De las drogas a la vida – Hanns Myhulots


No se lo pierdan!!!

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Testimonio de Lisa Moeller


Testimonio de Lisa Moeller – Se Acostó Siendo Homosexual y Despertó con una Paz que no Había Experimentado Antes

 

 

Testimonio de Lisa Moeller - Se Acosté Siendo Homosexual y Despertó con una Paz que no Había Experimentado AntesEra octubre del año 2009, y fue entonces cuando, con 35 años, Lisa Moeller hizo “crack”. Al llegar la noche, tras regresar del trabajo, no hacía más que sollozar con una tristeza que le venía desde muy adentro y cuya causa desconocía. No era, eso lo sabía bien, haber puesto fin unas semanas atrás a cuatro años de turbulenta relación con otra mujer. Era más bien la sensación de que ningún nuevo horizonte le atraía. De que esa seguridad que hasta entonces le hacía sentirse contenta con su vida se estaba derrumbando. Sospechaba que había algo terriblemente equivocado en su vida, pero no encontraba cómo determinarlo.

La inocencia arrebatada

Durante toda su vida adulta había vivido como una lesbiana militante, en respuesta a la que interpretaba como su identidad sexual natural. Había tenido ocho relaciones con sendas mujeres. Y una vida de riesgo: fumadora compulsiva, varios años adicta a las drogas y alguna pequeña estancia en el calabozo.

Pero aquel otoño Lisa echó la vista un poco más atrás, a cuando vestía y calzaba como una niña, tenía el pelo largo y le encantaba adornarlo con todo tipo de lazos. Aquello terminó un día, y recordaba bien cómo: los repetidos abusos sexuales a los que la sometió, cuando tenía 10 años, un vecino de su casa.

El trauma inimaginable que vivió Lisa la cambió para siempre. Fue poco después cuando quiso dejar de parecer una niña: se cortó el pelo y empezó a abominar de los vestidos que antes le encantaban. Y luego entró con mal pie en la adolescencia: sus esfuerzos por parecer masculina la fueron dejando sola. Empezó a beber, a practicar el sexo sin freno y a cometer sus primeras gamberradas contra la propiedad ajena.

Pero su soledad la consumía. ”Sentía que nunca sería aceptada”, confiesa a Peter Baklinski paraLife Site News: “Si parecía que me lo pasaba bien, es porque nadie conocía mi yo real. Si lo descubriesen, me odiarían. De hecho, yo me odiaba a mí misma. ¿Qué tipo de friki era? ¿Había nacido así o había hecho algo para merecerlo?”.

Dios en apariencia ausente

Se convenció entonces de algo que la hundió: ”Nadie me amaría nunca. Ni siquiera Dios. Estaba sola y no había conocido el amor en forma alguna que no tuviese un efecto horrible. Tendría que llevar este secreto el resto de mi vida y la vergüenza me acusaría a mí misma día y noche. Tendría que ser una farsante para sobrevivir. Aún peor, tendría que estar con un hombre”.

Sin nadie con quien salir ni con quien hablar, se intentó suicidar tomándose un bote de pastillas. Afortunadamente alguien la encontró, la llevó al hospital, le hicieron un lavado de estómago y sobrevivió: “Nunca me había sentido tan feliz viva que en ese momento”, reconoce que sintió tras ver de cerca el rostro de la muerte. Iba a tener “otra oportunidad”, y la aprovecharía.

Lisa se convirtió en una persona dura y áspera con los demás, crítica y autosuficiente: ”Indiferente a las opiniones mordaces de quienes me rodeaban”. “Si me rozaban el tobillo, me tiraba a la garganta“, sintetiza: “Mejor poner a alguien en su sitio que correr el riesgo de que me intimidasen”.

“El mundo había golpeado duramente mi autoestima, mi salud y mis emociones. Y me venganza sería ser lo que quería ser, por poco ético, inmoral o heterodoxo que pareciese. Dios lo entendería. Él vería que tenía que protegerme a mí misma o caer. Dedicaría los años siguientes a intentar convencerme de ello”.

Rol dominante

Ya como adulta, Lisa adoptó una identidad masculina: ”Todas mis novias tenían que ser increíblemente femeninas en su ropa, sus gestos y su identidad. Por eso nunca me cité con lesbianas, sino con mujeres bisexuales o curiosas, que se sentían más cómodas con mi imagen masculinizante”.

En todas sus relaciones, Lisa adoptó el papel de hombre dominante: pagaba las facturas en tiendas y restaurantes, era ella quien abría la puerta, hacía regalos caros y se encargaba de las reparaciones en la casa: “Si en la casa se oía un ruido de noche, todos se ponían detrás de mí. Si había una factura sin pagar, todos me miraban. Si faltaba la luz, si había un agujero en el tejado, si el coche se averiaba, todos se volvían hacia mí. Esto era muy incómodo y a veces espantoso“.

A cambio, Lisa era “extremadamente controladora” de sus parejas: no podían vestir ropa masculina, ni acarrear grandes pesos, ni salir solas de noche, ni tener amigos que no fuesen gays. Pero no lo hacía de forma abusiva, así que sus novias se sentían a gusto e incluso hablaban bien de ella: ”Eso alimentaba mi frágil ego”, afirma.

Del Orgullo a la transformación

Sin embargo, algo no iba bien en su interior: ”Un confuso sentimiento de que me faltaba algo“, describe.

Llegó entonces aquel otoño de 2009, con sus lluvias fuera de casa y sus lágrimas dentro. Empezó a comprender que “había en mi corazón un hueco del tamaño de un Dios, y era lo bastante lista para comprender que sólo Él podría llenarlo“. Le rezaba pidiendo ayuda, pero sin muchas esperanzas: “Nunca pensé que pudiesen mezclarse mi estilo de vida con la Verdad de Dios”.

Pasaron unos meses. Llegó el verano de 2010 y Lisa se trasladó a Spokane, en el estado de Washington, para participar en una marcha del Orgullo Gay y recoger firmas sobre una ley estatal que interesaba al lobby rosa. Y entonces sucedió lo inesperado.

“Fue de noche, en mi hotel”, recuerda: “Me acosté siendo completamente homosexual. Mis gestos, mis vestidos, mi lenguaje corporal, etc. eran todos muy masculinos. Odiaba a los hombres, asqueada con todos por los abusos que había sufrido de aquel vecino siendo niña. Cuando me desperté, había una presencia en la habitación que no puedo describir con palabras. Era una paz que no había experimentado nunca antes“.

Lo más llamativo para ella fue que a partir de entonces sus sentimientos homosexuales desaparecieron. Las mujeres dejaron de atraerle, y un día se sorprendió a sí misma mirando con interés a un hombre que estaba corriendo por el parque. Confiesa que sintió pánico, porque no sabía qué le estaba pasando.

Hasta que un día entendió que la respuesta de Dios a sus oraciones había llegado en una forma distinta a la imaginada. Comprendió que aquellas lágrimas que le brotaban desde hacía meses y aquel vacío que sentía en su corazón eran parte de su sanación de los abusos que había sufrido en su infancia, y que había enterrado bajo la apariencia de masculinidad.

Compartir la carga con Jesucristo

En un acto de fe, Lisa dejó en manos de Dios la restauración de su identidad y cortó con todo su mundo anterior: ”Pasé dos años que han sido sin duda los más solitarios y duros de mi vida, perocrecí en completa dependencia de Dios“, explica.

Comprendió en oración que la forma exquisita con la que trataba a sus parejas no era una compensación a sus inseguridades, sino la expresión de la forma en la que ella querría haber sido tratada siempre: “Ellas querían ser tratadas como princesas, querían ser protegidas, que se les prestase total atención, que se les hablase con delicadeza”: Y Lisa comprendió también por qué exigía esa “feminidad a toda prueba” a sus novias: “Encarnaba la niña pequeña que fui antes de que abusaran de mí. Las trataba como creía que yo debería haber sido tratada cuando era una niña pequeña, en vez de las experiencias violentas y destructivas que sufrí”.

Y eso es lo que desea ahora también: “Quiero que me apoyen, que me cuiden, que me protejan, que me hablen con dulzura y me traten con cortesía. Ahora mi identidad está intacta y a salvo en manos de Jesús. Así es como Él me creó para que sintiera“.

Lisa está escribiendo un libro con su experiencia, que publicará el año que viene. Lo titulará: You weren´t meant to carry that [No tenías que haber cargado con ese peso, en traducción libre], porque ése es su mensaje: “A veces cargamos con pesos con los que no podemos. Cosas que están fuera de nuestro control, dudas y preocupaciones que en sentido estricto no nos pertenecen. Dios quiere que hagas un inventario de tu alma a ver qué encuentras. Y si estás cargando con pesos que Le pertenecen, quiere que se los devuelvas. Quiere aligerar tu carga”, suguere Lisa evocando el Evangelio de San Mateo (11, 28).

Y concluye: “Finalmente he encontrado la paz y se lo debo todo a Jesucristo. No mucha gente miraría a una lesbiana drogadicta y pensaría: ´Un día servirá al Señor´. Suena ridículo… perosucedió“.

ReligionenLibertad.com

Testimonio de Conversión de Javier Arturo González Valdes – Ex Pastor Metodista


Fuente:lafecatolica.com

Testimonio de Conversión de Javier Antonio Gonzalez Valdez - Ex Pastor metodista

Mi nombre es Javier Arturo González Valdez, soy originario y vivo en la Ciudad de México, actualmente tengo 34 años y soy soltero Nací en el seno de una familia católica por tradición y no por convicción. De clase media acomodada. Mi padre es Ingeniero en electrónica y mi madre ama de casa. Soy el mayor de dos hermanos.

Desde niño empecé a dar muestras de una profunda devoción religiosa. Me gustaba mucho ir a la Iglesia, rezar y solía construir ermitas en el jardín de mi casa para jugar a que yo era sacerdote y arrastraba a mi hermano y a mis primos en estos juegos tan curiosos. Nadie en mi casa era inclinado a la religión, nadie me inculcó ir a misa o tener devociones, todo ello surgía dentro de mí como cosa natural. Desde los cinco años tuve el deseo de llegar a ser sacerdote, era mi máximo anhelo, poder servir a Dios a quien tanto había aprendido a amar. Pero existía un gran problema en vida. Tenía una sería dislexia, que es un trastorno del aprendizaje, por lo que me iba bastante mal en la escuela. Mi padre había obtenido durante toda su vida académica excelentes calificaciones, por lo que yo era una vergüenza para él. Por lo mismo tanto mi padre como mi madre me golpeaban mucho, especialmente mi madre. Fui un niño que sufrió fuertes golpizas durante toda su infancia. Dios y mi vocación era lo único que me sostenía. Mi padre tenía planes de enviarme a Roma a estudiar si es que yo seguía manteniendo el deseo de ser sacerdote, pero dudaba que pudiera hacerlo por mis problemas de aprendizaje.

A los nueve años, tuve el deseo de hacer mi Primera Comunión. La experiencia del Catecismo fue fabulosa. Tuve una catequista extraordinaria que nos enseñó a amar mucho a Jesús. Me preparó y llegó el anhelado día. Para mí fue uno de los días más hermosos de mi vida.

De aquella experiencia mis padres comprendieron que debían hacer algo para ayudarme, así que me enviaron con una Pedagoga para que tratara mi problema. Ella me enseñó a estudiar, fue entonces que nació en mí un interés en la lectura y el conocimiento. Me devoraba los tomos de la enciclopedias. Como que se abría ante mis ojos un mundo nuevo. Desarrollé una excelente memoria. Mis calificaciones en la escuela mejoraron muchísimo. En todo ello vi claramente la mano de Dios. Deseaba ya terminar la preparatoria para poder ingresar entonces al seminario.

Cuando entré en la secundaria, conocí a uno de mis profesores que era evangélico pentecostal y me invitaba a sus reuniones. Él había escuchado acerca de mi porque mis compañeros me decían “el padrecito” por mis deseos de ser sacerdote y mi forma de ser tan diferente a la de ellos. A fuerza de tanta insistencia de su parte finalmente asistí. Lo que vi aquella tarde me impresionó. Yo contaba con solo 13 años, cualquier cosa me impresionaba.Vi el amor y la unidad de aquellas personas, su amabilidad y sinceridad. La forma de alabar palmeando y levantando las manos no me eran ajenas ya que yo había llegado a asistir a “misas carismáticas”, pero el fervor y el compromiso de esa gente era mayor del que había visto hasta ese momento en la Iglesia Católica. Comencé pues a asistir a un estudio bíblico entre semana, pero los domingos seguía asistiendo a la Iglesia Católica. Hice muy buenos amigos entre los pentecostales con los que empezaba a salir a tomar el café y a asistir a campamentos y retiros. Entonces se llegó el tiempo de que ellos confrontaran mi fe católica. Empezaron atacar el hecho de que yo tuviera imágenes religiosas, que venerara a la virgen María y a los santos, que todo aquello era una abominable idolatría y superstición, cosas que Dios aborrecía, que la misa era falsa y supersticiosa, que la Iglesia Católica era la gran ramera del libro del Apocalipsis, que el papa era el anticristo, que las devociones católicas eran babilónicas, que dónde en la Biblia aparecía la palabra rosario, escapulario, veladora, misa o Papa, etc. etc. Me bombardeaban con versículos bíblicos a diestra y a siniestra. Yo no tenía en ese momento las armas ni conocimiento necesario para defenderme. Sus argumentos me parecían muy convincentes en aquel momento. Además, en verdad estimaba a mis nuevos amigos. Así que con todo el dolor de mi corazón abandoné la Iglesia Católica. Me obligaron a destruir mis imágenes, el rosario de mi primera comunión, mi vela, mi libro de oraciones, una pequeña cruz que me había regalado un fraile misionero franciscano (porque ese grupo era muy fundamentalista e incluso rechazaban la cruz de Cristo). De todo ello ahora me arrepiento, especialmente por los recuerdos de mi Primera Comunión que había sido una experiencia hermosa.

Nunca acepté rebautizarme (práctica común en este grupo) porque yo infería que mi bautizo católico era válido aunque los líderes del grupo decían lo contrario, pero respetaron mi decisión. En realidad yo no había tenido una mala experiencia en el catolicismo, sino todo contrario, pero me habían convencido de que solo ellos tenían la verdad. Este grupo era verdaderamente recalcitrante. Todo era malo, todo era pecado. Ni siquiera había de tener templos, así que nos reuníamos en casas o en salones de fiesta. No celebraban Navidad ni Semana Santa porque esas eran tradiciones de hombres. El culto era ruidoso, se saltaba y aplaudía al ritmo de la música mientras se gritaban “amenes” y “aleluyas”. A mi madre también la convencieron pero mi padre se mantuvo al margen. Mi hermano era pequeño así que también asistía con nosotros a este grupo.

Mis deseos de ser sacerdote quedaron opacados, ahora debía ser pastor, si es que Dios me llamaba. Sin embargo este grupo no creía en los seminarios, que también eran cosas de hombres, así que ellos sabrían cuando el Señor me llamaría para el ministerio, solo que debía estar casado. ¡Casado! Eso nunca había estado en mis planes. Yo jamás me imaginé con mujer ni hijos porque yo quería ser sacerdote. Desde niño sabía que Dios me había llamado a ser célibe, que era un don que Dios me había dado, que no tenía ninguna desviación sexual, sino que simplemente mi llamado era a la castidad. Así que este asunto lo puse en manos de Dios secretamente. Doy gracias a Dios porque hasta el día de hoy me ha mantenido en este estado, no por mis fuerzas, sino por el don que hay en mi.

Si no había la posibilidad de entrar al Seminario entonces había de pensar en alguna carrera. Desde niño me había también gustado la Historia, así que me inscribí en la carrera de Historia en la UNAM.

En el tercer semestre de la carrera llevé la materia de “Historia de España” fue allí donde encontré y conocí a la mujer que mas ha influido mi vida: Teresa de Jesús. El profesor de la materia era español y cuando habló de aquella Santa, nos dijo cómo ella había influido en el pensamiento espiritual no solo de su país, sino de todo el mundo. Nos habló de sus escritos, de su vida, de sus éxtasis y experiencias místicas. Solo habló de ella una clase, pero eso bastó para que aquella enigmática mujer me atrapara en sus redes amorosas. Para mis compañeros de clase (la mayoría ateos y marxistas) aquello no les decía nada, les parecía la historia de una mujer neurótica y fanática. Pero a mí me había movido mis más profundas fibras espirituales. Corrí a la biblioteca de la universidad para leer algunos de sus poemas, me impresionó “Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero que muero porque no muero”. Embelesado contemplaba la pasión de esta mujer por Dios, una pasión desbordante, plena, libre, una pasión que nunca había yo conocido ni inferido. Desde aquel momento comenzó una relación muy especial al grado que solía llamarla “mi novia”. Nunca había escuchado de ella cuando estaba en la Iglesia Católica. Cuando había sido católico tenía varios santos de mi devoción como San Judas Tadeo, San Martín de Porres y Santa Rita Casia, pero nunca había escuchado de Santa Teresa de Jesús.

Mi encuentro con Santa Teresa y la carrera me hicieron más crítico hacia el grupo religioso al que pertenecía. Me di cuenta lo ignorantes que eran mis líderes, que aquello más bien tenía forma de secta y no de iglesia. Así que empecé a cuestionarles muchas cosas. El asunto llegó tan lejos que me dijeron que eligiera entre la carrera y la iglesia, así que abandoné aquel grupo. Me tacharon de aborto, de rebelde y hereje. El amor que manifestaban al principio se desvaneció. Había estado en este grupo pentecostal por ocho años. Mi salida del grupo se dio en un tiempo difícil porque coincidió con que mis padres se estuvieran divorciando. Mi papá nos quitó toda ayuda económica y mi madre entabló un juicio contra mi padre que al cabo de dos años ganó. Tuve que dejar la carrera por falta de dinero, pero un amigo me recomendó ingresar a un Instituto Teológico muy reconocido aquí en la Ciudad de México de trasfondo metodista. Yo conocía la Iglesia Metodista como una iglesia protestante muy prestigiosa y seria, además sabía que yo debía prepararme para el ministerio así que comencé a asistir a las clases en el Instituto. En el Instituto uno de mis compañeros me invitó a asistir a los servicios en su iglesia. El pertenecía a las Asambleas de Dios, una iglesia de corte pentecostal pero mucho más seria y organizada que el grupo en donde había estado. Asistí por dos años pero tampoco me gustó así que comencé a asistir a los servicios de la Iglesia Metodista.

Me gradué del Instituto Bíblico en 1995 como bachiller en teología. Dado mi promedio de calificaciones, obtuve una beca para estudiar en los Estados Unidos en un Seminario para obtener la Licenciatura en Teología y Ministerio. Estuve en el Estado de Texas por dos años. En ese tiempo asistí a la Iglesia Metodista de los Estados Unidos. La teología metodista me convencía bastante. Juan Wesley, el fundador del metodismo, había sido sacerdote anglicano por lo que mantenía muchos elementos católicos como la liturgia, el uso de símbolos, la Eucaristía, las vestiduras, el bautizo de infantes, el Calendario Litúrgico, el Leccionario, las ordenes ministeriales de Obispos, Presbíteros y Diáconos etc.

Me sentí mucho más identificado en ésta Iglesia. En Estados Unidos fui ordenado Diácono y serví en una congregación hispana. Por aquel tiempo nos visitaron los hermanos de Taizé. Ellos son unos monjes que viven en comunidad en Taizé Francia, pero son de origen protestante, aunque ahora tienen monjes de la Iglesia Católica y de las iglesias orientales. Ellos nos enseñaron la oración de recogimiento, la oración contemplativa, el valor del silencio, la oración y meditación frente a los íconos, etc. Todo esto despertó en mi aquellos anhelos espirituales que tenía reprimidos, comprendí que Dios me llamaba a vivir una vida espiritual en completa libertad.

Gradué en 1997 y regresé a México en donde tuve que seguir estudiando para mi ordenación como presbítero de la Iglesia. Me enviaron a estudiar al Seminario Metodista de la Ciudad de México. El Seminario Metodista es parte de la Comunidad Teológica de México que está integrada por el Seminario Metodista, el Seminario Anglicano, el Seminario Luterano, el Seminario Presbiteriano y el Seminario Bautista. Este ambiente multiconfesional me ayudó mucho a ampliar mi visión y a conocer los esfuerzos ecuménicos en México.

Fui ordenado en el 2000 como presbítero de la Iglesia Metodista. Impartía clases en el Seminario de Historia del Cristianismo, Liturgia, Teología Sistemática y Teología Espiritual.

Durante todos estos años me fui acercado cada vez más al magisterio espiritual de la madre Santa Teresa de Jesús. He leído todos sus escritos varias veces además de clásicos teresianos como los “Estudios Teresianos” de Tomás Álvarez, “Tiempo y Vida de Santa Teresa”, la “Herencia Teresiana” etc., al grado de tener una buena sección de teresianismo en mi biblioteca personal. Mi interés por Santa Teresa, me llevó a acercarme y comprender la mística del Carmelo. He conocido y leído a San Juan de la Cruz, a Santa Teresita de Liseaux, Edith Stein, (nunca olvidaré cómo me conmoví al conocer la vida de esta mujer y de su encuentro con la verdad cuando leyó la autobiografía de Santa Teresa de Jesús), Sor Isabel de la Trinidad, Ana de San Bartolomé, etc. He leído otros místicos (Ignacio de Loyola, San Bernardo, Catalina de Siena, Francisco y Clara de Asís), pero la mística del Carmelo es la que más me ha cautivado.

Cuando cumplí los treinta años empecé a orar para que Dios me permitiera ir a Ávila cuando tuviera 33 años y que pudiera asistir a las fiestas de la Santa. A partir de allí comenzaron a darse cosas extraordinarias en mi vida de oración personal. Gozo sobrenatural, oración de quietud, lágrimas y cosas semejantes. Comencé a tener un sueño en donde venía Santa Teresa con una vela en la mano, me tomaba del brazo, me llevaba por un largo pasillo que salía a un jardín, entonces el sueño terminaba. El fenómeno teresiano en mi vida me llevó a realizar estudios serios sobre la Iglesia Católica Romana, sus doctrinas, su historia, su organización y espiritualidad. Muchos de mis prejuicios contra el catolicismo se fueron diluyendo. Leí también algunos testimonios de protestantes que se han convertido al catolicismo como el cardenal John Newman, Scott Hahn, entre otros.

Mi fuerte acercamiento con la Iglesia Católica, mi  devoción por Santa Teresa, mi gusto por la liturgia, mi opción por el celibato, etc. me hicieron blanco de críticas por parte de mis compañeros ministros y de muchos laicos acusándome de la Iglesia Metodista por ser “demasiado católico”.

Sin embargo Dios concede “determinada determinación” para cumplir su voluntad que es agradable y perfecta. Sabía también que solo “la obediencia da fuerzas”.

 La Santa me fue metiendo pues en “hartos trabajos” en los que me sentí muy solo e incomprendido. Estaba decidido a volver al seno de la Santa Madre Iglesia Católica, la única fundada por Cristo y sus apóstoles, pero no sabía cómo. Mucho rogué a Dios por alguien que me ayudara y comprendiera lo que está sucediendo en mi vida.

Finalmente pude llegar a Ávila habiendo cumplido los 33 años y precisamente en el marco de las fiestas de la Santa. Allí vine a conocer al Padre Fray Enrique Castro o.c.d., en ese momento profesor del CITES. Fue la respuesta a muchas lágrimas y oraciones. Él me ayudó a dar el paso de mi reconciliación con la Iglesia. Fue difícil explicar a mis autoridades en la Iglesia Metodista los motivos de mi reconciliación con la Iglesia Católica y la consecuente renuncia al ministerio metodista. No podían entender como era posible que renunciara a un ministerio “exitoso” en la Iglesia (en ese momento era yo pastor de una congregación ubicada en una de las mejores zonas del norte de la ciudad, con casa pastoral, automóvil, buen sueldo y prestaciones), además tenía varias responsabilidades administrativas dentro de la denominación, además de ser profesor en el seminario.

Ciertamente que mi situación económica desde mi reconciliación ha sido difícil, pero por nada cambio el gozo que ahora tengo en mi corazón y el poder vivir en plenitud mi fe.

Poco después de aquel viaje a España, el P. Enrique regresó a México, por lo que nuestra amistad fructificó. Fue nombrado párroco del Santuario de Nuestra Señora del Carmen “La Sabatina” que es a donde actualmente asisto.

De manera natural he retomado mis deseos de ser sacerdote, pero ahora dentro de la bendita orden del Carmelo. Los perfumes del Carmelo me han subyugado, deseo intensamente pertenecer al Carmelo (mi familia) que es en donde el Señor me ha mostrado que encontraré el espacio para vivir mi vocación contemplativa y sacerdotal.

Ruego a Dios y me acojo a la intercesión de nuestra Señora del Monte Carmelo y de Santa Teresa de Jesús para que me alcancen de Dios mi mayor sueño y anhelo: ¡SER CARMELITA DESCALZO! Dios los bendiga abundantemente.

En el amor de Jesús y María,

Javier Arturo González Valdez (aspirante al Carmelo).

“Merezcamos todos amaros, Señor; ya que se ha de vivir, vívase para vos”.

Santa Teresa de Jesús (Excl. XV,3).

Teólogo protestante, Salvador Melara, ahora Católico


Fuente: lafecatolica.com

Salvador Melara

Salvador Melara y su testimonio de conversión al catolicismo.

Saludos de paz y bien. Mi nombre es Salvador Melara, tengo 39 años, nací en la Iglesia Católica, fui bautizado, hice mi primera comunión, desde que tengo memoria siempre me gustó la vida religiosa a tal punto que en algunos juegos de mi niñez jugaba que era sacerdote. Cuando llegué a la adolescencia tuve el deseo de ser sacerdote, se lo comuniqué a mi mamá pero lejos de apoyarme me dijo que estaba loco, que pronto iba a conocer alguna muchacha bonita y me iba a enamorar y si me hacía cura no iba a poder porque ellos “no se casan”.

En 1983, un compañero de escuela comenzó a “evangelizarme”, el era de las Asambleas de Dios. Después de tanto insistirme en acompañarlo al culto al fin me decidí a ir y… me gustó! Me gustaron las alabanzas, la predicación (ya no había aquel “ritual aburrido, monótono y rutinario” de las misas), y un día antes de cumplir 16 años (30 de agosto de 1983) “acepté a Cristo como mi Salvador”. A partir de ahí me fui involucrando en la congregación, cuando terminé mi bachillerato (high school), comencé a estudiar medicina pero al final del primer año, después de una convención misionera en la congregación, decidí dedicar mi vida a la vida religiosa (pero esta vez como evangélico) y comencé a estudiar una Licenciatura en Teología en la Universidad de mi denominación.

Me gradué como Licenciado en Teología en 1992, fui misionero en Belice por un corto tiempo, y me dediqué a pastorear. Fundé tres congregaciones de las Asambleas de Dios (dos de ellas todavía funcionan pero ya no pertenecen a la denominación), y fui pastor asociado en dos congregaciones más de la misma denominación. También fui catedrático de Teología en la Universidad de mi denominación y de otra Universidad evangélica muy importante. En esta segunda universidad me asignan una materia llamada “Historia del pensamiento cristiano”, y eso me hizo estudiar a los padres de la Iglesia, y “Nunca” me había percatado que los padres de la Iglesia habían sido “Católicos”.

Comienzo a rastrear la historia de mi denominación y me doy cuenta de que:

1. Jesús dijo que el mundo nos iba a reconocer por ser “perfectos” en unidad, pero hay miles de iglesias evangélicas y todo producto de divisiones de otras iglesias.

2. Mi denominación fue producto de una subdivisión por una supuesta visita del Espíritu Santo.

3. Me enseñaron a odiar a la Iglesia Católica y me dijeron que era la “Gran Ramera”, y “guarida de demonios”, pero cuando la comencé a conocer me encontré con expresiones como “Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo”… en la Hora Santa se dice “Bendito sea Dios, Bendito sea su Santo Nombre, Bendita sea la preciosa sangre de Jesucristo, etc..” en el rito de comunión se dice “Líbranos Señor de todos los males y concédenos la paz en nuestros días para que ayudados por tu misericordia vivamos siempre libres de pecado y protegidos de toda perturbación mientras esperamos la gloriosa venida de Nuestro Señor Jesucristo… Tuyo es el Reino, tuyo el Poder y la Gloria por siempre Señor.. Un demonio “Jamás” puede decir eso…

4. Me dijeron que los católicos le han añadido libros a la Biblia y descubrí que en el s. XIX, Sociedades Bíblicas quitó los libros deuterocanónicos de la versión Reina Valera (la llamada Biblia evangélica) por presiones económicas de las iglesias protestantes dominantes en esa época, porque si no los quitaba dichas iglesias no seguirían aportando el subsidio económico que recibía.

5. Pero el mayor conflicto era que me habían dicho que la Eucaristía era un invento de los católicos, que el pedacito de galleta y el refresquito de uva que tomábamos en la santa cena “representaban” el Cuerpo y la Sangre de Cristo, pero en los Evangelios y en 1 Corintios cap. 11, Jesús dice claramente “Esto es Mi Cuerpo”.

A partir de ahí tuve que tomar una decisión y le comuniqué estos descubrimientos a mis esposa. Yo pensé que iba a haber una reacción negativa por parte de ella pero no, ella ya estaba luchando contra esto desde hacía algún tiempo pero no podía decírmelo porque yo era pastor, pero cuando supo que yo también estaba luchando, juntos buscamos la Iglesia y fuimos recibidos nuevamente después de cumplir algunos requisitos como bautizar a nuestros hijos y tomar el sacramento del matrimonio.

Este próximo mes de noviembre cumpliremos tres años de haber regresado a la Iglesia. No fue fácil porque yo era pastor, profesor de teología, vivía del ministerio y todo eso se terminó de la noche a la mañana. Nos quedamos sin trabajo (fui removido como profesor de teología), pasamos muchas necesidades después de haber tenido un nivel de vida bastante bueno, pero damos gracias a Dios que El nos sustentó, nos proveyó trabajo a ambos, y ahora con la ayuda de Dios comparto mi testimonio para ayudar a los que están dentro de la Iglesia pero que su fe es muy débil para que se afirmen en la verdadera fe, la fe católica.

Sé que he escrito bastante, pero he procurado resumir lo más que pude, y pido a Dios que estas palabras puedan ser de utilidad, y gracias por tomarse el tiempo de leerlas.

En el amor de Cristo y María, Salvador Melara