La fe en el resucitado / Jesús ha resucitado


La Fe en el resucitado

Este domingo, que cierra la octava de Pascua, suele llamarse “in albis”, es decir, de las vestiduras blancas que habían llevado los nuevos bautizados durante toda la semana. Todos cristianos de ayer o desde hace mucho tiempo, somos de alguna manera “recién nacidos”, tenemos la necesidad de comprender mejor “que el bautismo nos ha purificado, que el Espíritu nos ha hecho renacer y que la sangre nos ha redimido”, como reza la Oración colecta de la Misa.

El relato de la aparición de Cristo a los diez apóstoles y luego a Santo Tomás, muestra aquí su luz y su certeza, a la vez que expresa por boca del mismo Tomás la fe de todas las generaciones cristianas: “Señor mío y Dios mío”. Debemos pensar que los cristianos muchas veces, como los Apóstoles, estamos encerrados por el miedo a los hombres y unidos por la muerte. Es necesario que venga y se aparezca Cristo, que abra puertas y ventanas, para que salgamos a testimoniar la fe pascual, a proclamar que con la resurrección el futuro se ha hecho presente.

Este futuro nuestro es cuestión de fe, no de evidencia. Por eso es necesario superar un concepto táctil y comprobador de tener que meter las manos para estar seguros de lo que creemos.

Andrés Pardo

www.mercaba.org

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Jesus ha resucitado


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Domingo de Resurrección


Celebramos la Pascua Victoriosa de Cristo Resucitado. Es la gran noticia que la Iglesia sigue anunciando en el mundo Cristo, el Amado, vive, fue como un beso del Padre al cuerpo roto y ensangrentado de su Hijo y lo llenó de Espíritu de vida. Cristo vive y está siempre con nosotros.

La fuerza de la resurrección se me da para que también yo la comunique. Esto obliga a luchar contra las fuerzas que producen muerte, a situarnos junto a los cricificados, a resucitar lo que va muriendo, a alentar a lo que va naciendo.

¿Qué pasa en nuestro mundo?

A veces nos desanimamos pensando que ni la sociedad ni la Iglesia se renuevan positivamente, que la injusticia campea libremente, que los sistemas económicos y financieros son perversos, y en ellos vivimos tranquilamente instalados, que el mundo sigue roto y la Iglesia dividida, que la gente pasa de todo tipo de utopías, que el consumismo todo lo materializa, y sentimos la tentación de gritar ¿Hasta cuándo?

La respuesta de Dios es la resurrección de Cristo y un sí a la vida y a todas nuestras más profundas aspiraciones.

Un sí a la creación sin límite.

La resurrección es un sí de Dios a la vida humana. Es un no a la vida entendida como absurdo, como frustración y sin sentido.

Mira a tu alrededor, busca señales de la resurrección de Cristo. Verdad que existen y son palpables.

¿Qué nos dice la Palabra de Dios?

* Ver Hch. 10; 34a 37-42

En el país de los judíos, empezando en Galilea, en la época de Juan, apareció Jesús de Nazaret, ungido de Espíritu, por eso le llamamos “Cristo”, que pasó entre nosotros chorreando gracia y libertad. Sin duda que era presencia, sacramento vivo de Dios. Fue Dios mismo el que pasó entre nosotros para salvamos.

* Ver Col. 3; 1-4

En la Pascua todo es nuevo: el fuego, la luz, el agua, la levadura, los vestidos. Todo con la marca de Jesucristo. Es obvio que han de cambiar nuestras actitudes, nuestros gustos, nuestros sentimientos, nuestros comportamientos, nuestras ideas.

* Ver Jn 20; 1-9

Se nos describe con todo detalle las experiencias de la resurrección de Jesús. Una mujer es la primera que se asoma al misterio. Cuando todo estaba oscuro, hay mujeres que tienen las lámparas encendidas.


Para la vida:

– ¿Qué estilo de vida debe tener un cristiano que quiere vivir la resurrección de Jesús?

– ¿Cómo es tu estilo de vida como cristiano?


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– ¿Qué debes cambiar para que sea transparencia de Cristo resucitado?


Un rato de oración:

Queremos madrugar para encontrarte:
… y vivir la vida contando con tu presencia.

Terminaron contigo, pero tú te quedaste entre nosotros.

Tu presencia nos invade, tu fuerza nos envuelve,
tu ejemplo nos entusiasma y tu luz nos ilumina.

Queremos madrugar cada día para encontrarte,
para no despistamos y vivir sin ti..

Ellas, las más tempranas, descubrieron tu presencia entre nosotros.

Otros nos adormilamos y comenzamos el día sin contar contigo,
sin damos cuenta de que caminas la vida a nuestro lado.

Queremos madrugar para salir al encuentro del hermano,
para que las prisas no nos hagan correr indiferentes,
sin importamos su vida, sin compartir los dificultades cotidianas,
sin comunicarnos desde el hondón,
haciéndonos buenos amigos y compañeros del camino de la vida.

Queremos madrugar para disfrutar, para vivir resucitados,
fortalecidos por tu impulso, entusiasmados por tu propuesta,
comprometidos en tu tarea.

Tu impulso, Señor, viene para despertar en nuestro interior
la luz y el deseo de liberar y alegrar a los hermanos.

Queremos madrugar porque nuestra alma estaba turbada,
nuestro ego nos tenía distraídos y Tú, Señor, nos despiertas a la misericordia,
al vivir para los demás, a ser solidarios y liberadores.

Queremos madrugar porque, a pesar de las noches oscuras,
Tú nos invitas a seguir tu proyecto, a la entrega total,

Tú nos sacas de nuestras miserias y nos haces misericordia.

El Domingo Siguiente


¿Por qué no estaba Tomás allí el Domingo de resurrección? Cuando todos huyen, Tomás sufre un gran desconcierto, reacciona a su modo, quizá muy similar al de Pedro, y gira en torno a los lugares donde estaba el Señor. Nada puede hacer para librar al Maestro, quizá sólo gritar ante el pretorio de Pilato mezclado entre la muchedumbre que pide su muerte. Luego ve a Jesús llevando la Cruz y la enfurecida multitud que le insulta. Cada paso en la Pasión es un golpe que desmonta sus esquemas mentales y demasiado humanos. Debió buscar seguir a Jesús y se acerca al lugar de la crucifixión donde muchos insultan y se mofan de Cristo. Por fin, cuando todos huyen al desaparecer el sol y temblar la tierra en la muerte de Jesús, quizá observó, sin atreverse a acercarse -estaba avergonzado de su falta de valentía- el descendimiento del Cuerpo del Señor realizado por José de Arimatea, Nicodemo y Juan. Entonces vio los agujeros de los clavos y de la lanza en el cuerpo de Jesucristo y se desmoronó la fe y la valentía que le quedaban aún, por eso no se atrevió a volver con los suyos.

Su intrepidez, unos días antes al animar a todos a ir con Jesús aunque sea hasta la muerte fue sincera; pero había presunción. Tomás había confiado mucho en sus fuerzas y en su amor en el Maestro. Sus declaraciones le traicionan, y el que más pretendió, más se hundió. Quiso ser el más valiente, y se siente el más humillado, por eso no se atreve a volver con los demás. Estaba destrozado, roto, humillado.

Tomás no estaba con los demás en el Cenáculo el Domingo de Resurrección por la tarde. Parece probable que los diez apóstoles, o alguno de ellos, buscase al desanimado Tomás para ayudarle a volver al redil. Habían escuchado directamente del Maestro la alegoría del Buen Pastor, y podían unir la solicitud por la búsqueda del hermano perdido con el encuentro deseado con el amigo que sufre.

La amistad siempre ha sido el principal instrumento apostólico; pero ahora se trata de demostrar un cariño que no retrocede ante el error o la vacilación. Y Tomás lo estaba pasando muy mal.

La alegría de los Diez, y la de las mujeres, unida a la serenidad gozosa de María Santísima -la que nunca dudó- contrastarían con el aspecto taciturno y dolorido de Tomás. Por así decirlo, Tomás no se perdona a sí mismo el haber sido cobarde, y casi traidor, pues así se considera él a sí mismo. Y, como suele ocurrir, la tristeza formaría como un velo en su mente que le impide ver con claridad lo que ocurre a su alrededor.

Los demás discípulos le anuncian el gozo de la resurrección con una cierta exaltación: “¡Hemos visto al Señor!”(Jn). Es comprensible que uniesen toda clase de datos unidos a su impresiones. Las conversaciones se superpondrían unas a otras. Pero Tomás permanece aferrado a su tristeza y les responde: “Si no veo la señal de los clavos en sus manos, y no meto mi dedo en la señal de los clavos y mi mano en su costado, no creeré”(Jn).

Es muy posible que su resistencia a creer a sus amigos se deba más al orgullo herido que al racionalismo. Se creía tan valiente que su cobardía se convierte en una herida difícil de cerrar. Se había confesado fiel y amador del Maestro, pero falló. Y se aferra a los sentidos, como no queriendo engañarse de nuevo. No quiere que su capacidad de entusiasmo se desborde de nuevo y vuelva a caer tan bajo como se encuentra ahora. La duda de Tomás es fruto más de orgullo herido que de incredulidad. Tomás es un valiente derrotado, que no sabe perder.

El domingo siguiente: “estaban de nuevo dentro los discípulos y Tomás con ellos. Estando cerradas las puertas, vino Jesús, se presentó en medio y dijo: La paz sea con vosotros”(Jn). Tomás debió sentir que todo se agitaba en su interior: ¡era verdad lo que le habían dicho los suyos! Y un nuevo dolor se sumó a los anteriores que rompían su alma: “no he sido capaz de creer a mis hermanos”, “he fallado una vez más”; pero ahora la alegría de ver de nuevo a “su” Jesús disipa el desaliento, y la luz divina llega dentro, porque hondo era el dolor y la oscuridad que le acongojaban.

Entonces Jesús se dirigió a él personalmente: “Después dijo a Tomás: trae aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente”(Jn). Y llega la luz a la mente antes en penumbras: “Jesús no sólo es el Maestro bueno, o sólo el Mesías, ¡es verdaderamente Dios!” y tocando las llagas dijo: “¡Señor mío y Dios mío!”(Jn).

Es el acto de fe más extraordinario y explícito de todos los evangelios. Pedro había declarado que Jesús era el Hijo de Dios vivo, pero ahora Tomás, viéndole a Él, resucitado, tocando un cuerpo, declara que Jesús es Dios. No se puede expresar de modo más claro la divinidad del Maestro. Una vez más, de los males Dios saca bienes, y de los grandes males grandes bienes. Si la incredulidad de Tomás fue grande, mayor fue su acto de fe.

Dios permitió las dudas de Tomás para dejar un signo a los que viniesen detrás. Algunos no creen, aunque vean. Basta pensar en los testigos de milagros. Otros creen sin ver nada. Tomás es como la ayuda sensible para los que piden algunas pruebas de que el cuerpo del Resucitado es real, aunque glorioso, tangible. Tomás tocó a Cristo como Hombre, y creyó en Jesús como Dios.

El leve reproche de Jesús a Tomás es un aliento para la fe de los que vendrán: “Porque me has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto han creído”(Jn).

En las palabras de Tomás es posible ver, junto al acto de fe, un acto de contrición; dolor de amor, por no haber sabido estar a la altura de la circunstancias. La paz inundó su alma. Pudo comprobar cómo la fe está unida a la caridad. Y junto a la luz de la fe que experimentaba, comprobó la dulzura de la caridad divina que le perdonaba y le introducía en la vida nueva ganada por Jesucristo. Tomás era ya un hombre nuevo.

Reproducido con permiso del Autor,
Enrique Cases, Tres años con Jesús, Ediciones internacionales universitarias
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