Visita a los siete templos


  Actualización: 13 Marzo 2017 

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Introducción: Esta tradición consiste en visitar siete templos y hacer un momento de oración en cada uno de ellos. Es un acto de desagravio por la injuria cometida a Nuestro Señor Jesucristo de ser llevado de un lugar a otro para ser juzgado y luego crucificado. Recordemos que Jesús fue trasladado:

  • Del Huerto de los Olivos

  • a la Casa de Anás.

  • a De la Casa de Anás

  • a la Casa de Caifás.

  • a De Caifás a Pilato. a De Pilato a Herodes.

  • a De Herodes a Pilato. a De Pilato al Enlosado.

  • a Del Enlosado al Gólgota.

La visita a los siete templos que hacemos el Jueves Santo tiene como marco histórico el recuerdo de Jesús que fue llevado de una autoridad a otra para ser condenado a muerte. Es por tanto, un acto de desagravio en el que pedimos perdón a Dios por las ofensas que hicimos a Jesús al haberlo traicionado y entregado a las autoridades de aquella época.

Hoy, el Señor, presente en todos los pobres y desposeídos de nuestra sociedad, sigue siendo traicionado y entregado injustamente a la autoridad y también, por qué no decirlo, sigue sufriendo en manos de quienes tienen poder que, sin respeto a la dignidad humana, maltratan a nuestros hermanos injustamente. En esta devoción podemos acompañar a nuestro Señor durante su recorrido ante cada una de las autoridades, reflexionando sobre la injusticia que padeció en todo su juicio, donde fue condenado a muerte.            

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Guía de oración para la visita de los 7 templos

Jueves Santo

 

Acto Penitencial:

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. R. Amén. El Señor esté con ustedes. R. Y con tu espíritu.

 

Monición: Hermanos, antes de acompañar a Jesús en el proceso que se le siguió para condenarlo a muerte, conviene que cada uno ponga delante de Dios su persona, le agradezca los dones con los que los ha bendecido y confiados en su infinita misericordia le pidamos perdón de nuestros pecados.

 

(Pausa para el examen de conciencia).

 

Yo confieso…

 

Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.

  1. Amén.

 

Caminamos hacia el primer templo…

 

 

1er. templo “Del huerto de Getsemaní a la casa de Anás”. 

Nos persignamos: (+) Por la señal de la santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos Señor, Dios nuestro, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

 

Oremos: Padre, al recordar las injusticias que padeció Jesús ante las autoridades civiles y religiosas, concédenos identificar a ese mismo Jesús en cada uno de nuestros hermanos que siguen padeciendo injusticias y danos el valor para proclamar su dignidad. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

Leemos: “… pasó Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un  huerto, en el que entraron él y sus discípulos… Entonces la cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, le ataron y le llevaron primero a casa de Anás, pues era suegro de Caifás, el Sumo Sacerdote de aquel año.” (Jn. 18, 1.12-13).

 

Rezamos:  Padrenuestro…  Dios te salve María…. Gloria…

 

Caminamos al segundo templo…

 

 

2o. templo “De la casa de Anás a la casa de Caifás”.   
Nos persignamos: (+) Por la señal de la santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos Señor, Dios nuestro, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

 

Oremos: Padre, al recordar las injusticias que padeció Jesús ante las autoridades civiles y religiosas, concédenos identificar a ese mismo Jesús en cada uno de nuestros hermanos que siguen padeciendo injusticias y danos el valor para proclamar su dignidad. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén…

 

Leemos: “Anás interrogó a Jesús sobre sus discípulos y su doctrina… Entonces le envió atado al Sumo sacerdote Caifás.” (Jn. 18,19.24)

 

Rezamos:  Padrenuestro…  Dios te salve María… Gloria…

 

Caminamos al tercer templo…

 

3er. templo “De la casa de Caifás a Pilato”.
Nos persignamos: (+) Por la señal de la santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos Señor, Dios nuestro, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

 

Oremos: Padre, al recordar las injusticias que padeció Jesús ante las autoridades civiles y religiosas, concédenos identificar a ese mismo Jesús en cada uno de nuestros hermanos que siguen padeciendo injusticias y danos el valor para proclamar su dignidad. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén

 

Leemos: “De la casa de Caifás llevan a Jesús al pretorio. Era de madrugada… Entonces Pilato entró al pretorio y llamó a Jesús y le dijo:…¿Luego tú eres Rey? Respondió Jesús: Sí, como dices, soy Rey…” (Jn.18, 33.37)

 

Rezamos:  Padrenuestro…  Dios te salve María… Gloria…

 

Caminamos al cuarto templo…

 

 

4o. templo “De Pilato a Herodes”.   
Nos persignamos: (+) Por la señal de la santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos Señor, Dios nuestro, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

 

Oremos: Padre, al recordar las injusticias que padeció Jesús ante las autoridades civiles y religiosas, concédenos identificar a ese mismo Jesús en cada uno de nuestros hermanos que siguen padeciendo injusticias y danos el valor para proclamar su dignidad. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén

 

Leemos: “Pilato dijo a los Sumos sacerdotes y a la gente: ningún delito encuentro en este Hombre. Pero ellos insistían diciendo: solivianta al pueblo, enseñando por toda Judea, desde Galilea, donde comenzó, hasta aquí. Al oír esto, Pilato preguntó si este hombre era galileo. Y, al saber que era de la jurisdicción de Herodes, le remitió a Herodes, que por aquellos días estaba también en Jerusalén.” (Lc. 23,4-7)

 

Rezamos:  Padrenuestro…  Dios te salve María…  Gloria…

 

Caminamos al quinto templo…

 

 

5o. templo “De Herodes a Pilato”. 
Nos persignamos: (+) Por la señal de la santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos Señor, Dios nuestro, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

 

Oremos: Padre, al recordar las injusticias que padeció Jesús ante las autoridades civiles y religiosas, concédenos identificar a ese mismo Jesús en cada uno de nuestros hermanos que siguen padeciendo injusticias y danos el valor para proclamar su dignidad. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén

 

Leemos:  “Cuando Herodes vio a Jesús se alegró mucho, pues hacía largo tiempo que deseaba verle, por las cosas que oía de él, y esperaba presenciar alguna señal que él hiciera. Le preguntó con mucha palabrería, pero él no respondió nada. Estaban allí los sumos sacerdotes y los escribas acusándole con insistencia. Pero Herodes, con su guardia, después de despreciarle y burlarse de él, le puso un espléndido vestido y le remitió a Pilato.” (Lc. 23, 8-11).

 

Rezamos:  Padrenuestro…  Dios te salve María…  Gloria…

 

Caminamos al sexto templo…

 

6o. templo “De Pilato al Enlosado para ser condenado a muerte”
Nos persignamos: (+) Por la señal de la santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos Señor, Dios nuestro, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

 

Oremos: Padre, al recordar las injusticias que padeció Jesús ante las autoridades civiles y religiosas, concédenos identificar a ese mismo Jesús en cada uno de nuestros hermanos que siguen padeciendo injusticias y danos el valor para proclamar su dignidad. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén

 

Leemos: “Cada Fiesta Pilato les concedía la libertad de un preso, el que pidieran. Había uno, llamado Barrabás, que estaba encarcelado con aquellos sediciosos que en el motín habían cometido un asesinato. Subió la gente y se puso a pedir lo que les solía conceder… entonces, queriendo complacer a la gente les soltó a Barrabás y entregó a Jesús, después de azotarle,  para que fuera crucificado.” (Mc.15, 6-8.15)

 

Rezamos:  Padrenuestro…  Dios te salve María…  Gloria…

 

Caminamos al séptimo templo…

 

 

7o. templo “Del Enlosado al Gólgota para ser crucificado”. 
Nos persignamos: (+) Por la señal de la santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos Señor, Dios nuestro, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

 

Oremos: Padre, al recordar las injusticias que padeció Jesús ante las autoridades civiles y religiosas, concédenos identificar a ese mismo Jesús en cada uno de nuestros hermanos que siguen padeciendo injusticias y danos el valor para proclamar su dignidad. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén

 

Leemos:  “Los soldados llevaron a Jesús dentro del palacio, es decir, al pretorio y llaman a toda la cohorte. Le visten de púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñen. Y se pusieron a saludarle: ¡Salve, Rey de los judíos! y le golpeaban en la cabeza con una caña, le escupían y, doblando las rodillas se postraban ante él. Cuando se hubieron burlado de él, le quitaron la púrpura, le pusieron sus ropas y le sacan fuera para crucificarle… Le condujeron entonces al lugar del Gólgota, que quiere decir: Calvario.” (Mc. 15, 16-20)

 

Rezamos:  Padrenuestro…  Dios te salve María… Gloria…

 

Oración Final:

Oremos: Padre, al recordar las injusticias…

Señor, tú que por nosotros padeciste el tormento de la cruz y en todo te hiciste obediente para que nosotros alcanzáramos la salvación; te pedimos nos des la fuerza de tu Santo Espíritu para que podamos seguirte obedientes transformando nuestro mundo en la antesala de tu cielo. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
R. Amén.

 

 

 

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Jueves Santo: Homilia del Papa en la Misa Crismal


Autor: Zenit | Fuente: Zenit
JUEVES SANTO: Homilía del Papa en la Misa Crismal
Con los cardenales, obispos y sacerdotes presentes en Roma
 
CIUDAD DEL VATICANO, jueves 21 de abril de 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la homilía que el Papa Benedicto XVI pronunció hoy durante la Misa Crismal, celebrada a las 9,30 h de la mañana en la Basílica de San Pedro, con los cardenales, obispos y sacerdotes presentes en Roma.* * * * *

Queridos hermanos:

En el centro de la liturgia de esta mañana está la bendición de los santos óleos, el óleo para la unción de los catecúmenos, el de la unción de los enfermos y el crisma para los grandes sacramentos que confieren el Espíritu Santo: Confirmación, Ordenación sacerdotal y Ordenación episcopal. En los sacramentos, el Señor nos toca por medio de los elementos de la creación. La unidad entre creación y redención se hace visible. Los sacramentos son expresión de la corporeidad de nuestra fe, que abraza cuerpo y alma, al hombre entero. El pan y el vino son frutos de la tierra y del trabajo del hombre. El Señor los ha elegido como portadores de su presencia. El aceite es símbolo del Espíritu Santo y, al mismo tiempo, nos recuerda a Cristo: la palabra “Cristo” (Mesías) significa “el Ungido”. La humanidad de Jesús está insertada, mediante la unidad del Hijo con el Padre, en la comunión con el Espíritu Santo y, así, es “ungida” de una manera única, y penetrada por el Espíritu Santo. Lo que había sucedido en los reyes y sacerdotes del Antiguo Testamento de modo simbólico en la unción con aceite, con la que se les establecía en su ministerio, sucede en Jesús en toda su realidad: su humanidad es penetrada por la fuerza del Espíritu Santo. Cuanto más nos unimos a Cristo, más somos colmados por su Espíritu, por el Espíritu Santo. Nos llamamos “cristianos”, “ungidos”, personas que pertenecen a Cristo y por eso participan en su unción, son tocadas por su Espíritu. No quiero sólo llamarme cristiano, sino que quiero serlo, decía san Ignacio de Antioquía. Dejemos que precisamente estos santos óleos, que ahora son consagrados, nos recuerden esta tarea inherente a la palabra “cristiano”, y pidamos al Señor para que no sólo nos llamemos cristianos, sino que lo seamos verdaderamente cada vez más.

En la liturgia de este día se bendicen, como hemos dicho, tres óleos. En esta triada se expresan tres dimensiones esenciales de la existencia cristiana, sobre las que ahora queremos reflexionar. Tenemos en primer lugar el óleo de los catecúmenos. Este óleo muestra como un primer modo de ser tocados por Cristo y por su Espíritu, un toque interior con el cual el Señor atrae a las personas junto a Él. Mediante esta unción, que se recibe antes incluso del Bautismo, nuestra mirada se dirige por tanto a las personas que se ponen en camino hacia Cristo – a las personas que están buscando la fe, buscando a Dios. El óleo de los catecúmenos nos dice: no sólo los hombres buscan a Dios. Dios mismo se ha puesto a buscarnos. El que Él mismo se haya hecho hombre y haya bajado a los abismos de la existencia humana, hasta la noche de la muerte, nos muestra lo mucho que Dios ama al hombre, su criatura. Impulsado por su amor, Dios se ha encaminado hacia nosotros. “Buscándome te sentaste cansado… que tanto esfuerzo no sea en vano”, rezamos en el Dies irae. Dios está buscándome. ¿Quiero reconocerlo? ¿Quiero que me conozca, que me encuentre? Dios ama a los hombres. Sale al encuentro de la inquietud de nuestro corazón, de la inquietud de nuestro preguntar y buscar, con la inquietud de su mismo corazón, que lo induce a cumplir por nosotros el gesto extremo. No se debe apagar en nosotros la inquietud en relación con Dios, el estar en camino hacia Él, para conocerlo mejor, para amarlo mejor. En este sentido, deberíamos permanecer siempre catecúmenos. “Buscad siempre su rostro”, dice un salmo (105,4). Sobre esto, Agustín comenta: Dios es tan grande que supera siempre infinitamente todo nuestro conocimiento y todo nuestro ser. El conocer a Dios no se acaba nunca. Por toda la eternidad podemos, con una alegría creciente, continuar a buscarlo, para conocerlo cada vez más y amarlo cada vez más. “Nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti”, dice Agustín al inicio de sus Confesiones. Sí, el hombre está inquieto, porque todo lo que es temporal es demasiado poco. Pero ¿es auténtica nuestra inquietud por Él? ¿No nos hemos resignado, tal vez, a su ausencia y tratamos de ser autosuficientes? No permitamos semejante reduccionismo de nuestro ser humanos. Permanezcamos continuamente en camino hacia Él, en su añoranza, en la acogida siempre nueva de conocimiento y de amor.

Después está el óleo de los enfermos. Tenemos ante nosotros la multitud de las personas que sufren: los hambrientos y los sedientos, las víctimas de la violencia en todos los continentes, los enfermos con todos sus dolores, sus esperanzas y desalientos, los perseguidos y los oprimidos, las personas con el corazón desgarrado. A propósito de los primeros discípulos enviados por Jesús, san Lucas nos dice: “Los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos” (9, 2). El curar es un encargo primordial que Jesús ha confiado a la Iglesia, según el ejemplo que Él mismo nos ha dado, al ir por los caminos sanando a los enfermos. Cierto, la tarea principal de la Iglesia es el anuncio del Reino de Dios. Pero precisamente este mismo anuncio debe ser un proceso de curación: “…para curar los corazones desgarrados”, nos dice hoy la primera lectura del profeta Isaías (61,1). El anuncio del Reino de Dios, de la infinita bondad de Dios, debe suscitar ante todo esto: curar el corazón herido de los hombres. El hombre por su misma esencia es un ser en relación. Pero, si se trastorna la relación fundamental, la relación con Dios, también se trastorna todo lo demás. Si se deteriora nuestra relación con Dios, si la orientación fundamental de nuestro ser está equivocada, tampoco podemos curarnos de verdad ni en el cuerpo ni en el alma. Por eso, la primera y fundamental curación sucede en el encuentro con Cristo que nos reconcilia con Dios y sana nuestro corazón desgarrado. Pero además de esta tarea central, también forma parte de la misión esencial de la Iglesia la curación concreta de la enfermedad y del sufrimiento. El óleo para la Unción de los enfermos es expresión sacramental visible de esta misión. Desde los inicios maduró en la Iglesia la llamada a curar, maduró el amor cuidadoso a quien está afligido en el cuerpo y en el alma. Ésta es también una ocasión para agradecer al menos una vez a las hermanas y hermanos que llevan este amor curativo a los hombres por todo el mundo, sin mirar a su condición o confesión religiosa. Desde Isabel de Turingia, Vicente de Paúl, Luisa de Marillac, Camilo de Lellis hasta la Madre Teresa –por recordar sólo algunos nombres– atraviesa el mundo una estela luminosa de personas, que tiene origen en el amor de Jesús por los que sufren y los enfermos. Demos gracias ahora por esto al Señor. Demos gracias por esto a todos aquellos que, en virtud de la fe y del amor, se ponen al lado de los que sufren, dando así, en definitiva, un testimonio de la bondad de Dios. El óleo para la Unción de los enfermos es signo de este óleo de la bondad del corazón, que estas personas –junto con su competencia profesional– llevan a los que sufren. Sin hablar de Cristo, lo manifiestan.

En tercer lugar, tenemos finalmente el más noble de los óleos eclesiales, el crisma, una mezcla de aceite de oliva y de perfumes vegetales. Es el óleo de la unción sacerdotal y regia, unción que enlaza con las grandes tradiciones de las unciones del Antiguo Testamento. En la Iglesia, este óleo sirve sobre todo para la unción en la Confirmación y en las sagradas Órdenes. La liturgia de hoy vincula con este óleo las palabras de promesa del profeta Isaías: “Vosotros os llamaréis ‘sacerdotes del Señor’, dirán de vosotros: ‘Ministros de nuestro Dios’” (61, 6). El profeta retoma con esto la gran palabra de tarea y de promesa que Dios había dirigido a Israel en el Sinaí: “Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa” (Ex 19, 6). En el mundo entero y para todo él, que en gran parte no conocía a Dios, Israel debía ser como un santuario de Dios para la totalidad, debía ejercitar una función sacerdotal para el mundo. Debía llevar el mundo hacia Dios, abrirlo a Él. San Pedro, en su gran catequesis bautismal, ha aplicado dicho privilegio y cometido de Israel a toda la comunidad de los bautizados, proclamando: “Vosotros, en cambio, sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa. Los que antes erais no-pueblo, ahora sois pueblo de Dios, los que antes erais no compadecidos. ahora sois objeto de compasión.” (1 P 2, 9-10). El Bautismo y la Confirmación constituyen el ingreso en el Pueblo de Dios, que abraza todo el mundo; la unción en el Bautismo y en la Confirmación es una unción que introduce en ese ministerio sacerdotal para la humanidad. Los cristianos son un pueblo sacerdotal para el mundo. Deberían hacer visible en el mundo al Dios vivo, testimoniarlo y llevarle a Él. Cuando hablamos de nuestra tarea común, como bautizados, no hay razón para alardear. Eso es más bien una cuestión que nos alegra y, al mismo tiempo, nos inquieta: ¿Somos verdaderamente el santuario de Dios en el mundo y para el mundo? ¿Abrimos a los hombres el acceso a Dios o, por el contrario, se lo escondemos? Nosotros –el Pueblo de Dios– ¿acaso no nos hemos convertido en un pueblo de incredulidad y de lejanía de Dios? ¿No es verdad que el Occidente, que los países centrales del cristianismo están cansados de su fe y, aburridos de su propia historia y cultura, ya no quieren conocer la fe en Jesucristo? Tenemos motivos para gritar en esta hora a Dios: “No permitas que nos convirtamos en no-pueblo. Haz que te reconozcamos de nuevo. Sí, nos has ungido con tu amor, has infundido tu Espíritu Santo sobre nosotros. Haz que la fuerza de tu Espíritu se haga nuevamente eficaz en nosotros, para que demos testimonio de tu mensaje con alegría.

No obstante toda la vergüenza por nuestros errores, no debemos olvidar que también hoy existen ejemplos luminosos de fe; que también hoy hay personas que, mediante su fe y su amor, dan esperanza al mundo. Cuando sea beatificado, el próximo uno de mayo, el Papa Juan Pablo II, pensaremos en él llenos de gratitud como un gran testigo de Dios y de Jesucristo en nuestro tiempo, como un hombre lleno del Espíritu Santo. Junto a él pensemos al gran número de aquellos que él ha beatificado y canonizado, y que nos dan la certeza de que también hoy la promesa de Dios y su encomienda no caen en saco roto.

Me dirijo finalmente a vosotros, queridos hermanos en el ministerio sacerdotal. El Jueves Santo es nuestro día de un modo particular. En la hora de la Última Cena el Señor ha instituido el sacerdocio de la Nueva Alianza. “Santifícalos en la verdad” (Jn 17, 17), ha pedido al Padre para los Apóstoles y para los sacerdotes de todos los tiempos. Con enorme gratitud por la vocación y con humildad por nuestras insuficiencias, dirijamos en esta hora nuestro “sí” a la llamada del Señor: Sí, quiero unirme íntimamente al Señor Jesús, renunciando a mí mismo… impulsado por el amor de Cristo. Amén

[©Copyright 2011 – Libreria Editrice Vaticana]

Lecto Divina: Jueves Santo, La Cena del Señor


P. Fidel Oñoro

Lavatorio de los pies: el camino de la comunión con Jesús

Juan 13, 1-15

“Los amó hasta el extremo” 

Entremos en el Triduo Pascual

Con la celebración vespertina llamada “Misa en la Cena del Señor”, evocamos y hacemos presente la última cena de Jesús con sus discípulos antes de su Pasión. Así entramos en el corazón del año litúrgico, que es el gran Triduo Pascual. 

Precisamente el triduo pascual se coloca en el centro del año litúrgico por su función de “memorial” de los eventos que caracterizan la Pascua “cristiana”. Como la comunidad de Israel, también la Iglesia mantiene viva la memoria de la misericordia de Dios que “pasa” continuamente por su historia y refunda su existencia como “pueblo de Dios” con base en esta perenne voluntad de reconciliación. 

El centro de este “memorial” es el Misterio Pascual, la muerte y resurrección de Jesús. En la muerte de Jesús, Dios ha asumido la naturaleza humana hasta la muerte, “hasta la muerte de Cruz” (Filipenses 2,8). A través de ella, Jesús “se convirtió en causa de salvación eterna para todos aquellos que le obedecen” (Hebreos 5,9; idea importante del Viernes Santo).  De hecho, la cruz de Jesús no se puede separar de la resurrección, fundamento de nuestra esperanza. Y este es nuestro futuro: “Sepultados… en su muerte, para que también nosotros vivamos una vida nueva” (Romanos 6,4; idea central de la Vigilia Pascual). 

Todo esto se recoge en la gran Eucaristía que se celebra entre hoy y el Domingo de Pascua. Hoy hacemos “memoria” de aquella primera Eucaristía que Jesús celebró y al mismo tiempo la actualizamos como recuerdo del pasado, como presencia en el hoy de nuestras comunidades, al mismo tiempo de esperanza y profecía para el futuro. 

El cuerpo y la sangre eucarísticos de Jesús nos asegura su presencia a lo largo de la historia. Es Jesús mismo quien establece de manera concreta, en la Eucaristía, la permanencia visible y misteriosa de su muerte en la Cruz por nosotros, de su supremo amor por la humanidad, de su venida continua dentro de nosotros para salvarnos y santificarnos. Es así como en cada celebración su corazón, traspasado por la lanza, sea abre para derramar el Espíritu Santo sobre la Iglesia y el mundo. 

Para profundizar en esto, se nos propone leer hoy el relato del “lavatorio de los pies” (Juan 13,1-15). Notemos que en la última cena, el evangelista Juan no habla de la institución de la Eucaristía (que se encuentra ampliamente tratada en el discurso del “Pan de Vida” en Jn 6).  Juan prefiere colocar aquí un gesto que indica el significado último de la Eucaristía, como acto de amor extremo de Jesús por los suyos, manifestación de un servicio pleno hacia los discípulos. 

(1) Introducción: la hora del amor supremo (13,1)

La última parte del evangelio de Juan (13-21) se abre con una introducción solemne: “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (13,1). 

El evangelista Juan nos ayuda a recorrer atentamente el último día de Jesús con sus discípulos. Así nos hace comprender que efectivamente ha llegado la “hora” tan esperada por Jesús, la “hora” ardientemente deseada, cuidadosamente preparada, frecuentemente anunciada (ver 12,27-28). Es la “hora” en que manifiesta su amor infinito entregándose a quien lo traiciona, en el don supremo de su libertad. 

Dos aspectos se ponen de relieve:

– Esta es la hora en que Jesús regresa a la casa del Padre: “había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre”. Él conoce el camino y la meta.

– Esta es la hora en la que Jesús da la máxima prueba de su amor: “los amó hasta el extremo”. 

Juan señala que el amor de Jesús viene de Dios y es, por lo tanto, un amor gratuito y total. La cruz de Jesús será la manifestación de este amor divino, afecto supremo que ama hasta las últimas consecuencias, hasta el extremo de sus fuerzas. 

El marco es el de la Pascua hebrea: “Antes de la fiesta de la Pascua”. En ella el pueblo de Israel celebra con gratitud los beneficios de Dios, quien lo liberó de la esclavitud y lo hizo su pueblo. Jesús lleva a su cumplimiento esta liberación, arrancando al hombre de la esclavitud del pecado y de la muerte y dándole la comunión plena con Dios. 

El gesto simbólico del lavatorio de los pies muestra la significación de la entrega de su vida y el valor ejemplar que ésta tiene para todo discípulo. 

(2) El lavatorio de los pies (13,2-5)

El episodio del lavatorio de los pies es un “signo” que revela un misterio mucho más grande que lo que una primera lectura inmediata puede sugerir. 

El gesto contiene una catequesis bautismal y al mismo tiempo una enseñanza sobre la humildad, una ilustración eficaz del mandamiento del amor fraterno a la manera de Jesús: el amor que acepta morir para ser fecundo. 

Durante la cena” (13,2ª). En la cena, donde el vivir en comunión encuentra su mejor expresión, pesa la sombra de la traición que rompe la amistad. Pero mientras el traidor se mueve orientado por el diablo (13,2b), Jesús lo hace dejándose determinar por Dios (13,3). Lo que Jesús ha hecho y va a hacer, proviene de su comunión con Dios. Ahí radica la libertad que hará que la muerte que le aguarda sea realmente un don de amor por los suyos y por los hijos de Dios dispersos. 

El Padre le había puesto todo en sus manos” (13,3ª). El amor del pastor (10,28-29) protegerá los discípulos de un mundo que quisiera poder arrancarlos de la comunión de vida con su Maestro. Y aunque ellos lo traicionen, Jesús reforzará los vínculos con ellos y les ofrecerá un perdón pleno. Por lo tanto, lavar los pies constituye una promesa de aquel perdón que el Crucificado le ofrecerá a los discípulos en la tarde del día de la resurrección (ver Jn 20,19ss). 

Y se puso a lavar los pies de los discípulos”. Notemos en el v.4 los movimientos de Jesús. Para demostrar su amor: (a) se levanta de la mesa, (b) se quita los vestidos (el manto), (c) se amarra una toalla alrededor de la cintura, (d) echa agua en un recipiente, (e) le lava los pies a los discípulos y (f) se los seca con la toalla que lleva en la cintura. 

El lavatorio de los pies está enmarcado por el “quitarse” (13,4) y “volver a ponerse” los vestidos (13,12). Este movimiento nos reenvía al gesto del Buen Pastor de las ovejas, quien se despoja de su propia vida para dársela a sus ovejas. De hecho, se puede notar que los verbos que se usan en el texto son los mismos verbos que se utilizan en el capítulo del Buen Pastor, cuando se dice que “ofrece su propia vida” y “la retoma” (ver Jn 10,18).  

El despojo del manto y del amarrarse la toalla son, por lo tanto, una evocación del misterio de la Pasión y de la Resurrección, que el lavatorio de los pies hace presente de manera simbólica.  Jesús se comporta como un servidor (a la manera de un esclavo) de la mesa ya que su muerte es precisamente eso: un acto de servicio por la humanidad. 

Así llegamos a entender que el lavatorio de los pies sustituye el de la institución de la Eucaristía precisamente porque explica lo que sucede en el Calvario. En el lavatorio de los pies contemplamos la manifestación del Amor Trinitario en Jesús que se humilla, que se pone al alcance y a disposición de todo hombre, revelándonos así que Dios es humilde y manifiesta su omnipotencia y su suprema libertad en la aparente debilidad. 

(3) El diálogo con Pedro (13,6-11)

La reacción de Pedro no tarda.  En el evangelio de Juan, Pedro representa al discípulo que tiene dificultad para entender la lógica de amor de su Maestro y para dejarse conducir con docilidad por la voluntad de su Señor.  

Pedro no puede aceptar la humildad de su Maestro: se trata de un acto de servicio que, según él, no está a la altura de la dignidad de su Maestro (13,6). En la cultura antigua los pies representan el extremo de la impureza, por eso lavar los pies era una acción que solo podían realizar los esclavos. Pedro se escandaliza de lo que Jesús está haciendo y dicho escándalo pone en evidencia la distancia entre su modo de ver las cosas y el modo como Jesús las ve. 

Jesús entonces le explica a Pedro que él ahora no puede comprender lo que está haciendo por él, pero en sus palabras le hace una promesa: “¡Lo comprenderás más tarde!” (13,7).  A la luz de la Pascua no se escandalizará más por todo lo que el Señor hizo por él y por los otros discípulos. Más bien, aquel gesto constituirá un comentario brillante al misterio de amor “purificador” de la Pasión: amor que los hace capaces de amor en la perfecta unión con Dios (13,8-11). De esta forma se podrá tomar parte en su propio destino. 

(4) El valor ejemplar del gesto de Jesús (13,12-15)

Los vv. 12 a 15 hacen la aplicación del lavatorio de los pies a la vida de los discípulos, para sugerir el estilo de la comunidad de los verdaderos discípulos: cómo debemos comportarnos los unos con los otros (ver 13,12). 

Precisamente aquél que es el “Señor y el Maestro” (13,13) se ha hecho siervo por nosotros y por tanto la comunidad de los discípulos está llamada a continuar esta praxis de humillación en los servicios –a veces despreciables a los ojos del mundo- para dar vida en abundancia a los humillados de la tierra. 

Este estilo de vida estará marcado por la reciprocidad, irá siempre en doble dirección, ya que se trata de estar disponibles para hacerse siervos de los hermanos por amor, pero también para saber acoger con sencillez, gratitud y alegría los servicios que otros hacen por nosotros.  

Juan subraya que tal servicio será un “lavarse los pies unos a otros” (13,14); en otras palabras consistirá en aceptar los límites, los defectos, las ofensas del hermano y al mismo tiempo que se reconocen los propios límites y las ofensas a los hermanos. 

En fin, retengamos la doble lección:

Sólo del reconocimiento del gran amor con el cual hemos sido amados podremos madurar nuevas actitudes de perdón y de servicio con todos los que nos rodean. Por lo tanto, dejémonos aferrar por el amor de Cristo para que nazca de nuestro corazón una caridad y una alabanza sincera.  

Jesús pide que lo imitemos para que a través de los servicios humildes de amor a los hermanos podamos transformar el mundo y ofrecerlo al Padre en unión con su ofrenda en la Cruz. Ésa es la raíz de la sacerdotalidad. 

Para cultivar la semilla de la Palabra en el corazón: 

1. ¿Qué relación hay entre el gesto del lavado de los pies, la Eucaristía y la muerte de Jesús en la Cruz?

2. ¿Por qué Pedro no quería dejarse lavar los pies? ¿Qué le enseña Jesús? ¿Qué relación tiene con el bautismo?

3. ¿Qué servicios concretos me está pidiendo Jesús en esta etapa de mi vida? ¿Estoy disponible con libertad de corazón o estoy resistiendo?

4. ¿Qué gestos concretos de amor humilde y servicial podría hacer hoy o en estos días para aliviar el dolor de mis hermanos que sufren y para dar repuesta a sus necesidades?

El cuerpo del Señor y meditacion del jueves santo


“Dice el Señor Jesús a sus discípulos: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie llega al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais, por cierto, también a mi Padre; y desde ahora lo conoceréis y lo habéis visto. Felipe le dice: Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Le dice Jesús: Tanto tiempo llevo con vosotros; ¿y no me habéis conocido? Felipe, el que me ve a mí, ve también a mi Padre (Jn 14, 6-9). El Padre habita en una luz inaccessible (1Tim 6,16) y Dios es espíritu (Jn 4,24) y a Dios nadie lo ha visto jamás (Jn 1,18). Y no puede ser visto sino en el espíritu, porque el espíritu es el que vivifica; la carne no es de provecho en absoluto (Jn 6,63). Ni siquiera el Hijo es visto por nadie en lo que es igual al Padre, de forma distinta qua el Padre, de forma distinta que el Espíritu Santo. Por eso, todos los que vieron según la humanidad al Señor Jesús y no lo vieron ni creyeron, según el espíritu y la divinidad, que él era el verdadero Hijo de Dios, quedaron condenados; del mismo modo ahora, todos los que ven el sacramento, que se consagra por las palabras del Señor sobre el altar por manos del sacerdote en forma de pan y vino, y no ven ni creen, según el espíritu y la divinidad, que es verdaderamente el santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, están condenados, como ateistigua el Altísimo mismo, que dice: Esto es mi cuerpo y la sangre de mi nuevo testamento (Mc 14, 22.24); y: Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna (Jn 6,55). Así, pues, es el espíritu del Señor, que habita en sus fieles, el que recibe el santísimo cuerpo y sangre del Señor. Todos los otros, que no participan de ese mismo espíritu y presumen recibirlo, se comen y beben su sentencia (1Cor 11,29).
Por eso, ¡oh hijos de los hombres! ¿hasta cuándo seréis duros de corazón? (Sal 4,3). ¿Por qué no reconocéis la verdad y creéis en el Hijo de Dios? (Jn 9,35). Ved que diariamente se humilla (Flp 2,8), como cuando desde el trono real (Sab 18,15) descendió al seno de la Virgen; diariamente viene a nosotros él mismo en humilde aparencia; diariamente desciende del seno del Padre (Jn 1,18; 6,38) al altar en manos del sacerdote. Y como se mostró a los santos apóstoles en carne verdadera, así también ahora se nos muestra a nosotros en el pan consagrado. Y lo mismo que ellos con la vista corporal veían solamente su carne, pero con los ojos que contemplan espiritualmente creían que él era Dios, así también nosotros, al ver con los ojos corporales el pan y el vino, veamos y creamos firmemente que es su santísimo cuerpo y sangre vivo y verdadero.Y de esta manera está siempre el Señor con sus fieles, como él mismo dice. Ved que yo estoy con vosotros hasta la consumación del siglo (Mt 28,20).”
San Francisco de Asís, Primera Admonición.

Oración

Oh Dios, que en este sacramento admirabile nos dejaste el memorial de tu pasión, te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención.
Tu que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amen

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Meditacion del Jueves Santo

I. Jesús, son tus últimas horas. ¡Cómo quieres a esos discípulos, a los que vas a dejar esta noche! ¡Cuánto van a sufrir! ¡Cuánto va a sufrir María, tu madre, que ha querido acompañarte a Jerusalén sabiendo que ha llegado tu hora! ¿Qué más puedes hacer? Te queda una última cena para decir lo más importante, lo que les debe quedar como testamento para que lo puedan predicar después al mundo entero.

Sabiendo Jesús que todo lo había puesto el Padre en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía…, empezó a lavarles los pies a los discípulos. Eres Dios, y esa conciencia de tu divinidad te impulsa a servir. Y quieres hacer algo gráfico, que entre por los ojos, inequívoco. Al lavar los pies a los apóstoles les estás grabando a fuego la clave de tu paso por la tierra: ser de Dios es ser servidor de los demás. No bastaba saberlo, hace falta ponerlo en práctica cada día. Por eso, al acabar, les dices: si comprendéis esto y lo hacéis, serés bienaventurados (1). Ayúdame a poner por obra esta enseñanza en mil pequeños detalles cada día: en casa, en el trabajo, buscando el modo de ayudar los que más lo necesiten.

II. Todos los modos de decir resultan pobres, si pretenden explicar aunque sea de lejos, el misterio del Jueves Santo. Pero no es difícil imaginar en parte los sentimientos del Corazón de Jesucristo en aquella tarde, la última que pasaba con los suyos, antes del sacrificio del Calvario.

Considerar la experiencia, tan humana, de la despedida de dos personas que se quieren. desearían estar siempre juntas, pero el deber -el que sea- les obliga a alejarse. Su afán sería continuar sin separarse, y no pueden. El amor del hombre, que por grande que sea es limitado, recurre a un símbolo: los que se despiden se cambian un recuerdo, quizá una fotografía, con una dedicatoria tan encendida, que sorprende que no arda la cartulina. No logran hacer más porque el poder de las criaturas no llega tan lejos como su querer.

Lo que nosotros no podemos, lo puede el Señor. Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, no deja un símbolo sino una realidad: Se queda Él mismo. Irá al Padre, pero permanecerá con los hombres. No nos legará un simple regalo que nos haga evocar su memoria, una imagen que tienda a desdibujarse con el tiempo, como la fotografía que pronto aparece desvaída, amarillenta y sin sentido para los que no fueron protagonistas de aquel amoroso momento. Bajo las especies del pan y del vino está Él r, realmente presente: con su Cupero, su Sangre, Su Alma y su Divinidad. (…)

La alegría del Jueves Santo arranca de ahí: de comprender que el Creador se ha desbordado en cariño por sus criaturas. Nuestro Señor Jesucristo, como si aún no fueran suficientes todas las otras pruebas de su misericordia, instituye la Eucaristía para que podamos tenerle siempre cerca y -en lo que nos es posible entender- porque, movido por su Amor, quien no necesita de nada, no quiere prescindir de nosotros. (2)

1. Jn 13, 17
2. B. Josemaría Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, 83-84

(Pablo Cardona, Una Cita Con Dios, Cuaresma Tomo II)

Eucaristia: Cautivo del amor


Hay un Prisionero en una cárcel pequeña, El cautivo es Rey de reyes, Señor de señores. La cárcel menuda es el Sagrario: cárcel de amor es llamada (B. Josemaría Escrivá, Forja, 827), porque de amor es el delito.

Siendo Dios, vino a ser hombre. Eterno, asumió el tiempo. Inmutable, quiso padecer. Omnipotente, quedó inerme sobre el heno de un pesebre de Belén. Todopoderoso, y fugitivo, cruzó desiertos de amor llenos de arena. Creador del Universo, trabajó con fatiga largos años en el taller de José. Inmenso, anduvo incansable, paso a paso, los caminos de Palestina. Gruesas gotas de sangre manaron de su piel hasta el suelo de Getsemaní. Se entregó porque quiso -quia ipse voluit- a una flagelación cruel, a la coronación de espinas, se abrazó a una cruz, y se dejó clavar en ella, entre dos ladrones y los insultos blasfemos de criaturas suyas. Todo sin necesidad, por puro amor, para redimir los pecados de todos y cada uno de los hombres y abrirles las puertas del Paraíso.

«Bajo las especies de pan y vino está Él, realmente presente con su Cuerpo y su Sangre, su Alma y su Divinidad. Así, juntándose un infinito amor, ¿qué había de conseguirse sino el mayor milagro y la mayor maravilla» (Juan Pablo II, Homilía, 9-VII-1980).

¿Puede decirse que es «justo» que estés ahí, Cristo, en tu cárcel, inerme, más aún que en Belén, que en Nazaret y el Calvario? Pues sí, digo que es justo, justísimo, porque nos has robado el corazón, y lo has hecho hasta con «alevosía». ¿Por qué te has excedido tanto en tu amor? ¿Por qué nos amas así, con esa locura increíble? ¿No bastaba una sola gota de tu Sangre para redimir mil millones de mundos? ¿No bastaba uno sólo de tus suspiros? ¿Acaso no era suficiente tu sola Encarnación en el seno virginal de María Santísima? ¿Por qué tanto dolor, por qué tanto tormento, por qué…?

¡Es justo, Señor, que ahora estés ahí, cautivo en tu pequeña cárcel oscura! ¡Nos has robado el corazón! Es justo, con esa justicia maravillosa que -en la sublime sencillez divina- se funde con el amor, la misericordia, la generosidad, la verdad, la libertad, la belleza, la armonía, la alegría… ¡Es justo que estés preso porque amas infinitamente, porque te has excedido, y todo exceso debe pagarse! Tú lo expías en el Sagrario.

Lo que no es justo en modo alguno es que yo me quede indiferente, o que te olvide y pase horas sin recordar tu amorosa cautividad. No es justo que pase un sólo día sin visitarte en el Sagrario, al menos una vez. No es justo que el Sagrario no sea el imán de mis pensamientos, palabras y obras. No es justo que, habiéndome robado Tú mi corazón, no esté donde está mi tesoro. Por eso renuevo ahora mi propósito de centrar entera mi vida en tu cárcel de amor. Y. siempre que pueda, aunque sean breves instantes, iré a visitarte, para decir: Adoro te devote, latens Deitas, te adoro con devoción Dios escondido (Himno Adoro te devote). Con una genuflexión pausada, iba a decir «solemne». Adoro tu presencia real -sub his figuris- bajo las apariencias del pan, donde no hay más pan que tu sustancia: tu Cuerpo, tu Sangre, tu Alma humana, tu Divinidad, con el Padre y el Espíritu Santo.

EL MILAGRO DE LOS MILAGROS

Aquí está el milagro de los milagros, misterio de fe que anuda en sí todos los misterios del Cristianismo (B. Josemaría, Conversaciones, n. 113): Dios Uno y Trino, la Encarnación del Verbo, la Redención de la humanidad, la Vida, Pasión, Muerte y Resurrección, la glorificación eterna…

Tibi se cor meum totam subiicit: mi corazón se somete a Ti por entero, ¡es tuyo! ¡Me lo has robado!. Quia te contemplans totum deficit, contemplándote se rinde, pierde toda otra razón de su latir. No podría ser de otro modo, cuando se oye el eco de aquella canción:

Corazones partidos
yo no los quiero;
y si le doy el mío,
lo doy entero

Si Tú me das el tuyo entero, ¿qué podría hacer yo con el mío? Hoy, en la Misa, te me has dado todo. Ahora sólo cabe una palabra: ¡gracias! Aquí estoy para servirte; totus tuus ego sum!, soy enteramente tuyo.

Visus, tactus, gustus in te fallitur: la vista, el tacto, el gusto, no alcanzan a percibirte, pero me basta el oído para saber con absoluta certeza que estás ahí: «Esto es mi Cuerpo», «Esta es mi Sangre…» Nada hay más verdadero que tu palabra todopoderosa, capaz de realizar el milagro de los milagros.

En estas Visitas al Santísimo, quizá breves, siempre demasiado breves -es inevitable-, se enciende la fe, y con la fe, la esperanza y el amor. Creo y proclamo verdadera tu Humanidad Santísima y tu Divinidad inefable: ambo tamen credens atque confitens. Y con la fe encendida como el sol saliente de un limpio amanecer, peto quod petivit latro penitens: «He repetido muchas veces aquel verso del himno eucarístico: peto quod petivit latro penitens, y siempre me conmuevo: ¡pedir como el ladrón arrepentido!» (B. Josemaría Escrivá, Via crucis, XII, 4).

¿Qué pidió aquel hombre de azarosa vida que moría en otra cruz junto a Cristo?: ¡acuérdate de mí cuando estés en tu Reino!. «Reconoció que él sí merecía aquél castigo atroz… Y con una palabra robó el corazón a Cristo y se abrió las puertas del Cielo» (Ibid.)

Con una palabra. También esto es «justo», Señor: si Tú me has robado el corazón, es justo que yo te robe el tuyo. ¡Es tan fácil!: «A Jesús le basta una sonrisa, una palabra, un gesto, un poco de amor para derramar copiosamente su gracia en el alma del amigo» (Ibid.). ¿Ves ahora mi corazón contrito, rendido, convertido, vertido hacia Ti con todas las fibras de su ser? Pues, ¡acuérdate de mí ahora que estás en tu Reino!. Yo te abro las puertas de mi pecho; Tú me abres las del tuyo inmenso, las puertas del Reino del Amor.

BELÉN

Esa pequeña cárcel de amor es también Belén, un Belén perenne. «Belén» significa «casa del pan». El Sagrario es lugar donde se guarda el Pan de la Palabra, el mismo Verbo de Dios, la Palabra única del Padre que nos habla del Amor. Es el pan de los ángeles, pan del cielo, medicina de inmortalidad (cfr. CEC, n. 1331), que no de otra cosa se alimentan los Ángeles que del Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero.

En el Belén de nuestros templos se halla, para nutrir a los hombres, no sólo el Cuerpo y la Sangre redentores, sino también el Espíritu de Cristo que, desde el Sagrario, se difunde en nuestros corazones al hacer, como solemos, una comunión espiritual. Porque la Humanidad Santísima de Jesús es el verdadero Templo donde habita la plenitud de la divinidad corporalmente (Col 2, 9). Su alimento es la Voluntad del Padre, y el aire que respira es el Espíritu Santo. Por eso, al soplar, se difunde, en una incesante y siempre nueva Pentecostés, el Paráclito.

¿No se percibe siempre, dondequiera que estemos, como una brisa que desde el Sagrario más cercano viene a aliviar el esfuerzo de nuestro trabajo, que pone, si es el caso, dulcedumbre en el sacrificio, sosiego en el dolor, más gozo en la alegría de amar y saberse infinitamente amados por un Corazón de carne, como el nuestro, que palpita con vigor divino?

El Espíritu Santo, con su lazo de Amor, estrecha, une, funde nuestros corazones hasta poder exclamar: ¡ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí! (Cfr. Gal 2, 20). Es asombroso, el cristiano se endiosa, inmerso en lo Infinito, como canta el villancico de un clásico:

HOMBRE

Por más que esté dividido
Os hallo entero, mi Dios.

DIOS

Sí, amigo; que entre los dos
Nunca ha de haber pan partido.

HOMBRE

¿Qué igualdad se puede dar
Entre la nada y el todo?

DIOS

¿Queréis saber de qué modo?
Comiendo de este manjar.

HOMBRE

Luego, después que he comido,
¿Vengo por gracia a ser Dios?

DIOS

Sí, amigo, que entre los dos
Nunca ha de haber pan partido.

HOMBRE

¿A quién habrá que no asombre
Tan excesivo favor?

DIOS

Eso es lo que puede amor,
Haceros Dios, y a Mí hombre.

HOMBRE

¿Qué a tal alteza he venido,
Y a tanta bajeza Vos?

DIOS

Sí, amigo; que entre los dos
Nunca ha de haber pan partido

(Alonso de Ledesma)

¡Qué justo es, Dios mío, que estés en cárcel de amor! Desde ahora mismo compartiremos todo: corazón, pensamientos, afanes, trabajo, penas, alegrías, amores. El Sagrario será mi tesoro, mi Belén, mi Pentecostés… y mi Betania: espacio de encuentro, lugar de sosiego, donde se ama de veras a Jesús, con admiración, con respeto, con cariño; donde se escucha sin prejuicios su palabra y donde Jesús, en elocuente silencio, escucha. Incluso se atreve uno a «reprocharle» cariñosamente que no «haya llegada a tiempo» de curar a Lázaro: «Señor -dice María-, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano». Pero por nada del mundo se pierde la fe: «aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios te lo concederá»; «yo creo que Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Y María, capaz de provocar en el corazón mezquino de todos los Judas, un escándalo mayúsculo, derrama el salario anual de un obrero, en su perfume de preciosa fragancia, a los pies de Jesús, y los enjuga con su cabellera hermosa. Y Lázaro -alma serena, corazón jugoso, mirada penetrante, llena de luz-, contempla, conversa con el Maestro, siente el orgullo de su sangre noble, generosa; pondera en silencio su honda amistad con el Maestro.

«Es verdad que a nuestro Sagrario le llamo siempre Betania… -Hazte amigo de los amigos del Maestro: Lázaro, Marta, María. Y después ya no me preguntarás por qué llama Betania a nuestro Sagrario» (Beato Josemaría, Camino, n. 422). Y andarás par el mundo «asaltando» Sagrarios (Ibid., 269 y 876); gozando al descubrir alguno nuevo «en tu camino habitual par las calles de la urbe» (Ibid., 270), y no dejarás nunca la Visita al Santísimo: «La Visita al Santísimo Sacramento es una prueba de gratitud, un signo de amor y un deber de adoración hacia Cristo, nuestro Señor» (CEC, n. 1418). «La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración» (Juan Pablo II). Así siempre «tendrás luces y ánimo para tu vida de cristiano». Y dirás a los Ángeles que, de algún modo, comparten nuestro mismo «Pan»: «Oh Espíritus Angélicos que custodiáis nuestros Tabernáculos, donde repose la prenda adorable de la Sagrada Eucaristía, defendedla de las profanaciones y conservadla a nuestro amor (Camino, 569)».

GRITO SILENCIOSO

El Sagrario es una llamada a entretenerse en conversación de fe, esperanza y amor con Quien ha dado y sigue dando su sangre por nosotros. Un grito silencioso: ¡Estoy aquí! ¡Venid los que andáis cansados, agobiados, descorazonados, que yo os aliviaré! ¡Venid también los que estáis contentos, que me gusta compartir vuestra alegría y llenarla, para que sea completa, más honda y duradera, más auténtica, más humana y más divina, que nadie os pueda arrebatar!

Para alcanzar la amistad creciente con Cristo es preciso ir purificando la mente y el corazón, porque Él es la pureza misma. La frecuencia en el Sacramento de la Penitencia es el gran medio purificador. Sin él, nuestra fe sería escasa; nuestra esperanza, incierta; nuestro amor, dudoso; nuestra obras torcidas. «No es solamente la Penitencia la que conduce a la Eucaristía, sino que también la Eucaristía lleva a la Penitencia. En efecto, cuando nos damos cuenta de Quien es el que recibimos en la Comunión eucarística, nace en nosotros casi espontáneamente un sentido de indignidad, junto con el dolor de nuestros pecados y con la necesidad interior de purificación» (Juan Pablo II, Dominicae Cenae, 24-II.1980, n. 7). Así conseguiremos que «brille todavía más la gloria y la fuerza de la Eucaristía» (Bula Incarnationis mysterium, n. 11).

Entendimiento de la Eucaristia


Nos lo dijo muy claro en aquel discurso de Cafarnaum, donde prometió dejarnos su cuerpo como alimento:

“Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el Pan que yo le daré es mi Carne para la vida del mundo” (Juan 6,51)

“Quien come mi Carne y bebe mi Sangre permanece en mí y yo en él” (Juan 6,56)

En el Cenáculo, aquel memorable Jueves Santo, instituye este maravilloso misterio de quedarse hecho pan; “Tomo pan, lo bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: “Tomad y Comed esto es mi Cuerpo…”y tomando el cáliz: “Bebed todos de él pues esta es mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna que será derramada por todos para la remisión de los pecados”(Mateo, 26, 26-28)

Lo creemos porque el mismo Jesús lo dejó claro. Así lo dice un antiguo escritor cristiano, San Cirilo de Jerusalén: “Puesto que el mismo Cristo anunció y dijo del pan: esto es mi Cuerpo, ¿Quién se atreve a dudar?”. Y así lo han creído todos los fieles desde la época apostólica hasta nuestros días, como bien lo recoge el reciente Catecismo de la Iglesia Católica en el número 1374: “Jesucristo está verdadera, real y substancialmente con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad”

Alguien podría decir: nada veo en la Eucaristía, ni nada siento. Y, le podríamos responder: cuando el cielo está nublado, no veo el sol, ¿señal de que no existe?. O, no siento que la tierra está girando, ¿señal de que está parada?

Pensemos cómo la gran mayoría de las cosas que sabemos es porque aceptamos lo que nos dicen nuestros maestros y nuestros padres: ¿quién ha visto un átomo, la fuerza gravitacional, Neptuno y Plutón?… ¿Quién ha sacado los cálculos de la casa donde vive? ¡Le hemos creído al señor que la hizo!, ¿Quién analiza los alimentos que tomamos? ¡Le hemos creído a la cocinera que los hizo con higiene! Le creemos a tantos humanos, y ¿vamos a dudar de las palabras de Jesús, que nos mostró con su vida, su palabra y sus milagros que es el verdadero Dios? ¿Se habrán equivocado millones de católicos durante 2000 años, muchos de ellos, santos y sabios?

La Eucaristía es un misterio de Amor que sólo parece imposible a aquel que no cree que Jesucristo es Dios, Creador y Señor omnipotente del universo.

1. LOS MODOS DE LA EUCARISTÍA

(Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1356-1401)

Ø Como un Sacrificio porque hace presente el sacrificio de la Cruz, porque es su memorial y nos aplica su fruto. Es cuando le llamamos Santa Misa.

Ø Como Banquete sagrado de la Comunión en el Cuerpo del Señor.

Ø Como Presencia Eucarística de Cristo que se queda en el Sagrario, para permanecer a nuestro lado, para sostenernos, para guiarnos.

2. POR QUÉ PARTICIPAR EN LA SANTA MISA

Los hijos tenemos las mismas relaciones con Dios, nuestro Padre, como con nuestros padres de sangre:

Ø La primera es la relación del respeto con Amor. En el caso de nuestro Padre Dios, como además es nuestro creador es también de adoración.
Ø La segunda es de agradecimiento por todo lo que nos conceden y nos dan de una manera generosa y desinteresada.
Ø La tercera es la de pedirles perdón, cuando les hemos ofendido en algo.
Ø La cuarta es la de pedir, esta es la que hacemos con mayor frecuencia.

Pensemos por un momento la grandeza de Dios: observemos el cielo lleno de estrellas, y sintamos su grandeza infinita, al saber que somos una infinita parte del universo. ¿Qué tan perfecto será nuestro Padre Dios que pudo hacer todo esto con un orden maravilloso? Por otro lado sintamos nuestra pequeñez: somos uno entre 6 mil millones de personas, y si faltáramos, no pasaría gran cosa sobre la Tierra.

¿Cómo poder llegar hasta las alturas de mi Padre, para adorarlo, darle gracias, pedirle perdón o pedirle por tantas necesidades que tengo?

Acostumbramos usar el correo o el email cuando queremos mandar mensajes, ya sea de un país a otro, de una ciudad a otra. Esas escritos suelen llevar detalles de cariño, noticias, peticiones, encargos, etc. No basta escribirla para que llegue a su destino, si la carta se queda en un cajón o no pongo el “send” a un mensaje electrónico. ¡Ahí se queda sin que nadie la lea!.

Pues bien, el correo de ida y vuelta con nuestro Padre Dios, es la Santa Misa.

Cuando Jesucristo muere el viernes Santo, muere por todos los hombres de todos los tiempos. Va a ofrecer esa Pasión y esa muerte que le dimos los hombres, por nosotros.

Así podríamos decirle a nuestro Padre: Señor no valgo nada, yo quién soy para que me escuches y me concedas lo que te pido; pero mira, por los méritos de tu Hijo muerto en la Cruz, escúchanos.

Y para que esto no lo vivamos a distancia de miles de años, Jesús da a la Iglesia el poder de borrar 2000 años de historia, y de volver a hacer presente su sacrifico del Calvario, y así estar presentes en ese sacrificio, participando de sus frutos, principalmente del Espíritu Santo que brota de la Cruz, que nos hace hijos de Dios, y nos ayuda a comportarnos como tales.

Ahora, ¿Qué tiene que ver esto con el correo? Pues bien, nosotros que queremos adorar a Nuestro Padre, darle gracias, pedirle perdón y clamar por nuestras necesidades, sólo tenemos un camino: unirnos al único sacrificio, unirnos a Cristo en la Cruz, y no asistir a la Santa Misa, al menos los domingos, es como dejar la carta en el cajón, quedando estancadas con cosas que queríamos mandarle a Dios, y nos quedaríamos sin gozar de los muchos beneficios, que a través de la Santa Misa, nos hace partícipes nuestro Padre, rico en misericordia. Pues la Santa Misa es ese correo de ida y vuelta; a través de ella nos llegan todas las gracias.

¿Qué es la Santa Misa? Un diluvio de gracias que parte de la Cruz; un Gólgota siempre presente; es Cristo que se sacrifica incesantemente en medio de nosotros.

Pensando en la necesidad de tener como alimento la Palabra de Dios, y para que sus hijos se fortalezcan en el espíritu por medio de estas enseñanzas, la Iglesia ha establecido un ciclo de lecturas que dura tres años, en los cuales se lee casi la totalidad de la Biblia.

3. ¿QUÉ CONTIENE LA HOSTIA SANTA?

En la Hostia Santa está todo Jesús

Tratemos de darnos cuenta de la extensión de esta verdad. Que esté todo Jesús, no sólo quiere decir que esté como Dios y como Hombre; significa también, que allí se encierra toda su vida mortal y gloriosa; quiere decir, que allí está, no solamente el Ser de Jesús sino también su actividad. En la Hostia Santa está Jesús, como Hostia, como víctima, como inmolado.

Es verdad que Jesús en la Eucaristía está Glorioso e Impasible, pero también es cierto, que el estado eucarístico es un estado victimal, que en la Hostia se encuentra Cristo como una víctima sacrificada por nosotros. Precisamente por eso llamamos a este Sacramento Hostia, que quiere decir, víctima. Si se me permite la comparación, la Eucaristía es como una concha divina que encierra una perla de precio inestimable y esa perla es el sacrificio de Cristo. Ahí está viviente su dolor, ahí está viviente su sacrificio. Y por eso, cuando instituyó este sacramento adorable, clausuró aquella ceremonia, la más grande que han contemplado los siglos con estas palabras impregnadas con la tristeza de la despedida: “Hagan esto en memoria mía”, como si quisiera decir: siempre que te acerques a la santa mesa, siempre que celebres estos misterios, alma querida, acuérdate de cuánto he sufrido por tu amor, de cuánto te he amado y… ¡ámame tú también!.

Gracias a la hostia santa, el recuerdo de Cristo, vive después de veinte siglos en los corazones humanos; a pesar de su inconstancia y de su volubilidad. Y no digo que se le ama como hace veinte siglos, porque cada día se le ama más a medida que más se conoce y comprende su Eucaristía adorada.

Los hombres, por grandes beneficios que hayan hecho a la humanidad, acaban por ser olvidados y su memoria apenas sobrevive en las páginas insensibles de la historia. Jesucristo es el único hombre que, muerto hace veinte siglos, se le ama todavía y se le ama cada día mejor; porque donde quiera que hay un altar, una mesa eucarística, una Hostia expuesta, ahí se recuerda su amor y los hombres le rinden en homenaje espontáneo su corazón.

4. ¿QUÉ ME DA JESÚS CUANDO LO RECIBO?

La Eucaristía es un don total, en el cual Jesús no solamente nos da sus dones, es decir, el aumento de la gracia santificante que todos los sacramentos producen, sino que es el “autor mismo de la gracia”; y no solamente nos da su Cuerpo sino también su Alma; no solamente nos da su Humanidad Sacratísima, sino también su Divinidad; y con ella la persona del Verbo Divino, y con el Verbo vienen a nosotros el Padre y el Espíritu Santo, puesto que las Tres Personas están inseparablemente unidas, como Dios, Trino y Uno. Esta es la sustancia del cielo, que quiere decir, que cuando comulgamos, todo el cielo viene a habitar en nuestra alma; de manera que después de la comunión, ni Dios tiene más que darnos, ni nosotros, por ambiciosos que seamos tenemos más que pedirle.

La Eucaristía es un don total, en donde Jesús, se nos da en la totalidad de su Ser sino en la sustancia de sus misterios y en el mérito de sus virtudes; la Eucaristía es Jesús niño, con todos sus encantos; es Jesús adolescente, con todos sus atractivos… es el Jesús de las bienaventuranzas, es el Jesús que con un gesto de su mano encadena los vientos, apacigua las olas y calma las tempestades, tempestades de Genesaret como las del corazón…

Es el Jesús que consuela a los afligidos, como a la viuda de Naim, que le dice ¡“no llores más”!; es el Jesús que cura a los enfermos, porque de Él sale una virtud que sana lo mismo a los cuerpos que a las almas; es el Jesús que resucita a los muertos y devuelve la vida –la natural y la sobrenatural–, “porque es la Resurrección y la Vida”; es el Jesús que agoniza en Getsemaní por el temor, la tristeza y el hastío, para poder comprender todos nuestros temores, y todas nuestras tristezas, y el “inexorable hastío de la vida”; es el Jesús maniatado, abofeteado, escupido, flagelado, coronado de espinas; es el Jesús que muere en el calvario abandonado de los hombres y por su mismo Padre Celestial.

La Eucaristía es un don total, porque nos da a Jesús en el mérito de todas sus virtudes y como el ejemplar modelo de todas ellas.

En la Eucaristía se nos da a Jesús “humilde y dulce de corazón” el Jesús “paciente y de mucha misericordia”, el Jesús que pasaba las noches en oración y ahora vive intercediendo siempre por nosotros, el Jesús cuyo corazón es “todo un incendio de amor”, el Jesús víctima, siempre inmolado por nuestros pecados, el Jesús que es nuestra recompensa excesivamente grande.

5. LOS FRUTOS DE LA COMUNIÓN
(Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1391- 1401)

· La Comunión acrecienta nuestra unión con Cristo.
Después de que comulgamos, “ya no soy yo quien vive en mi”, la comunión es la que justifica la audaz afirmación de San Pablo: “para mí vivir, es ser Cristo”, pero ¿para qué recurrir a los discípulos si tenemos la voz autorizada del Maestro? “Así como yo vivo por el Padre, el que me come, vivirá por Mí”

· Lo que significa y lo que produce el alimento material en nuestros cuerpos, es lo mismo que realiza de manera admirable la Comunión en nuestra vida espiritual. ¿Qué podríamos hacer si no comiéramos? ¿Nos moriríamos?

· La comunión nos separa del pecado y borra los pecados veniales (para borrar los mortales tenemos que acudir a la confesión), y nos preserva de futuros pecados mortales.

· La Comunión refuerza la unidad de la Iglesia y entraña un compromiso a favor de los pobres y necesitados.
Nos vienen bien unas palabras del Papa, dirigidas a los organizadores del Congreso Eucarístico Internacional, que se celebraba en Lourdes en 1981, con ocasión del Congreso Centenario:

“Conviene no descuidar ningún aspecto de esta participación de la Eucaristía. Ésta comporta ante todo la acción de gracias y de adoración que deberán tener un puesto privilegiado en el Congreso, en las celebraciones de la Misa, en las procesiones, en las horas de recogimiento ante el Santísimo Sacramento. Incluye la conversión que la prepara y acompaña, en la línea de las primeras palabras del Evangelio y del mensaje confiado a Bernardette Soubirous. Pide un compromiso resuelto de vivir el amor recibido de Dios en las relaciones efectivas de justicia, de paz, de misericordia, compartiendo los diferentes aspectos del pan cotidiano con todos nuestro hermanos. Así debe presentarse la Eucaristía, en su dimensión vertical y horizontal. Así prepara la renovación de las personas y, poco a poco, la renovación del mundo”

6. JESÚS SE HA PUESTO EN NUESTRAS MANOS

La Eucaristía es un don que exige responsabilidad. Dios se ha quedado indefenso, confiando en nuestra respuesta de amor. ¿Cómo lo has tratado hasta ahora? Muchas veces lo dejamos solo en nuestros templos, no acudimos a su invitación a participar en la Santa Misa, y lo que es peor, ¿cuantos lo reciben en pecado grave?

La Pontificia Comisión para los Congresos Eucarísticos Internacionales ha preparado un texto base para los Congresos Eucarísticos que se llevarán a cabo en todo el mundo. Ahí nos dice en el número 15 lo siguiente:

“Frente al Pan de la vida partido, “por nosotros”, no podemos más que decir, con fe humilde: “Oh, Señor, no soy digno de participar en tu mesa, pero di tan sólo una palabra y seré salvado”. No hemos de olvidar que la noche del gran Sacramento es también la noche de la traición culpable del Judas.

“Desgraciadamente, es posible recibir indignamente el cuerpo y la Sangre del Señor: acoger a Cristo exige dejar que Él viva en nosotros, que hable y obre a través de nuestra voz y de nuestras manos, que continúe su misión oblativa en nuestra vida gastada “por los demás”, sin excluir a ninguno. “Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa; pues quien come y bebe sin discernir, el cuerpo, come y bebe su propio castigo” (1 Cor 11,28-29). Por eso el que ha faltado gravemente contra uno de los mandamientos de Dios, antes de acercarse a recibir la Comunión Eucarística debe purificarse del pecado por medio del sacramento de la Penitencia.

De hecho, por una parte, la Eucaristía es fuente de reconciliación y compromete a los creyentes a ser promotores eficaces del perdón. Por otra parte, para que cada uno pueda acercarse dignamente a recibir el Cuerpo de Cristo, es necesario que se reconcilie no sólo con Dios, sino también con los hermanos y la comunidad. Es el significado –en el rito romano–, de la señal de la paz, intercambiada antes de la comunión que une a todos en un solo cuerpo, animado por los frutos del Espíritu: “amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí” (Gal 5,22).”

Para recibir en verdad el Pan entregado “por vosotros y por todos”, debemos reconocer a Jesús en los hermanos más pobres, en los pequeños en los despreciados. La Eucaristía exige una respuesta de vida renovada, abierta al amor sincero. San Juan Crisóstomo nos recuerda: “Has gustado la Sangre del Señor y no reconoces a tu hermano. Deshonras esta mesa, no juzgando digno de compartir tu alimento al que ha sido juzgado digno de participar en esta mesa. Dios te ha liberado de todos los pecados y te ha invitado a ella. Y tú, aún así no te has hecho más misericordioso.”

(Ver Catecismo de la Iglesia Católica nn. 1384 y 1385).

7. LA COMUNIÓN DIGNA

Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica:

“Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar”

El Señor nos dirige una invitación urgente a recibirle en el sacramento de la Eucaristía: “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros” ( Jn. 6,53)

“Para responder esta invitación, debemos prepararnos para este momento tan grande y santo. San Pablo exhorta a un examen de conciencia: “Quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma entonces del pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discurrir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo” (1 Cor 11, 27-29). Quien tiene conciencia de estar en pecado grave debe recibir el sacramento de la Reconciliación antes de acercarse a comulgar”
(Catecismo de la Iglesia Católica n.1384 – 1385)

No podrá comulgar quien:

· Falta a Misa los Domingos o Fiestas de Guardar (Catecismo de la Iglesia Católica 1389, 2042; 2180 a 2183 y Código de Derecho Canónico 1247) por descuido, indiferencia o apatía

· Quién está divorciado y vuelto a casar (Catecismo de la Iglesia Católica 1665)

· Quien no se confiesa y comulga al menos una vez al año (Catecismo de la Iglesia Católica 2042)

· Quien ve pornografía o asiste a espectáculos inmorales.

· Quien se emborracha.

(Hemos puesto aquí sólo algunos. Si tienes dudas acude a un confesor)

El Ayuno Eucarístico

“ Para prepararse convenientemente a recibir este sacramento, los fieles deben observar el ayuno prescrito por la Iglesia (Catecismo de la Iglesia Católica 1387)

“ Quienes vayan a recibir la Santísima Eucaristía, han de abstenerse de tomar cualquier alimento y bebida al menos desde una hora antes de la Sagrada Comunión, a excepción sólo de agua y de las medicinas “ (Código de Derecho Canónico 919) No obliga a los enfermos o personas de edad avanzada (idem)

8. LA PRESENCIA DE JESÚS EN EL SAGRARIO

Jesús ha cumplido su promesa: “No los dejaré huérfanos… Estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo.”

Nos dejo su Sacrificio de la Cruz, a través de la Santa Misa; dejó ese alimento, que es su Cuerpo, el cual nos hace fuertes para poder hacer el bien, siendo así hijos del Padre Eterno porque hacemos sus obras. Y se queda en el Sagrario, para estar disponible.

¿Qué hace Jesús en el silencio de Sagrario?

Adora a su Divino Padre, intercede por nosotros y suple con su Amor, el desamor de los hombres y mujeres, que preferimos nuestro camino, nuestros gustos que llenarnos de sabiduría, de amor y de felicidad que sólo Dios puede dar. Sólo Dios es capaz de llenar las aspiraciones del corazón humano.

En el silencio de la Eucaristía, Jesús ama a los hombres; los ama con un amor que es compasión para todas nuestras penas, misericordia para todos nuestros pecados, ternura para todas nuestras pobres manifestaciones de amor.

A imitación suya, cuando estamos frente al Sagrario, unámonos a sus adoraciones para adorar “en espíritu y en verdad” al divino Padre y busquemos aquí el consuelo de nuestras penas, el perdón de nuestras culpas y esa ternura del corazón de Cristo, que saciará la sed infinita de amor que atormenta al pobre corazón humano…

Que importante es para la vida de una persona, que desea encontrarse con Cristo vivo y seguirle, los momentos de oración, de dialogo ante el Sagrario. Ese es uno de los secretos de Juan Pablo II, los momentos junto al Sagrario a lo largo de su jornada. Durante sus viajes pasa horas enteras, de noche o por la madrugada, junto al Sagrario.

La oración silenciosa en el sagrario prolongará en el corazón y en la vida del cristiano, la oración suscitada en la Misa: interceder por el mundo, meditar el misterio de Cristo, la acción de gracias por los dones de Dios…

“!Oh insensatos del mundo!, dice San Agustín, desdichados, ¿a dónde van a parar para satisfacer su corazón? Vengan a Jesús, que Él sólo puede darles el contento que buscan. Alma mía no seas tú tan insensata; busca sólo a Dios, busca el bien en el que están todos los bienes, como dice el mismo santo; y si quieres hallarle presto, aquí le tienes cerca de ti: dile lo que deseas, pues está en el Sagrario para oírte y consolarte” (San Alfonso Ma. De Ligorio)

“Pasan muchos cristianos grandes fatigas y se exponen a innumerables peligros por visitar los lugares de la Tierra Santa en que nuestro amabilísimo Salvador nació, padeció y murió. No necesitamos nosotros emprender tan largo viaje, ni exponernos a tales riesgos, cerca tenemos al mismo Señor que habita en la Iglesia a pocos pasos de nuestras casas. Y si los peregrinos se tienen por venturosos, como dice San Paulino, si logran traer de aquellos lugares un poco de polvo del pesebre o del sepulcro del Señor, ¡Con qué fervor deberíamos ir nosotros a visitarle en el Santísimo Sacramento, donde está el mismo Jesús en persona! Sin ser necesario para hallarle pasar tantos trabajos ni peligros” (San Alfonso Ma. De Ligorio)

Clínica del alma

Médico: Jesucristo (Hijo de Dios)
Experiencia: Infalible y Eterna
Residencia y Oficinas: En todas partes, especialmente en la Eucaristía
Su poder: Ilimitado
Su especialidad: lo Imposible
Su instrumento: El poder
Enfermedades para sanar: Todas
Precio del tratamiento: Fe
Garantía: Absoluta
Horas de Consulta: 24 hrs.

El encuentro con Cristo vivo en la Eucaristía

Ya nos hemos asomado a este gran misterio: Jesús subió al cielo, a la derecha del Padre, pero quiso quedarse cerca de nosotros. Como es Dios y todo lo puede, no sólo nos dejo un recuerdo o una pintura, se quedó Él mismo.

Encontrémonos con Cristo vivo en la Eucaristía, ven y lo verás.

Como ama con todo su corazón, lleno de vida divina, da sin pedirte nada a cambio, nada: sólo quiere hacerte feliz, darle sentido a tu vida, al dolor, a la muerte.

Te hace fuerte para que recorras el camino que nos manda, ¡que es el mejor!. Peor son las esclavitudes del pecado de la soberbia, del egoísmo, del alcohol, de la pornografía, de la persona débil que no puede proponerse nada o no le sale nada… Ser esclavos de la opinión que tengan sobre nosotros…

Encontrémonos con Cristo vivo en la Eucaristía, ven y lo verás.

Te van a pedir, por tu bien, que dejes aquello que te daña, y adquieras esos valores tan propios de los hijos de Dios, y que es lo que nos hace felices en la tierra y es el camino para la vida eterna.

Encontrémonos con Cristo vivo en la Eucaristía, ven y lo verás.

Cuando te acerques, habla con Él, ábrele tu corazón, ten confidencias; te entiende, te escucha, te dará paz y pondrá en tu cabeza algo que pueda ser la solución a lo que le planteas. No basta rezar, repetir oraciones, ve a buscarle y platica con el mejor amigo que hayas podido soñar; medita sus enseñanzas, reflexiona sobre tu vida.

Encontrémonos con Cristo vivo en la Eucaristía, ven y lo verás.

1. Cristo, alimento

“Las palabras de Jesús: ‘Tomad y comed’ corresponden a la aspiración del corazón humano, necesitado de satisfacer la multitud de formas de hambre que marcan la peregrinación terrena: hambre de alimento de bienes esenciales para vivir, hambre de justicia y de libertad, hambre de amor y de esperanza. En el pan y el vino Dios da al hombre no sólo el alimento que lo nutre, sino también el sacramento que lo renueva, para que nunca le falte este apoyo del cuerpo y el espíritu. La oración que dirigimos al Padre celestial: ‘Danos hoy nuestro Pan de cada día’, de hecho, encuentra respuesta completa en la Palabra Divina y en la Eucaristía. También a nosotros hoy como a la gente que pedía a Jesús: “Señor, danos siempre de este pan, y Él responde: “Yo soy el pan de vida, el que venga a mí no tendrá hambre y el que crea en mí no tendrá sed”“(Juan 6, 34-35).

Alimentarse de Cristo en el santo altar es reconocer que “su Carne inmolada por nosotros es alimento que nos fortalece”, experimentando la verdad de su promesa: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso” (Mateo, 11,28). La fuerza del pan y del vino consagrado invita, por lo tanto, a volver con perseverancia a comer y beber en el convite eucarístico, para recuperar la energía de progresar en el camino hacia la comunión definitiva con Dios.

La fe alimentada por el “pan de vida” y por el “cáliz de la salvación” no se cansa de repetir que Jesús es la verdadera respuesta que pone fin a nuestra búsqueda, es el sentido de la vida y de su futuro: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo le resucitaré el último día. El que come este pan vivirá para siempre”(Juan, 6, 54-58). Sobre todo, en los momentos en los cuales el sufrimiento exige una respuesta de amor, debemos fijarnos que, las palabras de Cristo: “Tomad y Comed”, se dirigen propiamente a él. El Pan Eucarístico es la fuerza de los débiles, el apoyo de los enfermos, el bálsamo que sana las heridas, el viático del que deja este mundo. Es el vigor de los fieles que trabajan, en ambientes y circunstancias en las cuales es la única posibilidad de proclamación del Evangelio dando testimonio de Jesucristo, “Camino, Verdad y Vida”(Jn 14,6). “Comer el pan de vida” tiene como fin hacer visible aquello por lo cual verdaderamente vale la pena vivir”.

2. El Domingo, día del Señor

El Domingo, un día de crecimiento humano y espiritual

El Papa Juan Pablo II, escribió la carta apostólica “Dies Domini” (El día del Señor), donde nos explica la importancia que tiene el Domingo para la vida de las personas, las ideas centrales de este documento son:

El fin de semana es un tiempo de reposo, pero nos pide que no confundamos el Domingo, que debe ser una “verdadera santificación del día del Señor”, con el mero descanso o diversión.

Ante la diversidad de situaciones socioeconómicas y culturales, «parece más necesario que nunca, recuperar las motivaciones doctrinales profundas, que son la base del precepto eclesial, para que todos los fieles vean muy claro el valor irrenunciable del domingo en la vida cristiana» (n. 6).

«Este es un día que constituye el centro mismo de la vida cristiana. Si desde el principio de mi pontificado no me he cansado de repetir: “¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!”, en esta misma línea quisiera hoy invitar a todos con fuerza a descubrir de nuevo el domingo: ¡No tengáis miedo de dar vuestro tiempo a Cristo!” ». (n. 7).

Cuenta el Papa el relato del Génesis, donde se dice que Dios descansó el séptimo día.

El capítulo III -Dies Ecclesiae, el día de la Iglesia- se dedica a la celebración eucarística, centro del domingo. «Entre las numerosas actividades que desarrolla una parroquia, ninguna es tan vital o formativa para la comunidad como la celebración dominical del día del Señor y de su Eucaristía». (n. 35).

«No se ha de olvidar, por lo demás, que la proclamación litúrgica de la Palabra de Dios, sobre todo en el contexto de la asamblea eucarística, no es tanto un momento de meditación y de catequesis, sino que es el diálogo de Dios con su pueblo, en el cual son proclamadas las maravillas de la salvación y propuestas siempre de nuevo las exigencias de la alianza. El Pueblo de Dios, por su parte, se siente llamado a responder a este diálogo de amor con la acción de gracias y la alabanza, pero verificando al mismo tiempo su fidelidad en el esfuerzo de una continua “conversión”». (n. 41).

El aspecto comunitario «se manifiesta especialmente en el carácter de banquete pascual propio de la Eucaristía. (…) Por eso la Iglesia recomienda a los fieles comulgar cuando participan en la Eucaristía, con la condición de que estén en las debidas disposiciones y, si fueran conscientes de pecados graves, que hayan recibido el perdón de Dios mediante el Sacramento de la reconciliación, según el espíritu de lo que San Pablo recordaba a la comunidad de Corinto. (…) Es importante, además, que se tenga conciencia clara de la íntima vinculación entre la comunión con Cristo y la comunión con los hermanos. La asamblea eucarística dominical es un acontecimiento de fraternidad» (n. 44).

3. El precepto dominical

«Hoy, como en los tiempos heroicos del principio, en tantas regiones del mundo se presentan situaciones difíciles para muchos que desean vivir con coherencia la propia fe. El ambiente, es a veces declaradamente hostil y, otras veces – y más a menudo -, indiferente y reacio al mensaje evangélico. El creyente, si no quiere verse avasallado por este ambiente, ha de poder contar con el apoyo de la comunidad cristiana. Por eso es necesario que se convenza de la importancia decisiva que, para su vida de fe, tiene reunirse el domingo con los otros hermanos para celebrar la Pascua del Señor con el sacramento de la Nueva Alianza». (n. 48).

«Los Pastores tienen el correspondiente deber de ofrecer a todos la posibilidad efectiva de cumplir el precepto». (n. 49). De ahí, explica el Papa, que la Iglesia facilite la participación en la Misa dominical desde el sábado por la tarde.

El capítulo IV, llamado “el día del hombre”, subraya que el domingo es el día de alegría, descanso y solidaridad:

«Además, dado que el descanso mismo, para que no sea algo vacío o motivo de aburrimiento, debe comportar enriquecimiento espiritual, mayor libertad, posibilidad de contemplación y de comunión fraterna, los fieles han de elegir, entre los medios de la cultura y las diversiones que la sociedad ofrece, los que estén más de acuerdo con una vida conforme a los preceptos del Evangelio». (n. 68).

«El domingo debe ofrecer también a los fieles la ocasión de dedicarse a las actividades de misericordia, de caridad y de apostolado». (n. 69). «De hecho, desde los tiempos apostólicos, la reunión dominical fue para los cristianos un momento para compartir fraternalmente con los más pobres» (n. 70). El cristiano ha de reconocer «que no se puede ser feliz “solo”», y buscar «a las personas que necesitan su solidaridad». (n. 72).

Un último capítulo, donde el Papa habla del domingo como el día de los días: ese domingo brota de la Resurrección y atraviesa el tiempo como una flecha que penetra los siglos, orientándolos hacia la segunda venida de Cristo.

El documento concluye con una exhortación a vivir en plenitud el domingo: «Considerando globalmente sus significados y sus implicaciones, es como una síntesis de la vida cristiana y una condición para vivirla bien. Se comprende, pues, por qué la observancia del día del Señor signifique tanto para la Iglesia y sea una verdadera y precisa obligación dentro de la disciplina eclesial. Sin embargo, esta observancia, antes que un precepto, debe sentirse como una exigencia inscrita profundamente en la existencia cristiana». (n. 81).

4. El Sagrario

Jesús te espera hace 2000 años en la Eucaristía.

Un autor de nuestros tiempos nos ayuda con este razonamiento:

“Si para liberarte, hubieran encarcelado a un íntimo amigo tuyo, ¿no procurarías ir a visitarle, a charlar un rato con él, a llevarle obsequios, calor de amistad, consuelo?…

Y, ¿si esa charla con el encarcelado fuese para salvarte a ti de un mal y procurarte un bien…, lo abandonarías? Y si ¿en vez de un amigo, se tratase de tu mismo padre o de tu hermano?” ¡Entonces!
(Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, Surco n.685)

Jesús se “ha metido en esa cárcel de amor”, para estar disponible y poder estar accesible para cuando lo necesitáramos: ve a charlar con Él, tú saldrás ganando: Cuánto ha hecho Jesús por ti, por nosotros, ¡ya no puede hacer más!, nos invita pero respeta nuestra libertad.

¡Si fuéramos más consientes los cristianos, de la presencia de Cristo vivo en la Eucaristía, las iglesias estarían llenas todos los días a todas horas! El mundo estaría lleno de amor, habría paz y justicia!

¿No está el mundo tan revuelto porque nos hemos alejado de la persona que lo puede arreglar?

Encontrémonos con Cristo vivo en la Eucaristía, ven y lo verás

V. COSTUMBRES EUCARÍSTICAS

A lo largo de estos 2000 años, han ido surgiendo algunas costumbres Eucarísticas, para honrar a nuestro Salvador, a Jesús que se quiso quedar cerca de nosotros, y… amor con amor se paga. La historia es la siguiente…

1. LA HISTORIA DEL CULTO A LA EUCARISTÍA

De este culto, tal como se desarrolló en otros países, con una amplitud cada vez más grande, no encontramos ninguna traza antes de los primeros años del siglo XII, pero si un fundamento de fe tan antiguo como la Iglesia Cristiana. La permanencia de la realidad del Cuerpo y de la Sangre del Señor en el misterio de la cena, ninguna comunidad eclesiástica antes del siglo XVI interpretó las palabras de Jesús: “tomen y coman, esto es mi cuerpo” y “tomen y beban, esto es mi sangre” como limitando esta presencia al acto en el cual son consumidos el pan y el vino. Lo que aparece en la Edad Media y no se manifestó en Oriente es un conjunto de prácticas, de nuevas prácticas, arraigadas en esta antigua creencia.

EL SAGRARIO

La Santa Reserva, era guardada en un anexo del santuario llamándola con diferentes nombres (sagrario, etc.), generalmente se guardaba bajo la responsabilidad de los diáconos y permanecía fuera de la vista de los fieles. La iglesia, que no fue al principio mas que un local donde se reunían para la liturgia, se volvió también una casa de oración cuando los cristianos venían a otras horas del día para orar y hablar con Dios. Cuando los monjes penetraban, en el oratorio de su comunidad a orar, no había sagrario hacia dónde dirigirse, hacia donde mirar, sólo veían hacia el altar, la mesa del sacrificio que, para ellos, representaba simbólicamente la presencia del Señor.

EL CULTO EUCARÍSTICO EN OCCIDENTE

Estas expresiones son significativas; la oración es dirigida a Cristo, mientras que, en la celebración de la misa, al menos en su parte central y esencial es hacia el Padre al que se dirigen las alabanzas y las súplicas, por la mediación del Hijo. Al lado de este gran movimiento del al Padre por el Hijo, la espiritualidad evangélica había hecho nacer en el corazón de los cristianos un deseo de dialogar con el Señor Jesús, una búsqueda de intimidad más profunda con Él, una búsqueda de la humanidad del Salvador en su proximidad con nosotros.

LA RESERVA EUCARÍSTICA

Surgió un nuevo interés por guardar la Reserva Eucarística, la gente ya no se conformaba con guardarla en la sacristía, en una caja en la cual se reservaba para los enfermos; o de una misa a otra. En ciertos lugares, y a partir del siglo IX, se prefirió depositarla sobre el altar, lo que entonces hizo que la gente se preocupara más por la presentación de este cofre y se inspiraron entonces, en otras piezas del mobiliario litúrgico más antiguas, como por ejemplo, los “tours” o torres en las cuales, en el antiguo rito galo, se llevaban las Hostias al principio de la liturgia eucarística. Estos dispositivos tenían la ventaja de que poseían una cerradura, lo que evitaba que hubiera profanaciones.
(Cfr. L’ Èglise en Priere, Tomo II pp 262- 284, por R. Cabié)

2. LAS FORMAS DE DEVOCIÓN EUCARÍSTICA

En palabras del Papa Juan Pablo II: “La adoración a Cristo en este sacramento de amor debe encontrar expresión en diversas formas de devoción eucarística: plegarias personales ante el Santísimo, horas de adoración, exposiciones breves, prolongadas, anuales (las cuarenta horas), bendiciones eucarísticas, procesiones eucarísticas, Congresos eucarísticos (…) La animación y robustecimiento del culto eucarístico son una prueba de esa auténtica renovación que el Concilio se ha propuesto y de la que es punto central (…). Jesús nos espera en este Sacramento de Amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las graves faltas y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración.” (Carta Dominicae Cenae, sobre el misterio y el culto de la Eucaristía, 24-III-1980, n.3).

3. LA EXPOSICIÓN DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO

El deseo de ver la Hostia, dio lugar, en la Edad Media, a la elevación después de la consagración del pan y del vino, este uso se desarrolló como lo hemos notado en la iglesia de Contrarreforma. Es de esta costumbre que habla primero el ritual del Papa Paulo VI: el Santísimo Sacramento retirado del sagrario, es presentado a los fieles en el copón o cáliz, donde se conserva habitualmente de tal forma que el pan consagrado pueda ser visto.

No se debe celebrar el Santo Sacrificio en la misma nave o parte de la iglesia mientras dura la exposición. En estos momentos esta en su forma solemne. Se comienza con los Santos Misterios, donde es consagrado el pan que se propone a la adoración el cual, está situado en el copón o la custodia después de la comunión. Dura tanto tiempo como hay fieles que vengan a recogerse en la Iglesia y comprende oraciones, cantos, lecturas y tiempos de silencio prolongados. Se concluye con la bendición dada con el Santísimo Sacramento, siempre precedida de un himno o un canto apropiado y de una oración, después de esto el pan consagrado se regresa al Sagrario. Se llama la hora Santa, y suele ser los jueves, día que se dedica a la Eucaristía.

Existen fórmulas más breves, lo importante es que eso dé lugar a un momento de oración, no es permitido sacar la eucaristía únicamente para dar la bendición.

4. LAS PROCESIONES EUCARÍSTICAS

Ya en la Edad Media, las procesiones eran muy populares: se llevaban en ellas reliquias de santos, en una procesión se trasladan para solemnizar su fiesta, así como imágenes de la cruz o de otros símbolos religiosos. Todo eso se hacía con solemnidad, se llamaba a los fieles para acompañar al cortejo, y los que no podían ir eran llamados por medio de una campanita para así recogerse al paso del cortejo que iba hasta la iglesia o a la casa de un enfermo. Por otra parte, el jueves santo, se acostumbraba dar cierta importancia al rito en el que se llevaba a la Eucaristía, desde el altar al lugar donde se conservaba para su adoración y comunión del día siguiente. Al final del siglo XI, este acto litúrgico tenía ya connotaciones festivas.

Se pueden ver en las primeras procesiones del Santísimo Sacramento, modelos de un lazo orgánico que se subraya entre la misa que se viene de ofrecer y la comunión que justifica la existencia.

La institución de la fiesta del Corpus Christi va a dar lugar a una manifestación de carácter nuevo.

El Papa Urbano V instituye esta solemnidad en toda la iglesia. Esta innovación se extiende bastante rápido en las ciudades primero, en los pueblos y en el campo después. Quizá es en esta ocasión, que se empezaron a utilizar relicarios para transportar y distribuir a los fieles las Santas Especies. El éxito de estas procesiones llegó a extender esto a otras circunstancias en ciertas regiones de Alemania, y, es a partir del siglo XIV, una manera de solemnizar las grandes fiestas del año. Según el nuevo ritual, se presenta una ocasión especial para el pueblo cristiano de, a través de las calles de las ciudades y de los pueblos, dar un testimonio público de fe y de piedad referente a la Eucaristía. Por otra parte “es importante que la procesión con el Santísimo Sacramento se haga después de la misa donde se consagra el pan que se llevará en la procesión” o por lo menos “después de una adoración pública y prolongada que siga a continuación de la misa”. Es también aconsejable, como para toda procesión que ésta se dirija de un lugar a otro y es únicamente en circunstancias particulares que se regresa a la iglesia de donde se parte. El rito se concluye con una bendición con la Eucaristía.

5. LOS CONGRESOS EUCARÍSTICOS

“El congreso es por tanto un acto de fe en la soberanía del amor de Cristo que se irradia de la presencia eucarística; es un ratificar el culto eucarístico en toda su plenitud y complementariedad. Sabemos que el sacrificio de la misa tiene el primer lugar en la liturgia, lo afirman todos los documentos del magisterio, hasta los mas recientes. Pero del mismo modo queremos recordar a todos nuestros hermanos e hijos que, ante ciertas nuevas improvisadas cuestiones teóricas y prácticas, todas las formas del culto eucarístico mantienen inalterada su validez, su insustituible función, su valor pedagógico y formativo, escuela de fe, de oración y de santidad…, reavivando el culto a la presencia real de Cristo, puedan reavivar la generosidad, el esfuerzo, el heroísmo de descubrir a Cristo en el rostro y en el sufrimiento de los pobres, de los necesitados, de los inmigrados, de los enfermos, de los moribundos, y servirle con amor en ellos, sostenidos por la fuerza que sólo da el hábito prolongado de familiaridad y de oración con Él”. (Pablo VI).

En efecto, todos los CONGRESOS EUCARÍSTICOS INTERNACIONALES realizados después del Concilio Vaticano II (Bombay, Melbourne, Filadelfia, Lourdes, Nairobi y Seúl) han sido una ocasión muy significativa, para renovar y reforzar, a través de encuentros de oración y estudio, de colaboraciones y acciones comunes, de testimonio de vida cristiana, ese espíritu de búsqueda de la unidad perfecta en el único cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Lo mismo que los comienzos, también hoy los Papas ven en los Congresos Eucarísticos acontecimientos eclesiales que deberían interesar a todos, y comprometer a todos aquellos quienes forman parte del pueblo de Dios: “individuos, Iglesias locales, Iglesia universal y esto lo mas ampliamente posible” (S 12), “son una ocasión providencial para hacer crecer el sentido de la Eucaristía entre los sacerdotes, los religiosos y los fieles, mas allá del círculo restringido de los que podrán participar en el lugar o mediante la radio y la televisión. Es decir, se trata de hacer comprender mejor el lugar central de la Eucaristía en la Iglesia”.

6. ACOMPAÑAR A JESÚS EN EL SAGRARIO

En algunas épocas se hacían turnos entre distintas personas o familias, para que, mientras la iglesia permaneciera abierta, siempre estuviera Jesús acompañado. Funcionando lo que se llamó la Vela perpetua. Hoy, en cada parroquia puede una persona coordinar, para que cada día del mes, se establezcan los turnos por familias, para que estén 30 minutos o una hora al mes. Y así tener nuestro Encuentro con Cristo Vivo.

También podrías entrar en el Templo cuando pases cerca: estas unos segundos, quizá hacer una Comunión espiritual: “yo quisiera Señor recibirte con aquella pureza, humildad y devoción, con que te recibió tu Santísima Madre, con el espíritu y fervor de los santos”

Se cuenta un episodio que conmovió al beato Josemaría Escrivá cuando era Rector del Patronato de Santa Isabel, de Madrid, por los años 30. Cada mañana, oía un ruido metálico junto a la puerta de la iglesia: era un vendedor de leche, que no dejaba pasar ningún día sin saludar al Señor –quizá un poco rudamente- para decirle: “Jesús, aquí está Juan el lechero”. Al relatar esta anécdota, el Beato Josemaría comentaba: “¡Bonita manera de hacer oración! ¡Preciosa manera de hacer oración! Me quedé todo el día repitiéndolo como jaculatoria: Señor, aquí está este desgraciado, que no te sabe amar como Juan el lechero.”

7. EL JUBILEO DE LAS 40 HORAS

Por parroquia una vez al año, se deja expuesto el Santísimo por 40 horas, en las cuales se le acompaña como se describió en la exposición con el Santísimo. Se hacen turnos para que durante el año, siempre haya una parroquia con dicho Jubileo.

8. LA ADORACIÓN NOCTURNA

Es una institución, formada principalmente por varones, en donde pasan una noche al mes, por turnos de 1 hora acompañando a Jesús expuesto sobre el altar. Fue fundada, en México el 28 de enero e inaugurada el 4 de febrero de 1900, como Cofradía. Se encuentra en el Templo de san Felipe de Jesús en la Ciudad de México. Ahora está cumpliendo su primer centenario.

Esa noche se adora a Jesús en el Sacramento de la Eucaristía, y se ofrecen las incomodidades que representa estar ahí, para pedir por todos los hombres, por los pecados nacionales y por los de todo el mundo; se pide por los pecadores y por los propios pecados.

9. FOMENTAR LA COMUNIÓN DIGNA Y FRECUENTE

“La Iglesia obliga a todos los fieles a participar los Domingos y días de fiesta de la divina Liturgia, y a recibir al menos una vez al año la Eucaristía, si es posible en tiempo pascual, preparados por el Sacramento de la Reconciliación. Pero la Iglesia recomienda a los fieles a recibir la santa Eucaristía los Domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los días” (Catecismo de la Iglesia Católica, n.1389)

10. URBANIDAD EN LA PIEDAD

Si Dios está en nuestros Templos, debemos ser coherentes.

Nuestra existencia, cuanto somos y poseemos, todo lo recibimos de Dios: Él nos ha creado, y nos cuida constantemente con su providencia. Por eso, si procuramos con nuestros semejantes ser delicados y actuar con corrección, ¡cuánto más ante Dios!

Sabemos que Dios es nuestro único Señor, ante quien nos unen lazos y obligaciones que debemos conocer y vivir. La virtud moral de la religión nos dispone a rendir a Dios ese culto que le debemos como supremo principio de todas las cosas. Y dada la naturaleza del hombre, que se compone de cuerpo y alma, la expresión de nuestro amor a Dios tiene que ser interior y exterior.

Lo importante es la actitud interior y cuándo falta, el Señor nos lo recuerda como lo hizo en el Evangelio: Este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí. (Mt 15, 7-8). Los actos internos del alma se dan de modo excelente cuando tratamos al Señor en la Eucaristía mostrándole reverencia, dándole gracias, presentándole nuestras necesidades o pidiéndole perdón; cuando queremos lo que Dios quiere y cumplimos los mandamientos; cuando hacemos actos de fe, esperanza y caridad.

Nuestra relación personal con Dios tiene también manifestaciones externas de adoración, no sólo privadas sino prevalentemente públicas y sensibles. Recuerda la alabanza de Jesús a aquella mujer que le demostró exteriormente su amor: (…) se acercó a él una mujer que llevaba un frasco de alabastro lleno de un perfume de gran valor y lo derramó sobre su cabeza (…). Al ver esto los discípulos se disgustaron y dijeron: ¿A qué viene tanto despilfarro?… Pero Jesús, conociéndolo, les dijo: ¿Por qué molestáis a esa mujer? Ha hecho una buena obra conmigo (Mt 26, 6-10). Además los hombres necesitamos que hasta lo más grande y noble nos entre por los sentidos.

Vamos a detenernos ahora en alguna de estas manifestaciones externas de nuestro amor a Dios, de nuestra urbanidad en la piedad, en los Templos.

A partir del edicto de Constantino (año 313), que concedía la libertad a la Iglesia, los fieles pusieron lo mejor de su ingenio y de su hacienda para construir templos (iglesias, santuarios, oratorios, capillas o ermitas) en los que la liturgia pudiera desarrollarse con el máximo decoro. Estos templos son el lugar principal para los actos de culto y para la oración personal, y debemos frecuentarlos, demostrando veneración y respeto.

¿Recuerdas ese pasaje del Evangelio que nos presenta a Jesucristo indignado con los vendedores que profanaban la casa de su Padre? (Cfr Mt 21, 12-13). En este pasaje, Jesús nos enseña que debemos respetar el templo, ya que allí están nuestros más grandes amores: Dios, Jesucristo realmente presente en el Sagrario, la imagen de Santa María y de los Santos, y nuestros amigos los Ángeles.

He aquí algunas manifestaciones de respeto en el templo:

· Al entrar, despacio y guardando silencio, hacemos la señal de la Cruz sin precipitación.

· Cuando está reservada la Eucaristía en el Sagrario hay siempre una lamparilla encendida: es la señal de que Jesucristo está realmente presente. Al descubrir, por la lamparilla, el lugar más importante del templo – el Sagrario -, hacemos frente a él una genuflexión con dignidad y bien hecha, doblando sin prisas la rodilla derecha hasta el suelo, como prueba de respeto y adoración. Podemos aprovechar ese momento para hacer internamente un acto de fe y de amor: te adoro con devoción, Dios escondido, te amo, Jesús…

· Al pasar por delante del Altar, de un crucifijo o de una imagen de la Virgen se hace una reverente inclinación de cabeza para mostrar nuestro respeto y veneración.

· Es bueno, que en alguna ocasión durante el día, entremos a saludar brevemente al Señor en el Sagrario de nuestra parroquia. Podemos rezar la estación al Santísimo, hacer una comunión espiritual o una simple genuflexión.

· Guardar especialmente el silencio, no correr por su interior, cuidar las posturas (sin poner los pies en los reclinatorios, sin cruzar las piernas, mirando hacia delante, etc.), y cuidar nuestra presencia exterior vistiendo bien: no entrar vestidos de deporte, con pantalón corto, y las mujeres procurar vestir con decoro.

11. CUIDADO DE LA LITURGIA

Al campo de la Liturgia pertenecen todas las manifestaciones externas del culto que la Iglesia Católica tributa a Dios. Nosotros debemos venerarla y respetarla viviéndola fielmente.

La presencia real de Jesucristo en el Altar y en el Sagrario, es el motivo principal por el que, se cuida tanto todo lo que tiene relación con Él: el templo, los ornamento, libros y vasos sagrados, lienzos, retablo…, estos han de ser siempre de buena calidad.

De igual forma que las personas que se quieren se regalan lo mejor, a Dios que se le ama aún más procuremos darle –dentro de nuestras posibilidades- lo mejor que tenemos. Los cristianos desde hace siglos han dado claro ejemplo de esto, dejándonos estupendas catedrales, ricos ornamentos, artístico vasos sagrados…, todo por amor a Dios… El canto sagrado es también otra manifestación de devoción.

12. PARTICIPACIÓN ACTIVA EN LA SANTA MISA

El Sacrificio de la Santa Misa es la cima de la vida litúrgica y sacramental de la Iglesia. En ella asistimos al mismo Sacrificio de la Cruz, centro y fuente de gracia, de valor infinito.

Sabiendo que participar en la Santa Misa es lo más grande que podemos hacer en la tierra, debemos prepararnos muy bien, asistir con piadosa atención y agradecer al Señor esa muestra de amor hacia nosotros. Por eso, ante este Santo Sacrificio hemos de esforzarnos para:

– Llegar puntuales, qué mejor unos minutos antes de la hora ya que es un detalle de delicadeza para con Dios el no llegar al templo cuando el sacerdote ha comenzado la Misa.

– Escuchar con atención las lecturas y la homilía.

– Estar recogidos y atentos, evitando hablar con el acompañante o mirar hacia atrás, etc.; aunque la celebración se alargue un poco, hay que esforzarse por vivirla bien. Y pensar que la participación en la Misa es más importante que otras actividades a las que dedicamos mucho tiempo. Participar en la Misa, con la disposición espiritual de identificarnos con los sentimientos e intenciones del Señor. Comulgar bien; rezar en voz alta, cantar con el resto de los fieles, etc.

– Adoptar una actitud interior y exterior adecuada en cada momento, para esto debemos conocer muy bien el sentido de las distintas partes de la misa; las contestaciones (son más fáciles si se utilizan las hojitas dominicales o un devocionario) y sobre todo hay cuidar nuestras posturas.

– En el cuadro siguiente se indican las partes de la Misa y las posturas que debemos adoptar en cada una de ellas:

PARTES DE LA MISA

Ritos iniciales: Comprenden desde que el sacerdote se dirige al altar, hasta la oración colecta.

Primera Parte:
Liturgia de la Palabra

1. Lecturas de la Sagrada Escritura
2. Salmo Responsorial, se reza o canta entre lectura y lectura.
3. Lectura del Evangelio.
4. Homilía5. Profesión de fe o Credo
6. Oración de los fieles

Segunda Parte:
Liturgia Eucarística: es la parte principal de la Misa.

1. Preparación de los dones, el sacerdote ofrece a Dios el pan y el vino; nosotros podemos ofrecer nuestras cosas interiormente. (Enviar la carta)
2. Lavatorio de las manos, significando la pureza con que debe celebrar la Misa.
3. Prefacio, canto de alabanza y acción de gracias.
4. Plegaria Eucarística, cuyo centro es la Consagración en la que Jesucristo se hace realmente presente sobre el altar, renovando el sacrificio de su Pasión y Muerte.
5. Rito de la Comunión, rezo del Padrenuestro y otras oraciones; Comunión.

Rito de conclusión: con el saludo y bendición final se acaba la Misa. Si se ha comulgado conviene detenerse unos minutos para dar gracias al Señor.

V. EL ENCUENTRO CON CRISTO VIVO EN EL PRÓJIMO

En cada persona que está a nuestro lado, está el otro rostro de Dios, y sobretodo en los necesitados

Así como Cristo pasó por la tierra haciendo el bien, dando gran amor a los enfermos, los niños, los leprosos, endemoniados… Así, si nos dejamos transformar por ese trato con Jesús en la Eucaristía, nosotros también podemos pasar por la tierra haciendo el bien, siendo Cristo que pasa entre las personas que nos rodean.

Tenemos que cuidar dos extremos: uno que podríamos llamar pietismo, “beatos(as)”, que parece que rezan van a la iglesia, etc., pero son personas despreocupadas por las necesidades de los demás, incluso sus parientes, que critican y discriminan a ciertas personas, etc., que no cumplen bien con sus obligaciones en el trabajo, en la casa,…

Otro extremo es la llamada filantropía, personas que ayudan por misericordia o compasión, pero sin ver a Cristo en ese prójimo necesitado. Una persona que trata verdaderamente a Jesús, hace el bien, fruto de esa vida de Cristo en su alma.

Cuando seamos almas de Eucaristía, podremos darnos a los demás, como lo hiciera la tan querida y admirada, Madre Teresa de Calcuta… o esas madres de familia que son fieles, que sirven día tras día, con una sonrisa sin esperar nada a cambio o como la de aquella señora que le comentaba a su director espiritual: mi marido hace 10 años que no me habla, ni buenos días, ni nada. Ella le servía las comidas, atendía a toda la familia… Y ¡lo hacía por amor a Dios y por amor a sus hijos! Lo llevaba bastante bien, sin victimismos, porque iba todos los días a comulgar. Muchos podrían calificarla de tonta y dejada… Otros de mujer que sabe superar las dificultades por amor, que se esfuerza por cumplir aquella promesa hecha frente al altar, de ser fiel en lo próspero y en lo adverso… a esto, se le llama santidad. Y se puede lograr si tenemos como apoyo la Eucaristía.

1. MODOS DE AMAR AL PRÓJIMO

a) A los de mi familia

Prójimo, quiere decir próximo. Y los más próximos son los que forman nuestra familia: no podemos ser farol de la calle y oscuridad de nuestra casa. Aquí empieza la caridad y el amor al prójimo: darme a mis seres queridos, darles de mi tiempo, darles la vida –cuantos niños no vienen por comodidad de los padres, otros quizá no vengan por verdadera necesidad -, acercarlos a Dios, etc. Transcribimos la oración de un niño de nuestros tiempos:

“Señor transfórmame en un televisor, para que mis padres me cuiden como cuidan al televisor. Para que mamá me mire con el mismo interés con el que mira la novela, y papá se interese por mí como por el partido de fútbol. Señor, déjame ser televisor aunque sea por un día”

Otra manera de amar a los de mi familia, es la de exigirles. Pero no para que cumplan mis caprichos, sino para prepararlos hacia un mejor futuro, empezando por los padres, con pequeños detalles de orden, de espíritu de servicio, y sin que predomine la ley del gusto o del capricho.

Pensar también en las personas mayores, o los que están solos o enfermos: ir, no tanto a cumplir, sino llevar compañía, cariño, interés.

b) A los demás

Compartir de lo mucho o de lo poco que Dios nos ha dado.

Salvar vidas, orientando a personas que pretendan asesinar a los hijos concebidos no nacidos.; o adoptando espiritualmente a un niño con la siguiente oración:

“Jesús, María y José, yo los amo mucho. Les ruego que salven la vida de un niño por nacer que he adoptado espiritualmente y que se encuentra en peligro de morir por el aborto”

Revisar el sueldo y el trato que dispensamos a los que trabajan con nosotros. ¿No podrá ser más generoso?, aunque yo me privara de algo, quizá no muy necesario. El Papa nos anima en el documento “La Iglesia en América” que nos vino a entregar en su reciente visita a México, a conocer la Doctrina Social de la Iglesia

Otra manera de ayudar a los demás, y muy propia de un congreso Eucarístico es fomentar las vocaciones sacerdotales entre los de la familia. Rezar y hacer rezar para que haya muchas vocaciones. Y para que haya padres generosos, que no sólo se opongan, sino que fomenten estas vocaciones.

2. OBRAS DE MISERICORDIA

Finalmente podríamos decir que bastará vivir con generosidad las obras de misericordia espirituales y materiales:

Espirituales:

1. Enseñar al que no sabe.
2. Dar buen consejo al que lo necesita.
3. Corregir al que se equivoca.
4. Perdonar las injurias.
5. Consolar al triste.
6. Sufrir con paciencia los defectos de nuestros prójimos.
7. Rogar a Dios por los vivos y por los difuntos.

Corporales:

1. Visitar a los enfermos.
2. Dar de comer al hambriento.
3. Dar de beber al sediento.
4. Dar posada al peregrino.
5. Vestir al desnudo.
6. Socorrer a presos.
7. Enterrar a los muertos.

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La Eucaristia


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Dividiremos este capítulo en dos grandes apartados:

1) La Eucaristía como sacramento (incisos 4.1 y 4.2) y

2) La Eucaristía como sacrificio (inciso 4.3).

Esta división se explica en virtud de que la Eucaristía tiene una doble significación:

1) Por una parte, la consagración del pan en el Cuerpo de Cristo y del vino en su Sangre, renueva mística y sacramentalmente el sacrificio de Jesucristo en la Cruz.

2) Por otra, la recepción de Jesucristo sacramentado bajo las especies de pan y vino en la sagrada comunión significa y verifica el alimento espiritual del alma. Y así, en cuanto que en ella se da la gracia invisible bajo especies visibles, guarda razón de sacramento (cfr. S. Th. III, q. 79, a. 5). Tiene razón de sacrificio en cuanto se ofrece, y de sacramento en cuanto se recibe.

4.1 LA EUCARISTIA COMO SACRAMENTO

4.1.1 Noción de Eucaristía

A. Definición

La Eucaristía es el sacramento en el cual, bajo las especies de pan y vino, Jesucristo se halla verdadera, real y sustancialmente presente, con su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad.

Es, por eso, el más sublime de los sacramentos, de donde manan y hacia el que convergen todos los demás, centro de la vida litúrgica, expresión y alimento de la comunión cristiana.

Lo recuerdan los obispos latinoamericanos: La celebración eucarística, centro de la sacramentalidad de la Iglesia y la más plena presencia de Cristo en la humanidad, es centro y culmen de toda la vida sacramental”” (Documento de Puebla, n. 923).

B. Figuras

Antes de la llegada a la tierra de Nuestro Señor Jesucristo, la Eucaristía que habría de venir fue prefigurada de diversos modos en el Antiguo Testamento. Fueron figuras de este sacramento:

– el maná con el que Dios alimentó a los israelitas durante cuarenta años en el desierto (cfr. Ex. 16, 435), y al que Jesús se refiere explícitamente en el discurso eucarístico de Cafarnaúm (cfr. Jn. 6, 31 ss.);

– el sacrificio de Melquisedec, gran sacerdote, que ofreció pan y vino materia de la Eucaristía para dar gracias por la victoria de Abraham (cfr. Gen. 14, 18); gesto que luego ser recordado por San Pablo para hablar de Jesucristo como de sacerdote eterno…, según el orden de Melquisedec (cfr. Heb. 7, ll);

– los panes de la proposición, que estaban de continuo expuestos en el Templo de Dios, pudiéndose alimentar con ellos sólo quienes fueran puros (cfr. Ex. 25, 30);

– el sacrificio de Abraham, que ofreció a su hijo Isaac por ser ésa la voluntad de Dios (cfr. Gen. 22, 10);

– el sacrificio del cordero pascual, cuya sangre libró de la muerte a los israelitas (cfr. Ex. 12).

C. Profecías

La Eucaristía fue también preanunciada varias veces en el Antiguo Testamento:

– Salomón en el libro de los Proverbios: La Sabiduría se edificó una casa con siete columnas (los siete sacramentos), preparó una mesa y envió a sus criados a decir: ‘Venid, comed el pan y bebed el vino que os he preparado (Prov. 9, 1);

– el Profeta Zacarías predijo la fundación de la Iglesia como una abundancia de bienes espirituales, y habló del trigo de los elegidos y del vino que hace germinar la pureza”” (Zac. 9, 17);

– el profeta Malaquías, hablando de las impurezas de los sacrificios de la ley antigua, puso en boca de Dios este anuncio del sacrificio de la nueva ley: Desde donde sale el sol hasta el ocaso, grande es mi nombre entre las gentes, y en todo lugar se sacrifica y ofrece a mi nombre una oblación pura (Mal. 1, 10ss.).

La verdad de la presencia real, corporal y sustancial de Jesús en la Eucaristía, fue profetizada por el mismo Señor antes de instituirla, durante el discurso que pronunció en la Sinagoga de Cafarnaúm, al día siguiente de haber hecho el milagro de la multiplicación de los panes y de los peces:

“En verdad, en verdad os digo, Moisés no os dio el pan del cielo; es mi Padre quien os dar el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es Aquel que desciende del cielo y da la vida al mundo. Le dijeron: Señor, danos siempre este pan. Respondióles Jesús: Yo soy el pan de vida (. . .) Si uno come de este pan vivir para siempre, pues el pan que yo dar‚ es mi carne, para la vida del mundo”” (Jn. 6, 32-34, 51).

D. Preeminencia de la Eucaristía

Santo Tomás de Aquino señala la preeminencia de la Eucaristía sobre todos los demás sacramentos (cfr. S. Th. III, q. 65, a. 3):

– por su contenido: en la Eucaristía no hay, como en todos los demás, una virtud otorgada por Cristo para darnos la gracia, sino que es Cristo mismo quien se halla presente; Cristo, fuente de todas las gracias;

– por la subordinación de los otros seis sacramentos a la Eucaristía, como a su último fin: todos tienden a disponer más convenientemente al alma a la recepción de la Eucaristía;

– por el rito de los otros sacramentos, que la mayor parte de las veces se completan con la Eucaristía.

Haciéndose eco de las palabras de Santo Tomás, el Concilio Vaticano II afirma que la Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, a saber, Cristo mismo, nuestra Pascua y pan vivo que, a través de su Carne vivificada y vivificante por el Espíritu Santo, da vida a los hombres, invitados así y conducidos a ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y todas las cosas juntamente con El. Por lo cual, la Eucaristía aparece como fuente y culminación de toda evangelización (Presbyterorum ordinis, n. 5. Ver también Documento de Puebla, n. 923).

De esta manera, el Concilio enseña que la Eucaristía es el centro y tesoro de la Iglesia, y el Papa Juan Pablo II exhorta por eso a todos. . . , pero sobre todo a los Obispos y sacerdotes, a vigilar para que este sacramento de amor sea el centro de la vida del Pueblo de Dios (Enc. Redemptor hominis, n. 20).

4.1.2 La Eucaristía, sacramento de la Nueva Ley

Que la Eucaristía es verdadero y propio sacramento constituye una verdad de fe declarada por el Magisterio de la Iglesia (Concilio de Trento, Dz. 844). Se deduce del hecho de que en ella se cumplen las notas esenciales de los sacramentos de la Nueva Ley:

a) el signo externo, que son los accidentes de pan y vino (materia) y las palabras de la consagración (forma), de los que hablaremos con más detenimiento enseguida;

b) para conferir la gracia, como afirma el mismo Cristo: El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna (Jn. 6, 54), o sea, la gracia, que es la incoación de la vida eterna;

c) instituido por Cristo en la Ultima Cena, como consta repetidamente en la Escritura: Mientras comían, Jesús tomó pan, lo bendijo, lo partió y, dándoselo a los discípulos, dijo: Tomad y comed, esto es mi cuerpo. Y tomando el cáliz y dando gracias, se lo dio, diciendo: Bebed de él todos, que ésta es mi sangre del Nuevo Testamento, que ser derramada por muchos para remisión de los pecados (Mt. 26, 26-28). Este pasaje lo recogen también San Marcos (14, 22-25), San Lucas (22, 19-20) y San Pablo (I Cor. 11, 23-26).

4.1.3 El signo externo de la Eucaristía

Como en todo sacramento, en la Eucaristía se distingue un signo sensible que nos comunica la gracia. Basta recordar su institución en la Ultima Cena: Jesús utiliza dos elementos sencillos, el pan y el vino, y pronuncia unas palabras que ‘hacen’ el sacramento. Así queda constituido el signo: el pan y el vino serán la materia para la confección de la Eucaristía, y las palabras de la consagración que son las mismas palabras de Cristo, pronunciadas dentro de la Misa, las que renuevan esa transformación que la Iglesia ha llamado transustanciación.

A. Materia

La materia para la confección de la Eucaristía es el pan de trigo y el vino de vid. Esta es una verdad de fe, definida en el Concilio de Trento (cfr. Dz. 877, 884; ver también CIC, c. 924 & 2-3).

La seguridad de la materia proviene de la utilización por parte de Cristo de ambos elementos durante la Ultima Cena: cfr. Mt. 26, 26-28; Mc. 14, 22-25; Lc. 22, 19-20; I Cor. 11, 23-26.
Para la validez del sacramento se precisa:

– que el pan sea exclusivamente de trigo (amasado con harina de trigo y agua natural, y cocido al fuego), de modo que sería materia inválida el pan de cebada, de arroz, de maíz, etc., o el amasado con aceite, leche, etc. (cfr. CIC, c. 924 &2);

– que el vino sea de vid (i.e., del líquido que se obtiene exprimiendo uvas maduras, fermentado); sería materia inválida el vino agriado (vinagre), o cualquier tipo de vino hecho de otra fruta, o elaborado artificialmente (cfr. CIC, c. 924 & 3).

Para la licitud del sacramento se requiere:

– que el pan sea ázimo (i.e., no fermentado; cfr. CIC, c. 926), hecho recientemente, de manera que no haya peligro de corrupción (cfr. CIC, c. 924 & 2);

– que al vino se le añadan unas gotas de agua (cfr. Dz. 698 y CIC, c. 924 &1). El mezclar agua al vino era práctica universal entre los judíos y seguramente así lo hizo Jesucristo, y también entre griegos y romanos.

B. Forma

La forma son las palabras con las que Cristo instituyó este sacramento: Esto es mi Cuerpo. . . esta es mi Sangre (cfr. textos de la institución eucarística, citados adelante, 4.2.1 B).

El concilio de Trento enseña que, según la fe incesante de la Iglesia, “inmediatamente después de la consagración, es decir, después de pronunciadas las palabras de la institución, se hallan presentes el verdadero Cuerpo y la verdadera Sangre del Señor” (Dz. 876).

4.1.4 Los efectos de la recepción de la Eucaristía

Los efectos que la recepción de la Eucaristía produce en el alma, son los siguientes:

A. Aumento de la gracia santificante.

B. Gracia sacramental específica.

C. Perdón de los pecados veniales.

D. Prenda de vida eterna.

A. Aumento de la gracia santificante

De la unión íntima con Jesucristo se siguen lógicamente los demás efectos de la Sagrada Comunión. En primer lugar, el aumento de la gracia ya que debe tener el alma para recibir el sacramento. Para comulgar, como señalamos, hay que estar en gracia de Dios la Eucaristía es un sacramento de vivos, y por la Comunión esa gracia se sustenta, se revitaliza, se aumenta, y enciende en el gozo de la vida divina. La Comunión, pues, hace crecer en santidad y en unión con Dios.

La Sagrada Eucaristía es capaz de producir por sí misma un aumento de gracia santificante mayor que cualquier otro sacramento, por contener al mismo Autor de la gracia. Por eso se puede decir que, al ser la gracia unión con Cristo, el fruto principal de la Eucaristía es la unión íntima que se establece entre quien recibe el sacramento y Cristo mismo.
Tan profunda es esta mutua inhesión de Cristo en el alma y de ésta en Aquél, que puede hablarse de una verdadera transformación del alma en Cristo.

Esto es lo que enseñó San Agustín al escribir en las Confesiones aquellas misteriosas palabras que le pareció oír de la Verdad eterna: Manjar soy de grandes: crece y me comerás. Mas no me mudarás en ti, como al manjar de tu carne, sino tú te mudarás en mi (7, 10, 16; PL 32, 742). La misma doctrina expone Santo Tomás: El que toma alimentos corporales los transforma en aquél que los toma. . . Síguese de aquí que el efecto propio de este sacramento es una tal transformación del hombre en Cristo, que puede en realidad decir con el Apóstol (cfr. Gal. 2, 20): “Vivo yo, o más bien no vivo yo, sino que Cristo vive en mi”” (In IV Sent. dist. 12, q. 2, a. 1). Y San Cirilo de Jerusalén llega a decir que la Eucaristía nos cristifica por entero, asociándonos a la plenitud de Cristo Jesús”” (Catecheses, 22, 3).

B. Gracia sacramental específica

La gracia sacramental específica de la Eucaristía es la llamada gracia nutritiva, porque se nos da a manera de alimento divino que conforta y vigoriza en el alma la vida sobrenatural:

Todos los efectos que el manjar y la bebida corporal producen en relación con la vida del cuerpo, sustentándola, aumentándola, reparándola y deleitándola, todos esos los produce este sacramento en relación con la vida del espíritu (Concilio de Florencia, Decretum pro Armeniis, Dz. 698).

C. Perdón de pecados veniales

También se perdonan los pecados veniales, alejando del alma la debilidad espiritual. Los pecados veniales, en efecto, constituyen una enfermedad del alma que se encuentra débil para resistir al pecado mortal.

En la Comunión Jesús es Médico, que suministra el remedio para la enfermedad y fortalece nuestra debilidad, preservándonos de los pecados futuros: por ello el Concilio de Trento llama a la Eucaristía ‘Antídoto, con el que somos liberados de las culpas cotidianas y somos preservados de los pecados mortales’ (Dz. 875).

D. Prenda de vida eterna

De acuerdo a las palabras de Cristo en Cafarnaúm, la Eucaristía constituye un adelanto de la bienaventuranza celestial y de la futura resurrección del cuerpo: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna, y yo lo resucitar‚ en el último día”” (Jn. 6, 54; cfr. Dz. 875).

Que es verdaderamente prenda de la gloria futura, lo canta la liturgia: Oh sagrado banquete, en el que Cristo es nuestra comida, se celebra el memorial de su Pasión, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria futura (Himno ‘Oh Sacrum convivium’).

Si la Eucaristía es el memorial de la Pascua del Señor y si por nuestra comunión en el altar somos colmados de gracia y bendición, la Eucaristía es también la anticipación de la gloria celestial (Catecismo, n. 1402).

4.1.5 Necesidad de la Eucaristía

Hemos dicho que el único sacramento absolutamente indispensable para salvarse es el bautismo: si un niño recién bautizado muere, se salva, aunque no haya comulgado. Sin embargo, para un bautizado que ha llegado al uso de razón, la Eucaristía resulta también requisito indispensable, según las palabras de Jesucristo: “Si no coméis la Carne del Hijo del Hombre y no bebéis su Sangre, no tendréis vida en vosotros”” (Jn. 6, 53).

No sería razonable que un hombre alcanzara la salvación -que es unión con Dios-, sin tener en la tierra al menos el deseo de la Eucaristía, que también es unión con Dios.
Para aquellos que inculpablemente ignoran la verdadera fe, la necesidad de recibir físicamente la Eucaristía sería necesidad in voto, o de deseo.

En correspondencia con ese precepto divino, la Iglesia ordena en su tercer mandamiento (cfr. Curso de Teología Moral, cap. 19), que al menos una vez al año y por Pascua de Resurrección, todo cristiano con uso de razón debe recibir la Eucaristía. También hay obligación de comulgar cuando se está en peligro de muerte: en este caso la comunión se recibe a modo de Viático, que significa preparación para el viaje de la vida eterna (cfr. Catecismo, nn. 1517, 1524 y 1525).

Esto, sin embargo, es lo mínimo, y el precepto ha de ser bien entendido: la Iglesia desea que se reciba al Señor con frecuencia, incluso diariamente.

4.1.6 El ministro de la Eucaristía

“Sólo el sacerdote válidamente ordenado es ministro capaz de confeccionar el sacramento de la Eucaristía, actuando en la persona de Cristo” (CIC, c. 900 &1; cfr. Catecismo, n. 1411).

La validez de la confección de la Eucaristía depende, por tanto, de la validez de la ordenación: consagrar es tarea propia y exclusiva del sacerdocio ministerial.

Lo anterior es verdad de fe, declarada contra los valdenses (Concilio de Letrán en 1215; cfr. Dz. 424), que rechazaban la jerarquía y otorgaban a todos los fieles los mismos poderes. A su vez, el Concilio de Trento condenó la doctrina protestante, que no establecía diferencia esencial entre el sacerdocio común de todos los fieles, y el sacerdocio ministerial propio de quienes reciben el sacramento del Orden (cfr. Dz. 949, 961).

Esta verdad ha sido recientemente recordada por la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, en una Carta dirigida a los obispos de la Iglesia sobre algunas cuestiones concernientes al ministro de la Eucaristía, el 6-VIII-1983.

La prueba que ofrece la Sagrada Escritura es concluyente: el encargo hecho por Cristo en la intimidad del Cenáculo a sus Apóstoles y a sus sucesores haced esto en memoria mía (Lc. 22, 19; I Cor. 11, 24), va dirigido exclusivamente a ellos, y no a la multitud de sus discípulos.

4.1.7 El sujeto de la recepción de la Eucaristía

Todo bautizado es sujeto capaz de recibir válidamente la Eucaristía, aunque se trate de un niño (Concilio de Trento, cfr. Dz. 893).

Para la recepción lícita o fructuosa se requiere:

a) el estado de gracia, y

b) la intención recta, buscando la unión con Dios y no por otras razones.

El Concilio de Trento condenó la doctrina protestante de que la fe sola (fides informis) era preparación suficiente para recibir la Eucaristía (cfr. Dz. 893). Al mismo tiempo ordenó que todo aquel que quisiere comulgar y se hallare en pecado mortal tiene que confesarse antes, por muy contrito que le parezca estar.

La Iglesia apoyándose en las duras amonestaciones del Apóstol para que los fieles examinen su conciencia antes de acercarse a la Eucaristía (cfr. I Cor. 11, 27-29), ha exigido siempre el estado de gracia, de modo “que si uno tiene conciencia de haber pecado mortalmente, no debe acercarse a la Eucaristía sin haber recibido previamente la absolución en el sacramento de la Penitencia” (Catecismo, n. 1415).

Así como nada aprovecha a un cadáver el mejor de los alimentos, así tampoco aprovecha la Comunión al alma que está muerta a la vida de la gracia por el pecado mortal.

El pecado venial no es obstáculo para comulgar, pero es propio de la delicadeza y del amor hacia el Señor dolerse en ese momento hasta de las faltas más pequeñas, para que El encuentre el corazón bien dispuesto.

En sentido inverso, la Iglesia reprobó el rigorismo de los jansenistas, que exigían como preparación para recibir la Sagrada Comunión un intenso amor de Dios (cfr. Dz. 1312). San Pío X, en su Decreto sobre la Comunión declaró que no se puede impedir la Comunión a todo aquel que se halle en estado de gracia y se acerque a la sagrada mesa con piadosa y recta intención (cfr. Dz. 1985).

Como la medida de la gracia producida ex opere operato depende de la disposición subjetiva del que recibe el sacramento, la Comunión deber ir precedida de una buena preparación y seguida de una conveniente acción de gracias.
La preparación en el alma y en el cuerpo -deseos de purificación, de tratar con delicadeza el Sacramento, de recibirlo con gran fe, etc.- es lo que corresponde a la dignidad de la Presencia real de Jesucristo, oculto bajo las especies consagradas.

También es prueba de devoción dar gracias unos minutos después de haber comulgado, para bendecir al Señor en nombre de todas las criaturas y pedir la ayuda que necesitamos.

Junto a las disposiciones interiores del alma, y como lógica manifestación, están las del cuerpo: además del ayuno, el modo de vestir, las posturas, etc., que son signos de respeto y reverencia (cfr. Catecismo, n. 1387).

La legislación prescribe que quien va a recibir la Santísima Eucaristía, ha de abstenerse de tomar cualquier alimento y bebida al menos durante una hora antes de la sagrada comunión, a excepción sólo del agua y de las medicinas”” (CIC, c. 919 &1; cfr. Curso de Teología Moral, cap. 19.1).

4.2 LA PRESENCIA REAL DE JESUCRISTO EN LA EUCARISTIA

4.2.1 El hecho de la Presencia real

Por la fuerza de las palabras de la consagración, Cristo se hace presente tal y como existe en la realidad, bajo las especies de pan y vino y, en consecuencia, ya que está vivo y glorioso en el cielo al modo natural, en la Eucaristía está presente todo entero, de modo sacramental. Por eso se dice, por concomitancia, que con el Cuerpo de Jesucristo está también su Sangre, su Alma y su Divinidad; y, del mismo modo, donde está su Sangre, está también su Cuerpo, su Alma y su Divinidad.

La fe en la Presencia real, verdadera y sustancial de Cristo en la Eucaristía nos asegura, por tanto, que allí está el mismo Jesús que nació de la Virgen Santísima, que vivió ocultamente en Nazaret durante 30 años, que predicó y se preocupó de todos los hombres durante su vida pública, que murió en la Cruz y, después de haber resucitado y ascendido a los cielos, está ahora sentado a la diestra del Padre.

Está en todas las formas consagradas, y en cada partícula de ellas, de modo que, al terminar la Santa Misa, Jesús sigue presente en las formas que se reservan en el Sagrario, mientras no se corrompe la especie de pan, que es el signo sensible que contiene el Cuerpo de Cristo.

La Presencia real de Cristo en la Eucaristía es uno de los principales dogmas de nuestra fe católica (ver, p. ej., Concilio de Trento: Dz. 883, 885, 886; y también 355, 414, 424, 430, 465, 544, 574a, 583, 666, 698, 717, 997, 1468, 2045, Catecismo, nn. 1373 a 1381).

Al ser una verdad de fe que rebasa completamente el orden natural, la razón humana no la alcanza a demostrar por sí misma. Puede, sin embargo, lograr una mayor comprensión a través del estudio y la reflexión. Para ello procederemos exponiendo primero los errores que se han suscitado sobre este tema a lo largo de los siglos.

A. Doctrinas heréticas opuestas a este dogma

La doctrina clara y explícita del Evangelio, y las enseñanzas constantes de la Tradición, han sido repetidas y explicadas a lo largo de los siglos por los Concilios y los Romanos Pontífices. Los documentos del Magisterio fueron motivados algunas veces por el deseo de aclarar un poco más algún punto, y otras, en cambio, por la necesidad de salir al paso de verdaderas herejías. Entre las principales herejías contra el dogma de la Presencia real se encuentran las siguientes:

– En la antigüedad cristiana, las herejías de los docetas, gnósticos y maniqueos que, partiendo del supuesto de que Jesús sólo tuvo un cuerpo aparente, contradijeron el dogma de la Presencia real.

– En el siglo XI, Berengario de Tours negó la Presencia real, considerando la Eucaristía sólo como un símbolo (figura vel similitudo) del Cuerpo y de la Sangre de Cristo glorificado en el cielo y que, por tanto, no puede hacerse presente en todas y cada una de las hostias consagradas. El Cuerpo de Cristo está en el Cielo, y en la Eucaristía sólo estaría de un modo espiritual (condenado en 1079: cfr. Dz. 355).

– En el siglo XIV, Juan Wicleff afirmó que, después de la Consagración, no había sobre el altar más que pan y vino y, en consecuencia, el fiel al comulgar sólo recibía a Cristo de manera ‘espiritual’ (condena del Concilio de Constanza de 1418: cfr. Dz. 581 ss.).

– Entre los protestantes, algunos niegan la Presencia real de Cristo en la Eucaristía, y otros la admiten, pero con graves errores:

1o. Niegan la Presencia real:

a) Zwinglio: “La Eucaristía es “figura” de Cristo”;

b) Calvino: “Cristo está en la Eucaristía porque actúa a través de ella, pero no está sustancialmente”;

c) Protestantes liberales: “Cristo existe en la Eucaristía ‘por la fe’; esto es, porque lo creemos así: el creyente ‘pone’ a Cristo en la Eucaristía”.

2o. Explican erróneamente la doctrina:

a) Lutero: “En la Eucaristía está al mismo tiempo la sustancia del pan y del vino junto con el Cuerpo y la Sangre de Cristo”;

b) Osiandro: “Se efectúa una unión hipostática entre el pan y el Cuerpo de Cristo (impanación)”;

c) otros protestantes afirman que Cristo est presente cuando se recibe la Comunión (in uso), pero no perdura en las hostias consagradas que se reservan después de la Misa.

Todas estas herejías de los protestantes encuentran sus correspondientes condenas dogmáticas en las sesiones XIII, XXI y XXII del Concilio de Trento.

B. El testimonio de la Sagrada Escritura

B.1 La promesa de la Eucaristía

La verdad de la Presencia real y sustancial de Jesús en la Eucaristía, fue revelada por El mismo durante el discurso que pronunció en Cafarnaúm al día siguiente de haber hecho el milagro de la multiplicación de los panes:

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come de este pan, vivir para siempre, pues el pan que yo le dar‚ es mi carne, para la vida del mundo. Entonces comenzaron los judíos a discutir entre ellos y a decir: ‘¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?’ Díjoles, pues, Jesús: “En verdad, en verdad os digo, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitar‚ en el último día. Porque mi carne es verdaderamente comida y mi sangre verdaderamente es bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”” (Jn. 6, 51-56).

B.2 La institución

Esa promesa de Cafarnaúm tuvo cabal cumplimiento en la cena pascual prescrita por la ley hebrea, que el Señor celebró con sus Apóstoles, la noche del Jueves Santo. Tenemos cuatro relatos de este acontecimiento:

Mateo 22, 19-20

“Mientras comían, Jesús tomó pan, lo bendijo, lo partió y, dándoselo a los discípulos, dijo: Tomad y comed, este es mi Cuerpo. Y tomando un cáliz y dando gracias se lo dio, diciendo: Bebed de él todos, que ésta es mi Sangre del Nuevo Testamento, que será derramada por muchos para remisión de los pecados”

Marcos 14, 22-24

“Mientras comían, tomó pan y, bendiciéndole lo partió, se lo dio y dijo: Tomad, esto es mi Cuerpo. Tomando el cáliz , después de dar gracias, se lo entregó, y bebieron de él todos, Y les dijo: Esta es mi Sabgre de la alianza, derramada por muchos”

Lucas 22, 19-20

“Tomando el pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Este es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros; haced esto en memoria mía. Yel cáliz, después de haber cenado, diciendo: Este cáliz es la nueva alianza en mi Sangre, que es derramada por vosotros”.

I Corintios 11, 23-25

“Porque yo he recibico del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche que fue entregado, tomo el pan y, depués de dar gracias lo partió y dijo: Este es mi cuerpo, que se da por vosotros, haced esto en memoria mía. Y asimismo, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: Este cáliz es el nuevo testamento en mi Sangre; cuantás veces lo bebáis, heced esto en memoria mía…Así pues, quien coma el pan y bebe el cáliz indignamente, será reo del Cuerpo y la Sangre de Señor”.

Es imposible hablar de manera más realista e indubitable: no hay dogma más manifiesto y claramente expresado en la Sagrada Escritura. Lo que Cristo prometió en Cafarnaúm, lo realizó en Jerusalén en la Ultima Cena.

Las palabras de Jesucristo fueron tan claras, tan categórico el mandato que dio a sus discípulos -“haced esto en memoria mía”- (Lc. 22, 19), que los primeros cristianos comenzaron a reunirse para celebrar juntos la ‘fracción del pan’, después de la Ascensión del Señor a los cielos:

“Todos -narran los Hechos de los Apóstoles- perseveraban en la doctrina de los Apóstoles y en la comunicación de la fracción del pan, y en la oración” (Hechos 2, 42).

San Pablo mismo testimonia la fe firme en la Presencia real de la primitiva cristiandad de Corinto: “El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la Sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es comunión del Cuerpo de Cristo? (. . .) Porque cuantas veces comáis este pan y bebáis el cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que El venga. De modo que quien comiere el pan o bebiere cl cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor” (I Cor. 10, 16; 11, 26-27).

C. La Presencia real según el testimonio de la Tradición

La ‘fracción del pan’ -sintagma técnico para designar la Eucaristía- pasó pronto, junto con el bautismo, a ser el rito característico de los primeros cristianos. Ellos creían con absoluta sencillez que el pan consagrado era el Cuerpo de Cristo. Los Apóstoles y sus sucesores presentaban a los fieles el pan consagrado diciendo: Corpus Christi, y los fieles respondían Amén. La Eucaristía era Jesús, y nadie habló jamás de símbolo o figura.

Uno de los Santos Padres lo explica así: “Este pan es pan antes de la consagración; no bien ha tenido lugar ésta, el pan pasa a ser la Carne de Cristo. . . Ved, pues, cuán eficaz es la palabra de Cristo. . . Así pues, cuando lo recibes, no dices en vano ‘Amén’, confesando en espíritu que recibes el Cuerpo de Cristo. El sacerdote te dice: ‘El Cuerpo de Cristo’ y tú dices: ‘Amén’; esto es, ‘verdadero’” (SAN AMBROSIO, De sacram., lib. 4, cap. 4).

Del siglo II tenemos, entre muchos, el testimonio de San Ignacio de Antioquía: “La Eucaristía es la carne de Nuestro Salvador Jesucristo, que padeció por nuestros pecados, y a la que el Padre por su bondad ha resucitado” (Ep. ad Smyrn. 7, 1). Y, como para prevenir posibles interpretaciones mediatizadas, otro escritor de la antigüedad dice: Porque el Señor no dijo: “Esto es un símbolo de mi cuerpo y esto es un símbolo de mi sangre”. Nos enseña a no considerar la naturaleza de la cosa propuesta a los sentidos, ya que con las palabras pronunciadas sobre la ofrenda por ella se cambia en su carne y en su sangre (TEODORO DE MOPSUESTIA, In Matth. Comm. 26).

Esta fe se ha mantenido en la Iglesia a lo largo de todos los siglos posteriores. Ha sido enriquecida con un desenvolvimiento filosófico y teológico, uniforme con la Tradición, que ha venido a profundizar y a clarificar el dogma. Con brevedad, hablaremos a continuación de esas fundamentaciones racionales.

4.2.2 Modo de verificarse la Presencia real

Habiendo dejado expuesta la verdad de la Presencia real de Cristo en la Eucaristía, hablaremos ahora del modo de realizarse. Es importante recordar, sin embargo, que las verdades de fe se creen no por su evidencia racional, sino porque nos han sido reveladas por Dios, que nunca nos engaña. Por ello, y siendo la Eucaristía una insondable verdad de fe, no se trata de ‘probar’ la Presencia real de Cristo -es un misterio inalcanzable a la razón-, sino de dar una congruente explicación filosófica de lo que ahí sucede.

A. La transubstanciación

El Magisterio de la Iglesia nos enseña que en el sacrosanto sacramento de la Eucaristía. . . se produce una singular y maravillosa conversión de toda la substancia del pan en el Cuerpo de Cristo, y de toda la substancia del vino en la Sangre; conversión que la Iglesia católica llama aptísimamente transubstanciación (Concilio de Trento, Dz. 884; cfr. Catecismo, n. 1376).

En efecto, el término transubstanciación (trans-substare) expresa perfectamente lo que ocurre, pues al repetir el sacerdote las palabras de Jesucristo, se da el cambio de una substancia en otra (en este caso, de la substancia ‘pan’ en la substancia ‘Cuerpo de Cristo’, y de la substancia ‘vino’ en la substancia ‘Sangre de Cristo’), quedando solamente las apariencias, que suelen denominarse -como veremos más adelante- con la expresión “accidentes”.

Esas especies consagradas de pan y de vino permanecen de un modo admirable sin su substancia propia, por virtud de la omnipotencia divina.

La transubstanciación se verifica en el momento mismo en que el sacerdote pronuncia sobre la materia las palabras de la forma (‘esto es mi Cuerpo’; ‘este es el cáliz de mi Sangre’), de manera que, habiéndolas pronunciado, no existen ya ni la substancia del pan ni la substancia del vino: sólo existen sus accidentes o apariencias exteriores.
Para comprenderlo mejor es preciso entender antes qué es una substancia. La palabra substancia viene de sub-stare = estar debajo; es decir, latente bajo unas apariencias. Si alguien tiene una rosa artificial, podemos pensar al verla que es una rosa natural, porque los ojos ven el color, la forma y las apariencias de una rosa verdadera. Sin embargo, bajo esas apariencias no hay una rosa, no existe la substancia rosa. De modo análogo, aunque contrario, cuando yo miro la Hostia consagrada veo los accidentes -color, forma, olor, tamaño, etc.- del pan; pero la fe no los sentidos- me dicen que ahí no está la substancia del pan, sino la substancia del Cuerpo de Cristo.

Precisando más el concepto de transubstanciación, y sus implicaciones en este sacramento, puede afirmarse:

a) en la Eucaristía no hay aniquilamiento de la substancia del pan (o del vino), porque ésta no se destruye, sólo se cambia;

b) no hay creación del Cuerpo de Cristo: crear es sacar algo de la nada, y aquí la substancia del pan cambia por la substancia del Cuerpo, y la del vino por la de la Sangre;

c) no hay conducción del Cuerpo de Cristo del cielo a la tierra: en el cielo permanece el único Cuerpo glorificado de Jesucristo, y en la Eucaristía est su Cuerpo sacramentalmente;

d) Cristo no sufre ninguna mutación en la Eucaristía; toda la mutación se produce en el pan y en el vino;

e) lo que se realiza, pues, en la Eucaristía es la conversión de toda la substancia del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que es lo que llamamos transubstanciación.

En los últimos años, algunos teólogos han buscado nuevas formas de explicar esta Presencia real de Cristo en la Eucaristía, usando términos tomados de filosofías más personalistas. Por ejemplo, hablan de transignificación o de transfinalización, señalando que, por las palabras de la consagración, el pan y el vino consagrados adquieren una nueva significación y se dirigen a un nuevo fin.

Estas doctrinas recientes parece que no intentan disminuir el realismo de la Presencia de Cristo, sino idear nuevos cauces terminológicos en conformidad a las categorías antropológicas de algunas corrientes del pensamiento moderno.

No obstante, el Magisterio de la Iglesia las juzga insuficientes y exige mantener la terminología de siempre: al variarla, en efecto, se incurre en peligro de alterar la verdad de fe. Advierte el Papa Pablo VI que “salvada la integridad de la fe, es también necesario atenerse a una manera apropiada de hablar, para que no demos origen a falsas opiniones -lo que Dios no lo quiera- acerca de la fe en los altos misterios, al usar palabras inexactas. . . La norma, pues, de hablar que la Iglesia, con su prolongado trabajo de siglos, no sin ayuda del Espíritu Santo, ha establecido, confirmándola con la autoridad de los Concilios, y que con frecuencia se ha convertido en contraseña y bandera de la fe ortodoxa, debe ser escrupulosamente observada y nadie, por su propio arbitrio, con pretexto de nueva ciencia, presuma cambiarla” (Encíclica Mysterium fidei, 3-IX-1965, n. 39).

B. Permanencia de los accidentes

Se entiende por ‘especie’ o ‘accidente’, todo aquello que es perceptible por los sentidos, como el tamaño, la extensión, el peso, el color, el olor, el sabor, etc.

Podemos explicarlo también, diciendo que si la substancia es el ser que existe en sí mismo (p. ej., un libro), el accidente es el ser que no puede existir en sí mismo, sino en otro: los accidentes existen en la substancia (p. ej., un libro azul, pesado, de gran volumen, etc.; lo azul, lo pesado o el volumen, no se dan independientes del libro en el que inhieren).

Ahora bien, en la Eucaristía -como ya explicamos- hay un cambio de substancia, pero no hay cambio de accidentes. Los accidentes del pan y del vino continúan, conservando todas sus propiedades, pero permanecen sin sujeto: son mantenidos en el ser por una especialísima y directa intervención de Dios que, siendo Autor del orden material y Creador de todas las cosas, puede suspender con su poder las leyes naturales.

Este tipo de mutación no se encuentra en ningún caso dentro del mundo físico: siempre que cambia la substancia, cambia también con ella los accidentes (p. ej., cuando se quema un papel cambia la substancia ‘papel’ en otra substancia, la ceniza, y se da obviamente también cambio de accidente: tamaño, color, olor, peso, etc.).

4.2.3 El modo como el Cuerpo de Cristo está realmente presente

Nadie duda que el Señor está presente en medio de los fieles, cuando éstos se reúnen en su nombre: Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos (Mt. 18, 20).

También está presente en la predicación de la palabra divina, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es El quien habla (Const. Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II, n. 7).

Igualmente está presente en los sacramentos, ya que son acciones del Cristo, como explicamos.

Sin embargo, la presencia de Jesucristo en la Eucaristía es de otro orden: Es muy distinto el modo verdaderamente sublime, por el cual Cristo est presente en su Iglesia en el sacramento de la Eucaristía, ya que contiene al mismo Cristo y es como la perfección de la vida espiritual y el fin de todos los sacramentos (Pablo VI, Enc. Mysterium Fidei, n. 39).

En efecto, esta presencia de Jesucristo en la Eucaristía se denomina real para hacer frente a la presencia figurativa o simbólica de la que hablan los protestantes, y para señalar también que es diferente de esos otros modos que mencionamos anteriormente.

Se le llama real no por exclusión, como si las otras presencias de Cristo -en la oración, en la palabra, en los otros sacramentos- no fueran reales, sino por antonomasia, pues es una presencia substancial: por ella se hace presente Cristo, Dios y Hombre, entero e íntegro. Por lo tanto, sería entender mal esta manera de presencia, imaginarla al modo espiritual, como si fuera Cuerpo glorioso de Cristo presente en todas partes, o se redujera a un puro simbolismo.

A. Per modum substantiae

Bajo cada una de las especies sacramentales, y bajo cada una de sus partes cuando se fraccionan, est contenido Jesucristo entero, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad.

Lo anterior fue definido como verdad de fe en el Concilio de Trento: “Si alguno negare. . . que bajo cada una de las partes de cualquiera de las especies se contiene Cristo entero, sea anatema”” (Dz. 885).

Con este dogma de fe se impugna la falsedad de quienes afirman que en las fracciones de la Hostia (o en las gotas del vino consagrado) no está ya presente Cristo. Puesto que lo está por transubstanciación -y no de otra manera-, se sigue forzosamente que ahí donde antes había substancia de pan (o de vino) hay ahora la substancia del Cuerpo y de la Sangre de Cristo: Jesucristo está presente al modo de la presencia de la substancia.

Jesucristo no se encuentra presente en la Hostia al modo de los cuerpos, que ocupan una extensión material determinada (la mano en un lugar, y la cabeza en otro), sino al modo de la substancia (‘per modum substantiae’), que está toda entera en cada parte del lugar (la substancia del agua se encuentra tanto en una gota como en el océano; la substancia del pan esta tanto en una migaja como en un pan entero, etc.). Por ello, al dividirse la Hostia, está todo Cristo en cada fragmento de ella.

Cualquier punto de referencia a los cambios que conocemos es inadecuado. El cambio milagroso de la Eucaristía -la transubstanciación- supera toda experiencia; es un cambio que está más allá de los sentidos. Por eso, nunca será descubierto por las ciencias humanas: la química más avanzada no puede descubrir en sus análisis más que pan y vino.

B. Cristo está todo entero bajo cada especie

No está únicamente el Cuerpo de Cristo bajo la especie del pan, ni únicamente su Sangre bajo los accidentes del vino, sino que en cada uno se encuentra Cristo entero. Donde está el Cuerpo, concomitantemente se hallan la Sangre, el Alma y la Divinidad; y donde está la Sangre, igualmente por concomitancia se encuentran el Cuerpo, el Alma y la Divinidad de Jesucristo.

Jesucristo, pues, está presente en la Eucaristía con la naturaleza humana (Cuerpo- y Sangre- y Alma) y la naturaleza divina (Divinidad). Pero el Alma y la Divinidad no están por conversión, sino por simple presencia, debido a la unión hipostática que se da en la Persona de Cristo entre su naturaleza humana y su naturaleza divina. Como escribe Santo Tomás (cfr. S. Th. III, q. 76, a. 1, ad. 1 ), el Cuerpo y la Sangre están por la conversión y el Alma y la Divinidad por real concomitancia.

La doble consagración del pan y del vino fue realizada por Cristo para representar mejor aquello que la Eucaristía renueva: la muerte cruenta del Salvador, que supuso una separación del Cuerpo y de la Sangre. Por ello, el sacerdote consagra separadamente el pan y el vino. Este tema se estudia con más amplitud en el inciso 4.3 La Eucaristía como Sacrificio””.

C. Permanencia de la Presencia real

“La presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la consagración y dura todo el tiempo que subsisten las especies eucarísticas” (Catecismo, n. 1377).

La permanencia de la Presencia real es una verdad de fe, definida contra la herejía protestante que afirmaba la presencia de Cristo en la Eucaristía sólo in uso, es decir, mientras el fiel comulga (Concilio de Trento, cfr. Dz. 886 y 889).

Según la doctrina católica, la Presencia real dura mientras no se corrompen las especies que constituyen el signo sacramental instituido por Cristo. El argumento es claro: como el Cuerpo y la Sangre de Cristo suceden a la substancia del pan y del vino, si se produce en los accidentes tal mutación que a causa de ella hubieran variado las substancias del pan y del vino contenidas bajo esos accidentes, igualmente dejar n de estar presentes la substancia del Cuerpo y de la Sangre del Señor.

Por eso, cuando el sujeto recibe el sacramento, permanecen en su interior la substancia del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, hasta que los efectos naturales propios de la digestión corrompen los accidentes del pan y del vino (alrededor de 10 ó 15 minutos); es entonces cuando deja de darse la Presencia real de Cristo.

En vista de esa permanencia, es dogma de fe que a la Santísima Eucaristía se le debe el culto de verdadera adoración (o culto de latría), que se rinde a Dios (Concilio de Trento, cfr. Dz. 888; Catecismo, n. 1378-9).

4.2.4 Devociones Eucarísticas

Porque Jesucristo permanece en las hostias consagradas que se reservan en el Sagrario, el Santísimo Sacramento es tratado con singular reverencia, guardándose en ricos vasos sagrados, y doblando ante El la rodilla. Además, cerca del Sagrario arde constantemente una lamparilla de cera, que recuerda su Presencia real.

Así pues, “la Iglesia católica ha dado y continúa dando este culto de adoración que se debe al sacramento de la Eucaristía no solamente durante la misa, sino también fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas, presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión” (Catecismo, n. 1378).

La liturgia reserva dos solemnidades para honrar esta Presencia real: el Jueves Santo se celebra la institución del Sacramento, con especial referencia al Sacrificio de la Cruz (‘la Eucaristía como sacrificio’), mientras que el día del Corpus et Sanguis Christi se acentúa el homenaje de adoración al Señor realmente presente en el sagrario (‘la Eucaristía como sacramento’). Ese día, en muchos sitios es costumbre llevar solemnemente al Santísimo en procesión por las calles de la ciudad.

Recomienda la Iglesia hacer con frecuencia la Exposición y Bendición con el Santísimo, dando gracias por su Amor y pidiendo su ayuda. Se canta el Pange lingua, y el Tantum ergo, u otro himno oportuno, y al final el mismo Jesucristo bendice cuando el sacerdote hace la Cruz sobre nosotros con la Hostia Sagrada.

En realidad, todo el culto de la Iglesia se mueve alrededor de la Eucaristía, y la devoción privada de los cristianos ha encontrado diversas formas de manifestar su fe y su amor al Señor presente en medio de nosotros. Una muy especial es la Visita al Santísimo, para hacerle compañía durante algunos minutos, ya que Jesús nos espera en este sacramento de amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración (Catecismo, n. 1380).

4.3 LA EUCARISTIA COMO SACRIFICIO

Habiendo concluido la explicación de la Eucaristía como sacramento, se estudia ahora bajo su otra consideración fundamental: la Eucaristía como sacrificio.

Aunque el sacramento y el sacrificio de la Eucaristía se realizan por medio de la misma consagración, existe entre ellos una distinción conceptual. La Eucaristía es sacramento en cuanto Cristo se nos da en Ella como manjar del alma, y es sacrificio en cuanto que en Ella Cristo se ofrece a Dios como oblación (cfr. S. Th. III, q. 75, a. 5).

El sacramento tiene por fin primario la santificación del hombre; el sacrificio tiene por fin primario la glorificación de Dios.

También Santo Tomás señala que el sacramento de la Eucaristía se realiza en la consagración, en la que se ofrece el sacrificio a Dios (cfr. S. Th. III, q. 82, a. 10, ad.1). Con estas palabras indica que el sacrificio y el sacramento son una misma realidad, aunque podemos considerarlos por separado en cuanto que la razón de sacrificio está en que lo realizado tiene a Dios como destinatario, mientras que la razón de sacramento contempla al hombre, a quien se da Cristo como alimento.

La Eucaristía como sacramento es una realidad permanente (res permanens), como sacrificio es una realidad transitoria (actio transiens). Se entiende como sacramento la Hostia ya consagrada en la comunión, en la reserva del sagrario, en la exposición del Santísimo, etc.; se entiende como sacrificio en la Santa Misa, esto es, cuando se lleva a cabo la consagración.

“La Eucaristía es también el sacrificio de la Iglesia”. La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, participa de la ofrenda de su Cabeza. Con El, ella se ofrece totalmente. Se une a su intercesión ante el Padre por todos los hombres.

En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo es también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo. El sacrificio de Cristo presente sobre el altar da a todas las generaciones la posibilidad de unirse a su ofrenda (Catecismo, n. 1368).

4.3.1 Del Sacrificio en general

Por sacrificio se entiende:

a) el ofrecimiento a Dios,

b) de una cosa sensible que se destruye o inmola,

c) hecha por el ministro legítimo,

d) en reconocimiento del supremo dominio de Dios sobre las criaturas.

El sacrificio es el acto principal de la religión. Ya desde los tiempos más remotos ha sentido el hombre la necesidad de rendir a Dios homenajes debidos, y le manifiesta esta convicción sacrificando en su honor algunas criaturas: las mejores y las más apropiadas. Además, el hombre buscó también así aplacar a Dios por los pecados cometidos, privándose de objetos que le resultaban valiosos.

El sacrificio requiere la destrucción o inmolación de la víctima, pues sólo así se testifica el dominio de Dios sobre lo creado: de aquello que se destruye nada queda; el hombre se priva de un bien que ofrece del todo para el solo honor de Dios.
Adán y sus hijos sacrificaban las primicias del campo y del rebaño para honrar a Dios (cfr. Gen. 4, 3). Noé, al salir del Arca, sacrificó animales para dar gracias a Dios (cfr. Gen. 8, 20). David hizo un sacrificio cuando se privó del agua que sus soldados le ofrecían, y la echó al suelo en honor de Dios (cfr. I Paralip. 11, 17). La inmolación del cordero pascual sirvió para librar de la muerte a los israelitas (cfr. Ex. 12). Los judíos, en fin, ofrecían de continuo oblaciones y holocaustos en el Templo de Jerusalén.

Todos estos sacrificios llamados sacrificios de la Antigua Ley, anunciaban y prefiguraban el verdadero y perfecto sacrificio, el sacrificio de la Nueva Ley realizado por Jesucristo con su muerte en la Cruz.

4.3.2 El Sacrificio de la Misa

En el Antiguo Testamento Dios había manifestado a su pueblo con qué sacrificios quería ser honrado. Sin embargo, esos sacrificios eran aún imperfectos, sombra y figura del sacrificio perfecto que le ofrecería su Hijo al venir al mundo y morir en la Cruz: sacrificio único y de valor infinito.

En el año 420 A. C., Dios envió al último profeta, Malaquías, quien habló así en su Nombre:

“Se acabó ya mi benevolencia para con vosotros, oh sacerdotes hebreos, que me ofrecéis sacrificios en el Templo! Porque he aquí que (la mirada del profeta escudriñaba aquí el porvenir) desde Oriente hasta Occidente mi gloria se difunde entre todos los pueblos y en todo lugar se me ofrece una Víctima que es toda ella pura. Porque grande es mi gloria entre los pueblos, dice el Señor “(Mal. 1, 10-11).

Este nuevo sacrificio no puede ser ninguno de la Antigua Ley. Primero, por el rechazo a los sacerdotes hebreos. Luego, porque en la antigua alianza sólo se ofrecían sacrificios en el Templo de Jarusalén; ahora se ofrecer en todo lugar. En el Templo, las víctimas no eran necesariamente gratas a Dios; ahora será una Víctima siempre pura y grata a su presencia, al tratarse del mismo Hijo de Dios. Por último, los sacrificios antiguos se reservaban sólo a los judíos; ahora se extenderá entre todos los pueblos.

Este sacrificio de la Nueva Ley es el sacrificio que Cristo realizó en la Cruz. En él se cumplen todas las condiciones del sacrificio: el Sacerdote y la Víctima son el mismo Cristo, la inmolación consiste en la muerte del Redentor, y el holocausto del Hijo tiene por fin la gloria de Dios Padre. Este sacrificio es del todo agradable a Dios y lo satisface de modo pleno y sobreabundante por los pecados de todos los hombres.

En virtud de la expresa voluntad del Señor, este único sacrificio es renovado bajo las especies de pan y vino, cada vez que se celebra la Santa Misa. El sacrificio de la Misa fue instituido en la Ultima Cena, cuando Cristo convirtió el pan y el vino en su Cuerpo y Sangre, ordenando a los Apóstoles: Haced esto en memoria mía (Lc. 22, 19). Aquello que iba a suceder al día siguiente -su muerte cruenta en la Cruz, para obtener el perdón de los pecados- quedaría perpetuamente renovada con la oblación incruenta de las especies sacramentales, para que se aplicaran esos méritos infinitos obtenidos por Jesucristo con su inmolación.

4.3.3 Relación entre el Sacrificio de la Misa y el de la Cruz

La Misa no es una simple representación, sino que es una renovación del sacrificio de la Cruz.

El Concilio de Trento (Dz. 938, 940) enseña que el sacrificio de la Misa es esencialmente el mismo de la Cruz (es una misma la Víctima, el Sacerdote y los fines); sólo difiere en el modo como se ofrece (en la Cruz, de modo cruento, con derramamienío de Sangre; incruentamente en la Eucaristía).

Hay también una íntima relación entre la Misa y la Ultima Cena (cfr. Dz. 938ss., 949, 957, 961, 963):

La consagración del pan y del vino hecha en la Ultima Cena tuvo principalmente carácter de sacramento, porque lo que pretendió Cristo fue especialmente darse como alimento. Pero tuvo también carácter de sacrificio. En efecto, si la Víctima no fue inmolada en ese momento, sí fue ofrecida para ser inmolada en la Cruz (esto es mi Cuerpo, que ser entregado por vosotros. Esta es mi sangre, que será derramada por vosotros””; Lc. 22, 19-20). Se ve, pues, que su Cuerpo y su Sangre tuvieron ya carácter de víctima inmolada; y por eso si la Misa es la renovación del sacrificio de la Cruz, la Ultima Cena fue la anticipación de él.

La Santa Misa remite directamente al Sacrificio de la Cruz, anunciado y sacramentalmente anticipado, pero aún no consumado, en la Ultíma Cena. La Santa Misa fue instituida en la Ultima Cena, no para perpetuarla, sino para perpetuar el Sacrificio de la Cruz. Por eso, en sentido estricto, la primera Misa sólo pudo celebrarse después del Sacrificio del Calvario, aunque se pudo hacer en virtud de la institución sacramental de la noche anterior.

4.3.4 La esencia del Sacrificio de la Misa

En la estructura de la Misa encontramos las siguientes partes (cfr. Catecismo, nn. 1348 a 1355):

– los ritos iniciales;

– la liturgia de la palabra (lectura de los libros sagrados, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento);

– la liturgia eucarística (desde el ofrecimiento del pan y del vino hasta la comunión del sacerdote, teniendo como parte central la consagración);

– el rito de comunión;

– los ritos de conclusión.

La esencia de la Santa Misa como sacrificio consiste en la consagración de las dos especies, que se ofrecen a Dios como oblación (cfr. S. Th. III, q. 82, a. 10). Con la doble consagración se manifiesta la cruenta separación del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo en la Cruz.

“La divina Sabiduría ha hallado un modo admirable para hacer manifiesto el Sacrificio de nuestro Redentor, con señales inequívocas que son símbolo de muerte, ya que gracias a la transubstanciación del pan en el Cuerpo y del vino en la Sangre de Cristo, las especies eucarísticas simbolizan la cruenta separación del Cuerpo y de la Sangre” (Pío XII, Enc. Mediator Dei).

De acuerdo a lo anterior, no constituye la esencia de la Misa la parte didáctica o de la palabra (error protestante), ni la sola comunión (cfr. Dz. 948), ni se requiere para el sacrificio la presencia de los fieles (cfr. Dz. 944), ni el asentamiento de la comunidad para que la Misa tenga lugar, etc.: la esencia de la Misa es la doble consagración.

4.3.5 Fines del Sacrificio de la Misa

Siendo el Sacrificio de la Misa el mismo Sacrificio del Calvario, sus fines resultan también idénticos. De acuerdo a la enseñanza del Concilio de Trento (cfr. Dz. 940 y 950) son cuatro los fines de la Misa:

1) Alabar a Dios, reconociéndolo como Ser Supremo (fin latréutico).

El fin principal de la Misa es dar a Dios la adoración y alabanza que sólo El merece. Este acto se realiza por la inmolación en su honor de la Víctima de infinito valor: el Hombre-Dios.

Cuando la Iglesia celebra misas en honor de los santos, no ofrece el sacrificio a los santos, sino sólo a Dios. La Iglesia hace tan sólo conmemoración de los santos con el fin de agradecer a Dios la gracia y la gloria concedidas a ellos, y con el propósito de invocar su intercesión: Dz. 941, 952.

2) Darle gracias por los beneficios recibidos (fin eucarístico).

La Misa realiza de manera excelente el deber de agradecimiento, pues sólo Cristo, en nuestro nombre, es capaz de retribuir a Dios sus innumerables beneficios para con nosotros.

3) Moverlo al perdón de los pecados (fin propiciatorio), toda vez que el mismo Cristo dijo: Esta es mi sangre, que será derramada para el perdón de los pecados”” (Mt. 26, 28).

A través de la Santa Misa recibe Dios, de modo infinito y sobreabundante, méritos remisores de los pecados de vivos y difuntos.

Trento declaró que, según tradición apostólica, la propiciación puede aplicarse también por las almas del purgatorio (cfr. Dz. 940, 950).

4) Pedirle gracias o favores (fin impetratorio), pues la Misa tiene la eficacia infinita de la oración del mismo Cristo.