Materiales para la SEMANA DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS y para el resto del año 2012


CONSEJO PONTIFICIO
PARA LA PROMOCIÓN DE LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS

Para tener en cuenta

Esta es la versión española del texto para la SEMANA DE ORACIÓN DE LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS 2012. El material, con miras a su difusión internacional, ha sido preparado por una comisión mixta nombrada por elPontificio Consejo para la promoción de la unidad de los cristianos y la Comisión Fe y Constitución del Consejo Mundial de Iglesias, con base en una propuesta de un grupo ecuménico de Jerusalén. Las Comisiones ecuménicas de las Conferencias Episcopales y de los Sínodos de las Iglesias católicas de rito oriental han sido invitadas a adaptar el texto de acuerdo con la situación ecuménica local y las distintas tradiciones litúrgicas presentes en el territorio.

Si desea obtener una copia del texto adaptado a su contexto, le invitamos a ponerse en contacto con la Comisión ecuménica de su Conferencia episcopal o su Sínodo local.

 

Traducción preparada por la Comisión para las relaciones interconfesionales
de la Conferencia Episcopal Española

Materiales para la
SEMANA DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS
y para el resto del año 2012

Todos seremos transformados por la victoria de nuestro Señor Jesucristo
(Cf. 1 Co 15,51-58)

Preparados conjuntamente por el
Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y la
Comisión Fe y Constitución del Consejo Mundial de Iglesias

IN MEMORIAM

Monseñor Eleuterio Francesco Fortino

Durante la reunión de la Comisión Internacional celebrada en Varsovia (Polonia), en septiembre de 2010, se recibió la noticia de la muerte de Mons. Eleuterio Francesco Fortino, Subsecretario del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, y también durante mucho tiempo miembro del Comité Internacional para la preparación de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Su pasión y su dedicación a la causa de la unidad de los cristianos y especialmente la promoción de la oración por la unidad cristiana fue una de las cualidades importantes que poseía y compartía con los otros miembros de la Comisión. El texto de este año está dedicado a su memoria. ¡Qué la oración con estos textos pueda apresurar la plena realización de la petición de Cristo: “Que todos sean uno… para que el mundo crea”!

Las citas bíblicas de la versión española están tomadas de la Biblia Traducción Interconfesional (BTI), Madrid 2008.

 

A todos los que organizan la Semana de Oración
por la Unidad de los Cristianos

Buscar la unidad durante todo el año

En el hemisferio norte la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianosse celebra tradicionalmente del 18 al 25 de enero. Estas fechas fueron propuestas en 1908 por Paul Watson para cubrir el periodo entre la fiesta de San Pedro y la de San Pablo, que tienen un significado simbólico. En el hemisferio sur donde el mes de enero es tiempo de vacaciones de verano, las Iglesias frecuentemente adoptan otra fecha para celebrar la semana de oración, por ejemplo en torno a Pentecostés (sugerido por el movimiento Fe y Constitución en 1926) que representa también otra fecha simbólica para la unidad de la Iglesia.

Teniendo presente esta exigencia de flexibilidad, invitamos a utilizar estos materiales a lo largo de todo el año para expresar el grado de comunión que las Iglesias ya han alcanzado, y para orar juntos para llegar a la plena unidad querida por Cristo.

Adaptar los textos

Estos materiales se ofrecen con el entendimiento de que siempre que sea posible se adaptarán para ser utilizados localmente. Al hacerlo, se deberán tener en cuenta las prácticas litúrgicas y devocionales locales así como el contexto socio-cultural. Tal adaptación debería hacerse a través de una colaboración ecuménica. En algunos lugares estas estructuras ecuménicas para adaptar el material ya existen; en otros esperamos que la necesidad de que sea adaptado constituya un estímulo para la creación de estas estructuras.

Cómo utilizar los textos de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos

  • Para las Iglesias y las comunidades cristianas que celebran juntas la semana de oración en un solo acto se ofrece un modelo de Celebración ecuménica.
  • Las Iglesias y las comunidades cristianas pueden igualmente incorporar a sus propias celebraciones oraciones y textos de la semana de oración. Las oraciones de la Celebración ecuménica, del Octavario y de la selección de oraciones complementarias pueden también utilizarse según se considere oportuno en su situación.
  • Las Iglesias y comunidades cristianas que celebran la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos cada día de la semana, pueden encontrar sugerencias en los textos propuestos para el Octavario.
  • A las personas que desean realizar estudios bíblicos sobre el tema de la semana de oración pueden servir de apoyo igualmente los textos y las reflexiones bíblicas propuestas para el Octavario. Todos los días las reflexiones que se tengan pueden terminar con un momento final de oración de intercesión.
  • Para las personas que desean orar en privado los textos de este folleto pueden ayudar a focalizar las intenciones por las que oran. Pueden tener presente que están en comunión con otros que en todo el mundo oran por una mayor unidad visible de la Iglesia de Cristo.

Texto bíblico

1Co15,51-58

Mirad, voy a confiaros un misterio: no todos moriremos, pero todos seremos transformados. Súbitamente, en un abrir y cerrar de ojos, cuando suene ―que sonará― la trompeta final, los muertos resucitarán incorruptibles mientras nosotros seremos transformados. Porque es preciso que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y que esta vida mortal se revista de inmortalidad.

Y cuando este cuerpo corruptible se revista de inmortalidad, cuando este ser mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que dice la Escritura: La muerte ha sido devorada por la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿dónde tu venenoso aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado, y el pecado ha desplegado su fuerza con ocasión de la ley. Pero nosotros hemos de dar gracias a Dios, que por medio de nuestro Señor Jesucristo nos concede la victoria. Por tanto, hermanos míos muy queridos, manteneos firmes y constantes; destacad constantemente en la tarea cristiana, seguros de que el Señor no permitirá que sea estéril vuestro afán.

Biblia Traducción Interconfesional

Introducción al tema del año 2012

Todos seremos transformados por la victoria de nuestro Señor Jesucristo
(Cf.1Co15,51-58)

Los materiales de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos de 2012 han sido preparados por un grupo de trabajo compuesto por representantes de la Iglesia Católica Romana, la Iglesia Ortodoxa y las Iglesias Vetero-Católicas y Protestantes presentes en Polonia. Después de largos debates, en los que participaron representantes de diversos círculos ecuménicos de Polonia, se decidió centrarse en un tema que concierne el poder transformador de la fe en Cristo, tema muy relacionado con nuestra oración por la unidad visible de la Iglesia, cuerpo de Cristo. Esto se fundamenta en las palabras de San Pablo a la Iglesia de Corinto que habla del carácter temporal de nuestra vida presente (con toda su dimensión aparente de “victoria” y de “derrota”), en comparación con lo que recibimos por la victoria de Cristo a través del misterio pascual.

¿Por qué este tema?

La historia de Polonia ha estado marcada por una serie de derrotas y victorias. Se puede mencionar las invasiones, las particiones, la opresión de parte de poderes extranjeros y de sistemas hostiles. El esfuerzo permanente por superar toda esclavitud y el deseo de libertad son las características de la historia polaca que han conducido a cambios significativos en la vida de la nación. Y así, donde hay victoria hay perdedores que no comparten la alegría y el triunfo de los ganadores. Esta particular historia de la nación polaca ha llevado al grupo ecuménico que ha preparado los materiales de este año a reflexionar más profundamente sobre lo que significa “ganar” y “perder”, especialmente a la luz del hecho que el concepto de “victoria” se entiende frecuentemente en términos triunfalistas. Sin embargo, Cristo nos muestra una manera muy diferente de entenderlo.

En 2012 se celebrará el campeonato europeo de fútbol en Polonia y Ucrania. Esto nunca hubiera sido posible en años anteriores. Para muchos, esto es un signo de otra “victoria nacional”, mientras cientos de millones de aficionados esperarán ansiosamente noticias de equipos ganadores que jugarán en esta parte de Europa. Este ejemplo puede llevarnos a considerar la situación de quienes no ganan no sólo en el deporte sino también en sus vidas y comunidades. ¿Quién tendrá un pensamiento para los perdedores, los que sufren constantemente derrotas porque se les niega la victoria debido a diversas condiciones y circunstancias? La rivalidad es una característica permanente no sólo en el deporte, sino también en la vida política, empresarial, cultural, e incluso en la eclesial.

Cuando los discípulos de Jesús discutían sobre “quién era el más importante” (Mc9,34), se mostraba claramente que este impulso era fuerte. Pero la reacción de Jesús era muy sencilla: “si alguno quiere ser el primero, colóquese en último lugar y hágase servidor de todos” (Mc9,35). Estas palabras hablan de victoria a través del servicio mutuo, ayudando, incrementando la autoestima de los “últimos”, los olvidados, los excluidos. Para todos los cristianos la mejor expresión de este servicio humilde es Jesucristo, su victoria sobre la muerte y su resurrección. Es en su vida, sus actos, su enseñanza, su sufrimiento, su muerte y su resurrección donde queremos buscar inspiración para una vida moderna victoriosa de fe que se expresa a través del compromiso social en un espíritu de humildad, servicio y fidelidad al Evangelio. Y mientras aguardaba el sufrimiento y la muerte que se avecinaba, oró por sus discípulos, para que sean uno y el mundo crea. Esta “victoria” es posible sólo a través de la transformación espiritual y la conversión. Por esta razón consideramos que el tema de nuestras meditaciones deben ser esas palabras del Apóstol de las Naciones. Se trata de lograr una victoria que integre a todos los cristianos en el servicio de Dios y del prójimo.

Mientras oramos y nos esforzamos por la plena unidad visible de la Iglesia, nosotros mismos -y las tradiciones a las que pertenecemos -seremos transformados y configurados a Cristo. La unidad por la que oramos podrá exigir la renovación de algunas formas de vida eclesial que nos son familiares. Se trata de una perspectiva fascinante pero que nos puede dar cierto temor. La unidad por la que oramos no es una noción “cómoda” de amistad y cooperación. Requiere una voluntad de dejar de competir entre nosotros. Tenemos que abrirnos unos a otros, dar dones a los demás y recibir los dones que nos dan los otros, con el fin de poder verdaderamente entrar en la nueva vida en Cristo, que es la única verdadera victoria.

Hay sitio para todos en el plan de salvación de Dios. A través de su muerte y resurrección Cristo abarca a todos, independientemente de ganar o perder, “para que todo el que cree en él tenga la vida eterna” (Jn3,15). ¡Nosotros también podemos participar en su victoria! Basta con creer en Él y nos será más fácil vencer el mal con el bien.

Ocho días para reflexionar sobre nuestra transformación en Cristo

En la Semana de Oración 2012 estamos invitados a profundizar en nuestra fe en la que todos nosotros seremos transformados por la victoria de nuestro Señor Jesucristo. Las lecturas bíblicas, comentarios, oraciones y preguntas para la reflexión, exploran los diferentes aspectos de lo que esto significa para la vida de los cristianos y para su unidad, en y para el mundo de hoy. Comenzamos por contemplar a Cristo servidor, y nuestro camino nos lleva a la celebración final del reino de Cristo, por medio de su cruz y resurrección.

Día primero: Transformados por Cristo Servidor
El hijo del hombre ha venido para servir (cf. Mc10,45)

Hoy encontramos a Jesús en su camino hacia la victoria a través del servicio. Lo vemos como aquel que “no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida en pago de la libertad de todos” (Mc10,45). En consecuencia, la Iglesia de Jesucristo es una comunidad de servicio. El poner en acto nuestros diferentes dones sirviendo juntos la humanidad hace visible nuestra unidad en Cristo.

Día segundo: Transformados por la espera paciente del Señor
Es menester que cumplamos lo que Dios ha dispuesto (Mt3,15)

En este día nos concentramos en la espera paciente del Señor. Para lograr cualquier cambio se requiere perseverancia y paciencia. Orar a Dios para alcanzar una transformación es también un acto de fe y de confianza en sus promesas. Esta espera del Señor es esencial para todos los que oran por la unidad visible de la Iglesia en esta semana. Todas las actividades ecuménicas requieren tiempo, atención mutua y acción conjunta. Todos estamos llamados a cooperar con la obra del Espíritu que une a los cristianos.

Día tercero: Transformados por el Siervo doliente
Cristo padeció por nosotros (cf. 1Pe 2,21)

Este día nos invita a reflexionar sobre el sufrimiento de Cristo. Siguiendo a Cristo, el Siervo sufriente, los cristianos estamos llamados a la solidaridad con todos los que sufren. Cuanto más nos acercamos a la cruz de Cristo, más nos acercamos unos a otros.

Día cuarto: Transformados por la victoria del Señor sobre el mal
Vence al mal a fuerza de bien (Rm 12,21)

Este día nos introduce más profundamente en las luchas contra el mal. La victoria en Cristo es una superación de todo lo que daña a la creación de Dios y nos mantiene separados unos de otros. En Jesús estamos llamados a compartir esta nueva vida, luchando con Él contra lo que está mal en nuestro mundo, con confianza renovada y con una alegría profunda en lo que es bueno. Mientras estemos divididos no podemos ser lo suficientemente fuertes para vencer el mal de nuestro tiempo.

Día quinto: Transformados por la paz de Cristo resucitado
Se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: la paz esté con vosotros (Jn20,19)

Hoy celebramos la paz del Señor resucitado. El Resucitado es el gran vencedor sobre la muerte y el mundo de las tinieblas. Él une a sus discípulos que estaban paralizados por el miedo. Él nos abre nuevas perspectivas de vida y de acción a favor de su Reino que viene. El Señor resucitado une y fortalece a todos los creyentes. La paz y la unidad son los signos de nuestra transformación por su resurrección.

Día sexto: Transformados por el amor inconmovible de Dios
Nuestra fe es la que vence al mundo (cf. 1Jn 5,4)

En este día nuestra atención se concentra en el amor fiel de Dios. El misterio pascual revela este amor fiel y nos llama a una nueva forma de fe. Esta fe supera el temor y abre nuestros corazones al poder del Espíritu. Esta fe nos invita a la amistad con Cristo y, de este modo, de unos con otros.

Día séptimo: Transformados por el Buen Pastor
Apacienta mis ovejas (Jn 21,17)

Los textos bíblicos de hoy nos muestran al Señor fortaleciendo a su rebaño. Somos llamados a seguir al Buen Pastor, a reforzarnos mutuamente en el Señor, a apoyar y fortalecer a los débiles y los perdidos. Hay un solo Pastor, y nosotros somos su pueblo.

Día octavo: Reunidos en el Reino de Cristo
Al vencedor lo sentaré en mi trono, junto a mí (Ap 3,21)

En este último día de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos celebramos el Reino de Cristo. La victoria de Cristo nos permite mirar hacia el futuro con esperanza. Esta victoria supera todo lo que nos impide compartir la plenitud de la vida con Él y con los demás. Los cristianos sabemos que la unidad entre nosotros es sobre todo un don de Dios. Es un participar en la victoria gloriosa de Cristo sobre todo lo que divide.

Preparación de los materiales para la Semana de oración por la unidad de los cristianos 2012

http://www.vatican.va

Semana de oración por la unidad de los cristianos 2012


SEMANA DE ORACIÓN POR LA UNIDAD DE LOS CRISTIANOS
18 a 25 de enero de 2012

Para una respuesta común a la sed espiritual de nuestro tiempo
18 enero 2012.
L’Osservatore Romano

Durante la Semana de oración por la unidad de los cristianos se reza en todas las iglesias por el don de la comunión plena

VIDEO: Benedicto XVI pide rezar por la unidad de los Cristianos
VIDEO: Benedicto XVI explica en qué consiste la Semana por la Unidad de los Cristianos

Hoy, día 18, comienza la Semana de oración por la unidad de los cristianos, que culmina con la fiesta de la conversión de San Pablo. «Nuestro deber es proseguir con pasión el camino hacia esta meta con un diálogo serio y riguroso para profundizar en el patrimonio teológico, litúrgico y espiritual común; con el conocimiento recíproco; con la formación ecuménica de las nuevas generaciones y, sobre todo, con la conversión del corazón y con la oración», dijo Benedicto XVI el año pasado.

Audiencia general, 18.I.2012

«¿Cómo podemos dar un testimonio convincente si estamos divididos?». Desde la perspectiva de la nueva evangelización, el Papa introdujo esta mañana, miércoles 18 de enero, durante la audiencia general, la Semana de oración por la unidad de los cristianos, durante la cual —desde hoy hasta el miércoles 25— se reza en todas las iglesias por el don de la comunión plena. Un gran desafío para la nueva evangelización, dijo el Pontífice, porque será «más fructuosa si todos los cristianos anuncian juntos la verdad del Evangelio de Jesucristo y dan una respuesta común a la sed espiritual de nuestros tiempos».

Benedicto XVI aprovechó la ocasión de la coincidencia del inicio de la Semana con la audiencia general para recorrer el itinerario histórico de una celebración organizada por primera vez en 1908 por Paul Wattson, fundador de una comunidad anglicana que posteriormente entró en la Iglesia católica. Después, con la bendición de san Pío X, la iniciativa fue promovida yanimada por Benedicto XV con el breve Romanorum Pontificum del 25 de febrero de 1916.

Enriquecida a lo largo de los años, la celebración hoy se desarrolla a través de la colaboración de un grupo mixto compuesto por representantes de la Iglesia católica y «por un grupo ecuménico —explicó el Pontífice— de una región diversa del mundo» encargado de preparar los materiales para la oración. Este año le tocó el turno a Polonia. Una circunstancia, notó el Papa, que ayudará a reflexionar sobre «la gran fuerza con que la fe cristiana sostiene en medio de pruebas y dificultades, como las que han caracterizado la historia de Polonia», que, después de atravesar un período de convivencia democrática y de libertad religiosa, en los últimos siglos «ha estado marcada por invasiones y derrotas, pero también por la lucha constante contra la opresión y por la sed de libertad», con un entramado de victorias y derrotas, hasta el descubrimiento de la victoria definitiva del amor en Cristo. De aquí la elección del tema para la Semana de este año: “Todos seremos transformados por la victoria de Jesucristo, nuestro Señor” (cf. 1 Co 15, 51-58).

Benedicto XVI reflexionó luego brevemente sobre el estado actual del camino hacia la unidad de todos los cristianos. Para alcanzar esta meta, dijo, es necesario orar a fin de obtener ante todo una conversión interior «tanto común como personal». No se trata, por lo tanto, de buscar actitudes formales de cordialidad o de cooperación. Al contrario, resulta absolutamente necesario «fortalecer nuestra fe en Dios», en aquel Dios que «se hizo uno de nosotros», y captar «todos los elementos de unidad que Dios ha conservado para nosotros».

A la luz de estas consideraciones el Papa destacó la naturaleza del don divino de la unidad de los cristianos. Así pues, no es un accesorio, sino el centro de la obra misma de Cristo. Por eso, forma parte de la responsabilidad de todo bautizado, llamado a estar y a trabajar juntamente «por la victoria, en Cristo, sobre todo lo que es pecado, mal, injusticia y violación de la dignidad del hombre».

Ciertamente, como reconoció de forma realista Benedicto XVI, el camino que queda por recorrer todavía es largo; las divisiones entre los cristianos permanecen, aunque «por lo que se refiere a las verdades fundamentales de la fe, nos une mucho más de lo que nos divide». Precisamente en virtud de estas consideraciones es necesario fortalecer la oración. Sobre todo con vistas a la nueva evangelización, que podrá ser «más fructuosa» si todos anuncian juntos el Evangelio.


El ecumenismo, principios, condiciones y práctica


Sumario

I. Noción de ecumenismo.

II. Principios doctrinales:

1. Unidad y unicidad de la Iglesia:

a) La unidad y sus rupturas;
b) La Iglesia de Jesucristo subsiste en la Iglesia Católica. Grados de comunión;
c) Los elementos o “bona Ecclessiae”.

– 2. La situación de los demás cristianos:

a) Las iglesias y comunidades cristianas;
b) Las iglesias y comunidades separadas.

– 3. El ecumenismo a la luz de estos principios:

a) Conocimiento entre los cristianos;
b) Diálogo especializado;
c) Integridad en la exposición de la fe católica;
d) La “jerarquía de verdades”;
e) La Iglesia Católica y las escisiones;
f) La reconciliación en la plena comunión católica.

– III. Condiciones para el ecumenismo:

– 1. La renovación institucional.
– 2. La santidad personal.
– 3. La unidad y diversidad.

– 4. La admiración.- IV. La práctica del ecumenismo:

– 1. Renovación de la Iglesia y ecumenismo espiritual.
– 2. Formación ecuménica, mutuo conocimiento y colaboración entre cristianos.
– 3. La “communicatio in sacris”.-

V. Declaraciones conjuntas de la Iglesia católica y otras Iglesias y confesiones cristianas
 


I. Noción de ecumenismo

  El Decr. Unitatis redintegratio (=UR) explica así el “problema ecuménico”: “única es la Iglesia fundada por Cristo Señor, aun cuando son muchas las comuniones cristianas que se presentan a los hombres como la herencia de Jesucristo” (UR 1). Esta división contradice la voluntad de Cristo; es un escándalo para el mundo y un serio obstáculo para la evangelización. Reconoce que el “movimiento ecuménico” está impulsado por el Espíritu Santo, y considera que el deseo de restablecer la unidad es una “divina vocación y gracia” (UR 1).

Se entiende por “movimiento ecuménico”, “las actividades e iniciativas que, según las variadas necesidades de la Iglesia y las características de la época, se suscitan y se ordenan a favorecer la unidad de los cristianos” (UR 4/b). No se trata de un movimiento indefinido, sino que posee un objetivo -la plena unidad visible-, y unas maneras de actuación. El movimiento ecuménico se da entre las Iglesias y Comunidades cristianas como tales. Se participa en él desde la identidad confesional respectiva, aunque sea a título personal.

Con la palabra Ecumenismo se designa también una dimensión de la tarea salvífica de la Iglesia, en cuanto distinta de la dimensión “pastoral” entre los fieles católicos (misión ad intra) y de la “misionera” con los no cristianos (misión ad extra). La dimensión ecuménica de la Iglesia se refiere a la responsabilidad que la Iglesia tiene respecto de las comunidades cristianas separadas con vistas a alcanzar la unidad. Entre los cristianos propiamente no se “misiona” como entre los no cristianos para que se “conviertan”: en cambio, se ofrece la fe plena y la perfecta incorporación visible; a los no cristianos, se les propone la fe que lleva a la conversión. El “diálogo ecuménico”, de otra parte, se distingue por su naturaleza y finalidad del “diálogo interreligioso”.

El Decr. exhorta a la participación de los católicos en el movimiento ecuménico (cfr. UR 4/a). Juan Pablo II ha afirmado el compromiso ecuménico irreversible de la Iglesia Católica, y afirma que es “un imperativo de la conciencia cristiana iluminada por la fe y guiada por la caridad” (US 8). Afecta a todos los cristianos. No se trata de una tarea para especialistas. Todos pueden y deben participar, ante todo por la oración, pidiendo al Señor por la unidad de los cristianos. Pero también desterrando modos de actuar que dañan la causa de la unidad, incluso aunque parezcan quedar limitados a la vida interna de la comunidad cristiana propia.

II. Los principios católicos del Ecumenismo

Existe un único movimiento ecuménico en el que cada Iglesia y Comunidad cristiana participa desde su propia identidad. No existe un “ecumenismo católico”, sino unos principios católicos sobre el ecumenismo que versan sobre: 1) la unidad y unicidad de la Iglesia, 2) la valoración teológica de los demás comunidades cristianas, y 3) la comprensión del Ecumenismo a la luz de esos presupuestos.

1. La unidad y unicidad de la Iglesia

El Decr. conciliar parte del designio divino de unidad. La unidad es la finalidad de la encarnación, el objeto de la oración de Jesús y del mandato de la caridad; la unidad es el efecto de la Eucaristía, así como de la venida del Espíritu Santo, “por medio del cual (Jesús) llamó y congregó al pueblo de la Nueva Alianza, que es la Iglesia, en la unidad de la fe, de la esperanza y de la caridad” (UR 2).

Dios mismo ha dado a la Iglesia -continúa el Decreto- principios invisibles de unidad (el Espíritu Santo que habita en los creyentes, uniéndolos a Cristo y, por El, al Padre); y también principios visibles (la confesión de la misma fe, la celebración de los “sacramentos de la fe”, y el ministerio apostólico). El Colegio de los Doce es el depositario de la misión apostólica; de entre los Apóstoles, destacó a Pedro, al que Jesús confía un ministerio particular (cfr. UR 2). El Decreto considera a continuación el momento sucesorio enraizado en la voluntad de Jesús: “Jesucristo quiere que por medio de los Apóstoles y de sus sucesores, esto es, los Obispos con su Cabeza, el sucesor de Pedro, por la fiel predicación del Evangelio y por la administración de los sacramentos, así como por el gobierno en el amor, operando el Espíritu Santo, crezca su pueblo; y perfecciona así la comunión de éste en la unidad” (UR 2). Termina aludiendo a la raíz trinitaria, fuente y modelo de la unidad.

Estas afirmaciones se mueven en el marco de la “eclesiología de comunión”, es decir, consideran la Iglesia como un todo orgánico de lazos espirituales (fe, esperanza, caridad), y de vínculos visibles (profesión de fe, economía sacramental, ministerio pastoral), cuya realización culmina en el Misterio eucarístico, signo y causa de la unidad de la Iglesia.


a) La unidad y sus rupturas

Por fuertes que sean estos principios de unidad, la flaqueza humana ha contrariado el designio divino, “a veces no sin culpa de ambas partes” (UR 3). Sin embargo, la Iglesia una no se ha disgregado en fragmentos varios. “La Iglesia católica afirma que, durante los dos mil años de su historia, ha permanecido en la unidad con todos los bienes de los que Dios quiere dotar a su Iglesia, y esto a pesar de las crisis con frecuencia graves que la han sacudido, las faltas de fidelidad de algunos de sus ministros y los errores que cotidianamente cometen sus miembros” (Juan Pablo II, Enc. Ut unum sint, 1; =US).

Es éste un principio decisivo: la Iglesia de Jesucristo “establecida y organizada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él, si bien fuera de su estructura se encuentren muchos elementos de santidad y verdad que, como bienes propios de la Iglesia de Cristo, impelen hacia la unidad católica” (Const. dogm. Lumen gentium, 8).

b) La Iglesia de Jesucristo subsiste en la Iglesia Católica. Grados en la comunión

Con la expresión “subsistit in” el Concilio ha querido honrar la realidad cristiana que existe en los demás Iglesias y comunidades, a la vez que afirma ser ella la presencia plena de la Iglesia de Jesucristo en la tierra. Esos “elementos de santidad y verdad” (elementa seu bona Ecclesiae) se hallan presentes “fuera del recinto visible de la Iglesia Católica” (UR 3), y permiten hablar de verdadera comunión entre los cristianos, aunque imperfecta. “La Iglesia se reconoce unida por muchas razones con quienes, estando bautizados, se honran con el nombre de cristianos, pero no profesan la fe en su totalidad o no guardan la unidad de comunión bajo el sucesor de Pedro”. “En efecto -dirá Juan Pablo II- los elementos de santificación y de verdad presentes en las demás Comunidades cristianas, en grado diverso unas y otras, constituyen la base objetiva de la comunión existente, aunque imperfecta, entre ellas y la Iglesia católica. En la medida en que estos elementos se encuentran en las demás Comunidades cristianas, la única Iglesia de Cristo tiene una presencia operante en ellas” (US 11).


c) Los elementos o “bona Ecclesiae”

El Decreto enumera algunos de estos bienes de santidad y de verdad: “hay muchos [cristianos] que honran la Sagrada Escritura como norma de fe y de vida, muestran un sincero celo religioso, creen con amor en Dios Padre todopoderoso y en Cristo, Hijo de Dios Salvador; están sellados con el bautismo, por el que se unen a Cristo, y además aceptan o reciben otros sacramentos en sus propias Iglesias o comunidades eclesiásticas. Muchos de entre ellos poseen el episcopado, celebran la sagrada Eucaristía y fomentan la piedad hacia la Virgen, Madre de Dios”.

Los bienes de santidad y verdad en ellos existentes son ya verdaderos elementos de comunión: “la Palabra de Dios escrita -sigue diciendo el Decreto-, la vida de la gracia, la fe, la esperanza y la caridad, y otros dones interiores del Espíritu Santo y los elementos visibles: todas estas realidades, que provienen de Cristo y a El conducen, pertenecen por derecho a la única Iglesia de Cristo”. “Provienen de Cristo y a El conducen”: cuando son genuinamente vividos despliegan el dinamismo hacia la unidad plena.

Lumen gentium n. 15 añade todavía “la comunión de oraciones y otros beneficios espirituales, e incluso cierta verdadera unión en el Espíritu Santo, ya que El ejerce en ellos su virtud santificadora con los dones y gracias y algunos de entre ellos los fortaleció hasta la efusión de la sangre”. Esta alusión a los mártires, como patrimonio común de todos los cristianos, viene desarrollada en la Encíclica Ut unum sint: “la comunión no plena de nuestras comunidades está en verdad cimentada sólidamente, si bien de modo invisible, en la comunión plena de los santos, es decir, de aquellos que al final de una existencia fiel a la gracia están en comunión con Cristo glorioso. Estos santos proceden de todas las Iglesias y Comunidades eclesiales, que les abrieron la entrada en la comunión de la salvación” (US 84).

Juan Pablo II (en US 12) subraya la afirmación de UR 15 sobre celebración de la Eucaristía en las Iglesias ortodoxas, y recogida en la Carta Communionis notio: “Esta comunión existe especialmente con las Iglesias orientales ortodoxas, las cuales, aunque separadas de la Sede de Pedro, permanecen unidas a la Iglesia Católica mediante estrechísimos vínculos, como son la sucesión apostólica y la Eucaristía válida, y merecen por eso el título de Iglesias particulares (cfr. UR 14 y 15). En efecto, “con la celebración de la Eucaristía del Señor en cada una de estas Iglesias, la Iglesia de Dios es edificada y crece” (UR 15), ya que en toda válida celebración de la Eucaristía se hace verdaderamente presente la Iglesia una, santa, católica y apostólica” (n. 17).


2. La situación de los demás cristianos

El Decreto (n. 3), partiendo de esos principios, se fija, primero, en los cristianos que ahora nacen en esas Iglesias y comunidades. Estos: 1. no tienen culpa de la separación pasada; 2. la fe y el bautismo les incorpora a Cristo y, por tanto, a la Iglesia, aunque esta comunión no sea plena por razones diversas; 3. son auténticos cristianos, amados por la Iglesia y reconocidos como hermanos. Pero el Concilio también considera la función de las Iglesias y comunidades cristianas en cuanto tales en el misterio de la salvación.


a) Las Iglesias y comunidades cristianas…

En efecto, los bienes de salvación alcanzan a los cristianos precisamente en cuanto miembros de sus respectivos grupos. Son esas Iglesias y comunidades cristianas como tales las que, aun padeciendo deficiencias según el sentir católico, “de ninguna manera están desprovistas de sentido y valor en el misterio de la salvación. Porque el Espíritu de Cristo no rehúsa servirse de ellas como medios de salvación, cuya virtud deriva de la misma plenitud de gracia y de verdad que fue confiada a la Iglesia católica” (n. 3). El fundamento de este valor salvífico no se halla en estas comunidades en cuanto separadas, sino en cuanto son partícipes de la única economía salvífica. La razón estriba -como decía la Relatio conciliar a estas palabras del Decreto- en “que los elementos de la única Iglesia de Jesucristo conservados en ellas pertenecen a la economía de la salvación”. “La única Iglesia de Jesucristo, está presente y actúa en ellas, si bien de manera imperfecta…, sirviéndose de los elementos eclesiales en ellos conservados”.

Refiriéndose a estos principios, dice Juan Pablo II: “Se trata de textos ecuménicos de máxima importancia. Fuera de la comunidad católica no existe el vacío eclesial. Muchos elementos de gran valor (eximia), que en la Iglesia católica son parte de la plenitud de los medios de salvación y de los dones de gracia que constituyen la Iglesia, se encuentran también en las otras Comunidades cristianas” (US 13).


b) …separadas

Esa valoración no ignora lo que todavía separa: “Sin embargo, los hermanos separados de nosotros, ya individualmente, ya sus Comunidades e Iglesias, no disfrutan de aquella unidad que Jesucristo quiso dar a todos aquellos que regeneró y convivificó para un solo cuerpo y una vida nueva, que la Sagrada Escritura y la venerable Tradición de la Iglesia confiesan. Porque únicamente por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es el auxilio general de la salvación, puede alcanzarse la total plenitud de los medios de salvación. Creemos que el Señor encomendó todos los bienes de la Nueva Alianza a un único Colegio apostólico, al que Pedro preside, para constituir el único Cuerpo de Cristo en la tierra, al cual es necesario que se incorporen plenamente todos los que de algún modo pertenecen ya al Pueblo de Dios” (UR 3).

Juan Pablo II recoge esta convicción en sus palabras: “De acuerdo con la gran Tradición atestiguada por los Padres de Oriente y Occidente, la Iglesia católica cree que en el evento de Pentecostés Dios manifestó ya la Iglesia en su realidad escatológica, que El había preparado ‘desde el tiempo de Abel el Justo’. Está ya dada. Por este motivo nosotros estamos ya en los últimos tiempos. Los elementos de esta Iglesia ya dada, existen, juntos en su plenitud, en la Iglesia católica y, sin esta plenitud, en las otras Comunidades” (US 14).

La Carta Communionis notio señala -en relación con la falta de comunión con el sucesor de Pedro-, “como la comunión con la Iglesia universal, representada por el Sucesor de Pedro, no es un complemento externo de la Iglesia particular, sino uno de sus constitutivos internos, la situación de aquellas venerables comunidades cristianas implica también una herida en su ser Iglesia particular. La herida es todavía más profunda en las comunidades eclesiales que no han conservado la sucesión apostólica y la Eucaristía válida” (n. 17).

Tenemos así los siguientes principios fundamentales para la comprensión católica del Ecumenismo:

1º La Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia católica romana (LG 8);

2º “Fuera de su recinto visible” (UR 3), hay verdaderos bienes de santidad y verdad (“elementa seu bona Ecclesiae”);

3º Por estos bienes, las Iglesias y Comunidades son verdaderas mediaciones de salvación (es la única Iglesia de Cristo la que actúa por medio de esos “bienes” salvíficos);

4º No obstante, les falta la plenitud de los medios de salvación, y no han alcanzado la unidad visible querida por Cristo, por lo que se hallan en comunión imperfecta o no plena con la Iglesia Católica Romana.

5º Considerando los cristianos individualmente, el Decr. da contenido positivo al sustantivo “cristiano”: la fe y el bautismo comunes son ya elementos de comunión cristiana real aunque imperfecta.


3. El Ecumenismo a la luz de estos principios

a. Conocimiento entre los cristianos

El Decr. señala algunas implicaciones de sus afirmaciones dogmáticas cuando se refiere, por ejemplo, a “los esfuerzos para eliminar palabras, juicios y acciones que no respondan, según la justicia y la verdad, a la condición de los hermanos separados, y que, por lo mismo, hacen más difíciles las relaciones mutuas con ellos” (UR 4/b). Juan Pablo II señala aquí que los cristianos no deben minusvalorar “el peso de las incomprensiones ancestrales que han heredado del pasado, de los malentendidos y prejuicios de los unos contra los otros. No pocas veces, además, la inercia, la indiferencia y un insuficiente conocimiento recíproco agravan estas situaciones” (US 2). Juan Pablo II ha querido contribuir p. ej., al conocimiento por parte de “los hijos de la Iglesia Católica de tradición latina” de la tradición oriental, con la Carta Orientale lumen (1995) sobre la riqueza litúrgica y espiritual del Oriente cristiano, y con la Enc. Slavorum apostoli (1985) y otros gestos importantes.

b. Diálogo especializado

El Concilio alude a las “reuniones de los cristianos de diversas Iglesias o Comunidades organizadas con espíritu religioso, el diálogo entablado entre peritos bien preparados, en el que cada uno explica con mayor profundidad la doctrina de su Comunión y presenta con claridad sus características” (UR 4/b). La finalidad de este diálogo viene descrito así: “Por medio de este diálogo, todos adquieren un conocimiento más auténtico y un aprecio más justo de la doctrina y de la vida de cada Comunión; (…) Finalmente todos examinan su fidelidad a la voluntad de Cristo sobre la Iglesia y, como es debido, emprenden animosamente la tarea de la renovación y de la reforma” (ibid.).

Las consecuencias de este diálogo son: la búsqueda del entendimiento, superando posibles equívocos fraguados en la historia; la percepción exacta de las divergencias, y de si realmente afectan a la fe o a la legítima diversidad en su explicación; la confrontación fiel con la voluntad de Cristo para su Iglesia, etc. “El diálogo ecuménico, -dice Juan Pablo II- que anima a las partes implicadas a interrogarse, comprenderse y explicarse recíprocamente, permite descubrimientos inesperados. Las polémicas y controversias intolerantes han transformado en afirmaciones incompatibles lo que de hecho era el resultado de dos intentos de escrutar la misma realidad, aunque desde dos perspectivas diversas. Es necesario hoy encontrar la fórmula que, expresando la realidad en su integridad, permita superar lecturas parciales y eliminar falsas interpretaciones” (US 38). El Papa abunda en este sentido positivo del diálogo: “Dialogando con franqueza, las Comunidades se ayudan a mirarse mutuamente unas a otras a la luz de la Tradición apostólica. Esto las lleva a preguntarse si verdaderamente expresan de manera adecuada todo lo que el Espíritu ha transmitido por medio de los Apóstoles” (US 16).


c. Integridad en la exposición de la fe católica

El Decreto considera la exposición íntegra de la fe católica como una condición para el diálogo respetuoso y sincero: “Es de todo punto necesario que se exponga claramente la doctrina. Nada es tan ajeno al ecumenismo como ese falso irenismo, que daña a la pureza de la doctrina católica y oscurece su genuino y definido sentido” (UR 11).

Pero, a la vez, el modo de exponer la doctrina (“que debe distinguirse con sumo cuidado del depósito mismo de la fe”, UR 6) no debe provocar dificultades innecesarias: “La manera y el sistema de exponer la fe católica no debe convertirse, en modo alguno, en obstáculo para el diálogo con los hermanos” y, en sentido positivo: “la fe católica hay que exponerla con mayor profundidad y con mayor exactitud, con una forma y un lenguaje que la haga realmente comprensible a los hermanos separados” (UR 11).

d. La “jerarquía de verdades”

El Decr. habla en ese contexto de la “jerarquía de verdades” en la articulación de la fe cristiana: “en el diálogo ecuménico, los teólogos católicos, afianzados en la doctrina de la Iglesia, al investigar con los hermanos separados sobre los divinos misterios, deben proceder con amor a la verdad, con caridad y con humildad. Al comparar las doctrinas, recuerden que existe un orden o ‘jerarquía” en las verdades de la doctrina católica, ya que es diverso el enlace (nexus) de tales verdades con el fundamento de la fe cristiana” (UR 11; US 37).

No se trata de que unas verdades sean “más verdaderas” que otras, o que existan verdades fundamentales de la fe, y otras “secundarias”, sino que en la exposición de la fe ha de tenerse en cuenta que los aspectos particulares están orgánicamente vinculados (“nexus mysteriorum”: cfr. Conc. Vaticano I) con los núcleos de la fe: por ej., las afirmaciones sobre santa María se comprenden desde su condición de Madre de Jesucristo, Dios y hombre verdadero; el misterio de la Iglesia se entiende desde las misiones del Hijo y del Espíritu Santo; etc. La exposición de la fe aspira a mostrar, además, la armonía y proporciones debidas de cada aspecto dentro del conjunto del Misterio. Así, por seguir con el ejemplo, sería una visión deformada de la fe una exposición sobre la Iglesia centrada casi exclusivamente en la jerarquía, etc.


e. La Iglesia Católica y las escisiones

El Concilio dice que las rupturas de la unidad también afectan -de otra manera: no a su esse constitutivo- a la Iglesia Católica: “las divisiones de los cristianos impiden que la Iglesia realice la plenitud de catolicidad que le es propia en aquellos hijos que, incorporados a ella ciertamente por el bautismo, están, sin embargo, separados de su plena comunión. Incluso le resulta bastante más difícil a la misma Iglesia expresar la plenitud de la catolicidad bajo todos los aspectos en la realidad de la vida” (UR 4). La ruptura de la unidad -abunda la Carta Communionis notio-, “comporta también para la Iglesia Católica, (…), una herida en cuanto obstáculo para la realización plena de su universalidad en la historia” (n. 17).

Si “catolicidad” es la capacidad de la fe y de la Iglesia de asumir la legítima diversidad humana, y encarnarse en la variedad de naciones y culturas, entonces las rupturas impiden la “expresión histórica” de esa capacidad. Juan Pablo II gusta de repetir, por ej., que la Iglesia tiene que respirar “con los dos pulmones”, en referencia al Oriente y Occidente cristianos. En otro sentido, el cristiano no católico, debería encontrar y vivir en la Iglesia Católica lo verdaderamente evangélico que haya en su comunidad; la Iglesia ha de acoger todo aquello que, en consonancia con el Evangelio y la disposición del Señor, pertenece a su “catolicidad”.


f. La reconciliación en la plena comunión católica

El “trabajo de preparación y reconciliación de todos aquellos que desean la plena comunión católica” se distingue de la actividad ecuménica. En efecto, “se diferencia por su naturaleza de la labor ecuménica; no hay, sin embargo, oposición alguna, puesto que ambas proceden del admirable designio de Dios” (UR 4). Se mueven en órdenes diversos. El Ecumenismo se dirige a las Comunidades como tales, y busca la perfecta unión institucional: su fin es “el restablecimiento de la plena unidad visible de todos los bautizados” (US 77). La tarea de “preparación y reconciliación en la plena comunión católica” afecta a la conciencia individual y a la libertad religiosa. Tal proceso responde también al designio divino, y es obra del Espíritu Santo. Es una grave deformación del ecumenismo despreciar o evitar las conversiones individuales, por estimarlas contrarias a la obra ecuménica; y, a la vez, el ecumenismo no es una táctica para conseguir conversiones con mayor facilidad. Ambas tareas son distintas.

Para la recepción en la Iglesia Católica de un bautizado válidamente existe una fórmula específica en el Ritual de la Iniciación cristiana de Adultos.


III. Condiciones para el ecumenismo

Tras exponer los principios dogmáticos, UR 4 enumera algunas condiciones espirituales y pastorales del ecumenismo.

1. La renovación institucional. “(los fieles católicos) deben examinar con sinceridad lo que hay que renovar y hacer en la misma Familia Católica para que su vida dé un testimonio más fiel y patente de la doctrina e instituciones recibidas de Cristo a través de los Apóstoles”.

2. La santidad personal. “Aunque la Iglesia Católica posea toda la verdad revelada por Dios y todos los medios de gracia, sus fieles no viven de estos bienes con el fervor que corresponde, de modo que el rostro de la Iglesia tiene menos esplendor a los ojos de los hermanos separados… Por esta razón, todos los católicos deben tender hacia la perfección cristiana, y cada uno, según su condición, contribuir con su esfuerzo a que la Iglesia… se purifique y renueve cada día”.

3. La unidad y diversidad. “En la Iglesia, si se guarda la unidad en lo necesario, todos conservarán la debida libertad, correspondiente al cometido confiado a cada uno, tanto en las diversas formas de la vida espiritual y de la disciplina como en la diversidad de los ritos litúrgicos e, incluso, en la elaboración teológica de la verdad revelada; y guardarán en todo la caridad. Obrando de este modo, manifestarán cada día con mayor plenitud la verdadera catolicidad y apostolicidad de la Iglesia”.

4. La admiración. “Es necesario que los católicos reconozcan y aprecien con alegría los bienes auténticamente cristianos, procedentes del patrimonio común, que se encuentren en poder de los hermanos separados…: debemos admirar a Dios en sus obras. Y no puede pasarse por alto que todo cuanto realiza la gracia del Espíritu Santo en los hermanos separados puede contribuir a nuestra edificación”.

IV. La práctica del ecumenismo

1. Renovación de la Iglesia y ecumenismo espiritual. – Según el Decreto (nn. 7 y 8) es necesaria la renovación en la Iglesia que “consiste esencialmente en un aumento de la fidelidad de la Iglesia a su propia vocación” (n. 6). Además, “no se da verdadero ecumenismo sin conversión interior. Los anhelos de unidad nacen y maduran a partir de la renovación espiritual, de la abnegación de sí mismo y de la efusión generosa de la caridad. Recuerden todos los fieles católicos que contribuirán -más aún, realizarán- tanto más la unión de los cristianos cuanto más se esfuercen en llevar una vida más pura con arreglo al Evangelio” (n. 7). En el 8 se trata de la oración común de los católicos con los demás cristianos: “La conversión interior y la santidad de vida junto con la oración privada y pública por la unión de los cristianos deben considerarse como el alma de todo el movimiento ecuménico”.

2. Formación ecuménica, mutuo conocimiento y colaboración entre cristianos.– El n. 10 del Decreto afirma que la Teología y la Catequesis han de estar orientadas por auténtico espíritu ecuménico. Sobre este aspecto el Cons. Pont. para la Unidad de los Cristianos ha publicado un importante documento para la formación teológica: “La dimensión ecuménica en la formación de quienes trabajan en el ministerio pastoral” (1995).

En la tarea del mutuo conocimiento el Concilio señala dos formas: el estudio “de la doctrina y de la historia, de la vida espiritual y cultural, de la psicología religiosa y de la cultura propia de los hermanos separados” (n. 9); y el diálogo entre teólogos “a condición de que quienes participan en él bajo la vigilancia de los obispos sean realmente peritos” (n. 9).

La colaboración con los demás cristianos es la acción conjunta en el campo del testimonio ante el mundo de los vínculos que ya unen a pesar de las separaciones. Además, “con esta colaboración, todos los que creen en Cristo pueden aprender fácilmente a conocerse mejor y a apreciarse más unos a otros y a preparar el camino que conduce a la unidad de los cristianos” (n. 12).

3. La communicatio in sacris.- Se trata de un tema que no puede exponerse aquí con detalle
. Recordemos sólo los principios que establece el Decreto n. 8: “En ciertas circunstancias especiales, como sucede cuando se ordenan oraciones ‘por la unidad’, y en las asambleas ecumenistas es lícito, más aún, es de desear que los católicos se unan en la oración con los hermanos separados”. Asunto distinto es la comunicatio in sacris sacramental: “no es lícito considerar la comunicación en las funciones sagradas como medio que pueda usarse indiscriminadamente para restablecer la unidad de los cristianos. Esta comunicación depende, sobre todo, de dos principios: de la significación de la unidad de la Iglesia y de la participación en los medios de la gracia. La significación de la unidad prohíbe de ordinario la comunicación. La consecución de la gracia algunas veces la recomienda”.

Estos dos principios están concretados en lo relativo a los sacramentos de la Penitencia, Eucaristía y Unción de los enfermos en el Código de Derecho Canónico, c. 844, y en el “Directorio para la aplicación de principios y normas sobre el Ecumenismo” (1993). También se trata en este documento de las normas relativas a la celebración de los matrimonios mixtos.

V. Declaraciones conjuntas de la Iglesia católica y otras Iglesias y confesiones cristianas

Tras la clausura del Conc. Vaticano II se constituyeron Comisiones oficiales de diálogo teológico entre la Iglesia Católica y otras Iglesias (Iglesias Ortodoxas, Comunión Anglicana, Federación Luterana Mundial, Alianza Reformada Mundial, etc.). Los documentos redactados por las Comisiones están publicados en las lenguas más importantes(1). Estas Comisiones suelen establecer una agenda de temas doctrinales, sobre los que tratan posteriormente, y así llegan a unos acuerdos que remiten a las respectivas autoridades para su eventual aprobación, con la que alcanzan autoridad eclesial.

Esa aprobación ha sucedido hasta el momento -en el caso de los diálogos de la Iglesia Católica- sólo con un documento. Se trata de la “Declaración común sobre la doctrina de la justificación por la fe”, firmada el 31 de octubre de 1999 por la Federación Luterana Mundial y la Iglesia Católica en la ciudad de Augsburg. Declara que esa doctrina contenida en esa Declaración común no cae bajo las condenas doctrinales de las Confesiones de fe luteranas ni del Concilio de Trento, que se mantienen vigentes para el tenor de las doctrinas condenadas(2).

Otros documentos firmados por las autoridades eclesiales son algunas Declaraciones cristológicas con las Antiguas Iglesias Orientales (las llamadas “precalcedonianas”). Como se sabe, estas Iglesias se separaron con motivo de la doctrina cristológica de los Concilios de Efeso (Iglesia asiria del Oriente) y de Calcedonia (coptos, antioquenos, armenios, etíopes). Con la Iglesia copta-ortodoxa existe la “Declaración común” de Pablo VI y Shenuda III (1973), y la “Fórmula Cristológica común” (1988). Con la Iglesia siria ortodoxa, la “Declaración común” de Pablo VI y Mar Ignacio Jacobo III (1971), y la “Declaración cristológica común” de Juan Pablo II y Mar Ignatius Zakka I Iwas (1984). Con la Iglesia armenia apostólica., la “Declaración común” de Juan Pablo II y Karekine I (1996). En fin, con la Iglesia asiria de oriente, la “Declaración cristológica común” de Juan Pablo II y Mar Dinkha IV (1994)(3).



Nota bibliográfica

Consejo Pont. para la Unidad de los Cristianos

“Directorio para la aplicación de los principios y normas sobre el ecumenismo” (1993)

“La dimensión ecuménica en la formación de quienes trabajan en el ministerio pastoral” (1995)

Teología

P.. Rodríguez, Iglesia y Ecumenismo, Rialp, Madrid 1979

G. Thils, El decreto sobre Ecumenismo, Desclée de Brouwer, Bilbao 1968

Documentación

A. González Montes, Enchiridion oecumenicum, 2 vols. Salamanca 1986/1993

K. Algermissen, Iglesia Católica y Confesiones cristianas, Rialp, Madrid 1964
 



Notas

1. En español están publicados en A. González Montes, Enchiridion Oecumenicum, 2 vol., Salamanca 1986/1993. Desde 1993 los documentos de las Comisiones pueden encontrarse en la revista “Diálogo Ecuménico”, de Salamanca.

2. Para mayor información vid. J. R. Villar La declaración común luterano-católica sobre la doctrina de la justificación, en “Scripta Theologica” 32 (2000) pp. 101-129.

3. Para mayor información vid. J. R. Villar, El diálogo teológico católico/ortodoxo oriental, en A. González Montes (dir.), Las Iglesias Orientales, BAC, Madrid 2000.

Estadisticas de Religiones en el Mundo


Así, por ejemplo, en la Iglesia católica, todo bautizado es de por si un miembro mientras que en las Iglesias Protestantes solo se cuentan los que se han “unido”. La compilación de estadísticas se complica aún más para casos como China donde una persona puede ser al mismo tiempo Confucionista, Taoísta y Budista y en Japón ser al mismo tiempo Budista y Sintoísta.


Religión

Total % África Asia Latinoamérica Norteamérica Europa Oceanía
Población Total 5,929,839 100.0% 778,484 3,588,877 499,534 304,078 729,406 29,460
Cristianos 1,943,038 32.8% 356,277 283,734 462,965 256,882 558,729 24,451
Cristianos Miembros 1,835,352 31.0% 323,782 275,836 456,919 222,678 536,092 20,045
Musulmanes 1,164,622 19.6% 315,000 812,000 1,624 4,349 31,401 248
Católicos Romanos 1,026,501 17.3% 114,316 106,399 442,808 69,536 286,124 7,318
Hindúes 761,689 12.8% 2,411 755,500 785 1,266 1,382 345
No religiosos 759,655 12.8% 4,863 600,822 15,300 27,500 108,000 3,170
Religiones Chinas 379,162 6.4% 33 377,795 184 839 250 61
Otros Cristianos 373,832 6.3% 74,853 143,080 44,331 83,519 25,551 2,498
Budistas 353,794 6.0% 138 348,806 622 2,445 1,517 266
Protestantes 316,445 5.3% 74,436 43,998 45,295 69,437 76,776 6,503
Religiones Étnicas 248,565 4.2% 97,200 148,189 1,231 424 1,262 259
Ortodoxos 213,743 3.6% 33,660 15,232 549 4,852 158,775 675
Ateos 149,913 2.5% 420 121,451 2,673 1,569 23,444 356
Cristianos No miembros 107,686 1.8% 32,495 7,898 6,046 34,204 22,637 4,406
Nuevas Religiones 100,144 1.7% 27 98,548 604 759 155 51
Anglicanos 63,748 1.1% 27,957 856 853 3,260 25,632 5,190
Sikhs 22,332 0.4% 53 21,531 498 236 14
Judíos 14,111 0.2% 230 4,139 1,121 5,996 2,530 95
Espiritistas 11,785 0.2% 3 11,498 148 129 7
Baha’is 6,764 0.1% 1,695 3,260 825 753 126 105
Confucianistas 6,241 0.1% 6,207 11 23
Jainistas 3,922 0.1% 65 3,850 7
Otras religiones 1,001 0.0% 68 11 95 585 233 9
Sintoistas 2,789 0.0% 2,727 7 55
Mandeanos 38 269 3 1
Zoroastrianos 274 1 269 3 1

Las Poblaciones se dan en “miles”.

Notas

Europa incluye a Rusia

Las personas que no profesan ninguna religión son no-creyentes, agnósticos, secularistas que han renegado de la religión, indiferentes a todas las religiones.

En el caso de China, se computa a los seguidores de las religiones tradicionales chinas, exceptuando al Budismo.

Por nuevas religiones se entiende a los seguidores del movimiento Asiático de nuevas religiones del siglo XX, movimientos de nuevas religiones en general, religiones radicales de nuevas crisis y religiones sincretistas no cristianas.

Religiones. Porcentaje de la población total del mundo.

1. Cristianismo (en todas sus formas) -32.79 %.
2. Islam -19.6 %.
3. Hinduismo -13.31 %.
4. Budismo -5.88 %
5. Judaísmo -0.24 %.
6. Otras religiones -12.85 %.
7. Ateismo -2.44 %.
8. Sin religión -12.53 %.

Años Profesan alguna religión Sin religión
Total Católica No católica  a
Absolutos % Absolutos % Absolutos % Absolutos %
1950 25 791 017 100.0 25 329 498 98.2 461 519 1.8 ND ND
1960 34 508 976 98.8 33 692 503 97.6 816 473 2.4 192 963 0.6
1970 47 456 790 98.4 46 380 401 97.7 1 076 389 2.3 768 448 1.6
1980 64 758 294 96.9 61 916 757 95.6 2 841 537 4.4 2 088 453 3.1
1990 67 811 778 96.1 63 285 027 93.3 4 526 751 6.7 2 288 234 3.2
2000 81 078 895 95.6 74 612 373 92.0 6 466 522 8.0 2 982 929 3.5
NOTA: De 1950 a 1980 el universo de estudio era la población total, a partir de 1990 es la población de 5 y más años.
a Población que profesa una religión diferente de la católica.
ND No disponible.
FUENTE:  INEGI. Estados Unidos Mexicanos. Censos Generales de Población, 1950 al 2000.

 


PANORAMA DE LAS RELIGIONES EN EL MUNDO Y EN AMÉRICA LATINA

Franz Damen

Bolivia-Bélgica

 
1. Las religiones en el mundo

 Número de miembros de las mayores religiones del mundo en el año 2000, comparado con el del año 1900, y porcentajes respecto a la población mundial total:

  año 1900 año 2000
Población total 1619 100% 6055 100%
Cristianos 558 34’5% 1999 33%
Musulmanes 200 12’3% 1188 19’6%
Hindúes 203 12’5% 881 13’4%
Budistas 127 7’8% 360 5’9%
Religiones Indígenas 117 7’3% 228 3’8%
Judíos 12 0’8% 14 0’2%
Nuevas Religiones 6 0’4% 102 1’7%
No creyentes 3 0’2% 778 12’7%

Actualmente, la población mundial crece con un 1,2% por año (p.a.). La gran mayoría (un 85%) de la población mundial tiene religión. Una tercera parte de la población mundial es cristiana, con un crecimiento de 1,4% p.a.. Una quinta parte de la población mundial es musulmana, con una tasa de crecimiento más fuerte, del 2,1%, p.a. El hinduismo está creciendo con un 1,7% p.a..  

En el curso del siglo XX, se han producido cambios considerables.

La presencia relativa de los musulmanes ha crecido considerablemente, mientras la de los cristianos ha disminuido ligeramente. En el propio cristianismo, que entre tanto se ha convertido en la religión más universalmente presente en la historia, se han producido cambios notables. A comienzos del siglo XX, sólo una tercera parte de los cristianos vivía fuera de Europa y América del Norte, mientras al comienzo de este siglo XXI, dos terceras partes de los cristianos viven e países en el Tercer Mundo. De esta manera, el cristianismo se ha convertido de religión de los ricos blancos en religión de los pobres no blancos. Con ello, el cristianismo no puede sino convertirse en una religión verdaderamente multicultural.  

Hace 100 años, se creía que, “dentro de una generación, toda la población mundial se convertirá al cristianismo”. Esto no se ha materializado, sobre todo porque se ha producido un fenómeno inesperado: una deserción fuerte del cristianismo a causa del secularismo (en Europa occidental), el comunismo (en Rusia y Europa oriental) y el materialismo (en América), lo que ha dado como resultado un crecimiento explosivo de la no-creencia, particularmente en el mundo tradicionalmente cristiano. Sin embargo, en las últimas dos décadas, la no-creencia ha venido disminuyendo ligeramente.

El mundo religioso se ha fragmentado, no sólo por divisiones internas, sino también por el surgimiento y la proliferación sorprendente de nuevas religiones, muchas de ellas surgidas a partir de las grandes religiones establecidas. De hecho, en la actualidad existen unas 10.000 religiones diferentes.      

2. Las religiones en América Latina

  año 1900 año 2000
Población total 65 100% 519 100%
Cristianos 62 95’2% 481 92’75%
Musulmanes 0’05 0’1% 1’5 0’3%
Religiones indígenas 2’2 3’5% 1’2 0’3%
Judíos 0’02 0’0% 1’1 0’2%
Hindúes 0’1 0’3% 0’7 0’2%
Budistas 0’0005 0’0% 0’6 0’1%
Nuevas Religiones 0 0’0% 0’5 0’1%
Espiritistas 0’2 0’4% 12 2’3%
No creyentes 0’3 0’6% 16 3’1%
Ateos 0’1 0’0% 2’7 0’5%

Mientras en el curso del siglo XX, a nivel mundial, la población mundial ha crecido 3,74 veces, en América Latina se ha multiplicado casi 8 veces. El cristianismo se ha consolidado como la religión hegemónica, pero ha perdido su pretendido monopolio, en favor de otras religiones. Ha habido en América Latina un crecimiento general modesto de la presencia de grandes religiones del mundo, como también de las nuevas religiones, del espiritismo, y de la no-creencia.

Por otro lado, en las estadísticas se registra una reducción muy fuerte de las religiones indígenas -incluidas las religiones afro-americanas-, mucho más fuerte que a nivel mundial, donde su presencia ha sido reducido del 7,3% en 1900 al 3,8% en 2000.      

3. Los cristianos en América Latina

  año 1900 año 2000
Población total 65 100% 519 100%
Cristianos 62 95’2% 481 92’75%
Católicos 59 90’1% 461 88’8%
Protestantes 0’9 1’4% 46 9’3%
Anglicanos 0’7 1’1% 1 0’2%
Ortodoxos 0’7 1’1% 0’5 0’1%
Iglesias independientes 0’03 0’1% 39 7’7%
Cristianos marginales 0’003 0’0% 6 1’3%
Evangelicales 0’7 1’2% 40’3 7’8%
Pentecostales/Carismáticos 0’01 0’0% 141 27%
Afiliados doblemente 0’3 0’4% 80 15’5%

En América Latina, al final del siglo XX, el cristianismo mantuvo su hegemonía con un 93,7%. Actualmente, los analistas distinguen dentro de cristianismo seis grandes bloques: cuatro tradicionales, que son el catolicismo, el protestantismo, la ortodoxia y el anglicanismo; y dos bloques recientes: los “cristianos marginales” (mormones, testigos de Jehová) y las “iglesias independientes” que representan mayormente iglesias indígenas no blancas. Todos ellos están presentes en América Latina.

Dentro del cristianismo, el catolicismo perdió su casi monopolio, mayormente a favor del protestantismo y de las iglesias indígenas independientes que han crecido fuertemente en las últimas cuatro décadas. Las estadísticas demuestran también cuán dominante resulta el evangelicalismo en la presencia protestante en el Continente. Por otra parte, América Latina participa de lleno en la corriente pentecostalista/carismática que, a nivel mundial, va caracterizando el cristianismo ya con un 27,7%. Llama la atención que en América Latina los cristianos se caracterizan fuertemente por la “doble afiliación” (a más de una comunidad o iglesia a la vez) en un 15’4%, mucho más que en el resto del mundo, donde este fenómeno representa un promedio de 5,1 %.    

Fuentes: BARRETT, D.B.; KURIAN, G.T., JOHNSON, T.M., World Cristian Encyclopedia, 2nd Ed., Oxford, Oxford University Press, 2001, 2 Vols. Annual Statistical Table on Global Mission, en: International Bulletin of Missionary Research, 1998-2002      

POBLACIÓN CATÓLICA EN EL MUNDO – AÑO 2000 (*)

CONTINENTE POBLACIÓN CATÓLICOS %
ÁFRICA 789.455.000 130.018.000 17,3 %
AMÉRICA 826.554.000 519.391.000 62,8 %
ASIA 3.698.043.000 107.301.000 2,9 %
EUROPA 702.661.000 280.114.000 39,9 %
OCEANÍA 30.566.000 8.202.000 26,9 %
TOTAL 6.047.279.000 1.045.056.000 17,28%
*  (Fuente Anuario Estadístico de la Iglesia 2000 – Página de las OMP de España)    

PANORAMA DE LAS RELIGIONES EN EL MUNDO (*)

<!–[if !supportEmptyParas]–>   <!–[endif]–> 1990 2000 2003 2025 (estimado)
Población mundial 5.266.442.000 6.055.049.000 6.278 519.000 7.823.703.000
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Cristianos (todas las den.) 1.747.462.000 1.999.564.000 2.076.629.000 2.616.670.000
Musulmanes 962.356.000 1.188.243.000 1.265.230.000 1.784.876.000
Hindúes 685.999.000 811.336.000 849.339.000 1.049.231.000
Budistas 323.107.000 359.982.000 418.345.000 418.345.000
Ateos 145.719.000 150.090.000 151.162.000 159.544.000
Ninguna religión 707.118.000 768.159.000 786.731.000 875.121.000
Nuevas religiones 92.396.000 102.356.000 105.256.000 114.720.000
Religiones tribales 200.035.000 228.367.000 237.286.000 277.247.000
Sijitas 19.332.000 23.258.000 24.569.000 31.378.000
Hebreos 14.189.000 14.763.000 14.789.000 16.053.000
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No cristianos 3.518.980.000 4.055.485.000 4.201.890.000 5.207.033.000
Anglicanos 68.196.000 79.650.000 81.799.000* 113.746.000
Ortodoxos 203.766.000 215.129.000 217.371.000* 252.716.000
Protestantes 296.339.000 342.002.000 351.362.000* 468.633.000
Católicos Romanos 929.455.000 1.057.328.000 1.097.328.000 1.361.965.000
*  (Fuente “ International Bolletin of Missionary Research” – Enero 2003 – Agencia Informativa Fides) 

Aumentan católicos en África, el resto del mundo se mantiene

ROMA, 09 May. 07 (ACI).-La última edición del Anuario Estadístico de la Iglesia reveló que el número de católicos en el mundo se mantiene prácticamente invariable en los últimos cinco años, a excepción de África, donde la población creyente aumentó significativamente.

El documento, preparado por la Oficina Central de Estadística de la Iglesia y editado por la Libreria Editrice Vaticana , sostiene que los católicos del mundo aumentaron de mil 45 millones en el año 2000 a mil 115 millones en el año 2005, lo que significa un aumento del 6,7 por ciento. Este incremento está a la par del de la población mundial, actualmente establecido en 6,9 por ciento.

Los católicos representaron el 17,28 por ciento de la población mundial en el año 2000 y actualmente son el 17,25 por ciento.

África es el continente de mayor crecimiento católico con 18 por ciento, cifra significativa si se considera que la población total africana creció en este tiempo en menos del 14 por ciento.

La cifra de obispos pasó de 4.541 a 4.841, con un incremento del 6,61 por ciento, especialmente en Asia y América.

Los sacerdotes suman unos 405 mil 700 en el mundo y los lugares donde se han registrado más presbíteros nuevos son África y Asia con incrementos de 19,2 y 14,9 por ciento respectivamente. En América, las cifra se mantiene estable, así como en Europa y Oceanía. Esto es posible gracias al aumento de sacerdotes diocesanos –que crecieron en cuatro mil– pues los sacerdotes miembros de órdenes religiosas disminuyeron en tres mil.

La gracia de Dios, Protagonista del Ecumenismo


Habla el profesor de Navarra Juan Luis Lorda

PAMPLONA, jueves, 2 febrero 2006 (ZENIT.org).- Todo es gracia. Sin embargo, la historia de la teología ha reservado la palabra «gracia» para la acción «sobrenatural» de Dios en la historia humana.

Esta gracia se entiende de modos diversos desde el catolicismo, el protestantismo y la Ortodoxia. El profesor Juan Luis Lorda, docente de Teología Dogmática y Antropología Cristiana en la Universidad de Navarra revela en esta entrevista cuales son estas comprensiones diferentes de la gracia y relata por que razón «la gracia es un tema de altísimo valor ecuménico».

Juan Luis Lorda es sacerdote, ingeniero industrial y teólogo. Es autor de varios libros como «Juan Pablo II», «Para una idea cristiana del hombre» o «Antropología cristiana».

Acaba de publicar «La gracia de Dios», un manual al que ha dedicado varios años y en el que recorre la historia de la teología sobre la gracia y explica que es la inhabitación del Espíritu Santo y sus efectos.

El libro consta de bibliografía comentada y está pensado para ser un manual útil a estudiantes de teología. Lo ha editado Ediciones Palabra.

— La gracia es uno de los misterios más delicados de la historia de la teología. ¿Por qué?

–Lorda: Porque es un tema muy bello y muy profundo. Expresa nuestras relaciones con Dios y nuestra transformación en Cristo por la acción del Espíritu Santo. Por eso mismo es difícil. Es lo propio del misterio. Es más fácil de vivir que de pensar. Y hay que acercarse a él con humildad y con veneración, aprovechando lo que ha pensado la Iglesia en su historia. Y ha pensado mucho en este tema. También porque han surgido graves malentendidos

— La gracia tiene un «altísimo valor ecuménico», sostiene usted. ¿Cuáles son los puntos divergentes entre la tradición católica y las demás tradiciones cristianas?

–Lorda: Muchos de los problemas históricos se deben a que, cuando hablan de la gracia, cada tradición piensa en un aspecto distinto.

Los católicos nos fijamos, sobre todo, en la gracia santificante, en el efecto interior.

Los ortodoxos, en la acción santificadora que viene de Dios.

Los protestantes, sobre todo luteranos, en la decisión de Dios que quiere salvarnos.

Pero también hay algunos malentendidos. A Lutero no le gustaba la idea de «gracia santificante», como hábito interior. En realidad, no la entendía bien y le parecía un concepto inútil. Decía que la justificación es sólo perdón de Dios. No algo interior en nosotros.

Pero, según el mensaje evangélico, el cristiano está santificado por la presencia del Espíritu Santo. Hay, por tanto, algo interior, algún cambio en el hombre. Dicho así también lo creen los luteranos. Y es lo que quiere indicar la tradición católica al hablar de gracia santificante. Santo Tomás de Aquino lo entendía así.

Gracias a Dios, se ha avanzado mucho en el diálogo con los protestantes. La declaración sobre la justificación del año 1999 fue un hito histórico, una solución a un problema de siglos. Recientemente la han aceptado también muchas confesiones metodistas.

— ¿Y con los ortodoxos?

–Lorda: Las diferencias con la teología ortodoxa son más accidentales. Se trata del uso de un vocabulario y unas imágenes distintas. También destacamos aspectos distintos. Los ortodoxos se centran en la gracia en cuanto viene de Dios, en la acción santificadora, que les gusta representar como un rayo de luz. Les gusta esta imagen evangélica y patrística que, a veces, despista a los católicos por su realismo casi físico.

Por su parte, a los ortodoxos también se les hace raro el concepto de «gracia santificante»; sobre todo cuando se le llama «gracia creada». Pero es que la expresión puede confundir. Esa «gracia creada» no es una «cosa creada», sino la transformación que el Espíritu Santo produce en el hombre. Es el cambio real, interior, que nos identifica con Cristo y nos convierte en hijos de Dios. Le podemos llamar «gracia santificante» o «santificación» o «conversión» o «divinización», como le gusta a los Padres de la Iglesia y a la teología oriental.

Cuando se entienden bien las cosas, se ve que las dos tradiciones dicen lo mismo con diversas expresiones. A veces, puede haber alguna exageración o una manera de decir menos afortunada. Es inevitable cuando se habla de Dios. Pero hay una real coincidencia en las dos tradiciones. Procuro mostrarlo en el libro.

— La gracia, ¿es el modo con el cual Dios salva a la humanidad?

–Lorda: Se puede definir así. Es verdad que todo es gracia, en el sentido de que todo lo que hace Dios por nosotros es don y regalo. En ese sentido, la creación también es gracia, porque es don gratuito. También las montañas y los ríos o la vida humana son dones de Dios en sentido amplio.

Pero la historia de la teología ha reservado la palabra «gracia» para la acción «sobrenatural» de Dios en la historia humana. Todo lo que Dios ha obrado en la historia para salvar al hombre y convertirlo en hijo suyo. Eso son gracias y efectos de la gracia.

Así la teología distingue entre naturaleza y gracia. Es naturaleza lo que Dios nos dio en la creación. Es gracia, lo que nos ha dado en la historia de la salvación: la Alianza con Israel, la encarnación y pascua de Jesucristo, y el Espíritu Santo con todos sus dones.

–¿Así se distinguen claramente naturaleza y gracia?

–Lorda: Sobre esto ha habido un importante debate en la teología del siglo XX. Un debate muy difícil pero también muy fructífero.

Como hemos dicho, naturaleza es el mundo creado por Dios. Gracia es todo lo que Dios hace en la historia para salvarlo. El hombre ha sido creado con una naturaleza. Pero su fin ha sido revelado y realizado en la historia, en Jesucristo. Es sobrenatural, es por gracia.

Algunos decían: tiene que haber un fin natural y otro sobrenatural. Pero no es así. Sólo hay un fin y es el sobrenatural, que se nos ha revelado en Jesucristo. Esto es muy importante, porque significa que todos los hombres están destinados a Jesucristo y no hay una plenitud humana fuera de él. Sólo existe ese fin para todos, aunque no lo sepan.

San Ireneo dice bellamente que cuando Dios formó al hombre estaba pensando en Jesucristo. En esta intuición está la solución. El Papa Juan Pablo II lo puso de relieve. Dios creó al hombre pensando en su plenitud en Cristo. Para nosotros, primero es la creación y después, la historia de la salvación. Pero cuando Dios creó al hombre ya pensó en Cristo, en nuestra plenitud.

Si nosotros investigamos la naturaleza humana no podemos adivinar cuál va a ser su fin. Sólo nos damos cuenta de que desea una felicidad infinita. Cuando conocemos el mensaje cristiano sabemos dónde esta el fin y cómo se consigue. Sabemos que el fin del hombre es Jesucristo. Y que por la acción del Espíritu Santo, podemos identificarnos con él y alcanzar la felicidad de la contemplación de Dios.
ZS06020310

¿Que es el Ecumenismo?


1. A lo largo de la historia han surgido entre los cristianos divisiones en la fe y en la comunión visible con el Sucesor de Pedro y los demás Obispos unidos a él . La Iglesia ha procurado siempre restablecer la unidad, por la que rogó el Señor en la última Cena: «que todos sean uno; como Tú, Padre, en mí y yo en Ti, que así ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado» (Io 17,21). Estos esfuerzos se han intensificado a partir del Concilio Vaticano II, que incluyó entre sus enseñanzas el Decreto Unitatis redintegratio (la restauración de la unidad) sobre el Ecumenismo. Posteriormente, el Magisterio pontificio ha desarrollado y enriquecido esas enseñanzas en diversos documentos .

 En este guión se trata de recordar sucintamente algunos aspectos centrales de esta doctrina, con el fin de ayudar a sentire cum Ecclesia el intenso anhelo por la unidad.

 Aunque se hablará únicamente del “restablecimiento” de la unidad de los cristianos, no hay que olvidar que el empeño a favor de la unidad de la Iglesia no se dirige sólo a sanar las divisiones: siempre hay que fomentarla y promoverla, dentro de la misma Iglesia y entre todos los hombres, que están llamados a formar parte del Cuerpo místico de Cristo. «La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano» (LG 1).

I. Noción de ecumenismo

2. Se entiende por ecumenismo el conjunto de actividades de la Iglesia encaminadas a restablecer la plena unidad de todos los cristianos: es decir, de aquéllos que han recibido válidamente el sacramento del bautismo e «invocan al Dios Trino y confiesan a Jesucristo como Señor y Salvador» (UR 1) . Con las actividades ecuménicas se pretende que, «superados todos los obstáculos que impiden la perfecta comunión eclesiástica, todos los cristianos se congreguen en una única celebración de la Eucaristía, en orden a la unidad de la una y única Iglesia» (UR 4).

3. El ecumenismo es una exigencia de la misión de la Iglesia de conducir a los hombres a la salvación, predicando el Evangelio y proporcionando los medios de santificación, porque la unidad de los cristianos es necesaria para que el mundo crea en Jesucristo: «ut omnes unum sint…, ut mundus credat» (Io 17,21), y también porque la Iglesia ha de ofrecer a los mismos cristianos separados «la plenitud total de los medios salvíficos» (UR 3).

4. La actividad ecuménica, en sentido estricto, no se dirige a los no cristianos. En consecuencia, no se tratará en este guión de otros aspectos de la misión de la Iglesia, como son el diálogo interreligioso, que se refiere a las relaciones de la Iglesia Católica con las religiones no-cristianas (Judaísmo, Islam, budismo, hinduísmo, etc.) , y el diálogo con los no-creyentes (ateos y agnósticos) (cfr. GS 19-21).

 El ecumenismo no se refiere tampoco a aquellos movimientos religiosos, llamados sectas, que, aunque enseñan algunas doctrinas pertenecientes a la fe cristiana, no tienen el bautismo ni pueden llamarse cristianos. Incluso, en algunos casos, actúan con fanatismo que excluye la posibilidad de un verdadero diálogo (cfr. DE 35).

II. Los cristianos separados

5. Los cristianos no católicos, a los que se dirige el ecumenismo, proceden de diversos cismas y herejías que, desgraciadamente, se han producido en la Iglesia a lo largo de los siglos. Las comunidades cristianas surgidas de estas divisiones se llaman a sí mismas “Iglesias”, pero sólo algunas de ellas lo son realmente, en cuanto Iglesias particulares “heridas” de la única Iglesia Católica y Universal, como se explicará después. Las principales Iglesias y confesiones cristianas son las siguientes:

 a) Las antiguas Iglesias Orientales: son las que se separaron de la Iglesia en el siglo V, con motivo de las herejías cristológicas, nestoriana  y monofisita , condenadas en los Concilios de Éfeso (año 431) y de Calcedonia (año 451).

 b) Las Iglesias ortodoxas: se llaman “ortodoxas” (del griego orthòs y doxa = recta doctrina) en relación con la anteriores, porque sí que profesan la “fe ortodoxa” del Concilio de Calcedonia. Tienen su origen en el cisma de Oriente (año 1054), cuando el Patriarca de Constantinopla, capital del imperio de Oriente, rompió la comunión con el Obispo de Roma, fundamentalmente por motivos políticos. A partir de ahí se formaron diversas Iglesias ortodoxas autónomas, que se reconocen entre sí como tales Iglesias, pero no reconocen el Primado universal del Sucesor de Pedro. Excepto en este punto, profesan todas las verdades capitales de la fe enseñadas por los Concilios ecuménicos que tuvieron lugar en Oriente durante el primer milenio , y conservan la sucesión apostólica (los Obispos son consagrados válidamente), el verdadero sacerdocio, y celebran válidamente la Eucaristía y los demás sacramentos (cfr. UR 14-18; UUS 50-51).

 c) Las confesiones cristianas surgidas de la “Reforma” iniciada por Lutero en el s. XVI, o en relación con ella . En este caso, la división se refiere a numerosas verdades de fe. El luteranismo considera la Sagrada Escritura como única fuente de la Revelación, y no acepta que la Sagrada Tradición sea inseparable de la Escritura, ni reconoce la autoridad del Magisterio en su interpretación (cfr. DV 9-10; CCE 80-90). Este error se encuentra en la base de los demás errores, sobre todo de los que están más directamente ligados a la Iglesia visible como medio universal de salvación: la justificación por la sola fe, la negación de varios sacramentos, etc.  Contemporáneamente nacieron en Suiza otros dos movimientos “reformadores”, encabezados por Zwinglio y Calvino, y varios más después de ellos, que dieron lugar a diversas comunidades “reformadas” . Solamente se les puede aplicar el nombre de “Iglesias” en un sentido muy amplio, en cuanto que conservan elementos de la fe de la Iglesia (cfr. UR 19-24; UUS 64-70), pero no en sentido propio porque no tienen el sacerdocio ni la Eucaristía, que es el centro y la raíz de toda la vida de la Iglesia .

 d) El anglicanismo nació en Inglaterra poco después de la Reforma de Lutero. Originariamente se trató de un cisma, provocado por Enrique VIII al rechazar la potestad del Romano Pontífice, sin otras connotaciones directamente doctrinales. Sin embargo, más adelante el anglicanismo incorporó elementos de la Reforma. Se difundió principalmente en los países anglosajones, dando lugar a diversas “Iglesias”.

6. Todas estas rupturas se han dado en la Iglesia por los pecados de los hombres, «a veces, no sin culpa de ambas partes. Sin embargo, quienes ahora nacen en esas comunidades y son instruidos en la fe de Cristo, no pueden ser acusados del pecado de la separación y la Iglesia Católica los abraza con respeto y amor fraternos. Porque éstos, que creen en Cristo y han recibido válidamente el Bautismo, gozan de una cierta comunión con la Iglesia Católica, aunque no perfecta» (UR 3). Fuera de los límites visibles de la Iglesia Católica pueden encontrarse «muchos elementos de santificación y de verdad que, como dones propios de la Iglesia de Cristo, inducen hacia la unidad católica» (LG 8; cfr. UR 3). Pero «solamente por medio de la Iglesia Católica de Cristo, que es auxilio general de salvación, puede alcanzarse la plenitud total de los medios de salvación» (UR 3; cfr. CCE 816).

III. Algunos principios doctrinales

7. La Iglesia de Cristo es una sola. La actividad ecuménica parte de la certeza de fe de que sólo hay una verdadera Iglesia. «La Iglesia es una debido a su origen: “El modelo y principio supremo de este misterio es la unidad de un solo Dios Padre e Hijo en el Espíritu Santo, en la Trinidad de Personas” (UR 2). La Iglesia es una debido a su Fundador: “Pues el mismo Hijo encarnado, Príncipe de la paz, por su cruz reconcilió a todos los hombres con Dios… restituyendo la unidad de todos en un solo pueblo y en un solo cuerpo” (GS 78). La Iglesia es una debido a su “alma”: “El Espíritu Santo que habita en los creyentes y llena y gobierna a toda la Iglesia, realiza esa admirable comunión de fieles y une a todos en Cristo tan íntimamente que es el Principio de la unidad de la Iglesia” (UR 2). Por tanto, pertenece a la esencia misma de la Iglesia ser una» (CCE 813).

8. La única Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia Católica. Esta única Iglesia, que es a la vez «reunión visible y comunidad espiritual, (…) nuestro Salvador la entregó después de su resurrección a Pedro para que la apacentara (Io 24,17), confiándole a él y a los demás apóstoles su difusión y gobierno (cfr. Mt 28,18)» (LG 8; cfr. UR 2). A pesar de las divisiones ya mencionadas, que aún persisten, y de otras que han desaparecido, «esta Iglesia constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él» (LG 8; cfr. UR 4) .

9. La unidad de la Iglesia es unidad de fe y de comunión. La unidad de la Iglesia es ante todo una realidad invisible, cuyo vínculo es la caridad (cfr. Col 3,14), pero esta unidad tiene unos vínculos visibles en esta tierra. En efecto, para realizar la misión de evangelizar a todas las gentes , hasta el fin de los tiempos, congregándolos en su Iglesia, Jesucristo confió al Colegio de los Doce Apóstoles, presidido por Pedro, el oficio de enseñar, gobernar y santificar. La Iglesia crece y se desarrolla por medio de la fiel predicación del Evangelio, del gobierno pastoral ejercido por los Apóstoles y sus sucesores —los Obispos con su cabeza, el sucesor de Pedro, con la asistencia del Espíritu Santo—, y la celebración de los sacramentos. De aquí se derivan los tres vínculos visibles de la unidad de la Iglesia: la profesión de una sola fe, la común celebración del culto divino, y el reconocimiento de la sagrada potestad de los legítimos Pastores (unitas fidei, unitas sacramentorum, unitas regiminis: cfr. UR 2; LG 14; CCE 815; CN 12) .

10. La unidad de los cristianos en la Iglesia es, en primer lugar, unidad de fe, que consiste en la profesión de «una sola fe» (Ephes 4,5), es decir en la adhesión al «depósito» de la fe (cfr. I Tim 6,20; II Tim 1,12-14), contenido en la Sagrada Escritura y en la Sagrada Tradición y entregado a la Iglesia (cfr. CCE 84). El Señor ha confiado a los Apóstoles y a sus sucesores la misión de enseñar este depósito a todo el mundo (cfr. Mt 28,20), con su autoridad: «quien a vosotros escucha, a mí me escucha» (Lc 10,16). De ahí que la unidad de fe exige el reconocimiento de un único Magisterio de «los obispos en comunión con el sucesor de Pedro, el obispo Roma» (CCE 85) .

11. La unidad de los cristianos en la Iglesia es también unidad de comunión: comunión con Dios y con los demás fieles (cfr. CN 3), que tiene como manifestación visible esencial, la plena comunión con el Sucesor de Pedro y con los Obispos, mediante el reconocimiento de su Magisterio y de su potestad ordinaria, que, en el caso del Romano Pontífice, es universal, suprema, e inmediata sobre todos los fieles.
 
En las Iglesias ortodoxas falta esta plena comunión (lo cual, de hecho, implica también un daño a la unidad en la fe, por lo que se refiere al menos a la doctrina sobre el Primado y a otros aspectos eclesiológicos), aunque su unidad con la Iglesia Católica es mucho más estrecha que en el caso de las confesiones surgidas de la Reforma, pues celebran válidamente la Eucaristía .

12. La unidad de la Iglesia es unidad en «la celebración común del culto divino, sobre todo de los sacramentos» (CCE 815): en particular de la Eucaristía, que «significa y realiza la unidad de la Iglesia» (UR 2), pues al entregarnos su Cuerpo, el Señor nos transforma en un solo Cuerpo (cfr. CN 5). «En efecto, la unicidad e indivisibilidad del Cuerpo eucarístico del Señor implica la unicidad de su Cuerpo místico, que es la Iglesia una e indivisible» (CN 11).

 La celebración común de la Eucaristía por parte de ministros católicos y ortodoxos no puede considerarse como medio para impulsar el ecumenismo, sino como la cumbre en la que se expresa perfectamente y a la vez se fortalece la plena comunión previamente alcanzada. Otra cosa estaría en contradicción con el sacramento de la unitas Ecclesiae, y por eso «está prohibido a los sacerdotes católicos concelebrar la Eucaristía con sacerdotes o ministros de Iglesias o comunidades eclesiales que no están en comunión plena con la Iglesia católica» (CIC 908) . «Cristo ha instituido la Eucaristía y el Episcopado como realidades esencialmente vinculadas» (CN 14; cfr. LG 26). Así como la Eucaristía es una, también el Colegio episcopal es uno, con el Sucesor de Pedro como Cabeza (cfr. CN 14). Por eso, «toda válida celebración de la Eucaristía expresa esta comunión universal con Pedro y con la Iglesia entera, o la reclama objetivamente, como en el caso de las Iglesias cristianas separadas de Roma» (CN 14; cfr. LG 8).

IV. Práctica del ecumenismo

13. «El empeño por el restablecimiento de la unión corresponde a la Iglesia entera, afecta tanto a los fieles como a los pastores, a cada uno según su propia capacidad» (UR 5). En todos los casos, la «conversión del corazón y santidad de vida, junto con las oraciones públicas y privadas por la unidad de los cristianos, deben considerarse como el alma de todo el movimiento ecuménico y pueden llamarse con razón ecumenismo espiritual» (UR 8, cfr. UUS 21).

De modo más intenso, «en esta última etapa del milenio, la Iglesia debe dirigirse con una súplica más sentida al Espíritu Santo implorando de Él la gracia de la unidad de los cristianos. Es éste un problema crucial para el testimonio evangélico en el mundo» . La Iglesia dedica en particular el Octavario para la unidad de los cristianos, que precede cada año al 25 de enero, fiesta de la Conversión de San Pablo, a pedir por esta intención. Esto puede hacerse también junto con miembros de diversas confesiones cristianas (cfr. UUS 23; DE 108-115), siempre que se evite el peligro de indiferentismo (cfr. DE 23).

14. En el ámbito institucional, la Iglesia Católica promueve muchas iniciativas de diálogo con las Iglesias y confesiones cristianas, para clarificar las diversas cuestiones que son obstáculo para la unión. De este modo se fomenta un espíritu favorable a la unidad (cfr. OL 22-25, respecto a los ortodoxos); se pone de manifiesto la importancia y el valor de lo que es común (el Bautismo, la Sagrada Escritura, y otras realidades, según los casos); se muestra que algunas diferencias se derivan de malentendidos o de formulaciones diversas de una misma verdad que, en cualquier caso, no impiden la unidad (cfr. UR 11) ; y se focalizan mejor los puntos en los que existe una real divergencia en la fe o en las exigencias de la plena comunión, para impulsar un estudio y comprensión que contribuyan a superar la división (cfr. UR 61) . «El diálogo pone a los interlocutores frente a las verdaderas y propias divergencias que afectan a la fe. Estas divergencias deben sobre todo ser afrontadas con espíritu sincero de caridad fraterna, de respeto de las exigencias de la propia conciencia y la del prójimo, con profunda humildad y amor a la verdad» (UUS 39).

15. El amor a la verdad es «la dimensión más profunda de una auténtica búsqueda de la plena comunión entre los cristianos» (UUS 36). No es admisible “disimular” o esquivar las verdades “difíciles” en vista de un mayor consenso en un “común denominador” hecho de generalidades o acuerdos aparentes (cfr. UUS 18). La unidad en la verdad no se puede alcanzar ocultando la misma verdad o al margen de ella. El Concilio Vaticano II ha insistido en que, en el diálogo ecuménico, «es totalmente necesario que se exponga con claridad toda la doctrina. Nada es tan ajeno al ecumenismo como el falso irenismo, que pretendiera desvirtuar la pureza de la doctrina católica y obscurecer su genuino y verdadero sentido» (UR 11) . Lo exige la caridad y el respeto a los no católicos: la más elemental honradez humana reclama que no se les pretenda engañar, con actuaciones de falsa condescendencia. «Mantener una visión de la unidad que tenga presente todas las exigencias de la verdad revelada no significa poner un freno al movimiento ecuménico. Al contrario, significa no contentarse con soluciones aparentes, que no conducirían a nada estable o sólido. La exigencia de la verdad debe llegar hasta el fondo. ¿Acaso no es ésta la ley del Evangelio?» (UUS 79) .

16. El diálogo ecuménico institucional, al que se acaba de hacer referencia, de ningún modo debe hacer pensar que no es necesario el apostolado personal con los cristianos separados —también con los ortodoxos—, para que se incorporen de modo pleno a la Iglesia Católica. «La obra de preparación y reconciliación individuales de los que desean la plena comunión católica se diferencia, por su naturaleza, de la empresa ecumenista, pero no encierra oposición alguna, ya que ambos proceden del admirable designio de Dios» (UR 4). Aunque las Iglesias ortodoxas tengan muchos medios de santificación, nadie debe quedar excluido de la plenitud total de los bienes salvíficos, que sólo se encuentran en la Iglesia Católica (cfr. UR 3) . Sería equivocado afirmar, por tanto, que hay que evitar el apostolado personal con los cristianos no católicos hasta que la unidad entre las comunidades cristianas sea lograda a nivel institucional. Es más, ese apostolado personal —hecho de oración, de ejemplo, de amistad y colaboración sincera en el ámbito profesional y social, y también en iniciativas apostólicas (cfr. UUS 44, 74-75)— tiende en sí mismo a favorecer el diálogo ecuménico institucional.