo sentencia el Eclesiástico: «No trames calumnias contra tu hermano ni lo hagas tampoco con tu amigo. Proponte no decir mentira alguna, porque acostumbrarse a ellas no es para bien» (Ed 7,12-13). Y es que la gravedad de la mentira no consiste tanto en ocultar la verdad con el fin de engañar, cuanto en usarla como arma para dañar al prójimo. Es lo que denuncia Jesucristo cuando perfeccionó este mandamiento: «Se dijo a los antepasados: No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos» (Mt 5,33). En efecto, quien se habitúa a la mentira casi siempre la usará para defenderse frente al prójimo, lo cual lleva a la calumnia. Mas aún, puede conducir al perjurio, o sea a jurar en falso incluso ante los tribunales.

Existen diversas definiciones de la mentira, pues no siempre es fácil fijar su sentido exacto. El Catecismo de la Iglesia Católica, en la edición típica, la matizó en estos términos: «Mentir es hablar u obrar contra la verdad para inducir a error» (CEC 2483). Y esta otra: «Mentir consiste en decir algo falso con intención de engañar al prójimo» (CEC 2508). En consecuencia, la mentira entraña el deseo de engañar.

Pero, a aparte de ese «engaño» que persigue la mentira, es importante destacar el aspecto positivo de este mandamiento, el cual implica la obligación de decir la verdad. En efecto, el hombre y la mujer deben amar la verdad, expresarla, defenderla y comunicarla, pues la “verdad” es propia del ser inteligente. Y ello porque la racionalidad -característica esencial del ser humano- busca espontáneamente la verdad. Como escribe Aristóteles al inicio de la Metafísica, «todo hombre, por naturaleza, desea conocer la verdad»1.


La virtud de la veracidad

Si la “verdad” es el objeto y el fin de la reflexión humana, también es una realidad central de la Revelación, pues la verdad está en estrecha relación con Dios: El “es la verdad” (Jn 17, 17) . Mas aún, como enseña el libro de los Proverbios, «Dios es fuente de toda verdad» (Prov 8,7). Por su parte, el libro de Samuel constata: «Tú eres Dios y tus palabras son verdad» (2 Sam 7,28). Y el Salmista confiesa que el ha «elegido el camino de la verdad» (Sal 119,30), pues «todos los mandamientos divinos son verdad» (Sal 119, 86), y la razón es que «la ley de Dios es la verdad» (Sal 119, 142).

Sobre todo, la verdad hace relación a la misma Persona de Jesús. Como es sabido, describir a Jesucristo como la verdad y relacionar su mensaje con ella, es uno de los temas centrales del Evangelio de san Juan. Según este Apóstol, Jesucristo “es la verdad” (Jn 14,6). En consecuencia, el evangelista lo presenta como «lleno de gracia y de verdad» (]n 1, 14) y como “la luz del mundo” (Jn 8,12). Por ello, «el que cree en Él, no permanece en las tinieblas (]n 12,46), si no que «conocerá la verdad y la verdad le hará libre» (]n 8,32-32), y quien le sigue «vive el espíritu de verdad» (]n 14,17). Jesús pide al Padre que a sus discípulos los «santifique en la verdad» (]n 17,17), hasta conducirlos a «la verdad completa» (]n 16,13). En consecuencia, san Juan define a los discípulos como aquellos que «viven en la verdad». Y les ofrece este criterio para el discernimiento de su conducta: «Si decimos que estamos en comunión con el y caminamos en las tinieblas, mentimos y no obramos conforme a la verdad» (1 Jn 1,6).

Esa vocación del hombre a la verdad -que para el cristiano constituye su estilo de vida- Jesús la sella con un mandato imperativo a sus discípulos, con el que completa el octavo precepto: «Sea vuestro sí, sí; sea vuestro no, no» (Mt 5, 37). En otras palabras, dado que «Dios es verdad» y Jesús afirmo de sí «Yo Soy la verdad», sus discípulos deben vivir la verdad en sus vidas. Es lo que se denomina veracidad; y que el Catecismo de la Iglesia Católica define en los siguientes términos:

«La verdad coma rectitud de la acción y de la palabra humana, tiene por nombre veracidad; sinceridad a franqueza. La verdad o veracidad es la virtud que consiste en mostrarse veraz en los propios actos y en decir verdad en sus palabras, evitando la duplicidad, la simulación y la hipocresía» (CEC 2468).

A la vista de la grandeza de la verdad, se deduce la importancia de la virtud de la veracidad, no solo porque garantiza que se diga, la verdad, sino porque, al mismo tiempo, se evitan algunos vicios que desdicen de la dignidad de la persona, cuales son el doblez, la falsedad, la hipocresía, la simulación, el embuste…, en una palabra, la mentira y, llegado el caso, la calumnia y hasta el perjurio.

La mentira

San Agustín la define en estos términos: «La mentira consiste en decir falsedad con intención de engañar»2. A la esencia de la mentira pertenecen dos cosas: Primero; decir lo contrario de lo que se piensa. Segundo, decirlo con intención de engañar . Los autores suelen distinguir tres clases de mentira: «jocosa», si con ella se quiere hacer una broma o pasatiempo; «oficiosa», cuando se profiere para obtener un beneficio propio o en favor de un tercero; «dañosa», si mintiendo, se persigue hacer daño alguien En esta división no entra lo que, coloquialmente, se denomina «mentira piadosa», la cual de ordinario se identifica con la «oficiosa».

En la mentira se contienen numerosos males, por lo que es condenable. He aquí algunos de ellos:

– encierra una ofensa directa contra la verdad;

– induce al error a quien se le dice, el cual tiene derecho a no ser engañado;

– lesiona el fundamento de1a comunicación de los hombres entre si;

– fomenta -yen ocasiones en ella tienen su origen- la vanidad y la soberbia;

– quien miente pierde la reputación y la fama;

– lesiona la caridad en el trato con el prójimo;

– puede faltar a la justicia, cuando se miente en perjuicio de otro;

– la mentira es funesta para la convivencia, puesto que crea desconfianza en las relaciones sociales.

Estos y otros males que ocasiona la mentira explica por qué, mientras el origen de la verdad se sitúa en Dios, la mentira se en atribuye al demonio. El origen diabólico de la mentira es mencionado por Jesús: “Vuestro padre es el diablo… porque no hay verdad en el; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8,44).

El Catecismo de la Iglesia Católica pone de relieve ese cúmulo de males que conlleva la mentira, tanto para el individuo como para la colectividad.

«La mentira, por ser una violación de la virtud de la veracidad, es una verdadera violencia hecha a los demás. Atenta contra ellos en su capacidad de conocer, que es la condición de todo juicio y de toda decisión. Contiene un germen de división de los espíritus y todos los males que esta suscita. La mentira es funesta para toda la sociedad: socava la confianza entre los hombres y rompe el tejido de las relaciones sociales» (CEC 2486).

Toda mentira es intrínsecamente mala (esto no quiere decir que sea siempre grave) y nunca debe decirse. En el lenguaje corriente se utilizan expresiones hiperb6licas que no son mentira.

Sin embargo la mentira en sí misma es pecado venial (cf. CEC 2484). De ordinario, no es pecado la mentira «jocosa». Es pecado venial casi siempre la «oficiosa». Sin embargo, la mentira «dañosa» es pecado mortal cuando se lesiona gravemente la caridad o la justicia. Esto se deduce por las circunstancias que concurren. Por ejemplo, es pecado mortal, si con la mentira, se tiene la intención de ocasionar un mal grave al prójimo o cuando una persona constituida en autoridad miente a los súbditos en cuestiones que atañen gravemente a sus intereses. También es pecado mortal en caso de que, mintiendo, se lesione gravemente la fama del prójimo. Asimismo, se peca mortalmente si con la mentira al juez se conculcan los derechos ajenos en la administración de la justicia, etc. O como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica:

«La gravedad de fa mentira se mide según la naturaleza de la verdad que deforma, según las circunstancias, las intenciones del que la comete, y las daños padecidas par las que resultan perjudicadas» (CEC 2484).

Los moralistas admiten con razón –lo dice el sentido común y también es el proceder de personas rectas- que, en algunos casos, es lícito no sólo ocultar la verdad, sino incluso dar contestaciones que induzcan al error a quien pregunta, si éste interroga injustamente. La explicación teórica de la licitud de este tipo de comportamiento se fundamenta en la llamada restricción latamente mental. Por ejemplo, no sería mentira decir: «el señor no está en casa», cuando, atendidas las circunstancias, quien escucha podría saber que esa contestación puede tener un sentido diverso por una restricción mental. Puede ser el medio, por ejemplo, de guardar un secreto o de evitar un compromiso. Por el contrario, la llamada «restricción puramente mental», que tiene lugar cuando la expresión utilizada hace imposible descubrir el sentido verdadero, no es lícita. Por ejemplo, decir «he visto París», pensando interiormente «en fotografía», es una mentira.

El secreto

Secreto es el conocimiento de una verdad que debe mantenerse oculta. El secreto es un género específico de verdad. En efecto, se puede llegar a alcanzar ciertos conocimientos que ni pueden ni deben ser comunicados a terceras personas.

Existen diversos tipos de secretos. Cabe reducirlos a dos: prometido y natural. «Secreto prometido» es el que debe guardarse en virtud de la promesa hecha cuando se da algo a conocer. Esta promesa puede ser expresa, lo que se denomina «secreto comiso», bien implícita, la cual se supone siempre que se conoce por el ejercicio de la profesión: se denomina «secreto profesional». El «secreto natural» es aquel que debe guardarse por la propia naturaleza de la cosa, puesto que deriva de la ley natural.

Algunos secretos pueden ser ocasionales, o sea, se han adquirido, bien por comunicación íntima del interesado o por medio de otra persona distinta, o bien porque se ha sido testigo ocasional de hecho. Otros secretos tienen origen en el ejercicio del ministerio o cargo. Tal es el secreto medico, jurídico o del sacerdote, los cuales han llegado a adquirir conocimiento de hechos a través el desempeño de sus respectivos cargos.

La obligación de guardar el secreto profesional, además de ser de derecho natural, frecuentemente lesiona también la justicia, dado que existe un compromiso tácito de que no debe revelarse lo que se comunicó confidencialmente. La obligación de guardar el secreto es grave o leve, según la materia de la que se trate y del modo en que se ha obtenido conocimiento de él.

Así, es pecado mortal si se trata de algo que daña gravemente la fama del prójimo o si se sigue un mal grave para el interesado o para un tercero. Puede ser el caso, de un médico que descubre datos de la enfermedad que ocasiona al enfermo un daño notable. También si se trata de una verdad comunicada al sacerdote, el cual está especialmente obligado a guardar el secreto de una confidencia que se le ha hecho3.

También se puede pecar si se usa el secreto para provecho propio o ajeno. El caso puede repetirse en el ámbito de la compraventa, de la industria e incluso en el campo intelectual o de la investigación.

En ocasiones se puede revelar el secreto yen otras puede ser un deber revelarlo. Es lícito revelar un secreto si se sigue un daño grave e irreparable para un tercero. Puede ser el caso de dar a conocer a la novia una enfermedad grave de un novio por el daño que puede ocasionarle. Asimismo, se debe manifestar un secreto si se sigue un daño grave para sí mismo o para un tercero. También se ha de considerar el bien común de la sociedad, que en ocasiones sufre un grave quebranto si no se da a conocer el secreto confiado. En todo caso, se deben tener en cuenta las circunstancias que concurren. A este respecto, la casuística puede ser muy variada. Por eso basta enunciar los principios generales, tal como los expone el Catecismo de la Iglesia Católica:

«Los secretos profesionales -que obligan, por ejemplo, a políticos, militares, médicos, juristas- o 1as confidencias hechas bajo secreto deben ser guardados, salvo los casos excepcionales en los que el no revelarlos podría causar al que los ha confiado al que los ha recibido o a un tercer daños muy graves y evitables únicamente mediante la divulgación de la verdad. Las informaciones privadas perjudiciales al prójimo, aunque no hayan sido confiadas bajo secreto, no deben ser divulgadas sin una razón grave y proporcionada” (CEC 2491).

Para obrar rectamente y con el fin de aplicar estos principios a los circunstancias tan variadas que puedan darse, se exige la recta formación de la conciencia. Pero en ocasiones también es conveniente buscar el consejo prudente que garantice una decisión moralmente correcta. En todo caso, la revelación del secreto debe hacerse como último recurso y ante circunstancias excepcionales, puesto que es preciso velar por la valoración social del secreto. De 1o contrario, se resiente la seriedad que merecen las profesiones, cuyo ejercicio lleva anexo la obligación de guardar secreto de los asuntos que confidencialmente se han tratado.

Las ofensas contra la verdad

Además de los pecados de mentira (veracidad “por defecto”) y de faltas cometidas por revelación indebida del secreto (veracidad “por exceso”), también se puede faltar a la veracidad si se cometen otras acciones, cuales son, por ejemplo, la calumnia, el juicio temerario, la sospecha, la maledicencia, el falso testimonio y el perjurio.

a) Calumnia es mentir causando un daño a la reputación de alguien o si se da ocasión para que se originen juicios falsos sobre una persona. Lo específico de la calumnia, frente a la murmuración, es que esta contribuye a hacer juicios negativos sobre alguien, pero lo que se comenta en la murmuración es verdad, mientras en la calumnia, lo que se dice contra alguien es mentira.

b) Juicio temerario es formar un juicio negativo sobre la persona o sobre su actuación, pero sin tener fundamento suficiente para ello. El juicio temerario puede ser subjetivo, o sea interior, y puede emitirse externamente. Si el juicio es tácito, sin manifestarlo, también puede ser pecado interno, en la medida en que se consienta deliberadamente en él.

c) Sospecha es el juicio hecho sobre una persona o acontecimiento a partir de algunos datos, pero sin tener todos los elementos que garanticen formular un juicio seguro. La sospecha es legítima siempre que los indicios tengan suficiente verosimilitud. Asimismo, es legítimo seguir la indagación hasta alcanzar la certeza debida o para rectificar el juicio.

d) Maledicencia es manifestar los defectos y las faltas reales de alguien a otra persona que los desconoce. Se distingue de la calumnia, por cuanto en este caso se comunican faltas y defectos reales de la persona, si bien no son conocidos.

e) Falso testimonio es afirmar públicamente, ante un tribunal, algo falso a favor o en contra de alguien. El falso testimonio, por las circunstancias que concurren a la mentira, encierra una especial gravedad. El libro de los Proverbios sentencia que «el testigo falso no quedará impune» (Prov 19,9).

f) Perjurio es el testimonio falso emitido en un juicio hecho bajo juramento. El perjurio es un pecado especialmente grave contra el segundo mandamiento, puesto que, además de contribuir a la condena del inocente, «compromete gravemente el ejercicio de la justicia» y la desprestigia.

Las acciones, en las que se actúa con mentira y de las que se siguen males para el prójimo, son especialmente graves. Como la mentira puede lesionar la justicia, siempre que ocasiona un mal, el que miente tiene obligación de reparar. Esto obliga especialmente en la calumnia. En este caso, no es suficiente arrepentirse e incluso no basta con demandar perdón, se requiere además reparar el mal cometido. En ocasiones puede hacerse personalmente. Pero, en caso de que el daño ocasionado sea público, la reparación debe hacerse públicamente.

Esta reparación –y en su caso, la restitución- obliga en conciencia. Lo cual indica que no hay perdón del pecado si no se tiene intención de cumplir la reparación o la restitución. Se ha de devolver la buena fama perdida, pero en algunas cuestiones que se han seguido males materiales, la restitución debe hacerse incluso económicamente. El Catecismo de la Iglesia Católica amplía la casuística en los siguientes términos:

“Toda falsa cometida contra la justicia y la verdad entraña el deber de reparación, aunque su autor haya sido perdonado. Cuando es imposible reparar un daño públicamente, es preciso hacerlo en secreto; si el que ha sufrido un perjuicio no puede ser indemnizado directamente, es preciso darle satisfacción moralmente, en nombre de la caridad. Este deber de reparación se refiere también a las faltas cometidas contra la reputación del prójimo. Esta reparación, moral y a veces material, debe apreciarse según la medida del daño causado. Obliga en conciencia”. (CEC 2487).

Libertad de expresión: medios de comunicación social

El derecho a alcanzar la verdad y a comunicarla ha adquirido en la actualidad tales proporciones, que a los medios de comunicación social se les denomina con razón “el cuarto poder”. En efecto, la importancia de estos medios es tal, que condicionan y en ocasiones dirigen la vida social, económica y política de los pueblos. Mas aún: en la actualidad la cantidad de información es tal, que supera las posibilidades del hombre de lograr la síntesis de los hechos y de las ideas que circulan en los distintos ámbitos del saber o de la vida social, cultural y política.

Este papel decisivo que juegan en la vida individual y en la convivencia es lo que ha motivado que el Concilio Vaticano II se haya ocupado expresamente de los medios de comunicación y haya emitido el Decreto «Inter mirifica» (1965), que estudia detenidamente las exigencias éticas que han de regir en el ámbito de la comunicación. Mas tarde, en el año 1971, la Santa Sede hizo pública la Instrucción «Communio et progressio», que trata de la recta aplicación del Decreto conciliar. Además de estos dos documentos, existe abundante doctrina magisterial en discursos y mensajes papales, emitidos con ocasión del «Día de los medios de comunicación social».


Estos son los aspectos que el Concilio señala como más decisivos para el comportamiento individual y para la convivencia en el uso de los medios de comunicación social:

– Valor moral. El uso de «mass media» no es ajeno a la moral: “El recto uso de tales medios es absolutamente necesario que todos los que se sirven de ellos conozcan y lleven a la práctica en este campo las normas de orden moral”. (n. 4).

– Recta conciencia. Los usuarios deben «formar una recta conciencia sobre tal uso», de modo que la información que reciben «contribuya al bien común y al mayor progreso de toda la sociedad humana». El derecho de información exige que esta “sea objetivamente verdadera y, salvada la justicia y la caridad, integra”. Además, «en cuanto al modo, ha de ser honesta y conveniente, es decir, que respete las leyes morales del hombre y los legítimos derechos y dignidad» (n. 5).

– Considerar el orden moral objetivo. Se ha de proclamar que «la primacía del orden moral objetivo ha de ser aceptada por todos, puesto que es el único que supera y concurrentemente ordena todos los demás ordenes humanos, por dignos que sean, sin excluir el arte» (n. 6).

– Tratamiento del mal moral. Los distintos medios han de cuidar atentamente como se ha de tratar los temas relacionados con el mal. Es cierto que su conocimiento puede «servir para conocer y descubrir mejor al hombre»; pero debe evitarse el riesgo de que «produzca mayor daño que utilidad alas almas», tal puede ser el caso en que no se atiendan «las leyes morales», especialmente, cuando se tratan «los deseos depravados» (n. 7).

– Opinión pública. Una de las finalidades de los medios de comunicación, tal como siempre ha destacado el Magisterio, es la formación de la opinión publica, tan decisiva para una convivencia plural y democrática: «con el auxilio de estos medios, se procura formar y divulgar una recta opinión publica» (n. 8).

– Deberes de los usuarios. Los que hacen uso de los medios de comunicación deben también tener a la vista los siguientes criterios:

– hacer una «recta elección» de publicaciones, cadenas televisivas, programas de radio o televisión, etc.;

– evitar «10 que puede ser causa u ocasión de daño espiritual para ellos o para otros»;

– atender «al mal ejemplo» que pueden ocasionar la lectura o apoyo a ciertos medios;

– «favorecer las malas producciones» y «no oponerse a las buenas»;

– «no contribuir económicamente a empresas que tan sólo persigan el lucro en la utilización de estos medios»; I

– «atender al juicio y criterios de las autoridades competentes» que se hayan emitido;

– formar la conciencia recta con el fin de «oponerse a los malos atractivos y secundar los buenos»;

– todos, pero especialmente los jóvenes, «deben ser moderados y disciplinados en el uso de estos medios»;

– es conveniente mantener una actitud crítica para «formar un recto juicio»;

– los padres tienen la obligación de «vigilar cuidadosamente» que los hijos hagan un uso adecuado de los medios (nn. 9-10)4.

– Los agentes de los mass media; Periodistas, escritores, actores, productores, realizadores, exhibidores, distribuidores, directores, vendedores, críticos… deben «tratar las cuestiones económicas, políticas o artísticas de modo que no produzca daño al bien común». En la medida de lo posible, deberían asociarse «en aquellas entidades que impongan a sus miembros el respeto a las leyes morales en las empresas y quehaceres de su profesión» (n. 11).

– Deberes de las autoridades. Las autoridades «tienen peculiares deberes en esta materia en razón del bien común al que se ordenan estos instrumentos». Su misión es «defender y tutelar la verdadera y justa libertad» que necesita la sociedad. También la autoridad debe emitir leyes con el fin de que del uso de los medios de comunicación «no se siga daño a las costumbres y al progreso de la sociedad». Un deber especial de las autoridades es el cuidado «en proteger a los jóvenes» (n. 12).

– Deberes de los católicos. El Concilio urge a que los católicos «utilicen los medios» para «las más variadas formas de apostolado» y se «adelanten a las malas iniciativas». Por su parte, los pastores cuiden estos medios «tan unidos a su deber ordinario de predicar» (n. 14) .Asimismo, los sacerdotes, religiosos y también laicos» han de poseer la «debida pericia en estos instrumentos y puedan dirigirlos a los fines del apostolado» (n. 15). Esa formación debe extenderse a todos los católicos (nn. 16-18).

En todo momento, el Magisterio insiste en que los profesionales de los medios de comunicación consideren la dimensión ética de su profesión y que sean incorruptibles ante la verdad. En estos términos se expreso Juan Pablo II en un discurso a los periodistas en su primera visita a España:

«Un sector que tan de cerca toca la información y formación del hombre y de !a opinión publica, es lógico que tenga exigencias muy apremiantes de carácter ético (…). La búsqueda de la verdad indeclinable exige un esfuerzo constante, exige situarse en el adecuado nivel de conocimiento y de selección crítica. No es fácil, lo sabemos bien. Cada hombre lleva consigo sus propias ideas, sus preferencias y hasta sus prejuicios. Pero el responsable de la comunicación no puede excusarse en lo que suele llamarse la imposible objetividad. Si es difícil una objetividad completa y total, no lo es la lucha por dar con la verdad; la actitud de ser incorruptibles ante la verdad. Con la sola guía de una conciencia ética, y sin claudicaciones por motivos de falso prestigio, de interés personal, político, económico o de grupo»5.


Dar testimonio de la verdad: el martirio

El cristiano no solo debe expresar la verdad y proclamarla, sino que también tiene la obligación de defenderla, en ocasiones, hasta la muerte. San Juan recoge las palabras de Jesús en las que señala su misión en orden a la verdad: «Yo he venido al mundo para dar testimonio de la verdad» (]n 18,37). Y san Pablo encarece a su discípulo Timoteo que cumpla este mismo encargo, aunque le sea costoso: «No te avergüences jamás del testimonio de nuestro Señor Jesucristo» (2 Tim 1,8).

El Concilio Vaticano II profesa que la confesión de fe es exigencia obligatoria de todos los bautizados:

“Todos los fieles cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra al hombre nuevo de que se revistieron por el bautismo y la fuerza del Espíritu Santo que les ha fortalecido con la confirmación”.(AdG 11) .

Pero en ocasiones este testimonio exige cierto heroísmo, pues demanda jugarse la vida hasta la muerte. Siguiendo este deber, los cristianos de todos los tiempos, cuando se vieron forzados a confesar la verdad en Jesucristo yen sus enseñanzas, lo hicieron incluso ofreciendo su propia vida. La biografía de los mártires cristianos a lo largo de la dilatada historia de la Iglesia constituye una de las páginas más brillantes de la crónica de la humanidad. Pues, a la grandeza y ejemplaridad de sus vidas, se añade su inquebrantable amor a la verdad y su fidelidad a las enseñanzas salvadoras del Evangelio. Son numerosos los testimonios martiriales en los que se contiene de modo explícito que ellos mueren, precisamente, por defender la verdad que profesan. Por ejemplo, san Policarpo alaba a Dios porque “es el Dios de la fidelidad y de la verdad” por eso él se asocia a esa verdad con la oblación de su propia vida.

En este sentido, los mártires no solo son modelos de existencia y ejemplares de vida cristiana, si no que son garantía de la verdad del cristianismo. Un argumento a favor de la veracidad del dogma y de la moral cristiana es, precisamente, el martirio, pues, además de la garantía que ofrece la revelación y el magisterio, el creyente encuentra en los mártires otra señal más inmediata de la verdad que profesa. En este sentido, el martirio es como el sello y el resello de la verdad de lo que se cree y se practica. En efecto, unos hombres y mujeres concretos han sellado la verdad del dogma y de la moral cristiana con su propia sangre. Ellos son, pues, los verdaderos testigos de la fe y del Evangelio que profesamos.

Quien ama la verdad, conforme a la enseñanza del Señor (Jn 8,32), no sólo alcanza la libertad, sino que se sentirá libre, pues esta en disposición de medir la veracidad de tanta información que se acumula sobre él. Por el contrario, el hombre y la mujer de nuestro tiempo, ante tal abundancia de noticias, corren el riesgo de trivializarlas, pues se sienten incapaces de medir el grado de veracidad de cada una en singular. Máxime, cuando la verdad está sometida a la manipulación publicitaria, entonces o no se cree nada o, a la inversa, se cree todo. Y esto que puede acontecer al individuo se multiplica cuando se aplica al conjunto de la sociedad. Es así como la verdad manipulada o trivializada ni es para el hombre el camino de la libertad ni favorece la convivencia justa.



NOTAS:

1 ARISTÓTELES, Metafísica I, 1, 980b
2 San AGUSTÍN, Sobre la mentira IV. PL 40, 489.
3 Se enriende un secreto obtenido fuera de la confesión sacramental. En el caso de la confesión, se narra de un secreto especialmente cualificado que se denomina “sigilo sacramental”. y que el sacerdote está especialmente obligado a guardar. La revelación del sigilo sacramental lleva consigo una gravísima pena canónica: la excomunión, que, según el canon 1388 del CIC, solo el Papa puede absolver.
4 Según una encuesta realizada en 1993, el cuarenta por ciento de los españoles mayores no lee un libro y el sesenta por ciento no compra libros. Por el contrario, en España hay más de doce millones de televisores y catorce millones de radios. Noticias de Agencia 15-V-1995.
5 JUAN PABLO II, Ser incorruptibles ante la verdad, 3. Madrid 2-XI-1982, “Ecclesia” 2101 (1982) 1481.

Octavo Mandamiento


No darás testimonio falso contra tu prójimo (Ex 20,16)

Se dijo a los antepasados: No perjurarás sino que cumplirás al Señor tus juramentos (Mt 5,33).

2464 Las ofensas a la verdad expresan, mediante palabras o actos, una negación a comprometerse en la rectitud moral: son infidelidades fundamentales frente a Dios y, en este sentido, socavan las bases de la Alianza.

I VIVIR EN LA VERDAD

2465 El Antiguo Testamento lo proclama: Dios es fuente de toda verdad. Su Palabra es verdad (cf Pr 8,7; 2 S 7,28). Su ley es verdad (cf Sal 119, 142). “Tu verdad, de edad en edad” (Sal 119,90; Lc 1,50). Porque Dios es el “Veraz” (Rm 3,4), los miembros de su Pueblo son llamados a vivir en la verdad (cf Sal 119,30).

2466 En Jesucristo la verdad de Dios se manifestó toda entera. “Lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14), él es la “luz del mundo” (Jn 8,12), la Verdad (cf Jn 14,6). El que cree en él, no permanece en las tinieblas (cf Jn 12,46). El discípulo de Jesús, “permanece en su palabra”, para conocer “la verdad que hace libre” (cf Jn 8,31-32) y que santifica (cf Jn 17,17). Seguir a Jesús es vivir del “Espíritu de verdad” (Jn 14,17) que el Padre envía en su nombre (cf Jn 14,26) y que conduce “a la verdad completa” (Jn 16,13). Jesús enseña a sus discípulos el amor incondicional de la Verdad: “Sea vuestro lenguaje: `sí, sí”; `no, no”” (Mt 5,37).

2467 El hombre busca naturalmente la verdad. Está obligado a honrarla y testimoniarla: “Todos los hombres, conforme a su dignidad, por ser personas… se ven impulsados, por su misma naturaleza, a buscar la verdad y, además, tienen la obligación moral de hacerlo, sobre todo la verdad religiosa. Están obligados también a adherirse a la verdad conocida y a ordenar toda su vida según sus exigencias” (DH 2).

2468 La verdad como rectitud de la acción y de la palabra humana tiene por nombre veracidad, sinceridad o franqueza. La verdad o veracidad es la virtud que consiste en mostrarse verdadero en sus actos y en decir verdad en sus palabras, evitando la duplicidad, la simulación y la hipocresía.

2469 “Los hombres no podrían vivir juntos si no tuvieran confianza recíproca, es decir, si no se manifestasen la verdad” (S. Tomás de Aquino, s. th. 2-2, 109, 3 ad 1). La virtud de la veracidad da justamente al prójimo lo que le es debido; observa un justo medio entre lo que debe ser expresado y el secreto que debe ser guardado: implica la honradez y la discreción. En justicia, “un hombre debe honestamente a otro la manifestación de la verdad” (S. Tomás de Aquino, s.th. 2-2, 109,3).

2470 El discípulo de Cristo acepta “vivir en la verdad”, es decir, en la simplicidad de una vida conforme al ejemplo del Señor y permaneciendo en su Verdad. “Si decimos que estamos en comunión con él, y caminamos en tinieblas, mentimos y no obramos conforme a la verdad” (1 Jn 1,6).

II “DAR TESTIMONIO DE LA VERDAD”

2471 Ante Pilato, Cristo proclama que había “venido al mundo: para dar testimonio de la verdad” (Jn 18,37). El cristiano no debe “avergonzarse de dar testimonio del Señor” (2 Tm 1,8). En las situaciones que exigen dar testimonio de la fe, el cristiano debe profesarla sin ambigüedad, a ejemplo de S. Pablo ante sus jueces. Debe guardar una “conciencia limpia ante Dios y ante los hombres” (Hch 24,16).

2472 El deber de los cristianos de tomar parte en la vida de la Iglesia los impulsa a actuar como testigos del evangelio y de las obligaciones que de ello se derivan. Este testimonio es transmisión de la fe en palabras y obras. El testimonio es un acto de justicia que establece o da a conocer la verdad (cf Mt 18,16):

Todos los fieles cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra al hombre nuevo de que se revistieron por el bautismo y la fuerza del Espíritu Santo que les ha fortalecido con la confirmación (AG 11).

2473 El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad. Da testimonio de la verdad de la fe y de la doctrina cristiana. Soporta la muerte mediante un acto de fortaleza. “Dejadme ser pasto de las fieras. Por ellas me será dado llegar a Dios” (S. Ignacio de Antioquía, Rom 4,1).

2474 Con el más exquisito cuidado, la Iglesia ha recogido los recuerdos de quienes llegaron al final para dar testimonio de su fe. Son las actas de los Mártires, que constituyen los archivos de la Verdad escritos con letras de sangre:

No me servirá nada de los atractivos del mundo ni de los reinos de este siglo. Es mejor para mí morir (para unirme) a Cristo Jesús que reinar hasta las extremidades de la tierra. Es a él a quien busco, a quien murió por nosotros. A él quiero, al que resucitó por nosotros. Mi nacimiento se acerca…(S. Ignacio de Antioquía, Rom. 6,1-2).

Te bendigo por haberme juzgado digno de este día y esta hora, digno de ser contado en el número de tus mártires…Has cumplido tu promesa, Dios de la fidelidad y de la verdad. Por esta gracia y por todo te alabo, te bendigo, te glorifico por el eterno y celestial Sumo Sacerdote, Jesucristo, tu Hijo amado. Por él, que está contigo y con el Espíritu, te sea dada gloria ahora y en los siglos venideros. Amén. (S. Policarpo, mart. 14,2-3).


III LAS OFENSAS A LA VERDAD

2475 Los discípulos de Cristo se han “revestido del Hombre Nuevo, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef 4,28). “Desechando la mentira” (Ef 5,25), deben “rechazar toda malicia y todo engaño, hipocresías, envidias y toda clase de maledicencias” (1 P 2,1).

2476 Falso testimonio y perjurio. Una afirmación contraria a la verdad posee una gravedad particular cuando se hace públicamente. Ante un tribunal viene a ser un falso testimonio (cf. Pr 19,9). Cuando es pronunciada bajo juramento se trata de perjurio. Estas maneras de obrar contribuyen a condenar a un inocente, a disculpar a un culpable o a aumentar la sanción en que ha incurrido el acusado (cf Pr 18,5); comprometen gravemente el ejercicio de la justicia y la equidad de la sentencia pronunciada por los jueces.

2477 El respeto de la reputación de las personas prohíbe toda actitud y toda palabra susceptibles de causarles un daño injusto (cf CIC, can. 220). Se hace culpable

– de juicio temerario el que, incluso tácitamente, admite como verdadero, sin fundamento suficiente, un defecto moral en el prójimo.

– de maledicencia el que, sin razón objetivamente válida, manifiesta los defectos y las faltas de otros a personas que los ignoran (cf Si 21,28).

– de calumnia el que, mediante palabras contrarias a la verdad, daña la reputación de otros y da ocasión a juicios falsos respecto a ellos.

2478 Para evitar el juicio temerario, cada uno deberá interpretar en cuanto sea posible en un sentido favorable los pensamientos, palabras y acciones de su prójimo:

Todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del prójimo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquirirá cómo la entiende, y si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve (S. Ignacio de Loyola, ex. spir. 22).

2479 Maledicencia y calumnia destruyen la reputación y el honor del prójimo. Ahora bien, el honor es el testimonio social dado a la dignidad humana y cada uno posee un derecho natural al honor de su nombre, a su reputación y a su respeto. Así, la maledicencia y la calumnia lesionan las virtudes de la justicia y la caridad.

2480 Debe proscribirse toda palabra o actitud que, por halago, adulación, o complacencia, alienta y confirma a otro en la malicia de sus actos y la perversidad de su conducta. La adulación es una falta grave si se hace cómplice de vicios o pecados graves. El deseo de prestar servicio o la amistad no justifican una doblez del lenguaje. La adulación es un pecado venial cuando sólo desea ser agradable, evitar un mal, remediar una necesidad u obtener ventajas legítimas.

2481 La vanagloria o jactancia constituye una falta contra la verdad. Lo mismo sucede con la ironía que busca ridiculizar a uno caricaturizando de manera malévola un aspecto de su comportamiento.

2482 “La mentira consiste en decir falsedad con intención de engañar” (S. Agustín, mend. 4,5). El Señor denuncia en la mentira una obra diabólica: “vuestro padre es el diablo…porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8,44).

2483 La mentira es la ofensa más directa contra la verdad. Mentir es hablar u obrar contra la verdad para inducir a error. Lesionando la relación del hombre con la verdad y el prójimo, la mentira ofende la relación fundamental del hombre y de su palabra con el Señor.

2484 La gravedad de la mentira se mide según la naturaleza de la verdad que deforma, según las circunstancias, las intenciones del que la comete, los perjuicios padecidos por sus víctimas. Si la mentira en sí sólo constituye un pecado venial, llega a ser mortal cuando daña gravemente las virtudes de la justicia y la caridad.

2485 La mentira es condenable en su naturaleza. Es una profanación de la palabra cuyo objeto es comunicar a otros la verdad conocida. La intención deliberada de inducir al prójimo a error mediante palabras contrarias a la verdad constituye una falta contra la justicia y la caridad. La culpabilidad es mayor cuando la intención de engañar corre el riesgo de tener consecuencias funestas para los que son desviados de la verdad.

2486 La mentira, por ser una violación de la virtud de la veracidad, es una verdadera violencia hecha a otro. Atenta contra él en su capacidad de conocer, que es la condición de todo juicio y de toda decisión. Contiene en germen la división de los espíritus y todos los males que ésta suscita. La mentira es funesta para toda sociedad: socava la confianza entre los hombres y rompe el tejido de las relaciones sociales.

2487 Toda falta cometida contra la justicia y la verdad entraña el deber de reparación aunque su autor haya sido perdonado. Cuando es imposible reparar un daño públicamente, es preciso hacerlo en secreto; si el que ha sufrido un perjuicio no pude ser indemnizado directamente, es preciso darle satisfacción moralmente, en nombre de la caridad. Este deber de reparación concierne también a las faltas cometidas contra la reputación del prójimo. Esta reparación, moral y a veces material, debe apreciarse según la medida del daño causado. Obliga en conciencia.


IV EL RESPETO DE LA VERDAD

2488 El derecho a la comunicación de la verdad no es incondicional. Todos deben conformar su vida al precepto evangélico del amor fraterno. Este exige, en las situaciones concretas, estimar si conviene o no revelar la verdad al que la pide.

2489 La caridad y el respeto de la verdad deben dictar la respuesta a toda petición de información o de comunicación. El bien y la seguridad del prójimo, el respeto de la vida privada, el bien común, son razones suficientes para callar lo que no debe ser conocido, o para usar un lenguaje discreto. El deber de evitar el escándalo obliga con frecuencia a una estricta discreción. Nadie esta obligado a revelar una verdad a quien no tiene derecho a conocerla (cf Si 27,16; Pr 25,9-10).

2490 El secreto del sacramento de la reconciliación es sagrado y no puede ser revelado bajo ningún pretexto. “El sigilo sacramental es inviolable; por lo cual está terminantemente prohibido al confesor descubrir al penitente, de palabra o de cualquier otro modo, y por ningún motivo” (CIC, can. 983,1).

2491 Los secretos profesionales -que obligan, por ejemplo, a políticos, militares, médicos, juristas- o las confidencias hechas bajo secreto deben ser guardados, exceptuados los casos excepcionales en que el no revelarlos podría causar al que los ha confiado, al que los ha recibido o a un tercero daños muy graves y evitables únicamente mediante la divulgación de la verdad. Las informaciones privadas perjudiciales al prójimo, aunque no hayan sido confiadas bajo secreto, no deben ser divulgadas sin una razón grave y proporcionada.

2492 Se debe guardar la justa reserva respecto a la vida privada de la gente. Los responsables de la comunicación deben mantener una justa proporción entre las exigencias del bien común y el respeto de los derechos particulares. La ingerencia de la información en la vida privada de personas que realizan una actividad política o pública, es condenable en la medida en que atenta contra la intimidad y libertad de éstas.


V EL USO DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN SOCIAL

2493 Dentro de la sociedad moderna, los medios de comunicación social desempeñan un papel importante en la información, la promoción cultural y la formación. Su acción aumenta en importancia por razón de los progresos técnicos, de la amplitud y la diversidad de las noticias transmitidas, y la influencia ejercida sobre la opinión pública.

2494 La información de estos medios es un servicio del bien común (cf IM 11). La sociedad tiene derecho a una información fundada en la verdad, la libertad, la justicia y la solidaridad:

El recto ejercicio de este derecho exige que, en cuanto a su contenido, la comunicación sea siempre verdadera e íntegra, salvadas la justicia y la caridad; además, en cuanto al modo, ha de ser honesta y conveniente, es decir, debe respetar escrupulosamente las leyes morales, los derechos legítimos y la dignidad del hombre, tanto en la búsqueda de la noticia como en su divulgación (IM 5,2).

2495 “Es necesario que todos los miembros de la sociedad cumplan sus deberes de caridad y justicia también en este campo, y, así, con ayuda de estos medios, se esfuercen por formar y difundir una recta opinión pública” (IM 8). La solidaridad aparece como una consecuencia de una información verdadera y justa, y de la libre circulación de las ideas, que favorecen el conocimiento y el respeto del prójimo.

2496 Los medios de comunicación social (en particular, los mass-media) pueden engendrar cierta pasividad en los usuarios, haciendo de estos consumidores poco vigilantes de mensajes o de espectáculos. Los usuarios deben imponerse moderación y disciplina respecto a los mass-media. Han de formarse una conciencia clara y recta para resistir más fácilmente las influencias menos honestas.

2497 Por razón de su profesión en la prensa, sus responsables tienen la obligación, en la difusión de la información, de servir a la verdad y de no ofender a la caridad. Han de forzarse por respetar con una delicadeza igual, la naturaleza de los hechos y los límites y el juicio crítico respecto a las personas. Deben evitar ceder a la difamación.

2498 “La autoridad civil tiene en esta materia deberes peculiares en razón del bien común, al que se ordenan estos medios. Corresponde, pues, a dicha autoridad… defender y asegurar la verdadera y justa libertad” (IM 12). Promulgando leyes y velando por su aplicación, los poderes públicos se asegurarán de que el mal uso de los medios no lleguen a causar “graves peligros para las costumbres públicas y el progreso de la sociedad” (IM 12). Deberán sancionar la violación de los derechos de cada uno a la reputación y al secreto de la vida privada. Tienen obligación de dar a tiempo y honestamente las informaciones que se refieren al bien general y responden a las inquietudes fundadas de la población. Nada puede justificar el recurso a falsas informaciones para manipular la opinión pública mediante los mass-media. Estas intervenciones no deberán atentar contra la libertad de los individuos y de los grupos.

2499 La moral denuncia la plaga de los estados totalitarios que falsifican sistemáticamente la verdad, ejercen mediante los mass-media un dominio político de la opinión, manipulan a los acusados y a los testigos en los procesos públicos y tratan de asegurar su tiranía yugulando y reprimiendo todo lo que consideran “delitos de opinión”.


VI VERDAD, BELLEZA Y ARTE SACRO

2500 La práctica del bien va acompañada de un placer espiritual gratuito y de la belleza moral. De igual modo, la verdad entraña el gozo y el esplendor de la belleza espiritual. La verdad es bella por sí misma. La verdad de la palabra, expresión racional del conocimiento de la realidad creada e increada, es necesaria al hombre dotado de inteligencia, pero la verdad puede también encontrar también otras formas de expresión humana, complementarias, sobre todo cuando se trata de evocar lo que entraña de indecible, las profundidades del corazón humano, las elevaciones del alma, el Misterio de Dios. Antes de revelarse al hombre en palabras de verdad, Dios se revela a él, mediante el lenguaje universal de la Creación, obra de su Palabra, de su Sabiduría: el orden y la armonía del cosmos, que percibe tanto el niño como el hombre de ciencia, “pues de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor” (Sb 13,5), “pues fue el Autor mismo de la belleza quien las creó” (Sb 13,3).

La sabiduría es un hálito del poder de Dios, una emanación pura de la gloria del Omnipotente, por lo que nada manchado llega a alcanzarla. Es un reflejo de la luz eterna, un espejo sin mancha de la actividad de Dios, una imagen de su bondad (Sb 7,25-26). La sabiduría es más bella que el sol, supera a todas las constelaciones; comparada con la luz, sale vencedora, porque a la luz sucede la noche, pero contra la sabiduría no prevalece la maldad (Sb 7,29-30). Yo me constituí en el amante de su belleza (Sb 8,2).

2501 El hombre, “creado a imagen de Dios” (Gn 1,26), expresa también la verdad de su relación con Dios Creador mediante la belleza de sus obras artísticas. El arte, en efecto, es una forma de expresión propiamente humana; por encima de la satisfacción de las necesidades vitales, común a todas las criaturas vivas, el arte es una sobreabundancia gratuita de la riqueza interior del ser humano. Este brota de un talento concedido por el Creador y del esfuerzo del hombre, y es un género de sabiduría práctica, que une conocimiento y habilidad para dar forma a la verdad de una realidad en el lenguaje accesible a la vista y al oído. El arte entraña así cierta semejanza con la actividad de Dios en lo creado, en la medida en que se inspira en la verdad y el amor de los seres. Como cualquier otra actividad humana, el arte no tiene en sí mismo su fin absoluto, sino que está ordenado y ennoblecido por el fin último del hombre (cf. Pío XII, discurso 25 Diciembre 1955 y discurso 3 Septiembre 1950).

2502 El arte sacro es verdadero y bello cuando corresponde por su forma a su vocación propia: evocar y glorificar, en la fe y la adoración, el Misterio trascendente de Dios, Belleza Sobreeminente Invisible de Verdad y de Amor, manifestado en Cristo, “Resplandor de su gloria e Impronta de su esencia” (Hb 1,3), en quien “reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col 2,9), belleza espiritual reflejada en la Santísima Virgen Madre de Dios, los Angeles y los Santos. El arte sacro verdadero lleva al hombre a la adoración, a la oración y al amor de Dios Creador y Salvador, Santo y Santificador.

2503 Por eso los obispos deben personalmente o por delegación vigilar y promover el arte sacro antiguo y nuevo en todas sus formas, y apartar con la misma atención religiosa de la liturgia y de los edificios de culto todo lo que no está de acuerdo con la verdad de la fe y la auténtica belleza del arte sacro (cf SC 122-127).

RESUMEN

2504 “No darás falso testimonio contra tu prójimo” (Ex 20,16). Los discípulos de Cristo se han “revestido del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad” (Ef 4,24).

2505 La verdad o veracidad es la virtud que consiste en mostrarse verdadero en sus juicios y en sus palabras, evitando la duplicidad, la simulación y la hipocresía.

2506 El cristiano no debe “avergonzarse de dar testimonio del Señor” (2 Tm 1,8) en obras y palabras. El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe.

2507 El respeto de la reputación y el honor de las personas prohíbe toda actitud y toda palabra de maledicencia o de calumnia.

2508 La mentira consiste en decir lo falso con intención de engañar al prójimo.

2509 Una falta cometida contra la verdad exige reparación.

2510 La regla de oro ayuda a discernir en las situaciones concretas si conviene o no revelar la verdad al que la pide.

2511 “El sigilo sacramental es inviolable” (CIC, can. 983,1). Los secretos profesionales deben ser guardados. Las confidencias perjudiciales a otros no deben ser divulgadas.

2512 La sociedad tiene derecho a una información fundada en la verdad, la libertad, la justicia. Es preciso imponerse moderación y disciplina en el uso de los medios de comunicación social.

2513 Las bellas artes, sobre todo el arte sacro, “están relacionados, por su naturaleza, con la infinita belleza divina, que se intenta expresar, de algún modo, en las obras humanas. Y tanto más se dedican a Dios y contribuyen a su alabanza y a su gloria cuanto más lejos están de todo propósito que no sea colaborar lo más posible con sus obras a dirigir las almas de los hombres piadosamente hacia Dios” (SC 122).

Y eso… ¿también es robar?


Los Mandamientos, continuación……

Del Séptimo mandamiento

Ricardo Sada Fernández

 

¿Resulta lícito escamotear los impuestos al fisco? ¿Es inmoral que un padre angustiado robe la medicina para su hijo moribundo? ¿Es pecado que un empleado saque ocultamente copias fotostáticas de la empresa en que trabaja, si todo mundo lo hace? Cuando una mujer encuentra un anillo de esmeraldas y nadie lo reclama, ¿puede quedarse con él? ¿Es pecado comprar casimires a un precio de ganga si se sospecha que son robados?.

El séptimo mandamiento de la ley de Dios dice: “No robarás”, y parece un mandamiento muy claro a primera vista. Mas luego se nos presentan las excepciones y los considerados, y el asunto se complica.

Para empezar diremos que el séptimo mandamiento nos exige vivir la justicia. Ésta se define como la virtud moral que lleva a dar a cada uno lo que le es debido, lo suyo. Puede violarse de muchas maneras. En primer lugar, por el pecado de robo, que se llama hurto cuando se toman los bienes ajenos ocultamente, o rapiña si se toman con violencia y manifiestamente.

Robar es tomar o retener una cosa ajena, contra la voluntad razonable del dueño. “Contra la voluntad razonable del dueño” es una aclaración importante, porque si esa voluntad es irrazonable, no sería pecado. Por ejemplo, la esposa puede sustraer de la cartera del marido el dinero para la manutención de la familia, si éste se niega a dárselo para gastarlo en francachelas. O también, es irrazonable rehusar dar a alguien algo que necesita para salvar su vida, pues la vida es más importante que la propiedad. Así, el hambriento que toma un pan, no roba. El individuo que toma una bicicleta para librarse de unos malhechores que amenazan su vida o su integridad física, no roba.

La definición distingue también robar de tomar prestado. Si mi hermana no está en su casa y le tomo de la cocina unos utensilios que necesito para la cena de esta noche, sabiendo que ella no pondría objeciones, está claro que no robo. Pero está igual de claro que es inmoral tomar prestado algo cuando sé que su propietario pondría dificultades. Sería el caso, por ejemplo, del adolescente que ocultamente toma dinero “prestado” del bolso de su madre, aunque piense devolver algún día ese “préstamo”.

Es muy posible que el fraude sea el tipo de robo más frecuente en la actualidad, y desgraciadamente son muchos los que lo pasan por alto con ligereza. En ocasiones se le da una auténtica carta de ciudadanía: “es que todos lo hacen”, o “si no, no hay forma de avanzar en los negocios”. El fraude une el robo y el engaño, la injusticia y la mentira. Pretende obtener un bien ajeno a través de engaños y maquinaciones. Se puede cometer de muchas maneras: incumpliendo las especificaciones del contrato de construcción, ocultando defectos de la mercancía, falsificando documentos, engañando en el peso de la balanza o “bautizando” a la leche. Otra forma de fraude la realiza el obrero que ejecuta mal los trabajos, o desperdicia el tiempo o los materiales de la empresa. Y es fraude, en fin, la actitud del patrón que, aprovechando la necesidad o el exceso de mano de obra, rehusa pagar los salarios justos diciendo: “al fin, si no te gusta trabajar aquí, vete a otro lado”.

La problemática se complica cuando aparece el Estado, representado en ese temible enemigo: el fisco. Ser justo a la hora de pagar o de evadir impuestos es un asunto complejo y envuelve un círculo vicioso: la administración exagera los tributos para compensarse del fraude; los contribuyentes falsifican sus declaraciones para defenderse del fisco. Además, no raramente la recaudación no es destinada, al menos en su totalidad (campañas antinatalistas, corrupción, dispendio, etcétera), para los fines propios del Estado.

En vista de la complejidad del tema anterior, sólo es posible señalar los principios generales por los que hemos de guiarnos. Son éstos: a) la autoridad tiene perfecto derecho a imponer tributos con los que atender los gastos públicos y promover el bien común; b) las leyes que determinan impuestos justos obligan en conciencia; c) si los tributos fueran manifiestamente abusivos, en la parte que excedieran de lo justo no obligarían, así como tampoco aquellas contribuciones que no son destinadas a los fines propios del Estado.

Estaremos de acuerdo en que determinar esos porcentajes no es sencillo, y será por ello conveniente no limitarse a juzgar por el propio criterio sino acudir a un buen sacerdote (y quizá también a un buen fiscalista), antes de ver la forma de eludir lo injusto. Pero sin olvidar que un fin lícito nunca justifica medios ilícitos: no podemos mentir. Ni siquiera al fisco.

Precaución especial han de tener, por su parte, los funcionarios públicos para no fallar en la justicia. ¿Será lícito aceptar este regalo, o comprar los terrenos por donde sé que pasará la futura carretera? Los funcionarios públicos son elegidos y pagados para ejecutar las leyes y administrar los asuntos públicos, con imparcialidad y prudencia, para el bien común de todos los ciudadanos. Un empleado público que acepte sobornos -por muy hábilmente que se disfracen- a cambio de favores políticos, traiciona la confianza de sus conciudadanos que lo eligieron o designaron, y atenta contra la justicia. También quien exige regalos o “cuotas” de sus subordinados, peca contra esa virtud.

Precisaremos dos modalidades contra la justicia que completan el cuadro de los pecados más comunes contra el séptimo mandamiento. La primera consiste en aceptar bienes que se sabe que son robados, tanto si los compramos como si nos los regalan. Una sospecha fundada equivale al conocimiento en este respecto. A los ojos de Dios, quien recibe bienes robados es tan culpable como el ladrón. La segunda cuestión por aclarar se refiere a objetos hallados. Quien los encuentra tiene que hacer un esfuerzo razonable para localizar al propietario. La medida de este esfuerzo (averiguar y anunciar) dependerá, claro está, del valor del objeto; y el propietario, si aparece, está obligado a reembolsar al que lo encontraron todos los gastos que le hayan ocasionado sus averiguaciones.

 

Restituir lo adquirido injustamente


Sobre el Séptimo Mandamiento

Ricardo Sada Fernández

Cualquier injusticia trae consigo la obligación de restituir, es decir, de reparar los perjuicios causados por lo que hemos adquirido o dañado injustamente. El auténtico arrepentimiento de los pecados contra el séptimo mandamiento debe incluir siempre la intención de restituir tan pronto sea posible (aquí y ahora si se puede) todos los efectos causados por nuestra injusticia.

Si faltara en quien se confiesa de robo este propósito, no podría recibir de modo válido el sacramento de la penitencia. Si el pecado ha sido mortal y el ladrón o estafador muere sin haber hecho ningún intento para restituir aun pudiendo hacerlo, muere en estado de pecado mortal. Ha malbaratado su felicidad eterna cambiándola por ilícitos beneficios económicos.

¿Y también los pequeños hurtos? Incluso ellos: los pecados veniales de injusticia no pueden perdonarse si no se restituye o no se hace el propósito sincero de restituir. Quien muere con pequeños hurtos o fraudes sin reparar, comprobará que el precio de sus bribonerías le costará en el Purgatorio mucho más caro que lo obtenido con sus injustas ganancias. Y será bueno mencionar de pasada que los pequeños hurtos pueden constituir un pecado mortal si se da una serie continuada de ellos en un breve lapso de tiempo, de modo que su total sea considerable. Un lechero que diariamente ponga un poco de agua a la leche que vende será reo de pecado mortal cuando el importe total alcance a ser materia de consideración.

Existen algunos principios fundamentales que regulan las obligaciones de la restitución. El primero de ellos es que la restitución debe hacerse a la persona a quien se robó, o a sus herederos si ya está muerta. Y, en el caso de que sea imposible localizar al afectado -por ejemplo, si se roban neumáticos de coches en una gran ciudad-, se aplica otro principio: la restitución deberá hacerse entonces dando los beneficios ilícitos como limosna, a los pobres, a la iglesia, a las misiones o a cualquier labor de beneficencia.

No es imprescindible que el que restituye dé a conocer su fechoría y arruine con ello su reputación; puede restituir anónimamente, por correo, por medio de un tercero o por cualquier otro método que proteja su buen nombre. Tampoco se exige que una persona se prive a sí misma o a su familia de los medios para atender las necesidades ordinarias de la vida para lograr esa restitución. Sería una actitud deplorable gastar en lujos o caprichos sin hacer la restitución, comprando, por ejemplo, una televisión o un perfume francés. Pero esto tampoco quiere decir que estemos obligados a vivir a pan y agua, y a dormir a la intemperie hasta que hayamos restituido.

El siguiente principio es que debe devolverse lo mismo que se robó, si esto es posible. Debe devolverse también cualquier otra ganancia natural que hubiera resultado de ese objeto robado; los huevos, por ejemplo, si lo que se robó fue una gallina. Solamente cuando ese objeto ya no exista o esté estropeado sin posible reparación, puede hacerse la restitución entregando su valor en metálico.

Con lo ya expuesto hasta aquí podemos tener una idea de lo complicadas que, a veces, pueden resultar las cuestiones de la justicia. Por eso, no debe sorprendernos que incluso el sacerdote tenga que consultar con especialistas, o repasar sus libros de teología en estas materias, cuando se le hagan planteamientos al respecto.


¿Por qué es pródigo el hijo en la parábola?

En cierta ocasión pregunté por qué se le daba el adjetivo de “pródigo” a ese hijo al que se refiere Jesucristo en la hermosísima parábola que San Lucas recogió en su Evangelio. Me contestaron que se le llamaba así porque el hijo se había arrepentido y había vuelto a la casa de su padre. Entonces, pregunté, ¿por qué no se le llama el hijo contrito o arrepentido? Y es que se le dice pródigo por haber gastado el dinero paterno de modo vano, derrochándolo; es decir, por haber caído en el vicio de la prodigalidad.

El décimo mandamiento se refiere a la actitud interior hacia los bienes materiales, así como el séptimo mandamiento hace referencia más bien al hecho externo y objetivo. Dios nos pide en el último de sus preceptos que nuestro corazón esté libre de cualquier atadura a lo material, pues sólo así podemos amarlo a Él con la plenitud que nos pide. Dios creó las maravillas de este mundo para que nos ayuden a conseguir la propia perfección humana y espiritual, no para que nos la impidan.

Ejercitando la virtud llamada liberalidad vivimos el décimo mandamiento. Esta virtud está situada entre dos extremos viciosos, por un lado la avaricia (amor desordenado a lo material), y por otro la prodigalidad, que como dijimos es el despilfarro, la ostentación y gasto en lo superfluo. A su vez, la avaricia puede adoptar las modalidades de codicia (deseo de acumular más, y más, y más…), y la tacañería (no hacer los gastos razonables, o hacerlos a regañadientes).

Muy posiblemente las esposas pondrían a sus maridos en esta última clasificación. A los maridos, en cambio, les parecería que sus esposas incumplen el décimo mandamiento por gastar irracionalmente, sin cuidado ni medida: “la esposa pródiga”. Lo cierto es que todos debemos vivir desprendidos, ser “pobres de espíritu”, pues las advertencias de Jesús son muy claras: “no se puede servir a dos señores, a Dios y al dinero” (Mt. 6, 24); “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, a que un rico entre en el reino de los cielos” (Lc. 18, 25).

Quizá nos ayude a tener una mejor conceptualización de este precepto recordar enseñanzas de Juan Pablo II y de la Tradición de la Iglesia. En su Encíclica Sollicitudo rei socialis (num. 42), el Papa nos presenta dos postulados para nuestra reflexión:

– “Los bienes de este mundo están originalmente destinados a todos. El derecho a la propiedad es válido y necesario, pero no anula el valor de tal principio”.

– “Sobre cada bien particular grava una hipoteca social, es decir, posee como cualidad intrínseca, una función social fundada y justificada precisamente sobre el principio del destino universal de los bienes”.

El pródigo no tiene en cuenta que, respecto de Dios, no es dueño de su fortuna, sino el administrador; y que, aun en el supuesto de haber cumplido todos sus deberes de caridad y justicia, no puede proceder a su antojo con lo que tiene, sino que debe atender al destino primordial de los bienes terrenos. Y los bienes terrenos son, en su origen, para todos los hombres.

Por eso ya desde la antigüedad, los Santos Padres enseñaron que “lo que a ti te sobra, pertenece a otro”. Dios ha dispuesto, en su Sabiduría infinita, que el progreso humano haga posible en cada época que todo hombre tenga, a partir del trabajo y la explotación del universo físico, lo necesario para una vida digna. Pero el acaparamiento excesivo, lo superfluo, y el dispendio tienen siempre razón de injusticia: “el pan que tú guardas pertenece al hambriento. Los vestidos que tienes en tu cofre, al desnudo. El calzado que se pudre en tu casa, al descalzo. El dinero que atesoras, al necesitado” (San Basilio, Homilía sexta, PG 31, 277).