Lectio Divina: Martes Santo


Padre Fidel Oñoro

En contraluz con Jesús: traición y negación

Juan 13, 21-33.36-38

“Uno de vosotros me entregará…

No cantará el gallo antes que tú me hayas negado tres veces” 

De la cena en Betania pasamos a la última cena, en la cual Jesús se despide de sus discípulos. En medio de ella Jesús le ha lavado los pies a sus discípulos (evangelio del próximo jueves). La comida se interrumpe bruscamente y se da paso a tres escenas que culminan este capítulo del evangelio de Juan:

– El anuncio de la traición de Judas (13,21-30).

– Una enseñanza de Jesús sobre el sentido profundo de su pasión (13,31-33) y cómo ésta marcará la identidad de los discípulos (13,34-35; versículos que no leemos hoy).

– El anuncio de las negaciones de Pedro (13,36-38). 

En el centro de todo está la persona de Jesús, quien conduce los acontecimientos que se van narrando y dice las palabras fundamentales. Por eso, es a la luz de las palabras centrales de Jesús (segunda escena) que hay que entender la contraluz que aparece tanto en Judas (primera escena: traición) como en Pedro (tercera escena: negación).

 (1) Judas se retira de la comunidad (12,21-30)

La salida de Judas de la sala está subrayada por una observación del evangelista: “Era de noche” (12,30). La indicación es negativa y alude al ambiente espiritual negativo en que se mueve el discípulo disidente: se pone al servicio del poder de las tinieblas. 

Ya desde el lavatorio de los pies, Jesús había dicho que no todos estaban limpios (ver 12,10-11) aludiendo a quien le iba a entregar. Ahora, mientras continúa la cena, resulta que no todo es familiaridad en la sala: allí está Judas listo para la traición. Jesús, entonces, pone abiertamente el delicado tema. 

Jesús, quien se ha sentido profundamente conmovido frente a la muerte de Lázaro (ver 12,33), también se siente conmovido frente a la perspectiva casi inmediata de su propia muerte: “se turbó en su interior y declaró…” (13,21; ver también 12,27). Jesús sabe todo, tiene control sobre todo lo que ocurre y aún así no rehuye ante la situación dolorosa personal: el terror de la muerte que ya se intuye en lo que Judas va a hacer. 

Jesús no dice el nombre del traidor, pero éste se va descubriendo poco a poco. La iniciativa la toma Pedro, quien le pide al discípulo amado que le pregunte a Jesús quién es el traidor (13,23-24). El discípulo amado hace la pregunta en privado (12,25) y Jesús le responde enseñándole una contraseña: “Es aquel a quien dé el bocado que voy a mojar” (12,26b). Y efectivamente así lo hace (12,26b), pero curiosamente el discípulo amado no se la cuenta a Pedro, es una confidencia que el evangelista le cuenta al lector. 

La contraseña dada por Jesús correspondía a la cortesía habitual del anfitrión de un banquete festivo con las personas más allegadas, se subrayaba así el vínculo que éste tenía con sus comensales. Pero Jesús le ofrece un bocado al invitado indigno. He aquí un eco del Salmo 41,10 (que había sido citado un poco antes, en Jn 13,18): “Hasta mi amigo íntimo en quien yo confiaba, el que mi pan comía, levanta contra mí su calcañar”. Jesús está dramatizando el Salmo. 

Entonces Satán entra en acción (13,27ª). Su derrota ya había sido anunciada (12,31: “ahora el príncipe de este mundo será echado fuera”). Signo del comienzo de la victoria sobre el mal es que es Jesús –y no Satán- quien determina el momento de su entrada en acción.  La Pasión de Jesús llevará hasta sus últimas consecuencias esta confrontación. 

El resto de la comunidad, excepto el discípulo amado, continúan ignorantes de lo que está pasando (13,28-29) en el momento en que Judas se pasa al lado de las fuerzas de oposición a Jesús, perdiéndose en medio de la noche (13,30). 

(2) La Pasión de Jesús como revelación de la Gloria del Padre (12,31-33)

Jesús comienza una nueva enseñanza apenas sale Judas. Éste ya era un cuerpo extraño en la comunidad, las enseñanzas ya no tenían valor para él. Jesús habla ahora para quienes están dispuestos a permanecer con Él y con la comunidad. Jesús hace la revelación más grande que les puede dar sobre sí mismo y sobre la comunidad. 

Notemos los contrastes: Judas salió en medio de la noche (símbolo del mal), ahora Jesús habla de “Gloria” (relacionado con luz). Judas sale como una amenaza de la vida de Jesús, Jesús por su parte se refiere ahora a la victoria de la vida (“Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre”, 13,31). Judas rompe la comunión con el Maestro, Jesús habla de la comunión que tratarán de mantener con él los otros discípulos (“Vosotros me buscaréis”, 13,33) y más aún de la relación profunda que sostiene con su Padre, la cual está a punto de revelarse completamente (“Dios ha sido glorificado en él… le glorificará en sí mismo y le glorificará pronto”, 13,31-32). Y con qué palabras llenas de ternura ahora llama a sus discípulos: ¡Hijos míos! (13,33). 

La Pasión de Jesús no es una desgracia, detrás de los oscuros acontecimientos hay una revelación: la Pasión es la revelación de la “Gloria”, esto es, de la honda relación recíproca entre el Padre y el Hijo en la cual circula la plenitud de la vida. “Gloria” es manifestación, visibilización del luminoso esplendor de esta relación que, por medio del Verbo que encarna la naturaleza humana hasta la muerte, está destinada a impregnar salvíficamente la humanidad entera. 

(3) La presunción de Pedro: querer salvar al Salvador (13,36-38)

Pedro de nuevo toma la iniciativa y esta vez interpela directamente a Jesús sobre la frase: “A donde yo voy vosotros no podéis venir” (13,33). La pregunta “¿A dónde vas?” (13,36ª) implica que detrás de la muerte de Jesús hay algo más. Hasta aquí Pedro ha comprendido correctamente. Es justamente lo contrario de lo que han pensado los adversarios: se va al extranjero a evangelizar griegos (7,35), se va a suicidar (8,22).

Jesús no le responde la pregunta sino que insiste en su enseñanza inicial agregando “me seguirás más tarde” (13,36b). Jesús subraya la imposibilidad de “seguirlo ahora” (el término “seguir” aquí es importante: indica la vivencia de la Pasión en condición de discípulo). El evangelista Juan está subrayando así que para que el discípulo esté en condiciones de verdaderamente “tomar la Cruz” tendrá que ser salvado “primero” por ella. En otras palabras, sólo puede amar a la manera de Jesús (ver 13,34) quien se deje amar completamente por el Crucificado (ver 13,8: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo”). 

Entonces aparece la presunción de Pedro: “Yo daré mi vida por ti” (13,37). Aquí Pedro utiliza los mismos términos del “Buen Pastor” (ver la repetición de “dar la vida por” en 10,11-18), pero está confundiendo los roles. Pedro no ha comprendido el sentido de la Pasión. Quiere salvar al Salvador, olvida que el discípulo debe dejar ir a Jesús primero, que intentar seguir a Jesús por sí mismo es exponerse al fracaso en su seguimiento. 

Paradójicamente, y a fin de cuentas, Pedro terminará negando a Jesús para poder salvar su propia vida (13,38).  Su presunción será derrotada cuando agotado en el límite de sus fuerzas reconozca que Él necesitaba de esa Cruz. Entonces comenzará para él un nuevo día (canto del gallo). 

Para cultivar la semilla de la Palabra en la vida: 

1. ¿Qué me dicen personalmente las frases relacionadas con Judas: “uno de vosotros”, “aquel a quien dé el bocado”, “salió… era de noche”?

2. ¿Qué me dicen personalmente las frases relacionadas con Pedro: “seguirte ahora”, “daré mi vida por ti”, “me habrás negado tres veces antes del canto del gallo”?

3. ¿Dónde está el sentido profundo de la Pasión según los términos de Jesús? ¿Qué me ofrece? ¿Qué me pide?

Cruz, Escandalo y Gloria


Lecturas de la Misa

Isaías 49, 1-6: “Escuchadme, islas. Atended, pueblos lejanos…. Habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo…. Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel: te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”.

En este texto se declara la vocación universal del Siervo de Yavé y la convocatoria de todos los pueblos a la salvación por medio del Mesías.

Evangelio según san Juan 13, 21-33. 36-38: “Un día Jesús, profundamente conmovido, dijo: Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar. Los discípulos se miraron unos a otros, perplejos…. Le dijeron: Señor, ¿quién es? Y él contestó : Aquél a quien yo le dé este trozo de pan untado. Y untando el pan, se lo dio a Judas.. Detrás del pan entró en él Satanás. Y Jesús le dijo: Lo que has de hacer, hazlo pronto…”

En este texto Jesús habla muy claro de su muerte, por traición, y está dispuesto a ella. Pero los discípulos no aciertan a entender lo que el Maestro dice, y ni siquiera sospechan que habla de su muerte en la Cruz. Pedro se muestra incluso fanfarrón en su perorata a favor del Maestro. Después le defraudará, como los demás.

Reflexión para el día de hoy.

¡Oh Cruz! ¡Oh Cruz!

El Hijo de Dios, el que vivía con el Padre y el Espíritu, y no podía morir, en un momento de aparente frenesí de amor se vistió con la naturaleza de hombre, anonadándose. Así es como pudo, primero, presentarnos el mensaje de salvación e ir avanzando hacia la muerte redentora, camino del Calvario ; y, después, mostrarnos su rostro de gloria, triunfante de la muerte, transfigurado en luz de vida. Esto es lo que celebramos en la Semana Santa: la muerte y la vida .

Pero hoy, martes, podemos atrevernos a preguntar si todo esto que celebramos en la Semana Santa no tiene un poco de locura colectiva bajo capa de fe. ¿Cómo es posible en el Hijo de Dios un morir, infamado, y un resucitar, glorioso?

¡Oh cruz! ¡Cuántos misterios encierras y nos ocultas! Si te abraza un hombre, y tú le abrazas, ambos morís. Pero si te abraza Dios, y tú le abrazas, ¿quién muere en tus brazos?

Nunca en la historia de las religiones se encontró tamaño problema: unir en un mismo ser y en un madero a quien, por un lado, no podía morir, por ser divino e inmortal, pero, por otro, estaba abocado a la muerte, por ser pasible y humano ….. La mente no alcanza a comprender este misterio de vida y muerte; el corazón se resiste a creerlo, y muchos que oyen la voz de los cristianos que lo narran menean la cabeza con desdén…

¡Duras palabras son esas!, decían los discípulos Jesús, Hijo de Dios e Hijo del hombre, durante su predicación del Testamento Nuevo en el amor habló muchas veces a sus discípulos diciendo que, al final de las jornadas de su vida, se prepararan a presenciar un desenlace fatal, la muerte del Maestro. Éstos se resistían casi violentamente a que les quisiera catequizar y educar en ese sentido, previendo la dureza de tal acontecimiento… ¿Cómo es posible, se decían, que muera en cruz el Mesías, Hijo de Dios? ¿No vino a nosotros para vivir y dar vida a los demás? ¿A qué viene entonces decir que sube a Jerusalén y que allí le aguardan quienes serán sus verdugos y le crucificarán?

Ver en la cruz a Jesús ¿no sería como verlo despojado de su divinidad …?

Sin embargo, Jesús insistía en que la muerte del Hijo del hombre sería camino de vida, paso previo a su transfiguración definitiva, y que ellos debían creerlo y tratar de comprenderlo.

En verdad, con Jesús se abría un mundo nuevo, un pensamiento nuevo, una actitud vital totalmente nueva. Pero ¿cómo comprenderlo? ¿cuál sería su precio?….

Escándalo y locura de la cruz

Para la mentalidad judía, “ser divino” y ser capaz de “morir en una cruz” eran realidades que no casaban; y lo mismo “ser Mesías” y “sucumbir en una cruz”. El salvador de Israel estaba llamado a vestirse de poder y majestad, no de humillación y vergüenza. Por tanto, si Cristo moría en cruz, no era el Mesías esperado. La cruz era un escándalo, jamás un honor y gloria.

En esas perspectivas mesiánicas colmadas de gloria, ¡qué difícil tenía que ser para los judíos adherirse a Cristo y asumir el mensaje cristiano! Andaba por medio nada menos que la cruz. Por contraste, en la comunidad cristiana, como discipulado de Jesús, el misterio de que el Mesías, el Salvador, Cristo, muriera en una cruz se encontraba en la base de su fe, aunque no sólo la cruz, sino ella unida a la Resurrección del Crucificado.

Y ¿qué decir de la mentalidad pagana?. Para los cultos pensadores griegos que entraban en contacto con el judaísmo y cristianismo, hablar en religión nada menos que de una cruz era una locura. La cruz no podía decir relación alguna con lo divino, aunque se dijera encarnado. ¿Cómo podían los cristianos hablar de la oblación que hizo de sí mismo el Mesías, Jesús, fundador de la religión, y ser estimados sensatos, si esa actitud les colocaba fuera de la órbita de la razón humana?

El testimonio de san Pablo

Esa locura y escándalo las sufrió san Pablo en sus correrías fundacionales de comunidades cristianas. No sólo sufrió la burla de los paganos sino incluso la actitud escandalizada de algunos “judeo-cristianos” que, a pesar de haberse convertido a Cristo, seguían estimando “escándalo” el acontecimiento de la “cruz” a la que Jesús fue clavado (Gál 5,11). ¿No sería mejor, se decían, borrar semejante escena de las catequesis cristianas? Entre los fieles de Filipos llegó a haber, en el lenguaje de Pablo, algunos “enemigos de la cruz de Cristo” (Filp 3,18)

¿No era prudente que los cristianos dieran primacía a otras experiencias del Espíritu, evadiéndose de la cruz y de sus imposiciones? Tal vez fue este escándalo de la cruz lo que movió a algunos cristianos a negar incluso la verdadera humanidad de Jesús, reduciendo su imagen externa a mera apariencia de hombre (I Jn 5,6).

Sin embargo, para la auténtica fe cristiana, aunque produzca pavor y estremecimiento, la cruz es el signo máximo de la inmolación de Jesucristo, es un gesto incomparable por el que muestra que su vivir es un vivir para los demás….

¡Oh cruz, en que muere el Señor!

A pesar de las dificultades de comprensión de un Dios, hecho hombre, que muere en la cruz, ahí está la culminación de la obra redentora de Cristo, hijo de Dios e Hijo del hombre. Sin la cruz, no tendríamos en la historia de la religión cristiana las dos experiencias de mayor alcance: muerte y resurrección. Todos, Iglesia, comunidades cristianas, y cada cristiano en particular, morimos un poco con este Cristo que muere crucificado, y todos resucitamos con él. Esa es nuestra fe.


DOMINICOS

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Todos somos Traidores


En este Martes Santo, el evangelio nos ayuda a profundizar en el polo del resentimiento, que ayer apareció insinuado. Este polo está representado por dos personajes conocidos: Judas (Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado) y, en un grado diferente, Simón Pedro (¿Con que darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces).

Lo que más me impresiona del relato es comprobar que la traición se fragua en el círculo de los íntimos, de aquellos que han tenido acceso al corazón del Maestro. Me he detenido en estas palabras: Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.

Es muy probable que los que os asomáis diariamente o de vez en cuando a esta sección os consideréis seguidores de Jesús. Yo mismo me incluyo en esta categoría, sin saber a ciencia cierta lo que quiero decir cuando afirmo ser uno de los suyos. La Palabra nos va ofreciendo cada día muchas pequeñas luces para ir descubriendo diversos aspectos del seguimiento. Hoy nos confronta con nuestras traiciones.

La palabra “traición” es muy dura. Apenas la usamos en nuestro vocabulario. Hemos buscado eufemismos como debilidad, error, distancia, etc. Pero ninguna de estas palabras tiene la fuerza del término original. Hablar de traición supone hacer referencia a una relación de amor y fidelidad frustrada. Sólo se traiciona lo que se ama. ¿Estaremos nosotros traicionando a Jesús a quien queremos amar?

Lo traicionamos cuando abusamos de promesas que no vienen refrendadas por nuestra vida.

Lo traicionamos cuando, en medio de nuestros intereses, no tenemos tiempo para “perderlo” gratuitamente con él.

Lo traicionamos cuando le hacemos decir cosas que son sólo proyección de nuestros deseos o mezquindades.

Lo traicionamos cuando volvemos la espalda a los “rostros difíciles” en los que él se nos manifiesta.

Lo traicionamos cuando lo convertimos en un objeto más al alcance de nuestros caprichos.

Lo traicionamos cuando damos por supuesta su amistad y no lo buscamos cada día.

Lo traicionamos cuando repetimos mucho su nombre pero no estamos dispuestos a dejarnos transformar por él.

Dejemos que este Martes Santo su mirada nos ayude a descubrir nuestras sombras.

Gonzalo Fernández, claretiano

El Señor pronunció mi nombre


Hay mucha gente que lleva meses preparando las celebraciones de estos días. En algunas regiones del mundo la Semana Santa tiene tanto arraigo popular, ha generado tantas tradiciones, que exige una “puesta en escena” compleja y costosa: cofradías, procesiones, espectáculos, … Los seres humanos, cuando sentimos que algo nos va, somos capaces de muchos sacrificios, de mucho entusiasmo.

¿Es posible preparar del mismo modo nuestro itinerario interior? La liturgia de estos días nos ayuda a vivir intensamente el triduo sacro. Hoy martes, y mañana miércoles, somos invitados a espabilar el oído para no perdernos ninguna palabra. El profeta Isaías comienza con una exhortación a escuchar: “Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos”. La escena que Juan describe está llena de confidencias que sólo pueden percibirse con un oído fino: la pregunta del discípulo amado, la respuesta de Jesús, la admonición a Judas, el diálogo entre Jesús y Pedro.

El Señor pronunció mi nombre

Me parece que el martes santo es un día ideal para el silencio y la escucha, para caer en la cuenta de un par de verdades que sostienen nuestra vida.

Primera: existimos porque el Señor nos ha llamado en las entrañas maternas, porque ha pronunciado nuestro nombre. ¿Te sientes un don nadie, producto del azar, poco querido por tus padres o por las personas que te rodean? ¡El Señor sigue pronunciando tu nombre! ¿Te parece que tu vida es una sucesión de acontecimientos sin sentido? ¡El Señor sigue pronunciando tu nombre! ¿Crees que no merece la pena confiar en el futuro? ¡El Señor sigue pronunciando tu nombre!

Segunda: el Señor quiere hacer de nosotros una luz para que su salvación llegue a todos. ¿Te parece que tu vida no sirve para nada? ¡Tú eres luz! ¿Tienes la impresión de que nunca cuentan contigo para lo que merece la pena? ¡Tú eres luz! ¿Atraviesas un período de oscuridad, de desaliento, de prueba? ¡Tú eres luz!

No quisiera olvidar ese ejercicio de diálogo a cuatro bandas que se da entre Jesús, el discípulo amado, Simón Pedro y Judas, en una cena trascendental en la que Jesús se encuentra “profundamente conmovido”.

El discípulo amado y Pedro formulan preguntas: “Señor, ¿quién es?”, “Señor, ¿adónde vas?”, “Señor, ¿por qué no puedo acompañarte ahora?”. Quién, adónde, por qué. En sus preguntas reconocemos las nuestras. Por boca del discípulo amado y de Pedro formulamos nuestras zozobras, nuestras incertidumbres.

Judas interviene de modo no verbal. Primero toma el pan untado por Jesús y luego se va. Participa del alimento del Maestro, pero no comparte su vida, no resiste la fuerza de su mirada. Por eso “sale inmediatamente”. No sabe/no puede responder al amor que recibe.

Jesús observa, escucha y responde a cada uno: al discípulo amado, a Judas y a Simón Pedro. La intimidad, la traición instantánea y la traición diferida se dan cita en una cena que resume toda una vida y que anticipa su final. Lo que sucede en esta cena es una historia de entrega y de traición. Como la vida misma.

Gonzalo Fernández, claretiano

Sere yo….. Señor?


Ayer, con Marta, María y Lázaro, hoy con los discípulos y con un personaje común a los dos días: JUDAS

La sinceridad del Maestro permanece inalterable incluso hasta el final: “uno de vosotros me traicionará”.

Nos cuesta compartir vida y pan con aquellos que sabemos que nos llevan en palmitas por delante pero nos clavan dardos y espinas por detrás. En Jesús, una vez más y para no variar, se rompen los esquemas para que se cumpla hasta la última coma de las escrituras: todo esto es necesario¡¡

Judas convirtió su trato con el Señor en una farsa. Vendió al mejor tesoro (que es un amigo) por un puñado de monedas de plata. Y, ¡quién sabe!, sino hubiera robado también el perfume que vertió María sobre los pies de Jesús.

Los buenos amigos, dice el viejo proverbio, son como la sangre: acuden enseguida a la herida. Todos los que compartían intensamente y con tensión ese momento comenzaron a preguntarse: “seré acaso yo Señor?”. Eran tan de Jesús que acudieron solidariamente para intentar taponar inmediatamete la herida por la que se escapaba ya a borbotones la sangre de Jesús. No lo consiguieron como tampoco Judas consiguió por más tiempo encubrir su mentira y su personal circo.

SALIÓ

Del cenáculo … a la oscuridad

De la amistad … a la soledad

De la riqueza … al ruido miserable del tintineo de la plata

De la verdad con el Maestro … al maligno empujándole a pensar en un árbol donde lavar su disparate e ingratitud de amigo.

¿SEREMOS NOSOTROS…..SEÑOR?

¿A los que nos cuesta enfrentarnos a nuestra propia verdad?

¿Los que vendemos, no por plata, pero tal vez por menos, tu nombre y tu gloria?

¿Los que compartimos el pan único y partido y escapamos a continuación a la penumbra que esconde nuestras contradicciones?


¿SEREMOS NOSOTROS…..SEÑOR?

¿Los que decimos “si” cuando sabemos que en realidad que es un “no”?

¿Los que te presentamos como amigo en el altar y como a un gran desconocido en la vida debido al miedo o a la vergüenza?

¿Los que besamos tu cruz por ser viernes santo y, luego ese beso, quede pronto en el olvido?

¿Los que escondemos, bajo el ropaje que nos viste, la bolsa acaudalada que nos seduce y lo que en el fondo nos convence?

¿SEREMOS NOSOTROS…SEÑOR

¿Aquellos a los que les cuesta tomar postura por tu Reino y poco reparo en comulgar en tu mesa?

¿Aquellos que sienten mayor el peso de sus pecados y no la grandeza y poder de tu misericordia?

¿Aquellos que tardan en llevar a cabo lo que es importante y ,al instante, lo que conduce a la desesperación?

¿Aquellos que piensan que hace tiempo que Dios echó el cerrojo a los pequeños y grandes Judas que nos sentamos a tu mesa?

Que nunca, Señor, lleguemos a pensar:

que es mas fuerte nuestro pecado que tu Gracia,

nuestra falta más que tu perdón,

nuestra traición mayor que tu fidelidad,
nuestros besos más sinceros que tu gran amor…

Que nunca, Señor, lo lleguemos a pensar

Javier Leoz
Sacerdote


Nunca,
las pequeñas deserciones
podrán más
que la fidelidad de Dios
hacia nosotros


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Hagamos presente el derecho y la justicia


La luz de la Palabra de Dios
1ª Lectura: Isaías 49,1-6

Escuchadme, islas; prestad atención, pueblos lejanos: El Señor me ha llamado desde el vientre de mi madre, desde el seno ha pronunciado mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada, con la sombra de su mano me guardó; hizo de mí una flecha aguzada, en su aljaba me escondió. Y me dijo: Tú eres mi siervo, Israel, en quien me glorificaré. Yo decía: En vano me he afanado, para nada he gastado mis fuerzas. Pero mi derecho está en las manos del Señor, mi recompensa en mi Dios.

Y ahora ha hablado el Señor, que desde el seno me formó para ser siervo suyo, para hacer que Jacob vuelva a él y reunir con él a Israel -pues glorioso era yo a los ojos del Señor y mi Dios era mi fortaleza-; y dice: Poca cosa es que seas mi siervo para restablecer las tribus de Jacob y traer de nuevo a los supervivientes de Israel. Yo te he puesto como luz de las gentes, para que llegue mi salvación hasta los extremos de la tierra.

Evangelio: Juan 13,21-33

Al decir esto, se sintió profundamente conmovido y dijo: «Os aseguro que uno de vosotros me entregará».

Los discípulos se miraban unos a otros, pues no sabían de quién hablaba. Uno de los discípulos, el preferido de Jesús, estaba junto a Jesús. Simón Pedro le hizo señas para que le preguntara a quién se refería. Entonces él, recostándose en el pecho de Jesús, le preguntó: «Señor, ¿quién es?».

Y Jesús respondió: «Aquel a quien yo dé un trozo de pan mojado».

Mojó el pan y se lo dio a Judas, el de Simón Iscariote. Y tras el bocado entró en él Satanás. Jesús le dijo: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto». Pero ninguno de los comensales supo por qué le dijo esto. Algunos pensaban que, como Judas tenía la bolsa, Jesús le decía que comprase todo lo que se necesitaba para la fiesta, o que diese algo a los pobres. Judas tomó el bocado y salió en seguida. Era de noche. Tan pronto como Judas salió, Jesús dijo: «Ahora ha sido glorificado el hijo del hombre y Dios en él. Si Dios ha sido glorificado en él, Dios lo glorificará a él y lo glorificará en seguida».

«Hijos míos, voy a estar ya muy poco con vosotros. Me buscaréis, pero os digo lo mismo que dije a los judíos: Adonde yo voy no podéis ir vosotros.»

Simón Pedro le preguntó: «Señor, ¿a dónde vas?».

Jesús respondió: «Adonde yo voy, no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde».

Pedro dijo: «Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti».

Jesús le contestó: «¿Que darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que tú me niegues tres veces.

Reflexión para este día

El profeta Isaías insiste en las características del “del Siervo de Yahvé, del Ungido del Señor”. Hoy destaca vocación del Ungido: “Ser luz y salvación para todas las naciones”.

“El Señor me llamó en las entrañas maternas. Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”.
Esta es la luz esplendorosa que ilumina nuestra celebración de la Pasión del Señor: “Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros”. Jesús asumió la voluntad del Padre y se constituyó en “artífice de la salvación” de la humanidad entera. Supo responder al Padre hasta el último suspiro. Así, nos respondía a nosotros, mendigos de perdón y salvación.

En el Evangelio de hoy, Jesús predice a los Apóstoles lo que en breve le va a suceder: Su arresto, la traición de Judas y la negación de Pedro. Se lo anuncia en un ambiente de despedida y rebosante de emoción.

“Jesús, profundamente conmovido dijo: Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar. Pedro, te aseguro que me negarás tres veces”.
Jesús les había dicho que ellos “serían sus testigos y luz del mundo”. Ahora tiene que experimentar la conmoción y el desgarro de la cobardía y traición de sus íntimos. El Señor vive la dolorosa experiencia de la traición y el abandono de los suyos. Les había mirado y elegido con amor desde “el seno materno”, y han tenido miedo de vivir el compromiso de esa llamada de Jesús.

Los cristianos de la actualidad somos los llamados, los convocados por el Señor. Con nuestro sí, libre y responsable, hemos decidido creer y seguir a Jesucristo. Pero debe certificarlo nuestra conducta real. Me permito hacer unas preguntas:

¿Tenemos miedo, cobardía de pensar, sentir y manifestarnos como cristianos auténticos?.

¿Somos fieles a nuestro seguimiento de Jesús, guiándonos por la verdad de su Evangelio?.

¿Nos relacionamos con los demás, nos acercamos a los más pobres con los mismos sentimientos de Jesús?.

Reflexion del Martes Santo


CLARETIANOS

En este Martes Santo, el evangelio nos ayuda a profundizar en el polo del resentimiento, que ayer apareció insinuado. Este polo está representado por dos personajes conocidos: Judas (Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado) y, en un grado diferente, Simón Pedro (¿Con que darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces).

Lo que más me impresiona del relato es comprobar que la traición se fragua en el círculo de los íntimos, de aquellos que han tenido acceso al corazón del Maestro. Me he detenido en estas palabras: Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar.

Es muy probable que los que os asomáis diariamente o de vez en cuando a esta sección os consideréis seguidores de Jesús. Yo mismo me incluyo en esta categoría, sin saber a ciencia cierta lo que quiero decir cuando afirmo ser uno de los suyos. La Palabra nos va ofreciendo cada día muchas pequeñas luces para ir descubriendo diversos aspectos del seguimiento. Hoy nos confronta con nuestras traiciones.

La palabra “traición” es muy dura. Apenas la usamos en nuestro vocabulario. Hemos buscado eufemismos como debilidad, error, distancia, etc. Pero ninguna de estas palabras tiene la fuerza del término original. Hablar de traición supone hacer referencia a una relación de amor y fidelidad frustrada. Sólo se traiciona lo que se ama. ¿Estaremos nosotros traicionando a Jesús a quien queremos amar?

Lo traicionamos cuando abusamos de promesas que no vienen refrendadas por nuestra vida.

Lo traicionamos cuando, en medio de nuestros intereses, no tenemos tiempo para “perderlo” gratuitamente con él.

Lo traicionamos cuando le hacemos decir cosas que son sólo proyección de nuestros deseos o mezquindades.

Lo traicionamos cuando volvemos la espalda a los “rostros difíciles” en los que él se nos manifiesta.

Lo traicionamos cuando lo convertimos en un objeto más al alcance de nuestros caprichos.

Lo traicionamos cuando damos por supuesta su amistad y no lo buscamos cada día.

Lo traicionamos cuando repetimos mucho su nombre pero no estamos dispuestos a dejarnos transformar por él.

Dejemos que este Martes Santo su mirada nos ayude a descubrir nuestras sombras.

Gonzalo (gonzalo@claret.org)