¿De donde viene la palabra hostia? ¿que otros nombres recibe en el mundo?


Al pan destinado a la consagración eucarística se le llama comúnmente hostia, y aunque este término puede asimismo ser aplicado al pan y vino del Sacrificio, se reserva más especialmente para el pan.

La palabra posiblemente provenga de hostis, enemigo: “Hostibus a domitis hostia nomen habet”, porque los antiguos ofrecían a sus enemigos vencidos como víctimas a los dioses. Sin embargo, es posible que hostia se derive de hostire, golpear. En Occidente el término se generalizó principalmente debido al uso hecho de él en la Vulgata y en la liturgia (Rom. 12,1; Flp. 4,18; Ef. 5,2; Heb. 10,12; Mabillon, “Liturg. Gall. vetus”, págs. 235, 237, 257; “Missale Mozarab.”, ed. Leslie, p. 39; “Missale Gothicum”, p. 253). Se le aplicó a Cristo, la Víctima Inmolada, y a modo de anticipación, al pan todavía sin consagrar destinado a convertirse en el Cuerpo de Cristo. En la Edad Media también se le conocía como “hoiste”, “oiste”, “oite”.

Con el tiempo, la palabra adquiere su significación especial verdadera; debido a su uso litúrgico general ya no transmite la idea original de víctima. A la hostia se le dieron muchos otros nombres, por ejemplo: ”bucelae”, “circuli”, “coronae”, “crustulae farraceae”, “denaria”, “fermentum”, “formatae”, “formulae”; “panes altaris”, “eucharistici”, “divini”, “dominici”, “mysteriorum”, “nummularii”, “orbiculares”, “reticularii”, “sancti”, “sanctorum”, “tessellati”, “vitae”; “nummi”, “particulae”, “placentae”, “placentulae orbiculares”, “portiones”, “rotuael”, “sensibilia”, etc.

Los griegos llaman a la hostia artos (pan), dora (dones), — merdia (partículas) y prosphora. (oblaciones). Luego de la consagración las partículas toman el nombre de margaritai (perlas). Antes de su consagración los coptos la llaman “baraco”; los sirios “paristo” (pan), “burschan” (primicias) y “kourbano” (oblación); los nestorianos, “xatha” (primogénito) o “agnus” (cordero), y los mingrelianos “sabisquiri”. Después de la consagración los coptos llaman a la hostia “corban” (oblación); los jacobitas, “tabho” (sellos); los sirios, “gamouro” (carbones encendidos), y, por anticipación, estos nombres se aplican a veces al plan incluso antes de su consagración.

 

Del grupo aprendiendo de Liturgia 

La Eucaristía: Misterio de la fe


Autor: Guillermo Juan Morado | Fuente: Catholic.net
La Eucaristía: Misterio de la fe
“¡Éste es el Sacramento de nuestra fe!”, el Misterio que nos inunda de sentimientos de gran asombro y gratitud.
La Eucaristía: Misterio de la fe

En la celebración de la Santa Misa, justo después de la consagración, el sacerdote dice: “Mysterium fidei” (“Éste es el sacramento de nuestra fe”), a lo que el pueblo responde: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven Señor Jesús!”.

El Papa Juan Pablo II evoca estas palabras, en el primer capítulo de la encíclica “Ecclesia de Eucharistia”, para recordar algunos aspectos fundamentales del Sacramento. La Eucaristía es memorial del sacrificio pascual del Señor; presencia viva y sustancial de Cristo en medio de nosotros; verdadero banquete de comunión; anticipación del Paraíso, que impulsa a transformar la propia vida, el mundo y la historia.

El Sacramento eucarístico es algo más que un encuentro fraterno. Es el mismo sacrificio de la Cruz que se perpetúa por los siglos. En la Cruz el Señor se ofreció a sí mismo al Padre en favor de todos los hombres. Este sacrificio, esta autodonación plena en la que resplandece el amor más grande, se hace presente en la Eucaristía.

La Santa Misa es “memorial” actualizador del único Sacrificio de la Cruz. La celebración de la Eucaristía nos hace contemporáneos del Calvario, para que Cristo una a su propia ofrenda sacrificial la ofrenda de nuestras vidas. La Iglesia contempla asombrada este “Misterio de la fe”, “Misterio grande”, “Misterio de Misericordia”, que constituye el don mayor que el Señor nos ha dado: el don de sí mismo, de su cuerpo entregado y de su sangre derramada. ¡Sacrifico de la Pascua de Cristo, el Cordero Inmolado, que muriendo destruyó la muerte y resucitando restauró la vida!

El sacramento del sacrificio de Cristo implica una presencia muy especial: la presencia real y sustancial del Señor bajo las especies del pan y del vino. Por la consagración, el pan deja de ser pan y se convierte en Cuerpo de Cristo y el vino deja de ser vino y se convierte en la Sangre de Cristo. Esta conversión es llamada muy propiamente por la Iglesia “transustanciación”. El Papa recoge las palabras de Santo Tomás de Aquino, para afirmar desde la fe: “Te adoro con devoción, Dios escondido”.

El sacrificio eucarístico se orienta a la comunión, a la íntima unión de los fieles con Cristo mediante la recepción de su Cuerpo y su Sangre. Por eso la Eucaristía es, inseparablemente, memorial de la Cruz y sagrado banquete de comunión, en el que Cristo mismo se ofrece como alimento y nos comunica su Espíritu.

La celebración eucarística tiene una proyección escatológica; es anticipación de la meta a la que tendemos, una pregustación de la gloria: “La Eucaristía es verdaderamente – escribe el Santo Padre – un resquicio del cielo que se abre sobre la tierra. Es un rayo de gloria de la Jerusalén celestial, que penetra en las nubes de nuestra historia y proyecta luz sobre nuestro camino” (Ecclesia de Eucharistia, 19). Por eso, la Santa Misa se celebra siempre en comunión con la Bienaventurada siempre Virgen María, con los ángeles y los arcángeles, y con todos los santos, pues en la Eucaristía se une la liturgia de la tierra a la liturgia del cielo.

Del anuncio de la muerte y de la resurrección de Cristo, en la espera de su retorno glorioso; es decir, de la Eucaristía, recibimos la fuerza para transformar nuestras vidas y para transformar el mundo y la historia, a fin de que sean conformes al designio de Dios.

“¡Éste es el Sacramento de nuestra fe!”, el Misterio que nos inunda de sentimientos de gran asombro y gratitud. “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡ven Señor Jesús!”.

Consulta la Encíclica Ecclesia de Eucharistia , S.S. Juan Pablo II 

La misa. El sacrificio del Altar


Autor: P. Angel Peña O.A.R. | Fuente: Catholic.net
La misa. El sacrificio del Altar
Jesús baja a la tierra, obedeciendo las palabras de un humilde sacerdote. Y lo mismo sucede en las grandes catedrales como en las humildes Iglesias.
La misa. El sacrificio del Altar

“La misa es el acto más sagrado. No se puede hacer otra cosa mejor para glorificar a Dios ni para mayor provecho del alma, que asistir a la misa tan a menudo como sea posible” (S. Pedro Eymard).

“Sin la santa misa ¿qué sería de nosotros? Todos aquí abajo pereceríamos, ya que únicamente eso puede detener el brazo de Dios. Sin ella, ciertamente, la Iglesia no duraría y el mundo estaría perdido y sin remedio” (Sta. Teresa de Jesús).

“Yo creo que, si no existiera la misa, el mundo ya se hubiera hundido en el abismo, por el peso de su iniquidad. La misa es el soporte que lo sostiene” (S. Leonardo de Pto Mauricio). “Sería más fácil que el mundo sobreviviera sin el sol que sin la misa” (P. Pío de Pietrelcina).

¡Vale tanto la misa! Un santo obispo decía: “!Qué gozo siente mi alma al celebrar la misa! Por muy ofendido, despreciado, blasfemado e injustamente, tratado que sea Dios de parte de muchos hombres… tengo la dicha de dar a Dios infinitamente más gloria que ofensas puede recibir de los pecados de los hombres. ¿Nos explicamos ahora, por qué no se ha roto en mil pedazos al golpe de la ira divina esta tierra pecadora? ¿Nos explicamos por qué hay sol en los días y luna en las noches y lluvias en el tiempo oportuno y comunicación de Dios con los hijos de los hombres? HAY MISAS EN LA TIERRA en todos los minutos del día y de la noche se está repitiendo a lo largo del mundo: Por Cristo, con El y en El… todo honor y toda gloria”. (Beato Manuel González).

“Si supiéramos el valor de una misa, nos esforzaríamos más por asistir a ella” (Cura de Ars). “Uno obtiene más mérito asistiendo a un misa con devoción que, repartiendo todos sus bienes a los pobres viajando por todo el mundo en peregrinación” (S. Bernardo).

(…)

Así piensan los santos ¿y tú? ¿Crees todo esto? La misa es la Suma de la Encamación y de la Redención. Es el acto más grande, más sublime y más santo que se celebra todos los días en la tierra. La mis es el acto que mayor gloria y honor puede dar a Dios. Todos los actos di amor de todos los hombres que han existido, existen y existirán, no sonada en su comparación. Porque la misa es la misa de Jesús y, según Sto. Tomás de Aquino, vale tanto como la muerte de Jesús en el CaIvario, ya que la misa es la renovación y actualización del sacrificio de la cruz. “Es el memorial de la muerte y resurrección de Jesús” (Vat II, SL 47). Memorial es hacer vivo y real ahora entre nosotros, un acontecimiento salvífico que tuvo lugar en tiempos pasados.

Supongamos que hubieran tenido estudios de cine y TV en aquellos tiempos de Jesús y hubieran filmado su pasión, muerte y resurrección. ¡Qué emoción sería para nosotros ahora poder contemplar con nuestros ojos lo que sucedió hace dos mil años y poder ver a Jesús resucitado! Pues bien, la misa es algo más que una película, por muy bonita que sea, es un memorial, es decir, es la misma realidad actual y palpitante, aunque expresada de otra manera, de modo sacramental, sin derramamiento de sangre. Por eso, decimos también que la misa es el memorial de la Pascua de Cristo, el memorial de la Redención o de su Pasión, muerte y resurrección. En una palabra, diríamos que es el memorial de su infinito amor, pues en cada misa el amor infinito y eterno de Jesús se hace palpable y se sigue ofreciendo por nuestra salvación. Este amor de Jesús se hace presente al entregarse a cada uno en la comunión y al encarnarse de nuevo entre nosotros, como en una nueva Navidad, en el momento de la consagración.

La consagración es el corazón de la misa, sin ella no habría adoración ni sagrarios ni comunión. Por eso, cuando en otros tiempos no se acostumbraba a comulgar todos los días, los fieles estaban bien atentos y miraban a la hostia en la elevación, con deseos de comulgar, para hacer así una comunión espiritual.

Cuando tú asistas a la misa, procura estar atento a este momento cumbre del gran prodigio de amor. Toda la misa converge en este momento sublime, en que todo un Dios se acerca a nosotros como en una nueva Navidad. Para este momento supremo viven todos los sacerdotes, para esto se celebra la misa. Sin la consagración, la misa no sería misa. Vive conscientemente este gran acontecimiento y agradece a Dios por este gran milagro que sucede cada día. Piensa en lo que sucede: unas breves palabras pronunciadas sobre la hostia y, en el mismo instante, esta hostia viene a contener un tesoro mayor que todos los tesoros de la tierra.

(…)

Jesús baja a la tierra, obedeciendo las palabras de un humilde sacerdote. Y lo mismo sucede esto en las grandes catedrales de los países ricos como en las humildes casitas de esteras de los pobres de África o de América Latina.

(…) No dudemos, digamos como Sto. Tomás: “Señor mío y Dios mío”. Y procuremos, en esos momentos, estar de rodillas ante nuestro Dios. No seamos meros espectadores, indiferentes a lo que se celebra ¿Acaso estamos de pie para que no se manche nuestra ropa? Alguien ha dicho que nunca es el hombre más grande que cuando está de rodillas. No te avergüences de estar de rodillas ante tu Dios.

Sta. Margarita María de Alacoque cuenta en su Autobiografía que su ángel de la guarda: “no soportaba la menor falta de modestia o de respeto ante Jesús sacramentado, delante del cual lo veía postrado en tierra y deseaba que yo hiciese lo mismo”. Y tú ¿le negarás el respeto y amor que se merece? ¿Le negarás hospedaje en tu corazón? ¿Le negarás obediencia a su deseo de que vengas a la misa los domingos?

La misa ha sido siempre la devoción de los santos por excelencia. Nuestra Madre María nos decía en Medjugorje el 25-4-88: “Haced que la misa sea parte esencial de vuestras vidas”. Por eso, no digas que no tienes tiempo. Cuando le decían esto a S. José de Cotolengo, El respondía: “malos manejos, mala economía del tiempo”. Tú, asiste a la misa para unirte a Jesús y alegrarte en la celebración de los grandes misterios de la humanidad, y para orar por tus familiares vivos y difuntos. A este respecto, decía S. Alfonso María de Ligorio que la misa “es el más poderoso sufragio para las almas del Purgatorio”. Ya desde los primeros tiempos del cristianismo se celebraban misas por los difuntos. Tertuljano, en el siglo II, nos habla de la costumbre de celebrar la misa en el aniversario de la muerte. Ahora, existe la buena costumbre, en algunos lugares de la misa a los ocho días, al mes y al año. Orar por nuestros familiares difuntos es una obligación, no sólo de caridad, sino también de justicia. Debemos ayudarlos, pues según Sta. Catalina de Génova, llamada la doctora del purgatorio, allí se sufre mucho más de lo que podemos sufrir en este mundo.

S. Agustín, en varias de sus obras, nos habla de esta costumbre antigua en la Iglesia y afirma que su madre Sta. Mónica, antes de morir, le manifestó el deseo de que se acordara de ella en la santa misa (Cf Conf IX,36). Porque “es bueno y piadoso orar por los difuntos… para que sean liberados del pecado” (2 Mac 12,46). Y la mejor oración es la santa misa Por eso, ofrécele el regalo de la misa y comunión, donde renovarás tu amistad con El.

Jesús, Tú eres mi amigo más querido, el Amado de mi alma, lo más grande de mi vida. Gracias Jesús, por tu amistad y por la misa de cada día.

Fragmento del Libro Jesús Eucaristía, el Amigo que siempre te espera

Eucaristía Don de Dios a la Iglesia


Autor: P. Angel Peña O.A.R. | Fuente: Catholic.net
Eucaristía, don de Dios a la Iglesia
Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo.
Eucaristía, don de Dios a la Iglesia

Juan Pablo II decía que “la Eucaristía es el más grande don que Cristo ha ofrecido y ofrece permanentemente a la Iglesia” (3 1-10-82). Es el “tesoro más precioso” (MF 1). En la celebración eucarística, “por la consagración del pan y del vino, se opera el cambio de toda la sustancia del pan en la sustancia del Cuerpo de Cristo Nuestro Señor y de toda la sustancia de vino en la sustancia de su Sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transustanciación” (Cat 1376). De ahí que, en la Eucaristía, bajo las apariencias de pan y vino se hace presente una nueva realidad: Jesús, vivo y resucitado. “Esto quiere decir que, después de la consagración, no queda ya nada del pan y del vino, sino solas las especies; bajo las cuales esta presente, todo e íntegro, Cristo en su realidad física, aun corporalmente presente, aunque no del mismo modo como están los cuerpos en un lugar” (MF 5).

“La Iglesia enseña y confiesa claramente y sin rodeos que en el venerable sacramento de la santa Eucaristía, después de la consagración del pan y del vino, se contiene verdadera, real y sustancialmente Nuestro Señor Jesucristo, bajo la apariencia de esas cosas sensibles” (Trento, Denz 1636). En este sacramento está “Cristo mismo, vivo y glorioso.., con su Cuerpo, sangre, alma y divinidad” (Cat 1413). Esta presencia real de Cristo en la Eucaristía “se llama real, no por exclusión, como si las otras presencias no fueran reales, sino por antonomasia, ya que es sustancial, pues por ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y hombre, entero e íntegro” (MF 5). Y está presente “no de una manera transitoria, sino que permanece en las hostias, que se conservan después de la consagración, como pan bajado del cielo, absolutamente digno, bajo el velo del sacramento, de honores divinos y de adoración” (Pablo VI en Burdeos 12-4-66).

Por eso, el sagrario, donde está Jesús, “debe estar colocado en un lugar particularmente digno de la Iglesia y debe estar construido de tal forma que subraye y manifieste la verdad de la presencia real de Cristo en el santo sacramento” (Cat 1379).

“La Eucaristía es la fuente y cima de toda la vida cristiana… La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir Cristo mismo” (Cat 1324). Por eso, “para que la Iglesia pueda desarrollarse, es preciso poner de relieve el carácter central de la Eucaristía, en virtud de la cual y alrededor de la cual, la comunidad se forma, vive y llega a su madurez” (carta aprobada por Juan Pablo II 1-10-89). Según el ritual de la Eucaristía fuera de la misa: “La celebración de la Eucaristía es el centro de toda la vida cristiana y el manantial y la meta del culto que se brinda a Dios” (N° 1 y 2).

“La Eucaristía es el centro de la comunidad parroquial. Permaneciendo en silencio ante el Santísimo Sacramento es a Cristo, total y realmente presente, a quien encontramos, a quien adoramos y con quien estamos en relación. La fe y el amor nos llevan a reconocerlo bajo las especies de pan y de vino al Señor Jesús… Es importante conversar con Cristo. El misterio eucarístico es la fuente, el centro y la cumbre de la actividad espiritual de la Iglesia. Por eso, exhorto a todos a visitar regularmente a Cristo presente en el Santísimo Sacramento del altar pues todos estamos llamados a permanecer de manera continua en su presencia. La Eucaristía está en el centro de la vida cristiana… Recomiendo a los sacerdotes, religiosos y religiosas, al igual que a los laicos, que prosigan e intensifiquen sus esfuerzos para enseñar a las generaciones jóvenes el sentido y el valor de la adoración y el amor a Cristo Eucaristía” (Juan Pablo II, 28-5-96).

La Eucaristía debe ser también el centro, especialmente, de cada casa de religiosos. Dice el canon 608: “Cada casa ha de tener al menos un oratorio, en el que se celebre y esté reservada la Eucaristía y sea verdaderamente el centro de la Comunidad”. “Y en la medida de lo posible, sus miembros participarán cada día en el sacrificio eucarístico, recibirán el Cuerpo Santísimo de Cristo y adorarán al Señor presenté en este sacramenta” (Canon 663). La Eucaristía es la perla preciosa, el tesoro escondido de que habla el Evangelio.

¿Que más podemos decir, si tenemos entre nosotros tan cerquita al propio Dios en persona, al mismo Jesús de Nazaret? Por eso, en la plegaria N° 1 de la misa, pedimos que “cuantos recibimos el cuerpo y la sangre de tu Hijo, seamos colmados de gracia y bendición”.

Hagamos de nuestra vida, una vida eucarística, es decir, agradecida, pues Eucaristía significa acción de gracias. Allí está Jesús, irradiando rayos luminosos de amor, que, aunque invisibles, no por ella son menos reales y eficaces.

La Eucaristía no es un trozo del árbol de la cruz, donde clavaron a Jesús, sino Cristo mismo. No son sus escritos personales, sino su misma persona, no es su fotografía o su imagen, sino El mismo, vivo y resucitado con su corazón palpitante. En la Eucaristía no tenemos sólo el recuerdo, las ropas o la corona de espinas, sino su propio Corazón traspasado, su propia cabeza, su propio cuerpo. Es Jesús, nuestro amigo y Salvador.

Por eso, la Eucaristía es el punto de apoyo que mueve el mundo, como diría Arquímedes. Y nosotros necesitamos de este punto de apoyo para mover nuestras almas a la santidad. La Eucaristía es el centro de energía espiritual del catolicismo, es como una central eléctrica o atómica del espíritu. ¿Por qué no aprovechar tanta energía que tenemos a disposición? Decía un hermano separado: yo no creo en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, pero, si creyera, me pasaría la vida de rodillas. Y tú ¿qué haces? ¿Qué importancia tiene la Eucaristía en tu vida? Se necesitaría toda una vida para prepararse a recibir la comunión y toda una vida para dar gracias. Y, sin embargo, comulgamos con tanta tranquilidad que parece indiferencia.

“La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico, Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración… No cese nunca nuestra adoración” (Cat 1380).

¡Oh Jesús, gracias por la misa de todos los días! ¡Gracias por el regalo inmerecido de ser católico y poder conocerte y amarte en este sacramento del amor!

Fragmento del Libro “Jesús Eucaristía, el Amigo que siempre te espera”.

Un regalo de amor. La Eucaristía es vida


Autor: P. Angel Peña O.A.R.
Un regalo de amor. La Eucaristía es vida
La Eucaristía (misa, comunión, adoración) es la mejor manera de encontrarnos con Dios, de renovar nuestra amistad con Jesús.
Un regalo de amor. La Eucaristía es vida

La Eucaristía es un regalo de amor de Dios a los hombres, es el tesoro de los tesoros. Es el regalo de los regalos. Es Dios mismo que se da como don y alimento a los hombres. ¿Podríamos haber imaginado mayor muestra de amor? La Eucaristía es el sacramento de la presencia de Jesús, del amigo divino, que viene a nosotros a ofrecernos su amistad y a pedimos un poco de amor. La Eucaristía (misa, comunión, adoración) es la mejor manera de encontrarnos con Dios, de renovar nuestra amistad con Jesús… Es el mejor alimento espiritual, es la mejor oración. Y, sin embargo, cuánta falta de fe en dejar abandonado al Dios escondido. Precisamente, no pensar en la Eucaristía, no vivir la Eucaristía, es el mayor pecado o deficiencia de nuestro catolicismo. La mayor parte de las iglesias están cerradas casi todo el día, escondiendo así al mayor tesoro del Universo y al mejor medio de santificación: Jesús Eucaristía.

Debemos tener bien claro que la Eucaristía no es algo, sino Alguien. Alguien que te ama y te espera. Su nombre es JESUS. Por eso, toda tu vida cristiana debe ser una vida de amistad con Jesús, lo que significa que debe ser una vida eucaristizada, con una relación personal con Jesús Eucaristía.

Sin embargo, la mayor parte de la gente, cuando tiene problemas, busca solamente la salud en médicos, siquiatras o curanderos de cualquier clase. Se van a cualquier grupo o religión para buscarla… y dejan solitario al médico de los cuerpos y de los corazones, Cristo Jesús. ¿No es esto como para llorar de pena? Se busca la felicidad en tantas cosas, a veces costosas, cuando tenemos tan cerca al Dios de la felicidad. ¿Por qué? ¿Por qué no creemos un poco más? ¿Por qué no comemos el “pan de los fuertes”?

¡Qué pena la de Jesús, viendo tantas almas que se debaten bajo sus ruinas y que ya no sienten el calor del sol ni oyen el trino de los pájaros ni perciben el perfume de las flores! ¡Tantas almas frías y egoístas para quienes ya no existe la paz ni la alegría y casi no tienen fe! ¡Con lo fácil que les sería acercarse al sagrario para pedir ayuda! ¡Cuánto amor y cuánta paz encontrarían para superar las dificultades de cada día!

En 1937 varios exploradores rusos lograron pasar unos meses en las proximidades del Polo Norte, en el reino del hielo eterno, o, como solía decirse, de la “muerte eterna”. Hasta entonces, se creía realmente que allí no podía crecer ninguna planta. Por eso, la sorpresa de los exploradores fue enorme al encontrar en el mismo Polo Norte una flor. Era una especie de alga diminuta, del tamaño de la cabeza de un alfiler, de color azul. Quisieron descubrir su raíz y empezaron a cavar. Cavaron nueve metros de profundidad y todavía no dieron con el final de la raíz… Ciertamente, esa flor es un ejemplo para nosotros. Por todas partes, le rodeaban el hielo y la muerte y no se asustaba ni retrocedía. Iba taladrando el suelo y se lanzó, en el reino de la oscuridad y de las tinieblas, hacia arriba en busca de la luz, hasta que la encontró. No le importó, si tuvo que subir veinte metros. Valió la pena llegar a la luz y poder alegrar la vida de unos exploradores y alabar a Dios en las solitarias y heladas regiones del Polo Norte. Por eso, tú no te desanimes, no importa cuántos metros estés bajo el peso de tus pecados. Jesús te espera en la confesión y en la luz del sagrario, sigue subiendo, El es la luz del mundo y te está esperando para darte una nueva vida.

Allí, en el sagrario, vela Jesús todas las noches en silencio, esperando la llegada del alba y de algunas personas que lo amen para repartirles sus tesoros de gracia escondidos en su Corazón. Porque el sagrario contiene todos los tesoros de Dios, ahí están los almacenes llenos y son inagotables. ¿Por qué no vas a misa? ¿Por qué no comulgas? ¿Por qué no te arrodillas ahora mismo, en el lugar donde te encuentras, y te diriges al Jesús del sagrario? Mira hacia la iglesia y dile así:

Jesús mío, ¿qué haces ahí todo el día en la Santa Eucaristía? ¿Qué haces en las noches silenciosas, solitario en la blanca hostia? ¿Esperándome? ¿Por qué? ¿Tanto me amas? ¿Y por qué yo me siento tan angustiado por los problemas y creo que Tú te has olvidado de mí? ¿En qué pienso? ¿En qué me ocupo? ¿Por qué me siento tan solo, si tú eres mi compañero de camino? Ahora, he comprendido que tú me amas y me esperas y seguirás esperándome sin cansarte jamás, porque tienes todo tu tiempo exclusivamente para mí. Señor aumenta mi fe en tu presencia eucarística. Lléname de tu amor ven a mi corazón. Yo te adoro y yo te amo. Yo sé que tú estás siempre conmigo y que contigo ningún vendaval y ninguna tempestad podrá destruirme. Dame fuerza, Jesús, YO TE AMO, perdóname mis pecados. Yo sé que, si estoy contigo, tengo conmigo la fuerza del Universo, porque tú eres mi Dios.

¡Oh misterio bendito, prodigio de amor; sacramento admirable, fuente de vida, Jesús Eucaristía! ¡Qué vacía estaba mi vida sin Ti! Ahora he comprendido que tú eres mi amigo y quieres abrazarme todos los días en la comunión. Por eso, yo te prometo ir a visitarte todos los días y asistir al gran misterio de amor de la Eucaristía. Quiero ser tu amigo. ¡AMIGO DE JESUS EUCARISTÍA!

Fragmento del libro Jesús Eucaristía, el Amigo que siempre te espera.

Rezando el Padre Nuestro frente a la Eucaristía


Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net
Rezando el Padre Nuestro frente a la Eucaristía
Te pido mi Jesús, que cada vez que rece la oración que tú me enseñaste, lo haga despacio, con calma, con amor.
Rezando el Padre Nuestro frente a la Eucaristía

Estoy frente a ti, Señor, en esta mañana de cielo azul y sol resplandeciente. Me dispongo a rezar, después de saludarte y empiezo:

Padre Nuestro… me detengo y llega hasta mi como un relámpago la escena en que tú, Jesús, les decías a aquel grupo de hombres que habías escogido, que te seguían y que te veían orar.

Te preguntaron cómo debían orar y tú dijiste:

Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre, venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día y perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden y no nos dejes caer en tentación y líbranos del mal. (Mt 6, 9-13)

Y añadiste: Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes. Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes. (Mt 6, 9-15)

Me detengo unos momentos para pensar lo que estoy diciendo, ya que generalmente esa oración es una rutina en mi vida.

Su comienzo es toda una maravilla de grandeza, de fuerza, de ternura… y revelada por ti, Señor, porque sino ¿quién se atrevería a llamar PADRE, al Omnipotente, al Creador del cielo y de la tierra, a la Divinidad, al Todopoderoso, al que dijo: “Yo Soy El que Soy”? Pues bien, Jesús, tú que eres su Hijo, dijiste que es así como le podemos llamar, con plena confianza, con respeto pero con mucho amor: Padre

También nos dices que hay que santificar ese NOMBRE, que debemos darle todo el respeto y la gloria de que es merecedor y después añades una petición: Que venga tu Reino, ese Reino por el que Tú te hiciste hombre y es el que viniste a anunciar y que fue el causante de tu muerte y nos sigues pidiendo que recordemos que es también nuestra misión el anunciarlo.

Y lo que sigue, ¡qué bien lo sabes tú, Jesús! Cada día, en todos los rincones de la Tierra hay alguien que te dice, aún con lágrimas en los ojos y el corazón roto de dolor, ¡hágase tu Voluntad! ¡Qué difícil, cómo cuesta dejar todo en tus manos y aceptar tu Voluntad!

Y sigue otra petición: Nuestro pan Señor que no nos falte. ¡Que todos tus hijos, sin distinción de razas y credos, tengan el alimento de cada día, ya que a ti te preocupaba y apenaban aquellos hombres que te seguían y no tenían que comer y que tenían hambre… y lleno de piedad hiciste uno de los milagros más hermosos. Ahora nos toca a nosotros luchar porque llegue el día en que no exista el hambre en esta Tierra.
Y lo más importante, que nunca nos falte TU Pan, la Eucaristía, que siempre podamos recibirla, que aumentes nuestra fe para amar cada día más Tu presencia en ese pequeño pedacito de Pan donde quieres quedarte con nosotros para siempre.

Y luego, la petición de la humildad pidiendo perdón de nuestras ofensas, pero ese perdón, lleva una condición. ¡Ay, Jesús, esa condición, tú lo sabes porque conoces nuestro corazón, cómo nos cuesta! Mira que le ponemos al Padre, el ejemplo de que nos perdone “cómo nosotros perdonamos” y nosotros somos los que siempre decimos: “¡yo eso no lo voy a perdonar, no puedo, me han hecho demasiado daño o es una persona que no la soporto, me cae muy mal y no la voy a perdonar!” o “yo perdono pero… no olvido”. ¡Ay, Jesús!, tú que sabes y recuerdas que diste hasta la última gota de tu preciosa sangre para que fuésemos perdonados y sabes también que esa es la condición del amor por nuestros semejantes. Perdonar y olvidar, porque así es el perdón que Dios, nuestro Padre, nos da. Y nosotros sabemos muy bien cómo es nuestro perdón…

Ya voy a terminar la oración más hermosa que nos pudiste enseñar, pidiendo: Que no nos dejes caer en la tentación, qué seamos fuertes para no rendirnos a los mil sortilegios y engaños del enemigo de ese Dios que tanto nos ama y ¡líbranos del mal! Si, líbranos de ese mal y de tantos males para que no echen raíces en nuestro corazón, y nos puedan alejar de nuestro Padre Dios.

Bendita, como ninguna, la oración del Padre Nuestro, que siendo tan hermosa la decimos todos los días pero tan rutinariamente que no le podemos dar todo el maravilloso sentido y poder que ella encierra.

Te pido mi Jesús, que cada vez que rece la oración que tú me enseñaste, lo haga despacio, con calma, con amor, sabiendo que la dirijo a mi Padre Bueno que me escucha y me ama.

Gracias por estar presente en la Eucaristía… gracias por Tu Pan de cada día.

Cinco llaves para entrar en la Eucaristía


Autor: J.Leoz | Fuente: Servicio católico de Evangelización Pan y Vida
Cinco llaves para entrar en la Eucaristía
Dios quiere hacernos escuchar su voz y para eso necesita que le des la oportunidad de hacerlo.
Cinco  llaves para entrar en la  Eucaristía

SILENCIO

El silencio es un poder. Sin él es muy difícil escuchar. Nuestras eucaristías son deficitarias en silencio. Parece como si nos violentásemos por el simple hecho de estar unos segundos sin decir nada.

El silencio es el ruido de la oración.

El silencio, después de la homilía, es interpelación.

El silencio, después de la comunión, es gratitud al Dios por tanto que nos ha dado.

En el silencio se llena todo de nuestras intenciones personales, peticiones o deseos.

La música o el canto, los símbolos y otras cosas secundarias, nunca pueden ser una especie de tapagujeros que hagan más “digerible” la eucaristía. El silencio no es ausencia de…., es cultivar un lugar para que Dios nazca.

CONTEMPLACIÓN

La Eucaristía se hace más sabrosa cuando se la contempla. En el horizonte inmenso todo parece igual, pero cuando los ojos quedan fijos en él, surgen detalles que a simple vista parecían no existir.

Con la Eucaristía ocurre lo mismo. Es un paisaje que puede parecer todos los días igual. Sentarse, relajarse, olvidarse de lo que rodea lleva al alma contemplativa, a la persona contemplativa a vivir una serie de sensaciones que es la presencia escondida de Dios.

Yendo ellos de camino, entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Acercándose dijo: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile que me ayude”. Le respondió el Señor: “Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada”. (Lucas 10, 38-42).

ORACIÓN

La oración y la eucaristía van de la mano como la cerradura se acciona con la llave. La eucaristía. El diálogo con Jesús se hace más fecundo después de haber escuchado la Palabra de Dios. Para que la Eucaristía resulte vibrante, no es cuestión de recurrir a la ayuda puntual del ritmo maraquero o guitarrero. En el diálogo de las personas está el crecimiento personal y comunitario. En la oración reside uno de los potenciales más grandes para entender, comprender y vivir intensamente la Eucaristía.

“Cuando oréis, no seáis como los hipócritas que son amigos de rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas, para exhibirse ante la gente. Ya han cobrado su paga, os lo aseguro. Tú, en cambio, cuando quieras rezar, echa la llave y rézale a tu Padre que está ahí en lo escondido; Tu Padre que ve lo escondido te recompensará” (Mt. 6, 5-6).

CARIDAD

La fuente de la caridad perfecta es la Eucaristía. La fuente de la caridad que nunca se agota ni se cansa es la Eucaristía. En ella contrastamos nuestros personales egoísmos con las grandes carencias que existen en el mundo que nos rodea. Cada día que pasa es una oportunidad que Dios nos da para ofrecer algo o parte de la riqueza material o personal que podemos tener cada uno de nosotros.

Hay dos dimensiones que nunca podemos olvidar al celebrar la eucaristía: la caridad hacia Dios y la caridad hacia los hermanos. Amar a Dios con todo el corazón y con toda nuestra alma es subirse al trampolín, para saltar y amar, aunque se nos haga duro y a veces imposible, a los más próximos a nosotros. Y, esos próximos, ¡qué lejos los tenemos muchas veces del corazón y qué cerca físicamente!

Hoy, de todas maneras, está más de moda mirar horizontalmente al hombre que verticalmente acordarnos de que Dios existe.

«Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; y, cercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: “Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva.” ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?» El dijo: «El que practicó la misericordia con él». Díjole Jesús: «Vete y haz tú lo mismo».

ESCUCHA 

Cuando Dios habla no nos da simple información: se nos revela. Su Palabra es un escáner por el que vamos conociendo el corazón de Dios, sus sentimientos, sus pensamientos y, también, lo qué tiene pensado para cada uno de nosotros. Lo qué quiere de cada uno de nosotros.

El Antiguo Testamento nos prepara a la venida de Cristo. Las epístolas y otras lecturas nos ofrecen las reflexiones de San Pablo y de otros contemporáneos sobre Jesucristo, su vida y su mensaje. El Evangelio nos da la clave de cada encuentro eucarístico. Es el punto culminante de toda la Liturgia de la Palabra. Es en este momento, cuando puestos de pie rendimos homenaje presente en la Palabra.

Le reclamaba una vez por la noche al Señor:
¿Por qué Señor no me escuchas?, si cada noche te hablo…
– ¿Por qué Señor no me atiendes?, cuando en cada momento te pido…
– ¿Por qué Señor no te veo?, si oro constantemente…
– En esta noche Señor hablo y hablo contigo, mas no siento tu presencia, ¿por qué Señor no me tomas en cuenta?

A lo que Dios contestó:
– Cada noche escucho tu clamor, cada noche trato de atender, cada noche trato de hacerme ver delante de ti, y quisiera cumplir tus deseos. Pero me hablas y pides muchas cosas, las cuales escucho con atención, sin embargo, en cuanto terminas de agradecer y de pedir lo que necesitas, terminas tu oración, sin darme oportunidad de hablar

Una conversación es un diálogo entre dos, muchas veces hablamos con Dios pero no nos damos un tiempo para escuchar su voz. ¿Alguna vez has tratado de hablar con alguien que no te deja decir ni una sola palabra? Pues bien, Dios quiere hacernos escuchar su voz y para eso necesita que le des la oportunidad de hacerlo, y solo entonces, al escuchar su voz y guardar silencio por un momento, tu oración será completa, y Dios cumplirá su promesa de darte todo aquello que pidas con fe.

Vosotros, pues, escuchad la parábola del sembrador. Sucede a todo el que oye la Palabra del Reino y no la comprende, que viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: éste es el que fue sembrado a lo largo del camino. El que fue sembrado en pedregal, es el que oye la Palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es inconstante y, cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumba enseguida. El que fue sembrado entre los abrojos, es el que oye la Palabra, pero los preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la Palabra, y queda sin fruto. Pero el que fue sembrado en tierra buena, es el que oye la Palabra y la comprende: éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta.

La Eucaristía es nuestro pan de cada día


Lc 9,11b-17: La Eucaristía es nuestro pan de cada día

Restan las peticiones que se refieren a nuestra vida de peregrinos. Por eso, sigue así: Danos hoy nuestro pan de cada día (Mt 6,11). Danos los bienes eternos, danos los temporales. Prometiste el reino, no nos niegues el auxilio. Nos darás la gloria eterna en tu presencia; danos en la tierra el alimento temporal. Por esto decimos de cada día; por esto hoy, es decir, en este tiempo. Cuando haya pasado esta vida, ¿pediremos acaso el pan de cada día? Entonces no se nos hablará de cada día, sino de hoy. Se habla de cada día ahora, cuando a un día que pasa sucede otro. ¿Se hablará de cada día cuando ya no habrá más que un único día eterno?

Esta petición sobre el pan de cada día ha de entenderse de dos maneras: pensando en el alimento necesario para la carne o también en la necesidad de alimento para el alma. El alimento carnal para el sustento de cada día, sin el cual no podemos vivir. El sustento incluye también el vestido, pero aquí se toma la parte por el todo. Cuando pedimos pan recibimos con él todas las cosas. Los bautizados conocen también un alimento espiritual, que también vosotros estáis seguros de recibirlo en el altar de Dios. También él será pan de cada día, necesario para esta vida. ¿O acaso hemos de recibir la Eucaristía cuando hayamos llegado a Cristo y comencemos a reinar con él por toda la eternidad?

La Eucaristía, en consecuencia, es nuestro pan de cada día; pero recibámoslo de manera que no sólo alimentemos el vientre, sino también la mente. La fuerza que en él se simboliza es la unidad, para que agregados a su cuerpo, hechos miembros suyos, seamos lo que recibimos. Entonces será efectivamente nuestro pan de cada día. Lo que yo os expongo es pan de cada día. Pan de cada día es el escuchar diariamente las lecturas en la Iglesia; pan de cada día es también el oír y cantar himnos. Cosas todas que son necesarias en nuestra peregrinación. ¿Acaso cuando lleguemos allá hemos de escuchar la lectura del códice? A la Palabra misma hemos de ver, a ella oiremos, ella será nuestra comida y nuestra bebida como lo es ahora para los ángeles. ¿Acaso necesitan los ángeles códices o quien se los exponga o lea? De ningún modo. Su leer es ver; ven la Verdad misma y se sacian de aquella fuente de la que a nosotros nos llegan unas como gotas de rocío solamente. Hemos hablado ya del pan de cada día, porque en esta vida nos es necesario hacer esta petición.

 

Sermón 57,7

http://www.mercaba.org

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Siete Verbos elementales de acceso a la Eucaristía

por Dolores ALEIXANDRE

Religiosa del Sagrado Corazón

Profesora de Sagrada Escritura en la Universidad Comillas

Madrid

La elección de estos siete verbos -TENER HAMBRE – COMPARTIR MESA – RECORDAR – ENTREGAR – ANTICIPAR – «TRAGARSE» A JESÚS – BENDECIR- está hecha mirando aquello que en la celebración de la Eucaristía aparece recordado, representado, dicho y recibido y que puede ir configurando la vida de los que participamos en ella. En realidad, más que de «acceso» habría que hablar de «circularidad», porque tratar de vivirlos nos adentra en la Eucaristía; pero es el misterio que allí celebramos lo que de verdad nos reenvía a vivirlos en nuestra existencia cotidiana.

Llamo «elementales» a estos verbos en la misma perspectiva de estas preguntas que también lo son:

«¿Cómo se puede explicar el hecho -dice J.M. Castillo- de que una persona se pase gran parte de su vida comulgando a diario y, después de muchos años recibiendo cada día a Jesús en la Eucaristía, resulte que tiene los mismos defectos que al principio, o incluso que tenga defectos y faltas más importantes que cuando empezó a comulgar? ¿Cómo se puede explicar que tanta gracia, acumulada durante tantos años, no se note, al menos de alguna manera, en la vida concreta de esa persona?»

2. «¿Cómo es posible -se pregunta A. Paoli- que, en países de mayoría católica, mucha gente piadosa que frecuenta la Iglesia, que todos los días recibe la Eucaristía y que habla de Cristo y adora a Cristo, viva indiferente ante la injusticia y la desigualdad y, más aún, contribuya con sus opciones políticas y económicas a mantener cada vez más la desigualdad y la injusticia?»

3. No me considero capaz de contestar a la radicalidad de esas preguntas. Solamente pretendo provocar una reflexión que puede hacerse en ámbito comunitario y que al menos nos ayude a planteárnoslas con un poco más de honradez.

1. Tener hambre

DESEO/HAMBRE/COMIDA: : En una asamblea numerosísima de religiosas en una casa en medio del campo, celebraba la Eucaristía un obispo. Todo estaba resultando extremadamente solemne, las rúbricas eran escrupulosamente observadas, y la homilía versaba sobre la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica, a razón de diez minutos por nota. En el jardín había una algarabía de pájaros acomodándose en los árboles al atardecer, y me distraje pensando que si estuviera Jesús sentado entre los fieles, como laico que era, a lo mejor se habría levantado y le habría pedido con muchísimo respeto al obispo si no le importaba callarse un momentito para que todos pudiéramos escuchar a los pájaros. Eso me inundó de consolación, que llegó a su cumbre cuando, en el ofertorio, el que ayudaba a misa tropezó, empujó el cáliz, se derramó el vino, y la agitación que provocó hizo que aquello empezara a parecerse a una cena de verdad.

Y es que a fuerza de estilizar los símbolos, de respetar los ritos y de cuidar la liturgia, corremos el peligro de olvidar que en el origen de lo que celebramos hubo una cena de despedida, y que a lo que estamos invitados es, no a un espectáculo, ni a una representación, ni a una conferencia, sino a una comida fraterna.

Y, para comer, lo primero que uno necesita es tener hambre. Esta realidad, estremecedora en dos tercios de nuestro mundo y que tendría que quitarnos el sueño al tercio restante, tiene mucho que ver con un cierto «estado de vigilia» que mantiene despierto el deseo.

De entre todas las estrategias pastorales de las que echamos mano a la hora de motivar a la gente para que participe en la Eucaristía (y de motivarnos nosotros, que buena falta nos hace), quizá ésta de invitar a contactar con la autenticidad del deseo sea de las más olvidadas. Y, sin embargo, es la que toca la zona más honda de nuestro ser.

Lo que ocurre es que requiere un trabajo de poda que no siempre estamos dispuestos a hacer, porque al Deseo con mayúscula lo debilitan y lo adormecen los pequeños deseos parásitos que se encarga de inocularnos una sociedad especialista en generarlos. Y así andamos, ingenuos y desprevenidos, dejándonos invadir en zonas de nuestro ser que deberían ser el espacio de ese deseo que expresa tan bien el simbolismo del AT:

«Mi alma te ansía en la noche,

mi espíritu en mi interior madruga por ti,

¡con qué ansia por tu nombre y tu recuerdo!» (Is 26,8-9).

«Mi garganta tiene sed de ti,

mi carne tiene ansia de ti,

como tierra seca, agostada, sin agua…

Me saciaré como de enjundia y de manteca

y mis labios te alabarán jubilosos» (Sal 63,2.6).

«Escucha, pueblo mío, por lo que más quieras,

Israel, a ver si me escuchas:

abre toda tu boca, que yo la llenaré….

Ojalá me escuchara mi pueblo

y caminara Israel por mi camino:

te alimentaría con flor de harina,

te saciaría de miel silvestre … » (Sal 81,9.16).

«¡Cuánto he deseado cenar con vosotros esta pascua antes de padecer … !» (Lc 22,14), decía Jesús; pero nosotros andamos desganados o aparentemente satisfechos, entretenidos en mil distracciones, y el deseo hondo del Señor y su Reino nos resultan demasiado exigentes, y su pretensión de totalizar nuestra vida una exageración propia de tiempos juveniles que se quedaron ya atrás.

«Cuando vuelva el hijo del Hombre, ¿encontrará deseo en la tierra?», podríamos decir parafraseando la frase de Lucas (cf. /Lc/18/08). Porque quizá nosotros tenemos ya bastante con programar un viaje o planear unas vacaciones, estar al tanto de las últimas noticias, conseguir que nos conozca y reconozca una docena más de personas, obtener la felicitación de un jefe, no tener ni un minuto libre (la agenda llena nos inunda de un prestigio estresado que se lleva mucho … ), escribir el artículo que dará que hablar, o lograr, por fin, aquel coche que no desmerece de nuestra importancia… Es difícil «tener hambre» si son ésas o parecidas las claves desde donde nos movemos.

Cuenta el libro de los Reyes que, cuando Elías caminaba por el desierto hacia el Horeb y desfallecía en la marcha, un ángel lo reconfortó con pan y agua, «y con la fuerza de aquel alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches, hasta llegar al Horeb, el monte de Dios» (1 Re 19,8). Experimentamos hambre cuando estamos en marcha hacia algún «Horeb», cuando nos desgasta el trabajo por el Reino, la preocupación por los otros, la lucha por un mundo más humano y por abrir caminos al Evangelio; pero el andar pendientes del «que si subo – que si bajo», agarrados a la barra del caballo del tío-vivo que gira en torno a nosotros mismos, nos anestesia peligrosamente y paraliza la urgencia de acudir a ese Pan que sostiene nuestras fuerzas.

«Querellémonos de nosotros -decía Juan de Ávila-, que, por querer mirar a muchas partes, no ponemos la vista en Dios y no queremos cerrar el ojo que mira a las criaturas para, con todo nuestro pensamiento, mirar a sólo él. Cierra el ballestero un ojo para mejor ver con el otro y acertar en el blanco, ¿y no cerraremos nosotros toda la vista a lo que nos daña, para mejor acertar a cazar y herir al Señor?. Coja y recoja su amor y asiéntelo en Dios quien quiere alcanzar a DiOS» (4).

La teología y la espiritualidad han dado un giro, y nos parece fatal eso de «no mirar a las criaturas»; pero su equivalente fin de siglo sería eso que A. Chércoles llama «la mirada carroñera», que ve la realidad como adquisición y revela nuestra codicia posesiva. «Sin Eucaristía no podríamos vivir», dicen que decían los primeros cristianos, ballesteros determinados a dar en el blanco, convencidos de necesitar un alimento de vida que viniera de fuera de ellos mismos, y revelando una actitud que está en las antípodas de la autosuficiencia y de la dispersión.

Y nosotros ¿nos atreveríamos a decir con sinceridad que no podríamos vivir sin Eucaristía, o ésta es para nosotros una especie de «plus piadoso», un complemento alimenticio que no nos dejaría hambrientos si prescindiéramos de él … ?

1. Podemos preguntamos por nuestros deseos/hambres:

– dónde los tenemos puestos

– cómo los alimentamos

– cuáles son nuestros «deseos parásitos»…

2. Puede resultar liberador poner nombre a nuestras tentaciones de saciedad satisfecha para mantener despierto el deseo de otro Pan diferente del que intentan vendernos desde tantos mercados.

 

2. Compartir mesa

«No serás amigo de tu amigo hasta que os hayáis comido juntos un celemín de sal», dice un proverbio árabe. Y eso supone tiempo compartido, conversación prolongada, confidencias entre amigos… Compartir la mesa es el gran símbolo de la convivialidad, de la reconciliación y la inclusión; y, desde el AT, los banquetes son la mejor metáfora de lo que Dios prepara a su pueblo:

«El Señor de los ejércitos prepara

para todos los pueblos en este monte

un festín de manjares suculentos,

un festín de vinos de solera;

manjares enjundiosos, vinos generosos.

El Señor Dios aniquilará la muerte para siempre,

enjugará las lágrimas de todos los rostros

y alejará el oprobio de su pueblo de todo el país,

lo ha dicho el Señor» (ls 25,6-8).

La imagen que elige Jesús para hablarnos de lo que es central en el Reino, no es la visión extática y beatífica que ha contaminado de platonismo nuestras imágenes de vida eterna, sino un banquete, una comida festiva. Su gesto de compartir mesa con gente marginal no era un acto eucarístico en el sentido estricto del término, pero sí prefiguraba y preparaba la Eucaristía como culminación de algo que se había ido gestando y expresando en aquellas comidas en las que los últimos eran acogidos y tenían un lugar preferente. La primera comunidad recordaba este gesto, profundamente subversivo precisamente porque incluía a judíos y no judíos, a libres y esclavos, a mujeres y hombres, a pobres y ricos.

«Partir el pan expresaba y creaba la fraternidad, porque suprimía las barreras discriminatorias. No era un rito de evasión o de enclaustramiento, sino un compromiso y una toma de posición frente a una sociedad dividida en grupos opuestos. Partir el pan iba unido a la preocupación por que comieran los pobres y desposeídos de la comunidad, y esto no sólo por razones humanitarias, sino, sobre todo, por una exigencia de formar la Iglesia concreta, que tiene el deber de rechazar la distinción entre ricos y pobres» (5).

1. Preguntarnos

– cómo y con quiénes compartimos el banquete de nuestra vida;

– a quiénes sentamos a nuestra mesa: la de nuestro tiempo, nuestra amistad, nuestros bienes, nuestro interés…

– a quiénes excluimos y por qué.

2. Dejarnos «provocar» por estos textos, tratar de detectar qué dinamismos de inclusión están ya presentes y actuantes dentro y fuera de la Iglesia, para adherimos a ellos. Discurrir cómo podemos crecer en ese talante de incorporar, agregar, atraer, vincular… Proyectar «estrategias de inclusión», modos concretos de continuar en lo corriente de nuestra vida la experiencia de ser incluidos que vivimos en cada Eucaristía.

«La Eucaristía es la \\’operación igualdad\\’. Eucaristía es el pequeño grupo desmenuzado, individualizado y desigual de Hch 4,32, que se hace comunidad, es decir, se hace \\’un solo corazón y una sola alma\\’. Y se hace comunidad porque \\’nadie llama suyos a sus bienes, sino que todo lo tiene en común\\’.

A Dios se le glorifica única y exclusivamente de una manera eucarística; se le glorifica con el pan y el vino; se le glorifica repartiendo, comunicando, realizando la comunión real y material, económica entre nosotros. Existe una sola forma de glorificar a Dios: es la forma de crear comunión entre nosotros. Toda forma de glorificación de Dios, si no pasa por la Eucaristía, por esta voluntad absoluta de compartir con los demás, de celebrar, de comprometerse para celebrar una reconciliación con los hombres, no es culto a Dios, es una burla»(6).

«Primero sea el pan, después la libertad.

La libertad con hambre es una flor encima de un cadáver.

Donde hay pan, allí está Dios .

\\’El arroz es el cielo\\’, dice un poeta de Asia;

la tierra es un plato gigantesco de arroz,

un pan inmenso y nuestro para el hambre de todos.

Dios se hace pan, trabajo para el pobre, dice el profeta Ghandi.

La Biblia es un menú de pan fraterno Jesús es el Pan vivo.

El universo es nuestra mesa, hermanos»(7).

3. Recordar

 

Tengo asociado el tema del recuerdo con una tarde de Jueves Santo en la Escuela Bíblica de Jerusalén, durante la procesión en la que se lleva el Stmo. Sacramento al monumento. Los celebrantes eran muchos, casi todos ellos ilustres profesores de Sagrada Escritura; y entre el gótico simple de la iglesia, los hábitos dominicanos, las facha impresionante de aquellos hombres, la ciencia que se suponía detrás de cada uno y las voces graves y bien timbradas con que cantaban el Pange Lingua, el impacto estético era fortísimo.

Y en aquel momento tuve la sensación -y que me perdonen los liturgistas- de que toda aquella belleza era ambigua. Es verdad que abría un camino hacia la trascendencia, pero suponía a la vez una amenaza por su capacidad de distraemos sutilmente de aquello que estábamos recordando. La solemnidad, el incienso, el latín, el gótico, las velas y las flores podían alejarnos de la historia dramática de la que estábamos haciendo memoria: un galileo arrastrado por las calles de Jerusalén, torturado en unos sótanos, abucheado por la multitud, sentenciado por las autoridades, ejecutado públicamente fuera de la ciudad.

Soy consciente de que éste es un tema delicado; pero, si nos atrevemos a abordarlo, quizá llegaríamos a un reconocimiento sanante de nuestra tendencia a «transfugamos» hacia la estética, la ritualización, la majestuosidad, la privatización o la «lightización» de todo lo que tenemos a nuestro alcance.

Porque «partir el pan» es mucho más que un gesto ritual: es una forma de comer que expresa una forma de vivir. Hacemos memoria de Jesús para seguir haciendo lo que él hizo: «partirse la vida», «vaciarse hasta la muerte», según la expresión del cuarto canto del Siervo (ls 53,12). De esa memoria nace nuestra fraternidad, y sólo se «reconoce a Jesús al partir el Pan» cuando el estilo de vida que él expresó en su entrega se hace presente, aunque sea germinalmente, en los que pretendemos seguirle. (10).

«Cuidado: guárdate muy bien de olvidar los hechos que presenciaron tus ojos, que no se aparten de tu memoria mientras te dure la vida» (Dt 4,9).

Recordar qué es lo que «presenciaron nuestros ojos», lo que significa para cada uno «hacer memoria de Jesús» y confesarnos las razones secretas por las que preferimos vivir desmemoriados a volver una y otra vez al recuerdo perturbador de quien llegó por nosotros «hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2,8). Y comprobar desde la propia experiencia cómo ese síndrome amnésico suele ir unido a la despreocupación y el olvido de todos los que hoy siguen en la cruz. (2).

El texto que viene a continuación puede ser terapéutico para nuestras evasiones ritualistas y tentaciones de trivialización:

«Aquella noche Jesús se acordó del amor de su Padre y de la confianza que le permitía hablar con autoridad; veía, además, los conflictos a los que le habían arrastrado, poco a poco, sus solidaridades. Acorralado, como otros muchos antes y después de él; consciente de que habría podido hallarse del otro lado, del de los fuertes y poderosos, y sabiendo que aún podía luchar espada en mano, lo que hizo fue tomar un trozo de pan, partirlo y distribuirlo entre sus amigos diciendo: \\’Ésta es mi vida y os la doy a vosotros. Siempre que, de una u otra forma, os encontréis en mis circunstancias, acordaos de mí y haced lo que yo hago ahora\\’. Ésta es la historia que mueve a los cristianos a reunirse de cara a sus decisiones, sus opciones de solidaridad y los riesgos de su existencia para acordarse de Jesús, cuya vida y la de ellos mismos comparten bajo la forma de pan, continuando hoy de este modo en sus vidas lo que él vivió: su muerte y el sacrificio de su existencia en fidelidad a sus solidaridades. La muerte de Jesús se halla en el centro mismo de la Eucaristía, porque ésta remite a los cristianos a los conflictos históricos en que se encuentran metidos. Les indica que es precisamente en esos conflictos y en esas crisis y no en las nubes donde se puede discernir quien es Dios y cuál es el Dios de Jesús. La ejecución de éste plantea, con toda la seriedad que conllevan la muerte y el rechazo, la cuestión de nuestras solidaridades y de las solidaridades de Dios» (8).

 

4. Entregar

Es éste un verbo que resulta extraño a nuestra cultura, en la que se conjugan precisamente los contrarios: apropiarse, guardar, retener, acumular, poseer…

Acostumbrados a la lógica del cálculo, de la medida y la cautela, no nos es fácil entrar en la lógica de la Eucaristía, en la que celebramos el máximo derroche, el total despilfarro.

Pero es precisamente eso lo que se nos llama a celebrar y a vivir: «haced esto en recuerdo mío». No dice «meditad», «escribid», «reflexionad teológicamente», «componed himnos», «bordad ornamentos», «organizad procesiones», «celebrad congresos», sino, sencillamente «hacedlo». No como una ejecución mimética, sino como algo que nace de dentro, de ese rincón secreto de nuestra verdad última.

Gracias al relato de la Cena, sabemos (podemos «conocer internamente», diría Ignacio de Loyola) lo que había en el interior de Jesús ante su muerte. Sin la Eucaristía, sería posible pensar que murió por una especie de «lógica de la necesidad», porque no podía ser de otro modo. Sabemos que no fue así: la noche en que iba a ser entregado, cuando su vida estaba en peligro, pero aún no había sido detenido y todavía estaba abierta la ocasión de escapar de una muerte que le pisaba los talones, él hizo el gesto de ponerse entero en el pan que repartió, e hizo pasar la copa con el vino de una vida que iba a derramarse hasta la última gota. Y aquel gesto y aquellas palabras, recordadas en cada Eucaristía, nos permiten adentrarnos en el misterio de una voluntad de entrega que se anticipa a la pérdida: nadie puede arrebatarle la vida, es él quien la entrega voluntariamente (cf. Jn 10, 18).

Siempre he pensado que las explicaciones «satisfactorias» (todo aquello de la ofensa infinita y de un dios neurótico necesitado de una víctima que le diera reparación adecuada) están grabadas de manera tan indeleble en el pueblo cristiano porque, en el fondo, nos hacen el favor de dejarnos a nosotros fuera de ese «ajuste de cuentas» entre el Padre y Jesús. Y eso nos resulta más cómodo que hacer de su entrega un estilo de vida, un camino de seguimiento, una llamada perentoria a continuar viviendo eucarísticamente, es decir, escapando de la espiral de la codicia y de la posesividad para entrar en la danza de la vida que no se retiene, en el gozo extraño de ofrecerse y darse, de desvivirse, de entregar todo lo que se es y se tiene.

1. Podríamos visualizar a cámara lenta el gesto del ofertorio, con todo lo que implica de desapropiación, desprendimiento, alegría de poder regalar,disponibilidad, esfuerzo por liberar la posesividad de nuestras manos. Y observar qué resistencias sentimos si lo que ofrecemos es el tiempo, las fuerzas, la atención desplazada de nosotros mismos hacia los demás, la tarjeta de crédito, las llaves de nuestra casa, esos días de «puente» largo que reservábamos para nosotros…

2. Al leer este poema de Rilke, podemos encontrar un reflejo de la actitud posesiva, que es la opuesta a la del don y en la que quizá nos reconoceremos «penitencialmente»…

«No te inquietes, Dios.

Ellos dicen \\’mío\\’

a todas las cosas que son pacientes.

Son como el viento que roza la rama

y dice \\’mi árbol\\’.

Ellos apenas notan cómo arde su mano,

de modo que también en su limbo último

podrían sostenerlo sin quemarse.

Dicen \\’mío\\’ como el que al conversar

con campesinos llama amigo al príncipe si el príncipe

es muy grande y está lejos.

Dicen \\’mío\\’ y llaman su posesión

a lo que se cierra cuando se acercan,

al modo que un insulso charlatán

llama acaso suyo al sol y al relámpago … » (9)

3.Para tener memoria agradecida, nos ayudaría «levantar acta» de tantas actitudes de entrega gratuita como existen a nuestro alrededor y que quizá no reconocemos por pura miopía del corazón…

5. Anticipar

Si algo fue difícil de encajar para los primeros cristianos, fue el retraso de la llegada del Señor y del Reino. Detrás de muchas imágenes de las parábolas que llamamos «escatológicas», se esconde el intento de descifrar una realidad desconcertante: por eso hablan de «noche», de «ausencia», de «retraso» … ; por eso su fe necesitó, como la nuestra, dirigir su mirada a «las cosas últimas», escucharlas, simbolizarlas, imaginarlas, convertirlas en palabras pronunciables. A esa necesidad profunda de «anticipar», de pre-gustar ya aquí algo de lo que será definitivo, responde «literariarnente» el Apocalipsis, y «sacramentalmente» la celebración eucarística.

«El hebreo, viviendo entre las demás cosas, las ve todas como promesas: para el hebreo la piedra no \\’tiene\\’ dureza, no \\’es\\’ dura en el sentido que el griego daría a estas palabras. La piedra, por eso que llamamos dureza suya, se le presenta como permaneciendo firme en el futuro, comportándose sólidamente en él. La piedra \\’es\\’ dura significa: la piedra permanecerá. La verdad no es así un atributo del presente, sino una promesa del futuro. (… ) La verdad no está oculta tras el movimiento, como en Grecia, sino tras la historia. La verdad es cuestión de tiempo. Lo que las cosas son, su destino, será transparente cuando llegue la \\’consumación de los siglos» (10).

«La verdad es cuestión de tiempo». La Eucaristía nos revela cómo será el futuro: una humanidad reconciliada y fraterna; una mesa para todos, en la que circularán el Pan y la Palabra; una comunidad reunida en torno al Resucitado y participando de su Vida. Al acercamos a ella desde la experiencia dolorosa de un mundo dividido y roto, nuestra esperanza se rehace al celebrar anticipadamente la realización del sueño de Dios sobre su mundo. Vivir la Eucaristía como anticipación utópica, como «maqueta» del mundo que el Padre quiere, nos hace volver a lo cotidiano más capaces de perdonar y de ser perdonados, más decididos a trabajar por ensanchar espacios en los que cada hombre y cada mujer encuentren su lugar en torno a la mesa común, más dispuestos a ser pan compartido y presencia real del amor de Dios para los últimos. (10).

«Al comulgar aquel día en aquel pueblecito cerca de La Habana, sentí que el día anterior había vivido la más grande y verdadera \\’procesión del Santísimo\\’. Al pasear por sus calles, entrar en las casas, compartir los dolores, la alegría, el milagro de la vida con la mujer diabética recién parida, la tarta compartida para seis donde no hay ni harina ni azúcar…. habíamos sido Eucaristía unos para otros, nos habíamos entregado mutuamente desde lo más profundo y mejor de nosotros… Sentí la necesidad de adorar a Jesús-Eucaristía en nosotras y en los hermanos cubanos. Éramos una misma cosa, un mismo corazón entregado y compartido» (Reflexión de una provincial de mi congregación a raíz de una visita a Cuba).

Podemos evocar otras situaciones en las que el vivir «eucarísticamente» nos ha hecho gustar de antemano lo que es nuestro destino final.

2. «Mis manos, esas manos y Tus manos

hacemos este gesto, compartida

la mesa y el destino, como hermanos,

las vidas en Tu muerte y en Tu vida.

Unidos en el pan los muchos granos,

iremos aprendiendo a ser la unida

Ciudad de Dios, Ciudad de los humanos.

Comiéndote sabremos ser comida.

El vino de sus venas nos provoca.

El pan que ellos no tienen nos convoca

a ser Contigo el pan de cada día .

Llamados por la luz de Tu memoria,

marchamos hacia el Reino haciendo Historia,

fraterna y subversiva Eucaristía» (11)

6. «Tragarse» a Jesús

 

Por más que lo he intentado, no he conseguido encontrar otro verbo menos áspero que éste, que al menos tiene la ventaja de ser familiar en nuestro vocabulario: «no trago a tal persona»; «ese disgusto aún no me lo he tragado … »; «todavía lo tengo aquí» (y señalamos la garganta)… Nos es fácil sacar la lengua o poner la mano para comulgar y tragamos el Pan, y luego volver a nuestro sitio con recogimiento y dar gracias lo mejor que podemos. Pero, de vez en cuando, tendríamos que cambiar la expresión «comulgar» por la de «tragarnos a Jesús», para caer un poco más en la cuenta de lo que significaría «tragamos» su mentalidad (es el metanoeite [«cambiad de mentalidad»] de Mc 1, 15, o el «tened los mismos sentimientos que Cristo Jesús» de Flp 2,5), sus preferencias, sus opciones, su estilo de vida, su extraña manera de vivir, de pensar y de actuar.

Recuerdo una devota costumbre que me inculcaron de niña que se llamaba «hacer una comunión espiritual»: consistía en mandar el Corazón al sagrario (se recomendaba mucho hacerlo en los viajes, al divisar un campanario) y desear recibir a Jesús espiritualmente, ya que no podía hacerse sacramentalmente. Se me ocurre que podría ser un buen ejercicio hacer algo parecido abriendo el Evangelio al azar y, cuando leamos, por ej.: «El que quiera ser el mayor entre vosotros que sea vuestro servidor» (Mt 23,12); «No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (Mt 18,22); «Me dan compasión estas gentes, dadles vosotros de comer» (Mc 6,34.37 ); «No amontonéis tesoros en la tierra» (Mt 6,19); «Las prostitutas os precederán» (Mt 21,3 1) «Prestad sin esperar nada a cambio» (Lc 6,35)…, hacer el gesto interior de «tragarnos» eso, de comulgar con ello, de desear, al menos ir poniéndonos de acuerdo con Jesús, creciendo en afinidad con él, pidiendo al Padre, con la pobreza de quien se siente incapaz desde sus fuerzas, que «nos ponga con su Hijo» y nos haga ir teniendo «parte con él» (cf. Jn 13,8), con las consecuencias de que sea el «Primogénito de una multitud de hermanos … »

Este fragmento de un poema de Benjamín González Buelta puede ayudamos a continuar esta reflexión en una actitud más orante:

«Te ofreces a nosotros

para que comulguemos con tu presencia

y, al acogerte a ti,

hecho de tiempo y de historia nuestra,

acojamos también la vida de los otros

que en ti se ha hecho sacramento cercano.

Te ofreces a nosotros

para que comulguemos con tu proyecto

que congrega y resucita

tantas horas humanas

desmenuzadas como harina

por mecanismos que giran

como prensas y molinos.

Un día, toda la historia

descansará en tu encuentro,

reconciliada eternidad,

como el pan y el vino

de la vida tuya y nuestra,

compartidos sin codicia

en la mesa fraterna

donde festejaremos sin ocaso » (12)

7. Bendecir

Es el verbo central de la Eucaristía y la médula de nuestra vida. La palabra griega eucharistía (acción de gracias) tuvo más fortuna en el NT que eulogia (alabanza), la otra palabra con que la Biblia griega traduce la berakah hebrea (bendición); y cuando decimos «eucaristía», estamos recogiendo toda la herencia de bendición, de alabanza y de agradecimiento desbordante que recorre todo el AT. Una de las experiencias más gozosas de Israel es la de reconocer que la bendición de su Dios le concede vida, fecundidad, protección. Decir «bendición» es decir regalo, don gratuito (el «bendecir» de Dios es «bienhacer», dice Alonso Schökel), y los creyentes bíblicos reaccionan con una «bendición ascendente» que dirige hacia el Señor su alabanza y su acción de gracias. La bendición es el término que condensa la riqueza y la originalidad de la tradición en que aprendió a orar Jesús.

A través de ella, el creyente israelita entra en una triple relación con Dios, con el mundo y con los demás: al repetir insistentemente a lo largo del día «Bendito seas, Señor, Dios del universo, por … », reconoce a Dios como origen de todo lo que existe, al mundo como un don que hay que acoger, y a los demás como hermanos con los que hay que participar del único banquete de la vida.

«Bendecir significa revelar la última identidad de las cosas, su profunda interioridad, que consiste en hacer entrar en relación con el Creador» (13). Los objetos, la actividad, el trabajo, las relaciones, el espesor de la vida… pueden volverse opacos y ser ocasión de desencuentro; pero la bendición consigue que la realidad se vuelva translúcida: ilumina nuestra mirada y la hace llegar hasta llegar hasta Dios, que es su origen (14).

La Eucaristía, que nació en ese contexto («Tomó el pan y, pronunciada la bendición, se lo dio … » [Mc 14,22; cf. Mt 26,26; Lc 22,15;1 Cor 11,241) es para nosotros la ocasión de convertir en bendición nuestra vida entera, de «arrastrar» hasta ella todo el peso de nuestro agradecimiento, todo lo que en nosotros y en toda la creación está llamado a convertirse en canción, en «un himno a su gloriosa generosidad» (Ef 1,14).

Tenemos en las manos y en el corazón la opción de vivir «en clave de murmuración» (quejas, resentimiento y desencanto, como Israel en el desierto (cf. Ex 16-171) o «en clave de bendición», descubriendo en la vida, más allá de su opacidad, la presencia que hacía estremecerse de alegría a Jesús (cf. Mt 11,25) cuando sentía la «afinidad» de sus preferencias con las del Padre.

La Eucaristía nos invita a comulgar con su bendición, su gozo se nos ofrece como un pan que se parte: «Al que venga, le daré un maná escondido … » (Ap 2,17). «Estoy a la puerta y llamo: si alguien escucha mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo» (Ap 3,20).

Quizá sólo seamos capaces de esos gestos elementales: poner la mesa, estar despiertos, quedarnos en silencio, vigilar, reconocer una voz, abrir la puerta, acoger agradecidos ese maná escondido.


2. «Sólo hay sacramento donde hay experiencia de fe»: Sal Terrae 67/11 (1979) 739-748.

 

3. Notas mecanografiadas de una conferencia pronunciada en Medellín.

4. «Carta a una señora en tiempo de Adviento», en Obras Completas del Beato Juan de Ávila, I, Madrid 1952, p. 563.

5. M. DíAZ MATEOS, «Te reconocimos, Señor, al partir el pan»: Páginas 89-90 (Lima, abril 1988) 35.

6. A. PAOLI, Op. cit., p. 7.

7. P. CASALDÁLIGA, Fuego y ceniza al viento, Santander 1984, p. 81.

8. G. FOUREZ, Sacramentos y vida del hombre. Celebrar las tensiones y los gozos de la existencia, Santander 1983.

9. R.M. RILKE, «El Libro de las horas». Antología poética, Madrid 1980.

10. X. ZUBIRI, «Sobre el problema de la filosofía»: Revista de Occidente 118 (1933) 95-96.

11. P. CASALDÁLIGA, Todavía estas palabras, Estella 1989, p. 80.

12. En el aliento de Dios. Salmos de gratuidad, Santander 1995, pp. 57-59.

13. C. DI SANTE, La priére d\\’Israél. Aux sources de la liturgie chrétienne, Paris 1986, p. 48.

14. Son ideas del Rabino BARUK GARZÓN en una conferencia sobre la oración judía que pronunció en la Facultad de Teología de Comillas (Madrid) en enero de 1995. SAL TERRAE 1995/05. Págs. 340-354

Eucaristía y transubstansiación: presencia real de Dios



En la eucaristía el pan y el vino se convierten, por la transubstanciación originada en la caridad divina, en el cuerpo y sangre de Cristo.

 

El día de Corpus Christi fue instituido en 1264 como festividad del cuerpo y la sangre de Cristo en el sacramento de la Eucaristía. Muchos son los signos de alegría y veneración popular en esta fiesta. Sin embargo, surgen entre los fieles algunas inquietudes sobre este sacramento. Por ejemplo, no se sabe con claridad cómo está presente Cristo en el pan y el vino. Tampoco hay seguridad sobre la verdadera conversión del pan en el cuerpo de Cristo.


Es verdad que no se puede amar lo que no se conoce. Y si nos acercamos a la eucaristía sin tener una firme convicción, basada en razones que armonicen con la fe y ayuden a su comprensión, no se puede gozar de la plenitud en Cristo. Trataremos sobre tres interrogante principales. Primero, si la eucaristía es una realidad o sólo un signo. Después, el modo en que Cristo está presente en el sacramento, y finalmente, el poder que convierte el pan en el cuerpo de Cristo.

La eucaristía es sacramento porque es un signo sensible que nos une a la vida divina. Sin embargo, a diferencia de los otros sacramentos, nos une a Dios de manera peculiar, pues en ella se nos da Dios mismo en el cuerpo y la sangre de Cristo bajo las especies de pan y vino.

Es del común conocimiento de los cristianos la presencia real de Cristo, de su cuerpo, alma y divinidad en la eucaristía. Pero las explicaciones de esta presencia no son claras, pues: Si en verdad está presente el cuerpo de Cristo en el sacramento ¿No debiéramos notar esta presencia con toda la naturaleza que un cuerpo humano implica? Es decir, ¿No debiera estar presente un cuerpo orgánico con verdadera sangre y verdadera carne? Se podría pensar que, si no hay tales manifestaciones de un cuerpo vivo, la eucaristía es sólo un signo, pero no la presencia real de Cristo.

Contra esto, sabemos por fe que Jesucristo hace del pan, su carne y del vino su sangre. En este sacramento está el verdadero cuerpo de Cristo y su sangre, no lo pueden verificar los sentidos, sino la sola fe, que se funda en la autoridad divina. En breve podemos decir que Cristo ha querido permanecer con nosotros para fortalecer amorosamente nuestro proceso de optimación. Ha querido permanecer como sacramento para que recurramos constantemente a él, y en él nos perfeccionemos. Cristo, con autoridad, instituyó este sacramento con palabras claras: “Esto es mi cuerpo”, “Este es el cáliz de mi sangre”. Entonces, creemos por la fe basada en la autoridad, que en la eucaristía está realmente presente Cristo.

Lo que inmediatamente podemos preguntarnos es ¿Cómo es que está presente? Algunos dice: “Yo no lo veo”, y dicen bien, pues no podemos ver a Cristo en el sacramento porque nuestros sentidos no lo perciben. En cambio, por fe sabemos que está presente, y por razón, conocemos que toda la substancia de Cristo está ahí. El modo en que la Iglesia ha tradicionalmente explicitado la presencia de Cristo en el sacramento es la transubstanciación.

Substancia es lo que es por sí mismo. O sea, lo que no necesita de otro para ser ni está en otra cosa. Ahora bien, transubstanciación significa cambiar de substancia, el cambio de una naturaleza determinada por otra. Cristo, al ser un hombre resucitado, está en algún lugar. Y para hacerse presente en sacramento no deja el lugar en donde está, pues no vemos que su cuerpo caiga del cielo o que entre por la puerta. Por tanto, el cambio de pan y vino a cuerpo y sangre de Cristo no ocurre como el cambio de lugar entre dos cosas, sino por cambio substancial. Es decir, el pan deja de ser propiamente pan y se convierte en carne. El vino deja de ser propiamente vino y se convierte en sangre. Es obvio que en la Eucaristía no comemos propiamente carne ni bebemos sangre, pero es verdad que las consumimos, sólo que bajo las especies y accidentes del pan y del vino.

En la transubstanciación no queda nada de la substancia del pan y del vino. Sí en cambio, queda toda la substancia de Cristo, pero no sus propiedades particulares, pues la substancia se entiende, no se ve. Si se nos permite esta expresión digamos que no vemos ni las manos ni los pies de Cristo, pero sabemos, por fe en la autoridad de Jesús, que él mismo está presente en el sacramento.

Bien entonces podríamos pensar que la transubstanciación es un mero juego de palabras, con las que atribuimos a alguna cosa una naturaleza que no le pertenece. Mencionemos a colación que, usando esta falacia, un artista “cambió” un vaso de vidrio a ser un roble.

La transubstanciación necesita un poder agente. No sólo por atribuir una naturaleza a una cosa, se dará el hecho en la realidad, pues se necesita una mediación a través de un poder. El poder que acciona el cambio de pan a carne y de vino a sangre no es otro sino el de Dios. Cristo, siendo Dios, instituyó el sacramento y lo encomendó a los discípulos. Sin embargo, no son las fuerzas del sacerdote las que convierten los dones eucarísticos en el cuerpo y la sangre de Cristo, sino el poder mismo de Dios, presente por las palabras de consagración que se hace in persona Christi a nombre de Cristo.

Pero ¿cuál es el poder agente que convierte el pan y vino en cuerpo y sangre de Cristo? Para responder esta pregunta basta recordar que la eucaristía essacramentum caritatis, sacramento y misterio del amor. Sacramento se puede entender como misterio, pues misterio es lo que une con Dios, y es su misma caridad benevolente la que une a los cristianos en el cuerpo de la Iglesia. El amor de Dios es el poder agente que convierte nuestros dones en el cuerpo y la sangre de Cristo, pues por su amor Dios desea estar entre nosotros para hacernos plenos y participarnos de su vida inmortal.

Finalicemos con una frase de San Cirilo usada por Santo Tomás de Aquino, en cuya doctrina nos hemos basado para aclarar las cuestiones vistas: No dudes de que esto sea verdad, sino recibe con fe las palabras del Salvador, ya que, siendo la verdad, no miente.

Gabriel González Nares

El Cristo de la Eucaristía / Que ocurre cuando comulgamos?


El Cristo de la Eucaristía es el mismo Cristo de la historia y de la eternidad

El Sacramento de la Eucaristía.

El Cristo eucarístico se identifica con el Cristo de la historia y de la eternidad. No hay dos Cristos, ni muchos, sino uno solo. Nosotros poseemos, en la Hostia, al Cristo de todos los misterios de la redención: al Cristo de la Magdalena, al del hijo pródigo y de la Samaritana, al Cristo del Tabor y de Getsemaní, al Cristo resucitado de entre los muertos, sentado a la diestra del Padre. No es un Cristo el que posee la Iglesia de la tierra y otro el que contemplan los bienaventurados en el cielo: una sola Iglesia, un solo Cristo.

 

 

Esta maravillosa presencia del Señor en medio de nosotros debería revolucionar nuestra existencia. En el fondo nada tenemos que envidiar a los contemporáneos de Jesús que andaban en su compañía por Judea y Galilea. Todavía está aquí con nosotros: en cada ciudad, en cada colonia, casi en cada calle: nosotros lo poseemos tanto como ellos, y en cierto sentido más que ellos. Él está todo para cada uno, todos los días del año y todas las horas del día. Aún más: nosotros ahora podemos tocar la humanidad de Cristo. Las manos del sacerdote y los labios del comulgante entran en contacto con su carne que fue cosida a la Cruz, con sus nervios y sus huesos molidos, con su cabeza coronada de espinas, con todo ese Cuerpo que se ofreció en el Calvario por nuestros pecados. San Juan Crisóstomo, con vigoroso realismo, insta a los fieles a que comulguen en el Corazón mismo del Señor: “Venid a beber en la herida de su costado”, decía. Y lo decía porque el Crucificado estaba ahí, y está también aquí con nosotros, en medio de nosotros, pues la misma sangre redentora fluye sobre todas las generaciones que pasan por la tierra desde entonces.

 

 

También el alma de Cristo está en la Hostia. Todas sus facultades humanas conservan en ella la misma actividad que en la gloria. Ahí está su inteligencia iluminada por las claridades del Verbo, en la deslumbrante visión de la Trinidad y de todo el Universo. En ella, en esa alma de Cristo que es la obra maestra de la creación, están también todos sus sentimientos, elevándose hasta el Padre con los ardores de su infinito Amor por Él. Y, lo que es todavía más increíble, ahí, en esa Hostia donde está el alma de Cristo, fluye hacia nosotros -miserables pecadores redimidos por su sangre- el mismo Amor infinito que Él ofrece a su Padre.

 

 

La divinidad de Cristo está también allí, en la pequeña Hostia. En un trozo de pan en apariencia, se encuentra el Hijo Unigénito oculto en el seno del Padre, ante quien tiemblan los Tronos y las Dominaciones, en presencia del cual los Querubines y Serafines se cubren las alas por no poder sostener el brillo de su Faz, esplendor de la gloria divina y figura de su sustancia, Luz de Luz, principio y fin de todas las cosas, sacerdote de los hombres y de los ángeles, salvador del mundo, verdadero Dios del Universo. “En verdad, en verdad hay alguien en medio de ustedes que no conocen”, dijo en cierta ocasión Juan Bautista refiriéndose a Jesús (Juan 1, 26). Metidos hasta las cejas en una visión chata que no trasciende lo sensiblemente verificable, ¿no habríamos de merecer nosotros ese mismo reproche?

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¿Qué ocurre en nosotros cuando comulgamos?

El Sacramento de la Eucaristía.

Está claro que el primero y principal efecto del alimento material es que se hace uno con el que lo come. En el momento de la comunión Jesús entra de tal modo en nuestro corazón y en nuestra alma que nuestros afectos y nuestros pensamientos pueden llamarse afectos suyos y pensamientos suyos. Primeramente los tiene Él; después nos los comunica según la medida actual de nuestro amor. Si nuestro amor es desconfiado y timorato, si no hemos aprendido que todo al fin consiste en dejarnos querer por Jesús y en corresponderle, Él se ve forzado (contra su deseo más vehemente) a restringir sus dones, limitándose a las estrechas dimensiones que le presentamos. “Yo respondo con el mismo amor al amor que se me tiene”, dijo un día a santa Catalina de Siena (El diálogo, c. 60).

 

 

Pero si comulgamos desprendidos de las criaturas y de nosotros mismos, si lo hacemos habiendo perdido el sentido de la humana mesura, Él se entrega sin reservas, como sólo un Dios sabe hacerlo. Establece una circulación de vida, una comunicación de bienes y una unión de intimidad que desafía toda expresión. Nuestra alma es capaz entonces de producir flores y frutos, pensamientos luminosos y actos de amor abrasadores. ¿Son nuestros? Sí, porque nacen de nuestra inteligencia y de nuestro corazón, pero de nuestra inteligencia unida a la Inteligencia de Jesús, de nuestro corazón unido a su Corazón, de suerte que son suyos como son nuestros. Juntos adoramos al Padre sin otro afán, juntos amamos a cada hombre singular con el amor de Él y así, juntos, nos entregamos sirviendo a todos. Su amor y nuestro amor, su pensamiento y nuestro pensamiento se elevan como una ofrenda única, porque la intensidad del deseo produjo un fuego que fusionó los corazones.

 

 

Nuestra admiración y nuestra gratitud a Jesús recibido en la Hostia subirán de punto cuando consideremos que la entrega de su Humanidad y de su Divinidad no sólo transforman nuestra alma sino también de algún modo nuestro cuerpo. Si Dios ha escogido el pan y el vino para hacer de ellos, mediante una transformación maravillosa, un alimento y una bebida celestiales, ¿no significará esto que toda nuestra naturaleza, al tomar este alimento y esta bebida, resultará también transformada? Así como Él, al venir al pan, realiza la transformación de todo el pan, sin que quede nada de su sustancia, ¿no sucederá que nuestra alma poco a poco va cambiándose en el Alma de Cristo, nuestra sangre en la suya, y nuestro cuerpo acabe transformado en las células del Hijo de Dios? “¿O no saben -pregunta san Pablo- que sus miembros son los miembros de Cristo?” (I Cor. 6, 15).

 

 

El Pan de la Vida no se cambia en nuestra naturaleza como los demás alimentos terrenales, sino que nos transforma en él. Cuando dos fuerzas chocan, la más poderosa transforma y modifica a la menor. La madera metida en el fuego se convierte en fuego, y el mismo hierro, sometido a la acción abrasadora de la llama, cambia sus propiedades por las del fuego. Si esto ocurre entre dos elementos del mismo orden, ¿qué debemos pensar cuando interviene la fuerza sobrenatural? San Juan Crisóstomo lo afirma explícitamente: “¿Qué es en realidad el Pan? El Cuerpo de Cristo. ¿Qué se hacen los que comulgan? Cuerpo de Cristo” (Hom. sobre I Corintios, 24), y san Cirilo de Alejandría: “…porque el Verbo habita en nosotros, de modo divino, por medio del Espíritu Santo, y de modo humano, por su carne y por su sangre” (Contra Nestorio, 4)

 

 

La gracia de la unión eucarística es verdaderamente nuestra vida, nuestra verdadera vida, mucho más de lo que lo es la vida de nuestro cuerpo o hasta la misma vida natural de nuestro espíritu. Ella es el yo de mi yo, el alma de mi alma, de suerte que en su última profundidad, en su centro más interior, en su más secreta intimidad, mi vida es la gracia que me trae la Hostia. ‘Mi vivir es Cristo’ (Filipenses 1, 21), descubre san Pablo y, con la misma verdad e igual alegría interior podemos decirlo nosotros: Mi vida es la Eucaristía, y no haremos sino repetir lo que nuestro Señor había dicho primero: ‘Quien me come vivirá por Mí’ (Juan 6, 58).

 

 

Por eso, como la Sagrada Eucaristía es el sacramento de la unión amorosa entre Cristo y el alma, sería monstruoso intentar esa unión cuando el alma está en enemistad con Dios por un pecado grave. Recibir la Comunión sabiendo que se está en pecado mortal es en sí un nuevo pecado mortal: el grave pecado de sacrilegio, porque es un abuso del más precioso don de Dios a los hombres, el don de Sí mismo. Por eso, a quien ha cometido un pecado mortal, no le basta un acto de perfecta contrición para poder recibir la Sagrada Comunión. Es verdad que un acto de contrición perfecta (dolor del pecado por amor a Dios) devuelve al alma el estado de gracia. Sin embargo, para protegernos del peligro de autoengañarnos en materia tan importante, y para proteger a la Sagrada Eucaristía del peligro de profanación, la Iglesia exige que si tenemos conciencia de haber cometido un pecado mortal, vayamos al sacramento de la Penitencia antes de comulgar. Y esta ley nos obliga aunque sinceramente creamos que tenemos contrición perfecta de nuestros pecados.