Rosario de Pésame


Rosario de Pésame

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Monición inicial
Acompañemos a María, que al pie de la cruz, ha sufrido junto a su Hijo la Pasión y la Muerte. Acudamos a la Santísima Virgen María que en medio del sufrimiento nos ha sido entregada como nuestra piadosa y tierna madre.

Que a través de este Santo Rosario, en el que meditaremos acerca de cada uno de los instrumentos de la pasión, oremos con ella junto al cuerpo yaciente de Jesús, y acompañemos a María en su prolongada noche de dolor y de pena.

La señal de la cruz.

Yo pecador

Romancero de la Vía Dolorosa.
XIII Estación
(Fragmento)

Mi Jesús tiene sueño, por el camino se me durmió tres veces el pobrecillo.
Hijito, duerme, duerme, que en esta noche no habrá quien te despierte.

De mañanita, llorando, por los caminos del cielo
salió mi niño a buscar, su rebaño de corderos.
Todos andaban perdidos entre los barrancos negros…

En un bosque de alaridos y brazos en alto tensos,
entró mi niño temblando de soledad y de miedo…

Las flores eran de sangre, las ramas erán flagelos,
las maldiciones volaban, como pájaros al viento.

Era tan largo el camino, estaba el aire tan negro,
que mi Niño se calló, tres veces en el sendero;
y cuando a los ojos de agua se acercó a beber sediento
le dieron a beber mirra, aquellos crueles veneros.

Por fin se subió mi Niño, sobre las ramas de un cedro,
por ver si de las alturas, divisaba sus corderos.
Su séptuple canto triste, rodó por el universo.

Como un gorrioncillo herido – todo púrpura su pecho –
quedo dormido mi Niño, sobre las ramas del cedro;
las nubes lo acariciaban, con devoción los cabellos.

Dormidito lo encontraron, en el camino del cielo
y dormidito a mis brazos, de noche me lo trajeron.
Tiene en sus pies dos claveles, en sus manos dos luceros,
y en su Corazón un sol, tres veces santo y abierto.

Hijito que entre mis brazos, yaces cansado y desecho,
duérmete sin ansiedades por tus perdidos corderos.
… Hijito que entre mis brazos, yaces desnudo y desecho,
sigue durmiendo en la cuna de mi amor y de mis besos.

Estos besos son los últimos, pero mi amor es eterno.
Sigue durmiendo en mis brazos, aunque sabes que tu sueño,
es espada de dos filos que me traspasa por dentro…
Duerme… que para velarte, esta mi dolor despierto…

Primer Misterio
EL FLAGELO

Pilato les preguntó ¿Quieren que deje en libertad al rey de los judíos? Pero ellos gritaron: ¡No, a ese no! Deja en libertad a Barrabás. Entonces Pilato ordenó que lo azotaran. (Jn 18, 34. 40; 19,1).

María.-Hijito que entre mis brazos, yaces cansado y desecho
Todos.-Duérmete sin ansiedades, por tus perdidos corderos

El pasó haciendo el bien. (Hch. 10, 38).

En toda tu vida Señor, amaste, hoy, en cambio se te odia. Tus manos estuvieron siempre dispuestas a acariciar a los niños y a los pecadores, hoy en cambio haz recibido solo fieros flagelos. Estuviste presto para sanar la carne destruida por la enfermedad y la lepra, pero hoy, te destrozamos la carne que con cariño te tejiera tu madre en su seno.

Hoy ciertamente se te sigue flagelando. Te golpeamos con nuestra indiferencia y apatía, con la falta de solidaridad y unión de los que nos llamamos cristianos. Y dejamos que te golpeen en la miseria de los pobres, en la tristeza de los deprimidos y en la esclavitud de los vicios.

Madre, que dejemos ya los flagelos con que nos golpeamos unos a otros, que tú nos enseñes como a Jesús, a utilizar nuestras manos para levantar, para acariciar, para perdonar.

Guía.-Madre llena de dolores, haced que cuando expiremos
Todos.- Nuestras almas entreguemos, por tu manos al Señor.

Segundo Misterio
LA CORONA DE ESPINAS

Los soldados lo llevaron al interior del palacio, o sea al pretorio y llaman a la tropa. Lo vistieron con un manto rojo y trenzando una corona de espinas, se la pusieron. (Mc. 15, 16-20).

M.-Hijito que entre mis brazos, yaces cansado y desecho
T.-Duérmete sin ansiedades, por tus perdidos corderos

“El Señor me ha dado una lengua de discípulo para que sepa sostener con mi palabra al cansado”. (Is. 50, 4).

Era demasiado. Había ya traspasado por mucho los límites que la lógica humana habían impuesto al corazón del hombre. Y es que tu cabeza, tu corazón y tu boca, íntimamente unidos, hicieron una combinación que hizo que los mismos cimientos del mundo, de sus instituciones y de las personas, se cimbraran hasta lo más profundo. Las bienaventuranzas, el perdón de los pecadores, el amor a los enemigos, un Dios que es Padre, no se podían tolerar. La locura de tus palabras sólo podía recibir una corona magnífica, pero nos equivocamos, una vez más nos equivocamos, tuvimos a bien ceñir tus sienes, no de oro, sólo de espinas.

Así, nuestras palabras, nuestras mentes, ya no hablan ante la injusticia, ante la corrupción, ante el pecado, por temor a ser tratados como locos. Por eso hoy tus palabras nos gustan mucho, sí, pero no nos comprometen. Madre, que a ejemplo tuyo, hagamos vida las palabras de tu Hijo.

G.-Madre llena de dolores, haced que cuando expiremos
T.- Nuestras almas entreguemos, por tu manos al Señor.

Tercer Misterio
JESÚS SE ABRAZA A LA CRUZ

“El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero y envió a su Hijo como víctima por nuestros pecados.” (1Jn, 4, 10)

M.-Hijito que entre mis brazos, yaces cansado y desecho
T.-Duérmete sin ansiedades, por tus perdidos corderos

“El cargó con los pecados de muchos e intercedió por los pecadores.” (Is 53, 1|2)

Así como amaste al Hijo Pródigo, así como buscaste la oveja perdida, así amas la cruz. Que fue difícil, no hay que negarlo, pero bien sabes que en los caminos del amor, siempre habrá senderos de sufrimiento. Porque tu amor “todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1Co.13,7) Y así fue, el amor cegó a Dios y lo hizo cargar una cruz para en ella hacer locuras insospechadas. Por eso, por que amas al pecador, por que me amas, por eso Señor mío, amaste tu cruz.

Y mírame a mí, a mi vida, quejándome diariamente por mi cruz, evadiendo lo más que puedo mis responsabilidades; y así porque no amo mi cruz, se hace más pesada y no me decido caminar y cambiar la situación de mi vida, de mi familia y de mi comunidad.

Madre, enséñame a amar, mi vida, mis dificultades, mis responsabilidades para que una vez amándolas, las tome sobre mis hombros y comience así a caminar detrás de Jesús.

G.-Madre llena de dolores, haced que cuando expiremos
T.- Nuestras almas entreguemos, por tu manos al Señor.

Cuarto Misterio
LOS CLAVOS TRASPASAN EL CUERPO DE JESÚS

“Cuando llegaron la lugar llamado “la calavera” crucificaron allí a Jesús junto con dos malhechores.” (Lc 23, 33)

María.-Hijito que entre mis brazos, yaces cansado y desecho
Todos.-Duérmete sin ansiedades, por tus perdidos corderos

“Eran nuestras rebeldías las que lo traspasaban y nuestras culpas lo que lo trituraban” ( Is. 53,5)

El dolor parecía insoportable. Los golpes del martillo se confundían con el lento desgarrarse de tu cruz y de tu carne. Si el hecho de no haber desfallecido durante este cruel momento nos sorprende, más aún nos conmueve las palabras de perdón y misericordia para quienes somos el motivo de tanto dolor.¡Fuiste tan cruelmente deshumanizado por los “humanos”.! La longitud, la anchura, la altitud y profundidad con la que Dios nos amó desde la cruz supera aquí toda palabra. Callemos, miremos, adoremos. (Un momento breve de silencio)

Madre dolorosa, que con tu presencia en el sacrificio de Cristo, eres verdadera Madre, permite que cuando el sufrimiento toque a las puertas de nuestras vidas, podamos contar con tu maternal compañía.

G.-Madre llena de dolores, haced que cuando expiremos
T.- Nuestras almas entreguemos, por tu manos al Señor.

Quinto Misterio
LA LANZA TRASPASA EL COSTADO DE JESÚS

“Uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y enseguida brotó sangre y agua.” (Jn 19, 34)

María.-Hijito que entre mis brazos, yaces cansado y desecho
Todos.-Duérmete sin ansiedades, por tus perdidos corderos

“Y a ti, una espada te atravesará el corazón” (Lc 2, 35)

Habías muerto ya. Y te quedaste sin nada. Lo diste todo, tu madre, tu vida, la última gota de sangre.

Bendita lanza que traspasó tu costado y que ha dejado para nosotros tu corazón siempre abierto. Bendita lanza que nos abre la posibilidad de retornar siempre a tú corazón que perdona y que abraza. Por eso Señor, cambia este mi corazón de piedra que se niega acoger al que me ha ofendido, que se niega abrirse al que me necesita, que se ha endurecido y que poco le importa lo que le pase al prójimo. Traspasa pues este corazón y haz que se vuelva más generoso y que entregue a ejemplo tuyo, todo lo que tiene.

Madre llena de dolor intercede por tus hijos que a costa de la sangre de tu Hijo han sido redimidos, para que así como tú, al pie de la cruz contemplemos y busquemos a Jesús, quien nos espera con el corazón siempre abierto ya que “habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo”.(Jn 13, 1)

G.-Madre llena de dolores, haced que cuando expiremos
T.- Nuestras almas entreguemos, por tu manos al Señor.

ORACIÓN FINAL
(Oración del Beato Agustín Pro a la Virgen de los Dolores)

Déjame pasar la vida, Madre mía, acompañando tu soledad amarga y tu dolor profundo. Déjame sentir en el alma el triste llanto de tus ojos y el desamparo de tu corazón.

No quiero en el camino de mi vida saborear las alegrías de Belén adorando en tus brazos virginales al Niño Dios. No quiero gozar en la casita de Nazaret de la amable presencia de Jesucristo. No quiero acompañarte en tu Asunción gloriosa entre coros de ángeles. Quiero en mi vida las mofas y culpas del Calvario; quiero la agonía lenta de tu Hijo; el desprecio la ignominia, la infamia de la Cruz, quiero estar a tu lado, Virgen dolorosísima, fortaleciendo mi espíritu con tus lágrimas, consumando mi sacrificio con tu martirio, sosteniendo mi corazón con tu soledad, amando a mi Dios y tu Dios con la inmolación de mi ser. Amén

Fuente: mensajero.org.mx

Fuente: Diócesis de Celaya, México

 

Meditación de las siete palabras de Jesús en la cruz


Oración

Jesús en la Cruz aboga:
da al ladrón: lega su Madre:
quéjase: la sed le ahoga:
cumple: entrega el alma al Padre
Al Calvario hay que llegar
porque Cristo, nuestra Luz,
hoy también nos quiere hablar
desde el ara de la Cruz.

¡Virgen de dolores y Madre mía! Que, como Tú, acompañe yo siempre a tu Hijo en vida, redención y muerte. Y después de glorificado en la tierra, le glorifique por toda la eternidad, junto a Él y junto a Ti. Te lo pido por tu aflicción y martirio, al pie de la Cruz. Asísteme siempre especialmente en este último momento del combate cristiano que abrirá la eternidad feliz, en compañía de tu Hijo. Así sea.

Señor pequé, Ten piedad y misericordia de mí.

Primera Palabra

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34)

Aunque he sido tu enemigo,
mi Jesús: como confieso,
ruega por mí: que, con eso,
seguro el perdón consigo.

Cuando loco te ofendí,
no supe lo que yo hacía:
sé, Jesús, del alma mía
y ruega al Padre por mí

Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la cruz para pagar con tu sacrificio la deuda de mis pecados, y abriste tus divinos labios para alcanzarme el perdón de la divina justicia: ten misericordia de todos los hombres que están agonizando y de mí cuando me halle en igual caso: y por los méritos de tu preciosísima Sangre derramada para mi salvación, dame un dolor tan intenso de mis pecados, que expire con él en el regazo de tu infinita misericordia.

Señor pequé, Ten piedad y misericordia de mí.

Segunda Palabra

“Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23, 43)

Vuelto hacia Ti el Buen Ladrón
con fe te implora tu piedad:
yo también de mi maldad
te pido, Señor, perdón.
Si al ladrón arrepentido
das un lugar en el Cielo,
yo también, ya sin recelo
la salvación hoy te pido.

Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la Cruz y con tanta generosidad correspondiste a la fe del buen ladrón, cuando en medio de tu humillación redentora te reconoció por Hijo de Dios, hasta llegar a asegurarle que aquel mismo día estaría contigo en el Paraíso: ten piedad de todos los hombres que están para morir, y de mí cuando me encuentre en el mismo trance: y por los méritos de tu sangre preciosísima, aviva en mí un espíritu de fe tan firme y tan constante que no vacile ante las sugestiones del enemigo, me entregue a tu empresa redentora del mundo y pueda alcanzar lleno de méritos el premio de tu eterna compañía.

Señor pequé, Ten piedad y misericordia de mí.

Tercera Palabra

“He aquí a tu hijo: he aquí a tu Madre” (Jn 19, 26)

Jesús en su testamento a su Madre Virgen da:
¿y comprender quién podrá de María el sentimiento?

Hijo tuyo quiero ser,
sé Tu mi Madre Señora:
que mi alma desde a ahora
con tu amor va a florecer.

Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la Cruz y , olvidándome de tus tormentos, me dejaste con amor y comprensión a tu Madre dolorosa, para que en su compañía acudiera yo siempre a Ti con mayor confianza: ten misericordia de todos los hombres que luchan con las agonías y congojas de la muerte, y de mí cuando me vea en igual momento; y por el eterno martirio de tu madre amantísima, aviva en mi corazón una firme esperanza en los méritos infinitos de tu preciosísima sangre, hasta superar así los riesgos de la eterna condenación, tantas veces merecida por mis pecados.

Señor pequé, Ten piedad y misericordia de mí.

Cuarta Palabra

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46)

Desamparado se ve
de su Padre el Hijo amado,
maldito siempre el pecado
que de esto la causa fue.

Quién quisiera consolar
a Jesús en su dolor,
diga en el alma: Señor,
me pesa: no mas pecar.

Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la Cruz y tormento tras tormento, además de tantos dolores en el cuerpo, sufriste con invencible paciencia la mas profunda aflicción interior, el abandono de tu eterno Padre; ten piedad de todos los hombres que están agonizando, y de mí cuando me haye también el la agonía; y por los méritos de tu preciosísima sangre, concédeme que sufra con paciencia todos los sufrimientos, soledades y contradicciones de una vida en tu servicio, entre mis hermanos de todo el mundo, para que siempre unido a Ti en mi combate hasta el fin, comparta contigo lo mas cerca de Ti tu triunfo eterno.

Señor pequé, Ten piedad y misericordia de mí.

Quinta Palabra

“Tengo sed” (Jn 19, 28)

Sed, dice el Señor, que tiene;
para poder mitigar la sed que así le hace hablar,
darle lágrimas conviene.

Hiel darle, ya se le ha visto: la prueba, mas no la bebe:
¿Cómo quiero yo que pruebe la hiel de mis culpas Cristo?

Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la Cruz, y no contento con tantos oprobios y tormentos, deseaste padecer más para que todos los hombres se salven, ya que sólo así quedará saciada en tu divino Corazón la sed de almas; ten piedad de todos los hombres que están agonizando y de mí cuando llegue a esa misma hora; y por los méritos de tu preciosísima sangre, concédeme tal fuego de caridad para contigo y para con tu obra redentora universal, que sólo llegue a desfallecer con el deseo de unirme a Ti por toda la eternidad.

Señor pequé, Ten piedad y misericordia de mí.

Sexta Palabra

“Todo está consumado” (Jn 19,30)

Con firme voz anunció Jesús, ensangrentado,
que del hombre y del pecado
la redención consumó.

Y cumplida su misión,
ya puede Cristo morir,
y abrirme su corazón
para en su pecho vivir.

Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la Cruz, y desde su altura de amor y de verdad proclamaste que ya estaba concluida la obra de la redención, para que el hombre, hijo de ira y perdición, venga a ser hijo y heredero de Dios; ten piedad de todos los hombres que están agonizando, y de mí cuando me halle en esos instantes; y por los méritos de tu preciosísima sangre, haz que en mi entrega a la obra salvadora de Dios en el mundo, cumpla mi misión sobre la tierra, y al final de mi vida, pueda hacer realidad en mí el diálogo de esta correspondencia amorosa: Tú no pudiste haber hecho más por mí; yo, aunque a distancia infinita, tampoco puede haber hecho más por Ti.

Señor pequé, Ten piedad y misericordia de mí.

Séptima Palabra

“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46)

A su eterno Padre, ya el espíritu encomienda;
si mi vida no se enmienda,
¿en qué manos parará?

En las tuyas desde ahora
mi alma pongo, Jesús mío;
guardaría allí yo confío
para mi última hora.

Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la Cruz, y aceptaste la voluntad de tu eterno Padre, resignando en sus manos tu espíritu, para inclinar después la cabeza y morir ; ten piedad de todos los hombres que sufren los dolores de la agonía, y de mí cuando llegue esa tu llamada; y por los méritos de tu preciosísima sangre concédeme que te ofrezca con amor el sacrificio de mi vida en reparación de mis pecados y faltas y una perfecta conformidad con tu divina voluntad para vivir y morir como mejor te agrade, siempre mi alma en tus manos.

Señor pequé, Ten piedad y misericordia de mí.

Oración Final

1 Padre Nuestro, 1 Ave María, 1 Gloria

Fuente: Churchforum.org

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fuente: encuentra.com

Una guía para la meditación personal, basada en las 7 palabras que pronunció Jesús en la Cruz

LAS SIETE PALABRAS DE JESÚS

Proponemos una guía para la meditación personal

 

Oración Inicial

En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo….

Señor, qué extraño mensaje el tuyo:

“Cuando ayunes, perfúmate, para que nadie lo note;

y el Padre, que todo lo ve,

te recompensará”.

No es la tristeza,

ni las largas caras lo que a Ti te gusta.

Tú eres Dios de corazones.

Tú estás acostumbrado a leer en secreto.

Tú no quieres apariencias,

a Ti te gusta la conversión verdadera.

Mi corazón quiere repetir sin tardar:

“Aquí estoy, Señor,

para hacer tu voluntad.

Aquí estoy, Señor”.

 

PRIMERA PALABRA

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34)

 

Somos hombres, Señor, perdónanos: por no saber decirte nada, por ser avaros de nuestro tiempo y no tenerlo para encontrarnos contigo.

Somos hombres, Señor, perdónanos: por esconder la claridad del Evangelio, por nuestras cobardías y nuestros compromisos con el pecado.

Perdónanos, Señor, por nuestras faltas de amor, nuestros arrebatos, nuestros prejuicios,

nuestra indiferencia, y todo lo que mata el amor.

Perdónanos, Señor, por no saber perdonar, por no saber reconciliarnos con nosotros mismos,

y, menos aún, con los otros.

 

¿Cuándo será que sabremos amar como Tú amas?

¿Cuándo será que sabremos amar al otro por él y por Ti?

Perdona la fealdad de nuestra mirada.

Somos hombres, Señor, perdónanos.

 

SEGUNDA PALABRA

“Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23, 43)

 

Ayúdame, oh Señor, a que mis ojos sean misericordiosos, para que yo jamás recele o juzgue según las apariencias, sino que busque lo bello en el alma de mi prójimo y acuda a ayudarle.

Ayúdame, oh Señor, a que mis oídos sean misericordiosos, para que tome en cuenta las necesidades de mi prójimo y no sea indiferente a sus penas y gemidos.

Ayúdame, oh Señor, a que mi lengua sea misericordiosa, para que jamás hable negativamente de mi prójimo, sino que tenga una palabra de consuelo y de perdón para todos.

Ayúdame, oh Señor, a que mis manos sean misericordiosas y llenas de buenas obras, para que sepa hacer sólo el bien a mi prójimo y cargar sobre mí las tareas más difíciles y penosas.

Ayúdame, oh Señor, a que mis pies sean misericordiosos, para que siempre me apresure a socorrer a mi prójimo, dominando mi propia fatiga y mi cansancio. Mi reposo verdadero está en el servicio a mi prójimo.

Ayúdame, oh Señor, a que mi corazón sea misericordioso, para que yo sienta todos los sufrimientos de mi prójimo. A nadie le rehusaré mi corazón. Seré sincero incluso con aquellos de los cuales sé que abusarán de mi bondad. Y yo mismo me encerraré en el misericordiosísimo Corazón de Jesús. Soportaré mis propios sufrimientos en silencio. Que tu misericordia, oh Señor, repose dentro de mí. Amen.

 

TERCERA PALABRA

“He aquí a tu hijo: he aquí a tu Madre” (Jn 19, 26)

 

Préstame, Madre, tus ojos para con ellos mirar, porque si por ellos miro nunca volveré a pecar

Préstame, Madre, tus labios para con ellos rezar, porque si con ellos rezo Jesús me podrá escuchar

Préstame, Madre, tu lengua para poder comulgar pues es tu lengua patena de amor y de santidad

Préstame, Madre, tus brazos para poder trabajar, que así rendirá el trabajo una y mil veces mas

Préstame, Madre, tu manto para cubrir mi maldad pues cubierto con tu manto al Cielo he de llegar

Préstame, Madre a tu Hijo para poderlo yo amar, si Tu me das a Jesús, ¿Que mas puedo yo desear? Y esa será mi dicha por toda la eternidad.

 

CUARTA PALABRA

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46)

 

“Tengo mil dificultades: ayúdame.

De los enemigos del alma: sálvame.

En mis desaciertos: ilumíname.

En mis dudas y penas: confórtame.

En mis enfermedades: fortaléceme.

Cuando me desprecien: anímame.

En las tentaciones: defiéndeme.

En horas difíciles: consuélame.

Con tu corazón maternal: ámame.

Con tu inmenso poder: protégeme.

Y en tus brazos al expirar: recíbeme.

 

QUINTA PALABRA

“Tengo sed” (Jn 19, 28)

 

Nos haces falta tú, Señor, pues tenemos sed, Señor, mucha sed, por tantas y tantas necesidades,

que no logramos satisfacer. Nos hacen falta muchas cosas pero más que nada nos hace falta

tu gracia, tu amor y tu paz. Nos haces falta tú, Señor, en nuestra vida; tu ausencia es peor

que la sed inapagable que está quemando nuestro ser. Nos hace falta el agua viva que nos da la certeza de un futuro de vida. Nos hace falta sobre todo sentirnos unidos a Ti, para saber compartir

y saciar nuestra sed. Amén.

 

SEXTA PALABRA

“Todo está consumado” (Jn 19,30)

 

Cuantas veces, Señor, no hemos sido fieles, no hemos sido realistas frente a las cosas!

Cuantas veces hemos creído poco en la inagotable fuerza de vida que deriva de la cruz!

Concédenos Señor, que, al contemplarla, nos sintamos amados por Ti, amados por Dios, hasta el fondo, tal como somos; y creamos que por la fuerza de la cruz existe en nosotros una capacidad nueva de dedicarnos a los hermanos, según aquel estilo y aquel modo que nos enseña y comunica la cruz.

 

Danos, Señor, descubrir que la cruz hace nacer de verdad un hombre nuevo dentro de nosotros,

suscita nuevas formas de vida entre los hombres, conviértete en el preludio, la promesa y la anticipación de aquélla vida plena que explotará en el misterio de la resurrección.

 

Nos arrodillamos ante la Cruz con María y pedimos que comprendamos, como ella comprendió,

el misterio que transforma el corazón del hombre y que transforma al mundo. Jesús cuando seas levantado en tu cruz atráeme hacia Ti. Amén.

 

SÉPTIMA PALABRA

“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46)

 

En tus manos Padre Santo y Misericordioso, ponemos nuestra vida, Tú nos la diste, Guíala y llénala de tus dones. Tú estás a nuestro lado, como roca sólida y amigo fiel, aún cuando nos olvidamos de tí. Pero ahora volvemos a tí. Queremos agarrarnos a la guía segura de tus manos, que nos  conducen a la Cruz.

 

Sentimos la necesidad de meditar y de callar mucho, sentimos también la necesidad de hablar para darte gracias. Y para dar a conocer a todos los hombres las maravillas de tu amor. Nos separamos de ti, fuente de la vida, y encontramos la muerte. Tu Hijo sin embargo no se paró

ante el pecado y la muerte, sino que con la fuerza del amor, destruyó el pecado, redimió el dolor, venció la muerte. La Cruz de Cristo nos revela que tu amor, es más fuerte que todo, el don misterioso y fecundo, que mana de la cruz.

 

Es el Espíritu Santo, que nos hace partícipes, de la obediencia filial de Jesús, Nos comunica tu voluntad. de atraer a todo hombre a la alegría de una vida reconciliada y renovada por el AMOR.

Amén. ¡En Tus manos!

 

ORACIÓN FINAL

Oh Jesús, cuánto sufriste en la Cruz al ofrecer tu vida al Padre, para salvarnos!

Nos has trazado así el camino del Amor que nos lleva a la felicidad eterna.

Te ofrezco mi vida como oración, con sus dolores y alegrías y con mi esfuerzo de vivir mejor tu evangelio.

Te lo ofrezco para que todos seamos buenos y encontremos salvación por Ti. Perdona nuestros pecados. Que sepamos seguir sirviéndote y amándote en nuestros hermanos que sufren hoy.

Gracias Señor por querernos tanto! Amén.

 

Novena de la Divina Misericordia


Autor: Santa Faustina Kowalska | Fuente: Catholic.net
Novena a la Divina Misericordia
“En ese día derramaré un mar de gracias sobre las almas que se acercan al manantial de mi misericordia”.
Novena a la Divina Misericordia
Novena a la Divina Misericordia

El Viernes Santo del año 1937, Jesús le pidió a Santa Faustina que rezara una novena especial antes de la Fiesta de la Misericordia, desde el Viernes Santo. Él mismo le dictó las intenciones para cada día. Por medio de una oración específica, ella traería a su Corazón a diferentes grupos de almas cada día y las sumergería en el mar de su misericordia. Entonces, suplicaría al Padre, por el poder de la Pasión de Jesús, que les concediera gracias a estas almas.

Celebración de la Fiesta de la Misericordia

Para observar la Fiesta de la Misericordia, debemos:

1.- Celebrar la Fiesta el domingo después de la Pascua de Resurrección.

2.- Arrepentirnos sinceramente de todos nuestros pecados.

3.- Confiar por completo en Jesús.

4.- Confesarnos preferiblemente antes de ese domingo.

5.- Recibir la Santa Comunión el día de la Fiesta.

6.- Venerar (hacer un acto o demostración de profundo respeto religioso hacia ella por la persona a quien representa, en este caso a nuestro Señor Jesucristo) la Imágen de la Divina Misericordia.

7.- Ser misericordioso con los demás a través de nuestras acciones, palabras y oraciones a nombre de ellos.

Deseo

Dijo el Señor a Sor Faustina: Durante esos nueve días lleva a las almas a la fuente de mi misericordia para que saquen fuerzas, alivio y toda gracia que necesiten para afrontar las dificultades de la vida y especialmente en la hora de la muerte. Cada día traerás a mi Corazón a un grupo diferente de almas y las sumergirás en este mar de mi misericordia. Y a todas estas almas yo las introduciré en la casa de mi Padre (…) Cada día pedirás a mi Padre las gracias para estas almas por mi amarga pasión.

NOVENA A LA DIVINA MISERICORDIA

Se recomienda que se recen las siguientes intenciones y oraciones de la novena junto con la Coronilla de La Divina Misericordia, ya que Nuestro Señor pidió específicamente una novena de Coronillas, especialmente antes de la Fiesta de la Misericordia.

Cómo rezar la Coronilla a la Divina Misericordia (en un rosario común)

1.- Un Padre nuestro.

2.- Un Ave María.

3.- Un Credo .

4.- En la cuenta grande antes de cada decena:

Padre Eterno,
te ofrezco
el Cuerpo y la Sangre,
el Alma y la Divinidad
de tu Amadísimo Hijo,
nuestro Señor Jesucristo.
para el perdón de nuestros pecados
y los del mundo entero.

5.- En las diez cuentas pequeñas de cada decena:

Por su dolorosa Pasión,
ten misericordia de nosotros
y del mundo entero.

6.- Al final después de las cinco decenas:

Santo Dios
Santo Fuerte
Santo Inmortal,
ten piedad de nosotros
y del mundo entero.
(tres veces)

PRIMER DÍA

Hoy, tráeme a toda la humanidad y especialmente a todos los pecadores, y sumérgelos en el mar de mi misericordia. De esta forma, me consolarás de la amarga tristeza en que me sume la pérdida de las almas.

Jesús misericordiosísimo, cuya naturaleza es la de tener compasión de nosotros y de perdonarnos, no mires nuestros pecados, sino la confianza que depositamos en tu bondad infinita. Acógenos en la morada de tu Compasivísimo Corazón y nunca los dejes escapar de él. Te lo suplicamos por tu amor que te une al Padre y al Espíritu Santo.

Padre Eterno, mira con misericordia a toda la humanidad y especialmente a los pobres pecadores que están encerrados en el Compasivísimo Corazón de Jesús y por su dolorosa Pasión muéstranos tu misericordia para que alabemos la omnipotencia de tu misericordia por los siglos de los siglos. Amén.

Coronilla de la Divina Misericordia

SEGUNDO DÍA

Hoy, tráeme a las almas de los sacerdotes y los religiosos, y sumérgelas en mi misericordia insondable. Fueron ellas las que me dieron fortaleza para soportar mi amarga pasión. A través de ellas, como a través de canales, mi misericordia fluye hacia la humanidad.

Jesús Misericordiosísimo, de quien procede todo bien, aumenta tu gracia en nosotros para que realicemos dignas obras de misericordia, de manera que todos aquellos que nos vean, glorifiquen al Padre de misericordia que está en el Cielo.

Padre Eterno, mira con misericordia al grupo elegido de tu viña, a las almas de los sacerdotes y a las almas de los religiosos; otórgales el poder de tu bendición. Por el amor del Corazón de tu Hijo, en el cual están encerradas, concédeles el poder de tu luz para que puedan guiar a otros en el camino de la salvación y a una sola voz canten alabanzas a tu misericordia sin límite por los siglos de los siglos. Amén.

Coronilla de la Divina Misericordia

TERCER DÍA

Hoy, tráeme a todas las almas devotas y fieles, y sumérgelas en el mar de mi misericordia. Estas almas me consolaron a lo largo del vía crucis. Fueron una gota de consuelo en medio de un mar de amargura.

Jesús Misericordiosísimo, que desde el tesoro de tu misericordia les concedas a todos tus gracias en gran abundancia, acógenos en la morada de tu Compasivísimo Corazón y nunca nos dejes escapar de él. Te lo suplicamos por el inconcebible amor tuyo con que tu Corazón arde por el Padre Celestial.

Padre Eterno, mira con misericordia a las almas fieles como herencia de tu Hijo y por su dolorosa Pasión, concédeles tu bendición y rodéalas con tu protección constante para que no pierdan el amor y el tesoro de la santa fe, sino que con toda la legión de los ángeles y los santos, glorifiquen tu infinita misericordia por los siglos de los siglos. Amén.

Coronilla de la Divina Misericordia

CUARTO DÍA

Hoy, tráeme a aquellos que no creen en Dios y aquellos que todavía no me conocen. También pensaba en ellos durante mi amarga pasión y su futuro celo consoló mi Corazón. Sumérgelos en el mar de mi misericordia.

Jesús Compasivísimo, que eres la Luz del mundo entero, acoge en la morada de tu Piadosísimo Corazón a las almas de aquellos que no creen en Dios y de aquellos que todavía no te conocen. Que los rayos de tu gracia las iluminen para que también ellas, unidas a nosotros, ensalcen tu misericordia admirable y no las dejes salir de la morada de tu Compasivísimo Corazón.

Padre Eterno, vuelve tu mirada misericordiosa sobre las almas de aquellos que no creen en ti y de los que todavía no te conocen, pero que están encerradas en el Compasivísimo Corazón de Jesús. Atráelas hacia la luz del Evangelio. Estas almas desconocen la gran felicidad que es amarte. Concédeles que también ellas ensalcen la generosidad de tu misericordia por los siglos de los siglos. Amén.

Coronilla de la Divina Misericordia

QUINTO DÍA

Hoy, tráeme a las almas de los hermanos separados y sumérgelas en el mar de mi misericordia. Durante mi amarga Pasión, desgarraron mi Cuerpo y mi Corazón, es decir, mi Iglesia. Según regresan a la Iglesia, mis llagas cicatrizan y de este modo alivian mi Pasión.

Jesús Misericordiosísimo, que eres la Bondad Misma, tú no niegas la luz a quienes te la piden. Acoge en la morada de tu Compasivísimo Corazón a las almas de nuestros hermanos separados y llévalas con tu luz a la unidad con la Iglesia y no las dejes escapar de la morada de tu Compasivísimo Corazón, sino haz que también ellas glorifiquen la generosidad de tu misericordia.

Padre Eterno, mira con misericordia a las almas de nuestros hermanos separados, especialmente a aquellos que han malgastado tus bendiciones y han abusado de tus gracias por persistir obstinadamente en sus errores. No mires sus errores, sino el amor de tu Hijo y su amarga Pasión que sufrió por ellos, ya que también ellos están encerrados en el Compasivísimo Corazón de Jesús. Haz que también ellos glorifiquen tu gran misericordia por los siglos de los siglos. Amén.

Coronilla de la Divina Misericordia

SEXTO DÍA

Hoy, tráeme a las almas mansas y humildes y las almas de los niños pequeños y sumérgelas en mi misericordia. Estas son las almas más semejantes a mi Corazón. Ellas me fortalecieron durante mi amarga agonía. Las veía como ángeles terrestres que velarían al pie de mis altares. Sobre ellas derramo torrentes enteros de gracias. Solamente el alma humilde es capaz de recibir mi gracia; concedo mi confianza a las almas humildes.

Jesús Misericordiosísimo, tú mismo has dicho: “Aprended de mí que soy manso y humilde de Corazón”. Acoge en la morada de tu Compasivísimo Corazón a las almas mansas y humildes y a las almas de los niños pequeños. Estas almas llevan a todo el cielo al éxtasis y son las preferidas del Padre Celestial. Son un ramillete perfumado ante el trono de Dios, de cuyo perfume se deleita Dios mismo. Estas almas tienen una morada permanente en tu Compasivísimo Corazón y cantan sin cesar un himno de amor y misericordia por la eternidad.

Padre Eterno, mira con misericordia a las almas de los niños pequeños que están encerradas en el Compasivísimo Corazón de Jesús. Estas almas son las más semejantes a tu Hijo. Su fragancia asciende desde la tierra y alcanza tu trono. Padre de misericordia y de toda bondad, te suplico por el amor que tienes por estas almas y el gozo que te proporcionan, bendice al mundo entero para que todas las almas canten juntas las alabanzas de tu misericordia por los siglos de los siglos. Amén.

Coronilla de la Divina Misericordia

SÉPTIMO DÍA

Hoy, tráeme a las almas que veneran y glorifican mi misericordia de modo especial y sumérgelas en mi misericordia. Estas almas son las que más lamentaron mi Pasión y penetraron más profundamente en mi Espíritu. Ellas son un reflejo viviente de mi Corazón compasivo. Estas almas resplandecerán con una luz especial en la vida futura. Ninguna de ellas irá al fuego del infierno. Defenderé de modo especial a cada una en la hora de la muerte.

Jesús Misericordiosísimo, cuyo Corazón es el Amor mismo, acoge en la morada de tu Compasivísimo Corazón a las almas que veneran y ensalzan de modo particular la grandeza de tu misericordia. Estas almas son fuertes con el poder de Dios mismo. En medio de toda clase de aflicciones y adversidades siguen adelante confiadas en tu misericordia y unidas a ti, ellas cargan sobre sus hombros a toda la humanidad. Esta almas no serán juzgadas severamente, sino que tu misericordia las envolverá en la hora de la muerte.

Padre Eterno, mira con misericordia a aquellas almas que glorifican y veneran tu mayor atributo, es decir, tu misericordia insondable y que están encerradas en el compasivísimo Corazón de Jesús. Estas almas son un Evangelio viviente, sus manos están llenas de obras de misericordia y sus corazones desbordantes de gozo cantan a ti, oh Altísimo, un canto de misericordia. Te suplico, oh Dios, muéstrales tu misericordia según la esperanza y la confianza que han puesto en ti. Que se cumpla en ellas la promesa de Jesús quien les dijo que: “a las almas que veneren esta infinita misericordia mía, yo Mismo las defenderé como mi gloria durante sus vidas y especialmente en la hora de la muerte. Amén.

Coronilla de la Divina Misericordia

OCTAVO DÍA

Hoy, tráeme a las almas que están detenidas en el purgatorio y sumérgelas en el abismo de mi misericordia. Que los torrentes de mi Sangre refresquen el ardor del Purgatorio. Todas estas almas son muy amadas por mí. Ellas cumplen con el justo castigo que se debe a mi Justicia. Está en tu poder llevarles el alivio. Haz uso de todas las indulgencias del tesoro de mi Iglesia y ofrécelas en su nombre. Oh, si conocieras los tormentos que ellas sufren ofrecerías continuamente por ellas las limosnas del espíritu y saldarías las deudas que tienen con mi Justicia.

Jesús Misericordiosísimo, tú mismo has dicho que deseas la misericordia, he aquí que yo llevo a la morada de tu Compasivísimo Corazón a las almas del Purgatorio, almas que te son muy queridas, pero que deben pagar su culpa adecuada a tu Justicia. Que los torrentes de Sangre y Agua que brotaron de tu Corazón, apaguen el fuego del Purgatorio para que también allí sea glorificado el poder de tu misericordia.

Padre Eterno, mira con misericordia a las almas que sufren en el Purgatorio y que están encerradas en el Compasivísimo Corazón de Jesús. Te suplico por la dolorosa Pasión de Jesús, tu Hijo, y por toda la amargura con la cual su Sacratísima Alma fue inundada, muestra tu misericordia a las almas que están bajo tu justo escrutinio. No las mires sino a través de las heridas de Jesús, tu amadísimo Hijo, ya que creemos que tu bondad y tu compasión no tienen límites. Amén.

Coronilla de la Divina Misericordia

NOVENO DÍA

Hoy, tráeme a las almas tibias y sumérgelas en el abismo de mi misericordia. Estas almas son las que más dolorosamente hieren mi Corazón. A causa de las almas tibias, mi alma experimentó la más intensa repugnancia en el Huerto de los Olivos. A causa de ellas dije: Padre, aleja de mí este Cáliz, si es tu voluntad. Para ellas, la última tabla de salvación consiste en recurrir a mi misericordia.

Jesús Misericordiosísimo, que eres la compasión misma, te traigo a las almas tibias a la morada de tu Piadosísimo Corazón. Que estas almas heladas que se parecen a cadáveres y te llenan de gran repugnancia se calienten con el fuego de tu amor puro. Oh Jesús Compasivísimo, ejercita la omnipotencia de tu misericordia y atráelas al mismo ardor de tu amor y concédeles el amor santo, porque tú lo puedes todo.

Padre Eterno, mira con misericordia a las almas tibias que, sin embargo, están encerradas en el Piadosísimo Corazón de Jesús. Padre de la Misericordia, te suplico por la amarga Pasión de tu Hijo y por su agonía de tres horas en la cruz, permite que también ellas glorifiquen el abismo de tu misericordia. Amén.

Coronilla de la Divina Misericordia

Lectio Divina: Viernes Santo, La Pasión del Señor


P. Fidel Oñoro

La Victoria de la Cruz:

Insondable misterio de amor y de dolor

Juan 18, 1- 19,42

“Todo está cumplido”

Contemplamos hoy la Cruz de Jesús con silencio emocionado y reverente, tratando de captar el insondable misterio de amor y de dolor que se manifiesta en ella. A través del terrible sufrimiento y la muerte del inocente Jesús, vislumbramos y acogemos agradecidos un don inmerecido: la liberación del mal, el perdón de nuestros pecados. 

Hoy tomamos conciencia de que si bien sobre la Cruz permanecen los signos de la maldad humana -una maldad que se sigue desencadenando en un mundo donde sigue habiendo nuevos crucificados víctimas del egoísmo, la miseria, el terrorismo- lo que brilla con mayor esplendor en ella no es el pecado del hombre ni la cólera de Dios, sino el amor de Dios que no conoce medida. 

Para ayudarnos a comprender esto, el evangelista Juan nos acompaña en este Gran Viernes Santo con el inmenso relato de la Pasión que leemos en los capítulos 18-19. 

Veamos cómo el relato de la Pasión según san Juan nos ofrece algunos puntos de vista particulares del misterio: 

(1) La Pasión y muerte de Jesús es un don de amor que salva

Según Juan, la Cruz es revelación del amor de Dios en el mundo: “Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (3,16).  Sólo Jesús puede llevar esta Cruz (ver el evangelio del martes pasado). Pero su victoria que salva al mundo (ver 3,17) se manifestará en increíbles expresiones de amor que iluminan la oscuridad de los corazones, rescatan de las esclavitudes internas y llevan al creyente a obrar según la fuerza de este mismo amor (ver 3,19-21). 

La dinámica del relato muestra en todos sus detalles cómo la Pasión de Jesús es un don de amor y no la consecuencia de su debilidad. Es la muerte del Buen Pastor que “da su vida por las ovejas… para que tengan vida y la tengan en abundancia” (10,11.10). 

(2) La Pasión y muerte de Jesús es entrega voluntaria de la vida y no simple debilidad

Sin esconder el aspecto doloroso, para Juan, el gran valor de la Pasión de Jesús reside en el hecho de que es fruto de un don, de una libertad total, del haberlo vivido con plena conciencia y conocimiento: “Doy mi vida para recobrarla de nuevo… yo la doy voluntariamente” (10,17-10).  Así el Jesús que va camino a la muerte le da a esta muerte una dignidad sin igual.  

Notémoslo particularmente el relato del arresto de Jesús. Ante la majestad de Jesús, que Él manifiesta en sus gestos y en aquel soberano “YO SOY”, los que vienen a capturarlo retroceden y caen en tierra (18,4-6).  Ellos no podrían arrestar a Jesús si Él mismo no se entregara libremente.  

Esta libertad aparece en la orden que Jesús le da a los que vienen a capturarlo, para que no le hagan daño a sus discípulos (18,8-9). Una vez más Jesús aparece como el pastor de las ovejas que da su vida por las ovejas. 

Vemos la misma libertad de Jesús frente al Sanedrín reunido en la casa de Anás (18,19-23) y delante del representante del más formidable poder humano de la época, el imperio de Roma (19,1-11). 

(3) La Pasión y muerte de Jesús es la proclamación de su realeza

El relato de la Pasión está estructurado de tal manera, que percibimos las etapas de una progresiva entronización en el trono:

–        Se comienza con el reconocimiento del título a propósito de la pregunta de Pilatos: “Sí, como dices soy Rey” (19,38).

–        Luego Jesús es irónicamente coronado con espinas (19,2).

–        Enseguida Pilatos lo presenta al pueblo revestido con los arreos reales: “Aquí tenéis al hombre” (19,5).

–        También de manera irónica el evangelista narra cómo Pilatos le cede el trono: “Mandó que sacaran fuera a Jesús y lo sentó en tribunal” (19,13; traducción de la Biblia de América).

–        Entonces se anuncia su constitución como Rey a todas las naciones (19,19). La inscripción colocada sobre la Cruz aparece en las tres lenguas más importantes del momento: el latín –lengua de la política-, el griego –lengua de la cultura- y el hebreo –lengua de la religión judía-. Ante las protestas de los adversarios, Pilatos declara: “Lo escrito, escrito está” (19,22).

–        Finalmente Jesús es entronizado en la Cruz y es admirado en su realeza: la contemplación de su costado atravesado por la lanza (19,31-37).

–        Como epílogo, el Rey es colocado en su tálamo real con una unción que está a la par de su inmensa dignidad (19,39-42). 

La categoría de la realeza expresa siempre bien la idea de una mediación universal.  Asumiendo lo humano hasta sus extremas consecuencias, en la muerte y la sepultura, Jesús puede ser el mediador de todos los hombres y ejercer el Señorío de Dios sobre el mundo.  

(4) La Pasión y muerte de Jesús es una “revelación”

La muerte de Jesús es la “hora de la Gloria” en la cual Dios se manifiesta completamente al mundo. Todo el camino histórico de la revelación llega a su cumplimiento: “Todo está cumplido” (19,30; ver también 19,24.28).  

El camino iniciado en la encarnación, “Y la Palabra se hizo carne y puso su Morada (plantó su tienda) entre nosotros” (1,14), logra su plenitud cuando en la Cruz se manifiesta que no solamente Dios está entre nosotros sino también en función de nosotros. Entonces es la realización de la razón de ser de la Encarnación. Entre otras cosas, el “plantar la tienda” alude a una condición pasajera, de peregrinación, a un tener que partir de nuevo. 

De esta manera en Jesús crucificado revela el rostro de Dios y el rostro del hombre, al tiempo que recibimos todo lo que necesitamos para vivir en plenitud accediendo a la vida eterna que es propia de Dios. 

Al servicio de esta comprensión aparecen algunos detalles propios de este evangelio, que vale la pena observar:

– No aparecen las tinieblas que tan dramáticamente describen los otros evangelistas. Más bien sucede lo contrario: la última hora mencionada en el relato es precisamente la de la mayor irradiación de luz al mediodía (ver 19,14).

– El relato comienza en un huerto, lugar donde Jesús formaba a sus discípulos cuando estaba en Jerusalén (19,1-2), y termina en un jardín, donde salen a la luz los discípulos ocultos (19,38-39). El tema de la “vida”, con conexión con el “amor”, está acentuado.

– Entre la muerte y la sepultura de Jesús, se abre una nueva escena que da espacio a la contemplación, por parte del discípulo amado, de los tres signos reveladores del sentido de la muerte de Jesús (19,31-37). 

Además, la cadena de citas bíblicas finales nos envían en esta dirección. La última, por ejemplo, el misterioso pasaje de Zacarías 12,10 (“Mirarán al que traspasaron”, citada en Jn 19,37), es clave para comprender el significado último de la Pasión. Zacarías hablaba proféticamente de un misterioso dolor de Dios, quien se sentía herido por la muerte de un Rey-Pastor. Esta muerte es como un desgarramiento en el corazón de Dios, y de este desgarramiento brota la posibilidad de una reconciliación entre Dios y su pueblo.  

De esta forma concreta Juan quiere decirnos que la muerte de Cristo es revelación del amor de Dios en el mundo.  Y esta muerte-amor fundamenta la posibilidad de una vida nueva.  

(5) La Pasión y muerte de Jesús es exaltación: la Cruz se convierte en Gloria

Con su habitual compenetración de planos, san Juan sabe ver contemplativamente la unidad del misterio: el Jesús terreno es al mismo tiempo el Cristo glorioso. El crucificado traspasado por la lanza es al mismo tiempo el Cristo Exaltado y Glorioso. 

Jesús no muere entre lamentos, sino con un grito triunfal (“¡Todo está cumplido!”, 19,30). El evangelista presenta la muerte a la luz de la resurrección y así el día de la muerte, que no pierde el rigor de su luto, se vuelve luminoso porque sobre la Cruz se proyecta la gloria de la Pascua. 

Esto hay que observarlo de manera particular en el último instante de la Pasión. El evangelista presenta el último suspiro de Jesús como una donación del Espíritu que invade al mundo (ver 19,30; de hecho, según el texto griego, más que un “expirar” de Jesús, se habla de una “entrega del Espíritu”). 

Enseguida el cuerpo herido de Jesús muerto y resucitado se convierte en Templo de la Nueva Alianza, de Él brota el río de la vida que es el Espíritu Santo. Así lo anunció el mismo Jesús en 7,37-39: “De su seno correrán ríos de agua viva”. Jesús da su propia vida para que vivamos de ella (ver todas la recurrencias de “agua” en este evangelio: el agua es el Espíritu, la misma fuerza vital de Jesús ofrecida como don mesiánico). 

La Pasión según san Juan nos enseña entonces que si la muerte de Jesús no es sólo el morir de un hombre, sino la revelación del amor de Dios en el mundo, ésta es ofrenda de vida para el hombre, es un soplo del Espíritu. Lo que Jesús hará en la noche del Domingo de Pascua, en el encuentro con los discípulos, cuando reencienda en ellos la alegría comunicándoles el Espíritu, no será otra cosa que el fruto de esta muerte. 

Bajo el soplo de este Espíritu la Victoria de la Pasión se inserta en nosotros. Bien decía H. Newman: “Velar con el Crucificado es hacer memoria con ternura y lágrimas de su sufrimiento por nosotros, es perderse en contemplación, atraídos por la grandeza del acontecimiento, es renovar en nuestro ser la pasión y la agonía de Jesús”.

¡Comencemos ahora nuestra propia lectura orante de este grandioso relato! 

Para cultivar la semilla de la Palabra en el corazón: 

Ante el Crucificado emergen la conciencia de la gravedad de nuestros pecados y la grandeza del amor de Dios. La escucha de la Palabra es lo que nos permite entrar de manera más profunda en este misterio. Que el Espíritu de Dios ilumine nuestra mente y abra nuestro corazón, de manera que brote fuerte la voz de nuestra gratitud con Dios unida al deseo de una profunda conversión.

1. Hoy nuestra oración se hace universal para confirmar nuestra confianza en el Reino que viene y para participar en los sufrimientos de todos los que hoy en el mundo continúan en sí mismos la Pasión de Cristo. ¿Qué personas y realidades concretas voy a colocar hoy a los pies de la Cruz?

2. La adoración de la santa Cruz es una declaración de la aceptación del Señorío de Dios sobre mi vida, Señorío que somete el pecado y todo mal. ¿Qué pecados míos quedan crucificados en la Cruz de Cristo?

3. La comunión Eucarística es comunión con la Cruz de Jesús, para que –identificado con el amor del Crucificado- brote de mí el amor, el perdón y el servicio que impregna de una inmensa calidad todas mis relaciones y le da sentido a mi vivir. ¿Qué impulsos de amor, de perdón y de servicios hacia personas concretas que –en mi opinión no se lo merecen- siento hoy en comunión con el Crucificado? 

“Haz, Señor, que tu Cruz permanezca

como signo del Padre que acoge,

como signo de la vida nueva y definitiva que has sellado con tu Sangre,

como signo permanente del Amor que todo lo trasciende:

el amor de Dios por los hombres y nuestro amor por los hermanos

hasta el perdón”

 (C. M. Martini)

Via Crucis, el camino de la cruz


Autor: Norberto Rivera Carrera, Cardenal | Fuente: Catholic.net
El Vía Crucis, el camino de la cruz
La importancia del via crucis. Carta Cardenal Norberto Rivera
 
El Vía Crucis, el camino de la cruz
El Vía Crucis, el camino de la cruz

Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia la hora sexta. Dice Pilatos a los judíos: “Aquí tenéis a vuestro Rey”. Ellos gritaron: “¡Fuera, fuera! ¡Crucifícale!”. Les dice Pilatos: “¿A vuestro Rey voy a crucificar?” Replicaron los sumos sacerdotes: “No tenemos más rey que el César”. Entonces se lo entregó para que fuera crucificado. Tomaron, pues, a Jesús, y él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí lo crucificaron y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio (Juan 19, 14-18).

Una de las tradiciones religiosas más arraigadas en nuestra nación es la representación de la Pasión del Señor. En ella interviene todo el pueblo para crear un espectáculo visual en el que se reviven los últimos momentos de la vida de Jesucristo, desde la entrada gloriosa en Jerusalén hasta la Resurrección. Es una costumbre que sirve para recordar el misterio pascual de Cristo y, en definitiva, es una catequesis viviente. Desde muy antiguo, los cristianos han sentido este deseo de representar y hacer viva la Pasión del Señor. Así fue como nació el Vía Crucis (“camino de la cruz”) en Jerusalén, una forma de oración en la que se recorría el itinerario que siguió Jesucristo desde el cuartel de Pilatos hasta el Calvario y el Sepulcro, deteniéndose a rezar en algunos puntos o “estaciones” señalados con una cruz y adornados con representaciones que explicaban lo que sucedió en cada una de ellas. Se acompañaba a Jesucristo en su Pasión de forma física caminando por donde Él caminó, y de forma espiritual con la oración contemplativa en diálogo con Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica en el número 2669 nos dice: “La oración cristiana practica el Vía Crucis siguiendo al Salvador. Las estaciones desde el Pretorio, al Gólgota y al Sepulcro jalonan el recorrido de Jesús que con su Santa Cruz nos redimió”. Este es el sentido del Vía Crucis, seguir a Jesucristo en su camino hasta la cruz.

El Vía Crucis pretende reavivar, en la mente y en el corazón, la contemplación de los momentos supremos de la entrega de Cristo por nuestra redención, propiciando actitudes íntimas y cordiales de compunción de corazón, de confianza, de gratitud, de generosidad y de identificación con Jesucristo. La atención de esta oración se centra en la contemplación de la actitud de amorosa entrega de Jesucristo y en la petición de fe, confianza, fortaleza y amor, para abrazar la cruz de cada día y ser auténticos seguidores suyos (Cf Mateo 16, 24; Marcos 8, 34; Lucas 9, 23). No debe ser nunca un acto de piedad precipitado y vacío de contenido, sino un momento sereno y profundo de reflexión en el que se pretende conocer mejor a Cristo para amarlo con mayor intensidad respondiendo a su amor infinito. Es una oración en la que seguimos a Cristo como lo quisiéramos seguir en la vida de todos los días, en la que buscamos experimentar los mismos sentimientos de Cristo: el dolor, el abandono, el quebranto, la pena, valorando que todo eso lo hizo por amor a mí, para limpiarme de mis pecados. Es hacer mío todo lo que encuentro en su corazón, especialmente su amor a los hombres, mis hermanos, hasta dar la vida entera por ellos.

El Vía Crucis se puede rezar de varias formas: en grupo recorriendo juntos las estaciones ya señaladas en una forma de meditación casi escenificada incluyendo cantos y oraciones, o bien en una iglesia donde sólo un grupo de fieles se mueve de estación en estación llevando una cruz mientras los demás presentes siguen, desde sus lugares, el recorrido, dirigiendo su mirada hacia cada estación. También se puede rezar de forma individual utilizando alguna guía para ir meditando y dialogando con Cristo y con María Santísima a lo largo del recorrido. Al inicio de cada estación se suele decir la frase: “te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste al mundo”, y entre una estación y otra se recitan algunas estrofas de la secuencia “Stabat Mater Dolorosa”, del Salmo 50 o de otro canto apropiado.

Esta oración bien hecha nos lleva a crecer en el amor a Jesucristo contemplan-do lo que hizo por amor a cada uno de nosotros, por ti y por mí. Nos ayuda a recordar los sufrimientos de Cristo y a descubrir la profundidad y el misterio sumamente complejo, en el que el dolor humano en su más alto grado, el pecado en su más trágica repercusión, el amor en su expresión más generosa y heroica, y la muerte en su más cruel victoria y en su definitiva derrota, adquieren la evidencia más impresio-nante (Cf Pablo VI, 24 de marzo de 1967). En el Vía Crucis, la Iglesia acompaña a Jesús que lleva su cruz y acompaña al hombre de hoy que sufre y se enfrenta con el pecado en su vida. De acuerdo a una antiquísima tradición de la Iglesia, las estaciones del Vía Crucis son 14. Vamos a recorrerlas inspirándonos en el Vía Crucis romano del Viernes Santo de 1984 escrito por Juan Pablo II:

I. Jesús es condenado a muerte (Cf Mateo 27, 24-26; Lucas 23, 24-25; Juan 19, 13-16). El Vía Crucis de Jerusalén parte de la Torre Antonia, el cuartel desde el que los soldados romanos vigilaban la ciudad (Cf Hechos de los Apóstoles 21, 27-40). Según la tradición fue allí donde Jesucristo recibió la condena a muerte, una condena sin juicio, basada sólo en la opinión del pueblo enardecido y mentalizado. Él, que no había venido a juzgar, sino a salvar (Cf Juan 3, 17), es sometido a una injusticia y desde esa injusticia se realiza la redención. El Eterno Amor obra la salvación por medio de la injusticia del ser humano.

II. Jesús es cargado con la cruz (Cf Mateo 27, 31; Marcos 15, 16-20; Juan 19, 17). El tiempo que pasaba entre la declaración de la sentencia y la ejecución servía para que los soldados se divirtiesen a costa del condenado. Con él pagaban sus frustraciones y sus deseos de venganza de aquel pueblo hostil para ellos. Después de la flagelación y la burla con la corona de espinas, Cristo recibió el travesaño horizontal de la cruz sobre sus espaldas y salió de nuevo a la calle donde le esperaba una multitud que le gritaba y escupía. Jesús encarna los cantos del Siervo de Yahveh (Cf Isaías 42, 1-9; 49, 1-7; 50, 4-11; 52, 13 – 53, 12).

III. Jesús cae por primera vez. La caída de Jesús expresa la verdad de la cruz. La cruz es un peso que supera las fuerzas del hombre; por eso, el ser humano cae bajo el peso de la cruz. Jesucristo, el que había resucitado a Lázaro y había dominado el viento y la tempestad, cae tres veces durante su camino para mostrarnos su amor en la debilidad, para redimirnos con lo que a nosotros más nos escandaliza de la condición humana: nuestra debilidad.

IV. Jesús encuentra a su Madre. María se encuentra con su Hijo igual que lo encontró en Jerusalén cuando Él tenía 12 años. Ahora comprende cuáles son las cosas del Padre de las que debía ocuparse (Cf Lucas 2, 46-50). María Santísima aparece como la siempre fiel, que edificó su vida desde la fe. No nos podemos imaginar este encuentro lleno de dolor y de esperanza. El Hijo siente el ver sufrir a su Madre y Ella, en su impotencia, sólo puede ayudar a su Hijo adhiriéndose también a la voluntad del Padre y aceptando aquel dolor de su Hijo por amor a sus hijos. María está siempre presente en nuestro sufrimiento como Madre del consuelo y la esperan-za.

V. Jesús es ayudado por el Cireneo a llevar la cruz (Cf Marcos 15, 20-21). Jesús ya no puede llevar el travesaño de la cruz, está al límite de sus fuerzas físicas. Nadie quiere ayudarle, es un condenado a muerte. Tienen que obligar a un curioso que venía del campo y se detuvo a ver qué pasaba. Cuánto daríamos por haber estado allí y haber ayudado a Cristo en ese trance tan doloroso y, sin embargo, no nos damos cuanta de que sin necesidad de haber pisado la Vía Dolorosa en aquel primer Viernes Santo, podemos ayudar a Cristo a llevar su cruz. Él lleva sobre sí nuestros pecados, nuestros egoísmos, la cruz que carga se la hemos construido nosotros. Los hombres somos muchas veces insensibles ante el dolor de nuestros semejantes, fácilmente encontramos disculpas para no ayudarles a llevar su cruz, como las encontraban los contemporáneos de Jesús.

VI. La Verónica enjuga el rostro de Jesús. El Evangelio no recoge este episodio, pero las más antiguas tradiciones lo reportan recordando incluso el nombre de la mujer. Sólo una mujer era capaz de este finísimo acto de amor y compasión, sólo ellas tienen esta capacidad de amar que se expresa en gestos de extrema delicadeza. A ella no la obliga nadie, lo hace por amor. La tradición dice que en el paño quedó trazada la imagen del rostro de Cristo. Así es siempre, en cada acto de amor, de misericordia, de compasión, se revela el rostro del Señor.

VII. Jesús cae por segunda vez. Jesucristo está ofreciendo a Dios un sacrificio por nuestras ofensas a su amor. Su entrega absoluta repara nuestras faltas de amor. Él, el sin-pecado, el anti-pecado, se ha unido a cada hombre en esta caída. El hombre cae y le cuesta levantarse, llega a la aberración de amar la caída. Jesucristo cae para levantar al ser humano; paradójicamente cae para levantarnos; no nos quita las dificultades, pero nos da la fuerza para superarlas. De aquí debe nacer nuestra resolución de levantarnos siempre, de buscar su misericordia y amar la lucha por Él, no la comodidad de la caída.

VIII. Jesús consuela a las santas mujeres (Cf Lucas 23, 27-31). Jesucristo es consuelo. Dios no quiere el dolor del ser humano (Cf Catequesis del Papa Juan Pablo II, 24 de marzo de 1999) que es consecuencia del pecado, del poderío del mal en el mundo, de la imperfección humana. Todos los sufrimientos del ser humano, ligados a la herencia del pecado, confluyen en el sufrimiento de Cristo. Desde ese sufrimiento nos dice: “no lloren”, “no teman”, el mal no va a triunfar. Él ha vencido a todo lo que nos amenaza.

IX. Jesús cae por tercera vez. La tercera caída, quizás la más dolorosa, a pocos metros del Calvario. Cada vez está más exhausto. Cae abrumado por el peso de los pecados que carga sobre sí (Cf II Corintios 5, 21). No hay que olvidar que todo esto lo hace por mí, por amor a mí, para pagar todas mis culpas y abrirme las puertas de la vida eterna junto al Padre (Cf Juan 14, 1-3). El que no conocía el pecado experimentó en el camino de la cruz los terribles sufrimientos que causa la desobediencia a Dios. Paga con su obediencia (Cf Hebreos 10, 5-7) y con el dolor de su corazón, lo que los seres humanos hemos destruido con nuestra desobediencia y nuestra sober-bia.

X. Jesús es despojado de sus vestiduras (Cf Mateo 27, 33-36; Marcos 15, 24; Juan 19, 23-24). Llegan al Monte de la Calavera (hasta la forma del monte era siniestra). Los soldados le ofrecen posca, una bebida que usaban los legionarios romanos para mitigar el dolor de las heridas en el combate y poder seguir luchando. Él lo rechaza, quiere apurar el cáliz hasta el final, no quiere disminuir el sufrimiento por nada; lo ha aceptado libremente y por amor. Le quitan sus vestiduras y se abren de nuevo las heridas de la flagelación. Le despojan de todo; los seres humanos sabemos lo difícil que es despojarse de todo, especialmente de uno mismo. Jesucristo lo hace por amor, la única fuerza que puede llevar al ser humano a prescindir de sí mismo.

XI. Jesús es clavado en la cruz (Cf Mateo 27, 33-34; Marcos 15, 27-28; Lucas 23, 33-34; Juan 19, 18-20). El instrumento de tortura y de muerte se convierte en el signo de nuestra victoria desde el momento en que clavan en él al Hijo de Dios. La cruz es inevitable en nuestra vida llena de sufrimientos, pero podemos tomarla con Cristo o sin Él. Con Cristo se hace más llevadera, menos absurda; es signo de redención. Sin Cristo, sólo lleva a la desesperación.
XII. Jesús muere en la cruz (Cf Mateo 27, 50; Lucas 23, 44-48; Juan 19, 28-30). Después de entregarnos a su Madre como Madre nuestra, Jesucristo expira su último aliento. Contemplando esta estación, nos viene a la mente una pregunta: ¿Era necesario para la salvación del hombre que Dios entregase a Su Hijo a la muerte en la cruz? El Papa nos responde: “¿Podía ser de otro modo? ¿Podía Dios, digamos, justificarse ante la historia del hombre, tan llena de sufrimientos, de otro modo que no fuera poniendo en el centro de esa misma historia la misma Cruz de Cristo? Evidentemente, una respuesta podría ser que Dios no tiene necesidad de justificarse ante el hombre: es suficiente con que sea todopoderoso; desde esa perspectiva, todo lo que hace o permite debe ser aceptado. Esta es la postura del bíblico Job. Pero Dios, que además de ser Omnipotencia, es Sabiduría y -repitámoslo una vez más- Amor, desea, por así decirlo, justificarse ante la historia del hombre. No es el Absoluto que está fuera del mundo y al que, por tanto, le es indiferente el sufrimiento humano. Es el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, un Dios que comparte la suerte del hombre y participa de su destino” (Juan Pablo II, Cruzando el Umbral de la Esperanza, cap. 10).

XIII. Jesús es bajado de la cruz (Cf Mateo 27, 57-59; Marcos 15, 43-46; Juan 19, 34-39). La cara de la Piedad de Miguel Ángel nos lo dice todo: hay un profundo dolor, pero también hay una esperanza, no todo acaba ahí. Cristo vuelve a los brazos de su Madre. Ella nos lo entregó en Belén cuando no quisimos darle alojamiento en nuestras casas y ahora se lo devolvemos ensangrentado, muerto. Una espada ha atravesado su alma (Cf Lucas 2, 34). El dolor de la Madre es también esperanza de salvación para sus hijos. El que vive unido a María, no puede temer en el momento de la muerte. Ella, la Madre del Redentor, intercede por aquellos por los que murió su Hijo, por nosotros.

XIV. Jesús es colocado en el sepulcro (Cf Mateo 27, 59-66; Marcos 15, 46-47; Lucas 23, 50-54; Juan 19, 40-42). Parece que todo ha terminado, que han triunfado los enemigos de Cristo, pero el sepulcro de Cristo es semilla de nueva vida, es el germen del hombre nuevo creado según Dios en la santidad de la verdad. El sepulcro de Cristo es una llamada constante a despojarnos del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias, a renovar el espíritu de nuestra mente y a revestirnos del hombre nuevo formado a imagen de Cristo (Cf Efesios 4, 20-24; Filipenses 3, 8-15). Hoy, en Jerusalén y en muchos lugares, se suele terminar el Vía Crucis incluyendo otra estación: la XV, la Resurrección del Señor.

VIA CRUCIS PARA NIÑOS Y ADOLESCENTES


Traducido y adaptado de una edición de Baltimore, USA, preparada por W.J. Mc Loughlin.

Cada estación puede empezar con una jaculatoria (“Te adoramos, Cristo y te bendecimos…) o con una estrofa de un canto. Y entre la reflexión y la oración es bueno hacer un momento de silencio.

Oración inicial

Jesús, vamos a recorrer contigo las estaciones de tu agonía y tu muerte. Vamos a pasar un poco de tiempo contigo, renovando el sacrificio que nos dio la vida. Por ese sacrificio tuyo en la Cruz somos cristianos, y hemos recibido las gracias de Dios. Por ese sacrificio tuyo hemos sido salvados. Ayúdanos a comprender un poco mejor, a amar un poco más, para que después de meditar sobre estas quince estaciones de tu Vocación salvadora, nosotros mismos nos decidamos a dar algo de nosotros. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

1. Jesús, condenado a muerte

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Estás totalmente solo. Ningún amigo te ayuda. Nadie va a defenderte. Has gastado toda tu vida ayudando a los demás, haciendo milagros, curando y haciendo favores a todos. Cuando yo soy acusado, por mis padres o maestros, por algo que no he hecho, ayúdame a recordar la que Tú hiciste por mí, cómo aceptaste las acusaciones y no te quejaste.

Oremos: Oh Dios, muchas veces la gente no parece entenderme. Saltan a conclusiones y me gritan por algo que no he hecho, o no tenía intención de hacer, Ayúdame a aceptar los errores de los demás como Tú aceptaste los errores que yo cometo en mi vida. Por Cristo Nuestro Señor. Amén.

Pequé, Señor, pequé.
Ten piedad y misericordia de mí

2. Jesús acepta su Cruz

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

En el momento en el que cargas con la cruz sobre tus hombros, ya sabes con seguridad que no te la quitarán hasta que te encuentres clavado a ella en el monte Calvario. Pero la aceptas igual. La cruz son todos los problemas, y los problemas nadie los quiere. La cruz no es nada dulce, pero es algo que forma parte de nuestra vida humana. No creo que te pueda prometer que buscaré la cruz a lo largo de mi vida, pero lo que sí te prometo es que intentaré llevarla cuando me la envíes Tú.

Oremos: Oh Dios, mis problemas les suelen parecer pequeños a muchas personas mayores, pero Tú sabes que no son pequeños para mí. Estas cruces no son fáciles de llevar, pero cuando esté a punto de quejarme de ellas, ayúdame a recordar a Cristo y su Cruz.

Pequé, Señor, pequé.
Ten piedad y misericordia de mí

3. Jesús cae

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Has perdido mucha sangre, oh Cristo, por el brutal trato que has recibido. Estás débil y a punto de desmayarte de dolor. Y ahora caes al suelo. Nadie parece dispuesto a ayudarte, tampoco. Los soldados te dan empujones y patadas y te gritan que te levantes y sigas caminando. Caes de debilidad pero de alguna manera logras encontrar fuerzas para levantarte y seguir tu camino. Sigues con lo que has empezado.

Oremos: Oh Dios, sé que muchas veces empiezo cosas y luego me canso de ellas. O bien no las hago bien o intento olvidarme de ellas. A veces me tienen que regañar en la escuela porque no pongo atención en lo que estoy haciendo. Ayúdame, oh Dios, a ser como tu Hijo. Ayúdame a ser constante en las cosas buenas que he empezado y a llevarlas hasta el final lo mejor que pueda.

Pequé, Señor, pequé.
Ten piedad y misericordia de mí

4. Jesús encuentra a su madre

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

En medio de los gritos y los insultos que te dirigen tantas personas, finalmente encuentras a alguien que te quiere bien y que siente dolor por ti. Es tu Madre. Ella no puede hacer mucho para detener tu sufrimiento, pero te dirige una mirada que te muestra que está sufriendo contigo, y eso te ayuda en tu camino. Alguien te entiende.

Oremos: Oh Dios, Tú me diste a mis padres. Nadie más en todo el mundo es mi padre y mi madre. Gracias por este regalo que me has hecho. Por muy duras que sean las cosas en la vida, yo sé que ellos están ahí y que de veras me quieren. Ayúdame a mostrarles yo también mi amor.

Pequé, Señor, pequé.
Ten piedad y misericordia de mí 


5.Simón ayuda a Jesús a llevar la Cruz

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Los soldados tienen miedo de que no seas capaz de llagar hasta el monte, para la crucifixión. Estás cada vez más débil. Por eso llaman a un hombre en la multitud, un hombre llamado Simón de Cirene, el Cirineo, y le obligan a llevar tu cruz durante un rato. El no quiere, pero le obligan. A él le gustaría más bien estar allí, mirando, viendo lo que pasa. El no había venido para ayudarte: pero ahora está llevando tu Cruz.

Oremos: Oh Dios tengo que confesar que yo soy bastante como este Simón. Cuántas veces podría haber ayudado a otras personas: por ejemplo cuidando a mis hermanitos pequeños, o ayudando a un compañero de clase en los estudios, o prestándome a ir a la tienda o a preparar los platos de la mesa. Ayúdame a hacer algo más que estar ahí y contemplar lo que pasa a mí alrededor. Ayúdame a ayudar a los demás.

Pequé, Señor, pequé.
Ten piedad y misericordia de mí

6. La Verónica seca el rostro de Jesús

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

De repente se detiene la marcha hacia el Calvario. Una mujer se adelanta. Su nombre es Verónica. Toma un lienzo de tela y te seca la cara, para quitarte el sudor y la sangre. Te ofrece un poco de alivio. Y para premiar su bondad, Tú haces que en la tela quede impreso tu rostro. A pesar de que estás a punto de morir, sigues haciendo el bien a todos.

Oremos: Oh Dios, enseñame a dar un poco de mí mismo a todo el que me necesita. Enséñame a salir de mi propio camino y a ayudarles aún cuando no me lo hayan pedido. Ya sé que hace falta mucha valentía para ser como la Verónica: ayudar a los que han caído en desgracia y son objeto de burlas de la gente. Ayúdame a ser como ella, o sea, a ser un buen cristiano.

Pequé, Señor, pequé.
Ten piedad y misericordia de mí

7. Jesús cae de nuevo

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Es la segunda vez que has caído en el camino de la Cruz. Esta vez te costará más levantarte. El peso de esa cruz se te hace cada vez más pesado. Pero te esfuerzas y pronto estás de nuevo en pie, para continuar tu marcha, la marcha que te llevará a tu muerte y a nuestra salvación.

Oremos:
Oh Dios, hay tantas cosas que intentan hundirme a mí. Yo no las entiendo todas. Todo eso que leo en los periódicos y veo en la televisión sobre muertes y crímenes. Ayúdame a levantarme de todo eso. Ayúdame a continuar mi camino, como lo hizo tu Hijo Jesús.

Pequé, Señor, pequé.
Ten piedad y misericordia de mí

8. Jesús se encuentra con las mujeres

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

A lo largo del camino que Tú sigues, hay un grupo de mujeres que te están contemplando. Cuando pasas junto a ellas, te das cuenta que están llorando. Te detienes un poco para dirigirles tu palabra. Quieres darles un poco de alivio para su dolor. Es muy propio de Ti: están llorando por Ti, por tu dolor y Tú te paras y quieres ayudarles para que no sufran ellas.

Oremos:
Oh Dios, cuántas veces me encierro en mí mismo y me olvido de los demás. Cuántas veces no pienso en nadie más que en mi mismo. Ayúdame a darme cuenta de que también los demás tienen problemas y que necesitan ayuda. Enséñame a darles toda la ayuda de que yo sea capaz.

Pequé, Señor, pequé.
Ten piedad y misericordia de mí

9. Jesús cae por tercera vez

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Te estás acercando al monte Calvario. Y una vez más caes bajo el peso de la cruz. La cumbre de esa colina significa el final de tu vida humana, pero es también el lugar en el que vas a salvar a la humanidad cumpliendo la voluntad de tu Padre. Sobreponiéndote a la debilidad que ha llenado tu cuerpo, la vista de esa montaña te da las fuerzas que necesitas para levantarte una vez más y seguir tu camino. Te levantas. Coges tu Cruz. Sigues.

Oremos: Oh Dios, estas tres caídas son toda una lección para mí. Me estás diciendo que no importa cuántas veces pueda yo caer en desobediencia, en descuidos, en mentiras, en engaños: lo que yo necesito cada vez es saber levantarme y probar una vez más. Y si yo lo intento, Tú me ayudarás. Y cuando trabajamos juntos, Tú y yo, yo puedo ser el que Tú quieres que sea.

Pequé, Señor, pequé.
Ten piedad y misericordia de mí


10. Jesús es despojado de sus vestidos

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Los soldados te arrebatan el manto que te habían puesto después de haberte azotado en casa de Pilato. Las heridas se te abren de nuevo y todo tu cuerpo está lleno de sangre y heridas. Algunos entre la gente se burlan de ti y te insultan. Te dicen que hagas un milagro y que entonces creerán en ti. Poco saben lo que estás a punto de hacer: el mayor de los milagros, la salvación de todo el mundo.

Oremos:
Oh Dios, ante Jesús que es despojado de sus vestidos, ayúdame a recordar siempre que mi cuerpo lo tengo que conservar puro y limpio. Ayúdame a superar las tentaciones de este mundo y ser como tu Hijo. Ayúdame a colaborar con El, en la salvación del mundo, siendo valiente para conservar puros mis pensamientos, mis palabras y acciones.

Pequé, Señor, pequé.
Ten piedad y misericordia de mí


11. Jesús es clavado en la cruz.

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Estás ahora extendido sobre la cruz y los soldados han empezado a clavarte los gruesos clavos en tus manos y en tus pies, cosiéndote al madero. Todos se ríen de ti. Los soldados se han jugado a los dados tus vestidos. Todos parecen haberse vuelto locos. Tú no les has dado más que amor y bondad, y todo lo que te ofrecen ahora son unos clavos a través de tus manos y tus pies.

Oremos:
Oh Dios, el hombre parece a veces más un animal que un ser humano. Nos hacemos daño los unos a los otros burlándonos del color de la piel, o de los defectos en el modo de hablar, o de los vestidos pobres; cosas que no tienen ninguna importancia. Haz que nunca sea yo quien clave un clavo en el cuerpo de otros con mis desprecios o mis injusticias o mi fanatismo.

Pequé, Señor, pequé.
Ten piedad y misericordia de mí

12. Jesús muere.

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. Mueres en la cruz.

¿Qué te diré? Voy a hacer silencio durante unos momentos para hablarte con mis palabras, desde dentro, y decirte cuáles son mis sentimientos y mi amor por ti. (Silencio).

Pequé, Señor, pequé.
Ten piedad y misericordia de mí

13. Jesús es bajado de la cruz.

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Con qué brutalidad te clavaron en la cruz, y con qué delicadeza te bajan ahora de la misma. Te colocan en los brazos de tu Madre y te limpian de toda tu sangre y suciedad. Te tratan con todo cariño. Parece que siempre nos sentimos más amables cuando vemos la muerte, y nos volvemos más favorables a una persona cuando ya ha muerto. Si aprendiéramos a decir esas cosas amables cuando las personas están vivas, y ser buenos los unos para con los otros cuando vivimos: sería mucho más fácil vivir esa vida nueva que Tú nos has enseñado.

Oremos: Oh Dios, yo viviré en esta tierra puede ser que diez, veinte, sesenta o setenta años. Ayúdame a hacer felices a todos los que vivan a mi lado. Ayúdame a ser amable en mis palabras y en mis acciones para con ellos, mientras viven. Si les ayudo a ser felices, también yo seré más feliz.

Pequé, Señor, pequé.
Ten piedad y misericordia de mí

14. Jesús es enterrado.

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo
.

Eres colocado en tu sepulcro. Echan a rodar la gran piedra en la entrada y allí quedas tú, en tu tumba. Pero yo se que en tres días Tú vas a resucitar. Y vas a dar un nuevo sentido a la vida, y nos vas a enseñar un nuevo modo de vivirla. Resucitarás de entre los muertos y así la muerte habrá perdido su presa sobre la humanidad y nuestros miedos serán superados, porque Tú has demostrado que eres el Hijo de Dios.

Oremos: Oh Dios, por difíciles que parezcan las cosas, no podrán llegar a lo dura que fue la vida de tu Hijo. Y a pesar de sus sufrimientos, todo acabó bien al final. Tú nos prometes también a nosotros la victoria final, y por eso queremos permanecer contigo. Ayúdame a seguir siempre el camino de Cristo Jesús: aceptando lo que no podemos cambiar, cambiando lo que podemos por el bien de la humanidad, siguiendo de cerca el camino que Tú has pensado para mí en los años que me toque vivir en este mundo.

Pequé, Señor, pequé.
Ten piedad y misericordia de mí

15. La resurrección

Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Como la oscuridad de la noche queda vencida por el resplandor de la aurora, así ha sucedido en ti el milagro de la Nueva Vida. Al acercarse el brillo del sol, otra Luz llena de alegría a todos: la tumba está vacía y el Dios-Hombre se ha alzado de la muerte y camina de nuevo en esta tierra. El sufrimiento, la dureza, las torturas de su vida han quedado engullidas en la gloria de su resurrección. Cristo ha resucitado y el mundo entero, lleno de esperanza grita: ¡Aleluya!

Oremos: Oh Dios, ojalá se me ocurriera más veces detenerme y mirar a mi propia vida. Yo, por el Bautismo, estoy unido a Cristo. Mi vida, según tus planes, es un reflejo de su vida. También yo puedo superar todo eso porque esa es mi herencia como cristiano: levantarme, renovarme, ser cada vez más perfecto, y gritar con todos los que tienen esperanza mi gozoso ¡Aleluya, aleluya, aleluya!.

Via Crucis: San Alfonso María de Ligorio


Primera Estación

Jesús es sentenciado a muerte

Considera cómo Jesús, después de haber sido azotado y coronado de espinos, fue injustamente sentenciado por Pilato a morir crucificado.

ADORADO Jesús mío: mis pecados fueron más bien que Pilato, los que os sentenciaron a muerte. Por los méritos de este doloroso paso, os suplico me asistáis en el camino que va recorriendo mi alma para la eternidad. Os amo, ¡ oh Jesús mío más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mi como os agrade. Amén.



Segunda Estación

Jesús es cargado con la cruz

Considera cómo Jesús, andando este camino con la cruz a cuestas, iba pensando en ti y ofreciendo a su Padre por tu salvación la muerte que iba a padecer.

AMABILÍSIMO Jesús mío: abrazo todas las tribulaciones que me tenéis destinadas hasta la muerte, y os ruego, por los méritos de la pena que sufristeis llevando vuestra Cruz, me deis fuerza para llevar la mía con perfecta paciencia y resignación. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mío!, más que a mi mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.


Tercera Estación

Jesús cae por primera vez

Considera esta primera caída de Jesús debajo de la Cruz. Sus carnes estaban despedazadas por los azotes; su cabeza coronada de espinas, y había ya derramado mucha sangre, por lo cual estaba tan débil, que apenas podía caminar; llevaba al mismo tiempo aquel enorme peso sobre sus hombros y los soldados le empujaban; de modo que muchas veces desfalleció y cayó en este camino.

AMADO Jesús mío: más que el peso de la Cruz, son mis pecados los que os hacen sufrir tantas penas. Por los méritos de esta primera caída, libradme de incurrir en pecado mortal. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mio !, más que a mi mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.


Cuarta Estación

Jesús encuentra a su afligida madre

Considera el encuentro del Hijo con su Madre en este camino. Se miraron mutuamente Jesús y Maria, y sus miradas fueran otras tantas flechas que traspasaron sus amantes corazones.

AMANTÍSIMO Jesús mío: por la pena que experimentasteis en este encuentro, concededme la gracia de ser verdadero devoto de vuestra Santísima Madre. Y Vos, mi afligida Reina, que fuisteis abrumada de dolor, alcanzadme con vuestra intercesión una continua y amorosa memoria de la Pasión de vuestro Hijo. Os amo, ¡Oh Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.



Quinta Estación

Simón ayuda a Jesús a llevar la cruz

Considera cómo los judíos, al ver que Jesús iba desfalleciendo cada vez más, temieron que se les muriese en el camino y, como deseaban verle morir de la muerte infame de Cruz, obligaron a Simón el Cirineo a que le ayudase a llevar aquel pesado madero.

DULCÍSIMO Jesús mío: no quiero rehusar la Cruz, como lo hizo el Cirineo, antes bien la acepto y la abrazo; acepto en particular la muerte que tengáis destinada para mí, con todas las penas que la han de acompañar, la uno a la vuestra, y os la ofrezco. Vos habéis querido morir por. mi amor, yo quiero morir por el vuestro y por daros gusto; ayudadme con vuestra gracia. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mío! más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.


Sexta Estación

La Verónica limpia el rostro de Jesús

Considera cómo la devoto mujer Verónica, al ver a Jesús tan fatigado y con el rostro bañado en sudar y sangre, le ofreció un lienzo. y limpiándose con él nuestra Señor, quedó impreso en éste su santa imagen.

AMADO Jesús mío: en otro tiempo vuestro rostro era hermosisímo; mas en este doloroso viaje, las heridas y la sangre han cambiado en fealdad su hermosura. ¡ Ah Señor mío, también mi alma quedó hermosa a vuestros ojos cuando recibí la gracia del bautismo, mas yo la he desfigurado después con mis pecados. Vos sólo, ¡ oh Redentor mío!, podéis restituirle su belleza pasada: hacedlo por los méritos de vuestra Pasión. Os amo, ¡oh Jesús, amor mío!, más que a mi mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.


Séptima Estación

Jesús cae por segunda vez

Considera la segunda caída de Jesús debajo de la Cruz, en la cual se le renueva el dolor de las heridas de su cabeza y de todo su cuerpo al afligido Señor.

OH pacientísimo. Jesús mio. Vos tantas veces me habéis perdonado, y yo he vuelto a caer y a ofenderos. Ayudadme, por los méritos de esta nueva caída, a perseverar en vuestra gracia hasta la muerte. Haced que en todas las tentaciones que me asalten, siempre y prontamente me encomiende a Vos. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mío! más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.



Octava Estación

Las mujeres de Jerusalén lloran por Jesús

Considera cómo algunas piadosas mujeres, viendo a Jesús en tan lastimosa estado, que iba derramando sangre por el camino, lloraban de compasión; mas Jesús les dijo: no lloréis por mí, sino por vosotras mismas y por vuestras hijos.

AFLIGIDO Jesús mío: lloro las ofensas que os he hecho, por los castigos que me han merecido, pero mucho más por el disgusto que os he dado a Vos, que tan ardientemente me habéis amado. No es tanto el Infierno, como vuestro amor, el que me hace llorar mis pecados. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.



Novena Estación

Jesús cae por tercera vez

Considera la tercera caída de Jesucristo. Extremada era su debilidad y excesiva la crueldad de los verdugos, que querían hacerle apresurar el paso, cuando apenas le quedaba aliento para moverse.

ATORMENTADO Jesús mío: por los méritos de la debilidad que quisisteis padecer en vuestro camino al Calvario, dadme la fortaleza necesaria para vencer los respetos humanos y todos mis desordenados y perversos apetitos, que me han hecho despreciar vuestra amistad. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.



Décima Estación

Jesús es despojado de sus vestiduras

Considera cómo al ser despojado Jesús de sus vestiduras por los verdugos, estando la túnica interior pegada a las carnes desolladas por los azotes, le arrancaran también con ella la piel de su sagrado cuerpo. Compadece a tu Señor y dile:

INOCENTE Jesús mío: por los méritos del dolor que entonces sufristeis, ayudadme a desnudarme de todos los afectos a las cosas terrenas, para, que pueda yo poner todo mi amor en Vos, que tan digno sois de ser amado. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.



Undécima Estación

Jesús es clavado en la cruz

Considera cómo Jesús, tendido sobre la Cruz, alarga sus pies y manos y ofrece al Eterno Padre el sacrificio de su vida por nuestra salvación; le enclavan aquellos bárbaros verdugos y después levantan la Cruz en alto, dejándole morir de dolor, sobre aquel patíbulo infame.

OH despreciado Jesús mío. Clavad mi corazón a vuestros pies para que quede siempre ahí amándoos y no os deje más. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido: no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez: haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.


Duodécima Estación

Jesús muere en la cruz

Considera cómo Jesús, después de tres horas de agonía, consumido de dolores y exhausto de fuerzas su cuerpo, inclina la cabeza y expía en la Cruz.

OH difunto Jesús mío. Beso enternecido esa Cruz en que por mí habéis muerto. Yo, por mis pecados, tenía merecida una mala muerte, mas la vuestra es mi esperanza. Ea, pues. Señor, por los méritos de vuestra santísima muerte, concededme la gracia de morir abrazado a vuestros pies y consumido por vuestro amor. En vuestras manos encomiendo mi alma. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, y me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.


Decimotercera Estación

Jesús es bajado de la cruz

Considera cómo, habiendo expirado ya el Señor, le bajaron de la Cruz dos de sus discípulos. José y Nicodemo, y le depositaran en los brazos de su afligida Madre, María, que le recibió con ternura y le estrechó contra su pecho traspasado de dolor.

OH Madre afligida. Por el amor de este Hijo, admitidme por vuestro siervo y rogadle por mí. Y Vos, Redentor mío, ya que habéis querido morir por mí, recibidme en el número de los que os aman más de veras, pues yo no quiero amar nada fuera de Vos. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mío!, más que a mí mismo, me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.


Decimocuarta Estación

Jesús es colocado en el sepulcro

Considera cómo los discípulos llevaron a enterrar o Jesús, acompañándole también su Santísima Madre, que le depositó en el sepulcro con sus propias manos. Después cerraron la puerta del sepulcro y se retiraron.

OH Jesús mío sepultado. Beso esa losa que os encierra. Vos resucitasteis después de tres días; por vuestra resurrección os pido y os suplico me hagáis resucitar glorioso en el día del juicio final para estar eterna-mente con Vos en la Gloria, amándoos y bendiciéndoos. Os amo, ¡ oh Jesús, amor mio!, más que a mí mismo, me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido; no permitáis que vuelva a separarme de Vos otra vez; haced que os ame siempre y disponed de mí como os agrade. Amén.