Ascensión del Señor



Ascensión del Señor

Ciclo B

LECTIO

Primera lectura: Hechos de los Apóstoles 1,1-11

1 Ya traté en mi primer libro, querido Teófilo, de todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio 2 hasta el día en que subió al cielo, después de haber dado sus instrucciones bajo la acción del Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido.

3 Después de su pasión, Jesús se les presentó con muchas y evidentes pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del Reino de Dios.

4 Un día, mientras comían juntos, les ordenó:

— No salgáis de Jerusalén; aguardad más bien la promesa que os hice de parte del Padre; 5 porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de pocos días.

6 Los que le acompañaban le preguntaron:

— Señor, ¿vas a restablecer ahora el reino de Israel?

7 El les dijo:

— No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha fijado con su poder. 8 Vosotros recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra.

9 Después de decir esto, lo vieron elevarse, hasta que una nube lo ocultó de su vista. 10 Mientras estaban mirando atentamente al cielo viendo cómo se marchaba, se acercaron dos hombres con vestidos blancos 11 y les dijeron:

— Galileos, ¿por qué seguís mirando al cielo? Este Jesús que acaba de subir de vuestro lado al cielo vendrá como lo habéis visto marcharse.

Este breve prólogo une el libro de los Hechos de los Apóstoles al evangelio según san Lucas, como la segunda parte («discurso», v 1 al pie de la letra) de un mismo escrito y ofrece una síntesis del cuadro del ministerio terreno de Jesús (vv. 1-3). Se trata de un resumen que contiene preciosas indicaciones: Lucas quiere subrayar, en efecto, que los apóstoles, elegidos en el Espíritu, son testigos de toda la obra, enseñanza, pasión y resurrección de Jesús, y depositarios de las instrucciones particulares dadas por el Resucitado antes de su ascensión al cielo. Su autoridad, por consiguiente, ha sido querida por el Señor, que los ha puesto como fundamento de la Iglesia de todos los tiempos (Ef 2,20; Ap 12,14). Jesús muestra tener un designio que escapa a los suyos (vv. 6s). El Reino de Dios del que habla (v 3b) no coincide con el reino mesiánico de Israel; los tiempos o momentos de su cumplimiento sólo el Padre los conoce. Sus fronteras son «los confines de la tierra» (vv. 7s).

Los apóstoles reciben, por tanto, una misión, pero no les corresponde a ellos «programarla». Sólo deben estar completamente disponibles al Espíritu prometido por el Padre (vv. 4-8). Como hizo en un tiempo Abrahán, también los apóstoles deben salir de su tierra -de su seguridad, de sus expectativas- y llevar el Evangelio a tierras lejanas, sin tener miedo de las persecuciones, fatigas, rechazos. La encomienda de la misión concluye la obra salvífica de Cristo en la tierra. Cumpliendo las profecías ligadas a la figura del Hijo del hombre apocalíptico, se eleva a lo alto, al cielo (esto es, a Dios), ante los ojos de los apóstoles -testigos asimismo, por consiguiente, de su glorificación- hasta que una nube lo quitó de su vista (cf. Dn 7,13).

Lucas presenta todo el ministerio de Jesús como una ascensión (desde Galilea a Jerusalén, y desde Jerusalén al cielo) y como un éxodo, que ahora llega a su cumplimiento definitivo: en la ascensión se realiza plenamente el «paso» (pascua) al Padre. Como anuncian dos hombres «con vestidos blancos» -es decir, dos enviados celestiales-, vendrá un día, glorioso, sobre las nubes (v 11). No es preciso escrutar ahora con ansiedad los signos de los tiempos, puesto que se tratará de un acontecimiento tan manifiesto como su partida. Tendrá lugar en el tiempo elegido por el Padre (v 7) para el último éxodo, el paso de la historia a la eternidad, la pascua desde el orden creado a Dios, la ascensión de la humanidad al abrazo trinitario.

Segunda lectura: Efesios 4,1-13

Hermanos: 1 Yo, el prisionero por amor al Señor, os ruego que os comportéis como corresponde a la vocación con que habéis sido llamados. 2 Sed humildes, amables y pacientes. Soportaos los unos a los otros con amor. 3 Mostraos solícitos en conservar, mediante el vínculo de la paz, la unidad que es fruto del Espíritu. 4 Uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu, como también es una la esperanza que encierra la vocación a la que habéis sido llamados; 5 un solo Señor, una fe, un bautismo; 6 un Dios que es Padre de todos, que está sobre todos, actúa en todos y habita en todos.

7 A cada uno de nosotros, sin embargo, se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo. 8 Por eso dice la Escritura: Al subir a lo alto llevó consigo cautivos, repartió dones a los hombres. 9 Eso de «subió» ¿no quiere decir que también bajó a las regiones inferiores de la tierra? 10 Y el que bajó es el mismo que ha subido a lo alto de los cielos para llevarlo todo. 11 Y fue él también quien constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, y a otros pastores y doctores. 12 Capacita así a los creyentes para la tarea del ministerio y para construir el cuerpo de Cristo, 13 hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, hasta que seamos hombres perfectos, hasta que alcancemos en plenitud la talla de Cristo.

A partir de la contemplación orante del misterio de Dios realizado en Cristo (capítulos 1-3), puede ofrecer Pablo a la comunidad de Efeso un itinerario concreto de vida, resumido en el v. 1: «Os ruego que os comportéis como corresponde a la vocación con que habéis sido llamados». Esta vocación se caracteriza por la unidad, puesto que el aspecto más admirable del designio de Dios es la unificación de todas las realidades en Cristo (cf. 1,13.20-23; 2,14-18). En consecuencia, es preciso superar toda división con un comportamiento humilde, manso, paciente, misericordioso, cuyo resultado será la paz.

El apóstol remacha con apasionamiento este tema de la unidad (vv 4-6) porque es precisamente la conducta cotidiana la que permite participar a los cristianos en el misterio divino y ofrecer al mundo la imagen del mismo en una Iglesia conforme al proyecto del Padre. El v 5, probablemente, era una aclamación litúrgica bautismal. Pablo la amplía en sentido trinitario y eclesial. La mención de Cristo como único Señor autor de la fe, a quien nos adherimos con el bautismo (v. 5), está precedida por la del único Espíritu, que edifica la Iglesia como un cuerpo unido y la conduce hacia la única meta a la que están llamados todos los fieles (v 4); por último, emerge la figura del Padre de todos como único Dios, presente en cada uno.

Se está llevando a cabo, por tanto, una especie de gran gestación que tiende a la unificación de toda la realidad en Cristo. Pablo aplica a Cristo el Sal 68,19: en su ascensión llevó cautivas a las fuerzas del mal (cf. Col 2,15) y dio a los hombres una gran variedad de dones. El apóstol comenta, a continuación, el texto: la premisa de la ascensión de Jesús fue su bajada (F1p 2,7-9), la encarnación; por eso puede colmar ahora todas las realidades (vv. 8-10). Todo esto lo lleva a cabo mediante los múltiples dones o ministerios eclesiales, otorgados por el Resucitado glorificado para hacer crecer su cuerpo místico en la unidad hasta la plenitud (vv 11-13).

Evangelio: Marcos 16,15-20

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once 15 y les dijo:

— Id por todo el mundo y proclamad la Buena Noticia a toda criatura. 16 El que crea y se bautice se salvará, pero el que no crea se condenará. 17 A los que crean, les acompañarán estas señales: expulsarán demonios en mi nombre, hablarán en lenguas nuevas, 18 agarrarán serpientes con sus manos y, aunque beban veneno, no les hará daño; impondrán las manos a los enfermos y éstos se curarán.

19 Después de hablarles, el Señor Jesús fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios.

20 Ellos salieron a predicar por todas partes y el Señor cooperaba con ellos, confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban.

La perícopa presenta el segundo final del evangelio según san Marcos, obra, probablemente, de otro autor, donde se resumen las diferentes tradiciones evangélicas sobre el Resucitado (vv 9-20); los vv 15-20 recuperan, en particular, Mt 28,19s, añadiendo explícitamente el momento de la ascensión.

Jesús se aparece a los apóstoles antes de la conclusión de su camino terreno para exhortarles a hacerse misioneros del Evangelio por todo el mundo (v 15). Es preciso que la «buena noticia» de la resurrección de Cristo llegue a todos los hombres y puedan recibir l salvación adhiriéndose a él libremente mediante la fe y el bautismo (v 16). Los creyentes experimentarán en sí mismos que Cristo está vivo y operante. En su nombre tendrán la misma autoridad, no sólo para vencer a las potencias del mal, sino también para realizar curaciones (vv. 17s).

Tras esta encomienda, el Resucitado entra definitivamente en la gloria de Dios (v. 19), aunque no deja de estar con los suyos (cf. Mt 28,20). En efecto, el Señor acompaña por todas partes a la irradiación de la predicación, sosteniendo su eficacia y confirmándola «con las señales que la acompañaban» (Mc 16,20). Su presencia viva, operante y salvífica continúa en la Iglesia de todos los tiempos. La ascensión no marca, por consiguiente, un final, sino un nuevo inicio. Implica una separación, pero, a pesar de ella, proporciona una comunión más profunda con el Señor Jesús, una comunión que será plena al final de los tiempos.

MEDITATIO

Los verbos de la fiesta de la ascensión tienen todos, de una manera implícita o explícita, el sentido de elevación y nos invitan de este modo a mirar a lo alto, a elevar el corazón, a dirigir los ojos al cielo, a trasladar nuestro corazón al lugar donde se encuentra Cristo a la derecha del Padre. Así, la solemnidad de la ascensión nos revela nuestra pertenencia, ya desde ahora, a la Jerusalén celestial, nuestro habitar en el cielo, «todavía no» con el cuerpo, pero sí «ya» con el espíritu y el corazón.

Cristo, al ascender al cielo, se llevó consigo el trofeo de su victoria sobre la muerte: su humanidad glorificada, la naturaleza que tiene en común con nosotros, con sus hermanos de carne y de sangre. Nos ha hecho prisioneros, dice Pablo. ¿Cómo lo ha hecho? Ha hecho prisionero nuestro corazón ligando a El nuestro deseo, nuestro amor; en efecto, el corazón se encuentra allí donde se encuentra el objeto que ama. «Si me amarais -afirma incesantemente Jesús-, os alegrarías de que suba al Padre».

En la medida en que nos humillemos y muramos con él, ascenderemos con él al Padre, seremos liberados de la esclavitud y llegaremos a ser hombres cada vez más libres. La espera del Cristo glorioso puede resultar dificil si sólo tenemos en cuenta los acontecimientos dolorosos de la vida humana, de la historia; sin embargo, es preciso cultivar, como lo hacían las primeras generaciones cristianas, el sentido de la inminencia. Nuestros ojos deben saber mirar al cielo sin alejarse de la tierra; más aún, recogiendo a los hermanos de sus dispersiones, para hacer converger también sus miradas hacia lo alto. Nuestra manera de trabajar y de cansarnos debería permitirnos también reposar ya con Cristo en el cielo. Nuestro modo de vivir, de sufrir, de morir, debería manifestar con claridad que el misterio de la redención se va cumpliendo en nosotros.

ORATIO

Nosotros, viajeros por los senderos del mundo, suspiramos por revestirnos con esa túnica de luz sin ocaso que tú mismo, Señor, nos has preparado en tu amor. Haz que no se pierda nada de todo lo que, por gracia, has derramado como don en nuestras pobres manos. Que la fuerza de tu Espíritu plasme en nosotros el hombre nuevo revestido de mansedumbre y de humildad.

Te rogamos que no permitas que nos mostremos sordos a tus palabras de vida, porque si no te seguimos a ti y no nos confiamos al poder de tu nombre, nadie más podrá salvarnos. Que tu Espíritu triture todos los ídolos que todavía detienen y obstaculizan nuestro camino. Que nada ni nadie pueda aprisionar nuestro corazón en esta tierra. Haz que, dirigiendo la mirada a ti y a tu Reino, consigamos ojos para ver por doquier los prodigios de tu amor.

CONTEMPLATIO

¡Felices vosotros, que tenéis por abogado al mismo juez! Por vosotros ora aquel al que debemos adorar. Es natural que todo aquello por lo que ora Cristo se realice, porque su palabra es acto, y su voluntad, eficaz. ¡Qué gran seguridad para los fieles! ¡Cuánta confianza para los creyentes! […]

¿Acaso no es fácil llevar el suave yugo de Cristo y sublime ser coronados en su Reino? ¿Qué puede ser más fácil que llevar las alas que llevan a aquel que las lleva? ¿Qué puede ser más sublime que volar por encima de los cielos donde ha ascendido Cristo? Algunos vuelan contemplando; tú, al menos, amando. Repróchate haber buscado en alguna ocasión lo que no es de arriba, sino de la tierra, y di al Señor con el profeta: «¿A quién tengo yo en el cielo? Estando contigo no hallo gusto en la tierra» (Sal 73,25). Con lo grande que es lo que me está reservado en el cielo y, sin embargo, lo desprecio […]

Cristo, tu tesoro, ha ascendido al cielo: que también ascienda tu corazón. En él está tu origen, allí está tu suerte y tu herencia, de allí esperas al Salvador (Guerrico de Igny, Sermón sobre la ascensión del Señor, l s; en PL 185, 153-155).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Suscita en nosotros el deseo de la patria eterna».

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Es evidente que Cristo ha restaurado la dignidad humana de manera todavía más magnífica que como fue creada, que Cristo puede reunir en un inmenso haz de luz y de amor toda la creación, a fin de que ninguna criatura pueda quedar al margen de la alegría divina, a fin de que ninguna criatura se quede excluida del mundo consagrado, a fin de que toda criatura llegue a ser, en su propia modalidad, vida eterna. Precisamente cuando captamos la alegría hacemos eternas las criaturas. Por eso pienso que debemos habituarnos a procurarnos cada día la posibilidad de hacer una pausa en la que nos sea posible captar las alegrías del universo y de la humanidad, las alegrías del alma y del pensamiento, así como las alegrías de la ternura y de la amistad.

Es preciso que nos concedamos esta pausa, para descubrir en ella una fuente que renueve todos nuestros horizontes. Detrás de todas las desventuras, a pesar de todo, está el amor. Si bien Dios no puede impedir lo que nuestra ausencia hace inevitable, no es menos verdad que la única manera de dar testimonio de su presencia es demostrar, de una manera sensible, a todos los que nos rodean, que Dios es verdaderamente para nosotros la vida de nuestra vida y puede llegar a serlo también para ellos (M. Zundel, Stupore e povertá, Padua 1990, pp. 151-155, passim).

El Señor, ¿se va o se queda con nosotros?


Autor: P. Sergio A. Córdova LC | Fuente: Catholic.net
El Señor ¿Se va o se queda con nosotros?
Marcos 16, 15-20. Solemnidad de la Ascensión Ciclo B. La Ascensión del Señor es nuestro triunfo y nuestra victoria definitiva, nuestra alegría, nuestro consuelo y esperanza.
El Señor  ¿Se va o se queda con nosotros?

Del santo Evangelio según san Marcos 16,15-20

Y les dijo: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien.” Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban.

Oración introductoria

Señor, permite que esta oración me lleve a ascender, a crecer en la fe, la esperanza y la caridad, para que con gran alegría cumpla todo lo que me has mandado, sabiendo que Tú estarás conmigo todos los días.

Petición

Que el gozo de tu ascensión, Señor, me lleve a centrar mi vida en el amor.

Meditación del Papa

Precisamente con la resurrección de entre los muertos, él obtuvo “el primado sobre todas las cosas”. Lo afirma Jesús mismo al aparecerse a los discípulos después de la resurrección: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra”. Esta conciencia sostiene el camino de la Iglesia, Cuerpo de Cristo, a lo largo de las sendas de la historia. No hay sombra, por más densa que sea, que pueda oscurecer la luz de Cristo. Por eso, los que creen en Cristo mantienen siempre la esperanza, también hoy, ante la gran crisis social y económica que aflige a la humanidad; ante el odio y la violencia destructora que no dejan de ensangrentar a muchas regiones de la tierra; ante el egoísmo y la pretensión del hombre de erigirse como dios de sí mismo, que a veces lleva a peligrosas alteraciones del plan divino sobre la vida y la dignidad del ser humano, sobre la familia y la armonía de la creación. Benedicto XVI, 13 de enero de 2009.

Reflexión

¿Y dejas, Pastor santo,/ tu grey en este valle hondo, oscuro,/ con soledad y llanto?/ Y Tú, rompiendo el puro/ aire, ¿te vas al inmortal seguro?… Así comienza el poeta castellano, el gran Fray Luis de León, su oda a la Ascensión del Señor. Con encanto lírico y aire nostálgico se dirige a Cristo, a quien ve subir al cielo, como queriendo aferrarse a sus vestidos para que no se vaya y permanezca por más tiempo entre los suyos. Ésa tuvo que ser también la experiencia de los apóstoles y de los discípulos de Cristo cuando lo vieron ascender a los cielos…

Los antes bienhadados/ y los ahora tristes y afligidos/ –continúa nuestro poeta su mística contemplación– a tus pechos criados, / de ti desposeídos,/ ¿a do convertirán ya sus sentidos?/ ¿Qué mirarán los ojos/ que vieron de tu rostro la hermosura,/ que no les sea enojos?/ Quién oyó tu dulzura,/ ¿qué no tendrá por sordo y desventura?”.

Estos versos rebosan de inspiración, sin duda alguna. Pero yo creo que también debemos albergar otros sentimientos en nuestro corazón: la alegría, el gozo profundo y el regocijo porque nuestro Señor ha triunfado definitivamente. Con su gloriosa resurrección ha vencido a nuestros enemigos: al demonio, al pecado y a la muerte. Pero su ascensión a los cielos confirma su victoria y culmina su glorificación como Mesías, Redentor e Hijo de Dios.

Pero ese triunfo no es sólo de Él. ¡También es nuestro! Porque Cristo nos ha abierto las puertas del Reino de los cielos y ahora se va –como dijo a sus apóstoles en la Última Cena– “para prepararnos un lugar”. Y luego, cuando nos lo haya preparado, de nuevo volverá y nos tomará para llevarnos a donde está Él, para que estemos con Él para siempre. (Jn 14, 2-3). ¡Ése es el motivo profundo de nuestra esperanza! Cuando escucho que alguien se muere –sobre todo si se trata de un amigo o de un ser querido– yo personalmente experimento un gran regocijo y también una santa envidia: ¡Qué dicha tan grande para él –pienso para mis adentros– que ya goza para siempre de Dios y ya no habrá más tristezas, ni más lágrimas! ¡Y ojalá también me tocara a mí muy pronto tan grande e incontenible felicidad!…

Yo no entiendo por qué algunas gentes se ponen tristes, abatidas o incluso se desesperan o se rebelan a veces contra Dios por la muerte de ser querido, si ya está gozando de Dios por toda la eternidad. ¡Dichoso él!… Obviamente, a todos nos duele su separación –como a los apóstoles les dolía que su Señor se fuera al cielo–. Pero, ¡qué inmensa dicha para Jesús! Y, por tanto, también para nosotros. A esta luz, se entienden perfectamente aquellas otras palabras de nuestro Señor, pronunciadas en el Cenáculo la noche de la despedida: “Si me amarais, os alegraríais de que me fuera, pues me voy al Padre” (Jn 14,28). Ahora sí se está yendo definitivamente al cielo… ¿Y no debemos también alegrarnos con Él?

Pero como Cristo es Dios, es omnipotente. Y para Él no hay imposibles. Se va, pero se queda al mismo tiempo, como lo hizo la noche bendita del Jueves Santo al instaurar la Eucaristía. Sólo su amor podía tener esas ocurrencias. Pero el suyo es un amor todopoderoso y eficaz. Nuestro amor humano también sueña y experimenta deseos semejantes, pero somos radicalmente impotentes para cumplir los sueños y los anhelos de nuestro amor. Pues Cristo sí puede realizarlos: se va. Pero se queda con nosotros. ¡Qué maravilla! ¡Qué enorme consuelo para nuestra soledad y para nuestras horas de tristeza, de oscuridad, de abatimiento, de derrota y de desesperanza!

Sí. Cristo se queda: “No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros” –nos prometió también en la Última Cena– (Jn 14, 18). Y lo que Cristo promete, lo cumple, porque Él es fiel a sus promesas. Recordemos lo que nos dijo antes de su ascensión: “Yo estaré con vosotros para siempre hasta la consumación del mundo” (Mt 28, 20). Él nunca está ausente. Es el gran Presente. Por tanto, alegría, consuelo, esperanza. “En las duras y en las maduras”, como reza el decir popular. También cuando a veces “ya no sintamos lo duro, sino lo tupido” de la batalla. Todos tenemos nuestros ratos duros y amargos, de desconcierto y de decaimiento. Todos. Porque todos vamos como peregrinos “gimiendo y llorando en este valle de lágrimas”. Pero con Cristo a nuestro lado y dentro de nosotros, ¡todo lo podemos!

Y a propósito de que estamos aquí de paso, la fiesta de la Ascensión del Señor nos lo confirma. Cristo, subiendo al cielo, nos invita a elevar también nosotros el corazón a las alturas: “Si habéis resucitado con Cristo -nos exhorta san Pablo- buscad las cosas de allá arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios; pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque estáis muertos y vuesta vida está escondida con Cristo en Dios” (Col 3, 1-3).

Si Cristo está en el cielo, también nosotros debemos tener el corazón en el cielo. Pero los pies bien puestos sobre la tierra. ¡Levantemos el corazón! -nos invita en cada Misa el sacerdote-. Y nosotros siempre respondemos: ¡Lo tenemos levantado hacia el Señor! Pues ojalá que no sean sólo palabras, sino que nuestra vida entera lo confirme.

Y finalmente, la Ascensión es una llamada a la misión y al apostolado, a compartir con los demás nuestra fe y nuestras certezas: “¿Qué hacéis allí mirando al cielo?”–nos dice el ángel–. Hay que ir a proclamar el mensaje de Cristo: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura (Mc 16,15), bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo -fue el mandato del Señor antes de marcharse-, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado” (Mt 28, 19).

Propósito

Renovar mi compromiso de anunciar a Cristo, con la palabra y mi testimonio de vida.

Diálogo con Cristo

Tu Ascensión es nuestro triunfo y nuestra victoria definitiva, nuestra alegría, nuestro consuelo y esperanza; una llamada a vivir con el corazón en el cielo y una invitación a compartir con los demás la felicidad de nuestra fe. ¡Aleluya, aleluya!

Monición para la Solemnidad de la Ascensión del Señor, Ciclo B


MONICION PARA LA SOLEMNIDAD DE LA ASCENSION DEL SEÑOR Ciclo B

La paz de Cristo: Don y Tarea

M.R. Pág.  215  /  Lecc. 1  Pág. 936

 

MONICION DE ENTRADA

(Saludo) Sean bienvenidos a esta Eucaristía en la que recordamos la ascensión del Señor a los cielos. Preparemonos para celebrar con gozo y dignamente de esta celebración.

 

Ó

 

Celebramos hoy la Solemnidad de la Ascensión del Señor a los cielos. Que nuestra participación en éste santo misterio nos llene de renovado entusiasmo, a fin de cumplir la misión que Él nos ha encomendado.

 

Ó

 

Hoy celebramos la Ascensión de Jesús al Cielo, ahora glorificado, está junto al Padre. Ahora nosotros como sus discípulos, debemos ejercer nuestra misión de testigos, con la fuerza del Espíritu Santo.

 

LITURGIA DE LA PALABRA

Primera Lectura: Hc 1, 1-11

Salmo: 46

Segunda Lectura: Ef 4, 1-13

Evangelio: Mc 16, 15-20

MONICION A LAS LECTURAS (Única)

En las lecturas recordamos las últimas palabras de Jesús en la tierra, y descubrimos qué tipo de  la vida que tienen que llevar los cristianos  para encontrarse con Dios.

 

Ó

 

Jesús va camino al Padre. Ahora nos toca continuar con el plan de Dios que Jesús vino a cumplir. Pero no estamos solos porque el Espíritu Santo prometido nos acompaña y guía.

 

Ó

 

Las lecturas que vamos a escuchar nos acercan al Misterio de la Ascensión del Señor. Su misión, la sigue llevando adelante su cuerpo visible que es la Iglesia. Hoy, Jesús, sube al cielo: ha cumplido, ha vencido, ha ganado y, ahora, va camino del abrazo del Padre. Escuchemos con atención.

 

MONICION A LAS LECTURAS (Individual)

 

Primera Lectura:

Jesús culmina su misión al volver a los cielos a ocupar su lugar a la derecha del Padre, para velar por toda la humanidad.

 

Ó

 

Jesús encarga a sus discípulos la misión de proclamar la buena nueva de la salvación. Ellos son los que continúan con su obra salvífica.

 

Ó

 

Escuchemos la narración de la Ascensión del Señor al cielo, y su promesa del envío Espíritu Santo sobre todos nosotros.

 

Segunda Lectura

San Pablo nos exhorta a comprometernos en la unidad eclesial. Ésta se manifiesta en una pluralidad de carismas y ministerios, dones de Cristo glorificado.

 

Ó

 

Pablo nos recuerda que Cristo está ahora sentado a la derecha de Dios Padre, en el cielo y por encima de toda criatura y poder.

 

Evangelio

Jesús resucitado envía a sus discípulos a llevar el Evangelio a todas las naciones, sin prejuicios ni barreras. Su predicación estará siempre asistida por su presencia reconfortante.

 

Ó

 

Jesús antes de subir a reunirse con el Padre, les deja una importante misión a sus amigos y gracias a que ellos lo escucharon y cumplieron su misión estamos ahora aquí.

 

Ó

 

Jesús asciende al cielo y nos invita a continuar su misión en el mundo. Por el poder del Espíritu Santo todos somos sus testigos.

 

MONICION AL OFERTORIO

Con estos dones de pan y vino, ofrezcamos a Dios todo nuestro ser a imitación de Cristo, el Espíritu Santo con su poder nos transformará en ofrenda agradable a sus ojos.

 

Ó

 

Acercamos al altar los dones eucarísticos que nos servirán de alimento, junto al compromiso de hacer presente al Señor en nuestra vida cotidiana, desde el servicio hasta el testimonio, siendo así verdaderos testigos suyos.

 

Ó

 

Unidos a la victoria de Cristo, nuestra cabeza, pidamos para todos nosotros la necesaria disponibilidad para ofrecerle siempre lo mejor de nosotros mismos.

 

Ó

 

Te ofrecemos Señor este pan y vino, que pronto serán tu cuerpo y sangre, haciéndote presente entre todos nosotros.

 

Ó

 

El pan y el vino, siempre agradables a Dios, los depositamos en la mesa del altar. En estas ofrendas queremos simbolizar nuestra confianza total en el Padre. Que nunca nos falte el alimento necesario para vivir y para darle gracias.

 

Ó

 

El pan y el vino siempre agradables a Dios los depositamos en la mesa del altar. En estas ofrendas simbolizamos nuestro agradecimiento y confianza total en Él.

 

MONICION A LA COMUNION

En la eucaristía podemos gustar anticipadamente algo de lo mucho que nos espera en la gloria eterna. Acerquémonos con fe y devoción a recibir a Aquel que nos ha prometido su asistencia hasta el fin del mundo.

 

Ó

 

Que la recepción del Cuerpo y Sangre de nuestro redentor, abra nuestros corazones a la gracia de su Santo Espíritu, a fin de que nos veamos enriquecidos continuamente con sus dones de salvación.

 

Ó

 

Llenos de gozo acerquémonos a recibir a Cristo glorificado en su cuerpo y en su sangre, que son para nosotros fuerza y vida.

 

MONICION DE DESPEDIDA

El Señor Jesús no se ha ido al Cielo para desentenderse de nosotros, sino para prepararnos un lugar. Que tampoco nosotros nos olvidemos nunca de los hermanos que más nos necesitan.

 

Ó

 

Salgamos felices de nuestra celebración. Jesús, nuestro Maestro, nos impregna con su paz y con su amor. Asciende a los cielos, pero se queda con nosotros en el Sagrario. Ojalá seamos capaces de transmitir a todo nuestro entorno la sublime doctrina de Jesús de Nazaret.

 

ORACION DE LOS FIELES / ORACION UNIVERSAL

Pongamos nuestra mirada en Jesús y pidámosle por las necesidades de todos los hombres

 

1.- Para que Cristo venga en ayuda de su Iglesia, que lucha en medio de las dificultades del mundo, y no permita que sus fieles se dejen cautivar por los bienes de la tierra. Roguemos al Señor.

 

2.- Para que Jesús revele su nombre a los hombres que aún no lo conocen, Roguemos al Señor.

 

3.- Para que el Señor llene de esperanza a los que sufren enfermedades en el cuerpo o angustias en el espíritu, roguemos al Señor.

 

4.- Para que el Señor nos envíe el Espíritu Santo, para que nos enseñe a amar los bienes de arriba y a no dejarnos cautivar por las cosas de la tierra, roguemos al Señor.

 

Padre todopoderoso, que has resucitado a tu Hijo, y lo has hecho Señor del universo, reconoce la voz de tu amado en las oraciones de la Iglesia y concédenos lo que te hemos pedido. Por Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina por los siglos de los siglos.

 

Después de la Ascención, qué?


Autor: Karime Alle | Fuente: Catholic.net
¿Después de la Ascensión, qué?
¡No podemos quedarnos mirando al Cielo! Ahora nos toca a nosotros ser la voz de Jesús para alentar y consolar.

¿Después de la Ascensión, qué?

Después de la Ascensión ya no va a ser Jesús el que anuncie la Buena Nueva. Ahora nos toca a nosotros, sus discípulos, hacerlo. Los Sacerdotes predicando(sobre todo)con la palabra, los laicos predicando(sobre todo) con el ejemplo, los padres de familia predicando con la palabra y el ejemplo.

Después de la Ascensión ya no va a ser Jesús el que compadezca a los pobres y lo enfermos. Ahora nos toca a nosotros.

Después de la Ascensión ya no va a ser Jesús el que multiplique los panes y los pescados para alimentar a las multitudes. Esa es ahora nuestra tarea, multiplicando nuestros esfuerzos para dar de comer sino a las multitudes, por lo menos a los pobres que podamos.

Después de la Ascensión ya no va a ser Jesús el que cuide a sus ovejas. Ahora nosotros tenemos que velar por ellas, especialmente por aquellas (el cónyuge, los hijos, los hermanos, los trabajadores) que Dios nos ha encomendado a cada uno.

Después de la Ascensión a nosotros nos toca ser la voz de Jesús para alentar y consolar. Sus manos para tenderlas a todo el que necesite ayuda. Sus pies para llevarlo a donde no lo conocen.

Después de la Ascensión:
¡No podemos quedarnos mirando al Cielo!

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No dejes de rezar la Novena al Espíritu Santo. El domingo 12 de Junio celebraremos la venida del Espíritu Santo que le llamamos Pentecostés. Pidámosle al Espíritu Santo que nos renueve los frutos y dones que nos concede.

Yo estoy con vosotros todos los dias


Autor: José Jonathan Martínez Ruiz | Fuente: Catholic.net
Yo estoy con vosotros todos los días
Mateo 28, 16-20. La Ascención. Cada persona tiene una misión específica que Dios le ha confiado. De cada quien depende si quiere llevar a término esa misión.

Yo estoy con vosotros todos los días
Evangelio

Lectura del santo Evangelio según San Mateo 28, 16-20

Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».

Oración Introductoria

Señor, la misión que Tú me has confiado es grande y sobrepasa mis capacidades, pero tengo la firme certeza de que me vas a dar las gracias que necesito para poder superar todas las pruebas que estén en el camino que tengo que recorrer.

Petición

Jesús mío, no te pido que me quites las montañas que encuentre en mi vida, más bien te pido que me des las fuerzas para superarlas y así pueda cumplir la misión que Tú me has encomendado.

Meditación

El llamado que el Señor Jesús dirigió a sus discípulos, enviándoles a predicar su mensaje de salvación y hacer discípulos suyos a todos los pueblos (cf. Mt 28, 16-20), debe ser para toda la comunidad eclesial un motivo constante de meditación y la razón de ser de toda acción pastoral. También hoy, como en todas las épocas y lugares, los hombres tienen necesidad de un encuentro personal con Cristo, en el que puedan experimentar la belleza de su vida y la verdad de su mensaje. (Benedicto XVI, a los Obispos de Ecuador en visita “ad limina apostolorum”, 16 de octubre de 2008).

Reflexión Apostólica

Cada persona en el mundo tiene una misión específica que Dios le ha confiado. De cada quien depende si quiere llevar a término esa misión. Cada camino tiene sus dificultades, pero nosotros debemos ir de las manos de Dios para poder salir al paso de todos esos tropiezos de la vida.
Que nadie se sienta omitido de su propia misión, pues es Dios el que nos ha creado y quiere un propósito de nuestra vida, y de nosotros depende si ese propósito se cumplió o desgraciadamente se le va a tener que confiar a otro.

Propósito

Iré a visitar en un momento del día a Cristo Eucaristía y le preguntaré: ¿Cuál es la misión que me has confiado?

Diálogo con Cristo

Señor Jesús, haz que no te defraude en mi vida, y que no me importe cuantas sean las caídas, sino que, con la experiencia de las mismas, pueda llegar algún día a tu presencia habiendo cumplido la misión de mi vida.

Quien tiene la misión de decir cosas grandes, está igualmente obligado a practicarlas. (San Gregorio Magno, Catena Aurea, vol. VI, pág. 101)

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Autor: Alberto Ramirez Mozqueda | Fuente: Catholic.net
La Fiesta de la Ascención del Señor
Cristo tuvo mucho cuidado en darles poder a sus Apóstoles para hacerlo presente en el mundo y afirmó, que él estaría con ellos siempre, hasta el fin de los tiempos.

La Fiesta de la Ascención del Señor

Los niños de hoy están acostumbrados a oír de los viajes espaciales, a naves que viajan a velocidades que escapan a la imaginación y que tocan países insospechados con otras costumbres y otras formas de vida. Por eso podrían quedarse con la impresión de que Cristo en su Ascensión a los cielos, se hubiera adelantado al tiempo, subiendo en su propia nave hasta desplazarse hasta el mismísimo cielo.

Tenemos que decir entonces de entrada que el cielo y el espacio de las estrellas, los astros, los asteroides y los cometas, un mundo vastísimo, es otro totalmente distinto del que nos presentan los evangelistas que afirman que Cristo subió al cielo, donde “Dios habita en una luz inaccesible” (1 Tim 6.16), lo cual quiere decir que nosotros mismos estaremos invitados a subir con Cristo pero no precisamente a un espacio o a un lugar sino a una situación nueva si vivimos en el amor y en la gracia de Dios.

La fiesta de la Ascensión del Señor es entonces la fiesta de la Verdadera esperanza para los cristianos y en general para todos los hombres, pues cuando Cristo envía a sus apóstoles al mundo, quiere hacer que su mensaje llegue precisamente a todos los hombres, rotas ya las barreras y todas las fronteras, hasta hacer de la humanidad una sola familia salvada por la Sangre de Cristo. Cristo no sube solo, somos parte suya, y por lo tanto, algo nuestro ya está en la casa el Padre, esperando la vuelta de todos para sentarnos con Cristo a ese banquete que se ofrece a todos los que fueron dignos de entrar al Reino de los cielos.

La fiesta en cuestión comenzó a celebrarse hasta el siglo VI pues los siglos anteriores se consideraba como una sola festividad tanto la Resurrección de Cristo como su misma Ascensión, pero se pensó en celebrar ésta última como la plena glorificación de Cristo, su exaltación a los cielos, el sentarse a la diestra de Dios Padre, su constitución como Juez y Señor de vivos y muertos y por lo tanto con poder para enviar a su Iglesia al mundo a hacerlo presente en sus sacramentos, en su Eucaristía, descubriéndole en los pobres y los marginados del mundo, comprometiéndose seriamente con ellos como él lo hizo con cada uno de los actos de su vida, pero sobre todo con su muerte en lo alto de la cruz.

La Ascensión tiene lugar en Galilea, donde Jesús comenzó su ministerio público pero no fue tanto un dato meramente geográfico, sino para hacerles entender a sus apóstoles que Jerusalén ya no era el centro de religiosidad y de culto, sino que desde ahora él se constituía en Aquél por el que se podía tener libre acceso al Padre. Galilea sería como un símbolo de una humanidad que vive una nueva esperanza y una nueva acogida por el Buen Padre Dios, invitándonos a romper toda esclavitud, pues él ya no quiere más sirvientes sino hijos.

Cristo tuvo mucho cuidado antes de su subida de darles poder a sus Apóstoles para hacerlo presente en el mundo, pero también afirmó, y con un verbo en presente que él estaría con ellos siempre, hasta el fin de los tiempos. Esa es la gran alegría de los cristianos, poder unirse desde ahora al Salvador sin tener que esperar hasta el momento final, y hacerlo como discípulos del único Maestro, que quiere a la humanidad unida en su Amor.

Ascensión de Cristo: Reflexión y Meditación


Reflexión – Ascensión del Señor

Enhorabuena, Señor, por tu triunfo.

Has ascendido y eres
lo más alto que existe.

Has batido el record absoluto
de amor a la humanidad.

También a mí me gusta el triunfo,
el hacer carrera y el éxito,
pero soy muy diferente a Ti.

Cuando yo gano, otros pierden.
Cuando ganas Tú, ganamos todos.

Lo mío suele ser un éxito
frente a otros hombres.

Lo tuyo es una victoria
para todos los hombres.

Enséñame, Señor, a no subir
a costa de los demás.

Enséñame a servir a todos
deportivamente.

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LA ASCENSIÓN DE JESUCRISTO

CATEQUESIS DE S. S. JUAN PABLO II

05-04-89.- La Ascensión: misterio anunciado

1. Los símbolos de fe más antiguos ponen después del artículo sobre la resurrección de Cristo, el de su ascensión. A este respecto los textos evangélicos refieren que Jesús resucitado, después de haberse entretenido con sus discípulos durante cuarenta días con varias apariciones y en lugares diversos, se sustrajo plena y definitivamente a las leyes del tiempo y del espacio, para subir al cielo, completando así el «retorno al Padre» iniciado ya con la resurrección de entre los muertos.

En esta catequesis vemos cómo Jesús anunció su ascensión (o regreso al Padre) hablando de ella con la Magdalena y con los discípulos en los días pascuales y en los anteriores la Pascua.

2. Jesús, cuando encontró a la Magdalena después de la resurrección, le dice: «No me toques, que todavía no he subido al Padre; pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios» (Jn 20,17).

Ese mismo anuncio lo dirigió Jesús varias veces a sus discípulos en el período pascual. Lo hizo especialmente durante la última Cena, «sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre…, sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía» (Jn 13, 1-3). Jesús tenía, sin duda, en la mente su muerte ya cercana y, sin embargo, miraba más allá y pronunciaba aquellas palabras en la perspectiva de su próxima partida, de su regreso al Padre mediante la ascensión al cielo: «Me voy a aquel que me ha enviado» ( Jn 16, 5): « Me voy al Padre, y ya no me veréis» (Jn 16, 10). Los discípulos no comprendieron bien, entonces, qué tenía Jesús en mente, tanto menos cuanto que hablaba de forma misteriosa: «Me voy y volveré a vosotros», e incluso añadía: «Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo» (Jn 14, 28). Tras la resurrección aquellas palabras se hicieron para los discípulos más comprensibles y transparentes, como anuncio de su ascensión al cielo.

3. Si queremos examinar brevemente el contenido de los anuncios transmitidos, podemos ante todo advertir que la ascensión al cielo constituye la etapa final de la peregrinación terrena de Cristo. Hijo de Dios, consubstancial al Padre, que se hizo hombre por nuestra salvación. Pero esta última etapa permanece estrechamente conectada con la primera, es decir, con su «descenso del cielo», ocurrido en la encarnación Cristo «salido del Padre» (Jn 16, 28) y venido al mundo mediante la encarnación, ahora, tras la conclusión de su misión, «deja el mundo y va al Padre» (Cfr. Jn 16, 28). Es un modo único de «subida» como lo fue el del «descenso» Solamente el que salió del Padre como Cristo lo hizo puede retornar al Padre en el modo de Cristo. Lo pone en evidencia Jesús mismo en el coloquio con Nicodemo: «Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo» (Jn 3, 13). Sólo Él posee la energía divina y el derecho de «subir al cielo», nadie más. La humanidad abandonada a sí misma, a sus fuerzas naturales, no tiene acceso a esa «casa del Padre» (Jn 14, 2), a la participación en la vida y en la felicidad de Dios. Sólo Cristo puede abrir al hombre este acceso: Él, el Hijo que «bajó el cielo», que «salió del Padre» precisamente para esto.

Tenemos aquí un primer resultado de nuestro análisis: la ascensión se integra en el misterio de la Encarnación, y es su momento conclusivo.

4. La Ascensión al cielo está, por tanto, estrechamente unida a la «economía de la salvación», que se expresa en el misterio de la encarnación y, sobre todo, en la muerte redentora de Cristo en la cruz Precisamente en el coloquio ya citado con Nicodemo, Jesús mismo, refiriéndose a un hecho simbólico y figurativo narrado por el Libro de los Números (21, 4-9), afirma: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado (es decir, crucificado) el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna» (Jn 3, 14-1 5).

Y hacia el final de su ministerio, cerca ya la Pascua, Jesús repitió claramente que era Él el que abriría a la humanidad el acceso a la «casa del Padre» por medio de su cruz: «cuando sea levantado en la tierra, atraeré a todos hacia mi» (Jn 12, 32). La «elevación» en la cruz es el signo particular y el anuncio definitivo de otra «elevación» que tendrá lugar a través de la ascensión al cielo. El Evangelio de Juan vio esta «exaltación» del Redentor ya en el Gólgota. La cruz es el inicio de la ascensión al cielo.

5. Encontramos la misma verdad en la Carta a los Hebreos, donde se lee que Jesucristo, el único Sacerdote de la Nueva y Eterna Alianza, no penetró en un santuario hecho por mano de hombre, sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios en favor nuestro» (Heb 9, 24). Y entró «con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna: «penetró en el santuario una vez para siempre» (Heb 9, 12). Entró, como Hijo «el cual, siendo resplandor de su gloria (del Padre) e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas» (Heb 1, 3)

Este texto de la Carta a los Hebreos y el del coloquio con Nicodemo (Jn 3, 13) coinciden en el contenido sustancial, o sea en la afirmación del valor redentor de la ascensión al cielo en el culmen de la economía de la salvación, en conexión con el principio fundamental ya puesto por Jesús «Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre» (Jn 3, 13).

6. Otras palabras de Jesús, pronunciadas en el Cenáculo, se refieren a su muerte, pero en perspectiva de la ascensión: «Hijos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros. Vosotros me buscaréis, y adonde yo voy (ahora) vosotros no podéis venir» (Jn 13, 33). Sin embargo, dice en seguida: «En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho, porque voy a prepararos un lugar» (Jn 14, 2).

Es un discurso dirigido a los Apóstoles, pero que se extiende más allá de su grupo. Jesucristo va al Padre (a la casa del Padre) para «introducir» a los hombres que «sin Él no podrían entrar». Sólo Él puede abrir su acceso a todos: Él que «bajó del cielo» (Jn 3, 13), que «salió del Padre» (Jn 16, 28) y ahora vuelve al Padre «con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna» (Heb 9, 12). Él mismo afirma: «Yo soy el Camino; nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14, 6).

7. Por esta razón Jesús también añade, la misma tarde de la vigilia de la pasión: «Os conviene que yo me vaya.» Sí, es conveniente, es necesario, es indispensable desde el punto de vista de la eterna economía salvífica. Jesús lo explica hasta el final a los Apóstoles: «Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré» (Jn 16, 7). Sí. Cristo debe poner término a su presencia terrena, a la presencia visible del Hijo de Dios hecho hombre, para que pueda permanecer de modo invisible, en virtud del Espíritu de la verdad, del Consolador (Paráclito). Y por ello prometió repetidamente: «Me voy y volveré a vosotros» (Jn 3. 28).

Nos encontramos aquí ante un doble misterio: El de la disposición eterna o predestinación divina, que fija los modos, los tiempos, los ritmos de la historia de la salvación con un designio admirable, pero para nosotros insondable; y el de la presencia de Cristo en el mundo humano mediante el Espíritu Santo, santificador y vivificador: el modo cómo la humanidad del Hijo obra mediante el Espíritu Santo en las almas y en la Iglesia -verdad claramente enseñada por Jesús- permanece envuelto en la niebla luminosa del misterio trinitario y cristológico, y requiere nuestro acto de fe humilde y sabio.

8. La presencia invisible de Cristo se actúa en la Iglesia, también de modo sacramental. En el centro de la Iglesia se así encuentra la Eucaristía. Cuando Jesús anunció su institución por vez primera, muchos «se escandalizaron» (Cfr. Jn 6, 61), ya que hablaba de «comer su Cuerpo y beber su Sangre». Pero fue entonces cuando Jesús reafirmó: «¿Esto os escandaliza? ¿Y cuándo veáis al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es el que da la vida, la carne no sirve para nada» (Jn 6, 61-63) .

Ya Jesús habla aquí de su ascensión al cielo cuando su Cuerpo terreno se entregue a la muerte en la cruz, se manifestará el Espíritu «que da la vida». Cristo subirá al Padre, para que venga el Espíritu. Y, el día de Pascua, el Espíritu glorificará el Cuerpo de Cristo en la resurrección. El día de Pentecostés, el Espíritu sobre la Iglesia para que, renovado en la Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo, podamos participar en la nueva vida de su Cuerpo glorificado por el Espíritu y de este modo prepararnos para entrar en las «moradas eternas», donde nuestro Redentor nos ha precedido para prepararnos un lugar en la «Casa del Padre» (Jn 14, 2).

12-04-89.- El hecho de la Ascensión

1. Ya los «anuncios» de la ascensión, que hemos examinado en la catequesis anterior, iluminan enormemente la verdad expresada por los más antiguos símbolos de la fe con las concisas palabras «subió al cielo». Ya hemos señalado que se trata de un «misterio», que es objeto de fe. Forma parte del misterio mismo de la Encarnación y es el cumplimiento último de la misión mesiánica del Hijo de Dios, que ha venido a la tierra para llevar a cabo nuestra redención.

Sin embargo, se trata también de un «hecho» que podemos conocer a través de los elementos biográficos e históricos de Jesús, que nos refieren los Evangelios.

2. Acudamos a los textos de Lucas. Primeramente al que concluye su Evangelio: «Los sacó hasta cerca de Betania y, alzando sus manos, los bendijo. Y sucedió que, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo» (Lc 24, 50-51): lo cual significa que los Apóstoles tuvieron la sensación de «movimiento» de toda la figura de Jesús, y de un acción de «separación» de la tierra. El hecho de que Jesús bendiga en aquel momento a los Apóstoles, indica el sentido salvífico de su partida, en la que, como en toda su misión redentora, está contenida para el mundo toda clase de bienes espirituales.

Deteniéndonos en este texto de Lucas, prescindiendo de los demás, se deduciría que Jesús subió al cielo el mismo día de la resurrección, como conclusión de su aparición a los Apóstoles (Cfr. Lc 24, 36-39). Pero si se lee bien toda la página, se advierte que el Evangelista quiere sintetizar los acontecimientos finales de la vida de Cristo, del que le urgía descubrir la misión salvífica, concluida con su glorificación. Otros detalles de esos hechos conclusivos los referirá en otro libro que es como el complemento de su Evangelio, el Libro de los Hechos de los Apóstoles que reanuda la narración contenida en el Evangelio, para proseguir la historia de los orígenes de la Iglesia.

3. En efecto, leemos al comienzo de los Hechos un texto de Lucas que presenta las apariciones y la ascensión de manera más detallada: «A estos mismos (es decir, a los Apóstoles), después de su pasión, se les presentó dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca de lo referente al reino de Dios» (Hech 1, 3). Por tanto, el texto nos ofrece una indicación sobre la fecha de la ascensión: cuarenta días después de la Resurrección. Un poco más tarde veremos que también nos da información sobre el lugar.

Respecto al problema del tiempo, no se ve por qué razón podría negarse que Jesús se haya aparecido a los suyos en repetidas ocasiones durante cuarenta días, como afirman los Hechos. El simbolismo bíblico del número cuarenta, que sirve para indicar una duración plenamente suficiente para alcanzar el fin deseado, es aceptado por Jesús, que ya se había retirado durante cuarenta días al desierto antes de comenzar su ministerio, y ahora durante cuarenta días aparece sobre la tierra antes de subir definitivamente al cielo. Sin duda, el tiempo de Jesús resucitado pertenece a un orden de medida distinto del nuestro. El Resucitado está ya en el Ahora eterno, que no conoce sucesiones ni variaciones. Pero, en cuanto que actúa todavía en el mundo, instruye a los Apóstoles, pone en marcha la Iglesia, el Ahora trascendente se introduce en el tiempo del mundo humano, adaptándose una vez más por amor. Así, el misterio de la relación eternidad-tiempo se condensa en la permanencia de Cristo resucitado en la tierra. Sin embargo, el misterio no anula su presencia en el tiempo y en el espacio; antes bien ennoblece y eleva al nivel de los valores eternos lo que El hace, dice, toca, instituye, dispone: en una palabra, la Iglesia. Por esto de nuevo decimos: Creo, pero sin evadir la realidad de la que Lucas nos ha hablado.

Ciertamente, cuando Cristo subió al cielo, esta coexistencia e intersección entre el Ahora eterno y el tiempo terreno se disuelve, y queda el tiempo de la Iglesia peregrina en la historia. La presencia de Cristo es ahora invisible y «supratemporal» como la acción del Espíritu Santo, que actúa en los corazones.

4. Según los Hechos de los Apóstoles, Jesús «fue llevado al cielo» (Hech 1, 2) en el monte de los Olivos (Hech 1, 12): efectivamente, desde allí los Apóstoles volvieron a Jerusalén después de la ascensión. Pero antes que esto sucediese, Jesús les dio las últimas instrucciones: por ejemplo, «les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la promesa del Padre» (Hech 1, 4). Esta promesa del Padre consistía en la venida del Espíritu Santo: «Seréis bautizados en el Espíritu Santo» (Hech 1, 5); «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos» (Hech 1, 8). Y fue entonces cuando «dicho esto, fue levantado en presencia ellos, y una nube le ocultó a sus ojos» (Hech 1 9).

El monte de los Olivos, que ya había sido el lugar de la agonía de Jesús en Getsemaní, es, por tanto, el último punto de contacto entre el Resucitado y el pequeño grupo de sus discípulos en el momento de la ascensión. Esto sucede después que Jesús ha repetido el anuncio del envío del Espíritu, por cuya acción aquel pequeño grupo se transformará en la Iglesia y será guiado por los caminos de la historia. La Ascensión es por tanto, el acontecimiento conclusivo de la vida y de la misión terrena de Cristo: Pentecostés será el primer día de la vida y de la historia «de su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 11). Este es el sentido fundamental del hecho de la ascensión más allá de las circunstancias particulares en las que ha acontecido y el cuadro de los simbolismos bíblicos en los que puede ser considerado.

5. Según Lucas, Jesús «fue levantado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a sus ojos» (Hech 1, 9). En este texto hay que considerar dos momentos esenciales: «fue levantado (la elevación-exaltación) y «una nube le ocultó» (entrada en el claroscuro del misterio).

«Fue levantado»: con esta expresión, que responde a la experiencia sensible y espiritual de los Apóstoles, se alude a un movimiento ascensional, a un paso de la tierra al cielo, sobre todo como signo de otro «paso»: Cristo pasa al estado de glorificación en Dios. El primer significado de la ascensión es precisamente éste: revelar que el Resucitado ha entrado en la intimidad celestial de Dios. Lo prueba «la nube» signo bíblico de «presencia divina». Cristo desaparece de los ojos de sus discípulos, entrando en la esfera trascendente de Dios invisible.

6. También esta última consideración confirma el significado del misterio que es la ascensión de Jesucristo al cielo. El Hijo que «salió del Padre y vino al mundo, ahora deja el mundo y va al Padre» (Cfr. Jn 16, 28). En ese «retorno» al Padre halla su concreción la elevación «a la derecha del Padre», verdad mesiánica ya anunciada en el Antiguo Testamento. Por tanto, cuando el Evangelista Marcos nos dice que «el Señor Jesús fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios» (Mc 16, 19), sus palabras reevocan el «oráculo del Señor» enunciado en el Salmo: «Oráculo de Yahvéh a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que yo haga de tus enemigos el estrado de tus pies» (109-110, 1). «Sentarse a la derecha de Dios» significa coparticipar en su poder real y en su dignidad divina.

Lo había predicho Jesús: «Veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir entre las nubes del cielo», leemos en el Evangelio de Marcos (Mc 14, 62). Lucas a su vez, escribe (Lc 22, 69): «El Hijo de Dios estará sentado a la diestra del poder de Dios». Del mismo modo el primer mártir Jerusalén, el diácono Esteban, verá a Cristo en el momento su muerte: «Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está en pie a la diestra de Dios» (Hech 7, 56). El concepto, pues, se había enraizado y difundido en las primeras comunidades cristianas, como expresión de la realeza que Jesús había conseguido con la ascensión al cielo.

7. También el Apóstol Pablo, escribiendo a los Romanos, expresa la misma verdad sobre Jesucristo, «el que murió; más aún, el que resucitó, el que está a la diestra de Dios y que intercede por nosotros» (Rom 8, 34). En la Carta a los Colosenses escribe: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios» (Col 3, 1; cfr. Ef l, 20). En la Carta a los Hebreos leemos (Heb 1 3; 8, 1): «Tenemos un Sumo Sacerdote tal que se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos». Y de nuevo(Heb 10, 12 y Heb 12, 2): « soportó la cruz, sin miedo a la ignominia, y está sentado a la diestra del trono de Dios».

A su vez, Pedro proclama que Cristo «habiendo ido al cielo está a la diestra de Dios y le están sometidos los Ángeles, las Dominaciones y las Potestades» (1 Ped 3, 22).

8. El mismo Apóstol Pedro, tomando la palabra en el primer discurso después de Pentecostés, dirá de Cristo que «exaltado por la diestra Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís» (Hech 2 33; cfr. también Hech 5, 31). Aquí se inserta en la verdad de la ascensión y de la realeza de Cristo un elemento nuevo, referido al Espíritu Santo.

Reflexionemos sobre ello un momento. En el Símbolo de los Apóstoles, la ascensión al cielo se asocia la elevación del Mesías al reino del Padre: «Subió al cielo, está sentado a la derecha del Padre». Esto significa la inauguración del reino del Mesías, en el que encuentra cumplimiento la visión profética del Libro de Daniel sobre el hijo del hombre: «A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino nunca será destruido jamás» (Dn 7, 13-14).

El discurso de Pentecostés, que tuvo Pedro, nos hace saber que a los ojos de los Apóstoles, en el contexto del Nuevo Testamento, esa elevación de Cristo a la derecha del Padre está ligada, sobre todo, con la venida del Espíritu Santo. Las palabras de Pedro testimonian la convicción de los Apóstoles de que sólo con la ascensión Jesús «ha recibido el Espíritu Santo del Padre» para derramarlo como lo había prometido.

9. El discurso de Pedro testimonia también que, con la venida del Espíritu Santo, en la conciencia de los Apóstoles maduró definitivamente la visión de ese reino que Cristo había anunciado desde el principio y del que había hablado también tras la resurrección (Cfr. Hech 1, 3). Hasta entonces los oyentes le habían interrogado sobre la restauración del reino de Israel (Cfr. Hech 1, 6), tan enraizada en su interpretación temporal de la misión mesiánica. Sólo después de haber reconocido «la potencia» del Espíritu de verdad, «se convirtieron en testigos» de Cristo y de ese reino mesiánico, que se actuó de modo definitivo cuando Cristo glorificado «se sentó a la derecha del Padre». En la economía salvífica de Dios hay, por tanto, una estrecha relación entre la elevación de Cristo y la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles. Desde ese momento los Apóstoles se convierten en testigos del reino que no tendrá fin. En esta perspectiva adquieren también pleno significado las palabras que oyeron después de la ascensión de Cristo: «Este Jesús que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo» (Hech 1,11). Anuncio de una plenitud final y definitiva que se tendrá cuando en la potencia del Espíritu de Cristo, todo el designio divino alcance su cumplimiento en la historia.

19-04-89. – La Ascensión manifiesta que Jesús es el Señor

1. El anuncio de Pedro en el primer discurso pentecostal en Jerusalén es elocuente y solemne: «A este Jesús Dios lo resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos. Y exaltado por la diestra de Dios ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y lo ha derramando» (Hech 2, 32-33). «Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado» (Hech 2 36). Estas palabras (dirigidas a la multitud compuesta por los habitantes de aquella ciudad y por los peregrinos que habían llegado de diversas partes para la fiesta) proclaman la elevación de Cristo (crucificado y resucitado) «a la derecha de Dios». La «elevación», o sea, la ascensión al cielo, significa la participación de Cristo hombre en el poder y autoridad de Dios mismo. Tal participación en el poder y autoridad de Dios Uno y Trino se manifiesta en el «envío» del Consolador, Espíritu de la verdad, el cual «recibiendo» (Cfr. Jn 16, 14) de la redención llevada a cabo por Cristo, realiza la conversión de los corazones humanos. Tanto es así, que ya aquel día, en Jerusalén, «al oír esto sintieron el corazón compungido» (Hech 2, 37). Y es sabido que en pocos días se produjeron miles de conversiones.

2. Con el conjunto de los sucesos pascuales, a los que se refiere el Apóstol Pedro en el discurso de Pentecostés, Jesús se reveló definitivamente como Mesías enviado por el Padre y como Señor.

La conciencia de que Él era «el Señor», había entrado ya de alguna manera en el ámbito de los Apóstoles durante la actividad prepascual de Cristo. El mismo alude a este hecho en la última Cena: «Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien porque lo soy» (Jn 13,17). Esto explica porque los Evangelistas hablan de Cristo «Señor» como de un dato admitido comúnmente en las comunidades cristianas. En particular, Lucas pone ya ese término en boca del ángel que anuncia el nacimiento de Jesús a los pastores: «Os ha nacido un salvador que es el Cristo Señor» (Lc 2, 11 ) . En muchos otros lugares usa el mismo apelativo (Cfr. Lc 1, 13; 10, 1; 10, 41; 11, 39; 12, 42; 13, 15; 17, 6; 22, 61). Pero es cierto que el conjunto de los sucesos pascuales ha consolidado definitivamente esta conciencia. A la luz de estos sucesos es necesario leer la palabra «Señor» referida también a la vida y actividad anterior del Mesías. Sin embargo, es necesario profundizar sobre todo el contenido y el significado que la palabra tiene en el contexto de la elevación y de la glorificación de Cristo resucitado, en su ascensión al cielo.

3. Una de las afirmaciones más repetidas en las Cartas paulinas es que Cristo es el Señor. Es conocido el pasaje de la Primera Carta a los Corintios donde Pablo proclama: «Para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosa y por el cual somos nosotros» (1 Cor 8,6; cfr. 16, 22; Rom 10, 9; Col 2, 6). Y el de la Carta a los Filipenses, donde Pablo presenta como Señor a Cristo, que humillado hasta la muerte, ha sido también exaltado «para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre» (Flp 2, 10)11). Pero Pablo subraya que «nadie puede decir: “Jesús es Señor»» sino bajo la acción del Espíritu Santo» (1 Cor 12, 3). Por tanto «bajo la acción del Espíritu Santo» también el Apóstol Tomás dice a Cristo, que se le apareció después de la resurrección: «Señor mío y Dios mío» (Jn 20, 28). Y lo mismo se debe decir del diácono Esteban, que durante la lapidación ora: «Señor Jesús, recibe mi espíritu no les tengas en cuenta este pecado» (Hech 7, 59)60).

Finalmente, el Apocalipsis concluye el ciclo de la historia sagrada y de la revelación con la invocación de la Esposa y del Espíritu: «Ven, Señor Jesús» (Ap 22, 20).

Es el misterio de la acción del Espíritu Santo «vivificante» que introduce continuamente en los corazones la luz para reconocer a Cristo, la gracia para interiorizar en nosotros su vida, la fuerza para proclamar que Él (y sólo Él) es «el Señor».

4. Jesucristo es el Señor, porque posee la plenitud del poder «en los cielos y sobre la tierra». Es el poder real «por encima de todo Principado, Potestad, Virtud, Dominación Bajo sus pies sometió todas las cosas» (Ef 1, 2122). Al mismo tiempo es la autoridad sacerdotal de la que habla ampliamente la Carta los Hebreos, haciendo referencia al Salmo 109/110, 4: «Tú eres sacerdote para siempre, a semejanza de Melquisedec» (Heb 5, 6). Este eterno sacerdocio de Cristo comporta el poder de santificación de modo que Cristo «se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen» (Heb 5, 9). «De ahí que pueda también salvar perfectamente a los que por Él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor» (Heb 7, 25). Asimismo, en la Carta a los Romanos leemos que Cristo «está a la diestra de Dios e intercede por nosotros» (Rom 8, 34). Y finalmente, San Juan nos asegura: «Si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo» (1 Jn 2, 1).

5. Como Señor, Cristo es la Cabeza de la Iglesia, que es su Cuerpo. Es la idea central de San Pablo en el gran cuadro cósmico-histórico-sotereológico, con que describe el contenido del designio eterno de Dios en los primeros capítulos de las Carta a los Efesios y a los Colosenses: «Bajo sus pies sometió todas las cosas y le constituyó Cabeza suprema de la Iglesia que es su Cuerpo, la Plenitud del que lo llena todo en todo» (Ef 1, 22). «Pues Dios tuvo a bien hacer residir en El toda la Plenitud» (Col 1, 19): en Él en el cual «reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente» (Col 2, 9).

Los Hechos nos dicen que Cristo «se ha adquirido» la Iglesia «con su sangre» (Hech 20, 28; cfr. 1 Cor 6, 20). También Jesús cuando al irse al Padre decía a los discípulos: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28 20), en realidad anunciaba el misterio de este Cuerpo que de él saca constantemente las energías vivificantes de la redención. Y la redención continúa actuando como efecto de la glorificación de Cristo.

Es verdad que Cristo siempre ha sido el «Señor», desde el primer momento de la encarnación, como Hijo de Dios consubstancial al Padre, hecho hombre por nosotros. Pero sin duda ha llegado a ser Señor en plenitud por el hecho de «haberse humillado» «se despojó de sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte en cruz» (Cfr. Flp 2, 8). Exaltado, elevado al cielo y glorificado, habiendo cumplido así toda su misión, permanece en el Cuerpo de su Iglesia sobre la tierra por medio de la redención operada en cada uno y en toda la sociedad por obra del Espíritu Santo. La redención es la fuente de la autoridad que Cristo, en virtud del Espíritu Santo, ejerce sobre la Iglesia, como leemos en la Carta a los Efesios: «El mismo “dio” a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros, para el recto ordenamiento de los santos en orden a las funciones del ministerio, para edificación del Cuerpo de Cristo. . . a la madurez de la plenitud de Cristo» (Ef 4, 11-13).

6. En la expansión de la realeza que se le concedió sobre toda la economía de la salvación, Cristo es el Señor de todo el cosmos. Nos lo dice otro gran cuadro de la Carta a los Efesios: «Este que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos, para llenarlo todo» (Ef 4, 10). En la Primera Carta a los Corintios San Pablo añade que todo se le ha sometido «porque todo (Dios) lo puso bajo sus pies» (con referencia l Sal 8, 5). «Cuando diga que ¡todo está sometido!, es evidente que se excluye a Aquél que ha sometido a El todas las cosas» (1 Cor 15, 27). Y el Apóstol desarrolla ulteriormente este pensamiento, escribiendo: «Cuando hayan sido sometidas a Él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá que el que ha sometido a El todas las cosas, para que Dios sea todo en todo» (1 Cor 15, 28). «Luego, el fin, cuando entregue a Dios Padre el Reino, después de haber destruido todo Principado, Dominación y Potestad» (1 Cor 15, 24).

7. La Constitución Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II ha vuelto a tomar este tema fascinante, escribiendo que «El Señor es el fin de la historia humana, ¡el punto focal de los deseos de la historia y de la civilización!, el centro del género humano, la alegría de todos los corazones, la plenitud de sus aspiraciones» (n. 45). Podemos resumir diciendo que Cristo es el Señor de la historia. En Él la historia del hombre, y puede decirse de toda la creación, encuentra su cumplimiento trascendente. Es lo que en tradición se llamaba recapitulación «»recapitulatio», en griego: «auacefalawsiz» Es una concepción que encuentra su fundamento en la Carta a los Efesios en donde se describe el eterno designio de Dios «para realizarlo en la plenitud de los tiempos: hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra» (Ef 1,10).

8. Debemos añadir, por último, que Cristo es el Señor de la Vida eterna. A Él pertenece el juicio último, del que habla el Evangelio de Mateo: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria Entonces dirá el Rey a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo!» (Mt 25, 31. 34).

El derecho pleno de juzgar definitivamente las obras de los hombres y conciencias humanas, pertenece a Cristo en cuanto Redentor del mundo. El, en efecto, «adquirió» este derecho mediante la cruz. Por eso el Padre «todo juicio lo ha entregado al Hijo» (Jn 5, 22). Sin embargo el Hijo no ha venido sobretodo para juzgar, sino para salvar. Para otorgar la vida divina que está en El. «Porque, como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo, y le ha dado poder para juzgar, porque es Hijo del hombre» (Jn 5, 26)27).

Un poder, por tanto, que coincide con la misericordia que fluye en su corazón desde el seno del Padre, del que procede el Hijo y se hace hombre «propter nos homines et propter nostram salutem». Cristo crucificado y resucitado, Cristo que «subió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre». Cristo que es, por tanto, el Señor de la vida eterna, se eleva sobre el mundo y sobre la historia como un signo de amor infinito rodeado de gloria, pero deseoso de recibir de cada hombre una respuesta de amor para darles la vida eterna.

Liturgia de la Ascensión


Origen de la fiesta. Sabemos de una manera cierta que a partir del s. II se destaca, sobre el ciclo dominical en que se celebraba el recuerdo de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo, una fiesta propia de la Resurrección, en el domingo que se consideraba el aniversario de este acontecimiento (v. PASCUA II). A partir, por lo menos, del s. III, se prolonga, durante 50 días, la solemnidad de la Pascua. En su origen todos esos días tenían un mismo valor y una misma finalidad: conmemorar el misterio pascual en toda su amplitud.
En el s. IV el quincuagésimo día toma ya un relieve especial, hasta convertirse en una fiesta propia de clausura de la Pascua; se celebra en esta fecha la memoria de la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles (Act 2, 1 ss.). Sin embargo, existen diferentes testimonios de la época en que se instituye la fiesta de Pentecostés (v.), que hacen suponer que en este día se conmemoraba igualmente la A. del Señor. Probablemente lo que sucede es que nacen a la vez dos tradiciones que subsisten durante algún tiempo. En el fondo, una y otra tratan de solemnizar la plenitud pascual, pero mientras que algunas liturgias subrayan la Glorificación de Jesucristo y su retorno al Padre (Ascensión), otras se fijan más en la Venida del Espíritu Santo y la fundación de la lslesia (Pentecostés). En algunas partes, como en Jerusalén, en el día quincuagésimo coexiste una doble celebración: Pentecostés por la mañana y la A. por la tarde (Peregrinación de Egeria. Madrid 1963, 43; v. ETERIA).

Pero, posteriormente, esta doble celebración se desglosó, a fines del s. IV o a comienzos del s. V. Testimonios no muy posteriores a la Peregrinación de Egeria dan cuenta de que en el mismo Jerusalén se celebra una fiesta de la A. 10 días antes de Pentecostés, es decir, 40 días después de Pascua (v. la lista de estos testimonios en R. Cabié, o. c. en bibl., 177). Tal fecha vino decidida, sin duda, siguiendo la cronología de los Hechos de los Apóstoles: Jesús, «después de su pasión se dio a ver en muchas ocasiones, apareciéndose a los discípulos durante cuarenta días» (Act 1, 3).

En otras comunidades, como las de Antioquía y las de Italia del norte, ese desglose se produjo antes que en Terusalén. Pero la fiesta de la A., como solemnidad distinta y universal, no la encontramos propagada definitivamente hasta el s. VI.

Liturgia y significado de la Ascensión. La fiesta de la A. estuvo precedida de tres días preparativos llamados Rogativas o Letanías (v. ROGATIVAS). Fueron introducidos hacia el 470-475 por el obispo galo Mamerto, con el fin de suplicar a Dios, con oraciones y actos penitenciales, su protección ante las calamidades que azotaban al pueblo en aquella época. En Roma se establecen a fines del s. VIII o principios del s. IX. Los ritos orientales siempre los han ignorado. Especialmente en la liturgia galicana hay una abundante lectura bíblica para esos tres días, pero sin relación directa con la A. Posteriormente se han considerado las Rogativas como días de plegaria intensa al Resucitado, para que al subir al cielo se vea acompañado espiritualmente de sus fieles e interceda por ellos al Padre según sus aspiraciones. A partir de 1960 se desligaron estos días de rogativas de la fiesta de la A. y se concedió a los obispos la facultad de trasladar ese triduo a otras fechas (cfr. Codex Rubricarum, AAS, 15VIII1960, c. X, 87). En el nuevo Calendario promulgado por Paulo VI se dice que las Conferencias Episcopales ordenan las Rogativas en lo que se refiere al tiempo y al modo de celebrarse, pudiéndose elegir para cada uno de estos días la Misa más adecuada entre las votivas del nuevo Misal (cfr. Calendarium Romanum, Typis Polyglottis Vaticanis, 1969, p. 17, nn. 4547).

La fiesta de la A. tiene un esquema simple: se centra en la narración bíblica de ese hecho histórico. Con todo, al analizar los textos que nos ofrecen los diferentes ritos, hallamos una explicación muy completa del significado del misterio de la A.: la plenitud de la perspectiva escatológica de la Pascua. Al mismo tiempo pone a los fieles que la celebran en tensión hacia la inmediata venida de Jesucristo por medio de su Espíritu. A este respecto se insiste, bajo diversos puntos de vista, sobre el sentido de las palabras del Redentor: «Os conviene que yo me vaya. Porque, si no me fuere, el Abogado no vendrá a vosotros» (lo 16, 7).

La plenitud de la perspectiva escatológica de la Pascua se traduce particularmente en el significado del encuentro para siempre de Jesucristo, Hombre, con el Padre. Jesucristo sube al cielo «para hacernos partícipes de su divinidad» (Prefacio II de la A. en la liturgia romana), «para que a todos los que Tú el Padre le diste, les dé Él la vida eterna» (lo 17, 2). Por la glorificación del Señor se revela más el sentido de la vida eterna: es el encuentro, el perfecto «conocimiento de Ti, único Dios verdadero, y de Tu Enviado» (lo 17, 3). Jesucristo sube al cielo porque en «la casa del Padre hay muchas moradas… y yo voy a prepararos el lugar. Cuando me haya ido y os haya preparado el lugar, de nuevo volveré a vosotros y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros. Pues para donde yo voy, vosotros conocéis el camino» (lo 14, 24: lectura señalada para la A. en el leccionario galicano de Luxeuil). Seguir el camino de Jesucristo es «amarse los unos a los otros como yo os he amado» (lo 13, 3335: lectura del mismo leccionario para el mismo día). S. Pablo insiste en algunos aspectos del amor; lo considera como promoción de la unidad con los hombres y con Dios «que está sobre todos, por todos y en todos» a través de los diferentes dones que nos ha otorgado por la gracia de Jesucristo, quien «subiendo a las alturas llevó cautiva la cautividad y repartió dones a los hombres… El mismo que bajó es el que subió sobre todos los cielos para llenarlo todo» (Eph 4, 1 ss.: lectura para la A. en las liturgias galicana y ambrosiana, y desde el vers. 7 al 13 también para el rito romano en la vigilia de la fiesta).

Para llegar al término del camino de Jesucristo es necesaria una transformación, prefigurada ya en las ascensiones del A. T. (la liturgia hispánica determina en el día de la A. la lectura del texto bíblico que narra el arrebato al cielo del profeta Elías: 2 Reg 2, 115). Este término nos viene descrito por el Apocalipsis, en la visión sobre la innumerable muchedumbre que participa de la gloria del Cordero (texto escogido por el antiguo leccionario de Bobbio para la misma fecha: Apc 7, 913). Subir Jesucristo al cielo significa que Él establece su presencia entre los hombres para siempre. Una oración del Sacramentario Gelasiano sintetiza el sentido de esa realidad: «Que según Tu promesa nosotros merezcamos que T ú vivas con nosotros sobre la tierra y nosotros siempre contigo en el cielo» (ed. H. A. Wilson, The Gelasian Sacramenaary, Oxford 1894, 107). La manifestación de la presencia de Jesucristo en los hombres y la de éstos en Él, se realizará plenamente por la efusión de su Espíritu, signo de unidad y de comunión: «En aquel día conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros» (lo 14, 20: lectura del leccionario galicano de Wolfenbüttel, seguramente para la A.). En todos los ritos hay una referencia constante al misterio de Pentecostés (v.), principio del camino de la Iglesia hacia el encuentro con los hombres y con Dios, hacia el día en que volverá Jesucristo «lleno de gloria» como Juez de la salvación.

Antiguamente, después del Evangelio de la Misa de la A. el diácono apagaba el cirio pascual, signo de la Resurrección de Jesucristo, como para significar su A. Según el nuevo Misal el cirio ha de encenderse hasta la fiesta de Pentecostés. Después es conveniente tenerlo en el bautisterio y encenderlo durante la administración del Bautismo.

En el nuevo Misal se han introducido además otras modificaciones. Además del antiguo prefacio, que ha sido corregido en sus últimas frases según el estilo propio de los prefacios del Tiempo Pascual, se ha añadido otro que desarrolla más el misterio de la A. La colecta está inspirada en estas palabras del sermón 1° sobre la A. de S. León Magno: «pues la ascensión de Cristo constituye nuestra elevación, y el cuerpo tiene la esperanza de estar algún día allí donde le ha precedido su gloriosa Cabeza; por eso, con dignos sentimientos de júbilo, amadísimos, alegrémonos y gocémonos con piadosas acciones de gracias» (PL 54, 396 B). La la y 3a lecturas bíblicas son las
mismas que en el Misal anterior, la 2a se ha tomado la Epístola a los Efesios, 1, 1723, que expresa la misma idea que la colecta y da el sentido dinámico de la obra salvadora de Cristo. La poscomunión ha sido compuesta con dos oraciones del antiguo Sacramentario Veronense o Leoniano (v.) y alude a la llegada al Reino, tema muy común en todo el Tiempo Pascual. En los días que siguen a la A. se hace presente la imagen de la Virgen y de los discípulos del Salvador que, ante la inminente venida del Espíritu Santo, «perseveraban unánimes en la oración» (Act 1, 14).

A. ARGEMÍ ROCA.

BIBL.: R. CABiÉ, La Pentecóte. L’évolution de la cinquantaine pascale au cours des cinq premiers siécles. Tournai 1965, especialmente 117197; P. MIQUEL, Le Mystére de l’Ascension, «Les Questions Liturgiques et Paroissiales» 220 (1959) 105126; I. DANIÉLou, Les Psaumes dans la liturgie de l’Ascension, «La MaisonDieu» 21 (1950) 4056; Asambleas del Señor. Fiesta de la Ascensión, n« 49; P. BENoiT, L’Ascension, «Rev. Biblique» 56 (1949) 160203; B. CAPELLE, Une messe de S. Léon pour l’Ascension, « Ephemerides Liturgicae» (1953) 201209.

Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991

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Ascensión (A) – Sagradas Escrituras
Ascensión

Es de fe que Cristo resucitado entró en la gloria, pero esto es un misterio que trasciende la experiencia sensible y no puede circunscribirse, a lo que parece, a la sola escena del monte de los Olivos, donde los apóstoles vieron como su maestro los abandonaba para retornar a Dios. De hecho los textos sagrados se expresan sobre el sentido, el momento, el modo de la exaltación celestial de Cristo, con una variedad, cuya riqueza es instructiva. A la luz de estos textos vamos a tratar de percibir la realidad profunda del misterio a través de la génesis de su expresión literaria.

I EL TRAYECTO ENTRE CIELO Y TIERRA

Según una concepción espontánea y universal adoptada también por la Biblia, el *cielo es la morada de la divinidad, hasta tal punto que este término sirve de metáfora para significar a *Dios. La *tierra, su escabel (Is 66,1), es la residencia de los hombres (Sal 115,16; Ecl 5,1). Así pues, para visitar a éstos «desciende» Dios del cielo (Gén 11 ,5; Ex 19, 11ss; Miq 1,3; Sal 144.5) y «asciende» de nuevo a él (Gén 17.22). La *nube es su vehículo (Núm 11. 25; Sal 18.10; Is 19.1). El *Espiritu enviado por Dios debe también descender (Is 32.15; Mt 3.16; IPe 1.12); asimismo la *palabra, la cual vuelve a él una vez realizada su obra (Is 55,10s; Sab 18,15). Los *ángeles por su parte, que habitan el cielo con Dios (IRe 22,19; Job 1,6; Tob 12,15; Mt 18,10), descienden para desempeñar sus misiones (Dan 4,10; Mt 28,2; Lc 22,43) y luego vuelven a ascender (Jue 13,20; Tob 12,20); subida y bajada que establecen el enlace entre cielo y tierra (Gén 28. 12; Jn 1,51).

Para los hombres, el trayecto es en sí imposible. Hablar de subir al cielo equivale a expresar la búsqueda de lo inaccesible (Dt 30,12; Sal 139.8; Prov 30,4; Bar 3,29), cuando no es ya la pretensión de una soberbia insensata (Gén 11,4; Is 14, 14; Jer 51,53; Job 20,6; Mt 11,23). Ya es mucho que las oraciones suban al cielo (Tob 12,12; Eclo 35,16s; Act 10,4) y que Dios dé cita a los hombres en la cima de *montañas, a las que él desciende, mientras ellos suben, como el Sinaí (Ex 19,20) o el monte Sión (Is 2.3 y 4,5). Sólo elegidos, como Henoc (Gén 5,24; Eclo 44,16; 49,14) o Elías (2Re 2.11; Eclo 48,9-12; I Mac 2,58) tuvieron el privilegio de ser arrebatados al cielo por el poder divino. En Dan 7,13 la venida del *Hijo del hombre se efectúa hacia el anciano de dias, lo cual sugiere también una subida, si bien su punto de partida es misterioso y las nubes del cielo son quizá aquí, no un vehículo, sino únicamente la decoración de la morada divina.

Il. LA SUBIDA DE CRISTO AL CIELO

Según esta cosmología bíblica, Jesús exaltado por la *resurrección a la *diestra de Dios (Act 2,34; Rom 8.34; Ef 1.20s; IPe 3.22; cf. Mc 12.35ss p; 14,62 p), donde señorea como *rey (Ap I,5: 3.21: 5,6; 7. 17), debió «subir» al cielo. De hecho, su ascensión aparece en las primeras afirmaciones de la fc, no tanto como un fenómeno considerado por si mismo cuanto como la expresión indispensable de la exaltación celestial de Cristo (cf. Act 2,34; Mc 16,19; IPe 3,22). Pero, con el progreso de la revelación y la explicitación de la fe, ha ido adquiriendo una individualidad teológica e histórica cada vez más marcada.

1. Bajada y vuelta a subir

La preexistencia de Cristo, implícita en los albores de la fe, se fue explicitando, en cuanto que la preexistencia escrituristica ayudó a percibir la preexistencia ontológica. Jesús, antes de vivir en la tierra, estaba junto a Dios como hijo, verbo, sabiduría. Consiguientemente, su exaltación celestial no fue sólo el triunfo de un hombre elevado al rango divino, como podia sugerirlo una cristología primitiva (Act 2,22-36; 10,36-42), sino el retorno al mundo celestial, de donde había venido. Fue Juan quien expresó en la forma más clara esta bajada del cielo (Jn 6,33.38.41s.50s. 58) y puso en relación con ella la nueva subida de la ascensión (Jn 3, 13; 6,62). Aquí no se puede invocar a Rom 10,6s, pues el movimiento que allí sigue a la bajada de la encarnación es el resurgimiento del mundo de los muertos más bien que la subida al cielo. En cambio, Ef 4,9s expone una trayectoria más amplia, en la que la bajada a las regiones inferiores de la tierra va seguida de una nueva subida que lleva a Cristo por encima de todos los cielos. Es también la misma trayectoria supuesta en el himno de Flp 2,6-11.

2. Triunfo de orden cósmico

Otro motivo debía concurrir a especificar la ascensión como etapa glorificadora distinta de la *resurrección y de la sesión celeste: la solicitud por expresar mejor la supremacía cósmica de Cristo. Como la herejía colosense había amenazado con rebajar a Cristo a un rango subalterno entre las jerarquías angélicas, Pablo reitera en forma más categórica lo que había dicho ya sobre su triunfo sobre los poderes celestiales (ICor 15, 24), afirmando que este triunfo ha sido ya adquirido por la *cruz (Col 2,15), que desde ahora ya Cristo señorea en los cielos por encima de los poderes, cualesquiera que sean (Ef 1,20s); y entonces es cuando utiliza el Sal 68,19 para mostrar que la subida de Cristo por encima de todos los cielos fue su toma de posesión del universo, al que él «llena» (Ef 4.10), como lo «recapitula» (Ef 1, 10) en calidad de cabeza. El mismo horizonte cósmico aparece en el himno de ITim 3,16: la elevación a la gloria viene aquí después de la manifestación a los ángeles y al mundo. La epístola a los Hebreos vuelve a su vez a pensar la subida de Cristo en función de su perspectiva de un mundo celestial, en el que se hallan las realidades de la salvación y hacia el que peregrinan los humanos. Para estar allí sentado a la diestra de Dios (Heb 1,3; 8,1; 10,12s; 12,2) por encima de los ángeles (1,4-13; 2,7ss), el sumo sacerdote subió el primero, atravesando los cielos (4,14) y penetrando detrás del velo (6,19s) en el santuario, donde intercede en presencia de Dios (9,24).

3. Momento de la ascensión

La subida de Cristo al cielo, distinguida de la salida del sepulcro a titulo de manifestación cósmica, debía todavia distanciarse de ella por la necesidad pedagógica de contar en el tiempo de los hombres un acontecimiento que lo trasciende y también para tener cuenta con el periodo de las apariciones. Ciertamente nada impide, y todo más bien lo postula, que al manifestarse Jesús a sus discipulos volviese para ello del mundo de la *gloria, en el que había entrado desde el instante de su resurrección; en efecto, es difícil ver dónde hubiera podido hallarse en el intervalo de estas manifestaciones, y, sin duda alguna, lo que les muestra es su estado ya glorificado. De hecho, Mt parece concebir así las cosas: no habla de la ascensión, pero da a entender por la declaración de Jesús acerca del poder de que dispone en el cielo y en la tierra (Mt 28,18), que la toma de posesión del trono celestial había tenido ya lugar al momento de la aparición en la montaña de Galilea: si Jesús advierte a sus discípulos por medio de Maria Magdalena que sube al Padre (Jn 20,17), esto indica que habrá ya subido y vuelto a bajar cuando les aparezca la tarde misma (20,19). Esta dilación de algunas horas entre resurrección y ascensión es absolutamente pedagógica y da a Jesús la oportunidad de inculcar a Maria Magdalena que entra en un estado nuevo, en el que quedarán espiritualizados (6,58 y 62) los contactos de otro tiempo (comp. 20,17 y 11,2; 12,3).

En otros textos el momento de la ascensión se distingue todavía más del de la resurrección: Lc 24,50s, que viene después de los vv. 13.33. 36.44, da la sensación de que la ascensión se sitúa la tarde del domingo de pascua, después de diversas conversaciones de Jesús con sus discipulos. En el final de Mc 16,19, que depende en gran parte de Lc, se cuenta la ascensión después de las manifestaciones sucesivas, que no se ve si ocuparon sólo un día o varios. Finalmente, según Act 1,3-11, fue al final de cuarenta días de apariciones y conversaciones cuardo Jesús abandonó a los suyos para subir al cielo. La ascensión contada por esos tres textos pretende evidentemente clausurar el periodo de las apariciones; no quiere describir, después de una dilación variable e inexplicable, la primera entrada de Cristo en la gloria, sino más bien la última partida que pone fin a su manifestación en la tierra. La incertidumbre misma de la dilación se explica mejor en razón de este término contingente; en los Hechos, el *número de 40 se escogió sin duda en función de los 50 días de *pentecostés: si Jesús regresa definitivamente al cielo, es para enviar su Espiritu, que en adelante le reemplazará cerca de sus discipulos.

En una palabra, la enseñanza variada de los textos sagrados invita a reconocer en este misterio dos aspectos conexos, pero distintos: por una parte, la glorificación celestial de Cristo que coincidió con su resurrección y, por otra parte, su última partida después de un periodo de apariciones, partida y retorno a Dios, de que fueron testigos en el monte de los Olivos y que se celebra más particularmente la fiesta de la Ascensión.

4 Modo de la ascensión

Act 1,9 es el único texto canónico que da alguna descripción de la subida de Jesús al cielo, y su extremada discreción muestra que no pretende diseñar la primera entrada de Cristo en la gloria. Este cuadro tan sobrio no se parece en nada a las apoteosis de héroes paganos, como Rómulo o Mitra, ni siquiera al precedente biblico de *Elías. Hace intervenir la nube estereotipada de las teofanías y una palabra angélica que explica la escena, renunciando a dar una descripción del misterio, realista y de dudoso gusto, como la inventarán algunos apócrifos, y limitándose a los datos esenciales que evocan su significado. No es que esta escena localizada en forma precisa en el monte de los Olivos no represente un recuerdo histórico, ni que Jesús no pudiera conceder a sus discípulos cierta experiencia sensible de su retorno cerca de Dios; pero la intención del relato no es ciertamente describir un triunfo que de hecho tuvo lugar ya en el instante de la resurrección, sino únicamente enseñar que después de un cierto periodo de coloquios familiares con los discípulos, el resucitado retiró del mundo su *presencia manifiesta para no restituirla hasta el fin de los tiempos.

lll. LA ASCENSIÓN, PRELUDIO DE LA PARUSÍA

«Ese Jesús que ha sido llevado de entre vosotros al cielo vendrá así como le habéis visto ir al cielo» (Act 1,11). Esta palabra angélica, además de explicar la economia del relato de la ascensión, establece un vinculo profundo entre la subida de Cristo al cielo y su retorno al final de los tiempos. Como éste se hace esperar, la permanencia de Cristo en el cielo, de suyo definitiva por lo que a él respecta, resulta como una etapa transitoria en la economia general de la salvación: Cristo se mantiene allí oculto a los hombres en espera de su manifestación última (Col 3,1-4), en el momento de la restauración universal (Act 3, 21; I Tes 1,10). Entonces retornará de la manera que partió (Act 1,11), bajando del cielo (ITes 4,16; 2Tes 1,7) sobre las nubes (Ap 1,7; cf: 14,14ss), mientras que sus escogidos subirán a su encuentro, también sobre nubes (ITes 4,17), como los dos testigos del Apocalipsis (Ap 11,12). Es siempre la misma presentación cosmológica, inherente a nuestra imaginación humana, aunque, por otra parte, reducida a su mínima expresión.

La afirmación profunda que se desprende de todos estos temas es que Cristo, triunfando de la muerte, inauguró un nuevo modo de vida cerca de Dios. ÉI penetró el primero para preparar un puesto a sus elegidos; luego retornará y los introducirá para que estén siempre con él (Jn 14,2s).

IV. ESPIRITUALIDAD CRISTIANA DE LA ASCENSIÓN

Los cristianos, mientras esperan este término, deben mantenerse unidos por la fe y los sacramentos con su Señor glorificado. Ya desde ahora *resucitados y hasta sentados en los cielos con él (Ef 2,6) buscan «las cosas de arriba», pues su verdadera *vida está «escondida con Cristo en Dios» (Col 3,1ss). Su ciudad se halla en los cielos (Flp 3,20), la casa celestial que los espera y de la que aspiran a revestirse (2Cor 5,1ss), no es sino el mismo Cristo glorioso (Flp 3.21), el «hombre celestial» (ICor 15,45-49).

De ahí brota toda una espiritualidad de ascensión a base de *esperanza, pues desde ahora hace vivir al cristiano en la realidad del mundo nuevo en que reina Cristo. Pero no por eso es arrancado del mundo antiguo, que todavía le retiene, sino, por el contrario, tiene misión y poder de vivir en él en forma nueva, que eleva a este mundo a la transformación de gloria a que Dios lo llama.
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ASCENSIÓN

SAGRADA ESCRITURA

1. El hecho. La Iglesia católica confiesa como dogma de fe que Jesucristo subió a los cielos con el alma y la carne y está sentado a la diestra del Padre con su carne según el modo natural de existir (cfr. Denz.Sch. 12 ss.; 44; 72; 125; 150; 167; 189; 502; 681; 791; 801; 852; 1338 y 1636). Esta confesión de la Iglesia se basa en la S. E., según la cual Jesús, 40 días después de Pascua, y tras haberse aparecido a los discípulos en diversas ocasiones y comido con ellos, «los llevó hasta cerca de Betania y levantando sus manos les bendijo, y mientras los bendecía se alejaba de ellos y era llevado al cielo» (Le 24, 5051) «y una nube le sustrajo a sus ojos. Mientras estaban mirando al cielo, fija la vista en Él, que se iba, dos varones con hábitos blancos se les pusieron delante y les dijeron: Hombres de Galilea, ¿qué estáis mirando ‘al cielo? Ese Jesús que ha sido arrebatado de entre vosotros a las alturas, vendrá como le habéis visto ir al cielo» (Act 1, 911).

2. Los testimonios del Nuevo Testamento. Pueden clasificarse en tres grupos: a) Textos que describen el hecho visible e histórico: En este grupo se incluyen los tres textos clásicos de Me 16, 19; Le 24, 5052, y Act 1, 114, de los que nos ocuparemos más adelante; b) Textos que contienen un enunciado genérico sobre la A.: Afirman explícitamente que Jesús ha ascendido al cielo pero sin precisar el hecho visible ni las circunstancias. Entre ellos pueden incluirse Eph 4, 10; 1 Tim 3, 16; Heb 8; Act 2, 33; 5, 30; 1 Pet 3, 22; c) Textos que no mencionan explícitamente la A., pero se refieren a ella implícitamente: He aquí una lista lo más completa posible. De S. Pablo: 1 Thes 1, 10; 4, 16; 2 Thes 1, 7; 1 Cor 4, 5; 2 Cor 4, 14; 5, 110; Rom 8, 34; Philp 2, 911; 3, 2021Col 1, 1820; 2, 1015; 3, 14; Eph 1, 3.10.20; 2, 6; 6, 9; 1 Tim 1, 4; 2 Tim 2, 812; 4, 1.8.18; Tit 2, 13. De las epístolas católicas: 1 Pet 1, 3; 1, 21; 4, 13; 5, 1.4; Iac 5, 7; 1 lo 2, 1.28; 3, 2. De los Hechos de los Apóstoles: Act 7, 55; 3, 20; 9, 3.17. De S. Juan: lo 3, 13; 6, 63; 7, 39; 12, 23; 12, 3233; 13, 1; 16, 14; 17, 5.

3. Dos aspectos del misterio. Según el relato de S. Lucas, Cristo subió a los cielos 40 días después de Pascua, mientras que de los textos de S. Juan y S. Pablo parecería desprenderse que subió junto al Padre el mismo día de la Resurrección (v.). En realidad no hay contradicción, pues, como dice P. Benoit (v. bibl.), «estos dos hechos conciernen ciertamente al mismo y único misterio de la exaltación gloriosa del Señor, pero considerándolo desde dos puntos de vista diferentes y complementarios». Es decir, en el misterio de la exaltación de Cristo podemos distinguir dos aspectos: el hecho histórico, ocurrido en el tiempo y en el espacio (la A. visible a los cielos 40 días después de Pascua), que es expresión de otro acontecimiento que tuvo lugar desde el momento de la Resurrección. Pablo y Juan insisten en esta realidad básica, mientras que Lucas nos habla del hecho histórico en que culmina. En suma cabe «distinguir dos momentos y dos modos en el misterio de la A.: a) una exaltación celeste, invisible pero real, por la que Cristo resucitado subió junto a su Padre, desde el día de la Resurrección; b) una manifestación visible que Él se dignó dar de tal exaltación y que acompañó a su última partida en el monte de los Olivos» (Benoit).

4. La Ascensión como hecho visible. A lo largo de los siglos no han faltado, sin embargo, autores que han pretendido negar el hecho de la A. como hecho visible realmente ocurrido, bien negándolo en absoluto, bien interpretándolo como mera expresión simbólica de una realidad exclusivamente espiritual (es decir, se habría dado una exaltación de Cristo, pero los Apóstoles no habrían presenciado ninguna A. sino que habrían compuesto esos relatos para expresar o simbolizar la exaltación espiritual, única según estos autores realmente ocurrida). Como decíamos, la fe católica afirma ambas realidades, que están íntimamente ligadas. Cristo podría, ciertamente, no habernos dado el testimonio visible de su A., pero de hecho quiso hacerlo, de forma que nos constara más claramente la historicidad de su Resurrección y exaltación. Vamos a continuación a trazar una breve historia de las negaciones de la A., para responder luego a sus argumentos, mostrando como los textos de la S. E. afirman el hecho histórico de la A. visible de una manera que no deja lugar a dudas.

a.) Historia de las negaciones críticas. De la negación por parte de los judíos deja constancia S. Justino en el Diálogo con Trifón, 108 (PG 6, 725728). De las objeciones de los. paganos se encuentran ecos en las obras de S. Justino (la Apología, 21: PG 6, 360361), Tertuliano (Apologeticum, 21: PL 1, 460), Orígenes (Contra Celso, 3, 22 ss.: PG 11, 943 ss.) y S. Agustín (Sermo 242: PL 38, 1140).

La negación moderna de la A., unida a la de la Resurrección, tuvo su origen a fines del s. xviii en Francia y Alemania. Voltaire (v.) en 1762 publicó el Testamento de J. Meslier, y G. E. Lessing (v.) en 1778 terminó de publicar los Fragmentos de H. S. Reimarus (v.). Con estas obras se lanzó la teoría del fraude intencionado de los discípulos, influidos dicen por los relatos de ascensiones de otras literaturas, tanto paganas como veterotestamentarias. La teoría del fraude prosperó algo y en ella tienen su raíz casi todas las teorías posteriores que atacan la autenticidad histórica de la A. Del fraude intencionado se pasó a la llamada explicación natural del misterio, de H. E. G. Paulus, que, con ligeras variantes, sostuvo también F. Schleiermacher (v.). Para estos autores, la A. se redujo a una simple separación de Jesús y sus discípulos, que éstos interpretaron como a. espiritual al cielo y las generaciones sucesivas como a. corporal. El paso siguiente consiste en explicar la A. como un mito creado por la piedad de la primitiva comunidad (v. MITO II; DESMITOLOGIZACIóN); C. Hase, en 1829, fue el creador de esta teoría, que D. F. Strauss desarrolló ampliamente y que ha tenido influencia hasta nuestros días. La han sostenido, entre otros, la Escuela protestante de Tubinga (v.), E. Renan (v.), M. Goguel y R. Bultmann (v.). «Ante todo, los apóstoles sólo habrían percibido de modo estrictamente espiritual el triunfo de Jesús. Lo que resucitaba era su fe, dice Goguel, y sus experiencias místicas les hicieron concluir que el espíritu del Maestro muerto había alcanzado el mundo divino… Éste sería, a grandes rasgos, el origen de la fe en la A. según numerosos críticos, de Strauss a Bultmann» (A. Brunot, o. c. en bibl., 828).

Otro grupo de críticas se han lanzado contra la autenticidad literaria y textual de los relatos de la A. La polémica se centra sobre algunos textos, sobre la fecha de composición de los Hechos y sobre los 40 días que separan Resurrección y A. según el relato de Act 1, 112, de los que nada se dice en Le 24, 50 ss. La frase «Kai aneféreto eis ton uranón» (Lc 24, 51) se omite en algunos manuscritos antiguos, de lo que se pasa a decir que es una interpolación posterior. En este sentido se pronunciaron C. Tischendorf, D. Ploij y A. Harnack (v.) entre otros. También se ha tildado de interpolación posterior a Act 1, 314, por parte de M. Soroff, F. Spitta y A. Gercke. Harnack se opuso con fuerza a _esta teoría de la interpolación afirmando la unidad textual y literaria de toda la obra, cuyo autor es, sin duda, Lucas y cuya composición debe remontarse hasta el a. 63; para él, en S. Lucas confluyen 3 tradiciones: una auténtica y dos más de origen posterior, la última de las cuales dio origen al relato de la A.

b) Autenticidad de los textos. El primer punto que, para responder a esas objeciones, debemos dejar establecido es la autenticidad es decir, su real pertenencia a los libros inspirados de los textos que nos narran la Ascensión.

Mc 16, 19. La principal objeción se apoya en la opinión de que el final de este Evangelio, a partir de Mc 16, 8, no se debe a la pluma de S. Marcos (v.), sino que es obra de otro autor. Pero, aparte de que esa opinión es muy discutible, «todo el mundo conviene en que él final es muy antiguo, y no existe razón alguna para negar que data de los mismos tiempos apostólicos» (Lagrange). Figura en casi todos los más importantes códices griegos mayúsculos; en los de la Vetus latina, excepto el k; en los de la Vulgata; en los de las versiones siriacas; en los de la bohaírica, gótica y en el códice armenio de Etschmiadzin; en citas y alusiones de los apologistas del s. ti, como S. Ireneo (Adversus haereses, 3, 10: PG 7, 879), Taciano (Diatessaron, cfr. A. Ciasca, Tatiani Evangeliorum Harmonia Arabice, Roma 1888, 209) y S. justino (la Apología, 45: PG 6, 396397).

Lc 24, 5152. El texto nos ha llegado a través de una doble recensión o tradición de copistas que, con la crítica, podemos calificar de oriental y occidental. Esta última omite a veces la frase Kai aneféreto eis ton uranón (y «era llevado al cielo)»: manuscritos unciales D y sinaítico; versión sirosinaítica; manuscritos de la Vetus latina a, b, d, e, f f y 1, y una obra de S. Agustín (cfr. Epístola ad Catholicos, 10, 26: PL 43, 409). La autenticidad queda clara por los manuscritos unciales B, A, C, L, X y un sinaítico; versiones siriacas curetoniana, peschitha y harcleana; los manuscritos de la Vetus latina c, f, q y r, la Vulgata; y varias obras de S. Agustín (cfr. De Consensu Evangelistarum, 3, 83: PL 34, 1214; y Sermo 242, 4: PL 38, 1140). Haciendo un detenido estudio del texto y sus variantes en las fuentes, se ve que la frase más que añadida en la recensión oriental, fue suprimida en la occidental (cfr. Larrañaga, o. c. en bibl., I, 154180).

Act 1, 2. La palabra anelémfze (arrebatado a lo alto) se omite en algunos manuscritos y versiones de la Vetus latina, pero en cambio está presente en todos los manuscritos y versiones griegas, en bastantes de la Vetus latina, en.todos los códices de la Vulgata y en todas las versiones siriacas y coptas. Larrañaga (ib., I, 180210) concluye que la omisión tiene todos los caracteres de una excepción que afecta a un ‘sector mínimo de los copistas de procedencia exclusivamente latina, ,y que, por tanto, hay que pronunciarse por la autenticidad.

Act 1, 9. También se han omitido en algún texto las expresiones ayton blepónton, «a la vista de ellos», y apó ton ofzalmon ayton, «a sus ojos», pero son tan escasos y ofrecen tantas reservas que la autenticidad no sufre lo más mínimo (cfr. Larrañaga, ib., 210213). Con respecto a la entera perícopa de Act 1, 114, la autenticidad del texto viene garantizada por todos los criterios externos (crítica textual), ya que está presente en todos los códices de manuscritos y versiones, tanto en cuanto a su sustancia como casi a los accidentes últimos del relato. Pero cabe apoyar estos criterios externos con criterios internos (crítica literaria): El vocabulario y el estilo son los de S. Lucas; la lista de los Apóstoles, en su tercer grupo, coincide en el orden con la del Evangelio de Lucas y difiere de las de Matea y Marcos, idénticas entre sí; hay notable paralelismo de idea y expresión entre esta perícopa y Le 24, 4453. Todo esto confirma más la autenticidad.

c) Historicidad de los relatos. La autenticidad de los textos no ofrece dudas: los arg~mentos incluso estrictamente científicos son tales, que la opinión contraria no puede ser sostenida en modo alguno. Ahora bien, aun siendo auténticos es decir, perteneciendo a los libros sagrados tal y como fueron compuestos en la época apostólica, ¿lo que nos narran corresponde a lo realmente ocurrido? Llegamos así al segundo tipo de objeciones, que es, como veíamos, el que domina en la crítica reciente de tipo racionalista. Esos autores hablan de una evolución de la tradición (paulina, sinóptica y libro de los Hechos) en virtud de la cual se habría pasado de la afirmación de una mera exaltación espiritual a su expresión en un hecho visible. Argumentan sobre todo diciendo que en Act se habla de 40 días, que, en cambio, no se mencionan en Lc.

Pero todo ello no sólo se opone a la fe sino que carece de toda base exegética. Larrañaga (o. c., II, 19283), después de un detenido estudio, concluye lo siguiente: 1) La primera tradición apostólica, y en especial la catequesis de Pedro y Pablo, alude con frecuencia al misterio. 2) De los cuatro evangelistas, dos, y probablemente tres, hablan del misterio (cfr. Le 24, 4453; Act 1, 114; lo 6, 62; 20, 17; Me 16, 1420). 3) El estudio comparativo del doble relato de S. Lucas, a través de paralelismos y variantes de idea y expresión, hace ver que el segundo relato no es más que una simple variación más desarrollada del primero. 4) Con respecto a la localización, la fórmula de Le 24, 50: eos pros Bezanían (hacia Betania) no pone el término del camino precisamente en Betania, sino en aquel punto del monte de los Olivos donde se toma el camino para ir a ella, y se armoniza fácilmente con la indicación de Act 1, 12, que pone la A. sobre el Olivete. 5) El periodo mismo de los 40 días. está contenido implícitamente en Act 10, 41; 13, 31; 1 Cor 15, 59; y en los relatos de la Resurrección de Mt, Me y lo; por otra parte, las fórmulas empleadas en Le 24, 44, permiten entrever la yuxtaposición de hechos separados entre sí por el espacio de 40 días. 6) Por fin, el sentido del número 40 está lejos de ser meramente simbólico en la S. E.; en el A. T., es perfectamente histórico, aunque alguna vez redondo o aproximado; en el N. T. se emplea sólo dos veces tratándose de días (el ayuno de Jesús en el desierto y la A.); el sentido histórico del número 40 parece, en este caso, preciso y matemático, dado el método de las indicaciones cronológicas en S. Lucas.

El valor histórico de los relatos evangélicos sobre la A. es, en resumen, algo que no sólo nos lo garantiza la fe, sino que lo confirma la investigación exegéticocrítica. Cristo resucitado tiene un cuerpo real, ciertamente glorificado y transformado por el Espíritu, pero verdadero y en su sustancia última el mismo que nació de la Virgen María, fue clavado en la Cruz y depositado en el sepulcro. Y es ese cuerpo el que, ante los ojos de los Apóstoles, se elevó hacia los cielos.

5. La exaltación y glorificación de Cristo. La elevación contemplada por los Apóstoles es el signo de una exaltación y glorificación más profundas. Los símbolos de fe al referirse al misterio de la A. suelen usar la fórmula «subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre». «Estar sentado advierte el Catecismo romano no significa aquí una situación o figura del cuerpo sino que expresa la posesión firme y estable de la regia y suprema potestad y gloria que (Cristo) recibió del Padre» (p. I, c. 7, n. 3). En otras palabras, con una metáfora tomada de los usos de las cortes antiguas y que en parte continúa en nuestros días se indica «la incorporación definitiva de la naturaleza humana de Cristo a la gloria oculta de la vida divina» (Schmaus). La A., en ese sentido, significa no sólo la conclusión del tiempo durante el cual Cristo se manifestaba de manera visible a sus discípulos, retirándose de nuestra vista hasta el día en que volverá con todo su poder y majestad (v. PARusfA), sino, especialmente, la plena glorificación de Cristo.

La exaltación de Cristo en la A. hay, pues, que verla a la luz de la unidad del misterio pascual. La A. hace definitiva la victoria de Cristo sobre la muerte conseguida en la Resurrección (v.), es la plenitud de la Resurrección. Pero tiene su comienzo en la misma Cruz. La glorificación de Cristo comienza con la muerte de cruz (lo 3, 14 ss.; 12, 2333; Mt 6, 62), ya que en ella, en la Cruz, se realiza el sacrificio supremo y definitivo y tiene lugar el triunfo absoluto sobre el pecado y la muerte. La Resurrección, la A., el envío del Espíritu Santo son fruto de la Cruz. A este respecto es particularmente revelador el himno de la epístola de S. Pablo a los Filipenses en el que se muestra la glorificación de Cristo enraizada en su humillación: «se anonadó, tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de hombre se humilló hecho obediente hasta la muerte y muerte de cruz, por lo cual Dios le exaltó y le otorgó un nombre sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús doble la rodilla todo cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los infiernos, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre» (Philp 2, 711).

Conviene precisar, finalmente, que cuando hablamos de los cielos o del cielo (v.) no nos referimos tanto a un lugar cuanto a un estado: a ese estado de plenitud de glorificación al que venimos refiriéndonos. Ciertamente Cristo tiene cuerpo real, pero glorificado y, por tanto, con unas cualidades diversas de los cuerpos sometidos a nuestra experiencia. Plantear por eso la cuestión de dónde está el cuerpo de Cristo es plantear una pregunta a la que no estamos en condiciones de dar una respuesta acabada. Los escolásticos intentaron poner en relación la verdad de la A. con sus conocimientos cosmológicos; sus reflexiones tienen a veces un cierto interés, pero se debe subrayar que este dogma, tal y como es enseñado en la S. E. y la Tradición, es totalmente independiente de cualquier concepción física del mundo.
Digamos, finalmente, que si bien la A. indica que Cristo ha retirado su presencia visible, no por ello se ha alejado de nosotros. Más aún la A. implica que Cristo posee la plenitud del poder santificador. Cristo es el nuevo Adán (cfr. Rom 5, 18) y todo suceso de su vida modifica la condición de nuestra propia vida desde lo más profundo de nuestro ser. La Humanidad de Cristo es causa ejemplar de nuestra salvación (cfr. Eph 2, 46) y, por tanto, la exaltación de la Humanidad de Cristo ha de reflejarse de alguna manera en la salvación de los hombres. «Os conviene que yo me vaya» (lo 16, 7), dijo el Señor a sus discípulos refiriéndose al primer fruto salvífico de la A.: la misión del Espíritu Santo (v.). Pero además de la recepción del Espíritu, la A. de Jesús nos proporciona otros frutos de orden escatológico: Cristo es el precursor que nos arrastra al cielo (cfr. Col 3, 34); es más, en Cristo ya estamos en el cielo (cfr. Eph 2, 6). S. Tomás de Aquino (v.) explica que la A. es causa de nuestra salvación de dos modos: por parte nuestra, en cuanto que el hecho sensible, del que concedió a los discípulos ser testigos, nos despierta la fe, la esperanza y el amor; y por parte de Cristo, en cuanto que nos prepara el camino del cielo, intercede por nosotros con su sacerdocio eterno y, sentado a la diestra de Dios, nos envía sus dones y especialmente el Espíritu Santo (Sum. Th., 3 q57 a6).

6. Conclusión. La unidad entre los dos aspectos estudiados, histórico y celeste, queda reflejada de un modo singular en una página del primitivo cristianismo, que transcribimos a modo de resumen, y que constituye un valioso testimonio de lo que ha sido siempre el sentir de la Iglesia con respecto al misterio de la A.: «Durante el tiempo que transcurre entre la Resurrección y la subida a los cielos cuidó la Providencia divina de los suyos, énseñándoles y revelándose a su mirada y a su corazón: tenían que saber que nuestro Señor Jesucristo, hecho verdaderamente hombre, el que padeció y murió, también había resucitado realmente de entre los muertos. Los bienaventurados Apóstoles y los discípulos, que estaban consternados por la muerte de Cristo y que dudaban de su Resurrección, quedaron firmemente fortalecidos al ver la verdad y se alegraron, en vez de apenarse, cuando Cristo subió a los cielos Y de hecho los discípulos tenían numerosos motivos para regocijarse al ver que la naturaleza humana del Señor tomaba posesión de su sitio sobre todas las criaturas del cielo… su morada estaba junto al Padre eterno y participaba de la gloria del trono de aquel con cuya esencia estaba unida la naturaleza humana por medio del Hijo. La A. de Cristo significa a la vez nuestro encumbramiento; nuestro cuerpo puede esperar ser llamado allí donde la `gloria de la Cabeza’ le ha precedido… No sólo se nos ha asegurado en este día la posesión del Paraíso, sino que ya hemos subido con Cristo a las alturas del Cielo. De mucho más valor es lo que se nos ha concedido por la inefable gracia del Señor que lo que perdimos por envidia del diablo. Aquella naturaleza que el enemigo expulsó de la felicidad de su mirada primera ha sido incorporada por el Hijo de Dios a sí y puesta a la diestra del Padre, con quien vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, Dios por toda la eternidad» (S. León Magno, v., Sermo 73, 4: PL 54, 396). Y el Catecismo romano de S. Pío V dice: «Todos los demás misterios (o verdades de la fe cristiana) se refieren a la Ascensión como a su fin; y en ésta se contienen la perfección sy el cumplimiento de todas las cosas; porque así como todos los misterios de nuestra religión tienen su origen en la encarnación del Señor, así en la Ascensión se concluye el tiempo de su vida terrena» (p. 1, c. 7, n. 4).

J.REVUELTA SOMALO.

BIBL.: V. LARRAÑAGA, La Ascensión del Señor en el Nuevo Testamento, Madrid 1943; íD, El proemiotransición de Act 1, 13 en los métodos literarios de la hagiografía griega, en Miscellanea Bíblica, III, Roma 1934, 311374; A. BRUNOT, Ascensión, en Ene. Bibl., I, 823832; M. SCIIMAUS, Teología Dogmática, III, Madrid 1959, 393399; F. X. DURRWELL, La Resurrección de Jesús, Misterio de Salvación, Barcelona 1962; H. COPPIETERS, De historia textus Actorum Apostolorum, Lovaina 1902, 128136; P. BENOIT, L’Ascension, «Rev. bibliquen 56 (1949) 161203; J. G. DAVIEs, He ascended into Heaven, Londres 1958; J. D. QUINN, Ascension of Jesús Christ, en Neu, Catholic Encyclopedia, I, Washington 1966, 930 ss.; S. M. CREED, The text and interpretation of Acts 1, 12, «Journal of Theological Studiesn 35 (1934) 176182; F. X. STEINMETZER, Anfgefahren in den Himmel sitzet zur Rechten Gottes, «Theologische Praktische Quartalschrifb> 77 (1’924) 8892, 224241, 414426; V. HOLZMEISTER, Der Tag der Himmelfahrt des Herm, «Zeitschrift für Katholische Theologien 55 (1931) 4482.

Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991
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