Los Magos maestros de humildad, no confiaron en su sabiduría


Autor: SS Benedicto XVI | Fuente: Catholic.net
Los Magos maestros de humildad, no confiaron en su sabiduría
Estos personajes no son los últimos, sino los primeros que saben reconocer el mensaje de la estrella.
Los Magos maestros de humildad, no confiaron en su sabiduría

Los Magos, maestros de humildad
No confiaron sólo en su propia sabiduría

Los Magos fueron los primeros de la larguísima fila de aquellos que han sabido encontrar a Cristo en su propia vida y que han conseguido llegar a Aquel que es la luz del mundo, porque tuvieron humildad y no confiaron sólo en su propia sabiduría.

A Belén, no los poderosos y los reyes de la tierra, sino unos Magos, personajes desconocidos, quizás vistos con sospecha, en todo caso indignos de particular atención.

Estos personajes procedentes de Oriente no son los últimos, sino los primeros de la gran procesión de aquellos que, a través de todas las épocas de la historia, saben reconocer el mensaje de la estrella, saben caminar por los caminos indicados por la Sagrada Escritura y saben encontrar, así, a Aquél que es aparentemente débil y frágil, pero que en cambio es capaz de dar la alegría más grande y más profunda al corazón del hombre.

En Él, de hecho, se manifiesta la realidad estupenda de que Dios nos conoce y está cerca de nosotros, de que su grandeza y poder no se expresan en la lógica del mundo, sino en la lógica de un niño inerme, cuya fuerza es sólo la del amor que se nos confía.

Los dones de los Magos, acto de justicia

Los Magos llevaron en regalo a Jesús oro, incienso e mirra. “No son ciertamente dones que respondan a necesidades primarias”, en aquel momento la Sagrada Familia habría tenido ciertamente mucha más necesidad de algo distinto que el incienso y la mirra, y tampoco el oro podía serle inmediatamente útil.

Estos dones, sin embargo, tienen un significado profundo: son un acto de justicia.

Según la mentalidad oriental, representan el reconocimiento de una persona como Dios y Rey: es decir, son un acto de sumisión.

La consecuencia que deriva de ello es inmediata. Los Magos no pueden ya proseguir por su camino. Han sido llevados para siempre al camino del Niño, la que les hará desentenderse de los grandes y los poderosos de este mundo y les llevará a Aquel que nos espera entre los pobres, el camino del amor que por sí solo puede transformar el mundo.

No sólo, por tanto, los Magos se han puesto en camino, sino que desde aquel acto ha comenzado algo nuevo, se ha trazado una nueva vía, ha bajado al mundo una nueva luz que no se ha apagado.

Esa luz, no puede ya ser ignorada en el mundo: los hombres se moverán hacia aquel Niño y serán iluminados por la alegría que solo Él sabe dar.

La importancia de la humildad

Sin embargo, aunque los pocos de Belén que reconocieron al Mesías se han convertido en muchos a lo largo de la historia, los creyentes en Jesucristo parecen ser siempre pocos.

Muchos han visto la estrella, pero son pocos los que han entendido su mensaje.

¿Cuál es la razón por las que unos ven y encuentren, y otros no? ¿Qué es lo que abre los ojos y el corazón? ¿Qué les falta a aquellos que permanecen indiferentes, a aquellos que indican el camino pero no se mueven?

El obstáculo que lo impide, es la demasiada seguridad en sí mismos, la pretensión de conocer perfectamente la realidad, la presunción de haber ya formulado un juicio definitivo sobre las cosas volviendo cerrados e insensibles sus corazones a la novedad de Dios.

Lo que falta es la humildad auténtica, que sabe someterse a lo que es más grande, pero también el auténtico valor, que lleva a creer a lo que es verdaderamente grande, aunque se manifieste en un Niño inerme.

Falta la capacidad evangélica de ser niños en el corazón, de asombrarse, y de salir de sí para encaminarse en el camino que indica la estrella, el camino de Dios.

El Señor sin embargo tiene el poder de hacernos capaces de ver y de salvarnos,

Pido a Dios que nos de un corazón sabio e inocente, que nos consienta ver la estrella de su misericordia, nos encamine en su camino, para encontrarle y ser inundados por la gran luz y por la verdadera alegría que él ha traído a este mundo.

Benedicto XVI, Solemnidad de la Epifanía del Señor

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La adoración de los Reyes Magos: Ana Catalina Emmerich


Relato de esta Beata alemana que puede ayudar a entender un poco más sobre estos Magos y su adoración a Dios.

Vi la caravana de los tres Reyes llegando a una puerta situada hacia el Sur.

Un grupo de hombres los siguió hasta un arroyo que hay delante de la ciudad, volviéndose luego. Cuando hubieron pasado el arroyo, se detuvieron un momento para buscar la estrella en el cielo. Habiéndola divisado dieron un grito de alegría y continuaron su marcha cantando. La estrella no los conducía en línea recta, sino por un camino que se desviaba un poco al Oeste.

Pasaron delante de una ciudad pequeña, que conozco bien, detrás de la cual los vi que se detenían y oraban en dirección al Sur, en un sitio agradable al lado de un caserío. En este lugar, y delante de ellos, surgió un manantial de la tierra, lo que los llenó de regocijo. Bajaron y cavaron para esta fuente un pilón que rodearon de arena, piedras y césped. Acamparon allí durante varias horas, abrevaron y dieron de comer a sus animales, y tomaron ellos también un poco de alimento, pues en Jerusalén no habían podido descansar a consecuencia de sus diversas preocupaciones. Más tarde, vi a Nuestro Señor detenerse varias veces cerca de esta fuente, con sus discípulos.

La estrella, que brillaba durante la noche como un globo de fuego, se parecía ahora a la luna vista durante el día; no era perfectamente redonda, sino como recortada; a menudo la vi oculta por las nubes.

Sobre el camino directo de Belén a Jerusalén había gran movimiento de viajeros, con equipajes y asnos. Probablemente eran gentes que volvían de Belén después de haber pagado el impuesto, o que iban a Jerusalén al mercado o para visitar el Templo. El camino que seguían los Reyes era solitario, y Dios los llevaba sin duda por allí para que pudieran llegar a Belén durante la noche, sin llamar demasiado la atención.

Los vi ponerse en camino cuando ya el sol se hallaba muy bajo. Iban en el mismo orden, en que habían venido ; Ménsor, el más joven, iba delante; luego venía Saír, el cetrino, y por fin Teóceno, el blanco, que era también el de más edad.

Hoy a la hora del crepúsculo, vi el cortejo de los santos Reyes llegando ante Belén, cerca del mismo edificio en el que José y María se habían hecho inscribir y que era la casa solariega de la familia de David. Sólo quedan algunos restos de muros. Había pertenecido a los padres de San José. Era un gran edificio rodeado por otros más pequeños, con un patio cerrado, delante del cual había una plaza plantada de árboles con una fuente.

En esta plaza vi a unos soldados romanos, porque la casa era como una oficina para el cobro de impuestos. Cuando llegó el cortejo, cierto número de curiosos se agrupó a su alrededor.

Habiendo desaparecido la estrella, los Reyes sentían alguna inquietud. Se les aproximaron algunos hombres y los interrogaron. Ellos echaron pie a tierra, y unos empleados vinieron desde la casa a su encuentro con ramas en la mano, y les ofrecieron algunos refrescos. Ésta era la costumbre para dar la bienvenida a extranjeros distinguidos. Yo, entonces, pienso : «son mucho más amables con ellos que con el pobre San José, tan sólo porque han distribuido pequeñas piezas de oro».

Les hablaron del valle de los pastores como de un buen lugar para levantar sus carpas. Ellos se quedaron durante largo rato indecisos. Yo no les oí preguntar nada acerca del rey de los judíos recién nacido. Sabían que Belén era el sitio designado por la profecía; pero, a causa de lo que Herodes les había dicho, temían llamar la atención.

Pronto vieron brillar en el cielo, sobre un lado de Belén, un meteoro semejante a la luna cuando aparece; montaron entonces nuevamente en sus cabalgaduras, y costeando un foso y unos muros ruinosos, dieron la vuelta a Belén, por el Sur, y se dirigieron al Oriente hacia la gruta del Pesebre, que abordaron por el costado de la llanura donde los ángeles se habían aparecido a los pastores.

Cuando hubieron llegado cerca de la tumba de Maraha, en el valle que está detrás de la gruta del Pesebre, se apearon. Sus gentes deshicieron muchos envoltorios, levantaron una gran carpa que llevaban e hicieron otros arreglos, con ayuda de algunos pastores que les indicaron los sitios más convenientes.

El campamento se hallaba en parte arreglado, cuando los Reyes vieron aparecer la estrella, clara y brillante, sobre la colina del Pesebre, dirigiendo hacia ella perpendicularmente sus rayos de luz. La estrella pareció crecer mucho y derramó una cantidad extraordinaria de luz.

Yo los vi mirando primero todo con un aire de gran asombro. Estaba oscuro; no veían ninguna casa sino tan sólo la forma de una colina semejante a una muralla. De pronto sintieron un gran júbilo, pues vieron en medio de la luz la figura resplandeciente de un niño.

Todos se destocaron para demostrar su respeto; luego los tres Reyes fueron hacia la colina y encontraron la puerta de la gruta. Ménsor la abrió, viéndola llena de una luz celeste, y al fondo a la Virgen, sentada, sosteniendo al Niño, tal como él y sus compañeros la habían visto en sus visiones.

Volvió sobre sus pasos para contar a los otros lo que acababa de ver.

Entonces José salió de la gruta, acompañado por un viejo pastor, para ir a su encuentro. Los tres Reyes le dijeron con toda sencillez cómo habían venido para adorar al rey recién nacido de los judíos, cuya estrella habían visto, y para ofrecerle sus presentes. José los acogió muy afectuosamente, y el anciano pastor los acompañó hasta su séquito y los ayudó en sus arreglos, junto con otros pastores que se encontraban allí.

Ellos mismos se prepararon como para una ceremonia solemne.

Los vi ponerse unos grandes mantos, blancos con una cola que tocaba el suelo. Tenían un reflejo brillante, como si fueran de seda natural; eran muy hermosos y flotaban ligeramente a su alrededor. Eran éstas las vestiduras ordinarias para las ceremonias religiosas. En la cintura llevaban unas bolsas y unas cajas de oro colgadas de cadenas, cubriendo todo esto con sus amplios mantos. Cada uno de los Reyes venía seguido por cuatro personas de su familia, además de algunos servidores de Ménsor que llevaban una mesa pequeña, una carpeta con flecos y otros objetos.

Los Reyes siguieron a San José, y al llegar bajo el alero que estaba delante de la gruta, cubrieron la mesa con la carpeta y cada uno de ellos puso encima las cajas de oro y los vasos que desprendieron de su cintura : eran los presentes que ofrecían entre todos.

Ménsor y los demás se quitaron las sandalias, y José abrió la puerta de la gruta. Dos jóvenes del séquito de Ménsor iban delante de él; tendieron una tela sobre el piso de la gruta, retirándose luego hacia atrás ; otros dos los siguieron con la mesa, sobre la que estaban los presentes.

Una vez llegado delante de la Santísima Virgen, Ménsor los tomó, y poniendo una rodilla en tierra, los depositó respetuosamente a sus plantas. Detrás de Ménsor se hallaban los cuatro hombres de su familia que se inclinaban con humildad. Saír y Teóceno, con sus acompañantes, se habían quedado atrás, cerca de la entrada.

Cuando se adelantaron, estaban como ebrios de alegría y de emoción, e inundados por la luz que llenaba la gruta. Sin embargo, allí sólo había una luz : la Luz del mundo.

María, apoyada sobre un brazo, se hallaba más bien recostada que sentada sobre una especie de alfombra, a la izquierda del Niño Jesús, el cual estaba acostado dentro de una gamella cubierta con una carpeta y colocada sobre una tarima, en el lugar en que había nacido; pero en el momento en que ellos entraron, la Santísima Virgen se sentó, se cubrió con su velo y tomó entre sus brazos al Niño Jesús, cubierto también por su amplio velo.

Ménsor se arrodilló, y colocando los presentes ante él, pronunció palabras conmovedoras rindiéndole homenaje, cruzando las manos sobre el pecho e inclinando su cabeza descubierta.

Entre tanto, María había desnudado el busto del Niño, el cual miraba con semblante amable desde el centro del velo en que se hallaba envuelto; su madre sostenía su cabecita con uno de sus brazos y lo rodeaba con el otro. Tenía sus manitas juntas sobre el pecho, y a menudo las tendía graciosamente a su alrededor.

¡Oh, qué felices se sentían de adorar al Niño Rey aquellos buenos hombres venidos de Oriente!

Viendo esto me decía a mí misma: «Sus corazones son puros y sin mancha, llenos de ternura y de inocencia como corazones de niños piadosos. No hay nada violento en ellos, y sin embargo están llenos de fuego y de amor. Yo estoy muerta, yo no soy ya más que un espíritu; de otro modo no podría ver esto, pues esto no existe ahora, y sin embargo existe ahora; pero no existe en el tiempo; en Dios no hay tiempo; en Dios todo es presente; yo estoy muerta, ya no soy más que un espíritu». Mientras me asaltaban aquellos pensamientos tan extraños, escuché una voz que me decía : «¿Qué te puede importar eso? Mira y ataba al Señor, que es eterno y en quien todo es eterno».

Vi entonces a Ménsor que sacaba de una bolsa, colgada de su cintura, un puñado de pequeñas barras compactas, pesadas, del largo de un dedo, afiladas en la extremidad y brillantes como el oro; era su regalo, que colocó humildemente sobre las rodillas de la Santísima Virgen al lado del Niño Jesús. Ella lo tomó con un agradecimiento lleno de gracia y lo cubrió con un extremo de su manto. Ménsor dio aquellas pequeñas barras de oro, virgen porque era muy sincero y caritativo, y buscaba la verdad con un ardor constante e inquebrantable.

Después se retiro, retrocediendo con sus cuatro acompañantes, y Saír, el Rey cetrino, se adelanto con los suyos y se arrodilló con una profunda humildad, ofreciendo su presente con palabras conmovedoras. Era un vaso de oro para poner el incienso, lleno de pequeños granos resinosos, de color verdoso; lo puso sobre la mesa delante del Niño Jesús. Saír dio el incienso, porque era un hombre que se conformaba respetuosamente y desde el fondo de su corazón, a la voluntad de Dios y la seguía con amor. Se quedó largo rato arrodillado con un gran fervor antes de retirarse.

Luego vino Teóceno, el mayor de los tres. Tenía mucha edad; sus miembros estaban endurecidos, no siéndole posible arrodillarse; pero se puso de pie, profundamente inclinado, y colocó sobre la mesa un vaso de oro con una hermosa planta verde. Era un precioso arbusto de tallo recto, con pequeños ramos crespos coronados por lindas flores blancas: era la mirra. Ofreció la mirra, por ser el símbolo de la mortificación y de la victoria sobre las pasiones, pues este hombre excelente había sostenido perseverante lucha contra la idolatría, la poligamia y las costumbres violentas de sus compatriotas. En su emoción, se quedó durante tanto tiempo con sus cuatro acompañantes ante el Niño Jesús, que tuve lástima de los otros criados que estaban fuera de la gruta, y que habían esperado tanto para ver al Niño.

Las palabras de los Reyes y de todos sus acompañantes eran llenas de simplicidad y siempre muy conmovedoras. En el momento de prosternarse y al ofrecer sus presentes, se expresaban más o menos en estos términos: «Hemos visto su estrella ; sabemos que Él es el Rey de todos los reyes; venimos a adorarlo y a ofrecerle nuestro homenaje y nuestros presentes». Y así sucesivamente.

Estaban como en éxtasis, y en sus oraciones inocentes y afectuosas, recomendaban al Niño Jesús sus propias personas, sus familias, su país, sus bienes y todo lo que tenía algún valor para ellos sobre la tierra. Ofrecían al Rey recién nacido sus corazones, sus almas, sus pensamientos y sus acciones. Le pedían que les diera una clara inteligencia, virtud, felicidad, paz y amor. Se mostraban inflamados de amor y derramaban lágrimas de alegría, que caían sobre sus mejillas y sus barbas. Se hallaban en plena felicidad. Creían haber llegado ellos mismos hasta aquella estrella hacia la cual, desde miles de años atrás, sus antepasados habían dirigido sus miradas y suspiros, con un deseo tan constante. Todo el regocijo de la promesa realizada después de tantos siglos estaba en ellos.

La madre de Dios aceptó todo con humilde acción de gracias; al principio no dijo nada, pero un simple movimiento bajo su velo expresaba su piadosa emoción. El cuerpecito del Niño se mostraba brillante entre los pliegues de su manto.

Por fin, Ella dijo a cada uno algunas. palabras humildes y llenas de gracia, y echó un poco su velo hacia atrás. Allí pude recibir una nueva lección. Pensé: «con qué dulce y amable gratitud recibe cada presente! Ella, que no tiene necesidad de nada, que posee a Jesús, acoge con humildad todos los dones de la caridad. Yo también, en lo futuro, recibiré humildemente y con agradecimiento todas las dádivas caritativas» ¡ Cuánta bondad en María y en José ! No guardaban casi nada para ellos, y distribuían todo entre los pobres.

Cuando los Reyes hubieron abandonado la gruta con sus, acompañantes, volviéndose a sus carpas, sus criados entraron a su vez. Habían levantado las tiendas, descargado los animales, puesto todo en orden, y esperaban delante de la puerta, llenos de paciencia y de humildad. Eran más de treinta, y estaba también con ellos un grupo de niños que llevaban solamente un paño ceñido a los riñones y un pequeño manto.

Los criados entraron de cinco en cinco, conducidos por uno de los personajes principales bajo cuyas órdenes servían. Se arrodillaban alrededor del Niño y lo honraban en silencio. Finalmente, entraron los niños todos juntos, se pusieron de rodillas y adoraron a Jesús con una alegría inocente y cándida.

Los servidores no se quedaron mucho tiempo en la gruta del Pesebre, pues los Reyes volvieron a entrar solemnemente. Se habían puesto otros mantos largos y flotantes; llevaban en la mano unos incensarios, y con ellos incensaron con gran respeto al Niño, a la Santísima Virgen, a José y a toda la gruta. Luego se retiraron, después de haberse inclinado profundamente.

Ésta era una de las formas de adorar que tenía aquel pueblo.

Durante todo este tiempo, María y José se hallaban penetrados por la más dulce alegría. Jamás los había visto así; lágrimas de ternura corrían a menudo por sus mejillas. Los honores solemnes rendidos al Niño Jesús, a quien ellos se veían obligados a alojar tan pobremente, y cuya dignidad suprema quedaba escondida en sus corazones, los consolaba infinitamente. Veían que la Providencia todopoderosa de Dios, a pesar de la ceguera de los hombres, había preparado para el Niño de la Promesa, y le había enviado desde las regiones más lejanas, lo que ellos por sí no podían darle: la adoración debida a su dignidad, y ofrecida por los poderosos de la tierra con una santa magnificencia. Adoraban a Jesús con los santos Reyes. Los homenajes ofrecidos los hacían muy felices.

Las tiendas estaban levantadas en el valle situado detrás de la gruta del Pesebre, hasta la gruta de la tumba de Maraha ; los animales se hallaban puestos en filas y atados a estacas, y separados por medio de cuerdas. Cerca de la carpa grande que estaba al lado de la colina del Pesebre, había un espacio cubierto con esteras, donde estaba depositada una porción del equipaje; sin embargo, la mayor parte fue llevada a la gruta de la tumba de Maraha.

Cuando todos hubieron abandonado el Pesebre, ya se habían levantado las estrellas. Se reunieron en círculo cerca del viejo terebinto que se alzaba sobre la gruta de Maraha, y entonaron cantos solemnes en presencia de las estrellas. No me es posible decir la emoción de aquellos cantos que resonaban en medio del valle silencioso. ¡Durante tantos siglos sus antepasados habían mirado los astros, rezado, cantado, y he aquí que ahora todos sus deseos habían sido escuchados ! Cantaban como ebrios de alegría y de agradecimiento.

Entre tanto, José, con la ayuda de dos viejos pastores, había preparado una comida frugal en la tienda de los tres Reyes. Trajeron pan, frutas, panales de miel, algunas hierbas y frascos de bálsamo, poniéndolo todo sobre una mesa baja, cubierta con una carpeta. José había conseguido estas cosas desde la mañana para recibir a los Reyes, cuya venida le había sido anunciada de antemano por la Santísima Virgen.

Cuando los Reyes volvieron a su carpa, vi que San José los recibía muy cordialmente, y les rogaba, que siendo sus huéspedes, se dignaran aceptar la sencilla comida que les ofrecía. Se ubicó al lado de ellos junto a la mesa, y luego empezaron a comer.

San José no mostraba timidez alguna; hallábase tan contento que derramaba lágrimas de alegría.

( Cuando vi esto, pensé en mi difunto padre, el pobre campesino, que en ocasión de mi toma de hábito en el convento, se vio obligado a sentarse a la mesa en compañía de muchas personas distinguidas. En su sencillez y su humildad, al principio había sentido mucho miedo; luego, púsose tan contento que hasta derramó lágrimas de alegría. Sin querer, ocupaba el primer lugar en la fiesta. )

Después de aquella pequeña comida, José los dejó. Algunas de las personas más importantes de la caravana fueron a una posada de Belén; las otras se echaron sobre sus lechos, que estaban preparados formando un círculo bajo la carpa grande, y en ellos reposaron. José, que había vuelto a la gruta, puso todos los presentes a la derecha del Pesebre, en un rincón en el cual había colocado un tabique, de manera que no se pudiera ver lo que había detrás.

La criada de Ana, que después de la partida de esta se había quedado al lado de la Santísima Virgen, se había mantenido oculta en una gruta lateral durante toda la ceremonia, no volviendo a aparecer hasta que todos se hubieron marchado. Era una mujer inteligente y de espíritu grave. No vi a la Sagrada Familia, ni a esta criada mirando los presentes de los Reyes con satisfacción mundana; todo fue aceptado con humilde agradecimiento y casi de inmediato distribuido caritativamente.

Esta noche, vi en Belén un poco de agitación con motivo de la llegada de la caravana a la casa en que se pagaba el impuesto; más tarde hubo muchas idas y venidas en la ciudad. Las gentes que habían seguido el cortejo hasta el valle de los pastores, no habían tardado en volver. Luego, mientras los tres Reyes, llenos de alegría y de fervor, adoraban y depositaban sus presentes en la gruta del Pesebre, vi a algunos judíos rondando por los alrededores, a cierta distancia, que espiaban y murmuraban en voz baja. Más tarde, los vi ir y venir dentro de Belén, y presentar diversos informes.

No pude dejar de llorar amargamente por estos desgraciados. Sufro mucho viendo a estas malas personas que entonces, y todavía ahora, cuando el Salvador se acerca a los hombres, se ponen a murmurar y a observar, y luego, arrastrados por su malicia, propagan mentiras. ¡Cuán dignos de compasión me parecían aquellos desgraciados ! Tienen la salvación tan cerca de ellos, y la rechazan, mientras que estos buenos Reyes, guiados por s fe sincera en la Promesa, han venido desde tan lejos han encontrado la salvación. ¡Ay! ¡Con cuánto dolor lloro por estos hombres endurecidos y ciegos !

En Jerusalén vi hoy, durante el día, a Herodes leyendo todavía unos rollos en compañía de unos escribas, y hablando de lo que habían dicho los tres Reyes. Después todo entro nuevamente en calma, como si se hubiera querido acallar este asunto.

Hoy por la mañana temprano vi a los Reyes y a algunas personas de su séquito, visitando sucesivamente a la Sagrada Familia. Los vi también, durante el día, cerca de su campamento y de sus bestias de carga, ocupados en hacer diversas distribuciones. Estaban llenos de júbilo y de felicidad, y repartían muchos regalos. Vi que entonces, se solía siempre hacer esto, en ocasión de acontecimientos felices.

Los pastores que habían prestado servicios al séquito de los Reyes, recibieron valiosas gratificaciones; también a muchos pobres les fueron ofrecidos presentes. Vi que ponían unos chales sobre los hombros de algunas pobres viejitas encorvadas que habían ido allí.

Entre las personas del séquito de los tres Reyes, había algunas que se encontraban a gusto en el valle cerca de los pastores y que deseaban quedarse allí para vivir junto a ellos. Dieron a conocer su deseos a los Reyes, y obtuvieron el permiso de quedarse, habiendo recibido además muy ricos regalos, entre otros, colchas, vestidos, oro en grano, y además los asnos en los que habían montado. Viendo a los Reyes que distribuían también muchos trozos de pan, me pregunté al principio dónde podían haberlo conseguido; pero luego recordé haberlos visto varias veces, en los sitios en que establecían su campamento, preparar, gracias a su provisión de harina, dentro de moldes de hierro que llevaban, pequeños panes chatos, parecidos a las galletas, que ponían sobre sus bestias de carga, amontonados dentro de livianas cajas de cuero. Hoy vinieron también muchas personas de Belén que se agrupaban alrededor de ellos, para conseguir algunos obsequios, bajo diferentes pretextos.

Por la noche, fueron al Pesebre para despedirse. Primero fue sólo Ménsor. María le puso al Niño Jesús en los brazos; él lloraba y resplandecía de alegría.

Luego vinieron los otros dos, y derramaron lágrimas al despedirse. Trajeron todavía muchos presentes; piezas de tejidos diversos, entre los cuales algunos que parecían de seda sin teñir, y otros de color rojo o floreados; también trajeron muy hermosas colchas. Quisieron además dejar sus grandes mantos de color amarillo pálido, que parecían hechos con una lana extremadamente fina; eran muy livianos y el menor soplo de aire los agitaba. Traían también varias copas, puestas las unas sobre las otras, cajas llenas de granos, y en una cesta, unos tiestos donde había hermosos ramos de una planta verde con lindas flores blancas. Aquellos tiestos se hallaban colocados unos encima de otros dentro de la canasta. Era mirra. Dieron igualmente a José unos jaulones llenos de pájaros, que habían traído en gran cantidad sobre sus dromedarios para alimentarse con ellos.

Cuando se separaron de María y del Niño, todos derramaron muchas lágrimas. Vi a la Santísima Virgen de pie junto a ellos en el momento de despedirse. Llevaba sobre su brazo al Niño Jesús envuelto en su velo, y dio algunos pasos para acompañar a los Reyes hasta la puerta de la gruta ; allí se detuvo en silencio, y para dar un recuerdo a aquellos hombres excelentes, desprendió de su cabeza el gran velo transparente de tejido amarillo que la envolvía, así como al Niño Jesús, y lo puso en las manos de Ménsor. Los Reyes recibieron aquel presente inclinándose profundamente, y un júbilo lleno de respeto hizo palpitar sus corazones, cuando vieron ante ellos a la Santísima Virgen sin velo, teniendo al pequeño Jesús. ¡Cuántas dulces lágrimas derramaron al abandonar la gruta ! El velo fue para ellos desde entonces la más santa de las reliquias que poseían.

La Santísima Virgen, recibiendo los presentes, no parecía darles gran valor; y sin embargo, en su conmovedora humildad, mostraba un verdadero agradecimiento a la persona que los ofrecía. Durante esta maravillosa visita no vi en Ella ningún sentimiento de complacencia para consigo misma; solamente al principio, por amor hacia el Niño Jesús y por compasión hacia San José, se dejó llevar con naturalidad por la esperanza de que en adelante, San José y el Niño encontrarían quizás un poco de simpatía en Belén, y que ya no serían tratados con tanto desprecio como lo fueron a su llegada, pues la tristeza y la inquietud de San José la habían afligido mucho.

Cuando los Reyes se despidieron, la lámpara estaba ya encendida en la gruta. Todo estaba oscuro, y ellos se fueron enseguida con sus acompañantes debajo del gran terebinto que había encima de la tumba de Maraha, para celebrar allí, como en la víspera por la noche, las ceremonias de su culto. Debajo del árbol había una lámpara encendida. Cuando las estrellas aparecieron, se pusieron a rezar y a entonar melodiosos cantos. Las voces de los niños producían un efecto muy agradable en aquel coro. Luego, se dirigieron todos a la carpa en la que José había preparado de nuevo una ligera comida. Después de esto, algunos se volvieron a su posada de Belén, mientras otros iban a descansar bajo la carpa.

Hacia la medianoche, tuve de pronto una visión. Vi a los Reyes descansando en su carpa sobre unas colchas tendidas en el suelo, y cerca de ellos percibí a un hombre joven y resplandeciente. Era un ángel que los despertaba y les decía que debían partir de inmediato, sin volver por Jerusalén, sino a través del desierto, siguiendo las orillas del Mar Muerto.

Los Reyes se levantaron en seguida de sus lechos, y todo su séquito pronto estuvo en pie. Uno de ellos fue al Pesebre a despertar a San José, quien corrió a Belén para advertir a los que allí se habían hospedado; pero los encontró en el camino, pues ellos habían tenido la misma aparición. Plegaron la carpa, cargaron el fardaje y todo fue envuelto y preparado con una asombrosa rapidez. Mientras los Reyes se despedían en forma conmovedora de San José una vez más delante de la gruta del Pesebre, su séquito partía en destacamentos separados para tomar la delantera, y se dirigía hacia el Sur con el fin de costear el Mar Muerto atravesando el desierto de Engaddi.

Los Reyes instaron a la Sagrada Familia a que partiera con ellos, porque sin duda alguna un gran peligro la, amenazaba; luego aconsejaron a María que se ocultara con el pequeño Jesús, para no ser molestada a causa de ellos. Lloraron entonces como niños, y abrazaron a San José diciéndole palabras conmovedoras; luego montaron sus dromedarios, ligeramente cargados, y se alejaron a través del desierto. Vi al ángel cerca de ellos, en la llanura, señalarles el camino. Pronto desaparecieron. Seguían rutas separadas, a un cuarto de legua unos de otros, dirigiéndose durante una legua hacia el Oriente, y enseguida hacia el Sur, en el desierto.

¿Quiénes eran los Reyes Magos?


Gabriel González Nares

¿Quiénes eran los Reyes magos?, el evangelista Mateo presenta a los protagonistas del relato como unos magos que venían de Oriente. No dice cuántos eran ni cómo se llamaban, ni de dónde procedían exactamente.Te invitamos a saber más sobre los Reyes Magos.


Originarios de la Media (hoy Irán) donde constituían una clase sacerdotal, los magos habían adquirido gran influencia en Babilonia (hoy Iraq). Se distinguían por su afición al estudio de la Astronomía, o mejor, Astrología, que era una ciencia adivinatoria basada en el principio de que la vida de los hombres se desarrolla bajo la influencia de los astros.

Por el trato con los judíos, que habían difundido por todo el Occidente sus esperanzas mesiánicas, tenían conocimiento del esperado Mesías, Rey de los judíos, el cual, como todos los grandes personajes, debía tener una estrella que vaticinase su destino. La naturaleza de esta estrella es muy misteriosa.

En el relato de San Mateo, la estrella juega un papel importante. Es una estrella que los magos vieron en Oriente, pero que luego se les perdió de vista encontrándola al salir de Jerusalén camino a Belén, donde se mueve delante de ellos en dirección norte-sur, finalmente se detiene sobre la casa donde estaba el Niño. Los magos dicen haberla conocido como la estrella de Jesús. “Hemos visto su estrella en Oriente y hemos venido a adorarle” (Mt. 2,2)

Una de las tradiciones sobre los Magos de Oriente dice que había tres Magos que, además, eran reyes. Los Tres Reyes de Oriente: Melchor, anciano de barba larga que obsequia al Señor con oro como corresponde a un Rey. Gaspar, joven lampiño que le obsequia incienso (es un perfume a base de resina de árboles que se quemaba en el templo) como homenaje a su Divinidad. Baltazar, de raza negra, que le entrega mirra (polvo perfumado que se mezcla con aceite para consagrar a los sacerdotes, o bien mezclado con el vino ayudaba a calmar dolores) a Jesús hombre como profecía de su muerte y sufrimiento.

Regiamente ataviados y montados en un camello, caballo y elefante, emprenden el viaje para adorar al Niño.

¿Cuántos Magos había?

En cuanto al número, los monumentos arqueológicos fluctúan considerablemente, un fresco del cementerio de San Pedro y San Marcelino en Roma representa a dos; tres muestran en un sarcófago que se conserva en el museo de Letrán; cuando aparecen en el cementerio de Santa Domitila y hasta ocho en u vaso del museo Kircheniano.

En las tradiciones orales, sirias y armenias llega a hablarse de doce. Ha prevalecido, no obstante, el número de tres, acaso con la correlación con los tres dones que ofrecieron: oro, incienso y mirra, o porque se les creyó representantes de las tres razas: Aria, Amarilla y Negra (Sem, Cam y Jafet, los hijos de Noé que dieron origen a las razas dichas.)

El número definitivo lo proclama el Occidente el Papa San León I en el siglo V; además este Papa fija también sus edades en 20, 40 y 60 años; y sus razas como blanca, negra y amarilla, que son las únicas admitidas en la antigüedad.

En cuanto a sus nombres, Beda el venerable, Teólogo inglés de principios del Siglo VIII, fue uno de los que primero usaron los sombres que hoy nos son tan familiares: Melchor, Gaspar y Baltazar. A finales del Siglo VII y en el siglo IX, aparecen en París y en Italia respectivamente un manuscrito anónimo en donde aparecen los nombres de Bisthisares, Melechior y Guthaspa.

En escritos de otros autores y diferentes regiones se les conoce con nombres de nobles persas.

¿Eran Reyes los Magos de Oriente?

Su condición de reyes carece de fundamento histórico, parece que esto se deduce de un salmo que dice: “los reyes de Tarsis y las Islas le ofrecerán sus dones; los reyes de Arabia, Saba le traerán regalos”.

Nunca en las antiguas representaciones del arte cristiano aparecen con atributos regios, sino simplemente con gorro frigio y hábitos de nobles persas.

¿De dónde venían los Magos de Oriente?

También sobre el lugar de su origen discrepan los documentos antiguos, unos los hacen proceder de Persia, otros de Babilonia o de Arabia y otros de Egipto o de Etiopía. Sin embargo un dato arqueológico del tiempo de Constantino muestra la antigüedad de la tradición que parece interpretar mejor la intención del evangelista, haciéndolos oriundos de Persia. Esto fue debido a lo que refiere una carta sinodal del Concilio de Jerusalén del año 836, que en el 614, cuando los soldados persas de Cosroas II, destruyeron todos los santuarios de Palestina, respetaron la Basílica Constantiniana de la Natividad en Belén, porque al ver el mosaico del frontispicio que representaba la adoración de los Reyes Magos, creyeron por la indumentaria que se trataba de sus compatriotas.

Tomado de:  Tomado de: RUIZ, ALVAREZ. Mercedes ”La Epifanía” enHistoria de los costumbres y tradiciones navideñas en México, Ed. Minos Tercer Milenio, (2010), Ciudad de México, pp. 93-96

 

La Fiesta de los Magos


Antoni Pou

¿Qué significado existencial podemos dar hoy a esta fiesta? Está claro: el Mesías es reconocido por los paganos y la gente sencilla, y no por los representantes del poder religioso y político de Israel

El pasaje de la infancia de Jesús del evangelio de Mateo donde se presenta el relato de los magos no dice que fuesen tres, ni que fueran reyes. Se ha creído des de muy antiguo que eran tres -y así lo representa un dibujo en el cementerio de Priscila, del siglo II, con los magos- porque son tres los regalos que hacen: oro, incienso y mirra. El texto bíblico dice que llegaron de Oriente, pero tampoco nos dice exactamente de dónde. El fresco de Priscila los representa con vestidos persas, pero los dones parecen ser más propios de Arabia y, además, para la Biblia de Oriente suele significar el país más allá del río Jordán y del mar Muerto. El hecho de ser guiados por una estrella puede querer decir que son unos astrólogos, y el término \\’\\’magos\\’\\’ puede referirse a este oficio.

Los escasos datos bíblicos fueron interpretados a partir de las profecías del Antiguo Testamento que se referían al Mesías, que podrían ser perfectamente también fuente de inspiración del relato por parte del evangelista: \\’\\’Los reyes de Tarsis y las islas le llevarán obsequios; los reyes de Arabia y de Sebá le ofrecerán presentes\\’\\’ (Sal 71, 10) y de aquí viene que popularmente se les conozca como \\’\\’los reyes\\’\\’; y \\’\\’te cubrirán oleadas de camellos, dromedarios de Madian y de Efá; todos vendrán de Saba llevando oro e incienso y proclamando la grandeza del Señor\\’\\’ (Is 60, 6).

En la Biblia también encontramos la metáfora de la estrella, aplicada al rey, para significar el carácter sagrado y divino de la realeza; por tanto, el nacimiento de una estrella especial puede simbolizar el nacimiento de ese rey tan particular que es el Mesías. Y además, la profecía de Balaam también cita el nacimiento del Mesías como el surgido de una estrella: \\’\\’Sale de Jacob una estrella, se levanta un cetro en Israel\\’\\’ (Nm 24, 17).

El significado teológico, teniendo en cuenta el contexto de todo el relato bíblico, está claro: el Mesías es reconocido por los paganos y la gente sencilla, y no por los representantes del poder religioso y político de Israel. ¿Qué significado existencial podemos dar hoy a esta fiesta? Decimos que nuestra sociedad está cada vez más paganizada. Y, si quitásemos de esta palabra el sentido peyorativo que a veces se le da -como degenerado o perverso- y mantuviésemos el sentido original, de personas que no comparten nuestras creencias, podríamos decir que esto es realmente cierto.

Asistimos, sobre todo en Europa, a una progresiva descristianización. A los alejados, pues, está dedicada esta serie de preguntas. ¿Cuántas personas hoy en día no están en proceso de búsqueda? ¿Cuántas no consultan la astrología, para encontrar algún sentido a sus vidas? ¿Cuántas no empiezan a interesarse por las religiones de otras culturas, porque creen que la de sus padres ya no puede ser para ellos fuente de salvación? ¿Encuentran en los entendidos de la Sagrada Escritura pistas para poder seguir la luz de la estrella que orienta su búsqueda? ¿O la novedad de la búsqueda ya es tan grande que necesitan también nuevas formulaciones, y la creatividad de los viejos rabinos empieza a agotarse?

Pero lo importante es que los paganos no sólo tienen visión oscura, sino que tienen la capacidad también de captar una estrella: el deseo interior y la sed de Dios… Si la siguen, llegarán al Mesías. Quizá les decepcionará la consulta a los rabinos, o a lo mejor les ayudará. ¿Quién sabe? Pero si siguen la estrella, encontrarán: \\’\\’porque todo el que busca encuentra; a todo el que llama se le abre\\’\\’. El pasaje de los magos de oriente es una esperanza para nuestro mundo desorientado. Aunque no se conozca la Biblia, en el corazón del hombre siempre estará el deseo de Dios. El deseo de infinito puede estar más o menos despierto, pero existe… ¡Estamos hechos para mirar al cielo!

Aquél que busca la verdad con sinceridad de corazón, por muy lejos que esté de Cristo… Si la busca de verdad, sin prejuicios, en lo viejo y en lo nuevo, encontrará a Cristo… porque Él es la Verdad y se hace el encontradizo. ¿Ojalá que quien busque pueda encontrar en la Iglesia a gente preparada que le oriente, consultando las Escrituras, con ganas de adorar al Mesías -sin que se convierta en una frase irónica, como fue en boca de Herodes- y capaz de reconocerlo en la debilidad.

Los regalos de los magos son oro, incienso y mirra, interpretados por la tradición como regalos reales de reconocimiento a Jesús como el Mesías: el oro es la piedra preciosa propia de los reyes; el incienso era el perfume utilizado en el culto, pero también en la corte; y la mirra servía para la sepultura real. Otros analistas, San Basilio, por ejemplo, han visto en los tres regalos la triple realidad del Mesías: rey (oro), sacerdote (incienso), mirra (hombre mortal). San Efrén considera los dones de los magos no explicativos de la realidad del Mesías, sino símbolos de su obra en la humanidad: ofreciendo el oro, los magos se pasan de los ídolos de oro -a quienes adoraban- a Cristo, el único Señor. Y las ofrendas de la mirra y el incienso significaban el médico que venía a curar las heridas de Adán, las heridas de la humanidad.

La fiesta de los Reyes Magos, que traen los regalos, ciertamente dista ya mucho de la realidad teológica que significan estos personajes en los textos bíblicos, pero quizá conservan aún la experiencia universal y también propia del misterio de Navidad, que es la gratuidad del don. Lo mejor de la vida, también la máxima revelación de Dios que es Jesucristo, nos viene ofrecido. No está a nuestro alcance, sino que lo hemos de recibir y agradecer siempre como un don inmerecido.

Antoni Pou, osb. Apou@santuari-montserrat.com

Cortesía de e-cristians.net

 

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Epifanía: Los tres Reyes Magos

 

Al celebrar la Fiesta de la Epifanía, tenemos la oportunidad de descubrir cómo ser mejores hombres hoy. Por eso seguimos la estrella

Esta fiesta tiene dos nombres: Epifanía o Manifestación del Señor. También se conoce como la fiesta de los Reyes Magos, a los que el Señor se manifestó.

No estudiamos aquí el fenómeno de la estrella. Tampoco la personalidad de los Magos, sino su actitud. El hecho lo cuenta San Mateo. Llegaron unos Magos a Jerusalén, preguntando por el nacido rey de los judíos, pues habían visto su estrella en Oriente y venían a adorarlo.

Porque son diversas las actitudes de los hombres ante la llamada de Dios. “Cuando un dedo señala una estrella, todos los tontos sólo miran al dedo”. Quizá la estrella fue visible en toda la región. Pero muchos no levantaron la visita y no la vieron. Quizá muchos vieron la estrella, pero no la siguieron. Quizá algunos la vieron y la siguieron, pero les faltó constancia y desistieron.

Los Magos, en cambio, vieron la estrella, se pusieron en marcha, se enfrentaron al simún del desierto, y llegaron hasta el final. “No se pusieron en camino, dice San Juan Crisóstomo, porque hubieran visto la estrella, sino que vieron la estrella porque se habían puesto en camino, como premio a su generosa actitud”.

La estrella se les ocultó por algún tiempo. Es la noche oscura del alma. Pero ellos no cejaron en su empeño y la estrella les condujo hasta Belén. El premio fue maravilloso: se encontraron con Dios. “Entraron en la casa y vieron al Niño con María su madre, y postrándose, lo adoraron, y abriendo sus tesoros le ofrecieron oro, incienso y mirra”.

Fue una dura prueba. Pero el Señor les iluminó. Entraron y adoraron. Creyeron y abrieron los tesoros de su generosidad: oro como a rey, incienso como a Dios, mirra como a hombre. Le entregaron todo. Este fue su mérito, “que Dios no mira tanto lo que le damos, cuanto lo que nos reservamos para nosotros”, dice San Ambrosio.

Creyeron que aquel pobre infante era el Mesías, descubrieron en aquel niño desvalido al Dios Salvador. Superaron las pobres apariencias, algo que pocos saben hacer.

“Siempre los buscadores de Dios se equivocan, no porque se lo imaginen menor de lo que es, sino porque se lo imaginan más inflado. Dios es grande, no inflado” (Martin Descalzo). Los hombres no recibieron a Cristo, porque “esperaban un carabinero y vino un bebé” (Bernanos). Pero “sólo el humilde es el verdadero”, dice Jorge Guillén.

Según la tradición más frecuente, fueron tres los Reyes Magos, y se llamaban Melchor, Gaspar y Baltasar. Herodes les habia rogado con mala intención que volvieran a él, pero “volvieron a su tierra por otro camino”. Fulton Sheen aclara: “Nadie que alguna vez se encuentre con Cristo con buena voluntad, volverá por el mismo camino por el que llegó”.

La lección de los Magos es válida siempre. Nos enseñan alteza de miras para ver la estrella, intrepidez para seguirla y constancia para llegar hasta el fin. “¿Por qué hay hombres, escribe Karl Rhaner, parecidos a los escribas de Jerusalén que conociendo el camino no lo emprenden? ¡Deja todos esos calculadores y sigue la estrella que brilla en tu corazón!”

Otro mensaje nos regalan los Magos.

El poeta inglés Anden, en un poema sobre Navidad presenta a los tres Magos motivando su viaje:

El primero dice: Debo saber cómo ser verdadero hoy. Por eso sigo la estrella.

El segundo dice: Quiero descubrir cómo vivir hoy. Por eso sigo la estrella.

El tercero dice: Necesito averiguar cómo amar hoy. Por eso sigo la estrella.

Al final afirman los tres: Debemos descubrir cómo ser hombres hoy. Por eso seguimos la estrella.

La fiesta de la Epifanía


La Fiesta de la Epifanía

La Epifanía es de origen oriental y, probablemente, comenzó a celebrarse en Egipto. De allí pasó a otras iglesias de Oriente, y posteriormente fue traída a Occidente, primero a la Galia, más tarde a Roma y al norte de África

La Iglesia celebra la Epifanía a los doce días de la navidad. Se trata de una fiesta que tiene un carácter similar al de la anterior. Son fiestas compañeras, si no gemelas.

El nombre de “pequeña navidad” dado a la Epifanía expresa la idea popular de la fiesta en la Iglesia occidental. Parece como una repetición, a menor escala, de las celebraciones navideñas. Entre los cristianos de Oriente sucedía exactamente lo contrario. También ellos celebran la navidad, pero no le conceden el mismo rango que a la Epifanía. Les parece apropiado dar a navidad el título de ” pequeña Epifanía “.

Dejando a un lado la discusión acerca del rango e importancia relativa de estas fiestas, lo cierto es que la Iglesia universal celebra ambas solemnidades. Navidad y Epifanía son fiestas complementarias que se enriquecen mutuamente. Ambas celebran, desde diferentes perspectivas, el misterio de la encarnación, la venida y manifestación de Cristo al mundo. Navidad acentúa más la venida, mientras que Epifanía subraya la manifestación.

Una mirada a los orígenes. La Epifanía es de origen oriental y, probablemente, comenzó a celebrarse en Egipto. De allí pasó a otras iglesias de Oriente, y posteriormente fue traída a Occidente, primero a la Galia, más tarde a Roma y al norte de África.

La aparición de esta fiesta al principio del siglo IV coincidió aproximadamente con la institución de la navidad en Roma. Durante este siglo tuvo lugar un proceso de imitación recíproca de ambas iglesias. Mientras que las iglesias occidentales adoptaban la fiesta de la Epifanía, las orientales, con algunas excepciones, no tardaron mucho en introducir la fiesta de navidad. Como resultado de esta nivelación o “gemelización”, ya en el siglo IV o v las iglesias orientales y occidentales celebraban dos grandes fiestas en el tiempo de navidad.

Se ha descrito la fiesta del 6 de enero como la navidad de la Iglesia de Oriente. Podríamos considerar exacta esta descripción si nos atenemos al período de los orígenes. No hay duda de que, en el tiempo de su institución, la Epifanía conmemoraba el nacimiento de Cristo y, en este sentido, no era tan diferente de nuestra navidad; ambas eran fiestas de natividad. Sin embargo, esa fiesta experimentó una cierta evolución como resultado de la influencia de la navidad occidental. Parece probable que incluyó desde el principio al menos otro tema: el del bautismo de Jesús en el Jordán. Este tema ganó importancia hasta llegar a convertirse en el objeto primero de la fiesta. La conmemoración de la natividad quedó entonces reservada a navidad.

El término mismo, proveniente del griego epiphaneia (“manifestación”), arroja luz sobre la significación originaria de la fiesta. En el griego clásico, la palabra podía expresar dos ideas, secular una, religiosa la otra. En el uso secular podía referirse a una llegada. Cuando, por ejemplo, un rey visitaba una ciudad y hacía su entrada solemne, se recordaba ese evento como una Epifanía. San Pablo utiliza la palabra en este sentido refiriéndose a Cristo. Su venida a la tierra fue una Epifanía, como la de un gran monarca que entra en una ciudad. Fijémonos, por ejemplo, en este pasaje de 2 Timoteo 1,10: “Y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús desde la eternidad, y manifestada ahora por la aparición (epiphaneia) de nuestro Señor Jesucristo” 1. Si tenemos presente este uso neotestamentario del término epiphaneia, entenderemos con facilidad cómo la idea de nacimiento entró en la concepción de la fiesta de la Epifanía, ya que celebraba la venida, la llegada y la presencia de la palabra encarnada entre nosotros.

Existía, además, el uso religioso del término en la cultura griega. Aquí tiene un sentido bastante diferente. Denotaba alguna manifestación de poder divino en beneficio de los hombres. Aquí estamos más cerca de la interpretación litúrgica de la Epifanía. Es una fiesta de manifestación. Dios manifestaba su poder benevolente en la encarnación. La venida de Cristo a la tierra era una Epifanía en sí misma. Hubo, además, otras manifestaciones: la adoración de los magos, el bautismo en el Jordán, la conversión del agua en vino y otras más.

Parece, pues, que la fiesta de la Epifanía tuvo desde el principio un carácter más bien complejo. Fue una fiesta de natividad pero también fue algo más. No se limitaba a celebrar la venida histórica de nuestro Señor y Salvador Jesucristo a la tierra, sino también los diversos “signos” por los que durante su vida reveló su poder y su gloria.

Hemos señalado con anterioridad que en la Iglesia de Oriente el foco del interés tendía a centrarse en el bautismo de Cristo. Y no sin razón, pues fue precisamente en ese acontecimiento donde el Padre dio testimonio de que éste era su Hijo amado, y el Espíritu Santo se posó sobre él en forma visible. Esa fue la manifestación que inauguró su ministerio público y le reveló como el Mesías.

Con la introducción de la Epifanía en Roma y en otras iglesias de Occidente, el significado de la fiesta experimentó un cambio. Entonces, el episodio de los magos que siguen a la estrella y vienen con sus regalos a adorar al Mesías se convirtió en el tema principal de la fiesta. Se atribuyó un simbolismo profundo al relato evangélico. Representaba la vocación de los gentiles a la Iglesia de Cristo.

La llamada a todas las naciones. Cuando la Epifanía se popularizó, se implantó la costumbre de añadir las tres figuras de los magos a la cuna de navidad. Ellos llegaron a conquistar la fantasía popular. La leyenda les dio unos nombres y los convirtió en reyes. En la gran catedral gótica de Colonia se puede ver la urna de los tres reyes. Sus “huesos” fueron llevados allí, desde Milán, en 1164, por Federico Barbarroja.

Los grandes padres latinos, san Agustín, san León, san Gregorio y otros, se sintieron fascinados por esas tres figuras, pero por una razón distinta. No sentían curiosidad por conocer quiénes eran o su lugar de procedencia. No tenían interés alguno en tejer leyendas en torno a ellos. Su interés se centraba en determinar lo que ellos representaban, su función simbólica, la teología subyacente en el relato evangélico. En sus reflexiones sobre Mateo 2,1-12 llegaron a la misma conclusión: los sabios de Oriente representaban a las naciones del mundo. Ellos fueron los primeros frutos de las naciones gentiles que vinieron a rendir homenaje al Señor. Ellos simbolizaban la vocación de todos los hombres a la única Iglesia de Cristo.

Con esta interpretación de Epifanía, la fiesta toma un carácter más universal. Amplía nuestro campo de visión, abre nuevos horizontes. Dios deja de manifestarse sólo a una raza, a un pueblo privilegiado, y se da a conocer a todo el mundo. La buena nueva de la salvación es comunicada a todos los hombres. El pueblo de Dios se compone ahora de hombres y mujeres de toda tribu, nación y lengua. La raza humana forma una sola familia, pues el amor de Dios abraza a todos.

Este es el misterio que consideramos, tal vez, como evidente, pero que fue fuente permanente de admiración para san Pablo. En la segunda lectura de la misa (Ef 3,2-6) habla de este misterio, oculto desde generaciones pasadas, pero revelado ahora a través del Espíritu, “que los paganos comparten ahora la misma herencia, que forman parte del mismo cuerpo y que se les ha hecho la misma promesa, en Cristo Jesús, a través del evangelio”. Recordemos que también nosotros hemos sido “gentiles”. Como san Pedro recordaba a sus conversos paganos: “Los que en un tiempo no erais pueblo de Dios, ahora habéis venido a ser pueblo suyo, habéis conseguido misericordia los que en otro tiempo estabais excluidos de ella” (1 Pe 2,10).

El llamamiento de las naciones es el tema de la homilía de san León para el Oficio de lecturas. Dice así: “Que todas las naciones, en la persona de los tres Magos, adoren al Autor del universo, y que Dios sea conocido no ya sólo en Judea, sino también en el mundo entero”. Y después una exhortación: “Celebremos con gozo espiritual el día que es el de nuestras primicias y aquel en que comenzó la salvación de los paganos”. Estos sabios de Oriente representaban los primeros frutos, las primicias (primitiae) de la gran cosecha de la humanidad. Esta idea reaparece con frecuencia en los sermones patrísticos dedicados a la Epifanía.

Al final de su homilía, San León introduce una nota misionera. Observa que la Iglesia celebra no precisamente un acontecimiento de otro tiempo, sino la actividad salvadora que continúa todavía en el mundo. Allí donde se predica el evangelio y las gentes son atraídas a la fe en Cristo, se realiza el misterio de la Epifanía. Y todos nosotros compartimos este trabajo de llevar a otros a Cristo. Todos deberíamos ser “servidores de esa gracia que llama a todos los hombres a Cristo”.

En la primera lectura de la misma, tomada de Isaías 60,1-6, tenemos una visión espléndida de la entrada de las naciones en la Iglesia. El profeta predice el retorno de los exiliados a Jerusalén. Se representa a la ciudad como a una madre que guarda luto por la dispersión de sus hijos y que se regocijará pronto por su vuelta. La liturgia considera que esta profecía se ha cumplido en la Iglesia. Ella es una madre, y se regocija al ver que sus hijos vienen de lejos:

Alza en torno los ojos y contempla,

todos se reúnen y vienen a ti,

tus hijos llegan de lejos,

y tus hijas son traídas en brazos.

Una visión de universalidad, como una gran procesión de pueblos que proceden de todas las partes del mundo y convergen en la ciudad santa, la Iglesia. Y estos pueblos no vienen con las manos vacías, sino llevando dones: “Porque a ti afluirán las riquezas del mar, y los tesoros de las naciones llegarán a ti”. ¿Cómo tenemos que entender esos dones? ¿Se trata simplemente de riquezas y de recursos naturales, o representan riquezas espirituales? En mi opinión, son lo último, los tesoros invisibles; y éstos incluyen la sabiduría, la cultura heredada y las tradiciones religiosas de cada nación.

Todo esto tiene que entrar en relación con la Iglesia si ésta ha de ser verdaderamente católica. No se puede aceptar todo. Algunos elementos deberán pasar por una purificación, o incluso deberán ser rechazados; pero la Iglesia reconoce que cuantos valores de verdad y de bondad se encuentran entre esos pueblos son signos de la presencia oculta de Dios entre ellos. Como declara el concilio Vaticano II: “Cuanto de bueno se halla sembrado en el corazón y en la mente de los hombres o en los ritos y culturas propios de los pueblos no solamente no perece, sino que es purificado, elevado y consumado para gloria de Dios” 2.

En este punto volvemos a los tres reyes, pues parece que los encontramos en el salmo responsorial (Sal 71): “Los reyes de Tarsis y las islas le pagarán tributo. Los reyes de Arabia y de Sabá traerán presentes”. Tal vez fue este salmo el que dio pie a la tradición, presente ya en Tertuliano, de que los magos eran reyes. Posteriormente se dio una interpretación mística incluso a los dones mismos. Significaban misterios divinos. El oro reconocía el poder regio de Cristo; el incienso, su sumo sacerdocio, y la mirra, su pasión y sepultura.

La estrella que los guiaba. El siguiente elemento de la narración es la estrella que guió a los sabios a Belén. Podemos dejar de lado explicaciones relacionadas con la naturaleza de la estrella. Algunos querrían identificarla con una notable conjunción de planetas registrada en el siglo VII-vI a.C., o incluso con el cometa Halley. La excesiva preocupación por los detalles lleva indefectiblemente a olvidar el punto real de la narración. Efectivamente, la estrella es un elemento indispensable en la narración de san Mateo; pero la tradición cristiana la interpreta no como un fenómeno natural, sino como un símbolo de fe.

La oración principal de la fiesta, oración atribuida a san Gregorio Magno, sugiere este último enfoque. Es una oración que enlaza tres ideas: la vocación de las naciones, la estrella como símbolo de fe y el premio de la fe, que es la visión de Dios cara a cara.

Señor, tú que en este día revelaste a tu Hijo unigénito a los pueblos gentiles por medio de una estrella, concede a los que ya te conocemos por la fe poder contemplar un día, cara a cara, la hermosura infinita de tu gloria.

Esta oración representa nuestra propia vida como un peregrinar, como una peregrinación de fe. Nosotros somos los magos. La fe es la estrella que nos guía. Belén es nuestra meta.

La fe es la luz por la que reconocemos a Dios. Es una estrella que nos lleva a Cristo. Es un don de Dios, una iluminación, no una propiedad nuestra. Cristo dijo: “Nadie puede venir a mí si no es atraído por el Padre que me envió” (Jn 6,44). No se puede llegar a la luz de la verdad revelada mediante el recurso exclusivo de la razón humana. Dios es el que revela; él es el que “iluminó nuestros corazones para que brille el conocimiento de la gloria de Dios, que brilla en el rostro de Cristo” (2 Cor 4,6).

Mediante la fe conocemos realmente a Dios, aunque este conocimiento sea oscuro, “como a través de un espejo, de manera oscura o borrosa”. Es un conocimiento que nos une a Dios y lleva consigo, incluso en la tierra, la “garantía” y la sustancia de las cosas esperadas (cf Heb 11,1). Caminamos en fe, no en visión. Nos asemejamos al piloto de aviación que pilota su aeroplano en la noche. No ve absolutamente nada fuera de su cabina. Fiándose de sus instrumentos, sabe que se encuentra en la ruta correcta. También la fe nos sitúa en nuestra ruta, nos muestra el camino que tenemos que recorrer.

En ocasiones podemos llegar a perder nuestra dirección. Tal vez palidezca o llegue a desaparecer la estrella que se nos apareció con tanta brillantez. Pero esto no quiere decir que estemos perdidos. Esa oscuridad es temporal y sirve de prueba de nuestra fe. Tenemos que aprender de los magos. No se pusieron a desandar el camino cuando perdieron la estrella. Por el contrario, buscaron consejo acudiendo a hombres versados en las Escrituras, hombres capaces de decirles dónde nacería Cristo. También nosotros deberíamos consultar con aquellos que, por sus conocimientos y experiencia, están en condiciones de ayudarnos. Necesitamos el consejo de hombres y mujeres que conocen realmente la palabra de Dios. Debemos añadir nuestra oración y nuestra paciencia. Entonces reaparecerá la estrella…

La luz de la fe es algo que puede y debe ser compartido. Necesitamos el testimonio de otros y estamos. obligados a “dar testimonio de la luz”. El testimonio de una vida buena, de una fe viva, es mucho más eficaz que toda una torrentera de palabras. Ese es el mensaje de las velas encendidas en pascua y el de la estrella de Epifanía. Tendremos que comunicar a nuestros semejantes la luz que hemos recibido. Según san León Magno: “Todo el que vive en la Iglesia piadosa y castamente, el que \\’tiene. pensamientos celestiales, no terrenos\\’, se asemeja a esta luz celestial; y mientras preserve en sí mismo el esplendor de una vida santa, como la estrella, revela a muchos el camino que lleva al Señor” 3.

Pero fe no es visión. No apaga el deseo, sino que lo inflama. La felicidad última del hombre descansa en la visión sobrenatural de Dios. Anhelamos verle tal cual es en realidad, ser conducidos a la visión de su gloria. Es algo que nos atrevemos a esperar, pues se nos ha prometido “lo que ojo no vio ni oído escuchó”. En la fiesta de hoy, la Iglesia pide este don de los dones para todos sus hijos. Entre tanto, tenemos que contentarnos con la luz que tenemos, la luz de la fe “que luce en lugar tenebroso hasta que alboree el día y el lucero de la mañana despunte en vuestros corazones” (2 Pe 1,19).

Temas secundarios. La liturgia de Epifanía incluye otros temas o motivos que, si bien ocupan un segundo plano, son importantes para comprender la fiesta. Tradicionalmente, la Iglesia conmemora tres manifestaciones, que son descritas en la antífona del Magnifrcat: “Hoy la estrella condujo a los magos al pesebre; hoy el agua se convirtió en vino en las bodas de Caná; hoy Cristo fue bautizado por Juan en el Jordán para salvarnos”.

Estos son los tres milagros ( tria miracula ). Hemos tratado del primero. Consideremos ahora los otros dos, comenzando por el bautismo de Jesús. Como hemos señalado, éste llegó a convertirse en el tema principal de la fiesta en las liturgias orientales. Y no sin razón, ya que los evangelistas atribuyeron grandísima importancia a este misterio. Los cuatro lo mencionan. San Marcos comienza su evangelio con la predicación de Juan el Bautista y con el bautismo de nuestro Señor, administrado por aquél.

Jesús fue manifestado como el hijo de Dios en su bautismo. Precisamente entonces se escuchó la voz del Padre que decía: “Este es mi hijo amado, en el que me complazco” (Mt 3,17). El Bautista, movido por el Espíritu, dio también testimonio diciendo: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29), anunciando de esta manera su misión salvadora. Por parte de Jesús, el bautismo fue un humilde acto de sumisión por el que se colocaba entre los pecadores. De esta manera daba testimonio de su amor al Padre y a las gentes a las que había venido a salvar. Su bautismo marcó el comienzo de su ministerio público y de su investidura solemne como Mesías. El bautismo encerraba también una significación profética. Anunciaba otro bautismo, el de la muerte en cruz, por el que conseguiría de manera definitiva nuestra redención; y predecía la venida del Espíritu Santo en pentecostés y el bautismo de todos los creyentes.

Al contemplar la profunda significación de este hecho, sorprende que el bautismo no ocupara un lugar más prominente en la liturgia romana. No vamos a entrar en los motivos o razones que llevaron a tal situación; pero sí añadiremos que se ha enmendado la situación. Los padres de la Iglesia contemplan y comentan, en las lecturas patrísticas de los días que siguen a la fiesta, los diversos aspectos del misterio. Más aún, el domingo siguiente a la Epifanía se ha convertido en la fiesta del bautismo del Señor.

Al celebrar la fiesta del bautismo de nuestro Señor, conmemoramos también nuestro propio bautismo y nuestra adopción como hijos de Dios. Cuando tratamos de la navidad, ya consideramos cómo el misterio de nuestra adopción divina comenzó en la encarnación. En la fiesta de hoy se nos recuerda que nuestra adopción se hizo realidad en el día de nuestro bautismo. La liturgia recuerda este don de Dios y nos hace rememorar nuestra obligación de vivir como hijos de Dios. En una de las peticiones suplicamos: “Tu bautismo nos hizo hijos del Padre. Concede el espíritu de filiación a cuantos te buscan”. Y decimos al Padre en la oración final: “Concede a tus hijos de adopción, renacidos del agua y el Espíritu Santo, perseverar siempre en tu benevolencia”.

La fiesta de la boda de Caná es el tercer “milagro” conmemorado en la Epifanía. Fue el primer signo que hizo Jesús, la primera manifestación de su poder divino. Convirtiendo el agua en vino, “manifestó su gloria y creyeron en él sus discípulos” (Jn 2,11). Joseph Lemarié declara en su conclusión al riquísimo comentario de este episodio: “El milagro del agua convertida en vino es el signo de la nueva dispensación que es la economía del Espíritu. Por este Espíritu, Cristo transforma a la humanidad y hace que pase del estado de pecado y de servidumbre a la gloria y a la libertad de la filiación adoptada. El bautismo y la eucaristía son las dos fuentes de esta nueva vida”.

El tema nupcial recorre la Biblia de punta a cabo. La relación de Dios con su pueblo es la de un esposo con su esposa: “Pues tu esposo será tu creador, cuyo nombre es Yavé Sebaot” (Is 54,5). Expresa el amor fiel de Dios a su pueblo, y la alianza es el símbolo de este amor. El creador y sus criaturas están unidos por esta alianza, que es como un pacto matrimonial.

Vino luego la nueva economía: “Porque tanto ha amado Dios al mundo, que le ha dado a su Hijo unigénito” (Jn 3,16). La encarnación fue la consumación de la unión de Dios con los hombres. Por eso los padres de la Iglesia gustaban de presentar el misterio de la encarnación como una especie de matrimonio místico. San Gregorio Magno, en una homilía sobre la parábola del banquete nupcial (Mt 22,1-4), explica cómo Dios Padre preparó un banquete nupcial para su Hijo cuando éste unió su naturaleza a la nuestra en el casto vientre de la virgen María (homilía 38 de los evangelios). La imagen es muy adecuada para expresar la caridad divina que motivó la encarnación. La hemos encontrado en la liturgia de navidad, especialmente en las antífonas y en los salmos. Tenemos un ejemplo en la antífona del Magnificat para el día de navidad: “Viene del Padre, como el esposo sale de su cámara nupcial”.

En el Nuevo Testamento, el título de esposo se aplica a Cristo. Su esposa es la Iglesia. Su venida a la tierra, los años de su vida oculta y su ministerio público tienen el carácter gozoso de una celebración nupcial. El prohibió a sus discípulos guardar luto mientras el esposo está todavía con ellos (Mt 9,15). Juan el Bautista se sentía orgulloso de ser el “amigo del esposo”; sus apóstoles fueron sus acompañantes, y todos eran sus invitados.

La celebración de la boda de Caná sirve de conclusión gozosa del tiempo de navidad. Expresa de manera gráfica la sobreabundancia de vida, el “vino nuevo” que Cristo regala a su esposa, la Iglesia. Parece entretejer todos los hilos de la liturgia de las festividades navideñas, y está resumida de manera admirable en la antífona de Laudes en la fiesta de la Epifanía:

Hoy la Iglesia se ha unido a su celestial esposo, porque en el Jordán Cristo la purifica de sus pecados; los magos acuden con regalos a las bodas del rey, y los invitados se alegran por el agua convertida en vino. Aleluya.


1. Cf también 2 Tes 2,8; 1 Tim 6,14; 2 Tim 4,1.8; Tit 2,13.

2. Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia, 9.

3. Sermón 23 para Epifanía.

A la Luz de una Estrella


De Oriente llegan a Jerusalén unos «Magos»: hombres sabios y ricos, de pupilas dilatadas por el insistente escrutar los tenues resplandores de las estrellas en la oscuridad de las noches. Estudiaban la asombrosa constancia de su curso.

Compartían quizá la falsa opinión difundida en ese entonces y ahora, sobre el supuesto influjo de los astros en la vida de los humanos. Los de mayor relevancia histórica habrían de nacer bajo un signo celeste notorio y singular. Seguramente se sumaban a esta idea antiguas tradiciones, incluso verdaderas profecías procedentes del pueblo de Israel.

Lo cierto es que Dios, Señor de cielo y tierra, de la eternidad, el tiempo y la Historia, condesciende: enciende, con la buena fe de aquella idea, una luz divina: pone un lucero en la noche «que impresiona por su misma grandeza y hermosura». Y no es menos vigoroso y grávido de misterio el que prende en la intimidad invisible de aquellos corazones regios, abiertos del todo a la verdad que salva.

Son hombres santos, saben leer en los sucesos en apariencia triviales o azarosos palabras escritas no por la mano del hombre sino por el pensamiento de Dios. De ahí que su aventura resulte incomprendida, incluso negada, por quienes carecen de experiencia sobrenatural y no se han adentrado con las luces de la fe en el Evangelio. Aferrados con exclusividad a una ciencia humana, con frecuencia certera, pero insuficiente para comprender lo que escapa a la lógica racional, se resisten a reconocer cuanto tiene origen en el libérrimo, amoroso y sapientísimo querer del Señor.

Imán es aquella luz. Abandonan ricos palacios. Cruzan desiertos que abrasan, hielan, o azotan con arena disparada por desabridos vientos. No cesan de andar tras la luz bella. Sólo una importa. En Jerusalén el lucero se oculta. ¿Habrá sido un sueño, todo? El corazón grande repele el desaliento. Si no hay lucero en lo alto, en la tierra hay hombres a quienes preguntar: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues hemos visto su estrella y hemos venido a adorarle»

¿Oyes, Madre? ¡Han venido a adorar al Niño! También los gentiles, los poderosos y sabios, príncipes de la tierra – no hay más que una raza-, vienen a adorar al Niño. Han sido informados y prosiguen su andadura hacia el Belén ya cercano. Y Dios que juega ¡como un Niño! en el universo, pone de nuevo allá arriba la luz, confirma la buena senda.

Los Magos «se llenaron de enormísima alegría. Y entrando en la casa, vieron al Niño con María, su Madre, y postrándose le adoraron». Conmueve la escena, hoy como nunca. Hombres de prestigio grande se postran ante un niño inerme, Jesús, arrebujado entre los brazos de su Madre Virgen. Incontables leguas anduvieron para vivir en plenitud ese instante de adoración.

Adorar es justicia y amor

«Al Señor tu Dios adorarás y a El sólo darás culto». También estaba escrito: «conoce el buey a su dueño, y el asno al pesebre de su amo. Israel no conoce, mi pueblo no discierne». Con excesiva frecuencia, el seso asnal y ovinesco me aventajan. ¡Jesús, que nunca me falte la sabiduría del buey y de la mula! Que yo sepa reconocer tu pesebre. Yo no sería humano si no te adorase con profunda reverencia. ¿Qué es la religión sino «la mayor rebelión del hombre que no quiere vivir como una bestia, que no se conforma que no se aquieta si no trata y conoce al Creador» [1]. Me hallaría enceguecido de colosal soberbia si no acogiese gustoso en mi pecho la verdad más probada y cierta: ¡DIOS ES!.

Que yo sepa hacer como los Magos de Oriente: «entrando en la casa, vieron al Niño con María, su madre, y postrándose le adoraron».

Yo soy Gaspar. Aquí traigo incienso.
Vengo a decir: la vida es pura y bella.
Existe Dios. El amor es inmenso.
¡Todo lo sé por la divina estrella
[2]

Reconocer gustoso la soberanía de Dios y la personal dependencia de quien es EL QUE ES, esto es adorar: «El nos hizo, de Él somos» [3]; sin Él, nada. Cuanto más hondamente conozco esa verdad sin cuestión, tanto más vehemente es el impulso de postrarme en tu presencia. Será, seguramente, por aquello que suele llamar el Papa «lenguaje natural del cuerpo».

El cuerpo humano, animado de espíritu inteligente, por instinto se yergue como señor sobre la tierra; pero ante el señorío absoluto del Creador, se postra. Es natural. Ante Dios no basta alzarse en pie o inclinar la cabeza, como hacemos ante personas iguales a nosotros en dignidad. La majestad de Dios es infinita, y el cuerpo hinca sus rodillas. Primero se anonada Dios «tomando la forma de siervo…, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de Cruz». Entonces, el Padre le ensalza y le da un nombre superior a todo nombre, «a fin de que al nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo y en la tierra y en el infierno» [4] ¡Hasta las rodillas de los negadores obstinados se doblarán al pronunciarse el nombre de Jesús! Yo quisiera, Señor, adorarte con amor inmenso.

¡Quién como Dios!

¡Adórenle todos los ángeles de Dios! [5]. Que todas las criaturas se unan, para dilatarlo en el espacio, en el tiempo y en la eternidad, al grito inmenso de la fe amorosa del primero de los Arcángeles: ¡Michael! ¡Quién como Dios!.

«Es [ésta] -dice conmovido Juan Pablo II- la primerísima adoración que brotó de la profundidad espiritual de los seres angélicos, que se alza triunfante sobre la «plenitud de odio» a cargo del diablo y sus soberbios, tristísimos, ángeles» (…). Sumergirse con todo el ser en la realidad magnífica del ¡Quién como Dios! (…), esto es adorar en la hondura del corazón, escenario, así, de doble epifanía: de la inmensa dignidad de Dios y de la finita ¡pero asombrosa! dignidad del hombre veraz.

Postrarse ante Dios, en modo alguno es «humillación». Adorar eleva, dignifica. Indica la necesaria y constante conversión de mi yo entero al Tú trino de Dios Uno. No hay pérdida sino de soberbia y de su reata; ganancia, pues, de humildad, esto es, del gozo de andar bien asentado sobre el fundamento mismo de la verdad.

Adorar es hallar en el Tú divino las raíces de mi yo auténtico, recio y flexible como el acero bien templado, sereno, generoso, puro, exultante. Adorar es percibir en el paladar del alma el grato y sabroso frescor de la Fuente de Vida y Amor plenos. El corazón humano se convierte así en hontanar caudaloso de gratitud por el don inmenso de la personal existencia. Y en lo más pleno de la adoración, como premio del todo gratuito, se escuchan los ecos eternos de una melodía inefable: «No temas: yo te he redimido, y te he llamado por tu nombre; eres mío» ([6](64))

Dios me llama por mi nombre más propio; con el nombre que nadie sabe ni yo mismo sino Él. Porque solo Él conoce mi yo en toda su extensión y hondura. Sólo en su infinita sabiduría creadora se halla el nombre que me expresa con exhaustiva fidelidad, con la precisión más exacta. Sólo ante Dios me hallo entero y patente, llamado por mi nombre más propio. Lejos de ensombrecer, Dios ama infinitamente más mi yo que yo mismo; y me llama a la cumbre del amor. Tanto ama mi ser como mi deber ser, en su radical e indisoluble unidad. Dios me toma, muy de veras, en serio. Justo es, por tanto, que yo me tome en serio, muy de veras, a mi Dios. Si no, al cabo, me aguardaría alguna de las múltiples y grotescas formas de idolatría.

Idolatrías de siempre

¿Son idólatras los que se postran ante el sol? Quizá estos adoran al Ser supremo, celado por las brumas de una ignorancia invencible; le rinden culto de alabanza, gratitud y desagravio. Ciertamente el sol no es Dios, pero Dios está en el fuego del sol, como en la fascinante policromía del mar sereno a contraluz cuando comienza la tarde, y en las frondas verdes, en los páramos pardos, en la lluvia fecunda y hasta en el rayo fulminante. Todo cuanto es, es punto y sugerencia de adoración.

Idólatras, más bien, son quienes sostienen, en el colmo delirante de la soberbia, que «el hombre es para sí mismo el verdadero sol»; y se rinden culto a sí mismos, como si fuesen soberanos autónomos del universo, creadores de sí mismos. Ególatras, que se adoran a sí propios, con humo hediondo de adulterado incienso. Adoran su humana inteligencia, su voluntad, su poder político, económico, social; o la belleza «impar» de la arquitectura de su cuerpo, o quizá su sexo o su estómago: «Su Dios es el vientre», su Dios es la panza… [7]. ¡Se han lucido! Idólatras son quienes tienen como supremo fin intocable la obra de sus manos: becerros de oro, obras de arte, prodigiosos artefactos capaces de subirles a las estrellas; y no advierten lo obvio: la luz divina que resplandece en toda la creación, incluso la humana. No ven ni oyen, no comprenden lo que son ni lo que hacen, ni la vida ni la muerte, ni el mundo ni la historia: ¡nada!

Preferir algo – lo que sea a Dios -, es idolatría. «Al Señor tu Dios adorarás y a Él sólo darás culto» [8]. ¿Dónde, cuándo, cómo? Ya lo sé: en todo tiempo y lugar, en toda criatura, pues todas son epifanía de la gloria del Creador. Y ahora sobre todo en ese Niño que nos ha nacido:

Cuando te miro Niño,
Dios te contemplo.
Cuando Dios te miro,
Niño te veo.

Dos altares

Es mi corazón un altar perenne donde se ofrecen víctimas espirituales, agradables a Dios por Jesucristo [9]. Los granitos de personal incienso son mis pequeñas obras buenas, mis pocas virtudes. Pero también aroma mi altar íntimo la combustión de mis pecados y grandes defectos en el fuego de Amor encendido por el Espíritu Santo. «Todos, por el Bautismo, hemos sido constituidos sacerdotes de nuestra propia existencia [10].

Altare Dei cor nostrum [11], mi corazón es un altar donde se adora, se agradece, se expía, se impetra, por Cristo, con Cristo y en Cristo (hablo de lo que debe ser); y se ofrece el don de mi vida dedicada por entero a Dios, de mi trabajo esforzado bien hecho, por Amor, de los pequeños sacrificios que exigen la caridad y la justicia a mi vida ordinaria.

Y todo ese pequeño tesoro que, por bondad divina, se va ofreciendo en mi corazón íntimo altar, espera impaciente el gran momento de ser ofrecido en el otro altar, donde se confecciona la Sagrada Eucaristía al celebrarse el Santo Sacrificio de la Misa; donde por misterio sublime e inefable, mi incienso se confunde y enriquece infinitamente con el de Cristo, y mi adoración se integra en la perfecta de mi Redentor.

Hemos visto una estrella, se ha encendido un nuevo resplandor: «el deseo de ser plenamente cristianos; si me permitís la expresión, la ansiedad de tomarnos a Dios en serio»[12], de «tomar en serio la fe que profesamos» [13]. ¡Venid, adoremos! Adoremos todos con toda nuestra vida, con todo nuestro ser.

«Los Reyes Magos no son recibidos por un rey encumbrado en su trono, sino por un Niño en brazos de su Madre. Pidamos a la Madre de Dios, que es nuestra Madre, que nos prepare el camino que lleva al amor pleno: Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum! Su dulce corazón conoce el sendero más seguro para encontrar a Cristo» [14].

Así, la estrella se convierte en Sol; la noche, en el gran Día que hizo el Señor. Estamos llamados a una vida de Amor. «Considerad con qué finura nos invita el Señor. Se expresa con palabras humanas, como un enamorado: Yo te he llamado por tu nombre… Tú eres mío (Is 43, 1). Dios, que es la hermosura, la grandeza, la sabiduría, nos anuncia que somos suyos, que hemos sido escogidos como término de su amor infinito. Hace falta una recia vida de fe para no desvirtuar esta maravilla, que la Providencia divina pone en nuestras manos. Fe como la de los Reyes Magos: la convicción de que ni el desierto, ni las tempestades, ni la tranquilidad de los oasis nos impedirán llegar a la meta del Belén eterno: la vida definitiva en Dios»[15].

Reyes que venís por ellas,
no busquéis estrellas ya,
«porque donde el Sol está
no tienen luz las estrellas».

Mirando sus luces bellas,
no sigáis la vuestra ya,
«porque donde el Sol está
no tienen luz las estrellas»

No busquéis la estrella ahora,
que su luz ha oscurecido
este Sol recién nacido
en esta Virgen aurora
[16]

[1] Amigos de Dios, n. 38.

[2] RUBEN DARIO, Los Tres Reyes Magos, en Cantos de vida y esperanza, 1976, pág. 3.

[3] Sal 99

[4] Flp 2, 9-11.

[5]. Hbr 1, 6.

[6] Is 43, 1.

[7] Flp 3, 19.

[8] Mt 4, 10.

[9] Ped 2,5; Cfr. Vat II, LG. 10.

[10] Es Cristo que pasa, núm. 120.

[11] SAN GREGORIO MAGNO, Moral, 15, 17.

[12] Es Cristo que pasa, núm. 32

[13] Ibid. 96.

[14] Ibid.

[15] Es Cristo que pasa, núm. 32.

[16] RUBEN DARIO, Los Tres Reyes Magos, en Cantos de vida y esperanza, 1976, pág. 3.

(*) Es un capítulo del libro «Los Tres Soles», Arvo Salamanca 1999, pp. 53-59. Publicado por arvo.net