Posturas y Gestos


Posturas y gestos

Las posturas y gestos, así como los ademanes en la oración son manifestaciones y participaciones corporales de la oración interna. La liturgia necesita del uso de signos sensibles y formas externas: palabras, cantos, símbolos, gestos… que excitan y son expresión de la devoción interna y relacionan a la misma oración con los actos internos.
En el Antiguo Testamento abundan los ademanes en la oración: El que reza está de pie delante del Señor (Gen. 18,22; 1 Sam. 1, 9 y 26), mira hacia Yavé (hacia arriba) (2 Cron. 20, 12; Ps. 24, 15), extiende las manos o las eleva (Ex. 9, 29; 17, 11; 1 Re. 8, 22; Ps. 27, 2; 62, 5; …), se inclina o se prosterna en tierra (Gen. 17, 3; Jos. 5, 15; Deut. 9, 18; Ps. 5, 8; Dn. 8, 17), se arrodilla (1 Re. 8, 54; Is. 45, 23), dirige su mirada hacia el templo o hacia Jerusalén (Ps. 5, 8; Da. 6, 11)
En el Nuevo Testamento Cristo utiliza en el culto divino del templo o de la sinagoga los gestos y posturas de oración normales en el culto judío, aunque en algunos momentos corrige algunos excesos de los fariseos (Mt. 6, 5); levanta los ojos al cielo (Mt. 14, 19; Mc. 6, 41), se arrodilla (Lc. 22, 41) o se prosterna en tierra (Mt. 26, 39; Mc. 14, 35). Esos mismos ademanes se los recomienda a sus discípulos (Mc. 11, 25). Los apóstoles y discípulos siguen su modelo (Hech. 7, 55; 9, 40; Ef. 3,14; Filip. 2, 10; 1 Tim. 2, 8)
Las posturas y gestos en la Iglesia provienen fundamentalmente del culto primitivo, pero no faltan usos y costumbres profanas que reciben un sentido nuevo, específicamente cristiano.
El estar de pie (o “parados” en argentino) en la oración se considera como un símbolo de la resurrección y de la alegría pascual. Por eso se reza de pie los domingos y en el tiempo pascual (Tertuliano: “De oratione” 23)…
Pero siempre en la Iglesia ha habido gente “más papista que el papa”, y ya en el primer Concilio Ecuménico, Nicea, año 325, ante una situación concreta que se ha repetido muchas veces a lo largo de la historia y en concreto después del Vaticano II, pensemos en los lefebrianos y otros grupos, el Concilio de Nicea, en su último canon, el 20, determina:

“Sobre el rezar de rodillas.

Ya que hay algunos que se arrodillan en los días domingo y en el tiempo de pentecostés (hoy diríamos “en tiempo pascual”) para que en todos los lugares haya un perfecta uniformidad, le parece ben a este santo concilio que las oraciones a Dios se hagan de pie.”
Este primitivísimo texto nos enseña algo que sigue siendo hoy la doctrina de la Iglesia. No hay posturas de oración que sean las “divinamente reveladas y únicas”, sino que han variado en muchas ocasiones a lo largo de los tiempos. Incluso en muchos casos quedan opciones libres dependientes frecuentemente de circunstancias externas…

El pueblo cristiano se sienta en los bancos de las iglesias, pero no lo hace de igual modo en una “misa de campaña”. Son distintas las posturas oyendo una Misa dentro de una iglesia con bancos y sillas, que haciéndolo en la Plaza de San Pedro del Vaticano… Y la razón que alega el concilio niceno no es sino “para mantener la uniformidad”…

Los obispos son los únicos que pueden dar leyes o reglas en ese terreno, y también cambiarlas a lo largo de los tiempos. Aunque no faltan algunos “iluminados” a quienes su “espíritu santo particular” les dice que ellos y toda la Iglesia debe adoptar tal postura. Casi siempre me encuentro con que a mí mi espíritu santo particular me dice lo contrario que a esos señores…
La última aceptación y determinación de las posturas y ademanes tolerados, permitidos u ordenados, corresponde al Episcopado. Notemos que el cambio de posturas y generalmente también el de muchos otros elementos litúrgicos no suele implicar profundos problemas teológicos(como algunos equivocadamente pretenden creer), sino más bien problemas de adaptación, conveniencia y mayor utilidad para conseguir una mayor participación del pueblo.
El estar de rodillas simboliza el reconocimiento de la culpa y la penitencia, por eso se estimula en tiempos de cuaresma y adviento, que suelen ser los de ayuno y abstinencia, aunque esas penitencias en la liturgia actual se han reducido a un mínimo.
La genuflexión simple (con una sola rodilla) es algo desconocido en la primitiva liturgia romana; primitivamente era en la edad media un gesto de reverencia y sumisión frente al señor feudal, después se hizo a los obispos, muchos de los cuales eran también señores feudales, y no entró en la liturgia hasta finales del medioevo.
La genuflexión doble con inclinación de la cabeza estaba hasta hace relativamente poco tiempo reservada como saludo de adoración a la Eucaristía expuesta para la adoración de los fieles. Hace poco tiempo ha sido sustituida por la genuflexión simple.

La inclinación o reverencia ha sido una de las posturas más frecuentes, p.e. en las oraciones sobre el pueblo.
La postración en el suelo era frecuente al comienzo del acto de culto. Hoy sólo se conserva así el Viernes Santo.
El extender las manos en la oración aparece frecuentemente descrito en los autores primitivos (Tertuliano, “De oratione” 14; Ambrosio, “De virginibus” II, 4, 27) y el arte (los “orantes”) y se le da un nuevo fundamento como símbolo de la crucifixión del Señor (Tertuliano, “De oratione” 17; Ambrosio, “De sacramentis” VI, 4, 18)
El juntar las manos es algo que procede del derecho feudal germánico y simboliza fidelidad al señor (en este sentido se conserva todavía en la ordenación sacerdotal), aparece en la liturgia desde el siglo VIII y se generaliza en la segunda mitad de la edad media.
Puede decirse que la unificación de las posturas corporales se consiguió en la Iglesia latina a partir de las rúbricas del Missale Romanum (1570) y el Pontificale Romanum (1596) y han permanecido casi inmutables hasta el Concilio Vaticano II.

Las posturas del pueblo quedaron ya determinadas a finales de la edad media. La postura fundamental en la Misa era de rodillas, lo que se interpretaba como una confesión de fe en la presencia real de Cristo en el Santísimo Sacramento (y esto se resaltó más como reacción a la postura contraria del protestantismo.)

El movimiento litúrgico y los documentos eclesiásticos (cfr. SC 30) pretenden una nueva integración de las posturas corporales en el culto divino, la liturgia y la oración, buscando una mayor participación del pueblo.

El Saludo de la paz


EL SALUDO DE LA PAZ

El Misal describe así el gesto de la paz: Los fieles “imploran la paz y la unidad para la Iglesia y para toda la familia humana, y se expresan mutuamente la caridad, antes de participar de un mismo pan” (IGMR 56b).

a) Se trata de la paz de Cristo: “Mi paz os dejo, mi paz os doy”. El saludo y el don del Señor que se comunica a los suyos en la Eucaristía. No una paz que conquistemos nosotros con nuestro esfuerzo, sino que nos concede el Señor.

b) Un gesto de fraternidad cristiana y eucarística: Un gesto que nos hacemos unos a otros antes de atrevernos a acudir a la comunión: para recibir a Cristo nos debemos sentir hermanos y aceptarnos los unos a los otros. Todos somos miembros del mismo Cuerpo, la Iglesia de Cristo. Todos estamos invitados a la misma mesa eucarística. Darnos la paz es un gesto profundamente religioso, además de humano. Está motivado por la fe más que por la amistad: reconocemos a Cristo en el hermano al igual que lo reconocemos en el pan y el vino.

Imposicion de manos


LA IMPOSICIÓN DE MANOS

En el Nuevo Testamento la acción e imponer sobre la cabeza de uno las manos tiene significados distintos, según el contexto en el que se sitúe. Ante todo puede ser la bendición que uno transmite a otro, invocando sobre él la benevolencia de Dios.

Así , Jesús imponía las manos sobre los niños, orando por ellos.

La despedida de Jesús en su Ascensión , se expresa también con el mismo gesto: “alzando las manos los bendijo” (Lc 24,50).

Es una expresión que muchas veces se relaciona a la curación. Jairo pide a Jesús: “Mi hija está a punto de morir; ven impón tus manos sobre ella para que se cure y viva” (Mc 5,23).

Imponer las manos sobre la cabeza de una persona, significa en muchos otros pasajes, invocar y transmitir sobre ella el don del Espíritu Santo para una misión determinada. Así pasa con los elegidos para el ministerio de diáconos en la comunidad primera: “hicieron oración y les impusieron las manos” (Act 6,6).

Hay dos momentos en la celebración de la Eucaristía en que el gesto simbólico tiene particular énfasis.

Ante todo cuando el presidente, en la Plegaria Eucarística, invoca por primera vez al Espíritu (epíclesis), extendiendo sus manos sobre el pan y el vino: “santifica estos dones con la efusión de tu Espíritu”.

La Bendición Final es el segundo momento en el que el gesto de la imposición adquiere especial énfasis.

Este gesto nos habla también del don de Dios y la mediación eclesial:

Estupendo binomio: la mano y la palabra. Unas manos extendidas hacia una persona o una cosa, y unas palabras que oran o declaran. Las manos elevadas apuntando al don divino, y a la vez mantenidas sobre esta persona o cosa, expresando la aplicación o atribución del mismo don divino a estas criaturas.

La mano poderosa de Dios que bendice, que consagra, que inviste de autoridad, es representada sacramentalmente por la ,mano de un ministro de la Iglesia, extendida con humildad y confianza sobre las personas o los elementos materiales que Dios quiere santificar.

El Fuego


EL FUEGO

En nuestras celebraciones:

– Aparece en forma de lámparas y cirios encendidos durante la celebración o delante del sagrario.

Aparte del simbolismo de la luz entra aquí también esa misteriosa realidad que se llama fuego: la llama que se va consumiendo lentamente mientras alumbra, embellece, calienta, dando sentido familiar a la celebración.

– Vigilia de Pascua: Es la celebración que queda enriquecida de modo más explícito con el simbolismo del fuego. La hoguera que arde fuera de la Iglesia y de la que se va a encender el Cirio Pascual remite intensamente al triunfo de la luz sobre la tiniebla, del calor sobre el frío, de la vida sobre la muerte. De allí partirá la procesión con su festivo grito: “Luz de Cristo”, y la luz se irá comunicando progresivamente a cada uno de los participantes.

El simbolismo de la luz está realmente muy aprovechado en el lenguaje festivo de la Noche Pascual. Pero en su raíz está el fuego que tiene sus direcciones propias y riquísimas.

Su simbolismo natural

El lenguaje del fuego tiene en nuestra sensibilidad humana y social, una interesante serie de sentidos.

El fuego calienta, consume, quema, ilumina, purifica, es fuente de energía. Es origen de innumerables beneficios para la humanidad, pero también destruye, castiga, asusta y mata. Es un elemento bienhechor pero a la vez peligroso. Un rayo o un incendio pueden generar calamidades enormes. Sin el fuego no podemos vivir, pero puede causarnos también la muerte. No es nada extraño que en torno a este misterioso elemento natural se haya creado todo un simbolismo:

-Para expresar la presencia misma de la divinidad, invisible pero fuerte, incontrolable, purificadora, castigadora,

-o para designar los sentimientos humanos, como la pasión, que está escondida pero que puede alcanzar una fuerza inaudita, para bien o para mal: el amor , el odio, el entusiasmo…etc.

-El fuego es también la imagen del calor familiar, el crepitar de la llama en el hogar ilumina la vida, ahuyenta el frío, da alegría y sensación de bienestar.

En la Revelación:

Para saber toda la densidad de significado que el fuego puede llegar a tener y lo que puede expresar también en nuestras celebraciones, no hay mejor medio que repasar, que de lo que él dicen el Antiguo y Nuevo Testamento.

Ante todo, el fuego sirve para expresar de algún modo lo que es imposible de expresar: la presencia misteriosa de Dios mismo en la historia humana. Recordemos el misterioso episodio de la zarza que arde sin consumirse (Ex 3). Moisés se acerca a un lugar que en seguida reconoce como sagrado, y oye la voz “Yo soy el Dios de Abraham…”.

También es con el fuego con el que se simboliza el juicio de Dios, como el fuego que penetra a todo ser existente, lo pone en evidencia, lo purifica o lo castiga. (Véase: Dan. 7,10 ; Gen 19 ; Is 66,16)

Los colores


LOS COLORES

¿Por qué y para qué los diversos colores en la celebración litúrgica?

El color como uno de los elementos visuales más sencillo y eficaces, quiere ayudarnos a celebrar mejor nuestra fe. Su lenguaje simbólico nos ayuda a penetrar mejor en los misterios celebrados:

“La diversidad de colores en las vestiduras sagradas tiene como fin expresar con más eficacia, aún exteriormente tanto las características de los misterios de la fe que se celebran como el sentido progresivo de la vida cristiana a lo largo del año litúrgico.” (Misal romano – IGMR 307)

Los colores actuales de nuestra celebración:

Actualmente el Misal (IGMR) ofrece este abanico de colores en su distribución del Año Litúrgico:

a) Blanco:

Es el color privilegiado de la fiesta cristiana y el color más adecuado para celebrar:

-La Navidad y la Epifanía

-La Pascua en toda su cincuentena

-Las Fiestas de Cristo y de la Virgen, a no ser que por su cercanía al misterio de la Cruz se indique el uso del rojo. -Fiestas de ángeles y santos que no sean mártires.

-Ritual de la Unción

-Unción y el Viático

b) Rojo:

Es el color elegido para:

-La celebración del Domingo de Pasión (Ramos) y el Viernes Santo, porque remite simbólicamente a la muerte martirial de Cristo.

-En la Fiesta de Pentecostés, porque el Espíritu es fuego y vida.

-Otras celebraciones de la Pasión de Cristo, como la fiesta de la Exaltación de la Cruz.

-Las fiestas de los Apóstoles, Evangelistas y Mártires, por su cercanía ejemplar y testimonial a la Pascua de Cristo.

-La Confirmación (Ritual Nº 20) se puede celebrar con vestiduras rojas o blancas apuntando al misterio del espíritu o a la fiesta de una iniciación cristiana a la Nueva Vida.

c) Verde:

El verde como color de paz, serenidad, esperanza se utiliza para celebrar el Tiempo Ordinario del Año Litúrgico. El Tiempo ordinario son esas 34 semanas en las que no se celebra un misterio concreto de Cristo, sino el conjunto de la Historia de la salvación y sobre todo el misterio semanal del Domingo como Día del Señor.

d) Morado:

Este color que remite a la discreción, penitencia y a veces, dolor, es con el que se distingue la celebración del

-Adviento y la Cuaresma

-las celebraciones penitenciales y las exequias cristianas.

e) Negro:

Que había sido durante los siglos de la Edad Media el color del Adviento y la Cuaresma, ha quedado ahora mucho más discretamente relegado: queda sólo como facultativo en las exequias y demás celebraciones de difuntos.

f) Rosa:

El color rosa, que no había cuajado en la historia para la liturgia, queda también como posible para dos domingos que marcan el centro del Adviento y la Cuaresma: el domingo “Gaudete” (3º de Adviento) y el domingo “Laetare” (4º de Cuaresma).

g) Azul:

Con sus resonancias de cielo y lejanía es desde el siglo pasado un color privilegiado para celebrar en España la solemnidad de la Inmaculada, aunque en el misal romano no aparezca.