A la luz de la gloria por la sombra de la cruz


Autor: P. Sergio Córdova LC | Fuente: Catholic.net
A la luz de la gloria por la sombra de la cruz
Lucas 9, 28-36. 2o. Domingo de Cuaresma. Nuestro Señor concede a sus apóstoles la gracia de contemplar su rostro transfigurado, para confirmarlos en su fe y que no desfallezcan.
A la luz de la gloria por la sombra de la cruz

Del santo Evangelio según san Lucas 9, 28-36 

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar. Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante, y he aquí que conversaban con él dos hombres, que eran Moisés y Elías; los cuales aparecían en gloria, y hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén. Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero permanecían despiertos, y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Y sucedió que, al separarse ellos de él, dijo Pedro a Jesús: Maestro, bueno es estarnos aquí. Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías, sin saber lo que decía. Estaba diciendo estas cosas cuando se formó una nube y los cubrió con su sombra; y al entrar en la nube, se llenaron de temor. Y vino una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo, mi Elegido; escuchadle. Y cuando la voz hubo sonado, se encontró Jesús solo. Ellos callaron y, por aquellos días, no dijeron a nadie nada de lo que habían visto. 

Oración introductoria

Señor, me acerco a Ti con fe, una gran confianza y mucho amor. Quiero subir contigo a la montaña de la oración para contemplarte e iluminar interiormente mi vida. Pido a la Virgen María, mi guía en el camino de la fe, que me ayude a vivir esta experiencia.

Petición

Jesucristo, dame la gracia de encontrarte íntimamente para dejar atrás, en esta Cuaresma, todo lo que me aparte de Ti.

Meditación del Papa

El misterio de la Transfiguración no se separa del contexto del camino que Jesús está haciendo. Él se ha ya decididamente dirigido hacia el cumplimiento de su misión, a sabiendas de que, para llegar a la resurrección, tendrá que pasar a través de la pasión y la muerte de cruz. De esto les ha hablado abiertamente a sus discípulos, los cuales no han entendido, sino más bien han rechazado esta perspectiva porque no razonan de acuerdo con Dios, sino con los hombres. Por eso Jesús lleva a tres de ellos a la montaña y les revela su gloria divina, el esplendor de la Verdad y del Amor. Jesús quiere que esta luz pueda iluminar sus corazones cuando pasen por la densa oscuridad de su pasión y muerte, cuando el escándalo de la cruz será insoportable para ellos. Dios es luz, y Jesús quiere dar a sus amigos más íntimos la experiencia de esta luz, que habita en Él. Por lo tanto, después de este evento, Él será en ellos una luz interior, capaz de protegerlos de los ataques de las tinieblas. Incluso en la noche más oscura, Jesús es la luz que nunca se apaga. (Benedicto XVI, 4 de marzo de 2012).

Reflexión

Dentro de los Museos vaticanos, en Roma, se encuentra una de las obras maestras del arte universal: La Transfiguración, pintura realizada por Rafael el año 1517, y expuesta actualmente en la Pinacoteca vaticana. En la parte superior de este hermoso cuadro, la luz parece atraer la blanca figura de Cristo hacia el cielo, mientras las nubes son arrastradas por un viento de tempestad; y sobre la cima del monte Tabor los apóstoles Pedro, Santiago y Juan quedan encandilados por la luz fulgurante de Cristo.

¡Qué impresionante debió haber sido aquel momento dichoso en el que Jesús mostró la gloria de su divinidad a sus apóstoles predilectos! Lucas nos dice que Jesús subió a un monte a orar. Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, y sus vestidos se volvieron blancos y resplandecientes. Mateo añade un detalle significativo.

Dice que el rostro de Jesús se volvió brillante, más hermoso que el sol y blanco como la luz. El sol, y sobre todo la luz, aparecen con frecuencia en las Sagradas Escrituras, y siempre en un contexto de revelación y de teofanía. Es decir, son indicio y reflejo de la presencia divina.

Además, Mateo y Marcos, para expresarnos el misterio sorprendente de este momento, usan un verbo muy fuerte y expresivo. Dicen que Jesús se metamorfoseó; y este vocablo griego indica un cambio de forma, de aspecto, de figura. Es el mismo término que emplea san Pablo para describir nuestra futura resurrección, y significa una transformación profunda, un estado superior al de la tierra, una gloria celestial.

Martín Descalzo comenta: fue como si Jesús hubiera desatado al Dios que era y al que tenía velado y contenido en su humanidad. Su alma de hombre, unida a la divinidad, deborda en este momento e ilumina todo su cuerpo. Si a un hombre es capaz de transformarlo una alegría, ¿qué no sería aquella tremenda fuerza interior que Jesús contenía para no cegar a cuantos le rodeaban?. Tiene razón. Era como si nuestro Señor dejara en este momento explotar toda la potencia y el esplendor de su gloria divina para mostrar la verdadera realidad de su Persona. ¡Debió haber sido algo sumamente impresionante!

Podemos hablar no sólo de un éxtasis de Cristo, sino muchísimo más que eso: era la manifestación radiante de su auténtica naturaleza y condición divina, la irradiación de la gloria de Dios como afirma la carta a los Hebreos y la impronta de su sustancia (Hb 1, 3).

¡Cómo habrá impactado esta revelación de Cristo a sus apóstoles! Tanto que los tres evangelios sinópticos nos refieren unánimemente que estaban aterrados, ante la contemplación de esta gloria y belleza sin igual. Y Pedro, fuera de sí o sea, literalmente, extasiado, pues eso significa esta palabra en griegoexclama: ¡Maestro, qué hermoso es estarnos aquí!. ¡Claro! Era como estar en el cielo, ni más ni menos.

Sin embargo, puede resultarnos un poco paradójico que la Iglesia nos presente este pasaje evangélico dentro de la Cuaresma, en un período de penitencia, de sacrificio y de austeridad. Mucho más lógico sería que nos lo ofreciera en el período de Pascua, por ejemplo. Pero no. Y tiene mucho sentido. Me explico brevemente.

En el Tabor aparecieron Moisés y Elías conversando con Jesús. ¿Sabemos, acaso, el tema de sus conversaciones? Por fortuna, Lucas nos lo refiere: hablaban de su muerte de Jesús, por supuesto que había de cumplirse en Jerusalén. Pero, ¿no estaba Cristo revelándose ahora en toda su gloria? Y entonces, ¿por qué tenía que hablar precisamente de su muerte en estos momentos? ¿Por qué no hablaba de cosas más agradables y positivas?

Porque para Cristo, su máxima gloria debía llegar a través de la Cruz. Y cuando habla de su Pasión, constantemente habla de su glorificación (Jn 7,39; 12,23; 13,31-32; 17,1). Su triunfo definitivo vendrá en el Calvario: Yo, cuando sea exaltado de la tierra, atraeré a todos hacia mí (Jn 12,32).

Su muerte en el Gólgota era, para Él, sinónimo de glorificación y exaltación. ¡Otra de esas locuras y paradojas desconcertantes de Jesús! Éste es su lenguaje. Un lenguaje divino que sólo puede ser comprendido y acogido por la fe y el amor. No hay vuelta de hoja. Y si nosotros queremos ser auténticos cristianos cristianos a fondo y no de fachada tenemos que ir por este camino.

Nuestro Señor concede a sus apóstoles la gracia de contemplar su rostro transfigurado en el Tabor para confirmarlos en su fe y para que no desfallezcan ni se escandalicen cuando vean su rostro desfigurado en la Cruz. La pasión y el dolor son camino de gloria y de resurrección.

Propósito

Visitar a Cristo en la Eucaristía y pedirle el don de conocerlo y amarlo mejor.

Diálogo con Cristo

Señor, que no soñemos nosotros con triunfos fáciles, con una vida de placeres y de glorias mundanas. A la luz de la gloria del cielo hemos de llegar a través del camino, muchas veces oscuro y penoso, de la cruz. Pero si vamos por esta senda, ¡vamos con paso seguro! Ahora compartimos tus sufrimientos en la cruz. Pero, cuando llegue aquel día bendito de nuestra propia transfiguración, nuestra dicha y nuestra gloria será casi infinita. De momento, tenemos que llorar y lamentarnos, pero de nuevo volverás a nosotros y nos llevarás contigo, y nuestra tristeza se convertirá en gozo. Y entonces, en aquel día ya sin noche y sin ocaso, nadie será capaz de quitarnos nuestra alegría

Imitar la fidelidad de Cristo, quien ha gustado la muerte para bien de todos (Tiempo ordinario 27º, ciclo B)


ROMA, viernes 5 octubre 2012 (ZENIT.org).- Nuestra columna “En la escuela de san Pablo…”, escrita por nuestro colaborador el padre Pedro Mendoza, LC, ofrece el comentario y la aplicación correspondiente para el 27º domingo del Tiempo ordinario.

 

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Pedro Mendoza LC

“Y a aquél que fue hecho inferior a los ángeles por un poco, a Jesús, le vemos coronado de gloria y honor por haber padecido la muerte, pues por la gracia de Dios gustó la muerte para bien de todos. Convenía, en verdad, que Aquél por quien es todo y para quien es todo, llevara muchos hijos a la gloria, perfeccionando mediante el sufrimiento al que iba a guiarlos a la salvación. Pues tanto el santificador como los santificados tienen todos el mismo origen. Por eso no se avergüenza de llamarles hermanos”. Heb 2,9-11

Comentario

La carta a los Hebreos, en el pasaje 2,5-18, introduce una perspectiva que tonifica la cristología de toda la carta. Se trata de la combinación de humildad y exaltación. Usando el Sal 8,5-7, el autor indica que el Hijo de Dios que fue hecho por poco inferior a los ángeles tiene ahora todo sometido bajo sus pies. De esta forma quiere el autor responder a la comunidad destinataria de la carta, la cual se encuentra desalentada a causa da las adversidades que padece. Para levantar la esperanza de la comunidad, el autor expone en Cristo el plan de Dios para la humanidad: no exaltación sin sufrimiento sino exaltación por medio del sufrimiento.

Lo referido anteriormente es el contexto del pasaje escogido por la liturgia de la Palabra para este domingo (Heb 2,9-11). Inmediatamente antes, en 2,5-8, el autor afirma, recurriendo al salmo 8, el dominio que Dios concede al hombre sobre el mundo venidero (cf. Sal 8,5-7). Ahora, en 2,9-10, ratifica que en Jesús se ha cumplido dicha promesa. La salvación no es por completo invisible. Para quien tiene fe, algo está ya a la vista. A sus ojos resplandece la cruz y la exaltación de Jesús: “le vemos coronado de gloria y honor por haber padecido la muerte” (v.9) . El autor puede ver retratada en el salmo 8 la historia de Jesús, su camino que pasando por la humillación lo conduce a la gloria celestial. A la expresión “por un poco”, que en el salmo tenía un carácter cualitativo, el autor de la carta da un sentido más bien temporal (“por un momento”). Tal interpretación presupone que en Jesús se ve al hombre por antonomasia, al prototipo del hombre, cuya suerte es típica y normativa para todos los demás hombres.

Cristo experimentó la muerte para bien de todo ser humano. Cristo, representando en sí mismo a cada hombre, con su muerte redentora se convierte en fuente de salvación para todo el género humano. Por eso el autor afirma, en el v.10, que Dios ha introducido a muchos en la gloria por medio de Jesús, el pionero de la salvación que ha sido hecho perfecto mediante el sufrimiento.

Por tanto, lo que sucedió a Jesús no puede ser indiferente a nadie. Entre Él y nosotros existe una comunidad de ser y de destino, a la que nadie se puede sustraer. La comunidad entre Jesús, “santo”, y los hombres pecadores necesitados de santificación, se basa en el origen común de Dios: “Pues tanto el santificador como los santificados tienen todos el mismo origen. Por eso no se avergüenza de llamarles hermanos” (v.11). El Hijo y los hijos son hermanos desde la eternidad. Bajo las palabras que suenan como algo misterioso aparece visible la idea fundamental de la carta entera: la comunidad cultual de los creyentes que se acerca al trono de Dios, guiada por su sumo sacerdote, Jesús. Es conveniente saber que el que nos quita el pecado y nos libra del temor de la muerte es nuestro hermano. Y aunque no le faltaría razón de avergonzarse de nosotros, no lo hace sino que nos presenta a Dios como sus hermanos.

Este mensaje entraña gran consuelo para los cristianos amenazados de sufrimientos y persecuciones. Precisamente lo que a ellos, desde un punto de vista terreno, los abrumaba y atormentaba, les aseguraba la certeza de la futura salvación.

Aplicación

Imitar la fidelidad de Cristo, quien ha gustado la muerte para bien de todos.

Este domingo del Tiempo ordinario la liturgia de la Palabra nos ofrece enseñanzas muy importantes para la vida familiar. El Evangelio habla de la fidelidad en el matrimonio y de la acogida de los niños. Este tema está preparado por la lectura del libro del Génesis en el que se narra la creación del hombre y de la mujer. En la segunda lectura encontramos un eco del tema al recordarnos la carta a los Hebreos la fidelidad de Jesús hasta la muerte.

La narración de la creación de la mujer presentada en el libro del Génesis (2,18-24) pone de relieve la dignidad de la mujer. Ella es un ser humano en el pleno sentido de la palabra. Todos los demás seres se encuentran en un nivel inferior; la mujer es indispensable para el hombre para formar una pareja inseparable, que vive en el amor. Son muy significativas las palabras que Dios pronuncia en el inicio de la narración: “No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada” (v.18). Revelan que el hombre no ha sido creado para estar solo; si permaneciese solo, no viviría en el amor. Pero Dios, que es amor, lo ha creado para comunicarle su amor y para hacerlo capaz de vivir en el amor. Por eso juntamente con él ha creado a la mujer. La igualdad de la mujer aparece reflejada ya en el mismo modo como Dios la crea: a diferencia de los demás seres, ella es extraída del hombre mismo: “Entonces el Señor Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió. Y le quitó una de las costillas, rellenando el vacío con carne. De la costilla que Señor Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces éste exclamó: ‘Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne’” (vv.21-23). La dignidad de la mujer está en que ella es de la misma naturaleza del hombre. El relato concluye: “Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne” (v.24).

En la lectura del Evangelio (Mc 10,2-16) los fariseos, buscando someter a prueba a Jesús, le preguntan sobre la licitud del marido de repudiar a una mujer, lo cual estaba previsto en la ley de Moisés. Jesús, conocedor de sus intenciones torcidas, responde precisando lo que Moisés dejó indicado en esa norma: no la aprobación sin más del divorcio, sino que, cuando éste tiene lugar, el esposo debe dar un acta de repudio a su mujer de modo que conste que ésta ya no se encuentra ligada a ese hombre. De este modo precisa que la norma de Moisés fue una concesión, dada la dureza del corazón del hombre. Pero tal norma puede ser también abolida, porque no corresponde a la intención originaria de Dios en la creación, como se señaló en el relato del libro del Génesis. La intención originaria de Dios es una intención de unión y de fidelidad recíproca entre el hombre y la mujer. De ahí que Jesús concluye: “lo que Dios unió, no lo separe el hombre” (v.9). Con esta enseñanza Jesús defiende la dignidad del matrimonio. El matrimonio es una unión de amor; el amor auténtico implica fidelidad; por eso Jesús exige la fidelidad en el amor.

En la segunda lectura, tomada de la carta a los Hebreos (2,9-11), resplandece la fidelidad de Jesús en relación con nosotros. En este sentido se coloca en la línea de la lectura del Evangelio: el amor fiel. El autor de la carta a los Hebreos nos dice que Jesús ha sido coronado de gloria y de honor, porque ha sufrido la muerte por amor hacia nosotros. A este Jesús, que ha gustado la muerte para bien de todos, estamos invitado a acudir con confianza e imitar su fidelidad. Su vida y su muerte son el ejemplo más hermoso de fidelidad en el amor: fidelidad a la voluntad del Padre y fidelidad en su solidaridad total con sus hermanos los hombres. El ejemplo de Jesús debe inspirar y estimular a los esposos, impulsándolos a vivir plenamente la gracia del matrimonio, hasta llegar al punto máximo del amor generoso.

Lo Único decisivo


 

 

Día 24 XVII Domingo del Tiempo Ordinario

        Evangelio: Mt 13, 44-52 »El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en el campo que, al encontrarlo un hombre, lo oculta y, en su alegría, va y vende todo cuanto tiene y compra aquel campo.
»Asimismo el Reino de los Cielos es como un comerciante que busca perlas finas y, cuando encuentra una perla de gran valor, va y vende todo cuanto tiene y la compra.
»Asimismo el Reino de los Cielos es como una red barredera que se echa en el mar y recoge todo clase de cosas. Y cuando está llena la arrastran a la orilla, y se sientan para echar lo bueno en cestos, y lo malo tirarlo fuera. Así será al fin del mundo: saldrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos y los arrojarán al horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.
»¿Habéis entendido todo esto?
—Sí –le respondieron.
Él les dijo:
—Por eso, todo escriba instruido en el Reino de los Cielos es como un hombre, amo de su casa, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas.

Lo único decisivo

 

Nos presenta Jesús, Señor Nuestro, el Cielo, como lo único verdaderamente decisivo para el hombre. Y, hasta tal punto, que vale la pena empeñar todo lo demás por conseguirlo. Ese destino, que nuestro Creador ha previsto para todos los hombres, y es la intimidad con Él en sus tres divinas Personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, no se presenta, pues, como una opción meramente válida y ventajosa. No se trata sólo de algo bueno para el hombre, de gran interés o muy conveniente. Porque, con frecuencia, calificamos de muy buenos, interesantes y convenientes valores ciertamente apreciables pero que, en todo caso, no los consideramos vitales, imprescindibles o definitivos. Y en ningún caso pensamos que la carencia de esos grandes bienes nos vaya a suponer un fracaso integral, rotundo e remediable, que pudiera llegar a ser peor incluso que la propia muerte.

 

        Observemos que, por dos veces, insiste el Señor –alabando esa conducta– en que quien descubre el Reino de los Cielos vende todo cuanto tiene por conseguirlo. Parece, pues, necesario, por una parte, un peculiar descubrimiento; un descubrimiento que sea algo más que el simple tener noticias. Es, en efecto, un descubrimiento que propiamente deslumbra, a la vez que se tiene como indudablemente definitivo. Y se trata, por otra parte, de la aceptación de una realidad interpelante, ante la que cada uno debe responder consciente de su gran valor. Un valor tal que nunca sería excesivo el precio por conseguirlo. El personaje de la parábola vende todo cuanto tiene y queda feliz con la compra de la perla preciosa. Parece, por consiguiente, que cualquiera que pudiera ser la posesión previa disopnible y por grande que fuera, en términos materiales, sólo con su totalidad se puede adquirir ese Reino de los Cielos. También parece indicarse que nunca, en comparación, ese total sería demasiado. Y, hablando a lo humano, tanto quien recibe el campo como el comprador de la perla hacen un buen negocio.

 

        Recordemos –considerémoslo con frecuencia por paradójico que sea hacerlo a estas alturas– la grandeza inigualable de ese Reino. Se trata de un bien que no es de este mundo y que, si nos corresponde por voluntad de Dios, es en la medida en que, como hijos suyos, somos elevados sobre todas las realidades terrenas y merecedores de las sobrenaturales. El Reino de los Cielos, su Reino, es para Dios, y para sus ángeles y los hijos de Dios, según el plan divino. Nada, salvo ese Reino, satisface al hombre, habiendo sido llamado a través de Jesucristo a la misma gloria de la Trinidad. Lo que sólo es de este mundo, por tanto, aunque pueda ser medio e instrumento útil y hasta muy conveniente en nuestro camino hacia el Reino, de suyo, no tiene capacidad de satisfacernos. Puede ser, eso sí, “precio” que se entrega, es decir, instrumento para mostrar amor a Dios. Entonces es cuando lo terreno alcanza su máxima nobleza, la que le es propia; como el pintor y el pincel se consagran –decimos– únicamente en obras magistrales.

 

        Se desvirtúa y hasta se corrompe lo terreno, en cambio, cuando pretendemos otorgar a las cosas un valor que no merecen, haciéndolas fines. La pereza, la envidia, la lujuria, el egoísmo, la soberbia, la mentira… son algunas –entre tantas– manifestaciones posibles de corrupción de lo humano. En cambio, cada vez que soportamos una tentación y, en lugar de incurrir en pecado actuamos con rectitud, con un comportamiento útil para el Reino de los Cielos, estamos vendiendo lo que poseemos y comprando ese tesoro escondido, la perlade valor incalculable: la intimidad con Dios.

 

        Debemos estar dispuestos al mayor de los sacrificios por nuestra salvación, y al que sea necesario en cada caso con tal de aproximarnos al Reino que nos ha sido prometido. Pero nos sentimos débiles. Tenemos la experiencia de esos defectos que corrompen lo humano. Pidamos, pues, la fortaleza necesaria para caminar sólo hacia Dios. No es preciso sentirse super-mujeres ni super-hombres, capaces de los mayores desprendimientos y entregas personales. Más bien –y esto sí que es necesario– se requiere el auxilio omnipotente de nuestro Dios, que jamás abandona a sus hijos.

 

        Quien entiende el reino que Cristo propone, advierte que vale la pena jugarse todo por conseguirlo: es la perla que el mercader adquiere a costa de vender lo que posee, es el tesoro hallado en el campo. El reino de los cielos es una conquista difícil: nadie está seguro de alcanzarlo, pero el clamor humilde del hombre arrepentido logra que se abran sus puertas de par en par. Uno de los ladrones que fueron crucificados con Jesús le suplica: Señor, acuérdate de mí cuando hayas llegado a tu reino. Y Jesús le respondió: en verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.

 

        Así se expresa san Josemaría. Clamemos, pues, llenos de confianza e ilusión, que nuestro Jesús tiene un deseo aún más ardiente que nosotros de vernos felices en la Gloria y, por eso, heroicos con su ayuda caminando en la tierra hacia el Reino.

 

        Nuestra Madre, Santa María, es ejemplo estimulante para todos, pues, es la más dichosa de todas las criaturas, por haberse abandonado en Dios con su Gracia.

Luis de Moya

 

La verdad del Hombre


Día 10 de Julio 2011

XV Domingo del Tiempo Ordinario Ciclo A

        Evangelio: Mt 13, 1-23 Aquel día salió Jesús de casa y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno a él una multitud tan grande, que tuvo que subir a sentarse en una barca, mientras toda la multitud permanecía en la playa. Y se puso a hablarles muchas cosas con parábolas:
—Salió el sembrador a sembrar. Y al echar la semilla, parte cayó junto al camino y vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra y brotó pronto por no ser hondo el suelo; pero al salir el sol, se agostó y se secó porque no tenía raíz. Otra parte cayó entre espinos; crecieron los espinos y la ahogaron. Otra, en cambio, cayó en buena tierra y comenzó a dar fruto, una parte el ciento, otra el sesenta y otra el treinta. El que tenga oídos, que oiga.
Los discípulos se acercaron a decirle:
—¿Por qué les hablas con parábolas?
Él les respondió:
—A vosotros se os ha concedido el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no se les ha concedido. Porque al que tiene se le dará y tendrá en abundancia; pero al que no tiene incluso lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo con parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. Y se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice:
Con el oído oiréis, pero no entenderéis;
con la vista miraréis, pero no veréis.
Porque se ha embotado el corazón
de este pueblo,
han hecho duros sus oídos,
y han cerrado sus ojos;
no sea que vean con los ojos,
y oigan con los oídos,
y entiendan con el corazón y se conviertan,
y yo los sane.
»Bienaventurados, en cambio, vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Porque en verdad os digo que muchos profetas y justos ansiaron ver lo que estáis viendo y no lo vieron, y oír lo que estáis oyendo y no lo oyeron.
»Escuchad, pues, vosotros la parábola del sembrador. A todo el que oye la palabra del Reino y no entiende, viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: esto es lo sembrado junto al camino. Lo sembrado sobre terreno pedregoso es el que oye la palabra, y al momento la recibe con alegría; pero no tiene en sí raíz, sino que es inconstante y, al venir una tribulación o persecución por causa de la palabra, enseguida tropieza y cae. Lo sembrado entre espinos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y queda estéril. Y lo sembrado en buena tierra es el que oye la palabra y la entiende, y fructifica y produce el ciento, o el sesenta, o el treinta.
La verdad del hombre

Parece retratarse con esta parábola a la perfección –actual hoy como nunca– la actitud de bastantes en nuestro tiempo. Eso de no captar lo que está ante los propios ojos, porque no se quiere contemplar ni reconocer; de no atender a lo que de continuo se escucha, porque no se quiere aceptar; de no conmoverse por lo que clama al cielo, porque sólo interesa lo propio por mucho que se diga lo contrario, es tan habitual, tan normal llegamos a decir, aunque tan corriente o tan frecuente sería más preciso, que llama poco la atención. Sin embargo, la realidad es indiscutible para cualquiera que la contemple sin prejuicios, para cualquiera que no quiera hacerse el loco.

        Las palabras de Isaías en modo alguno han perdido su vigencia con los siglos. Da la impresión de que todavía se nos puede incluir en ese “pueblo” que sin contemplaciones critica el profeta: se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y han cerrado sus ojos; no sea que vean con los ojos, y oigan con los oídos, y entiendan con el corazón y se conviertan. Porque la presencia de Dios y de la realidad sobrenatural en el mundo es hoy tan clamorosa como lo ha sido siempre; para quien no haya decidido negarla a toda costa, habría que aclarar. Únicamente la tozudez humana –han hecho duros sus oídos, y han cerrado sus ojos–, únicamente un empeño pertinaz por negar a Dios en todo caso, es lo que conduce al agnosticismo de nuestros días.

        Es, al fin y al cabo, volver a lo de siempre. Esa obstinación por constituirnos en señores autónomos, sin nadie a quien responder salvo a uno mismo, como si el propio yo fuera la instancia última del bien y del mal, no ha perdido su atractivo desde el primer pecado de hombre, por más que no tenga ni pies ni cabeza. ¿Acaso nos hemos otorgado alguno la existencia y determinado la estructura humana? Más bien parece que cierto día se abrió nuestra inteligencia –nuestros oídos y nuestros ojos– a un mundo predeterminado, para el que no se contó con nosotros en su formación. Luego nos enteramos de tantas cosas, porque éramos personas y no plantas o meros animales, pero tampoco para esto se nos pidió parecer. Nos enteramos de que había que llevar a cabo el bien y evitar el mal, pero en libertad. En libertad, sí, pero no sería indiferente lo que decidiéramos. Como no es indiferente –siguiéndolo la parábola– dejarse seducir por el poder o la riqueza, olvidando al prójimo mientras tanto. No da igual si tomo sin razón de lo que no es mío, si no me ocupo de unos padres mayores, si pierdo la oportunidad de un perfeccionamiento humano o profesional, etc.

        Tan sólo haciéndonos los ciegos y los sordos podríamos concluir que poco importa dar fruto o no, que la misma categoría tiene el diligente que el perezoso, el generoso que el egoísta. No obstante pretende imponerse, como criterio de moralidad, que lo correcto es llevar a cabo la propia voluntad, independiente, eso sí, de toda imposición. En absoluto se puede aducir, como condición de conducta recta, el mero no dañar a otros; aunque en un pretendido alarde de generosidad se exija esta condición del buen obrar. Bien evidente resulta que las conductas egoístas y aplaudidas porque son libres, por mucho que quiera ignorarse, desatienden las necesidades de otros hombres, en ocasiones urgentes. Como es bien claro que, perdiendo el tiempo en diversiones desmedidas, se despilfarra riqueza, energía, tiempo de servicio, que sería muy útil para otros menos afortunados. Es triste que tantas veces no queramos contemplar la realidad. Que la fuerza de la costumbre nos lleve como a vivir de espaldas a nosotros mismos: a la verdad total de nosotros mismos.

        No se puede dejar de descubrir a un hombre con miedo en el fondo del reconocimiento de esta realidad, incuestionable hoy como en los tiempos del profeta Isaías. Miedo al sufrimiento de la entrega, del olvido de sí; miedo a perder la hegemonía de la propia historia. Pero ese miedo se debe a un engaño, a una mentira también vieja como el mismo pecado: pensar que podemos ser dioses; que la condición de criatura es indigna del hombre, como si todas las desgracias fueran a venirnos como consecuencia de reconocer esa realidad.

        Más bien sucede lo contrario y bien claro está en la historia de nuestros días. De continuo registramos la evidencia del dolor individual y colectivo consecuencia del egoísmo humano que se ha dado en llamar liberación, poder hacer lo que quiero porque tengo poder para ello.

        La Madre de Dios ha sido y será la más feliz de la estirpe humana. Ojalá nos atrevamos a contemplar su vida y aprender.

Luis de Moya

La Ternura de Dios


Día 3 de Julio 2011

XIV Domingo del Tiempo Ordinario  Ciclo A


Evangelio: Mt 11, 25-30 En aquella ocasión Jesús declaró:
—Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo.
»Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera.

 

 

 

La ternura de Dios

El Señor había predicado por varias ciudades de Palestina. Su enseñanza era el Evangelio: la Buena Nueva de la salvación que Dios enviaba por Él al mundo. Este anuncio no tenía lugar sobre todo en las grandes ciudades o ante importantes personajes, como podría pensarse, por lo extraordinario del hecho. Por el contrario, como para significar la universalidad de la llamada, Jesucristo se dirige directamente al pueblo llano.

        No es que su enseñanza, que siempre tiene un carácter salvador, se dirija preferentemente a una clase social. Es para todos y así lo advierte. Insiste precisamente en que no dependerá, para entender el anuncio divino, de las cualidades particulares: ante la más importante de las verdades, ante la realidad más decisiva para el ser humano, todos los individuos se encuentran en iguales condiciones de aprender, puesto que la sabiduría necesaria no es un logro del propio individuo, ni depende de sus condiciones de inteligencia, de fortuna o familiares.

        La enseñanza del Señor es clara: Dios rebela lo profundo de sí mismo a quien quiere, y sólo los elegidos para esa revelación lo conocen propiamente. Son los pequeños quienes conocen a Dios, no los sabios según el mundo. También son estos mismos –los pequeños– los que entrarán en el Reino de los Cielos, según advierte asimismo el propio Cristo. Dios tiene para los hombres entrañas de Padre. Así venimos considerándolo de modo habitual siguiendo al Papa, que nos anima a meditar en la realidad de que Dios es Nuestro Padre, lleno de amor por sus hijos.

        Cuando el Santo Padre conduce a todo el Pueblo de Dios hacia una oración sencilla y sincera, pero siempre optimista, contemplando al Omnipotente –que se vuelca de continuo con sus hijos los hombres– a partir de los salmos, procuremos cada uno ser más agradecidos cada día. La gratitud con Dios es conclusión natural de esa oración contemplativa, y como su consecuencia necesaria. Luego, simultáneamente, pone Dios en nuestra alma un afán impaciente por todo lo que es de su agrado. El cristiano, consciente de serlo, quiere buscar de modo incesante un detalle y otro para complacer a su Dios. En modo alguno se conforma con la tranquilidad cómoda de saberse cristiano, dentro de la Iglesia de Cristo. Sería un bienestar casi pasivo por su parte, y el enamorado no es así.

        Así debemos sentirnos ante Dios: enamorados. Y entonces nos dirigiremos a Él como espera de nosotros: insistentemente. Es preciso orar siempre y no desfallecer, solía decir a las gentes. Y con sencillez, no como los escribas y fariseos: con largas oraciones. Con sencillez y sin parar hablan los niños pequeños con sus padres, y así quiere Dios que le tratemos. Es su voluntad concedernos sin tardanza lo que más nos conviene, como un padre bueno que conoce bien lo que es mejor para su hijo. Ojalá que deseemos lograr y pedir a Dios lo que es de su agrado, convencidos de que esa voluntad de Dios busca también nuestra felicidad.

        Es posible que en ocasiones nos parezca costoso o al menos no lo más atractivo complacer a Dios. Quizá pensemos que seríamos más felices libres de ese deber, con la sola ocupación de buscar nuestra complacencia. Si este pensamiento tomara cuerpo en nosotros deberíamos rechazarlo enérgicamente. Dios, nuestro Creador, sabe más del hombre –y de cada uno– que el propio hombre. Nos quiere mucho más de lo que podemos querernos a nosotros mismos. Y es Dios quien nos dice: Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga ligera. El remedio de nuestras fatigas está y estará siempre junto al Señor, no librándonos de Él, por fuerte que sea la sugerencia –tentación– de prescindir de sus mandatos. Por más que nos disguste, ese yugo –porque es suyo–, más que una carga es un descanso.

        Convendrá tener presente esta petición y enseñanza del Señor al plantearnos el trato con amigos y conocidos. Es razonable –y un deber que nos imponemos como cristianos– desear lo mejor para esas personas. Incluso si en algún caso vemos defectos en ellos, desearemos que mejoren para que sean felices y agraden a Dios, más que el mero librarnos de sus molestias. Por eso, encomendándolos al Señor, procuraremos que se exijan aunque les cueste: aunque deban salir de la comodidad, aunque necesariamente tengan que renunciar a una vida sin especiales compromisos con Dios, que les hace sentirse libres a su manera. Tendremos ciertamente la impresión de imponerles una cierta carga que les incomoda. No perdamos entonces la visión transcendente de la tarea apostólica, pues es necesario que cada uno llevemos por Cristo nuestra cruz. Sólo así lograremos, como dice Jesús, el verdadero descanso que deseamos para nuestras almas.

        Aprendamos de Santa María, Virgen Fiel. Nunca encontró motivos de queja porque quiso ser siempre la esclava del Señor.

 

Luis de Moya

 

Su vida divina en nosotros


Día 12de Junio  2011

Domingo de Pentecostés Ciclo A

Evangelio: Jn 20, 19-23 Al atardecer de aquel día, el siguiente al sábado, con las puertas del lugar donde se habían reunido los discípulos cerradas por miedo a los judíos, vino Jesús, se presentó en medio de ellos y les dijo:
        —La paz esté con vosotros.
        Y dicho esto les mostró las manos y el costado.
        Al ver al Señor, los discípulos se alegraron. Les repitió:
        La paz esté con vosotros. Como el Padre me envió, así os envío yo.
Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo:
        Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos.

Su vida divina en nosotros

La la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles no se narra en los evangelios sino en otro libro del nuevo testamento, “Los Hechos de los Apóstoles”, escrito por uno de los evangelistas, san Lucas. Aquel día se cumplió, como Jesús había prometido, el descenso del Paráclito, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, sobre los que estaban reunidos en aquel lugar. Yo rogaré al Padre –les había dicho– y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros siempre: el Espíritu de la verdad, al que el mundo no puede recibir porque no le ve ni le conoce.

        Como nos sucedería a cualquiera, si estuviéramos a punto de quedarnos sin quien más queremos en la vida, los apóstoles estaban tristes al oírle a Jesús decir que se marchaba. El ambiente de la última cena era especialmente íntimo; diríamos que Jesús se desahoga con los suyos. Les manifiesta abiertamente lo que lleva en su corazón en esas últimas horas antes de la pasión, aunque sin poder evitar el misterio para las inteligencias de ellos, todavía demasiado humanas, poco sobrenaturales. Y a la vez, sale al paso de la inquietud de los Apóstoles, de lo que en esos momentos les preocupa. Se acerca la hora del triunfo y, aunque no será como ellos se imaginan, va a cumplirse –y a la perfección– la tarea redentora que le llevó a encarnarse.

        Una vez consumada la misión del Hijo en favor del hombre, la presencia de Dios junto a nosotros –siempre necesaria para que podamos ser santos– tendrá lugar con la Tercera Persona, el Santificador: Os conviene que me vaya, les dijo, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros. En cambio, si yo me voy, os lo enviaré. El mismo Dios, en su Tercera Persona, es prometido por Jesucristo antes de su Pasión y de su Ascensión. Y de tal modo sería su venida y su presencia en el mundo que, por dura y misteriosa que les pareciera a los apóstoles la marcha del Señor, era muy conveniente y mejor para el hombre esa otra presencia divina en nosotros. Con admirable sencillez, les expone Jesús el plan divino para la santificación de la humanidad: Cuando venga el Paráclito que yo os enviaré de parte del Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre, Él dará testimonio de mí. También vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo. La presencia permanente de Dios Espíritu Santo en el cristiano se manifiesta en un testimonio continuo en él de Jesucristo; de modo que, por la acción del Paráclito, los hijos de Dios tenemos en la mente y en el corazón la vida y las enseñanzas de Jesús. Su doctrina es así una referencia constante para la propia conducta y un ideal de vida para la sociedad: el cristiano, consecuente con su condición, intenta de modo natural, a instancias del Espíritu, implantar con su vida por doquier el ideal del Evangelio.

        Os he hablado de todo esto estando con vosotros; pero el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todo y os recordará todas las cosas que os he dicho. Deseemos vivamente, por tanto, ese “singular” recuerdo –propiamente sobrenatural– de los sentimientos y afanes de Cristo en nuestro corazón. Se vive así, como Él quiere –como se sentía, por ejemplo, san Pablo–, una vida verdaderamente trascendente, porque ya no es sólo terrena, pues, sin abandonar este mundo, por la acción del Espíritu Santo, vivimos también la vida de Dios, somos otros Cristos, aseguraba el Apóstol. Y de tal manera es esto necesario, que si prescindiéramos de este nuevo modo de existencia en Jesucristo, seríamos –como personas– algo truncado, seres sin terminar, sin lograr la plenitud que propiamente nos corresponde: En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Igual que el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así, aquel que me come vivirá por mí.

        La Santa Misa, con la Comunión Eucarística, constituye la esencia y la raíz de la vida cristiana. Hasta el punto de que es en unión con el sacrificio de Cristo en la Cruz, renovado incruentamente cada día en nuestros altares, como tienen la debida relevancia sobrenatural cada uno de nuestros pensamientos, palabras y acciones. A esto nos lleva el Espíritu Santo. Esa vida que Jesús quiere para los suyos y que quiere presente en la sociedad para que sea vivificada desde dentro, es la que de Él brota para los hombres: de su Cruz y su Resurrección. Es la misma que anticipadamente dío a sus discípulos como comida y bebida “la noche en que iba a ser entregado”. El Paráclito, en efecto, impulsándonos suavemente a vivir como Cristo –propiamente en Cristo–, nos ha enseñado y nos invita a organizar nuestra existencia en torno a la Santa Misa. Así se vive la vida de Cristo y llega a ser una realidad la ofrenda de nosotros a Dios Padre en favor de los hombres.

        María, al pie de la Cruz, sigue encarnando el hágase en mí según tu palabra, que pronunció al saberse destina para Madre de Jesús. El Espíritu Santo vendrá sobre ti, le había anunciado Gabriel, y toda su existencia terrena fue un empeño por vivir según el deseo divino. ¡Ojalá que nosotros, dóciles al Paráclito, queramos imitarla!

 

Luis de Moya

 

 

 

 

 

Basta con una vida de fe


Día 5 VII Domingo de Pascua. La Ascensión del Señor

Evangelio: Mt 28, 16-20 Los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y en cuanto le vieron le adoraron; pero otros dudaron. Y Jesús se acercó y les dijo:
—Se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Basta con una vida de fe
San Mateo, que se extiende más que los otros evangelistas narrando otros momentos de la vida pública del Señor, incluso la infancia y los antecedentes del Mesías, es, sin embargo, muy escueto cuando se refiere a lo sucedido después de la Resurrección. Pero nos transmite, en todo caso, unas palabras decisivas de Jesús a sus Apóstoles, con las que hace herederos de su misión y su gracia a todos los pueblos que serán evangelizados. Haced discípulos a todos los pueblos, dice a los que le escuchaban. Con lo que les otorga el poder de llamar a otros para que sean también evangelizadores en su nombre. Y, Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. Afirmando así, de otro modo, su misteriosa presencia –su inhabitación– en cada discípulo, además de garantizar para siempre la eficacia de los que trabajen en su nombre.

El Evangelista inmediatamente antes de estas palabras, con las que concluye su Evangelio, reconoce la falta de fe de algunos de esos discípulos escogidos por el Señor. Incluso en el último momento, cuando podríamos pensar que la obra del Señor con ellos estaba ya cumplida, sus apóstoles se muestran inseguros como tantas veces. Es evidente que la Redención no podrá apoyarse sin más en hombres así.

Entre otras virtudes, Jesús pedía a sus discípulos fe. Era mucho lo que esperaba de ellos. Era considerable el cambio que debían dar al mundo de la época y, a prtir de ellos, la transformación que estaba por realizarse hasta el fin de los tiempos. Tanto esperaba de ellos y tan grande era el cambio anunciado que a cualquiera le parecía imposible. Pero Jesús es el Hijo de Dios y viene a establecer un modo divino de proceder en el mundo, totalmente nuevo, insólito hasta entonces. Pero lo que sería desproporcionado para la capacidad humana resulta normal para Dios. Es una afirmación constante del Evangelio: Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios. Así responde, por ejemplo, Jesús cuando sus discípulos ven todo dificultades en la conversión de la gente. Les argumenta el Maestro con ejemplos, animándoles a tener fe: Porque os digo que si tuviérais fe como un granito de mostaza, podríais decir a este monte: Trasládate de aquí allá, y se trasladaría, y nada os sería imposible.

La Redención del hombre es obra de Dios y, como tal, lleva su firma: la impronta de lo imposible para el hombre. Ya el arcángel Gabriel se lo recordó a María, que no podía comprender su concepción virginal. Le habló del prodigio que poco antes había obrado Dios con su prima Isabel: En su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que era llamada estéril, hoy cuenta ya el sexto mes, porque para Dios no hay nada imposible. Dijo entonces María: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Esta es la actitud de María que acoge en sí el poder de Dios, sintiéndose inmersa en un plan que le trasciende por ser divino, pero que, precisamente por ser de Dios, acoge.

El reconocimiento de la debilidad humana frente a la omnipotencia divina es el primer paso –diríamos– de la relación con nuestro Creador. Debilidad que, en el caso humano, no sólo se manifiesta en la limitación de poder, propia de toda criatura, sino sobre todo en la imperfección de la conducta, en la tendencia al pecado y en el propio pecado, que de diversos modos acompaña nuestras obras y toda la existencia humana.

El hombre, por tanto, no puede alcanzar la Redención apoyándose en sí mismo, en su perfección y menos todavía extender el Evangelio en el mundo. De intentarlo estaría pretendiendo lo imposible. Basta, sin embargo, la perfección y poder divinos para hacernos santos. Y esto incluso a pesar de nuestras imperfecciones; de la falta de fe, por ejemplo, que, como los demás pecados, Nuestro Padre Dios perdona con creces cuando nos arrepentimos y le pedimos perdón sinceramente. Por eso advierte también san Mateo que Jesús, como si no diera excesiva importancia a la debilidad humana, en este caso, apoyándose sólo en su propio querer, decide permanecer para siempre entre los hombres de este mundo. Así muestra más aún su amor y garantiza eficazmente la salvación de cuantos quieren ser suyos.

La enseñanza de Jesús nos lleva a hacernos como niños y por tanto muy conscientes de ser débiles y de necesitar ayuda. Recordamos que es un consejo del Señor. Más aún, una condición imprescindible si queremos entrar en el Reino de los Cielos. Conociendo nuestra inevitable pequeñez, nos apoyamos en su grandeza y, sintiéndonos fuertes entonces, a pesar de que sea muy notoria por otra parte es nuestra debilidad, no encontramos obstáculos insuperables en la tarea encomendada. Era el programa para la vida que sugería san Josemaría:

Amigo mío: si tienes deseos de ser grande, hazte pequeño.
Ser pequeño exige creer como creen los niños, amar como aman los niños, abandonarse como se abandonan los niños…, rezar como rezan los niños.

Ellos son por excelencia los que cuentan para todo con su padre. Por eso nos los pone Jesús como ejemplo.

Ejemplo es asimismo la Virgen María que es la más perfecta criatura y la más eficaz, porque hizo en Ella cosas grandes el Todopoderoso.

Luis de Moya

La auténtica vida nuestra


Día 29 de Mayo 2011
VI Domingo de Pascua Ciclo A

Evangelio: Jn 14, 15-21 Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros siempre: el Espíritu de la verdad, al que el mundo no puede recibir porque no le ve ni le conoce; vosotros le conocéis porque permanece a vuestro lado y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, yo volveré a vosotros. Todavía un poco más y el mundo ya no me verá, pero vosotros me veréis porque yo vivo y también vosotros viviréis. Ese día conoceréis que yo estoy en el Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre, y yo le amaré y yo mismo me manifestaré a él.

La auténtica vida nuestra
En este sexto domingo de Pascua nos ofrece la Liturgia otro pasaje del Evangelio de san Juan que se refiere nuevamente a la vida en Cristo a la que Dios nos destina. En la intimidad de la Ultima Cena Jesús manifiesta a sus discípulos el sentido profundo de su presencia entre los hombres: que podamos recibir el Espíritu Santo; que podamos, así, ser amados por Dios.

Recibir el amor de Dios es lo máximo. En ese amor están contenidos todos los tesoros que pueden ser pensados: aquello que satisface plenamente y sin cansancio nuestros apetitos, no solamente de modo genérico, en cuanto personas que somos, sino nuestros deseos y gustos individuales. Dios, que nos ha creado, conoce a la perfección lo que satisface a cada uno.

Es Dios quien toma la iniciativa, ya que, siendo criaturas, en modo alguno podíamos prever la grandeza de la vida en Él mismo a la que nos invita, gracias a su amor totalmente desinteresado. Reconocemos, pues, que con la misma libertad con que crea, llamando a la existencia a las demás criaturas, a los hombres los hace dignos de Sí: con capacidad para acoger su amor y para manifestarle amor.

¡Sólo las bestias no rezan!, afirmaba con fuerza san Josemaría. Quería referirse a que lo más propio del ser humano es su relación con Dios, consciente y libre: ese trato personal y espiritual, que solamente la criatura humana puede tener en este mundo con el Creador, y que llamamos oración. No rezar, por tanto, es quedarse –en cierta medida, al menos– al nivel de los irracionales, que no pueden rezar. Orar, por el contrario, por cuanto supone entrar en relación con el Ser más grandioso que existe y podemos pensar, es lo que objetivamente más nos dignifica. Lo que, por otra parte, nos puede proporcionar la máxima impresión de plenitud. Podemos afirmar, sin duda, que valemos tanto como vale nuestra oración.

En la misma raíz de tal dignidad humana está la libertad: característica decisiva del hombre, de la que no gozan los demás seres creados de este mundo. Haciéndonos libres –a su imagen y semejanza–, podemos lograr a Dios nosotros mismos, aunque necesariamente deba ser por su omnipotencia. Si me amáis…, dice. Porque Jesús quiere garantizar nuestra libertad y condiciona la acción divina sobre el hombre –siempre amorosa y enriquecedora– al consentimiento humano. Pero ese amor a Dios, que debe concretarse en las obras que espera de nosotros –los mandamientos–, es el comienzo de la vida divina para la que fuimos creados. Este modo de existir totalmente distinto, sobrenatural, no puede ser sino por un nuevo don –la Gracia o participación en su naturaleza divina– que enriquece más nuestra naturaleza humana, ya de suyo superior al resto de la creación corpórea.

El Espíritu, en efecto, es la gran Novedad de Dios para el hombre. Es la tercera de las personas divinas, enviado por el Padre y el Hijo, que nos hace vivir en Dios; lo cual supone tal fortuna que somos incapaces de valorar adecuadamente. Sin embargo, ocupados como estamos en tantas cosas –a veces, demasiado ocupados, e incluso absortos por lo material de cada día–, esa vida en Dios para la que fuimos creados, la única que propiamente nos corresponde y que da razón de nuestra dignidad, nos puede parecer poco importante. Sería algo –podríamos pensar– de lo que ocuparse cuando lo demás, lo propiamente decisivo, por así decir, estuviera resuelto.

No queramos caer en la trampa que, como a un animal más, nos tienden los bienes sensibles, por su atractivo o con su urgencia. Así se nos antoja lo que apetece, el progreso, el descanso, la comodidad… Pero gracias a la inteligencia, podemos descubrir el engaño que esconde de suyo la satisfacción sin medida de los apetitos, cuando no se moderan por la decisión de buscar a Dios en todo. Ese modo de actuar, supondría utilizar egoístamente lo que nos ha concedido Dios para nuestro verdadero fin, para amarle. Sería ponernos a nosotros mismos en lugar a de Dios como fin de la vida. Nos interesa, por consiguiente, estar prevenidos, desconfiar de nuestras tendencias –no por ser nuestras son siempre buenas–, que incitan a conducir la vida humana al margen de Dios: por caminos que, aunque los transitemos libremente y sean apetecibles, no concluyen en nuestra genuina e inigualable plenitud. El hombre no es como un pez, que no sabe descubrir en la carnaza que le atrae el engaño mortal. Tenemos capacidad para descubrir que sólo es Dios el Bien que nos dignifica.

El paso del tiempo y las diversas experiencias en la vida de los hombres nos han enseñado además que, hasta por razones de bienestar y eficacia, nos conviene acatar la ley de Dios. De lo contrario, nos tocará casi siempre reconocer, y bastante pronto, que la felicidad de lo meramente fácil o atrayente era sólo una apariencia de felicidad o cosa de pocos momentos. Contamos, en cambio con el ejemplo estimulante de nuestra Madre, verdaderamente feliz por Dios, siendo su esclava.

Luis de Moya

Nuestra vida en Cristo


Día 22 de mayo 2011
V Domingo de Pascua ciclo a

Evangelio: Jn 14, 1-12: No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. De lo contrario, ¿os hubiera dicho que voy a prepararos un lugar? Cuando me haya marchado y os haya preparado un lugar, de nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.
Tomás le dijo:
—Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos saber el camino?
—Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida –le respondió Jesús–; nadie va al Padre si no es a través de mí. Si me habéis conocido a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora le conocéis y le habéis visto.
Felipe le dijo:
—Señor, muéstranos al Padre y nos basta.
—Felipe –le contestó Jesús–, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las palabras que yo os digo no las hablo por mí mismo. El Padre, que está en mí, realiza sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí; y si no, creed por las obras mismas. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y las hará mayores que éstas porque yo voy al Padre.

Nuestra vida en Cristo
Nos presenta la Iglesia en este domingo quinto de Pascua un pasaje evangélico muy propio del tiempo litúrgico que celebramos, por cuanto nos hace considerar la vida en Cristo a la que somos llamados. Esa concisa expresión del Señor: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, lo confirma. Asegura Jesucristo que para nosotros, los hombres, Él es Camino único de nuestra existencia, Verdad inequívoca para todo criterio y Vida plena de felicidad consumada.

Por sorprendente que nos parezca, Nuestro Dios nos otorga vivir su misma Vida, no ya imitar humanamente el comportamiento de Jesús de Nazaret, llevando así una conducta intachable desde el punto de vista terreno, sino mucho más. Podemos afirmar, incluso, que esta declaración de Jesucristo condensa todo su Evangelio: siendo hombres, Dios nos ha destinado a su Vida. Y esta vida divina en el hombre puede ser ya una realidad en cada uno, si vivimos vida sacramental por la Gracia.

Que Cristo es la Verdad podemos entenderlo de diversos modos. Entre ellos consideramos ahora que el Señor nos muestra nuestra verdad; es decir, cual es en verdad nuestra condición, lo que Dios ha establecido en el hombre por la creación y la posterior elevación por Cristo al orden sobrenatural: nuestra condición de hijos de Dios.

Jesucristo es el Camino puesto que a través de Él y sólo por Él alcanzamos la salvación. No solamente con su ayuda. No sólo imitando su conducta. Es preciso, de hecho, desarrollar personalmente en nosotos la misma vida de Cristo, con sus afanes y objetivos, con una oración y un sacrificio según nos quiso dar ejemplo, siendo otros cristos, según la expresión paulina.

La Redención, que celebramos de modo especial en Pascua, supone para el hombre, siendo criatura, la posibilidad de vivir la vida misma de su Creador. Así queda expresado, entre otras, por las palabras del Señor: Soy la Vida, Soy el Camino. El Señor es Vida y Camino nuestro y además nuestra Verdad. Muestra en su ser, en efecto, la realidad a la que somos llamados, nuestro destino por creación, lo que Dios espera: os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros, declaró a los Apóstoles. El Señor mismo manifiesta claramente, por otra parte, su unión con el Padre: Yo estoy en el Padre y el Padre en mí. De ello se deduce nuestra vida en Dios cuando cumplimos su voluntad y, por tanto, que nuestras obras puedan ser sobrenaturales: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y las hará mayores.

El Creador, en efecto, quiere a su criatura humana con tal amor que no podemos comprenderlo. Lo reconocemos, sin embargo, y hacemos lo posible por agradecerlo y corresponder, aunque somos conscientes de que siempre nos quedaremos muy cortos. Y es que tanto amó Dios al mundo –al hombre–, que entregó a su Unigénito para que pudiéramos vivir de su Vida. Pero deseemos entregar amor por Amor. Como niños, hijos del mejor Padre, le manifestamos con sencillez que no sabemos…, que no podemos sólo con nuestras fuerzas y le pedimos… Y recordamos, entonces, al Apóstol de las gentes; que, reconociendo su debilidad, sin embargo, proclamaba optimista: ¡Todo lo puedo en Aquel que me conforta!

¿Sentimos esa fortaleza? ¿Sentimos esa confianza y seguridad en Nuestro Padre Dios? Porque podemos vivir más de acuerdo con esta condición nuestra, entre otros modos, fomentando nuestra filiación divina. Si se consolida firmemente en cada uno la verdad de que somos hijos de Dios por el bautismo, miraremos a los demás quizá con otros ojos. A los buenos…, y a los que no lo son tanto, los contemplaremos desde la óptica de Nuestro Padre Dios; o, lo que es igual, con los ojos del padre del hijo pródigo: ojos paternales y apostólicos, que quieren el bien del otro y se gozan al conceder el perdón y al ver progresar todavía en la perfección lograda.

Por eso el Papa Juan Pablo II, en la bula de convocación del Jubileo del año 2000, exhortaba: que en este año jubilar nadie quiera excluirse del abrazo del Padre. Que nadie se comporte como el hermano mayor de la parábola evangélica, que se niega a entrar en casa para hacer fiesta (cfr. Lc 15, 25-30). Que la alegría del perdón sea más grande y profunda que cualquier resentimiento. Que, siendo hijos –podemos proclamar cada uno de palabra y con la vida–, queramos sintonizar apasionadamente con el Padre de la parábola evangélica. Él desea tanto la vuelta al hogar del menor como la fiesta y la alegría también gozosa del que permaneció siempre a su lado.

Este Camino, esta Verdad y esta Vida, ha querido nuestro Dios que sean con su Madre y que sea también Madre nuestra.

Luis de Moya

Responsables de los demás


Día 15 IV Domingo de Pascua

Evangelio: Jn 10, 1-10 En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es un ladrón y un salteador. Pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero y las ovejas atienden a su voz, llama a sus propias ovejas por su nombre y las conduce fuera. Cuando las ha sacado todas, va delante de ellas y las ovejas le siguen porque conocen su voz. Pero a un extraño no le seguirán, sino que huirán de él porque no conocen la voz de los extraños.
Jesús les propuso esta comparación, pero ellos no entendieron qué era lo que les decía.
Entonces volvió a decir Jesús:
—En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos cuantos han venido antes que yo son ladrones y salteadores, pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta; si alguno entra a través de mí, se salvará; y entrará y saldrá y encontrará pastos. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.

Responsables de los demás
Algo más que no ofender a Dios, que atenerse a un estricto cumplimiento de sus mandamientos, es descubrir su amor paternal y vivir con el deseo de corresponder a tan generoso e inmerecido desvelo. Así actúa también el pastor, que tiene en cuenta en primer lugar el bien de sus ovejas: se fija en lo peculiar de cada una de ellas y se diría que su vida es el mayor bien y contento de cada oveja.

Es el pastor que va delante de las ovejas, vigilante ante las alimañas que pueden atacar la grey; preocupado de las más débiles, de las heridas; atento a la calidad del pasto que les ofrece… Es el pastor, que más bien se asemeja al buen padre, preocupado ante todo por el bien de cada hijo, que goza por tenerlos en casa rebosantes de salud y felices; salud y alegría que él mismo les ha conseguido con sus cuidados paternales.

Una doble consecuencia podemos extrae al menos de la enseñanza del Señor que nos ofrece para hoy la Iglesia. Ante todo, que Jesucristo, Señor Nuestro, se comporta como Pastor bueno. Nos ofrece siempre lo más conveniente para la salvación y alegría nuestra. Además, conociéndonos desde toda la eternidad, sabe bien en qué consisten los defectos más comunes y nuestras particulares tendencias delictuosas. Para cada uno prevé Dios las circunstancias que más le convienen para su santidad, pues ser santos es nuestro destino como personas y lo único importante en nuestra vida, aunque quizá con frecuencia no lo entendamos así.

Pedid y se os dará, nos tiene dicho. Para que acudamos confiadamente a su generosidad, buscando aquello que necesitamos para agradarle. Y así se manifiesta que quiere ser para cada uno, en toda circunstancia, un buen Pastor, un Padre misericordioso y comprensivo, que no tiene en cuenta tanto la calidad o el número de los pecados, como la sinceridad del arrepentimiento; que, por otra parte, Él mismo fomenta en nuestro corazón si se lo pedimos. Vale la pena, por tanto, invocar a Nuestro Dios, que hasta nos consuela internamente cuando notamos la frialdad, la indiferencia para amarle en que nos dejan nuestros pecados.

Petición de perdón, de ayuda, acciones de gracias y actos de adoración se entremezclan en el corazón del hijo de Dios. Deseamos, deseemos… que sean una permanente oración a Nuestro Padre del Cielo, que nos ama como no imaginamos. Nos ama y es nuestro ejemplo en Cristo, y nos concede el honor de proceder con los demás, nuestros iguales, como Él hace con nosotros. El cristiano –consciente–, responsable de su condición ante Dios, es oveja y también pastor. En esto consiste la segunda lección que la Iglesia nos ofrece en todo momento, pero muy concretamente en este día.

Agradecidos, por tanto, de que Dios ya nos considera mayores de edad, al apoyarse en cada uno para la extensión de su Reino, procuraremos concretar qué vamos a hacer para no defraudar esta confianza divina. Pediremos luz: Domine ut videam!, ¡Señor que vea!; te pido, como el ciego del Evangelio al que curaste, porque, a veces, noto que debo hacer algo a mi alrededor, mucho… y no me decido a concretar… Y van pasando los días…, y las semanas… Señor que vea lo que esperas de mí, y de quienes, junto a mí, están en tu presencia. Que, conscientes de ello, sepamos amarte, rectificando lo que sea necesario y como esperas la conducta cotidiana, siempre en beneficio de la santidad de los demás. Sentiremos, así, el honor de actuar a lo divino, ya que nos elevas hasta ser otros cristos, por Jesucristo Nuestro Señor.

¡Gozosa responsabilidad!, que compartimos con la Madre de Dios, Madre nuestra. También con nosotros cuenta Dios para cosas grandes: para volver humildemente a su lado tras cada rebeldía, tras cada debilidad y para permanecer junto a Él, haciendo también, como Él, de padre de muchos que no le conocen o viven como si no le conocieran. Con amor de Padre contempla nuestros afanes por servirle acercándole a otras almas, a la vez que quiere nuestro gozo de vernos útiles por trabajar en su Reino, y el gozo de tantos que se le acercan por nuestra fidelidad.

Seguramente, en estos días de Pascua, procuramos alegrar a nuestra Madre con el recuerdo de la Resurrección triunfal de su divino Hijo. A todos los hombres, sus hijos pequeños, nos llama Dios a participar de esa misma Resurrección y de su vida inmortal para siempre. ¡Ayúdanos, Madre nuestra, para que sepamos alegrarte como buenos hijos!

Luis de Moya