San Cipriano y Orígenes


Historia de la misa, continuación….

Orígenes (185-253)

 

 

Asceta y gran teólogo, lleva Orígenes a su apogeo la escuela de Alejandría, y sufre diversos tormentos en la persecución de Decio. Este gran doctor venera de modo semejante la presencia eucarística de Cristo en el Pan y en la Palabra:

 

 

«Conocéis vosotros, los que soléis asistir a los divinos misterios, cómo cuando recibís el cuerpo del Señor, lo guardáis con toda cautela y veneración, para que no se caiga ni un poco de él, ni desaparezca algo del don consgrado. Pues os creéis reos, y rectamente por cierto, si se pierde algo de él por negligencia. Y si empleáis, y con razón, tanta cautela para conservar su cuerpo, ¿cómo juzgáis cosa menos impía haber descuidado su palabra que su cuerpo?» (Sobre Éxodo, hom. 13,3).

 

 

San Cipriano (210-258)

 

 

El obispo de Cartago, San Cipriano, mártir, halla siempre para la Iglesia en el sacrificio eucarístico la fuente de toda fortaleza y unidad.

 

 

La misa es el sacrificio de la cruz. «Si Cristo Jesús, Señor y Dios nuestro, es sumo sacerdote de Dios Padre, y el primero que se ofreció en sacrificio al Padre, y prescribió que se hiciera esto en memoria de sí, no hay duda que cumple el oficio de Cristo aquel sacerdote que reproduce lo que Cristo hizo, y entonces ofrece en la Iglesia a Dios Padre el sacrificio verdadero y pleno, cuando ofrece a tenor de lo que Cristo mismo ofreció» (Carta 63,14). «Y ya que hacemos mención de su pasión en todos los sacrificios, pues la pasión del Señor es el sacrificio que ofrecemos, no debemos hacer otra cosa que lo que Él hizo» (63,17). La eucaristía, pues, consiste en «ofrecer la oblación y el sacrificio» (12,2; +37,1; 39,3).

 

 

La celebración es diaria. «Todos los días celebramos el sacrificio de Dios» (57,3).

 

 

La plegaria eucarística ha de ser sobria. «Cuando nos reunimos con los hermanos y celebramos los divinos sacrificios con el sacerdote de Dios, no proferimos nuestras oraciones con descompasadas palabras, ni lanzamos en torrente de palabrería la petición que debemos confiar a Dios con toda modestia» (De oratione dominica 4).

 

 

La comunión es la mejor preparación para el martirio, y por eso debe llevarse a los confesores que en la cárcel se disponen a confesar su fe (Carta 5,2). «Se echa encima una lucha más dura y feroz, a la que se deben preparar los soldados de Cristo con una fe incorrupta y una virtud acérrima, considerando que para eso beben todos los días el cáliz de la sangre de Cristo, para poder derramar a su vez ellos mismos la sangre por Cristo» (58,1).

 

 

Los pecadores públicos no deben ser recibidos en la eucaristía. No han de ser recibidos a ella los que no están reconciliados y en paz con la Iglesia, ni han hecho penitencia, ni han recibido la imposición de manos del obispo o del clero (Carta 15,1; 16,2; 17,2).
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Eusebio de Cesarea y San Atanasio

Eusebio de Cesarea (265?-340?)

 

 

Nacido y educado en Cesarea, de la que fue obispo, Eusebio, afectado por el arrianismo, es autor de importantes obras doctrinales e históricas. En el siguiente texto refleja la profunda unidad que la Iglesia antigua descubre entre la eucaristía litúrgica y el sacrificio espiritual de toda vida cristiana fiel.

 

 

«Nosotros enseñamos que, en vez de los antiguos sacrificios y holocaustos, fue ofrecida a Dios la venida en carne de Cristo y el cuerpo a Él adaptado. Y ésta es la buena nueva que se anuncia a su Iglesia, como un gran misterio… Nosotros hemos recibido ciertamente el mandato de celebrar en la mesa [eucarística] la memoria de este sacrificio por medio de los símbolos de su cuerpo y de su salvadora sangre, según la institución del Nuevo Testamento… Y así todas estas cosas predichas por inspiración divina desde antiguo, se celebran actualmente en todas las naciones, gracias a las enseñanzas evangélicas de nuestro Salvador… Sacrificamos, por consiguiente, al Dios supremo un sacrificio de alabanza; sacrificamos el sacrificio inspirado por Dios, venerado y sagrado; sacrificamos de un modo nuevo, según el Nuevo Testamento, “el sacrificio puro”, y se ha dicho: “mi sacrificio es un espíritu quebrantado”; y “un corazón quebrantado y humillado Tú no los desprecias” [Sal 50,19]… “Suba mi oración como incienso en tu presencia” [140,2].

 

 

«Por consiguiente, no sólo sacrificamos, sino que también quemamos incienso. Unas veces, celebrando la memoria del gran sacrificio, según los misterios que nos han sido confiado por Él, y ofreciendo a Dios, por medio de piadosos himnos y oraciones, la acción de gracias [eucaristía] por nuestra salvación. Otras veces, sometiéndonos a nosotros mismos por completo a Él, y consagrándonos en cuerpo y alma a su Sacerdote, el Verbo mismo. Por eso procuramos conservar para Él el cuerpo puro e inmaculado de toda deshonestidad, y le entregamos el alma purificada de toda pasión y mancha proveniente de la maldad, y le honramos piadosamente con pensamientos sinceros, con sentimientos no fingidos y con la profesión de la verdad. Pues se nos ha enseñado que estas cosas les son más gratas que multitud de hostias sacrificadas con sangre, humo y olor a víctima quemada [+Is 1,11] (Demostración evangélica 1,10).

 

 

En cuanto al sacrificio eucarístico, «de la misma manera que nuestro Salvador y Señor en persona, el primero, después todos los sacerdotes procedentes de Él, cumpliendo el espiritual ministerio sacerdotal, según los ritos eclesiásticos, por todas las naciones expresan con pan y vino los misterios de su cuerpo y de su salvadora sangre. Y estas cosas las vio ya de antemano Melquisedec, en el divino Espíritu, pues él usó de figuras de las cosas que habían de suceder, según lo atestigua la Escritura de Moisés, diciendo: “Y Melquisedec, rey de Salén, presentó panes y vino; y era sacerdote del Dios Altísimo, y bendijo a Abraham” [Gén 14,18ss]. Con razón, pues, sólo a Aquél que ha sido manifestado “el Señor le ha jurado y no se arrepiente: Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec” [Sal 109,4]» (ib. 5,3).

 

 

San Atanasio (295-373)

 

 

Obispo de Alejandría, doctor de la Iglesia, San Atanasio hubo de sufrir varios exilios y muchas persecuciones, como gran defensor de la fe católica en Cristo, contra los errores de los arrianos.

 

 

«Nosotros no estamos ya en tiempo de sombras, y ahora no inmolamos un cordero material, sino aquel verdadero Cordero que fue inmolado, nuestro Señor Jesucristo, el que fue conducido al matadero como una oveja, sin que dijera palabra ante el matarife [+Is 53,7], purificándonos así con su preciosa sangre, que habla mucho más que la de Abel [+Heb 12,24] (Carta 1,9).

 

 

«Nosotros nos alimentamos con el pan de la vida, y deleitamos siempre nuestra alma con su preciosa sangre, como si fuera una fuente. Y, sin embargo, siempre estamos ardiendo de sed. Y Él mismo está presente en los que tienen sed, y por su benignidad llama a la fiesta a aquellos que tienen entrañas sedientas: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba” [Jn 7,37]» (Carta 5,1).

Traditio apostolica


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Traditio apostolica (215?)

 

 

El canon eucarístico más antiguo que se conoce es el que se expone en la Traditio apostolica, documento escrito probablemente en Roma por San Hipólito (+235). Esta anáfora, de notable plenitud teológica, muy antigua y venerable, y que muestra una tradición litúrgica anterior, tuvo gran influjo en las liturgias de Occidente e incluso de Oriente. En ella está inspirada actualmente la Plegaria eucarística II. Y también siguen su pauta las otras plegarias eucarísticas, por ejemplo, en el solemne diálogo inicial del prefacio.

 

 

«Ofrézcanle los diáconos [al ordenado obispo] la oblación, y él, imponiendo las manos sobre ella con todos los presbíteros, dando gracias, diga: “El Señor con vosotros” . Y todos digan: “Y con tu espíritu”. “Arriba los corazones”. “Los tenemos ya elevados hacia el Señor”. “Demos gracias al Señor”. “Esto es digno y justo”. Y continúe así:

 

 

«Te damos gracias, ¡oh Dios!, por medio de tu amado Hijo, Jesucristo, que nos enviaste en los últimos tiempos como salvador y redentor nuestro, y como anunciador de tu voluntad. Él es tu Verbo inseparable, por quien hiciste todas las cosas y en el que te has complacido. Tú lo enviaste desde el cielo al seno de una virgen, y habiendo sido concebido, se encarnó y se mostró como Hijo tuyo, nacido del Espíritu Santo y de la Virgen. Él, cumpliendo tu voluntad y conquistándote tu pueblo santo, extendió sus manos, padeciendo para librar del sufrimiento a los que creyeron en ti. El cual, habiéndose entregado voluntariamente a la pasión para destruir la muerte, romper las cadenas del demonio, humillar al infierno, iluminar a los justos, cumplirlo todo y manifestar la resurrección, mostrando el pan y dándote gracias, dijo: “Tomad, comed. Éste es mi cuerpo, que por vosotros será destrozado”. Del mismo modo, tomó el cáliz, diciendo: “Ésta es mi sangre, que por vosotros es derramada. Cuando hacéis esto, hacedlo en memoria mía”.

 

 

«Recordando, pues, su muerte y su resurrección, te ofrecemos este pan y este cáliz, dándote gracias porque nos tuviste por dignos de estar en tu presencia y de servirte como sacerdotes.

 

 

«Y te pedimos que envíes tu Espíritu Santo sobre la oblación de la santa Iglesia. Reuniéndolos en uno, da a todos los santos que la reciben que sean llenos del Espíritu Santo, para confirmación de la fe en la verdad, a fin de que te alabemos y glorifiquemos por tu Hijo Jesucristo, que tiene tu gloria y tu honor con el Espíritu Santo en la santa Iglesia, ahora y por los siglos de los siglos. Amén» (4).

 

 

-La comunión primera de los neófitos. «Todas estas cosas el obispo las explicará a los que reciben [por primera vez] la comunión. Cuando parte el pan, al presentar cada trozo, dirá: “El pan del cielo en Cristo Jesús”. Y el que lo recibe responderá: “Amén”. Si no hay presbíteros suficientes para ofrecer los cálices, intervengan los diáconos, atentos a observar perfectamente el orden; el primero sostenga el cáliz del agua; el segundo, el de la leche, y el tercero, el del vino. Los comulgantes gusten de cada uno de los cálices (21).

 

 

-La comunión ordinaria de los domingos. «Los domingos, si es posible, el obispo distribuirá de su propia mano [la comunión] a todo el pueblo, mientras que los diáconos y los presbíteros partirán el pan. Luego el diácono ofrecerá la eucaristía y la patena al sacerdote; éste las recibirá, las tomará en sus manos para luego distribuirlas a todo el pueblo. Los demás días se comulgará siguiendo las instrucciones del obispo» (22).

 

 

-La comunión realizada privadamente en casa. «Todos los fieles tengan cuidado de tomar la eucaristía antes de que coman cualquier otro alimento…Y cuídese que no la tome un infiel, ni un ratón ni otro animal, y de que nadie la vuelque ni la derrame, ni la pierda. Siendo el Cuerpo de Cristo, que será comido por los creyentes, no debe ser menospreciado» (37). «También el cáliz bendito en el nombre del Señor se recibe como sangre de Cristo. Por eso nada debe ser derramado… Si tú lo menosprecias, serás tan responsable de la sangre vertida como aquél que no valora el precio por el que fue adquirido» (38).
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San Justino y San Ireneo

 

San Justino (+163)

 

 

El filósofo samaritano Justino, convertido al cristianismo, escribe hacia el 153 su I Apología en defensa de los cristianos, dirigida al emperador Antonino Pío, al Senado y al pueblo romano. Y en Roma selló su testimonio con su sangre. En ese texto hallamos una primera descripción de la misa, muy semejante, al menos en sus líneas fundamentales, a la misa actual.

 

 

«Nosotros, después de haber bautizado al que ha creído y se ha unido a nosotros [bautismo y comunión eclesial], le llevamos a los llamados hermanos, allí donde están reunidos, para rezar fervorosamente las oraciones comunes por nosotros mismos, por el que acaba de ser iluminado y por todos los otros esparcidos por todo el mundo, suplicando se nos conceda, ya que hemos conocido la verdad, ser hallados por nuestras obras hombres de buena conducta, y cumplidores de los mandamientos, de suerte que consigamos la salvación eterna. Acabadas las preces, nos saludamos mutuamente con el ósculo de paz. Seguidamente, al que preside entre los hermanos, se le presenta pan y una copa de agua y de vino. Cuando lo ha recibido, alaba y glorifica al Padre del universo por el nombre de su Hijo y por el Espíritu Santo, y pronuncia una larga acción de gracias, por habernos concedido esos dones que de Él nos vienen. Y cuando el presidente ha terminado las oraciones y la acción de gracias, todo el pueblo presente aclama, diciendo: “Amén”. “Amén” significa, en hebreo, “Así sea”. Y una vez que el presidente ha dado gracias y todo el pueblo ha aclamado, los que entre nosotros se llaman diáconos dan a cada uno de los presentes a participar del pan, y del vino y del agua sobre los que se dijo la acción de gracias, y también lo llevan a los ausentes (I Apol. 65).

 

 

«Este alimento se llama entre nosotros eucaristía; de la que a nadie es lícito participar, sino al que [1] cree que nuestra doctrina es verdadera, y que [2] ha sido purificado con el baño que da el perdón de los pecados y la regeneración, y que [3] vive como Cristo enseñó. Porque estas cosas no las tomamos como pan común ni bebida ordinaria, sino que así como Jesucristo, nuestro Salvador, hecho carne por virtud del Verbo de Dios, tuvo carne y sangre por nuestra salvación; así se nos ha enseñado que, por virtud de la oración al Verbo que de Dios procede, el alimento sobre el que fue dicha la acción de gracias -alimento de que, por transformación, se nutren nuestra sangre y nuestra carne- es la carne y la sangre de aquel mismo Jesús encarnado. Pues los apóstoles, en los Recuerdos por ellos compuestos llamados Evangelios, nos transmitieron que así les había sido mandado, cuando Jesús, habiendo tomado el pan y dado gracias, dijo: «Haced esto en memoria de mí; éste es mi cuerpo» [Lc 22,19; 1Cor 11,24], y que, habiendo tomado del mismo modo el cáliz y dado gracias, dijo: «Ésta es mi sangre» [Mt 26,27]; y que sólo a ellos les dio parte» (66).

 

 

«Nosotros, por tanto, después de esta primera iniciación, recordamos constantemente entre nosotros estas cosas, y los que tenemos, socorremos a todos los abandonados, y nos asistimos siempre unos a otros. Y por todas las cosas de las cuales nos alimentamos, bendecimos al Creador de todo por medio de su Hijo Jesucristo y del Espíritu Santo. Y el día llamado del sol [el domingo] se tiene una reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en las ciudades o en los campos, y se leen, en cuanto el tiempo lo permite, los Recuerdos de los apóstoles o las escrituras de los profetas. Luego, cuando el lector ha acabado, el que preside exhorta e incita de palabra a la imitación de estos buenos ejemplos. Después nos levantamos todos a una y elevamos nuestras preces; y, como antes dijimos, cuando hemos terminado de orar, se presenta pan, vino y agua, y el que preside eleva a Dios, según sus posibilidades, oraciones y acciones de gracias, y el pueblo aclama diciendo el “Amén”. Seguidamente viene la distribución y participación, que se hace a cada uno, de los alimentos consagrados por la acción de gracias, y a los ausentes se les envía por medio de los diáconos. Los que tienen y quieren, cada uno según su libre voluntad, dan lo que bien les parece, y lo recogido se entrega al presidente, y él socorre de ello a los huérfanos y las viudas, a los que por enfermedad o por cualquier otra causa se hallan abandonados, y a los encarcelados, a los forasteros de paso, y, en una palabra, él cuida de cuantos padecen necesidad. Y celebramos esta reunión general el día del sol, puesto que es el día primero, en el cual Dios, transformando las tinieblas y la materia, creó el mundo, y el día también en que Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos. Pues un día antes del día de Saturno [sábado] lo crucificaron y un día después del de Saturno, que es el día del sol, se apareció a los apóstoles y discípulos, y nos enseñó estas cosas que he propuesto a vuestra consideración» (67).

 

 

San Ireneo (130?-200?)

 

 

El obispo de Lión, sede primada de las Galias, San Ireneo, mártir, ve la eucaristía como el sacrificio de Cristo que la Iglesia ofrece siempre el Padre.

 

 

«Cristo tomó el pan, que es algo de la creación, y dio gracias, diciendo: “Esto es mi cuerpo”. Y de la misma manera afirmó que el cáliz, que es de esta nuestra creación terrena, era su sangre. Y enseñó la nueva oblación del Nuevo Testamento, la cual, recibiéndola de los apóstoles, la Iglesia ofrece en todo el mundo a Dios» (Adversus haereses 4, 17,5).

Textos eucarísticos primitivos


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En el libro de los Hechos, San Lucas atestigua la asidua celebración de la eucaristía en Jerusalén: los que habían creído, «perseveraban en escuchar la enseñanza de los apóstoles y en la comunidad de vida, en la fracción del pan y en las oraciones» (Hch 2,42). El «día primero de la semana» (20,7) era el día más apropiado para la celebración de la eucaristía.
De las formas en que ésta se celebraba tenemos huellas muy valiosas. Además de la breve descripción de la eucaristía que nos ofrece San Pablo hacia el año 55, en 1 Corintios 10,16-17.21; 11,20-34, y a la que ya nos hemos referido más arriba, tenemos otras relaciones de textos muy antiguos.
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La Doctrina de los doce Apóstoles

 

(Dídaque) (70?)

 

 

La Dídaque o Doctrina de los doce apóstoles, escrita quizá hacia el año 70, es uno de los más antiguos documentos cristianos extrabíblicos. En ella se recogen algunas plegarias de carácter plenamente eucarístico, en las que se describen usos y formas litúrgicas ya vigentes.

 

 

«Respecto a la acción de gracias (eucaristía), daréis las gracias de esta manera.

 

 

«Primeramente, sobre el cáliz: Te damos gracias, Padre santo, por la santa viña de David, tu siervo, la que nos has revelado por Jesús, tu siervo. A ti sea la gloria por los siglos.

 

 

«Luego, sobre el trozo de pan: Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y la ciencia que nos revelaste por medio de Jesús, tu siervo. A ti la honra por los siglos.

 

 

«Como este pan partido estaba antes disperso por los montes y, recogido, se ha hecho uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino. Porque tuya es la gloria y el poder por Jesucristo en los siglos.

 

 

«Pero que nadie coma ni beba de vuestra eucaristía sin estar bautizado en el nombre del Señor, pues de esto dijo el Señor: “No deis lo santo a los perros” [Mt 7,6].

 

 

«Y después de que os hayáis saciado, dad así las gracias:

 

 

«Te damos gracias, Padre santo, por tu santo Nombre, que hiciste que habitara en nuestros corazones; y por el conocimiento y la fe y la inmortalidad que nos manifestaste por Jesús, tu siervo. A ti la gloria por los siglos.

 

 

«Tú, Señor omnipotente, creaste todas las cosas por tu Nombre, y diste a los hombres comida y bebida para su disfrute. Mas a nosotros nos hiciste gracia de comida y bebida espiritual y de vida eterna por tu Siervo. Ante todo, te damos gracias porque eres poderoso. A ti la gloria por los siglos.

 

 

«Acuérdate, Señor, de tu Iglesia, para librarla de todo mal y para perfeccionarla en tu caridad. Y reúnela de los cuatro vientos, ya santificada, en tu reino, que le tienes preparado. Porque tuyo es el poder y la gloria por los siglos.

 

 

«Venga la gracia y pase este mundo. Hosanna al Dios de David. El que sea santo que se acerque. El que no lo sea, que haga penitencia. Marán athá. Amén.

 

 

«A los profetas permitidles que den gracias cuantas quieran (Did. 9-10).

 

 

«Reunidos cada día del Señor, partid el pan y dad gracias, después de haber confesado vuestros pecados, para que vuestro sacrificio sea puro. Todo aquel, sin embargo, que tenga contienda con su compañero, no se reúna con vosotros hasta tanto no se hayan reconciliado, a fin de que no se profane vuestro sacrificio. Pues éste es el sacrificio del que dijo el Señor: “En todo lugar y en todo tiempo se me ha de ofrecer un sacrificio puro, dice el Señor, porque soy yo Rey grande, y mi nombre es admirable entre las naciones” [+Mal 1,11-14]» (Díd. 14).

 

Sacrificio único y definitivo


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-Sacrificio. Jesús entiende su muerte como un sacrificio de expiación, por el cual, estableciendo una Alianza Nueva, con plena libertad, «entrega su vida» -su cuerpo, su sangre- para el rescate de todos los hombres (+Catecismo 1362-1372, 1544-1545). De sus palabras y actos se deriva claramente su conciencia de ser el Cordero de Dios, que con su sacrificio pascual quita el pecado del mundo. Que así lo entendió Jesús nos consta por los evangelios, pero también porque así lo entendieron sus apóstoles.

 

 

La enseñanza de San Pablo es en esto muy explícita: «Cristo nos amó y se entregó por nosotros en oblación y sacrificio a Dios de suave aroma» (Ef 5,2; +Rm 3,25). Es el amor, en efecto, lo que le lleva al sacrificio: «Dios probó su amor hacia nosotros en que, siendo pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rm 5,8; +Gál 2,20). Y por eso ahora «en Él tenemos la redención por la virtud de su sangre, la remisión de los pecados» (Ef 1,7; +Col 1,20). Por tanto, «nuestro Cordero pascual, Cristo, ya ha sido inmolado» (1Cor 5,7; igual doctrina en 1Pe 1,2.9; 3,18).

 

 

San Juan, por su parte, ve en Cristo crucificado el Cordero pascual definitivo, el que con su muerte sacrificial «quita el pecado del mundo» (Jn 1,29.37). Según disponía la antigua ley mosaica sobre el Cordero pascual, ninguno de sus huesos fue quebrado en la cruz (19,37 = Ex 12,46). Los fieles son, pues, «los que lavaron sus túnicas y las blanquearon en la sangre del Cordero» (Ap 7,14), es decir, «los que han vencido por la sangre del Cordero» (12,11). Y ese Cordero degollado, ahora, para siempre, preside ante el Padre la liturgia celestial (5,6.9.12). Así pues, el sacrificio de la vida humana de Jesús gana en la cruz la salvación para todos: «él es la Víctima propiciatoria por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino por los de todo el mundo» (1Jn 2,2).

 

 

-Sacrificio único y definitivo. La carta a los Hebreos, por su parte, contempla a Cristo como sumo Sacerdote, y su muerte, como el sacrificio único y supremo, en el que se establece la Nueva Alianza. En este precioso documento, anterior quizá al año 70, puede verse el primer tratado de cristología. Y en él se enseña que los antiguos sacrificios judíos -aunque establecidos por Dios, como figuras anunciadoras de la plenitud mesiánica- «nunca podían quitar los pecados», por mucho que se reiterasen (10,11), y que por eso mismo estaban llamados a desaparecer «a causa de su ineficacia e inutilidad» (7,18). Ahora, en cambio, en la plenitud de los tiempos, en la Alianza Nueva, nos ha sido dado Jesucristo, el Sacerdote santo, inocente e inmaculado (7,26-28), que siendo plenamente divino (1,1-2; 3,6) y perfectamente humano (2,11-17; 4,15; 5,8), es capaz de ofrecer una sola vez un sacrificio único, el del Calvario (9,26-28), de grandiosa y total eficacia para santificar a los creyentes (7,16-24; 9; 10,10.14).

 

 

-Sacrificio de expiación y redención. Cristo nos ha redimido con su propia sangre, sufriendo en la cruz el castigo que nosotros merecíamos por nuestros pecados. «Traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados, el castigo salvador pesó sobre él, y en sus llagas hemos sido curados» (Is 53,5). De este modo nuestro Salvador ha vencido en la humanidad el pecado y la muerte, y la ha liberado de la sujeción al Demonio.

 

 

«Dios estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo, y no imputándole sus delitos» (2Cor 5,19). En efecto, nosotros estábamos «muertos a causa de nuestros pecados», pero Cristo nos ha hecho «revivir con él, perdonando todas nuestros delitos, y cancelando el acta de condenación que nos era contraria, la ha quitado de en medio, clavándola en la cruz. Así fue como despojó a los principados y potestades, y los sacó valientemente a la vergüenza, triunfando de ellos en la cruz» (Col 2,13-15). En la cruz, efectivamente, Cristo «ha destruido por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo» (Heb 2,14), y «haciéndose Sacerdote misericordioso y fiel», de este modo misterioso e inefable, «ha expiado los pecados del pueblo» (2,17).

 

 

-Sacrificio de acción de gracias. Ahora nosotros, «rescatados no con plata y oro, corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, cordero sin defecto ni mancha» (1Pe 1,18-19), tenemos un ministerio litúrgico de alegría infinita, que iniciamos en la eucaristía de este mundo, para continuarlo eternamente en el cielo, cantando la gloria de nuestro Redentor bendito:

 

 

«Él es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo; muriendo, destruyó nuestra muerte, y resucitando, restauró la vida. Por eso, con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría, y también los coros celestiales, los ángeles y los arcángeles, cantan sin cesar el himno de tu gloria» (Prefacio I pascual).

 

 

(Los protestantes primeros -Lutero, Zuinglio, Calvino-, reconociendo el carácter sacrificial de la cruz, niegan que la misa sea un sacrificio, porque ignoran que la eucaristía no es sino el mismo misterio de la cruz. Partiendo de ese gran error, abominan de la misa, como si fuera una superstición horrible, y del sacerdocio católico. Una de las dos o tres ideas fundamentales de la Reforma protestante es, sin duda, la extinción del sacrificio eucarístico y del sacerdocio católico.)

La libre ofrenda de la Cruz


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Importa mucho entender que en la cruz se entrega Cristo a la muerte libre y voluntariamente. Otras ocasiones hubo en que quisieron prender a Jesús, pero no lo consiguieron, «porque no había llegado su hora» (Jn 7,30; 8,20). Así, por ejemplo, en Nazaret, cuando querían despeñarle, pero él, «atravesando por medio de ellos, se fue» (Lc 4,30). Ahora, en cambio, «ha llegado su hora, la de pasar de este mundo al Padre» (Jn 13,1). Y los evangelistas, al narrar el Prendimiento, ponen especial cuidado en atestiguar la libertad y la voluntariedad de la entrega que Cristo hace de sí mismo.
-Cristo Sacerdote se acerca serenamente al altar de la cruz. En el Huerto, recuperado por la oración de su estado espiritual agónico, sale ya sereno, plenamente consciente, al encuentro de los que vienen a prenderlo: conocía ciertamente que era Judas quien iba a entregarle (Jn 13,26), y «sabía todo lo que iba a sucederle» (18,4).
-Hasta en el prendimiento manifiesta Cristo su poder irresistible. Sin esconderse, Él mismo se presenta: «Yo soy [el que buscáis]». Y al manifestar su identidad, todos caen en tierra (Jn 18,5-6). Ese yo soy [ego eimi] en su labios es equivalente al yo soy de Yavé en los libros antiguos de la Escritura. Y Juan se ha dado cuenta de este misterio (+Jn 8,58; 13,19; 18,5). Los enemigos de Cristo caen en tierra, se postran ante él en homenaje forzado, impuesto milagrosamente por Jesús, que, antes de padecer, muestra así un destello de su poder divino y manifiesta claramente que su entrega a la muerte es perfectamente libre.
-Jesús impide que le defiendan. Detiene toda acción violenta de quien intenta protegerle con la espada, y cura la oreja herida de Malco, el siervo del Pontífice (Jn 18,10-11). No se resiste, pudiendo hacerlo. Y explica por qué no lo hace: «Ésta es vuestra hora y el poder de las tinieblas» (Lc 22,53).
-Jesús no opone resistencia. Él sabe bien, y lo afirma, que hubiera podido pedir y conseguir del Padre «doce legiones de ángeles» que le defendieran; pero quiere que se cumpla la providencia del Padre. Él, que había enseñado «no resistáis al mal, y si alguno te abofetea en la mejilla derecha, dale también la otra» (Mt 5,39-41), practica ahora su propia doctrina.
-Jesús calla. «Maltratado y afligido, no abrió la boca, como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los trasquiladores» (Is 53,7). En los pasos tenebrosos que preceden a su pasión -interrogatorios, bofetadas, azotes, burlas-, «Jesús callaba» (ante Caifás, Mt 26,63; Pilatos, 27,14; Herodes, Lc 23,9; Pilatos, Jn 19,9).
-Se entrega libremente a la muerte. Es, pues, un dato fundamental para entender la Pasión de Cristo conocer la perfecta y libre voluntad con que realiza su entrega sacrificial a la muerte: «Yo doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy por mí mismo» (Jn 10,17-18). Jesucristo es el Señor, también en Getsemaní y en el Calvario, por insondable que sea entonces su humillación y abatimiento.
-La cruz es providencia amorosa del Padre, anunciada desde el fondo de los siglos. Quiso Dios permitir en su providencia la atrocidad extrema de la cruz para que en ella, finalmente, se revelara «el amor extremo» de Cristo a los suyos (Jn 13,1), pues, ciertamente, es en la cruz «cuando se produce la epifanía de la bondad y el amor de Dios hacia los hombres» (Tit 3,4). No fue, pues, la cruz un accidente lamentable, ni un fracaso de los planes de Dios. Cristo, convencido de lo contrario, se entrega a la cruz, con toda obediencia y sin resistencia alguna, para que «se cumplan las Escrituras», es decir, para se realice la voluntad providente del Padre (Mt 26,53-54.56), que es así como ha dispuesto restaurar su gloria y procurar la salvación de los hombres.
La ofrenda sacrificial que Cristo hace de sí mismo produce un estremecimiento en todo el universo, como si éste intuyera su propia liberación, ya definitivamente decretada. Se rasga el velo del Templo de arriba a abajo, y, eclipsado el sol, se obscurece toda la tierra; las piedras se parten, se abren sepulcros, y hay muertos que resucitan y se aparecen a los vivos; la muchedumbre se vuelve del Calvario golpeándose el pecho; el centurión y los suyos no pueden menos de reconocer: «Verdaderamente, éste era Hijo de Dios» (Mt 27,51-53; Mc 15,38; Lc 23,44-45).
Resurrección de Cristo
Los relatos de la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo y de sus apariciones (Mt 28,120; Mc 16,1-20; Lc 24; Jn 2021) ponen de relieve la desesperanza en que los discípulos quedaron hundidos tras los sucesos del Calvario. Se resisten, después, a creer en la realidad de la resurrección de Cristo, y éste hubo de «reprenderles por su incredulidad y dureza de corazón, pues no habían creído a los que lo habían visto resucitado de entre los muertos» (Mc 16,14). Es el acontecimiento de la Resurrección lo que despierta y fundamenta la fe de los apóstoles. Por eso, cuando se aparece a los Once, para acabar de convencerles, come delante de ellos un trozo de pez asado (Lc 24,42).
Y otras muchas veces come con ellos (Emaús, Lc 24,30; pesca milagrosa, Jn 21,12-13), apareciéndoseles «durante cuarenta días, y hablándoles del reino de Dios» (Hch 1,3). Pues bien, ese comer de Cristo con los discípulos les impresionó especialísimamente. En ello ven probada una y otra vez tanto la realidad del Resucitado, como la familiaridad íntima que con ellos tiene. Y así Pedro dirá en un discurso importante, asegurando las apariciones de Cristo: nosotros somos los «testigos de antemano elegidos por Dios, nosotros, que comimos y bebimos con Él después de su resurrección de entre los muertos» (Hch 10,41). La alegría pascual que caracterizaba esas comidas, de posible condición eucarística, con el Resucitado, es la alegría actual de la eucaristía cristiana.

La agonía de Getsemaní


Historia de la misa, continuación….

 

Jesús, en el Huerto de los Olivos, baja hasta el último fondo posible de la angustia humana (Mt 26,36-46; Mc 14,32-42; Lc 22,40-46). «Pavor y angustia» (Mc), «sudor de sangre» (Lc), desamparo de los tres amigos más íntimos, que se duermen; consuelo de un ángel; refugio absoluto en la oración: «pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya»…

 

 

¿Es la muerte atroz e ignominiosa, que se le viene encima, «el cáliz» que Cristo pide al Padre que pase, si es posible? No parece creíble. El Señor se encarna y entra en la raza humana precisamente para morir por nosotros y darnos vida. Desea ardientemente ser inmolado, como Cordero pascual que, quitando el pecado del mundo, salva a los hombres, amándolos con amor extremo. Él no se echa atrás, ni en forma condicional de humilde súplica, ni siquiera en la agonía de Getsemaní o del Calvario. Por el contrario, cuando se acerca la tentación y le asalta -« ¿qué diré? ¿Padre, líbrame de esta hora?»-, él responde inmediatamente: «¡para esto he venido yo a esta hora!» (Jn 12,27). Y cuando Pedro rechaza la pasión de Jesús, anunciada por éste: «No quiera Dios, Señor, que esto suceda», Cristo reacciona con terrible dureza: «Apártate de mí, Satanás, que me sirves de escándalo» (Mt 16,21-23).

 

 

No. El «cáliz» que abruma a Jesús es el conocimiento de los pecados, con sus terribles consecuencias, que a pesar del Evangelio y de la Cruz, van a darse en el mundo: ese océano de mentiras y maldades en el que tantos hombres van a ahogarse, paganos o bautizados, por rechazar su Palabra y por menospreciar su Sangre en los sacramentos, sobre todo en la eucaristía. Más aún, la pasión del Salvador es causada principalmente por el pecado de los malos cristianos que, despreciando el magisterio apostólico, falsificarán o silenciarán su Palabra; avergonzándose de su Evangelio, buscarán salvación, si es que la buscan, por otro camino; endureciendo sus corazones por la soberbia, despreciarán los sacramentos, y sobre todo la eucaristía, profanándola o alejándose de ella… En definitiva, es la posible reprobación final de pecadores lo que angustia al Señor, y le lleva a una tristeza de muerte.

 

 

Como bien señala la madre María de Jesús de Agreda, «a este dolor llamó Su Majestad cáliz». Y en esa angustia sin fondo pedía el Salvador a su Padre que, «siendo ya inexcusable la muerte, ninguno, si era posible, se perdiese»… Y eso es lo que, con lágrimas y sudor de sangre, Cristo suplica al Padre insistentemente, en una «como altercación y contienda entre la humanidad santísima de Cristo y la divinidad» (Mística Ciudad de Dios, 1212-1215).

Institución de la Eucaristía


La historia de la misa, continuación…

 

En la Cena del jueves realiza el Señor la entrega sacrificial de su cuerpo y de su sangre -«mi cuerpo entregado», «mi sangre derramada»-, anticipando ya, en la forma litúrgica del pan y del vino, la entrega física de su cuerpo y de su sangre, la que se cumplirá el viernes en la cruz.

 

 

-La acción ritual. Conforme a la tradición judía del rito pascual, el Señor «toma», «da gracias» a Dios (bendice), «parte» el pan y lo «reparte» entre los discípulos. Son gestos también apuntados en la multiplicación de los panes (Jn 6,11) o en las apariciones de Cristo resucitado (Emaús, Lc 24,30; pesca milagrosa, Jn 21,13).

 

 

-Cordero pascual nuevo. «Cristo, nuestro cordero pascual, ha sido inmolado» (1Cor 5,7), para la salvación de todos. Hemos sido, pues, rescatados «no con plata y oro, corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, cordero sin defecto ni mancha, ya conocido antes de la creación del mundo, y manifestado al fin de los tiempos por amor vuestro» (1Pe 1,18-20). San Juan en el Apocalipsis menciona veintiocho veces a Cristo como Cordero. Y es justamente «el Cordero degollado» el que preside la grandiosa liturgia celestial (Ap 5,6.12).

 

 

-La Nueva Alianza. En la Cena-Cruz-Eucaristía establece Cristo una Alianza Nueva entre Dios y los hombres. Y esta vez la Alianza no es sellada con sangre de animales sacrificados en honor de Dios, sino en la propia sangre de Jesús: «Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre». La alianza del monte Sinaí queda definitivamente superada por la alianza del monte Calvario (+Ex 24,1-8; Heb 9,1-10,18).

 

 

«La eucaristía aparece al mismo tiempo como el origen y fundamento del nuevo pueblo de Dios, liberado ahora por la pascua de Cristo y fundado sobre la sangre de la Nueva Alianza» (Sayés, El misterio eucarístico 107). La Cena pascual de Moisés marca el nacimiento de Israel como pueblo libre. La Cena pascual de Cristo funda permanentemente a la Iglesia, el nuevo Israel.

 

 

-Memorial perpetuo. Como la Pascua judía, la cristiana se establece como un memorial a perpetuidad: «haced esto en memoria mía». En la eucaristía, por tanto, la Iglesia ha de actualizar hasta el fin de los siglos el sacrificio de la cruz, y ha de hacerlo empleando en su liturgia la misma forma decidida por el Señor en la última Cena.

 

 

-Presencia real de Cristo. En la eucaristía el pan y el vino se convierten realmente en el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo. Ya no hay pan: «esto es mi cuerpo que se entrega»; ya no hay vino: «ésta es mi sangre que se derrama». Se trata, pues, de una presencia real, verdadera y substancial de Cristo.

 

 

-Pan vivo bajado del cielo. Y es una presencia que debe ser recibida como alimento de vida eterna: «Tomad y comed, mi carne es verdadera comida»; «tomad y bebed, mi sangre es verdadera bebida».

 

 

-Sacrificio de la Nueva Alianza. La Cena-Cruz-Eucaristía, por tanto, es un sacrificio: el sacrificio de la Nueva Alianza, que tiene a Cristo como Sacerdote y como Víctima. En efecto, «Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio… Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados» (Heb 10,12.14). Volveremos sobre esto una vez que hayamos contemplado la Pasión.