Pregón Pascual


Exulten por fin los coros de los ángeles, exulten las jerarquías del cielo, y por la victoria de Rey tan poderoso que las trompetas anuncien la salvación.

Goce también la tierra, inundada de tanta claridad, y que, radiante con el fulgor del Rey eterno, se sienta libre de la tiniebla que cubría el orbe entero.

Alégrese también nuestra madre la Iglesia, revestida de luz tan brillante; resuene este templo con las aclamaciones del pueblo.

En verdad es justo y necesario aclamar con nuestras voces y con todo el afecto del corazón a Dios invisible, el Padre todopoderoso, y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

Porque él ha pagado por nosotros al eterno Padre la deuda de Adán y, derramando su sangre, canceló el recibo del antiguo pecado.

Porque éstas son las fiestas de Pascua, en las que se inmola el verdadero Cordero, cuya sangre consagra las puertas de los fieles.

Ésta es la noche en que sacaste de Egipto a los israelitas, nuestros padres, y los hiciste pasar a pie el mar Rojo.

Ésta es la noche en que la columna de fuego esclareció las tinieblas del pecado.

Ésta es la noche en que, por toda la tierra, los que confiesan su fe en Cristo son arrancados de los vicios del mundo y de la oscuridad del pecado, son restituidos a la gracia y son agregados a los santos.

Ésta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo.
¿De qué nos serviría haber nacido si no hubiéramos sido rescatados?

¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros!
¡Qué incomparable ternura y caridad!
¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!

Necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado por la muerte de Cristo.
¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!

¡Qué noche tan dichosa!
Sólo ella conoció el momento
en que Cristo resucitó de entre los muertos.

Ésta es la noche de la que estaba escrito: «Será la noche clara como el día, la noche iluminada por mí gozo.»

Y así, esta noche santa ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos.

En esta noche de gracia, acepta, Padre santo, este sacrificio vespertino de alabanza que la santa Iglesia te ofrece por rnedio de sus ministros en la solemne ofrenda de este cirio, hecho con cera de abejas.

Sabernos ya lo que anuncia esta columna de fuego, ardiendo en llama viva para gloria de Dios. Y aunque distribuye su luz, no mengua al repartirla, porque se alimenta de esta cera fundida, que elaboró la abeja fecunda para hacer esta lámpara preciosa.

¡Que noche tan dichosa en que se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino!

Te rogarnos, Señor, que este cirio, consagrado a tu nombre, arda sin apagarse para destruir la oscuridad de esta noche, y, como ofrenda agradable, se asocie a las lumbreras del cielo.

Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo, ese lucero que no conoce ocaso y es Cristo, tu Hijo resucitado, que, al salir del sepulcro, brilla sereno para el linaje humano, y vive y reina glorioso por los siglos de los siglos.

Amén.

Lectio Divina: Sabado Santo: La Noche Santa


P. Fidel Oñoro

LA NOCHE SANTA DE LA VIGILIA PASCUAL

¡Ha resucitado Jesús el crucificado! 

Después de haber acompañado a Jesús el Gran Viernes Santo en su camino de pasión hacia la muerte –explicada anticipadamente en la Eucaristía del Jueves-, y después de habernos detenido en una meditación silenciosa en la aridez del Sábado Santo, celebramos la Vigilia Pascual, la vigilia de las vigilias, “la madre de todas las vigilias”, como la llamó San Agustín. 

Esta noche es diferente a todas las demás noches del año. San Gregorio de Nisa, en el Siglo IV dC, describió la emoción que se vive en una noche como ésta:

“¿Qué hemos visto? El esplendor de las antorchas que eran llevadas en la noche como en una nube de fuego. Toda la noche hemos oído resonar himnos y cánticos espirituales. Era como un río de gozo que descendía de los oídos a nuestras almas, llenándonos de buena esperanza… Esta noche brillante de luz que unía el esplendor de las antorchas a los primeros rayos del sol ha hecho con ellos un solo día sin dejar intervalos a las tinieblas”. 

Y es que la riqueza de los símbolos que van apareciendo gradualmente nos ayudan a percibir la grandeza del mensaje pascual:

·       El FUEGO nuevo que brilla en el cirio pascual nos recuerda la columna de fuego que acompañó el caminar nocturno del pueblo de Dios en su éxodo, es el símbolo de Jesús “luz del mundo” y del fuego encendido por le Resucitado en los corazones.

·       El GLORIA, antiguo himno celebrativo de Cristo, cuya alusión a las palabras del ángel en la noche de la navidad evoca en esta otra noche el sentido pascual de la encarnación y nacimiento del Mesías.

·       El ALELUYA pascual, el himno de los redimidos, cantar de los peregrinos que han emprendido la ruta hacia la patria definitiva.

·       El AGUA regeneradora, signo de la vida nueva en Jesús “fuente de vida”. Renovando nuestra profesión de fe bautismal, declaramos que adherimos a su vida nueva, entrando en comunión con Él.

·       El BANQUETE pascual que celebramos en la liturgia eucarística, comida del y con el Resucitado. De hecho, la Resurrección de Jesús alcanza su sentido pleno en nosotros cuando lo comulgamos en la Eucaristía, el sacramento pascual por excelencia, poniéndole fin al ayuno cuaresmal. 

Y en medio de esta espera vigilante, la Palabra de Dios –Palabra creadora y salvífica- va diseñando un itinerario digno de ser vivido paso a paso. 

Una vez que hemos cantado el PREGÓN pascual, nos sentamos para escuchar nueve lecturas, siete del Antiguo y dos del Nuevo Testamento. El Templo sigue parcialmente a oscuras –con el Cirio Pascual en lugar destacado- porque hacemos la escucha de la Palabra simbólicamente a la luz de Cristo Resucitado, centro del cosmos y de la historia. Ahora la luz es la Palabra, signo concreto de la presencia del Resucitado. 

De esta forma recorremos emocionados el camino pascual de la Palabra, la cual traza un arco entre la primera creación y la nueva y definitiva creación en la Resurrección de Jesús, pasando entretanto por los principales acontecimientos de la historia de la salvación. En este marco histórico comprendemos también el alcance y el significado de las antiguas palabras proféticas. 

En fin, cada acontecimiento y cada palabra de Dios en la historia humana, quiere expresar el amor misericordioso de Dios por nosotros, su deseo de hacernos participar en la vida de su Hijo, haciéndonos pasar de la noche y de la oscuridad de la muerte a la luz de la vida. 

Es así como contemplamos, paso a paso, todo lo que Dios ha caminado con su pueblo para realizar su plan de hacernos a todos una sola realidad en Jesús Resucitado, en quien, como dice un Padre de la Iglesia: “Las cosas divididas se reunieron y las discordantes se aplacaron… la misericordia divina reunió desde todos los lugares, los fragmentos y los fundió en el fuego de su amor, restituyéndoles su unidad primera”. 

Primera lectura: Génesis 1,26-31

“Dios vio que todo lo había hecho era bueno”

El autor de este hermoso poema de la creación parece escribir para un pueblo que está en el exilio y se encuentra afligido por la tragedia de la deportación. En esta situación, el pueblo corre el riesgo de perder la esperanza en la bondad de Dios y en su acción creadora. Es por eso que se presenta la creación como una especie de liberación. Esto lo notamos en la insistencia en el número “siete”, que hace del “descanso-sábado” de Dios el culmen de la creación (ver Génesis 2,3). 

A lo largo del poema, como si se tratara de un estribillo, se insiste en el hecho de que toda obra creada es buena (ver Génesis 1,10.12.18.25), para terminar proclamando que Dios se complace en la mayor de todas sus obras: el hombre (“Y vio que todo estaba muy bien”, 1,31). Es así como se refirma que la esperanza de la vida tiene su fundamento en la misma creación de Dios. 

Esta acción creadora tiene su fuente en la “Palabra de Dios”, palabra soberana que libera del caos y separa de todo elemento negativo. Es la misma Palabra que Israel ha conocido en su historia profética. Y esto crea un puente entre la creación y la historia de la salvación. 

Es desde esta perspectiva como comprendemos el primado de Cristo tanto en el orden de la primera creación como el de la nueva creación, ya que Él es plenamente la “imagen de Dios” (ver Colosenses 1,18; Romanos 8,29; Jn 1,2-3), el que conduce a la humanidad hacia el sábado eterno de Dios (ver Hebreos 4,11). 

Segunda lectura: Génesis 22,1-18

“Y Abraham obedeció al Señor” 

En la tradición rabínica se habla de cuatro noches fundamentales en la historia de la salvación: (1) la de la creación, (2) la del sacrificio de Abraham, (3) la de la salida de Egipto y la última (4) será la de la venida del Mesías (“Poema de las Cuatro Noches”, inserto en el Tárgum palestino de Ex 12,42).

En este momento leemos el relato de la noche de la fe de Abraham: Dios le pide el sacrificio de su hijo. Abraham se presenta como modelo de creyente: su fe es obediencia, camino en la noche, subida al monte, encuentro con Dios que abre un nuevo futuro. 

Esto es lo ejemplar de Abraham: se requiere la fe y un amor que ponga a Dios por encima de todos los amores, aún los más entrañables.  

Desde esta segunda lectura vislumbramos la experiencia de la fe como inicio de la nueva historia que se realiza en Jesús muerto y resucitado.  De hecho, el misterio pascual sólo puede ser acogido en una libertad obediente como la de Abraham. Este desafío será vivido en esta misma noche, en la liturgia bautismal, cuando seamos interrogados por nuestra fe; pero no cualquier fe sino aquella que por el amor a Dios es capaz de cualquier renuncia. 

Tercera lectura: Éxodo 14,15-15,1

“El Pueblo pasó a pie descalzo en medio del mar” 

El del paso del Mar Rojo es relato emocionante que retiene toda nuestra atención. Éste merece un estudio profundo (pero este no es el espacio). 

La Iglesia lee en la riqueza del simbolismo del paso del mar una tipología del bautismo cristiano, así como lo hizo Pablo: “Todos fueron bautizados en Moisés, por la nube y el mar…Todo esto les acontecía en figura, y fue escrito para aviso de los que hemos llegado a la plenitud de los tiempos” (1ª Corintios 10,2.11). 

Los Padres de la Iglesia vieron en este texto un relato de “nacimiento”, tipo del nuevo nacimiento “en Cristo”.  Este nacimiento es una liberación de todas las fuerzas del mal, concretado en el pecado. 

En esta celebración este texto es revivido en el lucernario: la procesión de la luz –con el cirio pascual que representa la nube-, enseguida el himno del “Pregón” pascual, con todas sus referencias poéticas al relato del paso del mar (releído tipológicamente), y más finalmente su inmersión en el agua que es bendecida para el bautismo. 

Cuarta lectura: Isaías 54,5-14

“Tu redentor es el Señor” 

Después de los relatos fundamentales de la Creación, la fe del patriarca Abraham y el paso del Mar Rojo, comienza el ciclo de las Profecías. 

De nuevo el pueblo de Dios se encuentra en una situación difícil. El profeta Isaías dirige a él para “consolarlo” con palabras de amor como “Mi amor de tu lado no se apartará” (54,10a).  Se despliega así una serie de imágenes cargadas expresiones afectivas para infundir en el corazón de todos que Dios se ocupa de verdad de los suyos y que tiene la fuerza para sacarlos de las situaciones dolorosas en que se encuentran. El Señor es un Dios que “quiere” y “puede” redimir a su pueblo. 

La redención conduce al “matrimonio” con el Amado Dios: “Mi alianza de paz no se moverá” (54,10b). La Alianza es una relación íntima, amorosa y esponsal con el Dios que nos ha librado y que espera que lo escojamos desde nuestra nueva situación de hombres libres. Nótese en la lectura la fuerza de la imagen en la que Dios “salva” a la viuda Israel, llevándola al matrimonio (ver 54,11-14). 

La liturgia de esta noche nos llevará a la renovación de la Alianza con Dios que sellamos en el Bautismo. 

Quinta lectura: Isaías 55,1-11

“Así será la palabra que salga de mi boca” 

Esta lectura habla del misterio y de la eficacia de la Palabra de Dios. Así se explica cómo se vive internamente la circularidad de amor y de voluntad en la Alianza con Dios. 

El énfasis de la profecía está en el anuncio de todas las palabras que él ha pronunciado –en cuanto Palabras de Dios- serán eficaces y verdaderas, ya que fue Dios mismo quien se comprometió a cumplirlas. 

Es Dios quien proyecta y dirige la historia. Él sabe sacar bien de dentro del mal que padecemos por nuestras malas opciones. Así lo hizo en el exilio. Es como la lluvia que se esconde en la tierra y allí fecunda el suelo, permitiendo la germinación de nuevos frutos. Así es el obrar de Dios. 

El profeta nos hace entender que Dios es “cercano” y al mismo tiempo “lejano”. Es “cercano” porque nos da su Palabra, nos perdona y nos ofrece tiempos especiales para el encuentro con Él.  Es “lejano” porque su modo de conducir los proyectos siempre nos sorprende, no se deja aprisionar en la lógica y el cálculo humano. 

En el misterio pascual de Cristo, la lógica de Dios que “descuadra” todos los raciocinios humanos, es el paradigma definitivo del actuar divino. 

Sexta lectura: Baruc 3,9-15.32-4,4

“Todos los que la retienen alcanzarán la vida” 

Llegamos ahora a una meditación sapiencial contenida en Baruc. Se dice que el pueblo fue al exilio porque abandonó el camino de la sabiduría: “¡Es que abandonaste la fuente de la sabiduría!… Si hubieras andado por el camino de Dios…” (3,12). El camino de retorno deberá ser un volver a la sabiduría: “Vuelve, Jacob, y abrázala, camina hacia el esplendor bajo su luz” (4,2). 

Pero, ¡atención!, no se trata de una sabiduría esotérica ni de nada parecido, se trata de la sintonía con Dios a la hora de actuar, es decir, una comunión de voluntades. En otras palabras, vivir sabiamente es vivir a la manera de Dios. 

El profeta anuncia con mucho vigor que ha aparecido sobre la tierra esta sabiduría, como un don, y que ella ha vivido en medio de los hombres. 

La patrística ha visto en esta sabiduría una alusión a Jesús y una invitación a la conversión. La “vida nueva” en Cristo resucitado es el logro de esta sabiduría. 

Séptima lectura: Ezequiel 36,16-28

“Os rociaré con agua pura… os daré un corazón nuevo” 

En este pasaje la revelación del Antiguo Testamento alcanza uno de sus vértices: la promesa de la “nueva alianza” (ver también Jeremías 31,31-34). 

La nueva Alianza es una obra de Dios con su pueblo pecador.  Es así como vemos que Dios no interviene en la historia para humillar al hombre sino para purificarlo de sus pecados. 

Como en la lectura anterior, la situación negativa que vive el pueblo ha sido la consecuencia de su mal obrar. Y esta situación de desgracia ha deshonrado el “Nombre” de Dios. Los paganos se burlan de Yahveh: ¿Quién es ese Dios que tiene a sus hijos dispersos y sufriendo en tierra extranjera? Esta burla es una profanación del “Nombre” de Dios: “Y en las naciones donde llegaron profanaron mi santo nombre haciendo que se dijera a propósito de ellos: ‘Son el pueblo de Yahveh, y han tenido que salir de su tierra’” (36,20). 

Pero de repente, Dios mismo realiza un acto inesperado, para que se vea la santidad del “nombre del nombre del Señor”, Dios repite los prodigios del éxodo trayendo a sus hijos a casa (“Os tomaré de entre las naciones, os recogeré de todos los países y os llevaré a vuestro suelo”, 36,24) y sellando con ellos una nueva Alianza (“Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios”, 36,28). 

La “nueva Alianza” tiene como característica distintiva el hecho que transforma al pueblo “desde dentro”, desde lo profundo del corazón, para superar así el pecado de manera radical: “Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados… Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo…”, 36,25.26).  Se trata de una pascua que culmina en una Alianza definitiva. 

Octava lectura: Romanos 6,3-11

“Sepultados en su muerte para vivir con Él” 

En esta catequesis Bautismal, Pablo nos remite al rito de la inmersión en el agua para poner de relieve que el Bautismo nos une totalmente a la Cruz de Jesús hasta tal punto que podemos decir que hemos sido crucificados y sepultados con Él. 

Esta participación se extiende, no sólo a la muerte de Cristo, sino también su resurrección: “Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (6,4).

Por eso Pablo exhorta para que el bautismo no se vuelva un símbolo que se agota en sí mismo, como si fuera algo pasajero que no va más allá del rito del agua. 

El bautismo, señala Pablo, compromete la libertad del creyente que hace bautizar: debe llegar a ser lo que verdaderamente es, es decir, vivir adherido a Cristo y hacer todos los aspectos de su vida una expresión visible de esta condición existencial de muerte al pecado: “Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús” (6,11). 

El Bautismo sella la Alianza definitiva con Dios haciéndonos una sola realidad con Jesús: “Si nos hemos hecho una misma cosa con él por una muerte semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección semejante” (6,5). En esta tremenda e indisoluble unidad se rompen las cadenas del pecado (ver 6,6) y se comienza a “vivir para Dios” (6,10). 

Evangelio: Lucas 24, 1-12

“¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado” 

El camino de la Palabra llega a su punto culminante. Celebramos la vivificante resurrección de Cristo proclamando con fuerza el Mensaje Pascual: ¡JESÚS ESTÁ VIVO! 

Es así como en esta última lectura se anuncia que la creación nueva y definitiva ha sido inaugurada en la gloriosa resurrección de Jesús, la “obra maestra” de Dios Padre. 

Acompañemos el despliegue del mensaje en esta gran “Buena Noticia”: 

(1) El comienzo de un nuevo día: El “día Señorial” 

El primer día de la semana…” (24,1).  El evangelista Lucas tiene una manera particular de presentar en mensaje pascual. Lo hace articulando cuatro acontecimientos en un solo día: el día de la revelación pascual. 

Para ello pone en primer plano la fidelidad de las mujeres a la ley hebrea del reposo sabático (“Y el sábado descansaron según el precepto”, 23,56).  Pero éste será el último sábado que cumplen según la antigua Ley, porque ahora comienza un nuevo día que permanecerá en adelante como el “día del Señor” (o “día Señorial”): el día de la Resurrección de Jesús y de su manifestación en el caminar histórico de sus discípulos, obra salvífica internamente eficaz en todo quehacer libre del creyente. 

Los cuatro acontecimientos del día pascual son: (1) Las mujeres ante la tumba vacía y el mensaje celestial (Lc 24,1-12); (2) los peregrinos de Emaús encuentran a Jesús, recibiendo la formación de un testigo pascual (24,13-35); (3) en una cena los apóstoles ven a Jesús vivo y reciben el encargo misionero (24,36-49); (4) la ascensión de Jesús (24,50-53). El hilo conductor de los tres primeros episodios es la instrucción pascual en la que se expone el designio salvífico revelado en la Escritura, realizado y proclamado por Jesús (ver 24,6-7.26-27.44-47). 

(2) Antes y después del sábado: el hilo conductor del afecto y la fidelidad de las mujeres 

Lucas destaca la presencia de las mujeres en tres momentos clave:

(a) En el Calvario: “Estaban viendo estas cosas… las mujeres que lo habían seguido desde Galilea” (23,49). Ellas siguen siendo fieles a Jesús. Pero, con todo, Lucas señala un elemento de debilidad: “Estaban a distancia”.  Lo que importa, por lo pronto, es que “ven” y esta primera observación de los acontecimientos de la muerte de Jesús dará su fruto de fe después de la resurrección. 

(b) En la sepultura: Lucas presenta a las mujeres como las últimas en salir del escenario de los fatídicos eventos, anota que “vieron” la tumba y la reverencia con que fue depositado allí el cadáver de Jesús (“cómo era colocado su cuerpo”, 23,55). Enseguida se van, pero solamente para preparar el regreso. El poco tiempo que les queda del viernes es para preparar los óleos perfumados, como conviene a la sepultura real de Jesús, quien fue crucificado como “rey de los judíos”. 

 (c) En la mañana de la resurrección: las mujeres “fueron llevando las aromas que habían preparado” (24,1). Puesto que tenían todo preparado, pueden madrugar apenas ha pasado el reposo sabático. 

Notemos la constante de la fidelidad en el amor. En el llevar aromas se revela toda la ternura de estas discípulas de Jesús que permanecen fieles al Maestro hasta la cruz; esta fidelidad se prolonga tras la noche oscura del sábado santo, cuando van a ungir su cuerpo que todavía creen allí, prisionero de la muerte. Vienen para conservar lo único que queda de Aquel por quien lo dejaron todo desde Galilea. Esto que pretenden hacer era, en el contexto de esa época, un gesto propio de los familiares. Las mujeres se comportan como las personas más cercanas, como legítimos familiares de Jesús (ver 8,20-21). 

(3) La tumba vacía y el mensaje pascual 

Según los vv.2-3, en lugar de un sepulcro cerrado las mujeres descubren que la piedra de la entrada ha sido rodada y que la cámara funeraria está vacía. Lucas le da el título de “Señor” a Jesús: “no hallaron el cuerpo del Señor Jesús”; un título con sabor pascual. 

Se describe enseguida la “inseguridad” de las mujeres (v.4ª). La aparición de “dos hombres con vestidos resplandecientes”, levanta un nuevo telón para que se pueda comprender el sentido del acontecimiento (v.4b). El hecho de ser “dos” indica que se trata del anuncio realizado por testigos válidos (ver 10,1; también Deuteronomio 19,15: para que un testimonio sea válido debe haber por lo menos dos testigos oculares). Su vestido resplandeciente nos remite al estado glorioso (ver el relato de la transfiguración, 9,29; ver una aparición similar en Hechos 1,10 y 10,30). 

Las mujeres se preparan para escuchar el mensaje con una postración profunda (ver Daniel 10,2-12). No dice que “cayeron” sino que “inclinaron el rostro a tierra”, lo cual indica el clima de adoración con que reciben las palabras de los ángeles (ver 24,5ª). 

Entonces los dos mensajeros hacen el anuncio fundamental de que ¡JESÚS ESTÁ VIVO! (ver en 24,23: los ángeles “decían que él vivía”).  Dicho anuncio tiene tres partes:

(a) Una pregunta que indica que están buscando a Jesús por el camino equivocado: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?” (24,5b). Literalmente: “al viviente”.

(b) Una novedad: “No está aquí, ha resucitado” (24,6ª).

(c) Una exhortación introducida por un imperativo: “Recordad cómo os habló cuando estaba todavía en Galilea…” (24,6c). Y se agrega el mensaje que hay que recordar (v.7). 

Veamos cómo nace la fe pascual en este relato. Los mensajeros no le dan una palabra de conforto a las mujeres (“No temáis”, Mc 16,6), sino que por medio de una pregunta las invitan a buscar al Resucitado en el lugar correcto. Si bien las mujeres están haciendo lo que creen que es correcto, hay un error fundamental de perspectiva: buscan a un difunto y no al viviente que es Jesús, puesto que todavía no han creído la palabra de Jesús acerca de la resurrección. 

Entonces, ¿Dónde hay que buscar al Viviente? La respuesta de los mensajeros es “¡Recordad!”: 

(a) Jesús ya había dicho que la Pasión estaría seguida de la resurrección (ver 9,22) y que esto obedecía al plan de Dios Padre (sentido de la frase “es necesario”) quien por el camino de la Cruz conduce a la Gloria. Por lo tanto, se trata de reconocer a través de la fe los dolorosos acontecimientos del sufrimiento y muerte de Jesús, y que él está vivo. 

(b) No hay que buscar a Jesús en el “memorial” que es la tumba sino en la memoria viva y actualizante de las enseñanzas (palabras y acciones) recibidas en el proceso de discipulado. En el camino de discipulado se ha pasado de la muerte a la vida (ver 9,60). El mensaje pascual invita a repasar y asumir la historia completa del evangelio: Jesús, quien había proclamado la salvación de Dios desde Galilea hasta Jerusalén y quien sufrió la prueba de la pasión y ha triunfado de la muerte. 

 “Y ellas recordaron sus palabras” (24,8).  Esta una forma concreta de decir que las mujeres creyeron en la Palabra. 

(4) Las mujeres son constituidas testigos con pleno derecho 

No se habla de una aparición de Jesús a las mujeres, su fe fue suficiente. Por iniciativa propia van a buscar a los discípulos para anunciar el acontecimiento: los hechos y el mensaje. Gracias a las mujeres el testimonio pascual comienza a difundirse: “anunciaron todas estas cosas” a la Comunidad. 

Estas discípulas fieles, que no abandonaron a Jesús y que regresaron para terminar lo que quedó faltando en el funeral, se convierten en las primeras testigos de la resurrección. Las mujeres tienen una mayor responsabilidad. Son constituidas en testigos con pleno derecho, así los discípulos pongan resistencia para aceptarlo. 

De hecho, como se anota casi enseguida, la fe tenaz de las mujeres está en brusco contraste con la débil reacción por parte de los otros discípulos, quienes toman el anuncio como “disparate” o “tontería” de las mujeres; de hecho “no creen” (v.11).

(5) La visita de Pedro al sepulcro (24,12) 

Se agrega finalmente que Pedro “se levantó y corrió al sepulcro” (24,12). El episodio nos recuerda lo narrado en Juan 20,3-10, con la diferencia notable de que Pedro va solo. 

El “ve” y se queda “estupefacto” por lo que ve. Su “ver” no es todavía la comprensión penetrante de la revelación que había transformado al centurión romano (“Al ver el centurión lo sucedido, glorificaba a Dios diciendo: ‘Ciertamente este hombre era justo’”, 23,47) o a las mujeres mismas al amanecer. Hasta que el Resucitado no haya traspasado la mente obtusa de Pedro y de los otros apóstoles, estos no serán capaces de creer plenamente en estupenda realidad de la resurrección. 

Nuevos signos del Resucitado están por venir. Por lo pronto, la presencia de Pedro, el primero de los apóstoles, es significativa en este momento. Quizás sea este el preludio del “ver” completo de Pedro que será motivo de proclamación más adelante en Jerusalén: “¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!” (24,34). 

¡Jesús, tú que eres el Viviente, ilumina nuestras vidas con el gozo de tu Palabra que le da sentido a todas las cosas y llénanos de la gloria que tú y sólo tú, nuestra esperanza, puedes darnos venciendo cada una de nuestras amarguras y enjugando nuestros llantos! Amén. 

Para cultivar la semilla de la Palabra en el corazón: 

1. ¿Cómo se coordinan las nueve lecturas de la Vigilia Pascual? ¿Qué proceso estoy invitado a vivir?

2. ¿Qué se le pide a las mujeres que iban con aromas en ungir a Jesús? ¿No habrá que buscarlo “viviente” y ungirlo con amor en los hermanos (así como el buen samaritano con su enemigo)?

3. ¿Qué pasos hay que dar para llegar a la fe pascual?

4. Proclamamos la Resurrección de Jesús, pero a veces nos comportamos como si no lo hubiera hecho. ¿Cuáles son las formas inapropiadas de buscar a Jesús resucitado que tenemos hoy? ¿En qué circunstancias trato a Jesús como a un difunto y no como al “Señor Viviente”?

5. ¿Qué nos dice este evangelio sobre el misterio y la misión de la mujer en la Iglesia? 

“¿Por qué lloráis al Incorruptible

como si hubiese caído en la corrupción?

Id y anunciad a sus discípulos:

Cristo ha resucitado entre los muertos.

Mujeres evangelistas, levantaos,

dejad la visión e id a anunciar a Sión:

Recibe el anuncio de la alegría:

Cristo ha resucitado.

Alégrate, danza, exulta Jerusalén

y contempla a Cristo tu Rey que sale

del sepulcro como un Esposo

(De los Estikirás, canto de Pascua de la Iglesia Oriental).

Sabado Santo: El Silencio de Maria


Autor: Zenit | Fuente: Zenit
Sábado Santo, el silencio de María
Por monseñor Juan del Río Martín*
 
MADRID, martes 19 de abril de 2011 (ZENIT.org).- El sentido litúrgico, espiritual y pastoral del Sábado Santo es de una gran riqueza. El venerable Siervo de Dios Juan Pablo II, recordaba en la Carta Apostólica Dies Domini que “los fieles han de ser instruidos sobre la naturaleza peculiar del Sábado Santo” (nº4). Este día no es un día más de la Semana Santa. Su singularidad consiste en que el silencio envuelve a la Iglesia. De ahí, que no se celebre la eucaristía, ni se administre otros sacramentos que no sean el viático, la penitencia y la unción de enfermos. Únicamente el rezo de la Liturgia de las Horas llena toda la jornada.Sin embargo, nada impide que pueda tenerse una Liturgia de la Palabra en torno al misterio del día o que se expongan en las iglesias las imágenes de Cristo crucificado o en el sepulcro y de la Virgen Dolorosa para que los fieles puedan rezar delante de ellas. (cf. SC nº7). Ahora bien, “las costumbres y las tradiciones festivas vinculadas a este día, en el que durante una época se anticipaba la celebración pascual, se deben reservar para la noche y el día de Pascua” (CCD, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, Roma 2001, nº 146).Sellado el sepulcro y dispersados los discípulos sólo “María Magdalena y la otra María estaban allí, sentadas frente al sepulcro” (Mt 27,61). El discípulo amado acompaña a la Virgen en su soledad, mientras que los judíos celebraban el Sabbat, día que recuerda el descanso de Dios en la semana de la creación. En la nueva alianza que se ha dado en el Calvario, el sábado será el día de la Madre que, unida con toda la Iglesia, “permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su Pasión y Muerte, su descenso a los infiernos y esperando en la oración y en el ayuno su Resurrección” (DD nº 73). Mientras el Hijo redime las entrañas de la humanidad, María vive esos momentos en un silencio contemplativo, reflexionando sobre las experiencias que “guardaba en su corazón” (Lc 2,61).

Pero ¿De qué soledad y silencio estamos hablando cuando nos referimos a la Madre del Señor? Se trata de la soledad por la ausencia del “Amado” (Cant 5,6-8), del “Primogénito del Padre”, de su hijo según la carne. Es la soledad fecunda de la fe, nada desesperanzadora y profundamente corredentora. El silencio que conlleva, brota de sentirse desbordada por la Gracia divina que la constituyo Madre del Autor de de nuestra Salvación. ¡Ante la Palabra Encarnada sobra la palabrería humana! Sólo cabe el amor y la adoración.

Ésta es la soledad y el silencio que descubrimos cada Sábado Santo en la Hora de la Madre, cuando Ella, mirando al sepulcro donde está su Hijo muerto, ve hechas realidad sus palabras: “Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, dará mucho fruto” (Jn 12, 24). La contemplación silenciosa y orante de esos instantes de dolor y sufrimiento de la Virgen nos conmueven el alma y nos impulsan a dejar la levadura vieja del pecado y convertirnos en “panes pascuales de la sinceridad y de la verdad” (I Cor 5,8). Así, en cada Vigilia Pascual, como “centinelas en la noche”, toda la Iglesia junto con María espera la luz del grano de trigo que es el Resucitado.

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*Monseñor Juan del Río Martín es el arzobispo castrense de España

Optimismo en el Dolor de Amor


Día 3 Sábado Santo

Mt 27, 57-66 Al atardecer vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también se había hecho discípulo de Jesús. Éste se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Pilato, entonces, ordenó que se lo entregaran. Y José tomó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo puso en su sepulcro, que era nuevo y que había mandado excavar en la roca. Hizo rodar una gran piedra a la puerta del sepulcro y se marchó. Estaban allí María Magdalena y la otra María sentadas frente al sepulcro.
Al día siguiente de la Parasceve se reunieron los príncipes de los sacerdotes y los fariseos ante Pilato y le dijeron:
—Señor, nos hemos acordado de que ese impostor dijo en vida: “Al tercer día resucitaré”. Manda, por eso, custodiar el sepulcro hasta el tercer día, no vaya a ser que vengan sus discípulos, lo roben y digan al pueblo: “Ha resucitado de entre los muertos”, y sea la última impostura peor que la primera.
Pilato les respondió:
—Ahí tenéis la guardia; id a custodiarlo como os parezca bien.
Ellos se fueron a asegurar el sepulcro sellando la piedra y poniendo la guardia.

Optimismo en el dolor de amor

Mientras sucedían estas cosas Jesús permanece muerto en el sepulcro. Es el momento de mayor desolación de los Apóstoles, que no terminarían de creer que su Maestro había muerto. Aunque no tenemos noticias de dónde se encontraban este día los discípulos del Señor –sólo sabemos que Juan permaneció junto a María al pie de la Cruz hasta el final–, nos los imaginamos completamente abatidos por la tristeza. Tal vez sus pensamientos irían del remordimiento por haber abandonado a Jesús en el Huerto de los Olivos, con lo que comenzó su Pasión, al recuerdo nostálgico de tantos prodigios vividos de cerca con el Él y de tantas palabras suyas retenidas –de vida eterna, como confesó Pedro–, que habían llenado sus vidas de una esperanza inigualable.

Un dolor imposible de describir hizo presa en ellos, viéndose vacíos y culpables. Un dolor que se afianzaba con el paso de las horas y les hacía más y más patente la muerte de Jesús, para ellos tan inesperada. Por otra parte, el miedo por el que huyeron dejándolo solo la noche de Getsemaní aún les afectaba. Pedro –aunque luego lloró– había negado conocer al Señor por no correr la suerte de su Maestro. Los demás, si no de palabra, le habían negado también de verdad, con las obras; y, como explica san Juan, estaban escondidos por miedo a los judíos. Los prícipes de los sacerdotes y los fariseos se habían hecho fuertes después de conseguir la condena de Jesús. Hasta lograron que Pilato pusiera a su disposición soldados para guardar el sepulcro. Ser de los de Aquel hombre crucificado y muerto, era peligroso en ese momento. De ser reconocidos, sus vidas no estaban seguras: lo mejor era esconderse…

Sin embargo, no todos se acobardan. En “Via Crucis” lo describe san Josemaría: Nicodemo y José de Arimatea –discípulos ocultos de Cristo– interceden por el desde los altos cargos que ocupan. En la hora de la soledad, del abandono total y del desprecio…, entonces dan la cara “audacter” (Mc XV, 43)…: ¡valentía heroica!
Yo subiré con ellos al pie de la Cruz, me apretaré al Cuerpo frío, cadáver de Cristo, con el fuego de mi amor…, lo desclavaré con mis desagravios y mortificaciones…, lo envolveré con el lienzo nuevo de mi vida limpia, y lo enterraré en mi pecho de roca viva, de donde nadie me lo podrá arrancar, ¡y ahí, Señor, descansad!
Cuando todo el mundo os abandone y desprecie…, serviam!, os serviré, Señor.

No nos interesa establecer comparaciones entre los que dieron la cara en aquellas horas difíciles por el Señor y los que entonces fueron cobardes, pero, recuperados por acción de la Gracia, supieron dar toda su vida para que se extendiera en el mundo el Reino de Cristo. Nosotros deseamos serle fieles siempre y le pedimos fortaleza, lealtad, para los momentos de cobardía y de flojera, que vendrán; no somos perfectos, y le decimos: ¡Perdón, Señor! ¡Ayúdame más, que quiero serte siempre fiel!

¡Que no nos importe reconocernos débiles y por eso pecadores! Lo hemos sido en otro tiempo: bien claras tenemos nuestras traiciones pasadas; y lo seremos en el futuro, aunque sea de ordinario en asuntos menudos, a los que queremos dar importancia, sin embargo, porque son faltas de amor con el Señor. Por eso, dolidos de nuestras debilidades, tal vez no tan antiguas…, nos proponemos rectificar con un propósito bien determinado. Querríamos no sentir más la necesidad de pedir perdón, querríamos no ofender más al Señor y, si acaso …, deseamos ardientemente reconocerlo arrepentidos –como Pedro– inmediatamente después de cada ofensa.

El dolor de los pecados –dolor por haber ofendido a Dios– es verdadero dolor, pero no es un dolor triste, no puede serlo. Es un dolor optimista, esperanzado, porque Dios lo acoge si contempla que es sincero con el deseo de no apartarnos más de su lado: No despreciarás, Señor, un corazón contrito y humillado, le decimos con el salmo. Por eso el momento del dolor es también el de la paz, el de la seguridad, el del optimismo; e inmediatamente el momento de la gratitud y de la alegría.

Quiere el Señor manifestar su bondad y su poder en sus hijos los hombres, y lo hace muchas veces perdonándonos y sanando nuestras heridas. Para que llenos de su fortaleza venzamos en la lucha contra nosotros mismos una y otra vez, aunque también de vez en cuando seamos vencidos. Bastará entonces con volver los ojos nuevamente a Dios, que comprende la flaqueza nuestra y quiere otra vez ayudarnos, porque nunca nos ha dejado de querer.

¡Y, qué decir de nuestra Madre! De continuo nos contempla como a hijos siempre pequeños –rebeldes, flojos quizás– y siempre dignos de compasión, porque somos suyos. Así se lo decimos cada uno: ¡Mírame con compasión, no me dejes Madre mía!

Luis de Moya

Donde Dios nos Quiere


Día 3 Sábado en la Noche Santa: Vigilia Pascual

Evangelio: Lc 24, 1-12 El día siguiente al sábado, todavía muy de mañana, llegaron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado; y se encontraron con que la piedra había sido removida del sepulcro. Pero al entrar, no encontraron el cuerpo del Señor Jesús. Estaban desconcertadas por este motivo, cuando se les presentaron dos varones con vestidura refulgente. Como estaban llenas de temor y con los rostros inclinados hacia tierra, ellos les dijeron:
—¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, sino que ha resucitado; recordad cómo os habló cuando aún estaba en Galilea diciendo que convenía que el Hijo del Hombre fuera entregado en manos de hombres pecadores, y fuera crucificado y resucitase al tercer día.
Entonces ellas se acordaron de sus palabras. Y al regresar del sepulcro anunciaron todo esto a los once y a todos los demás. Eran María Magdalena, Juana y María la de Santiago; también las otras que estaban con ellas contaban estas cosas a los apóstoles. Y les pareció como un desvarío lo que contaban, y no les creían. Pedro, no obstante, se levantó y echó a correr hacia el sepulcro; y al inclinarse vio sólo los lienzos. Entonces se marchó a casa, admirándose de lo ocurrido.

Donde Dios nos quiere

Éste es el día que hizo el Señor, alegrémonos. Así, con toda razón, canta la Liturgia, pues conmemoramos hoy la manifestación del esplendor divino en nuestro mundo. Los anteriores prodigios: tantas profecías cumplidas; tantas palabras llenas de verdad y consuelo pronunciadas por el Hijo del Hombre; aquella conducta intachable, ejemplar: aprended de mí…, ¿quién me acusará de pecado?; tantas curaciones, hasta los muertos volvían a la vida por su palabra… Bien…, todo aquello se queda en nada; es insignificante, frente a la manifestación gloriosa de Jesús resucitado, que vence por su propio poder a la inamovible losa de la muerte: por la misma virtud de Cristo, el cadáver vuelve a la vida. Es, en verdad, Señor en la vida y de la muerte. Ya lo advirtió: doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy libremente. Tengo potestad para darla y tengo potestad para recuperarla. Éste es el mandato que he recibido de mi Padre.

Así confirma Jesucristo de modo indudable su absoluto señorío en el mundo. Pues no muestra su poder únicamente sobre las realidades físicas presentes en la naturaleza, sino sobre la misma vida humana, que recupera con más esplendor que antes de la muerte –gloriosa–, tras la resurrección. Es el Evangelio definitivo, la Noticia que Dios trasmite por fin a la humanidad, tras muchos siglos de sucesivas revelaciones: que nuestra vida debe ser divina. Ese es nuestro acabado destino, el proyecto divino para cada hombre.

San Pablo explica que Cristo ha resucitado de entre los muertos, como primer fruto de los que mueren. Porque como por un hombre vino la muerte, también por un hombre la resurrección de los muertos. Y así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados. A los que mueren según Cristo les corresponde, pues, una resurrección como la suya. Aunque nunca seremos dioses, su vida gloriosa como resucitado es modelo de la que corresponde a los hijos de Dios en la Eterna Bienaventuranza.

No eran, pues, tan sólo formas de decir, aquellas expresiones llenas de afecto de Jesús, que dirige a sus discípulos: En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros. Por lo demás, nos aseguró: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie va al Padre si no es a través de mí.

Las mujeres que acudieron piadosamente al sepulcro la mañana del domingo siguiente a la muerte de Jesús, con la intención de acabar de embalsamar el cuerpo, quedaron desconcertadas, nos cuenta san Lucas. Tuvieron por primera vez la experiencia de una vida gloriosa según Dios: la atrocidad de la Pasión, para ellas tan notoria, no había podido finalmente con Cristo. La vida divina en Él había triunfado sobre la muerte, según el mismo Jesús predijera: que convenía que el Hijo del Hombre fuera entregado en manos de los pecadores, y fuera crucificado y resucitase al tercer día.

Después de muchos días, los cincueta días de Pascua que celebra la Liturgia de la Iglesia, Jesús asciende corporalmente al Cielo. Antes, sin embargo, da muestras evidentes de su vida gloriosa: vida humana, pero sin los vínculos corpóreos, materiales, que condicionan nuestra existencia.

No es, pues, la vida del hombre para este mundo que contemplan nuestros ojos; que, por perfecto y agradable que nos parezca, no puede prescindir del freno y el lastre unidos a todo lo material. También el mundo –según explicará San Pablo– debe ser glorificado para nuestra vida en Dios. Agradezcamos a nuestro Creador su gran bondad con decisiones eficaces de correspondencia por nuestra parte. No queramos agotar nuestros afanes en ideales terrenos que reconocemos pasajeros y, sin embargo, parecen captar nuestras más nobles energías. El hombre, sobre todo iluminado con la luz de la fe, es capaz de remontarse sobre lo cotidiano y sensible, y comprender su existencia cargada de una riqueza trascendente que escapa hoy a su experiencia.

Nuestra Madre del Cielo es Madre de Dios, Reina de los Ángeles y de los Santos. Desde el anuncio de Gabriel tomó conciencia clara de su destino en Dios. Le pedimos nos conceda entender cada día mejor la grandeza de nuestra vida.

Luis de Moya

Amando desde la Cruz


Día 2 de Abril 2010

Viernes Santo de la Pasión del Señor

Evangelio: Jn 18, 1-19, 42 (…) Y, cargando con la cruz, salió hacia el lugar que se llama la Calavera, en hebreo Gólgota. Allí le crucificaron con otros dos, uno a cada lado de Jesús. Pilato mandó escribir el título y lo hizo poner sobre la cruz. Estaba escrito: “Jesús Nazareno, el Rey de los judíos”. Muchos de los judíos leyeron este título, pues el lugar donde Jesús fue crucificado se hallaba cerca de la ciudad. Y estaba escrito en hebreo, en latín y en griego. Los príncipes de los sacerdotes de los judíos decían a Pilato:
—No escribas: “El Rey de los judíos”, sino que él dijo: “Yo soy Rey de los judíos”.
—Lo que he escrito, escrito está, contestó Pilato.
Los soldados, después de crucificar a Jesús, recogieron sus ropas e hicieron cuatro partes, una para cada soldado, y además la túnica. La túnica no tenía costuras, estaba toda ella tejida de arriba abajo. Se dijeron entonces entre sí:
—No la rompamos. Mejor, la echamos a suertes a ver a quién le toca –para que se cumpliera la Escritura cuando dice:
Se repartieron mis ropas
y echaron suertes sobre mi túnica.
Y los soldados así lo hicieron.
Estaban junto a la cruz de Jesús su madre y la hermana de su madre, María de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, le dijo a su madre:
—Mujer, aquí tienes a tu hijo.
Después le dice al discípulo:
—Aquí tienes a tu madre.
Y desde aquel momento el discípulo la recibió en su casa.
Después de esto, como Jesús sabía que todo estaba ya consumado, para que se cumpliera la Escritura, dijo:
—Tengo sed.
Había por allí un vaso lleno de vinagre. Sujetaron una esponja empapada en el vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús, cuando probó el vinagre, dijo:
—Todo está consumado.
E inclinando la cabeza, entregó el espíritu. (…)

Amando desde la Cruz

La larga lectura de la Pasión del Señor según san Juan es ocasión inmejorable para meditar en la maldad humana y en la bondad divina. Es ocasión, al mismo tiempo, para alentar más aún nuestra gratitud, reconociendo la misericordia sin límite de Dios con el hombre. La meditación pausada de las escenas “cumbre” de nuestra Redención nos debe remitir a la vida cotidiana del hombre de este siglo y de siempre: a la vida personal de cada uno. Los pecados de los que condujeron a Cristo a la muerte, por exagerado que parezca decirlo, se parecen a los nuestros; y el amor de Dios que se entrega perdonando es también siempre actual.

No podemos detenernos ahora en todas las ofensas de traición, cobardía, orgullo, falsedad, violencia, crueldad, desprecio, etc. de la maldad humana que, porque Cristo no hizo alarde de su condición divina –según la expresión de san Pablo–, le ocasionaron la muerte. Son las mismas que tantas veces ahora nos llevan a pecar. ¿Acaso no caemos en la pereza como los discípulos que se durmieron; en la cobardía y los repetos humanos como Pedro, Príncipe de los Apóstoles; no queremos quedar bien con todos como Pilato; no nos burlamos a veces irónicamente de algunos, como los que apresaron a Jesús, en aquella parodia de juicio y más tarde soldados; acaso no nos engañamos a nosotros mismos y engañamos a otros, para disculpar nuestros errores, como se engañaban y engañaron los que mintiendo acusaron a Cristo? Y así –bien lo sabemos– podríamos continuar.

¡Qué bueno es contemplar la Pasión de Nuestro Señor para tener verdadero dolor de los pecados…! No son, sin embargo, las ofensas que Cristo recibió lo más relevante de la Pasión. Mucho más trascendente que acción humana alguna es la correspondencia divina a la ofensa de la criatura, en la que se nos muestra hasta qué punto ha querido Dios valorar al hombre: pues tanto amó Dios al mundo que entregó a su hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga la vida eterna. Dios nos quiere y, conocedor de que le perdemos al pecar y solos no podemos volver a Él –en Quien está nuestro bien completo–, se pone de nuevo al alcance de cada uno, después de reparar el pecado. Para ello se hace hombre.

Se pone a nuestro alcance, quedándose en el mundo realmente presente en los sacramentos, que son otro fruto de la Cruz. Cuando los recibe dignamente, el hombre se llena de Gracia, que es participar de la misma divinidad: del Bautismo a la Unción de los Enfermos, los siete sacramentos son cauces instituídos por Jesucristo para infundirnos eficazmente la vida divina. En la Eucaristía, memorial de la Pasión, el cristiano se alimenta del cuerpo, sangre, alma y divinidad del Señor: comemos al mismo Dios. Hasta tal punto necesita el hombre este alimento y de tal modo es el sentido y razón de ser de su vida la vida de Dios, que si no coméis de la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su Sangre, no tenéis vida en vosotros, nos dice el propio Cristo.

En este día, cuando la Iglesia contempla a Jesús muerto en la Cruz, cuando los fieles adoramos esa Cruz redentora y procuramos amarla más porque está en Ella nuestra salvación, fomentemos desde nuestro interior –sinceramente y con fuerza– afectos de agradecimiento, deseos de correspondencia; propósitos concretos de mejora para que por nosotros no quede sin sentido tanto amor, tanta riqueza generosamente derramada. Pedimos, por tanto, al Señor que nos aumente la fe: para que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga la vida eterna, nos ha dicho. Y en este día le pedimos fe en su Cruz, y en la que a cada uno le corresponde y e incorpora a su vida, si quiere vivir dignamente en su presencia en medio de los afanes de un mundo que tantas veces ignora a Dios.

No está de moda la Cruz. Lo que cuesta, a ser posible se evita. Entusiasman en cambio los planes fáciles y agradables –llenos de amor propio–, aunque estén vacíos de fruto: de un bien verdaderamente enriquecedor. La Madre de Dios, mientras la mayoría se burlan de su Hijo o simplemente no se enteran…, permanece junto a la Cruz sufriendo, pero fiel por consolar al Hijo. Allí recibe obediente el encargo de ser nuestra Madre. No queramos aumentar su dolor.

Luis de Moya

Monicion para la celebracion de la Vigilia Pascual: Sabado Santo


MONICION PARA LA VIGILIA  PASCUAL
en la Noche Santa

Se apagan todas las luces del templo.

En un lugar adecuado, fuera de la Iglesia, se enciende el fuego. Congregado alli el pueblo, llega el sacerdote con los ministros. Uno de los ministros lleva el cirio pascual. Si las circunstancias no permiten encender el fuego fuera del templo, todo este rito se desarrolla en un lugar adecuado.

**Monición Inicial:

Nos hemos reunido para vivir junto con Jesús su paso de la muerte a la vida, venciendo así a la muerte y al pecado, ganando para nosotros un lugar con Él en el reino de los cielos.

o bien:

MONICION DE ENTRADA:

Hermanos nos hemos reunido en esta noche Santa, expectante nuestro corazón aun entristecido tras la muerte de Jesús, esboza una luz de esperanza, no podemos quedarnos ahí, Cristo Resucito, por eso hoy con toda la Iglesia en el mundo vitoreamos a aquel que vive y habita en medio de nosotros, Cristo el Señor, dispongámonos ahora a  vivir esta celebración Litúrgica

El sacerdote saluda, como de costumbre, al pueblo congregado y le hace una breve exhortacion, con estas palabras u otras semejantes.

Hermanos: En esta noche santa, en que nuestro Señor Jesucristo pasó de la muerte a la vida, la Iglesia invita a todos sus hijos, a reunirse para velar en oración. Conmemoremos juntos La pascua del Señor, escuchando su palabra y participando en sus sacramentos, con la esperanza cierta de participar también en su triunfo sobre la muerte y de vivir con Él para siempre en Dios.

**Monición a la Bendición del fuego:

Ha llegado el momento de la bendición a este fuego que representa la vida de Dios manifestada a los hombres en una luz plena en medio de nuestra noche de pecado y muerte. Por medio de Cristo, Dios nos ha comunicado la claridad de su vida.

o bien:

BENDICION DEL FUEGO:

El fuego, representa a Dios, su fuerza y su grandeza; este fuego nuevo encendido hoy en nuestra celebración, llena de luz, este Cirio que representa a Cristo vivo y resucitado cuya luz inextinguible brilla en las tinieblas e ilumina nuestra vida

Con el fuego nuevo se enciende el cirio pascual. Si, por razones pastorales, parece oportuno hacer resaltar con algunos símbolos la dignidad y la significación del cirio pascual, puede hacerse de este modo: una vez bendecido el fuego nuevo, un acolito o uno de los ministros lleva el cirio pascual ante el celebrante. Este, con un punzon, graba una cruz en el cirio. Bespues, traza sobre el la letra griega Alfa y debajo la letra Omega; entre los brazos de la cruz traza los cuatro numeros del año en curso, mientras dice:

1.- Cristo ayer y hoy (traza la linea vertical)

2.- principio y fin, (traza la linea horizontal

3.- alfa, (traza la letra alfa arriba de la linea vertical)

4.- y Omega (traza la letra Omega, debajo de la linea vertical)

5.- Suyo es el tiempo (traza el primer numero del año en el angulo superior izquierdo)

6.- y la eternidad (traza el segundo numero del año, en el angulo superior derecho)

7.- A Él la gloria y el poder (traza el tercer numero del año en el angulo inferior izquierdo)

8.- por los siglos de los siglos. Amen (traza el cuarto numero del año en el angulo inferior derecho)

Después de haber trazado la cruz y los demas signos, el sacerdote puede incrustar en el cirio cinco granos de incienso, en forma de cruz, diciendo:

1.- por sus santas llagas

2.- gloriosas,

3.- nos proteja

4.- y nos guarde

5.- Jesucristo nuestro Señor. Amen

El celebrante enciende el cirio pasucal con el fuego nuevo, diciendo:

Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro Espíritu.

**Monición a la Procesion:

Comenzamos la solemne procesión, para recordar que el Señor aleja con su luz las tinieblas de nuestras vidas y del mundo entero. Iluminados por la luz de Cirio Pascual, seguiremos a Cristo que sale resplandeciente del sepulcro y, a la luz de su triunfo, nos disponemos  a inaugurar las fiestas pascuales.

Pregon pascual

** Monición al Pregon Pascual

El corazón de la Iglesia, al verse iluminada por el resplandor de tanta luz, estalla en un himno de alegría y de acción de gracias, pregonando las maravillas que Dios realizó y va a realizar esta noche: llenos de alegría aclamemos a Cristo, nuestra vida.

o bien:

PREGON PASCUAL

Con este cantico nos introducimos ya en la santidad de esta noche augurando ya el aleluya que anuncia la Resurrección del Señor

El sacerdote se dirige a la sede. El diacono pone el cirio pascual en el candelabro, que esta preparado en medio del presbiterio o junto al ambon.

Si se usa el incienso, el diacono o en su defecto el sacerdote, inciensa el libro y el cirio. Luego proclama el Pregon pascual desde el ambon. Todos permanecen de pie, teniendo en sus manos las velas encendidas.

Segunda Parte

Liturgia de la Palabra

En esta vigilia, “madre de todas las vigilias” se proponen nueve lecturas, siete del antiguo testamento y dos del nuevo testamento (la Epistola y el Evangelio)

Si las circunstancias pastorales lo piden, puede reducirse el numero de lecturas, del antiguo testamento; pero tengase siempre en cuenta que la lectura de la palabra de Dios es parte fundamental de esta Vigilia de Pascua.

Deben leerse, por lo menos tres lecturas del antiguo testamento y, en casos muy urgentes por lo menos dos. Pero nunca se omita la tercera lectura, tomada del capitulo 14 del exodo.

Terminando el pregon, todos apagan sus velas y se sientan. Antes de comenzar las lecturas, el sacerdote exhorta a la asamblea con estas palabras o semejantes

Hermanos: Con el pregon solemne de la pascua, hemos entrado ya en la noche santa de la resurraccion del señor….

Siguen las lecturas. Un lector va al ambon y lee la primera lectura. Después el salmista o cantor dice el salmo, alternando con las respuestas del pueblo. Enseguida todos se levantan, el sacerdote dice: Oremos y después de que todos han orado en silencio durante unos momentos, dice la oración colecta. Lo mismo se hace en cada una de las lecturas.

En lugar de decir el salmo responsorial, se puede guardar un breve espacio de silencio para hacer oración. En este caso, se omite la pausa después del Oremos.

**Monición a las lecturas (unica)

Regocijemos  nuestro corazón saboreando las delicias del amor de nuestro Dios, que desde antes de que el tiempo existiera, piensa en nosotros para llevarnos a participar de la gloria de su vida divina; escuchemos a nuestro Dios que ha realizado maravillosamente una historia de salvación, herida por el pecado, pero con la sobreabundancia de la gracia.

o bien:

MONICION A LAS LECTURAS

Tu palabra Señor es Espíritu de Vida. Aquí a través de estos relatos se ponen de relieve los misterios de nuestra salvación, Dios ha caminado en medio de un pueblo y se sigue manifestando hoy. Escuchemos  a Dios que nos habla a nuestro corazón

Monición a las lecturas (individual)

*MONICION A LA PRIMERA LECTURA:

Escuchemos como la mirada amorosa de Dios, que crea el mundo y lo pone en nuestras manos como un gran don de bondad.

*LECTURA: Libro del Génesis 1, 1-2,2

*SALMO RESPONSORIAL. 103

*MONICION A LA SEGUNDA LECTURA:

Abrahán está dispuesto a sacrificar a Dios a su propio hijo. Pero Abrahán será para siempre, para todos, el modelo de la fe y la fidelidad.

*LECTURA: Génesis 22, 1-18.

*SALMO RESPONSORIAL: 15

*MONICION A LA TERCERA LECTURA:

En el relato que vamos a escuchar, Israel, el pueblo esclavo, es arrancado por Dios del poder del faraón. Este es, verdaderamente, nuestro Dios.

*LECTURA: Libro del Exodo 14, 15-15 (no se dice palabra de Dios.

*SALMO RESPONSORIAL: Ex. 15 (lo hace la misma persona que la Lectura.

*MONICION A LA CUARTA LECTURA:

Isaías habla en nombre de Dios y anuncia a su pueblo, a todos nosotros, la ternura del padre del amor.

*LECTURA: Libro de Isaías 54, 5-14.

*SALMO RESPONSORIAL.

*MONICION A LA QUINTA LECTURA:

Las palabras de los profetas son siempre un anuncio del amor de Dios, pero son también una llamada a no olvidar al Señor, a volver a él, a reconocer que sólo en él podemos encontrar vida.

*LECTURA: Lectura de Isaias 55, 1-11.

*SALMO RESPONSORIAL.

*MONICION A LA SEXTA LECTURA:

Con frecuencia nos sentimos sin ánimos para seguir el camino que quizás en otro tiempo habíamos proyectado con una fe y una entrega que hoy quizás encontramos a faltar. ¿No será quizás porque nos hemos dejado cautivar por otras sabidurías, por otros “Evangelios” que no son el de Jesucristo?.

*LECTURA: Libro de Baruc 3,9-15, 32-4, 4.

*SALMO RESPONSORIAL.

*MONICION A LA SEPTIMA LECTURA:

El pueblo está en el exilio y reconoce su culpa. Y Dios les anuncia la gran esperanza: él mismo vendrá a cambiar los corazones, él mismo transformará la vida de los hombres.

*LECTURA: Ezequiel 36, 16-28.

*SALMO RESPONSORIAL

** Monición al Gloria

Antes de escuchar el anuncio de esta vida nueva, cantemos y alabemos a nuestro Dios, y a Jesucristo, el único camino, la única verdad, el único Señor.

Terminada la oración de la ultima lectura del antiguo testamento, con el responsorio y la oración correspondiente, se encienden las velas del altar. El sacerdote entona solemnemente el Gloria, que todos prosiguen. Se tocan las campañas, de acuerdo con las costumbres de cada lugar.

**Monición a la epístola:

San Pablo en la epístola nos indica el significado del Misterio Pascual: Muerte y Resurrección de Cristo; muerte y resurrección de los bautizados que se unen a Cristo.

Terminada la epistola todos se ponen de pie y el sacerdote entona solemnemente el Aleluya, que todos repiten. Luego un salmista o un cantor dice el salmo, al que el pueblo responde: Aleluya. Si hace falta, el mismo salmista canta Aleluya.

**Monición para el Evangelio:
(Antes del aleluya)

Escuchemos la proclamación de la Buena Nueva: ¡¡¡Cristo ha Resucitado!!!, y cantemos ahora el Aleluya con sencillez, manifestando como Iglesia la verdadera alegría pascual.

Tercera parte

Liturgia Bautismal

** MONICIÓN Liturgia Bautismal

En la presencia de Jesús Resucitado la Iglesia se abre a todos para ofrecerles una vida más plena. Nosotros, además, renovaremos nuestras promesas bautismales. Es como una conmemoración individual y comunitaria del bautismo que todos recibimos en su día. El Bautismo se recibe en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y concentramos, en este Momento Trinitario, toda la fuerza de nuestra fe y de nuestro amor.

o bien:

LITURGIA BAUTISMAL

El Agua, creación maravillosa de Dios, nos hace en el signo del bautismo creaturas nuevas renacidas del costado de Cristo, ahora participamos con el plenamente de su muerte y de su resurrección.

El sacerdote con los ministros se dirige a la fuente bautismal, si es que esta se encuentra a la vista de los fieles. De lo contrario, se pone un recipiente con agua en el presbiterio.

Si hay bautizos se realizan en este momento, conforme al rito correspondiente. Si no hay bautizos ni bendicion de la fuente, omitidas las letanias, se procede inmediatamente a la bendicion del agua, el sacerdote invita al pueblo con unas palabras.

Renovación de las promesas bautismales

Terminada la ceremonia de la bendicion del agua, todos se ponen de pie y teniendo en sus manos las velas encendidas hacen la renovación de las promesas del bautismo. El sacerdote se dirige a la comunidad para invitarlos a renunciar a satanas y profesar nuestra fe.

El sacerdote rocia al pueblo con el agua bendita, mientras todos cantan:

Vi brotar agua del lado derecho del templo, aleluya. Vi que en todos aquellos que recibian el agua, surgia una vida nueva y cantaban con gozo: Aleluya, aleluya.

Hecha la aspersión, el sacerdote vuelve a la sede, en donde dirirge la oración universal.

Oración Universal

Sacerdote: Con un corazón sincero y lleno de alegría, oremos diciendo:
Jesús resucitado, escúchanos.

1.- Por los pastores de nuestras almas, para que puedan apacentar según la voluntad del Supremo Pastor al rebaño que Él mismo, les ha encomendado. Roguemos al Señor.

2.- Por todas las naciones de la tierra, para que puedan gozar de la verdadera paz que Cristo les ha venido a traer. Roguemos al Señor.

3.- Por nuestros hermanos que sufren, para que su tristeza se convierta en un gozo tan grande que nadie sea capaz de quitárselos. Roguemos al Señor.

4.- Por nuestra comunidad cristiana, para que con firmeza y confianza dé en todas partes un vivo testimonio de Cristo Resucitado. Roguemos al Señor.

Sacerdote: Todo esto lo ponemos en tus manos de Padre: atiéndelo y despáchalo favorablemente, por Cristo, nuestro Señor. Amén.

Cuarta parte

Liturgia Eucaristica

**MONICIÓN a la liturgia eucaristica

Llegamos al momento central de nuestra celebración. Jesús resucitado se hace presente entre nosotros con los signos que nos dejó: el pan y el vino. Con alegría celebramos la Eucaristía de Pascua.

**Monición a las ofrendas

Las ofrendas de pan y vino que presentamos al Señor serán el Cuerpo y la Sangre de Jesús Resucitado, nuestro Salvador. La alegría ha de desbordarse ahora pues iniciamos la Eucaristía de la Pascua de Resurrección, momento fundamental de nuestra fe.

o bien:

OFRENDAS

Que podremos ofrecer a Dios que no sea sino nuestra pobreza, pero en medio de ella ofrecemos al Padre esta ofrenda de pan y vino para que por el amor y la infusión del Espíritu Santo, sean transformados en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, sacrificio agradable al Padre.

**Monición a la comunión

Hermanos: hemos resucitado con Cristo.  Vayamos gozosos a recibirlo en la Eucaristía para abrazarnos más a Dios y a los hermanos.

o bien:

COMUNION

Con Cristo hemos muerto y hemos resucitado, comiendo su cuerpo y su sangre tenemos vida en El, acerquémonos a recibir a aquel que en la pobreza del pan y del vino late y vive con toda su divinidad

**Monición de despedida

Porque hemos vivido esta noche la Pascua de Cristo,  nos podemos felicitar llenos de alegría  ¡Felices Pascuas!

o bien:

DESPEDIDA

Llenos de gozo de la Resurrección, vayamos a contar las maravillas que Dios ha hecho en nosotros. Volvamos a nuestra casa anunciando que Cristo a Resucitado.