Jesús celebra la Pascua


Historia de la misa, continuación…

Los sucesos van a precipitarse poco después: la unción de Jesús en Betania, su entrada triunfal en Jerusalén, el pacto de Judas con el Sanedrín y, finalmente, en el Cenáculo, la celebración de la Pascua judía. En ella, hasta el último momento, observa Cristo con los doce -«conviene que cumplamos toda justicia» (Mt 3,15)- cuanto Moisés había prescrito en este rito, instituido como memorial perpetuo:

 

 

«Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con sus apóstoles. Y les dijo: He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros antes de padecer. Porque os digo que ya no la comeré hasta que se cumpla en el reino de Dios. Y tomando una copa, dio gracias y dijo: Tomadla y repartidla entre vosotros. Pues os digo que no beberé ya del fruto de la vid hasta que llegue el reino de Dios» (Lc 22,14-28).

 

 

Liturgia eucarística de la Palabra

 

 

Gracias al apóstol Juan (Jn 13-17), conocemos al detalle el Sermón de la Cena, esa grandiosa Liturgia de la Palabra, en la que Jesucristo revela plenamente la caridad divina trinitaria, proclamando con máxima elocuencia la Ley evangélica: el amor a Dios y el amor a los hombres.

 

 

-Amor a Dios: «Conviene que el mundo conozca que yo amo al Padre, y que, según el mandato que me dio el Padre, así hago» (14,31), «obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2,8). Jesucristo entiende la cruz como la plena revelación de su amor al Padre; como la proclamación plena del primer mandamiento de la ley de Dios: «así hay que amar al Padre, y así hay que obedecerle; hasta dar la vida por su gloria».

 

 

-Amor a los hombres: «Viendo Jesús que llegaba su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, al fin extremadamente los amó» (Jn 13,1). Y les dijo: «Amáos los unos a los otros, como yo os he amado» (13,34). «No hay amor más grande que dar la vida por los amigos» (15,13). El Señor entiende, pues, su cruz como la plena proclamación del segundo mandamiento de la ley de Dios: «así hay que amar al prójimo, hasta dar la vida por su bien».

 

 

Liturgia eucarística del Sacrificio

 

 

Cuatro relatos nos han llegado sobre la celebración primera del sacrificio de la Nueva Alianza, es decir, sobre la institución de la eucaristía. Los dos primeros, de Mateo y Marcos, son muy semejantes, y expresan la tradición litúrgica judía, de Jerusalén, llevada por Pedro a Roma. Los dos segundos testimonios representan más bien la tradición litúrgica de Antioquía, difundida en sus correrías apostólicas por Pablo y Lucas.

 

 

-Mateo 26,26-28. «Mientras comían, Jesús tomó pan, lo bendijo, lo partió y dándoselo a los discípulos, dijo: Tomad y comed, éste es mi cuerpo. Y tomando un cáliz y dando gracias, se lo dió, diciendo: Bebed de él todos, que ésta es mi sangre, del Nuevo Testamento, que será derramada por muchos para remisión de los pecados».

 

 

-Marcos 14,22-24. «Mientras comían, tomó pan y bendiciéndolo, lo partió, se lo dió y dijo: Tomad, éste es mi cuerpo. Tomando el cáliz, después de dar gracias, se lo entregó, y bebieron de él todos. Y les dijo: Ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos».

 

 

-Lucas 22,19-20. «Tomando el pan, dio gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: Éste es mi cuerpo, que es entregado por vosotros; haced esto en memoria mía. Asimismo el cáliz, después de haber cenado, diciendo: Éste cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros».

 

 

-San Pablo, 1 Corintios 11,23-26. «Yo he recibido del Señor lo que os he transmitido; que el Señor Jesús, en la noche en que fue entregado, tomó el pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo, que se da por vosotros; haced esto en memoria mía. Y asimismo, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre; cuantas veces lo bebáis, haced esto en memoria mía. Pues cuantas veces comáis este pan y bebáis este cáliz anunciáis la muerte del Señor hasta que Él venga».

 

 

Nótese que el relato de San Pablo, que se presenta explícitamente como «recibido del Señor», fue escrito en fecha muy temprana, hacia el año 55, y que a su vez refleja una tradición eucarística anterior.
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El sacrificio de la Nueva Alianza


Historia de la Misa, continuación…

 

En la plenitud de los tiempos, después de treinta años de vida oculta, nuestro Señor Jesucristo -el Mesías de Dios (Lc 9,20), el Hijo del Altísimo, el Santo (Lc 1, 31-35), nacido de mujer (Gál 4,4), nacido de una virgen (Is 7,14; Lc 1,34), enviado de Dios (Jn 3,17), esplendor de la gloria del Padre (Heb 1,3), anterior a Abraham (Jn 8,58), Primogénito de toda criatura (Col 1,15), Principio y fin de todo (Ap 22,13), santo Siervo de Dios (Hch 4,30), Consolador de Israel (Lc 2,25), Príncipe y Salvador (Hch 5,31), Cristo, Dios bendito por los siglos (Rm 9,5)-, durante tres años, predicó el Evangelio a los hombres como Profeta de Dios (Lc 7,16), mostrándose entre ellos poderoso en obras y palabras (24,19).

 

 

Y una vez proclamada la Palabra divina, consumó su obra salvadora con el sacrificio de su vida. Primero la Palabra, después el Sacrificio.

 

 

El Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo

 

 

En cuanto Jesús inicia su misión pública entre los hombres, Juan el Bautista, su precursor, le señala con su mano y le confiesa repetidas veces con su boca: «ése es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29.36). Él es el que tiene poder para vencer el pecado de los hombres, Él va a ser verdaderamente nuestro Salvador.

 

 

Jesucristo, por su parte, es plenamente consciente de su condición de Cordero de Dios, destinado al sacrificio pascual, para la gloria del Padre y la salvación de los hombres. Si Juan Bautista, siendo sólo un hombre, en cuanto lo ve, reconoce en él «el Cordero» dispuesto por Dios para el definitivo sacrificio purificador del mundo, ¿no iba el mismo Cristo a ser consciente de su propia vocación? Porque Cristo conoce el designio del Padre, anunciado en las Escrituras, por eso se reafirma siempre en la misión redentora que le es propia, y por eso rechaza inmediatamente -como sucede en las tentaciones diabólicas del desierto- toda tentación de mesianismos triunfalistas.

 

 

Por otra parte Jesús, en varias ocasiones, avanzando serenamente hacia la cruz, meta de su vida temporal, predice su Pasión a los discípulos: «Entonces comenzó a manifestar a sus discípulos que tenía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y de los escribas, y ser entregado a la muerte, y resucitar al tercer día» (Mt 16,21; +17,22-23; 20,17-19). «Ellos no entendieron nada de esto, y estas palabras quedaron veladas. No entendieron lo que había dicho» (Lc 18,34). Era para ellos inconcebible que su Maestro, capaz de resucitar muertos, pudiera ser maltratado y llevado violentamente a la muerte.

 

 

En estas ocasiones, y en muchas otras, el Señor se muestra siempre consciente de que va acercándose hacia una muerte sacrificial y redentora. Él es el Pastor bueno, que «da su vida por las ovejas» (Jn 10,11). Él es «el grano de trigo que cae en tierra, muere, y consigue mucho fruto» (12,24). Y por eso asegura: «levantado de la tierra, atraeré todos a mí» (12,32; +8,28)…

 

 

La multiplicación de los panes

 

 

En el tercer año, probablemente, de su vida pública, nuestro Señor Jesucristo, estando con miles de hombres en un monte, junto al lago de Tiberíades, poco antes de la Pascua judía, realiza una prodigiosa multiplicación de los panes y de los peces (Jn 6,1-15).

 

 

Más tarde, regresó a Cafarnaúm, y allí predicó, anunciando la eucaristía, sobre el pan de vida, un alimento infinitamente superior al maná que Moisés dio al pueblo en el desierto: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo… Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida… El que me come vivirá por mí» (6,48-59).

 

 

Muchos se escandalizaron de estas palabras, que consideraron increíbles. Y «desde entonces muchos de sus discípulos se retiraron, y ya no le seguían». Pero los Doce permanecieron con Él, diciendo: «Señor ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna» (6,60-69).

 

 

Jesucristo, entre Moisés y Elías

 

 

También, seguramente, en el año tercero de su ministerio público, Jesús, un día que se fue al monte con Pedro, Santiago y Juan, «mientras oraba», se transfiguró completamente, como si «la plenitud de la divinidad, que en él habitaba corporalmente» (Col 2,9), y que normalmente quedaba velada por su humanidad sagrada, fuese ahora revelada por esa misma humanidad santísima (Mt 17,1-13; Mc 9,2-13; Lc 9,28-36).

 

 

Extasiados los tres apóstoles, vieron de pronto que «se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Él». «Ellos también aparecían resplandecientes, y hablaban de su muerte, que había de tener lugar en Jerusalén». Y al punto salió de la nube la voz del Padre, garantizando a Jesús: «Éste es mi hijo, el predilecto: escuchadle».

 

 

Jesús, antes de sellar con su sangre una Alianza Nueva y definitiva, recibe así ante sus tres íntimos discípulos el testimonio de Moisés, el mediador de la Antigua Alianza, y de Elías, el que la restauró. Uno y otro cumplieron su misión sobre un altar de doce piedras, con sangre de animales sacrificados; y Jesús, en la última Cena, lo hará también sobre la mesa de los doce apóstoles, pero esta vez con su propia sangre. Por tanto, el mayor de los patriarcas, Moisés, y el principal de los profetas, Elías, dan testimonio de Jesús. Todo el misterio pascual de Cristo es, pues, un pleno cumplimiento de «la Ley y los profetas» (+Mt 5,17; 7,12; 11,13; 22,40).

 

 

Se decide la muerte de Cristo

 

 

La resurrección de Lázaro, ocurrida en Betania, a las puertas de Jerusalén, y poco antes de la Pascua, exaspera totalmente el odio que hacia Cristo se había ido formando, sobre todo entre las personas más influyentes de Jerusalén.

 

 

«¿Qué hacemos, que este hombre hace muchos milagros?… ¿No comprendéis que conviene que muera un hombre por todo el pueblo?… Profetizó así [Caifás] que Jesús había de morir por el pueblo, y no sólo por el pueblo, sino para reunir en la unidad a todos los hijos de Dios que están dispersos. Desde aquel día tomaron la resolución de matarle. Jesús, pues, ya no andaba en público entre los judíos, sino que se fue a una región próxima al desierto, a una ciudad llamada Efrem, y allí moraba con los discípulos» (Jn 11, 45-54).

Los múltiples sacrificios de Israel


Historia de la misa, continuación…
Hemos evocado hasta aquí aquellas principales figuras de la Antigua Alianza, que anuncian y anticipan el sacrificio único y definitivo de la Alianza Nueva. Añadiremos todavía algunos datos más sobre los ritos sacrificiales de Israel.

 

 

En Israel, como en otros pueblos, el sacrificio es una acción ritual por la que se ofrece a Dios algún bien creado, privándose de él en todo o en parte, para expiar por el pecado (Miq 6,6-7), para eliminar la culpa y la impureza (Lev 14,4-7.52; 16,21-25; Dt 21,1-9), para expresar devoción y adoración, y para ganarse, en fin, el favor y la protección de Dios. En efecto, no conviene que las criaturas se acerquen a su Creador si no es en actitud de perfecta sumisión y agradecimiento. Es el mismo Dios quien así lo manda: «No te presentarás ante mí con las manos vacías» (Ex 23,15; 34,20).

 

 

Antes de seguir adelante, es importante advertir aquí que los israelitas -a diferencia de babilonios, egipcios y otros pueblos antiguos-, protegidos por la Palabra divina, nunca creyeron que la Divinidad necesitase ser alimentada con los sacrificios y libaciones rituales. Yavé, en efecto, dice a su pueblo: «Las fieras de la selva son mías, tengo a mano cuanto se agita en los campos. Si tuviera hambre, no te lo diría: pues el orbe y cuanto lo llena es mío» (Sal 50,8-13). No es Dios quien «necesita» los sacrificios rituales; es el hombre el que está necesitado de hacerlos, para, ofreciendo al Señor parte de los dones de Él recibidos, afirmar así su propio corazón en la sumisión y en el amor, y expiar por tantos abusos cometidos en las criaturas, con desprecio de su Creador. La misma verdad inculcará San Pablo a los atenienses, tan apegados a la veneración de sus templos: «siendo Señor del cielo y de la tierra, él no habita en templos hechos por mano del hombre, ni por manos humanas es servido, como si necesitase de algo, siendo Él mismo quien da a todos la vida, el aliento y todas las cosas» (Hch 17,24-25).

 

 

El pueblo de Israel ofrece, pues, al Señor de sus propios bienes, de sus medios de sustento, y hace sobre todo víctimas animales de sus propios ganados. Ofrece también pan, vino, aceite u otros alimentos, o incluso oro y plata (Núm 7,31-50). Hace oblación de las primicias de los frutos del campo o de los ganados. Y según la condición nómada o sedentaria del pueblo, cambian, lógicamente, las ofrendas presentadas al Señor.

 

 

En estos sacrificios la víctima puede ser ofrecida totalmente, como en el caso del holocausto o sacrificio total. Pero otras veces se ofrece sólo una parte de la víctima, la grasa, los riñones, y sobre todo la sangre, es decir, lo que es tenido como fundamento de la vida (Lev 3; 17,10-14), y el resto es consumido en un banquete sacrificial (Dt 12,23-27). También en ocasiones se hace aspersión de la sangre victimal sobre el altar y el pueblo (Ex 24,3-8)

 

 

Los profetas y el culto de Israel

 

 

La legislación sacerdotal y las prescripciones rabínicas configuran al paso de los siglos, particularmente acerca del culto ofrecido en el Templo, un mundo ritual sumamente minucioso, en cuyos detalles no entraremos. Se multiplican más y más los sacrificios de purificación o de expiación, de acción de gracias o de reparación, matutinos o vespertinos, etc. Y el pueblo judío, perdido a veces entre las exterioridades rabínicas, no pocas veces no tiene escrúpulos de conciencia para unir a esas prácticas rituales externas una vida moral indigna, desleal, injusta, como si la salvación viniera de la eficacia mágica de ciertas prácticas rituales reiteradas, y no estuviera más bien reservada para -como suele decirse en la Biblia- «los que aman al Señor y cumplen sus mandatos» (+Sir 2,15-16; Dan 9,4; Sal 118; +Jn 14,15; 15,10). El sacrificio exterior, entonces, es algo completamente vacío, pues no va unido al sacrificio interior, es decir, a la ofrenda personal.

 

 

Contra esa ignominia claman una y otra vez los profetas de Israel. En efecto, el mismo Yavé que ha suscitado esos ritos culturales, suscita también profetas y autores sapienciales que con su enseñanza purifican al pueblo de esos errores gravísimos, como también purifican los ritos judíos de toda adherencia idolátrica bastarda (Is 1,10-16; 29,13; Jer 7, 4-23; Ez 16,16-19; Os 4,8-18; 8,4-6.11-13; Am 5,21-27; Miq 6,6-8).

 

 

((Es falso, sin embargo, afirmar que los profetas de Israel condenasen el culto y los sacrificios. Los profetas, lo mismo que los salmistas (Sal 39,7-11; 68,31-32), reverencian el culto del Templo (Is 30,29), y se duelen de que los desterrados se vean privados de él (Os 9,4-6).))

 

 

Así pues, cuando Jesucristo condena toda exterioridad religiosa que esté vacía de verdad interior, hace suya, esta tradición profética: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí» (Mt 15,79 = Is 29,13). «Prefiero la misericordia al sacrificio, y el conocimiento de Dios al holocausto» (Mt 9,13 = Os 6,6). «Mi casa será llamada casa de oración, pero vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones» (Mt 21,13 = Jer 7,7-11).

Anuncio del sacrificio único y definitivo


Historia de la misa, continuación…
Abraham y el sacrificio de su hijo Isaac (Gén 22)

 

 

Hacia el año 1850 (a.C.), es decir, en los mismos comienzos de la historia de la salvación, «quiso Dios probar a Abraham», y le mandó ir a un monte, para que le ofreciera allí en holocausto a su unigénito amado, Isaac.

 

 

Sin dudarlo un momento, Abraham va con su hijo a un monte de Moriah indicado por Dios. Por el camino le dice Isaac: «Padre mío… Aquí llevamos fuego y leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto?». Respondió Abraham: «Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío». Y cuando ya alzaba el cuchillo para sacrificar a su propio hijo, el ángel del Señor detuvo su mano.

 

 

Vemos, pues, ya, al comienzo mismo de la historia sagrada, cómo vincula Dios misteriosamente la salvación de los hombres al sacrificio de un «hijo unigénito», sustituido finalmente por un «cordero»…

 

 

Pero sigue la historia, y los hijos de Abraham, Isaac y Jacob, hacia 1700 (a.C.), se ven obligados por el hambre a abandonar Palestina, para emigrar como esclavos a Egipto, donde permanecerán durante varios siglos.

 

 

Sacrificio del cordero pascual, al salir de Egipto (Éx 12)

 

 

Hacia 1250 (a.C.), por fin, el fuerte brazo de Yavé va a intervenir en favor de su pueblo, dándole libertad y autonomía nacional, un culto y leyes propias, como conviene a la nación que está llamada en este mundo a ser el Pueblo de Dios.

 

 

Yavé da entonces a Moisés las órdenes necesarias. Cada grupo familiar debe tomar una res lanar, cordero o cabrito, «sin mácula, macho, de un año». Y el catorce del mes de Nisan, lo degollará en el crepúsculo vespertino. Su sangre marcará las puertas de los israelitas, para que así el ángel que va a exterminar a todos los primogénitos de Egipto pase de largo. Su carne, asada al fuego, será comida de prisa, ceñida la cintura, con el bastón en la mano, listos todos para salir de Egipto: « ¡Es la Pascua de Yavé!». «Este día será para vosotros memorable, y lo festejaréis como fiesta en honor de Yavé; lo habéis de festejar en vuestras sucesivas generaciones como institución perpetua».

 

 

Moisés cumple estas órdenes, y manda a su pueblo: «¡Inmolad la Pascua!… Habéis de observar esta ordenanza como institución perpetua para ti y tus hijos. Y cuando hayáis llegado al país que Yavé os va a dar, conforme su promesa, y observéis este rito, si vuestros hijos os preguntán: “¿Qué significa tal rito para vosotros?”, responderéis: “Es el sacrificio de la Pascua en honor de Yavé”».

 

 

Después de cuatrocientos treinta años de esclavitud y exilio, el sacrificio del Cordero pascual, seguido inmediatamente del paso del Mar Rojo (Éx 14), significa, pues, para Israel su propio nacimiento como Pueblo de Dios, y será celebrado cada año en las familias judías como memorial permanente de aquella liberación primera.

 

 

Moisés, en el sacrificio del Sinaí, sella la Antigua Alianza (Éx 24)

 

 

Poco después, al sur de la península arábiga, Yavé, por medio de Moisés, en el marco formidable del monte Sinaí, va a establecer solemnemente la Alianza con su pueblo elegido:

 

 

«Escribió Moisés todas las palabras de Yavé y, levantándose temprano por la mañana, construyó al pie de la montaña un altar con doce piedras, por las doce tribus de Israel». Sobre él se «inmolaron toros en holocausto, víctimas pacíficas a Yavé». Moisés, entonces, «tomó el libro de la alianza, y se lo leyó al pueblo, que respondió: “Todo cuanto dice Yavé lo cumpliremos y obedeceremos”. Tomó después la sangre y la esparció sobre el pueblo, diciendo: “Ésta es la sangre de la Alianza que hace con vosotros Yavé sobre todos estos preceptos”».

 

 

Así pues, en esta gran ceremonia litúrgica, una vez celebrada la liturgia de la palabra, se realiza la liturgia del sacrificio, y en la sangre derramada viene a sellarse la Alianza Antigua de amor mutuo que une a Yavé con su Pueblo.

 

 

Posteriormente, ya en la tierra de Canán, vivirá Israel bajo la autoridad de Jueces (1220 a.C.) y de Reyes (1030 a.C.). Después de Saúl, reinará el gran David (1010 a.C.), cuyo hijo Salomón construirá el Templo, un lugar estable y grandioso, en lo alto del monte Sión, destinado al culto de Yavé… Así van pasando los siglos, y mientras el Señor, en su bondad misericordiosa, permanece siempre fiel a la Alianza, son muchas las veces en que Israel, su pueblo, su esposa, la quebranta miserablemente.

 

 

Elías, en el sacrificio del Carmelo, restaura la Alianza violada (1Re 16-18)

 

 

Una de las más horribles infidelidades de Israel se produce hacia el año 850 (a.C.), cuando, después de Basá y de sus malvados sucesores, reina sobre Israel el rey Ajab: «Él hizo el mal a los ojos de Yavé, más que todos cuantos le habían precedido». Después de casarse con Jezabel, hija del rey de Sidón, comienza a dar culto a Baal, y alza en su honor altares idolátricos, fomentando en Israel su culto. Jezabel, por su parte, hace cuanto puede para eliminar a todos los profetas de Yavé… El principal de ellos, Elías, ha de huir y esconderse, hasta el día que el Señor quiera.

 

 

En efecto, llega el día en que el profeta Elías consigue que Ajab reuna al pueblo de Israel en el monte Carmelo, que, a la altura de Nazaret, se alza sobre el Mediterráneo. Él es el único profeta de Yavé, y a la asamblea decisiva acuden cuatrocientos cincuenta profetas de Baal. Ha llegado el momento de plantear claramente al pueblo: «¿Hasta cuándo habéis de estar vosotros claudicando de un lado y de otro? Si Yavé es Dios, seguidle a él; y si lo es Baal, id tras él». Sin embargo, a tan clara pregunta, «el pueblo no respondió nada».

 

 

Acude entonces Elías a una espectacular prueba de Dios. Preparen los profetas de Baal el sacrificio de un buey, y Elías preparará otro. Invoquen unos y otro el fuego divino para el holocausto. «El Dios que respondiere con el fuego, ése sea Dios». Esto sí convence al pueblo, que aprueba: «Eso está muy bien».

 

 

Los profetas de Baal, de la mañana al mediodía, se desgañitan llamando a su Dios, saltando según sus ritos, sangrándose con lancetas. Todo inútil. Elías ironiza: «Gritad más fuerte; es dios, pero quizá esté entretenido conversando, o tiene algún negocio, o quizá esté de viaje»…

 

 

«Entonces Elías dijo a todo el pueblo: Acercáos». Y tomando «doce piedras, según el número de las tribus de los hijos de Jacob, alzó con ellas un altar al nombre de Yavé». Hizo cavar en torno al altar una gran zanja, que mandó llenar de agua. Y después clamó: «”Yavé, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel… Respóndeme, para que todo este pueblo conozca que tú, oh Yavé, eres Dios, y que eres tú el que les ha cambiado el corazón”. Bajó entonces fuego de Yavé, que consumió el holocausto y la leña,las piedras y el polvo, y aún las aguas que había en la zanja. Viendo esto el pueblo, cayeron todos sobre sus rostros y dijeron: “¡Yavé es Dios, Yavé es Dios!”».

 

 

Así fue como el gran profeta Elías, en la sangre de aquel sacrificio del monte Carmelo, restauró entre Yavé y su Pueblo la Alianza quebrantada.

 

 

Isaías y el cordero sacrificado para salvación de todos

 

Entre los años 746 y 701 (a.C.) suscita Dios la altísima misión profética de Isaías. La segunda parte de su libro (40-55), contiene los Cantos del Siervo de Yavé, al parecer compuestos por los años 550-538 (a.C.). Pues bien, en esta profecía grandiosa, que se cumplirá en Jesucristo, se anuncia que Dios, en la plenitud de los tiempos mesiánicos, dispondrá el sacrificio de un cordero redentor.

 

 

«He aquí a mi siervo, a quien yo sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él, y él dará la Ley a las naciones… Yo te he formado y te he puesto por Alianza para mi pueblo, y para luz de las gentes»… (42,1.6). «Tú eres mi siervo, en ti seré glorificado» (49,3).

 

 

«He aquí que mi Siervo prosperará, será engrandecido y ensalzado, puesto muy alto… Se admirarán de él las gentes, y los reyes cerrarán ante él su boca, al ver lo que jamás vieron, al entender lo que jamás habían oído» (52,13-15).

 

 

«No hay en él apariencia ni hermosura que atraiga las miradas, no hay en él belleza que agrade. Despreciado, desecho de los hombres, varón de dolores, conocedor de todos los quebrantos, ante quien se vuelve el rostro, menospreciado, estimado en nada.

 

 

«Pero fue él, ciertamente, quien tomó sobre sí nuestras enfermedades, y cargó con nuestros dolores, y nosotros le tuvimos por castigado y herido por Dios y humillado. Fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados. El castigo salvador pesó sobre él, y en sus llagas hemos sido curados. Todos nosotros andábamos errantes, como ovejas, siguiendo cada uno su camino, y Yavé cargó sobre él la iniquidad de todos nosotros.

 

 

«Maltratado y afligido, no abrió la boca como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los trasquiladores. Fue arrebatado por un juicio inicuo, sin que nadie defendiera su causa, cuando era arrancado de la tierra de los vivientes y muerto por las iniquidades de su pueblo…

 

 

«Ofreciendo su vida en sacrificio por el pecado, tendrá posteridad y vivirá largos días, y en sus manos prosperará la obra de Yavé… El Justo, mi siervo, justificará a muchos, y cargará con las iniquidades de ellos. Por eso yo le daré por parte suya muchedumbres, y recibirá muchedumbres por botín: por haberse entregado a la muerte, y haber sido contado entre los pecadores, cuando llevaba sobre sí los pecados de todos e intercedía por los pecadores» (53,2-12).

Los sacrificios de la Antigua Alianza


Historia de la misa, primera parte
Religiosidad natural del sacrificio
Casi todas las religiones naturales, en unas u otras formas, han practicado sacrificios culturales, y los han ofrecido mediante sacerdotes, hombres especialmente destinados a ese ministerio. En efecto, partiendo de que es connatural al hombre expresar su espíritu interior por medio de signos sensibles, Santo Tomás deduce que es natural que «el hombre use de ciertas cosas sensibles, que él ofrece a Dios como signo de la sujeción y del honor que le debe». Ahora bien, «siendo esto precisamente lo que se expresa en la idea de sacrificio, se sigue que la oblación de sacrificios pertenece al derecho natural» (STh II-II, 85,1).
El sacrificio exterior-litúrgico es, pues, signo del sacrificio interior-espiritual, por el cual el hombre, él mismo, se entrega devotamente a su Creador, y sólo a Él, en alabanza y acción de gracias, en súplica de perdón y de favor (+85,2; III,82,4). Y suele implicar algún modo de alteración del bien ofrecido a Dios: perfume derramado, incienso quemado, animal sacrificado.
Pues bien, el sacrificio redentor de Jesucristo lleva a su plenitud, en la eucaristía de la Iglesia, una larga, muy larga, historia religiosa de la humanidad. Y en esto, como en otro lugar hemos escrito, conviene recordar que
«hay una continuidad entre lo sagrado-natural y lo sagrado-cristiano, que pasa por la transición de lo sagrado-judío, por supuesto. En efecto, la gracia viene a perfeccionar la naturaleza, a sanarla, purificarla, elevarla, no viene a destruirla con menosprecio. Por eso mismo el cristianismo viene a consumar las religiosidades naturales, no a negarlas con altiva dureza. Hay, pues, continuidad desde la más precaria hierofanía pagana hasta la suprema epifanía de Jesucristo, imagen perfecta de Dios; desde el más primitivo culto tribal hasta la adoración cristiana “en espíritu y en verdad” (Jn 4,24)» (Rivera-Iraburu, Síntesis 92).
Religiosidad judía del sacrificio
La vida religiosa de Israel es organizada minuciosamente por el mismo Dios, Creador del cielo y de la tierra. Sabemos por la Escritura que Yavé instituye sacrificios culturales y expiatorios, para fomentar por ellos en su Pueblo el espíritu de alabanza y de reparación por el pecado.
«El Señor habló a Moisés:… Éstas son las festividades del Señor en las que os reuniréis en asamblea litúrgica y ofreceréis al Señor oblaciones, holocaustos y ofrendas, sacrificios de comunión y libaciones, según corresponda a cada día. Además de los sábados del Señor, además de vuestros dones y cuantos sacrificios ofrezcáis al Señor, sea en cumplimiento de un voto o voluntariamente» (Lev 23,33.37-38).
Y en el Nuevo Testamento, la carta a los Hebreos nos enseña que todos estos múltiples sacrificios de la Antigua Alianza no eran sino una figura anticipadora del único sacrificio de Cristo, ofrecido en la Cruz. Recordemos, pues, ahora, aquellos antiguos sacrificios judíos, al menos los más significativos, para entender mejor el sacrificio único de la Nueva Alianza.