Lectio Divina: Miercoles Santo


P. Fidel Oñoro

El precio de una traición

Mateo 26, 14-25

“¿Acaso soy yo, Señor?” 

El evangelio de hoy enfatiza el tema de la traición de Judas, según la versión del evangelista Mateo. 

También aquí en tres escenas seguidas aparece la progresiva entrada en la Pasión:

– El pacto comercial de Judas con los sumos sacerdotes para realizar la entrega de Jesús (26,14-16).

– La preparación de la cena pascual (26,17-19).

– El comienzo de la cena, en cuyo contexto Jesús desvela la identidad del traidor (26,20-25). 

(1) La entrega de Jesús es pactada por el precio de un esclavo (26,14-16)

El pacto entre Judas y los sumos sacerdotes le da impulso al macabro plan que llevará al arresto de Jesús y finalmente a su muerte.  

Todo empieza con un fuerte contraste. Según Mateo, justo en el momento en que la mujer unge con amor el cuerpo de Jesús para la sepultura (26,6-13), Judas Iscariote parte donde los sumos sacerdotes con el fin contratar la traición de Jesús. 

Con la anotación “uno de los Doce” (26,14), se pone en evidencia el escándalo. Mateo muestra el lado oscuro del seguimiento de Jesús, el traidor potencial en que puede transformarse todo creyente que se encuentre frente a un momento crítico. 

En el diálogo de Judas con los sumos sacerdotes se denuncia que el dinero era una de las motivaciones de la traición: “¿Qué queréis darme, y yo os lo entregaré?” (26,15ª).  Mateo da un ejemplo concreto del poder corruptor de la riqueza. Precisamente sobre este punto los discípulos habían sido instruidos en el Sermón de la Montaña (ver 6,19-21.24). Una ilustración de la importancia del tema para el discipulado fue la escena del joven rico y las palabras de Jesús que le siguieron (ver 19,23). Por lo tanto, los discípulos no deben andar preocupados por los bienes materiales, ante todo deben buscar “primero su Reino y su justicia” (6,34). 

La avidez de Judas por el dinero lo lleva a abandonar el único tesoro por el cual valía la pena dar la vida. Así, guiado por sus propias motivaciones, Judas toma una decisión libre: rechaza el Evangelio y escoge el dinero; esto lo conducirá a un destino terrible (ver el v.24). 

Recibe en contraparte “treinta monedas de plata” (26,15b). Se evoca así un texto de Zacarías que dice: “‘Si os parece bien, dadme mi jornal; si no, dejadlo’. Ellos pesaron mi jornal: treinta monedas de plata” (Zc 11,12). Según Éxodo 21,32, éste es el precio de un esclavo. En el texto de Zacarías se indica que se trata de una suma mezquina que se volverá a colocar en el tesoro del Templo (ver más adelante en Mt 27,9-10). Detrás de todo está la convicción fundamental de Mateo: la traición de Judas y su muerte parecen ser el triunfo del mal, mientras que misteriosamente hacen parte del gran designio de la salvación de Dios, ya que la Palabra de Dios se está realizando. 

Judas sigue dando los pasos necesarios para consumar su traición: “andaba buscando una oportunidad para entregarle” (26,16b). La “oportunidad” que aquí se habla tiene que ver con la frase que Jesús va a decir más adelante: “Mi tiempo está cerca”. Casi irónicamente Jesús y Judas buscan el mismo “tiempo” (kairós): la entrega del Hijo del hombre en las manos de los pecadores. Judas lo hace para ganarse treinta monedas de plata, mientras que Jesús lo hace para dar la vida por la salvación de la humanidad. 

(2) La preparación de la cena pascual (26,17-35)

Estamos ya en la vigilia de la Pascua, “el primer día de los Ázimos” (26,17ª). El jueves, durante el día todas las famitas hebreas botaban a la basura el pan con levadura, para celebrar como se debía la Pascua, con pan sin levadura (como lo manda Éxodo 12,15). La verdadera fiesta empezaba al atardecer. 

El evangelio se concentra en las palabras decididas de Jesús y en la obediencia inmediata de los discípulos. Hay un fuerte sentido de autoridad en las palabras de Jesús: “En tu casa voy a celebrar la Pascua con mis discípulos” (26,18). 

El énfasis recae en dos frases:

– “Mi tiempo está cerca” (26,18). En la muerte de Jesús irrumpe el nuevo tiempo de la salvación (ver 13,40). Por eso su carácter determinante: anticipa el final de la historia, cuando se decidirá el destino humano. 

– “Con mis discípulos”, ya que en todo lo que está a punto de suceder estará comprometido el vínculo entre Jesús y sus discípulos. 

La “pascua”, la fiesta hebrea de la liberación, da el horizonte para interpretar el significado de la muerte y resurrección de Jesús y también el nuevo horizonte de vida que de allí se desprende para los discípulos. 

(3) El desvelamiento de la identidad del traidor (26,20-25)

El sol se acaba de ocultar y comienza el ritual de la cena pascual (26,20). Se trata de una fiesta de alegría, pero para Jesús y sus discípulos el momento solemne del banquete resulta inserto en un doloroso contexto de traición. El evangelista hace sonar enseguida la nota aguda de la Pasión: “Uno de de vosotros me entregará” (26,21).

En el relato, la tensión va aumentando poco a poco hasta que revienta la confrontación final entre Jesús y Judas en el versículo final (26,25):

–        Cuando los discípulos escuchan la profecía tremenda de Jesús, se llenan de miedo y comienzan a preguntar: “¿Acaso soy yo, Señor?” (26,22).  La indicación “uno por uno” invita al lector a hacerse la misma pregunta.

–        Jesús les responde dando una indicación precisa (26,23). Sus palabras ponen de relieve la tragedia de la traición: él viola el vínculo de amistad y de confianza que Jesús celebra con sus discípulos. Es el extremo pecado (“¡Ay de aquel!”; 26,24).

–        Cuando Judas hace la pregunta, el evangelista cambia la palabra “Señor” (que habían dicho los anteriores) por la palabra “Rabbí” (26,25a; término que en Mateo tiene un matiz negativo). Se pone en evidencia el contraste entre las palabras de Judas y la fe absoluta y confiada de los otros discípulos en Jesús. Llamándolo “Rabbí”, Judas se dirige a Jesús como lo hacían los enemigos, sin reconocer la verdadera identidad de su Maestro. 

Así emerge el rostro del traidor.  En su pregunta hipócrita Judas aparece definitivamente como un discípulo perdido. Sus palabras revelan su voluntad de hacer eliminar a Jesús y destruir así el sentido profundo de su propia vida. La respuesta final de Jesús (ver 26,25b) no hará sino confirmar lo que proviene de su libre decisión.

Para cultivar la semilla de la Palabra en la vida: 

1. ¿Qué motivó la traición de Judas? ¿Cómo se sigue repitiendo hoy su gesto infame?

2. ¿He hecho los preparativos para comenzar mañana la celebración de la Pascua? ¿Qué me falta hacer?

3. ¿Cómo se relaciona Judas con Jesús? ¿Qué me invita a revisar en mi relación con Jesús?

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Miercoles Santo: Amor y Traicion


Fuente: Catholic.net
Autor: P. Cipriano Sánchez

Jn 19, 1-6

Acompañar a Cristo en su pasión tiene que ser para nosotros un enraizarnos profunda y convencidamente en los aspectos más importantes de nuestra vida. El seguimiento de Cristo es para todos nosotros un atrevernos a clavar la cruz en nuestra existencia, conscientes de que no hay redención sin sacrificio, no hay redención si no hay ofrecimiento.

Quisiera proponerles estar con Cristo en el Pretorio antes de salir a ser crucificado, como nos narra San Juan: “Entonces Pilatos se lo entregó para que fuera crucificado”. Cristo, maniatado, coronado de espinas, flagelado, sentado en un calabozo esperando como tantos otros presos, como tantos miles de prisioneros a lo largo del mundo, el momento en el cual se abra la puerta del calabozo para ir hacia el patíbulo, para ir hacia el cadalso.

Atrevámonos a contemplar a Cristo y veamos cómo, sobre su cuerpo, se ha ido escribiendo como una historia trágica todos los recorridos de su pasión. En su cuerpo están escritos, a través de las huellas, a través de las heridas, a través de los escupitajos, a través de los golpes, a través de la sangre, todos los momentos que le han acontecido. Por nuestra mente pueden pasar como un relámpago las situaciones por las que Él ha querido atravesar. Hagamos nuestra la imagen del Señor listo para ir al Calvario. ¡Cuántos dolores pasó desde el momento de su prendimiento a través de los tribunales y a través de las burlas!

Si nos atenemos simplemente a lo que nos narran los evangelios acerca de los golpes, la flagelación, la corona de espinas, y junto con eso todos los golpes físicos, humillantes y dolorosos, sabremos por qué los evangelistas resumen en una frase el tremendo suplicio de la flagelación…, ¡no hacía falta describir más!: “Pilatos tomó entonces a Jesús y lo mandó azotar”. En el contexto en el que son escritos los evangelios, todos conocían perfectamente lo que significaba la flagelación. Y todo los dolores morales, las humillaciones, las vejaciones, Cristo lo tiene escrito en su cuerpo, lo tiene grabado en su carne, por mí.

A veces los dolores morales son mucho más intensos, mucho más agudos que los dolores físicos. A veces podríamos haber perdido el sentido de lo que es la carencia de todo respeto, la carencia de todo límite, de toda decencia.

¡Cuántas obscenidades, cuántas groserías, cuántas vejaciones habrá escuchado Jesús! Él, de cuya boca jamás salió palabra hiriente, tiene que escuchar toda una serie de insultos y vejaciones sobre Él, sobre su Padre, sobre su familia… ¡Y todo, por mí!

¡Cuántos dolores —en lo espiritual— al verse abandonado por los suyos! ¿Dónde está Pedro?, ¿Dónde está Juan? “Prudentemente lo seguían”. ¿Dónde está Tomás, Andrés, Nathanael y Santiago? ¿Dónde están los que querían hacer llover fuego sobre la ciudad de Samaria por el simple hecho de que no recibían al Maestro?, ¿Dónde están, ahora que el Maestro no sólo no es recibido, sino que es condenado a muerte, abandonado, traicionado?

Traicionado por los suyos, mal interpretado, injuriado, calumniado. ¡Qué doloroso es ver que lo abandonan sus amigos, que es objeto de burlas soeces, que sufre golpes, malos tratos, despojos! ¡Qué heridas le causan en el alma la tristeza, el tedio, el miedo y las vejaciones!

Contemplemos la corona de espinas en la cabeza, la cara abofeteada y escupida y el cuerpo lleno de heridas. ¡Y todo, por mí! Vayamos sobre nosotros mismos y preguntémonos: ¿qué voy a hacer yo? Éste es el cuerpo de Cristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, ante el cual toda la Iglesia se arrodilla, y ante el cual todos los hombres han pasado por encima del respeto humano y le han ofrecido sus vidas.

Y ¿qué hay en el alma de Cristo? Antes de salir a la cruz, nos podría asustar ver su cuerpo. ¿Qué sentimiento podría surgir en nosotros al ver su alma? ¿Me atrevo a bajar ahí para ver qué hay en ella? Quizá nos podría asustar el ver la soledad y el desamparo en que se debate su alma. En el alma de Cristo está profundamente arraigada la soledad y el abandono.

Apliquemos esto a nuestra vida. Cristo acaba de sufrir todos los suplicios. Cristo está sufriendo el suplicio interior de la soledad y la incomprensión. ¿Qué capacidad tengo yo de acompañar a Cristo en su soledad y en su abandono? ¿Hasta qué punto he comprendido yo a Cristo en su misión? Me podré espantar quizá de que Pedro, Juan, Andrés, Santiago, no hayan comprendido a Cristo. ¿Y yo? Si Cristo estuviese en el calabozo y viese mi alma ¿se sentiría acompañado, se sentiría comprendido?

De cara a mi alma, ¿cuál es mi fuerza interior ante las incomprensiones que Dios permite en mi vida, por parte, incluso, de los más cercanos?

Debemos ser para los demás testigos de que la soledad del alma es redentora, de que la soledad del alma tiene una capacidad de fecundidad que, quizá muchas veces, nosotros no somos capaces de valorar porque no la hacemos tesoro junto a Cristo. Contemplemos a este Señor nuestro que tanto ha sufrido por nosotros, para aprender también que nosotros podemos sufrir por Él.

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AMOR Y TRAICION

Continuamos en la liturgia de hoy vivenciando los mismos sentimientos expuestos en el día de ayer.

Es crucial el momento en que uno de los discípulos colabora con los enemigos en la entrega de su Maestro. Al conocerlo, el alma vuelve a rumiar una y mil veces, por un lado, la grandeza del Amor y, por otro, la miseria de la infidelidad y traición.

Asociémonos nosotros al grito del amor sincero y del dolor asumido, y tomemos como punto de partida la antífona de entrada a la Misa:

Al nombre de Jesús

toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo.

El Señor se rebajó hasta someterse a la muerte, y una muerte de cruz.

Por ello Jesucristo es SEÑOR, para gloria de Dios Padre.

A él sea la gloria.

Amén.

En los textos bíblicos de las lecturas se nos sugiere que interioricemos los sentimientos de las almas fieles, en gestos de adhesión a Cristo.

Hagámoslo

en el silencio de una oración personal prolongada y comprometida,

en el coloquio de grupo que comparta actitudes de almas nobles, entregadas,

en la formulación de compromisos arriesgados que nos lleven a perfeccionar nuestro modo de seguimiento del Maestro.

Reflexionemos con Cristo y con los hermanos que sufren:

El mundo no puede ser igual antes y después de la pasión y muerte de Cristo.

Es necesario que arrepintiéndonos de nuestras injusticias, egoísmos, suficiencias y liviandades, reiniciemos caminos de honestidad, de santidad, de amor y paz.

Digamos, pues, con verdad:

Llorando los pecados, tu pueblo está, Señor.

Vuélvenos tu mirada y danos tu perdón.

Seguiremos tus pasos, camino de la cruz,

Subiendo hasta la cumbre de la Pascua de luz.

OREMOS:

¡Oh Dios!, que para librarnos de la esclavitud del pecado

quisiste que tu Hijo padeciera y muriera en la cruz,

concédenos, por la mediación de su sangre, la gracia de vernos renovados conforme a su imagen para vernos un día también resucitados con Él. Amén

LECTURA DEL PROFETA ISAÍAS 50, 4-9 :

Habla el Siervo de Yhavé y declara su actitud y misión:

“Mi Señor, Dios, me ha dado una lengua de iniciado, para que sepa decir al abatido una palabra de aliento.

Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados.

El Señor Dios me ha abierto el oído, y yo no me he rebelado ni me he echado atrás.

He ofrecido la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba, y no oculté el rostro a insultos y salivazos.

¡Ah!, mi Señor me ayudaba. Por eso no quedaba confundido, por eso ofrecí el rostro como pedernal…”


Este fragmento, que corresponde al tercer canto del Siervo de Yavé, es muy rico
:

Literariamente resulta bellísimo .

Es fascinante la forma en que se nos presenta al Siervo, al Mesías (Hijo de Dios), como aprendiz en la escucha del Espíritu que le habla, ilumina y dirige.

Son conmovedores los rasgos violentos, dramáticos, que se anuncian para su vida como Libertador de los pueblos, cargando con nuestras iniquidades.


¿Quién y cómo llevará sobre sus hombros esa obra de salvación?

El Siervo lo puede todo porque cuenta con la ayuda de Dios.

Y ese Siervo, Mesías, Hijo, que actúa con la fuerza del Espíritu, es Cristo Jesús, tal como se nos presenta en el Evangelio de su vida, pasión y muerte.

LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 26, 14-25:

“En aquel tiempo, uno de los doce discípulos de Jesús, llamado Judas Iscariote, se fue a los sumos sacerdotes y les preguntó: ¿Qué estáis dispuestos a darme si os entrego al Maestro? Ellos se ajustaron en treinta monedas.

Desde aquel momento Judas andaba buscando ocasión propicia para entregárselo. …[y en esa disposición de ánimo participó en la última cena del señor]

Al atardecer se puso a la mesa con los doce, y, mientras comían, Jesús les dijo: Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.


Ellos, consternados, le preguntaron uno a uno: ¿soy yo, Señor? Y él respondió: El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ése me va a entregar …”


El contenido de este texto evangélico nos es ya muy conocido.

Conviene, no obstante, subrayar y meditar la peculiaridad que en él introduce el evangelista Mateo al describirnos cuál era la disposición de ánimo de Judas, no sólo en la última cena sino incluso en fechas anteriores.

Judas estaba fraguando una traición al Maestro.

Le envolvía densa niebla y se cerraba a las insinuaciones del Maestro. ¡Qué drama!

MOMENTO DE REFLEXIÓN

1. ¿Tan malo era Judas como para preparar la traición?

A nosotros nos puede parecer, desde la riqueza de nuestra fe, que la felonía de Judas desbordaba todo límite de comprensión.

Pero ésa puede ser una forma de engañarnos, si con ello nos consideramos justos a nosotros mismos, mejores que los demás, incapaces de traiciones.

Nos movemos en planos distintos, por gracia de Dios.

Judas, a pesar de las maravillas y bondades del Maestro, no estaba persuadido de su grandeza de Mesías, Salvador. Necesitaba de mayor luz. Su error fue exigirla conforme a sus esquemas e intereses, no conforme al plan de Dios.

Nosotros en cambio sí estamos persuadidos de la grandeza del Mesías, pues creemos que Jesús es el Hijo de Dios.

Pero ¿por qué lo creemos? Por gracia de Dios. ¡Misterio!

2. Sólo treinta monedas.

Convenir la traición y entrega en el módico precio de treinta monedas ¿no nos resulta insultante?

Materialmente sí.

Pero hemos de tomar ese precio como algo simbólico, alusivo a lo poco en que se estimaba la obra de Cristo y su persona.

¿No hacemos nosotros eso mismo cuando desestimamos a los demás, cuando los traicionamos, cuando nos dejamos turbar por pasiones sordas de egoísmo o de poder…

No nos engañemos. Cristo es de valor infinito, y ese valor o se adora, sin precio, o se desprecia y anula. ¡Grandeza o miseria humana!


Retengamos para nuestra meditación

el contraste entre Jesús que ama y sirve y Judas que ambiciona y traiciona. Temblemos por ser Judas,

y no caigamos en la tentación de vender a nadie ni pisotear su dignidad.

DOMINICOS

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Meditando las lecturas del Miercoles Santo


Sobre la primera lectura: Isaías 50, 4-9

-Dios me ha dado el lenguaje de un hombre que se deja instruir: Para que, a mi vez, sepa reconfortar al que está muy abatido.

Palabras admirables de psicología humana.

Escuchar.

Capacidad de escuchar: Papel del Siervo de Dios… verdadero servicio entre hermanos…

Saber reconfortar.

Y para ello, ser uno mismo pobre, -dejarse instruir-. Dejarse reconfortar por Dios, para, a su vez, saber reconfortar. Saber lo que es el desaliento, la prueba.

Jesús, habiendo sido probado puede ayudar «a los que han agotado sus fuerzas».

En estos días mi oración se hace más ardiente en favor de «los que ya no pueden más».

Nombro a los que conozco, que están quizá cerca de mí y se encuentran en ese caso.

También pienso en los que están lejos, en todos esos innumerables pobres que hay por el mundo… los mal alimentados, los mal aposentados o sin hogar, los que no tienen el amor de nadie. Todos aquellos con los cuales Jesús ha venido a compartir su condición. Todos los que más se parecen a Jesús… ¡los que ya no pueden más!

-La «palabra» me despierta cada mañana, para que escuche. El Señor Dios me ha abierto el oído.

Jesús, escuchando al Padre.

Abre nuestros oídos, Señor, para que sepamos escuchar a Dios también… y escuchar a nuestros hermanos…

Haz que yo oiga, Señor, a todos mis hermanos que claman dirigiéndose a mí. Haz que oiga el gemido de los pobres, la llamada de los hermanos. Y ayúdame a responder.

Fidelidad. Oído abierto.

Sáname de mi «sordera» habitual.

-Y yo no me resistí, ni me hice atrás. Presenté mis espaldas a los que me golpeaban y mis mejillas a los que mesaban mi barba. No protegí mi rostro de los insultos y de los salivazos.

¡Cuánto paralelismo contigo Jesús!

«No protegí mi rostro»

El colmo de la afrenta: la bofetada dada a un adulto, el salivazo que mancilla el rostro.

Espectáculo insostenible, incluso en la pantalla de cine o de televisión. Jesús recibió salivazos en su rostro.

Perdón, Señor Dios nuestro.

Deberíamos avergonzarnos de nuestros pecados. “Si conocieses tus pecados, te invadiría el terror”. B. Pascal.

Contemplo tu hermoso rostro, sucio, mancillado.

«¡Oh Dios santo, oh Dios fuerte, oh Dios inmortal! Ten piedad de nosotros».

-Pero el Señor viene en mi ayuda para que no me alcanzaran los insultos… Es el Señor mi defensor.

El tema de la «humillación» está vinculado al tema de la «exaltación». Jesús sabía que su muerte sería una victoria.

Hay que pensar que Jesús sacó de esos textos, que conocía bien, confortación y certidumbre.

La resurrección está presente ya en la cruz.

Pascua se perfila durante toda la semana dolorosa.

NOEL QUESSON

Meditación sobre el evangelio: Mateo 26, 14-25

Hoy vamos a meditar la misma escena que ayer, explicada esta vez por Mateo. Lo esencial es común en ambas narraciones.

Pero Mateo pone de relieve algunas significaciones diferentes de las anotadas por Juan.

-Entonces uno de los doce, llamado Judas, se fue a los príncipes de los sacerdotes y les dijo: “¿Qué me dais y os lo entrego?” Se convinieron en treinta piezas de plata, y desde entonces buscaba ocasión favorable para entregarle.

Vemos, aquí a Judas tomar la iniciativa.

Misterio de la libertad y de la culpabilidad humanas. Todos los evangelistas subrayan que Judas iba tras el dinero: esta es la explicación inmediata que dan al gesto aberrante de su antiguo colega.

¡El dinero!

-El día primero de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le dijeron. “¿Dónde quieres que preparemos para comer la Pascua?” El les dijo: “Id a la ciudad a casa de un tal y decidle: El Maestro dice: “Mi tiempo está próximo, quiero celebrar en tu casa la Pascua con mis discípulos.” “Mi tiempo está próximo…”

No deja de pensar en lo que se acerca. Jesús ha previsto “esta comida” el lugar preciso lo había ya determinado con un amigo… La “Cena”, la primera Misa, no es una comida improvisada al azar. Será una “comida pascual” evocando toda la tradición judía. El pan sin levadura evocaba la salida rápida de Egipto en la que no hubo tiempo de dejar fermentar la pasta: comida festiva cantando una liberación.

-Llegada la tarde se puso a la mesa con los doce discípulos; y mientras comían dijo: “Uno de vosotros me entregará”.

Muy entristecidos comenzaron a decirle cada uno: “¿soy acaso yo, Señor?”

Y con eso llegamos al relato de Juan. La iniciativa de Jesús.

La interrogación de los apóstoles.

-Respondió: “El que conmigo mete la mano en el plato…”

Los detalles precisos son diferentes, pero el sentido es el mismo. Jesús hace un gesto “de comunión”: para un Hebreo, tender a alguien el plato, es hacer un gesto simbólico de amistad.

Puede decirse que, por parte de Jesús, no hay ninguna condena, sino el ofrecimiento de una amistad. Es Judas solo el que se condena al rehusar la tentativa de su amigo. Por otra parte, Jesús estaba suficientemente habituado a “comer con los pecadores”, como se le ha reprochado a menudo: y esta tarde, no menos que otras veces, no ha rechazado a un pecador… es Judas quien se ha separado de El.

La Eucaristía, es también una comida en la que Jesús nos ofrece la comunión con El.

Cada misa es un gesto de Jesús hacia los pecadores que somos nosotros, siempre que no nos excluyamos nosotros al rehusar su amor.

Haz que descubramos, Señor, la significación simbólica de la comida que Tú ofreces a los hombres: tenemos a un Dios que “ama a los pecadores y quiere salvarlos”.

Pero, tenemos también a un Dios que respeta nuestras libertades y no se impone.

“¿Soy acaso yo, Rabbí?”–“Tú lo has dicho.” Eres tú quien lo has dicho… eres tú quien decide la respuesta a dar.

Jesús coloca a Judas ante su responsabilidad. Todo sería posible todavía si Judas aceptara esta mano que Jesús continúa tendiéndole.


NOEL QUESSON

“La vergüenza cubrió mi rostro” (Sal 68)

Hace varios años que el filósofo judío Levinas me ayudó a caer en la cuenta de lo que significa el rostro humano. Es la parte de nuestro cuerpo que nosotros nunca podemos ver directamente. Y, sin embargo, la parte que los demás ven. Más aún: el rostro es como una concentración de nuestro cuerpo entero para los demás. Son los demás quienes nos dicen: “Te veo hoy con mala cara” o “Tienes buena cara”. Nuestro rostro es la ventana por la cual se comunica lo que somos. Comunican nuestros ojos y comunican nuestros labios. Una frente fruncida es señal de preocupación. Unos labios apretados indican rabia. Una sonrisa transmite alegría.

Si el rostro es un concentrado de humanidad, ¡qué fuerza adquieren las palabras del profeta Isaías (“No oculté el rostro a insultos y salivazos”) o las del salmo 68 (“La vergüenza cubrió mi rostro”)!

Junto al sentido del oído, hoy ponemos a punto también el sentido de la vista para contemplar el rostro de Jesús durante los próximos días. No sé si se parece al rostro diseñado hace poco más de un año por expertos de la BBC a partir del cráneo de un judío del siglo I. Lo que sí sé es que se trata de un mapa en el que están registrados los gozos y sufrimientos de todos los seres humanos.

En vísperas de su muerte, el rostro de Jesús resume la entera trayectoria de su vida terrena: sus largos años de laboratorio nazareno y sus pocos meses o años de itinerancia misionera por tierras de Galilea y de Jerusalén.

¿Cómo veían el rostro de Jesús sus discípulos cuando le preguntaban, uno tras otro, incluido Judas, la pregunta del millón: “¿Soy yo acaso, Señor?”. ¿Verían preocupación, rabia, frustración, derrota? ¿O verían un rostro luminoso, sobrecargado de amor en cada una de sus millones de células?

“Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro”. Esta es la súplica que brota en un día como hoy en el que millones de personas se ponen en camino hacia los lugares donde van a pasar los días del triduo sacro.

¿Se puede vivir el triduo sacro estando de vacaciones? ¿Se ha convertido la Semana Santa en un simple período vacacional, salpicado con algún rito folclórico religioso a modo de relleno para tranquilizar la conciencia? Quizá hoy podemos responder con sencillez. Se puede vivir el triduo sacro en cualquier lugar … con tal de que no tengamos miedo de buscar y contemplar el rostro de Cristo. No importa tanto el lugar cuanto el coraje de dirigir nuestros ojos a ese rostro cubierto de insultos y salivazos y, sin embargo, hermoso, radiante, perdonador. Ese rostro se muestra en la liturgia de la iglesia y se muestra en las personas sufrientes que, sin duda, iremos encontrando. Por mucho derecho que tengamos al descanso, no podemos mirar en otra dirección, porque en el familiar con problemas o en el que nos sirve en un hotel podemos descubrir al Cristo que sigue sufriendo hoy. Volver la espalda a esos rostros tan reales es volver la espalda al Cristo que nos mira.

“Oculi nostri ad Dominum Jesum” canta la liturgia. “Nuestros ojos están vueltos al Señor Jesús”. Ojalá podamos aguzar la vista para contemplar este rostro en cualquier lugar en el que nos encontremos durante los próximos días.

Gonzalo Fernández, claretiano


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1ª Lectura, Isaías- capítulo 50, versículos del 4 al 9
2ª Lectura Evangelio de San Mateo- capítulo 26, versículos dl 14 al 25

Comentábamos ayer el desastre del amor de amistad, y lo veíamos como un desastre cósmico: es el desastre de la traición.

La Iglesia, Madre y Maestra, insiste hoy de nuevo sobre la traición. La traición de Judas, como quiebra del amor más perfecto: el amor de amistad. La traición mata el amor, en su raíz.

¿Cómo se llega a la traición? Primero por el deseo desmedido de intereses materiales: el dinero, que me lleva al poder y a la vida muelle, egoísta, complaciente y sensual. Y en segundo lugar, por la falta de trato con el amigo, que me deja y me mantiene en la ignorancia, y al no conocer bien el valor del amigo: de lo que es, de lo que vale, de lo que tengo con su trato, de lo que me hace vivir, no le hago aprecio y entonces, sin dificultad, lo vendo o lo abandono.

Hoy vemos a Judas vendiendo a Jesús. : « Entonces, uno de los doce, llamado Judas, se fue a los príncipes de los Sacerdotes y les dijo: « ¿Qué estáis dispuestos a darme, si os lo entrego? » Ellos se ajustaron con él en treinta siclos de plata ». ¿Vosotros sabéis la bajeza que esto significa, treinta siclos de plata? ¿Imagináis a dónde llegó Judas en este ajuste de venta?. Mirad lo que dice el libro del Exodo en el capítulo 21, versículo 32: « si el buey cornea, dando muerte, a un siervo, se pagarán 30 siclos de plata al dueño del siervo y el buey morirá apedreado ». Es decir, Judas se convierte por este convenio de venta, en 30 siclos, en el dueño y amo de Jesús y Jesús en su siervo. No le importa que muera por la « cornada » de la crucifixión, por la que recibirá el precio de un siervo muerto, las 30 monedas. La relación de amistad la ha convertido en la relación más baja y humillante para el ser humano: la de dueño y esclavo. Judas, dueño. Jesús, su esclavo.

Y todo debido a la actitud de Judas: deseo desmedido de dinero, como nos lo relataba San Lucas en la escena de Betania, cuando Jesús cenaba con sus amigos y María ungió los pies de Jesús con un perfume caro, a la usanza de la época. Judas comentó: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por 300 denarios para dárselo a los pobres? Esto lo dijo, añade San Lucas, no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón: y como tenía la bolsa, llevaba lo que iban echando ».

El dinero y el poder, a Judas le hicieron traición. No lo olvidemos nosotros tampoco: el afán desmedido por el dinero, por el tener con avaricia, el gozar materialmente, sin límites, el prestigio de firmas en el vestir, los viajes exóticos para ver y ver sin nada contemplar, el deseo desmedido de vivencias de lujo y de marcas de coches, me pueden hacer traición, y quedarme como un despojo de un mundo despiadado, sin amistad, la de verdad, claro, y ver cómo me quedo solo, marginado, olvidado, cuando mi situación es adversa.

Tan sólo se quedó Judas, sin el amigo, que no lo pudo soportar, porque el dinero no es amigo, es tirano… y se ahorcó. Vosotros sabéis que el suicidio aumente de forma alarmante en Europa, donde hay dinero, pero no hay amigos, solo compañeros de billeteras abultadas, tarjetas de crédito o dinero de plástico. ” Tanto tienes, tanto vales”.

Jesús va hacer suya esta Pascua judía. Será su Pascua. Esta cena no será una cena improvisada. Jesús ha previsto todo hasta en los últimos detalles. Será la nueva Alianza de la Humanidad con Dios. Su liberación del pecado y de la muerte eterna y empezará el hombre a vivir una nueva vida y será eterna.

“Llegada la tarde, se puso a la mesa con los doce discípulos y mientras comía, dijo: “Uno de vosotros me va a entregar”. Muy entristecidos y consternados comenzaron a preguntarle uno tras otro: “¿soy yo acaso, Señor? Jesús respondió: “El que conmigo ha mojado el pan en la misma fuente, ese me va a entregar”. Jesús hace un gesto de comunión, de amistad, al tender la fuente a Judas para que moje el primero su pan. Es un gesto simbólico de reconocimiento, de aprecio, de amistad. Por parte de Jesús no hay ninguna condena, sino el ofrecimiento de su amistad, porque “Él nos amó primero”, como dice San Juan. Y nos ama y nos acoge tal como somos y tal como estamos en cada momento; tal como tú te sientes: mediocre, miserable, marginado, perverso, traidor.

Ponte, hermano, delante del Señor, en este tiempo privilegiado de esta Semana Santa, como lo hizo María: con sencillez, con humildad, con abandono en sus manos y como María di: “Hágase en mi según tu palabra”. Déjate perdonar para que empieces a vivir de nuevo, con una mayor realidad y sinceridad la amistad con Jesús, para que experimentes, para que sientas que te quiere como eres y como estás. Basta ya de traiciones grandes o pequeñas, porque la traición nunca es pequeña o grande; la traición es siempre traición.

Es Judas el que se cierra al amor y a la amistad, porque el deseo exagerado de dinero ha endurecido su corazón. Es él, el que se excluye, al rehusar la mano tendida de su amigo Jesús. Jesús estaba habituado a “comer con pecadores”, como se le ha reprochado a menudo. Y en esta noche de la cena Pascual, tampoco ha rechazado a un traidor. Es Judas, quien se separa de Él, porque en realidad de verdad, le conoce poco. Estaba con Él, pero su corazón estaba muy lejos de Él. Trabajaba con el grupo de los discípulos de Jesús, pero estaba con ellos con espíritu y actitud de jornalero, como le ocurría al hijo mayor de la parábola del hijo pródigo.

Judas, si con ellos trabajaba era quizás, porque en el grupo de amigos de Jesús, encontraba comida, protección, techo para dormir, compañía y… dinero, porque no dominaba la atracción por el dinero y hasta robaba de la bolsa común del grupo de apóstoles.

No conocía, ni trataba mucho a Jesús. Estaba con Él, pero vivía lejos de Él. Es la segunda causa en su vida y puede ser también en la nuestra, por la que abandonamos o vendemos a Jesús: la falta de trato y conocimiento del amigo, que me mantiene en la ignorancia y en la falta de experiencia vivida, y al no conocer bien el valor de la amistad: de lo que es, de lo que vale, de lo que me enriquezco en el trato con este amigo, de la vida abierta y esplendorosa que me hace vivir, entonces, sin dificultad lo vendo o lo abandono y lo critico, porque confundo a Jesucristo y su Iglesia o Asamblea, es decir los cristianos, con los judas, que encontramos en medio de la comunidad cristiana, sean curas, laicos u obispos. Y así estropeamos y destruimos el buen ambiente y fraternidad de una parroquia y hasta de un pueblo, porque nosotros no entendemos lo que es la amistad, ni de Jesús somos entonces amigos, pues, si entre sus apóstoles, que él mismo escogió, se dio un ladrón y traidor, Judas, ¿cómo vamos a pretender que en las asambleas cristianas de la diócesis o parroquias, no los haya?

“¿Soy acaso yo, Maestro?”, le dijo Judas. “Tú lo has dicho”. Eres tú quien lo has dicho…. Eres libre, y eres tú quién decides, porque sin libertad es imposible el amor. Todavía, Judas, tienes tiempo de aceptar esta mano amiga, que le tiende Jesús. Pero Judas, endurecida su mente y su corazón por el dinero y la falta de trato con el amigo, y así sólo, amargado, decepcionado de sí mismo, arrojará más tarde los treinta siclos de plata por el suelo del templo y se ahorcará, desesperado. No conoció al amigo. No supo lo que era la amistad, que es el amor más perfecto.

Al amigo, al amor nos lo encontraremos escondido en el alimento de pan y de vino, en la Eucaristía siempre que la celebramos. Que al encontrarle le digamos, como amigos, que todo lo dan, sin nada esperar, que esa es la esencia de la amistad:

“No me tienes que dar porque te quiera,
pues, aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero, te quisiera”.

Y que acabemos con aquellos sentimientos de San Juan de la Cruz, al descubrir nosotros, con más profundidad, en esta semana santa, su amor, con el que nos ha amado, hasta morir, y su amistad, que nos ha ofrecido, dejándonos un poco heridos de este amor de amistad:

“¡Ay!, ¿quién podrá sanarme?
Acaba de entregarte ya de vero;
No quieras enviarme
De hoy, ya más mensajero,
Que no saben decirme lo que quiero.

Y todos cuantos vagan
De ti me van mil gracias refiriendo
Y todos más me llagan,
y déjanme muriendo,
Un no sé qué,
que quedan balbuciendo”.

P. Eduardo Martínez Abad, escolapio
edumartabad@escolapios.es

Miercoles Santo


La revelación de su identidad es clara. La denuncia del pecado también. Las posiciones de los importantes también están definidas.

Cristo les dice: “Sabéis que de aquí a dos días será la Pascua, y el Hijo del Hombre será entregado para ser crucificado”(Mt). Hay presciencia en Jesús. Sabe lo que va suceder, sabe el día y la hora. No le será ahorrado el desconocimiento previo, o la esperanza de que el dolor va ser menor. Lo sabe todo. Es consciente de que los clavos van a atravesar su carne, sabe que su cuerpo va ser flagelado, escupido, deshonrado y, por fin, llegará una muerte cruel. Lo sabe, y no huye, porque esa afrenta va a ser convertida en un sacrificio en el que Él va a ser sacerdote y víctima. Va a pedir al Padre el perdón para todos, pero lo va a pedir pagando el precio de justicia de todos los pecados. Va ser un verdadero sacrificio expiatorio, como lo simbolizaba el animal que soltaban los sacerdotes que llevaba sobre sí los pecados del pueblo. Pero ahora no va ser un símbolo, sino una realidad. El peso de todos nuestros pecados va a caer sobre Él. Jesús va a ser el inocente que paga por los pecados de aquellos a quienes ama. De esta manera se manifiesta una misericordia que tiene en cuenta la justicia.

Ya había sido profetizado mucho sobre el siervo de Yavé que padecerá para librar al pueblo de sus pecados. Se cumplirá todo hasta el mínimo detalle. El amor no es sólo la satisfacción por el gozo con la persona amada. Es también querer tanto al otro -en este caso todos los hombres- que se busca librarlos de todo mal, se busca liberarlos de las garras del diablo, de las redes del pecado, de la muerte primera, y de la muerte segunda que es el infierno. Ese amor le lleva a no poder soportar que se pierda ninguno. Que todo el que quiera salvarse lo pueda hacer. Por eso no rechaza el sacrificio. Se puede decir que lo ama, aunque el corazón tiemble y la carne se resista. Pero la voluntad es firme. Y el miércoles santo es un día de oración intensa y sin descanso, rodeado del cariño de los suyos, aunque no todos, pues Judas le odia.


Reproducido con permiso del Autor,
Enrique Cases, Tres años con Jesús, Ediciones internacionales universitarias
pedidos a eunsa@cin.es

REUNION CON EL SANEDRIN

Preside el Sumo sacerdote Caifás. No es una reunión oficial, pero están casi todos. Los acontecimientos del día anterior hacen que lo ya decidido se ponga por obra. Ya habían decidido matarle antes; pero nada han conseguido. Ahora les mueve la furia de hacerlo cuanto antes, pero con astucia, con una frialdad y un odio que encuentran su motor en el mismo Satanás. Son implacables “Entonces se reunieron los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo en el palacio del Sumo Sacerdote, llamado Caifás, y acordaron apoderarse con engaño de Jesús y hacerle morir. Pero decían: No sea en la fiesta, para que no se produzca alboroto entre el pueblo”(Mt). Las deliberaciones fueron duras. Hablan más los que más le odian, es decir, los que tienen una mayor pecado según las denuncias públicas y privadas de Jesús. No pueden esperar, pero no quieren alboroto. Saben que los partidarios de Jesús son muchos. Saben que en una situación de guerra civil, los romanos intervendrían y liberarían a Jesús, pues su conducta es intachable y nada enemigo de ellos. Por otra parte quieren comprometer a los romanos para que ellos sean responsables de la muerte de Cristo ante el pueblo. Deben calcular las cosas hasta el mínimo detalle. No pueden fallar. Alguno habla de Judas que ya ha entrado en tratos, pero poco saben de él


Reproducido con permiso del Autor,
Enrique Cases, Tres años con Jesús, Ediciones internacionales universitarias
pedidos a eunsa@cin.es

LA TRAICION DE JUDAS

“Se acercaba la fiesta de los Azimos, que se llama Pascua, y los príncipes de los sacerdotes y los escribas buscaban cómo acabar con él, pero temían al pueblo. Entró Satanás en Judas, llamado Iscariote, uno de los doce. Fue y habló con los príncipes de los sacerdotes y los magistrados sobre el modo de entregárselo”(Lc).

Satanás sólo entra si se le deja entrar. Puede tentar y tienta como lo hizo con Jesús y lo hace con todos. Pero para entrar necesita una puerta abierta. Satanás es soberbio, pero es lúcidamente inteligente. Conoce las debilidades de los hombres y las prueba. Odia a Dios, y sabe que el mayor daño que le puede hacer es destruir a los hombres. Conoce la debilidad de Judas, su amor por el dinero, y lo que el dinero lleva consigo. Ha seguido su comportamiento a lo largo de los tres años. Ha podido observar sus trampas. Y sobre todo su resentimiento por no entender el modo como Jesús lleva las cosas adelante. Judas no puede entender un amor tan grande que le lleve a la pobreza, a decir las verdades a los poderosos, contra las juiciosas políticas de los hábiles. Su vida de fraternidad es difícil con los demás, pues ellos han dejado todo para seguir a Jesús, y les ve decididos a hacer lo que les pida, por loco que parezca. Las peleas y los reproches no faltan. No en vano ellos no tienen tanta paciencia como Jesús, que siempre le disculpa y le apoya. La misma paciencia y el amor de Jesús le llenan de odio, pues son un reproche cuando él ya no quiere saber nada de ese reinado que no parece de este mundo.

Entonces Judas Iscariote “fue donde los príncipes de los sacerdotes, y dijo: ¿Qué me queréis dar a cambio de que os lo entregue? Ellos le ofrecieron treinta monedas de plata. Desde entonces buscaba una oportunidad para entregarlo”(Mt)

El precio había sido profetizado. Es muy posible que ellos, o alguno de ellos, se acordase de la profecía con burla y cinismo. Es muy posible que, en su astucia, la utilizasen para acallar la conciencia de Judas diciéndole que si verdaderamente Jesús era el Mesías se aclararía todo, pues se manifestaría con poder. Era un engaño, pero cuando se peca, cualquier excusa puede servir de justificación. El hecho es que él era traidor de quien más le había querido, del Mesías, del Amigo, del Hijo de Dios Altísimo. Esa es la verdad de Judas. Estaba cometiendo el peor de los pecados con una lucidez que la compañía con Jesús agravaría por minutos.

La cantidad de treinta siclos de plata era también el precio del daño por un esclavo que hubiese sido muerto por un animal. Era el precio de un pequeño campo. Era el precio de un cordero pascual. Simbolizaba, sin quererlo, a Jesús que se entrega como un esclavo de amor, del cordero pascual que libera de la muerte a los primogénitos. Para Judas era sólo el símbolo del poder que alcanzaría cuando venciesen sus nuevos amigos frente al. Poco sabía cuál iba a ser la paga de los traidores, pues lo que es lucidez para la traición es oscuridad para el propio conocimiento.

Los reunidos en el Sanedrín se alegraron. Judas hierve de actividad. Se separan, preparando todo para el desenlace inminente, aunque un cierto temor de que Jesús se escapase de nuevo de sus manos les deja intranquilos, pues lo ha hecho muchas veces. Menos les intranquilizaba lo más importante: el juicio de Dios.

Reproducido con permiso del Autor,
Enrique Cases, Tres años con Jesús, Ediciones internacionales universitarias
pedidos a eunsa@cin.es

La plenitud del amor

Para empezar a conocer si sabemos amar, tenemos, antes, que sabernos queridos. Cuando hayamos entendido hasta qué punto Dios nos quiere, entonces experimentaremos el no haber sabido corresponder y, en Dios, aprenderemos a amar.

Con el amor aprenderemos a conocer a los demás y comprenderemos que existe una razón para nuestra vida. Si elegimos siempre el amor a los demás, sean cuales sean las consecuencias de esta elección, habremos empeñado nuestra vida y seremos verdaderos revolucionarios en nuestro mundo de hoy. Porque no es la justicia, ni la violencia, ni el poder, quienes transforman el mundo, sino el amor.

El Señor, hermanos muy amados, quiso dejar bien claro en qué consiste aquella plenitud del amor con que debemos amarnos mutuamente, cuando dijo: Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos. Consecuencia de ello es lo que nos dice el mismo evangelista Juan en su carta: Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida por los hermanos, amándonos mutuamente como él nos amó, que dio su vida por nosotros.

Es la misma idea que encontramos en el libro de los Proverbios: Si te sientas a comer en la mesa de un señor, mira con atención lo que te ponen delante, y pon la mano en ello pensando que luego tendrás que preparar tú algo semejante. Esta mesa de tal señor no es otra que aquella de la cual tomamos el cuerpo y la sangre de aquel que dio su vida por nosotros. Sentarse a ella significa acercarse a la misma con humildad. Mirar con atención lo que nos ponen delante equivale a tomar conciencia de la grandeza de este don. Y poner la mano en ello, pensando que luego tendremos que preparar algo semejante, significa lo que ya he dicho antes: que así como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar la vida por los hermanos. Como dice el apóstol Pedro: Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Esto significa preparar algo semejante. Esto es lo que hicieron los mártires, llevados por un amor ardiente; si no queremos celebrar en vano su recuerdo, y si nos acercamos a la mesa del Señor para participar del banquete en que ellos se saciaron, es necesario que, tal como ellos hicieron, preparemos luego nosotros algo semejante.

Por esto, al reunirnos junto a la mesa del Señor, no los recordamos del mismo modo que a los demás que descansan en paz, para rogar por ellos, sino más bien para que ellos rueguen por nosotros a fin de que sigamos su ejemplo, ya que ellos pusieron en práctica aquel amor del que dice el Señor que no hay otro más grande. Ellos mostraron a sus hermanos la manera como hay que preparar algo semejante a lo que también ellos habían tomado de la mesa del Señor.

Lo que hemos dicho no hay que entenderlo como si nosotros pudiéramos igualarnos al Señor, aun en el caso de que lleguemos por él hasta el testimonio de nuestra sangre, él era libre para dar su vida y libre para volverla a tomar, nosotros no vivimos todo el tiempo que queremos y morimos aunque no queramos; él, en el momento de morir, mató en sí mismo a la muerte, nosotros somos librados de la muerte por su muerte; su carne no experimentó la corrupción, la nuestra ha de pasar por la corrupción, hasta que al final de este mundo seamos revestidos por él de la incorruptibilidad; él no necesitó de nosotros para salvarnos, nosotros sin él nada podemos hacer; él, a nosotros, sus sarmientos, se nos dio como vid, nosotros, separados de él, no podemos tener vida.

Finalmente, aunque los hermanos mueran por sus hermanos, ningún mártir derrama su sangre para el perdón de los pecados de sus hermanos, como hizo él por nosotros, ya que en esto no nos dio un ejemplo que imitar, sino un motivo para congratularnos. Los mártires, al derramar su sangre por sus hermanos, no hicieron sino mostrar lo que habían tomado de la mesa del Señor. Amémonos, pues, los unos a los otros, como Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros.