La verdadera autoestima


Publicado en web el 27 de junio, 2013

¡Hola, Lupita!:
Últimamente me he sentido como que no he hecho lo que yo quiero; no he pensado en mí. Pongo mis gustos y necesidades al final. Me enfoco en los negocios, y éstos me consumen. Sólo vivo para trabajar y preocuparme por las ventas, los problemas, los empleados y las deudas. No puedo con la presión que siento. Todo esto lo hago por ayudar a mi familia, pero no sé si me falta autoestima, porque no hago lo que yo quiero, sino lo que ellos quieren. Al mismo tiempo, quiero ser buena católica, y eso me confunde.

María Engracia.

Querida Mary:
What-Your-Mouth-Shuts-Symptoms-Of-IllnessMichel Esparza nos comparte la siguiente reflexión: “Es un hecho que todos tenemos un límite para aguantar el peso psicológico, y que cuando nos ponen un kilo de más, nos descompensamos. De acuerdo con los expertos en salud mental, las personas somos como un vehículo que necesita combustible. El arte de preservar la estabilidad psíquica consiste en aprender a gestionar óptimamente el combustible. Lo que más lo consume, es el estrés”.
Cuando nos sentimos “embotados, agobiados, rebasados”, estamos frente al barómetro que nos indica que debemos detenernos un momento. Es tiempo de descansar. Detente, pues, y reflexiona acerca de tu vida y su sentido. La visión cristiana nos exhorta a salir de nosotros mismos para realizarnos en plenitud. Entonces, ¿cómo entender el amor a sí mismos sin faltar a las exigencias de Cristo?

Autoestima no es egoísmo
Santo Tomás de Aquino hablaba sobre lo conveniente que resulta a la persona el que ame su propio bien, pues está hecha para amar todo bien, incluido el suyo. En esto consiste la verdadera autoestima, en procurar el bien personal. Cuando yo quiero a otro, procuro su bien, cuando me quiero a mí, procuro expresarlo así:
Porque me quiero, tendré una relación cercana con Dios que me ama. Porque me quiero, conoceré mi dignidad. Porque me quiero, buscaré mi propia superación, y así daré lo mejor de mí mismo al mundo. Porque me quiero, sentiré orgullo al cambiar mis vicios por virtudes. Porque me quiero, evitaré los egoísmos y trataré de ayudar a los demás.
Elijo hacer lo que me edifica y evito hacer lo que me destruye.
Aquí te propongo 5 acciones que generarán en ti una sana autoestima:
1) Pide un tiempo de descanso. Tómate unas vacaciones en cuanto te sea posible. Habla con tu familia y exprésale tu necesidad de des-estresarte, para empezar con nuevos bríos.
2) Acude a un Retiro Espiritual que te permita conocer a Dios Amor. Los Cursillos de Cristiandad son una magnífica opción.
3) Lee algún libro que alimente tu espíritu: en primer lugar, la Biblia y algún otro de contenido espiritual poderoso.
4) Desarrolla un plan de vida que incluya tu mejora personal en tres áreas básicas: (a) tu relación con Dios; (b) tu relación con tu familia y con quienes puedan necesitar de tu amor; (c) tu relación contigo misma.
5) En la organización de tu tiempo, deja espacio para tu descanso personal y sé muy respetuosa del mismo.
Somos buenos cristianos cuando nos encontramos en Dios y nos sabemos amados por Él tal como somos. Éste es el principio de la verdadera autoestima que nos permite morir a nosotros mismos, morir a nuestro orgullo. Así, estamos capacitados para entregarnos a los demás con auténtica libertad interior. ¡Qué bueno que ayudas a tu familia! Ayúdate a ti también.
Recuerda que nadie puede amarse a sí mismo, si no ama primero a los demás.

Lupita Venegas   Valora Ac

Fuente:Semanario.com.mx

Lo que en verdad vale La prueba de amor


Publicado en web el 10 de Mayo, 2012

Pbro. Modesto Lule Zavala
Misioneros Servidores de la Palabra


Margarita cerró sus ojos y agachó la cabeza. Su respiración era agitada, sus labios se comprimían lentamente, y a su rostro comenzó a mojarlo una lágrima. Con sus manos trataba de cerrar su blusa, pero no estaban los botones.
Se encontraba de rodillas en el rincón de su cuarto, con la luz apagada, como si tuviese temor de que su nefasto novio fuera a entrar por la ventana e intentara abusar de ella nuevamente. Minutos antes, había pasado un momento terrible en el carro de él, pues le había pedido “la prueba de amor”.
Ella no podía creerlo; lo miró a los ojos, y con su mirada traspasó a Carlos.  Después de un momento, apretó sus labios como reteniendo las palabras de fuego que quería escupirle en la cara. Sin embargo, logró contenerse, y le dijo:  -“¿Por qué no me das tú la prueba de amor que yo necesito: una prueba de amor a Dios, y amor a mi dignidad femenina, y te cuidas de hacerme pedidos de prostíbulo?”-
Carlos sintió en su ser como una cubetada de agua helada por la respuesta de su amada, y la furia empezó a dominarlo. Sentía ganas de golpearla, pero se controló e inició nuevamente el ataque, diciéndole: -“Pero, mi amor, tú sabes muy bien que te amo y soy capaz de darlo todo por ti; además, siempre te he respetado con todo mi amor. Dime ¿qué prueba más necesitas que te dé para que creas que te amo?”-
Margarita agachó la cabeza y juntó sus manos como signo de oración y santidad, para después mirar a Carlos y espetarle: -“Si realmente me amaras, no me pedirías semejante “prueba”, porque amar es, ante todo, querer lo mejor para la persona amada, por encima de los propios egoísmos. Desde ahora, pues, me sentiré autorizada a dudar de la sinceridad o la calidad de tu amor; ya tengo una prueba en contra”-.
A Carlos nunca le habían hecho semejante cosa; su sangre comenzó a hervir, y pronto estalló:  -“¿Quién te crees que eres? A mí nadie me hace eso”-. Y de inmediato se abalanzó sobre ella y rasgó su blusa de un tirón; los botones volaron por los aires. Margarita luchó con todas sus fuerzas y pudo abrir el carro para después salir corriendo a su casa. No comprendía por qué el mundo insistía tanto en que ofreciera su cuerpo como cualquier baratija.
En los días anteriores había tenido una discusión con sus amigas, quienes le mencionaban a cada instante sus experiencias sexuales con sus novios y le hacían ver que nada tenía de raro, pues todas lo habían hecho más de una vez: -“Yo no sé porque te cuidas tanto, Margarita, si es tan normal. Además, todo depende de ti, si te cuidas con pastillas o preservativos”-.  Esto era lo que constantemente se le insinuaba, e incluso se le tachaba de “santurrona” por llevar faldas largas a donde quiera que fuera. El acoso por parte de sus amigas no cesó, hasta que Margarita tomó valor y les reclamó con voz fuerte:  -“Lo que ustedes son ahora, yo puedo serlo hoy o mañana; pero lo que soy yo ahora, ustedes no  pueden serlo nunca más”-.

Contra viento y marea

A la fecha, Margarita está casada muy felizmente con alguien que sí la respeta totalmente. En nuestros días debemos trabajar mucho por el valor de la pureza. Los Medios de Comunicación masivos alimentan ferozmente las mentes de las personas, dándoles a entender que lo inmediato, lo pasajero, es la mejor opción en la vida. Gobiernos promueven la liberación sexual, disfrazándola con el término de educación sexual. Como cristianos, debemos amar y respetar nuestro cuerpo, ya que es Templo del Espíritu Santo, y no debemos dejar que la semilla del mal entre en los corazones de los hombres, llegando a relativizar todo.
“El mundo se ríe de la pureza y de la castidad, como si se tratara de cosas trasnochadas y pasadas de moda. El mundo dice: «Hay que darse el máximo de satisfacciones en la vida». Pero Cristo dice: «Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame». (Mateo 16,24). El mundo dice: « ¡Hay que liberarse de viejos tabúes!», pero Cristo dijo: «Dichosos los de corazón limpio, porque verán a Dios»El mundo dice: «El amor no es pecado. Lo que se hace por amor es bueno». Pero la Biblia limita las relaciones sexuales al matrimonio: «Que nadie cometa inmoralidades sexuales y que cada uno sepa dominar su propio cuerpo en forma santa y respetuosa no con pasión y malos deseos como las gentes que no conocen a Dios» (1Tes. 4,3).
Claro que va a  ser difícil comprender esto, pues nos mueve más el sexo que el seso, pero con la gracia de Dios todo se puede.
“Creo que no vamos a caminar. Nuestros gustos están en contrapunto: A ti te mueve el amor del placer; y a mí, el placer del amor. La diferencia es mucha”.

semanario.com.mx

Cuánto debe ayudar un hijo en casa


Son las 8 de la noche. Aunque mejor sería hablar de la hora crítica.

Todavía hay algunos haciendo tareas, los zapatos siguen completamente empolvados, falta meter el pollo al horno y el papá viene llegando con cara de haber tenido un día fatal. iQué maravilloso sería -piensa para adentro la mamá- que mis hijos me cooperaran un poquito más. Ya están bastante grandes!

Pero, ¿será sólo un “poquito” lo que debiera esperar una mamá con hijos adolescentes, o lo justo sería que pusieran el hombro todos los días?

Antes de hablar sobre la ayuda que podríamos pedir a los hijos, hay que referirse al tema de “no dar más trabajo” del que ya existe en la casa, lo que, por cierto, no es nada fácil de conseguir: que no entren con los pies embarrados, que no dejen la cocina inmunda cada vez que la usan. Es decir, mucho antes de pedir ayuda a los hijos en la casa, hay que haberles inculcado el no dar más trabajo, y es entre los 7 y los 11 años, principalmente, cuando los niños adquieren determinados hábitos de sana convivencia familiar:

– La ropa sucia no se tira al suelo, sino que se deja en el lugar indicado.

– Los desperdicios se tiran al basurero, no en cualquier parte.

– Las toallas se dejan colgadas en la percha, no tiradas en el suelo.

– Las puertas no se abren ni cierran a patadas, porque se ensucian y rompen.

– Al llegar del colegio las mochilas y el uniforme se dejan ordenados, no esparcidos por la escalera.

Estos son signos de buena crianza. O detalles, dirán otros, pero que cuando los padres no los han cultivado y exigido con perseverancia, generan, después, otro tipo de problemas en la adolescencia. Los hijos no valoran el trabajo ajeno, ni lo que significa vivir en un hogar ordenado, y sus consecuencias en el uso y aprovechamiento de los recursos disponibles. Tampoco se considerarán parte de un equipo, donde lo que hagan o dejen de hacer afecta a los demás.

Por lo tanto, cuando los niños han sido desde chicos educados para poner en práctica estos hábitos, el trabajo diario de la casa se ve bastante aliviado. Recién ahí podemos pensar en pedir ciertas colaboraciones a nuestros hijos. Estas “ayudas” se pueden dividir en tres grupos:

– Las que se refieren a sí mismo: mantener su pieza, escritorio y closet ordenados, preparar su ropa para el día siguiente, hacer la cama los fines de semana.

– Las que tienen que ver con la convivencia y que implican una rápida disposición de ayuda: contestar el teléfono en vez de dejarlo sonar hasta que el del otro lado se aburra, recoger lo que está tirado, estirar la alfombra para así evitar que el siguiente aterrice en el suelo.

– Las que se relacionan con el bienestar de los demás: comprar el pan, lavar…

Nadie más beneficiado que el hijo

Que un hijo se haga cargo de sus propias cosas debiera ser una obligación permanente, porque aunque en apariencia esta ayuda es un alivio para la mamá y la empleada, el más beneficiado es él mismo. Mucho mejor para él saber dónde guardó la chamarra negra o dónde escondió la primera carta de la amiguita, que pasar horas de horas buscando.

Puede que suene duro decirlo y más que los padres lo oigan, pero si un hijo entre los 12 y 16 años no es capaz, al menos, de preocuparse por sus cosas, nadie más que los padres son los responsables. ¿Por qué? Porque lo sobreprotegen y lo tratan como un niño chico cuando ya no lo es o porque no se han dado el minuto para reconocer sus capacidades. Un caso: el papá que le pide a su hijo de 12 que le enchufe el taladro, ante lo que el hijo, atónito, le contesta: “iGenial, si hasta hoy no tenía permiso para tocar los enchufes!” O porque los hacen sentir el “síndrome de la abundancia inagotable”: esa mamá que cuando su hija de 15 años se fue de viaje de estudios le pidió que, por favor, no volviera con toda la ropa interior sucia. Fácil, pensó la hija, y la botó a la basura.

Formar parte de un equipo

Será mucho más fácil conseguir cualquier tipo de ayuda, en la medida que hagamos ver a nuestros hijos que la casa no es ninguna pensión donde se come y se duerme, sino que un hogar. Y, por lo tanto, los padres y los hijos deben entender que todas estas “ayudas” no son, simplemente, para que la casa “funcione”, sino para que exista más armonía.

Día a día, surgen un sinfín de situaciones que requieren de la ayuda de todos: el teléfono que suena, las luces encendidas, no hay papel en el baño, etc. Por eso es importante dejar en claro que la familia es un equipo y que por ello es fundamental que el que usa el baño debe dejarlo impecable para el siguiente.

Este tipo de ayudas, más que exigibles, son inculcables, lo que requiere de perseverancia y, por supuesto, de ejemplo.

¿Me reemplazarías?

Por último, están las ayudas relacionadas con el bienestar de los demás y que constituyen el sueño de algunos papás: que sus hijos los reemplacen en tareas que les corresponden a ellos: las compras de la casa o estudiar con los hermanos más chicos.

A todas las familias les llega el momento de recurrir a estos encargos, ya sea porque la mamá trabaja en una oficina, porque no hay una empleada, es de puertas afuera o, simplemente, porque es una familia numerosa. Pero aquí los padres deben tener presente que es sólo una ayuda y que en ningún caso los libera de ser los responsables de que en la despensa no quede una lata de atún o de que a la Teresita le haya ido mal en la prueba de matemáticas.

Hay que tener cuidado en este sentido, para no caer en la tentación de pedir a los adolescentes encargos familiares para los que todavía no están maduros. Aquí la sabiduría de los padres a la hora de proponer ayudas es fundamental. Deben ser específicos y pedirlas por un tiempo limitado; sirve, además ir rotando lo pedido entre hermanos de edades parecidas. La idea es que el encargo no parezca un castigo. Ejemplos: pagar algunas cuentas de la casa, cocinar cuando no está la empleada o ir a buscar al hermano al colegio.

Tampoco hay que olvidar que pedir alguna ayuda no significa interrumpir -a menos que sea imprescindible- sus obligaciones, como tareas, horas de estudio, compromisos en el colegio, ni tampoco interponerse en sus panoramas. Lo lógico -y más sensato- es que si el sábado está invitado a un asado, vaya y no se quede lavando platos.

En la práctica

Los encargos deben plantearse como una cooperación y no como una tarea obligada. Por eso la importancia de hacer ver a los hijos que éstos se hacen por amor a la familia y al hogar.

– Es bueno recurrir a los hijos, aunque exista ayuda doméstica. A la larga, cualquier trabajo que ejerzan en la casa, es cuna de buenos hábitos.

– Los encargos deben asignarse independientemente del sexo de quien lo recibe. La vida tiene muchas vueltas y es muy útil que un hombre sepa hacer aseo y una mujer pueda arreglar un enchufe. Hay que dar la posibilidad de aprender a hacer de todo en la casa.

– Entre los 12 y los 16 años es la etapa de los estirones. Están más grandes, pero también más desarticulados. Tal vez no sea conveniente pedirles que sean los encargados de lavar los platos, a menos que la loza sea francamente barata.

– un “no” rotundo al pago por favor concedido. De vez en cuando no les vendrá mal una pequeña recompensa económica, pero de ahí a establecerlo como una política casera sería fatal. Jamás harán nada ni por cariño al hogar ni hacia los demás.

– No, también, a la incongruencia de los padres. Mala señal será para los hijos si ven a sus papás tratándolos a ratos como niños, a ratos como adultos. Si los mandan solos a hacer algún trámite del papá, bien podrán irse solos a la casa del amigo (obviamente, si la distancia y la hora no implican un riesgo).

“¿Por qué a mí no me resulta pedir ayuda?”

– Porque usted va detrás corrigiendo y haciéndolo todo de nuevo. Hay que tolerar la cama arrugada, los cubiertos puestos al revés, los platos mal enjuagados… Nadie hace las cosas bien a la primera. Su hijo se sentirá importante si usted lo considera y cree en él y en sus capacidades.

– Porque no sabe pedir la ayuda adecuada. Primero observe y vea cuáles son las habilidades naturales de cada hijo. No le pida al más brusco que le guarde los platos.

– Porque usted es una maniática del orden y le gusta que su casa esté impecable las 24 horas del día. Esperar a que un adolescente ordene sus cuadernos cuando llega del colegio o se “mueva” para barrer el jardín supone paciencia y tolerar el desorden durante un rato. Controle el ataque y, una vez pedida la ayuda, no lo haga usted.

– Porque tal vez, sin darse cuenta, es sobreprotectora: usted ya no se acuerda de lo que era capaz de hacer a esa edad, pero es más de lo que usted cree. Los niños de familias de más bajos recursos son muchísimo más autónomos y desde muy pequeñitos van solos a comprar, llevan a sus hermanos al colegio y los cuidan mientras los padres salen a trabajar.

Servicio Social: Ni flojo ni hiperactivo



Por Jesús Salazar, Filósofo (Universidad Panamericana).
Hay quienes tienen el grave defecto de no ayudar nunca a nadie, y se la pasan todo el tiempo admirándose su propio ombligo, sin dar la mano a quien lo necesita. Son una especie peligrosísima porque ni pichan ni cachan ni dejan batear… y además, sacan provecho de su estado vegetal inmóvil –perdón a los vegetales por la ofensa.
Pero ese no es el único defecto: si hay los que se pasan de flojos pensando en su propia inmortalidad todo el tiempo, también hay los que tienen una rara enfermedad llamada “ayuditis”, y que no pueden estar con alguien sin querer ayudarlo y pasarle la sal en la mesa, que no cargue ni su propia mochila, y que hartan porque están encima de ti todo el tiempo sin dejarte respirar.
El flojo es molesto porque es un autista voluntario, y su imaginación es tan escasa que sólo tiene lugar para una persona: él mismo. El hiperactivo harta porque no se le ha cruzado por la mente la idea de que no es necesario ayudar a toda la gente en todo momento: los demás pueden solos con muchas de las cosas que hacen en la vida.
Si encontraste una descripción de ti en uno de estos párrafos, ¡cuidado!, más vale que lo pienses dos veces.
No hay recetas: la ayuda no se mide solo por el tiempo que tardas ayudando; tampoco por la cantidad de cosas que cargaste; ni por la sola intención sin haber sido llevada a la práctica. No hay un manual que diga cuándo, cómo, cuánto y porqué ayudar a la gente. Pero eso sí, estamos de acuerdo en que hace falta, es más, en que es bueno ayudar a alguien, o a muchos, según sea lo conveniente.
Y aunque es cierto que no hay ningún recetario que se llame “Sepa cómo ayudar a los demás y no morir en el intento”, entonces… qué crees… que tienes que sacar a relucir todo lo inteligente que eres, y de paso, darle un vistazo a tus intenciones y tu buena disposición.
Y por si fuera poco, hace falta algo más: ayudar es como nadar: se aprende a ayudar ayudando, tal como se aprende a nadar nadando. Es posible que puedas ser torpe al principio… no te preocupes, a todos nos pasa… pero no te desanimes, seguro que pronto irás siendo más sensible a la gente y a las ocasiones en que las puedes ayudar.

Si lo ves de esta manera, no sólo el servicio social sino cualquier favor que te pidan o cualquier ayuda que quieras dar saldrá mejor… ¡y no terminarás perjudicando a alguien que querías ayudar!.

Y a ti… ¿Qué te sostiene?


Sheila Morataya-Fleishman

Hay tanto que escribir sobre las cosas que a las mujeres nos gustan. En lo personal me gusta mucho salir de compras. Puedo pasarme horas de horas comprando los zapatos de última moda, los trajes de dos piezas y las carteras Lauren o Coach. También mi resistencia se viene abajo cuando entro al departamento de joyería. Las perlas ¡ay, como me gustan las perlas! Tengo que controlarme muchísimo para no comprarme la tienda entera…

Hace algunos días fuimos a caminar a un lugar divino, un lugar del que se dice, mucha gente acude para hacer meditación u oración. Mis amigas y yo hablábamos de la liposucción. De los mejores cirujanos que hay en cada país para disminuir el estómago, los brazos, y todas esas partes delatoras de nuestro cuerpo. Otra decía que ya había ido al primer chequeo para hacerse los ojos. Pues la mejor edad para empezar a operarse es al llegar a los cuarenta. -¡No puede ser que ya vaya a cumplir cuarenta años!- expresaba una de ellas con espanto. Pero hermana, -decía otra- hoy no hay que preocuparse por envejecer con tanta crema y cirugía que puedes hacerte…. yo ya le dije a mi marido que vaya reservando los fondos para la primera que me voy hacer yo…

Entre esos miedos también están los kilos de más. -Realmente yo no he nacido para hacer dietas- mencionaba Julia. Eso de los sacrificios con las comidas no es para mí. Es mucho más práctico y fácil pagar una masajista….. ¿Porqué no hacer ejercicios? -decía yo- ¡No! saltaba Dalia, -¡imagínate tanto sacrificio! Además, es un esclavizarse a hacerlo diariamente y yo para esas disciplinas no sirvo.

Y así, se nos fueron las horas. Hablando de los miedos y la vanidad femenina. Mujeres ¿Y esas somos las que hemos nacido para ser la savia de la sociedad, el alimento espiritual? Esas que hablamos de vanidades y superficialidades ¿Somos el fermento del mundo? ¿Esas somos la sal de la tierra?

Las mujeres seguimos los pasos de la moda. Pero hoy en día no es fácil ser católica, porque no es lo que está de moda. Lo que esta de moda es practicar la meditación trascendental, hacer yoga, “curarte con cristales”, “sanar tu auto-estima” y asistir a innumerables cursos de superación personal.

Si hoy el Dalai Lama dice en las noticias “El amor es la llave de la felicidad” millones dicen “ohhh, el Dalai Lama, ese hombre tan perseguido, tan bueno, tan iluminado, él dice que el amor es la llave de la felicidad”. ¡Ah! Pero si el Papa dice “El amor es la llave de la felicidad” parece como si su mensaje pasara desapercibido.

Hay mucha sed y hambre de verdad, y las mujeres somos evidentemente seres con una dirección natural, innata, muy propia de nuestro sexo hacia la espiritualidad. Nosotras intuimos con más precisión que hay un mundo que va más allá de nuestros ojos. Y tampoco es raro que seamos las mujeres las que tomemos con mayor frecuencia (especialmente en este tiempo) los caminos equivocados en busca de la verdad, por medio de la espiritualidad. Tenemos hambre de seguridad, de confianza, de valor, y tenemos una gran desesperación por encontrar eso que llene nuestro vacío.

Además el mundo donde vivimos está sacudido por diferentes crisis, entre ellas, una de las más peligrosas es la pérdida del sentido de la vida. Muchas de nuestras contemporáneas han perdido el verdadero sentido de la vida y lo buscan en sucedáneos, como el desenfrenado consumismo, la droga, el alcohol o el abuso de la sexualidad y el erotismo. Buscan la felicidad, pero el resultado es siempre una profunda tristeza, un vacío del corazón y muchas veces la desesperación. ¿Cómo vivir la propia vida para no perderla? ¿Sobre qué fundamento edificar el propio proyecto de existencia?

Yo creo que a veces nos complicamos la vida innecesariamente, y por otro lado no tenemos la fuerza necesaria para seguir lo que verdaderamente nos hace crecer. Estamos muy mal acostumbradas a un mundo en el que se quiere todo fácil, rápido, sin dolor, sin esfuerzo. Y la fe que nos enseñaron nuestros padres, con la que crecimos puede serlo todo, excepto fácil, rápida o sin esfuerzo.

Ser católica no está de moda. Tampoco está de moda el decir que debemos cuidar nuestro corazón y nuestro cuerpo preservando nuestra intimidad en lugar de lanzarnos con una micro falda y una blusa con escotes que quitan la respiración para embriagarnos en una discoteca. No es fácil darse cuenta de que los hijos son un don de Dios y que no debemos obstruir Su Voluntad utilizando anticonceptivos. No está de moda el sacrificarse por amor a los demás. Vivimos una época de un feroz individualismo. Todo es yo, yo, yo y al final, ese “yo” se queda solo.

Ser católica, amiga mía no es fácil. Pero estoy convencida de que en nuestra fe, en la que nos enseñaron nuestros padres, está la verdad. Nuestros problemas no van a desaparecer por el hecho de ir a misa, o por confesarnos o por comulgar. Los problemas seguirán ahí, pero el corazón de nuestra fe está en la resurrección de Jesucristo, el hijo de Dios que se hizo hombre, al que crucificaron por nuestra culpa pero que resucitó. Él nos enseñó que todas nuestras penas, nuestras ansiedades y nuestros dolores tienen un significado, más que un “por qué” tienen un “para qué”. Para los católicos los problemas, el dolor y la enfermedad son una oportunidad de seguir a Jesucristo en su cruz. Lo que a veces olvidamos es que la cruz tiene su significado de sacrificio pero siempre ante la perspectiva de la Resurrección. Ser católico no es fácil. Comulgar, confesarse o ir a misa no desaparecerán nuestros problemas, pero nos darán la fortaleza interior para poder afrontar esos problemas con una actitud diferente. No son los problemas los que desaparecen, es la Gracia de Dios la que los hace distintos.

Estos sacramentos tienen un valor incalculable en nuestras vidas. Confesarse con frecuencia nos fortalece para luchar contra nuestra debilidad, ir a misa cada domingo es participar de la vida de la Iglesia, de nuestra comunidad (de nuestra común unidad), comulgar es nada menos que comer el pan vivo, estar en la unión más íntima con Jesús mismo. No, estos sacramentos no desaparecen los problemas. Los sacramentos nos dan la fuerza de Dios para que aún en nuestra imposibilidad seamos capaces de lograr grandes cosas, a pesar de las dificultades.

Jesucristo no necesita estar de moda. Él es el mismo ayer, hoy y siempre. Jesús se nos presenta como la respuesta de Dios a nuestra búsqueda, a nuestras angustias. Él dice: “Yo soy el pan de la vida, capaz de saciar toda hambre; Yo soy la luz del mundo, capaz de orientar el camino de todo hombre; Yo soy la resurrección y la vida, capaz de abrir la esperanza del hombre a la eternidad.”(2)

Ciertamente no es fácil seguir a Cristo, en estos días en que la palabra “oración” ha sido substituida por la expresión “meditación trascendental”. Hoy tenemos el mayor peligro de alejarnos de la verdad y convertirnos en mujeres arrancadas por lo superficial, lo egoísta, lo vanidoso, lo falaz, lo falso. Pero las mujeres, a la luz de nuestra fe católica, podemos dar paso a la verdadera naturaleza femenina que es robusta, profunda, inspiradora y sólida. Una naturaleza que es “madre”. ¿No es acaso la Santísima Virgen la más santa? Más que ella, solo Dios. Y era mujer, como tú y como yo.

Amiga mía, no busques la verdad en los libros de astrología, ni en que te lean las cartas, tampoco la busques en la “meditación trascendental”, olvídate de tu aromaterapia, tu “cuarzo de la buena suerte” puedes ir tirándolo a la basura. Este es un tiempo de decisión. Esta es la ocasión para aceptar a Cristo. No como una fanática que se la pase el día entero en la Iglesia, sino como una mujer que verdaderamente necesita acercarse a Jesucristo para aceptar su amistad y su amor, aceptar la verdad de su palabra y creer en sus promesas; reconocer que su enseñanza nos conducirá a la felicidad y finalmente a la vida eterna.(1)

Vamos reconociéndolo, las mujeres de hoy no queremos comprometernos, todo lo queremos fácil. Estamos en la época de la “fast food” y la vida sin sacrificio. Pero también estamos en la época del vacío, del hastío, de la depresión, del abuso sexual, de la violencia, del alcoholismo, de la desunión familiar, de la ansiedad, de la drogadicción, de las relaciones superficiales, de la manipulación. Ese es el precio de nuestra vida “light”, y lo estamos pagando ya mismo.

Pero, ante todo, este es un tiempo de decisión. La decisión de atreverse a no tener miedo a seguir rescatando esos valores de mujer y conocer de verdad lo que puede hacer en nuestro corazón, la comunicación diaria con Jesucristo. La mujer que desarrolla su interioridad y tiene esa comunión amorosa con su creador está mejor preparada para salir al encuentro del amor siendo hija, hermana, amiga, religiosa, esposa, madre, profesional, servidora.

Somos seres de encuentro y como mujeres somos las que debemos tomar la iniciativa. Pero esa iniciativa nunca podrá tomarse o verse con la enorme y trascendental importancia que tiene mientras sigamos siendo superficiales, materialista y egoístas. Estos son los obstáculos que debemos de vencer para poder poner la esencia de lo verdaderamente femenino en el mundo y de esta forma cristianizarlo con profundidad y no a medias. Por eso se requiere mujeres que estén dispuestas a vivir el compromiso.

Ser una católica de pies a cabeza, implica dificultad y sacrificio. ¿Acaso no te sacrificas en tus gustos o decisiones por lo que le gusta a tu pareja? Ese sacrificio significa un cambio, un convertir el “yo” en “tu”.

Cuando hay vida interior hay un cambio en la conducta. Se crece humanamente y se vuelve frondosa la vocación específica de mujer. ¡Hay que acercarse a Jesucristo con la oración! Porque con la práctica diaria de la oración se trabaja directamente sobre el corazón, y se van cayendo las costras del egoísmo y la malicia y pasa a plantarse firmemente la madurez y serenidad de la generosidad y el significado de ser un lazo, un eslabón, un clavo en la cruz. Sujetar, acompañar, solidarizarse con Cristo que pasa, estar atenta. Labor de mujer, misión femenina.

Cuando hay vida interior dispuesta a la revelación de las propias miserias, se puede ver lo que hace el materialismo y la excesiva preocupación por los años y el cuerpo al alma. Se visualiza claramente que todo eso no deja crecer y no permite despojarse del estar pensando solo en una misma. Por eso la oración es el trabajo más exquisito, fino y delicado que el Espíritu Santo descubre al alma de una mujer cuando está entra desnuda con su propia verdad y con la docilidad de ser transformada. La mujer con esa actitud entonces, sale a la calle liberada, fuerte y segura para la batalla y puede ser una influencia poderosísima en todos los ambientes y con las otras mujeres a las que desde esa dimensión ve como hermanas.

La mujer con vida interior es un sistema totalmente abierto, es la que descubre lo inmenso de su propia inteligencia y puede entonces poner el motor de la voluntad en marcha. Se convierte así en esa Mujer Ejemplar que no es fácil de hallar (2). En la que se puede confiar y reposar porque desde el lugar que en la vida le corresponde coloca a Cristo siempre, siempre en la cumbre. De todas sus actividades humanas (3).

¿Querrá todo esto decir que renunciaré a los placeres del mundo, a la moda, a las fiestas, a la aspiración profesional? ¿No será esto enajenación, idealismo? No. No te pierdas. No es renunciar a la moda, ni a las aspiraciones profesionales. No es enajenación ni es idealismo. Es el descubrimiento de tu propia inteligencia, de tu nombre y de tu fuerza. Es encontrar lo denso del valor de lo femenino, vivirse intensamente gozosa de ser una mujer. Es vivir con valentía un tiempo de decisión en el que yo te pregunto: Y a ti, ¿qué te sostiene?

1. Juan Pablo II

2. Proverbios 31,10

3. José María Escriva de Balaguer.

El Noviazgo free ¿es la opción?


Por Rebeca Reynaud

 Es una actitud típica de personas superficiales, light, que no han aprendido a amar.

 Un noviazgo free no es tan libre como parece porque también tiene sus reglas:

 No hay obligación de llamarse.

 Nada de andar con celos.

 No hay compromiso.

 No hay que pedir ni rendir cuentas, ni cuestionar al otro.

 No esperar nada del otro, excepto el gusto de vivir el momento.

 No tener un proyecto en común ni un plan a futuro.

 Lo que no se dice, porque es tabú, es: Nos gustamos pero no nos amamos, sólo “nos usamos”.

 Hay plena libertad para salir con otras parejas.

 Cada una podrá tener aparte una pareja estable sin que ello sea un obstáculo para andar de free.

 En esa relación se impone el instinto, la atracción, no la generosidad, ni el sacrificio.

 Karla decía: “¿para qué tener a uno si puedo tener a casi todos?”. Lo que Karla propone es que la mujer accesible a todos, y no se da cuenta de que ello lo puede llevar a una esclavitud: A ser adicta al sexo. Olvida que forma parte de la dinámica del amor aspirar a lo definitivo.

 Otros entienden, por noviazgo free, irse a la cama nada más conocerse, pero esto no lo tratamos aquí por ser una triste perversión.

 En el noviazgo sin compromiso la persona huye del riesgo, que es lo mismo que decir que “tiene miedo a la libertad”. El hombre prefiere ser masa receptiva de propaganda que factor individual de pensamiento crítico.

 Muchos jóvenes aman la libertad y no saben ni qué es la libertad. ¿Qué es la libertad? La libertad es la propiedad espiritual que tiene todo ser espiritual de elegir, de realizar la elección de su vida, que es la elección de su fin (Cornelio Fabro). La libertad nos perfecciona o nos hace esclavos: depende de qué elegimos. El hombre no vale por lo que tiene o lo que es, sino por lo que decide.

 El libertinaje contribuye al eclipse del valor de la vida humana. La libertad se entiende como la capacidad de hacer lo que a cada cual se le antoje, movido por su propio interés, iniciando de esa manera, la nueva cultura de un individualismo egoísta, que no debe rendir cuenta de sus actos a nadie.

 La causa de que haya libertad no reside en mi conciencia de ella. Al revés, tengo conciencia de mi libertad debido a que soy libre. El hombre no es libre porque pueda prescindir de sus ataduras sino porque puede decidir a qué vinculaciones quiere quedar atado. Y no es más libre si las ataduras son menores. Al contrario, la libertad estará en proporción de la profundidad de los proyectos con que se vincule; la libertad llega a su fondo cuando llega a nuestro propio ser.

 Para entender bien la esencia de la libertad debemos evitar los extremos del movimiento pendular: en un extremo, se confiere la primacía a la liberación sobre el proyecto, y en otro, se la otorga al proyecto por encima de nuestra propia naturaleza.

 Me decía una chica de 17 años: “por el momento tengo miedo de casarme y de que mi marido no me deje trabajar ni desarrollarme en mi profesión. Y, ¿cómo conocer bien a las personas?”.

 A las personas se les conoce observándolas. Y en un noviazgo, antes de enamorarse hay que preguntarle al otro qué piensa del trabajo de la mujer fuera de casa, de su desarrollo personal y profesional, para luego no tener sorpresas.

 Si alguien sólo es de carácter respetuoso, considerado y servicial con determinadas personas y con otras no, definitivamente no es respetuoso, considerado y servicial: solamente “está actuando”. Hay que observar cómo se comporta esa persona con aquellos de quienes no espera nada, cómo soporta y reacciona ante los roces y tensiones que conlleva toda convivencia. A los seres humanos se les conoce en los momentos de tensión, de crisis, de fracaso, de frustración. Dice Saint-Exupery: que el hombre se mide a sí mismo con el obstáculo.

 San Agustín dice: si quieres conocer a una persona, no te fijes en lo que hace y dice; fíjate en ¿qué ama, qué desea? Lo que uno desea es lo que uno es. ¿A dónde se le va el corazón a mi novio (a)?… ¡allí están sus amores! Para conocerse hay que saber: “A mí lo que me mueve en la vida es esto” Eso simplifica mucho el propio conocimiento.

 El matrimonio es la situación existencial que más felicidad puede proporcionar a la mayoría de los seres humanos. Por eso todo el mundo se quiere casar, pues el matrimonio es una estructura creada por el amor total para expresarse y perpetuarse.

 Si hay una decisión importante en la vida del ser humano es la de casarse. Sin embargo, si hay algo que no se piensa es precisamente esto. Entregarse al otro no es someterse –a menos de que él sea un tirano-, es amar y compartir penas y alegrías.

 Es propio del corazón humano aceptar exigencias, incluso difíciles, en nombre del amor. El novio que ama a su novia, sabe esperar, y no pide una prueba de amor, cuando él no puede ofrecerle un matrimonio con la misma prisa con la que él pide la prueba de amor. Cuando un varón elige a una mujer, la elige de acuerdo con el perfil psicológico y moral que trae dentro: De algún modo refleja su alma. La mujer también tiene su decisión: puede elegir entre resultar encantadora o provocadora, es decir, puede optar por ser una dama o una hembra.

 El problema de la sexualidad, cuando es determinado por la mera genitalidad —absolutamente desvinculada de las dimensiones psicológica, social, ética y trascendente que le son propias—, considera al sexo como un objeto de consumo más, en vez de fomentar un comportamiento sexual constructivo de la personalidad.

 Los medios masivos de comunicación social difunden la ideología del hombre “light” cuya única referencia es su propio bienestar entendido como un consumismo desenfrenado o como un disfrute irresponsable de un pasatiempo fácil.

 Los jóvenes han de saber que la calidad de los sentimientos se mide por la conducta, no por la pasión. Hay que actuar “con” pasión, pero no “por” pasión.

 La sexualidad pertenece al designio originario del Creador; pero pide a todos que la respeten en su naturaleza profunda, por amor a la verdad de la persona humana. Por eso es moralmente inaceptable el “amor libre” y la homosexualidad. La pureza de vida es necesaria, la castidad no significa rechazo ni menosprecio de la sexualidad humana: significa más bien energía espiritual que sabe defender el amor de los peligros del egoísmo y de la agresividad, y sabe promoverlo hacia su realización plena (cfr. Familiaris consortio).

 Un poeta contemporáneo dice que el hombre maduro buscaría un “triste amor”, un “amor apaciguado”, sin peligro, sin venda ni aventura, esperando “en el amor prenda segura”, cuando “en amor locura es lo sensato”.

La dicha de envejecer con dignidad


Sin duda, un privilegio

Es común encontrarnos con una constante que va despuntando cada vez más: “El terror a envejecer”. Al menos así lo vemos reflejado en muchas personas -cada vez más- , hombres y mujeres, que entran en depresión en una edad joven adulta –cronológicamente hablando- por el miedo, el pavor, a envejecer.

Esta es una realidad que se da especialmente, aunque no sólo, en mujeres, y no me refiero a la crisis propia de cada edad, sino a las personas que pretenden –de manera consciente o inconsciente- estancarse en una edad por el terror a envejecer.

20 + 10 + 20 + …

Mucha gente responde así cuando se le pregunta la edad… no se atreven a decir 30, 40, 50… sino que prefieren utilizar el prefijo “20 +” de tal modo que no suene “tan feo”, “tan deprimente”, “tan terrorífico”… es una manera de eludir la realidad, de pensar y de vivir como si tuvieran 20, teniendo en realidad mucha más edad.

Qué vergüenza. Mujeres mayores utilizando ropa inapropiada como faldas demasiado cortas, blusas o pantalones ajustados, la extravagancia de la moda del momento, taconazos aunque casi no puedan dar un paso del dolor de espalda… mujeres que tienen la responsabilidad de educar a sus hijos y con tal de estar “in” en el mundo actual evaden esa obligación y buscan ser como ellos, ser como “amigas” de sus hijos, vivir “modernamente” (esto es un gravísimo error, pues los hijos necesitan que sus madres y padres sean sus amigos si, pero sobre todo que funjan como lo que son, sus progenitores, guías y educadores para la vida).
¿Cuáles son las causas?

El terror a envejecer es una especie de “síndrome existencial” de orden psicológico y ontológico -valga la terminología para expresar la gravedad-.

Es un desorden multifactorial, provocado en gran medida por los medios de comunicación que, con tal de vender, nos enseñan hasta el cansancio que la felicidad es tener “un cuerpo espectacular, una cara formidable, una personalidad perfecta”.

La industria de la moda nos invita a buscar la plenitud en una serie de “trapos” cortados de distinta manera, según la mirada de un grupo de diseñadores, unos con buen gusto otros no, pero siempre generando la necesidad de lucir no sólo bien, sino al último grito de la moda, de tal forma de crear cierto “respeto, admiración y sentido de pertenencia” a grupos exclusivos, donde el lucir del tal o cual manera te vuelve más importante ante los demás.

La superficialidad, el cumplimiento de los caprichos, la evitación de todo sufrimiento, el insistir en que la vida es rosa, la falta de formación de carácter, de voluntad, el querer compensar a los seres queridos con juguetes, ropa, joyas, etc. ante la ausencia o algún mal comportamiento.

Tristemente también, en muchos casos, el ejemplo de las hermanas mayores y de las madres de familia, que buscan “lucir espectaculares” pues creen así valer más.

Dejando de lado, por supuesto, la pobreza espiritual, la sobriedad, la templanza, la prudencia y la aceptación de la realidad; valores y virtudes indispensables para vivir una vida verdaderamente plena y acorde con la naturaleza humana; que promueven en la persona un comportamiento sano con respecto a su aspecto.
Cuestión de vida o muerte

La problemática no sólo se expresa en que las personas ya no valoran la vida como lo que es, un don sagrado, un don de amor, un don invaluable… Ahora parece ser más valiosa o menos valiosa según su juventud, el aspecto de su rostro y de su cuerpo…

Razones que influyen fuertemente en el acentuado crecimiento de los desórdenes alimentarios como lo son la anorexia, la bulimia, la ortorexia, por nombrar los más típicos del sometimiento a dietas exhaustivas y en la rendición a miles de operaciones como liposucción, extracción de costillas, estiramientos faciales y corporales; todas, situaciones que orillan por descompensaciones brutales, por complicaciones durante las intervenciones quirúrgicas postoperatorias… en algunos casos a muchas personas a la muerte, en otros, la consecuencia no es la muerte corporal, sino la muerte psíquica y emocional que las alcanza, siendo el desenlace un hospital psiquiátrico…
Un nuevo enfoque

Envejecer es saber que conforme avanza tu edad –cada día- eres privilegiado… pues tienes la oportunidad de crecer en edad, sabiduría y gracia…

La persona humana debe comportarse como tal, es decir, de acuerdo a su propia naturaleza, si quiere de verdad, encontrar la felicidad aquí en la tierra, para luego ser pleno en el cielo… envejece como persona humana, envejece con dignidad

Es importante en este punto recordar las palabras que Juan Pablo II dirigió a los ancianos del mundo (carta del 1º de octubre de 1999). “¿Qué es la vejez? A veces se habla de ella como del otoño de la vida —como ya decía Cicerón—, por analogía con las estaciones del año y la sucesión de los ciclos de la naturaleza. Basta observar a lo largo del año los cambios de paisaje en la montaña y en la llanura, en los prados, los valles y los bosques, en los árboles y las plantas. Hay una gran semejanza entre los biorritmos del hombre y los ciclos de la naturaleza, de la cual él mismo forma parte.

Al mismo tiempo, sin embargo, el hombre se distingue de cualquier otra realidad que lo rodea porque es persona. Plasmado a imagen y semejanza de Dios, es un sujeto consciente y responsable. Aún así, también en su dimensión espiritual el hombre experimenta la sucesión de fases diversas, igualmente fugaces. A san Efrén el Sirio le gustaba comparar la vida con los dedos de una mano, bien para demostrar que los dedos no son más largos de un palmo, bien para indicar que cada etapa de la vida, al igual que cada dedo, tiene una característica peculiar, ‘los dedos representan los cinco peldaños sobre los que el hombre avanza’.

Por tanto, así como la infancia y la juventud son el periodo en el cual el ser humano está en formación, vive proyectado hacia el futuro y, tomando conciencia de sus capacidades, hilvana proyectos para la edad adulta, también la vejez tiene sus ventajas porque —como observa san Jerónimo—, atenuando el ímpetu de las pasiones, ‘acrecienta la sabiduría, da consejos más maduros’. En cierto sentido, es la época privilegiada de aquella sabiduría que generalmente es fruto de la experiencia, porque ‘el tiempo es un gran maestro’. Es bien conocida la oración del Salmista: ‘Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato’ (Sal 90, 12)”.
Retardar los efectos del tiempo con dignidad

“¡Cuántos hombres, cuántas mujeres están preocupados por su belleza! Si es preocupación, es legítima; si es obsesión, anormal. Se equivocan, principalmente de un modo absoluto, en la naturaleza de los cuidados que han de poner en el embellecimiento de su cuerpo. Todos los esfuerzos que se procuran del exterior para destacar, rectificar, aumentar la armonía y la gracia del cuerpo y especialmente del rostro, dan sólo un resultado muy exiguo. La auténtica belleza proviene de dentro, nace del espíritu y se despliega con la irradiación del alma divinizada. Esta belleza atrae y tonifica a quienes la contemplan.” M. Quoist.

Ciertamente es bueno buscar una armonía en todos los aspectos o dimensiones de nuestro ser, en el orden físico algunos consejos de belleza son:

1. Hacer ejercicio, tomar agua, evitar ingerir bebidas alcohólicas, evitar fumar, incluir en la dieta nutrimental verduras y frutas especialmente.

2. En el orden psicológico: leer, mantenerse al día (avances tecnológicos, noticias), reír mucho, convivir con personas de todas las edades, con tus seres queridos, no guardar rencores ni resentimientos, cultivar una autoestima sana, evitar el estrés.

3. Del orden espiritual: Tener conciencia de envejecer es una manifestación de la conciencia de la contingencia humana; muchos quieren acallar esta conciencia: maquillándose en exceso, usando ropa inapropiada, sometiéndose a cirugías estéticas… no se dan cuenta de que los años pasan y que con esos comportamientos sólo fracturan su interior, viven en una incongruencia tal que no les permite verse a sí mismos, de una manera auténtica y madura… detrás de las inyecciones de botox, de la liposucción, de los injertos de cabello, de las 4 horas diarias de gimnasio, de la ropa… tienen olvidada al alma, vieja, empolvada, sin darse cuenta de que lo más importante es mantener joven el espíritu, para poder poco a poco deshacerse de la infinidad de apegos que como humanos muchas veces nos aprisionan.
Tienes el rostro de tu alma

También hay una edad espiritual y esa es la que más debemos cuidar por hacerla crecer, esta con la madurez física y la psicológica puede, si así lo decidimos, crecer para ayudarnos a ser más libres y alcanzar la felicidad, que como menciona José Benigno Freire, en su libro Humor y serenidad, es la consumación de la indeterminación de la naturaleza humana.

A través del espíritu, avanzando a lo largo de las diversas etapas de desarrollo podemos llegar a una vida madura que te ayudará ser como niño, pero no un “infantil”, no un “niñote”, sino un adulto con espíritu libre, espíritu bondadoso: Sed como niños.

Por tanto, cuidemos no solamente la belleza exterior, la belleza corporal, la belleza facial; ciertamente es importante, pero no exhaustiva, ni lo primordial, la belleza exterior ha de ser solo el indicio de un cuidadoso amor a uno mismo que penetra desde el espíritu para esbozar la maravilla de la persona que se expresa a través de ese cuerpo.

No nos vaya a pasar lo que a la manzana, una fruta de hermoso aspecto, grande, roja y de un aroma incomparable, pero que dentro de ella tiene un gusano que tarde o temprano atravesará la piel y la podredumbre de dentro pasa fuera.

Por último, si quieres en verdad mantener la belleza de la juventud, detente “un minuto ante el espejo, cinco ante tu alma, quince ante tu Dios…” (M. Quoist).

La belleza del cuerpo es limitada y tristemente vulnerable, busca engrandecer y embellecer tu alma, esa belleza es infinita.

No tengas miedo de envejecer, piensa en todos aquellos que no tienen vida para poder vivirla, para poder compartirla, para poder disfrutarla, a causa de la muerte que les sorprendió a muy temprana edad. La vida es para vivirla, no te “remiendes” al grado de perder tu verdadero rostro, corres el grave riesgo de perder el rostro de tu identidad humana y específicamente personal, ama la vida, vívela en plenitud, cada etapa tiene su encanto, no tomes al tiempo como tu enemigo, hazlo tu aliado, vive tu vida, no la desperdicies, reflexiona y date cuenta, envejecer es un privilegio.