Homilia del Santo Padre Francisco en la Solemnidad de la Natividad del Señor 24 dic 2014


SANTA MISA DE NOCHEBUENA

SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Basílica Vaticana
Miércoles 24 de diciembre de 2014

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«El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras y una luz les brilló» (Is 9,1). «Un ángel del Señor se les presentó [a los pastores]: la gloria del Señor los envolvió de claridad» (Lc 2,9). De este modo, la liturgia de la santa noche de Navidad nos presenta el nacimiento del Salvador como luz que irrumpe y disipa la más densa oscuridad. La presencia del Señor en medio de su pueblo libera del peso de la derrota y de la tristeza de la esclavitud, e instaura el gozo y la alegría.

También nosotros, en esta noche bendita, hemos venido a la casa de Dios atravesando las tinieblas que envuelven la tierra, guiados por la llama de la fe que ilumina nuestros pasos y animados por la esperanza de encontrar la «luz grande». Abriendo nuestro corazón, tenemos también nosotros la posibilidad de contemplar el milagro de ese niño-sol que, viniendo de lo alto, ilumina el horizonte.

El origen de las tinieblas que envuelven al mundo se pierde en la noche de los tiempos. Pensemos en aquel oscuro momento en que fue cometido el primer crimen de la humanidad, cuando la mano de Caín, cegado por la envidia, hirió de muerte a su hermano Abel (cf. Gn 4,8). También el curso de los siglos ha estado marcado por la violencia, las guerras, el odio, la opresión. Pero Dios, que había puesto sus esperanzas en el hombre hecho a su imagen y semejanza, aguardaba pacientemente. Dios esperaba. Esperó durante tanto tiempo, que quizás en un cierto momento hubiera tenido que renunciar. En cambio, no podía renunciar, no podía negarse a sí mismo (cf. 2 Tm 2,13). Por eso ha seguido esperando con paciencia frente a la corrupción de los hombres y de los pueblos. La paciencia de Dios. Qué difícil es entender esto: la paciencia de Dios con nosotros.

A lo largo del camino de la historia, la luz que disipa la oscuridad nos revela que Dios es Padre y que su paciente fidelidad es más fuerte que las tinieblas y que la corrupción. En esto consiste el anuncio de la noche de Navidad. Dios no conoce los arrebatos de ira y la impaciencia; está siempre ahí, como el padre de la parábola del hijo pródigo, esperando atisbar a lo lejos el retorno del hijo perdido; y todos los días, pacientemente. La paciencia de Dios.

La profecía de Isaías anuncia  la aparición de una gran luz que disipa la oscuridad. Esa luz nació en Belén y fue recibida por las manos tiernas de María, por el cariño de José, por el asombro de los pastores. Cuando los ángeles anunciaron a los pastores el nacimiento del Redentor, lo hicieron con estas palabras: «Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12). La «señal» es precisamente la humildad de Dios, la humildad de Dios llevada hasta el extremo; es el amor con el que, aquella noche, asumió nuestra fragilidad, nuestros sufrimientos, nuestras angustias, nuestros anhelos y nuestras limitaciones. El mensaje que todos esperaban, que buscaban en lo más profundo de su alma, no era otro que la ternura de Dios: Dios que nos mira con ojos llenos de afecto, que acepta nuestra miseria, Dios enamorado de nuestra pequeñez.

Esta noche santa, en la que contemplamos al Niño Jesús apenas nacido y acostado en un pesebre, nos invita a reflexionar. ¿Cómo acogemos la ternura de Dios? ¿Me dejo alcanzar por él, me dejo abrazar por él, o le impido que se acerque? «Pero si yo busco al Señor» –podríamos responder–. Sin embargo, lo más importante no es buscarlo, sino dejar que sea él quien me busque, quien me encuentre y me acaricie con cariño. Ésta es la pregunta que el Niño nos hace con su sola presencia: ¿permito a Dios que me quiera?

Y más aún: ¿tenemos el coraje de acoger con ternura las situaciones difíciles y los problemas de quien está a nuestro lado, o bien preferimos soluciones impersonales, quizás eficaces pero sin el calor del Evangelio? ¡Cuánta necesidad de ternura tiene el mundo de hoy! Paciencia de Dios, cercanía de Dios, ternura de Dios.

La respuesta del cristiano no puede ser más que aquella que Dios da a nuestra pequeñez. La vida tiene que ser vivida con bondad, con mansedumbre. Cuando nos damos cuenta de que Dios está enamorado de nuestra pequeñez, que él mismo se hace pequeño para propiciar el encuentro con nosotros, no podemos no abrirle nuestro corazón y suplicarle: «Señor, ayúdame a ser como tú, dame la gracia de la ternura en las circunstancias más duras de la vida, concédeme la gracia de la cercanía en las necesidades de los demás, de la humildad en cualquier conflicto».

Queridos hermanos y hermanas, en esta noche santa contemplemos el misterio: allí «el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande» (Is 9,1). La vio la gente sencilla, dispuesta a acoger el don de Dios. En cambio, no la vieron los arrogantes, los soberbios, los que establecen las leyes según sus propios criterios personales, los que adoptan actitudes de cerrazón. Miremos al misterio y recemos, pidiendo a la Virgen Madre: «María, muéstranos a Jesús».


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La seriedad de la Navidad


Autor: P. Antonio Rivero, L.C. | Fuente: Catholic.net
La seriedad de la Navidad
¿Castañuelas, panderetas? ¡Bien! Pero no olvidemos que Dios, cuando comience a hablar nos va a pedir: “Niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme”.
La seriedad de la Navidad

Ha pasado la Navidad, pero recordemos en este tiempo de Navidad lo que vivimos.

En general, la Navidad toma la encarnación del Verbo de Dios en la parte más descomprometida e infantil. Es un niño quien ha nacido. Y un niño no dice cosas serias. Este Niño Dios no ha dicho todavía “Sed perfectos”, ni “sepulcros blanqueados”, ni “vende tus bienes y sígueme” ni “Yo soy la Verdad y la Luz”. Todavía está callado este niño. Y nos aprovechamos de su silencio para comprarle el Amor barato, a precio de villancicos y panderetas.

En esa Nochebuena no intuimos el tremendo compromiso que adquirimos los humanos. Como es un Niño el que nos ha nacido, no percibimos la Ley y el Compromiso serio, que nos trae debajo de su débil brazo. En torno a un niño todo parece ser cosa de juego y de algarabía. ¿También con el Niño Dios?

A qué nos compromete la Encarnación del Hijo de Dios? ¿Qué nos quiere decir a nosotros hoy la Encarnación?

A Belén se acercarán este año:

– El Papa, llevándole a Jesús todas las luces y sombras, las alegrías y las tristezas de la Iglesia.
– Los obispos y sacerdotes de todo el mundo, llevando a sus espaldas sus diócesis y parroquias, sus movimientos y grupos, para regalárselos a Jesús.
– Religiosos y religiosas, con sus corazones consagrados y sus ansias de seguirle en pobreza, castidad y obediencia.
– Misioneros y misioneras, dispuestas a aprender las lecciones de esa cátedra de Belén.
– Laicos, admirados o indiferentes, despiertos y somnolientos, santos y pecadores, sanos y enfermos, jóvenes y adultos, niños y ancianos.

¿Entenderemos todos lo que allí, en Belén, se juega? ¿Nacerá en cada uno de nosotros, ese Niño Dios?

Navidad no son las luces de colores, ni las guirnaldas que adornan las puertas y ventanas de las casas, ni las avenidas engalanadas, ni los árboles decorados con cintas y bolas brillantes, ni la pólvora que ilumina y truena.

Navidad no son los almacenes en oferta. Navidad no son los regalos que demos y recibimos, ni las tarjetas que enviamos a los amigos, ni las fiestas que celebramos. Navidad no son Papá Noel, ni santa Claus, ni los Reyes Magos que traen regalos. Navidad no son las comidas especiales. Navidad no es ni siquiera el pesebre que construimos, ni la novena que rezamos, ni los villancicos que cantamos alegres.

Navidad es Dios que se hace hombre como nosotros porque nos ama y nos pide un rincón de nuestro corazón para nacer. Por eso, ser hombre es tremendamente importante, pues Dios quiso hacerse hombre. Y hay que llevar nuestra dignidad humana como la llevó el Hijo de Dios Encarnado. Por eso, Navidad es tremendamente exigente porque Dios pide a gritos un hueco limpio en nuestra alma para nacer un año más. ¿Se lo daremos?

Navidad es una joven virgen que da a luz al Hijo de Dios. Por eso, dar a luz es tremendamente importante a la luz de la Encarnación, porque Dios quiso que una mujer del género humano le diese a luz en una gruta de Belén. Tener un hijo es tremendamente comprometedor, pues Jesús fue dado a luz por María. No es lo mismo tener o tener un hijo; no es lo mismo querer tenerlo o no tenerlo. Navidad invita al don de la vida, no a impedir la vida.

Navidad es un niño pequeño recostado en un pesebre. Por eso es tan tremendamente importante ser niño, y niño inocente, al que debemos educar, cuidar, tener cariño, darle buen ejemplo, alimentarle en el cuerpo y en el alma… como hizo María. Y no explotar al niño, y no escandalizar a los niños, y no abofetear a los niños, y no insultar a los niños.

Navidad son ángeles que cantan y traen la paz de los cielos a la tierra. Por eso, es tremendamente importante hacer caso a los ángeles, no jugar con ellos a supersticiones y malabarismos mágicos, sino encomendarles nuestra vida para que nos ayuden en el camino hacia el cielo y hacerles caso a sus inspiraciones. Por eso es tremendamente importante ser constructores de paz y no fautores de guerras.

Navidad son pastores que se acercan desde su humildad, limpieza y sencillez. Por eso, es tremendamente importante que no hagamos discriminaciones a nadie, y que si tenemos que dar preferencia a alguien que sean a los pobres, humildes, ignorantes. Quien se toma en serio la Encarnación del Hijo de Dios tiene que dar cabida en su corazón a los más desvalidos de la sociedad, pues de ellos es el Reino de los cielos.

Navidad es esa estrella en mi camino que luce y me invita a seguirla, aunque tenga que caminar por desiertos polvorientos, por caminos de dudas cuando desaparece esa estrella. La Encarnación me compromete tremendamente a hacer caso a todos esos signos que Dios me envía para que me encamine hacia Belén, siguiendo el claroscuro de la fe.

Navidad es anticipo de la Eucaristía, porque allí, en Belén, hay sacrificio y ¡cuán costoso!, y banquete de luz y virtudes, y ¡cuán surtidas las virtudes de Jesús que nos sirve desde el pesebre: humildad, obediencia, pureza, silencio, pobreza…; y las de María: pureza, fe, generosidad…y las de José: fe, confianza y silencio!, y Belén es, finalmente, presencia que consuela, que anima y que sonríe. Belén es Eucaristía anticipada y en germen. Belén es tierra del pan…y ese pan tierno de Jesús necesitaba cocerse durante esos años de vida oculta y pública, hasta llegar al horno del Cenáculo y Calvario. Y hasta nosotros llega ese pan de Belén en cada misa. Y lo estamos celebrando en este año dedicado a la Eucaristía.

Navidad es ternura, bondad, sencillez, humildad. Por eso, meterse en Belén es tremendamente comprometedor, pues Dios Encarnado sólo bendice y sonríe al humilde y sencillo de corazón.

Navidad es una luz en medio de la oscuridad. Por eso, la Encarnación es misterio tremendo que nos ciega por tanta luz y disipa toda nuestras zonas oscuras. Meterse en el portal de Belén es comprometerse a dejarse iluminar por esa luz tremenda y purificadora.

Navidad es esperanza para los que no tienen esperanza. Por eso, la Encarnación es misterio tremendo que nos lanza a la esperanza en ese Dios Encarnado que nos viene a dar el sentido último de nuestra vida humana.

Navidad es entrega, don, generosidad. Dios Padre nos da a su Hijo. María nos ofrece a su Hijo. Por eso, quien medita en la Encarnación no puede tener actitudes tacañas.

Navidad es alegría para los tristes, es fe para los que tienen miedo de creer, es solidaridad con los pobres y débiles, es reconciliación, es misericordia y perdón, es amor para todos. ¿Entendemos el tremendo compromiso, si entramos en Belén?

Ya desde el pesebre pende la cruz. Es más, el pesebre de Belén y la cruz del Calvario están íntimamente relacionados, profundamente unidos entre sí. El pesebre anuncia la cruz y la cruz es resultado y producto, fruto y consecuencia del pesebre. Jesús nace en el pesebre de Belén para morir en la cruz del Calvario. El niño débil e indefenso del pesebre de Belén, es el hombre débil e indefenso que muere clavado en la cruz.

El niño que nace en el pesebre de Belén, en medio de la más absoluta pobreza, en el silencio y la soledad del campo, en la humildad de un sitio destinado para los animales, es el hombre que muere crucificado como un blasfemo, como un criminal, en la cruz destinada para los esclavos, acompañado por dos malhechores.

En su nacimiento, Jesús acepta de una vez y para siempre la voluntad de Dios, y en el Calvario consuma y realiza plenamente ese proyecto del Padre.

¡Qué unidos están Belén y Calvario!

El pesebre es humildad; la cruz es humillación. El pesebre es pobreza; la cruz es desprendimiento de todo, vaciamiento de sí mismo. El pesebre es aceptación de la voluntad del Padre; la cruz es abandono en las manos del Padre. El pesebre es silencio y soledad; la cruz es silencio de Dios, soledad interior, abandono de los amigos. El pesebre es fragilidad, pequeñez, desamparo; la cruz es sacrificio, don de sí mismo, entrega, dolor y sufrimiento.

Ahora sí hemos vislumbrado un poco más el misterio de Belén, el misterio de la Navidad, el misterio de este Dios Encarnado.

¿Castañuelas, panderetas y zambombas? ¡Bien! Pero no olvidemos el compromiso serio de este Dios Encarnado…pues en cuanto comience a hablar nos va a pedir: “Niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme”. Entonces nos darán ganas de tirar a una esquina la pandereta, las castañuelas y comenzar a escuchar a ese Dios Encarnado que por amor a nosotros toma la iniciativa de venir a este mundo, para enseñarnos el camino del bien, del amor, de la paz y de la verdadera justicia.

Terminemos con una oración:

Niño del pesebre, pequeño Niño Dios, hermano de los hombres. El alma se me llena de ternura y el corazón de dicha, cuando te veo así, pequeño, pobre y humilde, débil e indefenso, recostado en las pajas del pesebre.

Enséñame, Jesús, a apreciar lo que vale tu dulce encarnación. Ayúdame a comprender el profundo sentido de tu presencia entre nosotros. Haz que mi corazón sienta la grandeza de tu generosidad, la profundidad de tu humildad, la maravilla de tu bondad y de tu amor salvador.

Un regalo para el recién nacido


Autor: P. Sergio A. Córdova LC | Fuente: Catholic.net
Un regalo para el Recién Nacido
Sólo los humildes pueden ir a Belén y arrodillarse ante la maravilla infinita de un Dios hecho Niño y acostado en un pesebre.
Un regalo para el Recién Nacido

Ya, felizmente, ha llegado esta fecha venturosa de Navidad. Todos guardamos en nuestra alma recuerdos entrañables de las fiestas navideñas: bellos recuerdos de nuestra infancia, y también de nuestra edad juvenil y adulta. Y es que, en este día todos nos hacemos un poco como niños. Y está muy bien que sea así, porque nuestro Señor prometió el Reino de los cielos a los que son como niños. Más aún, desde que Dios se hizo niño, ya nadie puede avergonzarse de ser uno de ellos.

¡Tantas cosas podrían decirse en un día como éstos! Pero no voy a escribir un tratado de teología. Me voy a limitar, amigo lector, a contarte una sencilla y bella historia. Espero que te guste.

Se cuenta que el año 1994 dos americanos fueron invitados por el Departamento de Educación de Rusia –curiosamente—, para enseñar moral en algunas escuelas públicas, basada en principios bíblicos. Debían enseñar en prisiones, negocios, en el departamento de bomberos y en un gran orfanato. En el orfanato vivían casi 100 niños y niñas que habían sido abandonados por sus padres y dejados en manos del Estado. Y fue en este lugar en donde sucedió este hecho.

Era 25 de diciembre. Los educadores comenzaron a contarles a los niños la historia de la primera Navidad. Les hablaron acerca de María y de José llegando a Belén, de cómo no encontraron lugar en las posadas y, obligados por las circunstancias, tuvieron que irse a un establo a las afueras de Belén. Y fue allí, en una cueva pobre, maloliente y sucia, en donde nació Dios, el Niño Jesús. Y allí fue recostado en un pesebre.

Mientras los chicos del orfanato escuchaban aquella historia, contenían el aliento, y no salían de su asombro. Era la primera vez que oían algo semejante en su vida. Al concluir la narración, los educadores les dieron a los chicos tres pequeños trozos de cartón para que hicieran un tosco pesebre. A cada niño se le dio un cuadrito de papel amarillo, cortado de unas servilletas, para que asemejaran a unas pajas. Luego, unos trocitos de franela para hacerle la manta al bebé. Y, finalmente, de un fieltro marrón, cortaron la figura de un bebé.

De pronto, uno de ellos fijó la vista en un niño que, al parecer, ya había terminado su trabajo. Se llamaba Mishna. Tenía unos ojos muy vivos y estaría alrededor de los seis años de edad. Cuando el educador miró el pesebre, quedó sorprendido al ver no un niño dentro de él, sino dos. Maravillado, llamó enseguida al traductor para que le preguntara por qué había dos bebés en el pesebre. Mishna cruzó sus brazos y, observando la escena del pesebre, comenzó a repetir la historia muy seriamente. Por ser el relato de un niño que había escuchado la historia de Navidad una sola vez, estaba muy bien, hasta que llegó al punto culminante. Allí Mishna empezó a inventar su propio relato, y dijo: –“Y cuando María puso al bebé en el pesebre, Jesús me miró y me preguntó si yo tenía un lugar para estar. Yo le dije que no tenía mamá ni papá, y que no tenía ningún lugar adonde ir. Entonces Jesús me dijo que yo podía estar allí con Él. Le dije que no podía, porque no tenía ningún regalo para darle. Pero yo quería quedarme con Jesús. Y por eso pensé qué podía regalarle yo al Niño. Se me ocurrió que tal vez como regalo yo podría darle un poco de calor. Por eso le pregunté a Jesús: Si te doy calor, ¿ése sería un buen regalo para ti? Y Jesús me dijo que sí, que ése sería el mejor regalo que jamás haya recibido. Por eso me metí dentro del pesebre. Y Jesús me miró y me dijo que podía quedarme allí para siempre”.

Cuando el pequeño Misha terminó su relato, sus ojitos brillaban llenos de lágrimas y empapaban sus mejillas; se tapó la cara, agachó la cabeza sobre la mesa y sus hombros comenzaron a sacudirse en un llanto profundo. El pequeño huérfano había encontrado a alguien que jamás lo abandonaría ni abusaría de él. ¡Alguien que estaría con él para siempre!

Esta conmovedora historia, ¡tiene tanto que enseñarnos! Este niño había comprendido que lo esencial de la Navidad no son los regalos materiales, ni el pavo, ni la champagne, ni las luces y tantas otras cosas buenas y legítimas. Lo verdaderamente importante es nuestro corazón. Y querer estar para siempre al lado de Jesús a través de nuestro amor, de nuestra fe, del regalo de nuestro ser entero a Él.

Dios nace hoy en un establo, no en un palacio. Nace en la pobreza y en la humildad, no en medio de lujos, de poderes y de riquezas. Sólo así podía estar a nuestro nivel: al nivel de los pobres, de los débiles y de los desheredados.

Sólo si nosotros somos pequeños y pobres de espíritu podremos acercarnos a Él, como lo hicieron los pastores en aquella bendita noche de su nacimiento. Los soberbios, los prepotentes y los ricos de este mundo, los que creen que todo lo pueden y que no necesitan de nada ni de nadie –como el rey Herodes, los sabios doctores de Israel y también los poderosos de nuestro tiempo— tal vez nunca llegarán a postrarse ante el Niño en el pobre portal de Belén.

Ojalá nosotros también nos hagamos hoy como niños, como Mishna, como los pobres pastores del Evangelio, para poder estar siempre con Jesús.

Sólo los humildes pueden ir a Belén y arrodillarse ante la maravilla infinita y el misterio insondable de un Dios hecho Niño y acostado en un pesebre. Sólo la contemplación extasiada y llena de fe y de amor es capaz de penetrar –o, mejor dicho, de vislumbrar un poquito al menos— la grandeza inefable de la Navidad. ¡El Dios eterno, infinito, omnipotente e inmortal, convertido en un Niño recién nacido, pequeñito, impotente, humilde, incapaz de valerse por sí mismo! ¿Por qué? Por amor a ti y a mí.

Para redimirnos del pecado, para salvarnos de la muerte, para liberarnos de todas las esclavitudes que nos oprimen y afligen.

Si Dios ha hecho tanto por ti, ¿qué serás capaz tú de regalarle al Niño Dios?

Frases para meditar en navidad


Autor: P. Evaristo Sada LC
Frases de Navidad para meditar
Colección de frases del Papa Benedicto XVI sobre el nacimiento de Cristo, que nos ayuda a prepararnos para la Navidad.
Frases de Navidad para meditar

El Adviento es un tiempo de oración que nos ayuda a prepararnos para la Navidad. Les ofrezco esta colección de frases del Papa Benedicto XVI sobre el nacimiento de Cristo.

Recuerda lo que nos dice San Ignacio: No el mucho saber harta y satisface el ánima, sino el gustar y sentir las cosas internamente.

Las frases están ordenadas según los siguientes apartados:

1.Noche de Dios
2.Dios Niño, Dios hecho hombre
3.Dios con nosotros
4.Los pastores en camino
5.El establo de Belén
6.Por qué los regalos
7.Noche de Amor
8.Noche de luz
9.Noche de paz
10.Noche de alegría

NOCHE DE DIOS

  • La vigilia de hoy nos prepara para vivir intensamente el misterio que esta noche la liturgia nos invitará a contemplar con los ojos de la fe.
  • Llegó el momento que Israel esperaba desde hacía muchos siglos, durante tantas horas oscuras, el momento en cierto modo esperado por toda la humanidad con figuras todavía confusas: que Dios se preocupase por nosotros, que saliera de su ocultamiento, que el mundo alcanzara la salvación y que Él renovase todo.
  • Podemos imaginar con cuánta preparación interior, con cuánto amor, esperó María aquella hora.
  • Dios reside en lo alto, pero se inclina hacia abajo…
  • Dios no es soledad eterna, sino un círculo de amor en el recíproco entregarse y volverse a entregar. Él es Padre, Hijo y Espíritu Santo.
  • En Jesucristo, el Hijo de Dios, Dios mismo, Dios de Dios, se hizo hombre.
  • El eterno hoy de Dios ha descendido en el hoy efímero del mundo, arrastrando nuestro hoy pasajero al hoy perenne de Dios.
  • Dios es tan grande que puede hacerse pequeño.
  • Dios es tan poderoso que puede hacerse inerme y venir a nuestro encuentro como niño indefenso para que podamos amarlo.
  • Dios es tan bueno que puede renunciar a su esplendor divino y descender a un establo para que podamos encontrarlo.
  • Dios es inmensamente grande e inconmensurablemente por encima de nosotros. Esta es la primera experiencia del hombre. La distancia parece infinita. El Creador del universo, el que guía todo, está muy lejos de nosotros: así parece inicialmente. Pero luego viene la experiencia sorprendente: Aquél que no tiene igual, que «se eleva en su trono», mira hacia abajo, se inclina hacia abajo. Él nos ve y me ve. Este mirar hacia abajo es más que una mirada desde lo alto. El mirar de Dios es un obrar. El hecho que Él me ve, me mira, me transforma a mí y al mundo que me rodea.
  • Con su mirar hacia abajo, Él me levanta, me toma benévolamente de la mano y me ayuda a subir, precisamente yo, de abajo hacia arriba.
  • «Dios se inclina». Esta es una palabra profética. En la noche de Belén, esta palabra ha adquirido un sentido completamente nuevo. El inclinarse de Dios ha asumido un realismo inaudito y antes inimaginable. Él se inclina: viene abajo, precisamente Él, como un niño, incluso hasta la miseria del establo, símbolo toda necesidad y estado de abandono de los hombres. Dios baja realmente.
  • Cuánto desearíamos, nosotros los hombres, un signo diferente, imponente, irrefutable del poder de Dios y su grandeza. Pero su señal nos invita a la fe y al amor, y por eso nos da esperanza: Dios es así. Él tiene el poder y es la Bondad.
  • El hombre puede ser imagen de Dios, porque Jesús es Dios y Hombre, la verdadera imagen de Dios y el Hombre.

    DIOS NIÑO, DIOS HECHO HOMBRE

  • Cristo […] quiere darnos un corazón de carne. Cuando le vemos a Él, al Dios que se ha hecho niño, se abre el corazón.
  • Esto es la Navidad: “Tu eres mi hijo, hoy yo te he engendrado”.
  • Dios se ha hecho uno de nosotros para que podamos estar con él, para que podamos llegar a ser semejantes a él.
  • Se hace un niño y pone en la condición de dependencia total propia de un ser humano recién nacido. El Creador que tiene todo en sus manos, del que todos nosotros dependemos, se hace pequeño y necesitado del amor humano. Dios está en el establo.
  • Ha elegido como signo suyo al Niño en el pesebre: él es así. De este modo aprendemos a conocerlo.
  • En todo niño resplandece algún destello de aquel “hoy”, de la cercanía de Dios que debemos amar y a la cual hemos de someternos; en todo niño, también en el que aún no ha nacido.
  • Contra la violencia de este mundo Dios opone, en ese Niño, su bondad y nos llama a seguir al Niño.
  • Nada prodigioso, nada extraordinario, nada espectacular se les da como señal a los pastores. Verán solamente un niño envuelto en pañales que, como todos los niños, necesita los cuidados maternos; un niño que ha nacido en un establo y que no está acostado en una cuna, sino en un pesebre. La señal de Dios es el niño, su necesidad de ayuda y su pobreza.
  • Sólo con el corazón los pastores podrán ver que en este niño se ha realizado la promesa del profeta Isaías que hemos escuchado en la primera lectura: « un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Lleva al hombro el principado » (Is 9,5).
  • Ahora es realmente un niño el que lleva sobre sus hombros el poder. En Él aparece la nueva realeza que Dios establece en el mundo. Este niño ha nacido realmente de Dios. Es la Palabra eterna de Dios, que une la humanidad y la divinidad.
  • Precisamente en la debilidad como niño Él es el Dios fuerte, y nos muestra así, frente a los poderes presuntuosos del mundo, la fortaleza propia de Dios.
  • La señal de Dios es la sencillez. La señal de Dios es el niño. La señal de Dios es que Él se hace pequeño por nosotros. Éste es su modo de reinar.
  • Él no viene con poderío y grandiosidad externas. Viene como niño inerme y necesitado de nuestra ayuda. No quiere abrumarnos con la fuerza. Nos evita el temor ante su grandeza. Pide nuestro amor: por eso se hace niño.
  • Dios se ha hecho pequeño para que nosotros pudiéramos comprenderlo, acogerlo, amarlo.
  • La Palabra eterna se ha hecho pequeña, tan pequeña como para estar en un pesebre. Se ha hecho niño para que la Palabra esté a nuestro alcance.
  • Dios nos enseña así a amar a los pequeños. A amar a los débiles. A respetar a los niños. El niño de Belén nos hace poner los ojos en todos los niños que sufren y son explotados en el mundo, tanto los nacidos como los no nacidos.
  • En el Dios que se hace hombre por nosotros, todos nos sentimos amados y acogidos, descubrimos que somos valiosos y únicos a los ojos del Creador. El nacimiento de Cristo nos ayuda a tomar conciencia del valor de la vida humana, de la vida de todo ser humano.
  • En el Niño divino recién nacido, acostado en el pesebre, se manifiesta nuestra salvación.
  • Que su nacimiento no nos encuentre ocupados en festejar la Navidad, olvidando que el protagonista de la fiesta es precisamente él.
  • Roguémosle que nos dé la humildad y la fe con la que san José miró al niño que María había concebido del Espíritu Santo.
  • Pidamos que nos conceda mirarlo con el amor con el cual María lo contempló.
  • Dios está en la nube de la miseria de un niño sin posada: qué nube impenetrable y, no obstante, nube de la gloria. En efecto, ¿de qué otro modo podría aparecer más grande y más pura su predilección por el hombre, su preocupación por él? La nube de la ocultación, de la pobreza del niño totalmente necesitado de amor, es al mismo tiempo la nube de la gloria.
  • En cada niño hay un reverbero del niño de Belén. Cada niño reclama nuestro amor. Pensemos por tanto en esta noche de modo particular también en aquellos niños a los que se les niega el amor de los padres. A los niños de la calle que no tienen el don de un hogar doméstico. A los niños que son utilizados brutalmente como soldados y convertidos en instrumentos de violencia, en lugar de poder ser portadores de reconciliación y de paz. A los niños heridos en lo más profundo del alma por medio de la industria de la pornografía y todas las otras formas abominables de abuso.

    DIOS CON NOSOTROS

  • Él ya no está lejos. No es desconocido. No es inaccesible a nuestro corazón. Se ha hecho niño por nosotros y así ha disipado toda ambigüedad.
  • Se ha hecho nuestro prójimo, restableciendo también de este modo la imagen del hombre que a menudo se nos presenta tan poco atrayente.
  • Por nosotros asume el tiempo. Él, el Eterno que está por encima del tiempo, ha asumido el tiempo, ha tomado consigo nuestro tiempo.
  • Al nacer en la pobreza de Belén, quiere hacerse compañero de viaje de cada uno.
  • En este mundo, desde que él mismo quiso poner aquí su “tienda”, nadie es extranjero. Es verdad, todos estamos de paso, pero es precisamente Jesús quien nos hace sentir como en casa en esta tierra santificada por su presencia. Pero nos pide que la convirtamos en una casa acogedora para todos.
  • Este es precisamente el don sorprendente de la Navidad: Jesús ha venido por cada uno de nosotros y en él nos ha hecho hermanos. De ahí deriva el compromiso de superar cada vez más los recelos y los prejuicios, derribar las barreras y eliminar las contraposiciones que dividen o, peor aún, enfrentan a las personas y a los pueblos, para construir juntos un mundo de justicia y de paz.
  • En el corazón de la noche vendrá por nosotros. Pero su deseo es también venir a nosotros, es decir, a habitar en el corazón de cada uno de nosotros. Para que esto sea posible, es indispensable que estemos disponibles y nos preparemos para recibirlo, dispuestos a dejarlo entrar en nuestro interior, en nuestras familias, en nuestras ciudades.
  • Los pañales estaban dispuestos, para que el niño se encontrara bien atendido. Pero en la posada no había sitio. En cierto modo, la humanidad espera a Dios, su cercanía. Pero cuando llega el momento, no tiene sitio para Él. Está tan ocupada consigo misma de forma tan exigente, que necesita todo el espacio y todo el tiempo para sus cosas y ya no queda nada para el otro, para el prójimo, para el pobre, para Dios. Y cuanto más se enriquecen los hombres, tanto más llenan todo de sí mismos y menos puede entrar el otro.
  • El canto litúrgico —siempre según los Padres— tiene una dignidad particular porque es un cantar junto con los coros celestiales. El encuentro con Jesucristo es lo que nos hace capaces de escuchar el canto de los ángeles, creando así la verdadera música, que acaba cuando perdemos este cantar juntos y este sentir juntos.
  • Fueron realmente personas en alerta, en las que estaba vivo el sentido de Dios y de su cercanía. Personas que estaban a la espera de Dios y que no se resignaban a su aparente lejanía de su vida cotidiana.
    El Señor está presente. Desde este momento, Dios es realmente un «Dios con nosotros». Ya no es el Dios lejano que, mediante la creación y a través de la conciencia, se puede intuir en cierto modo desde lejos. Él ha entrado en el mundo. Es quien está a nuestro lado.
  • Ha quedado superada la distancia infinita entre Dios y el hombre. Dios no solamente se ha inclinado hacia abajo, como dicen los Salmos; Él ha «descendido» realmente, ha entrado en el mundo, haciéndose uno de nosotros para atraernos a todos a sí.
  • Este niño es verdaderamente el Emmanuel, el Dios-con-nosotros. Su reino se extiende realmente hasta los confines de la tierra. En la magnitud universal de la santa Eucaristía, Él ha hecho surgir realmente islas de paz. En cualquier lugar que se celebra hay una isla de paz, de esa paz que es propia de Dios.
  • Él construye su reino desde dentro, partiendo del corazón, en cada generación.
  • Te damos gracias por tu bondad, pero también te pedimos: Muestra tu poder. Erige en el mundo el dominio de tu verdad, de tu amor; el «reino de justicia, de amor y de paz».

    LOS PASTORES EN CAMINO

  • Reflexionemos esta noche en los pastores. ¿Qué tipo de hombres son? En su ambiente, los pastores eran despreciados; se les consideraba poco de fiar y en los tribunales no se les admitía como testigos. Pero ¿quiénes eran en realidad?
  • Eran almas sencillas.
  • Eran personas vigilantes.
  • Estaban dispuestos a oír la palabra de Dios, el anuncio del ángel. Su vida no estaba cerrada en sí misma; tenían un corazón abierto.
  • Por vosotros ha nacido el Salvador: lo que el Ángel anunció a los pastores, Dios nos lo vuelve a decir ahora por medio del Evangelio y de sus mensajeros. Esta es una noticia que no puede dejarnos indiferentes. Si es verdadera, todo cambia. Si es cierta, también me afecta a mí.
  • El Evangelio no nos narra la historia de los pastores sin motivo. Ellos nos enseñan cómo responder de manera justa al mensaje que se dirige también a nosotros. ¿Qué nos dicen, pues, estos primeros testigos de la encarnación de Dios?
  • Se dice que los pastores eran personas vigilantes, y que el mensaje les pudo llegar precisamente porque estaban velando. Nosotros hemos de despertar para que nos llegue el mensaje.
  • Hemos de convertirnos en personas realmente vigilantes. ¿Qué significa esto? La diferencia entre uno que sueña y uno que está despierto consiste ante todo en que, quien sueña, está en un mundo muy particular. Con su yo, está encerrado en este mundo del sueño que, obviamente, es solamente suyo y no lo relaciona con los otros. Despertarse significa salir de dicho mundo particular del yo y entrar en la realidad común, en la verdad, que es la única que nos une a todos.
  • El conflicto en el mundo, la imposibilidad de conciliación recíproca, es consecuencia del estar encerrados en nuestros propios intere¬ses y en las opiniones personales, en nuestro minúsculo mundo privado. El egoísmo, tanto del grupo como el individual, nos tiene prisionero de nuestros intereses y deseos, que contrastan con la verdad y nos dividen unos de otros. Despertad, nos dice el Evangelio. Salid fuera para entrar en la gran verdad común, en la comunión del único Dios.
  • Despertarse significa desarrollar la sensibilidad para con Dios; para los signos silenciosos con los que Él quiere guiarnos; para los múltiples indicios de su presencia.
  • Hay quien dice «no tener religiosamente oído para la música». La capacidad perceptiva para con Dios parece casi una dote para la que algunos están negados. Y, en efecto, nuestra manera de pensar y actuar, la mentalidad del mundo actual, la variedad de nuestras diversas experiencias, son capaces de reducir la sensibilidad para con Dios, de dejarnos «sin oído musical» para Él. Y, sin embargo, de modo oculto o patente, en cada alma hay un anhelo de Dios, la capacidad de encontrarlo.
  • Para conseguir esta vigilancia, este despertar a lo esencial, roguemos por nosotros mismos y por los demás, por los que parecen «no tener este oído musical» y en los cuales, sin embargo, está vivo el deseo de que Dios se manifieste.
  • Señor, abre los ojos de nuestro corazón, para que estemos vigilantes y con ojo avizor, y podamos llevar así tu cercanía a los demás.
  • La mayoría de los hombres no considera una prioridad las cosas de Dios, no les acucian de modo inmediato. Y también nosotros, como la inmensa mayoría, estamos bien dispuestos a posponerlas. Se hace ante todo lo que aquí y ahora parece urgente. En la lista de prioridades, Dios se encuentra frecuentemente casi en último lugar. Esto – se piensa – siempre se podrá hacer. Pero el Evangelio nos dice: Dios tiene la máxima prioridad. Así, pues, si algo en nuestra vida merece premura sin tardanza, es solamente la causa de Dios. Una máxima de la Regla de San Benito, reza: «No anteponer nada a la obra de Dios (es decir, al Oficio divino)».
  • Dios es importante, lo más importante en absoluto en nuestra vida. Ésta es la prioridad que nos enseñan precisamente los pastores. Aprendamos de ellos a no dejarnos subyugar por todas las urgencias de la vida cotidiana. Queremos aprender de ellos la libertad interior de poner en segundo plano otras ocupaciones – por más importantes que sean – para encaminarnos hacia Dios, para dejar que entre en nuestra vida y en nuestro tiempo.
  • El tiempo dedicado a Dios y, por Él, al prójimo, nunca es tiempo perdido. Es el tiempo en el que vivimos verdaderamente, en el que vivimos nuestro ser personas humanas.
  • Los pastores estaban allí al lado. No tenían más que «atravesar» (cf. Lc 2,15), como se atraviesa un corto trecho para ir donde un vecino. Por el contrario, los sabios vivían lejos. Debían recorrer un camino largo y difícil para llegar a Belén. Y necesitaban guía e indicaciones. Pues bien, también hoy hay almas sencillas y humildes que viven muy cerca del Señor. Por decirlo así, son sus vecinos, y pueden ir a encontrarlo fácilmente.
  • […] la mayor parte de nosotros, hombres modernos, vive lejos de Jesucristo, de Aquel que se ha hecho hombre, del Dios que ha venido entre nosotros.Vivimos en filosofías, en negocios y ocupaciones que nos llenan totalmente y desde las cuales el camino hasta el pesebre es muy largo. Dios debe impulsarnos continuamente y de muchos modos, y darnos una mano para que podamos salir del enredo de nuestros pensamientos y de nuestros compromisos, y así encontrar el camino hacia Él.
  • Pero hay sendas para todos. El Señor va poniendo hitos adecuados a cada uno. Él nos llama a todos, para que también nosotros podamos decir: ¡Ea!, emprendamos la marcha, vayamos a Belén, hacia ese Dios que ha venido a nuestro encuentro. Sí, Dios se ha encaminado hacia nosotros. No podríamos llegar hasta Él sólo por nuestra cuenta. La senda supera nuestras fuerzas. Pero Dios se ha abajado. Viene a nuestro encuentro.
  • Él ha hecho el tramo más largo del recorrido. Y ahora nos pide: Venid a ver cuánto os amo. Venid a ver que yo estoy aquí.
  • Superémonos a nosotros mismos. Hagámonos peregrinos hacia Dios de diversos modos, estando interiormente en camino hacia Él.
  • Ésta es la novedad de esta noche: se puede mirar la Palabra, pues ésta se ha hecho carne. Aquel Dios del que no se debe hacer imagen alguna, porque cualquier imagen sólo conseguiría reducirlo, e incluso falsearlo, este Dios se ha hecho, él mismo, visible en Aquel que es su verdadera imagen, como dice San Pablo (cf. 2 Co 4,4; Col 1,15).
  • En la figura de Jesucristo, en todo su vivir y obrar, en su morir y resucitar, podemos ver la Palabra de Dios y, por lo tanto, el misterio del mismo Dios viviente. Dios es así. El Ángel había dicho a los pastores: «Aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12; cf. 16). La señal de Dios, la señal que ha dado a los pastores y a nosotros, no es un milagro clamoroso. La señal de Dios es su humildad. La señal de Dios es que Él se hace pequeño; se convierte en niño; se deja tocar y pide nuestro amor.

    EL ESTABLO DE BELÉN

  • Para vivir, el hombre necesita pan, fruto de la tierra y de su trabajo. Pero no sólo vive de pan. Necesita sustento para su alma: necesita un sentido que llene su vida […] El pesebre de los animales se ha convertido en el símbolo del altar sobre el que está el Pan que es el propio Cristo: la verdadera comida para nuestros corazones. Y vemos una vez más cómo Él se hizo pequeño: en la humilde apariencia de la hostia, de un pedacito de pan, Él se da a sí mismo.
  • En el establo de Belén, precisamente donde estuvo el punto de partida, vuelve a comenzar la realeza davídica de un modo nuevo: en aquel niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. El nuevo trono desde el cual este David atraerá hacia sí el mundo es la Cruz. El nuevo trono —la Cruz— corresponde al nuevo inicio en el establo.
  • El poder que proviene de la Cruz, el poder de la bondad que se entrega, ésta es la verdadera realeza. El establo se transforma en palacio; precisamente a partir de este inicio, Jesús edifica la nueva gran comunidad, cuya palabra clave cantan los ángeles en el momento de su nacimiento: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama», hombres que ponen su voluntad en la suya, transformándose en hombres de Dios, hombres nuevos, mundo nuevo.
  • El establo del mensaje de Navidad representa la tierra maltratada. Cristo no reconstruye un palacio cualquiera. Él vino para volver a dar a la creación, al cosmos, su belleza y su dignidad: esto es lo que comienza con la Navidad y hace saltar de gozo a los ángeles.
  • La tierra queda restablecida precisamente por el hecho de que se abre a Dios, que recibe nuevamente su verdadera luz y, en la sintonía entre voluntad humana y voluntad divina, en la unificación de lo alto con lo bajo, recupera su belleza, su dignidad. Así, pues, Navidad es la fiesta de la creación renovada.
  • En el establo de Belén el cielo y la tierra se tocan. El cielo vino a la tierra.
  • El cielo no pertenece a la geografía del espacio, sino a la geografía del corazón. Y el corazón de Dios, en la Noche santa, ha descendido hasta un establo: la humildad de Dios es el cielo. Y si salimos al encuentro de esta humildad, entonces tocamos el cielo. Entonces, se renueva también la tierra.
  • La gloria de Dios está en lo más alto de los cielos, pero esta altura de Dios se encuentra ahora en el establo: lo que era bajo se ha hecho sublime. Su gloria está en la tierra, es la gloria de la humildad y del amor.

    POR QUÉ LOS REGALOS

  • Dios se ha hecho don por nosotros. Se ha dado a sí mismo.
  • Navidad se ha convertido en la fiesta de los regalos para imitar a Dios que se ha dado a sí mismo.
  • Entre tantos regalos que compramos y recibimos no olvidemos el verdadero regalo: darnos mutuamente algo de nosotros mismos. Darnos mutuamente nuestro tiempo. Abrir nuestro tiempo a Dios. Así la agitación se apacigua. Así nace la alegría, surge la fiesta.
  • En las comidas de estos días de fiesta recordemos la palabra del Señor: «Cuando des una comida o una cena, no invites a quienes corresponderán invitándote, sino a los que nadie invita ni pueden invitarte» (cf. Lc 14,12-14).
  • Cuando tú haces regalos en Navidad, no has de regalar algo sólo a quienes, a su vez, te regalan, sino también a los que nadie hace regalos ni pueden darte nada a cambio.
  • Así ha actuado Dios mismo: Él nos invita a su banquete de bodas al que no podemos corresponder, sino que sólo podemos aceptar con alegría. ¡Imitémoslo! Amemos a Dios y, por Él, también al hombre, para redescubrir después de un modo nuevo a Dios a través de los hombres.
  • Este venir silencioso de la gloria de Dios continúa a través de los siglos. Donde hay fe, donde su palabra se anuncia y se escucha, Dios reúne a los hombres y se entrega a ellos en su Cuerpo, los transforma en su Cuerpo. Él «viene». Y, así, el corazón de los hombres se despierta.

    NOCHE DE AMOR

  • En aquel Niño acostado en el pesebre Dios muestra su gloria: la gloria del amor, que se da a sí mismo como don y se priva de toda grandeza para conducirnos por el camino del amor.
  • No quiere de nosotros más que nuestro amor, a través del cual aprendemos espontáneamente a entrar en sus sentimientos, en su pensamiento y en su voluntad: aprendamos a vivir con Él y a practicar también con Él la humildad de la renuncia que es parte esencial del amor.
  • Donde ha brotado la fe en aquel Niño, ha florecido también la caridad: la bondad hacia los demás, la atención solícita a los débiles y los que sufren, la gracia del perdón.
  • Él ama a todos porque todos son criaturas suyas. Pero algunas personas han cerrado su alma; su amor no encuentra en ellas resquicio alguno por donde entrar. Creen que no necesitan a Dios; no lo quieren. Otros, que quizás moralmente son igual de pobres y pecadores, al menos sufren por ello. Esperan en Dios. Saben que necesitan su bondad, aunque no tengan una idea precisa de ella. En su espíritu abierto a la esperanza, puede entrar la luz de Dios y, con ella, su paz.
  • En esta noche, oremos para que el resplandor del amor de Dios acaricie a todos estos niños, y pidamos a Dios que nos ayude a hacer todo lo que esté en nuestra mano para que se respete la dignidad de los niños.
  • « Dios ha cumplido su palabra y la ha abreviado ».
  • Jesús ha «hecho breve» la Palabra, nos ha dejado ver de nuevo su más profunda sencillez y unidad.
  • Esto es todo: la fe en su conjunto se reduce a este único acto de amor que incluye a Dios y a los hombres.
  • A quien abre el corazón a este “niño envuelto en pañales” y acostado “en un pesebre” (cf. Lc 2, 12), él le brinda la posibilidad de mirar de un modo nuevo las realidades de cada día. Podrá gustar la fuerza de la fascinación interior del amor de Dios, que logra transformar en alegría incluso el dolor.
  • “Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron” (1,11). Esto se refiere sobre todo a Belén: el Hijo de David fue a su ciudad, pero tuvo que nacer en un establo, porque en la posada no había sitio para él. Se refiere también a Israel: el enviado vino a los suyos, pero no lo quisieron. En realidad, se refiere a toda la humanidad: Aquel por el que el mundo fue hecho, el Verbo creador primordial entra en el mundo, pero no se le escucha, no se le acoge.
  • ¿Tenemos tiempo para el prójimo que tiene necesidad de nuestra palabra, de mi palabra, de mi afecto? ¿Para aquel que sufre y necesita ayuda? ¿Para el prófugo o el refugiado que busca asilo? ¿Tenemos tiempo y espacio para Dios? ¿Puede entrar Él en nuestra vida? ¿Encuentra un lugar en nosotros o tenemos ocupado todo nuestro pensamiento, nuestro quehacer, nuestra vida, con nosotros mismos?
  • Hay quienes lo acogen y, de este modo, desde fuera, crece silenciosamente, comenzando por el establo, la nueva casa, la nueva ciudad, el mundo nuevo.
  • Esta nueva familia de Dios comienza en el momento en el que María envuelve en pañales al «primogénito» y lo acuesta en el pesebre. Pidámosle: Señor Jesús, tú que has querido nacer como el primero de muchos hermanos, danos la verdadera hermandad. Ayúdanos para que nos parezcamos a ti. Ayúdanos a reconocer tu rostro en el otro que me necesita, en los que sufren o están desamparados, en todos los hombres, y a vivir junto a ti como hermanos y hermanas, para convertirnos en una familia, tu familia.
  • Nada puede ser más sublime, más grande, que el amor que se inclina de este modo, que desciende, que se hace dependiente. La gloria del verdadero Dios se hace visible cuando se abren los ojos del corazón ante del establo de Belén.
  • Aquél de quien habla el universo, el Dios que sustenta todo y lo tiene en su mano, Él mismo había entrado en la historia de los hombres, se había hecho uno que actúa y que sufre en la historia.
  • Sería equivocada una interpretación que reconociera solamente el obrar exclusivo de Dios, como si Él no hubiera llamado al hombre a una libre respuesta de amor. Pero sería también errónea una interpretación moralizadora, según la cual, por decirlo así, el hombre podría con su buena voluntad redimirse a sí mismo. Ambas cosas van juntas: gracia y libertad; el amor de Dios, que nos precede, y sin el cual no podríamos amarlo, y nuestra respuesta, que Él espera y que incluso nos ruega en el nacimiento de su Hijo. El entramado de gracia y libertad, de llamada y respuesta, no lo podemos dividir en partes separadas una de otra. Las dos están indisolublemente entretejidas entre sí. Así, esta palabra es promesa y llamada a la vez. Dios nos ha precedido con el don de su Hijo. Una y otra vez, nos precede de manera inesperada. No deja de buscarnos, de levantarnos cada vez que lo necesitamos. No abandona a la oveja extraviada en el desierto en que se ha perdido. Dios no se deja confundir por nuestro pecado. Él siempre vuelve a comenzar con nosotros. No obstante, espera que amemos con Él. Él nos ama para que nosotros podamos convertirnos en personas que aman junto con Él y así haya paz en la tierra.
  • El teólogo medieval Guillermo de S. Thierry dijo una vez: Dios ha visto que su grandeza –a partir de Adán– provocaba resistencia; que el hombre se siente limitado en su ser él mismo y amenazado en su libertad. Por lo tanto, Dios ha elegido una nueva vía. Se ha hecho un niño. Se ha hecho dependiente y débil, necesitado de nuestro amor. Ahora –dice ese Dios que se ha hecho niño– ya no podéis tener miedo de mí, ya sólo podéis amarme.
  • Señor Jesucristo, tú que has nacido en Belén, ven con nosotros. Entra en mí, en mi alma. Transfórmame. Renuévame. Haz que yo y todos nosotros, de madera y piedra, nos convirtamos en personas vivas, en las que tu amor se hace presente y el mundo es transformado.

    NOCHE DE LUZ

  • La “manifestación” -la “epifanía”– es la irrupción de la luz divina en el mundo lleno de oscuridad y problemas sin resolver.
  • Donde se manifiesta la gloria de Dios, se difunde en el mundo la luz. “Dios es luz, en él no hay tiniebla alguna”, nos dice san Juan (1 Jn 1,5). La luz es fuente de vida.
  • Luz significa sobre todo conocimiento, verdad, en contraste con la oscuridad de la mentira y de la ignorancia. Así, la luz nos hace vivir, nos indica el camino.
  • En cuanto da calor, la luz significa también amor. Donde hay amor, surge una luz en el mundo; donde hay odio, el mundo queda en la oscuridad.
  • En el establo de Belén aparece la gran luz que el mundo espera.
  • La luz de Belén nunca se ha apagado. Ha iluminado hombre y mujeres a lo largo de los siglos, “los ha envuelto en su luz”.
  • Desde Belén una estela de luz, de amor y de verdad impregna los siglos.
  • El verdadero misterio de la Navidad es el resplandor interior que viene de este Niño. Dejemos que este resplandor interior llegue a nosotros, que se encienda en nuestro corazón la llamita de la bondad de Dios; llevemos todos, con nuestro amor, la luz al mundo.
  • El mensaje de Navidad nos hace reconocer la oscuridad de un mundo cerrado y, con ello, se nos muestra sin duda una realidad que vemos cotidianamente. Pero nos dice también que Dios no se deja encerrar fuera. Él encuentra un espacio, entrando tal vez por el establo; hay hombres que ven su luz y la transmiten.
  • Si somos pastores o sabios, la luz y su mensaje nos llaman a ponernos en camino, a salir de la cerrazón de nuestros deseos e intereses para ir al encuentro del Señor y adorarlo. Lo adoramos abriendo el mundo a la verdad, al bien, a Cristo, al servicio de cuantos están marginados y en los cuales Él nos espera.
  • No permitamos que esta llama luminosa, encendida en la fe, se apague por las corrientes frías de nuestro tiempo. Custodiémosla fielmente y ofrezcámosla a los demás.
  • Mira, Señor, a este rincón de la tierra, al que tanto amas por ser tu patria. Haz que en ella resplandezca la luz. Haz que llegue la paz a ella.
  • Que nazca para todos la luz del amor, que el hombre necesita más que las cosas materiales necesarias para vivir.
  • Sólo si los hombres cambian, cambia el mundo y, para cambiar, los hombres necesitan la luz que viene de Dios, de esa luz que de modo tan inesperado ha entrado en nuestra noche.

    NOCHE DE PAZ

  • Cuando celebramos la Eucaristía nos encontramos en Belén, en la “casa del pan”. Cristo se nos da, y así nos da su paz. Nos la da para que llevemos la luz de la paz en lo más hondo de nuestro ser y la comuniquemos a los demás; para que seamos artífices de paz y contribuyamos así a la paz en el mundo.
  • Dios busca a personas que sean portadoras de su paz y la comuniquen. Pidámosle que no encuentre cerrado nuestro corazón. Esforcémonos por ser capaces de ser portadores activos de su paz, concretamente en nuestro tiempo.
  • Realiza tu promesa, Señor. Haz que donde hay discordia nazca la paz; que surja el amor donde reina el odio; que surja la luz donde dominan las tinieblas. Haz que seamos portadores de tu paz. Amén.
  • La gloria de Dios es la paz. Donde está Él, allí hay paz.
  • Él está donde los hombres no pretenden hacer autónomamente de la tierra el paraíso, sirviéndose para ello de la violencia. Él está con las personas del corazón vigilante; con los humildes y con los que corresponden a su elevación, a la elevación de la humildad y el amor. A estos da su paz, porque por medio de ellos entre la paz en este mundo.

    NOCHE DE ALEGRÍA

  • Que María nos ayude a mantener el recogimiento interior indispensable para gustar la alegría profunda que trae el nacimiento del Redentor. A ella nos dirigimos ahora con nuestra oración, pensando de modo especial en los que van a pasar la Navidad en la tristeza y la soledad, en la enfermedad y el sufrimiento. Que la Virgen dé, a todos, fortaleza y consuelo.
  • [El canto de los ángeles] se trata de la expresión de la alegría porque lo alto y lo bajo, cielo y tierra, se encuentran nuevamente unidos; porque el hombre se ha unido nuevamente a Dios.
  • Con la humildad de los pastores, pongámonos en camino, en esta Noche santa, hacia el Niño en el establo. Toquemos la humildad de Dios, el corazón de Dios. Entonces su alegría nos alcanzará y hará más luminoso el mundo.
  • A un corazón vigilante se le puede dirigir el mensaje de la gran alegría: en esta noche os ha nacido el Salvador. Sólo el corazón vigilante es capaz de creer en el mensaje. Sólo el corazón vigilante puede infundir el ánimo de encaminarse para encontrar a Dios en las condiciones de un niño en el establo. Roguemos en esta hora al Señor que nos ayude también a nosotros a convertirnos en personas vigilantes.
  • De la gozosa turbación suscitada por este acontecimiento inconcebible, de esta segunda y nueva manera en que Dios ha manifestado –dicen los Padres– surgió un canto nuevo, una estrofa que el Evangelio de Navidad ha conservado para nosotros: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios ama».
  • El canto nuevo de los ángeles se convierte en canto de los hombres que, a lo largo de los siglos y de manera siempre nueva, cantan la llegada de Dios como niño y, se alegran desde lo más profundo de su ser.
  • Y los árboles del bosque van hacia Él y exultan. El árbol en Plaza de san Pedro habla de Él, quiere transmitir su esplendor y decir: Sí, Él ha venido y los árboles del bosque lo aclaman. Los árboles en las ciudades y en las casas deberían ser algo más que una costumbre festiva: ellos señalan a Aquél que es la razón de nuestra alegría, al Dios que viene, el Dios que por nosotros se ha hecho niño. El canto de alabanza, en lo más profundo, habla en fin de Aquél que es el árbol de la vida mismo reencontrado.
  • Forma parte de esta noche la alegría por la cercanía de Dios. Damos gracias porque el Dios niño se pone en nuestras manos, mendiga, por decirlo así, nuestro amor, infunde su paz en nuestro corazón.
  • Te damos gracias por la belleza, por la grandeza, por tu bondad, que en esta noche se nos manifiestan. La aparición de la belleza, de lo hermoso, nos hace alegres sin tener que preguntarnos por su utilidad. La gloria de Dios, de la que proviene toda belleza, hace saltar en nosotros el asombro y la alegría. Quien vislumbra a Dios siente alegría, y en esta noche vemos algo de su luz.
  • Lucas no dice que los ángeles cantaran. Él escribe muy sobriamente: el ejército celestial alababa a Dios diciendo: «Gloria a Dios en el cielo… » (Lc 2,13s). Pero los hombres siempre han sabido que el hablar de los ángeles es diferente al de los hombres; que precisamente esta noche del mensaje gozoso ha sido un canto en el que ha brillado la gloria sublime de Dios. Por eso, este canto de los ángeles ha sido percibido desde el principio como música que viene de Dios, más aún, como invitación a unirse al canto, a la alegría del corazón por ser amados por Dios. Cantare amantis est, dice san Agustín: cantar es propio de quien ama. Así, a lo largo de los siglos, el canto de los ángeles se ha convertido siempre en un nuevo canto de amor y alegría, un canto de los que aman. En esta hora, nosotros nos asociamos llenos de gratitud a este cantar de todos los siglos, que une cielo y tierra, ángeles y hombres. Sí, te damos gracias por tu gloria inmensa. Te damos gracias por tu amor. Haz que seamos cada vez más personas que aman contigo y, por tanto, personas de paz. Amén.

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Lectura para la Navidad


Publicado en web el 29 de Noviembre, 2012

Prolífico Escritor y agudo Teólogo
La infancia de Jesús, según Ratzinger

Pbro. Antonio Gutiérrez Montaño

Originalmente escrito en alemán, ha sido publicado el tercer libro de Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, sobre la vida de Jesús en sus primeros años.
El Papa ha querido que su autoría se identifique con su nombre, como estudioso de la Teología y, en este caso, desde una Teología histórica, y no como Sumo Pontífice. A este tomo le anteceden otros dos, también de excelente manufactura, que forman un solo título: “Jesús de Nazareth”. Los dos primeros fueron dedicados a la vida pública de Cristo. El primero, del Bautismo a la Transfiguración, y el segundo, de la Entrada a Jerusalén hasta la Resurrección.

Para el hombre contemporáneo

Captura3Es un verdadero regalo para la ya muy próxima Navidad leer este estudio detallado de una época poco conocida de la vida del Salvador. Los Evangelios casi no hablan de lo que sucedió en la mayor parte de su existencia familiar, al lado de José y de María, excepto los relatos de su Nacimiento y lo acontecido a los doce años, en el Templo de Jerusalén. Lo demás ha quedado a la investigación y, a veces, a la especulación de teólogos e historiadores.
En sus tiempos de Cardenal y Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Joseph Ratzinger se propuso abordar la vida de Jesús con lenguaje simple pero riguroso en la exposición de sus planteamientos.
La intención del entonces Cardenal Ratzinger era suscitar un debate, como es su costumbre, para que la verdad no se imponga, sino que se deduzca de planteamientos serios y fundamentados. Analiza los textos del Evangelio e invita al lector a hacerse preguntas cruciales: “¿Es verdad eso que está escrito?; ¿dice algo que me importe? Y si me importa, ¿de qué forma?”.
Benedicto XVI le habla al hombre contemporáneo. Hoy, nos encontramos contemplando al Niño y a su Madre. Hoy vemos a los Magos delante de María y Su recién nacido. Hoy nos interrogamos sobre el sentido de aquellos encuentros y nos preguntamos por qué una mujer le dice a Dios que Sí, confiándose completamente en Él. Así lo expone Rizzoli, la Editorial que imprimió el volumen en primera instancia.

“Sin algún sentimentalismo, podemos imaginar con cuánto amor María fue al encuentro de su hora, y habrá preparado el Nacimiento de su Hijo.

En palabras del mismo Ratzinger

Captura2El Santo Padre le llama al primer tomo, de la infancia del Señor, “antesala”, en referencia a los otros dos textos sobre la figura y el mensaje de Jesús de Nazareth, que él mismo escribió. Señala: “Una intervención justa, según mi convicción, requiere de dos pasos. Por una parte, es necesario preguntarse qué cosa querían decir con su texto los respectivos autores (los Evangelistas Mateo y Lucas) en su momento y contexto histórico… La segunda pregunta del buen exégeta debe ser: ¿Es verdad lo que dicen?”.
Estos cuestionamientos, que escribe en la presentación de su libro Benedicto XVI, buscan encontrar la relación entre el pasado y el presente; asunto que no debe faltar en la interpretación de los relatos de la infancia del Hijo de María y José. Con esto, “la seriedad de la investigación histórica no viene disminuida, sino acrecentada”.
Ratzinger espera que este libro, “no obstante sus límites -así lo dice-, pueda ayudar a muchas personas en su camino hacia y con Jesús”.
Transcribimos dos pasajes del texto:
“Jesús nació en una época determinada con precisión. Lucas ofrece una fecha cuidada y detallada de aquel momento histórico. Era el año décimoquinto del Imperio de Tiberio César. Además, son mencionados el Gobernador romano de aquel año y los Tetrarcas de Galilea, Iturea, Traconítide y de Abilene (Lc 3,1s). Jesús no nació ni se apareció en un impreciso ‘hubo una vez’, del mito. Él pertenece a un tiempo exactamente detallado y a un ambiente geográfico exactamente indicado: lo universal y lo concreto se unen. En Él, el Logos, la Razón creadora de todas las cosas, entró en el mundo. El Logos eterno se hizo hombre”.

Y en otra parte del libro, escribe Benedicto XVI:

Captura“Sin algún sentimentalismo, podemos imaginar con cuánto amor María fue al encuentro de su hora, y habrá preparado el Nacimiento de su Hijo. La tradición de los signos, con base en la Teología de los Santos Padres, ha interpretado el lugar y las sábanas con las que fue cubierto, de una forma teológica. El niño, estrechamente envuelto en las sábanas, aparece como un anticipo de la hora de su Muerte. Jesús es, desde el principio, el inmolado”.

¿Sin bueyes, sin burros ni estrella?
¿Y el Diablo, los ríos y los arbolitos?

the-nativity-story-08Algunos, con afán más mediático que real, han interpretado erróneamente pasajes del más reciente libro de Joseph Ratzinger-Benedicto XVI. Nos referimos, en particular, a elementos que la tradición y la devoción popular han colocado en torno a Jesús, en los así llamados ‘Nacimientos’. El Papa aclara que, históricamente, no hubo presencia de animales el día que el Señor nació en el mundo; pero esto no quiere decir que, de ahora en adelante, esté prohibido colocar más figuras con las que, en los hogares, se adornan los “Nacimientos”.
Si así fuera, tendríamos que quitar, prácticamente, todo, y dejar sólo a Jesús, María y José, y un pequeño tejabán. El acontecimiento histórico no limita su expresión alegórica actual, y ésta no afecta el respeto al origen de su manifestación. El “Nacimiento” que se coloca en muchos hogares y otros espacios es una representación que la devoción popular busca ‘enriquecer’ con diferentes elementos y episodios bíblicos, todos con un significado que, en muchos casos, se convierte en una verdadera catequesis.
En tiempos de la Nueva Evangelización y de una cultura iconográfica, los “Nacimientos” pueden convertirse, deben convertirse, en un verdadero instrumento que ayude a meditar y fortalecer la belleza de nuestra Fe, fuente de Gracia.
Por lo que, lo mejor será leer completo el texto de poco más de 100 páginas, con lenguaje fácil y claro, dedicado a un tema apasionante y controvertido a la vez: La infancia de Cristo. Este período de la vida del Salvador ha despertado grande interés y no menos polémicas en la Historia de la Iglesia, desde los evangelios apócrifos, que se multiplicaron en los primeros años del cristianismo, relatando historias fantásticas del “Niño Dios”, hasta la casi total ignorancia sobre una etapa poco conocida de su vida.

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El árbol de Navidad


EL ARBOL DE NAVIDAD

 

Por Sergio González

Maestro de Biblia

 

Cuando los primeros cristianos llegaron al norte de Europa, descubrieron que sus habitantes celebraban el nacimiento de Frey, dios de Sol y de la fertilidad, adornando un árbol perenne, (son los que conservan sus hojas todo el año) en la fecha próxima a la Navidad cristiano. Este árbol simbolizaba el árbol del Universo, llamado Yggdrasil, en cuya copa se hallaba Asgard (la morada de los dioses) y el Valhalla (el palacio de Odín) Posteriormente con la evangelización de esos pueblos, los cristianos tomaron la idea del árbol, para celebrar el nacimiento de Cristo, pero cambiándole totalmente el significado.

 

Se dice que San Bonifacio (680-754), evangelizador de Alemania, tomó un hacha y cortó el árbol que representaba al Yggdrasi. Y en su lugar plantó un pino, que por ser perenne, simbolizó el amor de Dios, adornándolo con manzanas y velas. Las manzanas simbolizaban el pecado original y las tentaciones, mientras que las velas representaban la luz de Jesucristo como luz del mundo.  Conforme pasó el tiempo, las manzanas y las luces, se transformaron en esferas y otros adornos.

 

El árbol de Navidad recuerda al árbol del Paraíso de cuyos frutos comieron Adán y Eva, y donde vino el pecado original; y por lo tanto recuerda que Jesucristo ha venido a ser Mesías prometido para la reconciliación. Pero también representa al árbol de la Vida o la vida eterna, por ser de tipo perenne. La forma triangular del árbol, representa a la Santísima Trinidad. Las oraciones que se realizan durante el Adviento se diferencian por un color determinado, y cada uno simboliza un tipo:

 

  • El azul las oraciones de reconciliación
  • El plata las de agradecimiento
  • El oro las de alabanza
  • El rojo las de petición

 

Historia de la Navidad


por: Sergio Gonzalez

Maestro de Biblia

Católico

 

HISTORIA DE LA NAVIDAD

 

Navidad: es una palabra del latín: Nativitas que significa: Nacimiento

 

La verdadera fecha de nacimiento de Jesús no se encuentra registrada en la Biblia. Por ésta razón, no todas las denominaciones cristianas coinciden en la misma fecha. Los orígenes de ésta celebración, el 25 de diciembre, se ubican en las costumbres de los pueblos de la antigüedad que celebraban durante el solsticio de invierno (desde el 21 de diciembre), alguna fiesta relacionada al dios o los dioses del sol, algunas culturas creían que el dios del sol nació el 21 de diciembre. Los romanos celebraban el 25 de diciembre la fiesta del “nacimiento del sol naciente” asociada al nacimiento de Apolo y Helios (en Grecia y Roma), Mitra (en Persia), Huitzilopochtli (en Tenochtitlan), entre otros.

 

El solsticio de invierno: es el día en que las horas de la noche son más largas que las diurnas en todo el año, el cual comienza desde el día 21 y llega a su apogeo el día 25. Por ese motivo, cuando resurgía el sol se pensaba que había nacido y hacían fiestas la comunidad romana celebrando ese acontecimiento.

 

Para hacer más fácil que los romanos pudieran convertirse al cristianismo sin abandonar sus festividades, el Papa Julio I pidió en el 350 que el nacimiento de Jesucristo fuera celebrado en esa misma fecha, lo cual fue decretado por el Papa Liberio en 354, esto por 2 grandes razones:

 

1ª. Porque Jesucristo  es el único, el verdadero y el más deslumbrante sol.

2ª. Porque la Biblia no menciona el día del nacimiento, entonces no contradice en nada la enseñanza de la Iglesia al no conocerse ninguna fecha.

 

Algunos expertos han intentado calcular la fecha del nacimiento de Jesús tomando la Biblia como fuente, pes en Lucas se afirma que en el momento de la concepción de Juan el batista, Zacarías, s padre, sacerdote del grupo de Abdías oficiaba en el templo de Jerusalén y Jesús nació aproximadamente 6 meses después de Juan (1Cro24) indica que había 24 grupos de sacerdotes que servían por turnos en el templo y al grupo de Abdías le correspondía el octavo turno.

 

Contando los turnos desde el comienzo el año, al grupo de Abdías le correspondió servir a comienzos de junio (del 08 al 14 del tercer mes del calendario lunar hebreo). Siguiendo esta hipótesis, si los embarazos de Isabel y María fueron normales, Juan nació en marzo y Jesús en septiembre. Esta fecha sería compatible con la indicación de la Biblia (Lucas 2,8), según la cual la noche del nacimiento de Jesús los pastores cuidaban los rebaños al aire libre, lo cual difícilmente podría haber ocurrido en diciembre. Cualquier cálculo sobre el nacimiento de Jesús debe estar ajustado a esta fuente primaria, por lo que la fecha correcta debe estar entre septiembre y octubre, principios de Otoño.

 

Además, debe tomarse en cuenta el censo ordenado por César al tiempo del nacimiento del Hijo de Dios, lo cual obviamente no pudo haber sido en diciembre, época de intenso frío en Jerusalén, la razón es que el pueblo judío era proclive a la rebelión y hubiera sido imprudente ordenar n censo en esa época del año.

 

Pues bien nosotros los católicos al igual que la Iglesia Anglicana, algunas iglesias protestantes y la iglesia Ortodoxa Rumana celebramos la navidad de Jesucristo el día 25 de diciembre por lo que ya hemos mencionado y también porque nos regimos por el calendario Gregoriano; otras iglesias Ortodoxas lo festejan el día 07 de enero por no aceptar el Gregoriano sino el Juliano.

 

La iglesia ortodoxa (la que se rige por el calendario Juliano) se separó de la católica en el llamado cisma de oriente (ortodoxa) y occidente (romana) el 16 de julio de 1054 donde se separan del Papa por no aceptar que San Pedro tenga un sucesor y por otras series de opiniones: Bautismo, Eucaristía.

 

El calendario Gregoriano: Fue implantado por el Papa Gregorio XIII en el año 1582 por la necesidad de regularizar el calendario litúrgico.

 

El calendario Juliano: Es implantado por Julio Cesar en el 46 a.c. inspirado en el primer calendario existente: el egipcio; un calendario solar con la colaboración de Sosígenes, astrónomo y filósofo alejandrino.

 

Cabe señalar que en Belén ciudad de nacimiento de Jesucristo, la Navidad se celebra dos veces. Pues la Basílica de la Natividad es administrada por la Iglesia Católica que celebra la Navidad el 25 de diciembre; y la Iglesia Ortodoxa de Jerusalén que la celebra el 06 de enero.

 

 

Diálogo con el «Niño Lindo»


Pbro Dr. Antonio Orozco Delclós

Meditación de Don Antonio Orozco-Delclós: – Aquí me tienes, en el pesebre. Aquí, tu Dios-disponible, tu Dios Acción de gracias, tu Dios Humilde, tu Dios que todo lo recibe y todo lo da, dándose…

– Dime, Niño, ¿de quién eres, todo vestido de blanco…?

– Soy de la Virgen María y del Espíritu Santo

– ¿DE LA VIRGEN MARÍA? ¿Cómo es éso? ¿Cómo puede ser virgen, UNA MADRE?

– Cosas del Creador del Universo. Él puede hacer madre a una mujer sin contar con varón. Si el varón vivifica es porque ha recibido poder de Dios, Vida en plenitud, infinitamente fecunda. El Espíritu es Señor y Dador de vida.

– Niño lindo, eres un milagro grandísimo…Pero me asalta una cuestión: ¿era menester que fuera virgen, tu Madre?

– La maternidad es una maravilla y la virginidad por Amor es otra. Ninguna de las dos podía faltar en la Maravilla de maravillas. La virginidad es flor enhiesta de alta montaña, belleza inaccesible, sólo para el honor de Dios, esplendor del Espíritu en la tierra. Lo saben los limpios de corazón. La maternidad es poder de participar en la fecundidad infinita del Padre, belleza distinta, co-creante del número de los elegidos. María, es Virgen y Madre. Por tan singular privilegio, puedes colegir el valor –a los ojos de Quien todo lo ve- de lo castísimo, la hermosura de la joya en apariencia infecunda, dedicada por entero al Amor.

– Por eso debe de ser, Niño de Madre Virgen, que tu carita es preciosa y tus ojos enamoran… Dime, ¿desde dónde miran tus ojos?

– Mi mirada es de Niño y de Dios. Yo soy Hijo de Dios en lo eterno y de María en el mundo. Entiéndelo bien: soy Dios Hijo. El Padre y Yo somos uno. Vislúmbralo: cuando tú eras una persona pequeñita en el seno de tu madre, erais dos –dos personas distintas, pero como una sola vida. En rigor, no erais una sola vida, sino dos vidas (creadas). La tuya no era la de tu madre ni viceversa, pero tu vida estaba totalmente inmersa en el seno materno y vivías enteramente a expensas de ella, ¿me sigues?

– Con esa analogía, por elevación me parece atisbar que una sola Vida (increada, infinita, plena) pueda “palpitar” en dos Personas distintas (increadas), porque ambas -siendo distintas- posean… ¿una sola substancia o naturaleza … ?

– Correcto. Y puedes intuir que Yo sea engendrado eternamente por mi Eterno Padre, y permanezca eternamente en su seno de infinita fecundidad, viviendo en plenitud la vida de mi Padre. Yo soy –el Niño remarca con énfasis el «Yo soy»- Hijo eterno en el seno eterno de la vida plena, infinitamente fecunda de Dios Padre.

– ¡No es tan difícil, aunque misterioso!. Continúa, Niño Lindo.

LA PLENITUD DE VIDA QUE SE DA

– En mi Padre no existe el límite material que hay en las madres. Para ser Yo -engendrado eternamente por el Padre-, no he de ser «dado a luz». Yo soy la Luz, Luz de Luz. No he de nacer propiamente, y de ningún modo crecer o evolucionar dentro o fuera de Dios. Yo soy eternamente Yo. El Padre y Yo somos dos en uno. Créeme, este misterio es la sencillez suma. Somos Amor eterno, eternamente enamorados, rostro con rostro; el mío es Imagen perfecta del suyo. Con un amor tan grande y perfecto que es Amor-Persona, la tercera, el Espíritu Santo, Fruto personal de nuestro Amor, sin comienzo ni término; el Espíritu Santo es la Persona-Amor.

– Tres en Uno… ¡Es de noche! Pero amanece. La Aurora es María, Madre Virgen. El Día, la Luz, es el Niño Dios, Niño Lindo, ante quien me rindo.

– Yo lo he recibido todo del Padre. El Padre es EL QUE DA: LA PLENITUD DE VIDA QUE SE DA, Yo soy EL QUE RECIBE: LA PLENITUD DE VIDA RECIBIDA DEL PADRE. Mi Padre es el DAR TOTAL, Yo soy el RECIBIR TOTAL, en el seno del Único Dios verdadero. Este es el punto que quisiera meterte en la cabeza y en el corazón: en la intimidad del Dios tres veces Santo hay un RECIBIR EN PERSONA: YO. Todo lo recibo del Padre.

– ¿Por eso no tienes padre en la tierra?

– Es una poderosa razón. Pero, cuidado, José es más padre que todos los padres del mundo; virginal, un prodigio del Espíritu, para salvaguardar la virginidad de mi Madre y darme una familia en el mundo, y sacarla humanamente adelante, defenderla, conducirla, ¿cómo te lo diría?, para ser providencia de la Providencia; y para enseñarme a ser hombre, a trabajar el hierro y la madera; y enseñar a ser padre a todos los padres.

– Realmente, Niño Lindo, tú tienes palabras de vida eterna. ¡Qué preciosidad!. Eres Dios …, ¿por qué te has metido en este «berenjenal», en el espacio y en el tiempo…?

– ¿¡Por qué me has pellizcado!?

– Para ver si eres niño de verdad, no vayas a ser un fantasma, un espectro virtual o algo así. También te podrías aprovechar de tu poder divino para neutralizar un eventual sufrimiento humano…

– ¡Yo bajé a la tierra para padecer…!

– ¿Por qué tienes que padecer?

– ¡Para salvarte! Mi nombre es Jesús, que significa Salvador.

– Salvarme, ¿de qué?

– De ti mismo, de tus cadenas

– ¿De mis cadenas?

– Sí, de tus cadenas.

– Sí…, de mis cadenas…

– De tu autosuficiencia; de la falsa autosuficiencia de la humanidad. Tú y tus hermanos estáis como en Babel, construyendo un mundo de espaldas a Dios, desafiando a Dios, os creéis dioses sin Dios, empeñados en eternizar el tiempo. Sois soberbios como hijos de satanás…

– ¡Niño! ¡Niño Lindo! ¡Qué severidad! Asoman lágrimas grandes a tus ojos claros … ¿También los dioses lloráis?

LOS DIOSES NO LLORAN, DIOS SÍ

– Los dioses no lloran, que son de piedra y metal. Dios sí, que es Amor. No se puede ver la autoperdición de un hijo, sin llorar amargamente. Se ha de hacer lo que sea, cualquier locura que el corazón dicte para recobrar la vida, ¡el amor!, de los amados. La vida es muy severa, muy seria… y ha de ser muy alegre.

– Yo creía que…

– Creías que Dios no tiene corazón, ni entrañas, ni lágrimas. No has leído bien la Escritura. Creías que el pecado del hombre es una banalidad. En cierto modo lo comprendo, porque el pecado supera infinitamente al hombre finito que lo comete. Precisamente porque Dios no es de piedra, ni de oro, ni de plata, por eso sufre inescrutablemente, por eso Yo he venido a la tierra: para padecer, libremente, por puro amor, para dar la vida en redención de muchos…

– Niño mío, Dios mío, Madre mía… Tú, Dios Hijo, el Amado del Padre, Rostro Imagen del Padre, has venido a ser Sufrimiento del Hombre, imagen del Sufrimiento del Padre… Redentor del hombre, de la esclavitud y la muerte de los hijos, por el sufrimiento … Muchos creen en un Dios majestad, todopoderoso, y sin embargo, les repugna un Dios inerme, como tú, Niño Lindo, entre pañales, en un pesebre, y después clavado -¡vencido!- en la tortura de la cruz…

– Porque su imagen es la de un Dios grande a la medida de la pequeñez creatural, un Dios en majestuosa soledad, solitario, no Amor, no Humildad. Un Dios que no sabe recibir y, en consecuencia, no sabe dar. Puede ser el Hacedor del mundo, el Arquitecto del universo, pero no el dador del don perfecto, el perdón. Un Dios que no es el Dios Vivo revelado en las Escrituras.

«DIOS ES FAMILIA»

¡Dios es Familia!, es Padre (Paternidad), Hijo (Filiación) y Amor (tercera Persona), la esencia de la familia. Por eso, al venir al mundo, al humanarme, he querido nacer en una «familia esencial», espejo de la Trinidad del Cielo, modelo de todas las familias de la tierra, para iniciar un gran movimiento -«revolución», podrías decir, en tu concepto- que alcance a hacer de todas ellas, una sola, íntimamente enlazada a la Familia que es Dios Trinidad.

Sólo hay un enemigo: la gran estupidez bien llamada soberbia, la autosuficiencia. Mi Padre os ha hecho a nuestra imagen y semejanza: el hombre supera infinitamente al hombre. Finito por naturaleza se halla abierto al Infinito por la inteligencia y el amor. Por eso se puede confundir con Dios. Pero con un Dios falso, soberbio, sin humildad, sin capacidad íntima de recibir.

Por eso vengo Yo, Humildad en Persona, despojado de todo vestigio de gloria celestial y me veréis en la más ignominiosa humillación. Para que entendáis que si la indigencia, la pobreza, la tortura, la angustia, el pavor, la tristeza de muerte y tantas cosas que sufriré en mi Pasión hasta la muerte de cruz, es digna de Dios –porque si no, por ahí no pasaría-, todo eso es también digno del hombre. Más aún, ahí está la medicina, la salvación de lo que más importa: la curación radical de la soberbia. ¡Contra soberbia, humildad! ¿O has olvidado lo más elemental del Catecismo?

SÓLO EL QUE SABE RECIBIR, SABE DAR

YO SOY LA HUMILDAD, la virtud del que recibe, no de cualquier manera, sino reconociendo el don. ¿Reconoces ahora mismo estar recibiendo cada uno de los latidos de tu corazón? ¿Reconoces que cada instante de tu vivir, sea como sea, es don? Saber recibir, es saber agradecer el don. ¿Agradeces cada respiración, cada uno de los pasos que puedes dar en la vida, y los que no puedes dar, porque no los necesitas? ¿Andas por ahí quejumbroso como si no fueses hijo de Dios?

Yo me siento tan a gusto entre las pajas del pesebre, como en los mullidos divanes de los ricachones, como en el lecho vertical de la cruz. Entiéndeme, estoy feliz, porque lo entiendo, en todo caso, como don recibido del Padre para mucho bien. Sólo el que sabe recibir, sabe dar. Recibir, reconocer, agradecer, es tanto como decir estar disponible, ponerse a disposición de mi Padre, puesto que todo cuanto soy y puedo es don suyo. Toda su providencia es amorosísima y sapientísima. Es preciso aprender a leer en ella, en las cosas que pasan y me pasan, que te pasan.

Disponibilidad es actitud de darse sin reservas a la sabiduría y al amor del Padre. Es no tener otro norte. Vivir por Él y para Él. Más fácil: mirarme, contemplarme, y seguirme, sin pararte a pensar que no vales, que no sirves, que eres un miserable… ¡los miserables! Muchos le llaman a esto humildad, pero no es más que cobardía y comodidad. Es verdad si lo dices prescindiendo de Mi: sin Mi no puedes nada, no vales nada, no puedes nada, ni siquiera existes. Pero si tienes un aliento de vida, puedes amar, puedes seguirme. Intentarlo al menos, ya es seguirme. Ya tienes un don que reconocer, agradecer y dar y hacerlo fructificar en la banca del amor. Yo también daré un último aliento y pondré mi espíritu en manos de mi Padre en un acto supremo de Redención.

Aprende de mi Madre. Ella no dice: ¡ah, Señor, yo sirvo de esclava, pero nada más. No podré ser tu Madre!. ¡No! Dice: ¡Hágase en mi según tu palabra!. Esto es humildad. Si te quedas enredado en tus miserias serás cada vez más miserable. ¡Eres hijo de Dios! ¡Atrévete a serlo cada día más! Tienes talentos. Aprende a recibirlos, los que sean, sin humillación. ¡Agradécelos!. Da gracias siempre por todo, a mi Padre y a aquellos de quienes se sirve mi Padre. Así estarás siempre disponible para dar y darte con una humildad que te llenará de alegría.

– Niño Lindo, ante ti me rindo, Niño lindo, eres tú mi Dios… Me lo das todo, te me das entero en la Eucaristía. ¡Belén permanente! Sálvame de mí mismo, de todas las cadenas que me impiden recibir con libertad tus dones y darme, a Ti y a los demás.

– Aquí me tienes, en el pesebre. Aquí, tu Dios-disponible, tu Dios Acción de gracias, tu Dios Humilde, tu Dios que todo lo recibe y todo lo da, dándose: ha venido no a ser servido sino a servirte, despojado de toda gloria divina y de toda gloria humana, para necesitarte, para recibir tu calor y tu fuego, tu ternura y compasión, delicadezas de amor y reciedumbre, fortaleza, oración, trabajo, apostolado… ¡Ven y sígueme!. Crece conmigo, en sabiduría, estatura íntima y gracia ante Dios y ante los hombres. Hazte niño y cántame como si fueras Yo:

Mi Madre es del Cielo, mi Padre también.

Yo bajé a la tierra para padecer (bis)…,

Después, el Belén eterno. Ahora, el ciento por uno y más tarde, no mucho más tarde, la Vida eterna.

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Le envolvió en pañales

Fray Justo Pérez de Urbel .

Hay “infinitas formas de pobreza”. El silencio. La Navidad podría ser para alguno la ocasión de redescubrir la belleza de momentos de silencio, de calma, de diálogo consigo mismo o con las personas.

HACIA BELÉN

En Palestina, lo mismo que en Egipto, las formalidades del censo exigían que los que habían de inscribirse se trasladasen al lugar de su origen, cosa sumamente fácil para un oriental, que conserva con especial tenacidad las noticias geográficas y demográficas de sus antepasados. Descendiente de la casa de David, José tuvo que abandonar su aldea de Nazaret para inscribirse con María en los registros de la ciudad de David, de Belén. Un camino de treinta leguas separaba las dos poblaciones; un camino que los peatones tardan todavía en recorrer tres o cuatro días. Atravesaron primero la llanura de Esdrelón, saturada de recuerdos bíblicos y salpicada de pueblecitos quietos y silenciosos. Después de Sulam, en la que los dos peregrinos recogerían con emoción los ecos del Cantar de los Cantares, aparecían los montes de Samaria, el Hebal y el Garizim, alturas sagradas en otro tiempo y reductos todavía de cismas y rencores. En la boca misma de un valle profundo y estrecho, al borde de camino, se detienen a probar el agua del pozo de jacob, y poco después recuerdan a José, hijo de jacob, al cruzardelante de su tumba. Pasan al lado de las torres de Sión, divisan el templo de Herodes, sin concluir todavía, pero aun así resplandeciente de oro y de mármoles, y algo más tarde pisan ya los campos betlemitas, donde mil años antes había apacentado sus ovejas el más famoso de sus antepasados.

 

LA CIUDAD DE DAVID

Si Nazaret es una aldea desconocida de los autores de la antigua literatura hebrea, Belén, en cambio, tenía una historia brillante. Al asentarse los israelitas en Tierra Santa cambió su nombre cananeo de Beth Lahamu, «casa del dios Lahamus», por el de Beth Lehem, «casa del pan». Se la llamó también Efratá, apellido de uno de los principales linajes que se fijaron en ella y que se hizo famoso en la rama de Jessé, padre de David. Era una ciudad pequeña, y así la llamaba el profeta Miqueas en el siglo VII, pero le daban cierta vida las caravanas que iban de Egipto a Jerusalén. Un tal Camaan, hijo de un contemporáneo de David, había construido allí una posada, que en tiempos de Jeremías, y acaso en tiempos de jesús, seguía llamándose la hospedería, el Khan o Geruth de Camaan.

Jerusalén y Belén distan entre sí dos horas apenas de camino, pero forman parte de dos regiones geográficamente distintas. Al dejar la cima plana que las separa, el paisaje cambia súbitamente; es otro el ambiente, otro el clima, otra la dirección de las aguas. Es el valle que se extiende con melodiosa policromía hasta la meseta situada sobre el Jordán; campos de labor, áridas parameras, terraplenes, donde crecen olivos centenarios, hondonadas pintorescas, defendidas del viento por las montañas del Oeste, donde los pastores tienen sus estaciones, y, en el centro, una hermosa llanura de pan llevar de la cual ha tomado su nombre la histórica población de Bethlehem, es decir, tierra de pan.

Con el alma sacudida por la emoción y el recuerdo atravesaron los dos esposos de Nazaret aquellos lugares donde cada arroyo, cada piedra traía a sus mentes algún suceso de la historia del pueblo de Dios íntimamente relacionada con la de su familia; el campo donde estuvo en otro tiempo el dominio de Booz; las rastrojeras en que podían adivinarse todavía las huellas de Ruth, la espigadora; el bosque entre cuya espesura se había encontrado David con el león. Subieron la colina blanca y suave que conducía a las primeras casas, y en el momento en que agonizaba la tarde se detuvieron delante del Khan, tal vez la vieja construcción de Camaam, restaurada a través de los siglos, un edificio rodeado de soportales, con un gran patio central, donde se amontonaban las caballerías. La gente gritaba, discurría ligera de un lado a otro, se saludaba a voz en cuello, cantaba, bromeaba, gesticulaba. Algunos maldecían de los caprichos del César y murmuraban contra aquella disposición que les imponía toda suerte de privaciones, molestias, gastos y exacciones: la aspereza de los caminos, la incomodidad de las posadas, el trato desdeñoso de los empleados, la preocupación de encontrar un alojamiento en tierras en donde tal vez habían tenido un ascendiente ilustre, pero donde ahora eran enteramente desconocidos.

 

BUSCANDO POSADA

Este era el caso de José. Abrióse paso entre la multitud, no sin prever una acogida desagradable. Pero su mayor angustia no era tal vez no encontrar casa donde pasar la noche, sino el temor de que no hubiese un rincón donde estar a solas. San Lucas nos dice que José llevaba consigo a María, «la mujer desposada con él, que estaba encinta». Ella, en realidad, no tenía obligación de ir, no se hallaba incluida en la ley; pero era imposible dejarla sola en aquel estado, y puede imaginarse también que, dadas las circunstancias prodigiosas de la concepción, los dos esposos hubiesen resuelto establecerse en el lugar de origen del linaje de David, ya que, según el ángel Gabriel, Dios había de dar al fruto que esperaban el trono de David su padre. Ahora bien: aquel hijo que María llevaba en sus entrañas y que de una manera tan extraordinaria había sido concebido, debía nacer también de una manera maravillosa, y era mortificante pensar que no podían sustraer el misterio a las miradas curiosas de las gentes. Esto es lo que se desprende de la expresión de San Lucas. No dice sencillamente que no había lugar en la posada, sino que no había lugar para ellos, aludiendo a las exigencias especiales que se presentaban con el parto inminente de María. Los temores de José se convirtieron en realidad; una y otra vez se le dijo «que no había lugar para ellos en la posada», un lugar recogido, decoroso, solitario. Insistió, suplicó, pero todo fue inútil.

 

LA GRUTA

Cerca de allí, abierta en la montaña calcárea, le señalaron una especie de gruta que estaba habilitada para establo, y en la cual se veía, como único mobiliario, un pesebre móvil, suspendido en el muro, o colocado en el suelo, para echar en él pienso a los animales. Tal es el refugio que pudieron encontrar en su penoso viaje los dos aldeanos de Nazaret. «Y sucedió que mientras estaban allí llególe a María la hora de dar a luz. Y parió a su hijo primogénito, y le envolvió en pañales, y le reclinó sobre el pesebre, pero el pesebre exige el establo, y el establo, en las costumbres de aquel tiempo, supone una gruta, una pequeña caverna, abierta en una colina cercana a la población. Un albergue pobre, destartalado y lleno de telarañas fue el primer palacio dé Jesús en la tierra; un pesebre sucio, su primera cuna; un asno y un buey, según la vieja tradición, de la cual nada se nos dice en el Evangelio, los que le calentaron con su aliento en aquella noche fría. María, que le había dado a luz sin dolor, pudo ocuparse de prodigarle personalmente los primeros cuidados. Es un pormenor que no quiere omitir el evangelista, para darnos a entender que si fue concebido milagrosamente, nació más milagrosamente todavía. «Jesús, dice San Jerónimo, se desprendió de ella como el fruto maduro se separa de la rama que le ha comunicado su savia, sin esfuerzo, sin angustia, sin agotamiento.»

Y en otra parte dice: «No hubo allí auxilio ninguno de otra mujer, como luego supusieron los Evangelistas apócrifos. María envolvió al Niño en pañales. Ipsa mater et obstetrix fuit.» No sin motivo había buscado cuidadosamente un lugar solitario y tranquilo.

Más tarde, el mundo irá a venerar la gruta donde acababa de realizarse aquel prodigioso nacimiento. Apenas habrá pasado un siglo cuando ya un escritor nacido en aquella tierra de Palestina, San Justino, nos hablará de ella con respeto, y algo más tarde el gran Orígenes afirmará que hasta los mismos paganos conocen la cueva en que había nacido Jesús, adorado por los nazarenos. Después, los reyes de la tierra la adornarán de oro, y de plata, y de telas preciosas; humillarán en ella su grandeza y besarán aquel suelo, que besan todavía constantemente, con lágrimas de amor y agradecimiento, miles y miles de peregrinos. Todavía se ve allí, llena a todas horas de multitudes piadosas y llorosas, entre otras cuevas o excavaciones naturales, que sirvieron también, o sirven todavía, de establos, la cueva milagrosa, la que fue el primer refugio de Dios cuando vino a la tierra.

 

LOS PASTORES

Hoy, aquella colina resuena de hormigueros y rumor de multitudes; entonces, todo el mundo ignoraba que allí acababa de realizarse el mayor acontecimiento de la historia. Es el cielo quien vino a revelárselo con un nuevo prodigio. Al oriente de Belén, camino del mar Muerto, se extiende la verde llanura donde antaño se elevaba aquella torre del rebaño, junto a la cual plantó su tienda Jacob para llorar a su amada Raquel. Una iglesia, escondida entre olivos, señala allí el lugar sobre el cual se abrieron las nubes para dejar ver una nueva luz: «Un grupo de pastores dice San Lucas guardaba sus ganados y velaba durante la noche. De pronto, el ángel del Señor se les apareció, los rodeó una gloria celeste y fueron poseídos de un santo temor.»

Al otro lado de Belén se extendía una vasta paramera, tierra inculta y abandonada, por donde erraban numerosos rebaños con sus respectivos pastores, lo mismo en invierno que en verano, lo mismo de día que de noche. Aunque mal mirados por los doctores de Israel, porque se preocupaban muy poco de conocer sus enseñanzas sobre las abluciones y los diezmos y los alimentos impuros, y sobre la observancia del sábado, estos pastores eran los continuadores de los patriarcas bíblicos. Llevaban la misma vida que ellos, y como ellos contemplaban todas las noches el cielo cuajado de estrellas, negro, profundo, aterciopelado.

Sus descendientes de hoy siguen llevando sus rebaños sin rumbo fijo por aquellos páramos y llanuras, y las gentes los conocen con su nombre, que significa: «Los que viven al raso.» Hombres nómadas, libres, con una libertad ganada a fuerza de fatigas, privaciones y desprecios, conservaban mejor que los habitantes de las ciudades la fe sencilla, la piedad sincera y las antiguas tradiciones de Israel. La visita del ángel, interrumpiendo sus charlas nocturnas en torno a la hoguera, los llenó de espanto. Un israelita no podía ver un rayo de gloria que caía del cielo sin recordarle los rayos de Jahvé, portadores de muerte. Pero el ángel los tranquilizó, diciendo: «No temáis. Os anuncio una gran alegría, para vosotros y para todo el pueblo. Cerca de aquí, en la ciudad de David, acaba de naceros un Salvador, el Cristo, el Señor; y ésta es la señal que os doy: encontraréis un Niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre.»

 

EL CANTO DE LA PAZ

La noticia era extraña: el Mesías que aguardaba Israel, el descendiente de David, el restaurador de su trono, yacía recostado en el heno de una caverna. «Quitadme esos lienzos vergonzosos y ese pesebre, indigno del Dios a quien yo adoro», dirá Marción, uno de los primeros herejes. Y Tertuliano le contestará: «Nada es más digno de Dios que salvar al hombre y pisotear las grandezas transitorias, juzgándolas indignas de Sí y de los hombres.» Pero no era a los potentados de la tierra, no era a los doctores del templo a quienes se dirigía el mensaje, sino a los pobres pastores del desierto, gente despreciable y sospechosa para los escribas, que los excluían de los tribunales y rechazaban su testimonio en los juicios, y habían inventado este proverbio despectivo: «No dejes que tu hijo sea ni apacentador de asnos, ni conductor de camellos, ni buhonero, ni pastor, porque son oficios de ladrones.» ¿Cómo iba a poder someterse esta gente ambulante, que ante todo debía pensar en vivir, a las mil prescripciones con que se había complicado la Ley? Pero la vida de Cristo está impregnada, desde este primer momento, de una profunda ironía contra los sabios y los poderosos.

Cuando comience su actividad misional dará como signo de su misión divina la evangelización de los pobres. Y he aquí que apenas nacido, los Pobres son ya evangelizados. Y los pobres comprendieron y creyeron: creyeron que el Mesías había nacido. Pronto se dieron cuenta de que el mensajero no estaba solo: un coro de espíritus resplandecientes le rodeaba cantando el himno cuyo eco resuena en todas las iglesias del mundo: «¡Gloria a Dios en las alturas y paz sobre la tierra a los hombres amados del Señor!». He aquí el anuncio prodigioso: la paz. Cristo había querido nacer en un momento señalado por la paz que las veinticinco legiones de Roma mantenían en todas las fronteras. Pero la paz que Él traía era mucho más honda y duradera.

Era la paz que unía al hombre con Dios, la que beatificaría a las almas, que por sus actos se hiciesen dignas del beneplácito divino. Es la traducción exacta del término que usa San Lucas: «Paz sobre la tierra en los hombres del beneplácito.» Maravillados de este misterioso concierto, miraban hacia la altura, y cuando los últimos ecos se perdieron ya en la lejanía, echaron a andar, diciendo: «Vayamos a Belén y veamos este prodigio que el Señor nos anuncia.» Esta escena sigue inmediatamente al relato del nacimiento de jesús, sin duda el evangelista los junta para darnos a entender que entre los dos hechos no transcurrió apenas una hora. Por eso la tradición ha supuesto, con razón, que el nacimiento de Jesús sucedió de noche, lo mismo que la aparición a los pastores.

 

LA MADRE

Aquellos adoradores nocturnos fueron los primeros peregrinos de los millones y millones que, a través de los siglos, habían de traspasar los umbrales del portalillo de Belén. Y adoraron al Niño entre transportes de gozo, y felicitaron a la Madre, y le ofrecieron sus dones perfumados de campo y de fe, «y se volvieron alabando y glorificando a Dios por todas las cosas que habían visto y oído, según les fuera anunciado». Y en medio de aquel ingenuo alborozo, mientras ellos repetían una y otra vez su relato de luces, de ángeles y de músicas, «llenando de admiración a cuantos les escuchaban», la Madre de jesús callaba. Sonriente, sin dudar, y agradecida a aquellos homenajes, callaba. «María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón», hasta el día en que se las cuente a San Lucas, su pintor, su evangelista, que en esta frase nos ofrece una alusión delicada a la fuente de su información. Porque es Ella, seguramente, quien le dio a conocer este relato, sobrio y tierno a la vez, donde se descubren el acento de la Virgen y el corazón de la Madre.

Sucedió todo esto, no en el año primero, como concluyó, en el siglo VI, Dionisio el Exiguo, engañado por un cálculo incompleto, sino en el quinto o más bien en el sexto antes de la era cristiana.

En Fr. Justo Pérez de Urbel, Vida de Cristo, un clásico del tema, reeditado por Rialp (5ª ed. 2004) (cfr. http://www.rialp.com). El texto que reproducimos, por cortesía de Arvo.net, corresponde al capítulo V de la extensa obra.

 

Noche de silencio


María es el modelo insuperable de este silencio adorador. Se nota una diferencia entre su actitud y la de los pastores

Raniero Cantalamessa OFM

Cap –predicador de la Casa Pontificia

Comentario del Evangelio del día de Natividad 2005

(segunda Misa)

Natividad del Señor

Isaías 62,11-12; Tito 3,4-7; Lucas 2,15-20

 

Noche de silencio

 

El Evangelio de la segunda Misa de Navidad, llamada «de la aurora», nos muestra con los pastores y con María cuál debe ser nuestra respuesta y nuestra actitud ante el pesebre de Cristo. Los pastores personifican la respuesta de fe ante el anuncio del misterio. Dejan «sin demora» su rebaño, interrumpen su descanso; todo pasa a un segundo plano frente a la invitación de Dios; María personifica la actitud contemplativa y profunda de quien, en silencio, contempla y adora el misterio: «María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón».

Existen verdades y acontecimientos que se pueden acoger mejor con el canto que con las palabras, y uno de ellos es precisamente la Navidad. El canto navideño más popular en Italia es Tu scendi dalle stelle (Desciendes de las estrellas), compuesto por San Alfonso María de Ligorio. La Navidad nos aparece en él como la fiesta del amor que se hace pobre por nosotros. El rey del cielo nace «en una gruta en el frío y en el hielo»; al creador del mundo «le faltan paños y fuego». Esta pobreza nos conmueve, sabiendo que «te hizo amor más pobre», que fue el amor el que hizo pobre al Hijo de Dios. Con palabras sencillísimas, casi infantiles, se expresa el significado de la Navidad que el apóstol Pablo encerraba en las palabras: «Nuestro Señor Jesucristo, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza» (2 Co 8,9).

Hay infinitas formas de pobreza que, al menos una vez al año, vale la pena recordar, para no quedarnos siempre en la pobreza de los bienes materiales. Existe la pobreza de afectos, la pobreza de educación, la pobreza de quien ha sido privado de lo que le era más querido en el mundo, la pobreza de la esposa rechazada por el marido o del marido rechazado por la esposa; la pobreza de los esposos que no han podido tener hijos, de quien debe depender físicamente de otros. La pobreza de esperanza, de alegría. Finalmente la peor pobreza de todas, que es la pobreza de Dios.

Existen pobrezas, propias y ajenas, contra las cuales hay que luchar con todas las fuerzas, porque son pobrezas malas, deshumanizadoras, no queridas por Dios, fruto de la injusticia de los hombres; pero hay muchas formas de pobreza que no dependen de nosotros. Con estas últimas debemos reconciliarnos, no dejarnos aplastar por ellas, sino llevarlas con dignidad. Jesucristo eligió la pobreza; hay en ella un valor y una esperanza.

Otro canto navideño, el más amado en todo el mundo, es Stille Nacht, Noche silenciosa (popularmente entonado también como «Noche de Paz», N de la t). El texto original dice: «¡Noche de silencio, noche santa! / Todo calla, solo velan / Los dos esposos santos y piadosos. / Dulce y querido Niño / Duerme en esta paz celeste». El mensaje de este canto no está en las ideas que comunica (casi ausentes), sino en la atmósfera que crea: una atmósfera de estupor, de calma y de silencio, y nosotros tenemos una necesidad vital de silencio. «La humanidad, dijo Kierkegaard, está enferma de estruendo». La Navidad podría ser para alguno la ocasión de redescubrir la belleza de momentos de silencio, de calma, de diálogo consigo mismo o con las personas. Un texto de la liturgia navideña, procedente del libro de la Sabiduría (18,14-15), dice: «Cuando un sosegado silencio todo lo envolvía, tu Palabra omnipotente, oh Señor, saltó del cielo, desde el trono real», y san Ignacio de Antioquia llama a Jesucristo «la Palabra salida del silencio» (Magn. 8,2). También hoy, la palabra de Dios desciende allí donde encuentra un poco de silencio.

María es el modelo insuperable de este silencio adorador. Se nota una diferencia entre su actitud y la de los pastores. Los pastores se ponen en camino diciendo: «Vayamos hasta Belén y veamos lo que ha sucedido», y vuelven glorificando a Dios y relatando a todos aquello que habían visto y oído. María calla. Ella «no tiene palabras». Su silencio no es un sencillo callar; es maravilla, estupor, adoración, es un «silencio religioso», un estar dominada por la grandeza de la realidad.

Concluyo con una bella leyenda navideña que resume todo el mensaje que hemos recogido de los dos cantos navideños: pobreza y silencio. Entre los pastores que acudieron la noche de Navidad a adorar al Niño había uno tan pobrecito que no tenía nada que ofrecer y se avergonzaba mucho. Llegados a la gruta, todos rivalizaban para ofrecer sus regalos. María no sabía cómo hacer para recibirlos todos, al tener en brazos al Niño. Entonces, viendo al pastorcillo con las manos libres, le confió a él, por un momento, a Jesús. Tener las manos vacías fue su fortuna. Es la suerte más bella que podría sucedernos también a nosotros. Dejarnos encontrar en esta Navidad con el corazón tan pobre, tan vacío y silencioso que María, al vernos, pueda confiarnos también a nosotros su Niño.

 

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¿Por qué celebramos la Navidad el 25 de diciembre?


Antecedentes históricos sobre por qué celebramos la Navidad este día de invierno en el hemismerio norte y verano en el hemisferio sur

Los Evangelios

 

 

Los Evangelios no proporcionan ayuda alguna acerca de la fecha del nacimiento de Cristo; según sus datos, nos encontramos con argumentos contradictorios. Parece imposible que el censo se haya realizado en invierno: toda una población no podría haberse puesto en camino. Por otra parte, sí pudo haberse realizado en invierno; pues sólo durante esta época del año el trabajo en el campo era suspendido. Pero, Roma no era tan considerada. Además, las autoridades difieren acerca de si los pastores solían cuidar sus rebaños y dejarlos pastear durante las noches de la estación de las lluvias.

El servicio en el templo de Zacarías

Los argumentos que se basan en el ministerio en el templo de Zacarías, no son de fiar, aunque, los cálculos sobre su antigüedad (ver más arriba) han sido reavivados de una manera más complicada, por ejemplo por Friedlieb (Leben J. Christi des Erlösers, Münster, 1887, pág. 312). Se dice que, las veinticuatro clases de sacerdotes judíos servían en el Templo, cada una, durante una semana; Zacarías pertenecía a la octava clase, los Abia. El Templo fue destruido en el año 9 Ab, 70 d. C.; la tradición rabínica tardía dice que la primera clase, los Jojarib, estaban sirviendo entonces. De estos datos poco fiables, asumiendo que Cristo nació el año 79 A.U.C., y que en ningún momento, de esos setenta turbulentos años, la sucesión semanal falló, se calcula que la octava clase sirvió durante la semana del 2 al 9 de octubre del año 748 A.U.C., por lo que se deduce que la concepción de Cristo fue en marzo, y su nacimiento en diciembre. Kellner (op. cit., pp. 106, 107) declara que es muy poco serio calcular la semana que Zacarías estuvo sirviendo en el Templo partiendo de cualquier referencia anterior o posterior.

Analogía con las fiestas del Antiguo Testamento

Parece imposible poder relacionar la analogía que existe entre la Pascua y Pentecostés judías, con la Pascua y Pentecostés cristianas, con la Navidad y la fiesta de los Tabernáculos, como lo hizo, por ejemplo, Lightfoot (Horæ Hebr, et Talm., II, 32), argumentando desde las profecías del Antiguo Testamento, por ejemplo la de Zacarías 14, 16 ss,; combinando, además, la muerte de Cristo ocurrida en Nisan, con la profecía de Daniel de un ministerio de tres años y medio de duración (9, 27), declara que el nacimiento se realizó en Tisri, —septiembre. Esto es tan poco feliz como relacionar el 25 de diciembre con la fiesta Oriental (Diciembre) de la Dedicación (Jos. Ant. Jud., XII, VII, 6).

Natalis Invicti

La conocida fiesta solar del Natalis Invicti, celebrada el 25 de diciembre, ejerció una fuerte influencia sobre nuestra fecha Navideña. Para conocer la historia del culto solar, su importancia en el Imperio romano, y su sincretismo con el Mitraísmo, véase la obra de Cumont “Textes et Monuments” etc., I, ii, 4, 6, pág. 355. Mommsen (Corpus Inscriptionum Latinarum, 1², pág., 338), en la que ha recogido datos sobre esta fiesta, la cual llegó a su punto máximo de popularidad bajo Aureliano, el 274. Filippo del Torre, en 1700, advirtió su importancia; habría que subrayar que, como ya se ha dicho, sin la adición en el Calendario de Filocalo. Nos sería imposible aquí, el poder perfilar la historia e idioma del simbolismo solar aplicado a Dios, el Mesías y a Cristo, tanto en los canónicos judíos o cristianos, en la patrística, o obras de devoción. Los himnos y oficios de Navidad abundan en esto; Cumont ha delineado bien los textos (op. cit., addit. Nota C, pág. 355).

El primer texto conocido que une o relaciona el nacimiento de Cristo y el del sol, lo tenemos en Cipriano, “De pasch. Comp”., xix, “O quam præclare providentia ut illo die quo natus est Sol… nasceretur Christus”. — “¡Oh, qué maravillosamente actuó la Providencia, que en el día en el que nació el Sol… Cristo debía nacer”. —En el siglo cuarto, Crisóstomo, en su obra “del Solst. Et Æquin”. (II, pág., 118, ed. 1588), dice: “Sed et dominus noster nascitur mense decembris… VIII KAL. Ian… Sed et Invicti Natalem appelant. Quis utique tam invictus nisi dominus noster?… Vel quod dicant Solis esse natalem, ipse est Sol iustitiæ”. — “No obstante, Nuestro Señor, también nace en el mes de diciembre… en la octava antes de las calendas de enero [25 diciembre]…, Pero ellos lo llaman el “Nacimiento del Invencible”. ¿Quién hay que sea tan invencible como Nuestro Señor…? O, si ellos dicen que es el día del nacimiento del Sol, Él es el Sol de Justicia”. Ya Tertuliano (Apol., 16; cf. Ad. Nat., I, 13; Orig. c. Cels., VIII, 67, etc.) tuvo que afirmar que el Sol no era el Dios de los cristianos; Agustín (Tract. XXXIV, in Joan. En P. L., XXXV, 1652) denuncia la identificación herética entre Cristo y el Sol. El Papa León I (Serm. XXXVII in nat. dom., VII, 4; XXII, II, 6 en P. L., LIV, 218 y 198) reprocha duramente los remanentes del culto solar —los cristianos, en la misma puerta de la basílica de los Apóstoles, se voltean para adorar al naciente sol. El culto al sol ha legado rasgos en el culto popular moderno en Armenia, en donde los cristianos dieron en la antigüedad, de manera temporal y externa, culto al sol material (Cumont, op. cit., pág. 356).

Debemos considerar aquí, que incluso al “bautizar” de manera deliberada y legítima una fiesta pagana, no tuvo otro significado que el de la necesidad de transferir la supuesta fecha. El “nacimiento en la montaña” de Mitra y el de Cristo en una “gruta” no tienen nada en común: la adoración de Mitra por los pastores (Cumont, op. cit., I, II, 4, pág., 304 ss.) fue tomada prestada de las fuentes cristianas, y no viceversa.

Otras teorías de origen pagano

El origen de la Navidad no debe buscarse en los Saturnales (1-23 de diciembre), ni tampoco en el santo nacimiento a media noche de Eleusis (véase J.E. Harrison, Prolegom., pág. 549) con su probable conexión a través de Frigia, con los herejes nasenos, o con la ceremonia alejandrina citada anteriormente; ni tampoco con los ritos análogos al culto del solsticio de invierno en Delphi, cuna de Dionisio, con su revocación desde el mar a un nuevo nacimiento (Harrison, op. cit., 402 ss.).

La teoría astronómica

Duchesne (Les origines du culte chrétien, París, 1902, 262 ss.) nos presenta la teoría “astronómica”, en la que, tomando el día 25 de marzo como el de la muerte de Cristo [históricamente imposible, pero tan antigua como Tertuliano (Adv. Jud., 8)], el instinto popular, el cual quiere conocer con exactitud el número de años de una vida Divina, pone Su concepción en esa misma fecha, siendo Su nacimiento el 25 de diciembre. Esta teoría se apoya en el hecho que algunos montanistas (Sozomeno, Hist. Eccl., VII, 18) celebraban la Pascua el 6 de abril; así, tanto el 25 de diciembre y el 6 de enero son simultáneamente explicados. Es más, el cálculo sigue en su totalidad los argumentos basados en el número y en la “conveniencia” de la astronomía, en aquella época muy popular. Desgraciadamente, no existe evidencia contemporánea alguna sobre la celebración en el siglo cuarto de la Concepción de Cristo, en el día 25 de marzo.

Conclusión

El presente escritor se inclina a pensar que, estando el origen de esta fiesta en Oriente o Occidente, y a pesar de la abundancia de fiestas análogas celebrando el solsticio de invierno, éstas pueden haber ayudado, aunque de manera imprecisa, en la elección de la fecha de diciembre, de la misma manera que cuando se fijó la fecha del Natalis Invicti en el solsticio de invierno, aparte de la adaptación deliberada o de curiosos cálculos, para fijar en ese mismo día la fiesta cristiana.