Porque los Católicos no llevamos Biblia a la Misa?


Fuente: http://lanzadediosblog.wordpress.com

¿PORQUE LOS CATÓLICOS NO LLEVAMOS BIBLIA A LA MISA?

12 junio, 2013 · por  · en Iglesia Catolica
bible-and-candle
Esta es una pregunta que hacen muchos no católicos para inferir que los católicos no leemos la Biblia en la Misa, o que la tenemos en muy baja estima. Pero lo cierto es que los católicos si leemos la Biblia en la Misa, y no solo eso, estamos cumpliendo mas perfectamente el modo bíblico de leer la Biblia en comunidad como se hacia en el Antiguo y Nuevo Testamento, donde había un lector que leía de los libros sagrados a la comunidad.
Encima de esto, si atendemos a Misa todos los domingos habremos leído o mas bien escuchado que se lee, en un periodo de tres años la Biblia entera. Obviamente esto no significa que no debamos leer la Biblia en nuestras casas personalmente.  Cabe aquí añadir que debemos oír la Palabra de Dios con la actitud de quien se interroga ¿qué es lo que Dios me está pidiendo a mí en esta Misa en concreto? ¿qué es lo que Dios me quiere decir a mí en esta liturgia de la Palabra?
Pero la razón principal por la cual los católicos no llevamos Biblia a la Misa porque la misma Misa esta sumergida en la Biblia. Como diría Scott Hahn, teólogo protestante quien e convirtió al catolicismo en su primer Misa a la cual llevo su Biblia, “la Biblia ya no estaba junto a mi estaba frente a mi”. (1) De ahí que todas las partes de la Misa son bíblicas, como veremos a continuación.
Inicio:
Iniciamos invocando a la Santísima Trinidad signándonos en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Esta parte esta tomada de (Mt 28:19) “Vayan y hagan discípulos entre todos los pueblos, bautícenlos consagrándolos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo”. Por medio de este signo recordamos nuestro bautismo, y que somos pertenencia de Dios, a la vez que invitamos a las Tres divinas personas de que hagan de nosotros su templo durante la celebración y durante nuestra vida.
Saludo del celebrante
“Que el Señor esté con ustedes”  o también: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con ustedes” esto esta tomado de:
2ª  Corintios 13, 14: La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros.
2ª Timoteo 4:22  El Señor esté con tu espíritu. Gracia a todos vosotros.
Yo confieso.
Hacemos una confesión pública a Dios de nuestras faltas de modo que podamos iniciar la celebración con humildad, reconociéndonos faltos de la gracia divina y de la intercesión de la comunidad a favor nuestro antes Dios iniciando con las palabras: “Yo confieso ante Dios Todopoderoso y ante ustedes hermanos que he pecado mucho…” Esto esta tomado de:
Salmo 32, Mi pecado te reconocí, y no te oculté mi culpa; dije: «Confesaré a Yahvé de mis rebeldías.» Y tú absolviste mi culpa, perdonaste mi pecado.
Señor ten piedad.
Seguidamente imploramos a Dios tenga piedad y misericordia de nosotros, esta parte de la Misa esta en:
Salmo 6, 3: Ten piedad de mí, Yahvé, que estoy sin fuerzas.
Salmo 27:7  Escucha, Señor, mi voz que te llama, ten piedad de mí, respóndeme.
Baruc 3:2  Escucha, Señor, ten piedad, porque hemos pecado contra ti.
Lucas 17:13  y alzando la voz, dijeron: Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros.
El Gloria.
Cuando glorificamos a Dios, entonamos el himno que los ángeles cantaron la primera nochebuena:
Lucas 2:14  ¡Gloria a Dios en lo alto y en la tierra paz a los hombres que él ama!
Liturgia de la Palabra.
En la liturgia de la Palabra se reproduce aquella escena de Nazaret, cuando Cristo asiste un sábado a la sinagoga: “se levantó para hacer la lectura” de un texto de Isaías; y al terminar, “cerrando el libro, se sentó. Los ojos de cuantos había en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír” (Lc 4:16-21). Con la misma realidad le escuchamos nosotros en la Misa, es Cristo el que nos habla atreves de las lecturas, principalmente cuando el sacerdote lee el Evangelio.
El aleluya.
Antes de que se lee el Evangelio se dice o se cante el Aleluya que es una adaptación de la expresión hebrea hallelú Yah, que significa “alaben ustedes a Yah” o “alabad a Yah”. Esto se encuentra en:
Salmo 135:1  Aleluya ¡Alabad el nombre del Señor, alabadlo, siervos del Señor
Salmo 150:1  ¡Aleluya! Alabad al Señor en su templo, alabadlo en su fuerte firmamento.
Apoc 19:1  Después escuché en el cielo un rumor como de una gran multitud que decía: ¡Aleluya! A nuestro Dios corresponden la victoria y la gloria y el poder,
Apoc 19:3  Y repitieron: ¡Aleluya! El humo de ella asciende por los siglos de los siglos.
La Homilía.
Para la confección de la homilía suelen elegirse varias fuentes privilegiadas como son los textos bíblicos recién leídos, textos de los Padres de la Iglesia o de doctores y santos de la Iglesia católica. Esto se encuentra en:
Hechos 2:42  Eran asiduos en escuchar la enseñanza de los apóstoles…
Profesión de fe, también es bíblico.
Creo en Dios, Padre Todopoderoso,
Gen 17:1  Cuando Abrán tenía noventa y nueve años, se le apareció el Señor y le dijo: Yo soy Dios Todopoderoso. Procede de acuerdo conmigo y sé honrado,
Creador del cielo y de la tierra.
Gen 1,1 En el principio creó Dios los cielos y la tierra.
de todo lo visible y lo invisible
Colosenses 1, 16: porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por él y para él…
Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor,
Jn 3,16 Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Nacido del Padre antes de todos los siglos,
Heb 7:3  Figura sin padre ni madre, sin genealogía, sin principio ni fin de su vida.
Dios de Dios Luz de Luz, Dios verdadero de Dios  verdadero,
Col 1:15 “El es la imagen de Dios invisible”.
Engendrado no creado,
Salmo 2:7  Voy a recitar el decreto del Señor: Me ha dicho: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy.
De la misma naturaleza del Padre por quien todo fue hecho,
Heb 1:3 Él es el reflejo de su gloria y la representación exacta de su mismo ser..”
que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre,
Lc 1,35 El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios.
Mt 1,22,23 Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: = Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, = que traducido significa: «Dios con nosotros.»
padeció bajo el poder de Poncio Pilato,
Jn 19,1-2 Pilato entonces tomó a Jesús y mandó azotarle. Los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le vistieron un manto de púrpura;
fue crucificado, muerto y sepultado,
Jn 19,17-19 y él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí le crucificaron y con él a otros dos, uno a cada lado, y Jesús en medio. Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos.»
Lc 23,46 y Jesús, dando un fuerte grito, dijo: «Padre, = en tus manos pongo mi espíritu» = y, dicho esto, expiró.
Lc 23,53 y, después de descolgarle, le envolvió en una sábana y le puso en un sepulcro excavado en la roca en el que nadie había sido puesto todavía.
descendió a los infiernos,
1Pe 3,18-19 Pues también Cristo, para llevarnos a Dios, murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, muerto en la carne, vivificado en el espíritu. En el espíritu fue también a predicar a los espíritus encarcelados,
al tercer día resucitó de entre los muertos,
1Co 15,3-4 Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras;
subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso,
Mc 16,19 Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios.
Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos,
Hch 10,42 Y nos mandó que predicásemos al Pueblo, y que diésemos testimonio de que él está constituido por Dios juez de vivos y muertos.
Creo en el Espíritu Santo.
Rom 5,5 y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.
Como será de importante creer en el Espíritu Santo, que el mismo Jesús nos dice que el único pecado que no será perdonado, ni en este mundo ni en el otro es el pecado contra el Espíritu Santo.
la santa Iglesia católica,
Efe 5,25-27 Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada.
Mt 16,18 Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.
Mt 28,19 Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,
la comunión de los santos,
Apo 7,9 Después de esto vi un gentío inmenso, imposible de contar, de toda nación y raza, pueblo y lengua, que estaban de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos,
el perdón de los pecados,
Jn 20,23 a quienes descarguen de sus pecados, serán liberados, y a quienes se los retengan, les serán retenidos.
la resurrección de la carne
Rom 8,11 Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos está en ustedes, el mismo que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también vida a sus cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que habita en ustedes.
y la vida eterna.
Apo 22,5 No necesitarán luz de lámpara ni de sol, porque Dios mismo será su luz, y reinarán por los siglos para siempre.
Amén.
Apo 22,20 El que da fe de estas palabras dice: “Sí, vengo pronto. Amén. Ven, Señor Jesús.
Liturgia eucarística. 
El sacerdote se acerca al altar, tras recibir las ofrendas del pan y del vino, de manos de los fieles y dice: “Bendito seas Señor, Dios del universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos; él será para nosotros pan de vida”. Esto esta en las siguientes citas bíblicas: (cf. 1 Crónicas 29:10; Salmo 72:18-19, 119:10; Lucas 1:68; Jn 6,23) “Bendito seas, Señor, Dios del universo por este vino, fruto de la vid y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos; él será para nosotros bebida de salvación”. (cf. Lc 22:17-18; Jn 6:55).
Seguidamente el sacerdote se lava las manos, mientras dice en voz baja: “Lava del todo mi delito limpia todo mi pecado”. Las palabras se remontan al Salmo 51,4: “Lávame a fondo de mi culpa, y de mi pecado purifícame.”
Acto seguido el sacerdote dice: “Orad, hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro sea agradable a Dios Padre todopoderoso”. Esto esta en:
Oseas 14,2: “Llevad con vosotros palabras de súplica, y volved a Dios, y decidle: Quita toda iniquidad, y acepta el bien, y te ofreceremos la ofrenda de nuestros labios”.
Levítico 22,19: “Y cuando ofrezcáis sacrificio de acción de gracias a Dios, lo sacrificaréis de manera que sea aceptable”.
Santo. 
Tras el prefacio tiene lugar el canto del “Sanctus” esto esta en: Isa 6:3 Y clamaban alternándose: ¡Santo, santo, santo, el Señor Todopoderoso, la tierra está llena de su gloria! Ap 4:8 Cada uno de los seres vivientes tenía seis alas, cubiertas por dentro y en torno de ojos. Ni de día ni de noche descansan diciendo: Santo, santo, santo, Señor Dios Todopoderoso, el que era y es y será.
Consagración. 
La víspera de su pasión tomó el pan en sus santas y venerables manos y levantando los ojos al cielo, a ti, Padre todopoderoso, te dio gracias lo partió lo dio a sus discípulos, diciendo: Tomad esto, todos ustedes, y comed: esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros. Esto esta en:
Mat 26:26 Mientras cenaban, Jesús tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad y comed, esto es mi cuerpo.
1ª Cor 11:23-24 Pues yo recibí del Señor lo que os transmití: que el Señor, la noche que era entregado, tomó pan, dando gracias lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.
Del mismo modo, acabada la cena, tomó el cáliz una vez más, dándote gracias te bendijo, y la dio a sus discípulos, y dijo: Tomad esto, todos ustedes, y beber de él, porque éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna que será derramada por vosotros y por todos, para que los pecados pueden ser perdonados. Haced esto en memoria mía. Esto esta en:
Mat 26:27-28 Tomando la copa, pronunció la acción de gracias y se la dio diciendo: Bebed todos de ella, porque ésta es mi sangre de la alianza, que se derrama por todos para el perdón de los pecados.
1ªCor 11:25 Lo mismo, después de cenar, tomó la copa y dijo: Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre. Haced esto cada vez que la bebáis en memoria mía.
Después, oramos a nuestro Padre en las palabras que Nuestro Señor nos dio: (cf. Mt. 6:9-13).
Luego le reconocemos con las palabras de San Juan el Bautista: “He ahí el Cordero de Dios…” (cf. Jn. 1:29,36).
Ósculo de la paz 
“Señor Jesucristo, que dijiste a tus Apóstoles: Mi paz os dejo, mi paz os doy”. Esto esta en:
Juan 14, 27: Mi paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo.
Comunión. 
Sacerdote: Este es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo dichosos los invitados a la cena del Señor (Apocalipsis 19:9).
Y antes de recibirlo en la comunión, respondemos con las palabras del centurión: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, mas una palabra tuya, bastará para sanarme.” Esto esta en:
Mateo, 8, 8: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa. Di una sola palabra y mi siervo quedará sano.
Rito de conclusión 
El Señor esté con ustedes.
El pueblo responde: Y con tu espíritu.
El sacerdote bendice al pueblo, diciendo: La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y descienda sobre ustedes: Esto esta en:
2ª Cor 13:13 La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté con todos vosotros.
El pueblo responde: Amén.
Id en la paz de Cristo Congregación: Demos gracias a Dios. Esto esta en:
2ª Cor 9:15 Demos gracias a Dios por su don inefable.
Conclusión: 
Los católicos no llevamos la Biblia a la Misa porque lo que decimos y escuchamos en la Misa nos viene de la Biblia y lo que “hacemos” en la Misa, lo hacemos porque se hacía en la Biblia. Nos arrodillamos (cf. Sal. 95:6; Hech. 21:5) y cantamos himnos (cf. 1 Mac. 10:7, 38; Hech. 16:25); nos ofrecemos la señal de la paz (cfr. 1 Sam. 25:6; 1 Tes. 5:26). Nos juntamos alrededor de un altar (cf. Gen. 12:7; Ex. 24: 4; 2 Sam. 24:25; Apoc. 16:7), con incienso (cf. Jer. 41:5; Apoc. 8:4), servido por sacerdotes (cf. Ex. 28:3-4; Apoc. 20:6). Ofrecemos una acción de gracias con pan y vino (cf. Gen. 14:18; Mt. 26:26-28). Desde la primera señal de la cruz hasta el último amén (cf. Neh. 8:6; 2 Cor. 1:20), la Misa es un tapiz de sonidos y sensaciones, tejido con palabras, acciones y accesorios tomados de la Biblia.
____________________________

Extraído de http://conocetufe.blogspot.com.es

(1) La cena del cordero pg. 28
Sitios web consultados:

Ritos de conclusión


la misa explicada, continuación…

 

Saludo y bendición. -Despedida y misión.

La inclusión es una forma poética, por la que el final vuelve al principio. No es rara en los salmos, por ejemplo, en el 102, que empieza y termina diciendo: «Bendice, alma mía, al Señor». También ocurre así en la misa.

 

 

Saludo y bendición

 

 

 

Al finalizar la misa, en efecto, se vuelve al saludo de su comienzo:

 

 

-«El sacerdote, extendiendo las manos, saluda al pueblo diciendo: El Señor esté con vosotros; a lo que el pueblo responde: Y con tu espíritu».

 

 

Y si la celebración se inició en el nombre de la santísima Trinidad y en el signo de la cruz, también en este Nombre y signo va a concluirse:

 

 

«En seguida el sacerdote añade: «la bendición de Dios todopoderoso -haciendo aquí la señal + de la bendición-, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre vosotros». Y todos responden «Amén».

 

 

El sacerdote aquí no pide que la bendición de Dios descienda «sobre nosotros», no. Lo que hace -si realiza la liturgia católica- es transmitir, con la eficacia y certeza de la liturgia, una bendición, que Cristo finalmente concede a su pueblo. De tal modo que, así como el Señor, al despedirse de sus discípulos en el momento de su ascensión, «alzó sus manos y los bendijo; y mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo» (Lc 24,50-51), así ahora, por medio del sacerdote que le representa, el Señor bendice al pueblo cristiano, que se ha congregado en la eucaristía para celebrar el memorial de «su pasión salvadora, y de su admirable resurrección y ascensión al cielo, mientras espera su venida gloriosa» (PE III).

 

 

Despedida y misión

 

 

 

La palabra misa, que procede de missio (misión, envío, despedida), ya desde el siglo IV viene siendo uno de los nombres de la eucaristía. En efecto, la celebración de la eucaristía termina con el envío de los cristianos al mundo. Y no se trata aquí tampoco de una simple exhortación, «vayamos en paz», apenas significativa, sino de algo más importante y eficaz. En efecto, así como Cristo envía a sus discípulos antes de ascender a los cielos -«id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (Mc 16,15)-, ahora el mismo Cristo, al concluir la eucaristía, por medio del sacerdote que actúa en su nombre y le visibiliza, envía a todos los fieles, para que vuelvan a su vida ordinaria, y en ella anuncien siempre la Buena Noticia con palabras y más aún con obras.

 

 

-«Podéis ir en paz».

 

 

-«Demos gracias a Dios».

 

 

Entonces el sacerdote, según costumbre, venera el altar [como al principio de la misa] con un beso y, hecha la debida reverencia, se retira» (OGMR 124-125).

 

 

La misa ha terminado.

Los santos y la comunión eucarística


La misa explicada, continuación…

Sólo los santos conocen y viven plenamente la vida cristiana. Y, concretamente, sólo los santos veneran como se debe el gran sacramento de la eucaristía. Por eso en esto, como en todo, nosotros hemos de tomarles como maestros. Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, según declaran en el proceso de canonización sus compañeros, «omni die celebrabat missam cum lacrymis» (n.49), sobre todo a la hora de comulgar (n.15). Y también San Ignacio de Loyola lloraba con frecuencia en la misa (Diario espiritual 14). Nosotros, hombres de poca fe, no lloramos, pues apenas sabemos lo que hacemos cuando asistimos a la misa. Son los santos, realmente, los que entienden, en fe y amor, qué es lo que en la misa están haciendo, o mejor, qué está haciendo en ella la Trinidad santísima. Por eso han de ser ellos los que nos enseñen a celebrar el sacrificio eucarístico y a recibir en la comunión el cuerpo y la sangre de Cristo.

 

 

San Francisco de Asís, siendo diácono, pocos años antes de morir, escribe una Carta a los clérigos, en la que confiesa conmovedoramente toda la grandeza del ministerio eucarístico que desempeñan. Y en su Carta a toda la Orden reitera las mismas exhortaciones: «Así, pues, besándoos los pies y con la caridad que puedo, os suplico a todos vosotros, hermanos, que tributéis toda reverencia y todo el honor, en fin, cuanto os sea posible, al santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, en quien todas las cosas que hay en cielos y tierra han sido pacificadas y reconciliadas con el Dios omnipotente [+Col 1,20]» (12-13). Él, personalmente, «ardía de amor en sus entrañas hacia el sacramento del cuerpo del Señor, sintiéndose oprimido y anonadado por el estupor al considerar tan estimable dignación y tan ardentísima caridad. Reputaba un grave desprecio no oír, por lo menos cada día, a ser posible, una misa. Comulgaba muchísimas veces, y con tanta devoción, que infundía fervor a los presentes. Sintiendo especial reverencia por el Sacramento, digno de todo respeto, ofrecía el sacrificio de todos sus miembros, y al recibir al Cordero sin mancha, inmolaba el espíritu con aquel sagrado fuego que ardía siempre en el altar de su corazón» (II Celano 201).

 

 

Es un dato cierto que los santos, muchas veces, han recibido precisamente en la comunión eucarística gracias especialísimas, decisivas en su vida.

 

 

Recordemos, por ejemplo, a Santa Teresa de Jesús. Ella, cuando no era costumbre, «cada día comulgaba, para lo cual la veía [esta testigo] prepararse con singular cuidado, y después de haber comulgado estar largos ratos muy recogida en oración, y muchas veces suspendida y elevada en Dios» (Ana de los Angeles: Bibl. Míst. Carm. 9,563).

 

 

Las más altas gracias de su vida, y concretamente el matrimonio espiritual, fueron recibidas por Santa Teresa en la eucaristía. Ella misma afirma que fue en una comunión cuando llegó a ser con Cristo, en el matrimonio, «una sola carne»: «Un día, acabando de comulgar, me pareció verdaderamente que mi alma se hacía una cosa con aquel cuerpo sacratísimo del Señor» (Cuenta conciencia 39; +VII Moradas 2,1). Y Teresa encuentra a Jesús en la comunión resucitado, glorioso, lleno de inmensa majestad: «No hombre muerto, sino Cristo vivo, y da a entender que es hombre y Dios, no como estaba en el sepulcro, sino como salió de él después de resucitado. Y viene a veces con tan grande majestad que no hay quien pueda dudar sino que es el mismo Señor, en especial en acabando de comulgar, que ya sabemos que está allí, que nos lo dice la fe. Represéntase tan Señor de aquella posada que parece, toda deshecha el alma, se ve consumir en Cristo» (Vida 28,8).

 

 

Otros santos ha habido que vivían alimentándose solamente con el Pan eucarístico, es decir, con el cuerpo de Cristo. En esos casos milagrosos ha querido Dios manifestarnos, en una forma extrema, hasta qué punto tiene Cristo capacidad en la eucaristía de «darnos vida y vida sobreabundante» (Jn 10,10).

 

 

El Beato Raimundo de Capua, dominico, que fue unos años director espiritual de Santa Catalina de Siena, refiere de ella que «siguiendo pasos casi increíbles, poco a poco, pudo llegar al ayuno absoluto. En efecto, la santa virgen recibía muchas veces devotamente la santa comunión, y cada vez obtenía de ella tanta gracia que, mortificados los sentidos del cuerpo y sus inclinaciones, sólo por virtud del Espíritu Santo su alma y su cuerpo estaban igualmente nutridos. De esto puede concluir el hombre de fe que su vida era toda ella un milagro… Yo mismo he visto muchas veces aquel cuerpecillo, alimentado sólo con algún vaso de agua fría, que… sin ninguna dificultad se levantaba antes, caminaba más lejos y se afanaba más que los que la acompañaban y que estaban sanos; ella no conocía el cansancio… Al comienzo, cuando la virgen comenzó a vivir sin comer, fray Tommaso, su confesor, le preguntó si sentía alguna vez hambre, y ella respondió: “Es tal la saciedad que me viene del Señor al recibir su venerabilísimo Sacramento, que no puedo de ninguna manera sentir deseo por comida alguna”» (Legenda Maior: Santa Catalina de Siena II,170-171).

 

 

El hambre de Cristo en la eucaristía era a veces en Santa Catalina torturante. Pero cuando comulgaba quedaba a veces absorta en Dios durante horas o días. Una vez «su confesor, que le había visto tan encendida de cara mientras le daba el Sacramento, le preguntó qué le había ocurrido, y ella le respondió: “Padre, cuando recibí de vuestras manos aquel inefable Sacramento, perdí la luz de los ojos y no vi nada más; más aún, lo que vi hizo tal presa en mí que empecé a considerar todas las cosas, no solamente las riquezas y los placeres del cuerpo, sino también cualquier consolación y deleite, aun los espirituales, semejantes a un estiércol repugnante. Por lo cual pedía y rogaba, a fin de que aquellos placeres también espirituales me fuesen quitados mientras pudiese conservar el amor de mi Dios. Le rogaba también que me quitase toda voluntad y me diera sólo la suya. Efectivamente, lo hizo así, porque me dio como respuesta: Aquí tienes, dulcísima hija mía, te doy mi voluntad”… Y así fue, porque, como lo vimos los que estábamos cerca de ella, a partir de aquel momento, en cualquier circunstancia, se contentó con todo y nunca se turbó» (ib. 190).

 

 

Los santos han cuidado mucho la preparación espiritual para comulgar, ayudándose para ello de la confesión sacramental, y encareciendo ésta tanto o más que aquélla. En la Regla propia de santa Clara, por ejemplo, dispone la santa: «Confiésense al menos doce veces al año… y comulguen siete veces» (III, 12.14). El laxismo actual en el uso de la eucaristía lleva a lo contrario, a comulgar muchas veces, no confesando sino muy de tarde en tarde.

 

 

Atengámonos al Magisterio apostólico y a la enseñanza de los santos en todo, pero muy especialmente en nuestra vida eucarística, tema grave y altísimo. Son los santos, expertos en el amor de Cristo, y especialísimamente la Virgen María, quienes podrán enseñarnos y ayudarnos a comulgar. Ellos son los que de verdad conocen y entienden la locura de amor realizada por Cristo, cuando él responde con la eucaristía a la petición de sus discípulos: «quédate con nosotros» (Lc 24,29). Así Santa Catalina:

 

 

« ¡Oh hombre avaricioso! ¿Qué te ha dejado tu Dios? Te dejó a sí mismo, todo Dios y todo hombre, oculto bajo la blancura del pan. ¡Oh fuego de amor! ¿No era suficiente habernos creado a imagen y semejanza tuya, y habernos vuelto a crear por la gracia en la sangre de tu Hijo, sin tener que darnos en comida a todo Dios, esencia divina? ¿Quién te ha obligado a esto? Sola la caridad, como loco de amor que eres» (Oraciones y soliloquios 20)

La oración después de la comunión


La misa explicada, continuación…

 

«Cuando se ha terminado de distribuir la comunión, el sacerdote y los fieles, si se juzga oportuno, pueden orar un rato recogidos. O si se prefiere, puede también cantar toda la asamblea un himno, un salmo o algún otro canto de alabanza» (OGMR 56j). La práctica devocional de la Iglesia ha dado siempre una importancia muy notable a este tiempo de oración después de la comunión. Esa «conveniente acción de gracias», de que hablaba San Pío X, es un momento muy especial de gracia. Por eso es aconsejable realizarla fielmente, bien sea en ese momento de silencio, inmediato a la comunión, o bien después de finalizada la misa.

 

 

Es lo que la Iglesia recomienda: para que los fieles «puedan perseverar más fácilmente en esta acción de gracias, que de modo eminente se tributa a Dios en la misa, se recomienda a los que han sido alimentados con la sagrada comunión que permanezcan algún tiempo en oración» (Eucharisticum mysterium 38).

 

 

Después de ese tiempo, más o menos largo, «en la oración después de la comunión, el sacerdote ruega para que se obtengan los frutos del misterio celebrado» (OGMR 56k). Estos frutos son incesantemente indicados y pedidos en las oraciones de postcomunión. En efecto, si hacemos una lectura seguida de postcomuniones de la misa, iremos conociendo claramente cuáles son los frutos normales de la participación eucarística, pues lo que pide la Iglesia en esas oraciones, con toda confianza y eficacia, coincide precisamente con lo que el Señor quiere dar en la liturgia de la misa. Esto es lo propio de toda oración litúrgica, que realiza lo que pide.

 

 

Veamos, a modo de ejemplo, algunas peticiones incluidas en postcomuniones de domingos del Tiempo Ordinario: «te suplicamos la gracia de poder servirte llevando una vida según tu voluntad» (1). «Alimentados con el mismo pan del cielo, permanezcamos unidos en el mismo amor» (2). «Cuantos hemos recibido tu gracia vivificadora, nos alegremos siempre de este don admirable que nos haces» (3). «Que el pan de vida eterna nos haga crecer continuamente en la fe verdadera» (4). «Concédenos vivir tan unidos en Cristo, que fructifiquemos con gozo para la salvación del mundo» (5). «Busquemos siempre las fuentes de donde brota la vida verdadera» (6). «Alcanzar un día la salvación eterna, cuyas primicias nos has entregado en estos sacramentos» (7; intención frecuente: +20, 26, 30, 31). «Sane nuestras maldades y nos conduzca por el camino del bien» (10). «Que esta comunión en tus misterios, Señor, expresión de nuestra unión contigo, realice la unidad de tu Iglesia» (11). «Condúcenos a perfección tan alta, que en todo sepamos agradarte» (21). «Fortalezca nuestros corazones y nos mueva a servirte en nuestros hermanos» (22). «Sea su fuerza, no nuestro sentimiento, quien mueva nuestra vida» (24). «Nos transformemos en lo que hemos recibido» (27). «Nos hagas participar de su naturaleza divina» (28). «Aumente la caridad en todos nosotros» (33). «No permitas que nos separemos de ti» (34). «Encontrar la salud del alma y del cuerpo en el sacramento que hemos recibido» (Trinidad).

 

 

Éstos y otros preciosos efectos que la Iglesia pide con audacia y confianza en la oración postcomunión -como también en la oración colecta y la del ofertorio- son los que la eucaristía causa de suyo en nosotros, si no ponemos impedimento a la acción de Cristo en ella (+Catecismo, frutos de la comunión: 1391-1398).

 

 

Comunión y santidad

 

 

«Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo le resucitaré el último día» (Jn 6,53-54). La cosa es clara: la santificación cristiana tiene forma eucarística. Es así, al menos ordinariamente, como ha querido Cristo santificarnos. Y nosotros no podemos santificarnos según nuestros gustos o inclinaciones -es absurdo-, sino según Cristo ha dispuesto hacerlo, y nos lo ha dicho. Sólo él es «Santo y fuente de toda santidad» (PE II).

 

 

En realidad, no es posible nuestra santificación sin verdaderos milagros de la gracia. ¿Cómo, si no, podríamos librarnos de pecados, defectos o imperfecciones tan arraigados en nuestra personalidad? San Juan de la Cruz nos muestra claramente que la purificación activa del cristiano no puede alcanzar la perfecta santidad, «hasta que Dios lo hace en él, habiéndose él pasivamente» (I Noche 7,5). Pues bien, aunque nosotros hemos de realizar actos al comulgar, sobre todo de fe y de amor -en cuanto ello nos sea posible-, lo cierto es que de la comunión puede decirse, más o menos, lo que el Doctor místico afirma de la contemplación: en ella «Dios es el agente y el alma es la paciente»; y el alma está «como el que recibe y como en quien se hace, y Dios como el que da y como el que en ella hace» (Llama 3,32).

 

 

La comunión eucarística es, pues, un momento privilegiado para esos milagros de la gracia que necesitamos. Cristo en ella, con todo el poder de su pasión gloriosa y de su resurrección admirable, nos concede ir muriendo a los pecados del hombre viejo, e ir renaciendo a las virtudes del hombre nuevo. Es en la eucaristía donde, por obra del Espíritu Santo, el pan y el vino se convierten en cuerpo y sangre de Cristo, y donde igualmente, por obra del Espíritu Santo, los hombres carnales se transforman en hombres espirituales, cada vez más configurados a Cristo. «5. Debe pedirse consejo al confesor. Procuren, sin embargo, los confesores no apartar a nadie de la comunión frecuente o cotidiana, con tal que se halle en estado de gracia y se acerque con rectitud de intención» (Denz 1981/3375 – 1990/3383).

 

 

Parece claro que en la grave cuestión de la comunión frecuente, la mayor tentación de error es hoy la actitud laxista, y no el rigorismo jansenista, siendo una y otro graves errores. Entre ambos extremos de error, la doctrina de la Iglesia católica, expresada en el decreto de San Pío X, permanece vigente. Hoy «la Iglesia recomienda vivamente a los fieles recibir la santa eucaristía los domingos y los días de fiesta, o con más frecuencia aún, incluso todos los días» (Catecismo 1389).

 

Disposiciones para la comunión


La misa explicada, continuación….

 

Disposiciones exteriores para la comunión

 

 

-El ayuno eucarístico, de antiquísima tradición, exige hoy «abstenerse de tomar cualquier alimento y bebida al menos desde una hora antes de la sagrada comunión, a excepción sólo del agua y de las medicinas» (Código 919,1).

 

 

-La Iglesia permite comulgar dos veces el mismo día, siempre que se participe en ambas misas (ib. 917).

 

 

-«La comunión tiene una expresión más plena, por razón del signo, cuando se hace bajo las dos especies» (OGMR 240). La Iglesia en Occidente, sólo por razones prácticas, reduce este uso a ocasiones señaladas (Eucharisticum mysterium 32), mientras que en Oriente es la forma habitual.

 

 

-Cuando se comulga dentro de la misa, y además con hostias consagradas en la misma misa, se expresa con mayor claridad que la comunión hace participar en el sacrificio mismo de Jesucristo (+Catecismo 1388).

 

 

-Sin embargo, cuando los fieles piden la comunión «con justa causa, se les debe administrar la comunión fuera de la misa» (Código 918).

 

 

Disposiciones interiores para la comunión frecuente

 

 

San Pablo habla claramente sobre la posibilidad de comuniones indignas: «Quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, pues, el hombre a sí mismo y entonces coma del pan y beba del cáliz; pues el que sin discernir come y bebe el cuerpo del Señor, se come y bebe su propia condenación. Por esto hay entre vosotros muchos flacos y débiles, y muchos muertos» (1Cor 11,27-29). Atribuye el Apóstol los peores males de la comunidad cristiana de Corinto a un uso abusivo de la comunión eucarística… Esto nos lleva a considerar el tema de la frecuencia y disposición espiritual que son convenientes para la comunión.

 

 

En la antigüedad cristiana, sobre todo en los siglos III y IV, hay numerosas huellas documentales que hacen pensar en la normalidad de la comunión diaria. Los fieles cristianos más piadosos, respondiendo sencillamente a la voluntad expresada por Cristo, «tomad y comed, tomad y bebed», veían en la comunión sacramental el modo normal de consumar su participación en el sacrificio eucarístico. Sólo los catecúmenos o los pecadores sujetos a disciplina penitencial se veían privados de ella. Pronto, sin embargo, incluso en el monacato naciente, este criterio tradicional se debilita en la práctica o se pone en duda por diversas causas. La doctrina de San Agustín y de Santo Tomás podrán mostrarnos autorizadamente el nuevo criterio.

 

 

Santo Tomás (+1274), tan respetuoso siempre con la tradición patrística y conciliar, examina la licitud de la comunión diaria, advirtiendo que, por parte del sacramento, es claro que «es conveniente recibirlo todos los días, para recibir a diario su fruto». En cambio, por parte de quienes comulgan, «no es conveniente a todos acercarse diariamente al sacramento, sino sólo las veces que se encuentren preparados para ello. Conforme a esto se lee [en Genadio de Marsella, +500]: “Ni alabo ni critico el recibir todos los días la comunión eucarística”» (STh III, 80,10). Y en ese mismo texto Santo Tomás precisa mejor su pensamiento cuando dice: «El amor enciende en nosotros el deseo de recibirlo, y del temor nace la humildad de reverenciarlo. Las dos cosas, tomarlo a diario y abstenerse alguna vez, son indicios de reverencia hacia la eucaristía. Por eso dice San Agustín [+430]: “Cada uno obre en esto según le dicte su fe piadosamente; pues no altercaron Zaqueo y el Centurión por recibir uno, gozoso, al Señor, y por decir el otro: No soy digno de que entres bajo mi techo. Los dos glorificaron al Salvador, aunque no de una misma manera” [ML 33,201]. Con todo, el amor y la esperanza, a los que siempre nos invita la Escritura, son preferibles al temor. Por eso, al decir Pedro “apártete de mí, Señor, que soy hombre pecador”, responde Jesús: “No temas”» (ib. ad 3m).

 

 

Durante muchos siglos prevaleció en la Iglesia, incluso en los ambientes más fervorosos, la comunión poco frecuente, solo en algunas fiestas señaladas del Año litúrgico, o la comunión mensual o semanal, con el permiso del confesor. Y esta tendencia se acentuó aún más, hasta el error, con el Jansenismo. Por eso, sin duda, uno de los actos más importantes del Magisterio pontificio en la historia de la espiritualidad es el decreto de 20 de diciembre de 1905. En él San Pío X recomienda, bajo determinadas condiciones, la comunión frecuente y diaria, saliendo en contra de la posición jansenista.

 

 

«El deseo de Jesucristo y de la Iglesia de que todos los fieles se acerquen diariamente al sagrado convite se cifra principalmente en que los fieles, unidos con Dios por medio del sacramento, tomen de ahí fuerza para reprimir la concupiscencia, para borrar las culpas leves que diariamente ocurren, y para precaver los pecados graves a que la fragilidad humana está expuesta; pero no principalmente para mirar por el honor y reverencia del Señor, ni para que ello sea paga o premio de las virtudes de quienes comulgan. De ahí que el santo Concilio de Trento llama a la eucaristía «antídoto con que nos libramos de las culpas cotidianas y nos preservamos de los pecados mortales». Según esto:

 

 

«1. La comunión frecuente y cotidiana… esté permitida a todos los fieles de Cristo de cualquier orden y condición, de suerte que a nadie se le puede impedir, con tal que esté en estado de gracia y se acerque a la sagrada mesa con recta y piadosa intención.

 

 

«2. La recta intención consiste en que quien se acerca a la sagrada mesa no lo haga por rutina, por vanidad o por respetos humanos, sino para cumplir la voluntad de Dios, unirse más estrechamente con Él por la caridad, y remediar las propias flaquezas y defectos con esa divina medicina.

 

 

«3. Aun cuando conviene sobremanera que quienes reciben frecuente y hasta diariamente la comunión estén libres de pecados veniales, por lo menos de los plenamente deliberados, y del apego a ellos, basta sin embargo que no tengan culpas mortales, con propósito de no pecar más en adelante…

 

 

«4. Ha de procurarse que a la sagrada comunión preceda una diligente preparación y le siga la conveniente acción de gracias, según las fuerzas, condición y deberes de cada uno.

La comunión


La misa explicada, continuación….

-Padrenuestro -La paz -Fracción del pan -Cordero de Dios -Comunión -Oración de postcomunión.

 

La primera cumbre de la celebración eucarística es sin duda la consagración, en la que el pan y el vino se transforman en cuerpo entregado y sangre derramada del mismo Cristo, actualizando el sacrificio redentor. Y la segunda, ciertamente, es la comunión, en la que la Iglesia obedece el mandato de Cristo en su última Cena: «Tomad y comed mi cuerpo, tomad y bebed mi sangre».

 

 

 

El Padrenuestro

 

 

El Padrenuestro es la más grande oración cristiana, la más grata al Padre y la que mejor expresa lo que el Espíritu Santo ora en nosotros (+Rm 8,15.26), pues es la oración que nos enseñó Jesús (Mt 5,23-24; Lc 11,2-4).

 

 

Por eso, en la misa, la oración dominical culmina en cierto modo la gran plegaria eucarística, y al mismo tiempo inicia el rito de la comunión. Comienza el Padrenuestro reiterando el Santo del prefacio -«santificado sea tu Nombre»-, asimila la actitud filial de Cristo, la Víctima pascual ofrecida -«hágase tu voluntad»-, y continúa pidiendo para la Iglesia la santidad y la unidad -«venga a nosotros tu reino»-. Pero también prepara a la comunión eucarística, pidiendo el pan necesario, material y espiritual -«danos hoy nuestro pan de cada día»-, implorando el perdón y la superación del mal -«perdona nuestras ofensas, líbranos del mal»-, y procurando la paz con los hermanos -«perdonamos a los que nos ofenden»-. No podemos, en efecto, unirnos al Señor, si estamos en pecado y si permanecemos separados de los hermanos (+Mt 6,14-15; 6,9-13; 18,35).

 

 

Merece la pena señalar aquí que, en la petición «líbranos del mal», la Iglesia entiende que «el mal no es una abstracción, sino que designa una persona, Satanás, el Maligno, el ángel que se opone a Dios» (Catecismo 2851; +2850-2853). Ahora bien, en la última petición del Padrenuestro, «al pedir ser liberados del Maligno, oramos igualmente para ser liberados de todos los males, presentes, pasado y futuros de los que él es autor o instigador» (2854).

 

 

El Padrenuestro, que es rezado en la misa por el sacerdote y el pueblo juntamente, es desarrollado sólo por el sacerdote con el embolismo que le sigue: «Líbranos de todos los males, Señor», en el que se pide la paz de Cristo y la protección de todo pecado y perturbación, «mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo». Y esta vez es el pueblo el que consuma la oración con una doxología, que es eco de la liturgia celestial: «Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor» (+Ap 1,6; 4,11; 5,13).

 

 

Conviene advertir que la renovación postconciliar de la liturgia ha restaurado la costumbre antigua, ya practicada por las primeras generaciones cristianas, de rezar tres veces cada día el Padrenuestro, concretamente en laudes, en misa y en vísperas. «Así habéis de orar tres veces al día» (Dídaque VIII,3).

 

 

La paz

 

 

Sabemos que Cristo resucitado, cuando se aparecía a los apóstoles, les saludaba dándoles la paz: «La paz con vosotros» (Jn 20,19.26). En realidad, la herencia que el Señor deja en la última Cena a sus discípulos es precisamente la paz: «La paz os dejo, mi paz os doy; pero no como la da el mundo» (14,27).

 

 

El pecado, separando al hombre de Dios, divide de tal modo la humanidad en partes contrapuestas, e introduce en cada persona tal cúmulo de tensas contradicciones y ansiedades, que aleja irremediablemente de la vida humana la paz. Por eso, en la Biblia la paz (salom), que implica, en cierto modo, todos los bienes, no se espera sino como don propio del Mesías salvador. Él será constituido «Príncipe de la paz: su soberanía será grande y traerá una paz sin fin para el trono de David y para su reino» (Is 9,5-6). Sólo él será capaz de devolver a la humanidad la paz perdida por el pecado (+Ez 34,25; Joel 4,17ss; Am 9,9-21).

 

 

Pues bien, Jesús es el Mesías anunciado: «Él es nuestra paz» (Ef 2,14). Los ángeles, en su nacimiento, anuncian que Jesús va a traer en la tierra «paz a los hombres amados por Dios» (Lc 2,14). En efecto, quiso «el Dios de la paz» (Rm 15,33), en la plenitud de los tiempos, «reconciliar por Él consigo, pacificando por la sangre de su cruz, todas las cosas, así las de la tierra como las del cielo» (Col 2,20). Y así él, nuestro Señor Jesucristo, quitando el pecado del mundo y comunicándonos su Espíritu, es el único que puede darnos la paz verdadera, la que es «fruto del espíritu» (Gál 5,22) y de la justificación por gracia (+Rm 5,1), la paz que ni el mundo ni la carne son capaces de dar, la paz perfecta, de origen celeste, la paz que ninguna vicisitud terrena será capaz de destruir en los fieles de Cristo.

 

 

El rito de la paz, previo a la comunión, es, pues, un gran momento de la eucaristía. El ósculo de la paz ya se daba fraternalmente en la eucaristía en los siglos II-III. El sacerdote, en una oración que, esta vez, dirige al mismo «Señor Jesucristo», comienza pidiéndole para su Iglesia «la paz y la unidad» en una súplica extremadamente humilde: «no tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe [la fidelidad] de tu Iglesia». A continuación, representando al mismo Cristo resucitado, dice a los discípulos reunidos en el cenáculo de la misa: «La paz del Señor esté siempre con vosotros».

 

 

Y puesto que la comunión está ya próxima, y no podemos unirnos a Cristo si permanecemos separados de nuestros hermanos, añade en seguida: «Daos fraternalmente la paz». De este modo, la asidua participación en la eucaristía va haciendo de los cristianos hombres de paz, pues en la misa reciben una y otra vez la paz de Cristo, y por eso mismo son cada vez más capaces de comunicar a los hermanos la paz que de Dios han recibido. «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9).

 

 

La fracción del pan

 

 

Partir el pan en la mesa era un gesto tradicional que correspondía al padre de familia. Es un gesto propio de Cristo, y lo realiza varias veces estando con sus discípulos -al multiplicar los panes, en la Cena última, con los de Emaús, ya resucitado (Jn 6,11; Lc 24,30; 1Cor 11,23-24; Jn 21,13)-: tomó el pan, lo bendijo, lo partió y lo dió a los discípulos. Por eso, la antigüedad cristiana, viendo en esta acción un símbolo profundo, dio a veces a toda la eucaristía el nombre de «fracción del pan». Y la liturgia ha conservado siempre este rito, durante el cual el sacerdote parte el pan consagrado, y antes de dejar caer en el cáliz una partícula de él, dice: «El cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, unidos en este cáliz, sean para nosotros alimento de vida eterna».

 

 

En todo caso, la significación más antigua de esta acción litúrgica está vinculada a aquellas palabras de San Pablo: «Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan» (1Cor 10,17; +OGMR 56c). Es la común-comunión eucarística en el Pan partido lo que hace de nosotros un solo Cuerpo, el de Cristo, la Iglesia. Los que participamos de un mismo altar, somos uno solo, pues comemos y vivimos de un mismo Pan, y «hemos bebido del mismo Espíritu» (1Cor 12,13).

 

 

Cordero de Dios

 

 

A partir de los siglos VI y VII, durante la fracción del pan -que entonces, cuando no hay todavía hostias pequeñas, dura cierto tiempo-, el pueblo recita o canta el Cordero de Dios, repitiendo varias veces ese precioso título de Cristo, que ya en el Gloria ha sido proclamado.

 

 

Como ya vimos más arriba, la idea del Salvador como Cordero inmolado, ya desde el sacrificio de Isaac, pasando por la Pascua y por el Siervo de Yavé de que habla Isaías, está presente en la revelación divina hasta el Apocalipsis de San Juan, que contempla en el cielo el culto litúrgico que los ángeles y los santos ofrecen al Cordero-víctima, esposo de la Iglesia (Ap 5,6; 6,1; 7,10-17; 12,11; 13,8; 17,14; 19,7-9; 21,22). La misa es la Cena pascual del Cordero inmolado, y el rito de la fracción precede lógicamente al de la comunión.

 

 

Seguidamente el sacerdote, mostrando la hostia consagrada, dice aquello de Juan el Bautizador: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Y añade las palabras que, según el Apocalipsis, dice en la liturgia celeste «una voz que sale del Trono, una voz como de gran muchedumbre, como voz de muchas aguas, y como voz de fuertes truenos:… “Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero”» (+Ap 19,1-9). En efecto, dice el sacerdote: «Dichosos los invitados a la cena del Señor».

 

 

A ello responde el pueblo, recordando con toda oportunidad las palabras del centurión romano, que maravillaron a Cristo por su humilde y atrevida confianza: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme» (+Mt 8,8-10). Seguidamente el sacerdote, o el diácono, distribuye la comunión: «El Cuerpo de Cristo». «Amén». Sí, así es realmente.

 

 

De suyo, corresponde distribuir la comunión a quienes en la eucaristía representan a Cristo y a los apóstoles. Es el Señor quien «tomó, partió y repartió» el Pan de vida. Y en la multiplicación milagrosa, por ejemplo, Cristo, «alzando los ojos al cielo, bendijo y partió los panes, y se los dió a los discípulos [los apóstoles], y éstos a la muchedumbre» (Mt 14,19). De ahí la tradición universal de la Iglesia de que sean los ministros sagrados -y cuando sea preciso, los laicos autorizados para ello-, quienes distribuyan la comunión eucarística (Código 910).

 

 

La comunión

 

 

La comunión sacramental es el encuentro espiritual más amoroso y profundo, más cierto y santificante, que podemos tener con Cristo en este mundo. Es una inefable unión espiritual con Jesucristo glorioso, y en este sentido, aunque se realice mediante el signo expresivo del pan, no implica, por supuesto, una digestión del cuerpo físico del Señor -ésta sería la interpretación cafarnaítica-.

 

 

Es notable, en todo caso, la gran sobriedad con que la tradición patrística e incluso los escritos de los santos tratan de este acto santísimo de la comunión. Y es que se trata, en el orden del amor y de la gracia, de un misterio inefable, de algo que apenas es capaz de expresar el lenguaje humano. Cristo se entrega en la comunión como alimento, como «pan vivo bajado del cielo», que va transformando en Él a quienes le reciben. A éstos, que en la comunión le acogen con fe y amor, les promete inmortalidad, abundancia de vida y resurrección futura. Más aún, les asegura una perfecta unión vital con Él: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Y así como yo vivo por mi Padre, así también el que me come vivirá por mí» (Jn 6,57).

 

 

Los cristianos, comulgando el cuerpo victimal y glorioso de Cristo, se alimentan del pan de vida eterna dado con tanto amor por el Padre celestial, participan profundamente de la pasión y resurrección de Cristo, reafirman en sí mismos la Alianza de amor y mutua fidelidad que les une con Dios, reciben la medicina celestial del Padre, la única que puede sanarles de sus enfermedades espirituales, y ven acrecentada en sus corazones la presencia y la acción del Espíritu Santo, «el Espíritu de Jesús» (Hch 16,7).

 

 

Sólo Dios, que por medio de la oración actualiza en nosotros la fe y el amor, puede darnos la gracia de una disposición idónea para la excelsa comunión eucarística. Por eso la devoción privada ha creado muchas oraciones para antes de la comunión, y la misma liturgia en el ordinario de la misa ofrece al sacerdote dos, procedentes del repertorio medieval, que están dirigidas al mismo Cristo.

 

 

«Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que por voluntad del Padre, cooperando el Espíritu Santo, diste con tu muerte la vida al mundo, líbrame por la recepción de tu Cuerpo y de tu Sangre, de todas mis culpas y de todo mal. Concédeme cumplir siempre tus mandamientos y jamás permitas que me separe de ti». O bien:

 

 

«Señor Jesucristo, la comunión de tu Cuerpo y de tu Sangre no sea para mí un motivo de juicio y condenación, sino que, por tu piedad, me aproveche para defensa de alma y cuerpo y como remedio saludable».

Intercesiones


La misa explicada, continuación….

Ya vimos, al hablar de la oración de los fieles, que la Iglesia en la eucaristía sostiene a la humanidad y al mundo entero en la misericordia de Dios, por la sangre de Cristo Redentor. Pues bien, las mismas plegarias eucarísticas incluyen una serie de oraciones por las que nos unimos a la Iglesia del cielo, de la tierra y del purgatorio. Suelen ser llamadas intercesiones.

 

 

«Con ellas se da a entender que la eucaristía se celebra en comunión con toda la Iglesia celeste y terrena, y que la oblación se hace por ella y por todos sus miembros, vivos y difuntos, miembros que han sido todos llamados a participar de la salvación y redención adquiridas por el cuerpo y la sangre de Cristo» (OGMR 55g).

 

 

En la plegaria eucarística III, por ejemplo, se invoca

 

 

-primero la ayuda del cielo, de la Virgen María y de los santos, «por cuya intercesión confiamos obtener siempre tu ayuda»;

 

 

-en seguida se ruega por la tierra, pidiendo salvación y paz para «el mundo entero» y para «tu Iglesia, peregrina en la tierra», especialmente por el Papa y los Obispos, pero también, con una intención misionera, por «todos tus hijos dispersos por el mundo»;

 

 

-y finalmente se encomienda las almas del purgatorio a la bondad de Dios, es decir, se ofrece la eucaristía por «nuestros hermanos difuntos y cuantos murieron en tu amistad».

 

 

Así, la oración cristiana -que es infinitamente audaz, pues se confía a la misericordia de Dios- alcanza en la eucaristía la máxima dilatación de su caridad: «recíbelos en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria».

 

 

Ofrecer misas por los difuntos

 

 

La caridad cristiana, si ha de ser católica, ha de ser universal, ha de interesarse, pues, por los vivos y por los difuntos, no sólo por los vivos. La Iglesia, nuestra Madre, que nos hace recordar diariamente a los difuntos, al menos, en la misa y en la última de las preces de vísperas, nos recomienda ofrecer misas en sufragio de nuestros hermanos difuntos. Es una gran obra de caridad hacia ellos, como lo enseña el Catecismo:

 

 

«El sacrificio eucarístico es también ofrecido por los fieles difuntos, “que han muerto en Cristo y todavía no están plenamente purificados” (Conc. Trento), para que puedan entrar en la luz y la paz de Cristo:

 

 

«”Oramos [en la anáfora] por los santos padres y obispos difuntos, y en general por todos los que han muerto antes que nosotros, creyendo que será de gran provecho para las almas, en favor de las cuales es ofrecida la súplica, mientras se halla presente la santa y adorable víctima… Presentando a Dios nuestras súplicas por los que han muerto, aunque fuesen pecadores…, presentamos a Cristo, inmolado por nuestros pecados, haciendo propicio para ellos y para nosotros al Dios amigo de los hombres” (S. Cirilo de Jerusalén [+386])» (Catecismo 1371; +1032, 1689).

 

 

Doxología final

 

 

La gran plegaria eucarística llega a su fin. El arco formidable, que se inició en el prefacio levantando los corazones hacia el Padre, culmina ahora solemnemente con la doxología final trinitaria. El sacerdote, elevando la Víctima sagrada, y sosteniéndola en alto, por encima de todas las realidades temporales, dice:

 

 

«Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos».

 

 

Este acto, por sí solo, justifica la existencia de la Iglesia en el mundo: para eso precisamente ha sido congregado en Cristo el pueblo cristiano sacerdotal, para elevar en la eucaristía a Dios la máxima alabanza posible, y para atraer en ella en favor de toda la humanidad innumerable bienes materiales y espirituales. De este modo, es en la eucaristía donde la Iglesia se expresa y manifiesta totalmente.

 

 

El pueblo cristiano congregado hace suya la plegaria eucarística, y completa la gran doxología trinitaria diciendo: Amén. Es el Amén más solemne de la misa.

 

 

(Adviértase aquí, por otra parte, que es el sacerdote, y no el pueblo, quien recita las doxologías que concluyen las oraciones presidenciales. Y esto tanto en la oración colecta -«Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina», etc.-, como en la plegaria eucarística -«Por Cristo, con Él y en Él», etc.-. Y que es el pueblo quien, siguiendo una tradición continua del Antiguo y del Nuevo Testamento, contesta con la aclamación del Amén.).