Via Crucis, el camino de la cruz


Autor: Norberto Rivera Carrera, Cardenal | Fuente: Catholic.net
El Vía Crucis, el camino de la cruz
La importancia del via crucis. Carta Cardenal Norberto Rivera
 
El Vía Crucis, el camino de la cruz
El Vía Crucis, el camino de la cruz

Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta. Dice Pilatos a los judíos: “Aquí tenéis a vuestro Rey”. Ellos gritaron: “¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!”. Les dice Pilatos: “¿A vuestro Rey voy a crucificar?” Replicaron los sumos sacerdotes: “No tenemos más rey que el César”. Entonces se lo entregó para que fuera crucificado. Tomaron, pues, a Jesús, y él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí lo crucificaron y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio (Juan 19, 14-18).

Una de las tradiciones religiosas más arraigadas en nuestra nación es la representación de la Pasión del Señor. En ella interviene todo el pueblo para crear un espectáculo visual en el que se reviven los últimos momentos de la vida de Jesucristo, desde la entrada gloriosa en Jerusalén hasta la Resurrección. Es una costumbre que sirve para recordar el misterio pascual de Cristo y, en definitiva, es una catequesis viviente. Desde muy antiguo, los cristianos han sentido este deseo de representar y hacer viva la Pasión del Señor. Así fue como nació el Vía Crucis (“camino de la cruz”) en Jerusalén, una forma de oración en la que se recorría el itinerario que siguió Jesucristo desde el cuartel de Pilatos hasta el Calvario y el Sepulcro, deteniéndose a rezar en algunos puntos o “estaciones” señalados con una cruz y adornados con representaciones que explicaban lo que sucedió en cada una de ellas. Se acompañaba a Jesucristo en su Pasión de forma física caminando por donde Él caminó, y de forma espiritual con la oración contemplativa en diálogo con Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica en el número 2669 nos dice: “La oración cristiana practica el Vía Crucis siguiendo al Salvador. Las estaciones desde el Pretorio, al Gólgota y al Sepulcro jalonan el recorrido de Jesús que con su Santa Cruz nos redimió”. Este es el sentido del Vía Crucis, seguir a Jesucristo en su camino hasta la cruz.

El Vía Crucis pretende reavivar, en la mente y en el corazón, la contemplación de los momentos supremos de la entrega de Cristo por nuestra redención, propiciando actitudes íntimas y cordiales de compunción de corazón, de confianza, de gratitud, de generosidad y de identificación con Jesucristo. La atención de esta oración se centra en la contemplación de la actitud de amorosa entrega de Jesucristo y en la petición de fe, confianza, fortaleza y amor, para abrazar la cruz de cada día y ser auténticos seguidores suyos (Cf Mateo 16, 24; Marcos 8, 34; Lucas 9, 23). No debe ser nunca un acto de piedad precipitado y vacío de contenido, sino un momento sereno y profundo de reflexión en el que se pretende conocer mejor a Cristo para amarlo con mayor intensidad respondiendo a su amor infinito. Es una oración en la que seguimos a Cristo como lo quisiéramos seguir en la vida de todos los días, en la que buscamos experimentar los mismos sentimientos de Cristo: el dolor, el abandono, el quebranto, la pena, valorando que todo eso lo hizo por amor a mí, para limpiarme de mis pecados. Es hacer mío todo lo que encuentro en su corazón, especialmente su amor a los hombres, mis hermanos, hasta dar la vida entera por ellos.

El Vía Crucis se puede rezar de varias formas: en grupo recorriendo juntos las estaciones ya señaladas en una forma de meditación casi escenificada incluyendo cantos y oraciones, o bien en una iglesia donde sólo un grupo de fieles se mueve de estación en estación llevando una cruz mientras los demás presentes siguen, desde sus lugares, el recorrido, dirigiendo su mirada hacia cada estación. También se puede rezar de forma individual utilizando alguna guía para ir meditando y dialogando con Cristo y con María Santísima a lo largo del recorrido. Al inicio de cada estación se suele decir la frase: “te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo”, y entre una estación y otra se recitan algunas estrofas de la secuencia “Stabat Mater Dolorosa”, del Salmo 50 o de otro canto apropiado.

Esta oración bien hecha nos lleva a crecer en el amor a Jesucristo contemplan-do lo que hizo por amor a cada uno de nosotros, por ti y por mí. Nos ayuda a recordar los sufrimientos de Cristo y a descubrir la profundidad y el misterio sumamente complejo, en el que el dolor humano en su más alto grado, el pecado en su más trágica repercusión, el amor en su expresión más generosa y heroica, y la muerte en su más cruel victoria y en su definitiva derrota, adquieren la evidencia más impresio-nante (Cf Pablo VI, 24 de marzo de 1967). En el Vía Crucis, la Iglesia acompaña a Jesús que lleva su cruz y acompaña al hombre de hoy que sufre y se enfrenta con el pecado en su vida. De acuerdo a una antiquísima tradición de la Iglesia, las estaciones del Vía Crucis son 14. Vamos a recorrerlas inspirándonos en el Vía Crucis romano del Viernes Santo de 1984 escrito por Juan Pablo II:

I. Jesús es condenado a muerte (Cf Mateo 27, 24-26; Lucas 23, 24-25; Juan 19, 13-16). El Vía Crucis de Jerusalén parte de la Torre Antonia, el cuartel desde el que los soldados romanos vigilaban la ciudad (Cf Hechos de los Apóstoles 21, 27-40). Según la tradición fue allí donde Jesucristo recibió la condena a muerte, una condena sin juicio, basada sólo en la opinión del pueblo enardecido y mentalizado. Él, que no había venido a juzgar, sino a salvar (Cf Juan 3, 17), es sometido a una injusticia y desde esa injusticia se realiza la redención. El Eterno Amor obra la salvación por medio de la injusticia del ser humano.

II. Jesús es cargado con la cruz (Cf Mateo 27, 31; Marcos 15, 16-20; Juan 19, 17). El tiempo que pasaba entre la declaración de la sentencia y la ejecución servía para que los soldados se divirtiesen a costa del condenado. Con él pagaban sus frustraciones y sus deseos de venganza de aquel pueblo hostil para ellos. Después de la flagelación y la burla con la corona de espinas, Cristo recibió el travesaño horizontal de la cruz sobre sus espaldas y salió de nuevo a la calle donde le esperaba una multitud que le gritaba y escupía. Jesús encarna los cantos del Siervo de Yahveh (Cf Isaías 42, 1-9; 49, 1-7; 50, 4-11; 52, 13 – 53, 12).

III. Jesús cae por primera vez. La caída de Jesús expresa la verdad de la cruz. La cruz es un peso que supera las fuerzas del hombre; por eso, el ser humano cae bajo el peso de la cruz. Jesucristo, el que había resucitado a Lázaro y había dominado el viento y la tempestad, cae tres veces durante su camino para mostrarnos su amor en la debilidad, para redimirnos con lo que a nosotros más nos escandaliza de la condición humana: nuestra debilidad.

IV. Jesús encuentra a su Madre. María se encuentra con su Hijo igual que lo encontró en Jerusalén cuando Él tenía 12 años. Ahora comprende cuáles son las cosas del Padre de las que debía ocuparse (Cf Lucas 2, 46-50). María Santísima aparece como la siempre fiel, que edificó su vida desde la fe. No nos podemos imaginar este encuentro lleno de dolor y de esperanza. El Hijo siente el ver sufrir a su Madre y Ella, en su impotencia, sólo puede ayudar a su Hijo adhiriéndose también a la voluntad del Padre y aceptando aquel dolor de su Hijo por amor a sus hijos. María está siempre presente en nuestro sufrimiento como Madre del consuelo y la esperan-za.

V. Jesús es ayudado por el Cireneo a llevar la cruz (Cf Marcos 15, 20-21). Jesús ya no puede llevar el travesaño de la cruz, está al límite de sus fuerzas físicas. Nadie quiere ayudarle, es un condenado a muerte. Tienen que obligar a un curioso que venía del campo y se detuvo a ver qué pasaba. Cuánto daríamos por haber estado allí y haber ayudado a Cristo en ese trance tan doloroso y, sin embargo, no nos damos cuanta de que sin necesidad de haber pisado la Vía Dolorosa en aquel primer Viernes Santo, podemos ayudar a Cristo a llevar su cruz. Él lleva sobre sí nuestros pecados, nuestros egoísmos, la cruz que carga se la hemos construido nosotros. Los hombres somos muchas veces insensibles ante el dolor de nuestros semejantes, fácilmente encontramos disculpas para no ayudarles a llevar su cruz, como las encontraban los contemporáneos de Jesús.

VI. La Verónica enjuga el rostro de Jesús. El Evangelio no recoge este episodio, pero las más antiguas tradiciones lo reportan recordando incluso el nombre de la mujer. Sólo una mujer era capaz de este finísimo acto de amor y compasión, sólo ellas tienen esta capacidad de amar que se expresa en gestos de extrema delicadeza. A ella no la obliga nadie, lo hace por amor. La tradición dice que en el paño quedó trazada la imagen del rostro de Cristo. Así es siempre, en cada acto de amor, de misericordia, de compasión, se revela el rostro del Señor.

VII. Jesús cae por segunda vez. Jesucristo está ofreciendo a Dios un sacrificio por nuestras ofensas a su amor. Su entrega absoluta repara nuestras faltas de amor. Él, el sin-pecado, el anti-pecado, se ha unido a cada hombre en esta caída. El hombre cae y le cuesta levantarse, llega a la aberración de amar la caída. Jesucristo cae para levantar al ser humano; paradójicamente cae para levantarnos; no nos quita las dificultades, pero nos da la fuerza para superarlas. De aquí debe nacer nuestra resolución de levantarnos siempre, de buscar su misericordia y amar la lucha por Él, no la comodidad de la caída.

VIII. Jesús consuela a las santas mujeres (Cf Lucas 23, 27-31). Jesucristo es consuelo. Dios no quiere el dolor del ser humano (Cf Catequesis del Papa Juan Pablo II, 24 de marzo de 1999) que es consecuencia del pecado, del poderío del mal en el mundo, de la imperfección humana. Todos los sufrimientos del ser humano, ligados a la herencia del pecado, confluyen en el sufrimiento de Cristo. Desde ese sufrimiento nos dice: “no lloren”, “no teman”, el mal no va a triunfar. Él ha vencido a todo lo que nos amenaza.

IX. Jesús cae por tercera vez. La tercera caída, quizás la más dolorosa, a pocos metros del Calvario. Cada vez está más exhausto. Cae abrumado por el peso de los pecados que carga sobre sí (Cf II Corintios 5, 21). No hay que olvidar que todo esto lo hace por mí, por amor a mí, para pagar todas mis culpas y abrirme las puertas de la vida eterna junto al Padre (Cf Juan 14, 1-3). El que no conocía el pecado experimentó en el camino de la cruz los terribles sufrimientos que causa la desobediencia a Dios. Paga con su obediencia (Cf Hebreos 10, 5-7) y con el dolor de su corazón, lo que los seres humanos hemos destruido con nuestra desobediencia y nuestra sober-bia.

X. Jesús es despojado de sus vestiduras (Cf Mateo 27, 33-36; Marcos 15, 24; Juan 19, 23-24). Llegan al Monte de la Calavera (hasta la forma del monte era siniestra). Los soldados le ofrecen posca, una bebida que usaban los legionarios romanos para mitigar el dolor de las heridas en el combate y poder seguir luchando. Él lo rechaza, quiere apurar el cáliz hasta el final, no quiere disminuir el sufrimiento por nada; lo ha aceptado libremente y por amor. Le quitan sus vestiduras y se abren de nuevo las heridas de la flagelación. Le despojan de todo; los seres humanos sabemos lo difícil que es despojarse de todo, especialmente de uno mismo. Jesucristo lo hace por amor, la única fuerza que puede llevar al ser humano a prescindir de sí mismo.

XI. Jesús es clavado en la cruz (Cf Mateo 27, 33-34; Marcos 15, 27-28; Lucas 23, 33-34; Juan 19, 18-20). El instrumento de tortura y de muerte se convierte en el signo de nuestra victoria desde el momento en que clavan en él al Hijo de Dios. La cruz es inevitable en nuestra vida llena de sufrimientos, pero podemos tomarla con Cristo o sin Él. Con Cristo se hace más llevadera, menos absurda; es signo de redención. Sin Cristo, sólo lleva a la desesperación.
XII. Jesús muere en la cruz (Cf Mateo 27, 50; Lucas 23, 44-48; Juan 19, 28-30). Después de entregarnos a su Madre como Madre nuestra, Jesucristo expira su último aliento. Contemplando esta estación, nos viene a la mente una pregunta: ¿Era necesario para la salvación del hombre que Dios entregase a Su Hijo a la muerte en la cruz? El Papa nos responde: “¿Podía ser de otro modo? ¿Podía Dios, digamos, justificarse ante la historia del hombre, tan llena de sufrimientos, de otro modo que no fuera poniendo en el centro de esa misma historia la misma Cruz de Cristo? Evidentemente, una respuesta podría ser que Dios no tiene necesidad de justificarse ante el hombre: es suficiente con que sea todopoderoso; desde esa perspectiva, todo lo que hace o permite debe ser aceptado. Esta es la postura del bíblico Job. Pero Dios, que además de ser Omnipotencia, es Sabiduría y -repitámoslo una vez más- Amor, desea, por así decirlo, justificarse ante la historia del hombre. No es el Absoluto que está fuera del mundo y al que, por tanto, le es indiferente el sufrimiento humano. Es el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, un Dios que comparte la suerte del hombre y participa de su destino” (Juan Pablo II, Cruzando el Umbral de la Esperanza, cap. 10).

XIII. Jesús es bajado de la cruz (Cf Mateo 27, 57-59; Marcos 15, 43-46; Juan 19, 34-39). La cara de la Piedad de Miguel Ángel nos lo dice todo: hay un profundo dolor, pero también hay una esperanza, no todo acaba ahí. Cristo vuelve a los brazos de su Madre. Ella nos lo entregó en Belén cuando no quisimos darle alojamiento en nuestras casas y ahora se lo devolvemos ensangrentado, muerto. Una espada ha atravesado su alma (Cf Lucas 2, 34). El dolor de la Madre es también esperanza de salvación para sus hijos. El que vive unido a María, no puede temer en el momento de la muerte. Ella, la Madre del Redentor, intercede por aquellos por los que murió su Hijo, por nosotros.

XIV. Jesús es colocado en el sepulcro (Cf Mateo 27, 59-66; Marcos 15, 46-47; Lucas 23, 50-54; Juan 19, 40-42). Parece que todo ha terminado, que han triunfado los enemigos de Cristo, pero el sepulcro de Cristo es semilla de nueva vida, es el germen del hombre nuevo creado según Dios en la santidad de la verdad. El sepulcro de Cristo es una llamada constante a despojarnos del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias, a renovar el espíritu de nuestra mente y a revestirnos del hombre nuevo formado a imagen de Cristo (Cf Efesios 4, 20-24; Filipenses 3, 8-15). Hoy, en Jerusalén y en muchos lugares, se suele terminar el Vía Crucis incluyendo otra estación: la XV, la Resurrección del Señor.

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VIA CRUCIS PARA NIÑOS Y ADOLESCENTES


Traducido y adaptado de una edición de Baltimore, USA, preparada por W.J. Mc Loughlin.

Cada estación puede empezar con una jaculatoria (“Te adoramos, Cristo y te bendecimos…) o con una estrofa de un canto. Y entre la reflexión y la oración es bueno hacer un momento de silencio.

Oración inicial

Jesús, vamos a recorrer contigo las estaciones de tu agonía y tu muerte. Vamos a pasar un poco de tiempo contigo, renovando el sacrificio que nos dio la vida. Por ese sacrificio tuyo en la Cruz somos cristianos, y hemos recibido las gracias de Dios. Por ese sacrificio tuyo hemos sido salvados. Ayúdanos a comprender un poco mejor, a amar un poco más, para que después de meditar sobre estas quince estaciones de tu Vocación salvadora, nosotros mismos nos decidamos a dar algo de nosotros. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

1. Jesús, condenado a muerte

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Estás totalmente solo. Ningún amigo te ayuda. Nadie va a defenderte. Has gastado toda tu vida ayudando a los demás, haciendo milagros, curando y haciendo favores a todos. Cuando yo soy acusado, por mis padres o maestros, por algo que no he hecho, ayúdame a recordar la que Tú hiciste por mí, cómo aceptaste las acusaciones y no te quejaste.

Oremos: Oh Dios, muchas veces la gente no parece entenderme. Saltan a conclusiones y me gritan por algo que no he hecho, o no tenía intención de hacer, Ayúdame a aceptar los errores de los demás como Tú aceptaste los errores que yo cometo en mi vida. Por Cristo Nuestro Señor. Amén.

Pequé, Señor, pequé.
Ten piedad y misericordia de mí

2. Jesús acepta su Cruz

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

En el momento en el que cargas con la cruz sobre tus hombros, ya sabes con seguridad que no te la quitarán hasta que te encuentres clavado a ella en el monte Calvario. Pero la aceptas igual. La cruz son todos los problemas, y los problemas nadie los quiere. La cruz no es nada dulce, pero es algo que forma parte de nuestra vida humana. No creo que te pueda prometer que buscaré la cruz a lo largo de mi vida, pero lo que sí te prometo es que intentaré llevarla cuando me la envíes Tú.

Oremos: Oh Dios, mis problemas les suelen parecer pequeños a muchas personas mayores, pero Tú sabes que no son pequeños para mí. Estas cruces no son fáciles de llevar, pero cuando esté a punto de quejarme de ellas, ayúdame a recordar a Cristo y su Cruz.

Pequé, Señor, pequé.
Ten piedad y misericordia de mí

3. Jesús cae

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Has perdido mucha sangre, oh Cristo, por el brutal trato que has recibido. Estás débil y a punto de desmayarte de dolor. Y ahora caes al suelo. Nadie parece dispuesto a ayudarte, tampoco. Los soldados te dan empujones y patadas y te gritan que te levantes y sigas caminando. Caes de debilidad pero de alguna manera logras encontrar fuerzas para levantarte y seguir tu camino. Sigues con lo que has empezado.

Oremos: Oh Dios, sé que muchas veces empiezo cosas y luego me canso de ellas. O bien no las hago bien o intento olvidarme de ellas. A veces me tienen que regañar en la escuela porque no pongo atención en lo que estoy haciendo. Ayúdame, oh Dios, a ser como tu Hijo. Ayúdame a ser constante en las cosas buenas que he empezado y a llevarlas hasta el final lo mejor que pueda.

Pequé, Señor, pequé.
Ten piedad y misericordia de mí

4. Jesús encuentra a su madre

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

En medio de los gritos y los insultos que te dirigen tantas personas, finalmente encuentras a alguien que te quiere bien y que siente dolor por ti. Es tu Madre. Ella no puede hacer mucho para detener tu sufrimiento, pero te dirige una mirada que te muestra que está sufriendo contigo, y eso te ayuda en tu camino. Alguien te entiende.

Oremos: Oh Dios, Tú me diste a mis padres. Nadie más en todo el mundo es mi padre y mi madre. Gracias por este regalo que me has hecho. Por muy duras que sean las cosas en la vida, yo sé que ellos están ahí y que de veras me quieren. Ayúdame a mostrarles yo también mi amor.

Pequé, Señor, pequé.
Ten piedad y misericordia de mí 


5.Simón ayuda a Jesús a llevar la Cruz

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Los soldados tienen miedo de que no seas capaz de llagar hasta el monte, para la crucifixión. Estás cada vez más débil. Por eso llaman a un hombre en la multitud, un hombre llamado Simón de Cirene, el Cirineo, y le obligan a llevar tu cruz durante un rato. El no quiere, pero le obligan. A él le gustaría más bien estar allí, mirando, viendo lo que pasa. El no había venido para ayudarte: pero ahora está llevando tu Cruz.

Oremos: Oh Dios tengo que confesar que yo soy bastante como este Simón. Cuántas veces podría haber ayudado a otras personas: por ejemplo cuidando a mis hermanitos pequeños, o ayudando a un compañero de clase en los estudios, o prestándome a ir a la tienda o a preparar los platos de la mesa. Ayúdame a hacer algo más que estar ahí y contemplar lo que pasa a mí alrededor. Ayúdame a ayudar a los demás.

Pequé, Señor, pequé.
Ten piedad y misericordia de mí

6. La Verónica seca el rostro de Jesús

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

De repente se detiene la marcha hacia el Calvario. Una mujer se adelanta. Su nombre es Verónica. Toma un lienzo de tela y te seca la cara, para quitarte el sudor y la sangre. Te ofrece un poco de alivio. Y para premiar su bondad, Tú haces que en la tela quede impreso tu rostro. A pesar de que estás a punto de morir, sigues haciendo el bien a todos.

Oremos: Oh Dios, enseñame a dar un poco de mí mismo a todo el que me necesita. Enséñame a salir de mi propio camino y a ayudarles aún cuando no me lo hayan pedido. Ya sé que hace falta mucha valentía para ser como la Verónica: ayudar a los que han caído en desgracia y son objeto de burlas de la gente. Ayúdame a ser como ella, o sea, a ser un buen cristiano.

Pequé, Señor, pequé.
Ten piedad y misericordia de mí

7. Jesús cae de nuevo

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Es la segunda vez que has caído en el camino de la Cruz. Esta vez te costará más levantarte. El peso de esa cruz se te hace cada vez más pesado. Pero te esfuerzas y pronto estás de nuevo en pie, para continuar tu marcha, la marcha que te llevará a tu muerte y a nuestra salvación.

Oremos:
Oh Dios, hay tantas cosas que intentan hundirme a mí. Yo no las entiendo todas. Todo eso que leo en los periódicos y veo en la televisión sobre muertes y crímenes. Ayúdame a levantarme de todo eso. Ayúdame a continuar mi camino, como lo hizo tu Hijo Jesús.

Pequé, Señor, pequé.
Ten piedad y misericordia de mí

8. Jesús se encuentra con las mujeres

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

A lo largo del camino que Tú sigues, hay un grupo de mujeres que te están contemplando. Cuando pasas junto a ellas, te das cuenta que están llorando. Te detienes un poco para dirigirles tu palabra. Quieres darles un poco de alivio para su dolor. Es muy propio de Ti: están llorando por Ti, por tu dolor y Tú te paras y quieres ayudarles para que no sufran ellas.

Oremos:
Oh Dios, cuántas veces me encierro en mí mismo y me olvido de los demás. Cuántas veces no pienso en nadie más que en mi mismo. Ayúdame a darme cuenta de que también los demás tienen problemas y que necesitan ayuda. Enséñame a darles toda la ayuda de que yo sea capaz.

Pequé, Señor, pequé.
Ten piedad y misericordia de mí

9. Jesús cae por tercera vez

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Te estás acercando al monte Calvario. Y una vez más caes bajo el peso de la cruz. La cumbre de esa colina significa el final de tu vida humana, pero es también el lugar en el que vas a salvar a la humanidad cumpliendo la voluntad de tu Padre. Sobreponiéndote a la debilidad que ha llenado tu cuerpo, la vista de esa montaña te da las fuerzas que necesitas para levantarte una vez más y seguir tu camino. Te levantas. Coges tu Cruz. Sigues.

Oremos: Oh Dios, estas tres caídas son toda una lección para mí. Me estás diciendo que no importa cuántas veces pueda yo caer en desobediencia, en descuidos, en mentiras, en engaños: lo que yo necesito cada vez es saber levantarme y probar una vez más. Y si yo lo intento, Tú me ayudarás. Y cuando trabajamos juntos, Tú y yo, yo puedo ser el que Tú quieres que sea.

Pequé, Señor, pequé.
Ten piedad y misericordia de mí


10. Jesús es despojado de sus vestidos

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Los soldados te arrebatan el manto que te habían puesto después de haberte azotado en casa de Pilato. Las heridas se te abren de nuevo y todo tu cuerpo está lleno de sangre y heridas. Algunos entre la gente se burlan de ti y te insultan. Te dicen que hagas un milagro y que entonces creerán en ti. Poco saben lo que estás a punto de hacer: el mayor de los milagros, la salvación de todo el mundo.

Oremos:
Oh Dios, ante Jesús que es despojado de sus vestidos, ayúdame a recordar siempre que mi cuerpo lo tengo que conservar puro y limpio. Ayúdame a superar las tentaciones de este mundo y ser como tu Hijo. Ayúdame a colaborar con El, en la salvación del mundo, siendo valiente para conservar puros mis pensamientos, mis palabras y acciones.

Pequé, Señor, pequé.
Ten piedad y misericordia de mí


11. Jesús es clavado en la cruz.

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Estás ahora extendido sobre la cruz y los soldados han empezado a clavarte los gruesos clavos en tus manos y en tus pies, cosiéndote al madero. Todos se ríen de ti. Los soldados se han jugado a los dados tus vestidos. Todos parecen haberse vuelto locos. Tú no les has dado más que amor y bondad, y todo lo que te ofrecen ahora son unos clavos a través de tus manos y tus pies.

Oremos:
Oh Dios, el hombre parece a veces más un animal que un ser humano. Nos hacemos daño los unos a los otros burlándonos del color de la piel, o de los defectos en el modo de hablar, o de los vestidos pobres; cosas que no tienen ninguna importancia. Haz que nunca sea yo quien clave un clavo en el cuerpo de otros con mis desprecios o mis injusticias o mi fanatismo.

Pequé, Señor, pequé.
Ten piedad y misericordia de mí

12. Jesús muere.

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. Mueres en la cruz.

¿Qué te diré? Voy a hacer silencio durante unos momentos para hablarte con mis palabras, desde dentro, y decirte cuáles son mis sentimientos y mi amor por ti. (Silencio).

Pequé, Señor, pequé.
Ten piedad y misericordia de mí

13. Jesús es bajado de la cruz.

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Con qué brutalidad te clavaron en la cruz, y con qué delicadeza te bajan ahora de la misma. Te colocan en los brazos de tu Madre y te limpian de toda tu sangre y suciedad. Te tratan con todo cariño. Parece que siempre nos sentimos más amables cuando vemos la muerte, y nos volvemos más favorables a una persona cuando ya ha muerto. Si aprendiéramos a decir esas cosas amables cuando las personas están vivas, y ser buenos los unos para con los otros cuando vivimos: sería mucho más fácil vivir esa vida nueva que Tú nos has enseñado.

Oremos: Oh Dios, yo viviré en esta tierra puede ser que diez, veinte, sesenta o setenta años. Ayúdame a hacer felices a todos los que vivan a mi lado. Ayúdame a ser amable en mis palabras y en mis acciones para con ellos, mientras viven. Si les ayudo a ser felices, también yo seré más feliz.

Pequé, Señor, pequé.
Ten piedad y misericordia de mí

14. Jesús es enterrado.

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo
.

Eres colocado en tu sepulcro. Echan a rodar la gran piedra en la entrada y allí quedas tú, en tu tumba. Pero yo se que en tres días Tú vas a resucitar. Y vas a dar un nuevo sentido a la vida, y nos vas a enseñar un nuevo modo de vivirla. Resucitarás de entre los muertos y así la muerte habrá perdido su presa sobre la humanidad y nuestros miedos serán superados, porque Tú has demostrado que eres el Hijo de Dios.

Oremos: Oh Dios, por difíciles que parezcan las cosas, no podrán llegar a lo dura que fue la vida de tu Hijo. Y a pesar de sus sufrimientos, todo acabó bien al final. Tú nos prometes también a nosotros la victoria final, y por eso queremos permanecer contigo. Ayúdame a seguir siempre el camino de Cristo Jesús: aceptando lo que no podemos cambiar, cambiando lo que podemos por el bien de la humanidad, siguiendo de cerca el camino que Tú has pensado para mí en los años que me toque vivir en este mundo.

Pequé, Señor, pequé.
Ten piedad y misericordia de mí

15. La resurrección

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Como la oscuridad de la noche queda vencida por el resplandor de la aurora, así ha sucedido en ti el milagro de la Nueva Vida. Al acercarse el brillo del sol, otra Luz llena de alegría a todos: la tumba está vacía y el Dios-Hombre se ha alzado de la muerte y camina de nuevo en esta tierra. El sufrimiento, la dureza, las torturas de su vida han quedado engullidas en la gloria de su resurrección. Cristo ha resucitado y el mundo entero, lleno de esperanza grita: ¡Aleluya!

Oremos: Oh Dios, ojalá se me ocurriera más veces detenerme y mirar a mi propia vida. Yo, por el Bautismo, estoy unido a Cristo. Mi vida, según tus planes, es un reflejo de su vida. También yo puedo superar todo eso porque esa es mi herencia como cristiano: levantarme, renovarme, ser cada vez más perfecto, y gritar con todos los que tienen esperanza mi gozoso ¡Aleluya, aleluya, aleluya!.

Via Crucis: San Alfonso María de Ligorio


Primera Estación

Jesús es sentenciado a muerte

Considera cómo Jesús, después de haber sido azotado y coronado de espinos, fue injustamente sentenciado por Pilato a morir crucificado.

ADORADO Jesús mío: mis pecados fueron más bien que Pilato, los que os sentenciaron a muerte. Por los méritos de este doloroso paso, os suplico me asistáis en el camino que va recorriendo mi alma para la eternidad. Os amo, ¡ oh Jesús mío más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mi como os agrade. Amén.



Segunda Estación

Jesús es cargado con la cruz

Considera cómo Jesús, andando este camino con la cruz a cuestas, iba pensando en ti y ofreciendo a su Padre por tu salvación la muerte que iba a padecer.

AMABILÍSIMO Jesús mío: abrazo todas las tribulaciones que me tenéis destinadas hasta la muerte, y os ruego, por los méritos de la pena que sufristeis llevando vuestra Cruz, me deis fuerza para llevar la mía con perfecta paciencia y resignación. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mío!, más que a mi mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.


Tercera Estación

Jesús cae por primera vez

Considera esta primera caída de Jesús debajo de la Cruz. Sus carnes estaban despedazadas por los azotes; su cabeza coronada de espinas, y había ya derramado mucha sangre, por lo cual estaba tan débil, que apenas podía caminar; llevaba al mismo tiempo aquel enorme peso sobre sus hombros y los soldados le empujaban; de modo que muchas veces desfalleció y cayó en este camino.

AMADO Jesús mío: más que el peso de la Cruz, son mis pecados los que os hacen sufrir tantas penas. Por los méritos de esta primera caída, libradme de incurrir en pecado mortal. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mio !, más que a mi mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.


Cuarta Estación

Jesús encuentra a su afligida madre

Considera el encuentro del Hijo con su Madre en este camino. Se miraron mutuamente Jesús y Maria, y sus miradas fueran otras tantas flechas que traspasaron sus amantes corazones.

AMANTÍSIMO Jesús mío: por la pena que experimentasteis en este encuentro, concededme la gracia de ser verdadero devoto de vuestra Santísima Madre. Y Vos, mi afligida Reina, que fuisteis abrumada de dolor, alcanzadme con vuestra intercesión una continua y amorosa memoria de la Pasión de vuestro Hijo. Os amo, ¡Oh Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.



Quinta Estación

Simón ayuda a Jesús a llevar la cruz

Considera cómo los judíos, al ver que Jesús iba desfalleciendo cada vez más, temieron que se les muriese en el camino y, como deseaban verle morir de la muerte infame de Cruz, obligaron a Simón el Cirineo a que le ayudase a llevar aquel pesado madero.

DULCÍSIMO Jesús mío: no quiero rehusar la Cruz, como lo hizo el Cirineo, antes bien la acepto y la abrazo; acepto en particular la muerte que tengáis destinada para mí, con todas las penas que la han de acompañar, la uno a la vuestra, y os la ofrezco. Vos habéis querido morir por. mi amor, yo quiero morir por el vuestro y por daros gusto; ayudadme con vuestra gracia. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mío! más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.


Sexta Estación

La Verónica limpia el rostro de Jesús

Considera cómo la devoto mujer Verónica, al ver a Jesús tan fatigado y con el rostro bañado en sudar y sangre, le ofreció un lienzo. y limpiándose con él nuestra Señor, quedó impreso en éste su santa imagen.

AMADO Jesús mío: en otro tiempo vuestro rostro era hermosisímo; mas en este doloroso viaje, las heridas y la sangre han cambiado en fealdad su hermosura. ¡ Ah Señor mío, también mi alma quedó hermosa a vuestros ojos cuando recibí la gracia del bautismo, mas yo la he desfigurado después con mis pecados. Vos sólo, ¡ oh Redentor mío!, podéis restituirle su belleza pasada: hacedlo por los méritos de vuestra Pasión. Os amo, ¡oh Jesús, amor mío!, más que a mi mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.


Séptima Estación

Jesús cae por segunda vez

Considera la segunda caída de Jesús debajo de la Cruz, en la cual se le renueva el dolor de las heridas de su cabeza y de todo su cuerpo al afligido Señor.

OH pacientísimo. Jesús mio. Vos tantas veces me habéis perdonado, y yo he vuelto a caer y a ofenderos. Ayudadme, por los méritos de esta nueva caída, a perseverar en vuestra gracia hasta la muerte. Haced que en todas las tentaciones que me asalten, siempre y prontamente me encomiende a Vos. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mío! más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.



Octava Estación

Las mujeres de Jerusalén lloran por Jesús

Considera cómo algunas piadosas mujeres, viendo a Jesús en tan lastimosa estado, que iba derramando sangre por el camino, lloraban de compasión; mas Jesús les dijo: no lloréis por mí, sino por vosotras mismas y por vuestras hijos.

AFLIGIDO Jesús mío: lloro las ofensas que os he hecho, por los castigos que me han merecido, pero mucho más por el disgusto que os he dado a Vos, que tan ardientemente me habéis amado. No es tanto el Infierno, como vuestro amor, el que me hace llorar mis pecados. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.



Novena Estación

Jesús cae por tercera vez

Considera la tercera caída de Jesucristo. Extremada era su debilidad y excesiva la crueldad de los verdugos, que querían hacerle apresurar el paso, cuando apenas le quedaba aliento para moverse.

ATORMENTADO Jesús mío: por los méritos de la debilidad que quisisteis padecer en vuestro camino al Calvario, dadme la fortaleza necesaria para vencer los respetos humanos y todos mis desordenados y perversos apetitos, que me han hecho despreciar vuestra amistad. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.



Décima Estación

Jesús es despojado de sus vestiduras

Considera cómo al ser despojado Jesús de sus vestiduras por los verdugos, estando la túnica interior pegada a las carnes desolladas por los azotes, le arrancaran también con ella la piel de su sagrado cuerpo. Compadece a tu Señor y dile:

INOCENTE Jesús mío: por los méritos del dolor que entonces sufristeis, ayudadme a desnudarme de todos los afectos a las cosas terrenas, para, que pueda yo poner todo mi amor en Vos, que tan digno sois de ser amado. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.



Undécima Estación

Jesús es clavado en la cruz

Considera cómo Jesús, tendido sobre la Cruz, alarga sus pies y manos y ofrece al Eterno Padre el sacrificio de su vida por nuestra salvación; le enclavan aquellos bárbaros verdugos y después levantan la Cruz en alto, dejándole morir de dolor, sobre aquel patíbulo infame.

OH despreciado Jesús mío. Clavad mi corazón a vuestros pies para que quede siempre ahí amándoos y no os deje más. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido: no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez: haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.


Duodécima Estación

Jesús muere en la cruz

Considera cómo Jesús, después de tres horas de agonía, consumido de dolores y exhausto de fuerzas su cuerpo, inclina la cabeza y expía en la Cruz.

OH difunto Jesús mío. Beso enternecido esa Cruz en que por mí habéis muerto. Yo, por mis pecados, tenía merecida una mala muerte, mas la vuestra es mi esperanza. Ea, pues. Señor, por los méritos de vuestra santísima muerte, concededme la gracia de morir abrazado a vuestros pies y consumido por vuestro amor. En vuestras manos encomiendo mi alma. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.


Decimotercera Estación

Jesús es bajado de la cruz

Considera cómo, habiendo expirado ya el Señor, le bajaron de la Cruz dos de sus discípulos. José y Nicodemo, y le depositaran en los brazos de su afligida Madre, María, que le recibió con ternura y le estrechó contra su pecho traspasado de dolor.

OH Madre afligida. Por el amor de este Hijo, admitidme por vuestro siervo y rogadle por mí. Y Vos, Redentor mío, ya que habéis querido morir por mí, recibidme en el número de los que os aman más de veras, pues yo no quiero amar nada fuera de Vos. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.


Decimocuarta Estación

Jesús es colocado en el sepulcro

Considera cómo los discípulos llevaron a enterrar o Jesús, acompañándole también su Santísima Madre, que le depositó en el sepulcro con sus propias manos. Después cerraron la puerta del sepulcro y se retiraron.

OH Jesús mío sepultado. Beso esa losa que os encierra. Vos resucitasteis después de tres días; por vuestra resurrección os pido y os suplico me hagáis resucitar glorioso en el día del juicio final para estar eterna-mente con Vos en la Gloria, amándoos y bendiciéndoos. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mio!, más que a mí mismo, me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.

La Devoción del Via Crucis


1. El Via Crucis sigue siendo un modo de oración muy válido, sobre todo en las últimas semanas de la Cuaresma, cuando la atención de la comunidad cristiana se centra en la Pasión de Cristo.

Es un ejercicio piadoso que tiene como tema de meditación y oración el mismo que la liturgia: la muerte salvadora de Jesús, su entrega pascual. Eso sí, tiene una pedagogía distinta: las «estaciones», imitando el camino de Jesús hacia la Cruz; lecturas bíblicas; oraciones más libres; estrofas de algún canto adecuado; momentos de silencio reflexivo.

Tanto si se hace en la iglesia como en un espacio abierto, el Via Crucis puede ser una buena experiencia de oración y una preparación válida para la celebración de la Pascua. No es extraño que, históricamente, esta clase de oración caminante tuviera su origen en Jerusalén, donde los peregrinos pronto empezaron a querer seguir las huellas del camino de Jesús hacia el Calvario, a lo largo de la «Via dolorosa”. Pero, al correr de los siglos, también en otros lugares se quiso imitar este ejercicio piadoso. Reflexionar y orar en torno a la muerte de Cristo ha sido siempre una de las dimensiones más populares de la fe cristiana.

La estructura actual de las catorce estaciones tomó forma en el siglo XVIII, pero siempre había existido un margen de flexibilidad en esta oración. En un tiempo como el nuestro, en el que incluso las formas más importantes de oración, por ejemplo las plegarias eucarísticas, han sido objeto de profunda revisión eclesial, no es extraño que también al Via Crucis le haya afectado este deseo de renovación.

Los criterios que poco a poco han ido prevaleciendo, por iniciativa privada y a veces también por orientaciones magisteriales (aunque por tratarse de algo que no es celebración litúrgica no sean tan oficiales), se puede decir que son estos:

a) dar importancia a las escenas que aparecen en el evangelio, y relativizar otras: así, permanece el recuerdo del Cireneo que ayuda a Jesús y su encuentro con las mujeres, y desaparece de las estaciones la escena de la Verónica. Desaparece también el encuentro de María con su Hijo durante el camino, mientras que se tiende a recordar con una estación su presencia con Juan al pie de la Cruz;

b) se evitan los duplicados: las tres caídas de Jesús, quedan reducidas a una;

c) se tiende a iniciar el camino de la cruz, no en la escena de la condena a muerte por parte de Pilato, como antes, sino en la Ultima Cena (que ya fue anticipo sacramental de la muerte de Cristo) o al menos en su agonía en Getsemaní;

d) también hay una opción bastante constante, de no terminar el Via crucis en la escena del sepulcro, sino en la resurrección; aunque sea «el camino de la cruz», pero se quiere concluir con la perspectiva de la nueva vida a la que pasa Cristo;

e) se han privilegiado las lecturas biblicas, aunque también tienen cabida las reflexiones más personales; en el Via Crucis del Viernes Santo, el Papa ha ido invitando a personas concretas a preparar y pronunciar las reflexiones y oraciones que les parecieran convenientes: el 1993, a una religiosa católica italiana; el 1994, a un patriarca ortodoxo; el 1995, a una monja protestante suiza…

Con estos criterios, se suele configurar ahora el Via Crucis de forma distinta.

Via Crucis tradicional

1. Jesús condenado a muerte
2. Jesús carga con la cruz
3. Jesús cae por primera vez
4. Encuentro con su madre
5. El cireneo
6. La Verónica
7. Cae por segunda vez
8. Mujeres de Jerusalén
9. Cae por tercera vez
10. Despojado de vestidos
11. Clavado en la cruz
12. Muerte de Jesús
13. Bajado de la cruz
14. Sepultado

Via Crucis más actualizado

1. La Ultima Cena (Mt 26, 20-29)
2. Agonía del huerto (Lc 22,41-46)
3. Arresto de Jesús (Mt 26,47-56)
4. Ante el Sanedrín (Mc 14,53-65)
5. Pedro le niega (Mc 14,66-72)
6. Ante Pilato (Jn 18,28-38)
7. Flagelación (Mc 15,15-19)
8. Condenado a muerte (Mt 27,12-15.26)
9. Cireneo y mujeres (Lc 23,26-32)
10. Crucifixión (Mc 15,22-30)
11. Palabras de Cristo (Lc 23,34)
12. Muerte de Jesús (Jn 19,31-34)
13. Sepultura (Lc 23,50-56)
14. Resurrecci6n (Mt 27,62-66; 28,1-7)

En ocasiones sucesivas, en el Via Crucis “del Papa”, se han variado algunas estaciones: a veces se omiten la Ultima Cena y la Resurrección, y se introducen la traición de Judas, la fe del buen ladrón y la presencia de María y Juan al pie de la Cruz.

El Via Crucis bien hecho nos ayuda:

– a meditar en la Pasión de Cristo, valorando la seriedad de su entrega redentora,

– a interpretar la historia contemporánea de la Humanidad como participación en este camino doloroso de Cristo,

– a solidarizarnos personalmente cada uno de nosotros tanto con el camino de Cristo como con el de la Humanidad: para dar esta dimensión de entrega pascual también a nuestra existencia, con sus fatigas y dificultades. Se trata de “concelebrar” con Cristo y con todos los hombres el misterio de la cruz: “tome su cruz y sígame”.

¿Que es el Via Crucis?


Condenado a muerte y cargado del madero, que había de ser el instrumento de nuestra redención, Jesús hizo este itinerario de dolor desde el pretorio de Pilato hasta el monte Calvario (Mt 27, 22-61; Mc 15; Lc 23; Jn 19). Era el primer Viernes Santo. Hoy, el recuerdo entrañable de estos momentos de la vida de Jesús se ha convertido en oración.

El Via crucis es, para muchos cristianos, un ejercicio de piedad lleno de contenido y de cariño agradecido. Consiste en seguir espiritualmente este mismo trayecto, deteniéndose ante 14 escenas o estaciones para meditar los sufrimientos de Jesucristo y unirse interiormente con Él.

Los distintos textos que se han hecho, son un instrumento, no sólo para la oración vocal, sino que pueda ayudar a la meditación personal, a la reflexión sobre el misterio de la redención y sobre todo al diálogo intimo con el Señor.

Los textos intentan ser un medio para la oración personal o comunitaria, sobre todo en momentos fuertes en que la Liturgia nos invita a asociarnos a la Pasión del Señor, por ejemplo en los viernes de Cuaresma, o el Viernes Santo.

Las “estaciones” (casi siempre 14), están tomadas de los relatos evangélicos de la Pasión.

Como se Reza el Viacrucis


Sugerencias prácticas para hacer con mayor fruto esta devoción tan propia del catolicismo

Para ayudar a vivir con fruto estos momentos de especial trato con Jesús, en cada una de las estaciones, es conveniente disponernos interiormente, considerando que ante la imposibilidad de estar físicamente presentes en Jerusalen en tiempos de Jesús, podemos, ahora, unirnos a ese camino que lo llevó por amo a nosotros hasta su muerte en la Cruz.

1. Se enuncia la Estación y se hace un momento de silencio.

2. Después del enunciado de cada una de las estaciones se puede decir:

V/ Te adoramos, Cristo, y te bendecimos.
R/ Porque con tu santa cruz redimiste al mundo

3. Después se suele rezar un Padrenuestro y un Avemaría.

4. Finalmente, antes de comenzar la siguiente estación, y para mover nuestro espíritu de penitencia, de reparación, de asociarnos a la redención de Cristo, podemos decir:

V/ Señor pequé.
R/ Tened piedad y misericordia de mi.

Posible texto inicial:

Vamos a comenzar este rato de oración siguiendo el Via crucis. Acompañamos a Jesús en el camino que recorrió hasta llegar al calvario. Queremos seguir los pasos del Hijo de Dios que, con su muerte, y su resurrección nos obtuvo la Vida para siempre. Para poder profundizar y entender la Pasión del Señor, es necesario tener en cuenta estos tres elementos:

A.
Un hecho: “padeció”, “sufrió”, “murió”.

B. Una finalidad: “por nosotros”, “por nuestros pecados”, “por nuestra salvación”.

C. Un móvil: “el amor a nosotros”, “la obediencia y amor al Padre”.

Jesús pasó por el mundo haciendo el bien. Mostró el rostro del amor de Dios a todos los hombres. Toda su vida fue de entrega amorosa, pero quiso rubricarlo de tal forma que no dejara lugar a dadas, y así lo manifestó en los últimos momentos de su vida: “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13, 1), hasta no poder más. Si no hay mayor prueba de amor que “el dar la vida por los amigos” (Jn 15, 13), Él nos ha demostrado que es el mejor amigo: padeció y se entregó por nosotros, por ti y por mi.

Nos disponemos a acompañar a Jesús en su camino hacia el Calvario. Estamos llenos de agradecimiento por su amor a nosotros, y al mismo tiempo nos duele haberle hecho sufrir tanto con nuestros pecados. Con estos sentimientos nos preparamos en unos momentos de silencio y oración.

ORACIÓN PREPARATORIA

Jesús, estamos aquí ante Ti, dispuestos a acompañarte en este camino de amor y sufrimiento redentor. Queremos meditar los acontecimientos que viviste tan intensamente y por amor a nosotros: desde la oración del huerto hasta tu muerte y sepultura. Nuestros pecados han sido la causa de tanto dolor. Por eso, te pedimos perdón y prometemos no ofenderte más.

María, Tú que siempre estuviste cerca de tu Hijo, ayúdanos a “tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús”. Tú, que permaneciste fiel al pie de la cruz, muéstranos el camino de la fidelidad.

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VIA CRUCIS SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO

San Alfonso tuvo una gran devoción a la meditación de la Pasión del Señor. Invita a considerar una escena y ayuda con una oración.

Primera Estación

Jesús es sentenciado a muerte

Considera cómo Jesús, después de haber sido azotado y coronado de espinos, fue injustamente sentenciado por Pilato a morir crucificado.

ADORADO Jesús mío: mis pecados fueron más bien que Pilato, los que os sentenciaron a muerte. Por los méritos de este doloroso paso, os suplico me asistáis en el camino que va recorriendo mi alma para la eternidad. Os amo, ¡ oh Jesús mío más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mi como os agrade. Amén.



Segunda Estación

Jesús es cargado con la cruz

Considera cómo Jesús, andando este camino con la cruz a cuestas, iba pensando en ti y ofreciendo a su Padre por tu salvación la muerte que iba a padecer.

AMABILÍSIMO Jesús mío: abrazo todas las tribulaciones que me tenéis destinadas hasta la muerte, y os ruego, por los méritos de la pena que sufristeis llevando vuestra Cruz, me deis fuerza para llevar la mía con perfecta paciencia y resignación. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mío!, más que a mi mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.


Tercera Estación

Jesús cae por primera vez

Considera esta primera caída de Jesús debajo de la Cruz. Sus carnes estaban despedazadas por los azotes; su cabeza coronada de espinas, y había ya derramado mucha sangre, por lo cual estaba tan débil, que apenas podía caminar; llevaba al mismo tiempo aquel enorme peso sobre sus hombros y los soldados le empujaban; de modo que muchas veces desfalleció y cayó en este camino.

AMADO Jesús mío: más que el peso de la Cruz, son mis pecados los que os hacen sufrir tantas penas. Por los méritos de esta primera caída, libradme de incurrir en pecado mortal. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mio !, más que a mi mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.


Cuarta Estación

Jesús encuentra a su afligida madre

Considera el encuentro del Hijo con su Madre en este camino. Se miraron mutuamente Jesús y Maria, y sus miradas fueran otras tantas flechas que traspasaron sus amantes corazones.

AMANTÍSIMO Jesús mío: por la pena que experimentasteis en este encuentro, concededme la gracia de ser verdadero devoto de vuestra Santísima Madre. Y Vos, mi afligida Reina, que fuisteis abrumada de dolor, alcanzadme con vuestra intercesión una continua y amorosa memoria de la Pasión de vuestro Hijo. Os amo, ¡Oh Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.



Quinta Estación

Simón ayuda a Jesús a llevar la cruz

Considera cómo los judíos, al ver que Jesús iba desfalleciendo cada vez más, temieron que se les muriese en el camino y, como deseaban verle morir de la muerte infame de Cruz, obligaron a Simón el Cirineo a que le ayudase a llevar aquel pesado madero.

DULCÍSIMO Jesús mío: no quiero rehusar la Cruz, como lo hizo el Cirineo, antes bien la acepto y la abrazo; acepto en particular la muerte que tengáis destinada para mí, con todas las penas que la han de acompañar, la uno a la vuestra, y os la ofrezco. Vos habéis querido morir por. mi amor, yo quiero morir por el vuestro y por daros gusto; ayudadme con vuestra gracia. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mío! más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.


Sexta Estación

La Verónica limpia el rostro de Jesús

Considera cómo la devoto mujer Verónica, al ver a Jesús tan fatigado y con el rostro bañado en sudar y sangre, le ofreció un lienzo. y limpiándose con él nuestra Señor, quedó impreso en éste su santa imagen.

AMADO Jesús mío: en otro tiempo vuestro rostro era hermosisímo; mas en este doloroso viaje, las heridas y la sangre han cambiado en fealdad su hermosura. ¡ Ah Señor mío, también mi alma quedó hermosa a vuestros ojos cuando recibí la gracia del bautismo, mas yo la he desfigurado después con mis pecados. Vos sólo, ¡ oh Redentor mío!, podéis restituirle su belleza pasada: hacedlo por los méritos de vuestra Pasión. Os amo, ¡oh Jesús, amor mío!, más que a mi mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.


Séptima Estación

Jesús cae por segunda vez

Considera la segunda caída de Jesús debajo de la Cruz, en la cual se le renueva el dolor de las heridas de su cabeza y de todo su cuerpo al afligido Señor.

OH pacientísimo. Jesús mio. Vos tantas veces me habéis perdonado, y yo he vuelto a caer y a ofenderos. Ayudadme, por los méritos de esta nueva caída, a perseverar en vuestra gracia hasta la muerte. Haced que en todas las tentaciones que me asalten, siempre y prontamente me encomiende a Vos. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mío! más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.



Octava Estación

Las mujeres de Jerusalén lloran por Jesús

Considera cómo algunas piadosas mujeres, viendo a Jesús en tan lastimosa estado, que iba derramando sangre por el camino, lloraban de compasión; mas Jesús les dijo: no lloréis por mí, sino por vosotras mismas y por vuestras hijos.

AFLIGIDO Jesús mío: lloro las ofensas que os he hecho, por los castigos que me han merecido, pero mucho más por el disgusto que os he dado a Vos, que tan ardientemente me habéis amado. No es tanto el Infierno, como vuestro amor, el que me hace llorar mis pecados. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.



Novena Estación

Jesús cae por tercera vez

Considera la tercera caída de Jesucristo. Extremada era su debilidad y excesiva la crueldad de los verdugos, que querían hacerle apresurar el paso, cuando apenas le quedaba aliento para moverse.

ATORMENTADO Jesús mío: por los méritos de la debilidad que quisisteis padecer en vuestro camino al Calvario, dadme la fortaleza necesaria para vencer los respetos humanos y todos mis desordenados y perversos apetitos, que me han hecho despreciar vuestra amistad. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.



Décima Estación

Jesús es despojado de sus vestiduras

Considera cómo al ser despojado Jesús de sus vestiduras por los verdugos, estando la túnica interior pegada a las carnes desolladas por los azotes, le arrancaran también con ella la piel de su sagrado cuerpo. Compadece a tu Señor y dile:

INOCENTE Jesús mío: por los méritos del dolor que entonces sufristeis, ayudadme a desnudarme de todos los afectos a las cosas terrenas, para, que pueda yo poner todo mi amor en Vos, que tan digno sois de ser amado. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.



Undécima Estación

Jesús es clavado en la cruz

Considera cómo Jesús, tendido sobre la Cruz, alarga sus pies y manos y ofrece al Eterno Padre el sacrificio de su vida por nuestra salvación; le enclavan aquellos bárbaros verdugos y después levantan la Cruz en alto, dejándole morir de dolor, sobre aquel patíbulo infame.

OH despreciado Jesús mío. Clavad mi corazón a vuestros pies para que quede siempre ahí amándoos y no os deje más. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido: no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez: haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.


Duodécima Estación

Jesús muere en la cruz

Considera cómo Jesús, después de tres horas de agonía, consumido de dolores y exhausto de fuerzas su cuerpo, inclina la cabeza y expía en la Cruz.

OH difunto Jesús mío. Beso enternecido esa Cruz en que por mí habéis muerto. Yo, por mis pecados, tenía merecida una mala muerte, mas la vuestra es mi esperanza. Ea, pues. Señor, por los méritos de vuestra santísima muerte, concededme la gracia de morir abrazado a vuestros pies y consumido por vuestro amor. En vuestras manos encomiendo mi alma. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.


Decimotercera Estación

Jesús es bajado de la cruz

Considera cómo, habiendo expirado ya el Señor, le bajaron de la Cruz dos de sus discípulos. José y Nicodemo, y le depositaran en los brazos de su afligida Madre, María, que le recibió con ternura y le estrechó contra su pecho traspasado de dolor.

OH Madre afligida. Por el amor de este Hijo, admitidme por vuestro siervo y rogadle por mí. Y Vos, Redentor mío, ya que habéis querido morir por mí, recibidme en el número de los que os aman más de veras, pues yo no quiero amar nada fuera de Vos. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.


Decimocuarta Estación

Jesús es colocado en el sepulcro

Considera cómo los discípulos llevaron a enterrar o Jesús, acompañándole también su Santísima Madre, que le depositó en el sepulcro con sus propias manos. Después cerraron la puerta del sepulcro y se retiraron.

OH Jesús mío sepultado. Beso esa losa que os encierra. Vos resucitasteis después de tres días; por vuestra resurrección os pido y os suplico me hagáis resucitar glorioso en el día del juicio final para estar eterna-mente con Vos en la Gloria, amándoos y bendiciéndoos. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mio!, más que a mí mismo, me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.

El Viacrucis


Que es el Viacrucis

“Via crucis” son dos palabras latinas cuyo significado podría traducirse como “camino de la cruz”.

Condenado a muerte y cargado del madero, que había de ser el instrumento de nuestra redención, Jesús hizo este itinerario de dolor desde el pretorio de Pilato hasta el monte Calvario (Mt 27, 22-61; Mc 15; Lc 23; Jn 19). Era el primer Viernes Santo. Hoy, el recuerdo entrañable de estos momentos de la vida de Jesús se ha convertido en oración.

El Via crucis es, para muchos cristianos, un ejercicio de piedad lleno de contenido y de cariño agradecido. Consiste en seguir espiritualmente este mismo trayecto, deteniéndose ante 14 escenas o estaciones para meditar los sufrimientos de Jesucristo y unirse interiormente con Él.

Los distintos textos que se han hecho, son un instrumento, no sólo para la oración vocal, sino que pueda ayudar a la meditación personal, a la reflexión sobre el misterio de la redención y sobre todo al diálogo intimo con el Señor.

Los textos intentan ser un medio para la oración personal o comunitaria, sobre todo en momentos fuertes en que la Liturgia nos invita a asociarnos a la Pasión del Señor, por ejemplo en los viernes de Cuaresma, o el Viernes Santo.

Las “estaciones” (casi siempre 14), están tomadas de los relatos evangélicos de la Pasión.

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LA DEVOCION DEL VIACRUCIS

Surgió y se desarrolló en el mundo occidental a finales de la Edad Media, quizá como sustitución de las peregrinaciones a Tierra Santa, cuando aumentaron las dificultades para poder realizarlas.

1. El Via Crucis sigue siendo un modo de oración muy válido, sobre todo en las últimas semanas de la Cuaresma, cuando la atención de la comunidad cristiana se centra en la Pasión de Cristo.

Es un ejercicio piadoso que tiene como tema de meditación y oración el mismo que la liturgia: la muerte salvadora de Jesús, su entrega pascual. Eso sí, tiene una pedagogía distinta: las «estaciones», imitando el camino de Jesús hacia la Cruz; lecturas bíblicas; oraciones más libres; estrofas de algún canto adecuado; momentos de silencio reflexivo.

Tanto si se hace en la iglesia como en un espacio abierto, el Via Crucis puede ser una buena experiencia de oración y una preparación válida para la celebración de la Pascua. No es extraño que, históricamente, esta clase de oración caminante tuviera su origen en Jerusalén, donde los peregrinos pronto empezaron a querer seguir las huellas del camino de Jesús hacia el Calvario, a lo largo de la «Via dolorosa”. Pero, al correr de los siglos, también en otros lugares se quiso imitar este ejercicio piadoso. Reflexionar y orar en torno a la muerte de Cristo ha sido siempre una de las dimensiones más populares de la fe cristiana.

La estructura actual de las catorce estaciones tomó forma en el siglo XVIII, pero siempre había existido un margen de flexibilidad en esta oración. En un tiempo como el nuestro, en el que incluso las formas más importantes de oración, por ejemplo las plegarias eucarísticas, han sido objeto de profunda revisión eclesial, no es extraño que también al Via Crucis le haya afectado este deseo de renovación.

Los criterios que poco a poco han ido prevaleciendo, por iniciativa privada y a veces también por orientaciones magisteriales (aunque por tratarse de algo que no es celebración litúrgica no sean tan oficiales), se puede decir que son estos:

a) dar importancia a las escenas que aparecen en el evangelio, y relativizar otras: así, permanece el recuerdo del Cireneo que ayuda a Jesús y su encuentro con las mujeres, y desaparece de las estaciones la escena de la Verónica. Desaparece también el encuentro de María con su Hijo durante el camino, mientras que se tiende a recordar con una estación su presencia con Juan al pie de la Cruz;

b) se evitan los duplicados: las tres caídas de Jesús, quedan reducidas a una;

c) se tiende a iniciar el camino de la cruz, no en la escena de la condena a muerte por parte de Pilato, como antes, sino en la Ultima Cena (que ya fue anticipo sacramental de la muerte de Cristo) o al menos en su agonía en Getsemaní;

d) también hay una opción bastante constante, de no terminar el Via crucis en la escena del sepulcro, sino en la resurrección; aunque sea «el camino de la cruz», pero se quiere concluir con la perspectiva de la nueva vida a la que pasa Cristo;

e) se han privilegiado las lecturas biblicas, aunque también tienen cabida las reflexiones más personales; en el Via Crucis del Viernes Santo, el Papa ha ido invitando a personas concretas a preparar y pronunciar las reflexiones y oraciones que les parecieran convenientes: el 1993, a una religiosa católica italiana; el 1994, a un patriarca ortodoxo; el 1995, a una monja protestante suiza…

Con estos criterios, se suele configurar ahora el Via Crucis de forma distinta.

Via Crucis tradicional

1. Jesús condenado a muerte
2. Jesús carga con la cruz
3. Jesús cae por primera vez
4. Encuentro con su madre
5. El cireneo
6. La Verónica
7. Cae por segunda vez
8. Mujeres de Jerusalén
9. Cae por tercera vez
10. Despojado de vestidos
11. Clavado en la cruz
12. Muerte de Jesús
13. Bajado de la cruz
14. Sepultado

Via Crucis más actualizado

1. La Ultima Cena (Mt 26, 20-29)
2. Agonía del huerto (Lc 22,41-46)
3. Arresto de Jesús (Mt 26,47-56)
4. Ante el Sanedrín (Mc 14,53-65)
5. Pedro le niega (Mc 14,66-72)
6. Ante Pilato (Jn 18,28-38)
7. Flagelación (Mc 15,15-19)
8. Condenado a muerte (Mt 27,12-15.26)
9. Cireneo y mujeres (Lc 23,26-32)
10. Crucifixión (Mc 15,22-30)
11. Palabras de Cristo (Lc 23,34)
12. Muerte de Jesús (Jn 19,31-34)
13. Sepultura (Lc 23,50-56)
14. Resurrecci6n (Mt 27,62-66; 28,1-7)

En ocasiones sucesivas, en el Via Crucis “del Papa”, se han variado algunas estaciones: a veces se omiten la Ultima Cena y la Resurrección, y se introducen la traición de Judas, la fe del buen ladrón y la presencia de María y Juan al pie de la Cruz.

El Via Crucis bien hecho nos ayuda:

– a meditar en la Pasión de Cristo, valorando la seriedad de su entrega redentora,

– a interpretar la historia contemporánea de la Humanidad como participación en este camino doloroso de Cristo,

– a solidarizarnos personalmente cada uno de nosotros tanto con el camino de Cristo como con el de la Humanidad: para dar esta dimensión de entrega pascual también a nuestra existencia, con sus fatigas y dificultades. Se trata de “concelebrar” con Cristo y con todos los hombres el misterio de la cruz: “tome su cruz y sígame”.

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