”La perfección del cristiano está en amar”


Con motivo de la festividad de Corpus Christi, Día de la Caridad, que se celebra el próximo 2 de junio, la Comisión Episcopal de Pastoral Social ha hecho público un Mensaje cuyo texto ofrecemos a continuación.

 

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1.- Dios es Amor

“Dios es amor” nos dice S. Juan (1 Jn 4, 8). Como el ser y el obrar son inseparables en Dios, todas sus obras son fruto de su amor infinito. Entre todas las criaturas, el hombre, creado a su imagen y semejanza, es el objeto principal de su amor: “Mis delicias están con los hijos de los hombres” (Prov 8, 31). Por eso, habiendo perdido el hombre la relación con Dios a causa del pecado original, y sufriendo por ello, como consecuencia,  la muerte del alma, Dios, por amor, se comprometió  a salvarle a toda costa. S. Juan nos lo dice así: “Porque tanto amó Dios al mundo,  que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). Este amor incondicional y generoso ha de ser, pues, la norma de comportamiento para todo cristiano.

2.- La perfección del cristiano está en amar

A los que hemos sido bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y  manifestamos la voluntad de seguir a Jesucristo, nos  ha dicho el Señor: “Sed perfectos, como vuestro  Padre celestial es perfecto” (Mt5, 48). La perfección de Dios se manifiesta en su amor: por eso, después de lavar los pies a sus discípulos, dice: “os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn13, 15). Y en la reflexión que les ofrece después que Judas había salido para entregarle, añade: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros” (Jn13, 34). Enseñándoles cómo debía ser ese amor, añade: “como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán que sois discípulos míos” (Jn13, 34-35).

3.-  La ley del amor es la ley de la Iglesia

La ley del amor es la ley de la Iglesia fundada por Jesucristo. Cuando el Señor envía a sus Apóstoles, fundamento de su Iglesia, para que anunciaran el  Reino de Dios, les dice: “El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado” (Mt 10,  40). La Iglesia ha de predicar siempre a Jesucristo en quien y por quien se hace presente el Reino de Dios. Y Jesucristo es la expresión plena del amor de Dios. Por tanto, la Iglesia, que es el Cuerpo de Jesucristo y le tiene como Cabeza, no puede realizarse como tal si no vive y predica el amor a Dios y el amor de Dios que no hace distinción de personas. Por eso  “toda la actividad de la Iglesia es una expresión de un amor que busca el bien integral del ser humano: busca su evangelización mediante la palabra y los sacramentos…y busca su promoción en los diversos ámbitos de la actividad humana. Por tanto, el amor es el servicio que presta la Iglesia para atender constantemente los sufrimientos y las necesidades, incluso materiales, de los hombres”[1]. En consecuencia, la Iglesia no puede descuidar el servicio de la caridad, como no puede omitir los Sacramentos y la Palabra”[2]. “Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia”[3].

4.- La Iglesia es el sujeto de la caridad

La caridad no es un ejercicio de la Iglesia reservado a algunos especialmente capacitados y dedicados a este servicio. Es un deber de todos y cada uno de los bautizados. El amor a Dios y al prójimo son inseparables. Quien ama a Dios no puede olvidar el amor al prójimo; ambos tienen su origen en Dios que nos ha amado primero y que nos ama siempre. Por tanto, nuestro amor no es una imposición de Dios o un precepto para mayor perfección. Es, sencillamente, una respuesta o una  correspondencia lógica y necesaria a Dios que nos ha amado primero[4].

En razón de ello, podemos entender que en el reciente Motu proprio sobre el servicio de la caridad[5], insista sobre lo que ya dijo Benedicto XVI en la Encíclica “Deus Caritas est”: “todos los fieles tienen el derecho y el deber de implicarse personalmente para vivir el mandamiento nuevo que Cristo nos dejó, brindando al hombre contemporáneo no sólo sustento material, sino también sosiego y cuidado del alma”[6] .

5.- La dimensión caritativa en la responsabilidad de los pastores

Por todo ello, la promoción y orientación del ejercicio de la caridad es responsabilidad del Obispo como Pastor de la Iglesia particular. Y, “en la medida en que dichas actividades las promueva la propia Jerarquía, o cuenten explícitamente con el apoyo de la autoridad de los Pastores, es preciso garantizar que su gestión se lleve a cabo de acuerdo con las exigencias de las enseñanzas de la Iglesia y con las intenciones de los fieles”[7].

6.- Eucaristía y caridad

La Eucaristía, “sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad”[8], “nos adentra en el acto oblativo de Jesús. No recibimos solamente de modo pasivo el Logos, sino que nos implicamos en la dinámica de su entrega. Él nos atrae hacia sí”[9]. Por ello,  la Eucaristía es la fuente de la verdadera caridad. “En la Eucaristía Jesús nos hace testigos de la compasión de Dios por cada hermano y hermana. Nace así, en torno al Misterio eucarístico, el servicio de la caridad para con el prójimo, que consiste justamente en que, en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada y ni siquiera conozco”[10].

Así como el amor a Dios, especialmente cultivado en la Eucaristía, es el motor del amor al prójimo, también es cierto que “el amor al prójimo es un camino para encontrar a Dios. Cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios[11].

La Eucaristía, signo de unidad, es el fundamento y el alimento de la comunidad eclesial. Por tanto, la caridad, que brota de la Eucaristía, debe tener una dimensión eclesial, comunitaria; de tal modo que no quede como un ejercicio particular sino como la colaboración de cada uno en la obra de la Iglesia, sea a través de la parroquia, o de otra comunidad cristiana. El espíritu de caridad alimentado en la Eucaristía nos capacita para atender al prójimo (“cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar”)[12], mirándole con los ojos de Cristo. Entonces podemos descubrir sus necesidades reales y ofrecerle mucho más que cosas externas necesarias. Podremos ofrecerle la mirada de amor que él necesita[13]; la mirada de amor que merece Jesucristo. “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”[14].

7.- La íntima relación entre la fe y la caridad

En el Año de la Fe, es muy oportuna la reflexión acerca del mandato del amor fraterno, porque este no resulta plenamente lógico desde perspectivas simplemente humanas. Sin fe no es posible descubrir en el hermano doliente y necesitado, sea conocido o desconocido, amigo o enemigo, agradable o desagradable, su esencial condición de imagen y semejanza de Dios y, por tanto, el rostro de Jesucristo, varón de dolores que se refleja en él y que merece toda nuestra atención.

La caridad exige de nosotros una constante conversión que nos permita vencer todo egoísmo  y olvido de los demás, y asumir la entrega generosa de lo que somos y tenemos. Pero este cambio sincero y profundo no es posible si no es movido por la fe. Así nos lo enseña Benedicto XVI: “La fe que actúa por el amor se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre”[15].  Y, al mismo tiempo, “la fe crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo”[16]. La fe está en el origen de la vida eclesial; los fieles cristianos movidos por la enseñanza de los Apóstoles, la oración y la celebración de la Eucaristía ponían en común todos los bienes para atender las necesidades de los hermanos[17]. Todo ello nos lleva a concluir que “la fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente. De modo que una permite a la otra seguir su camino”[18].

Debemos aprovechar, pues, el Año de la Fe como una oportunidad providencial para intensificar el testimonio de la caridad.

8.- Tres incentivos para el ejercicio de la caridad

El Año de la Fe, la celebración de la Eucaristía en la fiesta del Corpus Christi, y el aniversario del Concilio Vaticano II, especialmente explícito en la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo, han de constituir un motivo especial de reflexión, de conversión y de proyectos personales y comunitarios ordenados al mejor ejercicio de la caridad con los necesitados.

9.- Una llamada a servir a los pobres

Jesús se ciñó la toalla, con humildad asumió el oficio de los esclavos y lavó los pies de los apóstoles. Precioso icono que nos invita a acercarnos a los hermanos más pobres, a los que sufren, a los más necesitados despojándonos de toda riqueza, de toda actitud de suficiencia, compartiendo con ellos lo que somos y tenemos. Sólo la solidaridad nos ayudará a avanzar por caminos que den vida y esperanza a los hermanos más pobres.Vivir sencillamente ayudará a que otros, sencillamente, puedan vivir,  nos dice la campaña institucional de Caritas para este Año de la Fe.

Aprovechemos la llamada de Dios a través de la Iglesia y la gracia que el Señor nos ofrece constantemente para que avancemos en nuestra conversión rompiendo con individualismos egoístas y abriendo el alma a la generosidad del amor según el ejemplo de Jesucristo.

Escuchemos el clamor de los que mueren de hambre en el Tercer Mundo, de los que están en paro, de los mayores solos y de los enfermos, de los desahuciados y víctimas de violencia, que sientan el amor y la cercanía de todos nosotros a través de nuestro compromiso solidario.

5 de mayo de 2013

NOTAS

[1] BENEDICTO XVI, Deus caritas est, n. 19.

[2] BENEDICTO XVI, Deus caritas est, n. 22.

[3] BENEDICTO XVI, Deus caritas est, n. 25.

[4] Cf. BENEDICTO XVI, Deus caritas est, nn.1y 17.

[5] BENEDICTO XVI, Motu Proprio “Intima ecclesiae natura”, 11 de noviembre de 2012.

[6] Cf. BENEDICTO XVI, Deus caritas est, n.28.

[7] BENEDICTO XVI, Motu Proprio “Intima ecclesiae natura”. Proemio.

[8] BENEDICTO XVI, Sacramentum caritatis, 47.

[9] BENEDICTO XVI, Sacramentum caritatis, 11.

[10] BENEDICTO XVI, Sacramentum caritatis, 88.

[11] BENEDICTO XVI, Deus caritas est, n. 16.

[12] BENEDICTO XVI, Deus caritas est, n. 15.

[13] Cf. BENEDICTO XVI, Deus caritas est, n. 18.

[14] Mt 25, 40.

[15] BENEDICTO XVI, Porta fidei, n.6.

[16] BENEDICTO XVI, Porta fidei, n.7.

[17] Cf. Hch 4, 18-19.

[18] BENEDICTO XVI, Deus caritas est, n. 14.

Eucaristía y transubstansiación: presencia real de Dios



En la eucaristía el pan y el vino se convierten, por la transubstanciación originada en la caridad divina, en el cuerpo y sangre de Cristo.

 

El día de Corpus Christi fue instituido en 1264 como festividad del cuerpo y la sangre de Cristo en el sacramento de la Eucaristía. Muchos son los signos de alegría y veneración popular en esta fiesta. Sin embargo, surgen entre los fieles algunas inquietudes sobre este sacramento. Por ejemplo, no se sabe con claridad cómo está presente Cristo en el pan y el vino. Tampoco hay seguridad sobre la verdadera conversión del pan en el cuerpo de Cristo.


Es verdad que no se puede amar lo que no se conoce. Y si nos acercamos a la eucaristía sin tener una firme convicción, basada en razones que armonicen con la fe y ayuden a su comprensión, no se puede gozar de la plenitud en Cristo. Trataremos sobre tres interrogante principales. Primero, si la eucaristía es una realidad o sólo un signo. Después, el modo en que Cristo está presente en el sacramento, y finalmente, el poder que convierte el pan en el cuerpo de Cristo.

La eucaristía es sacramento porque es un signo sensible que nos une a la vida divina. Sin embargo, a diferencia de los otros sacramentos, nos une a Dios de manera peculiar, pues en ella se nos da Dios mismo en el cuerpo y la sangre de Cristo bajo las especies de pan y vino.

Es del común conocimiento de los cristianos la presencia real de Cristo, de su cuerpo, alma y divinidad en la eucaristía. Pero las explicaciones de esta presencia no son claras, pues: Si en verdad está presente el cuerpo de Cristo en el sacramento ¿No debiéramos notar esta presencia con toda la naturaleza que un cuerpo humano implica? Es decir, ¿No debiera estar presente un cuerpo orgánico con verdadera sangre y verdadera carne? Se podría pensar que, si no hay tales manifestaciones de un cuerpo vivo, la eucaristía es sólo un signo, pero no la presencia real de Cristo.

Contra esto, sabemos por fe que Jesucristo hace del pan, su carne y del vino su sangre. En este sacramento está el verdadero cuerpo de Cristo y su sangre, no lo pueden verificar los sentidos, sino la sola fe, que se funda en la autoridad divina. En breve podemos decir que Cristo ha querido permanecer con nosotros para fortalecer amorosamente nuestro proceso de optimación. Ha querido permanecer como sacramento para que recurramos constantemente a él, y en él nos perfeccionemos. Cristo, con autoridad, instituyó este sacramento con palabras claras: “Esto es mi cuerpo”, “Este es el cáliz de mi sangre”. Entonces, creemos por la fe basada en la autoridad, que en la eucaristía está realmente presente Cristo.

Lo que inmediatamente podemos preguntarnos es ¿Cómo es que está presente? Algunos dice: “Yo no lo veo”, y dicen bien, pues no podemos ver a Cristo en el sacramento porque nuestros sentidos no lo perciben. En cambio, por fe sabemos que está presente, y por razón, conocemos que toda la substancia de Cristo está ahí. El modo en que la Iglesia ha tradicionalmente explicitado la presencia de Cristo en el sacramento es la transubstanciación.

Substancia es lo que es por sí mismo. O sea, lo que no necesita de otro para ser ni está en otra cosa. Ahora bien, transubstanciación significa cambiar de substancia, el cambio de una naturaleza determinada por otra. Cristo, al ser un hombre resucitado, está en algún lugar. Y para hacerse presente en sacramento no deja el lugar en donde está, pues no vemos que su cuerpo caiga del cielo o que entre por la puerta. Por tanto, el cambio de pan y vino a cuerpo y sangre de Cristo no ocurre como el cambio de lugar entre dos cosas, sino por cambio substancial. Es decir, el pan deja de ser propiamente pan y se convierte en carne. El vino deja de ser propiamente vino y se convierte en sangre. Es obvio que en la Eucaristía no comemos propiamente carne ni bebemos sangre, pero es verdad que las consumimos, sólo que bajo las especies y accidentes del pan y del vino.

En la transubstanciación no queda nada de la substancia del pan y del vino. Sí en cambio, queda toda la substancia de Cristo, pero no sus propiedades particulares, pues la substancia se entiende, no se ve. Si se nos permite esta expresión digamos que no vemos ni las manos ni los pies de Cristo, pero sabemos, por fe en la autoridad de Jesús, que él mismo está presente en el sacramento.

Bien entonces podríamos pensar que la transubstanciación es un mero juego de palabras, con las que atribuimos a alguna cosa una naturaleza que no le pertenece. Mencionemos a colación que, usando esta falacia, un artista “cambió” un vaso de vidrio a ser un roble.

La transubstanciación necesita un poder agente. No sólo por atribuir una naturaleza a una cosa, se dará el hecho en la realidad, pues se necesita una mediación a través de un poder. El poder que acciona el cambio de pan a carne y de vino a sangre no es otro sino el de Dios. Cristo, siendo Dios, instituyó el sacramento y lo encomendó a los discípulos. Sin embargo, no son las fuerzas del sacerdote las que convierten los dones eucarísticos en el cuerpo y la sangre de Cristo, sino el poder mismo de Dios, presente por las palabras de consagración que se hace in persona Christi a nombre de Cristo.

Pero ¿cuál es el poder agente que convierte el pan y vino en cuerpo y sangre de Cristo? Para responder esta pregunta basta recordar que la eucaristía essacramentum caritatis, sacramento y misterio del amor. Sacramento se puede entender como misterio, pues misterio es lo que une con Dios, y es su misma caridad benevolente la que une a los cristianos en el cuerpo de la Iglesia. El amor de Dios es el poder agente que convierte nuestros dones en el cuerpo y la sangre de Cristo, pues por su amor Dios desea estar entre nosotros para hacernos plenos y participarnos de su vida inmortal.

Finalicemos con una frase de San Cirilo usada por Santo Tomás de Aquino, en cuya doctrina nos hemos basado para aclarar las cuestiones vistas: No dudes de que esto sea verdad, sino recibe con fe las palabras del Salvador, ya que, siendo la verdad, no miente.

Gabriel González Nares

Solemnidad de Corpus Christi


Con esta importante celebración comprendemos mejor la institución de la Sagrada Eucaristía, cumpliendo la promesa de Cristo de entregarse a sí mismo por la salvación de la humanidad

Corpus Christi es “Cuerpo de Cristo” en latín. Esta fiesta conmemora la institución de la Santa Eucaristía y se celebra en la Iglesia Latina el jueves después del domingo de la Santísima Trinidad.

La Eucaristía fue instituida por Jesucristo el “Jueves Santo”. Sin embargo, este día en semana santa está ocupado con muchas reflexiones sobre la pasión.

Dios utilizó a santa Juliana de Mont Cornillon para propiciar esta fiesta. La santa nace en Retines cerca de Liège, Bélgica en 1193. Quedó huérfana muy pequeña y fue educada por las monjas Agustinas en Mont Cornillon. Cuando creció, hizo su profesión religiosa y más tarde fue superiora de su comunidad. Por diferentes intrigas tuvo que irse del convento. Murió el 5 de abril de 1258, en la casa de las monjas Cistercienses en Fosses y fue enterrada en Villiers.

Juliana, desde joven, tuvo una gran veneración al Santísimo Sacramento. Y siempre añoraba que se tuviera una fiesta especial en su honor. Este deseo se dice haberse intensificado por una visión que ella tuvo de la Iglesia bajo la apariencia de luna llena con una mancha negra, que significaba la ausencia de esta solemnidad. Ella le hizo conocer sus ideas a Roberto de Thorete, el entonces obispos de Liège, también al docto Dominico Hugh, más tarde cardenal legado de los Países Bajos; a Jacques Pantaleón, en ese tiempo archidiácono de Liège, después obispo de Verdun, Patriarca de Jerusalén y finalmente al Papa Urbano IV. El obispo Roberto se impresionó favorablemente y como en ese tiempo los obispos tenían el derecho de ordenar fiestas para sus diócesis, invocó un sínodo en 1246 y ordenó que la celebración se tuviera el año entrante; también el Papa ordenó, que un monje de nombre Juan debía escribir el oficio para esa ocasión. El decreto está preservado en Binterim (Denkwürdigkeiten, V.I. 276), junto con algunas partes del oficio.

El obispo Roberto no vivió para ver la realización de su orden, ya que murió el 16 de octubre de 1246, pero la fiesta se celebró por primera vez por los cánones de San Martín en Liège. Jacques Pantaleón llegó a ser Papa el 29 de agosto de 1261. La ermitaña Eva, con quien Juliana había pasado un tiempo y quien también era ferviente adoradora de la Santa Eucaristía, le insistió a Enrique de Guelders, obispo de Liège, que pidiera al Papa que extendiera la celebración al mundo entero. Urbano IV, siempre siendo admirador de esta fiesta, publicó la bula “Transiturus” el 8 de septiembre de 1264, en la cual, después de haber ensalzado el amor de nuestro Salvador expresado en la Santa Eucaristía, ordenó que se celebrara la solemnidad de “Corpus Christi” en el día jueves después del domingo de la Santísima Trinidad, al mismo tiempo otorgando muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la santa misa y al oficio. Este oficio, compuesto por el doctor angélico, Santo Tomás de Aquino, por petición del Papa, es uno de los más hermosos en el breviario Romano y ha sido admirado aun por Protestantes.

La muerte del Papa Urbano IV (el 2 de octubre de 1264), un poco después de la publicación del decreto, obstaculizó que se difundiera la fiesta. Pero el Papa Clemente V tomó el asunto en sus manos y en el concilio general de Viena (1311), ordenó una vez más la adopción de esta fiesta. Publicó un nuevo decreto incorporando el de Urbano IV. Juan XXII, sucesor de Clemente V, instó su observancia.

Ninguno de los decretos habla de la procesión como un aspecto de la celebración. Esta procesión ya sostenida en algunos lugares, fue dotada de indulgencias por los papas Martín V y Eugenio IV.

La fiesta fue aceptada en Cologne en 1306; en Worms la adoptaron en 1315; en Strasburg en 1316. En Inglaterra fue introducida de Bélgica entre 1320 y 1325. En los Estados Unidos y en otros países la solemnidad se celebra el domingo después del domingo de la Santísima Trinidad.

En la Iglesia griega la fiesta de Corpus Christi es conocida en los calendarios de los sirios, armenios, coptos, melquitas y los rutinios de Galicia, Calabria y Sicilia.

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Fiesta del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

El jueves (o domingo) siguiente al domingo de la Santísima Trinidad, la Iglesia celebra la solemnidad del santísimo cuerpo y sangre de Cristo. Ese es su título completo, aunque solemos referirnos a ella utilizando su anterior nombre latino, “Corpus Christi”. Es interesante saber que su título más antiguo fueFestum Eucharistiae.

Al celebrarlo en jueves, recordamos el jueves santo, día de la institución de la eucaristía. Ambos días tienen un objetivo similar, pero no son un simple duplicado. El Corpus Christi nos proporciona una segunda oportunidad para ponderar el misterio de la eucaristía y considerar sus varios aspectos. Nos invita a manifestar nuestra fe y devoción a este sacramento, que es el “sacramento de piedad, signo de unidad, vinculo de caridad, banquete pascual en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera.1

Historia de la fiesta

 

Desde los albores del siglo,XII, la fe y la devoción eucarística se inclinaron notablemente hacia la doctrina de la presencia real de Cristo en la eucaristía. Esto se debió, en parte, a una reacción contra las herejías que prevalecían entonces; como la de Berengario, que minimizaba e incluso llegaba a negar tal doctrina. La práctica eucarística de aquel tiempo se caracterizaba por un fuerte deseo por parte de los fieles de ver la hostia y el cáliz en la misa. Esto iba acompañado por una sensación de temor reverencial ante la presencia real y una profunda conciencia de indignidad personal. Ver la hostia, venerar las sagradas especies, constituía una forma de comunión espiritual. La comunión sacramental, que es la mejor forma de participación en la misa, se hizo poco frecuente.

Ese era el clima religioso, un clima de lo más favorable para introducir una nueva fiesta en honor de la eucaristía, considerada especialmente bajo el aspecto de presencia real. La iniciativa no llegó “de arriba”, de la jerarquía, sino “de abajo”, de un movimiento del Espíritu en la Iglesia. Una monja desconocida, de vida estrictamente claustral, sería la primera en promover la institución de una nueva fiesta eucarística. Era Juliana de Mont Cornillon, de la diócesis de Lieja, en lo que hoy es Bélgica.

En 1208, Juliana tuvo su primera visión. Observó la luna llena, en la cual veía una mancha oscura. Recibió entonces la revelación, por parte de Cristo, de que aquella mancha significaba la ausencia en el calendario de una fiesta especial en honor a la eucaristía. Recibió, además, el encargo de promover esa fiesta. Pasaron varios años antes de que la vidente pudiera encontrar a alguien dispuesto a escuchar su propuesta favorablemente. En 1240, Roberto, obispo de Lieja, promulgó un decreto estableciendo la fiesta en su diócesis, para que se celebrara el segundo domingo después de pentecostés. En 1251 el legado papal cardenal Hugues de Saint-Cher inauguró la fiesta en Lieja. En adelante se celebraría el jueves después de la octava de pentecostés.

En 1264, el papa Urbano IV extendió la celebración a toda la Iglesia. Sin embargo, el decreto papal permaneció durante cincuenta años como letra muerta. Sólo cuando el papa Clemente V confirmó el decreto de su predecesor y Juan XXII lo publicó en 1317, la nueva fiesta encontró un lugar seguro en el calendario. No tardó en llegar a ser una de las fiestas más populares en el año litúrgico de la Iglesia.

Al principio no se hacía procesión. La primera noticia que se tiene de esta práctica se remonta al año 1279, en Colonia. Pronto siguieron su ejemplo otras iglesias. La hostia consagrada se llevaba procesionalmente por las calles y los campos, tributando así público homenaje a Cristo presente en el sacramento. Para exhibir la hostia se usaban entonces los relicarios. Más tarde comenzó a elaborarse lo que hoy conocemos con el nombre de custodias.

 

La procesión

Según el Ritual de la sagrada comunión y del culto a la eucaristía fuera de la misa, “el pueblo cristiano da testimonio de fe y piedad religiosa ante el Santísimo Sacramento con las procesiones en que se lleva la eucaristía por las calles con solemnidad y con cantos” (101).

Desde luego, la procesión es opcional. El tráfico y abarrotamiento de nuestras ciudades y otros muchos núcleos urbanos importantes presentan algunas dificultades. Para asegurar una procesión más ordenada y digna, los pastores pueden transferirla al domingo siguiente y a una hora más tranquila por la tarde. Donde la procesión no es viable, se pueden considerar otros modos para tributar honor públicamente en este día a la presencia eucarística de Cristo. Una prolongada exposición del Santísimo en la iglesia podría, en tal caso, sustituir a la procesión.

Pero donde no hay inconvenientes para que se lleve a cabo con dignidad y reverencia, conviene hacerla. Es la procesión un hermoso acto público de homenaje a Cristo presente en la eucaristía y de acción de gracias a Dios por tan inmenso don. Constituye, además, una viva manifestación de la iglesia local.

Es importante enfatizar la íntima conexión que existe entre la misa y la procesión. El mencionado ritual, en el número 103, afirma: “Conviene que la procesión con el Santísimo Sacramento se celebre a continuación de la misa en la que se consagre la hostia que se ha de trasladar en procesión”. No se trata de una mera rúbrica, sino de manifestar que la procesión es una prolongación de la misa y, por consiguiente, no debe considerarse separada. Viene a ser una acción de gracias más amplia. Toda devoción eucarística debe partir de la misa y conducir de nuevo a ella. Nos lo recuerda la instrucción de mayo de 1967Adoración del misterio eucarístico, n 3 E: “La celebración de la eucaristía en el sacrificio de la misa es verdaderamente el origen y el fin de la adoración que se tributa a la eucaristía fuera de la misa”.

La hostia que se lleva en procesión es el pan vivo y dador de vida. Con razón recibe culto público, y su finalidad principal es ser recibida como alimento espiritual para unirnos con Cristo y asociarnos a su sacrificio. La hostia llevada en triunfo con luces e incienso está destinada a ser consumida por uno de los fieles, tal vez por un niño…

Durante la procesión se pueden hacer estaciones o paradas donde se da la bendición eucarística. “Los cantos y oraciones que se tengan se ordenen a que todos manifiesten su fe en Cristo y se entreguen solamente al Señor” (104). “Al final se da la bendición con el santísimo Sacramento en la iglesia en que acaba la procesión, o en otro lugar oportuno; y se reserva el santísimo Sacramento” (108).

 

VINCENT RYAN

PASCUA. FIESTAS DEL SEÑOR

Ediciones Paulinas. Madrid 1985, pág. 106-117+

Constitución sobre liturgia, n 47, citando a san Agustín

 

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La fiesta del Corpus Christi

La fiesta del Corpus, ahora llamada más exactamente “del Cuerpo y la Sangre de Cristo”, ha arraigado hondamente en el pueblo cristiano, desde que se introdujo en el siglo XIII. La Eucaristía tiene dos dimensiones: su celebración (la misa) y su prolongación, con la reserva del Pan eucarístico en el sagrario y la consiguiente veneración que le dedica la comunidad cristiana. La finalidad principal de la Eucaristía es su celebración y la comunión con el Cuerpo y Sangre de Cristo, que ha querido ser nuestro alimento para el camino de la vida. Pero desde que la comunidad cristiana empezó a guardar el Pan eucarístico, sobre todo para los enfermos y para el caso del viático -cosa que data ya desde los primeros siglos-, fue haciéndose cada vez más coherente y connatural que se rodeara el lugar de la reserva (ahora, el sagrario) de signos de fe y adoración. Es lo que subraya la fiesta de hoy, con un cierto paralelismo con la noche del Jueves Santo, en aquellas horas entrañables entre la misa vespertina y el comienzo del Viernes.

 

SUGERENCIAS PASTORALES PARA LA CELEBRACIÓN DE TODA LA JORNADA

a) Ante todo, debemos cuidar hoy con esmero la celebración misma de la Eucaristía: sus textos nos centran muy bien en el misterio que recordamos. Los cantos deben ir en la misma dirección. La procesión de las ofrendas, con el pan y el vino bien visibles y abundantes, y luego la comunión, a ser posible bajo las dos especies, nos ayudarán a entender y agradecer a Cristo Jesús el gran don de la Eucaristía.

b) Sería bueno realizar de alguna forma la procesión con el Santísimo, siguiendo las normas del lugar, recuperando la costumbre si se hubiera perdido. Si no se hace por las calles, se podría organizar una breve procesión por el jardín, el patio o la plaza, prolongando la celebración de la misa con cantos y oraciones de alabanza a Cristo Eucarístico.

c) Al menos habría que prolongar más la “poscomunión” de la misa; con una breve monición y unos cantos u oraciones que expresen nuestro agradecimiento a Cristo por el don de su Eucaristía.

d) Hoy es un día muy apto para enviar la comunión a los enfermos que lo pidan, como participación en la Eucaristía comunitaria principal.

e) En torno a esta fiesta -en la víspera o el mismo día- sería bueno organizar una adoración comunitaria del Santísimo. Se puede hacer con una “exposición” más o menos prolongada en que la comunidad, por grupos o colectivamente, hace oración ante el Señor, con las orientaciones y los textos que ofrece el Ritual del Culto eucarístico (recogidos y ampliados en el Dossier 71 del CPL, preparado por J.M. Canals).

 

LAS LECTURAS DE HOY

 

Las lecturas del ciclo C nos presentan a Melquisedec, el misterioso sacerdote de Salem (Jerusalén), que ofrece pan y vino a Abrahán, que vuelve de una batalla. El NT ve en Melquisedec una figura profética de Cristo Jesús, del que en el evangelio leemos que ofrece alimento a la multitud, cansada y hambrienta, multiplicando los panes y los peces. Este hecho Lucas lo cuenta con terminología “eucarística”, aunque evidentemente todavía no se tratara del sacramento cristiano: lo hace para que sus lectores sepan reconocer el alimento -“la fracción del pan”- que Jesús, ahora Resucitado, ofrece a su comunidad. Pablo nos cuenta cómo en la última Cena Cristo dejó como herencia este entrañable sacramento, memorial y participación de su muerte pascual, signo eficaz de su propia donación como alimento.

Estas lecturas nos hacen entender lo que significa la Eucaristía. En ella, Jesús, el Señor, presente continuamente a su comunidad, nos ofrece su propio Cuerpo y Sangre como alimento. Esto, en la celebración, nos lleva a comulgar con él. Y en el sacramento permanente del sagrario, en el que él prolonga su oferta, nos invita a continuar también nosotros la oración, la alabanza y la atención gozosa a esta presencia.

Cristo, nuestro alimento. Como Abrahán vendría cansado de su expedición; como la multitud, al caer de la tarde, estaría cansada y hambrienta; así nosotros, en nuestra vida, necesitamos alimento. Cristo mismo ha querido ser nuestro “viático”, nuestro “alimento para el camino”.

La fiesta de hoy nos debe llevar

a) a cuidar más la celebración de la Eucaristía,

b) y también a no descuidar algunos de los signos, clásicos o más actuales, de adoración al Santísimo, personal y colectiva, que nos pueden ayudar

– a prolongar el clima de la celebración pasada,

– a preparar la próxima con una actitud más consciente, y a dar a nuestra jornada o a nuestra semana el tono de comunión de vida con Cristo Jesús, que es la finalidad tanto de la celebración como del culto fuera de la celebración.

J. ALDAZÁBAL

MISA DOMINICAL 1998, 8, 19-20

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El Cuerpo del Señor


Un texto lleno de amor a la Eucaristía que nos anima a siempre tener presente a Jesús Sacramentado

“Dice el Señor Jesús a sus discípulos: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie llega al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais, por cierto, también a mi Padre; y desde ahora lo conoceréis y lo habéis visto. Felipe le dice: Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Le dice Jesús: Tanto tiempo llevo con vosotros; ¿y no me habéis conocido? Felipe, el que me ve a mí, ve también a mi Padre (Jn 14, 6-9). El Padre habita en una luz inaccesible (1Tim 6,16) y Dios es espíritu (Jn 4,24) y a Dios nadie lo ha visto jamás (Jn 1,18). Y no puede ser visto sino en el espíritu, porque el espíritu es el que vivifica; la carne no es de provecho en absoluto (Jn 6,63). Ni siquiera el Hijo es visto por nadie en lo que es igual al Padre, de forma distinta qua el Padre, de forma distinta que el Espíritu Santo. Por eso, todos los que vieron según la humanidad al Señor Jesús y no lo vieron ni creyeron, según el espíritu y la divinidad, que él era el verdadero Hijo de Dios, quedaron condenados; del mismo modo ahora, todos los que ven el sacramento, que se consagra por las palabras del Señor sobre el altar por manos del sacerdote en forma de pan y vino, y no ven ni creen, según el espíritu y la divinidad, que es verdaderamente el santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo, están condenados, como ateistigua el Altísimo mismo, que dice: Esto es mi cuerpo y la sangre de mi nuevo testamento (Mc 14, 22.24); y: Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna (Jn 6,55). Así, pues, es el espíritu del Señor, que habita en sus fieles, el que recibe el santísimo cuerpo y sangre del Señor. Todos los otros, que no participan de ese mismo espíritu y presumen recibirlo, se comen y beben su sentencia (1Cor 11,29).

 

Por eso, ¡oh hijos de los hombres! ¿Hasta cuándo seréis duros de corazón? (Sal 4,3). ¿Por qué no reconocéis la verdad y creéis en el Hijo de Dios? (Jn 9,35). Ved que diariamente se humilla (Flp 2,8), como cuando desde el trono real (Sab 18,15) descendió al seno de la Virgen; diariamente viene a nosotros él mismo en humilde apariencia; diariamente desciende del seno del Padre (Jn 1,18; 6,38) al altar en manos del sacerdote. Y como se mostró a los santos apóstoles en carne verdadera, así también ahora se nos muestra a nosotros en el pan consagrado. 

Y lo mismo que ellos con la vista corporal veían solamente su carne, pero con los ojos que contemplan espiritualmente creían que él era Dios, así también nosotros, al ver con los ojos corporales el pan y el vino, veamos y creamos firmemente que es su santísimo cuerpo y sangre vivo y verdadero. Y de esta manera está siempre el Señor con sus fieles, como él mismo dice. Ved que yo estoy con vosotros hasta la consumación del siglo (Mt 28,20).”

 

San Francisco de Asís, Primera Admonición.

 

 

 

Oración

 

 

Oh Dios, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión, te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención.

 

Tu que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amen

Este es mi cuerpo, esta es mi sangre


Autor: Ma Esther De Ariño | Fuente: Catholic.net
¡Esto es mi cuerpo, esta es mi sangre!
Señor… ¡haznos dóciles siempre a tu amor pero especialmente en este hermosísimo día de Corpus Christi!
¡Esto es mi cuerpo, esta es mi sangre!

Una vez más ante ti, Señor.

Hoy es un día grande para ti, para nosotros, para tu Iglesia. Es la solemnidad donde se exalta y glorifica la presencia de tu Cuerpo, tu Sangre y tu Divinidad en el Sacramento de la Eucaristía.

¡HOY ES CORPUS CHRISTI !

Tu Cuerpo, tu Sangre…. y tu Divinidad. ¿Qué te podemos decir, Señor? Tan solo caer de rodillas y decirte: – ¡Creo en ti, Señor, pero aumenta mi fe!

Tu lo sabes todo, mi Dios, mi Jesús, y sabías cuando te quedaste en el pan y vino, – aparentemente tan solo de pan y vino -, con el único deseo de ser nuestro alimento, que aunque no te corresponderíamos como tu Corazón desea, no te importó y ahí te quedaste para ser nuestro refugio, nuestra fuerza para nuestras penas y dolores, para ser consuelo, para ser el cirineo que nos ayuda a cargar con la cruz de nuestro diario vivir, a veces demasiado pesada y dolorosa, que nos puede hacer desfallecer sin tu no estás…. y también para bendecirte en los momentos de alegría, para buscar que participes en los momentos en que nuestro corazón está feliz…. ¡ahí estás Tu!…¡ Bendito y alabado seas!

Solo a un Dios locamente enamorado de sus criaturas se le podía ocurrir semejante ofrenda… por que no sabemos corresponder a ese amor, no, Jesús, no te acompañamos en la soledad de tus Sagrarios, no pensamos en tu gran amor …. somos indiferentes, egoístas, muchas veces solo nos acordamos de ti cuando te necesitamos porque las cosas no van, ni están, como nosotros queremos…

Señor… ¡haznos dóciles siempre a tu amor pero especialmente en este hermosísimo día de Corpus Christi!

¡Señor Jesucristo!

¡Gracias porque te nos diste de modo tan admirable, y porque te quedaste entre nosotros de manera tan amorosa!

Danos a todos una fe viva en el Sacramento del amor. Que la Misa dominical sea el centro de nuestra semana cristiana, la Comunión nos sacie el hambre que tenemos de ti, y el Sagrario se convierta en el remanso tranquilo donde nuestras almas encuentren la paz… (P. García)

Monición de la Solemnidad de Corpus Christi Ciclo A


MONICION PARA LA SOLEMNIDAD DE CORPUS CHRISTI CICLO A

Pan de Vida que se parte y se comparte

M.R. Pág. 265  /  Lec. II Pág. 97

 

MONICION DE ENTRADA

(Saludo)Hoy, celebramos la Fiesta del Cuerpo de Cristo. La presencia real de Jesucristo en la Eucaristía es signo del amor que Él tiene por nosotros. Participemos con gozo de esta santa misa.

 

LITURGIA DE LA PALABRA

Primera Lectura:  DT 8, 2-3 . 14-16

Salmo: 147, 212-13.14-15.19-20

Segunda Lectura:1 Cor 10, 16-17

Evangelio Jn 6, 51-58

 

MONICION A LA LECTURAS

Desde el antiguo testamento vemos la prefiguración de la Eucaristía con el maná; San Pablo nos recuerda la importancia de vivir en comunión con Cristo y nuestros hermanos al compartir el pan, que es garantía de resurrección y vida eterna.

 

MONICION A LAS LECTURAS( Individual)

 

PRIMERA LECTURA

Escucharemos  cuando el pueblo de Israel fue alimentado por Dios con el maná, anticipando el pan eucarístico que nos daría vida.

 

SEGUNDA LECTURA

En esta lectura escucharemos la necesidad de vivir unidos a Cristo. La participación del cuerpo y sangre de Cristo nos impulsa a vivir en comunión con Él y con los hermanos.

 

EVANGELIO

En este evangelio se nos asegura que la Eucaristía es garantía de resurrección y de vida eterna para quienes la reciben dignamente.

 

ORACION UNIVERSAL

 

Antes de disponer la mesa santa donde el Señor hará nuevamente presente su tránsito pascual que salva a todos los hombres, elevemos nuestras súplicas a Dios nuestro Padre:

 

1.- Para que los obispos y presbíteros, cuando presiden la celebración eucarística, vivan tan plenamente identificados con el Señor, que el pueblo vea en ellos la imagen viva de Cristo, roguemos al Señor

 

2.- Para que pronto llegue el día en que todos los cristianos celebremos la Eucaristía en la unidad de una sola Iglesia y todos los hombres ofrezcan el único sacrificio que nos salva, roguemos al Señor

 

3.- Para que los fieles que se encuentran a las puertas de la muerte dejen este mundo llenos de paz y –fortalecidos con el Cuerpo de Cristo- llegue al Reino de la felicidad y de la vida. Roguemos al Señor

 

4.- Para que el Señor aumente nuestra fe y acreciente nuestro amor, a fin de que adoremos en espíritu y en verdad a Cristo realmente presente en el sacramento de la Eucaristía, roguemos al Señor

 

Dios nuestro, siempre fiel a tus promesas, haz que –fortalecidos con el sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo- avancemos por la senda del bien, hasta llegar a la asamblea de los santos en el banquete eterno de tus elegidos. Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

MONICION DE OFRENDAS:

Como  miembros del  único Cuerpo de Cristo, que es su Iglesia, llevemos a nuestro Padre del cielo estos dones de pan y vino  fruto de nuestro trabajo. Él nos los devolverá convertidos en pan de vida y en bebida de salvación.

 

MONICION AL PADRE NUESTRO:

Nuestro Dios y Padre, nos ha mostrado su amor, al enviarnos como alimento de vida a su propio hijo, que ha venido a salvarnos. Unidos como Él quiere que estemos, dirijámosle nuestra oración diciendo: Padre nuestro…..

 

MONICION A LA COMUNION:

Como prenda de lo que esperamos recibir un día en la vida eterna vengamos ahora a disfrutar de la amable presencia de Jesús en nuestras almas. Solo unidos a Él podremos dar fruto abundante.

 

O bien

 

Hermanos y hermanas, Cristo mismo, hecho Pan de Vida, nos llama a su mesa a participar del Banquete Eucarístico, si estamos reconciliados, acerquémonos con fe y amor a recibirlo.

 

 

PARA DESPUES DE COMULGAR

Ahora, aprovechemos este momento de silencio e intimidad con Cristo, démosle gracias por amarnos a tal grado de dar su vida por nosotros, agradezcámosle el hecho de quedarse realmente presente en el pan y vino consagrados. Háblale, Él te escucha, está contigo…

 

MONICION DE DESPEDIDA

La comunión nos une a Cristo, por lo tanto no podemos permanecer indiferentes a las necesidades de quienes nos rodean, Sigamos unidos en la misma fe y en la misma caridad.

Fiesta del Corpus Christi


NUESTRA TRADICIÓN

Hermanos: la festividad del Corpus, que hoy celebramos, despierta en nosotros -sobre todo en los que no somos de las generaciones más jóvenes- no pocas resonancias. Por ello, al detectar la creciente secularización de nuestra sociedad de hoy, nos es fácil sentir añoranza de una fe que parecía saborearse en el aire festivo de las calles, cuando la procesión de Corpus se convertía en una amplia manifestación de fe popular. ¿Qué es lo que queda, entonces, del más entrañable de los tres jueves del año que brillaban más que el sol?

LA TRADICIÓN DEL SEÑOR (/1Co/11/23-26)

La respuesta válida sólo podremos hallarla volviendo a los orígenes genuinos de nuestra fe. Y es precisamente Pablo quien, en su carta a los cristianos de Corinto que hemos escuchado, nos transmite la auténtica tradición del Corpus, la que viene del Señor y que, por tanto, no está a merced de las fluctuantes circunstancias socioculturales de turno: “El Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó un pan: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros… Lo mismo hizo con la copa: Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre…” He aquí el punto de referencia desde el que Pablo se atreve a amonestar a la iglesia de Corinto, cuando aquellos cristianos corren el peligro de perder de vista el sentido profundo de lo que es celebrar la Eucaristía: “He oído que cuando se reúne vuestra asamblea os dividís en bandos. Así, os resulta imposible comer la cena del Señor, pues cada uno se adelanta a comerse su propia cena, y mientras uno pasa hambre, el otro está borracho”.

Y llega al punto de advertirles seriamente que “quien coma este pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y la Sangre del Señor”. Esta es, por tanto, la piedra de toque para juzgar si nuestras tradiciones eucarísticas son o no cristianas. Lisa y llanamente: venerar y compartir el Cuerpo de Cristo supone venerar y compartir la vida de los hermanos, especialmente de los más débiles y marginados. ¿No corremos el peligro de examinar escrupulosamente, antes de comulgar, la paja de nuestras pequeñas inquietudes al tiempo que nos tragamos la viga de un egoísmo que nos permite vivir tranquilos como si estuviéramos solos en el mundo? Cuántos gastos superfluos, por ejemplo, con motivo precisamente de las primeras comuniones, olvidando a tantos niños que no tienen lo más indispensable para vivir… ¿Qué es lo que queda, entonces, de la tradición del Señor?

EL PAN DEL REINO DE DIOS. En realidad, los gestos y palabras de Jesús en la última cena no fueron otra cosa que el signo y el testamento de lo que había sido su vida entera: un pan siempre a punto de ser comido por todos. “Yo soy el pan bajado del cielo; quien come de este pan no tendrá más hambre”. Porque el Reino del Padre que él inauguró era precisamente esto: un banquete del que nadie era excluido.

Lo vemos gráficamente en el relato de Lucas que acabamos de escuchar, que, contiene un trasfondo netamente eucarístico. Los apóstoles llegan gozosos, pero cansados, de la misión. Jesús se encamina con ellos hacia Betsaida para que puedan descansar. Pero el gentío les estropea los planes. Y Jesús, encajando lo imprevisto, los acoge generosamente. Y con ello da a los discípulos la lección fundamental de lo que supone pertenecer al Reino: Ser signo claro de la acogida incondicional del Padre.

Vivir en función de los demás. Como un pan siempre a punto de ser comido. Este es el auténtico milagro multiplicador: la capacidad de compartir. El resto -curar a los enfermos, procurar que a nadie falte el pan, ni el techo ni el trabajo- no son más que consecuencias. Sin esta actitud previa de disponibilidad habría sido imposible hallar los cinco panes y los dos peces, mediante los cuales la fuerza del Señor puede saciar a todos, y aún sobrar. Siempre hay que partir de aquí: Vicente de Paúl, Teresa de Calcuta, Helder Cámara… Únicamente poniendo nuestra vida, como un alimento, a disposición de los demás revivimos el memorial del Señor, y, a su vez, nuestra vida se alimenta, como la suya, de gozo y de sentido. “Mi alimento es hacer la voluntad del Padre”. En cambio, “el que quiera salvar su vida -como un pan en el congelador-, la perderá”. “¡Dichoso el que coma en el banquete del Reino de Dios!”

-EL CUERPO DE CRISTO. ¡AMEN! He aquí la gozosa seriedad de la fiesta del Cuerpo de Cristo.

¿Estamos dispuestos a comulgar con Jesucristo, a resucitar con él a la solidaridad y a la comunión? En el último mensaje de Pascua, Juan Pablo II afirmaba: “Cristo resucitado acoge todas las llagas del hombre contemporáneo, aquellas de que tanto se habla en los medios de comunicación y también las que dañan en el secreto de los corazones…” La mesa de la Eucaristía -el Corpus- es al mismo tiempo fiesta y compromiso, lucha y contemplación. “El Cuerpo de Cristo. ¡Amén!”

JORDI J CATALA
MISA DOMINICAL

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