El primer precepto: Amarás a Dios


Autor: Andrés González Cristóbal, LC | Fuente: Catholic.net
El primer precepto: Amarás a Dios
Marcos 12, 28-34. Cuaresma. En esta Cuaresma, sigamos el camino de Cristo a su Pascua, de entrega, de amor total.
El primer precepto: Amarás a Dios

Del santo Evangelio según san Marcos 12, 28-34

En aquel tiempo, uno de los letrados se acercó a Jesús y le preguntó: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos? Jesús le contestó: El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos. Le dijo el escriba: Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: No estás lejos del Reino de Dios. Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.

Oración introductoria

Hola, Jesús, aquí estoy para dialogar contigo. A mí me gusta estar a tu lado y agradarte. Y para hacerlo, quiero amarte más y vivir la caridad con mis próximos. Ya que Tú me pides que no sólo te ame a ti, sino que también ame a mi prójimo. Por eso, te doy las gracias, Jesús, amigo mío, porque me has hecho caer en la cuenta de la primacía que tiene el amor en mi vida: amor a ti y amor a mi prójimo. Sólo te pido que me enseñes a amar como Tú me has amado.

Petición

Enséñame a amar a mi prójimo y a tener una amistad con él, al igual que la tengo contigo.

Meditación del Papa

La Palabra del Señor, que acaba de resonar en el Evangelio, nos ha recordado que toda la ley divina se resume en el amor. El evangelista san Mateo narra que los fariseos, después de que Jesús respondiera a los saduceos dejándolos sin palabras, se reunieron para ponerlo a prueba (cf. 22, 34-35). Uno de estos interlocutores, un doctor de la ley, le preguntó: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?». A esa pregunta, decididamente insidiosa, Jesús responde con total sencillez: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero». De hecho, la exigencia principal para cada uno de nosotros es que Dios esté presente en nuestra vida. Como dice la Escritura, él debe penetrar todos los estratos de nuestro ser y llenarlos completamente: el corazón debe saber de él y dejarse tocar por él; e igualmente el alma, las energías de nuestro querer y decidir, como también la inteligencia y el pensamiento. Es poder decir, como san Pablo: «No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20).(Benedicto XVI, Domingo 23 de octubre de 2011)

Reflexión

Gracias a la pregunta del letrado sabemos a cuál de las numerosas normas que tenían los judíos -tenían más de seiscientas- le daba más importancia Jesús. La respuesta no se hace esperar y responde claramente: “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y a tu prójimo como a ti mismo”.

No sin razón el Papa Benedicto XVI recalca en sus mensajes para cuaresma la necesidad urgente de defender el derecho a la vida de los no nacidos, de los ancianos, de los enfermos y de todo hombre sobre esta tierra. Porque también ellos son nuestro prójimo y como tal debemos respetarlos y amarlos.

Por ello, vale la pena recordar que, antes de ir a comulgar se nos invita a dar la paz a los que tenemos al lado, como representantes de todos los que encontraremos a lo largo del día. Tomemos conciencia por tanto de que recibimos a Cristo, modelo de cómo hay que amar y darnos a nuestros hermanos. Modelo de cómo debemos entregarnos a los demás y ser pan partido para ellos.

La cuaresma consiste en seguir el camino de Cristo a su Pascua. Y ese camino es de entrega, de amor total.

El Santo Padre nos ha mencionado que tenemos que llenarnos completamente del amor de Dios. Esto se puede lograr, ya que San Pablo nos da un gran ejemplo cuando dice: «No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí». Es verdad. Todos los que están con Jesús y saben amarlo al igual que al prójimo, pueden parecerse a Jesús, que siempre nos muestra un gran ejemplo de amor al Padre y a los demás. Por eso, en este día, Cristo nos quiere invitar a acercarnos más al Reino de los cielos sabiendo amarle por medio del prójimo.

Propósito

Hoy viviré la caridad con mi prójimo y rezaré un Padrenuestro por todos los que buscan ser amados por Dios para que Él los cuide.

Diálogo con Cristo

Señor Jesús, después de meditar a tu lado cómo puedo amarte a través de mi prójimo, te doy gracias por enseñarme a amar, sabiendo que no sólo necesito amar a aquella persona que menos quiero, sino que también puedo amar al que lo necesita.

“No basta con que digamos: Yo amo a Dios pero no amo a mi prójimo”. (Madre Teresa de Calcuta)

Iglesia: Quinto Mandamiento


ÍNDICE:

21.1 Razón de este precepto.
21.2 Forma como se concreta este precepto.
21.1 RAZÓN DE ESTE PRECEPTO

La Iglesia, al ser Madre y preocuparse de las necesidades espirituales y materiales de sus hijos, reclama de ellos oraciones, sacrificios y limosnas.

Con éstas puede ayudar a los más necesitados: los poderes, las misiones, los seminarios, etc.

Además, la ayuda material que los cristianos tienen obligación de prestar a la Iglesia sirve también para el digno sustento de los ministros y para atender al esplendor del culto: edificios, vasos sagrados, ornamentos, etc.

Por las razones expuestas, es lógico que la Iglesia pida a sus hijos algunas contribuciones, e indica que: “los fieles tienen el deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades, de modo que disponga de lo necesario para el culto divino, las obras apostólicas y de caridad y el conveniente sustento de los ministros” (CIC, c. 222 & 1).

La obligación de ayudar económicamente a la Iglesia deriva del hecho de que ésta, aunque es divina por razón de su origen y de su finalidad, se compone de elementos humanos y tiene necesidad de recursos para cumplir su altísimo fin; el mismo Cristo dijo a su discípulos: “el que trabaja tiene derecho a la recompensa” (Lc. 10, 7), y San Pablo: Dios ha ordenado que los que predican el Evangelio, vivan del Evangelio (I Cor. 9, 14).


21.2 FORMA COMO SE CONCRETA ESTE PRECEPTO

En épocas pasadas este deber se concretaba en la entrega de diezmos -la décima parte- o las primicias -las primeras recolecciones- de los frutos de la tierra y de los animales. Actualmente se ha dispuesto de manera distinta, variando las indicaciones de región en región.

Así, para el sostenimiento del culto y del clero en la Arquidiócesis de México, la indicación se concreta en aportar el equivalente de un día de trabajo al año; los que tienen ingresos iguales o menores que el salario mínimo, no están obligados a hacer ninguna aportación.

Conviene notar que este precepto no se cumple con la entrega de limosnas eventuales, sino que ha de hacerse una aportación especial cuya finalidad sea el cumplimiento de este precepto.

Ayudar a la Iglesia obliga en conciencia y en justicia, porque de otra manera no puede atender a los gastos que demanda la dignidad del culto debido a Dios. Esta obligación urge sobre todo en los países en que el Estado no otorga subvenciones a la Iglesia.

Iglesia: Cuarto Mandamiento


ÍNDICE:

20.1 Razón de este precepto.
20.2 La ley eclesiástica sobre la penitencia.
20.3 Forma concreta de vivir el precepto.
20.1 RAZÓN DE ESTE PRECEPTO

Nuestro Señor Jesucristo enseñó que hacer obras de penitencia es condición indispensable para entrar en el Reino de los Cielos: Yo os digo que si no hiciereis penitencia, todos igualmente pereceréis (Lc. 13, 3).

Repetidamente se recuerda en la Sagrada Escritura la necesidad de hacer obras de mortificación y renuncia: Cfr. Mt. 4, 2; 9, 15; 17, 21; Lc. 3, 3; 13, 15; 24, 47; Hechos 2, 38; 13, 2; 14, 23; II Cor. 4, ss; 11, 27; etc.

Las razones teológicas con que Santo Tomás explica por qué es necesario hacer penitencia para conseguir la vida eterna son (cfr. S. Th., II-II, q. 147, a. 1):

1) porque con la penitencia la mente, desprendiéndose de lo terreno, se eleva con más facilidad a las cosas del cielo;

2) porque la penitencia es un eficaz remedio para reprimir la concupiscencia y vencer los apetitos desordenados;

3) porque con la penitencia se consigue la reparación de los pecados propios y ajenos;

4) porque las obras de penitencia son fuente de méritos ante Dios.

Hacer penitencia, sin embargo, implica al hombre la renuncia de tendencias y apetitos. Le supone negarse a sí mismo y representa para él una obligación costosa: por eso la Iglesia se encarga de recordar este deber, señalando un mínimo de pequeñas mortificaciones en las comidas que deben ser cumplidas ciertos días del año.


20.2 LA LEY ECLESIÁSTICA SOBRE LA PENITENCIA

Buscando la concepción amplia de este deber, la nueva legislación canónica -además de establecer preceptos concretos- se propone de algún modo recordar a todos los cristianos las ideas fundamentales que sirven para aumentar el afán de purificación, a través de la penitencia (cfr. CIC, c. 1249):

1) en primer lugar, recuerda que todos los fieles, por ley divina, tienen obligación de hacer obras de penitencia;

2) la razón de que se señalen días y tiempos penitenciales para toda la Iglesia es manifestar la unidad de los cristianos, dejando claro que no sólo esos días se debe hacer penitencia;

3) hay diversos modos, en esos días penitenciales, de vivir el espíritu de mortificación;

4) de entre esos modos de hacer penitencia, sobresalen el ayuno y la abstinencia, que se imponen como obligatorios en algunos días y para algunas personas.

El ayuno consiste en hacer sólo una comida al día, aunque se permita tomar un poco de alimento por la mañana y por la noche.

La abstinencia y -también llamada vigilia- consiste en abstenerse de comer carne.

Por tanto, queda claro que más que la imposición de otro precepto, la Iglesia considera oportuno recordar a través de esta ley la necesidad de mantener el espíritu de mortificación y de renuncia, que tiene su fundamento en la ley divina. Hacer penitencia es imprescindible para conseguir el Reino de los cielos.

20.3 FORMA CONCRETA DE VIVIR EL PRECEPTO

Los días y tiempos con carácter penitencial para toda la Iglesia son: todos los viernes del año (días penitenciales) y el tiempo de cuaresma (tiempo penitencial) (cfr. CIC, c. 1250).

Es necesario recordar que la noción de días y tiempos penitenciales es más amplia que la de días de ayuno y de abstinencia; todos esos días y ese tiempo que se señalan en el CIC hay obligación especial de hacer obras de penitencia -por ejemplo, mortificaciones voluntarias-, o piedad -oraciones especiales-, o misericordia -limosna, visitar enfermos, etc.-. Es decir, que no en todos ellos esa obligación se concreta en el ayuno y la abstinencia; en general, la obligación de observar los días y tiempos penitenciales es grave.

Entre los días penitenciales hay dos especialmente importantes: Miércoles de Ceniza y Viernes Santo. Estos dos días existe la obligación de vivir el ayuno y la abstinencia (cfr. CIC, c. 1251).

Los otros días penitenciales -todos los viernes del año- hay obligación de guardar la abstinencia.

Las Conferencias Episcopales en cada país pueden sustituir la abstinencia de carne que obliga todos los viernes del año, por alguna otra mortificación o buena obra.

Esto es lo que ha sucedido en nuestro país donde tanto la abstinencia de carne como el ayuno, sólo obliga el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo.

En todos los demás viernes del año la abstinencia puede suplirse por otra penitencia, o por obras especiales de caridad u oración.

En concreto, el Cuarto Mandamiento de la Iglesia se cumple:

a) Viviendo el ayuno y la abstinencia el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo.

b) Viviendo la abstinencia todos los viernes del año, o bien, en nuestro país, supliéndola por una obra especial de caridad, de oración o de sacrificio.

c) Viviendo durante la Cuaresma obras especiales de caridad, oración o sacrificio.

El ayuno obliga de los 18 a los 59 años, y puede haber algunas causas que dispensen de él:

1) la imposibilidad: por ejemplo, los enfermos, los convalecientes, las personas muy débiles o carentes de recursos económicos, etc.;

2) el trabajo, para quienes se ocupan en labores físicas que causan gran fatiga corporal y necesitan de alimento.

La abstinencia obliga desde los 14 años.

Iglesia: Tercer Mandamiento


ÍNDICE:

19.1
 Razón y características de este precepto.
19.2 Disposiciones para el cumplimiento del precepto.
19.3 Otros puntos de interés.
19.3.1 La primera comunión.
19.3.2 La comunión frecuente.
19.3.3 La comunión bajo las dos especies.
19.3.4 El viático.

19.1 RAZÓN Y CARACTERÍSTICAS DE ESTE PRECEPTO

Comprender en toda su profundidad el misterio de la Eucaristía es imposible para una inteligencia creada. Sin embargo, iluminada por la fe, puede percibir la gran importancia que -en sí mismo y en orden a la salvación- tiene este augusto Sacramento. En virtud de su infinito valor per se y de su importancia, la Iglesia señala el precepto de comulgar al menos anualmente.

Su valor intrínseco estriba en el dogma de la Presencia real: en la Eucaristía se contiene verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Los otros sacramentos, la liturgia, la predicación y toda la acción apostólica y misionera de la Iglesia miran a la Eucaristía como su vértice y culmen.

Que sea necesario para la vida eterna se desprende de las mismas palabras del Señor: en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo lo resucitaré en el último día.(Jn. 6, 53-54).

Por todo lo anterior es lógico que la Iglesia promulgue este tercer mandamiento, pues supondría indiferencia ante el Cuerpo y la Sangre del Señor -y tendría por ello razón de pecado- el caso de quien no se acercara, al menos una vez al año, a recibirlo.

Así pues, incumplir este precepto lleva consigo la comisión de pecado mortal.

19.2 DISPOSICIONES PARA EL CUMPLIMIENTO DEL PRECEPTO

La legislación señala que “todo fiel después de la primera comunión, está obligado a comulgar por lo menos una vez al año. Este precepto debe cumplirse durante el tiempo pascual, a no ser que por causa justa se cumpla en tiempo ordinario dentro del año”. (CIC, c. 920). Señalamos considerandos de interés:

1) Es obvio, en primer lugar, que este precepto sólo se cumple si se comulga en estado de gracia. Quien se encuentra en pecado mortal no puede comulgar sin haberse confesado antes, porque cometería un sacrilegio: no basta la contrición, por muy arrepentido que se considere el sujeto.

El Concilio de Trento enseña que “nadie, con conciencia de pecado mortal, por más contrito que esté se acerque a la Sagrada Eucaristía sin haber hecho una confesión sacramental”.(Dz.880).

Explícitamente lo dice San Pablo: “por tanto examínese a sí mismo el hombre; y de esta suerte coma de aquel pan y beba de aquel cáliz. Porque quien lo come y bebe indignamente, se come y bebe su propia condenación, no haciendo el debido discernimiento del Cuerpo del Señor. De aquí es que hay entre vosotros muchos enfermos y sin fuerzas, y muchos que mueren” (I Cor. 11, 28-30).

2) La comunión anual debe hacerse durante el tiempo de pascua, es decir, del domingo de Resurrección hasta el domingo de Pentecostés. Sin embargo, haciendo uso de la facultad otorgada por el Código de Derecho Canónico (cfr. c. 920), en algunos lugares se ha ampliado el tiempo hábil para cumplir este deber.

La Conferencia Episcopal de México determinó alargar el tiempo en que puede cumplirse el precepto: desde el 2 de febrero hasta la fiesta de la Santísima Virgen del Carmen (16 de julio).

3) Por parte del cuerpo se requiere, por precepto, el ayuno eucarístico. La disciplina actual sobre el ayuno eucarístico es la siguiente (cfr. CIC, c. 919):

a) El ayuno -abstención de cualquier alimento y bebida- ha de ser desde una hora antes de la comunión.

b) El agua y las medicinas no rompen el ayuno.

c) Los enfermos o personas de edad avanzada pueden comulgar aunque hayan tomado algo en la hora inmediatamente anterior a la comunión.

d) En el caso anterior se encuentran también las personas que cuidan a los enfermos o a los ancianos.

Como es lógico, la reverencia que debemos al Santísimo Sacramento se debe manifestar especialmente al recibir la comunión, y por eso se hacen necesarias otras disposiciones:

1) La mejor preparación para comulgar es la asistencia a la Santa Misa, y por eso en el Código de Derecho Canónico (c. 918) se aconseja a los fieles que procuren recibir la sagrada comunión dentro de la Santa Misa; sin embargo, aclara también que cuando alguien pide la comunión con causa justa, se le debe administrar fuera de la celebración eucarística.

Esa causa justa es, según la interpretación de los canonistas, la simple satisfacción de la devoción de comulgar diariamente, de tal manera que, cuando se solicita en el lugar y en el momento adecuado, cualquier fiel tiene el derecho de que se le dé la comunión.

2) La adoración debida al Cuerpo de Cristo tiene también otras manifestaciones externas; por eso, aunque esté permitido comulgar de pie, es más acorde a la dignidad del Sacramento comulgar de rodillas (cfr. Instrucción Eucharisticum mysterium, 25-V-1967, n. 34, b).

3) Por el mismo motivo de reverencia y adoración, el modo tradicional de comulgar ha sido, durante muchos siglos, recibiendo la Sagrada Hostia directamente en la lengua, porque es el modo más apto de evitar cualquier peligro de profanación o irreverencia (cfr. Instrucción Memoriale Domini, 29-V-1969: AAS 61 (1969) p. 545).

Por indulto de la Santa Sede, hay lugares donde el Obispo puede autorizar que se comulgue recibiendo la Hostia en la mano. En este caso, para distribuir así la comunión ha de evitarse cualquier peligro de irreverencia hacia el Santísimo Sacramento, y el que se pueda introducir algún error sobre la Presencia real y permanente del Señor en la Eucaristía (cfr. Instr. Inmensae caritatis, 29-I-1973; AAS 65, (1973), p. 270; Notificación de la S.C. para el Culto divino, 3-IV-1985).

Se indica también que “el fiel que ha recibido la Eucaristía en su mano, la llevará a la boca, antes de regresar a su lugar, retirándose lo suficiente para dejar paso al que sigue, permaneciendo siempre de cara al altar” (Notificación…, n. 3).

Además, hay que garantizar eficazmente que no caigan o se dispersen fragmentos de las especies eucarísticas y que las manos estén convenientemente limpias (cfr. Instr. Memoriale Domini, p. 547; Notificación…, n. 6).

Por último, está indicado que “no se obligará a los fieles a adaptar la práctica de la comunión en la mano dejando a cada persona la necesaria libertad para comulgar en la mano o en la boca” (Notificación…, n. 7).

19.3 OTROS PUNTOS DE INTERÉS

19.3.1 LA PRIMERA COMUNIÓN

La Iglesia hace un llamado a los padres o a los que hacen sus veces –e igualmente a los párrocos- para que procuren que todos los niños, al llegar al uso de razón, se preparen y, previa confesión, hagan cuanto antes la primera comunión (cfr. CIC c. 914).

Lógicamente, una vez que el niño tiene uso de razón, la falta de la debida preparación sólo podrá ser imputada a los padres, padrinos o parientes.

19.3.2 LA COMUNIÓN FRECUENTE

La Iglesia ha recomendado vivamente a todos los fieles -sobre todo en los últimos años- la práctica de la comunión frecuente e incluso diaria.

San Pío X enseñaba que “Jesucristo y su Iglesia desean que todos los fieles cristianos se acerquen diariamente al Sagrado convite, principalmente para que unidos con Dios por medio del sacramento, en él tomen fuerzas para refrenar las pasiones, purificarse de las culpas leves cotidianas, e impedir los pecados graves a que está expuesta la debilidad humana” (Decreto Sancta Tridentina Synodus, 20-X-1905).

Actualmente la Iglesia permite recibir una segunda vez el mismo día la Eucaristía, siempre que esta segunda ocasión sea dentro de la Santa Misa en la que participa, puesto que las razones que lo justifican están precisamente en las circunstancias que caracterizan esa celebración (cfr. CIC, c. 917, y la respuesta de la Pontificia Comisión para la interpretación auténtica del Código de Derecho Canónico del 11 -VII- 1984, indicando que sólo se puede comulgar una segunda vez al día, y no más veces).

La única excepción a esta norma es el peligro de muerte, en el que se puede comulgar otra vez fuera de la celebración eucarística.

Para la comunión frecuente y aun diaria no se requiere otra cosa que las disposiciones de precepto (estado de gracia y ayuno eucarístico), y la rectitud de intención, de modo que se haga para agradar a Dios y no por fines humanos o por rutina.

19.3.3 LA COMUNIÓN BAJO LAS DOS ESPECIES

La comunión bajo las dos especies sólo es necesaria para el sacerdote que celebra la Santa Misa.

Lo anterior es verdad de fe, definida en le Conc. de Trento (sesión XXI, can. 1: Dz. 934).

El sacerdote celebrante debe comulgar bajo ambas especies, ya que debe haber hecho la doble consagración para que se realice la inmolación incruenta del Sacrificio de la Misa, y este sacramento debe consumirse, sumiéndole como alimento del alma.

La Iglesia por causas justas introdujo la costumbre de distribuir la comunión a los fieles sólo bajo la especie de pan, y condenó los ataques de los husitas y de los protestantes contra esta costumbre (cfr. Dz. 934-5).

La fe nos dice que bajo cada una de las especies consagradas se contiene Jesucristo entero, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, y al comulgar bajo una especie nadie queda defraudado de ningún efecto del sacramento.

Además, al dar a los fieles la comunión con el vino, hay el peligro de que se derrame algo de Sangre, lo que supondría una injuria a tan gran misterio.

En algunos casos determinados, la Iglesia ha concedido la facultad de distribuir a los fieles en la Misa la comunión bajo ambas especies.

Estos casos están expresamente enumerados en el n. 242 de la Institutio Generalis Missalis Romani. En el n. 240 de este mismo documento se señala que, cuando se da la comunión bajo ambas especies, hay obligación de garantizar que los fieles conocen bien, sin peligro de error, la doctrina de la Iglesia sobre este tema, y que no hay riesgo de falta de reverencia al Santísimo Sacramento.

19.3.4 EL VIÁTICO

La comunión se llama viático cuando se recibe en peligro de muerte.

La palabra viático significa “provisión” para el viaje, y en efecto, la comunión del enfermo en peligro de muerte es ayuda para el gran viaje de la eternidad.

La Iglesia, llena de amor por todas las almas, establece que “se debe administrar el Viático a los fieles que, por cualquier motivo, se hallan en peligro de muerte” (CIC, c. 921).

Iglesia: Segundo Mandamiento


ÍNDICE:

18.1 Razón del precepto.
18.2 Cumplimiento del precepto.
A. Edad.
B. Tiempo en que se ha de cumplir.
C. Otras consideraciones.
D. Advertencia.
18.3 La confesión frecuente o por devoción.


18. SEGUNDO MANDAMIENTO:


CONFESAR LOS PECADOS MORTALES AL MENOS UNA VEZ AL AÑO

El cristiano, liberado del pecado por el Bautismo, al estar dotado de libertad, puede volver a pecar y de hecho peca, de forma que su vida se convierte de algún modo en un recomenzar muchas veces, ya que necesita constantemente convertirse a Dios, con el que ha roto sus relaciones por el pecado mortal, o ha hecho que se enfriaran por el pecado venial. De aquí que la solicitud de la Iglesia por los pecadores se manifiesta principalmente en su interés porque se reconcilien con Dios, y preceptúa desde antiguo este mandamiento. Busca así animar al pecador para que obtenga con frecuencia el perdón de Dios.

Lo ha recordado el Papa Paulo VI, calificando el precepto anual de la confesión como uno de los más graves de la Iglesia “… (el deber anual de confesarnos) es deber de acercarnos sinceros y personalmente al sacramento de la penitencia, acusando los propios pecados con humilde y sincero arrepentimiento y con propósito de enmienda… Es éste uno de los preceptos más graves de la Iglesia: un precepto en todo su rigor; una ley difícil, pero muy saludable, sabia y liberadora” (Alocución, 23-III-1977).

Nótese que el Papa señala la necesidad de la confesión personal para el cumplimiento del precepto; también menciona las condiciones de contrición y propósito de enmienda, indispensables para la confesión válida.


18.1 RAZÓN DEL PRECEPTO

¿Cuál es la razón por la que la Iglesia ordena que el fiel se confiese por lo menos anualmente? ¿No es gravar más la conciencia del pecador haciendo que, por cada año transcurrido, se incrementen en uno sus pecados mortales?

Sin embargo, al observar las cosas detenidamente, encontraremos el motivo: aquel que ha pecado gravemente manifestaría poco aprecio por la gracia santificante si en un tiempo prudencial que la Iglesia benévolamente determinó en un año, no busca la reconciliación con Dios. Por tanto, pecaría gravemente por el hecho de ser remiso en la búsqueda de la liberación del pecado.

De lo anterior se sigue que este precepto es una de tantas concreciones del mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas: fallaría en el amor que es unión, comunicación aquel que voluntariamente permanezca largo tiempo desunido del objeto de su amor.

En virtud de la importancia de los motivos antes expuestos, ya desde antiguo (IV Concilio de Letrán, año de 1215), la Iglesia estableció el deber de la confesión anual de los pecados mortales.


18.2 CUMPLIMIENTO DEL PRECEPTO

A. Edad

Como alrededor de los siete años comienza el uso de la razón, y se pueden cometer ya pecados mortales, la Iglesia señala la necesidad de acercarse al sacramento de la penitencia a partir de esa edad, por lo menos una vez al año: todo fiel que haya llegado al uso de razón está obligado a confesar fielmente sus pecados graves, al menos una vez al año (CIC, c. 989).

Es un precepto que obliga a todos los que han llegado al uso de razón, independientemente de si tienen o no siete años puede ser incluso antes, pues llegado al uso de razón el niño es consciente de hacer una cosa mala, y entonces debe arrepentirse y confesarse de ella.

De acuerdo a la doctrina enseñada por S. Pío X (cfr. Decr. Quam singulari, I), la Iglesia ha vuelto a indicar que los niños reciban desde esa temprana edad el sacramento de la penitencia (cfr. AAS 64(1972) 173-176; AAS 65(1973) 410), saliendo al paso de falsas teorías que niegan que los niños a esta edad puedan pecar y necesiten de este sacramento. Estas teorías puestas en práctica privarían a los niños de la gracia sacramental para luchar contra el pecado, produciéndoles graves daños.


B. Tiempo en que se ha de cumplir

La esencia de este mandamiento es la confesión de los pecados mortales, abriendo al cristiano, separado de Dios por el pecado, la posibilidad de reanudar la vida de la gracia y la participación de la vida divina en su alma, de acuerdo a las siguientes consideraciones:

1) Una vez al año: en el mandamiento se prescribe, en primer lugar, la confesión anual de los pecados mortales. El precepto obliga gravemente, y no cesa la obligación de confesarse aun cuando haya pasado el año; en ese caso hay obligación de hacerlo cuanto antes.

2) Periodo: la Iglesia no ha determinado el tiempo de la confesión anual; pero es costumbre verificarla en el tiempo de cuaresma, ya por ser tiempo de especial contrición, ya porque alrededor de él obliga el precepto de la comunión anual.

C. Otras consideraciones

1) Como la confesión ha de estar bien hecha, no cumple con el mandamiento quien realiza una confesión sacrílega.

2) Teóricamente, este precepto no obligaría al fiel que, al cabo de un año, no tuviera ningún pecado mortal que confesar, pues los pecados veniales se perdonan también por otros medios.

Sin embargo, parece difícil que eso suceda con aquél que no busca de modo habitual el auxilio de la confesión frecuente para vencer en la lucha contra el pecado.

3) Sobre las normas relativas a las absoluciones generales, vid CIC, cc. 961-3.

D. Advertencia

Este precepto se sitúa al margen de la necesidad de la confesión para recibir los sacramentos que exigen el estado de gracia, pues determina una obligación más primaria ante Dios, que es la de reconciliarnos con Él. Recordamos que también hay obligación grave de confesarse:

1) En peligro de muerte: todo cristiano está obligado en el momento de su muerte a disponer su alma para que se presente ante Dios para ser juzgado. Si en este momento tuviera pecados mortales, está obligado a confesarlos y, pudiendo hacerlo, no le bastaría el acto de contrición.

Quien no pueda confesarse en caso de peligro de muerte, debe moverse a un acto de contrición perfecta, con propósito de confesarse en la primera oportunidad.

2) Si se va a recibir alguno de los sacramentos de vivos (Confirmación, Unción de Enfermos, Orden Sacerdotal, Matrimonio y Eucaristía). Quien tuviera conciencia de estar en pecado mortal debe antes confesarse: no basta hacer un acto de contrición.

Es particularmente grave recibir la Eucaristía en pecado mortal, pues supone recibir indignamente el mismo Cuerpo y la misma Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Lo ha vuelto a recordar la legislación eclesiástica: Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave, no celebre la Misa ni comulgue el Cuerpo del Señor, sin acudir antes a la confesión sacramental, a no ser que ocurra un motivo grave y no haya posibilidad de confesarse; y en este caso, tenga presente que está obligado a hacer un acto de contrición perfecta, que incluye el propósito de confesarse cuanto antes (CIC, c. 916).

18.3 LA CONFESIÓN FRECUENTE O POR DEVOCIÓN

La Iglesia, al decir que al menos una vez al año se debe recibir el sacramento de la confesión, manifiesta su deseo de que los fieles se acerquen a él con más asiduidad.

La confesión frecuente es un medio necesario para que el pecador venza el pecado; no sólo es el camino ordinario para obtener el perdón y la remisión de los pecados graves cometidos después del bautismo, sino que es además muy útil para la perseverancia en el bien. Resulta muy difícil que viva alejado de culpa grave quien rara vez se confiesa.

En este sentido, cabe también recordar que aquel que no hubiese cometido pecados mortales, no estaría, en rigor de ley, obligado a confesarse, ya que los pecados veniales se perdonan también por otros caminos, en especial por la recepción devota de la Eucaristía. Sin embargo, la Iglesia recomienda la confesión frecuente de los pecados, aunque no se tengan pecados mortales:

“Para progresar cada día con mayor fervor en el camino de la virtud, queremos recomendar con mucho encarecimiento el piadoso uso de la confesión frecuente, introducido por la Iglesia no sin una inspiración del Espíritu Santo: con él se aumenta justo conocimiento propio, crece la humildad cristiana, se hace frente a la tibieza e indolencia espiritual, se purifica la conciencia, se robustece la voluntad, se lleva a cabo la saludable dirección de las conciencias y aumenta la gracia en virtud del Sacramento mismo” (Pío XII, Enc. Mystici Corporis, AAS 35, 1943, p. 234).

El mismo Papa se lamentaba de errores que desaconsejan la confesión frecuente: “ciertas opiniones que algunos propagan sobre la frecuente confesión de los pecados son enteramente ajenas al Espíritu de Jesucristo, y de su inmaculada Esposa, y realmente funestas para la vida espiritual” (Enc. Mediator Dei, AAS 39, 1947, p. 585).

No debe olvidarse, en efecto, que los pecados veniales, recta y provechosamente y lejos de toda presunción, pueden decirse en confesión (Conc. de Trento: DZ. 899), ya que aunque no es necesario confesarlos para que el sacramento sea válido, y pueden ser también perdonados por otros medios, no ha de caerse en las falsas opiniones de los que aseguran que no hay que hacer tanto caso de la confesión frecuente de los pecados veniales, cuando tenemos aquella más aventajada confesión general que la Esposa de Cristo hace cada día, con sus hijos unidos a ella en el Señor, por medio de los sacerdotes, cuando están para ascender al altar de Dios (Pío XII, Enc. Mystici Corporis: AAS 35, 1943, p. 235).

La confesión frecuente es una recomendación sancionada por el Código de Derecho Canónico para los sacerdotes, para los religiosos y para los seminaristas (cfr. CIC, can. 276, 5°; 246 & 4).

El Concilio Vaticano II nos recuerda que todos estamos llamados a la santidad, y para alcanzar esa plenitud de vida cristiana hay que recibir con frecuencia los sacramentos: “es de suma importancia que los fieles… reciban con la mayor frecuencia posible aquellos sacramentos que han sido instituidos para alimentar la vida cristiana” (Const. Sacrosanctum Concilium, n. 59).

Por eso está prohibido taxativamente disuadir a los fieles de la práctica de la confesión frecuente: “por lo que se refiere a la confesión frecuente o de devoción, los sacerdotes no osen disuadir de ella a los fieles” (Normae pastorales circa absolutionem sacramentalem generali modo impertiendam, 16-VI-1972: AAS 64, 1972, p. 514).

Es claro que si no sólo no se fomenta, sino que de algún modo esa confesión frecuente se dificulta, el sacramento quedará reservado a los casos de estricta necesidad, para la remisión de los pecados mortales, con el consiguiente y grave riesgo de difamación:

“absolutamente se ha de evitar que la confesión individual se reserve sólo para los pecados graves; pues esto privaría a los fieles del mejor fruto de la confesión y dañaría la fama de aquellos que individualmente se acercan a este Sacramento” (Normae pastorales circa absolutionem sacramentalem…, p. 514).

Primer mandamiento de la Iglesia


ÍNDICE:

17.1 Modo de cumplirlo.
A. Día previsto.
B. Presencia corporal.
C. Integridad.
D. Atención exterior.
E. Devoción.
17.2 Causas que dispensan de la Misa.
A. Imposibilidad física.
B. Grave necesidad privada o pública.
C. Grave daño.


17. PRIMER MANDAMIENTO: OÍR MISA ENTERA LOS DOMINGOS Y FIESTAS DE PRECEPTO

La obligación que tenemos de emplear parte de nuestro tiempo para consagrarlo al culto de Dios, es una ley escrita en el corazón, por lo que la conoceríamos aun cuando Dios no nos hubiera dado el precepto en el Monte Sinaí. Para ayudarnos a cumplir esa ley natural, Dios se reservó para Él un día a la semana, el sábado, que después la Iglesia cambió al domingo.

“El domingo y las demás fiestas de precepto -nos señala el canon 1247 del CIC- los fieles tienen obligación de participar en la Misa”.

a) La razón de este precepto eclesiástico tiene su claro fundamento, como ya señalamos, en el derecho divino: es de ley natural rendir culto a Dios, y la Santa Misa es el acto fundamental del culto católico.

b) A la Iglesia le ha parecido oportuno concretar el tercer mandamiento del decálogo del modo arriba indicado, y en el cumplimiento de ese precepto encuentran los cristianos no sólo un deber, sino sobre todo un inmenso privilegio y honor:

Conviene, pues, venerables hermanos, que todos los fieles se den cuenta de que su principal deber y mayor dignidad consiste en la participación en el sacrificio eucarístico (Pío XII, Enc. Mediator Dei, n. 22).

c) Queda manifiesta la sublime dignidad de la Misa si consideramos detenidamente las palabras con que el CIC la define:

“El sacrificio eucarístico, memorial de la muerte y resurrección del Señor, en el cual perpetúa a lo largo de los siglos el Sacrificio de la Cruz, es el culmen y la fuente de todo el culto y de toda la vida cristiana” (c. 897).

Para santificar los domingos y otros días festivos, tributamos a Dios el culto de adoración más digno de Él.

Ya los primeros cristianos entendieron que el culto más apropiado para esos días era la Misa, y la Iglesia no necesitaba obligarlos a asistir al Santo Sacrificio, puesto que ya ellos lo consideraban la realidad más importante de su vida.

Pero cuando por efecto del arrianismo y de las invasiones de los bárbaros se perdió ese espíritu primitivo, la Iglesia se vio obligada, en el siglo V, a decretar el precepto de la asistencia a Misa.

Este mandamiento obliga -bajo pecado mortal- a todos los fieles que tienen uso de razón y han cumplido los siete años. De ésta manera la Iglesia determina y facilita el cumplimiento del tercer mandamiento de la ley de Dios. Además pedagógicamente enseña la importancia de la Misa para que asistamos con más frecuencia.

17.1 MODO DE CUMPLIRLO

A. Día previsto. Este precepto hay que cumplirlo precisamente el día que está mandado, pasado el cual cesa de obligar. Y así, el que dejó de oír Misa ese día, aunque sea culpablemente, no está obligado a ir al día siguiente, ni cumple con el precepto por ir otro día.

Sin embargo, como es sabido, actualmente este precepto puede vivirse asistiendo a la Misa vespertina del sábado o del día anterior a la fiesta (cfr. Instr. Eucharisticum Mysterium, n. 28; CIC, c. 1248).


Además de todos los domingos del año, son días de precepto en la República Mexicana:

1) 12 de diciembre: Solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe.

2) 25 de diciembre: Natividad de Nuestro Señor Jesucristo.

3) 1 de enero: Maternidad Divina de María.

4) La Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor (Corpus Christi), el jueves posterior a la Solemnidad de la Santísima Trinidad.

B. Presencia corporal. La asistencia a la Santa Misa debe ser real, es decir, el fiel ha de hallarse en el interior de la Iglesia o, si no le es posible entrar, estar unido a quienes están dentro.

Por tanto, no cumple el precepto el que sigue la Misa por radio o televisión, ni el que permanece tan alejado del grupo que no se le puede considerar como formando parte de los asistentes.

No se requiere sin embargo estar estrictamente dentro del recinto del templo; basta que forme parte de los que asisten a Misa -aunque sea en la misa calle, si la iglesia está abarrotada- y puede seguirlos, de algún modo, por el sonido de la campanilla o las actitudes de los demás, etc.


C. Integridad.
 Por este término se designa la obligación de asistir a la Misa entera, lo que significa que, supuesta la intención recta, no debe omitirse una parte notable para cumplir el precepto.

Se omite una parte notable si no se asiste a la llamada “parte sacrificial” de la Misa, es decir, que al menos se ha de estar presente del ofertorio a la comunión del sacerdote.

El que ha omitido una parte notable de la Misa debe oír Misa entera, o, al menos, suplir lo que le falte en otra Misa posterior. Es lícito oír dos medias Misas, sucesivas no simultáneas, con tal de que la Consagración y la Comunión pertenezcan a la misma (cfr. Dz. 1203).

D. Atención exterior. Para comprender este requisito, antes hemos de señalar que la atención a la Misa puede ser:

– Exterior: consiste en evitar acciones incompatibles con la Misa a la que se asiste: por ejemplo, leer un libro que no tenga relación con el Santo Sacrificio, platicar con un amigo, contemplar las vidrieras, dormirse, etc.

– Interior: consiste en advertir el Sacrificio al que se asiste y darse cuenta de sus partes diversas.

El que asista materialmente a Misa guardando al menos atención y compostura externa (es decir, con atención exterior) -aunque con la mente esté en otra cosa (falta de atención interior)-, cumple lo esencial del precepto para no incurrir en falta grave.

No cumplir, sin embargo, la finalidad intentada por la Iglesia en orden a dar culto a Dios mediante la participación en el Santo Sacrificio de la Misa, ya que se busca “que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que, comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen consciente, piadosa y activamente en la acción sagrada” (Conc. Vaticano II, Const. Sacrosanctum Conciliu, n. 48).

E. Devoción. Para obtener buen fruto de la Misa debemos no sólo atender a ella, sino asistir con espíritu de fe y sentimientos de piedad. Basta que pensemos que la Misa es la renovación del Sacrificio de la Cruz, para darnos cuenta que no puede haber nada más divino y digno de nuestro esfuerzo, ni más útil para conseguir el aumento de la gracia.


Los medios más aconsejados para asistir a Misa con devoción son:

1) unir nuestra intención a las intenciones con que Jesucristo se ofrece en ella;

2) seguir al sacerdote en las diversas partes del Sacrificio, por ejemplo, a través de un adecuado devocionario o Misal;

3) recitar en voz alta todas aquellas oraciones en las que debamos intervenir;

4) pedir ayuda a la Santísima Virgen, que asistió a Cristo al pie de la Cruz, pues es el mismo Sacrificio.

Resulta evidente que mientras más nos empapemos del espíritu e intenciones de Cristo al inmolarse en el altar, y mientras más nos unamos a su Sacrificio, tanto más fruto sacaremos de él.


17.2 CAUSAS QUE DISPENSAN DE LA MISA

En general, las circunstancias que pueden dispensar de asistir a Misa son: la imposibilidad física, una grave necesidad privada o pública y el grave daño que se pueda seguir para sí mismo o para el prójimo.

A. Imposibilidad física: si se está enfermo, por ejemplo, y no puede razonablemente levantarse para asistir a Misa; los débiles y convalecientes están dispensados si les supone un grave inconveniente; el que vive muy lejos de la Iglesia y emprender el viaje le produce serios problemas (no puede determinarse la distancia, pues depende de los medios de transporte con los que se cuente).

B. Grave necesidad privada o pública: puede igualmente dispensarnos de asistir a Misa. Los que cuidan enfermos o niños muy pequeños, por ejemplo, los que están obligados a trabajos urgentes y no pueden hacerse reemplazar. Los trabajadores podrán estar dispensados de asistir a Misa, pero deben hacer lo posible por modificar su situación.

C. Grave daño: si por asistir a Misa se sigue un grave daño, para sí mismo o para el prójimo, existe razón suficiente para faltar a ella. La razón la hemos explicado antes (cfr. 2.4.2): en leyes puramente eclesiásticas, el legislador no tiene intención de obligar si de ahí se sigue un grave incómodo.

Las reglas generales dadas arriba no resultan siempre fácilmente aplicables por la multitud de situaciones que pueden darse en la vida ordinaria (por ejemplo, si hay razón suficiente para faltar ante una enfermedad leve, ante un viaje largo, etc.). En estos casos de duda hay que tratar de salir de ellas consultando, haciendo oración, etc.

Un camino en amistad con nuestros guías y hermanos



Los Mandamientos de la Iglesia

Dios en su infinita misericordia nos envía a su Hijo para darnos la posibilidad de la salvación. Cristo padeció, murió y resucitó por nosotros, con ello, nos obtuvo la redención. Con el fin de continuar su obra redentora, funda la Iglesia, que es la designada por Él como guardiana de los medios de salvación.

Escogió a los apóstoles para que gobernaran la Iglesia y les transmitió sus poderes. Les dijo: “Lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo”. Mt. 19,16.


Los poderes que Cristo les transmitió a los apóstoles son:

Enseñar con autoridad la doctrina de Cristo. Por ello, siempre debemos estar atentos a lo que el Magisterio nos dice. La Iglesia nos va enseñando el camino a seguir para obtener la salvación.

Santificar por medio de los sacramentos. La Iglesia es la encargada de administrar los sacramentos, Ella es en sí misma, sacramento de salvación. Todos tenemos necesidad de la gracia para salvarnos, solos no podemos, por tanto, no podemos rechazar esta función de la Iglesia.

Gobernar mediante leyes que obligan en conciencia. Siempre debemos obedecer al Magisterio en cuestiones de fe. Por esta autoridad que le viene del mismo Jesucristo, la Iglesia puede y debe promulgar leyes que ayuden a los fieles en su camino hacia la Casa del Padre.

La Iglesia tiene un doble fin:

Un fin último que es la gloria de Dios
Un fin próximo, la salvación de los hombres.

La Iglesia, como Madre y Maestra que es, para cumplir con su misión da normas para ayudar a los cristianos a cumplir y vivir mejor los mandatos de Dios. Entre estas lyes o normas se encuentran los Mandamientos de la Iglesia. Todas las personas que pertenecen a Ella están obligadas a cumplir con ellos.

Los mandamientos de la Ley de Dios son inmutables, no pueden cambiar por estar basados en la naturaleza humana, obligan todas las personas, pues están inscritos en la conciencia.

El carácter obligatorio de las leyes positivas promulgadas por la autoridad eclesiástica tiene como fin garantizar a los fieles el mínimo indispensable en el espíritu de oración y en el esfuerzo moral.

Los mandamientos generales son:

Oír Misa entera los domingos y fiestas de guardar.

Todos tenemos la obligación de emplear parte de nuestro tiempo para consagrarlo a Dios y darle culto, esta es una ley inscrita en el corazón. Es ley natural darle culto a Dios, y la Misa es el acto fundamental del culto católico. De este modo la Iglesia concreta el tercer mandamiento de la Ley de Dios y el deber de los cristianos es cumplirlo, además de ser sobre todo un inmenso privilegio y honor.

Este mandamiento exige a los fieles participar en la celebración eucarística, el día en que se conmemora la Resurrección de Cristo y en algunas fiestas litúrgicas importantes. El no cumplirlo es pecado grave para todos aquellos que tienen uso de razón y hayan cumplido los siete años. Para cumplir este precepto hay que hacerlo el día en que está mandado, no se puede suplir. Implica una presencia real, es decir, hay que estar ahí y hay que escucharla completa.

La Misa o sacrificio eucarístico del cuerpo y la sangre de Cristo, instituido por Él para perpetuar el sacrificio de la Cruz, es nuestro más digno esfuerzo que podemos hacer para acercarnos a Dios, y más útil para conseguir el aumento de la gracia.


Confesar los pecados graves cuando menos una vez al año, en peligro de muerte y si se ha de comulgar.

Hay que acudir a este sacramento – como todos los demás, signo sensible eficaz de la gracia, instituido por Cristo y confiado a la Iglesia – para asegurar la preparación para la Eucaristía mediante su recepción que continúa la obra de conversión y perdón del Bautismo. No basta con acudir, sino que hay que cumplir con todos los requisitos que el sacramento impone. El asistir sin cumplir con los actos del penitente, se convierte en una confesión sacrílega. Esto no implica que la confesión frecuente no sea recomendable, sino todo lo contrario, para quienes quieren ir perfeccionando su vida, confesarse con frecuencia es uno de los mejores medios.

Comulgar por Pascua de Resurrección

Este mandamiento garantiza un mínimo en la recepción del Cuerpo de Cristo. Siempre hay que comulgar en estado de gracia y cumplir con el ayuno eucarístico. Se debe de recibir la comunión dentro de la Misa, los enfermos incapacitados para asistir a Misa deben de recibir el viático.

Ayunar y abstenerse de comer carne cuando lo manda la Iglesia

Esto asegura los tiempos de ascesis y de penitencia que nos preparan para las fiestas litúrgicas y contribuyen a adquirir el dominio sobre nuestros instintos y la libertad de corazón. No implica que hacer penitencia durante todo el año no sea de provecho.

La abstinencia es una práctica penitencial por la que se le ofrece a Dios el sacrificio de no tomar carne u otro alimento, recordando así y uniéndose a los dolores de Cristo por nuestros pecados. ¿Me obliga la abstinencia?


Ayudar a la Iglesia en sus necesidades

El mandamiento señala la obligación de cada uno según sus posibilidades a ayudar a la Iglesia en sus necesidades materiales, para poder continuar con su misión. Las necesidades de la Iglesia son muchas.

La Iglesia fue querida por Nuestro Señor Jesucristo, su fundador. Ella vela por el bien de los fieles, su misión es ayudar a alcanzar la salvación. Como católicos debemos sentirnos parte de Ella, amándola y defendiéndola siempre.



Lectura complementaria:

Para Salvarte – Mandamientos de la Iglesia, P. Jorge Loring, S.J.

http://www.catholic.net

Los Mandamientos de la Iglesia


 

Además de los mandamientos de la ley de Dios, la Iglesia tiene cinco mandamientos.

1.
 En virtud del poder recibido de Jesucristo, la Iglesia puede imponer preceptos que obliguen gravemente a los hombres en orden a un mejor cumplimiento de la ley de Dios.

Los mandamientos de la Iglesia no son arbitrarios. No manda, bajo pecado grave, un acto intranscendente. La Iglesia, con esos preceptos, intenta conseguir que los fieles se santifiquen como es debido.

Los mandamientos de la Iglesia son de dos clases:

Los tres primeros mandan oír Misa, confesar y comulgar; pero de esto ya hemos tratado. (Ver números 45 al 61)

El cuarto manda el ayuno y la abstinencia en los días determinados por la Iglesia.

2. El ayuno consiste en hacer una sola comida fuerte al día. Pero se puede tomar algo por la mañana y por la noche.

En el desayuno se puede tomar, por ejemplo, leche, café o té, o un poco de chocolate, con unos 60 gramos de pan, churros, tortas, etc.

En la cena se puede tomar hasta 250 gramos de alimentos.

Si te parece esto muy complicado, puedes atender a la norma práctica de algunos moralistas que dicen que quien tiene obligación de ayunar basta con que en el desayuno y en la cena tome la mitad de lo que tiene por costumbre tomar.

Y si lo que se suele tomar es poco, la cantidad que se suprima pude ser menor.

Otra norma práctica es que sumando lo que se toma en el desayuno y en la cena, no llegue a lo que se suele tomar al mediodía.

En la comida principal se puede tomar toda la cantidad que se quiera.

Pero durante el día no se puede tomar nada (comida o bebida) que sea alimento. Sí se pueden tomar líquidos no alimenticios como refrescos, café, té y bebidas alcohólicas5; y también alguna pequeña «tapa» con que éstas suelen acompañarse; aunque sería mejor abstenerse de ella.

La abstinencia consiste en no tomar carne; pero no está prohibido el caldo de carne6 ni la grasa animal, si es condimento.

También se pueden tomar huevos y productos lácteos.

Tienen obligación de ayunar todos los católicos que han cumplido dieciocho años y no han cumplido los cincuenta y nueve.

La abstinencia obliga desde los catorce años cumplidos hasta el final de la vida.

No están obligados al ayuno y abstinencia los verdaderamente pobres, los enfermos y los obreros.

Tampoco están obligados los que no tienen habitualmente uso de razón.

El párroco y algunos confesores pueden dispensar cuando haya motivo suficiente.

Son días de ayuno y abstinencia el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo.

Son días de sólo abstinencia todos los viernes del año, que no caigan en festivo.

La abstinencia de los viernes fuera de cuaresma puede ser sustituida total o parcialmente por otras formas de penitencia, piedad o caridad, como limosnas, visitas a enfermos, privarse de tabaco o espectáculos, o cualquier otro gusto.

Bastaría tener una intención habitual de ofrecer para esto el primer sacrificio u obra de caridad o piedad que se realice.

La abstinencia de los viernes de cuaresma, y el ayuno y la abstinencia del Miércoles de Ceniza y Viernes Santo no pueden ser sustituidos por propia iniciativa.

No debe considerarse pecado grave cualquier violación esporádica de la ley; pero sí el dejar de cumplirla habitualmente o por menosprecio.

Lo importante es el espíritu de la ley. Se trata de que en esos pocos días del año te quedes con un poco de hambre para hacer un sacrificio por Nuestro Señor.

La observancia sustancial de la disciplina eclesiástica sobre la penitencia es gravemente obligatoria.

Pero adviértase que la Iglesia no quiere precisar con medidas y pormenores los límites que determinarían en cada caso la gravedad de las faltas, porque desea que los fieles no caigan en la servidumbre y en la rutina de una observancia meramente externa, y prefiere, al contrario, que ellos mismos, sin omitir el oportuno consejo, formen deliberadamente su conciencia en cada caso según las indicaciones y el espíritu de la ley, con sentido de responsabilidad ante el Señor que ha de juzgar la sinceridad y diligencia de nuestras actitudes.

Pero, sin duda, el desprecio y la inobservancia habitual de los preceptos de la Iglesia constituiría pecado grave.

La Conferencia Episcopal Española espera que la presente disciplina penitencial, adaptada a España, servirá para aumentar en todos los sentidos de sacrificio, la autenticidad de una vida sinceramente cristiana, y la práctica, más personal y consciente, de la mortificación y la caridad.

El Secretario del Episcopado francés ha propuesto a los católicos privarse del tabaco o bebidas alcohólicas un día a la semana, como una nueva modalidad de abstinencia.

Hacer penitencia es obligación de todo cristiano. Cada vez que cumplimos con nuestro deber y se lo ofrecemos a Dios hacemos penitencia.

Cuando, en obsequio a Dios, nos privamos de algo que nos gusta o hacemos algo que nos desagrada, hacemos penitencia.

Cuando, por Dios, aceptamos la vida y sus dificultades, hacemos penitencia.

Cuando, también por Dios, somos justos y luchamos contra las injusticias de la vida, hacemos penitencia.

Arrepentirnos de nuestros pecados y hacernos amigos de Dios, es hacer penitencia.

La penitencia necesita de algo interior: Dios quiere el corazón, no sólo las obras externas. Si nuestra intención se detuviese en cumplir la ley, sin ofrenda a Dios, no haríamos penitencia.

La primera y obligatoria penitencia que tenemos que hacer es cumplir la ley de Dios. Si no cumplimos lo que se nos manda, no hacemos penitencia. El principal lenguaje de un hombre son las obras.

3. El quinto mandamiento de la Iglesia manda que la ayudemos en sus necesidades y en sus obras.

No hay que olvidar que es deber de los fieles atender, según las posibilidades de cada uno, con su ayuda económica al culto y al decoroso sustento de los ministros de Dios.

Todos los bienes los hemos recibido de Dios. El contribuir con ellos para ayudar a la Iglesia en sus necesidades, es una manera de agradecer a Dios lo que nos ha dado, y rogarle que nos siga bendiciendo.

Los sacerdotes han consagrado su vida a trabajar exclusivamente por el bien espiritual de los hombres, por lo tanto, de ellos deben recibir lo necesario para satisfacer sus necesidades humanas, y poder seguir estudiando y estar siempre bien preparados para el desempeño de su ministerio.

Dice el Nuevo Código de Derecho Canónico: Los fieles tienen el deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades, de modo que disponga de lo necesario para el culto divino, las obras apostólicas y de caridad, y el conveniente sustento de los ministros.

Los buenos católicos deben también contribuir al sostenimiento del Seminario de la Diócesis, donde se están formando los futuros sacerdotes que han de atender a las almas.

Todos hemos de sentir la Iglesia como propia. Es un deber de justicia ayudar a la Iglesia en todo lo relativo al apostolado, porque de la Iglesia recibimos el mayor bien que se puede recibir en este mundo: los medios para ir al cielo.

La Iglesia necesita aquellos recursos que hacen posible el que pueda llevar adelante su función evangelizadora. Estos recursos tienen que provenir, en su mayor parte, de la misma comunidad eclesial.

Si bien es justo que se reciban otras ayudas de los organismos encargados de tutelar el bien común, en virtud (…) de la contribución que la Iglesia realiza en acciones sociales que benefician a toda la comunidad.

Contribuir al sostenimiento de la Iglesia es una obligación moral de todos y cada uno de cuantos la componen. El cuidado de los pobres, la atención a los enfermos y ancianos, la catequesis, el culto, la acción misionera de la Iglesia necesitan unos recursos materiales. Y con presupuestos muy reducidos se hacen obras admirables por su valor religioso y social.

Sería una actitud casi parasitaria la falta de colaboración. (…) No pueden ser unos pocos los que trabajen y aporten, y todos los que se beneficien.

La ayuda material a la Iglesia no es un simple gesto de largueza, sino una obligación: la de compartir los bienes que se tienen para que sirvan de ayuda para todos.

Como en otras naciones, también es España, se puede hoy ayudar a la Iglesia destinando a ella la pequeña parte asignada de lo que hay que pagar a Hacienda.

Nuestra colaboración a la Iglesia no debe limitarse a lo económico; debemos también prestar nuestra colaboración personal, en la medida que nos sea posible.


1 Evangelio de SAN MATEO, 16:19
2 ANTONIO ROYO MARÍN, O.P.: Teología de la salvación, 1ª, III, nº 85. Ed. BAC, Madrid
3 ANTONIO ARZA, S.I.: Preguntas y respuestas en cristiano, pg. 123. Ed. Mensajero. Bilbao.
4 ANTONIO ROYO MARÍN, O.P.:Teología moral para seglares, 1º, 2ª, I, nº 426,2,e.Ed.BAC.Madrid
5 ANTONIO ROYO MARÍN, O.P.:Teología Moral para seglares, 1º, 2ª, I, nº 426,2,d.Ed.BAC.Madrid
6 ANTONIO ROYO MARÍN, O.P.:Teología Moral para seglares, 1º, 2ª, I, nº 426,1,a.Ed.BAC.Madrid
7 Nuevo Código de Derecho Canónico, nº 1252
8 Nuevo Código de Derecho Canónico, nº 1252
9 Constitución Apostólica Paenitemini, 7-II-66
10 ANTONIO ROYO MARÍN, O.P.: Teología Moral para seglares, 1º, 2ª, I, nº 429,2. Ed. BAC. Madrid
11 ANTONIO ROYO MARÍN, O.P.: Teología Moral para seglares, 1º, 2ª, I, nº 425,f. Ed. BAC. Madrid
12 Revista ECCLESIA, 1320(10-XII-66)
13 Revista ECCLESIA, 1468(29-XI-69)29
14 Nuevo Código de Derecho Canónico, nº222,1
15 JESÚS MARTÍNEZ GARCÍA:Hablemos de la Fe, IV, 12. Ed. Rialp. Madrid. 1992.
16 CARLOS AMIGO: Cien respuestas para tener fe,VIII,81.Ed.Planeta+Testimonio.Barcelona.1999.

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Otros mandamientos de la Iglesia

Los padres tienen el derecho de educar a sus hijos conforme a sus convicciones morales y religiosas

4. Además de estos mandamientos más generales, la Iglesia tienen también otros, como por ejemplo, la prohibición de asistir a escuelas ateas o a centros en los que se enseñen cosas contrarias a la doctrina católica.

Los padres católicos que envían a sus hijos a estas escuelas, aunque sea con el pretexto de que enseñan muy bien otras materias profanas, pecan gravísimamente y son indignos de la absolución sacramental, por el grave peligro a que exponen a sus hijos.

El Concilio Vaticano II «recuerda a los padres cristianos la obligación de confiar sus hijos, en el tiempo y lugar que puedan, a las escuelas católicas, de sostenerlas con todas sus fuerzas, y de colaborar con ellas en bien de sus propios hijos»18.

Por eso deben disponer, y aun exigir, todo lo necesario para que sus hijos puedan disfrutar de tales auxilios y progresar en la formación cristiana a la par que en la profana.

Dicen los Obispos Españoles: La clase de Religión en España, carente hoy del debido rigor académico, se ve sometida a un proceso de deterioro que repercutirá negativamente en los aspectos humanos y éticos de todo el marco educativo.

Leí en el ABC de Madrid, en la misma página, estos dos titulares: El gobierno socialista margina la asignatura de Religión. En Suecia la clase de Religión es obligatoria.

Dice el Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica: Los padres tienen el derecho de elegir para sus hijos una escuela que corresponda a sus propias convicciones, y los poderes públicos tienen el deber de garantizar este derecho de los padres y de asegurar las condiciones reales de su ejercicio.

Como dijo el Papa Juan Pablo II en su visita a España en 1982: Los padres deben elegir para sus hijos una enseñanza en la que esté presente el pan de la fe cristiana.

Los padres tienen obligación de preocuparse de que sus hijos sean educados en la religión católica.

Si se desentienden de esto, que no se quejen después cuando sus hijos les salgan torcidos. No te contentes con solicitar la enseñanza de la Religión en el colegio de tus hijos. Comprueba lo que les enseñan; y si les dan gato por liebre, protesta enérgicamente como cualquier consumidor estafado.

La Comisión Episcopal de Enseñanza recuerda que todos debemos exigir que se pueda recibir educación católica en los centros de enseñanza: La formación religiosa católica en la escuela es un deber y un derecho, cuyo servicio está regulado por las leyes, y cuya realización efectiva debe ser apoyada por toda la comunidad cristiana.

Los obispos indican a los padres católicos el deber de inscribir a sus hijos en la asignatura de religión y moral católicas. El mismo texto recuerda la obligación de los profesores cristianos de colaborar en la formación religiosa católica de los alumnos cuyos padres han elegido para ellos este tipo de formación.

Por último insisten en el deber de la sociedad y de los gobernantes de respetar el derecho de los padres y de los alumnos en conformidad con los principios de la Constitución Española y de los acuerdos internacionales firmados por el Estado Español con la Santa Sede en materia de enseñanza. El Consejo Pontificio para la Familia ha publicado un documento en el que dice que los padres deben retirar a sus hijos de los centros donde se enseñe una moral sexual contraria a la doctrina de la Iglesia27.

Otro mandamiento de la Iglesia es no contraer matrimonio opuesto a las leyes de la Iglesia.

5. En 1917 se publica el Código de Derecho Canónico que sistematiza un cúmulo de leyes eclesiásticas.

En 1983 se publica un nuevo Código de Derecho Canónico que actualiza y perfecciona el anterior. El estudio de esta reforma ha durado veinticinco años, desde que lo inició Juan XXIII.


17 ANTONIO ROYO MARÍN, O.P.: Teología Moral para seglares, 2º, 2ª, I, nº303. Ed. BAC. Madrid
18 Concilio Vaticano II: Gravissimum educationis: Declaración sobre la Educación Cristiana de la Juventud, nº 8. Nuevo Código de Derecho Canónico, nº 793ss
19 Concilio Vaticano II: Gravissimum educationis: Declaración sobre la Educación Cristiana de la Juventud, nº 7
20 Diario YA del domingo, 30-VI-91, pg. 12
21 Diario ABC de Madrid, 3-VI-95, pg. 75
22 Revista ECCLESIA,2803s(24 y 31-VIII-96)34. Orientaciones del Pontificio Consejo de la Familia.
23 Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2229
24 Revista PALABRA, 231(X-84)24
25 Revista PALABRA, 248(III-86)51
26 Diario YA, 8-IX-88, pg. 8
27 Diario ABC de Madrid, 21-XII-95, pg. 69

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Los mandamientos de la Iglesia

Los mandamientos de la Iglesia se sitúan en la línea de una vida moral referida a la vida litúrgica y que se alimenta de ella.
El carácter obligatorio de estas leyes positivas promulgadas por la autoridad eclesiástica tiene por fin garantizar a los fieles el mínimo indispensable en el espíritu de oración y en el esfuerzo moral, en el crecimiento del amor de Dios y del prójimo.


Los mandamientos más generales de la Santa Madre Iglesia son cinco:

El primer mandamiento: oír misa entera los domingos y fiestas de precepto exige a los fieles participar en la celebración eucarística, en la que se reúne la comunidad cristiana, el día en que conmemora la Resurrección del Señor, y en aquellas principales fiestas litúrgicas que conmemoran los misterios del Señor, la Virgen María y los santos .

El segundo mandamiento: 
confesar los pecados mortales al menos una vez al año, y en peligro de muerte, y si se ha de comulgar asegura la preparación para la Eucaristía mediante la recepción del sacramento de la Reconciliación, que continúa la obra de conversión y de perdón del Bautismo.

El tercer mandamiento: comulgar por Pascua de Resurrección garantiza un mínimo en la recepción del Cuerpo y la Sangre del Señor en relación con el tiempo de Pascua, origen y centro de la liturgia cristiana.

El cuarto mandamiento: ayunar y abstenerse de comer carne cuando lo manda la Santa Madre Iglesia asegura los tiempos de ascesis y de penitencia que nos preparan para las fiestas litúrgicas; contribuyen a hacernos adquirir el dominio sobre nuestros instintos y la libertad del corazón .

El quinto mandamiento: ayudar a la Iglesia en sus necesidades señala la obligación de ayudar, cada uno según su capacidad, a subvenir a las necesidades materiales de la Iglesia.

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Los mandamientos de la Iglesia

Para facilitarnos el cumplimiento de la ley de Dios, la Iglesia ha determinado algunas obligaciones del cristiano, que se conocen como Mandamientos de la Iglesia.

ÍNDICE:

16.1 Jesucristo fundó la Iglesia para salvarnos.

16.2 Jesucristo dio a la Iglesia el poder de promulgar leyes.

16. LOS MANDAMIENTOS DE LA IGLESIA

Todos estamos convencidos de la importancia que tiene la observancia de las leyes.

En el deporte, por ejemplo, si no se guarda el reglamento y se hacen trampas, no se puede jugar. Lógicamente, más grave todavía es no respetar aquellas leyes que, de no cumplirse, provocan daños, a veces serios, a los demás, como son por ejemplo, las leyes de tráfico.

De todas ellas, la ley más importante, y por tanto la más necesaria en su cumplimiento, es la ley de Dios, expresada en los diez Mandamientos, porque, como señaló Cristo a aquel muchacho que se le acercó para pedir un consejo: si quieres entrar en la Vida, cumple los mandamientos (Mt. 19, 17).

Para facilitarnos el cumplimiento de la ley de Dios, la Iglesia ha determinado algunas obligaciones del cristiano, que se conocen como Mandamientos de la Iglesia.

Cristo le dio autoridad para gobernar a los fieles, y su solicitud de Madre le impulsa a señalar más concretamente cuál es la voluntad de Dios, ayudándonos a conseguir el Cielo. Esa es, en definitiva, la misión de la Iglesia.

16.1 JESUCRISTO FUNDÓ LA IGLESIA PARA SALVARNOS

Jesucristo vino a la tierra para redimirnos y darnos la vida divina. Con objeto de continuar en la tierra, hasta el fin de los tiempos, su tarea redentora y conducir a todos los hombres a la salvación, fundó la Iglesia.

Jesucristo, aunque pudo salvarnos de modo exclusivamente interno e individual, prefirió crear una sociedad visible que fuera depositaria de sus enseñanzas y de los medios de salvación con que quiso dotar a los hombres.

Convenía a la naturaleza humana a un tiempo material y espiritual que la salvación llegara a través de una sociedad visible: así recibimos los dones espirituales por medio de las realidades visibles, al modo de nuestra composición material y espiritual.

Para eso eligió el Señor a San Pedro y a los demás Apóstoles: para que gobernaran la Iglesia y transmitieran los poderes a sus sucesores, el Papa y los Obispos. Estos poderes son:

a) Enseñar con autoridad la doctrina de Jesucristo.

b) Santificar con los sacramentos y los otros medios.

c) Gobernar mediante leyes que obligan en conciencia.

La Iglesia tiene un doble fin en la tierra:

a) Un fin último: la gloria de Dios.

b) Un fin próximo: la salvación de las almas.

16.2 JESUCRISTO DIO A LA IGLESIA EL PODER DE PROMULGAR LEYES

Cristo concedió efectivamente a su Iglesia el poder de gobernar, y envió a los Apóstoles y a sus sucesores por todo el mundo para que predicaran el Evangelio, bautizaran y enseñaran a guardar todo lo que Él había mandado: “el que a vosotros oye, a mí me oye” (Lc. 10, 16); “como me envió mi Padre, así os envío yo a vosotros” (Jn. 20, 21). En virtud de esta autoridad, la Iglesia puede dictar leyes y normas.

La Iglesia tiene el derecho y la obligación de fijar a los fieles todas las prescripciones que considere oportunas, por un doble motivo:

1) por haber recibido de Cristo el mandato de conducir a los hombres a la vida eterna, siendo depositaria e intérprete de la revelación divina. Al imponer los preceptos, la Iglesia pretende asegurar mejor el cumplimiento de los mandatos de Dios y las enseñanzas del Evangelio;

2) por la misión que Dios le confió, la Iglesia, como sociedad perfecta, ha menester prescribir las normas precisas para la consecución de su tarea.

Así pues, al imponer sus leyes, la Iglesia no pretende sino asegurar mejor el cumplimiento de los mandamientos de la ley de Dios y de los consejos que el Señor nos da a través del Evangelio. De hecho, las leyes de la Iglesia lo que hacen generalmente es determinar el tiempo y el modo de cumplirlos. De lo anterior se desprenden dos consideraciones:

1) Los mandamientos de la Iglesia son una muestra de cariño porque, al dictar estas normas, busca únicamente ayudar a cumplir las obligaciones del cristiano.

La Iglesia sabe que a veces cuesta seguir la voluntad de Dios, y por eso determina el modo de cumplirla, buscando garantizar convenientemente el camino de nuestra salvación.

2) Al incumplir uno de estos mandamientos de la Iglesia, no sólo no se cumple una ley meramente eclesiástica, sino que se quebranta una ley divina concretada en esa ley eclesiástica. De ahí que quebrantar uno de esos mandamientos en materia grave, es siempre pecado mortal (cfr. Cat. Mayor de S. Pío X, n. 474).

Por ejemplo, dejar de cumplir el mandamiento de la Iglesia que ordena comulgar al menos una vez al año supone indiferencia con Jesucristo, y por tanto carencia de amor: este incumplimiento es en realidad señal de haber ya quebrantado al menos en este aspecto el primer mandamiento de la ley de Dios que prescribe amarlo sobre todas las cosas.

Entre los mandamientos de la ley divina y los mandamientos de la Iglesia hay, sin embargo, algunas diferencias:

a) los mandamientos de la ley de Dios obligan a todos los hombres, puesto que Dios mismo los dejó grabados en su conciencia; los de la Iglesia obligan sólo a quienes forman parte de ella;

b) los mandamientos divinos son inmutables, pues están basados en la naturaleza humana, que no cambia; las leyes eclesiásticas pueden cambiar;

c) los mandamientos de la ley de Dios no pueden ser dispensados; los de la Iglesia dejan de obligar por grave incómodo o por dispensa de la autoridad eclesiástica.

Los mandamientos de la Iglesia son muchos -en realidad lo son todas las prescripciones del Código de Derecho Canónico-, pero aquí vamos a estudiar los cinco principales que afectan a todos los fieles (vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2042 y 2043).

1° Oír misa entera los domingos y fiestas de precepto (can. 1247).

 Confesar los pecados graves al menos una vez al año (can. 989).

 Recibir la Eucaristía al menos una vez al año, por Pascua (can. 920).

 Ayunar cuando lo manda la Iglesia (can. 1251).

 Socorrer a la Iglesia en sus necesidades (can. 222).

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OTROS MANDAMIENTOS DE LA IGLESIA

 

Los mandamientos de la Iglesia

Para facilitarnos el cumplimiento de la ley de Dios, la Iglesia ha determinado algunas obligaciones del cristiano, que se conocen como Mandamientos de la Iglesia.

 

ÍNDICE:

16.1 Jesucristo fundó la Iglesia para salvarnos.

16.2 Jesucristo dio a la Iglesia el poder de promulgar leyes.

16. LOS MANDAMIENTOS DE LA IGLESIA

Todos estamos convencidos de la importancia que tiene la observancia de las leyes.

En el deporte, por ejemplo, si no se guarda el reglamento y se hacen trampas, no se puede jugar. Lógicamente, más grave todavía es no respetar aquellas leyes que, de no cumplirse, provocan daños, a veces serios, a los demás, como son por ejemplo, las leyes de tráfico.

De todas ellas, la ley más importante, y por tanto la más necesaria en su cumplimiento, es la ley de Dios, expresada en los diez Mandamientos, porque, como señaló Cristo a aquel muchacho que se le acercó para pedir un consejo: si quieres entrar en la Vida, cumple los mandamientos (Mt. 19, 17).

Para facilitarnos el cumplimiento de la ley de Dios, la Iglesia ha determinado algunas obligaciones del cristiano, que se conocen como Mandamientos de la Iglesia.

Cristo le dio autoridad para gobernar a los fieles, y su solicitud de Madre le impulsa a señalar más concretamente cuál es la voluntad de Dios, ayudándonos a conseguir el Cielo. Esa es, en definitiva, la misión de la Iglesia.

16.1 JESUCRISTO FUNDÓ LA IGLESIA PARA SALVARNOS

Jesucristo vino a la tierra para redimirnos y darnos la vida divina. Con objeto de continuar en la tierra, hasta el fin de los tiempos, su tarea redentora y conducir a todos los hombres a la salvación, fundó la Iglesia.

Jesucristo, aunque pudo salvarnos de modo exclusivamente interno e individual, prefirió crear una sociedad visible que fuera depositaria de sus enseñanzas y de los medios de salvación con que quiso dotar a los hombres.

Convenía a la naturaleza humana a un tiempo material y espiritual que la salvación llegara a través de una sociedad visible: así recibimos los dones espirituales por medio de las realidades visibles, al modo de nuestra composición material y espiritual.

Para eso eligió el Señor a San Pedro y a los demás Apóstoles: para que gobernaran la Iglesia y transmitieran los poderes a sus sucesores, el Papa y los Obispos. Estos poderes son:

a) Enseñar con autoridad la doctrina de Jesucristo.

b) Santificar con los sacramentos y los otros medios.

c) Gobernar mediante leyes que obligan en conciencia.

La Iglesia tiene un doble fin en la tierra:

a) Un fin último: la gloria de Dios.

b) Un fin próximo: la salvación de las almas.

16.2 JESUCRISTO DIO A LA IGLESIA EL PODER DE PROMULGAR LEYES

Cristo concedió efectivamente a su Iglesia el poder de gobernar, y envió a los Apóstoles y a sus sucesores por todo el mundo para que predicaran el Evangelio, bautizaran y enseñaran a guardar todo lo que Él había mandado: “el que a vosotros oye, a mí me oye” (Lc. 10, 16); “como me envió mi Padre, así os envío yo a vosotros” (Jn. 20, 21). En virtud de esta autoridad, la Iglesia puede dictar leyes y normas.

La Iglesia tiene el derecho y la obligación de fijar a los fieles todas las prescripciones que considere oportunas, por un doble motivo:

1) por haber recibido de Cristo el mandato de conducir a los hombres a la vida eterna, siendo depositaria e intérprete de la revelación divina. Al imponer los preceptos, la Iglesia pretende asegurar mejor el cumplimiento de los mandatos de Dios y las enseñanzas del Evangelio;

2) por la misión que Dios le confió, la Iglesia, como sociedad perfecta, ha menester prescribir las normas precisas para la consecución de su tarea.

Así pues, al imponer sus leyes, la Iglesia no pretende sino asegurar mejor el cumplimiento de los mandamientos de la ley de Dios y de los consejos que el Señor nos da a través del Evangelio. De hecho, las leyes de la Iglesia lo que hacen generalmente es determinar el tiempo y el modo de cumplirlos. De lo anterior se desprenden dos consideraciones:

1) Los mandamientos de la Iglesia son una muestra de cariño porque, al dictar estas normas, busca únicamente ayudar a cumplir las obligaciones del cristiano.

La Iglesia sabe que a veces cuesta seguir la voluntad de Dios, y por eso determina el modo de cumplirla, buscando garantizar convenientemente el camino de nuestra salvación.

2) Al incumplir uno de estos mandamientos de la Iglesia, no sólo no se cumple una ley meramente eclesiástica, sino que se quebranta una ley divina concretada en esa ley eclesiástica. De ahí que quebrantar uno de esos mandamientos en materia grave, es siempre pecado mortal (cfr. Cat. Mayor de S. Pío X, n. 474).

Por ejemplo, dejar de cumplir el mandamiento de la Iglesia que ordena comulgar al menos una vez al año supone indiferencia con Jesucristo, y por tanto carencia de amor: este incumplimiento es en realidad señal de haber ya quebrantado al menos en este aspecto el primer mandamiento de la ley de Dios que prescribe amarlo sobre todas las cosas.

Entre los mandamientos de la ley divina y los mandamientos de la Iglesia hay, sin embargo, algunas diferencias:

a) los mandamientos de la ley de Dios obligan a todos los hombres, puesto que Dios mismo los dejó grabados en su conciencia; los de la Iglesia obligan sólo a quienes forman parte de ella;

b) los mandamientos divinos son inmutables, pues están basados en la naturaleza humana, que no cambia; las leyes eclesiásticas pueden cambiar;

c) los mandamientos de la ley de Dios no pueden ser dispensados; los de la Iglesia dejan de obligar por grave incómodo o por dispensa de la autoridad eclesiástica.

Los mandamientos de la Iglesia son muchos -en realidad lo son todas las prescripciones del Código de Derecho Canónico-, pero aquí vamos a estudiar los cinco principales que afectan a todos los fieles (vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2042 y 2043).

1° Oír misa entera los domingos y fiestas de precepto (can. 1247).

 Confesar los pecados graves al menos una vez al año (can. 989).

 Recibir la Eucaristía al menos una vez al año, por Pascua (can. 920).

 Ayunar cuando lo manda la Iglesia (can. 1251).

 Socorrer a la Iglesia en sus necesidades (can. 222).

Décimo Mandamiento


2534 El décimo mandamiento desdobla y completa el noveno, que versa sobre la concupiscencia de la carne. Prohíbe la codicia del bien ajeno, raíz del robo, de la rapiña y del fraude, proscritos por el séptimo mandamiento. La “concupiscencia de los ojos” (cf 1 Jn 2,16) lleva a la violencia y la injusticia prohibidas por el quinto precepto (cf Mi 2,2). La codicia tiene su origen, como la fornicación, en la idolatría condenada en las tres primeras prescripciones de la ley (cf Sb 14,12). El décimo mandamiento atañe a la intención del corazón; resume, con el noveno, todos los preceptos de la Ley.

I EL DESORDEN DE LA CODICIA

2535 El apetito sensible nos impulsa a desear las cosas agradables que no tenemos. Así, desear comer cuando se tiene hambre, o calentarse cuando se tiene frío. Estos deseos son buenos en sí mismos; pero con frecuencia no guardan la medida de la razón y nos empujan a codiciar injustamente lo que no es nuestro y pertenece, o es debido a otro.

2536 El décimo mandamiento proscribe la avaricia y el deseo de una apropiación inmoderada de los bienes terrenos. Prohíbe el deseo desordenado nacido de lo pasión inmoderada de las riquezas y de su poder. Prohíbe también el deseo de cometer una injusticia mediante la cual se dañaría al prójimo en sus bienes temporales:

Cuando la Ley nos dice: “No codiciarás”, nos dice, en otros términos, que apartemos nuestros deseos de todo lo que no nos pertenece. Porque la sed del bien del prójimo es inmensa, infinita y jamás saciada, como está escrito: “El ojo del avaro no se satisface con su suerte” (Si 14,9) (Catec. R. 3,37)

2537 No se quebranta este mandamiento deseando obtener cosas que pertenecen al prójimo siempre que sea por justos medios. La catequesis tradicional señala con realismo “quiénes son los que más deben luchar contra sus codicias pecaminosas” y a los que, por tanto, es preciso “exhortar más a observar este precepto”:

Los comerciantes, que desean la escasez o la carestía de las mercancías, que ven con tristeza que no son los únicos en comprar y vender, pues de lo contrario podrían vender más caro y comprar a precio más bajo; los que desean que sus semejantes estén en la miseria para lucrarse vendiéndoles o comprándoles…Los médicos, que desean tener enfermos; los abogados que anhelan causas y procesos importantes y numerosos… (Cat. R. 3,37).

2538 El décimo mandamiento exige que se destierre del corazón humano la envidia. Cuando el profeta Natán quiso estimular el arrepentimiento del rey David, le contó la historia del pobre que sólo poseía una oveja, a la que trataba como una hija, y del rico, a pesar de sus numerosos rebaños, envidiaba al primero y acabó por robarle la cordera (cf 2 S 12,1-4). La envidia puede conducir a las peores fechorías (cf Gn 4,3-7; 1 R 21,1-29). La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo (cf Sb 2,24).

Luchamos entre nosotros, y es la envidia la que nos arma unos contra otros…Si todos se afanan así por perturbar el Cuerpo de Cristo, ¿a dónde llegaremos? Estamos debilitando el Cuerpo de Cristo…Nos declaramos miembros de un mismo organismo y nos devoramos como lo harían las fieras (S. Juan Crisóstomo, hom. in 2 Co, 28,3-4).

2539 La envidia es un pecado capital. Designa la tristeza experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de poseerlo, aunque sea indebidamente. Cuando desea al prójimo un mal grave es un pecado mortal:

San Agustín veía en la envidia el “pecado diabólico por excelencia” (ctech. 4,8). “De la envidia nacen el odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría causada por el mal del prójimo y la tristeza causada por su prosperidad” (s. Gregorio Magno, mor. 31,45).

2540 La envidia representa una de las formas de la tristeza y, por tanto, un rechazo de la caridad; el bautizado debe luchar contra ella mediante la benevolencia. La envidia procede con frecuencia del orgullo; el bautizado ha de esforzarse por vivir en la humildad:

¿Querríais ver a Dios glorificado por vosotros? Pues bien, alegraos del progreso de vuestro hermano y con ello Dios será glorificado por vosotros. Dios será alabado -se dirá- porque su siervo ha sabido vencer la envidia poniendo su alegría en los méritos de otros (S. Juan Crisóstomo, hom. in Rom. 7,3).

II LOS DESEOS DEL ESPÍRITU

2541 La economía de la Ley y de la Gracia aparta el corazón de los hombres de la codicia y de la envidia: lo inicia en el deseo del Soberano Bien; lo instruye en los deseos del Espíritu Santo, que sacia el corazón del hombre.

El Dios de las promesas puso desde el comienzo al hombre en guardia contra la seducción desde lo que ya entonces, aparece como “bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría” (Gn 3,6).

2542 La Ley confiada a Israel nunca bastó para justificar a los que le estaban sometidos; incluso vino a ser instrumento de la “concupiscencia” (cf Rm 7,7). La inadecuación entre el querer y el hacer (cf Rm 7,10) manifiesta el conflicto entre la “ley de Dios” que es la “ley de la razón” y otra ley que “me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros” (Rm 7,23).

2543 “Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen” (Rm 3,21-22). Por eso, los fieles de Cristo “han crucificado la carne con sus pasiones y sus apetencias” (Gál 5,24); “son guiados por el Espíritu” (Rm 8,14) y siguen los deseos del Espíritu (cf Rm 8,27).

III LA POBREZA DE CORAZÓN

2544 Jesús exhorta a sus discípulos a preferirle a todo y a todos y les propone “renunciar a todos sus bienes” (Lc 14,33) por él y por el Evangelio (cf Mc 8,35). Poco antes de su pasión les mostró como ejemplo la pobre viuda de Jerusalén que, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir (cf Lc 21,4). El precepto del desprendimiento de las riquezas es obligatorio para entrar en el Reino de los cielos.

2545 “Todos los cristianos…han de intentar orientar rectamente sus deseos para que el uso de las cosas de este mundo y el apego a las riquezas no les impidan, en contra del espíritu de pobreza evangélica, buscar el amor perfecto” (LG 42).

2546 “Bienaventurados los pobres en el espíritu” (Mt 5,3). Las bienaventuranzas revelan un orden de felicidad y de gracia, de belleza y de paz. Jesús celebra la alegría de los pobres de quienes es ya el Reino (Lc 6,20):

El Verbo llama “pobreza en el Espíritu” a la humildad voluntaria de un espíritu humano y su renuncia; el Apóstol nos da como ejemplo la pobreza de Dios cuando dice: “Se hizo pobre por nosotros” (2 Co 8,9) (S. Gregorio de Nisa, beat, 1).

2547 El Señor se lamenta de los ricos porque encuentran su consuelo en la abundancia de bienes (Lc 6,24). “El orgulloso busca el poder terreno, mientras el pobre en espíritu busca el Reino de los Cielos” (S. Agustín, serm. Dom. 1,1). El abandono en la Providencia del Padre del Cielo libera de la inquietud por el mañana (cf Mt 6,25-34). La confianza en Dios dispone a la bienaventuranza de los pobres: ellos verán a Dios.

IV “QUIERO VER A DIOS”

2548 El deseo de la felicidad verdadera aparta al hombre del apego desordenado a los bienes de este mundo, y se realizará en la visión y la bienaventuranza de Dios. “La promesa de ver a Dios supera toda felicidad. En la Escritura, ver es poseer. El que ve a Dios obtiene todos los bienes que se pueden concebir” (S. Gregorio de Nisa, beat. 6).

2549 Corresponde, por tanto, al pueblo santo luchar, con la gracia de lo alto, para obtener los bienes que Dios promete. Para poseer y contemplar a Dios, los fieles cristianos mortifican sus concupiscencias y, con la ayuda de Dios, vencen las seducciones del placer y del poder.

2550 En el camino de la perfección, el Espíritu y la Esposa llaman a quienes les escuchan (cf Ap 22,17), a la comunión perfecta con Dios:

Allí se dará la gloria verdadera; nadie será alabado allí por error o por adulación; los verdaderos honores no serán ni negados a quienes los merecen ni concedidos a los indignos; por otra parte, allí nadie indigno pretenderá honores, pues allí sólo serán admitidos los dignos.

Allí reinará la verdadera paz, donde nadie experimentará oposición ni de sí mismo ni de otros. La recompensa de la virtud será Dios mismo, que ha dado la virtud y se prometió a ella como la recompensa mejor y más grande que puede existir: “Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo” (Lv 26,12)…Este es también el sentido de las palabras del apóstol: “para que Dios sea todo en todos” (1 Co 15,28). El será el fin de nuestros deseos, a quien contemplaremos sin fin, amaremos sin saciedad, alabaremos sin cansancio. Y este don, este amor, esta ocupación serán ciertamente, como la vida eterna, comunes a todos (S. Agustín, civ. 22,30).


RESUMEN

2551 “Donde está tu tesoro allí estará tu corazón” (Mt 6,21).

2552 El décimo mandamiento prohíbe el deseo desordenado, nacido de la pasión inmoderada de las riquezas y del poder.

2553 La envidia es la tristeza experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de apropiárselo. Es un pecado capital.

2554 El bautizado combate la envidia mediante la caridad, la humildad y el abandono en la providencia de Dios.

2555 Los fieles cristianos “han crucificado la carne con sus pasiones y sus concupiscencias” (Gal 5,24); son guiados por el Espíritu y siguen sus deseos.

2556 El desprendimiento de las riquezas es necesario para entrar en el Reino de los cielos. “Bienaventurados los pobres de corazón”.

2557 El hombre que anhela dice: “Quiero ver a Dios”. La sed de Dios es saciada por el agua de la vida (cf Jn 4,14).

El Noveno y el Décimo Mandamientos


Aurelio Fernandez

 

La forma mas primitiva de la exposición de los mandamientos, tal coma se consigna en el Éxodo y se repite en el Deuteronomio, es negativa. Los diez mandamientos ordenan y legislan sobre asuntos que son proscritos para todos los humanos. Con ello se quiere indicar la radicalidad de las prohibiciones que incluyen sus enunciados. En cierto modo, se usa un método pedagógico -sobre todo para un pueblo primitivo cual era Israel- que pone de relieve el mal a evitar, al cual es tan proclive la persona humana, herida por el pecado de origen.

Asimismo, esas formulaciones negativas de los ocho mandamientos ya estudiados, en primer lugar, prohíben las acciones externas, que son las que mas fácilmente se detectan en la convivencia humana: blasfemar, matar, robar, fornicar, mentir, etc.

Pues bien, estos dos últimos mandamientos dan un giro y se fijan en el interior del hombre. Suponen un avance en la exposición de los deberes morales de la persona humana. En efecto, como indicó el Señor (Mt 15,18-20), es del interior, de donde surge el bien y el mal: en el corazón del hombre y de la mujer se libran las verdaderas batallas éticas. Estos dos mandamientos son, pues, una llamada a que se cuide lo más intimo de la persona, a que conserve la pureza de espíritu, de modo que sus pensamientos y sus deseos, purificados de todo mal, se orienten a la práctica del bien.

Aquí se estudian, pues, los pecados internos de pensamiento y de deseo en relación al sexto y séptimo mandamientos.

Jesucristo consignó que el hombre puede «adulterar también en el corazón». Asimismo, advirtió acerca del riesgo de las riquezas cuando se pone en ellas el corazón, de modo que se ambicione poseer desordenadamente las cosas terrenas. Es decir, estos dos mandamientos condenan los malos pensamientos y deseos contra las virtudes de la castidad y de la pobreza. Pero, indirectamente, se contemplan también los pecados internos contra las demás virtudes, especialmente, contra la caridad y la humildad, como son el odio y el rencor, la envidia y el afán la venganza, que son los ámbitos en los que los pensamientos y los deseos desordenados se manifiestan más frecuentemente.

Noveno mandamiento: «No desear la mujer de tu prójimo»

El Éxodo enuncia el noveno mandamiento en estos términos: «No codiciarás la mujer de tu prójimo, (Ex 20,17). La versión del Deuteronomio es similar: «No desearas la mujer de tu prójimo» (Dt 5,21), pero en el contexto implica una ligera variante1. Por su parte, Jesucristo explica e introduce en este mandamiento una importante reforma: “Habéis oído que se dijo a los antiguos: No adulterarás. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró en su corazón” (Mt 5,27).

La novedad de Jesús apunta a que no se trata ya del casado -o del soltero- que desea la mujer de otro, sino de cualquiera que desea licenciosamente a una mujer. Es obvio que lo que se dice del hombre en relación a la mujer, se ha de entender lo mismo de la mujer respecto al hombre. En este noveno mandamiento no se trata ya solo de condenar el adulterio o la fornicación, como se prohíbe en el sexo, sino de regular la sexualidad y de señalar que el interior -la fantasía, la imaginación, los sentimientos, el deseo, etc.- es el origen de todos los desórdenes sexuales. Esta generalización es lo que permite a los nuevos Catecismos formular el contenido de este mandamiento en estos términos: «No consentirás en pensamientos y deseos impuros».

Este mandamiento trata de fijar claramente el ámbito moral de la sexualidad humana, que no es otro que el de regular el apetito sexual -incluso en el pensamiento y en el deseo-, de forma que se viva la templanza como medio para practicar la virtud de la castidad, cada uno según su estado. Para ello, se requiere no sólo evitar los actos externos de lujuria, sino ordenar y fomentar la pureza de corazón. En este sentido, será preciso entender las palabras de Jesús en el Sermón de la Montaña: «Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8).

Cuando la virtud de la pureza se inicia en el corazón y en él se arraiga, las pasiones sexuales no pasan de ser instintos biológicos que son más fácil reconducir. De este modo, es posible no solo dominar el instinto sexual, sino valorar y vivir la virtud cristiana de la pureza. Según san Pablo, el «limpio de corazón» debe reconocer que «ha sido llamado por Dios no a la impureza, si no a la santidad» (1 Tes 4,7); tiene que estar prevenido en contra de «la impureza y de las pasiones juveniles» (2 Tim 2,20); ha de evitar caer en «la lascivia y en todo género de impureza» (Ef 4, 19) y ha llegar al convencimiento de que «la fornicación, la impureza, la liviandad y la concupiscencia son una especie de idolatría» (Col 3,5).

Liberado del desenfreno de la vida sexual, el «limpio de corazón» goza también de una especial aptitud para descubrir a Dios en las diversas facetas de la vida y, a su vez, sabe valorar el sentido real de la sexualidad humana. Por ello, considerará el cuerpo propio y ajeno, no solo bajo el prisma de la sexualidad, sino como «templo del Espíritu Santo» (1 Cor 6,19), por lo que es capaz de amar al otro sexo y gozarse de la capacidad de engendrar nuevas vidas. Juan Pablo II ha acuñado la expresión «teología del cuerpo», a la que añade otras imágenes referidas a la vida conyugal, tales como «gesto amoroso», «lenguaje del cuerpo», «profetismo del cuerpo», «llamada del amor», etc. En parecido sentido se expresa también el Catecismo de la Iglesia Católica:

«A los limpios de corazón se les promete que verán a Dios cara a cara y que serán semejantes a Él (cf l Co 13,12; 1 Jn 3,2). La pureza de corazón es el preámbulo de la visión. Ya desde ahora esta pureza nos concede ver según Dios, recibir al otro como un “prójimo”; nos permite considerar el cuerpo humano, el nuestro y el del prójimo, como un templo del Espíritu Santo, una manifestación de la belleza divina» (CEC 2519).

Jesucristo, proclamando como bienaventurados a los «limpios de corazón» -como también enseña el Catecismo-, «vino a restaurar la creación en la pureza de sus orígenes» (CEC 236). En efecto, el noveno mandamiento -unido al sexto- incluye una interpretación nueva de la sexualidad humana y aporta la doctrina completa sobre el sentido y el ejercicio de la sexualidad, que es noble y merece exaltación en el ámbito del matrimonio, el cual es la única cuna de la vida. La relación conyugal entre el hombre y la mujer esta orientada a salvaguardar la santidad del matrimonio, a ensalzar el amor esponsalicio, a elevar el gozo del encuentro entre el hombre y la mujer y a valorar la procreación. Esta es la grandeza de la concepción cristiana de la sexualidad.

Décimo Mandamiento: No desear los bienes ajenos

El décimo mandamiento se formula así en el Éxodo: «No codiciarás los bienes del prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno ni nada que le pertenezca a tu prójimo» (Ex 20,17) .Por su parte, la tradición del Deuteronomio lo enuncia apenas sin variante alguna: «No desearás su casa, ni su campo, ni su siervo ni su sierva, ni su buey ni su asno, ni nada de lo que pertenezca a tu prójimo» (Dt 5,21).

Este mandamiento trata de introducir la templanza en la posesión de bienes, puesto que, tal como admite el séptimo mandamiento, el hombre tiene derecho a disponer de las cosas en propiedad. No obstante, la posesión de bienes, tal como propugna ese mandamiento, debe atemperarse con la pobreza de espíritu, no deseando poseer desmesuradamente, de forma que surja el deseo de apropiarse de los bienes que pertenecen a otro.

Ahora bien, la gran novedad en este mandamiento la introduce Jesús en el Sermón de la Montaña. Primero, el Señor advierte acerca de la fragilidad de los bienes terrenos, y previene contra el afán de poseerlos, pues, si se absolutizan, el deseo de poseer se apodera del corazón:

“No alleguéis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín los corroen y donde los ladrones horadan y roban. Atesorad tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín los corroen ni horadan ni roban. Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón”(Mt6,19-21).

Seguidamente, Jesús llama la atención acerca del peligro de que se idolatren las cosas que se poseen, hasta el punto de ponerlas en competencia con Dios. Así añade: «Nadie puede servir a dos señores, pues o bien, aborreciendo al uno, amará al otro, o bien, adhiriéndose al uno, menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas» (Mt6,24).

Pero la enseñanza de Cristo va mis allá, pues enseña la disposición interior que ha de tener el creyente en relación a los bienes materiales: no debe inquietarse en tenerlos y disponer de ellos, sino que ha de manifestar en codo su confianza en la providencia amorosa de Dios:

«Por eso os digo: No os inquietéis por vuestra vida, por lo que habéis de comer o beber, ni por vuestro cuerpo, por lo que habéis de vestir». (Mt 6,25).

Finalmente, Jesús ilustra su enseñanza recordando el cuidado que Dios tiene de las plantas y de los pájaros, para concluir con esta enseñanza que regula la relación del hombre con las cosas:

“Los gentiles se afanan por todo eso; pero bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso tenéis necesidad. Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura. No os inquietéis, pues, por el mañana; porque el día de mañana ya tendrá sus propias inquietudes; bástale a cada día su afán» (Mt 6,32-34).

De este modo, la relación hombre-cosas se armoniza: desde el interior, el hombre y la mujer usarán de ellas, pero, al mismo tiempo vivirán el espíritu de pobreza porque ni las absolutizan ni están inquietos en poseerlas. Por ello, respetarán también el derecho de todos a poseerlas y no pecarán deseando y sustrayendo los bienes ajenos.

Los pecados internos de pensamiento y de deseo

Puede sorprender a algunos que la moral cristiana juzgue los pensamientos y deseos, donde, a primera vista, podría imaginarse que cada persona humana es autónoma y tiene derecho a que se respete su intimidad. Además, suele aducirse que no se tiene pleno dominio de esos primeros movimientos internos. Otros señalan que ¡ni los pensamientos ni los deseos hacen daño a nadie! Sin embargo, no es así, y precisamente, en el hecho de elevar la moral al ámbito de los pensamientos y de los deseos, se descubre la grandeza de la moral cristiana, pues es tan profunda y humana, que trata de elevar lo más íntimo del hombre. Con ello se destaca que la moral del Evangelio responde a la totalidad de la persona. O sea, el Evangelio manifiesta la profunda relación que existe entre antropología y moral. En efecto, también la Psicología y la Antropología filosófica afirman que el hombre se perfecciona en la medida en que adquiere el dominio de su interior.

Según diversas escuelas psicológicas, parece que la actividad psíquica se realiza por medio de imágenes. Y esas imágenes que constituyen la vida más intima de la persona no son estáticas, sino dinámicas, por lo que tienden a realizarse. Es los que se denomina «principio de motricidad de las imágenes».

Esta teoría se corrobora con facilidad, puesto que es un dato de comprobación diaria. En efecto, un pensamiento o un deseo de animadversión contra alguien no sólo se inicia en la inteligencia y en el corazón, sino que se manifiesta instintivamente en leves gestos perceptibles. Y no es inusual que de inmediato se objetive en un acto de ira. Lo mismo acontece con los pensamientos y deseos de orgullo, de envidia o de pereza; y también es preciso tener un gran dominio de si mismo para que no se materialice en actos externos de impaciencia, de orgullo, de envidia o de pereza.

Pues bien, este dato primero se cumple plenamente en el instinto sexual. Es bien conocido que un pensamiento o un deseo libidinosos provocan de inmediato excitaciones sexuales. Por este motivo, el dominio de los pensamientos y de los deseos desordenados facilita adquirir un poder sobre el instinto sexual, tan decisivo para vivir la continencia en la práctica de la virtud de la castidad.

Esta teoría -al menos en su intuición primera- tiene garantía de verdad, puesto que, en la práctica moral procedemos siempre desde el interior hacia la actividad externa: los actos y las acciones morales se inician en la intimidad interior antes de realizarse externamente. Por ello, educar y tener dominio de esa motricidad de las imágenes que acabarían en acciones concretas, lleva consigo que el hombre y la mujer, al ser dueños de su actividad más íntima como son los pensamientos y los deseos, también serán señores de sus acciones.

Esta doctrina psicológica tiene pleno cumplimiento en la enseñanza moral de Jesucristo. El Maestro, con extrañeza de los discípulos, les adoctrina acerca de la importancia de mantener limpio el interior, puesto que, precisamente, del corazón brota el bien y el mal moral:

“Y llamando a sí a la muchedumbre, les dijo: oíd y entended: No es lo que entra por la boca; que hace impuro al hombre; mas lo que sale de su boca, eso es lo que al hombre le hace impuro. Entonces se le acercaron los discípulos y le dijeron: ¿Sabes que los fariseos al oírte se han escandalizado? Les respondió y dijo: Toda planta que no ha plantado mi Padre celestial será arrancada. Dejadlos, son guías ciegos; si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en la hoya. Tomando Pedro la palabra, le dijo. Explícanos esa parábola. Dijo Él: ¿Tampoco vosotros entendéis? ¿No comprendéis que lo que entra por la boca va al vientre y se expele en la letrina? Pero lo que sale de la boca procede del corazón, y eso hace impuro al hombre. Porque del corazón provienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las blasfemias. Esto es lo que contamina al hombre, pero comer sin lavarse las manos, eso no contamina al hombre” (Mt 15, 10-20; Mc 7, 1-23).

Los pecados internos no son sólo producto de la imaginación, sino que en ellos intervienen también el entendimiento, la voluntad y la memoria. Por ello son graves y el hombre debe combatirlos. Es fácil que la persona se acostumbre y no les dé la importancia ética que tienen. Un medio para combatirlos es la sinceridad.

Pero, para el dominio del corazón, es preciso que el hombre sea dueño de sus apetencias más primarias; es decir, de las pasiones que llevan al pecado. Es lo que pasamos a desarrollar.

Los movimientos del apetito sensible

Es una verdad de fe que el pecado original ha causado la debilidad y la enfermedad de la concupiscencia, y con ello las pasiones humanas pueden alterarse, de forma que rehúsan someterse a la luz de la razón y al imperio de la voluntad. Como consecuencia, el interior del hombre siente una inclinación natural al mal. La moral católica afirma que la «concupiscencia» no es pecado, pero es el principio de todo pecado2. El Catecismo de la Iglesia Católica desarrolla esta verdad en los siguientes términos:

«En sentido etimológico la concupiscencia puede designar toda forma vehemente de deseo humano. La teología cristiana le ha dado el sentido particular de un movimiento del apetito sensible que contraria la obra de la razón humana. El apóstol S. Pablo la identifica con la lucha que la carne sostiene contra el espíritu (cf Ga 5,16.17.24; Ef2,3). Procede de la desobediencia del primer pecado (Gn 3,11). Desordena las facultades morales del hombre y, sin ser una falta en si misma, le inclina a cometer pecados» (CEC 2515).

A partir del pecado original, según las enseñanzas del Concilio de Trento, el hombre esta herido, de forma que las pasiones le presionan e incitan a hacer el mal. La unidad radical de la persona no logra alcanzar siempre la armonía entre el cuerpo y el alma. Lo que da lugar a la lucha entre el «espíritu» y la «carne», tal como enseña san Pablo y constatan los autores de la vida ascética.

Cada hombre y cada mujer experimentan en lo más íntimo de su persona la queja de san Pablo, que descubre en si mismo la raíz de la inclinación al mal:

«Entonces ya no soy yo quien obra esto, sino el pecado que habita en mí, pues yo se que no hay, esto es, en mi carne, cosa buena, porque el querer el bien está en mí, pero el hacerlo, no. En efecto, no hago el bien que quiero, si no el mal que no quiero. Pero, si hago lo que no quiero, ya no soy quien lo hace, sino el pecado que habita en mí» (Ram 7,17 -20).

Según la enseñanza del Nuevo Testamento, la concupiscencia se opone al cumplimiento de la voluntad de Dios (1 Pr 4,2); es un impulso impetuoso ante el cual se cede (2 Tim 3,6); azuza a las pasiones (Ef2,3-4); es más fuerte en la juventud (2 Tim,22); es un tirano que esclaviza (Tit 3,3); tiende y exige satisfacerse (1 US 4,5); inclina a la avaricia (1 Tim 6,9); en ocasiones se combina con la sexualidad (2 Tim 3,6); es distinta en cada persona (Sant 1,14), pero siempre lleva a la esclavitud (Tit 3,3).

Por su parte, el apóstol Santiago describe el origen del pecado del hombre, el cual sigue el siguiente proceso:

«Cada uno es tentado por sus propias concupiscencias que le atraen y le seducen. Luego, la concupiscencia, cuando ha concebido, pare el pecado y el pecado, una vez consumado, engendra la muerte» (Sant 1,14-15).

La consideración del ser del hombre, debilitado por el pecado y azuzado por la concupiscencia, explica la importancia que adquiere el hecho de que el hombre cuide su interior. Precisamente los pecados internos, de pensamiento y de deseo, justifican que Jesús nos haya advertido de que la fuente del bien y del mal está en nuestro propio corazón. Por eso se han de cuidar el interior que es la fuente del actuar moral.

Una última consideración: Para que los malos pensamientos y los malos deseos puedan considerarse pecado, se requiere que sean consentidos por la voluntad; es decir, es necesario que los malos pensamientos y deseos sean queridos por el sujeto. Pero, mientras no haya consentimiento, no cabe hablar de pecado.

Los clásicos aplicaban a los pecados internos este sabio principio moral: «Sentir no es consentir». Esta doctrina es de excepcional importancia, por cuanto en ocasiones es difícil eliminar totalmente los pensamientos y los malos deseos que se suscitan en el interior.

Rechazo del «fariseísmo»

Con la enseñanza acerca del origen interior de mal y del bien moral, Jesucristo abrió una perspectiva nueva en la conducta ética de la humanidad. Al menos, eliminó de cuajo una tentación sutil que amenaza a todo programa ético: quedarse en una moral externa, de «lo que se ve», sólo de aprecio o negativa social. Esta fue, en verdad, la etapa final de la grandeza de la moral revelada, en el Antiguo Testamento. En efecto, las exigencias éticas del Éxodo, sin ser muy elevadas -puesto que Dios no podía exigir una altura moral a un pueblo primitivo que procedía de la esclavitud y que aun no estaba redimido por la muerte de Cristo-, se habían convertido en una moral externa, de pura apariencia. Por ello, Jesús mantuvo fuertes diatribas con sus representantes los fariseos (Lc 13,10-16).

Desde esta condena, el termino «fariseísmo» designa un estilo de vida moral externo y vacío de valores éticos verdaderos. Jesús denominó a los fariseos «sepulcros blanqueados» y les lanzó otros apelativos Con los que rechazaba el programa moral sociológico que ellos proponían (Mt 12,1-8). El hecho es que la valoración moral de los fariseos se oponía al juicio que a esas mismas acciones les daba Jesús.

Es una constatación histórica que los sistemas éticos exclusivamente externos suelen acabar en una «moral de clase». No es pues ajeno a la historia de la moral que las «morales de clase» suelan elevar a categoría de bien, los vicios de la propia clase social. Es el caso de las denominadas éticas de la burguesía de la clase obrera: casi siempre califican de «buenos» los defectos de su clase y de «males» los que no están bien vistos en su entorno social, pero sin referencia a la objetividad de las acciones que se realizan.

Por el contrario, el retorno al interior del hombre, es conquistar el alma, que es la que alienta el actuar ético de la persona. Asimismo, empezar la vida moral por los pensamientos y los es sanar en la propia raíz el sujeto moral, dado que, según las enseñanzas cristianas, el hombre nace con la herida del pecado original y sus potencias superiores están dominadas por la concupiscencia. Por ello, descubrir la herida del corazón es iniciar un camino moral que conducirá al hombre y a la mujer a alcanzar altas cotas de moralidad.

De este modo, la vida cristiana goza de una gran coherencia se inicia en el Credo, que señala las verdades que se creen; en ellas se descubren los principios que deben guiar su conducta y, al final, si el creyente lleva un comportamiento moral, entiende con mayor rigor las verdades que profesa. De este modo, se aúnan creencias y conducta, fe y vida. Es lo que bellamente enseña san Agustín:

«Los fieles deben creer los artículos del Símbolo para que, creyendo, obedezcan a Dios; obedeciéndole, vivan bien; viviendo bien, purifiquen su corazón; y purificando su corazón, comprendan lo que creen3.

La virtud del desprendimiento

El cultivo del interior -de la inteligencia y del corazón- rescata al hombre y a la mujer de su egoísmo y los enriquece, puesto que, liberados de la tiranía de las pasiones, les es más fácil comunicarse con los demás y entregarse a si mismos con generosidad. Esto se cumple en los diversos ámbitos que prescriben estos dos mandamientos.

a) Respecto a la virtud de la pureza

En efecto, en la vida matrimonial, los esposos que viven la y castidad conyugal, no sólo evitan los pecados externos e internos contra la castidad -«no desear la mujer de tu prójimo»-, sino que, al misma tiempo, no buscan en exclusividad sus propias satisfacciones.

El Concilio Vaticano II distingue y elogia las relaciones conyugales que se conducen por la generosidad de las esposos, que se caracterizan por estar ausentes de egoísmo y las compara con otras que buscan eróticamente la complacencia propia y no la donación mutua de los esposos.

«Este amor (de los esposos), por ser eminentemente humano, ya que va de persona a persona con el afecto de la voluntad, abarca el bien de toda la persona y, por tanto, es capaz de enriquecer con una dignidad especial las expresiones del cuerpo y del espíritu y de ennoblecerlas como elementos y señales específicas de la amistad conyugal. El Señor se ha dignado sanar el amor, perfeccionarlo y elevarlo con el don especial de la gracia y la caridad. Un tal amor, asociando a la vez lo humano y lo divino, lleva a los esposos a un don libre y mutuo de si mismos, comprobado por sentimientos y actos de ternura, e impregna toda su vida; mas aun, por su misma generosa actividad crece y se perfecciona. Supera, por tanto, con mucho la inclinación puramente erótica, que, por ser cultivo del egoísmo, se desvanece rápida y lamentablemente» (GS 49).

Es claro que esa perfección de la entrega matrimonial supone la atención generosa de uno al otro, lo cual supone la pureza de espíritu que facilita el ejercicio de la virtud de la castidad en el matrimonio.

b) Respecto a la virtud de la pobreza

Efectos semejantes se producen también en relación a la virtud de la pobreza. El desprendimiento afectivo y efectivo de los bienes terrenos, da al espíritu del hombre una lejanía de las cosas que las sitúa en su propio ámbito. Lo contrario es la avaricia que conduce a las personas a la prosecución de bienes sin reparar en los medios. Aquí surge el peligro de las riquezas, tal como se consigna en el Nuevo Testamento.

A este respecto, no cabe olvidar las graves advertencias que hace Jesús sobre el riesgo de la riqueza. Entre Los numerosos textos de los Evangelios no cabe silenciar esta rigurosa sentencia contra los ricos:

“¡Que difícilmente entra un rico en el reino de los cielos! De nuevo as digo: es mas fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que entre un rico en el reino de los cielos. Oyendo esto, los discípulos se quedaron estupefactos y dijeron:

¿Quién, pues, podrá salvarse? Mirándolos, Jesús les dijo: Para los hombres, imposible, más para Dios todo es posible» (Mt 19,23-26).

Las riquezas son, pues, un obstáculo para entrar en el reino de Dios, pero tampoco las condena abso1utamente, dado que “para Dios todo es posible”. Las razones que dificultan que los ricos sigan las consignas del reino son profundas. No residen en las cosas mismas, sino en el sujeto que posee la riqueza. El Nuevo Testamento enumera algunas causas. Por ejemplo, porque las riquezas ahogan la palabra de Dios, tal como asevera la parábola del sembrador, en la que compara la riqueza con “las espinas” (Mt 13,22). El riesgo de absolutizarlas y convertirlas en ídolos. Es lo que Jesús condena Con el dicho «no podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24). Porque es fácil que el rico quede atrapado por la avaricia, y, en palabras de san Pablo, “la avaricia es una especie de idolatría” (Col3,5). Y sobre todo por el riesgo de que la riqueza lleve a la soberbia: es el caso de la parábola del hombre rico: « Yo Soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesidad» (Apoc 3,17). De hecho, riqueza y soberbia frecuentemente van juntas. Más aun, bíblicamente, se identifican y en la existencia diaria se confunden. La fina percepción de Teresa de Jesús lo expresa en estos términos:

“Tengo para mi que honras y dinero, casi siempre andan juntos, y quien quiere honra no aborrece dineros, y quien aborrece dineros es que se le da poco la honra”4.

Pero la verdadera pobreza se inicia en el corazón, lo mismo que la riqueza empieza a elaborarse en el alma. Este es el sentido de la bienaventuranza. San Mateo precisa literalmente: “Bienaventurados los pobres de espíritu» (Mt 5,3). Es cierto que san Lucas omite el término «espíritu» y llama bienaventurados a los «pobres» (Lc 6,20). Pero, parece que el texto griego cabría traducirlo por «bienaventurados aquellos que tienen el alma pobre»5.

Es decir, pobreza y riqueza se ventilan en el alma: se tiene el corazón pobre o rico. Ahora bien, esa pobreza interior ha de manifestarse externamente con signos reales de pobreza. Primero, de desprendimiento real y segundo, con generosidad para repartir los bienes que se poseen. Una riqueza que no se comunique es señal de que esta muy metida en el corazón; es decir, que se es «rico» en el alma, y tales «ricos», según las enseñanzas de Jesús, es «difícil que se salven».

San Pablo tampoco condena las riquezas, pero encomienda a Timoteo que a los ricos les dé estos sabios y cristianos consejos:

«A los ricos de este mundo encárgales que no sean altivos ni pongan su confianza en la incertidumbre de las riquezas, si no en Dios, que abundantemente nos provee de todo para que lo disfrutemos, practicando el bien, enriqueciéndonos de buenas obras, siendo liberales y dadivosos y atesorando para el futuro, con que alcanzar la verdadera vida» (1 Tim 6,17-19).

La búsqueda de la santidad

El cumplimiento de los diez mandamientos lleva al creyente en Cristo a alcanzar la santidad. Como es sabido, el Concilio Vaticano II señala que la vocación cristiana tiene como metano una vida más o menos ética, sino el logro de la perfección:

«Es, pues, completamente claro que todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, y esta santidad suscita un nivel de vida mas humano incluso en la sociedad terrena. En el logro de esta perfección empeñen los fieles las fuerzas recibidas según la medida de la donación de Cristo, a fin de que, siguiendo sus huellas y hechos conformes a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, se entreguen con toda su alma a la gloria de Dios y al servicio del prójimo. Así, la santidad del Pueblo de Dios producirá abundantes frutos, como brillantemente lo demuestra la historia de la Iglesia con la vida de tantos santos» (LG 40).

En efecto, la santidad personal significa que el individuo consigue la perfección como hombre y como creyente. La vida moral contribuye como ningún otro saber a que el individuo logre su propia perfección. Este objetivo se alcanza especialmente en la moral cristiana. Y es así porque la moral de los diez mandamientos no es una moral de «mínimos éticos», sino de «máximos morales». Por eso, el cumplimiento amoroso de los mandamientos lleva a término la aspiración mas común a todos los hombres: el logro de la propia perfección. Asimismo, la vida moral vivida de acuerdo con las exigencias morales contenidas en los diez mandamientos, colma las ansias de felicidad que están escritas en el corazón mismo del hombre.

Pero, al mismo tiempo, la santidad del individuo produce un bien extraordinario en la Iglesia, entendida como el Pueblo de Dios. Cabe decir aún más: la santidad de los cristianos, como afirma el Concilio y confirma la historia de los pueblos, repercute en la entera sociedad. Muestra de ello son los santos, muchos de los cuales, a la ejemplaridad de sus vidas, es preciso añadir la ingente labor que han dejado en la historia de los distintas naciones y pueblos. La vida de los santos, sus obras sociales y sus escritos son focos de cultura y de civilización.

Los pecados externos añaden a la malicia interior la ejecución de las acciones, también los malos efectos que se siguen y en ocasiones el escándalo de quienes son testigos del mal actuar del prójimo. Pero la primera batalla de la moralidad tiene lugar en el corazón. De ahí el interés porque el hombre y la mujer cultiven el bien en su interior, porque es, precisamente, en el corazón donde la persona se encuentra consigo misma y donde decide el bien y el mal de que es capaz de crear y llevar a término. Consiguientemente, es en el interior donde se decide ser buena o ser mala persona.

NOTAS:

1 «Es una formulación que varia ligeramente con respecto a la de Ex 20,17. Mientras que en éste la mujer aparece como una pertenencia más del hombre, aquí en el Deuteronomio, se distingue claramente de los otros bienes del prójimo, situándola en primer lugar. Esta variante del Deuteronomio indica un claro progreso moral”. Biblia de la Universidad de Navarra. Eunsa. Pamplona 1997. 1,786-787.

2 Concilio de Trento, DS 1515.

3 San AGUSTÍN. Sobre la fe y el Símbolo, X. 25. PL 40, 196.

4 Santa TERESA DE JESÚS, Camino de perfección 11, 5.

5 Es la conocida traducción de M. OSTY, Les Evangiles Synoptiques. Ed. Silvé, París 1948, 20.